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Un poquito tarada Novela de Dani Umpi Capítulos:

1 - La gente es así

2 – La
 – La cotorrita educada

3 - Dardos en la nuca

4 - Mi padre conoce a mi madre

5 - El Daslu de mentira

6 - Valeria Ache se va a vivir a Chile

7 - Bocado

8 - El novio imbécil

9 - Las mostras

10 - Mi vida horrible

11 - Maracujá

12 - El ángel de la copa

13 - Cuatro caipirinhas

14 - Siempre puede ocurrir algo peor

15 –
15 – Hiperventiladas
 Hiperventiladas

16 - Todo mal

17 - Valeria Ache comienza a hacer pilates

18 - Agua y Coca Cola

19 - Pocoata girls

20 - Apuntes de cosas que me dejan triste

21 –
21 – Carnavaleras
 Carnavaleras

22 - Del cielo

23 - Valeria Ache deja todo

24 - Lo tapiado

25 - La energía

26 - Trasbordo

27 - Las sectas son complicadas

28 - No camines tan rápido

29 –
29 – Anónimos
 Anónimos
 30 - El desbloqueo

31 –
31 – Redial
 Redial

32 - El grupo

33 - El arcano sin número

Cita en primera hoja: “Cuando yo llego todo parece nuevo y la gente se acuerda más de la salida que de la
llegada y se ríe de tu aspecto de muñeca rota y de tonta, estás ridícula, nada que ver con mis orquillas
heredadas y mis bambas que brillan”. Les Biscuits Salés, Segarra. “Ese pedazo de onda” (Piérdete/Superego,
1999)

1 – La
 – La gente es así

Mi padre tocó al Enviado mientras se ocultaba el sol. Fue una escena casi cinematográfica,
básica, que ocurrió bastante tarde, sin ensayo y por sorpresa. Un impulso. Un consuelo
era lo que el Enviado menos esperaba. Una nubecita completaba el cuadro, brillando
tristemente como una lámpara de bajo consumo hasta ponerse gris, negra y ya no volvió
a verse. Apareció el firmamento. El Enviado se sobresaltó como un sapo. El Enviado no se
dejaba tocar. No estaba permitido. Su aliento
al iento se desintegraba antes de ser respirado por
otros. Debía existir una distancia, que estuviera lejos, que fuera un sueño, una esperanza.
Pero mi padre pudo tocarlo. Vibraba rapidísimo y lo detuvo. Pareciera que algunos
acontecimientos sólo ocurren una vez cada mil años pero la realidad es que son
posibilidades que están presentes en cualquier parte y pueden darse en cualquier
momento. Basta con pensar que no son rarezas ni están lejos. Lo común y los milagros a
la mano. La gente se toca.
toca . Dios, el más allá, la cura
c ura del cáncer, el dinero, la muerte, ganar
la lotería, ganar en la ruleta, tocar
to car al Enviado, el cielo, iluminarse. La
L a gente que tiene fe es
consciente de eso. Por eso están muy tranquilos y andan confiados sin buscar
explicaciones, con el pelo al natural, pariendo hijos, comiendo cualquier cosa,
desacreditando la magia y mirando a través de ventanas. Mi padre no solamente fue el
primero que le habló al Enviado después del incidente. A ningún otro se le hubiera
ocurrido tocarlo, hablarle, preguntarle si tenía sed o hambre, preguntarle qué hacer
después de la derrota. Se acercó por su cuenta,
c uenta, con las manos en los bolsillos, sin consultar
al resto. El Enviado sintió el calor de los dedos gordos acariciándole el puño. Llevaba
anillos. Después escuchó las palabras. -No se preocupe, Maestro. Seguramente pronto
recibirá una señal certera y haremos contacto. No se desanime. El Enviado quiso dejar de
llorar. Sacudió la cabeza y caminó como un actor aprovechando las últimas escenas para
brillar. Se compuso. Bajó los hombros. Miró el pueblo a la distancia. Se animó y decidió
encarar. Había pasado el día entero en un cerro, pensando pavadas, desesperado. El
Enviado ya era un señor mayor, con camisa pasada de moda, gruesa, barba y buenos
modales. Era un concepto. Nada en su vida podría cambiar demasiado, sólo afirmarse. Un
ojito estrábico. Medio mariposón. No era alto. En otras circunstancias, estiraba el
pescuezo para pasear tieso entre los devotos, muy ufano, convincente. Merecía el respeto
y la admiración. Había atravesado un océano y dicho las palabras exactas para que lo
tomaran como un iluminado. Incluso su supuesta diabetes tenía una explicación mística.
Hasta aquel momento, claro. Ante una decepción de tales magnitudes, el grupo comenzó
a desconfiar y con obvias razones. Lamentablemente siempre llega ese momento y ningún
mesías está preparado para volver a construir un edificio duro en dos o veinticuatro horas.
La fe fue patinando y cada gesto suyo comenzó a sonar raro y rebotar. Los devotos se
miraban de reojo, se comunicaban con muecas, se sentían bastante estúpidos, lejos de
sus casas, sus hijos y sus gatos. Estaban en una de esas situaciones en las que es imposible
darse cuenta que, bueno, que la vida es así. Y, así, el Enviado automáticamente pasó a ser
un mortal más. Cagaba sin ocultarse. Con la decepción llegó la desconfianza. Ya no era
aquello de que cualquier palabra que dijera el viejo era una buenaventura. Ya no era
bueno y santo. Era un cascarrabias que se quejaba de que en Latinoamérica no hacían
buenos capuchinos ni sabían trabajar, que comía raro y hablaba disparates. Comía
semillas y frutos secos como si fuesen golosinas. Le encantaba el puré. Cosas raras. Poco
pelo. El grupo, cansado de tanta confusión y sin ganas de pensar, a la sombra de la noche,
levantaba campamento. No sabían qué decirle o preguntarle. No querían ver al Enviado
cabizbajo y abatido pero tampoco se animaban a pedir una explicación, a que les hablaran
con la verdad. La gente es así. Nunca saben lo que quieren. Esperaron con las mochilas a
medio hacer, abiertas. Cenaron pollo asado. Mientras tiraban los huesos, una mujer
preguntó por qué habían deshecho las carpas antes de dormir. La mandaron callar. Unos
se lavaban los dientes compartiendo un bidón de agua. El Enviado se les acercó y les
aseguró que el incidente había sido una prueba más, que incluso él mismo, propiamente,
había sido puesto a prueba por Ellos. Señaló el cielo. Hablaba en serio. Un ensayo general.
Una falsa alarma del Universo. Un test. Ellos querían asegurarse de que el grupo estuviera
preparado. Sólo restaba reflexionar sobre lo ocurrido y esperar aún más. ¿Realmente
estaban preparados? ¿Realmente podían esperar más? ¿Cuántos meses habían pasado
desde que el Enviado había recibido el mensaje extraterrestre? ¿Qué conclusión se podía
sacar? ¿Que les estaban tomando el pelo? Escupieron el agua blanca, mentolada y
 jabonosa. Le sirvieron café instantáneo en una taza de aluminio. No podían creer que la la
noche volviera tan rápido, que los hermanos celestiales no hubieran llegado, que no
cumplieran lo revelado y prometido, que Ellos se hubieran burlado de ellos, que el Enviado
no les hubiera dirigido la palabra en todo
to do el día y cuando abrió la boca fue para decir eso.
Nada. Entonces el Enviado señaló a mi padre y sentenció con solemnidad “él sí está
preparado”. Mi padre esquivó las miradas del grupo, miró el cielo y fue muy rápido, como
dentro de una galera. Las galaxias se movieron, escribieron un mensaje, ese tipo de
información que sólo saben procesar los gatos, los delfines y las computadoras. La
seguridad le llegó automáticamente y comprendió todo. El grupo cuchicheaba frases sin
un significado exacto porque la gente es así. Cuando no entienden algo, dicen lo primero
que sale. Mi padre estaba tranquilazo, dejándose llevar por la Fuerza Superior. La noche
tenía millones de colores y se le filtraban como bacterias fluorescentes. Eran tantos los
colores, los tonos, que se sintió drogado y niño. Dicen Los Expertos que cuando te llega la
iluminación es como un saque de merca brasilera. Nunca más volvió a ver esos colores. Al
menos no los vio todos juntos. Por separado, sí. Sintió los colores en los ojos y agradeció
al más allá, a Ellos manifestándose con tanta elocuencia y eligiéndolo. Se sintió bello y útil.
Alfa. Después, siguió su vida y esas cosas que más o menos ya sabemos, pero jamás olvidó
ni dejó de tener en cuenta las palabras del Enviado y lo que vio esa noche en la oscuridad
del cielo. Eso de los colores tangibles. Ellos. Mi padre continuó viviendo, continuó
sabiendo que todos los colores seguían en alguna parte, que Ellos estaban allá arriba,
picantes, online, re lejos y cada tanto recordaba el incidente para relajarse o darse fuerza.
Eso es la fe. Mi padre no era de tener fe. Era la fe la que lo buscaba y se le imantaba. Le
iban los números. Destapaba las botellas de cerveza con los dientes. Cuando la fe llega,
impacta y deja el hueco. Imposible olvidarla. Fueron dos elementos: la voz del Enviado
diciendo “él sí está preparado” y el cielo aseverando, mostrando algo que sólo mi padre
podía ver. Fuerte. ¿No? El asunto siguió en su cabeza por años. Se sintió feliz y con ganas
de morir. Tomó consciencia de las moléculas, los átomos, los puntos cardinales, el poder
de los dedos y el pestañeo. Se iluminó de sopetón como los que se enamoran a primera
vista y piensan “ya está”. Probablemente aún escuche la frase dentro de su cabeza pero
con otra voz. Probablemente la diga frente al espejo después de ducharse para sentirse
especial, corpulento, heroico. “Él sí está preparado”. Me lo re imagino. Apuesto a que eso
ocurre así, tal cual. Mi padre frente al espejo, hablándose. Yo lo hago todo el tiempo. El
resto del grupo sintió lo opuesto al ver caer el meteorito. Sí, lo que cayo fue un meteorito
común corriente, de esta galaxia, no más. Incluso el Enviado perdió un poco de fe cuando
el Universo sólo les tiró una piedra. Tanto para tan poco. Carísimo. Descreyeron. No
querían un meteorito, querían a Dios como mínimo. Algunos se dieron cuenta que en otro
lugar del mundo era de día, que el pollo de la cena no había sido bien preparado. Alguno
por ahí, hasta sintió lástima. Pensaron en otras cosas. Deseaban dormir en una cama,
mirar tele. Pero mi padre… ya sé cómo es…es un tarado. Cuando se le mete algo en la
cabeza…

2 – La cotorrita educada Bruna está loca de atar.

Va y viene. ¿Cómo es posible que la muy idiota haya tenido el celular perdido la semana
entera en el relajo de su dormitorio? Suena y no atiende. Perdida en la galaxia. S in rastros
en Sao Paulo. Pulula boquiabierta. Ni mail, ni nada. Debe haberme mentido. Tendré que
salir a encontrármela por casualidad. Aún no existo para ella. ¡Qué estúpida! La gente es
estúpida. Pensé que en Brasil no iba a encontrar gente estúpida. Una pena. Siempre es
así, un engaño. No puedo hacerme la ingenua ni esforzarme más en volverme optimista
con cualquier caipirinha sobrecargada. Brasil no tiene por qué ser una excepción. Las
pocas esperanzas que rescato se esfuman cuando más intento retenerlas. Me tienen
harta. La gente estúpida me tiene harta. Todos. Bruna, para empezar. Después, el resto.
Debo tener la piel imantada. Chupo estupidez. Sudo estupidez. Soy el intermedio, un
canal. Abu no puede creer que continúen viniéndome estos ataques después de las cosas
que hemos vivido. Rompo cosas. No aprendo. Larga frases como “no te amargues tanto,
¿qué vas a dejar para después?”. Gente que piensa en el después. Gente como mi abue la
en todas las edades. Llego al apartamento. Me ducho nuevamente para eliminar los
rastros de cloro. La espuma no dura y corre. La cabeza mojada me ayuda a pensar.
Logística y estrategia. Necesito sentirme húmeda más tiempo, que se me abra bien la piel,
respirar por la boca y soltar por la nariz. Hay días que en el Sesc las duchas no dan abasto
y tengo que salir en seguida, medio enjabonada y sin exfoliarme, de mal humor, seca. Hoy
fue un día de esos. Intento revertirlo. Cierro los ojos, estiro el cuello y pega el chorro
potente en la frente. No pensar. Un placer de señora grande aconsejada por revistas. Me
seco bien sequita y me meto en un vestido sencillo de algodón celeste. Abu no deja de
criticarlo con fundamentos típicos de ella, sin tener en cuenta que en este país todos los
colores quedan bien en el cuerpo de quien sea, a la hora que sea. “¡Estamos en Brasil,
Abu!”. Un problema menos. Mejor, así no vuelvo a pensar. Estoy cansada de pensar, de
ver alternativas, de pisar tierra firme y hundirme. Por eso me gusta que Abu me
acompañe, así hablo con alguien y comparto las comidas. Compramos muchas frutas que
no llegamos a comer. Se nos pudren y las tiramos. Le pido que me haga los pies mientras
buscamos algo para reírnos en la tele. Espero paciente que llegue la noche para salir
corriendo a donde me lleve la data limitada que tengo de Bruna. ¡Qué idiota esta mina!
¡Sin celular! ¿En qué mundo vive? Seguro la encuentro en alguna de sus vueltas más
obvias. Veremos cuánta suerte tengo y cuán predecible resulta ser la petisa. La ciudad no
para de chillar. Un ruido muy resistente, continuo, enloquecedor, de autos a cuadras de
distancia, langostas, grillos. Estamos en una caja de resonancia. Escucho el barullo sobre
la tele. La ventana lo traga íntegro. Es insoportable. Sao Paulo no para ni siquiera cuando
llueve. El agua termina de caer y deja un olor verde a plantas mojadas que confunde.
Estiro los dedos. Dejo de prestar atención al ruido creyendo que ya no está, hasta que el
asfalto agarra fuerza, evapora la lluvia caída y vuelve a dominar la situación. Todo en
menos de cinco minutos. Sao Paulo es así, una planta. Repito las frases de los
presentadores de videoclips como una cotorrita educada. Aún no me doy cuenta si el
portugués es un idioma difícil. Hay cosas que todavía me dan gracia y las digo por gusto,
para reírme sola como una tarada y aflojar la mandíbula. Por ejemplo, agradecer diciendo
“muito abrigado”. Quiero aprender nuevas palabras, ir a cualquier parte. Si estoy un poco
borracha termino diciendo cualquiera y piensan que me burlo, que los discrimino. La
gente es así. No puedo creer las miles de maneras que se puede pronunciar una vocal. No
puedo creer que desde hace un mes estén pasando los mismos videoclips en ese canal.
Seguro lo hacen a propósito. Un plan didáctico. Abu no deja de reírse de estas pavadas
mientras inserta bolas de algodón entre los dedos de mis pies. Son bolitas chiquitas,
apretadas, ejemplo de su gran tacañería y neurosis senil. Parece feliz. No tiene hambre.
Suspira al finalizar cada uña. Vuelve a preguntarme si quiero que me las pinte. Lo hace
porque sabe que odio las uñas de los pies pintadas. Me distraen los pasos. Suelta una
carcajadita y aprieta sus labios finitos. Les pasa un brillito. “Estás loca, Abu”, sentencio y
estiro bien el brazo para cambiar de canal con el control remoto. Un señor muy gordo y
bonachón es entrevistado por una chica con un flequillo que le queda horrible, alta y
pestañuda. Subo el volumen y repito el diálogo sin terminar de comprenderlo. Me
distraen las maniobras de Abu entre los algodones. Sopla y se va el alcohol. Confío
bastante en su experiencia como podóloga pero no demasiado en su vista, sus años y sus
manos huesudas. Tengo un problema fuerte con los sustantivos. Pronuncio lento como
una retardada con acento neutro. Eso me pone loca, me saca. Miro el techo. Juego con el
pelo. Siempre hablé a mil por hora como el señor ese que explica fenómenos
paranormales en el nordeste brasilero. Muestra unas fotos. No se ve bien el ovni. Un
portugués cerradísimo y amarillista. Ahora promocionan un shampoo o un helado de
chocolate y naranja. Cambio de canal. Me quejo. Afuera también ladran perros. ¡Qué asco
tanto perro! Prefiero los autos raspando el suelo. Desde que tengo memoria odio los
perros. Pero los perros son así. No aprenden. Les pegás y te siguen. Los imanto como a la
estupidez. Prefiero los gatos. Los gatos son lindos aunque tienen eso de que se escapan y
no regresan, o regresan a los años, embarazados, con parásitos. La gente cuenta
anécdotas así de los gatos. Dan mucho para hablar. Pueden quedarse quietos cuando lo
desean y eso tiene algo que me gusta, que sean traicioneros, que nunca sepas si te están
observando o no, que escuchen el sonido antes de que se emita, que se comunique con
otros mundos. Captan lo que se nos escapa. Pueden vivir con hambre. Pueden pensar.
Tienen algo raro en los bigotes que ahora no recuerdo bien qué era. Cuando era niña me
gustaba dibujar gatitos. Me salían bastante mal. Parecían autos. Mis padres me
preguntaban “¿Qué es eso?” y yo respondía “un gato”. -Abu, ¿sabés qué fin llevaron
aquellos dibujos que hacía cuando era niña? -¿Los de las bombas atómicas? -No. Los de
los gatos. -Ah, sí, de esos guardé algunos pero quedaron en Argentina. Pensé que me
hablabas de los otros. ¡Qué memoria! Buena memoria siempre tuve. Acumulé cualquier
dato como si fuese un buen recuerdo. Una pena que ya no encuentre cómo verificarlos.
Se me entreveran, pierdo interés. Mi mamá se preocupaba porque me gustaba dibujar
gatos y “cosas raras”. Eso último lo decía por lo de las explosiones atómicas, que ya veo
que hasta Abu quedó enganchada con los garabatos. Las macabras interpretaciones de
mi madre no tenían en cuenta que lo que yo dibujaba era algo que había visto al azar en
la tele. Miraba mis nubes rojas con preocupación. El color rojo la dejaba mal. Lo
comentaba con Abu y quedaban con eso en la cabeza, tejiendo. Veíamos mucha televisión
para no enroscarnos, escapábamos. La gente es así. Yo era una niña y las niñas también
tienen lo suyo. Son bastante loquitas. Vi esa bomba atómica en la tele y le encontré una
belleza, una nube tan fácil de dibujar. No veía mortalidad y tampoco era lo único que
dibujaba. También dibujaba pirámides, árabes con turbantes, tunas y edificios muy altos.
Mi mamá deseaba que dibujara cosas normales, que agarrara para el lado de los gatitos
aunque parecieran autos. Abu nos miraba raro. Las abuelas son un caso aparte. Cuando
estábamos solas, Abu me preguntaba cosas de mis padres. No lo recuerdo bien, pero
cambiaba su comportamiento como una bruja de cuento. No me sentía rara, sólo aburrida
y con algo de rabia que no sabía bien de dónde venía. Una rabia experta en dibujar todos
los días más o menos lo mismo. -Tampoco es que tenga una memoria tan desarrollada,
Abu. No exageres. -Lo que no tenés muy desarrollada es la intuición pero de memoria
andás re bien. -¿Por qué siempre volvés al mismo punto sin que te lo pregunte? -¿A cuál?
-Al de la intuición. Ni te hablé del tema y ya lo sacaste. -Porque te conozco, nena. Ya sé a
dónde querés llegar con esta charla. No te muevas. Quedate quieta. No te me hagas la
loquita mientras te corto las uñas. -No delires, Abu. Sólo estamos charlando. Necesito
charlar porque me dejás muy nerviosa con los alicates. -Por suerte me tenés para que te
haga los pies. No sé qué harías sin mí. -Yo tampoco, Abu. ¿Me vas a enseñar a hacer los
pies? -No. No servís para eso. Tendrías que tener más paciencia, estar más en eje. -¿Y a
tirar las cartas? -¡Menos! ¿Viste? Sabía que ibas a pedir eso de nuevo. Vos sos la que
vuelve al mismo punto siempre. Sos de terror. Sabés bien que, por ahora, no te puedo
enseñar a tirar las cartas. No es momento. Todavía no estás preparada. Sos muy
atropellada. Tenés que madurar, estar más tranquila. No es algo que digas “quiero” y lo
tenés. Hasta que no aprendas eso… Enciende un cigarrillo para concentrarse en su tema
preferido. El tarot. Tira humo para el costado. Es bastante considerada. Dice que saco de
continuo el tema del tarot pero es ella la fanática, la que espera que diga esa palabra para
accionar un mantra. Le encanta la escena, hablar de eso, del tarot, que es algo que no se
aprende, que se lleva en la sangre como una enfermedad, que aún no es tiempo y a mí
me encanta. Escucharla hablar de lo mismo me da una sensación parecida a la seguridad
o, mejor dicho, parecida a un hogar, si me pongo a ver las cosas con una actitud más de
conchuda sensible. Le saco el tema por gusto, para divertirme. Las dos somos bastante
predecibles. Nos verificamos a cada rato, nos reseteamos. Una vez pensé “simbiosis”. -
Pero, Abu… podría ser divertido que me ensañaras a tirar las cartas. Así hacemos algo. Me
da cosa que estés todo el día acá, encerrada. No quiero que te emboles en Brasil, solita. -
No estoy sola. No te hagas drama. La paso re bien. Miro tele o salgo a caminar por ahí con
un mapa. Hago lo mismo que vos. Repito lo que dicen para aprender de una vez este
idioma de mierda. -Te prometo que a partir del lunes vamos a hablar portugués entre
nosotras. Dame un par de días más y encaro. Dejame resolver primero el temita de Bruna
que no aparece ni la puedo localizar. Tenés razón. Tengo la cabeza muy enredada. Ya hace
un mes que estoy nerviosa. -Yo diría que hace mucho más pero me quedo callada. Mirate.
Tus uñas están hechas un desastre. Me encanta estar con Abu en esta ciudad, escucharla,
que me escuche, caminar en cualquier rumbo, comer pizzas con el queso bien derretido.
Dice cosas por mi bien. No es de esas viejas monotemáticas. Monotemática seré yo si
llego a vieja, seguro. Me la pasaré hablando de este año, de la vez que dejé mi vida y me
vine a Brasil. ¡Qué grosa, yo! Sí, lo contaré con lujo de detalles a mis compañeras de asilo,
al lado de una estufa, muy medicada, acariciando con párkinson un gato enorme, gordo y
moribundo. Pediré a cada segundo que hagan silencio y me dejen hablar. Nadie irá a
visitarme.

3 – Dardos en la nuca

-Hay que ver cómo pierden tiempo y energía los argentinos asando la carne de esa
manera. ¡Que vengan a ver cómo se asa de verdad! -Sí, sí, sí, sí. -Yo recorrí la Argentina
en una casa rodante. Fui hasta Córdoba a ver los ovnis y el precipicio ese donde se
mataron los indios. ¿Sabés de qué te hablo? -No, no, no, no. -Cuando vieron venir a los
colonizadores, los indígenas se tiraron a un abismo como los bichos esos que se suicidan
en masa. ¿Sabés de qué te hablo? -No, no, no, no. -Unas ratas que vi en la tele. En fin. Sos
muy chica. Otras épocas. Otra seguridad. Salía a la mañana, volvía a la noche y encontraba
la casa en el mismo lugar, intacta. Ni me pinchaban las ruedas. Ahora eso sería imposible.
¿Verdad? El taxista no me deja escapar de su auto perfumado hablándome del año que
estuvo en Argentina y era tan barato, tan verde, tan lleno de ovnis y tan enorme, con
todos los climas posibles. Era como Brasil. Comenzó su perorata a último momento
cuando me sacó la ficha. Enlenteció las palabras. Lo veía mirarme con desconfianza por el
espejo retrovisor como si le hubiera indicado “siga a ese taxi”. Pensé que se trataba de un
sátiro pero resultó ser solamente un chusma bilingüe con ganas de charlar para no
dormirse. La mayor parte del trayecto permanecí muda viendo el vidrio de la ventanilla,
las sombras y el cielo negro. Cedí a conversar con la condición de que manejara más
despacio y aminorara la marcha aún más cuando nos topamos con la Girassol.
Curiosamente había pocos autos desfilando por las calles de Vila Madalena. Estábamos
cerca. Llegamos a Uka y le pedí que siguiera de largo, lentamente, así podía darme cuenta
si valía la pena bajarme o continuar dando vueltas hasta inventar un plan alternativo. Una
vez que vi el auto azul bolita estacionado, indiqué que se detuviera en la esquina. Le pagué
rapidito. Lo que no tengo de intuición, lo tengo de suerte. El auto de Bruna. Ya está. -Sí,
sí, sí, sí. Bueno, gracias. Quédese con el cambio. Que pase bien. Nos veremos en Argentina
y comeremos un asadito. La veo bailando a pocos cuerpos de distancia. Reconozco su
forma de mover las piernas con saltitos, su postura de baile aparatosa, una mano en la
cintura, tipo jarra y la otra levantada quebrando muñeca. Mucho boliche gay en su vida y
no más que eso. La saco en un segundo. Mueve el pelito. La observo con seriedad desde
lejos. Ideo un encare lo menos psyko posible. Pobre Bruna. Le falta calle, indudablemente.
La acompaña un pobre infeliz que es completamente igual a Crazy Frog y son los únicos
que parecen copados con lo que pasa la Dj. No se dan cuenta que llaman demasiado la
atención con esos movimientos prehistóricos y estrafalarios. Anacrónicos totales. Me
hacen acordar a mí en el dos mil tres, cuando caminaba por ahí pateando palomas,
tratando de hacerme amiga de gente que tuviera tatuajes. No entienden. No sincronizan.
Simulan estar en una nube. Parecen salidos de esas películas en las que se nota que
cuando rodaron la escena pusieron una canción y durante la edición decidieron utilizar
otra que nada que ver. Bueno, no me queda otra. A eso vine. Allí están. Allí iré. Necesito
un vaso con algún líquido para llevar en la mano. Coca Cola con un poco de limón, menta
y sorbete. ¡La parafernalia paulista! Me encanta. Es un pueblo que no para de inventar
cosas. Medio japoneses. Avanzo con el trago a la altura de la boca, mirando, haciéndome
ver por la jauría de gente en auge conocida por todos pero desconocida por mí, de
momento. Aún no termino de sacarle la onda a la ciudad. No me doy cuenta si es un
caretaje estándar o si realmente está bueno, si lo que brilla es oro. Sigo. El ambiente de
Uka está cargado, denso, relampaguea. Mucho griterío. Se respira algo dulzón, droga o
comida. No quiero distraerme. Me desplazo con la cabeza cautelosa estudiando el terreno
desde arriba, familiarizándome al toque con el momento, sabiendo con exactitud hacia
dónde dirigirme, evitando caerme, arreglarme el pelo o hacer pelutodeces de minita. Por
suerte nadie me gana en cómo moverme en un boliche. En el poco tiempo que llevo dando
este tipo de vueltas por la noche paulista he aprendido bastante pero aún me faltan
detallecitos, pavadas. Zigzagueo. Ya no me muevo como cuando apenas llegué y
regresaba a casa tan desorbitada, con olor a humo. He mejorado, claro que sí, tampoco
soy una burra enferma, pero me falta encontrarle la vuelta. Ya l o lograré. A mí no vengan
a hacerse los cosos con la barrera idiomática y los maracujás esos. No resultó ser una
escena tan diferente de las que ya conocía. Un poco más de guita, sí, pero básicamente la
misma lógica y las mismas rubias. La merca un poco diferente pero vaya y pase, picante.
Lo principal es lograr no enloquecerme, como dice Abu, pensar que, si quiero, puedo
llegar a ser la dueña de todo esto. Eso seguro. Una pena que no quiera, que tenga otra
edad y otros objetivos. Abarco el absoluto con los ojos y la mente. Todo es mente. Todo
es dorado y peludo. Vacío el vaso, lo dejo en algún sitio y me acerco como por casualidad,
bobeando. Ni bien Bruna me identifica, deja salir un gritito histérico de lo más desubicado.
Muy de ella hacerse la íntima, sacar teta. La encuentro ojerosa pero no se lo comento.
Mientras me saluda fantaseo sus últimos días, sus preocupaciones, sus miedos, su
carencia de vitamina E. Tiene los ojos aturdidos. Está un poquitín drogada y
emocionalmente mal. Hace lo imposible para divertirse, para que la gente piense que es
un ser humano y no una gallina bataraza. ¡Qué patético que mi objetivo sea tan… patético!
Fumada queda más miope que de costumbre. El porro le da un aire inocentón pero es
terrible ficha la enana esta. Tremenda. Tiene las uñas pintadas de blanco. Mal. No merece
ese vestido puesto. No entiende de ropa pero a veces se aparece con unos modelitos, un
cutis y unos coloretes que ni te cuento. Las casualidades de las millonarias. Las injusticias.
Gente que no necesita ni siquiera internet. Gente con celular apagado. Un vestido
precioso en su cuerpo de rea bardera. No logra camuflar sus deficiencias. Muestra la
hilacha cada dos segundos. Una estúpida. Manos finas, inquietas, piensa algo y después
se olvida. Esa onda. Usa collares de plástico. “Justo estaba pensando en vos”, arranca.
“¿Verdad que te hablé de ella?” Crazy no responde. ¡Qué chico horrible, por favor! Típico
confianzudo con poco pelo que se manda unos parloteos de nerd infumable. Mira sin
pudor, sin que le hable. Una deformidad. No quiero que seamos presentados en el resto
de la noche ni volverlo a ver en el resto de mi vida. Lleva un pañuelo anudado al cuello,
de esos de invierno. No le doy vida. Morite. Me dan vergüenza ajena. Por suerte dejan de
bailar. Me invitan a arrinconarnos en un lugar espantoso a fumar porro y charlar sobre
unos temas muy colgados, sacados de la manga en el momento. No puedo creer que tenga
que fumarme sus charlas. Dicen cosas re de terapia en tono trascendental y profundo con
una ignorancia asqueante. Estaría bueno filmarlos. Les doy mi mejor compañía el tiempo
que puedo, no más de cinco minutos. Pido permiso para ir a comprar un par de tragos.
Escapo. Respiro como me enseñó Abu. El aire entra por una narina y sale por la otra. Lo
de aspirar por la boca y soltarlo por la nariz es en la ducha. Espero haber entendido bien.
Vuelvo con tres vasos de lo primero que se me antoja. Nos damos unos tequilazos solos,
sin sal, ni limón, ni nada. Me ofrecen antidepresivos y me parece un gesto
extremadamente lumpen. Una parte muy grande de mí los odia, la odia, no puede creer
que esté tratando de hacerme amiga de engendros así. No sé si podré aguantar más de
una hora pero es lo que quería. Encontrarla, jugar a las amigas, elogiarle lo que lleva
puesto y escuchar sus idioteces con mis ojos atentos como orejas. Me doy pena. Yo, con
mis pies hechos y mi ridículo vestido celeste nuevo, en este lugar tan careta, teniendo que
bancarme estas dos palometas. Haber viajado desde tan lejos y con tantas expectativas
para encontrarme este panorama. Bueno. Bruna cuenta que se compró un perro esa
misma tarde. Es feo comprarse un perro. La escucho como si estuviera diciendo algo
coherente. Muerdo el labio de abajo. No quiero ser sarcástica ni hacerme la irónica como
una treintona que escribe blogs. Cero autocrítica. Tampoco me da para decirle que está
re loca y, de última, es su plata, su perro y su opinión. Igual, no me importa nada. Con
Crazy Frog parecemos esos perritos que ponen en los autos y mueven la cabeza
idiotizados, cada uno en la suya. Sí, sí, sí, sí, divina, te compraste un perro que cabe
adentro de un bolso y tenés guantecitos para agarrar la caca. Más cliché, imposible. Re
dos mil uno. La gente es así. Que alguien la mate. Cuanto menos piense, mejor. Oídos
sordos. Divina la música. Se va del tema del perro y sale con los estudios. Pregunta qué
dimos en clase los días que estuvo ausente haciendo quién sabe qué. No da hablar de
estudios en un lugar así, así que cambio de tema y les propongo un juego que solía hacer
con Mica cuando íbamos a bailar en Buenos Aires, pero Bruna no presta atención, insiste
en eso y eso que está con la cabeza bastante en la luna, bien porreada. Ok. Le cuento muy
por arribita y a los gritos los temas tratados en clase. Prometo pasarle mis apuntes. Me
siento de quince años. Se hace la seria y opina, sin que le pida, que estoy para otra cosa,
que me queda chico ese curso, que tengo que ponerme a estudiar algo más avanzado,
más arriba, aprovechar, pedir una beca en un país desarrollado, ser artista, o trabajar de
Dj porque cualquiera es Dj. Lo dice señalando a la chica, pobrecita, que pasa música. Muy
mona ella. No la había visto bien. Lindas tetas. La música re del año pasado. En fin. ¡Qué
me importa! Le sigo la corriente. Es que, entre otras cosas, le mentí que en Argentina era
Dj y pude comprobarlo en dos o tres fiestitas de cuarta que musicalicé con relativo éxito.
Lo único que hice fue bajarme remixes de Diplo que, junto a mi acting y la ignorancia de
todos los imbéciles bailarines, resultó ser una pegada. Me pagaron y todo. -Las Djs
mujeres se cotizan, están hinchadas de trabajo, tienen las de ganar, ganan todos los
novios y novias que quieran, los enamoran con la música, bailan mirándote y si les gustás
te esperan a la salida, afuera, no hay que hablar ni nada y te acompañan a tomar un taxi
o a tu casa y cada día dormís con alguien distinto y a veces hasta desayunan. Siempre las
fotografían para las revistas aunque sean gordas. Me prometo jamás volver a repetir lo
del dj set porque siempre hay una mostra en la vuelta que puede darse cuenta. Es
increíble Bruna y esa perspectiva tan colegiala. En mi pensamiento nuevamente aparece
la lástima. No puedo ser tan manipuladora. Ella confía en mí y pronto dirá que soy su
mejor amiga. Lo presiento aunque tenga poca intuición. Seré su nuevo perrito, su Crazy
Frog. No quiero tenerle compasión. Vuelvo a insistir con lo del juego, así se me van estos
pensamientos y hacemos algo divertido porque, ahora que estoy acá, no quiero
embolarme por culpa de estos nabos. Uno de mis pasatiempos preferidos en los boliches
es mirar a la nuca de las personas hasta que se den vuelta. No entienden lo que cuento.
No puedo creer que sean tan cerrados. Asumo sus limitaciones y cambio de actitud
modulando exageradamente mis palabras, por las dudas. Puede ser algo del idioma y mi
dicción. Suelo olvidarme que hablo horrible. -Miren fijamente una nuca y verán que
inmediatamente sentirá una molestia y se dará vuelta, girará. No falla. Escuchan atentos.
-A ver, Brunita, amor, hacé la prueba, elegí alguna nuca. Entre los tres la miramos fijo y te
apuesto lo que sea que se dará vuelta en menos de diez segundos. Elige al chico alto y
escotado, con un sombrero ladeado que deja asomar su nuca flaca, recién afeitada,
colorada, insulsa. -Clavemos los ojos en su cogote como si fuesen agujas. Sin hablarle,
ordenémosle mentalmente que se de vuelta y nos mire. Nos concentramos en su
pescuezo y, efectivamente, no tarda ni un respirar en sentir el aguijón ocular y mostrarnos
su cara desconcertada. ¡Funciona también en Brasil! Los chicos no pueden creerlo. Crazy
Frog se ríe de una forma siniestra, como si eructara gas. Se miran con asombro,
desmantelados, han descubierto un secreto ancestral y valioso. Sus caras son un poema.
- Es superdivertido pero debemos hacerlo con responsabilidad. Mirar la nuca fijamente es
absorberle, drenarle la energía a la gente como un vampiro. No es un chiche. Ojo. Es algo
peligroso aunque parezca ingenuo. No hay que abusar porque podés dejarlos mareados,
podés arruinarle la noche. Ni que hablar del karma. Quieren jugar. Eligen otra nuca, una
más gorda y con rollos, de un señor con traje formal que, sospecho, es el dueño del lugar.
Esta vez el experimento tarda. Le cuesta sentir la mirada pero gira hasta enfrentar sus
ojos con los de ellos. Bruna y Crazy se ríen re nenitos. Es que, no hay caso, es un juego
buenísimo para la noche, irrefutable. Te pone en otro plano. Es algo como de gatos.
Cuando lo descubrimos con mi ex amiga Mica, vimos que teníamos entre manos una
especie de arma atómica con la que conquistaríamos el mundo o algunos corazones, al
menos. Lo hacíamos principalmente para que nos registrasen en medio de la Fiesta Plop.
Nos queríamos hacer amigas de las del fotolog. Mirábamos sus nucas, sentían una
molestia y se daban vuelta. No fallaba. Cuando nos descubrían, nos hacíamos las tontas o
las drogadas. Sonreíamos y nos poníamos a bailar a su lado, tratando de caerles
simpáticas, de que les gustara nuestra ropa para que comenzaran a saludarnos.
Generalmente les caíamos bien. Si no, de última, nos poníamos a invitar con tragos o
intentábamos con otros. Una vuelta yo estaba por menstruar, me había a fumado como
tres porros de corrido y andaba super en cualquiera por la Plop, toda sudada, vestida así
no más, subiendo y bajando escaleras, sola, saludando a todas las Cuquis,
confundiéndolas, hablando cruzado y eso, cantando a los gritos las canciones, hasta que,
a la distancia, vi un trolo que no voy a decir el nombre porque es muy conocido. Siempre
me gustaron los hombres amanerados, nenitas. Estaba más dado vuelta que yo, no sé con
qué. Desde hacía tiempo me gustaba ese pibe y guardaba sus fotos en una carpeta del
escritorio de la compu que se titulaba “botiquín”. Pajera mal y al pedo. Sabía infinidades
de detalles de su vida gracias al fotolog. Su dormitorio poco ventilado, sin placard, de niño
patas para arriba, sus amigos incondicionales y comunes que lo entendían, que estaban
cuando se sentía solo y le hacían el aguante en este mundo hostil, rodeado de gente que
no acepta que uses cresta. ¡Por favor! ¡Qué imbécil! Pero era una divinura. Muy mujer. Su
corte taza, su decoloración y su piel lampiña, lisita, delicada. Le conocía las depresiones,
las camperas nuevas y como siete calzoncillos. Divino. Le gustaba subir videos de él medio
en bolas hablando a la cámara muy amaneradamente, comentando cosas de la tele. Mega
trolo. Estaba re fuerte y lo sabía. El abdomen siempre dentro del encuadre. Lo único que
no me gustaba era que se arreglaba el pelo de continuo. Había sido bailarín en un crucero
y la gente que trabaja en barcos, tan chiquita, queda loca, muy para adentro, porque están
demasiado aisladas, en el medio de los océanos, usando la misma ropa, viendo las mismas
caras, escuchando las mismas canciones del i-pod, en un lugar que se mueve tanto, con
las drogas que se les terminan en seguida, con toda esa gente con ganas de coger… y él
con tan poquita edad, comiéndose los mocos, sin su apéndice, con una internet re lenta
y esos ojitos y esa boquita y esa pielcita y esa colita... Lo amaba pero también me daba un
poco de pena. Siempre me pasa eso. Cuando me gusta mucho alguien, lo odio. Soy así.
Me fascinaba su aura de internacional, prehipster, seudoindie y trabajador, más allá de
que se partiera en mil, claro. En fin, en resumen, que me lo quería garchar a toda costa al
puto ese. Cualquier trolada que se mandaba me calentaba. Se hacía un poco el pobrecito
fotografiándose en los espejos de los ascensores, encogiendo los hombros, puchereando,
cubriéndose los ojos ojerosos con un flequillito florecido, tapándose un ojo por todo el
mambo ese de los iluminati. Mientras yo veía sus fotos le decía a la pantalla “ yo te voy a
agarrar, putito”. Y aquella noche lo tenía ahí, casi en la mano, así que no me dejé estar, le
miré la nuca con toda mi energía, irradié un rayo preciso, filoso, desgarrador le atravesé
el cuello con los ojos. No sólo hice que se diera vuelta, dejara de bailar y me mirara, sino
que se acercó como un zombi hipnotizado, animal. Me olía la sangre, la menstruación. Me
leía el cerebro. Puro instinto y metafísica. No me acuerdo qué le dije pero el asunto fue
que lo tomé del brazo como a un preescolar, le hice subir las escaleras cual secuestradora
express y nos metimos en el dark room improvisado sin mirar atrás, sin mirar a nadie, de
una. Le di un beso tan largo y tan rico que se le paró todo al muy trolo. Me acariciaba las
tetas, una novedad, sin lugar a dudas. “¡Ah, enfermo! ¡No sos tan trolito!”. Quedó medio
quemado y paranoico. Se tambaleaba. Estaba en un viaje rarísimo y yo le caí del infierno.
El pobre no entendía bien la situación y qué horrible y qué loco y qué rari y qué iban a
pensar sus amigos si lo veían con una mina y qué sé yo y vamos para un lugar más oscuro
y que no me vean apretando con una concha y andá más despacio porque si no me voy al
toque. Hablaba suspirando con voz gangosa, muy maricona. Eso me calentaba como una
demonia. Yo le decía “todo bien”, “todo bien”, “quedate quietito”, porque aunque se
hiciera el no sé qué y fuera el más trolito de la Plop, tenía una erección que se le salía del
pantalón e invalidaba cualquiera de las palabras que soltara. Injustificable. Igual, un amor.
Re tierno. Todo bien. Hermoso, con acné en el pecho. Le hice cualquier cosa. Le metí dedo
por todos lados porque viste que a los putos les insistís un poco y al final siempre se dejan.
Nadie nos daba bola y tampoco me iba a poner a maquinarme la cabeza pensando en los
tejes de cuarta, las patrañas que pudieran surgir si nos descubría las mostras de la vuelta.
Es que en aquel momento no estaba tan de moda la bisexualidad. La gente no se
escandalizaba porque estaban muy drogados, no porque lo vieran como algo normal,
como en los gatos. Me tentó quedarme con su celular. Estaba tan cerquita y tenía un
tunning de lo más sofisticado. Lo miré con cariño y sentí su vibración eléctrica en lo oscuro
pero inmediatamente lo dejé en su bolsillo. Continué acariciándole la espalda, apoyando
bien mis dedos, hundiéndolos, sintiendo sus huesitos de nene lejos del deporte,
haciéndolo jadear. Tampoco daba marcar con ese pibe. ¡Qué putazo! Al final estuvimos
como media hora chapando. Cuando se le bajó y me sentí demasiado mareada, lo dejé
libre, que se fuera y después vemos qué onda, si es que da para algo más. Nunca más.
Estaba todo bien, claro, pero me prometí nunca más hacer esas cosas. Se había dado lo
más bien y me salió de no sé dónde un rechazo. Me miraba sin saber qué decirme. Un
gatito perdido, pobre infeliz. -No te preocupes, Cuqui, que no voy a decirle a nadie que
estuviste con una mujer. Tu reputación seguirá intacta por todo el fotolog y la Plop. Será
nuestro secreto. Ahora bajá a la pista que acaban de poner “Ready to go” de República.
Hace tiempo que no busco noticias de Mica. Quedó en otra etapa de mi vida y el mundo.
Es de antes de Lady Gaga. No sé en qué andará pero, aunque no lo deseo, es como si la
estuviera viendo. Miro la montonera. Busco nucas paulista y la veo a ella en el medio de
la pista de la Plop. Una cosa onda flashback. Algo así. La recuerdo con su cara fea y aquel
buzo de lana azul que le gustaba usar. Las tetitas bien paraditas y la nariz pintada con
merca. Mica no podía creer que me hubiera apretado al pibe del fotolog. Puso cara de
asco con la boca torcida para abajo. Me miró las manos. Se sentía una doctora. Después,
con furia, cuando le tocó el turno, se encerró en el baño, sola. No me dejó entrar. Le
golpeaba la puerta y no hablaba. Tremendo skech. Los putos protestaban o pensaban que
se había muerto. Sí, la recuerdo y hasta me da gracia. Es como si la extrañara. Algo
parecido. Un rayo ultravioleta en el pensamiento. Me atraviesa los sesos. Más que las
Fiestas Plop, lo que mejor recuerdo de esa época, que tampoco fue hace tanto, son los
trenes. Salir re dadas vuelta y regresar en el tren a Ballester. El cielo se encendía de a poco
con algo de noche, algo oscuro y sucio, onda poético. Era una historia repetida, un día
repetido y nos dejaba así, pensando, en ese tono, boludas, adormecidas pero con la
euforia aún encendida. Fosforitas. Me sentía como esas pelotudas, toda sensible,
menstruada. Un sentimiento cursi tal vez por la hora, el cansancio o la edad. Ver el
amanecer desde el tren, re indie. Volver, caminar comentando eso del cielo sucio y oscuro
que a veces se nublaba y a veces llovía y nos mojábamos y resbalábamos por las calles
descuidadas del barrio, por la vía y qué importa si, total, ya terminó la noche, difícil pensar
y hablar algo normal. ¿No? Otras veces, las más raras, teníamos neblina, vientos, sombras
deliradas, pajaritos y viejas charlatanas de lo más graciosas o mala onda. Calor. Un frío de
cagarse. En invierno con camperas gordas robadas y cuando se venía el verano, por
suerte, buzos sin mangas, cortadas por nosotras mismas, manchados con tinta flúo en
aerosol, las axilas depiladas, las tetas saliéndose. El sol ya instalado en el cielo y algún que
otro vecino regando el césped amarillo, tomando mate, mirándonos de reojo, pensando
mal de nosotras y aquellas pintas y aquella ropa estrafalaria y aquel maquillaje ridículo
para la mentalidad de la zona, de la mano, abrazadas, borrachas, cuchichiando, fumadas,
haciéndonos las taradas, bajando un poco el volumen de la conversación pero con las
palabras nítidas, inquietas y entusiasmadas, filmándonos nuestras macacadas artificiosas
con la cámara digital de medio pelo para subirlo al youtube al otro día, a ver qué pasaba.
Nada. No pasaba nada. ¿Qué podría pasar? A veces nos quedábamos en la estación en
plan artistas de tanto aburrimiento, filmando los trenes que llegaban, se detenían,
reflejaban el sol y nos alumbraban. La luz era muy copada y todavía no estaba de moda
filmar a contraluz. Poníamos caritas. Trompitas. Nos dábamos piquitos mirando la cámara.
Los colores se esfumaban en el aire, se volvían amarillos, agarraban para cualquier lado y
quedaba un efecto muy bueno como de video clip folk. ¡Qué viaje todo eso de los colores
de mañana! ¿Era un azul? ¿Era un verde? Era amarillo. Muy rara la vida a esa hora y con
nuestras mentes dadas vueltas, pensando poco, sintiendo en la sangre la música de la
Plop y el vodka con Speed, jurando que nunca seríamos como la gente del barrio que
recién se despertaba. Los pájaros perezosos, medio dormidos, sólo levantaban vuelo
cuando el tren se detenía, cuando escuchaban el chirrido áspero y se asustaban como
nosotras, hipersensibles, droguis, idas. Los veteranos hechos mierda, bañados y
desayunados, se iban a sus trabajos de mierda. Las cosas estaban más cerca para tocarlas.
En verano los envoltorios de helado tirados en el piso se sacudían y volaban un poquito,
luego caían al mismo lugar porque nada generaba demasiado movimiento. Todo
respondía a otra cosa, era un eco. A esa hora el aire no se había ensuciado. Lo soplábamos.
En otoño las hojas se arremolinaban. ¡Qué lindo! Siempre algo en el aire. La mugre era
linda. Las hojas. No sabíamos de dónde venían las hojas. Eran más grandes que las de los
árboles de Ballester. Hojas que venían con el tren, seguramente, o volaban con los
pajaritos, con los envoltorios de helado. Hojas de otros barrios. ¿Qué árboles serían
aquellos? Me gustaba pensar que eran álamos. No sabía cómo eran los álamos, nunca se
me dio por buscar fotos en internet pero seguro que eran árboles muy cool, preciosos,
estirados, flacos pero fuertes, que atajaban cualquier viento, quietos, dando una sombra
cerrada en verano, lindos de fotografiar. Bien firmes los álamos. ¡Qué mal nos hacía aquel
porro! De muy mala calidad. Un pegue re feo, divagado, pastoso. Nos dejaba en una nube
de pedos. En Sao Paulo el porro es muchísimo mejor.

4 – Mi padre conoce a mi madre

A mi madre la fascinación por el porro le duró dos semanas y la vivió como una de sus
culpas preferidas, sin hablar. Muy arriba en adrenalina. Se reía sola. Se comía el pelo. Una
nena. Fumó un poquito y guardó el resto en una bolsita de celofán rojo. Tenerlo escondido
en su mesa de luz, al fondo, era lo mismo que estar drogada veinticuatro horas. Vivía
intensamente cada posibilidad de su vida y aún más. Física cuántica. Pensaba que por
culpa del porro, pero sobre todo por culpa de ella misma, mi padre había dado un giro
incierto en su destino personal. Le cambió los astros. Es que mi madre era de esas
mosquitas muertas que se creen el centro de la tierra. Julio Verne. Le encantaba
victimizarse, manipular desde ahí y, de paso, autoboicotearse. Típico. Movió el mundo. Se
enamoraron. Después del baile en el que se conocieron, mi padre la invitó a ir hasta una
estación de servicio a comprar una birrita. Una invitación osada. En el mundo prehistórico
de mis padres estaba super mal visto andar por la calle comprando cervezas, irse del baile
acompañado, que una chica fuera a una estación de servicio y que las estaciones de
servicio vendieran bebidas alcohólicas. Supongo que bailarían tango y comerían
empanadas rellenas de carne cortada con cuchillo. Supongo. No era para nada tarde. Mi
madre quiso cancherear y cambió la invitación proponiendo lo de fumar un porro re seco
y viejo que tenía guardado para ocasiones como conocer el amor de su vida. Se la jugó.
Tenía el pelo re largo y se vestía con la gracia almidonada de las muchachas pobres y sin
futuro. Cuando una sonrisa le mostraba los dientes, se los tapaba con la mano como las
viejas. Lo del porro descolocó a mi padre y se lo ganó de una. Muy astuta. Se miraban a
los ojos. Cruzaban la calle sin mirar. Sentían ganas de darse la mano y robar autos. No fue
gracias a mi madre y ese porro inmundo que la vida de mi padre cambió radicalmente. Mi
madre se inventó eso para hacerse la cabeza y generarse culpas. Quería creerse algo. Era
una hija de puta. Hay gente que es así. Durante una semana tuvieron la posibilidad de
seguir un camino juntos hacia la drogadicción pero retrocedieron hacia el punto en el que
estaban. La nada. En la nada pero juntos, al menos. La nada en Buenos Aires, una ciudad
nueva para mi padre, que sólo la conocía de revistas mugrientas que cambiaba en un
almacén. En la fumada el único que habló fue mi padre. Muy de él. Mi madre es más de
cagar la vida de los demás en silencio, mirando, suspirando. Otra escuela. Serpiente en el
horóscopo chino. Viborita que nunca aprende y se mastica la cola o consigue a otro para
que lo haga. Aparte, la historia de vida de mi padre era muchísimo más interesante que
la de ella, claro está. Internacional. Lo de mi padre era jodido. Estaba huyendo. Una se
preguntaría ¿por qué iba a la Argentina en un momento en el que todos querían irse del
país? Obviamente estaba en otra y venía de un plano sumamente paralelo. Mi madre
venía de Ballester, él venía de más lejos, otra dimensión. Hablaba del “aparatito”, que lo
vigilaban desde el “aparatito” a través de un dispositivo minúsculo. No conocía el
concepto de “microchip” ni de “gps”. Mi madre se preguntaba cómo sería el apar atito, de
qué color, cuán pequeño. No quería preguntar porque era de hablar poco para no quedar
desubicada, sobre todo cuando mi padre ya hacía una hora que estaba contando detalles
de su nueva vida lejos de la secta y los continuos dolores de cabeza. Después pasó el
tiempo y quedó por esa. No se volvió a tocar el tema del aparatito, ni de la secta, ni de los
grupos de autoayuda para sectodependientes a los que acudía. Una vez que entraron a
coger, cada monstruo quedó con su bozal. Pese a lo demente de la situación, mi madre
enganchó porque, hay que hacer justicia, mi padre estaba re fuerte y usaba las camisas
muy justas. La belleza le jugaba más que a favor desde chiquito. Era un tipo lindo, rarito y
no tenía halitosis, un problema frecuente por entonces. Caminaba y al detenerse ponía
las manos en la cintura. El Enviado también se había percatado de eso antes de que cayera
el meteorito. Cuando lo vio rondar el grupo, interesado en los telescopios y los mantras
del ritual nocturno, intuyó que el pibe, además de buen lomo, tenía algo, un ángel, algo
que hacía que el mundo girara mejor. El Enviado era bastante trolo pero eso no quiere
decir que no percibiera la electricidad. Mi padre se movía dejando una estela. Salpicaba
el ser. El conejo siempre fuera de la galera. El Enviado hizo algo similar al porro de mi
madre. Es que a la gente mágica y luminosa es muy fácil seducirla. Basta un chasquido. El
electromagnetismo es fácil de manipular. -¿Ves ese cielo? Yo vengo de ahí. Todos venimos
de ahí. Puedo señalar un punto y tal vez pienses que señalo una estrella. Puede que todos
vengamos de esa estrella. Puede que ahí, en ese punto, esté todo el Universo, que esté
Dios y que en realidad estemos ahí. ¿Entiendes, pequeño? Podemos estar aquí y ahí. Este
dedo que señala puede ser tu dedo y esa estrella puede estar en la uña. Porque las
partículas aparecen y desaparecen todo el tiempo. Las estrellas también lo hacen porque
son materia. Están vacías. Y este mundo y esta mano y este dedo y este momento y esa
estrella y nosotros sólo somos una posibilidad. ¿Entiendes, pequeño? ¿Ahora ves mejor
lo que señalo? ¿Los ves a Ellos? ¿Los sientes? ¿Tienes sed o sueño? Mi padre escuchaba
la voz del Enviado y se dejaba llevar. Su pensamiento se aglutinaba y corría por el pelo, se
encausaba, volaba hacia el cielo, hacia Ellos. Una antena. En lugar de confundirse, la
electricidad de sus células, lo esclarecían. Se abrían los ojos más que nunca. Respiraba
despacito casi riéndose, se le acercaban las cucharitas de café y las agujas se clavaban en
la piel por su cuenta. Cuando los autos comenzaron a tener alarmas y mi padre andaba
cerca, casi todas se activaban, como con los perros. Se le pegaban las llaves y las monedas
a la piel. Sentía un tirón. Si estaba muy electromagnetizado, se agarraba fuerte a las
canillas para hacer tierra. El grupo esperaba un contacto. Los estudios indicaron un día,
una hora y un lugar. Allá fueron pero simplemente cayó un meteorito. Un astrónomo se
hubiera maravillado, ganado un premio. Podría haber sido tapa de los diarios. Ellos
esperaban otra cosa. Ahí fue cuando el Enviado, en un acto de desesperación y fe, propuso
a mi padre como ayudante principal. Mi padre fue el único que lo tocó y lo hizo cuando
este estaba más débil. La electricidad que irradiaba fue como un bidón de vitaminas y
aminoácidos. Merecía un reconocimiento, un ascenso. El Enviado le pasó la posta. Mi
padre cambió el pelaje. Aprendió las revelaciones y los métodos, el discurso y el secreto,
el dogma y la doctrina. En Enviado se volvió a su país sin valijas y mi padre siguió liderando
a lo que quedó del grupo. Eran pocos y se fueron de a poco. El problema llegó cuando mi
padre fue el que quiso irse. Mi madre lo escucha deseando la cerveza. Deseando el beso
y el coito. Se dieron la mano y apretaron contra un auto estacionado. En esa época no
existían las alarmas. Podrían haberlo robado perfectamente. En aquella época no existía
nada más que ellos y hacía frío. A la historia del meteorito y la secta mi madre la conoció
mejor con el tiempo, de a puchitos, siempre indirectamente. Se acostumbró de inmediato
al electromagnetismo de mi padre. Ella sólo quería coger y enamorase. Quería hijos y los
tuvo. Me tuvo a mí que llegué sietemesina en un parto muy pero muy doloroso. Dejé la
teta rápido y me alimentaron con un polvo blanco mezclado con agua. Mi madre no
dejaba que él me tocara mucho por el temita del electromagnetismo. Todo bien para
coger y payasear, pero otra cosa, bien distinta, era que un freak de estos manipulara una
criatura. Sólo me daba besitos después de ducharse o sobre una mesa de madera,
mientras me cambiaban los pañales.

5 - El Daslu de mentira

Abu me espera chupando un cigarro mentolado, sentadita en sus piernas cruzadas entre
los bananeros que adornan el jardín colonial del edificio de Higienópolis. Parece nerviosa
pero no lo está. Sus ojos no expresan. Sólo espanta con la mano y el humo los mosquitos
gigantes brasileros, helicópteros hambrientos que revolotean eufóricos porque pronto,
ya mismo, se irá el día y saldrá una luna preciosa entre los edificios de enfrente. Los
mosquitos no le hacen caso. Siguen sus vuelos. Queda algo de humedad y restos de sol.
Olor a menta, a caramelo, a pollo asado bien doradito. A su lado mueve la cola un caniche
doméstico, libre, sin dueños a la vista. Juega con una rama crocante en el césped verde,
contento en su mundito limpio, sin percatarse de las gracias que le hace Abu ni de las
bocinas de los autos enloquecidos que quieren dejar atrás las jornadas laborales para
llegar cuanto antes a sus casas a mirar tele. Abu improvisa un gesto vivaracho, sacude las
manos sugiriéndome “vos andá tranqui, nena, que yo me quedo aquí jugando con el
perrito”. Los mosquitos le atraviesan la cabeza. Está más entusiasmada que yo con esta
visita. Una niña haciendo de grande. Le sale bien. La dejo ahí, solita protegida por los
edificios de Sao Paulo, mientras voy a lo mío. Subo en el ascensor acompañada por una
mucama jocosamente bajita que viste un uniforme dos talles más grandes del que debería
usar. Huelo su pelo canoso atado puritanamente con esas medias colas típicas de las
evangelistas militantes, perfumada con algo similar a un desinfectante camuflado en
lavandas. Un mata todo. Me da pena. Pobrecita. Estoy harta de la gente que me da pena.
No me habla ni me mira hasta que llegamos. Me ofrece tomar asiento y un café. Le acepto
el café pero en una taza chiquita, si es posible, por favor. Quedo de pie jugando con mis
dedos de las manos. Estoy nerviosa pero me hago creer que lo que tengo es hambre. No
recuerdo si comí. El apartamento es amplio, ventilado, en el segundo piso de un edificio
muy verano, muy playa, muy decó, de esos que perfectamente podrían demolerse y en
menos de un mes construir en su lugar un mamotreto de vidrio sin que alguien se dé
cuenta. La mucamita se va y los ojos se me caen de tanta curiosidad y detalles por
registrar, como si hubieran descubierto el fotolog abandonado de alguien que siempre
me interesó. Escudriño. Un sahumerio áspero sale de un rincón. Primero el humito,
después el olor. Una niebla pesada ocupa espacio de a poquito, como virus. El
apartamento tiene una energía fea pero aún no entiendo de esas cosas, no las percibo
por completo, sólo huelo. Mala vibra, como dice Abu. Energía, chasquidos. Después del
tarot, aprenderé eso. O antes. No sé. No sabría describir correctamente el apartamento.
Parece salido de una revista especializada en decoración de los noventa, aunque tiene
desajustes estéticos importantes que desconciertan y lo vuelven atemporal. Por suerte el
aire acondicionado lo deja en una temperatura justa, aparentando normalidad. Está lleno
de floreros. Lindas flores, abundantes, forzudas, bien Brasil. Me gustaría tomar fotos,
retocarlas. Parpadeo velozmente. Debería tranquilizarme, ser una estatua pero soy tan
inquieta que camino sin disimulo sobre la alfombra persa, haciendo un puño con mis
manos para no revolver los cajones, levantar los portarretratos, mirar cada rostro de las
fotos desteñidas, robar. Una foto de Bruna de niña, inconfundible, enmarcada de dorado,
sosteniendo un peluche, un recuerdo. ¡Tenía tantas ganas de entrar, por fin, a esta cueva!
Me siento una mala persona, villana. Me siento un bicho con la boca llena de colmillos,
uno al lado del otro, pegaditos, bien armados y bien largos. Dientes brillantes, diamantes
filosos, carísimos y pulidos. Mordisqueo el aire. Respiro un silencio espantoso. El
sahumerio ese me seca la nariz. Odio los sahumerios, la alergia. La mucama enana me
trae el café humeante y agradezco. Sólo con verlo me da calor, me aplasta, pero hace
desaparecer el olor desagradable de la mala vibra. Antihistamínico. -La señora ya viene a
verla. -No, no es con la señora de la casa con la que me quedé de encontrar, sino con
Bruna, la hija. -¡Ah! Perdón, no le entendí. Usted habla un portugués un poco raro. Bruna
no está pero en cualquier momento llega. ¿La llamó a su móvil? La mamá de Bruna se
materializa a mi lado como un espíritu japonés. Un parco fantasma guardián que siempre
estuvo allí y yo no había percibido desde mi llegada. No sabe vestirse. -Buenas noches,
soy Marisa, encantada, mucho gusto. ¿Querés esperar a Bruna mirando tele? Vení por
aquí. Está en camino. Me mandó un mensaje de texto diciendo que vendrías. También
dijo que te hablara despacio porque sos argentina y hablas mal. Hago como que no la
entiendo. Le sigo la espalda sosteniendo firmemente el platillo de mi tacita de café y paso
a una segunda habitación más grande e innecesaria que la anterior, con cuadros de
colores plenos de casas de decoración, sofás de cuero sintético y puffs muy dos mil y algo.
Toda esa cosa al pedo del negro y naranja que hicieron que cada casa pareciera un pub
de diseño. Una casa estancada. ¡La gente es increíble! Es increíble cómo cualquier pavada
puede indicarte cómo es todo. La tele muestra una escena de esas películas en las que un
yuppie peinado con gel, camisa y corbata, debe cocinar y cuidar unos niños para
divertirnos y demostrar que es un inútil en los quehaceres domésticos. Se le quema una
sartén, llena el aire de humo y destroza el mobiliario con torpeza al ritmo de una música
muy conocida de los años cincuenta, tal vez sesenta, no me doy cuenta. Trato de leer los
subtítulos en portugués, de adivinar cuáles de esos segundos eligieron como fotograma
de promoción. ¡Qué desastre! Ya comencé a pensar demasiado. Focalizo en la taza y el
momento. No quiero distraerme tanto porque exploto. Siento en el pecho una movilidad
poco familiar. Sí, estoy medio mal. No entiendo por qué, de la nada, entro a acelerarme.
Se me va la cabeza. Termino el café con un trago corto y busco de reojo un lugar dónde
dejar la taza y el platillo. Marisa muestra una cara amable y me los quita de las manos
sintiendo que está haciendo lo correcto. Insiste en que me siente a esperar a su hija y
ofrece un control remoto enorme e indescifrable. Acepto el sonajero y subo el volumen
desconsideradamente porque no sé de qué hablar. No quiero mirar a esta mujer ni quiero
que me mire. No quiero que me vea nerviosa, que se dé cuenta que se me está yendo la
cabeza. Me impresiona. No se va ni propone temas de conversación. Me deja aún más
nerviosa y culpable. Me cohíbe la teatralidad, la distancia multiplicada. Dos sofás
enfrentados. Los almohadones son duros. Las paredes están lejos. Estoy muy incómoda
pero aparento ser una de las peores minitas desfachatadas y confianzudas. Juego con el
pelo. Resoplo para que quede claro que esperar a Bruna me deja de muy mal humor y la
película de la tele es un bodrio. “Si querés, podés fumar”, sugiere, como buena psicóloga.
De repente siento que el corazón se me corre. Se ubica debajo de mi axila izquierda. ¿Qué
será? Doy un bocado de aire muy grandote. La observo amistosamente. La encuentro
demacrada y con un aura espantosa de problemática cuando es obvio que, en realidad,
podría llevar una vida de ricachona regia, sumamente fácil y relajada. Está así porque
quiere. Tiene todo para ser una mujer hecha y derecha, divina, pero es seca y rancia, a
punto de volverse una resentida del montón. También puede ser que hoy esté en un mal
día. Se le nota al toque. Apenas la ves, te das cuenta que es una mina mala onda. Si no la
conociera pensaría lo mismo. No es dañina, no contagia su tristeza, su bajo astral. Es
inofensiva. Una piedra dura. Una roca. Una roca mala onda, pobrecita. Veo que en la mesa
ratona hay una pirámide de mármol. Me gustaría tocarla para tranquilizarme aunque el
mármol tenga una energía horrible y no hay que tener pirámides adentro de una casa. No
pude creerlo cuando volví a ver a esta mujer en las fotos del facebook de Bruna. Estaba
hecha mierda, muy avejentada. Marisa. ¡Qué hija de puta! La ves y te das cuenta que es
una hija de puta. Siempre el mismo tono de labial en todas las temporadas. En las fotos
abusa de su cara de perra, la ropa genérica y los pantalones beiges, algo más de porteña
que de brasilera. Demasiado paliducha para este país o para llevar un buen tiempo bajo
cielos que avivan a cualquiera. Todo mal en ella. El pelo baba, sin gracia ni volumen. Y esa
cara que tiene… ¡uy!... malco mal, cero expresividad, sin gracia, la boca hundida, los ojos
agrios, propensos al disgusto, parece que sólo existen en función de los lagrimales.
Universitaria. Perdió mucho tiempo llenándose la mente con cosas inaplicables. Te das
cuenta porque no puede ser que una mujer descuide tantos detalles estando en el lugar
en el que está. Higienópolis es un barrio hermoso y re paquete. Marisa, como si nada, re
chuminga. Es obvio que durante mucho tiempo tuvo la cabeza en otro mundo, porque
loca se ve que no es. Ni ahí. En ese sentido, la conozco bien. Es una viva bárbara, psicóloga,
macrobiótica, flaca, sin gracia, Master en Trauma. ¡Lo que es la gente! ¿No? ¡Master en
Trauma! ¡Qué hija de puta! ¡Por favor! Morite. ¡Con esa cara pálida de ultratumba,
horrorosa! Se delinea los ojos onda emo adolescente pero debe andar por los cincuenta
años, flojo, cincuenta y pico incluso, sesenta, si no me equivoco, si mal no recuerdo, sí,
sesenta... y bastante mal llevados, se ve, con anillos pero sin cadenas ni pulseras. ¿Dónde
se vio? Eso no es moda ni es nada. Una amargada sin fundamentos. Ni un lifting, ni un
viajecito, nada. Hay gente así, que le encanta dar lástima. ¿Por qué no se pegan un tiro?
¿No? ¡Master en Trauma! ¡Hacéme el favor, querida! Los segundos se van con una
lentitud paspante. No encuentro más en qué distraerme. Me cansé de Marisa. Me supera.
Odio quedar nerviosa, empezar a pensar de esta manera, acelerarme, buscarme algo para
robar. Interactuamos de un modo paupérrimo. No sabe qué canal ni qué hora es, qué
marca es el café, dónde está metida Bruna, nada. Trato de seguir la película y le pregunto
si conoce el nombre del actor. Tampoco sabe. “Es malísimo”, agrega. Le doy la razón. Me
mira los zapatos, después, las manos. Me da miedo. No quiero que se dé cuenta quién
soy, que me saque. Llegué temprano. Debería haber demorado, claro, pero Abu me apuró.
Tenía más ganas que yo de venir. -Mica. ¡Qué nombre raro tenés! -Me lo pusieron mis
padres. No es mi culpa. En Argentina ponen nombres así. Me impacta un escalofrío. No
siempre tengo presente que me hago llamar Mica en Sao Paulo. Me olvido de ese detalle
con facilidad. Espero que Mica, mi ex amiga, nunca se entere que le uso el nombre porque
me mata, pobrecita. Ojalá esté tranquila, allá en Argentina. Es lo único que le deseo.
Tranquilidad. En este momento me llega el mensaje. Es una señal concreta y clara que,
por suerte, detiene el diálogo y lo que vengo observando. Sacude. Dejo de prestar
atención a Marisa, a su curiosidad por mi nombre, al yuppie cocinando, a la decoración.
Abu, haciendo gala de sus habilidades telepáticas, transfiere su pensamiento
extrasensorialmente. Me avisa que Bruna está en su auto, entrando en el
estacionamiento del edificio en este preciso momento. Confío plenamente en l a telepatía
de Abu. Marisa pregunta si quiero una nueva taza de café y le respondo que no, en pleno
ataque. No creo estar tan preparada para esta clase de experiencias paranormales, al
menos no en un plano consciente. Abu tiene razón, aún me falta. Es evidente que Marisa
nota mi nerviosismo y puede que también capte el mensaje telepático que estoy
recibiendo. Mira raro. El Master le sirve para algo, intuye. La nariz se le mueve y se le
achinan los ojos. Tiene algo de gata. Salto del sofá, me acerco a la ventana más cercana y
trato de localizar a Abu en el patio de bananeros pero estoy desnorteada y la ventana da
a una calle llena de taxis ruidosos. Voy hasta la otra ventana. Marisa se pone de pié, arruga
la cara y seriamente me pregunta si me sucede algo, si he escuchado algo extraño afuera,
en el cielo, si estoy bien. Le digo que Bruna ha llegado y me mira impávida. En ese
momento se abre la puerta y entra Bruna a escena como si los hubieran invocado mis
palabras. Les doy la espalda. Tengo poderes. Simulo no haberla escuchado entrar y miro
a través de la ventana haciéndome la colgada. Veo allá abajo unos hipsters muy lindos y
bien vestidos caminando apresuradamente, tratando de que no los roben. No me doy
cuenta si son chicas o chicos. Hace un poco de calor pero la g ente ya anda de manga corta
o musculosa. En realidad no es calor, es humedad. Bruna esquiva los puffs y con un
“buaaaa” pretende asustarme. Se ríe con baba. Le sigo el juego y adopto pose de
sorprendida. La abrazo fuerte y queda seria. Olvida la sonrisa. Cierra la boca. Marisa sale
de la pieza hablando sola aunque puede ser que esté hablando por celular o cuchicheando
con la sirvienta o con su… esposo… pareja… bueno, él. Actúo co n sobriedad. Soy la persona
más normal y centrada del planeta. Bruna pide disculpas por haberme hecho esperar. El
tránsito está horrible y la gente, ay, sí, la gente siempre está re loca. Le digo que todo
bien, que estaba viendo el espectáculo desde la ventana y tampoco me aburrí
esperándola gracias a su madre y la tele. Le entrego los apuntes de clase. Algunos
ejercicios ya los tengo hechos. Puede copiarlos tranquilamente que nadie se dará cuenta.
No abre los cuadernos ni agradece. Los deja tirados y se pone a hablar de ropa, de lo
espantoso que la pasó el viernes pasado en D Edge, que no la dejaron entrar. “¡A mí! ¡A
mí!”, grita y se señala. “¡No me dejaron entrar a mí!”. Y, bueno, se ve que no la dejaron
entrar. ¿Qué quiere que haga? ¡Qué tarada! Percibo que espera algún comentario
revelador de mi parte. Le digo que no hay que ir más a ese antro, que a fin de año ya
estará re out. Me mira como por llorar y larga un “¡Pero es tan lindo!”. -¿Quién? -¡D Edge!
¡La discoteca! Te veo distraída, Mica. Ni siquiera me preguntaste por qué no me dejaron
entrar. -Sí, cierto, perdón, es que tengo un dolor de cabeza absurdo y la tele está muy
alta. También me duele el pecho. No entiendo. ¿A quién hay que odiar? ¿Por qué no te
dejaron entrar? -¡No sé! -No te preocupes, Cuqui. Vas el próximo viernes a bailar como si
nada, diosa. Seguro te dejarán entrar como siempre y listo, ya está, olvidado. Todos
tenemos errores. Punto final. Bueno, ando un poco apurada y me tengo que ir. -No, no,
no, no. No te vayas que quiero mostrarte las compras que hice hoy en Daslu. Me toma de
las manos y me lleva a su dormitorio. Cree que soy su perro comprado que, por suerte,
no está presente ni siquiera con el olor. Debe haberlo inventado. Dejamos la tele
encendida. Cierra la puerta con el pie y me muestra como cinco bolsas de ropa y
accesorios. Tiene un olor a chivo insufrible. Mentalmente hago la cuenta de lo que ha
gastado pero los accesorios me desorientan porque a veces los venden por chirolas y,
otras, como si fueran alta costura de seda natural. Bloqueo cualquier comentario que me
sugieran las neuronas activas y repito varias veces la palabra “divino” sin sentir culpa.
Comienza a hablar muy rápido. No entiendo un cincuenta por ciento. Ahora un setenta.
Dejo de seguirle la locura cuando me enseña unas carteras de cuero sintético. -Bruna.
¿Estas carteras te las vendieron en Daslu? -¿Por qué? -Cuqui, mi amor, se nota a la legua
que son falsas. Fijate los detalles, los cierres, las costuras, los colores, los estampados…
¿Pensás que la gente de Gucci permitiría que en el mundo exista una cartera de este
color? ¿Cómo te pudieron vender algo así en Daslu? En la cabeza de Bruna sólo se mueve
el flequillo mal cortado. Creo que fui demasiado dura. A veces me olvido que tiene el
cerebro deformado y no puede pensar como el resto de los mortales. La mirás y te das
cuenta que no le da para mucho, pobre, entonces te brota una rabia imparable, una
envidia justificadísima al darte cuenta que estar forrada en plata no le sirve para nada,
como los estudios de su mamá Master en Trauma, como todos los floreros y las flores de
su casa naranja y negra. Desvío el interés buscando algún motivo para cambiar de
conversación. Encuentro miles. No puedo creer que duerma en este sitio, en esta maraña
desarreglada y sucia, con una falta de criterio brutal, girando en torno a una bicicleta fija
devenida en perchero. Se me ocurre pedirle perdón por mi comentario y me ofrezco para
acompañarla mañana mismo a hacer el reclamo, o hablar con los dueños de D Edge, de
Daslu, o a ayudarla a ordenar el caos de este dormitorio que, de última, también me pude
servir para que me regale algo que ya no use. -Me descubriste. Compré las carteras en
unos puestos de coreanos en la Avenida Paulista. -¡No te puedo! ¿Por qué? ¡Qué
necesidad! -¿Por qué no? ¿Qué tiene de malo comprar ahí? -No tiene nada de malo. Me
conozco esos puestos de memoria y sé los nombres de las vendedoras, pero por algo no
me lo aclaraste al principio, Cuqui. Dijiste que las habías comprado en Daslu. ¿Pensabas
que no me iba a dar cuenta que eran falsas? ¡Por favor! ¡Si una de ellas está rellena con
diarios! ¿Qué pasaba por tu cabeza? ¿Que yo iba a salir por ahí gritando a los cuatro
vientos que te comprás carteras falsas? ¿Pensás que eso me importa? - No, pero… -Pero
nada. Me parece que no estás acostumbrada a tener amigas, a tener confianza. Y ya que
estoy en el tema… no quería decírtelo, pero tu amiguito del otro día me pareció un
estúpido. No te conviene. Dejá de juntarte con él ya mismo. Es impresentable. Me ofende
mucho que no confíes en mí, Cuqui. ¿No ves que vine a traerte los apuntes de clase como
si estuviéramos en la secundaria? -Sí, perdón… -No tengo nada que perdonar. Sólo espero
que no te olvides que soy tu amiga, que podés confiar en mí, que no tenés por qué
mentirme. Amiga de verdad, no un mamarracho como el engendro que llevaste a Uka.
Con gente así, no me extraña que no te dejen entrar a las discotecas. - Es que yo… nunca
tuve… No puedo tolerar que Bruna me confiese que nunca ha tenido amigas. Sería muy
fuerte. La abrazo firme deteniendo el efecto. Le golpeo la espalda como en un funeral y
espero que se le pase la emoción. Suficiente por hoy. Ahora sólo debo huir como una rata.
Sí, es obvio, me excedí en el melodrama. No puedo tratarla así por más imbécil que sea
pero al menos me aseguro de que mi presencia hizo efecto, que me sirvió de algo venir y
pronto seremos íntimas. De última, le hace bien sentir que tiene una amiga como la gente,
que a alguien le importa y le interesa lo que haga con su vida insignificante. Si yo estuviera
en su lugar, en su cuerpo, con esa foféz germinando de a poco, con ese espíritu ribotril y
con esa nube de pedos en la que vive, me hubiera pegado un tiro hacía meses. Un tiro y a
otra cosa, mariposa, como dice Abu. La gente está muy loca. Bueno, me tengo que ir.
Chau. Se me va la cabeza y el norte. El perfume a sahumerio aumenta mientras bajo unos
escalones. Le mucamita me deja pasar, atravesar la puerta hasta llegar al ascensor. Estoy
agitada. Miro a todas partes sintiendo que algo me persigue, una sensación espantosa,
medio de porro. Al final no sé para qué vine. Me regalé. Todo eso del Daslu y las carteras
no me colgó en lo más mínimo. No puedo seguirle la corriente por más que lo intente.
Bruna me saca. Igual, ya está. Hice lo que tenía que hacer. Ya la abracé, la dejé contenta,
con sus apuntes de clase, su perrito, su mucamita y sus accesorios que nunca usará. No
tiene códigos. El ascensor demora y no quiero esperarlo por tan pocos pisos. ¡Qué tonta!
Me olvidé de apretar el botón para llamarlo. Bajo por las escaleras sujetándome en el
pasamano lustrado. Ya no queda equilibrio. ¿Tendré claustrofobia? A medida que
desciendo las luces se encienden solas a mi paso y eso me deja re loca. Estoy en otro
mundo, estoy en la luna, agotada y con hambre. Siento un mosquito zumbando cerca de
mi oreja y me pego una cachetada. Quiero que termine de llegar la noche, que pase
rápido, que se vaya, que amanezca, que comience una mañana soleada y me encuentre
bien dormida, en lo posible, tranquilita, lista para ir a la piscina del Sesc, pero ni siquiera
son las nueve. ¡Claro! ¡Acabo de darme cuenta que de almuerzo sólo tragué dos
cucharadas soperas de ensalada Waldorf! Debo invitar a Abu a comer pizzas. En un
parpadeo vuelve la oscuridad y no encuentro el pasamano. Continúo mi camino hacia la
calle y los censores de las luces se activan con mi movimiento. Me captan. La puerta se
abre sola. Quiere que me vaya.

6 - Valeria Ache se va a vivir a Chile

En algún apartamento de Santiago de Chile acababa de mudarse Valeria Ache. Consiguió


una rebaja muy considerable en el alquiler alegando que en el inmueble había olor a gato.
En la inmobiliaria no se extrañaron en lo más mínimo. Es un reclamo habitual. Si fuera por
ellos, saldrían con un rifle a matar uno a uno los gatos de Santiago. Para evaluar
apartamentos Valeria Ache tenía un barómetro mental y un olfato detectivescos, afilados,
cercanos al colmo. Durante un tiempo le encantó hablar de edificios y del patrimonio
arquitectónico. Se ve que eso le quedó y salta cada tanto, cuando lo necesita. En ese
sentido no le caía tan bien Santiago de Chile. Por momentos le parecía Los Ángeles.
Golpeaba las paredes para ver si eran de fibra de vidrio. Buscaba algo parecido al centro
de Buenos Aires. Se resignó a vivir en esa ciudad un tanto impersonal, aunque con jardines
en las veredas, cuando encontró un edificio maravilloso con el que reemplazar tanto techo
bajo. Art decó, mega, años treinta, pero en Viña del Mar, lejos. Era el casino. Ya llevaba
yendo como diez fines de semana a Viña desde que le ofrecieron el empleo. Una vez firme
en Santiago de Chile, se levantaba tempranito, llegaba a la estación de micro y de ahí se
largaba en taxi a jugar un poco. Se le pasaba el día. Programaba la alarma del iPhone.
Sonaba y se iba a veces con dinero, esa plata chilena tan llena de ceros. A la noche se
quedaba a dormir en la casa de alguno de sus nuevos compañeros de trabajo. Eran
macanudos. Apenas supieron que estaba pensando mudarse a Chile, comenzaron a
invitarla a todo tipo de actividades, como a eso de pasar los fines de semana en casas con
olor a cerrado, llenas de niños y asados asquerosos que se cocinaban en veinte minutos
en parrillas a gas, en cortes de carne inexplicables, casi crudos. Nunca sabía qué parte de
la vaca estaba comiendo. No le copaba pero todo bien igual. Es que, ya que estaba en
Chile, prefería la ingesta de pescados y mariscos, sobre todo los locos con salsa verde. Eso
y un Pinot Noir o champagne argentino. El mejor champagne que se vende en Chile es
argentino. La pasaba relativamente bien con esta gente siempre y cuando hubiera jugado
al blackjack en algún momento del día. Estaba bueno el casino de Viña. Tenía algo del
glamour argentino de los años veinte, según lo que le comentaban su padre desde chica.
Le hacía soñar aún más con el Ceasar Park de Las Vegas. Sí, seguía teniendo el problemita
del juego. La cabeza nunca se le quedaba en blanco. Aparecían cartas. Le encantaba el
blackjack porque podía estar sentada. Le encantaba estar atenta a la salida de cartas,
intuir las probabilidades, decidir cuándo plantarse. Pensó que el empleo en otra ciudad la
iba a ayudar pero los casinos estaban en todas partes y la perseguían. Estaba pensando
en hacer un curso de manejo pero le daba fiaca. No tenía auto. El puesto era muy
importante, de alta gerencia en una empresa monumental y prestigiosa. Sus compañeros
llegaban en naves alemanas. Valeria Ache se sentía orgullosa de ir en metro a la oficina,
especialmente cuando se sorprendían de costumbres tan plebeyas a su nivel. Sabía que
adaptarse le iba a costar un poquito más. No estaba en foco. Encontraba raro que el sol
saliera detrás de una montaña. Sol en Aries. Planchó la ropa arrugada de la última valija.
Habló sola. -No sé por qué me traje toda la ropa. Mañana mismo la tiro y compro todo
nuevo. Con la misma decisión planchó las blusas. En sus primeros días chilenos le había
sucedido algo relativamente extraño. Tenía un montón de fotos ilustrativas. Resultó que
cuando comenzó a anunciar que se iba a vivir definitivamente en Santiago de Chile y
dejaba Buenos Aires, un amigo íntimo le había advertido “Ah, está Fulanito allá”. Valeria
Ache dijo “sí, todo bien pero es un peligro”. Lo conocía desde hacía más de quince años y
sabía que la gente no cambia tanto. Genial, divino total pero muy adicto y mujeriego. No
era un tipo allegado a los casinos, cierto, pero una cosa no quita las otras. En una de las
idas a Chile, previas a la mudanza, haciendo un papeleo, se encontró con un conocido que
trabajaba en otra empresa que le comentó “Che, sabés que está Fulanito acá, ¿se
conocen?”. Le respondió que sí y nada. Este tipo le contó que Fulanito viajaba
constantemente a Europa por problemas familiares. Tanto que en cuatro meses había
 juntado millas para un viaje que unía los dos puntos más distantes del planeta. Evaluaron
el presupuesto que debía manejar. Ya mudada, otro amigo la llamó por teléfono un
domingo y de nuevo, “Está Fulanito viviendo ahí”. ¡Qué pesado el  destino! Valeria Ache
dijo que ya sabía, que era un peligro, que se imaginaba saliendo con él, enganchada y al
mes, dándose la cabeza contra la pared, re mamada. Bueno, el asunto fue que este último
amigo les mandó un mail a los dos. “Presentación santiaguina qué se yo”. Fulanito al
toque, un domingo, le mandó un mail re eufórico. “Salgamos no sé qué”. Se pasaron los
celulares. Llegó un martes a buscarla. Estaba un poco aceleradito. Empezaron a charlar y
sugirió ir a la casa de él a buscar un porro. Valeria Ache ya se había hecho toda la película,
la película bien, pensando que no daba el contexto de su nueva morada porque aún tenía
cajas y valijas en el piso y, probablemente, él sintiera el olor a gato al que ella se había
acostumbrado de inmediato. Estaba super contento. Fueron a cenar y él fue cuatro veces
al baño. Fulanito empezó a mandibular. Igual, la conversación super bárbara. Gente amiga
con la misma información. Se entendían en todo. Volvieron caminando a la casa. La noche
estaba linda. Llegaron. Sugirió tomar algo y peló dos whiskies. Doce de la noche, un
martes. Bueno. La cuestión es que Valeria Ache tomó un cachito de whisky y él siguió
yendo al baño a cada rato, entonces en un momento, medio que para generar empatía le
dijo, “Fulanito, aflojale a la merca pero no la encanutes”. Él entendió como que ella quería
y dijo que no le podía convidar porque ya no le quedaba. Dijo “¿vamos a buscar más?”.
Ahí Valeria se dio cuenta que estaban re en otra y no daba. Garcharon un poco. Todo bien.
Al día siguiente la llevó a la casa y la invitó el fin de semana a la playa con un entusiasmo
increíble que incluía frases como “ahora que estamos juntos”. Valeria Ache pensó “¿Por
qué no?”. Un viernes re feo, Fulanito le mandó mensaje diciéndole “no te veo muy
entusiasta con lo de ir a la playa”. Valeria Ache respondió “sí”. Él mandó uno que decía
“tu sí es poco entusiasta”. Valeria Ache respondió “dale, vamos, hurra”. A las horas la
llamó y le contó. -Tengo un tema. Acabo de ir al doctor. Tengo presión alta. También tengo
la glucosa altísima. Valeria Ache le dijo “Uy, ¡qué horror!”. No le llamó la atención
teniendo en cuenta la vida que llevaba el tipo ese. Dejó el tema por ahí y Fulanito le dijo
que el viernes terminaba de jugar al tenis y ya se juntaban, que durmiera en su casa
porque tenía miedo a que ella a último momento no quisiera ir. Que durmieran juntos y,
al otro día, se iban tempranito a la playa. Bueno. Valeria Ache lo llamó el viernes a las diez
y media de la noche y le dijo que no tenía ganas de ir. Le prometió ir de mañana pero a
Fulanito le vino un ataque y la convenció de ir ya mismo. Valeria Ache fue en un taxi que
le salió un disparate. Esa noche no cogieron. A la mañana se fueron a Los Molles, que es
muy lindo, a doscientos kilometros de Santiago de Chile. Una caleta de pescadores,
barata, una playa preciosa. Almorzaron en el restaurante una comida casera deliciosa, un
rico pescado frito, un risotto y vino de la casa en la terraza mirando el Océano Pacífico.
Quedaron re pipones. Estuvieron caminando. Fueron a otros pueblos. Pichidangui,
Zapallar y Papudo. Esa noche sí, cogieron. El domingo fueron a otras playas a comer a
chiringuitos y sacarse fotos con pelícanos y araucarias. Va leria Ache no quería sacar fotos
de ellos juntos hasta que Fulanito le enseñó la autofoto en el iPhone, una aplicación que
no ella conocía. Hablaron un poco de los iPhones y de los compañeros nuevos de trabajo.
Ahí Fulanito quedó medio raro. Hizo una escenita de celos y se refería a ellos como “los
chilenos”. Igual, pasó, pero Valeria Ache no le contó que “los chilenos” ya estaban al tanto
de su reencuentro. Ella ya había entrado en confianza y les contaba fragmentos de su vida
amorosa. En el trabajo se lo festejaban risueños, sobre todo los gays y las gordas, mientras
ella paseaba de un lugar a otro con el celular en lo alto porque en Chile las señales son
muy malas. En la oficina no le entraban las llamadas. Tenía que atravesarla en diagonal
hasta la otra punta, cerca del sector de los cadetes. Había sólo un rincón con cobertura.
El domingo a la noche terminaron en el bar del Sheraton de Viña del Mar. Valeria Ache
tenía unas ganas locas de ir al casino pero se contuvo sabiendo que la combinación merca
 –  casino puede ser fatal. Tomaron no recuerda qué y comieron pan con pebre con
manteca antes del plato de fondo. Entonces, hablando de esto y lo otro, Valeria Ache le
preguntó cómo iba a hacer él con el temita nuevo de la diabetes. Fulanito quedó blanco y
al segundo se puso como loco. -¿Qué qué de la diabetes? ¿Qué me querés decir? Valeria
Ache trató de calmarlo, dando ánimos y esperanzas con ejemplos de familiares que iba
inventando en el momento. Después cambió de tema pero Fulanito ya tenía la mirada
perdida en el techo. Se reprochó por haber sido tan tarada pero tampoco tenía cómo
darse cuenta que el tipo no había asumido su nueva enfermedad. Tampoco daba el
contexto. En un momento Fulanito dijo “voy al baño”. Se fue y no regresó nunca más.
Igual, Valeria Ache se encariñó con Fulanito. Olvidarse del blackjack. Tomar vinito. Comer
uvitas. Hablar de los avatares de la historia política argentina. Atardecer. Unos mimos.
Extrañó de golpe a sus amigos y decidió comprar un portarretratos digital aunque siempre
le cayeron mal. Los portarretratos, claro. Las instantáneas de sus amigos pasaban
rapidísimo. Se invalidaban unas a las otras. Desaparecieron. Decidió priorizar un par de
caminos en su vida: la simplificación y la practicidad. Se compró un wok, un neceser y
cinco blisters de Reflexan 5, que en Chile son de venta libre como caramelos. Unas
pastillitas muy lindas, de un lado amarillas pastel y del otro, blancas. -Tengo que
conseguirme un gato. Se quitó los aros de plata, guardó el pasaporte en la mesa de luz, se
dio una duchita, se encremó toda, fumó un cigarrito en el balcón, se preparó un agüita de
boldo, comió un pedazo enorme de torta de supermercados Lider, buscó en Google Maps
dónde quedaban las Islas Caimán, se tomó un Reflexan 5 con Zip Zap y se durmió leyendo
el horóscopo chino. Se sintió estupendamente, mejor que nunca, incluso sabiendo que
hay cosas que no duran para siempre.

7 – Bocado Se entusiasman cuando el calor comienza a picar y le ponen demasiado cloro


a las piscinas.

Todo en Brasil es exagerado. El sol lo evapora y el aire se pegotea. El o lor a cloro se mezcla
con el olor a nafta, a gas oil. Los olores se mezclan con el idioma y me da alergia, ganas de
tomarme un saquecito de merca o un licuadito espeso, comerme un pancho. Me seca la
garganta y me reseca el pelo pero me hace bien sudar. Dicen que es buenísimo.
Contrarresta en beneficios todo el daño que implica broncearse a esta altura del mundo.
Tengo la terraza y el sol del Sesc Pinheiros, el sol de Sao Paulo, para mí sola. Estiro los
brazos. Me acaricio. Tras el vidrio, los oficinistas y las amas de casa almuerzan con sus
hijos el menú del día. La piscina no está repleta pero en unos minutos vendrá más gente.
Me quejo y Malú dice que me encuentra demasiado bronceada para su gusto y para mi
tipo de piel. Le muestro mis brazos y le explico que parte de mi bronceado es natural, que
a nací torradita. Se ríe y grita “¡Argentina! ¡No sabe lo que está diciendo!”. Se divierte con
facilidad. A cada rato, una carcajada fuerte. Busca cualquier excusa para charlar o dejar
de trabajar. Mira las cámaras de seguridad y se sienta en la reposera de al lado como una
socia más de la institución. Le doy la razón y también me río de mí. Me desperté con el
humor arriba, por suerte. El pecho tranquilo. Apuesto a que Malú ni recuerda cómo me
llamo. Le recuerdo que me llamo Mica. Malú vivió toda su vida en Sao Paulo, sabe de soles
y bronceados saludables. También sabe de tarot. Hace años que trabaja limpiando en el
Sesc Pinheiros. De ahí no la va a sacar nadie. Acomodo los lentes negros, levanto la cabeza,
estiro las piernas en la reposera de plástico, dejo caer mis ojotas mojadas y me chupa la
atención el acento paulista de la voz de Malú entre el cielo celeste, inmaculado, grandote.
Esa mezcla de letra R con letra G. Espero que la luz se ponga más intensa y perpendicular.
Pasa un helicóptero. Malú deja de hablar, se va y continúa sus quehaceres, quiere barrer.
Busca mugre en los rincones brillantes, esquiva los niños con flotadores naranjas y sigue
su camino hasta el baño como un robotote eficaz. Me pregunto por qué no la ponen a
limpiar en la noche, si da lo mismo. Le dan este horario para que la gente vea que trabajan,
supongo. Nunca dejará de sorprenderme lo limpia que es Sao Paulo. Ni siquiera Malú
entiende por qué le hacen barrer el aire pero es su tarea. La hace y le pagan. No le pagan
por hablarme a mí, que desde que llegué a esta ciudad vengo la semana entera con una
revista y una toalla con una calavera enorme de Herchcovitch. Me instalo en la piscina a
la hora más soleada con factor tres mil como si la piscina del Sesc Pinheiros fuese un spa
privado, un resort exclusivísimo construido por mis antepasados. Varias caras ya me
resultan familiares. Algunas brasileras gordas me saludan tímidamente o me piden
revistas prestadas. Unos niños me observan de cerca. Les debo causar gracia porque leo
en voz alta las entrevistas ridículas a actrices que no tengo la menor idea de quiénes son.
Me quito los lentes para mirarlos amenazante pero no se inhiben. Se ríen de nerviosos,
por la edad que tienen, porque son chicos y andan pelotudeando de lo lindo. Me miran
las tetas, pillos. Niños. “¡Váyanse de acá! ¿No tienen padres que los cuiden? ¿Qué están
haciendo los profesores de natación que no los vigilan? ¡A ver, Janira! ¿Podés sacarme
estos mocosos de encima?” Janira es la profesora de natación que mejor me cae aunque
es medio secota y a veces no da bola, como ahora, que está completamente dedicada a
las chicas de pelo corto. “¡Vayan para allá! ¡Psss!”. Me encanta tratarlos como perritos de
la calle pero una madre, llena de gotas de cloro, me descubre y está a punto de insultarme.
Me retiro antes de que abra la boca. Comenzó el día. Con la situación infantil quedé medio
sacada y ya bastante sol consumí en la semana. Estoy con las emociones muy al límite,
cualquier cosita me altera aunque trate de ser normal. Me despido de Malú con un beso
de amiga. ¡Qué linda ducha la de Sesc! Me seco, me unto crema reafirmante frente a las
adolescentes recién llegadas al vestuario, me visto con algo blanco y subo al segundo piso,
a la sala de lectura e internet libre. Como todos los días, a esta hora no hay computadoras
disponibles y la sala está atascada de pendejos pobres jugando con simulacros de guerras
sangrientas sin volumen. La gente de mi edad tiene laptops. Soy una excepción. Tengo
miedo que me la roben. La dejo en mi apartamento bajo llave, escondida entre la
almohada y el colchón. Cuando se acerca la encargada a pedirles que me cedan una
máquina, los chiquitos cambian de página y se hacen los adictos a hotmail. Me encantan
los derechos de la gente mayor y poder usarlos en situaciones como esta. La
consideración. Un chico muy bien peinado me ofrece su lugar con una sonrisa molesta y
falsa. Se lo agradezco y susurra “Dios te bendiga” en un portugués educadísimo. Se aleja
con las manos en los bolsillos y entra en la oficina de origami que funciona por este mes
en el salón de al lado. Detesto deberle favores a los evangélicos pero si no fuera por él no
podría iniciar mi jornada y ya es tarde. El día para mí recién comienza cuando estoy frente
a una computadora y me logueo a mis cuentas. En eso no cambié. En todas pongo la
misma contraseña, la de hace años, la que tenía en el fotolog. El proceso no ha variado
tanto y los dedos hacen el camino habitual por mis cuentas de mails. Paseo por las páginas
de siempre, pispeando la onda del momento y pienso que ya hace bastante que estoy en
la misma. Voy directamente hacia donde tengo que ir. Otro día más que Bruna no deja
mensajes en su facebook. Así nunca voy a poder convertirme en su mejor amiga. Ya van
cuatro posteos que le dejo. No puedo pasármela dejándole links con bloopers de gente
ridícula en programas televisivos de talentos. Va a pensar que soy una psicópata. Me
desespera. Me hace sentir mal. No me queda más remedio que llamarla por teléfono. Por
suerte esta vez lo tiene encendido y con señal. Ahora es mediodía. ¡Qué gorda demorona!
No llega. Me hace quedar como una reverenda idiota frente a esta gente. La recepcionista
pregunta si necesito algo, si quiero ya pasar a la oficina del gerente o tomar alguna cosita
para refrescarme y ver pasar el tiempo. ¡Odio esperar! Bruna siempre me hace lo mismo.
Sin quitarme mis lentes de sol le cuento que estoy esperando a la otra periodista, la
fotógrafa, que se ha retrasado. Este es un juego nuevo, algo que no se me ocurriría hacer
con Mica en Buenos Aires. Sao Paulo me ha inspirado. El asunto es así. Aprovechando mi
nacionalidad, mi acento y algunos ejemplares viejos que tengo de la revista argentina
Bocado, especializada en gastronomía y buen vivir, consigo reunirme con dueños o
encargados de restaurantes tops. La excusa es una entrevista, preguntas livianas y
complacientes para la edición de verano dedicada completamente a Brasil, Paraíso del
Mundo, con un ranking de los mejores restaurantes de las ciudades más importantes del
país. Un bolazo. Obviamente jamás podría trabajar en algo de eso. Me hice tarjetas
personales. Resultó mucho más fácil de lo que esperaba. A la semana ya me estaban
invitando a conocer platos especiales, degustar obras maestras de sus chefs explotados.
Como mi cámara de fotos es una mierda y parece cualquier cosa menos una maquinaria
profesional hecha y derecha, le pido a Bruna que me acompañe en el inofensivo
divertimento y ya mato como treinta y siete pájaros de un tiro. Ya llegó, la muy tarada,
vestida rarísima. Bien igual. Casi me da lo mismo. No le pido explicaciones por su retraso
porque con sólo abrir su bocaza un segundo podría arruinar el plan de las falsas
periodistas gourmets especializadas. Mejor que se quede calladita, muda, fotografiando
ensaladas y después, al irnos, nos morimos de risa en el taxi. Ahora sí, apago el celular y
pasamos a la oficina horrible de un gordito bronceado que se debe morfar como un cerdo
las sobras que dejan en sus platos los distinguidísimos clientes. Nos ofrece jugos pero se
los aceptamos para después del recorrido. Muchas gracias. Ya sabemos cómo es. Además
del mal gusto y la incomodidad de pasearse por la cocina y los salones con un vaso en la
mano, si se lo pedimos al final de la “entrevista” no tendrá más remedio que invita rnos a
sentarnos en una mesa y ahí ya vienen los platos exóticos, los postres deslumbrantes,
cafecito, champagne, todo gratis. Una pegada. También existe la posibilidad de un muchas
gracias y hasta nunca, claro. Nunca se sabe con estos personajes. La gente es muy
desagradecida. Bruna no logra que los ojos vuelvan a sus órbitas mientras el gordito
detalla los ingredientes de los postres más vendidos. Inexperta en disimular, me patea
cada tres segundos por debajo de la mesa como una niña impaciente. No puede esperar
a que él se vaya y nos deje solas con las ensaladas de mariscos. Le pregunto al idiota las
últimas pavadas que se me ocurren, elogio su bronceado y el colorido de nuestro plato.
Le agradezco la atención. Le prometo que cuando salga el próximo número de la revista
Bocado Edición Especial Brasil Paraíso del Mundo, se la haré llegar por correo desde
Argentina. El gordito entiende la señal de despedida, nos desea buen apetito y se marcha
dejándonos su tarjeta personal espantosamente diseñada. Ya está. Bruna se tapa la boca
para esconder un par de carcajadas nerviosas de lo más básicas. La experiencia le resulta
revolucionara y atrevida. “¡Cuándo le cuente a mis amigas de esto se van a morir de risa!”.
¡Qué tarada! Le dije mil veces que no puede contar una sola palabra de nuestro juego.
Sería peligrosísimo. Además, que yo sepa, otras amigas no tiene. ¿Crazy Frog es mujer?
No sabe disfrutar. Vuelve la seriedad a su cara asustada, baja la vista con la boca rígida y
traga rúcula sin saborearla, como si estuviera pastando. Me da mucha envidia su
brazalete. Le hablo. -Perdoname si te trato mal, Cuqui, pero hay algunas cositas que tenés
que aprender, querida. Este tipo de juegos son muy divertidos pero se debe ir con
cuidado, saber disimular, al menos un poquito, un segundo, quedarse en el molde. Es más
o menos como lo de la energía en la nuca. -¿Qué energía en la nuca? -¡Cuqui! Lo que
hicimos el otro día mientras bailábamos. -Ah, sí. ¿Puedo pedir más postre? -Si alguno de
los restaurantes se entera de la farsa podemos estar en un apuro que ni te cuento. La
gente es así. La gente es mala, sin humor. Por una pavada te pueden hacer un lío
descomunal. Vos, tranquila, disfrutá, hacé todo lo que te digo y vas a pasar bien, pero
tené cuidado. -Gracias, Mica. Perdoname si soy tan torpe. -Todo bien. No tengo nada que
perdonar, mi amor. No logro acostumbrarme a que me llamen Mica. Me parece un
nombre horrible. Tendría que ser más considerada con Mica, pobre, allá lejos. Gracias a
ella pude inscribirme en el mismo instituto de Bruna. Gracias a ella, su DNI y su
escolaridad. Eso quise decir. En los estudios, Mica siempre estuvo más avanzada y eso que
yo andaba bastante bien. No volaba, pero la iba llevando sin problemas, zafando, hasta
que, claro, todo te harta, te desilusionás muy rápido de la gente, las instituciones, el
mundo y, a la larga, eso se refleja en la escolaridad. ¡Qué embole estudiar! Tengo unas
notas espantosas. No terminé el secundario. Mica no. Salvaba los exámenes con unas
notas increíbles, bostezando. En este mundo de cuarta lo único que importan son los
papeles y a Mica no le costaba ningún esfuerzo tener notas excelentes para llenar planillas
de lo más sobresalientes. ¡Qué suerte tenía la muy conchuda! Lo pensé muy rápido. Fue
tener el DNI de Mica en mis manos y planearlo en un segundo a velocidad de la luz en el
espacio infinito. Ese documento era la llave. Era la vida. En el aeropuerto mi cabeza estaba
en blanco completamente. Línea muerta. Me había tomado una pastela y eso ayudaba.
Traté de no mostrar más emociones que suspirar. Entregué el DNI que l e robé a Mica a la
salida de Argentina y a la entrada de Brasil. Los de la aduana miraron, sellaron unos
papeles, hicieron pasar al siguiente y nada más. Apenas se fijaron en la foto. Pasé. Lo
sabía, lo intuía. Parecidas siempre fuimos. No quiero decir que sea igual a Mica porque
me pego un tiro aquí mismo, pero en fotos damos hermanas o algo de eso. Mínimo primas
o la misma persona, para algún empleado público distraído. Tanto avance, tanta
tecnología, tanta computadora para nada. ¿No? Problema de ellos. Lo mismo en el
instituto de Sao Paulo donde estudia Bruna. Con el DNI y la escolaridad de Mica bajada
así nomás de internet en un ciber pedorro de la Avda. Paulista, me inscribieron sin chistar,
sin problemas, lo más bien. Lo mismo en el Sesc y el apartamento. Pagué un año de
alquiler por adelantado y ni pidieron otro tipo de documento. La gente ve guita y se ciega.
Ya está. Sucede en cualquier país. No da ni para hacer chistes. Sólo hay que quedarse
quietita, con la columna en eje como los gatos. Al final todos son una manga de tarados.

8 – El novio imbécil

Ya es imposible compararme con Mica, encontrar links. Ahora lo único que tenemos en
común es que dormimos sin almohada y sería decir bastante, con buena voluntad.
Parecidas físicamente, sí. El par. La dupla. El pelito lacio y negro, el flequillito rollinga,
cuando se usaba, la mentalidad mostra, el doble sentido. Yo, un poquito más alta y
ejercitada. La columna derechita, los hombros para atrás, pechito paloma, el cogote
estirado, mirando de reojo, importante. Ella con una postura más de infeliz, cabizbaja
pero parecida a mí en fotos, a mi pesar. Me copiaba todo y eso me encantaba. Nuestras
miradas oscuras, gruesas, sin pestañear. Podría tratar de entender su nu eva vida pero no
quiero desgastarme más. Ella tampoco entendería la mía. La gente cambia. Una persona
más que me defrauda. Que no me venga a decir que no le avisé. La gente es así. Hacen lo
que puede. Vi cómo se erosionaba, se desmoronaba. Di unos pasos al costado. Dejé la
merca un tiempo, bajé tres cambios, tomé distancia, primero un poquito y después los
acontecimientos se dieron naturalmente, decantaron. Lo lejos. A sí que cada tontería que
me decía Mica, la tomaba como de quien venía. ¿Qué se puede esperar de alguien que
para el día de tu cumpleaños te regala una piedra? Nada. Muy piscis. La muy idiota se
apareció en mi fiesta con su flamante novio, una piedra energizante muy áspera y el pelo
de un marrón macabro, teñido con pintura artesanal ecológica. Estaba todo dicho y
hecho, sin marcha atrás. De entrada vi que el chico no la favorecía, que había cometido
una burrada al darle una oportunidad amorosa a ese imbécil con todas las letras. Nunca
supe de dónde lo saco. No tenía fotolog, ni onda, ni nada. A mí, que me perdonen. No le
entendía absolutamente nada de lo que me decía su voz quebrada de borracho precoz y
tampoco entendía sus pantalones holgados. El típico imbécil representante de esa gente
que se cree inteligente y le encanta demostrarlo. Muy sucio. Muy manipulador. Muy lleva
y trae. Muy aparato, manejando ese humor tan visto y tan típico de programa televisivo
cómico de culto, falsamente intelectualoide. Se creía muy por encima de todo pero era
casi enano. Estiraba el cuello. O sea, buzo de lana marrón escote en v de segunda mano.
Sacado de un imaginario de esa calaña, dos mil en punto. Era la época del brit pop y todas
esas taradeces. Bueno, eso. Un embole. La siguiente década él la vivió igual. Así, tal cual
el estereotipo, pero más sucio y achanchado. Un asco. Eso era lo que más me asqueaba
del novio nuevo de Mica, su suciedad, sus uñas largas, sus mangas de camisa remangadas
y sus típicos problemitas de la gente con cabello graso. Cabra, Perro, Mono… de un signos
de esos. Luego de darle un fulminante vistazo evaluativo a mis escasos discos y libros, el
muy imbécil dijo no sé qué de la cerveza. Organizó una colecta en mi propio cumpleaños.
Lo odié. Ni siquiera lograba darme lástima y que conste que hice un esfuerzo
sobrehumano por respetarlo, escucharlo y seguir sus consejos musicales cambiando el
repertorio de la velada. Tenía razón, la música estaba muy alta y era demasiado temprano
para el punchi punchi. No tardó ni media hora en darse cuenta que no lo soportaba. Me
declaró la guerra sonriente. Comenzó a hablarme y hablarme, a preguntar mi opinión
sobre los asuntos más tontos como si me estuviera tomando un examen del secundario
de cultura general, música indie y coeficiente intelectual. ¡A mí! ¡A mí! No sabía con quién
se estaba metiendo. Sólo pensar en él, recordar su cara, me deja muy sacada. No podía
concentrarme en lo que decía el boludo, incluso mirándole los ojos. Perdía enfoque y
concentración. Siempre me sucede lo mismo cuando hablo con alguien con tantos pelos
saliéndole de la nariz. En un momento equis bajó la confianza y no volvió a sonreírme
nunca más aún estando de porro todo el santo día. No le costaba nada un mínimo de
sociabilidad y urbanidad con la amiga de su novia. Mica no se daba cuenta, pobrecita,
obvio. Se veía que garchaban bien o bastante seguido. No me contaba detalles de su
relación, por suerte. Yo implementaba un trato políticamente correcto con él pero su
actitud hacia mí jamás dejó de ser despectiva. Típico resentido. Tan chiquito y ya con
todos esos problemas de veterano quemado. Tenía un blog. Nunca dejó de subestimarme.
Nunca dejó de mirarme el orto ni de hablarme con ese tonito canchero que le queda tan
mal a la gente bajita con sobrepeso y camisa por adentro del pantalón. Nunca dejó de
hacerlo desde que llegó a mi cumpleaños. No le importó que le pusiera una cruz gigante
en la frente. No le pesó. Es más, creo que le encantaba que lo odiara, que lo mirara de
arriba abajo con mi mejor cara de mostra para después poder andar diciendo por ahí que
yo lo discriminaba por ser gordo. Decía eso, el muy imbécil, como si me importara que
fuese un sapo. ¿Qué me puede importar a mí? ¡A mí! ¿Sabes qué? Sí, sos un gordo de
mierda. Ya está. Lo dije. Morite. ¡Qué imbécil! Tomaba cerveza del pico de la botella.
“Estoy harta de perder el tiempo con estos muertos de hambre” le comenté a Abu y me
dio toda la razón del mundo. Me dijo “te odia, no le des más bola” y no le di. La familia de
Mica aprobaba la catástrofe tomando mate, comiendo facturas, observándola desde las
sillas plegables del jardín de su casa en Ballester. Vieron esa relación como un rasgo de
adultez. De inmediato incluyeron al monstruo en las cenas y cumpleaños. Le regalaban
camisas con cuello duro y planificaban veraneos en Mar del Plata. Eran como de otra
época en la galaxia. Esa familia siempre fue rara. Antes de traerla al mundo habían hecho
bastante dinero, teniendo en cuenta los parámetros del barrio, con algunos negocios en
boga. Llegaron a un punto alto durante el boom de los videoclubs hace como tres décadas,
gracias a un extraño monopolio de los estrenos cinematográficos que bajaban a VHS en
un momento en el que escaseaba la piratería. Ahí encargaron la nena. Previo a sus
negocios con el séptimo arte supieron tener una fábrica de dulce de leche bastante bien
pensada, que ocupaba dos tercios de la casa. La abandonaron por los VHS, que también
ocupaban lugar pero no dejaban olor. Con el nacimiento de la criatura y la amenaza legal,
retomaron el negocio lácteo. No fue lo mismo. Lo rebautizaron con el nombre de la niña,
que apenas podía gatear y no se daba cuenta de nada más allá de sus pedos. Incluso
aparecía su foto en las etiquetas de los envases de plástico. Ella en sepia, con una
cucharita repleta de una sustancia de aspecto levemente fecal camino a su boca sin
dientes. Una humillación que ningún ser de nuestra generación que haya habitado en
Ballester lograría olvidar. El recordado dulce de leche Mica. La empresa no prosperó.
Bromatología la cerró al toque. Todo mal. Sin embargo Mica siempre obtuvo cada cosa
que se le antojaba, incluso las más ambiciosas y mundanas que excedían su mensualidad
como, por ejemplo, viajar. Cuando volvió de Barcelona vestida de pies a cabeza con la
ropa que jamás se puso de moda por estos lares, hablando como si hubiera vivido allí tres
años en lugar de quince días en un albergue de mala muerte pagado con cheques de
viajero, haciéndose la veinteañera experimentada, preparando gazpacho, rodeada de
mochilas gigantes y alemanes caucásicos con porongas gigantes, que se la querían coger
en la sala de las computadoras, mirando pornografía, la envidié. Es cierto, la envidié. No
podía saber si los cuentos eran verdaderos pero aquellos flyers de discotecas, tan
satinados y luminosos, me hicieron querer ser ella, estar en Europa estrenando su mayoría
de edad y ser yo la que inventaba esas historias de fiestas de espuma que terminaban al
mediodía y trenes que atravesaban el continente por chirolas. Se le había pegado el
acento y parecía que lo hacía a propósito, para llamar la atención como la mejor de las
conchudas. Tan entusiasmada con las maravillas del sol catalán y con tantos detalles para
contar y enseñarme y, de repente, un ente. Abu lo supo desde el principio. Apenas la veía
marcharse de casa con sus cuentitos europeos y sus infames sandalias de Goma Eva, Abu
fruncía el ceño. Decía “nunca me gustó esa chica, no es para vos”. Dejaba el comentario
con el humo flotando. Yo piraba. Tenía razón, pero sólo me di cuenta cuando el dramón
se me puso frente a las narices y fue demasiado. Nunca antes alguien me había fastidiado
tanto haciendo tan poco. La prefería así, mil veces, contándome cosas de Barcelona, de
garches con estatuas vivientes en taparrabos que le dejaban las tetas blancas, que
repitiendo esos discursos que le había inculcado el nuevo novio, aparentemente políticos,
con la mirada perdida en la luna, usando ojotas con medias. ¿Dónde había quedado mi
amiga, mi compañera de la Plop? Verla tan mal, tiempo después, hablando de política
internacional, haciendo cursos de percusión, ingenua…Otro mundo.  Me hablaba en
abstracto, despersonalizándose, evitando nuestros códigos inventados. Se arruinó pero,
insisto, se arruinó porque quiso, por estar con él. Él y la marihuana paraguaya. Se pasaban
así todo el día, desmorrugándose. La veía y me daba miedo. Me asustaban ella y mi propio
futuro. ¿Terminaría yo igual, con un novio, hablando bobadas, ahorrando moneditas para
regresar a Barcelona a buscar trabajo de lavacopas, usando pantalones sin cinturones, del
brazo de un engendro de esos, esperando que una piedra energética en la cartera me
librase de todo mal? Seguramente no, pero el miedo existía y me hacía temblar las manos.
No, no terminaré así. Me pegaré un tiro. No podía perder mi tiempo y seguirle sus
discursos de séptima sobre el tráfico de armas o la masificación de no sé qué mierda en
medio de la Plop. Me hastiaba. Podían cubrirla con pórtland y hacer el monumento a la
obviedad. Le dije “no puedo más”, como los matrimonios. Me di vuelta y seguí bailando
con cualquiera. Ella se fue sola, atravesó la pista de baile y se alejó por su cuenta,
rapidísimo, indignada. Me dejó con los dos tickets del guardarropa, así que me llevé su
campera de plástico con su DNI. Volví sola en un tren a Ballester, re fumada, mirando su
documento. A medida que pasaban las estaciones, el plan fue armándose
automáticamente en mi cabeza. En el barrio, a Micaela le decíamos Mica desde chiquita,
desde la época de su dulce de leche. Después, de la nada, apareció un cantante muy
simpático que se hizo famoso llevando ese mismo nombre. El mundo entero estaba
encantado con la frescura de su voz y sus canciones. Nunca pude soportarlo. No pude
soportar sus rulos, su cara de niño bueno con linda voz. Me negaba a creer que alguien
con ese nombre pudiera hacer algo hermoso. En realidad tampoco lo escuchaba porque
tenía un año menos que yo y soy de las que se desestabilizan mucho al ver que alguien
más joven está haciendo algo copado. Tengo eso, también.

9 – Las Mostras Mica, antes de convertirse en un bicho inservible con novio, supo obrar
como una gran compañera.

Llorábamos de risa. Contábamos las lágrimas que salían de los párpados, sin pensar. Hace
bien reír. Risas retumbando en las vías de los trenes sin que los vecinos protestaran. Risas
de locas. No entiendo cómo no salían con rifles y nos daban unos buenos tiros. En Ballester
eran todos re cortos de cabeza. Se acostumbraron a nosotras con los años y la constancia.
Nos permitían esos lujos porque, en el fondo, nos querían, nos conocían desde nenas, nos
habían tenido en la falda, todas meadas, habían comido el dulce de leche sin chistar.
Sabían que éramos unas pendejas sin nada mejor para hacer, que en otro barrio seríamos
nada, nadie, ceritos. Formábamos parte del decorado. No podían sacarnos de allí, de
Ballester, a no ser que quisiéramos irnos. Y me fui. Agarré su DNI y la dejé en Ballester sin
reconciliar la amistad abandonada. Nos conocíamos la ropa, los horarios, las palabras y la
mayoría de los pensamientos que se nos pudieran ocurrir. Absolutamente todas las
alternativas. Bastaba mirarnos para sintonizar a la perfección. Siempre teníamos alguien
de quien hablar, nombrando a todos en femenino, como los gays. Si no nos acordábamos
sus nombres las bautizábamos “Cuqui”, que era lo que se usaba aquel entonces, el apodo
de moda que quedaba bien y lucía bastante. Cosas de la Plop y el fotolog. Cuqui Rubia,
Cuqui Barril, Cuqui Modelo, Cuqui Millonaria, Cuqui Despiste. Cada persona podía ser un
tipo de Cuqui. Siempre había alguna Cuqui nueva. Cuqui para acá, Cuqui para allá. Nos
encantaba burlarnos y eso nos hacía sentir espléndidas, altas, superiores. Desgastábamos
a la gente en críticas hasta dejarlos diminutos, bajándonos como cuatro paquetes de
obleas de chocolate por encuentro. Al principio sentíamos que no engordábamos. La
verborragia nos mantenía en forma y la edad ayudaba bastante. Una de las ventajas de
esa etapa que no dura más de dos años. La angurria. La edad del pavo, como decía Abu,
duró un montón. Es que no paraba de aparecer gente nueva, cosas nuevas para comentar,
datos que actualizar. Bastaba encender la computadora. La gente estaba cerca, abierta y
transparente. La pasábamos en internet visitando fotologs como enfermas mentales
irrecuperables, con una adrenalina inacabable, hasta tardísimo, despiertas, lo más bien.
Amanecía y nos dormíamos tipeando. La cabeza caía en el pecho. Nos abrazábamos. Abu
decía que me iba a hacer mal a la vista tanta computadora y que dormir poco debilitaba
el sistema inmunológico. No pasaba de un simple comentario. No regañaba. Ni siquiera
era un reto. Sólo aconsejaba. Nos recomendaba tomar té de Uña de Gato. Quería hacer
eso de que yo aprendiera por mi cuenta. Me dolían los ojos, era cierto, pero hacía como
si nada malo sucediera y le mostraba mis fotologs preferidos antes de que Abu se fuera a
dormir con su bolsa de agua caliente. Más de una vez me dejó boquiabierta con sus
palabras. Es muy observadora y como creció en otra generación, ve cosas que uno no ve.
No sabe de marcas ni de estilos pero se da cuenta cuando una ropa es comprada o está
hecha por la mamá en sus horas libres. Los dobladillos. A mi madre, en cambio, no le
importaba porque nunca le importó nada de lo que yo hiciera. Nuestra vida era eso. El
fotolog, las Fiestas Plop y el barrio. Las reinas del fotolog. Las reinas de la Plop. Las reinas
de Ballester. Lo demás quedaba lejos. Parecía que nuestro mundo había estado ahí desde
el comienzo de mi historia, del universo, que la vida salía de ese agujero, que nos había
creado como renacuajos. No podíamos esquivar la fascinación hasta que las cosas se
volvieron muy masivas. Aparecieron los floggers, el facebook, los adolescentes. El barrio
se llenó de nuevos vecinos y la Plop se volvió multitudinaria. Mica se desencantó y pegó
novio mayor. Yo no pude parar así no más. Ni siquiera cuando las mostras más veteranas
comenzaron a tirar la toalla o los primeros chupines se hicieron notar en las vidrieras de
Ballester. No podía parar de hablar de Cuqui Tal o Cuqui Cuál, de remeras, de poses, de
imitadoras trasnochadas, de gente desconocida, de gente demasiado conocida,
demasiado maquillada. Aunque ya hubiera chicas más chicas haciendo lo mismo, no podía
dejarles el lugar, no podía crecer, no podía dejar de de sacarme fotos en el baño y no
llegaba a descartar ni la quinta parte. Todas servían. Todas terminaban en el fotolog.
Siempre había espacio para subirlas y cada vez había más fotos, más tiempo, más espacio,
más fotologs, más ropa nueva, más modas, más gente. Sobre todo eso, más gente. Mucha
gente. Gente muy parecida entre sí y a la vez tan distinta, que cada detalle que los
diferenciaba marcaba un abismo, un pozo. En el ciberespacio y en la tierra, en la calle, en
la Plop. La gente del fotolog en carne y hueso, cerca, bailando al lado nuestro, levantando
los brazos y sudando, tan reales que parecían mentiras. Podíamos tocarlos, hablarles,
comentar las novedades y ser nosotras mismas las protagonistas. ¡Qué lindo el vestido de
Cuqui Tal! Sentirme importante, formadora de opinión, porque era obvio que todas me
copiaban. Yo ya había hecho todo eso antes y no se me lo reconocía. Yo inventé el fotolog.
Bueno, no tanto, pero estuve ahí, ahí. Un pozo total. Yo tenía la fantasía recurrente de
que algún veterano en una agencia de publicidad nos perseguía de incógnito y entraba en
nuestros fotologs para tomar apuntes sobre comportamientos y ropas. No era un
coolhunter ni un sociólogo tratando de justificar su beca estatal, era… no sé qué
exactamente, pero seguro alguien nos vigilaba. Lo sentía en la nuca. No me cabía duda
porque hay gente para todo. Alguien debía estar haciéndolo, alguno de esos típicos
publicistas conchetos, treintones, cuarentones, dientudos, rubios, enrulados, altos,
encorvados, exdrogadictos, con sus camisas celestes, con anécdotas de la Creamfield,
explotadores de los estudiantes haciendo pasantías en sus oficinas de falso Ikea, con
portarretratos de sus hijitos malcriados y sus esposas de pelo lacio y dientes hechos,
tropezándose con sus colecciones completas de revistas Detour apiladas en el piso, en sus
sandalias de la India compradas en mil novecientos noventa y cuatro. Seguro. No sé por
qué me gustaba pensar que ese tipo de gente nos estudiaba desde sus oficinas, moviendo
el mouse inalámbrico, escuchando house berreta, sacando bebidas energizantes de canje
de sus heladeritas de telo, decoradas con imanes de diseñadores irónicos un poquito más
inteligentes, más jóvenes que ellos y que al menos llegaron a algo. Peluche, mucho
peluche. Gente que, en realidad, nunca me hizo nada malo y conoceré uno o dos, como
mucho y de lejos. Una vez estaba aburrida y me levanté uno más o menos de esa onda,
cuarentón mal. La pasé bárbaro. Me hacía todo lo que le pedía y hasta me regaló como
cuatro cds muy buenos, sin abrir, con la bolsita y todo, que se los había dado no sé quién
y después se pusieron muy de moda y yo quedé bárbara. En resumen, que cada uno de
los movimientos que hacía estaba en función de esa fantasía, de que nos observaba
alguien así. Trascender. Salir en la D-Mode para reírnos, salir con algún veterano que nos
pague tragos y nos regale ropa. Eso. Vivir también más allá del fotolog por mérito propio.
Decir “impongamos los lunares” y creer que se ponían de moda gracias a nosotras, como
si en el mundo no existieran ya todas esas de los blogs. Ahora el violeta con el naranja.
Ahora el fucsia con el rosado. Ahora el rosado con el amarillo. Ahora el celeste con el
verde. Esa última no funcionó. Los fines de semana nos subíamos al tren hasta la estación
Colegiales y ahí nos tomábamos el sesenta y tres que nos dejaba en la puerta de la Plop.
Perdón, miento. En aquella época teníamos que ir hasta San Telmo, donde comenzaron a
hacerse las Plop. Eran fiestas pequeñas, salvajes y exclusivas. No como ahora, que va
cualquiera. Íbamos demasiado montadas para el Tren Blanco de los cartoneros que
pasaba a eso de la medianoche y era el mejor. Nunca nos sucedió algo malo, toco madera
sin pata, pero era un tren con mala fama. Nosotras también teníamos mala fama pero de
otro tipo y en otro lado. En el fotolog y en las Fiestas Plop todos tenían mala fama. Es
horrible ir a una fiesta donde nadie te conoce. En la Plop sentías que pertenecías. Todo
acorde. También íbamos a otras. No éramos tan cerradas. Aspirábamos a más variedad y,
sobre todo, más merca, más cocó. Había otros asuntos como las fiestas Divas y Divos que
también estaban buenas y Dj Jara nos dejaba entrar gratis, o alguna que otra de Niceto,
aunque cada tanto le errábamos y nos comíamos unos garrones imperdonables.
Rockeros, góticos… estaba apareciendo toda esa onda de la cumbia electrónica… los
hipsters… otras movidas que, aunque estuviera todo bien (porque, seamos sinceras,
¿quién no se comió un emo alguna vez?), no conocíamos tantos códigos y no nos movían
el piso ni las caderas. Cosas de tipos desesperados por seguir teniendo pelo y escapar de
sus novias recién embarazadas. Igual, recibíamos más piropos que nunca porque, al no
ser del ambiente, los veteranos se motivaban más con nosotras que con las flacas sin
maquillar que andaban buscando esposo. ¿Cómo pueden pensar que la ropa vintage es
sexy? Eso era lindo, sí, sí, sí, sí, pero hasta por ahí, no más. La desgracia más recurrente
era caer en medio de esos mega emboles para onderos haciéndose los no sé qué,
moviéndose como un trompo en cámara lenta, en sus treinta y tantos. Nos queríamos
pegar un tiro. Estábamos de visitantes, teníamos que pagar la entrada, no conocíamos la
música, los tragos eran carísimos, la gente hablaba raro, no nos daban nada gratis y las
minas nos miraban mal. Esas panzas, esas flacas, esos piercings, esos stencils y esos
gorritos del orto. Todavía los odio. Aún sigo deseando que queden totalmente demodé
para burlarme de esos giles con el consentimiento de los demás. Es un horror. Nunca se
terminan los indies. No se cansan. Siguen dale que dale con esa pavada. ¡Qué asco! En la
Plop había más competencia, sí, no se daba lo de señalar un pibe y ya está, porque eran
casi todos putos o de la vuelta. No era tan fácil como pasarnos el hielo con la boca y pescar
el mejor entre los que nos quedaban mirando. En la Plop sabíamos de lo que estábamos
hablando. Otra vuelta que estaba muy pasada, me fui con un veterano con abdominales
y me dormí en su futón blandito con olor a cigarro. Al otro día me desperté y tenía la
bombacha dada vuelta. No daba. A Mica le pasó algo similar. Se fue muy sacada con un
equis y al otro día se miró una pierna y estaba toda rayada con marcador indeleble. El tipo
le había dibujado unos diamantes, rayos, nubes con ojitos. Un susto de aquellos. Nos
pasamos un montón de meses haciéndonos análisis de todo tipo. No daba. Paseábamos
de acá para allá, del principio al fin, con globos gigantes de chicle, el mismo vaso durante
horas, haciendo como que buscábamos a alguien para mirar uno por uno a los personajes.
Podíamos dejar las mochilas en la cabina del Dj y a veces hasta fumábamos adentro en un
punto en el que todos nos vieran así venían los de seguridad y le performeábamos un
escándalo. Tragos gratis a veces, depende. Pero era barato el vodka con Speed, inusual,
incomprensible. Nos encantaba hacer cola para todo, para comprar la bebida, ir al baño,
al guardarropa, entrar, salir, subir las escaleras, bajar… en fin, colas largas y lentas para
poder ponernos a gritar que estábamos antes. Siempre estuvimos antes y nos encantaba
decirlo, putear mucho y afanar celulares. Afanábamos muchos celulares. A la salida,
regresando en el tren, nos hacíamos la panzada de mensajes, leyéndolos en voz alta,
poniendo voz de locutora de Fm. Algunos los vendíamos sin quitarles los stickers. Por lo
general eran de una berretada tristísima porque la gente es así. No invierten en
comodidad. Era muy fácil robarlos cuando estaban tan poseídos bailando Britney,
fichando y besando. Nadie desconfiaba de nadie. Una cuarta parte de los celulares los
encontrábamos en el piso del baño o en la barra, en las zonas oscuras donde los putos se
ponían a apretar y meterse dedos en el orto como si fuese el fin del mundo. Después nos
daba culpa y priorizábamos otras actividades, generar situaciones divertidas como cuando
hicimos correr el rumor de que había muerto Britney hacía dos horas y que la tele estaba
transmitiendo eso en todos los canales igualito que cuando cayeron las Torres Gemelas.
Nos existían las blackberries. Se pusieron como locas. Se marchó la mitad de los presentes
y los organizadores no entendían por qué. Pobrecitas. Pobres los Djs que se llevaron los
rezongos. Fue una época linda. A veces, sobre todo en el último mes, recuerdo varios
diálogos como si fueran de hoy mismo, de hace un rato. Un eco reciente, retumbando.
Debe ser la edad. Estoy tomando sol lo más bien y de repente, de la nada, en medio de
Sao Paulo, me vuelve alguna frase de Mica, alguna foto vista hace años en un fotolog.
Suena una radio y digo “¡es la música de la Plop!” y en realidad es una canción cualquiera
de Britney que se escuchó en el mundo entero hasta el hartazgo. Sonrío para nadie
recordándonos como si fuera una viejita evaluando su vida, rescatando cosas hermosas,
momentos cándidos que puedan llevarse hacia otra existencia. Así. Un recuerdo que va y
viene. Una señal extraterrestre. Vida exterior. Estoy trabajando en la computadora del
Sesc, salto a youtube y veo un video en el que Mica y yo estamos volviendo a nuestras
casas por el barrio recién levantado. No es muy corto pero se termina rápido. Saludamos
a los madrugadores y nos filmamos una a la otra, cagadas de risa. Le beso el pescuezo y
cerramos los ojos, tentadas. Mica me besa la frente bien despacito. Si ponés pausa se ve
bien la lengua. La filmación es así no más, movida, hacemos primeros planos de continuo
y nos vamos de foco como nubes. Las bocas y los ojos. Vestidas casi idénticas, con el
maquillaje corrido, verde agua, algo de negro, la mirada por explotar de sueño y el pelo
revuelto escapándose de unas capuchas estiradas, rayadas con bolígrafos de colores,
puros truenos. Yo parecía otra persona, rarísima, de otro país. Mica no, era ella, tal cual,
mirándome con los ojos acaramelados entre el pelo dando vuelta. Estaba linda. Esa es la
imagen con la que quisiera recordarla siempre y seguro lo haré. Miro el video varias veces.
Pongo pausa en las bocas y los ojos rojos, los besos en el pescuezo y la frente, el caramelo,
su lengua. Me doy cuenta que el video tiene más de quinientas visitas. ¿Quiénes lo habrán
visto? ¿Mica hará lo mismo? ¿Seguirá interesado en nosotras el publicista de camisa
celeste? ¿Lo verá su novio imbécil muerto de celos? ¿Mirarán nuestro video las nuevas
Reinas de la Plop, de Ballester y del fotolog? ¿Revivirá el fotolog? Pienso y pienso hasta
que me canso. Quedo en blanco, desnorteada. Vuelvo a lo que estoy haciendo, nada.
Tomo sol. Escucho chapoteos, palabras en portugués, risitas y respiraciones agitadas.
Estoy en otro mundo, en Sao Paulo. Respiro cloro tratando de no recordar, de pensar
menos. Algo me está pasando.

10 – Mi vida horrible

Un día mi padre conoció a Maradona en el casino. No pudo manifestar su fanatismo al


verlo llegar y ayudarle a quitarse el saco. Estaba trabajando y no podía permitirse esas
libertades explosivas en un empleo nuevo. Aún no había registrado mentalmente el rostro
de sus jefes ni sabía con exactitud cómo moverse en aquel submundo aparatoso. Mucho
que aprender aunque lo hiciera con una velocidad vocacional. No era el momento de
llamar la atención y tantear los límites pero esperó y esperó con la idea fija, atento como
un gato en su última vida. Siempre fue así, supongo. Afuera llovía y eso hacía que lo poco
que le quedaba de electromagnetismo se mantuviera a raya. Lo acompañó al auto con un
paraguas gigante. Cuando Maradona le dio las gracias y una propina disparatada, mi padre
no se contuvo. A la mañana siguiente, sin bañarse ni desayunar, me pidió que lo
acompañara a una galería comercial del centro y pude ver cómo convertía en tatuaje el
autógrafo que Maradona había garabateado en su brazo. Pocas veces volví a ver esa
estampa pero sabía que estaba ahí, cerca del hombro. Sabía que el mundo y la vida de mi
padre cambiaban mientras el tatuaje continuaba vivo como el primer día, en seriedad
absoluta. Mi padre ascendió en el casino casi volando y no atribuyó el crecimiento a su
esmero, astucia o sacrificio, ni al aguante que le hacíamos con mi madre. Lo presentaba
como un toque de suerte dado por la firma tatuada del futbolista. La mano de Dios
temblorosa. Un amuleto que jamás lo abandonaría, que jamás se escaparía y estaría allí
hasta pudrirse. Incluso continuaba en su piel cuando nos abandonó a nosotras y al casino,
cuando desapareció del mapa. Ni preparó valijas. Me pregunto si cada vez que mira la
caligrafía del futbolista recuerda algo que no haya sido guardado en fotos. Algo más allá
de aquel momento en el que protegía a Maradona de la lluvia y todo parecía tan relativo,
tan despolarizado, tan la estrella en el dedo que señala el cielo. Nunca podré tatuarme.
No me va. No se va. Si se equivocan en el trazado, queda así. No podría. No sé cómo hace
la gente, cómo hacen los ravers de los noventa para andar hoy en día con los códigos de
barra en la nuca. No sé si mi padre todavía puede moverse con la misma soltura y
tranquilidad que aparentaba pero, de hecho, seguramente, debe ser lo único que carga,
si es que aún no se lo ha borrado con láser o tachado con otro más grande y oscuro. No
debe ni sentirlo, inconsciente. Una vez se lo acaricié y era imperceptible. Una mancha
benigna, ingeniosa, tinta de lapicera entre pelos finitos y músculos fofos. Papá se tendía
al sol como un asado jugoso, se quitaba la piel muerta, electrificada, y allí seguía firme la
firma de Maradona, intacta y altanera. La Piojito preguntaba si aquello era un dibujo, una
enfermedad, una vena en descomposición. Yo le inventaba respuestas ilógicas,
aprovechándome de su credulidad y su analfabetismo. Es que La Piojito era una niña de
siete años y aún no sabía escribir como yo, ni como las otras niñas de su edad que tanto
escaseaban en Punta del Este. Yo era un poquito más grande pero también era una niña.
La Piojito fue la única amiga que logré hacer en Punta del Este, cuando nos mudamos con
mamá, papá y el futuro brillante del casino. Era más bajita que yo, una cosita. No
distinguía las letras de los números. Le daba igual. Un aprendizaje postergado por
haragana, por descuido o alguna otra excusa que utilizaran sus padres para justificarse.
Mi madre no podía entenderlo. Una niña analfabeta en una familia tan bien, de otro país.
Yo tampoco lo entendía, pero no me interesaba porque la utilizaba muy a mi favor. Por
un momento sentí que éramos las únicas niñas en la ciudad fantasma, ventosa. Pobre
Piojito. Su educación estaba suspendida, esperando algo, tal vez una mudanza hacia otros
mundos más confiables o un regreso a Brasil. Eran brasileros. Nuestras dos familias sabían
que estaban de paso por Punta del Este, compartían escalón, tránsito. Nosotros
argentinos. Ellos brasileros. En otro país, momentáneamente, vecinos. Por mientras, yo
dibujaba gatitos, bombas nucleares, pirámides, tunas. Ella llenaba cuadernos con dibujos
abstractos, signos inventados, titulares y logos que calcaba de las revistas. Textos
alienígenos que no se descifraban. Otros universos. Cada una en el suyo, aprendiendo el
código extranjero. El Universo Piojito. Una niña que no iba a la escuela y eso que la mamá
era psicóloga. Siempre tuve psicólogas cerca pero jamás las usé. En aquel momento me
hubiera venido bien porque todavía era niña. Como yo tenía un par de años más que La
Piojito, le sacaba un buen rédito a su ignorancia y la confusión idiomática. La usaba
bastante para tomar ventaja y para divertirme un poco haciéndola escribir cualquier
disparate. Tampoco me culpo, éramos niñas y estábamos aburridísimas. Esa vida no nos
pertenecía. Un país extraño. Uruguay. Nuestras vidas eran horribles. Las dos fuimos a
parar a Punta del Este por culpa de los destinos laborales de nuestros padres. El mío
trabajaba en el casino, el de ella, no sé. Prácticamente no existía. De hecho, hago como
que no existe. No recuerdo su cara. La de su madre, sí, lamentablemente. La niña tenía la
intuición y el conocimiento de la gente rica y viajera. Detalles que, en una cosita
minúscula, se agigantan sorprendentemente. Sabía pedir en los restaurantes, hablar con
amabilidad a las personas mayores y ponerse correctamente la t iara en la cabeza cuando
salía del mar, dejando su pelo tirante, empastado como si un rastrillo la hubiese arañado
con precisión mecánica. La frente despejada, las gotas saladas cayendo como debe ser,
para atrás, mojando la colita. Cerraba los ojos con la cara hacia el sol, se sacudía como un
perrito, ponía las manos en la cadera, enderezaba la columna y esperaba estar seca sin
usar toalla, tranquila, confiada, con la playa a sus espaldas. Una enanita reina del mundo,
esa era la sensación que me sacudía al verla tan segura. Después sacaba unas hojas de
aloe de su carterita de plástico y se las refregaba en el cuerpo, seria, sin dar explicaciones.
Eran costumbres que la volvían un androide para mis ojos. No eran puestas en escena
para llamar la atención. Ella era así, una niña con otra educación, de otro país, que comía
castañas de cajú. La primera niña que me impactó y me llamó la atención. Una niña llena
de detalles interesantes, que constantemente dec ía “por favor”, incluso si no estaba
pidiendo algo. No corría, trotaba. Cuando la conocí ya hacía un año que ella vivía en Punta
del Este y saludaba a los vecinos sin mirarles los ojos, con la cabeza en alto como una
señora mayor a la que se le deben varios favores. Es que seguramente algo le decía que
ese pueblucho era muy poco para su vida y que pronto estaría en un sitio superior con
otro apodo, alfabetizada, más alta, pero era tan bajita e inculta, tan niña, que no sabía
pensar. Para cada concepto tenía dos palabras en dos idiomas. Se limitaba a disfrutar las
situaciones con algo de insolencia. Eso también me encantaba. Me gustaban sus gestos
de ricachona, que se sintiera por encima. Le daban un aura de sabia. Sabia a su manera.
Sabía lo que era pasar un largo invierno encerrada, esperando el fin de semana para que
la llevaran en un auto con vidrios polarizados a pasear por una ciudad deshabitada. Yo no
lo sabía. No pude acostumbrarme a vivir en un balneario, me volví loca a la semana sin
encontrar a qué jugar, buscando rincones sin viento. Aquello no era para mí. El silencio.
Punta del Este. Otro país. La noche hecha para dormir. No le encontraba ventajas a la
mudanza ni a la nueva vida que mis padres habían decidido llevar. Me querían comprar
un perro. ¡Qué horror! Yo quería un gato pero son difíciles de retener. Arañan los muebles
y las paredes. Después se van. Nunca sabés lo que están pensando. Si los retás, te cagan
la cama o te dan alergia por gusto. Comencé a romper cosas, a hacerme peinados raros,
a usar la ropa sin criterio, a andar semidesnuda por la casa, a pegarme curitas porque sí y
a hablar sola. Le di con todo a los dibujos. Quería volver a guardar mis zapatos en los
cestos de mudanza que aún no habían tirado y se mojaban en el patio, amontonados,
 juntando arena y ramas de pino muertas. Quería volver a Argentina, a Ballester, a vivir en
la casa de Abu, crecer allá, con o sin mis padres. No importaba. Quería volver o irme más
lejos. Quería un lugar que, al menos, tuviera una panadería cerca. Una niña siempre
piensa raro. Era como si intuyera todo lo que me iba a suceder después, como si supiera
telepáticamente de la existencia de Mica creciendo paralelamente en Ballester. Algo así.
A mi padre se lo veía feliz, silbando en sus trajes oscuros, sus corbatas rayadas y su tatuaje.
Hacía abdominales flexionando las rodillas. Debía convencerme de alguna manera que
aquella sería mi ciudad de ahí en más, conformarme, acostumbrarme a mi padre
entrajado, inventarme un futuro cómodo entre los edificios vacíos sin desear que las
temporadas estivales duraran más de lo estipulado. Mi vida era horrible. Mi infancia
amargada, envidiosa de aquellos ricachones que se adueñaban de la ciudad un par de
semanas y se marchaban descontracturados, dejando basura, enfermedades, autos
chocados, perros vagabundos y dinero. Quería irme con ellos, arrastrar sus valijas llenas
de ropa revuelta. Esa vida me dolía. Se me fermentaba la sangre y me venía alergia por
cualquier cosa. Me empezó a gustar el café. La Piojito no necesitó escuela, ni siquiera un
verano para comprender Punta del Este. Cayó allí de una manera muy similar a la mía pero
absorbió mejor la estructura. Yo no. Por eso la observaba con ojos punzantes, la
acompañaba a todas partes, me volvía su sombra, ponía pimienta a los helados, dejaba
de propina mis moneditas para caramelos. Intentaba copiarle los hábitos que me parecían
más finos y civilizados pero terminaba haciendo cualquier cosa, refregándome cualquier
tuna en la piel. La Piojito era brasilera pero se hacía entender lo más bien en un español
precario, de niña, dibujando cada letra con la boca como una estudiante de teatro.
Algunas veces hablaba mejor que yo y me hacía sentir que todo en ella era superior. Por
una extraña razón de la época, muchos brasileros vivían el año entero en Punta del Este.
Éramos pocos los niños pero andábamos solos, de acá para allá, como animalitos,
roedores. No sé si debe seguir existiendo ese tipo de vida en el mundo actual. Gente
mayor, con dinero y aburrimiento, probablemente prófugos. Esa palabra me fascinaba,
me hacía pensar. Se la había escuchado decir a mis padres durante una de las escasas
cenas en familia. Millonarios prófugos escondiéndose en chalets luminosos. Mis padres
también estaban prófugos. La familia de La Piojito debía estar prófuga, haciendo una
parada en medio de una fuga, planeando una desaparición definitiva. Seguro escondían
un gran secreto, una razón oscura para vivir allí y no una simple oportunidad laboral, un
casino. Seguro se habrían arrastrado hasta esa ciudad con una buena coartada. De lo
contrario, era posible que escondieran a algún prófugo en el altillo, que lo tuvieran
encerrado y le tiraran platos de comida por debajo de la puerta. No tenían altillo. No
tenían escaleras. Me gustaba fantasear esas historias cuando la visitaba. Pedía permiso
para ir al baño y paseaba por las habitaciones como si estuviera perdida en medio de una
 juguetería de shopping llena de novedades importadas. Buscaba algún secreto y cualquier
cosa podía serlo. Me venían ganas de robarle todo. Mi madre me contentaba diciendo
que en pocos años mi padre llegaría a hacer más dinero que ellos. Abu no nos llamaba por
teléfono. No aprobaba la situación. Como La Piojito no iba a la escuela ni conocía otras
niñas, me convertí en su única alternativa y trataba de complacerme para que no me fuera
de su lado. Lo hacía como si la obligaran, sin hablar mucho. Estar conmigo era una especie
de empleo, de tarea impuesta e inevitable. Típico de los prófugos aunque, pensándolo
mejor, no creo que hubiese tenido grandes vivencias previas que ocultar. Seguramente su
memoria se formó en Punta del Este mientras se le caían los dientes de leche. Buscaba
opacar su exotismo. Se esforzaba en aprender el acento de la zona aunque su vocabulario
fuese limitado, no fuera a la escuela y nunca le hubieran enseñado malas palabras. Tenía
conflicto de gente grande. Yo era una niña pero ya me daba cuenta de lo que era la
maldad. No por las bombas atómicas dibujadas. No, no, no, no. Me daba cuenta sola. Me
encantaba provocarla y después era ella la que me pedía perdón. Se sentía culpable.
Pobrecita, tan chiquita y ya pidiendo perdón. Increíble. Culpa de los padres, obvio.
Reculaba. Le otorgaba mi perdón, disminuía mi sarcasmo infantil y, ya tranquilas,
comentábamos cosas de nuestras madres. Nos gustaba hablar de ellas, compararlas. Mi
madre le caía bien porque pronunciaba el español a un buen ritmo, desplegando sonrisas
elásticas, resistentes. Se le entendía todo. Mucho mejor que a su madre, que siempre
estaba en otra, seria, hablando un español espantoso. No le contaba que a veces también
encontraba así a mi madre cuando me metía en su dormitorio sin avisar, impertinente.
Apenas me descubría, cambiaba la tristeza por esas sonrisitas que le gustaban a La Piojito.
Me mentía. Las dos madres eran iguales en eso de la amargura pero la mía mentía mejor
y moldeaba con más habilidad la culpa de haber permitido que estuviéramos viviendo en
ese lugar sin supermercados en invierno, sin amigas como la gente. Porque si hubiera sido
por ella, por mi madre, nos hubiésemos quedado en Ballester lo más panchas, en el barrio ,
en el tren, pero una casa cerca de la playa, un mejor empleo para mi padre y un futuro
pintoresco, lejos de sus pasados acosadores, pudieron más que la idea de vivir en la casa
de Abu eternamente. Mi padre quería huir, que no lo encontraran y a mi madre le gustó
la idea del cambio, que algo grande sucediera en su vida de una vez por todas. Vestirse
mejor. Querían Punta del Este, que parecía un programa de la tele estupendo, algo
buenísimo, musicalizado. Estaba contenta y se la veía bien, dentro de todo. Compró valijas
enormes y se cambió el corte de pelo para terminar así, limpiando la casa, mintiéndome,
sonriendo y considerando seriamente la posibilidad de aprender jardinería. Es que, ¿qué
otra cosa podría hacer, la pobre? Conmigo no tenía mucho de qué conversar. Ya habíamos
 jugado todos los juegos, me había explicado cómo nacen los bebés y cómo debía doblar
mi propia ropa. Tampoco daba buscar motivos nuevos para discutir o recriminar, que ya
bastantes bajones teníamos que sobrellevar como para agregar un griterío porque sí
nomás. Llegamos a ese tope tan rápido como mi padre ascendió en el casino. Yo también
le mentía a mi madre, claro. Le inventaba historias en las que mi maestra era una sicótica
que deseaba destruirme y dejarme en ridículo frente a la clase. Mientras mirábamos
televisión, en las eternas tandas comerciales de productos de limpieza, le contaba que la
malvada docente me obligaba a hacer de Virgen María en el Pesebre Viviente que
ensayábamos para la fiesta de fin de curso. En realidad, la escuela a la que iba era laica.
Inventé que durante uno de los ensayos la maestra había toqueteado al niño que hacía
de Jesús mientras lo envolvía en un pañal. Lo tocó entre las piernas. Había que denunciarla
ante la Directora pero ninguno de mis compañeritos se animaba a hacerlo con valentía.
Tenía que ir ella. Mi madre se escandalizaba con el refinamiento de mis pequeñas
patrañas. Quedaba muy nerviosa. Encendía un cigarrillo, se metía dentro de una campera
inflada y salía al patio a tirar el humo entre las plantas. No sabía qué hacer conmigo y con
ella misma. Ahí sí que se parecía a la madre de La Piojito. Idénticas. La culpa y el
aburrimiento la llevaron a borrar los límites, a no retarme ni prohibirme andar por ahí
hablando sola, en bombacha, sentada arriba de las mesas y los muebles, dejando todo
tirado y arañado. Mi padre no se daba cuenta porque el casino lo cegaba y tampoco tenía
tiempo libre para observarnos detenidamente. Dormía el día entero y a veces ni mandaba
el traje a la tintorería del hotel. Una vez lo descubrí haciendo gimnasia de corbata y no
me dio gracia. Antes de dormirse se desvestía y tiraba todo al canasto de ropa sucia c omo
si fuese basura. Todo los días lo mismo, excepto cuando se durmió vestido. Tenía el
horario cambiado. Esos recuerdos. Mi madre pidiéndome que hablara más bajo porque
papá dormía. Mi madre fregando ollas de aluminio recién compradas, dejándolas espejos
o barriendo el piso, cubriéndolo con alfombras feas y caras, volviendo invisibles las
ventanas, plantando semillas que no germinaban, quejándose por los precios, por la arena
que entraba a ensuciar, quejándose del frío y del calor, frunciendo el ceño y pidiendo
silencio, silencio, silencio porque papá dormía y tenía que despertarse descansado para
hacer gimnasia, irse a trabajar al casino y volver a la mañana siguiente a dormir. Esos
recuerdos con aquella ropa re fea. La moda de entonces era un fiasco. Mi padre
desayunaba mientras nosotras merendábamos. Por eso me gustaba más el ritmo de la
familia de La Piojito. En su casa las almohadas no tenían las etiquetas con el precio. La
Piojito vivía enfrente, en una casa amarilla y blanca como de muñecas de plástico,
impecable, afortunada, con ventanas enormes, lustrosas, cortinas traslúcidas, flores de
estación, techo de tejas y una chimenea escupiendo humo. Una casa muy de dibujito. No
era lo que se dice “una millonaria” porque siempre existe alguien con más dinero, sobre
todo en Punta del Este, pero tenía su buen pasar, su buen sistema de alarmas y garaje
para tres autos. Yo la espiaba en pijamas con el cepillo de dientes enjabonándome la boca
antes de dormirme. Apagaba la luz de mi dormitorio y la seguía por las ventanas. Ella
también hablaba sola, saltaba sobre los sillones blandos, sacaba tuppers de la heladera y,
a veces, también se paraba frente a una ventana para verme. Una noche me saludó con
un gesto de invitación muy obvio y entusiasta. No fui porque era tarde y me pareció
bastante inapropiado, pero al otro día estaba en su puerta con un mazo de cartas de las
que traía mi padre del casino. Nuestras madres se conocieron y, sin hablar mucho del
tema, manifestaron estar encantadas con lo ideal de la situación. Sus hijas habían
encontrado una amiga y eso las aliviaba. Un problema menos. Me encantaba sentarme
en las sillas de su casa, recubiertas con tela blanca, hundirme en el lujo de los balnearios
tercermundistas, siempre tan pobre y mamarracho en algún aspecto. Me duró un buen
tiempo tiempo la fascinación de usar sus muñecas de pelo suave y su televisor gigante. A
veces ni le hablaba y me paralizaba cómodamente en sus sillones esponjosos, sosteniendo
una fuente repleta de pop acaramelado, tibio, para mí sola. Me dejaba llevar. Su casa y
sus cosas para mí. Tal vez esa era mi recompensa por vivir en el fin del mundo y por tener
los padres que me tocaron. El espejo de su dormitorio ocupaba una pared entera y una
colección multicolor de peluches llegaba a cubrir el piso las semanas que no permitía
entrar a la sirvienta. Continuamente me paraba frente mi imagen para mirarme y pensar
cosas. Me veía tan otra en el espejo, en su casa, que aquel no era mi cuerpo sino la
gigantografía bien hecha de una niña lejana. Otra niña. Una hormiguita. Me enredaba,
divagaba y luego volvía a mi casa sin calefacción a ordenar las tres porquerías que tenía
sobre mi escritorio de persona mayor, a acostarme en mis sábanas sin dibujos y dormirme
como una autómata, como mi padre, para despertarme, ir a la escuela, volver, cruzar la
calle y vivir esa vida del espejo gigante, la vida de esa niña tan parecida a mí, en la alfombra
de peluches. La vida que soñaba la hormiguita. Un día, en lugar de jugar a las cartas, salir
por ahí o ver dibujos animados, decidimos mirar una película de te rror, aprovechando que
estábamos solas y hacía frío. En realidad no era de terror – terror, pero sí tenía monstruos
y sobresaltos adultos. Era de día y las cortinas estaban abiertas hacia los eucaliptos flacos.
Era el mejor momento para la travesura. Su casa perfumada con olor a canela en aerosol
y café recién hecho no me dejaba entrar en la historia. No me asusté ni nada. Veía que los
monstruos estaban dentro de la tele, enmarcados, que eran un cuadro más dentro de la
pared, un detalle lleno de defectos, creaciones de computadoras. La Piojito sí, se tapaba
los ojos en cada oportunidad, cuando se abrían puertas sin aceitar, saltaba. Los espíritus
se apoderaban de cuerpos despojados de almas y les hacían hablar como monstruos. La
película terminó y propuse jugar a los zombis sin mucho éxito porque la muy idiota seguía
con miedo. Iba al baño a cada rato, a la heladera. No lloraba. Raro que no llorase una niña
tan chiquita. Controlaba el susto, luchaba hasta dominarlo. Todo eso en la cabecita de una
enana analfabeta. También me dio envidia. Me tambaleé en el dormitorio persiguiendo
el aire, buscando algún cerebro humano para devorar. Era un extraterrestre zombie
aterrador y nadie podía pararme. Caí entre los peluches y me hice la muerta. La Piojito
dejó de respirar cuando llegó y me encontró boca abajo, hecha una piedra, con un oso
rosado en la boca. Yo no reaccionaba, no respondía a sus sacudones. Me hice el cadáver
por más tiempo de lo que puede durar una broma. Sólo al ver que La Piojito comenzaba
a llorar de la desesperación y la taquicardia, salí de la payasada. Una broma. ¡No seas
tonta! Pasó del llanto a la risa pero volvió la seriedad cuando le expliqué que todo lo que
se mostraba en la película era cierto. Que los espíritus malignos andan en el aire, volando,
están en todas partes y pueden apoderarse de nosotros en cualquier momento si
encuentran a nuestra alma desprevenida. Miles de espíritus de todos los tiempos que
quieren volver, ser mortales, no reencarnarse en perros. Me lo había explicado Abu en
Ballester. Era un secreto que nuestros padres no podía saber nunca. No les daba la cabeza.
La Piojito no cerraba los ojos ni la boca. Escuchaba. Se arreglaba el pelo. Pude seguir
detallando inventos pero me fui. Suficiente. La dejé por esa. Desde la puerta arqueé mis
cejas para mirarla como una gata desafiante y agregué “así que tenés que andar con
cuidado, chiquita” y volví a mi casa sin despedirme, con los bolsillos llenos de pop. Pobre
minita. Jugábamos a las señoras. La Piojito disfrutaba haciéndose la mujer grande, tetona.
Nuestros diálogos eran increíbles. Pagaría fortunas por tenerlos grabados y poder subirlos
a internet, que alguien los remixara. Los mejores eran las charlas sobre embarazos. Las
embarazadas generaban mucha desconfianza. Curiosas. Yo quiero una nena porque los
nenes son muy traviesos. ¿Qué estás esperando? Yo estoy esperando una nena. Yo
también estoy esperando una nena. Primero quiero una nena después sí, que venga el
nene. El casal. Cosas así. Cosas que repetíamos de conversaciones escuchadas durante el
verano, infiltradas entre extranjeras visitando los comercios abiertos veinticuatro horas,
cuando el sudor se les evaporaba con el perfume de los bronceadores de coco. La Piojito
me invitaba a tomar helados varias veces al día. Me prestaba lentes de sol Benetton para
niños y allá íbamos, a empalagarnos con crema fría. No los pagábamos. Las empleadas
anotaban lo consumido en la cuenta de sus padres y nos llamaban por nuestros nombres.
Les dejábamos propina. Conocíamos cada sabor y pedíamos los feos como una hazaña
para ver quién de las dos podía soportar y descubrir más rápidamente el encanto del
sambayón o el coco quemado. De haber sido más traviesas, aquella heladería marmolada
se hubiera convertido en el centro de operaciones de una guerrilla infantil. Pero no fue
así. Sólo tomábamos helados, juiciosas, moderadas, sobre unas butacas altas y
resbaladizas que no nos permitían tocar el suelo. Hacíamos equilibrio observando a las
señoras de lentes de sol y ropa fresca. No nos interesaban las jóvenes ni las adolescentes.
Sólo las señoras que tuviesen más o menos las edades de nuestras madres pero que se
vistieran mejor, olieran a crema hidratante y usaran cartera. Le copiábamos los gestos de
la cara, las poses, las muletillas. Cuando se marchaban, recreábamos sus conversaciones
pero con un grado más de delirio. Si nos gustaba una frase o una palabra la repetíamos
hasta que dejara de llamarnos la atención. Lo hacíamos sin reírnos. Eso fue algo que me
quedó para toda la vida. Es un cobarde. No es un macho, es un mucho. Es un cobarde.
¡Qué cobarde! No quiero estar con un cobarde, ni con un macho, ni con un mucho. Mi
marido es un cobarde. Tu hijo es un cobarde. Un macho cobarde. No quiero un hijo
cobarde. No quiero esperar un hijo cobarde. Estamos esperando una hija. Yo encargué
una hija. Yo encargué un hijo así tenemos el casal. Encargamos y esperamos. ¿Ustedes
qué están esperando? No quiero esperar una nena. La nena cobarde. No, no quiero. No
quiero el nene cobarde. Estoy esperando un nene cobarde. Primero el nene cobarde y
después la nena cobarde. Cobarde. Cobarde y mucho. Todo más o menos así. Juegos de
niñas o de personas medio locas. Re taradas. No nos interesaba la playa, las avionetas en
el cielo promocionando antiinflamatorios. El agua fría y la arena caliente. Si La Piojito no
me acompañaba, quedaba en la orilla sola, sentada en la arena mojada, mirando a mi
padre entrar tranquilo, avanzar, atravesar las olas con el pelo seco hasta zambullirse. Se
metía despacio, respiraba hondo y la electricidad se le iba del cuerpo. Le desaparecía el
dolor de cabeza. Era la sal. Era algo que había aprendido sin consultar médicos.
Desaparecía. Yo le cuidaba la toalla y el reloj envuelto en la camisa. Me ponía sus lentes
de sol o los que me había prestado La Piojito y esperaba que se le terminara el aire de los
pulmones. Cavaba pocitos con mis pies de perrito, achicharrándome, mirando el viento
mover la arena. Quedaba más nerviosa, más y más impaciente, exasperada. Él no. Mi
padre nadaba bien. Pateaba el agua. Llegaba lejos, muy adentro. La tranquilidad y la paz
de sus brazadas me resultaban violentas entrando en las olas como machetes pesados.
No me sentía una buena hija. Lo veía de lejos, zambulléndose y me parecía que en
cualquier momento se iba a morir, que iba a desaparecer. No me entristecían esos
pensamientos. Se acercaba empapado. Me untaba bronceador con las manos frías y
resbaladizas. Lo hacía mal y no me importaba. Después íbamos a algún parador.
Continuaba sus pasos sin subir la vista. Él iba adelante, con la camisa abierta, rascándose
la panza gomosa y colorada. Pedía un vermouth y yo le seguía el brindis con mi vaso de
agua tónica, una bebida que siempre me hizo sentir mejor, mayor. Me tragaba el líquido
ácido sin hablar, mirando la desproporción del paisaje celeste, haciendo pelotitas con las
servilletas de papel. Pestañeaba, prestaba atención a la arena volando y a las
imbecilidades que cantaban las canciones de la música funcional. Me despatarraba, me
sentaba de cualquier forma, como una insolente, aprovechando que mi padre no me
retaba ni corregía esos modales. Me encantaba que los demás me vieran con los pies
sucios sobre la mesa, de lentes de sol, hojeando revistas manoseadas. Me hacía sentir
grande, envidiable, muy superior. Cuando el agua tónica se terminaba, ponía un hielo en
la boca y esperaba que se derritiera. Lo movía con la lengua. La gente se acercaba a
preguntarnos por casas para alquilar o farmacias de turno y les decíamos cualquier bolazo.
Inventábamos. Agradecían y se marchaban sacando fotos. Mi padre me festejaba la
insolencia porque tenía culpa, obvio. Todo lo que yo dijera le causaba gracia. Pedía otra
agua tónica y otro vermouth. La escena parecía un sueño de poca imaginación. Volvíamos
a casa y él volvía al casino rapidito. Me daba una ducha potente y bulliciosa como las que
me doy ahora. Me disolvía. Una pastilla de antiácido efervescente. Cerraba las canillas y
me envolvía en una toalla tierna. Una actriz loca. Cuando mi madre ya no soportaba el
aburrimiento, me acompañaba a lo de La Piojito y se quedaba un horita charlando con la
vecina psicóloga, intercambiando recetas de cocina, direcciones de podólogas que
pudieran ser tan buenas como Abu. Como la madre de La Piojito no tenía más que un par
de pacientes sin conflictos y también le sobraba el tiempo, la ayudaba a pensar. Mi madre
nunca supo pensar. Tenía un leve retardo. Una noche yo volaba de fiebre, el termómetro
daba un número altísimo y al tragar saliva sentía una pelota de fútbol atorada en la
garganta, creciendo y creciendo, llena de pus y bichos. Me agitaba respirar. Sentía que
caía, que me moría. Ninguno en mi familia tenía obra social o mutualista y nunca
habíamos ido a un hospital público de la zona. No sabíamos dónde estaban ni cómo
funcionaban. Punta de Este fue un misterio mientras vivimos en ella. Las calles
numeradas. Estábamos en el medio de la nada sin cobertura médica, rodeados de perros
vagabundos que nos observaban con ganas, como si fuésemos alimento. Mi madre no
sabía qué hacer. No quería llamar a papá al casino del hotel, molestarlo, crearle una
complicación. Una tarada. Entró en pánico a media noche al ver que mi fiebre dejaba loco
al termómetro y cruzó descalza a pedir ayuda a la casa de La Piojito. Recuerdo a la vecina
despeinada, envuelta en su bata para ancianos, paseándose por mi dormitorio con los
brazos cruzados alrededor de mi cama, resolviendo, pensando y mirando las paredes. Se
le ocurrió una idea. Me llevaron a una mutualista usando el carnet social de La Piojito. Me
hicieron pasar por ella para que me viera el pediatra de turno. Nadie se dio cuenta del
engaño porque ni el carnet ni el historial clínico incluían una foto. Yo era La Piojito y las
enfermeras me llamaban por su nombre, me inyectaban antibióticos espesos que se
derretían en mis nalgas en cámara lenta. Permanecí el resto de la noche y parte de la
mañana siguiente en una camilla alta y dura, con un suero helado metido en un brazo. El
medicamento escarbaba el cuerpo endiablado, buscando pestes. Dormí en una sala de
techo bajo con tres pacientes quejosos, por morirse y me sentí genial, muy protegida y
segura. La pelota se desinflaba. Mi cuerpo era una almohada vieja y roída apoyándose por
primera vez en unas sábanas blancas, desinfectadas. Deliraba en el nido. Repetía en voz
alta los diálogos de las señoras en la heladería. Escuchaba las toses infectadas de los otros,
las enfermeras llamándome por el nombre de La Piojito. La imagen de mi padre nadando
tan lejos iba y venía. Los perros vagabundos ladraban más que nunca en mi cabecita.
Deliraba. Soñaba. Sentía la respiración en los pulmones, saliendo por la nariz, afuera.
Abría los ojos y las paredes blancas me tranquilizaban. Los suecos de las enfermeras
sonando taca taca. Quería quedarme allí eternamente, hasta vieja, comiendo compotas,
mejorando, enferma.

11 - Maracujá

Entro a una panadería blanca repleta de zombis con hambre, perfume de detergente y
humo de pan de queso recién salido del horno. Es pequeña. Respiro lento haciendo
pausas. Siento mi nariz calentita y gelatinosa. Hay otra más descongestionada, sin
clientes, a media cuadra, pero desconfío de los negocios sin buena convocatoria, sobre
todo si venden alimentos. Si voy a una panadería vacía pienso que la mercadería está
vieja, a punto de descomponerse, por eso elijo las que parecen que van a explotar y las
empleadas están como locas, chocándose unas con las otras, atascadas, odiándose,
deseando renunciar cuanto antes o atascar el inodoro con rollos de papel higiénico. Me
pasa lo mismo cuando quiero comprar porro. Siempre elijo el dealer más pasado y
conflictivo. Es una garantía de calidad, una seguridad. Mientras espero mi turno juego con
el numerito que he sacado y trato de darme cuenta si es el cero seis o el noventa. Es el
Noventa. Observo los desconocidos que me rozan y la ropa de las empleadas. Una chica
simpaticona, de uniforme celeste y azul, cara de pobrecita, susurra mi número. Le pido
una tarta de maracujá y crema señalando la única porción que veo en la vitrina. Es tarde
para una panadería. Tendrían que estar cerrando. Les deben pagar dos chirolas, pobres.
Abu me espera afuera, super despeinada, con ojos de compasión y ganas de fumarse otro
cigarro pensando sus asuntos añejos, cansada de mí y de SaoS ao Paulo. Caminamos rumbo a
una pequeña plazoleta en medio de dos grandes avenidas para sentarnos en algún banco
libre a comer la tarta y charlar sobre lo ocurrido en el apartamento de Bruna. Me copa
contarle todo. El tránsito es un relajo bárbaro pero no me asusta ni me marea, es más,
me fascina caminar por el césped angosto que separa los autos que van de los que vienen,
cegándome por segundos con las luces punzantes a toda velocidad, aspirando
contaminación. Me tranquiliza. Se me vuela el pelo y me pellizca los ojos. En diez pasos
obtengo el mismo peinado de Abu. Suenan las bocinas y me siento segura, chupada. Tenso
el cuello, la cola. Abu no se queja y me sigue con los brazos cruzados, fumando. Las
palmeras crecen con facilidad, altísimas, como si se ejercitaran, se regaran solas y no
existieran noches deteniendo su fotosíntesis. Es todo tan lindo, alto y gigante, que me
deja loca. Me quedaría a vivir en Sao Paulo hasta morir y si es de vieja, mejor. Presiento
que alguien nos persigue. Un niño de piernas largas usa nuestro camino unos pasos atrás.
Lo habíamos visto haciendo malabares con pelotitas pero no le prestamos atención.
Quedé nerviosa con sólo notar su presencia. Los malabaristas me sacan de quicio.
Refriego las uñas en la palma de la mano. Verlos controlar sus reflejos y la velocidad con
tanta precisión, me irrita automáticamente. Me dan ganas de distraerlos, de pegarles con
un palo. Tal vez quiera un poco de tarta o robarnos pero no entabla contacto. Ni mu. Sólo
me mira raro y camina, nos pasa. Dejamos de interesarle, se marcha, nos da la espalda sin
robarnos, ni agredirnos. Fue sólo una mala intuición de mi parte. Las luces de los autos se
lo comen mientras las pelotitas suben y bajan por el aire gris. Abro el paquete con la tarta
y le ofrezco una cucharita de plástico a Abu para compartir la porción. En el banco de
enfrente una niña casi adolescente, muy mal educada, discute sin argumentos, a todo lo
que da, con su madre. Tienen un perrito de esos que adoran perseguirme. Un perro
estándar, inservible. Su madre, evidentemente medicada, la mira con la boca cerrada y
en un respiro levanta los ojos al cielo, a la noche absoluta, poética. Piensa algo. Me pone
mal verlas, como al malabarista. Se ve que ando medio sensible. Miro la tarta. Abu A bu tararea
y silba eso de “navegar e preciso”. Mega cliché. Tengo miedo de que me vuelva ese
dolorcito en el pecho. -¿Por qué el maracujá no puede crecer en Argentina, Abu? -No sé
de dónde sacaste eso. Seguro que crece, pero a la gente no le interesa. La gente está para
otras frutas. -¿Te gusta la tarta, Abu? -Deliciosa. Desde que estamos en Sao Paulo no he
parado de comer dulces. Voy a engordar. -Nunca engordarás. Hace años, cuando yo era
una niña y aún no había surgido lo de ir a Punta del Este, Abu hizo un tratamiento muy
potente para adelgazar con un médico chino de Avellaneda que apenas hablaba español
y escribía como un bebé con párkinson. Fueron muchas pastillas que venían en frascos
genéricos con etiquetas escolares escritas a mano. También agregó algo de anfetaminas
por su cuenta, es cierto. Fue un proceso muy rápido y brusco. Cuestión de pocos meses,
tal vez semanas. Ni siquiera mi mamá, que la vio gorda desde que tenía memoria, pudo
acostumbrarse a esa nueva imagen y Abu jamás logró adaptarse al cuerpo que desde
adolescente quiso tener. El tratamiento no admitía marcha atrás. Quedó así para siempre
y así la conocí, flaquísima, fumando, en constante contradicción, temiendo engordar y
sintiéndose mal por tener un cuerpo respetable. No precisaría decirle nada más porque
me lee el pensamiento con su videncia absoluta pero me tengo que desahogar mientras
trago. Me hace bien hablar. Dejo de comentar las curiosidades del maracujá para
comentarle mis avances amistosos con Bruna, cómo la he seguido desde que llegamos a
Sao Paulo, de todo lo que haré para convertirme en su mejor amiga. Divago. Tendría que
bajar unos cambios. Las mujeres del otro banco siguen discutiendo. Su perrito se aburre.
-¿Me estás queriendo decir que Bruna es tu nueva Mica? Me ofende. No le respondo. Me
está provocando. No tienen nada que ver una con la otra. Bruna nunca podría divertirse
ni robar celulares con el sentido que lo hacíamos con Mica, aunque le vendría bien una
adrenalina más copada que la que le provoca comprar carteras falsas. Le falta un poco de
azufre. En mi familia también estuvieron preocupados por la locura. Siempre pendientes,
a ver por dónde se soltaba esta vez. Tenían los problemas de todo el mundo más nuestras
peculiaridades, pero la locura era la enfermedad más temida y esperada. Más que la
propia muerte o la ruina económica o ser descubiertos por los que perseguían a mi padre.
Imposible prevenirla. Era una obsesión y eso que murieron más má s tías y tíos por cáncer que
por locura. Sin embargo las locas de la familia tuvieron peso y trascendencia. Se hacían
notar. Se sacaban fotos. Parecía que no existían más parientes que ellas. En la familia de
mi mamá no había hombres. Sólo mujeres. Se S e reproducían como las vírgenes. Tres locas.
No sé por qué la parentela se limitaba exclusivamente a contar anécdotas de ellas. Todas
de sagitario. Una rareza. La tía Mara que comenzaba a pintarse las uñas de los pies y
llegaba a la rodilla haciendo caminitos, la tía Sarita que le encantaba encerrarse, esconder
o tragarse las llaves y la tía Milka, que nunca conocí, así que no sé bien qué tipo de mal
padecía pero dicen que estaba muy rayada, aunque creo que, en realidad, simplemente
era una ninfómana astuta que sabía dónde encontrar alguien que la complaciera. Igual,
todas eran buena gente. De eso no había duda ni las hay. Un poquito chifletas, pero
buenas. Simpáticas, al menos. Jamás las visitábamos. Vivían muy lejos. Las calles estaban
llenas de barro y te podían robar. Mica y yo también éramos locas. Locas simpáticas. Nos
quedábamos hasta el final de la Plop para ir a hablar con los organizadores y hacernos
amigas. Los elogiábamos por completo sin chuparles las medias porque generalmente
estaban cansadísimos, disfrazados de la temática del día, serios. Los trajes les molestaban,
querían desayunar, sacarse el rimel, llegar ya mismo a sus camas, que no les rompieran
las bolas por cualquier pavada. Les preguntábamos cuáles serían las próximas temáticas,
qué opinaban de tal o cual
c ual cosa, por qué no hacían esto o aquello, por qué no pasaban tal
canción, en fin, lo tradicional. Romper las pelotas. Nos fotografiábamos con ellos
abrazándolos para que no fuera un esfuerzo al pedo. Nos reíamos de lo que decían y así
lográbamos que nos dejaran entrar gratis o que, al menos, en algún momento de la noche
pudiéramos subir al escenario a bailar con el staf y que todos los putos nos vieran. Fue
una época preciosa. Aún no se había puesto de moda los tiradores, ni usar bigote, ni los
lentes de nerd. Un nerd era un nerd, o sea, un imbécil. Se veía venir el flúo. Estaba todo
por inventarse. Pre Big Bang. Cuando nos sentábamos en el parripollo de Ballester,
decidiendo qué fotos subir al fotolog, no podía saber cuál era el mejor camino, el mejor
lugar al que llegar. El horizonte. Ahora tampoco, pero es distinto. Abu me escucha como
si estuviera hablando algo interesante. Me sonríe, me abraza con desgano y lástima, me
acaricia las mejillas sin lágrimas. Me interrumpe el monólogo nostálgico. La nostalgia de
algo ocurrido hace tan poco. -Querida, tengo que decirte algo. Me encantan tus cuentos
aunque a la mayoría de ellos los haya visto con mis propios ojos. No quiero interrumpirte
pero ya se hizo muy tarde. Estoy cansada. No me da el cuerpo. Si fuera por mí te
escucharía siempre, me reiría a cada rato de tus ocurrencias y pasearíamos por todas las
ciudades del mundo pero creo que hasta acá llegué. Ya ayudé lo que podía ayudar. Lo de
esta tarde en la casa de Bruna indicó el final de mi tarea contigo, a tu lado. Me encantan
tus recuerdos pero me tengo que ir, nena. Mucha suerte en esta nueva etapa. Suerte con
tu nueva amiga. -¿Qué nueva etapa, Abu? No responde. Agradece la tarta de maracujá y
crema, enciende un nuevo cigarrillo, tira humo y, con la misma solemnidad aparatosa de
su discurso freak, me deja sola en el banco. No entiendo qué bicho le picó, por qué se
hace la cosa. Se va por el camino que dejó el niño malabarista, el que pensé que nos iba a
robar. Se va por el césped, entre las luces de los autos de la avenida. Me deja sola,
comentando en voz alta las cosas que hacía con Mica cuando vivía en Ballester, lo que
hacía con la Piojito cuando vivía en Punta del Este, lo que hago ahora con Bruna en Sao
Paulo. Me deja sentada en la plazoleta y se pierde sin mirar atrás, sin mirarme. La niña, la
madre y el perrito que estaban en el banco de enfrente tampoco están. También se han
ido a sus cuevas. Desaparecieron en algún momento como si estuviera planeado para que
el momento fuese aún más dramático. Entonces debo hacer lo que me corresponde, lo
que no me gusta. Pensar. Comienzo recordando algo que mi cabeza guarda más allá de
Mica pero no tan lejos como La Piojito. Un recuerdo intermedio al que me cuesta recurrir
para entender lo que vivo y las cosasque me suceden. No me gusta ese recuerdo.
rec uerdo. No me
gusta usarlo, tenerlo en cuenta, mucho menos tan de noche, en este país donde
cualquiera puede venir y pegarte un tiro.

12 –
12 – El
 El ángel en la copa
Cuando era chiquita y me comía los mocos, Abu me deslumbraba con cualquier pavada.
Mi madre se enojaba si Abu me tiraba las cartas o explicaba las negociaciones con los
espíritus y el más allá cercano. La dejábamos nerviosa. Nos desconcentraba, abría las
puertas, prendía la tele. De todos modos, yo comprendía cada lección que Abu enseñaba.
Parecían de lo más naturales y lógicas. Cruzar los dedos y los deseos se cumplen. Mirar
fija la nuca de las personas y se dan vuelta. El ánima junguiana. La mandrágora que
significa la mentalidad primitiva. Agarrar el té con tres dedos, la medida exacta que el
cuerpo necesita en una infusión. Mi madre quería verme lejos de esos asuntos, con los
pies en la tierra y la cabeza oxigenada, normal, leyendo un libro didáctico o jugando con
rompecabezas. No era que ella no creyera ni confiara en la videncia de Abu porque tras el
abandono de papá, apenas regresamos a Ballester, lo primero que hizo fue pedirle que
hiciera una tirada. Nuestras ropas en la valija, un frío terrible, ella con su campera inflada
y la cara hinchada, roja y ojerosa, pidiendo que por favor el tarot nos ayudara, que algo
sirviera para algo y fuera preciso. Literal, en lo posible. Abu no preguntó motivos. Sacó el
mazo de cartas que guardaba en una caja aterciopelada y pidió que no cruzásemos nada,
ni brazos ni piernas. Que esta vez nada se cruzara. Le hicimos caso. El teléfono sonaba y
no atendíamos. ¿Sería mi padre llamando desde el infierno, arrepentido? ¿Serían los de
la secta? ¿Serían los del casino? Abu apretujó un cigarro con los labios como un hombre
y comenzó a barajar mirando mis ojos saliendo de una bufanda. Hizo una guiñada. Tres
montones. Elijan uno. Elegimos el del medio, obvio. Salían cartas horribles, dadas vueltas,
macabras, oscurísimas. Algunas caían y las separaba para después, para rematar. Sólo leía
en voz alta las amables, protegiéndonos del destino, de las obviedades que no veíamos.
De repente mi madre se tapó los ojos y lloró. Pintó dramón. Parecía un bicho de otra era.
Una mujer cromañón. Abu no la abrazó, siguió tirando cartas y humo. Murmuraba
palabritas. Todas las cartas estuvieron en la mesa y pidió que me fuera a dormir o a
entretenerme en otra habitación mientras le daba las malas nuevas a mi madre. Me fui
arrastrando una valija sin rueditas. Pasé por la heladera y agarré un poco de dulce de
membrillo. ¡Qué rico! Sonó un portazo. Estuvieron como dos horas charlando. Conté el
tiempo encerrada en el dormitorio con la boca dulce. Volví a poner las cosas en su lugar,
las nuevas y las viejas. Ninguna muñeca. Los lentes Benetton de La Piojito. Los estantes
sobraban. Era como si hubiese madurado, como si ya fuera una adolescente que debe
depilarse con cera hirviendo y olvidar la niñez patética. Hacer tareas importantes. Eso
parecía, pero yo ni llegaba a los diez años, seguía usando las medias con dibujos Disney
Baby, pintándome las uñas con productos de juguete que salían con agua. No es que
hubiese madurado. No terminaba de comprender la nueva situación de mi vida. Me
resultaba incompatible aunque había logrado uno de mis principales deseos. Volver a
Ballester. No me despedí de La Piojito. Ella quedó en Punta del Este. Regresamos
espantadas a la casa de Abu, al barrio de siempre, eterno. Mi padre nos dejó solas, en un
balneario, con una carta que jamás leí. Quedamos allí como perros. Fue rarísimo. Una
noche, volví de lo de La Piojito y encontré a mi madre rompiendo la casa que nos habían
alquilado los del casino. Literalmente. No es que tirara platos al aire o quemara corbatas
como las heroínas de los teleteatros de la siesta. No, no, no, no. Un hacha en las paredes,
lo juro. Puertas abajo. La heladera rompiendo la mesada de la cocina. El calefón
reventando la cisterna. Sillones atravesando ventanales. Un panorama que ni da contar.
Holocausto doméstico a puro grito y chorros de agua. Me encerré en el garaje, por las
dudas. Quedé sentadita sobre la máquina de cortar pasto y mastiqué un chicle para hacer
globos. Había olor a humedad. El agua de las cañerías rotas se filtraba por debajo de las
puertas. No me electrocuté porque el contador de luz fue lo primero que voló. Tuvimos
de todo en esa noche. Policía, bomberos, plomeros, los compañeros de trabajo de mi
padre que, no sé por qué, andaban en la vuelta como detectives de la CIA. Usaban nuestro
teléfono como si fuera el de sus casas. Ninguno de la familia de La Piojito presente. Tengo
unos flashes fotográficos grabados. Una mujer policía abrazándome. Alguien
preguntándome si teníamos obra social, seguro. No estaba en shock, no me comía las
uñas ni nada. No pensaba. Apenas se terminó el gusto del chicle, lo tiré. Alguien compró
pizza con mozzarella. Sabía que me lo iban a explicar tarde o temprano, que iba a
comprender lo ocurrido, que todo iba a estar bien. De la mujer policía pasé a una asistente
social, de ahí a una psicóloga, cuando quise ver, ya tenía sueño. Me desperté y mi madre
estaba lo más bien, más tranquila, dopada. La casa quedó devaluadísima. Hicimos las
valijas, dejamos Punta del Este así, como estaba, destrozada, con seguro y nos volvimos a
Buenos Aires en avión, como actrices, con lentes negros y bufandas combativas hasta la
nariz. Incógnitas. En el free shop nos compramos un montón de Toblerones que
devoramos como saliva. Mi primera vez en un avión. Las nubes, la ciudad chiquita que
parece de juguete, la azafata moviendo los brazos, los baños llenos de cositas para robar,
lo que cuenta todo el mundo. Salía en las cartas. Salía en las tiradas que Abu había hecho
años atrás cuando yo ni siquiera sabía escribir. Marcaban catástrofe. Yo veía fuego, agua,
calaveras, lunas menguantes, números romanos, pirámides, una niña de cara triste con
una flor. Eran cartas de tarot. En un punto estaba contenta, no voy a mentir ni tengo por
qué. Me encantaba Ballester y la casa de Abu, una dulce. Volver a ver el tren. Me
encantaban los trenes. Después perdí interés. Al comienzo de mi memoria esos trenes
eran blancos, luego bordó. No tenían aire acondicionado. Inviernos infernales. Con el
tiempo algunos tuvieron aire pero eran los que iban a Tigre y pasaban por San Isidro,
Martínez, Olivos… Me acuerdo que Abu firmó la denuncia por discriminación. No podía
ser que los mejores trenes sólo fueran a las zonas ricas. Cada tanto comenzaron a
mandarnos unos más modernos, celestes, con aire. Después de eso no ocurrió ningún
cambio interesante en las vías, aparte de las puertas automáticas. Los mismos trenes años
y años, yendo y viniendo. Las mismas ventanas y prácticamente los mismos paisajes, la
sucesión predecible de casas y árboles. Claro, es cierto que Villa Urquiza tuvo su boom de
construcción y Villa Pueyrredón desterró a los cartoneros y se mandaron esa tremenda
plaza con canchas de básquet. No mucho más que eso. Igual. Casas con tanques de agua
en el techo, algunos con formas más o menos creativas. El avión, el ovni y el cohete. Esos
eran los raros. Siempre quise sacarles fotos para subirlas al fotolog. Nunca lo hice porque
quedaría medio arty. Nos bajábamos del tren. Túneles con azulejos amarillo patito. La
música del bar Guacamayo con su movida acorde a la época. Primero rock, después
cumbia y por último, reggaetón palero. Era como si vivieran constantemente de after. La
virgen de yeso, Nuestra Señora de la Merced en su casita, rodeada de flores de verdad y
de plástico, llena de moscas. El centro de Ballester. La galería San José, o “galería con
salida”, con disquería, ropa para skaters, tatuajes, piercings y chicos fuertes a más no
poder, a punto de derretirse, haciendo piruetas, bailando break, susurrándote unos
piropos re mal armados. No entiendo cómo no los cogimos a todos. Estaban muy en la
mano, regaladísimos, con todo marcado y los culos saliéndose como almácigos de los
pantalones hiphoperos. La heladería Olimpia. El Mc Donalds de Bvar. Ballester y Alvear.
En frente, a treinta metros de la comisaría, el Banco Río donde de adolescentes íbamos a
sentarnos a comer papas chips y ver quiénes se bajaban de las motos, o esperábamos los
micros que nos llevaban a las matinés de los boliches de Zona Norte. Todos apretados
hacia Sunset, perfumados, vergonzosos, cruzando miradas. Ya nos fichábamos a los rubios
de la colonia de alemanes cerca de Chilabert que nos gustaba porque eran alemanes,
alemanes con camisetas de Boca. Sólo podíamos verlos ahí, en los micros, después se
perdían en las discotecas atrás de las chetas con tetas. Iban a colegios caros. Nosotras
íbamos a La Merced que era bueno y barato. Colegio sólo de chicas. El otro colegio de
chicas era el Santana. No nos gustaba ese porque era más cheto. “Colegio Santana,
Colegio de lesbianas” decíamos algunas. Mala leche. Envidiosas. De repente los colegios
se volvieron mixtos. Lo imaginable. Un alboroto de no creer. Todo bien, pero no me
gustaba. Quería salir de esa rosca. Quería vivir en algo parecido a la casa del Pastor
Giménez que, de lo que había en la vuelta, era lo más de lo más. Se lo comentaba a Abu,
le decía que quería irme de allí. Sus cartas anunciaban que me mudaría de Ballester pero
 jamás viviría en una casa casi tan linda como la de Pastor Giménez. Tal cual. La de Punta
del Este no contaba, tenía otra onda, otra vibra. El invierno duraba demasiado,
prácticamente todo el año sin detenerse. No tenía límites claros, cada vez menos. Cada
vez más y más frío. El verano era una excepción de pocas semanas aceleradas. Mi amistad
con Mica era invernal. No nos gustaba la playa. Todos los balnearios me recordaban a
Punta del Este. Tenían algo. Un asunto energético re oscuro. Hablar en la playa es malo.
Me amargaba, comía chocolates de esos de los quioscos, que son siempre una porquería,
re artificiales. Un trauma. No podía disfrutar. Durante el verano jugábamos a la copa. No
todas las noches eran fines de semana y no siempre estaba la Plop para entretenernos.
La televisión asqueaba. Al barrio ya no le quedaban secretos. Rodeábamos una copa de
cristal transparente de Abu con letras y números para entablar contacto con los difuntos,
comunicarnos con los espíritus, las almas en pena, lo que fuera. La copa paseaba de una
letra a otra con una coherencia asombrosa, salían oraciones contundentes, sin faltas de
ortografía, reveladoras. Era un método tan simple y funcional que no podíamos creerlo.
Las entidades invocadas no mostraban dificultad en expresarse y dictar mensajes. No
abrían puertas, ni movían muebles, ni apagaban luces ni nada que pudiera asustarnos. Re
buenas, civilizadas, amables. Almas femeninas, de muñecas. L a copa comenzó a deslizarse
apenas formulamos una pregunta. Fue automático. Fue directo al “sí”, sin dudar. Nos
miramos con la boca cerrada, esforzándonos por parecer familiarizadas y tranquilas,
quitándole relevancia a los supuestos malos presagios y maleficios. ¿Qué mal podría
hacernos? Ese espíritu nos conocía más que nosotras mismas. Era como si siempre nos
hubiésemos comunicado así, con los dedos y la telepatía. Pregunté por el dinero pero la
respuesta fue bastante vaga e inconclusa. Insistí. ¿Tendré dinero? ¿Seré rica? Rica no
serás. Tendrás el dinero de tu casa. Las respuestas eran así, un poco raris. Después
pregunté otras cosas. ¿Tendré novio? No exactamente. ¿Cómo estás ahí? ¿Hace frío o
calor? ¿Cómo es la muerte? ¿Nos extrañás? La muerte es linda. Hace calor y podemos
volar. No los extraño porque vigilo día y noche. Soy el espíritu asignado para protegerte.
Eso me gustó. Continué. ¿Sos el Ángel de la Guarda? No. Soy un espíritu, ya lo dije. Los
ángeles ya no existen. Soy un alma humana transmutada en guardiana de tu alma. Me
pareció que Mica hacía trampa, que movía la copa para burlarse de mí y de la situación.
Quité el dedo enojadísima. -No juego más, Mica. Estás haciendo trampa. Mica insistió.
Quería seguir jugando. Estaba copada con su mediumnidad. Me tomó la mano para que
volviera a hacer contacto pero de un gesto torpe hice que la copa perdiera el equilibrio,
rodara por la mesa y cayera al piso. En ese momento un plano de mi vida cambió para
siempre. Fue atravesar una puerta y olvidar la llave dentro. Mica no quedó perturbada
con el episodio o al menos no lo exteriorizó. Volvió a su casa y cenó sin contar l a anécdota
a la familia. Yo sola comprendí la magnitud de aquella insignificancia, de la copa rota en
la noche de verano. Abu apareció mientras me agachaba a juntar los pedazos de cristales
diminutos. Entro por la puerta de camisón, soplando fuerte, sin ruido. Dijo que teníamos
que dormir y que de ese momento en adelante iba a estar conmigo para protegerme, que
me quedara bien tranquilita, que no me preocupara por la copa rota. Algunos pedazos de
vidrio quedaron en el piso, tranquilos por meses, atrás de los muebles. Me pidió permiso
para dormir en mi habitación. No quería despertar a mi madre así que llevé el colchón con
sus sábanas y lo puse al lado de mi cama. Le pregunté si había ocurrido algo malo y
respondió que no, que era parte del destino bueno, que ya había salido en las cartas, que
hiciera memoria sin engañarme, que estaba todo bien, que no siempre es malo que una
copa se rompa, que no todos los espíritus son malos. A la mañana siguiente mi madre me
despertó muy sacada, de un sacudón. Su susto era mayor que el mío. -¿Por qué trajiste el
colchón de la abuela para tu dormitorio? -Es que ella quería dormir conmigo, protegerme.
-¿Dormir? ¿Protegerte? ¿De qué estás hablando? ¡Estás re loca, muñeca! Tal vez sí, estaba
loca. Un poquito, solamente. No podía razonar bien ni darme cuenta de las cosas, ni
recordar que la copa se rompió exactamente un año después de la muerte de Abu. Cáncer
al pulmón. Fulminante. No hay que fumar. Hace mal. Lloramos un montón, como
correspondía. Nos vestimos de negro. Cerramos su dormitorio y no lo volvimos a abrir
hasta que decidió salir. A mi madre le pegó re feo el episodio. Llamó a los del Ejército de
Salvación y se llevaron casi todo. Dejaron la ropa interior porque no se estila. Hacía meses
que Abu había muerto y sin embargo estaba allí de nuevo, nítida y firme, gracias a la copa
rota. La traje de vuelta sin querer aunque, bueno, esas cosas nunca se sabe cómo son. No
existen las casualidades. Mi madre no podría comprender algo así, no le daba, no podía
ver a Abu en camisón acostada entre las sábanas. Yo sí la veía, perfecta. La locura era la
única explicación aplicable. Abu llevó un dedo índice a la boca. Me ordenó silencio,
permanecer callada. Sí, sólo yo podía verla y escucharla. Comprendí la situación de
inmediato y argumenté sonambulismo. Mi madre prefirió eso a la idea triste de tener una
hija de la cabeza, otra loca en la familia. Le pregunté si de ahí en adelante podría tener la
cama de Abu en mi dormitorio. Lo pensó un momentito. Respondió que sí con las lágrimas
por caer. Era lo único que le faltaba, fantasmas. Se fue a hacer el desayuno bastante más
perturbada de lo que debería estar. Sintió culpa. Estoy segura. No sé si daba para tanto.
Abu sacó un cigarro y un encendedor que tenía debajo de las sábanas. Comenzó a fumar
y mientras tiraba humo, me miraba con una de las sonrisas más hermosas que he visto.
No existe una carta en el tarot que la represente. Picarona. Muñeca total. Me costó
respirar. Me dijo “gracias, nena, por traerme de nuevo a este mundo desastroso. A ver si
sirvo para algo”.

13 – Cuatro caipirinhas

Terrible. Subte de Sao Paulo en hora pico. El bien y el mal. Volver al apartamento y no
encontrar a Abu mirando tele. Pensé que me había hecho una broma, que estaría
esperándome lo más campante, muerta de la risa y con la cena lista. No quiso divertirme
dándome un susto. No es de hacer bromas. Tampoco pude tomar en serio su discurso y
su escenita de despedida tan traída de los pelos, delirada. Lo que dijo antes de marcharse
no sonó improvisado pero me cayó horrible. Fue en serio, al final. Se fue en serio. Se
perdió en Sao Paulo. Me abandonó. La habré hartado. ¿Ya habrá terminado su estadía a
mi lado? ¿Los espíritus de las copas deben cumplir un plazo fijo estipulado? La verdad, no
lo sé. Tendría que preguntarle a alguien pero no conozco tanta gente en esta ciudad. La
respiración se me tranca. Lo sabía. Me refriego la cara. Seco mis ojos para ver mejor. Veo
mi apartamento y me doy pena. Un colchón tirado en el piso, tazas, revistas de
distribución gratuita, basura, ropa sucia, valijas abiertas, zapatos, platos con restos de
comida, bolsas de papas fritas con sal, sobrecitos de mayonesa de McDonald's. Un
microondas, una laptop manchada con sopa, una heladera de telo y una tele. No hay
mesas, ni sillas, ni sillones, ni armarios… tampoco hay abuela ni comidita rica
esperándome. Vivo en un lugar horrible. Sólo olor a muerto, a cucha de perro sucio, a esos
perros grandotes que nadie quiere bañar y comienzan a pudrirse mientras se le vuelven
rastas los pelos genitales, ese olor mismo, marrón, olor a los perros que vagaban en
invierno en Punta del Este, olor a porquería. También hay silencio porque es fin de semana
y en mi barrio no andan ni los autos. Cualquier ruido de la ciudad está lejos del
monoambiente, de mi cueva, por allá. Abu jamás podría vivir en esta porquería. Bastante
bien la fue llevando. Es que los espíritus se adaptan con más facilidad. Sí, soy un bicho y
estoy loca. No me animo a admitirlo de esa forma, por completo, pero lo estoy pensando
por primera vez, sudando escalofríos, temiendo la taquicardia sicosomática. La sensación
es espantosa y patética. Me escucho respirar. No sé qué hacer, dónde rascarme. Estoy
muy nerviosa y despeinada. Me siento horrible, atacada. Comienzo a pensar en el tiempo
que pasó desde que se rompió la copa, en la costumbre, en la gente en la calle mirándome
hablar sola. ¡Uy, no! Tranquila. Tranquila. Probablemente no sea para tanto. Comprobaré
la gravedad del asunto después, cuando lo vea mejor. En eso tenía razón Abu. Tengo que
estar más tranquila. Estoy cansada de pensar, de que la mente se me vaya enroscada en
cualquiera viaje. No entiendo cómo hace la gente. El espíritu de Abu no puede haber
desaparecido del todo. Esperaré un poco más. Me pondré a romper copas. Puede que
regrese pronto a acompañarme, aconsejarme, aguantarme, leerme el futuro y aprobar
mis planes. Sí, eso. Es muy probable que regrese. Si ya regresó una vez. No puede dejarme
así, haciéndose la viva. Me prometió enseñarme a tirar las cartas de tarot. Mi cuerpo
quiere caer pero no lo dejo. Lo que estoy pensando es muy too much. No caeré. Lo
primero que se me ocurre como salvación es llamar a Bruna. Al fin de cuentas, es la única
que me toma en serio en Sao Paulo. Tengo que zafar, encarar una perspectiva. La saludo
en un tono neutro, alejando la boca del aparato. Responde como si estuviera esperando
mi llamada. Me lo agradece sin preguntarme cómo ando. Ella anda mal. Me viene bien. -
Justo estaba por llamarte, Mica. Casi me da un ataque. No me dejaron entrar de nuevo a
D Edge y estoy pensando seriamente en hacerles un juicio por discriminación. Quedé en
una especie de cortocircuito y necesito ir a alguna parte. Hace cinco minutos que estoy
sentada en el auto esperando que se me vaya la rabia. Salgamos. La espero en la esquina
y cuando aparece el auto azul recupero el equilibrio. ¡Qué suerte! ¡Gracias! Nunca pensé
llegar a necesitarla y agradecer su idiotez. Putea al GPS. No se le ocurre a dónde ir. Es muy
corta de cabeza. No le discuto. No tengo energía con todo esto de la respiración y el pecho
cerrado. Tengo miedo que choque. Maneja mal. Me siento ida, chiquita, aferrada al
cinturón de seguridad. Creo que voy a llorar. Estoy super sensible, al borde de un ataque,
emo mal. Odio sentirme así, suspirar con esfuerzo. Odio la gente así. La gente es así. Me
doy miedo. Bruna no se da cuenta de nada, por suerte, un ente, aunque me mire de reojo
con una curiosidad suavecita. Para ella estoy bárbara y le sigo palabra por palabra la
historia que cuenta. ¡Qué patética! ¡Esas cosas no se cuentan! Quiero llegar cuanto antes
a A Loca o donde sea. Mis últimas horas están siendo una tortura. Puedo morir. No puedo
contarle que me abandonó el fantasma de Abu. Me cierro. Dejo de entender el portugués
y me bloqueo hasta que un insecto choca, se adhiere a la ventanilla y me hace volver a la
realidad. Una realidad a medias. Mientras la ciudad se mueve, el insecto queda duro,
pegado al vidrio como por algún tipo de Plasticola. Pegamento El Pulpito, que acá no
venden ni hay símil. Muy rari. Ningún insecto común duraría tanto tiempo ahí, así, en un
auto en movimiento. Es un bicho que desconozco, que nunca vi y no me doy cuenta si se
ha posado por su propia voluntad, si se ha estrellado, fracturado, si está muerto, si es un
cadáver o una ramita de árbol. La cabeza se me pierde un poco más pero vuelve cuando
entramos en la Augusta. La calle está repleta de hipsters y prostitutas. Gatos, perros,
mosquitos y sangre. Nos movemos a dos por hora con los vidrios cerrados tipo millonarias.
Cámara lenta. Observo a los habitúes tras la ventana, vestidos para la ocasión, fumando
en manadas, mirándose libidinosamente, tragando cerveza, fichando, abriendo sus
bocazas para reírse a mango frente a cada oportunidad. No les encuentro sentido. Estoy
muy en otra, como si te dijera “The Walking Dead”. No quiero pensar. Mi pecho continúa
cerrándose más y más. El corazón se me resbala por los intestinos. No hago pié. Me duele
la cabeza, la frente, el entrecejo, el cráneo del lado derecho, un poquitito arriba del final
de la ceja. Si al menos supiera el nombre de esta sensación, esta enfermedad. Por suerte
Bruna dobla, sale de esa calle infernal y llegamos a la Frei Caneca en dos segundos y
medio. Estaciona en la puerta, así no más, a lo dueña y entramos a A Loca como perras
por su casa, rapidísimo. Me compongo inmediatamente. Miro para adelante. ¿Por qué
será? Puedo respirar mejor. No entiendo qué hice para volver a la normalidad tan rápido.
Quisiera descubrir el mecanismo, controlarlo y controlarme. Salada ambición. Allison
Gothz, mi drag queen preferida, está por ahí charlando generosamente con otra drag
divina pero de menor rango y peor vestida. Me reconoce y corre a recibirme con pasos
cortitos, seguramente para usarme como pretexto y zafar de la charla atomizante de su
colega cocainómana. Elevo la vista y le doy un beso vistoso casi en la boca. Su colorido
acentúa la magia de mi mejoría. Sin quererlo, logró lo que Bruna no conseguía, bajar la
temperatura de mis sesos, poner los pies en la tierra, razonar, preguntarme qué hora es.
Desde adolescente las drags queens generan en mí un efecto ibuprofeno flex. Me basta
tocarlas. Con las monjas, las flores amarillas, los gatitos y los ancianos moribundos es
igual. Los toco y me dan mucha paz. Conecto a la perfección con la pavada y hago como
que todo bien, no pasó nada, jamás me dolió el pecho. Me concentro en aparentar
frescura porque eso es lo que quiere ver la gente, generalmente. Eso es lo que yo quisiera
sentir. Frescura. Una chica fresca, no una loca de atar en una malísima noche, en pánico,
toda despeinada, con los ojos mirando para cualquier lado, buscando nucas, charlas de
extraños y vasos para emborracharme como medida de emergencia. Un saque tampoco
me vendría nada mal, una refrescadita de cocó. -¿Cómo estás, querida? -Como loca,
Allison. ¿Conocés a Bruna? ¿No? Es mi mejor amiga. Saludala. Planeo una conversación
pero mi pecho vuelve a comportarse extrañamente. Me da una puntadita. No entiendo
por qué me sucede esto. Necesito merca ya mismo. Necesito un collar de imanes. La
música me enloquece y trato de impedir que brote la claustrofobia. Me acaricio el cuello.
Respiro por la boca. Me concentro en la gente mientras enlentezco la respiración. Esta
noche, por suerte, el recinto contiene en su interior a un buen número de chicos hermosos
y charlatanes, de esos que suelen ser mi perdición. Chicos que aún no son del todo gays,
culoncitos. ¡Qué lindos culos tienen los brasucas! Lo sabe todo el mundo. ¡Y esos jeans!
Pueden salvarme. Los distingo perfectamente con mi radar neuronal. Están muy en la
mano, apretados y los rozo a propósito, sin disimulo, permiso, permiso. Al menos algo
para distraerme. Mi cabeza es una bomba, una granada. Si no encuentro algo lo
suficientemente groso como para zafar, exploto en pedazos aquí mismo. No miro la ropa.
Sólo las caras y el pelo. Los labios. ¡Qué lindos labios para chuponear! ¡Qué ganas de
comerme un trolo! Respiro hondo y camino hacia un punto fijo que coincide con la
ubicación del baño de hombres. Bruna no me sigue, queda parada como un mástil, como
si la estuviera fotografiando un coolhunter trasnochado. Su cabeza está procesando algún
tipo de información, observando para ver cómo corresponde moverse. Si llego a
encontrar en el baño algún palero conocido me pego como una Cinta Pato y Bruna ya era.
Lo del baño de hombres me parece una decisión más que acertada aunque sea una mugre,
así me miro en el espejo, un poco más tranquila y menos sudada, sin sentirme intimidada
por otras chirusas. Los que mean son casi todos conocidos y gritan como si se acabara el
mundo por sordera, re locas. ¡Una mujer en el baño! ¡Auxilio! ¡Esta ya no es más mujer,
está a un paso de convertirse en travesti, en travesti-mamá! Los adoro. Bebotas. Nenonas.
Me abrazan sin haberse lavado las manos. Quiero ser amiga de todos, que me amen, que
me cuenten sus intimidades tristes y que yo sea quien les explique adecuadamente cómo
acabar con los restos de acné adolescente en sus caritas infladas como pan de queso.
¡Cuánta gente gorda! Igual son lindos. Me siento vieja pero no me molesta porque, al
menos, ha disminuido el dolor en el pecho. Pienso en merca. No, no, no, no. Mejor el
alcohol. Eso me hará bien. Mi radar ahora sintoniza dos heterosexuales infiltrados y ficho
a uno de ellos, al más alto y con pinta de tener plata o auto. Le sonrío y me marcho
sacando cola, achinando los ojos, hinchando los labios, re básica, re muñeca. Saludo a
Pomba que está de Dj y me reencuentro con Bruna en el medio de la pista,
completamente sacada, tratando de hacer creer que está así desde la infancia y es lo más
de lo más. El heterosexual deja de gustarme. Me copa un mariquita tarimero. Me
encantaría agarrarlo bien borracho. Me gustan así, afeminados, apretaditos. Imito la
histeria de Bruna. No me da la cabeza para crear una estrategia de diversión alternativa.
¡Sí! ¡Saltemos! Estamos sintonizadas, superamigas. Mi pecho volvió a la normalidad, a
respirar bien. ¿Habrá sido pánico? ¿El pánico va y viene como si nada, cada dos minutos,
sin motivos? Compramos cerveza. Subimos las escaleras y mientras miramos quién entra
y sale del dark room, trato de imponer lo de llamar “Cuquis” a todos pero no se entiende
o no le encuentra gracias. Aún hay varios puntos que debo aprender del sentido del humor
brasilero. ¡Uy! ¡Sí, sí, sí, sí! ¡Caipirinhas! ¡Cuatro caipirinhas! No sé si por las escaleras, el
calor o las conversaciones a los gritos, pero mi pecho comienza a cerrarse nuevamente.
Se endurece. ¡Me tiene harta! Estoy chupando como una esponja. Sudo, se me cierran los
oídos y me da taquicardia. No encuentro acomodo. Voy a circular, a hacerme amiga.
Puede que sea muy fuerte para mi cuerpo lo de descontrolarme en la pista. Las cuatro
caipirinhas. Estoy sofocada. Tengo miedo. Parece que el corazón dejará de caminar en
cualquier momento. Le pido al barman un hielo y me lo paso por la frente. Congelo el
pensamiento, la sangre. Comienzo a mover los hombros con el rostro relajado onda
drogona. Bruna me encuentra. Dice algo pero hago como que no la escucho. Necesito que
se me vaya esta sensación macabra ahora mismo. Si fuera un paro cardíaco ya estaría en
el piso, con todos los putos alrededor sacándome fotos para subir a quién sabe qué página
de mierda. Debe ser pánico. Si es pánico, todo bien, me manejo. No sé para qué vine.
Estoy super pasada. No logro parar de pensar. Bruna no colabora y para colmo, pone cara
de culo. La gente se mueve muy rápido y a cuarenta y cinco grados. Le confieso que me
falta el aire y si no salgo me desmayaré. Sería un problemón. Le pido que me acompañe a
la calle. Tanto trolo junto aturde más que la música. El sudor ajeno. Tengo ganas de estar
bien. Tengo ganas de algo sexual con el primero que pinte, con el del baño o el de la
tarima. ¿Dónde están que no los veo? Se habrán ido. Basta. Tengo de tener un
pensamiento lineal, horizontal, plano. No me aguanto la cabeza. Salimos, por fin. Afuera
hace calor, por lo menos. Bruna me convida con chiclets. La calle está llena de maricas
fumando con caras de no haber encontrado lo que buscaban. Saludo a varios, convido
cigarros, me hago conocer, grito un poco para hacerme ver. Simpatizan. Compramos hot
dogs y latas de guaraná en el auto-bar que siempre está estacionado frente de A Loca.
Doy un mordisco y no me gusta, así que se lo regalo a un niño de la calle que anda
descalzo, a las tres de la madrugada, pidiendo limosnas o vendiendo drogas entre los taco
aguja y las remeras imitaciones de D&G, pobrecito. Le ofrezco unas monedas pero no las
acepta, gruñe. Bruna me habla. No la entiendo. Miro las caras que nos rodean, las casas
cerradas, la policía en la esquina, los árboles, los perros brasileros, los Crazy Frogs. Se
deforman. El mundo me resulta tan antipático que me paranoiqueo, pienso que están
hablando mal de mí, que estoy en boca de todos, que la policía en lugar de protegerme,
me vigila a la distancia, cautelosa, atenta a que me dé un ataque de un momento a otro
para agarrarme de los pelos y apalearme. Parezco borracha. La cara del Ahorcado en el
tarot, que me daba miedo y Abu me decía que, tranquila, todo bien. Es preferible la
borrachera a la locura. -Mica, no sé qué habrás tomado en el baño pero estás dada vuelta.
Tenés una cara muy desencajada. No te va. ¿Querés ir a tu casa a dormir? ¿Querés
quedarte a dormir en casa? Bruna me lleva a su apartamento tarareando canciones que
no conozco. Las calles se han vaciado para que no demoremos. Va derechito. Miro las
casas enormes de Higienópolis como un perro tras la ventana blindada. Me tranquiliza,
me endereza la espalda, trago aire acondicionado. Bruna, de repente, así no más, es una
mamá acunando una nena muy enferma. Estaciona lo más bien. Llegamos y, al encender
la luz de la sala, encontramos a Marisa con los ojos rojos y una copa de vino, tirada en un
puff mirando el DVD de “Elas cantam Roberto Carlos”. -¿Todo bien, mamá? Qué raro que
estés despierta a esta hora. Mica se queda a dormir acá. ¿Pasó algo? ¿Dónde está mi
perro? Su madre regresa la mente y nos mira como un zombi sin apetito. Termina el vino
que le queda y nos cuenta que su pareja se marchó esa noche, hace un ratito. La dejó.
Corremos las dos a abrazarla. Marisa comienza a llorar hasta no dar más. Pega gritos
desesperantes. Moquea. Se queda sin aire y me doy cuenta que lo que yo sentía hasta
hace un rato, eran una pavada al lado de la crisis de esta mujer Master en Trauma. No
somos nada. Nos araña la espalda, probablemente sin querer. Seca y perfumada. Su
cuerpo flaco es un cartón. Abrazar a la señora me calma, detiene mi taquicardia y la
borrachera se contiene. Me siento una persona normal. Llora unos minutos sin darnos
más explicaciones. Ni Bruna ni yo se la pedimos. Los ojos de Bruna no encuentran dónde
mirar. Sólo estamos las tres abrazadas sobre el puff, frente al televisor con las señoras
que cantan canciones de Roberto Carlos. Quedamos así un rato. Bruna aún no se decide
entre largar el llanto o entrar en detalles. Es un momento muy largo. Mis brazos continúan
abrazándolas pero miro la tele. Me gustan mucho las cantantes brasileras aunque no las
conozca. Me gustan sus voces, sus pelos, sus pelucas, sus ropas, sus maquillajes, sus
nombres. Fafá, Zizí, Naná, Bebé… Nombres de pajaritos. Comienza una nueva canción y
presto aún más atención al recital grabado en honor al Rey. Una señora chiquita dentro
de un enorme traje negro, largo, derretido, a punto de derrumbarse en pena, recita y
canta casi llorando, como una demente. Comienzo a llorar. Me brotan las lágrimas que
esa cantante no da, que Bruna no larga. Miro a la señora de la tele y me dejo llevar por su
melodrama profesional, perfecto, bien ensayado, con años de experiencia y premiaciones
varias. Hago click con esa señora. Las lágrimas de Marisa ya no me conmueven tanto.
Puede que mi impulso sea muy egoísta pero no puedo contenerlo. Sí, soy muy egoísta.
Me doy cuenta de eso cuando Bruna y su madre, en medio de su hecatombe familiar tan
reciente me abrazan a mí como a una nenita perdida en la playa. De repente, paso a ser
yo el centro de atención. Siento sus energías y me nutro como un borrego. Les chupo y
me mejoro completamente. Quedo tranquila, reconstruida. Creo que es un instinto.

14 – Siempre puede ocurrir algo

peor Mica y su novio imbécil llegaron a la funeraria Menini antes que cualquiera, que yo
misma, tempranísimo, recién bañados. Ni se miraban, no porque estuvieran peleados,
distanciados en conflicto, sino porque encaraban la situación de una forma totalmente
robótica. Estaban programados para la tragedia y, tal vez, ni siquiera lo sabían. Incluso
parecían disfrutarlo con discreción, un poco bastante. Los encontré sentados, apoyados
uno en el otro como bolsas de papas sucias, esperando el momento justo para entrar en
sus roles y actuar, cocinarse. Corrieron a abrazarme. Mica lloró. Su novio imbécil no, pero
me palmeó la espalda a lo chongo. Me ayudaron a sacarme la mochila. Se mostraron
fuertes, comprensivos y amorosos. Prendieron el aire acondicionado de la sala. Muy frío,
así no se lloraba tanto. Sabían qué hacer y qué decir, por suerte. Entrenadísimos. No quise
abrazarlos más, seguir tocándolos. Me daban asquito, tan pegoteados en su amor y sus
vidas, fríos. Hacía semanas, meses que no veía a Mica. Ella estaba gordísima, vestida muy
mal, con olor feo, con una ropa que no le quedaba bien, toda chinguda. Yo estaba
deshecha, flaquísima y temblorosa. Las dos muy desagradables. Les pedí que me ayudaran
a preparar café, hacer llamadas telefónicas, comprar chiclets, tranquilizarme. Mica
actuaba su última aparición como amiga con un despliegue de cariño inaudito. Hablaba
en voz baja, con cara de Mona Lisa evangélica. No se fue de mi lado en ningún momento,
charló con todos, muy ubicada, demasiado, rozando la ridiculez bienpensante. Su novio
salía a fumar y volvía a las horas con cara larga, con bolsas de facturas calentitas. Mica me
hacía el aguante, siempre conmigo, de brazos cruzados frente al féretro. ¡Qué horrible la
palabra “féretro”! Saludaba amablemente a mis tías y los vecinos, indicando que yo era la
doliente y no ella, acompañándome al baño como si estuviéramos en un boliche, en la
Plop, de parranda, dadas vuelta. Preguntó si quería que me consiguiera merca para un
saquecito. Mi madre murió en un accidente de autos. No eran tan habituales esos
acontecimientos en Ballester. Le tocó uno de lo más horrible y complicado,
comentadísimo. De no creer. La gente anda como loca y no se da cuenta. Esos desastres
pueden ocurrir en cualquier momento. Ocurrió. Un skater inexperto distrajo un taxista
nervioso. Decisiones del cosmos. Un señor miope manejaba una camioneta hablando por
celular. Una moto andaba en la vuelta. Mi madre estaba en la luna, cruzando la calle,
mirando el celular sin estar apurada ni entender bien el funcionamiento del aparatito. El
sol, los reflejos, la hora del día, tal vez la edad o el celular nuevo con botones tan chiquitos.
Sentía sus uñas re grotescas. Ahí mismo ¡Zaz! y a otra cosa. En pleno centro, soleado, con
niños mirando y todo. Horrible. Espantoso. Por suerte no la vi morir. La gente gritaba,
dicen. Tal vez la culpa no haya sido de ninguno de ellos. Fichas mal colocadas,
imprecisiones. Suicida mi madre nunca fue. Siempre se agarró de cualquier excusa para
seguir. Hay momentos que ocurren con rapidez y surgen no se sabe cómo. Son tan
irremediables que no vale la pena explicarlos, pensar quién comenzó, que si el skater o el
taxista o mi madre miope. Miope no, miope no era. ¿Qué querían que yo les dijera? ¡La
gente es tan cualquiera! Cuando llegué se la habían llevado. ¿A dónde? Había un charco
de sangre con moscas. Un policía medio veterano me acompañó. Me dio el monedero y
una bolsa con productos farmacéuticos que llevaba mi madre. Ibuprofeno y jarabe para
la tos. No me había dado cuenta que estaba enferma o tenía alguna molestia. Rarita
siempre había sido. Nuevamente un extraño fue el único apoyo que tuve, lo que encontré.
Volví a llorar abrazada a un uniforme por no tener a nadie y no lo digo de pamentera,
haciéndome la pobre infeliz porque eso era, una pobre infeliz. Esa vez sí que había
ocurrido lo peor. La catástrofe. Quedé en el medio de la nada. Sola mal. Tenía que
aprovechar el abrazo del policía porque consuelos no habían, no me los podía inventar,
llevarlos debajo de la manga. ¿A quién más iba a abrazar? ¿A Mica y el novio? Estaba sola
como una tarada, con los ojos rojos, dilatados, tomando taxis por diez cuadras, pensando
bobadas, dejando que obrara la buena voluntad de los vecinos, la policía, Mica, Abu, las
tías locas y los parientes lejanos. La gente cree que te entiende pero no. ¡Qué te van a
entender! Cuando una ex profesora se ofreció a ayudarme con las vueltas de la funeraria
y el cementerio, el tramiterío, me sentí patética por no poder decirle que no, que muchas
gracias, que la llamaba después. En Ballester no hay cementerio, corresponde el de San
Martín, que es la capital del partido. No me daba la cabeza para razonar. Sentí que con un
golpe seco me martillaban un clavo en el corazón y pensé en lo pelotuda que fui, en todo
el tiempo que había perdido, tirado, en lugar de armar un muro de amigos, de afectos, de
gente que me conociera y me quisiera para poder enfrentar con naturalidad momentos
como aquel, la muerte, la muerte de mi madre, en lugar de andar a la deriva, sacándome
fotos, bailando cualquier música que pusieran, toqueteando putos borrachos, robando
celulares, bajando discos que nunca escuchaba, arrastrando amigas de mala calidad…
¡Qué pelotuda! ¿Cómo nunca se me ocurrió pensar en la muerte? Por suerte el espíritu
de mi madre jamás reapareció. Llegar a casa, abrir la heladera y encontrar un limón. Onda
comix. No saber qué hacer. Recibir facturas de luz y teléfono. Tener que bañarme, salir
toda mojada a buscar una toalla del placard y encontrar destendida la cama de mi madre
como si su muerte hubiera sido mentira, una equivocación. ¡Qué locura! De repente, la
muerte. Tener que regar las plantas, regalarlas, barrer, lavar la ropa, buscar un psicólogo,
un contador y Mica que no volvía a ayudarme ni nada, que se quedaba con su novio lo
más pancha, que sólo estuvo el día del velorio y el entierro y ya está, ¿para qué más?,
haciendo una excepción en su rutina, un esfuerzo, un compromiso con su vieja amiga, por
lástima, obviamente. ¡Qué feo! ¡Qué horrible es dar lástima! ¡Qué horrible! Que te traten
como a un niño perdido, mendigo, que te den cariño como limosnas por malabares, cosas
que no necesitás pero igual te dan sólo por darte algo, para quedar con la consciencia
tranquila, sin culpa, pobrecita, la huérfana pelotuda. Te dan plata para taxis, cenas
aburridísimas, pañuelos descartables, creyendo que te solucionan la vida, que vuelve la
alegría, que vuelve la felicidad con cualquier pavada. ¡Por favor! ¡Que se peguen un tiro!
Odio la gente que se cree que es algo. No quiero eso nunca más. Nunca más. Cuando ya
se tiene un dolor grande, parece que no se puede seguir y, sin embargo, viene la pena, la
lástima de los otros, la conmoción para que te sientas peor, una ruina, mugre, fea. La
gente es así. Parece que lo hicieran por gusto, que fueran todos una manga de tarados.
Tendría que haber dejado que los parientes trasnochados saludaran a Mica en lugar de
mí. No entiendo cómo podían confundirnos con lo gorda que había quedado la loca esa.
Querían abrazarla, darle un pésame memorable y profundo. Los hubiera dejado. Era to do
tan patético, tan barrial y tan caníbal. Llené la casa de desodorante de ambiente y dije en
voz alta “acá no me quedo ni loca”. Pensar que hay gente que se inspira en situaciones
así. Cuando los extraños se fueron y el teléfono dejó de sonar sin que yo lo tirara a la
basura, apareció Abu con su cigarro y una cara de preocupación auténtica. Se materializó
de a poquito, esfumada. Era muy de noche. No asustó. No flotaba ni tenía aspecto de
fantasma, estaba así, tal cual, Abu en camisón, carne y huesos, bien derechita, limpia.
Tenía tantas preguntas para hacerle pero no tenía ganas de responder. Cerré las ventanas
por las dudas. Se sentó en la mesa de la cocina mirando la pared. Pidió un cafecito, un
cenicero y la caja aterciopelada con sus cartas de tarot. Se lo traje y la acompañé
compartiendo el cigarro como si fuese un porro, bostezando abiertamente, rascándome
los ojos. -La felicidad nunca es simple. Me ayudó tirando las cartas, que era la única luz
que podía darme además de su compañía de ultratumba. La Cruz Celta de una, nada de
andar con tiradas para principiantes temerosas. No le entendía mucho pero me dejaba
guiar casi dormida, haciendo lo que me indicaba sin cuestionar o tratar de razonar. Barajé
bien y comencé. Poné una acá, otra arriba, otra allá, todo así. Una carta que me
represente, otra que me cubra, las fuerzas que me aprisionan, la corona de la cruz, el
futuro, el pasado, el medio ambiente, las alternativas, los caminos a elegir, los obstáculos,
las esperanzas, la Justicia, el Diablo, la Torre, la Luna, demasiada información, me vino
sueño, lógicamente. -¿Podemos seguir otro día, Abu? -¡Qué distraída estás, nena! Mirá.
Me enseñó una carta. La Fuerza. Una mujer muy tranquila con un león bajo un cielo
amarillo de bomba atómica. Una carta preciosa pero que me había salido invertida en la
tirada y por más que mi futuro se presentara como una infinita hoja en blanco sin sitio
donde caer, yo sólo tenía inseguridad, mezquindad, obsesión por detalles intrascendentes
que no conducían a ninguna parte. Era una bola sin manija en un mundo lleno de
oportunidades. El norte en todas partes. ¡Qué lejos estaba yo de ser esa mina! ¡Qué
lástima! Mi madre muerta en un accidente boludo. Tener que manejar la casa, tomar
decisiones. El invierno que iba a llegar en cualquier momento. La tristeza. ¡Qué fea es la
tristeza! ¡Qué fea te deja la cara, la columna! Tristeza para tirar para arriba. ¿Qué le vamos
a hacer? Por suerte Abu aparecía a cada rato cantando la justa, estabilizándome. Me
hubiera gustado otro panorama o, al menos, otra perspectiva, un cambiazo. Cable a tierra,
le dicen, aunque no me gusta cómo suena, preferiría cable a Júpiter o al Más Allá. Abu se
había muerto no hacía ni un año y sólo quedábamos yo y mi madre. Vivas. El resto de la
familia… tías locas. Un fantasma no sirve de mucho. Mi madre tampoco era una gran
compañía, seamos sinceras, nunca lo fue, pero de eso a dejarme sola en Ballester,
rodeada de todas las porquerías que mi familia había juntado desde antes de que yo
naciera, había un abismo. Nunca paraba de caer. Nunca paré. Aún no siento el golpe. Es
increíble lo que demora. Una vez que el contador me puso al tanto de las deudas y el
capital de mi familia, una vez que dimos de baja a los servicios, que logramos vender la
casa y tiré todo, que elegimos el mejor banco donde depositar, una vez que me dejé el
pelo largo, que agarré el DNI de Mica sabiendo lo que tenía que hacer con él, ahí sí, le
pagué al contador lo que tenía que pagar, lo mandé a cagar, rastreé a mi padre, le dije a
Abu “vamos” y nos fuimos a la mierda.

15 – Hiperventiladas

Dormí hasta tardísimo en un sillón incómodo del dormitorio de Bruna. Me desperté de


un sacudón, un terremoto en el pecho, muy sudada, boquiabierta. Babee la almohada. Un
bulto se movía como un fantasma amistoso en la habitación a oscuras. Era el perro nuevo
de Bruna, el caniche que paseaba el otro día alrededor de Abu. Él tampoco la veía. Los
perros no son tan perceptivos como dicen las señoras. Aún es fin de semana y no está la
mucamita. Hay sol. Desayuno pan con queso. Es el almuerzo, en realidad. O la merienda.
No soluciona mucho. El pánico de ayer debe haberse ido pero me duele la cabeza y un
ganglio. Evito cualquier esfuerzo mental. Quiero despabilarme, ser ese perro o esta silla.
En lo posible, ni ver. Ver me duele. Como. Pan con queso y agua, parezco una mascota
infantil. Odio tener resaca, dar lástima, despertarme y descubrir que alguien me preparó
el desayuno como si yo fuera una enferma terminal o un perrito. Tuve una pesadilla muy
graciosa pero que igual me dio miedo. Me comía un muñeco de plástico. Soy una
pelotuda. Esparzo el queso todo mal. Es horrible andar vestida así a esta hora del día,
tanto brillo y escote. Mi aspecto debe ser lo menos. Ni me miré al espejo. No tomo más,
buscaré un psiquiatra o seguiré abrazando gente para estabilizarme. Hay jardines de
infantes que educan así a los niños. Bruna me observa al otro extremo de la mesa con su
pelo mojado y una cara espantosa. Tiene olor a talco y una remera muy grande, blanca,
con los dobleces marcados. También come pan con queso. No recuerdo cómo quedé
dormida. Probablemente lo hice hablando, dando dudosos consejos a esta pobre infeliz.
Me dio mucha lástima. No ella. No, no, no, no. Me dio lástima la situación, dormirnos así,
con un perro olfateándonos las entrepiernas. Yo, medio borracha, consolándola con
discursos incoherentes, con pánico y miedo. Porque tengo miedo también, hay que
decirlo. Tengo miedo a quedarme loca, ser una más de mis tías, que me hablen y no
entienda. Bruna también tiene miedo por todo lo de su familia, su madre abandonada, el
futuro, tenerme sólo a mí de amiga. Aconsejarla fue espantoso. Traté de hablarle en
abstracto, disimular, no darle referencias de mi vida, no hablar de mis experiencias tan
similares, no ponerla al tanto de mi estado que ya bastante tenía con lo de este tipo, la
pobre. La observo. Mira la pared. Está triste, lógico. Debería explotar, comenzar a llorar,
gritar o romper cosas. Le haría bien. A mí ayer me hizo mucho bien. A su madre parece
que no. Marisa comienza a hablar sola en su dormitorio. La escuchamos desde acá. Bruna
hace como si nada. Cae algo y se rompe. El caniche ladra como una rata. Se ve que el
Master en Trauma ha caducado. Grita. Bruna me mira aterrada sosteniendo una taza
humeante. Pone un saquito de té rojo. Me vienen los recuerdos de mi madre r ompiendo
la casa en Punta del Este. Es increíble cómo lo recuerdo tal cual. Es un sticker en el
cerebelo. El ruido, la desesperación, las ventanas rotas y el viento helado entrando. El té
tarda en soltar color y el llanto de Marisa cada vez es más nítido. El caniche no encuentra
qué hacer. Le digo a Bruna que salgamos a pasear, que me acompañe a la Galería do Rock
a comprar una pavada, que si a su madre le da por romper todo, estará mejor, que se lo
digo por experiencia. Estamos muy dispersas. Nos equivocamos durante el trayecto del
subte y bajamos en otra parte. El calor se desploma en el asfalto. Tratamos de rumbear.
En Sao Paulo no se puede perder el sentido de la orientación. No nos soportamos ni
soportamos estar bajo tierra. Subimos. Caminamos por el centro aprovechando que es fin
de semana y no hay gente. No hablamos ni lamentamos estar despistadas y deprimidas.
Cada una piensa lo suyo. Nos movemos con más lentitud que el viento. Sí, medio poético
el asunto. Una iglesia da campanadas. Es que estamos sensibles, hiperventiladas. No
conectamos del todo. No sé bien qué es lo que Bruna piensa aunque lo intuya y ella
tampoco sabe en qué anda mi cabeza. Ni siquiera yo lo sé. El panorama es raro y sucio.
Alguien se llevó a todos los crackeros y las viejitas paseando perros. La Avenida Paulista
tiene sus comercios cerrados y el sol rebota como en una pista de skate. Quiero activar el
momento sin entrar en conversación. Me hago la loquita y corro, doy saltitos, abro los
brazos como si fuera a volar, como si me estuvieran filmando o fotografiando para la V ice.
Me canso. Me mareo. No llevo lentes negros así que me cuelgo del brazo de Bruna y me
arrastra unas cuadras como a una cieguita atropellada. Volvemos al embole. No podemos
sostener la euforia y la felicidad. No es como con Mica en Ballester. Bajamos nuevamente
al metro por la estación Consolação. Compro un sombrero. Salimos en Estación São Bento
y seguimos duras como autómatas hasta la Galería do Rock. El casco antiguo de Sao Paulo
durante el fin de semana es medio cyberpunk. Tiene algo de apocalíptico noventero. Se
escuchan mejor los pájaros y el olor a meo es filoso. La mugre es pintoresca, amable. Las
veredas no tienen basura olvidada pero en las paredes hay una costra calcinada,
uniforme, que la cubre como un mantel de hule. Como la ciudad tiene una ley hermosa
que prohíbe los carteles publicitarios desproporcionados, los locales desaparecen durante
los fines de semana. No se sabe qué hay tras las persianas bajas, las chapas graffiteadas,
las cadenas y los candados enormes. Se los come la costra. Aparecen algunas personas y
caminan despacio como nosotras. Tal vez tengan problemas muy similares a los nuestros
en sus cabezas, pánico, dramas que en esta parte de la ciudad, a esta hora, son todos
iguales, idénticos. Siento que me conecto mentalmente con la tristeza de la gente que nos
cruza. Los sigo con la mirada. Me les prendo como lentes de contacto. Tal vez también
tengan algún tipo de locura, algún raye, algún cuelgue, algo mío. El muchacho buscando
el cine porno más conveniente, la embarazada tratando de encontrar un buteco con baño
decente, el niño huérfano con hambre, el turista poco inspirado y con miedo a que lo
roben, los emos padeciendo calor, los vendedores ambulantes sin clientes, los indigentes
desalojados, los quiosqueros vendiendo revistas del dos mil cinco, Bruna imaginando
cómo será su vida sin un hombre en la casa y yo dándome cuenta que estoy bastante loca.
Es lo mismo. No hay dramas menores ni mayores. Por suerte llegamos rápido a la galería.
Estaba comenzando a preocuparme, a pensar. Ya nada me resulta exótico entre las
franelas negras. Me acostumbré rápido a esas rarezas y fetichismos musicales
probablemente porque jamás me interesaron. Rockeros. Paso. La primera vez que recorrí
los cuatro pisos de la galería fue como si nada. No quedé en las nubes y supe de inmediato
que allí no estaba lo que buscaba, lo mío. Otro palo, sólo que, claro, tampoco soy tan
caída. Sé bien que en el momento en el que comienzan a quemarse las papas y la
testosterona es un imán, no llegás ni al segundo piso y ya encontraste un bombón. Por
eso no soy desagradecida con la Galería do Rock. Más bien lo contrario. Delicia. Le debo
varias alegrías, como diría Abu. Comienzo criticando todo pero quince minutos después
ya estoy fascinada con algún tatuado que quiere venderme tablas de skate. Hacemos una
recorrida de reconocimiento y entramos en una disquerías sólo porque hay un par de
pibes que están buenos. Ni nos registran. Nos ponemos a mirar cds como si realmente
fuésemos a comprar algo tan obsoleto. Cuando encuentro uno con el mismo logo que uno
de los lindos tiene impreso en la remera, hago que me super interesa la banda. Incluso
leo los nombres de las canciones en voz alta. Sacudo mi mirada para que Bruna sintonice
la situación y me ayude en el levante, pero no entiende. Nuevamente extraño a Mica. Con
Bruna no se puede hacer nada divertido. Nos vamos de allí y nos sentamos en el buteco
de la esquina a tomar unas vitaminas. Las charlas sugeridas por Bruna son aburridísimas
hasta que comienza a hablar de Dieguito Muníz, con el nombre en diminutivo, suavizando.
“No puedo creer que Dieguito Muniz no haya abandonado de un día para otro” arranca.
Lo dice en plural compartiendo la tragedia con su madre o, pensándolo mejor,
solidarizándose con el dolor de Marisa. Toma una distancia. Me doy cuenta que tampoco
lo quería tanto, si no ya habría llorado unos buenos chorros. Creo que le saqué la ficha.
Igual, es una boluda. Desde que llegué a Sao Paulo, cada noche, tomando un tecito
riquísimo, el espíritu de Abu me ayudaba a planear lo que haría al día siguiente, tarot y
charla de por medio. Nos juntábamos en el apartamento o en algún barc ito lejano, donde
no me importase que me vieran hablando sola. La gente ya ni se asombra al ver alguien
hablándole al aire. Ahora Abu está desaparecida, se marchó sin dejar rastros ni sugerir
cómo contactarla y hay cosas que no puedo hacer por mi cuenta, sola. Porque así es como
estoy, sola. No puedo olvidarme de eso, no, no, no, no. Tengo que tener los pies en tierra
firme porque, si no, realmente estaré loca. ¡Qué miedo me da la gente loca! No saber lo
piensan, qué es lo que están mirando. Quedo nerviosa sólo de pensarlo. Por eso, una vez
que Bruna termina de putear a Dieguito, intento convencerla de que me acompañe a jugar
a la copa, aunque ella no crea en obviedades metafísicas. Es imprescindible alguien más
en la sesión y es la única candidata. Pobrecita, Brunita. Por momentos me da c ulpa pero,
sólo con ver que sigue usando remeras flúo con stencils y recordar que mi padre nos
abandonó en Punta del Este para irse con la ridícula de su mamá, me hace sentir que estoy
obrando bien, que estoy cercana a algo parecido a la justicia, que me aproximo a ese
concepto o a algo de por ahí, que tengo derecho a hacer cualquier cosa, lo que se me
antoje con ella, con Bruna, con La Piojito. Que se jodan ella y su madre. ¿Quién las mandó
agarrar a mi padre? Trato de que en la cara no se me dibuje maldad, escondo mi mostra
interior y calculo el tiempo que demoraremos en terminar la vitamina, los camarones y
algún cafecito que pidamos. Ideo un diálogo estratégico para lograr que me acompañe en
la sesión espiritista, en lo posible, esa misma noche y en su casa. -¿No estás aburrida,
Bruna? -Un poco. ¿Por qué no hacemos de nuevo lo de las falsas periodistas
gastronómicas? Podría ser divertido. No quiero seguir imaginándome a mi madre en casa,
enloqueciendo porque Dieguito se fue. -Lo de las periodistas sería demasiado. -¿Por qué?
-Porque hay que hacer un trabajo previo. Esas cosas se planean con tiempo. -¿Por qué no
me mirás más a los ojos? Me quedé en blanco. Bruna me mira como si tuviera siete años.
Es más, parece menos. Reconozco su mirada, la recuerdo de cuando se pasaba el aloe en
la cabeza, cuando íbamos al puerto de Punta del Este solas, a ver los barquitos blancos
que llegaban. Nos paraba la policía para preguntarnos si necesitábamos algo, si estábamos
perdidas y le señalábamos cualquier persona a la distancia. Le decíamos que eran
nuestros padres y que teníamos hambre. -¿Alguna vez jugaste a la copa? -¿Qué? -A la
copa, Bruna. Espíritus. Invocar espíritus con una copa de cristal. -No. Me da miedo. ¿Por
qué me lo preguntás? -Porque, no sé, de repente se me ocurrió que podríamos jugar a
eso. Siempre lo hacíamos con mis amigas argentinas. No tuve que hacer gran esfuerzo
para lograr que nos metiéramos en su dormitorio a jugar de una vez por todas, pero costó
un poquito. ¡Qué laburito me da esta mina! Y eso que es de las amistades más tontas y
básicas que he intentado conquistar en mi vida. ¡Qué pereza! Primero ordenamos un poco
el relajo para recibir la visita de Abu en un espacio más amable, confiable y amistoso.
Tampoco es cosa de tratar a los espíritus como si fuesen una plaga. Creamos el clima con
facilidad. Bastó con que cada cosa fuera a su lugar o no molestara. Bruna no quiso
encender velas porque las ventanas estaban cerradas y se podía quemar el oxígeno. ¡Qué
burra! Cuando queremos ver nos damos cuenta de que hace como una hora que estamos
guardando ropa suelta en los armarios, tirando basura, corriendo la cama, hablando de
pibes y de experiencias alucinantes con la copa. Nos pintó la onda mucama. Me regala
tres pares de zapatos que me quedan bien y una vestidito cortito, sencillito, medio cheto,
divino, que no usa desde que se lo compró y apenas le gusta. Un amor, la Piojito. Ya es de
noche y hay que sacar al perro a mear así no jode. Lo depositamos en el césped del patio
de su edificio y nos fumamos un porro sin hablar. Cuando el caniche se cansa de ejercitar
sus musculitos, guardamos la punta y subimos silenciosas, de lo más relajadas y
sintonizadas. Pregunta si podemos filmar la sesión de la copa para subirla al youtube, que
sería un éxito de acá a la China. Tiene unos parámetros mentales increíbles. Sumamente
contradictoria. ¡Qué difícil lidiar! Porque primero dice que no, después que sí, después
que no sabe, que si esto, que si lo otro, que quiere filmar… ya sé que lo de la copa no es
una actividad común para cierta gente, que se asustan, que hay preconceptos, pero
tampoco es para filmarlo a las risas. Pero la gente es así. Les parece una estupidez
cualquier cosa que no puedan explicar. Las vidas de mierda que insisten en vivir, eso no
les parece una estupidez, no, no, no, no. Se miran al espejo re tranquilos, se cepillan los
dientes con crema blanqueadora y así dale que dale, hasta que un día se quedan los
dientes sin esmalte y ya es tarde. Me colgué pensando lo de los dientes. Los porros
brasileros pegan una vuelta muy sacada. Pareciera que Bruna no da para medium, que no
sirve, pero con estas estúpidas nunca se sabe, por eso le doy para adelante. A veces, así
como las ves, así de taraditas, poniendo los deditos en la copa, asustadizas, tienen terrible
mediumnidad. Envidiable. No me explico cómo, pero más de una mosquita muerta con
cerebro vegetativo ha resultado ser un canal maravilloso, óptimo. Algunas taradas pueden
invocar al mismísimo Diablo en persona, dicen, aunque con cero responsabilidades.
Preguntan cualquier pavada, tratan mal a los espíritus. Eso de preguntar la fecha en que
te vas a morir. ¿Para qué querés saberla, digo yo? Como si todos los espíritus fuesen
adivinos. -Mirá, Mica. Lo único que te pido es que no me dejes ningún espíritu dando
vueltas por la casa. Mi madre se pondría hecha un fuego si le traigo un fantasma en este
momento de su vida. No lo podría pensar. Después tenemos que llamar a un cura y encima
pagarle sin que nos explique qué hizo. Eso la traumaría más que Dieguito. Viste cómo son
las psicólogas. Hace tiempo un cura me dijo que los espíritus que se aparecen en la copa
son siempre malísimos, que una vez se le metieron unos en la iglesia por culpa de unas
catequistas que se pusieron a jugar. Fue tremendo. Parece que se les rompió la copa y fue
re difícil sacar las almas. -No son almas, son espíritus. -Bueno, lo que sea. Que se entraron
a romper las cruces, las lámparas, la heladera, el lavarropas, el secarropas... -¡Qué iglesia
más moderna! Para mí que me lo estás inventando, Bruna. Perdoname que te lo diga así.
Además, no es algo malo jugar a la copa. Uno invoca para liberarlos. Hay gente que limpia
casas con esto. Todos contentos, más lo espíritus, pobrecitos, atrapados sin poder hacer
mucho. -A mí me dan miedo esos bichos. -¡Bruna! Un poco de respeto, por favor.
Cualquier espíritu se merece respeto, más si lo estás invocando. Concentrate. No pienses.
Más allá no hay nada. Están aquí, en paralelo. No le des tanta vuelta. Es simplemente un
modo de mediación. No existe lo sobrenatural, sólo lo no conocido. Anótalo en tu cerebro,
si podés, haceme el favor. No se mueve ni un milímetro, la muy boba. Se hace rogar. Se
hace la interesante, hasta que, de golpe, arranca a bailar una pirueta tras otra. Se pone
violenta y loquísima. Demasiado para una copa. Incluso, por segundos, ni siquiera la
estamos tocando. Macabrísimo, de película. Quedamos de cara. Se le antojó dar vueltas
rápidas buscando el borde de la mesa. Rapidísimo el vuelo. Lo veo y no lo puedo creer.
Esa no es Abu, que de violenta no tiene un pelo, aunque puede ser que se sienta
incómoda, que no le guste Bruna, que no le caiga su cara o el olor. Me asusto un poquito.
Hay que ser fuerte. Dentro de lo que puedo, soy un ser fuerte. En un movimiento
automático, bestial, suyo propio, me doy cuenta que planea suicidarse y romperse. No,
no, no, no. No es Abu. Estoy segura. ¡Qué espíritu de porquería! Por suerte puedo agarrar
la copa a tiempo, poner la mano debajo. Que nada se escape, ni un pedacito de espíritu.
Salgo a la ventana, la abro y soplo la entidad. Me acuerdo de Abu tirando las arañitas al
patio de la casa en Ballester, sin matarlas. Vuelvo a colocar el cristal entre las letras y le
pido a Bruna su dedo índice derecho. La copa no se mueve. Muerta. Problemita. Silencio
por un momento. Más silencio. -Abu, ¿qué te pasa, estás enojada? ¿Me contestás, por
favor? -¿Cómo sabés que es tu abuela y no es … no sé… Michael Jackson? -Para dirigirte a
mí tendrías que quitar el dedo de la copa, Bruna. Obvio que no es él. En este momento
hay miles de personas en el mundo entero invocando a Michael Jackson que, dicho sea
de paso, es super fácil traerlo porque es el típico espíritu que anda en la vuelta por la clase
de muerte que tuvo, pobre. Sin gracia. Termina diciendo lo mismo a todos. La copa se
balancea sin que la estemos tocando. Se arrastra por su cuenta sin timidez y da miedito.
Hace un ruido horrible. Ronca. No afloja. Me cago entera. No me gusta lo que está
haciendo. No hay necesidad de bochinche. Abu no haría algo así. Jamás. Empieza a dar
números y los memorizamos. Dos uno uno cero nueve dos. Vuelve a su lugar, al centro y
ahí queda, como si nada. Bruna no logra que salga el grito que se le ha formado en la boca.
Mastica el cuello de su remera y babea la tela. Algo quiere decirme. Me muestro segura,
intacta, revoleo los ojos para cada rincón como la mala de la película. Presto atención a
todo para dominar el universo, la puerta, las ventanas, la copa, que nada se me vaya de
las manos. Tal vez caiga el techo, explote la casa, se termine el mundo, nunca se sabe.
Estoy preparada para cualquier cosa. Vi muchas películas de terror en mi vida pero esto
es un 3D gigante. No me va a agarrar así como así un espíritu de morondanga con ganas
de molestar. No, no, no, no. Levanto las manos. Un asalto. -Tranquila… Tranquila, Bruna…
No hables… Respirá sin hacer tanto ruido… Tranquilita… ¿Memorizaste esos números?...
Ahora, volvamos a poner los dedos en la copa y damos por terminada la sesión… Vamos…
No seas maricona… Encará… En el silencio apenas movilizado por susurros, se golpea una
puerta de la casa. Terror posta. Ahí sí, grita la muy idiota de Bruna. Yo aprovecho para
respirar y estirar los dedos como antenas. Busco algún pensamiento o una iluminación.
“¿Tenías puertas abiertas?”. Bruna tiembla y no responde. Se sostiene los labios con la
mano. Dejó la copa hace rato. No se hace cargo, la muy turra. Ahora hay pasos. Vienen a
nosotras con algún propósito, al dormitorio casi corriendo. Es horrible escucharlos porque
me imagino cualquiera. ¿Me parece a mí o alguien está golpeando la puerta? Gritamos
como unas adolescentes yankees previas a ser descuartizadas por un hacha enorme y
oxidada. -Bruna. ¿Estás ahí? Compré helado. ¿Querés un poco? ¿Cómo podemos ser tan
ridículas, por favor? ¡Qué par! Jugar a la copa estando de porro es lo peor. Es Marisa la
que habla. Bruna se arregla la ropa como si hubiésemos estado cogiendo durante horas a
escondidas y abre la puerta con gesto de embolada. Descubre a su madre con un pote de
helado y grita “sambayón”. ¡Qué rico que es el sambayón! Subimos a la terraza. El edificio
es alto y la ciudad es espeluznante. Busco estrellas en el cielo. Siento el viento lacio en mi
pelo. La cabeza se me mueve. Las luces de las avenidas iluminan la galaxia, opacan el
mundo, pueden más. Los autos no dejan silencio, van, vienen, se pierden y aparecen otros
muy parecidos para hacer lo mismo. Los fumadores de crack se amontonan como lagartos
mareados. No hay mosquitos. Nada parece puro y sin embargo estar con Bruna y Marisa
a esa altura del mundo me convence de que no encontraré algo más cristalino que esta
ciudad, algo mejor que estar con ellas. No sé por qué siento tanta paz si las odio con tanta
fuerza. Me viene un chucho de frío repentino. Marisa me abriga con su saco de hilo y
Bruna repite los números que memorizó durante la sesión de espiritismo. Mis hombros
sostienen las hombreras con torpeza. Pensar que estas dos mujeres me arruinaron la vida.
La mía y la de mi madre, que en paz descanse. Debería improvisar una crueldad, un
asesinato ahora mismo, tirarlas, empujarlas a la calle desde tan alto, al menos en memoria
de mi madre, que nunca logró recuperarse, engordó muchísimo y murió así no más, al
pedo, en el centro del barrio, ante los ojos de toda la chusma. Las escucho hablar
despacio, comentar virtudes del helado esforzándose en no nombrar a mi padre. Dieguito
Muniz. Quieren llevar la conversación hasta algún punto interesante, matar el tiempo
entre ellas, distraerse. Están muy dolidas. Mi padre también las abandonó. Pobre, en un
punto se parecen a mí y a mi madre. Un puntito chiquito pero adentro de un círculo. O
sea, dos puntos. Bah, ya me entreveré. Vuelvo a pensar eso de empujarlas y verlas caer
hasta la muerte. Me dan pena. Me simpatizan. Trago el sambayón. Frío. Me parece que
es granizado. Distiendo los hombros y el saco se me desprende del cuerpo. Vuela muy
liviano. Algún cineasta imbécil probablemente se coparía con la imagen y su potencial.
Cae en la avenida y los autos lo pasan por arriba como si nada, como basura o un
animalito. Los crackeros corren a recogerlo pensando que es dinero o comida caída del
cielo. Lo devoran. Pido disculpas por mi torpeza y Marisa dice que no me preocupe, que
está todo bien, que no vale la pena estresarse por cualquier pavada. Entramos porque nos
parece que el frío en Brasil es muy traicionero.

16 – Todo mal

Cuesta darse cuenta que se está estresado viviendo en un balneario. El aire engaña. El
yodo. Los perros. El estrés en orillas no es una posibilidad que se maneje ni algo que se le
cruce por la cabeza de un ama de casa autómata como lo era mi madre. Ni pensarlo. Los
días y mi padre se le desaparecían, era una bomba de tiempo, un reloj de arena que no se
daba vuelta y esa vida, inconscientemente, claro, la estresaba bastante. Le salían aftas.
No sabía qué más hacer, qué más limpiar, dormir, explotar, comprar un mueblecito, matar
a alguien. Me observaba crecer despacio, fumando cigarros co n la misma intensidad que
Abu. Pólvora. Se desesperaba. Aparentaba pensar, analizarme, entretenerse pero para
ella yo no era más que un televisor apagado o en mute. La sentía levísima como si no me
quisiera del todo, como si tuviera que solucionar otras problemáticas para después, sí,
quererme como corresponde, comprarme una campera. No me observaba en
profundidad ni dirigía su amor con precisión pero alguna parte de sus pies pisaba la tierra.
Era mi conexión con el mundo. Yo la quería. Nunca dije lo co ntrario. Se perdía en detalles,
en mis travesuras con menos gracia, pavadas, en los desayunos y los almuerzos, lo
anecdótico, la pelusa formándose en los rincones, el verano que demoraba tanto en
llegar. ¡Qué nervios! ¡Qué caro todo! Tampoco una niña suele tener una vida interior muy
retorcida pero, claro, comparándome con la Piojito y su mamá psicóloga, lo que tenía en
casa dejaba mucho que desear y mi cabecita no paraba. Taca, taca. Mi cerebro estaba
lleno de cosas raras. El suyo también, ni que hablar. Por momentos, pensábamos lo
mismo, nos rascábamos las nucas. Al que sí creía entender era a mi padre y eso que,
pobrecito, Dieguito Muniz estaba re de las chapas, tal vez, más que nosotras. El dinero no
era suyo y el casino siempre ganaba, pero manejar cantidades insólitas como si tal cosa,
lo dejó medio dado vuelta, entre realidad y fantasía, sin pies ni cabeza. Un limbo. El casino
fue el entretenimiento ideal para alejarse de las paranoias de su pasado dirigiendo la
secta. Su historia jamás terminaba de dar un giro. No sabía en qué lugar colocarnos. En
poco tiempo se consiguió clientes y llegamos a vivir de regalos, de sobras y caprichos de
desconocidos. Señores, generalmente. Deseábamos que a esos señores les fuera bien,
que tuvieran una racha de suerte en la ruleta y se ducharan en billetes. Tomaban a mi
padre como un confidente, un psicólogo y un amuleto. Quedaba bizquito de cansancio.
Le costaba hablar. Llamaban a cualquier hora y mi madre se enfurecía, mostraba los
dientes, hacía que no escuchaba, que le dolía la cabeza. No quería coger. Mi padre le
acercaba un dedo y se le erizaban todos los pelos. No quería volverse una secretaria ni
podía seguir a mi padre en su ambición incierta. Punta del Este era sólo un escalón en el
plan de Diego Muniz. Una ambición muy misteriosa que nunca terminaba de compartir
con nosotras, de informarnos, al menos. No sabía a dónde llegar exactamente, pero
estaba seguro que era una etapa bien elegida. Mejor imposible. Quería ser como los que
habían dejado ese puesto vacante en el casino para que él lo ocupara. Quería crecer,
convertirse en otra persona, que algún apostador se lo llevara pronto a Las Vegas, mínimo.
Era lo que todos sus colegas querían y cada tanto uno lo lograba. Le hacían un asado de
despedida muy básico y típico, como para que no se olvidara de dónde venía y al otro día
pasaban de Punta del Este al Ceasar Palace de Las Vegas, a Panamá, República
Dominicana, cualquier sitio por allá arriba. Él quería eso, algo así. Ir a Las Vegas y un fin
de semana, en una aerolínea low cost, volar a San Francisco, tomarse un ferry para visitar
la cárcel de Alcatraz, con el Golden Gate de fondo, vestido de traje, carísimo, fotografiar.
Quería ver las puestas de sol en Montecarlo. Quería el mundo. Probablemente lo quería
sin nosotras. Seguro. Eso es otro tema. Un trabajo extraño. Ganaban el quince por ciento
de lo que perdieran los apostadores y a la vez les prestaba dinero cuando se vaciaban los
bolsillos. Una cadena. Si el cliente perdía todo y quería seguir jugando, el casino prestaba
dinero a los prestamistas para que continuaran prestando. Muy difícil de entender sin
verlo, pero le generaba una adrenalina casi tan adictiva como la de los apostadores o la
fe en el cosmos y, claro, en medio de esa máquina qué le va a importar si el jardín de su
casa está prolijo, si los pisos brillan, si es invierno, si estamos bien, si estaría bueno
comprar un perro o hay que aceitar las puertas. Quedan re en otra, en el Club Vip del
casino, fumando habanos gratis, tratando de conseguir estrellas de la tele para que se den
una vuelta entre el humo, para jetear y amenizar un poco a los habitúes. Comienzan a
averiguar los cumpleaños de las esposas, las hijas o las madres de los jugadores para
hacerles llegar cajas de champagne o monederitos de Versace en cada festejo. Es una vida
para solteros o gente muy loca, pasada. Es una vida para alguien sin casa. Alguien de paso.
Tenía consciencia de que aquello no era para mí, que casi no existía. Ballester seguía firme
en mi memoria de nena. El tren. Mi padre no. Al toque comenzó a vivir la vida de sus
clientes, a adoptar los mismos ademanes, a hacerse cómplice, a lucir su reloj Cartier como
si él mismo se lo hubiera comprado. Todo ese caos le daba seguridad, lo hacía olvidar,
peinarse con gomina, atemporalidad. Siempre tras sus clientes, mirándoles las nucas.
Mientras Dieguito desayunaba, hacía la caja diaria de préstamos que variaba jornada a
 jornada como la percepción de un esquizofrénico. Inmutaba. Compraba pasajes de avión
en primera para sus clientes con nuestro dinero, teniendo en cuenta que iban a perder y
cuanto más perdieran, más se ganaría. Lo dólares volvían al toque y siempre había un pez
más gordo cerca. Peces brasileros, guatemaltecos, árabes latinos. Se le iba la cabeza
imaginando lo que sería Las Vegas, Montecarlo, el desierto, los hoteles con camas
inmensas, las luces, caminar tratando de no pisar ardillas. Ya estaba en lo máximo a lo que
se puede aspirar en Punta del Este. En pocos meses supo quién era quién, los que valían
la pena y los que no, los engañapichanga. De los grandes, obvio, los jugadores chiquitos,
pobrecitos, que estaban abajo despilfarrando su sueldo y sus ahorros para las vacaciones,
no, esos no. Esos van al casino a hacer la diaria, es como si continuaran yendo a la oficina.
Juegan, ganan y se van. Pierden y lloran. Mi padre conocía los de la Tarjeta Gold, los que
recibían todo gratis, alojamiento, caramelitos. Eran pocos. Diez o doce clientes por noche
en un espacio pequeño. Tres mozas, una persona por mesa repartiendo cartas, dos
barmans, unos cuatro como mi padre, otros tres para boludeces extra y a veces algún hijo
mayor de edad aprendiendo el vicio, el paraíso. Mi padre no se interesaba por esos
pendejos, prefería la gente grande, seria, clientes de palabra que sólo lo abandonarían si
alguien los asesinaba. A veces le daban cheques para cobrar en otros países y el pobrecito
se iba hasta allá como si fuera a la esquina, no paseaba ni nada, sólo llevaba el bolso de
mano. No nos traía regalos. Nada. Ni un perfumito. Era un mundo pequeño donde todos
se conocían. No se daba ni ahí el mito de los chinitos matemáticos que ganaban millones
o eso de que si alguien se llevaba mucha guita lo echan. No, no, no, no. Tampoco hay
tanta cábala ni tanta merca, ni tanto problema si se pierden quinientos mil dólares porque
al otro día lo levantaban de las ganancias de sus negocios. Todo tranqui aunque mi padre
estuviera sobregirado, muy arriba, durísimo, continuamente alto. No le interesaba
apostar y tampoco podía hacerlo pero apenas tiraban la bola en la ruleta ya sabía cuánto
tiempo faltaba para que salieran las altas o las bajas. Le acertaba. No era el vicio del
 jugador sino el vicio del prestamista, la manija. Se le hacía agua la boca. Se le perdía la
mirada hacia el infinito. Estaba más allá, era la estrella en el dedo. Parecía tener un
objetivo claro, fijo, distante. Entonces le decía al oído del cliente más pesado “apueste
ahora” y ¡záz!, ganaba. Le venía la taquicardia y la expiraba en un resoplido triunfal. Una
vez que se llega a un tope así es difícil abandonar esa vida, trabajar en otra cosa, pensar,
sentarse a ver cómo sube y baja el sol. Es difícil darse cuenta que se está estresado, que
ya está todo limpio. Es una chispa, un fuego que no termina de apagarse y queda
intermitente, titilando catatónico, a medio vivir, generando algo parecido a la vida. Les
ocurre lo mismo que a los perros vagabundos que habitaban Punta del Este y durante el
invierno salen desorientados en sus jaurías. Durante el calor, los dueños ocasionales los
llenan de mimos y carnes rojas, los desparasitan, los perfuman, les dan niños para que los
adiestren y se dejen lamer, hasta que se marchan a sus ciudades de origen, sus ciudades
reales. Los perros quedan abandonados, re locos. Se juntan, vagan y se pasan los parásitos
entre ellos. Los parásitos le desprogramanre locos. Se juntan, vagan y se pasan los
parásitos entre ellos. Los parásitos le desprograman el cerebro, los vuelven unos zombis
sin rumbo y ahí quedan por Gorlero, por la playa desierta, la arena congelada, por la calle,
esperando que los atropelle un auto o que llegue otro verano y tengan suerte. Zombis de
balnearios. Eso, tal cual. Eso éramos. Sin ladrar. Yo, en algún lugar por adentro, sin
mencionar palabras, discretamente almacenaba rencor. No llegaba nunca a tope. Mi
madre también, pero ya estaba como los perros parasitados y se había olvidado por
completo de ese rencor cuando papá nos dejó. Su ausencia repentina fue rotunda e
invalidó las pequeñas molestias de los últimos años. De ahí en más sólo existió ese dolor,
ese trauma. Papá abandonándonos. Lo anterior, ya fue. No pudo soportarlo. No estaba
preparada. Era una angustia imposible de contrarrestar a la apurada. Sólo logró analizarlo
en Ballester, con el tarot de Abu. Ahí comenzó a pensar y reaccionó muchos años después,
cuando me hice un facebook y nos pusimos a buscarlo, cuando dimos con el paradero de
Diego Muniz en Sao Paulo, cuando vio que la madre de La Piojito estuvo atrás de casi todo.
Fue espantoso. Vimos una foto de ellos juntos, abrazados, en una playa, al atardecer, con
el cielo como una explosión de bomba atómica. Sí, era él, mi padre con la madre de La
Piojito, con Marisa, la psicóloga hija de puta, la vecina en Punta del Este, en una playa
brasilera tomando agua de coco verde. Vimos la firma de Maradona. Me acuerdo que
mamá gritó “¡Arpía!” y escupió la pantalla. Abu, nada, encendió un cigarrillo y comenzó a
barajar.

17 – Valeria Ache comienza a hacer pilates

Lo importante es ir tras los beneficios. Los beneficios pueden estar en cualquier lado, en
abundancia infinita, por eso hay que confiar en el cuerpo y sus correlaciones. Tener
consciencia del ser. El cuerpo es el universo en pequeño. Somos el sol, la luna y las
estrellas. Hay que confiar en lo que te pide el cuerpo. Como las embarazadas. Como
cuando tenés hambre y visualizás un alimento en concreto. Una manzana, una
hamburguesa con tocino, lo que sea. Cuando esa manzana o esa hamburguesa entren en
tu cuerpo, seguramente serán más nutritivas que, por ejemplo, un plato de guiso. Puede
que el plato de guiso teóricamente tenga más beneficios alimenticios pero no son lo que
pedía tu cuerpo, así que no servirá de mucho. Sería lo mismo que dos pastillas de un
complejo vitamínico. Aunque le des lo mejor y lo más completo, si el cuerpo no lo necesita
lo tira por el pichí. Ese es el tipo de cosas que Valeria Ache tiene clarísimas desde niña.
Cosas que le contaba su padre. Le gustaría escribir un libro y tomarse un Reflexan 5.
Mientras caminaba por el barrio, Valeria Ache vio una academia de pilates y fue como
cuando una bombacha te habla desde la vidriera y el monedero se acomoda
perfectamente para que lo tengas. No se le ocurrió otra comparación menos machista. Es
que asociaba el pilates a un estereotipo de mujer muy lejana a su postura alfa ante la vida.
Por supuesto que Valeria Ache ya sabía de los beneficios del pilates desde hacía siglos
pero no cuajaban en su lógica. Ella era más de los fierros, lo cardiovascular, la fuerza y el
golpe. Taca taca. Hacía rutinas eficientes para contrastar, para equilibrar. Pero la
academia estaba ahí no más y le dieron un folleto con una sonrisa. Oxigenar los músculos,
que la persona tome conciencia de sus articulaciones, fortalecer la mente, alivar los
dolores de espalda y sueño plácido. Leyó “la mente se convierte en la dueña del cuerpo”
y le gustó el concepto. También simpatizó con “alineación del cuerpo”. Si su vida
comenzaba una nueva etapa, que fuera con todo, alineada en lo posible. El momento de
lo anaeróbico y la higiene postural. El eje. Su cuerpo lo deseó, así que debería estar bien.
La profesora, de entrada le pareció medio naba. Siempre le costó confiar en las flaquitas
de rulos que hablan bajito, sobre todo si eran menores que ella. Esa gente que se ríe por
cualquier incidente. El concepto “minita”. Lo tomó como un desafío y decidió superar el
prejuicio. Tenía que evolucionar, desenviciarse. Ya era una mujer grande. Le dio un tiempo
pero no podía contenerse. La miraba de reojo, subestimaba cada explicación de la
flaquita, le daba asco que sus deditos con uñas pintadas le tocaran los músculos, no le
dejaba terminar ninguna frase o traducía las indicaciones al porteño. Nuevamente pensó
en eso de superarse a sí misma y no ser tan cerrada con las personas imbéciles, pero tal
objetivo se le mezclaba con la teoría de fluir, de seguir lo que pide el cuerpo. Hacían
cortocircuito. En realidad necesitaba un psicólogo. Igual, estaba bueno hacer pilates. En
Santiago de Chile las academias de pilates son muy avanzadas. Tienen unos baños divinos.
Re higiénicos. Un día le pasó algo inesperado. En lugar de la profesora había un profesor.
No era un profesor. Un señor de bigotes de edad indefinida y vestuario juvenil que
curiosamente no desentonaba con su pelo teñido. Lo que se dice “bien mantenido”. La
piel bien, pelo en pecho, derechito, cola repingada, dedos gruesos, uñas bien comidas. La
observaba. Ya había visto su cara enmarcada en una foto tras el escritorio de recepción.
No se había imaginado el cuerpo. Supuso que era el dueño del negocio o el maestro
espiritual. Descartó la segunda opción y confirmó la primera porque el tipo se mandaba
cualquiera. Era muy baboso, miraba el culo de todas y en lugar de la música new age puso
un disco de David Guetta que recién estaba entrando en furor. Igual, el disco sonaba
bajito. El señor se paseaba de brazos cruzados por la academia, marcando músculos y
marcando el ritmo de David con movimientos de cuello. Sólo él se sentía cómodo en su
reino. Las compañeras de horario cortaron la rutina sin disimulo. Se retiraron sin excusas.
Saludaron rapidito. Eso le gustaba de los chilenos. Valeria Ache quedó en la academia,
tirada en la camilla, tranquila, sobre todo porque el señor tenía un algo, algo que le caía
bien. Valeria Ache estaba bobeando con una pelota inflable y había perdido la cuenta de
sus movimientos, pensando cualquier cosa. El señor le mostró un porro y dijo “¿Querés
fumar?”. Valeria Ache decidió seguir su teoría de los beneficios. S intió afecto. No
necesitaron cortejo. Cruzó los brazos alrededor de su cuello cuando ya habían acabado y
le resultó un sexo horrible. Ni siquiera se había erizado. Sensación de vacío. El
apartamento del tipo parecía un hotel. Sólo salía agua de la canilla caliente. Al volver al
suyo sintió el olor a gato y abrió las ventanas. Sus pulmones comenzaron a acelerarse y el
corazón se volvió piedra. Respiró profundamente bajo la ducha. Estuvo casi una hora
enjabonándose de continuo. El dolor se le fue despacio. También se le fue el asco de haber
estado con alguien que no le gustaba. Nunca antes había sentido algo así. Se contuvo. No
fue al casino. Se preparó un té y comenzó a leer las llamadas perdidas, los mensajes de
facebook. Tenía una nueva solicitud de amistad y tuvo que acariciar el nombre en la
pantalla porque no podía creerlo. Algo de lo más extraño e inesperado le estabilizó los
latidos. Fue mágico. De repente olvidó lo ocurrido con el señor de bigotes y la mudanza a
Santiago de Chile. Bastó leer ese nombre en el apartito. Pensó que jamás volvería a
cruzarse con él, que se había perdido para siempre en el mundo, que lo habían devorado
sus problemas y fantasmas, pero allí estaba, en su mano, intentando comunicarse con
ella, esperando que le diera el Ok para hacerse amigo en facebook. Aceptó y estiró los
brazos hacia el techo para liberar las feromonas. Inmediatamente comenzaron a chatear
y enviarse caritas como adolescentes pobres. Guiños y sonrisas amarillas. Ninguno decía
cómo estaba ni dónde. Sólo existían en sus muros de facebook. Un reencuentro sin
espacio ni sonidos. Se preguntaron muchas veces cómo andaban y respondía “bien”. Pero
andan mal. Uno se daba cuenta del otro. Las distancias no engañaban. Eran como mellizos,
como las partículas de la física cuántica, como amantes eternos. Valeria Ache se recostó
en la cama con el iPhone humedecido. El momento siguió un poco más y llegó a sonreír
por minutos. El pulgar no paraba. En un momento Dieguito Muniz le preguntó “¿Aún
querés ir conmigo al Ceasar Park de Las Vegas?” y ella respondió “sí, como en el primer
día que nos besamos”.

18 – Agua y Coca Cola

El cajero no me permite retirar dinero. Puse la tarjeta como siempre pero se la tragó sin
hacer ruido. No salió. Las letras verdes se volvieron rojas. La peor mala espina bien clavada
en portugués. Ni llegué a respirar o apretar otros botones en el desespero. Salí corriendo
del cubículo luego de mostrarle el dedo índice a la cámara de seguridad. Era el colmo. El
sol quemaba muy fuerte. Ardía Sao Paulo. Llegué tarde al Sesc, malhumorada, harta y en
 jeans. No es que tenga un horario determinado y fijo para ir a la piscina, marcar tarjeta.
Puedo venir las veces que se me ocurran, a la hora que quiera, se entiende, pero inventé
una rutina. Es algo que necesito para pensar menos e integrarme más al mundo. Saber
que a tal hora hay que hacer tal cosa. Un orden. El Sesc me da tranquilidad, me alisa.
Jamás, pero jamás de los jamases me viene taquicardia o dolor de pecho estando acá.
Pasearme por el edificio iluminado y espacioso me relaja, decanta el aura. Pienso que no
existe el tiempo, me despejo. Miro el piso tan limpito y me da paz. El o lor a desinfectante
con un toque frutal. Caminar por los gimnasios como si buscara a alguien, ver a las amas
de casa haciendo flexiones, las canchas de básquet, fútbol, vóley, la sala de lectura, los
chicos musculosos, las empleadas, las cajeras, los ascensoristas, incluso subir las escaleras
mecánicas y algunos niños, me dan paz, me hacen sentir una señora. No existe en
Argentina un edificio que me provoque ese efecto tan bueno y de inmediato. La adultez
serena. El Sesc es una de las ventajas más grandes de mi vida en Sao Paulo. Subo las
escaleras de entrada esperando olvidar lo ocurrido en el cajero. Malú está limpiando el
hall. Deja la escoba, desabotona su uniforme y se acerca de buen ánimo, arrastrando los
zapatos, campechana. Le he inspirado un break en la jornada laboral. No se la ve muy
agotada que digamos pero tiene los ojos duros, onda palera. Percibo algo raro, sutil, un
pequeño desajuste en su cuerpo y su actitud para conmigo. Sí, tiene algo raro en la cara.
Grita en un portugués precioso “¡Argentina! ¿Qué le pasó que llegó tan tarde?”. Nada.
Me acomodo los lentes de sol. Le ofrezco una lata con jugo de uva. Comienzo a detallarle
mis intenciones para la jornada pero como si un demonio se alojara en su cuerpo y tomara
las riendas cerebrales, me aprieta el brazo a lo delincuente. Me dice bajito. -Argentina,
vaya con cuidado. Tengo algo muy importante que decirle. Disimule. Venga para acá. Se
me cruza rapidito la idea de que quiere hacer un secuestro express conmigo pero así como
viene esa posibilidad, se va. Está en pleno horario de trabajo, ante la vista del Sesc y sus
compañeros. Tampoco la pavada. Mira las cámaras de seguridad, me empuja con disimulo
y cuando ya no pueden localizarnos, cambia la actitud, se relaja, sus ojos vuelven a ser
normales. Abre la lata de jugo de uva. Sin explicar su agresión, traga, se abanica con el
paño sucio de limpiar vidrios y sugiere un brindis. Las latitas suenan como copas de cristal.
-¿Qué es toda esta demencia, Malú? ¿Qué bicho te picó para agarrarme así del brazo? -
Que la salvé, Argentina. Hoy me cambiaron la rutina de trabajo. Comencé limpiando la
sala “Mosaico” y después me vine al hall. Me pre senté a las chicas de recepción y nos
caímos muy bien. Estábamos charlando y charlando hasta que caen dos policías
preguntando por usted, con una foto y todo. Sabían su nombre, que es argentina. Micaela
no sé qué. Yo conozco muy bien a esa gente. Por el tono de voz ya les descubro las
intenciones. No eran buenos. No eran policías comunes. Ahora están arriba, en la
Dirección, supongo. No han bajado. No me imagino en qué se metió, Argentina, pero sepa
que allá arriba la están esperando con esposas, pistolas y todo. No puedo razonarlo. Mi
pensamiento se vuelve humo negro. De castaño a oscuro. -Será por mi abuela que
desapareció hace poco. Estábamos paseando. Nos sentamos en una plazoleta a comer
una tarta. En un momento me dijo que se iba, se levantó, comenzó a caminar y hasta hoy
no ha aparecido. No la he vuelto a ver. Se perdió en Sao Paulo. Me imagino que será eso.
Malú me observa de arriba abajo. Frunce los labios a un costado. Muy desconfiada y sin
intenciones de despedirse o agradecer el jugo de uva, se abotona el uniforme y vuelve a
sus quehaceres. No puedo moverme o dejar de observarla. El shock de la advertencia me
dejó desenchufada. La veo humedecer un vidrio gigante con un pulverizador. Me da la
espalda. El sol rebota en el vidrio como un baldazo de luz. Vuelve el sonido a mis oídos.
Comienzo a escuchar las voces de los adolescentes entrando al edificio. El portugués me
resulta galáctico. Otras limpiadoras suben las escaleras. Malú no saluda a las tercerizadas,
las de uniforme azul tipo enterito. Esas me resultan medio bichos porque a veces me las
encuentro durmiendo en los baños, en los bancos de los vestuarios. Se ve que es el cambio
de horario. También entran las cajeras de uniforme, entre ellas una que suele atenderme
en el almuerzo, Andréia Freire, divina, gordita, morocha, con dientes grandes, sonrisa
contagiosa y unas uñas impecables re bien pintadas que me llaman la atención cada vez
que pasa mi carnet por el láser. Hoy trae un esmalte rosa con florcitas dibujadas. Me doy
cuenta de ese detalle aunque ella ya esté subiendo las escaleras sin registrarme, re lejos.
La que sí me ve y saluda con algo de simpatía es Janira, la profesora de natación. Me
asusto muchísimo al ser reconocida. Me siento acorralada, una niña en una película. Me
está buscando la policía y todos estos que entran son potenciales informantes, aliens. Me
descubrieron. Algo tengo que hacer. No puedo mutar ni darme el lujo de estancarme. No
puedo permitirme entrar en pánico nuevamente. No puedo seguir parada en la entrada
del Sesc. El sol está muy bravo, no para. Debo ver el vaso medio lleno ya mismo, que no
me encuentre la policía. Posibilidades. Tengo que encontrar posibilidades en menos de
treinta segundos. Salgo corriendo para cualquier lado. Correr me hace recuperar la
adrenalina, el cuerpo. Me recargo. Siento cada parte de mí. Estoy completa. Las células,
los pelos, la médula, un hormigueo. Me detengo y compro una botellita de agua. Pienso.
Me alegro de no sentir nada en el pecho. Ya sé lo qué hacer. Por suerte me avivé. El perrito
ladra a su propio reflejo en el piso lustroso. Marisa me sirve una Coca Cola con poco gas.
Una sobra. La cocina está impecable con las cosas en sus lugares. Tiene una bata. El pelo
suelto. Se disculpa. Me deja sola y vuelve a su dormitorio a dar un portazo, pobrecita. Ni
si quiera me invita a la sala a mirar televisión como la primera vez que entré en este
apartamento. Sigue mal por el abandono de mi padre. Esta vez Bruna no demora y no
llego ni a dos tragos durante la espera. Me doy cuenta que ella también estuvo llorando.
Tiene la cara hinchada y ropa de dormir. Toda congestionada. Puede que hayan hablado
madre e hija, como debe ser, que hayan ideado juntas planes para el borrón y cuenta
nueva. Mi madre hizo eso con Abu en su momento. No se sorprende al encontrarme en
la cocina sin haberme anunciado por teléfono ni haber coordinado un encuentro.
Supongo que hacer esas gestiones previas no es algo propio de las amigas íntimas. Si ya
pasé a esa categoría puedo perfectamente pasar a otra. Un paso después del otro. Vamos.
-Bruna, tengo que hablar contigo muy seriamente. -¿Hice algo malo? -No. -¿Te pasó algo
malo? Mica, no me preocupes así. Si necesitas ayuda yo y mi madre… -No me llamo Mica.
Silencio. El perrito se va sin que lo echen. Resbalan las patitas en el piso damero. -¿Que
qué? -Que es un nombre falso que usé para conocerte. Soy la hija de Dieguito Muniz. Yo
era tu vecina en Punta del Este. ¿Te acordás? La cocina desinfectada se siente vacía. Bruna
procesa la data tomándose su tiempo. Ya viene. Respira. Percibo taquicardia, algo
parecido a lo que me da a mí. Abre la boca y grita. -Mãããããããããããããe!!!!!! Marisa se
aparece con la mandíbula desencajada, descalza y con otra ropa. Remera Hering de turista
y nada debajo. El grito de su hija la ha asustado y ya no da más. No la dejan vivir tranquila
su depresión. Puede ser que sólo mi presencia ya sea demasiado para estas minas. Están
muy hechas pelota, a un centímetro del suicidio, apelmazadas. Desbordan. No puedo
caerles con algo así justo ahora. Tanta psicología para nada, digo yo. No me inspiran
lástima. Me basta ver la casa al pedo que tienen y pensar en gente con problemas más
grandes que los suyos. Por ejemplo, yo misma. Me siento alta. Me siento una actriz muy
importante desperdiciada en un papel de cuarta. Debo continuar el texto. Termino lo que
me queda de la Coca Cola asquerosa y me reactivo. Un embole no haber ido a la piscina
con lo contracturada que estoy. Malditos policías. A medida que cuento la parte más
nefasta de mi infancia compartida con ellas dos, el rostro de Marisa se recompone, se
aviva. El mismo efecto que me dio el agua y la Coca Cola. Le circula la sangre, bombea.
Hay algo de lo que le cuento, de este nuevo problema que les traigo a la mesa, que le sirve
para salir de su parálisis aletargado, la centra. Su compostura avanza al ritmo de mis
palabras. Se endereza. Instintivamente se arregla el pelo con la mano y l e queda bien. No
parece deprimida. La pena desaparece de su cuerpo, me observa con soberbia y me doy
cuenta perfectamente que se vuelve una mostra de colección, antológica. Una señora.
Una psicóloga. Cascabelea, ladea la cabeza, tensa la columna y cr uza los brazos, me analiza
como a uno de sus pacientes más descabellados. Me doy cuenta. Se da unos aires. Analiza.
“Así que esta es la hija de Dieguito Muniz, mmmmm”, piensa con un odio terrible. Sí, sí,
sí, sí. De repente, el odio. Esa energía negra reaviva a cualquiera. No hay adrenalina que
bombee más fuerte y tan rápido. Ni siquiera el amor puede más que el odio. No habla,
lógico. ¿Qué podría decirme ella, siendo la mala de mi historia? Sólo escucha, respira lento
y espera el momento para atacar. Percibo absolutamente cada uno de sus pensamientos,
el teje mental, el odio, el instinto de la mostra asesina y resentida. Estoy segura que me
ha odiado siempre y que ni bien nos reencontramos se dio cuenta que yo era yo. Ahora
confirma cada una de sus sospechas. Cree que gana. Abu estaría orgullosa de verme así,
aquí, sentada frente a estas dos después de un mal arranque de jornada, encarando,
lúcida, entera. Que el cajero se coma tranquilo mi tarjeta y todas las tarjetas del mundo,
que la policía revuelva cielo y tierra buscándome. Fase dos. Tanta atención en Marisa hace
que no me dé cuenta si Bruna está captando bien lo que ocurre y lo ocurrido. ¿Me
recuerda? Insisto en los puntos que más las responsabilizan de la vida desgraciada de mi
familia, del derrumbe, de mi madre y mi abuela muertas, con unas muertes tristes, de
gente común. Bruna abre la boca sin voz. Parece no poder creerlo. Too much. Sacude las
orejas. ¿Es eso una sonrisa? ¿Se estará divirtiendo con mi co nfesión, la muy hija de puta?
Me interrumpe incrédula mirándome por primera vez. Sus ojos en mis ojos.
Hiperconectadas. No, no se está burlando de mí. Entendió todo, sólo que es muy fuerte.
Re loco. -Sí, Bruna, soy tu vecina de Punta del Este. Me conociste antes de aprender a
escribir. -¿Y por qué armaste esto para acercarte a nosotras? Todo eso de ponerte otro
nombre, entrar a mi casa haciéndote pasar por otra. ¿No es demasiado creepy? -En
realidad, a quién quería acercarme era a mi padre. No me motivaba hacerlo de otra
manera. No tengo por qué ser diplomática con un tipo que nos abandona de un día para
otro. Tengo derecho a presentarme como se me antoje. Supongo que después de lo que
les ocurrió a ustedes pensarán lo mismo. ¿No lo odian? Se miran por primera vez en lo
que va del encuentro. No aguantan la mirada y me devuelven la atención. Marisa aprieta
la boca. Ya sé. Jamás largará lo que está pensando. -Mica… o como te llames… yo era una
niña en esa época. No puedo hacerme responsable por tu tragedia familiar ni merezco
que me hayas manipulado de esta manera. Después hablamos. Permiso. Bruna se retira
furiosa. Escucho sus pasos como si llevara tacos muy finitos. Me quedo sola con la v íbora
en la cocina. Marisa no habla. Se levanta. Con una leve agresividad arroja en un tacho el
envase descartable de Coca Cola. Luego lava el vaso y me da la espalda. Demora el mismo
tiempo que le llevaría la vajilla de un almuerzo familiar. Hurga mugre en el vidrio.
Demasiado jabón para un vaso. Me desinfecta. Lo deja chorreando en el escurridor y no
se da vuelta. Permanece ahí, parada con sus piernas sin celulitis y pies descalzos,
acobardada pero mostrándose orgullosa, racional, dentro de sus posibilidades. Me habla
dándome la espalda. Mira la pared. -Creo que Bruna tiene razón. Si querías acercarte a
nosotras… bah, a tu padre… ¿No fue demasiado hacerlo de esta manera tan… sicótica? La
psicóloga sentencia. -Marisa. Usted ya es grande. Ya se da cuenta. Ya sabe. Podría decirle
muchas cosas que tengo preparadas desde hace años, cosas que le diría mi madre pero
ya no tiene sentido después de ver que él también las abandonó. ¿Qué quiere que le diga?
¿Qué heredé la perversión? Ponele que sí. Si no lo hacía con bombos y platillos me rendiría
en el primer intento. Soy rebuscada, vaya a saber por qué. Igual eso ahora no importa. Les
conté toda la historia porque quisiera pedirles un favor. Marisa me muestra un montón
de lágrimas que se le cayeron mientras lavaba el vaso. Se quita la espuma de las manos y
vuelve a sentarse en la mesa, sin tanta altanería, más sosegada. Parece que soné
convincente. -¿Un favor? -Sí. Quiero ver a mi padre ya mismo. Hace años que necesito
hablar con él y no puedo esperar más ni continuar con otro tipo de acercamiento. Tengo
que verlo ahora. Estoy en problemas y él tiene que ayudarme. Me debe muchísimo. -A
nosotras también, aunque no lo creas. No voy a contarte nuestra historia con él que ya
bastante tenés con la tuya. Ves cómo estamos desde que nos abandonó. Horribles.
También tendríamos algunas cositas para decirle. -Pero a ustedes no las está buscando la
policía. Silencio. -El problema mayor es que Dieguito no está cerca. Se fue lejos. Sé dónde
está pero es un viaje complicado. Volvió a su país. -¿A Argentina? -¿Argentina? No. Él no
es de ahí, no es argentino. ¿De verdad sos su hija? Tampoco nos mientas tanto.

19 – Pocoata girls

En el baño de la terminal me tragué dos pastillas antidiarreicas para quedar bien estreñida
y sólo preocuparme una vez al día por conseguir un baño decente. Comemos sándwiches
de queso entre perros y palomas cagando. No dejo de observar a los niños bañados en
harina y papel picado. Parecen muñecos. Me dan lástima, asco y un leve toque de ternura.
Que no me toquen. No siento alergia. La nave se detiene en cada pueblo que encuentra.
No son muy diferentes unos de los otros. Ni los pueblos ni la gente. Siempre el mismo sol
pero arde menos. Pica. Como los pasajes están vendidos en su totalidad desde hace unos
días y el próximo ómnibus sale recién mañana, decidimos viajar paradas con la esperanza
de que alguna buena alma nos ceda el asiento. Hasta el momento nadie lo ha hecho y
cada vez suben más personas. No sé dónde encuentran lugar. Se las ingenian. Familias
enteras bañadas en talco. “Hay talco”, “hay coca”, dicen los carteles afuera. El viaje es
largo y mareador. Las caminerías son un desastre. Presiento que el chofer atropellará
algún borracho o una de esas concentraciones de gente alborotada e inconsciente. La
gente anda muy eufórica por el carnaval. El carnaval justifica cualquier locura, la
desmesura, los gritos, las bombas de agua que explotan en la ventanilla como latigazos,
las demoras. Demoraremos bastante en llegar. Algo así como sesenta mil horas. A cada
rato surgen inconvenientes que el chofer debe resolver. Demuestra tener algún tipo de
superioridad. Soluciona. Lo admiro. Ahora, por ejemplo, es un camión que volcó en el
camino. El chofer se baja y comanda el operativo improvisado. Extiende el brazo y señala
órdenes. Cuesta mover la máquina. Nosotras no movemos ni un dedo. Aprovechamos
para sentarnos un rato y ver el caos desde lejos junto a las ancianas mudas. El camión
transportaba gallinas. Varias se escaparon y flotan en un arroyo sin que el chofer decida
recogerlas. Es muy lindo ver a las gallinas flotando libremente. Parecen patos. Cacarean
de lo lindo. Ya las matará alguien. Los sándwiches se nos acaban. No quisimos quedarnos
en el hotel entre turistas alemanes que se duchaban cantando. No aguantábamos más
aquella ciudad, Potosí. Supo ser la capital de América en un momento. Ahora es un
quemadero de cabeza. Los problemas de la altura y el descontrol no nos permitían pensar.
Andábamos a la deriva. Muy mareadas. No entendíamos nada lo de los ómnibus.
Necesitábamos ir en el primer coche que saliera porque estábamos hartas de tanto viaje,
de la diarrea y los trámites de aduana. ¡Qué estrés! Pobrecita la gente que elige estos
viajes como vacaciones. No pude dormir temiendo que la taquicardia me matara. Me
costaba respirar, moverme pero no era por el pánico que había experimentado en los
últimos días. No, no, no, no. Esta vez era la altura. Bolivia. En lugar de dormir, escuchaba
gritos, risotadas, autos que pasaban a toda velocidad como si estuvieran en una ciudad
enorme, en un balneario en plena temporada dos mil dos, con música antigua muy alta.
Desayunamos mate de rosas con buñuelos de la sección cafetería del mercado Chuquimia
aún sabiendo que conviene comer galletitas o algo envasado. El api es mejor en la tarde.
Sigo nerviosa. Tengo miedo de desmayarme. Me pesa el pecho. Me duelen los pies. Me
canso de nada y los ganglios de la garganta están inflamados a más no poder. Para
tranquilizarme, razono. Pienso que es sólo una diferencia de altura, que la gente no muere
por esto, por estar en Bolivia, que está todo bien, que la sangre se me irriga lo más bien,
que siempre hay oxígeno y tengo una buena capacidad pulmonar gracias la piscina del
Sesc y a la bronquitis que sufrí de niña, que si ya llegamos hasta aquí con Bruna, podremos
llegar perfectamente hasta donde querramos. Seguimos. Dos señores nos ofrecen sus
asientos y les damos una propina sin gracias. Miro el paisaje a través de los vidrios
empañados y la mezcla de mp3 que sale de los celulares entre algunos ronquidos bastante
sincronizados al reggaetón. Me compré una Coca Cola que vino con la tapa verde
promocionando Shrek. Pensé que esa saga animada había finalizado hacía más de tres
años. Ni quise ver la fecha de vencimiento del envase o hacer cálculos para sacar cuánto
tiempo había pasado y cuánto me quedaba por vivir. Aquí la Coca Cola es más dulce y más
efervescente. Rica. Bruna se durmió al toque. Apoyó su cabeza en mí. La miro de reojo y
la encuentro algo querible. Por suerte quiso acompañarme. Hace tres días que no se baña.
Sigo sin entender por qué ni mi madre ni Abu me informaron que mi padre es boliviano.
No recuerdo haberlo escuchado hablar de eso. ¿Seré tan distraída? Recién ahora me
entero que desde niño le decían El Gringuito pero había nacido aquí, en Bolivia. No era
gringo ni ahí aunque se ve que siempre le gustó ser extranjero, ir rebotando de país en
país como un globo aerostático. Por suerte el viaje es largo y tenemos asientos, así puedo
pensar mejor y la cabeza no se me suelta tan rápido. No me queda otra que estar en
tránsito, dejarme llevar. Aprovecho. Mientras pienso lo de mi padre miro el paisaje
muerto que cada tanto revive con la ropa colorida de la gente. Me resulta increíble que
Dieguito Muniz El Gringuito haya nacido aquí, en Bolivia. Las llamas, las mulas, las casas
destruidas y las nuevas sin terminar, los maizales. Todo seco. Vengo de esta tierra,
indudablemente. Continúan las interrupciones y Bruna ahí, en su sueño pesado, no se da
cuenta. Tal vez esté soñando lo mismo que yo pienso. Se pincha una rueda, un
desmoronamiento, una niña que necesita hacer caca, una feria de cholas llenas de
oportunidades, lo que sea. Paramos para comer cada dos horas. Una vez leí que una
buena alimentación debe seguir ese ritmo. Atrasos y después, apurarse, acelerar entre el
polvo. Las señoras gritando “más despacio” y yo con el i-pod sin batería, sin saber si
prefiero que el chofer vaya rápido o despacio, si tengo que estar en Bolivia o Brasil,
recordando momentos de hace años y tan lejos, mirando las montañas rojas con los
arbustos rodeados de piedras para que no se escapen. Logramos entrar a Bolivia sin que
nos pidieran documentos. Marisa nos pasó el pique, nos dio dinero, tarjeta de crédito,
unas instrucciones por escrito y contactos en Bolivia. Parecía un agente del FBI
invernando. La verdad, más que bien ella, al final de cuentas. Sabía exactamente dónde
estaba mi padre y cómo llegar. No tenía su celular pero se las ingenió para localizarlo en
un mapa. Tal vez ir a buscarlo era algo que pensaba hacer ella misma, que ya tenía
planeado, estudiado. No le dio la nafta. Se volvió buena de repente y ya no la odié tanto.
Bruna y yo. No es el camino rápido pero ya estamos aquí, en el medio de la nada, llegando
con el carnaval. Alguien comienza a gritar una canción carnavalera y los pasajeros, en lugar
de hacerlo callar, se lo festejan gustosos. Bruna se mueve molesta como si un mosquito
entrara en una oreja y saliera por la nariz. Vuelve a acurrucarse al instante. Está hecha
una piedra, apoyando su cabeza en mis tetas. Bajo en cada oportunidad. Paseo. Estiro las
piernas. Los niños con sus armas de plástico flúo me respetan, por ahora. No debo ser un
buen blanco. No recibo más que algunos papelitos. No me dirigen piropos. Pensábamos
lo contrario, que lo estaban haciendo cada vez que nos decían “mamita”, pero en seguida
nos dimos cuenta que era una forma de hablar. Por suerte llovió y no hay polvo. Se puede
respirar. Una ventaja, al menos. Mucho ciber, mucha feria de animales, mucho dvd,
mucho charango, mucha venta de infusiones, mucho papel higiénico rosado, mucha tv
mexicana, muchos autos que vienen de Malasia y entran por el puerto de Iquique. Los
venden regalados. Por eso hay modelos bastantes recientes y de marcas rarísimas. Ni se
molestan en quitarles los stickers promocionando pizzerías asiáticas. Baratísimo todo. El
boom de la ropa interior en microfibra. Muchos insectos. Llevamos días y días en esto de
viajar y viajar con la ropa sucia, deseando menstruar recién cuando lleguemos,
sintiéndonos turistas fugitivas, perseguidas por el cólera y la salmonella. Ojalá los policías
sigan esperándome en el Sesc, en Brasil, lejos, charlando con Malú. No nos atraparán.
Nada nos espanta. Es raro y lindo. Bruna se despierta y comemos mini galletitas con sabor
a pizza, escuchando niños llorando y balbuceos en quechua. El bolo alimenticio salado,
seco, baja y sube tomándose su tiempo. La comida típica que venden es arroz con charque
y un huevo duro adentro de una bolsa de nylon. No da. Tengo ganas de dormirme, de
haberme comprado una revista con más páginas, de confiar en que Bruna se dará cuenta
de cuál será el momento y el lugar indicado para bajarnos. Llegamos a un nuevo pueblo
pero no es nuestro destino. Bruna abre los ojos y me acompaña al baño m edio dormida y
sin corpiño. No puedo creer que se la pase durmiendo. ¡Qué envidia! No podemos hacer
nada. Está sucio y tenemos hambre. Seguimos el segundo consejo de Marisa. “Sólo
comprar comida caliente o frita”. El primero fue “viajar en colectivos pequeños porque
pueden maniobrar mejor en las rutas”. A ese no lo pudimos seguir. Comemos un api muy
caliente y un pastel muy inflado con hebras de queso oficiando de relleno. Sólo venden
revista Condorito. Vemos a unas cholas con bolsos de plástico enormes con dibujos de
Disney subiendo al ómnibus y corremos a nuestros asientos con temor a que nos los
quiten. Las pasamos por arriba y, pobrecitas, se van al fondo. Un señor muy cordial y cero
libidinoso, cuenta que por aquí cerca, en alguno de estos pueblitos, más o menos, estuvo
oculto el Che Guevara, preparándose para ir a la guerrilla. El nombre del pueblo aparece
en un libro. Quiero anotar la anécdota para recordarla mejor pero el bolígrafo deja de
funcionar. Llegamos a Pocoata el primer día del carnaval. Nos bajamos entre la montonera
de cholas cargando latas de leche en polvo que suben rapidito a ocupar nuestros lugares
y continuar el recorrido del micro. En ese momento nos enteramos que le dicen “trufi”.
Las cholas con sus sombreros, blusas, sandalias, polleras pesadas, plisadas, abrigadas con
camperas deportivas satinadas, verdes, rojas, azules, Nike, despiden a los parientes en el
trufi y se vuelven llorando a sus casas, con los perros correteando alrededor. Los perros
no ladran por la altura, supongo. Caminamos hasta la plaza, la única zona con árboles. Nos
sentamos con las valijas bajo la glorieta a pensar bien qué hacer aunque lo sabemos desde
nuestra salida de Sao Paulo. Miramos. Todo tal cual las fotos que encontramos en Google.
La plaza rodeada de almacenes abarrotados de bebidas coloridas, fideos en bolsas
gigantes, dvds truchos, jabón en polvo, arroz. Tomamos ánimo y nos levantamos.
Atravesamos el pueblo por las calles de hormigón recién hechas. Continuamos hasta que
el camino se vuelve de piedra, esquivando niños tirando agua y espuma. A varios cerros
de distancia, hay relámpagos. Los vemos bebiendo chicha morada, tranquilas, sabiendo
que la tormenta no va a venir, al menos hoy, según nos aseguró el señor del Che Guevara.
No hay mucha lluvia en el altiplano. Vemos la chicha fermentando en bidones grandes, ya
lista, esperando. Un señor sale a la calle y se peina. Llegamos a un portón sin tranca y
entramos en un patio sumamente acogedor, con plantas y gatos. Preguntamos por El
Gringuito pero no está. Tenemos que esperarlo. Ya viene. No debe demorar porque hoy
se celebra el Día de los Difuntos y pronto vendrá el pueblo a visitarlo. Nos sirven té fuerte
con pan dulce y queso de cabra. Nos dan un control remoto y quedamos ahí,
boquiabiertas, apoyando los codos en la mesa de fórmica frente a un televisor chiquito.
Hacemos zapping entre programas mexicanos, luchas, Yuri, concursos, premios,
humoristas disfrazados de niños. Las paredes verdes, intensas, están decoradas con
publicidades de Coca Cola como si fuesen cuadros, paisajes, fotos de familiares, actores
supuestamente famosos, retratos de Evo Morales. También hay posters de cerveza con
modelos semidesnudas en trajes típicos llevados al nivel tanga. La cortina de cuentas de
colores se mueve y entra ella, Luzmilla, mi hermana boliviana. Luzmilla se me parece pero
en versión cholita. Dos trenzas con pedrerías en las puntas, blusa lila calada, perlitas,
sonrisas, saluda confiada haciendo la V de Victoria con la mano. Siento la mirada de Bruna
en la oreja izquierda. Me la toco. No me pongo nerviosa ni nada. Me levanto para
saludarla. Le doy un beso. Ella saluda a Bruna, apaga la tele y nos sentamos las tres a
charlar. No puedo creer este momento. Canta un gallo. Mi padre no o diaba Pocoata pero
desde chiquito quería irse bien lejos. No le gustaba ser el diferente, que lo observaran
tanto. Al Gringo, mi abuelo, que nunca conocí ni sabía que existía, le daba lo mismo y no
se extrañó para nada cuando mi padre se fue con la secta de un día para otro, dejando su
ropa y una novia secretamente embarazada. El Gringo siempre supo dónde estaba
viviendo El Gringuito. Ballester, Punta del Este, Sao Paulo. Le seguía el rastro desde
Pocoata, sin teléfono, ni internet, ni rencor. Había adoptado a la novia embarazada como
una más de la familia. Bah, como su única familia porque vivía con estas dos en una casa
de Pocoata bastante alejada, solos, despertando chismes falsos que con el tiempo se
fueron olvidando y asumiendo como verdaderos. La gente es así. Entre ellos, Gringo y
Gringuito, se escribían cartas que llegaban perfectamente. El trato siempre fue relajado,
afectuoso, ideal. Nada complejo. Los celulares llegaron a Pocoata antes que internet.
Luzmilla y su madre estaban al tanto de las comunicaciones padre e hijo, pero se hacían
las que no, seguían sus vidas hasta que el Gringo murió y, bueno, tampoco podían hacer
todo solas. Lo llamaron. -Hola, Dieguito. Soy Luzmilla. El abuelo murió. Ven ya. La semana
de carnaval en Pocoata comienza el lunes con la ida al cerro El Torito a buscar bendiciones.
Si no vas, te da mala suerte el año entero, diarrea, decepciones. No fuimos. Nos
enteramos tarde. Allá arriba se brinda y comienza el carnaval. Ese día no se baila y por la
noche el pueblo visita las casas de los difuntos varones que se fueron el año pasado. Se
 juntan y festejan. Un pariente cercano se pone la ropa del muerto y lo enfloran. Lo mismo
ocurre con las mujeres difuntas pero recién en Pascua. Luzmilla tenía bien planchado el
único traje del Gringo. Esa noche lo iba a lucir nuestro padre. Su madre no estaba en el
pueblo, se había ido a Cochabamba, loca, con un bolso pequeño y vacío así, de paso, se
compraba algo. No quería ver a Dieguito Muniz. No quería un reencuentro con El
Gringuito. Nunca le perdonó el abandono, el embarazo. Lo odiaba como lo odian y lo
odiaron nuestras madres. Mi madre y Marisa, la madre de Bruna. Con la madre de
Luzmilla, eran tres. Las tres, iguales, pero esta última fue la única que tuvo la posibilidad
de un reencuentro. Igual, se fue. No estaba ni ahí. En el momento en el que todos
regresaban, ella se marchó. Hizo a la inversa de lo que solía hacer la gente del pueblo. El
invierno es fatal. Muchos viven en Pocoata sólo por el verano y en el invierno se van a
Cochabamba. En el esplendor del pueblo viven unas trescientas personas. Ahora hay
doscientos cincuenta. Doscientos cincuenta y dos con Bruna y yo. Dieguito Muniz, El
Gringuito, no aparece. Luzmilla sólo desea que nuestro padre no regrese borracho del
cerro. Comenzar el carnaval borracho ya es mala señal y podría vomitar sobre el traje.
Sería un papelón. Pensaba conservar al menos el saco como recuerdo de su abuelo, que
la trató tan bien y nunca dejó que le faltara nada. Que el pueblo pensara cualquier cosa,
total. -Soy idéntica a mi madre, por eso me dicen Kikim, aunque tengo bastante de nuestro
padre, del Gringuito. Se nota en la forma de ser. No tengo mucho que ver co n la gente del
pueblo y soy bastante nerviosita, ando en esto y en lo otro. Soy muy rápida y aquí todo es
lento. Cuando comienzan a hacer algo yo ya lo tengo terminado. No paro. Si no hubiera
internet en la plaza, no sabría qué hacer. Cuando Evo Morales puso internet libre yo ya
sabía usar la computadora recontra bien. Iba a la comisaría. Tenían Windows en quechua.
Me pasaba horas y horas. Era de las pocas en el pueblo que entendía el sistema y por eso
me decían La Loca, porque me llevaba bien con esos aparatos, no paraba de hablar, hacía
varias cosas a la vez y usaba reloj. La Loca Kikim. Me querían dar un niño japonés para
cuidar pero me aburría el doble. ¿Cuánto dinero podría ganar con eso? No mucho.
Tampoco me llevo bien con los japoneses. Para eso está Amador, mi novio. Porque, no sé
si saben, pero han venido muchos japoneses en los últimos años por todo el tema de los
cereales. Vienen en las cosechas de quinua. ¿Conocen la quinua? Un cereal más chico que
el grano de arroz. Acá se usa mucho en sopas, en la lagua, o se hacen buñuelos, bebidas
mezcladas con jugo de frutas. Es una planta pequeña y cuando está madura queda roja,
roja hermosa como la hoja de remolacha. Tiene espiguitas que es donde está el cereal.
Aquí crece muy bien porque es una planta del altiplano. Necesita la altura. Recién después
de los dos mil metros, da la fruta. Los japoneses y los macrobióticos hicieron estudios
sobre las propiedades y comenzaron a llevársela. Los japoneses quieren comprar las
tierras pero la gente desconfía mucho de ellos aunque traigan dinero y sean atentos.
Desconfían más de ellos que de la secta que se llevó a nuestro padre. Algunas familias
 japonesas intentaron vivir aquí pero no se adaptaron y eso que hay internet satelital
gracias a un préstamo de Chávez, que tiene un satélite y nos dio un pedazo de la banda.
Nos dieron computadoras también. En fin, que con todo esto de internet cada vez me
atrae menos la ciudad y ahora que además tenemos electricidad, agua y gimnasio. ¿Para
qué irme? ¿Sucre? ¿Buenos Aires? ¿Tokyo? Una amiga con muchos pajaritos en la cabeza
se fue de ilegal a Buenos Aires y le pagaban diez centavos por ponerle elástico a
bombachas. No le permitían ni levantarse de la silla. Horrible para orinar. Comía comidas
asquerosas porque allá hierven el maíz veinte minutos y piensan que ya es suficiente.
Después cagan los granos enteritos. ¿En qué cabeza cabe eso? Sus mails me deprimían
mucho y no le respondí más. Me la imaginaba y quedaba triste. Ella en un ciber mugriento
al que podía ir gracias a sus ahorros y yo respondiéndole desde acá, del medio de la plaza,
bajos árboles con mi laptop belga. Es que ayudé mucho a los belgas del IPTK que hicieron
los baños públicos con ducha de agua caliente. En recompensa me regalaron la laptop con
la que trabajaba y una cámara digital. En cualquier otro lugar me las hubieran robado. Mi
madre me sugirió que diera la laptop a la alcaldía o a la iglesia. Están todos locos. Ni loca.
Me hice un fotolog. ¡Por favor! ¡Cómo habla esta chica! Bruna me patea por debajo de la
mesa. Ni nos preguntó por el viaje, por nuestras vidas o lo que sentíamos. Yo estoy muy
movilizada y necesito ponerme a hablar ya mismo de mi padre, contar lo del abandono
en Punta del Este, apretar play y subir el volumen. Bruna probablemente también necesite
lo mismo, descargar. Luzmilla ya estaba totalmente al tanto de nuestra visita y nos trata
como si estuviera todo dicho, como si nos estuviera esperando desde hacía años,
canchera. Nada que agregar. Miro a Bruna y me parece que está más impresionada que
yo con la situación y la desenvoltura de la boliviana. Ni prueba el pan dulce. Llegan unas
moscas. Cuando comenzamos a contarle detalles del viaje, entró mi padre con una bolsa
de papas. Bruna pidió permiso para pasar al baño.

20 – Apuntes de cosas que me dejan triste

Nunca consigo darme cuenta si son sueños o pensamientos. El cerebro no puede distinguir
la realidad de un sueño o un recuerdo. Algo así. Hay imágenes recurrentes que vienen y
me atrapan. Son raras, aviso. El mar. Bueno, el mar nunca es raro. Casi todos sueñan con
mares. El agua, lo obvio. Un desierto africano. Un paisaje nevado. Un valle de Saturno.
Gatitos. Lo que más sueño son esas cosas. Eso y mi padre en el medio de una nada,
dejándose llevar. No son pesadillas. Sólo imágenes que me dejan nerviosa y me despierto
como si un espíritu me hubiese devorado el alma. Una sensación espantosa. Una parte de
mi corteza cerebral quedó detenida en la infancia, en algún momento en el que observé
a mi padre nadar en Punta del Este. Es como si un porcentaje de mi vida se hubiese
detenido en ese momento y no avanzase, como si no hubiera vivido nada después ni
antes. El otro porcentaje, sí, sigue bárbaro, lo más bien. Ninguna amiga me distrajo. Ni
Abu. Ni bailar. Esa época, supuestamente, la más feliz de mi vida y si embargo, no. Lejos.
No podía superarla. La infancia. Los mediodías de invierno cuando Punta del Este recibía
un resplandor amenazante que recordaba tenuemente el verano. Unos minutos al día
alimentando la esperanza del verano, del sol generoso y el sudor en las bombachas. El
mediodía de invierno, el momento en el que se abrirían las ventanas para ventilar la casa
alquilada y comer tangerinas. Ese momento tan lindo en una situación tan horrible. El
momento en el que les permiten a los presos salir a asolearse. Después llegaban las
golondrinas y los mosquitos. Me siento muy sola. Tendría que tener un gato porque dicen
que entienden el mundo mejor que los Humanos, que yo misma. Si estás muy perturbada,
el gato se da cuenta y te hace mimos. Enrosca la cola. Lo podés poner en tu pecho y tu
respiración seguirá el ritmo de la suya, te calmará. Si estás menstruando, él solito se sube
a tu falda y queda quieto para darte calor. Se duerme en tu pancita. No se necesita tanto
ibuprofeno o antialérgicos. Después el estómago se convierte en un horno. Transmutas.
Los átomos de mis neuronas se cansaron de dar vueltas. Tengo miedo de que me salga un
tic o comience a engordar. El miedo no sirve. Es lo más inútil que hay. Ni siquiera te
previene, te prepara. Me acuerdo de Abu fumando y tirando el humo contra la pared. El
humo rebotaba y le pegaba en los ojos mientras decía cosas como “cada persona es un
umbral, un portal que lleva al mismo sitio: la nada”. Después se le pasaba, pero me
asustaba. Me asusta asociar cosas. Hay muchas cosas que me asustan. Son más que las
que me dejan triste. Recordar el pasado como si jamás me abandonara y eso que todos
me abandonaron. Mi padre abandonando casas como yo abandoné Ballester o Abu me
abandonó en Sao Paulo. Sólo puedo pensar el abandono, lo que se deja. No sé por qué no
pienso en lo nuevo que comienza. Está más delgado, recto, tirante, sin panza. Le debe
sobrar tiempo como para ponerse a hacer ejercicio. Tiene la boca rara, probablemente
operada, pero bien, en proporción, la puede cerrar sin babearse como un viejo de mierda.
Su elegancia es atemporal y por momentos, hipnóticos segundos después de algún gesto
arrogante, los planetas giran enloquecidos a su alrededor. Se siente omnipotente y tal vez
lo sea gracias a movimientos pensados, logrando que cada objeto y cada persona se
tensione, se erice, quede pendiente de lo que él pueda llegar a hacer. Hipnotiza. Un gran
vendedor. Puro marketing, electromagnetismo y ego. ¡Qué jodido, mi viejo! Un
velocirraptor. Grandote pero con cara de niño manso, peinado de adolescente sujetado
con gel, corte honguito noventoso, jopo y todo. No le queda mal, aunque la descripción
da la impresión que sí, que es un ridículo descomunal. Él ahí, con su tatuaje sin vergüenza,
con la sonrisa esa que te deja triste de tan evidente que es, falsa, con su ortodoncia bien
acabada, sus palabras justas, suficientes, ostentando raciocinio y practicidad,
resplandeciente. Dientes con respuesta rápida, fácil, continuamente alerta, predispuesto,
programado, esperado que alguien diga un chiste estúpido para soltar una carcajada
gruesa y molesta. De esos ingeniosos que se hacen los vivos. Los odio. Le sigue gustando
la música gospel, un excéntrico hasta para eso. No ha cambiado tanto aunque ahora sea
un hombre operado, atlético, con buen pelo y un anillo del tamaño de las iniciales de su
nombre. Sus charlas se te trepaban en las orejas como alimañas. Usa muchas palabras
cortitas, picantes. Es un imán y es mi padre, es el padre de las tres. Bueno, no es el padre
del Bruna pero es como si lo fuese. El mismo, pero distinto, más acabado, con otro cuerpo,
en otro país, siempre descontextualizado Dieguito Muniz El Gringuito. Me mira como
seguramente le enseñaron en algún curso empresarial, tras sus lentes de contacto, algo
que a esta altura del partido no significa nada más que un patético pequeño gesto de
coquetería de un veterano ridículo y no asumido, un detalle que se pierde en medio de
tanto odio, porque lo odio tanto, tanto, tanto, tanto. ¡Cómo te odio! Le digo y no
pestañea. Entonces lloro, se me caen los ojos por este llanto y por lo que he llorado desde
que se fue. No en el momento en que desapareció, porque no me daba cuenta y era
chiquita y fue tan de golpe y había tantas cosas para hacer y resolver, pero sí por las veces
que lloré cuando crecí, cuando me di cuenta que ya no sabía nada de él y en mi casa
estábamos solas, locas, mi madre, Abu y yo, abandonadas, con el césped del patio altísimo
y yo salía desabrigada, pensando pavadas, medio loquita, andaba por el barrio dando qué
hablar a los vecinos, me distraía y crecía y me tomaba el tren y volvía de la Plop y cuando
me tiraba en mi cama a las nueve de la mañana, mientras el mundo se despertaba y yo
quería dormirme y que se me pasara el pedo y el pegue, hacía eso del viaje astral trucho
y me olvidaba de las cosas que había hablado con Mica, lo que había bailado, la gente
nueva que había conocido, las fotos que había sacado y de repente, una vez que mi cabeza
quedaba en blanco, blandita y con la ropa con olor a cigarro, con olor a la Plop, me
acordaba de mi padre que un día se había ido, me acordaba de la cara de mi padre y el
tatuaje y algún que otro recuerdo más, sobre todo el de él nadando, lejos y yo esperando
en la orilla y qué mal me sentía y qué frío que hacía y qué sola estaba, sola, intuyendo que
así iba a estar siempre, aunque estuviera con mi madre y Abu y todas las amigas del
mundo que quisiera hacer y todos los que me quisiera garchar en internet, el barrio, el
fotolog, la Plop y todo eso. No puedo creerlo pero lo entiendo todo. Me entiendo y no me
da un ataque de pánico. Ya no. Puteo a mi padre frente a Bruna y Luzmilla. Él no suelta la
bolsa de papas. Mi discurso es confuso, poco feminista, sin orden, sin bordes, pero fluye.
Me deja hablar, que continúe. Hablo. Hablo. Hablo. Digo todo lo que tengo para decirle
desde Punta del Este. Una vuelta me dolió la garganta y alguien dijo “es porque tenés
cosas atoradas y tienen que salir”. Hay que largarlas y decirlas. Bruna y Luzmilla me
abrazan con lágrimas muy gruesas. Ellas me entienden pero él no. No se da cuenta que
todo quiere decir algo más. Es muy Crazy Frog.

21 – Carnavaleras

En Pocoata, en el último sábado de carnaval se eligen a los que organizarán los festejos
del siguiente año. Serán los encargados de cocinar, contratar la banda, comprar cuetes,
serpentinas, papelitos y espuma. Son varios los cabecillas de este carnaval y entre ellos
debería estar El Gringo, mi abuelo, que en paz descansa. Esa ausencia funcionó muy bien
a nivel simbólico en la cabeza de mi padre. Sintió que podía cerrar círculos y, de paso,
distraerse en algo que no le generase culpas. No le importaba tanto Luzmilla, su hija
boliviana, pero se sentía fuerte, con ánimo de enfrentar y encarar. Después, mucho
después, supuestamente, llegaría mi turno. Se ve que el universo andaba apurado y me
hizo llegar en este momento hasta aquí. Tras abandonar Sao Paulo, ni bien llegó al pueblo
como si no hubiese pasado el tiempo, lo primero que hizo fue comprarse una heladera
por encargo y, lo segundo, pedir para ocupar el lugar dejado por su padre en las
responsabilidades carnavaleras. Un cabecilla. Cuando le dieron el okey, sí, fue al
cementerio, lloró y esas cosas, supongo, por mi abuelo, por él mismo. Le vino algo en el
pecho, una tos de fumador whiskero. Le delegaron lo de la musicalización y con la ayuda
de Amador, el novio de Luzmilla, logró contratar una buena banda por dos mangos. Quedó
muy bien parado. Amador es cantante y toca el charango como el mejor. Va por los
pueblos durante el carnaval y se llena de aplausos. Por suerte Luzmilla no es celosa ni tan
tarada. Divino, Amador, un buen loco, un lindo nombre, un lindo hombre. Brilla más en
carnaval, se le aceitan los huesos y los dientes. El resto del año no consigue trabajo
musical, así que se las arregla en la alcaldía como oficinista, guía a los japoneses con lo de
la quinua y a los ingenieros agrónomos belgas del Instituto IPTK. Trabaja demasiado. Eso
llama la atención y el rechazo. No es que le interese acaparar las pocas posibilidades
laborales disponibles en el pueblo pero, sin dudas, es el que siempre tuvo las mejores
motos. Movilidad. Ahora anda en una nave divina de Malasia, roja y verde, alta, ruidosa,
pamentera, sin guardabarros, con el mejor caño de escape del mundo. La arregla él mismo
con intuición y youtube. La infla con un inflador de bicicleta. Hace mucho ruido y le
encanta. Se anuncia desde quilómetros como si se tratara de la llegada de un rey. Usa
campera de cuero negro. Camina con las piernas bien abiertas y el short deportivo metido
en el culo. Siempre tiene la espalda embarrada. Pese a tanto empleo y responsabilidades
mal pagas, Amador no vive bien ni tranquilo porque ahorra con sacrificio para grabarse
un dvd de cumbias y huayños. Su pasión es la música, pero no la folclórica. Le gusta la
música común. Hace canciones propias y otras de grupos como Kalimba, Camila, Kudai,
RBD. Le gustan los artistas que cantan bien. Quiere salir en la radio y tener muchas vistas
en Youtube. En el pueblo no lo bancan y encuentran super lógico que salga con Luzmilla
La Loca porque, además, excepto en carnaval, es casi la única joven de ahí. Sólo quedan
niños y ancianos hasta que llega la invasión veraniega, el gentío. A Luzmilla le encanta ser
casi la excepción juvenil, por eso reniega un poco de las festividades carnavaleras. Un
poco bastante. Siente que la gente de afuera se adueña de las calles, no cuidan nada, ni
los árboles de la plaza. Dejan todo vomitado. Los perros quedan como locos, pobrecitos.
A cada rato le pide a Amador que se la lleve lejos en moto, así respira un rato. Se van y
cogen entre las montañas. Con forro, obvio. No conseguí dormirme escuchando los cantos
de las comparsas trasnochadas, los borrachos y los niños. Siempre aparece algo que no
me deja dormir. ¡Qué rabia! Llegaban algunos intentos de sueño pero se descartaban
inmediatamente. No germinaban. Sentía papel picado por el cuerpo. Tenía temor a las
arañas y las vinchucas. No vi ninguna. Estaba muy oscuro. Luzmilla dijo que también había
ratones, chiquitos pero ratones. Podrían ser hormigas o nervios, simplemente. Putear a
mi padre en la cara me dejó pasada, muy sensible. Cerraba los párpados y mis ojos
continuaban viendo. Me acordaba de unos videoclips. Mi padre nos despierta y salimos al
patio a lavarnos. Hay tantos baldes, bidones, tanques y palanganas con agua con no
sabemos cuál usar. Agua fresquita con polvo de tierra. No me dan asco. Estoy cansada de
que todo me de asco. Suena Agrupación Marylin, lo único que nos resulta familiar junto a
la campera Nike de una chola que no nos habían presentado y está moliendo llajua, muy
seria. Se ve que durmió bien. Debe ser mi otra abuela o una tía lejana, algo así. No importa.
Deja sus quehaceres, nos saluda bajando la cabeza y continúa con la gastronomía. Ahora
muele maíz y ají para los ahogados. Ni se me ocurre ofrecerle ayuda. Pienso en
restaurantes caros, en copas de vino fuerte. Me mojo y termino de abrir los ojos. Me miro
en un espejo muy limitado. Escucho a mi padre bostezar, desperezarse, despedirse. Se
marcha. Mejor. No tengo ganas de seguir hablándole. Me dejó seca. En parte, me da una
especie de tranquilidad verlo actuar como si nada hubiese ocurrido. Quiero ser así, agarrar
para ese lado. No todas las mujeres de Pocoata usan ropa de cholita en la vida cotidiana.
En carnaval, sí. El resto de los meses, van alternando. Por eso Luzmilla viene a darnos los
buenos días y se aparece vestida re flogger. Nada que ver a su imagen de ayer. Nos
sorprende. Pensamos que lo hace para parecerse más a nosotras pero puede ser que no,
que se vista así usualmente, con chupines un poco demodés pero que en Pocoata quedan
como un adelanto del futuro. No nos vestimos así. Habla de nosotras por celular con su
novio Amador o alguien de otro pueblo. Le parecemos lo más. Corta y nos pregunta si
dormimos bien. Le respondemos que sí y me lo creo. Terminamos el desayuno y, por fin,
nos vamos a bañar. Hasta mediado de los noventa, cuando trajeron el agua, en el pueblo
no tenían baño, lo que se dice baño propiamente dicho. Había que salir de la ciudad para
cagar o hacerlo en los corrales junto a los animales y los niños. Con la llegada de los belgas
simpáticos y bienintencionados, que se dejaron el pelo largo y aprendieron a hacer chicha,
se incorporaron adelantos tecnológicos pagados por la Comunidad Europea. Tuvieron
gran aceptación. Un fogonazo. Lo más revolucionario fueron los baños comunitarios que
funcionan relativamente bien hasta el día de hoy. Los mantienen. El agua sale hasta el
mediodía. Nos podemos bañar tranquilas porque, como la mayoría duerme con su
primera borrachera de carnaval, tenemos todo el tiempo del mundo por unas horas. Me
acaricio con un jabón suavecito. Salpico la pared de madera. Nos secamos las tres, unas a
las otras, con movimientos intensos de toalla. Nos ponemos crema de chirimoya en el
cutis y crema de lechuga en el resto del cuerpo. La crema de chirimoya no es curativa ni
humecta pero suaviza. La que humecta es la de lechuga. El agua es salada y r eseca la piel.
Las gotas se vuelven piedras. Hay que cuidarse. Con Bruna nos ponemos la ropa limpia
que trajimos en unas bolsas de nylon y vamos con Luzmilla hasta la plaza a ver la
comparsa. Quedamos bastante parecidas. Muy amigas. Nos acompañan unos perros
mansos que no hablan ni parecen tener hambre. Miedo. Los niños madrugadores, con
pistolas de agua bien cargadas, emulan voces de dibujos animados y se atacan gritando
“te destruiré”. No nos mojan. No sé si porque somos extranjeras o estamos recién
bañadas. Puede ser que respeten a Luzmilla. La moto de Amador comienza a escucharse
con intensidad. Se alejan, ariscos, bichos. Tiran petardos y los pisan como si fuesen
cucarachas, haciendo chistes y bromas que no entendemos. Nos observan con seriedad
adulta unos segundos hasta olvidarse de nosotras y volver a incorporar a Ben10. Los tiros
parecen de verdad. En todas partes del mundo los niños son muy macabros. A veces los
veo y me entran terribles ganas de pegarles con un palo o hacerles bromas pesadas. No
podría ser madre. Me dan asquito. Nos sentamos bajo un árbol a charlas y tomar Maltín.
Bruna, que está en plan de experimentar, prueba un refresco de moco chinchi comprado
en una casa de familia. El nombre suena asqueroso pero es refrescante. Canela y duraznos
secos flotando. Amador llega disfrazado en su moto, cargando el charango y un cajón de
cerveza para su comparsa. La moto está decorada con flores y hojas de maíz porque la
van a bautizar. El carnaval pasado se olvidó de hacerlo. Este martes no se le escapa. Es el
día en el que se hace la ch´alla, que es como una bendición colectiva de los últimos bienes
adquiridos. Casas, autos, motos, lo que sea, se brinda a la Pachamama. Luzmilla y Amador
se besan con la lengua bien adentro. Luzmilla le toca la cola. Somos parecidas. La
comparsa se arma de a poco a nuestro alrededor y cuando está completa comienzan a
recorrer las casas que tuvieron muertos recientes. Nos dan chicha. Luego vamos a los
hogares nuevos que estén ch´allando. Vienen más vecinos a festejar. Tiran misturas y
confites contra las chapas del techo, condecoran con serpentinas al dueño de casa. Nos
dan fisara, papa hervida, maíz, carne, habas, ensalada condimentada con mucha
hierbabuena y, nuevamente, chicha. Antes de tomar, hay que tiran un poco al piso o a la
mesa de ch´alla que representa la cosecha. Nos piden que cantemos una canción pero nos
da vergüenza aunque Bruna ya había comenzado a entonar a capella la primera estrofa
de Bad Romance. Los chicos se sacan fotos con nosotras como si fuésemos artistas. Tienen
unas cámaras digitales super modernas y el flash se activa incluso bajo el sol. Llega el
mediodía y estamos bastante borrachitas. Bruna agarra un bombo hecho con un bidón y
le entra a dar palo. La comparsa se lo festeja y prueba suerte con el acordeón, el charango,
la guitarra, la trompeta y el saxofón. Tengo miedo que se la quieran coger entre todos y
se lo comento a Luzmilla. No puede creer lo que le digo al oído. Se pone como una fiera,
ofendidísima ante mi comentario tan discriminativo. Cuando entro en razón y le pido
perdón, vuelve a la postura que tiene desde que la conocí, a hablar como una cotorra de
cualquier cosa menos de nuestro padre. -Antes había una sola comparsa en Pocoata pero
se pelearon. De ahí surgieron los Halcones y los Wayronk´os, que quiere decir “abejas”.
Uno de mis tíos por parte de madre fue de los fundadores de los Halcones pero a mí no
me gustan ni esa ni la otra, prefiero las comparsas nuevas, las más improvisadas. No me
van esas tradiciones y, para colmo, hay que pagar para estar en las clásicas. Ahora
tenemos otras comparsas, de adolescentes o de señoras, como Las Magníficas, que hoy
de noche te las voy a presentar, cuando comiencen a armar el escenario. El martes es la
entrada del carnaval, el único día en el que se disfrazan. La gente se pavonea de gala. Con
Luzmilla miramos los festejos a la distancia, bajo unos ponchos de nylon transparentes
porque ahora sí que no nos perdonan los de las guerrillas de agua. Es muy molesto y me
dejan de mal humor. Bruna no. Está integradísima, empapada y borracha en el medio del
 jolgorio, levantando los brazos. Se la pasa bomba con los de la comparsa, moviendo el
culo. Le tiran harina, mistura, serpentinas y queda hecha una alegre milanesa de colores.
Un collage. Es una obra. Pide más gasolina y papi, dame látigo. Con Luzmilla nos morimos
de la risa. Cuando ya no le encontramos gracia, nos alejamos un poco más. Estamos en un
espacio completamente tranquilo, desolado, sin carnaval. Un lugar secreto. Luzmilla me
mira observar la postal ilimitada con lentitud. El paisaje alto y profundo me conmueve
como a una tarada. Tiene vida propia, independiente. Se articula sin dificultad para que
pueda disfrutarlo más. Me hace sentir blanda e irreal. Un espíritu. Un alien. Las únicas
incomodidades que siento son las ganas de cepillarme los dientes y una especie de vértigo
que atribuyo a la altura, la chicha o la emoción. Sí, estoy emocionada. Luzmilla me da la
mano. No nos quitamos los ponchos y caminamos mirando para adelante, sin seguir un
camino. Luzmilla cierra la boca. Respiro por la nariz el aire calentito. Nuevamente
encuentro, a varios cerros de distancia, los mismos relámpagos que estaban ayer cuando
llegamos. Siguen ahí. Son una amenaza contenida, cercada, vampirezca. No lo comento.
Miro la parte del cielo que está más limpia. Se me inunda la visión con una paz artificial,
muy poética. Cualquier cosa tiene sentido y puedo comprenderla. Me siento una persona
normal, centrada. Me siento en un retiro espiritual. -¿Sabés jugar a la copa, Luzmilla? -¿La
copa? ¿La de los espíritus? No. Aquí no necesitamos hacerlo porque hay médiums o
hierbas para todo. Por ejemplo, esa es una hierba para olvidar. -¿Y cómo se la prepara? -
Nada. Se mastica y ya está, pero ahora no es la época. Hay que hacerlo por junio, julio,
falta. También es bastante digestiva. En el medio de la inmensidad hay un c ráter con varias
piedras pequeñas en el medio. Son restos de un meteorito ya olvidado por el pueblo y por
la gente que anda tras ellos. El terreno resplandece apenas comienza la noche. Está
caliente. Luzmilla dice que ese es su lugar preferido y nos sentamos sobre las piedras a
ver el atardecer. Mientras cae el sol, ya sin los ponchos transparentes, nos hacemos dos
trenzas de cholas, de esas que se arman de memoria, bien apretaditas. Cuando termina
de llegar la noche, vemos las primeras estrellas encenderse y multiplicarse hasta
congestionar la oscuridad. El cielo es de lo más impresionante que vi en mi vida. Parece
un vómito. Realmente somos el centro del universo. Tomamos chicha morada bien fría
que trajimos en una cantimplora de gomaespuma. Le doy las gracias a Luzmilla por este
momento mirando los puntitos blancos desde el suelo radioactivo. Siento que se me
calienta la cola. Cosquillea. Luzmilla me da un beso bastante ambiguo y volvemos al
pueblo improvisando la marcha, alumbradas por dos potentísimas linternas de leds que
iluminan como rayos paralizados. Aprovecho para volver al tema. -Quiero saber una cosa,
Luzmilla. ¿No sentiste nada al reencontrarte con nuestro padre? -Algo sí, pero no fue gran
cosa. Lo que esperaba. No le tengo rencor. No quiero tenerle rencor. Crecí viendo a mi
mamá odiarlo, hablar mal de él cada día y no quiero convertirme en ella, seguir eso. Es
una actitud muy poco feminista. Me cansa. ¿No te pasa lo mismo? -No sé. Nunca pienso
eso del feminismo. Lo analizo que detenimiento y llego a la conclusión. Sí. Debo procesarlo
mejor pero las palabras de Luzmilla me identifican por completo. Me quedo callada y
seguimos caminando así. Repaso mentalmente mis apuntes de cosas que me dejan triste.
No, no lo odio. No puedo creerlo. ¡No lo odio! Acabo de darme cuenta. Es así. No lo odio.
Ya no odio a mi padre. Cuando miro para atrás veo las piedras brillar como las virgencitas
esas que se encienden en la oscuridad. Stickers de estrellas que se despegaron del techo
pero siguen funcionando con su potencial alerta. No estoy cansada. No sé si fue Luzmilla
o fueron las piedras radioactivas del meteorito olvidado. Tengo las baterías bien cargadas
y potentes. Soy un led de última generación. Se evaporó el alcohol de mi cuerpo. Mi piel
dorada en el sol, plateada en la sombra, verde en la noche, me da gracia.

22 – Del cielo

Aquellos visitantes eran atípicos. No parecían tener religión o país. No tenían pelo largo,
ni biblias, ni ropa anticuada. Llevaban chalecos beiges de exploradores y cámaras
fotográficas con trípodes aparatosos. Acamparon cerca del pueblo y el más interesado en
ellos fue Dieguito Muniz, por supuesto. ¿Qué otro si no? El Gringuito simpatizó de
inmediato con los recién llegados, especialmente con el Enviado, que hablaba medio
rarito y le pidió que anunciara en el pueblo que no iban a permanecer mucho tiempo, que
no se asustaran, pero que tampoco rompieran las pelotas, que andaban en asuntos serios
y difíciles de explicar. Estaban siguiendo un mensaje psicográfico que habían recibido
hacía meses. El punto exacto de reunión con el contacto extraterrestre sería allí, cerca de
Pocoata. Eran el momento y el lugar. La misión simplemente consistía en esperar el
avistamiento y registrar el evento, ser testigos del contacto celestial y, probablemente,
salvar al mundo. Dieguito se volvió el más joven del grupo y aprendió rápidamente los
trabajos de relajación y mantralización. Estaba copado. A las seis de la mañana de un día
equis, con el sol ya evidente, una inusual iluminación se destacó en el celeste grisáceo.
Apareció un objeto luminoso de forma circular. Cayó lejísimo y desapareció sin dejar
estela. Lograron tomarle un par de fotografías. Al Enviado le pareció que al haber un
exceso de entusiasmo en el grupo, el ovni se desvaneció asustado, pero que con eso ya
era más que suficiente para una confirmación. Todo bien. El mensaje psicográfico había
sido real, aleluya. Ya vendría otro aún más potente. Cada tanto, aplaudían. Les estaba
permitido tomar alcohol. Pasaron varios días y semanas. No querían alquilar casas del
pueblo, sentían que en cualquier momento recibirían la segunda señal. Preferían las
carpas y estar en la de ellos, comienzo arroz con atún. Parecían gitanos. A veces
compraban comida hecha y se volvían muy pesados con el tema de los condimentos. Era
un buen negocio para los locatarios. Simpatizaron y agradecieron. El Enviado percibió un
nuevo mensaje. Esta vez era seguro. Algo concreto. Avisó al grupo durante el desayuno.
En un par de días Ellos harían contacto. Después cayó el meteorito. Era de noche. El Gringo
estaba guardando la ropa de su hijo en un cajón, sin tristeza ni resignación. En algún
momento los hijos se van. Se acostó sin cenar. Mientras dormía lo despertó un temblor.
Los vecinos gritaron y las gallinas también. No le dio la energía para levantarse y ver qué
estaba ocurriendo afuera. Se enroscó en las sábanas, retomó el sueño y al otro día se
encontró con el notición. Un cuerpo celeste había caído cerca del pueblo, en el lugar
exacto donde había indicado el Enviado. El grupo se fue apenas comenzaron a llegar
científicos y funcionarios públicos para recolectar muestras del objeto no identificado. Se
sintieron intimidados. Querían resolver sus problemas internos, estructurales, en otro
sitio. La gente del pueblo estaba temerosa de haber contraído alguna enfermedad extraña
por los olores nauseabundos que emanaban del foso. Muchos tenían los ojos irritados,
 jaquecas, mareo, diarrea y tartamudeo. A algunos les pareció un avión en llamas y no sería
la primera vez que caía uno por ahí. El clima cambió. Vino frío. El viento estaba más fuerte,
quejoso. El aire quedó pesado. Las gallinas perdían el equilibrio y se caían cada dos pasos.
Los expertos detuvieron a tiempo las habladurías y el pánico, aclarando que se trataba de
un fenómeno inofensivo sin consecuencias fatales. Descartaron cualquier presencia de
radioactividad. El meteorito era de tipo condrita, rocoso y mineral. Lo que mareaba era la
magnetita, el arsénico, el metano, el hidrógeno sulfúrico y el dióxido de carbono que
pronto desaparecerían. Sólo había que esperar y despreocuparse. La gente creyó en la
explicación aunque vieran salir agua hirviendo del hueco vuelto cenizas. Los animales y
los niños no comían. En ocho días el asunto dejó de humear. Volvió la normalidad pero ni
Dieguito Muniz, ni el Enviado, ni el resto de la secta regresaron. Ya estaban muy l ejos atrás
de otro mensaje psicográfico de Dios, de Ellos, de Dieguito Muniz. ¿Quién sabe? En un
punto el Gringo se sintió orgulloso y miraba al pueblo con el cuello estirado. Su hijo, por
suerte, había servido para algo. Unos días después de que los científicos se fueran, la
madre de Luzmilla entró muy preocupada a la policlínica. Continuaba con nauseas. La
población se había compuesto y los animales comían perfectamente. Sospechó lo peor y
fue así. Las nauseas que tanto la afligían no eran radioactividad alienígena, sino un
simplísimo embarazo bastante no deseado.

23 – Valeria Ache deja todo

Valeria Ache se toma un Reflexan 5 y un frappuccino en el Starbucks del aeropuerto


internacional Comodoro Arturo Merino Benítez. Es el único espacio donde encontró wifi
y ni siquiera se atreve a usarlo. Lo desaprovecha. Mira las señoras limpiando la moquete
infinita. Tiene bichos dando vuelta en la cabeza, dando saltos. Unos alemanes acalorados
la miran con estupor sujetando fuerte sus laptops como esas viejas que andan por la calle
con miedo a que le afanen la cartera. Quieren su asiento, su enchufe y su contraseña.
Valeria Ache hace como que no los ve, como si el aeropuerto estuviera repleto de internet
libre y aire oxigenado. No piensa moverse de esa mesa ni ceder el enchufe que tiene a sus
espaldas. Piensa en fumar. Ya devoró su muffin de banana edición limitada. Lo hizo en
tres bocados sintiendo cómo se arremolinaban la grasa y los nervios que confundía con
amor. Santiago de Chile, encajonado a la cordillera con veinte y pico grados de
temperatura, está lejos, al noroeste, supone. Hace cálculos. Atravesó rapidísimo Las
Condes en un taxi tomado en la calle. Después vio mejor la nada y la pobreza. Pensó en el
concepto “calidad de vida”, en un signo de pregunta y en la cara fantasmal de su jefe
cuando la escuchaba presentar la renuncia al flamante puesto de trabajo y la empresa
multiuniversal. El señor no podía creerlo y se dejaba ahogar por el sillón de cuero real. El
celular sonaba y no atendía. Valeria Ache estaba tranquila, con los dedos flojitos,
engarzados, respirando bien, acompasadamente. No se sentía ni estúpida ni cuestionada.
Seguía el dharma. Pensaba que hacía lo correcto y del mejor modo. La oficina explotó en
toda su dimensión. Fue al minuto. Ni siquiera los cadetes entraban en razón, no podían
seguirle el planteo, la formalidad. Cientos de millones de personas deseaban ese puesto
de trabajo. Cientos de millones de pesos chilenos la necesitaban. Valeria Ache no podía
dejar el puesto así como así, sin argumentos ni un mail preparando el terreno, de un día
para otro, demente como ella misma. Era como si el Tupungatito, el San José y el Maipo
se hubieran coordinado para hacer erupción al mismo momento. Un vómito del centro de
la tierra. Le pidieron que, por favor, lo pensara mejor, que se tomara unos días de licencia
o unas clases de pilates, pero Valeria Ache había tomado una decisión. Si hay algo en lo
que Valeria Ache no cede, es en las decisiones. Le pidieron una semana, unos meses pero
no. Lo dejó todo, de una, así. ¡Záz! Eliminó los teléfonos del drogadicto diabético y el
gimnasta David Guetta. Quería andar libre por el mundo, ir a un lugar en concreto. Para
vivir no necesitaba más que una Nespresso. El factor suerte. Así lo llamaba su padre, un
matemático y arquitecto fallecido, que se la pasó haciendo estadísticas de los números
de la suerte y desarrollando una fórmula que no había quedado registrada en ningún
testamento. Tenía la cabeza bien amueblada. Tremendo timbero. Pudo haber muerto por
una aneurisma cardíaca, como decían los médicos, pero Valeria Ache prefería teorías más
lejanas a la aorta, que involucraban sicarios, tías codiciosas, demandas y conspiraciones
estatales. Los nervios. Ganó la lotería. No fue el único. Pasó su vida recorriendo casinos,
llenando y vaciando cuentas hasta quedar en menos cero. Entonces, llegó la lotería.
Podría haber sido más pero para alguien que llevaba sus muebles a remates, era más que
bastante. El premio se repartió entre siete y él era uno de los afortunados. No pudo
disimularlo. Salió a la ventana y lo anunció a los gritos en pleno fin de año. Esas cosas sólo
se pueden decir frente al mar. Gracias a los cálculos del Sr. Ache pudieron ir tres veces a
Disneyland y cambiarse de colegio. Cada día, un par de medias. El dinero fue fruto de un
trabajo y un estudio. Nada de suerte de principiantes. Lo merecían. La alegría millonaria
duró unos meses hasta que su mujer presentó una demanda de divorcio. Llegó en un
sobre. Nada de pan y cebolla. Valeria Ache lloraba porque era chica y no entendía cómo
funcionaba el mundo más allá de su ropa nueva, los grandes. Con el tiempo comprendió
mejor y no culpaba tanto a su madre de haberlos abandonado y dejado en la ruina. No se
reprochaba haberse quedado del lado de papi. Ella hubiera hecho lo mismo. El Sr. Ache
era un hombre hermoso. Tenía pecas y jugaba al ajedrez. Su pieza preferida era el alfil. Su
carta, el siete de espada. Odiaba volar en aviones. Se inyectaba vitaminas. Preparaba el
café con leche con mucha azúcar. Se le enrojecía la nariz con facilidad. Le gustaba el coñac.
Ahorraba en luz. La casa permanecía a oscuras y, cuando llegaba borracho del casino,
tropezaba con las sillas, las mascotas y la hija. Los gatos no aguantaban y huían recién
nacidos. Tenía buen humor y a los sirvientes los llamaba “el personal”. Excepto lo del
miedo a volar en avión, Valeria heredó todo. Antes de morir, el Sr. Ache le advirtió que el
blackjack era uno de los más adictivos juegos de azar, que tuviera cuidado y no confiara
ni en ella misma. Justo él, que la había llevado por primera vez al casino apenas cumplió
la mayoría de edad. Llegaron del brazo. De las tragamonedas no decía nada porque se
gastaban montos pequeños de dinero en comparación con las mesas de blackjack o
póquer. Era un juego de niños, subir y bajar palancas, las lucecitas. A Valeria Ache no le
divertían. Era jugar con un balero. La historia sigue. Después pasa lo de siempre, te sentás
por primera vez en una mesa de blackjack y comenzás a ganar. Si se pierde, no importa,
se hace la apuesta menor permitida y si se sigue perdiendo, chau. Con los días llega el
subidón, la adrenalina, la serotonina, la cocaína, el estereotipo y la anorexia. Problemas
sin importancia mientras se tiene dinero, chofer y un padre vivo. El padre se muere. Llega
la insolvencia y el trastorno. Es evidente que se ha cruzado una línea y no importa en qué
momento ocurrió. Si al entrar al casino por primera vez o al enterrar a la única persona
cercana en el cementerio de un balneario en invierno. Fue muy difícil hacer los trámites
del entierro del Sr. Ache en Punta del Este. Valeria Ache no quiso volar con cadáver o
cenizas. No podía hacer otra cosa que llorar en la habitación más barata del hotel
extranjero. Algunos la ayudaron por compasión, otros, porque realmente estaban
preocupados. Dieguito Muniz la consolaba y le sugería el luto. Valeria Ache no paraba de
pedir margaritas y pasearse por el hotel como un fantasma desnorteado. Miraba las
máquinas tragamonedas como los adolescentes que acaban de eyacular. La
autonegación. Apostar para intentar recuperar. Tropezaba con los dobleces de las
alfombras. La gente pensaba que estaba medicada. No distinguía la noche. Pensó en las
enseñanzas dejadas por su padre. Primera: Comodidad. Si la mesa no es cómoda o los
competidores no generan confianza, hay que irse inmediatamente. Segunda: no
sobrepasar los límites que uno se establece antes de apostar. Tercera: Concentración.
Nada existe fuera de la mesa, ni siquiera nuestros contrincantes. Cuarto: No pagar un
seguro. Quinto: Doblar la apuesta si tenemos un once en una mano. Había otros consejos
menores y más específicos como eso de dividir con dos ases o dos ochos. Trató de aplicar
las enseñanzas a la vida pero era muy complejo. Iba al baño a cada rato. Meaba de a
chorritos. En un balcón del hotel, mi padre le contó la historia de cómo había conocido al
Sr. Ache y lo mucho que lo apreciaba. Gracias a él y sus contactos con el casino mi familia
pudo irse a Punta del Este. Probablemente le habló de mí. Eso no importa. Lo que sí
importa es que se sacó la corbata y el saco. Se besaron mucho. Valeria Ache lloraba y
Dieguito Muniz le mordía los labios alcoholizados. Mi padre la agarró de las nalgas. Ese
mediodía no volvió a dormir a casa, el muy tarado. Pegaron terrible onda. No sé cómo
siguió la cosa. Valeria Ache se volvió a Buenos Aires o a otra ciudad. Mi padre se enganchó
con la madre de la Piojito… o ya estaba enganchado. No sé. Ni idea.
24 - Lo tapiado

En las madrugadas del miércoles al domingo del carnaval, a las cinco de la mañana, se
realiza el kukuli. Van buscando casa por casa a los integrantes de la comparsa. Hacen una
bulla espantosa para despertarlos y, si no salen a la calle, les tapian la puerta como los
nidos de los horneros. Me desperté con furia, cubierta con una manta esponjosa y suave,
estampada con un papagayo gigante poco boliviano. Justo estaba soñando algo de lo más
ciencia ficción cuando comencé a escuchar ruidos parecidos a balazos dando fuera del
blanco. Ruidos reales, del mundo. Tiraban confites rosados y blancos sobre los techos de
chapa. Sonaban como piedras, como meteoritos inofensivos. Mi visión tenía un efecto de
espejo de seguridad de un supermercado de barrio. Bruna se despertó como un cadáver.
Luzmilla lo hizo con más lucidez y entusiasmo, acostumbrada. El que se despertó por
último fue Amador, que durmió esa noche en la cama de su novia. Se desperezaba
paseando en calzoncillos Hanes color gris de lavarropas, frente a nosotras, balanceando
una erección enorme. Se rascaba mucho la espalda. No tenía pancita. Muy buena higiene
postural. Afuera tiraron petardos e hicieron sonar los redoblantes. Amador abrió la
ventana para sosegarlos y demostrar que ya nos habíamos despertado, que ya podía dejar
de joder con las tradiciones, que ya bajábamos, la puta que los parió. Entró el cielo limpio
e interminable. El día muy lindo. El carnaval insistente. Me dormí cansada de tanto
zapatear. Luego del remanso en el área del meteorito sintonicé perfectamente con el
pueblo y salí a saltar con la comparsa Las Magníficas. Eran señoras muy energizadas que
me llevaban del brazo al ritmo del charango, por todas las calles del pueblo, parando
donde nos dieran alcohol o sillas. Anduvimos volando, tirando chicha a la Pachamama.
Me sentí relajada, tranquila, confiada, sin pensar que alguien me iba a robar o toquetear,
sin pensar en el futuro, ni en el pasado, ni en mi padre que quién sabe por dónde andaba,
borracho, seguramente, sucio. Mientras desayunamos y unto el queso de cabra en el pan
dulce, les detallo mis sueños y Luzmilla cuenta que le encanta la ciencia ficción. Dice que
se la pasa viendo la saga de Matrix, que se siente super identificada con los conceptos y
los personajes. Hay un parlamento que se lo sabe de memoria y lo cita a continuación,
ofreciéndome yogurt. “Tu vida sólo es la suma del resto de una ecuación no balanceada
connatural”. Le encuentro un gusto medio feo. Me llama la atención que casi no utilicen
la heladera. Incluso el yogurt lo dejan afuera. Lo que sí aprovechan es el freezer. Hacen
un falso chuneo. Así llaman a las papas le dan golpe de frío y la secan en la nieve. Quedan
como frutas abrillantadas. Las almacenan y pueden durar hasta cinco años, flojo. Las
hidratan para comerlas. Eso es lo que almorzamos antes de ir a la plaza con un cajón de
cerveza. Desistimos. No queremos salir a buscar a nuestro padre. No podemos creer que
nos evite tanto, que prefiera boyar por el pueblo o cosas como, por ejemplo, hacer su
vida. A la noche es la fiesta con ropa elegante. Las chicas bailan con tacos altísimos entre
las piedras. Están muy cachondos pero no les damos vida a los pretendientes que surgen.
Estamos asexuadas viendo los levantes con mirada infantil. Distancia. Me recuerda a Mica
y a la Plop. Las situaciones nos entusiasman pero no terminamos de meternos en ellas.
Los chicos venían a besarnos y le seguíamos la pasión sin que se nos moviera un pelo por
nuestra cuenta. Sólo tratábamos de ver quiénes nos estaban mirando. Sentía que tenía
que aprovechar ese momento y esa persona. Estábamos en una cumbre, el después
decaería. Lo llaman “juventud” o “locura”. Había que besarlos a todos antes del futuro,
las caries y la grasa. Latas de Speed. En esta fiesta de carnaval terminan borrachos y
descalzos, cruzando el Río Colorado rumbo a Ferracruz. Ya nos habían advertido. La onda
se pone medio rari y se hacen casamientos falsos entre las parejas que surgen del baile.
Se trenzan anillos de yuyos, coronas de novias y curas improvisados, aún más borrachos
que los casamenteros, los santiguan. Es re cualquiera. La gente dice que se olvida con el
tiempo. A la mañana siguiente amanezco en la casa de alguien que no conozco, una
señora que me despide con abrazos áridos, como si hubiésemos estado hablando de
negocios o cogido sin ganas. Sudo chicha. Tengo los brazos caídos y fatigados. Las calles
parecen iguales pero me las ingenio para ir hasta la de mi padre que me recibe muy
sonriente con lentes de sol ocultando su estado, probablemente, muy similar al mío. Lleva
puesta una camisa de estampado inquietante formado por un enjambre de pequeños
arabescos multicolores, típicos de algún país que no es este, en medio de los años
noventa. Arruga la frente con una sonrisa. -Buenas tardes, imilla. ¿Querés desayunar,
almorzar o merendar? -Lo que sea. Me da charque de un animal que no identifico. Ya no
le tengo miedo a la comida. Superé. Durante mis primeros días en Pocoata, temiendo que
cualquier bocado me cayera mal, me alimentaba fundamentalmente con pan, banana y
papas hervidas, hasta que descubrí el paté en lata. Lo llaman “picadillo”. Ese  pasó a ser
mi principal alimento hasta ahora, que estoy comiendo algo desconocido frente a mi
padre. Nos sonreímos sin hablar. Percibo una energía blanda entre nosotros. Un rayo
gastado. Mastico pan. Parece arena gruesa. Como no puedo verle los ojos, me detengo
en su frente. Arquea una ceja. Estamos muy pero muy borrachos. Es eso. -¿Qué pensás
hacer de ahora en más, imilla? -Me gustaría quedarme acá contigo, papá. -¿De dónde
sacaste que me pienso quedar? Estoy de paso por la muerte de El Gringo y para ver en
qué anda la vida de Luzmilla. Es mi deber estar aquí, solucionar las cosas que dejó mi
padre, pero no puedo quedarme. Tengo que seguir. -Siempre huyendo. -Huyendo, no.
Siempre yendo, querrás decir. Tu madre ya sabía que yo era así. Siempre se me ocurren
nuevo planes. -¿En algún momento tuviste ganas de ver en qué andaba mi vida? No
responde hasta que sí. -Conocí una mujer en el casino. Bah, es una clienta de hace años.
Nos reencontramos y vamos a vivir juntos. No puedo quedarme. Se toma su tiempo. Gira
el cuello, se recompone y se quita los lentes oscuros. -Así que querés quedarte conmigo.
Pensé que seguía en pie lo que me dijiste el otro día, lo que me insultaste. Tenías toda la
razón. Es lógico que me odies. Sólo puedo pedirte perdón. No quiero que suene
melodramático. Me parece que no es el momento para eso. El carnaval es una época muy
difícil. Después lo vamos a recordar con lástima. No entiendo cómo la gente puede
consolarse con un perdón, cómo una palabra puede más que un gesto, que un kilo de
papas o un beso. No hablo. -¿Y todo ese lío de los papeles y la policía? Eso de sacarle el
DNI a tu amiga y viajar y anotarte en el curso de Bruna para verme y ja ja ja ja … ¡Estás re
loca! Me encanta. Nuestras mentes linkean y nos ponemos a reír como todos los
borrachos. La risa es cada vez más carcajada, contagiosa, lloramos, la mandíbula se
paraliza ante tanto movimiento. Nos causamos gracia. Todo nos causa gracia. El odio, el
amor, el tiempo, el rencor, el charque, estar comiendo quién sabe qué en un pueblo de
Bolivia, los petardos que suenan, la tele captando canales mexicanos, el despiste de las
aduanas que me dejan pasar con documentos ajenos, la gente que está loca en todas
partes porque nada tiene sentido y el mundo es cualquier cosa. Todo nos causa gracia.
Todas nuestras vidas de mierda. No podemos parar. Agarramos un cajón de cerveza y
vamos a la plaza, tentados. Tenemos que seguirla. No hay otra. Después vemos. Al final,
terminé pensando como mi padre. Amador ya está cantando en uno de los escenarios.
Desde lejos es un dragón bien grande. El pueblo es pequeño pero los escenarios podrían
estar mejor distribuidos. No comprendo la necesidad de ponerlos juntos alrededor de la
plaza, separados por montañas de parlantes y una amplificación potentísima. Parece que
hicieran competencia para ver quién tiene el volumen más alto, la pija más gorda. En el
medio, sentados en la fuente, escuchamos la mezcla de los sonidos y lo que logran entre
todos es apocalíptico. De hecho, la banda de Amador se llama así, “Lapocalipsis”. El efecto
en nuestros cerebros es enloquecedor y Tumblr. A mi padre, por un momento, se le dan
vuelta los ojos. Queda en blanco muerto. No puedo hacer nada. Por suerte revive cuando
en el escenario de Amador presentan el nuevo número musical y es la señorita Bruna,
directamente importada de Brasil. Bruna sube al escenario y canta una versión
carnavalera de Bad Romance, sosteniendo sus tetas con un vestido. Alguien usará esta
idea. Un helecho gigante ondulando. Es el escenario que más llama la atención y la gente
se amontona alzando las manos, moviendo la cintura, dando media vuelta, danzando
kuduro. Bolivianos y japoneses. Con papá nos damos cuenta que no se puede escapar de
la vorágine, del pueblo. Por eso de nada me sirvió insultarlo, soltar lo que tenía reservado
desde niña. Hay energías que son más importantes que los deseos individuales. Una de
ellas es el carnaval. Otra es el cosmos. Encima de eso y más adentro de los átomos, está
el Todo. Tendría que estudiar psicología o algo relacionado a las piedras. Somos los que
estamos. No hay movilidad. No llegan nuevas flotas, no hay transporte. Es como si se
hubiese detenido el tiempo en este espacio. La burbuja. Cuando llegue un tsunami
enorme, la única parte del mundo que sobrevivirá, será esta, Bolivia. Por la altura, claro.
Los japoneses lo saben perfectamente y no andan con pavadas. Ellos lo saben. Mi padre
ya va comprando tres casas. Hoy en día, es como si te compraras cigarros. Voy al medio
de la calle, me bajo la calza, meo y nadie me dice nada. Vuelvo al cajón de cerveza de mi
padre. No podemos hacer otra cosa que no sea emborracharnos y mear. Compartimos
algunas botellas con generosidad y complicidad. Somos el bien y el mal neutralizados. Un
punto adentro de un círculo. -¿Ves la iglesia? En casi todos los pueblos está frente a la
plaza pero aquí, en Pocoata, tiene casas delante, casas recientes, coloridas. La iglesia está
tapiada por casas. ¿Viste? Hay que entrar por detrás. Una locura. Ahora perece que van a
quitar esas casas por una ley o un decreto, vaya a saber qué, porque resulta que la iglesia
es patrimonio y tiene que verse. ¿Podés creer? Patrimonio. A mí me gusta que la iglesia
esté así, callada, tapiada por las casas, atrás, en un segundo plano, paralizada. Antes,
entrabas a esa iglesia y era horrible, aún más horrible. ¡Qué edificio siniestro! Veías
huesos, cráneos enterrados en la ruina. ¿De cuándo serían? Gente que no murió muy bien
que digamos, seguramente. Supongo que eran huesos de los que la construyeron, gente
del pueblo. Trato de imaginarme la situación y no puedo. Siempre hay que desconfiar de
los edificios invadidos por palomas. Tienen mejor vibra los que eligen los murciélagos.
Patrimonio. ¿Podés creer, imilla? Termino de escucharlo y lo abrazo por primera vez en
años.

25 – La energia

Bruna y yo nos despertamos al unísono sin necesidad de reloj. Abrimos los ojos y nos
miramos borrosas. Tal vez, en lugar de telepatía o coordinación química, lo que nos
despertó haya sido algún grito o jadeo de Luzmilla y Amador. Están en la otra cama, a
menos de dos metros, cogiendo sin ningún tipo de pudor o ropa. Ni detienen el ritmo
cuando abandonamos la habitación a las risas. Ellos también comienzan a reír. Tal vez
acaban. Los escuchamos entre el zumbido que dejó el alcohol de ayer en nuestras
cabezas. Nos faltan neuronas. Queremos que se nos vaya el dolor, olvidarlo, tomar una
taza bien grande de leche de cabra caliente, comer galletitas de paquetes vencidos. No
podemos encarar. Nos pesan los cuerpos. Miramos el sol. Nos refrescamos las caras con
el agua del bidón correcto. El resto del pueblo duerme. Caminamos por las calles vacías y
el cielo bien brillante, desperdigado. La vida parece no haber sobrevivido a una bomba
nuclear. El sol rebota en las piedras y en las paredes de tal manera que sólo podría
provocar cáncer. Le cuento a Bruna que sé de un lugar excelente que podría
solucionarnos. Me hago la misteriosa, galanteo, marco un punto y un camino. Algunos
borrachos duermen en la calle, abandonados por la sombra. No sudan. Por allá se mueve
algo, un animal, nuestro padre borracho o un alien. Existe el mundo. Vamos en bombacha
y ojotas hasta el área del meteorito. Nos cubren nuestras remeras negras XL con logos de
bandas paulistas, compradas en el Galería do Rock. Las usamos de camisón. Estamos
despeinadas pero sin lagañas. Corre un vientito. Somos el centro de los puntos cardinales.
Somos el sueño de una muñeca. Llegamos al área del meteorito. Bruna no puede creerlo.
La energía de la tierra se muestra con una obviedad hermosa, te agarra los pies, nos
tumba. Hay algo. Nos arrodillamos en las piedras. Sentimos que el aire juguetea. Nos
pincha. Nos acostamos boca arriba, mirando el sol, cegadas, muy videoclip. Terminamos
de despertarnos. Bruna comienza a reírse pero deja de hacerlo cuando siente en la carne
el calor de los restos del meteorito de antaño. Entra como ramas de árboles con patas.
No demora en salir vapor de nuestras pieles. El calor se estabiliza en un punto reparador
cuando la radiactividad culmina de recorrernos. Las remeras se mojan como trapos de
piso. Suponemos que es el alcohol y los restos de borrachera que se escapan de nosotras
purificados por el cosmos. Parece un milagro o una ciencia complicada, nueva, extranjera.
La liberación de las toxinas. Ni precisamos realizar un ritual. Nos recomponemos en
seguida. Cuando queremos darnos cuenta, ya estamos regias, energizadas y sequitas.
Bruna dice que no quiere irse jamás del pueblo, que no debemos contar estos secretos,
que, ojalá, los nuevos micros no lleguen, que quedemos aisladas del resto del mundo,
aquí, para siempre, juntas, alimentándonos con picadillo, pan dulce y agua hervida hasta
que un tsunami detenga la Humanidad. Por fin algo de astucia. El algodón está muy duro
y creemos que ha pasado el tiempo, así que vamos a los baños públicos a ducharnos. Una
pena no tener jabón. Nos refregamos unas hojas de arbustos. La exfoliación demora pero
estamos contentas y no hay otras personas esperando su turno. Usamos la misma ducha.
Compartimos el chorro un ratito cada una. Nos desenredamos el pelo. Refregamos con
fuerza las bombachitas de microfibra. Gotean desteñidaLos corazoncitos rojos del
estampado por sublimación se vuelven círculos, parecen gotas de sangre, mosquitos
muertos en una pared. Con nuestros dedos índices nos tocamos las nucas. Apretamos el
huequito que se hizo para eso. Nos conectamos como aliens y nos sentimos una a la otra
dentro del cerebro. Pensé que era un masaje. Tensé los hombros, arriba, abajo. Me di
vuelta. Bruna se puso en puntas de pie y me dio un beso de ojos abiertos. Respondí en
seguida con seguridad ante la sorpresa. Hundí los dedos. Le apreté las manos y la traje
más cerca sin soltarle la boca. El beso siguió un buen rato y después vino el resto, decidido.
Mordí el mentón. El agua fresca daba más calor que la radioactividad del espacio. Nos
metimos inmediatamente. Jamás se me había cruzado por la cabeza la idea de que
pudiera convertirme en tremendo tortón. Lo juro. Mordisqueábamos estimuladísimas.
Muy sensibles los codos. También había ternura en las caricias, claro, despacio, buscando
la mejor postura contra la pared mojada, enmohecida. Ella indicaba con la mirada y el
pensamiento. Yo hacía lo que me pedía. Nunca la había visto tan de cerca, pegada, ni
siquiera de niñas, cuando nos tocábamos entre los peluches de su dormitorio en Punta
del Este mientras hablábamos de cómo le crecían las tetas a las mujeres. Le chupé todo y
la agarré cómo a los trolos que me comía en la Plop. Bien fuerte por todas partes, no te
me escapes, gordi, vení, quedate quietita. Le pregunté si le gustaba así y me mordió otro
poquito. Dijo que sí. Hizo lo mismo y metió otro dedito. Dominé la situación por completo
gastando el agua del pueblo. No les dejamos nada. Las moscas nos observan con todos
sus ojos sin pestañas. El sol nos ilumina catatónico. Bruna suspira como una perra y
confiesa que no es de masturbarse mucho, que le da vergüenza y se desconcentra con
facilidad, sobre todo si hay moscas. No entiendo por qué usa la palabra “masturbarme”.
De repente, gritamos. En el casino del hotel donde trabajaba mi padre había un sector
infantil, familiar, muy poco ventilado, con muchas porquerías gratis y ventanas que no se
abrían. En enero llegaban los Reyes Magos. Helados, Coca Cola, pochoclo, maquinitas,
piscinas, revistas de grandes, panchos, promotoras que te alcahueteaban, sabían tu
nombre y te acompañaban al baño. Esperaban afuera. No me correspondía estar ahí pero
mi padre lograba que, cada tanto, accediéramos a esa dimensión y me depositaban
algunas tardes con Bruna La Piojito a perder el tiempo y librarse de nosotras. Pirábamos.
Nos encantaba toquetear los vidrios con perfume a alcohol. Dejar nuestras huellitas
dactilares, digitales. Era mejor que aburrirse pero si íbamos muy seguido, se podría
convertir en una extensión del embole cotidiano puntaesteño. Cualquier cosa nos venía
bien. Más que las golosinas, lo que nos atraía como ventosas eran los otros niños,
principalmente los que hablaban idiomas lejanos. Niños estatuas con chaquetas
abotonadas, vestidos de muñecas, no habituados a pestañear, al jugo artificial, a las
frituras. Algunos llevaban turbante o camisas. Eran bastante tontos, distraídos y les
robábamos frente a sus narices. Ni protestaban. No sabían reaccionar, defenderse o
peinarse. No bajaban la mirada. Eran aliens. Ni buenos ni malos. Mundos paralelos.
Muchos circulitos. Sus madres estaban cerca, charlando entre ellas en un espacio muy
similar al nuestro pero sin canciones de ronda sonando en la música funcional. Cuando ya
no despertábamos interés a los demás, íbamos a los baños de mármol, siempre
desinfectados con olor a flores. La música funcional tenía una selección diferente a la del
espacio infantil. De los altoparlantes salían voces de Frank Sinatra, jazz, ritmos calipsos,
rumbas, cinematográficas, creepies. No hablábamos una palabra mientras nos tocábamos
las bombachas a escondidas. Vigilábamos la puerta. La solemnidad de la música, el
algodón suavecito, absorbente y la frialdad del inodoro nos hacía pensar que a lgo de eso
estaba mal, algo de las manos por ahí abajo, que si alguien entraba tendríamos que
detener la exploración, hacer que estábamos meando, ayudándonos. La agarraba firme
de las nalgas, me arrodillaba y veía atentamente cómo le salía el chorrito de pis
transparente. Después se la secaba con un pedazo de papel higiénico bien dobladito. El
aire acondicionado no llegaba. Me encantaba. En la Plop íbamos a cada rato a mear. Mica
meaba un montón. Hacía ruido de hombre con chorro bien potente, escandaloso. Nos
metíamos juntas en el baño y yo preparaba las rayas de merca con un Subtepass mientras
ella meaba de lo lindo, suspirando. Sólo salíamos cuando comenzaban a gritarnos. Por eso
me super enojé la vez que se encerró sola y no me respondía cuando le preguntaba si
estaba bien. Psicopateaba. Terminó de sonar “Ready to go”. Cuando se decidió a abrirme
y enfrentarme, la encontré llorando, apoyando la frente afiebrada en la loza del inodoro,
llena de pendejos y hepatitis. El piso estaba salpicado con gotitas de caca. Una escena
patéticamente obvia. Un olor a meo desagradable, impregnado de porro. Ella, con aquel
buzo de lana azul re feo, dura y llorando. Insólito. Es que la pobrecita de Mica seguía sin
poder creer que yo me hubiera apretado al pibe del fotolog, al maricón. Le pegó re mal la
data y eso que ella siempre supo que mis gustos sexuales eran más que amplios pero
específicos. Traté de consolarla sin atar cabos ni preocuparme por la s miradas flaquísimas
de las cocainómanas chusmas. La abracé pero empezó a gritar “¡No me toques!”, “¡No me
toques!”, “¡Tenés la mano llena de esperma!”. Me dio gracia y comencé a reírme hasta
contagiarla. Cambié la onda de inmediato y le apreté las tetas como globitos. Ella gritó y
se le secaron los ojos. El baño se vació, se fueron tentadas. Es que era gracioso. Quería
exclusividad. Mica pasó del llanto a la risotada pero cuando volvió en sí, ya sin celos, y se
dio cuenta de todo, cuando volvíamos en el tren, de bajón, medio dormidas, con el sol
blanco molestando los ojos, sin haber robado un solo celular, me confesó que tuvo unos
sentimientos peligrosos. Lo dijo bajito después de pensarlo con profundidad. Era algo
importante, atómico. No me sorprendió ni sentí necesidad de responderle. Eso fue raro,
que no me sorprendiera, que me saliera naturalmente abrazarla, acurrucarla y llenarle el
pelo de besos, respirar en su oreja mientras por la ventana del tren comenzaban a
aparecer los primeros caserones de Ballester. Ella miraba el paisaje moviéndose.
Regresando con Bruna a la casa o a la plaza central de Pocoata, ya no sabíamos dónde,
caminando, nos cruzamos nuevamente con algo que se movía y era mi padre, esta vez
más cerca. Nos alejamos. No nos dábamos cuenta si estaba sobrio o borracho, dormido o
despierto. No nos vio. Le di la mano y le pregunté si recordaba cuando éramos niñas y
vivíamos en Punta del Este. Le conté lo de la sensación espantosa que me daba verlo
nadar. Al verlo ahora, así, volví a sentir algo parecido. Parecido, dije. Bruna no recordaba
mucho más que nuestros toqueteos ni de que la llamaba La Piojito. Ni siquiera recordaba
cuándo comenzamos a jugar a las señoras, ni los helados raros, ni la vez que me hice la
muerta después de ver la película de terror. No recordaba el día en el que Dieguito nos
abandonó y se fue con su madre. “Si vuelvo a Punta del Este sentiría que es mi primera
vez allí, no encontraría ningún punto cardinal aunque, supongo, el Este debe quedar para
el lado de la playa”. No recordaba ni siquiera haber sufrido por no saber escribir. Para ella
no fue un trauma, un problema, un pasado. Aprendió después, ya de grande. Punto.
Quisiera pensar así, tener esa percepción, esa memoria limitadísima y tilinga, moverme
con esa energía, no sentir esto cuando veo a mi padre caminar sin rumbo por el pueblo.
Nosotras tampoco tenemos rumbo y no sabemos exactamente para qué vinimos desde
tan lejos. No sé por qué pienso por las dos. Bruna la está pasando bárbaro, re liberada.
Soy yo la que no sabe cómo llegué aquí convirtiéndome prácticamente en una fugitiva.
Soy una tarada. No me bastó con putear a mi padre, decirle que lo odiaba y días después
declararle que quería vivir con él. Él siguió como si nada, con sus carnavales, sus
borracheras, su historia. Le dio lo mismo que lo encontrara, que lo insultara, que le pidiera
compañía eterna. Es como Bruna, como todo el mundo. La gente es así. No sé por qué me
atrae tanto eso también. Quiero ser así, ser más sólida, dura, que no me importe nada.
Creo que salí a mi madre, a las locas de la familia, retorcida, voy y vengo, aburro. A la
noche, sin rastros de alcohol en el mundo, nos reencontramos para cenar. Dieguito
fanfarronea, cuenta anécdotas de su niñez, cuando era el alma del pueblo y las cholas lo
veían como el yerno ideal con los dientes sanos, completos. Se hacía buches con
bicarbonato de sodio. Amador le festeja cada oración y a cada risa le corresponde un
golpe de mesa. La Pachamama recibe sus tragos de cerveza caliente. Interrumpo la
sobremesa con solemnidad como un postre. Me pongo de pie. Miro a Dieguito y le digo
que lo quiero, que quiero ser como él, que me ayude, que me incluya en sus planes, que
estoy mal, que a veces creo estar loca, que tengo ataques de pánico cada vez más
frecuentes y lo necesito. Es un momento muy sentimentaloide y duro, pero los presentes
reaccionan con euforia, incluso Bruna. Aplauden cuando nos abrazamos. Padre e hija.
Luzmilla aprovecha, toma una fotografía con el flash bien potente. Bruna pregunta si en
algún lado venden Speed. Sale la palabra “fin”.

26 – Trasbordo

Nos olvidamos de preguntar hasta cuándo duraba el carnaval. Familias enteras continúan
movilizándose con instrumentos musicales y ya como que medio nos embola un poco el
panorama. Un tinte apocalíptico. Moscas. Pareciera que todos fueses aliens. Estamos muy
cansadas las dos. No nos miramos ni nos entusiasman los pibes sin remeras en las
esquinas haciendo bromas en torno a las botellas de vino. Queremos un colchón. Mucha
gente mayor tras ventanas enrejadas con gran inventiva y barroquismo. Me siento ridícula
caminando de tacos, arrastrando mi valija turquesa con rueditas por la arena roja. Los
niños se acercan insistentes con papelitos. Dicen que son sordomudos como si fuera una
epidemia. Piden plata. Hay olor feo. La Quiaca queda a diez cuadras caminando desde
Villazón. Una aduana extraña donde no te revisan. Los militares mastican coca y hablan
por celular al mismo tiempo. Se escuchan máquinas de escribir enloquecidas. Lo
importante son los documentos y los nuestros están impecables. El de Bruna, bien, dice
su nombre completo, la foto plastificada con su cara seria y bronceada. Los bordes
correctos, sin restos de merca. El mío, bien, está nuevo y la foto por poco me identifica.
En letras mecanografiadas con tosquedad se puede leer de un saque “Luzmilla Muniz”.
Sellan un papel e ingresamos a la Argentina por la puerta grande de la frontera seca. Hace
calor y ya va a ser de noche. Dejamos Bolivia atrás y caminamos lentamente, satisfechas,
esquivando camiones y camionetas con niños parados. Unos alemanes de edad avanzada
y ropa indescriptible nos preguntan dónde tomar el tren de la noche que va a Ururo. Les
señalamos cualquier camino con cordialidad. Nos dan pena sus cámaras de fotos. Le envío
un mensaje de texto a Luzmilla agradeciéndole su documento y su identidad. Cenamos en
una pizzería como lechonas. De postre, helados mal derretidos. En algún país del mundo
es la época en la que florecen los narcisos. Una paloma caga en un plato. Nos da asco. Me
doy cuenta que algunos olores y situaciones me dan más asco que de costumbre. Debo
estar embarazada. Nos alojamos en un hotel de aspecto intergaláctico, begonias y
mobiliario de los años cincuenta, con ducha potente y jabón que no hace espuma con
letras chinas. El celu ya tiene señal argentina. Golpean la puerta y es la chica de la
recepción con unos folletos fotocopiados ofreciendo un paquete de cuatro días en el salar
de Oyuni, donde las casas son de sal. Mesas y sillas de sal. Una locura. Una locura que nos
golpee la puerta para ofrecernos eso. Le decimos que no, nos encerramos con llave y nos
acostamos en la misma cama de una plaza, cachete con cachete. El aire acondicionado
está bajísimo y entra luz por la ventana sin cortinas. Los insectos rebotan en el vidrio. Nos
miramos como niñas. Jugamos con la respiración. Nos confabulamos la una a la otra.
Hablamos de la muerte, la artritis y el cáncer, de que el sarro ayuda a que en los dientes
no haya caries. Hablamos de que no queremos regresar a Sao Paulo. Nos deslumbra la
metáfora de que estamos cavando nuestros propios túneles. Decimos “todo va a estar
bien” como si tuviéramos un problema macro, un cataclismo en el fin del mundo y de los
tiempos. En realidad, estamos tranquilísimas, no nos falta ni tenemos nada. Sabemos lo
que debemos hacer y dónde ir. A Jujuy, a Buenos Aires y a Punta del Este. La magia de la
tarjeta de crédito. Ya está. Supongo que estaré algo así como enamorada. No quiero decir
esa palabra porque no es eso. Lo que quiero decir es que estamos en ese estado en el que
la felicidad necesita melodrama, preocupación, justificarse culposa. Los opuestos.
Andamos a mil en un ajetreo de hormigas y, a la vez, estamos gatas, lánguidas, folks, un
tanto melancólicas, acariciándonos como viejas cada vez que encontramos la ocasión y
los dedos. Le acaricio los párpados como a la gente ciega. Las pestañas responden y se
arquean. Susurra “no me toques”  pero sus manos no pueden salir de mis axilas. Los
nudillos hurgan como si estuvieran en un bolsillo sin monedas. No me hace cosquillas,
sólo chispas. Exige. El resto de su cara carece de temperamento y expresividad. Siento su
pensamiento exacto, lo leo con toda su puntuación, descifro. Quiero todas las palabras
para mí. Bruna está tan cerca y tan adentro que no puedo creerlo ni creerme en esta
postura y en esta cama, con ella, despatarrada. Pensar que me burlé tanto de su cuerpo
y ahora no puedo parar de meterle mano. Le acaricio la columna vertebral, el resto y se
le para la colita. Amé el descaro. Cantan pájaros que no vemos. Murciélagos.
Evidentemente existe un mundo paralelo. Es imposible que esto sólo sea esto y no
estemos drogadas o durmiendo. Me siento muy atractiva, musculosa y alta. Un cisne
vanidoso. Bruna hace eso de la hormiguita paseando por mi piel. Se cae a las sábanas
desde el codo. La cama es un precipicio. Los dedos me tocan con suavidad y me duermo
en viaje astral. Los dedos hormiguitas de Bruna continúan paseando por mi brazo, el
sendero, despabilados. Especula, acaricia, habla bajito. Espero que no se le ocurra
deprimirse o enamorarse de mí. De repente siento un beso. Llamarada. Una pena no
poder dejarme llevar. Hay mucho sueño y estoy lejos, en otro plano, soñando, en un
mundo rodeada de gatitos recién nacidos que me quieren chupar las tetas. Bruna parece
estar más interesada que yo en los arbustos, las montañas, los cables de teléfono, la soja
omnipresente y los altares rojos al Gauchito Gil. Me deja nerviosa pensar en el siguiente
paso aunque no dudé ni un segundo entre optar por treinta horas de micro hasta Jujuy o
dos en avión. Avión, toda la vida. Me deja nerviosa pensar que pueda pasar algo malo,
que me descubran los Servicios de Inteligencia. Probablemente ni si quiera existan pero
nunca se sabe. La chica que da los informes en el aeropuerto es la misma que cobraba el
boleto del transfer. La terminal de aeropuerto de Jujuy es muy ochentas, de ladrillo como
de horno de jardín, húmeda, familiar clase media baja. Las plantillas cuidadas y un verde
que pensaba que no existía. Hacemos cola rodeadas de gente con sobrepeso quejándose
del calor, los típicos mochileros europeos bobones, rudimentarios. Algunas mujeres locas.
Pocos hombres. Muchas chicas con el mismo peinado hablando por celular con sus
mamás, poniendo esa voz tan dulce y paciente, ignorando que viajarán en un cacharro
con pésima comida y altísimas posibilidades de estrellarse, morir. La chica que daba los
informes y cobraba el boleto del transfer, ahora hace el check in. Una vez más, miran
nuestros documentos y seguimos. Adelante. Soy Luzmilla Total. Se lo agradezco a la
distancia. Eso sí que es ser buena hermana. Le conté mi lío de pasaportes y ella,
espontáneamente, así como así, me regaló su documento de identidad. Besos. Nos
encerramos en el avión y esperamos las turbulencias con tranquilidad. Espero que el
último ansiolítico que me queda se desintegre en las encías. Duermo como un bebé y me
despierto de un codazo. Los mensajes caen en los celulares de los pasajeros todos a la vez
al aterrizar. Son tragamonedas dando premios escuetos, mínimos. Llegamos a Buenos
Aires. El día es feo. El parripollo de Ballester sigue aquí y la mayonesa es la misma. Los
colores de las paredes están bien mantenidos. El amarillo es amarillo. Avanzaron las rejas.
Nadie me es familiar. Mucha gente de pelo corto. Sólo la escenografía me reconoce y me
observa. Suena una cumbia un poco más movidita y psicótica que las de cuando yo vivía
por acá, más “turra” dice el chico que nos trae comida. Está vestido como una nena y lleva
las cejas depiladas. Puede que también esté maquillado pero no es trolo. Me doy cuenta
a la legua. Tengo ojo de loca. Lo miro como a un helado y siento que a Bruna le vienen
celos. Deja de respirar, se desprende de los hombros. Es que chicos así no había en mi
tiempo. No puedo creerlo. Es fantasía total, tiene un anillito. Se ve que algunas cosan han
cambiado bastante y, aparentemente, para bien. Lo que no entiendo es por qué nunca
dejan de usar pins. Pedimos agua saborizada. El pibe se da vuelta y me muestra un poquito
de su calzoncillo Lacoste. La cola se le mueve sola al muy turro, bambolea. Bruna se
incomoda aún más y saca tema de conversación. -Acá tenés el poster. -¿Qué postre? Le
traje de regalo a Mica un almanaque de Evo Morales gigantesco, con fotos coloreadas de
todas las etapas de su vida como un prócer. No sé por qué pienso que le gustará este
regalo, que sigue teniendo la misma sensibilidad y el mismo sentido del humor, del amor,
que cuando vivíamos en el mismo barrio y sólo pensábamos en el fotolog, en ir a la Plop.
Devoramos el pollo desmenuzado en pan de pita. Le puse mucha Savora. La extrañaba. La
vemos llegar. Se baja de un taxi. Pobre. Está muy gorda. La vereda está en desnivel.
Necesita apoyarse en la puerta y la pared. No quiero verla así. El calor hace reventar los
sapos. Mica me ve y se detiene. Pausa. La telepatía vuelve a unirnos y el pecho me estalla
en tres latidos secos. Es así. Mi corazón quiere reubicarse. Tropieza. Se me cierra la
garganta y dejo de producir saliva. Las venas se enredan como un ovillo de lana, un ovillo
de telas de araña. Ya no escucho la música. Quiero respirar hondo y no lo logro. Me reseco.
Llevo la mano al pecho. No puedo creer que me vuelva el pánico. No entiendo mi cuerpo,
por qué reacciono así y sigue. Mica se acerca sin sonreír. Todavía le queda distancia. Es un
fantasma de bajo presupuesto. Tiene un vestido floreado de señora pobre y zapatillas de
basquetbolista. Bruna se ubica y anuncia que va a buscar un baño, dar una vueltita, pedirle
algo a la Virgen. Se pone un saquito. No quiere interponerse ni ser cómplice. Lo bien que
hace. Si quisiera una novia, la elegiría. Bajo ojos amorosos, Bruna queda hecha una santa.
Lo mamarracha, atolondrada y tonta que la veía en mis primeros meses de Sao Paulo es
tiempo pasado. Sin embargo, esto parece el tiempo pasado, la semana pasada, que
estamos así desde niñas, que somos un par. Me refiero a Bruna y a mí. No habíamos
hablado del reencuentro con Mica, de nuestra charla por Skype y la planificación de
vernos en el parripollo de Ballester, pero es como si Bruna se hiciera a un lado para que
yo resuelva mi vida con tranquilidad. Me hace espacio. Bondad y amor. Bruna vive en
dharma. Su única preocupación es buscar cajeros automáticos y casas de cambio. Para
ella, mejor aventura que esta, imposible. La única orden que sigue, lo único que le pidió
Marisa y debe acatar como buena hija, es pagarme todo. No nos compramos nada que no
sea comida y locomoción, no por franciscanas sino para no cargar y, sobre todo, para no
recordar con precisión en el futuro. No tenemos cámara de fotos. Mi mecenas culposa
me entregó lo que le quedaba, su dinero, su hija y contactos valiosos, sórdidos, como el
de la aduana que nos permitió salir de Brasil e ingresar a Bolivia como diplomáticas. Su
atrocidad psicoanalítica se mostró con una ternura tan intensa y necesaria que me
agradecí no haberla empujado desde la terraza de su edificio, matarla en medio de
Higienópolis. Acepto todos los efectos colaterales que me vengan. Una parte de mí está
en paz y quisiera acostumbrarme a ella, a andar siempre de paso con Bruna al lado, a su
fidelidad y sus tetas de pezones atentos. Linda la tardecita, de pronto. Las lunas buenas.
Me deja pacífica, un océano. Siempre vamos directo a lo genital, adorable. Debemos estar
viviendo tiempos buenos. Otra parte de mí se vuelve cada vez más psicótica y enferma.
En Bolivia no me vinieron ataques de pánico. Ni siquiera frente a mi padre. Debió ser la
altura, el alcohol o la anemia. Tanto calor y con las manos frías. No entiendo por qué ahora
vuelvo a atacarme, a sentirme un monstruo. Tendré que consultar. Mica saluda. No da
beso. Se sienta en la silla vacía y pide un cortado con edulcorante. Nos observamos un
ratito. Me encuentra igual. Puedo leerle el pensamiento sin inconvenientes. Con ella sí
que tengo alta mediumnidad. La encuentro muy deteriorada. Espero que no me lea eso
último. Tartamudeo buscando una pregunta adecuada y compatible con su cerebro.
Intuyo. Quiero encarar un diálogo que sirva y no provocar más altibajos. No quiero que
tambalee el encuentro, ya de por sí bastante frágil. Justo me agarra en un día en el que
ando rebuscada, ostra, retorcida. Traga su bebida caliente. Me mira como si nada, como
a un espejo. No emite suficientes señales de modo consciente, ondas de ningún tipo. Cada
información que recibo de Mica es porque se la chupo, porque entro atrevidamente en
su mente y su cuerpo. Me habla desde cualquier ángulo, como si nos hubiésemos
encontrado en Sonique la otra noche, como si hubiésemos charlado sin saber que yo era
yo. Llego al colmo de los nervios y la taquicardia. Mis latidos de redoblante no se detienen.
Muevo la manito con solemnidad como si no estuviera pasándome nada. Necesito algo
dulce. Pido una barra de cereales con gusto a yogurt de frutilla. No me doy cuenta si
realmente Mica está aquí o me la imagino. Me perturbó. ¿Qué hago? ¿Me doy un saque?
Veo el vaso vacío. No sé qué pensar. ¡Esto es el acabose! Que vuelva la normalidad, que
Mica largue alguna frase definitiva, que pase algo, que mi pecho se tranquilice, que me
hable el chico más lindo de Ballester con cejas depiladas. Nuestras miradas no duelen
porque estamos conectadas. Nuestra armonía es una piña. No queremos pelear. El
momento se me va de las manos y no confío. Eso, eso. El asunto va por ahí. Ya le veo la
vuelta. Es algo de confianza. Sí, claro. Debo dejar de pensar que todo sale de mí, que todo
depende de mí, de mi cabeza, que soy el centro, debo confiar en el otro, en el mundo,
esperar que Mica diga su parte y actuar en consecuencia. Eso del dharma que observé en
Bruna. Eso tengo que aplicarlo a este encuentro y, si puedo, al resto de mi vida. Ya está.
Llegué al punto. Tendría que ser psicóloga o poner un parripollo. -¿Y ya tenés novio
paulista? Le doy el poster y comienzo a percibir olor a cebolla frita. El corazón me va a
explotar de taquicardia y aire. Todas las copas del parripollo se mueven, buscan el borde
de sus mesas, se llenan de espíritus inquietos, atormentados, quieren echarlos de sus
vidrios pero se mezclan con las caipirinhas, las cocacolas y los hielos, se sacuden en un
coctel, la gente los traga como burbujas, se tragan a Michael Jackson. Por suerte llega el
milagro. Llega el tren y está vacío. Me doy cuenta. No lo veo. Lo escucho. Es la telepatía,
el sexto sentido propio de los borrachos, los locos y las putas. Quiero concentrarme en
Mica pero no en lo horrible que la dejó la vida y el tiempo. Estoy ida. No sé qué hacer.
Tranquila. Tranquila. No quiero sentir esto, darme cuenta de esto, estar aquí y percibir la
dimensión extrasensorial. Mejor no. Pero es así, me doy cuenta que viene el tren y está
vació. Es el tren de siempre, el tren de Ballester, lo presiento y, no sé por qué, me calma,
es ansiolítico y antidepresivo. Alprazolam. Pasa el tren. Lo siento en la nuca. Arrastra mi
pánico, se lo lleva a otro barrio. De algo hay que morirse, digo yo. El pecho ya no ocupa
mi tórax. El resto de mi carne deja de ser puras tripas. Respiro y es hermoso el aire. Está
lleno de recuerdos y cosas lindas. Magia sobre carriles. A hora sí veo algo lindo en el rostro
de Mica. Algo de otra época, de cuando salíamos a bailar y la besaba por impulsos. Tenía
un discurso en algún sitio. Un discurso guardado bastante extenso, con reproches reales
e inventados, con lugares comunes lógicos, estereotipados y alucinaciones incoherentes.
Largo datos, excusas al azar. Mica escucha mis tonterías como si fuesen lo más importante
del mundo para que sienta culpa, aunque sea un poquito. En realidad no me está
escuchando. Está recordando. Hace como que escucha y me doy cuenta porque mi
discurso no tiene sentido. Mezclo todo, Brasil con Bolivia, La Plop con el carnaval de
Pocoata, los perros con los gatos, las bombas atómicas con las pirámides, invento, corto
camino. Mica está ida. Nos recuerda hace tiempo, cuando éramos flacas y teníamos esa
amistad tan tortillera. Me doy cuenta. Puedo percibir su recuerdo, lo que está en su
cerebro ahora mismo y se va formando como una nube blanco. Yo estoy en él. Ando
volando. Mica recuerda un momento antes de la Plop. No percibo bien cuál era la moda
en ese entonces, pero no estábamos ni ahí con lo que se usaba, así que teníamos un estilo
propio que, seguramente, era peor que la media, pero nos encantaba y nos hacíamos
notar. Y eso que no había fotolog. Muy prehistórico, nada de celulares ni redes sociales.
Flequillo, eso sí. Mucho flequillo y música horrible también. Conocíamos rockeros. En
realidad escuchaban hardcore, pero les decíamos rockeros. Ellos quedaban furiosos y
después terminábamos a los besos, manoteándole los bultos y robando celulares. Eran
menores y flacuchos, con el abdomen inconsciente de su belleza y de la guita de sus
padres. Se acuerda de la primera vez que nos besamos. Fue parecido a un juego y
estábamos borrachas, con los ojos pastosos. Besamos los rockeros y, de la nada, porque
sí, entramos a apretar entre nosotras, entre cervezas. La lengüita salía y entraba con
ignorancia. Los rockeros se calentaron al vernos así pero, como no les dimos bola, se
fueron a ensayar porque se les terminaba la hora en la sala y no estaban como para tirar
el tiempo porque después se olvidaban las canciones. Está recordando eso mientras le
pido perdón por haberle robado su documento y largarme con él a Sao Paulo. Pido otra
agua saborizada citrus. Un trago tan fuerte, dulzón y desagradable, que parece antibiótico
para niños en estado de descomposición. Le ofrezco y rechaza. Del hombro le cuelga una
de esas carteras que vienen de regalo en las promociones de perfumes. -Hay daños que
no se pueden reparar. No lo digo porque me hayas robado el DNI sino por haberlo
denunciado a la policía. Te juro que no me di cuenta, que no pensé, que no sabía que lo
tenías vos. Creía que se había extraviado o me lo habían afanado en la Plop. ¿Cómo iba a
saberlo? A mí simplemente me faltó el DNI. Fui a la comisaría y lo denuncié. Lo hice con
inocencia y sin tanta rabia. Saqué otro en seguida, al toque. Te juro que nunca pensé que
la policía iba a descubrir que alguien lo había usado para salir del país. Te juro que jamás
quise que te estuvieran buscando y eso. Si me lo hubieras pedido, te lo habría dado. Lo
sabés. Sabés que haría lo que sea por vos. Me arrepentí al segundo de haber hecho la
denuncia pero no pude volver atrás. Me citaban en unas oficinas de microcentro, re
extrañas, me mostraban tus fotos y sí, eras vos, toda pixelada. ¿Qué iba a decirles? No lo
podía pensar. Te juro. Parecía una película. Hablé con un abogado. No le entendía ni la
cuarta parte de lo que hablaba. Parecía que lo había enviado el demonio. Yo quería salir
todo el tiempo de esa situación. No me importaba para nada que estuvieras viajando con
mi DNI. Te juro. Fue insoportable pero no te odié. ¡Por favor, Cuqui! Yo solamente había
extraviado mi DNI y lo denuncié como lo haría cualquier persona. Me querían volver loca.
¡Qué increíble! ¡Con todos los problemas que tiene la sociedad y los crímenes que hay
que resolver! Las palabras de Mica se mezclan con las que dijo mi padre en Bolivia. -Te
 juro que no pude volver atrás. Le escribí cartas a tu madre. Hablamos por teléfono. Le
envié dinero. Me imagino que te lo habrá dado. Te pagué un montón de cosas. Todo eso
de los abogados y los giros. Tengo una foto tuya, más de grandecita. Estás hermosa en la
terminal de trenes de Ballester, con un vestidito precioso, una señorita, se te notan las
tetitas. Después no pude más. No continué. Tenía una traba, una vergüenza muy grande
que me paralizaba. Tenía otra vida más que hecha en Sao Paulo, lejos, nada que ver, otra
onda. No podía hablar por teléfono, mandar cartas, viajar. Tu madre tampoco quería que
estuviera en contacto contigo. Yo necesitaba verte pero no tenías edad suficiente para
entender ni para perdonar. Eso era lo que me decía tu madre, que yo te iba a hacer daño,
que ya había causado demasiado dolor y que jamás me perdonarías. A tu madre le
encantaba usar esa palabra. Ahora no quiero perdón. Es algo que no se puede pedir. Mirá
cómo estás, enorme. Lo que sí quisiera saber es cómo llegaste al pueblo, cómo llegaste a
Bruna, a ser su nueva amiga y por qué estás carnavaleando conmigo. ¿Cómo llegaste a
mí? ¿Es una especie de plan? -Con Internet es una papa llegar a cualquiera, papá. Nos
dejaste destetadas. Vuelvo a poner los pies en el parripollo de Ballester y la magia
continúa aquí. El pánico se fue por completo. Mi corazón vuelve a su tamaño y su lugar.
Lo siento achicarse. Respiro normalmente. Vuelvo a sentir las proporciones y me pongo a
escala, en equilibrio. Reaparece mi estómago. ¿Será una medicina? Debería patentarla,
patentarme. Entonces sí, le pido perdón a Mica. No sé por dónde empezar pero digo esa
palabra. -Perdón. Mica no necesita hablar porque sabe que le estoy leyendo la mente y
nos comunicamos así, como si cada una estuviera en un cubículo diferente, en el baño de
la Plop. Sabe que soy muy cobarde y siempre fui un poquito tarada. Sabe que mientras
estuvimos juntas no me daba la cabeza para descifrar lo que sentía por ella ni dar rienda
suelta a los impulsos. Sabe que me distraía en las maravillas del fotolog, la Plop, el barrio
y el mundo. Es una pena que los enamoramientos lleguen a esa edad y ese cuerpo. Mica
sabe que yo estuve enamorada de ella, que me morí de celos al verla con su novio nuevo.
No podía tolerar sus escenas. Sabe que minimizaba sus ataques de celos para no encarar.
Sabe que aún la quiero pero, bueno, ha pasado el tiempo y eso probablemente sea
madurar. Ella ahora está fea y yo soy otra persona. Seguramente yo también estoy fea
pero no quiero pensar en eso. Ahora hay otra música de moda. Ahora me gusta tocar a
Bruna y también me gusta un poquito el chico del parripollo que nos observa comiendo
un pancho. Paga su café con leche y se va antes de comenzar a llorar. Saca del bolso un
paquetito de pañuelos desechables marca Farmacity. La veo alejarse con su espalda de
señora prematura y su paso de barrio. Los skaters detienen la marcha para que ella cruce
la calle. Toma un colectivo local. Vuelve a su casa a mirar tele y a luchar contra el
imperialismo, supongo. Ni le pregunté por su novio. Debe haber muerto o explotado.
Bruna llega con una sonrisa enorme y me muestra lo que acaba de conseguir en el grupo
de adolescentes de la esquina. Un porro. No pregunta detalles del encuentro con Mica.
Quiere que sigamos con el viaje. Buenos Aires le parece una ciudad horrible. No viviría ahí
ni loca, dice. Se hace una media cola.
27 - Las sectas son complicadas

Dieguito Muniz comenzó a desconfiar de su iluminación al darse cuenta que ya eran


demasiadas las burlas. Ni necesitaba abrir la boca para que su presencia generara un
chiste. En algunas ocasiones se reía de sí mismo. Muy pocas. Se tomaba un cafecito y lo
miraban, socarrones. A su lado, la gente se sentía superior. La gente incrédula, claro. La
gente tarada, aunque, por más tarados que sean, suelen tener afilado el séptimo sentido.
Percibían. Quedaban pocos siguiéndolo como líder. Sus idealismos y sus emocionalidades
estaban lejos de lo absoluto, lo eterno y lo celestial. Sólo veían el color azul marino. Cero
estrella. Cero placebo. Les preocupaban cosas como sus canas. A él también le
preocupaban. No podía afirmarse en ellos, confiar. No entendía la mitad de las plegarias
que pregonaba. Tenía que sobrevivir. El grupo no crecía. No eran de hacer apostolado. No
estaban ni ahí con los gramófonos, el puerta a puerta, las sonrisas falsas. Había que
esperar señales del cielo y siempre estaba la posibilidad de que lo que cayera fuera un
meteorito nuevamente. Eran gente seria dentro de lo respetable que puede ser una
creencia. Sin nuevos fieles los discursos se escapaban de la mente y el corazón, se
absorbían en los riñones y se volvían pichí. Le pareció corto el tiempo que había estado
en la Orden para que el Enviado lo hubiese convertido en el principal de un momento a
otro. Era raro. Era muy joven. Un pilar. Le dejó el grupo a su cargo y se rajó. No identificaba
a sus superiores. Dejaron de existir, de atender el teléfono y responder sus llamadas a
Europa. Acabaron los destellos. Porque la fe se sostiene sola pero al grupo hay que
mantenerlo. Sale una plata. No sabía qué hacer ni cómo. Miraba para todos lados. Recién
se comenzaba a usar el fax y culpaba a su torpeza tecnológica el no estar en contacto
seguro con la Central. De todos modos, las más grandes revelaciones se dan así, de golpe
y sorpresa en el terreno de lo ilegal. Son pruebas. Lo impensado, de repente. Los feligreses
no se cuestionaban ni el humo en sus pulmones hasta que se avivaron y comenzaron a
pedirle explicaciones. No explicaciones divinas sino monetarias. Es que, bueno, ocurrió un
problemita. Dieguito Muniz fue al casino y se jugó los fondos religiosos. Por mala suerte
ganó y triplicó el capital. Lo devolvió. Siguió unos días con eso en la cabeza y el dinero
nuevo en la billetera de cuero auténtico. Reincidió. Una noche, tarde, volvió a jugar el
diezmo en un casino de provincia. Entró con las manos en los bolsillos, como si existieran
las casualidades. Volvió a ganar. ¿Cómo interpretar un hecho así? Mi padre temía
enloquecer pero la realidad era fuerte. Cada vez que apostaba con el dinero de la secta,
ganaba. Lo que tiene el dinero es que es una cifra exacta. Imposible ponerla en duda. Si
aquello no era un milagro, era un mecanismo. Era ridículo que de su boca salieran
soluciones para la Humanidad. No estaba preparado para eso, para profesar, señalar un
punto e ir hasta ahí, tener las estrellas en la mano durante tanto tiempo. Lo del casino era
más concreto. Se podía filmar o fotografiar. Probar suerte en el azar verificaría su luz y
capacidad de milagro. Servir para algo puntual. Había descubierto una regla y el siguiente
paso fue reflexionar. ¿Debía anunciarlo al mundo o quedarse con el descubrimiento?
¿Cuál sería la verdadera avaricia? ¿Dónde terminaba y comenzaba el ego, el milagro, Dios
y Ellos? ¿Cuál sería el momento y el cómo? Tuvo que seguir probando. Una vez que se
recupera lo apostado, ¿el dinero sigue siendo de la secta? Pensó la palabra “secta”. Miró
a su alrededor. Todos eran de alguna secta. Tenían sangre en los l os ojos y dedos de escopeta.
La sangre corrió rapidísima. Era un nuevo trance, un irrefrenable desquicio que
humanizaba su supraser, la mano izquierda de la Luz, bailaba Drum And Bass. Una fuerza
se distendió, sintió paz al apostar, un respiro bien dado. Algo en su cuerpo encontró lugar
y comodidad gracias a la inoperancia de la fe, las neuronas y la buena voluntad. Estaba en
su salsa. Bailaba. Llegó a seis apuestas, a la sexta, perdió. La revelación quedó en duda.
¿Qué hacer? ¿Intentar una vez más o plantarse? La teoría milagrosa despertó la pulsión.
Pensó en el número tres. Se fue. Fue demasiado para mi pobre viejo. Quedó alunado.
Aparte, hacía meses que no ocurría algo similar a una señal, mucho menos, a un milagro.
Así no se podía seguir como cabecilla del grupo esperando que cayeran astros. Las
estrellas indicaron un rumbo muy complejo y se cagó. Sabía poco de astrología y dogmas.
Se había cansado de repetir. Se dio cuenta que todo era de plástico. Estuvo un par de
meses en un limbo a control remoto. Cancelaba las celebraciones. Descuidó su aspecto.
Al verse más flaco, se inspiró en sí mismo. Se sintió esbelto. Le bajó la musa. El casino era
un remanso, la vida, un sueño. El hombre venía del simio. Dejó de ser una eminencia. No
le iba eso de hacerse el estricto. Ahí ya las cosas no necesitaban caer. Dejó el rumbo
religioso y se fue a Buenos Aires, solo. Los fieles que quedaban, enloquecieron. Les vino
una rabieta y eso que no eran violentos. Era una secta muy rara que no manejaba el
concepto de “pecado”. Se aferraban a otras agarraderas, algunas, bastante científicas.
Recordemos que uno más uno generalmente es tres. No eran tan tradicionales aunque
estuviera ligados a saberes arcanos como la metafísica y el disparate. La justicia investigó
un tiempo pero las sectas son complicadas. Gente muy oscura. La dejaron por esa, que se
arreglaran entre ellos. Hacían la vista gorda mientras no mataran o violaran niños. Un lío
interno entre chiflados no era más importante que los asesinatos o los DNI que se robaban
en la calle. Los fieles no se lo perdonaron y cada vez que encontraban el paradero de
Dieguito, le hacían un escándalo de aquellos. Ahí sí que se unieron. Todo antes de
internet. Ese era su tatuaje más difícil de borrar. Intentó mil vidas pero sólo le funcionó la
que le propuso mi madre. Con ella se sintió seguro y volvió a ser feliz. Compraron sábanas
blancas. Hizo chistes. Él ya había sido un hombre divertido, bonachón. En Pocoata lo
recordaban así, dicharachero. Siempre fue un canchero de voz ronca, capitán del barco,
El Gringuito. La religiosidad lo había dejado serio, sin aire, encerrado en el entrecejo. Cada
vez que terminaba de hablar se sentía diez años más viejo. Llegó a los dos mil años. Quiso
hacer fortuna, una vida mejor, hacerme. ¿Cómo eso podría ser algo malo? Su pasado
podría resultar gracioso y un buen tema de conversación para fiestas de fin de año si no
fuera porque, una noche, una bomba molotov rompió el vidrio de la l a ventana del comedor.
Estaban cenando re tranquis, cayó la bomba y Abu dijo “basta, hasta acá llegamos”. Yo
dormía y era muy niña. No recuerdo el cuento pero sí las caras y los vidrios que se metían
en los rincones más insólitos. Guardábamos la ropa en valijas. Tenía una muñeca de la
Hormiguita Viajera. Mis padres quedaron preocupados y charlaron hasta el amanecer,
sentados en la cama. Yo abracé la muñeca pero, de repente, me pareció un poco siniestra,
así que la tiré o me la tragué o desapareció. No sólo hablaron raro la noche de la bomba
molotov. A veces lo hacían delante de mí como si yo pudiera ser parte del problema. No
se daban cuenta o, tal vez, pensaban que yo tenía un retardo. Mi madre estaba furiosa y
mi padre se defendía hundiendo la panza. Se señalaban. Tampoco recuerdo los diálogos.
Seguro tenían que ver con el pasado de Dieguito y la secta. El microchip en el cerebro. Mi
madre lo tocaba y mi padre le daba un choque eléctrico como si fuese una heladera. No
pensaban vivir en la casa de Abu para siempre pero tampoco querían salir disparando tan
rápido. Se casaron cuando mi madre quedó embarazada de mí. El comienzo de la vida
 juntos arrancó en la l a casa de Abu en Ballester. El plan era ahorrar para ir a otro
o tro lado, a
donde fuera, priorizando la tranquilidad. Los ex integrantes de la secta aceleraron mi
destino. Descubrieron dónde vivíamos y quedaron aún más locos, insoportables. No
paraban de graffitear el barrio y tirarnos cosas, no paraban de mandarse cualquiera.
Incluso un día yo estaba jugando en las hamacas del parque, se acercó una señora y me
gritó “puta”. Supongo que era de la secta. Lo de la bomba fue la gota. Ni Abu, ni Dieguito,
ni mi madre quisieron mostrar a la policía la botella de detergente rellena de pólvora y
combustible. El artefacto incendiario fue guardado como un trofeo, una reliquia en los
estantes de la cocina, al lado de la lata para fideos. Abu neutralizó la bomba y pidió que,
por favor, solucionaran el tema de alguna manera. No estaba en edad de algo así, la tenían
harta. Yo la entendía perfectamente porque todo me harta al toque. Mis padres no
querían saber nada con la policía porque podría saltar lo del diezmo en el casino. El
sabotaje no volvió a realizarse. Fue un simple atentado artesanal de unos locos pero todos
en la casa de Ballester quedamos muy asustados. Los adeptos satanizados tenían espuma
de rabia. Mi padre era el culpable. Jamás consideraron que el Enviado podría tener algo
que ver en el plan de inculcarles la fe o que ellos mismos se la habían buscado. Uno no
culpa al barman de su alcoholismo. Era injusto, sobre todo teniendo en cuenta que mi
padre estuvo a punto de descubrir un milagro mayor. La multiplicación de las monedas
santas. A los sectodependientes les cuesta pensar, incluso las metáforas que podrían
reafirmar su religiosidad. Es como si nunca quisieran terminar de convencerse. La función
del líder. Lo que sí entendieron perfectamente fue que estaban en una secta. Bastó que
apareciera el factor ilícito para asumirse como tal y victimizarse. Fueron estafados. El
desengaño. El problema estaba afuera. Tenía nombre y apellido. Dieguito Muniz. No era
un simple hereje descarriado que había que expulsar del clan po r no seguir los preceptos.
Era la autoridad y el peor culpable. Con la plata no se juega. Cuando entran los números
no basta con el carisma. Va a llegar un momento en el que en el mundo sólo sobrevivirán
los números y los colores. Será así. Es así. Nos vino vergüenza. Éramos un fraude.
Planeamos la mudanza como una excursión. Mis primeros recuerdos de la vida son esos,
así, irreales, molotovs. Comencé a creer en lo que veía. Compramos una sombrilla.
Vendimos unos aros de oro. Apostamos a la lotería nacional y perdimos. Nos despedimos
de Abu con respeto y nos besó así no más, sin dejar de fumar ni tirar cartas. Nos fuimos
de noche en dos remises negros, como ratas grandes. Fue una partida muy privada. Un
patetismo silencioso. Mi padre tenía calma en su cara.
car a. Mi madre, mucho sueño. El futuro
se nos mostraba blanco, un mundo enorme y en el mundo, se sabe, hay lugar para todos.
También existen otros mundos, otros planos y otros tiempos. Pero eso es otra historia. A
los tres, en todo el cuerpo
c uerpo se nos formó una cáscara. El cielo parecía un hígado hasta que
salió el sol de a poco, con ese olor a agua que se forma siempre que va agarrando luz el
cielo. Ocurrió en mitad del camino a la aduana. El remisero cobró lo justo, indiferente.
Nos fuimos a Punta del Este y, bueno, la vida continuó.

28 - No camines tan rápido


El aeropuerto de Punta del Este es un loco. En plena temporada se traslada al infierno con
el aire acondicionado a temperatura antártica. Nos sentimos en un dibujito con piel de
porcelana. Alguien espera a alguien en un Rolls. Un país nuevo al que llegamos en febrero
con todos los pelagatos. Bestias de carga, mochileros torrados con colchones y toallas
sucias colgando de las espaldas como si estuvieran haciendo dedo en la ruta. Nos chocan
con su mugre en la cola de migraciones. Las manos nos sudan. Miran mi documento de
Luzmilla y sellan un papel. Entramos. Bebemos un litro de agua sin hablar y vamos al baño
a hacer pis y untarnos una crema hidratante muy cara que acabamos de comprar en el
free shop de abordo. Ignoramos los espejos. Olores diferentes. Una energía de lo más
abajo. Alergia. Nos sentamos en un banco ardiente a orientar nuestras cabezas.
Queremos pensar mejor y sintonizar pero cada estímulo nos aturde como provincianas.
Cada una en su parámetro. Suena tango electrónico interrumpido tangencialmente por
una insoportable voz de locutora en altoparlante anunciando cosas que no se entienden.
Tal vez estemos en New York o nos estén lavando el cerebro. Telerrealidad codificada.
Auto percepción. Resonancias. Acné, cabello graso, el tabú de la tristeza. Señoras vestidas
con ropa buena, sacos sobre sacos, tambaleando, hablando de Dios, por morirse y
respirando. Gente aparatosa cargando valijas y niños baratos. Viejas, muy viejas,
impecables con sus rulos de cotillón. Tipos con cara de degenerados. Chetos en cuerpos
de deportitas. Muchos putos. Gente desesperada buscando wifi como pollos a la ración.
Mesas con moscas y migas negras. Auriculares de esos que se usan. Respiramos adentro
de una bolsa. Tenemos hambre y comemos cualquier cosa en un bar roba plata con
sillones símil cuero. Se nos cae la comida de la boca, papafritas rehidratadas. Estamos sin
ganas de fingir o hablar. Sólo observamos. Después, planearemos mejor lo que hay que
hacer. Es fuerte regresar a Punta del Este. Bruna repite cada dos minutos la palabra
“okey”. Inmediatamente larga un resoplido. Los ojos se le vuelan. Es muy curiosa, mira las
cosas sin parar, como si una planta fuese de cobre. Intimida los objetos. Se sabe que cada
objeto tiene vida y sentimientos. Por suerte todo es tan fugaz y a nadie le importa quiénes
somos o qué hacemos. En la mesa de informes
i nformes una anoréxica nos da un papel fotocopiado
con los horarios de ómnibus de Codesa hacia destinos que no conocemos del todo.
Maldonado, Punta del Este, La Barra, Manantiales, Balneario Buenos Aires y José Ignacio.
Nos ofrecen tomar un taxi pero preferimos ir en ómnibus. El 10d demora quince minutos,
nos aclara un argentino. Llega en el tiempo exacto que nos dijo. El ómnibus va lento y
podemos ver una panorámica que no recordábamos de Punta Ballena y Chihuahua, de un
lado campo, del otro, playa. Examinamos el paisaje con codicia. Nada parece muy genuino
que digamos pero es bastante agradable. No nos da ni para criticar. Una parte de nuestra
mirada siente una libertad que baja rapidísimo hasta la planta de los pies. Esa sensación
se va inmediatamente pero es como la sal de fruta que revoluciona la comida en
putrefacción de nuestros estómagos. El paisaje refresca. El cielo muy grumoso, verdoso,
empieza a llenarse. Unas adolescentes se sientan delante. Comparten el auricular y se les
escapa el raca raca de una cumbia. -La verdad que no recuerdo absolutamente nada de
cuando vivíamos acá, ni siquiera lo que te dije el otro día que recordaba. El Club del Lago,
Solanas, los carteles de acceso a la Lapataia, los carteles de los terrenos en venta. Se ve
que hay movimiento. A la derecha, una pequeña cañada. A la izquierda, un edificio
espantoso que es un batallón. A la derecha, una pequeña capilla bien conservada. A la
izquierda, afiches de Cabaña del Tío Tom, que no sabemos qué será. A la derecha, un golf
muy bien construido. Muchísimas publicidades. Una inmensa estación Ancap. Laguna del
Sauce. Casas diversas sin estilo, bastante mal mantenidas. Poco a poco llegamos a una
loma. A la derecha, la amplitud del mar. A la izquierda, Punta del Este, el Miami del
Uruguay o algo que nunca podrá serlo porque no sabe lo que quiere ser. De todos modos,
la arena es maravillosa y el balanceo continuo del Río de la Plata está preocupado en otros
asuntos, perdiéndose en la inmensidad del Atlántico. El agua. Llegamos al hotel.
Ayudamos a una anciana con bastón y agua de rosas. Su valija pesa más que las nuestras.
Nos aconsejaron viajar livianas para no despertar sospechas. La m ujer quiere darnos una
propina por la amabilidad pero nos reímos en su cara. Llega un empleado de traje
soldadito. La vieja nos invita a un café. No, gracias. Se despide con un “Dios las bendiga”
y sube las escaleras mecánicas del Conrad, bien agarradita a la muerte. Va directo al
casino. Preguntamos por la señorita Valeria Ache. No está. Si queremos, podemos
esperarla en unos sillones desinfectados. Preguntamos si podemos dejar las valijas
mientras damos una vuelta por los alrededores. Nos preguntan si nos va mos a alojar ahí.
Respondemos que aún no sabemos. No podemos dejar las valijas. Permanecemos en el
lobby unos minutos hasta que llega una nueva recepcionista más alta y mala onda.
Repetimos la escena con la nueva. Tenemos mejor suerte con esta orejuda. Es algo servil.
Recién comienza su jornada. Debemos caerle bien. Más allá de su energía negra, hace un
esfuerzo, una excepción. Acepta recibir las valijas. Se lo agradecemos sin entusiasmo,
como si fuésemos víctimas de un chantaje. Ella está haciendo su trabajo. Tiramos los
papelitos de chicles en un paragüero y escribimos una esquela en papel membretado.
“Srta. Ache. Acabamos de llegar a Punta del Este y no la encontramos. Nuestro teléfono
es tal y tal. Saldremos a dar una vuelta y regresaremos cuando se comunique con
nosotras. Abrazos”. La tratamos de “Usted” por las dudas. Nos despreocupamos del tema
y la hora. Las puertas automáticas se abren pero decidimos volver a hablar con la
recepcionista orejuda y preguntarle muy sutilmente dónde venden porro. Ella nos indica
sonriente como si le hubiésemos preguntado dónde quedan los baños. -Cerca del puerto
o en la Placita Amarilla. Salimos del brazo y ya afuera, discretas, nos damos la mano entre
las publicidades decoloradas de perfumes. Re diversidad. Bruna me orde na bajito “no
camines tan rápido”. Nos movemos como damas antiguas. Inmediatamente encontramos
un cajero automático. Pensamos en uno y apareció. Compramos una bolsa de caramelos
masticables. Nos venden un veinticinco muy fresquito y conmovedor. Además del porro
y los caramelos, compramos loratadina. Me chorrea la nariz. Hay mucho chileno. Valeria
Ache no se comunica con nosotras en horas. Caminamos por el puerto. Es lindo. Hay
mucha madera. No podemos evitar pensar y fantasear cómo será el urbanismo de la
ciudad cuando todo se pudra si no se lo pinta con aceite de barco, como lo hacen en el
resto del mundo. La gente con las que nos cruzamos es fea y usa una moda vieja. Los autos
no tienen sentido. De repente nos perdemos y quedamos sin señal en el celular.
Terminamos el porro y los árboles comienzan a moverse. Las cigarras cantan
preciosamente. Los mosquitos se agrupan en nubes. De repente, claro, llega el buen
humor y la delicadeza. Estamos en un barrio con calles de tierra y chalets a medio hacer,
pobres. Los perros nos miran de lejos esperando el momento para atacar. Los autos nos
dan bocinazos para que no nos interpongamos. Entramos en una casa prefabricada con
un cartel de bar. Suena música caribeña en MP3 desde el televisor, entre animales y
parroquianos desteñidos, charlando sobre fútbol y romances zafrales. Pedimos unos
whiskies. Son locatarios o gente del interior que viene a trabajar en temporada. Están en
un momento libre, dándose con todo. Nos preocupa no tener señal de celular, así que nos
vamos saludando a cada uno como si fuésemos íntimos. Nos regalan dos medidas de
whisky. Las llevamos en unos vasos improvisados con botellas descartables de Pomelo
Lidya y caminamos por los caminos arbolados escuchando cómo nuestras palabras
recorren metros y metros adelante, sin obstáculos. Encontramos una mandarina tirada y
la comemos a medias. Bruna está hermosa. Se me ocurre una canción. Pasa el 10d de
Codesa. De lejos la jauría parece un pequeño rebaño buscando el mejor sitio para pastar.
El pasto se mueve y vienen a nosotras sin ladrar. Son flechas de carne, dientes, pelo sucio
y parásitos. El más pequeño ladra y ahí, sí, se deciden a atacarnos. Corremos por la calle
de tierra perseguidas por la jauría de perros. Un tropel. Quieren nuestros talones y
nuestros cerebros. Tiramos los vasos rústicos y aceleramos los pies. Los perros se detienen
de golpe como si existiera una barrera de ultrasonido. Algo nos protege y en ese momento
recibimos señal en el celular, caen dos mensajes de texto idénticos. Es Valeria Ache, que
ya está en el hotel esperándonos. En realidad, siempre estuvo ahí, pero en el casino. Nos
dice que vayamos cuando queramos, que la podemos encontrar en la mesa de blackjack.
Los perros escoden sus rabos entre las patas y vuelven lloriqueando a perderse entre los
matorrales. Cogen entre ellos y se reproducen para dominar el mundo.

29 – Anónimos

El Sr. Ache conoció a mi padre en una parroquia destartalada de Avellaneda. Por supuesto
que no vivían en esa zona ni eran católicos. Se cruzaron varias veces en los pasillos de la
academia de mecanografía y catequesis que, por las noches, oficiaba como centro de
varios grupos bienintencionados. Alcohólicos Anónimos. Narcóticos Anónimos. Jugadores
Anónimos. Adictos al sexo. Adictos a sectas. Control Mental. Inglés para la tercera edad.
Digitopuntura. Pintura en tela. Teatro. Como el problema de ellos no era el alcohol,
terminaban sus respectivas reuniones agobiantes y se iban juntos a tomar una copita para
hablar de cualquier cosa y, sobre todo, criticar lo mal que coordinaban esos grupos que
servían para nada. Apenas la amistad creció unos centímetros, el Sr. Ache agarró
confianza. Le gustaba hablar sin que lo interrumpieran, que el sueño lo encontrara con la
lengua cansada. Comenzó con sus anécdotas de la época dorada de Punta del Este. Amaba
relatar eso y lo hacía con un embalaje seductor. Habría que escribir un libro. Mi padre no
se daba cuenta si lo que le contaba había sucedido en los ochentas o en los sesenta. Daba
igual. Mentira no era, seguro. El monólogo iba y venía de atrás para adelante, de adelante
para los costados, dislocado pero con la fuerza de un tren en sus carriles bien decidido a
llegar a destino. A mi padre le fascinaban esos cuentos y el Sr. Ache se descargaba como
un balde entre whisky y whisky. ¡Qué épocas! El Sr. Ache nunca jamás en su vida volvió a
reírse tanto como entonces. Ni siquiera se necesitaba tener sentido del humor. Los ojos y
las lenguas no podían detenerse. El concepto era el telegrama. Todo cortito y al pié, en el
aire, instantáneo. Taca taca. Reinaba la intuición y la síntesis. Estaban en el centro del
mundo. El ojo del huracán. Punta del Este. La Punta del Este de antes. En los noventa
comenzó la locura de tirar abajo todo pero los cuentos del Sr. Ache hacían que ese
momento fuese eterno, que esos años aún existieran en paralelo, que si uno quisiera
podría tomarse un avión y vivir el esplendor, la locura, la juventud sin muerte y dura. Si el
círculo comenzara en un punto podríamos elegir el mediodía. Daikiri quedaba sobre la
Playa Brava, en La Rinconada. El menú del lugar era lo que menos interesaba pero,
obviamente, se almorzaba rico y ya se iban encontrando los personajes como si la obra
estuviera guionada, como si existieran los celulares. A la tardecita, más perfumados, se
iban a El Mejillón. Ese sí que era un punto importante en el mundo. Quedaba en la entrada
de Punta del Este, en la rotonda, al otro lado del edificio Miguez, en la esquina que da
vuelta para ir a la calle Gorlero. Ahí mismo era el momento del cóctel, de veinte a veintidós
horas. Si no estabas en El Mejillón, no existías. De un lado estaban los uruguayos y del
otro los argentinos. Se agarraban a las piñas todos los días. Algunos se iban en bicicleta y
otros, con chofer. Después, la cena y, el broche de oro, el casino. El medio del casino era
el meeting point de Punta del Este. El universo partía de ese lugar como una piedra
cayendo en el medio de una laguna. Las cortesanas, las amigas, los parientes y las vidas
pasadas. No todos jugaban. Simplemente se juntaban en el bar a hacer levantes, criticar
o decidir el futuro de una nación. De día jugaban al polo, al tenis, al golf pero eso jamás
trascendía. A la noche, en cambio, como supone cualquiera, en el casino se tiraban las
canas y las pelucas al aire. Todo terminaba en el aire. Puro whisky, champagne y vestidos
a más no poder. Luego se iba a bailar al Miguez y se volvía al Mejillón a las siete de la
mañana a desayunar. Después, no se sabe cómo, volvía el mediodía. Claro que se podrían
hacer otros planes, idear rutinas que nada que ver, pero siempre eran excepciones,
vistosas, pero excepciones. ¡Qué épocas! Se iba a la boite Noa Noa del Cantegril Country
Club, o a alguna boite en las escolleras del puerto donde las olas rompían sobre la pared
y a veces entraban adentro. Te ensopabas. Un sitio muy in. Las puestas del sol eran más
vistosas desde El Marangatú, que quedaba en la Parada Siete, con música de los Beatles.
Era como el José Ignacio de entonces. Un entonces que vaya a saber cuándo fue. Al Sr.
Ache le parecía ayer a la noche. Los dos clubes principales de Punta del Este eran el
Cantegril Country Club y el Médanos. El Cantegril tenía golf. El Médanos no tenía y
tampoco le interesaba tenerlo. Estaban para otra cosa. En el Cantegril se juntaban a jugar
al bridge, la canasta, la pelota vasca, tenis, voleibol, montar a caballos. Tenían un bowling
impecable. El Médanos era más para los porteños cajetillas, muy cerrados. Jugaban sólo
al tenis y a las cartas. Al Sr. Ache eso no le interesaba. Al menos, no en ese contexto. El
Médanos era la paquetería, gente bien, bien de antes, que exigían que los llamasen por
su doble apellido. Apellidos que no se sabía de dónde salían. Los uruguayos no jugaban al
polo y los argentinos no jugaban al golf para no mezclarse con los uruguayos. El Cantegril
era más guiso y, por lo tanto, más divertido. Hablaban del Triángulo de las Bermudas.
Después llegaron los brasileros, pero mucho después. Vinieron en aviones privados. Los
iban a buscar al aeropuerto, los metían en el casino, les sacan la guita y los llevaban de
nuevo a migraciones. Es que en Brasil, además de estar prohibido el casino, no se pueden
ver a los millonarios jugando porque se conocen entre ellos. Punta del Este era un limbo.
Mucha gente que jugaban comodities, fortunas familiares enteras que crecían de
generación en generación y se esfumaban en dos segundos. Nadie gana en los casinos, ni
los árabes. A Punta del Este no iban árabes. Esos eran más de Montecarlo. Aterrizaban
con sus veinte esposas y la ciudad se desesperaba por ellos. -Te re veo en Punta del Este,
Dieguito. Algún día tendrías que ir y dejar esta ciudad de mierda. Allá a nadie le importa
si estabas en una secta o te bajabas tres litros de alcohol por día. Si llegás a tomar esa
decisión, no dudes en buscarme. Tengo todos los contactos. Vos llamame que yo te
consigo trabajo así, mirá. El Sr. Ache chasqueó los dedos y Dieguito Muniz quedó mirando
el aire chispeante. Por eso, apenas surgió la necesidad de huir de la casa de Abu el
Ballester, al primero que llamó fue a su compañero de parroquia. Valeria Ache está parada
frente a la mesa de blackjack con un Martini en la mano. El peor error en un casino es
tomar alcohol, pero si la vigilancia la ve sosteniendo un vaso con agua, podría darse cuenta
que ella sabe del asunto, que está observando, haciendo cuentas. Es una de las monstruas
más temidas por el casino y está en su disfraz de corderita. Una señora más que cayó ahí
por aburrimiento o desesperación. Adopta la conducta del jugador inocente y da sorbitos.
Su cabecita está tan concentrada que no se da cuenta que Bruna y yo estamos a sus
espaldas. Tampoco se da cuenta de que, en realidad, está recontra borracha. Nos
concentramos firmemente en su nuca al descubierto. La miramos con intensidad pero
Valeria Ache no se da vuelta. No hay caso. Sólo se acaricia la oreja como si una mosca
quisiera dejarle allí sus huevos. Espanta nuestros rayos de un modo inconsciente,
hermoso. Bruna no puede creerlo. Tampoco yo. Nuestros poderes telepáticos han fallado.
Nada puede con lo que hay en la cabeza de Valeria Ache y su atención a las cartas, ni
siquiera el alcohol. Debe concentrarse y después, sí, preocuparse por las moscas, por
nosotras. Valeria Ache es una contadora de cartas, una genia matemática bien adiestrada
por la vida y su padre, el Sr. Ache, que en paz descanse. Si en el casino la descubren, la
echan. No les importa nada. No recuerdan que el Sr. Ache murió en un casino y ellos
mismos llamaron la ambulancia. Sus ojos retienen cada carta que larga el croupier.
Retiene mentalmente el orden exacto de los cuatro mazos y en qué orden van saliendo
los cincos. Las cartas con el número cinco son fundamentales. Una vez que los cincos
aparecen, los jugadores tienen más ventajas de ganar que la banca. El croupier tiene
obligación de tirar hasta diecisiete pero el cliente, se para cuando quiere. Blackjack.
Veintiuno. Un haz y una carta negra o un haz y un diez. Te pagan una vez y media. Si jugás
diez dólares, te pagan quince. Si uno tiene blackjack y el croupier también, no se pierde
ni se gana. Si el croupier tiene blackjack se pierde. Sencillito. El croupier tiene la obligación
de plantarse después de diecisiete puntos. Queda quieto. Si tiene dieciséis y uno tiene
doce y te plantaste en doce, se tiene que tirar. Lo cagás. Son reglas que están hechas. Eso
fue lo primero que le enseñó el Sr. Ache a su hija. El resto lo aprendió sola, lo más bien.
Lo importante es jugar en la punta porque es ahí donde se decide la mesa. En una mesa
de seis posiciones, te quedás en la sexta y en la quinta. Se juega fuerte en la quinta y suave
en la sexta. Si el croupier muestra un tres, un cuatro, un cinco o un seis, es muy probable
que la carta que viene sea más alta que un cinco. Por eso Valeria Ache espera que salgan
los cincos. Los retiene en la cabeza junto con todas las cartas que van saliendo de los
cuatro mazos mezclados. Es demasiado pero su cabeza está bien adiestrada. Se prohíbe
tener un lápiz. Mirar y contar. Hay mil trampas, todas legítimas para un jugador de pura
cepa y estirpe. Tienen infrarrojos. Hay lentes con infrarrojos que ven las cartas. Hay dados
cargados también. Pero ella lo tiene todo en su cabeza desde hace años. La pausa en Chile,
las ganas de seguir una vida normal, no sirvió de nada, ni siquiera para engañarse. ¡Otra
qué pilates! Esto es lo de ella y cada vez que del sabot sale un cinco, su sangre circula más
rápido, los poros se abren como cráteres y la celulitis desaparece. Se vuelve un gato
paralizado, detenido en el tiempo, esperando el momento para saltar sobre el ratón
gordito. Pueden ser años y kilos de alimento balanceado día a día, pero basta que
aparezca un ratón para que los músculos se activen como nuevos y las garras se
desenvainen entre la piel. Cartas francesas. Ahí, sí, apuesta todo, entera. Bruna no se
resiste, tose, pide perdón y la llama por su nombre. Valeria Ache se da vuelta y nos vemos
las caras. Los números se le escapan de la cabeza y sonríe como una neurótica. El “hola”
que larga es enorme y con aroma a alcohol. Nos damos un beso y salimos afuera a fumar
un cigarrito. Vemos el atardecer sentadas en tres sillas de plástico blancas. Nos pasamos
el cigarro como si fuese un porro. Nos pregunta por el viaje, por los viajes, las aduanas y
nuestros nombres. Está al tanto de todo lo que hicimos y lo que haremos. Es la nueva
novia de mi padre y siento que ante ella no tengo secretos. Dieguito le envió un mail
larguísimo detallando, ordenando, organizando, previendo este encuentro. Lo escribió
desde la computadora de Luzmilla en Bolivia. Valeria Ache simplemente respondió “ok” y
acá estamos nosotras, con ella. Dieguito Muniz está en Las Vegas. -¿Está muy
deteriorado?- pregunta Valeria Ache. -¿Lo qué? -Tu padre, Dieguito. ¿Lo encontraste muy
mal? -No me doy cuenta. No lo veía desde niña. -Pero supongo que te darás cuenta
cuando una persona está bien o mal. -Yo lo vi bastante bien. -¿Tomaba mucho? -Lo vimos
en carnaval. Tomaba chicha, como todo el mundo. -Ah, eso no cuenta. Te pregunto si
tomaba mucha merca. -¿Mi padre? No me di cuenta. -A mí me pareció que sí.  – agregó
Bruna, tímidamente – Perdonen que me meta. Se hizo un microsilencio. -¿Sigue teniendo
electricidad en la manos? -¿Qué? -Nada. ¿Qué hora es?- pregunta Valeria Ache. -No sé
bien porque no me doy cuenta si en este país hay una hora adelantada o atrasada. -Bueno,
vemos caer el sol y vamos a comer algo. ¿O quieren jugarse algunas fichitas en el casino?
Nos miramos con Bruna. -Nunca jugamos al casino. -A ver, niñas. Paso a explicarles. Reglas
del casino. Para empezar, estamos en un buen lugar. En Sudamérica se guían por las reglas
europeas de casino, no las de Las Vegas. En Las Vegas tienen el doble cero. Ahí te cagan.
Hay que hacer otras cuentas. Cambia todo. En el resto de los casinos, los números de la
ruleta van del cero al treinta y seis. ¿Me siguen? En Las Vegas va del doble cero al treinta
y seis. Eso cambia las posibilidades. No me da la cabeza. En Montecarlo y Sudamérica no
hay doble cero. Pídanse algún traguito. Un coctelito, algo, son ricos. No saben lo que es
Las Vegas. Paaaaaaaaa. Imaginen. Llegan de noche, atravesando desiertos enormes y, de
repente, luces que encandilan. No hay ventanas ni relojes. Los casinos tienen cortinas de
aire, de arriba a abajo, que evitan que sientas calor o frío. ¿Me siguen? O sea, imaginen
acá una cortina de aire. Bueno, eso. No hay luz de afuera. No se sabe si es de día o de
noche. Acá tampoco pero, bueno, es otra onda. En Las Vegas tenés maquinitas desde el
aeropuerto. ¿Sacan el Lake Tahoe entre California y Nevada? ¿Ni idea? Bueno, es un lago
enorme, pero enorme mal, justo, justito en el norte de California. Ahí en la frontera había
un casino impresionante llamado Cal Neva, que una vez fue de Frank Sinatra. No saben lo
que era. En el medio del edificio tenía en línea divisoria. Estaba en l a frontera mismo. ¿Me
siguen? Ponele que este servilletero sea el hotel. ¿No? El medio del hotel, o sea, esta
rajadura por la que sale la servilleta, es la frontera entre California y Nevada. ¿Me siguen?
De un lado de la frontera y del hotel rige una ley, del otro, otra. La línea incluso atravesaba
la piscina. Vos cruzabas la piscina y de un lado te servían cocteles, del otro ya había
maquinitas. ¿Me siguen? ¿No es increíble? No sabemos qué responderle. Está re mamada.
-¿Quieren ir afuera a fumarse otro puchito? No, no, no, no. Si es la primera que vienen,
vamos a jugar a la ruleta. ¿No les parece? Vamos a sacar unas fic hitas. Todo fichas es acá.
Los jugadores no juegan dinero, juegan con fichas. Las fichas son colores, frías. ¿Me
siguen? Por eso no te dan billetes. No ponen el billete en la mesa. ¿Se imaginan si en lugar
de fichas se usaran billetes? Paaaaaaaaa. Imaginen. Nadie apostaría. ¿Alguna me
acompaña con un Martinicito? Hay que tener cuidado porque tomás consciencia de lo
que gastante en el momento en el que salís. Acá estás en una nube, en un globo. No miren
a la gente. No, no, no, no. No miren. Empezás a jugar de a poco, frío, a las dos horas ya no
te importa. Perdés la noción de la cifra grande. Y al casino no le ganás nunca, aunque haya
treinta y seis posibilidades. No, no, no, no. No le ganás. Miren, yo les explico. La suerte no
dura más de quince minutos en la noche. Posta. Podés tirarte quince bancas de corrido y
el resto de la noche, marcás. Cuesta irse pero hay que irse. Por eso están todos estos
prestamistaaaaaaas – me señala – todas esas vueltas en la que andaba tu padre, nena,
que son tiburones, literalmente tiburones que ganan el diez por ciento. ¿Están buenos los
coctelitos? Son ricos. ¿Vieron? Yo les dije. Miren, ahora sí miren a la gente. ¡Qué tristeza!
¿No? Bueno, en fin. Tu padre no trabajaba acá. No andaba en la chiquita. Ya sabías. ¿No?
-No. -Dieguito Muniz. Paaaaaaaaa. Imaginate. No lo paraba nadie. Estaba en la parte de
los pesos pesados. En la vuelta, siempre atento a ver quién levantaba la mano. Apenas
uno levantaba la mano, allá iba el Dieguito a hacer el nexo con los prestamistas. Porque
él hacía eso, al menos cuando yo lo conocí. Los prestamistas te prestaban hasta diez mil
dólares. Ahora no sé cómo es la mano. Eso está re prohibido pero está permitido. ¿Me
siguen? Al gobierno le conviene porque gana plata. Miren esa señora, pobrecita. Bueno,
todo es por algo. ¿No? Digo yo. Dieguito Muniz fue muy amigo de mi padre y esa gente.
Yo era una pendeja tal vez más chica que ustedes. Una vuelta fue tremendo porque
descubrió que preparaban los mazos de cartas entre el crupier y unos jugadores.
Paaaaaaaaa. Estaba arreglado. Si salían dos haces juntos, a partir de ese momento, habían
dos pasos arreglados en el mazo. ¿Me siguen? Dos tipos jugaban. Uno en contra, otro a
favor, otro en contra y todo así y no perdían. ¿Me siguen? Tu padre se dio cuenta, armó
un escandalete que casi lo matan pero sabés cómo ascendió. Paaaaaaaaa. Un capo,
Dieguito Muniz. Nos estamos mareando pero si no es en este momento y de esta manera,
 jamás podré volver a tener esta información. -A ver, niñas. Juguemos unas fichitas.
¿Vieron la película “Propuesta Indecente”? -No. - Paaaaaaaaa. Está muy buena. Bueno,
no importa. La cosa es así. ¿Me siguen? -Por supuesto. -Ruleta. Mil pesos de capital.
Pedimos fichas de cinco pesos. ¿Me siguen? Para arrancar. No juguemos a un pleno. No,
no, no, no. El pleno es jugar al número entero. Como tenemos poca guita hay que jugar
medio pleno. O sea, ponemos la ficha entre los dos números que vamos a jugar. ¿Me
siguen? El pleno se paga treinta y cinco veces. El medio pleno se paga diecisiete. Yo sólo
le juego a las parejas negras. Eso depende de cada uno. Ustedes ahora están conmigo, así
que agarramos para mi lado, para las parejas negras. ¿Me siguen? Si jugamos a las parejas
negras ganamos. Una vez que ganás el medio pleno, jugás un pleno y ganás treinta y cinco.
Después jugás, pleno, medio pleno, pleno, pleno, medio pleno, pleno. ¿Me siguen? -La
verdad que no te sigo mucho que digamos. - Hay que estar tranquilas, dispuestas a que si
perdés, está todo bien. Jugás con la plata de ellos porque comenzaste con seis fichas.
Recuerden eso. Jugar a las parejas negras en la ruleta. Eso es fundamental. No, no, no, no,
Bruna. El uno no. El uno es guacho, a ese no le juegues. Nunca jueguen a un número
guacho. Te dije a las parejas. No me están siguiendo. O sea el ocho y el once, el diez y el
trece, el diecisiete y el veinte, el veintiséis y el veintinueve, el veintiocho y el… -Treinta y
uno. -Genia. Re bien. ¿Vieron que entienden? -Perdón. No quiero decir esto pero no estoy
entendiendo absolutamente nada de lo que decís. -¡Pero acabamos de ganar! Si ganás,
no tenés nada que entender. Ya está.

30 – El desbloqueo
 Dieguito Muniz no era tan vulnerable a las doctrinas como el resto de la secta. Eso servía
para designar un nuevo líder. No desconfiaba de las habladurías ni las cuestionaba, así
que tampoco se necesitaba decirle la verdad. Tenía su propia verdad y un milagro en la
piel, al natu, electromagnetismo. Compatibilizó con el don. Se aprovecharon de él. El
Enviado se dio cuenta apenas El Gringuito se acercó al grupo de frente. Las antenas de los
ojos le vieron primero la cola y después el aura. ¡Qué aura! El pendejo hablaba y en sus
palabras se escuchaba la electropolución con los fotones activísimos. Estaba en la flor de
la edad. La libido eléctrica bombeaba de lo lindo. Irradiaba lo mejor. El mejor momento
para segregar o acercarse a Dios. Era una flor de Jacinto que podía atraer pequeños
objetos. Su cabeza, un círculo resonante. Cuando tocó al Enviado, el líder se dio cuenta
que hasta allí había llegado, hasta ese pueblo, hasta Pocoata. Fue una señal interna,
personalizada. Cayera lo que cayera del cielo, el Enviado sabía que allí culminaba su
liderazgo y su videncia. Ya había llegado el después. Ya había aparecido la persona
indicada. Era Dieguito Muniz, por más pendejo, canchero y atolondrado que pareciera. El
Enviado debía pasar la posta, abandonar su misión. La ceremonia fue sencilla. Las mujeres
del grupo se pusieron en círculo y se tomaron las manos. Estaban vestidas de violeta pero
no uniformizadas. Dieguito Muniz fue al centro con el puño derecho en el pecho,
caminando hacia atrás, sobre sus pasos. Cerró los ojitos. La ronda permaneció estática
unos segundos hasta que dieron tres pasos hacia la derecha. Era realmente hermoso ver
el amor que irradiaba el círculo, se desplazaba abarcando un radio de acción kilométrico,
vibrando y transmutando todo. Era un viento de amor. Pétalos. Durante la ceremonia
ningún ser sintió miedo. Los habitantes de Pocoata dormían y tenían sueños bellísimos,
cada célula se regeneraba saludablemente, los espíritus encontraban acomodo, la quinoa
agradecía. Fue pura gratitud. Fue el fuego. El Enviado escribió en el suelo seco el número
diez. El círculo parecía una esfera. Una esfera de azufre, por supuesto. Esa energía no
tenía que ver con la secta pero la gente no sabe asociar. La gente es así. Agarra para
cualquier lado y si la guían, mejor. Fue tremendo. Siempre es tremendo perderlo todo, la
individualidad, los lazos familiares, el pasado. Muchos lo necesitan y las sectas están para
eso. Las meditaciones eran estresantes, despersonalizantes, agotadoras. Inmediatamente
llegaba el cansancio, la culpa, la conversión y la sumisión. No se les acercaban ni gatos ni
perros. Eran un tercer polo. Caían allí y explotaban. Un peligro. Muchos, en esa situación,
en transe, se pegaban un tiro. Generalmente los sectarios ya venían con patologías
psíquicas enquistadas o coqueteaban con perder el sentido de la realidad. Ver que un
alfiler se movía y quería clavarse en la carne, les daba vuelta la cabeza. Dieguito Muniz en
su adolescencia lograba que los alfileres lo buscaran. Incluso movía cucharitas de café sin
tocarlas. Derribaba las distancias y ese era su chiche. Pegaba mucho lo circense. Una pena
que en esa época no existiera internet. El video sería un éxito. Quiso probar si su genética
me había llegado pero no fui más allá de lo de hacer que las nucas se dieran vuelta, algo
que puede hacerlo cualquiera. Con los años, a mi padre se le fue el electromagnetismo y
la fe. Volvieron las hormonas, el apetito y una soriasis con apariencia indomable. Se metió
en un grupo de ex sectarios sin drama ni tristeza. Comenzó el plan de desprogramación y
el reencuentro con el sentido común. Cuando volvió a pensar, cuando vio el estado en el
que se encontraba, descubrió que era la nada. Bloque cognitivo. Un par de días. Después,
un laburito acá, otro allá, conocer a mi madre, el casino, los ejercicios de mnemotecnia.
Hacía comida china y se olvidaba de ponerle salsa de soja. Se hacía el que entendía la
música clásica y bebía vinos carísimos, metiendo la nariz dentro de la copa antes de tragar.
No sabía para dónde agarrar pero quería ser una nueva persona, tener éxito, dormir
tranquilo sin pastillas. Nunca quedó del todo bien pero la soriasis se le fue sin tratamiento
alguno. ¿Quién está del todo bien? No hay quién pueda asegurarlo. Alguna parte de
nuestro cuerpo siempre está bien. Un clavo saca o entierra aún más otro clavo. Las
recuperaciones llevan su tiempo y una persona no está sólo para eso, ni está sola. Dieguito
Muniz terminaba agotado, con ganas de descalzarse. No terminaba de integrarse al gr upo
parroquial. Le parecía que eran unos tarados. Los relatos de sus compañeros de grupo lo
hartaban. Cuentos en sectas de cuarta, gente ignorante. Prefería estar en un bar
charlando con el Sr. Ache, entre el humo y los hielos derritiéndose, escuchando anécdotas
de Punta del Este o sus tratamientos para apalear sus deficiencias de serotonina. Le daba
lo mismo el jet set de antaño que las contraindicaciones de los antiparkinsonianos.
Dieguito Muniz estaba cansado de pensar y el Sr. Ache estaba cansado de hablar solo.
Siempre surgía un nuevo tema. Lo máximo fue Las Vegas. -No te puedo explicar Dieguito
lo que es Las Vegas. Paaaaaaaaa. Esas flores. Esas palmeras. A cada cosa la encontrás en
todos los tamaños posibles, principalmente en grande. Todo es grande en Las Vegas.
Paaaaaaaaa. Cada aparato tiene mil luces de colores, que esto, que lo otro. Unos seis
kilómetros de neón. Taca taca. Está el Hotel Luxor, una cosa loca, una pirámide de cristal
negro con una réplica de la Esfinge de treinta pisos, con el personal vestido con trajes de
la corte de Cleopatra. Unos minones de aquellos. ¿Me seguís? Y también está el Excalibur
con cuatro mil habitaciones. Igual, el MGM Grand Hotel Casino, también de treinta pisos,
tiene cinco mil habitaciones y noventa y pico ascensores. ¿Me seguís? Te das cuenta que
estamos en el culo del mundo. ¿No? Después tenés el Hotel Mirage que en el lobby tiene
un acuario imponente con delfines y tigres. Bah, los tigres no están en el agua, se
entiende. Y otra cosa que me encanta, que si Dios quiere voy a volver a visitar, es El Parque
Nacional del Gran Cañón. Paaaaaaaaa. Ahí sí que ves lo que es la naturaleza. Queda a unos
trescientos kilómetros, más o menos. Es impresionante, enorme, con todos los rojos que
te imagines y el Río Colorado que, bueno, tiene ese nombre. ¿No? No sé cómo es bien el
asunto pero se llama Colorado y está en un lugar donde no hay nada que no tenga un
matiz de rojo, incluso los azules. Adentro de eso están las... ¿Cómo se llaman? ¿Me seguís?
Imaginate una cosa enorme y, adentro, allá abajo, unas dunas formadas por corrientes de
lava que te querés matar. La de fotos lindas que se sacan. Paaaaaaaaa. Todo japoneses,
chinos. ¡Qué cosa la erosión! ¿No? Y baratísimo. ¿No? Hay cosas caras, claro. Lo caro es
carísimo. Lo barato, baratísimo. El taxi desde el McCarran, por ejemplo, por decirte algo,
te sale unos diez dólares. No mucho más que eso. A nosotras el taxi del aeropuerto
McCarran al centro de Las Vegas nos salió unos treinta dólares. Hace frío y mi bufanda
nueva es sintética. El paisaje es decepcionante y el cartel ese de “Bienvenido a Las Vegas”
no está en ninguna parte. Bruna está excitadísima. No para de comentar cualquier
boludez como si no la pudiésemos ver con nuestros propios ojos. Cuqui to tal. Caminamos
del brazo por la calle Fremont y sus dedos son una garra, parece que me arranca pedazos
de carne frente a cada imagen que larga la pantalla gigante del techo. No puedo creer lo
loca que queda durante el espectáculo de agua que hacen en el Bellagio. Esos son los
rasgos de Bruna que menos me gustan y sin embargo acá estoy, con ella y Valeria Ache
en Las Vegas. Cero jet lag. Nada me impresiona. La gente es así. Aún sabiendo que las
cosas son de mentira, se dejan llevar y flotan. En una de esas tendría que amoldarme la
vista. Pero me cuesta. Por primera vez pienso que estoy grande. Sin embargo veo a Valeria
Ache re copada con Bruna, eligiendo slots, mirando los chorritos de agua bailando al son
de Celine Dion y parecen dos nenas de la misma edad, chiquitas, mini humanas. No existe
nada más relativo que la edad. Soy una anciana con sus nietas en el tren fantasma. Creo
que esto era lo que deseaba cuando niña, la misma sensación que me dopó la vez que me
internaron en el sanatorio de Punta del Este con la documentación de Bruna La Piojito.
Estoy en mi vejez, lista para descansar. Que venga el gato. Dieguito Muniz nos espera en
el Gran Cañón pero pasaremos la noche en un hotel mil estrellas de Las Vegas. Valeria
Ache y Bruna se duermen al toque con la tele encendida, despatarradas en ropa interior
de encaje, nueva, color crema y color vino, cada una en su cama. La habitación es un
despelote y la ducha tiene una presión de reiki. Pongo el volumen de la CNN en mute y
salgo al balcón a fumarme un porro mientras se me seca el pelo con la tierra del aire. Miro
la ciudad del pecado y la perdición en su hora pico. Este viaje seguramente será el último.
No quiero buscar vuelos ni seguir engañando aduanas porque sí, no más. Ya logré
atravesar la frontera más peligrosa del mundo y estoy tranquila, recién bañada, medio
loquita, perdida en las luces de abajo. Ya está. Gracias a todas. Agradezco al cielo sin
estrellas y a los documentos falsos que me consiguió Valeria Ache. La luna es una brasa.
Tiro el humo al centro del Strip y las partículas agarran cada una para el lado que quieren,
desde el Planet Hollywood hasta el Mirage, se reproducen, se convierten en luz de neón.
Estoy en mi mundo paralelo y soy cada una de esas partículas que largué por la nariz, soy
una persona nueva. Ahora sí comienza a fascinarme Las Vegas y sus medidas hercúleas.
La ciudad es una de esas maquinitas que tienen un gancho para agarrar peluches. Te elige
y trata de aprisionarte. A algunas personas no las atrapa, con otras, demora menos.
Recién ahora la garra me agarra y me vuelvo un conejito verde azul, la alegría de un niño
adiestrado, robótico y de metal. Me encantaría vivir aquí. Me encanta vivir aquí y ni
siquiera llevo veinticuatro horas. Dieguito Muniz y Valeria Ache tenían razón, no me
engañaron. Quiero vivir así, a puro buffet, hablando inglés, dependiendo de la suerte. En
la mañana una escena muy metódica me impactó más que los números de colores. Entre
la gente, una niña abrigada y con muchos mocos, hacía sonar un silbato. Los turistas, como
si nada, la ignoraban totalmente abducidos por otros estímulos visuales más japoneses.
Re normal que una niña estuviera haciendo eso, paradita, estancada en el medio de la
vereda, tratando de que ese ruido fuera más fuerte. Un sonido similar respondió
inmediatamente, un poco más lejos, pocos metros. Se localizaron y esquivaron las
personas. La niña continuó soplando el instrumento hasta que su madre vino a ella. Al
encontrarse soltaron los silbatos, se abrazaron fuerte y continuaron un camino juntas, de
la manito, perdiéndose entre la multitud, entre los casinos y los publicidades de
prostitutas que pueden llegar en veinte minutos a donde sea. Las millas en este país son
largas. Planicie y cactus. A unos trescientos kilómetros, hacia el este de la ciudad, está El
Parque Nacional del Gran Cañón. Vamos las tres en colectivo. Con el sueño y el Reflexan
5 que nos dio Valeria Ache, el viaje se hace justo. También se puede ir en helicóptero pero
es carísimo y no tenemos urgencia. Gozamos las vistas panorámicas en cinemascope.
Cruzamos el estado de Arizona y nos encontramos con Dieguito Muniz vestido como si
estuviera de safari en África. Piensa que el coyote es un león. Fuimos a por souvenirs y
comida. El trato es amable y amistoso. Papá me observa darle piquitos a Bruna y sonríe
enternecido. Pide whisky para todas. En un momento nos llama “mis chicas” en inglés.
“My girls”. La gran grieta nos atrapa y muestra todos los colores posibles, una multitud.
Es un pavo real apareándose. Sobrevuelan avionetas y helicópteros. El cóndor de
California. Nos ofrecen unas tarjetas de cincuenta dólares con las que, supuestamente, se
puede recorrer absolutamente todos los parques del país durante un año. No hay algo
que no nos parezca trucho, incluso las rocas no son de este planeta. Bruna quiere hacer
todos los tours que promocionan y ver la maravilla desde la mayor cantidad de ángulos
posibles. Decido no acompañarla y que se maneje sola con su infantilismo. En dos minutos
armó un plan descabellado de hacer en helicóptero la ruta imperial en una hora. Lo cuenta
como si fuese una experta en el tema después de leer un folleto de lo más ladri que vi en
mi vida. Muestra unas fotos diminutas del atardecer en el Gran Cañón y a Valeria Ache le
entusiasma. Decide acompañarla y se van muy amigas a volar un poco. Yo prefiero ver el
atardecer junto a Dieguito Muniz, solos, recorriendo a pie algunos miradores, hablando
de cómo sería nuestra nueva vida en este desierto donde el trabajo y la suerte brotan de
la tierra con más facilidad que el agua o las plantas. Hablamos poco de mirador en
mirador. Competimos con el viento del Gran Cañón. El atardecer es artístico y el precipicio
pide noche. Me lo imagino lleno de agua. Me lo imagino como el fondo de las aguas de
Punta del Este. Me camuflo entre los escasos turistas y veo a mi padre apoyado en la
baranda de uno de los miradores más atrevidos. Es Dieguito Muniz hace años, nadando
en su día libre sin pensar en el casino ni en su pasado, dando brazadas duras, golpizas al
agua salada. Ahora está viejo y el mundo es un hoyo enorme pintado con todos los colores
que existen. No puede flotar, sólo morir. Me acerco lentamente a su espalda, sin mirarle
la nuca. No quiero que me perciba ni que mis ojos lo alerten. Prefiero que continúe
encandilándose con el paisaje, con el sol cayendo en la garganta excavada por el río
Colorado. De uno de los bolsillos de su uniforme de safari saca una cámara de fotos para
robarse algo del momento y la luz. Se toma unos segundos silbando. Busca el mejor
encuadre, clickea y es ahí cuando mis manos toman impulso. Las apoyo con fuerza en su
espalda y lo empujo al vacío como una bolsa de papas. Este parque cuenta con un
promedio de tres muertes por año. Son turistas que se distraen fotografiando, resbalan
en los riscos y el cañón aprovecha para comérselos. El precipicio se los traga como
ofrendas sagradas. Los guardaparques quedan como locos cuando patrullan la zona y se
topan con un cadáver seco sosteniendo una camarita. Volar es lo opuesto a nadar pero el
agua no es el opuesto del aire. Dieguito Muniz no puede ni pegar un grito, patalea en la
caída como si pudiera trepar el viento amarillo del atardecer. Los colores se van apagando
a la misma velocidad, cae junto con el sol y se vuelve un puntito, una molécula, una
partícula más dentro del cráter infinito. Respiro aliviada al darme cuenta que nadie se dio
cuenta que lo he empujado. Los turistas continúan obnubilados con el espectáculo
natural, tan grande y tan más allá. Las pupilas no paran de dilatarse frente a las primeras
sombras de la noche. Me acerco al precipicio y respiro profundamente cerrando los ojos.
Es el respiro más intenso que he dado en mi vida. Estiro el cuello. Vuelvo a exhalar y miro
cómo las estrellas van encendiéndose en el cielo. Me hablan pero no les entiendo el
idioma. Abro los brazos como alas de cóndor, vuelvo la cabeza al frente y en el medio del
Gran Cañón, levitando frente a mis ojos, está Abu con Dieguito Muniz entre sus brazos,
suspendida en el medio del aire, a mi altura. Abro la boca, además. Los ojos de Abu son
negros y un halo violeta la cubre como un pimpollo de nylon. Dieguito Muniz ha sido
rescatado del vacío. Abu reapareció, lo salvó de la muerte y se acerca volando, angelical
y demoníaca, despolarizada. Me lo devuelve sin hablar y su imagen se desintegra en la
noche ya establecida. Queda polvo. Mi asesinato ha fallado, se ha invalidado. Mi padre
me abraza como si lo hubiera rescatado del agua, de una corriente. Respira agitado y
colorado. Los turistas dejan de prestar atención a la geografía y se nos acercan gritando,
preguntando qué pasó, qué horror. Nada, no pasó nada. Casi se cae, pobrecito. Hay que
tener cuidado. Las mamás abrazan a sus hijos y los guías turísticos piden a sus clientes que
se alejen de los bordes. El Gran Cañón es un peligro. Al instante llega un policía y corrobora
el correcto funcionamiento de sus signos vitales. Vamos a un puesto de Primeros Auxilios.
Le miden la presión, le dan agua con sal, una manta y un tranquilizante. -Gracias, hija. Te
debo la vida. Si no fuese por vos me hubiera muerto en este cañón de mierda. No sé qué
pasó, sentí que me iba, sentí una fuerza, como si me estuvieran empujando. -
Tranquilizate, papá. No te alteres más. Ya está, no caíste, fue sólo un susto. -No te
imaginás lo que feliz que estoy de estar contigo en esta nueva etapa, imilla. Siempre te
amé. Fijate lo que guardo en el bolsillo de la espalda de mi chaqueta. Voy hasta allí, abro
el cierre y me encuentro con muchos dibujos de cuando yo era niña, todos dobladitos y
amarillentos. Desiertos. Gatitos. Pirámides. Bombas Atómicas. Dieguito Muniz comienza
a llorar y lo abrazo como a una almohada. Me hace un sitio en la camilla y quedamos así,
entrelazados. Se duerme bajo los efectos del sedante y siento su respiración en mis tetas
mientras le acaricio el tatuaje del brazo, la firma de Maradona. Es gato sanador. Mi
corazón se acompasa al suyo y se me calma el pecho. El tiempo pasa arenoso y la
enfermera me autoriza a continuar así, acostada con él en mi regazo. No me preocupo.
Escucho las voces de Bruna y Valeria Ache, los helicópteros levantando vuelo y las aves de
rapiña quejándose. Alguien comenta en inglés lo ocurrido, que Dieguito Muniz casi se cae
en el Gran Cañón pero, por suerte, yo lo rescaté. No hay que dejar sola a la gente mayor.
Sólo yo sé que no fue así. El puesto de Primeros Auxilios es una pirámide de tela beige. Su
punta da a la luna. Siento la luz blanca entrando por el vértice superior. Se apaga el fuego.
En las paredes blandas se proyectan sombras. Puedo reconocer perfectamente la de
Bruna y Valeria Ache. La perspectiva las vuelve macrocéfalas. También se distingue con
suma nitidez la sombra de una tercera persona que me es familiar. Incluso veo el humo
que sale de si cigarro.

31 – Redial

El casino donde trabajo no es de los más grandes de Las Vegas. Es relativamente nuevo y
dorado. Tiene un bar para fumadores con música lounge y animales embalsamados de
mentira. La tapicería es roja y alienígena. Aún no he visto más de seis mesas ocupadas por
noche. Me encantaría que se convirtiera en el lugar más in de la zona pero es imposible
con tanto turista y la mentalidad imperante. Un verdadero desperdicio. Con esta
infraestructura en Buenos Aires o Sao Paulo yo sería la reina de la noche de acá a seis
años. ¡La de fiestas que organizaría! Me la paso pensando en eso, en las injusticias, pero
bueno, ya está. No puedo cambiar el mundo. Al encargado no le importa qué música
selecciono, así que bajo de internet dj sets armados, apreto play y me olvido hasta de
quién soy. Se me va la cabeza. Soy la dj residente y me anuncian en los flyers con un
retrato photoshopeado en el que parezco una manzana. Mi nombre está en letras
rosadas, bien enlazadas y gordotas. Dj Cuqui. Las jornadas pasan rapidísimo porque,
mientras hago que mezclo canciones, estoy en facebook, recorriendo y ejercitándome en
un montón de cuentas inventadas. Es divertido y me ayuda a acortar las jornadas sin
tomar merca, pensar menos, recordar menos. Sólo extraño la piscina del Sesc y a Abu
haciéndome los pies. Mi laptop la dejé en Sao Paulo y no la extraño para nada. La doy por
perdida, que se críe sola, guacha. Bruna extraña su auto azul bolita y su perrito comprado.
Los clientes se emborrachan tranquilos y olvidan sus celulares. Antes de cerrar, el personal
los recogen y los guardan en una caja de objetos perdidos. Nadie los reclama. A veces, los
ringtones suenan dentro de la caja. Es lindo de ver y escuchar. Parecen pollitos. En seguida
se les acaba la batería. Es tardísimo y, sin embargo, cada tanto vibra mi celular. Chiquito,
práctico, como el que quisiera tener pero de otra marca. Generalmente es Bruna que está
aburrida de tanto pasear y buscar empleos en los que pueda ganar más que jugando a la
ruleta. Tengo una llamada perdida de un número que no conozco. Es probable que sea
una llamada equivocada. No he hecho grandes amistades más allá del barman argentino.
Descubrí que hay muchos argentinos. En Las Vegas, los croupiers de blackjack a veces son
abogados, escribanos o contadores latinos que ganan más tirando cartas que ejerciendo
sus profesiones. Este chico es escribano y muy de vez en cuando me tira onda, como por
obligación, por mandato heterosexista. Yo le paro el carro pero jamás le corto el rostro
porque nunca se sabe. Tiene linda cola pero habla de fútbol. Adora andar de acá para allá
con su matamoscas eléctrico. -Hay que ver cómo extraño el asado argentino. La carne de
este país es horrible, de plástico, unos pedacitos miserables. -Sí, sí, sí, sí. -Nunca volví a
comer asados como los de Córdoba y no sé si comeré porque si salgo de la frontera, no
vuelvo a entrar. -Ah, sí, sí, sí, sí. Un problemón. ¿Sos de la tierra de los ovnis? ¿Ubicás un
precipicio donde se mataron los indios? ¿Sabés de qué te hablo? -Sí, por supuesto. Hasta
hoy uno puede invocarlos con una copa como esta. ¿Alguna vez jugaste a la copa? -Por
supuesto. El celu vuelve a sonar y es el número no reconocido de hace un rato. Dos uno
uno cero nueve dos. No atiendo. El playlist se acaba y voy hasta mi laptop a poner uno
nuevo. Le pido permiso al barman y me alejo moviendo la cola a propósito. Cuando
comienza a sonar la nueva melodía me viene el número a la memoria. Sí, es el número
que nos dio la copa hace meses en Sao Paulo, en la casa de Bruna, el que teníamos
anotado. Miedo mal. Atravieso el bar y salgo a la calle, que es una locura porque los
casinos tienen tarifas reducidas los miércoles a la noche y se llena de pelagatos. Camino
hasta El Strip haciendo redial al número. No me alcanzan los siete sentidos pero si no es
en este contexto, en el medio de la calle, jamás podría hacer esta llamada. No me darían
los huevos. No puedo encarar sola. Mi pecho vuelve a acelerarse como cuando me venían
los ataques de pánico en Sao Paulo. Todo es auto, gente, plástico, luz, barullo, maravillas
del mundo, taquicardia y helicópteros. Cada cinco pasos un nuevo altavoz lanza una
música diferente. Zumban mosquitos. No existen los perros ni los gatos. Todo aliens. Me
atiende la voz de Abu. -Hola, muñeca. ¿Cómo estás? -Abu. ¿Sos vos? -Obvio. -Quise
hablarte durante el accidente de mi padre pero desapareciste. -No fue un accidente. -Ya
sé. Tengo un peso enorme en el pecho que me duele más que los ataques de pánico. -
Tendrás que aprender a convivir con ese dolor. De todos modos es mucho menor que lo
que sentirías si lo hubieses matado del modo que intentaste hacerlo. -¡Qué horror, Abu!
Nunca podré perdonarme. -Dejá que el tiempo pase. El perdón está sobredimensionado.
Una palabra no puede cambiar el mundo pero un pensamiento sí. Ahora te diré lo que
tenés que hacer. ¿Estás frente al parking? -Sí, Abu. -Ahora parará un taxi en la vereda de
enfrente, pero no un Yellow Cab, sino uno blanco y verde. ¿Lo ves? -Sí. -Ese es el casino al
que debes entrar pero no te permitirán hacerlo hablando por celular, así que prestá
atención a mis indicaciones y, una vez dentro, seguilas al pie de la letra sin perder la
capacidad de discernimiento. Llego a la ruleta indicada y es tal cuál Abu la describió.
Observo los números que salen y aquí viene el momento. Dobla el diez y juego una ficha
al veintitrés y otra al cinco, sus números vecinos. El resultado no es el que me dijo Abu
por celular. Pierdo. Sale el catorce. No puede ser. ¿Habré entendido mal? Decido razonar,
entonces sigo un consejo de Valeria Ache y pongo una ficha a treinta y cinco números
plenos, o sea, todos menos los dos últimos que salieron. Vuelve a salir el catorce y pierdo
nuevamente. Se me da por mirar al croupier y es increíblemente igual a Crazy Frog. Araño
el paño verde y salgo a la calle con los pasos entreverados. Los tacos aguja no llegan a
sonar. Apreto redial en el celu pero el número no es correcto, da a ninguna parte. Una voz
me sugiere consultar con un servicio de informes. Vuelvo furiosa al bar donde trabajo y el
encargado está furioso. El barman argentino le ha inventado un pretexto poco
convincente a mi ausencia. Logra apaciguar la puteada y regreso con la cabeza gacha a mi
compu silenciosa. Miro el bar desnudo. Sólo hay una mesa ocupada por una parejita de
enamorados ludópatas. No les importa que sonando no haya más música que la del
matamoscas electrocutando insectos. Podría volver a poner play en el dj set preparado
por algún alemán una tarde de domingo, podría poner siempre la misma canción y estaría
todo bien. Sólo me piden que no haya silencio. Se me vienen muchas opciones de
pensamiento a la cabeza pero no quiero elegir, no quiero reflexionar, ni sacar
conclusiones o moralejas. Respiro como me enseñó Abu. Voy a la carpeta de MP3 de mi
celu y hago click en “Ready to go” de República. Me p ongo los auriculares y me largo de
allí inmediatamente. Morite. Ya está. Las víboras de las dunas se esconden. Se vuelven
caracolitos. Soy un gánster de la costa oeste que creció desayunando salchichas con huevo
y bacon, la más hermosa psicopatología, el fracaso de Jesús. Respiro por la boca y suelto
por la nariz. La carretera nunca llega a estar solitaria porque siempre algún auto quiere
llegar a Las Vegas, atravesar el arrecife de tierra, autosuperarse. No sé cuántas criaturas
andaremos por aquí sueltas. No debemos ser muchas pero seguramente todas tenemos
un buen entrenamiento sensitivo. Cada entidad de este desierto es un potente catalizador
biodinámico. Somos cuarzo. Tenemos la gracia de la levitación, la invisibilidad y la
inmortalidad. Lo siento. La luna es igual. La angustia no podrá con nosotras. A lo lejos
viene un banco de niebla. Presiento que es benévola. Tal vez sea un experimento tóxico
del ejército. No muy lejos están las aéreas militares custodiadas por vallas electrificadas.
Seguro tienen ahí a los aliens. Mojave. Seguro tienen allí bombas atómicas, faros
salvíficos. El rojo cada vez es más intenso. No sé a dónde me llevará el azar ni por cuánto
tiempo me recibirá el desierto yankee. Siempre se puede regresar a pisar alfombras y
dormir con los sonidos de las fichas de los casinos. Siempre se puede ser millonario, buscar
revancha, vivir de la ilusión y del dorado. Siempre hay un tragamonedas libre. Siempre
está la fantasía y el espejismo. A cada paso que doy se me imantan pequeñas partículas
al cuerpo. Se me acerca una lata de cerveza vacía. Ahora son dos latas y me siguen como
gatitos. Las piedras claman. Mi piel es metal puro. Carga positiva. No hay señal. Mi celu
sólo sirve para pasar música. Me aburren las canciones que selecciono, así que le doy
oportunidad a un disco que bajé de internet, tratando de que me guste y se convierta en
mi música preferida del año. Es horrible, sin gracia, tocado con desgano, imposible de
bailar, pero lo recomiendan tanto, en tantas partes, que algo bueno tengo que
encontrarle. No puedo quedar tan out así como así. Igual, las nuevas modas no ayudan en
nada. No tienen encanto, me aburren, siento que pierdo el tiempo, que es un soplido,
humo de cigarrillos. Se visten como viejos. Mi próximo objetivo es dejar de odiar. Dejo de
escuchar el disco horrible. Pongo la canción "120... 150... 200 Km Por Hora" de Roberto
Carlos y las cosas pasan más de prisa. El tiempo disminuye. Los árboles pasan como bultos.
La vida pasa, el tiempo pasa.

32 – El grupo

-Podría ser que mi aura electromagnética fuera muy potente pero jamás tuve un tinte
paternalista. Mi mayor problema o, al menos, por lo que más sentí culpa, fue el no haber
logrado que el grupo continuara creyendo. No me dio. Nunca volví a ver al Enviado pero
estoy seguro que no está conforme con mi desempeño. Lo siento. Lo siento en mi cabeza.
Es como un dolorcito acá, bien acá. Es como un aparatito, un microchip que en Enviado
me debe haber puesto. Seguro, esté donde esté, él sabe que no logré cumplir mi misión,
que le fallé. Desde que cayó el meteorito siento eso en mi cerebro, lo del microchip.
¿Alguno de ustedes lo siente? -La dinámica es así, Sr. Muniz. Usted habla y al finalizar,
recién entonces, hacemos comentarios. De todos modos le adelanto que no es nada
extraño lo que nos está contando y que estamos con usted. Todo el grupo está con usted.
Prosiga. -Gracias. No fue una abducción pero hasta el día de hoy tengo una pequeña
protuberancia en el cráneo. Tal vez no sea un implante extraterrestre, lógicamente. No
entra en la lógica y me da miedo consultar. No sé qué me da más miedo, si pensar que es
un microchip o un tumor. No soy escéptico. Puedo controlar perfectamente mis
pensamientos pero no tanto mis impulsos. ¿Alguno aquí tiene problemas con el litio?
¿Alguien aquí siente la resonancia bioeléctrica del cerebro? ¿Pueden dormir tranquilos? -
Tranquilícese, Sr. Muniz. A todos nos pasó algo similar. Cuando llegamos al grupo
teníamos demasiadas preguntas. No se pueden responder en un día y tampoco tenemos
las respuestas. Por ahora sólo cuéntenos su historia y sepa que estamos aquí para
ayudarlo. Prosiga. 33 – El arcano sin número Me encuentro con Malú en la calle. Está
recostada en un árbol como si me esperara desde hace horas. Me sorprende lo moderna
que está vestida. Tiene unos zapatos preciosos y muchos anillos que se los quita para
pulverizar vidrios. Vuelvo a detallarle cómo es el plan y el showcito que hago en los
restaurantes haciéndome pasar por periodista. Le fascina la idea y entramos mega
conectadas. Comienza febrero y carnaval. -¡Ay, Argentina! Muchas gracias por invitarme
a cenar en este restaurante tan caro. Años que vivo en Sao Paulo y nunca soñé venir a
estos lugares. ¡Quién me viera cenando en la Oscar Freire! Cuando lo cuente mañana a
las otras limpiadoras del Sesc, no lo van a poder creer. Un poco diminutas las porciones.
¿No? Nunca como ensaladas. Tanto verde me marea. ¡Qué importante son los
condimentos! Así que se va de viaje a Bolivia. Bueno. Que la pase bien. No tengo ni idea
de lo que hay en ese país pero viajar siempre es bonito. La verdad que con la única socia
del Sesc que he charlado ha sido usted. Ojalá fueran todos tan amables. Le traje lo que
me pidió, la cartita. Hice todo como me lo indicó. Compré un mazo de cartas de tarot,
saqué una y… aquí está. ¿Dónde la habré guardado? Acá. Mire. Le salió esta. ¿Puede
creer? Justamente es el veintidós. El Loco. El viajero. Tenga c uidado en el viaje, Argentina.
Mire cómo está el loquito en la carta, mirando para arriba, distrayéndose con las estrellas
peeeeero, mire el perrito. ¿Vió el perrito? El perrito le muerde la ropa para que no caiga
en el abismo. ¿Entiende? Es la consciencia que está alerta, advirtiendo. Una carta muy
bonita. Sí, sí, sí, sí. ¿Ya pedimos el postre? Yo prefiero un cafecito pero usted pida lo que

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