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Tema: ​ARTE Y POSMODERNIDAD​ (1)

1.- Reflexiona y produce un escrito sobre: Crítica a la modernidad estética, las


vanguardias y el arte como ​“promesse du bonheur”.

Hasta ahora hemos estado tratando de delimitar, definir e identificar lo que podríamos
llamar arte. En la primera parte nos costó trabajo poner nombre a los sentimientos que
experimentamos con relación a la belleza y la experiencia estética se nos mostró elusiva por
no ser conceptual y atrayente y seductora por sensual e implicadora de toda nuestra
personalidad, esas mismas sensaciones las han tenido los hombres desde tiempo inmemorial.
Y de igual forma no siempre se le ha podido nombrar de forma exacta y el arte ha sido más
una tarea y una vivencia que algo claramente definido y fácilmente identificable. De ahí que
hayamos estudiado cómo el arte y el artista han ido cambiando de estatus y rol sociales a lo
largo del tiempo, cómo han existido y existen diversas concepciones de qué es el arte y qué
funciones sociales desempeña o debe desempeñar. Definir el arte, más hoy día, en un tiempo
de arte industrial y tecnificado, no es nada fácil. La irrupción de la producción industrial en el
terreno del arte no sólo transformó sus condiciones de producción, sino que posibilitó la
existencia de innumerables modos de producción artística hasta entonces desconocidos.

Hoy podemos decir que la vida actual carece de equilibrio, ya que existen ciertas
capacidades y vertientes del ser humano a las que se ha dado demasiada importancia en
detrimento de otras: la razón, la eficacia, la competitividad, la rapidez, etc. Schiller, a finales
del siglo XVIII, concretaba su insatisfacción ante ​la cultura moderna e​ n la oposición que ésta
establecía entre la capacidad de sentir y la de pensar, de la sensibilidad y de la razón: “el gozo
está separado del trabajo, los medios del fin, el esfuerzo de la recompensa. Encadenado
eternamente sólo a un pequeño fragmento de la totalidad, el hombre se ve a sí mismo sólo
como un fragmento; escuchando siempre sólo el monótono girar de la rueda que mueve,
nunca desarrolla la armonía de su ser y, en lugar de darle forma a la humanidad que yace en
su naturaleza, llega a ser una mera estampa de su ocupación, de su ciencia” ( MARCUSE en
Eros y civilización. p. 173-174). Schiller esperaba que el arte reconciliara la naturaleza
sensible y espiritual del hombre. Desde su punto de vista, esto era posible porque la
experiencia estética pone en juego capacidades perceptivas, sensitivas, hedonistas, que
corresponden tanto a lo mental como a lo corporal del sujeto que efectúa la experiencia. Ya
antes Kant había advertido certeramente que el juicio estético responde al libre juego de la
imaginación y el entendimiento, y que en él se manifiesta la unidad de las facultades como

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expresión del “sentimiento de la vida”. Marcuse propuso como terapia la abolición de los
controles represivos que la civilización ha impuesto sobre la sensualidad. La función estética
puede ser la guía para una civilización no represiva, ya que la experiencia estética es un juego
de libertad, donde las reglas sirven para desplegar creatividad y donde se da una gratificación
aceptable de nuestros deseos. Además, el arte tiene otras funciones menos utópicas, pero no
menos interesantes. La dimensión lúdica de la experiencia estética, las sensaciones de agrado,
de expansión de la personalidad, de vitalidad intensa que nos aporta, el carácter gratificante
que tiene para quien la disfruta, la ha convertido en fuente de felicidad y de satisfacción para
el ser humano de todas las épocas. Para Bloom, en su obra El canon occidental, la verdadera
utilidad del arte consiste en el crecimiento, en el desarrollo de nuestro propio yo interior. Esto
entronca con una larga tradición que consideraba que la experiencia estética nos permite
adentrarnos en una existencia más rica, abandonarnos sin riesgos a experiencias excitantes.
Los seres humanos no tenemos bastante con nuestra propia experiencia y buscamos
ampliarla. El arte y la experiencia del arte es un ámbito incomparable para ello, “El arte
actual, que tiene a su disposición las nuevas tecnologías del tiempo y de la imagen, goza de
una especial capacidad para hablar directamente con el lenguaje de nuestro tiempo; pero
como arte tiene un poder más grande aún para formular las preguntas y misterios más
profundos de la condición humana” (BILL VIOLA, en El arte en el fin de siglo, p. 103).

En resumidas cuentas hoy podemos decir que las vanguardias transformaron


completamente el panorama del arte del siglo XIX al XX, privilegiando, frente a la imitación
tradicional, la creatividad del artista, y frente al criterio de belleza, el de libertad. La
temporalidad, presente en la exaltación de lo nuevo, en la ruptura con el pasado, ha sido otra
de las referencias importantes de la modernidad. De esta manera, el arte del siglo XX ha sido
un arte extraordinariamente plural. Liberado del culto a la tradición, ha ido asimilando todos
los temas y materiales, ha buscado la originalidad y la novedad por todas las vías,
experimentando continuamente. Duchamp, por ejemplo, inventó los “ready made”, objetos de
uso corriente convertidos en obras de arte por la voluntad del artista que los saca de su uso
cotidiano y los pone en un museo, como su obra Fuente, un urinario enviado al Salón de los
Independientes en Nueva York, en 1917. Actualmente, el arte vive un estado de pluralismo
de tendencias en el que se mezclan multitud de estilos y revisiones de temas clásicos que se
presentan a veces como si fueran nuevos. Se habla con frecuencia de crisis de creatividad
favorecida porque la obra de arte, incluida la que se presenta como marginal, es un bien
comercial que rápidamente es absorbido por el mercado y adaptado al gusto medio.

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