Está en la página 1de 2

Chileno, florentino, chino*

Por César Aira

Tres historias acerca de la pedagogía, historias para aprender. El método de evaluación


de sus alumnos empleado por el pintor chileno Adolfo Couve, las técnicas de
aprendizaje empleadas por el genial autodidacta Leonardo da Vinci y el severo sistema
de exámenes empleado en la burocracia imperial china. Fábulas «rigurosamente
históricas» para abordar la cuestión de fondo: el saber. ¿Es condensable? ¿Basta un
signo?
Uno de los tantos libros que me gustaría escribir, o mejor, leer, sería una recopilación de
historias curiosas de la pedagogía. Habría abundantes puntos de identificación, porque
todos hemos pasado por una forma u otra de educación, y la forma de pasar es mediante
sucesos memorables. Son historias que hacen pensar y soñar, historias que inspiran, más
que otras, quizá porque de todas las historias uno quiere aprender algo, y éstas muestran
cómo hacerlo. He aquí tres, que encontré al azar de unas lecturas ociosas.

En el catálogo de la retrospectiva póstuma del pintor chileno Adolfo Couve, también


extraordinario escritor, una ex alumna y ayudante en su cátedra universitaria (creo que
de Teoría de la Pintura) cuenta el curioso método al que había llegado Couve para
abreviar el farragoso trámite de los exámenes. Le hacía al alumno una sola pregunta:
«¿Sabe?» El alumno debía contestar con una sola palabra: «sí» o «no». Y no era una
trampa: al que decía «sí» lo aprobaba, al que decía «no» lo hacía repetir el curso. ¿O sí
era una trampa? Uno se pone a pensarlo, y es bastante abismal. Más abismal debía
resultarle a los alumnos que no tuvieran una respuesta preparada (aunque ¿cómo
prepararla?).

La narradora de esta anécdota, de la que fue testigo presencial muchas veces, deja
registrada la angustiada impotencia de los auxiliares de la cátedra al ver reprobados a
excelentes alumnos que apostaban a la autoexigencia, y aprobados a falaces simuladores
que no habían abierto un libro en todo el año.

Couve era un hombre extravagante, neurasténico, irritable e imprevisible. La presencia


del genio en una obra rescata los defectos, rarezas e injusticias del hombre que la creó.
Por el mismo mecanismo, sus descubrimientos prácticos más valiosos suelen ser
despreciados como engranajes de un sistema idiosincrático que sólo vale dentro del mito
personal de ese genio. Supongo que ningún profesor que no sea Couve se atrevería a
emplear su brutal cuestionario de todo-o-nada. Y sin embargo, habría que pensarlo.

El protagonista de la segunda historia también es un pintor que no fue sólo pintor, pero
no se refiere a la pesadilla adolescente del examen sino al sueño adolescente de saberlo
todo. En cierto momento de su vida, hacia los cuarenta años, Leonardo da Vinci quiso
aprender latín, lengua cuyo dominio necesitaba para consultar fuentes en sus estudios
científicos. Leonardo no había hecho sus humanidades con maestros, era un autodidacta,
y como tal inclinado a las soluciones artesanales, de tipo «cortocircuito». La que se le
ocurrió en este caso es llamativa, y coherente con sus hábitos de anotador compulsivo:
copió, de la primera página a la última, con su prolija escritura en espejo, una gramática
latina, la mejor disponible entonces. Tras lo cual (y aquí nos estremecemos), copió
también completo un diccionario latino, palabra por palabra. Con admirable intuición
lingüística, supo que una lengua consiste de una gramática y un léxico, y con la lógica
sucinta de los niños y los sabios, se puso a la tarea de aprenderlos. Por supuesto,
gramática y léxico no se articulan solos. La originalidad de Leonardo estuvo en suponer
que la copia manuscrita, con su coordinación de ojo, mano y mente, podía actuar como
sistema.

La pedagogía moderna, y los modernos métodos de aprendizaje de idiomas en


particular, han afinado mucho los atractivos y facilidades, a tono con la demagogia
general que ha llegado a confundirse con la vocación pedagógica. Pero hice el
experimento de contarle esta historia a varios jóvenes, formados en las seducciones de
una didáctica hecha a la medida de quienes no quieren aprender

… y todos se mostraron entusiasmados. Aquí también: habría que pensarlo.

Tercera fábula, tan rigurosamente histórica como las anteriores. La burocracia imperial
china había instaurado en la promoción de mandarines un severo sistema de exámenes,
que las burocracias modernas harían bien en imitar. Pero sería difícil imitar el modo en
que se tomaban estos exámenes. Se encerraba al postulante en un cuarto, con papel,
tinta y pincel, y la consigna era: «Escribir todo lo que supiera».

Los que se habrían entusiasmado con el método chino habrían sido, por distintos
motivos, Couve y Leonardo. El chileno quería saber si los otros sabían o no sabían, y no
le interesaba qué era lo que sabían. Al florentino por el contrario le importaba el
contenido y no la comprobación; quería saberlo todo, pero él era su propio otro. La
impaciencia de uno, la paciencia del otro, expulsaban el arte, que era lo que compartían
los dos, y que los chinos volvían a poner en su lugar. En efecto, ¿a qué saber apela el
que escribe un poema o pinta un cuadro? A todo, evidentemente, a todo lo que ha vivido
y leído y visto y pensado. El postulante chino con su pincel y su pastilla de tinta no tenía
más que escribir una sola frase, o una palabra, o un signo. En la menor marca que uno
deja sobre el papel está cifrado todo lo que sabe, el mismo todo que estaba cifrado, para
el que supiera oírlo, en el «sí» o «no» de los estudiantes chilenos.

* Revista Penúltima: Proyecto Pringles


http://revistapenultima.com/chileno-florentino-chino-sobre-adolfo-couve-por-cesar-aira/?
fbclid=IwAR25TBeu28nBUgQCN94kcFCJdQ3kCVMsqcqihspxV9XMjt5Axll7zaOkD0k

También podría gustarte