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EL OCASO DE LA EDUCACIÓN

El pasado 23 de noviembre fue publicada (Puño y Letra, Correo del Sur) una breve
entrevista a Emilio Lamo Espinosa autor del olvidado estudio sobre la Universidad
boliviana titulado “La Reforma de la Universidad Pública de Bolivia” (Bogotá, 1998), entre
las anécdotas mencionadas por el entrevistado recuerda la animadversión generada en
las principales autoridades de la CEUB en ese entonces una vez fue presentada la
investigación al entonces Ministro de Educación Tito Hoz de Vila.
De ahí en más el estudio cayó en saco roto porque identificaba desde un punto de vista
estrictamente académico las principales debilidades del sistema universitario público
boliviano. Importante recordar el diagnóstico realizado por el estudioso español, más en
días como estos, donde, palabras más palabras menos, la misma frase se repite en medios
de comunicación y redes sociales: “parece que los bolivianos no tenemos memoria, caemos
en los mismos errores una y otra vez”
Aquí un argumento para su justificación, la educación.
Es justamente la educación el punto más delicado que se ha mantenido inmutable en su
estructura desde la publicación del estudio indicado y su deformación y degeneración se
ha acelerado considerablemente justamente por los desaciertos en las políticas públicas
en el área que tuvieron en la estructura preexistente un excelente caldo de cultivo para
multiplicar los problemas y debilidades a puntos insospechados.
Dentro de los principales problemas institucionales de la Universidad Pública boliviana
se tiene la inviabilidad económica, que lo convierte en otro sumidero de recursos
públicos demandante progresivo de fondos ante la impotencia en la gestión cogobernada
curiosamente por sus 3 verdugos: clase estudiantil, clase administrativa y clase docente.
La autonomía es el velo que permite que la Universidad Pública se asemeje al lejano
oeste, de los clásicos Westerns americanos, donde la ley se impone por los propios medios
y donde la autoridad no se ejerce, en este caso el Estado no puede fiscalizar y menos
evaluar progresos, planificación, objetivos y méritos que justifiquen una inyección
mayor de recursos públicos año tras año.
Las líneas de pensamiento dan cuenta que las improntas revolucionarias previas a la
Revolución Nacional del 52 siguen vigentes, secuestran los objetivos institucionales
educativos y limitan el rango de acción a resolver una demanda social, acceso universal
a la educación superior. Velando por el cumplimiento indiscutible de un derecho, un
derecho universal interpretado malintencionadamente tal que año tras año se sacrifica
la calidad de educación superior para dar espacio a bachilleres con una formación
primaria y secundaria involutiva proveniente de otro sistema de educación totalmente
aislado y comandado por otros grupos de poder, el Magisterio.
Una retórica que aún se maneja es que la educación es un medio en sí para lograr escalar
socialmente, una mirada tan retrograda que aún sigue en el imaginario colectivo de los
padres de familia. La Profesionalización como escalera social, un pase para ingresar a
círculos sociales privilegiados restringidos para aquellos no “dignos” que se encuentran
alejados de espacios tanto socialmente superiores como políticamente superiores.
La satanización de la Universidad Privada como un actor casi antagónico a su par Público
de carácter estrictamente mercantil que no desarrolla tareas propias de la academia
como la investigación, se ha mantenido vigente durante los años posteriores a la
realización del trabajo de Lamo. La “privatización” de la educación es uno de los miedos
infundados más ruines y retorcidos difundido por aquellos férreos defensores de los
derechos que coincidentemente usufructúan del “Status Quo” hablo obviamente de las
cúpulas de poder conformadas por el triunvirato docente-estudiantil-administrativo.
Finalmente, la desconexión entre la oferta de fuerza de trabajo (Profesionalizado) y la
demanda de trabajo (espacios de empleo) solamente desnudan el primer punto destacado
donde la educación no tiene un valor intrínseco como tal, sino más bien se constituye en
un mero requisito para escalar socialmente. El propio informe en su diagnóstico
menciona un problema en la “Verticalidad” del sistema universitario tal que se generan
cuellos de botella con los alumnos “eternizados” forzados a concluir programas
académicos para los cuales no están capacitados, traduciéndose en un pacto de
benevolencia con la clase docente llamada a resolver tales empantanamientos dándoles
continuidad sacrificando así la calidad no solo del producto final (el profesional) sino
también el prestigio (de la Universidad) y el valor específico del título académico (como
corolario de todo un proceso formativo).
No basta con lamentarse y preguntarse la razón por la cual los bolivianos caemos en los
mismos errores sin mostrar capacidad alguna de aprendizaje y reflexión. Es necesario
reconocer los problemas reales, demandar la verdad de nuestros gobernantes, de nuestra
clase política, de nuestros representantes por más incómoda que esta parezca ser.
La educación siempre fue uno de los caminos abiertos para deshacernos de esa molesta
etiqueta de país de “Tercer Mundo”, el único inconveniente es que sus resultados solo son
visibles en el largo plazo; en palabras del tristemente célebre Sir John Maynard Keynes
“en el largo plazo estamos todos muertos” , pues bien en el largo plazo seremos parte del
lento ocaso de la educación y con ella nuestra única oportunidad de hacer frente a los
desafíos planteados por el subdesarrollo y eventos adversos extremos como los derivados
del COVID-19.
Por: Carlos Armando Cardozo Lozada
Economista, Máster en Desarrollo Sostenible y Cambio Climático, Especialidad en Gestión del
Riesgo de Desastres y Adaptación al Cambio Climático, Presidente de Fundación Lozanía