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El lugar de lo barroco.

P r o d u c c i ó n d e l e s pa c i o
e n A m é r i c a L at i n a *

Federico José Saracho López

A ctualmente estamos inmersos dentro del proceso de globa-


lización que a su vez se erige como paradigma. Lo afirmo de
manera muy clara, para interpretar el mundo actual: reproduci-
mos esta representación y, con ello, construimos conciencia de
que estamos inmersos en la cristalización de un mundo que se ha
cerrado, como lo dice Peter Sloterdijk,1 en una esfera interior del
capital donde parece que ya nada existe fuera de él. Esto hasta
cierto punto es cierto, porque hemos visto cómo las diversas
manifestaciones propias del capitalismo se han introducido en

* Una versión preliminar de este texto fue presentada como ponen-


cia en el Primer Congreso de Epidemiología y Geografía Críticas, celebra-
do en 2017 en la Universidad Andina Simón Bolívar, en Quito, Ecuador.
Agradezco profundamente al Dr. Jaime Breilh, a la Dra. Catalina López y
a la Dra. Giannina Zamora por su amable invitación y camaradería. Así
también, al Dr. Efraín León por compartir dicha experiencia. También debo
agradecer el gran apoyo que me bridó la Lic. Iraís Fuentes Arzate por la
trascripción y los comentarios a dicha presentación que sirvieron como
base a este trabajo.
1
Peter Sloterdijk, En el mundo interior del capital: para una teoría filo-
sófica de la globalización, Siruela, Madrid, 2014.

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todas las formas de reproducción de vida, estructurando particu-


larmente la vida social. El resultado de esto es que percibamos
ese proyecto magno que es la modernidad capitalista como un
proyecto civilizatorio concluido.
Lo cierto es que podemos empezar a ver dentro del proceso
de dicha modernidad capitalista un empuje constante desde más
o menos el año 1521, de la construcción de una escala mundial,
de una interconexión global que precisamente “cierre la esfera”
para las formas de reproducción del capital. Podríamos decir
que es la máxima expresión de aquello que Immanuel Walestein
describe como un Sistema-Mundo: un entramado complejo y
diverso sostenido por diversas instituciones, dentro del cual
existe una división del trabajo y, por lo tanto, un intercambio
significativo de bienes, así como flujos de capital y trabajo, y
donde se desarrollan rasgos comunes de reproducción social, a
pesar de la diversidad en su interior, que conceptualizará como
geocultura.2
¿Cómo se ha logrado esto en el capitalismo? Henri Lefebvre
es muy claro cuando nos dice: Se ha conseguido a partir de la
producción estratégica del espacio para permitir la reproduc-
ción social del sistema.3 Esto no sólo debe entenderse en la
conformación de esa escala mundial, sino como la arquitectura
de un entramado multiescalar que cruza y materializa todas las
diferentes expresiones de la vida social, desde lo individual hasta
lo global; esa producción de espacios estratégicos que reticulan

2
Immanuel Wallerstein, Análisis de sistemas-mundo: una introducción,
Siglo XXI, México, 2004.
3
Henri Lefebvre, La producción del espacio, Capitán Swing, Madrid,
2013.

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y dan cauce a la reproducción del capital, a la circulación de


todos los factores que dan forma a esta relación: desde la es-
cala primigenia que es el sujeto y cómo transita su vida dentro
del sistema, hasta esa escala más amplia que es la que se ha
construido en la globalización.
Sin embargo, aquí es donde empieza a verse el problema
central de este trabajo, porque manejamos a esa modernidad
capitalista como si fuera un solo proceso, como si fuera una
sola totalidad la que haya sido construida. ¿Qué tal si la mo-
dernidad capitalista no es una? ¿Qué tal si estamos enfrente de
lo que Shmuel Eisenstadt4 llamaba una formación de múltiples
modernidades dentro del capitalismo que en determinado mo-
mento empiezan a competir entre ellas, y ahora lo que esta-
mos observando es justamente una forma más acabada de esa
competencia?
Ya de sí la noción de pensar en modernidades múltiples nos
pone en cierta perspectiva crítica del mundo contemporáneo,
pues va en contra de los discursos históricos imperantes que
han prevalecido a largo tiempo en la academia y en la conciencia
colectiva.
Para este trabajo es que el pensamiento de Bolívar Echevarría
nos abre un panorama verdaderamente rico. Nuestro objetivo
principal es introducir la noción de que si efectivamente existen
diferentes modernidades dentro del capitalismo, la producción
de los espacios que ésta desarrolla no puede mantener las mis-
mas lógicas: esto quiere decir que dentro de la reproducción

4
Shmuel N. Eisenstadt, “Las primeras múltiples modernidades: iden-
tidades colectivas, esferas públicas, y orden político en las Américas”, en
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, año lviii, núm. 218, mayo-
agosto de 2013, pp. 129-152.

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instrumental de la espacialidad para el funcionamiento del ca-


pital, existe una variación diferencial materialmente expresada
acorde a la modernidad que reproducía socialmente. Por ende,
la competencia entre modernidades se expresa espacialmente.

Tres modernidades, tres rutas para la producción


del espacio

Para adentrarnos en la reflexión en torno a las múltiples mo-


dernidades, considero prudente que en un primer momento
abramos la discusión en torno a cómo debemos caracterizar
a la modernidad. En este sentido, nos dice Bolívar Echeverría
que la modernidad debe ser vista en dos niveles relacionadas
dialécticamente:

En el primer nivel, la modernidad puede ser vista como una forma


ideal de totalización de la vida humana. Como tal, como esencia de
modernidad, aislada artificialmente por el discurso teórico respecto
de las configuraciones que le han dado una existencia empírica,
la modernidad se presenta como una realidad de concreción en
suspenso, todavía indefinida; como una substancia en el momento
en que “busca” su forma o se deja “elegir” por ella (momento en
verdad imposible, pues una y otra sólo pueden ser simultáneas);
como una exigencia “indecisa”, aún polimorfa, una pura potencia.5

La configuración de la modernidad transita en su forma ideal


discursiva a su materialización como proyecto de manera con-

Bolívar Echeverría, Las Ilusiones de la modernidad, unam/El Equilibrista,


5

1997, pp. 140-141.

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tradictoria, en donde la idea de la misma existe como proyecto


terminado y en su praxis está en perpetua transformación. Así,
la totalidad moderna es una unidad en lo desunido, donde la
construcción tecnológica lleva a una destrucción constante de
sus obras, dejándole en perpetua desintegración e integración:
en ella todo se percibe en cambio, nada permanece en su sitio
y todo lo sólido se desvanece en el aire.6
En esta tónica, nos señala Echeverría que el proyecto civi-
lizatorio de la modernidad capitalista manifiesta una continua
“invasión” de formas que le preexisten, para hacerse de ellas,
incorporarlas a su proyecto y desvanecer sus contornos, impo-
niéndose dentro de ellas o incluso sustituyéndolas. En términos
históricos, invade las figuras pre-existentes de la civilización en
Europa y reprime sus contradicciones no-capitalistas dentro de
su propia transformación.7 No existe razón por la que no po-
damos afirmar que esta lógica se extrapola a la producción del
espacio en sí. Una serie de destrucciones creativas estratégicas
que permitan al capitalismo reproducirse y que a su vez sean
“invasoras” y “disruptivas” en su materialización, no solamente
ante las expresiones alternas a la modernidad, sino lo que la
modernidad misma ha materializado, so pretexto del progreso
como demiurgo.
Con esta reflexión en mano, podemos comenzar la reflexión
sobre la relación existente entre la presencia de múltiples moder-
nidades, la forma en que las concibe Echeverría, y la lógica de la

6
Marshall Berman, Todo lo sólido se desvanece en el aire: la experiencia
de la modernida, Siglo XXI, México, 2011.
7
Bolívar Echeverría, Modernidad y blanquitud, ERA, México, 2010.

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producción del Espacio. Vamos a concentrarnos principalmente


en tres modernidades.
La primera es la modernidad que aparece históricamente en
el continente europeo, por lo que lógicamente Echeverría la
caracterizará como la modernidad europea. Ella se construye
como un proyecto capitalista que se halla en continua nego-
ciación con las formas medievales pre-capitalistas y con otras
construcciones civilizatorias. Ello significa que necesita encon-
trar continuamente adaptaciones para progresar, las cuales le
impiden entregarse plenamente a las mecánicas del capital.8 Si
bien en su interior se profundizan las lógicas de reproducción
instrumental, al encontrarse en continua tensión con su pasado
histórico, se institucionalizan formas de regulación y control
que resultan contradictorias. Ejemplo de ello es la manera
en que la Revolución Francesa, como rompimiento del orden del
Estado con la clase ociosa y llegada al poder de la burguesía,
deviene en un primer momento a un régimen autoritario des-
tructivo que necesitó de mecanismos de control por parte del
propio Estado ante la nueva clase a quien servía, erigiéndose
como contradicción.9 De ese mismo proyecto, deviene nueva-
mente otra nueva negación en la que el proyecto alternativo
de modernidad planteado por el comunismo se convierte en
su momento en una amenaza directa al régimen capitalista, sin
perder su carácter moderno.10
Esto lleva a que la modernidad europea tenga una construc-
ción mucho más densa, con varios más elementos que terminan
profundizando el compromiso establecido entre la realización

8
Idem.
9
Max Horkheimer, El estado autoritario, Itaca, México, 2006.
10
Bolívar Echeverría, Modernidad y blanquitud, op. cit.

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del proyecto civilizatorio capitalista y la realidad que se encon-


traba previamente civilizada. Nos dice Echeverría:

La rama europea de la civilización moderna es una rama “impura”


debido al alto grado de densidad que ese compromiso adquiere
en ella; avanza sinuosa y lentamente refuncionalizando una iden-
tificación social “pagana” que está dotada de una consistencia y
dinámica propias y que obliga a la “forma de valor” capitalista a
contemporizar con una vigencia múltiple y compleja de formas
“naturales” o concretas de la vida, unas todavía premodernas y
otras ya claramente protomodernas.11

Dicha re-funcionalización se entiende de la articulación de dife-


rentes estrategias y la manera de conceptualizar las propias ex-
presiones de la modernidad a partir de una plethora del sujeto, en
donde éste es construido de formas diversas y contradictorias, si
bien enmarcadas bajo el marco del proyecto moderno, que encuen-
tran en la relación del espacio una configuración absoluta que los
produce y reproduce.
La producción del espacio europeo dentro de su moderni-
dad refleja plenamente esta tensión. Tiene que hace encajar las
“rugosidades”,12 como las llamaría Milton Santos, que provie-
nen del feudalismo, y hacerlas funcionar dentro de la producción
de espacios/tiempos que el capitalismo requiere. Un ejemplo
donde podemos ver esta dinámica se encuentra en la constitu-
ción de la retícula de la ciudad de París, en donde se tuvieron
que armonizar los límites concéntricos premodernos con la

11
Idem.
12
Milton Santos, Por uma Geografía Nova, EdUSP, Sao Paolo, 2012.

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construcción de vías y bulevares que permitieran tanto el trán-


sito de los factores del capital como el control de la población.13

Imagen 1
Traza de la ciudad de París

Fuente: G. Boeing, “OSMnx: New Methods for Acquiring, Constructing,


Analyzing, and Visualizing Complex Street Networks”, Computers, En-
vironment and Urban Systems 65, 2017, pp. 126-139. Doi: <10.1016/j.
compenvurbsys.2017.05.004>.

La segunda modernidad es aquella que Echeverría llama la


modernidad americana, no sólo porque encuentra su máxima
expresión en Estados Unidos, donde además utiliza el término
de “americana” de una manera irónica, le llama americana por-
que precisamente este proyecto se constituye y se piensa a sí
mismo bajo esa tónica. Ella no surge en los Estados Unidos:
de hecho, comienza a formularse en el Norte de Europa. Sería
una modernidad que podríamos caracterizar como protestante,

Para expandir este análisis, véase Federico José Saracho López, “La
13

ciudad y el poder. Hacia una comprensión geopolítica de la ciudad”, en


Academia XXII, vol. 9, núm. 17, 2018, pp. 18-44.

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que se desenvuelve dentro del espíritu puritano del gobierno


de sí y que indudablemente encuentra su expresión más ce-
rrada, más “pura”, en la construcción de la experiencia social
norteamericana.14
La modernidad americana es aquella que profundiza el
pensamiento instrumental, al grado de desarrollar una lógica
pragmática que busca soluciones específicas a situaciones que
respondan mecánicamente a su incorporación dentro del pro-
yecto capitalista, alejándose de la reflexión del porqué sistémico
de la situación en sí.15 Imbuida de un espíritu positivista, genera
una ilustración que busca leyes y reglas que la rijan, pero que
se encuentren en posibilidad de continua modificación para su
adaptación. Eso la hace maleable y funcionalmente contradic-
toria: así como vemos que acusa al hombre por su egoísmo,
produce las formas tan particulares de individualismo que se
han profundizado radicalmente en los últimos años.
Toda modernidad naturaliza lo artificial, no sólo desde la
formulación ideológica de la ‘naturaleza’, como parte de la clá-
sica dicotomía hombre-naturaleza; sin embargo, la modernidad
americana hace del artificio y, por tanto, de toda la producción
socialmente determinada, algo ‘natural’, plenamente lógico y
normalizado. Ello deviene en que las desigualdades estructurales
entre los hombres no sólo se expliquen, sino que se legitimen
como un hecho “natural” que debe ser aceptado como inamo-

14
Ejemplo de esto son los gobiernos de John Winthrop en los prime-
ros tiempos de la colonia de Massachusetts. Véase Paul Johnson, Estados
Unidos. La historia, Javier Vergara Editor, Barcelona, 2002.
15
José Luis Orozco, Benjamin Franklin y la formación de la república
pragmática, fce, México, 2002.

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vible. Así la disparidad económica y la dominación sobre los


sujetos resultan en formas de “destino” que deben ser asumidas
pasivamente de manera individual y que, en caso de ser interpe-
ladas, deben realizarse a través de las pautas y los mecanismos
que el sistema provea. La competencia de los individuos dentro
del capitalismo deviene en una lectura del mundo a través de la
lente de un darwinismo social de mercado.16
Es esta modernidad la que Max Weber observa cuando afirma
que el capitalismo está insuflado de la lógica protestante, cuando
ella se convierte en garante de la acumulación, a partir de la
negación del gasto superfluo y la reinversión de la misma den-
tro del sistema económico, para evitar la riqueza ociosa: ciclos
que se expresan en el capital industrial y financiero.17 Esta forma
de construir la modernidad deriva en lo que Bolívar llamaría
un ethos realista, una manera en que la población interpreta
la brutalidad de la modernidad del capital a partir de su plena
identificación con ella:18 el sujeto propugna por aquello que se
le presenta como real, y a partir de ello trabajará sin poner en
duda las condiciones que le son dadas, adaptándose continua-
mente para lograr la riqueza, o el desarrollo, individual como
premio a su inteligencia y constancia. Podríamos afirmar que de
hecho este ethos es el enano que maneja al títere del realismo
político (realpolitik).
Por tanto, es una modernidad la que está completamente
al servicio del capital y que no puede visualizar, por su propia

José Luis Orozco, Notas del país darwiniano, unam, México, 1981.
16

Max Weber, La ética protestante y el “espíritu” del capitalismo, Alianza,


17

Madrid, 2012.
18
Bolívar Echeverria, La modernidad de lo barroco, ERA, México, 2005.

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construcción, otro mundo posible. El mundo que actualmente


vivimos es el real y es así como debe ser porque es ‘natural’. Los
individuos tienen que seguir las formas del mundo, sus paradig-
mas, si quieren reproducirse en él, incluso a costa de los otros
individuos. La realidad fría, numérica, asible en lo cuantificable
y, en consecuencia, sujeta a ser abstraída matemáticamente.
En este punto podemos hacer un cruce con el pensamiento
de Henri Lefebvre19 y preguntarnos: ¿qué tipo de producción del
espacio nos pide esta modernidad americana para reproducir-
se? Proponemos que la máxima expresión de la producción del
espacio en clave americana se expresa plenamente en lo que
Lefebvre llamaba la producción de un espacio abstracto. Es
el espacio geométrico que, si bien no es homogéneo, sí tiene
por meta la homogeneización: la producción de una isotopía
donde todo, hasta cierto punto, en su diferencia se ve igual.
Así la alteridad solamente puede ser interpretada a través de
una única dimensión socialmente producida.20 Ello tiene un uso
político y social toral, pues no sólo permite poner los límites de
la segregación para ordenar a la población, sino que además
facilita las interconexiones materiales para que dicha separación
sea funcional al capital.
Un ejemplo de ello se encuentra en la producción del espacio
urbano de la ciudad de Filadelfia, una de las principales ciudades
que se construyeron en Estados Unidos en su etapa colonial. En
ella observamos cómo las calles y avenidas son diseñadas de for-
ma perfectamente geométrica para mantener la misma equidis-
tancia entre ellas, como imponiéndose a toda materialización de

19
Henri Lefebvre, op. cit.
20
Herbert Marcuse, El hombre unidimensional, Ariel, Barcelona, 2001.

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ordenamiento diferente. La racionalidad de su distribución per-


mite que la movilización sea fácilmente cuantificable y, por tanto,
traducida, numéricamente, a medias de tiempo que subsumen
la vida social a la sociabilidad del capital.
Imagen 2
Traza de la ciudad de Filadelfia

Fuente: Rand Mc Nalley & Com, Chicago, EU, 1944.

También en este espacio abstracto se presenta un formante,


donde prima la lógica de la visualización, según Lefebvre.21 Si el
sujeto se encuentra en una ciudad que está en su mayor parte
dominada por el espacio abstracto, se dará cuenta de que hay
una minimización de sus demás sentidos: lo visual se vuelve el

21
Henri Lefebvre, op. cit.

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sentido prioritario, pues la arquitectura y la geometría captu-


ran la mirada del sujeto hacia el frente, siendo éste el punto de
fuga de la calle; el sujeto no registra plenamente lo que ve hacia
sus lados y, en caso de hacerlo, se encuentra rápidamente con
aquella captura de lo sensible. Ello posibilita que el individuo
transite más rápido dentro de su ruta, dinamizando los tiempos
de su cotidianidad.
Por último, está el formante fálico, que expresa la construc-
ción vertical, donde el “arriba” privilegia la idea de plenitud:22
es un espacio que está construido como un “completo”, está
colmado. El sujeto lo único que no puede llegar a ver plenamen-
te de aquello que no está producido es el cielo. Se representa
entonces como una totalidad de hormigón y concreto que
expresa en su materialidad las relaciones que dan sentido a su
sociabilidad.
Por último, observamos que de la modernidad europea
surge otra forma de modernidad que empieza más o menos
en el siglo xvii, en lo que Bolívar Echeverría describe como un
‘siglo largo’, pensándolo en términos de Eric Hobsbawm.23 Es
un ‘siglo’ que dura 150 años desde el punto de vista de la cimen-
tación del proceso que da sentido a América y que inicia como
un impulso católico por construir una modernidad propia. Los
jesuitas empiezan a edificar una alternativa para la modernidad
“americana” anglosajona que también se desarrollará en una
matriz capitalista. Esta producción de la escala regional lati-

Idem.
22

Eric Hobsbawm se refiere como siglo largo al siglo xix a razón de


23

observar a éste como proceso y no como medida de tiempo numérico


y abstraído.

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noamericana es también el punto de partida de la edificación


del Sistema-Mundo.24
En un área que comprende desde México hasta el Alto Perú,
preminentemente cubierta por las colonias españolas en lo que
será América Latina, mas no es su totalidad, podemos ver cómo
esta modernidad se desenvuelve en una serie de semicírculos
que van a concentrar su comercio en lo que podemos llamar
el ‘Mediterráneo americano’,25 que se enmarca desde Veracruz
hasta Maracaibo, y que en el interior de dichos círculos comer-
ciales se va a dar la formación de un mercado interno propio
que a su vez responde y se proyecta hacia esa escala global que
se está empezando a construir en articulación con Europa, pero
también con las colonias norteamericanas que están surgiendo
como tales.26 Ello va a llevar a desarrollar una interconexión
profunda con las economías dominantes, que no necesariamente
se construye como dependiente desde el punto de vista de la
modernidad.27 De hecho, la configuración final de las colonias
españolas, sus órdenes y dispositivos, son un elemento que
devela y demuestra la presencia de esta forma de modernidad
concreta, la modernidad barroca, para la cual reservaremos el
último apartado.

24
Immanuel Wallerstein, El moderno sistema mundial, vol. 1, Siglo XXI,
México, 2014.
25
Yves Lacoste, “Méditerranées (les)”, en Yves Lacoste (edit.), Diction-
naire de Géopolitique, Flammarion, Paris, 1993, pp. 995-1002.
26
Bolívar Echeverría, La modernidad de lo barroco, op. cit.
27
Marcello Carmagani, El otro Occidente. América Latina desde la invasión
europea hasta la globalización, fce, México, 2011.

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La modernidad barroca de América Latina

El proyecto de modernidad del que estamos hablando está ca-


racterizado por la construcción de una Europa fuera de Europa,
que termina reconstituyéndose en la construcción de América
a partir de un mestizaje completo de las formas; a esto Bolívar
Echeverría lo llamó una construcción barroca, ya que parte de
dos dramas.28
El primero es el de la conquista y la evangelización. El es-
quema civilizatorio europeo no puede completar plenamente
su reproducción en el continente americano porque, si bien
efectivamente son los europeos los que están realizando la
conquista y la evangelización, pensar que existía una interco-
nexión profunda entre metrópolis y lo que se llegó a conformar
como colonia es difícil. Los ciclos de reproducción del capital y
de comunicación están concatenados a la técnica, a la tecno-
logía, ¿cuánto puede tardar el flujo de factores de capital o de
información a través de una interconexión fáctica a partir del
Atlántico en el periodo de 1500 a 1600? No están plenamente
en comunicación, y esto lleva a que en determinado momento
los españoles se vean como una minoría profunda en el terri-
torio del nuevo mundo, situación que les dará estatus más a la
larga. Lo cierto es que no pueden completar una reproducción
social propiamente europea a pesar de ser ‘victoriosos’, porque
desde el punto de vista de la población son demasiado débi-
les dentro del territorio.
Además, en dicho territorio existe otra contrafuerza mu-
cho más numerosa que Bolívar Echeverría llama ‘natural’: las

28
Bolívar Echeverría, Modernidad de lo barroco, op. cit.

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sociedades indígenas. Sin embargo, están en peor situación


que los españoles, ya que después del conflicto, no existen
como centros de sintetización social de la misma manera en
que existían anteriormente. Aunado a ello, han sido aniquiladas
como totalizaciones político-religiosas, y si bien se mantiene
una fuerza en destellos culturales, ésta se encuentra desarticu-
lada. Ello significa que hay una dependencia a las instituciones
político-religiosas españolas para poder mantener en la propia
reproducción de la vida fáctica. Es un panorama de enorme
complejidad, pues significa que el español debe construir un
mundo europeo sin las capacidades de construirlo, con sujetos
y formas societales que no sólo no son europeas, sino que son
su contraposición completa: son su otro radical. Ese intento
desesperado para compensar la destrucción del mundo “natural”
da pie al segundo drama.
Ese drama es el del mestizaje civilizatorio-cultural. Dentro de
la conquista y la evangelización, hay un proceso semiótico fuerte
en donde se golpean y se destruyen los procesos societales e
integrales entre sí, pero que a su vez son retomados por los
sujetos para poder reformularse y reconstruirse. De esta suerte,
el sujeto se somete a una alteración “esencial”. Ello es muy claro
en el siglo xvii: si bien la colonización empieza con proyectos de
explotación directa y esclavismo,29 para el siglo xvii podemos
ver que hay un aumento pronunciado de todas las formas de
mestizaje no sólo desde el punto de vista cultural, sino incluso
biológico. Es entonces que se cristalizan todas las estratificacio-
nes de la sociedad a partir del sistema de mestizaje en sí y que

Howard Zinn, La otra historia de los Estados Unidos, Siglo XXI,


29

México, 1999.

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hay un decaimiento de la idea de lo ‘puro’. Es decir, existe la idea


del ‘peninsular’, una toponimia, como figura político-económica,
pero el grueso de la alta burguesía es “criolla”: la propia palabra,
el criollo como concepto habla de una falta de ‘esencia’ que se
espejea en la construcción socioterritorial.
Además, desde el punto de vista de la economía, si bien se
mantiene una economía extractivista minera, ésta se debilita
como forma preminente de explotación colonial rápidamente
durante el siglo xvii. Esto se ve reflejado en un decaimiento en
el tráfico de esclavos hacia las colonias españolas y en el sur-
gimiento de manufacturas propias y comercio agropecuario.30
¿A qué se refiere Bolívar Echeverría al emplear el concepto
de “barroco”? Veámoslo de la siguiente manera: si vamos al
centro histórico de Quito y nos ponemos en medio de la
Iglesia de la Compañía, notaremos que de manera aislada las
diferentes figuras que adornan su nave central son elementos
“clásicos” desde el punto de vista arquitectónico. Las flores,
viandas, querubines, entre otros presentes, son claramente
de tradición europea premoderna. Sin embargo, observamos
que, al conjuntarse de forma vertiginosa, fenomenal, la manera
en que se ensamblan estos elementos termina llenándolos de
matices caleidoscópicos dentro de su repetición y continua
rearticulación. Así, a pesar de que de manera aislada provengan
de Europa, acaban construyendo y creando un panorama
completamente diferente en sí, lejano del canon clásico. Un
admirador del arte clásico diría que se trata de un exceso, de
una abominación que traiciona las convenciones. En realidad, es

30
Marcelo Carmagani, op. cit.

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algo completamente nuevo, el estilo barroco. Este último es pro-


ducto estructural del tipo de modernidad que observa Bolívar,
pues es un juego de formas que dentro del sistema tradicional se
empiezan a convertir en su propio sistema, en su propia manifes-
tación de modernidad y que, por tanto, se reflejan en la produc-
ción de espacios.
Imagen 3
Iglesia de la Compañía

Fuente: <https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/5/5e/
Iglesia_de_La_Compa%C3%B1%C3%ADa%2C_Quito%2C_Ecuador%
2C_2015-07-22%2C_DD_131-133_HDR.JPG/220px-Iglesia_de_La_
Compa%C3%B1%C3%ADa%2C_Quito%2C_Ecuador%2C_2015-07-
22%2C_DD_131-133_HDR.JPG>.

No sólo está la producción de la región en su dinámica co-


mercial. Encontramos interconexiones transecalares sumamente
dinámicas entre las ciudades, las haciendas y las plantaciones,
donde cada una de éstas se encuentra enfocada en diferentes
formas de la reproducción del capital. Mientras que las ciuda-

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des efectivamente son el núcleo burgués por definición, también


se convierten en los centros religiosos que dan sentido al orden
sociopolítico. Hay, a diferencia de una modernidad más europea
que comienza a enfocar sus esfuerzos en la división entre el
poder secular y el poder espiritual, una conjunción dependiente
perfectamente articulada. Las ciudades son también el centro de
los negocios en las que se ejerce el control de las finanzas. Por
tanto, los espacios urbanos en América Latina son los focos a
partir de los cuales se articula la conexión con las otras formas
de modernidad y con los respectivos mercados que se están
produciendo.
Es plenamente identificable en la cuadrícula del centro
histórico de Quito, ciudad producida entremate en la mo-
dernidad barroca, donde el orden racional y geométrico está
presente, más supeditado en función del sistema de catedrales
y de mercados que generan un orden público que descansa en
cualidades estéticas con múltiples isotopos que desgranan la
relación teológica/política/económica/racional.
Desde esa perspectiva, funcionan como bisagras: por un
lado, concentran los productos y el intercambio derivado de la
producción en las plantaciones que están construidas para una
demanda de mercado global, por lo que en su mayor parte son
reproducidas a partir de salarios paupérrimos o con mano de
obra esclava.31 Por otro, articulan también la producción venida
de las haciendas que cubren buena parte de la territorialidad de
América Latina, y presentan una diversificación de mercados y
alcances mucho más compleja.

31
Eric Williams, Capitalismo y esclavitud, Traficantes de Sueños, Ma-
drid, 2011.

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216 Federico José Saracho López

Imagen 4
Traza de la ciudad de Quito

Fuente: K. Peyronnie y R. Maximy, Quito Inesperado, de la memoria a la


historia crítica, Institut français d’études andines, Abya Yala, 2002, doi:
<10.4000/books.ifea.3645>.

El esquema de hacienda es particularmente relevante desde


el punto de vista de la producción del espacio porque es donde
se desarrolla la cotidianidad de una enorme porción de la po-
blación. Podemos verlas como modernidades feudalizadas que
empiezan a funcionar de manera plena en el siglo xvii y que van
a mantenerse en reproducción hasta el siglo xx. Ello habla de
lo funcionales que eran dentro de la complejidad del sistema
capitalista. Son articuladas sobre asentamientos indígenas pre-
existentes y transformadas en lugares dedicados a la producción
de materia prima. Posteriormente, empiezan a evolucionar hacia

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El lugar de lo barroco... 217

manufacturas, y para el siglo xix representan los primeros polos


de industrialización.32
Además, se convierten en los nodos de infraestructura de
los espacios no urbanos; muchas de las obras hidráulicas o de la
territorialización de las comunicaciones, como caminos, ferroca-
rriles, electricidad, por citar algunos, surgen y se interconectan
en la región a través del sistema de haciendas. Por último, pero
no menos importante, se constituyen a través de las dinámicas
religiosas y las reproducen gran parte la tradición, como la fies-
ta patronal, que se construye a partir de la lógica hacendaria.
Esto nos muestra una gran complejidad, pues se está uniendo
todo este “mundo” de la producción a una economía abierta al
globo, al mismo tiempo que desarrolla estructuras cerradas que
devienen en estructuras capitalistas particulares.33
Para el peón de la hacienda el mismo hacendado que es toda
burguesía es prestamista, paga el salario y es el comerciante
con el que ha de adquirir los productos que necesita. Repre-
senta ciclos de acumulación del capital bastante cerrados que
entronizan de manera mucho más rápida a la clase burguesa
dominante y que se relacionan con las clases subalternas a partir
de la mediación de formas de religiosidad.
El espacio producido se estetiza claramente, pero se ordena
de manera difusa; si observamos las imágenes de los cascos de
las haciendas, se puede concluir que si bien algunas están in-

32
María Teresa Joaquín Ortega et al. (coords.), Origen y evolución de
la hacienda en México: Siglos xvi al xx, Col. Mich/uia/inah, México, 1990.
33
María del Carmen López Núñez, “El papel de la hacienda como forma
de vivienda coleciva y sus transformaciónes en la región de Morelia, Mich.,
México”, Scripta Nova, vol. 7, núm. 146 (054), agosto de 2003.

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tentando copiar la idea de un patio central, como en las casas


que tenían aquellos mismos burgueses hacendados en la ciudad,
éstos no funcionaban como un espacio público de encuentro,
como sí funcionaban en la urbe,34 por el contrario, son una
donación de forma.
Ello nos lleva a afirmar que estos sistemas económicos
cerrados se reproducen a través de la construcción de un
espacio absoluto, como lo llamaría Lefebvre, en el sentido de
que tienen una constitución y una morfología vinculadas con
la idea de lo sagrado que refleja una estructura de segregación
socioespacial y que, por tanto, lo que está provocando es un
orden jerárquico:35 una ‘armonía’ entre el núcleo (la casa) y el
entorno (la hacienda). Asimismo, tiene un espacio de repre-
sentación con un valor simbólico profundo, y esos niveles de
valor se expresan en su arquitectura: desde lo alto, lo horizontal,
que es la construcción única, de generalmente de dos o tres
niveles, además de la parroquia o la iglesia. Por otro lado, está
lo bajo, que eran las mazmorras, donde generalmente estaban
aquellos considerados criminales. En ese sentido, producen un
aspecto mítico, donde la propia lógica de la hacienda deja clara
la noción de ‘dónde está el bien y dónde está el mal’ desde un
lente judeocristiano. Además, la casa cuenta siempre con una
capilla amplia que pueda recibir a los habitantes de la hacienda,
materializando en ella una doble representación: tanto “casa del
Señor” como “casa del señor”.
Para Lefebvre, el espacio absoluto es un espacio que se
construye preminentemente en formas premodernas o mo-

34
Idem.
35
Henri Lefebvre, op. cit.

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dernas no matematizadas; sin embargo, con Bolívar Echeverría


repensamos los alcances de esa concepción, pues vemos estas
configuraciones territoriales absolutas que están trabajando a
partir y para la dinámica capitalista moderna; se trata de una
modernidad alterna a la que, observa Lefebvre, se revela en la
producción de su espacio.
Esto nos lleva a preguntarnos: ¿por qué en esta globaliza-
ción estamos concibiendo una modernidad única? ¿Por qué
lo estamos viendo como un proceso total, como una esfera?
Si bien el proyecto civilizatorio capitalista es “uno”, a pesar de
las múltiples modernidades que hemos abordado, debemos
reconocer que actualmente impera un proyecto de modernidad:
el americano. La dominación de la modernidad americana, no
obstante que acaba con la globalización, empieza con América
Latina. Si bien durante el siglo xvii ambas modernidades están
tanto en competencia como en intercomunicación a través de
sus burguesías particulares, desde el principio de la construc-
ción de Estados Unidos, como bien señala José Luis Orozco,36
hay un proyecto de expansión que implica la consolidación de
los intereses norteamericanos a través de la subordinación del
continente entero.

El triunfo de la modernidad americana.


A modo de conclusión

La preminencia de la modernidad americana puede observar-


se claramente a partir de las primeras décadas del siglo xix.

36
José Luis Orozco, De teólogos, pragmáticos y geopolíticos. Aproximación
al globalismo norteamericano, Gedisa/unam, México, 2001.

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En 1823 surge en Estados Unidos la famosa Doctrina Monroe,


‘América para los americanos’, que si bien es una declaratoria de
intención, empieza a concretarse en términos espaciales hasta el
final de la Guerra Civil Norteamericana en 1865, a través de la
explosión empresarial que representó una verdadera revolución
corporativa,37 y donde la expansión de los intereses en nues-
tro continente devino en la territorialización de su presencia
constante en aras de consolidar el domino de recursos estra-
tégicos y las vías de comunicación comercial.
Reflejo de esto es que podemos empezar a observar la intru-
sión del espacio abstracto en los espacios absolutos de nuestro
continente. De 1880 a 1940, comprende el periodo en el que se
da el proceso de desmantelamiento de la hacienda. Resultado de
la destrucción de este tipo de producción particular, se da una
hiperconcentración poblacional en las ciudades, traducida en un
ejército de reserva mucho más nutrido, que a su vez permite una
industrialización regida, en términos abstractos, a partir de la
forma americana. Es posible verlo como un engranaje complejo
en el que se utiliza la matriz del discurso del progreso para crear
la representación del ‘atraso’ en cuanto a la modernidad de la
propia América Latina. No obstante, en términos sistémicos, ese
“atraso” se da en términos de la modernidad americana, negando
el reconocimiento de nuestra modernidad que, si bien no era
plenamente industrial, era profundamente funcional.
Sin embargo, la forma barroca se mantiene vigente en nues-
tras espacialidades; tenemos en nuestras ciudades la convivencia
entre espacios absolutos y espacios abstractos que tanto se les
obliga a armonizar, a la vez que constantemente se contradicen.

37
José Luis Orozco, La revolución corporativa, Fontamara, México, 2004.

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El lugar de lo barroco... 221

Esa contradicción crea tensión, pero dentro de esa tensión crean


lógicas de comunicación: son dos órdenes contrarias que a final
de cuentas están generando una síntesis en la cotidianidad que
vivimos. Esto forma sujetos particulares para el capitalismo y
nosotros, dentro de nuestras urbes o espacios, afrontamos ese
capitalismo brutal de una manera particular.
Vale la pena reflexionar entonces la construcción del ethos
que, señala Echeverría, se configura a través de la presencia del
mundo en nosotros: los usos, las costumbres, pensamientos
automáticos que tenemos. Sin embargo, también es una forma
dialéctica donde hay una presencia de nosotros en el mundo,
de cómo se nos trata dentro de él y de cómo nos producimos
como sujetos.38
Nosotros formamos estos ethos para poder encarar la bru-
talidad de la realidad capitalista; Bolívar Echeverría reconoce
cuatro formas de ethos: el realista, el trágico, el romántico y el
barroco, mismo que se puede presentar en cualquier lugar pero
que, por las condiciones concretas históricas y materiales de
América Latina, es proclive a desarrollarse en nosotros. Este ethos
nos afirma que vivimos una realidad capitalista que no estamos
dispuestos a aceptar: no naturalizamos la artificialidad, por el
contrario, constantemente estamos haciendo una denuncia
de ésta. No negamos la tragedia que estamos viviendo en los
procesos de dominación, de hecho, la reconocemos hasta cierto
punto como inevitable, pero nos resistimos a aceptarla. Esta
manifestación presente en la sujetidad de algunos de nosotros
hace que, si bien estamos trabajando dentro de los parámetros

38
Bolívar Echeverría, La modernidad de lo barroco, op. cit.

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del sistema capitalista, nos encontremos en continua resistencia


al mismo y ello permite una apertura creativa.39
El ethos barroco permite abrir un abanico muy amplio para
repensar los contornos de nuestro mundo, de cómo reconsti-
tuirlos, y admite la concepción y construcción de otros mundos
posibles, no necesariamente capitalistas; nos da una base poie-
tica, como diría Lefebvre, creativa, que permite la posibilidad de
la negatividad: como denuncia hacia las condiciones concretas
del capitalismo y de la manera en que éste nos subsume y como
construcción de algo alterno como afirmación de la voluntad
de no existir bajo su sombra.
La historia del arte llama al barroco un horror vacui, un miedo
al vacío, para describir el relleno de todos los espacios dentro
de su configuración. Ante ese horror a no ser nada, la apuesta a
la negatividad posible en nuestros actos es quizá, parafraseando
a Vaneigem, que seamos todo.

39
Idem.

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