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Aquel fragmento de Heráclito, y su su afirmación del devenir.

Su filosofía se
basa en la tesis del flujo universal de los seres: «Panta rei» (πάντα ρεῖ), todo
fluye. 
“En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los
mismos]”.
La doctrina heraclítea del cambio: el río —que no deja de ser el mismo río— ha cambiado
sin embargo casi por completo, así como el bañista. Si bien una parte del río fluye y
cambia, hay otra (el cauce, que también debe interpretarse y no tomarse en un sentido
literal) que es relativamente permanente y que es la que guía el movimiento del agua.
Algunos autores ven en el cauce del río el Logos que «todo rige», la medida universal que
ordena el cosmos, y en el agua del río, el fuego. A primera vista esto puede parecer
contradictorio, pero debe recordarse que Heráclito sostiene que los opuestos no se
contradicen sino que forman una unidad armónica (pero no estática ). 

Gonzal, Pablo y

Sierra Grande se ubica a 41o 36’ 41” de latitud sur y 65o 21’ 27” de longitud oeste,
sobre el “km 1250” de la ruta Nacional 3, que la vincula al norte con San Antonio
Oeste y Viedma - Patagones; y al sur con Puerto Madryn. Se encuentra recostada
contra el lado este del faldeo de las sierras, que la protegen de los vientos del
sudoeste, y a unos 250 msnm. Y a unos 28 km de la costa, en donde se emplaza el
Balneario Playas Doradas.
-Extraído de Wikipedia-

Premio del Régimen de Fomento a la Producción Literaria Nacional y Estímulo a la


Industria Editorial Fondo Nacional de las Artes. Año 2014.
Fundamento del jurado:
Notable libro donde la forma cuento se amplía, abriendo los textos a la forma mayor
que compone el libro y a una renovada e inestable confianza en la representación.
Cuentos que narran, en su conjunto, un territorio, una serie de personajes, la
inocencia y la inocencia perdida, las tretas de los débiles y sus sorpresas dentro de
las maldades módicas de la vida de un pueblo. Relatos como en sordina, pero
cargados por los inquietantes agujeros negros donde el sentido parece perderse, las
cosas pierden explicación y sustento, y convierten a todo el libro en un gran relato de
iniciación.

“Qué historias nos montamos sobre la vida, qué vida nos montamos con las historias”, es
el epígrafe de Philip Roth con el que se abre el libro. A partir de ahí, fantasía y realidad
empiezan a fundir sus fronteras. La trinchera donde se explora este pasaje: el origen de la
animalidad.
La soledad puede ser uno de sus orígenes, como afirma el padre Mario (en el cuento
“Cordero de Dios”), misionero itinerante, a punto de entrar en un rancho al
desamparo de Dios, que es también el terreno conquistado por la naturaleza:
“El padre Mario sabía que en esos parajes era fácil transformarse en un animal salvaje. Ya lo
había visto. Esa era la razón íntima de los viajes. Tenía que lograr que esa gente no se sintiera
sola, que Dios se hiciera presente en sus vidas.”

Ninguna de las estampitas que llevan el padre y sus discípulos podrá prepararlos
para las almas feroces que encontrarán en ese rancho. Los enviados del Señor
aprenden que los límites del hombre son claramente inferiores a los de Dios y a los
de la naturaleza, como también constata Ricardo a bordo del buque pesquero Santa
Ana que se bate por sobrevivir a la famosa tormenta perfecta (“Santa Ana”). Al
desamparo de Dios y de la naturaleza, a la vida de Ricardo se le suma el del sistema
económico: la necesidad de subir a un barco sin saber el oficio porque las cuentas
deben pagarse aún si ya no hay dinero.

La naturaleza (así como Dios y la Economía) también castiga a quienes se atreven a


indagar en sus misterios. Y en esta contienda, los hombres, desterrados en la ciudad
hace siglos, siempre terminan compitiendo en cancha ajena, como constata Ricardo
a minutos del desastre:

“¿Qué mirás?

Unos lobos…

Ricardo apoya las manos sobre una ventana y mira hacia afuera. Tarda unos
segundo en ver, en medio del fragor y la exuberancia del mar, las aletas y los lomos
amarronados de los lobos nadando por estribor.
Son muchos, dice.

Sí, son muchos.

Ricardo cruza la ventana que da a babor y también ve lobos. No tarda en darse


cuenta de que los lobos los rodean.

¿Qué hacen?, dice Ricardo mirando a El Tordo.

Ni idea.”

Ese misterio, que aún comparten los animales con los elementos naturales, es quizás
el precio que el hombre tuvo que pagar en nombre de la evolución, para crecer ya no
al calor del fuego, sino al de los motores y las lámparas de tungsteno.

El mar de los lobos viene también a devolverle a los animales el merecido lugar que
se ganaron a lo largo de la historia como opuestos-complementarios del hombre,
aunque a veces su presencia sea solo la excusa para recordar un deseo olvidado. O
para que salga a la luz la verdadera fuente del salvajismo -de la ya citada animalidad-
que en general no viene de los que caminan en sus cuatro patas.

Hace tiempo que fuimos domesticados al fragor de un sistema económico que


animaliza. Que día tras día, con la espuma en la boca, enfrenta a los hombres con
los de su misma raza, como vienen a ilustrar las palabras feroces que Jorge dirige
contra Finn, un joven extranjero que está de visita en su pueblo (“El sueco”):

“Pero no solo las empresas son las culpables de la debacle que se ve en el mundo. También los
habitantes de esos países (…) Si pudieran nos pondrían en una jaula y nos llevarían como
animales. Nosotros para ellos somos como monos, entendés, hombres de las cavernas.”

La vida de los hombres no es un espectáculo, menos un juego. La de los animales


tampoco, como afirma Ortega -el dueño de Juan Domingo, el flamante gallo
peronista- antes de dejarlo librar su última riña (“El sapo de bronce”).

Los cuentos de El mar de los lobos nos muestran la estrecha relación que con los
años el hombre conserva con la naturaleza, tanto como su principal catarsis como su
espejo. También sobre otras realidades posibles, en principio, a partir de su intrigante
y hermoso título. Nos lleva a preguntarnos, como hacen los amantes sin encontrar su
deseo en una pieza de hotel (“Lágrimas”) o una mujer que camina en la oscuridad de
la playa buscando a su perra ciega (“No más que sombras”), cómo se conservan
ciertos vínculos en la vida. Cómo enfrentar la realidad que nos toca, sabiendo que al
final solo podremos ser a través de las decisiones que nos animemos a tomar.

“Uno siempre se termina encontrando con lo que había sido”, dice el narrador de “El sapo de
bronce”. Si el hombre antes de ser hombre fue un animal, el mar antes del agua bien pudo
haber sido un mar de lobos.
César nació en Sierra Grande, Río Negro, en 1977. Estudió cine y filosofía en
Buenos Aires, donde vive actualmente. Trabaja en la industria cinematográfica desde
hace más de diez años.

- En 2009 escribió el guión del largometraje “La Nieve” que participó del taller
de desarrollo de proyectos de la Fundación TYPA en colaboración con el Festival de
Cine de Rotterdam.

- En 2015 editó un libro el libro de cuentos llamado “Hombres de Hierro”, en


Leer es Futuro, una colección del Ministerio de Cultura de la Nación que dacuenta de
los nuevos narradores argentinos. La misma se distribuye en todo el país.

- En 2015 ganó el concurso del Fondo Nacional de Artes con un libro de


cuentos llamado “Sierra Grande”. El jurado estuvo integrado por Elvio Gandolfo,
Felix Bruzzone y Fernanda García Lao. El libro, se editó en junio del 2016 por
la editorial Alto Pogo.

- 2015-2016, guionista de “Emilia”, largometraje a filmarse en 2018. Producida por


Tarea Fina (tareafina.com).

- En 2016 estrenó un cortometraje llamado “Una mujer en el bosque”, ganador


del concurso de Historias Breves del INCAA, el cual escribió y dirigió. “Una mujer en
el bosque” forma parte de la competencia oficial del Festival de Cine Fantástico de
Sitges 2016. El cortometraje también participó en el Festival Internacional de la
Habana 2016, el Festival de Mar del Plata 2015 y BAFICI 2016, entre otros.

- 2016, dialoguista de “La Candidata”, de Leonardo Bechini, para TELEVISA(México).


Miniserie actualmente en el aire en México.

- 2016, coguionista junto a Leonardo Bechini, de “El Reino del Sol”, serie
en desarrollo para TELEVISA (México).

•2016-2017, coguionista del “El Puto Viento”, junto a Alejo Flah. Guión para Icónica
Films (www.iconica.es), basado en “Los Castigos”, cuento de su autoría.
Además es amante de la fotografía, ha trabajado en proyectos como el show de U2
en Argentina.

Sodero trabajó como "jefe de locaciones" en la película "La Señal" dirigida por Martín
Hodara y Ricardo Darín, quien además es protagonista junto a Diego Peretti, Julieta
Díaz, Andrea Pietra y otros.

Conversamos con él, para que nos cuente un poco acerca de “Sierra Grande” un
pueblo de Río Negro que  tuvo la mina de hierro más grande de Sudamérica. Cuando
se creó la empresa estatal Hipasam, ésta comenzó a explotarla, en 1972, y lo hizo
hasta 1991, cuando el presidente de esos tiempos con un decreto, decidió cerrarla. A
partir de ahí, comenzó un período ensombrecido  para ese lugar en la Patagonia, que
en poco tiempo se convirtió en un lugar fantasma donde se codeaban la emigración
forzada de sus habitantes, la pobreza y la falta de oportunidades laborales.

¿Quiénes son tus referentes al momento de escribir las historias ?


Mis referencias son los escritores que más admiro: Abelardo Castillo, Fogwill, Borges
y los cineastas que más me marcaron: Bresson, Tarkovsky, Lem. Pero por sobre todo
mi mayor influencia son las historias que me cuenta la gente. En la calle es donde
encuentro el motor de mi escritura.
¿Sentís necesario contar historias?
Para mí, en esta etapa de mi vida, es absolutamente necesario. Es sanador y me
ayuda a ordenar lo que veo, siento y pienso, en ese orden.
¿Qué te decidió a hacer cine luego de estudiar filosofía?
El cine y la filosofía se complementan. Las dos son una forma de pensamiento. En el
cine se piensa con imagenes, en la filosofía con conceptos.

¿Cómo y cuándo surgió la idea de escribir un libro de nueve relatos  acerca del
pueblo que quedó abandonado luego de la desaparición de la mina? Vos eras
adolescente en ese tiempo…¿Si o si tenía que llevar el nombre de tu pueblo?
Siempre tuve ganas de dar cuenta de lo que significaron aquellos años para
nosotros, los adolescentes de entonces. Fueron años difíciles pero por sobre todo
fueron años en los que descubrí a mis amigos de entonces y de ahora. Pensaba que
no había nada escrito sobre esa época en la Patagonia. Me pareció que sería
interesante darle cuerpo a lo que pensábamos y sentíamos en esa época. El libro
habla de aquella época pero sin bajar línea. Sin caer en lugares comunes. No
explicito confictos políticos y sociales. Dejo que se filtren en las acciones y los
discursos de los personas indirectamente.  Traté de recrear, más que la idiosincracia,
las sensaciones de la época.
¿Qué creés que fue lo que salvó a  la gente en ese pueblo?
El sentido comunitario del pueblo, la amistad.
¿Cuál pensás a tu criterio que es el  mejor de los cuentos?
 Odisea, sin dudas, porque cierra el libro y lo resignifica por completo. Además, en
ese cuento están puestas muchas de las fantasías que tengo en la cabeza desde
hace años
Hablando en general ,¿ escribís utilizando muchas imágenes tanto sensoriales como
otras?
Todo lo que se me ocurre son imagenes. Despliego todo el imaginario a partir de una
imagen. No escribo nunca a partir de ideas. No pienso cuando escribo. Las primeras
escrituras son instintivas. Solo cuando reescribo empiezo a usar la “cabeza”. Con
esto quiero dejar en claro que para mía primero se escribe con el cuerpo, con lo que
sentimos, pero que después, la corrección del texto se hace con la inteligencia pura y
dura. Son dos momentos separados pero necesarios. No existiría la literatura sin
esos dos factores. Como decía un dramaturgo argentino: “Se escribe con la ginebra
de la noche y se corrige con el mate de la mañana”.
¿Considerás que el mundo del cine es complicado?
Es un medio muy competitivo, y muy inestable. No es para cualquier persona.
Requiere de mucha paciencia, muchas ganas y un gran amor por lo que se hace.
¿Con qué actores y actrices tuviste el placer de trabajar?
Ricardo Darín, Julieta Díaz, Guillermo Francella, Guillermo Pfening, Oscar Martinez, y
otros.
¿Qué significó para vos trabajar en el show de U2?
Uno de los mejores trabajos que tuve en mi vida. Gran experiencia.
Desde ya agradecemos tu tiempo que sabemos que es escaso, y con muchos
proyectos.

Sierra Grande es un pueblo de Río Negro que supo albergar en sus entrañas a la
mina de hierro más grande de Sudamérica. Sus comienzos se remontan a 1969,
cuando se creó la empresa estatal Hipasam que comenzó a explotarla, en 1972, y lo
hizo hasta 1991, cuando el presidente Carlos Menem, con un decreto, decidió
cerrarla. Con ello, abrió el período más triste para ese enclave patagónico que en
poco tiempo se convirtió en un lugar fantasma donde decenas de edificios vacíos y
abandonados convivían con la desocupación, la emigración forzada y la pobreza.
El comienzo de la década del noventa y ese lugar encontró a César Sodero en la
entrada a la adolescencia. Poco más de un cuarto de siglo después, este escritor que
alterna la narrativa con el trabajo cinematográfico eligió el nombre de su pueblo natal
para su primer libro de cuentos. Sierra Grande (Alto Pogo), de César Sodero, reúne
nueve relatos que pintan con sensibilidad aquellos años en los que el autor se inició
en el mundo adulto. Un libro que puede leerse también como una novela en la que
las historias están cruzadas por las relaciones filiales y con un escritor que elige el
lugar desde donde contar, la mirada de los que perdieron todo y se aferran a sus
afectos para edificar un futuro.
Sodero recibió el Premio del Régimen de Fomento a la Producción Literaria Nacional
y Estímulo a la Industria Editorial que entregó el Fondo Nacional de las Artes con un
jurado integrado por Félix Bruzzone, Fernanda García Lao y Elvio Gandolfo.
Sodero estuvo en el estudio de Infobae para hablar de Sierra Grande, las viviencias
que inspiraron su nuevo libro y por qué estos relatos saldan una vieja deuda con su
padre.
—Comparto con usted una vivencia personal que me apareció apenas recibí el libro y
es el recuerdo de haber conocido Sierra Grande a comienzo de la década del 2000 y
haber quedado conmovido por una ciudad que aparecía devastada, con muchos
edificios abandonados. Siempre la pensé como el símbolo más claro y evidente del
paso del menemismo que creo que refleja muy bien en estos cuentos. ¿La ve así?
—Sí, cuando empecé a escribir el libro, si algo tenía claro, era que quería que se
llame Sierra Grande, porque mi idea era tomar un lugar geográfico real, que era mi
pueblo, donde nací, me crié y había pasado mi adolescencia en los noventa, que no
fue fácil. Quería reconstruir el lugar para poder proyectarle el imaginario de la época.
No quería hacer una bajada de línea con historias más políticas, si querés, pero sí
quería que en las historias se recree el espíritu de esos noventa, sobre todo de los
primeros noventa. Quería recrear esa sensación de lo que habían sido esos años en
el pueblo.
Fue una época muy difícil porque justo cuando cerró la mina, en el año 1991, yo
cumplí 14 años y de alguna manera empezaba la adolescencia. Me fui a los 18 de
Sierra Grande y fueron años muy difíciles. No había trabajo, no había plata, no nos
íbamos nunca de vacaciones, estábamos atrapados en la dinámica del pueblo,
pasábamos todo el año y todo el verano en un ciclo medio denso e interminable. Y
ante eso, los amigos, siempre juntos y yendo de un lado para otro, creo que nos
salvó la amistad.

Una de las palabras que sintetiza estos relatos es la aridez, que no es sólo en la
geografía de esa zona patogónica sino en esa vida compartida.
—Sí, algo llano. La Patagonia siempre tuvo y aún lo tiene, acabo de volver a ir y está
con los mismos problemas de siempre, gente que tiene algo de pionero, como la
gente que iba al lejano oeste. Siempre hay problemas de infraestructura, siempre hay
algo que falta, no hay agua, el clima no ayuda y la gente siempre está luchando
contra el lugar. Como si el lugar fuera implacable, siempre te la va haciendo difícil, no
es un clima fácil. En un lugar así, si no tenés amigos, es tremendo. La amistad te
salva.
—Es curioso porque no han pasado tantos años y la juventud que usted narra es muy
diferente a la de hoy. Aquella está mucho más integrada a la geografía y a la vida de
la naturaleza, vinculada con lo lúdico.
—En un punto los personajes tienen algo naïf y también tienen algo como implacable.
Son medio tremendos por momentos, se mezcla eso del mundo adulto con el
adolescente más pueblerino. Es un combo medio extraño, en un momento son
buenos y después hacen cosas como duras. El viento marca mucho; parece un lugar
común en la Patagonia pero el viento es un montón de cosas, genera un montón de
sensaciones. Un día de viento te quedás mirando por la ventana y es mucho más que
eso, te sumerge en un estado.
Uno de mis escritores favoritos es Guy de Maupassant y en sus cuentos vi cierta
influencia de él. Por ejemplo, en esos personajes que se sientan a contar una
historia. ¿Le gusta esa literatura?
Sí, tengo los cuentos completos. Y esto que decís de contar historias es fundamental.
Para mí, los libros tienen que ser fundantes como las mitologías, en el sentido de que
es un relato y en el pueblo hay una cosa que está muy presente que es la narración
oral. Siempre alguien le está contando a alguien una historia, esa sensación de estar
narrando siempre es muy de un pueblo, siempre uno le cuenta a otro y el relato se va
transformando y después no sabés qué pasó de verdad y qué no, eso también quería
rescatarlo.
El extremo de eso es el chisme.
Exactamente y en el cuento "Odisea", que es el ruso contando la historia.
Ahí vi a Maupassant.
Claro, a mí me encanta eso y es muy humano, me encanta eso de que un tipo te
dice: "No sabés lo que pasó". Y ahí empieza una historia. Voy al pueblo y todos
cuentan historias, siempre hay un relato que es casi mítico. Lo importante son las
historias y lo importante es contarlas. A mí muchas veces me preguntan si es verdad
todo eso que cuento y qué importa si es verdad.
—El libro tiene tres ejes, pero primero le pido que nos centremos en dos: las
relaciones filiales, sobre todo la de padre-hijo y el deseo de "querer ser alguien",
como lo dicen en algunas ocasiones los personajes.
Lo de la relación filial es verdad. Cuando empecé a escribir el libro, pensé que estaba
escribiendo una cosa y cuando lo terminé, me di cuenta de que había escrito otra. Me
parece que en esa otra cosa todo el libro habla de ser padre y de ser hijo. De hecho,
el padre está presente en todos los cuentos, o de lo que es ser hombre, de alguna
manera, es este relato de iniciación, pero eso lo fui descubriendo después, cuando lo
terminé y lo empecé a corregir. Me di cuenta de que el libro daba cuenta de esa
relación y que estaba saldando una deuda, porque la relación con mi papá era algo
que venía persiguiendo desde hace tiempo. Mi papá falleció hace mucho y siempre le
estuve dando vueltas a eso.
El tercer eje tiene que ver con ese relato de iniciación y el punto de ingreso al mundo
adulto con ojos masculinos.
Sí, eso está muy presente y además en la Patagonia, que suele ser como más duro.

A medida que uno va pasando las páginas y cuento tras cuento, hay un autor que crece y se
asienta para terminar en el que, creo, es el mejor relato junto con "Los castigos". ¿El orden
que le dio en el libro es por eso?

Sí, siento que el último cuento es el mejor del libro y de alguna manera es el cierre. No tanto
"Los castigos"; por ahí lo puedo comparar con otros, sé que tiene otra estructura y se puede
leer de otra manera, pero me parece que en el último encontré un tono, incluso encontré un
tono para seguir escribiendo ahora otras cosas. Encontré un mundo y como que me animé
otros lugares y también puse mucho de mí en ese cuento, puede ser que sea más maduro,
también es el último cuento que escribí y el que más tiempo me llevó y cerraba bien el libro,
sobre todo por el final y la relación filial de la que hablábamos, es también un cierre a eso.

Traté de construir los relatos desde los vínculos, que apareciera el lugar desde las relaciones
humanas. De hecho, no hay tantas descripciones del lugar, pero van emergiendo de los
vínculos de los personajes.

César Sodero (Sierra Grande, 1977) plantea que a veces lo real está “muy cerca de lo fantástico” y que
hay situaciones que suceden en una zona que puede ser confusa. “La realidad tiene aberturas hacia
lugares siniestros a los que uno se puede asomar y entrar fácilmente”, agrega Sodero, también
guionista y director de cine que el próximo año estrenará Emilia, su primer largometraje. 

Lo estropeado podría ser otro punto de enlace entre las historias. “No sé si la palabra es estropeados,
pero sí están en un momento de crisis existencial, de duda con lo que hacen y con lo que son –aclara
Sodero sobre los protagonistas de sus cuentos-. Los personajes parecen seguros de lo que están
haciendo y en un momento se cuestionan y tienen dudas con la vida, con el trabajo, con el mundo. Y
llega un momento en donde tienen que dar un paso más y se abre una brecha existencial en relación
al mundo y a lo que hacen: la mujer ante el fuego, el cura ante esa aberración que ve en el campo, el
pescador en el medio del mar y la tormenta… Pero estas cosas no las pensé cuando escribí los
cuentos, sino que son resultado de la lectura. Uno a veces cuando escribe no piensa tanto ni el género
ni en las ideas que van a atravesar las historias”.

-César Sodero: La escritura del libro de cuentos empezó como un juego, porque yo había escrito el
cuento “Trampas”, que era una historia que me habían contado en Sierra Grande. Entonces se me
ocurrió escribir un libro con animales, como un juego; cuentos en los que haya siempre un animal.
Muchas historias tienen resonancias con historias que me contaron cuando yo vivía en el sur. El
primer cuento está inspirado en relatos de médicos y sacerdotes que iban a una zona bastante
aislada de La Patagonia; pero otras historias son producto de la imaginación.

-C.S.: El cine ha tenido mucha influencia y yo también trabajo como guionista; en la escritura de
guiones la frase trata de ser más corta, más concisa. Cuando uno escribe un guión, intenta que el que
lo lea pueda entenderlo fácilmente y que la imagen sea muy nítida para que todos los que lean el
guión, que son muchas personas, vean la misma película. En la literatura eso es parecido: uno tiene
que tratar de generar una imagen que sea muy transparente; que se pueda visualizar. No tiene que
ser una imagen cerrada o totalizadora; tiene que tener algo para que el lector la complete y se sienta
parte de esa historia. Yo tiendo escribir tratando de construir imágenes donde el lector se pueda
zambullir y sienta que está ahí adentro. Uno de los cuentos transcurre en un barco pesquero y yo
nunca estuve en un barco pesquero. Pero hice entrevistas a pescadores e investigué bastante. Me
llevó mucho tiempo escribir ese cuento. Cuando lo terminé, se lo mandé a uno de los pescadores que
más data me había dado y me dijo una cosa que me encantó: “es como si hubieras navegado con
nosotros”. El pescador que lo leyó sintió que el cuento era creíble. La escritura te permite acceder a
lugares que uno no conoce.

César Sodero: “Al escribir hay algo que te va llevando a mirar el otro lado de lo
real”

Entrevista a César Sodero, escritor, guionista y cineasta rionegrino. Su último libro de cuentos, El mar de los
lobos (Alto Pogo, 2019), fue ganador del segundo premio de la Fundación El Libro 2018.

APU: ¿Cómo pensás el pase entre la narración realista y el género fantástico? ¿Está dentro de tu
narrativa?

CS: La verdad no lo pienso en esos términos, para mí la realidad tiene algo de fantástico si uno mira con
detalle. Leyendo una nota del diario “El País” de España, la cual narraba que a raíz del coronavirus muchos
marroquíes y argelinos ilegales pagaban a las mismas barcazas que los llevaron a Europa para ser
devueltos a África, en ese pequeño quiebre, hace unos meses, eso podría haber sido una historia
fantástica. A mí la apertura hacia lo fantástico no es algo que pienso, es algo que se aparece en las
historias, la propia dinámica de la narrativa me lleva a “fisurar” lo real para que aparezca el otro lado, lo
fantástico es lo que no se media pero está presente en lo real, voy dejando que la escritura me devele el
otro lado de lo real que para mí está presente, no es nada sólo imaginario.

APU: Es a lo que te lleva el mismo ritmo del texto, de la escritura.

CS: Para mí la realidad tiene algo de fantástico, si uno presta atención está lleno de detalles. La escritura es
un momento más reflexivo y uno tiene tiempo de pensar en esos detalles que te llaman la atención y no
sabes por qué, pero al escribir hay algo que te va llevando a mirar el otro lado de lo real, eso me encanta,
eso es la literatura. Es como una maquinaria, medio difícil de poder inspeccionar y decir cómo funciona la
propia mecánica de la escritura, sé que hay escritores que son más analíticos y encaran la ficción desde
otro lugar, para mi es algo como más integral.

APU: ¿Podrías considerarte un escritor de género fantástico?

CS: No, la verdad que no, entiendo por qué lo preguntas, puede ser que tome algunos elementos pero no
encaro la escritura o me considero un escritor de lo fantástico, la verdad que no.

APU: ¿Qué te ordena para escribir? ¿Cuáles son las lecturas que vos tenés más presentes o estás
leyendo actualmente que ordena la escritura?

CS: Depende lo que esté escribiendo, siempre trato de leer algo afín a lo que estoy escribiendo o algo que
tenga más que ver con pensamiento lateral, puedo ver videos, documentales, millones de entrevistas, leer
libros sobre el mismo tema, voy investigando. Para el cuento "Unos pescadores" leí bastante sobre pesca,
sobre barcos, entrevisté a pescadores, hice todo un trabajo alrededor de esa historia para plasmarle mayor
entidad y que sea más vivo lo que uno está contando. Me gusta investigar sobre lo que escribo aunque
después no lo use, ahora por ejemplo, estoy en una colaboración con un guión de una directora que tiene
que ver con gente impactada por rayos, entonces estoy leyendo bastante manuales de electricidad y esas
cosas.

APU: ¿El proceso de escritura de narrativa cómo lo encaras?

CS: Siempre según la sensación, una imagen, algo que leo por ahí, alguien me cuenta algo. Por lo general
escucho mucho, estoy atento a lo que me cuentan y no sé por qué, es medio misterioso eso, siento que ahí
hay una historia, no es que se me ocurre completa, es un momento que empiezo a desarrollar o a
desenvolver y la historia va apareciendo ahí, la historia que yo pensaba tenía una forma, que la voy a
descubriendo a medida que la voy escribiendo. Si no escribiera no se me ocurriría nada. La ficción me
aparece sólo con la escritura, anterior a eso lo que hay es una apreciación o una intuición de algo, pero no
mucho más que eso.

APU: Estudiaste cine y filosofía y esas son dos formas de encarar géneros
narrativos distintos, la filosofía como literatura, como una forma posible de la
literatura y el cine como una manera de narración en la mayor parte de los casos
¿Cómo ha influido ese estudio?
CS: Primero estudié cine, después filosofía porque cuando estudiaba cine leían a Deleuze, el libro que habla
de cine, en aquel tiempo de base y movimiento. Sentía que hacer cine, que los cineastas también son
filósofos, reflexionan usando imágenes. Sentía que el cine es un espacio de reflexión filosófico. Estudié
filosofía por eso, es una especie de respiración porque yo no me dedico a la filosofía, pero me quedó eso en
la escritura y en el cine, una reflexión existencial tomé de la filosofía, uso personajes, conjunto, percibiendo
una duda existencial o cuestionamientos sobre el mundo todo el tiempo. Los personajes, sobre todo en los
cuentos, están en momentos críticos en que dudan de todo, eso me quedó de la filosofía. Después mi
escritura está muy ligada a los guiones, una cosa más lacónica, bastante visual, tratando de generar
imágenes claras. Eso es muy de la escritura de guión y de alguna manera trasladé eso a la literatura, tratar
de generar imágenes pero que los adjetivos los ponga el lector, se pueda armar la imagen en su cabeza, se
termine de armar la imagen con la mirada del lector.

APU: Veo una conexión en la forma de abordar la literatura y el trabajo de guionista.


Lo veo en los diálogos sobre todo, si se quiere en lo técnico esto de no usar
guiones, aunque parezca el guionista que no usa guiones en la narrativa. Como que
dentro del cuento o de la narrativa misma los diálogos están muy insertos en este
trabajo de narración, algo rítmico si se quiere.
CS: Para mí el texto también es algo visual: la marca de diálogo siempre me molestó, el autor señalándome
que hablan, yo creo que si uno construye bien el texto no se necesita esa marca de diálogo. Hace que fluya
mejor la lectura, entonces siempre trato de no generar marcas de diálogo porque no es necesario y, si el
texto uno lo construye bien, corre mejor. Es una idea mía, me sale así, lo siento como una forma visual, se
ve mucho más lindo y es más dinámica la lectura sin las líneas de diálogo, nunca lo pensé como algo
relacionado al cine sino como algo más literario.

APU: ¿Lo viste más en la literatura que dentro de lo que es el oficio de guionista?
CS: Si, totalmente, considero que los diálogos que escribo, los diálogos de los cuentos engañosamente
parecen cinematográficos pero si los mismos diálogos los llevas a un guión de una película no
funcionan; me ha pasado con adaptar textos míos a cine y cuando lo pasaba a un guión, por una misteriosa
razón, obviamente porque son dos lenguajes distintos, parece que son parecidos pero son muy distintos, si
pasas ese diálogo a un guión se va a transformar un poco. Hace poco vi La flor de Mariano Llinás, tiene
algo así pero al revés, uno lo escucha y dice “esto es literatura” narrada en off pero es engañoso, y después
yo presté atención en algunos fragmentos de las películas de Llinás, lo pensaba en literatura y no funciona.
Es demasiado banal, pero tiene una sonoridad literaria y esa es la extrañeza y la atracción de las películas
de él.

APU: Me parece que donde más lo logras es en el cuento "No más que sombras", la
señora que pierde el perro, la mujer hablando consigo misma como si fueran dos
personajes, una cosa un poco ciclotímica. Se va hablando, contando y se va
cagando a pedo a sí misma todo el tiempo, se está cuestionando cosas. Ese cuento
me parece que logra un poco de lo visual, ahí pude ver a esa señora hablando sola.
CS: Si, vos lo dijiste, me parece que es un recurso muy literario. En el cine no funcionaría nunca, ese cuento
lo adaptas al cine y no hay nada, es muy difícil sostenerlo. Para mi ese texto es pura literatura. Mucha gente
me dice “tus cuentos son muy cinematográficos”, la verdad que no, no sé si funcionan, no son tan
cinematográficos, parece que sí pero no, es muy engañoso eso.
APU: Lo que puede ser es que lo veo bastante cinematográfico porque no entiendo
un pomo de cine y vos sí.
CS: (Risas) Creo que lo cinematográfico es que por ahí genera imágenes y eso está bueno que pase, pero
me parece que para una película no sé si funcionaría, quizá el del barco pero no sé, hay algo ahí que es más
de la trampa del lenguaje. Por ahí hay cosas que no funcionan tanto en otro lenguaje.

APU: Hablemos un poco de Emilia, la película que se estrenó en 2019.


CS: No, la filmé en 2019 y todavía no se estrenó comercialmente. La estrené en el festival de cine de
Rotterdam a fines de enero. pero ahora con todo lo que está pasando se está postergando el estreno. De
hecho, habíamos entrado al Bafici pero se suspendió, así que estamos en un bache metafísico viendo qué
hacemos con la película. La hicimos donde yo nací, estuvimos como un mes filmándola y la estuve
editando y pos produciendo todo el año pasado y la terminé en octubre.

APU: Es la historia de una mujer que vuelve a su pueblo buscando cierta paz pero
se encuentra con ciertos fantasmas del pasado.
CS: A grandes rasgos esa es la película. Es la historia de una chica que vuelve a su pueblo escapando de su
historia en la ciudad, habiendo terminado una relación, con la fantasía de que en el pueblo va a encontrar
una historia en la que ella supo estar bien. Un pasado digamos, pero es una película que habla sobre los
desencuentros de uno con uno mismo y con el mundo, de sentir que el lugar que alguna vez fue idealizado
no existe más, aunque exista físicamente, y que las personas que uno quería mucho en otra época ya no
son las mismas y toda esa frustración. Habla un poco, también, de esa adolescencia tardía y de ese no
asumirse como adulto, pasa mucho con esos veinteañeros largos que siguen ahí dando vueltas. Hay un
momento donde tenés que asumir que hay algo que se terminó. Es una peli bastante intimista, de vínculos,
encuentros y desencuentros.

APU: ¿En qué estás trabajando en este momento?


CS: Ahora tengo varios proyectos, estoy tomando notas para un libro de cuentos, una novela empezada que
voy retomando de a poquito, estoy trabajando en una rescritura de un guión de Lucía Puenzo, se llama Los
impactados y estoy viendo si cerramos para desarrollar una serie que se va a filmar en la Patagonia, está
bueno este proyecto pero estamos tratando de cerrarlo a ver si se puede producir o no.

Cómo nace Sierra Grande?

Ya nací y viví en Sierra Grande hasta que terminé el secundario a


mediados de los noventa. Después me vine a vivir a Buenos Aires. Pasó el
tiempo y con el tiempo me vinieron las ganas de escribir sobre aquella
época. No sabía qué. Lo único que sabía era que quería escribir un libro
que se llamara Sierra Grande. Un libro con el clima de aquellos años. Con
el imaginario de esa época. A partir de ahí armé el libro. Las historias
empezaron a aparecer, a brotar, solas, sin mucho esfuerzo.

¿Cómo trabajaste la historia de Los Rusos? ¿De dónde salió la


historia? ¿Cómo es su vínculo con la cultura Rusa?
Siempre admiré el espíritu ruso. Me encanta su cine, su literatura, su
historia, sus héroes, soy medio fan de los cosmonautas rusos y de toda
su épica.
Los rusos surgió de unos ucranianos que una vez fueron a trabajar a la
mina de hierro que había en mi pueblo. La mina había cerrado hacía dos
años pero los ucranianos llegaron y se instalaron en el pueblo. Era un
grupo de cinco o seis. O quizás más. No me acuerdo bien. Lo que sí
recuerdo es que paraban en el mismo bar al que íbamos nosotros. Nadie
sabía bien que hacían en la mina. Ni a que se dedicaban. Y eso, en un
pueblo, era caldo de cultivo para que la gente inventara historias. Habrán
estado un año, en el que se juntaban todas las noches en el bar a tomar,
y un día desaparecieron. Siempre me quedé pensando en esos
ucranianos, que no hablaban con nadie, que estaban en un pueblo
perdido de la Patagonia. Siempre me preguntaba cómo sería su vida
cotidiana. Qué pensarían. Cómo nos verían. Todo lo que entonces me
hubiera gustado preguntarles y nunca les pregunté.
Por otro lado, hace años, leí la historia de dos rusos que habían quedado
varados en Mar del Plata, se llamaban Victor y Anatoli. Después del fin de
la Unión Soviética no tenían a donde volver, se habían quedado sin
bandera. Parece que eso pasó en otras ciudades de la Argentina también.
Me pareció una historia increíble que de alguna manera resonaba con los
ucranianos que yo había conocido.
Después junté las dos historias y escribí el resto.

¿Cómo trabajaste el vínculo entre la realidad en paralelo a


percepción en la vivencia de los personajes?
Traté de escribir desde lo que pensaban y sentían los personajes. No creo
que exista una realidad distinta a la que pensamos. La realidad es lo que
vivenciamos, aunque también es verdad que la naturaleza puede
condicionarnos. Traté de construir el mundo de los personajes desde lo
que hacían y decían con pocas descripciones de lugares. Quería que el
lugar apareciera desde la subjetividad. Frases cortas, una escritura
bastante llana, mucho énfasis en la violencia, situaciones que dan cuenta
de lo que es la vida en la Patagonia.

¿Creés que, en la condensación social de un pueblo, aparece más


cristalizado lo intrínseco del humano?
Lo humano es un concepto muy amplio que depende del contexto social.
Me parece que en la vida de un pueblo se trasluce mejor la cultura de una
sociedad. Los pueblos, es general, son más tradicionalistas. Los valores
tienden a permanecer mucho más tiempo que en las grandes ciudades
donde los cambios culturales, en muchos casos, cambian tanto como la
tecnología. Pero hay algo en la vida de pueblo que no se da en la vida de
las ciudades, que es que todos se conocen. Hay cierta familiaridad y un
sentido de permanencia en los pueblos que no se da en las ciudades. Eso
habilita otro tipo de conflictos. Por ejemplo: el otro, el extranjero, el que
no es del pueblo, se puede transformar en la persona de la que todo el
pueblo habla, y en esas habladurías surgen situaciones increíbles.
En definitiva, el pueblo termina siendo como una gran familia. Y ya
sabemos que toda familia, de alguna manera, es un reflejo de la sociedad
en la que vivimos.

Sierra Grande me resultó más una novela que una antología de


cuentos, ¿desde el principio lo planteaste con esta intención?

Mucha gente me dice que le parece una novela. Pero yo no lo veo así,
aunque respeto esa lectura. Es verdad que los personajes y algunas
situaciones se cruzan y eso da una idea de totalidad más cercana a la
novela que a un libro de cuentos. Cuando empecé a escribir el libro solo
sabía que se iba a llamar Sierra Grande. O sea, partí de un lugar, de un
concepto si querés. Y a partir de ahí vertebré todo el libro. Me gusta
trabajar con conceptos, con una idea que atraviese los relatos. Y quizás
por eso se puede leer como una novela.

 En el cuento Pablo,  el amigo del protagonista escucha a un escritor


afirmar que escriba para entender, esa definición es el motor del
relato ¿vos también escribís para entender o para qué escribís?
A mí la escritura me ayuda a pensar. Me ordena ideas. Me aclara el
pensamiento. Y partir de ahí el entendimiento funciona mucho mejor.
Como en el relato, creo que la escritura es una gran herramienta para la
comprensión del mundo. Igual, no me refiero a encontrar una verdad ni
nada parecido. Cuando digo comprender me refiero a poder darle forma,
sentido, a lo que nos rodea y sentimos. Eso es lo más lindo de escribir. En
la escritura el mundo es nuestro.

¿Cómo se vincula Sierra Grande con tu padre?


Todo el libro está atravesado por la figura del padre. Y si querés, de mi
padre. Cuando terminé de escribir el libro me di cuenta de que todo el
libro hablaba de eso. De la relación filial. No fue algo buscado. Pero
estaba ahí. Eso me encanta de la escritura. Uno cree que puede
manipularla como quiere pero después uno se da cuenta de que la
escritura nos abre a una dimensión desconocida. Nos lleva a un lugar
distinto, más auténtico, y menos mental. A un lugar más humano, si
querés.
Volviendo a tu pregunta, con el tiempo me di cuenta de que el libro es un
reconocimiento a mi papá, una forma distinta de poder conversar con él,
otro modo de superar a la muerte para cerrar una etapa muy dolorosa de
mi vida.
 Sobre Enriqueta ¿Cómo construiste el personaje de la chica que
accede al coito mientras llora el suicidio de su padre? ¿Cómo se
activa el morbo del protagonista que se muestra en otros cuentos
más consciente/solidario?
Ese personaje lo construí desde una situación tremenda que está muy
instalada en la vida de pueblo. Por lo menos en los años en que yo vivía
allá. Cuando nosotros éramos chicos, había una idea instalada en el
imaginario, digo esto porque no era una algo que se decía, que se ponía
en palabras, o que se pensaba de forma consciente, sin embargo, estaba
instalado en las acciones, en la forma de moverse, esa idea, muy de clase
también, era que las chicas más pobres eran más fáciles. Era una idea
tremenda que estaba dando vueltas. Siempre me impactó mucho eso. De
grande lo hablé con mis amigos del pueblo y me di cuenta de que eso nos
avergonzaba. Quise hablar de eso. De las ideas que nos formaron y nos
avergüenzan.
Creo que lo del morbo tiene que ver con poner en acción y en palabras
todo aquello que está instalado en el imaginario social del pueblo, y que
ese personaje utiliza para someter a Enriqueta. Ese morbo, es el lado
oscuro del pueblo mostrado explícitamente.

 ¿Cómo maneja el clima, la atmósfera, en sus narraciones?


Todo el tiempo trato de construir imágenes que sugieran sensaciones,
que sean abiertas para que el lector las pueda completar. Me gusta que la
realidad se pueda abrir a otras realidades. Mostrar las fisuras por las que
se cuela el otro lado de lo que somos. Para eso tiene que haber tensión.
El lenguaje tiene que estar tenso, tirante, a punto de romperse. Como si
lo real fuera una tela que tiramos por las cuatro puntas. Y en un
momento, alguien, del otro lado, hace un tajo con un cuchillo. Eso es la
literatura.
 
¿Cómo aborda en su obra el trinomio “lenguaje, trama, argumento”?
Para mí el trinomio es uno solo. A medida que escribo el lenguaje va
estructurando la trama y el argumento al mismo tiempo. Es un proceso
simultaneo. Se despliega todo al mismo tiempo.

¿Cómo funciona la memoria –olvido y recuerdo- en su literatura?


La escritura para mí es una forma de la memoria. En el sentido de que
ayuda a darle forma a la experiencia. Y en esta dar forma, creo que el
olvido y el recuerdo se complementan. La memoria se construye, creo, en
base a lo que recordamos y olvidamos. Y el motor de esa dialéctica, o el
modo en que lo hacemos, es la memoria. Para mí la literatura es de vital
importancia para la memoria porque rescata las experiencias, los modos
de sentir y pensar, que la Historia, de por sí, no puede dar cuenta.

¿Cómo es su proceso de escritura?


Ahora estoy terminando otro libro de cuentos, le dedico unas dos horas
todos los días. Más de eso ya no me rinde, porque empiezo a
desconcentrarme. Me lleva mucho tiempo la reescritura. Reescribo todo
línea a línea. Las primeras versiones son algo más impulsivo, con material
en bruto al que después voy tallando. Le voy dando forma, ritmo. Es
como el trabajo que hace un escultor, o un ebanista. La escritura aparece
con la reescritura. Es como dice Kartun, escribir es reescribir, lo demás es
catarsis.
También escribo para cine, ahora estoy con unas presentaciones al INCAA
y le dedico bastante tiempo a esto. En estos últimos seis meses escribo
todos los días, pero quizás, después, pueda pasar un tiempo sin escribir
una palabra. La escritura es un estado. Ahora estoy en modo creativo. No
sé cuánto durará.

¿Qué le interesa leer?


En general leo literatura, pero también leo ensayos, libros de historia, y
todo aquello que me despierte curiosidad. Siempre estoy buscando
historias. O ideas para escribir historias. Por eso trato de leer todo lo que
puedo.
Caballos al galope en una playa desierta

El narrador y Pablo, de noche, llega la vecina, Josefina. Eran las tres de la mañana y mis viejos
dormían. Abrí y me encontré con mi vecina. Apenas se le veía la cara abajo de la capucha.
Cuando entró se sacó la capucha y vi la cicatriz que le atravesaba la cara. Pobre mina, pensé. Pablo apareció
por detrás de mí, me miró extrañado.

Entramos a la casa. A la mesa estaba sentada su hija Flora, de unos nueve o diez años. Tenía puesto un
pijama rosa. Nos saludó sin levantar la vista mientras dibujaba sobre una hoja. Josefina se acercó.

Tenía los ojos enormes y brillantes. A su lado había una pila de hojas con dibujos. Flora dibujaba muñecos de
palos que no te- nían nada que ver con una nena de su edad. Pensé si no tendría algún retraso o algo por el
estilo.

Vi un cuadro que colgaba de la pared: caballos al galope en una playa desierta recortados por el sol que cae
sobre el mar. Parece el nombre de un libro, dije.
Pablo me miró.
Los caballos al galope... parecen... bueno... no, nada.
Señalé el cuadro y pensé que era difícil explicar lo que me había imaginado pero que más difícil era saber
qué hacíamos con Pa- blo a esa hora en ese lugar.
Es un poema de amor, escuché que decía Flora a mis espaldas. La miré y hablé sonriendo:
Sí, ya sé. Un poema de amor como los de antes.
Flora me miró extrañada.
¿Antes de qué?
No supe qué decirle. Josefina salió de la habitación. Con Pablo nos asustamos cuando vimos el rifle que traía
en las manos.

Es para matar al perro.


¿Qué perro?
A Pupi. Pupi está sufriendo y no podemos dejarlo así.

Caminé hasta donde estaba Josefina. Miré el lugar que señalaba con el rifle. Había una chapa apoyada contra
un árbol. Debajo, enroscado, estaba Pupi, un pekinés. Josefina me ofreció el rifle. Dale, matalo, yo no me
animo.

El perro tenía los ojos hinchados, desorbitados, y unos quistes enormes sobre el lomo. Me di vuelta y vi a
Pablo entrando a la casa.

No se murió, respira, dijo.


Josefina se paró, me sacó el rifle, lo cargó y lo puso en mis manos de nuevo.
Por favor, otra vez.
Un relámpago iluminó el patio. Miré a Josefina que observaba con los ojos bien abiertos. El surco impreciso
que le atravesaba la cara parecía dilatarse con su respiración cada vez más intensa. Apunté.

Pupi se enfermó cuando mi papá se fue. Se puso triste.


Claro...
Mirá, así era Pupi.
Me mostró un dibujo: un perro, o algo parecido a un perro, de- trás, un sol se escondía en el horizonte.
¡Vos sos malo! ¡Malo! ¡Malo!
Entonces entró Josefina, traía a Pupi entre los brazos y el rifle colgado de un hombro. Estaba empapada. Me
di cuenta de que alrededor de mis pies se habían formado dos charcos de agua marrón.
¿Qué pasa Flora?, dijo Josefina y apoyó a Pupi sobre la mesa. Flora hacía puchero y me miraba con bronca.
El señor nos vino a ayudar. No se le habla así a la gente.
Flora agarró un lápiz y se lo tiró con fuerza a Josefina.
¡Puta!
¡Flora!, dijo Josefina.

¡Sos una puta! ¡Papi tenía razón!


Josefina se acercó a Flora y le dio una cachetada en la cabeza. Después nos quedamos callados. Flora se puso
a llorar en silen- cio. Josefina apoyó el rifle en el piso y se llevó una mano a la cara. Bueno... me voy, dije,
pero nadie pareció escucharme.
Cuando cerraba la puerta, alcancé a oír que Flora le decía a Jo- sefina:
Si papi se llega a enterar, se va a enojar. Y mucho.

Hermética
Después del mediodía volví a mi casa derrotado. Me acosté en la cama y puse Ácido Argentino, el disco que
a la noche sonaría en vivo a menos de doscientos kilómetros de mi pieza. Hermé- tica iba a tocar en San
Antonio Oeste y no la iba a poder ver. Lo pensaba y me quería matar. El plan había fracasado porque apa-
reció el viejo de Gonzalo cuando estábamos cargando naftaA la tarde me desperté con la certeza de que con
catorce años no podía seguir dependiendo de otros para hacer lo que tenía ga- nas. Les pedí permiso a mis
viejos. Tomé el último colectivo de la tarde, tenía el tiempo justo. El viaje duraba una hora y media y el
recital empezaba en dos. A mitad de camino el colectivo se detuvo por un problema en el motor. El chofer
tardó tres horas en arreglarlo. Cuando llegamos a San Antonio Oeste corrí hasta el polideportivo municipal y
me encontré con un grupo de me- taleros de Sierra tomando vino. Me dijeron que Hermética había tocado la
última canción hacía media hora.Tuve ganas de volver a la terminal y romper el colectivo a pata- das.
Después me odié por haber tardado tanto en decidir hacer el viaje. Me acordé de mi viejo que siempre me
decía: tenés que ser más decidido, no podés dudar tanto. Los metaleros me ofre- cieron vino y me senté con
ellos. Hablaban de peleas callejeras y de la cantidad de alcohol que habían tomado la última semana. Al rato,
dijeron que se volvían a Sierra y se subieron a un viejo Ford Fairlane amarillo. Me preguntaron si tenía cómo
volver y les dije que sí. Pero cuando el auto se fue me di cuenta de que era tarde, cerca de las doce de la
noche, y de que ya no había colecti- vos hasta la madrugada. Entonces se me ocurrió ir a Las Grutas,Dos
metaleros, con camperas de cuero y borceguíes, discutían a unos metros de donde yo estaba. Uno debería
tener
22mi edad y el otro tendría unos treinta años. El más joven le decía al mayor que Iron Maiden era una banda
histórica y que Rage Against the Machine era una banda de mierda. El más grande escuchaba en silencio y
buscaba algo en los bolsillos. Sacó unas monedas, las contó y le preguntó a su amigo si tenía cincuenta
centavos. El más joven buscó en su campera y dijo que no mo- viendo la cabeza. Entonces, el más grande me
miró sabiendo que yo estaba ahí, disponible, y dijo:
¿Tenés cincuenta centavos para prestarme?
Miré hacia los costados para comprobar que era a mí a quien le hablaba.
¿Cómo?
Si tenés cincuenta centavos para prestarme.
Busqué una moneda y se la di.e conté que prefería los primeros discos de Maiden pero que veía difícil que
volvieran a sonar como en esa época. Daniel prendió un cigarrillo y me ofreció otro. Le pedí fuego y me
sentí seguro. Empecé a mover las manos mientras hablaba. Inventé que un hermano de mi papá tenía un bar
en Londres donde iban los integrantes de Maiden a tomar cerveza después de los ensa- yos. El Grone
escuchaba atento, con los brazos cruzados y las piernas abiertas formando una A.
¿Querés tomar cerveza con nosotros?
Bueno, dale.
Cuando llegó el colectivo, subimos los tres y nos sentamos en el fondo. Recorrió el pueblo pero no subió
nadie. Después agarró la ruta. El chofer apagó las luces del pasillo y prendió una pálida lu- minaria de
posición cerca de la cabina. El Grone se acostó sobre unos asientos adelante nuestro y nos pidió que lo
despertáramos al llegar. Yo estaba sentado junto a la ventanilla, trataba de ver hacia afuera pero sólo veía mi
reflejo. Apoyé la cabeza contra la ventana. El rumor del motor me relajó. Cerré los ojos. El colecti- vo tomó
una curva cerrada que me empujó sobre Daniel. Le pedí disculpas. Me acomodé en el asiento. Miré la marca
que había dejado mi cabeza sobre el vidrio empañado. Era un círculo, casi perfecto. Con el dedo le agregué
líneas que salían de los bordes. Un sol, pensé.

Me di cuenta de que me había estado observando.


No, lo hice pero no lo pensé mucho.
Daniel se acomodó en el asiento, buscó un cigarrillo y abrió la ventana estirando un brazo sobre mi cabeza.
Una brisa fría me despeinó.
¿Y qué vas a hacer a Las Grutas?, dijo, sosteniendo el cigarrillo con los dientes.
No se puede fumar acá.
Me miró, levantó los hombros, prendió el cigarrillo y dijo: ¿Entonces?
¿Entonces qué?
¿A qué vas a Las Grutas?
Voy a la casa de una amiga y después iremos a algún bar.

Claro que estoy enamorado.


Busqué al chofer con la mirada pero parecía concentrado en sin- tonizar una radio. Daniel me pasó la
cerveza, tomé un trago cor- to. Cuando a lo lejos vi unos faroles que señalaban la proximidad de Las Grutas,
Daniel apoyó la cabeza en mi hombro.
¿Te molesta?
Iba decirle que me molestaba mucho cuando sentí una mano en la rodilla. Me quedé quieto. Daniel empezó a
subir la mano hacia la entrepierna. No sé por qué pero me quedé aguantando la respiración.
¿Sos virgen?, me susurró al oído.
Apoyé mi mano sobre su mano pero él apretó con más fuerza. Dale, contame, ¿sos virgen?
No, no...
¿Y con quién cogiste, bombón?
Miré hacia afuera pero me encontré con el reflejo difuso de mi cara. Me vi como si fuera otro, alguien
desfigurado por el miedo. Respiré el aire frío que entraba por la ventana y traté de pensar en otra cosa.

¿Y de atrás?
¿De atrás?, dije.
Dale, de atrás cómo venís, contame, decía, baboso, con los ojos entornados, frotando la nariz contra mi oreja
y cruzando el bra- zo libre por mis hombros. El Grone dormía o simulaba dormir. Dale, contame.
Entonces vi que el colectivo entraba a Las Grutas.
Bajo con vos y vamos a pasear por la playa, ¿querés?, dijo.
Vi gente en las calles y la cara libidinosa de Daniel reflejada en el vidrio. Descubrí que el chofer nos miraba
y ese gesto me hizo sentir a salvo. De golpe, me paré. Daniel se echó hacia atrás. Caminé rápido hasta la
puerta.
Me bajo acá.
En la parada nene, dijo el chofer.
Lo miré. Él también me miró.
¿Todo bien?
Me di vuelta y vi que Daniel me observaba.
Sí, todo bien, ¿me puedo bajar?
El colectivo frenó y cuando estaba bajando, el chofer me llamó. Che, pibe, dijo, serio, con los codos
apoyados sobre el volante. Vos sos muy chico para andar solo por la calle, ¿entendés?
Sí, dije sin mirarlo a los ojos.
Bajé a la vereda. Me quedé quieto, escuchando cómo se alejaba el colectivo. Respiré hondo. Tuve ganas de
llorar y lloré. Pen- sé en volver a Sierra, en estar con mi familia, con mis amigos. Pensé en que nunca iba a
poder contar esta historia. Entonces, mientras me limpiaba la nariz con la mano, escuché que alguien me
hablaba:

¿Me puedo quedar con ustedes?


Las chicas se miraron.
Sí, dale, sentate, nosotras en un rato vamos para allá, dijo una y me hizo un lugar a su lado.
Me preguntaron de dónde venía. Dije que había estado en el recital. Una de las chicas me contó que
Hermética era la banda favorita de su hermano pero que a ella le parecían una bola de ruido. Quisieron saber
qué tal había estado. Les dije que había sido una noche gloriosa, no sólo para el público, también para la
banda.
¿Y vos cómo sabés que para la banda también?
Porque lo vi en sus caras, dije.
Las chicas, por primera vez, sonrieron.

Lúa
Al lado de mi casa había una pensión. Era un edificio de una sola planta. Las paredes estaban pintadas con
cal al agua que dejaba ver el trazado irregular de los ladrillos. La entrada era una arcada de hormigón sin
puerta por la que se ingresaba a un pasillo angosto en el que se sucedían las siete habitaciones en alquiler. En
el frente colgaba un cartel de madera con letras rojas que decía:
se alquila piesa – cosina incluida.
El dueño se llamaba Ismael Gómez, antiguo cantante de tangos que después de perder la voz se dedicó a los
negocios inmobi- liarioUn día, volviendo de la escuela, vi a Gómez en el frente de la pensión hablando con
una mujer de piel oscura y el pelo como resorte. Gómez no tenía vergüenza en mirarla de arriba aba- jo
mientras ella hablaba. Supongo que se sentía tan extrañado como yo, que nunca había tenido la oportunidad
de estar tan cerca de una mujer negra. Después dijo algo y la mujer buscó en la cartera. Gómez contó la plata
y le hizo una seña para que lo siguiera. La mujer levantó con las dos manos una valija rosa sin ruedas y entró
al pasillo.

Un sábado a la madrugada vi a un hombre en el umbral de la pensión hablando con Lúa. El hombre


murmuraba al oído de la brasilera y miraba para todos lados. Después, Lúa se corrió a un lado, prendió un
cigarrillo y dijo algo mientras largaba el humo. El hombre buscó en el bolsillo interior de la campera y sacó
unos billetes. Lúa sonrió, lo agarró de la mano y entraron al pasillo.

Al otro día Pablo y Gonzalo vinieron a casa. Les conté lo que había visto.
Capaz era un amigo.

¿Amigo? No, Gon, esa mina cobra, seguro, dijo Pablo. ¿Cómo sabés?, dije.
¿Y qué va a hacer una negra de esas acá?
Puede estar buscando trabajo.
Jaja... Sí, trabajo. ¿Trabajo de qué si acá no hay nada? Esa mina cobra, te lo firmo.

Claro que sabe si él le alquila, dijo Pablo.


Por eso. Hay que ir a ver a Gómez. Él nos puede decir.
¿Y qué ganamos con eso?, dije.
Seguridad, dijo Gonzalo.
¿Seguridad para qué?
Para no hacer un papelón cuando la vayamos a ver.
¿Y qué le decimos?
Que tenemos plata y nos queremos acostar con ella.
Pero si no tenemos un mango, dijo Pablo
Fuimos al bar Los Vascos, sabíamos que entre las tres y las cinco de la tarde había poca gente. Cuando
entramos, Pierre, el due- ño, estaba acodado a la barra con un escarbadientes en la boca mientras trataba de
sintonizar una radio. Gómez estaba junto a la ventana que daba a la calle. Leía el diario y tomaba vino con
soda.

¿Qué quieren?, dijo Pierre.


Pedimos una soda, tres vasos y nos sentamos en una mesa cerca de Gómez. Nos quedamos en silencio. Pierre
se acercó, dejó el pedido y volvió a la barra. Al rato, Gómez se dio cuenta de que lo mirábamos. Se tomó el
vino que tenía en el vaso y se sirvió más. Le puso dos hielos y un poco de soda. Nos miró de nuevo.
¿Qué miran?
Queremos hacerle una pregunta, dijo Gonzalo.

¿Qué?, dijo Gómez mirando de reojo a Pierre, que trataba de escuchar lo que decíamos.
La mujer, la negra que le está alquilando, ¿de dónde la conoce?, dije.
Gómez resopló, sacó un atado de Imparciales del bolsillo del pantalón, y después de varios intentos en los
que no lograba ha- cer coincidir la llama con el cigarrillo, logró prenderlo.
Ahá. Bueno, veo que esa chica está de moda.
Nos miramos.
¿Por qué?, dije.
Porque ya son varios los que me preguntaron.
¿Quién le preguntó?, dijo Pablo.
No les puedo decir. Hay matrimonios en juego.
Entonces... la negra, ¿trabaja?, dije.
Gómez se rió y se frotó la cara y el pelo con una mano durante un rato. Pablo me miró y yo miré a Gonzalo.
Gómez se paró y con un puño golpeó la mesa.
¡Qué se creen pendejos! ¡Que tengo un puterío! ¡Me vieron cara de fiolo! ¡Por qué no se van a la mierda,
mocosos irrespetuosos! A Gómez le temblaba la mandíbula.

Dos días después Gonzalo consiguió la plata. Le dijo a su papá que era para salir con una de las chicas ricas
del pueblo y que pensaba llevarla a comer un pollo rostizado a lo de Tito Corvalán y, después, para completar
la noche, alquilar una habitación en el hotel de la terminal donde uno de los que atendía era un cono- cido
nuestro. El plan sonaba creíble y el viejo le dio cien pesos. Pero no le dijiste la verdad, dije.

No. No hizo falta.


¿Y ahora?
Ahora hay que elaborar un plan, ver cómo la encaramos, dijo mientras estiraba el billete sobre la mesa.

Una tarde llegué a casa y vi que Lúa estaba hablando con mi mamá en la vereda. La saludé.
Ella es la nueva vecina, dijo mi mamá.
Ah, hola.

Sí, ya nos vimos en el almacén, dijo Lúa.


Me quedé sin palabras, no pensé que se acordara de mí.
Bueno, ¿querés usar el teléfono?, dijo mi mamá y entendí que

me había perdido parte de la conversación.


Sí.
Pasá, dijo mi mamá.
Entré atrás de Lúa y me senté frente al televisor. Lúa buscó algo en la cartera. Mi mamá le dijo que hablara
tranquila. Lúa agarró el auricular con una mano. La miré y se me ocurrió que podía es- cuchar la
conversación por el otro teléfono. Me levanté rápido. Voy al baño, dije.
Mi mamá me miró. Lúa también. Subí las escaleras de a dos es- calones. Entré a la habitación de mis viejos y
levanté el teléfono con cuidado. Escuché el tono de llamada.
Hola, dijo la voz de un hombre.

¿Está Ricardo?
Pará, ¿dónde estás?
Quiero hablar con Ricardito.
Está paseando con la abuela.
¿Cuándo vuelve?
¿Me estás jodiendo? ¿Qué querés?
Quiero saber cómo está Ricardito.
Claro...
Mirá, no puedo hablar mucho, me prestaron el teléfono, quiero hablar con mi hijo.

Por favor... a qué hora puedo hablar con Ricardito.


A ninguna, y no llames más porque te vamos a denunciar.

A mí no me podés denunciar porque yo soy...


Del otro lado cortaron. Esperé a que Lúa colgara el teléfono para hacer lo mismo. Me quedé sentado unos
segundos en la cama. Bajé las escaleras tratando de no hacer ruido. En el comedor vi a Lúa sentada en una
silla. Mi mamá parecía consolarla. Lúa lloraba y hablaba en portugués. Mi vieja me miró y levantó los
hombros.

Esa noche, en la cena, mi mamá le contó a mi papá lo que había pasado.


Andá a saber, dijo mi viejo, esas minas siempre andan con qui- lombos.

Mi mamá lo miró, esperaba una aclaración, yo también.


No sé, digo, qué hace una negra de esas acá en el pueblo. En algo raro debe andar.
Ay... no seas así... es una mujer como todas, anda buscando trabajo. Yo voy a ver si le puedo dar una mano.
Pero si no la conocés.
¿Y? ¿Qué importa? ¿Ahora hay que conocer a la gente para ayu- darla? Yo soy cristiana. Y vos también, no
te olvides.
Mi viejo me miró y sonrió.

Cada vez que me la cruzaba, Lúa me saludaba con una sonrisa. Pensé que ahora iba a ser más difícil
acostarnos con ella. El no conocernos nos daba más libertad de acción.
Le conté eso a Pablo.

Más tarde nos juntamos con Gonzalo, teníamos que decidir si nos gastábamos la plata en Lúa o tomando
cerveza en el Copeto. Pensé que la discusión iba a ser larga pero Gonzalo la hizo corta. Muchachos, esto no
está en discusión. Mañana a la noche le to- camos la puerta. Asunto terminado. Salimos a la calle. No se veía
a nadie y el farol de la cuadra parpadeaba. Nos paramos frente a la pensión. Adentro, alguien cantaba una
zam- ba. Un hombre vestido con un overol azul nos pasó por al lado y saludó. En una mano traía una bolsa
con varias cajas de vino. Golpeó la primera puerta. Cuando abrieron, la voz del cantante se escuchó más
fuerte. La puerta se cerró y nos quedamos escu- chando los murmullos de adentro.
Bueno, ¿quién va?, dijo Gonzalo. Nos miramos entre nosotros. Voy yo, dije.Gonzalo me dio el billete de cien
pesos.
Ahora vuelvo.
Entré al pasillo. Estaba oscuro. Sabíamos que la última habita- ción era la de ella. Caminé a tientas hasta el
fondo. Me di vuelta y vi a los chicos inmóviles recortados por la luminosidad inter- mitente de la calle. Me
detuve frente a la puerta, había luz. Traté de mirar por la ventana pero estaba cubierta con papel de diario. La
cerradura tenía puesta la llave.
Está adentro, pensé.
Cuando estaba por golpear, escuché la voz de un hombre y la risa de Lúa. Me asusté y retrocedí. Escuché
moverse la llave. Cuando giraba para irme, la puerta se abrió. Un hombre me miró. Tardé unos segundos en
reconocerlo.
¿Qué hacés acá?, dijo mi papá.

Pablo
Los padres de Pablo se separaron a fines de los ochenta, cuando el divorcio se convirtió en ley. Fueron los
primeros del pueblo. Para mí, con doce años, los matrimonios eran para toda la vida. Hasta ese momento
nunca se me había ocurrido pensar que la gente casada podía separarse. Eso podía ser tan cierto como que un
día el sol ya no volviera a salir. Cuando escuché la palabra divorcio y me explicaron lo que significaba, sentí
un cosquilleo en la panza. Un miedo igual al que me producían las películas de vampiros cuando las miraba
solo. Cierta necesidad de escuchar a mi mamá diciendo que estaba todo bien.
Mis viejos hablaban del tema con preocupación, tenían miedo de que eso pudiera pasarles a ellos.

que mi viejo hablaba con un amigo mientras arreglaba el motor del Fiat 600.
No es joda el matrimonio. Vos te pensás que a mí no me dan ganas de largar todo y volver a estar solo. Me
encantaría. Pero no lo hago. ¿Sabés por qué? Por mi familia. Cuando tenés un hijo tu vida ya no importa
tanto. ¿O no?

Mirá, no sé cómo es. De lo único que estoy segura es de que hay que tener fe en Dios. Nada más.

Con Pablo me costaba hablar de la separación de sus padres. Era algo que estaba presente pero que no se
tocaba. Pablo car- gaba con el estigma de ser hijo de padres separados. Tuvo que atravesar la infancia
sufriendo la lástima de los demás, la gente pensaba que no tener a los padres juntos era como haber perdido
una pierna en un accidente.

Pobre Pablo, tan chiquito, dijo mi abuela cuando se enteró de la separación.

Un día, mientras mirábamos una película en la tele, Pablo me contó que su mamá le había prohibido ver a su
papá. Se puso a llorar. Yo seguí mirando la pantalla pero perdí el sentido de lo que veía

Historia de entrevistas entre escritor y un periodista… En un momento le preguntó para qué escribía. Fue la
única pregunta que hizo pensar al escritor y la única respuesta que recuer- do con claridad.
Escribo para entender, dijo.
Cuando salimos de la escuela, Pablo me dijo que lo que había dicho el escritor lo había dejado pensando. Le
pregunté por qué. No sé, ahí hay algo, dijo.

La semana siguiente Pablo me contó que había empezado a escribir una historia.
¿Una historia sobre qué?
La historia de mi vida, dijo.

Léelo, dijo.
Pensé que habías escrito más.
No hace falta, acá está todo, dijo golpeando con la palma de la mano la carpeta.
Lo leí en el patio mientras Pablo miraba televisión en el living. Al principio me costó asociar la escritura con
él. Aunque sabía que la historia que se contaba con esas palabras era su historia, el hecho mismo de escribirla
la transformaba en otra cosa.

Algo que no tenía nada que ver con lo que había pasado. Pablo y el texto parecían cuerpos distintos.
Además, en la narración, Pablo se nombraba a sí mismo como si fuera otro. Eso fue lo que más me llamó la
atención. Pablo hablando de Pablo como un perso- naje.
Es una catarsis, dijo Miguel cuando la leyó.
No sabíamos bien qué era una catarsis pero nos imaginamos que sería algo bueno.
Tenés que leerlo en clase, te va a hacer bien.

Pablo leyó el texto en la última media hora de Lengua. Cuando terminó de leer todos nos quedamos callados.
El gordo Owen hizo un chiste pero nadie se rió. Miguel estaba emocionado, no sólo por el texto sino porque
por primera vez lograba que en una clase todos prestaran atención. Pablo se quedó mirando el suelo.
Entonces sonó el timbre. Todos empezaron a salir.

Listo, ya está, te lo regalo, dijo y se paró.


Pablo salió del aula y me quedé solo. En el pizarrón estaban las palabras que Miguel había escrito al
comienzo de la clase:

Literatura – Realidad – Vida – Ficción

No tengo copia de ese escrito, Pablo tampoco. Se perdió. Recuerdo la historia pero no la forma. Hace un
tiempo, Pablo me pidió si me animaba a reescribirla. Le dije que no recordaba mucho y que si él me ayudaba
podíamos hacerlo juntos.

No, no, escribila vos como te parezca.


Pero no me acuerdo bien cómo era, vos tenés buena memoria para los detalles.
No importa lo que pasó sino cómo lo contamos, dijo.
Pensé en el sentido de escribir su historia sabiendo que al hacer- lo, de alguna manera, estaría escribiendo la
mía. Se lo dije. Hacé lo que quieras, son historias, lo importante es contarlas, como sea, dijo.
Esa noche me senté frente a la computadora. Pensé un título, el primero que me vino a la cabeza pero que
terminó siendo el definitivo: Los Castigos. Me quedé mirando la pantalla y me acordé de la primera oración
del manuscrito de Pablo. Fue lo único que necesité recordar. El resto lo escribí como pude.

Los Castigos
Dios tan cerca y uno a veces tan lejos.

Nati, la mamá de Pablo, había nacido en una familia muy hu-

milde en lo profundo del Paraguay. A los seis años, ante la im- posibilidad de alimentar a todos los hijos, su
padre la dejó en la puerta de un orfanato.

2
Sos un punto de luz en la oscuridad, le dijo el padre Hilario

mientras la tenía sentada en la falda.


Nati no se animó a preguntar a qué se refería con eso de la luz y tampoco por qué la mano del cura se
deslizaba debajo de su pollera. Lo único que sabía era que la palabra de Dios era incues- tionable y que las
decisiones que tomaban sus representantes en la tierra estaban bendecidas por Él. Así que lo mejor era
aceptar lo que Hilario le estaba proponiendo como un aprendizaje para acercarse cada día más a una vida
llena de virtudes, como le recordaban cada mañana las monjas.

3
Nati logró sobreponerse al dolor que le causó la muerte de Hilario. Trabajó de sol a sol, aceptando las
humillaciones a las que se veía sometida en la casa de sus patrones

Cuando rindió la última materia, salió de la escuela y se dio cuenta de que nadie la esperaba para felicitarla.
Vio festejar a sus compañeras junto a sus familias y se prometió que algún día ella también iba a tener hijos
con quienes brindar por las cosas lindas de la vida

4
Unos meses después, Nati consiguió trabajo en un colegio en

medio de la selva al que sólo se llegaba a lomo de burro. Un lugar inaccesible en el que los alumnos no
conocían una sola palabra de español. Muchos ni siquiera sabían que se hablaba otra len- gua distinta al
guaraní. Pero Nati, aplicando la pedagogía que habían usado con ella, fue logrando los objetivos que se había
propuesto al aceptar el cargo. Disfrutaba tachando en su cuaderno los logros obtenidos.

Es- taba convencida de que los premios debían ser tan importantes como los castigos. Si un alumno se sacaba
una muy buena nota, Nati le daba un abrazo, o una fruta, o alguna golosina que traía de la ciudad. Pero si el
alumno se portaba mal o no estudiaba, Nati lo llevaba al patio y adelante de todos sus compañeros le
aplicaba un castigo ejemplar.

5
Una calurosa tarde de noviembre, un joven mochilero fue a pedir agua a la escuela. Tenía un acento extraño.
Soy argentino, dijo, y Nati sintió que esa forma tan particular de pronunciar las palabras le generaba un
cosquilleo en la panza. El argentino se llamaba Luis, estudiaba historia y estaba de viaje buscando
información para escribir su tesis sobre la Guerra del Paraguay. Fue así durante varias semanas, hasta que
Nati lo invitó a cenar. Esa noche se besaron. Era la primera vez que sentía deseos por un hombre y ya había
pasado los treinta.

6
Luis le propuso ir a Argentina a vivir con él. Ella tuvo miedo de

dejar todo lo que tanto trabajo le había costado conseguir pero no pudo decirle que no. Se casaron por civil
en Asunción. Cuan- do terminó la ceremonia caminaron hasta la terminal y se toma- ron un colectivo con
destino a Buenos Aires. Tiempo después, por medio de un amigo de la facultad, Luis consiguió trabajo en
Sierra Grande. Nati no tardó en entrar como maestra en la escuela primaria, donde se iba a terminar
jubilando.

7
A Nati le hubiera gustado tener más hijos, pero estaba cerca de

cumplir cuarenta y sintió que el destino le podía jugar una mala pasada. Para Luis lo determinante fue darse
cuenta, una tarde cualquiera, mientras se duchaba, de que Nati no era la mujer que se había imaginado.

Luis soñaba con volver a sus épocas de mochilero y perderse en paisajes remotos en busca de aventuras.
Añoraba a las mujeres con las que se había acostado y la sensación de vivir sin horarios. Pero después veía a
Pablo y Mariana y sentía que nada se comparaba con verlos crecer. Tuvo que aprender a vivir con los deseos
cruzados hasta que conoció a una joven profesora de música, que le enseñó a leer, no sólo las partituras de
los grandes maestros del piano, sino también las partituras profundas del alma.

Me voy, dijo un día Luis.


Bueno, andate, ya vas a ver, dijo Nati.

8
Luis se fue de la casa y empezó una nueva vida. Nati hizo el camino inverso. Se tomó varios meses de
licencia. Durante ese tiempo las persianas permanecieron bajas con órdenes estrictas de no levantar ninguna.
Se encerró en su casa tanto como en sí misma. Nati ya no creía en el amor. Sentía odio por ese hombre por el
que había dejado todo… llena de rencor y con ganas de venganza. Porque si había algo que no se le hacía a
una mujer, por lo menos en la tierra donde ella había nacido, era humillarla. A medida que pasaban los días,
una idea se le iba tornando cada vez más clara. Nunca más en mi vida voy a sufrir por un hombre, se dijo a sí
misma

Durante meses, Pablo y Mariana aguantaron los ataques explosivos de Nati. Todo lo que le recordaba a Luis,
Nati lo tiraba. En unos meses la casa quedó vacía. Sólo se quedaron con los colchones en el suelo. Nati sentó
a Pablo y Mariana en medio del living y les dijo:

Ahora sí, vamos a empezar de nuevo, pero ahora las cosas van a ser como yo dig

Nati hacía meses que venía entrenando a Pablo y a Mariana para que odiaran a su padre tan- to como ella.
Mariana aceptó enseguida la propuesta. Pablo se resistió a su manera, diciendo que sí a su mamá, pero
visitando a su papá a escondidas. Luis lo esperaba con el auto en una ar- boleda atrás de la escuela y se iban a
pasear lejos para que nadie los viera.

10

Nati nunca aceptó la mensualidad que Luis quería pasarle y hacía triple turno en el colegio para cubrir todos
los gastos. Se iba a las siete de la mañana y volvía a las once de la noche. Nati quería que no les faltara nada
a sus hijos pero por sobre todo quería demostrarle a Luis que no lo necesitaba en absoluto. Una tarde Luis le
dio a Pablo un sobre con plata.

Nati lo descubrió contando los billetes. Pablo no supo mentir. Nati lo agarró de los pelos y lo tiró al suelo.
¡Te dije que no le abras a ese hijo de puta!, dijo mientras lo sacu- día con fuerza. ¡Si te querés ir con él
decime y te hago la valija! Nati rompió el sobre en muchos pedazos. Pablo lloraba sentado en el suelo
mientras los restos de billetes le llovían en la cabeza. Si querés seguir viviendo en esta casa, portate como un
hombre, no como el cagón de tu papá.
Nati se fue a su habitación. Mariana, en pijama, lo miraba desde la puerta.
No hagas renegar a mami, ¿no ves que está triste?, dijo.

11

Pablo vivía sometido a las decisiones de Nati, que estaban atravesadas por el odio a Luis. Nati temía que sus
hijos se fueran con él. Por eso nunca dejaba de recordarles lo mal padre que había sido con ellos

12

Nati lo había encerrado porque se enteró de los encuentros con Luis. Durante un mes Pablo no podía salir a
la calle. Ni siquiera lo dejaba ir a la escuela.

A la mañana siguiente Pablo volvió a la escuela. Me contó que a la noche Luis lo había ido a buscar pero
que Nati no lo dejó en- trar y lo amenazó con llamar a la policía. Entonces Luis rompió la puerta a patadas.
Cuando entró, Nati lo estaba esperando con un palo de amasar en la mano. Luis se defendió como pudo hasta
que la tomó del cuello y le pegó una cachetada.

¡Basta, loca de mierda! ¡Qué tenés en la cabeza!


Luis se paró frente a la puerta de la habitación de Pablo.
¡Se acabó! ¡Abrí ya esta puerta!
13
Pablo volvió a su casa después de que Nati lo esperara a la salida del colegio y le pidiera perdón.
A veces hay cosas que me superan, a veces, no sé cómo decirles cuánto los quiero, dijo.

14
Pablo empezó a visitar a su papá todas las tardes después del

colegio. Tenía buena relación con Guillermina, la mujer de Luis, que le enseñó los principios del lenguaje
musical. Guillermina le daba clases de piano y Pablo se entusiasmaba con los progresos que hacía. Sentía
que la música era un misterio que lo hacía gravitar en una órbita cada vez más cercana a la obsesión.
Practicaba en su casa con un teclado impreso sobre papel. Imaginaba los sonidos, las teclas debajo de sus
dedos. Nati sabía que Pablo estaba aprendiendo música pero se oponía a comprarle un instrumento. Decía
que la música lo iba a distraer de los estudios.

15
Un verano, Pablo se fue de vacaciones con Luis y Guillermina.

Pararon en un camping cerca del Glaciar Perito Moreno. Arma- ron una carpa de caños y pusieron un toldo
que hacía de come- dor.

Luis abrazó a Pablo y le dio un beso en la cabeza. Pablo sintió por primera vez en muchos años que tenía una
familia. Aunque sólo fuera por unos días, formaba parte de una familia. Se preguntó qué estaría haciendo su
mamá en ese momento. Se la imaginó en la oscuridad de su habitación, acostada, con los ojos abiertos.
Vamos, es tarde, dijo Luis pisando la colilla.
Sí, vamos, dijo Pablo dando la última pitada al cigarrillo.

16
Una tarde fuimos al hospital a ver a Luis. En un examen de rutina los médicos habían visto algo extraño. Lo
iban a operar. ¿Qué significa que no les da confianza?, le dije a Pablo.
No sé, supongo que algo bueno no es.

18
Nati no fue al entierro de Luis, pero durante días lloró su muer-

te.
A pesar de lo que me hizo, era el padre de mis hijos, le dijo a mi mamá.

19
Guillermina lo había llamado porque quería darle algunas cositas que eran de Luis. Cuando llegamos,
Guillermina nos atendió en camisón. En una mano tenía un cigarrillo y en la otra un vaso de vino.

Me sorprendí al descubrir que en la pared colgaba el mismo cuadro que había en la casa de Josefina:
caballos al galope en una playa desierta recortados por el sol que cae sobre el mar. Se lo hice notar a
Pablo pero él no se acordaba, tenía la atención puesta sobre las cajas. Abrió una, estaba repleta de álbumes de
fotos. Las primeras que vimos eran en blanco y negro, de una familia rural posando jun- to a unos animales.

20
Pablo empezó a ir a la casa de su papá, ahora la casa de Guillermina. Disfrutaba ordenando fotos, cartas,
dibujos, poemas, libros, revistas. El criterio con el que trabajaba no era claro pero lo hacía feliz. Pablo, ante
la escasez de recuerdos de su papá, se empeñaba en tratar de ordenar lo poco que quedaba de él. Guillermina
lo ayudaba sin entender qué significaba todo el esfuerzo que Pablo ponía en esa tarea. Pablo tampoco lo
sabía, pero sentía que haciendo eso de alguna manera podía conocer un poco más a su papá.

Una vez, cuando era una niña, un cura muy cercano me dijo:
“Dios tan cerca y uno a veces tan lejos
Dios va contigo y te alcanzará sobre las grandes cosas,
la suerte está echada y para vos la victoria elemental de la vida es la compañía”.

Estoy convencida de que tu compañía es la victoria más grande de mi vida.

Te quiero.

Nati. 1975.

21

Comienza la tansformación subplanta Guillermina le dijo a Pablo que se llevara la ropa de Luis porque

sino la iba a regalar a la iglesia. Pablo puso todo en una valija y la llevó a su casa. Mientras la ordenaba en el
ropero se dio cuenta de que no tenía nada que ver con la ropa que él usaba. Al principio pensó en volver a
guardar todo y llevarla a la iglesia pero después sintió que era un lindo homenaje a su papá vestirse como él.

Empezó a usar camisas a cuadros con mocasines y saco sport

“Pablo se apropiaba de las prendas tratando de apoderarse del cuerpo que las había usado”.

23.
Pablo armó un bolso con ropa y se fue a la casa de Guillermina. Cuando le contó lo que había pasado, ella le
ofreció la habitación que estaba vacía. Esta casa también es tu casa. Podés quedarte todo lo que quieras.

24.
Al mes de irse a vivir con Guillermina, Pablo abandonó la es-
cuela.
No tengo ganas, prefiero trabajar, me dijo cuando lo fui a ver. ¿Y tu vieja qué dijo?
Ya no dependo de ella. Hago lo que quiero.
Lo sentí seguro y pensé que a mis dieciséis años nunca podría decir eso. Estaba tan cómodo en mi casa, tenía
una familia nor- mal, comida, ropa, algo de plata y todo el tiempo del mundo para hacer lo que quisiera.
Nunca se me hubiera ocurrido aban- donar el colegio para trabajar. Pero Pablo estaba convencido de que el
trabajo le iba a dar libertad. Supongo que Guillermina también pensaba lo mismo porque lo llevó a trabajar al
taller de electromecánica de Roberto, su hermano. A Roberto le decían El Vaca, por la gordura y por la
lentitud para moverse.

Ahora sí me siento un hombre, me la banco solo, ¿entendés? Dije que sí pero no entendí. Nos sentamos a
tomar unos mates en la vereda. Pablo cruzó las manos y miró el sol que caía en el horizonte.

Cuando le dije a Mariana que Pablo la quería ver, la cara se le puso roja.
Pablo se portó mal... Mi mamá está muy triste. Decile que no me moleste más.

No te podés gastar toda la guita en joda, tenés que aportar a la casa, dijo Guillermina.
Pablo, mareado, la miró sin entender.
De ahora en más la plata la voy a administrar yo. Vos ya sos un hombre, tenés que aprender a cuidarte.
¿Entendés? Y nosotros, ahora, somos una familia.
Guillermina habló con El Vaca y arreglaron que el sueldo de Pa- blo ahora lo iba a cobrar ella.Una noche,
mientras Pablo trataba de dormirse, Guillermina
abrió la puerta de la habitación y prendió la luz. Estaba vestida con un camisón traslúcido.
¿Qué pasa?
Nada, tranqui, dijo Guillermina y se sentó en la cama.
¿Estás bien?
Ay Pablito... si supieras lo bien que me pone que vivas conmigo, dijo mientras con una mano le acariciaba la
cara.
Pablo sintió el aliento alcohólico de Guillermina que ahora lo miraba de cerca.
No sabés cómo extraño a tu papá. Todas las noches pienso en él. Me acuerdo de su olor, su calor, su calentura
en la cama. Guillermina se acercó y le habló al oído.
No sabés qué buen sexo que teníamos. No podíamos parar, dijo y metió una mano debajo de las sábanas.
Pablo cerró los ojos y sintió la lengua de Guillermina empujando sus labios.
Uy, qué gorda, parece que va a explotar, dijo Guillermina

-A la mañana siguiente Pablo se despertó cansado, Guillermina


no estaba en la cama y por un momento pensó que todo había sido una pesadilla. Fue al baño, y mientras se
lavaba los dientes se miró en el espejo.
¿Y ahora?, se dijo con espuma en la boca.
En la cocina Guillermina preparaba tostadas

Hola amor, ¿te preparo el desayuno?


¿El desayuno?
Sí, querés té o café, dijo sonriendo.
Pablo sintió que algo no estaba bien, pero no sabía qué.

31
Pablo se mudó a la habitación de Guillermina, la habitación
que era de su papá. Fue algo natural, como salir a caminar. Gui- llermina le dijo que de ahora en más iban a
dormir juntos y Pa- blo le hizo caso. Lo que Pablo no podía terminar de entender era si Guillermina era su
novia o la mujer de su papá, o las dos cosas, o ninguna de ellas. Lo que más le inquietaba era que de al- guna
manera estaba reemplazando a su padre. Pero no de forma simbólica sino literal. Guillermina le decía que era
igual a Luis. En esto se parecía a Nati, que siempre le recordaba lo mismo. Pablo empezó a confundirse. Ya
no sabía bien quién era. Las co- sas empezaron a complicarse cuando Guillermina le pidió que completara lo
que Luis no había concretado.
Quiero ser mamá, con tu papá siempre lo hablamos.

32.
Cuando me encontré con Pablo, lo noté cansado.Guillermina me está volviendo loco, no sé qué hacer. ¿Qué
te hace?
De todo... no puedo más.... quiero ser como antes, dijo.

33.
No pasó mucho tiempo hasta que se corrió el rumor en el pueblo de que Guillermina estaba teniendo
relaciones con un menor. Mi papá me interrogó hasta que le conté lo que sabía. Me dijo que era un horror y
que lo iba a hablar con Nati. Por segunda vez, mi papá iba a hablar con los padres de Pablo para que lo
ayudaran. La primera fue con Luis, ahora iba a ser con Nati. Fuimos a su casa. Nos sentamos en la cocina. Al
principio ella se resistió a hacer algo por Pablo. Pablo es un hombre, sabe lo que hace.
¿Un hombre? Apenas tiene dieciséis años, dijo mi papá.
¿Y te parece poco? ¿Sabés todas las cosas que viví yo a esa edad? Yo también, pero no quiero eso para mis
34.
Nati hizo una denuncia en la comisaría por abandono de hogar y abuso de menores.
Fue un escándalo. hijos. Quiero que no sufran, que sean felices.
Yo también.
No parece Nati, una madre siempre es una madre, en las buenas y en las malas.

35.
Guillermina pidió el traslado a una ciudad del norte después
de que la Justicia levantara la acusación a pedido de Nati, quien prefirió el destierro a tener que alimentar
durante meses a la chusma del pueblo. Pablo nunca le dijo a Nati todo lo que había
SG
91pasado con Guillermina. Tampoco Nati se lo preguntó. Ese año, a pedido de Nati, Pablo rindió el año libre.
Aprobó todas las ma- terias. Parecía un milagro pero no lo era. Pablo estuvo todo el ve- rano estudiando, casi
no lo vimos. Cuando dio el último examen lo fuimos a esperar a la salida del colegio. También estaba Nati.
Pablo se puso contento cuando nos vio pero más feliz lo hizo ver a su mamá. Estuvieron abrazados un rato
largo. Después nos fui- mos a comer unas pizzas que Nati había preparado para festejar.
Pablo salió. Nos paramos junto a la puerta. El Vaca ahuecaba las manos para prender un cigarrillo. Pablo se
acercó. El Vaca em- pezó a hablar. En un momento Pablo sonrió. Eso nos tranquilizó. El Vaca sacó plata de
su billetera, la contó y la puso en el bolsillo de la campera de Pablo. Luego lo abrazó, le palmeó la espalda y
se fue caminando. Pablo entró al bar.
¿Qué te dijo?, dijo Gonzalo.
Nada, quería pagarme lo que me debía...
¿Nada más?

37
Un año después, fuimos con Pablo al balneario cerca del pue-

blo a pasar un fin de semana. Una amiga de mi vieja nos había prestado una casa muy cerca del mar. Cuando
llegamos había viento. Nos quedamos encerrados tomando mate esperando que el día mejorara. Pero el
viento soplaba cada vez con más fuerza levantando una espesa cortina de arena. Era casi imposible ver a más
de cinco metros. Las chapas del techo crujían y la gente en la calle corría tapándose la cara con lo que tenía a
mano.

Qué día de mierda, dije mirando por la ventana.

Bueno, pero antes quiero contarte algo.


¿Qué?
Algo en relación a los vientos de Santa Ana.
Dale, no jodas, quiero dormir tranquilo.
No, mentira. Algo más real, pero que da más miedo.
En ese momento la vela se consumió del todo y nos quedamos a oscuras.
Uy, la puta madre, ¿te fijaste bien si no había otra?, dije.
No. No hay más.
Nos quedamos un rato en silencio escuchando cómo el viento sacudía toda la casa.
¿Te puedo contar?, dijo.
¿Qué cosa?
Lo que te estaba diciendo.
Ah..., sí, dale.
Antes de ayer recibí una carta de Guillermina.
¡No! ¿De verdad?
Te juro. Decí que estaba yo cuando llegó el cartero.
Increíble. ¿Qué decía?
Muchas cosas, pero sólo una importante. Una sola cosa que me dejó pensando y que no me deja dormir.
¿Qué?
No sé.
¿Cómo no sé? ¿Me estás jodiendo?
Sí que sé..., pero me da vergüenza contarte.
Dale boludo, decime.
Pablo prendió un cigarrillo y la brasa le iluminó la cara por un segundo.
¿Y?
Guillermina dice que tuvo un hijo. Un hijo del cual yo soy el padre.
Mentira.
No miento. Dice que está bien y que le puso Luis.
Está loca.
Igual me dijo que esa era la primera y la última carta que me es- cribía. Que nunca más iba a saber de ella ni
de Luis pero que estaba convencida de que yo tenía que saber que había sido papá. ¿Y ahora?
Ahora no sé, tengo que seguir viviendo. Igual esto no puede salir de acá. Vas a ser la única persona que sepa
esta historia. De ahora en más borralo de tu mente, hacé de cuenta que nunca te dije nada. Y si algún día me
lo querés recordar, no voy a saber de qué me estás hablando. ¿Entendés?

Sí.
Esta historia muere acá y se va con este puto viento. Como los vampiros que venían con el viento de Santa
Ana y desaparecían a la mañana siguiente.
Así será.
Bien, ahora vamos a dormir, estoy seguro que mañana va a ser un día de playa.
Enriqueta
Cuando Gonzalo se enteró de que sus viejos se iban a Buenos Aires, vino a casa a decirme que durante una
semana íbamos a tener un bulo para llevar minas.
Tenemos que aprovecharlo, hay que sacarle el jugo.

¿Pero a quién llevamos?


No importa, a cualquiera. Lo importante es que esta semana te- nemos que coger. Como sea, dijo.

Así que el primer día que estuvimos solos nos juntamos en su casa a planificar a quién podíamos llevar.
Gonzalo anotaba po- sibles candidatas en un cuaderno. Las que tenían fama de ser fáciles. Las que no
buscaban novio. Las chicas a las que solo ha- bía que invitarlas a tomar mate. Entonces se nos ocurrió llamar
a Enriqueta, una compañera del colegio. Enriqueta vivía en el barrio La Loma, en una casa de bloques sin
revocar y techo de chapa. Esa precariedad nos hacía sentir seguros.

Pablo y el Colo fueron a buscar a Enriqueta. No era lejos.

Con Gonzalo nos acercamos a ver qué pasaba. Enriqueta estaba sentada con la cara entre las manos. Pablo le
acariciaba la espal- da. El Colo, susurrando, nos dijo que el padre se había intentado suicidar y estaba
internado grave. Nos sorprendió. Pero más nos sorprendió que Pablo, mientras le decía que no se preocupara
que su papá se iba a poner bien, empezó a caminar con Enri- queta hacia una de las habitaciones. Cuando
estaban entrando, Pablo se dio vuelta, nos guiñó un ojo, y cerró la puerta. El Colo se acercó y trató de mirar
por la cerradura.

Enriqueta estaba acostada en la cama, desnuda, con las piernas abiertas. Me acerqué a la mesa de luz donde
estaban los forros. Mientras abría uno, me di cuenta de que Enriqueta estaba llo- rando. Me saqué el
calzoncillo. Sin mirarme empezó a hablar: Mi papá se sentía el hombre más poderoso del mundo.
Vi el contorno de la ropa interior que el sol había dibujado sobre la piel y muchos granos sobre la pelvis mal
depilada. Cerré los ojos. Traté de imaginarla como una actriz porno mientras me tocaba la pija con una mano.
De a poco se fue poniendo dura. Me puse el forro rápido y me senté al lado de Enriqueta que seguía
hablando.
Pero cuando se quedó sin nada se puso triste, dijo abstraída. Nos quedamos callados. Yo me seguía tocando.
Ella me miró a los ojos. De alguna manera nos encontramos.
Vení, dijo.
Me acosté sobre ella. No supe qué hacer.
Metela, dale.
Empujé despacio. Enriqueta frunció las cejas.

¿Tu papá no trabajaba en la mina con mi viejo?


Me quedé quieto. No entendía o no quería entender de qué me estaba hablando.
No sé. Puede ser. Ahí se conocían todos.
¿Él qué hacía?
No tenía ganas de hablar. Empecé a empujar sin perder de vista que yo estaba encima para coger. No estaba
ahí para hacer de psicólogo ni de amigo. Pero ella seguía hablando. Con una mano le tape la boca y le dije al
oído:
Shhh... basta. No hablés más. Quiero que grites. Que grites como las putas de las películas. No que hables.
¿Entendés? Sabía que detrás de la puerta todos estaban escuchando. Empezó a gritar. Al principio con
timidez pero después desaforada. Me asusté.
Pará, pará, dije. Tanto no. Un poco.
Tenía los ojos llorosos. Me abrazó. Me pidió que la mirara, que la cogiera pero que la mirara.

Pará por favor, pará, dijo.


102

Eso fue peor. Fue como echarle nafta al fuego. Sentí un odio que nunca antes había sentido, como un vómito,
unas ganas irresisti- bles de hacerle mal, de lastimarla, de descargar mi bronca. ¿Querés que pare, querés que
pare?

Sí, sí, por favor.


No, no, no... No voy a parar, ¿entendés? Quédate así, dale, así, así, dije mientras sentía cómo mi
transpiración empapaba el cuerpo frío de Enriqueta que lloraba desconsolada.
Basta, por favor, ¡basta!, ¡basta!
Detrás de mí escuché la voz del Colo.
Pará, dejá de joder.

Detrás de mí escuché la voz del Colo.


Pará, dejá de joder.
¡Salí de acá!, dije girando apenas la cabeza.
Entonces entró Gonzalo y me empujó. Caí junto a la cama. ¿Estás loco?, dijo.
Miré a Enriqueta acurrucada contra el respaldo. Me paré. No sabía qué hacer. Gonzalo me miraba extrañado.
Salí de la habita- ción. Me di vuelta. Enriqueta me miró. Quise disculparme pero en ese momento el Colo le
pidió a Gonzalo que saliera.
Ahora me toca a mí, dijo, y cerró la puerta.

Extraterrestes

Sí, cazando. Animales. Qué sé yo.


¿A esta hora?
Y sí, es la mejor hora para cazar.
Los disparos me inquietaron. Me di cuenta de que estábamos solos en medio de los cerros. Nos quedamos en
silencio, pero solo escuchamos el rumor distante de unos camiones en la ruta. Miré a los chicos, sonreían
nerviosos. Abrí otra cerveza y me senté en el suelo. Cuando empiné el codo, descubrí que está- bamos
cubiertos por un cielo de estrellas que con el paso de las horas se había vuelto más intenso.
Che, ¿quién inventó las estrellas?
Uy, pintaron las preguntitas de Hernán, dijo Pablo y nos reímos. ¿Vieron que si uno pregunta el por qué de
todas las cosas al final se encuentra sin respuestas?, dijo Gonzalo.
Nos miramos.
Claro, por ejemplo: ¿por qué existe esta piedra? Porque la piedra forma parte de la montaña, ¿y por qué
existe la montaña? Por- que la montaña se formó con la lava. ¿Y por qué existe la lava? Y si seguimos
preguntando en algún momento te encontrás con una pregunta que no tiene respuesta.
No entiendo, dije.

Alguien habló desde las sombras:


¿Qué hacen acá?
Pensamos que era alguno de nosotros haciéndose pasar por otro. Pero cuando vimos aparecer a Raúl Linán
con un rifle en las ma- nos, nos quedamos helados. Con Raúl venía un chico, de nuestra edad, que traía dos
liebres muertas agarradas de las orejas. No recordaba haberlo visto antes. De Raúl hacía años que no tenía-
mos noticias. Ni siquiera sabíamos que había vuelto al pueblo. Había sido condenado a muchos años de
cárcel por asesinar a puñaladas al hermano y al padre, en pleno centro, adelante de unos chicos que salían del
colegio. Fue un ajuste de cuentas. Una interna familiar de la que nunca se supo nada. En el pueblo fue algo
tremendo. Los Linán se transformaron en una familia de- forme. En un apellido que intimidaba. Raúl era una
leyenda. Un referente del mal. Una mala palabra que ahora estaba parado frente a nosotros apuntándonos con
un rifle.

¡Qué hacen acá! Nos paramos. Nada, dijo Hernán. ¿Nada?

Vinimos a ver las estrellas.


¿Las estrellas?
Sí, las estrellas.
Raúl miró al chico.
Escuchaste, los amigos dicen que vinieron a ver las estrellas. El chico se empezó a reír. Raúl también.

¡Las estrellas!, dijo Raúl entre carcajadas que estallaban como fuegos artificiales en medio de la oscuridad.
Nos miramos. No sabíamos qué hacer. Raúl, sin dejar de reírse, se tomó la cabeza con una mano. Fruncía las
cejas con los ojos cerrados. Buscó algo en los bolsillos. Sacó un blister con pastillas. Nos miró, serio.
¿Tienen algo para tomar?

Le alcancé una botella de cerveza.


¡Pendejo dejá de reírte!, le dijo al chico.
Miré al chico y traté de recordar quién era. Pero no encontraba nada familiar. Quizás vivía en el campo.
Tenía la mirada rústica y opaca como el adobe. Raúl tomó la pastilla con un trago largo de cerveza. Se limpió
la boca con el puño de la camisa. Miró la botella y siguió tomando hasta vaciarla por completo.
Eructó.

Dale, fijate, dijo señalándonos con el rifle.


El chico nos revisó los bolsillos de los pantalones y las camperas y le dio la plata que teníamos encima. Raúl
nos miró y frunció las cejas.
Me parece que se están guardando algo.
Nos miramos.

Raúl le dio una trompada en el estómago y Gonzalo cayó al lado del fuego. Jadeaba. Buscaba aire pero no lo
encontraba.
¡Se sacan todo, carajo!
Nos desnudamos. No sentíamos frío pero no parábamos de tem- blar.
¡Vos también!, le dijo a Gonzalo que recién se levantaba del sue- lo.
Raúl se paseaba frente a nosotros como un general pasando lista al regimiento.
¿Vos qué apellido sos?
Nos preguntó a uno por uno quiénes eran nuestros padres. A qué se dedicaban. Dónde vivíamos. En ese
momento encontró el flash junto al fuego.
¿Y esto?
Es un flash, dije.
¿Y dónde está la cámara?
No la trajimos.
Trajeron el flash pero no lo cámara.
Sí.

Te pensás que soy pelotudo. ¿Dónde está la cámara?


No la trajimos porque no queríamos sacar fotos, dijo Hernán. Raúl se acercó y lo agarró del cuello. Hernán
se puso rojo y se le aflojaron las piernas. Raúl lo sostenía con una mano.
¿Dónde está la cámara pendejo de mierda?

Sí. Los extraterrestres, dijo Gonzalo y se largó a explicarle nues- tro modo de usar el flash para hacer
contacto con otras formas de vida. Fue claro, preciso y contundenteEstaba verborrágico. No podía parar. Yo
ya lo había visto así. Pero nunca en una situación como esa. Bueno, de hecho, nunca habíamos vivido nada
parecido. Cuando Gonzalo terminó de hablar, Raúl caminó entre nosotros mientras buscaba algo en los
bolsillos del pantalón. Sacó y pren- dió un cigarrillo. Fumó mirando el cielo.
Los extraterrestres no existen. Nunca existieron. Acá los únicos marcianos son ustedes. Así que ahora se van
para sus casas. Ca- lladitos. Sin protestar. Y no los quiero ver nunca más por acá. ¿Entendieron?
Raúl le dijo al chico que guardara el flash y la ropa en nuestras mochilas. Después se bajó el pantalón y
comenzó a mear sobre el fuego. La silueta de Raúl se recortaba, apenas, contra el fondo rosáceo del
incipiente amanecer.
Es la cerveza, dijo.
Las llamas se apagaron. El chico se colgó las mochilas en un hombro y con una mano agarró las liebres.
Vamos..., dijo Raúl y se fueron.Las llamas se apagaron. El chico se colgó las mochilas en un hombro y con
una mano agarró las liebres.
Vamos..., dijo Raúl y se fueron.
Nos quedamos callados un buen rato hasta que Pablo rompió el silencio.
Bueno, ahora sabemos que los extraterrestres existen.
Sí, parece que sí, dijo Gonzalo.
Y les gusta la sangre, murmuró el Colo presionando la herida con una mano.
El sol apareció en el horizonte. Todo era ridículo. El plan de ir con el flash. La aparición de Raúl. El disparo.
El Colo con la boca rota. Estar desnudos al amanecer en la cima de los cerros.
Sí. Linán tenía razón. Los extraterrestres somos nosotros, pensé.
Odisea
Los médicos dijeron que mi papá tenía un tumor en la espalda.
Desconocían la gravedad. Tenían que esperar los resultados de la biopsia que habían mandado a un hospital
de otra ciudad. Un lugar con más tecnología. Como mi papá tenía mucho dolor, los médicos le dijeron que se
quedara internado.
Una tarde encontré a mi papá en la habitación hablando con un hombre.
Vení, te quiero presentar a un amigo.
Me acerqué. El hombre me tendió una mano. La intensidad de los ojos azules contrastaba con la palidez de la
piel.
Hola, Stanislav, dijo.
Es mi compañero de habitación.

Apenas entramos al consultorio, Méndez nos mostró un sobre de papel madera y dijo que había recibido los
resultados de los análisis.
No son buenas noticias, dijo entrelazando los dedos de las ma- nos sobre el escritorio.
Durante un buen rato se dedicó a explicar la enfermedad de mi papá. Fue frío y contundente. Parecía hablar
del desperfecto de un motor, del motor de un auto que ya no tiene arreglo.
Pero ahora está bien, se ríe, está de buen ánimo, dijo mi mamá. Sí, pero la enfermedad está muy avanzada.
¿Entonces... qué hacemos?
En estos casos siempre recomiendo lo mismo. Acompañar. Estar tranquilos. No mucho más que eso.
Mi papá me pidió que le consiguiera libros sobre ajedrez. En la biblioteca municipal encontré algunos. Los
leyó y subrayó como si fueran propios. Estaba obsesionado. Mi mamá se preocupó. A mí me parecía bien. El
ajedrez había logrado algo que nosotros no. Distraerlo.¿Usted vino en el barco con Anatoli y Viktor?
Sí.
¿Eran amigos?
Con Viktor sí. Anatoli era mi compañero de trabajo, nada más.
¿Por?
No... para saber.¿Usted vivió siempre en Sierra Grande desde que bajó del barco? Siempre no.
Entonces escuché la voz de mi papá:
¿Ya se hicieron amigos?
Nos dimos vuelta, un enfermero lo traía en silla de ruedas.
Nos estamos conociendo, dijo Stanislav.No, él escucha, eso me ayuda, saber que está ahí me tranquiliza. Es
como un espejo.
Mi papá me miró.
¿Un espejo?, dijo y se quedó pensando. Sí, es como un espejo. Saber que él está escuchando me afloja... me
ayuda a soltar todo lo que tengo adentro. ¡Ojo!, a Stani también le gusta hablar. El viejo es un gran narrador
de historias. No sabés todas las que vivió. Cuando lo escucho pienso si no me estará mintiendo, pero después
digo, qué me importa que me mienta si lo que cuenta está bueno. Después de todo, quién sabe si lo que uno
dice es verdad o mentira. Nadie. ¿No? Eso sí, el viejo habla sólo cuando tiene ganas. Por ahí un día se
levanta y no para, como una má- quina, algo de no creer. Y después pasa una semana que no dice una
palabra.
En Navidad mi papá se descompensó.
Está en manos de Dios, dijo Méndez.
Lo habían pasado a una sala más pequeña con cortinas de plás- tico transparente que rodeaban la cama.
Desde afuera parecía una fotocopia de lo que había sido. Me senté al lado. Le agarré una manoMe miró,
tenía los ojos vidriosos.
Dios me hizo jaque mate, dijo y sonrió.
Méndez dice que por ahí mañana te sacan de acá.
Sí, y me llevan a la morgue.
Nos reímos y después nos quedamos en silencio unos minutos. Mi papá acariciaba mi mano y miraba por la
ventana hacia el patio.
Papi...Cuando aquella noche sonó el teléfono supe que era alguien del hospital.
Su papá acaba de fallecer, hace unos minutos.
Fallecer. Me quedé pensando cómo alguien puede decir fallecer para hablar de algo tan triste.
Mi mamá, al lado mío, me miraba.Una tarde volví al hospital. Tenía que hacerme unos análisis
que me pedían para el ingreso a la facultad. En el pasillo había poco movimiento. El olor a desinfectante me
hizo acordar a mi papá. Olor a agujas, pensé. Pasé frente a la guardia. Atravesé una puerta doble y me
encontré junto a unos ventanales que daban al patio. Sentado en una silla de ruedas vi una silueta que me
124SG
resultó familiar. Me acerqué. No sé cuánto pero hacía mucho que no lo veía.
¿Stanislav?, dije.
Giró y susurró.
HolaPensé que ya se había muerto, dijo mi mamá. Está vivo, pero no está muy bien.
¿Y vos qué hacés ahí?
Nada. Lo acompaño, como él acompañó a papi. Claro...
¿Vos no vas a ir a visitarlo?
¿Yo?
Sí, vos.
No hijo, el hospital me hace mal. Cada vez que pasó por ahí me acuerdo de tu papá. No. Mejor andá vos, y
mandale saludos de parte mía.Al día siguiente, Stanislav y los nuevos compañeros se mudaron a un edificio
en el centro de Baikonur donde comenzaron un intenso entrenamiento físico y mental. Por las mañanas
corrían durante una hora, después fortalecían los músculos en un gim- nasio, almorzaban, dormían una siesta
breve y por la tarde se sometían a todo tipo de experimentos: desde la máquina centri- fugadora que simulaba
las grandes velocidades de los cohetes, hasta pruebas científicas que los hacían sentir cobayos. Stanislav se
dio cuenta de que formaban parte de una maquinaria feroz donde la voluntad personal se disipaba de a poco
detrás de los objetivos espaciales de Korioliov y todo el buró. Stanislav ya no era una persona sino un medio
para la consagración definitiva del programa espacial ruso.
Mientras, en el Centro de Comunicación Aeroespacial de Baiko- nur, los altos mandos militares se tomaban
la cabeza con las ma- nos. Estaban seguros de que por algún motivo la nave se había desintegrado al salir de
la atmósfera. No tardó en llegar desde el Kremlin la orden de que nadie debía enterarse de la misión falli- da
de Stanislav. Si la prensa occidental se enteraba del incidente, la misión y todo el programa espacial ruso iba
a ser un fracaso no sólo técnico sino también ideológico.

Comprendió que todos lo daban por muerto y que su aparición podía ser una molestia para
SG
135el régimen al que no le iba a temblar la mano para encerrarlo de por vida en alguna cárcel siberiana. O
asesinarlo. Montó el caballo y galopó en dirección a la estepa mongola. Se estableció en un campo cerca de
Ulgii, donde trabajó como ayudante de un ingeniero chino en una mina de plata durante veinte años. Me dijo
que de esa época no había mucho para contar porque todos los días habían sido iguales. Hasta que una noche
de lluvia y nie- ve tuvo un accidente. La camioneta quedó dada vuelta al costado de un camino. Atrapado
entre los fierros retorcidos, Stanislav se sintió como en la nave averiada. En ese momento supo que la etapa
mongola estaba acabada. Tengo que volver. Tengo que volver, se dijo mirando el cuerpo ensangrentado y sin
vida del ingeniero chino.Stanislav se estableció en San Petersburgo con otro nombre. Durante meses durmió
pensando que en cualquier momento agentes de la policía secreta lo iban a secuestrar. Pero pronto se dio
cuenta de que el régimen soviético era una maquinaria en desuso y volvió a llamarse Stanislav.
Una noche, borracho, en el puerto, le contó su historia al capitán de un barco. Al amanecer, cuando Stanislav
concluyó su histo- ria, el hombre le propuso trabajar con él.
¿Por qué?, dijo Stanislav.

Porque yo viví el destierro del que usted me habla.


¿Y eso qué tiene que ver?
Mucho, dijo Viktor estirando la mano.
Stanislav se la estrechó y dos días más tarde navegaba las frías aguas del Mar Báltico.

Viejo mentiroso.
Yo le creo, dije.
Cómo vas a creer eso... es imposible.
Sí, Pablo tiene razón, es imposible, dijo Gonzalo. Además, vos te creés que si el tipo hubiera estado en el
espacio estaría murién- dose acá, en Sierra Grande, solo. No. Si hubiera sido astronauta sería un tipo
reconocido en todo el mundo.
No sólo eso Gon... ¡Y encima fue el primer hombre en ir al es- pacio!
Los chicos se rieron.
No sé... pero yo le creo.Una tarde, Stanislav me pidió si le podía hacer un favor. Quería que le trajera una
valija de su casa. Me dio las llaves y caminé hasta el barrio Industrial. En el límite del pueblo con el campo,
estaba la casa de Stanislav
Me miraron, serios.

La valija se abrió. Stanislav sonrió. Lo primero que vi fue algo parecido a una escafandra, blanca, enorme y
brillante con una inscripción en el frente que decía: CCCP, debajo, en letras más chicas, se leía: Stanislav
Iliushin. En la parte posterior tenía es- tampada una hoz y un martillo. La apoyé sobre su falda. Con una
mano empezó a acariciarla, como si fuera la cabeza de alguien muy querido. Sonreía y hablaba en ruso. Lo
ayudé a cambiarse. El traje le quedaba enorme pero Stanis- lav estaba feliz. Le puse el casco. Con una mano
bajó una visera espejada que le cubrió la cara. Vi mi reflejo amorfo y me sentí ridículo. Stanislav hablaba, su
voz sonaba grave y apagada aden- tro del casco. Después, agitado, se lo sacó y se sentó en la cama. Quiero
estar solo, dijo.Se dio vuelta. En ese momento me di cuenta de que no era Sta- nislav sino mi papá. Mi papá
vestido de astronauta. Parecía más joven que la última vez que lo había visto.

Termina viendo al padre con el traje del espacio, la fantasía prima en el relato.

Los rusos
A fines del noventa y uno, un barco con veinte marineros rusos
atracó en el puerto de Sierra Grande. El fin de la Unión Soviética los había sorprendido en mar argentino. Ya
no tenían bandera ni permiso para seguir pescando. Fondearon en una dársena. El gobierno argentino les
prohibió pisar tierra hasta que se resol- viera el conflicto. Un grupo de prefectos se encargaba de vigilar para
que se cumpliera la orden. Los rusos aprovechaban la luz del día para hacer trabajos de mantenimiento. Les
gustaba musi- calizar el ambiente con óperas rimbombantes que reproducían la heroicidad del espíritu
eslavo. Los prefectos, acostumbrados a escuchar chamamé y otros ritmos tradicionales del norte ar- gentino,
se sentían intimidados por los contrapuntos musicales. Por las noches, los rusos trataban de mantener la
moral en alto con cantos épicos que recordaban las glorias de la patria lejana, mientras tomaban vodka y
cantaban la Internacional Socialista hasta bien entrada la madrugada.

Una camioneta de la Municipalidad los llevó al hotel El Jarillal, en el pueblo, donde les dijeron que tenían
todo pago por quince días. Menos de una semana después casi todos los rusos se habían tomado un colectivo
rumbo a Buenos Aires. Desde ahí pretendían embarcarse en un avión hacia Rusia.
Sólo dos decidieron quedarse. Las razones no estaban claras pero eligieron empezar una nueva vida en Sierra
Grande. O al menos eso fue lo que creímos al principio.

Anatoli y Viktor se hicieron clientes del Copeto, el bar donde

parábamos. Ahí los conocimos. Todas las noches se juntaban a tomar vodka. Elegían siempre la mesa pegada
al ventanal. Se sentaban uno al lado del otro, mirando hacia la calle. Pedían una botella de vodka. Hablaban
en ruso, en voz baja, sin mirarse. Era difícil saber la edad que tenían. Entre cincuenta y sesenta. Quizás más.
Quizás menos. Tenían el pelo blanco y cuerpos de atletas. Eran viejos jóvenes. A veces se reían. Otras
discutían. Pero después se amigaban como si todo hubiera sido un mal en- tendido. Y seguían mirando hacia
fuera. Murmurando. Sin im- portarles nada de lo que el resto de los clientes pensara. Cuando terminaban la
botella, pagaban y se iban.

A Viktor lo encontraron colgado en el puente que llevaba a la

Escuela Especial. En el bolsillo del saco tenía un sobre con una postal. Era una imagen conmemorativa de la
conquista espacial soviética. Tenía una breve dedicatoria en ruso. La traducción, realizada por Anatoli, fue
corroborada días más tarde por un téc- nico en Buenos Aires.

Siempre anochece en la esperanza. No todo es como lo hemos imaginado, ni nada es como lo pretendemos.
El sueño es así. Los ideales son así. La vida misma es otra cosa y nada mejor que el tiempo para saber con
cuántas diferencias nos encontramos al final del camino. -Anatoli-

Anatoli le dijo al juez que la postal se la había regalado a Viktor porque lo consideraba un amigo muy
especial. Un amigo que lo ayudó a sobrevivir en el momento más difícil de su vida. Cuando el juez preguntó
por esos momentos difíciles, Anatoli dijo que era una historia muy larga que nada tenía que ver con el
suicidio de su amigo. El juez, a los gritos, dijo que él decidía qué cosas eran importantes y le exigió que
contara todo.

¿Si es tan culpable, por qué el juez lo dejó libre?, dije.

¿Cómo por qué? Porque le bajaron órdenes de arriba para que lo suelte, dijo Gonzalo.
¿De arriba?
Sí, de arriba.

¿Pero quién?
No sé, alguien poderoso. Alguien que necesita que Anatoli siga trabajando.
Buee... Dale boludo...
Sí..., reíte. Ya vas a ver cuando se sepa la verdad. Además, al entierro de Viktor no fue nadie. Ni siquiera
Anatoli. ¿O no? Eso era verdad. Y fue lo único que me dejó pensando.

Una noche de invierno nos cruzamos con Anatoli en la calle.

Llevaba una valija de cuero en la mano. Tenía puesto un sobreto- do negro y un gorro con orejeras.
¿Dónde va este viejo?, dije.
No sé, pero vamos a seguirlo, dijo Pablo.

Anatoli parecía caminar sin dirección. Iba y volvía por la misma cuadra. Dio una vuelta a la manzana y se
alejó del centro hacia la ruta.
Sabe que lo seguimos, nos quiere perder, dijo Pablo.

Nos sentíamos como en una película de espías. Después caminó hasta la terminal. Nos quedamos escondidos
en la arboleda jun- to a la ruta. Anatoli hizo una llamada desde un teléfono público. Cortó y prendió un
cigarrillo. Salió a la calle y se sentó en un banco de cemento que había en la vereda. Cuando pisó la coli- lla,
apareció un Dodge 1500 azul. Impecable. Anatoli miró para todos lados y se subió.

¿Qué hace Cordiglia acá?, dijo Pablo mientras el auto se alejaba. Sí, ¿qué hace?, dije.

Cordiglia era radioaficionado. Desde la calle podía verse la an-

tena de diez metros que subía desde el patio de su casa. La había montado él solo. Era algo que lo
enorgullecía. Se comunicaba con radioaficionados de todo el mundo. Tenía fama de ermitaño y hablaba
mordiendo las palabras. Apenas se lo veía en el pueblo. Iba de la casa a su local de reparación de
electrodomésticos que estaba en la misma cuadra. Era el único momento del día en que se lo podía ver en la
calle.

Cuando llegamos a la casa de Cordiglia, vimos el Dodge estacio- nado en la puerta. Nos miramos.
Mejor vamos a buscar a Gonzalo, dije.
No, no. Acá pasa algo. Vení, vamos por atrás.

Cordiglia estaba sentado en un escritorio frente a una especie de amplificador con botones de colores y
agujas parecidas a las de los potenciómetros. Tenía puestos unos auriculares negros y un micrófono de
escritorio antiguo. Movía una perilla para sintoni- zar con mayor claridad la voz masculina que salía por un
parlan- te. Anatoli estaba de pie con las manos apoyadas en la cintura.
SG
En un momento las interferencias se terminaron y una voz clara y precisa dijo algo. Algo que sólo Anatoli
pareció entender. Anatoli agarró el micrófono y empezó a hablar en ruso. Parecía relajado. En un momento
algo de lo que escuchó lo hizo reír. Cordiglia tomaba notas en un cuaderno y monitoreaba las mar- caciones
que le daban las agujas. Anatoli hablaba con la mirada puesta sobre la pared frente al escritorio. En un
momento la voz del hombre se apagó y se escuchó la de una nena, o de un nene. Anatoli se tocaba la cabeza,
la cara y se alejaba tanto como el cable del micrófono se lo permitía. Un par de veces tuvimos que
agacharnos porque parecía mirar en nuestra dirección. Habló hasta que una fuerte interferencia hizo
imposible la comuni- cación. Cordiglia tocaba todas las perillas pero no podía resta- blecer el diálogo.
Anatoli se quejaba en ruso. La voz masculina volvió a escucharse pero con un manto eléctrico de fondo.
Ana- toli tenía los ojos vidriosos, dijo algo breve y apoyó el micrófono sobre el escritorio. Cordiglia lo miró.

Listo, dijo Anatoli.

Cordiglia apretó varios botones y las luces del equipo se apaga- ron. Anatoli miraba al suelo. Cordiglia se
acercó y con una mano levantó el mentón de Anatoli. Se miraron unos segundos y des- pués se abrazaron. Al
principio suave. Después con ganas, como dos amantes despidiéndose para siempre. Pablo me golpeó una
pierna varias veces con una mano.
Shhh... Sí, sí, dije.
Cordiglia caminó hasta un estante y buscó un vinilo. Tchaikovsky, dijo Anatoli cuando lo vio.
Sí. El Concierto para piano número uno.

Pensé que Anatoli le iba dar una patada voladora como la de Viktor a Tárraga pero después de unos segundos
agarró la mano de Cordiglia y empezaron a bailar abrazados. A medida que au- mentaba la intensidad de la
música se ponían más desaforados. Giraban por todo el cuarto chocando contra las paredes y los muebles,
como bolas de flipper. Hasta que en un momento tira- ron una lámpara de cerámica al suelo. Entonces se
miraron unos segundos, agitados, tratando de normalizar la respiración. Des- pués se agarraron de las manos
y empezaron a girar en círculos a toda velocidad, con las cabezas colgando hacia atrás. Tenían la ropa
empapada en transpiración y se reían como locos. Con Pa- blo nos miramos. Pensé que si Cordiglia o Anatoli
nos llegaban a ver podía pasar cualquier cosa. En un momento, quizás por la intensidad con la que giraban,
se soltaron las manos. Anatoli se estampó contra una pared, Cordiglia contra el equipo de músi- ca. Todo
quedó en silencio. Anatoli se levantó rápido y corrió ha- cia Cordiglia que parecía desmayado. Anatoli le
hablaba en ruso y le acariciaba la cara. Cordiglia no respondía. Anatoli buscó un trapo húmedo y se lo pasó
por la cara. Cordiglia murmuraba algo con los ojos cerrados.

Amor..., dijo Anatoli.

Cordiglia abrió suave los ojos y sonrió, apenas. Anatoli se acercó y lo besó. Cordiglia tardó en reaccionar
pero pronto se fundieron en un beso apasionado.
Pablo no se pudo contener. Le tapé la boca con una mano. Ana- toli levantó la vista. Nos agachamos.

Alguien nos mira.


Pablo empezó a correr. Tardé unos segundos en seguirlo. Cuan- do llegamos al paredón escuchamos cómo se
abría la puerta. No sé si era por la desesperación pero la medianera parecía más alta. Con agobio arañábamos
la pared mientras se nos pelaban las rodillas y los codos.

No podía hablar. Pensé que iba a morir y me puse a llorar. Anato- li apretó fuerte mi brazo y murmuró algo
en ruso. Me miró serio, los ojos parecían dos bolas de fuego. Acercó su cara a la mía y empezó a olfatearme
como un animal. Sacó la lengua, gorda, húmeda, y me la pasó por una oreja. Entonces se escuchó la voz de
Cordiglia.
¿Qué pasa?
¡Nada, nada!... ¡Ahora voy!, dijo Anatoli mirando en la direc- ción donde estaba Cordiglia.
Anatoli puso una mano sobre mi cuello y apretó con fuerza.
Si alguien se entera de esto, te mato. ¿Sí?

¡Qué viejos putos!, dijo. Vamos a buscar a Gonzalo, cuando le contemos no lo va a poder creer.
No, no. Esto no tiene que salir de acá.
¿Eh?
Me dijo que si se entera alguien estamos muertos.
¿Muertos?
Sí. Muertos.
Pablo se puso serio.
¿Y qué hacemos?
Pacto de silencio, dije y estiré una mano.
Pablo me miró y miró para todos los lados.
Pensá en todos los que murieron, dije.
¿Quién murió?
No sé, muchos, Viktor y otros que no sabemos.

Dale boludo, vamos a buscar a los chicos.


No podemos. Esta vez no podemos. Si hablamos nos mata. ¿Pac- to de silencio?
Está bien. Pacto de silencio, dijo, mientras estrechaba mi mano.

A la semana todo el pueblo sabía de la historia de amor entre

el ruso y el radioaficionado. Pablo era así. Le costaba mantener pactos de caballeros. Discutimos. Me dijo
que sólo le había di- cho a Gonzalo. Y parece que Gonzalo sólo le dijo a su hermano. Y su hermano a otro
amigo. Y así hasta que todos supieron todo. O por lo menos parte de lo que habíamos visto. Porque la ver-
sión que circulaba por el pueblo tenía poco que ver con lo que había pasado. Pero ya no importaba cuánto
había de verdad. La historia estaba en boca de todos. Lo único que nos salvaba era que en el relato no éramos
los protagonistas. De alguna manera nuestros nombres se habían extraviado. Estábamos afuera. No sé cómo
pero estábamos afuera. Quizás, en el boca a boca, a al- guien se le ocurrió que nosotros no éramos buenos
candidatos para ser parte del elenco principal.

Hasta que una noche Anatoli volvió al Copeto. Apenas entró


todos nos quedamos callados. Calveira, como solía hacerlo cada vez que pasaba algo importante, apagó el
equipo de música. Un silencio fangoso inundó el bar. Anatoli, junto a la puerta, miraba a todos. ¿Buscaba a
alguien?, ¿me buscaba a mí?, pensé. Su mi- rada, con esos ojos tan azules, me atravesó como un rayo láser
pero sin detenerse en mí. Miraba a todos y a ninguno. Como un faro que ilumina para advertir que en esa
ribera estaba él: la luz soviética que alumbra todas las costas. Pero Anatoli no buscaba a nadie. Anatoli quería
escuchar lo que tenían para decirle. Por eso estaba ahí.
¿Todo bien?, dijo.

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