Está en la página 1de 358

Argentina • Chile • Colombia • España

Estados Unidos • México • Perú • Uruguay

Título original: Maybe In Another Life Editor original: Washington Square


Press

A Division of Simon & Schuster, Inc., New York

Traducción: Rocío Acosta

1.ª edición Noviembre 2020

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la


autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones
establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por
cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento
informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o
préstamo público.

Todos los nombres, personajes, lugares y acontecimientos de esta novela


son producto de la imaginación de la autora, o son empleados como entes
de ficción. Cualquier semejanza con personas vivas o fallecidas es mera
coincidencia.

Copyright © 2015 by Taylor Jenkins Reid

Translation rights arranged by Taryn Fagerness Agency and Sandra Bruna


Agencia Literaria, S.L.

All Rights Reserved

© Copyright de la traducción 2020 by Rocio Acosta

© 2020 by Ediciones Urano, S.A.U.

Plaza de los Reyes Magos, 8, piso 1.º C y D – 28007 Madrid

www.titania.org
atencion@titania.org

ISBN: 978-84-17981-39-6

Fotocomposición: Ediciones Urano, S.A.U.

Para Erin, Julia, Sara, Tamara y las demás mujeres que conocí gracias al
destino.

Espero que nos encontremos en muchos universos.

Menos mal que reservé un asiento junto al pasillo, porque soy la última en
subir al avión. Sabía que llegaría tarde al vuelo. Llego tarde a casi todo.
Por eso decidí reservar un asiento en el pasillo. Detesto hacer que los
demás se levanten para abrirme paso. Esa es la razón por la que nunca voy
al baño en el cine, aunque siempre tenga ganas de ir en medio de una
película.

Camino por el estrecho pasillo, con la maleta de mano cerca del cuerpo,
intentando no darle a nadie. Golpeo el codo de un señor y me disculpo,
aunque no parece que se haya dado cuenta. Cuando apenas le rozo el brazo
a una mujer, me fulmina con la mirada, como si la hubiese apuñalado.
Abro la boca para disculparme, pero cambio de opinión.

Encuentro mi asiento con facilidad; es el único vacío.

El aire está viciado. Suena la típica música de ascensor. El ruido de los


portaequipajes cerrándose de golpe interrumpe las conversaciones a mi
alrededor.

Llego a mi sitio y me siento, sonriéndole a la mujer que está sentada a mi


lado. Es mayor que yo y robusta, con el pelo corto y canoso. Guardo el
bolso frente a mí y me abrocho el cinturón de seguridad. La bandeja está
plegada. He apagado todos mis aparatos electrónicos. El respaldo de mi
asiento está recto. Cuando acostumbras a llegar tarde, aprendes a
compensar el tiempo perdido.
Miro por la ventanilla. Los encargados del equipaje llevan varias capas de
abrigo y parkas de color fluorescente. Me alegra volar a un sitio más
cálido.

Tomo la revista de la aerolínea.

Enseguida oigo el rugido de las turbinas y siento que las ruedas comienzan
a girar. La señora de al lado se aferra al apoyabrazos mientras despegamos.
Parece petrificada.

Yo no tengo miedo a volar. Me aterran los tiburones, los huracanes y la


detenciones ilegales . Tengo miedo de no lograr hacer algo significativo en
la vida. Pero no me asusta volar.

Los nudillos de mi compañera de viaje están blancos por la tensión.

Guardo la revista en el bolsillo del asiento.

—No vuela a menudo, ¿verdad? —le pregunto. Hablar me ayuda cuando


estoy nerviosa. Si a ella también la ayuda, es lo menos que puedo hacer.

La señora se vuelve y me mira mientras planeamos en el aire.

—Me temo que no —dice con sonrisa contrita—. No suelo salir de Nueva
York. Es la primera vez que vuelo a Los Ángeles.

—Bueno, si esto la hace sentir un poco mejor, vuelo bastante a menudo y


le aseguro que, en cualquier vuelo, lo más difícil es el despegue y el
aterrizaje. Nos quedan unos tres minutos más de despegue y, luego, otros
cinco minutos más al final que pueden ser complicados. El resto del
vuelo… es como si fuera en un autobús. Así que solo son ocho minutos
feos en total y ya estará en California.

Estamos volando inclinados. Lo suficiente para que una botella de agua


suelta ruede por el pasillo.

—¿Solo ocho minutos? —pregunta.


—Solo —le contesto mientras afirmo con la cabeza—. ¿Es de Nueva
York?

La mujer asiente y dice:

—¿Y tú?

—Vivía en Nueva York. —Me encojo de hombros—. Pero ahora regreso a


Los Ángeles.

El avión baja abruptamente y luego se endereza mientras atravesamos las


nubes. La mujer respira hondo. Debo admitir que yo también me he
mareado un poco.

—Solo he estado nueve meses en Nueva York —continúo. Cuanto más


hablo, menos atención le presta a las turbulencias—. Últimamente me he
mudado bastante. Estudié en la Universidad de Boston. Después me mudé
a Washington D.C., luego a Portland, Oregón. Luego a Seattle. Después a
Austin, Texas. Y terminé en Nueva York. La ciudad donde se cumplen los
sueños. Aunque en mi caso no ha sido así. Pero me crie en Los Ángeles. Se
puede decir que estoy volviendo a mi lugar de origen, aunque yo no lo
llamaría hogar.

—¿Dónde vive tu familia? —pregunta. Su voz suena tensa. Mantiene la


mirada al frente.

—Mi familia se mudó a Londres cuando yo tenía dieciséis años. Mi


hermana pequeña, Sarah, entró en la Royal Ballet School y no podían dejar
pasar esa oportunidad. Yo me quedé y terminé el instituto en Los Ángeles.

—¿Vivías sola? —La distracción está funcionando.

—Vivía con la familia de mi mejor amiga hasta que acabé el instituto. Y

después me fui a la universidad.

El avión se nivela. El capitán nos informa de la altura. La mujer suelta el


apoyabrazos y respira.
—¿Lo ve? —digo—. Como si fuera en un autobús.

—Gracias.

—De nada.

La señora mira por la ventana. Yo vuelvo a sacar la revista. Ella se dirige


de nuevo a mí.

—¿Por qué te mudas tanto? —pregunta—. ¿No es complicado? —

Rectifica en cuanto se da cuenta de lo que está haciendo—. No me hagas


caso, dejo de hiperventilar por un minuto y ya parezco tu madre.

—No, no, está bien —río con ella. No me mudo de una ciudad a otra a
propósito. Vivir como una nómada no es algo que haga de forma
consciente. Aunque sé que cada mudanza es una decisión propia, basada
nada más que en esa sensación, cada vez más fuerte, de que no pertenezco
al lugar en el que estoy, e impulsada por la esperanza de que, tal vez,
exista un sitio que al final pueda llamar mío, un sitio en el futuro cercano
—.

Supongo… No lo sé —contesto. Es difícil de explicar con palabras, en


especial cuando hablas con alguien a quien apenas conoces. Pero abro la
boca y sale esta frase—. No sentía que ninguno de esos lugares fuera mi
hogar.

—Lo siento. —Me mira y sonríe—. Eso debe de ser difícil.

Me encojo de hombros por instinto. Siempre tiendo a ignorar lo malo para


enfocarme en lo bueno.

Aunque en este momento no estoy muy contenta con mi instinto. No creo


que me esté llevando adonde quiero ir.

Dejo de encogerme de hombros.

Pero luego, como sé que no volveré a verla después de este vuelo, voy un
paso más allá. Le revelo algo que hace poco me dije a mí misma.
—A veces me preocupa no encontrar jamás un sitio al que pueda llamar
hogar.

—Lo encontrarás. —Pone una mano sobre la mía un momento—.

Todavía eres joven. Tienes mucho tiempo por delante.

Me pregunto si se da cuenta de que tengo veintinueve años y cree que a esa


edad uno todavía es joven, o si me ve más joven de lo que soy.

—Gracias —. Saco los auriculares de la cartera y me los pongo.

—Al final del vuelo, durante los cinco minutos feos de aterrizaje, tal vez
podamos hablar de mi falta de opciones laborales —comento mientras río

—. Estoy segura de que eso nos distraerá.

—Lo tomaré como un favor personal. —Sonríe de oreja a oreja y lanza


una carcajada.

Cuando salgo por la puerta de embarque, veo a Gabby sosteniendo un


cartel donde pone: «Hannah Marie Martin», como si no pudiera
reconocerla, como si no supiera que vendría a buscarme.

Corro hacia ella y, mientras me acerco, veo que ha hecho un dibujo mío al
lado de mi nombre. Es solo un boceto, pero no está tan mal. La Hannah del
cartel tiene ojos grandes y pestañas largas, una nariz pequeña y una línea
por boca. Lleva el pelo recogido en un moño alto exagerado. Y el único
detalle que destaca en el cuerpo con forma de palo es un par de tetas
enormes.

Yo no me percibo de esa forma, pero reconozco que, si me redujeran a una


caricatura, tendría un buen par de tetas y un moño alto. Al igual que
Mickey Mouse tiene orejas redondas y guantes o Michael Jackson
calcetines blancos y mocasines negros.

Preferiría que me retrataran con mi pelo castaño oscuro y mis ojos verde
claro, pero comprendo que no puedes usar mucho color cuando dibujas con
un bolígrafo Bic.
A pesar de que hace dos años que no estoy cara a cara con Gabby, desde el
día de su boda, últimamente la he estado viendo todos los domingos por la
mañana, a través de la videollamada que nos hacemos, sin importar los
planes que tengamos para ese día o la resaca que suframos. De algún
modo, es el factor más constante que tengo en la vida.

Gabby es pequeña y delgada. Lleva el pelo cortado estilo bob y no tiene ni


un gramo de grasa de más, ni un centímetro que sobre. Cuando la abrazo,
recuerdo lo raro que es tener entre mis brazos a alguien que es mucho más
pequeña que yo, lo diferentes que ambas parecemos a primera vista. Yo
soy alta, blanca y tengo curvas. Ella es pequeña, delgada y de color.

No va maquillada y, aun así, es una de las mujeres más guapas del lugar.

No se lo digo, porque sé lo que me contestaría. Diría que es irrelevante.


Que no deberíamos halagarnos por nuestro aspecto o competir entre las
dos para

ver quién es más bonita. Tiene razón, por eso omito el comentario.

Conozco a Gabby desde los catorce años. El primer día de instituto nos
sentamos juntas en la clase de ciencias sociales. Enseguida entablamos
una amistad eterna. Éramos Gabby y Hannah, Hannah y Gabby, rara vez se
decía un nombre sin que estuviera acompañado del otro.

Me fui a vivir con ella y con sus padres, Carl y Tina, cuando mi familia se
mudó a Londres. Carl y Tina me trataron como si fuera una hija. Me
ayudaron con las solicitudes de las universidades y se aseguraron de que
hiciera los deberes y que cumpliera el toque de queda. Casi todos los días,
Carl intentaba convencerme de que estudiara medicina, al igual que él y su
padre. Por aquel entonces, él sabía que Gabby no seguiría sus pasos. Ella
ya tenía claro que quería trabajar en servicios sociales. Creo que Carl me
vio como su última oportunidad. Tina, por el contrario, me animó a
encontrar mi propio camino. Por desgracia, todavía no sé muy bien cuál es
ese camino. Pero en ese momento me limité a suponer que todo sucedería
sin más, que las cosas importantes de la vida se arreglarían por sí solas.
Cuando fuimos a la universidad, Gabby en Chicago y yo en Boston,
seguimos hablando mucho, pero empezamos a embarcarnos en nuestras
nuevas vidas. El primer año, ella se hizo amiga de otra estudiante de color
llamada Vanessa. Gabby me hablaba de sus excursiones al centro
comercial y de las fiestas a las que iban. Mentiría si dijera que, en ese
momento, no me preocupó la idea de que, de algún modo, Vanessa pudiera
acercarse a Gabby más de lo que yo podría, de que Vanessa pudiera
compartir con ella algo de lo que yo nunca formara parte.

Una vez se lo pregunté a Gabby por teléfono. Estaba en el dormitorio,


acostada en mi cama tamaño grande de una plaza, con el teléfono húmedo
por el sudor y caliente sobre la oreja a causa de todas las horas que
llevábamos hablando.

—¿Sientes que Vanessa te entiende mejor que yo? —inquirí—. ¿Porque


ambas sois de color? —Me avergoncé nada más formular la pregunta.

Cuando la pensé me había parecido razonable, pero en voz alta sonaba


completamente absurda. Si las palabras fueran cosas, las habría atrapado
corriendo en el aire y me las habría vuelto a meter en la boca.

Gabby se rio de mí.

—¿Crees que las personas blancas te entienden mejor que yo porque son
blancas?

—No —dije—, claro que no.

—Entonces, no digas nada —repuso ella.

Y le hice caso. Si hay algo que me encanta de Gabby es que siempre sabe
cuándo debo callarme. De hecho, es la única persona que demuestra con
frecuencia conocerme mejor que yo misma.

—Déjame adivinar —dice ahora, mientras me quita la maleta de la mano


en un gesto caballeroso—. Vamos a tener que alquilar uno de esos carritos
de equipaje para cargar todas tus cosas.
Me pongo a reír.

—En mi defensa diré que me estoy mudando desde el otro lado del país

—señalo.

Hace mucho tiempo que dejé de comprar muebles u objetos grandes.

Suelo alquilar apartamentos amueblados. Después de un par de mudanzas,


aprendes que comprar una cama en Ikea, montarla y, a los seis meses,
desmontarla para venderla por cincuenta dólares es una pérdida de tiempo
y dinero. Pero, aun así, tengo cosas, y algunas han sobrevivido a múltiples
viajes a través del país. Sería una pena dejarlas atrás.

—Apuesto que aquí dentro hay, al menos, cuatro botellas de crema


corporal Orange Ginger —asegura mi amiga mientras levanta una de mis
maletas de la cinta transportadora.

Hago un gesto de negación con la cabeza.

—Solo una. Y me queda poco.

Comencé a usar crema corporal justo en la época en que nos conocimos.

Íbamos al centro comercial juntas y olíamos todas las lociones de todas las
tiendas. Pero siempre compraba la misma. Orange Ginger. Hubo un
momento en que llegué a tener siete botellas.

Tomamos el resto de las maletas de la cinta transportadora y las


colocamos una sobre otra en el carrito, ambas empujamos con toda nuestra
fuerza por los pasillos del aeropuerto hasta el aparcamiento cubierto. Las
metemos en su pequeño coche y luego nos acomodamos en los asientos.

Charlamos de cosas sin importancia mientras sale del aparcamiento y


circula por las calles que nos llevan hasta la autopista. Me pregunta sobre
el vuelo y cómo me sentí al dejar Nueva York. Se disculpa por tener una
habitación de invitados pequeña. Le contesto que no sea ridícula y vuelvo
a darle las gracias por dejar que me quede en su casa.
Soy consciente de que la historia se repite. Más de una década después,
vuelvo a quedarme en el cuarto de invitados de Gabby. Han pasado más de
diez años y, sin embargo, sigo yendo de un lugar a otro, dependiendo de la
bondad de mi amiga y de sus padres. Aunque esta vez, en lugar de sus
padres, es ella y su marido, Mark. Algo que subraya más aún la diferencia
entre nosotras dos, lo mucho que ha cambiado Gabby y lo poco que he
cambiado yo. Ella es la vicepresidenta de desarrollo en una organización
sin ánimo de lucro que trabaja con adolescentes en situación de riesgo. Yo
soy camarera. Y una no muy buena.

En cuanto Gabby toma velocidad en la autopista y conducir ya no requiere


toda su atención, o quizá cuando va tan rápido que sabe que ya no puedo
saltar del coche, hace la pregunta que se moría por hacerme desde que la
abracé y la saludé.

—¿Qué sucedió? ¿Le dijiste que te mudabas?

Suspiro profundamente y miro por la ventanilla.

—Él sabe que no debe ponerse en contacto conmigo —contesto—. Que no


quiero volver a verlo. Así que supongo que da igual dónde crea que estoy.

Gabby no aparta la vista del camino, pero veo que asiente, orgullosa de mí.

Necesito su aprobación en este momento. La opinión que tenga de mí es


una prueba de fuego mejor que la mía. Los últimos meses han sido un
poco complicados. Y aunque sé que Gabby me va a querer siempre,
también sé que he puesto a prueba su apoyo incondicional.

Sobre todo porque empecé a acostarme con un hombre casado.

Al principio no sabía que estaba casado. Y por alguna razón, pensé que eso
significaba que estaba bien. Él nunca lo admitió. Nunca llevó puesta una
alianza. Ni siquiera tenía una línea más blanca en el dedo anular, como

aseguran las revistas. Era un mentiroso. Uno muy bueno. Y aunque


sospechaba la verdad, pensé que, si él nunca lo decía en voz alta, si nunca
me lo reconocía a la cara, entonces yo no era responsable de la situación.
Comencé a sospechar cuando, en una ocasión, estuvo seis días sin
contestarme al teléfono para después llamarme y actuar como si no
sucediera nada raro. Sospeché que había otra mujer cuando no me dejó
usar su móvil. De hecho, sospeché que yo era la otra cuando nos
encontramos a uno de sus compañeros de trabajo en un restaurante en el
SoHo y, en vez de presentármelo, Michael me dijo que tenía algo entre los
dientes y que debía ir al baño para quitármelo. Fui al baño y no tenía nada.
Pero, si soy sincera, también me costó mirarme al espejo más de unos
segundos antes de volver a la mesa y fingir que no sabía lo que él
intentaba hacer.

Y Gabby, por supuesto, lo sabía todo. Se lo conté al mismo tiempo que


empecé a reconocérmelo a mí misma.

—Creo que está casado —le confesé finalmente hace cosa de un mes.

Estaba sentada en la cama, todavía en pijama, hablando con ella desde el


ordenador y arreglándome el moño.

La miré mientras el rostro en baja resolución de Gabby fruncía el ceño.

—Te dije que estaba casado —explotó, perdiendo la paciencia—. Te lo dije


hace tres semanas. Te dije que tenías que terminar con todo esto.

Porque está mal. Porque es el marido de alguna mujer. Y porque no


deberías permitir que un hombre te trate como una amante. Te lo dije.

—Lo sé, pero no pensaba que estuviera casado de verdad. Me lo habría


dicho. ¿Sabes? Por eso no creía que lo estuviera. Y no voy a preguntárselo,
porque es demasiado insultante, ¿no? —Ese fue mi razonamiento. No
quería ofenderlo.

—Debes terminar con esta estupidez, Hannah. Lo digo en serio. Eres una
persona maravillosa que tiene mucho que ofrecer al mundo. Pero esto está
mal. Y lo sabes.

La escuché. Y luego dejé que su consejo me entrara por un oído y me


saliera por el otro. Como si fuera dirigido a otra persona.
—No —contesté negando con la cabeza—. No creo que en este caso tengas
razón. Michael y yo nos conocimos en un bar en Bushwick un

miércoles por la noche. Nunca voy a Bushwick. Y casi nunca salgo los
miércoles por la noche. ¡Y él tampoco! ¿Cuántas probabilidades hay de
que dos personas se conozcan así?

—Es una broma, ¿no?

—¿Por qué estaría bromeando? Estoy hablando del destino. En serio.

Supongamos que está casado…

—Está casado.

—No lo sabemos. Pero digamos que sí.

—Lo está.

— Supongamos que sí. Eso no significa que no estuviéramos destinados a


conocernos. Por lo que sabemos, solo estoy siguiendo el curso natural del
destino. Puede que esté casado y que dé igual porque así es como debían
suceder las cosas.

Fui perfectamente consciente de que Gabby estaba decepcionada. Pude


verlo en sus cejas y en la mueca de su boca.

—Mira, ni siquiera sé si está casado —dije. Pero sí. Sí lo sabía. Y esa era
la razón por la que quería desentenderme de todo aquello lo antes posible.

Por eso agregué—: ¿Sabes, Gabby?, aunque esté casado, eso no significa
que yo no sea mejor para él que esa otra persona. En la guerra y en el
amor, todo vale.

Dos semanas después, su esposa supo de mi existencia y me llamó hecha


una fiera.

No era la primera vez que Michael lo hacía.


Tenía constancia de otras dos mujeres más.

¿Y sabía que tenían dos hijos?

No lo sabía.

Es muy fácil racionalizar lo que haces cuando no conoces los rostros y los
nombres de las personas a las que podrías hacer daño. Es muy fácil elegir
ponerte por encima de otros cuando es tan abstracto.

Y creo que por eso lo mantuve todo tan abstracto.

Había estado jugando al «bueno, pero». Al juego de «no estamos del todo
seguras». Al juego de «aunque así fuera». Había visto la verdad a través de
mi pequeña lente, una que era estrecha y de color rosa.

De pronto, fue como si la lente se cayera y por fin pudiera ver lo que
estaba haciendo en un blanco y negro abrumador.

¿Importa si, una vez que enfrenté la verdad, me comporté de forma digna?
¿Importa si, cuando oí la voz de su esposa, en cuanto supe los nombres de
sus hijos, no volví a hablarle?

¿Importa que pueda ver, tan claro como el agua, mi propia culpabilidad y
que esté completamente arrepentida? ¿Que una pequeña parte de mí me
odie por ignorar a propósito la verdad para justificar algo que ya
sospechaba que estaba mal?

Gabby cree que sí. Cree que me redime. Yo no estoy tan segura.

En cuanto Michael desapareció de mi vida, me di cuenta de que Nueva


York no tenía mucho más que ofrecerme. El invierno era duro y frío, y
parecía enfatizar aún más lo sola que estaba en una ciudad de millones de
habitantes. La primera semana después de cortar con Michael llamé
mucho a mis padres y a mi hermana, Sarah, pero no para hablar de mis
problemas, sino para escuchar voces familiares. A veces me respondían
sus contestadores. Siempre volvían a llamarme. Siempre lo hacen. Pero
casi nunca conseguía adivinar el momento en el que podían estar
disponibles. Y, a menudo, con la diferencia horaria, solo teníamos un
pequeño hueco para poder charlar.

La semana pasada se produjeron un montón de acontecimientos. La joven


que me subalquilaba el apartamento me avisó de que en dos semanas iba a
necesitarlo. Mi jefe coqueteó conmigo e insinuó que los mejores turnos los
tenían las mujeres que enseñaban el escote. Me quedé encerrada una hora
y cuarenta y cinco minutos en la línea G cuando un tren se rompió en la
avenida Greenpoint. Michael continuaba llamándome y dejándome
mensajes de voz en los que me pedía que le permitiera explicarse, que
quería dejar a su esposa para estar conmigo, y a mí me avergonzaba
admitir que aquello me hacía sentir mejor, aunque también terriblemente
mal.

Por eso llamé a Gabby. Y lloré. Reconocí que la situación en Nueva York
era peor de lo que jamás le había dejado entrever. Reconocí que no estaba
funcionando, que mi vida no iba por el camino que quería. Le dije que
necesitaba un cambio.

—Ven a casa —dijo ella.

Tardé un minuto en darme cuenta de que lo que quería decir era que debía
volver a Los Ángeles. Hacía mucho tiempo que no veía a mi ciudad natal
como mi hogar.

—¿A Los Ángeles? —pregunté.

—Sí —me contestó—. Ven a casa.

—Pero Ethan está allí —comenté—. Creo que volvió hace unos años.

—Entonces lo verás —dijo Gabby—. No sería lo peor que te puede pasar.

Volver a estar con un buen hombre.

—Allí hace más calor —señalé, mirando por la pequeña ventana la nieve
sucia que cubría la calle debajo de mi apartamento.

—El otro día tuvimos 22 grados —apuntó ella.


—Pero cambiar de ciudad no soluciona el verdadero problema —dije, tal
vez por primera vez en mi vida—. Me refiero a que soy yo la que necesita
cambiar.

—Lo sé. Ven a casa y cambia aquí.

Era la primera vez en mucho tiempo que algo tenía sentido.

Ahora Gabby me toma de la mano por un momento y la aprieta,


manteniendo la vista en la carretera.

—Estoy orgullosa de que estés tomando las riendas de tu vida —confiesa

—. El mero hecho de haberte subido al avión esta mañana demuestra que


vas por buen camino.

—¿De veras? —pregunto.

Gabby asiente.

—Creo que estar en Los Ángeles te va a venir bien. ¿No piensas lo


mismo? Volver a tu origen. Es una lástima que llevemos viviendo
separadas tanto tiempo. Estás corrigiendo una injusticia.

Me río. Estoy intentando ver esta mudanza como una victoria en lugar de
una derrota.

Por fin llegamos a la calle de Gabby y ella aparca el coche junto al borde
de la acera.

Estamos frente a un complejo residencial situado en una calle empinada.

Gabby y Mark compraron un adosado el año pasado. Miro la dirección de


la

fila de casas y busco el número cuatro para ver cuál es la suya. Puede que
no haya estado aquí antes, pero hace meses que le envío postales, dulces y
regalos. Me sé su dirección de memoria. Justo cuando distingo el número
en la puerta bajo la luz de la calle, veo a Mark salir y venir hacia nosotras.
Mark es alto, guapo en un sentido convencional, musculoso y muy
masculino. Siempre he tenido debilidad por los hombres con ojos bonitos
y barba incipiente.Y creí que a Gabby también le gustaban así. Pero
terminó con Mark, tan equilibrado y pulcro. Él es el tipo de persona que va
al gimnasio para cuidar de su salud. Yo jamás he hecho eso.

Abro la puerta del coche y saco una de las maletas. Gabby toma otra.

Mark nos encuentra en el coche.

—¡Hannah! —exclama mientras me da un gran abrazo —. Qué alegría


verte. —Se encarga del resto de las maletas y entramos a la casa.

Contemplo el salón. Predominan los colores neutros y los acabados en


madera. Poco arriesgado, pero precioso.

—Tu habitación está arriba —dice ella. Los tres subimos las estrechas
escaleras hasta la segunda planta. Hay un dormitorio principal y otro más
al otro lado del pasillo.

Es una habitación pequeña, pero lo suficientemente grande para mí. Hay


una cama de matrimonio con un amplio edredón blanco, un escritorio y
una cómoda.

Es tarde, y estoy segura de que Gabby y Mark están cansados, así que me
doy toda la prisa que puedo.

—Id a acostaros. Puedo instalarme sola.

—¿Estás segura? —pregunta Gabby.

Insisto.

Mark me abraza y se va a su habitación. Gabby le comenta que irá


enseguida.

—Me hace muy feliz que estés aquí —me confiesa—. Cada vez que te
mudabas, siempre esperaba que volvieras. Aunque solo fuera durante un
tiempo. Me gusta tenerte cerca.
—Bueno, aquí estoy —digo con una sonrisa—. Tal vez mucho más cerca
de lo que estabas pensando.

—No seas tonta —repone—. Por lo que a mí respecta, puedes quedarte en


la habitación de invitados hasta que tengamos noventa años. —Me da un
abrazo y se dirige hacia su habitación—. Si te despiertas antes que
nosotros, no dudes en hacerte un café.

Después de oír cómo cierra la puerta, busco mi neceser y voy al baño.

La luz es brillante e implacable, algunos incluso la describirían como


molesta. Hay un espejo de aumento sobre el lavabo. Lo levanto y me lo
acerco al rostro. Noto que necesito depilarme las cejas, pero, en general,
no tengo mucho de lo que quejarme. Cuando comienzo a dejar el espejo en
su lugar, observo el extremo externo de mi ojo izquierdo.

Estiro la piel, negando de algún modo lo que veo. Dejo que vuelva a su
sitio. Fijo la mirada e inspecciono.

Me están saliendo patas de gallo.

No tengo apartamento ni trabajo. No tengo una relación estable, ni siquiera


una ciudad a la que considere mi hogar. No tengo ni idea de lo que quiero
hacer con mi vida, cuál es mi propósito, ningún indicio concreto de haber
encontrado una meta. Y aun así, el tiempo me ha encontrado a mí.

Los años que he desperdiciado probando suerte en diferentes trabajos en


distintas ciudades se pueden ver en mi rostro.

Tengo arrugas.

Dejo el espejo. Me lavo los dientes. Me limpio la cara. Decido comprar


una crema de noche y comenzar a usar protector solar. Luego, abro las
sábanas y me meto a la cama.

Puede que mi vida sea un poco desastre. Puede que a veces no tome las
mejores decisiones. Pero no voy a quedarme aquí mirando el techo,
preocupándome toda la noche.
En vez de eso, voy a dormir a pierna suelta, con la convicción de que
mañana estaré mejor. Mañana las cosas irán mejor. Mañana encontraré la
solución.

En lo que a mí respecta, mañana será un nuevo día.

Me despierto porque hace un día soleado y radiante y suena el teléfono.

—¡Ethan! —susurro al teléfono—. ¡Son las nueve de la mañana de un


sábado!

—Sí —contesta, su voz áspera suena aún más ronca por teléfono—. Pero
todavía estás acostumbrada al horario de la costa este. Para ti es mediodía.

Deberías estar levantada.

—Bueno —continúo susurrando—, pero Gabby y Mark siguen durmiendo.

—¿Cuándo puedo verte? —pregunta.

***

Conocí a Ethan en mi segundo año de instituto, en la fiesta de principios


de curso.

Todavía vivía en casa de mis padres. A Gabby le habían ofrecido hacer de


niñera esa noche y decidió aceptar el encargo en lugar de acudir al baile.

Terminé yendo sola, no porque quisiera ir, sino porque mi padre se burlaba
de mí porque jamás iba a ningún sitio sin ella. Así que decidí demostrarle
que estaba equivocado.

Me pasé casi toda la noche junto a la pared, haciendo tiempo hasta que
pudiera marcharme. Estaba tan aburrida que pensé en llamar a Gabby y
convencerla de que viniera cuando terminara de trabajar. Pero Jesse Flint
se había pasado toda la fiesta bailando canciones lentas con Jessica
Campos en medio de la pista. Y Gabby estaba loca por Jesse Flint, iba
detrás de él desde que empezamos el instituto. No podía hacerle eso.
Mientras avanzaba la noche y las parejas comenzaban a besarse bajo las
luces tenues del gimnasio, miré a la única persona que estaba contra la
pared. Era alto y delgado, tenía el pelo revuelto y la camisa arrugada. Se
había aflojado la corbata. Me devolvió la mirada. Y luego se acercó hasta
donde yo estaba y se presentó.

—Ethan Hanover —dijo, extendiendo la mano.

—Hannah Martin —contesté, haciendo lo mismo para estrechársela.

Era estudiante de tercer año en otro instituto. Me contó que estaba allí para
hacerle un favor a su vecina, Katie Franklin, porque no tenía una cita.

Yo conocía bastante bien a Katie. Sabía que era lesbiana, pero que todavía
no estaba lista para decírselo a sus padres. Todo el instituto sabía que ella
y Teresa Hawkins eran más que amigas. De modo que supuse que no haría
daño a nadie si coqueteaba con el chico que ella había traído de tapadera.

Enseguida empecé a olvidarme del resto de la gente que estaba en el


gimnasio. Cuando por fin Katie vino a buscarlo y sugirió que era hora de
irse, sentí como si me estuvieran arrebatando algo. Me entraron ganas de
extender la mano y agarrarlo, decir que era mío.

Ethan dio una fiesta en la casa de sus padres el fin de semana siguiente y
me invitó. Gabby y yo no solíamos ir a grandes fiestas, pero la obligué a
que me acompañara. En cuanto entré por la puerta, se le vio más animado.

Me tomó de la mano y me presentó a sus amigos. Perdí de vista a Gabby


cerca de la zona donde estaban los nachos.

Poco tiempo después, Ethan y yo nos escapamos a la planta de arriba.

Estábamos sentados en el escalón más alto de la escalera, nuestras caderas


tocándose, hablando sobre nuestros grupos de música preferidos. Allí me
besó, en la oscuridad, con una fiesta desenfrenada justo debajo de nuestros
pies.
—Organicé esta fiesta solo para invitarte —me dijo—. ¿Te parece una
tontería?

Negué con la cabeza y volví a besarlo.

Cuando Gabby me encontró una hora más tarde, sentía los labios
hinchados y sabía que tenía un chupetón.

Perdimos juntos nuestra virginidad un año y medio después. Sus padres se


habían ido de viaje y nosotros estábamos en la habitación de Ethan. Me
dijo que me quería mientras estaba acostado sobre mí y no paró de
preguntarme si me encontraba bien.

Algunas personas hablan de su primera vez como una experiencia graciosa


o patética. No fue mi caso. La mía fue con alguien a quien amaba,

con alguien que tampoco sabía lo que estábamos haciendo. La primera vez
que tuve sexo, hice el amor. Por ese motivo, Ethan siempre ha ocupado un
lugar especial en mi corazón.

Luego todo se desmoronó. A Ethan lo aceptaron en la Universidad de


Berkeley. A Sarah, en la Royal Ballet School, y mis padres hicieron las
maletas y se mudaron a Londres. Yo me fui a vivir con la familia Hudson.
Y

entonces, una mañana templada de agosto, una semana antes de que


empezara el último curso de instituto, Ethan se subió al coche de sus
padres y se fue al norte de California.

Logramos mantener la relación hasta finales de octubre, cuando cortamos.

En ese entonces, nos dijimos que no era nuestro momento y que la


distancia complicaba demasiado las cosas. Nos dijimos que volveríamos a
estar juntos en verano. Nos juramos que nada cambiaría, que seguíamos
siendo almas gemelas.

Pero nuestra historia no fue diferente a lo que sucede cada otoño en todas
las universidades.
Comencé a plantearme la posibilidad de estudiar en algunas universidades
de Boston y Nueva York, ya que me resultaría más fácil viajar a Londres si
vivía en la costa este. Cuando Ethan volvió a casa en Navidad, yo estaba
saliendo con un chico llamado Chris Rodriguez. Cuando Ethan regresó en
verano, él salía con una chica llamada Alicia Foster.

El colofón llegó cuando entré a la Universidad de Boston.

De pronto nos separaban casi cinco mil kilómetros y no teníamos ningún


plan para acortar esa distancia.

Desde entonces, Ethan y yo nos hemos mantenido en contacto con alguna


que otra llamada al móvil y uno o dos bailes en las bodas de amigos
comunes. Sin embargo, siempre ha habido una tensión no resuelta entre
nosotros. Una sensación de que no seguimos el plan.

Después de todos estos años, me acuerdo más de él que de otras personas.

Incluso después de superar nuestra ruptura, nunca pude apagar el fuego por
completo, como si todavía quedara una llama interior, pequeña y
controlada, pero siempre viva.

—Según mis cálculos llevas en la ciudad doce horas —dice Ethan—. Y

que me parta un rayo si voy a permitir que estés otras doce más sin verme.

Me río.

—Bueno, creo que vamos a andar un poco justos de tiempo. Gabby dice
que hay un bar en Hollywood al que deberíamos ir esta noche. Ha invitado
a unos cuantos amigos del instituto para que pueda volver a verlos. Lo ha
llamado fiesta de inauguración de la casa. Lo que no tiene ningún sentido.

No sé.

Ethan suelta una carcajada.

—Envíame un mensaje con la hora y la dirección y allí estaré.


—Estupendo.

Comienzo a despedirme, pero su voz me interrumpe de nuevo:

—Oye, Hannah…

—¿Sí?

—Me alegra que hayas decidido volver.

—Bueno —río—, me estaba quedando sin ciudades.

—No lo sé —contesta—. Me gusta pensar que has entrado en razón.

Estoy sacando cosas de la maleta y tirándolas por la habitación de


invitados.

—Juro que lo voy a ordenar —prometo a Gabby y a Mark. Están


arreglados junto a la puerta. Hace por lo menos diez minutos que están
listos para irse.

—No es un desfile de moda —dice Gabby.

—Es mi primera noche en Los Ángeles —le recuerdo—. Quiero estar


guapa.

Me había puesto una camisa y unos vaqueros negros, pendientes largos y,


por supuesto, un moño alto. Pero luego pensé que ya no estoy en Nueva
York. Esto es Los Ángeles. Y esta tarde estamos a más de quince grados.

—Solo quiero encontrar una camiseta de tirantes —comento. Comienzo a


buscar entre la ropa que ya había tirado por la habitación. Encuentro una
de color verde azulado y me la pongo a toda prisa. También me pongo los
tacones negros. Me miro en el espejo y me arreglo el moño—. Prometo
que ordenaré todo cuando vuelva.

Puedo ver que Mark se ríe de mí. Sabe que a veces no hago exactamente lo
que prometo. Seguro que cuando Gabby le preguntó si me podía quedar, le
advirtió de antemano diciendo: «Lo más probable es que deje sus cosas
por todas partes». Tampoco tengo ninguna duda de que él no le puso
ninguna objeción. Así que no me siento tan mal.

Pero no creo que esa sea la razón por la que Mark se ríe.

—Para ser tan desordenada —dice él—, se te ve muy bien.

Gabby le sonríe a él primero y luego a mí.

—Es cierto. Desprendes un cierto brillo. —Agarra el picaporte y agrega

—: Pero no se debe juzgar a una mujer por su apariencia. —No puede


evitarlo. Esa corrección política forma parte de su naturaleza. Y es algo
que me encanta de ella.

—Gracias a los dos —contesto mientras los sigo hasta el coche.

El bar está bastante tranquilo cuando llegamos. Gabby y Mark se sientan y


yo voy a por las bebidas. Pido cervezas para Mark y para mí, y una copa de
chardonnay para Gabby. Cuesta veinticuatro dólares y entrego mi tarjeta
de crédito. No sé cuánto dinero tengo en la cuenta, porque me da miedo
mirarlo. Pero sé que tengo lo suficiente para vivir unas semanas y
conseguir un apartamento. No quiero ser una tacaña, sobre todo cuando
Mark y Gabby han sido tan amables al ofrecerme un sitio donde quedarme,
así que no pienso más en eso.

Llevo las dos cervezas a la mesa y regreso para traer el vino de mi amiga.

Cuando me siento, veo que se les ha unido una mujer. Recuerdo haberla
conocido en la boda de Gabby y Mark hace un par de años. Su nombre es
Katherine, creo. Hace unos años corrió el maratón de Nueva York. Suelo
acordarme muy bien de las caras y de los nombres de la gente. Me resulta
fácil recordar detalles de las personas, aunque solo las haya visto una vez.

Pero hace mucho tiempo que me di cuenta de que no debía mostrarlo


abiertamente. Asusta a los demás.

—Katherine —dice y extiende la mano.


Se la estrecho y le digo mi nombre.

—Encantada de conocerte —comenta—. ¡Bienvenida a Los Ángeles!

—Gracias —contesto—. Aunque creo que ya nos conocemos.

—¿En serio?

—Sí, en la boda de Gabby y Mark. Sí, sí —digo, como si estuviera


recordando—. Me contaste que habías corrido un maratón en alguna
ciudad, ¿no? ¿Boston o Nueva York?

—¡Nueva York! —sonríe—. ¡Sí! Qué buena memoria.

Y ahora le caigo bien a Katherine. Si lo hubiese dicho desde el principio,


si hubiese soltado: «Ah, ya nos conocemos. Llevabas un vestido amarillo
en su boda y dijiste que correr la maratón de Nueva York fue lo más difícil
y gratificante que habías hecho», Katherine pensaría que soy rara. Lo
aprendí por las malas.

Poco después empiezan a llegar algunas de mis antiguas amigas del


instituto, las chicas con las que nos juntábamos Gabby y yo: Brynn, Caitlin
y Erica. Cuando las veo, grito y chillo a todo pulmón. Es tan agradable ver

rostros familiares, estar en un lugar y saber que las personas que te


conocen desde los quince años todavía te quieren. A Brynn se la ve mayor,
Caitlin está más delgada y Erica sigue igual.

También vienen algunos amigos del trabajo de Mark con sus mujeres.

Cuando queremos darnos cuenta, somos una multitud alrededor de una


mesa demasiado pequeña.

La gente empieza a pedir bebidas para otros. Las rondas corren a cuenta de
esta persona o de aquella. Yo bebo cerveza y algunas cocacolas bajas en
calorías. Bebía demasiado en Nueva York. Bebía demasiado con Michael.

Hoy comienza el cambio.


Estoy de nuevo en la barra cuando veo a Ethan entrar por la puerta.

Es más alto de lo que recordaba, va vestido con una camisa de algodón


azul por fuera del pantalón y unos vaqueros oscuros. Lleva el pelo corto y
alborotado, y barba de tres días. En el instituto era mono. Ahora es un
hombre atractivo. Y sospecho que los años le volverán más apuesto
todavía.

Me pregunto si tiene patas de gallo como yo.

Lo veo buscándome entre la multitud. Pago las bebidas que tengo en la


mano y voy hacia él. Justo cuando pienso que jamás me verá, logro llamar
su atención. Su rostro se ilumina y sonríe ampliamente.

Se acerca con rapidez, haciendo desaparecer el espacio entre nosotros.

Me abraza con fuerza. Dejo un momento las bebidas en el borde de la


barra para no volcarlas.

—Hola —dice.

—¡Has venido! —exclamo.

—¡Tú has venido! —contesta.

Lo vuelvo a abrazar.

—Qué alegría volver a verte, de veras —dice—. Estás tan guapa como
siempre.

—Muchas gracias.

Gabby viene junto a nosotros.

—Gabby Hudson —dice él mientras se inclina para abrazarla.

—¡Ethan! Qué alegría verte.

—Voy a por una bebida. Vuelvo en un minuto —comenta.


Asiento con la cabeza y regreso a la mesa con Gabby.

Mi amiga me mira alzando las cejas.

Yo pongo los ojos en blanco.

Toda una conversación sin decir ni una sola palabra.

De pronto, la música está demasiado alta y el bar está tan lleno de gente
que cuesta mantener una charla.

Estoy intentando oír lo que Caitlin está diciendo cuando Ethan llega a la
mesa. Se para junto a mí, con un brazo rozando el mío, sin un ápice de
inseguridad. Le da un sorbo a su cerveza y se vuelve hacia Katherine, los
dos intentan hablar por encima de la música. Echo un vistazo y lo
encuentro mirándola atentamente, haciendo gestos como si estuviera
bromeando con ella. Katherine echa la cabeza hacia atrás y se ríe.

Es más guapa de lo que pensaba. Al principio me ha parecido normal y


corriente. Pero ahora me doy cuenta de que es bastante llamativa. Tiene el
pelo largo, rubio y perfectamente alisado. El vestido de color azul zafiro
que lleva se ajusta a su cuerpo y le sienta como un guante. Ni siquiera
parece que necesite usar sujetador.

Yo no puedo salir de casa sin sujetador.

Gabby me agarra de la mano y me conduce a la pista de baile. Caitlin


viene con nosotras, luego llegan Erica y Brynn. Bailamos algunas
canciones hasta que veo a Ethan y a Katherine acercándose a nosotras.
Mark se queda con el resto, bebiéndose la cerveza.

—¿No baila? —le pregunto a Gabby.

Gabby pone los ojos en blanco. Lanzo una carcajada, y luego veo a
Katherine girando. Ethan es quien la hace girar.

Me pregunto si la llevará a su casa. Me sorprende lo mucho que me


molesta la idea, lo poco sutiles que son mis sentimientos.
Él ríe cuando termina la canción. Se separan y chocan los cinco. Parece un
gesto amistoso, para nada romántico.

Mientras lo miro recuerdo cómo eran las cosas cuando estábamos juntos,
lo mucho que me gustaba estar con él, lo bien que se sentía el mundo y mi
lugar en él cuando Ethan estaba a mi lado, lo doloroso que fue cuando se
fue a la universidad. Recuerdo lo que se siente cuando amas a alguien de

verdad. Por los motivos correctos. De la manera adecuada.

Gabby me toca el hombro, trayéndome de vuelta a la realidad. Me vuelvo


para mirarla. Intenta decirme algo. No puedo oírla.

—¡Un poco de aire! —me grita, señalando el patio. Se abanica con las
manos. Suelto una carcajada y la sigo al exterior.

En cuanto ponemos un pie fuera, el mundo es distinto. El aire se ha


enfriado y apenas se oye la música, amortiguada por el edificio.

—¿Cómo te sientes? —me pregunta Gabby.

—¿Yo? —contesto—. Bien, ¿por qué?

—Por nada —dice.

—Así que Mark no baila, eh… —digo, intentando cambiar de tema—. ¡A


ti te encanta bailar! ¿Nunca te acompaña?

Ella niega con la cabeza con el ceño fruncido.

—Nunca. No es ese tipo de hombre. No pasa nada. Nadie es perfecto,


excepto tú y yo —bromea.

La puerta se abre y aparece Ethan.

—¿De qué estáis hablando aquí afuera? —pregunta.

—A Mark no le gusta bailar —contesto.


—De hecho, voy a ver si logro que mueva el esqueleto de una vez por
todas —dice Gabby. Me sonríe y se va.

Ahora, aquí afuera, solo estamos Ethan y yo.

—Parece que tienes frío —comenta mientras se sienta en un banco vacío

—. Te ofrecería mi camisa, pero no llevo nada debajo.

—Eso violaría el código de vestimenta —señalo—. Pensé que, como


estaba en Los Ángeles, podía llevar una camiseta de tirantes, pero…

—Pero es febrero. Y estamos en Los Ángeles, no en Ecuador.

—Es una locura lo nueva que me parece la ciudad, a pesar de todo el


tiempo que viví aquí —digo mientras me siento a su lado.

—Sí, pero te fuiste a los dieciocho. Tienes casi treinta.

—Prefiero el término veintinueve.

—Qué alegría tenerte de vuelta —ríe—. Llevamos sin vivir en la misma


ciudad desde hace… creo que casi trece años.

—Vaya. Ahora me siento más vieja que cuando me dijiste que tenía casi

treinta.

—¿Cómo estás? —vuelve a reír—. ¿Estás bien? ¿Todo bien?

—Estoy bien —contesto—. Tengo que solucionar algunas cosas.

—¿Quieres que hablemos de eso?

—Tal vez. —Sonrío—. Un día de estos.

Asiente.

—Me encantará escucharte. Un día de estos.


—¿Qué está pasando contigo y Katherine ahí dentro? —pregunto. Mi voz
suena relajada. Intento hacer como si no me importara y lo estoy logrando.

Hace un gesto de negación con la cabeza.

—Nada —responde—. En serio. Ha empezado a hablar conmigo y me he


entretenido un rato con ella. —Me sonríe—. No he venido a verla a ella.

Nos miramos, ninguno aparta la vista. Tiene los ojos posados en mí, fijos
en los míos, como si fuera la única persona en el mundo. Me pregunto si
mira a todas las mujeres de ese modo.

Luego se acerca y me besa en la mejilla.

Sentir esos labios en mi piel hace que me dé cuenta de que llevo años
buscando esa sensación y nunca la he encontrado. Me he conformado con
relaciones casuales, aventuras a medias y un hombre casado, solo para
intentar conseguir ese instante en el que el corazón quiere salirse del
pecho.

Me pregunto si debería besarlo de verdad, si debería girar la cabeza unos


centímetros y posar mis labios en los suyos.

Gabby y Mark salen por la puerta.

—Hola —dice Gabby antes de mirarnos—. Ay, perdón.

—No pasa nada. —La tranquilizo—. Hola.

—Tú eres Mark, ¿no? —ríe Ethan y se pone de pie para darle la mano—.

Ethan. Antes no nos han presentado formalmente.

—Sí. Hola. Es un placer.

—Perdón —dice Gabby—. Tenemos que irnos.

—Me acabo de enterar de que mañana tengo que madrugar para una cosa
—cuenta Mark.

—¿Un domingo? —pregunto.

—Sí, es un asunto de trabajo.

Miro el reloj. Son más de las doce.

—Ah, bueno —contesto y comienzo a levantarme del banco.

—En realidad, podría llevarte a casa después —dice Ethan—. A la casa de


Gabby. Si quieres quedarte un rato más. Lo que prefieras.

Veo una tímida sonrisa en el rostro de Gabby que dura una milésima de
segundo.

Me río por dentro. Es demasiado obvio, ¿no?

Al volver a Los Ángeles, no solo estoy intentando construir una vida mejor
con el apoyo de mi mejor amiga. También he vuelto a hacerme la pregunta
de si todavía hay algo entre Ethan y yo.

Llevamos años separados, con vidas completamente diferentes. Y aquí


estamos de nuevo. Coqueteando, apartados de una fiesta, mientras todos
los demás bailan.

¿Lo haremos o no lo haremos? Y si dejo que me lleve a casa, ¿significará


más para mí de lo que significa para él?

Miro a Ethan y luego a Gabby.

La vida es larga y está llena de un sinfín de decisiones. Tengo que pensar


que las pequeñas decisiones no importan y que terminaré donde tenía que
llegar sin importar lo que haga.

El destino me encontrará.

Así que decido…


Así que decido volver a casa con Gabby.

No quiero precipitarme.

Me vuelvo y doy un abrazo a Ethan. Al otro lado de la puerta oigo que el


disc jockey acaba de poner Express Yourself de Madonna y, por un
momento, me arrepiento un poco de mi decisión. Me encanta esta canción.

Sarah y yo solíamos cantarla en el coche a todas horas. Mi madre nunca


nos dejaba cantar la parte que menciona las sábanas de seda. Pero nos
encantaba esa canción. La escuchábamos sin parar.

Me replanteo lo de la despedida, como si el universo me estuviera


diciendo que me quede y baile.

Pero no lo hago.

—Mejor me voy a casa —le digo a Ethan—. Es tarde y quiero


acostumbrarme al horario de la costa oeste. Lo entiendes, ¿verdad?

—Por supuesto —contesta—. Me lo he pasado muy bien esta noche.

—¡Yo también! ¿Te llamo?

Ethan asiente con la cabeza, abraza a Gabby para despedirse y le estrecha


la mano a Mark. Se vuelve hacia mí y me susurra al oído:

—¿Estás segura de que no puedo convencerte para que te quedes?

—Lo siento —digo mientras niego con la cabeza y le sonrío.

Él sonríe y suspira muy sutilmente, con una mirada que refleja que ha
aceptado la derrota.

Volvemos a entrar al bar y nos despedimos de todos: Erica, Caitlin, Brynn,


Katherine y del resto de las personas que he conocido esta noche.

—Estaba convencida de que te irías a casa con Ethan —dice Gabby


mientras nos dirigimos al coche.
La miro negando con la cabeza.

—Y tú que creías que me conocías tanto.

Me lanza una mirada de duda.

—Bueno, me conoces a la perfección. Pero es que tengo la sensación de

que si tiene que suceder algo entre Ethan y yo, será a su debido tiempo. No
hace falta apresurar las cosas.

—Entonces, ¿sí quieres que suceda algo?

—¡No lo sé! —exclamo—. ¿Tal vez? ¿En algún momento? Creo que
debería estar con un chico honesto, estable y simpático como él. En lo que
a hombres se refiere, Ethan parece un paso en la dirección correcta.

Cuando llegamos al coche, Mark nos abre las puertas y le dice a Gabby
que volverá a casa por el Boulevard Wilshire.

—Es el camino más fácil, ¿no? ¿El que tiene menos tráfico?

—Sí —dice Gabby, después se gira y me pregunta si he oído hablar de la


instalación Urban Light, del Museo de Arte del condado de Los Ángeles.

—No —respondo—. Creo que no.

—Seguro que te gusta —dice—. La colocaron hace algunos años. Vamos a


pasar por la puerta, así te la enseño. Por cierto, todo esto es parte de mi
campaña para hacer que te enamores de nuevo de Los Ángeles.

—Tengo muchas ganas de verla —contesto.

—Siempre se dice que en Los Ángeles no hay cultura. Así que voy a
demostrar que esa afirmación no tiene razón de ser para que te quedes.

—¿Te olvidas de que viví aquí durante casi veinte años?


—Eso quería preguntarte. —Se vuelve para mirarme mientras Mark no
aparta la vista del camino—. ¿Cómo están tus padres y Sarah?

—Mis padres están bien —contesto—. Sarah ahora está en la Compañía de


Ballet de Londres y vive con su novio, George. No lo conozco, pero a mis
padres les gusta y eso es bueno. A mi padre le está yendo muy bien en el
trabajo, así que creo que mamá está considerando trabajar solo media
jornada.

No me envían dinero de ninguna manera tradicional. Aunque llevan años


regalándome una suma tan grande en Navidad, que casi parece que recibo
un bono de fin de año. No sé realmente cuánto dinero tiene mi familia,
pero parece que bastante.

—¿No vienen a Estados Unidos? —pregunta Mark.

—No —contesto—, siempre voy yo a visitarlos.

—Cualquier excusa con tal de ir a Londres, ¿no? —dice Mark.

—Claro —respondo, aunque no es del todo cierto. Ellos nunca se ofrecen a


venir a Estados Unidos. Y, como son los que compran el billete de avión,
no puedo opinar mucho al respecto.

Me vuelvo hacia la ventanilla del coche y veo pasar las calles. Son calles
que no frecuentaba de adolescente. Estamos en una parte de la ciudad que
no conozco muy bien.

—¿Te has divertido esta noche? —me pregunta Gabby.

—Sí. —Continúo mirando las aceras y los escaparates—. Tenéis unos


amigos estupendos y me ha encantado ver a las chicas del instituto. Caitlin
ha debido de perder más de diez kilos, ¿no?

—Creo que con el método Weight Watchers —cuenta Gabby—. Le está


yendo muy bien. Aunque antes también estaba muy bien. Las mujeres no
valen más por estar delgadas.
Veo a Mark sonreír en el espejo retrovisor y le devuelvo la sonrisa. Es una
pequeña conexión que establecemos, nuestro momento de poner los ojos
en blanco por la corrección política de Gabby. Empiezo a reír, pero logro
contenerme. Gabby tiene razón. Las mujeres no valemos más por estar
delgadas. Caitlin es la misma persona que antes de perder peso. Es
gracioso que mi amiga siempre sienta la necesidad de enfatizar algo así.
Que no pueda darlo por sentado.

Suena el móvil de Gabby y ella lo mira. La veo leer el mensaje de texto


para, inmediatamente después, esconderlo. Se le da fatal ocultarme cosas.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—¿Qué va a pasar?

—En tu móvil.

—Nada.

—Vamos, Gabby —digo.

—No es importante. No pasa nada.

—Dámelo.

Me entrega el móvil de mala gana. Es un mensaje de texto de Katherine.

Me voy a casa con Ethan. ¿Es una mala idea?

Se me detiene el corazón. Aparto la mirada y devuelvo el móvil a Gabby

sin mediar palabra.

—Eh —dice con tono suave, volviéndose para mirarme.

—No me molesta —indico, aunque mi voz es débil y aguda. Molesta es


precisamente lo que parezco.

—Por favor —dice.


—Estoy bien —río—. Puede hacer lo que quiera. —Me alegro de no
haberme quedado con él, para ver si todavía había algo entre nosotros—.

De hecho, no me he quedado con él porque no quería que fuera una


aventura de una noche. Si es que sucedía algo. Así que, ahí está. Me ahorra
la vergüenza.

Gabby frunce el ceño.

Me río en un gesto de defensa, como si cuanto más fuerte me ría, más fácil
será tirar por la ventanilla la pena que mi amiga está sintiendo por mí en
este momento.

—Es un gran chico, no digo que no lo sea. Pero, ya sabes, si así es como
van a ser las cosas estando con él, no es lo que necesito.

Vuelvo a mirar por la ventanilla y después a Gabby.

—De hecho, me gusta Katherine. Parece fantástica.

—Si me permites —interrumpe Mark—, no sé muy bien lo que hay entre


vosotros dos, pero solo porque se acueste con otra no significa
necesariamente que…

—Lo sé —digo—. Aun así, deja claro que es mejor que lo nuestro se
quede en el pasado. Ha pasado mucho tiempo desde que estuvimos juntos.

No pasa nada.

—¿Quieres cambiar de tema? —me pregunta Gabby.

—Sí, por favor.

—Bueno, ¿salimos mañana a desayunar mientras Mark se va a trabajar?

—Sí —digo, apartando la mirada y volviendo a clavar la vista en la


ventanilla—. Hablemos de comida.
—¿Adónde la llevo? —pregunta Gabby a Mark. Ambos comienzan a
nombrar restaurantes que no me suenan de nada.

Mark me pregunta si me gustan los desayunos dulces o salados.

—¿Te refieres a si me gusta desayunar tortitas o huevos?

—Claro —contesta.

—Le gustan los rollos de canela —explica Gabby al mismo tiempo que yo
digo: «Me gustan los sitios donde sirven rollos de canela».

De pequeña, mi padre solía llevarme a una tienda de rosquillas que se


llamaba Primo’s Donuts. Vendían unos rollos de canela grandes y
calentitos. Íbamos todos los domingos por la mañana. Pero a medida que
me hacía mayor, cada vez estábamos más ocupados. Al final mis padres se
pasaban casi todo el día de aquí para allá con Sarah y sus ensayos y
recitales, y cada vez costaba más sacar tiempo para ir. Pero cuando
íbamos, siempre pedía un rollo de canela. Me gustan muchísimo.

Cuando me fui a vivir con la familia de Gabby, Tina compraba rollos de


canela crudos que luego hacía en el horno para que los comiera los fines
de semana. La parte de abajo siempre se quemaba y se le iba un poco la
mano con el glaseado, pero no me importaba. Hasta un rollo de canela
malo es un buen rollo de canela.

—Con mucho glaseado —le digo a Mark—. No me importa si equivale a


las calorías de todo un día. Gabby, si quieres intento encontrar Primo’s y
podemos ir mañana.

—Hecho —contesta ella—. Bueno, ya casi llegamos al museo. Allí a la


derecha. Ahora puedes ver las luces, justo allí.

Miro más allá de su cabeza y creo ver a lo que se refiere. Pasamos un


semáforo en verde y luego nos detenemos en uno en rojo justo en frente
del museo. Sí, ahora lo veo perfectamente.

Farola tras farola, unas detrás de las otras, en filas sucesivas y encendidas.
No son las típicas farolas que se ven hoy en día, las que se alzan hacia el
cielo y luego se curvan sobre la calle. Son antiguas. Parece como si Gene
Kelly se hubiera columpiado en ellas mientras cantaba bajo la lluvia.

Miro la instalación, observando desde la ventanilla. Supongo que se trata


de una idea muy sencilla, pero bella a la vez. Las luces de la ciudad contra
un telón de fondo color negro azabache le dan una impronta mágica. Y

puede que también encierre una metáfora, algo sobre la luz en medio de…

Oh, mierda, estoy mintiendo. La verdad es que no entiendo qué significa.

—Bien —dice Gabby— ¿por qué no salimos? ¿Te parece bien, Mark?

¿Podemos aparcar y sacarnos una foto rápida al lado de las luces? Para
recordar la primera noche de verdad de Hannah de vuelta a Los Ángeles.

Mark asiente y, cuando el semáforo se pone verde, aparca junto al borde de


la acera. Nos bajamos del coche y nos acercamos al centro de las luces.

Nos turnamos para sacarnos fotos en cadena. Gabby y yo nos paramos


entre dos filas de luces y Mark nos saca fotos abrazándonos. Sonreímos de
oreja a oreja. Nos damos un beso en la mejilla. Nos paramos a cada lado
de una farola y hacemos muecas a la cámara. Luego me ofrezco a sacar
una foto a Mark y Gabby juntos.

Intercambio lugares con Mark y extraigo el móvil para sacar la foto.

Gabby y Mark se abrazan, posando debajo de las farolas. Me alejo un


poco, intentando encuadrar la imagen a mi gusto.

—Esperad —digo—. Quiero que salga todo. —No me puedo alejar lo


suficiente para que la foto abarque la parte de arriba de las luces, así que
camino hasta el borde de la acera. Todavía no estoy lo suficientemente
lejos, de modo que pulso el botón del semáforo y espero la señal para
poder pararme en la calle.

—¡Un segundo! —les grito.


—¡Espero que valga la pena! —contesta Gabby.

La luz se pone roja. La mano naranja cambia a un peatón iluminado en


blanco y me coloco en el cruce.

Me vuelvo y encuadro la foto: Mark y Gabby en medio de un mar de luces.


Presiono el botón de disparo. Reviso la foto y me dispongo a sacar otra por
si acaso.

Para cuando escucho el chirrido de los neumáticos, es demasiado tarde


para correr.

Vuelo por los aires hacia el otro lado de la calle. El mundo gira. Y luego
todo se sume en un silencio sepulcral.

Miro las luces. Miro a Gabby y a Mark. Ambos corren hacia mí,
boquiabiertos y con los brazos extendidos. Creo que están gritando, pero
no puedo oírlos.

No siento nada. No puedo sentir nada.

Creo que me están llamando. Veo a Gabby llegar a mi lado. Veo a Mark

haciendo una llamada.

Me llega un olor a metal.

Estoy sangrando. No sé por dónde.

Me pesa mucho la cabeza y siento una presión sobre el pecho, como si el


mundo entero estuviera sobre mí.

Gabby está aterrada.

—Estoy bien —le digo—. No te preocupes. Me encuentro bien.

Ella simplemente me mira.

—Todo va a ir bien —la consuelo—. ¿Confías en mí?


Después, su rostro se nubla, el mundo queda en silencio y las luces se
apagan.

Entonces decido quedarme con Ethan.

Me entusiasma pasar un rato con un buen hombre para variar. Me vuelvo y


me despido de Gabby y de Mark. En ese preciso instante, suena Express
Yourself en el bar y sé que he tomado la decisión correcta. Adoro esta
canción. Sarah y yo solíamos obligar a nuestros padres a escucharla una y
otra vez en el coche, mientras la cantábamos a pleno pulmón. Tengo que
quedarme y bailar esta canción.

—No te importa, ¿verdad? —le digo a mi amiga mientras la abrazo—.

Quiero quedarme un rato más. Ver hacia dónde me lleva la noche.

—¡Oh, por supuesto que no, adelante! —me anima mientras me despido
de Mark con otro abrazo. Gabby esboza una sonrisa traviesa que solo yo
puedo ver. Pongo los ojos en blanco, pero también se me escapa una
sonrisilla en el último segundo. Luego Gabby y Mark se dirigen a la
puerta.

—Bueno —dice Ethan mientras se vuelve para quedar frente a mí—, la


noche es nuestra. —La forma en que lo dice, con un ligero tono de
escándalo en la voz, hace que me sienta como si fuéramos adolescentes de
nuevo.

—¿Bailas conmigo? —pregunto.

Ethan sonríe y abre la puerta del bar. La sostiene para que pueda pasar.

—Vamos —contesta.

Queda poco más de un minuto para que termine la canción y empiece otra.
La nueva es de estilo español, tiene un ritmo latino. Mis caderas empiezan
a moverse por voluntad propia. Se balancean un momento, hacia delante y
hacia atrás, para tantear el terreno. Enseguida me dejo llevar y permito que
mi cuerpo se mueva solo. Ethan desliza un brazo por la parte más baja de
mi espalda. Su pierna roza ligeramente la parte interna de la mía. Da unos
pasos hacia delante y hacia atrás y después me acerca rápidamente hacia
él. Nos olvidamos de todos los que nos rodean, y continuamos así canción
tras canción, moviéndonos a la par. Nuestros

rostros están cerca, pero jamás se tocan. De tanto en tanto lo sorprendo


mirándome y me sonrojo.

Al final de la noche, cuando ha terminado el baile y el bar empieza a


vaciarse, miro alrededor y noto que el resto del grupo se ha ido a su casa.

Ethan me toma de la mano y me lleva fuera. En cuanto pisamos la acera,


lejos del estrépito del bar, siento los efectos de haber pasado la noche
dentro de un lugar pequeño con la música alta. Comparado con el local, el
mundo exterior parece estar en completo silencio. Tengo los ojos un poco
secos. Y

el dolor de pies me está matando.

Ethan me lleva por la calle mientras la gente del bar se va dispersando.

—¿Dónde está tu coche? —pregunto.

—He venido andando. Vivo a cinco manzanas. Por aquí —me dice—.

Tengo una idea.

Intento seguirle el ritmo a tropezones. Va demasiado rápido y me duelen


mucho los pies.

—Espera, espera, espera —ruego.

Me inclino y me quito los zapatos. La acera está sucia. Puedo ver chicles
que llevan tanto tiempo allí que ahora son manchas negras sobre el asfalto.

Un poco más adelante, las raíces de un árbol se han abierto paso por la
acera, rompiéndola y formando grietas y bordes afilados. Pero los pies me
duelen demasiado. Recojo los zapatos y sigo a Ethan.
Él me mira los pies y se detiene.

—¿Qué estás haciendo?

—Me duelen los pies. No puedo andar con esto. No pasa nada. Sigamos.

—¿Quieres que te lleve?

Me pongo a reír.

—¿Qué te hace tanta gracia? Podría llevarte.

—Estoy bien —contesto—. No es la primera vez que ando descalza por


una ciudad.

Ahora es él quien se ríe y se pone de nuevo en marcha.

—Como estaba diciendo… He tenido una idea estupenda.

—¿De qué se trata?

—Has estado bailando —dice mientras tira de mí.

—Obviamente.

—Y has estado bebiendo.

—Un poco.

—Y has sudado profusamente.

—Eh… Supongo.

—Pero hay una cosa que no has hecho.

—¿Qué?

—Comer.

Es decir eso y me entra un hambre voraz.


—Oh, Dios mío, ¿dónde vamos? —pregunto.

Él apura el paso hacia una gran intersección que tenemos delante.

Comienzo a percibir un aroma. Algo ahumado. Corro con él, mis pies
golpean el asfalto sucio con cada paso, hasta que llegamos a una multitud
congregada en la acera.

Miro a Ethan, que me saca de dudas sobre lo que estoy oliendo.

—Perritos calientes. Con las salchichas envueltas en beicon.

Atraviesa la multitud, camina directamente hacia el puesto de comida y


pide dos. El puesto parece uno de esos carros de helados divinos que a
veces alguien empuja en un parque. Pero la mujer que lo lleva está
lidiando con los pedidos de todas las personas que esperan en la calle con
dos copas de más.

Ethan regresa con nuestros perritos. Me acerca uno a la nariz.

—Huélelo.

Le hago caso.

—¿Alguna vez has olido algo tan bueno a estas horas de la noche en
cualquier otra ciudad en la que hayas estado?

—No —contesto. En este momento, en este segundo, no puedo recordar


ninguno, sinceramente.

Damos una vuelta a la manzana y terminamos en una calle residencial. El


sonido de la multitud y el humo del puesto de comida quedaron atrás. Oigo
el canto de los grillos. Aunque estemos en medio de la ciudad. Me había
olvidado de ese detalle de Los Ángeles. Lo urbano y provincial que puede
ser al mismo tiempo.

La calle tiene una fila de palmeras tan altas que tienes que echar la cabeza
hacia atrás para verlas enteras. Se expanden por toda la manzana y por las
adyacentes, al norte y al sur. Ethan camina hacia una de ellas y al césped
que la rodea. Se sienta sobre el bordillo estrecho que separa los árboles de
la calle. Apoya los pies en el asfalto y la espalda contra la palmera. Lo
imito y me siento a su lado.

A estas alturas, tengo la planta de los pies negra. Me imagino lo sucia que
voy a dejar la ducha de Gabby mañana.

—Dame uno —digo, extendiendo la mano y esperando a que Ethan me dé


el que ha decidido que es para mí.

Él obedece.

—Gracias. Por invitarme a la cena. O al desayuno. No estoy muy segura.

Asiente con la cabeza, ya le ha dado un mordisco. Después de terminar el


bocado, dice:

—Ay, he cometido un error de principiante. También tendría que haber


comprado agua.

Ahora que hemos salido del bar, el mundo empieza a hacerse más nítido.

Puedo oír mejor. Puedo ver mejor. Y quizá lo más importante, puedo
degustar este delicioso perrito caliente con su maravillosa envoltura de
beicon.

—Sé que ahora se ha convertido en un cliché —comento—. Pero todo sabe


mejor con beicon.

—Y que lo digas —repone—. No quiero parecer pretencioso, pero tengo la


sensación de que lo descubrí antes que el resto. Hace años que me gusta el
beicon.

Suelto una carcajada.

—Ya te gustaba el beicon cuando solo se tomaba para desayunar.

Se ríe y pone tono afligido.


—Ahora ya no es lo mismo. Es tan comercial.

—Sí —digo—. Seguro que le ponías beicon a las rosquillas por el año
2003.

—En serio —dice Ethan—, creo que yo inventé el beicon confitado. —

Comienzo a reírme entre bocados—. ¡No bromeo! De pequeño siempre le

ponía sirope de arce al beicon. Sirope de arce más beicon es igual a…

beicon confitado. De nada, Estados Unidos.

Me río de él y le pongo una mano sobre la espalda.

—Siento decirte esto, pero todos llevamos años haciendo lo mismo.

Me mira directamente a los ojos.

—Pero nadie me lo contó. Lo inventé por mi cuenta —insiste—.Fue idea


mía.

—¿De dónde crees que surgió la idea de hacer las rosquillas con glaseado
de beicon y sirope de arce o el caramelo de beicon? La gente lleva años
poniendo al beicon sirope de arce por todo el país y les encanta.

Ethan me sonríe.

—Has estropeado la única cosa que consideraba un logro personal.

Vuelvo a reír.

—Eh, vamos. Estás hablando con una mujer sin carrera, sin casa, casi sin
dinero y sin potencial. No toquemos el tema de los logros personales.

Ethan se vuelve hacia mí. Hace rato que se terminó el perrito.

—No crees eso de verdad —dice.


En circunstancias normales, me pondría a bromear. Pero eso requiere
mucho esfuerzo. Muevo la cabeza de lado a lado, como si tratara de
decidirme.

—No lo sé —contesto—. Aunque de alguna manera, sí. —Ethan niega con


la cabeza, pero sigo hablando—: Lo que quiero decir es que jamás pensé
que mi vida terminaría yendo en esta dirección. Y cuando miro a alguien
como Gabby o como tú, siento que me quedé un poco atrás. No es tan malo
—agrego al darme cuenta de que me estoy quejando—. Es algo en lo que
tengo que trabajar. Bueno, supongo que tan solo deseo encontrar algún día
una ciudad en la que pueda quedarme.

—Siempre pensé que debías volver aquí —confiesa Ethan, mirándome a


los ojos.

Sonrío, pero cuando Ethan no aparta la mirada, me pongo nerviosa.

Golpeteo ligeramente las manos contra los muslos.

—Bueno —digo—, ¿nos vamos?

Ethan mira hacia adelante durante un momento, sus ojos se posan sobre el

suelo debajo de sus pies. Luego, vuelve en sí y se recupera.

—Sí —contesta—. Deberíamos volver.

Ambos nos ponemos de pie y, durante un instante, nuestros cuerpos están


más cerca de lo que ninguno de los dos habíamos esperado. Puedo sentir el
calor de su piel.

Comienzo a apartarme, pero él me agarra de la mano con suavidad para


detenerme. Me mira fijamente. Soy la primera en apartar la vista.

—Hay algo que he querido preguntarte desde hace tiempo —dice.

—Dispara.

—¿Por qué nos separamos?


Lo miro y ladeo la cabeza levemente. La pregunta me sorprende. Me río
un poco.

—Bueno, creo que eso es lo que hacen los adolescentes de dieciocho años.
Se separan.

La tensión no disminuye.

—Lo sé —dice—. Pero, ¿teníamos una buena razón?

Le miro y vuelvo a sonreír.

—¿Teníamos una buena razón? —repito la pregunta—. No lo sé. Los


adolescentes no necesitan tener buenas razones.

Se ríe y comienza a caminar por donde vinimos. Me pongo a su lado.

—Me rompiste el corazón —confiesa con una sonrisa—. Lo sabes, ¿no?

—¿Perdón? Oh, no, no, no. Tú me rompiste el corazón a mí. Yo fui a quien
la dejó el novio cuando se fue a la universidad.

Niega con la cabeza, aunque sonríe a su pesar.

—Pero qué mentira más grande. Tú me dejaste a mí.

Esbozo una sonrisa y también hago un gesto de negación.

—Creo que estamos ante un caso de revisionismo histórico. Yo quería que


siguiéramos juntos.

—¡Qué tontería! —exclama. Tiene las manos metidas hasta el fondo de


los bolsillos y los hombros encorvados hacia adelante. Camina despacio
—.

Esto es completamente absurdo. Una mujer te rompe el corazón, vuelve a


la ciudad una década más tarde y te echa la culpa.

—Bueno, bueno —digo—. Podemos estar de acuerdo en que no estamos


de acuerdo.

—¡No! —me mira y niega con la cabeza—. No lo acepto —dice entre


risas.

—Ay, eres tonto.

—De eso nada —dice—. Tengo pruebas.

—¿Pruebas?

—Pruebas concretas y fehacientes.

Me detengo y me cruzo de brazos.

—Esto va a ser interesante. ¿Qué pruebas tienes?

Él también se para y se acerca.

—Prueba A: Chris Rodriguez. —Mi novio del último curso de instituto.

—Ay, por favor —contesto—. ¿Qué se supone que prueba Chris


Rodriguez?

—Tú me olvidaste primero. Volví a casa desde Berkeley por Navidad,


dispuesto a llamar a tu puerta y reconquistarte. Y al minuto siguiente de
llegar a la ciudad, me entero de que estás saliendo con Chris Rodriguez.

—Chris no significaba nada para mí —me río y pongo los ojos en blanco

—. Ni siquiera estaba con él cuando regresaste a casa en verano. Pensé


que, ya sabes, que quizá volvías para quedarte los tres meses y que…

Me mira y sube y baja las cejas, una versión visual del Oh, sí, nena.

Me río, un poco avergonzada.

—Bueno, de todos modos, daba igual, ¿no? Porque entonces tú estabas con
Alicia.
—Porque pensaba que tú estabas con Chris —dice—. Es la única razón por
la que salí con ella.

—¡Eso es horrible!

—Bueno, ¡no lo sabía en ese momento! —comenta—. Pensé que la quería.


Ya sabes, tenía diecinueve años. Tenía la conciencia de una ameba.

—Entonces, tal vez la amabas —digo—. Tal vez tú te olvidaste antes de


mí.

—No. —Sacude la cabeza—. Ella me dejó cuando volvimos a clase


después del verano. Dijo que necesitaba a alguien que pudiera decirle que
era la única.

—¿Y tú no podías hacerlo?

Me lanza una mirada significativa.

—No.

Por un momento, todo queda en silencio de nuevo. Ninguno tiene mucho


que decir, o tal vez sería más adecuado decir que ninguno sabe qué decir.

—Así que ambos nos rompimos el corazón —digo finalmente. Vuelvo a


ponerme en marcha.

Ethan me alcanza y sonríe.

—Estoy de acuerdo en que no estamos de acuerdo.

Continuamos caminando por la calle, hasta que nos detenemos en un


semáforo en rojo y esperamos a que cambie.

—Nunca me acosté con Chris —le confieso mientras nos adentramos cada
vez más en el área residencial.

—¿No? —pregunta Ethan.


—No —confirmo, negando con la cabeza.

—¿Por alguna razón?

Muevo la cabeza de lado a lado, intentando encontrar las palabras para


explicar lo que sentía en ese momento.

—No… No podía soportar la idea de compartir algo tan íntimo con nadie
más que contigo. No me parecía bien hacerlo con cualquiera.

Tenía veintiún años cuando volví a mantener relaciones sexuales con otra
persona. Fue con Dave, mi novio de la universidad. La razón por la que me
acosté con él no fue porque creyera que él iba a significar tanto para mí
como Ethan. Lo hice porque no hacerlo estaba empezando a parecer raro.
Si soy sincera, con el tiempo perdí esa sensación de que la persona tenía
que ser especial, de que el sexo era algo sagrado.

—Apuesto a que no rechazaste las insinuaciones de Alicia —digo para


tomarle el pelo. Por un momento, tengo la sensación de que se sonroja.

Me lleva hasta un edificio cubierto de enredaderas en una calle oscura y


tranquila. Abre la puerta de entrada y deja que entre primero.

—Tienes razón —contesta—. Me avergüenza admitir que ha habido


momentos en mi vida donde he usado el rechazo de la mujer que amaba
como excusa para acostarme con otras. No es mi mejor cualidad. Pero
alivia

el dolor.

—Seguro que sí.

Me indica el camino hasta su apartamento en la segunda planta.

—Aunque eso tampoco significa nada —confiesa—. Acostarme con Alicia


no implicó que no te amara. Que no hubiera dejado todo para estar
contigo. Si hubiese creído… bueno, sabes a lo que me refiero. Le miro.

—Sí, lo sé.
Abre la puerta y me hace un gesto para que pase. Vuelvo a mirarlo y entro
al apartamento por delante de él. Es un apartamento tipo estudio grande,
por lo que se ve acogedor, pero sin parecer abarrotado. Está ordenado,
aunque no necesariamente limpio, lo que significa que todo está en su
sitio, pero con pelusas en los rincones y la marca del borde de una taza en
la mesa de café de madera oscura. Las paredes son de un tono azul oscuro
discreto.

Una televisión de pantalla plana cuelga de la pared que hay frente al sillón
y se pueden ver estantes llenos de libros por todas partes. Las sábanas de
su cama son de un sufrido gris oscuro. ¿Sabía en ese momento que se
convertiría en un adulto de este tipo? No lo sé.

—Fue muy difícil olvidarte —dice.

—Ah, ¿sí? —contesto. Tengo un nudo en la garganta, pero intento


ocultarlo con una actitud coqueta y ligera—. ¿Qué fue difícil de olvidar?

—Tres cosas. —Arroja las llaves sobre una mesita.

Sonrío, haciéndole notar que estoy lista para escucharlo.

—¡Espero que sean buenas!

—Lo digo en serio. ¿Estás preparada para oírlas? Porque no estoy


bromeando.

—Estoy lista —contesto.

—Uno. —Ethan levanta el pulgar para empezar a contar—. Siempre


llevabas el cabello recogido, como ahora, en un moño alto. Y solo te lo
soltabas en contadas ocasiones. —Hace una pausa y comienza de nuevo—.

Me encantaba ese momento. Ese instante entre recogido y suelto, cuando


el pelo te caía sobre el cuello y alrededor del rostro.

Me doy cuenta de que estoy jugando con el moño que tengo sobre la
cabeza y que tengo que dejar de arreglarlo.
—Bien.

—Dos —continúa—. Siempre sabías a canela y azúcar.

Me pongo a reír. Si antes tenía mis dudas, ahora estoy completamente


segura de que habla en serio.

—Por los rollos de canela.

—Por los rollos de canela —asiente.

—¿Y cuál es la tercera? —pregunto. Casi prefiero no saberla, como si esa


tercera cosa que va a decir pueda hacer que afloren de forma inequívoca e
irrevocable todos los sentimientos que teníamos de adolescentes, un
aluvión de mejillas sonrojadas y corazones desaforados. Los sentimientos
adolescentes son los más embriagadores, los que tienen el poder de dejarte
desamparado.

—Olías a mandarinas —dice.

Le miro a los ojos.

—Orange Ginger.

—Sí —asiente—. Siempre olías a Orange Ginger. —Se acerca y casi me


roza el cuello—. Como ahora.

Está tan cerca que también puedo sentir su olor, una mezcla de detergente
para ropa y sudor.

—Tú también hueles bien —digo. No me aparto.

—Gracias —me contesta.

—En el instituto olías al detergente Tide.

—Mi madre siempre lo usaba —señala.


—Cuando te fuiste, olía tus camisetas viejas —confieso—. Dormía con
ellas.

Él me escucha. Toma mis palabras, mis sentimientos, y los devuelve como


hechos.

—Me querías —dice.

—Sí. Es cierto. Te quería tanto que, a veces, me dolía el pecho.

Se inclina ligeramente y dice:

—Quiero besarte.

Respiro hondo.

—De acuerdo.

—Pero no quiero hacerlo si… No quiero que sea una cosa de una sola
noche.

—No sé lo que es —indico—. Pero no es algo de una sola noche.

Sonríe y se acerca.

Al principio se trata de un contacto suave, nuestros labios se encuentran


con ternura, pero cuando me acercó más a él y le beso con más fuerza, la
situación nos sobrepasa.

Retrocedemos hasta la puerta principal que está cerrada a nuestras


espaldas, rozo con los hombros el marco.

Sus labios se mueven como antaño y entre sus brazos me siento del mismo
modo que antes. Hacemos todo lo posible para retroceder el reloj, para
borrar el tiempo.

Cuando llegamos a su cama, es como si nunca nos hubiésemos alejado.


Como si nunca hubiésemos roto, mis padres jamás se mudaron, nunca salí
con Chris Rodriguez, Ethan nunca conoció a Alicia Foster. Es como si
nunca hubiese sentido el frío de Boston en las manos o el viento de
Washington D.C. en el pelo. Como si nunca hubiera sentido la lluvia de
Portland y Seattle en los hombros o el calor de Austin en la piel. Como si
la ciudad de Nueva York, y todas sus decepciones, jamás me hubieran
tocado el corazón.

Siento como si hubiese tomado la decisión correcta por primera vez en la


vida.

Tres días más tarde

Abro los ojos.

Me pesa la cabeza. Veo todo borroso. Mis ojos se acostumbran a la luz


lentamente.

Estoy en la cama de un hospital. Tengo las piernas estiradas delante de mí


con una manta que las cubre. Tengo los brazos a los lados. Hay una mujer
rubia frente a mí que me mira de forma estoica pero amable. Debe de
rondar los cuarenta años. No estoy segura, pero no creo haberla visto en la
vida.

Lleva puesta una bata blanca y sujeta una carpeta.

—¿Hannah? —dice—. Asiente si puedes oírme, Hannah. No intentes


hablar por ahora. Solo asiente.

Hago lo que me dice y ese ligero movimiento me duele. Puedo sentirlo


bajando hasta la espalda. Un pequeño dolor por todo el cuerpo que parece
empeorar exponencialmente.

—Hannah, soy la doctora Winters. Estás en el Hospital Presbiteriano de


Los Ángeles. Te atropelló un coche.

Vuelvo a asentir. No estoy segura de si se supone que tengo que hacerlo.

Pero lo hago igual.


—Ya te explicaré los detalles más tarde, ahora quiero hablar de lo más
importante, ¿de acuerdo?

Asiento. No sé qué más hacer.

—Primero, del uno al diez, ¿cuánto dolor sientes? Diez es tan atroz que no
crees poder soportarlo ni un segundo. Y uno es que te encuentras
perfectamente bien.

Intento comenzar a hablar, pero me detiene.

—Responde con los dedos. No los levantes. No muevas los brazos. Solo
responde con las manos donde ahora las tienes.

Observo mis manos y luego doblo cuatro dedos de la mano izquierda.

—¿Seis? —pregunta—. Bien.

Escribe algo en la carpeta y comienza a toquetear una de las máquinas que


tengo detrás.

—Vamos a convertirlo en un uno —sonríe. Es una sonrisa destinada a


tranquilizar. Parece que cree que todo va a ir bien—. Pronto te resultará
más fácil mover los brazos, y en cuanto lleves despierta un rato no te
costará tanto hablar. Perdiste mucha sangre y tienes unas cuantas fracturas.
Es un resumen demasiado escueto, pero bastará por ahora. Te vas a poner
bien. Al principio, andar será bastante duro. Tendrás que practicar un poco
antes de que vuelvas a hacerlo de forma natural, pero algún día lo
conseguirás. De esta conversación, quiero que te quedes con esto.

Asiento. Ahora duele menos. Lo que sea que haya hecho, ahora duele
menos.

—Has estado inconsciente durante tres días. En parte por el golpe que te
diste en la cabeza a causa del accidente y porque tuvimos que operarte.

La doctora se queda en silencio un momento y veo que desvía la mirada a


un lado. Vuelve a mirarme.
—Es normal si no recuerdas el accidente. Puedes tardar un poco en
recuperar la memoria. ¿Te acuerdas de lo que pasó?

Quiero contestarle.

—Por ahora solo asiente o niega con la cabeza —advierte.

Hago un leve gesto de negación.

—Está bien. Es completamente normal. Nada de qué preocuparse.

Asiento para que sepa que la entiendo.

—Como te he dicho antes, cuando te encuentres un poco mejor podemos


hablar largo y tendido sobre tus lesiones y la operación. Pero hay una
última cosa que quiero que sepas lo antes posible.

La miro fijamente. Esperando para escuchar lo que tiene que decirme.

—Estabas embarazada —dice—. En el momento del accidente.

Levanta mi historial médico y consulta un papel.

Espera, ¿qué acaba de decir?

—Por lo visto, estabas embarazada desde hace diez semanas. ¿Lo sabías?

Asiente o niega con la cabeza si te encuentras en condiciones de hacerlo.

Siento que el corazón comienza a latirme más rápido. Niego con la cabeza.

—Bueno —asiente, comprensiva—. Es más habitual de lo que crees. Si no


intentabas quedarte embarazada y no siempre tienes períodos regulares, es
posible que a estas alturas del embarazo todavía no te hubieras enterado.

Sigo observándola completamente en silencio, sin comprender del todo


qué es lo que está sucediendo exactamente en este momento.

—El bebé no sobrevivió. Esto, por desgracia, también es común.


La doctora espera a que conteste, pero no tengo una respuesta. Tengo la
mente en blanco. Lo único que puedo sentir es que estoy parpadeando
rápidamente.

—Lo lamento. Imagino que es muy difícil asimilar todo esto de golpe. El
hospital cuenta con algunos recursos para ayudarte a lidiar con lo que ha
sucedido. Las buenas noticias, y espero de verdad que puedas verlas, es
que muy pronto te recuperarás físicamente.

Me mira. Yo desvío la mirada. Y luego asiento. Me doy cuenta de que


tengo el pelo alrededor del rostro. Debo de haber perdido la goma para el
pelo. Es un poco incómodo tenerlo suelto. Quiero volver a llevarlo
recogido en un moño.

¿Acaba de decir que perdí un bebé?

¿Perdí un bebé?

—Esto es lo que haremos —dice la doctora—. Aquí hay muchas personas


que te han echado de menos estos días. Personas que estaban deseando que
despertaras.

Cierro los ojos lentamente.

Un bebé.

—Pero sé que algunos pacientes necesitan estar un tiempo a solas justo


después de despertar. Todavía no están listos para ver a su madre, a su
padre, a su hermana y a sus amigos.

—¿Mi madre y mi padre? —comienzo a decir, pero mi voz sale como un


susurro incomprensible. Es áspera y débil.

—Has estado con un tubo en la garganta durante un tiempo. Te costará


hablar, pero cuanto más hables, antes recuperarás la voz. Tómatelo con

calma. Empieza con una o dos palabras a la vez, ¿de acuerdo? Asiente o
niega con la cabeza cuando puedas.
Asiento, pero no puedo resistirme.

—¿Están aquí? —pregunto. Me duele decirlo. Me duelen los costados de


la garganta.

—Sí. Tus padres, tu hermana, Gabby, ¿no? O… ¿Sarah? Perdón, ¿tu


hermana es Sarah y tu amiga es Gabby?

Sonrío y asiento.

—Entonces, la pregunta es: ¿quieres quedarte un rato a solas? ¿O estás


lista para ver a tu familia? Levanta el brazo derecho si necesitas un
momento a solas. El izquierdo para la familia.

Duele, pero mi brazo izquierdo se levanta como una flecha, más alto de lo
que creía poder.

Abro los ojos.

Me pesa la cabeza. Veo todo borroso. Mis ojos se acostumbran a la luz


lentamente.

Y entonces sonrío de oreja a oreja, porque justo a mi lado, mirándome,


está Ethan Hanover.

Me estiro despacio y hundo la cabeza aún más en la almohada. Su cama es


muy suave. Del tipo de las que jamás te quieres levantar. Lo que apenas he
hecho en los últimos días.

—Hola —dice con suavidad—. Buenos días.

—Buenos días —contesto. Estoy atontada. Tengo la voz áspera. Me aclaro


la garganta—. Hola —digo. Sí, ahora mejor.

—Llevas sin comer un rollo de canela desde que estás aquí. Eso son por lo
menos tres días enteros sin rollos de canela. —Está con el torso desnudo
debajo de las sábanas. Tiene el pelo alborotado y despeinado. La barba de
tres días ahora es más poblada. Le huelo el aliento mientras cubro la
escasa distancia que hay entre su almohada y la mía. Deja algo que desear.
—Te apesta el aliento —digo para molestarlo. No tengo dudas de que el
mío debe de oler igual. Después de decir esa frase, me pongo una mano
sobre la boca y hablo por el espacio que hay entre los dedos—. Tal vez
deberíamos lavarnos los dientes.

Él intenta quitarme la mano de la boca, pero no se lo permito. En su lugar,


me escondo debajo de las sábanas. Tengo puesta una de sus camisetas y la
ropa interior que saqué ayer de la maleta en casa de Gabby. Excepto por la
breve visita que hicimos a casa de mi amiga para recoger algunas cosas,
Ethan y yo no hemos salido del apartamento desde que llegamos el sábado
por la noche.

Se mete debajo de las sábanas para encontrarme y me toma de las manos,


alejándolas de mi rostro.

—Voy a besarte —anuncia.

—No —digo—. No, me huele fatal el aliento. Libérame de tu agarre de


Superman y deja que me lave los dientes.

—¿Por qué le das tanta importancia? —pregunta, riendo y sin dejarme ir

—. Tú apestas. Yo apesto. Apestemos juntos.

Saco la cabeza de las sábanas para inhalar aire fresco, y después vuelvo a
meterme debajo de las sábanas.

—Bueno —digo y exhalo sobre su rostro.

—Puf. Completamente repugnante.

—¿Y si el aliento me oliera así de mal todas las mañanas? ¿Seguirías


queriendo estar conmigo? —digo, tomándole el pelo.

—¡Sí! —responde y me besa apasionadamente—. No eres muy buena en


este juego.

Se nos ocurrió este juego el domingo por la noche. ¿Qué podría estropear
lo que hay entre nosotros? ¿Qué podría arruinar esto tan maravilloso que
tenemos?

Hasta ahora, hemos descubierto que si me dedicara a imitar a Elvis e


insistiera en que él viniera a todas mis actuaciones, seguiría queriendo
estar conmigo. Si decidiera tener de mascota a una serpiente y la llamara
Bartolomé, seguiría queriendo estar conmigo. Y por ahora parece que la
halitosis crónica tampoco parece disuadirlo.

—¿Y si todo lo que meto en la lavadora termina encogiéndose? No se trata


de ninguna hipótesis. Es real.

—No importa —contesta, mientras se separa de mí y se levanta de la cama


—. Yo lavo mi ropa.

Vuelvo a acostarme y apoyo la cabeza sobre la almohada.

—¿Y si pronuncio mal la palabra murciégalo todo el tiempo?

—Está claro que no me importa porque la acabas de pronunciar mal. —

Recoge los vaqueros del suelo y se los pone.

—¡Mentira! —exclamo—. Mur-cié-ga-lo.

—Es mur-cié-la-go. —Se pone la camiseta.

—¡Ay, por Dios! —digo, incorporándome indignada—. Dime que estás


bromeando. Por favor, dime que es mur-cié-ga-lo.

—No puedo decirte eso. Porque te estaría mintiendo.

—Entonces este es el fin. Esto es lo que se interpone en nuestro camino.

Me arroja mis pantalones.

—Perdón, pero no. Tendrás que superarlo. Si te hace sentir mejor, jamás
volveremos a hablar de murciélagos, ¿te parece bien?
Me levanto y me pongo los pantalones. Me dejo su camiseta puesta, pero
recojo el sujetador del suelo y me lo pongo por debajo de la camiseta. Un
movimiento tan raro y complicado que, en mitad de la acción, me
pregunto por qué no me la quité primero.

—Bueno —digo—. Está bien, te prometo que jamás volveré a mencionar a


los murciégalos, podemos seguir juntos.

—Gracias —dice mientras agarra su cartera—. Ponte los zapatos. —Me


suelto el pelo un momento para volver a recogérmelo en un moño más
decente. Me observa unos instantes cuando mi cabello cae. Sonríe cuando
me lo vuelvo a recoger.

—¿Adónde vamos? —pregunto—. ¿Por qué salimos de la cama?

—Ya te lo dije —comenta mientras se pone los zapatos—. No has comido


rollos de canela en tres días.

Comienzo a reír.

—Date prisa, campeona. —Ya está completamente vestido y listo para irse
—. No tengo todo el día.

—Sí, lo tienes. —Me pongo los zapatos.

Se encoge de hombros. Tomo el bolso y salgo por la puerta tan rápido que
él tiene que darse prisa para alcanzarme. Cuando bajamos al garaje, va por
delante de mí por poco y me abre la puerta del copiloto.

—Te has convertido en todo un caballero —digo mientras entra en el


asiento del conductor y pone en marcha el coche—. No recuerdo todos
esos modales cuando estábamos en el instituto.

—Era un adolescente. —Se encoge de hombros—. Espero haber madurado


desde entonces. ¿Vamos?

—¡A por los rollos de canela! Y si es posible, unos que tengan mucho
glaseado.
Sonríe y conduce por el camino de entrada.

—Tus deseos son órdenes.

Mi padre está sentado a mi derecha, agarrándome la mano. Mi madre a los


pies de la cama, mirándome las piernas. Sarah está parada junto al gotero
de morfina.

Gabby vino con ellos hace una hora. Al principio fue la única que me miró
a los ojos. Después de darme un abrazo y decirme que me quería, comentó
que iba a dejarnos solos para que hablásemos. Prometió que volvería
pronto. Se fue para que mi familia pudiera tener algo de privacidad, pero
creo que también necesitaba un poco de tiempo para recomponerse.
Cuando se dio la vuelta, la vi limpiarse los ojos y sorber por la nariz.

Supongo que no es fácil verme en este estado.

Noto que mis padres y Sarah han estado llorando todo el día. Tienen los
ojos vidriosos. Se les ve cansados y pálidos.

La última vez que nos vimos fue en las Navidades del año pasado. Me
resulta raro tenerlos aquí ahora. Están en Estados Unidos. En Los Ángeles.

Los cuatro miembros de la familia Martin no hemos estado juntos en Los


Ángeles desde mi tercer año de instituto. Tenemos nuestras reuniones
anuales en su apartamento de Londres, un espacio al que Sarah se refiere
de manera informal y sin ironías como «nuestro pisito».

Sin embargo, ahora están aquí, en mi mundo, en mi país, en una ciudad


que solía ser nuestra.

—La doctora dice que podrás andar de nuevo en breve —comenta Sarah
mientras juega con la barrera de mi cama—. Creo que son buenas noticias,

¿no? No lo sé. —Se detiene y mira el suelo—. No sé qué decir.

Le sonrío.

Va vestida con unos vaqueros negros y un suéter fino de color crema.


Lleva el pelo rubio, largo y liso. Las dos tenemos el mismo color de pelo
natural, un castaño oscuro. Pero entiendo por qué se lo tiñó de rubio. Le
sienta bien ese tono. Yo también lo intenté, hasta que me horroricé al

descubrir que tenía que volver a la peluquería cada seis semanas para que
no se me notaran las raíces. ¿Quién tiene tiempo y dinero para eso?

Sarah tiene veintiséis ahora. Supongo que se parecería más a mí, que
tendría más curvas, si no estuviera bailando todo el día. En cambio, es
musculosa y esbelta a la vez. Mantiene una postura tan rígida que, si no la
conocieras mejor, pensarías que es un robot.

Es el tipo de mujer que hace las cosas siguiendo las reglas, de la manera
correcta. Le gusta la ropa elegante, la comida refinada y el arte
sofisticado.

Hace unos años, para Navidad, me compró un bolso de Burberry. Se lo


agradecí e intenté con todas mis fuerzas no rayarlo, ni estropearlo. Pero lo
perdí en marzo. Me sentí mal, pero también pensé: Bueno, ¿qué se le pasó
por la cabeza cuando decidió regalarme un bolso de Burberry a mí?

—Te hemos traído revistas —dice ahora—. Las británicas, que son las
buenas. Supuse que, si yo estuviera en una cama de hospital, querría tener
lo mejor.

—Estoy… Estamos tan felices de que estés bien —interviene mi madre.

Está a punto de volver a ponerse a llorar—. Nos has dado un susto de


muerte —agrega. El cabello natural de mi progenitora es rubio oscuro. Su
tono es más claro que el del resto de nosotros.

Mi padre tiene el pelo negro azabache, tan grueso y brillante que solía
decirle que deberían poner su foto en las cajas de tintes para hombres.
Hasta que no estuve en la universidad no se me ocurrió pensar que
seguramente estaba usando tinte. Me ha estado apretando la mano desde
que se sentó.
Ahora, la aprieta más fuerte durante un segundo, para apoyar la frase que
ha dicho mi madre.

Asiento y sonrío. Qué raro. Me siento un poco incómoda. No tengo nada


que decirles y, aunque tampoco podría hablar si quisiera, me parece raro
que estemos todos sentados aquí, sin conversar.

Ellos son mi familia y los quiero. Pero no diría que estamos especialmente
unidos. Y, a veces, cuando los veo a los tres juntos, con esas afectaciones
que no son norteamericanas y sus revistas británicas, siento como que
sobro.

—Tengo sueño —digo.

El sonido de mi voz llama su atención de inmediato.

—Ah, bueno —contesta mi madre—. Entonces te dejaremos dormir.

Mi padre se levanta y me besa en la sien.

—¿Sí? ¿Nos vamos y te dejamos dormir? ¿No deberíamos quedarnos aquí


mientras duermes? —inquiere mi madre mientras Sarah y mi padre se
empiezan a reír de ella.

—Maureen, Hannah está bien. Puede dormir sola y, si nos necesita,


estaremos en la sala de espera. —Mi padre me guiña un ojo.

Yo hago un gesto de asentimiento.

—Dejaré esto por aquí —dice Sarah, sacando una pila de revistas de su
bolso. Las coloca sobre la bandeja al lado de mi cama—. Ya sabes, por si
te despiertas y quieres ver fotos de Kate Middleton. Eso es lo que yo haría
todo el día si pudiera.

Le sonrío.

Salen de la habitación.

Y por fin me quedo sola.


Estaba embarazada.

Y ya no lo estoy.

He perdido un bebé que no sabía que existía. He perdido un bebé que no


planeaba ni quería tener.

¿Cómo lloras una pérdida así? ¿Cómo puedes estar de luto por algo que
jamás supiste que tenías? Algo que nunca quisiste, pero que era real e
importante. Una vida.

Intento recordar cuándo he podido quedarme embarazada. Pensar en los


momentos en los que tomé la píldora más tarde de lo que debía o cuando
una rodó debajo de la cama y no pude encontrarla. Recuerdo la vez en que
le dije a Michael que debía usar un condón durante unos días para estar
más seguros y él me dijo que no le importaba. Por alguna razón, pensé que
estaba bien. Me pregunto cuándo fue exactamente. En qué momento
cometimos el error que trajo como resultado un bebé.

Un bebé que ya no existe.

Por primera vez desde que me he despertado, comienzo a llorar.

He perdido un bebé.

Cierro los ojos y dejo que las emociones me inunden. Presto atención a lo
que me dicen el corazón y la mente.

Estoy aliviada y devastada. Estoy asustada. Estoy enfadada. No estoy


segura de si todo volverá a estar bien.

Las lágrimas fluyen por mi rostro a raudales, haciendo imposible que


pueda secarlas todas. Caen sobre el camisón del hospital. Empieza a
moquearme la nariz y no tengo la fuerza física suficiente para limpiármela
con la manga.

Me duele la cabeza por la presión. Giro para quedar de frente a la


almohada y entierro el rostro en las sábanas. Puedo sentir cómo se mojan.
Oigo que se abre la puerta y no me molesto en mirar quién es. Sé quién es.

Ella suspira y se mete en la cama conmigo. No me vuelvo para ver su cara.


No necesito oír su voz. Gabby.

Dejo que salga todo: el miedo, la rabia y la confusión. También la pena, el


alivio y el asco.

Alguien me atropelló con su coche. Alguien me pasó por encima. Me


rompió los huesos, me cortó las arterias y mató al bebé al que todavía no
amaba.

Gabby es la única persona en el mundo que sé que puede oír mi dolor.

Gimo sobre la almohada. Ella me abraza fuerte.

—Déjalo salir —dice—. Sácalo todo.

Respiro tan fuerte que termino agotada. Estoy mareada por el oxígeno y la
angustia.

Y luego giro la cabeza para mirarla. Noto que ella también ha llorado.

De algún modo, hace que me sienta mejor. Como si mi amiga pudiera


cargar con una parte de mi dolor, como si pudiera quitarme algo.

—Respira —continúa. Me mira a los ojos, inspira despacio y luego exhala


lentamente—. Respira —repite—. Igual que yo. Vamos.

No comprendo por qué me dice esto hasta que me percato de que estoy
conteniendo la respiración. Tengo el aire atrapado en el pecho. Lo
mantengo dentro de los pulmones. En cuanto me doy cuenta de lo que
estoy haciendo, exhalo. El aire sale disparado, como si se hubiera roto un
dique.

Después vuelvo a respirar con un jadeo. Un jadeo audible y doloroso.

Y por primera vez desde que desperté, me siento viva. Estoy viva.
Hoy estoy viva.

—Estaba embarazada. —Me pongo a llorar otra vez—. De diez semanas.

—Es la primera frase real que digo desde que me desperté. Ahora puedo
sentir lo mucho que me destruía por dentro, como una bala rebotándome
en las entrañas.

Hablar no es tan difícil como pensaba. Creo que puedo hablar


perfectamente. Sin embargo, no necesito decir nada más.

No necesito decirle a Gabby que no lo sabía. No necesito aclararle que no


habría estado lista para tener el bebé que ya no existe.

Ya lo sabe. Gabby siempre lo sabe. Y tal vez lo más importante, sabe que
no hay nada que decir.

Entonces me abraza y me escucha mientras lloro. Y cada pocos minutos,


me recuerda que respire.

Y eso es lo que hago. Porque estoy viva. Puede que esté rota y asustada,
pero estoy viva.

Ethan y yo estamos dando vueltas a la manzana donde está el café al que él


quiere ir. A pesar de que es martes por la mañana y que cualquiera daría
por hecho que todo el mundo debe de estar trabajando, la calle está llena
de coches.

—Por cierto, ¿cuándo vas a ir a trabajar? —le pregunto. Llamó dos veces
para avisar de que estaba enfermo.

—Mañana —contesta—. Tengo algunos días de vacaciones, así que no es


problema.

No quiero que vuelva mañana al trabajo, a pesar de que, bueno, está claro
que lo tiene que hacer. Sin embargo… he disfrutado de esta tregua del
mundo real. Me gusta mucho esconderme en su apartamento, vivir en una
crisálida de cuerpos tibios y comida para llevar.
—¿Qué pasa si como muchos rollos de canela y gano ciento ochenta kilos?
¿Entonces?

—¿Entonces qué? —dice. Apenas me presta atención. Está intentando


conseguir un sitio para aparcar.

—¿Terminarías con lo nuestro? ¿Sería un factor determinante para


romper?

Se ríe de mí.

—Sigue intentándolo todo lo que quieras, Hannah. Pero no vas a dar con
ningún factor determinante.

—Ah. —Me vuelvo y miro por la ventanilla—. Encontraré tu punto débil,


señor Hanover. Aunque sea lo último que haga.

Vuelve a reírse mientras nos dirigimos despacio hacia un semáforo en


rojo. Me mira.

—Sé lo que es echarte de menos —contesta. La luz se pone verde y acelera


por el boulevard—. De modo que tendrás que encontrar un problema
realmente insuperable para que te vuelva a dejar ir.

Le sonrío, aunque no estoy segura de que pueda verme. Últimamente he

estado sonriendo mucho.

Al final, encontramos un sitio libre relativamente cerca del café.

—¿Sabes? Esta es la razón por la que mucha gente se va de esta ciudad

—comento mientras maniobra para meter el coche.

Apaga el motor y saca las llaves. Sale del coche y dice:

—No hace falta que me lo digas. Odio esta ciudad cada vez que doy
vueltas a la manzana como un buitre.
—Bueno, lo que quiero decir es que en Nueva York hay metro. Y en Austin
puedes aparcar donde quieras. El metro de Washington D.C. está tan
limpio que podrías comer en el suelo.

—Ningún sitio es perfecto. Así que no empieces a buscar razones para irte.

—No lo hago —contesto. Estoy un poco a la defensiva. No quiero ser esa


persona que nadie cree que se quedará.

—Bueno, mejor.

Ethan se vuelve y abre la puerta del café, dejándome pasar la primera.

Nos ponemos a la cola en una fila que se enrosca alrededor del mostrador
de la panadería como una serpiente. Veo los rollos de canela en el estante
más alto. Son del tamaño de la mitad que mi cabeza. Cubiertos de
glaseado.

—Vaya —exclamo.

—Lo sé —contesta—. Quise traerte desde que descubrí este sitio.

—¿Hace cuánto? —pregunto para provocarle.

—Hace mucho tiempo —Ethan esboza una sonrisa. Por un momento, me


pregunto si se siente avergonzado—. No hace falta que uses ningún truco
para que reconozca que he pasado años obsesionado contigo. Tengo la
suficiente confianza para admitirlo sin rodeos. —Sonrío mientras él ríe y
da un paso al frente.

—Un rollo de canela, por favor —le pide al cajero.

—Espera, ¿tú no vas a comer uno?

—¡Son enormes! —contesta Ethan—. Pensé que lo compartiríamos.

Lo miro a los ojos.

—Perdón —le dice al cajero mientras ríe—. Deme dos rollos de canela.
Discúlpeme.

Intento pagar, pero Ethan no me deja.

Compramos agua, nos sentamos al lado de la ventana y esperamos


mientras el camarero calienta los rollos de canela. Juego con el
servilletero.

—Si no me hubiese quedado contigo el sábado, ¿habrías intentado


acostarte con Katherine? —Ahí está, lo que me ha estado rondando por la
cabeza desde esa noche. Estoy intentando mejorar y hacer las preguntas
que de verdad quiero saber en vez de evitarlas.

Él comienza a beber agua. Noto que no le apetece contestarla.

—¿De qué estás hablando?

—Estabas coqueteando con ella. Y me molestó. Quiero asegurarme de que


esto… de que solo somos tú y yo, y que tú no… que no hay nadie más.

—Por lo que a mí respecta, no hay otra mujer en el mundo. Me interesas


tú. Solo tú.

—Pero si no me hubiese quedado…

Ethan apoya el agua y me mira directamente a los ojos.

—Escucha, fui a ese bar deseando que nos quedásemos a solas, poder
hablar contigo, ver cómo te sentías. Me probé diez camisas distintas hasta
encontrar la adecuada. Compré chicle y lo guardé en el bolsillo trasero por
si me olía el aliento. Me miré al espejo e intenté que pareciera que no me
había peinado. Por ti. Eres la única. Bailé con Katherine porque estaba
nervioso por hablar contigo. Y como quiero ser sincero contigo, admito
que no sé lo que habría hecho si me hubieras rechazado el sábado, pero
fuera lo que fuese, habría sucedido porque habría creído que no te
interesaba. Si tú estás interesada, yo estoy interesado. Y solo en ti.

—Estoy interesada —contesto—. Muy interesada.


Sonríe.

Los rollos de canela llegan a la mesa. El aroma de especias y azúcar es…

relajante. Me siento como en casa.

—Puede que me haya pasado todo este tiempo buscando un hogar —le
digo a Ethan—, y no me haya dado cuenta de que mi hogar está donde
haya rollos de canela.

—Bueno —ríe Ethan—, si vas a viajar por todo el país buscando el sitio al
que perteneces, te podría haber dicho hace años que tu lugar está frente a

un rollo de canela.

Tomo un cuchillo y un tenedor y hago un corte justo en el centro de la


espiral. Me llevo el tenedor a la boca.

—Espero que esto esté bueno —digo antes de saborearlo.

Está absolutamente delicioso. Una maravilla. Gloria bendita. Apoyo los


cubiertos y miro el techo, saboreando el momento.

Ethan se ríe de mí.

—¿Te sorprendería si me termino este rollo yo sola? —pregunto.

—No desde que insististe en pedir uno para ti —contesta. Le da un bocado


al suyo. Lo observo mientras mastica con indiferencia, como si fuese un
sándwich de jamón o algo parecido. Le gusta satisfacer mi afición a los
dulces, pero no la comparte.

—¿Y si me termino el tuyo también? —pregunto.

—Sí, reconozco que eso me impactaría.

—Acepto el desafío —digo, aunque ninguna de las sílabas se oye con


claridad. Tengo demasiada masa en la boca. De hecho, le escupo sin querer
un poco de canela.
Ethan se lleva la mano a la mejilla para limpiarse. Del uno al diez, siento
un seis de vergüenza. Creo que tengo las mejillas rojas. Trago.

—Perdón —digo—. No ha sido muy femenino.

—Un poco asqueroso —me dice, tomándome el pelo.

Sacudo la cabeza.

—¿Qué me dices de eso? ¿Si convierto en un hábito escupirte trozos de


rollos de canela, sería un factor determinante?

Ethan mira la mesa y niega con la cabeza.

—Supéralo, ¿sí? Tú y yo. Es un hecho. Deja de intentar encontrar fisuras.

—Baja el cuchillo y el tenedor—. Tal vez no hay ninguna fisura. ¿Puedes


soportarlo?

—Sí —contesto—. Puedo soportarlo.

Puedo, ¿verdad? Sí, claro que puedo.

Sé por la televisión que las visitas al hospital se limitan a ciertas franjas


de tiempo. «Disculpe, señor, ha terminado el horario de visitas» y esas
cosas.

Y puede que así sea en el resto del hospital, pero aquí, en la planta en la
que sea que esté, a nadie parece importarle. Mis padres y Sarah se
quedaron hasta las nueve. Se fueron solo porque insistí en que volvieran al
hotel. Mi enfermera, Deanna, estuvo entrando y saliendo durante todo el
día y jamás les dijo que se marcharan.

Gabby apareció hace dos horas. Insistió en quedarse a dormir en un sillón


que deja mucho que desear. Le comenté que no tenía que quedarse a pasar
la noche conmigo, que estaría bien sola, pero se negó. Dijo que ya había
avisado a Mark de que dormiría aquí. Luego, me enseñó el ramo que él me
enviaba. Lo puso en la encimera y me dio la tarjeta. Y después se montó
una cama para ella y estuvo hablando conmigo hasta que se le cerraron los
ojos.

Se quedó dormida hace media hora. Ha estado roncando desde hace por lo
menos veinte minutos. Me encantaría quedarme dormida, pero tengo
demasiados cables y sondas encima y estoy demasiado inquieta. No me he
movido o puesto de pie desde que estuvimos frente al museo hace cuatro
días. Quiero levantarme y caminar. Quiero mover las piernas.

Pero no puedo. Apenas puedo levantar los brazos por encima de la cabeza.
Enciendo una pequeña luz al lado de la cama y abro una de las revistas de
Sarah. Hojeo las páginas. Fotos brillantes de mujeres con atuendos
absurdos en sitios extraños. Una de las sesiones de fotos parece haberse
hecho en Siberia y muestra a modelos usando bikinis con lunares.

Por lo visto los lunares están de moda. Al menos en Europa.

Lanzo la revista a un lado y vuelvo a encender la televisión, con el


volumen bajo. No me sorprende que estén poniendo Ley y orden. Todavía
no he encontrado una hora en la que no lo hagan.

Oigo la conocida sintonía de la serie cuando un enfermero entra en mi

habitación.

Es alto y fuerte. Tiene el pelo y los ojos oscuros, sin barba. Su uniforme es
azul oscuro y tiene la piel muy bronceada. Debajo, lleva una camiseta
blanca.

Solo ahora me doy cuenta de que Deanna seguramente no trabaja las


veinticuatro horas del día. Este chico debe de ser el enfermero del turno de
noche.

—Oh —susurra—. No sabía que tenías compañía.

Veo que tiene un tatuaje grande en el antebrazo izquierdo. Parece una


frase, letras cursivas grandes, pero no puedo descifrar lo que pone
exactamente.
—No se despertará —le contesto también en un susurro.

—Dios. —Mira a Gabby y hace un gesto—. Parece una motosierra.

Le sonrío. Tiene razón.

—No tardaré mucho —comenta. Va hacia las máquinas. He estado


conectada a todas estas cosas todo el día, hasta el punto de que ya empiezo
a sentirlas como parte de mí.

El enfermero comienza a anotar cosas en su lista al igual que hizo Deanna


hoy. Puedo escuchar el sonido del bolígrafo sobre el portapapeles. Marca.

Marca. Marca. Garabatos. Coloca mi historia clínica en su lugar. Me


pregunto si en ese archivo dice que perdí un bebé. Me obligo a alejar ese
pensamiento de mi mente.

—¿Puedo? —me pregunta, mostrándome el estetoscopio que lleva en la


mano.

—Oh —contesto—. Claro. Haz lo que tengas que hacer.

Me baja el cuello del camisón y desliza la mano entre mi piel y la tela,


colocándome el estetoscopio sobre el corazón. Me pide que respire con
normalidad.

Deanna hizo lo mismo antes y ni siquiera me di cuenta. Pero ahora, con él,
lo siento como algo íntimo, casi inapropiado. Aunque por supuesto, no lo
es. No, obviamente, no lo es. Aun así, me da un poco de vergüenza. El
enfermero es atractivo, tiene la misma edad que yo y su mano está sobre
mi pecho desnudo. De pronto, me doy cuenta de que no llevo sujetador.
Giro la

cabeza para no mirarlo. Huele a gel de ducha para hombres; uno que
podría llamarse Avalancha alpina o Brisa ártica.

En cuanto se queda conforme con la revisión, aleja el estetoscopio.


Escribe algo en la historia clínica. Estoy desesperada porque desaparezca
esta tensión. Una tensión que él ni siquiera debe de haber notado.

—¿Cuánto hace que trabajas aquí? —pregunto en un susurro para no


despertar a Gabby. Me gusta tener que hablar entre murmullos, porque así
no se nota que tengo la voz hecha polvo.

—Uh, desde que me mudé a Los Ángeles hace dos años —susurra
mientras observa la historia clínica—. Nací en Texas.

—¿En dónde?

—Lockhart —contesta—. No creo que la conozcas. Es una pequeña ciudad


a las afueras de Austin.

—Viví una temporada en Austin —comento—. No mucho tiempo.

—¿Ah, sí? —me mira y sonríe—. ¿Cuándo te mudaste aquí?

Es difícil contestar brevemente, pero tampoco tengo la voz en buen estado


para contarle toda la historia, así que simplifico la respuesta:

—Me crie aquí, aunque volví la semana pasada.

—¿La semana pasada? —Intenta disimular, pero veo cómo se le abren los
ojos.

—El viernes pasado, por la noche —asiento.

Sacude la cabeza.

—Vaya.

—Es un poco injusto, ¿no crees?

El enfermero vuelve a sacudir la cabeza y mira de nuevo la historia


clínica. Retrae el bolígrafo con un clic.
—No, no puedes pensar en eso. —Me mira—. Si vas por la vida
intentando descifrar lo que es justo o si te mereces algo o no, caes en un
pozo del que es muy difícil salir. Te lo digo por experiencia.

—Puede que tengas razón —le sonrío. Luego cierro los ojos. La
conversación requiere más energía de lo que pensaba.

—¿Necesitas que te traiga algo? —me susurra antes de irse.

—Pues… —Sacudo levemente la cabeza—. ¿Podrías conseguirme una

goma para el pelo? —Me señalo la cabeza. Tengo el cabello alrededor de


los hombros. Estoy tumbada encima de él y es algo que odio.

—Eso es fácil —contesta. Se saca una del bolsillo de la camisa. Lo miro


sorprendida—. Las encuentro por todo el hospital. Puede que algún día te
cuente cómo las uso en un elaborado sistema que he creado para
acordarme de las cosas. —Se acerca y me deja una en la mano. Consigo
verle un poco mejor el tatuaje. Todavía sigo sin entenderlo.

—Gracias —digo. Me inclino, intentando conseguir un mejor ángulo para


recogerme todo el pelo. Pero me cuesta un montón. Me duele todo el
cuerpo. Levantar los brazos lo suficiente me parece imposible.

—Espera —susurra—. Deja que lo haga yo.

—Bueno —contesto—. No quiero una coleta.

—Está bien… Pero no tengo que hacerte una trenza, ¿verdad? Eso parece
complicado.

—Un moño. Bien alto. —Le señalo la coronilla. No me importa si el moño


queda bien. Lo único que quiero es quitarme el pelo de debajo de la cabeza
y del cuello. Lo quiero sujeto y retirado.

—Muy bien, inclínate si puedes. —Comienza a juntar el pelo—. Creo que


esto es el comienzo de un completo desastre.

Me río y echo el cuerpo hacia delante. Hago una mueca de dolor.


—Te daré una dosis un poco más alta de analgésicos. ¿Qué te parece? No
debería dolerte tanto.

—Bueno —asiento—, pero creo que ya lo subieron al máximo.

—Ah, no estoy tan seguro. Quizá podamos aumentarla un poco más. —

Me suelta el pelo un momento y se acerca a la vía intravenosa. No puedo


ver lo que está haciendo, está detrás de mí. Luego, lo tengo otra vez en
frente, levantándome el cabello—. Puede que empieces a decir cosas
extrañas y a tener alucinaciones —bromea—, pero es mejor que no sientas
dolor.

Le sonrío.

—Muy bien, entonces te recojo toda esta mata de pelo, la coloco en un


moño en la coronilla y después lo sujeto con la goma, ¿no?

—Sí.

Se inclina sobre mí, nuestras caras quedan a escasa distancia. Percibo el


olor a café en su aliento. Siento un leve tirón y una presión. Me ha
apretado demasiado el moño y me tira del cuero cabelludo.

—¿Podrías aflojarlo un poco? —pregunto.

—¿Más flojo? De acuerdo. —Tengo sus brazos frente al rostro, pero el


tatuaje queda hacia el otro lado. Apuesto a que es el nombre de una mujer.

Parece ser el tipo de hombre que conoce a una mujer en una isla exótica,
se casa con ella, tienen cuatro hijos hermosos y viven en una casa que
tiene una cocina con todos los lujos. Seguro que su mujer le prepara cenas
deliciosas que incorporan todos los grupos alimenticios y tienen árboles
frutales en el jardín. Pero no solo crecen naranjas. También tienen
limones, limas y aguacates. Creo que me subió demasiado la dosis.

—Bueno —dice—. Pues supongo que ya está—. Se aleja un poco para


verificar su trabajo.
Por la expresión de su rostro, sé que el moño le ha debido de quedar fatal.

Pero cumple su función. A mí me parece que vuelvo a llevar un moño y,


por primera vez en el día de hoy, me siento yo misma. Y eso es una
gozada. Me siento genial. Y también estoy teniendo un subidón.

—¿Estoy ridícula? —pregunto.

—Probablemente no sea mi mejor trabajo —contesta el enfermero—.

Pero lo sabes llevar.

—Gracias.

—De nada. Bueno, si necesitas algún otro peinado, presiona el botón.

Estaré aquí las próximas ocho horas.

—Lo haré —contesto—. Soy Hannah.

—Lo sé —dice sonriendo—. Me llamo Henry.

Cuando se vuelve y se va, por fin puedo echar un buen vistazo al tatuaje.

Isabelle.

Hombres, todos los que merecen la pena están con alguna Isabelle.

Recuesto la cabeza, disfrutando del espacio vacío detrás del cuello.

Henry se asoma por la puerta.

—¿Cuál es tu pudin favorito? —me pregunta.

—Creo que el de chocolate —contesto—. ¿O el de tapioca? El de vainilla

también está rico.

—Entonces, ¿todos? ¿Te gustan todos los sabores? —dice con burla.
—Chocolate —río—. El de chocolate está bien.

—Tengo un descanso a las dos —comenta. Se mira el reloj—. Si todavía


estás despierta, aunque por tu bien espero que no, tal vez te traiga un pudin
de chocolate.

Sonrío y asiento.

—Eso estaría bien —susurro.

La planta está tranquila y a oscuras. Gabby ronca tan fuerte que estoy
convencida de que no podré dormirme, que estaré completamente
despierta cuando Henry vuelva.

Enciendo la televisión. Cambio rápidamente los canales.

Y luego me despierto por la mañana con la voz de Gabby.

—¿De dónde ha salido este pudin de chocolate?

Estoy tumbada en el sillón de Ethan mirando el techo. Hoy se ha ido a


trabajar. He limpiado el apartamento esta mañana. No su desastre, eso sí.
El mío. Mi ropa estaba desparramada por todos los muebles. El fregadero
de la cocina rebosaba de platos sucios que, en su mayoría, aunque no
todos, eran míos. En las paredes de la ducha había pegados unos cuantos
pelos de una servidora. Ahora todo está reluciente y no me queda otra que
reconocer que no tengo nada que hacer. Con Ethan de regreso al trabajo y
la vida volviendo a la normalidad, me doy cuenta de que no tengo una
rutina.

Gabby me pasará a buscar cuando salga de la oficina alrededor de las seis.


Iremos a casa de sus padres a cenar. Pero, hasta entonces, no tengo nada
que hacer.

Enciendo la televisión de Ethan y cambio los canales. Reviso los


programas grabados para ver si alguno llama mi atención. No encuentro
nada y la apago. El silencio amplifica la voz que suena en mi cabeza,
diciéndome que tengo que hacer algo de provecho con mi vida.
Coquetear, pasar tus días en la cama y comer rollos de canela con tu novio
del instituto es una manera maravillosa de pasar el tiempo. Pero lo que
sucede entre Ethan y yo no resuelve los desafíos que me esperan en el
futuro.

Me hago con un bolígrafo y un trozo de papel del escritorio de Ethan y


comienzo a escribir un plan.

Soy el tipo de persona que actúa por instinto. De esas que se deja llevar
por la vida. Pero esa actitud no me ha dado muchos resultados. Solo he
conseguido pagar las facturas trabajando de camarera y acostarme con
hombres casados. Ya no quiero seguir así. Quiero conseguir el orden en
lugar del caos.

Puedo hacerlo. Puedo ser una persona organizada. ¿No es cierto? A ver,
hoy he limpiado todo el apartamento. Ahora está ordenado y limpio. No
hay rastro del huracán Hannah. Quizá porque no tengo que ser un huracán.

Quiero forjarme una vida aquí. En Los Ángeles. Así que comienzo a hacer
una lista.

De pronto, empiezo a sentirme mareada. Un ardor en el estómago. Pero


suena el teléfono y me distraigo.

Es Gabby.

—Hola. ¿Estás lista para recibir una noticia impactante? Estoy haciendo
una lista. Una auténtica lista para llevar una vida organizada.

—¿Quién eres y qué has hecho con Hannah? —pregunta, riendo.

—Si quieres recuperarla, escúchame —contesto—. Necesito un millón de


dólares en billetes consecutivos y no marcados.

—Necesitaré tiempo para conseguir tanto dinero.

—Tienes doce horas.

—Vaya —comenta—. Es imposible que lo haga en doce horas. Mátala.


No pasa nada. Le gustará el cielo. —¿Por qué he tardado tanto en darme
cuenta de que debía vivir en la misma ciudad que ella?

—¡Oye! —río.

Gabby se ríe conmigo.

—Oooh, ¡si eres tú, Hannah! ¡No tenía ni idea!

—Claro, claro, claro —contesto—. Pero luego no me vengas llorando


cuando te secuestren a ti.

Gabby vuelve a reír y dice:

—Te he llamado para decirte que llegaré antes de lo que pensaba.

Probablemente sobre las cinco, si te viene bien. Te llevaré a casa y luego


podemos ir a Pasadena a ver a mis padres a eso de las siete.

—Perfecto. Me daré prisa en terminar la lista —comento antes de que


colguemos.

Tomo el trozo de papel que tengo delante. Pone: «Comprar un coche». Es


lo primero que escribí. Y lo único que he escrito.

Apunto rápidamente: «Conseguir un trabajo». No sé si debería escribir o


no: «Buscar un apartamento». Lo cierto es que, entre Ethan y Gabby, tengo
muchos sitios donde puedo quedarme. Supongo que ya se me ocurrirá
algo.

Pero luego decido que no, que lo añadiré. No esperaré a ver qué sucede.

Trazaré un plan. Seré proactiva.

Coche.

Trabajo.

Apartamento.
Escrito así, en orden, parece muy simple. Por un momento, mientras
observo la lista, pienso: ¿Eso es todo? Después me doy cuenta de que
simple no es lo mismo que fácil.

Cuando Gabby viene a buscarme, estoy esperándola en la acera.

Me subo al coche y Gabby comienza a conducir.

Me mira y sacude la cabeza, sonriendo. Tengo una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Lo dije o no lo dije?

—¿Decir qué? —pregunto, riendo.

—Tú y Ethan.

—¡Simplemente ha sucedido! —niego con la cabeza—. No sabía que


sucedería.

—¿Pero no te dije que pasaría?

—No tiene importancia —contesto—. El caso es que ahora estamos


juntos.

—¿Juntos? —pregunta Gabby riendo—. ¿Juntos, juntos?

—Sí —río—, estamos juntos.

—Entonces, ¿puedo dar por sentado que, aparte de algún que otro viaje en
coche y alguna comida de vez en cuando, te he perdido por tu recién
descubierto novio?

Hago un gesto de negación con la cabeza.

—No, esta vez no. Ya no tengo diecisiete años. Tengo que forjarme una
vida aquí. El amor está muy bien, pero es solo una parte de la vida.

¿Entiendes?
Gabby se pone las manos sobre el corazón y sonríe para sí misma. Me
pongo a reír. No estaba intentando tranquilizarla. Es que no creo que tener
un buen novio solucione todos mis problemas.

Todavía tengo bastantes cosas que resolver.

Deanna entra en la habitación para darme el desayuno y comprobar cómo


estoy. Unos instantes después de que se marche, viene la doctora Winters y
se sienta conmigo y con Gabby para hablar sobre los detalles de mi lesión,
ahora que estoy un poco más estable. Mis padres están de camino y sé que
les gustaría participar en la conversación, pero no puedo esperar. Tengo
que saber.

La doctora Winters explica que el golpe me cortó la arteria femoral y me


rompió la pierna derecha y la pelvis. Estaba inconsciente cuando me
llevaron al quirófano para detener la hemorragia y reparar las fracturas.

Perdí una cantidad considerable de sangre y sufrí una contusión bastante


importante en la cabeza con la caída. Mientras me comenta todo esto,
continúa remarcando el hecho de que todas estas lesiones son bastante
comunes en un accidente de tráfico de esta magnitud y que me recuperaré.

Sabiendo lo grave que fue el atropello, es difícil creer que me pondré bien.

Aunque supongo que, solo porque me cueste entender algo, no lo hace


menos cierto.

Cuando la doctora Winters termina de hacerme algunas preguntas para


verificar mi memoria, me dice que me mandarán a casa en silla de ruedas.

Que no podré andar durante algunas semanas, hasta que no me cure del
todo la pelvis. Que incluso entonces, tendré que empezar muy despacio y
con mucho cuidado. Que necesitaré fisioterapia para ejercitar los músculos
dañados, y que me dolerá… casi todo el tiempo.

—Te espera un camino largo —comenta la doctora—. Pero es un camino


seguro. No tengo ninguna duda de que, algún día, más pronto que tarde,
podrás salir a correr una vuelta a la manzana.
—Bueno —me río—, jamás he ido a correr alrededor de una manzana, así
que ahora que no puedo mover las piernas, quizá sea un buen momento
para empezar.

—Puedes bromear —dice, poniéndose de pie—. Pero he tenido pacientes

que eran completamente sedentarios y que comenzaron a entrenar para


correr maratones cuando pudieron volver a usar las piernas. La aterradora
pérdida temporal de la movilidad a veces puede incentivar a las personas a
descubrir hasta dónde pueden llegar.

Me da una palmada en la mano y se acerca a la puerta.

—Si necesitas algo, no dudes en avisar a las enfermeras. Y si tienes alguna


otra pregunta, aquí estoy.

—Gracias —contesto y luego miro a Gabby—. Genial. Así que ahora


mismo no solo no puedo ir al baño sola, sino que si no empiezo a soñar
con maratones y calzado deportivo Nike, soy una holgazana.

—Creo que eso es lo que dijo, sí. Que si no empiezas a entrenar para el
maratón de Los Ángeles en este mismo segundo, tu vida será un fracaso y
ya te puedes ir dando por vencida.

—Bueno, la doctora Winters puede ser una bruja. —Nada más decirlo oigo
un golpe en la puerta. Durante un instante, me aterra que sea la doctora
Winters. No quise decir eso. Era una broma. Ella es muy amable. Me cae
bien.

Es Ethan.

—¿Puedo entrar? —pregunta Ethan—. ¿Es un buen momento?

Saca un gran ramo de azucenas de detrás de la espalda.

—Hola —contesto. Me encantan las azucenas. Me pregunto si él lo


recordaba o si solo es una coincidencia.
—Hola —contesta. Su voz es suave, como si hablar muy alto pudiera
hacerme daño. No se ha movido de la puerta—. ¿Es…? ¿Puedo…?

—Está bien —dice Gabby—. Entra. Siéntate. —Ella se mueve hacia el


otro lado de mi cama.

Ethan se acerca y me entrega las flores. Las tomo y las huelo. Me sonríe
como si fuera la única persona en el mundo.

Mientras lo miro, recuerdo. Al principio parece un sueño, pero cuanto más


recuerdo, más vívida es la imagen.

Me acuerdo de Gabby acercándome su móvil. Recuerdo mirarlo. Ver el


mensaje de Katherine.

Me voy a casa con Ethan. ¿Es una mala idea?

Entierro la cara en las flores en lugar de mirarlo directamente a los ojos.

En un hospital, donde todo es tan aséptico e inodoro, donde apenas entra


aire fresco, el aroma de las azucenas es como una droga. Respiro de nuevo,
con más fuerza, intentando inhalar toda la vida y la frescura que pueda.
Soy consciente de la ironía de la situación. Son flores cortadas. Por
definición propia, se están muriendo.

—Mmm —murmuro. No se toma en serio nuestra relación. Si se fue con


ella, no está interesado en que haya un «nosotros». Vuelve a pasarme
como con Michael. Tengo que aprender a enfrentarme a los hechos sin
rodeos.

Casi me besa, y después se fue a casa con otra chica—. Huelen fenomenal.

—¿Cómo estás? —me pregunta. Ethan se sienta en una silla al lado de mi


cama.

—Estoy bien. En serio.

Me observa por un momento.


—¿Puedes llevártelas? —digo, acercándole las flores a Gabby—. No tengo
dónde ponerlas…

—Ah —contesta Gabby—. Voy a por un poco de agua y a por algún


recipiente. ¿Te parece? —Está buscando una razón para dejarnos solos y le
acaba de caer una del cielo. Sale por la puerta y me sonríe.

—Bueno —comenta Ethan, respirando fuerte.

—Bueno —repongo.

Ambos estamos en silencio, mirándonos. Noto que está preocupado por


mí. Me doy cuenta de que me resulta difícil verme en una cama de
hospital.

También sé que no tiene la culpa de que me moleste el recuerdo de él


yéndose a casa con Katherine. No teníamos ningún compromiso, no nos
hicimos ninguna promesa.

Además, ese recuerdo para mí es reciente porque me acabo de acordar, ya


que estuvo perdido temporalmente en la confusión de mi cerebro, pero
pasó hace unos días. Para él no es nada nuevo.

Ambos hablamos al mismo tiempo.

—En serio, ¿cómo estás? —me pregunta.

—¿Cómo has estado? —le pregunto.

—¿Me acabas de preguntar que cómo he estado? —ríe—. ¿Cómo has

estado tú? Esa es la pregunta. Me has tenido tremendamente preocupado.

—Estoy bien.

—Casi me matas del susto —dice—. ¿Lo sabes? ¿Tienes idea de lo


devastado que me sentiría si tuviera que vivir en un mundo sin ti?
Sé que debo creerle. Sé que me está diciendo la verdad. Pero el hecho es
que me preocupa creerle demasiado, sucumbir con demasiada facilidad a
lo que mi corazón me pide que crea. No quiero cometer los mismos
errores.

No quiero creer lo que una persona dice e ignorar lo que hace. No quiero
ver solo lo que quiero ver.

Por una vez en la vida, quiero ser realista. Quiero tener los pies en el
suelo. Quiero tomar decisiones inteligentes.

Así que cuando Ethan me sonríe y me hace sentir como si yo hubiera


creado el mundo, cuando se me acerca y siento el calor de su cuerpo y
puedo oler el detergente para ropa que usa, como cuando íbamos al
instituto, tengo que ignorarlo. Por mi propio bien.

—En serio, estoy bien —contesto—. No te preocupes. Solo son unos pocos
huesos rotos. Pero estoy bien.

Me toma de la mano. Me estremezco. Lo nota y me la suelta.

—¿Te han tratado bien? —pregunta—. He oído que la comida de hospital


deja mucho que desear.

—Sí —le confirmo—. Me vendría bien una buena comida. Aunque el


postre no es tan malo.

—¿Te han dicho cuánto tiempo vas a estar ingresada? Quiero saber cuándo
podré llevarte a dar una vuelta por la ciudad.

Me río por educación. Es este tipo de cosas. Este tipo de coqueteo y


encanto. Esto es con lo que terminan conmoviéndome.

—Voy a estar una temporada —digo—. Podrías encontrar otra chica con la
que salir a divertirte por la ciudad.

—No —dice, sonriendo—. Creo que prefiero esperarte.

No, no lo haces.
Sigo esperando a que Gabby vuelva con las flores, pero no la veo por
ningún lado.

—Bueno —comento—, no me esperes. —Mi tono es amable, pero no

especialmente cálido. Aparte de que tampoco ha sido un comentario muy


agradable, creo que he dejado claras mis intenciones.

—Está bien —dice Ethan—. Debería irme. Seguro que necesitas descansar
y yo tengo que volver a trabajar…

—Sí —contesto—. Claro.

Se dirige a la puerta, se vuelve y dice:

—Sabes que haría cualquier cosa por ti, ¿verdad? Si necesitas algo, lo que
sea…

—Gracias —asiento.

Él también asiente, baja la vista al suelo y me mira de nuevo. Me observa


como si fuese a decir algo, pero no lo hace. Le da una palmada al marco de
la puerta y se va.

Gabby vuelve a entrar en la habitación.

—Perdón —dice—. No quería escuchar a escondidas, pero volví con las


flores hace un rato y me di cuenta de que estabais conversando. No
quería…

—Está bien —comento mientras pone las flores sobre la encimera al lado
de la puerta. Me pregunto de dónde sacó el jarrón. Es bonito. Las flores
son preciosas. La mayoría de los hombres habrían traído claveles.

—Estás molesta por Katherine. —Me mira.

—Así que sí has estado escuchando a escondidas.

—Nunca dije que no lo hiciera. No fue mi intención.


—No estoy molesta por Katherine —me defiendo y río—. Solo me ha
confirmado que volver a intentar algo con él… tal vez no sea la mejor
idea.

Me agarra la mano un instante.

—Está bien —dice.

Levanto el mando de la televisión y la enciendo. Gabby coge su bolso.

—¿Te vas?

—Sí, tengo que volver a la oficina por una reunión. Pero tu familia está a
punto de llegar. Me enviaron un mensaje hace unos minutos diciéndome
que estaban aparcando. Estarás un rato con ellos y luego yo saldré del
trabajo, iré a por una muda de ropa para mañana y volveré aquí para otra
fiesta de pijamas.

—No hace falta que te quedes esta noche —digo.

Frunce el ceño, como si le estuviera mintiendo.

—En serio —digo, riendo—. Se pueden quedar mis padres. O Sarah. O

no tiene por qué quedarse nadie. De verdad. Vete a casa. Pasa un rato con
Mark. Estoy bien.

Mi madre asoma la cabeza por la puerta.

—¡Hola, cielo! —dice—. ¡Hola, Gabrielle!

—Hola, Maureen —saluda Gabby, dándole un abrazo—. Justo me estaba


yendo. —Me habla desde la puerta—: Te llamaré más tarde. Hablaremos
del tema.

—Bueno —río.

Mi madre entra, seguida por mi padre.


—Hola, chicos —los saludo—. ¿Cómo estáis?

—¿Que cómo estamos? —pregunta mi padre—. ¿Cómo estamos nosotros?


—Mira a mi madre—. ¿Escuchas a esta chica? Sufre un atropello y,
cuando puede hablar, lo primero que hace es preguntar que cómo estamos
nosotros. —Se me acerca y me abraza con ternura. Últimamente, todo el
mundo me llama la atención por lo mismo, pero ¿Cómo estás? es una
pregunta muy lógica para hacer a una persona cuando la saludas.

—Increíble —asiente mi madre. Se coloca al otro lado de la cama.

—Sarah vendrá en un minuto —comenta mi padre.

—Se frustra cuando intenta aparcar en paralelo —susurra mi madre—.

Aprendió a conducir en un lugar donde se aparca en el lado izquierdo de la


calle.

—¿No podéis dejar el coche en el aparcamiento del hospital? —pregunto.

Mi padre se ríe.

—Está claro que nunca has ido a visitar a alguien a un hospital. Los
precios son una locura.

Típico de mis padres. Sarah entra por la puerta.

—¿Lo has conseguido? —pregunta mi madre.

—Sí —dice Sarah. Respira—. Hola —me saluda—. ¿Cómo estás?

—Estoy bien.

—Se te ve mejor que ayer —comenta mi padre—. Tienes algo de color en

la cara.

—Y también tienes mejor la voz —añade mi madre.


Sarah se acerca a mí y me dice:

—No imaginas lo feliz que me siento al verte y saber que estás bien. Oír tu
voz. —Se da cuenta de que mi madre está a punto de llorar—. Pero la mala
noticia es que tienes el moño hecho un desastre. A ver. —Coloca las
manos sobre mi cabeza y tira del pelo para soltarlo de la goma.

—Tranquila —le digo—. Que debajo de ese pelo hay una persona.

—No te va a pasar nada —dice—. Espera. —Se detiene—. Estás bien,


¿no? Gabby dijo que todo el daño es en la mitad inferior.

—Sí, sí —contesto—. Continúa.

Sarah me deja el cabello suelto y va hacia su bolso.

—Necesitas que te peinen un poco. ¿Es que nadie te cepilla el pelo aquí?

Saca un cepillo y comienza a pasármelo por el pelo. Es una sensación muy


agradable, excepto cuando encuentra algunos nudos considerables en la
zona baja del cuero cabelludo. Hago una mueca de dolor cuando intenta
desenredarlos.

—¿Recuerdas cuando eras pequeña —pregunta mi madre mientras se


sienta— y se te hacían esos nudos enormes en el pelo cuando intentabas
hacerte trenzas?

—La verdad es que no —contesto—. Pero si sentía algo parecido a los


tirones que Sarah me está dando, comprendo por qué borré ese recuerdo.

Mi hermana no hace ningún ruido y tampoco puedo verle la cara, porque


está detrás de mí, pero sé con certeza que ahora mismo está poniendo los
ojos en blanco.

—Sí, entonces también lo odiabas y yo te decía que dejaras de toquetearte


el pelo si no querías que me sentara allí a desenredarlo. Tú me decías que
querías cortártelo. Y yo me negaba en redondo.

—Obvio —dice Sarah mientras deja el cepillo y me hace un moño alto en


el pelo.

—¿Puedes subirlo más? —pregunto—. No me gusta cuando lo noto contra


la cama. —Me suelta el pelo y vuelve a intentarlo.

—Bueno, en resumidas cuentas… —dice mi madre.

—Ya es un poco tarde —bromea mi padre. Ella le lanza la típica mirada


que las esposas y madres han estado echando a maridos y padres durante
siglos.

—De todos modos —continúa ella con énfasis—, en una ocasión fuiste a
la cocina cuando no te estaba viendo y te cortaste el pelo.

—Ah, es verdad —contesto, teniendo un vago recuerdo de haber visto


fotos mías con el pelo corto—. Creo que ya me has contado esta historia.

—Te lo dejaste tan corto. ¡Por encima de las orejas! —se queja—.

Cuando entré en la cocina y te vi, dije: «¿Por qué has hecho eso?» y me
contestaste: «No sé, porque quise».

—La típica impulsividad de Hannah Savannah —dice mi padre orgulloso

—. Si eso no te describe, sinceramente, no sé qué otra cosa podría hacerlo.

«No sé, porque quise» —se ríe para sí mismo.

Este es precisamente el tipo de actitudes que estoy intentando cambiar.

—Sí, bueno, Doug, pero esa no es la moraleja de la historia —reprocha mi


madre.

Mi padre alza las manos, fingiendo arrepentimiento.

—Oh, perdón. Odiaría extraer una conclusión equivocada de la historia.

¡Llamen a la policía!

—¿Siempre tienes que interrumpirme cuando quiero contar algo? —

pregunta mi madre. Después lo ignora con un gesto de la mano—. Lo que


intentaba decir es que tuvimos que llevarte a la peluquería y te hicieron un
corte tipo pixie, nunca había visto a una niña pequeña con ese corte. No
tenías más de seis años.

Sí, eso es lo que recuerdo, ver fotos mías con el pelo bien corto.
—Ve al grano, mamá —comenta Sarah—. Para cuando termines con esta
historia, tendré noventa y cuatro años.

Me crispa oír a Sarah burlarse de mi madre. Yo jamás le diría algo así.

—Bueno —dice mi madre—. Hannah, el corte te quedó estupendo. Una


auténtica maravilla. Las mujeres me paraban en el supermercado Gelson
para preguntarme de dónde había sacado la idea de hacerte un corte así.
Les di el número de la peluquera. Terminó trasladando el negocio de
Valley a Beverly Hills. Lo último que supe era que le había cortado el pelo
al chico

de Jerry Maguire. Fin.

—La historia fue peor de lo que pensaba —comentó Sarah—. ¡Listo! Ya


está.

—¿Qué tal estoy? —les pregunto a mis padres.

Ellos me sonríen.

—Eres una chica preciosa —dice mi padre.

—Quizá haya gente que vea el moño de Hannah y algún día pueda hacerle
uno a Angelina Jolie —bromea Sarah para tomarle el pelo a mi madre.

—¡La peluquera no era lo importante! —exclama mi madre—. Lo


importante de la historia es que siempre debes tener fe en Hannah. Porque,
incluso cuando parece que ha cometido un error terrible, ella en realidad
va un paso por delante de ti. Esa es la moraleja. Las cosas siempre le salen
bien a Hannah. ¿Sabes? Nació con una estrella de la suerte o algo parecido.

A veces creo que las anécdotas de mi madre deberían venir con una guía.

Porque son bastante buenas cuando alguien más te las explica.

—Me ha gustado mucho la historia —le digo—. Gracias por contarla. No


recordaba nada de eso.
—Tengo fotos en alguna parte —comenta—. Las buscaré cuando
volvamos a casa y te enviaré una. Estabas guapísima. Por eso siempre te
digo que te cortes el pelo.

—Pero, ¿qué haría sin el moño? —pregunta Sarah.

—Sí —agrego—. No soy nada sin este moño.

—Cuéntanos, Hannah Savannah —dice mi padre—. Los médicos dijeron


que te pondrás bien, pero como padre, me preocupa cómo te sientes ahora.

—Física y mentalmente —añade mi madre.

—Estoy bien —respondo—. Me dan analgésicos constantemente. No me


encuentro cómoda en absoluto. Pero estoy bien. —De nada sirve contarles
lo del bebé. Alejo ese pensamiento de mi cabeza. Ni siquiera tengo la
sensación de estar ocultándoles algo.

—¿En serio estás bien? —pregunta mi madre. Su voz comienza a


quebrarse. Mi padre le rodea un hombro con el brazo.

Me pregunto cuántas veces tendré que decirlo hasta que alguien me crea.

Bueno, tal vez primero tendría que ser verdad.

—Debes de haber pasado tanto miedo… —dice mi madre. Se le empiezan


a humedecer los ojos. Mi padre la abraza más fuerte, pero veo que a él
también le pasa lo mismo. Sarah aparta la mirada hacia la ventana.

Todas esas bromas, el peinado, los recuerdos familiares son una


pantomima. Están destrozados y preocupados. Se sienten aturdidos,
incómodos, tristes y asqueados. Y, si soy honesta, eso me tranquiliza un
poco.

No puedo recordar la última vez que sentí que pertenecía realmente a este
grupo. Desde hace más de una década, tengo la sensación de que soy una
invitada en mi propia familia. Apenas puedo recordar cómo éramos
cuando vivíamos en la misma ciudad, en la misma casa, en el mismo país.
Pero ahora que los tengo delante de mí y que me están mostrando las
fisuras de sus armaduras, siento que de verdad formo parte de esta familia.
Que soy la persona que necesitan para completar la manada.

—Ojalá vivierais aquí —confieso mientras dejo que las emociones me


invadan. Nunca les había dicho esto. No estoy segura de por qué—. A
menudo me siento tan sola… Yo… os echo mucho de menos.

Mi padre se acerca y me toma de la mano.

—Te echamos de menos todos los días. Cada día. ¿Lo sabes?

Asiento. Aunque no estoy segura de que un «sí» sea la respuesta más


sincera.

—Que tú estés aquí y nosotros allí no significa que dejemos de pensar en


ti —explica mi madre.

Sarah asiente con la cabeza, aparta la mirada y se seca las lágrimas.

Luego, apoya una mano sobre mi rodilla. Me mira a los ojos, me sonríe y
dice:

—No sé ellos, pero yo te quiero muchísimo.

***

Carl y Tina se fueron a vivir a Pasadena hace unos años. Vendieron la casa
que tenían cuando estábamos en el instituto y se mudaron a una casa más
pequeña de estilo Craftsman en una calle tranquila con un montón de

árboles.

Son casi las ocho cuando Gabby, Mark y yo llegamos a la casa. Mark vino
tarde de la clínica. Parece que muchas veces se le hace tarde o debe
trabajar hasta bien entrada la noche. Cabría pensar que el trabajo de un
dentista es bastante previsible. Pero siempre le surge algún problema en el
último momento.
Aparcamos en el camino de entrada y nos dirigimos a la casa. Gabby no se
molesta en llamar a la puerta. Entra directamente.

Tina se asoma desde la cocina y viene hacia nosotros con una sonrisa
enorme y deslumbrante y los brazos abiertos.

Abraza a Gabby y a Mark y después se vuelve hacía mí.

—¡Hannah Marie! —exclama, abrazándome con fuerza y balanceándome


de lado a lado, como solo hace una madre.

—Hola, Tina —le contesto—. ¡Te he echado de menos!

—Yo también, cariño. —Me suelta y me mira de arriba abajo—. Yo


también. Pasa y saluda a Carl. Está deseando verte.

Entro y dejo a Gabby y a Mark con Tina. Carl está en el patio, sacando un
filete de la parrilla. Sin duda, esta es una de la ventajas de Los Ángeles:
puedes hacer una barbacoa los doce meses del año.

—¿Pero qué ven mis ojos? —pregunta mientras deja el filete en un plato y
cierra la parrilla—. ¿Tengo frente a mí a la auténtica Hannah Martin?

Carl lleva un polo verde y unos pantalones de color caqui. Casi siempre
parece ir vestido para jugar al golf. No estoy segura de si alguna vez ha
practicado este deporte, pero tiene el atuendo adecuado.

—La misma que viste y calza —contesto, extendiendo los brazos para
enfatizar la frase. Me abraza. Es un hombre corpulento y me sostiene con
fuerza. Casi no puedo respirar. Durante un segundo, echo de menos a mi
padre.

Le entrego a Carl las flores que he traído.

—Ah, pero, ¡muchas gracias! Siempre quise… ¿crisantemos? —me


pregunta. Sabe que no ha acertado.

—Azucenas.
—Casi —dice y me las quita de las manos—. No sé nada de flores. Las

compro cuando he hecho algo mal. —Suelto una carcajada.

Me hace un gesto para que tome el plato con el filete. Le hago caso y
vamos dentro.

Entramos por la cocina. Tina está sirviendo vino a Gabby y a Mark. Carl
los interrumpe.

—Tina, acabo de comprarte estas azucenas. De nada —dice y me guiña un


ojo.

—Vaya, tesoro, qué romántico —contesta—. Me alegra saber que las


compraste tú. Que no has sido un grosero al quedarte con las flores que
nos compró Hannah.

—Sí —dice Carl mientras abraza a Gabby. Le estrecha la mano a Mark y


le da una palmada en la espalda—. Eso sería terrible.

Gabby se descuelga el bolso del hombro y se lleva también el mío para


dejarlos en el vestíbulo.

—También puedes quitarte los zapatos —señala Gabby—. Pero


escóndelos.

La miro confundida hasta que Tina me lo explica:

—Barker.

—¿Barker?

—¡Barker! —grita Carl. Por la escalera veo bajar hasta la cocina a un San
Bernardo enorme.

—¡Ah, por Dios! —exclamo—. ¡Barker!

Gabby comienza a reír. Barker corre directamente hacia Mark, que


retrocede al instante.
—Me olvidé las pastillas de la alergia —dice—. Perdón. Tengo que
alejarme.

—¿Eres alérgico a los perros? —pregunto.

Mark asiente mientras Gabby me mira. No puedo interpretar qué significa


exactamente esa mirada porque mi amiga se agacha enseguida y se pone a
acariciar el lomo a Barker. El perro está tan feliz que se gira y le muestra
la barriga para que le rasque.

—¡Bueno! —anuncia Tina—. Esta noche toca filete y patatas. Pero como
ibais a venir, Carl ha decidido sacar la artillería pesada y habrá filetes con

salsa de chimichurri, puré de patatas con ajo y cebolleta y coles de


Bruselas, porque… sigo siendo una madre y no puedo evitar asegurarme
de que comáis verdura.

Mis padres me obligaron a comer verduras hasta los catorce y se dieron


por vencidos. Siempre me gustó eso de ellos. Cuando vivía con Carl y
Tina, tenía la sensación de que me estaban obligando a comer riboflavina
todos los días.

Aunque también es cierto que su hija ocupa un puesto directivo en una


organización sin ánimo de lucro y se ha casado con un dentista, así que
está claro que algo han hecho bien.

Nos sentamos a la mesa y Carl comienza enseguida a hacer preguntas


típicas de padre.

—Hannah, cuéntanos qué has estado haciendo —dice mientras corta el


filete.

—Bueno. —Abro los ojos como platos y suspiro. No estoy segura de por
dónde empezar—. ¡He vuelto! —digo, alzando los brazos y moviendo las
manos para dar más énfasis. Durante un segundo, espero que sea
suficiente.

Pero por supuesto no lo es.


—Ajá —murmura Carl—. ¿Y? —Comienza a servir y a repartir los platos.
Cuando me acercan el mío, tiene muchas coles de Bruselas. Si no me las
como todas, Tina hará un comentario al respecto. Lo sé.

—Y… Últimamente, he estado yendo de ciudad en ciudad. He pasado una


temporada en el noroeste del Pacífico. Y también en Nueva York.

—Sí, Gabby nos contó que estabas viviendo en Nueva York —comenta
Tina, cortando un trozo de filete—. ¿Es tan fabulosa como parece? ¿Viste
algún espectáculo en Broadway?

—No. —Sonrío contra mi voluntad—. Ninguna de las dos cosas.

No quiero contarles nada sobre Michael. No quiero admitir que me metí en


un lío. Puede que no sean mis padres, pero Carl y Tina son increíblemente
paternales. Me importa mucho lo que piensen de mí.

—Nueva York no era para mí —explico, dando un trago al vino que me


han servido y que vuelvo a dejar sobre la mesa al instante. Huele fatal. No
me gusta.

Gabby, que ya se ha percatado de lo incómoda que estoy, interviene:

—¿Sabéis? Hannah es una chica de la costa oeste. Su lugar está aquí con
nosotros.

—Amén —sentencia Carl, cortando su filete y llevándose un pedazo a la


boca. A veces, lo mastica con la boca abierta—. Siempre he dicho que hay
que ir allá donde haga sol. Cualquiera que se mude a lugares donde nieve
con frecuencia es un idiota. —Tina pone los ojos en blanco. Carl mira a su
yerno—. Mark, ¿qué haces bebiendo vino con un filete como este?

El marido de Gabby comienza a tartamudear ligeramente. Noto por


primera vez que Carl lo intimida un poco. No es difícil ver por qué. Es un
hombre formidable para tener como suegro.

—Era lo que tenía enfrente —contesta Mark, riendo—. No soy muy


perceptivo.
Carl se levanta de la mesa y va a la cocina. Vuelve y deja una cerveza
delante de Mark.

—¡Muy bien! —ríe Mark. Parece que la cerveza le interesa mucho más
que el vino que le dio Tina, pero no sé si solo finge por Carl. También se
rasca con demasiado ímpetu las muñecas y la nuca. Debe de ser por
Barker.

—Los hombres beben cerveza —dice Carl, dándole un sorbo a la suya y


volviéndose a sentar—. Es así de simple.

—Papá —dice Gabby—, el género no tiene absolutamente nada que ver


con las preferencias de una persona a la hora de beber. Algunos hombres
prefieren un martini de manzana. Y a algunas mujeres les gusta el whisky.

Es irrelevante.

—Aunque admito que no tengo ni idea de lo que es un martini de


manzana, tienes toda la razón —dice un meditabundo Carl—. Ha sido un
razonamiento muy simple, lo siento.

Ahora que estoy de nuevo en su casa, recuerdo de dónde le viene a Gabby


esa necesidad de hablar claro y de la forma más precisa posible sobre las
políticas de género. Es por Carl. Tiene estas ideas anticuadas sobre los
hombres y las mujeres, pero luego suele corregirse a sí mismo en cuanto
Gabby se lo señala.

—Entonces, Hannah —dice Tina, reconduciendo la conversación—, ¿qué

tienes pensado hacer? ¿Te quedarás en Los Ángeles un tiempo?

—Sí. —Trago el bocado de filete que estaba masticando—. Eso espero.

—¿Tienes algún trabajo? —pregunta Carl.

—Papá —interrumpe Gabby para echarme una mano—. No.

—Solo estoy haciendo una pregunta —replica a la defensiva.


—No —niego con la cabeza—. No tengo trabajo—. Miro la copa de vino
que tengo delante de mí. Soy incapaz de beber más. No quiero volver a
olerlo. Tomo el agua que está al lado y le doy un sorbo—. ¡Pero conseguiré
uno! —agrego—. Está en mi lista. Coche. Trabajo. Apartamento. Ya
sabéis, los principios básicos de una vida funcional.

—¿Tienes dinero para comprarte un coche? —pregunta Carl.

—¡Papá! —exclama Gabby—. Basta.

Mark no se entromete. Está demasiado ocupado rascándose los brazos.

Además, me da la impresión de que suele mantenerse al margen de


muchas situaciones.

—¡Gabby! Esta chica vivió con nosotros casi dos años. Es como si fuera
mi hija. Puedo preguntarle si necesita dinero para un coche. —Carl se
vuelve para mirarme—. ¿O no?

La relación que tengo con los Hudson es un poco rara. Por un lado, no son
mis padres. No me criaron y no me llaman a menudo para saber cómo
estoy. Por otro lado, si necesitara algo, siempre he sabido que estarían allí
para ayudarme. Me cuidaron durante uno de los momentos más
importantes de mi vida. Y la verdad es que mis padres no están aquí. Mis
padres no han estado aquí desde hace mucho tiempo.

—No pasa nada —respondo—. Tengo ahorrado un poco de dinero. Me


alcanza para el pago inicial de un coche o el primer y último mes de
alquiler de un apartamento y la fianza. Si puedo conseguir un buen precio,
quizá pueda hacer malabares y tener las dos cosas.

—Entonces estás diciendo que tienes unos cinco mil dólares —concluye
Carl.

Gabby sacude la cabeza. Mark sonríe. Tal vez se alegra por no ser hoy el
centro de atención de su suegro.

Tina se me adelanta:
—Carl, ¿por qué no reservas las preguntas difíciles para después de la
cena?

—Hannah —me dice Carl directamente—, ¿estoy haciendo que te sientas


incómoda? ¿Esto te molesta?

¡Vamos! ¿Qué se supone que debo decir? Sí, hablar del poco dinero que
tengo y lo poco preparada que estoy para la vida me incomoda un poco.

Pero, ¿quién en este planeta reconoce que no se siente cómodo con algo
cuando se lo preguntan directamente? Es una pregunta imposible. Te
obliga a hacer que la otra persona se sienta bien aún cuando está
invadiendo tu espacio personal.

—No pasa nada —repito—. En serio.

—Ha dicho que no pasa nada —dice Carl a Gabby y a Tina.

—Está bien —contesta Tina—. ¿Quién quiere más vino?

Gabby levanta la copa. La mía sigue intacta.

—Tengo suficiente —digo.

—¿Ya has terminado? —Tina mira mi plato. Todos los demás están
prácticamente vacíos, salvo algún que otro bocado. El mío también lo está,
excepto por las coles de Bruselas—. Tengo un postre fabuloso.

Sé que es pueril, pero me preocupa que a ella le siente mal que me tome el
postre sin haber terminado las verduras. Empiezo a comérmelas
rápidamente, pero haciéndome la distraída.

—Suena bien —digo entre bocados—. Ya casi he terminado.

Tina se dirige a la cocina. Carl le empieza a preguntar a Mark cómo le va


en la clínica, pero justo en ese momento le llama su mujer para que la
ayude a abrir otra botella de vino.
—Siento que mi padre te esté acosando —dice Gabby cuando Carl y Tina
están demasiado lejos para oírnos.

Pincho las últimas coles de Bruselas con el tenedor y me las meto en la


boca. Mastico rápido y trago.

—No pasa nada —digo—. Me preocupan menos las preguntas de tu padre


que la opinión de tu madre si no me termino las verduras.

—Haces bien en preocuparte —ríe Gabby.

Mark se une a la conversación.

—Una vez no me serví ninguna zanahoria cocida en el plato y al cabo de


un rato me llevó aparte para preguntarme si no me daba miedo tener
deficiencia de vitamina A.

Bebo otro sorbo de agua. Puede que me haya pasado con las coles de
Bruselas. Empiezo a notarme el estómago hinchado y revuelto.

—No tenía que habérmelas comido tan rápido —digo, acariciándome el


estómago—. De pronto me siento… puf.

—Ah, a mí también me ha pasado antes —comenta Gabby, riendo.

—No, esto es… He empezado a sentirme mal de golpe.

—¿Mareada o qué? —pregunta Mark.

—Sí —contesto. Eructo. Eructo de verdad—. Muy mareada.

Tina y Carl regresan, Tina con vino, Carl con una tanda de rollos de canela
muy grande, muy empalagosa y muy fragante.

Sonrío a Tina de oreja a oreja mientras ella me guiña un ojo.

—¿Conocemos o no conocemos a Hannah? —pregunta Carl. Los coloca


delante de mí—. Tú primera. No me sorprendería lo más mínimo que
elijas el que tiene más glaseado.
Inhalo profundo, oliendo la canela y el azúcar. De pronto, tengo que salir
de allí.

Empujo la silla hacia atrás y corro hacia el baño del vestíbulo, cerrando la
puerta detrás de mí. Estoy justo delante del retrete cuando toda la comida
me sube a la garganta. Estoy débil y un poco mareada. Agotada.

Me siento delante del retrete. La sensación del frío de los azulejos contra
mi piel es bastante agradable. No sé cuánto tiempo llevo allí. Vuelvo a la
realidad con un sobresalto cuando Gabby llama a la puerta del baño.

Aunque no espera a que conteste antes de entrar.

—¿Te encuentras bien? —pregunta.

—Sí. —Me pongo de pie. Me siento mucho mejor ahora—. Estoy bien.

—Sacudo la cabeza intentando despabilarme—. Puede que sea alérgica a


las coles de Bruselas.

—Uf —dice, sonriendo—. ¿No sería genial?

Minutos después, tras recuperarme y enjuagarme la boca, vuelvo a la


mesa.

—Disculpadme —digo—. Creo que a mi cuerpo le impactó que comiera


verduras.

Tina ríe y me pregunta:

—¿Seguro que estás bien?

—Sí —le garantizo—. Estoy perfectamente.

Gabby coge el bolso y mi chaqueta.

—Pero creo que será mejor que la llevemos a casa —anuncia.


Me encuentro lo bastante bien como para quedarme, aunque puede que lo
más sensato sea volver. Dormir un poco.

—Sí —dice Mark, rascándose de nuevo—. Para ser sinceros, estoy un


poco agobiado por el perro.

No sé si alguien más lo nota además de mí, pero durante un segundo


Gabby pone los ojos en blanco. Está enfadada con él. Por ser alérgico a los
perros. Supongo que lo que más molesta en un matrimonio son las cosas
más simples.

—Ay, lo sentimos mucho —dice Tina—. A partir de ahora tendremos en


casa algún antihistamínico, por si alguna vez se te vuelve a olvidar.

—Ah, gracias —comenta Mark—. Aunque tampoco ayudan mucho. —Y

luego se pasa los cinco minutos siguientes explicando todos los síntomas
que sufre y cuáles mejoran y cuáles no con las pastillas. Por la manera en
la que habla, cualquiera diría que ser alérgico a los perros es como si te
diagnosticaran una enfermedad incurable. Dios, hasta yo estoy cabreada
con su alergia ahora.

—Bueno —señala Carl mientras se dirige a la puerta—, nos ha encantado


teneros a todos aquí.

—¡Ah! —exclama Tina—. Hannah, deja que te guarde algunos rollos de


canela para que te los lleves. ¿Te parece?

—Me encantaría —contesto—. Muchas gracias.

—Bien, dame un segundo. —Ella corre hacia la cocina y Gabby la


acompaña. Carl y yo estamos quietos en la puerta principal. Mark está en
las escaleras. Se disculpa para ir al baño.

—Me lloran los ojos —dice a modo de explicación.

Carl lo ve alejarse y luego me aparta hacia un lado.

—Cómprate un coche —me dice.


—¿Eh?

—Compra el coche, y quédate a vivir con Gabby y Mark hasta que puedas
reunir dinero para la fianza.

—Sí —contesto—. Eso sería lo más inteligente.

—Cuando tengas un coche, llámame al consultorio. —Saca una tarjeta de


visita de la billetera y me la entrega. Doctor Carl Hudson, pediatra.

—Oh. No estoy segura de…

—Tenemos una recepcionista —prosigue—. Es una incompetente.

Trabaja fatal. Tengo que despedirla.

—Vaya, lo siento —digo.

—Gana cuarenta mil al año más beneficios.

Lo miro.

—Cuando la despidamos, vamos a buscar a alguien que pueda contestar el


teléfono, dar citas y ser la cara visible del consultorio.

—Ah —murmuro. Me está ofreciendo un trabajo.

—Si me dices cuándo crees que puedes incorporarte, me encargaré de que


la recepcionista continúe unas semanas más con nosotros. Así me
aseguraré de que el empleo esté disponible para ti.

—¿En serio? —pregunto.

—No me lo pensaría dos veces —asiente—. Mereces tener a alguien que


te cuide.

—Vaya. —Estoy conmovida—. Gracias.


—Cuando te pregunten cuánto quieres cobrar, di cuarenta y cinco. Lo más
seguro es que consigas que te paguen cuarenta y dos o cuarenta y tres.

Con todos los beneficios. Vacaciones. Y el resto de parafernalia.

—No creo que esté realmente capacitada para trabajar en un consultorio


médico —confieso.

Carl niega con la cabeza.

—Eres inteligente. Te acostumbrarás rápido.

Tina y Gabby vuelven de la cocina con rollos de canela envueltos en papel


de aluminio y recipientes llenos de sobras. Mark sale del baño.

—¿Nos vamos? —dice Gabby, dirigiéndose a la puerta. Me da algunas de

las sobras para que las lleve y abre la puerta principal.

Barker aparece corriendo hacia nosotros y me golpea con la pata. Lo bajo


con el brazo. Mark da un salto para alejarse del perro, como si tuviera la
peste.

—Puedes calentarlos en el microondas —recomienda Tina—. O en el


horno a ciento ochenta grados.

—Y avísame —dice Carl—, si tomas alguna decisión sobre lo que hemos


hablado.

El gracias que sale de mi boca es para ambos, pero sería imposible que esa
palabra exprese toda la emoción que siento en este momento.

—Gracias —repito—. En serio.

—Cuando quieras —dice Tina mientras me abraza para despedirnos.

Abrazo a Carl; Tina hace otro tanto con Gabby y Mark. Instantes después
de las despedidas, incluida una muy cariñosa de Gabby a Barker, salimos
por la puerta.
Mark se sienta en el lado del conductor. Gabby, en el del copiloto. Y yo me
recuesto en el asiento trasero.

—¿Cómo te encuentras? —pregunta Gabby.

—Bien —responde Mark antes de darse cuenta de que me lo preguntaba a


mí, pero hace como si no hubiera pasado nada.

—Estoy bien —contesto. Lo digo en serio. De verdad.

Cuando dejamos la casa de los Hudson para ir a la universidad, nunca se


me ocurrió pensar que podía volver.

Siempre le decía a la gente: «Mi familia vive en Londres, mi familia vive


en Londres», pero debería haber dicho: «También tengo una familia en Los
Ángeles. Tienen una casa estilo Craftsman en una calle tranquila con un
montón de árboles en Pasadena».

Mi familia se fue alrededor de las nueve de la noche después de que


insistiera para que durmieran en el hotel. Querían quedarse a pasar la
noche, pero lo cierto es que no hay nada que puedan hacer más que
sentarse a mi lado y mirarme. Y, a veces, necesito tener mi propio espacio.
Necesito dejar de poner buena cara durante un rato. Ahora estoy sola,
rodeada de paz y tranquilidad. Puedo oír el zumbido de la electricidad y el
débil pitido de las máquinas de los pacientes.

Me han traído un montón de libros. Me los ofrecen para pasar el rato.

Libros y flores. Flores y libros.

Tomo un libro de la pila que me dejó Gabby y empiezo a leer. El libro


tiene un comienzo lento, muy descriptivo. Algo que, en circunstancias
normales, no estaría mal, pero no precisamente para hoy, el día en el que
quiero callar mi voz interna. Así que lo dejo y elijo otro. Reviso el montón
hasta que encuentro una historia que me atrape y sea lo suficientemente
rápida para calmar mi mente.
Cuando Henry llega para examinarme, estoy tan abstraída que me olvido
temporalmente de quién soy y dónde estoy. El mejor regalo que podían
darme.

—¿Todavía despierta? —pregunta Henry. Asiento. Se acerca.

Miro su tatuaje otra vez. Me equivoqué. No es Isabelle. Es Isabella. La


imagen que tenía en la cabeza cambia instantáneamente de una rubia
glamorosa a una morena voluptuosa de piel oliva. Por Dios, necesito tener
mi propia vida.

—¿Nunca duermes? —me pregunta mientras me desliza el brazalete del


tensiómetro por el brazo—. ¿Eres un vampiro? ¿Qué está pasando aquí?

Lanzo una carcajada y echo un vistazo al reloj. Justo acaba de pasar la


medianoche. El tiempo no significa nada en el hospital. De verdad.
Cuando estaba fuera, en el mundo real, afrontando el día a día, y alguien
decía: «El tiempo es una invención del hombre», ponía los ojos en blanco
y

continuaba marcando mi lista de tareas pendientes. Pero estaba equivocada


y ellos tenían razón. El tiempo no significa nada. En ningún sitio es más
evidente que en una cama de hospital.

—No, estoy bien —contesto—. Anoche, después de que te fueras, me


quedé dormida durante, al menos, nueve horas.

—Bien —dice—. Bueno, avísame si eso cambia. Dormir es una parte


importante de la recuperación.

—De acuerdo. Lo sé.

Hoy a Henry se le ve aún más atractivo que ayer. Seguro que no es el tipo
de atractivo que gusta a todas las mujeres. No tiene la cara simétrica. Y
creo que la nariz es un poco grande para su cara. Sus ojos son pequeños.
Pero tiene algo que… llama la atención.

Guarda el historial en el lugar correspondiente de la cama.


—Bueno, nos vemos… —dice, pero lo interrumpo.

—Isabella —comento—. ¿Es tu mujer?

Me siento un poco avergonzada por haberlo dicho justo cuando se estaba


despidiendo. Pero, ¿qué podía hacer? Sucedió.

Vuelve a acercarse a mí. Y es ahí cuando se me ocurre comprobar si lleva


una alianza. A estas alturas ya debería saber esas estupideces. No lleva
ninguna. Aunque lo que sí he aprendido es que no usar alianza no significa
que no esté casado. Así que mi pregunta todavía tiene sentido.

—No —contesta, negando con la cabeza—. No, no estoy casado.

—Ah —digo.

Henry no revela quién es Isabella y supongo que, si quisiera contármelo, lo


haría. Así que… esta situación es incómoda.

—Perdóname por la intromisión —me disculpo—. Ya sabes lo que es estar


aquí. Te aburres. Pierdes el sentido de lo que es apropiado o no preguntar a
un extraño.

—No, no, no hay problema —ríe Henry—. Creo que si alguien lleva un
nombre enorme tatuado en el antebrazo, la pregunta está justificada. Para
ser honesto, me sorprende que no me lo pregunten más a menudo.

—Bueno —río—, gracias por venir a revisarme… —comienzo a decir,


pero ahora es Henry el que interrumpe.

—Era mi hermana —explica.

—Ah —digo.

—Sí —comenta—. Falleció hace quince años.

Me miro las manos. Y después decido clavar la vista en él.

—Lo siento mucho.


—Gracias. —Henry me mira pensativo—. Gracias.

No sé qué decir, porque no quiero parecer una cotilla, aunque también


quiero que sepa que estaré encantada de escucharle. Sin embargo, ¿qué
puedo decir? Mi primer impulso es preguntarle cómo murió, pero no lo
veo muy apropiado. No puedo pensar en nada, así que me quedo
mirándolo.

—Quieres saber cómo murió —contempla Henry.

Al instante, me siento mortificada por ser tan transparente y también un


poco ridícula.

—Sí —confieso—. Me has descubierto. Es terrible, ¿no? Tan morboso e


innecesario. Pero es lo primero que pensé. ¿Cómo murió? Soy un desastre.

—Sacudo la cabeza—. Puedes escupir en mi desayuno si quieres. Lo


entenderé perfectamente.

Henry se sienta en la silla y se ríe.

—No, no pasa nada. Es muy raro, ¿no? Porque es lo primero que piensa el
cerebro. ¿Murió? ¿Cómo murió? Pero al mismo tiempo es un tipo de
pregunta insensible.

—¡Claro! —exclamo, sacudiendo la cabeza otra vez—. De verdad,


discúlpame.

—No has hecho nada malo —se ríe de mí—. Tenía dieciséis años. Se dio
un golpe en la cabeza en una piscina.

—Qué horror. Lo siento.

—Sí —dice—. No debería haberse zambullido de ese modo. Pero ya sabes,


tenía dieciséis. Se supone que los adolescentes hacen cosas que no tienen
que hacer. La llevaron de inmediato al hospital. Los médicos hicieron todo
lo posible. Pensamos que se salvaría, pero… bueno, hay algunas cosas de
las que no puedes recuperarte. Estuvimos esperando que se despertara,
pero nunca sucedió.
—Vaya —digo. Me duele el corazón por él y por su familia. Por su

hermana.

Una se pasa tanto tiempo molesta por estar en el hospital que es casi una
conmoción ver que muchas personas no salen de aquí. Podría haberme
pasado lo mismo que a su hermana. Podría no haber despertado jamás.

Pero desperté. Soy una de las que lo hizo.

Durante un momento, pienso en lo que habría sucedido si hubiera estado


un poco más en medio de la calle o un poco más al lado. ¿Qué habría
pasado si hubiera caído a la izquierda en vez de a la derecha? ¿O si el
coche hubiese ido diez kilómetros por hora más rápido? Podría no
haberme despertado. Hoy podría haber sido mi funeral. Qué extraño es
todo esto.

Qué absoluta locura. La diferencia entre la vida y la muerte la puede


marcar algo tan simple y sencillo como un paso que das en una u otra
dirección.

Eso significa que hoy estoy aquí, viva, porque tomé las decisiones
correctas, por muy breves e insignificantes que parecieran en ese
momento.

Tomé las decisiones correctas.

—Siento que tú y tu familia tuvierais que pasar por eso —digo—. No


puedo imaginarme lo horrible que debe de ser.

Asiente, aceptando mis condolencias.

—De hecho, esa es la razón por la que soy enfermero. Cuando estaba en el
hospital, esperando a todas horas noticias con mis padres, sentía que
quería estar en la habitación, ayudando, haciendo algo, involucrándome,
en lugar de esperar a que alguien hiciera o dijera algo. Quería asegurarme
de que estaba haciendo todo lo posible para ayudar a las personas que
estaban en la misma situación que mi familia en ese momento.
—Tiene sentido —comento. Me pregunto si sabe lo mucho que le honra.

Apuesto a que no, a que es innato en él.

—Hace unos años, al cumplirse el décimo aniversario de su muerte, estaba


atravesando una época confusa. Había un montón de cosas a las que no me
había enfrentado que salieron a la luz de repente. Por aquel entonces, mis
padres se habían divorciado y se habían mudado a México, a su país de
origen. Así que estaba pasando el aniversario solo. Entonces tuve la idea
de hacerme el tatuaje y me sentí mejor. Así que me lo hice. En ese
momento no lo pensé mucho.

—¡Esa es la historia de mi vida! —río—. Si algo me sienta bien, lo hago.

—Tal vez deberías tatuarte esa frase.

Vuelvo a reírme.

—No sé si soy del tipo de personas que se tatúa. Soy demasiado indecisa.

Aunque tengo que reconocer que el tuyo llama la atención. Fue lo primero
en lo que me fijé cuando entraste.

—¿Y no en mi aspecto impresionante?

—Perdón. Eso fue lo segundo.

Henry da unas palmaditas sobre la cama y se pone de pie para irse.

—Ahora voy con retraso. Mira lo que has hecho.

—Lo siento —me disculpo—. Aunque en realidad deberías disculparte tú.


Estás distrayéndome del descanso que tanto necesito —río.

—Tienes razón. —Sacude la cabeza—. ¿En qué estaba pensando? Una


chica bonita me hace una pregunta y, de pronto, pierdo la noción del
tiempo. Volveré a examinarte más tarde —dice y sale por la puerta.
No puedo contener la sonrisa que insiste en iluminar mi rostro. Niego con
la cabeza, riéndome de lo ridícula que soy. Pero también, durante un
momento, considero quedarme despierta toda la noche. Esperar para verlo
cuando vuelva.

Es una locura. Seguro que es amable con todos sus pacientes. Seguro que
les dice a todas las mujeres que son bonitas. Simplemente estoy aburrida y
sola en este sitio. Desesperada porque pase algo interesante y divertido.

Apago la luz que está al lado de mi cama y me deslizo un poco hasta que
apoyo cómodamente la cabeza sobre la almohada.

No me resulta difícil quedarme dormida cuando decido que eso es lo que


quiero hacer. Es una de las virtudes que siempre me han gustado de mí.

Nunca me ha costado dormir.

Para cuando llegamos a casa de Gabby y de Mark, ya he decidido aceptar


el trabajo. Gabby y Mark se han pasado todo el viaje hablando del asunto,
y Gabby me ha dicho que estaba plenamente convencida de que era una
gran idea.

—Me consta que se porta fenomenal con sus empleados, que en el


consultorio hacen especial hincapié en que haya un buen ambiente de
trabajo —comenta—. Y mi padre te adora, así que serás su favorita.

Cuando nos deseamos buenas noches y nos vamos a nuestras habitaciones,


comienzo a darme cuenta de que tengo una oferta laboral.

Tengo la oportunidad de conseguir un trabajo de verdad. A veces, no soy


consciente del peso que siento por las preocupaciones hasta que se
esfuman.

Pero esta noche me siento mucho más ligera que esta mañana.

Llamo a Ethan desde la cama para darle las buenas noticias. Está muy feliz
por mí. Luego le cuento cómo ha ido el resto de la noche.
—Tengo que ser alérgica a las coles de Bruselas —indico—. Apenas pude
llegar de la mesa al baño antes de vomitar toda la cena.

—¿Qué? ¿Todavía te encuentras mal? Espera. Iré a buscarte —dice.

—No. Estoy bien aquí. No tienes que venir.

—Pero quiero ir. Es una buena excusa para verte. Voy para allá. No puedes
detenerme.

Me río y me doy cuenta de que, en realidad, jamás pensé que fuera a


dormir aquí esta noche. Creo que sabía que solo estaba dejándome llevar
por la inercia hasta que viniera a recogerme.

—Bueno, sí, sí, sí, ¡ven a buscarme! —exclamo—. Tengo ganas de verte.

—Salgo ahora —dice.

Así que, a los treinta minutos de llegar a casa, voy de camino a la puerta
para subirme al coche de Ethan.

Cuando entro en el salón para buscar el bolso, veo a Gabby en pijama en la


cocina, poniéndose un vaso de agua.

—¿Vas a algún sitio? —me pregunta, burlándose.

—Me has pillado —confieso.

—Lo sabía —señala—. Aunque creí que nos pedirías que te dejáramos en
su casa. Te has quedado más tiempo del que pensaba.

—Al menos soy un poco impredecible.

—Yo no diría eso —me dice mientras giro hacia la puerta—. Espera. —

Saca los rollos de canela de la encimera y me los acerca—. Por favor,


llévatelos. Déjalos en casa de Ethan. No puedo verlos sin querer
comérmelos todos.
—¿Y crees que yo puedo? —río.

—Sí, bueno —comenta—. Allá por donde vas, atraes rollos de canela. No
puedo vivir así.

Tomo los rollos de canela.

—Debería enviarles a tus padres una nota de agradecimiento. —En ese


momento oigo que el coche de Ethan se detiene en la puerta.

Gabby me mira como si fuese la idea más tonta que haya escuchado.

—Sería un insulto —apunta—. Como si yo les enviara una para darles las
gracias por criarme. Déjalo.

Suelto una carcajada.

—Ahora, vete —agrega—. Estoy segura de que ya está ahí afuera.

Le doy un abrazo y le digo que la veré mañana.

Salgo de la casa y el coche de Ethan está aparcado justo en frente. Le


observo un instante antes de que se dé cuenta de que lo están mirando. Ha
quitado las llaves del contacto y está abriendo la puerta.

—Estás preciosa —dice.

Esbozo una sonrisa y enseguida me pongo a reír ante la idea de que Gabby
haya podido oírlo. Me la imagino abriendo la ventana y gritando hacia la
calle: «¡Bueno, pero no hay que juzgar a una mujer por su belleza!».

Sonrío y camino hacia el coche mientras él me abre la puerta del copiloto.

Lo abrazo y me subo. Él entra por su lado y se aparta de la acera.

—¿Eso es una ración completa de rollos de canela? —pregunta. El aroma


inunda el coche.

—Sí —contesto—. Si te portas bien conmigo, te dejaré comer uno o cinco.


—Contigo nunca hay un momento aburrido sin rollos de canela.

—Nunca —admito.

Ethan me toma de la mano en una señal de STOP. Me besa la mejilla en un


semáforo en rojo.

Me siento yo misma cuando estoy con él. Y me gusta cómo soy con él.

Hasta ahora, me gusta cómo soy en esta ciudad. Siento que soy una versión
de mí que había olvidado hace mucho, una versión con la que me siento
más cómoda que con la de Nueva York.

De pronto vemos a un perro pequeño y decidido corriendo en mitad de la


carretera.

Ethan da un rápido volantazo para evitar atropellarlo. El animal continúa


su camino hacia la acera. Es tan tarde que no viene ningún vehículo detrás
de nosotros. Ethan detiene el coche.

—Tenemos que encontrar a ese perro. —Al mismo tiempo que dice eso, yo
ya estoy con la mano en la puerta, a punto de salir y perseguirlo. Ambos
salimos del coche y corremos hacia el perro, mirando por si se aproxima
algún coche.

Puedo verlo, justo enfrente.

—A la derecha de la calle, junto al contenedor —exclamo—. ¿Lo ves?

Ethan se me acerca, buscándolo con la mirada. Comienza a caminar


despacio hacia el perro.

—Eh, perrito —dice cuando se aproxima. El animal brinca por la calle, sin
preocupaciones. Ethan se acerca sin hacer ruido, intentando atraparlo, pero
en el momento en que el perro lo ve acercarse, trota en la otra dirección.
Corro un poco más rápido e intento interceptarlo por el otro lado, aunque
no consigo atraparlo por poco. El perro es de color marrón y blanco, más
grande de lo que parecía desde la distancia, pero de tamaño pequeño de
todos modos. Debe de tratarse de algún tipo de terrier. Peludo, pero de pelo
corto; pequeño, pero enérgico.

Viene un coche. Ethan vuelve a acercarse e intenta atrapar al perro, pero no


puede. El perro cree que estamos jugando.

El coche se acerca a toda velocidad por la calle. Me invade el pánico al


pensar que el animal correrá de nuevo hacia la carretera. Estoy a unos
metros de distancia. El perro brinca alegremente en la otra dirección.

Le gruño fuerte. Suelto el mejor rugido animal que puedo lograr.

El perro se detiene en seco. Me doy la vuelta y comienzo a correr, con la


esperanza de que me persiga. Y lo hace. Ahora corre en mi dirección casi
tan rápido como se alejaba de mí. Cuando llega a mis pies, salta encima de
mí. Me inclino a toda prisa y lo levanto. El coche pasa a toda velocidad. El
alivio me inunda.

Es una hembra. Sin collar. Sin ninguna chapa.

Ethan viene corriendo. Yo tengo al perro en los brazos.

—¡Dios! —exclama—. Creí que estaba en las últimas.

—Lo sé —contesto—. Pero está bien. La atrapamos.

Se ha acurrucado contra mi pecho. Me está lamiendo la mano.

—Bueno, está claro que esta perra está entrenada para matar —dice Ethan.

—Sí —río—, sin duda está esperando el momento adecuado para


atacarme.

—Así que no lleva ninguna identificación —dice Ethan—. Ni correa, nada.

—No —respondo y sacudo la cabeza—. Supongo que mañana tendremos


que llevarla al veterinario y ver si tiene un chip. Y pegar algunos carteles.

—Bueno —dice—. Mientras tanto…


—No podemos dejarla en la calle —señalo—. ¿Tienes sitio en tu casa para
dos mujeres esta noche?

—Estoy seguro de que podemos encontrarle un lugar —asiente Ethan.

Ambos comenzamos a caminar hacia el coche. Cuando llegamos, Ethan


nos abre la puerta.

—Deberíamos ponerle un nombre —digo—. Ya sabes, de forma temporal.

—¿No crees que podamos llamarla Can? —pregunta Ethan mientras se


dirige al asiento del conductor.

—No, creo que se merece un nombre noble. Algo épico. Grandioso.

—Un gran nombre para una perra pequeña —propone.

—Exacto —asiento.

Ethan empieza a conducir. Estamos pensando un minuto, hasta que creo


haber dado con el nombre ideal.

—Calígula —digo—. Será la pequeña Calígula.

—Calígula era un hombre —comenta Ethan—. ¿No importa?

—Pero también parece un nombre de mujer, ¿verdad?

Ethan se ríe.

—Ahora que lo dices, sí. Está bien, decidido, la llamaremos Calígula.

Mañana, Calígula, buscaremos a tu dueño y haremos que alguien sea feliz.

Pero esta noche eres nuestra.

Cuando llegamos a la puerta del apartamento de Ethan, por fin la suelto.


Se pone a correr al instante, entrando a las habitaciones a toda velocidad.
La observamos, sorprendidos por su energía, hasta que la vemos tomar
impulso y salta sobre la cama. Después, se acurruca en un rincón.

—No puedo quedármela —confiesa—. Ya sé que no me estás diciendo que


deba hacerlo, solo que… quiero dejarlo claro. No está permitido tener
mascotas en este edificio.

Niego con la cabeza.

—Lo entiendo. Encontraremos a sus verdaderos dueños mañana. Tal vez


vaya al veterinario en autobús a primera hora.

—Puedo dejarte el coche y pedirle a alguien que me pase a buscar.

—Está bien —respondo—. De todos modos, como voy a aceptar el trabajo


que me ofrece Carl, tengo que comprarme un coche. La llevaré al
veterinario por la mañana y luego quizá tome un taxi o el autobús para ir a
algún concesionario.

—Vas a tener un trabajo —dice—. Comprarás un coche.

—Sí —contesto.

—Estás empezando a echar raíces.

—Supongo que sí.

Me sonríe, sosteniéndome la mirada mucho más tiempo de lo necesario.

—Con un perro en la cama, no creo que vayamos a estar muy ocupados

—bromea.

—Probablemente, no.

Se encoge de hombros.
—Bueno —dice sin apartar los ojos de mí—. Supongo que esta relación
tendrá que basarse en algo más que en el sexo. ¿Qué te parece?

Sonrío. No puedo evitarlo.

—Creo que podría centrarme en tu mente para variar.

Él ríe y se quita la camisa. Se baja la cremallera de los pantalones y los


lanza sobre una silla.

—Esto es lo menos sensual que puedo ser —dice—. Bueno, sé que sigo
siendo increíblemente sensual, pero…

—Intentaré controlarme —le prometo.

—Será lo mejor.

Ethan retira las sábanas y se mete en la cama solo en ropa interior. Me


desvisto y recojo su camiseta del suelo. Me la pongo y me acuesto a su
lado.

—No eres nada sensual —dice Ethan—. Ni un poquito.

—¿No? —pregunto sin estar convencida.

—Puf, si crees que ahora mismo estoy pensando en lo bien que le quedan a
tus tetas mi camiseta, estás completamente equivocada. No tener sexo
contigo es la cosa más sencilla que he hecho en la vida.

Me río y me acurruco junto a él. Calígula está hecha un ovillo en el medio.


Casi no cabemos los tres. Pero conseguimos apañarnos.

—Ah, espera —digo justo cuando Ethan apaga la luz—. Vuelve a


encenderla.

—Está bien… —dice y obedece.

Me bajo de la cama de un salto y busco la lista que he hecho por la tarde.


Tomo un bolígrafo y tacho «Conseguir un trabajo».

—Me quedan solo dos —digo mientras le muestro la lista.

—Uf. —Me mira—. Por favor, mete esas piernas debajo de las sábanas,
donde no pueda verlas. Son incluso más bonitas que tus tetas.

Me despierto alrededor de las dos de la tarde y me encuentro con una


visita inesperada.

—¡Sorpresa! —dice Tina mientras entra en la habitación junto a Carl.

Gabby los sigue detrás con una mirada de disculpa en su cara. Tina ha
traído un jarrón con las flores más bonitas que he visto.

Flores, flores, flores. ¿A quién tengo que matar para que me traigan
bombones?

—Me hicieron prometer que no te avisaría —dice Gabby.

Carl pone los ojos en blanco y se acerca a mí.

—Es mejor una sorpresa —Se inclina y me abraza suavemente. Tina está
justo detrás de él. Cuando su marido se aparta, ocupa su lugar. Huele a
vainilla.

—Gracias a ambos por venir.

—¿Estás de broma? —se ofende Tina—. Gabby tuvo que pararnos los pies
para que no viniéramos a visitarte antes. Si hubiera sido por mí, habría
venido hace días y no me habría apartado de tu lado.

Coloca el jarrón con las flores en la mesa, al lado del resto.

—¿Cómo estás? —Carl se sienta en la silla que hay a mi lado. Me observa


atentamente, con compasión, comprensión y experiencia. No sé si me lo
pregunta como amigo, como figura paterna o como médico.

—Estoy bien —contesto.


—Intenta mover los dedos de los pies —me pide, mirando con atención el
otro extremo de la cama.

—¡Papá! —exclama Gabby—. No eres su médico. La doctora Winters está


haciendo un trabajo espléndido.

—A un paciente nunca le sobran médicos —responde—. Hannah, intenta


mover los dedos.

No quiero intentar mover los dedos de los pies.

—Luego, papá —interviene Gabby— ¿De acuerdo? Estás haciendo que

Hannah se sienta incómoda.

—Hannah, ¿estás incómoda?

¿Qué se supone que debo responder? ¿Sí, estás haciendo que me sienta
incómoda? Pues mira, sí. Da igual. La vida es demasiado corta para andar
mintiendo.

—Sí —admito—. Un poco. Estar en esta cama, lidiar con este cuerpo tal y
como está ahora mismo, es un suplicio. Me gustaría olvidarme de los
dedos de los pies durante unos minutos.

Carl me mira a los ojos, asiente y dirige la mirada a Gabby.

—¡Perdón! —Levanta las manos—. Dejemos el tema para otro momento.

—Creo que ha terminado de hablar, pero agrega—: Solo intenta


presentarle un desafío a esa doctora de vez en cuando. Asegúrate de que se
está esforzando, de que te tiene como prioridad.

—Lo haré —prometo. Cuando me guiña un ojo, le devuelvo el gesto.

—Bueno —dice Tina—. ¿Te ha hablado ya Gabby de nuestro perro,


Barker? Estoy completamente enamorada de él. Allá donde voy, insisto en
que vean fotos suyas.
Se acerca con el teléfono móvil y sonríe a Gabby. En realidad le da igual
que vea fotos de Barker. Quiere cambiar de tema para que Carl no insista
sobre lo mismo.

—Sigo intentando convencer a Gabby de que consiga un San Bernardo


igual que él —comenta Tina mientras desliza una imagen detrás de otra en
las que se ve a Barker en distintas habitaciones de la casa.

—Lo sé —dice Gabby—, pero Mark es alérgico a los perros. Es todo un


problema.

Hablamos durante un rato, poniéndonos al día en lo que he estado


haciendo, lo que ellos han estado haciendo y también nos burlamos los tres
de Gabby. Y luego empiezan a despedirse. Agradezco que hayan venido,
pero no se han quedado mucho tiempo. Parece que comprenden a la
perfección el cansancio que se siente al recibir visitas cuando estás
ingresado en un hospital.

—Cuando salgas de aquí —dice Tina—, y te sientas lista para lidiar con
ello, quiero que hablemos sobre interponer una demanda.

—¿Una demanda?

Tina mira a Gabby para que la autorice a continuar hablando y Gabby


accede sutilmente.

—Gabby me ha hablado del atropello y de la persona que lo hizo y se lo he


comentado a un amigo que es AFD.

No sé si debo sentirme avergonzada u orgullosa de saber que un AFD es un


ayudante del fiscal del distrito por la cantidad de capítulos de Ley y orden
que he estado viendo.

—Sí… —comento.

—Encontraron a la mujer que lo hizo. La acusan de atropellar y darse a la


fuga.

—Bueno, son buenas noticias, ¿no?


—Sí —dice Carl, asintiendo—. Muy buenas.

—Pero queríamos hablarlo contigo. La factura médica va a ser importante

—agrega Tina—. Estoy segura de que has hablado del asunto con tus
padres y no queremos entrometernos, pero queremos que sepas que te
ayudaremos, si necesitas ayuda para pagar la factura.

—¿Cómo? —digo.

—Solo si lo necesitas —menciona Carl—. Queremos que sepas que


estamos aquí, como un recurso, por si nos necesitas.

—Además —dice Tina—, te ayudaremos a denunciar a esa mujer si


decides hacerlo.

—Vaya. —Me sobrepasa la generosidad y la consideración de la familia


Hudson—. Yo… no sé qué decir.

—No digas nada. —Tina me toma de la mano—. Era importante para


nosotros que lo supieras. Siempre estaremos a tu lado.

—En lo que a nosotros respecta, eres un miembro honorario de la familia


Hudson —dice Carl—. Pero eso ya lo sabes, ¿no es cierto?

Lo miro y asiento con total sinceridad.

Carl y Tina se acercan a la puerta y Gabby los acompaña. Cuando vuelve a


entrar en la habitación, estoy mirando el techo, intentando asimilar toda la
información. No había pensado en la factura médica. Ni tampoco en la
persona que me hizo esto.

Alguien me hizo esto.

Alguien tiene la culpa.

Alguien provocó que perdiera el bebé que no sabía que tenía.

—¿Estás bien? —pregunta Gabby.


La miro. Alejo ese pensamiento de la cabeza.

—Sí —contesto—. Sí. Tus padres son… Quiero decir, son… son
increíbles.

—Te quieren —dice Gabby mientras se sienta en la silla.

—¿Crees de verdad que debería demandarla?

—Sí —asiente Gabby—. Sin duda.

—No soy del tipo de personas que interpone demandas —indico, aunque
no sé exactamente qué significa esa frase.

—Vi lo que sucedió, Hannah. Esa mujer te atropelló cuando estabas en un


paso de peatones, con un semáforo en verde para cruzar. No hay dudas
sobre lo que sucedió. La mujer siguió conduciendo. Era perfectamente
consciente de que había atropellado a alguien. Y a pesar de eso, no se
detuvo. Continuó conduciendo. Sabiendo que esa mujer huyó de la escena
de un accidente que podría haber sido mortal, sabiendo que no intentó
ayudarte o llamar a una ambulancia, creo que no solo se merece ir a a la
cárcel, sino también debe compensarte por lo que ha hecho. —Gabby está
furiosa—. Si me preguntas qué es lo que pienso, por mí se puede ir a la
mierda.

—Por favor, Gabby.

—No me importa lo mal que suene. —Se encoge de hombros—. La odio.

Durante un instante, me pongo en el lugar de mi amiga. Vio cómo me


atropellaba un coche. Vio cómo caía al suelo y perdía el conocimiento.

Probablemente pensó que podía morir en ese lugar, delante de ella. De


pronto, yo también odio a esa mujer. Por hacer pasar a Gabby por esa
situación. Por hacerme pasar por este trance. Por todo.

—Bueno —digo—. ¿Puedes ocuparte de este asunto? O, mejor dicho,

¿puedes decirle a tu madre que le doy el visto bueno?


—Claro.

—Es una lástima que en Ley y orden no hablen de procesos civiles.

Seguro que sabría tanto del tema que podría representarme a mí misma.

Gabby suelta una carcajada y se pone de pie al ver entrar a mis padres y a
Sarah. Sarah va vestida con unos pantalones de lino negros con una
camiseta de algodón y un suéter que se transparenta. Aunque no llevara
una maleta, sabría que va de camino al aeropuerto.

—Muy bien —dice Gabby, dándome un beso en la mejilla—. Te dejo en


buena compañía. Volveré mañana. —Abraza a mi familia y se va.

Mi familia no me ha dicho que volvía hoy a Londres, así que me quedo un


poco sorprendida. Aunque si soy completamente sincera, también siento
un alivio inmenso. Quiero a mi familia. El problema es que tenerlos cerca
requiere una energía que ahora mismo no poseo. Y pensar que mañana no
tendré que entretener a ninguna visita y que podré estar a solas con Gabby,
es lo más parecido a un buen día que voy a tener.

—¿Os vais? —pregunto. Utilizo un tono lo suficientemente triste y me


esfuerzo por no alzar la voz al final de la pregunta, conteniendo las
palabras para que suenen todas iguales.

—Solo Sarah, cariño. —Mi madre se sienta junto a mí—. Tu padre y yo no


nos vamos a ir a ningún sitio.

Noto que mi sonrisa se convierte en un ceño fruncido, pero me doy cuenta


a tiempo. Sonrío un poco más. Soy una hija horrible por querer que se
vayan.

—Ah, genial —digo.

Sarah deja la maleta en la puerta y se acerca al otro lado de la cama. Mi


padre está mirando la televisión. Están poniendo Jeopardy!

—Siento mucho tener que irme —se disculpa mi hermana—. Ya me he


tomado muchos días y no puedo seguir faltando. Si no perderé el papel.
—Oh, por supuesto —le digo—. Estaré bien. No hace falta que nadie se
quede.

Indirecta.

—Bueno, tu madre y yo no nos vamos a ir tan pronto, desde luego —dice


mi padre, apartando por fin los ojos de la televisión—. No dejaremos a
nuestra pequeña Hannah Savannah hasta que se recupere del todo.

Le sonrío, sin saber qué decir. Me pregunto si me sigue llamando Hannah

Savannah, como si fuera una niña, porque en realidad solo me conoce


como niña. Apenas me conoce como adulta. Tal vez es su forma de
convencerse de que no he cambiado mucho desde que se mudaron a
Londres, como si el tiempo se hubiese detenido y él no se hubiera perdido
nada.

—Mi vuelo sale en unas horas, pero todavía tengo tiempo para quedarme
un rato —dice Sarah.

Comienza la segunda ronda del juego y mi padre se sienta, embelesado.

Todos escuchamos cuando uno de los participantes elige el tema «Países


de Centroamérica».

—Uf, qué aburrido —se queja Sarah.

Ojalá pudiera cambiar de canal. No quiero ver Jeopardy! Quiero ver Ley y
orden.

La voz de Alex Trebek, el presentador, es inconfundible.

— Este país de Centroamérica limita solamente con Nicaragua y Panamá


y su nombre tiene dos palabras.

Mi padre levanta la mano y dice:

—¡Jamaica!
Mi madre niega con la cabeza.

—Doug, dijeron que el nombre tiene dos palabas. Jamaica solo tiene una.

Estoy tentada de mencionar que Jamaica es una isla, pero me contengo.

—¿Es Costa Rica? —contesta el participante.

—Correcto.

—He estado cerca, de todos modos. —Mi padre me palmea la rodilla.

No ha estado cerca. No ha estado para nada cerca. A veces, no tiene ni


idea. No tiene ni la más mínima idea.

—Sí, claro, papá —contesta Sarah.

Y el modo en que lo ha dicho, la facilidad de su interacción, como si


estuvieran cómodos al decir lo primero que se les pase por la mente,
remarca lo fuera de lugar que me siento en mi propia habitación de
hospital cuando están ellos.

Yo no… no puedo hacer esto. No quiero que mi familia se quede aquí


conmigo. Quiero que me dejen en paz para poder recuperarme.

Se supone que debería tomarme las cosas con tranquilidad en el hospital.

Debería descansar. Pero no es fácil estar con ellos y no puedo descansar.

Poco después de que termine Jeopardy! , el coche de Sarah está listo para
llevarla al aeropuerto. Recoge la maleta y se acerca para abrazarme
despacio. Es un abrazo desanimado, no porque no quiera abrazarme, sino
porque no puedo abrazar a nadie en este momento.

Después se vuelve hacia mis padres. Los abraza a ambos para despedirse.

—¿Tienes el pasaporte a mano? —pregunta mi madre.

—Sí, lo tengo todo.


—¿Y George te irá a buscar a Heathrow? —pregunta mi padre.

—Sí.

Hay una oleada de preguntas sobre la logística y frases del tipo de ¿Te has
acordado de…? , seguidas de varios Te echaremos de menos y te queremos.

Y entonces mi hermana se va. Y mis padres y yo nos quedamos solos.

Jamás nos quedamos solos.

En este preciso momento, observándolos mientras ellos me miran, me doy


cuenta de que no tengo nada que decirles. No tengo nada de qué hablar,
nada que quiera hacer, nada que necesite de ellos, nada que ofrecerles.

Quiero a mis padres. En serio. Pero los quiero del mismo modo en que
quieres a una abuela a quien no te sientes muy cercana, de la manera en
que quieres a un tío que vive en la otra punta del país.

No forman parte de mi círculo de apoyo.

Y tienen que irse.

—También deberíais iros a casa —digo, con el tono más amable que me
permite la voz.

—Qué tontería —contesta mi madre, sentándose—. Estamos aquí por ti.

Vamos a acompañarte en cada paso del camino que tienes por delante.

—Sí. Pero no os necesito. —A pesar de que intento que suene casual,


suena duro e intenso.

Ambos me miran sin saber qué contestar y mi madre se pone a llorar.

—Mamá, por favor, no llores —le digo—. No quise decir…

—No —me contesta—. Está bien. —Se seca las lágrimas—. ¿Me
disculpas un momento? Solo… necesito un poco de agua.
Luego, desaparece en el pasillo.

Debería haberme callado. Debería haber fingido un poco más de tiempo.

—Lo siento —me disculpo con mi padre. No me está mirando. Tiene la


vista clavada en el suelo—. En serio. Siento haber dicho eso.

Niega con la cabeza, todavía mirando al suelo.

—No, está bien. —Levanta la cabeza y me mira—. Sabemos que no nos


necesitas. Sabemos que tienes una vida que has logrado formar sin
nosotros.

Menuda vida.

—Yo…

—No tienes que decir nada. A tu madre le cuesta más lidiar con todo esto
que a mí, pero me alegra que hayas dicho algo, en serio. Deberíamos
hablarlo con total libertad, ser sinceros el uno con el otro. —Se acerca y
me toma de la mano—. Tu madre y yo nos equivocamos. Metimos la pata.

Mi padre tiene unos ojos verdes impresionantes. Es mi padre, así que rara
vez le presto atención, pero cuando te mira con la intensidad con la que me
está mirando en este momento, es difícil ignorarlo. Son verdes como las
briznas de hierba, como esmeraldas oscuras—. Cuando nos mudamos a
Londres, tu madre y yo nos dimos cuenta del enorme error que habíamos
cometido al no llevarte con nosotros. No tendríamos que haber permitido
que te quedaras en Los Ángeles. Nunca deberíamos haberte dejado.

Aparto la mirada. Ahora se le han empezado a empañar esos ojos verdes.

Le tiembla la voz. No puedo soportarlo. Me miro las manos.

—Cada vez que te llamábamos —continua—, llorábamos en cuanto


colgábamos. Pero tú siempre parecías estar bien. Así que seguimos
pensando que no tenías ningún problema. Creo que ese fue nuestro gran
error. Tomarte la palabra y no decirte qué hacer. Parecías feliz con la
familia Hudson. Sacabas buenas notas. Entraste en una buena universidad.

—Claro —contesto.

—Pero, mirando hacia atrás, veo que eso no significaba que estuvieras
bien.

Espero, a ver si prosigue.

—Es difícil —dice—. Reconocer que le has fallado a tu hija. ¿Sabes?

Hoy en día, muchos de mis amigos ya no tienen a sus hijos en casa y


comentan que, el día en el que te das cuenta de que tus niños ya no te

necesitan, es como un golpe en el estómago. Yo nunca digo nada. Siempre


he pensado que saber que tu hija no te necesita debía de doler, pero saber
que tu hija sí te necesitaba y no estuviste ahí para ella… es completamente
insoportable.

—Solo fueron un par de años —comento—. Después también me habría


ido a la universidad y mudado de casa.

—Pero habría sido bajo tus condiciones, tomando tus propias decisiones.

Y habrías sabido que, sin importar lo que sucediera, podías volver a casa.

Creo que jamás te dejamos claro esto. Que éramos tu hogar.

No puedo evitar el llanto. Quiero contener las lágrimas. Estoy tratando de


resistirme, de que no se desborden. Lo logro durante un momento. Pero al
final, como si estuviéramos echando un pulso muy igualado, uno de los
dos termina cayendo. Y soy yo. Ganan las lágrimas.

Le agarro la mano y se la aprieto. Creo que es la primera vez en mucho


tiempo que no me siento cohibida delante de él. Que me siento yo misma.

Mi padre me da una palmadita y me mira. Después me seca una lágrima


del ojo y sonríe.
—Tu madre y yo hemos estado discutiendo sobre algo que queríamos
mencionarte cuando te sintieras mejor —dice—. Pero quiero hablarlo
contigo ahora.

—Bueno…

—Creemos que debes mudarte a Londres.

—¿Yo?

Hace un gesto de asentimiento.

—No me cabe duda de que estar cerca de la muerte en un accidente de


tráfico hace que medites sobre tu vida. Y te aseguro que estar a punto de
perder a tu hija en un accidente de tráfico te abre los ojos al instante.

Deberíamos volver a ser una familia. Tengo la suerte de ser tu padre, de


tenerte conmigo. Quiero que estés más presente en mi vida. Tu madre
piensa lo mismo. Deberíamos habértelo preguntado hace años, y dimos por
sentado que sabías que queríamos que estuvieras allí. Pero ya no voy a dar
nada por sentado. Te estoy pidiendo que vengas. Por favor. Te pedimos que
te mudes a Londres.

Es demasiado. Londres. Y mi padre. Y mi madre llorando en el pasillo. Y

la cama de hospital. Y… todo.

Bajo la vista, la aparto de sus ojos y espero que, cuando vuelva a


levantarla, sepa qué responder. Simplemente necesito dejar de mirarle un
rato para pensar qué decir.

Pero no se me ocurre nada.

Así que hago lo que hago siempre que estoy perdida. Evado la respuesta.

—No lo sé, papá, el clima es mejor aquí.

—¿No te gustan las nubes y la lluvia eterna? —Suelta una carcajada y me


sonríe.
Niego con la cabeza.

—¿Me prometes que lo pensarás?

—Lo prometo —contesto.

—Quién sabe, tal vez Londres es la ciudad en la que siempre deberías


haber estado.

Está bromeando. No tiene ni idea del significado que algo así podría tener
para mí.

Luego me doy cuenta de lo raro que es que jamás se me ocurriera esa idea
a mí sola. En todos mis viajes, en todas mis mudanzas de una ciudad a
otra, jamás se me pasó por la cabeza irme a la ciudad donde vive mi
familia.

¿Significa eso que no es el sitio correcto para mí? ¿O es una señal de que
Londres es precisamente el lugar al que pertenezco? Quiero seguir mi
destino, pero una parte de mí no quiere irse a vivir a Londres.

—Voy a hacerte una pregunta —me dice—. Y necesito que seas


completamente sincera conmigo. No te preocupes por cómo nos harás
sentir a tu madre y a mí. Quiero que solo pienses en ti y en lo que
necesitas.

—Está bien —contesto.

—Lo digo en serio, Hannah.

—De acuerdo.

—¿Sería más sencillo para ti si nos fuéramos? —Habla con una seriedad
que me toma por sorpresa.

Ahí está. Lo que yo quiero. Servido en bandeja. Pero no estoy segura de


ser capaz de estirar el brazo y tomarlo. No sé si puedo soportar decirlo en
voz alta, decirle a mi padre que necesito que se vaya, sobre todo después
de la conversación que acabamos de tener.

Mi padre me interrumpe antes de que pueda responder.

—No me preocupan mis sentimientos ni los de tu madre. Me preocupo por


ti. Eres mi única preocupación. Lo único que me importa. Y solo necesito
que me des la suficiente información para tomar la decisión correcta para
mi hija. ¿Qué necesitas? ¿Necesitas un poco de paz y tranquilidad?

Lo miro. Siento que me tiembla el labio. No puedo decirlo. No logro


decirlo.

Mi padre sonríe, y con esa sonrisa, sé que no me obligará a decirlo.

Asiente, tomando mi silencio por respuesta.

—Bueno, entonces nos decimos adiós por ahora —dice—. Sé que eso no
significa que no nos quieras.

—Sí que os quiero —declaro.

—Y nosotros a ti.

Nos lo hemos dicho muchas veces, pero esta vez, esta vez en particular,
puedo sentirlo en lo más profundo de mi corazón.

—Muy bien, déjame contárselo a tu madre.

—Ay, lo siento tanto —me disculpo, llevándome las manos a la cara. Me


siento fatal.

—No lo sientas. Ella es más fuerte de lo que a veces cree. Y quiere lo


mejor para ti.

Sale al pasillo. Ahora que vuelvo a estar sola un rato, estoy nerviosa y al
borde de las lágrimas.
Al poco rato, se abre la puerta y entran mis padres. Mi madre no puede
decir nada. Me mira y corre hacia mí, envolviéndome los hombros con los
brazos.

—Nos vamos —informa.

—Está bien —contesto.

—Te quiero —dice mi madre—. Te quiero mucho. El día que naciste lloré
seis horas sin parar, porque no había querido tanto a nadie en mi vida. Y

jamás he dejado de quererte. ¿Lo entiendes? Jamás.

—Lo sé, mamá. Yo también te quiero.

Se seca las lágrimas, me aprieta la mano y deja que me abrace mi padre.

—Estoy orgulloso de ti —dice—. Orgulloso de la persona que eres.

—Gracias, papá.

Y eso es todo. Van hacia la puerta.

Mi padre se gira y me dice:

—Ah, casi me olvido.

Levanta una caja que había dejado en la mesa cuando entró. Me la entrega.

La abro. Son los rollos de canela de Primo’s. El glaseado se ha pegado a la


caja y la masa ha comenzado a desenrollarse.

—Te has acordado —comento. Es un detalle tan considerado, un gesto tan


cariñoso, que sé que voy a volver a ponerme a llorar si no se va en este
mismo instante.

—Jamás me olvidaría de una cosa así. —Me guiña un ojo.

Y luego sale por la puerta para encontrarse con mi madre y mi hermana.


Cogerán un taxi hasta el aeropuerto de Los Ángeles y luego volarán hacia
la otra punta del país, cruzarán el Atlántico y aterrizarán en Heathrow.

Y yo me quedaré aquí.

Tengo que reconocer con total sinceridad que, hasta este momento, jamás
me había dado cuenta de lo mucho que siempre me han querido mis
padres.

Desde que Ethan se ha ido a trabajar, he estado sentada aquí con Calígula,
intentando decidir a qué veterinario llevarla y qué autobús tomar.

He vuelto a vomitar esta mañana, justo después de que se fuera. Cuando


me he despertado estaba un poco mareada, pero después ya me encontraba
mejor, así que he abierto el frigorífico para ver si había algo para
desayunar.

He sacado un paquete de beicon y el olor me ha revuelto el estómago.

Después de vomitar me he sentido mucho mejor. De pronto, estaba


famélica y me he acordado de los rollos de canela.

He sacado uno para mí y otro para Calígula, pero lo he pensado mejor.

Después de todo, es un perro pequeño. Así que he partido su rollo y he


dejado una mitad en el suelo para ella y he puesto la otra mitad en mi
plato.

Lo he devorado todo en tres bocados grandes y después me he comido otro


entero.

En la universidad, las pocas veces que acabé devolviendo porque me había


pasado con la bebida, solía sentir un hambre voraz inmediatamente
después. Era como si mi cuerpo hubiera eliminado todo lo malo y quisiera
reemplazarlo con alguna delicia. Me levantaba por la mañana, iba a un
Dunkin’ Donuts e inhalaba el aroma de una rosquilla de canela, lo más
parecido que tenían a lo que quería comer. Supongo que algunas cosas
nunca cambian.
Ahora, Calígula y yo estamos en el sillón. Está acurrucada en mi regazo
mientras me inclino sobre ella, intentando averiguar si está permitido
subir perros a los autobuses públicos. No veo información sobre eso en la
página web, así que apago el ordenador y decido empezar el día y ver
adónde me lleva. Ya se me ocurrirá algo si no me dejan subirla al autobús.

Cierro la puerta del apartamento de Ethan con llave y salgo a la calle.

Pero lo primero es lo primero. Si voy a llevar a Calígula por toda la


ciudad, necesita un collar y una correa. Entro a un supermercado Target,
que no está muy lejos de la casa de Ethan. Llevo a Calígula en brazos.
Supongo que

alguien me detendrá en la tienda, pero nadie se inmuta. Tenía un plan para


afirmar que era un perro de asistencia, pero no es necesario. Escojo un
collar y una correa y me dirijo a la caja registradora. La cajera me mira de
reojo, pero no dice nada. Actúo como si fuese completamente normal tener
a un perro en brazos en una tienda. Por lo general, cuando estás haciendo
algo que se supone que no deberías estar haciendo, lo mejor es actuar
como si estuvieras siguiendo las reglas.

En cuanto le pongo el collar y le engancho la correa, decido seguir la


misma táctica en el autobús. Actúo con confianza mientras espero a que
llegue. Cuando se detiene en la parada, subo entre la avalancha de
personas, con la esperanza de que esto distraiga al conductor.

Pero esta vez no tengo tanta suerte.

—No está permitido subir perros —informa el conductor.

—Es un perro de asistencia —contesto.

—No tiene el distintivo requerido —comenta el conductor.

Empiezo a contestar, pero me interrumpe.

—De todos modos, da igual. No se permiten perros.


—De acuerdo —digo. Me gustaría hablar con él un poco y ver si puedo
convencerlo de dejarnos subir, pero me he quedado en blanco y estoy
obstaculizando la cola—. Gracias —indico mientras me bajo.

Llevaré a este perro a una clínica veterinaria aunque sea lo último que
haga.

Vuelvo al supermercado. Entro otra vez con la cabeza bien alta, con
Calígula en brazos. Me dirijo directamente a la sección de artículos
escolares y compro una mochila. Voy a la misma cajera, la que sé que no
me dirá nada, pero ahora me llama la atención.

—No puede entrar con perros aquí —me dice—. Son catorce con ochenta
y nueve.

—Gracias —contesto, fingiendo no haber oído la primera parte. Salgo


rápido, doblo la esquina y apoyo la mochila en la acera. Levanto a
Calígula y la meto en la mochila. Después la cierro, dejando un espacio en
la parte de arriba para que pueda respirar.

Vuelvo a la parada y espero otro autobús. Cuando llega, subo como si

tuviera una mochila llena de libros, no con un pequeño terrier. Entre mi


actitud y el hecho de que Calígula no ladra, lo conseguimos. Tomo asiento
al final del autobús. Apoyo la mochila con suavidad a mis pies y abro la
cremallera un poco más. Ella espera, tranquila, en el fondo de la mochila.

Sin emitir sonido alguno.

La mantengo cerca de mis pies. Se pasa la mayor parte del viaje


durmiendo y, cuando no lo hace, me mira con dulzura, con su rostro
amable y sus ojos grandes. Su cara es más peluda que el resto del cuerpo.
Necesita un baño. Me alegra que no me pida salir de la mochila, que no
intente sentarse en mi regazo o jugar. Tiene el tipo de expresión que hace
que quieras complacer todos sus deseos, y no quiero que nos echen del
autobús.
Pasamos calle tras calle. Ya llevamos un buen rato en el autobús. Justo
cuando creo que nos hemos subimos al autobús equivocado, que todo el
viaje ha sido en vano, veo la clínica veterinaria más adelante.

Pulso el botón para que se detenga en la parada y enseguida el autobús


comienza a acercarse a la acera. Me pongo de pie, levanto la mochila con
suavidad y me acerco a las puertas dobles del fondo del autobús. Y justo
cuando estoy allí, esperando a que se abran, Calígula se pone a ladrar.

Clavo la vista en las puertas, deseando que las abran ya. Pero no lo hacen.

Todos me están observando. Puedo sentir sus ojos en mí, pero me niego a
mirarlos para confirmarlo.

Veo al conductor volverse para encontrar el origen del sonido, pero las
puertas se abren y bajo corriendo del autobús. Cuando estamos en la acera,
saco a Calígula de la mochila. Algunos de los pasajeros del autobús nos
observan desde la ventanilla. El conductor me fulmina con la mirada. Pero
el vehículo se aleja, deslizándose por las calles de Los Ángeles a la
velocidad de un caracol, mientras Calígula y yo somos libres como
pájaros, justo a una manzana de la clínica veterinaria.

—¡Lo hemos logrado! —le digo—. ¡Los engañamos!

Apoya su cabeza en mi hombro y luego estira el cuello y me lame la


mejilla.

La bajo, agarro la correa con firmeza, nos dirigimos hacia el edificio y


entramos al vestíbulo.

Hay perros en todos lados. Huele como una perrera. ¿Por qué los gatos y
los perros tienen ese olor almizcleño? Individualmente no es tan malo,
pero cuando se juntan en grupo, es… intenso.

—Hola —le digo a la recepcionista.

—¿En qué puedo ayudarla? —pregunta.


—Ayer por la noche me encontré a un perro en la calle y quería saber si
tiene un chip de identificación.

—Está bien —dice—. En este momento estamos un poco ocupados, pero


firme aquí y veré si podemos solucionarlo lo antes posible. —Me señala
un portapapeles. Debajo de Nombre del perro, pongo «Calígula» y, debajo
de Dueño del perro, escribo mi nombre, aunque seguramente no se llame
Calígula y yo no soy su auténtica propietaria.

—¿Señora? —me llama la recepcionista.

—¿Sí?

—Nadie va a poder ayudarla hasta las seis —me informa.

—¿Las seis?

—Sí —contesta—. Lo siento. Hemos tenido algunas emergencias


imprevistas y vamos a estar ocupados toda la tarde. Si quiere, puede
llevarse el perro a casa y volver luego.

Reflexiono sobre la conveniencia o no de meter de nuevo a Calígula en la


mochila, subir a un autobús y repetir el mismo procedimiento esta tarde.
No me cabe duda de que Calígula y yo afrontaríamos la situación con
valentía, pero al final los conductores de Los Ángeles nos van a tener
fichadas.

—¿Puedo dejarla aquí y luego ver al veterinario a las seis? —Me


entristece dejarla aquí sola. Pero esa no es la cuestión, ¿no es cierto? Estoy
intentando averiguar quién es el dueño de Calígula. Porque no es mía.

La recepcionista ya está negando con la cabeza.

—Lo siento. No podemos hacer eso. Las personas que están en su


situación suelen venir, dejar al perro y no volver. Al final tenemos que
meter al perro en una protectora.

—Está bien —contesto—. Lo entiendo.


—Pero si nos deja un depósito considerable —me susurra—, o incluso una
tarjeta de crédito, normalmente convenzo a los técnicos veterinarios

para que hagan sitio en los caniles. Porque entonces ya sabemos que
volverá.

—¿Me está diciendo que quiere una garantía? —le pregunto con un ligero
tono jocoso.

Ella asiente, con mucha amabilidad y con recato.

Saco la cartera y extraigo la tarjeta de crédito. La recepcionista se pone de


pie y extiende las manos, lista para recibir a Calígula, pero me cuesta
mucho más separarme de ella que de la MasterCard.

—Está bien —le dice la recepcionista a la perra—. Vamos a cuidar de ti


muy bien durante unas horas mientras mamá hace algunos recados.

—Ah —murmuro—. Perdón. No soy su… mamá. —La palabra es casi


irrisoria, pensar en que soy la mamá de alguien o de algo.

—Ah, lo sé —contesta—. Pero ahora mismo usted es lo único que tiene,


así que…

—Aun así —digo—, no quiero confundirla.

Luego, guardo la cartera y voy hacia la puerta principal sin mirar a nadie a
los ojos, porque esa es la frase más estúpida que he dicho en mi vida. El
problema no es que no quiera confundir al perro. El problema es que no
quiero confundirme a mí misma.

Salgo y saco el teléfono móvil. Busco un concesionario en la zona. No


tiene sentido perder el tiempo. Veo que, a dos kilómetros y medio de esa
misma calle, hay tres que están bastante cerca entre ellos. Me pongo a
andar.

Hoy tacharé una cosa más de mi lista.

Puede que en breve me convierta en un ser humano funcional.


He llamado a Gabby justo después de que se fuera mi familia. Le he dicho
que mi padre ha sugerido que me mude a Londres.

Ha querido saber qué sentía al respecto y le he dicho que no estoy segura.

Aunque llevo mucho tiempo sin estar en la misma ciudad que Gabby,
ahora ya no me imagino viviendo tan lejos de ella otra vez.

—En este momento, te están pasando muchas cosas —me ha dicho mi


amiga—. Intenta dormir un poco y hablaremos de los pros y los contras
cuando estés lista.

Cuando he colgado, he hecho exactamente lo que me ha recomendado.

Me he dormido.

Me he despertado hace un rato y he mirado el reloj: las dos de la mañana.

—Estás despierta —dice Henry mientras entra en la habitación—. Antes


estabas durmiendo.

—¿Y roncaba más o menos que Gabby la otra noche?

—Uh, más —contesta—. Sin duda mucho más.

—Bueno —río—, ¿y por aquí no podéis hacer nada al respecto? ¿Algún


tipo de cirugía?

—Yo no me preocuparía mucho por eso —comenta, acercándose—. Ya has


sufrido una situación demasiado difícil, ¿no crees? —Anota cosas en mi
historia clínica.

—¿Cómo estoy? —pregunto.

Coloca el historial en su sitio y retrae el bolígrafo.

—Estás bien. Creo que mañana te pondrán en una silla de ruedas para que
puedas moverte.
—¡Vaya! —comento—. ¿En serio? —Con qué rapidez cambian las cosas.

Un día das por sentado que puedes caminar, y al siguiente te maravilla que
te permitan sentarte en una silla de ruedas.

—Sí —dice—. Qué emoción, ¿verdad?

—Claro que sí —contesto.

—¿Te han traído algo dulce? —pregunta. El tono azul de su uniforme es


bastante favorecedor. Y no me refiero a que le siente bien solo a él. He
notado que la mayoría de enfermeros se decantan por el rosa o el azul
claro.

Pero el azul marino de su uniforme es mucho más interesante. Si fuera


enfermera, usaría un uniforme azul oscuro las veinticuatro horas.

—Sí —digo. No puedo creer que me haya olvidado. Me hago con la caja
de inmediato—. Mi padre me ha traído un rollo de canela.

—Oh, no, tengo debilidad por ellos —admite Henry—. No soy muy
goloso, pero me encantan los rollos de canela.

Tengo tantas ganas de expresar lo mucho que me gustan también a mí, que
se me traban las palabras.

—Eso es… Yo… ¿Te encantan?… A mí también.

Henry se ríe de mí.

—Lo que quiero decir es que adoro los rollos de canela. Tengo un
problema con ellos —confieso.

—Eso no existe —contesta.

Ahora que estamos hablando de eso, me muero de ganas por comerme un


trozo. Abro la caja y saco un pedacito.

—¿Quieres? —pregunto.
—Ah, no, gracias —contesta Henry.

—¿Seguro? Mi padre lo compró en Primo’s. Seguramente sea uno de los


mejores rollos de canela de todo Los Ángeles.

—¿Sabes qué? —Se guarda el bolígrafo en el bolsillo de la parte de arriba


del uniforme—. Está bien. Me encantaría probar un poco.

Le paso la caja. Saca un pedacito.

—Ah, vamos —digo—. Toma un trozo como Dios manda.

Henry lanza una carcajada y coge un trozo más grande.

—Estoy seguro de que la primera regla de Cómo interactuar con los


pacientes es: «No te comas su comida».

—Nadie es perfecto —río.

—No —contesta, masticando—. Supongo que no. —Luego, agrega—:


Caramba, está riquísimo.

—¿Lo ves? No quiero presumir, pero me considero una experta en rollos

de canela.

—Empiezo a creerlo —contesta.

—Tal vez debería soltar alguna indirecta a mis visitas para que sepan que
quiero más rollos de canela. Podría conseguirnos una buena cantidad de
provisiones.

—Tentador —señala—. ¿Te encuentras bien?

En el instante en que lo dice, recuerdo quiénes somos y dónde estamos y


vuelvo un poco más a la realidad.

—Sí —contesto—. Me siento bien. Cada día estoy un poco mejor.


—¿Crees que estarás lista para subirte a la silla de ruedas mañana? Puede
ser doloroso, moverse por primera vez, que te alcen, todo eso. ¿Estás
preparada?

—¿Bromeas? Estoy lista para cualquier cosa.

—Sí —repone—. Eso es lo que pensaba.

Se dirige hacia la puerta y luego se detiene.

—Si te gustan los rollos de canela tanto como a mí, apuesto a que también
te gustan los churros. ¿Los has probado?

—¿Me tomas el pelo? —Le miro indignada—. ¿Si he probado un churro?

Soy de Los Ángeles. Por supuesto que he comido churros.

—Ah, bueno, discúlpeme… señorita insolente.

Me pongo a reír.

—¿Señorita insolente?

—No sé de dónde ha salido eso. —Él también se ríe—. Simplemente se


me escapó. Estoy igual de sorprendido que tú.

Me río tan fuerte que se me llenan los ojos de lágrimas. Me tiembla todo
el cuerpo. Cuando tienes el cuerpo destrozado, te das cuenta de cuántos
músculos usas para reír. Pero no quiero detenerme. No quiero dejar de
reírme.

—Supongo que ha sido un poco raro por mi parte —dice.

—¿Un poco? —comento entre dientes.

Se ríe de sí mismo conmigo.

Y entonces, de pronto, siento una punzada de dolor que me recorre la


pierna; un dolor agudo, profundo y devastador. Dejo de reírme al instante y
grito.

Henry corre hacia mí.

El dolor no se detiene. Me duele tanto que no puedo respirar. No puedo


hablar. Me miro los pies y veo que tengo contraídos los dedos del pie
derecho. No puedo estirarlos.

—Está bien, no te pasa nada —me asegura. Va hacia el gotero—. Estarás


mejor en un segundo, te lo prometo. —Vuelve a mi lado. Me toma de la
mano. Me mira a los ojos—. Mírame. Vamos, mírame. El dolor pasará en
un instante. Estás teniendo un espasmo. Tienes que aguantar hasta que
pase.

Todo va a ir bien.

Clavo la vista en su rostro. En lugar del dolor, me concentro en él. Le miro


a los ojos, y él a los míos.

—Puedes hacerlo —dice—. Puedes hacerlo.

Después el dolor comienza a disiparse.

Mis dedos se estiran.

Mi cuerpo se relaja.

Puedo respirar con facilidad.

Henry me suelta las manos y las desliza por mis brazos hasta los hombros.

—¿Estás bien? —pregunta—. Eso ha debido de doler.

—Sí —contesto—. Sí, estoy bien.

—Te va a venir bien que te levantemos y te movamos. Tu cuerpo lo


necesita.

—Sí —digo.
—Lo has hecho muy bien.

—Gracias.

—¿Estarás bien? ¿Sola?

—Sí —contesto—. Creo que sí.

—Si vuelve a suceder, solo tienes que pulsar el botón y estaré aquí al
instante. —Aleja sus manos de mí. Con un movimiento rápido, tan sutil
que casi no estoy segura de que haya sucedido, me retira un mechón de la
cara

—. Descansa un poco. Mañana será un gran día.

—De acuerdo —contesto.

Sonríe y sale por la puerta. Pero inmediatamente después, asoma de nuevo


la cabeza.

—Eres fantástica, ¿lo sabes?

—Seguro que le dices lo mismo a todos tus pacientes —digo.

Pero cuando se va, pienso: «¿Y si no es así? ¿Y si solo me dice ese tipo de
cosas a mí?».

—Señora —me dice el vendedor. Estamos sentados en su escritorio. Ya he


tomado una decisión—. ¿Está segura de que no quiere un coche nuevo?

¿Alguno divertido? ¿Uno que sea un poco más… de su estilo?

Estoy planteándome comprar un Toyota Camry usado. El vendedor sigue


intentando que me decante por un Prius rojo brillante. Lo cierto es que
preferiría comprar el Prius. Y puede que en algún momento del pasado me
hubiera dado todo igual y me hubiera gastado todo el dinero en la entrada
del Prius, estrujándome el cerebro más tarde para hacer frente al resto de
los pagos. Porque adoro ese Prius rojo.
Pero ahora estoy intentado tomar decisiones nuevas, para ver si así
consigo avanzar.

—El Camry me gusta —digo. Ya lo he probado y he formulado todas las


preguntas correctas. Quieren nueve mil quinientos dólares. Les ofrezco
siete mil quinientos. Seguimos regateando. Consigue que llegue a los ocho
mil.

Se acerca de vez en cuando al gerente para barajar nuevos precios de


negociación. Al final el gerente se acerca y se queja de lo poco que estoy
dispuesta a pagar por el coche.

—Si te lo vendo por menos de ocho mil quinientos, no ganaré dinero con
esta venta —dice—. Y ya sabes, tenemos que ganar algo. No podemos
regalar coches.

—Está bien —contesto—. Supongo que no podemos llegar a un acuerdo

—. Me levanto de la silla y cojo el bolso.

—Cariño —dice el gerente—, no seas tonta.

Esta es la razón por la que Gabby tiene que seguir hablando de los
derechos de las mujeres y de la igualdad de género. Por estúpidos como
este.

—Mire, le he dicho que pagaría ocho mil. Tómelo o déjelo.

Carl es un negociador excelente. Realmente feroz. Cuando estaba en el


último año de instituto, Carl nos llevaba a Gabby o a mí a hacer todos sus

tratos para que aprendiéramos a regatear. Mecánicos, vendedores,


fontaneros, daba igual, Carl hacía que negociásemos los precios
directamente con ellos. Cuando el Jeep de Carl necesitaba un nuevo juego
de llantas, se quedaba esperando en la esquina del local mientras yo
entraba e intentaba persuadir en su nombre al chico. Cuando salía a
buscarlo para informarle del nuevo precio, Carl negaba con la cabeza y me
decía que podía hacerlo mejor. Y yo siempre lo lograba. Me sentía
especialmente orgullosa cuando el mecánico ofrecía una revisión del
coche gratis después de mi insistencia. En una ocasión, Gabby consiguió
que el hombre encargado de arreglar el calentador bajara quinientos
dólares del precio. Esa noche, Carl y Tina nos llevaron a Benihana para
celebrar el triunfo.

Carl siempre nos ha repetido que las personas que no regatean son tontas.

Y nosotras no somos tontas.

—Hoy voy a comprarme un coche. Aunque no tiene por qué ser aquí —le
digo al gerente.

—Está bien, está bien. —El gerente pone los ojos en blanco—. Ocho mil
cien. ¿Trato hecho?

Le doy un apretón de manos y comienzan a redactar el papeleo. Entrego


tres mil y salgo de allí conduciendo mi propio coche. Adiós a la mayor
parte de mis ahorros. Pero no me importa. Porque tengo un plan.

Cuando me alejo lo suficiente del concesionario, me detengo a un lado de


la calle y empiezo a golpear las manos contra el volante, gritando al aire,
intentando liberarme de la tensión acumulada.

Lo estoy logrando. Estoy forjándome una vida. Lo estoy logrando.

Llamo al consultorio de Carl.

—¡Hola! —dice, su voz es suave y parece encantado de oírme—. Dime


que aceptas el trabajo.

—Acepto el trabajo.

—Maravilloso. Te paso con Joyce, la encargada de Recursos Humanos.

Ella te informará del día que comienzas, el sueldo, los beneficios y todas
esas cosas. Si no consigues que te suba el sueldo a, por lo menos, cuarenta
y dos mil, me voy a llevar una decepción contigo.
—Acabo de pagar ocho mil cien por un coche de nueve mil quinientos

dólares —río—. Estoy preparada. Lo prometo.

—¡Eso es lo que quería oír! —exclama.

—Carl, en serio, gracias por todo esto.

—Gracias a ti —contesta—. De verdad. Es la solución perfecta. Esta


mañana, Rosalie ha llegado una hora y media tarde y ni siquiera se ha
molestado en poner una excusa. Ella lo niega, pero la semana pasada, un
paciente me contó que ella lo insultó. Así que estoy deseando despedirla y
me alegra muchísimo no tener que revisar currículums para reemplazarla.

—Muy bien —río—. Estoy ansiosa por empezar a trabajar contigo… jefe.

Él suelta una carcajada y me pasa con Joyce. Hablamos durante treinta


minutos. Me dice que le dará el preaviso a Rosalie. Así que comienzo en
dos semanas. Pero si Rosalie decide no quedarse las dos semanas, podría
empezar a trabajar antes. Le digo que no hay problema.

—Por eso, a veces, es mejor contratar a alguien conocido —dice Joyce—.

Sé que trabajo en Recursos Humanos y que debería echar un vistazo a


todos los aspirantes, pero la verdad es que, cuando hay una conexión
personal, es mucho más sencillo ser flexible.

Me ofrece cuarenta mil y, todavía con el entusiasmo de la compra del


coche, negocio un sueldo de cuarenta y cuatro mil. Además, consigo todas
las prestaciones sanitarias.

—Y lo bueno es que cubrimos al resto de tu familia por una prima muy


baja—agrega Joyce.

—Ah —comento—. Bueno, solo soy yo.

—Ah, está bien —contesta—. También tendrás dos semanas de vacaciones


pagadas al año y, por supuesto, baja por maternidad si es necesario.
—No será necesario —río.

—Comprendo —ríe conmigo.

Terminamos hablando sobre nimiedades y enseguida todo está arreglado.

—Bienvenida al Consultorio Pediátrico Hudson, Stokes y Johnson —me


dice.

—Gracias. Estoy encantada de unirme al equipo.

Sé que Ethan todavía está trabajando, pero no puedo evitar llamarlo.

—¿Qué pasa, bombón? —me pregunta. Me sorprende que haya contestado.

—¿Tienes un minuto?

—Claro —dice—. Espera que voy fuera.

Le oigo cerrar una puerta y el sonido de fondo disminuye.

—¿Qué pasa?

—Será mejor que nunca intentes negociar conmigo —le comento—.

Porque acabo de regatearle mil cuatrocientos dólares a un vendedor de


coches y convencí a una empleada de Recursos Humanos para que me
aumente cuatro mil dólares. Así que, básicamente, soy una fiera.

Ethan se ríe.

—Coche y empleo nuevos.

—Exacto.

—¿Y has encontrado al dueño de Calígula?

—No pueden verla hasta las seis —explico—. Así que he comprado un
coche y ahora tengo que volver. Creo que voy a hacer tiempo en la sala de
espera, a ver si el veterinario puede atendernos antes.

—¿A las seis?

—Sí. Ella está allí ahora. Tuve que dejar la tarjeta de crédito para que se la
quedaran hasta que vuelva.

Ethan vuelve a reírse.

—¿Qué? ¿Como garantía?

—¡Eso es lo mismo que dije!

—Escucha —ríe—, me voy de aquí en media hora. ¿En qué parte de la


ciudad estás? Voy para allá.

—¡Ah, eso sería genial! Estoy al oeste de Los Ángeles. La clínica


veterinaria está cerca de Sepulveda.

—Dios, eso está lejos de mi casa. ¿Has ido hasta allí en autobús?

—Sí —contesto.

—¿Con Calígula?

—Puede que la escondiera en una mochila.

Ethan ríe y dice:

—¿Por qué no voy y cenamos temprano? Busca algún sitio con happy

hour. Conozco un lugar mexicano cerca de la clínica veterinaria. ¡Podría


invitarte a un burrito para celebrarlo!

—¡Me gusta el plan!

De camino a la clínica, me pierdo en más de una ocasión. Después entro en


un callejón, pero me encuentro con un camión grande viniendo hacia mí en
la dirección opuesta. Tengo que retroceder despacio y a ciegas hasta la
calle y buscar otro camino. Pero al final lo consigo. Esa soy yo en pocas
palabras. Al final lo conseguiré.

Dejo el coche en el aparcamiento del restaurante. Ethan me está esperando


en la puerta.

—¿Es tu coche nuevo? —pregunta de forma dramática—. Me gusta. No


me lo esperaba. Estaba seguro de que aparecerías con algo de color rojo
cereza.

—Ahora tomo decisiones más pragmáticas —río—. Tipos estables,


trabajos de jornada completa…

—Perros callejeros —agrega.

Suelto una carcajada y lo corrijo:

—Estoy ayudando a Calígula a encontrar a su verdadera familia —digo


mientras entramos al restaurante—. Pero el tipo estable y el trabajo de
jornada completa son… —Intento terminar la oración diciendo «para
siempre», pero rápidamente me doy cuenta de que no quiero hacerlo.

Es demasiado pronto para hablar sobre lo serio que es o será en el futuro lo


que hay entre nosotros. Tenemos una historia juntos y tenemos el potencial
de terminar siendo algo real, pero justo acabamos de empezar a salir de
nuevo. Creo que lo mejor que puedo darme es el capricho de imaginar un
futuro en mi mente, pero no decirlo en voz alta aún.

Que es lo mismo que decir que creo que es muy probable que Ethan sea el
indicado para mí. Pero preferiría estar muerta antes que decirlo en voz
alta.

Por suerte, Ethan parece compartir la misma opinión, porque me mira, me


agarra la mano, me la aprieta y dice:

—Comprendo.

La camarera nos pregunta si queremos sentarnos en la zona de restaurante


o en el bar y elegimos el bar. Mientras tomamos asiento, Ethan pide
guacamole.

—Estoy muy orgulloso de ti —dice cuando se va la mujer.

—Gracias —contesto—. Yo también estoy orgullosa de mí. ¿Sabes? No


me gustaba hacia dónde me estaban llevando mis viejos hábitos. Y hacer
borrón y cuenta nueva me tiene muy motivada.

Creo que una parte importante de que las cosas estén empezando a
funcionarme es que tengo a personas que creen en mí. Gabby y la familia
Hudson y Ethan me incentivan tanto que me hacen sentir que puedo hacer
todo lo que me proponga. En otras ciudades, nunca tuve un auténtico
círculo de apoyo. Tenía muchos amigos y, en ocasiones, novios que se
preocupaban por mí. Pero no sé si llegué a tener a alguien que de verdad
creyera en mí, incluso cuando yo misma no lo hacía. Ahora sí. Tal vez soy
una de esas personas que necesita tener a alguien a su lado para sacar lo
mejor de sí. Que necesita a gente a su alrededor. Como mi familia se fue y
en ese momento no me fue mal, siempre pensé que era más parecida a un
lobo solitario. Supongo que pensaba que no necesitaba a nadie.

—Bueno, admiro lo que estás haciendo —dice Ethan.

La camarera nos sirve el guacamole. Tomo un nacho y lo sumerjo en la


salsa. Pero, antes de llevármelo a la boca, noto un olor horrible y lo bajo
de inmediato.

—Ay, Dios —comento—. ¿Está caducado?

—Uh —comenta Ethan, realmente confundido—. ¿El guacamole?

—Huélelo —digo—. Huele a rancio.

—¿Sí? —Sumerge un nacho, se lo acerca a la nariz y se lo come—. Está


bien. Sabe riquísimo.

Vuelvo a olerlo y no puedo soportarlo. Me llevo la mano al estómago.

—¿Estás bien? —pregunta Ethan.


—Sí —contesto—. Tengo que alejarme de eso.

—Estás muy pálida. Y estás sudando. Un poco, por la frente.

Al igual que anoche, me invade una oleada de náuseas. Se me cierra la


garganta y tengo un regusto amargo. No estoy segura de poder contenerlo
por mucho tiempo. Corro a toda velocidad hasta el baño, pero no llego al
retrete. Vomito en el lavabo. Por suerte, es un baño privado.

Ethan entra y cierra la puerta.

—Este es el baño de mujeres —le digo.

—Estoy preocupado por ti —explica.

—Estoy bien —comento, aunque estoy empezando a dudarlo.

—Dijiste que anoche también vomitaste —agrega.

—Sí. Y esta mañana.

—Quizá tienes un virus estomacal. ¿No te has planteado ir al médico?

¿Por qué si no ibas a estar vomitando cada dos por tres?

Justo cuando hace la pregunta, sé que no tengo ningún virus.

Ahora entiendo por qué todo me estaba yendo tan bien. El universo lo
estaba ordenando todo a la perfección para que luego yo pudiera
derrumbarlo y arruinarlo como de costumbre.

El clásico huracán Hannah.

Estoy embarazada.

Me despierto con el ruido de alguien dando vueltas en la oscuridad. Pero


no veo a nadie. Solo lo oigo.

—¿Henry? —pregunto.
Una figura emerge del suelo.

—Perdón —se disculpa—. No encuentro mi teléfono móvil. Creía que se


me había caído aquí.

—Me resulta raro pensar que estás aquí, rondando alrededor mío mientras
duermo —le comento.

—No estaba rondando —dice—. Estaba gateando.

—Mucho peor —río.

—No lo has visto, ¿no? ¿Mi teléfono? —pregunta.

Niego con la cabeza.

—Mierda —dice. Sumido en sus pensamientos, tira de algunas gomas para


el pelo que lleva en la muñeca.

—Dijiste que me explicarías lo de las gomas —menciono. Me señalo la


cabeza. Sigo usando la que él me dio para recogerme el moño. Por suerte,
ya puedo hacérmelo sola sin mucha fanfarria. Pero todavía no tengo un
espejo, así que no sé si está bien o no.

—Qué buena memoria —ríe—. A muchos de los pacientes de accidentes


de tráfico les cuesta recordar detalles básicos.

—¿Qué puedo decir? —Me encojo hombros—. Siempre fui un paso por
delante del resto.

—Comencé a encontrar gomas para el pelo por todo el hospital cuando


trabajaba en Texas —comenta. Sonrío mientras él toma asiento. Me gusta
que se siente. Me gusta que se quede—. No quería tirarlas a la basura,
porque me parecía que podrían ser útiles para alguien, así que empecé a
coleccionarlas. Pero un día mi jefe me pidió que hiciera algo, y como no
tenía un papel para apuntarlo, me puse una goma en la muñeca como
recordatorio, algo parecido a lo que hacen otros con las gomas de oficina.
Luego me puse a hacerlo todo el tiempo y con más de una cosa a la vez.
Así que, si tenía que acordarme de cuatro cosas, usaba cuatro gomas. Si
tenía que hacer dos cosas y alguien me asignaba una tercera tarea, me
ponía otra goma más.

—¿Cuántas veces te has mirado la muñeca intentando recordar lo que


representaba una de las gomas?

Se ríe.

—A ver, no es un sistema perfecto—. Se agacha un instante. Supongo que


cree que es su teléfono móvil.

Se reincorpora. Debe de haberse equivocado.

—Pero bueno —dice—, es mi sistema de organización con gomas para el


pelo.

—Y el beneficio adicional es que siempre tienes una goma a mano por si


alguna mujer la necesita.

—Claro —comenta—. Aunque jamás me habían pedido una, excepto tú.

Le sonrío.

—¿Cómo te encuentras? —me pregunta—. ¿Bien? ¿Sin espasmos?

—Sin espasmos.

—Bien —dice mientras mira a su alrededor un poco más en busca del


teléfono.

—Podríamos llamar —le ofrezco—. Me refiero a tu teléfono—. En la


mesita que tengo al lado hay un teléfono fijo del hospital. Me lo acerco y
levanto el auricular—. ¿Cuál es tu número? —Me mira con una expresión
que soy incapaz de interpretar—. ¿He hecho algo mal? —le pregunto.

—No puedo darte ninguna información personal —señala—. Va contra las


normas.
Me siento un poco avergonzada. Dejo el auricular en su sitio para guardar
las apariencias.

—Ah, de acuerdo. Bueno, puedes marcar el número tú mismo. Cerraré los


ojos.

Ríe y niega con la cabeza.

—No será de mucha ayuda. Lo tengo en silencio.

Me doy cuenta de que ambos queremos cambiar de tema, pero no

sabemos muy bien cómo.

—He probado esa aplicación de «Encuentra tu teléfono» —comenta Henry.

—¡Ah, es genial! —exclamo.

—Dice que está en el Hospital Presbiterano de Los Ángeles.

—Qué útil —río.

—Bueno —dice—, si lo ves…

—Si lo veo, tocaré el botoncito para enfermeros.

—Y vendré corriendo —concluye.

Ninguno de los dos tiene nada más para decir, sin embargo, él no se va.

Me mira. Nos sostenemos la mirada durante un segundo más de lo normal.

Soy la primera en apartar la vista. Me distrae una luz azulada y débil que
comienza a titilar a un ritmo lento.

—¡Eureka! —exclama.

Empiezo a reír mientras él se agacha. Cuando se reincorpora con el móvil,


no está a los pies de la cama, donde se encontraba antes, sino a mi lado.
—Sabía que lo encontraría —dice.

Instintivamente, estiro el brazo para tocarlo del mismo modo que haría
con un amigo. Pero enseguida recuerdo que él no es un amigo, que tocar su
brazo o mano con ternura podría parecer raro. Así que finjo que quiero
chocar los cinco. Me sonríe y choca mi mano con entusiasmo.

—Buen trabajo —digo.

Durante unos segundos, me pregunto qué diferente sería todo si pudiera


andar. Si no estuviéramos en un hospital, sino en un bar por ahí. Si llevase
puesta mi camisa negra favorita y unos vaqueros ajustados. Me pregunto
qué pasaría si tuviera una cerveza en la mano y las luces fueran tenues
porque las personas están bailando, no porque están durmiendo.

¿Es una locura pensar que él me saludaría y se presentaría? ¿Es una locura
pensar que me pediría para bailar?

—Bueno, debería irme —dice—. Pero volveré pronto para ver cómo estás.
No me gusta que pasen muchas horas sin asegurarme de que todavía
respiras. —Y se va antes de que pueda despedirme.

No lo sé. Si hubiera conocido a Henry en alguna fiesta, puede que tal vez,
solo tal vez, nos habríamos pasado la noche entera hablando y, al final, se
hubiera ofrecido a acompañarme a mi coche.

—¿Qué sucede? —pregunta Ethan—. ¿Qué pasa? ¿Tienes ganas de volver


a vomitar? ¿Puedo hacer algo para ayudarte?

—No —respondo, negando lentamente con la cabeza—. Ahora estoy


perfecta.

Tuve el período antes de venir a Los Ángeles. Lo recuerdo. Y también


recuerdo que me alegré de que terminara un día antes de lo normal. Me
acuerdo. Lo recuerdo.

—Perfecta —repito—. Puede que todavía esté indispuesta por las coles de
Bruselas.
—Está bien —contesta—. Bueno, tal vez deberíamos volver a casa.

—No —niego con la cabeza—. Quedémonos hasta que podamos ir a


hablar con el veterinario sobre Calígula.

—¿Estás segura?

Miro mi teléfono. Quiero salir corriendo de este sitio y comprar una


prueba de embarazo, pero no hay manera de que pueda escaparme de
Ethan sin que me pregunte adónde voy. Y no puedo contárselo. Ni siquiera
puedo mencionar la posibilidad hasta que deje de ser solo una posibilidad.

—Muy bien —dice—. Si de verdad te encuentras bien…

—Sí. —Comienzan las mentiras.

—Saldré primero —dice—. Así nadie pensará que estuvimos haciéndolo


aquí dentro.

Su broma me sorprende con la guardia baja y suelto una carcajada.

—De acuerdo —digo, sonriendo.

Sale y yo me quedo un minuto en el baño.

Inhalo y exhalo, intentado controlar mi cerebro y mi cuerpo. Después saco


el teléfono y busco en Google lo único que podría convencerme de que
estoy equivocada. La única prueba de que, quizá, no estoy embarazada.

Puedo estar embarazada si tuve el período.

«No puedes tener la menstruación mientras estás embarazada…» El

corazón empieza a latirme con más calma. Puede que al final sea una falsa
alarma. «Pero algunas mujeres tienen sangrado vaginal durante el
embarazo».

Hago clic en otro enlace.


«Mi prima no supo que estaba embarazada durante cuatro meses porque
tuvo la regla todo el embarazo.»

Hago clic en otro.

«Puede que sigas teniendo la regla al comienzo de tu embarazo debido a


algo que se llama sangrado de implantación, cuando el óvulo se implanta
en el útero.»

Mierda.

«Normalmente, el sangrado es más ligero y breve que en un período


normal.»

Apago el teléfono y me desplomo en el suelo.

A pesar de tener a mi disposición todo el sentido común, me he quedado


embarazada. Y no del hombre atractivo, encantador y perfecto que
comienzo a creer que es el indicado.

Sino del imbécil con esposa y dos hijos de Nueva York.

Me tranquilizo. Ahora mismo, derrumbarme o perder los papeles no me va


a traer nada bueno. Respiro. Abro la puerta. Salgo del baño y voy a la mesa
para encontrarme con Ethan.

—¿Cómo matamos el tiempo? —pregunta—. ¿Nos olvidamos de este


horrible guacamole e intentamos conseguirte un rollo de canela?

Me dejará. La persona perfecta para mí. El hombre que aprovecha cada


oportunidad que se le presenta para comprarme un rollo de canela. Me va a
dejar.

Niego con la cabeza.

—¿Sabes qué? —digo—. Pidamos unos burritos y comamos.

—Me parece una idea estupenda —dice mientras le hace señas a la


camarera.
Pedimos la comida. Hablamos sobre su trabajo. Bromeamos. Y comemos
nachos.

Con cada nacho que como y cada broma que hago, voy arrinconando las

noticias en los recovecos de mi mente. Entierro mis problemas y me


concentro en lo que tengo delante de mí.

Soy muy buena fingiendo que todo está bien. Soy muy buena ocultando la
verdad. Y durante un minuto, casi me lo creo. Para cuando terminamos
nuestros burritos, cualquiera pensaría que lo he olvidado.

Nos dirigimos a nuestros coches y quedamos en encontrarnos en el


veterinario.

—Eres perfecta —confiesa Ethan mientras me cierra la puerta del coche

—. ¿Lo sabes? —Cuando lo dice, soy plenamente consciente de que no lo


he olvidado.

—No digas eso —le pido—. No es cierto.

—Tienes razón —coincide—. Eres demasiado guapa. Necesito una chica


menos guapa.

***

Cuando llegamos a la clínica, el veterinario está listo para hablar con


nosotros.

Nos lleva a un consultorio y uno de los técnicos veterinarios trae a


Calígula. En cuanto me ve, corre hacia mí.

—¡Aquí estás! —le digo. La levanto y la sostengo en brazos.

—¿Ustedes son quienes la encontraron? —pregunta el veterinario.

—Sí —dice Ethan—. Estaba correteando por la calle.


—Bueno, no tiene chip —nos informa con gesto desanimado—. Tampoco
la han esterilizado. Y está desnutrida. Debería pesar uno o un kilo y medio
más. —Es alto, tiene una barba poblada y canosa, al igual que el pelo—.

Eso puede no parecer mucho, pero para un perro de este tamaño…

—Sí —dice Ethan—. Es un déficit considerable.

—¿Alguna idea de cuántos años tiene? —pregunto.

—Bueno, aún no le han salido todos los dientes, así que todavía es un
cachorro.

—¿Cree que es muy joven?

—No tiene más de cuatro meses, tal vez cinco —dice—. Sospecho que
vive con alguien que no le presta mucha atención…

—Claro —contesto.

—O es posible que ya lleve un tiempo en la calle.

Me cuesta creer que lleve un tiempo ahí fuera. Los perros que no tienen
dueños no corren por el medio de la carretera. Eso parece desafiar el
mismísimo concepto de supervivencia del más fuerte. Si eres un perro y
vas tan tranquilo en medio de la calzada, sobre todo en plena noche, es
probable que no dures mucho en las calles de… ningún sitio.

—Muchas veces, las personas no castran a sus perras —continúa el


veterinario—, y se sorprenden cuando terminan embarazadas.

¡Ja!

—Cuidar a una perra lactante y a una camada de cachorros cuando no lo


esperas puede ser abrumador.

Eso digo yo.


—A veces, los mantienen hasta que se sienten superados y abandonan a los
cachorros en la calle.

Por Dios.

Miro a Ethan que, sin saber lo incómodamente cerca que está dando el
veterinario en el clavo, parece perturbado por toda esta situación. Lo que
es lógico. Yo también estoy consternada. Sé que las personas son horribles
y hacen cosas terribles, sobre todo a los indefensos, en especial a los
animales indefensos. Pero cuando miro a Calígula, me cuesta entenderlo.
Apenas la conozco y ya empiezo a pensar que podría hacer cualquier cosa
por ella.

—Así que no tenemos ningún medio —dice Ethan—, para averiguar quién
es su dueño.

El veterinario se encoge de hombres.

—Bueno, al menos no por este camino. Pueden pegar carteles en la zona


donde la encontraron o ir casa por casa. De todas maneras, si están
considerando quedársela, les recomendaría que la adoptasen en lugar de
buscar al dueño original, si es que existe.

—Oh —empieza Ethan—, no estábamos…

—Y si fuera así —lo interrumpo—, ¿deberíamos pedir una consulta con


ustedes para resolver todo esto? ¿Esterilizarla y colocarle un chip?

—Sí —dice el veterinario—. Y necesitará una serie de vacunas. También

podemos ayudarlos a que engorde un poco. Aunque, si tuviera acceso


constante a comida, seguro que puede conseguirlo por sí sola.

—Muy bien —dice Ethan—. Muchas gracias por su ayuda. —Extiende el


brazo para estrecharle la mano. El veterinario le devuelve el gesto. Yo los
imito.

—Es un placer —contesta—. La perra es un encanto. Ojalá puedan


ayudarla a conseguirle un buen hogar. Si no, llamen a nuestra recepción,
podemos ayudarlos a que entre en una protectora donde no les practiquen
la eutanasia. No es fácil. Hay muchos perros abandonados en la ciudad y
no dan abasto, pero intentaremos hacer lo posible.

Para cuando salimos de la clínica, el sol ya se ha puesto y el aire es más


fresco. Tengo a Calígula en brazos, la correa enroscada alrededor de mi
mano. Tiembla un poco, tal vez porque tiene frío. Aunque no puedo evitar
preguntarme si es porque sabe que su destino es incierto.

—¿Qué estás pensando? —le pregunto.

—No lo sé —dice Ethan. Estamos junto a nuestros coches. Por un


momento, me sorprende haberme comprado un coche esta misma tarde.

Parece que fue hace una eternidad—. No puedo tener un perro en casa, en
serio.

—Lo sé —contesto.

—Quiero ayudarla y no quiero que esté en la calle, pero no tenía la más


mínima intención de adoptar un perro —dice—. ¿Y sabes? No sé cómo vas
a poder adoptarla tú tampoco, porque…

—Porque todavía no tengo casa.

—Exacto.

Me mira. Yo miro a Calígula. No la dejaré en ninguna protectora. No lo


haré. Yo también tengo un futuro incierto por todas las cosas que me han
pasado hoy. Calígula y yo somos almas gemelas. Somos dos idiotas sin
dirección, el tipo de chicas que corren por el medio de la calzada como si
nada.

Puede que cometa muchos errores, que actúe sin pensar y que sea el tipo
de mujer que ni siquiera se da cuenta de que está embarazada cuando
debería ser completamente obvio, pero también sé que, a veces, me meto
en
líos y los resuelvo. Tal vez puedo sacarnos a Calígula y a mí de este
embrollo, zambulléndonos directamente en él.

Hoy, Calígula y yo hemos recorrido la ciudad con una mochila y una


sonrisa. Somos un equipo. Ella es mía.

—No dejaré que vuelva con las personas que la han maltratado —

sentencio—. Tampoco es que vayamos a encontrarlos, aunque


quisiéramos.

Y, por supuesto, no la dejaré en la calle o en un refugio donde practiquen


la eutanasia a los animales.

Ethan me observa. Me doy cuenta de que me entiende perfectamente,


aunque no tenga por qué estar de acuerdo.

—Está bien… —dice—. Entonces, ¿qué hacemos?

—Me la quedaré —digo—. Eso es lo que haré.

Ella no es problema de Ethan. Es mi problema. Yo elijo cuidarla.

No se me escapan las similitudes. Tal vez este es, en parte, el motivo por
el que estoy haciendo esto. Quizás es una manifestación física de lo que
estoy viviendo emocionalmente en este momento.

En mi interior llevo un bebé que no es de Ethan. Y ahora estoy adoptando


un perro que él no pidió. No convertiré estos asuntos en su problema.

—Está bien —comenta—. Bueno, puede quedarse esta noche en mi casa y


mañana pensaremos en algo a largo plazo.

Dice «pensaremos». Pensaremos en algo a largo plazo.

—No te preocupes —le contesto, acercándome a mi coche—. Creo que


será mejor que esta noche duerma en casa de Gabby.

—¿No te vas a quedar conmigo?


Hago un gesto de negación con la cabeza.

—En serio, será mejor que duerma allí. A ella no le importará que
Calígula se quede una noche. —Claro que le va a importar. Mark es
alérgico a los perros. Llevar a Calígula a su apartamento es un detalle muy
feo por mi parte. Pero tengo que distanciarme de Ethan. Necesito estar
sola.

—Puede quedarse en mi casa —dice—. Esta noche. De verdad.

Vuelvo a negar con la cabeza, alejándome de él. Abro la puerta de mi


coche. Dejo a Calígula en el asiento del acompañante y cierro la puerta.

—No —le contesto—. No pasa nada. Es mejor lo otro.

—Bueno —dice. Está claramente abatido—. Si eso es lo que quieres.

—Te llamo mañana.

Responde con un mero «genial». Lo dice mirándome a los pies en lugar de


a la cara. Está ofendido, pero no quiere demostrarlo. Así que asiente y se
sube a su coche.

—Hablaremos mañana, entonces —dice por la ventanilla. Después


enciende las luces y se va.

Subo al coche. Miro a Calígula. De pronto, las lágrimas que he estado


conteniendo fluyen como un torrente por mi cara.

—Lo he estropeado todo, Calígula. Todo.

No me responde. Ni me mira.

—Todo iba a ser perfecto. Y lo he echado a perder.

Calígula se lame una pata, como si no me escuchara.

—¿Qué hago? —le pregunto. Si alguien estuviera mirándonos desde fuera,


quizá pensaría que espero que el perro me conteste por lo sincera que
suena mi voz y lo desesperada que parezco. Y quizá hay algo de cierto en
eso. Tal vez, si empezara a hablar de pronto y me dijera lo que tengo que
hacer para solucionar este problema, estaría más aliviada que sorprendida.

Por desgracia sigue siendo un perro normal y no uno mágico. Apoyo la


cabeza sobre el volante de mi flamante coche usado y lloro. Lloro. Lloro.
Y

lloro.

Y me pregunto cuándo debo contárselo a Michael.

Me pregunto cuándo tengo que contárselo a Ethan.

Me pregunto cómo mantendré a un bebé.

Me pregunto cómo pude ser tan estúpida.

Me pregunto si el mundo me odia, si tal vez estoy condenada a


destrozarme la vida y si alguna vez podré levantar cabeza.

Me pregunto si seré una madre soltera para siempre. Si Ethan alguna vez
volverá a hablarme. Si mis padres vendrán a conocer a mi hijo o si tendré
que tomar un vuelo internacional con un bebé en vacaciones.

Luego me pregunto qué dirá Gabby. Me la imagino diciéndome que todo


va a ir bien. Me la imagino diciéndome que este bebé estaba predestinado.

Me la imagino diciéndome que seré una gran madre.

Después me pregunto si eso es cierto. Si será así.

Y al final me pregunto por el bebé.

Y caigo en la cuenta.

Voy a tener un bebé.

Esbozo una pequeña sonrisa en medio del llanto terrible e incesante.


—Voy a tener un bebé —le digo a Calígula—. Voy a ser madre.

Ahora sí me oye. Y aunque no se pone a hablar como por arte de magia, se


para, camina hasta la consola central y se sienta en mi regazo.

—Estamos tú y yo —digo—. Y un bebé. Podemos hacerlo, ¿no?

Se acurruca en mi regazo y se duerme. Aunque es muy revelador que crea


que, si pudiera hablar, me contestaría que sí.

***

Es temprano por la mañana cuando oigo un golpe en la puerta. Estoy sola


en la habitación. Me desperté hace unos minutos. Tengo el moño medio
suelto y a la altura de los hombros.

Ethan asoma la cabeza.

—Hola —dice en un tono tan bajo que casi parece un susurro—. ¿Puedo
entrar?

—Claro —contesto. Me alegra verlo. Puede que haya estado un poco


cegada con la idea de que había algo romántico entre él y yo, pero ahora
puedo ver que no es así. Probablemente, siempre lo querré de alguna
forma, siempre ocupará un lugar en mi corazón. Pero volver a salir, a estar
juntos, eso sería retroceder, ¿no es cierto? Me mudé a Los Ángeles para
dejar atrás mi pasado, para avanzar hacia el futuro. Me mudé a Los
Ángeles para hacer un cambio. Y eso es lo que haré.

Pero eso no quiere decir que dejemos de ser importantes el uno para el
otro, que no podamos ser amigos.

Palmeo el costado de mi cama para invitarlo a sentarse a mi lado.

Me hace caso.

—¿Cómo estás? —pregunta. Tiene una caja de dulces en la mano. Creo


saber lo que contiene.
—¿Es un rollo de canela? —le pregunto, sonriendo.

Me devuelve la sonrisa y me da la caja.

—Te has acordado —declaro.

—¿Cómo podría olvidarlo?

—¡Vaya! —digo mientras abro la caja—. Es enorme.

—Lo sé —contesta—. Los vi hace unos años en una panadería en la zona


oeste y pensé en ti. Sabía que te encantarían.

—¡Qué emoción! Voy a tener que comérmelo con cuchillo y tenedor. —

Es demasiado grande para mí sola. Decido esperar y compartirlo con


Henry esta noche. Se lo devuelvo a Ethan—. ¿Puedes dejarlo en la mesa?

—¿No lo quieres ahora?

Sí que quiero, pero prefiero esperar a Henry. Niego con la cabeza.

—No contestaste a mi pregunta —dice—. ¿Cómo estás?

Hago un gesto con la mano. Bien. Estoy bien. A veces mejor, otras peor,
pero ahora me has pillado en un buen momento. Dicen que hoy probaré mi
silla de ruedas. —Veo que el semblante de Ethan cambia. Por un segundo,
puedo ver lo triste que debe ser escucharme hablar tan emocionada por una
silla de ruedas. Pero me niego a dejar que eso me desanime. La vida me ha
puesto en esta tesitura. Necesito una silla de ruedas. Está bien. A por ello.

Ethan mira hacia un lado y después al suelo. Mira a todos los lados menos
a mí.

—¿Qué pasa? —pregunto—. ¿Qué te preocupa?

—Nada de esto tiene sentido —dice, mirándome por fin—. La idea de que
te haya atropellado un coche. Casi perderte. Cuando me enteré de lo que te
había sucedido, pensé de inmediato… ya sabes, que deberías haber estado
conmigo. Si hubiese podido convencerte para que te quedaras en el bar, no
habrías estado en medio de la carretera cuando… Lo que quiero decir es,
¿y si todo esto se hubiera podido evitar si… hubiera actuado de manera
diferente?

Es un poco absurdo, ¿no? El modo en que nos aferramos a los hechos y


consecuencias para asumir la culpa o exonerarnos. Esto no tiene nada que
ver con él. Elegí ir a casa de Gabby y Mark porque eso era lo que quería. A
lo largo de mi vida he tomado nueve billones de decisiones que podrían
haber cambiado en qué punto estoy ahora mismo y hacia dónde voy. No

tiene sentido centrarse en una sola. A menos que uno quiera castigarse.

—He estado analizando lo sucedido desde todos los ángulos —le comento
—. Llevo días acostada en esta cama, preguntándome si todos nosotros
deberíamos haber hecho algo distinto.

—¿Y?

—Y… no tiene sentido.

—¿Qué quieres decir con que no tiene sentido?

—Digo que las cosas suceden por una razón. Que tienen un significado
más profundo. Esa noche no me quedé contigo porque no debía suceder.

Porque no era lo que estaba predestinado.

Me observa. No dice ni una palabra.

—¿Sabes? —continúo—, quizá tú y yo habríamos salido esa noche y nos


hubiésemos quedado de fiesta, bebiendo hasta la madrugada. Y tal vez
habríamos caminado por la ciudad toda la noche, hablando de nuestros
sentimientos y sobre los viejos tiempos. O puede que nos hubiéramos ido
de ese bar para ir a otro, donde nos habríamos encontrado con Matt
Damon, al que a lo mejor le habríamos caído bien y hubiera querido
darnos cien millones de dólares para abrir una fábrica de rollos de canela.

Ethan suelta una carcajada.


—No sabemos lo que hubiese sucedido. Pero fuera lo que fuese, no debía
suceder.

—¿De verdad crees eso? —pregunta Ethan.

—Creo que debo creerlo —contesto—. De lo contrario, mi vida sería un


desastre absoluto.

De lo contrario, he perdido un bebé por ningún motivo.

—Pero sí —prosigo—. De verdad lo creo. Creo que tengo un destino.

Que todos tenemos un destino. Y pienso que el universo, o Dios, o como


quieras llamarlo, nos mantiene en el camino correcto. Y creo que esa
noche tenía que elegir a Gabby. No quedarme contigo.

Ethan está en silencio. Después alza la mirada y me dice:

—Bien. No debía… Supongo que no debía suceder.

—Además —digo, intentando hacer una broma—, seamos sinceros. Si me


hubiese quedado contigo, nos habríamos besado y echado todo a perder.

Esto es mejor. De esta forma, podemos ser amigos por fin. Buenos amigos
de verdad.

Me mira, con la vista fija en mis ojos. Nos quedamos callados durante un
momento.

Finalmente, Ethan dice:

—Hannah, yo…

Se detiene a la mitad de la oración cuando Henry entra por la puerta.

—Ah, perdón —dice Henry—, no sabía que tenías visita.

Verlo me levanta el ánimo. Lleva puesto el mismo uniforme azul de


anoche.
—Pensé que trabajabas en el turno de noche —digo—. Deanna es la
enfermera de día.

—La estoy cubriendo —comenta—. Solo esta mañana. Si estoy


interrumpiendo puedo volver más tarde.

—Pues… —empieza Ethan.

—No estás interrumpiendo nada —digo a la misma vez.

Ethan se calla y me mira.

—¿Sabes qué? Debería ir a trabajar —concluye.

—Bueno. ¿Volverás a visitarme pronto?

—Sí —contesta—. O tal vez te den el alta en unos días.

—Sí —digo—. Tal vez.

—Bueno —agrega—, disfruta del rollo de canela.

Henry suelta una carcajada.

—A esta chica le encantan los rollos de canela.

—Lo sé. —Ethan lo mira—. Por eso le he traído uno.

Me hice tres pruebas de embarazo en el baño de la farmacia que hay un


poco más abajo de la calle de Gabby. Podría haber dejado a Calígula en el
coche, pero me sentía fatal, incluso con las ventanas abiertas un poco, así
que la metí en la mochila y la llevé conmigo. Ladró una o dos veces en el
baño, pero a nadie pareció importarle.

Las tres pruebas dieron positivo. Y ninguna me pilló por sorpresa.

Ahora son casi las nueve de la noche y estoy aparcando frente a la casa de
Gabby. Debe de oír el coche, porque mira por la ventana. La veo y río.
Parece una señora mayor cascarrabias. Casi espero que grite: «¿Qué es
todo ese barullo?».

Cuando abro la puerta principal, Calígula está detrás de mí con la correa y


Gabby está al otro lado de la puerta. Por cierto, me siento fatal por hacerle
esto. Me siento mal por traer un perro a la casa de Mark. Sé que es
alérgico y lo hago de todos modos. Pero no podía quedarme en casa de
Ethan. Y no podía abandonar a Calígula. Así que, aquí estamos.

—¿Te has comprado un coche? —pregunta Gabby. Está en pijama.

—¿Dónde está Mark? —le pregunto. Calígula está detrás de mí. No creo
que Gabby la pueda ver.

—Se le ha vuelto a hacer tarde en el trabajo —responde Gabby.

—Tengo algunas noticias —le comento.

—Lo sé, te has comprado un coche.

—Bueno, tengo más noticias.

Calígula ladra. Gabby me mira con recelo.

Tiro de la correa para que Calígula vaya hacia el frente.

—¿Tienes un perro?

—La he adoptado —le digo—. Lo siento mucho.

—¿Has adoptado un perro?

—¿Te molesta si se queda solo por esta noche? He comprado a Mark un


montón de pastillas para la alergia. —Saco cinco cajas que conseguí en el

pasillo de los antihistamínicos de venta sin receta.

Gabby se me queda mirando.


—Pues… ¿Supongo que no?

—Genial. Gracias. Tengo otra noticia.

—¿Más?

Asiento, pero Gabby sigue mirándome. Le devuelvo la mirada, sin estar


segura de si mi amiga está realmente preparada.

—Tal vez deberíamos sentarnos —le digo.

—¿Necesito sentarme para esta noticia?

—Yo lo necesito.

Nos dirigimos al sofá. Levanto a Calígula y la coloco en mi regazo, pero


se escapa a toda prisa y se acurruca en el sofá. Veo que Gabby no tiene
muy claro que quiera que un perro se suba allí, así que cojo a Calígula y la
dejo en el suelo.

—Estoy embarazada.

Decirlo en voz alta, oír esas palabras saliendo de mi boca, libera una
oleada de emociones. Empiezo a llorar. Entierro la cara entre las manos.

Al principio, Gabby no dice mucho, pero enseguida siento sus manos en


mis muñecas y cómo me apoya los dedos en el mentón, obligándome a
mirarla.

—Sabes que todo va a salir bien, ¿no? —me asegura.

La observo entre lágrimas. Asiento y hago lo posible para decir:

—Sí.

—¿Ethan lo sabe? —me pregunta Gabby.

Niego con la cabeza.


—Nadie lo sabe. Excepto tú. Y Calígula.

—¿Quién es Calígula? —me pregunta.

Miro a la perra y la señalo.

—Ah —contesta Gabby—. Claro. Tiene sentido. No creía que siguieran


poniendo a la gente el nombre de Calígula.

Vuelvo a llorar.

—Oye —dice—. Vamos. Es una buena noticia.

—Lo sé —digo entre lágrimas.

—Es de Michael —dice, como si acabara de caer en la cuenta.

—Sí —contesto. Calígula comienza a gemir y a saltar, intentando subirse


al sofá. Gabby la mira, la levanta y la coloca en mi regazo. La perra se
acurruca y cierra los ojos. Sinceramente, me siento mejor con ella encima.

—Bueno, deja de llorar por un minuto —dice Gabby.

Sollozo y la miro.
—Nos encargaremos de esto y estaremos bien.

—¿Nos?

—Bueno, no dejaré que pases por todo esto sola, tonta —dice. La forma en
que dice tonta me hace sentir más querida de lo que me he sentido en
mucho tiempo. Lo dice como si fuese una completa idiota por pensar que
estaba sola. Y también me alegra saber que la idea de dejarme sola le
parece un disparate tan grande que por eso me ha llamado tonta—.
¿Sabes?, dentro de unos cuantos años recordarás este momento como lo
mejor que te ha pasado en la vida.

—Voy a tener un bebé con un hombre casado —resoplo—, y estoy


bastante segura de que esto va a echar a perder la relación que tengo con
mi nuevo y antiguo novio.

—Antes que nada —apunta—, no asumamos cosas. No sabes lo que dirá


Ethan.

—¿Sabes lo que seguramente no va a decir? «Eh, Hannah, me entusiasma


asumir la responsabilidad de criar al bebé de otro hombre».

Tengo razón, por supuesto. Por eso Gabby cambia de tema.

—Vas a adorar a este bebé —confirma—. Lo sabes, ¿no es cierto? Eres


una persona muy cariñosa. Tienes tanto amor que ofrecer y eres tan leal
con las personas que quieres… ¿Tienes idea de la gran madre que vas a
ser?

¿Tienes idea del amor que va a recibir ese bebé? El amor que le brindará
su tía Gabby eclipsará el sol.

Suelto una carcajada a mi pesar.

—Hannah, puedes hacerlo. Y dentro de nada no serás capaz de imaginar


cómo pudiste encontrar sentido a tu vida antes de este momento. —Tal vez
esté en lo cierto.
—¿Y si tu padre me despide antes de que me contraten? «Hola. Sí. Me

disteis el trabajo cuando creíais que no estaba embarazada y ahora tenéis


que cargar conmigo».

—Por eso vomitaste en la cena —apunta Gabby.

—Eso debería de haber sido un primer indicio para tu padre. —Para ser
sincera, tendría que haberlo sido para mí.

—¿Escuchas lo que dices? Estamos hablando de mi padre. El hombre que


escogió las decoraciones florales de nuestros acompañantes para el baile
de graduación. El hombre que se puso a quitarte con unas pinzas diminutos
trozos de cristal cuando se te cayó el florero favorito de mi madre.

—Ah, no me lo recuerdes —le ruego.

—Pero es que de eso se trata. Mi padre te quiere. Y no solo un poco. Te


quiere de corazón. Mi padre te adora. También mi madre. Les gusta estar
ahí para ti. Mi padre no te despedirá cuando se entere de que estás
embarazada. Él y mi madre saltarán de alegría y le contarán a todo el
mundo que esté dispuesto a escucharlos que por fin empiezan a llegar los
nietos.

Suelto una carcajada.

—Además, no puede despedirte por estar embarazada. Es ilegal. Es de


Recursos Humanos para principiantes.

En el momento que dice «Recursos Humanos», recuerdo la charla que tuve


con Joyce. Me dijo que tenía cobertura y baja por maternidad. Durante un
instante, tengo la sensación de que Gabby tiene razón. Que todo va a ir
bien.

—Bueno —digo—. Entonces sigo teniendo un trabajo.

—Y me sigues teniendo a mí, a mis padres, a Mark y a… —Mira a la


perra y sonríe—. A Calígula.
—Tengo que llamar a Michael y contárselo, ¿verdad?

—¿Sí? ¿No? —contesta—. No tengo ni idea. Pero lo pensaremos juntas.

Veremos las ventajas y las desventajas.

—¿Sí?

—Sí. Daremos con una respuesta. Y luego podrás actuar.

Hace que parezca tan fácil.

—¿Es posible que Ethan no me deje?

—Es posible —dice, aunque ahora responde con menos confianza—.

Pero si lo hace, es porque no estaba destinado a ser tuyo.

—¿Crees que hay un destino? —le pregunto. Por alguna razón, creo que
me sentiré mejor si las cosas estuvieran predestinadas. Me libra de la
culpa,

¿verdad? Si existe el destino, significa que no debo preocuparme mucho


por las consecuencias y por los errores. Que puedo quitar las manos del
volante.

Creer en el destino es como ir con el piloto automático.

—¿Bromeas? Por supuesto que sí. Hay una fuerza allí afuera, llámala
como quieras. Yo creo que es Dios —explica—. Y nos empuja en la
dirección adecuada, nos mantiene en el camino correcto. Si Ethan no
puede lidiar con el hecho de que estés embarazada, no es el indicado para
ti. Otra persona será la indicada. Y también lidiaremos con eso juntas.

Afrontaremos todo esto juntas.

Cierro los ojos un momento y, cuando vuelvo a abrirlos, el mundo parece


un poco más brillante.
—Entonces, ¿qué hago ahora?

—Mañana por la mañana iremos a comprar vitaminas prenatales y


pediremos cita con un obstetra para saber de cuánto tiempo estás.

—Tengo que estar, por lo menos, de ocho semanas —le comento—. No me


he acostado con Michael desde hace tiempo.

—Bien —dice—. Así que ya sabemos la fecha. De todos modos,


pediremos cita.

—Ay, no —digo en voz alta—. Me tomé una cerveza. La semana pasada en


el bar.

—Tranquila —la oigo decir—. No pasa nada. Son cosas que suceden. No
estabas borracha. Te vi.

Soy una madre horrible. Ya. Ya soy una madre horrible.

—No eres una madre horrible, si es eso lo que te preocupa —señala


Gabby, sabiendo cómo funciona mi cerebro casi mejor que yo misma. Me
quita a Calígula del regazo y hace un gesto para que me levante. Nos lleva
hasta mi habitación—. Son cosas que pasan. Y no pasa nada. Mañana por
la mañana te informarás de todo lo que debes dejar de hacer y de lo que
deberías comenzar a hacer. Y lo harás de maravilla.

—¿En serio piensas eso? —le pregunto.

—En serio —responde.

Me pongo el pijama. Gabby se acuesta en un lado de la cama. Calígula se


tumba con ella.

—La pequeña Calígula es una perrita muy bonita —dice Gabby—.

¿Cómo llegó a mi casa?

—Es una larga historia —río—. En la que tomo una decisión repentina,
que ahora me doy cuenta de que fue impulsada por las hormonas.
—Bueno, es preciosa —dice Gabby y ríe—. Me gusta tenerla en casa.

—A mí también. —Miro a Calígula.

—Odio la estúpida alergia a los perros de Mark —dice—. Dejémosla toda


la noche aquí dentro y veamos si le provoca urticaria. Apuesto a que no.

Apuesto a que está todo en su mente.

Me río y me meto en la cama junto a Gabby. Me agarra la mano.

—Todo va a ir bien. Lo sabes, ¿verdad? —dice.

Respiro hondo y suelto un suspiro.

—Eso espero.

—No —ordena—. Dilo conmigo. Todo va a ir bien.

—Todo va a ir bien —digo.

—Todo va a ir bien —repite ella.

—Todo va a ir bien.

Bueno, casi me lo creo.

Gabby apaga las luces.

—Cuando te despiertes en mitad de la noche, asustada porque has


recordado que estás embarazada —dice—, despiértame. Estoy aquí.

—Bueno —contesto—. Gracias.

Calígula se acurruca entre nosotras dos y me pregunto si puede que el


destino quiera que Gabby, Calígula y yo estemos juntas.

—Mark y yo hemos empezado a hablar de tener un bebé —explica.


—Vaya, ¿en serio? —Aunque yo ya tengo uno en mi interior, no termino
de entender del todo que haya gente que quiera tener hijos.

—Sí —confirma—. Puede que nos animemos pronto. Podría darme prisa y
quedarme embarazada. Tendríamos hijos de la misma edad.

—Y los obligaríamos a ser mejores amigos.

—Por supuesto —coincide—. O quizá deje a Mark. Tú y yo podríamos


criar a tu bebé juntas. Así ni siquiera necesito tener uno. Solo tú, yo y el
bebé.

—¿Con Calígula? —pregunto.

—Sí. Seríamos la pareja de lesbianas más adorable del mundo.

Me río.

—El único problema es que no me siento atraída por ti —se sincera.

—Ídem —le digo.

—Pero piénsalo. Este bebé podría ser criado por una pareja lesbiana
interracial. Entraría en todas las escuelas buenas.

—Piensa en el linaje.

—Siempre he dicho que Dios cometió un error al hacernos mujeres


heterosexuales.

Río y la corrijo:

—Intento creer que Dios no comete errores.

Henry revisa algunas cosas y guarda la historia clínica.

—La doctora Winters dice que puedes probar la silla de ruedas —me
informa con voz solícita. Como si estuviésemos haciendo algo prohibido.
—¿Ahora? —pregunto—. ¿Tú y yo?

—Bueno, las enfermeras no pueden levantar tantas pesas como yo. Así
que, sí, yo te levantaré hasta la silla.

—Quién sabe —digo—. Quizá cada una de esas enfermeras puede levantar
el mismo peso que tú y no lo sabes porque jamás se lo has preguntado.

—Bueno —comenta—, da igual quién puede levantar qué, es mi trabajo


levantarte. Pero, antes de que lo haga, hay algunas cosas que necesitas
saber.

—Ah —contesto—. Está bien, adelante.

Me dice que puede dolerme. Me advierte que será un cambio. No podemos


hacer mucho al principio, tan solo sentarme en la silla de ruedas y
aprender a moverme un poco. Al principio, el simple hecho de sentarme en
la silla puede dejarme agotada. Luego comienza a desconectarme de
algunos dispositivos que ya parecen mi tercer y cuarto brazo. Me deja la
vía intravenosa. Dice que mientras esté en el hospital, iré con ella a todos
los lados.

—¿Preparada? —me pregunta cuando tiene todo listo y yo soy lo último


de lo que tiene que ocuparse.

—Nunca he estado más preparada —le contesto.

Estoy asustada. ¿Y si duele? ¿Y si no funciona? ¿Y si tengo que quedarme


en esta cama durante el resto de mi vida, sin poder moverme y esto es lo
que me depara el destino? ¿Y si mi vida consiste en gelatina sin azúcar y
cenas de pollo reseco? Tumbada con una bata de hospital que no cierra en
la espalda durante el resto de mis días.

Ay, Dios. Ay, Dios. Esta bata no cierra en la espalda.

Henry me va a ver el trasero.

—Vas a verme el trasero, ¿no? —pregunto mientras él se me acerca.


Tengo que reconocer que no se ríe de mí.

—No miraré —contesta.

No estoy segura de que esa respuesta sea lo suficientemente buena.

—Soy enfermero, Hannah. Ten un poco de confianza en mí. No voy a


echarle un vistazo a tu trasero por diversión.

No puedo evitar reírme mientras considero mis opciones. Que es lo mismo


que decir que, si quiero salir de esta cama, no me queda otra.

—¿Está bien? —pregunta.

—Está bien —respondo.

Me agarra las piernas y me gira. Me muevo lentamente hacia él.

Se acerca a mí. Pone un brazo alrededor de mi espalda, y el otro, debajo de


mis piernas.

—Uno —dice.

—Dos. —Me uno a la cuenta.

—¡Tres! —exclamamos mientras él me levanta. Y entonces, en cuestión


de segundos, estoy en la silla de ruedas.

Estoy en la silla de ruedas.

Alguien tuvo que levantarme hasta una silla de ruedas.

Iba a tener un bebé y murió.

—¿Todo bien? —pregunta Henry.

—Sí —contesto, negando con la cabeza y alejando los malos pensamientos


de mi mente—. ¡Sí! —añado—. ¡Estoy entusiasmada!
¿Adónde vamos?

—No mucho más lejos —contesta—. Ahora mismo lo único queremos es


que te subas a la silla y te acostumbres a ella. Como mucho, dar una vuelta
por la habitación.

Me vuelvo para mirarlo.

—Oh, venga. Quiero salir de esta habitación. Llevo días orinando en una
bacinilla. Quiero ver algo.

Mira su reloj.

—Se supone que debo ir a revisar a otros pacientes.

Lo comprendo. Tiene un trabajo que hacer. Y yo soy parte de ese trabajo.

—Está bien —digo—. Dime cómo funciona.

Comienza a enseñarme cómo empujar las ruedas y cómo detenerme.

Deambulamos alrededor de la habitación. Me empujo con tanta fuerza que


choco con una pared. Henry corre hacia mí y me agarra.

—¡Bueno, hasta aquí! —dice—. Tómatelo con tranquilidad.

—Perdón —contesto—. Se me ha ido un poco la mano.

—Supongo que ya sabemos que jamás serás piloto de carreras.

—Estoy segura de que descarté esa opción cuando me atropelló un coche.

En este momento, Henry podría haber sentido pena por mí. Pero no lo
hace. Eso me gusta. Me gusta mucho.

—Bueno, tampoco te hagas piloto —agrega—. ¿O también tachaste esa


opción porque te atropelló un avión?

Le miro indignada.
—¿Les hablas a todos tus pacientes de ese modo? —pregunto. Ahí está.

La pregunta que llevo días pensando. Y la he formulado como si no me


importara lo más mínimo la respuesta.

—Solo a los peores —dice. Luego se inclina y se agarra a los apoyabrazos


de mi silla de ruedas. Estamos cara a cara, tan cerca que puedo ver los
poros de su piel, los puntos dorados en sus ojos. Si se tratara de cualquier
otro hombre en cualquier otra situación, pensaría que está a punto de
besarme—. Si se te ocurriera salir de esta habitación —dice con una
sonrisa traviesa en el rostro—, estoy seguro de que tardaría, por lo menos,
un minuto en alcanzarte y traerte de vuelta.

Después aparta muy despacio las manos de la silla y me deja vía libre.

No miro a la puerta. Clavo la vista en él.

—Si se me ocurriera mover las ruedas a toda velocidad en esa dirección

—señalo—, y termino saliendo al pasillo…

—Puede que no me dé cuenta hasta que hayas respirado un poco de aire


fresco.

—¿Entonces no pasa nada? —pregunto, mirándolo, pero apuntando a la


puerta.

—Sí —ríe—, no pasa nada.

—¿Y si llego al umbral?

Se encoge de hombros.

—Entonces veremos qué sucede.

Sigo haciendo girar las ruedas para avanzar. Tengo los brazos cansados.

—¿Y si lo atravieso?
Henry se ríe.

—Deberías dejar de mirarme y ver por dónde vas —dice, justo cuando
embisto el marco de la puerta con una rueda.

—Ups —murmuro, retrocediendo y corrigiendo la dirección. Después me


deslizo hasta el pasillo.

Está más concurrido de lo que pensaba. Hay más mostradores, más


enfermeros de los que puedo ver desde mi habitación. Y aunque estoy
segura de que estoy respirando el mismo aire que respiro en mi cama de
hospital, tengo la sensación de que aquí fuera está más fresco. El pasillo es
más aburrido, más banal de lo que había imaginado desde mi cama. El
suelo debajo de las ruedas está perfectamente limpio. Las paredes a ambos
lados están pintadas de un tono beis neutro. Pero, de algún modo, me
parece que estoy en la luna. Durante un instante todo me parece nuevo y
desconocido.

—Muy bien, Magallanes —dice Henry, tomando las asas del respaldo de
mi silla—. Ya has explorado lo suficiente por hoy.

Cuando cruzamos la puerta de mi habitación, le doy las gracias. Él asiente


con la cabeza.

—Ni lo menciones.

Me acerca a la cama.

—¿Lista? —pregunta.

Asiento y me preparo. Sé que dolerá cuando me levante y me vuelva a


tumbar en la cama.

—Adelante —contesto.

Coloca los brazos debajo de mis piernas. Me dice que le rodee el cuello
con los brazos y me sujete a él con fuerza. Se inclina hacia mí, poniendo
un brazo alrededor de mi espalda. Le rozo la barbilla con la frente y puedo
sentir su barba.
Caigo de espaldas en la cama con un ruido seco. Me ayuda a estirar las

piernas y me tapa con la manta.

—¿Cómo te sientes? —pregunta.

—Estoy bien —contesto—. Bien.

La verdad es que tengo ganas de llorar. Estoy a punto de ponerme a llorar y


soltar lágrimas como canicas. No quiero volver a esta cama. Quiero estar
levantada, moviéndome, viviendo, haciendo y mirando algo. Estar en el
pasillo ha sido una experiencia gloriosa. No quiero volver a esta cama.

—Bien —dice—. Creo que Deanna me reemplazará en una hora más o


menos. Vendrá para ver cómo estás. Le diré a la doctora Winters que hoy
ha salido todo bien. Seguro que dentro de poco te mandan a fisioterapia.
Sigue así.

Sé que es normal que un enfermero diga a un paciente «sigue así». Lo sé.

Y creo que eso es precisamente lo que me molesta.

Henry está en la puerta a punto de marcharse.

—Gracias —le digo.

—Es un placer —dice—. Nos vemos por la noche. —Y, de pronto, parece
ponerse nervioso—. Si estás despierta, claro.

—Te he entendido —respondo con una sonrisa. No puedo evitar pensar que
quiere verme esta noche. Podría estar equivocada. Pero no lo creo—.

Nos vemos esta noche.

Me sonríe y luego se va.

Estoy tan nerviosa que no puedo quedarme quieta, pero es lo único que
puedo hacer. Así que enciendo la televisión. Me siento y espero que ocurra
algo interesante. Pero no tengo suerte.
Deanna entra algunas veces para asegurarse de que estoy bien. Aparte de
eso, no sucede nada.

El hospital es un sitio aburrido, aburrido, aburrido, tranquilo, esterilizado


y aburrido. Apago la televisión y me recuesto de lado como puedo. Intento
quedarme dormida.

No me despierto hasta que Gabby entra a eso de las seis y media. Viene
con una pizza y una pila de revistas estadounidenses.

—Vaya una forma de roncar —dice Gabby—. Te juro que podía oírte
desde la otra punta del pasillo.

—Ah, cállate —contesto—. La otra noche que dormiste aquí, Henry te


comparó con una motosierra.

Me mira y deja la pizza y las revistas sobre la mesa.

—¿Quién es Henry?

—El enfermero del turno de noche —contesto—. No es nadie.

El hecho de que le diga que no es nadie tiene el efecto contrario. Ahora me


doy cuenta. Gabby enarca una ceja.

—En serio —digo en un tono indiferente—. Es solo el enfermero de por la


noche.

—Bueno…

Luego me desplomo y entierro mi cara granate en las palmas de las manos.

—Uf. —La vuelvo a mirar—. Me da un poco de vergüenza reconocerlo y


es bastante penoso, pero estoy loca por mi enfermero del turno de noche.

Estoy embarazada de once semanas. El bebé está sano. Todo se ve bien. La


doctora, Teresa Winthrop, me aseguró que no soy la única mujer que casi
termina su primer trimestre sin saber que está en estado. Lo que hace que
me sienta un poco mejor.
De regreso al coche, Gabby me detiene:

—¿Cómo te sientes con todo esto? Sabes que, si no quieres seguir


adelante, no tienes por qué hacerlo. Once semanas es poco.

No me está diciendo nada que no sepa. Toda la vida he sido proelección.

Creo firmemente en el derecho a decidir. Puede que, si no creyera que


pudiera darle una casa o una buena vida a un niño, quizás aprovechara
otras opciones. No lo sé. No podemos decir lo que haríamos en otras
circunstancias. Solo podemos decir lo que haremos con las circunstancias
en las que nos encontramos.

—Sé que no tengo por qué hacerlo —contesto—. Elijo hacerlo.

Ella sonríe. No puede evitarlo.

—Tengo un poco de tiempo antes de volver a la oficina —me explica—.

¿Quieres que te invite a almorzar?

—Gracias —le digo—. Pero quiero llegar a casa antes de que Calígula se
haga pis por todos lados.

—Está bien —responde—. Por cierto, Mark no se ha quejado esta mañana


de ningún picor. Estoy convencida de que todo está en su cabeza.

Ya estoy pensando cómo convencerlo para que tú y Calígula os quedéis


con nosotros. De hecho, estamos cerca de la clínica. ¿Le sorprendemos
durante el almuerzo y empezamos con la campaña? Además, quiero verle
la cara cuando le contemos dónde hemos estado esta mañana.

—De verdad, me preocupa que mi perra te esté destrozando la casa.

—¿Qué sentido tiene ser la dueña de una casa si no puedes permitir que un
animal se haga un poco de pis en ella? —dice Gabby.

—Bueno. Pero luego no vengas a llorarme cuando queden manchas en el


suelo de madera.

Subimos al coche y atravesamos unas cuantas calles hasta que Gabby se


mete en un aparcamiento subterráneo y aparca. Jamás he visto la clínica
dental de Mark. Me doy cuenta de que hace mucho que no voy al dentista.

—¿Sabes? —digo—, ya que estamos aquí, debería pedir una cita para que
me hagan una limpieza bucal.

Gabby ríe mientras entramos al ascensor. Presiona el botón de la quinta


planta, pero no responde. Las puertas se cierran y, por algún motivo,
terminamos en la planta inferior del aparcamiento. Se abren las puertas y
entra una señora mayor. Tarda en subir unos treinta años.

Gabby y yo sonreímos con amabilidad y después Gabby vuelve a pulsar el


botón de la quinta planta, que ahora se enciende de un color naranja
brillante y llamativo.

—¿A qué planta? —le pregunta a la señora mayor.

—A la tercera, por favor.

Subimos y la puerta se vuelve a abrir en la planta en la que nos subimos.

Gabby se vuelve hacia mí y pone los ojos en blanco.

—Si hubiera sabido que el ascensor iba a parar diez veces, habría sugerido
comer primero —me susurra. Yo río.

Y de pronto allí está Mark.

Besando a una mujer rubia con una falda de tubo.

Alrededor de las diez, Gabby se fue a casa con Mark. No he visto a Mark
desde que me ingresaron en el hospital. Tampoco es nada raro, porque el
marido de mi amiga y yo nunca hemos tenido una relación muy estrecha.

Pero me resulta extraño que Gabby pase tanto tiempo aquí por las noches y
durante las comidas y Mark no haya venido ni una sola vez. Gabby repite
que a menudo trabaja hasta muy tarde. Por lo visto, esta semana tenía que
asistir a una conferencia de odontología en Anaheim. No sé mucho sobre
qué clase de vida llevan los dentistas, pero siempre pensé que eran de los
que llegaban a tiempo a casa para la cena. Supongo que no es el caso de
Mark. De todos modos, su trabajo me beneficia mucho, ya que Gabby pasa
tiempo conmigo, que es lo que de verdad quiero.

Desde que se fue, he leído las revistas que me trajo. Me gustan mucho más
que las británicas. Eso es bueno, porque hoy he dormido durante casi todo
el día y no creo que me canse pronto.

—Sabía que estarías despierta —dice Henry cuando entra en la habitación.


Viene empujando una silla de ruedas.

—Pensé que te tomarías la noche libre —contesto.

Hace un gesto de negación con la cabeza.

—Volví a casa esta mañana. Dormí ocho horas, cené, vi la televisión. He


entrado hace un ratito.

—Ah —exclamo.

—Y ya he visitado al resto de mis pacientes, todos están durmiendo y no


necesitan mi ayuda.

—Así que… ¿Otra clase? —pregunto.

—Prefiero llamarlo una aventura. —Tiene una mirada eufórica. Como si


estuviésemos haciendo algo que no debemos. Me emociona la idea de
hacer algo. Hasta ahora, lo único que he hecho ha sido recuperarme.

—¡Muy bien! —exclamo—. Hagámoslo. ¿Qué necesitamos?

Baja la barandilla de la cama. Me mueve las piernas. Seguimos el mismo

procedimiento que esta mañana, solo que más rápido, más fácil, más
conocido. En unos segundos estoy en la silla.
Bajo la vista, tengo las piernas delante de mí, en la silla. Henry toma una
manta y la coloca en mi regazo.

—Por si tienes frío —explica.

—Y para no hacer exhibicionismo —agrego.

—Bueno, eso también, pero no lo quería decir. —Se para detrás de mí,
sujeta la bolsa de morfina a la silla y empuja hacia adelante.

—¿Adónde vamos? —pregunto.

—Adonde quieras —contesta.

Salimos al pasillo.

—¿Y bien? —pregunta—. ¿Adónde te apetece ir primero?

—¿A la cafetería?

—¿De verdad quieres más comida de la cafetería? —inquiere.

—Punto a tu favor. ¿Y a una máquina expendedora?

Asiente y emprendemos la marcha.

¡Estoy fuera de la habitación! ¡Me estoy moviendo!

Excepto por algunos doctores y enfermeros parados frente a un par de


habitaciones, los pasillos están casi todos vacíos. Y salvo por el pitido
ocasional de las máquinas, en general reina el silencio.

Pero siento como si fuera en un descapotable, a toda velocidad, por una


autopista de California.

—Película favorita —digo mientras giramos por uno de los tantos


rincones del hospital.

— El padrino —contesta sin dudarlo.


—Qué respuesta más sosa.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque es obvio. A todo el mundo le gusta El padrino.

—Bueno, perdón —me dice—. No me va a gustar una película distinta


porque a todos les guste la película que me gusta.

Me vuelvo para mirarlo. Me hace una mueca.

—Supongo que el corazón quiere lo que quiere.

—Supongo —dice—. ¿Y la tuya?

—No tengo —explico.

—No puedes hacerme elegir una película si tú no tienes una favorita —

ríe.

—¿Por qué no? Es una pregunta válida. Lo que pasa es que no tengo una
respuesta.

—Elige una al azar. Una que te guste.

—Ese es el problema. Que no siempre doy la misma respuesta. A veces,


creo que mi película favorita es La princesa prometida. Pero después
pienso, no, está claro que Toy Story es la mejor película de todos los
tiempos. Y luego hay veces en las que estoy convencida que no existe una
película que supere a Lost in Translation. Nunca me puedo decidir.

—Piensas demasiado —comenta—. Ese es tu problema. Te calientas la


cabeza, intentando encontrar la respuesta perfecta, cuando una respuesta
bastaría.

—¿A qué te refieres? —pregunto. Nos detenemos frente a una máquina


expendedora de refrescos, pero no era esto lo que yo quería—. Espera, yo
decía una máquina expendedora de tentempiés. No una máquina de
CocaCola.

—Mis disculpas, Reina Hannah de los Pasillos —dice y empuja mi silla


hacia adelante—. Si alguien te pregunta por tu película favorita, solo di La
princesa prometida.

—Pero, a veces, no estoy segura de que esa sea realmente mi película


favorita.

—Pero bastará, eso es lo que te estoy diciendo. Es como cuando te


pregunté qué tipo de pudin te gustaba y respondiste los tres sabores. Elige
un sabor. No necesitas tener la respuesta perfecta todo el tiempo. Busca
una que funcione y úsala. Si la tuvieras, ya estaríamos hablando de
nuestros colores favoritos.

—Tu color favorito es el azul marino.

—Sí —contesta—. Pero lo has adivinado por mi uniforme, así que no vas
a convencerme de que eres telepática.

—¿Cuál es el mío? —le pregunto. Puedo ver una máquina expendedora al


final del pasillo. También espero con todas mis fuerzas que Henry tenga

dinero, porque yo no he traído.

—No lo sé —dice—. Pero apuesto a que está entre dos colores.

Pongo los ojos en blanco, aunque él no puede verme. Tiene razón. Es tan
frustrante.

—Violeta y amarillo —admito.

—Déjame adivinar —señala con tono burlón—. A veces te gusta el


amarillo, pero cuando ves algo violeta, crees que es tu preferido.

—Oh, cállate —le pido—. Ambos son colores bonitos.


—Y —dice mientras llegamos a la máquina—, cualquiera de los dos
valdría.

Saca un dólar del bolsillo.

—Tengo un dólar —informa—. Tenemos que compartir.

—Menuda cita —bromeo. Aunque inmediatamente después, quiero


retractarme.

Él se ríe y lo deja pasar.

—¿Qué vas a querer?

Miro la máquina. Salado, dulce, chocolate, mantequilla de cacahuete,


galletas, frutos secos. Imposible decidirme. Lo vuelvo a mirar.

—Te enfadarás —digo.

Se ríe.

—Debes elegir uno. Solo tengo un dólar.

Observo todo. Apuesto a que a Henry le gustan las Oreos. A todo el mundo
le gustan las Oreos. Literalmente, a todos los humanos.

—Oreos —digo.

—Que sean Oreos —responde. Pone un dólar en la ranura y presiona el


botón. Las Oreos caen justo delante de mí, a mi altura. Las saco de la
máquina y las abro. Le ofrezco una.

—Gracias —dice.

—Gracias a ti —le contesto—. Tú las has pagado.

Él muerde una galleta. Yo me como una entera.

—No hay forma mala de comerse una Oreo —comenta.


—Ese es el eslogan de los chocolates Reese. No hay forma mala de
comerse un Reese —lo corrijo—. ¡Oh, no! Deberíamos haber comprado

unos Reese.

Saca otro dólar del uniforme y lo coloca en la máquina.

—¿Qué? ¡Dijiste que solo tenías un dólar! ¡Me has mentido!

—Eh, tranquila. Siempre supe que te compraría dos cosas —explica—.

Intento ayudarte a que seas más decidida.

Se ríe de mí mientras habla, al tiempo que yo abro la boca indignada. Lo


golpeo en el brazo.

—Tonto —digo.

—Ey —dice—, te he comprado dos dulces.

En ese momento caen los Reese. Los tomo y le vuelvo a ofrecer uno.

—Tienes razón —continúo—. Y me has traído de paseo por el pasillo.

Algo que seguro no puedes hacer.

—No está autorizado específicamente, cierto —dice, mordiendo la barra


de chocolate con mantequilla de cacahuete. La mía ya ha desaparecido.

Prácticamente me la he tragado de un bocado.

En este instante, podría preguntarle por qué es tan bueno conmigo. Por qué
me dedica tanto tiempo. Pero tengo miedo de que todo termine si se lo
menciono. Así que no digo nada y le sonrío.

—¿Me llevarás de vuelta por el camino más largo? —pregunto.

—Por supuesto —contesta—. ¿Quieres ver hasta dónde eres capaz de


llegar sola sin que se te cansen los brazos?
—Sí. Me parece una idea estupenda.

Es un gran enfermero. Y una persona que sabe escuchar. Porque eso es lo


único que de verdad quiero en este mundo. Intentar hacer algo sola,
sabiendo que, cuando no pueda más, alguien me llevará el resto del
camino.

Henry me gira para situarme en la dirección correcta y luego se para detrás


de mí.

—Adelante —dice—. Estoy aquí.

Empujo y él me sigue.

Empujo.

Y empujo.

Y empujo.

Y así atravesamos dos pasillos largos hasta que necesito un descanso.

—Yo me encargo desde aquí —dice, sujetando mi silla y empujando. Nos


guía hasta un ascensor y presiona el botón—. ¿Tienes sueño? ¿Quieres
volver?

Me vuelvo lo mejor que puedo para mirarlo y comento:

—Si te digo que no tengo sueño, ¿qué haríamos?

Él se ríe. Se abre el ascensor. Me empuja para entrar.

—Debería haber sabido que no elegirías dormir.

—No has respondido a mi pregunta. ¿Qué haríamos?

Me ignora por un momento y presiona el botón de la segunda planta.


Descendemos. Cuando se abren las puertas, me saca del ascensor y me
lleva por el pasillo.

—¿En serio no me lo vas a contar?

Henry sonríe y niega con la cabeza. Después doblamos en una esquina y


abre una puerta.

El aire frío y puro me golpea.

Henry me empuja hacia afuera. Estamos en un patio para fumadores. Un


patio para fumadores pequeño, sucio, deslucido, con manchas de ceniza,
hermoso, reconfortante y lleno de vida.

Respiro hondo.

Puedo oír pasar a los coches. Puedo ver las luces de la ciudad. Puedo oler
el alquitrán y el metal. Por fin no hay ninguna pared ni ventana entre el
mundo exterior y yo.

A pesar de que intento evitarlo con todas mis fuerzas, se me llenan los
ojos de lágrimas.

El aire que entra y sale de mis pulmones es mejor, más vívido que todo el
que llevo respirando desde que me desperté. Cierro los ojos y oigo el ruido
del tráfico. Cuando me caen algunas lágrimas, Henry se agacha a mi lado.

Está a mi altura. Una vez más, cara a cara.

Saca un pañuelo del bolsillo y me lo acerca. Y en ese instante, cuando su


mano toma la mía y yo clavo la vista en la suya, no necesito imaginarme
qué habría sucedido si nos hubiésemos conocido en una cena. Sé lo que
habría pasado.

Me habría llevado a mi casa.

—¿Lista? —pregunta—. ¿Para volver?


—Sí —digo, porque sé que ya es hora, porque sé que tiene que trabajar,
porque sé que no deberíamos estar aquí afuera. No porque esté lista. No
estoy lista. Pero me empuja hasta que cruzamos la puerta y esta se cierra
detrás de nosotros. Y yo, por primera vez, estoy tan pletórica por estar
viva que iría feliz a cualquier sitio.

—Eres un gran enfermero —le digo mientras regresamos—. ¿Lo sabes?

—Eso espero. Me encanta este trabajo. Es para lo único que siento que
estaba destinado.

Volvemos a la habitación. Acerca la silla de ruedas a la cama.

Pasa sus brazos debajo de mis piernas.

—Rodéame el cuello con los brazos —dice. Y obedezco.

Me levanta y me sostiene durante un instante, cargando con todo el peso


de mi cuerpo. Estoy tan cerca de él que puedo sentir el olor a jabón en su
piel, el leve aliento a chocolate. Sus pestañas son más largas y oscuras de
lo que pensaba; sus labios, más llenos. Tiene una cicatriz apenas visible
debajo del ojo izquierdo.

Me apoya en la cama. Y os juro que me sostiene un segundo más de lo que


necesario.

Puede que este sea el momento más romántico de mi vida y llevo puesta
una bata de hospital.

La vida es completamente impredecible.

—Discúlpenme —dice una voz severa desde el pasillo. Henry y yo


levantamos la vista para ver a una enfermera en la puerta de la habitación.

Es mayor y se la ve un poco envejecida. Tiene el pelo teñido de un color


claro y lo lleva recogido con una horquilla con forma de mariposa. Va con
un pantalón de uniforme rosa pálido y una chaqueta estampada que hace
juego.
Henry se aleja de mí de golpe.

—Pensé que Eleanor te cubriría la segunda mitad de la noche —dice la


enfermera.

Él niega con la cabeza.

—Debes de haberte confundido con Patrick. Él es quien necesita que le

cubran el puesto hasta las siete.

—Bien —dice la mujer—. ¿Puedo hablar contigo cuando acabes?

—Claro —contesta Henry—. Ya termino.

La enfermera asiente y se va.

El comportamiento de Henry cambia.

—Buenas noches —se despide mientras comienza a irse.

Está casi en la puerta cuando digo:

—Gracias. En serio…

—No es nada —dice, sin mirarme, ya en la puerta.

Gabby lanza cosas por toda la casa. Cosas grandes. Cosas de porcelana.

Cosas que caen y se rompen en mil pedazos. Calígula está a mis pies.

Estamos junto a la puerta de la habitación de invitados. Intento quedarme


al margen. Pero estoy demasiado involucrada.

Gabby no ha vuelto al trabajo. He conducido hasta casa mientras ella


miraba hacia el frente, ajena al mundo. No ha dicho mucho en toda la
tarde.
He intentado preguntarle si estaba bien. He intentado ofrecerle comida o
un poco de agua, pero lo ha rechazado todo. Se ha pasado todo el rato
inmóvil como una estatua.

Pero en el instante en que Mark ha entrado por la puerta y le ha dicho

«déjame que te lo explique todo», ha vuelto a la vida.

—No estoy interesada en nada de lo que tengas que decir —exclamó


Gabby.

Y él ha tenido el descaro de decir:

—Vamos, Gabby, me merezco una oportunidad…

Ahí ha sido cuando le ha lanzado una revista. No puedo culparla. Hasta yo


habría empezado a tirarle cosas cuando ha soltado esa estupidez.

Después ha empezado a lanzarle todo lo que tenía a mano: más revistas, un


libro que estaba en la mesa de café. A continuación, el mando de la
televisión, que se ha roto y las pilas han salido volando. Ha sido entonces
cuando Calígula y yo hemos corrido hacia un sitio seguro.

—¿Qué hace un perro aquí? —ha preguntado Mark. Y ha comenzado a


rascarse las muñecas lentamente, creo que de forma inconsciente.

—¡No preguntes por el maldito perro! —ha espetado Gabby—. Ha pasado


aquí toda la noche y no te has dado ni cuenta. Así que cierra la boca y no
hables del perro, ¿estamos?

—Gabby, hablemos.

—Vete a la mierda.

—¿Por qué has venido hoy a la clínica?

—¡Ah, debes de estar bromeando! ¡Tienes problemas peores que el modo


en que te he descubierto!
Y entonces se ha ido a la cocina y se ha puesto a romper cosas grandes.

Cosas de porcelana.

Lo que nos trae al momento presente.

—¿Quién es ella? —grita Gabby.

Mark no responde. No puede mirarla a los ojos.

Mi amiga se detiene un segundo y observa el desastre que hay a su


alrededor. Deja caer los hombros. Me ve a un lado y me mira.

—¿Qué estoy haciendo? —pregunta. En realidad no me lo dice a mí, ni a


Mark. Se lo dice a la habitación, a la casa.

Aprovecho el momento y paso por encima de los fragmentos para


abrazarla. Mark se acerca también.

—No —digo abruptamente y con vehemencia—. No la toques.

Retrocede.

—Te vas a mudar —le dice Gabby a Mark mientras la abrazo. Comienzo a
acariciarle la espalda, intentando tranquilizarla, pero me aparta. Está
armándose de valor—. Recoge tus porquerías y vete.

—También es mi casa —dice Mark—. Solo te pido unos minutos para


hablar.

—Recoge. Tus. Porquerías. Y vete —repite Gabby. Su voz suena fuerte e


impasible. Es una oponente a tener en cuenta.

Mark considera contratacar; se le nota en la expresión. Pero al final decide


darse por vencido y se va a la habitación.

—Estás haciendo lo correcto —le digo a Gabby.

—Lo sé —responde.
Se sienta en la mesa del comedor, de nuevo catatónica. Calígula se dispone
a caminar hacia nosotras, pero Gabby la ve antes que yo.

—¡No! —le grita al perro—. Ten cuidado.

Se pone de pie, camina despacio hasta el animal y la levanta. La lleva en


brazos por encima de los platos rotos y se vuelve a sentar en la mesa con
Calígula sobre su regazo.

Mark se apresura de cuarto en cuarto, recogiendo cosas. Da portazos,

suspira sonoramente. Poco a poco me estoy dando cuenta de que jamás me


cayó bien.

La situación se prolonga, al menos, tres cuartos de hora más. La casa está


en silencio, excepto por los sonidos de un hombre mudándose. Gabby está
prácticamente petrificada. Solo se mueve para acomodar a Calígula en su
regazo. Estoy a su lado, cerca, lista para moverme o hablar en cuanto lo
necesite.

Por fin Mark entra en el salón. Lo observamos desde la mesa del comedor.

—Me voy —anuncia.

Gabby no le responde.

Él aguarda, a la espera de algo. Pero no recibe nada de ella.

Camina hasta la puerta principal y Calígula salta al suelo.

—Calígula, no —digo. Tengo que repetírselo dos veces hasta que se queda
quieta.

Mark la mira, todavía confundido de por qué hay un perro llamado


Calígula en su casa, aunque sabe que no obtendrá ninguna respuesta.

Abre la puerta de entrada. Está a punto de irse cuando Gabby habla:


—¿Desde cuándo sucede esto? —pregunta con voz alta y clara. No titubea.
No se rompe. Tiene todo bajo control. Al menos por ahora.

Él la mira y niega con la cabeza. Levanta la vista al techo. Tiene lágrimas


en los ojos. Se las seca y sorbe por la nariz.

—No importa —dice. Su voz también suena firme. Pero está llena de
vergüenza, eso está claro.

—Te he preguntado que desde cuándo sucede esto.

—Gabby, no hagas esto…

—¿Desde cuándo?

Mark se mira los pies y luego a ella.

—Hace casi un año —confiesa.

—Puedes irte —sentencia.

Él se da la vuelta y desaparece por la puerta. Gabby se acerca a la ventana


para verlo irse.

Cuando se va del todo, Gabby se vuelve hacia mí.

—Lo siento mucho, Gabby —le digo—. Lo siento tanto. Es un imbécil.

Gabby me mira.

—Tú te acostaste con el marido de alguien. —No necesita sacar ninguna


conclusión de esto. No tiene que decir en voz alta lo que sé que está
pensando.

—Sí —contesto, admitiendo mis acciones y sintiéndome completamente


avergonzada—. Y estuvo mal. Igual de mal que esto.

—Pero te dije que eso no significaba que fueras una mala persona —
señala—. Te dije que podías seguir siendo una persona maravillosa y bella.

—Sí, lo dijiste —asiento.

—Y tú le hiciste esto a alguien.

Quiero aclarar que esta situación es distinta. Quiero decir que lo que hice
con Michael no es tan malo como lo que esta otra mujer ha hecho con
Mark. Una vez más, quiero esconderme detrás del hecho de que no lo
sabía.

Pero sí lo sabía. Y aquello no fue diferente a esto.

Me acosté con el marido de alguien. No debería haberlo hecho.

Y ahora voy a tener el bebé de ese hombre. Y lo criaré.

Fingir que este niño no es el resultado de un error que cometí no lo hace


menos verdad.

En este momento me doy cuenta de que tengo que afrontar las cosas. Que
debo reconocer las cosas para poder avanzar.

—Sí —contesto—. Hice algo horrible. Igual que Mark y esa mujer te
hicieron algo horrible.

Gabby me mira. La llevo hasta el sofá y ambas nos sentamos.

—Cometí un error. Y cuando lo hice, viste que seguía siendo una buena
persona y te guardaste tu opinión, porque tenías fe en mí. Eso fue un
regalo maravilloso. Creíste en mí. Y eso logró que yo también creyera en
mí. Hizo que empezara a cambiar todo lo que necesitaba cambiar. Pero no
tienes que hacer eso con ellos. Puedes odiarlos.

Os prometo que casi sonríe.

—Puedes odiarlos a ambos durante todo el tiempo que necesites, y algún


día, cuando te sientas más fuerte, los perdonaremos por ser imperfectos,
por hacer cosas horribles. Algún día, más pronto de lo que crees, seguro
que les

deseamos lo mejor y no volveremos a pensar en ellos, porque habremos


seguido con nuestras vidas. Pero ahora no tienes que creer eso. Ahora
simplemente puedes odiarlo. Y yo también puedo odiarlo por lo que te ha
hecho. Puede que algún día Mark cambie y sea una persona que hizo algo
en el pasado que nunca, jamás, volverá a hacer.

Me mira.

—O puede que termine siendo un imbécil para siempre y estarás mejor


cuanto más lejos te mantengas de él —agrego—. También cabe esa
posibilidad.

Gabby esboza una sonrisa tan pequeña y breve que comienzo a


preguntarme si realmente la vi.

—Lo siento —dice por fin—. No quise meterte en esto. Yo… Lo siento.

—No te preocupes —contesto.

Gabby se tapa la cara con las manos y se pone a llorar antes de


derrumbarse en mis brazos.

—Ni siquiera es alérgico a los perros —dice—. Hace años que quiero un
perro y no podía tenerlo por su culpa, pero te lo juro, es todo mental.

Apuesto a que no es alérgico en absoluto.

—Bueno, ahora tienes una —respondo—. Eso es algo positivo. ¿Por qué
no nos quedamos aquí sentadas y pensamos en todas las cosas positivas?

¿Qué más? ¿Se olvidaba siempre de sacar la basura? ¿Dejaba la toalla


mojada sobre la cama?

Gabby me mira.

—Tiene el pene pequeño —revela—. En serio, como un lápiz del Ikea —


comienza a reír—. Ah, qué bien me siento diciéndolo en voz alta. Ya no
tengo que seguir fingiendo que no tiene un pene raquítico.

—No pensaba que la conversación tomaría precisamente ese derrotero,


pero ¡muy bien! —río con ella—. Esa es buena.

Gabby suelta una carcajada; una carcajada que le sale desde las entrañas.

—Ay, Dios, Hannah. La primera vez que lo vi, pensé: ¿Dónde está el
resto?

Me río tan fuerte que me cuesta respirar.

—Te lo estás inventando —la acuso.

—No —niega, alzando las manos hacia el aire como si estuviera jurándolo
por Dios—. Tiene un pene horrible.

Ambas reímos tanto que se nos caen lágrimas. Pero luego, de repente, nos
detenemos. Y me doy cuenta de que nuestro estado de ánimo cambia del
mismo modo que cuando el verano se convierte en otoño. Un día todavía
hace sol, y al siguiente no.

—Ay, Hannah —dice, enterrando el rostro en mi pecho. Calígula se sienta


a nuestros pies.

—Shhh. —Le acaricio la espalda—. Está bien, todo va a ir bien.

—No estoy segura de que eso sea cierto —dice contra mi pecho.

—Sí —afirmo—, es cierto.

Levanta la vista para mirarme, tiene los ojos rojos y vidriosos. La cara
congestionada. Se la ve desesperada y cansada. Jamás la he visto así. Ella
a mí, sí. Pero yo a ella, nunca.

—Sé que todo va a ir bien porque eres Gabrielle Jannette Hudson. Eres
invencible. La mujer más fuerte que conozco.
—La persona más fuerte —dice.

—¿Mmm? —no estoy segura de haberla oído bien.

—Soy la persona más fuerte que conoces —repite, secándose los ojos—.

El género es irrelevante.

Tiene toda la razón. Es la persona más fuerte que conozco. Su género es


irrelevante.

—Tienes razón —admito—. Una razón más para saber que vas a superar
esto.

Vuelve a llorar. Está hiperventilando.

—Tal vez lo hizo por un buen motivo —dice—. O hay algo que no
comprendí.

Quiero decirle que puede que tenga razón, que quizá le falta información
que haga que esta situación parezca mejor de lo que es. Me gustaría
decírselo porque quiero que sea feliz. Pero también sé que no es verdad. Y

querer a alguien y ser digno de su confianza conlleva decir la verdad, aun


cuando sea horrible.

—Lleva engañándote casi un año —le digo—. No cometió un error de

una sola noche, ni estaba confuso.

—Entonces, ¿mi matrimonio se ha acabado? —Me mira y se pone a llorar


de nuevo.

—Eso depende de ti. Tienes que decidir qué estás dispuesta a tolerar y si
puedes vivir con ello. ¿Por qué no intentas relajarte mientras te preparo
algo para cenar?

—No —contesta—. No puedo comer.


—Bueno, ¿qué puedo hacer por ti?

—Solo siéntate aquí —dice—. Siéntate a mi lado.

—Claro —contesto.

—Calígula, también —pide. Me levanto y alzo a la perra. Las tres nos


quedamos sentadas en el sofá.

—Mi marido me engaña y tú estás embarazada de un hombre casado —

dice Gabby.

Cierro los ojos, asimilándolo.

—La vida es una mierda.

—A veces, sí —admito.

Ambas nos quedamos en silencio.

—Duele —dice. Comienza a llorar—. Duele tanto… Me duele en el alma.

—Lo sé —reconozco—. Tú y yo somos un equipo, ¿verdad? Sea lo que sea


a lo que tengas que enfrentarte en la vida, lo haré contigo. Todo lo que
estabas dispuesta a hacer por mí anoche, ahora estoy dispuesta a hacerlo
yo por ti. Así que, cuenta conmigo, ¿de acuerdo? Superémoslo juntas. Yo
te apoyo. Apriétame la mano.

Me mira y sonríe.

—Cuando te duela tanto que no creas poder soportarlo —continúo—,


apriétame la mano. —Extiendo la mano y ella me la agarra.

Comienza a llorar de nuevo y me la aprieta.

Y en este momento pienso para mí que, si al estar aquí puedo aliviar


aunque solo sea una centésima parte del dolor de Gabby, entonces mi vida
puede tener más sentido de lo que jamás imaginé.
—Divide el dolor en dos —le digo—. Y dame la mitad.

***

Gabby viene el sábado por la mañana y, antes de que pueda entrar en la


habitación, le pido que se detenga. Deanna está al lado de la cama.

—Espera —le pido a Gabby—. Espera ahí.

Deanna sonríe y me ofrece una mano.

—¿Lista? —pregunta.

Asiento. Deanna me ayuda a apoyar los pies en el suelo. Descanso mi peso


en las manos de Deanna y ella tira de mí para erguirme. Y por fin estoy de
pie. De pie de verdad. No sin ayuda de otro ser humano, pero lo estoy. De
pie. Llevamos toda la mañana practicando.

—Bueno —digo—, tengo que sentarme. —Deanna me ayuda a sentarme


de nuevo en la cama. El alivio es inmenso.

—¡Ah, por Dios! —exclama Gabby, aplaudiendo como si fuera una niña

—. ¡Mira lo que has hecho! ¡Es una locura!

Sonrío y suelto una carcajada. Mi energía y la emoción de Gabby deben de


ser contagiosas, porque Deanna está riendo y sonriendo con nosotras.

—Es de locos, ¿no? —pregunto—. He practicado todo lo que he podido.

Esta mañana, la doctora Winters me ha dado algunos consejos sobre cómo


mantenerme firme. Es cierto que todavía no puedo moverme. Pero por lo
menos puedo quedarme de pie.

—Vaya —expresa Gabby, quitándose el bolso.

Se acerca a nosotras. Deanna me ayuda a meterme en la cama.


—Me tienes impresionada —dice Gabby—. Lo has conseguido antes de lo
esperado.

—Volveré a ver cómo estás dentro de un rato —informa Deanna—. Hoy lo


has hecho muy bien.

—Gracias —digo mientras sale de la habitación.

Cuando se ha ido, le cuento a Gabby lo que sucedió anoche.

—Henry me llevó afuera —cuento.

—¿Estuviste andando afuera?

—No —digo—. En una silla de ruedas. Me llevó al patio para fumadores.

—Ah.

No suena tan romántico como a mí me pareció.

—Ah, no importa —continúo—. Tendrías que haber estado allí.

—Bueno —ríe—, estoy orgullosa de que hoy te hayas podido poner de pie.

—¡Lo sé! Antes de que te des cuenta, estaré gateando y comiendo sólidos.

—Bueno, ¡no lo hagas hasta que llegue! —me dice—. Sabes que me gusta
grabar esas cosas.

Suelto una carcajada.

—Da gracias de que no tienes que cambiarme los pañales —contesto.

Bromeo, pero no se aleja mucho de la realidad. Todavía no puedo ir sola al


baño—. ¿Cómo estás? —La invito a sentarse—. ¿Cómo está Mark?

—Está bien —dice—. Sí.

Algo no va bien.
—¿Qué sucede? —le pregunto.

—No, nada —dice—. Mark parece muy… No sé. Creo que el accidente,
toda esta locura, quizá le haya afectado. Está siendo muy dulce, muy
atento.

Me regala flores. El otro día me compró un colgante. —Comienza a jugar


con la cadena alrededor de su cuello. Es una cadena de oro con un
diamante en el centro.

—¿Ese? —pregunto, inclinándome hacia delante. Sujeto el diamante con


la mano—. Vaya, ¿es de verdad?

—Lo sé —dice—. Le hice una broma cuando me lo regaló y le pregunté:

«¿A ver, qué has hecho?».

—En la televisión, siempre que un hombre vuelve a casa con flores o una
joya es porque ha invitado a su jefe a la cena de Acción de Gracias sin
preguntar antes o algo parecido —río.

—Claro —conviene, riendo—. Tal vez me está engañando. Debería volver


a casa y revisarle los cuellos de todas las camisas en busca de manchas de
pintalabios, ¿verdad?

—Sí —coincido—. Por lo que dicen en las telenovelas, si te está


engañando terminarás encontrando una mancha de pintalabios rojo en el
cuello de su camisa.

Gabby ríe.

Durante un instante, sé que ambas estamos pensando en que yo he sido la


mujer de la que las esposas debían cuidarse. Que perdí el bebé de un
hombre casado. A veces me pregunto si este accidente es una especie de
borrón y cuenta nueva. Como si me hubieran dado permiso para volver a
empezar, para hacerlo mejor.

Y después pienso, si es verdad que esto es una vuelta a la casilla de salida,


¿qué haré esta vez?
—Bueno, ¿qué estás haciendo aquí? —le pregunto—. No pases el rato con
tu mejor amiga lisiada. Ve a divertirte con tu atento y romántico marido.
Ahora mismo podría estar comprándote cosas de cachimir y bombones.

—No, en este momento, prefiero estar aquí. Estar contigo. Además, Mark
me ha dicho que hoy va a estar ocupado hasta bien entrada la noche. Creo
que tenía algunos problemas con la facturación.

—¿No tiene un gerente o alguien que se ocupe de esos asuntos?

Gabby piensa un momento.

—Bueno, no, se encarga él mismo —responde—. Pero dice que,


últimamente, tarda más en revisarlo todo. Así que, ¿qué vamos a hacer
hoy?

¿Consigo un libro para que leamos juntas? ¿Vemos Ley y orden?

—No —niego con la cabeza—. Nos vamos a embarcar en una aventura

—contesto.

—¿Adónde iremos?—Adonde queramos —contesto y señalo la silla de


ruedas que está en un rincón.

Ella me la acerca y yo me muevo hasta quedar en el borde de la cama.

—¿Puedes bajar la barandilla? —le pregunto—. Es ese botón de allí y


luego empujas hacia abajo.

Lo hace.

—Ahora, mueve la silla de ruedas de lado, justo en… sí.

Saco las piernas de la cama y las dejo colgando.

—Perdón, un último favor. ¿Puedes sostenerme por la cintura? Puedo


hacerlo. Solo necesito un poco de ayuda.
Me sujeta por debajo de los brazos.

—¿Lista? —pregunta.

—¡Sí! —exclamo y, al mismo tiempo que Gabby me alza, me impulso


hacia arriba.

Es de todo menos elegante. También bastante doloroso y muy ruidoso.

Termino con medio trasero asomando por la bata, pero estoy en la silla. Ya
me puedo mover.

—¿Puedes…? —digo, señalando la bata.

—Oh, claro —contesta Gabby antes de colocármela mientras yo intento


alzarme un poco para sentarme mejor.

—Gracias. Ahora, ¿puedes coger la bolsa de morfina y colgarla aquí en la


silla?

Obedece.

—¿Lista? —le pregunto.

—Lista —contesta.

—¡Ah! —exclamo justo antes de que comience a empujar la silla—.

¿Tienes billetes de un dólar?

—Sí —dice—. Creo que tengo uno o dos. ¿Por qué? ¿Vamos a ir a un club
de striptease?

Me río mientras ella agarra su bolso.

Entonces nos vamos.

Veo a Deanna en el pasillo y me dice que no me aleje mucho. Guío a


Gabby para que avance por el pasillo y gire a la derecha, al igual que
Henry hizo el otro día.

—¿Tienes una película favorita? —le pregunto a Gabby. Si tuviera que


adivinar, diría que su película favorita es Cuando Harry encontró a
Sally…

— Cuando Harry encontró a Sally… —contesta—. ¿Por qué lo preguntas?

—No sé cuál es mi película favorita —respondo.

—¿Y qué problema hay? Muchas personas no tienen una película


preferida.

—Pero soy incapaz de escoger una, aunque solo sea para mantener una
conversación.

—Espero que no acabes de enterarte de que eres una indecisa.

—Henry dice que no se necesita la respuesta. Que basta con una respuesta

—río.

—Henry, Henry, Henry —repite Gabby, riéndose de mí. Llegamos a una


intersección en el pasillo y giramos a la izquierda. Estoy casi segura de
que las máquinas expendedoras están a la izquierda.

—Sí, mucha risa, pero estoy haciendo una pregunta sincera —le digo.

Sigo empujando la silla sola por el pasillo. Todavía tengo fuerza para
avanzar.

—¿Qué me estás preguntando en realidad?

—¿Crees que es cierto que no se necesita la respuesta perfecta, sino


solamente una respuesta?

—Para tu película favorita, sí. Pero, a veces, solo hay una única respuesta.

Así que no creo que se pueda generalizar.


—¿Como qué?

—Como con quién te casas, por ejemplo. Ese es el ejemplo más grande
que me viene a la mente.

—¿Crees que hay una sola persona para cada uno?

—¿Tú no? —Por la forma en que me lo pregunta tengo la sensación de que


jamás se le había pasado por la cabeza que pudiera estar en desacuerdo con
ella en esto. Es como si le hubiese preguntado: «¿Crees que respiramos
oxígeno?».

—No lo sé —contesto—. Sé que en algún momento estuve convencida de


que sí. Pero… Ya no estoy tan segura.

—Vaya —expresa—. Supongo que nunca consideré la alternativa. Di por


sentado, ya sabes, que Dios, el destino, la vida o como quieras llamarlo,
me guiaría hasta la persona con la que debía estar.

—¿Te sientes así con Mark?

—Creo que Mark es la persona con la que estaba predestinada a estar, sí.

El único para mí. Si pensara que hay alguien mejor para mí, ¿por qué me
habría casado con él? ¿Comprendes? Me casé con él porque era el
indicado.

—Entonces es tu alma gemela, ¿no?

Lo piensa y contesta:

—¿Sí? Quiero decir, sí. Supongo que es mi alma gemela.

—¿Y si acabáis divorciándoos?

—¿Por qué dices eso?

—Solo estoy planteando una hipótesis. Si hay una sola persona para cada
uno, ¿qué sucede cuando la relación entre dos almas gemelas no funciona?
—Si no funciona, no son almas gemelas —concluye.

La oigo y entiendo lo que dice. Tiene sentido. Si crees en el destino, si


crees que algo te guía hacia él, eso incluye también a la persona con la que
se supone que pasarás el resto de tu vida. Lo comprendo.

—Pero no las ciudades —digo.

—¿Qué?

—No tienes que encontrar la ciudad perfecta para vivir. Solo tienes que
encontrar aquella en la que te encuentres a gusto.

—Exacto —dice.

—Así que solo tengo que elegir una y listo —concluyo—. No tengo que
probarlas todas hasta que obtenga una señal.

—No —ríe.

—Creo que me he mudado de un lado a otro pensando que debía encontrar


la vida perfecta, creyendo que estaba allí, en algún sitio, y que tenía que
encontrarla. Y que solo podía ser de esa manera. ¿Entiendes?

—Sí, sé que siempre has buscado algo —señala ella—. Y siempre di por
sentado que lo sabrías cuando lo encontraras.

—No lo sé, empiezo a creer que quizás uno simplemente elige un sitio y se
queda allí. Eliges una carrera y trabajas en eso. Eliges a una persona y te
comprometes con esa relación.

—Creo que, mientras seas feliz y estés haciendo algo bueno con tu vida,
da igual si has encontrado la perfección o si has elegido lo que sabías que
podía irte bien.

—¿No te asusta? —le pregunto—. ¿Pensar que has ido en la dirección


equivocada? ¿Y que has perdido la oportunidad de vivir la vida a la que
estabas predestinada?
Gabby se toma mi pregunta en serio y reflexiona sobre el asunto.

—No realmente —contesta.

—¿Por qué no?

—No lo sé. Supongo que porque la vida es corta. Y tienes que seguir
adelante como sea.

—¿Debería mudarme a Londres o no? —le pregunto.

—Ah —sonríe—, ahora veo hacia dónde vamos. Si quieres ir a Londres,


deberías hacerlo. Pero eso es lo único que te voy a decir. No quiero que te
vayas. Quiero que te quedes. Allí llueve mucho. Por si te sirve de algo.

Me río.

—Bueno, me parece bien. De todos modos ahora tenemos un problema


mayor que Londres.

—¿En serio?

—Nos hemos perdido.

Gabby mira hacia la izquierda y, luego, a la derecha. Ve lo mismo que yo.

Todos los pasillos son iguales. Estamos en tierra de nadie.

—¿No estamos cerca de las máquinas expendedoras? —pregunta.

—¿Cómo diablos voy a saberlo? —respondo—. No tengo ni idea de dónde


estamos.

—Bueno —dice. Se hace cargo de la silla—. Intentemos salir de este lío.

Gabby ha insistido en volver al trabajo hoy. He intentado convencerla de


que se quede en casa y no se imponga una presión extra, pero me ha dicho
que la única manera de recuperar algo parecido a la normalidad es yendo a
trabajar.
Ethan me llamó dos veces ayer y no le devolví las llamadas. Le envié un
mensaje avisándole de que no podía hablar. Anoche me quedé dormida
sabiendo que hoy tendría que enfrentarme a él. A lo que me refiero esa
que, si sigo evitándolo, se dará cuenta de que sucede algo.

Así que esta mañana me he despertado decidida a solucionar este


problema. He llamado a Ethan y le he preguntado si está libre esta noche.

Me ha dicho que vaya a su casa a eso de las siete.

Lo que significa que tengo el resto del día para llamar a Michael. Quiero
tener respuestas para las preguntas de Ethan cuando las haga. Quiero
tenerlo todo atado y bien atado. Si es que esto se puede atar.

Me doy una ducha. Saco a pasear a Calígula. Enciendo el ordenador y echo


un vistazo a internet durante lo que parecen horas. Cuando son las seis de
la tarde en Nueva York, cuando sé que Michael está saliendo del trabajo,
cojo el teléfono. Me siento en la cama y marco el número.

Suena.

Y suena.

Y suena.

Y entonces salta el contestador.

Una parte de mí se siente aliviada. Porque no quiero mantener esta


conversación en absoluto.

—Hola, Michael. Soy Hannah. Llámame cuando tengas un minuto. Hay


algo de lo que tenemos que hablar. Bueno, adiós.

Me tumbo de espaldas en la cama. Se me acelera el pulso. Me pongo a


pensar en lo que haré si jamás me devuelve la llamada. Imagino que, tal
vez, sea él el que tome esta decisión por mí. Quizá lo llame algunas veces,

le dejaré algunos mensajes y él nunca me responderá. Y yo sabré que


intenté hacer bien las cosas, pero no lo logré. Puedo vivir con eso.
Mi teléfono suena.

—Hannah —dice al mismo tiempo que digo hola. Habla con voz seria,
rozando el enfado—. Lo nuestro ha terminado. Tú misma lo dijiste. No
puedes llamarme. Por fin estoy solucionando las cosas con mi familia. No
volveré a estropearlo todo.

—Michael —le digo—. Espera un segundo, ¿de acuerdo? —Ahora soy yo


la que está cabreada.

—De acuerdo.

—Estoy embarazada —le digo finalmente.

Se queda tan callado que creo que se ha cortado la llamada.

—Te llamaré en tres minutos —me informa antes de colgar.

Camino alrededor de la habitación. Siento un revoloteo en el estómago.

El teléfono vuelve a sonar.

—Hola —contesto.

—Bueno, entonces, ¿qué vamos a hacer? —pregunta. Me doy cuenta de


que está en un lugar cerrado. Hay eco cuando habla. Suena como si
estuviera en un baño.

—No lo sé —admito.

—No puedo dejar a mi esposa y a mis hijos —dice con firmeza.

—No te lo estoy pidiendo. —Odio esta conversación. Me he esforzado


mucho por dejar todo esto atrás y ahora vuelvo a estar en medio del caos.

—Entonces, ¿qué quieres?

—No quiero nada. Solo he pensado que debías saberlo. Me parecía mal no
decírtelo.
—No puedo hacer esto —se queja—. Cometí un error al estar contigo.

Ahora me doy cuenta. Fue culpa mía. No debería haberlo hecho. Fue un
error. Jill sabe lo que pasó. Por fin nos llevamos bien. Amo a mis hijos. No
puedo dejar que nada lo eche a perder.

—No te estoy pidiendo nada —le digo—. De verdad. Solo he pensado que
debías saberlo.

—Está bien. —Se queda callado por un momento y después, con cierta

vacilación, me pregunta lo que seguramente quería preguntarme desde que


le he soltado la noticia.

—¿Te has planteado… no tener este bebé?

—Si me vas a pedir que aborte, Michael, por lo menos deberías pronunciar
la palabra. —Qué cobarde.

—¿Te has planteado abortar? —pregunta.

—No —respondo—. No me estoy planteando abortar.

—¿Y darlo en adopción?

—¿Qué más te da? —le pregunto—. Tendré un bebé. No te estoy pidiendo


dinero ni atención o apoyo, ¿de acuerdo?

—Está bien —contesta—. Pero no sé cómo me siento sabiendo que va a


haber un bebé mío ahí fuera.

La gente debería pensar en este tipo de cosas antes de mantener relaciones


sexuales, pero no soy la más indicada para hablar.

—Bueno, entonces, da un paso al frente y asume tu responsabilidad o no

—digo—. Es tu problema.
—Supongo que es lo mismo que donar esperma —afirma. No me está
hablando a mí. Está hablando consigo mismo. Pero ¿sabes qué? No quiero
que me ayude a criar a este bebé, y él tampoco quiere hacerlo. Está claro
que lo único que busca es librarse de cualquier culpa o responsabilidad. Y
si eso es lo que hace falta para ponérselo más fácil, aportaré mi granito de
arena.

—Sí, míralo de esa forma —le digo—. Donaste esperma.

—Exacto —asiente—. Eso es todo.

Quiero gritarle que es un completo imbécil. Pero no lo hago. Dejo que se


diga lo que necesita oír. Sé que este bebé podría destruir a su familia. No
quiero eso. Es la verdad. No quiero destrozar a una familia, sin importar
quién tenga razón y quién no. Además, no necesito a Michael. Y tampoco
estoy segura de que mi hijo vaya a estar mejor con él cerca. No ha
demostrado ser un buen hombre.

—Bueno —digo.

—Bueno —repite.

Justo cuando estoy a punto de colgar, agrego algo más, por mi hijo sin

nacer.

—Si alguna vez cambias de opinión, puedes llamarme. Si quieres conocer


al bebé. Y espero que, si él o ella también quiere conocerte algún día, estés
abierto a la posibilidad.

—No —contesta.

—¿Qué? —Su respuesta me sorprende.

—No —repite—. Has decidido tener este bebé. Yo no quiero que lo tengas.
Si lo traes al mundo, tendrás que lidiar con el hecho de que el niño no
tiene padre. No viviré mi vida sabiendo que en cualquier momento puede
aparecer un niño.
—Qué elegante. —Es lo único que digo.

—Tengo que proteger lo que ya tengo —explica—. ¿Hemos terminado ya


con esto?

—Sí —le digo—. Hemos terminado.

Estamos perdidas en el ala de maternidad y no somos capaces de encontrar


la salida. Primero nos hemos quedado atascadas en el departamento de
obstetricia y ahora estamos frente al nido.

Lo último que quiero hacer en este momento es mirar bebés maravillosos.

Me doy cuenta de que Gabby ya no está detrás de mí, sino


contemplándolos.

—Vamos a empezar a buscar uno pronto —anuncia. Ni siquiera está


mirándome. Tiene la vista fija en los bebés.

—¿Qué vamos a empezar a buscar?

Me observa como si fuera tan estúpida que le doy vergüenza.

—No, Mark y yo. Intentaremos tener un bebé.

—¿Quieres tener un hijo?

—Sí —responde—. Iba a preguntarte qué pensabas cuando llegaste a la


ciudad, pero no tuve oportunidad de decírtelo antes del accidente y…
luego, cuando despertaste…

—Claro —digo. No quiero que lo diga en voz alta. La conclusión ya es


suficiente—. ¿Pero crees que estás preparada? ¡Qué emoción! —Los
sentimientos ambivalentes que tengo sobre el bebé no quitan ni por un
minuto la alegría que me provoca que ella tenga uno—. Un pequeñín
mitad Gabby, mitad Mark —agrego—. ¡Vaya!

—Lo sé. Es muy emocionante. Y también da mucho miedo. Pero es muy


emocionante.
—Así vais a hacer… esas cosas de viejos… ¿Existe algún eufemismo para
intentar tener un bebé?

—No lo sé —dice—. Pero sí, estaremos haciendo cosas de viejos…

—Vaya —repito—. No me puedo creer que ya hayamos llegado a esa edad


en la que buscas quedarte embarazada de verdad.

—Lo sé —dice—. Te pasas toda la vida aprendiendo cómo no quedarte


embarazada y, luego, un buen día, tienes que deshacer lo aprendido.

—Bueno, es fabuloso —comento—. Tú y Mark estáis tan bien juntos.

Vais a ser unos padres fantásticos.

—Gracias. —Me da un apretón en el hombro.

Una enfermera se nos acerca.

—¿A cuál de ellos vienen a ver? —pregunta.

—Ah, no —dice Gabby—. Lo siento. Estamos perdidas. ¿Nos podría


indicar cómo volver a cirugía general?

—Sigan por el pasillo, doblen primero a la derecha y luego el segundo


pasillo a la izquierda. Verán una máquina expendedora. Continúen hasta el
final y doblen a la izquierda… —prosigue con las indicaciones. Está claro
que he hecho que fuéramos mucho más lejos de lo que quería.

—Bien —contesta Gabby—. Gracias. —Se vuelve hacia mí—. Vámonos.

Pasamos por lo que parece una unidad neonatal, tal vez de cuidados
intensivos. Después, atravesamos una puerta doble y nos encontramos en
la zona de pediatría.

—No creo que por aquí vayamos bien —digo.

—Ella dijo que había que girar a la izquierda en algún sitio…


Miro a las enfermeras y echo un vistazo por las ventanas mientras
avanzamos por el pasillo. La mayoría son niños de uno o dos años y niños
en edad escolar. Veo a algunos adolescentes. Casi todos están en camas de
hospital, conectados a máquinas, al igual que estaba yo. Muchos usan
gorros y gorras. Supongo que para cubrir sus cabezas calvas.

—Bueno. Tienes razón —reconoce Gabby—. Nos hemos perdido.

Llevo la silla hasta un lado del pasillo.

—Iré a pedirle un plano a una enfermera —dice Gabby.

—De acuerdo —respondo.

Desde el lugar en el que estoy, puedo ver el interior de una habitación


donde hay dos chicas. Están conversando. Dos chicas preadolescentes en
camas separadas. En un lado, hay un médico de pie, hablando con unos
padres. Ambos parecen confundidos y desconsolados. El médico sale de la
habitación. Mientras lo hace, veo que hay una enfermera junto a los
padres.

La enferma también empieza a marcharse, pero los padres la alcanzan en


la puerta. Ahora están tan cerca de mí que puedo enterarme de la

conversación.

—¿Qué significa todo eso? —pregunta la madre.

—Como les comentó el doctor Mackenzie, es un cáncer de huesos


frecuente en adolescentes —explica la enfermera con voz amable—. A
veces, puede afectar a miembros de la misma familia, incluso a varios
hermanos. Por eso también quieren examinar a la hermana pequeña. Para
estar seguros.

La madre comienza a llorar. El padre le acaricia la espalda.

—De acuerdo, gracias —dice el padre.

Sin embargo, la enfermera no se va. Se queda y agrega:


—Sophia es una luchadora. No les digo nada que no sepan. Y el doctor
Mackenzie es un oncólogo pediátrico excepcional. Repito, excepcional. Si
mi hija estuviera aquí, mi hija tiene ocho años y se llama Madeleine, les
juro que haría exactamente lo que ustedes están haciendo. La pondría en
manos del doctor Mackenzie.

—Gracias —interviene la madre—. Muchas gracias.

La enfermera asiente.

—Si necesitan algo, si tienen alguna pregunta, llámenme. Les contestaré


todas las que pueda y, si no puedo responderlas, le pediré al doctor
Mackenzie que se lo explique. —Los mira a los ojos, para asegurarles que
lo dice en serio—. Con palabras fáciles, a ser posible —dice a modo de
broma.

El padre sonríe. Noto que la madre ha dejado de llorar.

Terminan la conversación justo cuando Gabby vuelve con el plano.

Gabby y la enfermera se dan cuenta de que he estado escuchando a


escondidas. Rápidamente, aparto la vista, pero da igual. Me han pillado.

Gabby empuja la silla por el pasillo.

—Puedo hacerlo yo. —Agarro las ruedas. Cuando nos alejamos lo


suficiente, le pregunto—: ¿Era la zona de los niños con cáncer?

—Pone: «Servicio de pediatría oncológica» —contesta—. De modo que sí.

Durante un instante, no digo ni una palabra; ella tampoco.

—En realidad, no estamos tan lejos de tu habitación —comenta—. Solo

me olvidé de girar una vez a la izquierda.

—Enfermera… parece un trabajo difícil. Pero satisfactorio —digo.


—Mi padre siempre ha dicho que las enfermeras son las que brindan los
cuidados —comenta—. Siempre pensé que era una especie de cursilada
con doble sentido, pero tiene razón.

—Sí —río—, Carl podría decir: «Quizá las enfermeras no sean las que te
curen, pero sin duda hacen que te sientas mejor».

—Díselo, por favor —ríe Gabby—. Tal vez use tu frase a partir de ahora.

No sé lo que debería ponerme para decirle a mi nuevo novio, que hasta


hace nada era mi exnovio, y el hombre que estoy casi convencida que es el
amor de mi vida, que estoy esperando el bebé de otro hombre.

Decido ponerme unos vaqueros y un suéter gris.

Me cepillo el pelo tantas veces que le saco brillo y luego me peino el


mejor moño alto que me he hecho en la vida.

Antes de salir por la puerta, me ofrezco, una vez más, a quedarme en casa
con Calígula y Gabby.

—Ah, no —dice Gabby—. Por supuesto que no.

—Pero no quiero dejarte sola.

—Estaré bien —afirma—. A ver, es mentira, sabes que no estaré bien. Me


refiero a que estaré bien en el sentido de que no quemaré la casa ni nada
por el estilo. Si te sirve de consuelo, estaré igual de triste cuando vuelvas.

—No me sirve —respondo. Alejo la mano del picaporte. En realidad no


me siento bien dejándola sola—. No deberías quedarte sola.

—¿Quién está sola? —pregunta—. Tengo a Calígula. Las dos veremos la


televisión hasta que se nos cierren los ojos y nos iremos a dormir. Tal vez
tomemos una pastilla para dormir. —Luego se corrige—. No, tal vez tome
una pastilla para dormir. —Sigue mirándome—. Para que no haya
malentendidos, no voy a darle fármacos al perro.

—Me quedo.
—Te vas. No me uses como excusa para evitar tus propios problemas. Tú y
yo tenemos muchas cosas que arreglar y es mejor para todos si sabemos lo
que pasa con Ethan lo antes posible.

Tiene razón. Claro que tiene razón.

—La nueva Hannah se enfrenta a la vida de frente, ¿lo recuerdas? —

explica—. La nueva Hannah no huye de sus problemas.

—Uf —exclamo, abriendo la puerta principal—. Odio a la nueva Hannah.

Gabby me sonríe mientras salgo de la casa. Es la primera sonrisa que le

veo en dos días.

—Estoy orgullosa de ti —me dice.

Le doy las gracias y atravieso la puerta.

Son las siete menos diez cuando aparco el coche frente al apartamento de
Ethan. He dado tres vueltas a la manzana hasta encontrar aparcamiento,
pero al final he visto un coche saliendo de un sitio justo delante de su casa.

Me he sentido frustrada y emocionada por la experiencia. De pronto, me


pregunto cómo será conducir por Los Ángeles con un niño. ¿Tardaré media
hora en subir y salir del coche porque no termino de entender cómo
enganchar una silla infantil? ¿Tendré que dar vueltas a la manzana una y
otra vez acompañada por el sonido relajante del llanto de un bebé? Ay,
Dios. No puedo hacerlo.

Tengo que hacerlo.

¿Qué haces cuando tienes que hacer algo que no puedes hacer?

Me bajo del coche y cierro la puerta. Inhalo profundamente y exhalo


despacio.
La vida es solo una serie de respiraciones. Lo único que realmente tengo
que hacer en este mundo es inhalar y luego exhalar en secuencia hasta que
me muera. Y eso sí lo puedo hacer. Puedo respirar.

Llamo a la puerta de Ethan y él abre con un delantal puesto que dice «El
cocinero más sabroso» y tiene impresa la imagen de un muñeco de palo
con una espátula.

No puedo hacer esto.

—Hola —me saluda antes de abrazarme con fuerza. Entonces me pregunto


si no será demasiado fuerte para el bebé. ¡No sé nada sobre embarazos! No
tengo ni idea de cómo ser madre. ¿Qué estoy haciendo?

Todo esto terminará en un completo desastre. Soy el huracán Hannah y


estropeo todo lo que toco.

—Te he echado de menos —confiesa—. ¿No es ridículo? Después de


tantos años separados, ahora no puedo estar ni un día sin verte.

—Sé a lo que te refieres. —Le sonrío.

Me lleva hasta la cocina.

—Sé que mencionamos salir a cenar fuera, pero decidí prepararte una

cena como Dios manda.

—Ah, vaya. —Intento mostrar algo de entusiasmo, pero no estoy segura de


estar haciendo un buen trabajo.

—Busqué en Google algunas recetas en el trabajo y solo hace unos


minutos que llegué a casa de la tienda, justo antes de que vinieras. Lo que
estás viendo es abbacchio. —Lo pronuncia con un fingido acento italiano.

Es tonto, dulce y sincero. En este preciso instante decido que no le diré


nada esta noche.
Lo amo. Creo que siempre lo he amado. Y que voy a perderlo. Aunque
solo sea por esta noche, quiero experimentar lo que se siente al ser suya,
que me ame, creer que esto es el comienzo de algo.

Porque estoy muy segura de que esto es el fin.

Así que me convierto en mi versión de hace dos días. Soy Hannah Martin,
una mujer que no tiene ni idea de que está embarazada, que no sabe que
está a punto de perder lo único que podría haber querido en toda su vida de
adulta.

—¡Qué sofisticado! —bromeo—. No tiene pinta de ser muy sencillo.

—De hecho, me quedan unos pasos más y todo va al horno —comenta—.

Creo. Sí, creo que va al horno.

—¿Jamás lo has hecho? —río.

—¿ Abbacchio? ¿En qué momento de mi vida habría tenido motivos para


cocinar abbacchio? Ni siquiera sabía que existía hasta hace unas horas. Yo
hago queso fundido. Hiervo patatas. Cuando me apetece algo más
elaborado, preparo una olla de chile. No voy por la vida sorprendiendo a
chicas con abbacchio. —Está cortando algunas verduras y colocándolas en
una olla. Me siento en un taburete de la cocina.

—¿Qué es abbacchio? —le pregunto.

—No lo tengo muy claro —dice, riendo—. Pero incluye carne, así que…

—¿No lo has probado ni una sola vez?

—Y vuelvo a preguntarte, Hannah: ¿En qué ocasión crees que podría haber
probado abbacchio?

—Bueno—río—, ¿por qué lo preparas? —pregunto. Está echando caldo a


la olla. Parece que tiene un talento innato para la cocina.
—Porque eres el tipo de persona que se merece que organice este lío. Por
eso. Y porque soy el indicado para eso.

—Podrías haberte limitado a preparar rollos de canela —le digo.

—Lo pensé y descarté la idea —ríe—. Es demasiado obvio. Todo el mundo


te da rollos de canela. Quería hacer algo inesperado.

—Bueno —río—, si no estás preparando rollos de canela, ¿qué hay de


postre?

—¡Ah! —dice—. Me alegra que me lo preguntes. —Saca un racimo de


plátanos.

—¿Plátanos?

—Plátanos Foster. Voy a flambear a estos pequeños.

—Eso suena un poco mal.

—Estoy de broma —ríe—. Compré fruta y Nutella.

—Ah, gracias a Dios —contesto.

—¿Cómo está Calígula? —pregunta Ethan. Calígula, el bebé, Gabby y


Mark… Quiero dejar todo eso al otro lado de la puerta. Olvidarme de eso
durante la velada.

—No hablemos de Calígula —ruego—. Hablemos de…

—Hablemos de lo genial que eres —dice Ethan—. Con un trabajo nuevo,


un coche nuevo, un perro y un novio atractivo que cocina platos de
primera categoría.

Ahora es cuando debería decir algo. Esta es mi oportunidad.

Pero tiene una mirada tan dulce y un rostro tan familiar. Y en este
momento mi vida está llena de cosas nuevas y aterradoras.
Me besa. Sucumbo a él de inmediato, a su aliento, a sus brazos.

Todo va a terminar. Este es el fin.

Me levanta del taburete y yo lo envuelvo con mis brazos.

Me lleva hasta la habitación. Me quita la camiseta. Comienza a


desabrocharme el sujetador.

—Espera —exclamo.

—Ah, no, no pasa nada —me dice—. El abbacchio tiene que hervir a
fuego lento durante un rato. No se quemará.

—No —insisto. Me siento. Lo miro a los ojos y me vuelvo a poner la

camiseta—. Estoy embarazada.

Hacia el final del día, la doctora Winters entra para revisarme. Gabby ya
se ha ido a casa.

—Bueno —dice—. Me he enterado de que has estado deambulando por el


hospital en silla de ruedas. —Me sonríe. Es un reproche, pero uno amable.

—Se supone que no debería estar haciendo eso, ¿verdad?

—En realidad, no —me confirma—. Pero tengo asuntos más urgentes que
atender.

Sonrío agradecida.

—Te estás recuperando bien. Ya casi estás fuera de peligro, en lo que a


riesgos por complicaciones se refiere.

—¿En serio?

—Sí —responde, observando mi historia clínica—. Deberíamos hablar


sobre tus próximos pasos.
—Está bien —comento—. Cuéntame.

—Uno de nuestros fisioterapeutas vendrá mañana a eso de las once.

—De acuerdo.

—Y juntos evaluaremos la movilidad que tienes, lo que puedes esperar en


un período de tiempo razonable y lo que debes saber de ahora en adelante.

—Genial.

—Elaboraremos un programa y un calendario orientativo para que sepas


cuándo se supone que podrás volver a caminar sin ayuda.

—Suena bien —comento.

—Tienes un camino largo por delante. Y puede ser muy frustrante.

—Lo sé —digo. Llevo una semana metida en la cama, bajándome en


contadas excepciones y con ayuda.

—Se volverá cada vez más frustrante —explica—. Tendrás que aprender a
hacer cosas que ya sabías hacer. Te enfadarás. Y te darán ganas de darte
por vencida.

—No te preocupes —contesto—. No me daré por vencida.

—Ah, lo sé —dice—. Solo quiero que sepas que no pasa nada si quieres
rendirte. En este tipo de situaciones es normal llegar al límite. Deberás
tener paciencia.

—Dices que tendré que volver a aprender a andar —le comento—. Eso ya
lo sé. Estoy lista.

—Te estoy diciendo que tendrás que volver a aprender a vivir —explica

—. Aprender a hacer cosas con las manos durante un tiempo en lugar de


usar los pies. Aprender a pedir ayuda. Aprender a reconocer cuándo has
llegado al límite y cuándo puedes seguir. Y lo que te estoy diciendo sobre
todo es que tenemos recursos a tu disposición. Podemos ayudarte a superar
todo esto. Lo superarás.

Antes de que ella entrara, me daba la sensación de que, hasta cierto punto,
tenía la situación bajo control. Ahora, sin embargo, creo que todo es un
desastre.

—Bueno —respondo—. Dejaré reposar esa información.

—Bien —dice—. Mañana por la mañana volveré a ver cómo estás.

—Estupendo. —Aunque no estoy siendo del todo sincera.

Son las cuatro de la tarde, pero sé que si me duermo ahora, me despertaré


a tiempo para ver a Henry. Así que eso es lo que hago. Me voy a dormir.

Solo me quedan unas pocas noches más en el hospital. Odiaría perder una
de ellas durmiendo.

***

Me despierto a las once, cuando Henry entra en la habitación. Estoy lista


para que bromee diciendo que soy una criatura nocturna o algo por el
estilo, pero no lo hace. Simplemente me dice:

—Hola.

—Hola —respondo.

Comprueba mi historia clínica.

—Bueno, parece que te irás muy pronto.

—Sí. Supongo que estoy demasiado sana para este lugar.

—Una bendición, si me lo preguntas. —Esboza una sonrisa superficial y

después me toma la presión arterial.


—¿Me ayudas a ponerme de pie? —pregunto—. Quiero enseñarte cuánto
he avanzado. Esta mañana, casi me levanto sola.

—Tengo muchos pacientes a los que atender, así que no creo que pueda.

—Ni siquiera me mira.

—¿Henry? ¿Qué te pasa?

Levanta la mirada.

—¿Henry? —repito.

—Me han trasferido a otra planta con el turno de día. En esta se quedará
Marlene, una mujer muy amable que cuidará de ti las noches que te
quedan.

—Me saca el manguito del brazo y da un paso atrás.

—Ah —digo—. Bueno. —Me siento un poco rechazada—. ¿Y no puedes


pasarte por aquí, solo a saludarme?

—Hannah. —Su voz es más sombría ahora, más seria—. No debería haber
sido tan… amable contigo. Es culpa mía. No podemos seguir bromeando y
pasando el rato juntos.

—Está bien. Lo entiendo.

—Nuestra relación debe ser profesional.

—De acuerdo.

—No es nada personal. —La frase queda suspendida en el aire. Pensé que
era personal. Supongo que ese es el problema.

—Tengo que irme —dice.

—Vamos, Henry. —Me estoy poniendo sensible; se me quiebra la voz.


Intento mantener el control con todas mis fuerzas. Sé que si le hago saber
lo mucho que quiero volver a verlo, solo conseguiré alejarlo aún más. Lo
sé.

Pero, a veces, no puedes evitar demostrar tus sentimientos. A veces, a


pesar de lo mucho que intentes luchar contra tus sentimientos, estos se
manifiestan en el brillo de los ojos, en la mueca de los labios, en el
temblor de la voz, en el nudo en la garganta—. Somos amigos.

Se detiene en seco y se acerca hacia mí. Me mira con gesto amable,


compasivo. Pero yo no quiero amabilidad ni compasión. Estoy harta de
tanta amabilidad y compasión.

—Hannah —dice.

—No —lo interrumpo—. Lo entiendo. Perdón.

Me mira y suspira.

—Seguramente lo malinterpreté todo —termino diciendo.

—Está bien —responde. Luego, se va. Se va de verdad. Da media vuelta y


sale por la puerta.

No me duermo, aunque esté cansada. No es que no pueda quedarme


dormida. Creo que puedo. Pero sigo deseando que vuelva a examinarme.

A las dos de la madrugada, entra una mujer con un uniforme celeste y se


presenta como Marlene.

—Te cuidaré por las noches hasta que te den el alta —explica—. ¡Me
sorprende que estés despierta!

—Sí —respondo con gravedad—. Bueno, dormí toda la tarde.

Me sonríe amablemente y me deja tranquila. Cierro los ojos y me obligo a


quedarme dormida.

Henry no vendrá. No hay razón para permanecer despierta.


¿Sabes qué? No pienso que malinterpretara nada.

Me gusta. Me gusta estar con él. Me gusta tenerlo. Me gusta cómo huele y
que siempre lleve barba de tres días. Me gusta que su voz sea un poco
áspera y grave. Me gusta la pasión que siente por su trabajo. Me gusta que
sea un buen enfermero. Simplemente me gusta. Del modo en te gustan las
personas, cuando te gustan. Por cómo me hace reír cuando menos me lo
espero. O cómo disminuye el dolor que siento en las piernas cuando me
mira directamente a los ojos.

O… no lo sé. Tal vez todas estas características sean propias de los


enfermeros. Tal vez consigue que todos los pacientes se sientan así.

Apago la luz y cierro los ojos.

La doctora Winters me ha dicho antes que quizá mañana pueda dar mis
primeros pasos.

Intentaré concentrarme en eso.

Si he sobrevivido a un atropello, seguro que podré superar un


enamoramiento con el enfermero del turno de noche.

Supongo que los corazones son como las piernas. Al final, se curan.

—No es tuyo —le digo a Ethan. Lo sabe, por supuesto, aunque solo sea por
el tiempo. Pero tengo que dejarlo absolutamente claro.

—Podría serlo, ¿no? —me pregunta—. Me refiero a que quizá la semana


pasada…

Niego con la cabeza.

—Estoy de once semanas. No es tuyo.

—¿De quién es?

Inhalo y exhalo. Eso es todo lo que debo hacer. Inhalar y exhalar. El resto
es opcional.
—Se llama Michael. Estuvimos juntos cuando vivía en Nueva York.

Pensé que era una relación más seria de lo que fue. Al final fuimos un
poco descuidados. No quiere tener otro hijo.

—¿Otro hijo?

—Está casado, tiene dos hijos —le explico.

Ethan suelta un sonoro suspiro, como si no pudiera creerse lo que le estoy


contando.

—¿Sabías que tenía una familia?

—Es un poco complicado de explicar. Al principio, no. Durante mucho


tiempo supuse que yo era la única con la que estaba. Pero después debería
haberme dado cuenta y, digamos que… cometí algunos errores.

—¿Y ahora le da igual que estés embarazada? —Ethan se pone de pie,


furioso. A medida que la realidad lo va alcanzando, empieza a manifestar
sus emociones. Para él es más fácil cabrearse con Michael que enfadarse
conmigo o con la situación. Así que lo dejo, por el momento.

—No quiere tener el bebé —comento—. Y está en su derecho. —Creo que


el hombre tiene el mismo derecho que la mujer a decidir no tener un bebé.

—¿Y tú vas a dejar que este imbécil te trate así?

—No quiere tener un bebé. Yo, sí. Estoy lista para hacerlo sola.

Esa palabra, la palabra sola, hace que vuelva a poner los pies en la tierra .

—¿Qué significa esto para nosotros? —pregunta.

—Bueno —agrego—, depende de ti.

Me observa. Sus ojos se encuentran con los míos durante un instante.


Después aparta la mirada y baja la vista hasta sus manos, que tiene
firmemente apoyadas en las rodillas.

—¿Me estás pidiendo que sea el padre de alguien?

—No —le contesto—. Pero tampoco te diré que esto no cambia las cosas.

Estoy embarazada. Y si quieres estar conmigo, eso significa que vivirás


esto conmigo. Mi cuerpo sufrirá una gran transformación. Tendré cambios
de humor. Cuando llegue el momento de dar a luz, estaré asustada,
confundida y dolorida. Y cuando nazca el bebé, habrá un niño en mi vida,
todo el tiempo. Si quieres estar conmigo, también estarás con mi hijo.

Escucha, pero no responde.

—Sé que no querías nada de esto —digo.

—Y que lo digas —espeta. Pero inmediatamente después, me mira


arrepentido.

—Pero quiero que lo sepas para que puedas decidir tu futuro.

—Nuestro futuro —dice.

—Supongo que sí.

—¿Qué quieres tú? —pregunta.

Ay, madre. ¿Cómo puedo siquiera empezar a responder esa pregunta?

—Quiero que mi bebé esté sano, feliz y que tenga una infancia segura y
estable. —Supongo que eso es lo único de lo que estoy segura.

—¿Y nosotros?

—No quiero perderte. Creo que tenemos algo de verdad, que esto solo es
el principio de algo bastante prometedor… Pero jamás querría ponerte en
una situación en la que te veas obligado a hacer algo para lo que todavía
no estés listo.
—Esto es mucho —comenta—. Primero tengo que asimilarlo.

—Lo sé —digo—. Deberías tomarte todo el tiempo que necesites. —Me


pongo de pie, lista para irme, lista para darle tiempo para pensar.

Me detiene.

—¿De verdad estás preparada para ser madre soltera?

—No —respondo—. Pero esto es lo que me ha tocado en la vida. Y lo


aceptaré.

—Pero esto podría ser un error —comenta—. ¿Y si solo cometiste un error


de una noche con este tipo? ¿Estás lista para vivir con las consecuencias
durante el resto de tu vida? ¿Debo vivir yo con las consecuencias durante
el resto de mi vida?

Me vuelvo a sentar.

—Tengo que creer que hay una estrategia detrás de toda esta locura —le
digo a Ethan—. Que hay un plan más grande. ¿No dicen que todo sucede
por una razón? Conocí a Michael y me enamoré de él, aunque ahora vea
con claridad que no era el hombre que yo pensaba. Y una noche, las cosas
discurrieron de tal modo que me quedé embarazada. Quizá todo sucedió
porque se suponía que debía tener este bebé. Prefiero verlo de esta forma.

—¿Y si no puedo hacerlo? ¿Si no estoy listo para asumir toda esta
responsabilidad?

—Supongo que si tú y yo llegamos a un punto en que no podemos seguir


con lo nuestro es porque no estábamos destinados a estar juntos. ¿No? Que
no somos la persona indicada para el otro. Necesito creer que las cosas
tienen un sentido. No podría soportar el caos que supondría que todo lo
que pasa en el mundo fuera resultado del azar y no obedeciera a una razón.

Porque entonces tendría que ir por ahí cuestionando cada decisión que
tome y las que tomaré a lo largo de mi vida. Si nuestro destino está
determinado por cada paso que damos… Es demasiado agotador. Prefiero
creer que las cosas suceden porque deben suceder.

—Entonces tú y yo nos encontramos en el momento oportuno, por fin


podemos estar juntos, ser lo que siempre sospechamos que debíamos ser.
Y

de pronto resulta que estás embarazada de otro hombre, ¿y lo único que se


te ocurre decirme es algo similar a la canción de Qué será, será?

Quiero llorar. Quiero gritar y chillar. Quiero rogarle que se quede conmigo
durante todo este período. Quiero decirle lo asustada que estoy, lo mucho
que lo necesito. Quiero contarle que la noche que volvimos a encontrarnos,
la noche que estuvimos juntos, fue la primera vez que me

sentí realmente cómoda en años. Pero me contengo. Porque así solo


alargaría la situación. Empeoraría las cosas.

—Sí. Qué será, será. Eso es exactamente lo que estoy diciendo.

Me levanto y voy a la sala de estar. Él me sigue. Huelo la cena y, durante


un segundo, desearía no habérselo dicho. En este instante estaríamos en la
habitación.

Pero luego pienso que, si estoy deseando estas cosas, tal vez debería
desear no estar embarazada. O que fuese su bebé. O que jamás me hubiese
ido de Los Ángeles. O que Ethan y yo nunca nos hubiésemos separado.

¿Cómo habría sido mi vida si alguna de esas posibilidades fuera real? No


puedes cambiar una sola parte, ¿verdad? Cuando te sientas y deseas que
las cosas hubieran sucedido de una manera distinta, no puedes anhelar que
desaparezca solo lo malo. Debes pensar en todo lo bueno que también
perderías. Es mejor quedarse en el presente y centrarse en cómo hacer las
cosas bien en el futuro.

—Ethan —digo—, en el instante en que te vi, supe que tú y yo


estábamos… Me refiero a que estoy casi segura de que tú y yo…
—No lo hagas —me interrumpe—. No… ahora, ¿de acuerdo?

—Está bien. Te dejo con el abbacchio. —Sonrío con cariño y abro la


puerta para irme. Ethan me ve marcharme y cierra la puerta.

Cuando llego al último escalón, me llama. Me doy la vuelta.

Está quieto en el rellano superior, mirándome.

—Te quiero —dice—. Creo que jamás he dejado de quererte.

Me pregunto si podré llegar al coche antes de echarme a llorar, antes de


dejar de ser un ser humano y convertirme en un charco de lágrimas con
pechos grandes y un moño alto.

—Iba a decírtelo esta noche —continúa Ethan—. Antes de que pasara todo
esto.

—¿Y ahora? —pregunto.

Esboza una sonrisa agridulce.

—Sigo queriéndote. Siempre te he querido. Puede que jamás deje de


hacerlo.

Baja la vista hasta el suelo y después vuelve a levantarla y me mira.

—Pensé que debías saberlo ahora… por si… —No termina la frase. No
quiere decir las palabras y sabe que yo tampoco quiero oírlas.

—Yo también te quiero —confieso, mirándolo—. Ahora también lo sabes.


Por si acaso.

Por suerte para todos los involucrados, el fisioterapeuta no es mi tipo.

—Bien, señorita Martin —dice—. Somos…

—Ted, llámame Hannah.


—Bien, Hannah. Hoy vamos a practicar cómo ponerse de pie con un
andador.

—Parece fácil —digo porque siempre respondo eso, no porque me parezca


fácil de verdad. En esta etapa de mi vida, me parece bastante difícil.

Me pone los pies sobre el suelo. Esa parte ya sé hacerla. Después coloca el
andador delante de mí. Me levanta y me acerca a él, apoyando mis brazos
y mi pecho contra sus hombros. Está soportando mi peso.

—Despacio, intenta cargar el peso en tu pie derecho —indica. Me aferro a


él, pero intento retroceder un poco. Se me doblan las rodillas.

—Despacio —dice—. Esto es como un maratón, no una carrera de


velocidad.

—No sé si debería usar términos propios de corredores con alguien que no


puede andar —comento.

En lugar de responderme con alguna pulla, me sonríe.

—Punto a su favor, señorita Martin.

Cuando las personas se comportan de forma amable, sincera y no


responden con comentarios de sabelotodo, hacen que mis palabras
sarcásticas e inofensivas parezcan sumamente groseras.

—Era una broma —le digo, intentado retractarme al instante—. Usa todas
las analogías deportivas que te apetezcan.

—Lo haré —contesta.

La doctora Winters entra para comprobar cómo va el progreso.

—Se te ve bien —dice.

Estoy medio de pie con una bata de hospital y con calcetines blancos,
apoyándome contra un hombre mayor, con las manos sobre un andador. Lo
último que diría es que «se me ve bien». Pero decido ser amable porque no
creo que la doctora Winters y Ted el fisioterapeuta compartan mi
sarcasmo.

Por eso necesito a Henry.

La doctora Winters empieza a hacer preguntas directamente a Ted. Están


hablando sobre mí; sin embargo, me ignoran. Es como cuando era pequeña
y las amigas de mi madre venían de visita y decían cosas como «Bueno,
¿no es preciosa?» o «¡Mira qué bonita es!» y siempre quería decir «¡Estoy
aquí!».

Ted se aleja despacio, de modo que cargo más peso corporal en los pies.

No siento que tenga un equilibrio completo, pero puedo soportarlo.

—Ted —digo—, ¿puedes…? —Señalo el andador, pidiéndole que lo ponga


justo delante de mí y me hace caso. Me contoneo para separarme de él y
pongo los dos brazos en el andador. Me mantengo erguida. Nadie me
sostiene.

La doctora Winters aplaude. Como si estuviese aprendiendo a gatear.

Uno no puede soportar la condescendencia eternamente; llega un momento


en el que te quieres subir por las paredes.

—Avísame cuando quieras volver a sentarte, señorita Martin.

—¡Hannah! —exclamo—. ¡Llámame Hannah! —Mi voz es dura y hostil.

Ted no se inmuta.

—Ted, ¿me dejas a solas con Hannah un minuto? —pregunta la doctora


Winters.

Todavía estoy sola con el andador. Pero ahora nadie aplaude.

Ted sale y cierra la puerta.

La doctora Winters se dirige a mí.


—¿Puedes sentarte sola? —pregunta.

—Sí —contesto, aunque no estoy segura. Intento doblar las caderas, pero
no puedo controlar el movimiento del todo. Aterrizo en la cama con más
fuerza de lo que quería y reboto—. Debería disculparme con Ted.

—Eh —sonríe—. No le has dicho nada que no haya oído antes.

—De todos modos…

—Esto es difícil —dice.

—Sí —respondo—. Pero, puedo hacerlo. Quiero hacerlo. Quiero que


dejéis de tenerme entre algodones o que me animéis porque puedo sentir
los

dedos de los pies. Sé que es difícil, pero quiero hacerlo. Quiero empezar a
caminar.

—No me refería a que caminar fuera difícil —explica—. Lo difícil es no


poder hacerlo.

—Casi me engañas —le digo, riendo—. Tu frase fue capciosa.

La doctora Winters también ríe.

—Sé de lo que estoy hablando —aclara—. Esta situación es frustrante.

Pero no puedes apresurarte.

—Quiero irme de aquí —confieso.

—Lo sé, pero no podemos apresurarnos, o…

—¡Vamos! —digo, alzando la voz—. Llevo días acostada en esta cama.

Perdí un bebé. No puedo andar. Solo puedo levantarme cuando alguien me


empuja por esos pasillos horrendos. Algo tan trivial como caminar sola
hasta el otro lado de la habitación es algo inimaginable para mí. Estoy en
este punto. No puedo imaginarme haciendo algo trivial. ¡Y no tengo
ningún control sobre absolutamente nada! Mi vida entera cae en picado y
no puedo hacer nada al respecto. —Y Henry. Ahora ni siquiera tengo a
Henry.

La doctora Winters no dice nada. Solo me mira.

—Lo siento —digo, recuperando la calma.

Me alcanza una almohada. La tomo y la miro a los ojos. No estoy segura


de hacia dónde va esta conversación.

—Ponte la almohada en la cara —dice.

Empiezo a creer que la doctora Winters está loca.

—Hazlo —me ordena—. Dame el gusto durante un segundo.

—Bueno —contesto y me pongo la almohada en la cara.

—Ahora, grita.

Me separo la almohada de la cara y pregunto:

—¿Qué?

Me quita la almohada de las manos y me la acerca a la cara


cuidadosamente. Agarro la almohada.

—Grita como si tu vida dependiera de eso.

Intento gritar.

—Vamos, Hannah, puedes hacerlo mejor.

Intento gritar más fuerte.

—¡Más fuerte! —exclama.


Grito.

—¡Vamos!

Grito cada vez más y más alto.

—¡Sí! —dice.

Grito hasta que no me queda más aire en los pulmones, ni más fuerza en la
garganta. Respiro y vuelvo a gritar.

—No puedes caminar —dice—. Y has perdido un bebé.

Grito.

—Pasarán meses hasta que te recuperes por completo —dice.

Grito.

—No lo reprimas. No lo ignores. Suéltalo.

Grito, grito y grito.

Estoy enfadada porque no puedo caminar todavía. Estoy enfadada porque


la doctora Winters tiene razón al aplaudirme cuando me mantengo erguida
con un andador, porque ponerme de pie sola, incluso con un andador, es
muy, muy difícil.

Estoy enfadada con el dolor.

Y con la mujer que siguió conduciendo como si yo no fuera nada. Siguió


conduciendo por la calle mientras yo me quedaba ahí tirada, en el suelo.

Y estoy enfadada con Henry. Porque me hacía más llevadero todo esto y
ahora ya no está. Y porque hizo que me sintiera como una tonta. Porque
pensé que le importaba. Porque pensé que, tal vez, significaba algo para él.

Y estoy enfadada porque no sea así.


Estoy enfadada porque me quedé embarazada de Michael.

Estoy enfadada porque me enamoré de él.

Estoy enfadada con mis padres, por aparecer y desaparecer de mi vida.

Ahora, en este preciso instante, siento como si estuviese enfadada con el


mundo entero.

Así que le grito a la almohada.

Cuando termino, me aparto la almohada del rostro, la apoyo de nuevo en la


cama y miro a la doctora Winters.

—¿Estás lista? —pregunta.

—¿Para qué?

—Para avanzar —responde—. Aceptar que no puedes andar en este


momento. Y para ser paciente contigo y con nosotros mientras aprendes a
hacer todo de nuevo.

No estoy segura. Así que vuelvo a agarrar la almohada y me la pongo


sobre la cara. Grito una vez más. Pero esta vez solo a medias. No tengo
nada más por lo que gritar. Sigo enfadada, sí. Pero la furia ya no está
hirviendo en la superficie. Bulle a fuego lento. Y uno puede controlar el
fuego lento.

—Sí —digo—. Estoy lista.

Se para delante de mí. Me ayuda a incorporarme. Llama a Ted para que


entre en la habitación.

Y ambos se colocan frente a mí y me ayudan, y me enseñan el arte de


balancearse sobre dos pies.

Cuando llego a casa, Calígula corre a mi encuentro y oigo a Gabby salir de


la cama.
Baja las escaleras y me mira. Puede ver en mi rostro que ha ido bien. Y

yo puedo ver en el suyo que ha estado llorando.

—Has vuelto temprano.

—Sí —respondo.

—¿Se lo has contado?

—Sí.

Me señala el sillón y ambas nos acercamos y nos sentamos.

—¿Qué ha dicho?

—¿Nada? ¿Todo? Que tiene que pensárselo. —Luego le pregunto—: ¿Te


ha vuelto a llamar Mark? —Mark ha llamado por lo menos diez veces
desde que se fue. Gabby no le ha contestado ninguna llamada.

—Sí —dice—. Pero sigo sin contestarle. Ahora no es el momento de


hablar. Tengo que recuperarme y prepararme. Oiré lo que tenga que
decirme. Supongo que no lo estoy dando por perdido del todo.

—Entiendo —contesto.

—Pero también soy realista. Me ha estado engañando desde hace mucho


tiempo. No creo que una explicación me haga cambiar de opinión con
respecto a divorciarme.

—¿No te entran ganas de contestar al teléfono y gritarle?

—Claro que sí —ríe—. Por supuesto que tengo ganas. Probablemente lo


haga pronto.

—Pero no en este momento.

—¿Qué voy a lograr con eso? —dice, encogiéndose de hombros—. Al


final de la conversación, yo seguiré siendo yo. Él seguirá siendo él, y me
habrá seguido engañando. Tengo que aceptarlo.

—Bueno, por lo menos estamos afrontando nuestros problemas —le digo.

—Sí, por lo menos lo hacemos. —Me mira y me sonríe con tristeza.

—Formamos un buen equipo, ¿no?

—Eso digo yo —resopla Gabby.

—No podría hacer nada de esto sin ti.

—Pienso igual —dice.

—Solo quiero compadecerme y llorar —comento—. Al menos en un


futuro inmediato.

Mi amiga asiente.

—Si te soy sincera, me parece una idea estupenda.

Ambas nos desplomamos en el sillón. Calígula se nos une.

Nos pasamos el resto de la noche llorando en silencio y consolándonos


mutuamente.

Creo que ese proceso nos ayuda a descargar un poco el miedo y el dolor
que sentimos, porque, cuando nos despertamos al día siguiente, nos
sentimos más fuertes, mejores y más preparadas para enfrentarnos al
mundo, sin importar lo que este nos depare.

Salimos a desayunar e intentamos bromear un poco. Gabby me recuerda


que debo tomar las vitaminas prenatales. Sacamos a pasear a Calígula y
luego le compramos una cama y algunos mordedores. Empezamos a
enseñarle a hacer sus necesidades, llevándola a la puerta principal cuando
hace pis. Cada vez que parece que está a punto de hacer pis, la alzamos y
la llevamos a la entrada, donde hemos dejado un empapador de
entrenamiento. Cuando Calígula va sola por primera vez al empapador,
Gabby y yo chocamos los cinco con un nivel de entusiasmo sin igual.
Mark vuelve a llamar por la noche y Gabby contesta. Escucha con
tranquilidad lo que él tiene que decirle. Yo decido no prestar atención a lo
que hablan y me marcho para darle su espacio.

Tarda horas en venir a mi habitación.

—Me ha pedido perdón un millón de veces. Dice que jamás quiso hacerme
daño. Que se odia por lo que ha hecho.

—Bien —digo.

—Dice que me lo iba a contar. Que estaba reuniendo el valor necesario.

—Bueno…

Le tiembla la voz y me pone nerviosa.

—Que la ama a ella. Y quiere que nos divorciemos.

—¿ Él quiere divorciarse? —Me siento en la cama.

Asiente con la cabeza, igual de sorprendida que yo.

—Dice que puedo quedarme con la casa. Que aceptará cualquier acuerdo.

Que me merezco todo lo que me pueda dar. Dice que me quiere, pero que
no está seguro de que haya estado enamorado de mí. Y que siente mucho
no haber sido lo suficientemente valiente para encarar la situación antes.

Me quedo con la boca abierta.

—Dice que, viéndolo en retrospectiva, debería haber manejado la


situación de otra manera, pero que sabe que esto es lo mejor para los dos.

—Lo mataré —anuncio.

—No —niega con la cabeza—. Estoy bastante bien.

—¿Qué?
—Bueno, creo que, antes que nada, estoy aturdida —comenta—. Así que
no te tomes demasiado en serio lo que digo.

—Está bien…

—Pero siempre tuve la sensación de que quizás habría alguien mejor para
mí.

—¿En serio?

—Sí —afirma—. Empezamos a salir en la universidad. Con tanto estudio,

¿de dónde ibas a sacar tiempo para tener citas? Así que me quedé con él
porque… No encontré una razón de verdad para no hacerlo. Estábamos
cómodos juntos. Éramos lo suficientemente felices. Después, ya sabes,
llegué a la edad en la que sentí que debía casarme. Y desde entonces nos
ha ido bien. Siempre hemos estado bien.

—Pero ¿solo bien?

—Claro —responde—. Bueno, no sé —agrega—. A veces, deseaba tener


algo más que un «solo bien». Alguien que me hiciera sentir especial. Pero
creo que al final dejé de pensar que existía tal cosa. Y me dije: ¿Por qué no
casarme con un hombre como Mark? Es un buen hombre.

—Cuestionable.

—Cierto —ríe—. Ahora es cuestionable. Pero en ese momento no me lo


pensé dos veces. ¿Sabes? Tenía una buena relación con un hombre estable

que quería casarse conmigo, comprar una casa y hacer todas las cosas que
se suponía que debíamos hacer. Sentía que era un 8. Y era completamente
feliz. Si esto no hubiese sucedido, creo que no habría sido capaz verbalizar
lo que te estoy contando. Simplemente no se me pasó por la cabeza. Era
feliz. De verdad. —Comienza a llorar de nuevo.

—¿Te encuentras bien? —pregunto.

—No —contesta, recomponiéndose—. Estoy completamente destrozada.


Pero…

—¿Pero qué?

—Cuando me lo dijo, estuve pensando todo el tiempo que si hubiera


conocido a alguien que fuese mejor para mí, alguien por el que sintiera
algo mucho más fuerte, habría querido dejar a Mark. Esa es la verdad.
Habría querido dejarlo. No creo que hubiese hecho lo que él hizo. Pero
hubiese querido hacerlo.

Calígula entra en la habitación y se hace un ovillo.

—¿Y ahora qué? —pregunto.

—¿Ahora? —dice Gabby—. No lo sé. Es muy difícil pensar a largo plazo.


Tengo el corazón roto y estoy destrozada, un poco aliviada, avergonzada y
asqueada.

—Quizá deberíamos ir poco a poco —sugiero.

—Sí.

—Tengo un gran antojo de rollos de canela —le digo.

—Eso suena genial —ríe—. Tal vez, con mucho glaseado.

—¿Quién quiere un rollo de canela con muy poco glaseado? —le pregunto.

—Bien dicho.

—Puede que ahora mismo lo único que tengamos que hacer es ir a


comprar rollos de canela con mucho glaseado.

—Sí —dice—. La mujer embarazada y yo, comiendo media docena de


rollos de canela.

—Claro.

Se va a buscar los zapatos. Yo me pongo una chaqueta y unas chanclas.


Eso es algo que puedes hacer en Los Ángeles.

Nos subimos al coche.

—Ethan no te llamó todavía, ¿no? —pregunta Gabby.

Niego con la cabeza.

—Lo hará cuando sepa lo que quiere hacer.

—¿Y hasta entonces? —pregunta.

—No me quedaré esperando a que un hombre me llame —respondo,


tomándole el pelo—. Mi mejor amiga no podría soportarlo.

Se encoge de hombros.

—No lo sé. Son circunstancias atenuantes.

—De todos modos —le digo—. Si quiere estar conmigo, estará conmigo.

Si no quiere, seguiré adelante. Tengo que criar a un bebé. Comienzo un


nuevo trabajo. Estoy viviendo muchas cosas. No sé si te lo he contado ya,
pero mi mejor amiga se está divorciando.

—¡Qué me vas a contar! —ríe—. La mía está embarazada de un hombre


que no es su novio.

—¡No me digas!

—¡Sí! —exclama Gabby—. Y el otro día vino a casa con un perro que
decidió adoptar sin avisar.

—Vaya —respondo—. Tu amiga parece estar un poco mal de la cabeza.

—La tuya también —comenta.

—¿Crees que estarán bien? —le pregunto.


—Sé que debería decir que sí, pero creo que no tienen solución.

Ambas nos echamos a reír. Seguramente es mucho más gracioso para


nosotras de lo que le parecería a los demás. Pero el modo en que dice que
no tenemos solución deja en claro que sí saldremos adelante. Y ese es un
buen motivo para olvidarnos de todo y reír.

Después de once días en el hospital, hoy me dan el alta. Volveré aquí


mismo en cuarenta y ocho horas, pero al centro de consultas externas. Veré
a Ted, el fisioterapeuta serio, varias veces por semana en el futuro
inmediato.

La doctora Winters me ha preparado para esto. Ha repasado todos los


detalles conmigo y ya me los sé de memoria.

Gabby está aquí para ayudarme a recoger mis cosas. Bastante tengo con ir
sola al baño. Pero estoy yendo hasta allí despacio. Quiero lavarme los
dientes.

Uso el andador para acercarme al lavabo.

Me detengo frente al espejo y, por primera vez en casi dos semanas, me


miro de verdad. Tengo una ligera cicatriz en el lado izquierdo de la cara,
cerca de la sien. Estoy segura de que debía de ser enorme cuando llegué,
pero ahora no tiene tan mal aspecto. Me veo pálida, pero sospecho que no
es solo por problemas de salud, sino por llevar días encerrada entre cuatro
paredes. Tengo el pelo hecho un desastre. No me he dado una buena ducha
desde lo que me parece una eternidad.

Estoy deseando dormir en una cama de verdad y bañarme sola; puede que
hasta secarme el pelo. Por lo visto eso también conlleva algunos
preparativos. Mark ha tenido que instalar un asiento en la ducha, ¡para que
pueda bañarme sin ayuda! Estas son las cosas con las que siempre soñé.

Ahora que me estoy yendo del hospital, me doy cuenta de lo mucho que
me ha retrasado el accidente. Hace unas semanas, habría pensado que a
estas alturas ya me habría comprado un coche o encontrado un trabajo. En
vez de eso, no solo no estoy donde empecé, sino mucho más atrás de mi
posición inicial.

Pero también sé que he avanzado mucho en mi recuperación física y como


persona. He abordado cosas que no habría podido afrontar de otro modo.
Mientras me observo en el espejo por primera vez desde que llegué

al hospital, me veo lista para encarar la peor de las verdades: quizás el


destino se apiadó de mí y me permitió estar aquí de pie sin el peso de una
vida incipiente dentro de mí.

No estoy lista para ser madre.

No estoy ni siquiera cerca de estarlo.

Me lavo los dientes despacio. Cuando termino los tengo limpios y


relucientes.

—¿Por qué siempre hay un pudin en tu habitación? —me pregunta Gabby.


Me vuelvo lentamente para mirarla.

Tiene un pudin de chocolate en la mano. No sé cuándo llegó aquí. Pero sé


que ha sido Henry.

Me dejó un pudin en algún momento de la noche. Un pudin de chocolate.

¿Acaso no significa algo?

Gabby ya se ha olvidado del pudin y se está ocupando de otras cosas.

—La doctora Winters debería llegar en breve para revisarte —dice—. Y

ya he leído todos los documentos. Incluso he investigado sobre la


rehabilitación fisioterapéutica…

Uno no va dejando púdines a alguien por el que no siente nada.

—¿Puedes traerme la silla de ruedas? —le pregunto.


—Ah —dice—. Claro. Pensé que ibas a intentar usar el andador hasta que
fuera la hora de irnos.

—Voy a buscar a Henry —le confieso.

—¿Al enfermero del turno de noche?

—Ha empezado a trabajar en otra planta en el turno de día. Iré a buscarlo.

Voy a pedirle que tengamos una cita.

—¿Crees que es una buena idea?

—Me ha dejado un pudin —digo. Esa es mi única respuesta. Gabby se


queda callada, esperando que diga algo más, pero no lo hago. Eso es lo
único que tengo. Me ha dejado un pudin.

—¿Te acompaño? —me pregunta cuando se da cuenta de que no cambiaré


de opinión.

Niego con la cabeza.

—Quiero hacerlo sola.

Me siento en la cama. Tardo treinta segundos en lograrlo. Pero, en cuanto


lo consigo, me siento mejor. Gabby me acerca la silla de ruedas y la coloca
a mi lado.

—¿Estás segura de que no puedo acompañarte? ¿Aunque solo sea para


empujar la silla?

—Voy a necesitar que me ayudes a entrar en la ducha. Mi nivel de


dignidad está demasiado bajo, así que espero poder evitar la experiencia
de que me estés observando mientras le digo a alguien que siento cosas
por él, cuando lo más probable es que me rechace.

—Tal vez deberías esperar y pensártelo mejor —explica.


—¿Y decírselo cuándo? ¿Qué hago? ¿Lo llamo por teléfono? «Hola,
hospital. Henry, por favor. Soy Hannah».

—Cuántas haches —bromea.


—Este tipo de valor se reúne pocas veces en la vida. Y soy lo
suficientemente tonta para estar preparada ahora. Así que, ayúdame a
subirme a la maldita silla de ruedas para que pueda hacer el ridículo.

—Está bien, hagámoslo. —Sonríe.

Me ayuda a subirme a la silla y enseguida estoy circulando.

—¡Deséame suerte! —exclamo, me dirijo a la puerta y luego freno en seco


tal y como he aprendido—. ¿Crees que, a veces, solo sabes que es la
persona?

—Como si lo conocieras y pensaras: es distinto al resto, ¿será el indicado?

—Sí —respondo—. Exacto.

—No lo sé —me dice—. Puede. Me gustaría creer que sí. Pero no estoy
segura. Cuando conocí a Mark, pensé que parecía un dentista.

—Es dentista —le contesto, confundida.

—Sí, pero cuando estábamos en la universidad, cuando tenía diecinueve,


pensé que parecía el tipo de chico que terminaría convirtiéndose en un
dentista.

—¿Parecía una persona estable? ¿Inteligente? ¿Qué? ¿Qué me estás


intentando decir?

—Nada —dice—. No importa.

—¿Pensabas que era aburrido? —le pregunto, tratando de llegar al fondo


del asunto.

—Pensaba que era insulso —confiesa—. Pero estaba equivocada, ¿no?

Solo digo que, cuando conocí a mi marido, no sentí lo que tú describes. Y


terminó siendo un hombre genial. Así que no puedo confirmar o negar que
alguien sepa que la persona que tiene en frente sea la persona.

Pues yo sí creo que puedes saberlo. Eso es lo que creo. Creo que siempre
lo pensé. Lo supe cuando vi a Ethan la primera vez. Creí que tenía algo
diferente, algo especial. Y tuve razón. Mira lo que tuvimos. No duró para
toda la vida, pero estuvo bien. Cuando sucedió, fue real.

Y ahora siento lo mismo con Henry.

Pero no sé cómo encajar esto con lo que Gabby me ha contado. No quiero


decirle que creo que, cuando conoces a alguien, puedes saber que es el
indicado para ti y a la vez admitir que, siguiendo esa lógica, Mark no es el
indicado para ella.

—Quizá solo algunas personas lo saben —concluyo.

—Sí —dice—. Puede que solo algunas personas. De todos modos, creo
que tú lo sabes. Eso es lo que importa.

—Sí —respondo—. Bueno. Debo decírselo.

—¿Qué le dirás? —me pregunta.

—Sí —Giro la silla para darle la espalda—. ¿Qué le diré? —Lo pienso un
momento—. Debería ensayarlo. Tú eres Henry.

Gabby sonríe y se sienta en la cama, adoptando una fingida actitud


masculina.

—No, él no es así —refuto—. Y estaría de pie.

—Ah —dice mientras se pone de pie—. Perdón, quería ponértelo más fácil
porque estás…

—En una silla de ruedas, claro —respondo—. Pero no me consientas. Si


voy circulando con la silla por los pasillos, intentando encontrarlo, lo más
probable es que esté de pie y yo sentada.
—Bueno —dice—. Adelante.

Tomo una profunda bocanada de aire. Cierro los ojos y hablo:

—Henry, sé que parece una locura…

—No —dice—. No empieces así. Nunca empieces con «sé que parece una
locura». Ten confianza. Tendría mucha suerte si estuviera contigo.

Tienes una actitud extraordinaria, un corazón de hierro y un optimismo


contagioso. Eres una mujer de ensueño. Muéstrate fuerte.

—Bueno —contesto y luego me miro las piernas—. No lo sé, Gabby.

Estoy discapacitada. No es mi mejor momento.

—Eres Hannah Martin. Tu momento más débil es un momento fuerte. Sé


Hannah Martin. Vamos, dispara.

—Está bien —digo, volviendo a empezar. De pronto, las palabras brotan


desde mi interior—. Henry, creo que tenemos algo. Sé que soy una
paciente y tú eres enfermero, y que va en contra de las normas y todo eso,
pero realmente creo que podríamos ser algo importante el uno para el otro
y debemos darnos una oportunidad. ¿Cuántas veces puedes decir eso sobre
alguien y que sea en serio? ¿Ver que tenemos el potencial de convertirnos
en algo especial? Quiero ver cómo nos va. Hay algo en ti, Henry. Hay algo
en nosotros. Simplemente lo sé. —Miro a Gabby—. Bueno, ¿qué te ha
parecido?

—¿Así es como te sientes de verdad? —Gabby me mira a los ojos.

Asiento.

—Sí.

—¡Ve a buscarlo! —exclama—. ¿Qué diablos haces ensayando conmigo?

—¿Qué crees que dirá? —río.


—No lo sé —responde—. Pero, si te rechaza, es un completo imbécil y te
habrás librado de una buena.

—Eso no hace que me sienta mejor.

—A veces la verdad duele. —Se encoge de hombros—. Ahora, ve.

Le hago caso.

Salgo de la habitación girando las ruedas y recorro el pasillo a toda


velocidad hasta el mostrador de enfermería. Pregunto dónde está Henry y
me dicen que no lo saben. Así que entro en el ascensor, subo a la última
planta y recorro los pasillos. No me detendré hasta que lo encuentre.

Es sábado por la noche. Gabby y yo estamos viendo una película. Calígula


está recostada en su colchón a nuestros pies. Pedimos comida tailandesa,
Gabby se está comiendo todo el pad thai antes de que pueda servirme.

—Sabes que estoy embarazada, ¿no? Al menos debería tener la


oportunidad de comer un poco.

—Mi marido me ha engañado y luego me ha dejado. —dice. Ni siquiera


levanta la vista. Está llevándose fideos a la boca con los ojos fijos en la
televisión—. Ahora mismo no tengo por qué ser amable con nadie.

—Uf, bueno, tú ganas.

Suena el teléfono, miro el identificador de llamadas y me sorprendo. Es


Ethan.

Gabby pone en pausa la película.

—Vamos, ¡contesta! —exclama.

Le hago caso.

—Hola —digo.

—Hola —contesta—. ¿Te pillo en buen momento?


—Claro. Sí.

—Estaba pensando en ir a tu casa —dice—. Puedo pasarme un momento


ahora, si te parece bien.

—Sí —respondo—. Por supuesto. Ven.

Cuelgo el teléfono y miro a Gabby.

—¿Qué me dirá? —le pregunto.

—Justo iba a preguntarte. ¿Qué te ha dicho?

—Que quiere venir. Que puede pasarse un momento por casa.

—¿Cuál de las dos? ¿Que quiere venir y se quedará o que solo se pasará un
momento?

—Ambas. Primero ha dicho una cosa, y luego la otra.

—¿Cuál dijo primero?

—Venir. Ha dicho venir. Y luego, «pasarse un momento».

—No sé si es bueno o malo —señala.

—Yo tampoco. —De pronto, me invade la desesperación. ¿Qué sucederá?

—. ¿Crees que es posible que esté dispuesto a afrontar esta situación?


¿Que quizá no lo pierda?

—¡No lo sé! —exclama. Está igual de tensa que yo.

—Las personas no deberían separarse de sus novios durante un embarazo

—digo—. Toda esta ansiedad no es buena para el bebé.

—¿Vas a cambiarte de ropa? —me pregunta Gabby.


Me miro. Llevo unos leggins negros y un suéter enorme.

—¿Debería?

—Sinceramente, sí.

—Bueno —digo—. ¿Qué me pongo? —Me levanto y me dirijo a mi


habitación, pensando en la pregunta.

—¿Qué te parece el suéter rojo? —me grita desde las escaleras—. Y unos
vaqueros o algo así. Algo muy informal.

—Sí, está bien —contesto, asomando la cabeza para hablar con ella—.

Informal pero guapa.

—Exacto —me grita—. También arréglate el moño. Se te está cayendo.

—De acuerdo.

Cuando me estoy poniendo máscara de pestañas suena el timbre.

Últimamente me siento muy gorda. No sé si he engordado de verdad o solo


me lo estoy imaginando, o ambas cosas.

—¡Ya abro yo! —grita Gabby, pero en vez de ir hacia la entrada, la oigo
subir las escaleras corriendo y venir a mi encuentro—. Antes de abrir… —

dice cuando está en la puerta de mi habitación.

—¿Sí?

—Eres maravillosa. Eres inteligente, encantadora y la mejor amiga que he


tenido. Y eres la mejor, mejor, mejor persona del universo. Nunca lo
olvides.

Le sonrío.

—De acuerdo.
Entonces se vuelve y corre hacia la puerta. Oigo cómo le saluda. Salgo de
la habitación y bajo las escaleras.

—Hola —le digo.

—Hola —me saluda—. ¿Podemos hablar?

—Claro.

—Quedaos en la sala de estar —dice Gabby—. Estaba a punto de sacar a


pasear a Calígula.

Ethan se agacha y acaricia a la perra mientras Gabby toma la correa y se


pone unos zapatos. Después ambas salen por la puerta.

Ethan me mira.

No tenemos que hablar de nada. Sé lo que ha venido a decirme por la


expresión apenada de su rostro.

Se acabó.

Tengo que superar este momento. Eso es lo único que tengo que hacer. Y

cuando se vaya, podré llorar hasta convertirme en una anciana.

—Podemos sentarnos —le digo. Estoy orgullosa de lo estable que suena


mi voz.

—No puedo hacerlo —dice sin moverse.

—Lo sé —le contesto.

Se le quiebra la voz. Empieza a temblarle el mentón de una forma casi


imperceptible.

—Llevo muchos años pensando que solo necesitaba recuperarte y todo iría
bien. —Está tan triste que no queda ningún resquicio para mi tristeza.
—Lo sé —digo—. Ven, siéntate. —Lo guío hasta el sillón. Me siento y él
hace lo mismo. Creo que sentarse ayuda a las personas tristes. Más tarde,
cuando se haya ido, cuando yo vuelva a ser la que esté triste, me sentaré.

Me sentaré en este mismo lugar.

—Lo he estropeado todo. Jamás deberíamos haber cortado cuando


estábamos en la universidad. Deberíamos… deberíamos haberlo hecho
todo de otro modo.

—Lo sé —repito.

—No estoy listo para esto —dice—. No puedo hacerlo.

Sabía que diría esto, pero oír las palabras es como si me perforaran los
pulmones.

—Te entiendo por completo —le digo, porque es verdad. Ojalá no lo

entendiera. Porque entonces quizá podría enfadarme. Pero no puedo


enfadarme, porque todo esto es culpa mía.

—Llevo días intentando hacerme a la idea. Sigo pensando que me


acostumbraré. Que todo irá bien. Sigo creyendo que, si encuentras a la
persona indicada para ti, nada se interpondrá en el camino. Sigo intentando
convencerme de que puedo hacerlo.

—No tienes que…

—No —dice—. Te quiero. Lo dije en serio y lo sigo sintiendo. Quiero


estar contigo toda la vida. Quiero ser el tipo de hombre que puede decir:

«Bueno, estás embarazada de otro; no pasa nada». Pero no soy ese hombre,
Hannah. Ni siquiera estoy listo para tener mi propio hijo, mucho menos
para criar al hijo de otro. Sé que dices que no tendría por qué ser su padre.

Lo sé. Pero, ¿cómo voy a amarte y no compartir esto contigo? ¿Cómo no


voy a acompañarte en todo esto? Abriría una brecha entre nosotros antes
incluso de que volviéramos a estar juntos de verdad.
—Ethan, escucha, lo entiendo —le digo—. Y siento mucho haberte puesto
en esta tesitura. Nunca quise hacerte esto. Hacerte elegir entre la vida que
quieres y estar conmigo.

—Quiero formar una familia algún día. Y si te digo que sí ahora, si digo
que creo que podemos estar juntos cuando tengas este bebé, siento que me
estoy comprometiendo a formar una familia contigo. Estoy plenamente
convencido de que podríamos tener un gran futuro juntos. Pero no creo que
estemos preparados para esto, para tener un bebé juntos. Incluso aunque
fuera mío.

—Bueno, uno nunca sabe para qué está preparado hasta que tiene que
enfrentarse a ello —comento. No intento convencerlo de nada. Es algo de
lo que me he dado cuenta hace poco.

—Si la semana pasada te hubiera dicho: «Hannah, tengamos un hijo»,

¿qué habrías dicho?

—Te habría dicho que era una locura. —Odio que tenga razón—. Que no
estaba preparada.

—No estoy listo para hacerme cargo del hijo de otro hombre —dice—. Y

me da mucha vergüenza. De verdad. Porque quiero ser el hombre que

necesitas. ¿Cuántas veces te he dicho que no había nada que pudiera


separarnos?

Hago un gesto de asentimiento.

—Quiero ser el indicado para ti —agrega—. Pero no lo soy. No me puedo


creer que esté diciendo esto, pero… no soy el hombre indicado para ti.

Lo miro. No digo ni una palabra. Nada de lo que diga cambiará lo que


sentimos. Prefiero los problemas con soluciones, los conflictos en los que
una persona tiene razón y la otra está equivocada, en donde lo único que
tienes que hacer es descubrir quién cumple cada rol.
Este conflicto no es así.

Ethan estira el brazo y me agarra la mano. Le da un apretón.

Y con ese único movimiento, deja de ser el que está afligido. Ahora soy yo
la que está triste.

—¿Quién sabe? —dice—. Puede que en un par de años termine siendo


padre soltero y volvamos a encontrarnos. Tal vez solo es una cuestión de
tiempo. Quizás ahora no es nuestro momento.

—Tal vez —respondo. Se me rompe el corazón. Puedo sentir cómo se


rompe.

Trago con fuerza y me controlo.

—Dejémoslo así —continúo—. Como cuando estábamos en el instituto,


no es nuestro momento. Tal vez, algún día, nos encontraremos en el
momento correcto. Quizás estamos en una de esas historias de amor que se
prolongan en el tiempo.

—Me gusta esa idea.

—O quizá no estamos predestinados a estar juntos —comento—. Y tal vez


también está bien.

Asiente muy levemente y se mira los zapatos.

—Tal vez —responde—. Sí. Tal vez.

Henry no está en mi planta ni en ninguna de las plantas de arriba. He


preguntado a los enfermeros, a los administrativos, a tres médicos y a dos
visitantes que creí que eran personal del hospital. He pasado por encima de
tres pies de dos personas distintas y arrollado un cubo de basura. No creo
que moverse en silla de ruedas sea tan difícil. Creo que soy un poco torpe.

Cuando me doy por vencida en la sexta planta, vuelvo al ascensor y bajo a


la cuarta, una planta debajo de la mía. Es mi última oportunidad. Según los
botones del ascensor, en las primeras tres plantas está la recepción, la
cafetería y las oficinas administrativas. Tiene que estar en la cuarta planta.

Es la única que queda.

Se abre el ascensor y veo a un hombre esperándolo. Empiezo a salir y el


hombre mantiene las puertas abiertas para que pueda pasar. Me sonríe y
entra. Es atractivo de una manera poco convencional; debe de rondar los
cuarenta y muchos. Durante un instante, me pregunto si me sonrió porque
me encuentra guapa, pero después recuerdo que estoy en silla de ruedas.
Se siente mal por mí, quería echarme una mano. Al darme cuenta, me
duele.

No se diferencia a esa vez en que creí que las personas me miraban en el


supermercado porque me había despertado con el pelo espectacular, y
después me di cuenta de que tenía un moco. Aunque si soy sincera, lo del
moco es peor.

Lo olvido, como olvido todo lo que me fastidia hoy en día, y respiro


hondo, lista para ir a buscar a Henry. Pero una enfermera me detiene.

—¿Puedo ayudarte? —pregunta.

—Sí —contesto—. Busco a Henry. Es un enfermero.

—¿Cuál es su apellido? — La enfermera es alta, tiene los hombros anchos


y el pelo corto y grueso. Parece que lleva mucho tiempo en este trabajo y
que ya está un poco harta.

En realidad no sé el apellido de Henry. Los otros enfermeros a los que he


preguntado no me pidieron su apellido; seguramente porque en sus plantas

no había ningún Henry. El hecho de que me pregunte el nombre es un muy


buen indicio de que él está aquí.

—Alto, pelo oscuro, ojos marrones —lo describo—. Tiene un tatuaje. En


el antebrazo. Usted sabe de quién hablo.

—Lo siento, señorita, no puedo ayudarla. ¿En qué planta está ingresada?
—Pulsa el botón para llamar al ascensor. Creo que es para mí.

—¿Qué? Quinta planta —respondo—. No, escúcheme. Henry, el del


tatuaje. Necesito hablar con él.

—No puedo ayudarla —repite.

El ascensor frente a nosotras se detiene con un ding y se abre la puerta.

La enfermera me mira expectante. No me muevo. Ella alza una ceja y yo


la imito. El ascensor se cierra. La mujer pone los ojos en blanco.

—Henry no está aquí hoy —dice—. Mañana empieza a trabajar bajo mi


supervisión. Todavía no lo conozco, así que no estoy segura de que sea el
Henry del que hablas, pero al Henry al que me refiero lo transfirieron
porque su jefa creía que se estaba involucrando demasiado con una
paciente. —Al ver que mi expresión cambia, se envalentona—. Ahora
puede entender mi reticencia —agrega. Vuelve a apretar el botón.

—¿Se metió en problemas? — En el mismo instante en que formulo la


pregunta me doy cuenta de que he cometido un error.

La enfermera frunce el ceño, como si hubiese confirmado sus peores


suposiciones sobre mí y que tampoco lo entiendo.

—Retiro la pregunta —le digo—. Seguro que tampoco está dispuesta a


ayudarme a encontrarlo fuera del hospital, ¿verdad? ¿No me dirá su
apellido ni su número de teléfono?

—Correcto —contesta.

Asiento.

—Entiendo. ¿Puede darle un mensaje de mi parte? ¿Con mi número de


teléfono?

Me observa estoica e impávida.

—Supongo que, si le dejo un mensaje, lo tirará directamente a la basura.


—No me lo pensaría dos veces —dice.

—Está bien. —Por fin me doy cuenta de que hoy no voy a tener suerte.

Aunque esta mujer me dejara pasar, Henry sigue sin estar aquí. A menos
que… ¿me esté mintiendo? Quizá sí que está aquí.

Presiono el botón de subir del ascensor.

—Bueno —continúo—. Ha sido usted clara y concisa. Dejaré de


molestarla.

Me mira de reojo. El ascensor suena y vuelve a aparecer. Empiezo a


subirme y le digo adiós con la mano. Ella se aleja. Dejo que la puerta se
cierre y pulso el botón de la misma planta en la que estoy.

La puerta se abre y salgo a toda velocidad. Voy en la dirección contraria a


la que mira la enfermera, alejándome del mostrador de enfermería. Estoy
llegando a una esquina cuando me ve.

—¡Oye! —dice. Doblo la esquina y me empujo con todas mis fuerzas


hasta el final del pasillo. Tengo los brazos débiles y el corazón me late
más rápido de lo que lo ha hecho en días, pero sigo avanzando. Miro hacia
atrás y la veo caminando enérgicamente hacia mí. Se nota que está
enfadada, pero tengo la sensación de que no quiere montar una escena.

Delante de mí hay dos puertas de vidrio doble. No se abren por mi lado;


estoy atrapada. No tengo salida. La enfermera malvada continúa
acercándose. Al otro lado de las puertas, veo que hay un médico. En
cualquier momento las abrirá y podré entrar. Tal vez.

No sé qué narices se me ha pasado por la cabeza para hacer esto. Quizás


las ganas que tengo de encontrar a Henry. Quizás es el hecho de que he
estado recluida en una habitación durante mucho tiempo, con todo el
mundo diciéndome qué hacer. Tal vez se deba a que casi me muero y esta
experiencia me ha hecho perder el miedo. Quizá son las tres cosas.
La puerta se abre y el médico me deja pasar. Atravieso la puerta, rogando
que se cierre antes de que la enfermera Ratched, la de Alguien voló sobre
el nido del cuco, me alcance. Pero no tengo tiempo para detenerme y
mirar.

Sigo avanzando, buscando a Henry en todas las habitaciones. Llego hasta


el final del pasillo. Giro a la izquierda y siento que dos manos agarran las
asas de mi silla de ruedas. Me detengo de golpe.

Me han pillado.

Me vuelvo para mirarla.

—¿Qué puedo decir para que no me arresten?

Empuja mi silla, pero no responde a mi pregunta. De pronto, con la


adrenalina esfumándose, me doy cuenta de que mi artimaña ha sido
estúpida e ineficaz. Es cierto que Henry no está hoy en el hospital. Y

aunque regresara mañana y lo volviera a intentar, lo más probable es que


jamás lo encuentre.

—Puedo mover la silla sola —explico.

—No —responde.

—Supongo que estas cosas pasan todo el tiempo. —Río con nerviosismo,
intentando quitarle hierro al asunto.

—No.

Llegamos al ascensor. Pulsa el botón. No puedo mirarla. Se abre la puerta.

—Bueno —digo—. Creo que ha llegado el momento de decirnos adiós.

Me observa y pone sus manos en la silla.

—No.
Empuja mi silla, entramos juntas al ascensor y presiona el botón para ir a
la quinta planta.

Me quedo callada, mirando hacia el frente. Ella se coloca a mi lado.

Cuando se abre el ascensor, me lleva hasta el mostrador de enfermería.

—Hola, Deanna —saluda—. ¿Me puedes decir cuál es la habitación de


esta paciente?

—Puedo decírtelo yo —le aclaro—. Estoy aquí.

—Si no te molesta, Rueditas, me gustaría oír a Deanna.

—Hannah tiene razón —ríe Deanna—. Está justo ahí. —Señala la puerta y
la enfermera Ratched me lleva hasta mi habitación, donde me espera
Gabby.

Mi amiga nos ve a las dos sin saber muy bien qué sucede.

—¿Qué ha pasado?

La enfermera Ratched habla antes que yo:

—Mira —me dice directamente—, todos cometemos errores y me


imagino que ahora mismo estás pasando por un mal momento en tu vida,
así que lo dejaré pasar. Pero no volverás a bajar a mi planta. ¿Está claro?

Asiento y la enfermera empieza a irse.

—Enfermera… —En ese instante me doy cuenta de que no debería


llamarla enfermera Ratched a la cara—. Perdón. ¿Cómo se llama?

—Hannah —dice.

—¡Dios santo! Intento disculparme. Solo le he preguntado su nombre.

—Lo sé —responde—. Me llamo Hannah.


—Ah. Perdón.

—¿Siempre es tan encantadora? —Hannah mira a Gabby.

—No parece estar teniendo su mejor día —explica Gabby. Creo que esto es
lo máximo que dirá para defenderme. Así que aprecio el gesto.

—Solo quería decirle que siento haberla metido en problemas. Hice mal.

—Bueno, gracias. —Se gira para retirarse.

—Hannah —la llamo.

Se vuelve para mirarme.

—Soy una acosadora.

—¿Cómo?

—Henry no tiene la culpa —explico—, de que intimáramos tanto. Él


siempre se portó de una forma absolutamente profesional y yo,
básicamente, lo perseguí. Siempre me dejó claro que solo teníamos una
relación enfermero-paciente. Y yo no dejaba de insistir, intentando que
cambiara de opinión. He sido yo. Él no… Odiaría que, por mi
comportamiento, creyeran que ha sido poco profesional. La culpa es mía.

Asiente y se retira. No estoy segura del todo de que me haya creído, pero
lo que he hecho permite concluir que, cuanto menos, estoy un poco loca.

Eso es lo que toca.

Me vuelvo para mirar a Gabby.

—Henry no estaba y monté una escena.

—¿No hubo declaración?

Niego con la cabeza.


—Más bien una persecución.

—Bueno, supongo que ya has tenido bastante drama por hoy. La doctora
Winters vino mientras no estabas. Dijo que ya está todo listo para irnos.

—Entonces, ¿nos vamos? —le pregunto.

—Sí.

—¿Qué hago con Henry? —pregunto—. No puedo irme sabiendo que no


volveré a verlo.

—No lo sé —dice—. Quizá te lo encuentres en algún momento. Aquí, en


el hospital, durante alguna sesión de fisioterapia.

—Quizá —respondo.

—Si estáis predestinados a volver a encontraros, sucederá. ¿No?

—Sí —contesto—. No lo sé. Supongo que sí.

Mi memoria motriz hace que ponga las manos por instinto sobre los
apoyabrazos de la silla de ruedas, como si fuese a ponerme de pie. Pero
después recuerdo quién soy. Y lo que sucede.

Deanna entra en la habitación.

—¿Lista para irte?

—Sí, señora —respondo.

Gabby recoge mis cosas. Deanna me lleva hasta el ascensor. Nos


acompaña mientras bajamos. Me pregunto si Deanna viene con nosotras
por protocolo o porque teme una huida. El ascensor se detiene un minuto
en la cuarta planta y una mujer mayor sube. Puedo ver a la enfermera
Hannah parada en el mostrador de enfermería hablando con un paciente.
Me ve y aparta la mirada. Me parece verla esbozar una sonrisa, aunque a
veces solo veo lo que quiero ver.
Cuando llegamos al vestíbulo, Deanna me comenta que me puedo quedar
con la silla. Durante un momento pienso: Genial, silla de ruedas gratis.

Luego recuerdo que soy una persona a la que le dan sillas de ruedas.
Olvida esto último.

—Gracias, Deanna —digo mientras salimos a la calle. Ella se despide y


vuelve a entrar en el hospital.

Mark aparca el coche. Se baja y corre hacia mí. Me doy cuenta de que es la
primera vez que lo veo desde el accidente. Es un poco raro, ¿no? ¿No
debería haberme visitado? Yo lo hubiese hecho.

Gabby y Mark guardan mis pertenencias en el coche y yo me acerco hasta


la puerta. Intento abrirla sola, pero es más difícil de lo que creía. Espero
con paciencia a que alguno venga en mi ayuda. Mientras tanto, miro el
edificio.

Puede que jamás vuelva a ver a Henry.

Gabby me abre la puerta del coche y me ayuda a sentarme en el asiento


trasero. Mark guarda la silla de ruedas en el maletero. Pone en marcha el
motor y nos alejamos.

Si estoy predestinada a encontrarlo, lo encontraré. Supongo que me lo


creo.

Pero, a veces, desearía ser yo la que controlara mi destino.

Gabby se marchó esta mañana temprano a pasar el día en casa de sus


padres. Mark vendrá más tarde a buscar el resto de sus cosas y ella no
quiere estar aquí.

Su marido solo ha venido una vez desde que se mudó para buscar unos
trajes y otras nimiedades. No estábamos ni Gabby ni yo y, si soy sincera,
nos asustamos un poco cuando llegamos a casa y la encontramos revuelta.

Gabby cambió las cerraduras después de ese episodio. De modo que ahora
Mark necesita que alguna de nosotras esté aquí mientras saca sus cosas.
Obviamente me ha tocado a mí.

En su correo electrónico decía que vendría al mediodía, pero todavía es


temprano. Así que tengo que hacer un poco de tiempo. Decido que ha
llegado el momento de llamar a mis padres y darles la noticia. A esta hora,
seguro que los pillo antes de que salgan a cenar por Londres.

Marco el número de su teléfono fijo, dispuesta a decirles que estoy


embarazada en cuanto contesten. Dejaré caer la bomba antes de que
empiece a preocuparme por su reacción.

Sin embargo, la voz que escucho al otro lado del teléfono, la voz que dice

«¿Hola?» no es mi madre o mi padre. Es mi hermana.

—¿Sarah? —pregunto—. ¿Qué haces en casa de mamá y papá?

—¡Hannah! —exclama—. ¡Hola! George y yo estamos aquí el fin de


semana —explica con marcado acento británico. Pongo los ojos en blanco.

Oigo a mi padre de fondo, preguntando quién llama. La voz de mi hermana


se aleja del teléfono—. Es Hannah, papá. Tranquilo… Papá quiere hablar
contigo.

—Ah, bueno —contesto, pero ella no le da el teléfono.

—Quiero saber cuándo vendrás a visitarnos —indaga—. No viniste la


última Navidad, como haces siempre, así que nos la debes.

Sé que es una broma. Pero me irrita que dé por sentado que soy yo la que
siempre tiene que ir hasta allí. Por una vez, quisiera ser lo suficientemente

importante para que sean ellos los que vengan. Solo una vez.

—Bueno, ahora estoy en Los Ángeles —digo—. El vuelo será un poco más
largo. Pero iré. En algún momento.

—Está bien, de acuerdo —le dice a mi padre—. Hannah, tengo que irme.
—Deja el teléfono antes de que pueda despedirme.

—Hannah Savannah —saluda mi padre—. ¿Cómo estás?

—Estoy bien, papá. Estoy bien. ¿Y tú?

—¿Que cómo estoy? ¿Que cómo estoy? Esa es la cuestión.

Suelto una carcajada.

—No, estoy bien, cariño. Estoy bien. Tu madre y yo estábamos sentados,


decidiendo si íbamos a pedir comida italiana o tailandesa para cenar. Tu
hermana y George están intentando llevarnos a algún sitio, pero está
diluviando y no tengo muchas ganas.

Mi plan de soltar la noticia a bocajarro ha fallado.

¿O no?

—Qué bien. Bueno, papá, estoy embarazada.

Juro por Dios que suena como si se hubiera cortado la llamada.

—¿Papá?

—Aquí estoy —dice sin aliento—. He ido a buscar a tu madre.

Ahora oigo otra voz en el teléfono.

—Hola, Hannah —saluda mi madre.

—¿Puedes repetir lo que me has dicho, Hannah? —inquiere mi padre—.


Me temo que tu madre no va a creerme si se lo cuento yo, pensará que le
estoy gastando una broma.

¿Tengo que soltarlo dos veces?

—Estoy embarazada.

Otra vez silencio. De pronto oigo un chillido agudo; uno tan fuerte y

chirriante que tengo que alejarme el teléfono de la oreja.

Luego oigo a mi madre gritar:

—¡Sarah! ¡Sarah, ven aquí!

—¿Qué, mamá? Por Dios. Deja de gritar.

—Hannah está embarazada.

El teléfono pasa de mano en mano. Oigo que todos se pelean por tomar el
auricular. Al final gana mi madre.

—Cuéntanos todo. Esto es maravilloso. ¡Háblanos del padre! No sabía que


estabas saliendo en serio con alguien.

Oh, no.

Mi madre cree que me he quedado embarazada a propósito.

Mi madre cree que estoy lista para tener un bebé.

Mi madre cree que hay un padre.


Mi madre, mi propia madre, sabe tan poco quién soy en realidad y cómo es
mi vida que cree que he ido a buscar este hijo.

Esta es una de las cosas más divertidas que he oído en mi vida. Me pongo
a reír hasta que me caen las lágrimas por las mejillas.

—No hay ningún padre —respondo entre ataques de risa—. Seré una
madre soltera. Ha sido un accidente.

—Ah. —Mi madre corrige rápidamente el tono—. Bueno.

—¡Vaya! —Mi padre le quita el teléfono—. Esta noticia es sorprendente.

¡Pero es una noticia muy buena! ¡Muy, muy buena!

—¿En serio? —Bueno, sí lo es. Pero, ¿ellos piensan igual que yo?

—¡Voy a ser abuelo! —exclama—. Seré un abuelo fenomenal. Le enseñaré


a tu hijo todas esas cosas que enseñan los abuelos.

Sonrío.

—¡Claro que sí! —digo, pero no le creo en absoluto. Él no está aquí.

Nunca está aquí.

Sarah le quita el teléfono a mi padre y comienza a decir lo feliz que está


por mí y lo poco que importa que críe al bebé sola. Aunque luego se
corrige:

—En realidad, sí importa. Claro que importa. Pero lo harás tan bien que no
importará.

—Gracias —digo.

Después mi madre se hace con el teléfono y oigo de fondo el murmullo


que hace al cambiar de habitación. Se cierra una puerta.

—¿Mamá? —pregunto—. ¿Estás bien?


La oigo tomar una profunda bocanada de aire.

—Deberías venirte a vivir a casa —afirma.

—¿Qué? —exclamo. No creo comprender lo que está diciendo.

—Podemos ayudarte —explica—. Podemos ayudarte a criar a ese bebé.

—¿Quieres decir que me mude a Londres?

—Sí, ven con nosotros. A casa.

—Londres no es mi casa —le digo, pero no la desconcierta en lo más


mínimo.

—Bueno, tal vez debería serlo —agrega—. Necesitas una familia para
criar un bebé. Seguro que no quieres hacerlo sola. Y a tu padre y a mí nos
encantaría ayudarte, nos encantaría tenerte aquí. Deberías estar aquí con
nosotros.

—No sé…

—¿Por qué no? Te acabas de mudar a Los Ángeles, así que no puedes
decirme que ya tienes una vida allí. Si no hay un padre de por medio, no
hay nada que te ate allí.

Pienso en lo que dice.

—Hannah —dice—. Déjanos ayudarte. Déjanos ser tus padres. Múdate a


nuestra habitación de invitados, ten a tu bebé aquí. Siempre he dicho que
deberías haberte venido a vivir a Londres con nosotros hace mucho
tiempo.

—Jamás lo ha dicho. No me lo ha dicho ni una vez.

—Lo pensaré —prometo.

Oigo que se abre la puerta. La oigo hablar con mi padre.


—Le estoy diciendo a Hannah que es hora de que se venga a vivir con
nosotros.

—Por supuesto, debería hacerlo —le oigo decir. Después coge el teléfono

—. Quién sabe, Hannah Savannah, quizá siempre estuviste predestinada a


vivir en Londres.

Hasta ahora, nunca se me había ocurrido que quizás mi lugar estuviera en

Londres. Es la ciudad en la que vive mi familia y jamás me planteé


mudarme allí.

—Quizá, papá —digo—. ¿Quién sabe?

Para cuando cuelgo, mis padres están convencidos de que voy a mudarme
allí lo antes posible, a pesar de que fui muy clara cuando solo les prometí
que lo pensaría. Para poder terminar la llamada, tuve que jurarles que
hablaría con ellos mañana. De modo que eso hice. Y entonces se
despidieron de mí.

Me tumbo en la cama y me quedo mirando el techo durante lo que me


parecen horas. Fantaseo con lo que sucedería si me fuera de Los Ángeles,
si me mudara a Londres.

Considero cómo sería mi vida si me trasladara al apartamento de mis


padres en Londres con un bebé recién nacido. Pienso en mi hijo hablando
con acento británico.

Pero sobre todo pienso en Gabby.

En todo lo que echaría de menos si me mudara.

Mark llega al mediodía.

Abro la puerta rápidamente, con manos agitadas y nerviosas. No estoy


ansiosa porque me intimide o porque no sepa qué decirle. Estoy nerviosa
porque me aterra decir algo de lo que después me arrepienta.
—Hola —dice. Está delante de mí, lleva unos vaqueros y una camiseta
verde. Viene solo, tal y como esperaba. Trae dos cajas sin montar debajo
de los brazos.

—Hola —respondo—. Pasa.

Entra en la casa con cautela, como si no perteneciera aquí.

—El camión de mudanzas vendrá en media hora —explica—. Alquilé uno


pequeño. Creo que será suficiente, ¿no? No tengo muchas cosas.

—Claro —respondo.

Veo que su mirada baja hasta Calígula; ambos son rivales en el sentido
más convencional de la palabra. La casa no es lo suficientemente grande
para que quepan los dos.

Mark se frota los ojos antes de mirarme y decirme:

—Bueno, pues me pongo a ello. Si me permites.

Está más incómodo que yo. Su vulnerabilidad me tranquiliza. Tengo


menos probabilidades de gritarle a un hombre arrepentido.

Me siento en el sofá. Enciendo la televisión. No puedo relajarme mientras


él está aquí, pero tampoco voy a perseguirlo por todas partes.

Poco después, el servicio de mudanzas llama al timbre y Mark corre a


abrir la puerta.

—Si vais a estar entrando y saliendo de la casa —digo—, dejaré a Calígula


en la habitación.

—Genial —dice—. Gracias. —Los empleados entran y Calígula y yo nos


quedamos en mi habitación.

Por alguna razón, tengo ganas de llorar. Tal vez son las hormonas. Quizás
es porque nunca quise que Gabby pasara por todo esto. No lo sé. A veces
es difícil descifrar la verdadera razón por la que lloro, río o me paralizo.
Cuando termina, llama a la puerta de mi habitación.

—Ya he terminado —dice.

—Bien —respondo.

Baja la vista al suelo y luego me mira a los ojos.

—Lo siento —dice—. Por si sirve de algo.

—No sirve de mucho —objeto. No sé si es porque ha osado intentar


disculparse, pero ya no me da ninguna pena.

—Lo sé —dice—. No es la situación ideal.

—No empecemos con esto —ruego.

—Ella terminará con alguien mejor que yo —explica—. Tú mejor que


nadie deberías saber que son buenas noticias.

—Oh, por supuesto que sé que terminará con alguien mejor que tú —

espeto—. Pero eso no cambia que hayas actuado como un cobarde y, en


vez de ser sincero, le hayas mentido y engañado.

—¿Sabes? Uno comete muchas locuras cuando conoce al amor de su vida

—dice para defenderse. Como si no pudiera comprender en absoluto lo


que ha vivido porque no he conocido a mi alma gemela. Como si estar
enamorado fuera una excusa para hacer cualquier cosa—. No quería
enamorarme de Jennifer. No quería que esto sucediera. Pero cuando tienes
ese tipo de conexión con alguien, nada se interpone en el camino.

No creo que estar enamorado te absuelva de nada. Ya no creo que todo


valga en el amor y en la guerra. Incluso iría más allá y diría que lo que una
persona hace por amor no es una excepción a su carácter, sino aquello que
precisamente la define.

—¿Por qué estás intentando convencerme de que eres un buen hombre?


—Porque Gabby solo te escucha a ti.

—No voy a defenderte.

—Ya lo sé…

—Y lo que es más importante, Mark, no estoy de acuerdo contigo. No creo


que conocer al amor de tu vida te dé carta blanca para destruir todo a tu
paso. Hay mucha gente que encuentra a la persona con la que se supone
que debe estar y no funciona porque tiene otras obligaciones. Y en lugar de
ser un mentiroso y escapar de sus responsabilidades, se comporta como un
adulto y hace lo correcto.

—Solo quiero que Gabby sepa que jamás quise hacerle daño.

—Bueno, está bien —respondo solo para que se vaya. La verdad es que no
está bien. No está bien para nada.

No importa si hacemos cosas que no queríamos hacer. No importa si fue


un accidente o un error. Tampoco importa si pensamos que todo es obra del
destino. Porque, a pesar de nuestro destino, todavía debemos responder por
nuestras acciones. A lo largo de nuestra vida, todos los días tenemos que
tomar decisiones, grandes o pequeñas, y esas decisiones tienen
consecuencias.

Debemos afrontar esas consecuencias con la cabeza bien alta, para bien o
para mal. No podemos borrarlas diciendo que no fue nuestra intención.

Predestinado o no, nuestras vidas siguen siendo el resultado de nuestras


decisiones. Empiezo a creer que, cuando no nos hacemos cargo de ellas, no
somos nosotros mismos.

Mark va hacia la entrada y yo lo acompaño a la puerta.

—Supongo que esto es todo —dice—. Supongo que ya no vivo aquí.

Calígula sale de la habitación y corre hacia él. Mark se pone nervioso


cuando la perra está cerca, le asusta. Quizás esa sea la razón por la que el
animal se orina en su zapato. O tal vez porque está parado en la puerta,
donde normalmente ponemos el empapador.

De todos modos, me quedo mirando cómo Calígula se agacha y orina


sobre él.

Mark pone cara de asco y me mira. Le devuelvo la mirada.

Da media vuelta y se va.

Cuando Gabby vuelve a casa más tarde, Calígula y yo corremos a la


puerta. La saludo contándole lo que hizo la perra.

Gabby se ríe con todas sus fuerzas y se inclina para darle un abrazo.

Las tres nos quedamos allí paradas, riéndonos.

—Mis padres quieren que me mude a Londres —digo—. Dicen que me


ayudarán con el bebé.

—¿En serio? —Gabby me mira sorprendida—. ¿Qué piensas al respecto?

¿Quieres mudarte?

Digo algo que jamás he dicho antes:

—No. Quiero quedarme aquí. —Y de pronto, me pongo a reír.

Gabby me mira como si tuviera tres cabezas.

—¿Qué es tan gracioso? —pregunta.

Le respondo todavía riendo:

—He estropeado cualquier oportunidad que tenía con el único hombre al


que creo haber amado de verdad. Estoy esperando un bebé que no buscaba
por haberme acostado con un hombre casado, que no quiere tener nada que
ver con el niño. Estoy más gorda que nunca. Y mi perra todavía se hace pis
dentro de la casa. Sin embargo, de algún modo, siento que mi vida aquí es
tan buena que no quiero renunciar a ella. Por primera vez en la vida, tengo
a una persona de la que no podría separarme.

—¿Soy yo? —pregunta Gabby con recelo—. Porque si no soy yo, sería una
historia un poco rara.

—Sí, amiga —le respondo—. Eres tú.

—¡Ay, gracias, hermana!

Estoy en el asiento trasero del coche, mirando por la ventanilla abierta.

Respiro aire fresco mientras conducimos por la ciudad. Es posible que,


visto desde fuera, parezca un perro. Pero no me importa. Estoy tan feliz de
haber salido del hospital. De vivir en el mundo real. De ver el sol sin una
ventana de por medio. Todo lo que hay en el mundo tiene un aroma. El
exterior no solo huele a césped recién cortado y a flores. También al humo
de cafeterías y al ajo de los restaurantes de comida italiana. Y me encanta.

Seguramente se debe a que he pasado mucho tiempo inhalando olores de


un hospital esterilizado. Puede que dentro de un mes no lo aprecie tanto
como en este momento. Pero da igual. Ahora me gusta.

Aparto el rostro de la ventana un momento cuando oigo que Mark suspira


en un semáforo en rojo. Ahora me doy cuenta de que en el interior del
coche reina una tranquilidad espeluznante. Mark parece ponerse más
nervioso a medida que nos acercamos a su casa. Al prestar más atención,
me doy cuenta de que está de mal humor.

—¿Te encuentras bien? —le pregunta Gabby.

—Mmm… ¿Qué? No, sí, estoy bien —contesta—. Solo voy pendiente de
la carretera.

Veo que le tiemblan las manos. Parece que le falta el aire. Empiezo a
preguntarme si me estoy perdiendo algo, si no quiere que viva con ellos, si
me ve como una carga.
Si así fuera, si él le hubiera confesado a Gabby que no quiere hacerse
cargo de mí, sé que mi amiga le habría persuadido. Lo sé. Ella jamás me
abandonaría. También lo sé. Así que es perfectamente posible que esté
siendo una molestia para ellos sin ni siquiera saberlo.

Aparcamos a un lado de la calle, frente a la casa. Me fijo en que Mark ha


instalado una rampa sobre los tres escalones pequeños de la entrada. Baja
del coche y se acerca a mi lado inmediatamente para ayudarme a bajar. Me
abre la puerta antes de que Gabby pueda acercarse.

—Ah —dice—. Necesitas la silla. —Antes de que pueda responder, ha


abierto el maletero y está sacando la silla que cae al suelo con un
estruendo

—. Perdón —se disculpa—. Pesa más de lo que creía.

Gabby se acerca a su marido para ayudarlo a abrir la silla. Veo cómo se


encoge cuando lo toca.

No está incómodo por mí. Es por ella.

—¿Seguro que estás bien? —pregunta.

—Vamos dentro, ¿sí? —responde.

—Eh, bueno…

Los dos me ayudan a sentarme en la silla y Mark toma mis maletas. Me


impulso detrás de Gabby mientras ella se dirige a la puerta de entrada.

Cuando abre la puerta y los tres entramos en la casa, siento que la tensión
es palpable. Algo malo sucede y los tres lo sabemos.

—He instalado un asiento en la ducha y he quitado la mampara. Ahora


solo hay una cortina. Así te resultará más fácil entrar y salir de la ducha
sola

—explica Mark.
Me está hablando a mí, pero mira a Gabby. Quiere que ella sepa todo el
trabajo que ha hecho.

—También he bajado todas tus cosas al despacho de la planta baja. He


puesto allí la cama de invitados; así no tienes que subir y bajar las
escaleras.

Y he bajado la altura de la cama. Puedes probarla.

No me muevo.

—Quizá más tarde.

Gabby lo mira de reojo.

—De este modo puedes recostarte o sentarte y luego columpiar las


piernas, en lugar de usar la pelvis para sentarte o ponerte de pie.

—Mark, ¿qué pasa? —pregunta Gabby.

—He comprado un sistema de comunicación bidireccional para que, si


estás en la cama, puedas hablar por ahí y que Gabby te oiga. La mesa del
comedor era demasiada alta; esta mañana he mandado traer una que es
más baja y que será más cómoda para usar con la silla.

Gabby asoma la cabeza por la esquina.

—¿Has hecho todo eso esta mañana? ¿Y dónde está nuestra mesa?

Mark inspira.

—Hannah, ¿nos das un minuto? ¿Tal vez puedes comprobar si la altura de


la cama es la correcta?

—Mark, ¿qué diablos sucede? —La voz de Gabby es tensa y seria. No hay
flexibilidad, no tiene paciencia.

—Hannah —me ruega.


—Está bien. —Empiezo a alejarme.

—¡No! —dice Gabby, perdiendo los nervios—. Apenas puede moverse por
sí sola. No le pidas que se vaya de la habitación.

—No pasa nada, en serio. —Pero justo cuando termino de decirlo, Mark se
pone a hablar.

—Me voy —dice con la vista clavada en el suelo.

—¿Adónde? —pregunta Gabby.

—Quiero decir que te dejo —dice.

Mi amiga pasa de estar confundida a sorprendida, como si la hubiesen


abofeteado. Se le afloja la mandíbula, se le abren los ojos de par en par,
mueve la cabeza de lado a lado sutilmente, como si fuese incapaz de
procesar lo que está oyendo.

Mark le da el resto de la información.

—He conocido a alguien. Y creo que ella es mi alma gemela. Así que me
voy. Os dejo todo lo que podáis necesitar. A Hannah no le faltará de nada.

Te dejo la casa y la mayoría de los muebles. Louis Grant se está


encargando del papeleo.

—¿Has llamado a nuestro abogado antes de hablar conmigo?

—Solo le pedí que me recomendara a alguien, pero me dijo que él podía


ocuparse de todo. No quise hacerlo a tus espaldas.

Gabby se ríe. Sabía que se echaría a reír en cuanto él ha dicho eso. Me


pregunto si, nada más soltar aquello, Mark pensó: Oh, mierda, no debería
haber dicho eso. Me muero de ganas de salir de la habitación, pero sé que
la silla chirría y aquí dentro solo estamos los tres. Si uno de nosotros se
retira, los otros dos se darían cuenta. Ni siquiera sé si son conscientes de
que estoy aquí. No quiero que se percaten de mi presencia, justo por
intentar salir de aquí.
—Me estás tomando el pelo —dice.

—Lo siento —se disculpa él—. Pero no. Deberíamos hablar de esto en
unos días, cuando hayas tenido tiempo de asimilar la información. Siento
hacerte daño, de verdad. Nunca fue mi intención. Pero estoy enamorado de
otra persona y no me parece justo continuar de este modo.

—¿Qué me estoy perdiendo? —pregunta Gabby—. Estábamos hablando de


tener un hijo.

—Eso fue… una equivocación por mi parte. —Mark niega con la cabeza

—. Estaba fingiendo ser alguien que no soy. He cometido errores,


Gabrielle, y ahora intento repararlos.

—¿Y dejarme corrige tus errores?

—Creo que deberíamos hablar de esto otro día. Me he llevado mi ropa y


otras cosas a mi nueva casa.

—¿Te has llevado mi mesa del comedor?

—Quería asegurarme de que tú y Hannah tuvierais lo que necesitarais, así


que me llevé la mesa a mi nueva casa y os compré una mesa más
apropiada para las circunstancias de Hannah.

—No está inválida, Mark. Con el tiempo volverá a andar. Quiero mi mesa
de vuelta.

—Hice lo que creía que era lo mejor. Será mejor que me vaya.

Ella lo mira fijamente durante lo que parecen horas, aunque es probable


que solo hayan sido treinta segundos. Y después explota como nunca la
había visto antes.

—¡Sal de mi casa! —grita—. ¡Vete de aquí! ¡Aléjate de mí!

Él se acerca a la puerta.
—Jamás debí haberme casado contigo —continúa Gabby. Y se nota que lo
dice en serio. Completamente en serio. No como si se le acabara de ocurrir
ahora mismo o como si quisiera herir los sentimientos de Mark. Lo dice
como si estuviera sufriendo porque sus peores miedos se hubieran hecho
realidad delante de sus propios ojos.

Él no se vuelve para mirarla. Sale por la puerta, dejándola abierta detrás de


él. Un pequeño gesto que me parece cruel. Podría haberla cerrado. Uno
cierra las puertas casi por instinto, ¿no? Pero Mark no lo ha hecho. La ha

dejado abierta para que sea Gabby la que tenga que cerrarla.

Pero ella no lo hace. En su lugar, se desploma en el suelo, gritando desde


lo más hondo de su pecho. En realidad, más que un grito es un gruñido
gutural y profundo.

—¡Te odio!

Después, levanta la vista para mirarme, recordando que estoy aquí.

Se recompone lo mejor que puede, pero sin mucho éxito. Le brotan las
lágrimas, está congestionada, tiene la boca abierta y le cae saliva.

—¿Puedes pedirle la llave? — Aunque lo dice en un susurro, no puede


evitar que se le quiebre la voz.

Me lanzo a la acción. Empujo las ruedas de la silla hasta la puerta de


entrada y bajo la rampa. Mark se está subiendo al coche.

—La llave —le pido—. Tus llaves, de la casa.

—Están en la mesa de café. Junto con las escrituras. Le he cedido la casa

—dice, como si fuese un secreto que ha estado esperando desvelar, como


un estudiante entusiasmado por contarle a la maestra que ha conseguido
terminar el examen de subir nota.

—Bueno —respondo, giro la silla y me dirijo a la puerta de la casa.


—Quiero que Gabby esté bien —dice—. Por eso le dejo la casa.

—De acuerdo, Mark.

—Vale mucho dinero —explica—. Me refiero al patrimonio neto de la


casa. Mis padres nos ayudaron con la entrada y se la estoy dejando a ella.

—¿Qué quieres que te diga, Mark? —Giro la silla—. ¿Quieres una


medalla de oro?

—Quiero que entienda que estoy haciendo todo lo que está a mi alcance
para facilitarle las cosas. Que me importa. Lo entiendes, ¿no?

—¿Entender qué?

—Que el amor te hace cometer locuras, que a veces tienes que hacer cosas
que, desde fuera, parecen equivocaciones, pero que sabes que están bien.
Pensé que lo entenderías. Por lo que me contó Gabby que pasó entre tú y
Michael.

Si no hubiese sufrido un atropello donde casi pierdo la vida, quizás una


frase tan simple como esa podría haberme hecho daño. Puede que si no

hubiese pasado la última semana aprendiendo a ponerme de pie por mí


misma y usando una silla de ruedas, me hubiera derrumbado por una
basura de este tipo. Pero Mark tiene un concepto erróneo sobre mí. Ya no
soy una persona dispuesta a fingir que los errores que he cometido están
justificados por mis sentimientos.

He cometido un error. Y ese error es parte de lo que me trajo hasta aquí.

Si bien no me arrepiento, ni justifico lo que hice, he aprendido gracias a


ello. Desde entonces, he crecido. Y ahora soy una persona diferente.

Solo puedes perdonarte los errores que has cometido en el pasado cuando
sabes que nunca los volverás a cometer. Y sé que nunca repetiré ese error.

Así que dejo que esas palabras me traspasen y se vayan con el viento.
—Vete, Mark. Le diré que la casa es suya.

—Nunca quise hacerle daño. —Abre la puerta de su coche.

—Bueno —respondo y doy media vuelta. Subo la rampa. Escucho que el


coche de Mark se aleja por la calle. No voy a contarle a Gabby nada de lo
que ha dicho. Ella sola puede encontrar la escritura de la casa y formarse
su propia opinión. No voy a intentar decirle que él no ha querido hacerle
daño.

Es absurdo y carece de sentido.

No importa si hacemos cosas que no queríamos hacer. No importa si fue


un accidente o un error. Ni siquiera importa si creemos que todo es obra
del destino. Porque, a pesar de nuestro destino, tenemos que responder por
nuestros actos. A lo largo de nuestra vida, todos los días tenemos que
tomar decisiones, grandes o pequeñas, y esas decisiones tienen
consecuencias.

Tenemos que afrontar esas consecuencias con la cabeza bien alta, para bien
o para mal No podemos borrarlas diciendo que no fue nuestra intención.
Con destino o sin él, nuestras vidas siguen siendo el resultado de nuestras
decisiones. Empiezo a creer que, cuando no nos hacemos cargo de ellas, no
somos nosotros mismos.

Vuelvo a la casa y veo a Gabby, todavía llorando en el suelo, casi


catatónica. Está mirando el techo. Tiene el rostro cubierto de lágrimas que
caen formando un pequeño charco en el suelo.

—No sé si alguna vez he sentido un dolor igual a este —dice—. Creo que
sigo aturdida. Empeorará, ¿no? El dolor se volverá más profundo y agudo,
y

ya es demasiado profundo y agudo.

Por primera vez desde lo que parece una eternidad, estoy más alta que
Gabby. Debo mirar hacia abajo para encontrar su mirada.
—No vas a pasar por esto sola —le aclaro—. Estaré aquí todo el rato.

Haría cualquier cosa por ti, ¿lo sabes? ¿Te ayuda saber que movería
montañas por ti? ¿Que dividiría el mar en dos?

Me mira.

Pongo un pie en el suelo y me inclino. Intento apoyar las manos en el


suelo delante de mí.

—Hannah, detente —dice Gabby mientras empujo mi centro de gravedad


más cerca de ella, intentando sentarme a su lado. Pero no tengo la destreza
ni la fuerza suficiente para hacer esos movimientos bien. Me desplomo.

Duele. Duele bastante. Pero tengo analgésicos en el bolso y cosas que


hacer.

Así que ignoro el dolor y me sigo moviendo. Me acerco a ella y aparto la


silla de ruedas de un empujón.

—Te quiero —le digo—. Y creo en ti. Creo en Gabby Hudson. Creo que
ella puede conseguir cualquier cosa.

Me mira con gratitud y sigue llorando.

—Estoy tan avergonzada —dice entre sollozos. Está a punto de


hiperventilar.

—Shhh. No hay razón para sentir vergüenza. No puedo ir sola al baño.

No tienes derecho a sentirte avergonzada.

Se ríe durante un infinitesimal segundo y vuelve a llorar. Verla así me


parte el corazón.

—Aprieta mi mano —le digo mientras agarro la suya —. Cuando duela


tanto que creas que no puedes soportarlo, aprieta mi mano.

Comienza a llorar de nuevo y le da un apretón.


En ese momento me doy cuenta de que, si puedo aliviar aunque solo sea
una fracción del dolor que siente, entonces mi vida tiene más sentido de lo
que jamás imaginé.

No me mudaré a Londres. Me quedaré aquí mismo.

He encontrado mi hogar. Y no es Nueva York, Seattle, Londres, ni siquiera


Los Ángeles.

Es Gabby.

Esta noche, Gabby y yo decidimos dar un largo paseo a Calígula. Al


principio, íbamos a ir a dar solo una vuelta a la manzana, pero Gabby ha
sugerido alejarnos del vecindario. Así que nos subimos al coche y
conducimos hasta el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles.

Gabby dice que de noche es espectacular. Hay una instalación de luces que
brillan mucho en la oscuridad. Me la quiere enseñar.

Hacemos una parada en una cafetería y compramos unas tazas de té latte.

El mío es de hierbas porque Gabby leyó un artículo que decía que las
mujeres embarazadas no deben consumir cafeína. Hay otros diez artículos
que dicen que puedes consumir cafeína con moderación, pero Gabby es
muy persuasiva.

Aparcamos el coche a unas calles del museo, dejamos a Calígula en la


acera y empezamos a caminar. El aire es fresco, hoy ha anochecido más
temprano y las calles de Los Ángeles están tranquilas, incluso para ser una
noche de domingo.

Gabby no quiere que hablemos sobre Mark y yo no quiero hablar del bebé.
Últimamente parece que lo único que hacemos es hablar de Mark y del
bebé. Así que decidimos hablar sobre el instituto.

—El primer año estabas enamorada de Will Underwood —dice Gabby


antes de dar un sorbo a su bebida. La miro y veo que tiene un brillo
travieso en los ojos. Es cierto, me gustaba Will Underwood. Pero también
sabe que solo oír su nombre hace que me sienta mortificada. Durante
nuestro primer año, Will Underwood era un estudiante de último curso
completamente hortera que solía salir con chicas de primero. Cuando
empezabas el instituto no te dabas cuenta de lo desagradables que podían
ser los chicos a los que solo les interesaban las novatas. En su lugar,
deseabas con todas tus fuerzas que él se fijara en ti. Yo quería ser una de
esas chicas. Ahora es un polémico locutor de una emisora de radio FM
local que sale con strippers.

—Bueno, nunca tuve buen criterio —confieso, riéndome de mí misma.

Luego me señalo el vientre—. Como evidencia mi bebé sin padre.

Gabby ríe.

—Ethan era bueno —objeta—. Fuiste inteligente al elegirlo.

—Dos veces —le recuerdo mientras caminamos. Calígula tira de la correa,


guiándonos hasta un árbol. Nos detenemos.

—Bueno, no soy mejor que tú escogiendo hombres —admite Gabby. Me


doy cuenta de que, cuando estás atravesando un divorcio o cuando vas a
tener un bebé, no puedes evitar hablar del tema. Eclipsa todo lo que haces.

Tienes que hablar de ello, incluso cuando no estás hablando de eso. Tal vez
está bien. Quizá lo importante es que tengas a alguien que te escuche.

Calígula hace pis al lado del árbol y comienza a rascar el césped,


intentando cubrirlo. Algo que no le hace ninguna gracia a Gabby; le gustan
los jardines impolutos.

—Calígula, no —ordena mi amiga. La perra se detiene y la mira deseosa


de complacerla—. Buena chica. —Me mira—. Es tan lista. ¿Te imaginabas
que los perros fueran así de listos?

—No es tan inteligente —me río de ella—. Esta mañana empezó a correr y
se chocó contra una pared. La quieres y por eso crees que es lista. En lo
que a ella se refiere, lo ves todo de color rosa.
Gabby ladea la cabeza y mira a Calígula.

—No —dice—. Es muy lista. Simplemente lo sé. Puedo notarlo. Es cierto


que la quiero. La quiero con locura. Sinceramente, no sé cómo he podido
vivir todo este tiempo sin un perro. Mark destruía todo lo bueno.

Está claro que Mark no arruinaba todo lo bueno de este mundo, pero no la
contradigo. La ira forma parte del proceso de curación.

—Sí —afirmo—. Bueno, en realidad tú también tuviste buen criterio con


los hombres. ¿Recuerdas lo enamorada que estuviste de Jesse Flint durante
todo el instituto? ¿No tuvisteis una cita en el último curso?

—¡Oh, por Dios! —exclama Gabby—. ¡Jesse Flint! ¡Jamás podría


olvidarlo! Era un hombre de ensueño. Todavía creo que es el hombre más
guapo que he visto en mi vida.

—¡Ah, por favor! —me río de ella—. Era muy bajito. Ni siquiera recuerdo
si era más alto que tú.

—Ah, sí, sí lo era —asiente—. Era tres centímetros más alto que yo y era
perfecto. Pero la imbécil de Jessica Campos volvió a salir con él un día
después de nuestra cita y terminaron casándose después de la universidad.

La peor tragedia de mi juventud.

—Deberías llamarlo —sugiero.

—¿Llamar a Jesse Flint? ¿Y decirle qué? «Hola, Jesse, mi matrimonio se


ha acabado y me he acordado de esa cita tan bonita que tuvimos a los
diecisiete. ¿Cómo está Jessica?».

—Se divorciaron hace unos dos años.

—¿Qué? —pregunta Gabby. Se detiene en seco—. ¿Jesse y Jessica ya no


están juntos? ¿Por qué no me he enterado de esto?

—Supuse que lo sabías. Lo publicaron en Facebook.


—¿Se divorció?

—Sí. Quizá los dos podríais hablar sobre lo que es pasar por un divorcio y
todo eso.

Gabby vuelve a andar y Calígula y yo la seguimos.

—¿Quieres saber algo vergonzoso?

—¿Qué?

—Pensé en Jesse el día de mi boda. ¿No te parece patético? Mientras


caminaba hacia el altar, pensé concretamente: Jesse Flint ya está casado.

Así que él no es el indicado para mí. Hizo que me sintiera mejor con la
decisión que había tomado. Creo que supuse que Mark era lo mejor que
estaba disponible para mí.

No puedo evitarlo. Me echo a reír.

—Es como si lo que de verdad querías era una chocolatina, pero alguien
compró la última y solo quedaban barritas de cereales, así que te dijiste:

«Bueno, estaba destinada a terminar con una barrita de cereales».

—Mark es una barrita de cereales total —sentencia Gabby. Pero no lo dice


como si fuera una broma. Lo dice como si fuese uno de esos enigmas zen
que acaba de descifrar—. Tampoco es un caramelo. Solo es una auténtica y
saludable barrita de cereales.

—Bueno —le contesto—. Un día de estos, cuando estés lista, seguro que
acabas llamando a don chocolatina.

—¿Así como así? —pregunta.

—Sí —respondo—. Así como así.

—Así como así —repite.


Andamos un rato más hasta que Gabby señala una serie de luces que
brillan en varias filas.

—Esa es la instalación de farolas de la que te hablaba —explica.

Seguimos caminando y nos detenemos justo delante de la instalación, en la


acera de enfrente. Desde aquí tengo una vista panorámica.

Está hecha con farolas de calle antiguas, de las que parecen salidas de un
set de rodaje. Las luces son bonitas, todas juntas formando filas y
columnas.

No sé muy bien lo que significa, ni si capto la intención del artista. Pero es


realmente asombrosa. Además, estoy aprendiendo a no dar mucha
importancia a las cosas y a limitarme a disfrutar de lo bueno. A no
preocuparme mucho por lo que significa algo o lo que sucederá después.

—¿Qué te parece? —me pregunta Gabby—. Es bonita, ¿no?

—Sí —contesto—. Me gusta. Tiene algo que invita a la esperanza.

Y después, tan rápido como llegamos, damos media vuelta y volvemos


andando al coche.

—Algún día encontrarás a alguien genial —le prometo a Gabby—. Tengo


ese presentimiento. Como si estuviésemos avanzando en la dirección
correcta.

—¿Sí? —pregunta—. Todas las señales indican todo lo contrario.

—No. —Niego con la cabeza—. Creo que todo está sucediendo


exactamente como se supone que tiene que suceder.

Es temprano por la mañana y Gabby y yo nos hemos pasado toda la noche


recostadas en el suelo. El sol comienza a aparecer entre las nubes,
entrando por las ventanas y yendo directo a mis ojos. Ahora amanece muy
pronto.
—¿Estás despierta? —susurro. Si está durmiendo, quiero dejarla
descansar. Si está despierta, necesito que me ayude a levantarme para ir al
baño.

—Sí —contesta—. No creo haber dormido en toda la noche.

—Me podrías haber despertado —la regaño—. Me habría quedado


despierta contigo.

—Lo sé —dice—. Lo habrías hecho.

Giro la cabeza para mirarla y empujo el torso con los brazos para poder
sentarme. Siento el cuerpo tenso, más tenso de lo que lo he sentido cuando
estaba en el hospital.

—Necesito hacer pis —le informo.

—Está bien. —Se levanta despacio. De forma un poco torpe, pero


enseguida lo consigue. Ahora veo que tiene los ojos rojos, las mejillas
manchadas, la piel pálida. No está bien. Supongo que era de esperar.

—Si puedes levantarme y acercarme el andador, puedo hacerlo sola —le


digo—. Quiero hacerlo sola.

—Bueno —dice. Busca el andador en la puerta de entrada, donde lo


dejamos anoche. Lo despliega, le pone el seguro y lo coloca delante de mí.

Luego mete los brazos debajo de los míos y me levanta. Estar de pie
parece tan simple, pero es increíblemente difícil. Gabby está soportando
casi todo mi peso. No puede ser fácil para ella. Es mucho más pequeña que
yo. Pero logra ayudarme. Me deja apoyarme en el andador y me suelta.
Ahora estoy de pie sin ayuda, gracias a ella.

—Bueno —continúo—. Tardaré de tres a sesenta minutos. Dependiendo de


si logro sentarme en el inodoro.

Ella intenta reír, pero muestra poco entusiasmo. Me muevo despacio,

paso a paso, en la dirección correcta.


—¿Estás segura de que no quieres ayuda? —pregunta.

—Lo tengo bajo control —le digo sin volverme—. Tú cuídate.

Siento que el baño está a un millón de kilómetros, pero paso a paso,


consigo llegar hasta él.

Cuando regreso al salón, tengo frío. Así que busco entre las cosas que
Gabby trajo del hospital. Hurgo en la bolsa, buscando mi sudadera.
Cuando por fin la encuentro y la saco, veo que un sobre cae al suelo. En él
solo está escrito el nombre de «Hannah». No reconozco la letra, pero sé de
quién es.

Hannah:

Siento mucho haberte dejado al cuidado de otra enfermera. No puedo


seguir atendiéndote. Disfruto demasiado de tu compañía. Y mis
compañeros han empezado a darse cuenta.

Estoy seguro de que lo sabes, pero es muy poco profesional que alguien
del equipo de enfermería tenga una relación personal con un paciente, sin
importar el alcance. No se me permite intercambiar información de
contacto personal contigo. Tampoco me dejan intentar contactar contigo
después de que te hayas ido del hospital. Si nos llegamos a encontrar por
la calle, ni siquiera debería saludarte, a menos que me saludes tú primero.
Podrían despedirme.

No tengo que decirte lo mucho que significa para mí este puesto, este
trabajo.

He pensado en romper las reglas. He pensado en darte mi número. O

pedirte el tuyo. Pero me importa demasiado mi empleo como para


comprometerlo por hacer algo que he prometido no hacer.

Hago todo esto para decirte que ojalá nos hubiéramos conocido en
circunstancias distintas.

Tal vez, algún día, coincidamos en un mismo sitio y a la misma hora.


Quizá volvamos a encontrarnos cuando no seas mi paciente y yo no sea tu
enfermero. Cuando solo seamos dos personas.

Si es así, espero de corazón que me saludes. Así yo también podré


saludarte e invitarte a salir.

Con cariño,

Henry.

—Me ha dejado la casa —la oigo decir desde el sillón. Guardo la carta en
la bolsa y me vuelvo para encontrarme a Gabby llorando y mirando la
mesa de café. Tiene la escritura de la casa en las manos.

—Sí —digo.

—Sus padres pagaron la entrada. E invertimos muchos de sus ahorros en


pagar la hipoteca.

—Sí.

—Se siente mal. Sabe que lo que está haciendo es una locura y lo sigue
haciendo. Eso es lo que me extraña de esta situación. Él no es así.

Coloco el andador delante del sofá y me dejo caer lentamente. Espero de


verdad que no nos movamos de aquí pronto, porque creo que he gastado
toda la energía que me quedaba hasta dentro de un rato.

Gabby me mira.

—Debe de quererla de verdad.

Le devuelvo la mirada y frunzo el ceño. Coloco la mano en su espalda.

—No justifica nada de lo que ha hecho —le digo—. La elección del


momento, el egoísmo.

—Sí —responde—. Pero…


—¿Pero qué?

—Ha hecho todo lo que ha podido, menos quedarse.

La tomo de la mano.

—Quizá tiene un presentimiento con ella —dice Gabby, haciéndose eco de


mis sentimientos de ayer por la mañana. Aunque parece que sucedió hace
una década—. Tal vez lo sabe.

No sé qué responder a eso, así que no digo nada.

—Nunca estuve segura de que él fuera el indicado. Incluso cuando me lo


preguntaste el otro día, sentí que estaba endulzando lo que realmente
pensaba. Creía que Mark había sido una decisión inteligente. Llevábamos
juntos tanto tiempo y pensé que eso es lo que se hacía. Pero nunca tuve ese
momento en el que simplemente lo supe. Tú tienes esa sensación — me

dice.

Hago un gesto de desacuerdo.

—Tuve esa sensación en el pasado. Durante mucho tiempo lo supe con


Ethan. Ahora lo sé con Henry. Puede que no funcione si lo tienes con más
de una persona.

—Pero yo nunca lo supe. Con él. Y él tampoco conmigo. Quizá lo sabe


ahora. Eso me hace sentir un poco mejor —explica—. Pensar que me dejó
porque conoció a la indicada.

—¿Por qué te hace sentir mejor? —No puedo siquiera concebir cómo le
puede hacer sentir mejor.

—Porque si él no es mi alma gemela, entonces eso significa que no es el


indicado para mí. Hay alguien más esperándome. Si él encontró a la
indicada, tal vez yo también lo encuentre.

—¿Y eso te hace sentir mejor?


Junta el índice y el pulgar para formar el espacio más pequeño posible.

—Apenas —admite—. Tan pequeño que casi es inexistente.

—Invisible a los ojos —añado.

—Pero ahí está.

Le acaricio la espalda un poco más mientras digiere toda esta información.

—¿Sabes lo que pensé ayer? ¿Cuándo estábamos hablando de esta


sensación? ¿El único por el que creo haber sentido eso?

—¿Quién?

—Jesse Flint.

—¿El del instituto?

—Sí —asiente—. Terminó casándose con esa chica, Jessica Campos.

Pero… No lo sé, hasta ese momento, siempre pensé que podíamos tener
algo.

—Se divorciaron —le cuento—. Hace unos años, creo. Lo vi en Facebook.

—Bueno, ahí lo tienes —dice—. Solo esa pizca de información me da


esperanzas de que hay alguien allí afuera que hace que me sienta como
Henry te hace sentir a ti.

—Te prometo que hay alguien mejor para ti. Lo grabaría en piedra. —Le
sonrío.

—Tienes que encontrar a Henry —sugiere—. ¿No crees? ¿Cómo lo


hacemos? ¿Cómo encontraremos a Henry?

Le comento lo de la carta y luego me encojo de hombros.


—Puede que no lo encuentre —digo—. Y está bien. Si me hubieses dicho
hace un mes que me atropellaría un coche y que Mark te iba a dejar, no me
podrías haber convencido de que todo iría bien. Pero me ha atropellado un
coche, Mark te ha dejado y… seguimos de pie. Bueno, tú puedes estar de
pie. Yo estoy sentada. Pero seguimos vivas, ¿no? Todavía estamos bien.

—Bueno, estos últimos días han sido una mierda, Hannah —responde.

—Pero todo está bien, ¿no? ¿No estamos bien? ¿No tenemos ambas
esperanzas por el futuro?

—Sí —asiente con gesto grave—. Así es.

—Pues no vamos a ir por ahí preocupándonos demasiado —le advierto

—. Voy a hacerlo lo mejor que pueda y viviré bajo la conjetura de que hay
cosas en la vida que debemos hacer. Si hay personas en este mundo a las
que debemos amar, las encontraremos. A su debido tiempo. El futuro es
tan increíblemente impredecible, que intentar planificarlo es como
estudiar para un examen al que no te presentarás. Por el momento, estoy
bien. Estamos juntas. Aquí. En Los Ángeles. Si ambas estamos tranquilas,
podemos oír a los pájaros piar. Si nos tomamos un momento, podemos
sentir el olor a cebolla del restaurante mexicano de la esquina. En este
momento, estamos bien. Así que me concentraré en lo que quiero y en lo
que necesito ahora mismo y confiaré en que el futuro se ocupará de todo él
solo.

—Entonces, ¿qué es lo que quieres? —pregunta Gabby.

—¿Qué es lo que quiero de qué?

—¿Qué es lo que quieres para tu vida ahora mismo?

—Un rollo de canela. —La miro y sonrío.

Tres semanas más tarde

Ya estoy en el segundo trimestre de embarazo. He ganado el peso


suficiente para verme más voluminosa, pero no tanto como para que sea
evidente que estoy embarazada. Parece que tengo barriga cervecera. Estoy
segura de que me quejaré cuando tenga el mismo tamaño de una casa, pero
me inclino a pensar que esta es la peor parte, al menos para mi ego.

Algunos días, me siento bien. Otros, me duele la espalda y me como tres


sándwiches en el almuerzo. Estoy convencida de que tengo papada. Gabby
dice que no, pero no la creo. Puedo verla cuando me miro en el espejo.
Está mi mentón y un segundo mentón justo debajo.

Gabby me acompaña a muchas de las citas con el médico y a las clases de


preparación al parto. No a todas, pero sí a la mayoría. También ha leído
libros conmigo y hablamos del tema en profundidad. ¿Tendré un parto
natural? ¿Usaré pañales de tela? (Mi instinto me dice que la respuesta a
ambas preguntas es no). Es agradable tener a alguien a mi lado. Me brinda
la confianza de que puedo hacerlo.

Por fin estoy encontrando la confianza en mí misma que tanto necesito.

Por supuesto que todo esto es aterrador y que a veces me gustaría


esconderme debajo de las mantas y no salir jamás. Pero soy una mujer que
ha buscado desesperadamente un propósito y una familia, y he encontrado
ambas cosas. Nunca he tenido tan claro como ahora que tengo una familia
poco convencional y que mi vida siempre ha tenido más propósito del que
creía.

Ya no siento esa urgencia de abandonar esta ciudad e irme en búsqueda de


horizontes más vastos, porque no hay ningún horizonte más vasto ni
mejores ciudades. Me he forjado una vida aquí. Tengo un círculo de apoyo.

Tengo a alguien que necesita que eche raíces y forme un hogar.

Mis padres se llevaron una decepción cuando se enteraron de que no me


mudaría a Londres, pero en el momento en que aceptaron mi decisión,

sugirieron que serían ellos y Sarah los que vendrían a Los Ángeles cuando
nazca el bebé. Ellos vendrán a visitarme a mí. A nosotros.
Acabo de empezar a trabajar en el consultorio de Carl; un empleo que me
ha dado una gran estabilidad y que me ha hecho abrir los ojos. Todos los
días veo a madres y padres que vienen al consultorio porque tienen un niño
enfermo, o un bebé recién nacido o están preocupados por una cosa u otra.

Ves el amor profundo que sienten por sus hijos, todo lo que estarían
dispuestos a hacer por ellos, para que sean felices, para mantenerlos sanos.

Y esto ha hecho que me plantee qué es lo que realmente me importa y qué


cosas son aquellas por las que estaría dispuesta a perderlo todo, no solo
como amiga, o como madre, sino también como persona.

Me gusta tanto estar allí que estoy planteándome trabajar en el campo de


la pediatría a largo plazo. Por supuesto, todo esto es muy nuevo, pero no
recuerdo cuándo fue la última vez que un trabajo me entusiasmara de este
modo. Me encanta trabajar con niños y padres. Me gusta ayudar a las
personas a superar momentos en los que pueden estar asustados o
preocupados.

Así que, esta mañana, mientras Gabby lleva a Calígula al veterinario, me


pongo a buscar escuelas de enfermería en Google. Puede parecer absurdo
tener un trabajo, ir a la escuela de enfermería y criar a un hijo, pero no
dejaré que todo eso me detenga. Estoy estudiándolo. Quiero ver si hay
alguna manera de que funcione. Eso es lo que haces cuando quieres algo.

No buscas razones que te impidan conseguirlo. Buscas razones que te


animen a seguir. Y eso es lo que hago ahora. Busco, investigo formas para
que suceda.

Estoy leyendo información sobre el centro de estudios superiores de la


ciudad cuando suena mi teléfono.

Es Ethan.

Dudo por un momento. En realidad dudo durante tanto tiempo que, cuando
decido responder, se corta la llamada.

Contemplo el teléfono, sorprendida, hasta que oigo su voz.


—Sé que estás en tu casa —dice con tono de broma—. Veo tu coche en la
calle.

Giro la cabeza rápidamente hacia la entrada y veo su frente y su pelo a


través del cristal que hay encima de la puerta.

Una parte de mí no quiere abrir la puerta. Últimamente he estado pensando


que puede que esté destinada a criar sola a este bebé, a estar sola hasta que
mi hijo esté en la universidad y yo tenga casi cincuenta. A veces, cuando
por la noche estoy tumbada en la cama despierta, me imagino a un Ethan
de mediana edad llamando a mi puerta dentro de unos años. Dice que me
ama y que ya no puede vivir sin mí. Yo le contesto que siento lo mismo.

Y pasamos juntos la segunda mitad de nuestras vidas. En más de una


ocasión me he dicho que algún día llegará el momento indicado. Me lo he
repetido tantas veces, que he empezado a creérmelo.

Y ahora, sabiendo que está al otro lado de la puerta, siento que está mal.

Que esto no forma parte de mi nuevo plan.

—¿Vas a abrir? —pregunta—. ¿O me odias tanto?

—No te odio —respondo—. No te odio en absoluto. —Tengo la mano en el


picaporte, pero la muñeca no gira.

—Pero no vas a abrirme la puerta.

Lo educado es abrir la puerta. Es lo correcto.

—No. —Entonces me doy cuenta de la verdadera razón por la que no


quiero abrirla y decido que es mejor decírselo—: No estoy lista para verte.

Para mirarte.

Se queda callado. Está sin emitir sonido alguno durante tanto tiempo que
creo que se ha ido. Pero luego dice:

—¿Qué tal si solo me hablas? ¿Te parece bien? ¿Hablar?


—Sí —contesto—. Me parece bien.

—Bueno, entonces ponte cómoda —agrega—. Porque puede que tarde un


rato. —Veo que su pelo desaparece del cristal y me doy cuenta de que se
ha sentado en la escalera de entrada.

—Bien —digo—. Te escucho.

Vuelve a quedarse en silencio. Pero, esta vez, sé que no se ha ido.

—Me separé de ti —explica.

—Bueno, no estoy segura del todo —comento—. No te dejé otra opción.

Estoy esperando un bebé.

—No —dice—. En el instituto.

Sonrío y niego con la cabeza, pero me doy cuenta de que no puede verme.

Así que le doy la señal verbal que está esperando.

—No me digas.

—Creo que quise echarte la culpa porque no quería admitir que podría
haber evitado todo esto si en ese momento hubiese actuado de otra
manera.

—¿Evitar qué? ¿Que me haya quedado embarazada? —No quiero evitar


estar embarazada. Me gusta dónde me ha traído la vida, y si él no puede
lidiar con esto, no es mi problema.

—No —dice—. Estar sin ti durante tanto tiempo.

—Oh.

—Te quiero —dice—. Estoy bastante seguro de que te quise desde el


momento en que te conocí en la fiesta de principio de curso y me dijiste
que escuchabas a Weezer.
Suelto una carcajada y me agacho para sentarme en el suelo.

—Y rompí contigo porque creí que nos casaríamos.

—¿A qué te refieres?

—Tenía diecinueve años y acababa de empezar la universidad. Entonces


pensé que ya había conocido a la chica con la que me casaría. Y me asusté.

Recuerdo pensar que jamás me acostaría con otra persona. Que nunca
besaría a otra chica. Que nunca haría ninguna de las cosas que mis amigos
de la universidad estaban haciendo; cosas que yo quería hacer. Porque ya
te había conocido. Ya había conocido a la chica de mis sueños. ¿Y sabes?,
en un alarde de estupidez propio de la edad, durante un instante pensé que
era algo malo. Así que, te dejé ir. Si te soy completamente sincero, aunque
hace que parezca un auténtico idiota, siempre creí que te recuperaría.
Pensé que podía cortar contigo, divertirme y ser joven, y después, cuando
terminara, volvería contigo. Jamás se me ocurrió que tenía que proteger
algo como lo nuestro.

—No tenía ni idea —digo.

—Lo sé, porque jamás te lo conté. Por supuesto que después me di cuenta
de que no quería ninguna de esas tonterías de universitarios, que te quería
a ti, pero cuando volví a casa en Navidad para decírtelo, ya estabas
saliendo

con otro. Debería haberme culpado a mí mismo, pero te culpé a ti. Y

debería haber peleado por ti, pero no lo hice. Me sentí rechazado y busqué
a otra persona.

—Lo siento.

—No —señala—. No deberías pedirme perdón. Soy yo quien lo siente.

Siento haberme acobardado. Sé lo que quiero, pero me asusta hacer lo


necesario para obtenerlo. Soy un idiota muy grande por sacrificar las cosas
pequeñas con el fin de obtener las cosas grandes. Te quiero, Hannah. Más
de lo que jamás he querido a otra persona. Y cuando te recuperé, te dije
que jamás volvería a dejar que algo se interpusiera entre nosotros.

Asiento, aunque sé que no puede verme.

—¿Y qué es lo que hago? A la primera señal de problemas, me retiro.

—No es tan simple, Ethan. Volvimos a salir, pero a las dos semanas te dije
que estaba esperando el bebé de otro hombre. Son circunstancias
atenuantes.

—No lo sé —dice—. No estoy seguro de que crea en las circunstancias


atenuantes, no cuando se trata de este tema.

—Tú mismo lo dijiste —le aclaro—. A veces, no es el momento indicado.

—Tampoco estoy seguro de que eso sea así —responde—. El momento


indicado parece una excusa. Las circunstancias atenuantes son una excusa.

Si amas a alguien, si piensas que puedes hacerlo feliz durante el resto de tu


vida, entonces nada debería detenerte. Deberías estar preparado para
aceptar a ese alguien tal cual es y atenerte a las consecuencias. Las
relaciones no son sencillas y ordenadas. Son complicadas y caóticas, y
apenas tienen sentido, excepto para las personas que están involucradas.
Eso es lo que creo. Creo que, si de verdad amas a alguien, aceptas las
circunstancias, no te escondes detrás de ellas.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que te amo y que quiero estar contigo. Y que, si tú quieres
estar conmigo, no hay nada que me detenga. Ni el momento, ni bebés,
nada.

Si quieres hacerlo, si quieres estar conmigo, te aceptaré de cualquier


manera en que pueda tenerte. Te amaré tal y como eres. No intentaré
cambiar ni una

sola cosa tuya.


—Ethan, no sabes lo que estás diciendo.

—Sí que lo sé —responde. Como tengo la espalda contra la puerta, siento


que se ha puesto de pie. Lo imito—. Hannah, creo que eres el amor de mi
vida y prefiero vivir una vida con cuarenta bebés que no sean míos a estar
sin ti. Te he echado de menos todos los días desde la última vez que te vi.

Llevo años echándote de menos. No digo que esta sea una situación ideal,
pero sí es la situación en la que quiero embarcarme contigo, si me aceptas.

—¿Qué sucederá cuando nazca el bebé? —pregunto.

—No lo sé —dice—. Sé que te dije que no estaba preparado para ser


padre. Pero entonces pensé: ¿Y si fuera mío? ¿Me comportaría de otro
modo? Y sí. Si estuvieras embarazada de mi hijo, a propósito o no, estaría
listo.

—¿Y ahora? —le pregunto a través de la puerta—. ¿Que no es tu hijo?

—No estoy seguro de que eso marque una gran diferencia —admite—.

Lo que tú amas, yo también lo amo.

Observo la puerta. Me tiemblan las manos.

—Podemos hablar sobre cómo quieres hacer las cosas —explica—.

Puedo ser el padre, el padrastro, un amigo o el tío. Puedo acompañarte a


todas las clases de preparación al parto y estar presente cuando des a luz,
si me dejas. O puedo mantenerme al margen si lo prefieres. Haré lo que
me indiques. Seré la persona que necesites que sea. Solo déjame formar
parte de esto, Hannah. Déjame estar contigo.

Apoyo las manos sobre la puerta para acabar con el temblor. Siento como
si me fuera a caer.

—No sé qué decir —confieso.

—Dime cómo te sientes —responde.


—Confundida… y sorprendida.

—Claro.

—Y también siento que, tal vez, podamos lograrlo.

—¿En serio?

—Sí —digo—. Tengo la sensación de que quizás esta fue siempre la


manera en la que se tenían que dar las cosas.

—¿Sí? —pregunta. Noto la alegría con la que lo dice cuando su voz


traspasa la puerta.

—Sí —contesto—. Quizás debía tener a este bebé y también debía estar
contigo. Y todo salió como se suponía que tenía que ser. —Lo que
considero que está predestinado parece encajar a la perfección con lo que
quiero que se haga realidad en un determinado momento. Pero creo que
está bien. Creo que hay esperanza—. Caóticas. Antes, dijiste que las
relaciones eran caóticas y tienes razón. Lo son.

—Lo caótico está bien, ¿no? Podemos lidiar con el caos.

—Sí. —Las lágrimas corren por mis mejillas—. Podemos lidiar con eso.

—Abre la puerta, cariño, por favor —ruega—. Te quiero.

—Yo también te quiero —digo. Pero no abro la puerta.

—¿Hannah? —pregunta.

—Ahora estoy gorda.

—No pasa nada.

—No, en serio, me está saliendo papada.

—Yo tengo acné en la espalda —comenta—. Nadie es perfecto.


Me río en medio de las lágrimas.

—¿Estás seguro de que puedes estar con una señora gorda?

—¿Qué te dije? —pregunta—. Te dije que podías engordar ciento ochenta


kilos y que seguiría estando contigo.

—¿Y lo decías en serio?

—Lo decía en serio.

Abro la puerta y lo veo de pie en la escalera de entrada. Lleva una


camiseta celeste y unos vaqueros oscuros. Tiene los ojos vidriosos y una
sonrisa enorme en los labios. Y una caja de rollos de canela en la mano.

—Eres la mujer más guapa que he visto jamás. —Después entra en la casa
y me besa. Y por primera vez en mi vida, sé que lo he hecho todo bien.

Tres meses más tarde

Ahora puedo caminar. Sin andador. Sin ayuda. A veces uso un bastón,
cuando estoy cansada o dolorida. Pero eso nunca me detiene. De vez en
cuando voy hasta el supermercado de la calle a comprar una chocolatina,
no porque quiera una, sino porque me gusta caminar.

Gabby todavía no está lista para tener una cita; sigue nerviosa por lo que
pasó, pero está en ello. Es feliz. Trajo un perro. Un San Bernardo como el
que tienen Carl y Tina. Le llamó Tucker.

La mujer que me atropelló es responsable de otro accidente del que


también huyó hace dos años. En esa ocasión, no atropelló a nadie, pero sí
embistió a un coche y escapó. Entre los pagos del seguro y la demanda,
tendré suficiente dinero para recuperarme sin agobios.

Cuando pude moverme de un sitio a otro, me compré un coche; uno rojo


cereza con maletero. Puedes verme llegar a kilómetros, y eso me gusta.

Creo que es un coche muy «yo».


En cuanto tuve el coche, empecé a buscar trabajo.

Comenté a Carl y a Tina que había pensado en ir a la escuela de


enfermería. Cuando me den el dinero de la indemnización podré pagarlo.

No he dejado de pensar en los enfermeros que me ayudaron durante mi


estancia en el hospital. Sobre todo en la enfermera Hannah y en lo bien
que reaccionó cuando perdí los papeles. Y también en Deanna y en la
enfermera de pediatría que ayudó a esos padres en la planta de oncología.

Y por supuesto, pienso en Henry.

Los enfermeros ayudan a las personas. Y no se me ocurre nada mejor que


hacer con mi tiempo.

Cuando estás a punto de morir, después te gusta esforzarte el doble, hacer


algo importante en la vida. Creo que la enfermería es mi vocación.

Carl me ofreció un trabajo en su consultorio pediátrico hasta que supiera


lo que quería hacer. Me dijo que en su centro tenían un programa de

reembolso de gastos de educación para los empleados que querían asistir a


clases nocturnas, siempre que reunieran ciertos requisitos financieros.

Cuando le recordé que probablemente no cumpliría con esos requisitos, se


rio y me dijo:

—¡Punto a tu favor! Pues entonces acepta el trabajo con el salario mínimo


para adquirir experiencia y gástate todo el dinero en las clases.

Así que acepté el trabajo. Prácticamente acabo de empezar, solo llevo unas
semanas, pero confirmó lo que ya sabía: voy en la dirección correcta.

Les dije a mis padres que no me mudaría a Londres. Se pusieron tristes,


pero parecieron tomarse bien la noticia.

—Bueno —dijo mi madre—, lo entendemos. Pero en ese caso, tenemos


que hablar para saber cuándo te viene bien que te hagamos una visita.
Luego mi padre le quitó el teléfono y me dijo que vendrían en julio, me
gustara o no.

—No quiero esperar hasta Navidad para volver a verte, y si te soy sincero,
echo de menos las barbacoas del cuatro de julio.

Unas semanas después, mi madre llamó para decirme que estaban


planteándose comprar un apartamento en Los Ángeles.

—Ya sabes, un lugar en el podamos quedarnos cuando vayamos de visita


de ahora en adelante. Si es que te quedas en Los Ángeles…

Le respondí que sí. Que no me iría a ningún sitio. Dije que me quedaría
aquí. Ni siquiera lo pensé dos veces. Lo afirmé.

Porque es cierto.

Ethan comenzó a salir con una mujer muy agradable llamada Ella. Es
profesora de instituto y una ávida ciclista. Él se compró una bicicleta el
mes pasado y ahora están participando en una carrera de tres días para
recaudar dinero para la investigación del cáncer. Se le ve tremendamente
feliz. El otro día me dijo que no podía creer que hubiera vivido tantos años
en Los Ángeles sin haber visto la ciudad desde una bicicleta. Ahora lleva
mallas de ciclista. Unas mallas cortas tan ajustadas que provocan risa y
que usa con una camiseta a juego y un casco. La otra noche cenamos
juntos y fue en bicicleta desde su casa; unos treinta minutos de trayecto.
La sonrisa que lucía cuando entró por la puerta habría empequeñecido al
sol.

Se está portando genial conmigo. Me envía mensajes cada vez que ve una
tienda que vende rollos de canela que no he probado. Cuando pude subir
las escaleras por mí misma, vino a casa y nos ayudó a Gabby y a mí a
subir mis cosas a la planta de arriba. Gabby y él han hecho buenas migas a
su modo.

El caso es que Ethan es un gran amigo. Me alegra no haber estropeado esta


relación por pensar que había algo entre nosotros. Estamos mejor así.
Mentiría si dijera que nunca me acuerdo del bebé que habría tenido si no
me hubieran atropellado. En ocasiones, cuando estoy haciendo las cosas
más mundanas, como ducharme o volver conduciendo a casa, pienso en él.

La única forma que tengo de reconciliarme con esto es saber que todavía
no estaba lista para ser madre. Pero algún día lo estaré. Intento no cavilar
demasiado sobre el pasado o lo que podría haber sucedido.

Casi todas las mañanas me levanto fresca y descansada, deseando empezar


el día. Si una puede decir eso, es que las cosas no le van mal.

Esta mañana me he despertado temprano y he decidido montarme en el


coche e ir a Primo’s. Es algo que he convertido en un hábito, una pequeña
indulgencia que me permito cuando tengo tiempo. A menudo llamo a mi
padre mientras estoy allí. No es igual que cuando iba con él de pequeña,
pero sí parecido. Me he dado cuenta de que, al menos con mis padres,
cuanto más hablamos por teléfono, mejor me siento.

Llamo a mi padre mientras estoy conduciendo, pero no contesta. Le dejo


un mensaje. Le digo que voy de camino a Primo’s y que estoy pensando en
él.

Entro en el abarrotado aparcamiento de Primo’s y dejo el coche. Saco el


bastón del asiento trasero y camino hasta el frente de la tienda. Me paro en
la cola y pido un rollo de canela y una rosquilla de mantequilla para
Gabby.

Pago y me entregan una bolsa que ya empieza a mancharse de grasa.

Y entonces oigo una voz conocida hablando con el cajero.

—Un rollo de canela, por favor.

Me doy la vuelta y miro. Al principio no lo reconozco. Lleva puestos unos


vaqueros y una camiseta. Nunca lo he visto sin el uniforme azul marino.

Me fijo en su brazo, para asegurarme de que no me he vuelto loca, para

confirmar que no me lo estoy imaginando.


Isabella.

—¿Henry? —pregunto. Por supuesto que es él. Me sorprende lo familiar


que me resulta, lo natural que me parece tenerlo delante de mí.

Henry.

—Hola —le digo—. Hola, hola. ¿Qué tal?

—Hola —responde, sonriendo—. Supuse que algún día te vería por aquí.

El hombre detrás del mostrador le entrega un rollo de canela y Henry le


paga.

—Con todos los sitios donde venden rollos de canela, has tenido que venir
justo al mío —lo acuso.

Se ríe.

—En realidad ha sido a propósito.

—¿Cómo dices?

—Pensé que si algún día quería volver a verte, encontrarte y empezar una
conversación como dos personas normales, la mejor opción que tenía era
ir a un sitio donde vendieran rollos de canela deliciosos.

Me sonrojo. Lo sé porque siento calor en las mejillas.

—¿Puedo hablar contigo fuera? —pregunta. Ambos estamos retrasando la


fila.

Asiento y lo sigo hasta el exterior de la tienda. Se sienta en una de las


mesas de metal. Apoyo la comida. Ambos sacamos nuestros rollos de
canela. Henry da un bocado primero.

—¿Leíste mi carta? —me pregunta cuando termina de masticar.

Me como un trozo, cierro los ojos y asiento.


—Sí —digo finalmente—. Te estuve buscando un tiempo. En las esquinas
y en las tiendas. Miraba los brazos de los hombres.

—¿Por el tatuaje? —pregunta.

—Sí —respondo.

—Y nunca me encontraste.

—Hasta hoy.

Él sonríe.

—Siento si te causé algún problema en el trabajo —digo.

Hace un gesto con la mano para restarle importancia.

—No lo hiciste. Aunque a Hannah no le gustó mucho la escena que


montaste cuando te fuiste —dice, riendo—. Pero también dijo que parecías
una acosadora. Y que estaba claro que no podían culparme por eso.

Me ruborizo tanto que meto la cabeza entre las manos.

—Qué vergüenza. Estaba bajo los efectos de un montón de fármacos.

—Que no te dé vergüenza —ríe—. Me alegró el día cuando me enteré.

—¿Sí? —le pregunto.

—¿Bromeas? ¿La chica más guapa que has conocido en tu vida recorre
desesperadamente todo el hospital en silla de ruedas intentando
encontrarte?

Estuve toda la semana con una sonrisa de oreja a oreja.

—Bueno —digo—. Yo… supongo que quería despedirme como era


debido. Sentí que nosotros…
—No tienes que explicarme nada. —Henry niega con la cabeza—. ¿Estás
libre esta noche para cenar? Quiero tener una cita contigo.

—¿En serio? —pregunto.

—Sí —contesta Henry—. ¿Qué me dices?

—Te digo que sí —río—. Suena bien. Ah, pero esta noche no puedo.

Tengo planes con Gabby. ¿Y mañana? ¿Puedes mañana?

—Sí —responde—. Puedo cuando tú puedas. ¿Y ahora? ¿Qué estás


haciendo ahora?

—¿Ahora?

—Sí.

—Nada.

—¿Darías un paseo conmigo?

—Me encantaría. —Me limpio el azúcar de las manos y tomo el bastón

—. Espero que no te importe que use el bastón.

—¿Me tomas el pelo? Llevo meses yendo a todas las panaderías posibles,
deseando encontrarte. Algo tan nimio como un bastón no hará que cambié
de opinión.

—Además —sonrío—, si no necesitara este bastón, probablemente no te


habría conocido. Aunque, quién sabe, tal vez nos hubiéramos conocido de
otra manera.

—Como hombre que ha estado intentado toparse contigo durante meses, te


puedo asegurar que es extremadamente raro que se crucen los caminos de
dos personas determinadas.
Me agarra la mano. He estado esperando tanto tiempo este momento,
estaba tan convencida de que esto jamás sucedería, que me parece el gesto
más íntimo que he experimentado jamás.

—Por los accidentes de tráfico —digo.

—Por los accidentes de tráfico —ríe—. Y por todo lo que nos trajo hasta
aquí.

Entonces me besa y me doy cuenta de lo equivocaba que estaba con lo que


acabo de decir de la mano. Ahora me siento como una adolescente
emocionada. Esto es lo que llevaba tanto tiempo anhelando.

Mientras estoy allí parada, en medio de la ciudad, besando a mi enfermero


del turno de noche, por primera vez en mi vida sé que lo he hecho todo
bien.

Al fin y al cabo, sabe a rollo de canela, y nunca he besado a nadie con ese
sabor.

Tres años después

Gabby odia las sorpresas, pero Carl y Tina insistieron en hacerle una fiesta
sorpresa. Les dije que seguiría su plan, pero la semana pasada se lo conté
para que no la pillara desprevenida. Después de todo, a mí me habría
gustado que me avisaran. Así que aquí estamos, en su trigésimo segundo
cumpleaños, yo, Ethan y cincuenta de sus amigos más cercanos,
acurrucados en la sala de estar de sus padres, sumidos en la oscuridad
absoluta, esperando sorprender a alguien que no quiere sorprenderse.

Oímos que sus padres aparcan el coche en la entrada. Cuando veo que los
faros se apagan, doy un último aviso para que todos se queden en silencio.

Los oímos caminar hasta la puerta.

Vemos cómo se abre la puerta.

Enciendo las luces y toda la habitación grita «¡Sorpresa!» tal y como se


supone que tenemos que hacer.
Gabby abre los ojos como platos. Se le da bien fingir. Parece aterrada de
verdad. Después se vuelve de inmediato hacia el pecho de Jesse. Él ríe,
abrazándola.

—¡Feliz cumpleaños! —le dice y la gira para que quede frente a nosotros.

Tina decoró la habitación con muy buen gusto. Champán y una mesa de
dulces. Globos blancos y plateados.

Gabby se acerca a mí primero.

—Gracias a Dios que me avisaste —suspira—. No sé si podría haberme


enfrentado a todo esto sin una advertencia.

—¡Feliz cumpleaños! —río—. ¡Sorpresa!

Ambas nos echamos a reír.

—¿Dónde está Gabriella?

—La dejé con Paula. —Paula es la mujer que la cuida. En realidad es más
que una niñera. Es una mujer mayor que trabajaba en el consultorio de
Carl.

Se jubiló y se dio cuenta de que se aburría mucho, así que cuida a


Gabriella

durante el día, cuando estoy trabajando o en cualquier momento en el que


Gabby, Ethan o yo no podamos hacernos cargo. Gabriella la adora. Ethan y
yo siempre decimos en broma que Gabby es su segunda madre, así que nos
pareció de lo más normal empezar a decir que Paula es la tercera. Para ser
alguien que ha sentido la ausencia de sus padres, sin duda le he dado a mi
hija una plétora de ellos.

—¿Ya se lo has dicho a Paula? —pregunta Gabby en un susurro


confidencial—. ¿ Eso? —Supongo que se refiere a que Ethan y yo este mes
vamos a empezar a buscar un segundo hijo.

—No —murmuro—. Sigues siendo la única que lo sabe.


—Me parece mejor comentárselo a todos cuando lo hayamos logrado —

interviene Ethan—. Pero a Hannah se le ha olvidado contarte la mejor


parte de esta noche.

—¿En serio? —pregunto.

—Paula dijo que se quedará toda la noche, así que, por lo que a mí
respecta, ¡que empiece la fiesta! —dice Ethan, de pie junto a mí—. ¡Y
feliz cumpleaños! Eso también. —Le entrega a Gabby una botella de vino
que elegimos para ella.

—¡Gracias! —Le da un fuerte abrazo—. Os quiero, chicos. Muchas


gracias por todo.

—Nosotros también te queremos —le digo—. ¿Has visto a los Flint?

Están al fondo —señalo, pero Gabby ya se dirige hacia ellos. La miro


mientras abraza a sus futuros suegros. Se nota que la quieren.

—Buen intento, pequeña —dice Carl, acercándose a mí—. Casi me


engañáis las dos.

Finjo estar confundida.

—No tengo ni idea de lo que me estás hablando.

—Gabby lo sabía. Conozco a mi hija y lo sabía. Sé que Jesse no se lo


contó porque todavía me tiene mucho miedo. Eres la única que se atreve a
desafiarme.

Suelto una carcajada.

—Odia las sorpresas —digo en mi defensa.

Carl niega con la cabeza y luego mira a Ethan.

—¿Así es como se disculpa tu esposa?


Ethan ríe y levanta los brazos en señal de rendición.

—A mí no me metáis en esto.

—Lo siento —le digo a Carl con sinceridad.

El padre de Gabby hace un gesto con la mano para quitarle importancia.

—Es broma. Mientras sea feliz, no me importa. Y parece serlo.

Tina se abre camino entre la multitud para hablar con nosotros. Me da un


gran abrazo antes de ir directa al grano:

—¿Cuándo vas a dejar de trabajar en el consultorio para dedicarte a


estudiar a tiempo completo?

—El mes que viene —respondo—. Pero todavía no estoy segura.

Miro a Carl. Hasta ahora he podido ir a clase reduciendo en algunas horas


mi jornada laboral y he aprovechado el programa de reembolso de gastos
de educación que tienen en el consultorio. Ha sido una oportunidad
maravillosa, pero con Gabriella y la posibilidad de un segundo hijo, quiero
graduarme lo antes posible. Ethan y yo hablamos del asunto y quiero dejar
el trabajo para ir a clases a tiempo completo. Pero si Carl quiere que me
quede más tiempo, lo haré. Haría lo que fuera por él. Sin él, sin los Hudson
en general, no sé dónde estaría.

—Puedes hacerlo. Obtén el título. Y cuando termines, déjame por lo


menos ser el primero que te haga una oferta. Es lo único que pido.

—Pero los dos habéis hecho tanto por mí. No sé cómo podré pagároslo.

—No nos tienes que pagar nada —explica Tina—. Somos tu familia.

Sonrío y apoyo la cabeza en el hombro de Carl.

—Aunque necesito que me hagas un favor esta noche —dice Carl—. Si


quieres.
—Claro —contesto.

—Yates ha estado persiguiéndome para que contrate a alguien de su


antiguo consultorio. Un enfermero, supongo, que está aquí con él. Te lo
juro, Yates es como un sabueso. Cuando quiere algo, no se da por vencido
hasta que lo consigue.

El doctor Yates es nuevo en el consultorio. Carl y el doctor no están de


acuerdo en muchas cosas, pero es un buen hombre. Lo invité a la fiesta,

aunque Carl dijo que no era necesario. Pero Carl quería invitar a todos
excepto a Yates. Así que… Creo que hice lo correcto.

—Y ya me conoces —continúa Carl—. No se me da bien hablar de trabajo


en una fiesta. O mejor dicho, odio hablar de trabajo en una fiesta—.

Carl no tiene ningún problema en hablar de asuntos de trabajo en ningún


sitio. Simplemente no quiere hablar con Yates.

—Haré una evaluación rápida si me los encuentro —prometo.

—Llamaré para ver cómo está Gabriella —dice Ethan. Se dirige a la


cocina y lo veo llamar a Paula. Siempre hace esto. Habla mucho sobre
dejarla toda la noche y luego llama cada dos horas. Tiene que saber cómo
está, qué ha comido. Para alguien que no estaba seguro de estar preparado
para tener hijos, es el padre más concienzudo que he conocido.

El año pasado adoptó a Gabriella oficialmente. Ethan quería que todos


tuviéramos el mismo apellido.

—Somos una familia —explica—. Un equipo.

Ahora se llama Gabriella Martin Hanover. Somos la familia Martin


Hanover.

Puede que Gabriella y Ethan no sean parientes consanguíneos, pero jamás


te darías cuenta al mirarlos o al oírlos hablar. Se llevan como cualquier
padre e hija. El otro día, en el supermercado, el cajero les dijo a ambos que
tenían los mismos ojos. Ethan sonrió y le dio las gracias.
—Lo sé, cariño, pero papá necesita hablar con Paula. —Le oigo decir al
teléfono—. Si te vas a dormir cuando Paula te lo diga, mamá y yo iremos a
tu habitación y te daremos un beso cuando lleguemos a casa, ¿sí? —

Gabriella debe de haberle devuelto el teléfono a Paula, porque lo siguiente


que oigo salir de la boca de Ethan es—: Bueno, ¿pero le sacaste la canica
de la nariz?

Estamos cansados la mayor parte del tiempo. No salimos tanto como nos
gustaría. Pero nos queremos con locura. Estoy casada con un hombre que
se convirtió en padre porque me ama y me ama porque lo convertí en
padre. Y

me hace reír. Además, está muy guapo cuando se arregla, como es el caso
de esta noche.

Vuelve a la habitación y enseguida hay tanto ruido que apenas podemos

oírnos el uno al otro. Justo cuando la fiesta parece llegar a su apogeo,


alguien le pide a Jesse que cuente la historia de cómo se conocieron Gabby
y él. Sin prisa pero sin pausa, todos los presentes se callan para escuchar la
historia. Jesse se sube al borde de la chimenea para que todos puedan verlo
y oírlo; es demasiado bajito si se queda en el suelo.

—Primer día en clase de Geometría. Segundo año. Miré hacia el frente del
aula y divisé a la chica más interesante que había visto en mi vida. —

Jesse ha contado esta historia tantas veces que me la sé de memoria—. Y

para mi satisfacción, era más baja que yo.

Todos sueltan una carcajada.

—Pero no la invité a salir. Estaba muy nervioso. Tres semanas después,


otra chica me preguntó si podíamos salir juntos y acepté porque tenía
quince años y no iba a desperdiciar ninguna oportunidad.

La multitud vuelve a reír.


—Jessica y yo estuvimos saliendo mucho tiempo y lo dejamos en el
último año. Por supuesto, cuando nos separamos, encontré a Gabby de
inmediato y la invité a salir. Tuvimos una gran cita. Pero a la mañana
siguiente, mi novia me llamó y me dijo que quería que volviéramos. Y…

nos reconciliamos. Estuve con Jessica toda la universidad, nos casamos y


bla, bla, bla…

Siempre dice «bla, bla, bla…».

—Jessica y yo nos separamos después de dos años de matrimonio.

Simplemente no funcionó. Unos años después, recibo una solicitud de


amistad en Facebook de Gabby Hudson. La mismísima Gabby Hudson.

Esta es mi parte favorita. La parte en que la llama la mismísima Gabby


Hudson.

—Me puse muy nervioso y ansioso, y comencé a revisar su actividad en


Facebook, preguntándome si estaba soltera y si aceptaría tener una cita
conmigo. De pronto, salimos a cenar a un restaurante de moda en
Hollywood. Y tuve esa sensación. No se lo dije en ese momento, porque no
quería asustarla, pero sentí que finalmente comprendía por qué las
personas se volvían a casar. Cuando me divorcié, no estaba seguro de si
algún día volvería a estar dispuesto a contraer nupcias. Pero todo encajó y
comprendí

que mi matrimonio no había funcionado porque había elegido a la persona


incorrecta. Finalmente, la persona correcta estaba delante de mí. Así que
esperé el tiempo apropiado de meses de noviazgo y le dije lo que sentía.

Luego le pedí que se casara conmigo y aceptó.

Normalmente, ese es el final de la historia, pero continúa relatando:

—Hace poco, estuve leyendo un libro sobre el cosmos —agrega y mira a


su alrededor—. Esperad, confiad en mí que sí tiene relación con lo que os
estoy contando.
La multitud vuelve a soltar otra carcajada.

—Y estuve leyendo distintas teorías sobre el universo. La que me fascinó


de verdad fue una que afirma que todo lo que es posible sucede. Eso
significa que cuando lanzas al aire una moneda, no cae cara o cruz. Cae
cara y cruz. Cada vez que lanzas una moneda y sale cara, simplemente
estás en el universo donde sale cara. Hay otra versión tuya, creada en el
segundo en que lanzaste la moneda, que ve que sale cruz. Esto sucede cada
segundo de cada día. El mundo se divide cada vez más y se convierte en un
número infinito de universos paralelos donde todo lo que puede suceder
está sucediendo. Esto es completamente posible, de hecho. Es una
interpretación legítima de la mecánica cuántica. Es completamente posible
que, cada vez que tomamos una decisión, haya una versión de nosotros que
tomó una decisión distinta. Lo que quiero decir es que sé que tal vez hay
universos en los que tomé decisiones distintas que me llevaron a otro sitio,
con otra persona. —Mira a Gabby—. Y mi corazón se rompe por cada
versión mía que no terminó junto a ti.

Me da vergüenza admitir que me pongo a llorar. Gabby me mira y noto


que también tiene los ojos húmedos. Todos están prestando atención,
cautivados. Jesse termina de hablar, pero nadie puede apartar la vista. Sé
que debo hacer algo, pero no sé qué.

—¡Qué manera de hacernos quedar mal al resto! —grita un hombre desde


el fondo de la habitación.

La multitud ríe y se dispersa. Me giro y miro detrás de mí, intentando ver


al hombre que ha dicho eso, pero no logro verlo. En su lugar, veo al doctor
Yates. Le digo a Ethan:

—El doctor Yates está allí atrás. Iré a saludarlo. Volveré en un segundo.

Asiente y comienza a caminar hacia los postres.

—Te conseguiré un trozo de tarta de queso. A menos que quieras un rollo


de canela.

Me acerco al doctor Yates.


—Hannah —me saluda—. Menuda fiesta.

—Así es —río.

—Escucha, quiero presentarte a alguien. —Señala a un hombre que está a


su lado. El hombre tiene un tatuaje grande en el antebrazo. No veo bien lo
que es. Creo que se trata de un texto en cursiva—. Él es Henry. Estoy
intentando convencerlo para que deje el Hospital Presbiteriano de Los
Ángeles y se venga a trabajar con nosotros.

—Bueno, es un gran hospital —comento.

—Y Henry es uno de los mejores enfermeros con los que he trabajado —

afirma el doctor Yates.

—¡Vaya recomendación! —le digo a Henry.

—Bueno, le he pagado mucho dinero —me responde.

Suelto una carcajada.

—¿Me disculpáis un momento? —dice el doctor Yates—. Quiero saludar a


Gabby.

Se aleja y me deja con Henry. No sé muy bien qué decir.

—¿Has visto la mesa de dulces? —pregunto.

—Sí —contesta—. Iba a ir a buscar algo, pero sinceramente, me gustan


mucho más los pasteles. Los hojaldres de crema, por ejemplo. O los rollos
de canela.

—Estoy obsesionada con los rollos de canela —comento.

—Con razón —dice—. Están deliciosos. Preferiría un rollo de canela antes


que un brownie.

—Me estás quitando las palabras de la boca —río.


Él también ríe, luego me pregunta:

—¿Eres de por aquí?

—Sí —respondo—. De aquí. ¿Y tú?

—No —niega con la cabeza—, vine de Texas hace ocho años.

—Ah, ¿de qué parte de Texas? —pregunto.

—De las afueras de Austin.

—Yo viví en Austin un tiempo —sonrío—. Una ciudad genial.

—Sí —contesta—. Aunque hace un calor terrible.

—Sí. Amén a eso.

—Entonces, ¿también eres enfermera? —me pregunta.

—Eso intento —respondo—. Estoy a punto de dejar el consultorio para


dedicarme a estudiar a tiempo completo. Estoy deseando terminar las
clases y comenzar a trabajar.

—Recuerdo cuando me saqué el título de enfermero —se ríe—. Parece que


fue hace siglos.

—Bueno, yo voy con un poco de retraso —comento.

—Ah, no. No quise decir eso en absoluto. Me refiero a que parece que han
pasado eones desde que empecé a trabajar.

—¿Siempre quisiste trabajar en el sector sanitario? —pregunto. Ya que


estamos hablando del tema, no tiene sentido desperdiciar la oportunidad
de averiguar más sobre él y ver si es el adecuado para trabajar en el
consultorio.

—Sí, más o menos —asiente—. Mi hermana murió cuando era pequeño.


—Lo siento mucho —respondo.

—No pasa nada. —Me hace un gesto con la mano—. Pero gracias de todos
modos. Recuerdo estar en el hospital de niño y ver lo mucho que hacían
los enfermeros para cuidarla, para que estuviera cómoda, para que todos
estuviéramos a gusto y, no sé, supongo que siempre quise hacer eso.

—Vaya, con una historia así, ahora no hay forma posible de que rechace a
este hombre.

—En mi caso fue cuando me quedé embarazada de mi hija y comencé a


trabajar en el consultorio —explico—. Veía lo asustados que estaban
algunos padres y lo mucho que necesitaban a alguien que comprendiera
por lo que estaban pasando, realmente quería ser esa persona. Luego, en
cuanto nació mi hija, sentí ese miedo. Sentí lo que duele cuando piensas
que le puede pasar cualquier cosa. Quiero ayudar a aliviar la ansiedad,
¿sabes?

Sonríe. Es una sonrisa bonita. Da una sensación de tranquilidad.

—Sí, lo entiendo —dice.

Si Jesse tiene razón y hay otros universos, seguro que ya he conocido a


Henry en alguno. Puede que hasta trabajemos juntos en algún sitio. O

podríamos habernos conocido en Texas hace años. Tal vez en una cola para
comprar rollos de canela.

—Bueno, estoy segura de que volveremos a vernos —afirmo—. De algún


modo.

—Sí —dice—. O quizás en otra vida.

Río y me disculpo cuando Ethan viene a mi encuentro con un trozo de tarta


de queso.

—¿Qué te parece si nos vamos temprano? —pregunta.

—¿Temprano? —exclamo—. Pensé que pasaríamos la noche de fiesta.


Paula dormirá en casa.

—Sí —contesta—. Pero, ¿y si nos retiramos de la fiesta y nos vamos… a


un hotel?

—¿Sugieres lo que creo que estás sugiriendo? —Levanto las cejas.

—Hagamos un bebé, nena.

Dejo el vaso de agua y me meto la tarta de queso en la boca. Me acerco a


un rincón de la habitación, donde veo a Carl, Tina, Gabby y Jesse
hablando.

—Carl, parece bastante bueno. Me refiero a Henry. Deberías contratarlo.

Sin dudarlo. Gabby, te quiero. Feliz cumpleaños. Perdonadnos, pero Ethan


y yo tenemos que volver a casa.

Gabby y Tina me abrazan. Ethan estrecha las manos con Carl y Jesse.

Ethan y yo vamos hacia la puerta principal. En algún momento de la noche


ha empezado a llover. Tengo frío, Ethan se quita la chaqueta y me la pone
por encima de los hombros.

—¿Sabes?, podemos quedarnos despiertos toda la noche —dice con tono


de broma—. O también podemos tener sexo una vez, encender la
televisión y quedarnos dormidos pacíficamente.

—La última opción suena genial —río.

Nos subimos al coche. En este momento me siento muy agradecida.

Si hay un número infinito de universos, no sé cómo fui tan afortunada de


terminar en este.

Tal vez tengo otras vidas allí afuera, pero no puedo imaginarme siendo tan
feliz en ninguna como lo soy aquí en este momento.
Tengo que pensar que, aunque existan otros universos, ninguno es tan
bueno como este.

Gabby odia las sorpresas, pero no pude convencer a Carl y a Tina de que
hicieran otra cosa, y tampoco iba a ser yo la que se lo contara. Así que
aquí estamos, en su trigésimo segundo cumpleaños, yo, Henry y cincuenta
de sus amigos más cercanos, acurrucados en la sala de estar de sus padres,
sumidos en la oscuridad absoluta.

Oímos que sus padres aparcan el coche en la entrada. Cuando veo que los
faros se apagan, doy un último aviso para que todos se queden en silencio.

Los oigo caminar hasta la puerta.

Veo que se abre la puerta.

Enciendo las luces y toda la habitación grita «¡Sorpresa!» tal y como se


supone que tenemos que hacer.

Gabby abre los ojos como platos. Parece asustada de verdad. Se vuelve de
inmediato hacia el pecho de Jesse. Él ríe, abrazándola.

—¡Feliz cumpleaños! —le dice y la gira para que quede frente a nosotros.

El salón está lleno de adornos preciosos. Copas de champán y Moët. Una


mesa de dulces. Henry y yo fuimos hoy a Los Ángeles para buscar
manteles de lino que combinaran con la decoración. Henry adora a Gabby.
Haría lo que fuese por ella.

Gabby se acerca primero a mí.

—¿Estás enfadada? —le pregunto mientras me abraza—. Pensé en


decírtelo.

Se separa de mí. Puedo ver en su rostro que todavía no se ha recuperado


del susto.

—No —dice—. No estoy enfadada. Tal vez abrumada. Y un poco


sorprendida de que, ni a ti ni a Jesse, se os haya escapado nada.
—Hicimos un pacto —le cuento—. Para no soltar prenda. Era demasiado
importante para tus padres.

—¿Ellos organizaron todo esto? —pregunta.

Hago un gesto de asentimiento.

—Se les ocurrió a ellos.

—Feliz cumpleaños —dice Henry. Le entrega una copa de champán. Ella


la toma y lo abraza.

—¿Y supongo que tú no beberás nada? —pregunta Gabby, mirándome el


vientre. Estoy embarazada de siete meses. Es una niña. La llamaremos
Isabella, por la hermana de Henry. Gabby no sabe que hemos hablado de
ponerle Gabrielle de segundo nombre por ella.

—No —le digo—. Pero beberé contigo en espíritu. ¿Has visto a los Flint?

Están en… —Miro alrededor hasta que los encuentro al fondo, saludando a
Gabby con la mano y hablando con Jesse. Ella ya va hacia ellos.

La veo abrazar a sus futuros suegros. Ellos la adoran, está clarísimo.

—Bien hecho, pequeña —me dice Carl—. No estaba seguro de que


pudieras lograrlo.

—No soy buena guardando secretos —admito—. Pero creía que este era
importante. Así que… ¡ta-chán! —Levanto las manos en el aire, como si
hubiese hecho un truco de magia.

Carl me mira las manos y luego las de Henry.

—¿Dejas que tu esposa vaya a fiestas sin la alianza, hijo?

Henry se ríe.

—Háblalo con ella —señala—. Yo no le digo lo que tiene que hacer.


—Tuve que quitármelo —le explico a Carl, defendiéndome—. Tengo los
dedos del tamaño de una salchicha.

Carl niega con la cabeza, tomándome el pelo.

—No lleva ni un año de matrimonio y ya encuentra razones para quitarse


la alianza. —Chasquea la lengua.

—Tienes razón. Es posible que salga corriendo en cualquier momento —

digo, señalándome la barriga.

Carl ríe y Tina se abre camino entre la multitud para hablar con nosotros.

—Mírate. A punto de convertirte en madre y en enfermera —dice, en lugar


de saludarnos.

Me queda un año más o menos para graduarme como enfermera, aunque


ahora me parece una eternidad. Estos días solo puedo pensar en el bebé
que estoy a punto de tener.

—Estoy empezando a ponerme nerviosa porque cuando nazca la niña


tendré que hacer malabares —le comento—. Sé que puedo lograrlo.

Muchas mujeres lo hacen. Creo que solo estoy ansiosa porque todo va a
cambiar.

—Lo harás muy bien —me asegura Tina, sonriéndome.

—¿Cuántas veces debo pedirte que vuelvas a trabajar conmigo cuando te


saques el título? —pregunta Carl.

—No quiero que sientas que tienes que ofrecerme un puesto de enfermera

—digo—. Quiero ganármelo.

—Te daría hasta mi última pertenencia si lo necesitaras —explica Carl—.

Pero no te ofrezco el trabajo por eso.


—¿No?

—No, creo que serás una gran enfermera y te quiero en mi consultorio.

—Además, esa bebé es lo más cercano que tengo a una nieta —dice Tina

—. Quiero tenerte lo más cerca posible.

—Todos están interesados en la niña —comenta Henry.

—Cuando llevéis casados el mismo tiempo que nosotros —le contesta


Carl—, tus hijos hayan crecido y estés demasiado aburrido, tú también
querrás estar lo más cerca posible de tus nietos. Confía en mí. ¿Sabes
cuánta televisión veo? Es bochornoso. Necesito una distracción.

Gabby y Jesse vuelven y se unen a la conversación.

—¿De qué hablabais? —pregunta Gabby.

—De nietos —dice Tina, lanzando a Gabby y Jesse una mirada llena de
significado.

—¡Ah, no! —bromea Jesse—. Gabby, demos media vuelta de forma


discreta. Puede que así no nos vean.

Gabby actúa como si quisiera escaparse, pero Tina los retiene.

—Parece que Hannah y Henry encontraron la manera de tener un bebé —

dice Tina—. Y yo no me volveré más joven. No os vais a morir por


intentarlo.

—Tina —dice Jesse—. Te lo prometo, en cuanto tu hija y yo estemos


felizmente casados, será lo primero en nuestra lista de cosas pendientes.

Ethan y Ella también se unen a la conversación. Deben de haber llegado

ahora mismo.
—Perdón por el retraso —dice Ella—. Salí tarde del trabajo y ya os
imagináis. ¡Felicidades! —le dice a Gabby. La abraza y se vuelve hacia
Ethan, que también abraza a Gabby y sonríe. Después da un apretón de
manos a Henry, le da una palmada a Jesse en la espalda y me abraza.

—Hemos traído un regalo —exclama Ethan—. Para compensar.

Es una caja de bombones Godiva. En el momento en que los veo, quiero


comérmelos todos. Supongo que se los puedo quitar a Gabby más tarde si
de verdad los quiero. O también me los puedo comprar. Si le digo a Henry
que quiero bombones, sé que se detendrá a comprarlos de camino a casa.

Siempre me compra la comida que se me antoja a cualquier hora de la


noche. «Tú llevas al bebé y yo consigo la comida.» Le huele fatal el
aliento por la mañana y es demasiado tacaño, pero me siento la mujer más
afortunada del mundo.

La fiesta continúa. Todos hablamos con todos, charlando y compartiendo


historias sobre Gabby. Justo cuando la fiesta parece llegar a su apogeo,
alguien le pide a Jesse que cuente la historia de cómo se conocieron Gabby
y él. Sin prisa pero sin pausa, todos los presentes se callan para escuchar la
historia. Jesse se sube al borde de la chimenea para que todos puedan verlo
y oírlo. Una vez le pregunté por su estatura. Mide un metro setenta.

—Primer día en clase de Geometría. Segundo año. Miré hacia el frente del
aula y divisé a la chica más guapa que había visto en la vida. —Jesse ha
contado esta historia muchas veces y siempre comienza igual—. Aunque
Gabby diría que eso no es lo primero en lo que debería haberme fijado. —

La mira y ella le sonríe—. Pero fue inevitable. Era preciosa. Y, para mi


satisfacción, era más baja que yo. Así que pensé que tenía una
oportunidad.

Toda la multitud suelta una carcajada.

—Pero no la invité a salir, porque era un cobarde. Tres semanas después,


otra chica me preguntó si podíamos salir juntos y acepté, porque cuando
tienes quince años y una chica te invita a salir, aceptas.
Todo el mundo se vuelve a reír.

—Jessica y yo salimos durante todo el instituto y nos separamos en el


último año. ¿Qué es lo primero que hice? Busqué a Gabby y la invité a
salir.

Tuvimos una gran cita. Pero a la mañana siguiente, mi exnovia me llamó y


me dijo que quería que volviéramos. Y… en pocas palabras, me casé con
Jessica. De todos modos, al final nos separamos. Tuvimos que separarnos.

No éramos la persona indicada el uno para el otro. Y cuando te das cuenta,


no hay vuelta atrás. Así que nos divorciamos. Unos años más tarde, recibo
una solicitud en Facebook de Gabby Hudson. La mismísima Gabby
Hudson.

Esta es mi parte favorita. La parte en que la llama la mismísima Gabby


Hudson.

—Me adelanté y comencé a revisar su actividad en Facebook,


preguntándome si estaba soltera y si aceptaría tener una cita conmigo
algún día y bla, bla, bla. De pronto, estamos almorzando en la plaza de
Santa Mónica. No me dejó pagar y me dijo que pagar a medias era lo más
apropiado. Volvimos a mi coche y, no se lo dije en el momento, porque
sabía que la asustaría, pero sentí que finalmente comprendía por qué las
personas se volvían a casar. Se te rompe el corazón, tu matrimonio falla,
no sabes si algún día volverás a tener ganas de casarte de nuevo. Pero
luego todo encaja, comprendes que la primera vez no funcionó porque
habías elegido a la persona incorrecta. Y por fin tienes a la persona
correcta delante de ti. Así que esperé el tiempo apropiado de meses de
noviazgo y le dije lo que sentía. Ella me dijo que sentía lo mismo. Ahora
vamos a casarnos. Y soy el hombre más feliz del mundo.

Normalmente, ese es el final de la historia, pero continúa:

—Hace poco, estuve leyendo un libro sobre el cosmos —agrega y mira a


su alrededor—. Esperad, confiad en mí, que sí tiene relación con lo que os
estoy contando.
Otra carcajada general.

—Y estuve leyendo distintas teorías sobre el universo. La que me fascinó


de verdad es una de algunos físicos bastante serios que creen en la teoría
del multiverso. Afirman que todo lo que es posible sucede. Eso significa
que cuando lanzas una moneda, no cae cara o cruz. Cae cara y cruz. Cada
vez que lanzas una moneda al aire y sale cara, simplemente estás en el
universo donde sale cara. Hay otra versión tuya, creada en el segundo en
que lanzaste

la moneda, que ve que sale cruz. Esto sucede cada segundo de cada día. El
mundo se divide cada vez más y se convierte en un número infinito de
universos paralelos donde todo lo que puede suceder está sucediendo. Hay
millones, trillones o cuatrillones, supongo, de diferentes versiones
nuestras viviendo las consecuencias de nuestras decisiones. Lo que quiero
decir es que sé que tal vez hay universos en los que tomé decisiones
distintas que me llevaron a otro sitio, con otra persona. —Mira a Gabby
—. Y mi corazón se rompe por cada versión mía que no terminó junto a ti.

Tal vez es el momento. Quizás son las hormonas. Pero comienzo a llorar.

Gabby me mira y noto que también tiene los ojos húmedos. Jesse termina
de hablar, pero nadie puede apartar la vista. Todos observan a Gabby. Sé
que debo hacer algo, pero no sé qué.

—¡Qué manera de hacernos quedar mal al resto! —grita Henry.

La multitud ríe y se dispersa. Lo miro y él me seca las lágrimas.

—Te quiero tanto como ese presumido quiere a tu amiga —bromea—. Es


que no quise mirar el mismo especial de Nova.

—Lo sé —le respondo—. Lo sé. —Porque lo sé de verdad—. ¿Crees que


esa teoría es cierta? ¿Crees que hay versiones de nosotros que nunca se
conocieron?

—¿Tal vez una versión en la que no te atropellan y terminas casada con un


chef de rollos de canela? —dice.
—Todo lo que es posible sucede…

—¿Te gustaría estar casada con un chef de rollos de canela?

—Me gustaría que hicieras mejor los rollos de canela —comento—. Pero
no, estoy muy a gusto en este universo.

—¿Estás segura? Podemos desafiar el espacio y el tiempo e ir a buscarte


otro hombre.

—No —respondo—. Me gusta este universo. Me gustas tú. Y ella. —Me


señalo la barriga—. Y Gabby. Y Jesse. Carl y Tina. Estoy deseando
sacarme el título de enfermería. Y no me molesta que a veces, cuando
llueve, me duela la cadera. Sí —agrego—. Creo que me quedaré.

—Bueno —me dice, besándome—. Avísame si cambias de opinión.

Se retira para ir al baño y yo empiezo a dirigirme hacia Gabby y Tina, que

están de pie junto a las mini tartas de queso. Sobre todo, me interesan las
tartas, pero me impide pasar un hombre que parece un defensa de fútbol
americano. Le pido que se mueva, pero no me oye. Estoy a punto de darme
por vencida.

—Señor —escucho que alguien dice detrás de mí—. ¿Puede dejarla pasar?

El defensa y yo damos media vuelta y vemos a Ethan allí parado.

—Ah, lo siento mucho —dice el defensa—. Soy un glotón con las tartas de
queso. Cuando estoy frente a una tarta, desaparece todo lo que me rodea.

Me río y avanzo con torpeza. Ethan me acompaña.

—¿Ya seis meses? —pregunta. Se hace con un trozo de tarta de plátano y


crema.

—Siete —respondo, cogiendo otro trozo de tarta de queso.

—¿Pero bueno? ¿No te han puesto ningún rollo de canela?


—Estamos en una fiesta. Da igual. Últimamente no he parado de comer
rollos. Henry dice que mi pelo huele a canela.

—Le creo —ríe—. Estoy seguro de que te dije que, después de separarnos,
no podía oler un rollo de canela sin deprimirme.

—Nunca me lo dijiste —digo, riendo—. ¿Cuánto te duró? ¿Hasta el día de


Acción de Gracias?

Suelta una carcajada.

—Buena pulla. Aunque es verdad.

—Bueno, no deberías haberme dejado.

Sigue riéndose.

—Fuiste tú quien me dejó.

—Ah, por favor. Véndele ese cuento a otra persona.

—Bueno —contesta—, sea quien fuere el que terminó la relación, se me


rompió el corazón.

—A mí también —digo.

—¿Sí? —pregunta, como si la información lo hiciera sentir mejor.

—¿Bromeas? Después de eso estuve años sin acostarme con nadie porque
seguía pensando en ti. Seguro que no puedes decir lo mismo.

—No —ríe—. Es obvio que me acosté con otras personas. Pero… no

significó nada.

—Siempre creí que volveríamos a estar juntos en algún momento —

confieso—. Es gracioso cómo funciona el cerebro de una adolescente.


—No es tan gracioso. —Se encoge de hombros, comiendo la tarta—. Yo
también lo creía. De vez en cuando. Casi…

—¿Qué? —pregunto.

—Cuando volviste a Los Ángeles, justo antes del accidente, pensé que tal
vez…

Recuerdo esa época. Fue un período difícil. Puse buena cara en todo
momento. Me esforzaba de verdad para no derrumbarme, pero, viéndolo
en retrospectiva, pienso en lo doloroso que fue. Me acuerdo del bebé que
perdí y me pregunto si… Me pregunto si tuve que perder a ese bebé para
llegar hasta aquí. Me pregunto si debía perder a ese bebé para tener este.

—Creo que yo también lo pensé —confieso.

—Supongo que simplemente no pudo ser —dice.

—Supongo que no. —Veo que Henry vuelve del baño. Lo veo detenerse y
hablar con Carl. Adora a Carl. Si pudiera poner un busto de bronce de Carl
en nuestro salón lo haría—. ¿Quién sabe? —añado—. Si la teoría de Jesse
sobre los universos es correcta, tal vez hay uno en el que encontramos la
forma de que sí pudiera ser.

—Sí —ríe Ethan—. Tal vez. —Levanta la tarta como si fuese a brindar.

Yo hago lo mismo con mi trozo—. Quizás en otra vida.

Le sonrío y lo dejo al lado de la mesa de dulces.

Echo de menos a mi marido.

Ahora está formando un corrillo con Gabby, Jesse, Carl y Tina. Me uno a
la conversación.

—Veo que encontraste la tarta de queso —dice Gabby.

—La mujer embarazada siempre encuentra la tarta de queso —le respondo


—. Ya lo sabes.
Henry se me acerca mientras continúa hablando con Carl. Me rodea con un
brazo. Me da un apretón. Abre bien la boca y yo le sonrío. Le doy un trozo
de tarta.

Le queda un poco en la cara.

—Te amo —dice con la boca llena. Apenas puedo comprender las palabras
por separado, pero sé exactamente lo que ha dicho. Me besa en la frente y
me acaricia la barriga.

Un sábado por la noche, cuando tenía veintinueve años, me atropelló un


coche y ese accidente me llevó a casarme con el enfermero del turno de
noche. Si eso no es obra del destino, no sé qué otra cosa puede ser.

Así que debo pensar que, aunque existan otros universos, ninguno es más
dulce que este.

Agradecimientos

Soy lo suficientemente afortunada como para tener a más de una Gabby en


mi vida; algo que agradezco cada día. Gracias a Erin Fricker, Julia Furlan,
Sara Arrington y Tamara Hunter por ser unas personas tan increíbles y
unas buenas amigas. Os dedico este libro a vosotras, porque vuestra
amistad me ha impulsado a seguir en los momentos en que no estaba
segura de poder dar un paso más. A Bea Arthur, Andy Bauch, Katie
Brydon, Emily Giorgio, Jesse Hill, Philip Jordan, Tim Paulik, Ryan
Powers, Jess Reynoso, Ashley y Colin Rodger, Jason Stamey, Kate
Sullivan y al resto de mis amigos maravillosos e increíblemente
alentadores. Me siento muy afortunada por conoceros a todos y por teneros
en mi vida.

A Carly Watters, la mejor representante del mundo, a menudo le agradezco


a nuestros destinos (o a la casualidad) haber llegado hasta tu blog en 2012
y haber tenido el impulso de contactarte. Tener la suerte de que alguien
que me cae tan bien sea mi representante es la mismísima definición de
destino o es una coincidencia maravillosa. También me siento igual de
agradecida con Brad Mendelsohn y Rich Green. Gracias, Brad, por
entenderme y comprender mi trabajo, y Rich, estoy tan entusiasmada por
lo que hemos hecho juntos.

Greer Hendricks, es imposible imaginar un universo en el que seas más


encantadora. Gracias por hacer que nuestras charlas sean un placer y por
ser tan increíblemente buena en lo que haces. Mi trabajo no podría estar en
mejores manos. Lo mismo le digo a Sarah Cantin, Tory Lowy y al resto del
equipo de Atria.

A las familias Hanes y Reid, gracias. A Rose y Warren, Sally y Bernie,


Niko y Zach. Cuando le digo a mis amigos lo mucho que quiero a mi
familia política, estoy segura de que ponen los ojos en blanco, como si
fuera una alumna recordando a la maestra que se olvidó de ponernos
deberes, pero lo seguiré repitiendo hasta el hartazgo. Tengo la suerte de
haberme

casado con alguien que tiene una familia maravillosa. Os quiero a todos.

A las familias Jenkins y Morris, gracias. A mi madre, Mindy, a mi


hermano, Jake, os quiero. Me siento tan afortunada de teneros a mi lado.

Gracias por creer siempre en mí y por estar siempre dispuestos a charlar


sobre la vida y la humanidad.

A mi abuela, Linda, las palabras nunca expresarán lo que significas para


mí. Me honra haberte conocido y me siento tremendamente afortunada de
ser tu nieta. Gracias por cada momento que pasamos juntas. Soy quien soy
porque he crecido intentando hacerte sentir orgullosa. Considera esto
como una promesa solemne de que recordaré detenerme y oler las rosas.

Y, finalmente, a Alex Reid: Este libro no es sobre nosotros. Pero, hay una
frase que escribí solo para ti. «Sé que tal vez hay universos en los que
tomé decisiones distintas que me llevaron a otro sitio, con otra persona. Y
mi corazón se rompe por cada versión mía que no terminó junto a ti.»

Preguntas y temas de debate


1. Hannah comienza la novela con la necesidad de encontrar un hogar al
que pertenecer y un sentido de identidad renovado y fortalecido.

¿Encuentra estas cosas al final de la novela? ¿Son distintas en cada final o


son similares?

2. Hannah tiene una relación complicada y algo distante con su familia


después de que se mudaran a Londres. El padre de Hannah admite: «Tu
madre y yo nos dimos cuenta del enorme error que habíamos cometido al
no llevarte con nosotros. No tendríamos que haberte permitido que te
quedaras en Los Ángeles. Nunca deberíamos haberte dejado». ¿Qué
piensas acerca de esta frase?

¿Qué te indica la reacción de Hannah frente a esta afirmación?

3. ¿Por qué crees que Gabby se esfuerza tanto en explicar con detalles su
feminismo?

4. Hay algunas decisiones que Hannah debe encarar en las dos historias.
¿Puedes identificarlas? Comenta si sus decisiones finales son iguales o
diferentes en cada trama. ¿Qué significan?

5. Abre la página 154 y relee la conversación que tienen Hannah y Ethan


en la cama del hospital. ¿Qué interpretas de la frase de Hannah: «No
sabemos lo que hubiese sucedido. Pero fuera lo que fuese, no debía
suceder»? ¿Estás de acuerdo con Hannah en que creer que todos tenemos
un destino facilita soportar los momentos difíciles?

6. Hannah dice: «Empiezo a creer que quizás uno simplemente elige un


sitio y se queda allí. Eliges una carrera y trabajas en eso. Eliges a una
persona y te comprometes con esa relación» . ¿Crees que este pensamiento
contradice la idea de que hay un destino?

7. Relee la conversación de Gabby y Hannah sobre las almas gemelas

. ¿Estás de acuerdo con Hannah cuando dice que a veces simplemente


sabes que es la persona correcta? ¿Has conocido a alguna persona con la
que tuviste esa sensación?
8. Aunque, a primera vista, la novela parece enfocarse en con qué hombre
se quedará Hannah, hay varios tipos de amor que se exploran en Quizás en
otra vida. Comentadlos en grupo. ¿Cuál de todas las relaciones ha sido tu
favorita? ¿Cómo cambiaron y crecieron en cada trama?

9. Mark intenta defender su decisión de dejar a Gabby diciendo: «No


quería que esto sucediera. Pero cuando tienes ese tipo de conexión con
alguien, nada se interpone en el camino» . ¿Qué piensas al respecto?
Hannah cree que: «Lo que una persona hace por amor no es una excepción
a su carácter, sino aquello que precisamente la define» (página 250).
¿Estás de acuerdo? ¿Cómo cuadra esto con la idea de que, a veces, solo
sabes que alguien es el indicado?

10. ¿Creías en el destino cuando empezaste a leer la novela? ¿La novela ha


cambiado, desafiado o reafirmado tu opinión?

11. Es cierto que algunos de los personajes, incluso Hannah en algunos


momentos, creen en el destino. ¿Crees que el libro sugiere que existe el
destino? ¿Y las almas gemelas?

12. ¿Prefieres un final más que el otro? ¿Tienes una opinión sobre si
Hannah debería estar con Henry o con Ethan? Si fueses Hannah,

¿qué final hubieras preferido?

13. Piensa en las afirmaciones que hace Jesse al final de la novela:

«Todo lo que es posible sucede» . Si es cierto, ¿cómo son las otras


versiones de tu vida?

Mejora tu club de lectura

1. Hannah tiene una predilección especial por los rollos de canela. En


honor a ella, cocina (o compra en tu panadería favorita) unos rollos de
canela para tu club de lectura.

2. La película de 1998 Dos vidas en un instante (protagonizada por


Gwyneth Paltrow) tiene una hipótesis similar a la de Quizás en otra vida, y
ejemplifica cómo la vida de una mujer se diferencia dependiendo de si
consigue subirse a un tren o no. Podéis ver la película y comentar en qué
se diferencian los dos posibles finales en la vida de la mujer y la historia
de Hannah. ¿Los dos proyectos proponen el mismo sentido u opuestos?

3. Taylor Jenkins Reid es la autora de otras dos novelas, Por siempre,


unidos y Por siempre ¿felices? Elige una para leer en grupo.

Comparad y contrastad la novela con Quizás en otra vida. ¿Qué dicen las
novelas anteriores de Reid sobre el destino y las almas gemelas?
Document Outline
Tres días más tarde
Tres semanas más tarde
Tres meses más tarde
Tres años después
Agradecimientos
Preguntas y temas de debate
Mejora tu club de lectura

También podría gustarte