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LECCI ON LUZ ¥ A MOR”

Volumen extraordinario
P. FEDERICO DE SAN JUAN DE LA CRUZ,
Cfwroelita Descalzo

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EDITORIAL DE ESPIRITUALIDAD
Triano, 7. MADRID . Í6
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COL ECCI ON ’ LUZ Y AMOR

Volumen extraordinario
P FFDER1CO DE SAN JÜAN DE LA CHUZ,
Cjucmelita Descalzo
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HISTUMSFHΟ
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EDITORIAL DE ESPIRITUALIDAD
Triana, 7. MADRID - 16
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quoraínus imprimatur

fr. Joseph· Vfncentius ab Eucharistia,o. c, d


ir. ürbanus a Jc§u Infante, o. c. d.

IMPRIMI P O TEST
Roniae, d. 17 aprílis 1961

fr. Anastasius a SS. Rosario


Pracpositus G «ncralí9 O . C. D.

J CENSURA ECLESIASTICA
Pr O
Todos venimos al mundo con una misión particular. Si
cualquiera de nosotros, tú o yo, no hubiéramos recibido esa
vocación existencial concreta, no existiríamos. Nada crea
Dios sin destino. Quita a María su Maternidad divina, y no
es ya una mujer cualquiera. Simplemente, no existe. Pues
como ella nosotros.
Nuestro titulo de existencia es ligeramente diverso. Dios
nos ha creado para ser cristianos. Pero coincide con el de
María para los efectos de ser Ul única razón de la existen­
cia. Somos cristianos, y vivimos sólo para tener tiempo de
hacernos cristianos. Paradoja, pero sin enigma. Lo somos
ya, porque el cristianismo es un don divino, que previene
todo mérito en él individuo. Como, además de ser un don,
contiene un germen, lucha por él desarrollo. Trigo es ya
el grano enterrado en el surco. Pura esperanza, comparado
con la espiga que va buscando. Hombre es él que asi nadó.
Pero bien pobre es la humanidad de aquel que la posee como
se la entregó la naturaleza, sin habérsela él después fabri­
cado personalmente. Miserable condición la del cristiano que
lo es únicamente por él bautismo.
Esta riqueza pensamos ahora explotar. Antes y por en­
cima de toda otra vocación personal. Obrero, religioso, após­
tol, sacerdote, son vocaciones que piden especial cultivo. Mas
carecen de sentido, cuando su perfeccionamiento no activa
paralelamente el superior destino cristiano del individuo que
las posee. ¿Cómo puede un apóstol, cristiano a medias, for­
mar nuevos cristianos de cuerpo entero? Son fines parciales
y subordinados. Se entrevé ya el intento. Al decir cristianos,
no me refiero solamente a las personas que suele llamarse
6 PROLOGO

simples cristianos. Aludo más bien a ese fondo común de­


cisivo, presente en todos los cristianos, aun en los que han
recibido una vocación ulterior dentro del cristianismo. Para
todos. Es un estrato descuidado por los mismos que hablan
de santidad. Personas embebidas en actividades cristianas
mantienen su espíritu en una actitud pagana. Contemplan
su trabajo, el mundo circundante, a Dios, como pudiera mi­
rar estas mismas cosas un israelita del Antiguo Testamento
o un pagano de conciencia delicada.
El presente libro nace de esta urgencia¡. Habla de ella
«n asperezas ni suficiencia, pero con mucha sinceridad. Bus­
ca ei fondo del hombre anterior a su conducta. Quiere for­
mar una mentalidad y una actitud cristiana, refundir el
espíritu del cristiano con la visión armónica de su destino
y de sus posibilidades. No es un código de normas, obliga­
torias en igual sentido para todos. El lector irá viendo cómo
intencioncodamente se evita semejante finalidad. Siento un
respeto supersticioso hacia la vocación individual de cada
uno. Cristianos por dentro quiere despertarla y enseñar a
dirigirla. Con ideas madres. Llevo él propósito de no des­
arrollar bajo todos sus aspectos los temas que aquí se to­
can. Ai contrario. Se omite todo lo que no es estrictamente
necesario para formar esa mentalidad o actitud cristiana.
Mucha idea accesoria pudiera disgregar la atención que se
intenta fijar en lo principal. Las personas de curiosidad in­
telectual encontrarán muchos libros que les satisfagan. Aho­
ra pienso particularmente en las almas ansiosas de crecer
en profundidad, más que en anchura.
Doctrina y orientación del libro tienen su origen. El Nue­
vo Testamento y San Juan de la Cruz han sido sus fuentes
principales. Influyen más de lo que pudiera suponerse por
el número de veces que se les cita literalmente. Quisiera ha­
berles entendido rectamente.
Modos posibles de acercarse al libro: ¿lectura, reflexión,
meditación, estudio, crítica? El lector escoja, tratando pri­
mero de comprenderle. Adviértase que está concebido orgá­
nicamente. De manera que no se entenderán bien las dos
PROLOGO *7

vrimeras partes sin ver su desenlace en la tercera. Y ésta


supone la orientación y elementos dados en las anteriores.
En Roma. Junto ai sepulcro de San Pedro he recordado
la figura que de este apóstol nos ha conservado el Evange­
lio. Pienso que realiza el ideal cristiano: mucho fondof aun­
que a veces poca forma, y un apego infantil a la persona
de Jesús. Un hombre que supo decir al Maestro: Si no es­
tamos contigo, si no somos cristianos, ¿qué vamos a pintar
en este mundo? (Jn. 6, 68). Hombres de esta hechura va­
mos buscando. Dirás que San Pedro no fué del todo per­
fecto. Pero ¿y qué falta le hada, si, tal como era, conquistó
plenamente el corazón del Cristo? Para mi, no deseo otra
cosa.

P. Federico (Roma)
Colegio Internacional de Carmelitas Descalzos
I

JESUCRISTO
Para el cristiano, crea la Revelación un mundo nuevo.
Una persona ocupa el centro. Jesucristo es aquí todo. En tor­
no a El se desarrolla integra la actividad interior. Hacia
Cristo caminamos. El nos comunica, en este camino, orien­
tación e impulso.
Comenzamos poniendo de relieve la persona de Cristo.
Be debe a una gran preocupación. Urge personalizar la san­
tidad cristiana. Hablando a cristianos en general, y a hom­
bres de vida interior muy delicada. En la vida de estas per­
sonas Jesucristo es con frecuencia un espectador o a lo
más un árbitro, que observa cómo se esfuerzan por cumplir
la ley y tal vez, en los momentos difíciles, ayuda a cum­
plirla.
Se impone un cambio de actitud en este punto funda­
mental. No son modalidades de libre elección. La meta del
cristiano no es una cosa, ni un estado, ni una ley cumplida.
Es una Persona: Dios. Y además la tiene cerca, Jesucristo,
para que pueda intimar. La idea de observancia se convierte
en una psicología de trato personal. Relaciones que no han
de ser cálculo, sino amor. Quizás el amor sea más exigente,
riguroso y detallista que la misma ley. Pero es amor, inti­
midad creciente.
Camino, Verdad, Vida. Tres aspectos concretos en que
Cristo mismo condensa el significado de su Persona para la
Humanidad entera y para cada hombre en particular. No
conocemos todo el alcance literal de estas palabras, cuando
el Señor las aplica a si mismo en el Evangelio. De todos
modos, resumen bien, en sus líneas generales, el sentido que
Jesucristo quiere dar a su misión entre los hombres.
C apítulo 1

LA LUZ DEL M UNDO

1.— C lave de la Historia .

Nadie ríos ha dejado una visión panorámica tan clara


;y exacta de la Persona y de la obra de Cristo, como San
Juan Evangelista en el prólogo de su Evangelio1. Es un
compendio de la Historia Universal. Pudiera igualmente figu­
rar con propiedad en cabeza a toda la Biblia. Da la clave
para entender las vicisitudes de la vida colectiva e indi­
vidual.
Misterios sublimes, que el Apóstol impregna de expe­
riencia personal inmediata. El Prólogo, como la realidad que
explica, es una mezcla de grandiosidad y de amor tierno.
Por una parte, Jesucristo que crea y ama. Lo refiere San
Juan, teólogo y amigo.
El relato está ordenado en tres secciones. En ellas des­
cribe sucesivamente las relaciones del Verbo con Dios, con
el mundo en general, con los hombres. Todo se ordena a
manifestar el sentido de su última visita a la Humanidad
por medio de la Encarnación, que es precisamente la que
al evangelista más interesa.
Jesucristo, que luego ha de ser Maestro, conocia perfec­
tamente a Dios. ¿Cómo no habla de conocerle, si desde el
principio «estaba con Dios y el mismo Verbo era Dios»?
Conocía igualmente al mundo y al hombre. Por El fueron

1Jn. l, 118 Procuraré citar la S. Escritura en sentido llano, evi­


tando las acomodaciones
CRISTIANOS POR DENTRO

creadas todas las cosas. Ni la esencia, ni el detalle de ser


alguno, brotaron independientes de su mano creadora. Les
conoce en su honda individualidad, porque fue El quien
forjó, primero en su mente y luego en la realidad, el ser
exterior e íntimo de cada cosa. «En El estaba la vida.» Los
seres creados le deben lo que ya son. Y además toda el ansia
y ia posibilidad de mejorar que llevan dentro. Anhelos de
conocer a Dios y al mundo, de ser más hombre, de gozar,,
son manifestaciones de la vida. Todo ello es, por tanto, un
regalo que el hombre ha recibido antes de salir de las ma­
nos del Verbo. Porque «en El estaba la vida».
Después de haberse hecho anunciar del Bautista, se
presenta en el mundo Jesucristo mismo. ¿Qué intenciones
trae? Viene decidido a intervenir en la vida religiosa deL
hombre. Es la verdadera luz que, viniendo al mundo, ilu­
mina a todos. En nuestro lenguaje, subordinando las ideas„
diriamos que viene al mundo para iluminar a todos los
hombres. Viene a instruir y, sobre todo, a obrar. Busca
voluntarios que quieran recibir la vida divina, para con­
vertirles en hijos de Dios.
Primer contratiempo. Jesucristo viene a los suyos, y
éstos no quieren recibirle. En el Antiguo Testamento se
toe¿ el anhelo y la esperanza del pueblo de Israel, posesión
de Dios celosamente guardada durante siglos. Toda su his­
toria es una preparación a esta venida. La expectación de
todo un pueblo, ansioso de verdad y liberación, se refleja
en la respuesta de la samaritana a Jesús: «Yo sé que el
Mesías, el que se llama Cristo, está para venir, y que cuando
venga, nos hará saber todas las cosas2. Sociedad e indivi­
duos sienten, en Israel, idénticas ansias de verdad. Y saben
que únicamente Cristo puede satisfacerlas. Llega el mo­
mento tan esperado, e Israel no acoge la luz bienhechora«
Nunca habían imaginado que pudiera venir en traje tan
humilde.
Solamente unos pocos le reconocieron. Fué una suerte,

- -In. 4. 25.
LA LUZ DEL MUNDO 13

porque a éstos les dió el poder ser hijos de Dios. Mejor


dicho, íué una gracia inmensa. San Juan lo dirá más
tarde. Si él y esos pocos más se dieron cuenta de que el
Verbo está allí y le siguieron, fué porque Dios se lo ad­
virtió y les arrastró en su seguimiento.
Aunque son pocos los que se aprovechan, Jesucristo trae
una misión de carácter universal: «La Ley fué dada por
Moisés, la gracia y la verdad vino por Jesucristo. A Dios
nadie le vió jamás; Dios Unigénito, que está en el seno
del Padre, ése nos le ha dado a conocer.»
Moisés había sido mediador de una ley imperfecta.
Impone la obligación y establece castigos graves para quien
no la cumpla. El hombre sigue interiormente tan miserable
como antes. Es más, la impotencia de observar toda la
ley le agrava el sentimiento oprimente de su miseria. Moi­
sés no podía redimir a la Humanidad. A sustituirle viene
Jesucristo, que comunica el conocimiento de Dios y la gra­
cia, renovación interna. Antes de El, nadie conocía a Dios.
Nadie sabía cuáles eran sus designios sobre la redención del
liombre.
La generosidad de Dios, que previene, es la verdadera
ley del Nuevo Testamento. Introduce el trato de persona
a persona. Coloca al hombre en tal necesidad de amar a
Dios, que lo haga con la naturalidad con que se cumple
un instinto. El Verbo instruye y capacita para el amor
filial. Luz que al mismo tiempo calienta y da vida. Jesús
cambia la actitud religiosa del hombre. Antes consistía
la religión en una búsqueda intelectual y afectiva de Dios.
El esfuerzo humano en primer término. A tientas y ca­
yendo muchas veces, había conseguido avanzar algunos pa­
sos. El judaismo enriquece los conocimientos religiosos. El
cristianismo transforma la vida religiosa, poniendo como
base un elemento nuevo. El nuevo fundamento de la vida
religiosa del hombre no es ya su marcha hacia Dios, sino
la venida de Dios al hombre. Sin suprimir la diligencia
humana y sus conquistas, las sobrepasa. No contento Dios
14 CRISTIANOS POR DENTRO

con dejarse buscar por los hombres, ha tomado El mismo la.


iniciativa. De un conjunto de verdades y obligaciones que
era antes la religión, se ha convertido en un trato personal.
Es un don de Dios. Antiguamente el hombre hablaba sin
aparente respuesta. Después de la Encarnación, Dios respon­
de, o más bien, es El quien da principio al diálogo.
San Juan completa la visión teológica con un poco de
experiencia personal.
El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. El Evan­
gelista dice literalmente: «fijó su tienda entre nosotros».
Alusión ciara a la idea ambulante de los nómadas, frecuente
en aquellas tierras. Hoy en un sitio y poco después en otro.
No tienen largas permanencias. Cuando San Juan escribía
estas palabras, habían pasado ya sesenta años desde la As­
censión del Señor. Con Jesús había estado sólamente tres,
cuando era joven. Después de tanto tiempo, el trienio de con­
tacto con el Maestro le parecía breve conversación con un
peregrino. Jesús había pasado por la historia del mundo y
de su vida como una ráfaga. Pero dejando una huella im­
borrable.
Fijó su tienda entre nosotros. Un nómada emplaza su
tienda en el desierto. ¿Cómo pudo Cristo fijar su tienda en
medio del pueblo? Un israelita percibe sin dificultad la refe­
rencia. San Juan piensa en los años que el pueblo israelita
vivió en el desierto, cuando volvía de Egipto. En medio del
campamento estaba la tienda, que ocultaba el Arca de la
Alianza. Era el testimonio visible de la presencia continua y
de la asistencia de Dios a su pueblo. Dios presente, Dios ve­
lado por la tienda.
El Verbo ha fijado también su domicilio en medio de
nosotros. «Y vimos su gloria». Ha querido velarse tras la
tienda de la carne humana que ha tomado. Pero no se hft
escondido del todo. A pesar y a través de su humanidad,
hemos visto su gloria verdadera: es nada menos que el Uni­
génito del Padre, lleno de gracia y de verdad. El resplan­
dor de su Divinidad se traslucía a través del velo humano.
LA LUZ DEL MUNDO

Delataban su presencia los rayos que dejaba escapar el teji­


do de la tienda. Mucha misericordia con todos, condescen­
dencia infinita con nosotros los apóstoles, el poder ilimitado
de su voluntad. La figura que de El conservo no es fruto de
una meditación. «Le hemos oído, le hemos visto con nuestros
ojos y le tocaron estas mismas manos» 3. Imaginamos que el
apóstol, al escribir esto, examina minuciosamente sus ma­
nos, intentando descubrir alguna huella de aquel tacto re­
petido.
La historia de la ver· ida de Jesús al mundo se renueva
exactamente la misma en el acercamiento de Jesús a cada
individuo. El Evangelista la proyecta en todo su Evangelio.
Con ella explica el misterio de los que creen y de los que re­
chazan la misión de Jesús durante su vida terrena. Sigue
realizándose. Cristo se acerca a cada uno en particular. En
los que le conocen ya, es un conato de ulterior intimidad.
La Providencia va ordenando la vida entera y todos los pa­
sos del hombre para ese encuentro. Por fin, Jesús llega. Algo
velado por las circunstancias o por intermediarios. Pero
siempre de manera que se le pueda fácilmente reconocer.
Para quien no le recibe, en el prólogo termina la historia.
Quien le acoge, sigue por el camino de la gracia, la verdad,,
la filiación divina...

2.— E l M aestro .

Durante toda su vida ha manifestado Jesucristo una ex­


tremada reserva frente a los títulos que le atribuyen sus
entusiastas seguidores. No han de llamarle bueno; no deben
difundir que es Hijo de Dios. Lo hace por modestia y pro­
videncia.
El mismo, en cambio, se arroga el titulo de Maestro: «Vo­
sotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque de
verdad lo soy» 4. No consta en el Evangelio reconvención
3I jn. 1, 1.
«Jn. 13, 13.
CRISTIANOS POR DENTRO

alguna para los que le dan ese nombre. Lo reclama y lo


ejercita. Forma parte esencial de su misión. El pueblo lp
advierte ya al principio de su vida pública: Jesús es un
Maestro de cuerpo entero. «Cuando acabó Jesús estos dis­
cursos, se maravillaban las muchedumbres de su doctrina-,
porque les enseñaba como quien tiene poder, y no como sus
doctores» 5.
Para mayor resalte, coge la exclusiva: «Vosotros no os
hagáis llamar rabbi, porque uno solo es vuestro Maestro,
y todos vosotros sois hermanos... Ni os hagáis llamar doc­
tores, porque uno solo es vuestro doctor, Cristo» 6. Ante El,
todos somos discípulos. Es el único que posee doctrina propia.
Los demás pueden comprenderle y explicarle ulteriormente.
Pero sin novedad. En la economía cristiana vige el más
obstinado y metódico tradicionalismo.
El Magisterio de Cristo no ha terminado con la Aseen-
.sión. Cada nueva generación y cada individuo entra en con­
tacto inmediato con el Maestro. Las acciones de Jesús-
Hombre han pasado, como el tiempo en que estaban encla­
vadas. Dichosos quienes las vieron y supieron comprender­
las. Pero, en realidad, nada hemos perdido los cristianos
posteriores. Jesús pensó también en nosotros. Proveyó que
su doctrina nos llegara con un precinto de toda garantía:
el Evangelio.
Jesucristo no tiene intención de repetir a cada uno per­
sonalmente las verdades de la nueva Religión, o sugerirle el
remedio a sus necesidades individuales. Jesús sigue vivien­
do entre sus seguidores: palabras, acciones, sentimientos,
vinculados a las palabras del escritor inspirado. El hecho
de ser el mismo Evangelio para todos no se opone a su
sentido de diálogo con cada individuo. Nada tiene de pa­
recido, bajo este aspecto, con los demás libros humanos
dirigidos a una colectividad. Incluye, además, el significado
de una carta personal.
LA LUZ DEL MUNDO 17

El hecho de que Jesús hable a hombres del siglo XX


con las mismas palabras que a sus contemporáneos es una
dificultad contra la eficacia de su magisterio. Muchas per­
sonas cultas encuentran un disgusto insuperable en leer el
Evangelio, fuera de algunos pasajes. Explicaciones y len­
guaje para ignorantes, dicen. Ven afirmada una verdad
sencilla, la comprenden, y quedan descontentos, como di­
ciendo: esto no tiene gracia. Hay algo de curiosidad inte­
lectual en semejante actitud. Es el instinto humano, que
hace preferir una opinión, con pros y contras. Esta da
campo y pretexto para hacer un poco de gimnasia inte­
lectual.
Nosotros somos los interlocutores de Jesús en el Evange­
lio no menos que los que allí figuran. Pero tenemos el
inconveniente de que nos habla con el lenguaje de aquéllos.
Para ellos era normal, mientras a nosotros nos exige un
esfuerzo de acomodación. Es cierto que no todo en el Evan­
gelio tiene valor absoluto. Hay enseñanzas debidas al mo­
mento histórico y hechas para él. Pero es menester mucha
cautela para señalar las partes evangélicas ya «pasadas». El
moderno corre peligro de pensar a cada paso que la doctri­
na está condicionada por el atraso cultural de sus contem­
poráneos. Por consiguiente, que hoy nada dice y se puede
prescindir de ella.
San Agustín y San Jerónimo sintieron la repugnancia
de ese primer contacto de la inteligencia cultivada con el
Evangelio. El Evangelio no razona, lenguaje pobre y tosco,
personajes ignorantes. Acostumbrados a los clásicos de la
ciencia y de la literatura, no le sacaban jugo. Superaron
la reacción primera. Ambos han sido luego grandes enamo­
rados de la verdad sencilla. Es una evolución frecuente en
la historia del cristianismo. Personas que nada encuentran
en el Evangelio, el día que comienzan a entenderle, no
gustan de otra doctrina. Sus libros antes preferidos les pa­
recen ahora ficciones.
Hay algo eterno palpitando en el Evangelio. No lo supri­
me el progreso de la ciencia. Hoy, como hace veinte siglos»
2
1« CRISTIANOS POR DENTRO

en el Evangelio se bebe el sentido divino del mundo. Nadie


conoce el mundo mejor que Cristo, que fué su artífice.
Jesucristo dice que es Dios quien manda en cada ocasión
el sol y la lluvia. Los cabellos del hombre están vinculados
uno por uno a su cabeza por la mano detallista de la Pro­
videncia divina. A los lirios del campo, la divina solicitud
les proporciona sus colores de belleza Inimitable. Asi razo-
naban los antiguos hombres religiosos. Y asi habla Jesús,
obligando a concluir en acción de gracias y confianza7.
La ciencia ha descubierto que no es Dios quien hace toda
esa labor inmediata, sino una ley natural. Atroz invento,
dice San Agustín, que dispensa de la gratitud. Si Dios per­
mitiera que el sed no luzca de cuando en cuando, el hombre
4gra4eceria a Dios por los dias que aparece. Para mayor
gozo, para más tranquila seguridad, le hace brillar por ley»
Y el hombre, inconsciente, exclama: «No recibo de Dios el
sol, sino de la ley.»
¡Cuánta razón sigue y seguirá teniendo el Evangelio!
La ciencia progresa en su dirección. Nunca podrá suplantar
estas simplicidades evangélicas. Se halla en un estrato píe­
nos profundo. La filosofía del Divino Maestro es honda y
clara, como lo es siempre la verdad. Da una visión de Dios
y del mundo, y de sus mutuas relaciones. El anterior es
solamente un ejemplo. Les hay a centenares. Jesucristo
sigue siendo El Maestro en esta época de precisión intelec­
tual. No debe ser una prevención contra el valor de sus
enseñanzas la facilidad de comprenderlas.
Cristo, en su Evangelio, se dirige al hombre de hoy, no
sólo a través de las afirmaciones solemnes y atemporales:
«El que quiera venir en pos de mi, nléguese; si no os hicie­
reis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.»
Habla también con los hechos menudos. El lector ordina­
rio suele saltar tales pasajes. En el Evangelio busca una
serle continuada de juicios intelectuales, de verdades uni­
versales. Lo demás carece de valor. Gestos de Jesús sin

7 M t 6. 24-34.
LA LUZ DEL MUNDO

trascendencia, Impuestos por circunstancias momentánea·.


Solemos decir que la historia es maestra. El principio
vale enteramente en este campo. Efe instructivo lo que el
Señor hace en un caso concreto, con el pecador, con el
fariseo, con el jefe pagano... Es probable que con nosotros
haga algo parecido en circunstancias semejantes. Pero su­
pongamos que del suceso particular no se puede deducir
una lección universalmente aplicable. Aun así, queda en
pie el valor más importante. Esa acción concreta es una
manifestación o revelación de la Persona divina—¿te parece
poco?—. A darla a conocer se ordena toda la Sagrada Es­
critura, particularmente los Evangelios. leyendo con aten-
cosa. Conocemos sus gustos e inclinaciones, sus aversiones.
Tenemos al descubierto su «psicología». A este fin, sirve
todo. No hay punto desaprovechable en la Sagrada Escritura.
San Juan Crisóstomo dedica varios sermones a comen­
tar el saludo que manda San Pablo al final de su Carta a
los Romanos: «Saludad a Prisdla* y a Aquila.» No nos
interesa de momento lo que significa el saludo de San Pa­
blo, sino lo que dice San Juan Crisóstomo al comentarlo.
Se ve que ya en su tiempo existía la costumbre de leer «sal-
tando» la S. Escritura.
«Quien recibe del amigo una carta, no lee solamente el
cuerpo de la carta, sino también el saludo puesto al final,
y precisamente a él va a buscar el afecto de quien le escribe.
Pues, escribiendo aquí San Pablo o, mejor dicho, no Pablo,
sino el Espíritu Santo dictando una carta a toda la ciudad
y a un pueblo tan ilustre, y, por mecUo de ellos, a todo tí
mundo, ¿es posible que alguien crea inútil cualquier cosa
de las que en ella se encuentran y la deje a un lado, no
dándose cuenta de que con esa actitud lo destruye todo?» 8.
La S. Escritura es una carta entre amigos. De Dios al
hombre. No van a decirse verdades, sino a comunicarse las
personas. Leo la carta del amigo, no para adquirir ciencia
o ideas. Busco, sobre todo, su afecto y estado de ánimo. T

« P Q . 51. 187.
2© CRISTIANOS POR DENTRO

entonces el saludo me interesa. Hay en la carta secciones que


no dicen nada de las cotsas, pero todas hablan de la persona.
Ss ingeniosa la comparación del Crisóstomo. Pero las cosas
van más allá. No es solamente una imagen, sino una idea
de ciencia. Hoy, los exegetas cultivan con entusiasmo y
esperanzas este aspecto interesante de la Revelación. Dios
no ha querido directamente revelar una serie de verdades
separadas, sino su misma Persona.
Vale aquí la imagen del amigo.
Jesús-Maestro—inmediato también hoy—a través del
Evangelio escrito» Sus palabras conservan aún las tres cua­
lidades primitivas: el aliento humano del Maestro, la efi­
cacia y ese don milagroso de hablar personalmente a cada
individuo.

3.— '¿Q u ié n es D io s ?

Cualquier mozalbete bien educado cristianamente puede


dar lecciones sobre este tema al más valiente filósofo anti­
guo. Se dirá que no es ciencia perfecta, porque no sabe
razonar sus ideas. Pero es conocimiento de absoluta segu­
ndad, superior por tanto a las dudas del no cristiano.
La actual cultura superior del hombre medio no se debe
a difusión de la filosofía en el ambiente. Ese cristiano debe
sus ideas acerca de Dios a la Revelación. Hoy no podemos
compararle con el filósofo no cristiano, porque éste se ha
aprovechado también de las verdades que le aporta la reli­
gión cristiana. Se han hecho patrimonio común, y hoy ya
no es posible determinar exactamente cuál es la verdadera
fuente de sus ideas.
La revelación del Padre es uno de los cometidos que Cris­
to ha reservado exclusivamente a su persona. «Nadie conoce
al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo quiera reve­
larlo» 9.
Nunca hubiera logrado el entendimiento humano cono-

» M t . 11, 2 7 ; Jn. 1. 18.


LA LUZ DEL MUNDO

cer a Dios si Jesucristo no hubiera intervenido. Esencial a


la naturaleza divina y a su vida íntima es la Trinidad de
Personas. Pues bien: nadie puede ni siquiera vislumbrar el
misterio trinitario por sola razón natural. De hecho nadie
conoció este misterio, que sepamos, antes de Cristo. Lo poco
que habían recibido los israelitas fué una anticipación de
la Revelación cristiana. Probablemente no llegó el pueblo
de Israel a entender esas formulaciones o insinuaciones
que se hallaban en la Sagrada Escritura. Es completa la
novedad de Jesús por lo que se refiere a esta verdad fun­
damental del conocimiento y de la vida humanos.
Fué una mera consecuencia la ignorancia humana en
torno a la presencia de Dios en el alma del justo. Nuestros
antepasados creyeron un exceso de dignación divina el pen­
sar que Dios se complacía en el buen comportamiento de
sus servidores. Hoy hablamos de inhabitación. Dios viene
a vivir, como en una prolongación del cielo, en el alma del
justp. Imposible imaginarlo hasta que Jesús lo ha dicho: «Si
alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará,
y vendremos a él y en él haremos morada» 10.
Nos interesa saber lo que piensa Dios en sus relaciones
con nosotros. Jesús ha hablado y ahora podemos interpretar
los motivos del obrar divino. Nunca le agradeceremos sufi­
cientemente esta certificación. Por amor ha creado el mun­
do. Dios hace llover también sobre la semilla que arrojaron
manos pecadoras. ¿Será odio disimulado, que aguarda el día
de la más cruel venganza? No, dice Jesús. Es amor. Dios ama
a todos, justos y pecadores.
Goza en las legítimas alegrías y minúsculos servicios
del hombre. Encuentra una satisfacción inmensa cuando el
pecador (y lo somos todos) se convierte. ¿Quién, con su
entendimiento, adivinaría siquiera una milésima parte de
la verdad? Cuesta imaginarlo y creerlo asi de un Dios in­
menso e inmutable. Pero lo dice el Señor. Y mejor lo sabe
El, que está contemplando a su Padre continuamente.

10 Jn. 14. 23.


21 CRISTIANOS POR D£NTRO

No conocíamos a Dios. EU hombre ha tratado siempre de


humanizarle y ponerle al nivel humano, para entender algo.
Aquí hallamos una nueva sorpresa y nueva demostración de
nuestra ignorancia. Queriendo conjeturar aproximadamen­
te su psicología, le hemos buscado semejanzas en el mundo
casi invariable de lo oficial. Le acercamos a esos hombres
que miran las personas y las cosas al por mayor, sin enterar­
se de menudencias individuales: el rey, el juez. También
Jesús aprovecha tales imágenes, pero no precisamente cuan­
do quiere damos a entender los sentimientos divinos.
Cristo dice, claramente, que se asemeja mucho más a
este otro mundo de la vida de familia, donde cobra relieve y
preocupa desmesuradamente el más pequeño detalle. EU
ama de casa, que revive con el hallazgo de una pobre mone­
da, el pastor, el labrador. Estos son los que mejor le repre­
sentan. Todos ellos son personas sensibles a la más mínima
variación ocurrida en su pequeño mundo. Eso mismo hace
Dios con el mundo entero.
Jesús dice la Verdad. Habla de Dios con toda exactitud,
con pleno conocimiento de causa. Es sincero, porque habla
de su Padre, y no tiene preocupación por ocultar defectos o
limitaciones.
El obrar de Jesucristo es también una Revelación pal­
pable. Obra como Dios que es. No hay modo más inmediato
y eficaz de manifestar los atributos divinos que éste. Jesús
es bueno, justo, omnipotente. Pues eso es Dios. Con razón se
extraña de que, después de tres años de vida pública, pre­
gunte Felipe: «Señor, muéstranos al Padre». No podía espe­
rar otra respuesta que la que recibe: «Después de tanto
tiempo que estoy con vosotros, ¿aún no me has conocido?
Quien me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú :
Muéstranos al Padre?»11.
Así es Dios. Cristo es toda su grandeza aplicada en me­
nor escala. Solamente interviene en el pequeño círculo a
que le Umita su realidad humana. Pero su manera visible de
11 j n . 14. 8-9
LA LUZ DEL MUNDO 23

obrar en este reducido campo es una copia exacta de lo que


Dios hace invisiblemente en el mundo entero.
Se preocupa de los individuos y del detalle. Escucha siem­
pre la súplica perseverante. No se encuentra en el Evangelio
una excepción. Compasivo con la miseria física, mucho
que el hombre. Compasivo con la miseria moral. Esto es
auténticamente divino. El hombre mira con piedad al aban,
donado de la fortuna, al que sufre sin culpa o sin quererlo.
Pero creería indigno compadecer al miserable voluntario, al
que sufre o goza contra su conciencia.
De este mismo tenor, hay una serie infinita de rasgos
divinos, revelados en la actividad de Jesús. Está lleno el
Evangelio. No hay gesto del Maestro que no exprese una
cualidad divina.
El hombre tiene, por tanto, facilitado el conocimiento de
Dios Y, consiguientemnte, también el amor. Es fácil amar a
un ser visto, cuya bondad se ha experimentado. A Jesucristo
se le puede amar con intimidad, con cariño. Es un amigo,
como El mismo ha dicho. Se le ama y se le conoce con la
misma facilidad que a cualquier otro hombre. Y, casi sin
darse cuenta, está uno amando puramente a Dios. Jesucris­
to es Dios a la vista, más literalmente, sfi. alcance de la mano.
A esta luz podemos examinar de nuevo las posibilidades
del entendimiento humano, abandonado a sí mismo. Cuesta
al hombre convencerse de que puede muy poco. Hoy es difí­
cil calcular esas posibilidades. La razón camina segura, pero
es porque ya conoce por otra parte la verdad. Inconsciente­
mente utiliza la Revelación para guiar el raciocinio, exclu­
yendo todo paso que no conforme con aquella. Es la actitud
radical de quien busca, más que la verdad misma que ya
conoce, los argumentos racionales que la justifiquen. La
verdad la recibe previamente de Jesucristo.
Imaginemos en serio la posición real de un pagano, que
nada ha recibido de la Revelación. Supongámosle en camino
hacia las verdades que el cristianismo posee ya como datos.
A cada momento se encontrará con verdades en apariencia
24 CRISTIANOS POR DENTRO

contradictorias. Dios inmutable, que no necesita nada de


nadie, y que, por otra parte, se ofende con el pecado, goza
con los servicios de sus criaturas. El pecado que le ofende y
no le daña. El dominio supremo de Dios y la libertad del
hombre.
El pagano, al encontrarse con estas verdades humana­
mente irreconciliables, niega la que juzga más débil, más
hipótesis. Y se equivoca, porque ambas son verdad. El cris­
tiano lo sabe, y las admite, aun cuando no encuentre el modo
de conciliarias. Habla de misterio. Al que obra solamente
por razón nadie le ha dicho que tiene que conservar las dos
a toda costa. No ser duros en reconocer el esfuerzo sincero
del pagano. No puede más el entendimiento del hombre. Es
que el cristiano debe a Jesucristo más de lo que piensa. Se
aprende mucha filosofía con sólo leer atentamente el Evan­
gelio.

4 .— R asg o s d o m in a n t e s .

Analizando el abundante mensaje doctrinal de Cristo,


descubrimos algunas líneas directrices. Dan orientación a la
doctrina y a la vida nuevas. De esos rasgos fluyen las nor­
mas y verdades concretas. Reaparecen constantemente en
una u otra forma. Su conocimiento reviste de nueva luz
cada uno de los elementos que vienen a formar el conjunto
del cristianismo. No me refiero a mandamientos o consejos
recalcados con especial insistencia. Son más bien algunos
caracteres que, sin ser propuestos acaso como verdades in­
dependientes, influyen eficazmente y dan una fisonomía
particular a la espiritualidad del Nuevo Testamento. Al­
gunos de estos rasgos ya existían en la religión israelita
antes de Jesucristo. Aun éstos son dignos de especial men­
ción, por el relieve inesperado en que les coloca el cris­
tianismo.
Creo necesario exponerles aquí brevemente. Destacados,
se advierten mejor. El cristiano podrá darse cuenta desde
LA LUZ DEL MUNDO

ahora del rumbo que debe tomar su vida espiritual, si quiere


vivirla como Cristo ha dejado establecido. Le serán al lector
una acomodada disposición para comprender este libro, que
se rige según ellos. Baste recordar tres más importantes.
Otros irán apareciendo más tarde12.
1. Dogma y moral.—La nueva religión, la cristiana, es
un todo orgánico. Verdades y normas de vida son en ella
inseparables. Todo el hombre regulado y atendido. Las leyes
de conducta no están dadas sin sentido, por el simple capri­
cho de una voluntad superior. Son más bien la consecuen­
cia lógica e ineludible de un dogma, de unas verdades pre­
viamente admitidas.
Casi no hubiera sido necesario hacer de ellas una ley
especial. El mero hecho de aceptar ese dogma ya lleva con­
sigo tales consecuencias en la conducta práctica de la vida.
Pero no todos son capaces de hacer las aplicaciones. Por eso
el Señor ha determinado también por sí mismo la ley moral.
Los grandes preceptos evangélicos son brotes espontá­
neos del dogma cristiano. Debes amar al prójimo, porque es
tu hermano. A todos, amigos y enemigos, justos y pecadores.
Todos son hermanos y a todos ama Dios. No hay diferencia
en el motivo, no puedes hacerla tampoco en el amor. La
oración perseverante y confiada no es un deber a la ventura.
No. Dios es Padre y tiene mayor deseo de dar que el mismo
interesado de recibir El cristiano se despreocupa de los
bienes terrenos, no porque busque la muerte. Hay una Pro­
videncia que justifica esa actitud tranquila. Si el cuerpo del
cristiano es, como lo es, templo del Espíritu Santo y miem­
bro de Cristo, no es excesivo exigir que se abstenga de la
fornicación e impureza.
Acercando este panorama al que ofrece el Antiguo Tes­
tamento, advertimos mejor la diferencia. Encontramos en
éste multitud de leyes sin aparente fundamento dogmático.

12 El papel central ae Jesucristo en el cristianismo es algo más


que un simple rasgo. Lleva una sección entera. No debemos incluirle
aquí, en este apartado.
M CRISTIANOS POR DENTRO

Tal ve* lo tengan. El israelita no lo conocía. Dios io quería


asi para bien del pueblo. Esto le basta. Al cristiano se le da
además la razón de su conducta.
El dogma cristiano exige concretamente la moral cris­
tiana. Por su parte, la moral cristiana necesita para com­
prenderla, y mucho más para practicarla, del dogma cris­
tiano. Tal manera de vida supone la gracia, la presencia del
Reino de Dios en la tierra, la esperanza garantizada. Sin
tales verdades resulta insoportable a largo plazo.
Ahora entendemos las dificultades que ponen los indife­
rentes y los extraños a nuestra religión. Hay quienes admi­
ran y en sus líneas generales siguen ese código moral. Pero
no comprenden el dogma, el misterio. No comprenden que
deban admitirlo sin comprenderlo. Suelen ser las personas
más cultivadas intelectualmente. Su régimen riguroso de
vida les acerca a la moral evangélica. Pero el entendimiento
no quiere someterse al dogma Pueden estar seguros de que
esa moral que admiten no es la cristiana. Esta va esencial­
mente vinculada a una religión integral. Separada, no es
media religión cristiana.
El vulgo, en cambio, no encuentra dificultad alguna in­
telectual en admitir el dogma. Cree de todo corazón. Pero le
cuesta admitir aquellas normas de vida, cuya conexión con
el dogma frecuentemente no ve. Creería compatible admitir
todas las verdades intelectuales, sin darles trascendencia en
su comportamiento. Con sólo el dogma hacemos un buen
sistema filosófico, no una religión cristiana, ni siquiera a
medias. Sea más fácil o más difícil que la dificultad de los
intelectuales, hay que superarla igualmente, para ser cris­
tianos. El cristianismo no es una tienda de comestibles,
donde uno coge lo que le agrada, y deja el resto, sin des­
preciarlo, para quien guste de ello. Es un bloque indivisible.
2. Interés por el individuo.—El hombre que quiere san­
tificarse entra en relación con Dios sin precedentes ni
favoritismo. No valen títulos honoríficos: somos hijos de
Abraán. Puede uno pertener a muchos organismos santos.
De poco sirve. La conducta personal ha de valerle.
LA LUZ DEL MUNDO 27

Dios busca ia persona misma del hombre, lo que éste


tiene de más auténticamente personal. Son necesarias las
acciones y observancias externas. Mas lo decisivo es el
estado interior. El Sermón de la Montaña es una interio­
rización de la antigua Ley, una exigencia ulterior. Tal como
estaba dada anteriormente, regulaba la acción. Con ello
tenemos una sociedad bien ordenada. La voluntad quedaba
frecuentemente libre para apetecer el mal que no hacia.
Ahora Dios quiere para sí lo mejor del individuo: la vo­
luntad libre. Nada vale contentarse con no matar. Ni si­
quiera se ha de tener envidia. Además, y sobre todo, se ha
de amar. Dios no pide al hombre sus cosas, sino su misma
persona.
Paralelamente, no quiere que el hombre ponga su ideal
en otra cosa que en Dios mismo. No primariamente en su
ley ni en sus regalos. Relaciones personales. Es Dios y Padre
de cada uno, y hacia El caminan todos. Prefiere almas
amantes a almas justas.
Por eso en el Evangelio cambia un poco el concepto de
perfección. Ya no consiste en llegar a un grado alto de
exactitud en la observancia de las leyes. Es más bien un
grado intenso de intimidad en las relaciones con Dios. Ahora
comprendemos por qué algunas almas cargadas de defectos
han llegado a conseguir mayor estima y amor de Jesús que
otras observantes. La perfección cristiana es amor. Por eso
no hay un límite concreto donde comience la santidad.
Es una invitación a la prudencia en el juzgar. El hombre
estima el valor del prójimo según el grado de conformidad
de su conducta con la ley. Con frecuencia se equivoca en sus
juicios. Dios tiene otros principios. Y en el Nuevo Testa­
mento rigen los principios divinos. Aquí no hay matemá­
ticas.
3. Dios imparcicd.—Es útil reflexionar alguna vez sobre
la idea que de Dios uno se ha formado. La religión permite
en esto grande libertad a la psicología individual. De hecho
existen a este respecto diferencias superiores a las que esta-
CRISTIANOS POR DENTRO

blecen entre los individuos los diversos grados de fidelidad"


moral. ¿Has llegado alguna vez a vislumbrar la Idea que
tiene de Dios un hombre con vocación diversa de la tuya?
Un científico, un comerciante, una religiosa de clausura, loss
miembros de una tribu aún no civilizada. Todos pueden ver
bien. Cada uno a su manera. Sin necesidad de ir más lejos,.,
entre los mismos Santos. Basta comparar la intimidad de*
San Agustín con la de Santa Teresa bajo este aspecto. Hay
un margen amplio de libertad y espontaneidad individual.
No obstante esa libertad, el Evangelio ha querido recalcar'
el límite que fijaba en algunos puntos. E insiste machaco--
namente. Se ve que ahí se oculta un peligro inminente para,
el hombre religioso: el de pretender que Dios se ponga siem--
pre de su parte abiertamente. Hoy vemos que Jesús tenía,
razón. A pesar de tanta insistencia en la imparcialidad de·
Dios, los cristianos siguen tropezando en el escollo.
La actitud está arraigada. Personas que tienen mucha,
confianza y mucha sinceridad con Dios. Pero le convierten
en un cómplice, le obligan a consentir en todo cuanto ellos*
desean. Un Dios funcional, fabricado por sus deseos y a.
servicio de ellos. Le cogen de su parte en la lucha, como a
un guerrero más. En su lucha con el prójimo—dice De Lu-
bac—, su causa la hacen de Dios, convirtiéndola automáti­
camente en Cruzada. Ahora pueden dar rienda suelta a las
pasiones y cometer errores. Todo por Dios.
El devoto se admira de que Dios no vele más por su.
honra, castigando la insolencia del blasfemo. Esos hombres,
que blasfeman no comprenden cómo Dios soporta la hipo­
cresía de la persona devota. Al cristiano le cuesta compren­
der su miseria, contemplando la prosperidad de muchos*
impíos. ¿Es posible?
Entre tanto, Dios decepciona a uno y a otro, tratando
benignamente a ambos. Ve todo y soporta a todos. ¿Pero e s.
que Dios no es bueno y justo?, se preguntan algunos. Claro
que lo es. Pero es bueno con todos, no contigo solo. También
con tu enemigo. Si se irritase y destruyera al enemigo, cuán-
do yo lo deseo, debiera airarse y destruirme a mí, cuando*
LA LUZ DEL MUNDO 29

jni enemigo lo desea. Seria entonces Dios un pobre hom­


bre más.
No hay complicidades ni parcialidad. El amigo de cere­
monias piensa que Dios s61o se preocupa de ceremonias, y
no se interesa de la intención; otro, en cambio, le imagina
puro espiritual, enemigo de medios externos, como la Iglesia
jerárquica y los sacramentos; otro prefiere y se imagina a
Dios burocrático y calculador. Cada uno a su manera y gus­
tos. Pero en estos puntos no hay nada que imaginar. No hay
más que un Dios: ei del Evangelio. Ha dicho bien clara­
mente cómo es y lo que prefiere.
No se olvide que la tentación es más ordinaria entre los
buenos. Piensan que Dios es monopolio suyo, que se encarga
también de castigar a los pecadores. (Pero ¿quiénes son ante
Xfcos los pecadores?) Estos no suelen considerar a Dios de su
parte contra los buenos. Una sinceridad elemental se lo
impide. Y sin embargo frecuentemente Dios está con ellos.
Prefiere eso poco de humildad.
Dios es imparcial. No necesita la ayuda de nadie. Tam­
poco se ha puesto al servicio exclusivo de ninguno. Jesús ha
escandalizado a muchos contemporáneos por mostrar indi­
ferencia ante los títulos de santidad que se alegaban. En
cambio manifiesta preferencia por personas que comúnmen­
te eran consideradas objeto manifiesto de la ira divina.
Grandes sorpresas recibirá quien no ensanche un poco el
ánimo.
No son rarezas divinas, sino ignorancia nuestra, mucho*
problemas que se plantean: Dios permite, Dios premia a
indignos, Dios no interviene, Dios castiga inesperadamente.
¿Por qué? Porque no es un hombre. Todos esperan de El
justicia, cada uno a su manera y en su dirección. Y Dios la.
ejerce, pero también a su manera.
C a p ít u l o 2

M 7 C A MI A· O

1.— A n s ia s de p l e n it u d .

A nadie será enojoso que comencemos por una compro­


bación de orden filosófico. Es al mismo tiempo experiencia^
nuestra y ajena. Sólo de este modo se puede entender la
delicadeza divina que se incluye en este hecho: Cristo Hom­
bre viviendo entre hombres.
Dios ha depositado en el hombre el germen de una.
intranquila aspiración a la plenitud de su ser. La bestia no
tiene aspiraciones, porque ha recibido del Creador su natu­
raleza colmada. El hombre, por el contrario, es dinamismo,,
ser disparado por mano superior hacia una meta lejana. No
ha recibido el estado más perfecto compatible con su na­
turaleza. Pero, como abundante compensación de este de­
fecto, posee una capacidad ilimitada de progreso y la nece­
sidad interna de buscar a toda costa el estado perfecto. No
es objeción contra esta ley de la naturaleza el hecho de
que algunas personas, faltas de sensibilidad humana, no
sientan tal necesidad y tendencia.
Dios no ha querido que el hombre se trace su camino.
Sus razones tendrá. Y el hombre lo sabe. Su conciencia le
avisa que esa otra mitad que falta a su plenitud no puede
elegirla libremente, sino que está bien determinada. Dios
tiene hechos los planos al detalle. A nosotros nos ha revelado
solamente las lineas generales. De ordinario le bastan al
hombre. Pero a un cierto momento de su marcha éste siente
la necesidad de más finura en el espíritu. Entonces necesita
MI CAMINO 31

conocer al detalle los planos donde encuentre escrito cuál


debe ser la continuación en la obra de su perfeccionamiento.
En estas horas de anhelo sincero asoma forzosamente la
pregunta: ¿Qué debo hacer? ¿Qué queréis, Señor, de mí?
Estoy decidido a ser todo lo que Vos queráis que yo sea.
Dadme a conocer los designios de vuestra voluntad.
No es exclusiva del cristiano esta ansiedad causada por
la ignorancia del propio destino. La han sentido igualmente
los pueblos paganos. Entre ellos existe idéntica aspiración a
entrar en ese misterioso recinto de los planes divinos sobre el
hombre. Oraciones y gestos frenéticos para que Dios les ma­
nifieste su voluntad. Magias, dados, augurios de animales,
siempre en busca de un signo que sea la respuesta divina.
Sólo después de obtenida la respuesta se decidían a obrar.
Continuos sacrificios expiatorios, por la sola posibilidad de
haber ofendido a Dios, no cumpliendo por ignorancia alguna
de sus leyes.
Los israelitas del Antiguo Testamento sienten el mismo
anhelo. Dios ha provisto al pueblo elegido de medios espe­
ciales. Tiene los profetas y los sacerdotes. Pueden y deben
preguntar a Dios por medio de ellos cuando algo deseen
saber. Es una buena institución, que remedia en parte la
necesidad.
Si el cristiano siente esta misma angustia, no lo debe
solamente a su cristianismo. Si así fuera, no lo hubieran
sentido los paganos. El impulso viene del fondo humano que
llevamos todos. En el cristiano no se suprime, sino al con­
trario, cobra una intensidad especial. El cristianismo des­
pierta la sensibilidad del espíritu y le puebla de exigentes
aspiraciones. No le basta una conformidad cualquiera con
Dios. Quiere realizar plenamente en todo su ser la idea
ejemplar que Dios tiene del hombre. No puede dar otro
sentido a toda su existencia terrena.
La tendencia del cristiano está, pues, en la misma linea
que la del pagano y del israelita. Es más profunda y ambi­
ciosa. Sólo Dios puede colmar esa necesidad. Y El ha de
32 CRISTIANOS POR DENTRO

poner remedio. Hasta aquí coincidimos todos. Somos hom ­


bres.
De aquí en adelante somos cristianos. El medio de satis­
facer el ansia es nuevo y peculiar. Ha habido en el mundo
un cambio de economía religiosa, efectuado por el mismo
Dios. La historia ha dado un paso definitivo. No hay que
pensar ya en profetas ni en magias. Todo ha quedado abo­
lido. Para el cristiano, todos esos cometidos los cumple el
Verbo encam ado, Jesucristo. «Dios ha quedado ya como
mudo», dice San Juan de la Cruz 1.
Ha hablado una vez para siempre. Ya no tiene el cris­
tiano que preguntar nada, sino contemplar detenidamente
el modelo que Dios le ofrece en la Persona misma de Jesu­
cristo. Es una realización perfecta, agotadora, en toda su
infinitud, de la idea ejemplar que Dios tiene del hombre. Esa
idea ejemplar es precisamente el ideal de perfección que el
ser humano aspira a conseguir. Lo encuentra revelado y en
forma bien asequible a la débil mirada humana. Existe una
conformidad absoluta entre el ser y obrar de Cristo, y lo que
Dios quiere que sea y obre un hombre. Jesús es Dios y Hom­
bre. Por tanto, Dios mismo ha revelado, practicándola, la
idea que El tiene de lo que debe ser un hombre. Jesucristo
es el ideal perfecto. Basta imitarle.
El problema queda resuelto. Es un remedio genial, que
sólo la Providencia divina hubiera podido encontrar. Quien
lo desee, puede hacerse más hombre y más cristiano, según
Dios. Si algo falta, es la voluntad individual, que es insusti­
tuible. Pero ya no se da el caso del hombre sincero que sufre
angustia por no saber cómo realizar sus aspiraciones. Le
basta imitar a Cristo. Se comprende que el interés de los
santos a este respecto haya sido de una viveza y hervor
sumos.
Hoy no caben en el cristiano dos actitudes que, en sí
mismas, pudieran parecer laudables. Pedir a Dios con dis­
posición de falsa humildad que se manifieste a los que le

1Subida del Monte Carmelo, n, 22, 3.


MI CAMINO 33

buscan. Esperar una nueva respuesta de Dios a la pregunta


anhelante del alma decidida: ¿Qué queréis, Señor, de mí?
En Jesucristo desplegó Dios a placer sus planos de per­
fección humana. Podía hacerlo, porque nada en El se oponía.
El, Hijo natural; nosotros, hijos adoptivos, según el mismo
modelo.
La ejemplaridad no es, en la vida de Jesús, un simple
hecho. Es todo un plan intencionado que quiere realizar con
.su venida al mundo. El ser modelo forma parte de su men­
saje. En este aspecto, media un abismo entre el Señor y los
santos canonizados. Estos procuraron servir a Dios. De hecho
han resultado además modelos para el hombre. Pero sólo
incidentalmente. Ellos vivieron para Dios y para sí. La Igle­
sia les ha asignado posteriormente esta otra misión.
En Jesucristo no es un resultado, sino un deliberado pro­
pósito. Perdería color su vida si por un momento la privá­
ramos de este rasgo esencial del buen ejemplo. Algunas de
las actitudes que adopta entre los hombres se explican por
el intento de redimirles. Pero la Redención se podía hacer
sin tantas complicaciones. Quedan muchos gestos que sólo
s e comprenden teniendo en cuenta que Jesús miraba a ser
dechado. Sufre angustia, pregunta, reza... No es que lo
haga solamente en apariencia, para que le veamos. Lo hace
-en realidad, como tenemos que hacerlo nosotros. Pero ¿por
qué ha querido sujetarse a tal necesidad?
Por esta misma razón, más que sus atributos divinos,
le interesa hacer resaltar sus cualidades humanas. Utiliza lo
divino, podemos decir que casi únicamente para que se
conceda valor a su misión de humanidad. Presenta, en su
persona y en sus obras, la manera de acoplar a la naturaleza
humana las exigencias de la nueva religión. De ahí la
inutilidad de que Dios intervenga directamente ahora a pre­
cisar ideas religiosas.
«Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o
querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad,
sino haría agravio a Dios no poniendo los ojos totalmente
«n Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad. Porque le
34 CRISTIANOS POR DENTRO

podría responder Dios de esta manera, diciendo: «Si te tengo


ya habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo,
y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o reve­
lar que sea más que eso? Pon los ojos sólo en él, porque en
él te lo tengo todo dicho y revelado, y hallarás en él aún
más de lo que pides y deseas. Porque tú pides locuciones y
revelaciones en parte y, si pones en él los ojos, la hallarás en
todo; porque él es toda mi locución y respuesta, y es toda
mi visión y toda mi revelación. Lo cual os he ya hablado,
respondido, manifestado y revelado, dándoosle por Hermano,
Compañero y Maestro, Precio y Premio... Míralo tú bien,
que ahí lo hallarás ya hecho y dado todo eso, y mucho más
en el> 2.
Dios ya no interviene. Ha dejado el mundo en manos
de Jesús.

2 .— E l n o s en señ a r á .

Jesús instruye a la Samaritana sobre el lugar y el modo


de orar a Dios. Ni Jerusalén, ni Samaría son lugares pri­
vilegiados. Dios quiere oración de espíritu. La confianza con
que el Señor le habla despierta en la Samaritana una con­
fesión. Por la confesión vemos que apenas atendía a las
palabras del Maestro. Está más bien atendiendo a una
preocupación que revive en su espíritu y la trae desde hace
tiempo oprimida. No sigue las explicaciones de Jesús, porque
no cree que El pueda remediar su preocupación. Piensa en
el Mesías, sin saber que le tiene delante.
Sus palabras son el reflejo de la agonía interior: sé que
va a venir el Cristo; cuando El venga, nos enseñará todas
las cosas. Parece decir: oramos como sabemos, como igno­
rantes. Nadie nos ha dicho nada. Vamos tirando. Pero esta
triste situación no puede prolongarse indefinidamente. Va

2 San Juan de la C ruz, Subida del Monte Carmelo, n, 22, 5.


MI CAMINO 35

a venir Cristo, que nos enseñará la manera en que se debe


adorar y servir a Dios 3.
Un sentimiento legítimo de inseguridad el de la Sama-
ritana. Como ella han sentido las almas delicadas de todos
los tiempos. Es triste no saber lo que Dios quiere de nosotros.
Es penoso para el alma que no tiene otra ilusión que el darle
gusto. Lleva al escrúpulo su solicitud por conocer el bene­
plácito divino. Es Jesucristo quien lo conoce y nos los ha
manifestado. Ya no vivimos de esperanza, como la Samari-
tana. El Mesías esperado ha pasado sobre la tierra, y ha
cumplido abundantemente toda la misión que se esperaba
de El.
Hablando también de la oración, San Juan de la Cruz ha
dado la expresión exacta del principio general. Lo aplica a
ceremonias y devociones, pero es de valor universal: «Y en
las demás ceremonias acerca del rezar y otras devociones, no
quieran arrimar la voluntad a otras ceremonias y modos de
oraciones de las que nos enseñó Cristo; que claro está que,
cuando sus discípulos le rogaron que les enseñase a orar, les
diría todo lo que hace al caso para que nos oyese el Padre
Eterno, com o el que tan bien conocía su condición» 4.
Para el cristianismo, el ideal de vida interior no es hacer
lo que más guste, ni siquiera lo mejor. Es obrar lo que más
agrada a Dios. Y esto nadie lo sabe como Cristo, que conoce
los gustos y preferencias, el carácter, la condición de Dios.
Cada uno se imagina a Dios como quiere. Dios sigue siendo
lo que es.
Generosa condescendencia de Dios dar al hombre un Ca­
mino tan manifiesto. Pero lleva inseparable la obligación de
seguirle. Puede uno santificarse sin imitar a un santo en
concreto. Prescindir de Jesús es condenarse. El día que aban,
dones su seguimiento no darás un paso. Es disparate pensar
que sin El se pueda coronar la obra de la propia santifi­
cación.

3 Cfr. Jn. 4, 25.


4 Subi&a del M onte Carmelo. III, 44, 4.
36 CRISTIANOS POR DENTRO

Escribe Santa Teresa, amenazando justamente a los rea­


cios: «Al menos yo les aseguro que no entren a estas dos
moradas postreras; porque si pierden la guía, que es el buen
Jesús, no acertarán el camino; harto será si se están en las
demás [moradas] con seguridad. Porque el mismo Señor
dice que es camino; también dice el Señor que es luz, y no
puede ninguno ir al Padre sino por El; y quien me ve a mí ve
a mi Padre. Dirán que se da otro sentido a estas palabras.
Yo no sé esotros sentidos; con éste que siempre siente mi
alma ser verdad me ha ido muy bien» 5. No exagera.
No hay por qué fingir esplritualismo fuera de tiempo. El
hombre necesita algo concreto. De lo contrario no sabe
adonde agarrarse. He visto en la tibieza de muchos para con
la Humanidad de Jesucristo un grave olvido inconsciente.
Piensan que la Humanidad es solamente el Cuerpo del Sal­
vador. Cosa inerte, que les deja fríos. Pero no es así. La Hu­
manidad incluye también el Alma de Cristo. Sentimientos,
palabras, acciones, todo brota de esa rica fuente. Verdad co­
nocida especulativamente por casi todos, olvidada en la vida
por muchos.
Escríbase en letras de oro: «Es, pues, hermanos míos
carísimos, la vida de Cristo, un arte de servir a Dios, por el
mismo Dios compuesta» 6.
No se podía expresar en menos palabras un contenido
más denso. El autor es uno de nuestros clásicos. Entonces
se denominaba arte de servir a Dios a un tratado, donde se
expone claramente todo el proceso de la vida espiritual. Des­
de los principios hasta la cumbre de la santidad.
La vida de Jesús es para el hombre toda una manera de
comportarse con relación a Dios. Pero es un arte de servir
a Dios que está escrito por Dios mismo. Dios obraba en Cristo
a su gusto. No le estorbaban, como en nosotros sucede, las
pasiones desordenadas. Voluntad de Dios y obrar de Cristo
iban en perfecto acuerdo. Dios ha escrito, en la vida de

5 Moradas VI, 7, 6.
* P. J u a n d e J e s ú s y M a r ía (Arav a l l e s ) , Tratado de Oración, c. 10.
MI CAMINO 37

Cristo, un tratado completo sobre el modo en que quiere ser


servido. ¿Puede ahora parecer exagerada a alguno la actitud
de San Juan de la Cruz frente a visiones y revelaciones par­
ticulares? El santo conocía muy bien el Evangelio.
Las palabras del P. Aravalles debieran esculpirse en el
espíritu de todos los cristianos. Marcarían una orientación
definitiva y auténticamente cristiana frente a Jesús.
Se ha recordado en el capítulo anterior que la meta del
cristiano no es una ley ni una cosa, sino una persona. Es
un principio fundamental, del que iremos sacando muchas
consecuencias. Si la meta· fuera puramente una ley, el cami­
no en sí mismo carecería de todo valor. La ley, como la
meta deportiva, es un punto indivisible. Quien llega a cum­
plirla del todo es santo. Hasta ese punto todo es puro anhelo.
Conserva solamente el valor de medio indispensable.
Si la meta es una Persona y la santidad del cristiano
está en la unión con esa Persona, el aspecto del camino es­
piritual cambia radicalmente. No se comprende que la per­
sona que ha de unirse contigo te espere tranquila del otro
lado del obstáculo, para premiarte, si lo superas. Se pone
desde el primer momento a tu lado, empeñada en hacértelo
saltar. Está en juego su propio interés. El cristiano no es un
peregrino errabundo.
Todo esto es mucho más que una simple imagen. Es la
verdad cristiana. ,La santidad no es un punto final e indivi­
sible. Es un acercamiento en profundidad a Dios. Y esto se
realiza ya de camino. Porque el Camino es también persona:
Jesucristo. Con El se va intimando desde ahora. De ahí que
para el cristiano tenga sentido y valor cada paso que da,
porque es un contacto actual y creciente. No hay nada inerte
y desaprovechare. El Camino es una anticipación de la
meta. La misma meta, Cristo, que atrae, acompaña y em­
puja.
Da gusto pensar que, para el cristiano, el arte de servir
a Dios no es sólo un código. Es la vida y Persona de Jesús,
ley viviente y flexible, que respeta vocaciones inidividuales:
OftISTIANOS POR DENTRO

«El tratar con sola la ley escrita es como tratar con un


hombre, cabezudo por una parte y que no admite razón, y
por otra poderoso para hacer lo que dice, que es trabajoso
y fuerte caso» 7.

3 .— D e s t in o in d iv id u a l .

El Evangelio es para los cristianos libro cerrado. No le


leen, porque no le entienden. Mejor dicho, le entienden,
pero no sacan nada. No sacan nada, porque no encuentran
lo que ellos buscan. El comportamiento de Jesús nada les
dice. Apenas encuentran algo aprovechable en sus palabras
y doctrina. Ceguera en gran parte voluntaria.
Esa mentalidad de algunos contemporáneos es una pro­
longación de lo que sucede con relación a los Santos. Se
comprende mejor, mirando a este aspecto, donde aparece
más de relieve. Es una tarea trascendental en su vida inte­
rior la elección del Santo preferido. Sólo admiten como Pa­
trono a un Santo con vida idéntica, aún en los detalles, a la
que ellos viven. Para un religioso, el único modelo es un
Santo de su misma Orden. Un comerciante piadoso no que­
rrá saber nada con el que se haya santificado fuera de su
oficio.
Nada hay reprobable en tal tendencia. El Santo me en­
seña el modo de aplicar el Evangelio a un género concreto de
vida, que es la que yo tengo que llevar. No todos tenemos el
genio iluminado que tuvieron ellos para poder juzgar de
estas aplicaciones. Bueno es aprovechar el ejemplo.
Lo grave de esa actitud es que no van a inspirarse en el
Santo, sino a hacer una copia de su vida externa. Y ésta es
una tarea absurda. No se puede copiar la santidad de ningún
Santo. No existen dos personas con idéntico caudal interior.
La imitación servil sólo puede ocasionar desalientos y vanos
esfuerzos. Quien la intenta, se obliga a realizar obras pro­
pias de otra psicología, para las que no siente aptitud ni

7 F r a y L u is de L e ó n . De los Nombres de Cristo, «Pastor».


MI CAMINO 39

fuerzas. Por una parte, hace hincapié en fuerzas que no


posee, porque las necesita para copiar al dechado. Y, en
cambio, debe cohibir o dejar inactivas sus verdaderas ener­
gías personales, porque no se pueden desplegar en una vida
exterior o interior como la que hizo el Santo.
De la misma debilidad proviene la afanosa predilección
por los Santos modernos. Cuando prefiero a éstos, hago una
cosa que está en mi perfecto derecho. Pero, al mismo tiem­
po, esto saca a luz, en muchos, una llaga interior. Obedece
la elección a una cómoda inercia. De los Santos recientes
conocemos más detalles biográficos. Repetir en la propia vida
esos detalles daría una santidad ya hecha.
Pero es inconsistente todo el fundamento de tal con­
ducta. No hay un catálogo de acciones externas caracterís­
ticas de la santidad 8. Repetir el gesto inspirado de un alma
santa puede ser una comedia, por falta de espontaneidad.
A la acción del primero responde una carga interior propor­
cional. A la acción del repetidor nada responde. Es un cuerpo
sin alma, un cadáver.
¿Por qué preferir? Hablo, naturalmente, del exceso. Lo
humano y lo divino que yo puedo copiar se encuentra igual­
mente en los antiguos. Lo mío, lo personalmente mío, no
se halla ni en los antiguos, ni en los modernos. ¿Por qué
preferir? Inconscientemente busco ahorrarme una fatiga pe­
nosa, la de conocer la misión o destino personal que Dios
me ha señalado, que es, por lo tanto, la que me exige. Es vo­
cación individual. Cada uno posee la propia. La tuya y la
mía no han sido aún realizadas por ningún Santo.
Hay que encontrar la propia vocación, sea como sea.
Tarea necesaria, aunque nada fácil. Misión personal no es
la que cada uno escoge, ni siquiera la mejor. Es la que Dios
ha escogido para cada uno. Jesús invita personalmente a
los apóstoles a que le sigan. El geraseno se ofrece voluntario
a seguirle, y Jesús «no le dejó» 9. Hablamos de esa voca-

8 De esto se habla más detenidamente en cap. 8. n. 3.


9 Me. 5. 19.
40 CRISTIANOS POR DENTRO

ción individual que aún está por resolver, después de haber


recibido la vocación a un género de vida común, como se­
ria a una Orden religiosa o al matrimonio.
A este ñn ayudan poco los modelos en detalle. Al con­
trario, ordinariamente inspiran y potencian más los Santos:
globales, con mucha energía aplicada en pocos objetos. San
Pablo, San Agustín, San Atanasio, no presentan en su ac­
tividad puntos de contacto con mi vida. Sin embargo, m e
hablan con mayor intimidad. Despiertan en el alma m a­
yores estímulos y frutos prácticos, que el que ha vivido en
el mismo ambiente y circunstancias. Santos de empuje. Esos
hombres han brillado en la conquista de su destino perso­
nal. El verles enciende el deseo de seguir también como*
ellos el destino, pero no el suyo, sino el propio de cada uno.
Son, pues, injustificadas nuestras reservas frente a la
pobreza del contenido evangélico. Conocemos de la vida de
Jesús solamente algunos rasgos generales: un poco de sus
relaciones con Dios, su conducta ante el dolor, los pobres,
la hipocresía, amigos y enemigos... Esto pueden y deben
imitarlo todos. Nada ‘pierden de sus energías personales.
Dios, que ha inspirado la S. Escritura, no quiso que los Evan­
gelistas consignaran mayores determinaciones. No es un des­
cuido, sino una decisión de la divina Providencia10.
No tiene por qué parecer demasiado poco. Pretender otra
cosa es pedir al Evangelio lo que no puede dar nadie. Ni
conviene que lo dé. Ahorra un esfuerzo doloroso, pero a
costa de renunciar a la propia santidad, a la única manera
que cada uno tiene de ser perfecto. En este orden de doc­
trina, no se debe buscar fuera una causa, sino un estímulo»
o una inspiración de la propia conducta.

10 Jesucristo, como complemento de la ley externa, imprime en el


espíritu del cristiano otra interior. D e ninguna virtud ha determinado·
todas las ocasiones en que obliga a practicarla. Y , sin embargo, pide
cuentas de cada caso concreto. Prueba de que llevamos dentro un me­
canismo de aplicación que viene a coincidir en todos los cristianos.
De otra manera, no se explicaría que Cristo haya dado tanta gravedad
al precepto del amor fraterno y luego lo deje aplicar libremente por
parte de cada uno.
MI CAMINO

Esto es imitación. Es lo que pretendemos, no mimetis­


mo. Se advierte la exquisitez de esta cualidad en los autén­
ticos imitadores, esos hombres empapados de Evangelio. Su
vida o sus escritos rezuman a Cristo, y, no obstante ape­
nas encuentras allí una palabra del Maestro, ni un gesto
copiado.
Allí radica precisamente la indudable eficacia ascética
del consejo: compórtate como lo haría Jesucristo, si estu­
viera en tu lugar. En la hipótesis, se trata de ocupaciones
enteramente ajenas a la manifestación histórica y tempo­
ral del Señor. A pesar de ello, su tono genérico le confiere
una eficacia inigualable. En este caso, nada concreto nos
dice con sus palabras, ni con su conducta. No tuvo ocasión
de obrar en tal sentido. Pero nos inspira la figura global def
Maestro.
Es más: nos desagrada que alguien concretice y descien­
da a consideraciones: piensa con cuánto amor, con qué mo­
destia y desinterés lo haría Jesús. De hecho la idea central
lleva en germen todas las aplicaciones. Pero nos estorba la
prolongación hecha externamente. Preferimos que esa idea
madre no tome cuerpo. Así conserva el pensamiento mayor
eficacia, y todo su encanto la figura divina del Salvador.
Se ve, por el ejemplo, que el cristiano tiene una cierta
facilidad para sacar las conclusiones de sus principios. En
el terreno de lo libre personal no hay otro recurso
Una oscuridad particular envuelve el destino del hom­
bre. Al comenzar su vida espiritual, aparece clara la meta.
Es la que describen los libros, o la que ha realizado tal
Santo. Quiere uno detalles y normas concretas. Cuanto más,
mejor. Basta un poco de ánimo, que tampoco suele faltar.
Con los años y los fracasos viene el cambio forzoso. Su­
ponemos que el ánimo tampoco falta en estas personas bien
intencionadas. Pero las cosas resultan menos claras. Mi san­
tidad no es la que dice el libro, ni la que alcanzó un de­
terminado Santo. Es una fórmula personal que yo mismo
me debo encontrar. Y aún no la veo. Sin meta, es penoso
43 CRISTIANOS POR DENTRO

disponer de energías. A estas alturas, preferimos a las nor­


mas concretas principios fundamentales que queremos re­
pensar.
Para estas almas de inquieta sinceridad: meditación del
^Evangelio.
C a pítu lo 3

JESUCRISTO VIVE DENTRO

1.— I ncorporación sucesiva .

Es progresiva la manifestación que Jesucristo hace de sí


mismo al hombre. Advierten muy bien el proceso las per­
donas que se han educado fuera de un ambiente cristiano.
Xes llamamos convertidos. Su acercamiento a Jesús se hace
'conscientemente. Nos hablan de tres etapas suficientemente
-diferenciadas. Comienzan por admirar su obra y la ley que
ha legado al mundo. Simpatizan más tarde con su misma
persona. Terminan comprendiendo lo que significa para un
hombre vivir de Cristo o en Cristo. Ley de Cristo, Persona
de Cristo, Unión con Jesucristo. Culmina el proceso en una
^entrega total.
Presenta una ligera peculiaridad la experiencia de los
que han vivido desde la infancia en el cristianismo. El pri­
mer contacto del alma fiel con Jesucristo se verifica de
manera global. Cristo es la persona conocida que hace en
ella todos los oficioá. Este primer contacto genérico es or­
dinariamente superficial y casi inconsciente. Se advierte en
las personas de piedad a un nivel medio. No han llegado a
comprender distintamente su honda necesidad y el modo en
que viene a remediarla Cristo.
Para que la vida interior se profundice, es necesario bus­
car la diferenciación en esa experiencia global. En la vida
real siguen obrando todos los aspectos. La diferenciación
se efectúa solamente en cuanto a la atención de la con­
ciencia. El despertar del alma a la vivencia consciente de
44 CRISTIANOS POR DENTRO

sus relaciones con Jesucristo, se realiza igualmente en tre»


etapas sucesivas. Es un desarrollo orgánico y normal, siem­
pre en camino hacia la intimidad personal. No es proponer
un método ascético, que el alma deba seguir. Simplemente
compruebo un hecho, una ley que se cumple en la vida
interior, aun cuando la persona no preste especial atención
a favorecerlo. Si lo cuida, el proceso será, naturalmente, más
regular y provechoso.
1. Tenemos un primer paso a la vivencia consciente^.
EL alma apenas aprovecha de Jesús otra cosa que la palabra
externa. Es una especie de legislador moderado. Ha dejado*
una doctrina espiritual, un código de obligaciones. Lo que-
interesa es penetrar en el conocimiento de estas normas, no j
de la persona del legislador. Le bastan las leyes, y cuanto
más numerosas, mejor. Se mueve entre ellas con la frui­
ción de un jurista. Como tiene en abundancia leyes, que es
lo que desea, nada echa de menos. Estas almas suelen estar
contentas. No sientan ausencia, porque la ley está siempre'
al alcance de la mano.
2. Comienzan a sentir que la ley material escrita no es
suficiente. Una para todos, y además, letra muerta. Sobre
las ruinas del culto a la ley surge una nueva necesidad.
Necesita a Jesús mismo. No precisamente como soporte y
modelo para cumplir la ley. Le busca como Persona. Quiere
intimidad y contacto personal. Y no lo encuentra, porque
no se había cuidado de cultivarlo.
La aparición de una crisis es normal en esta coyuntura...
Lo piden las circunstancias, aun cuando no se niegue la
especial intervención de Dios. La crisis suele llamarse noche
o purificación pasiva1. Período de tiempo en que el alma
se siente abandonada de Dios. Antes no sentía la ausencia,
aunque seguramente estaba más lejos. Por la razón ele­
mental de que el sentimiento de ausencia es proporcional
al deseo de unión. El alma tenía antes un monólogo in-

- Cfr. más adelante cap. 7, n. 3.


JESUCRISTO VIVE DENTRO

terminable. Ella hacía y decía todo. Be daba la respuesta.


Ha llegado a notar que su respuesta no le basta, porque
no colma la insuficiencia humana. Quiere diálogo verdadero.
Pero no ha cuidado de entablarlo. Siente la soledad. Hasta
que Dios mismo, o más ordinariamente la fe, que se arraiga
y hace vital, le da la respuesta.
3. Un paso más, y el alma ha dado con la clave de su
y ida cristiana. El contacto con la Persona de Jesús suscita
una ulterior aspiración. Mutua entrega total. Fusión de in­
tereses y deseos, y de ese estrato más hondo y general: de
vida. Cuando la miseria es grande, no basta un amigo. De
nada sirven apuntalamientos al árbol podrido. El hombre
que ha llegado a percibir con la experiencia su miseria y
absoluta incapacidad quiere algo más que un compañero.
Necesita una vida nueva. Es la mejor y la única solución
radical. Hacer propia la vida de Jesucristo. Así nace el hom­
bre nuevo, recreado por Cristo en justicia y santidad. Es más
que la simple intensificación de una amistad.
Esta última es la forma definitiva, que viene a cobrar
el proceso espiritual del cristiano. Hacia ella tiende desde
el principio. No tanto la persona interesada misma, que ape­
nas barrunta las profundidades a que está llamada. Es Dios
quien con mayor empeño lo procura.
Al decir etapas, pudiera pensarse en trayectos de un ca­
mino que se van dejando atrás. .Llegados a la segunda, ol­
vidarían la primera, para dejar ambas, una vez obtenida la
tercera. De manera que Jesucristo ya no sería considerado
verdad y modelo en un hombre para quien se ha conver­
tido en vida. No es de este género el adelantamiento del
cristiano.
Más que etapas de un camino, son etapas o periodos de
un tiempo vivido. Simplemente, los años sólo pasan en el
calendario. Los años vividos siguen formando siempre parte
de la persona. No pasan ni se dejan atrás. Se incorporan
e integran, persistiendo en la forma que toma la vida del
momento presente. Jesucristo, luz intensa, al acercarse, se
4« CRISTIANOS POR DENTRO

convierte en fuente de calor y movimiento. Sin dejar por


ello de ser luz. Antes bien, se intensifica.
Por consiguiente, el poner como ideal cristiano de per­
fección el vivir en Cristo no incluye menosprecio o contin­
gencia en el papel de imitación y seguimiento del Señor,
Seguirá siendo el modelo de vida, mientras la Iglesia re­
cuerde sus misterios en la liturgia. Es eterna su efectividad.
La imitación de Jesucristo es un programa sin revisión
posible. Por otea parte, es la imitación el único medio para
penetrar en el alma de Cristo y vivir con El.
Al hacerse vida del alma, esta nueva forma no se añade
ni sustituye simplemente a las dos anteriores. Las asume y
transforma. Jesús sigue siendo ley y norma del hombre.
Pero una norma vital, que empuja desde dentro. Casi una
ley instintiva. La vida simplifica e interioriza todas las de­
más formas en que Cristo entra en contacto con el alma.
No es nuevo este programa para los que poseen la vida
sobrenatural. Todos han de vivirla en torno a Cristo, con
advertencia o sin ella. La misma división tradicional en tres
períodos va muy cerca. En el primero, se aleja del pecado
y adquiere las virtudes. Son los principiantes. Durante el
segundo, debe meditar los misterios de la vida de Cristo, y
asimilar sus estados de ánimo. E: el período de ilumina­
ción. En el tercero, ejercicio intensivo de la caridad pura.
En el programa tradicional se advierte una orientación
similar. Su deficiencia está en no haber recalcado suficien­
temente el carácter personal de la perfección cristiana. Je­
sucristo, en cuanto Persona, no ha sido el centro. Muchos
lo han vivido sin atender a los tres estadios que sigue su
revelación al individuo.
San Juan de la Cruz ya ha propuesto el programa en
su totalidad. Le sigue, sin dar las divisiones. El Cántico Es­
piritual describe la forma en que el alma va tomando conr
tacto, cada vez más íntimo, con Cristo. Con las tres pers­
pectivas diversas y sucesivas.
Coge al alma al final del primer período. La meditación
le ha mantenido en una continua diligencia frente a la ley.
JESUCRISTO VIVE DENTRO 47

Sus motivos son por ahora algunas convicciones fundamen­


tales que ha ido sacando: la vida es breve, la senda de la
vida eterna estrecha, el justo apenas se salva, el tiempo in­
cierto, la cuenta estrecha, la perdición muy fácil, la salva­
ción muy dificultosa... Entonces comienza a invocar al
Amado2.
Sigue un período de búsqueda ansiosa. Todo le da enojo.
Cosas del mundo, ángeles, hombres, no son bastantes a cal­
mar estas ansias. No quiere mensajeros. Quiere la Persona
misma del Amado. Trato interrumpido, parcial satisfacción.
Con el hallazgo del Amado, se ha abierto una nueva exi­
gencia. No basta la compañía. Mientras quede el hombre
en sí, su naturaleza es una continua fuente de turbación.
Entonces llega la unión. Para reflejar su intimidad y la
comunidad de vida, se ha llamado a esta unión matrimonio
espiritual. Escribe el Santo: «Bien así como cuando la luz
de la estrella o de la candela se junta y une con la del sol,
que ya el que luce ni es la estrella ni la candela, sino el
sol, teniendo en sí difundidas las otras luces» 3.
En uno u otro modo, todos viven este programa de des­
arrollo. Es ordinario el seguirlo, una vez que el cristiano
pasa el período de percepción global. La diferencia consiste
que en unos lo viven conscientemente, y otros sin adver­
tirlo. Es una ventaja saberlo. Se puede fomentar el proceso
y acelerarlo en sus dos primeros grados.

2.— Cristo M íst ic o .

Estamos en el último tramo del esquema precedente. Da


miedo abordar un tema de tanta riqueza y amplitud. Por
fuerza, hemos de ser breves. Con claridad, dentro de lo que
permite el misterio. Evitando afirmaciones sublimes que na­
die entiende.

2 cá n tico Espiritual, anotación a canción 1.‘


3 Ib., canc. 22, 3
CRISTIANOS POR DENTRO

Jesucristo es vida nuestra, en cuanto nos ha merecido la


gracia, de donde aquélla depende. En efecto, por la Reden­
ción, El es causa meritoria y eficiente de la gTacia que ac­
tualmente se concede al hombre. Por este solo título, ya se
deben a Cristo el origen de la vida sobrenatural en el hom­
bre, su desarrollo y sus frutos. Bien se podría decir, en este
caso, que Jesucristo es nuestra vida, pero en un sentido im­
propio. En lugar de decir: es nuestra vida; la expresión
exacta seria: nos da la vida. Como la madre a su hijo, que
luego vive independiente de ella.
Para que Jesucristo sea vida del cristiano, es menester
que forme con él un solo y mismo organismo. Si le dejamos
fuera, podrá ser causa de vida, no la vida misma. Es pre­
ciso que se una El en persona, no sus dones. Aunque esto
se verifica también por el simple hecho de la Redención,
entendida en un sentido pleno. La Redención no se hizo
en un momento, el tiempo que duró la muerte en Cruz. Se
va realizando lentamente en cada uno, hasta llegar a su per­
fección.
Tengamos presente que, al hablar de vida sobrenatural,
estamos aplicando una metáfora del orden natural. La teo­
logía nos permite y aun obliga a llevarla adelante. Es una
vía luminosa de acercamiento al misterio.
No se puede estirar mucho en consecuencias una me­
táfora, por muy acertada que sea. El orden sobrenatural
no es una copia de la pobre naturaleza. Si la Revelación
hubiera dicho únicamente que Cristo es nuestra vida, de­
jando a la filosofía la explicación, estaríamos a un palmo
de la completa oscuridad. Por una generosidad inesperada,
Dios mismo se ha explicado. San Pablo es el mensajero de
la aclaración divina. Saca a plena luz este lado misterioso
y sublime del cristianismo. Aplica en dos formas ligera­
mente diversas esa imagen única: Cuerpo Místico de Cristo,
Cristo Místico

4 Cír. J. M. Bover, s . j„ Teología d e San Pablo, Madrid, BAC, 1952,


pp. 552 y 591.
JESUCRISTO VIVE DENTRO 49

Jesucristo es la Cabeza de un Cuerpo Místico, del que


nosotros formamos los demás órganos. En esta unidad ra­
dica la comunicación de su vida al hombre. El cristiano
está íntimamente unido con Cristo. De El recibe toda la
vitalidad sobrenatural, como los órganos del cuerpo huma­
no la reciben de la cabeza. Pero el cristiano sigue fisica y
moralmente libre y dueño de sus actos. No se trata, pues,
de una unión física. Es, por otra parte, algo más, mucho
más, que (una simple unión moral. No es un cuerpo físico
sobrenatural. Lleva un nombre especial: Cuerpo Místico.
Quiere decir : comunicación real y eficaz, como en el cuerpo
humano; pero de una modalidad especial, oscura, sin equi­
valente posible en el mundo natural.
San Pablo presenta un nuevo matiz de su pensamiento
con otra expresión de la misma imagen: somos el Cristo
Místico. Cristo e Iglesia identificados, formando el «Cristo
Total». No se habla de influjo, ni de convivencia. Es sen­
cillamente vida común a base de un único principio. Como
en el orden sobrenatural el hombre nada posee, es la vida
de Cristo la que se hace de ambos. Prueba de la nueva co­
munidad de vida que se establece entre ambos es la libertad
con que cambia San Pablo el orden: vive Cristo en nosotros,
o nosotros en Cristo5.
Y el mismo San Pablo va sacando las consecuencias. La
obra redentora ha sido hecha en común. La cruz, muerte y
resurrección históricas de Cristo lo son igualmente del cris­
tiano. Son inseparables. No es que los misterios de Cristo re­
percutan cada uno con su carácter particular en la vida
sobrenatural de sus miembros. Sencillamente, el cristiano
sufre, muere y resucita con El y en El.
Las consecuencias trascienden inmediatamente al orden
moral de la conducta. Sigue aplicando San Pablo. El cris­
tiano tiene una obligación estricta de meditar la vida y los
misterios de Cristo. Para ser consecuente. Como el que es­
tuviera obligado a cumplir los contratos hechos por su pa-

* Gal. 2, 20.
4
50 CRISTIANOS POR DENTRO

dre, o mejor, por su representante. La unión es aquí más ín


Urna aún. No puede el cristiano retraerse a la conducta que
ie imponen esos misterios ya vividos. Les ha vivido él m s-
mo, cuando Jesús les vivió. El camino esta emprendido. No
echarse atrás. ¿No es absurdo ponerse a elegir? San Pablo
se enfada justamente ante tan grande inconsciencia del cris­
tiano. Si ha muerto con Jesús al pecado, ¿por qué ahora se
de nuevo con la vida vieja a cuestas, como si pudiera
a estas alturas deshacer lo que ya tiene hecho en la vida
de Jesús?
El cristiano ha vivido y sigue viviendo de Jesús. Su vida,
histórica fué solamente un comienzo de las relaciones. Se­
guirán siendo efectivas.
Al cabo de tantas esperanzas, a algunos les espera la
desilusión. El Cuerpo Místico de Cristo no soy yo primaria­
mente, sino la Iglesia. Jesucristo se ha unido directamente’
a la Iglesia. Sólo a través de ella nos ve a nosotros, los in­
dividuos. Pero ¿es esto lo que esperábamos? Como último
grado en un proceso personal de interiorización, te enrolan
en una colectividad, para que vivas de la vida común de
toda ella. A muchos ha disgustado esta posposición del in­
dividuo. Han llegado a renunciar a la vida de Cristo, para
no tener que recibirla por medio de esta colectividad.
Si en lo divino las cosas sucedieran como aquellas que
dependen de los hombres, habría motivo más que suficiente
para preocuparse. Cuando alguien coloca en primer plano la
colectividad, los individuos se convierten en ovejuelas de un
rebaño inmenso. ¡Adiós intimidad! El general se preocupa
del ejército, no de cada soldado. Sacrifica al individuo, si lo
pide el bien común. Acaso te escuche privadamente en el
día de una hazaña o desgracia personal tuya. Pero ¿y el
resto de los días, que son prácticamente toda tu vida? No se
acordará de ti, ni lograrás que se interese por tu vida per­
sonal. Lo vemos cada día. Rarísimamente una gran perso-
nahdad hará visita a una persona humilde. Si el caso Ilesa
a darse ese hombre grande trae consigo otros cuatro de
su acopafiannento, que son los que le responden. Ni siquiera
JESUCRISTO VIVE DENTRO 51

en este caso de una atención especial te dejan tratar a gusto


Hablan otros por ti.
No rigen iguales normas en el mundo sobrenatural. La
institución de una comunidad se ha hecho precisamente a
ventaja de los individuos. Así que éstos no pueden ser nunca
secúndanos ni desatendidos. Lo veremos en el número si­
guiente. Bastará la experiencia: «Y no es de maravillar que
el alma con tanta frecuencia ande en estos gozos, júbilos y
fruición y alabanzas de Dios, porque, demás del conoci­
miento que tiene de las mercedes conocidas y recibidas
siente a Dios aquí tan solícito en regalarla con tan precio­
sas y delicadas y encarecidas palabras, y de engrandecerla
con unas y otras mercedes, que le parece al alma que no
tiene él otra en el mundo a quien regalar, ni otra cosa en
que se emplear, sino que todo El es para ella sola»
No hay motivo para disgustarse. Jesús ama a la Iglesia,
y ama a los cristianos en singular. Cada uno en su plano. A
ambos en primer término. Como se ama a padres y herma­
nos. A unos y a otros totalmente. No hay dificultad. A tra­
vés de la Iglesia. La Iglesia, como María, se interpone en
nuestras relaciones íntimas con Dios, sin ser ese tercero
indeseable que coarta las expansiones más legitimas de la
amistad.
Como individuo, desea el cristiano un lugar y una fu n­
ción particular en ese Cristo total. Se le ha concedido esa
misión individual. ¡Sublime honor! Pero debe pensar tam­
bién en la responsabilidad. La consecuencia es inevitable:
cada uno tiene que cumplir por sí mismo esa misión indi­
vidual. Somos insustituibles. Jesucristo quedará irremedia­
blemente privado de esa perfección externa que esa persona
debía comunicarle. Vendrán Santos que le alaben. Pero con
eso cumplen la misión de ellos. La tuya queda vacante e re­
emplazable 7.

6 San Juan de la Cruz. Llama de amor vive. canc. ¿ 36.


7 c f r . G . S alet , S . J., Le Christ notre vie, ? ed.. Castennan. 19^
pp. 26-27.
52 CRISTIANOS POR DENTRO

Jesucristo vive hoy en su Iglesia. Ha superado en ella


la historia temporal. Pero ese Cristo que sufre y triunfa so­
mos nosotros. Luchamos por El y por nosotros, porque for­
mamos juntos el Cristo místico. Como El luchó también por
ambos en la hora de su peregrinación terrestre. No es una
invención humana. Es realización divina.
El Cuerpo Místico es un consuelo, antes de ser una res­
ponsabilidad. El Señor lo ha instituido para ayudar al hom­
bre, y no para sobrecargarle.
.Los cristianos que afinan el espíritu llegan a ser cons­
cientes de su pertenencia a un organismo espiritual. Sienten
los deseos de la Cabeza, las necesidades de otros miembros
u órganos como cosa propia. Perciben la abundancia de sa­
lud que de otras almas se les comunica. Con un recurso de
origen desconocido remedian su flaqueza. Notan igualmente
que de ellos fluye savia en provecho de otras partes más
necesitadas del Cuerpo. Una desgracia de la Iglesia o de al­
guno de sus miembros duele a estas almas instintivamente.
La vitalidad oculta previene en ellas el raciocinio.
Esta experiencia no es exclusiva de los Santos. Todos la
tienen en algunos aspectos. Hay almas tibias, incapaces de
hacer un esfuerzo o una renuncia por su provecho personal
o por alcanzar mérito. En cambio, la hacen sin resistencia y
con alegría, cuando se les propone como finalidad la con­
versión o el bien de otras almas. ¿No es admirable esta ge­
nerosidad? Hasta los niños se ilusionan y enardecen con el
ideal misionero.
Las dos direcciones en que circula la vitalidad: de cada
uno a los demás y de los demás a cada uno, forman lo que
solemos llamar Comunión de los Santos. Santos, en este sen­
tido, lo son todos los cristianos. La comunión entre ellos es
simple consecuencia del Cuerpo Místico.
La salud circula siempre, buscando un nivel de bienes­
tar, idéntico para todo el organismo. Es imagen de esta rea­
lidad espiritual la salud corporal, recobrada con el solo con­
tacto del Cristo físico. Había en El redundancia. La salud
del Salvador pasaba a los enfermos que le tocaban, como si
JESUCRISTO VIVE DENTRO

formaran con El un solo cuerpo. Y Jesús sentía la transfu­


sión de vida, como declaró en ocasiones.
Este fué el gran consuelo de San Agustín: su unión coa
un Cristo, pletórico de salud, y puesto a nuestro servicio. lüi
el libro 10 de sus Confesiones hace un examen riguroso y
penetrante del estado actual de su alma. Después de tantos
años de esfuerzo continuado y sincero, el interior aún pre­
senta un aspecto pavoroso. A pesar de la conversión ra­
dical, sigue comprobando su impotencia para acabar con
la antigua vida y para realizar sus deseos de santidad he­
roica.
Pero se siente miembro de Cristo. Enfermo, pero miembro.
Experimenta una inquietud dolorosa con relación a su sitúa,
ción presente. Al mismo tiempo advierte que una vena ocul­
ta le impulsa a la vivencia total del cristianismo. Es el
esfuerzo que hace Jesucristo por rehabilitar ese miembro
débil a la salud plena. «Si no fuera por eso, caería en la
desesperación» 8. Si, una vez redimido, le hubiera abando­
nado a su propio esfuerzo, sucumbiría. Es que, sinceramen­
te, no puede más.
Pero el remedio ha sido eficaz. En medio de la miseria y
del cansancio, descubre la salvación en el empuje que le res­
tablece con esa pequeña cooperación personal que puede
prestar. Empuje constante, como su pertenencia al Cuerpo.
Como la circulación de la sangre en salud.

3.— E x pe r ien c ia s personales .

Todos los cristianos formamos parte del Cuerpo Místico.


No lo sentimos, como no sentimos la presencia de la gra­
cia, que es el vínculo de la pertenencia vital. Pero basta la fe,
que cerciora. No es, sin embargo, dudar de su testimonio,
si ahora añadimos una corroboración externa. Es más bien
lina ilustración que colma nuestro convencimiento. En al­
gunas almas privilegiadas se manifiesta a la observación

hConfesiones, 1. 10, c. 43.


54 CRISTIANOS POR DENTRO

humana el intercambio de vida con el organismo central.


Servirá igualmente para anular la inquietud que suscita
en algunos la sospecha de que aquí falta intimidad. Jesu­
cristo no se une con una Iglesia, ser abstracto. A través
de la Iglesia, va directamente a los individuos. Con ellos
toma contacto. Con cada uno personalmente. Estrecha de
tal manera la unión, que, como antes nos decía San Juan
de la Cruz, el alma llega a pensar que no tiene otra perso­
na de quien ocuparse en el mundo, más que ella, ni otra
cosa a que atender. ¡Como para dudar de que sus relacio­
nes son directas!
EL tema se presta a hacer una selección de confesiones
sacadas de la vida de los Santos. Mas no vendría a tono
con las intenciones del presente libro. Baste advertir que
es larga la serie, inaugurada por San Pablo: «Ya no vivo yo,
es Cristo quien vive en mí» 9. Nos limitamos a poner de
relieve dos síntomas evidentes de la transformación de vida
ya obrada.
Acaso nada refleje con tanta fidelidad el fondo de la
vida auténtica, como el instinto. Es un brote espontáneo.
Puede la voluntad frenarlo, pero no lo planta ni lo arranca.
En su propio asiento, el instinto vive sin control e indistur-
bado. De ahí su valor declarativo del fondo existente en el
hombre.
Las personas avanzadas en perfección poseen una espe­
cie de instinto divino. La mejor prueba de que su vida es
también divina. Gozan y sufren, luchan y arriesgan, guia­
das por los intereses de Cristo. Ya de primer movimiento.
Como yo defiendo espontáneamente mi vida, cuando la ame­
naza un peligro, o retiro la mano del fuego. El cambio de
vida se ha hecho desde lo hondo.
Anda en peligro la honra de Dios. No deben reflexionar
para dolerse y poner el remedio que está a su alcance. Ins­
tintivamente lo sienten. Les duele dentro. La visión de he­
chos y cosas desde el lado de Dios elimina en ellos todo
* G a l 2 . 20.
JESUCRISTO VIVE DENTRO 55

otro punto visual no convergente. Lo mismo que el egoísta


lo ve todo del lado de su persona.
Por un momento acerquemos un cristiano ordinario a
estas almas. Se verá la diferencia. Ambos deben reaccionar
ante un mismo hecho. Supongamos que es el siguiente <¡nun­
ca se realice!): Un desalmado, después de una lucha pin­
toresca. con el sacristán, profana el Santísimo Sacramento.
Nuestro primer movimiento es de risa, ante la escena gro­
tesca del viejo sacristán defendiendo con velas y misales.
Reflexionamos después, y nos duele el sacrilegio.
El Santo comienza por el final. Su primer movimiento
es el dolor de la profanación. Y eso le quita de raíz la posi­
bilidad de disfrutar con las incidencias ridiculas del encuen­
tro precedente. Lo mismo sucede con cualquier otro pecado
grave, acompañado de circunstancias acomodadas a la risa.
Esta diferencia en las reacciones se puede observar a cada
momento. He citado un caso que no suele darse. Ilustra
muchos otros que se dan.
No es un pecado nuestra reacción, la del cristiano ordi­
nario. Es solamente un síntoma, pero muy revelador. Tarda
en percibir el aspecto divino de los sucesos. Lleva la vida
divina en el entendimiento. Y es el entendimiento, discu­
rriendo, quien descubre el lazo de las cosas con Dios. El
discurso es siempre lento. El Santo, en cambio, lo siente
con el instinto divino, que se dispara, automático, en presen­
cia de su objeto.
Quien recibe un gran daño, le hace muy poca gracia
todo el ingenio que la persona haya puesto en juego para
hacérselo. «Maldita la gracia...», se suele decir. Y esto sin
reflexión. Es el instinto quien dice que las cosas van mal y,
por tanto, que no hay motivo de alegría. Esto mismo le
acontece al Santo con las cosas de Dios. Tiene en ello su
interés fundamental y predominante, porque es su propia
vida.
Conscientes de que en asimilar la vida de Cristo con­
siste la perfección cristiana, los Santos han puesto en ellos
su única ilusión. Y con este rumbo han orientado sus es­
56 _____________ CRISTIANOS POR DENTRO ___

fuerzos y oraciones. Copiar en sí la s deseos, ideas, senti­


mientos del Señor. Bien lo expresa un alma grande casi
contemporánea: «Venid, ¡oh Jesús!; verted mi alma en la
vuestra. Que en ella se moldee y en adelante no se rija ya
por sus movimientos, sino por los de vuestro Corazón» 10
Tiene una expresión aún más concisa y llena de teología:
«Seamos para El una especie de humanidad prolongada, en
la cual pueda El renovar todo su misterio» 11.
En su modestia, la joven religiosa lo declara como deseo
suplicante. Lo realizó en gran parte ella misma. Desde luego,
declara muy bien lo que han realizado almas heroicas.
Es significativo el cambio que se da en las almas en lo
que se refiere al sentimiento de la vida sobrenatural. El
principiante es todo furor y mirada al externo: «Como e!
alma ve que tiene su v»da natural en Dios por el ser que en
él tiene, y también su vida espiritual por el amor con que
le ama, quéjase y lastímase que puede tanto una vida tan
frágil en cuerpo mortal, que la impida gozar una vida tan
fuerte, verdadera y sabrosa como vive en Dios por natura­
leza y amor» 12. Estamos en los comienzos. El espíritu no
ha asimilado la vida divina. La ve todavía fuera.
Al llegar a la unión, cambia totalmente el aspecto: «Todo
este caudal (potencias, pasiones, sentidos) de tal manera
está ya emple&do y enderezado a Dios, que aun sin adverten­
cia del alma, todas las partes que habernos dicho de este
caudal, en los primeros movimientos se inclinan a obrar en
Dios y por Dios; porque el entendimiento, la voluntad y la
memoria se van luego a Dios, y los afectos, los sentidos, los
deseos y apetitos, la esperanza, el gozo y luego todo el cau­
dal de prima instancia se inclina a Dios, aunque, como digo,
no advierta el alma que obra por Dios. De donde esta tal
alma muy frecuentemente obra por Dios, y entiende en El y
en sus cosas sin pensar ni acordarse que lo hace por El; por­

l<1 I s a b e l de l a Elevación 21. Obras Completas, Madrid*


T r in id a d ,
"Edit. de Espiritualidad”, 1958, p. 806.
11 Id. Epistolario, 42, p. 534.
12 S a n J ija n de l a C r u z , Cántico Espiritval, c, 8, 3.
JESUCRISTO VIVE DENTRO 5T

que el uso y hábito que en la tal manera de proceder tiene


ya, le hace carecer de la advertencia y cuidado y aun de loa
actos fervorosos que a los principios del obrar solía tener» 13
A primera vista, parece una marcha hacia atrás en la
vida del espíritu. Pero es normal, por la razón que indica
el mismo Santo: el hábito quita la advertencia. El amor a
Dios se convierte en una función orgánica; tan constante,
que acaba por ser en muchos ratos inconsciente. La vida
no se siente, sino que se vive. Sólo perciben la circulación de
la sangre los enfermos. Esto no quita que el amor de loe
perfectos tenga frecuentes actos de ejercicio intenso y ad­
vertido.
La comunidad de vida entre Cristo y las almas perfectas
ha motivado la predilección por la imagen del matrimonio.
Desde el Cantar de los Cantares. Esta imagen del matrimo­
nio ilustra bien la unión con Cristo. Y mejor aún los frutos
de tal unión: el valor de las obras del cristiano. Son obras
totalmente suyas, y totalmente de Dios. El hombre sale
ganando, que viene muy razonablemente premiado como
autor de obras divinas. Nos viene a la mente la obra de
María en la Encamación. El Niño que nace es Hijo suyo e
Hijo de Dios. El Hijo de Dios tiene que ser Dios. María es,
pues, Madre de Dios, por su cooperación humana y pobre a
la obra divina.
Todo se ha convertido en vida, para estas almas. Con las
leyes sucede lo mismo que antes vimos con los intereses de
Jesucristo. Las llevan dentro. Para el justo no hay ley, por­
que él mismo se es ley. La observa sin pensar en ella. Se ha
convertido en instinto, en una segunda naturaleza.
Es un programa lleno de encanto. Tratar con Jesucristo,
de sus labios escuchar la verdad, recibir de El directamente
la vida y la gracia. Pero es incompleto. Quedan en el aire
las relaciones del cristiano con Cristo. En el sentido más
estricto de relaciones personales, quedarían en el aire sin el
complemento que El mismo ha querido añadir: la Iglesia.
Podría seguir obrando sin ningún intermediario. De hecho,
así lo hace algunas veces. Mas no es ésta la economía nor­
mal.
Jesucristo ha pasado a retroscena. Habla, dirige, inter­
viene, mas no se le ve. Por eso, quien desee comprender al
Maestro no debe contentarse con escucharle a El. Hoy es
la Iglesia el Cristo viviente. La Iglesia, con sus componentes
humanos, tal como se da en la realidad. El Señor la ha de­
jado como «Guardiana y Maestra de la Verdad revelada».
Ella debe instruir y santificar. Ella nos da el Evangelio. Por
medio de ella tenemos a Jesús mismo.
Ya estoy previendo la reacción. ,La han experimentado
muchos. Desentona meter aquí a la Iglesia—dicen—. Es una
desviación prosaica ponerla junto a la Persona de Cristo.
Parece un estorbo, ahora que buscamos el contacto íntimo.
En una cosa tan delicada como son las relaciones religiosas
personales con el Señor, no agrada que se interpongan
otros hombres. «Déjame con Cristo solo. Lo prefiero.»
Es muy posible que muchos prefieran que ningún otro
intervenga en su amistad con Cristo. Pero no se trata de
preferencias y de gustos. Las cosas son como Dios las ha
ordenado, y no como a cada uno le guste. Y ha ordenado
que las relaciones con El se mantengan a través de la
Iglesia. Esta disposición divina, hecha para alivio del hom-
JESUCRISTO HOY 5®

bre, ha sido la piedra de tropiezo para muchos idealistas.


Echa por tierra toda su ilusión de esplritualismo puro. Y
han preferido prescindir de este elemento humano. La re­
acción se da sobre todo en las almas con mucha sensibili­
dad natural, pero faltas de raíces cristianas.
Tal vez en un arranque de puro espíritu parezca que fuera
mejor prescindir de todo elemento exterior. Mas pensándolo
bien, aunque repetido, conserva todo su valor el principio:
no somos ángeles, sino hombres. Si somos sinceros, recor­
daremos que con frecuencia no ha sido bastante la actividad
del solo espíritu. Se siente la necesidad de comprobar la
presencia divina de manera más palpable. La experiencia de
los siglos es también una prueba a favor del intermediario.
Por otra parte, no impide la inmediatez en las relaciones.
Pero, si la impidiera, sería lo mismo. Pues no se trata, como
ya he dicho, de lo que nos pueda parecer más conveniente a
nosotros.
La Iglesia es la personificación de todas las realidades
que para cada cristiano quiere ser Jesucristo. Su actividad
se ordena íntegramente a establecer entre ellos la unión.
Prolonga la Encarnación, que no tiene otra finalidad. Dos
manifestaciones más salientes presenta la obra de la Igle­
sia: María, los Sacramentos.
María. Extraño puede parecer que pongamos a María
como simple manifestación de ia actividad salvadora de la
Iglesia. Es verdad que ambas son mediadoras. Mas no es
administrado por la Iglesia el poder de María. Y, sin em­
bargo, los Santos Padres constantemente las funden. Apli­
can indistintamente a una y a otra pasajes figurados de la
Sagrada Escritura. La semejanza entre ambas está, sin duda,
en la misión que desempeñan. Pero no es abusivo identifi­
carlas por sólo un aspecto que tienen común. Pues tal aspec­
to es la razón de ser para las dos: hacer donación de Jesu­
cristo a los hombres, traer los hombres a Cristo. Está bien
justificado su parentesco.
,La Iglesia se ve retratada en María. La Santísima Vir­
gen cumple en su actividad la tarea que tiene también
60 CRISTIANOS POR DENTRO

asignada la Iglesia. Ofrece una digna acogida a Cristo que


viene al mundo. Se une con El, forma con El un solo cuerpo,,
una sola vida. Asociada al sacrificio del Hijo, le ofrece la
humanidad y coopera de este modo a la redención del hom­
bre. Física y espiritualmente es mediadora entre Cristo y
los hombres. Es exactamente lo que pretende hacer la Igle­
sia: renovar la humanidad, ofreciéndole el nuevo fermento*
que es Jesucristo. María se le ha anticipado.
La Virgen forma, por otra parte, las primicias de la.
humanidad conquistada para Cristo. La obra del Redentor
da sus primeros frutos. La plenitud de gracia nos da una-
inmaculada, la conduce a la resurrección en alma y cuerpo,,
para unirse totalmente con el Señor. Es lo que se pretende
hacer con cada uno de los hombres. La Virgen es modelo y
artífice en la vuelta de los hombres a Dios. El sueño de la..
Iglesia, ya realizado parcialmente.
ES parentesco entre María y la Iglesia se funda en mu­
cho más que en una mera semejanza de misiones. «Todas:
estas anticipaciones [por parte de María] no son extrañas
a la vida de la Iglesia, pues en María es la Iglesia quien
inicia su vida oculta. Del mismo modo se podría decir tam­
bién que en María la Iglesia comienza a ser santa e inmacu­
lada, a incorporarse a Cristo, a participar de sus misterios-
y a resucitar con El. En esta perspectiva, María se mani­
fiesta como el primer miembro de la Iglesia, aquel en el
que la Iglesia cumple de la manera más perfecta y por
adelantado su esencia más profunda, la más inalienable, que
es la comunión con Cristo» 14.
Ahora podemos entender con facilidad la figura de María,.
con todos sus privilegios y sus compromisos para con el hom­
bre. María siempre ha sido la misma No obstante, el cono­
cimiento que el pueblo cristiano tiene de ella va en continuo
progreso. Hoy se conoce distintamente el dogma de su parti­
cipación e n la obra que Jesucristo lleva a cabo constante-

R. L a u r e n t in . En Iniciación Teológica, III, Barcelona, «HER-


**
DER», 1961, pp. 239-240.
JESUCRISTO HOY __ 61

mente por la salvación del mundo. Hay que vivirla cons­


cientemente.
¿Qué es María en sí? Obra maestra, en riqueza y esplen­
dor, de la mente y de la mano divinas. Es madre de Dios,
Virgen, Inmaculada... Aun cuando todo esto fuera solamente
una exhibición de la Omnipotencia divina, su contempla­
ción debiera constituir una inmensa alegría para el cris­
tiano.
Pero he aquí que nos tocan más de cerca sus grandezas.
.Nos interesa más su aspecto relativo. Y no es por egoísmo.
Ellas mismas llevan dentro esta primaria finalidad. Con­
viene tomar frente a ellas la actitud acomodada. Esta acti-
tud sólo se puede adoptar conociendo previamente el signi­
ficado que Dios les ha dado concediéndolas a María, que
«s el mismo que les da la Iglesia, proponiéndolas a la con­
sideración nuestra.
Hay algunas cualidades marianas en que predomina la
nota de privilegio: Inmaculada, Asunción. Sólo Ella entre
las criaturas ha recibido estos dones inauditos. A pesar de
su carácter dominante de excepción, ni siquiera éstos están
hechos para suscitar envidia: una isla paradisíaca de pro­
piedad privada en medio del mar rojo; como haciéndonos
palpar nuestra miseria entre tanto esplendor.
Son privilegios de hecho, no tanto en la intención. Son
ejemplo y esperanza: a través de ellos, Dios manifiesta
lo que tiene reservado y quiere dar a todos. Consecuencia
natural, porque toda la persona de la Virgen es el triunfo
de la gracia. Al encontrarse perfectamente desarrollada en
ella, produce tales efectos. Como esa gracia es de natura­
leza idéntica a la nuestra, está diciendo que al mismo punto
llegaremos también nosotros el día que la nuestra alcance
su pleno desarrollo.
María es la gran ilusión del hombre realizada. Represen­
ta una meta. De sus privilegios no recibiremos lo que en ella
hay de personal. Nos basta lo sustancial, que es el triunfo
de la gracia sobre el pecado y sus reliquias, del alma sobre
el cuerpo.
62 CRISTIANOS POR DENTRO

Hay en ella otra serie de atributos ordenados más direc­


tamente a bien de los hombres: Madre, Mediadora. Ha traí­
do al mundo al Redentor, y precisamente para ser Redentor.
Sólo por eso le debemos a María gratitud perenne. Pero no
se contenta con esta primera actuación fundamental, y
común para todos los cristianos. Quiere empeñarse de mane,
ra permanente en la progresiva aplicación de la obra reden­
tora a los individuos en particular. ¿Con qué título? ¿Reina,
Intercesora, Reparadora? Todo eso, y mucho más: Madre.
Madre de todos y de cada uno. Este solo título ya dice
lo que Ella significa en la vida sobrenatural del cristiano.
Ella le dió la primera gracia. La conserva y da otras nue­
vas en cada momento. Es Mediadora universal: todo lo que
cada uno recibe viene a través de su mano. Pero ¿cuánto
es eso? Es Madre: todo lo que pida o necesita, y mucho más.
Nadie llegará a tener conciencia de los beneficios que un hijo
recibe de su madre. La madre ni siquiera los llama ya bene­
ficios. Es tan habitual y permanente la actitud bienhechora,
que la considera como un deber. No se pueden contar sus
favores. Porque no avisa. Previene y remedia, sin tocar las
campanas.
María no procede, en la distrifc ación de las gracias, a la
ventura. Las otorga a cada uno se jún un plan bien defini­
do. No las da para ir pasando. Mira a reproducir la figura
de Jesucristo en cada cristiano. Ser Madre de Jesucristo
es su misión fundamental en la tierra, y hacia ella conver­
gen todas las demás misiones. Por eso, quiere hacer que
cada nuevo hijo sea su Hijo. Se ha dicho que el Seminario
es el seno de María, donde se forman nuevos «Cristos». Otro
tanto se puede decir de los cristianos simples, no sacerdotes.
No se debe olvidar: nuestra vida espiritual se desarrolla en
el seno de María. «Hasta que se forme Cristo en nosotros».
Comenzó su misión con la venida del Redentor a la tierra.
Pondrá término con la muerte del último redimido.
Nadie pensará que una mediación de este género pueda
ser un estorbo a su intimidad con Cristo. Eso precisamente
_ JESUCRISTOHOY ' 63

procura María con todo su poder: que el cristiano llegue a


fundirse con Cristo y vivir de El.
En un plano diverso se encuentran los Sacramentos. Son
medios sensibles que el Señor emplea para comunicar al
hombre su gracia. En la administración de todos ellos inter­
vienen los hombres. Razón para que a algunos les parezcan
un estorbo en el trato directo con Dios. Todos tenemos a
ratos venadas de esplritualismo puro.
Mas al hombre no le basta recibir interiormente la gra­
cia. Necesita tener algún signo de que la ha recibido, de su
presencia. Porque la gracia no es sensible. El Sacramento dice
cuándo se recibe la gracia, y cuál es la gracia que se recibe.
Un aviso para mover a explotarla.
Es el mismo Jesucristo quien administra los Sacramentos.
La Encíclica «Mediator Dei» ha recalcado esta faceta un po­
co olvidada. Las acciones que ejecuta el ministro hombre
son una reevocación. Por medio de ellas Jesucristo renueva
la actividad concreta de su vida terrestre. Sólo que ahora
el valor salvífico de la acción se aplica a cada uno en particu­
lar. El sacerdote es un instrumento, que luego se borra.
El Sacramento, símbolo externo, contiene y comunica la
gracia. Perpetúa la obra de la redención, haciendo continua­
mente presentes las acciones redentoras de Cristo encama­
do. No es efecto de burocracia o exceso de intermediarios. Al
contrario. Dios, que no guarda la gracia celosamente en sus
manos, para darla al que se la pida y la merezca. La ha
puesto en plaza pública, para que la coja el que quiera.
Equivale a: «Sírvase usted mismo».
Entre los Sacramentos no todos tienen la misma impor­
tancia y eficacia. La vida espiritual apoya principalmente
en la Eucaristía. Pero no pienso insistir sobre este tema. Se
cultiva con diligencia en nuestros días la espiritualidad sa­
cramentaría y litúrgica.
Podemos decirlo sin miedo: con exceso. Se ha llegado &
creer que los sacramentos bastan para todo, como un pro­
grama de vida espiritual completo. Y la liturgia no es eso.
Por causa de ella, se descuida la práctica seria de un progra-
CRISTIANOS POR DENTRO

ma paralelo de ascetismo serio. Lo pide el simbolismo de los


sacramentos. Exigen del hombre una actividad correspon­
diente. Lo mismo que los demás dones que al hombre apor­
ta la persona de Cristo. El corresponder no es un simple
agradecimiento. Es una colaboración, sin la cual toda gene­
rosidad divina resulta ineficaz15.
Nos queda, pues, por exponer esta otra mitad del pro­
grama que conduce a la unión personal con Jesucristo.
II
HOMBRES DE CRISTO
Jesucristo es, para el indiferente, un hombre vivida en
un rinconcito del universo, generoso con sus contemporá­
neos. Ha contribuido eficazmente al progreso moral de la
Humanidad. Nos ha proporcionado el placer de contemplar
una persona equilibrada y perfecta, como nunca se había
visto en la tierra. Grande espectáculo su vida. Interesante
leer su historia a veinte siglos de distancia. Conservaremos
de él un grato recuerdo.
Semejante actitud, que pudiera parecer laudable, no cabe
en la presente ocasión. Jesús no ha venido a exhibir una
humanidad perfecta. Viene, como llegado divino, a fundar
una nueva religión. En El, persona y actividad se ordenan
a anunciar que Dios quiere ser servido y amado de manera
diversa. Esto ya no es puro espectáculo, sino que impone un
cambio muy grave. Es forzoso tomar posiciones frente a EL
Cristiano es el que se declara a su favor. Ha demostrado
abundantemente que es Dios el autor de la nueva religión.
Tres disposiciones de ánimo primarias comporta la adhesión
a Cristo. Sus nombres son conocidos: fe, esperanza y ca­
ridad. Pero en gran parte se ignora su contenido y alcance.
Explicaremos la estructura y funcionamiento de tales vir­
tudes. Con ella se verá el valor que tienen para medir el
pulso de toda la vida espiritual. Las virtudes teologales no
son todo. Pero, bien entendidas y practicadas, cristianizan a
perfección el hombre entero.
Hablamos solamente de exigencias. Las virtudes teolo­
gales imponen al individuo una ley de hierro. Mas la virtud
es ante todo un poder, una energía. Trae la obligación, por­
que da antes la fuerza para cumplirla. Existe un perfecto
paralelismo. Por eso no insisto en el segundo aspecto. Vale
para él proporcionalmente todo lo que se dice del primero.
C a p ít u l o 4

LA FE

1.— Re lig ió n positiva .

¿Ha leído usted lo que dice Dios?


Si, después de la creación, Dios no hubiera intervenido
en la historia del mundo, bastaría ser un hombre honrado
para cumplir a maravilla los deberes religiosos. Honradas
llamamos a esas personas que siguen fielmente los dictados
de una conciencia recta. Todos gozan de esa especie de sen­
tido común religioso. Es un fondo que Dios miaño sembró
en la naturaleza humana al crear al hombre. Se refiere a
las relaciones que establece entre Dios y el hombre el hecho
de ser éste criatura divina. Conjunto de relaciones que los
teólogos llaman religión natural. No se necesita instrucción
particular para conocer tales principios. La naturaleza mis­
ma los enseña y recuerda.
Pero Dios ha hablado y obrado posteriormente, intervi­
niendo en la historia religiosa humana. Y por dos veces.
Habló a Moisés y, por medio de Moisés, a todo el pueblo
escogido. Ha hablado nuevamente por medio de Jesucristo.
Esta última vez es la que nos interesa. Es la que hoy está en
vigor, y con carácter definitivo. Religión nueva, Nuevo Tes­
tamento. La religión natural se fundaba en el hecho de la
creación. Esta otra estriba en el hecho de la filiación divina.
Dios ha concedido a la humanidad altera y a cada indivi­
duo, por medio de Jesucristo, el don inestimable de ser hijos
suyos. Se comprende que ahora las relaciones con Dios sean
diversas de las que teníamos como simples creaturas. Padre
66 CRISTIANOS POR DENTRO

e hijo no se miran simplemente como creatura y Creador.


Nuevos derechos y nuevas obligaciones. A esto llamamos re­
ligión positiva y sobrenatural.
Al denominarla positiva, lo entendemos en el mismo sen-
tido que tiene esta palabra, cuando se aplica a las leyes de
la sociedad humana. Leyes naturales son aquellas que se
fundan en el ser mismo dei hombre, como es la existencia
de una autoridad social. Existen siempre. Positiva es la que
ha establecido una persona humana o divina, pero que no
va pedida esencialmente por la naturaleza humana, como
seria una manera u otra de gobierno. En cada sitio, las
leyes positivas pueden ser y son diversas. Estas leyes que
dependen de una voluntad posterior, no se le ocurren a
la mente todas, aunque sea la mejor intencionada. Existe
el deber de aprenderlas.
El cristianismo es una religión positiva. Muchos de sus
principios no brotan de la naturaleza misma del hombre,
como exigencias fundamentales. Son libres disposiciones de
Dios. El mensaje de Cristo es una manera nueva de amar y
servir a Dios, una visión peculiar del mundo. Antes de la
venida de Jesucristo, la naturaleza no llevaba dentro tales
normas, ni tenia que cumplirlas. Como la naturaleza no ha
cambiado, hoy tampoco las siente instintivamente. No obs­
tante, Dios ha dicho bien claramente que en adelante quie­
re ser honrado así, y sólo así. No hay otro remedio que apren­
der esas normas positivas para guiar luego la conducta se­
gún ellas.
Quede bien firme: la razón última de que el cristiano viva
cristianamente no es la obediencia a exigencias naturales,
sino la conformidad con la norma positiva divina. Quizás la
naturaleza no exige tanto, y aún en ocasiones tal vea se
oponga abiertamente. Nada importa. La conveniencia natu­
ral no es el criterio definitivo. La voluntad de Dios es la
verdadera norma directiva del comportamiento humano.
¿Por qué vives de ese modo? Porque Dios así lo ha dicho. Y
yo creo.
Convenia recordar estas nociones teológicas, a fin de ilus*
LA FE 69

trar de raíz la posición del cristiano ante Dios y frente al


mundo. Pero influyen demasiado poco en su vida real. Se
obra cómo si no existiera ese compromiso fundamental. An­
tes de decidirse a cumplir cada nueva norma de su religión,
necesita el cristiano una serie de conveniencias naturales
que justifiquen tal precepto. Como si no hubiera dicho ya,
al hacerse cristiano, que los aceptaba todos por el mero he­
cho de ser voluntad divina.
Hay que amar al prójimo. Primero hay que demostrarlo:
porque el hombre es social, porque a nosotros también nos
gusta ser amados, porque, de lo contrario, no se podría vivir,
porque... en fin, porque Jesucristo lo ha mandado. Este últi­
mo es el verdadero motivo de nuestra fe y de nuestra vida.
Pero sólo se puede decir al final, como a escondidas, sin
insistir. Y esto, hablando a cristianos.
Pero he aquí que llegamos a un punto donde el motivo
de la fe se queda solo, y no se pueden aducir esas conve­
niencias naturales o ventajas que, por lo general, le preceden
o corroboran. ¿Por qué esos límites en las relaciones matri­
moniales? ¿Y por qué tantas precripciones de la Iglesia, de
que podríamos prescindir? ¿Y por qué hemos de amar a esos
desgraciados que no piensan más que en injuriarte? Con
frecuencia no hay otra respuesta que la fe: Dios así lo
ha mandado, o ha dejado a otro encargado de mandarlo.
Y cierto que en sí es un motivo más que suficiente para la
aceptación del cristiano1.
Pero la fe se apaga por momentos. Pavorosa angustia
la del confesor o del predicador, consejero, superior, cuando
• Hemos señalado anteriormente (c. 1. 4) como uno de los rasgas
característicos del cristianismo el ofrecer un fundamento dogmático
a cada uno de sus preceptos morales. Parece que ahora se afirma lo
contrario: hay que obrar así simplemente porque está mandado. En
realidad, no hay oposición alguna. Existen los fundamentos, pero son
de orden sobrenatural, que con frecuencia nada prueban a los ojos
de la razón. Por ejemplo, amar al prójimo, porque en él mora Cristo;
fidelidad entre los esposos, porque su unión representa la de Cristo
y su Iglesia. En el plan natural, tales argumentos son tan difíciles
de admitir como cumplir el precepto sin ellos. Se admitan. suponien­
do ya la fp.
70 CRISTIANOS POR DENTRO

no halla otro recurso, y tiene que apelar a la sola fe. Sabe


que el público no entra por esa puerta. Prevé las reacciones.
Sería la hora de plantear en serio cada uno el problema
del propio cristianismo: «¿Acepta usted el cristianismo?
Pues sepa que no es otra cosa. Estos son sus argumentos
decisivos». Pero da miedo. Prueba de que el ambiente no es
muy cristiano. Se olvida que es religión positiva. Si el go­
bernador te obliga a cumplir una ley positiva, no necesita
más argumentos que éste: así está escrito en el Código Civil
o lo manda la autoridad. Exactamente lo mismo en el cam­
po religioso: así está escrito en el Evangelio, o asi lo manda
la Iglesia.
La religión exige fe. En el terreno intelectual, obliga a
admitir verdades que no se comprenden. Esto hoy ya no se
hace de mal, ni aur difícil, a la mayoría de los cristianos.
Celebran con entusiasmo exuberante la proclamación de un
nuevo dogma. Tiene otra dimensión la fe, por la que hace
seguir normas de vida, cuya eficacia o razón de ser tampoco
se comprende.
Es consecuencia natural de ser una religión positiva. Aquí
ya no pone tanta ilusión el entusiasmo religioso. En realidad,
la fe se debe aplicar en este campo con el mismo rigor que
en el dogma. La fe es racional previamente, en sus preám­
bulos. Luego, no pide ni admite otro motivo que la palabra
divina.
Este carácter positivo de la fe cristiana impone un deber
primario a sus adeptos: enterarse del contenido y de los me­
dios que aporta al hombre, para poder cumplir las propias
obligaciones religiosas.
San Pablo se encuentra constantemente en su apostola­
do con la religión natural de los paganos. No se contenta
con inculcarles la renovación interna y la buena intención
en el obrar. Insiste en que los neoconvertidos conozcan las
verdades y las normas de la nueva religión. No es suficiente
adorar a Dios con todo el corazón. Es preciso adorarle como
El mismo ha determinado últimamente. El conocimiento
recto ocupa en el cristianismo un lugar preeminente, que no
LA FE

puede ser sustituido por el solo amor. Cada uno en su sitio.


¿Saben hoy todos los cristianos que Jesucristo ha pasado
por el mundo y lo que este paso significa?
Parece que no todos son conscientes, ni siquiera entre los
que cultivan la vida interior en serio. Con buena voluntad
y rectitud de intención en el obrar no está todo salvado.
Guiarse por ocurrencias o instinto espiritual es cosa inau­
dita en el Nuevo Testamento. La naturaleza dicta algo, pero
sólo la mitad, lo que ya dictaba antes de Jesucristo, lo na­
tural. La otra mitad, lo positivo y auténticamente cristiano,
no lo indica. Precisamente por eso lo ha revelado Dios. Hay
•que informarse y aprenderlo, como cualquier otra ciencia.
Tan lejos está de Dios el que va por camino errado como el
-que, conociendo el verdadero, no se mueve. El entendimien­
to fundamental es tan necesario como la voluntad en el
«cristianismo integral: «¡Si hubiese de decir los yerros que
he visto suceder, fiando en la buena intención...!» 2. No bas­
ta ser generosos y estar dispuestos a todo. Que también se
puede pecar por carta de más. La omisión de una cosa nece­
saria no se compensa añadiendo veinte superfluas..
Es innegable que muchos no llegan a la perfección cris­
tiana «por no saber». Les sobran energías, pero no conocen
el camino. Dios dispensa en ocasiones. Se da por satisfecho
con que el alma le honre a su modo, no como a El le gusta­
ría. Pero son excepciones. Como también dispensa a veces
del conocimiento de algunos dogmas. Pero no es la ley, ni
mucho menos la santidad. Esta requiere mayor delicadeza
•en amoldarse a la condición de Dios.
La actitud despreocupada de servirle con sola buena in­
tención es despectiva. Equivale a decirle: «Yo trabajo con
toda mi buena voluntad. Si no es esto lo que Vos tenéis
ordenado, es cosa que ya no me preocupa. Yo, de todos mo­
dos, voy por aquí o aquí me siento. Determinad, Señor, que
esto sea la meta o el camino recto.» Dios puede hacerlo. Pero
no es plan. Ya ha determinado dóndo está la meta del cris-

- S. Teresa. Autobiografía, 13. 10.


7 2 ________ __ CRISTIANOS POR DENTRO______

tiano y cuál es el camino. Enterarse debe el hombre y se­


guirlos. Poco éxito tendrá la negligencia. «De devociones &
bobas nos libre Dios» 3. Devoción, vida interior, prácticas es­
pirituales, para que cobren valor, deben conformarse a
verdad.
¿No estará en la ignorancia el fracaso de muchas almas?
Cumplen a maravilla con sus deberes, cargadas de virtudes*
de una fidelidad inquebrantable. Pasan años y años sin me­
drar en el espíritu. Ese hombre intachable ha puesto par­
ticular empeño en evitar el dolor, en eludir la molestia que
proporciona el prójimo. Cumple los mandamientos, pero aún
no ha vendido todo. Hubiera sido acaso un justo del Antiguo
Testamento o de la religión natural. Pero en el cristianis­
mo, no. Jesucristo ha hecho leyes de estos y otros principio«
objetivamente libres. Hoy son esenciales para conseguir la.
perfección cristiana.

2.—U n mundo nuevo .

Para el cristiano, Jesucristo ha creado un mundo nuevo.


Ha realizado una transformación sin remota semejanza en
la historia. Mas las cosas parecen seguir siendo lo mismo
que antes de su venida. Se conservan intactas las aparien­
cias, aunque cargadas ahora de nuevo significado. Lo sufi­
ciente para cambiar la entera creación. Como la raíz del
movimiento humano es precisamente el valor, al cambiar
éste, la conducta del hombre ha cambiado de raíz.
Los grandes intereses del hombre pagano, y aun los del
Antiguo Testamento, bajan de pulso y pierden estima en
este mundo cristiano. Larga vida, buen nombre, riquezas y
bienestar no son ya fines, ni siquiera intermedios. Las cosas
han cambiado. Hoy son espinas las riquezas. Si yo hubiera
hecho tan atrevida comparación por mi cuenta—dice San
Gregorio—nadie me creería. Y, en cierto modo, con razón.
Resulta demasiado débil la semejanza para sostenerse en
3S. Teresa, Autobiografía, 13, 16.
73

sola mi autoridad. Pero es Jesús mismo quien lo afirma. Y


de éstos hay muchos en el Evangelio. Cambios tan radicales,
que suenan a paradoja.
Por el contrario, Jesús llama felices a los que sufren por
su nombre. El dolor, ogro del viejo mundo, se ha hecho-
amigo del cristiano. Nunca hubiera podido esperar tales
honores. La Cruz le dió el triunfo. El cristianismo es una
revolución universal donde salen a flote los oprimidos y son
guillotinados los que ocupaban los primeros puestos.
Sin hacerse ilusiones. El mundo sigue vistiendo el mismo
disfraz que usaba antes de la transformación cristiana Unos
gozan con alegría y otros sufren con tristeza. Idéntico pai­
saje al que ha ofrecido monótonamente el mundo desde la
creación del hombre. Lo que debe cambiar es el espíritu que
lo contempla. Se requiere un esfuerzo constante para des­
cubrir con la mente lo que con los ojos no se ve. La vista
superior se llama fe. Sólo a base de ella podemos hablar de
un mundo cristiano de valores, diverso del mundo visible. No
es menos real que éste. Veámoslo en concreto.
Los seres irracionales me hieren y alegran con oportuni­
dad imperceptible. También tienen un alma, la Providencia
divina, que les hace entrar en relaciones conmigo. Cuando
yo voy a juzgar cristianamente su influencia en mi vida o
en las ajenas, no lo hago según su cuerpo, como los que no
tienen fe, sino que pienso en su alma. La divina Providencia
los anima. La lluvia y el sol. Oportuna e inoportunamente.
Para mí, en este caso, en concreto. No es una Providencia
de estado mayor. Es detallista. En fin. es la misma que viste
de puro color a los lirios y cuenta las hojas del árbol.
El mundo circundante de cada uno lo forman ante todo
las personas, superiores e iguales o inferiores. El cristiano
obedece al superior civil o religioso, no por creer que en cada
intervención tenga un acierto. .Lo hace, porque está seguro
de que siempre que obedece tiene él un acierto, aun cuando
el superior se equivoque. Esto no se ve, ni es lo normal.
Cuesta ver rasgos divinos ocultos, cuando las miserias se
74 CRISTIANOS POR DENTRO

palpan y se entran por los ojos. Pero lo cree. En el mundo


cristiano el superior o jefe es portavoz de Dios. Punción y
eficacia de la fe es hacerlo ver.
¿Y ese hombre incualiflcado que vive junto a él? Es Cris­
to» Inverosímil. Pero lo cree, porque el mismo Jesucristo lo
lia dicho: lo que hacéis con cualquiera de estas personas lo
Chacéis con mi misma persona. En esta perspectiva, es un
detalle insignificante el hecho de que la tal persona sea un
amigo o un enemigo. Poco le interesa al carnicero que la
oveja tenga lana blanca o negra. La clasificación se hace
según otros principios totalmente diversos. Y, a esta luz,
coinciden. Amigo y enemigo, desempeñan para mi vida idén­
tica misión fundamental: representar a Cristo. Hoy les lla­
maríamos embajadores con todos los poderes y todos los
honores 4. Nada importa su vida privada. Mi conducta para
con ellos tiene las mismas consecuencias que si hubiera
sido hecha con el Señor.
Cristo supone tan familiar al cristiano esta presencia suya
en el hombre, que habla de ella sin ninguna aclaración pre­
via. A primera vista, parece extraño que, en una circuns­
tancia tan seria como es el juicio final, pronuncie la sen­
tencia en lenguaje metafórico: malditos, porque no me
habéis visitado, cuando estaba en la cárcel; benditos vosotros,
que me habéis dado de comer cuando tuve hambre 5. Diri­
giéndose a personas que ni siquiera le habrán visto.
Pero no hay metáfora. Jesús habla de un mundo real,
aunque diverso del que ven los ojos. Un cristiano no debiera
necesitar ulterior explicación de la sentencia. Para eso está
la fe y el Evangelio. El Señor no se explica espontáneamente.
Sólo cuando algunos dan muestras de sorpresa (no recuer­
dan haber sido nunca despiadados con El) repite lo que ya
* Aprovéchese de la comparación únicamente el aspecto que al
presente queremos poner de relieve. El cristiano es mucho más que
un embajador de Jesucristo. El embajador forma parte del que le
delega, solamente en la consideración, es decir, para los efectos. EH
cristiano, en cambio, e s miembro real del Cuerpo de Cristo.
5 Mt. 25, 34-46.
LA PE 75

«stá bien claro en el Evangelio: lo que habéis hecho con


vuestro prójimo, conmigo lo hicisteis. Aun los buenos se
admiran, por parecerles excesivamente benigna la aprecia­
ción de sus obras. No es menester que Cristo se disfrace de
pobre o enfermo para demostrar esta verdad. Ha querido,
no obstante, hacerlo con algunos Santos. De este modo
hace palpable la verdad realística, nada metafórica, del
mundo invisible de la fe.
Mi mundo material y humano es un mundo de fe. Lo es
mucho más el mundo religioso. La existencia de la gracia,
.su presencia en cada individuo, los Sacramentos y su efi­
cacia, la misión de la Jerarquía, el sacerdocio, en fin, el cielo
que con su esperanza conforta. He aquí los puntales de la
vida religiosa. Pues bien, ninguna de estas realidades hemos
visto o palpado humanamente. Es un mundo extraño, al que
.sola la fe da acceso.
Finalmente, el cristiano obtiene, a través de la fe, una
visión nueva de su misma persona. Ahora es cristiano, y so­
lamente cristiano, hijo de Dios, llamado a gozarle. Todas sus
cualidades se ordenan a esta vivencia. Existen para ella. En
ella se salvan y potencian máximamente. Todos los valores
•de este hombre se hacen religiosos. No hay separación entre
dones de naturaleza en cuanto al destino, aunque sí en
cuanto al origen. Queda suprimida la distinción entre hom­
bre religioso y profano. En cuanto a religión, es cristiano;
en cuanto al arte, no es simple hombre o artista, sino igual­
mente cristiano. Otro tanto se diga de las restantes cualida­
des. Todo lo asume y asimila su ser de cristiano. Si este
punto falla, los demás valores se desvirtúan e inutilizan,
como un cuerpo sin cabeza. Pierden su sentido, como las
murallas de una ciudad desaparecida. «¿De qué le sirve al
hombre ganar el mundo entero si pierde el alma?» 6.
La jerarquía de valores se establece a base de un prin­
cipio teologal: vale más lo que está o lleva más cerca de
Dios. Este principio no está en vigor fuera del ambiente de
«M t. 16. 26.
7« c r is t ia n o s por dentro

la fe. Hay dos mundos antagónicos. El comportamiento fleF


del cristiano le ocasiona un contraste permanente con lo»
seguidores del mundo natural. A ios ojos de la carne, una
conducta según la fe es enteramente ridicula. Impresión
normal de una vida extraña al ambiente, como lo seria el
vivir a la española en la India.
San Pablo arranca a su ambiente una imagen repleta de
significado: «Nuestra ciudadanía es la del cielo» 1. No se­
ña encontrado en nuestras lenguas una expresión que re­
coja todo el contenido de estas palabras. El sentido literal
seria: Nosotros (los cristianos), que vivimos desterrados en
un mundo adverso, permanecemos fieles a las leyes que vigen
en el cielo, nuestra verdadera patria. Los cristianos son una.
colonia venid» del cielo que, en el destierro, sigue observan­
do las leyes de su patria. Vive en un mundo hostil. Se com­
prende la oposición, ya que no quiere adaptarse a las leyes
del mundo en que está viviendo y vivir como los demás.
Dado el género de vida que debe conducir al cristiano, era
normal que Cristo predijese odio a sus seguidores de parte
del mundo en que viven, pero del que no viven. «Si fueseis
del mundo, el mundo amarla lo suyo; pero porque no sois
del mundo, ano que yo os escogí del mundo, por eso el mun­
do Oo aborrece» H.
Ser odiados por el mundo no significa, pues, falta de aco­
modación a los tiempos, como piensan algunos simplistas..
Aun cuando la Iglesia comprenda todas las necesidades ac-
7Filip. 3. 20. La palabra griega que solemos traducir por eluda-
danta («politeuma»; tiene dos aplicaciones . 1) código de leyes socia­
les, por las que uno rige su vida y conducta; 2) grupo de gente que,
fuera de su patria, observa las leyes de ésta, como una especie de
colonia fiel a su origen: en este sentido se hablaba entonces de «poli-
leuma judío o persa», en Roma, en Corinto, etc. Tendríamos, según¡
esto, la imagen de : un pequeño grupo exótico—tercamente fiel a su
origen y a sus propias leyes—que tiene a gloría la fidelidad que otros
e vituperan—con un mundo hostil circundante. Esto es el cristiano
en el mundo, según San Pablo, san Pedro emplea esta misma com­
paración (i P. l. i), tomada de ia dispersión judía. Dirige su carta a.
ios extranjeros, peregrinos de ia Diáspora. Son, en lenguaje figurado,,
todos los cristianos, ausenta <}*> su verdadera patria.
* Jn. 15. 1«
LA Tt 77

tuales, y haga generosamente todo lo que está de su parte


por remediarlas, si persevera fiel, será aún y seguirá siendo
objeto de odio. Así lo vió Jesús. Así lo cree San Pablo.

3.—C ristianos a medias .

Hemos convenido en decir que el origen de nuestras caí­


das es la flaqueza de la voluntad. Me ocurre pensar de
manera contraría. Y no es por darme el gusto de opinar en
solitario. Creo que tenemos generalmente buena voluntad y
energías suficientes. Lo que falta son ideas adecuadas. No
tenemos fe. Aunque estoy lejos de ser simplista a este res­
pecto, El día en que desapareciera totalmente de entre los
cristianos la ignorancia, seguirla existiendo el pecado.
Como quiera que se explique, el hecho es innegable y a
todos familiar. ,La experiencia delata un terco dualismo en
el interior de todo cristiano. Medio hombre que empuja hacia
delante. Otra mitad que no sigue y aun tira con frecuencia
hacia atrás. Queremos saber quién hace de motor y quién de
rémora. En este sentido, afirmaba que el entendimiento va a
remolque.
El cristiano contempla la vida con ojos de hombre. Los
criterios del mundo nuevo y su escala de valores son objeto
de conocimiento, no de convencimiento. La inteligencia aún
no ha penetrado íntimamente y hecho suyas las verdades
cristianas. Quedan reducidas a motivos superficiales, especie
de noticias, incapaces de arrastrar. En tales condiciones es
absurdo pretender que una facultad ciega como es la vo­
luntad obre en contrario, es decir, conforme a la ley sobre­
natural que el entendimiento no acaba de aceptar. Somos
cristianos a medias.
La moral cristiana se funda en la verdad de esa nueva
ordenación establecida por Jesucristo. No deben separarse.
Mientras al enemigo se le mire como simple enemigo, es
difícil llegar a amarle con afecto sincero de hermano, como
exige la ley cristiana. Son dos tendencias incompatibles en la
psicología humana. Pero es que esa ley supone el convencí-
CRISTIANOS POR DENTRO

miento intimo de que el enemigo es un verdadero hermano,,


de que Cristo mora en él. Con tales ideas, es normal el pre­
cepto. Al faltar las ideas del Evangelio, se hacen de plomo
los preceptos evangélicos. Si, en la estimación del entendi­
miento, lo que vale es la riqueza, comodidad, fama, placer,
no se puede en justicia pedir a la voluntad que lo desprecie
y ame el dolor, la pobreza, la cruz. Podría la voluntad conse­
guirlo a ratos. Pero tal violencia es insostenible.
Algunos síntomas nos ayudarán a localizar bien la llaga
y determinar su naturaleza. El confesor ordena a su peni­
tente hacer una pequeña limosna como reparación. Este la
hará probablemente. Pero queda convencido de que es de­
masiado para su economía una penitencia de ese género.
Cualquier aprieto económico del año lo achacará infalible­
mente a la falta de aquella cantidad insignificante. Las que­
jas no tienen fin. Si, por el contrario, la suma es inmensa­
mente superior, pero se gasta en agasajar a un amigo que
viene de improviso, el antiguo penitente queda contento y
no se vuelve a acordar de ello.
Un ejemplo aún más sencillo. Hay personas que no pue­
den hacer la menor renuncia en la comida: ni por mortifi­
cación, ni por ayuno, ni por caridad. Se pondrían enfermas.
He aquí que, en conversación, alguien insinúa descuidada­
mente qué esa persona está perdiendo la línea. Sin otro
aviso, la veréis privarse de todo, aun de lo estrictamente ne­
cesario. Lo curioso es que, según confiesa ella misma con
verdad, ahora no siente físicamente la flaqueza.
No ofrece dificultad la interpretación de estos hechos.
Y, como ellos, muchos otros. ¿Por qué, en la primera hipó­
tesis, no logra ser fiel a las exigencias de la virtud? Desde
luego, no es por falta de energías. Si éstas faltaran, no haría
el sacrificio heroico tampoco en la segunda hipótesis del
amigo o conservar la linea. Y, sin embargo, lo realiza, y con
facilidad. Lo que falta es convencimiento y eficacia en el
motivo. Obrar por virtud le parece inútil, injustificado, que
no vale la pena. La caridad y la mortificación son cosas
que no llegan al fondo Por consiguiente, frente a sus pett-
LA FE 7*

ciones todo son dificultades. En cambio, conservar la buena


figura o el amigo le interesa, y está convencido de su utilidad.
Nada significan los obstáculos. Por motivos humanos afron­
ta la renuncia, que no le duele, en vista de un bien que esti­
ma más.
Falta convencimiento práctico y persuasión intima. Ese
convencimiento y persuasión, cuando se refiere a cosas s o ­
brenaturales, es lo que llamamos fe. Fe es una virtud sobre­
natural, por medio de la cual creemos que es verdad todo lo
que Dios tiene revelado. Y Dios no ha revelado solamente
algunos misterios o dogmas: la Santísima Trinidad, la En­
camación, la eternidad de las penas en el infierno y otros
semejantes.
La revelación comprende asimismo muchas otras verda­
des de orden práctico, que debemos igualmente creer: el pe­
ligro y escaso valor de las riquezas, el tesoro encerrado en la
pobreza y en el dolor, la honra de ser despreciado, la presen­
cia del mismo Jesucristo en la persona del pobre y desvalido.
Y muchas más. Esto es lo que no creemos. Por eso cuesta
tanto obrar en conformidad con ellos. Necesitamos fe: me­
ditar reposadamente las Bienaventuranzas.
La debilidad de la fe repercute en toda la vida del espíri­
tu. Muchos fenómenos, a primera vista raros, tienen su ori­
gen oculto en este punto descuidado. ¿Por qué tantos propó­
sitos sinceros resultan repetidamente infructuosos? Un buen
propósito es el deseo ardiente formulado de hacer un bien.
Le hace la voluntad. Su natural apoyo son las ideas sobrena­
turales acomodadas. Pero he aquí que de ordinario éstas
faltan o, peor aún, son contrarias. La voluntad consigue
mantenerse firme, y a pulso lo lleva adelante. Esa actitud
de la voluntad frente al entendimiento es de violencia con­
tinua. Y lo violento no puede durar. Basta que la voluntad,
cansada, ceda un poco en la tensión, para que las demás
potencias sigan su curso normal, el que señala el entendi­
miento, contra el propósito. No valen esfuerzos. «Donde está
CRISTIANOS POR DENTRO

tu tesoro, allá va tu corazón» 9. Se tiende siempre hacia lo


que más se estima.
Un río de corriente impetuosa. Coloca en medio a un
hombre con barquilla de remos, para que navegue en direc­
ción contraria al curso del agua. Con esfuerzo titánico ade­
lantará algunos metros. Luego viene el descuido o el necesa­
rio descanso, y al instante lo tiene perdido todo, y mucho
más de lo que había avanzado. Como, por otra parte, el mo­
mento de cansancio es inevitable, el esfuerzo termina fatal­
mente en un fracaso. Está en la naturaleza de las cosas que
la voluntad siga la corriente del entendimiento. Si la co­
rriente va en dirección contraria a la meta que se pretende
es mejor trabajar en cambiar el curso que en navegar con­
tra él.
La voluntad sola, contra el entendimiento, puede hacer
esfuerzos breves, arranques heroicos de un momento. Pen­
sar que se pueda mantener a base de ella sola toda una vida,
no lleva camino.
Las verdades del Evangelio, que en el cristiano actúan,
deben convertirse en leyes del entendimiento práctico. Que
resulten una especie de instinto o sentido común sobre­
natural. Me encuentro con un pobre desgraciado. Me deja
insensible y con un poco de repugnancia. Pienso en seguida
que es una virtud ayudar al indigente, porque representa al
mismo Jesucristo. Comienzo a socorrerle con algo de afecto.
La familiaridad puede engendrar amor.
En los Santos el instinto sobrenatural llega a suprimir
los grados intermedios del proceso. Es un pobre y, sin más,
surge la estima y el amor. Sin pensar que es virtud, que
lo manda el Evangelio. Llevan las verdades cristianas con­
naturalizadas, arraigadas como el hombre normal los prin­
cipios naturales. Este es el cristiano auténtico, el hombre
nuevo, configurado con Cristo, re-creado en justicia y san­
tidad.
LA FK 81

La transformación del juicio práctico es tarea difícil, que


requiere penoso esfuerzo. Gran dificultad supone ya de por
sí el cambio de simples criterios. Se agrava la resistencia
por tratarse aquí, no de verdades puramente intelectuales,
sino arraigadas además en el afecto y en el sentimiento.
Deben sustituirlas en toda la linea los principios sobrenatu­
rales cristianos. «No es sólo cuestión de cambiar algunos
«criterios teóricos, que en un momento de clarividencia pue­
den arrumbar automáticamente a sus contrarios, sin des­
cender por ello a la zona operativa, sino de vivirlos con tal
profundidad que pasen a actuar aún en el obrar espontáneo
y subconsciente» 10.
Mucho ayuda a este efecto la lectura reposada y repetida
del Evangelio. Contiene y comunica conocimiento de la ver­
dad y amor a la verdad conocida. Además crea un ctíma
acomodado. Y es lo que se necesita. Los criterios del mundo
natural se infiltran constantemente, actúan de manera in­
interrumpida sobre nuestro espíritu a través de la conver­
sación, el trato social, el cine, la lectura, etc. En cambio, de
fuera bien poco es lo que recibimos que favorezca el des­
arrollo de ese otro mundo. El que quiera cultivarlo, debe ha­
cerlo con propósito deliberado, y no dejándolo al influjo

10 A. R o l d a n , S. J., proceso transformativo de! aprecio práctico de


Jos valores, según San Ignacio. En «Rev. de Espiritualidad», 18 (1959),
pp. 85-102. Es útil la lectura de este precioso articulo. Con lenguaje
técnico formula el P. Roldán (p. 99) los cinco estadios de un modo
concreto en que puede hacerse el proceso transformativo:
«1. En primer lugar, hay que destruir la aversión del yo al con­
tenido que se presenta como opuesto, pues mientras este objeto se
ofrezca a la mente como digno de odio la transferencia de la afec­
tividad positiva a él es imposible.
»2. Hay que deshacer también la oposición de ambos contenidos
•de conciencia, para que queden unidos con otro género de trabazón,
que facilite la irradiación afectiva
»3. Una vez que el nuevo contenido aparezca unido de algún modo
a la zona de intereses positivos del yo, puede ya provocarse la trans­
ferencia fomentando la irradiación.
»4. Cuando cese el atractivo de la afeetividad al primer contenido
de la conciencia, la irradiación se habrá convertido en transferencia.
»5. Experiencias ulteriores de contacto afectivo con el objeto in­
corporado al yo afianzarán definitivamente la transferencia.»
6
82 CRISTIANOS POR DENTRO

exterior. Esta reentonación y clima apropiados sólo se puede*


conseguir por medio de la soledad y la lectura de libros ve­
races, como el Evangelio.
Cada vez es menos frecuente el encontrar cristianos de
fonda La enfermedad se agrava y generaliza. Una de las.
causas es seguramente el método de nuestro apostolado. El
afán proselitista es el que hace bajar el pulso del cristia­
nismo interior. Ilusiones de un apostolado superficial en.
busca de colectividades. Ha suprimido la lenta catequiza-
ción individual, que va destilando en el espíritu el conte­
nido evangélico. Requiere demasiado tiempo y sacrificio. Es
cosa de pocos la lenta configuración a la palabra de Cristo..
Hay otra vía más corta para cristianizar al hombre. Es.
la santificación del deber. Esas multitudes abandonadas com­
prenden y obedecen, cuando se les habla de hacer por Dios,
las cosas que traen entre manos, su ocupación ordinaria^
El obrero que realiza su trabajo por Dios, ya es un obrero
cristiano. Otro tanto se podría decir del padre de familia*
del gobernante, del religioso, del sacerdote.
Con ello tenemos una fácil conquista. Pero frecuente­
mente se contentan con este primer paso. Y entonces la
ventaja se hace a costa de que el hombre siga siendo por
dentro tan pagano casi como antes. Trabaja por Dios, sin
saber quién es Dios ni cuál es el sentido de su vida. Las
viejas convicciones siguen intactas y eficientes. Un ligera
barniz en la voluntad sostiene momentáneamente su cris­
tianismo. Ve las prácticas religiosas, más como un medio
para complacer al apóstol, que para servir a Dios. Hemos
cambiado la perspectiva. En lugar de configurar al hombre
según el Evangelio, se le dice que basta mudar la intención
para que el Evangelio quede asimilado.
Las diversas especies de espiritualidad: del obrero, del
religioso, del médico, del político, del casado, deben sobre­
ponerse o aplicar en toda su extensión los principios de la
espiritualidad cristiana. Todos hemos visto que con frecuen­
cia los sustituyen. Acomodaciones, donde falta lo fundamen­
tal. Pocos logran resistir al halago de las cifras.
LA FE 83

4.—E l justo vtve de la fe .

No faltan argumentos de orden natural que demuestran


razonables la conducta del cristiano ante la vida. Desde
siempre se han utilizado tales razones. En el Nuevo Tes­
tamento y en los Padres con extremada parsimonia. Los
ascetas posteriores han hecho de ellos su principal arma, y
la han blandido sin discreción. Los placeres breves e inse­
guros, la muerte acechando siempre, el deseo que cumplido
causa mayor dolor.
Con esto se pretende justificar el rigor del cristiano fren­
te a la vida alegre y su interés por objetos que no compen­
san sensiblemente sus esfuerzos. Como si el alma, ansiosa
de placer y sufriendo constantemente, se resignara a esta
situación con sólo pensar que, cuando consiente, va a sufrir
de nuevo. Sabido es que el enfermo gusta cambiar de po­
sición, aun cuando la nueva sea más incómoda. Algo prue­
ba, pero muy poco, para el que ya tiene fe. Es ella el único
sostén de alguna solidez. Por un momento déjala a un lado
y presenta los argumentos: la vida es breve y los placeres
pasan. La naturaleza te responde convencida: una razón
más para darse prisa y aprovecharlos con intensidad. Nadie
me convencerá de que la hermosura o la fama son des­
preciables, mientras no me convenza de que lo interesante
es el mundo sobrenatural, y aficionarse a esas cualidades
estorba para conseguirlo. Es verdad que pasan, sí. Pero eso
no me preocupa. No dura, pero entretiene. Mías sirven por
dos o tres años. Luego, al perderlas, no faltará otra cosa, que
alegre la vida.
En última instancia, todos aprobamos la sincera confe­
sión de San Pablo: «Si sólo mirando a esta vida tenemos
la esperanza puesta en Cristo, somos los más miserables de
todos los hombres» 11.
San Juan de la Cruz ha dedicado largos capítulos a ex­
poner los daños que causa la afición a los bienes del mundo,
11 I Cor. 15. 19.
CRISTIANOS POR DENTRO

y las ventajas de su abandono. En gran parte, daños y ven­


tajas son de orden natural. Pero es el gran Maestro de la fe,
y no ha cometido la simpleza de la mayoría de nuestros
ascetas. Advierte como introducción a esos capítulos: «Para
todo ello conviene presuponer un fundamento, que será como
un báculo en que nos habernos de ir siempre arrimando. Y
conviene llevarle entendido, porque es la luz por donde nos
habernos de guiar y entender en esta doctrina y enderezar
en todos estos bienes el gozo a Dios. Y es que la voluntad
no se debe gozar sino solo de aquello que es gloria y honra
de Dios, y que la mayar honra que le podemos dar es ser­
virle según la perfección evangélica; y lo que es fueran de
esto es de ningún valor y provecho para él hombre» 12.
He aquí el verdadero principio que gobierna y justifica la
conducta del cristiano. Es, por otra parte, más que sufi­
ciente para hacerlo. El creyente está convencido de que la
única manera digna de vivir humanamente después del
Evangelio es conformar la propia vida con esta última ma­
nifestación de la voluntad divina. Vive pobre, no le importa
la injusticia que se le hace ni se inquieta por los despre­
cios. Cree que la belleza, la ciencia, las riquezas, no son lo
más importante en la yida del hombre, porque cree en el
Evangelio. Y obra en conformidad.
Me lo juego todo a esa carta. ¿Y si el Evangelio no es
realmente una revelación de Dios? Entonces lo he perdido
todo. Si el Evangelio no es palabra divina y la fe es engaño,
sin paliativos, estoy viviendo como un necio. ¿Piensa el cris­
tiano seriamente cuál es el papel de la fe en su vida? Sen­
cillamente, es todo.
Al cristiano ordinario le resulta fácil fiarse enteramente.
No encuentra otro punto de apoyo, ni tiene otra especiali­
dad. Si piensa que la fe puede engañarle, no se inmuta,
porque sabe que nada gana con abandonarla. Otra cosa su.
cede al especialista, al hombre que tiene un campo donde
puede conseguir la sobrevivencia de su persona por medio

12 Subida del Monte Carmelo, 3, 17. 2.


LA FE 85

de la fama o de otro modo. A éste le cuesta mayor esfuerzo


renunciar a toda otra evasión posible de su persona, para
encomendarlo todo a la sola fe.
Ante el placer o la fama inmediatos, pocos son los que
tienen valor para tomar posiciones teniendo en cuenta sola-
mente la fe. Es demasiado riesgo jugarlo todo a una carta.
Piensan que, sí se equivocan, no han gozado aquí ni allí.
Su estado psicológico equivale, sin formularlo, a este juicio
especulativo de una conversación entre dos estudiantes uni­
versitarios : «¿Tú, crees? —Sí, pero con restricciones» 13. Por
si acaso.
Pienso muchas veces que el cristiano es frecuentemente
ilógico en su vida. Si todas sus privaciones y actividades se
explican y se fundan exclusivamente en la fe, ¿por qué no
las lleva hasta el extremo de la santidad, es decir, hasta
donde dicta la misma fe? Se priva del viejo mundo sólo a
medias. En línea intelectual, tal conducta es absurda. Si
no cree, no hay razón para privarse de nada. Y si cree, no
se comprende que se deje arrastrar solamente hasta la mi­
tad del camino que está señalando la fe. No da una bofe­
tada al que le injuria, porque se lo prohibe el Evangelio. Le
cuesta un heroísmo. Y, sin embargo, no arranca la aversión
oculta a ese enemigo, según le exige el mismo Evangelio.
En la práctica, se explica fácilmente tal inconsecuencia por
nuestra ligereza y debilidad humanas.
Contemplada a esta luz, parece la fe un freno exterior
puesto al hombre entero, cuando éste tiende hacia abajo
No es solamente eso, ni siquiera principalmente. Es tam­
bién freno, pero puesto por el mismo hombre, por su por-

1! Lo refiere Luis F e u p e V iv a n c o , Introducción a la poesía española


contemporánea. Madrid, «Ediciones Guadarrama», 1957, p. 615: «En
cierta ocasión oí este diálogo entre dos jóvenes, uno de ellos extran­
jero: «Oye, Max, ¿tú crees en Dios?» «Si, pero con restricciones.»
Y tenía razón Max, o al menos era sincero, porque todos creemos en
Dios con muchas más restricciones de las que parece. Y es que con
mucho Dios—o con una fe en El sin restricciones, que es la que Ei
nos pide—empiezan en seguida las incomodidades temporales de todo
orden, que es lo que les pasa a los místicos y a los santos.»
m CRISTIANOS POR DENTRO

ctón más digna a las tendencias inferiores. Es, sobre todo,


un modo de vivir, que arrebata. En consecuencia, pone el
veto a todo elemento no integrable en la vida que ella pro­
porciona.
Entendámosla Todos llevamos un fondo común de vida:
conocer, amar, obrar, precioso dinamismo de infinitas po­
sibilidades. Cada ano lo aplica a lo que quiere. Pues de eso
vive. Se puede vivir de pan, de conjeturas, de la ciencia,
de esperanza, de placer..., de fe. Vive de esperanza o de pla­
cer el que hace de estas experiencias centros de interés que
polarizan todas sus ideas y afectos, y dirigen sus movi­
mientos. Una vida entera empeñada en conformarse a ese
pobre ideal. Para quien vive de una cosa, de placer por
ejemplo, sólo tiene valor lo que le sirve para intensificar esa
vivencia. El resto del mundo es inexistente.
El justo vive de la fe. Ve todo a través de su luz. Lo que
no es fe. presenta un semblante borroso y sin atractivos.
La única razón de todos sus movimientos es la fe: cono­
cimiento, amor, actividad. Asi entendida la fe no es freno,
sino un modo de vida dignísimo. Se comprende ahora que
toda una persona pueda vivir de fe. La indiferencia ante
lo demás, más que una obligación, es una necesidad. Nadie
prohíbe al que vive de la ciencia que se prive de otros go­
ces. Lo hace espontáneamente, porque ios cree incompati­
bles con la manera de vida que ha elegido como ideal.
Tal amplitud de la fe no es una prolongación abusiva
Es sencillamente la vuelta a la normalidad. Hay un error
en considerar como verdad completa lo que es solamente
delimitación metódica. Para medir la eficiencia de la fe, se
la ha colocado en una posición inverosímil. Consiste en se­
pararle de las restantes causas: gracia habitual, caridad...
Los efectos que produzca separada son los efectos que de­
bemos atribuirle cuando opera en el conjunto. Pero el es­
tado de pecado no es normal para la fe, ni para que des­
pliegue su rendimiento. Es anormal, para medir la poten­
cia de un motor, separarle del carburante. Son causas que,
separadas, pierden efectividad. La fe está hecha para con­
u n 87

vivir con la gracia y demás virtud«·. Sola, nos da un poro


asentimiento intelectual, poco más provechoso del que tie­
nen los demonios. Unida a la caridad, proporciona el cono­
cimiento connatural, que tanto simplifica y facilita la vida
interior.
Creer no es un acto psicológicamente tan puro cuando
se trata de una verdad religiosa como cuando se refiere a
una verdad científica. En este último caso, procedemos con
menor responsabilidad. La fe, en el caso de una religión
como es el nuestro, lleva tras si el empeño de la vida en­
tera. El que cree, diríamos hoy, está vendido.
Creer en Dios es comprometerse a tratarle como a tal.
La Sagrada Escritura entiende la fe como una entrega sin
reservas. Creemos a Dios, a su palabra. Esto mismo hacemos
también con la autoridad humana. Pero el alcance de la fe
sobrenatural se expresa más aptamente diciendo: creo en
Dios. Creer a Dios y creer en Dios, no es una distinción
arbitraria. Lo han comentado los Santos Padres al comentar
el «Credo». Creer en Dios incluye en el asentimiento inte­
lectual una intensa participación de la voluntad y de la per­
sona entera.
La fe es, además del asentimiento intelectual, un aban­
dono en manos de Dios. Me entrego a El. Esto implica ya
mucho de voluntad. Asentir lo hace la inteligencia. Pero
asentir a una verdad obscura, que luego ha de regular la
vida, necesita una heroica decisión de la voluntad. Los an­
tiguos cristianos fueron sensibles a todo el alcance de ese
acto: «creer en». Sólo de Dios lo decían, porque solamente
a Dios podemos entregarnos de manera tan absoluta como
pide el acto de fe. Creo en el Padre, creo en el Hijo, creo
en el Espíritu Santo. No se atrevían a decir otro tanto, ni
siquiera de la Iglesia: creo la Iglesia; y no: creo en la Igle­
sia. Aún perdura este delicado matiz de expresión actual­
mente en el Credo de la Santa Misa.
Entrega personal. Nos vamos alejando cada vez más del
concepto de fe como prohibición de gozar del mundo. Abre
toda una nueva perspectiva a la vida personal. Su misión
88 CRISTIANOS POR DENTRO

primaria no es la de sostener la actividad de las demás po­


tencias, sino enrolarla e incorporarla a la nueva orientación
que asume toda la vida.
La fe no es opinión, solemos decir, porque la fe es cierta«.
Pero un abismo más hondo aún las separa desde el punto
de vista psicológico. Son dos actitudes de ánimo antagóni­
cas. La opinión se mantiene firme frente y contra el am­
biente, como la fe. ,La opinión lo hace por una especie de:
capricho, de cerrazón en sí mismo. A la larga, resulta una.
acentuación de la propia persona: yo estoy seguro, y asi
pensaré siempre y por encima de todo. En la fe, el individuo
no se exalta a sí mismo con la firmeza. Se entrega a otra,
persona. Nada de egoísmo o aislamiento.
La vida entera no se mantiene con un freno intelectual^
por mucha seguridad que ofrezca. Aun en el lenguaje or­
dinario se advierte la conciencia de que la fe es toda una.
manera de organizar la vida. Su valor absoluto se ve en
esta equivalencia: Al cristiano le llamamos fiel. Fiel es:
quien cree en él Maestro, le obedece y sigue, se entrega to­
talmente a su Persona y a su causa.
Desde que comencé este apartado, traigo presente la figu­
ra de San Pablo. De ella he ido entresacando los rasgos que-
quedan expuestos. Es difícil encontrar otra vida donde la fe
consiga una realización tan plena como en la suya. Ha sido
el hombre consagrado enteramente por la fe. Desde el mo­
mento en que la descubre, no quiere saber ya nada fuera de
ella. Renuncia a todo mérito y valor conseguido fuera de la.
fe. Después de enumerar sus glorias y buenas obras antes
de la conversión, confiesa generosamente: «Pero cuanto tuve
por ventaja lo reputo daño por amor de Cristo, y aun todo
lo tengo por daño, a causa del sublime conocimiento de
Cristo Jesús, mi Señor, por cuyo amor todo lo sacrifiqué y
lo tengo por estiércol, con tal de gozar a Cristo y ser ha­
llado en El no en posesión de mi justicia, la de la Ley, sino
de la justicia que procede de Dios, que se funda en la fe
LA HE

y nos viene por la fe de Cristo» 14. Desde el primer momento,,


se ha entregado en cuerpo y alma, todos sus valores espi­
rituales y humanos, a servicio de esta sola causa. Ejemplo
típico de una vocación unitaria y absorbente.
Pero este hombre gigante, ¿no sentirá, la angustia de pen­
sar que puede haberse equivocado y haber consumido su
vida y su persona al servicio de una quimera? Al Anal de sir
carrera apostólica, a la que ha consagrado toda su vida, San
Pablo nos revela su estado de ánimo en una carta a Timo­
teo. En Roma, en prisiones y abandonado de casi todos, le
ahoga el temor de que sus ñeles se echen atrás, por aver­
gonzarse de ser discípulos de un encarcelado. Siente la an­
gustia de la colectividad con la agudeza de una madre. Pero
nunca tuvo una vacilación personal. Sufre, le insultan. No
titubea, ni se cree obligado o con la sospecha de tener que
revisar posiciones: es clara la razón por que sufro, y no me*
avergüenzo, «sé a quién he creído» 15.

5.—A püi^so.

Nadie llega a imaginarse la flaqueza de su fe, hasta eF


día en que se ve obligado a apoyarse en sola ella. Entonces
se ve que vacila toda la persona. Prueba de que el funda­
mento no es de absoluta garantía. Mientras ese momento
no llega, sigue atribuyendo cándidamente a la fe acciones
en que apenas toma parte. Así no es posible adelantar mu­
cho. Hay que sincerarse previamente y poner remedio.
El cristiano debe su convencimiento de que hay una Pro­
videncia divina a la fe. Es decir, lo cree porque Dios ha re­
velado que El guía todos los acontecimientos. He aquí que
viene un sufrimiento inesperado sobre él o sobre una per­
sona amada. La economía o la enfermedad aprietan impla­
cables durante años y años. El motivo de la fe sigue siendo
tan firme como antes, pues la enfermedad no quita que Dios

14 Filip. 3. 7-9.
' ■II Tim. 1. 12.
90 c r is t ia n o s por dentro

haya revelado su Providencia. Sin embargo, en estas cir­


cunstancias, entra el pensamiento secreto de que Dios se
olvida.
La fe, confiada de que la visión del mundo y de las cir­
cunstancias la ayudaba, se abandonó a ellas. Al fallar la
comprobación humana, la fe se siente sin fuerzas para llenar
el vacio. Sirve a Dios. Cree hacerlo con la más pura inten­
ción de honrarle y de ser premiado solamente en la otra
vida. Con plena sinceridad, asi lo piensa. Pues bien, falta el
consuelo o el gusto inmediato en el bien obrar, y se apagan
automáticamente las obras. Todo este estimulo que ahora
falta en el obrar se debía a incursiones de la naturaleza en
€l campo de ia fe.
El orden se restablece por medio de un proceso de puri­
ficación. No es que en la fe existan partes menos dignas
o puras. Lo ilegítimo está en que a la fe menos calificada
se mezclan elementos extraños, que se apropian una parte
de las funciones que aquélla debe realizar en el sujeto. El
oro, en cuanto oro, es tan precioso entre la tierra como en
lingotes. Pero sucede que, en el primer caso, la mayor
parte no es oro, y nosotros valoramos el conjunto.
Esta purificación puede considerarse con igual derecho
un robustecimiento. Dejada a solas sus fuerzas, la fe se ve
obligada a ponerlas todas en juego. Se da cuenta de que cae
inmediatamente al precipicio, en el momento en que ceda.
Se hace consciente de su responsabilidad, y asume todas sus
funciones. Prolongada la prueba durante algún tiempo, coge
fuerza y costumbre de cumplir su oficio.
La fe tiene un cometido peculiar e inalienable en las re­
laciones del cristiano con Dios. La hemos ido viendo a lo
largo de este capítulo. Tenemos fe pura, cuando esa tarea
la lleva a cabo ella y solamente ella. Pero lo más ordinario
es que elementos extraños se apoderen de una parte de sus
funciones, como acabamos de ver. Estos parásitos siempre
alerta son la razón y el sentimiento, naturales o espiritua­
les, y la experiencia. No son ilegítimos en sí mismos. Pueden
91

colaborar debidamente. Pero no lo consiguen hasta que no


han pasado la prueba.
Vimos hace un momento que es ilegítimo el procedimien­
to de separar la fe de todas las demás causas sobrenatura­
les, para determinar su exacto rendimiento. Los diversos
elementos sobrenaturales se prestan ayuda en un mismo ni­
vel. Nada se pierde con que se sustituyan mutuamente. No
sucede otro tanto con las causas naturales, que sólo en apa-
riencia ayudan o sustituyen a la fe. No tienen directamente
función teologal. Por eso Dios las retira provisoriamente,
a fin de que la fe pueda y aprenda a bastarse por si sola.
Naturalmente, al principio Dios deja a la fe en un estado
de soledad que no es normal, ni siquiera entre los perfectos.
Como al novicio se le exigen rigores que luego no va a en­
contrar en su ordinaria vida religiosa. Son extremos me­
tódicos, para que luego se quede en el centro.
Las circunstancias, procuradas directamente o permitidas
por Dios, provocan ausencia de la razón natural y del sen­
timiento. Entonces el hombre se da cuenta de que nada
comprueba. No sabe si Dios existe, si le mira, si está con­
tento o enfadado con su modo de obrar. La Providencia, la
Justicia, el cielo, son lejanos sonidos. Ni el gusto, ni la razón
natural ayudan. Sigue convencido de todas las verdades de
la fe y de todos los atributos divinos. Esto por sola fe, sin
ayuda ajena. El entendimiento, impulsado por la voluntad,
consiente. Recibe el hombre la impresión de que no le arras­
tra entero, sino que es una adhesión superficial: porque asi
lo ha oído siempre. Actividad, vida y esperanza del alma se
mantienen a pulso. Entonces siente la necesidad urgente de
fortalecer ese único punto de apoyo, que es la fe.
En esta soledad violenta se da un ejercicio intenso. De
hecho Dios la aumenta desmesuradamente en las almas de
fiel perseverancia.
Se trata de un cambio radical de criterios. De ordinario
vigen los criterios naturales, aún en la fe del cristiano en
los dogmas: armonía con las aspiraciones naturales, con
92 c r is t ia n o s por dentro

las intuiciones de los genios... Y si apenas hay fe en los··


dogmas, mucho más débil es el espíritu de fe, que es la.
extensión de la misma fe a todo el tejido de la vida.
En el hombre nuevo la fe ha penetrado hasta el fondo..
La mirada y el interés se centran en el paisaje sobrenatu­
ral, que el alma lleva dentro. Es del que actualmente vive:
el justo vive de la fe. Este mundo se va haciendo familiar,.
Como consecuencia, se diluye la imagen del mundo exterior..
La actividad de los sentidos ya no está en primer rango..
Renuncia al calor que en ella encienden los motivos secun­
darios de la fe.
Se comprende que la transformación sea dolorosa. Psi­
cológicamente, hay un cambio de sustancia. Las personas*
experimentan esta prueba en muy diversos grados de inten­
sidad. En su grado máximo, presenta un semblante trágico..
San Juan de la Cruz acerca al fenómeno una imagen im­
presionante: el alma se siente aquí «así como si, tragada^
de una bestia, en su vientre tenebroso se sintiese estar di—
geriéndose, padeciendo estas angustias, como Jonás en el.
vientre de aquella marina bestia» 16.
Al caer todos los elementos adheridos ilegítimamente a.
la fe, el empuje viene de donde tiene que venir: la libre*
voluntad. Al entendimiento no le fuerza la evidencia, ausen­
te en el caso de la fe. Debe impulsarle la voluntad. Ahí.
radica el mérito. Si, en lugar de la voluntad, sustituye a la.
evidencia el gusto o la razón, hemos quedado sin fe sobre­
natural y sin mérito.
En medio de esta prueba, es una necesidad el recurso»
al verdadero motivo de la fe. Todos los demás motivos nos»
abandonan, como a San Pablo. Y exclamamos con él: «sé a
quién he creído» 17. Hemos llegado finalmente al último re­
ducto, a la raíz de la fe y de nuestro modo de vida cris­
tiano. Dios ha hablado. Estamos seguros de ello. Y nos fia­
mos de su palabra. En definitiva, creo porque Dios lo ha.
'■«Noche Oscura. I I . 6, 1.
II Tim. 1. 12.
LA FE 93

revelado. A quien no crea puedo darle conveniencias natu­


rales de mi comportamiento. Para mí no necesito ni deseo
más que ésta sobrenatural: Dios me lo ha dicho. Me fío de
su Persona.
En esta disposición de ánimo bien confirmada, ya todo
aprovecha. Dios hace volver las cosas a la normalidad. El
sentimiento vuelve, la razón ayuda de nuevo. Pero ya no se
entrometen en el terreno propio de la fe. Dan también al­
gún impulso, pero nada se paraliza, al faltar ellos. Barca
de remos, y con motor. Se aprovecha del viento, cuando fa­
vorece. Pero no depende de él, ni detiene su curso, cuando
aquél falta.
C apítulo 5

LA ESPERANZA

1.—E spero porque creo .

La fe coloca al cristiano en una situación verdadera­


mente enojosa ante la vida. Le dice que este mundo no
vale la pena; que más allá tiene reservado algo mejor. No
le deja más que una salida: menosprecio de lo presente, en
espera de ese premio reservado, invisible. Cabe también aquí
salir por la puerta falsa de que siempre dispone la libertad,
Pero veremos en seguida que ni s.quiera ésta se halla del
todo abierta. La actitud religiosa, a que el cristiano se ve
casi forzado por las circunstancias, se llama esperanza.
La esperanza supone la fe. La necesita. Deseamos con­
seguir aquello que ya sabemos que existe y que está hecho
para nosotros. De hecho, nunca se da en el individuo es­
peranza sin que posea al mismo tiempo la fe. Quien pierde
la fe, necesariamente pierde la esperanza, dicen los teólogos.
En cambio, puede conservarse la fe, aun habiendo perdido
la esperanza. Prueba de que la esperanza se apoya entera­
mente en la fe, más que la fe en la espranza.
Como el color, la esperanza reposa por completo en el
cuerpo de la fe. Por otra parte, la adorna de un precioso
esmalte.
Pero la fe madura en la esperanza, que es su flor y su
fruto más preciado. Carecerían de interés para nosotros los
atributos divinos, si no tuviéramos al menos la probabilidad
de tenerlos a nuestro favor. Por otra parte, la fe no tendría
derecho a exigimos tales privaciones con relación a las co-
LA ESPERANZA 95

sas de la tierra. Es verdad que valen más las del cielo. Pera
no son para mí. También el que se afana en un oficio hu­
milde sabe que hay otras maneras de vida más fáciles y de
mayor provecho económico. Pero de momento no están a
su alcance. Y de algo hay que vivir. A falta de pan, bue­
nas son tortas. ¿Con qué derecho podríamos exigirle que
abandonara su oficio, si no le damos ese otro mejor?
La fe encuentra su complemento en la esperanza. Las
exigencias que impone, las bellezas de ese otro mundo que
nos revela cobran interés para el hombre sólo desde el mo­
mento en que se le dice que le tocan de cerca. De una ma­
nera o de otra, están hechas para él. Lo contrario nos co­
locaría en un estado anormal. Obligados a admitir que Dios
es grande y bueno, que sus cosas son de una belleza in­
imaginable, mientras en el mundo todo merece desprecio,
tendríamos, por otra parte, que estimar prácticamente más
el mundo, a falta de cosa mejor. Y menospreciaríamos, por
falta de interés, lo que especulativamente nos parecería más
valioso.
Pero no hay separación. Reina entre ellas la más per­
fecta armonía. Parece que la fe ha sido puesta íntegramente
a servicio de la esperanza.
Tan obediente se muestra la fe a las necesidades de la
esperanza, que algunos han llegado a pensar que había sido
inventada por ella. La esperanza, necesitada de un tras-
mundo, para gozar, hubiera inventado todo aquello que al
presente creemos por fe. Dicen esas personas: creemos lo
que esperamos, es decir, lo que deseamos. Los cristianos pen­
samos al contrario: esperamos porque creemos. No es un
juego de palabras. Es una verdad muy seria de nuestra re­
ligión. ¿Qué sería de nosotros, si Dios y el cielo fueran crea­
ción de nuestra necesidad y ansia de adorar a alguien y de
gozar? Pero no hay tal.
Es Dios mismo quien ha revelado el objeto de la fe. El
ha manifestado todos los misterios que se encierran en su
Persona, sus atributos. Anuncia con toda claridad que hay
un cielo y un infierno. En resumen, revela espontáneamente
y con claridad de detalles la composición de un mundo su-
praterreno. No lo hemos inventado nosotros. La esperanza
no ha creado las verdades de la fe.
Pero ¿habrá convertido en propio objeto verdades que
Dios ofrecía a la humanidad únicamente para contemplar­
las? La Encamación del Hijo de Dios es un pregón. Está
diciendo que todo su mensaje es de salvación. Viene a darle
los elementos de una vida nueva. En parte, los da inme­
diatamente. Otros, siempre en la misma línea, les reserva
para más tarde. No es aventurado pensar que nos ha de
dar el resto, cuando nos ha dado ya casi todo. Infierno y
cielo son para nosotros. Atributos divinos, puestos a nues­
tro servicio, a través de la historia. Así que la esperanza ya
no es radical y absoluta, sino que esperamos la continua­
ción de una obra comenzada. No se podrían desear mayores
garantías de que no es antojo. Las verdades de la fe no
son objetos de p ú a contemplación, que el hombre luego
quisiera apropiarse ilegítimamente. Como el que deseara
volver a su casa en el coche que encuentra en la expo­
sición.
No lo espero porque lo necesito. Lo espero, porque Dios
ha dicho que esas cosas son para esperarlas. Y obliga a cada
uno a acomodarse a sus designios.
i Qué diferencia! Los pueblos que se han fabricado el
objeto de su esperanza, lo han hecho a base de los placeres
terrenos, materiales, que aquí más les atraían o que no
les permitía la ley o su estado gozar hasta saciarse. El cielo
seria un trasplante de la vida de la tierra, pero sin control.
En cambio, la esperanza cristiana espera gozar de las ver­
dades que le señala la fe, sin comprender cómo muchas de
ellas pueden causar gozo. La contemplación monótona de
Dios, gozo sustancial por toda una eternidad. Una verdad,
entre otras muchas, que no parece de origen humano. Si la
fe proviniera de la esperanza, no poseería la mitad de las
verdades de que en realidad consta.
Tantas ansias de gozar como nosotros tenían los israe­
litas del Antiguo Testamento. Y, sin embargo, se ha culti-
LA ESPERANZA

vado entre ellos muy poco la esperanza. La revelación del


mundo ultraterreno era elemental, y no excitaba el deseo.
Preferían ir tirando en la vida, a meterse en un mundo
nuevo donde había, si, premios y castigos, pero desconoci­
dos. Dios no les había dicho más. La honradez no les per­
mitía concretizar por su cuenta en un terreno donde las
cosas son como son, y no como a uno se le antoja imagi­
nabas.
En el Nuevo Testamento, al enriquecerse la fe, prosperó
igualmente la esperanza. El cristiano sabe que está llamado
a participar en la vida de Dios, que todas sus facultades
encontrarán en El su objeto y satisfacción, de la manera
que no podemos ni siquiera imaginar. En estas condicio­
nes, se puede esperar. Pero, como veremos en seguida, la
•gran renovación le viene a la esperanza de la Persona de
.Jesucristo.
La esperanza sigue a la fe, no solamente en su génesis,
sino también de ordinario en su medida. Una fe de hondu­
ra, bien convencida, por fuerza desplaza el interés hacia las
cosas del más allá. Centro de sus atenciones será el cielo,
Dios. Sobre todo, Dios, que, por su propia voluntad, se ha
"hecho asequible.
Algunos imaginan al cristiano colocado ante una dis­
yuntiva neta: debe escoger entre la vida mortal y la del
cielo. Puesta la disyuntiva, sin vacilar debería inclinarse por
la segunda, despreciando los momentos fugaces que pasa so­
bre la tierra. Mas no es de este orden la elección que se le
impone. ,La vida eterna haría nulo el valor de esta otra, sí
fueran independientes. Pero en nuestro caso no hay sepa­
ración. El cristianismo no conoce otra vida eterna que la
que se prepara en el tiempo, y se comienza a vivir en la
tierra. Jesús viene. No le esperes con los brazos cruzados.
En la eternidad se darán los premios, pero es en el tiempo
donde se determinan los premiados.
La esperanza de eternidad confiere valor infinito a la
vida presente. Hay que aprovechar ésta, porque nos juga­
mos aquélla. Contando los minutos como tesoros. Cada mo-
7
mentó y cada mínima acción encierran la posibilidad de
proporcionar a la persona un enriquecimiento perpetuo. El
que no espera goza y se abandona sin sentir la trascen­
dencia del momento que muere. Es natural que reflexione:
¿para qué apurarse?; voy a morir del todo. Pocos prepara­
tivos son necesarios para viajar a la nada.
Peregrinos, seguros de su retomo a la patria. De este
modo, el cristiano lleva en su vida una mezcla constante
de nostalgia y alegría. Nostalgia por la separación. Ale­
gría, porque tiene garantizada la vuelta. Basta que cola­
bore.
He aquí que sembramos de nuevo la intranquilidad don­
de ya parecía eliminada. Se le dará el cielo. Pero su labor
personal no queda excluida. Su fidelidad personal es uno de
los fundamentos en que se apoya la certidumbre de la es­
peranza. Pero esta parte más débil del edificio queda bien
apuntalada. Dios ha asegurado que sin duda ninguna pon­
drá todo lo que está de su parte. Asegura, además, su asis­
tencia continua para que el hombre realice eso poco enco­
mendado a su colaboración. Pero una asistencia hecha a
medida de la miseria humana. No se extraña de tener El
que hacerlo casi todo. Se da cuenta de que los colabora­
dores somos nosotros. Nos deja hacer un poco, no para ayu­
darle, sino para que tengamos la impresión de haber ganado
el premio. Nos lleva en sus brazos casi todo el camino. Y
tí resto, tan asidos de su mano, que no es posible caer.
Espero en Dios. Espero poseerle un día. Espero de El
luz y fuerzas para llegar hasta El.
Imagen perfecta de la esperanza cristiana: el áncora.
Rodeada de incertidumbre e inconsistencia de un mar, re­
presenta la debilidad del hombre en que la esperanza posa»
Precisamente para esto está ella, segura en sí misma, tran­
quilizadora para los demás.
2.— M aranatha .

Entre los primeros cristianos hizo fortuna esta expresión.


Hasta San Pablo la cita en esa forma1. No es una fórmula
mágica. Es una jaculatoria: Ven, Señor. Con estas palabras
termina el Nuevo Testamento, en el Apocalipsis, de San
Juan: «Dice el que testifica estas cosas: Sí, vengo pronto.
Amén. Ven, Señor Jesús» 2.
Estas palabras, llenas de ansiedad, con que se cierra la
Biblia, tienden un puente entre la primera venida de Je­
sús en la Encarnación, y la segunda en que venga a juzgar.
Apenas partido de entre ellos, ya sus fieles seguidores le
invocan de nuevo. Los años que pasan sólo tiene sentido
como espera de su inminente respuesta.
Jesús ha prometido volver y terminar con la presente
condición del mundo. No ha determinado cuándo lo hará.
Este margen de indeterminación proporciona un valioso ins­
trumento para medir el pulso de la esperanza individual y
colectiva. San Agustín lo advierte: «Nuestro esposo está
ausente; pregunta a tu conciencia: ¿quiéres que venga, o
prefieres que aún se demore?... iCuántos hay que, si se les
dice: Ya llega Cristo, mañana será el juicio, no responden:
Ojalá venga! Los que lo dicen son los que aman mucho» 3.
Es verdad. Cuando uno piensa que Jesús ha de venir, sin
que sepamos si antes o después, el espíritu reacciona con
una de estas dos actitudes: ¡ojalá venga!; iojalá no venga!
Cada uno, examinándose, puede medir por la actitud
su esperanza. Quien espera cristianamente la venida de Cris­
to, la desea. Quien no la desea, tiene una prueba de que
su esperanza está enferma. El «Maranatha», usado como
jaculatoria, como expresión de una permanente actitud in­
terior, es el mayor elogio que pueda hacerse de la espe­
ranza cristiana en los primeros siglos de la Iglesia.

11 Cor. 16, 22.


2 Apoc. 22, 20.
3 Comentario al Salmo 127, n. 8, PL 17, 1682.
«Maranatha» nos revela igualmente una modalidad so­
bre manera interesante en la esperanza de aquellos cris­
tianos. Dice, desde luego, que el objeto de la esperanza no
es, para ellos, un lugar o una cosa, sino la persona misma
de Jesús. Ea vida del Maestro, como puede suponerse, no
existió la expresión. Teniendo a Cristo consigo, no echa­
ban de menos el cielo. Ahora que se ha ausentado, tam ­
poco piensan en el cielo directamente. Sólo quieren estar
junto a EL Ni siquiera piden que les lleve a su compañía.
Basta que El venga» Cielo o tierra, todo es lo mismo. Aspi­
ran simplemente a estar con Jesús, con Dios. En fórmula
exacta, prescindiendo de lugares y cosas, San Pablo com­
pendia el contenido de la esperanza cristiana: «Deseo ser
desatado [del cuerpo] y estar con Cristo» 4.
Ha habido un camino. Con la venida de Jesucristo al
mundo, la esperanza cobra nuevo vigor. Renace. Pero esta
nueva creatura presenta un aspecto bastante diverso de su
homónima anterior. Renace, porque encuentra más fuerte
motivo en la ulterior determinación de las verdades de la
fe. Se transforma, porque un aspecto nuevo viene a mo­
dificarla en su mismo seno. Para el no cristiano (e incluyo
a los justos del Antiguo Testamento) es la esperanza un
estado de privación pasajera de alguna cosa buena. Es ver­
dad que los israelitas esperaron al Mesías. Pero había mu­
cho de terreno mezclado en sus aspiraciones. En cuanto
al cielo, era casi un lugar de mediano bienestar 5. El cris­
tiano, en cambio, ve la esperanza como un ansia constante
por la compañía de personas amadas. La diferencia es no­

4 Filip. 1, 23.
5Conviene hacer uná distinción en el ambiente del Antiguo Tes­
tamento. Dios habla poco del cielo. Quiere centrar el anhelo de los
israelitas en la persona del Mesías, que es el verdadero objeto de la
esperanza. De este modo, preparaba una esperanza de carácter per­
sonal. desinteresada. Los israelitas cumplieron el programa sólo hasta
la mitad. Miraron al Mesías, pero como dador de bienes terrenos. Por
tanto, la diferencia de la esperanza cristiana no lo es con relación al
piano de Dio» para el Antiguo Testamento, sino con relación a la
práctica imperfecta que hicieron de él los israelitas.
101

table. Claro que muchos cristianos no se han dado cuenta


del cambio. La bienaventuranza a ellos se la daba Dios,
para nosotros es Dios mismo.
Esperanza. Destierro. Yuxtaposición tradicional. Parece
conñrmar el sentido de ausencia local en la esperanza cris­
tiana. El destierro dice alejamiento y separación forzosa de
la patria. Pero eso es mirar solamente en la superficie. La
imagen del destierro ilustra la esperanza cristiana en lo
que ésta tiene de más específico. Explica cuán razonable
y connatural es al espíritu humano la novedad introdu­
cida por Cristo en la esperanza.
Un poco de experiencia ensefia que el destierro no es
alejamiento de lugares, como parece indicar la palabra, sino
más bien separación de personas. No están capacitados para
percibir tales matices los que han salido una sola vez para
siempre de su patria. Han abandonado juntamente perso­
nas y lugares, y no saben lo que cuesta cada uno. En su
imaginación lo atribuyen todo a la ausencia de la tierra
natal. Tampoco vale el testimonio de los que fuera de su
tierra no han logrado penetrar con su persona en el am­
biente, no han intimado en la extraña sociedad. Sólo vale
la experiencia del que se ha compenetrado con el ambiente
de su destierro. He aquí que vuelve a su patria, después
de larga ausencia. Recibe la impresión de estar desterrado
en medio de su tierra. En la ausencia, había fabricado una
nueva patria humana, que es lo que ahora siente abando­
nar. Mi patria son esas personas con quienes convivo en
intimidad. Destierro es el separarme de ellas. Frente a esta
experiencia, bien poco significa el lugar.
La experiencia cristiana lleva inherente la sensación de
destierro espiritual. Siempre ha gustado el cristiano de lla­
marse peregrino y extranjero en este mundo. No es que le
falte una patria. Es que está lejos de unas personas que
son el centro de su interés y de su amor: Jesús, María...
También en la esperanza cristiana existe el deseo de li­
brarse de las miserias. Pero es secundario. De hecho, du­
CRISTIANO· P M bCMTXU

rante la vida de Jesús, no pensaron sus discípulos en e!


cielo.
Hace tres siglos se les ocurrió a unos hombres muy es­
pirituales afirmar que la santidad en sus últimos grados
hace desaparecer el objeto de la esperanza. El alma sirre
a Dios desinteresadamente. Queda Inactiva la esperanaa.
Pero... iqué hombres!, iqué ocurrencias! No se puede con­
cebir una tal desviación, si no es suponiendo en sus autores
una idea poco clara de la esperanza cristiana. ¿Es posible
que alguien llegue a amar tanto a Dios, que ya no quiera
estar con El? Un servicio tan desinteresado, que excluya
el deseo de unirse con Dios, es, sin duda, signo de haber
llegado a una perfección especial, es decir, a una perfec­
ción pagana. Algo de paganismo debía tener la Idea de es­
peranza con que traficaban esas personas. Solamente en el
caso de que el objeto no fuera Dios mismo, sino algún pre­
mio externo, el desinterés pudiera tener algo de virtuoso.
Los verdaderos Santos han llegado a un grande desin­
terés e indiferencia por los bienes de Dios. Y, sin embargo,
se han movido siempre, han podido vivir, solamente por la
seguridad de poder colmar su esperanza en las dos mani­
festaciones fundamentales: Se nos dará Dios mismo; sere­
mos colocados en un estado donde podamos llevar a cabo
la unión con El sin ningún impedimento. El lugar y los
premios que promete la esperanza se enrolan de este modo
en su carácter personal. B1 cielo nos libra de limites y
miserias que impiden el amor perfecto a Dios. Por eso le
desea el cristiano.
Triste destino ei de la esperanza. Tiende a su propia
destrucción. Anhela poseer a Dios, conciente de que, en el
mismo momento en que comience la posesión, habrá ter­
minado su cometido. Muere, por su misma naturaleza pro­
visional, al llegar a la cumbre. En el cielo no hay espe­
ranza.
3,—Bw tu AYUDA.

A Ja esperanza le ha sido encomendado un papel sobre


manera difícil, dada nuestra psicología. 8u actuación se
toa*a en el siguiente principio: por amor de un bien futuro,
renunciamos al presente. Tal género de conducta es poco
humano, es decir, poco acostumbrado entre los hombres.
Prefieren éstos el pequefto goce Inmediato, venga lo que vi­
niere después. Bsaú, cambiando por el plato humeante de
lentejas sus amplios derechos de prlmogenltura, pudiera
representar dignamente esta cualidad humana. Es un sím­
bolo extremado de nuestra actitud en otros campos. Claro
que, a poco de pasado el placer, todos se dan cuenta de
que el cambio es absurdo. Como ya no tiene remedio, vie­
nen las lágrimas. También en esto Efcaú era hombre como
nosotros. Pero vuelve a repetirse la historia, con nuevo cam­
bio y nuevas lágrimas. No hay escarmiento, ni siquiera en
la propia persona.
El gozo presente encandila de manera que no deja pen­
sar en las malas consecuencia«. Se embota la mente para
valorar todo lo que no sea aquel placer. Una ves acallado
«1 espíritu, el apetito queda sin freno, y se dispara ciego
sobre su objeto. Sin perspectiva. Simple descarga de un ins­
tinto, que no razona. Como una allmafia, dice Santa Te­
resa: «Pues, ¿qué más hace una alimaña, que en viendo lo
que le contenta a la vista, harta su hambre en la presa?» ·.
La esperanza protesta desde el futuro. Promete y ame­
naza. Pero a distancia. La sensibilidad humana no está
añnada para percibir la eficacia de ese futuro. ¿A qué sir­
ven ios gemidos de la inocencia, frente a las injusticias
de una soldadesca invasora? Lo grave es que la esperanza
no dispone por sí misma de otro recurso para defender sus
derechos. No le quedarla otro remedio que languidecer sobre
la tierra, como una flor exótica, que no encuentra terreno
acomodado. iQué triste seria un mundo sin esperanza? No
* Camino de perfección, 38. 10.
obstante, dejado a sí mismo el hombre, lleva camino de*
fabricarlo sin tardar.
Pero Dios ha visto, e interviene. No quiere permitir que*
esta bellísima virtud se marchite. Manda un esclavo que
prepare el terreno y suavice el clima. Sólo crece en tierra,
blanda. El dolor es el encargado de esta misión delicada..
Es la salvaguardia de la esperanza. Reviste diversas formas,
concretas: pobreza, enfermedad injurias, soledad espiritual
y humana... Son todas ellas palabras aureoladas en el Nue­
vo Testamento. El contacto con Jesucristo y sus seguidores-
más fieles las ha santificado. Ahora derraman gracia en
las personas que las acogen. El sufrimiento, introducida
como una ley por el Evangelio, es una bendición en la vida
del cristiano. La Cruz de Cristo vale por un entero pregón
en medio de los siglos.
El sufrimiento, colaborador de la esperanza. Lleva los
hombres a Dios. Por su misma naturaleza. Aun los más aris­
cos, a la hora de la desgracia, se ablandan y piensan de
otra manera. Con mayor razón, en nuestro caso, en que
a la eficacia natural del dolor se añade la que le viene
de su función en el misterio cristiano. Todos redimidos en
la cruz de Cristo. Pero esa cruz no son sencillamente unos
palos, hoy acaso perdidos. Perdura inconfundible. El hom­
bre a Dios, y también Dios al hombre. El dolor completa
su misión, trayendo al hombre los bienes de Dios. Isaías
nos da una imagen apropiada del dolor, necesario por
una parte, pfro que no es una finalidad en sí mismo7.
¿Acaso está siempre el labrador arando, cavando o rastri­
llando? Hunde el arado, para que luego penetre la buena
semilla. No se la puede arrojar en la superficie inculta Otro»
tanto hace la Providencia de Dios en el alma humana.
Sólo de esta manera se le entiende: mirando hacia de­
lante. Un dolor con perspectiva. También la historia per­
sonal ayuda a comprenderle, porque a veces sirve de expia­
ción. No tenemos derecho a protestar, cuando sufrimos. Ar~
*18., 28, 24-25.
LA ESPERANZA 105¿

giiía San Jerónimo a Paula, adolorida en extremo por la.


muerte del esposo: «Escoge la que quieras de estas dos su­
posiciones: o eres santa, y Dios te prueba; o eres pecadora,
y te quejas sin razón, ya que sufres mucho menos de lo
que mereces» 8.
El pecado nos da alguna explicación del dolor, pero muy
parcial. Además, se presta a confusiones. El dolor entró en
el mundo por causa del pecado, no por una expresa orde­
nación divina. La culpa del hombre ha creado el sufrimiento
humano. Hasta aquí van juntos. Pero, una vez entrado el
dolor en el mundo, su distribución no se hace ya según la
medida del pecado. De manera que quien más peca, sufra
más. No se debe pensar que cada nuevo sufrimiento su­
ponga una nueva culpa o acto de desobediencia en la per­
sona afectada. No existe tal correspondencia 9. Dios permitió
que entrara en el mundo, por justa venganza. Pero su ori­
gen no declara toda su misión posterior. Hoy puede ser el
sufrimiento una muestra delicada de predilección divina.
Mas el dolor no es, en la vida de muchos, lo que debiera
ser, sino lo que es. No es una bendición que fomenta la es­
peranza. Más tiene semblante de tormento infinito, que pro­
voca la desesperación. ¿Quién ha cambiado su trayectoria?
Sin duda, el hombre. Pero la realidad no deja de ser triste.
He visto muchas almas sufrir hondamente, con una amar­
gura falta de mérito y perspectiva espiritual. Acaso la en­
fermedad. Hoy día, sobre todo la pobreza material, la mi­
seria aprieta, casi la« estrangula. Ciertamente, se encuentra
uno en la vida con almas débiles que tienen que sufrir
mucho. Más de lo que pueden. Llevan una carga cuatro ve­
ces superior a sus fuerzas. Y Dios lo ve. Tiene que verlo^
pues se encuentran a cada paso. ¿Y lo permite? El dolor
es provechoso y buen ejercicio. Pero tanto..., «será como si
a un niño cargan dos fanegas de trigo: no sólo no las lle­
vará, mas se quebrantará y caerá en el suelo» 10.
* Carta 39. ML. 22, 271.
*Jn., 9, 2-3.
10 S. T e r e sa . Fundaciones, 18, 10.
106 CRISTIANOS POR DENTRO

Son muchas las personas que se quebrantan con la me­


dida de dolor que les ha caído en suerte. Por ellas (per­
donadme), si de mi dependiera, hubiera deseado muchas ye-
oes cambiar el Evangelio. He deseado que tuviera mayor nú­
mero de excepciones la ley inexorable del dolor. Es un
remedio sugerido por la compasión, que hasta ahora no ha
encontrado otro. Entonces se salvarían estas almas, que aho­
ra parecen llevar en su mirada la rabia ciega y desespe­
rante hacia todo lo santo, que caracteriza a los condenados.
Tal vez no haya espectáculo más lastimoso que éste: un
hombre agobiado por el dolor, sin que reciba de la fe una
justificación de su estado. Ni lo soporta, ni puede evitarlo11.
Siempre quedará algo de misterio. Con decir que el sufri­
miento viene a desprendemos de la tierra, apenas hemos
descortezado el misterio. Porque también sufren ángeles ino­
centes, ángeles de tres años.
Hay mucho de misterioso en los planes de la Providen­
cia a este respecto. Pero hay, al menos, dos puntos ciertos.
Lo suficiente para orientamos. Es innegable que necesitamos
una buena dosis de dolor, y que éste nos -viene de manos de
la Providencia amorosa. Sin dolor, no hay esperanza.
El P. Spicq ha hecho una preciosa constatación en los
primeros siglos de la Iglesia. La espera ansiosa de la se­
gunda venida de Cristo y de la vida futura persistió vigo­
rosa, mientras la carencia de bienes terrenos y del favor de
los príncipes exigió en los cristianos ánimo heroico y siem­
pre despierto. Es la reacción natural en uno que no encuen­
tra ambiente favorable a su alrededor.
Al desaparecer la alarma, se apagó el ardor. Con la paz
de Constantino, lá tierra comienza a ofrecer asilo al cris­
tiano, antes perseguido. El objeto de la esperanza sigue man­
teniéndose a la misma distancia que antes. Las riquezas y
el bienestar no exigen que uno se despreocupe del más allá.
’1«Un odio impotente es la sensación más horrible; porque, en
realidad, sólo debiéramos odiar aquello que podemos destruir» (Goe­
the).
LA ESPERANZA 107

Son compatibles con una vivida esperanza. No obstante, la


Historia canta bien claro. ¿Por qué no convencerse de que
las cosas son como son, y no como pudieran ser?
La comprobación hecha en la historia de la Iglesia se
repite constantemente en el campo individual. Y, tercos, aún
nos empeñamos en afirmar que bienes de la tierra y espe­
ranza pueden muy bien estar Juntos. Es querer contener el
agua, cuando ya ha pasado la compuerta. Algo semejante a
lo que sucede con la mortificación corporal o sufrimiento
voluntario. Hoy piensan muchos espirituales que no es ne­
cesaria para mortificar la voluntad y amar de todo corazón
a Dios, que es lo que interesa. Los antiguos sabían también
•esto, y, además, sabían lo que son las cosas. La experiencia
»enseña.
Yo imagino irremediablemente a estas personas dando
^cabezazos contra el muro, convencidos de que allí tenía que
estar la puerta. Ven que no está. Nada importa, pues tenía
que estar. jPero hombre!, si aquí de lo que se trata es de
«entrar, busca una ventana o cualquier boquete.
Esperanza sin dolor. Ave sin plumas. Pudiera volar, pues
alas tiene. Pero no vuela, porque le faltan las plumas. So­
mos aM.
Es extraña la familiaridad que entre la esperanza y el
dolor media después de la Encamación. Un hecho que puede
■servir de índice. En los libros del Nuevo Testamento encon­
tramos a veces, en lugar del trío acostumbrado: «fe, ca­
ridad, esperanza», éste otro: «fe, caridad, paciencia» 12. Sus­
titución rebosante de significado.

4 — ¿ P r e m io o l ib e r a c ió n ?

A través del párrafo anterior se deja entrever un pro­


blema.’ Afecta a nuestra esperanza, no a la esperanza en
si misma. Añoramos el cielo. Tendencia laudable en el cris-

12Tit. 2. 2.
108 CRISTIANOS POR DENTRO

tiano, pues está obligado a ello. Pero, ¿lo hace porque quiere
«star con Dios, o, sencillamente, penque quiere librarse del
dolor?
No debe parecer extraño que alguien anhele la otra vida
como recurso para huir de las garras del sufrimiento. De
hecho, es la única huida posible. La ley es inexorable. Al
que vive cristianamente le alcansa la ley como una señal-
de complacencia divina: «los que quieren vivir piadosamen­
te en Cristo sufren persecuciones». Entonces, abandonaré la.
ley cristiana, para librarme de semejante peso. Pero he aquí
que también la Providencia sale al encuentro por este otro
camino, con la misma receta. Mezcla en tus vanas dulzuras,
una buena dosis de hiel.
Escuchemos un momento a la experiencia de un gran,
maestro. San Agustín ha querido vivir al margen de toda,
ley. Y consigue librarse de toda ella, menos de este punto»
concreto del dolor, que era precisamente el que más le in­
teresaba eliminar. «Quebranté todos tus preceptos, aunque-
no escapé de tus castigos: ¿quién de los mortales lo logró*
jamás?» 13. Sólo después de su conversión supo interpretar
aquellos tormentos ineludibles: Tanto más dulce y benigno*
era el Señor, cuanto de más amarga hiel rociaba sus goces,
ilegítimos, obligándole así al retorno a la casa paterna. Esto
lo comprendió mis tarde. Pero ya desde el primer momento,,
y en medio de los efímeros goces, se dió cuenta de que la
ley le perseguía con la terquedad de un instinto o de un
enemigo personal.
San Agustín tiene una frase, gustosa de expresión y de*
contenido: ¡oh Dios, «que esparces con ley infatigable el
castigo de una penosa ceguera sobre los placeres ilícitos!» 14..
Personifica a la ley. No es un principio constante. Es, más·,
bien, una persona incansable. Sería de imaginar la vida
moral como una ciudad amurallada. No es libre la perte­
nencia a ella. Dios ha establecido a todos, cristianos y no»
1;; Confesiones, % 2, 3.
Confesiones, 1, 18, 3.
LA ESPERANZA 10»

cristianos, dentro, cerrando todas las puertas oficiales. Que­


da únicamente abierta la puerta falsa de la libertad. Por
ella salimos ilegítimamente una y otra vez a gustar el
ambiente de los arrabales. En esta puerta es donde Dios ha
colocado, según San Agustín, la ley infatigable, como un
guarda siempre despierto. Forzudo jayán, que golpea des­
piadado a todo el que sale y cada vez que sale. Nadie es­
capa. Cien veces sales, cien golpes. Ya en tiempos de San
Agustín se le había encomendado a esta ley su misión pu­
nitiva. En nuestros días no da señales de cansancio. «In­
fatigable» de verdad.
De buena o de mala gana, todos tienen que sufrir en
abundancia. Quien tiene paz, carece de dinero. Quien tiene
tiene dinero y paz, es objeto de aversión por parte de todos.
A quien tiene dinero y amistades, le falta la salud. No se
pueden cegar todas las posibles fuentes de dolor. Aun su­
poniendo que Dios no intervenga, enviando un sufrimiento
saludable a los amantes de comodidades. Entonces es por
demás toda diligencia. Te curas de una, y te manda otra.
Dios puede hacer que te salgan sabañones hasta en los
dientes.
Por esta razón, no carece de sentido desear la otra vida
para librarse de todas las miserias de ésta. La esperanza
sería únicamente evasión del dolor. A esto han querido re­
ducirla algunos, fiados de que andan ordinariamente juntos.
El cristianismo, religión de cobardes, que no encuentran otra
salida en la vida. La esperanza sería para aquellos que no
tienen a su alcance cualquier otro remedio disponible para
librarse del dolor.
Los hechos hablan. Dicen que la esperanza no es una
reacción natural, de inercia, frente al dolor. Leí hace tiem­
po en no sé qué libro de conferencias dadas en París, esta
observación del autor: habrá en la ciudad casi medio mi­
llón de gentes que, por enfermedad o pobreza, conducen
una vida indeseable, muchos de ellos insostenible. Pues bien:
de todos esos que apenas viven humanamente, y aún de
los que mendigan, la inmensa mayoría, más de un 90 por
100, preferirían vivir eternamente asi, antes que salir de
esta vida a remediarse en la otra. Estoy seguro de ello.
Donde dice París, póngase Madrid, Roma..., y peor aún si
salimos de Europa. Y corno las ciudades, los pueblos15.
El ejemplo es instructivo. La esperanza es una supera­
ción heroica del dolor. De ahí que sean pocos los que con­
siguen escapar por ella. Si fuera tan fácil desear el cielo,
cuando faltan los bienes de la tierra, no se explicaría qife
todas esas gentes, trabajadas por el infortunio, prefieran se­
guir sufriendo a dejarse en manos de la esperanza. No es
un dolor cualquiera el que se transforma en esperanza. Es
un dolor vivido sobrenaturalmente. El puro dolor humano es
enemigo declarado de la esperanza. No se fía de la espe­
ranza. Quiere recibir de ella la felicidad terrena, como ga­
rantía de que es capaz de darle luego la del cielo.
Ahora ya no ofrece dificultades la pregunta, ¿es com­
patible con la esperanza el dolor, o es un elemento extra­
ño que interesa eliminar? El sufrimiento no se arroga fun­
dones de la esperanza. Es ayuda, no causa. Puede ser un
estímulo, nunca el motivo. No quita mérito a la esperanza
cristiana. Porque mirar al cielo es un desenlace sobrenatu­
ral. La reacción natural del hombre sería buscarse una in­
mediata compensación.
En la historia, el disgusto de la vida en miseria forma*
parte de la esperanza. Y con razón. Tantas miserias como
el cristiano padecían los judíos del Antiguo Testamento. Y,
sin embargo, no pensaban con tanta intensidad en reme­
diarlas en la otra vida. Daban una solución más inmediata:
si se padecen desgracias, esperemos que el Señor ponga re­
medio, y nos deje aún gozar aquí por muchos años. Así piensa,
la naturaleza. El deseo de redención que tiene el cristiano
es sobrenatural. No brota del dolor mismo, sino de su fe
15«Mas ¡ay de los que no conocen su miseria!, y mucho más jay
4e los que aman esta miserable y corruptible vida! Porque hay algu­
nos tan abrazados con ella, que aunque con mucha dificultad, tra­
bajando o mendigando, tengan lo necesario, si pudiesen vivir aquí
siempre, no cuidarían del reino de Dios», Imitación &e Cristo, I, 22-
111.

en un futuro dichoso. No es, por tanto, egoísmo anhelar


el cielo por verse libre de tanta miseria como se padece en
la vida presente.
En las almas generosas, Dios aquilata la esperanza. Ni
siquiera en éstas suprime Dios el dolor, con el ñn de pu­
rificarlas. Prueba de que no es un elemento extraño. En
vez de fortalecer la esperanza poniéndola en medio del gozo·
y la prosperidad, suele hacer lo contrario. Agrava los su­
frimientos.
Se hace en otro punto muy diverso la purificación de
la esperanza. Lo que interesa afinar es el motivo. Que, en
última instancia, se funde totalmente en las verdades de
la fe: Dios es bueno y flel; Dios me ha prometido el cielo
y la ayuda para conseguirlo. Este es el verdadero motivo de
mi esperanza.
A ratos, el cielo se goza anticipadamente, y el alma se
agarra ansiosa a esos momentos efímeros. Falla el gusto
anticipado, y todo se tambalea. Se ve que eran el gusto y
la prosperidad los que llevaban el peso de la vida e im­
pulsaban a obrar. Dios les apaga momentáneamente. En
medio de la oscuridad, se descubre sólo la luz de la fe.
Pero tal situación es artificial, creada por Dios. Pasa«
da la borrasca, la esperanza recobra todo su cortejo: al­
gún consuelo, ratos de cielo, sentimiento de seguridad. Aho­
ra viene como cosa necesaria, sin exigencias, pues ha visto
que la reina es capaz de valerse ella sola. Pueden ausen­
tarse libremente. La actividad espiritual no se resiente.
C apítulo 6

LA CARIDAD

1.—L ey cristiana .

Nada hay menos original y, al mismo tiempo, más nue­


vo, en la religión cristiana, que la ley de la caridad teologal.
El amor a Dios ha sido siempre la cumbre de la vida re­
ligiosa. Es una exigencia de ley natural, conclusión espon­
tánea de la relaciones entre el hombre y la Divinidad. Aun
cuando algunos pueblos abandonaran su práctica, el prin­
cipio ha permanecido firme.
El cristianismo es una religión nueva, en cuanto religión.
Precisamente por ello, ha querido infundir la novedad en
el principio mismo de la vida religiosa. Asumiendo· toda la
psicología y teología religiosas del amor, le confiere un fun­
damento nuevo y un motivo antes desconocido. Antes ama­
ba el hombre a Dios por la deuda contraída en la creación
y en la Providencia constante de cada día. El cristiano aña­
de un motivo nuevo, que cambia el fundamento de las re­
laciones: ama, sobre todo, por causa de la Redención. Amor
sobrenatural; más íntimo y más intenso. Se llama caridad.
La más grande novedad del cristianismo, a este respec­
to, consiste en haber extendido el campo de la caridad, aña­
diéndole un nuevo objeto teologal subordinado. El hombre
puede y debe ser objeto de esta caridad sobrenatural. Para
los efectos de la virtud, representa ante nosotros el mismo
papel que si fuese el mismo Dios. Se comprende que, para
que el hombre sirva de objeto teologal, debe ser conside-
LA CARIDAD 113

rado en lo que tiene de divino: es miembro de Cristo, templo


del Espíritu Santo, llamado a gozar de Dios un día...
Ese conocimiento previo de Dios y del hombre es obra
de la fe. Sólo gracias a esta virtud sé que la Encarnación
es obra de amor, que por medio de ella ha cambiado ra­
dicalmente el estado de mi alma, que Dios está presente
en el alma del prójimo. En el hombre no descubro a sim­
ple vista porción alguna sobrenatural. Sin la íe, no cono­
cería ninguna de estas realidades. Por consiguiente, sería
imposible amar teologalmente. La caridad supone a la fe.
•con todos los cometidos que ya le hemos asignado anterior­
mente.
El amor supone la fe. Pero puede superarla en inten­
sidad. Cierto, no se ama lo que no se conoce. En cambio,
basta un mediano conocimiento, para que el amor se des­
arrolle indefinidamente. La caridad no se puede extender a
más que el objeto señalado por la fe. Dentro de ese campo,
se le permite a la caridad una profundización ilimitada. Bien
poco o nada sé de la ciencia que estoy aprendiendo. Sin
embargo, la amo con vehemencia; tal vez mayor que des­
pués de haberla aprendido.
No es arbitraria la elección de la caridad para centro de
la vida sobrenatural. Es sencillamente el aprovechamiento
de las mejores posibilidades que ofrece la naturaleza. En
este caso eleva dos realidades humanas: la libre voluntad,
y tenemos con ello una fuente de mérito; el amor, que es
el principio de mayor influencia en la actividad de toda la
persona. En el orden humano, el amor es el resorte que lan­
za todas las facultades del hombre a una actividad fecunda.
Se debilita el amor, y el espíritu languidece y vive despa­
cio, como un motor con poca corriente. Crece el amor, y se
acelera el pulso de la vida.
El espíritu humano necesita amor, mirada hacia afue­
ra. No se basta a sí mismo. Tiene un aspecto de social ge­
nerosidad. El empobrecimiento, anquilosamiento, putrefac­
ción del espíritu es el egoísmo. Es lo que sucede en esas
8
familias nobles, celosas de su dignidad, que se casan entre
sí, sin salir fuera a renovar el amor y la sangre.
En el orden sobrenatural, la necesidad de mirar hacia
fuera sube de grado. Donde el hombre busca solamente un
complemento, tí cristiano tiene que buscar todo, desde eL
mismo principio. No tenemos nada. Todo hemos de recibirlo
de Dios. Mejor dicho, todo hemos de estarlo recibiendo cons­
tantemente de Dios. No cabe independencia, ni alzarse con
tí Santo y la limosna. Todos tus valores los tiene asidos Dios
por la otra punta. En el momento que quieras separarte, se*
queda El con ellos.
La caridad compendia en sí toda la perfección. Quien sea
dueño de su ame»:, y sepa aplicarlo a los objetos sobrenatu­
rales es, sin más, perfecto. Si falla este punto, de nada sirve
toda la riqueza personal interior, aun cuando sea sobrena­
tural. Sin amor, se cortan las relaciones, y la vida individual
se embota. Dios no tiene en cuenta las obras que no están,
vinculadas a El por este secreto lazo. Conviene recordarlo..
Se puede conseguir una cierta perfección en las demás vir­
tudes, con poco amor. Y asi lo hacen algunos ignorantes, que?
no han sabido colocar el acento.

2.— A m ig o s de D io s .

Se entreveía ya en la conducta de Jesús a lo largo de toda,


su vida. Pero es un punto demasiado grave, para fiarse de*
conjeturas. En la Ultima Cena lo declara por fin abierta­
mente: «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que os man­
do. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que*
hace su señor; pero os digo amigos, porque todo lo que oí
de mi Padre os lo he dado a conocen Sois mis amigos,
si vivís cristianamente. Jesús es Dios, como acaba de recor­
dar a Felipe. Somos, pues, amigos de Dios.
Parece que nadie se había atrevido a entender llana­
mente esta sublime condescendencia. Se hablaba de una
* Jn. 15, 14-15.
115

intimidad especial de Jesucristo con sus Apóstoles, en cuanto


tales o en cuanto sacerdotes. A ellos dirige el nombramiento
de amigos. Entendiendo por amistad el amor intenso y efec­
tivo que Dios les profesa. Muchos inconvenientes se oponen
a darle un sentido pleno y extensión universal. Pero todos
fundados en nuestra miseria, que es como decir, sin funda­
mento, dada la expresa voluntad de Dios de contar con ella
en su economía.
Santo Tomás de Aquino se decide a entender sin res­
tricciones. Somos amigos de Jesús. Nuestra amistad con El,
o la suya con nosotros, se funda en la caridad teologal. Dos
consecuencias trascendentales. La amistad con Jesús, con
Dios, no es ya exclusiva de algunos privilegiados. La tienen
todos los cristianos que están en gracia. En menor o mayor
grado, según el grado de su caridad. La amistad no sólo
exige, sino que incluye una correspondencia de amor igual­
mente íntimo. Por tanto, al nombrarnos amigos, además de
amamos con intimidad, nos da la posibilidad e impone la
obligación de amarle del mismo modo. No se da una amis­
tad no correspondida. La amistad es siempre entre dos que
se aman de lleno.
Del campo psicológico recoge Santo Tomás las leyes esen­
ciales de toda amistad humana, aplicándolas con claridad
y precisión al campo de la caridad teologal2. No se vaya a
creer que es una especulación infundada acerca de la amis­
tad humana. Son sus elementos esenciales, indipensables.
Ordinariamente no se reflexiona sobre ellos, cuando se vive
la amistad. Pero se advierte muy bien su presencia o ausen­
cia. Es poner en ideas lo que todos sentimos, cuando tenemos
amigos.
Tres elementos fundamentales descubre Santo Tomás en
la amistad humana. Indispensables todos, y suficientes, para

2 S. Th.. 2-2, q. 23, 1. Varias ideas de este apartado acerca de las


relaciones entre amistad humana y caridad teologal se las debemos al
P. Tomás de la Cruz, profesor en el Colegio Internacional O. C. D.,
de Roma. Sus enseñanzas a este respecto han sido orales, y no se
hallan en ninguna de sus publicaciones.
que exista una verdadera amistad. l.° Que sea un amar
honesto y de benevolencia. Un amor que tiende a la per­
sona misma del amigo, sin buscar el propio interés o placer.
2.° Debe ser amor mutuo entre dos o más personas. Si uno
de ellos no corresponde, el otro podrá mantener un amor
todo lo intenso que se quiera; no hay amistad. Ni siquiera
por parte del que tanto ama. La amistad es forzosamente
amor recíproco. 3:' Ambas partes son conscientes de amar
y de ser amadas. La caridad es amor manifiesto por los
cuatro costados. Un largo proceso con todos los puntos pues­
tos en claro: cada uno de los amantes debe ser consciente
de que ama al otro y de que este otro lo sabe ; de que es
amado por el amigo y de que el amigo advierte que el pri­
mero se da cuenta de ello.
La caridad teologal cumple a maravilla estas condicio­
nes. 1.a Es amor de benevolencia. Dios nos ama, sencilla­
mente porque nos quiere bien. Poca utilidad personal puede
esperar El de este amor. Si algo bueno tiene el hombre, es
Dios quien se lo ha dado. Tampoco el hombre busca en Dios
su propio interés. Puede buscarlo, pero tal actitud serla es­
peranza acaso, nunca caridad. La caridad ama a Dios, como
solemos decir, por ser El quien es. Más que esperanza per­
sonal, es una complacencia en las grandezas divinas.
2.a Es amor mutuo. Por la caridad, amamos a Dios; y
El nos ama, pues nos da la gracia, sin la cual nunca está
la caridad. Dios sigue amando al pecador. Sin embargo, no
mantiene con él relaciones de amistad. La culpa es del pe­
cador, que no corresponde, anulando las buenas intenciones
que Dios tiene de entablar amistad. Pero no hay amistad
de uno solo.
3.a Amor consciente por ambas partes. Y ¿quién está
seguro de amar a Dios sobrenaturalmente y de ser amado
por Dios? Nos basta una certidumbre moral. La recepción de
los Sacramentos cerciora moralmente de que estamos en gra­
da y, por consiguiente, de que amamos a Dios en el orden
sobrenatural. Por la misma razón, logramos saber con cer­
teza humana que Dios nos ama. No hay peligro de que nos*
LA CARIDAD 117

otros le amemos, y El no quiera corresponder. El peligro


viene siempre del lado contrario; que, a pesar de su insis­
tencia, queremos nosotros romper temporáneamente la amis-
tal, para reanudarla más tarde.
Se advierte el cambio de perspectiva que la idea de amis­
tad divina aporta sobre el simple amor a Dios. La caridad
no es sólo una tendencia del hombre. Este sabe que es ob­
jeto del mismo amor por parte de Dios. La Encarnación y
toda la obra redentora son demostraciones palpables de la
correspondencia divina. Lo demuestra en cuanto hecho, y
en cuanto fuente de doctrina.
Aquí radica la diferencia psicológica más notable entre
el amor de Dios que tiene el cristiano y el que tiene el in­
fiel. Este, si es bueno, ama todo lo que puede. Pero no se
atreve a hablar de amistad, porque no dispone de prendas
que garanticen la respuesta amorosa de Dios. Y, sin ella, no
hay posible amistad. El cristiano, en cambio, tiene concien­
cia de ser amado con probada fidelidad.
Jesús, al ofrecernos su amistad, parece señalamos un
ideal. No quiere llamar al hombre siervo, para que no se
aleje. La primera ocupación de un amigo no es el ponde­
rar sus miserias, su falta de mérito. Ante todo, debe amar,
corresponder. Dios quiere amigos, no esclavos. Se dan de he­
cho uno y otro aspecto, pero ahora hablamos del domi­
nante. Dios quiere amigos, no esclavos. De acuerdo, que no
merecemos ser amigos. Pero El nos ha hecho, y hoy es lo
que somos.
Amigos de Dios, sin arrogancias. La amistad que une al
hombre con Dios presenta una fisonomía particular. Es de
tono menor, por parte del hombre. No es una amistad me­
nor; es una amistad inmensa, pero de tono menor. Las re­
laciones del Paraíso comenzaron al nivel, en tono mayor.
El hombre correspondía con menos amor del que recibía,
pero amaba según todas sus posibilidades. Y esto basta a la
amistad para corresponder. A un cierto momento, el hom­
bre es infiel: pecado original. Ha quebrantado la amistad.
Dios le restituye en pleno a su antiguo estado, borra su
culpa, la olvida. Le ama lo mismo que antes, se hace amar
del hombre también como anteriormente. ¿Será esta amis­
tad lo mismo que la primera? Parece que no. Surge igual
intimidad, pero en el alma de aquel que ha sido infiel hay
un dejo de melancolía, de pena difusa, que es lo que da ese
tono menor a su caridad. No es menos amistad, ni menos
amor. Sencillamente es de otro modo. Esa inferioridad por
parte de uno puede estimular el amor de ambos. De todos
modos, suele infundir un cierto color agradable, que embe­
llece las relaciones.
El cristiano encuentra en este tono menor sus relaciones
con Dios. Al amor a secas se añade la gratitud. No tiene
por qué añorar, en este sentido, el estado primitivo.
Amor a Dios, que es adoración, que es gratitud, humil­
dad..., que es amor. Los pueblos no cristianos han vivido
muchas de estas relaciones con Dios, pero sin que en ellas
jugara un papel relevante el amor. Adoran por puro res­
peto, expían por temor, agradecen por justicia o por es­
peranza. La caridad no dispensa al cristiano de todos esos
otros deberes fundamentales. Les infunde, apoderándose de
ellos, una vitalidad superior, menos triste y forzada. ES mu­
cho más digno, y no digamos más meritorio, aún humana­
mente, adorar por amor, expiar y ser agradecido también
por amor. Le quita al deber el semblante de fatídica necesi­
dad que ofrece, cuando actúa solo.
Con la caridad no se dispensa el cristiano del deber. Ad­
quiere una cierta responsabilidad. Es amigo, y su fidelidad
ha de ser espontánea. Dios le esperará, cuando se descuide,
sin mandarle cada vez un castigo que le despierte. De cada
uno ha de ser la vigilancia. No es como el esclavo que, mien­
tras nadie le golpee, se siente seguro y satisfecho de su con­
ducta. Sabe que se le castiga cada vez que obra mal.

3.— M a n d a m ie n t o nuevo.

Por exigencias de ley natural, la perfección del hombre


consiste en amar a Dios. Lo que ya no era tan fácil de sa-
119

ber es el modo cómo el hombre debe ejercitar su amor de


Dios. El cristianismo esclarece definitivamente la duda.
Si este punto se hubiera propuesto a votación entre las
almas buenas, tendríamos un buen número de variadas opi­
niones. Una corriente se inclinaría probablemente hada lo
más fácil, a poner la santidad en aquello que costase poco
o ya tuviese prácticamente hecho: adoración, un poco de
penitencia corporal, un poco de gratitud para con Dios. La
mayor parte hubieran elegido sin duda cosas más difíciles,
imposibles para algunos: ayuno riguroso, castidad o retiro
absolutos, oración continuada. No sé lo que yo hubiera ele­
gido. Aunque sinceramente estoy seguro de que no hubiera
coincidido con las preferendas de Jesucristo.
Dios no ha dado lugar a esta elección democrática. La
lia hecho El por todos. La santidad se mide por la caridad
para con el prójimo. Para irnos será más fácil, para otros
más difícil que lo que ellos mismos hubieran propuesto. Eso
nada importa. .La ley es general en el cristianismo. Fijarse
bien. Eso quiere decir que, al margen y por endma de to­
dos los gustos y repugnancias, la santidad consiste en la
«caridad fraterna. Acaso a alguien le cueste más observar el
ayuno que la caridad. Nada se cambia por ello. Lo que
cuesta no es siempre lo que más vale. Quien encuitó
la práctica de la caridad, eso que tiene de venjmáke& el
camino de la perfección. No tiene por qué codWffearse la
existencia buscando dificultades. f r<
En el Evangelio Jesucristo se declara. A juadfr por sus
palabras, no hay cosa que más le interese. Palabra^Jjfcdiol
nes de la Ultima Cena, el momento más solemne f e ’s í
vida con los Apóstoles, se centran en inculcar la candad
fraterna. Os doy mi mandamiento: que os améis unos a
otros. Equivale a decir: a lo largo de estos tres años os he
ido recordando muchas cosas que debéis observar: leyes na­
turales, preceptos de la ley antigua todavía en vigor. Ahora
os doy el mandamiento mío. Para ser cristiano, no hay más
que cumplir el mandamiento de Cristo. Para serlo perfecta­
mente, cumplirlo perfectamente.
No ha hecho, pues, un descubrimiento San Pablo, al es­
cribir: «el que ama a su prójimo, tiene cumplida la ley» 3„
Es, en forma diversa, lo mismo que ha dicho Cristo: sois
mis discípulos, si cumplís lo que yo os mando; y lo que oaa
mando es precisamente la caridad mutua.
A fin de hacerles más palpable la importancia de este-
precepto, les traslada mentalmente al día del juicio. Puede
servir de aviso. Allí el examen de la vida será breve y sen­
cillo. Se investiga, premia o condena la conducta a base
de la práctica de la caridad con los hombres 4. Según pa­
rece, a la mayoría les va a coger desprevenidos. Hay algo
de hipérbole en semejante figuración del juicio final. Pero*
pone bien de relieve la sustancia de la vida cristiana. Como«
el profesor que, a fin de que sus alumnos no disperdiguen
sus energías viendo por encima mil cuestiones secunda­
rias, les revela la materia que va a ser objeto del examen.
No hay medio más eficaz para moverles a que la estu­
dien bien. Con razón escribía Santa Teresa: «Si enten­
dieseis lo que nos importa esta virtud, no traeríais otro es­
tudio» 5.
Jesucristo premiará la caridad en el juicio, porque la
honra ha sido hecha a su misma Persona, presente en el
hombre beneficiado. Tal manera de sancionar supone que el.
amor al hombre no es un amor cualquiera. Es un amor teo­
logal. Ama a Cristo en el hermano. Como en todo amor
teologal, Dios ha de ser el principio y el motivo. Harta dig­
nación ha sido, por parte de Dios, ponemos a su nivel,,
como objeto del amor de los demás hombres. No es mucho·
que ahora exija para estos hombres divinizados un amor
en que intervenga El. Esta prolongación de la caridad teo­
logal es superior a la que han recibido la fe y la esperanza
en la religión cristiana.
¿Qué es caridad fraterna? Caridad fraterna es amor al
:í Rom. 13. 8.
* Mt. 25, 34-46.
&Moradas V. 3. 10.
XA CARIDAD 121

hermano. Y amor es amor. Buscando una mayor eficacia


práctica, se ha venido a decir que el amor son obras y do­
nes. Como táctica, está bien. Pero el amor no es eso. Y no
conviene alejarse mucho de la verdad original, porque se co­
rre el peligro de olvidarla, a fuerza de oírla sólo a través
de la versión práctica. Muchos hacen obras de verdadera
caridad sin caridad, sin amor. Se ayuda al indigente, hay
interés por él. Pero no se le ama. Actitud muy difundida,,
que conserva solamente el cascarón de la caridad enseñada
por Jesucristo. Puro mecanismo, sin afecto interior. El daño
es para ambos. El que lo hace, sin mérito. Quien recibe no
se siente hermano, sino siervo humillado.
En psicología, se ha comprobado recientemente un he­
cho curioso. Hasta los niños de pocos meses rehúsan el don
externo, si no viene acompañado de afecto interior. Una
madre sigue en apariencia portándose con su hijo con la
misma delicadeza que lo hacía antes. Interiormente no le
ama, por estar enredada en otros afectos menos dignos. Al
niño le saben mal los pechos y no quiere mamar 6. Por ahí
se ve bien claro la necesidad que el hombre tiene de afecto..
Más que del mismo alimento. Se ve también que los hom­
bres favorecidos advierten la corriente de afecto por debajo
del don. Hasta los recién nacidos. Mucho más las personas
mayores.
Hemos pasado mucho tiempo diciendo que el amor es
obra, don. Conviene volver parcialmente a la verdad de don­
de hemos partido: amor es amor, afecto interior. Nunca pue­
de ser un don que lo sustituya. A lo más es un don que lo
acompañe 7.

6 Es un hecho real. Lo oí al p. Perrault, o. P.? profesor de Psicolo­


gía en el Colegio «Angelicum», de Roma. Al caso citado añadía mu­
chos otros, que convertían la afirmación a i una verdadera ley psico­
lógica.
7 Es un recurso secular. Aun las fórmulas más bellas pierden su
eficacia con el uso. Y hay que modificarlas temporáneamente. Ha­
blando de la caridad fraterna, he oído decir a un religioso inteligente:
la fórmula que emplean los religiosos para llamarse unos a otros
«Hermano». «Hermana», o equivalentes, hoy no les dice nada, ni parece
La caridad fraterna tiene otra ladera, más empinada y
pedregosa que la anterior. Es tal la importancia del nuevo
aspecto en la vida real, que alguien ha llegado a definir
modernamente la caridad, teniendo en cuenta esta faceta
sola: caridad cristiana es el arte de saber soportarse mu­
tuamente. Se sobreentiende que por amor. Es la misma
ley de Jesucristo, vuelta del revés. En vez de lanzarse a
amar, es aguantar amando. San Pablo aplica al segundo
aspecto el mismo privilegio de compendiar toda la ley que
encierra el precepto positivo. «Toda la ley se encierra en este
único precepto: Ama a tu hermano como a ti mismo» 8.
«Soportad los unos las cargas de los otros, y de este modo
cumpliréis la ley de Cristo» 9.
La tolerancia por amor es el punto más difícil de la
caridad cristiana. Cuando se trata de amar positivamente,
se ama a todos, y más a los que menos cuesta, porque
se busca el objeto más fácil. Tratándose, en cambio, de
soportar defectos y molestias, no siempre se puede escoger.
Ofrecen más abundante materia' como es natural, aquellos
que menos caen en gracia. La Providencia coloca juntos ele­
mentos naturalmente compatibles, provocando el heroísmo
o la desesperación. No cabe una actitud media.
Santo Tomás da la razón de esta superior dificultad que
ofrece la resistencia10. Habla de la fortaleza. Es más difí­
cil resistir, que atacar. El que ataca escoge tiempo y modo;
le favorece el ímpetu inicial y la inercia; en fin, estaba pre­
parado para atacar y vencer, por eso lo hace. Todo esto le
suele faltar al que resiste. Suele venir el ataque cuando me­
nos se desea, o menos prevenido se está para resistirle. La
voluntad debe suplir a todo. Inferioridad de condiciones por

exigirles nada; convendría adoptar por algún tiempo otras fórmulas


que tengan vigor: amigo, camarada, por ejemplo. Entre tanto, se
remozaría el «Hermano». El remedio concreto puede parecer un poco
drástico, pero la observación fundamental es aguda.
8 Gal. 5, 14.
»Gal. 6, 2.
J,,3. Th., 2-2, q. 123. 6. ad 1.
LA CARIDAD 123

parte del que se halla a la defensiva. Para salir, no le queda


con frecuencia otro camino que el del heroísmo.
Parece que habla de la caridad.
«Y ¿quién es mi prójimo?» n . La parábola del buen Sa-
maritano, con que Jesús satisface a esta pregunta, es de
Ib más bello y condensado que contenga el Evangelio. Viene
a decir, aproximadamente: 1. Tu prójimo no es solamente
tu compatriota, sino todo hombre, sin limite de raza, ni
de religigón. 2. Tu prójimo no es quien más lo merece, sino
quien más de ti necesita. 3. Tu prójimo no son las personas
-que tú escojas; son aquellas que la Providencia divina ha
-colocado en tu camino.
Tres enseñanzas magistrales, en una parábola tan senci­
lla. Estorba un más amplio comentario. Pero, teniéndolas
en cuenta, debe releerse la parábola. Será conveniente poner
de relieve otras dos lecciones, que pueden pasar inadver­
tidas.
La dureza del sacerdote y del levita no carece de conte­
nido. Esta parábola no es una historia que haya sucedido
realmente en el camino que baja de Jerusalén a Jericó. Es
invención del Señor. Por consiguiente, la presencia del
sacerdote y del levita para simbolizar la dureza dél corazón
son intencionadas, no casuales. Si se tratara de una histo­
ria, podría suponerse que pasaron ellos los primeros y no
remediaron la necesidad, como podían haber pasado otros y
hacer lo mismo. Es Jesús mismo quien les hace pasar, y
pasar de largo. ,La lección es manifiesta. Dice que la cari­
dad verdadera, lo que más vale en el espíritu cristiano, falta
con frecuencia en las personas que externamente más apa­
riencias presentan de religión. El sacerdote y el levita son,
en esta ocasión, símbolos o exponentes máximos del culto
externo. Representan a todos los que, cargados de prácti­
cas piadosas y de culto exterior, olvidan la ley fundamental
del espíritu de Cristo. La luz en que les presenta la pará­
bola es una abierta condenación.

11 Le. 10. 29-37.


En cambio, la caridad está en sujetos donde menos se
piensa. Los samaritaños de entonces equivaldrían, en opi­
nión de los judíos, a los que hoy consideramos como herejes.
Contra el mandato expreso de Dios, habían levantado un
templo fuera de Jerusalén. Casi una idolatría. Cristo, po­
niendo a un samaritano como modelo de cumplidor de la
verdadera ley divina, hace un insulto a la piedad del israe­
lita. Es un modo práctico de repetir que el que ama a l
hermano tiene cumplida toda la ley, aun cuando descuide-
un poco otros aspectos de su religión. También la figura
del samaritano ha sido escogida intencionadamente e in­
troducida en este cuadro de doctrina y de belleza literaria,
inimitable.
Prójimo es la persona concreta que uno encuentra en la
vida. No existe un prójimo ideal. Jesucristo da su ley pen­
sando en los seres reales. El samaritano no pone limita­
ciones: estoy dispuesto a cualquier favor, con tal que... no·
me quite tiempo, no se trate de dinero, el otro me lo agra­
dezca, etc. Todo él se ha puesto a servicio del necesitado.
Sin reservas. Cristo le alaba también sin reservas. No se
deben poner condiciones donde Dios no ha querido ponerlas..
Al prójimo no le fabrica cada uno a su gusto. Se le en­
cuentra fabricado, con frecuencia a gusto de nadie. Pero·
ése es el hermano, el verdadero objeto de la caridad teo­
logal.
El tropiezo de las condiciones. Sucede casi lo mismo en
el amor de muchos a la Iglesia. Aman a la Iglesia ideal.
Esta no existe, porque Jesucristo no la fundó. Sus minis­
tros y fieles actuales son indignos del Maestro. Creen ha­
cerle un gran honor despreciando a aquéllos. San Agustín
parangona esta conducta a la del que pisara a Jesús en los
pies, para alcanzar a besarle en el rostro. No le agradan
distinciones semejantes.
La caridad sincera aspira a la eficacia oculta. Crea a su
alrededor un clima de fertilidad sobrenatural. Cuando la ca­
ridad se afina, tiende a esconderse, y algunas veces a des­
aparecer.
LA CARIDAD 125

El amor sincero al desgraciado comienza por desear que


no hubiera desgraciado® en el mundo. Y, sin embargo, he­
mos encontrado muchos espirituales que desean les haya,
para encontrar ocasión de practicar la propia virtud. El
egoísmo, aunque espiritual, siempre es egoísmo. «Aunque es
alabado por su caridad el que se compadece del desgracia­
do; no obstante, el que es genuinamente compasivo pre­
feriría que no hubiera materia de que dolerse. Si existe una
benevolencia malévola (cosa imposible), entonces puede el
sincero y auténtico compasivo desear que haya miserables,
para ejercitar su propia misericordia» 12
Aun cuando la caridad no lo desee, de hecho habrá siem­
pre miserables en el mundo. No puede la caridad desapa­
recer. Pero tenderá a esconderse. Un favor prestado agra­
da inmensamente más, si no se da la impresión de hacerlo
por caridad. Esta se oculta tras un pretexto de justicia o
instinto. Una persona necesitada pide ayuda en un trabajo
físico. Hay quien responde con una caridad tan manifiesta,
que casi empalaga. Hay, en cambio, otros que aceptan con
.sencillez tan espontánea, que no se ve la caridad, sino que
apenas se trasluce. Da a entender que lo estaba deseando,
que le agrada naturalmente un poco de movimiento, y lo
toma casi como deporte. El beneficiado recibe la impre­
sión que es él quien hace la caridad con el que le ayuda.
Una caridad con menos apariencias, pero que deja más sa­
tisfecho. ¡Precioso aroma el de la caridad oculta! Conozco
personas que la practican sistemáticamente.
¡Cuánta sensibilidad humana y espiritual requiere la
práctica de una caridad fraterna, que objetivamente lo sea!
No es fácil acertar. Caridad no es una obra externa, ni si­
quiera cuando se hace por amor. La misma obra de mise­
ricordia puede ser en ocasiones una falta de caridad. Si
sabes que el hambriento se ofende de que tú le ofrezcas
pan, no debes dárselo. Es una delicadeza elemental, aun­
que no entendida por muchos. Pueril insinceridad la de

’2 s . A g u s tín , confesiones. 3. 2, 3.
esas contiendas interminables entre dos personas, que quie­
ren mutuamente hacerse un servicio. Ninguno de los do»
cede, y continúan litigando indefinidamente.
La caridad fraterna, como la verdadera humildad, exige
un criterio de extremada finura, para no degenerar y des­
truirse a sí misma .
A pocas virtudes repugna tanto como al amor el dar es­
pectáculos intencionados. La amistad es de dos solos, y a
solas se quieren gozar entre ellos. Es una exigencia de
todo amor íntimo. Lo necesita igualmente el amor divino
en las almas enamoradas.
La vanidad y el deseo de ser visto en muestras externa»
de caridad para con Dios o con el prójimo es la actitud
más absurda que pueda imaginarse. Los amigos, para tra­
tarse, no suben al escenario. Los que suben al escenario, na
salen para tratnrse entre ellos, sino para hablar con el pú­
blico. La preocupación o mirada hacia fuera en la piedad
es prueba definitiva de que no hay intimidad, ni verdadero*
amor de Dios o del hombre. Buscan al espectador, porque
no toman interés ni piensan en el coloquio, sino en la
comedia que representan. Y, también como en la comedia,,
no hablan con Dios, sino con el espectador. No puede ser
amor sobrenatural, cuando va corara todas las leyes de la
amistad.

4 .— A m is t a d a s o l a s .

La caridad cristiana ha traído al mundo: Amor a Dios,


renovado; amor al hombre, nuevo.
£3 amor necesita depuración, como en las otras dos vir­
tudes teologales, para convertirse en caridad efectiva Poco
hemos de añadir a lo dicho sobre la fe y la esperanza
Se purifican de ordinario juntas.
La raíz de la caridad está en el motivo. La razón de
que el cristiano ame a Dios es su bondad infinita, cono-
cida por la fe y por sus manifestaciones en el gobierno del
mundo. Cuando la falta de sentimiento le priva de todo
12T

gusto en servirle y la vida se hace cuesta arriba, Dios sigue


siendo inmensamente bueno. ¿Se le sigue amando lo mis­
mo? He aquí la piedra de toque de la caridad.
El amor es obra de la voluntad, y ésta debe estar siem­
pre pronta a ejercitarlo, por encima de todas las mudanzas
del sentimiento. Mientras empuja el sentimiento, existe
el peligro de que la voluntad y el amor duerman. Unica
manera de tenerlos despiertos es dejarles solos. Entonces
sienten la necesidad de actuar. Algunos esperan, para cada
acto de generosidad, infaliblemente, una inmediata respues­
ta sensible de Dios. Advierte San Juan de la Cruz: «Mira
que tu ángel custodio no siempre mueve el apetito a obrar,
aunque siempre alumbra la razón. Por tanto, para obrar
virtud, no esperes al gusto, que bástate la razón y entendi­
miento» 13.
El dolor que causa la purificación de la caridad nace de
su misma naturaleza. Es amistad, amor mutuo, sentido como
tal por ambos amantes. En la purificación, el hombre se
siente sin correspondencia por parte de Dios. El se ha en­
tregado todo a Dios sin reservas. Y Dios parece que no hace
caso de tanta generosidad. Un amante despreciado y per­
severante. Se cree olvidado de la Persona que constituye la
única ilusión de su existencia. Los hombres agravan el es­
tado doloroso con su ingratitud. La caridad obliga a amar­
les con delicadeza e intensidad, aun cuando no correspon­
dan, ni siquiera lo merezcan. Si tenemos en cuenta las
condiciones de la verdadera amistad, veremos que eso es una
amistad tronchada. Por eso duele.
«En soledad vivía
y en soledad ha puesto ya su nido,
y en soledad la guia
a solas su Querido,
también en soledad de amor herido.»

>3 Dichos de lu z y Amor, 36.


C r u z , Cántico Espiritual, c. 35.
14 S a n J u a n de l a
CRISTIANOS POR DENTRO

Eso mismo que ahora sirve de prueba, será más tarde el


mejor premio. Por no querer nada fuera de Dios, pasó al­
gún tiempo en soledad, con toda la violencia que esto en­
cierra para la sociabilidad humana; hoy ha puesto en la
soledad su nido; calor, intimidad, refugio, lugar de supre­
ma aspiración.
EL HOMBRE REAL

Fe, esperanza, caridad, forman la respuesta que el hom­


bre da a la generosidad divina. En abstracto, son actitudes
de un hombre que vive de sólo eso. Mas en el hombre real
hay un elemento constante, con que se hace preciso contar:
el pecado.
No se le da la importancia que merece, aun en sus ma­
nifestaciones más menudas, porque no se le entiende. El
Evangelio hace resaltar su carácter de estado general. El
pecador es un árbol podrido, es un enfermo. No es princi­
palmente omisión o comisión, sino una condición del alma,
como la enfermedad lo es del cuerpo. El acto concreto es
síntoma del estado más permanente.
Conforme al carácter personal del Nuevo Testamento,
Dios no pide en primer lugar una satisfacción que borre
el hecho pecaminoso, con un cambio de conducta. Quiere,
ante todo, un cambio de mente, de carácter, de actitud
interior. El pecado es algo con que se debe necesariamente
contar. San Pablo ha conocido a fondo este monstruo. Ha­
bla de la ley del pecado, como de una fuerza brutal y física.
Como la ley de la gravedad. Y la llevamos dentro. El Após­
tol nos dice que no es solamente un estado de apartamiento
de Dios. También eso. Pero, más exactamente, es una fwerza
activa que aleja cada vez más. Más que una situación de
estancamiento, el pecado es un acelerado caminar hacia
atrás. Muchas experiencias de vida espiritual se explican
por esta modalidad.
III
PERFECCION CRISTIANA
Tenemos al cristiano ya equipado, pensando emprender
confiadamente la subida del monte de la santidad. Es cons­
ciente del destino que le impone su religión, y conoce los
medios de que dispone para conseguirle.
Tiene garantizada una acogida favorable por parte de
Dios. La Encarnación y toda la conducta de Jesucristo de­
muestran que El tiene más interés aún que el hombre mis­
mo en establecer contacto personal. Dios llam a: atrae e
impulsa.
Queda un margen, que debe llenar la libre cooperación
del alma. Para ello dispone de energías: gracia y virtudes.
Han sidc ya explicadas las posibilidades de estos principios
sobrenaturales. Basta ponerles en movimiento. Su desarro­
llo nos da la perfección cristiana.
No hay ulteriores complicaciones. Con los dos elemen­
tos que hasta el presente han intervenido en escena, Jesu­
cristo y las virtudes teologales, tenemos conseguida esa meta
obligatoria y asequible a todos. Es ardua. Bien vale la pena
un esfuerzo por conseguir ese pequeño cielo que Dios ha
preparado en la tierra para los hombres decididos.
El químico no efectúa el proceso de transformación. Lo
hacen los principios mismos. Pero él lo dirige. Esa misma
finalidad tiene esta última sección. Ayudar al cristiano a
obtener un mayor rendimiento de sus inmensas posibilidades.
C apítulo 7

SINCERIDAD

1.—I lusiones de santidad.

Un observador imparcial advierte en seguida la parado­


ja : el cristiano pasa la vida trabajando por conseguir algo
que no le interesa. A ese ideal, buscado y temido, le llama­
mos santidad.
Materialmente, todos los cristianos trabajan por llegar a
la cumbre. Los ejercicios de que consta su vida conducen a
ella. Los Sacramentos y obras de piedad claman por un des­
arrollo pleno del individuo. Las privaciones y arduas em­
presas a que le obliga su fe marcan idéntica orientación.
Si no fuera por cumplir debidamente el compromiso funda­
mental de su cristianismo, viviría sin tantas cohibiciones,
como viven los no cristianos. Obra, pues, de manera bien
determinada, porque tiene un ideal específico: la perfec­
ción cristiana.
Fiados en que es prácticamente lo que está viviendo, ha­
blamos al cristiano fiel de su ideal de perfección. No ha­
cemos más que formular una cosa que vemos está influyendo
ya en su vida. No obstante, surge inmediatamente en él
una reacción contraria. Después de tanto viajar, no ha em­
prendido todavía el camino. Falta el sincerarse de las pío-
pías posibilidades, de cuál es la distancia de la meta, de su
verdadero contenido. Se comprueba examinando más de cer­
ca el estado interior de un cristiano diligente.
No tiene deseos de hacerse santo. El camino es traba­
joso. Arrancar costumbres telen asentadas, desprenderse de
afectos personales, es una tarea de mucho esfuerzo. Dios
suele ocultar prudentemente, a los comienzos, gran parte
de los sufrimientos que a cada uno esperan a lo largo del
camino hacia la perfección. Si los revelara, aún los más
fuertes perderían el ánimo. La pequeña porción de ellos que
se conoce basta para arredrar a la mayoría. N1 siquiera
comienzan. Muere en ciernes toda posibilidad de mejora-
miento. Siempre el dolor haciendo de espantajo. Pero nada
bueno puede esperar quien excluya los medios dolorosos, los
únicos que existen.
Siguen en el estado miserable a que les condena el des­
aliento. Es normal la reacción humana ante la dificultad.
Mas no parece que sea ésta la raíz. Si lo que espanta fuera
el camino, al cesar por el cansancio, quedaría un continuo
recuerdo y una nostalgia Es la impresión que deja el bien
lejano o inasequible. No trabaja el hombre, porque cuesta*
Pero no deja de penar por tener que quedarse sin aquel te­
soro. En nuestro caso, no existe tal nostalgia. Se ve privado
de la santidad, sin pena.
Hay algo más grave e indigno: el buen cristiano no
desea ser santo. Tal vez no haya reflexionado sobre esta ac­
titud inconsciente. Es una actitud más honda que la simple
aversión a las exigencias del camino. Falta interés por la
misma meta final. Carece de ilusión por el estado de san­
tidad. Pongámosle a prueba. Imagínese que, sin trabajo al­
guno suyo, de la noche a la mañana, se encuentra hecho
santo. ¿Le alegra pensar en ese futuro personal?
Le disgusta su nuevo estado. Al hacer el traslado mental
y colocarse en la condición de las almas generosas, la vida
se torna sombría y triste. Los santos no gustan de las cosas
que al presente considera él su único entretenimiento. El
hecho de ser perfectos les obliga a privarse de ellas, como
a un alto dignatario no se le permiten ciertas libertades,
que los demás gozan libremente. Esto agua la fiesta. Escri­
be Santa Teresa, bien experimentada: «Cosa« de regocijo,
de que solía ser amiga, y de cosas del mundo, todo me da
SINCERIDAD 135

en rostro y no lo puedo ver» 1. «Estas personas perfectas


ya todos los tienen debajo de loe pies los bienes que en el
mundo les pueden hacer y regalos; los contentos, ya están
de suerte, que, aunque ellos quieran, a manera de decir, no
le pueden tener que lo sea fuera de con Dios» 2.
Hemos descubierto la raíz del espanto: no poder gozar
ya más. Al menos, así se lo imagina el que no tiene expe­
riencia del estado de perfección. ¡Si fuera solamente el ca­
mino! Un esfuerzo, aunque heroico, cualquiera es capaz de
hacerlo. Pero no vale la pena esforzarse por obtener una
manera de vida, en su opinión, indeseable. A costa de una
vida triste, se conseguiría otra más triste y sombría.
San Agustín, antes de convertirse, sintió también el vér­
tigo de pensar que se le acababa para siempre la legítima
alegría 3. Impresión de meterse en un calabozo. ¿Cómo po­
dré yo vivir sin esto y sin lo otro?, se preguntaba a sí
mismo desde dentro. «Esto y lo otro» encierra en cada in­
dividuo un contenido diverso. San Agustín se refería en
concreto al placer cam al; para otro será el dinero que se
apropia o retiene injustamente; o la amistad que pasa de
raya; o la ostentación. Cada uno sabe mejor dónde le due­
le. En todos ellos, sin embargo, produce el mismo efectó
destructor. Mata en ciernes el esfuerzo, y con el esfuerzo,
la misma esperanza.
No buscamos en San Agustín el testimonio de la dificul­
tad que sienten los espíritus desarreglados, al tener que
abandonar sus goces. Serían casos de excepción. Por el con­
trario, hallamos en San Agustín y en Santa Teresa almas
sinceras, que han tenido el valor y la habilidad de confesar
lo que todos llevamos en la conciencia.
Un estado de ánimo semejante deja a Dios desarmado.
No le sorprende que el cristiano no avance por cobardía
o debilidad. Puede Dios cogerle en brazos, y ahorrarle el
1 Relaciones, 1.
- Camino de perfección, 6, 6.
Confesiones, 8, 11, 2.
trabajo. Pero nada hace Dios, en ley ordinaria, cuando e!
hombre ni siquiera permite ser llevado. ¡Cuántas oraciones,,
tal ves con lágrimas, pidiendo insistentemente la santidad!
Y Dios no parece escuchar la oración perseverante, contra
su promesa explícita de atenderla siempre. Pero si escucha.
Oye la súplica del hombre Interior que, desde lo más hondo,,
ruega sin palabras por que no se lo conceda.
Afortunada expresión la del poeta:
€¿Cómo esperaré que de mi pena
tibias las quejas toquen en tu oído,
si con la lengua libertad te pido
y con él corazón me gozo en la cadena? » 4
Dios no viene en socorro de nuestra miseria, porque la
amamos. Pedimos liberación. Pero ese ruego superficial res­
ponde solamente a la necesidad de hacer un buen papel ante
el público. Insinceridad. £1 público es de ordinario cada uno·
para sí mismo, otra zona menos profunda de la misma per­
sona»
El pecador (y lo somos todos, cada uno a su manera) no»
imagina cómo se puede ser feliz sin su pecado. Por eso lo
comete. Cuando proyecta con la fantasía una posible san­
tidad futura, vivida por él mismo, siente la angustia de una.
situación forzada: una especie de cárcel, donde falta hol­
gura vital. Temores infundados. La estrechez se debe a que·
el traslado mental a la extraña modalidad se ha efectuado·
sólo parcialmente. Piensa en un santo partido por la mitad.
Sería indudablemente violento. Se imagina a sí mismo prac­
ticando la vida externa y las renuncias de un santo. Es.
fácil imaginarlo, porque más o menos todos saben en qué·
consiste. Pero supone, al mismo tiempo, que esa vida deberá,
vivirla con los sentimientos y el apego a las cosas que tiene
actualmente, cuando aún no es santo. Es difícil imaginar
un desprendimiento de que no se tiene experiencia. Los sen­
4 Medrano. Al entrar en la adolescencia, pedía 8. Agustín: «Señor,,
dadme la castidad y continencia, pero no me las concedáis ahora»
(Confesiones, 8, 7. 2).
SINCERIDAD 137

timientos no se imaginan. Mucho menos, estando en vigor


ei sentimiento contrario.
Tenemos, pues, en la imaginación una vida santa de la
siguiente hechura: apego inmenso a las cosas, con ganas
de gozarlas por encima de todo; pero sin poder gozarlas de
hecho, por ser santos. Es una combinación absurda. El Santo
no apetece gozar de las cosas. Y sí surge el apetito, lo d i­
mina con sus convicciones interiores. Como nosotros no ten­
demos al homicidio. Si alguna vez se nos ocurre ejecutarlo,
lo tomamos casi a broma y no hacemos caso de esa idea
fugaz o apetito sin fuerza. Eso mimo le sucede al Santo
con otras cosas más menudas, que nosotros juzgamos im­
prescindibles.
Por otra parte, es normal la reacción del hombre. Se
trata de una prueba más de su falta de lógica en un campo
mucho más amplio. El hombre proyecta en todos los ob­
jetos el propio estado de ánimo. Son violentas y forzadas las
acciones de los demás, cuando no conforman con los pen­
samientos y los deseos del que juzga. El seglar piensa que
el convento es una cárcel. Y lo sería hacer vida religiosa
con las ideas y preferencias de un seglar. Muchos sufren
viendo un entierro, gustando Anticipadamente el propio do­
lor futuro, al ser encajado y cubierto de tierra 5.
Incapaces de pensar que el otro no echa de menos lo
que ellos tanto ansian. La dicha y la paz no son posesiones
externas. Se encuentran en la armonía personal, es decir,
cuando las acciones se amoldan a las ideas. Y esto es po­
sible en cualquier género de vida. Quien debe realizar una
acción heroica, será desgraciado y digno de compasión sólo

·' El joven, al ver la vida más reconcentrada y solitaria que hacen


las personas mayores, piensa que es aburrimiento, y teme por su pro­
pio futuro. He oído personalmente el comentario de unos niños ya
mayorcitos, que veían a los profesores, después de las pláticas de Ejer­
cicios espirituales, pasear individualmente por el jardín. Momentos
de cielo para un hombre de interioridad. He aquí el comentario de
los niños: «por la ventana vemos a los Padres, que pasean aburridos».
Es un juicio falso, pero una bonita expresión para conocer el interior
de un niño, mientras pasea solo y en silencio.
en el caso de que tenga un ánimo vulgar. Las actividades
más terribles son gratas y fáciles cuando el espíritu se aso­
cia. Escribe acertadamente Camus: «lo terrible de un en­
carcelado es que tiene pensamientos y aspiraciones de per­
sona Ubre».
Sabido es que la mayoría de los dolores humanos hacen
sufrir más durante el tiempo de espera que con su presen­
cia. Dios, que nos conoce bien, oculta en los diversos grados
de la vida espiritual los futuros sufrimientos. Y no es por
engaño, casi temiendo que la vista de la realidad desnuda
acobarde a los decididos. Es, sobre todo, por ahorrar penas
inútiles. Con el conocimiento anticipado del dolor futuro,
sufrirías doblemente. Y con seguridad, más con la aprensión
que con la misma realidad, porque ahora estás menos capa­
citado para soportarlo, que más adelante, cuando el Señor
lo envíe de hecho.
£11 miedo a la vida de santidad es infundado. Las angus­
tias que al presente produce el temor, no las causará la
realidad. Y las que se encuentren también en la realidad,
serán, sin duda, menores de lo que ahora puede estimarse,
en el actual estado de ánimo.
Vemos que, en definitiva, la negligencia se debe a una
falta de estima por la santidad misma. Es cierto que se in­
terponen obstáculos. Pero son superables. Falta ilusión. l l á ­
meselo como se quiera, el contenido es siempre el mismo:
voluntad con ideal. Si, después de unos años de penoso es­
fuerzo, se concediera el don de hacer milagros libremente,
se encontrarían en abundancia almas generosas. Es algo que
se desea y que atrae. No importa la aspereza del camino.
La santidad interior, en cambio, no reviste ese carácter
atrayente.
Ilusión ( —voluntad rl- ideal), en campo sobrenatural, es
obra de la fe. En la vida del cristiano establece el nuevo
orden de valores, como ya hemos visto. Nada vale el mundo
entero, comparado con el más pequeño bien del alma. Quien
acepta la escala de valores ordenada por la fe, toma, nece-
.sariamente, una resolución: es el mercader que, habiendo
hallado una perla excepcional, vende cuanto tiene, para po­
der comprarla.
El cristiano está convencido, o debe convencerse, de que
su plenitud, como hombre y como cristiano, consiste en ser«
vir a Dios en conformidad con la perfección evangélica. Lo
que cae fuera de esto, de nada aprovecha, antes daña. Que­
ramos o no, la felicidad y el equilibrio personal se alcanzan
Tínicamente en la unión con Dios. Es la meta del hombre
entero.
Estamos en el punto de partida. No es mucho lo que se
pide. Comenzar, al menos, con Armes aspiraciones. Seria ab­
surdo proponer ideales sublimes a personas satisfechas en
su vileza, y con intención de no salir de ella.

2.—D eterminación perseverante.

Venimos hablando de deseos, ilusiones. Pero, en lenguaje


ascético, la expresión es insuficiente. Demasiado poco, para
las penas que esperan. Con sólo el deseo, no se resiste. De­
masiado poco, para la meta que se busca. Si el cristiano
cree que ésta vale lo que verdaderamente vale, no se con­
tentará con desearla. Hay que buscar otra forma, donde re­
salte más la eficacia de la actitud interior.
Santa Teresa ha encontrado la idea y la palabra clási­
ca: determinación. Esa es la actitud fundamental del hom­
bre que piensa en mejorar sus relaciones con Dios, al des­
cubrir que se interponen algunas dificultades.
«Ahora, tomando a los que quieren ir por él [el camino
de la oración o santidad], y no parar hasta el fin, que es
llegar a beber de esta agua de vida, cómo han de comenzar,
digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy de­
terminada determinación de no parar hasta llegar a ella,
venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, murmure quien
murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el
camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en
él, siquiera se hunda el mundo» 6.
Asi se empieza. Parecerá demasiado. En realidad, se ahó-
rra esfuerzo y la angustia continua de tener que irse de­
cidiendo a cada nuevo paso. Como su contemporáneo Her­
nán Cortés, Santa Teresa quema las naves. Equivale a
emprender el camino del heroísmo. Trabaja con mayor em­
peño quien sabe que ya no puede volver atrás. Elimina de*
una vez la ansiosa vacilación ante cada nueva dificultad..
No tiene que pensar si vale la pena afrontarla, o es mejor
retirarse.
Disminuyen, a i gran parte, las dificultades que provie­
nen del demonio. Se comprende. Su interés no está en pro­
vocar sufrimientos o esfuerzos del alma. Con eso, él no«
gana nada. Le mueve la esperanza de hacer caer. En cuanto-
pierde esta esperanza, se va retirando prudentemente, por­
que no saca ventaja alguna de que el espíritu despliegue
sus energías. Le tiene poca cuenta provocar victorias del.
hombre. Cuando ve que alguno está decidido a arrostrarlo·
todo, teme ocasionar mayores méritos.
Aunque debe interpretarse con cautela el silencio del de­
monio. No siempre es debido a desesperanza por su parte.
Si no golpea la puerta, puede ser que se deba a que ha
perdido la esperanza de que le abran. Pero acaso es porque-
la encuentra siempre abierta.
En la determinación radica la cualidad definitiva para,
llegar a la perfección: la perseverancia. Días buenos los
tiene cualquiera. Meses enteros de fervor es ya cosa de*
pocos. Años de empuje continuado no los concede la na­
turaleza a nadie. Les alcanzan únicamente aquellos que sa­
ben poner a máxima tensión las posibilidades de la gracia
y de la voluntad. El tesón hace sobresalientes facultades*
muy modestas. Se ha comprobado en la ciencia como en la
santidad. La constancia eleva al cubo todas las buenas cua­
lidades humanas.
Camino de Perfección, 21, 2.
SINCERIDAD 141

Pero es cosa rara. Ya hemos visto anteriormente que


•entre los motivos que más influyen en la falta de cons­
tancia está la flaqueza de la fe. Si el buen obrar se apo­
yara en la fe, tendría larga duración, como la fe en que
se apoya. Pero se confía al sentimiento, que también es
constante en variar. O le sigue, y entonces cambiaría de
conducta a cada momento. O, por el contrario, resiste, y
-entonces los buenos deseos se quedan solos, sin tener quito
los sustente. Sin ideas, la voluntad no toma el vuelo.
Propósitos firmes, que después no se cumplen. No se con­
taba con las dificultades. Se hacen en el recogimiento de
la oración, en un ambiente de fervor. Hay que cumplirlos
en la vida desasosegada. El ajetreo borra de la mente los
pensamientos, y del corazón el sentimiento, que movieron
a formular tales propósitos. Ante la cruda realidad, siente
la desproporción, y cede.
Hay quienes, en lo más frío del invierno, prometen dor­
mir con la ventana cerrada y no beber un refresco el pró­
ximo verano. .Llega el verano y, ¡claro está!, no lo cum­
plen. Además, ahora creen haber obrado neciamente durante
el invierno resguardándose tanto del frío, y hacen propósi­
tos de tener siempre la ventana abierta durante el invierno
siguiente. Y tampoco lo cumplen, como era de esperar.
■ San Juan de la Cruz presenta la manera de remediar la
falta de solidaridad del hombre consigo mismo. Desde lue­
go, es imprescindible superar esa condición. Se debe adqui­
rir un fuerte convencimiento, antes de tomar la decisión.
Al llegar después la ocasión concreta, cumplir la decisión
tomada, sin esperar a que en ese momento vengan a la
mente todos los pensamientos consoladores que movieron
a tomarla. A la hora de actuar, basta un lema de tono
seco: «lo he prometido, y basta».
Y llegamos al gran obstáculo, al barranco de la constan­
cia: los demás no toman en serio las cosas como yo. En mi
empleo oficial, quisiera no robar. Pero ¿para qué?, si ese di­
nero que yo no cojo, se lo reparten entre los demás. Quisiera
un poco de soledad; pero... veo que los demás siguen gozan-
142 CRISTIANOS POR DENTRO

do en compañía. Comienzo a ayunar; y veo que el de al lado


sigue comiendo con tanto placer como antes de que yo ayu­
nara. El influjo del ambiente en la vida del individuo es ili­
mitadamente superior a lo que de ordinario se piensa. Suce­
de que sólo raramente lo advertimos. No obstante, en el fon­
do, es el verdadero determinante de nuestro modo de obrar.
La eficacia del ambiente en que uno vive es definitiva
en la propia vida, fatal como una ley cósmica: «ioh, Señor
y Dios mío, que la costumbre en las cosas de vanidad y el
ver que todo el mundo trata de esto lo estraga todo!» 7.
Dicen que el valor de un hombre se mide por el grado
de soledad que es capaz de soportar. Estamos ante una de
las ocasiones en que se necesita una buena dosis, si se desea
hacer algo que valga la pena. Aquí no se lucha por parejas
o en pelotones. Cada uno baja a la arena cargado con su
propio e individual destino. No pretender que los demás
hayan de llevar el mismo.
Admiro al hombre que sigue la vía de su propia voca­
ción fiel a su programa personal. Pero le admiro, sólo cuando
no se inquieta si los demás no le siguen. El afán de ser imi­
tado es una de las actitudes hondamente repugnantes. Aus­
teros, no severos. Duros consigo, no con los demás.
Hemos de reconocer: si, cuando una de esas personas re­
nuncia a un apego, Dios suprimiera ese mismo objeto en la
vida de todos los demás, tendríamos un buen número de
minúsculos ascetas. Mas no se da esta salida. El cristiano
es un héroe. Al héroe no le guía el ejemplo del grupo. El
héroe sigue siendo una figura señera.

3.— N oche .

Las palabras de Santa Teresa citadas en el párrafo ante­


rior y otras de tono parecido han suscitado en algunos una
idea falsa del camino que lleva a la perfección. A base de
ellas, la fantasía figura el esfuerzo del alma generosa con
7 S. T e re s a , M oradas, II, i, 5.
SINCERIDAD 143

la imagen de un varón intrépido que, superando obstáculos*


llega finalmente a ese punto remoto, que llamamos santi­
dad. Sería un largo y difícil proceso de expansión. La con­
quista gloriosa de un país extraño.
No se trata, como pudiera creerse, de un viaje al polo,,
sino más bien de un viaje al centro de la tierra. No longitud.
Interiorización y profundidad. Va el hombre a encontrarse
consigo mismo, con su miseria personal. No es la expansión
imperial de la persona. Le obligan a internarse dentro de
sí y convencerse de que no hay nada, de que nada puede.
Y ésto es mucho más duro que el plan imaginado. Hay que
aguantar a sangre fría. Si fuera a modo de combate con
enemigos externos, se resiste más. Todo es cuestión de que
comience a calentarse la sangre.
Se requiere toda la determinación que indica Santa Te­
resa, y más aún, si bien ha de utilizarse de manera poco
espectacular: determinación de soportarse miserable. Urge
asimilar esta idea de las modestas apariencias de la santi­
dad, sobre todo incipiente. Héroes, pero en guerrillas. Se evi­
ta el riesgo de estar con los brazos cruzados, esperando la
gran ocasión, para dar el golpe. Y mientras tanto, se pierden
las verdaderas, las únicas oportunidades de santificarse.
La ignorancia repite, ante la venida de Jesús al individuo,
la actitud falsa de los fariseos, en espera de que el Mesías
visite a la humanidad. No quieren creer que ya está presen­
te, porque aún no han visto las señales del cielo, truenos y
eclipses, que ellos se figuraban. Desaprovechan la presente
oportunidad, esperando la inexistente. Jesús les avisa: el rei­
no de Dios viene sin ruido; de hecho, ya se halla entre
vosotros; abrid los ojos y aprovechaos. La advertencia vale
para nosotros. La santidad es una catedral inmensa, pero
construida a base de piedras menudas. Hay que ir lentamen­
te recogiendo y colocando éstas.
La primera labor que impone la piedad, entendida coma
cultivo metódico del espíritu, es desbrozar el campo. Se la
denomina comúnmente «purificación». San Juan de la Cruz
la llama «noche», nombre que se ha hecho también de usa
144 CRISTIANOS POR DENTRO

corriente. Su finalidad primaria está en vaciar las facultades


humanas de elementos extraños e incompatibles con la vi­
talidad divina que Dios quiere infundir, desarrollando plena­
mente la gracia y las virtudes. «Noche» deja entrever ya un
poco la manera en que se realiza. Privación del propio objeto
natural, que es la luz de cada una de las potencias y sentidos.
Para disponerlos, Dios les somete a un período de autoclave.
Sin luz ni aire. Así mueren todos los gérmenes del pecado.
No es menester mucha reflexión para comprender la ne­
cesidad apremiante de esta medida radical. Es suficiente
un examen en superficie. Dejemos de lado los sentidos ex­
ternos, que son sólo instrumentos en manos del hombre in­
terior. Son manejados por las pasiones. Por otra parte, las
pasiones suelen ser un buen exponente del estado en que se
puede hacer un diagnóstico acerca de la salud espiritual.
Se las divide ordinariamente en cuatro: gozo, esperanza,
temor y dolor. Es un mundo salvaje. Aprovechable como
materia prima. No vale decir que con el tiempo se. domesti­
can. Sucede lo contrario. Quien no haya expresamente cul­
tivado ese campo, puede estar seguro de que produce casi
todo malezas. Cuestionario excelente para un severo examen
de conciencia: ¿adonde se orientan mis deseos, mis espe­
ranzas ; y de dónde nacen mis dolores y temores?
San Juan de la Cruz ha vuelto momentáneamente del
revés el espíritu de un cristiano fervoroso. No se fía de lo
que dice cada uno. Quiere ver lo que piensa y siente por
dentro, al obrar. Y las cosas cambian. En Subida>del Monte
Carmelo, libro &, estudia la influencia del gozo o deseo en
el hombre piadoso. En Noche Oscwra, libro 1, hace un reco­
rrido, superficial le llama él, descubriendo las relaciones del
espíritu con los siete vicios capitales. Deben leerse directa­
mente tales capítulos 8. Hay muchas cosas enteramente ma­
las; y hay mucho mal en las mismas cosas buenas: en la
comida, en la contemplación de la belleza natural, en Isa

»Subida del Monte Carmelo, 3, cc. 18-45; Noche Oscura, 1, cc. 2-7.
s in c e rid a d 145

prácticas litúrgicas, en los ejercicios mismos de penitencia.


El alma utiliza lo bueno con abusiva independencia.
La conclusión del Santo manifiesta la enfermedad a la
que apuntaban los numerosos síntoma«. Por activa o por
pasiva, todos se buscan a sí mismos. Con rodeos o sin ellos,
todo desemboca en egoísmo. El espiritual trabaja cuando
espera alcanzar algún provecho o gusto sensible. Si no ve la
posibilidad de obtener con su acción una ventaja inmediata
y palpable, empereza. Así somos por dentro.
No voy a describir más en detalles las numerosas mise­
rias que imponen la purificación previa. Algunas han ido
saliendo en capítulos anteriores. Otras referiré en los si­
guientes. Me basta suponer que el autoexamen concluye con
esta confesión: en estas condiciones, no se puede intimar,
ni se puede hacer nada; hay que buscar manera de poner
remedio.
Es ya una gracia sentir este primer toque de alarma que
Dios hace sin estruendo. El hombre echa mano entonces de
los medios que tiene a su disposición. Hay en él una especie
de instinto religioso fundamental que le hace ver un primer
remedio dé sus excesos en la privación. Y mejor aún, en la
privación absoluta. No es sólo como penitencia. Piensa que,
para domar una inclinación al vicio, hay que retraer tam­
bién la tendencia de los objetos circundantes y, entre ellos,
de muchos buenos. Suspende momentáneamente usos legí­
timos, a fin de desarraigar abusos.
Mortificación y privaciones. Son recursos primarios, por
una ley fundamental. Esconden a la pasión su objeto, y la
obligan a desembocar en el objeto de las potencias supe­
riores. Mayor es la eficacia de las privaciones, si se ejerce
directamente en la voluntad. Ya vale mucho el esfuerzo
realizado para vencer la repugnancia de las potencias in­
feriores a la mortificación. Cuando alguien se priva de con­
templar un curioso espectáculo, mortifica la vista, que se
ve privada de su objeto. Pero sobre todo, mortifica la volun­
tad, que tiene que hacer el esfuerzo para no ir a verlo.
Con estos ejercicios, repetidos, la voluntad toma nuevamen­
te)
144 CRISTIANOS POR DENTRO

corriente, su finalidad primaria está en vaciar las facultades


humanas de elementos extraños e incompatibles con la vi­
talidad divina que Dios quiere infundir, desarrollando plena­
mente la gracia y las virtudes. «Noche» deja entrever ya un
poco la manera en que se realiza. Privación del propio objeto
natural, que es la luz de cada una de las potencias y sentidos.
Para disponerlos, Dios les somete a un período de autoclave.
Sin luz ni aire. Así mueren todos los gérmenes del pecado.
No es menester mucha reflexión para comprender la ne­
cesidad apremiante de esta medida radical. Es suficiente
un examen en superficie. Dejemos de lado los sentidos ex­
ternos, que son sólo instrumentos en manos del hombre in­
terior. Son manejados por las pasiones. Por otra parte, las
pasiones suelen ser un buen exponente del estado en que se
puede hacer un diagnóstico acerca de la salud espiritual.
Se las divide ordinariamente en cuatro: gozo, esperanza,
temor y dolor. Es un mundo salvaje. Aprovechable como
materia prima. No vale decir que con el tiempo se, domesti­
can. Sucede lo contrario. Quien no haya expresamente cul­
tivado ese campo, puede estar seguro de que produce casi
todo malezas. Cuestionario excelente para un severo examen
de conciencia: ¿adonde se orientan mis deseos, mis espe­
ranzas ; y de dónde nacen mis dolores y temores?
San Juan de la Cruz ha vuelto momentáneamente del
revés el espíritu de un cristiano fervoroso. No se fía de lo
que dice cada uno. Quiere ver lo que piensa y siente por
dentro, al obrar. Y las cosas cambian. En Subida\ del Monte
Carmelo, libro 3, estudia la influencia del gozo o deseo en
el hombre piadoso. En Noche Oscura, libro 1, hace un reco­
rrido, superficial le llama él, descubriendo las relaciones del
espíritu con los siete vicios capitales. Deben leerse directa­
mente tales capítulos 8. Hay muchas cosas enteramente ma­
las; y hay mucho mal en las mismas cosas buenas: en la
comida, en la contemplación de la belleza natural, en las

» Subida del Monte Carmelo, 3, cc. 18-45; Noche Oscura, 1, cc. 2-7.
SINCERIDAD 145

prácticas litúrgicas, en los ejercicios mismos de penitencia.


El alma utiliza lo bueno con abusiva independencia.
La conclusión del Santo manifiesta la enfermedad a la
que apuntaban los numerosos síntomas. Por activa o por
pasiva, todos se buscan a sí mismos. Con rodeos o sin ellos,
todo desemboca en egoísmo. El espiritual trabaja cuando
espera alcanzar algún provecho o gusto sensible. Si no ve la
posibilidad de obtener con su acción una ventaja inmediata
y palpable, empereza. Así somos por dentro.
No voy a describir más en detalles las numerosas mise­
rias que imponen la purificación previa. Algunas han ido
saliendo en capítulos anteriores. Otras referiré en los si­
guientes. Me basta suponer que el autoexamen concluye con
esta confesión: en estas condiciones, no se puede intimar,
ni se puede hacer nada; hay que buscar manera de poner
remedio.
Es ya una gracia sentir este primer toque de alarma que
Dios hace sin estruendo. El hombre echa mano entonces de
los medios que tiene a su disposición. Hay en él una especie
de instinto religioso fundamental que le hace ver un primer
remedio dé sus excesos en la privación. Y mejor aún, en la
privación absoluta. No es sólo como penitencia. Piensa que,
para domar una inclinación al vicio, hay que retraer tam­
bién la tendencia de los objetos circundantes y, entre ellos,
de muchos buenos. Suspende momentáneamente usos legí­
timos, a fin de desarraigar abusos.
Mortificación y privaciones. Son recursos primarios, por
una ley fundamental. Esconden a la pasión su objeto, y la
obligan a desembocar en el objeto de las potencias supe­
riores. Mayor es la eficacia de las privaciones, si se ejerce
directamente en la voluntad. Ya vale mucho el esfuerzo
realizado para vencer la repugnancia de las potencias in­
feriores a la mortificación. Cuando alguien se priva de con­
templar un curioso espectáculo, mortifica la vista, que se
ve privada de su objeto. Pero sobre todo, mortifica la volun­
tad, que tiene que hacer el esfuerzo para no ir a verlo.
Con estos ejercicios, repetidos, la voluntad toma nuevamen­
te)
146 CRISTIANOS POR DENTRO

te las riendas de la persona. Y, cuando la voluntad manda»


hay esperanzas de más pronta salud. Basta después hacer
que la voluntad vaya a Dios, para que tengamos en El toda
la persona.
Pero aquí encontramos precisamente la insuficiencia de
los remedios anteriores. Se mortifica el hombre, pero sola­
mente en las pasiones. Es la voluntad lo que interesa tener
libre, pues en la voluntad se realiza sobre todo la unión
con Dios. Y de ordinario se mantiene muy señora, aun en
momentos en que parece flexible por el trato despiadado-
que depara a las potencias inferiores. La voluntad escoge
los puntos que quiere purificar, y elige también el modo de-
reformarles. Siguen intactas todas aquellas pasiones en que
la voluntad, por complicidad inconsciente tal vez, no h a
clavado el bisturí. Y, sobre todo, queda ella misma, como
dueña y señora ae orientarse hacia donde más le agrade.
En definitiva: mucho desorden en lo inferior, y sin comen­
zar el arreglo de las facultades superiores9.
Una cura, que lo sea de verdad, ha de venir de fuera. Se
llama purificación pasiva Dios interviene y, además de una
gracia especial, prepara las ocasiones de ejercitarla. La pu­
rificación pasiva presenta, en su realización concreta, las.
más variadas formas. Atención se requiere, a fin de que no
vina Providencia. Se trata siempre de un dolor, no esco­

9 Vivía tranquilamente en París un anciano, sin haber salido una


sola vez de la capital, durante sus ochenta años de vida. Le fué orde~
nado de parte del Rey que continuase del mismo modo el resto de sus
días. Inmediatamente sintió la necesidad de salir a ver la campiña
y dar una vuelta por fuera. Lo cuenta San Francisco de Sales, Tratada
del amor de Dios, l. 8, c. 5. Se ve que es más difícil obedecer que
mortificar la curiosidad. Es un fenómeno de experiencia cotidiana.
Una persona que, por devoción, hace diariamente dos visitas al San­
tísimo desde hace veinte años. Le manda un superior que en adelante
haga al menos una todos los días. Al día siguiente ya le resulta un
precepto intolerable; no encuentra tiempo para hacer ninguna. ¿Y las
protestas, cuando obligan a privarse de algo que de hecho nunca fie
había usado? De las almas no probadas escribe San Juan de la Cruz:
«o mudan, o añaden o varían lo que les mandan, porque les es aceda
toda obediencia acerca de esto». Noche Oscura, l, 0, 2.
SINCERIDAD 147

pase inadvertida ninguna oportunidad ofrecida por la di-


gido por el alma, sino impuesto desde fuera.
Enfermedades: dolor físico, que con frecuencia descon­
cierta simultáneamente el interior del espíritu, y pena moral
de sentirse inútil y causar molestia. Abandono: amigos y
persona« queridas, por ingratitud o por muerte. Palta de
gusto y sentimiento: tiene que obrar por pura convicción,
sin recompensa humana ni consuelo divino. Soledad del
corazón: esa rara virtud, que aun entre los Santos ha habi­
do pocos que la hayan practicado hasta el fondo. Proxi­
midad de una persona desagradable: su manera de pensar,
de obrar, te resulta sencillamente un martirio prolongado.
En ñn, la obediencia: a cambio de una seguridad espiri­
tual absoluta, te exige un olvido de ti igualmente absoluto.
Es la convivencia uno de los medios que Dios utiliza
con mayor frecuencia e intensidad, para efectos de la pu­
rificación pasiva. Se ha hecho célebre el texto de San Juan
de la Cruz. Habla de convento o monasterio, porque es­
cribía a un religioso en concreto, y porque es una manera
de vida en que el principio tiene constante aplicación. Pero
sucede otro tanto en la vida de familia o sociedad. «Para
obrar lo segundo y aprovecharse de ello, que es mortifica­
ción, le conviene muy de veras poner en su corazón esta
verdad, y es que no ha venido a otra cosa al convento sino
para que le labren y ejerciten en la virtud, y que es como
la piedra, que la han de pulir y labrar antes que la asien­
ten en el edificio. Y asi, ha de entender que todos los que
están en el convento no son más que oficiales que tiene
Dios allí puestos para que solamente le labren y pulan en
mortificación, y que unos le han de labrar con la palabra,
diciéndole lo que no quisiera oír; otros con la obra, ha­
ciendo contra él lo que no quisiera sufrir; otros con la con­
dición, siéndole molestos y pesados en si y en su manera
de proceder; otros con los pensamientos, sintiendo en ellos
o pensando en ellos que lo estiman ni aman. Y todas estas
mortificaciones y molestias debe sufrir con paciencia inte­
rior, callando por amor de Dios, entendiendo que no vino
148 CRISTIANOS POR DENTRO

a la Religión para otra cosa sino para que lo labrasen asi


y fuese digno del cielo» 10.
¿Quién no se encuentra diariamente con alguno de es­
tos puntos? Cada uno a su manera, sin excepción. Pero en
ello consiste la purificación pasiva, es decir, lo que el in­
teresado puede advertir de ella. No hay por qué imaginarse
contemplaciones o cosas raras. El reino de Dios no ha de
venir con estrépito. Obra con estos medios ordinarios que
tiene a mano. Por falta de apariencias, que pregonen su
presencia, muchos no saben aprovechar las oportunidades
de purificación pasiva. Por haberse formado una idea falsa
de ella, rechazan estos medios ordinarios con que Dios quie­
re llevarla a cabo, en espera de algo más visible.
Es San Juan de la Cruz quien ha dado la doctrina, hoy
de dominio público, en torno a las noches. El ha motivado
también la falsa idea que tienen muchos. No el Santo, sino
una lectura poco inteligente. Ha escrito un libro, donde se
reúnen, separados de la vivencia concreta, todos los ele­
mentos de purificación que intervienen en las almas 11. El
Santo advierte que es una abstracción metodológica. Pero
el lector no hace caso, y sigue deduciendo conclusiones:
todos esos elementos se dan en cada una de las almas, se
presentan juntos, y además separados de toda otra reali­
dad. Conclusión: la presencia de la noche se advierte a dos
leguas. Y esto no lo dice San Juan de la Cruz.
Las pruebas que la Providencia va diseminando en la
vida del individuo son el remedio. Su eficacia no puede com­
pararse ni sustituirse con voluntarias mortificaciones. Es
un error quejarse de la enfermedad, porque no permite
ayunar.
La purificación pasiva, como todo ejercicio intenso y efi­
caz, es dolorosa y no deja ver por entonces sus buenos
efectos. Al salir de ella es cuando se nota la mejoría. El
espíritu siente una frescura matinal. Como el que sale de

io cuatro avisos a un religioso para alcanzar la perfección, n. 3.


Noche Oscura.
SINCERIDAD 14«

una mazmorra a la pura luz del día. Aire, luz, espacio,


todo le causa gozo intenso. No siente el cuerpo. Ni la ley,
ni el sacrificio, antiguos verdugos. Después de haber palpado
la propia miseria, se siente cambiado. Es otro. Al cambiar
la persona que lo contempla, cambia necesariamente el pai­
saje del mundo circundante. Todo viene holgado. Se ve un
acierto del Creador, en el conjunto y en los detalles.
Frutos espirituales son: el anonadamiento personal, el
abandono confiado en Dios. Allí se aprende a vivir de solas
fe, esperanza y caridad. Ya hemos descrito lo que es una
vida a base de ellas.
La humildad es ordinariamente uno de los frutos más
apetecibles que se recogen en el período de purificación o
noche. Las circunstancias obligan al hombre a conocerse.
Pero no es el conocimiento mismo lo que interesa. El solo
te coloca en presencia de tu indigencia, de un destino per­
sonal no conseguido aún. Lo importante es reconocerlo. Lo
llamaremos en adelante sinceridad. Es la disposición de
ánimo que regule el trato con los demás hombres, con Dios
y consigo mismo. Del todo indispensable a quien busca las
alturas.

4.— L ey y co ncien cia .

Hablan los Santos de grandes infidelidades en su vida


espiritual. Sin más, las estimamos nosotros ponderaciones
hiperbólicas. Acaso tengamos razón. Pero, a través de esa
mano tosca con que les juzgamos, se descubre una actitud
nuestra, ya que, naturalmente, les medimos con nuestra
propia medida. Y, con la gracia y la fidelidad que yo poseo,
son ciertamente escrúpulos de colegiala esas finuras de es­
píritu que tanto preocupan a las almas santas. Lo serian
sin duda para mí.
Voy a cambiar la perspectiva de esta aproximación. En
lugar de juzgar la actitud de los Santos con el criterio nues­
tro, intentemos juzgar nuestra actitud con el criterio de los
Santos. Ellos tienen el criterio teológico, nosotros el jurídi-
150 __ CRISTIANOS POR DENTRO ____

co. Se trata de medir la fidelidad de un alma a sus deberes


religiosos con Dios.
Unidad de medida es, para el hombre ordinario, la ley
positiva. Pero no siempre. Si una convicción interior sua­
viza la exigencia de la ley externa, no se cree obligado a
cumplir ésta. Prescindiendo de ella, piensa hacer un acto
de sincera fidelidad a su conciencia. Pero es más frecuente
el caso contrario. La conciencia pide mucho más, o un poco
más, que la ley positiva. Entonces el hombre apela a la ley
contra las pretensiones exorbitantes de la propia concien­
cia. Y, como la ley no le obliga a tanto, logra acallar la
conciencia, y queda satisfecho. A la hora de examinar ei
grado de su fidelidad, tiene en cuenta únicamente la ley
positiva. No se le puede pedir más.
Insinceridad radical, ya en este primer principio. Cuan­
do la ley pide menos que la voz interior, el espíritu de co­
modidad dispensa de seguir la voz de la conciencia. Pode­
mos suponer que a idéntico motivo se debe la excusa, por
otra parte legítima, de seguir la ley cuando la conciencia
no obliga a tanto. Es una reserva táctica. El ser muy fran­
cos y sensibles a las voces interiores expone a tener que
emprender acciones heroicas. La conciencia individual no
tiene límites en sus peticiones. Sólo la ley puede ahuyentar
este peligro, pues elude poner lo heroico como norma. Ha­
bla para todos, y lo heroico es cosa excepcional. En el inte­
rior alguien protesta. Pero, a fin de evitar complicaciones,
decidimos estar contentos con la ley externa.
Con esta psicología se acerca el hombre ordinario a los
santos. Contempla solamente la santidad ya conseguida. No
comprende cómo esas almas delicadas pueden poner más
interés y cuidado en corregir detalles, que él en evitar el
pecado mortal. Siente compasión por los Santos. Algo pa­
recido ai sentimiento que suscita en el vulgo ver al espe­
cialista afanarse en desintegrar las cosas que ese vulgo sólo
maneja en bulto.
La divergencia entre el modo humano de apreciar y ei
del Santo radica en ei diverso criterio que a cada uno gula.
SINCERIDAD 151

Para el primero, norma definitiva es la ley positiva ha-


mana. Toda ella, pero sola ella. El santo añade la con­
ciencia, no solamente como intérprete de esa ley, sino como
fuente de nuevas obligaciones individuales. Considera a la
ley un primer estadio, en que el hombre modela sus ras­
gos comunes. Quedan los matices individuales, sugeridos a
continuación por la conciencia. Sin cumplir esta segunda
parte del programa, no se podrá nunca llenar una vo­
cación.
Bien sabemos que el que cumple toda la ley cristiana es
un santo. Y no habría por qué hablar de exigencias ulte­
riores de la conciencia. Pero el criterio de esas personas re­
misas no es la ley cristiana, sino que se limitan a la ley
positiva humana. Son los preceptos y normas de la Iglesia,
las ordenaciones peculiares de su vocación exterior concre­
ta. Todos ellos dados en forma concreta, para toda una co­
munidad. Los cumplen escrupulosamente. Y es relativamen­
te fácil llegar a observarlos. Pero hay diferencia de ley a
ley. El fariseo cumplía la ley al detalle. No obstante, en la
mente de Jesús, que esboza aquella figura, no ha comen­
tado a cumplir la verdadera ley. La Iglesia señala con fre­
cuencia el umbral inferior de los preceptos evangélicos, sin
cortar mínimamente su alcance positivo.
Los que hablan de cumplimiento de la ley, no piensan
en la ley evangélica. Esta es ilimitada, y no se llega nunca
a cumplirla del todo: caridad, desprendimiento, esperanza.
Son leyes rigurosas del cristianismo. Pero más exigentes que
cualquier conciencia, porque no ponen límite alguno. A la
ley evangélica clama la conciencia, cuando pide más que el
cumplimiento de eso que suele llamarse la ley, y que es so­
lamente una de sus partes. Por la ley evangélica se guian
los Santos. No tienen, pues, escrúpulos, sino ansias de ser
verdaderos cristianos.
En la prolongación individual de la ley humana está el
conseguimiento del ideal. No por ser individual es faculta­
tiva. La ley concreta pone determinadas condiciones, ge­
neralmente externas, para que el espíritu pueda fácilmente
152 CRISTIANOS POR DENTRO

encontrar a Dios. Con frecuencia es negativa, y su letra se­


ñala entonces el umbral ínfimo de lo tolerable. De todos
modos, como ya hemos dicho, raramente obliga a heroísmos.
Y, sin embargo, el camino de la perfección obliga a fre­
cuentes heroicidades. No provienen de la ley. ¿Quién los
pide? Dios, que puede dar más gracia y consiguientemente
exigir también más que la ley común. La nueva gracia y
la nueva exigencia se convierten entonces en la medida de
la correspondencia y fidelidad del individuo. El público ex­
traño seguirá juzgando a tenor de la ley general. El inte­
resado no puede lealmente admitir un tal criterio, aunque
todos le defiendan.
Lo mismo que el hombre vulgar tiene flaquezas frente
a los graves preceptos de la ley, el Santo las tiene frente a
la gracia y exigenna ulterior que dentro se le concede. Re­
acción natural es que sienta hondamente la disconformi­
dad. La falta es menuda, pero también el punto de referen­
cia se ha afinado extremadamente. Lo definitivo no es ya.
la categoría de grave y leve. Rigen estas otras: Dios quiere, o·
se digusta.
«Pues resúmome en que el que tuviere amor verdadero*
y perfecto de Dios, tendrá grandísima vigilancia y cuidado
con todo lo que Dios manda; que el siervo de Dios, como-
dice San Jerónimo, no mira lo que le manda, sino quien
se lo manda; y pues es cierto que no hay Dios pequeño,,
no debe tener mandamiento pequeño, aunque entre ellos
haya su diferencia; y el alma que tiene perfección le hace
tan gran peso decir: Dios gusta de ello, Dios quiere esto,.
Cristo lo manda, que sin reparar qué sea ello en sí, lo hace
todo con igual gana y prontitud; pues en todo debe ser
Dios obedecido por infinitas razones» 12.
Las almas delicadas reconocen sus flaquezas. Perciben
la ley superior que llevan dentro, y confiesan faltar a ella
en ocasiones. Nosotros, con el fin de cortar de raíz el remor-

12 P. A ravalles , O. C. D., Tratado de Oración, c. 10.


SINCERIDAD ¿5$

dimiento de esas caídas, excluimos la existencia de esa ley


interior.
Es condenarse a la miseria. I¿a ley grabada en el es­
píritu es la voz de Dios que indica a cada uno en particu­
lar su personal vocación 13#Al rebelarse contra ella, el in­
dividuo se empobrece y queda reducido a formas mostren­
cas. Dios prefiere que el cristiano admita esa vocación y
deber ulteriores, aun cuando sean una fuente de infidelida­
des. Es más grave negar la existencia de un llamamiento^
porque no se desea cumplirle. Abominación incomparable;
falta de sinceridad. Jesucristo prefiere, sin titubeos, la con­
ducta del publicano, consciente del abismo que media entre
el deber y la conducta. Y, como Cristo, lo prefieren todas
las almas sensibles.

5 .— F idelidad sü pr e m a .

No es raro que la propia conciencia reprenda, cuando


el extraño alaba sin reservas. No coinciden en el juicio mo­
ral que merece la conducta concreta. El prójimo la cree tal
vez heroica, por lo menos laudable. El interesado siente ha­
berse quedado muy por debajo del deber. ¿A quién hacemos
caso?
Hay un principio de experiencia, que da ya formulada
la respuesta. Pudiéramos enunciarlo del modo siguiente:
Uno cree a los demás perfectos, cuando ejecutan o poseen
todo aquello que quien juzga desearía poseer y ejecutar para
obtener su propia perfección. Mas no hay dos hombres igua-

1:t La santidad propia de cada uno está en el cumplimiento de su


vocación personal. Esta nadie la conoce mejor que él, pues la con­
ciencia la sugiere. No basta la ley general. Esta es una, y las voca­
ciones son tan numerosas como los hombres. La ley dice una mitad,
lo mostrenco. Lo peculiar lo lleva dentro el interesado. Puede pedir
consejo, cuando en el interior reina oscuridad, pero no en las cosas
que se ven claras. Si lo pide, debe advertir lo que siente dentro. Aun
suponiendo que las acciones sean fruto de la obediencia, queda en
ellas una última configuración, que sólo la persona misma puede darles.
les. Tenemos, por consiguiente, que el juicio de la mayoría
no garantiza la bondad de la conducta.
Es un principio que el hombre aplica inconscientemente
al juzgar, sean cosas humanas o divinas. El mendigo pien­
sa que el rico está ya satisfecho, y no le queda nada por
desear. La razón es que posee el rico todo lo que el tai
mendigo desea actualmente. Tal vez el rico no piensa en
lo que tiene ya, y le quedan mayores ansias sin llenar que
al mismo pobre. El coche de lujo le contenta menos que
al mendigo sus zapatos rotos. El seglar juzga con frecuen­
cia perfecto a un religioso que, conservando un poco su
dignidad, conquista simpatías y regalos en sociedad. ¿Qué
otra cosa sueña ese seglar? Pero bien sabe el religioso que
no encuentra en ello, aunque todos le alaben, su perfec­
ción, ni su felicidad.
La vida te irá convenciendo de que son muy pocos los
que miran por tu bien. Menos mal que la Providencia di­
vina guía todo a bien de los que sinceramente quieren ser­
virle. Sólo un ejemplo entre muchos. Supongamos un re­
ligioso o un hombre que descuella en cualquier especialidad:
escritor, profesor, pintor, propagandista, químico. Ha de pa­
sar su vida entera, con todo el alma, volcado en este me­
nester, como si fuera solamente un caretón social, sin un
fondo lleno de exigencias religiosas personales. A su alre­
dedor todos le aplauden y le creen feliz, porque realiza lo
que piensan ellos, lo que quieren ellos. No le dejan respirar.
Si de tales admiradores dependiera, la grandeza suprema
de ese gran hombre consistiría en no levantar cabeza de la
ocupación deslumbrante. Llegan a considerarle algo así como
una máquina a servicio del público. Sin alma personal, que
tiene muchas otras exigencias que llenar. Eso nadie lo ve.
Si interviene la obediencia, está salvado. Pero entonces
no son los hombres bienhechores, sino Dios, que acepta la
esclavitud del especialista. Lo advierte San Agustín: «Tam­
poco los que me urgían obraban bien; antes todo el bien
que recibía me venía de ti, Dios mío; porque ellos no veían
otro fin a que yo pudiese encaminar el conocimiento que
SINCERIDAD 155

me obligaban a aprender sino a saciar el apetito de una


abundante escasez y de una gloria ignominiosa» u .
Lo más ordinario es que no sea la obediencia quien
aprueba u obliga, sino el mundo circundante irresponsable.
Si la opinión ajena desaloja y sustituye la propia convic­
ción: insinceridad. Se pagan las consecuencias.
Una persona mortificada se priva de cualquier comodi­
dad o placer terreno, acaso permitido por la ley común, por­
que tiene comprobado mil veces que le hace daño. Sufre
en dejarlo. Sigue deseándolo, > procurará por todas las vías
que un amigo o consejero, o las mismas circunstancias la
obliguen a gozar de aquel alivio. Lo vuelve a aprovechar
ávidamente, en cuanto otro se lo dice. Y no cede por some­
ter su juicio. Es que quería gozarlo. Como la conciencia se
lo prohibía, ha procurado que otro cargara con la respon-
sapílidad. Así cree quedar resguardado contra la insurrec­
ción de la propia conciencia15.
De la repercusión de este fenómeno en el mundo moral
nos habla la Teología. Muchos, que no quieren pecar, qui­
sieran, sin embargo, gozar de toda la materialidad del
pecado. Y verían con gusto una violencia superior o una
incursión por inadvertencia. De menor alcance, a esta mis­
ma especie pertenece la tendencia que hemos visto en las
almas piadosas. Quisieran ayunar, pero al mismo tiempo
quieren que una persona extraña (por ejemplo, un Supe­
rior) no se lo permita, antes las obligue a comer más y
mirar más por su salud. Piden a Dios sufrimientos, porque
saben que es un deber el pedirlos; esperando que Dios se
contente con la buena voluntad y no lleve el negocio ade­
lante.

1*Confesiones, 1, 12.
15 Cfr. S. A g u st ín . Confesiones, 10, 31. La pobre alma, dice el Santo,
goza cuando las cosas no están claras. Con ello se prepara una futura
a$x>logía. Habla en concreto de la gula. Deseaba el Santo tomar lo
necesario a la salud, no al placer. Su alma se alegraba en el fondo
cuando no se distinguían bien las fronteras, y podía de este modo sa­
tisfacer al placer impunemente, con pretexto de salud.
¿Y si la obediencia aprueba? Si la obediencia toma la.
iniciativa, no hay lugar a vacilaciones: hacer lo que ella,
manda. Lo grave es que muchas veces la obediencia sola*
mente permite y condesciende a los ruegos del interesado.
Quien da el permiso o el consejo, lo concede sin tener una
idea exacta de la verdadera situación interior. ¡Con cuánta
pena se hace una concesión indulgente a quien uno ima­
gina que no debería pedirla! No tiene datos suficientes, y
condesciende. Si el consejero conociera el estado interior,,
llegaría a la misma conclusión a que ya le está obligando
la conciencia al interesado: que debe ser más generoso, y no^
buscar subterfugios16.
No interesa la aprobación interesada. Nada se salva con
ella. Procurar que otro lo aconseje equivale a hacerlo sin.
consejo de nadie. Cada uno debe cumplir su propia voca­
ción, sin atender a las aspiraciones ajenas. Santa Teresa,
es un modelo de inquieta fidelidad a los avisos de la con­
ciencia. En su vida realiza la finura de esta preciosa
cualidad. Y lo ha dejado escrito.
En sus años de tibieza interior, se encuentra rodeada
de personas que la juzgan ya santa. Y se lo dicen. Pero si­
gue convencida de que casi no ha comenzado aún a cum­
plir su destino personal: «Como me veían con buenos deseos
y ocupación de oración, parecíales hacía mucho; mas en­
tendía mi alma no era hacer lo que era obligada por quien
debía tanto» 17.
Sus jueces entonces, y hoy nosotros, decimos que esa
inquietud es injustificada; cumple bien con su deber. Xa
Santa afirma que ella es infiel. ¿Quién lleva la razón? Los
resultados hablan a su favor. De hecho, Santa Teresa está
ligada y no adelanta por causa de esos defecto« que ella
pondera, y que sus jueces consideran inexistentes: «Qui­
siera yo saber figurar la cautividad que en estos tiempo«·’
traía mi alma, porque bien entendía yo que lo estaba y

lfi C fr. S . T e re sa , Camino de Perfección, 10, 7.


Vida, 8. 11.
SINCERIDAD 157

no acababa de entender en qué, ni podía creer del todo que


lo que los confesores no me agravaban tanto, fuese tan
malo como yo lo sentía en mi alma» 18.
Santa Teresa ha sentido la invitación apremiante de la
gracia a cosa« que no realiza. Muchas, muchísimas veces,
no ha seguido el llamamiento, ha sido infiel a la gracia.
Pero nunca, ni por un solo instante, ha sido infiel a esa
otra gracia que, desde dentro y contra todos, le denun­
ciaba su responsabilidad. Sinceridad de temple. Se condena
a sí misma generosamente, contra la opinión universal que
la absuelve por completo. Es débil, pero tiene la fuerza de
reconocerlo.

6.—S inceridad y escándalo.

Hay que elegir: o ser buenos, o sinceros. Extraño di­


lema entre cosas que uno quisiera poseer juntas. En teoría,
no existe la disyuntiva. Mas la situación concreta fuerza
muchas veces a escoger una de ellas, abandonando la otra.
Los hombres no son siempre criterio de verdad cuando
alaban. Contra su opinión favorable la conciencia vitupera.
Sucede también lo contrario. Los hombres condenan, cuan­
do el espíritu se siente fiel a su vocación. Una obra buena,
seguida de un mal comentario. Aquí vienen los «escánda­
los» de las almas piadosas.
Puede el heroísmo y generosidad de una persona susci­
tar enojo en los cobardes que no esperaban de ella tales
excesos Aquí no hay lugar a duda. Lleva toda la razón. Los
reparos ajenos son pequeños obstáculos en su camino de
ascensión a la santidad. Dificultades, tentaciones, o como se
quiera calificarlo. No plantean otro problema que el de su­
perarlas. Se presenta normalmente a todos los que em­
prenden decididos la subida del monte de Perfección. Como
remedio, basta el ánimo.

'» Vida, 8, 11.


Imaginemos ahora la situación contraria. Se esperaba
de ti más de lo que rindes. Se trata de un aflojamiento
motivado. El escándalo de tus jueces no carece de funda­
mento. Tu conducta también lo tiene. A esta dificultad, nada
teorética, venia yo. Escoge.
Tal vez el comportamiento que de ti esperan es obje­
tivamente más perfecto. Pero estás viendo a toda luz que
el interior pide otra cosa distinta. No importa que en si
misma sea más imperfecta. La opción se propone entre es­
tos dos extremos: ¿haces la obra mejor, o haces la que
debes?
Sabe la persona que, si complace al espectador, obrando»
según el protocolo, comete una hipocresía. Le consta, por
otra parte, que, obedeciendo a su conciencia, causará extra-
ñeza y escándalo. No hay otra salida: se debe dax el pe­
queño o gran escándalo. Sin culpa suya, porque no es de­
bilidad, sino fidelidad heroica. Sin culpa de los otros, por­
que no dan más de sí en esta ocasión. No han pensado que
la santidad oficial da mucho margen para situaciones con­
cretas del individuo.
Es inevitable: a esa alma fiel todos la creerán imper­
fecta. Limitaciones humanas. Ha de soportarlo, sin pensar
en justificarse. Silencio frecuente en la vida de los San­
tos. Sólo más tarde y en casos relativamente raros se ha
corrido el velo de apariencias pobres que ocultaba riquezas
inimaginables.
La solución definitiva sería explicarse, es decir, excusarse
ante esas personas. Pero este remedio lo excluye frecuente­
mente la caridad. A muchos hemos visto aflojar un poquito
en el rigor ascético, pero cuidando muy bien de advertir
que lo hacen por no distinguirse. Sabe muy mal que uno
de estos ascetas hable con nosotros, sin voluntad, de depor­
tes, y nos haga saber delicadamente que lo hace por cari­
dad, por hacerse todo a todos. Desde ese mismo momento»
su caridad me proporciona una molestia insoportable. Es
decir, ya no es caridad. Prefiero que me deje solo y en si­
lencio.
SINCERIDAD 159

El heroísmo de las almas sinceras está en condescen­


der sin esfuerzo, ni violencia externa. Están convencidas de
que su mejor modo de obrar en tal situación es ése, y le
siguen. No sienten la necesidad de hacer saber a nadie que
están dispuestos a seguir la ley más rigurosa cuando se lo
pida la conciencia. Ya saben ellos que es así, y esto les
basta. ¿Para qué publicarlo? Me alegran las relajaciones de
esos hombres que condescienden con espontaneidad. Admiro
su fuerza de ánimo frente al público miope. Son pocos y sue­
len vivir ocultos.
No hay peligro de terminar en una autosuficiencia des­
pectiva hacia las opiniones de los demás. Hay algo dentro
de cada uno, que le dice cuándo resiste a las críticas por
testarudez y orgullo, y cuándo por fidelidad a una ley per­
sonal.

7.—Estamos ricos, somos pobres.

Temo que alguien adopte injustamente una actitud hos­


til ante el prójimo. Vemos que acusa cuando debiera alabar,
y al contrario. Este hecho podría ser causa de menospre­
ciar su juicio. Achacar a error ajeno lo que es defecto
propio.
Pero no se equivoca siempre, ni siquiera la mayor parte
de las veces. Revela con frecuencia defectos existentes, o
alaba con razón. También estas verdades suelen ocasionar
desorden y alboroto. Pero entonces la culpa ya no es de
quien lo advierte, sino de quien lo siente. Las miradas aje­
nas revelan estratos que la persona debiera conocer. De
hecho no los ha investigado nunca. No se conoce a sí mis­
ma. De ahí la sorpresa y el consiguiente disgusto o ilusión
infundada.
Será el mejor principio ponerse en claro acerca del in­
ventario de posesiones personales. Saber lo que es propio, y
lo que es prestado. Por falta de luz en este tema culmi­
nante, la conducta es con frecuencia una farsa. Existe el
convencimiento interno de que todo lo que tiene es propie-
160 CRISTIANOS POR DENTRO

dad. Por otra parte, la ascética le obliga a decir que de


suyo no posee más que miseria. Con esta condición inte­
rior, no se sabe cómo obrar en la práctica. Una alabanza
merecida aturulla, imponiendo una disyuntiva entre reco­
nocer el bien realizado, y conservar la humildad. Faltan
ideas claras.
Santa Teresa ha encontrado la fórmula, la única fórmu­
la. de la verdadera humildad cristiana. Brevísima. Junto
a ella, palidecen las exposiciones que otros han hecho en
libros enteros. Se contempla a sí misma con naturalidad,
sin asustarse de nada de lo que encuentra: «Y es cosa muy
cierta que mientras más vemos estamos ricos, sobre conocer
somos pobres, más aprovechamientos nos vienen, y aun más
verdadera humildad» 19.
Pocos han reparado en la maravilla literaria y doctrinal
de esta frase. Con razón es Maestra de lengua clásica y de
vida interior. Estamos ricost somos pobres. Estamos ricos:
dones abundantes de naturaleza y de gracia. Acaso favores
místicos. Se puede añadir en esta sección cuanto se quie­
ra. Los tenemos nosotros, pero es solamente un estado. Como
estoy sano, y puedo enfermar; estoy alegre, y dentro de
unas horas cambio. El estado lleva inseparable el carácter
de contingencia. De nuestro natural, somos pobres. Lo per­
manente y sustanciado es en nosotros la pobreza. Condi­
ción inmutable: somos pobres. Cambiar lo que somos, sería
destruirnos, y hacer otros hombres diversos.
Con el «estamos» aplicado a nuestros valores, Santa Te­
resa da la impresión de dejarlos prendidos en el aire, a
punto de perderse por un descuido. Desde luego, son siem­
pre ajenos, a merced de algún extraño. El «somos» que de­
signa nuestras relaciones con la miseria, parece clavárnosla
en el fondo del alma, como espina allí nacida, como triste
herencia inalienable.
En este principio está la clave de la santidad y del equi­
librio personal. Basta saber manejar el resorte en los acón-

1» Vida, 10. 4.
SINCERIDAD_____ ____________ 161

tecimientos. Santa Teresa lo hizo con maestría. Liega la


hora del triunfo merecido: alabanzas y aplausos de todas
partes. Sin inmutarse ni enturbiar los ojos, responde desde
dentro: somos ricos. Viene el momento de palpar con la
mano la propia miseria, agravada por el desprecio y el re­
proche ajeno. No la coge de sorpresa: somos pobres.
Esta es la verdad cristiana. No necesita disimular arti­
ficiosamente sus miserias o sus grandezas, para encontrar
el equilibrio. Solución sencilla al delicado problema de la
humildad. El acierto en la expresión la deja pegada al oído
como un estribillo melodioso: estamos ricos... somos potares...
Con aclarar las ideas, aún no está conseguida la humil­
dad. Esta seguirá siendo materia difícil de conseguir. Pero
al menos los esfuerzos llevarán rumbo. Da pena ver tantas
invenciones antinaturales excogitadas con el fin de encon­
trar la solución de este problema. Ingeniosidades inútiles.
La experiencia enseña que se buscan pecados o defectos
inexistente para conservar la humildad. Y no soportan que
otros les revelen los verdaderos, y los encubren de nuevo,
si topan con ellos. Un examen, al estilo del que hace de
sí mismo San Agustín en el libro 10 de las Confesiones, es
suficiente para convencerse sin violencias de que verda­
deramente «somos pobres».
Tal vez sea imposible hacerse una idea exacta de la
sinceridad, antes de haberla visto encarnada en algún in­
dividuo sincero. Uno de los grandes regalos que puede ha­
certe la divina Providencia es colocarte al lado de una de
esas personas. Es una cualidad que matiza su vida entera.
Vamos a fijarnos en una sola de sus manifestaciones:
la facilidad con que reconocen y confiesan sus propias de­
bilidades. Cuando las circunstancias lo aconsejan, narra sus
tropiezos. Le creemos y, sin embargo, en nada amenguan
ante nuestros ojos su figura gigante. En la actual confe­
sión sincera, arrepentida sin aspavientos, se ve que aquello
ya no es suyo, ya pasó. Es más: descubrimos, a través de
la materialidad de los defectos, que hay allí una profunda
mina de bien. Esa alma ha contemplado su interior con la
11
162 CRISTIANOS POR DENTRO

mirada imp&rcial de un extraño y, al mismo tiempo, con


penetración de autor. Selecciona los elementos productivos,
guardándolos cuidadosamente. El resto, salvao o escoria,
lo aventa fuera, a los ojos del público.
Los ignorantes opinan: arroja salvao en abundancia;
es prueba de que hay mucho dentro. Los más sensatos dis­
curren de manera opuesta: si tira el salvao, es que queda
mucha harina en casa. En el interior de las casas, de donde
no se saca la basura, entrevemos el imperio de la ceniza,
el polvo y los desperdicias.
San Juan de la Cruz explica el enigma de esas miserias
evacuadas oportunamente: los humildes «se inclinan más a
tratar su alma con quien en menos tiene sus cosas y su
espíritu. Lo cual es propiedad de espíritu sencillo, puro y
verdadero, y muy agradable a Dios. Porque, como mora en
estas humildes almas el espíritu sabio de Dios, luego las
mueve e inclina a guardar adentro sus tesoros, en secreto, y
echar afuera sus males» 20.
I

C apítulo 8

IDEAL DE P E R F E C C I O N CRI STI ANA

1.—Mentalidades diversas.

Cada siglo impone una forma peculiar a las realidades


por él vividas. Aun cuando se trate de principios inmuta-
bles. Seria útil conocer la idea que el mundo actual se ha
formado de la vida interior y de su coronación, la santidad:
«¿hacia qué tipo de santidad nos encaminamos?».
Afortunadamente, poseemos la respuesta de nuestros con­
temporáneos a esta pregunta. Es fruto de una encuesta. Y,
con muy buen criterio, no se hizo entre teólogos. La orien­
tación teológica la conocemos suficientemente por las pu­
blicaciones. Por otra parte, ésta no camina tan fácilmente
con las diversas épocas. Tampoco se dirigía la encuesta a
este mundo inferior del cristiano sin preparación, que no
influye en el ambiente ni es capaz de responder a una pre­
gunta de ese género. Deseamos obtener el ambiente rei­
nante en el bloque social de cultura media. Es el grupo de­
cisivo que, con su movimiento* marca las grandes corrientes.
Basta conocerle para hacerse cargo de la mentalidad co­
mún, de lo que la mayoría influyente piensa. Individuos
entre las diversas formas de vida social y cristiana: semi­
narista, contemplativa, célibe, secretario, religioso, dirigente
de Acción Católica, miembro de la misma, etc... Ofrecen,
pues, una cierta garantía de universalidad *.

1 La encuesta la hizo la revista francesa «La Vie Spirituelle», pu­


blicando los resultados en su número de febrero, 1946. Una acertada
valoración teológica de esta encuesta puede verse en «Rivista di Vita
Spirituale». 1 (1947). 65-80. debida al P. Enrique de S. Teresa.
En sus variadas opiniones se descubre una cierta homo­
geneidad. Convienen fundamentalmente en cuatro notas,
que de este modo sirven para determinar el signo espi­
ritual de nuestro tiempo :
1. El Santo es un hombre que ha logrado el máximo
desarrollo y el perfecto funcionamiento de todas sus fa­
cultades humanas, consideradas siempre como don divino.
2. La santidad es fruto del amor, más que del cumpli­
miento del deber o de la ley.
3. Marcada tendencia a la espiritualidad comunitaria:
Cuerpo Místico, formas organizadas de vida cristiana.
4. La santidad se independiza cada vez más de estados
y formas particulares de vida2.
La lectura del material recogido en la encuesta impone
una primera conclusión: domina en nuestro tiempo un
concepto de la santidad diverso, bajo muchos aspectos, del
que dominaba en siglos anteriores. Los diversos rasgos di­
ferenciales estriban en una diversa actitud previa: antes
se prefería lo extraordinario, la superación; hoy se incli­
nan más las almas a la intensificación de lo ordinario.
Parece que nuestros antepasados sufrían una especie de
cariño instintivo hacia la violación de todas las leyes na­
turales. En el campo humano, la santidad debía consistir
en algo que los demás no pudiesen, ni siquiera físicamente,
realizar: mortificaciones increíbles, renuncias, olvido del
cuerpo, aniquilación de facultades y tendencias. Hasta en
las menudencias eran ultrahumanos. En lo divino: mila-
2 No es absoluta la coincidencia en las respuestas o en las ten­
dencias. Por ejemplo: <rNo estoy de acuerdo con San Juan de la Cruz
(sin duda es que no le comprendo), porque él propone una santidad
inhumana. Según él, se hace uno santo a pesar de la propia natura­
leza. haciendo tabla rasa de todo lo que uno posee de humano. Mien­
tras que yo concibo la santidad a través de la naturaleza, desarro­
llando al límite máximo los dones recibidos» (p. 238). Escribe otro:
«San Juan de la Cruz es mi santo preferido. Porque creo absoluta­
mente necesario el despojo total, el «nada, nada, nada» (p. 244). Esta
divergencia no plantea problema alguno. Opiniones del tono de esta
última quedan aisladas, y no merecen tenerse en cuenta al formular
conclusiones generales.
IDEAL DE PERFECCION CRISTIANA 165

gros, favores místicos, etc... Esto es lo que admiraban en


los santos, y a esto aspiraban los demás.
Las cosas han cambiado. Los modernos no gustan de lo
extraordinario. El santo debe ser un hombre completo. No
hay que renunciar a las tendencias, sino orientarlas y des­
arrollarlas. Poca mortificación y renuncia, cuidado extremo
por los modales en sociedad. Ellos mismos lo consideran y
denominan humanismo cristiano. En las cosas divinas, idén­
tica actitud: uso y explotación de los medios ordinarios,
como la gracia, los sacramentos, el Cuerpo Místico.
Acercando entre sí las dos perspectivas, se nota que la
idea antigua queda circunscrita por la moderna. Esta busca
lo más descarnadamente humano y lo puramente divino.
El antiguo se mueve en el mundo indefinido del centro.
Recalcando un tanto los caracteres, podríamos decir, con
lenguaje técnico: natural y sobrenatural para el moderno,
preternatural según el antiguo. Aunque esta semblanza es
debida en parte a la idea que el ambiente actual se ha for­
mado de siglos anteriores, no carece totalmente de fun­
damento.
El valor de la opinión común, recogida en la encuesta,
es muy relativo. No tiene autoridad para decirnos si media
una gran diferencia entre los santos modernos y los anti­
guos. Está fuera de su competencia determinar la forma
que asumirán en nuestro tiempo los casos de santidad que
se dieren. Pretensión ilegitima y exorbitante. Se advierte
en seguida que no son los santos los que han cambiado,
sino el modo en que los demás piensan de ellos. Basta leer
dos biografías de un mismo santo, escrita una a la manera
antigua, y otra al estilo moderno.
No se necesita que los santos cambien, para que evo­
lucione el concepto que se tiene de ellos. Ei concepto de­
pende, en primer término, del estado psicológico y de la
mentalidad de los individuos que juzgan. La tendencia na­
tural es atribuir a los santos lo que cada uno estima o
admira más. Cuando las preferencias iban a lo extraordi­
nario, santo era quien había vivido una vida envuelta en
166 CRISTIANOS POR DENTRO

maravillas y excesos. Hoy, que el ambiente sobrevalora la


simplicidad y la perfección de la naturaleza, el santo pasa
a ser un exponente realizado de este nuevo ideal. Tene­
mos, pues, a base de la opinión común, no lo que han sido
los santos de las diversas épocas, sino las preocupaciones
religiosas y humanas que oprimen a los hombres no santos
de esas mismas épocas.
Venimos a parar siempre a la misma conclusión: la opi­
nión del ambiente de cultura media es un índice de los
gustos religiosos de nuestro tiempo; índice excelente, pero
nada más.
Antes de proponer tales resultados como normas de con­
ducta, deben ser examinados por la Teología. Ofrecen al
teólogo un material escogido, para que pueda emitir un jui­
cio. No tiene por qué admitirlos como verdades hechas,
si no es en el sentido de simple verdad o comprobación
histórica: de esta manera piensan hoy la mayoría. El es
quien debe discernir: conviene inculca^ este punto, aquel
otro es una desviación inadmisible.
Las ventajas de la mentalidad nueva son dos principa­
les: simplicidad, mejor orientación. Prescindiendo, por el
momento, de si el nuevo programa es completo, es eviden­
te que la vida espiritual ha sufrido una notable simplifica­
ción. Han sido eliminadas gran cantidad de prácticas as­
céticas, antes requeridas. Teóricamente, al menos, se ha
puesto en mayor relieve el verdadero centro de interés de
la vida espiritual. No muchas prácticas, sino lo esencial,
los medios que directamente comunican la gracia y llevan
a Dios. Nunca se había hablado tanto como hoy de Sacra­
mentos, Cuerpo Místico. En fin, para santificarse no se
requiere una manera especial de vida. En cualquier oficio,
en el mundo lo mismo que en el claustro, se puede llegar
a una santidad heroica.
Pero son muchos los inconvenientes que contrarrestan
tales ventajas. No se ve, si no es teóricamente, la unión de
esas dos finalidades: gracia pura, humanidad completa.
Al no compaginarse, prevalece la más enraizada, que es la
IDEAL DE PS&FBOOEON CUMIABA 167

humanidad. Poco importa que se la cultive por Dios. Des­


pués de tantas ansias de reforma a favor de lo divino, que­
damos en un puro humanismo, cristiano, porque lo patro­
cinan los cristianos. La mayoría de las almas son incapa­
ces de asimilar esa pureza divina que se les propone. Como,
por otra parte, se les priva de las devociones que antes las
alimentaban, quedan reducidas a un buen pagano de acen­
drada honradez.
Es también muy disputable la vía por donde se ha lle­
gado a la simplificación de prácticas externas. Se va cogien­
do de los diversos santos lo que suprimen. Y se les imita
en prescindir de alguna práctica. El argumento es que nin­
guna de ellas es esencial, ya que un santo determinado la
ha omitido, y es santo. Ahora bien: rara será la norma
no descuidada o menos atendida por uno y otro de los
santos. Aprovechar esta omisión, y con todas ellas forma­
remos un esqueleto de santo, que no ha existido nunca. De
Santa Teresa de Lisieux aprenden que no es necesaria la
mortificación corporal; otro santo se ha santificado sin ser
religioso; un tercero alcanzó la santidad en medio de las
riquezas y usando libremente de ellas. No se tiene en cuen­
ta que el santo que no insistió en alguno de estos puntos
reforzaba el otro. El que no fué religioso se moderaba en las
riquezas, y el que abundaba en riquezas practicaba con aus­
teridad la penitencia corporal. Santa Teresita ya tenía bas­
tante mortificación con la Regla del Carmen Descalzo. Tales
prácticas son esenciales, quedando al individuo la libertad
de utilizar una u otra o varias.
El eterno escollo: al querer simplificar, se cae en la
simpleza, confundiendo lo no esencial con lo superfluo. Si
quitamos a un hombre concreto todo lo que no es pura esen­
cia. nos quedamos sin hombre. Para hacer la guerra, en
teoría, bastan unos pocos hombres, armas y enemigos. Para
ganarla se requieren muchas cosas más.
Aunque brevemente, intentaré a continuación dar una
idea orgánica y fundada de la santidad cristiana. En primer
lugar, depurando sus muchos elementos, encontrar su esen­
166 CRISTIANOS POR DENTRO

cia. Asignar el lugar que teológicamente les corresponde a


los nuevos hallazgos que los contemporáneos se atribuyen.
Hay mucho de lo antiguo que conserva plena vigencia. Mu­
chos modernos creen que cada siglo se fabrica una santidad
a su gusto. No. Dios la ha fabricado para todos. Somos tra~
dicionalistas.
Antes de ahondar en el análisis, recordemos algunas ver­
dades teológicas, que facilitan la comprensión de lo que sigue.
Los más santos ante Dios no son necesariamente los ca­
nonizados por la Iglesia. Pueden ser éstos u otros descono­
cidos. Entre los santos canonizados no todos llegan a un
mismo grado de perfección objetiva. Cada uno tiene su me­
dida fijada por Dios. De modo que sería posible señalar las
limitaciones de algún santo en concreto. No se le dió más
gracia, y tampoco se le pide más. Tampoco subjetivamente
todos los santos alcanzan una misma perfección. Unos res­
ponden mejor que otros a la vocación y a la gracia que Dios
les asigna.
Convenía advertir esto, porque a continuación pondré de
relieve algunas deficiencias de las almas generosas y heroi­
cas. Es un sector sistemáticamente silenciado por los biógra­
fos. Muchos han llegado a pensar que no existe. Sacarle a luz
nos prestará un servicio inestimable, en la búsqueda del
rasgo decisivo en la santidad. He observado en algunos es­
critores modernos de espiritualidad que sienten una fruición
malsana al comprobar que los santos canonizados conser­
varon grandes miserias, aun en los períodos de santidad. No
hay motivo para alegrarse de ese modo. Si revelo ahora sus
defectos no es que me interese demostrar al público que los
santos no son tan grandes como se piensa. Pienso más bien
en muchas almas desconsoladas y desanimadas por no poder
alcanzar el ideal de perfección cristiana que ellas se han
formado: una vida sin deficiencias de orden moral o natu­
ral. Al contemplar las miserias de los santos se darán cuen­
ta de que nadie ha realizado en esta tierra un ideal seme­
jante fuera de Jesús y María. Dios no se lo pedirá tampoco
a ellas. Tale« persona« bien intencionadas serían ya santas
IDEAL, DE PERFECCION CRISTIANA 16&

si el esfuerzo que ponen en evitar los defectos inevitables lo


aplicaran a conseguir las cualidades que de verdad se 1es
exige.

2.—Límites de perfección humana y moral.

La Iglesia canoniza a los santos. La opinión pública, con


demasiada frecuencia, los diviniza.
La Iglesia canoniza. Declara que es un modelo, porque*
ha servido a Dios con plenitud de entrega y ha practicado
heroicamente las virtudes durante un período relativamente
largo de su vida. Se trata, naturalmente, de un heroísmo
para hombres.
El vulgo diviniza. Y, en esta ocasión, «vulgo» abarca
mucho. Lo heroico se transforma en algo de orden diverso,,
sobrehumano. En el aspecto moral, el heroísmo equivale a
impecabilidad. El santo no ha cometido un solo pecado du­
rante ese tiempo en que la Iglesia le propone como dechado..
Se ha de recurrir a la interpretación más inverosímil de
sus actos antes que admitir en él una imperfección moral o
un pecado. En el orden de cualidades humanas, fué de un
carácter ideal, con criterio perfecto, siempre lleva razón,
los que le contradicen se equivocan. El periodo de vida rela­
tivamente largo se convierte en toda la vida desde su mismo-
nacimiento.
Se da a este respecto un detalle interesante en las bio­
grafías de tipo tradicional. No caben más que dos fórmulas
de vida para los santos. Más en concreto, dos formas de
infancia y juventud. Si han tenido una conversión rumo­
rosa, se les concede un período precedente de vida entera­
mente disipada, precisamente para poner de relieve el valor
de la conversión. Si no existe tal conversión radical e ins­
tantánea, entonces por fuerza han tenido que ser santos
desde niños. De manera que no hay otro molde donde vaciar
la primera mitad de su vida: o santos desde que nacieron,
o muy perdidos en el pecado. Pero siempre con la circuns­
170 CRISTIANOS POR DRNTRO

tancia de que, cuando ya son buenos, son santos del todo.


Sólo raramente encontramos el tipo que a priori, antes de
consultar las hechos, creeríamos común; el de un hombre
que se hace: indiferente, bueno, diligente, santo3.
Razonemos un poco a base de experiencia y teología.
Podemos sin dificultad admitir que los santos no fueron
siempre perfectos en el plano natural humano. Aunque es
uno de los puntos que niega firmemente la opinión4.
Recogimiento excesivo, falta de acomodación al ambien­
te, a la vida social, celo desmesurado. Son puntos de vista,
que revelan frecuentes desaciertos en la vida de los san­
tos. No vamos a insistir en cada uno de ellos. Sería fuera
de propósito. Puede hacerlo el lector por sí mismo. Veamos
solamente un caso concreto, a manera de ejemplo. Es un
tema muy delicado: la falta de criterio. El santo hace mu­
chas veces actos de caridad con el prójimo cuando éste pre­
feriría que no se le hicieran. Le acompaña, le hace de
enfermero, le sirve. Sin darse cuenta de que está moles­
tando a la persona a quien tanto obsequia externamente.
Tiene que hacer esa persona un gran acto de caridad con
el santo, para aceptar el acto de caridad de éste. No du­
damos de su buena intención. Pero sucede que todas las
personas que están alrededor se dan cuenta de la inopor­
tunidad del obsequio, excepto la persona santa que lo hace.
Objetivamente tenemos una falta de delicadeza y de cri­
terio. El Santo practica el amor a sí mismo, a su propia
virtud, más que al prójimo, que no desea tal servicio. De­
biera informarse de lo que desean los otros, y complacer-

Escribe Lagrange, comentando la relación que San Lucas no6


ha dejado de la infancia de Jesús: «Cette simplicité, cette sobrieté
donnent une lecon á ceux qui prétent aux enfants de génie tant de
traits mirifiques.» Comentario a Le. 1, 5. Nadie se opone a que los
santos presenten indicios de serio, ya de niños. Se critica él afán de
hallar tales indicios cuando no existieron.
1 “He intentado alguna vez comenzar a escribir un libro que lle­
vará por título «Los defectos de los santos», pero..., resulta tan
difícil hallar las fragilidades humanas de los biografiados en esos li­
bros.» J. U rteaga, El valor divino de lo humamo, 6.* ed., Madrid. «Pat-
mos», 19-56. p. 31.
IDEAL DE PERFECCION CRISTIANA 171

]es en eso. Hay ocasiones en que Dios pide perseverancia


heroica, a pesar de las protestas. Puede también ser una
fuente de dolor para el mismo santo, que advierte su de­
fecto y no lo logra eliminar. Pero no es esto lo ordinario r\
Tenemos, pues, que el juicio definitivo sobre el valor de
la actuación de un santo como superior y como compañero,
no queda pronunciado con el mero hecho de su canoniza­
ción . Es más complicado. La Iglesia lo deja en manos de la
investigación histórica y psicológica.
Una primera consecuencia nos obliga a suavizar mu­
cho la sentencia o a cambiarla totalmente acerca de las
personas que no estuvieron de acuerdo con el Santo en
vida. A veces el santo les ha procurado involuntariamente
graves cruces inmerecidas. Se dirá que ese encogimiento o
falta de acomodación era querido expresamente por Dios.
Así sucedería en alguna ocasión. Lo más frecuente es que
Dios aproveche tendencias o defectos naturales para la vir­
tud. Pero no hay duda que, salvando esas pocas excepcio­
nes, una mayor abertura o mayor criterio hubieran sido
más humanos y mejores sobrenaturalmente. Dios los hu­
biera aprovechado igualmente para la virtud. Como regla
general, Dios no quiere, solamente tolera tales defectos y
limitaciones. Luego los utiliza para el bien, según una ley
ordinaria de su Providencia.
La canonización del Santo no es divinización. No da fun­
damento para condenar sin más a todas las personas que
contrastaron con él en vida, que suelen ser muchas. Los
biógrafos rehúsan atribuir las reacciones de tales personas
a defectos reales del santo que las motivaron. Prefieren ha-

¿ Cuentan los biógrafos de San Luis Gonzaga que éste se desvivía


■en el servicio y en el amor de sus hermanos de religión. Siempre dis­
puesto, caritativo, servicial. Pero falta otra media verdad que, sin
quitar nada a la santidad y al mérito de San Luis, da una idea más
exacta de la situación real. Sus compañeros preferían tenerle lejos
y que no les atendiese. Cuando en el programa del paseo anotó un
día el Superior que Luis estaría ausente, uno de sus compañeros de
grupo escribió debajo: «Deo gratias.»
172 CRISTIANOS POR DENTRO

blar de malicia de los hombres o prueba de Dios. Pero esto


es perfectamente compatible con lo anterior.
No existe ley alguna por la que el santo haya de llevar
siempre la razón. Podemos juzgar por las personas santas
con quienes hemos convivido. Admitimos que sean de una
perfección heroica. Pero no podemos convencernos de que
tengan ellos la razón siempre que disputan con nosotros.
O que sea malicia nuestra los defectos que descubrimos en
su conducta. Es inverosímil un error tan constante y uni­
versal por nuestra parte. Molesta la fatalidad ineluctable:
todos los que no estuvieron de acuerdo con un santo, se
equivocaron. No sabemos el juicio de Dios. Yo quiero estar
cierto de que muchas veces, casi un cincuenta por ciento,
tenían la razón.
¿A qué punto llega la fidelidad moral de los santos?
Este ya no es campo de observación inmediata, y hemos
de recurrir a otros principios. Desde luego, no es impeca­
bilidad. Ni la canonización da una respuesta completa.
Sabemos que los santos canonizados han practicado to­
das las virtudes en grado heroico. Pero si ellos mismos nos
aseguran que persisten las infidelidades a la gracia y a la
ley, podemos creerles. Aun concediendo una buena parte a
la delicadeza y a la humildad, queda todavía bastante te­
rreno para ia verdad, entendida en un sentido objetivo.
Al menos, no hay dificultad de orden teológico. El grado
heroico no excluye excepciones en su ejercicio menudo. A
juzgar por las apariencias, los santos han tenido faltas has­
ta el final de su vida.
Todos admitimos, en principio, que los santos caían va­
rias veces al d ía6. ¿Por qué entonces no podrá el ojo ex­
traño indicar en concreto la acción donde se encuentra

* Suele citarse el texto de Prov. 24, 16: «Siete veces cae el justo
(al día> y se levantará.» Es un abuso, porque no se refiere para nada
a pecados o cosa parecida, ni afirma que caiga siete veces, sino: aun
cuando caiga siete veces en alguna desgracia física. Hay, en cambio,
en la S. Escritura otros textos que afirman directamente que todos
somos pecadores, incluso los Santos, por ejemplo, I Jn. 1, 8-10.
IDEAL DE PERFECCION CRISTIANA 173

uno de esos fallos? De lo contrarío, estamos aplicando a los


santos esa actitud de falsa humildad, frecuente entre los
hombres. Pregonan que no hay acción en que no cometan
algún pecado. Pero no soportan que otro lo piense de alguna
acción en concreto.
En el campo de la responsabilidad moral, es el intere­
sado el único que puede juzgar. El extraño puede hacerlo
a base de la ley externa. Pero este juicio no es definitivo.
La falta y la responsabilidad se miden, sí, por la ley escrita.
Pero no es el único principio de gravedad. Está antes la me­
dida de la gracia recibida. Quien quebranta una prescrip­
ción menuda con gracia abundante, peca más gravemente
que quien comete una falta mucho mayor con la mitad de
gracia. El santo se siente sostenido, impulsado constante­
mente por la gracia. A veces falla, y entonces un desliz es
para él una catástrofe 7.
Nosotros decimos que no es para tanto. No obstante, sa­
bemos que es una ley de dirección espiritual, antes de juz­
gar, dejar que las almas declaren los puntos en que la
propia conciencia les apremia o les acusa. Hay muchas per­
sonas estancadas en la vida interior, por su falta de gene­
rosidad para con la gracia, que les pide hacer u omitir co­
sas no prescritas por ninguna ley. No existe una ley externa
que baste, si ya no es que alguien quiere establecer la ley
de la generosidad absoluta. Cualquier persona de vida es­
piritual medianamente intensa siente a veces mayor dolor
y mayor responsabilidad por estas faltas de generosidad, que
los extraños no advierten y que le está pidiendo la gracia,
que por un pecado venial en cosa bien determinada jurí­
dicamente.
Con esto no se prueba que los Santos han pecado. La
conclusión es que se puede prudentemente creerles, cuan­
do afirman que han pecado. Son admisibles las flaquezas
morales en estos hombres privilegiados de la gracia. Pienso

7 Cfr. c. 7. 4 de este libro.


que las admitirían todos, si llegaran a convercerse de que
la santidad no requiere semejante pureza de conciencia.
Para saber si obramos puramente por Dios, la ascética
nos ofrece un criterio eficaz: Quedar tranquilo, por lo que
a uno mismo se refiere, sea bueno o malo el resultado de
la cosa que se hizo con buena intención. Especulativamen­
te, es una señal de toda garantía. En la práctica, si las
cosas no son fáciles, el Santo se desencuaderna con los ma­
los resultados, como los demás hombres.
Concluyendo, la perfección cristiana no consiste en el
equilibrio humano que pretendían los renacentistas y que
hoy parece cobrar de nuevo importancia en la atención de
las almas. Hay situaciones violentas que, haciendo imposi­
ble el equilibrio, no impiden la santidad. Una persona que
se ve obligada por las circunstancias a virginidad perpe­
tua, para la que no siente vocación. En una mujer, puede
causar trastorno irremediable e invencible, a pesar de una
santidad heroica8.
La perfección cristiana tampoco se confunde con la per­
fección moral o de todas las virtudes. Semejante perfección
es una bonita idea filosófica, pero artificial. Cada uno está
limitado por su temperamento, por las mismas cualidades
buenas que ya posee. Un hombre lleno de audacia y bríos
no llegará a percibir, y mucho menos a practicar, las últi­
mas delicadezas de otras virtudes, como la condescendencia,
la afabilidad, etc. Estas limitaciones no se le cuentan, por su
buena intención. Prueba de que lo decisivo no son las vir­
tudes, sino la delicadeza de la intención en el servicio de
Dios. San Juan de Capistrano es un ejemplo típico de
santo, en quien los valores sobrenaturales están condiciona­
dos de manera bien visible por sus cualidades y tendencias

8 El ejemplo es de G. L efebre, Vie et Priére. Desclée de Brouwer,


1958, pp. 145-146. L o aplica a este mismo propósito. Es un librito lleno
de sugerencias acertadas.
IDEAL DE PERFECCION CRISTIANA 175

puramente humanas. Se entrevé al hombre viejo a través


de toda su actividad espirituale.
Puede considerarse también un caso ejemplar la per­
fección de los mártires. Llegan a la santidad sin haberla
conseguido. Se les viene considerando como una excepción
a los requisitos de la santidad ordinaria. En este caso, hay
un cumplimiento de las leyes completamente normal. Lo
examinaremos más detenidamente, al exponer la esencia de
la santidad cristiana.
En los mártires permanecían los hábitos imperfectos. Lo
vemos por aquellos que, después de haber sufrido los tor­
mentos, y dejados por muertos, sobrevivieron. Se les llamaba
entre los cristianos «mártires». Suponemos que habían he­
cho la entrega total. Conocemos por la historia los abusos
que introdujeron en la primitiva Iglesia, confiados en la
veneración de que gozaban. Se podría decir que tal vez
Dios, sabiendo que no iban a morir realmente, no les con­
cedió la gracia interna del martirio ni la preparación con­
veniente. Solución teóricamente posible, pero demasiado re­
buscada, para ser probable.
De todas modos, la conclusión no depende de este solo
ejemplo. Encontramos también faltas en las vidas de los
Santos Confesores. Sin ser pesimistas.

3.—A cciones santificadas, no santificantes.

Conviene delimitar bien el campo de la santidad, sepa­


rándole de un último elemento que siempre le acompaña.
El hecho de darse juntos ha motivado la confusión. La san­
tidad no es la conducta concreta que hace el santo en
cosas que apenas tocan el terreno moral. Se viene atribu-

9 San Juan de Capistrano puede ser un buen ejemplo. Hay mu­


chísimos. Cito éste, porque el Santo ha encontrado en nuestro tiempo
un biógrafo inteligente; conozco la traducción italiana: G iovanni
H ofer , C. SS. R., Giovanni da C&pestrano. L’Aquila, 1955. Es un mo­
delo. Lo divino y lo humano mezclado visiblemente en el santo. Y
Hofer ha encontrado el equilibrio.
176 CRISTIANOS POR DENTRO

yendo una excesiva importancia al modo concreto en que


cada santo realiza su santidad, y a las acciones externas en
que se manifiesta. Hasta llegar a hacer de esas modalidades
casi un canon de vida de perfección, con carácter definitivo
y único.
No hay razón para ser absolutistas. Basta observar que
otro santo ha obrado de manera diversa o contraria, y es
igualmente santo. Por consiguiente, no es santa la acción
en sí misma, sino el Santo que la ejecuta. De San Juan de
la Cruz se nos dice que nunca reía. Sonreía. De Santa Te-
resita nos ha conservado esta preciosa confesión la novicia
a quien se la dirigió: «me duelen los carrillos, de tanto como
he reído» 10. Un santo no se dejó tocar nunca por su her­
mana, mientras que otro la abraza efusivamente. Juan Bau­
tista ayunaba constantemente, Jesús come y bebe como los
demás hombres11.
El biógrafo de Santa Teresita, al encontrarse con ese
rasgo tan humano y tan simpático, hará un esfuerzo por
demostrar que el verdadero gesto de la santidad es ése. Pero
lo hace con tal insistencia, que da la impresión o afirma
abiertamente que la mera sonrisa no es suficiente El que
escribe la vida de San Juan de la Cruz con el mismo cri­
terio intentará probar lo contrario. Se condenan mutua­
mente, en el afán de justificar y enaltecer un gesto sin im­
portancia.
¿Quién es más santo en esta diversidad? No hay otra
respuesta: el que lo sea por otra parte. No se puede negar
que esas prácticas sean santas en los santos. Y aun santi­
ficantes. Unicamente afirmo que tales modalidades son san­
tas, porque las realizan los santos o algunos santos, y no
al revés. El Santo lo es por otras razones. Luego, su san­
tidad ya existente santifica tales acciones. Decid al justo

>·' Literalmente: «J’en ai mal aux joues; tant j ’ai ri.» Es un te®*,
timonio inédito de Marie de la Triníté, que lo comunicó en conversa^
ción privada, en 1940, a la persona de quien he recibido la noticia. L&
Santa lo dijo a su novicia un día, al volver de la recreación. ' ''
“ Mt. 11. 18-19.
IDEAL DE PERFECCION CRISTIANA 177

que todo está bien. Los biógrafos se empeñan frecuente­


mente en querer enganchar la carreta delante de los
bueyes.
Al desaprobar esa tendencia, no me preocupa tanto el
error que esto supone en el conocimiento exacto del Santo
mismo. Lo grave son las consecuencias que trae para las
personas que tratan de santificarse. Si son consecuentes,
y suelen serlo, tratarán de imitar al Santo en aquello en
quü piensan consiste su santidad. Ponen toda su diligencia
en copiar acciones externas y detalles, no sentimientos in­
ternos y actitudes. No miran a los motivos por que el santo
■obra, sino a la obra que ejecuta. Carecen de valor teológico
las vidas de Santos que, acomodándose a la forma actual
de los estudios históricos, dan puramente los hechos, sin
cuidar de los sentimientos e impulsos interiores.
No hay dos almas iguales. Por consiguiente, no se puede
juzgar de conveniencia general todo lo que ha hecho un
alma grande. Muchas cosas de ningún valor sirvieron a esa
persona, por la carga de interioridad con que las practicó.
Separadas de ella, vuelven a ser indiferentes. En muchos
gestos copiados, la actitud interior del que los repite y la
Impresión que hace en los que contemplan es la de un pa­
rodia. Santa Teresa, al tomar posesión de su priorato en el
monasterio de la Encarnación de Avila, puso en la silla
prioral una imagen de la Santísima Virgen, sentándose ella
al lado. Indicaba con ello a sus monjas quién sería en ade­
lante la verdadera priora. Fué un gesto de espontaneidad
genial. El superior que hoy lo repitiese, salvo condiciones
excepcionales o que los súbditos no conocieran la historia,
cometería una falta notable de buen sentido. Resultando
además ineficaz, y aún contraproducente. Es mejor que cada
uno copie de los santos lo que vaya más a tono con el pro­
pio interior. Si en ninguno encuentra realizados sus idea­
les, rompa el campo por su cuenta.
Ya será mucho, si externamente llega a reproducir con
perfección las acciones del santo. Ellos lo han logrado des­
pués de mucho esfuerzo y de mucha reforma interior. El
imitador va directamente a copiarlas, sin pensar en el largo
camino y los rodeos por donde ha llegado el santo. Como
si alguien quisiera imitar a un grande arquitecto, comen­
zando directamente a diseñar planos de grandes edificios.
Por muchos borradores que haga... Olvida que el arquitecto
no ha empezado por ahi, sino estudiando muy bien las ma­
temáticas.
Nos ha dejado Maeztu una observación de valor inesti­
mable. Se refiere al espejismo que causa la presencia de loe
grandes hombres, y al peligro que encierra para los irre­
flexivos. Habla de la formación intelectual, pero vale sin
adiciones ni modificación alguna, aplicado a la actitud de
las almas devotas ante los Santos: «Cuán fácil que perda­
mos nuestro tiempo si pretendemos adaptamos solamente
a los resultados y olvidamos del esfuerzo mental que los
ha producido.» Ofrece materia de meditación, más que de
comentario.

4 .— A c t it u d teo lo g a l .

El ansia por lo auténticamente divino no es el siglo ac­


tual el primero en sentirla. La han vivido ya los espíritus
selectos y finamente cristianos de otros tiempos. La han
comprendido bien y han sabido explicarla mejor que nos­
otros. San Juan de la Cruz puede servirnos de base. El Santo
tiene una sensibilidad cristiana incomparable. No gusta ha­
blar de «perfección». Este nombre le suena o le evoca la idea
de un hombre cerrado en si mismo, cuidadoso de pulir sus
facultades. Prefiere llamar a la santidad «unión con Dios»,
o «unión de amor» por el hombre se entrevé que el hom­
bre no se basta a tí mismo. La perfección del cristiano tiene
una forma especial. Consiste en intensificar constantemente
la intimidad con Dios. El planteamiento no se hace pri­
mariamente a base de una ley. Es más bien un contacto
personal.

12 Subida del Monte Carmelo, Argumento.


IDEAL DE PERFECCION CRISTIANA 179

Vamos hacia Dio«. Por un misterio hondo de su con­


descendencia, ha dejado de ser meta lejana y oscura. Cristo
es el mismo Dios, revelado y hecho a muestra medida. Trae
al mundo la misión primaria de renovar al hombre, de
darle vida, de intimar con él. La Encarnación es la venida
de una Persona al mundo en busca de personas. Todo el
cristianismo rezuma ese carácter de religión más personal
que jurídica. Se da la ley, pero solamente para acercar en­
tre sí a las personas.
¿Qué debe hacer el hombre ante la iniciativa divina? San­
ta Teresa de .Lisieux ha encontrado una distinción, que pa­
rece traer luz definitiva. La santidad no es un acto ni una
serie de actos, sino una actitud o disposición de ánimo13.
Media una notable diferencia. La distinción ayuda a encon­
trar lo fundamental de la perfección cristiana.
No se trata de observar sin falta una ley determinada.
Se puede cumplirla escrupulosamente, sin haber caminado
un solo paso en la via de la verdadera santidad. Poco le
sirven los preceptos morales observados a quien vive su pie­
dad herméticamente cerrado en si mismo. El cristianismo
no ha puesto por meta una idea o una ley.
En cambio, puede ser uno santo, conservando aún imper­
fecciones morales de consideración. Lo importante es que
toda su actividad vital vaya sostenida por una comunica­
ción directa con Dios. Porque la santidad es una actitud
ante El. Actitud de entrega, de intimidad, de renuncia y,
sobre todo, de amor. Vivir alegrías y tristezas, triunfos y
derrotas bajo la mirada de Dios, no a su espalda, como
esperando a hablarle cuando se sea santo. Decisivo no es
aquí lo que el cristiano hace, sino la disposición de ánimo
con que lo hace.
Sólo amor, pero sincero. En lenguaje humano, un amor
que permita mirarse a los ojos. No por suficiencia, ni or­
gullo. Simple conciencia de que no se miente. El progreso
va descubriendo ulteriores perspectivas. El amor no tiene

1 >Novisatma verba, día 3 de agosto.


limites. La ley del amor es la misma para los principian«
tes y para los muy aprovechados. Se explican las ansias
crecientes de los santos. Llegan a cumplir la ley. Pero no
se miden por ella. No es que se muestren descuidados en el
campo de los deberes externos. Unicamente se afirma que
lo decisivo es el trato de amor. Lleva las exigencias con­
cretas mucho más allá de la misma ley. Pero1es amor, más
flexible y vital. Con ello gana el hombre, incapaz de per­
fección objetiva. Dios sabe leer en un gesto tímido y des­
afortunado un testimonio de amor. Y así lo cuenta. .
Hemos llegado a una especie de conclusión: la santi­
dad es, en definitiva, vivir con Dios. Disposición habitual
de ánimo que se desintegra en los siguientes elementos:
indigencia sentida, súplica esperanzada, entrega total de
amor. Es sencillamente el despliegue de las tres virtudes
teologales. De ordinario arrastran consigo las morales, pero
no inmediatamente. Se pueden compaginar con cierta im­
perfección moral que aún perdura. ¿Sería santo un hombre
en tales condiciones? En nuestra opinión, sin duda. Parece
ser éste el pensamiento de la Iglesia. Se le perdonan muchos
detalles al que aprieta en lo fundamental.
He citado anteriormente el caso de los Mártires. Se en­
tiende, de aquellos que antes del martirio han vivido su cris­
tianismo tibiamente. Toda su santidad radica únicamente
en ese acto final. En ellos se encuentra puramente el ele­
mento esencial de la santidad: la tendencia teologal extre­
mada y absoluta. En ningún sitio consta que la razón de
considerar santos a los mártires y de canonizarlos sea la
semejanza material de su muerte con la de Cristo. Puede
esta afinidad influir en el caso de los Santos Inocentes. Pero
hay que añadir su íntima relación histórica con el Señor.
De hecho no se considera santos a tantos otros infantes
cristianos muertos por su religión o la de sus padres.
Por tanto, si los mártires son santos, lo son como' todo
el mundo, como está mandado. No constituyen una excep­
ción a la ley general que determina los requisitos de la san­
tidad. La han conseguido toda entera en un solo acto, pero
IDEAL DE PERFECCION CRISTIANA _ 131

heroico. A muchos de ellos les han acompañado ios defec­


tos hasta el momento mismo del martirio. En cambio, la
sinceridad y eficacia de su actitud teologal es indudable y
de absoluta garantía. Se Juegan la vida y toda la persona.
,Lo hacen porque creen en Dios, porque le aman. La entrega
es por fuerza total, ya que en su situación no caben com­
promisos : o Dios, perdiendo todo lo demás, o el mundo, apos­
tatando de la religión. Si quiere evitar la apostasía, no tiene
otra salida que el heroísmo.
Tenemos cumplido a maravilla el requisito primero y
fundamental de la santidad: entrega confiada en las ma­
nos de Dios. Es indudablemente un modo acelerado de lle­
gar a la cumbre. El martirio es una gracia y un modo más
fácil de hacerse santo. Las circunstancias le obligan a dejar
en un momento los impedimentos que los demás cristianos
van dejando poco a poco, sin abandonarlos nunca del todo.
Muchos de estos cristianos indecisos se harían probable­
mente santos, puestos ante la disyuntiva de martirio o apos-
tasía.
A los mártires se les canoniza, sin atender a otra cosa
que a la heroicidad de su actitud teologal en el momento
decisivo. No importa que junto a ella se hayan conservado
otras miserias. Estas no cuentan frente al heroísmo, que se
manifiesta en una perseverancia de tales condiciones. No
basta esa misma cualidad para canonizar a los santos no
mártires. Se les exige además la perfección moral en un
alto grado. ¿Por qué se les pide más virtudes morales a
éstos? Sencillamente, porque no disponemos de otro medio
para conocer su generosidad interior y su actitud frente a
Dios. Si encontráramos otra vía para conocer directamente
su estado interior, se les podría canonizar con muchos más
defectos y miserias de los que ahora se admiten en una ca­
nonización ordinaria.
Añadamos otro dato, menos evidente, pero también su­
ficientemente claro, que viene a probar lo mismo: que en
el cristianismo media diferencia entre santidad o unión con
Dios por una parte, y perfección moral por otra. Al leer las
vidas de antiguos Santos canonizados, advertimos desde lue­
go una mayor libertad e imprecisión en los detalles, en la
observancia de mil finuras que hoy se consideran de rigor
en la vida espiritual. Y, sin embargo, están canonizados.
Más aún: su vida traspira santidad mucho más vigorosa
e incitante que la de otros santos o personas que cumplie­
ron al dedillo todas las normas del protocolo ascético. La
razón no es otra cosa que la ya indicada. Eran hombres que
tenían puestas muy en regla sus relaciones con Dios.
Se oye decir con frecuencia que muchos de los Santos
antiguos no pasarían hoy, si su santidad debiera ser exa­
minada según las nuevas normas. Y acaso tengan razón.
Muchas consecuencias se pueden deducir de este hecho.
Cualquiera, menos la conclusión de que aquéllos no sean
verdaderos santos, o menos santos que los de ahora. Cier­
tamente, si no les canonizaría, no es por falta de santidad,
que la misma Iglesia declaró en otro tiempo que poseían.
Es la mejor prueba acerca de la santidad sustancial. Si en­
tonces les canonizó y hoy no les canoniza, es señal de que,
para canonizar a uno. hoy exige algunas cosas más que el
simple hecho de ser santo. Tanta razón tenía entonces la
Iglesia como hoy14.
Para medir la eficacia de este criterio teológico, le he
aplicado en la lectura de la vida de algunos Santos. Me pare­
ce que sea la única manera de entenderlos, sobre todo si son
antiguos. Un criterio amplio, que quita el temor constante
de encontrarse con hechos que uno no sabe cómo interpre­
tar. No se llegará a comprender la vida o la doctrina espi­
ritual de los Santos Padre, en sus valores primordiales ni en

11 Hablando de Pío XI. escribe su secretario personal: «Cierta­


mente. se trata de una santidad fuerte, a la manera de Jerónimo o de
León Magno, ante la cual fruncirían acaso el ceño los que juzgan
de la santidad según los esquemas convencionales de una hagiografía
demasiado fácil.» C arlo C o n f a l o n ie r i , Pío XI visto da vicino. Torino,
S A. I. E.. 1957. T>. 411
IDEAL DE PERFECCION CRISTIANA 183

sus matices, mientras no se haya percibido el valor ascético


de las virtudes teologales15.
Hemos encontrado dos ejemplos de santidad perfecta que,
según el canon tradicional, debieran ser retirados un poco
al margen. Y no es santidad de segunda clase. Por eso, an­
tes no me asustaba el encontrar defectos en los santos, y
reconocerlos como tales. El interés por excluirlos se debe a
la idea de que, si los tuvieran, no podrían ser santos. Esto
es suponer precisamente lo que se trata de probar. Sin ser
iconoclastas, les admitimos. Hombres que llevan lo divino en
las entrañas, sin dejar por ello de traer su humanidad tam­
bién muy dentro.
Hay dos modelos diversos, puestos como meta al proceso
espiritual del hombre: uno exalta al hombre perfecto, y el
otro al hombre divino o cristianamente perfecto. Como cris­
tianos, preferimos abiertamente el segundo.

5.—¿ I ntegración o su stitu c ió n ?

Todo esto se ve claro. Pero queda por resolver el pune-


tum doiens: qué se hace de todo eso que hemos venido de­
jando como no esencial.
« j Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, que diez­
máis la menta, el anís y el comino, y no es cuidáis de lo
más grave de la Ley: la justicia, la misericordia y la buena
fe! Bien sería hacer aquello, pero sin omitir esto» 16.
Jesucristo ha encontrado en Israel una mentalidad muy
semejante a la que nuestros contemporáneos creen haber
hallado entre los hombres que inmediatamente les han pre­

' 1A esta ausencia es debido el aspecto de pobreza que presentan


los estudios sobre espiritualidad patrística. Y, como consecuencia, la
superficialidad de las historias de la espiritualidad, al llegar a ese
período. Se habla de virginidad y martirio como claves de la santidad.
Pero bien sabían aquellos escritores que la mayoría de los santos
que admiraban no poseían la segunda, y muchos, ni la primera. Ni
les juzgan jamás con ese patrón. En otros puntos veian ellos los cri­
t e r io s de santidad.
'«Mt,. 23, 23.
184 CRISTIANOS K * DSNTRO

cedido. Preocupación por el detalle de la ley: olvido de los


principios fundamentales de la religión y del cristianismo.
Cristo, al corregir la desviación, ha conservado el Justo me­
dio. Seguir haciendo lo que se hacía antes, y añadir esa otra
parte olvidada. Conducta llena de amor a la verdad y de
delicado respecto para con los hombres. Era el camino para
conseguir una renovación genuina de la vida y de la doc­
trina espiritual en nuestros días.
El mundo actual ha hecho una comprobación de exac­
titud innegable. En épocas anteriores se ha dado excesiva
importancia a las prácticas ascéticas, a la negación de los
valores humanos. Renunciar, en varios aspectos, al desarro­
llo de las facultades naturales, a las tendencias, al trato
social, al ejercicio artístico, al mundo de lo profano. El
hombre de hoy se da cuenta: evidentemente en esto no
consiste la perfección cristiana. Con negar tales valores,
nada hemos hecho. También los negaron algunos entre los
paganos. Estamos a menos de medio camino. Falta la otra
mitad positiva: acercamiento a Dios, intimidad con El, obrar
con El y en El. En este aspecto positivo se insiste hoy, y con
razón.
Pero los inventores no han sabido moderarse y encarri­
lar su hallazgo. Como la negación de lo humano no es lo
principal, ni basta por sí sola, se ha vuelto a revalorizar
todo el hombre, cuerpo y espíritu. Lo llaman humanismo
Cristian©. Verdadero humanismo, no verdaderamente cris­
tiano. No se habla ya de renunciar a la vida, de oposición
evangélica al espíritu del mundo. No se habla de pecado y
de dolor. Ni una sola de las respuestas dadas a la encuesta
lo menciona. Todo es euforia y conquista.
«A juzgar por el conjunto de las respuestas dadas, lo
que en nuestros días se espera de la santidad es la exal­
tación dei hombre: el santo es un hombre completo, un lo­
gro humano. La santidad es la presencia de Dios en el hom­
bre, con lo que éste ve todas sus riquezas no disminuidas o
P I A L DE PERFECCION CRISTIANA 185

sacrificadas, sino perfeccionadas y elevadas» 11. «La respues­


ta de un grupo de estudiantes de teología exalta la vida» ]8~
Son reflexiones que, entre las citas literales, va mezclando
el teólogo que presenta los datos recogidos.
Mas no vaya a creerse que se ha suprimido la renuncia
ascética por un sentimiento de relajación o de abandono
a las tendencias. Es un plano meditado. El hombre quiere
conservarse íntegro, y desplegar todas sus energías, con el
fin de ofrecerse todo a Dios. No se debe suprimir ni dejar
sin ejercicio ninguna de las facultades que El ha depositado
en el hombre, precisamente para que éste las ejercite. Es.
increíble la eficacia que se concede a este argumento.
Teológicamente no prueba, ni justifica en modo alguna
la supresión del tradicional proceso eliminatorio. No basta
la simple voluntad o buena intención de ofrecerlo todo a
Dios. Ofrecer cosas malas o defectuosas es una especie de
blasfemia. Por consiguiente, antes de tomar esa actitud
generosa, es necesario examinar con seria diligencia si todo
el hombre y toda su actividad, tal como se encuentra, es-
materia que pueda ser ofrecida a Dios. Y en esto no han
reparado los modernos, ni siquiera se dan cuenta de que hay
que hacerlo. Los antiguos, que hicieron el examen, no ad­
miten que el hombre sin amputaciones sea un obsequio
agradable a Dios. Hay en él muchas cosas que no depositó
Dios. Eso es lo que se debe eliminar, no la obra divina.
Valga como ejemplo del método que esa nueva men­
talidad emplea para prescindir de prácticas, su actitud ante
la mortificación corporal. Es una de las prácticas de ascé­
tica cristiana que más ha sufrido con esta renovación. Ha
tenido siempre la simpatía de las almas que toman en se­
rio la tarea de la propia santificación. El menosprecio con
que hoy se habla de ella ofrece interés, como realidad y
como síntoma.
La santidad ciertamente no consiste en la mortificación!

«La Vie Spirituelle», 74 (1946. I). 231-2.


Ib., p. 335.
exterior, sino en la mortificación de la voluntad y en el
amor. Una verdad teológica indudable. Pero no todos son
capaces de comprenderla. Se comprueba una y mil veces
que, sin la mortificación corporal, no adelantan un paso.
Seguirán diciendo que lo que interesa es la voluntad. Es in­
útil que la conciencia insista en que el dolor físico es la
única manera viable para librarse de muchas miserias. Falta
sinceridad. En tales casos, el espíritu sincero razona: dicen
que lo importante es la voluntad; yo creo y veo que para
mi lo que importa por ahora es la penitencia corporal. Dos
verdades perfectamente compatibles. Que no se consigue la
santidad con lo esencial, sino con lo que se ha visto que re­
sulta mejor. Y a favor de la penitencia hay ya veinte siglos
de experiencia universal.
Como síntoma, es aún más grave la omisión. Dice clara­
mente que, de tal manera se han enflaquecido las volun­
tades, que carecen de ánimo para procurarse este leve dolor
físico. Una prudencia elemental no permite pensar que ta­
les personas hagan la penitencia interior de la voluntad, tan
decantada por ellas.
Es un buen ejemplo del cambio radical. Aquí no vemos
ya lógica de ninguna clase. Es más bien la necesidad de
justificar teológicamente una conducta ya adoptada. De que
una cosa sea más necesaria que otra no se sigue que esta
segunda sea superflua. No es innecesario e inútil un ele­
mento por el mero hecho de no ser esencial. Se ha susti­
tuido, cuando se debiera haber integrado. Y así tenemos
una santidad tan manca como la que se intentaba corregir.
Se remedió el pie derecho; y ahora cojea del izquierdo. Para
los efectos, estamos a igual distancia de la salud.
El hecho de que esté el ambiente inficionado no nos
coloca en una fatalidad trágica. Hay muchos que han en­
contrado la verdadera vía. Y la difunden. Se requiere sa­
ber discernir entre las diversas doctrinas que se oyen o
-se leen. No todo lo que brilla es oro. Circulan por ahí al­
gunas verdades nuevas, que en realidad son viejos errores.
«La santidad propuesta por San Juan de la Cruz me pa­
IDEAL DE PEElBCCIOír CRISTIANA 187

rece ir contra la parábola de los talentos. Y pienso en San


Pablo: todo lo humano., a excepción del pecado, ha sido di­
vinizado por Cristo. Yo creo que todo lo que somos debe
convertirse en materia de oblación per ipmm et in ipso, y
de ninguna manera empeñarse en destruirlo. Hay en esa
tendencia algo de jansenismo. A mi modo de ver, hay vo­
caciones especiales en la Iglesia según las épocas en que
cada uno vive, y la vocación de San Juan de la Cruz res­
ponde sin duda a lo que necesitaba el mundo de su tiempo.
Además, él era un contemplativo, y yo un militante de
Acción Católica» 19.
Perdonemos a estas lineas la petulancia y la increíble
confusión de ideas. Las cito únicamente como índice del
ambiente. Natural y sobrenatural llevan una pacífica con­
vivencia, sin el más mínimo contraste. Son medio herejes,
«jansenistas», los que quieren crear discordia entre ellos.
Se puede y se debe llegar al trato intimo con Dios, sin
que esto imponga renuncia alguna. Junto a la preferencia
por lo divino, existe hoy la más respetuosa conservación de
todo lo humano.
Tranquilidad alarmante. En mi opinión, es una prueba
absoluta e incontestable de inautenticidad. Aplican la pa­
rábola de los talentos, que deben ser explotados todos a
servicio del Señor. Sería el caso de aplicar, con la Tradi­
ción, aquella otra de querer servir a dos señores.
San Juan de la Cruz es considerado también un patro­
cinador del rango preponderante que en la vida espiritual
ocupa lo divino, Dios. Pocos han hablado con tanta vehe­
mencia y libertad contra el afán de fiarlo todo de indus­
trias humanas y poner las prácticas piadosas como centro
de interés. Hasta aquí va de acuerdo con los modernos.
No tardan en separarse. La diferencia está en conside­
rar al elemento divino como un superior complaciente, o
por el contrario, exigente. El Santo hace descansar la vida
espiritual sobre las virtudes teologales. Prueba de que bus-

,!’ «La Vie Spiritu«*llP», 74 <1946, I). 238.


ca a Dios. Pero la divinización está llena de consecuencias. Y
estas consecuencias son temibles, aun en el terreno práctico*
superiores en rigor a las de cualquier asceta tradicional..
No tiene necesidad de nuevos principios para ejercitar la
ascesis. Son las mismas virtudes teologales, por una exigen­
cia intrínseca e inevitable de su desarrollo. Basta que las
virtudes sean auténticas, que ellas se encargan de exigir,,
una vez presentes. El amor es mucho más riguroso y des­
contentadizo consigo mismo que la misma ley. Esto ya suena
a Evangelio.
Por eso me resulta incomprensible un amor divino que
entra en el hombre y se apodera de él sin encontrar resis­
tencia. Es un elemento divino muerto. Lo humano y lo di­
vino se unen, según la mentalidad moderna, como el leño
verde y la pintura. Según San Juan de la Cruz, como el.
leño verde y el fuego. Duele, llega hasta el fondo y trans­
forma.
Se dirá que con esto venimos a parar al punto de par­
tida. Después de poner tanta diligencia en descubrir lo esen­
cial, terminamos recogiéndolo nuevamente todo.
Pero nótese bien que las cosas han cambiado. Una cosa,
es la actitud fundamental del espíritu, y otra diversa Ios-
ejercicios que practica. Si al principio insistía tanto en se­
parar lo no esencial de la santidad, todo lo no teologal, no-
era por creerlo innecesario. Quería simplemente que el alma,
se orientase bien, comenzase el camino bien advertida de
que va en busca de Dios, y no de otra cosa alguna. El es*
el centro y punto de referencia de todo lo demás. Tenemos,
garantizada la actitud, base de la santidad.
Una vez salvada y puesta en primer término la actitud
divinizante, se puede y se debe buscar los medios concretos-
de santidad. Es verdad que recogemos por un lado lo que
habíamos dejado por otro. Pero ya lo recogemos dignifica­
do y orientado por la actitud teologal previa. El hombre
que, después de estar bien orientado, recurre a los ejerci­
cios ascéticos, sabe que no son la actividad principal. Si no
le es posible utilizar unos, cogerá otros, o los omitirá todos.
IDEAL DE PERFECCION CRISTIANA 189

alguna vez, si las circunstancian lo aconsejan. No es es­


clavo, sino señor, de sus prácticas piadosas. Al cumplirlas,
lleva la mirada superior que les confiere valor cristiano y
divino : no son prácticas de paganismo honrado o de sim­
ple satisfacción penal.
Para ese militante de Acción Católica y los que piensan
«como él: San Juan de la Cruz vivió y fué Santo en su
tiempo; ha sido declarado Maestro y Doctor en el nuestro.
C apítulo 9

M E T O DO T E O L O G A L

1.— P lan de vida .

£1 cielo y la santidad, anticipación de aquél en esta vida,


están fuera del alcance del hombre. Todos los esfuerzos
serian inútiles, porque aquí no se tirata de heroísmos. Es­
tamos en un orden diverso. Por mucho que una flor suba
en hermosura, no llegará nunca a embellecer su corola con
un pensamiento. El hombre sólo tampoco puede hacer nada
bueno ante Dios. Es un orden superior. Por eso le llamamos
sobrenatural. Todos los esfuerzos empapados en esta ver­
dad: Dios tiene que hacerlo todo. Podemos fiarnos, porque
ya está en ello.
No obstante, quiere Dios que el hombre colabore en
esta obra sobrenatural. Para eso le ha elevado. Al menos,
quiere verle trabajar, aun cuando efectivamente nada con­
tribuya al resultado definitivo. El trabajo será una prueba
de estima y de que se recibe el don con interés. La sal­
vación y la santidad son dones divinos, que cuestan su­
dores. No hay peligro de hacer injuria a la divina libe­
ralidad empeñándose con tesón en el propio mejoramiento.
Toda diligencia es poca para buscar remedio a nuestra hu­
mana miseria.
Puede haber exceso. Pero no en el trabajo, sino en la
confianza que se le dispensa. Desplegar el esfuerzo con la
convicción de que uno mismo se fabrica su santidad, aquí
está el abuso. O pensar que, por el trabajo, Dios se la debe
conceder inmediatamente. Se recomienda paciencia, pues
METODO TEOLOGAL 1«L

Dios es muy dueño de sus dones. Por el hecho de que haya


un peligro en el esfuerzo, no queda recomendada la pe­
reza o indiferencia. Este peligro es mucho más frecuente
y más funesto: «Algunos tienen tanta paciencia en esto del
querer aprovechar, que no querría Dios ver en ellos tanta*
La vida sacramental y litúrgica nos pone junto a las
fuentes mismas de la gracia. Con menos trabajo, mayores
frutos. Pío XII ha explicado largamente y ensalzado estas
ventajas en su encíclica Mediator Dei. No basta el esfuer­
zo. Es Dios quien ha de comunicar su gracia a través de
los medios externos por El establecidos. Un elemento ne­
cesario, sin duda, el principal: la comunicación de la gracia
por parte de Dios al hombre.
En la misma encíclica, insiste el Papa repetidas veces
en recomendar como necesario el recurso a prácticas per­
sonales. Tales ejercicios son necesarios al lado de la piedad
litúrgica y comunitaria : meditación particular, visitas pri­
vadas al Santísimo, y los demás ejercicios de perfección en­
señados por los Santos. La generosidad de Dios no susti­
tuye, por tanto, el trabajo personal individual. Por su
misma naturaleza, exige colaboración. Solemos hablar de
preparación, pero la palabra se presta a confusiones. La
mayoría la entienden de una preparación inmediatamente
anterior y de atención actual. Colaboración dice más: in­
cluye la preparación lejana, la atención actual y las con­
secuencias que trae la explotación de la gracia depositada
en el alma por el sacramento. Sin colaboración, la vida li­
túrgica se desvirtúa. Es un misterio y una gran verdad
la ineficacia de la vida sacramental, mientras no se toma
con diligencia más que ordinaria el arreglo individual y as­
cético del propio espíritu. Los sacramentos obran ex opere
operato. Un hecho paralelo e innegable: almas que los re­
ciben con devoción y hasta con diligencia, y no mejoran.
El hombre está obligado a colaborar. Tiene posibilidades
para ello. Con método, naturalmente Po** eso, ha de ha-

»Noche oscura, i, 5, 3.
№ CRISTIANOS POR DBNTRO

cerse un plan de vida personal, o escoger entre los ya


hechos.
En el capítulo anterior se ha explicado cómo hay dos
maneras diversas de concebir el ideal de la perfección cris­
tiana: hombre perfecto, hombre divino. Consecuencia nor­
mal es la existencia de dos posibles planes de vida diversos.
Corresponden a los dos fines, cada uno al suyo. El hombre
trazará o elegirá el camino, según el término a donde se
proponga llegar. Habrá quien trabaje por formar un hom­
bre como Dios le desea. Otros van en busca del Dios mismo.
Entiéndase bien. No hay exclusivismos en ninguna de
las dos tendencias, como tales. Puede haberles en las per­
sonas que las siguen. Una y otra admiten la contraria y
la asimilan. Cada una coloca en primera fila los medios
que juzga más eficaces. Los demás entran subordinados a
éstos. Con ello tenemos una orientación y disposición de
ánimo suficientemente diferenciada. Sin deslinde matemá­
tico. Son los mismos elementos, diversamente ordenados.
Un criado es diligente en el servicio de su amo, para cum­
plir con su deber y vivir sin reproches. De hecho contenta
al amo. Puede, por el contrario, servir para tener con­
tento al amo, sabiendo también que por esa vía obtiene
igualmente su bienestar. Ambas actitudes son buenas. En
las dos intervienen los mismos elementos. El cambio de
orden en ellos da ventaja notable a la segunda. Esta se­
gunda puede ser un simple desarrollo de la primera. Pero
aquí la entendemos en cuanto se toma como método es­
pecial, adoptado ya desde el principio, vivido consciente­
mente.
El hombre aplica su método en los puntos donde apli­
ca sus energías al mundo sobrenatural. Son las virtudes:
teologales y morales, campo de su colaboración a la obra
divina. Sin olvidar nunca que, en el ejercicio mismo de
las virtudes sobrenaturales, es también Dios quien le eleva,
incita y sostiene. Hay quien siente una tendencia primaria
hacia las virtudes morales, en la ascética. Hay quien se in­
clina hacia las teologales. Dios amolda luego al programa
193

la concesión de su gracia actual. Ayuda más en aquel


punto donde el hombre centra su interés.
Lema del programa moral: cumplir honradamente el pro­
pio deber; heroicamente, si las circunstancias lo exigen.
La rectitud de una actividad dirigida, no por las reaccio­
nes instintivas del egoísmo, sino por una búsqueda cons­
tante y ñrme del bien. El alma va a conquistar el dominio
de si misma, de las impresiones de la sensibilidad, que puede
arrastrarla al pecado o a otros objetos a donde la voluntad
no desea. Privación y esfuerzo, que no se hace por orgullo,
sino por exigencias del bien moral. Sabemos que ese deber
moral no es otra cosa que la voluntad de Dios sobre nos­
otros. Pero, fundamentalmente, lo vemos no como un triun­
fo de Dios, sino un triunfo del hombre2.
No está Dios enteramente ausente de este paisaje. En
teoría, el ejercicio ascético se hace en otro plano que el de
las virtudes teologales. En la realidad, las virtudes teologa­
les intervienen, aunque sólo aquel tanto que va implicado
en el ejercicio de las virtudes morales. Lo necesario para
que las virtudes morales sean virtudes cristianas. Su mo-
vente efectivo no es lo que tales almas responderían, si
les preguntásemos el motivo de sus esfuerzos, que sería pro­
bablemente Dios. Importa el movente que actúa sin refle­
xionar.
La tendencia moral se vive plenamente en algunos am­
bientes. Pero todos sufrimos de ella un poco, pues afec­
ta a los mismos que no la aprueban como método. Al em­
peñarse seriamente en la tarea de santificación personal,
la vista se acorta y descubre únicamente el fin inmediato:
el hombre sin esos defectos que al presente trata de eli­
minar.
La segunda tendencia, teologal, hace de Dios fin últi­
mos y fin próximo de toda la actividad interior. El lema
es: agradarle en todo, unirse con El. Se desarrolla a base
del ejercicio intenso y completo de las tres virtudes teo-
-* Cfr. L e f e sv r e . Vie et Priére, pp. 137-139.
13
194 CRISTIANOS POR DENTRO

lógales: fe, esperanza y caridad. Se llaman teologales por­


que van directamente a Dios. Y eso es precisamente lo
que se pretende. De hecho, se sigue la perfección moral en
este ejercicio. Pero la disposición de ánimo la coge sólo de
rechazo.
El gran patrono de esta nueva modalidad es San Juan
de la Cruz. Sus preferencias se revelan ya en el cambio
de nombre: unión con Dios, en lugar de perfección. Frente
a un asomo de suficiencia humana, coloca la tendencia in­
digente hacia Dios. Con esto queda señalado el punto de
partida y divergencia entre los dos programas de vida es­
piritual. Pero no se ha detenido el Santo Doctor en esta
primera reacción ante el nombre. Ha hecho de las virtudes
teologales todo un sistema centrado en Dios, en Cristo. No
se las pone como meta, sino como base del perfecciona­
miento ascético. Es indudablemente una gran novedad en
la historia de la ciencia espiritual. No se conocía antes un
sistema semejante. Tampoco se le ha explotado después3.
Adviértase bien lo peculiar y grandioso de esta doctri­
na. No es que San Juan de la Cruz haya centrado la aten­
ción en el aspecto divino, perteneciente a las virtudes teo­
logales, dejando sin explicar ese otro aspecto de menor im­
portancia, que ordenan las virtudes morales. Ve en las
virtudes teologales el medio para que el espíritu humano
se una con Dios directamente. Nada hay en ello de parti­
cular. Lo interesante y atrevido de la novedad sanjuanista
está en haber asignado a las virtudes teologales, inmedia­
tamente, como campo accesorio, aquello que los demás en­
cargan a las virtudes morales. Estas quedan reducidas a
ser fruto o consecuencia del ejercicio teologal. A base de
las virtudes teologales construye un programa de perfec­
cionamiento ascético. Lo llamaremos método teologal.
Baste, por ahora, la conclusión de que encierra una ac~
3 ün primer sondeo científico del tema hemos hecho en el estudio
Vida teologal, durante la purificación interior. En «Revista de Espi­
ritualidad», 18 (1959), 341-739.
METODO TEOLOGAL 195

titud y una actividad especiales. Veremos en seguida U


manera de realizarlas.

2.—R ealización práctica.

En línea de principios, aprobamos todos unánimemente


esta idea genial de San Juan de la Cruz. Lo difícil es dar
forma asequible al programa ascético teologal. Si esto se
logra, resulta de una eficacia incomparable. Intentaré una
exposición de lo que creo ser la idea de su mismo autor.
El primer paso es consolidar bien los puntos fundamen­
tales de las tres virtudes teologales. Ya queda explicado en
la sección anterior el sentido y la función de cada una de
ellas. Esos pocos principios han de penetrar muy hondo,
de manera que el alma obre en conformidad con ellos, casi
por connaturalidad. Se consigue por medio de la meditación
asidua y personal de tales verdades. Con ello hemos sim­
plificado mucho. Se conseguirá obrar bien sin apenas gas­
tar atención, que de este modo es reservada para ocupa­
ción más alta. Dicen los psicólogos: conviene procurar que
el mayor número posible de acciones externas se ejecute
bien automáticamente. Así la mente queda más expedita
para su tarea específicamente humana y espiritual.
Sin un convencimiento previo de las verdades cristia­
nas, es aventurado soltar el minucioso control ascético. Si
falta este primer requisito, San Juan de la Cruz no se hace
responsable de la eficacia de su sistema. Convencimiento
que lleva consigo una determinación seria de consagrarse
enteramente ai conseguimiento de la santidad, como a única
dimensión digna, en sentido humano y espiritual, de la vida
del cristiano. Es la tarea, tan necesaria y tan sencilla, de
meditar el Evangelio. Muchos no -entienden esta exigencia.
Es empaparse de cristianismo, sin mucha variedad de ideas.
Lo que quitamos a la atención sostenida debe suplirlo el
fondo del alma.
Hemos de distinguir dos especies de normas concretas,
antes de relegarlas a segundo término. Hay normas o leyes
CRISTIANOS POR DINTRO

positivas y deberes bien determinados del propio estado.


Por ejemplo, obligaciones de justicia. El conocimiento ma­
terial de tales deberes es indispensable e insustituible. No
se puede dejar a la libre espontaneidad, ni a la mejor in­
tención. Si, con la mejor intención de servir a Dios gene­
rosamente, me pongo a obrar, es seguro que faltaré cons­
tantemente a las obligaciones particulares de mi estado.
Estas deben leerse y conocerse en particular. Son funda­
mentos previos al ejercicio del método teologal, aunque
también vivificados por él. Enterarse de antemano de estas
cosas, que al mejor intencionado no se le ocurren por es­
pontaneidad. Por otra parte, las leyes positivas se recuerdan
fácilmente, y se las practica, una vez conocidas, sin pensar
a cada momento en ellas. No significan un peso mental.
Existe otra serie de normas que la ascética ha ido de­
terminando acerca de las aplicaciones y modalidades de
cada virtud. Son las que fatigan el espíritu, y pueden re­
emplazarse por el ejercicio teologal.
Este campo es el que encomendamos a la tarea coti­
diana del espíritu4. San Juan de la Cruz denomina a la
actitud que debe gobernar toda la actividad «atención amo­
rosa». Un suave pensar continuamente en Dios, acompaña­
do de amor, de tendencia confiada. A ratos, la atención amo­
rosa será actual. Y tenemos entonces la oración propiamente
dicha, aun cuando externamente se ocupe en cosas ajenas
a ella. Ordinariamente no pasará de una atención virtual,
es decir, una atención que intelectualmente apenas se per­
cibe, pero eficaz en el obrar. Da color a toda la actividad
del espíritu, y envuelve en un clima divino toda la exis­
tencia del hombre. Método que resulta más descansado y
más meritorio.

1 No se excluye con esto la lectura de vidas de santos, donde se


hallan tantas aplicaciones concretas. Como tampoco el estudiar las
diversas formas de practicar la virtud. Todo ello es útil en tanto
que se asimila. El peligro está en hacer de esas orientaciones una
especie de leyes eclesiásticas, que se deben cumplir en toda ocasión
y a toda costa. Son más difíciles de recordar que las leyes positivas.
METODO TEOLOGA! , _____ _____________ l #

El ideal es que la atención amorosa absorba todo el


campo moral e influya directamente en la ejecución de la
obra virtuosa. Al principio, es motivo eficaz, pero no sufi­
ciente. Por lo general, las mismas circunstancias van recor­
dando lo material de los deberes externos, sin necesidad de
pensar en ellos de antemano. Lo que preocupa y hay que
prevenir es la conducta moral o estado de ánimo al hacerlos.
Y éste brota espontáneo y uniforme de la dirección teologal
predominante. El espiritual la aplica sin darse cuenta. Des­
cuido que no le impide conformarse a las más finas exigen­
cias de cada virtud.
El calor interno y confuso lleva, sin saber cómo, a cum­
plir aun en cosas no estrictamente obligatorias, el propio
deber o lo que más conviene. Lo puede hacer la psicología
humana con la gracia ordinaria. Hemos encontrado muchas
personas sencillas que cumplen a maravilla todas las virtu­
des del más escrupuloso tratado ascético, sin conocer por su
nombre ni siquiera seis de las cincuenta que Santo Tomás
enumera en la Suma. Al querer asemejarse a Dios, es natu­
ral que vengan a la conciencia las acciones que alguna vez
ha conocido como convenientes. Por otra parte, las virtudes
se infunden juntas, y a servicio de la caridad, por lo que
conservan una fuerte vinculación a la recta orientación del
alma. Si el espíritu logra orientarse, las virtudes siguen sin
otro impulso.
Tenemos a favor un hecho de experiencia cotidiana.
Pongamos unas horas de continuo roce con los hombres.
Se pueden vivir con la atención amorosa y el deseo general
de ir a Dios. Se pueden igualmente pasar atendiendo a prac­
ticar las diversas virtudes morales que la ocasión vaya
requiriendo y evitando todo lo que no permita la virtud.
Transcurridas esas horas, juzguemos imparcialmente la
diversa conducta. Aun haciendo el juicio a base de las vir­
tudes morales practicadas, probablemente se ha obrado con
mayor rectitud en el primer caso que en el segundo. No se
puede tener presente todo. Por atender a un punto, se des­
cuida otro más importante.
198 CRISTIANOS POR DENTRO

La conducta de atención amorosa viene a ser la disposi­


ción de ánimo que crean, cuando son eficientes, lemas del
tenor siguiente: procura ejecutar tus afeciones como lo ha­
ría Cristo en tu lugar.
San Juan de la Cruz decía que hay dos maneras de arran­
car vicios y adquirir virtudes.5 Una más difícil y menos per­
fecta, consiste en fijarse en la virtud y vicio concretos, aten­
diendo al motivo particular de cada uno. Y trae un ejemplo.
Sufrir las molestias por paciencia; vencer la tentación con­
traria con los motivos de la paciencia: porque sufrió Cristo,
porque no es nada comparado con la gloria, por el mérito,
etc. Y de modo proporcional, con cada una de las demás
virtudes. Sería la realización de lo que llamamos método de
virtudes morales.
«Hay otra manera de vencer vicios y tentaciones y adqui­
rir y ganar virtudes, más fácil y más provechosa y perfecta,
que es cuando el alma, por solo los actos y movimientos
anagógicos y amorosos, sin otros ejercicios extraños, resiste
y destruye todas las tentaciones de nuestro adversario y al­
canza las virtudes en grado perfectísimo.» Cuando se hace
la obra buena o ataca el vicio, volar con el afecto a la unión
con Dios. No es menester buscar pensamiento o motivos es­
pecíficos para cada virtud. Tenemos un remedio común, que
hace conseguir más pronto y más perfectamente las virtu­
des y desarraigar los vicios, aun los que la persona misma
no conoce.
Supongo que la primera reacción del lector ante este

Nos lo refiere el P. Elíseo, testigo ocular y compañero del


Santo, en su obra Dictámenes de espíritu, núm. 5. Suelen traer esta
obrita en Apéndice todos los editores de San Juan de Cruz. Reciente­
mente ha demostrado el P. Simeón que el dictamen núm. 5 está co­
piado al pie de la letra de un tratado de Hugo de Balma. Cfr. «Ephem.
Carmelíticae». 11 '1960), 215-226. Nada cambia en nuestro caso. Sí el
Santo lo copió es prueba de que expresaba bien sus propias ideas.
Ni depende principalmente de él su método teologal. En este dictamen»
sólo parcialmente se aplica el método teologal, o de atención amo­
rosa. Pero es interesante, porque da a conocer la orientación de su
magisterio oral y confirma lo que sabíamos por sus escritos.
METODO TEOLOGAL 199

método, apenas esbozado, ha sido hostil. Ha pensado desde


el primer momento que es muy apto para perfectos, que son
los que ya tienen conseguidas las virtudes morales. Entonces
no es método ascético. Pero, siguiendo este camino, ¿qué se­
ría de nosotros, principiantes? San Juan de la Cruz se ha
anticipado a semejante aprensión. Se acuerda, con delica­
deza, de los principiantes. ¿Pueden éstos utilizar el método?
Sin duda ninguna. Deben primeramente recurrir a la ten­
dencia teologal, intensificándola cuanto les fuere posible.
Como es aún débil en ellos, en casos de violencia no será
suficiente. Entonces deben echar mano además del motivo
de la virtud moral que está en causa. De este modo, se acos­
tumbran a dar orientación teologal a su vida interior ya
desde antes de que ésta pueda en ellos desplegar plenamente.
Nada tiene de particular que se presenten casos de insu­
ficiencia en los principiantes. Los mismos perfectos se ven
obligados, en algunas ocasiones, a pensar que hay cielo e
infierno y que todo se acaba, para mantenerse fieles. La psi­
cología humana tiene ratos de embotamiento y entonces no
percibe la eficacia del motivo divino. Confesiones intere­
santes sobre estos momentos de baja tensión en las almas
santas ha dejado Santa Teresa.
No convendría llamar presencia de Dios a esta actitud
permanente. San Juan de la Cruz no gusta de ese nombre.
«Presencia de Dios» pone de relieve casi exclusivamente el
elemento intelectual. «Atención amorosa» añade un ele­
mento nuevo, más importante que el mismo conocimiento:
el afecto. La atención del entendimiento y el amor de la
voluntad se funden y nos dan esa maravillosa disposición
del espíritu, que llamamos «actitud teologal», o, con San
Juan de la Cruz, «atención amorosa».
El ejercicio teologal dispone de dos medios complemen­
tarios que favorecen su desarrollo y garantizan su eficacia.
Son la oración y el examen de conciencia. Ambos deben ha­
cerse de manera apropiada. La oración desarrolla positi­
vamente, el examen preserva.
Para que las virtudes teologales alquieran vigor y se apo-
200 CRISTIANOS POR DENTRO

deren de la entera actividad, necesitan un cierto tiempo de


especial cultivo, con clima peculiar. Lo encuentran en la
oración, entendida en sentido estricto. Oración es un con­
cepto que algunos no acaban de asimilar. Hay una oración
llamada de súplica. De ésta se habla en el Evangeglio.
La ciencia espiritual ha ido introduciendo un nuevo con­
cepto. Los Santos Padres añaden a la súplica una elevación
de la mente de Dios. Con ello tenemos las dos direcciones:
peticiones y ofrecimientos del hombre, junto con luces divi­
nas y nuevas fuerzas. La oración es un trato con Dios.
La oración de súplica ha gozado siempre de la misma estima
en la espiritualidad cristiana. La segunda forma ha ido ga­
nando terreno poco a poco, hasta que con Santa Teresa pasa
al centro de la vida interior, donde aún continúa.
Y con razón. Santa Teresa la define con profundidad y
exactitud teológica: «tratar de amistad, estando muchas
veces tratando a solas con quien sabemos nos ama».6 Es
exactamente la definición estricta de la caridad teologal en
ejercicio. Ahora comprendemos su importancia. No merecía
tanta, si solamente fuera pensar en Dios y pedirle mercedes.
Estas horas de especial cultivo son imprescindibles, para
que las virtudes teologales gobiernen eficazmente la vida
entera. La oración frecuentada acaba por convertirse en ta­
rea continua. Y entonces toda otra tarea es oración. Oración,,
que es vivencia teologal.
La falta de control inmediato en el método teologal pu­
diera degenerar en desbandamiento del espíritu, o en indo­
lencia. Se hace necesaria una precaución, que además es
fuente de continuo progreso ulterior: el examen frecuente de
las potencias. Mirar lo que aparta del trato con Dios, hacia
dónde se inclinan los sentidos. No es una estadística del nú­
mero de faltas. Interesa la ocupación de las potencias, ver
qué objeto las absorbe. Y poner remedio. Con esta pequeña
fianza de control superior, queda garantizada la libertad en

6 Vida, 8. £S.
201

todo el resto. En dos meses, asegura San Juan de la Cruz,


alcanzarás oración perfecta 7.

3 .— V e n t a ja s del método teologal.

San Juan de la Cruz, que ha introducido el cambio, es el


encargado de justificarlo. ¿Qué motivos le han llevado a
escoger un rumbo nuevo? Sabemos que no lo ha hecho in­
conscientemente. Sus motivos son reales y eficaces.
No obstante, hay que ponderarlos con discrección y sin­
ceridad. Discrección, porque algunas de las ventajas que el
Santo aquí sugiere se fundan en que se haya adoptado una
determinada modalidad de vida espiritual. En nuestro caso,
recomienda, sin restricciones, el régimen de libertad interior.
En el clima de la espiritualidad carmelitana, es una conce­
sión normal. Quizás no sea de tanta utilidad a espirituali­
dades más disciplinadas, como la ignaciana.
Añado esta limitación, por un deber de honradez. En la
práctica, pienso que todas las ventajas valen para todos.
Donde no se puede aplicar a la letra el método teologal, sir­
ve su espíritu, practicándole, aun cuando no se abandonen
todos los elementos del método ascético, como la virtud en
ejercicio por semanas, o por meses. Son muy serios los re­
paros que San Juan de la Cruz pone a la ascética común,
y a todos será provechoso tenerlos en cuenta. La sinceridad
evitará que se continúe ciegamente con un método que, a
pesar de ser el mejor, a una persona determinada se ve que
no le resulta.
La imperfección radical de las virtudes morales consiste
en que, por sí mismas, no unen con Dios. Este defecto conna­
tural es remediado por la compañía de las virtudes teologales
y de la gracia, que orientan y dignifican. Pero el peligro
asoma constantemente: si no es con una vigilancia extraor-

7 Cfr. C risó gon o de J e s ú s . O. C. D.. Vida de san Juan de la Cruz.


c. 17, 4.* ed., Madrid, BAC. 1960. p. 307.
202 CRISTIANOS POR D1NTRO _________

diñaría, no se evitará que las virtudes morales sigan su ca­


mino, y trabajen para el hombre. Consecuencia normal es
que, quien se apoya primariamente en ellas, acaba traba­
jando para sí, fomentando el egoísmo.
He encontrado muchos esclavos de sus buenas costum­
bres. Comienzan a hacer una cosa buena o a privarse de
algo por mortificación. Después de cierto tiempo, se hace
una costumbre, y poco después se convierte en superstición.
No se permiten a sí mismos una sola excepción. Toda su glo­
ria está en no haber condescendido nunca. Aquí ya no inter­
viene Dios para nada. Es la adoración de la práctica. Si una
sola vez faltan a ella, aun cuando sea por obediencia, tienen
la impresión de haberlo perdido todo. Una persona que ja ­
más ha probado el vino, por mortificación. Al cabo de varios
años, ya no se priva por mortificación, sino por cobardía.
Respeto supersticioso a la costumbre. Tiene el orgullo, ante
los demás y ante ella misma, de no haberlo probado nunca
jamás.
Las almas interiormente orientadas hacia Dios proceden
con mayor libertad en este sentido. Como no dan importan­
cia a cada una de las prácticas ascéticas en particular, con
magnanimidad las omiten, cuando hay alguna razón para
ello. Saben que nada se pierde obrando con libertad. Gozan
de un holgura envidiable. Si advierten que una costumbre
quiere dominarles, la suprimen. Basta hacer algunas excep­
ciones, y se seca la raíz. En el caso concreto citado, sienten
que el abstenerse del vino o de otro uso no pecaminoso les
esclaviza. Entonces lo toman alguna vez, y luego continúan
la mortificación. Pero ya cayó la gloria de no haberlo be­
bido nunca. Si luego se abstienen, es porque lo creen conve­
niente para su vida espiritual. Es un ejemplo relativamente
Taro de un fenómeno con muchas manifestaciones.8 Obran

' No se pueden hacer todas las aplicaciones posibles de una regla


o norma. He procurado evitarlo. A veces por brevedad, a veces por
conveniencia. «Por eso las comparaciones no es lo que pasa; mas sá­
case de ellas otras muchas cosas que pueden pasar, que ni sería bien
señalarlas ni hay para qué.» S . T e r e s a , Moradas, III, 2. 6.
203

por amor. El amor nos hace hijos de Dios, y no esclavos de


una costumbre nuestra, por muy buena que parezca
La comodidad psicológica recomienda el uso del método
teologal. Una tendencia enraizada en la psicología de los
espirituales está en querer disponer, en cada obra que eje­
cutan, de un cúmulo de pensamientos concretos referentes
a ella: qué virtud practican con esa acción, pensamientos
consoladores que animen a ejecutarla, el motivo próximo, los
propósitos que han hecho, en qué grado de perfección se
encuentran, etc... De ahí que se desviven por leer y recordar
preceptos espirituales, por aprender métodos detallados de
ejercitar las virtudes. «Muchos no se acaban de hartar de
oir consejos y aprender preceptos espirituales y tener y leer
muchos libros que traten de eso, y váseles más en esto el
tiempo que en obrar la mortificación y perfección de la po­
breza interior de espíritu que deben» 9.
Incurren en semejante defecto no sólo las personas in­
útilmente preocupadas de buscar mil detalles y maneras
ingeniosas de practicar la virtud. Sucede cosa parecida aún
a los mejor intencionados. Es un vicio que las virtudes mo­
rales no causan, pero mantienen y fomentan. Son tantas las
^exigencias y aplicaciones de cada virtud, que, si el espíritu
se esfuerza en tenerlas presentes, queda martirizado por la
violencia que supone el recordarlas. Por otra parte, es inevi­
table el recuerdo, en ese método, para obrar. Quien se guia
por él, no puede prescindir de tales detalles, porque se queda
.sin nada.
Una vez adquiridas, las virtudes morales se practican
sin gran esfuerzo de la atención. Por eso, San Juan de la
Cruz no es enemigo, naturalmente, de que se posean. Le dis-
■gusta que se trate de adquirirlas centrando el esfuerzo en
ellas. Por esta vía hallamos grave dificultad y escaso ren­
dimiento. La simple atención amorosa, como ya se ha expli­
cado, o deseo eficaz de agradar a Dios, desprende del mundo
y hace practicar el bien aún en detalles, sin haber pensado

9 Noche Oscura, 1, 3, 1.
en ellas. Ahorra el cansancio mental. El esfuerzo se aplica,
al objeto de la virtud, no a recordarla.
Es difícil que se logre evitar el egoísmo con el método de'
virtudes morales. Estas centran el interés en el hombre, en
reconstruir sus ruinas, y habilitar sus facultades caídas. Mu­
chas prácticas virtuosas, mientras en el fondo perdura al
hombre viejo. Hay algo de humanismo en esta actitud. San.
Juan de la Cruz está convencido de que no se puede salvar
al hombre entero. Una rectificación de la actividad es cas!
nada. Es necesario aniquilarle provisionalmente, para reno­
var desde los fundamentos.
El pecado no es para muchas personas una ofensa de
Dios, sino una molesta compañía. Trabajan por librarse de
él, no porque molesta a Dios, sino porque les molesta a ellos
mismos. Creerías un?, laudable costumbre, sin trampa, la
necesidad que algunos sienten de confesarse en la vigilia de
todas las fiestas. Y en sí misma, lo es. Pero me hace sospe­
char de su autenticidad una singular prolongación. Algunos
de esos se confiesan igualmente la víspera de una fiesta
profana. Para más gozar, quieren quitarse de encima la
carga enojosa del pecado.
La enfermedad del desaliento es también creación del
método detallista. Pongamos un alma que ha caído en fal­
tas veniales veinte o cincuenta veces seguidas. En un plan
de trabajar por Dios, ésto nada significa, ni motiva un des­
censo en la tensión. Tanto agrada a Dios su buena conducta
después de esas cincuenta caídas, como de recién confesado.
Pero, en el plan humano, después de tres caídas, falla el
ánimo, porque falta la ilusión de sentirse fuerte y limpio. Y
sucede lo que era de temer. Se esfuerza con interés el primer
día después de la confesión o después del propósito. Luego
viene las quiebras inevitables en el propósito. Como conse­
cuencia, se suprime el interés batallador hasta la próxima
confesión. Y, como esas caídas persisten, la pobre alma desa­
provecha por inercia tres cuartas partes de su tiempo y de
sus energías
205

Hay en el método teologal una última ventaja de orden


teológico y espiritual. Parace ser la que más ha influido
•en la decisión de San Juan de la Cruz. El mismo la califica
«de «divino provecho».10 Es la pobreza espiritual.
Las virtudes morales llevan de ordinario inherente algún
acto externo u otro elemento de fácil percepción. Centrando
el interés en ellas, el alma percibe su progreso y sus bienes
•casi por momentos. De donde nace cierta satisfacción y pro­
piedad interior.
Si, por el contrario, se vuelca la atención en las virtudes
teologales, cuanto más avanza, más siente la exigencia y
necesidad de ulterior amor. Consiguientemente se sigue cre­
yendo indigna y lejana de la meta. Advierte, sin duda, el
progreso de las virtudes morales, que se desarrollan pa­
ralelamente. Pero no le da importancia, embebido como está
en las deficiencias de su trato con Dios. De este modo, man­
tiene la pobreza de espíritu y no quita a Dios la satisfac­
ción que El tiene en ser el primero y el único que goce
de nuestras buenas obras.
«Dios nos libre de nosotros. Denos lo que El se agra­
dare y nunca nos lo muestre hasta que El quiera. Y, en
fin, el que atesora por amor, para otro atesora, y es bueno
que él se lo guarde y goce, pues todo es para él; y nos­
otros, ni verlo de los ojos ni gozarlo, porque no desfloremos
a Dios el gusto que tiene en la humildad y desnudez de nues­
tro corazón y desprecio de las cosas del siglo por El. Harto
descubierto tesoro es y de gran gozo ver que el alma ande
a darle gusto al descubierto, no haciendo caso de los bobos
del mundo, que no saben guardar nada para después» 11.
San Juan de la Cruz no es amigo de cálculo y control
en las relaciones con Dios. Prefiere un alma previamente
bien convencida, que luego procede con libertad, sin medir
a cada momento avances y retrocesos. Cree que esto es

10 Subida del Monte Carmelo, 3. 29. 3.


n S an J uan de la C r u z , Carta. 32.
2t)6 CRISTIANOS POR DENTRO

prestar demasiada atención al hombre. Y la vida espiritual


es una búsqueda de Dios.

4.—No HAY MATEMÁTICAS.

Un método de trabajo que no cuida de medir el rendi­


miento suscita inquietud. Hay egoístas, que piensan en sus
méritos. Hay también afligidos, que, por circunstancias ad­
versas, tienen muy limitado su trato directo con Dios. Para
ambos tiene la Teología reservadas enseñanzas a propósito.
Vive engañada Santa Teresa durante algunos años. Está
creyendo que el amor a Dios y las demás virtudes sola­
mente crecen en el retiro y en el trato directo con El,
Sufre cuando la necesidad la obliga a distraerse. Sufre tam­
bién cuando ve a otras personas barajeadas por la obedien­
cia: «y pensaba yo en mí, y aún se lo decía, que no era
posible entre tanta baraúnda crecer el espíritu» 12. Le duele
no pasar mucha parte del día apartada y embebida en Dios.
Por ignorancia.
En las horas de entusiasmo sobrenatural, todos hemos
sentido, como Santa Teresa, una especie de compasión ha­
cia las personas a quienes la vida absorbe en trabajos exte­
riores, tal vez puramente materiales. Después de tantas ilu­
siones por seguir una vocación sacerdotal o religiosa, o
simplemente cristiana, hemos de pasar la vida ocupados de
un trabajo material, que ni siquiera permite mantener la
mente en contacto con lo divino. ¿Y el mérito? Si mis de­
beres de obediencia casi no permiten ni pensar en Dios.
Es una nostalgia sincera.
El egoísmo la empuja y deforma. Son muchas las ma­
neras en que uno puede servir a Dios. ¿Qué principio me
guía en la elección? Con frecuencia mueve la avaricia de
cosas sobrenaturales. Se prefiere lo que acarrea mayor mé­
rito, lo que menos impide el ejercicio del amor actual, lo

« Fundaciones, 5, 6.
METODO TEOLOGAL 207

que tiene indulgencias. En definitiva, la conducta va orien­


tada por las ventajas personales que proporciona.
Dos preocupaciones mantienen esa tendencia. La más in­
fluyente es, sin duda, la de mirar por sí. Se piensa en los
méritos, no en lo que Dios desea. Acaso El prefiere verte
distraído en un oficio humilde. Pero tú escoges algo mfo
digno, con el pretexto de que en esta manera te conservas
más constantemente en amor actual. También buscamos el
recogimiento o la ocupación directamente espiritual, por el
miedo de cometer faltas. Y no es temor infundado. La ex­
periencia nos lo demuestra. Esta preocupación es legítima^
pero no tiene efectividad en el campo sobrenatural. El ta­
lento mejor conservado sería, en el Evangelio, el de aquel
que lo escondió en un pañuelo y lo presentó impoluto. No
obstante, Dios prefiere los otros, aumentados, aunque mano­
seados por el tráfico.
Amor egoísta, que equivale a decir que no es amor. En
fin, los culpables lo pagan. Que, mientras vegetan raquíti­
cos en un ambiente de cosas divinas, ven a estos otros
crecer señeros en medio de cosas materiales y profanas.
A Santa Teresa la experiencia le hizo advertir su error.
Muchas personas que habían conocido faltas de espíritu
cinco o diez años antes, se presentaban ahora encumbradas
en perfección y libertad de espíritu. Preguntados, confesa­
ban no haber tenido durante todo ese tiempo un día libre
para pensar en sí, sino siempre ocupados en cosas de obe­
diencia. La Santa, sorprendida, cambia de criterio: «¡Oh
dichosa obediencia y distracción por ella, que tanto pudo al­
canzar!» 13.
Ciertamente, es un argumento válido el de la experien­
cia. Pero más fuerza tiene aún la teología, que en esta oca­
sión se pone a favor de los que no cuentan. Recordemos las
leyes del aumento en la gracia y las virtudes. Son hábitos
sobrenaturales. Por tanto, la caridad sobrenatural no crece
directamente debido al ejercicio o a la obra buena. Yo

i* Fundaciones, 5, 7.
208 CRISTIANOS POR DENTRO

puedo acrecentar la memoria con el simple ejercicio, yo


mismo, directamente. En el orden sobrenatural, es Dios
quien infunde sus dones, y se ha reservado con total ex­
clusividad el oficio de aumentarles. Aun cuando alguien
pase el día entero en amor actual de Dios, él mismo no
desarrolla mínimamente su amor divino. Merece el aumen­
to y se dispone a recibirlo. Dios lo hará, sin duda.
Tiene sus leyes en la distribución. Sabemos que por tales
obras hay un mérito determinado. Quien las ejecute, lo ob­
tiene. Dios es fiel a sus promesas. No porque llevemos in­
terés egoísta en su servicio, nos priva del mérito que El
mismo ha vinculado a cada obra. Pero, por encima de todo,
está el amor desinteresado. Y ahí aumenta sin medida. Al
que pasa el día en continuo amor actual, pensando en en­
riquecerse, Dios le concede una mejoría. A otro que ha es­
tado distraído en su servicio, olvidado de sí mismo, le da lo
que quiere. Dios no hace injuria al calculador. Le da lo que
merece. Pero, sin duda, sale ganando el que recibe sin ley
determinada. Es elocuente la parábola de los llamados a
trabajar en la viña.
Dios, diríamos vulgarmente, tiene la sartén por el man­
go. Lo mejor es no reclamar derechos, sino hacerse amigo
suyo. Una prolongación de la imagen de la sartén nos lo
muestra. Quien se acerca al cocinero alegando enfermeda­
des, debilidad, hambre, etc..., obtendrá de él un trozo de
pan y una sardina. En cambio, el que es amigo del cocinero,
sin que alegue títulos ni pida nada, con una palmadita en
la espalda, puede estar seguro de que no quedará con ham­
bre, ni comerá pan solo. El orden sobrenatural está hecho
de forma que llevan toda la ventaja los que no cuentan.
Con las almas generosas, que no se buscan a sí mismas,
Dios es mucho más generoso. No les cuenta las faltas. Caen
necesariamente mayor número de veces. Siempre se conser­
va uno más limpio en el retiro, que en el trato con los
hombres. Pero como Dios no quita puntos según las mate­
máticas, sino según el amor que ve, resulta que sus ami­
gos desinteresados siempre salen ganando. Al amigo no se
METODO TEOLOGAL 200

las cuenta, aun cuando caiga veinte veces, mientras a ese


otro calculador le anulan todos los méritos y progresos esas
caídas diarias que debe cometer, como todo hombre.
«Porque Dios es de manera que, si le llevan por bien y a
su condición, harán de El cuanto quisieren; mas si va sobre
interés, no hay hablarle» 14. Con Dios no se puede. Tiene
la gracia en su mano. Prometiendo darla a determinados
actos, no ha renunciado a concederla en mayor abundan­
cia a quien El crea conveniente. Y usa de esta libertad como
ley ordinaria. Es mala cosa trabajar por interés en cosas
sobrenaturales. El cielo hay que esperarlo de su mano, y no
de la nuestra. Y sin olvidar que esas gracias eficacísimas
de orden extraordinario Dios las concede únicamente a quie­
nes le sirven sin interés15.
Es natural que Dios quiera ver a sus amigos trabajar un
poco, y no estar siempre a contemplarle. En el amigo que­
remos ver alguna habilidad, algún valor, además del amor
a nosotros. Le amamos mucho más. Como la esposa al ma­
rido que no está todo el día sin salir de la cocina, mirán­
dola a ella. Un amigo, que es sólo amigo, es una lapa.
Por esta libertad suprema con que Dios distribuye mé­
rito y premio, no puede nunca llegarse al contraste que al­
gunos imaginan: entre el que tiene mayor mérito, porque
ama a Dios con más constante actualidad, y el que merece
menos, pero le agrada más, porque se ocupa generosamente
en cosas que Dios le pide, viviendo en ordinaria distracción.
No existe contradicción alguna. Al primero le premia se­
gún las leyes ordinarias de la gracia. Al segundo, no según
ley, sino según su bondad. Y no hay duda que este último
sale ganando. A ignorancia son debidas las sorpresas de
quienes se asustan al ver adelantar constantemente a al­
mas embebidas en tareas exteriores. Dios ha visto que quie­
ren servirle, y las premia con medida redundante, mejor
dicho, sin medida.

i » S an J uan de la C r u z , Subida del Monte Carmelo. 3. 44, 3.


15 Subida del Mente Carmelo, 2, 32.
14
m CRISTIANOS POR DSNTRO

Me deleita recordar una anécdota conmovedora de aquel


gran escriturista dominico, que fué el P. Lagrange. Tiene
entonces ochenta y dos años, consumidos literalmente en
su trabajo increíble de investigador y de escritor. Le queda
una semana de vida, que se le acaba por agotamiento. El
mismo se da cuenta, pues los brazos y la vista no le res­
ponden. No obstante, sentado a la mesa, está corrigiendo
las últimas pruebas de un artículo suyo. Más de uno pen­
saría que su constancia es el apego de un científico em­
pedernido. En esa actitud le encuentra uno de sus discí­
pulos. Este muestra admiración, al verle hacer tanto es­
fuerzo. El P. Lagrange le dice, con nostalgia: «¡Cuánto
mejor estaría yo preparándome a la muerte! Pero... así
son las cosas. El P. General insiste en que continúe. En fin,
sea lo que Dios quiera» 16.
¡Qué necios somos, cuando procuramos eludir las ocu­
paciones viles, que vemos nos está pidiendo Dios! Con ellas
seriamos menos hombres, menos santos. Nunca hemos pen­
sado que no se trata de ser más hombre, ni más santo. El
ideal es agradar a Dios. Y ésta es la verdadera santidad,
que trae consigo todas las virtudes, quizá sin haberlas ejer­
citado.
Si te hacen un servicio grande, el servidor te pasa la
cuenta. Cuando el servicio es insignificante, prefieren no
exigir el precio a que tienen derecho. Si preguntas «¿Cuán­
to es?», te responderán: «Lo que usted quiera?». Sabe que,
abandonándose a tu libre generosidad, recibirán más de lo
que merecen. Por ejemplo, los maleteros en las estaciones.
Ante Dios, nuestros servicios son siempre insignificantes.
Haz como ellos. No reclames ni siquiera eso poco a que, por
promesa divina, tienes derecho. Sirve con abandono, y al
final extiende la mano a Dios: «Lo que Usted quiera».

16 P. M. B ra u n , L’oeuvre du Pére Lagrange. Fribourg en Suisse,


1943, p. 17«.
C apítulo 10

ORACION

1.— N ecesidad de D io s .

Diligencias, método, interés sincero. Todo un plan estra­


tégico y un buen grupo de fuerza armada a la conquista
de la perfección cristiana. Parece cosa hecha. Inesperada­
mente nos sorprende un primer fracaso. Será falta de pru­
dencia—pensamos—. Se doblan las precauciones y nuevo
intento. Nuevo desengaño. Y así muchas veces. ¿Por qué no
escarmentar? Años enteros pasan casi todas las almas, aun
los Santos, repitiendo el ataque en toda regla a la con­
quista de la santidad. Finalmente, llega la madurez, que
no es todavía la conquista.
El hombre piensa desde muy dentro: aquí no valen in­
dustrias. Aunque sean sinceras. Hay que confesarlo: no
puedo nada. Como la confesión no es aún la medicina com­
pleta, viene la prueba. Es tristeza consoladora llorar por
haber caído. Es una angustia sin posible consuelo llorar por
tener que caer. En los momentos de buena voluntad, duele
estar convencido de que poco después se hallará hundido en
el abismo que ahora tanto aborrece. Santa Teresa sufrió
el desgarro: «Aquí eran mis lágrimas y mi enojo de ver
lo que sentía, viéndome de suerte que estaba en víspera
de tornar a caer, aunque mis determinaciones y deseos en­
tonces, por aquel rato digo, estaban firmes» 1. Lágrimas por
el pecado cometido, y lágrimas por pensar que lo iba a co-

» Vida. 7, 19: cír. Ib. 6, 4.


212 CRISTIANOS POR DENTRO

meter de nuevo, y lágrimas por pensar que no eran sinceras


las lágrimas de arrepentimiento. Entre la espada y la pared,
y, en el suelo, ascuas.
Es común el fenómeno, ya que no la intensidad. En la
hora de fervor brota un propósito que remedie el punto
débil. Ya otras veces se ha hecho el mismo. Un presenti­
miento fundado avisa que a los pocos momentos vas a
olvidar el propósito y abrazarte con aquello que al pre­
sente tanto rehuyes. Y no hay remedio. Impotencia fa­
tal. De esta manera, la experiencia nos viene a conducir a
una verdad en la que debiéramos ya estar asentados por fe:
sin Jesucristo no podemos hacer nada2.
El principiante suele estar convencido de que conoce pro­
fundamente su nada. Es sincero, pero está equivocado. ¡Qué
diferentes se ven las cosas, después de algunos años de con­
tinuo esfuerzo! Dura experiencia, y al mismo tiempo im­
prescindible para la santidad. Lo grave es que, en este
punto, a nadie aprovecha la experiencia ajena. Tú, perso­
nalmente tú, tendrás que palpar con tus manos tu propia
miseria. No hay estudio, ni atajo posible que evite el pasar
por esta experiencia. La impotencia, comprobada una y otra
vez, es la única maestra.
Muchas veces hemos leído, y así lo creemos, que la fe
es un don sobrenatural que Dios concede gratuitamente a
quien El quiere. No obstante, sólo a medias estamos con­
vencidos de esta verdad. La realidad nos hace verlo de otra
manera. Dios nos libre de una experiencia personal. En el
contacto con no creyentes, se encuentran personas que ven
el cristianismo con simpatía, aman a Dios, viven bien, quie­
ren creer, pero... no pueden. Entonces es cuando repetimos
convencidos de verdad: la fe es un don sobrenatural, gra­
tuito.
Se siente la impotencia ya en el primer paso de la vida
sobrenatural. No podemos creer sin una gracia especial de
Dios. La misma dificultad exactamente se repite a lo largo
* J n . 15. 5.
ORACION m

de todo el camino: sin Mi no podéis hacer nada. Hay que


convencerse de ello pronto. Cuanto antes, mejor. Dios no en.
comienda sus tesoros, mientras quede en la conciencia un
solo punto de apoyo personal. Las noches pasivas mues­
tran cu£n duro resulta llegar a semejante convencimiento.
Comenzó creyéndose que la vida espiritual era cuestión
de bríos y puños. Acaba por reconocer que es un ejercicio
de paciencia y resignación. El hombre se creía suficiente.
Trata con Dios un poco a lo fariseo. Da gracias a Dios
por la gracia recibida, per los ánimos y los deseos de san­
tidad que le otorga. Reconoce que todas sus energías son
don divino. Pero no basta.
Hoy, ese mismo hombre habla como el publicano: ora.
Laborioso camino interior que nos lleva a ese estado de
ánimo. La oración es un deber. Pero un deber tan espon­
táneo como el de cubrirse para evitar el frío. Un publi-
oano que ve insuficientes sus ayunos y penitencias para
borrar sus pecados. Ninguna referencia a méritos o buenas
obras. Ni siquiera a buena intención o buenos propósitos.
Una fórmula, mucho más simple, de sentida oración: Señor,
sed piadoso conmigo, porque lo necesito y Os necesito.
Dios, que sembró en el alma la semilla, estaba esperan­
do que brotara el sentimiento de necesidad. No hay por
qué complicarlo. La oración no es un lujo, sino una pura
necesidad. No es un viaje de recreo. Es una vuelta, con
momentánea permanencia, a nuestra única patria. Puede
haber en ella algo de egoísmo. Como en la actitud del
marinero que reza en la hora de la tormenta. Pero no hay
duda de que Dios lo ha querido así. Y le agrada el brote
de devoción en medio de la necesidad. ¿Es que vamos a
tachar a la esperanza de egoísta?

2.—Trato de amistad .

El hombre se acerca a Dios porque necesita de El. Al


principio, no busca un amigo, sino un sostén. Es normal
CRISTIANOS POR DENTRO

una actitud de grande reserva, al entrar en contacto con


la divinidad. Contentarse con lo esencial, mientras Dios
mismo no dé señales de permitir más. Oración de súplica,
con el complemento natural de adoración y gratitud, por
parte de quien se conoce dependiente y atendido. ·
Ahí se hubiera detenido la Humanidad entera y los in­
dividuos, si Dios no se hubiera dignado acortar las distan­
cias. Oración de súplica es una realidad insustituible en la
vida religiosa del hombre. Pero es superable. Jesucristo co­
loca a nuestro lado su Divinidad. Dice cosas increíbles sobre
el amor que Dios profesa al hombre. El mismo, que es Dios,
lo ha demostrado. Nos llama, y quiere que lo seamos, sus
amigos. Evidentemente, una disposición de ánimo de este
género, en cuanto interviene, absorbe las demás.
Hemos dado ya la definición que nos ha dejado Santa
Teresa. Ella justifica sobradamente la valoración desmesu­
rada que hoy se hace de la oración en la vida espiritual.
Coincide con la definición que da Santo Tomáis de la cari­
dad teologal. Y, con ella, de la fe y de la esperanza. Por
eso, me urgía ponerla aquí al final como coronación y com­
plemento de toda la vida interior.
Hay quien ignora u olvida que la oración es eso. Son
muchos. Piensan que es un tiempo dedicado a pedir gra­
cias y hacer propósitos. Su único valor residiría en los
buenos efectos que después produzca. Tanto vale, cuanto
vale en función de la vida que luego se vive de ella. La
definición teresiana no tolera esta idea ramplona. La ora­
ción tiene un valor intrínseco, prescindiendo de las obras
que cause. Es la práctica inmediata, directa, del amor de
Dios. Es la actividad más valiosa, lo único que vale en la
vida del hombre. La oración, como medio y como realidad,
bien merece el puesto que hoy ocupa.
El valor interno de la oración impone una nueva me­
dida del tiempo que se le debe conceder. Según algunos,
valen más diez minutos de oración en una persona des­
prendida, que una hora en quien está cargado de afecciones
ORACIÓN _ 215

desordenadas. Pienso lo mismo. Y nadie se opondrá al prin­


cipio, considerado en general. Aplicado en concreto, no dice
nada sobre el tiempo que conviene dedicar a tan santo ejer­
cicio. La hipótesis se parece a la de aquel que prefiriera un
soldado alemán con fusil a un soldado inglés sin armas.
No se comparan soldados, sino armas. En vez de comparar
diversas medidas de oración, se comparan diversas disposi­
ciones ante ella. Si comparamos el tiempo, suponemos que
la disposición es en ambos casos idéntica.
Si la oración contiene un valor suyo especifico de ca­
ridad teologal en ejercicio, tenemos que es la ocupación
ideal del hombre. A ella debe dedicarse expresamente todo
el tiempo que la voluntad divina no requiera para otra cosa.
No basta con hacer propósitos y peticiones. Es la segunda
parte de la oración, que se hace en poco tiempo. Queda
el trato de amistad con Dios, que se prolonga todo lo que
permitan las circunstancias. Los activistas creen no nece­
sitar de la oración, por haber adquirido un cierto dominio
espiritual, que les permite tomar sus decisiones en plena
actividad. No saben qué es oración cristiana.
Tomemos la oración como simple medio de vivir bien.
Ni aquí son de eficacia las decisiones tomadas en breve.
Suponemos que se trata de personas desprendidas. Santa
Teresa ve aquí una dificultad. Parece al alma que cada una
de las gracias que Dios le concede deja todas sus virtudes
en madurez. Al repetirse el mismo favor, siente que su
espíritu mejora notablemente. ¿Por qué no basta una sola
de tales mercedes para hacerla perfecta? Responde con dos
ejemplos: «También pensaba yo esta comparación: que
puesto que sea todo uno lo que se da a los que más ade­
lante van que en el principio, es como un manjar que co­
men de él muchas personas, y las que comen poquito, qué­
dales sólo buen sabor por un rato; las que más, ayuda a
sustentar; las que comen mucho, da vida y fuerza [...].
También una compañía santa no hace su conversación tan­
to provecho de un día como de muchos; y tantos pueden
2 1« CRISTIANOS POR DENTRO

ser los que estemos con ella, que seamos como ella, si no»
favorece Dios» 3.
Esto sucede aún en los casos en que Dios infunde las
verdades en el alma con eficacia extraordinaria. Con mucha
mayor razón, cuando las sembramos nosotros, aunque coa
ayuda divina. Sin prisas. Las verdades se hacen personales,
carne y sangre propia; por un proceso de asimilación muy
lento. Ciertamente basta un momento para que lleguen a
la noticia y las haga suyas la voluntad. Pero es suficiente
el momento siguiente para que se borren hasta las huellas.
Comienza la oración. Al primer minuto, un propósito fir­
me de ser caritativo o humilde, y ya quiere salir inmedia­
tamente a buscar ocasiones de practicarlo. ¡Calma! Que
las ocasiones no van a faltar del mundo, aun cuando es­
peres una hora o unos días. Lo mismo que sucede en los
Ejercicios Espirituales o retiro. Se formula el propósito el
primer día, y no se piensa a continuación más que en aca­
bar. No se apuntala ulteriormente la decisión, porque se la
cree firme. Y no lo es. Desconfiar de los primeros movi­
mientos, en mal y en bien. Vienen y se van sin contar con
nadie. El hombre cauto tampoco cuenta con ellos. La cons­
tancia garantizada es fabricación exclusiva del entendimien­
to y de la voluntad.
El deseo de salir a la calle, por creer que la casa está
en orden, es un pretexto inconsciente. Molesta ocupación
quedarse tranquilamente con los brazos cruzados contem­
plando la propia miseria. Pero hay que hacerlo. Tiempo
queda para remediarla. Esa impaciencia se parece a la de
los alpinistas improvisados. Con las ansias de llegar a la
cumbre, les parece tiempo perdido el que emplean en estu­
diar el mapa. Creen que basta saber dónde está la cum­
bre, para emprender sin más la subida. ¡ Cuántos disgustos,
y cuánto tiempo ahorran esos momentos, horas, días, per­
didos en hacer reposadamente los planos!

·' Vida, 22. 5-1S.


217

3.—Libertad y método.

.La oración es un trato de amistad. Nada oficial. No


requiere, por consiguiente, protocolo.
Se ora bien, siempre que se quiere. Porque basta querer
y hacer lo que se puede, para hacerlo bien. Con mucha
devoción y muy buenos deseos se predica frecuentemente
un mal sermón o se cumple mal un encargo. A pesar de
su buena intención, que asegura al predicador un elevado
mérito, el sermón sigue siendo un ciempiés. Cosa seme­
jante no puede verificarse en la oración.
Es sencilla. No olvidemos esta nota que Jesucristo ha
querido imprimir a la oración cristiana4. Quiere que el
cristiano no hable mucho, ni con el entendimiento ni con
los labios. Eso es cosa de paganos, que convierten la ora­
ción en oratoria o arte de convencer a Dios. Piensan que
Dios se convence cuando el orante logra convencerse a si
mismo. El cristiano que les imita no obra como cristiano,,
sino como puro hombre. Esa idea no tiene cabida en el Evan­
gelio. En cristiano, basta que cada uno se convenza de su
propia miseria y de que Dios le soporta por misericordia.
Sin más recomendaciones para ser escuchado.
Puede ser la oración mental o vocal. No insistamos mu­
cho en la distinción, porque no lo sufre la realidad. SI la
vocal es oración, es por lo mismo también mental. Entre las
personas dedicadas al cultivo serio y metódico de la vida
interior existe un cierto menosprecio de la oración vocal.
Prefieren estar secas como un palo, a rezar una vez con
lentitud el Padrenuestro. Pierde para ellos todo su encanto
la oración del publicano, si se imaginan que la pronun­
ció con los labios. Y no hay razón para ello.
La oración vocal es un instrumento precioso en cualquier
estadio de la vida espiritual. Reactiva las potencias inertes
por la aridez, es tabla salvadora para la mente náufraga
en momentos de turbación. El daño le ha venido a la ora-
CRISTIANOS POR DENTRO

ción vocal de que ya no se emplea como rezo espontáneo.


Siempre enrolada en un determinado «pensum». Se reza el
rosario, los siete Padrenuestros, los treinta Credos, los vein­
ticuatro Gloria Patri, por los difuntos, por...
Son preciosas tales devociones fundadas en la oración.
Siempre cuidando de que, al convertirse en devoción, no
deje de ser oración. No está mal rezar un Padrenuestro a
Dios, a Jesucristo, sin más especificaciones. No lo hago por
esta intención, ni por la otra. Rezo, porque quiero rezar.
Aquí vale el principio: rezar por rezar. Es fecuente el caso
de que la intención destruya la oración.
Quien supiere aprovecharla, encontrará en ella un buen
medio para ayudar a su flaqueza. Pero se debe hacerla con
la misma libertad con que se hace la mental. Sobre todo,
-esas oraciones del Evangelio y de la Iglesia, llenas de in­
terés por las cosas de Dios. Centrar en ello la oración es
el mejor modo de que Dios venga a remediar tus pre­
ocupaciones personales. «Para alcanzar las peticiones que
tenemos en nuestro corazón, no hay mejor medio que poner
la fuerza de nuestra oración en aquella cosa que es más
gusto de Dios; porque entonces no sólo dará lo que le pe­
dimos, que es la salvación, sino aún lo que El ve que nos
conviene y nos es bueno, aunque no se lo pidamos» 5.
La oración mental es siempre un mayor desprendimien­
to de fórmulas. Por eso es la predilecta de las personas que
buscan la intimidad con Dios. Sin excluir la vuelta mo­
mentánea a la vocal. La mente mira y ama. Esta necesidad
impele a los perfectos a preferirla, no el deseo primordial
de hacer prosperar sus pequeños intereses o cosillas. La
oración mental simplifica y acerca más el objeto.
La oración mental no tiene observancias. Se ora como
se quiere o como se puede. Pero es un hecho que casi todos
<an a terminar en esa forma que suele llamarse oración
de recogimiento. Es un continuo ejercicio teologal, con la
súplica y la adoración diluidas. Estar con Jesucristo de con-

' San Ju an de l a C ru z, Subida del Monte Carmelo, 3. 44. 2.


219

tinuo, y hablar con El o mirarle simplemente. «El Señor


lo enseñe a las que no lo sabéis, que de mí os confieso que
nunca supe qué cosa era rezar con satisfacción hasta que
el Señor me enseñó este modo; y siempre he hallado tan­
tos provechos de esta costumbre de recogimiento dentro
de mí, que eso me ha hecho alargar tanto. Concluyo con
que, quien lo quisiere adquirir, pues, como digo, está en
nuestra mano, no se canse de acostumbrarse a lo que
queda dicho, que es enseñorearse poco a poco de sí mismo,
no perdiéndose en balde; sino ganarse a sí para sí, que es
aprovecharse de sus sentidos para lo interior. Si hablare,
procurar acordarse que hay con quien hable dentro de sí
mismo; si oyere, acordarse que ha de oír a quien más cerca
le habla. En fin, traer cuenta que puede, si quiere, nunca
apartarse de tan buena compañía, y pesarle cuando mucho
tiempo ha dejado solo a su padre, que está necesitada de
él. Si pudiere, muchas veces en el día; si no, sea pocas.
Como lo acostumbrare, saldrá con ganancia, o presto, o más
tarde. Después que se lo dé el Señor, no lo trocaría por
ningún tesoro» 6.
Parece contradictorio introducir un método en este rei­
no de la libertad, que es la oración. Asi piensan muchos.
Creen materializar sus relaciones con Dios, dividiendo su
actividad en partes. Y con más empeño y voluntad que dis­
creción van directamente al meollo de la oración cristiana.
Quieren oración y solamente oración. El método, en todo
caso, para principiantes absolutos. La ignorancia siempre
tan decidida.
El método es una norma que regula esa múltiple acti­
vidad que incluye nuestro trato con Dios. Hablando estric­
tamente, no condiciona la oración misma, sino las partes
que la preceden y siguen. ¿Lo has pensado alguna vez? Vas
a estar en coloquio con Dios. .La ocupación no es, en oca­
siones, tan sencilla como parece. Cuesta recoger la persona
y colocarla toda ante Dios. El método de oración te dice
" S , T eresa, cam ino de perfección. 29. 7.
m CRISTIANOS POR DENTRO

el modo en que debes prepararte para tener con Dios ese


trato de forma más permanente y efectiva. Enseña la ma­
nera de recoger las potencias y templar el alma: lectura,
arrepentimiento...
Al llegar a la oración propiamente dicha, el método,,
como la estrella de Belén, se retira y calla, mientras se
verifica el contacto directo con Dios. Ahí puedes desplegar
libremente tu genio personal, tus recursos y preferencias:
individuales. Nadie te oprime, ni te toca. Haz como quieras.
Si, durante esos momentos, te pierdes, el método te re­
cobra. Al terminar la intimidad, te ayuda a utilizarla y sa­
car ulteriores ventajas. Una hora de íntimo coloquio puede
evaporarse en gran parte, por no saber cristalizarla en fór­
mulas de vida. También aquí enseña el método. El día que
entiendas la finalidad y la esencia del método de oración,,
será tu mejor amigo.
Le veo figurado exactamente en la estrella que guía a
los magos. Va mostrando el camino de ida. Cuando llegan
a Jesús mismo, la estrella desaparece. Una vez puestos en
contacto inmediato con la realidad divina, la estrella ter­
mina su misión. Se oculta modestamente, reconociendo que
no está llamada a intervenir en el coloquio de la gruta.
Reaparece cuando los Magos, terminados aquellos momentos
de cielo, emprenden el camino de retomo a su país. Como
la estrella, el método. Guía hasta la puerta del santuario
en que sólo entran Dios y el alma. El método queda fuera,,
como paje discreto. Te espera a la salida y te conduce a tu
ocupación ordinaria.
No se diga ahora que el método de oración coarta la
libertad individual. Unicamente quita el riesgo o libertad
de errar el camino o perder el tiempo y no llegar nunca
a la gruta del Salvador. Eso no es libertad. Luego te en­
seña a prolongar el trato y a hacer durante todo el día
algo parecido.
El método no lleva pretensiones de monopolio. Se uti­
liza para ratos largos o más expresamente dedicados a la
221

oración. Algo dice sobre la mezcla de oración y ocupaciones


ajenas durante el resto del día. Para decir algo a Dios, o
pedirle algo, no necesitas de ningún método especial. Una
inspiración momentánea se basta a sí misma. Lleva direc­
tamente al trato con Dios. ¿Para qué otro guía?
Por la utilidad inmensa que presta el método, esa serie
de normas concretas, alguien ha llegado a decir que la ora­
ción es un arte. Como todas las demás artes, se aprende a
base de normas y experiencia7. Hay algo de exageración
en esta frase, pero apunta bien. El método ayuda a orar
'Convenientemente. Sólo que el arte no lo es propiamente la
oración. Es el modo de prepararse a ella y de sacar después
un mayor fruto.
El método, así entendido, no es ya cosa de principian­
tes. Sucede que no se sabe separar de estos principios uni­
versales una función provisional que en los principiantes
desempeña el método. Les dice la medida y proporción en
que deben colaborar, durante la oración misma, el entendi­
miento y la voluntad. Prescripciones de este género son bue­
nas a los principios. Pero es legítimo prescindir de ellas
:a un cierto tiempo.
El mayor peligro que encierra el método está en que deje
«de ser método, y se convierta en centro de la atención. En
lugar de conducir al trato con Dios, que vaya haciendo meta
de cada una de las etapas que distingue el camino. Es como
.si la estrella, olvidada de su misión, hubiera hecho de guía
turística en las ciudades que encontraba en su camino. Este
peligro no es del método, sino del que lo usa. Se detiene
en la lectura, y la convierte en lectura espiritual; en el
examen, y tenemos un examen de conciencia; en el discur­
so, razonando como un filósofo. Las partes tienen su fun­
ción en el conjunto. No se pretende de ellas otra cosa. El
espíritu conserva siempre el derecho supremo de prescindir
de alguna parte y saltarla, cuando lo pida el interés de
la oración misma. Dios se adelanta a veces, y no espera a

7 P. G a r r i e i , de S. M . M a g d a le n a , intimidad divina. medit. 146.


222 CRISTIANOS POR DENTRO

que el espíritu suba todos los escalones. Le recoge casi en


el primero.
4.—O ración de todas las horas.

Una empresa de titanes acomete quien se decide a to­


mar en serio la oración. Hay algo de paradoja, porque el
motivo parece sugerir una ocupación de afeminados: «co­
mienzan a ser siervos del amar, que no me parece otra cosa
determinamos a seguir por este camino de oración al que
tanto nos amó» 8. Sendero cuesta abajo ser siervo del amor.
Pero no engañarse con las palabras. El amor es exclusi­
vista. Entra suavemente, pero, una vez conquistado el cam­
po, lleva las cosas al extremo.
La oración mira precisamente a fomentarle. Por eso la
oración tiene que ser toda una vida consecuente, y no re­
ducirse a unos momentos de cielo sin trascendencia. Te
empeñas. La oración es una manera de vivir. El trato ín­
timo con Dios hace ver al alma con claridad meridiana su
estado actual. Sus apegos son espinas en estos ratos de vi­
sión. Resulta violenta la coexistencia de la oración con la
vida floja. Se impone el cambio necesario de toda la persona.
Se da una correspondencia que resulta extraña, de puro
exacta. Mayor intimidad en la oración, mayor rigor en el
uso del mundo. Si en esto se conceden licencias, la intimi­
dad automáticamente se debilita. La oración verdadera pre­
tende desde el primer momento regular toda la vida. No
es un mecanismo misterioso. Aquí lo tienes en pocas pala­
bras. La oración es, según queda explicado, el ejercicio
intencionado de las virtudes teologales, de tendencia a Dios.
Por el mero hecho de orientarlo a Dios, el afecto necesita
un correlativo desprendimiento y soledad interior con re­
lación al mundo. Es natural que, cuando el trato con Dios
se intensifica, se dé un alejamiento proporcional de las ten­
dencias a la tierra.

* 8 . T e re s a , Vida, 11. 1.
ORACIÓN 22$

Por no percibir estos dos brazos del cuerpo teologal, ve­


mos un enigma en la actividad interior. Quisiéramos que
fuera compatible el afecto a Dios y la tranquila fruición
del mundo. Mas el espíritu no se acomoda a nuestros de­
seos: ¡mira que también el espíritu es caprichoso! Como el
espíritu descansa en Dios, debieran las pasiones reposar en
su propio objeto. No lo hacen así.
Carece de fundamento nuestra sorpresa. Nos ha hecho
Dios para Sí. Y esto no con un precepto externo, como el
rey hace ministro a un ciudadano, que en su casa sigue
viviendo como antes, como quiere. Lo más íntimo del ser
humano está hecho por Dios y para Dios. Aunque se es­
conda el hombre debajo de tierra, no se arrancará jamás:
ese arpón. No es posible cambiar nada. Las tendencias in­
feriores entran a formar parte de ese plan teologal. Están
enroladas en el mecanismo de lanzamiento al infinito. la s
desvías hacia la tierra, y hay dentro de ti algo que pro­
testa. Pero no tienes derecho alguno a tachar de capri­
choso a ese fondo descontentadizo. Dios tiene la culpa, que
le ha hecho así. Es como dar hierba a un carnívoro. Si
rehúsa y sigue de nosotros esperando otro alimento, no es
por ello descontentadizo. Ejerce el mínimum de sus dere­
chos y facultades.
La vida de oración es vida de renuncias. Intensifica las
virtudes teologales. Es como atizar el fuego, que cada vez
pide más leña. San Juan de la Cruz ha dado una defini­
ción efectiva del amor divino: «El amar es obrar en des­
pojarse y desnudarse por Dios de todo lo que no es Dios» 9.
La definición no dice amor, pero lo es.
Ya la actitud misma de renuncia y sacrificio es oración
sacrificial. Aproximadamente, la disposición de ánimo del
publicano, traducida en obras: reconocimiento del propio pe­
cado, ansias de volver propicio a Dios.
No nos contentaremos con esto. La actitud de renuncia
es oración solamente en un sentido amplio. La verdad es

» Subida del Monte Carmelo, 2. 5, 7.


224 CRISTIANOS POR DENTRO

que hay mucho más. El desprendimiento conduce a hacei


continua la oración propiamente dicha. «Donde está tu te­
soro, allí está tu corazón» 10. Pensamiento y afecto tienen
un mismo y solo centro. Si se retira de las creaturas, habrá
que ponerlo en Dios. La oración no es ya un ejercicio. Es
la respiración del alma. Una actividad tan constante como
el vivir. Al final, llegarás a soñar con Dios.
CON CRISTO

Al término de nuestra carrera topamos nuevamente con


Cristo. No es una sorpresa. Le conocemos desde el princi­
pio. Le hemos tenido al lado constantemente. £1 proceso
interior del cristiano se desarrolla todo en compañía de Je­
sucristo. No espera a ser santo, para hacerse su amigo. Como
esas personas, que esperan a arrancar sus victos y tener
conciencia limpia, para coger director espiritual. Natural­
mente, no lo consiguen. Es precisamente para lo que nece­
sitan su ayuda. No hay que esperar. Jesús mismo ha de co­
municar la santidad. El lo sabe.
,Le tenemos por amigo. Envidiable hallazgo, que hace ol­
vidar todo lo demás. Como toda amistad, concentra y llena.
Ella sola se cree suficiente a sostener la vida entera. Es
verdad que la atracción personal y el empuje que comuni­
ca la intimidad con Cristo vienen a producir todos los efec­
tos de la ley, y con ventaja. Más meditación de los Mis­
terios, menos normas. Fué el principio de los primeros cris­
tianos: «Sabido es que en aquellos siglos de fe intensa el
dinamismo de la verdad, contemplada en las fuentes de la
Sagrada Escritura y de la liturgia, actuaba sobre las almas,
más que la autoridad de una ley moral detallada» u . Asi
están las cosas en el Evangelio y los Santos Padres.
Sólo la figura y el ejemplo de Cristo pueden traer el
equilibrio a esa inquietud latente en todo el libro y en el
espíritu de todo cristiano: ¿amor o ley? Los simplistas han
escogido el amor, protestando contra el abuso de una ley
jurídica en el cristianismo. En el presente libro, me he mos­
trado amigo de una simplificación, siempre a favor del amor.

11 Cfr. «Revista de Espiritualidad», 19 (1960), 133.


15
El cristianismo, religión del amor. Pero no llego a la uto­
pia, que es, además, un disparate histórico. El amor cris­
tiano no es como cada uno lo imagina, sino como Jesucristo
lo ha practicado y enseñado.
Leo el Nuevo Testamento. Las cartas de San Pablo son
el apoyo y argumento de los que no quieren ley. Las en­
cuentro divididas en dos secciones. Expone, primeramente,
los dogmas y misterios. A continuación añade otra parte,
que solemos llamar «parenética» (exhortatoria). Eufemismo.
No se trata de directivas. En la intención del Apóstol, son
leyes en sentido estricto. Matrimonio, virginidad, cansinas,
eucaristía, reuniones. Prohíbe y manda. Habéis muerto al
pecado, vuestros miembros son miembros de Cristo. He aquí
un dogma lleno de consecuencias. Y San Pablo las saca
él mismo: no os engañéis, los que cometen éste y éste y el
otro pecado, no entrarán en el cielo.
Se comprende. El dogma empuja a muchos, pero no mue­
ve suficientemente a la mayoría. Son los remolones. Y aun
para algunos bien intencionados, incapaces de deducir por
sí mismos todas las consecuencias de su fe. La experiencia
está a favor de la ley. Hay me nentos en que todos los
demás resortes carecen de eficacia.
Por encima de todas las experiencias está el ejemplo de
Cristo. Quieren hacerle un patrocinador del amor espon­
táneo, contra la ley. El dice que no viene a suprimir la
ley, sino a llevarla a perfección. Pero acaso son palabras.
Veamos su vida. Toda su obra redentora envuelta en obe­
diencia. Ha venido al mundo por obediencia al Padre. Acto
supremo do amor y compendio de toda su vida es la muer­
te de cruz. Amor liberal al Padre y a los hombre®. Ha hecho
el sacrificio por obediencia. El precepto de morir es tan ri­
guroso, que los teólogos no han llegado a saber concillarle
con la libertad personal de Cristo. Misterio: Jesucristo ha
realizado su acto supremo de amor, apremiado por una ley
que le obligaba a morir.
Cristiano, no busques libertad. ¿O es que quieres ser
cristiano de otra manera que Cristo? Jesús no descorre
227

todo el velo. Pero entrevemos ya la compenetración de amor


y ley en el cristianismo. La ley culmina en un amor espon­
táneo. El amor acaba, por sujetarse de tal modo, que busca
una ley que haga más firme y garantice su eterna fideli­
dad. Tenemos un ejemplo clásico en la vida de la Igle­
sia: el amor del religioso, que, con libertad suprema, ha
querido vincularse con un voto. El amor cristiano florece
en la ley.
Vivir con Cristo. Mis secretos no lo serán para El. Tam­
poco quiero méritos aparte. Ni siquiera con la intención
de poder darle un día una sorpresa. Dejó un principio, que
me pone en guardia: quien no recoge conmigo, desparrama.
Sin El, no recogeré nada. Si llegara a recoger algo, de nada
me serviría. Además, no lo quiero, aunque me sirviera.
Cristo me basta.
El cristianismo es una circunferencia cristocéntrica. Ter­
minamos por donde hemos comenzado: Por Cristo, con Cris­
to y en Cristo, sea dada a Dios Padre toda honra y gloria
por siempre (Canon de la S. Misa).
INDICE
f*p
P r ó l o g o ....................................................................................... # ^

JESUCRISTO

C apítulo 1 . —La Luz del m u n d o . .............................................................. 11

1. Clave de la Historia ................................................................... 11


2. El M a estro ....................................................................................... 15
3. ¿Quién es Dios?........................................................... . . . 20
4. Rasgos d o m in an tes........................................................................ 24
C apítulo 2 .—M i Camino . ........................................................................30
1. Ansias de p le n itu d ........................................................................ 30
2. El nos e n s e ñ a r á .............................................................................^4
3. Destino in d iv id u a l........................................................................38
C apítulo 3.—Jesucristo vive dentro ............................. . . . . . 43
1. Incorporación su c esiv a...................................................................
2. Cristo Místico . . . ............................................................. ^
3. Experiencias personales.................................................................. 53

J esucristo h o y .......................................................................................... ^

II
HOMBRES DE CRISTO
C apítulo 4 —La F e ........................................................................
Págs

1. Religión positiva . . . . ♦ · ................................................... ^


2. Un mundo n u ev o ....................................................... * . . · · 72
3. Cristianos a medias .............................................................................^
4. El justo vive de la fe . . . · · · ♦ · · · ...........................
5. A p u l s o .............................................................* ......................... .....
Capítulo 5»—La Esperanza .;.··.·*·»· . . . . . . 94
1. Espero porque c r e o ............................................................. 94
2. M a ra n a th a ....................................................................... ..... 99
•3' En su ayuda............................................................................................ ^ 3
4. ¿Premio o liberación?............................................................. ..... 107
Capítulo 6.—La Candad . ......................................................... V 112
1. Ley cristiana . . ......................................................... ..... ....112
2. Amigos de Dios.................... ............................................. ....................... 114
3. Mandante neo nuevo . . . . . . ............................................... 118
4. Amistad a solas......................... .... ........................................................ 126
El HOMaai real .......................................................................................129

III

PERFECCION CRISTIANA

Capítulo 7 .—Sinceridad ..................................................................133


1. Ilusiones de santidad .............................................. .............................133
2. Determinación perseverante...................... . . . . . . . 1 3 9
3. Nocbe . . . . ................................................................................ 142
4. Ley y conciencia..................................................................................149
5. Fidelidad suprema............................................................. . . . . 153
6. Sinceridad y escándalo....................................................................... 157
7. Estamos ricos, somos p o b res................................................................ 159
Capíulo 8 —Ideal de Perfección Cristiana . . . . . . . ¿ . . · 163
1. Mentalidades d iv e rs a s ................................... ..... 163
2. Limites de perfección humana y moral. ......................................... 169
3. Acciones santificadas, no santificantes. ......................................... 175
4. Actitud teologal. . . . ..................... ..........................178
*x ¿Integración o sustitución? . . . ................................. - - - · 183
C a p ítu lo 9 —Método Teologal . .

1. Pian de v id a ..........................
2. Realización práctica
3. Ventajas del método teologal
4. No hay matemática»
C apitulo 1 0 .— Oración.

1. Necesidad de Dios
2. Trato de amistad
3. Libertad y método
4. Oración de todas las horas.
C on C r i s t o ..................................

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