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Pensamiento

Social
Cristiano
Pablo Peralta
Alejandro Méndez
Francisco Esquer

Prólogo de Mauricio Beuchot


Contenido

PRÓLOGO p1

LO SOCIAL CRISTIANO: ¿DOCTRINA? ¿ENSEÑANZA?


O ¿PENSAMIENTO? A manera de introducción p5

I LA CUESTIÓN DE LA INJUSTICIA p7

II DEFINICIÓN, FUENTES Y ALCANCES p12

III EL REINO DE DIOS COMO PUNTO DE PARTIDA p16

IV EL MAL Y LA MUERTE p21

V El MAL Y EL SISTEMA. LA IMAGEN DE BABILONIA p27

VI LA SUPERACIÓN DEL SISTEMA: BONDAD Y VIDA p32

VII EL SIMBOLO DE JERUSALÉN p36

VIII CUANDO LA FELICIDAD ES ILEGAL p42

IX HÉROES Y PROFETAS: EL AMOR AL POBRE p46

X EL PENSAMIENTO SOCIAL CRISTIANO p51


COMO CRÍTICA A TODO SISTEMA MORAL

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA p55


Prólogo
La obra que ahora nos entregan Pablo Peralta, Alejandro Méndez y Francisco
Esquer resulta muy importante y oportuna, ya que se trata de una exposición
de los principios fundamentales del Pensamiento Social Cristiano. Siempre es
conveniente volver y volver a los orígenes, y es lo que estos autores tratan de
hacer, inspirándose en la Sagrada Escritura, tanto en el Antiguo Testamento
como en el Nuevo, pues adoptan la imagen de los profetas, que en el primero
eran los que hablaban de esas cuestiones morales de la política, y también
adoptan la imagen de Jesús como buen samaritano, que se desvive por el
prójimo, tal como se presenta en el segundo. También acuden a la tradición de
la Iglesia y a sus santos doctores.

Comienzan introduciendo al Pensamiento Social Cristiano, aclarando que es


tanto enseñanza como doctrina, y tal vez más que todo eso, pues en Jesucristo
fue palabra de vida. Es verdad que ha sido formulado y reformulado al paso del
tiempo, pero queda siempre esa raíz que hunde en esa fuente originaria.

Se aborda la cuestión de la injusticia, la cual es el dato fuerte que incita a


reflexionar sobre lo social desde el cristianismo. De hecho, los profetas
clamaron contra la injusticia, en el Antiguo Testamento, y en el Nuevo, Jesús
clamó contra lo mismo: los que privan a los trabajadores del salario justo, los
que retienen el pago debido, los que oprimen con trabajos excesivos a los
pobres.

Tienen razón los autores en señalar que a veces la injusticia es escandalosa.


Principalmente en cuanto a la justicia distributiva, es decir, el reparto de los
bienes y servicios, que tocan más a los ricos y menos a los pobres. Esos
contrastes tan acusados que se dan en algunas sociedades tienen que ser
equilibrados con la solidaridad de todos.

Después de eso se puede dar la definición del Pensamiento Social Cristiano,


marcar sus fuentes y sus alcances. Se trata de un pensamiento comprometido,
que busca traducirse en praxis, al igual que todo pensamiento político. Pero es
eminentemente moral, es lo que lleva la moralidad a la política y a lo social
globalmente. Sus fuentes han sido múltiples: la Sagrada Escritura, la tradición
de la Iglesia, los teólogos y filósofos que han laborado en ella. Y su alcance es
múltiple, ya que trata de llegar a todas las actividades del hombre. Es como el

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Pensamiento Social Cristiano Prólogo

grano de mostaza, casi insignificante, pero que crece mucho, y como la levadu-
ra, que fermenta la masa, y aquí se trata de ser fermento de la masa humana.

En la definición que los autores aportan del pensamiento social cristiano se


pone de relieve su referencia a la persona. Está altamente centrado en ella,
como la filosofía personalista más reciente. La religión tiene derecho y hasta
obligación de preocuparse por esto, ya que tiene un alto contenido humanista,
derivado de lo teológico.

El Reino de Dios es el punto de partida, ya que es también la finalidad. “Primero


es el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se dará por añadidura”
(Mt 6, 33). Pero es que el reino de Dios es justicia, paz y gozo (Rm 14, 17). Si hay
justicia, hay paz; y si hay paz, hay alegría. Esas características fueron definición
del Reino de Dios establecida por el mismo San Pablo.

Es el reino de la caridad del amor de tipo ágape, esto es, de afecto hacia
los demás, preocupación por ellos y cuidado del prójimo. Se construye un
“nosotros” a través de la praxis comprometida hacia los demás. Es el
cumplimiento de las bienaventuranzas: los que sufren se alegrarán y los que
luchen por la justicia serán llamados hijos de Dios, etc. (Mt 5, 3-12).

El mal y la muerte son los opositores del Reino, ya que ese reino es vida eterna,
es decir, comienza desde ahora, pero se cumplirá perfectamente en la otra vida.
Con todo, el Pensamiento Social Cristiano no es, como muchas veces se ha
pensado (y se lo ha acusado) un paliativo para aceptar los males de esta vida,
por ejemplo la injusticia, pensando que todo se va a arreglar en la otra, ya que
el cristiano está llamado a influir en la sociedad desde ahora. La escatología es
el “ya, pero todavía no”. Se da ya, desde esta vida, pero todavía no tiene su
cumplimiento total, sino en la otra. Sin embargo, ya ha comenzado, y tenemos
la obligación de hacerlo efectivo desde ahora.

El mito simbólico del pecado original nos hace ver que nuestro egoísmo es el
que causa el mal (Gn 3, 1-24). Por eso debemos luchar por construir un mundo
mejor, abierto a la vida, al bien, a la justicia. Es el cumplimiento de la
escatología, que es utópica, pero llamada a concretizarse en este mundo.

El mal principal es el que hace el hombre, es decir, el mal moral, más que el mal
físico, que es el sufrimiento, y el mal metafísico, que es la imperfección.
Precisamente porque somos creaturas, somos imperfectos, y por eso padece-
mos esos males que Dios permite, pero Él no quiere el mal moral, el pecado. Y
ese mal se da como pecado institucional o estructural en el sistema que es
injusto. Por eso se le da la imagen de la Babilonia criminal, de ese reino de la
maldad (Salmo 137).

Babilonia es un símbolo, una metáfora o paradigma de la maldad. Es la violencia


que invade, que deporta y expulsa a los de un país, la que representa en el

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Pensamiento Social Cristiano Prólogo

Apocalipsis (caps. 17 y 18) el reino del demonio, y también se puede aplicar al


sistema injusto vigente.

Y, como es lógico, la superación de ese sistema perverso es la bondad y la vida.


Es decir, la construcción de las condiciones para que se dé una vida buena, una
que merezca la pena vivirse. Es lo que el cristiano edifica para sí mismo y para
los demás.

Pero esto requiere una conversión, para dedicarse a salvar al afligido, al des-
poseído, y dejar de hacer daño a las personas. La riqueza no es mala, pues da la
posibilidad de compartir, y ésta es la solidaridad que se necesita. No es un
llamado iluso a la buena voluntad, sino a la obligación real y vigente que tene-
mos hacia los demás.

Y aquí se tiene como símbolo a Jerusalén. Sobre todo una nueva Jerusalén, que
es el reino de Dios, ya en esta vida, y, sobre todo, la Jerusalén celestial, que será
la culminación de este esfuerzo, de una manera que no termina, que será la
vida eterna (Ap 21, 1-4).

Jerusalén es un símbolo contrario a Babilonia. Es la comunidad, en el sentido de


grupo de gente que quiere practicar la moral, salir de la muerte y dar vida a los
demás. En especial requiere una conversión a la vida ética, a una moral social,
a una justicia social.

Pero la felicidad es ilegal cuando sólo se atesora para uno mismo. El que hace
eso en realidad la pierde, mientras que el que procura la felicidad de su prójimo
en el fondo está garantizando la propia. Hay que hacer que nuestra felicidad sea
buscar la felicidad de los demás. En eso consiste la caridad, que es el amor cris-
tiano, más elevado que el amor humano sin más.

Se trata de un personalismo liberador, porque libera a la persona de su egola-


tría, y la impulsa hacia los demás. Esta ética liberadora es la que manifestó
Jesús en contra de la religión institucional de su pueblo y de su época. Y eso nos
da un ejemplo para tratar de mejorar las instituciones en las que nos encontra-
mos.

La historia ha tenido sus héroes y sus profetas. El concepto de profeta es judai-


co; el de héroe es griego. Pero se puede hacer que confluyan en el de santo, o,
simplemente, en el de hombre agradable a Dios, que era llamado el justo. En
esta síntesis se reúne el amor a Dios y el amor al prójimo, en especial es amor
al pobre, que es el prójimo más necesitado y, por ende, el que mejor nos manifi-
esta a Dios. Cuando se sirve al pobre se hace con Jesucristo, el cual lo dijo
constantemente.

El profetismo y el heroísmo cristianos es el de la caridad. Se necesita una virtud


heroica y una actitud profética, para denunciar la injusticia y para trabajar en

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Pensamiento Social Cristiano Prólogo

pro de la justicia. Oponiéndonos al estado represor, construyendo un nuevo


estado, y llegando a un estado clásico, en el sentido de lo más perfecto que se
pueda, en la paz, la justicia y el bien. Por eso hay éticas de la justicia y éticas del
bien o de la vida buena, que complementan a las anteriores. Y evitando que se
vuelva al estado represor.

Por último, el pensamiento social cristiano es una crítica a todo sistema moral.
Lo es porque él mismo es un planteamiento moral. La modernidad se encargó
de desconectar la moral de todos los saberes. De la política, del derecho, de la
economía. En todos ellos se estableció la utilidad, el poder, el prag matismo. En
la actualidad esto se ve en la necesidad que hay de la moral en la medicina, en
los medios o redes sociales, etc. Pues bien, el cristianismo contiene una moral,
y ésta se refleja en su pensamiento social.

Sin embargo, hay que evitar la tentación de reducir el Pensamiento Social Cris-
tiano a una sola moral; hay que negar la negación, superando eso; en efecto,
puede haber varias morales, pero habrá un solo y mismo Pensamiento Social
Cristiano, que las rebasa y supera a todas. Tal vez por contener lo mejor de todas
ellas, es decir, lo que se pueda aceptar de muchas y diversas éticas. Y siempre
se tendrá la actitud moral de la utopía, es decir, de la esperanza en un mundo
nuevo y mejor, por el cual vale la pena luchar.

Esto es lo que han sabido manifestar los autores de este libro, a los cuales debe-
mos nuestro agradecimiento, pues siempre conviene repasar nuestra doctrina,
y, sobre todo, profundizar en ella, para llevarla de una mejor manera a la
práctica.

Nos han hecho repasar los principios que contiene este pensamiento social.
El cual, por ser cristiano, recoge las aspiraciones que se han depositado en los
derechos humanos, ya que antes de ellos las contenía en forma de derechos
naturales, los cuales son los más firmes que puede tener el hombre. Y son lo que
posee cualquier persona por el hecho de haber nacido tal.

Mauricio Beuchot
julio 2020

Dr. Mauricio Beuchot Puente (Torreón, Coahuila, 4 de marzo de 1950). Es filósofo y sacerdote domini-
co mexicano. Autor de más de 150 libros individuales, más de 100 libros coordinados, editados, compi-
lados y antologías, y más de 400 artículos y ponencias sobre Filosofía medieval y novohispana,
Filosofía del lenguaje, Filosofía analítica, Estructuralismo y ante todo la Hermenéutica. Es el iniciador
de un movimiento/escuela filosófica denominada “Hermenéutica Analógica”, reconocida como una
propuesta original y novedosa en el campo de la hermenéutica y de la filosofía a nivel internacional.
Es investigador emérito en el Sistema nacional de investigadores del CONACYT. Desde 1990 es miem-
bro de la Academia Mexicana de la Historia, desde 1997 es miembro de número 1 en la Academia Mexi-
cana de la Lengua y desde 1999 es miembro de la Academia Pontificia de Santo Tomás de Aquino.
También es miembro y socio honorario de la Sociedad Cultural Sor Juana Inés de la Cruz (México).
Desde el año 2000, forma parte de la Academia Mexicana de los Derechos Humanos y desde 2006
del Seminario de Cultura Mexicana. Actualmente es investigador de tiempo completo y coordinador del
Seminario de Hermenéutica en el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM.

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Lo social: ¿doctrina?
¿enseñanza? o
¿pensamiento?
Hoy en día, uno de los retos más complejos que enfrenta la sociedad es el indi-
vidualismo que favorece un modelo económico y ha deteriorado las relaciones
entre los singulares (miembros). El sistema moral vigente es un sistema confor-
mado por sujetos egoístas a los que no les importa la construcción de un bien
común, ni promover la justicia y la paz, condiciones tan necesarias para vivir en
armonía y para que cada persona pueda alcanzar sus metas.

No cuesta mucho trabajo observar los resultados o consecuencias que ha


dejado esta manera en la que nos hemos desempeñado como sociedad.

Pese a que en la actualidad se ha generado riqueza y se han tenido grandes


avances en lo científico y tecnológico, la sociedad está cada vez más dividida y
en graves condiciones de desigualdad. Esto no debe pasar inadvertido para
quiénes se están formando humana y profesionalmente ya que serán parte de
una comunidad.

Ante esta realidad, se abre la discusión en torno a los posibles caminos que se
deben tomar, ¿qué modificaciones a la moral se pueden proponer? Por eso es
que desde la formación humano-cristiana se propone el estudio del Pensamiento
Social Cristiano.

1
La fuente que nutre estos “Apuntes” es la propuesta del teólogo, filósofo e historiador argentino-mexicano Enrique Dussel quien, por
más de cuarenta años, ha venido elaborando un pensamiento sistemático en constante diálogo (y crítica) con los representantes de las
principales interpretaciones teológicas tanto tradicionales como contemporáneas. La estructura expositiva de este trabajo retoma la
presentada en el libro de “Ética comunitaria” (referida en la bibliografía) en la que condensa una larga y ardua reflexión sobre la tensa
dialéctica entre lo social y su interpretación religiosa, específicamente cristiana y cuya mayor virtud es el planteamiento de una serie de
cuestiones y temas fundamentales y pertinentes correspondientes al complejo contexto contemporáneo en el que vivimos tanto a nivel
local, como nacional, continental y global.

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Pensamiento Social Cristiano ¿Doctrina? ¿Enseñanza? o ¿Pensamiento?

Hablar del Pensamiento Social Cristiano o Pensamiento Social y Moral Cristiana, como
algunos también lo llaman, puede llegar a confundirse con lo que tradicional-
mente se concibe como La Doctrina Social de la Iglesia. Podemos decir que el
Pensamiento Social Cristiano es una aportación a las ciencias humanas tales
como la antropología filosófica o la ética, inspirado en el cristianismo, es decir,
estudiando los principios que emanan de la Sagrada Escritura, la tradición, el
Magisterio o incluso, la misma fe. La ética y la antropología filosófica brindan
una estructura pedagógica que, al considerar los principios cristianos, generan
una ética y una filosofía liberadora y humanista que no requiere de ninguna
confesión religiosa o pertenecer a alguna Iglesia, basta simplemente que se
comprendan, compartan y operen dichos principios.

Por otro lado, La Doctrina Social de la Iglesia, a la luz de la palabra de Dios, es


una pedagogía del Magisterio de la Iglesia cuya enseña gira en torno a la impor-
tancia del papel o compromiso de los cristianos (católicos) dentro de los cambios
del mundo. Se le considera un referente para estimar el compromiso evangeli-
zador de los miembros de la Iglesia. Tiene, sin duda, mucho en común con el
Pensamiento Social Cristiano ya que su fuente es la misma, están inspirados en
el cristianismo como podemos leer en el siguiente párrafo.

“El Cristiano sabe que puede encontrar en la Doctrina Social de la Igle-


sia los principios de reflexión, los criterios de juicios y las directrices de
acción como base para promover un humanismo integral” (Antoncich,
R., & Munárriz, J. M, 1989).

Como podemos apreciar, tanto La Doctrina Social de La Iglesia como el Pensamiento


Social Cristiano, buscan la promoción humana a la luz de los principios cristianos;
sin embargo, y pese a que estos han sido la base de la moral occidental desde
hace diecisiete siglos a través de la religión católica y el cristianismo protestante, no
podemos decir que funcionen u operen de la misma forma.

Un Pensamiento Social Cristiano alimentará una filosofía antropológica y a una


ética crítica que pueden ser discutidas y debatidas desde su estructura
epistemológica, por lo que será de naturaleza crítica, en tanto que La Doctrina
Social de la Iglesia es una visión social a la luz del Evangelio como enseñanza del
Magisterio de la Iglesia, lo cual no representa ningún conflicto para un creyente
o practicante cristiano, pero sí presenta algunas limitaciones al momento de
plantearse a una sociedad más plural, abierta a otros credos, o incluso, a los no
creyentes.

Es por ello que la discusión y el análisis en clase de Pensamiento Social Cristiano


abre una posibilidad para aportaciones más académicas fuera del ámbito del
Magisterio de la Iglesia y a su vez, más aptas para la discusión antropológica y
ética en la construcción de una sociedad de diversos credos y valores, pero sin
renunciar o perder de vista los principios fundamentales del cristianismo.

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I. La cuestión
de la injusticia
La injusticia

[1] El problema es la injusticia. Si arrojamos la mirada a la realidad, haría falta


ser ingenuo o muy rico o estar muy alienado (o todo junto) para no darse
cuenta de la injusticia que nos circunda y que se extiende sobre el mundo.

Vemos pobres y vemos ricos. Vemos cada vez más pobres y quizá vemos, en
alguna de esas revistas “porno-financieras” como Forbes, cada vez más ricos,
pero nunca en proporción, siempre han sido y parece que serán menos.

En México nacer pobre es morir pobre, salvo que se ingrese a las filas de la
delincuencia organizada, o que se sea bendecido con el “hueso” que algún com-
padre o familiar concedió al ingresar a los herméticos, exclusivos y excluyentes
estratos de los poderes políticos y/o empresariales.

Dicen que dijo Salvador Díaz Mirón2 “...Nadie tiene derecho a lo superfluo,
mientras alguien carezca de lo estricto...” Parece que alguien, o algunos, lo
entendieron al revés.

Uno de los padres de la economía moderna3, que no Marx o alguno de sus segui-
dores, llegó a afirmar, palabras más palabras menos, que rico es aquél que
dispone del trabajo de los demás. Pobre es aquél que ni su propio trabajo le
pertenece…

2
Poeta veracruzano. Nació el 14 de diciembre de 1853 y murió el 12 de junio de 1928.
3
Adam Smith. Economista y filósofo escocés, considerado uno de los mayores exponentes de la economía clásica y de la filosofía de la
economía. Nació el 16 de junio de 1723 y murió en Edimburgo el 7 de julio de 1790.

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Pensamiento Social Cristiano La Cuestión de la Injusticia

La distancia que separa a unos y a otros es cada vez más ancha, más profunda,
insalvable. Por un lado, están aquéllos que se han apropiado, legalmente o no,
de gran parte de la riqueza de una región, de un país, de un continente, del
planeta; que se han apropiado de los beneficios creados por la ciencia y por la
cultura. Por otro lado, están aquéllos, gran mayoría, que en la conciencia de su
exclusión se topan con muros que les cierran el paso a sus aspiraciones de justi-
cia, de participación.

Una persona que no puede satisfacer sus necesidades, no puede tampoco


desarrollar sus capacidades: su humanidad queda comprometida y con ella,
quiéralo o no, la de la comunidad de la que forma parte: comunidad inhumana.

Y la pobreza engendra horrores. El horror del sufrimiento, de la desesperación,


de la desesperanza.

Y el horror podría enlistarse, enumerarse, ilustrarse… pero el horror fácilmente


se puede ignorar mientras se mantenga a la distancia, en lo abstracto de unas
líneas en el periódico, en la imagen de un noticiero o en la pantalla de la com-
putadora a través de alguna red social.

[2] Pero el horror no es “natural”, no es una “consecuencia inevitable” o forzosa


ante la cual sólo quepa la resignación. Los grandes problemas que atañen a
todos, que benefician a pocos y perjudican a muchos no son problemas sólo
“técnicos”, competencia de especialistas, sus causas más hondas penden de las
decisiones que unos cuantos toman, es decir, son éticas.

El mal (en sus múltiples expresiones) y las condiciones que anticipan la muerte,
encuentran su origen en el egoísmo, en la soberbia, en la ambición y en la
envidia. Los saldos de esas dinámicas e inercias que nacen de ello son la domi-
nación y la violencia a todos los niveles.

Y los hermanos luchan entre sí. Cada uno busca soluciones o beneficios indivi-
duales a problemas colectivos. La corrupción se normaliza. El otro es alguien
con quien se compite pues lo importante no es sólo ganar, sino contemplar
victorioso y desde la cumbre la derrota de los demás. El placer y el propio
beneficio es el epicentro desde donde todo debe propagarse…

[3] El contraste. La paradoja. Son innegables los desarrollos y avances en los


diversos campos de la vida humana. Actualmente las posibilidades se han
dilatado más que en épocas anteriores, incluso, hasta se podría acariciar la idea
de que hoy se cuentan con las condiciones, necesarias y suficientes, para redu-
cir los nocivos e inhumanos efectos de la pobreza y exclusión, para mejorar las
condiciones de vida de grandes sectores de la población a nivel mundial.

Pero esa posibilidad real se malogra porque “grupos minoritarios nacionales,


asociados a veces con intereses foráneos, se han aprovechado de las oportunidades

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Pensamiento Social Cristiano La Cuestión de la Injusticia

que le abren estas viejas formas de libre mercado para medrar en su provecho
y a expensas de los intereses de los sectores populares mayoritarios” (CELAM,
1979, No. 47).

Y es que esos grupos minoritarios, siempre minoritarios, “no han asumido


suficientemente la dimensión social de su compromiso (…) por aferrarse a sus
intereses económicos y de poder” (CELAM, 1979, No. 824) incapaces de “…vencer
sus egoísmos, su individualismo y su apego a las riquezas, obrando injusta-
mente y lesionando la unidad de la sociedad…” (CELAM, 1979, No. 966). La injusticia
es hija de ese juego que, aún de manera inconsciente, todos jugamos.

Por el momento entiéndase justicia en un sentido muy amplio, como aquello


que es exacto, que no tiene el número, peso o medida (ni más ni menos) que lo
que debe tener, como lo que ajusta bien con otra cosa (Real Academia Española,
2014). La dignidad de la persona es la referencia.

Toda acción, institución, iniciativa o sistema, serán justos si consideran, se


estructuran y operan en, con y desde la dignidad de la persona.

Los seres humanos son subjetivamente (personalmente) distintos, pero objetiva-


mente semejantes, semejantes en dignidad. Semejanza y distinción serán dos
palabras a las que se volverá más adelante, prematuramente se echa mano de
ellas tan sólo para referir que la vida del trabajador no es ni más ni menos digna
que la vida del patrón, tienen funciones distintas; que la vida del varón no es ni
más ni menos digna que la vida de la mujer; que no hay necesidades humanas
de primera o de cuarta categoría; que no hay personas con imaginario y conve-
niente “pedigrí” y personas “desechables”… y sin embargo, la injusticia se con-
creta en las relaciones que tenemos cada día, con los otros, en los diversos
espacios en los que se desenvuelve existencia.

[4] Todo acto (función, institución o sistema) que se pueda calificar como injusto,
indudablemente tendrá como origen una porción singular, personal, pero no de
manera exclusiva. El pobre o la víctima no es el único responsable de su condi-
ción, pues el pobre o la víctima pertenecen a una comunidad organizada por
estructuras, por instituciones económicas, políticas y culturales. Dichas estruc-
turas son las que favorecerán o dificultarán y hasta promoverán el surgimiento,
la preservación o consumación de la situación de pobreza y/o de víctima de la
persona.

¿Una persona es responsable del modelo de desarrollo implementado en un


país, en el que exige de los sectores más pobres un costo social realmente inhu-
mano?

Para hacer frente a la injusticia es obligatoria la iniciativa personal, pero no es


suficiente, es necesaria también la transformación de las estructuras en las que
esa injusticia tiene lugar y tiempo.

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Pensamiento Social Cristiano La Cuestión de la Injusticia

El anhelo de comunión que ha de construirse, poco a poco, parte de las raíces


más hondas de la convicción o mentalidad de las personas y ha de mostrarse en
la vida concreta, en las relaciones cotidianas, y por ello, en las dimensiones
económicas, políticas y culturales…

El escándalo.

[5] La injusticia es una llaga que vulnera a la humanidad.

Lo terrible: que la injusticia tenga por agentes y protagonistas a personas que


se presumen y ostentan el título de “cristianas”.

El escándalo: Cuando las diversas situaciones de injusticia se comprenden y


justifican como si fueran “originalmente cristianas”.

Hay una profunda contradicción. El abismo que separa a las personas, las
etiquetas, siempre perniciosas y reduccionistas, la permanente y siempre agra-
vada situación de amenaza en la que viven los más vulnerables, las posterga-
ciones y sometimientos indignos que sufren, refutan los valores de la dignidad
y de la solidaria fraternidad…

Las situaciones de injusticia y de lacerante pobreza denuncian que los cristianos no


han tenido la fuerza necesaria para conmover y cuestionar los criterios y las
decisiones de los sectores responsables del liderazgo ideológico y de la organi-
zación de la convivencia de los pueblos hacia una mayor humanidad.

[6] La gravedad de la injusticia se hace aún mayor cuando algunos fantoches


creen haber encontrado en el cristianismo la justificación de sus perversiones,
y con ello, la posibilidad de dormir “con la conciencia tranquila”.

Los cristianos, fieles a su “fundador”, asumen el compromiso de hacer oír su voz


denunciando y condenando todo aquello que atente contra el ser humano,
venga de donde venga, más aún cuando los llamados líderes se auto-engañan
diciéndose cristianos.

Y el escándalo no nace ante esas injusticias que todos los seres humanos somos
capaces de cometer aun sin intención pues la imperfección es característica
humana. El escándalo irrumpe cuando ni siquiera existe la posibilidad de reconocer
que la injusticia promovida, cometida, perpetuada o ignorada, es contraria a la
fe en el Dios anunciado por Jesús. Más aún, el escándalo preexiste porque la
injusticia no es sólo un episodio secundario para ser repudiado y corregido a
golpes de conciencia; sino porque impregna en sus raíces las leyes y normas de
convivencia en cualquier campo.

- 10 -
Pensamiento Social Cristiano La Cuestión de la Injusticia

Lo peor del horror: Injusticia institucionalizada en el nombre de Dios. Es en este


punto cuando el sentido mismo de Dios ha sido corrompido porque lleva a
creer que Dios no es Padre de todos, sino un siempre insatisfecho y caprichoso
dominador, se olvida que no puede haber nada que pueda estimarse como
divino si de antemano no es profundamente humano, es decir, humanizante y
humanizador.

Sean estas líneas el pre-texto de la reflexión…

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II. Definición,
fuentes y alcances
En lo que sigue se tiene la pretensión de exponer, en sus rasgos más generales,
lo que se entenderá, en estos apuntes, como Pensamiento Social Cristiano
(PSC).

[1] La primera pregunta que se ha de responder para avanzar paulatinamente en


este recorrido que apenas inicia es clara: ¿Qué es el PSC? La respuesta es: “…un
conjunto de categorías que emanan de la religión cristiana y de la razón
humana que se proponen a la comunidad para ayudar en el discernimiento de
las opciones y compromisos que conviene asumir para realizar transforma-
ciones en los diversos campos sociales y cuya finalidad última es la promoción
y liberación de toda persona”.

Una definición así, inevitablemente, necesita ser explicada en cada uno de los
elementos que la componen. Se comenzará por el término “categoría”.

Una categoría es un concepto (por ende, general y abstracto) que sirve para
establecer una clase, un tipo, condición o división de algo. Específicamente, el
PSC ofrece una serie de conceptos que sirven como principios de reflexión,
normas de juicios y criterios de acción, es decir, que ofrece unos conceptos que
permiten mirar (desde la perspectiva concreta emanada del cristianismo) una
realidad, en este caso “lo social”, permiten juzgarla, de manera razonable,
además de establecer algunas orientaciones y límites a las posibles acciones
por realizar. A lo largo de estos apuntes, la importancia y utilidad del PSC se irá
presentando con mayor claridad.

- 12 -
Pensamiento Social Cristiano Definiciones, fuentes y alcances

Un segundo punto que es necesario aclarar es el origen o fuentes del PSC.


A manera de pregunta: ¿De dónde viene el PSC? Tiene una doble fuente:

a) Los contenidos propios de la religión. Como fuente se tiene, en


primer lugar, a la Biblia o Sagrada Escritura en tanto revelación de Dios.
En segundo lugar, se considera la experiencia de fe de una comunidad, de
la Iglesia entendida en un sentido amplio, es decir, que comprende
tanto a las enseñanzas del papa y de los obispos como al pensamiento
de los Padres de la Iglesia, a la tradición teológica y a las expresiones
de la fe de la comunidad en general.

b) El ejercicio de la razón. Otra de las fuentes del PSC es el ejercicio de


la razón, entendida como la experiencia y conocimiento sobre la
dimensión comunitaria de la vida humana que se ha adquirido a lo
largo de la historia sin el auxilio o “iluminación” de la fe. Entre estas
fuentes podemos contar con los conocimientos pre-científicos, es
decir, aquellas intuiciones no tematizadas ni muy desarrolladas, pero
no por ello menos válidas o razonables; los conocimientos científicos
en tanto que estudian con rigor diversos fenómenos; conocimientos
“post-científicos” llamados así a las ideologías o utopías que pretenden
operacionalizar, concretar, las adquisiciones científicas.

La gama de elementos que provienen de la fe junto con los que provienen de la


razón, se unen en una síntesis que es, precisamente, la que conforma esas cate-
gorías referidas anteriormente.

El último punto por aclarar, con respecto a la definición, podría expresarse tam-
bién a manera de pregunta: ¿Por qué es necesario un discernimiento de las
opciones y compromisos que conviene asumir para realizar transformaciones
en los diversos campos sociales? Más específicamente, ¿Por qué los diversos
campos sociales necesitan ser transformados? La respuesta también se aclarará
según se avance en la reflexión, provisionalmente se puede enunciar así: Porque
ningún sistema, en ningún campo social (económico, político, educativo, de
salud, etc.) es perfecto, todos, por muy buenos que sean, tienen en diferentes
grados, consecuencias negativas para ciertos sectores de la población o perso-
nas, aún de manera no intencional. Con mayor claridad: si según la definición
dada, la finalidad última del PSC es la promoción y liberación humana, no hay ni
puede haber sistema humano que sea absolutamente justo. Es por ello que
hacen falta categorías que permitan pensar, juzgar y actuar para que los siste-
mas sociales sean lo más justos posibles.

[2] Para algunos, lo anteriormente dicho podría suscitar una pregunta por
demás justificada: ¿Por qué una religión como la cristiana se entromete en
cuestiones sociales? He aquí las razones:

- 13 -
Pensamiento Social Cristiano Definiciones, fuentes y alcances

a) Los problemas que tienen lugar en los diversos campos sociales


(económicos, políticos, educativos) no se reducen únicamente a sus
aspectos técnicos. Como problemas humanos tienen, inherentemente,
una dimensión ética. En este sentido, la fe forma la conciencia de la
persona para asumir sus tareas históricas (lo técnico), pero con aper-
tura a lo trascendente (responsabilidades éticas). En este sentido, la fe
apoya el orden social robusteciendo el sentido moral de las personas.

b) Se concibe que los problemas sociales tienen su origen y raíz en el


pecado de los hombres4, en la deshumanización y en el olvido de las
condiciones y características que humanizan a las personas. Los siste-
mas propios de cada campo tienden a ignorar e incluso contradecir su
misma razón de ser, sea esto de manera intencional o no-intencional,
pero ello no resta gravedad.

c) Las condiciones inhumanas de vida impiden la satisfacción de las


necesidades de las personas, y por ende, el desarrollo de sus capa-
cidades, lo que implica un cierto desprecio a la dignidad de la persona
en la muy contemporánea y moderna visión y concepción materialista
(reduccionista) de la vida.

d) La Iglesia, al ser una política teologal con una misión pedagógico


-profética5, tiene el deber de proponer a la comunidad de creyentes y
a todos los seres humanos, una visión humanizante y humanizadora a
partir de los contenidos propios de la fe cristiana, interpelante e inter-
pelada por las dinámicas de la vida en común.

[3] Ante lo expuesto hasta este momento es necesario hacer algunas preci-
siones y matices que ayudarán a ubicar la importancia del tema que compete.

En primer lugar, el PSC no puede ser una propuesta unívoca, es decir, no puede
proponer una ley o regla, sistema, institución, funciones o actos únicos aplica-
bles en todos los casos. El PSC proporciona, como ya se refirió, unas categorías
(teóricas, abstractas) que cada comunidad deberá llevar y aplicar a su contexto
específico según sus necesidades y prioridades concretas. En este sentido, el
discernimiento6 de algunas comunidades puede coincidir en opciones, por
ejemplo, en el campo de la política, aunque serán distintas en sus aspectos
prácticos.

En segundo lugar, el proceso de discernimiento exige que sea realizado por la


Iglesia, es decir, por la jerarquía y la comunidad no sólo de creyentes, sino la
comunidad humana. El prescindir de alguno de estos términos implicaría una
parcialidad que invalidaría dicho proceso.
4
Este concepto se aclarará en el Capítulo IV: El mal y la muerte.
5
Definición planteada y desarrollada en la asignatura antecedente, Iglesia Comunidad de Creyentes.
6
Entendido como el proceso por el cual se percibe la o las diferencias entre dos o más cosas comparadas. Implica una aptitud ligada a
la elaboración de juicios valorativos sobre lo bueno o malo, correcto o incorrecto, justo o injusto de algo. Del juicio valorativo se sigue
un actuar prudente.
- 14 -
Pensamiento Social Cristiano Definiciones, fuentes y alcances

En segundo lugar, el proceso de discernimiento exige que sea realizado por la


Iglesia, es decir, por la jerarquía y la comunidad no sólo de creyentes, sino la
comunidad humana. El prescindir de alguno de estos términos implicaría una
parcialidad que invalidaría dicho proceso.

En tercer lugar, el PSC no se opone al pluralismo, es decir, no se opone a las


distintas visiones críticas y alternativas previas y posteriores al discernimiento,
por el contrario, debe fomentarlas, y esto debido a que la diversidad de
perspectivas puede enriquecer la reflexión, la adopción de alguna postura (ya
que en cuestiones sociales la neutralidad es imposible) y la praxis concreta.

En cuarto lugar, el PSC si bien puede coincidir con los planteamientos de algún
grupo de la sociedad civil o partido político, no es ni puede reducirse a una
ideología que se agote en dichos agentes sociales. En este caso, el PSC se alza
como un punto de referencia crítico ante cualquier sistema, institución, función
de implicación o repercusión en la vida de la comunidad.

Con lo hasta aquí dicho se cuentan ya con los elementos mínimos, pero sufi-
cientes, para avanzar y adentrarnos en el contenido del PSC.

- 15 -
III. El Reino de Dios
como punto de partida
El encuentro entre personas es el hecho más universal de la experiencia
humana. Es un punto de partida tan sencillo que podría parecer obvio, pero es
el punto de partida y horizonte de comprensión de nuestro estudio. La impor-
tancia de este planteamiento adquiere mayor relieve en un ambiente cristiano,
pues constituye el presupuesto y condición para la comunidad, que es la esencia de
la vida cristiana, supone estar junto a los demás y junto a Dios.

Para efectos de nuestro estudio, llamaremos “praxis” a la relación persona a


persona y a cada acción consciente con la que se interactúa, ya sea directa-
mente (saludar, dialogar) o indirectamente (regalar un objeto, enviar una
carta). En todo caso, la praxis constituye la manera de estar ante el otro en una
relación persona a persona o, para decirlo más bíblicamente, “cara a cara”. Esta
manera de entender la praxis nos permite distinguirla de la acción sobre las
cosas materiales. El trabajo sobre la naturaleza (cosas) es llamado “poiésis”.
La poiésis transforma o modifica los objetos externos y materiales. La praxis, en
cambio, edifica a las personas en la comunidad. Praxis, entonces, significa obrar
con y en otro u otros.

Nos hemos enfocado en definir a la praxis como relación. Es momento de dar el


siguiente paso y entrar en el estudio de los extremos de dicha relación: las
personas. Los extremos de la relación práctica son personas, y en rigor, sola-
mente cuando se está en relación, una persona se constituye como tal. Cuando
alguien está solo o con las cosas de la naturaleza, en cierta manera se deja de
ser persona. En la tradición hebreo-cristiana, la relación persona-persona se
expresa como un encuentro “cara a cara”. El libro del éxodo relata que el Señor

- 16 -
Pensamiento Social Cristiano El reino de Dios como punto de partida

hablaba con Moisés “cara a cara” y san Pablo, en su carta a los Corintios proclama
que al final, veremos a Dios “cara a cara”. Cuando una persona se presenta ante
otra en un encuentro cara a cara, se trata de un encuentro personal que exige
una praxis ética, porque la otra persona importa e interesa. No es la misma
relación que se realiza con las cosas impersonales. Cuando se trata de personas,
ella es alguien para mí y yo soy alguien para ella. La otra persona ya no resultará
entonces ajena o extraña, se disuelve la distancia emocional y espiritual y
queda inaugurada la relación de proximidad. La otra persona queda próxima a
la propia vida. Esa cercanía constituye al otro como prójimo.

Un ejemplo claro de la importancia del rostro y del encuentro cara a cara para
entender al otro como alguien importante es el lenguaje cinematográfico.
El séptimo arte es rico en símbolos que expresan motivaciones e intenciones de
los personajes. En general, cuando los villanos utilizan ejércitos bajo sus
órdenes, sus miembros son presentados con los rostros cubiertos. De esta
manera, el director evita que el espectador empatice con ellos. Si alguno de sus
miembros se une a las fuerzas del bien, se quitará la máscara y así comenzará a
ser importante para nosotros. El caso de los héroes enmascarados es aún más
interesante. La máscara es utilizada para ocultar algo importante que general-
mente va más allá de su identidad. Puede ser la procedencia, un evento del
pasado o una debilidad. Cuando la intención es aumentar el interés de los
espectadores o mostrar la vulnerabilidad del héroe, también se le despoja de la
máscara, ya sea por la batalla o un accidente o simple conveniencia del guion.

En la película Spiderman II resulta emblemática la escena del tren. La secuencia


inicia con nuestro héroe quitándose la máscara, lo que nos anticipa que no se
tratará de una simple escena de acción, sino que mostrará su personalidad y
luchas internas. Cuando Spiderman realiza los primeros intentos para detener
el tren, el espectador puede ver su rostro de angustia, pero los pasajeros no,
porque lo tienen de espaldas. Eso es símbolo de la poca empatía de ellos con el
personaje, incluso le reclaman que falle en sus primeros intentos: “¿Alguna otra
brillante idea?”. Cuando Spiderman finalmente salva a los pasajeros, se desva-
nece y sólo al ser salvado, los pasajeros pueden ver su rostro y quedan profun-
damente sorprendidos: “¡Es un niño, solamente! No mayor que mi hijo”. Ahora
pueden ver el rostro des-cubierto y contemplarlo en un momento de debilidad.
Anteriormente eran incapaces de captar su vulnerabilidad, pero ya Spiderman
deja de ser un símbolo y es casi un niño, una persona. Al ver la preocupación del
héroe al ver su rostro revelado, pero un par de niños le devuelven la máscara
para cubrirse el rostro mientras ellos exclaman: ¡Qué bueno que volviste,
hombre araña!”. Al ocultarse el rostro, la persona desaparece. La intención del
ejemplo es mostrar la importancia de la elocuencia del rostro en el encuentro
cara a cara que hace posible captar a la otra persona como prójimo.

El tipo de relación que se establece entre personas entendidas como prójimos


es el amor. Sin embargo, no podemos perder de vista que la palabra “amor” es
de las más desprestigiadas por el uso inadecuado y en ocasiones frívolo del
término. En nuestro caso, hablamos del amor de “agapé”, donde nos referimos
- 17 -
Pensamiento Social Cristiano El reino de Dios como punto de partida

a un amor que va más allá del amor por mí mismo y llega al amor al otro por él
mismo, hacia su persona porque toda persona es sagrada. Es el “amor de justicia”,
un amor cristiano altamente exigente, que supera la autocomplacencia y se
entrega. No ama al otro por lo que me puede dar. Realmente ama al otro como
otro, pues “no hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn.
15,13).

El encuentro cara a cara, el amor de “agapé”, la relación persona a persona y las


demás categorías que hemos manejado dejan de ser conceptos abstractos
cuando se ponen en práctica dentro de la comunidad. Aquí reside la impor-
tancia de la praxis comunitaria. El amor cristiano sería estéril en la soledad o
aislamiento, pues está llamado a vivirse en comunidad. Cuando el amor de
justicia tiene la voluntad de hacer el bien es amor de “benevolencia”. Cuando la
benevolencia es mutua, se trata de amor cristiano pleno, es decir, la caridad.
Aquí se comparte el amor al otro como otro, se comparte la motivación funda-
mental. La comunidad mantiene su unidad al tener todo en común. Todos
importan, todos son personas y resultan valiosos y es así como se alcanza la
praxis de la caridad. Es por ello que la comunidad es el motor de la historia. El
cambio no lo hago sólo yo ni lo haces sólo tú. Lo hacemos “nosotros”.

El “nosotros” propio de la comunidad cristiana está constituido por personas


libres y plenas que celebran esta vida en común asumiendo la totalidad de la
vida. Se celebra un amor expresado por los hechos más que por las palabras. La
celebración tiene que ser coherente con lo celebrado, de manera que los
elementos de unión común (comunión) y fiesta necesariamente estarán
presentes. Un momento especialmente elocuente de unión y convivencia es la
comida familiar. Cuando una persona invita a otra a su mesa para compartir los
alimentos lo incluye a uno de los momentos más significativos de la vida fami-
liar y para ello le abre las puertas de su casa, le da un lugar en la mesa y le ofrece
el fruto del trabajo de quien trajo el sustento y de quien preparó los alimentos.
Se le invita a la vida en familia. Desde un principio, la comunidad cristiana ha
encontrado en el alimento un signo de comunión con los hermanos y con Dios.
Al partir y compartir el pan, que “presencializa” el fruto del trabajo del hombre
(pues el pan, antes que trigo, es mano que siembra) se ofrece al hermano y se
le da gracias a Dios, es la Eucaristía (eu- buena –jaris acción de gracias). Es por
ello, que desde los primeros testimonios escritos de la vida cristiana se muestra
a los cristianos en pequeñas comunidades viviendo una vida en común y cele-
brando la eucaristía. Son comunidades ejemplares que se presentan como
ideales a seguir en nuestro horizonte práctico.

La praxis, como acción y relación, tiende a realizarse en el gozo y alegría. Son los
frutos de la satisfacción. ¿Qué es lo que ha quedado satisfecho? La necesidad.
En la primitiva comunidad cristiana cada uno recibía según su necesidad. Desde
una teología de la necesidad se entiende la eucaristía, la comunidad, la justicia
y el Reino, porque todas estas realidades son necesarias para vivir, para revi-
talizar a cada uno de los miembros de la comunidad que se van desgastando
corporal y espiritualmente al consumir su vitalidad en los afanes de la vida

- 18 -
Pensamiento Social Cristiano El reino de Dios como punto de partida

diaria. Por ello, el punto de partida y el criterio absoluto del juicio final es el
trabajo por la satisfacción de las necesidades de la comunidad: dar de comer al
hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo y visitar al enfermo.
Este tipo de necesidades niegan que la necesidad de alimento, agua, vestido y
compañía hayan quedado satisfechas. Estas necesidades también pueden
simbolizar sed y hambre histórica. La satisfacción del acto de comer, beber,
abrigarse o convivir son la negación de las negaciones primeras, provocando la
alegría de la realización del Reino y convierte la vida de la verdadera comunidad
en una fiesta donde se realiza la justicia y se celebra con gozo.

¿En qué consiste el Reino de Dios que Jesús predica? Esencialmente, en la realización
plena de la positividad absoluta e infinita: Los que ahora sufren, recibirán con-
suelo; los que ahora son oprimidos, heredarán la tierra; los que ahora tienen
hambre, serán satisfechos; los que ahora sirven, serán servidos; los que tienen
corazón recto, estarán cara a cara con Dios; los que luchan por la paz, serán
hijos de Dios. El Reino de Dios termina con las negatividades actuales e instaura
la comunidad final donde cada persona está ante otras personas y esencial-
mente ante Dios mismo en la alegría total.

Lejos de pensar que tal realización del Reino de Dios ha de quedar solamente
como un evento que se llevará a cabo en un futuro remoto, urge tomar concien-
cia de que el Reino ya ha comenzado ¿dónde? en la comunidad. La inquietud no
es nueva. Los apóstoles le preguntan a Jesús resucitado si ya habría de restaurar
el reinado de Israel, y aunque ellos pensaban en un reinado político que derro-
cara al imperio romano, Jesús promete la fuerza del Espíritu Santo descendiendo
sobre la comunidad cristiana que nacía en ese momento. Queda claro que el
Reino de Dios no comparte el estilo de los reinados del mundo, sino que se
despliega de manera misteriosa en la comunidad, donde se busca el Reino de
Dios y su justicia, donde las personas se unen en el amor mutuo y en la justa
repartición según las necesidades de cada uno. La comunidad es el “ya” del
Reino que ha iniciado en la realidad de nuestros tiempos.

El Reino “ya” se realiza en la comunidad, pero “no todavía” cómo será en su


realización plena. Existe siempre un “más allá” de la realización humana y
queda para el momento de la trascendencia absoluta. Más allá de los proyectos
históricos, el Reino es el objetivo de una esperanza aquí y ahora de un sistema
más justo y feliz. Es una meta histórica futura que permanece siempre y que
mide todo proyecto histórico desde una ética cristiana. El Reino es proyecto,
esperanza, inspiración y utopía que mueve para anticiparlo “ya” en la comuni-
dad actual. El Reino de Dios como horizonte escatológico7, donde “ya” se manifiesta
en la comunidad cristiana, aunque “no todavía” como se consumará en la pleni-
tud de los tiempos, es una luz que ilumina el proyecto cristiano y el horizonte
desde donde se critica todo discurso ético y social.

7
Este término refiere a “lo último”, es decir, a las realidades últimas, sobre el mas allá, lo posterior al a muerte. La rama de la teología
que reflexiona sobre este tópico es la escatología.

- 19 -
Pensamiento Social Cristiano El reino de Dios como punto de partida

PREGUNTAS EN SERIE

¿Afectan las relaciones virtuales la fuerza del encuentro cara a cara? ¿Puede el
hombre ser tratado como una cosa en la que se trabaja más que como una
persona con quien se vive la praxis cristiana? ¿La proximidad del prójimo debe
ser exclusivamente física? ¿Existen otros tipos de proximidad? ¿Qué concep-
ciones deformadas de “amor” dificultan la comprensión del amor cristiano de
agapé? ¿Es posible vivir un amor solitario sin la construcción del “nosotros”
comunitario? ¿Puede una celebración (la eucaristía, por ejemplo) convertirse
en un rito vacío de contenido? En este caso “¿Qué responsabilidad tendrían el
rito en sí mismo y la comunidad que lo celebra? ¿Qué fiestas comunitarias de
nuestro entorno responden a la gratitud por la satisfacción de las necesidades
fundamentales de la persona? ¿Crees que sea posible vivir con los valores del
Reino de Dios en nuestra comunidad?

- 20 -
IV. El mal y
la muerte
El capítulo anterior ha sido dedicado a definir la praxis cristiana como la vida
comunitaria inspirada en los valores del Reino de Dios, considerando que en
ello reside la felicidad, la realización, la santidad y el encuentro cara a cara de
las personas entre sí y con Dios. En contraparte, el propósito principal del
presente capítulo consistirá en exponer en qué consiste la realidad y las raíces
profundas de lo que rompe a la comunidad, es decir, de la maldad y la muerte.
Para ello, recordemos las desafortunadas declaraciones de la diputada Luz
Elena Govea ante la petición de trabajo digno por parte de algunos represen-
tantes de las comunidades indígenas:

México.- Integrantes de grupos indígenas se reunieron con diputadas de la


Comisión de Derechos Humanos y Grupos Vulnerables del Congreso de
Guanajuato para exponer la falta de trabajo y opciones educativas que
experimentan. El encuentro tuvo lugar en el Palacio Legislativo y contó
con la participación de representantes de distintas etnias, así como del
Consejo Indígena de León, mismo que denunció al gobierno municipal
panista de impedirles la venta de sus artesanías y productos.
La presidenta de dicha comisión, Luz Elena Govea del PRI, pidió a los
solicitantes "no dejen de vender sus nopalitos y sus artesanías" debido a
que no puede imaginar a las mujeres indígenas laborando en una fábrica,
haciendo el aseo en un edificio o detrás de un escritorio. "Se los digo con
todo respeto, cuando ustedes piden trabajo es necesario que manifestemos
cuáles son nuestras aptitudes... no me imagino a las mujeres indígenas en
una fábrica, haciendo el aseo de un edificio, detrás de un escritorio. Me
las imagino en el campo, en sus casas haciendo artesanías, haciendo el
trabajo de sus comunidades indígenas... No busquen espacios donde no

- 21 -
Pensamiento Social Cristiano El mal y la muerte

los hay, porque los tienen, donde podemos proporcionarles apoyo", recalcó,
aunque Juan Margarito Sánchez Hernández, integrante del Consejo de
León le mencionó que estaban siendo desalojados de los paraderos del
Sistema Integral de Transporte. Las declaraciones de esta diputada
generaron reacciones en redes sociales, por el evidente tinte de discrimi-
nación, algunos incluso la apodaron ya "Lady Nopales"

El mal, la maldad nace de la ruptura del encuentro cara a cara que hacía posible
la relación de amor cristiano. Uno de los términos o actores de la relación se
absolutiza y niega al otro como persona y empieza a tratarlo como un objeto
para beneficio de sus intereses: lo cosifica. De esta manera es cómo podemos
entender, por ejemplo, la existencia de la enorme brecha entre ricos y pobres,
la existencia de países poderosos con gran calidad de vida y la de países donde
el hambre y las epidemias son una dolorosa realidad cotidiana. El mal siempre
comienza por la negación del hermano que termina siendo dominado en una
relación persona-cosa (cosificación) olvidando la relación persona-persona
(praxis cristiana). El otro, de ser persona pasa a ser cosa, un medio al servicio
del dominador, una cosa que sirve pasa ser utilizada a beneficio del poderoso.
En todo caso, la ofensa contra Dios significa siempre un acto de negación o
dominación contra el hermano: Caín que mata (niega) a Abel; Egipto que
esclaviza (domina) al pueblo de Israel o las comunidades indígenas que son
entendidas como máquinas expendedoras de nopales mientras se les niega el
acceso a fuentes formales de trabajo y prestaciones de ley, son ejemplos de
maldad donde la ofensa contra el otro implica una ofensa contra el Otro absoluto,
que es Dios.

Cuando una persona niega la relación con el otro y por ello con el Otro absoluto,
queda solo. Los demás ya no son considerados personas, sino cosas, instrumen-
tos a mi servicio empleados para mis intereses. Poc o a nada importan las aspira-
ciones o necesidades de los demás. Todo eso es ignorado o negado. El mal del
pecador consiste en negar al hermano y a Dios, cayendo en un culto de idolatría
a su ego, donde él mismo es el fetiche con pretensiones de divinidad. ¡Claro! Al
no figurar Dios en el horizonte de la vida, nadie queda por encima del pecador.
Al negar la personalidad del otro, queda como dueño de “lo otro”, ya que lo
considera mero instrumento y se afirma a sí mismo como Dios.

El fetichismo consiste en la supuesta divinización de la persona encerrada en su


propio yo. La idolatría es en realidad una egolatría cuando el propio “yo” se
intenta divinizar, convertirse en fetiche. Desde el relato del libro del Génesis
donde Eva dialoga con la serpiente, la tentación es la de ser los absolutos,
simbolizada en el fruto prohibido consiste en “ser como dioses”, es decir,
disponer del poder de servirme de los demás y olvidarme de la relación cara a
cara, el amor, la responsabilidad, el compromiso y el servicio a los demás. La
misma lógica aplica para los dioses modernos como los estereotipos opresores,
las leyes del libre mercado, el poder o la popularidad en redes sociales: despojan al
hermano de su rostro y personalidad y lo transforman en un simple vendedor
de nopales, “cliente”, “la banda que me respalda” o “follower”.

- 22 -
Pensamiento Social Cristiano El mal y la muerte

El mito de Adán (recordando que el “mito” es un relato racional construido


sobre la base de símbolos) afirma la libertad radical de la humanidad ante el
mal. El relato presenta un enfrentamiento entre dos libertades: el que tienta (la
serpiente) y quien es tentado (Adán y Eva). El que tienta propone, ofrece,
seduce a una libertad que puede decir “¡No!”. Es por eso que tiene que propo-
ner una realidad persuasiva y sugerente: “serán como dioses”. Ante la posibilidad
real de decidir entre la obediencia y la tentación, el hombre puede optar, elegir.
Tiene la capacidad de discernir entre el bien y el mal. La naturaleza libre de sus
actos hace valiosa su fidelidad o lo hace responsable de su caída. Pecamos
porque queremos, porque así lo decidimos. Decidimos dominar o dejarnos
dominar. Pero en ambos casos negando la comunidad de personas. El pecado
así descrito, solamente es individual al estudiarlo de forma abstracta. En la
realidad, el pecado siempre afecta la relación con otros.

El relato mencionado en el párrafo anterior es comúnmente conocido como el


pasaje del “pecado original”, que antiguamente era pensado como una herencia
fruto de la concupiscencia inherente al deseo corporal erótico propio de la
relación íntima. Aquí lo pensaremos de otra manera y lo llamaremos “pecado
originario”, siendo aquél que nuestro ser recibe o hereda desde su origen, tanto
en su dimensión carnal como en su dimensión social. El Pecado originario es
heredado desde el momento en que recibimos la condición de ser miembros de
la clase social dominante o de la clase dominada desde nuestro propio origen.
Cuando nuestro grado de madurez personal nos permite acceder a una libertad
efectiva (alrededor de la adolescencia), ya nos encontramos siendo de la clase
patronal o trabajadora, campesinos o empresarios, mujer o varón, etc. Nuestra
vida ya es así: son fundamentos recibidos o heredados. Son condiciones que se
desprenden del pecado originario que recibimos o heredamos porque son
transmitidas incluso desde las estructuras culturales, políticas, económicas,
religiosas, eróticas, etc.

El mito de Adán (recordando que el “mito” es un relato racional construido


sobre la base de símbolos) afirma la libertad radical de la humanidad ante el
mal. El relato presenta un enfrentamiento entre dos libertades: el que tienta (la
serpiente) y quien es tentado (Adán y Eva). El que tienta propone, ofrece,
seduce a una libertad que puede decir “¡No!”. Es por eso que tiene que propo
-ner una realidad persuasiva y sugerente: “serán como dioses”. Ante la posibili-
dad real de decidir entre la obediencia y la tentación, el hombre puede optar,
elegir. Tiene la capacidad de discernir entre el bien y el mal. La naturaleza libre
de sus actos hace valiosa su fidelidad o lo hace responsable de su caída. Peca-
mos porque queremos, porque así lo decidimos. Decidimos dominar o dejarnos
dominar. Pero en ambos casos negando la comunidad de personas. El pecado
así descrito, solamente es individual al estudiarlo de forma abstracta. En la realidad,
el pecado siempre afecta la relación con otros.

El relato mencionado en el párrafo anterior es comúnmente conocido como el


pasaje del “pecado original”, que antiguamente era pensado como una herencia

- 23 -
Pensamiento Social Cristiano El mal y la muerte

fruto de la concupiscencia inherente al deseo corporal erótico propio de la


relación íntima. Aquí lo pensaremos de otra manera y lo llamaremos “pecado
originario”, siendo aquél que nuestro ser recibe o hereda desde su origen, tanto
en su dimensión carnal como en su dimensión social. El Pecado originario es
heredado desde el momento en que recibimos la condición de ser miembros de
la clase social dominante o de la clase dominada desde nuestro propio origen.
Cuando nuestro grado de madurez personal nos permite acceder a una libertad
efectiva (alrededor de la adolescencia), ya nos encontramos siendo de la clase
patronal o trabajadora, campesinos o empresarios, mujer o varón, etc. Nuestra
vida ya es así: son fundamentos recibidos o heredados. Son condiciones que se
desprenden del pecado originario que recibimos o heredamos porque son
transmitidas incluso desde las estructuras culturales, políticas, económicas,
religiosas, eróticas, etc.

El pecado originario es histórico y estructural y lo heredamos en una praxis que


nos constituye relativa y originariamente. Tanto el niño que nace varón, rubio,
de clase alta y en zona residencial; como la niña que nace mujer, morena, de
madre soltera y desempleada y en una colonia popular, nacen en un entorno
que estructuralmente los prejuzga y clasifica. Tienen distintas expectativas
sobre su calidad de vida y tendrán a su alcance distintos tipos de opor-
tunidades. Todo eso inicia incluso desde antes de su nacimiento y al ver la luz
de este mundo reciben sus condiciones particulares como una herencia social
aceptada estructuralmente por el mundo. Es un problema originario.

Es necesario que hablemos del pobre y la pobreza. En sentido bíblico, “pobre”


es el término oprimido, humillado, cosificado e instrumentalizado en la relación
de dominación llamada “pecado”. En la misma sintonía, no llamamos “pobreza”
a la simple carencia de bienes, sino a la condición de ser sometido y dominado
por el pecador, siendo incluso despojado del fruto de su trabajo. Pobre y rico
son categorías dialécticas en el pensamiento bíblico, es decir, enunciar uno de
esos términos incluye y supone al otro. Tal como “padre” incluye el tener un
“hijo”, la presencia de un “pobre” supone la existencia de un “rico” que se
aprovecha del fruto del trabajo de aquél.

Con el pecado llega la muerte. Ya san Pablo nos habla de la muerte como conse-
cuencia del pecado en el mundo. ¿A qué tipo de muerte se refiere? Podemos
distinguir tres tipos:
• La muerte física como final de la vida biológica.
• La muerte eterna como condenación.
• La muerte que sufre el pobre al ser despojado de su vida por parte del
rico. En este tercer concepto de muerte nos detendremos para su estu -
dio.

En el lenguaje bíblico, “el pan” simboliza el fruto del trabajo y esfuerzo de la vida
del hombre, mientras que “la sangre” es donde reside dicha vida. El libro del
Eclesiástico nos enseña que “mata a su prójimo quien le quita su sustento;

- 24 -
Pensamiento Social Cristiano El mal y la muerte

quien no paga un salario justo derrama sangre” (Eclo. 34, 22). De manera que el
rico, al ser el dominador del pobre, le arrebata el fruto de su trabajo y le paga
con el mínimo salario posible, muy lejos del horizonte de la justicia (aunque tal
vez dentro del marco de la legalidad). La vida del rico se explica desde el despojo
del pobre, a quien le es enajenado el fruto de su trabajo. El pobre difícilmente
comprará el automóvil que fabrica o disfrutará de las albercas que limpia,
porque son ajenas. Le ha sido arrebatado “el pan”, el fruto del esfuerzo y trabajo
de su vida y se ha derramado su sangre, muy frecuentemente de manera simbólica
y en ocasiones incluso de manera literal. Tal como la sangre de las víctimas
“animaban” a los antiguos dioses fetiches, la sangre de nuestros pobres es
derramada para animar los egos fetichizados de los poderosos de nuestros días.
En el altar de las teorías abstractas del libre mercado se sacrifica la vida de
personas reales.

Al pensar este pecado originario heredado dentro de una estructura social


institucionalizada en orden al mal o maldad social, podríamos cuestionar la
existencia de la responsabilidad individual sobre el pecado cometido. En realidad,
cada individuo, como uno de los términos de la relación social, asume consciente-
mente su lugar en la estructura institucional del pecado, conscientemente se
afirma en el poder, la fuerza, la riqueza, la belleza y la cultura. Conscientemente
se conoce y se admite la humillación, la debilidad, la fealdad y la vulnerabilidad
del pobre que se desprecia. Siempre existen la conciencia y la responsabilidad
individual y personal del pecado propio. Sin duda existirán condiciones o
circunstancias que actuarán como agravantes o atenuantes de la falta cometida,
pero siempre existirá la responsabilidad personal en el acto de negar al otro
término de la relación social, es decir, en el acto de dominación e instrumenta-
lización del hermano.

En sus diálogos con los fariseos, Jesús habla del Maligno y sus seguidores
cuando contestaba: “Ustedes tienen por padre al diablo y quieren realizar sus
deseos. Él fue asesino desde el comienzo” (Jn. 8, 44). Para efectos de claridad
en la exposición, diferenciemos tres dimensiones del pecado:
• El pecado es individual, en cuanto realizado por una persona concreta.
• El pecado es social, histórico e institucional en cuanto se encuadra
dentro de las estructuras temporales y realidades colectivas.
• El pecado, además, es “el príncipe de este mundo” en cuanto se organiza,
tiene conciencia de sí y funciona como un sujeto: Satán, el Maligno.

Tomado en cuenta el enfoque de nuestro curso, no profundizaremos en el estu-


dio del Maligno como un espíritu puro, sustantivo y personal (enfoque que no
negamos). Nos centramos en la comprensión de la praxis histórica de
dominación donde el pecado se ha arraigado tan profundamente que se
institucionaliza a través de estructuras políticas, religiosas y económicas.

Se ha normalizado el pecado hasta un punto donde pensamos que el mundo es


así. De allí la expresión del pecado y el maligno como “príncipe de este mundo”,

- 25 -
Pensamiento Social Cristiano El mal y la muerte

el mundo corrompido hasta sus cimientos por el pecado. Satán ejerce su reinado en
este mundo a través de sus ángeles: los hombres que dominan a sus hermanos,
los que utilizan las estructuras históricas de pecado como modelo de relación
social, los que corrompen las instituciones del entramado social para someter y
dominar a los demás.

Como conclusión, podemos afirmar que nuestro capítulo de “El mal y la muerte”
es la contraparte del capítulo anterior “El Reino de Dios como punto de partida”
y muestra al pecado como el principio negativo que obstaculiza la construcción
de la comunidad bajo una supuesta afirmación de la individualidad que al final
se exacerba y termina por absolutizarse. En la auténtica comunidad, la
individualidad es mucho más que un fetiche. La comunidad facilita la
realización en plenitud de la persona sin necesidad de negar al otro. “El rico”
visto como categoría relacional donde ejerce el dominio, no podrá salvarse sin
renunciar a la fetichización de su ego y a la negación del otro término de la
relación.

PREGUNTAS EN SERIE

¿Cómo nace el mal en el mundo? ¿El relato bíblico atribuye a Dios la presencia
del mal? ¿Puedes poner un ejemplo actual donde el hombre sea instrumenta-
lizado o cosificado? ¿Por qué la ofensa contra el otro es también una ofensa
contra Dios? ¿Realmente han existido en la historia grandes líderes que quieran
ocupar el ser como dioses? ¿Hasta qué punto nuestras circunstancias pueden
limitar nuestra capacidad para decidir? ¿Puede desaparecer nuestra libertad?
¿Sería preferible renunciar a la libertad para ser incapaces de fallar a Dios y al
hermano? ¿Puedes identificar estructuras de pecado en nuestra sociedad? ¿Las
ventajas sociales que aparecen en nuestra vida son una bendición o un pecado
heredado? ¿Es posible que una misma persona sea el pobre en una relación y el
rico en otra distinta y simultánea? ¿Cuáles fetiches actuales puedes identificar?
¿De qué manera le entregamos la vida a esos fetiches? ¿Qué pecado social o
institucional te parece más grave en nuestros días?

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V. El mal y el sistema:
la imagen de Babilonia
Es necesario iniciar el presente capítulo aclarando términos, pues daremos
ciertas significaciones especiales que ayudarán para nuestro estudio.

• “Moral”: Del latín Moralis, hace referencia a las costumbres y a una


manera de vivir. Un sistema que está vigente gracias a los mecanismos
de poder.
• “Ético”: Del griego “Ethos”, implica una actitud crítica ante las costum-
bres establecidas, exigiendo justicia y respeto hacia todo hombre, en
especial al pobre y al oprimido, dentro de un proyecto de salvación y
liberación.
• “Social” o “sociedad” tendrá para nuestro estudio una connotación
negativa, implicando el mundo dominado por el pecado.
• “Comunidad” indica el cara a cara de las personas en una relación de
justicia.

En una reflexión articulada sobre la base de estos términos y distinciones,


podemos afirmar, por ejemplo, que Jesús predicó una doctrina profundamente
inmoral, pues criticaba duramente las costumbres sociales, políticas y religio-
sas de su tiempo, perturbaba el orden social establecido por los valores domi-
nantes del gobierno y las autoridades religiosas. Sin embargo, Jesús anunciaba
un Reino de justicia y amor. Su actitud fue ética, pero inmoral.

Por otro lado, cuando Jesús habla de “mundo” no se refiere al planeta tierra o al
cosmos. Se refiere, más bien, a un sistema de relaciones sociales bajo el imperio
del mal y del maligno: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este
mundo, mis ejércitos hubieran luchado para impedir que me entregaran a

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Pensamiento Social Cristiano El mal y el sistema. La imagen de Babilonia

manos de las autoridades judías” (Jn. 18,36). La categoría “mundo” implica un


sistema de prácticas que incluyen el mal y la dominación. En consonancia con
lo anterior, la categoría “el príncipe de este mundo” es el dragón, el diablo, de
manera que “el mundo entero está bajo el poder del maligno” (1Jn. 5,19). El
“espíritu del mundo” se opone al “Espíritu de Dios”. Así, el mundo, “este
mundo”, está cerrado sobre sí mismo, fetichizado, en oposición al Reino de
Justicia y amor que Jesús anuncia. Son categorías opuestas y antagónicas.

Un elemento más a considerar es el significado de “carne”. Más allá de los


evidentes significados de corporalidad o conjunto de músculos, entenderemos
por carne es un orden de la naturaleza humana donde residen el orgullo, la idol-
atría y el deseo de dominar al otro como instrumento, de manera que el
hombre, en cuanto “carne”, es miembro de “este mundo” como sujeto del
pecado. Así comienza la lucha entre los deseos de “la carne” contra las inspira-
ciones del Espíritu. Podemos darnos cuenta de que dicha lucha tiene alcances
mucho más profundos que la simple represión de la pulsión sexual. Es una
lucha contra un sistema de prácticas injustas de este mundo.

Con estas categorías (moral, ética, sociedad, comunidad, mundo y carne), se


puede articular la categoría que da nombre al capítulo: “Babilonia”.

En el transcurso de la formación y posterior consolidación del pueblo de Israel,


se presentaron momentos históricos de grave opresión. En ellos, el mundo
mostraba fuertemente las prácticas de pecado estructural a través de la esclavi-
tud, el exilio y la dominación que padecían. Dos de esos momentos históricos
que marcaron la historia de Israel dentro de un contexto de sufrimiento fueron
la esclavitud en Egipto en los tiempos de Moisés (alrededor del 1450 a. C.) y la
deportación a Babilonia (alrededor del 600 a. C.). Desde entonces, Babilonia
representa para los judíos el orden de la opresión, del mal. Llamaremos simbóli-
ca o metafóricamente “Babilonia”, al sistema social que se cierra sobre sí
mismo y sacrifica los proyectos personales (singulares) en aras de un proyecto
histórico al que no le interesa nada más que su propia realización. Quien se
opone resistencia a ese proyecto totalitario lo paga generalmente con su vida.

Es muy importante comprender que quienes conforman el sistema de pecado


que hemos llamado “Babilonia” y se benefician de su funcionamiento, acuñan
también un sistema moral que les permite acallar sus conciencias y sentirse
justificados. El pecado sistémico se normaliza porque el sistema de prácticas
dominantes que rige o permanece vigente en determinado momento histórico
establece sus propias prácticas como buenas. No se trata de que disfruten
siendo los villanos de su propio relato, más bien elaboran un sistema de valores
que valide las prácticas que realizan para tranquilizar sus conciencias. Ajustan
las tradiciones, prácticas religiosas, sistemas de valores y el marco legal, para
legitimar su perversa praxis social. En el momento en que algún factor social
cuestione o desafíe a la clase dominante, se acudirá a chantajes pseudo-religiosos,
se propondrán nuevos “valores” o se propondrán reformas convenientes al
marco legal. Así es como nace el “sistema moral vigente”:
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Pensamiento Social Cristiano El mal y el sistema. La imagen de Babilonia

• “Sistema” porque no es un factor aislado, sino un entramado teórico y


práctico que configura la praxis social.
• “Moral” en oposición a la ética, al ser un sistema de valores diseñado a
conveniencia del modelo social propuesto por la clase dominante, pero
sin referir a la generación, promoción y defensa de la vida de todos los
miembros de la comunidad.
• “Vigente” en el sentido de que es el modelo reinante en el accionar
diario.

La principal consecuencia de la instauración de un “sistema moral vigente” que


sustente una praxis social perversa es la inversión total de los valores que
permiten que la dominación y el pecado se transformen en el sustento de la
realidad. Los actos serán considerados como buenos o malos en función de su
utilidad para perpetuar el modelo social vigente. Habrá ocasiones en que con-
ductas abiertamente injustas sean legales. Como ejemplo están aquellos países
que propugnan por salarios mínimos que no alcanzan a cubrir las necesidades
más básicas de una familia, pero que el patrón lo paga sin remordimientos
porque “es lo que marca la ley”. De esta manera queda sustentado legalmente
un salario injusto pero que se encuentra acorde al estado de derecho. Es el tipo
de pensamiento que coloca en el lugar de los acusados tanto a Barrabás como
a Jesús, que elige a Barrabás como menos peligroso que Jesús, porque al menos
no es un peligro que desafíe al sistema ni cuestiona a los poderosos.

El “mundo” entendido, tal como hemos visto, como un sistema de relaciones


sociales bajo el imperio del mal, educa a sus miembros según sus criterios
deformando la recta conciencia moral. En los estudios clásicos de moral, la
“conciencia moral” era aquella facultad que aplicaba los principios morales
generales (no robar, no matar, etc.) a los casos concretos, de manera que
recrimina y provoca el sentimiento de culpa al momento de no cumplir dichas
normas. Mas es interesante preguntarnos quién elabora esas normas y quiénes
nos forman la conciencia moral. Si nuestra conciencia moral ha sido formada
por el sistema moral vigente, solamente nos recriminará cuando no cumplamos
las normas que le convienen al mismo sistema, pero nunca nos sentiremos
culpables ante las injusticias estructurales o la corrupción sistémica de dichas
estructuras sociales. Así explicamos que un empresario se sienta más culpable
por faltar a misa un domingo o decir groserías que por conductas material-
mente más graves, como despedir injustificadamente a sus empleados o
quemar gavilla. De la misma manera, un empleado experimentará gran culpa
por robar la propiedad ajena mientras vea con normalidad que el mal gobierno
haya robado montos mucho más elevados o que el patrón le pague mal su
tiempo de trabajo, robándole años más productivos de su vida.

Desde la antigüedad se ha defendido la existencia de personas “pobres por


naturaleza”. Para los griegos nadie es culpable de la pobreza del pobre, pues es
parte de su condición natural. Nada tendría que ver la injusticia o falta de liber-
tad, su condición es consecuencia de su vagancia, de falta de virtud o simple-

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Pensamiento Social Cristiano El mal y el sistema. La imagen de Babilonia

mente por mala suerte. Es una especie de teología de la resignación: “¡Dios así
lo quiso!”. Igualmente, nefasta es la teología que propone el amor y la reconciliación
entre pobres y ricos sin que previamente se hayan vivido las condiciones nece-
sarias para que dicho perdón sea posible y verdadero: la conciencia de culpa por
parte del pecador (en este caso el rico opresor, dominador), a saber, el dolor por
el pecado cometido o arrepentimiento y la justa reparación, donde la víctima
del pecado reciba una compensación por su sufrimiento. Sostener que los
pobres lo son por voluntad de Dios o por su falta de talento o capacidades o
pedir que el pobre renuncie al reclamo de justicia para pedirle que perdone y
ame la bota que pisa su cuello, es una teología de la dominación.

Con el fin de ilustrar lo injustas que pueden resultar estas prácticas domi-
nantes, añado el siguiente texto presentado por el subcomandante Marcos en
1994. Dejemos que sea él quien haga las preguntas en serie.

Este comunicado surge como respuesta hacia el presidente de los Estados


Unidos Mexicanos, Carlos Salinas de Gortari (que estuvo en el poder, por
fraude), el 6 de enero de 1994, el presidente "légitimo" de México anuncia que
otorgará el perdón a los indígenas y rebeldes que claudiquen y entreguen sus
armas en la luchan de la guerrilla insurgente del Ejercito Zapatista de Liberación
Nacional, a lo cual los zapatistas responden con el siguiente comunicado:

Subcomandante Marcos
Enero de 1994
¿De qué tenemos que pedir perdón?
¿De qué nos van a perdonar?, ¿De no morirnos de hambre?, ¿De no callarnos en
nuestra miseria?, ¿De no haber aceptado humildemente la gigantesca carga
histórica de desprecio y abandono?, ¿De habernos levantado en armas cuando
encontramos todos los otros caminos cerrados?, ¿De no habernos atenido al
Código Penal de Chiapas, el más absurdo y represivo del que se tenga memoria?,
¿De haber demostrado al resto del país y al mundo entero que la dignidad humana
vive aún y está en sus habitantes más empobrecidos?, ¿De habernos preparado
bien y a conciencia antes de iniciar?, ¿De haber llevado fusiles al combate, en lugar
de arcos y flechas?, ¿De haber aprendido a pelear antes de hacerlo?, ¿De ser mexi-
canos todos?, ¿De ser mayoritariamente indígenas?, ¿De llamar al pueblo mexica-
no todo a luchar, de todas las formas posibles, por lo que les pertenece?, ¿De
luchar por libertad, democracia y justicia?, ¿De no seguir los patrones de las guer-
rillas anteriores?, ¿De no rendirnos?, ¿De no vendernos?, ¿De no traicionarnos?.

¿Quién tiene que pedir perdón y quién puede otorgarlo?, ¿Los que durante años y
años se sentaron ante una mesa llena y se saciaron mientras con nosotros se sentaba
la muerte, tan cotidiana, tan nuestra que acabamos por dejar de tenerle miedo?,
¿Los que nos llenaron las bolsas y el alma de declaraciones y promesas?, ¿Los
muertos, nuestros muertos, tan mortalmente muertos de muerte "natural," es decir,
de sarampión, tos ferina, dengue, cólera, tifoidea, mononucleosis, tétanos,
pulmonía, paludismo y otras lindezas gastrointestinales y pulmonares?, ¿Nuestros

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Pensamiento Social Cristiano El mal y el sistema. La imagen de Babilonia

muertos, tan mayoritariamente muertos, tan democráticamente muertos de pena


porque nadie hacía nada, porque todos los muertos, nuestros muertos, se iban así
nomás, sin que nadie llevara la cuenta, sin que nadie dijera, por fin, el "¡YA BASTA!"
que devolviera a esas muertes su sentido, sin que nadie pidiera a las muertos de
siempre, nuestros muertos, que regresaran a morir otra vez pero ahora para vivir?,
¿Los que nos negaron el derecho y don de nuestras gentes de gobernar y gobernar-
nos?, ¿Los que negaron el respeto a nuestra costumbre, a nuestro color, a nuestra
lengua?, ¿Los que nos tratan como extranjeros en nuestra propia tierra y nos piden
papeles y obediencia a una ley cuya existencia y justeza ignoramos?, ¿Los que nos
torturaron, apresaron, asesinaron y desaparecieron por el grave "delito" de querer
un pedazo de tierra, no un pedazo grande, no un pedazo chico, sólo un pedazo al
que se pudiera sacar algo para completar el estómago?.

¿Quién tiene que pedir perdón y quién puede otorgarlo?


¿El presidente de la República?, ¿Los secretarios de Estado?, ¿Los senadores?, ¿Los
diputados?, ¿Los gobernadores?, ¿Los presidentes municipales?, ¿Los policías?, ¿El
ejército federal?, ¿Los grandes señores de la banca, la industria, el comercio y la
tierra?, ¿Los partidos políticos?, ¿Los intelectuales?, ¿Los medios de comuni-
cación?, ¿Los estudiantes?, ¿Los maestros?, ¿Los colonos?, ¿Los obreros?, ¿Los
campesinos?, ¿Los indígenas?, ¿Los muertos de muerte inútil?

¿Quién tiene que pedir perdón y quién puede otorgarlo? (Subcomandante Marcos,
1994)

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VI. La superación del
sistema: bondad y vida
¿Cómo es que el bien, la bondad y la ética logran germinar y crecer en el reino
de este mundo? Se ha establecido, en las líneas precedentes, que el mal pro-
duce la muerte cuando la praxis de dominación despoja al dominado de aquello
que ha producido con su trabajo (con su vida) y también, que dichas prácticas
injustas llegan a institucionalizarse en un orden “moral” que lo único que busca
es legitimar ese sistema despersonalizante y perverso que hemos caracterizado
como “Babilonia”. En este capítulo tenemos el propósito de observar cómo la
bondad y la vida superan el sistema de opresión y recuperan la contemplación
de la dimensión humana del otro, el encuentro cara a cara con el “otro” y con el
“Otro absoluto”, que es Dios. También entenderemos la historia humana como
el lugar donde Dios irrumpe en la vida de la comunidad a través de los actos
libres de cada persona.

Para vencer al reino del mal es necesaria una actitud de ruptura. No se trata, por
supuesto, de la actitud de ruptura por sí misma. Buscamos romper con un siste-
ma práctico de dominación (Babilonia) practicado por los señores que han
negado al “otro” considerándolo como un instrumento útil para conseguir sus
fines y aumentar sus bienes. El medio para esta deconstrucción del reino del
mal es la restauración del encuentro cara a cara con el otro, con el hermano y,
sobre todo, saber escuchar la voz del prójimo. “Oír la voz del otro” y la apertura
que ello implica son la clave para el surgimiento de la conciencia ética. Es por
ello que, desde los tiempos de la antigüedad bíblica, el rey Salomón pidió a Dios
“un corazón que sepa escuchar” (1 Re. 5, 9) y cuando a Jesús le preguntan por el
mandamiento más importante de la ley, recuerda un antiguo texto del Penta-
teuco que inicia: “Escucha, Israel...” (Dt. 27, 9). ¡Gracias a Dios tenemos dos

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Pensamiento Social Cristiano La superación del sistema: bondad y vida

oídos y solamente una lengua! Es necesario saber escuchar, interesarse por las
necesidades de los demás. No se trata de escuchar mientras pensamos qué
responder, sino escuchar con genuino interés y conocer el mundo interno del
prójimo. La voz del otro rompe con la cosificación utilitarista del dominador y
recuerda la dignidad personal de quien habla e interpela desde la exterioridad
del reducido mundo de los intereses propios.

Saber escuchar es un don. Dios escucha y conoce a su pueblo. Dijo Dios: “Bien
vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto. He escuchado el clamor que le
arrancan sus opresores y conozco sus sufrimientos” (Ex.3,7). La misma capaci-
dad de escucha se espera de nosotros, pero es un hecho incontrovertible que
algunos permanecen insensibles, cerrados y totalizados en su fetichismo. Esto
es así porque escuchar responsablemente no es fácil: implica conocer las
aflicciones y escuchar el clamor de los demás, sufrir con ellos. Lo propio de la
voz es “llamar” (vocare) a dar una respuesta adecuada. La voz del otro que nos
pide ayuda al mostrarnos su necesidad, pro-voca en nosotros una responsabili-
dad y nos con-voca a la acción conjunta de solidaridad. La voz del otro nos
interpela, nos cuestiona y nos llama a la responsabilidad. Aquí llegamos a un
punto crucial: la conversión, es decir, la ruptura con Babilonia, con la relación
de dominación aceptada por una “sociedad” corrompida por el pecado. La con-
versión hace posible asumir la parte de culpa que cada quien tiene del mal
ajeno y despierta la conciencia ética que impide permanecer indiferente.

Cuando hablamos de “conversión” conviene tener claro que no se trata de una


iniciativa humana. ¡Por supuesto que requiere una opción libre y decidida de la
persona! Sin embargo, toda conversión estará siempre sustentada por una
iniciativa que viene de parte de Dios que llama y establece una alianza con el
hombre. La conversión, como hemos dicho, es ruptura con el sistema antiguo,
superar viejas dinámicas, tal como Abraham dejó su patria en búsqueda de la
tierra prometida, o Moisés salió de Egipto en aras de la libertad del Pueblo de
Dios, así la comunidad se sale de los esquemas que la inercia social propone en
búsqueda de la nueva dinámica de vida prometida por Dios en la alianza que ha
quedado establecida. Hay que resaltar que dicha alianza es siempre un proyec-
to comunitario, nunca en soledad o desde el egocentrismo. La comunidad había
quedado negada por el pecado y la soberbia, pero se reconstruye en un proyec-
to de encuentro, solidaridad y servicio compartido.

Desde esta noción de alianza podemos ahora decir que la persona que experi-
menta el proceso de conversión es un “aliado” de Dios al realizar su obra, la san-
tidad, la praxis del bien y la bondad. Igualmente, si el esquema de relación inter-
personal del mal es la dominación, el esquema del bien necesariamente resulta
diametralmente opuesto: el servicio. Ya no se trata de negar al hermano como
el otro término de la relación, sino afirmarlo, verlo a la cara, escuchar su voz,
combatir la dominación que prevalece en este mundo y luchar por el pobre,
desprotegido y vulnerable.

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Pensamiento Social Cristiano La superación del sistema: bondad y vida

Hemos hablado de bien, bondad, santidad y ética, pero todo ello se queda en
una esfera abstracta si no se concreta en la vivencia y con-vivencia comunitaria,
entrando en lo histórico e institucionalizándose. El bien, por ejemplo, no puede
quedarse en la esfera individual como un sentimiento de buena voluntad: debe
alcanzar a todos los miembros de la comunidad. Hasta entonces “el bien”
adquiere consistencia real y puede probarse en la vivencia cotidiana. En reci-
procidad, lo mismo se espera de cada miembro de la comunidad ya que se trata
de una nueva dinámica comunitaria. Esta dimensión comunitaria explica por
qué se han elegido, simbólicamente, ciudades para explicar los principios de los
principios de las dinámicas sociales posibles: la perversa (Babilonia) y la
bondadosa (Jerusalén) en lugar de elegir personas concretas y singulares (Prin-
cipio Faraón y principio Moisés, por ejemplo). No se trata de características que
se encierren en la esfera de lo individual, ya que están llamadas a trascender y
concretarse en la vida social o comunitaria.

Si el mal permanece en el tiempo formando instituciones, de manera análoga el


bien forma instituciones como “la comunidad” o “el pueblo” que hacen
permanecer en el tiempo el don que el Señor ha regalado a través de su alianza.
Si se puede heredar el mal, también existe una herencia del bien por el cual
Dios perdona, se hace amigo del hombre y lo hace justo a sus ojos: lo “justifica”,
lo hace justo, bueno, santo. Al hombre le corresponde aceptar, negar o ignorar
dicha justificación. En el caso de asumirse como una persona justificada, el
justo se dirigirá a los demás desde una praxis de servicio al más necesitado, a
ejemplo de su salvador. Nace una dinámica histórica, expresada en hechos con-
cretos que, al institucionalizarse, permanecen en el tiempo, se replican
continuamente en la comunidad y devienen en una “herencia del bien”.

Si por el pecado entró la muerte al mundo, por el encuentro con Dios se


derrama la vida. Así como en la comunidad el pan se produce, se parte y ser
comparte, y el pan simboliza la vida y el fruto del trabajo del hombre; de la
misma manera, la vida se produce y se comparte dentro de la comunidad. La
vida desposeída en los esquemas de dominación queda recuperada, recon-
quistada. El rico desposeía de su vida al pobre por la dominación. Ahora en el
servicio mutuo, el fruto de trabajo de todos vivifica a la comunidad. Es una
nueva vida en un mismo espíritu. El espíritu da vida. El espíritu de Dios da
nueva vida a Jesús en la resurrección e impulsa en nuestros días a la comunidad
a experimentar dinámicas de resurrección viviendo una nueva vida con dinámi-
cas de relación comunitaria de servicio a los demás, dejando de competir con
los demás como si fueran enemigos y consiguiendo expresiones de trabajo soli-
dario y paz, tal como lo decía el profeta: “De las espadas forjarán arados, de las
lanzas podaderas” (Is. 2,4).

Antes de seguir, resulta pertinente una aclaración: la riqueza es buena. La abun-


dancia de bienes es creación de Dios y efecto de la producción del hombre. El
mal es la acumulación injusta de la riqueza. La riqueza compartida es el bien
que niega y supera la antigua pobreza nacida de la injusticia. Dar de comer al

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Pensamiento Social Cristiano La superación del sistema: bondad y vida

hambriento es un acto espiritual porque evidentemente va más allá de lo mate-


rial, es fuertemente simbólico como un momento de compartir la vida, un
momento de servicio, de diaconía, de lucha por la justicia. La satisfacción de las
necesidades de los pobres no consiste en un despojo de los bienes de los ricos
para repartirlos en partes iguales a todos (no es factible ni conveniente), sino
en una dinámica comunitaria donde se procure el bien común, donde a nadie se
despoje para enriquecer a unos cuantos, donde nadie carezca de aquello que a
otros les sobra, donde tener lo necesario sea un derecho inalienable y donde la
comunidad vea por el bien de todos.

¿Qué nos obliga a ver por el bien de todos? ¿Es obligatorio vivir la bondad o
generar, preservar y defender la vida? Una comunidad que lucha por vivir los
ideales del Reino no puede organizarse a semejanza de una sociedad con leyes
coercitivas. Las armas, policías o ejércitos no pueden ejercer la fuerza del
estado para obligar el cumplimiento de la bondad o el servicio porque se
perderían las motivaciones profundas. Es por eso que la construcción del Reino
y la vivencia del servicio tiene que ser paciente. Es como una semilla que crece
lentamente y que a su tiempo dará su fruto. Sus modos y métodos son muy
distintos a los de este mundo. Su praxis incluye la bondad, el ejemplo y testimonio,
el servicio y el amor, la justicia y el encuentro cara a cara. Nada de esto se logra
por miedo a un castigo o por el ejercicio del poder. Aunque externamente los
comportamientos pudieran conseguirse, se trataría de una simulación por
temor a enfrentar el cumplimiento de una pena o como prevención de un
castigo mayor. ¿Podríamos llamar a eso servicio, diaconía o amor? No.

PREGUNTAS EN SERIE

¿De qué manera ha irrumpido el bien en nuestra sociedad local? ¿Podemos


recordar un momento específico donde hayamos experimentado la urgencia de
ayudar al necesitado? ¿Es la conversión un momento puntual en nuestra exis-
tencia, o un proceso que se profundiza con el tiempo? ¿Nuestra futura profesión
tiene posibilidad de conductas de ruptura con prácticas injustas actualmente
toleradas? ¿Nuestras comunidades tienen a la mayoría de su población en
situaciones de pobreza? ¿Las políticas sociales atienden preferentemente a los
más pobres? ¿Qué iniciativas conocemos donde nuestra universidad impacte
positivamente a la comunidad? ¿Consideras tus prácticas civiles o religiosas
como una “obligación”? ¿Pueden serlo?

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VII. El símbolo
de Jerusalén
Ya hemos anticipado, en páginas anteriores, la existencia de otro símbolo:
“Jerusalén”. Ha llegado el momento de exponerlo explícitamente. Insistimos en
la índole comunitaria de estos principios, pues supone una serie de dinamismos
“sociales” (en el caso de Babilonia) y “comunitarios” (en el caso de Jerusalén).
La adopción de Jerusalén como emblema de este principio responde, por una
parte, a la importancia histórica de la capital política y religiosa del pueblo
elegido por Dios y, por otra, por la promesa escatológica presente en los textos
bíblicos: “Y vi a la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de
junto a Dios, engalanada como una novia que se adorna para recibir a su
esposo. Y oí una voz que clamaba desde el trono: ‘Esta es la morada de Dios con
los hombres; él habitará en medio de ellos; ellos serán su pueblo y él será
Dios-con-ellos; él enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte ni
lamento, ni llanto ni pena, pues todo lo anterior ha pasado’”. (Ap. 21, 2-4).

Para efectos de claridad en la exposición conviene aclarar algunos términos que


suponen el contraste entre Babilonia y Jerusalén:
1. “Totalidad” y “Exterioridad”. Para efectos de estos apuntes, entende-
remos por “totalidad” un sistema encerrado en sí mismo y sin capaci-
dad de escuchar la voz de quien se encuentra fuera de su área de
interés incluso si los está afectando negativamente. Es Babilonia a
quien no le interesa nada más que sus intereses. En contraparte,
“exterioridad” es la multitud de víctimas del sistema que han quedado
fuera del área de interés de los poderosos que viven en la totalidad:
aquel que ha sido ignorado, el pobre, el desprotegido, los oprimidos,
los que no forman parte de la totalidad, el otro e, incluso Dios, como
“absolutamente Otro”.

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Pensamiento Social Cristiano El símbolo de Jerusalén

2. “Proyecto Vigente” y “Proyecto de Liberación (antes Salvación)”.


El “proyecto vigente” es la estructura social y su esquema moral que
justifica la explotación y muerte del pobre e impone y sustenta
el orden de dominación imperante en la sociedad actual. En contraste,
el “proyecto de liberación” es la superación del orden de opresión por
medio de la praxis de la bondad, la defensa de la vida y dignidad
humana, quedan liberados histórica y escatológicamente del imperio
de la maldad e iniciar un proyecto de esperanza que se inicia en el
“hoy” de la comunidad (realización histórica) y que llega a su perfecta
realización en la plenitud de los tiempos (realización escatológica).

3. “Tierra de la Muerte” y “Tierra de la Vida”. Los relatos bíblicos mues-


tran siempre la dialéctica entre dos tierras: la tierra de origen y la
tierra de destino. La propia existencia es un éxodo donde la situación
actual de opresión nos mueve a salir de la propia zona de confort para
conquistar un nuevo estilo de vida acorde al plan original de Dios.
El origen es la “tierra de la muerte” y el destino es la “tierra de la vida”.
“He bajado para liberarlos de los egipcios, para llevarlos a una tierra
fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel” (Ex. 3,8). Este éxodo
presenta también dos etapas de realización: la histórica, mediante la
conversión y la escatológica, que se alcanza por la resurrección.

4. “Moral” y “Ética”. Por “moral” entenderemos el sistema de prácticas


al que nos hemos acostumbrado, y que, por lo tanto, permanece vigen-
te en nuestra sociedad. Se caracteriza por su talante acrítico, pues se
limita a justificar lo enseñado y propuesto por los dominadores. La
“ética” adopta una postura crítica ante el esquema de valores impuesto
por la clase dominante. La actitud ética tiene su fundamento en la vida
y en la escucha de la interpelación de la exterioridad, su punto de
partida para replantear su propuesta de relación interpersonal y de
convivencia comunitaria.

Todo el sermón de la montaña es un ejemplo magnífico del contraste entre la


moral vigente enseñada por los dominadores y el nuevo esquema ético elaborado
desde los pobres, los que lloran, los humildes, los que tienen hambre, los perse-
guidos, etc. Sin duda es una enseñanza que se opone a toda moral de domi-
nación que cada cultura pudiera articular y la contrasta con principios válidos
para toda situación de todas las épocas porque surgen de lo fundamental: la
vida humana. Si no se consigue o ni siquiera se busca la liberación de los pobres
o excluidos de un sistema opresor, no es un proyecto ético, se trata de una
moral. ¿Cuáles son las causas por las que los imperios suelen sacrificar a los
héroes y mártires? El motivo principal es la incapacidad de escuchar a la
exterioridad disidente. Aquéllos que cuestionan al orden vigente y destruyen el
consenso, que resquebrajan los cimientos de la “moral” vigente y proponen un
nuevo esquema de convivencia humana, son enemigos naturales de un sistema
que defiende y busca perpetuar el orden establecido.

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Pensamiento Social Cristiano El símbolo de Jerusalén

Un momento determinante en la formulación de la propuesta ética es la inter-


pretación que se otorga a la expresión de Jesús: “Dichosos los pobres to
pneýmati” (dichosos los pobres de espíritu). Aquí se corre el riesgo de aniquilar
la ética del Evangelio y transformarla en una moral opresora. Pocos temas
provocan tantos equívocos, controversias y explicaciones confusas como este
tema, por eso necesitamos clarificar. “Según la carne” es decir, dentro de los
esquemas de este mundo, “rico” es la persona que posee abundancia de bienes
como signo de bendición de Dios; mientras “pobre” es la persona que carece de
bienes a causa del pecado. Pero el pobre según el Espíritu es aquella persona
que, aun estando en la posibilidad de poseer abundancia de bienes (Moisés, por
ejemplo), se lanza como profeta al mundo en defensa de los pobres a causa de
la injusticia, para construir el Reino. La pobreza espiritual es una opción efecti-
va mostrada en las obras que implican una opción preferencial práctica. No
puede limitarse a una “intención de corazón” que no se demuestra en la con-
ducta.

¿Qué papel juega el pobre en la dinámica social? El cambio de paradigma de


“Babilonia”, al “Jerusalén” supone también un fuerte cambio de la participación
del pobre. En el “Babilonia” el pobre juega un papel pasivo: es la víctima del mal,
su pobreza es el resultado de la dominación y la rapiña del rico y acepta el siste-
ma de opresión sin poder hacer nada al respecto. Su pobreza no es fruto del
pecado propio, sino del pecado de dominación. En el “Jerusalén”, en cambio, el
pobre es el sujeto activo que adquiere protagonismo en la construcción del
Reino. No se dice que los pobres sean salvados en el sentido de que no son
dominadores u opresores del otro. Más bien se habla de que los pobres reciben
la “Buena Nueva” porque son bienaventurados, dichosos y bendecidos de Dios
por ser las víctimas, por ser los pobres que no se han manchado con el mal
propio de este mundo. Son los “sujetos del Reino”.

Todo este proyecto de bondad y vida contenidos en el símbolo de “Jerusalén” es


considerado como una verdadera locura de parte de la “moral vigente”. ¡No
podría ser de otra manera! No solamente es subversiva, sino también peligrosa
para el sistema que queda atrás y para sus clases privilegiadas. La nueva pro-
puesta necesita destruir lo que de malo tiene el sistema actual, pero si el siste-
ma está corrompido y totalizado, debe ser suplantado por completo y ello
implica, como Moisés, “ir más allá del desierto” y caminar en terrenos de la
exterioridad, escapando del poder del pecado. El carácter innovador, la inter-
pelación a la moral y la subversión a los valores en los que se ha fundamentado
el esquema social convierte al profeta, ante los ojos del dominador, en críticos
del absurdo, enemigos de lo establecido, “profetas del odio”. Los ideales y las
prácticas éticas no convienen al sistema establecido por los grupos opresores.

“Jerusalén” nace de la superación del “Babilonia” como un proyecto de


liberación análogo a la liberación de Israel saliendo de Egipto y la esclavitud a la
que estaban sometidos para llegar a la tierra “que mana leche y miel”. Busca el
Reino de Dios y combate el reino de este mundo. Para que la nueva Jerusalén

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Pensamiento Social Cristiano El símbolo de Jerusalén

prevalezca, es necesario destruir Babilonia para poder edificar un modelo de


bondad y vida. Dentro de esta dialéctica, el destruir (deconstruir) puede ser
necesario, pero no es suficiente; hace falta también construir. Tampoco basta
con salir del lugar de origen; para tener un rumbo definido, hace falta tener
claro el destino.

De la misma manera, el nuevo proyecto ético implica un nuevo camino de vida,


es decir, un nuevo código ético. Tal como el antiguo pueblo de Israel sale huyen-
do de la esclavitud de Egipto para entrar a un desierto donde no hay caminos,
ley, ni dioses extraños, habrá que renovar un código de conducta: no matarás,
no robarás, no cometerás adulterio... Todas esas aparentes negaciones (no lo
harás) en realidad son afirmaciones por negar otras negaciones (no harás
aquello que perjudica a tu hermano): matar es negar la vida, robar significa
negar el bien al otro, el adulterio implica negarse a la fidelidad. La nueva ley
dada en la alianza de Dios con Moisés expresa la afirmación de la vida, la fideli-
dad a Dios y a la pareja, el respeto a los bienes del otro y la afirmación de varios
valores más, siempre en favor de la persona. Ya no se trata de que el hombre se
encargue de cuidar la ley, sino de que la ley cuide al hombre.

Aun así, la interpretación de Ley de Moisés llegó a evolucionar hacia un sistema


moral opresivo compuesto de cientos de preceptos que regulaban exhaustiva-
mente la vida cotidiana de los miembros del pueblo. Llegó a olvidarse el con-
tenido ético fundamental de la ley para entretenerse en detalles mínimos que
sólo servían para agobiar a las personas. La ley se fetichizó. Jesús critica esta
degeneración de la ley en varias ocasiones: “¡Ay de ustedes, maestros de la Ley
y fariseos, que son unos hipócritas! Ustedes pagan el diezmo hasta sobre la
menta, el anís y el comino, pero no cumplen la Ley en lo que realmente tiene
peso: la justicia, la misericordia y la fe. Ahí está lo que ustedes debían poner por
obra, sin descartar lo otro. ¡Guías ciegos! Ustedes cuelan el mosquito, pero se
tragan el camello” (Mt. 23, 23-24). Se habían perdido en detalles, abandonando
el espíritu original de la ley. La construcción del Reino debe ser liberadora,
juzgando desde la bondad y la santidad absoluta. Es por eso que Cristo
deconstruye el sistema moral expresado en la versión torcida de la ley de
Moisés que manejaban los escribas y fariseos. Por ello propone “un nuevo
camino ético” concretado en las bienaventuranzas. Una locura para el mundo,
el nuevo camino propuesto como estilo de vida del Reino.

Esta ética postula como bueno todo acto encaminado a ayudar en situaciones
de dificultad y necesidad. La condición indispensable es despertar la propia
conciencia ética y así descubrir al pobre (dominado) aquí y ahora e iniciar el
proceso de liberación. Uno de los ejemplos más destacados de este despertar
de la conciencia ética en la historia de la Iglesia, lo tenemos en el encuentro de
Juan Francisco Bernardone, después Francisco de Asís, con el leproso el año
1205. Francisco vivía un período de hastío y disgusto existencial al no encontrar
felicidad en el dinero y la fama que poseía. En un paseo a caballo alcanzó a
distinguir la figura de un leproso que hacía ruido y gritaba para que no se acer-

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Pensamiento Social Cristiano El símbolo de Jerusalén

cara porque tenía lepra, un conjunto de enfermedades cutáneas altamente con-


tagiosas e incurables en la época. Francisco, en vez de alejarse, logra “vencerse
a sí mismo” y se acerca para después bajarse del caballo y darle un beso.
El encuentro personal con aquel enfermo, el más excluido de la comunidad, lo
impactó tanto que se hizo la promesa de amar a aquellos a quienes nadie
estaba dispuesto a amar. Mucho aprendió Francisco escuchando y sirviendo
personalmente a los leprosos a quienes nadie atendía. Lo importante para
nuestro propósito es contemplar la importancia del “cara a cara” entre Francis-
co y el leproso para despertar la conciencia ética en el santo y así hacer germi-
nar el compromiso ético en beneficio de quienes más lo necesitaban. Iniciaría
así el movimiento franciscano que reformaría la vida de la Iglesia por siglos y
hasta nuestros días.

Jerusalén es símbolo del Reino más allá de la historia, pero también es metáfora
del nuevo orden al que se llega al superar el antiguo sistema vigente de domi-
nación que hemos llamado “Babilonia”. La idea es llegar a un nuevo estilo de
vida, un sistema de justicia organizado en torno a los valores del Reino. Sin
embargo, se puede caer fácilmente en el equívoco de convertirse en una nueva
versión de lo que se combatía. Tal como el revolucionario que se convierte en
dictador, el intento de crear un nuevo orden corre el peligro de totalizarse y
llegar a ser una nueva cara de la opresión. Jerusalén puede convertirse en un
nuevo Egipto y caer en los mismos vicios que se pretendían superar, de manera
que la vigilancia en la recta praxis de la liberación debe ser constante.

Concluyendo, así como Babilonia se distingue de Jerusalén, el orden moral


vigente se distingue de la ética comunitaria. La nueva Jerusalén ha de constru-
irse con paciencia y perseverancia con la guía de un nuevo orden y por el esfuer-
zo de los pobres que habían resultado desfavorecidos por el sistema opresor y
que el espíritu exige que sean liberados. El nuevo orden pide un nuevo camino,
una nueva ley y una actitud permanente de vigilancia atenta para evitar volver
a las antiguas prácticas de dominación.

PREGUNTAS EN SERIE:

¿Qué representa Jerusalén como ciudad? ¿Por qué se elige Jerusalén para ser
metáfora de los valores del Reino? ¿De qué manera se manifiesta la pobreza en
tu comunidad? ¿De qué maneras la comunidad de fe puede ser perseguida en
nuestros días? ¿La misma comunidad de creyentes puede actuar como juez y
perseguir a otros grupos? ¿Cuáles son las realidades sociales que requieren la
subversión de la comunidad? ¿Cuáles consideras que deberían ser los valores
más importantes en la articulación de la nueva ética comunitaria?

- 40 -
VIII. Cuando la
felicidad es ilegal
Un concepto clave para comprender toda nuestra reflexión será “sensibilidad”.
Para ello, tendremos que ir más allá de la simple experiencia sensible aportada
por el oído, la vista o cualquier otro sentido. Entenderemos por sensibilidad una
experiencia mucho más global: “la resonancia, impacto en nuestra capacidad de
contento, de padecimiento, de alegría o tristeza” (Dussel, E.,1986, pág. 72). Con
esta sensibilidad, todo lo que sucede más allá de la barrera de nuestra propia
piel nos afecta, no solamente en los receptores de nuestros sentidos externos,
sino en nuestra sensación generalizada de bienestar personal.

El siguiente paso que necesitaremos dar será precisar qué entenderemos por
“bienestar personal”. En el núcleo ético-mítico semita y el pensamiento bíblico,
la persona es entendida como un todo, unidad indivisible a pesar de poseer la
dimensión corporal y espiritual. En este aspecto, existe una clara diferencia con
varias corrientes filosóficas de la antigüedad que consideraban al cuerpo como
el origen del mal o la cárcel del alma. Naturalmente, Jesús de Nazaret (el Verbo
hecho “carne”), comparte la visión semita, dando lugar a un pensamiento
hebreo-cristiano que da un sentido positivo a la realidad del cuerpo material,
“la carne”, por ser parte de un todo integral e indivisible que es la persona
humana.

Bajo esta visión, todas las realidades humanas quedan dignificadas de inicio.
“La carne” engloba al orden humano, la historia, la comunidad, la sexualidad, la
sensibilidad, el gozo. Todo ello, lejos de ser rechazado, es considerado bueno. La
maldad solamente llega cuando la carne se totaliza, convirtiéndose en un
fetiche que se idolatra por encima de cualquier otra realidad.

- 41 -
Pensamiento Social Cristiano Cuando la felicidad es ilegal

De la dignificación de las realidades humanas se desprenden como consecuen-


cia varios elementos de la praxis cristiana. La sensibilidad de toda persona,
especialmente de aquel que experimenta una situación de mayor vulnerabili-
dad dentro de la comunidad, debe ser atendida. Su hambre, sed, frío, enferme-
dad o falta de vivienda muestra que se le han negado los satisfactores de sus
necesidades más básicas. Esas negaciones son el fruto del pecado de domi-
nación que han acumulado injustamente la mayor parte de los bienes unas
pocas manos privilegiadas por el sistema de dominación. La praxis cristiana
exige atender las necesidades del otro, del más desfavorecido y ese será el crite-
rio principal de nuestra propuesta ética. “Vengan a mí, benditos de mi Padre,
reciban el Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque
tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, estaba sin
casa y me hospedaron, enfermo y me visitaron, estuve en la cárcel y fueron a
verme…” (Mt. 25, 34-36). De la praxis cristiana siempre se desprende una ética
de liberación, que busca la supresión de todas las negatividades que oprimen la
sensibilidad humana.

El caso contrario lo encontramos en las morales de dominación. Ellas surgen de


una idea dualista del hombre: el cuerpo y el espíritu son dimensiones antagónicas,
donde el alma o la esfera espiritual es lo sagrado y el cuerpo o la esfera material
es lo vicioso o pecaminoso, por lo cual resulta necesario dominarlo e incluso
humillarlo para la elevación espiritual. Tal visión lleva normalmente a la falta de
interés por la sensibilidad, especialmente la del otro y con ello, la insensibilidad
ante el dolor ajeno. Lo importante será la “salvación de las almas” aunque en
este mundo se sufra materialmente en el cuerpo. Inculcar esta moral de
dominación resulta muy conveniente para las clases dominantes.

Desde una ética de liberación, el hombre es una realidad unitaria e indivisible y


su dolor exige la ayuda de la comunidad, especialmente si es fruto del pecado.
Lo que le sucede al cuerpo, a la mente o al alma le sucede al hombre integral. Lo
mismo podemos decir de sus necesidades, pues a su manera tienen repercu-
siones en todas las dimensiones humanas. Cuando una necesidad es satisfecha,
la sensibilidad se goza porque su vida es afirmada y regenerada. El hambre, la
sed, la falta de vivienda o vestido son negatividades que se satisfacen con el
alimento, la casa o el vestido. Ellos son expresiones de bondad, porque
representan el fruto del trabajo o del servicio de la comunidad. Es decir, cuando
se le da de comer al hambriento no se satisface solamente su hambre de pan,
no solamente se le llena el estómago: así son atendidas también otras necesi-
dades, como la de sentirse atendido, integrado a la comunidad, su dignidad
queda resaltada y su espíritu reconfortado.

La importancia de la unidad de la persona humana es tan grande que el credo


de los apóstoles (el más corto) enuncia: “Creo en la resurrección de la carne”.
Todo hombre y todo el hombre está llamado a experimentar el proceso de
muerte y resurrección. La resurrección no atañe solamente a una fracción del
ser humano, sino al hombre total y unitario. “La carne” es positiva para el cris-

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Pensamiento Social Cristiano Cuando la felicidad es ilegal

tiano y por esto es que sus necesidades deben ser saciadas desde el “aquí y
ahora”. Son realidades que no se pueden menospreciar desde una correcta
comprensión del compromiso cristiano, pues justamente en eso consiste el
núcleo de la praxis del Reino que hemos presentado desde el tercer capítulo de
nuestros apuntes.

En esta línea de reflexión encaja perfectamente la noción real de sacramento,


cuya definición clásica es “signo sensible de la gracia de Dios”. Por tanto, todo
sacramento utiliza signos sensibles: agua, pan, aceite, imposición de manos,
oraciones, gestos, etc. Y todos ellos refieren a una gracia invisible pero real de
parte de Dios. Todo ello se entiende solamente desde una religiosidad que
asume su compromiso comunitario pues, de la misma manera, antes que el pan
se ofrece el trabajo y la unidad, antes que el vino se ofrecen los sufrimientos y
alegrías. Los signos deben tener un significado real de fe. Todas las morales de
dominación niegan la eficacia de los sacramentos porque proponen espirituali-
dades individualistas, totalizadas y totalizantes, donde la comunidad es un
estorbo que dificulta vivir la fe. En realidad, si un sacramento no se vive en
comunidad y no compromete con el prójimo, simplemente se ha reducido a una
mercancía mágica que se puede vender y comprar para beneficio propio.

Al final, la cuestión fundamental parece versar sobre cuál es el centro de nues-


tra reflexión y acción ante los demás: la ley (como es el caso de las morales de
dominación) o la persona (como es el caso de la ética liberadora). Al respecto,
conviene resaltar en qué consiste la repetida controversia entre los maestros de
la ley y fariseos contra Jesús.

"Entró Jesús en la sinagoga y se encontró con un hombre que tenía la mano


paralizada, pero algunos estaban observando para ver si lo sanaba Jesús
en sábado. Con esto tendrían motivo para acusarlo. Jesús dijo al hombre
que tenía la mano paralizada: “Ponte de pie y colócate aquí en medio.”,
después les preguntó: “¿Qué nos permite la Ley hacer en sábado? ¿Hacer el
bien o hacer daño? ¿Salvar una vida o matar?” Pero ellos se quedaron
callados. Entonces Jesús paseó sobre ellos su mirada, enojado y muy
apenado por su ceguera, y dijo al hombre: “Extiende la mano.” El paralítico
la extendió y su mano quedó sana. En cuanto a los fariseos, apenas
salieron, fueron a juntarse con los partidarios de Herodes, buscando con
ellos la forma de matar a Jesús". (Mc.3, 1-6)

Queda claro que el centro de la reflexión moral y los consecuentes comporta-


mientos de los maestros de la ley y fariseos consistían en el ciego cumplimiento
de la ley, sobre la cual habían cimentado toda la estructura social y religiosa del
pueblo de Israel. En contraste, Jesús coloca al débil, al enfermo, al necesitado,
en el centro de la discusión. Incluso, en un gesto de potente elocuencia, le pide
al hombre de la mano paralizada que se ponga de pie y se coloque en medio de
todos, con ello, literalmente, lo convirtió en el centro de la discusión. Ya no es
la ley, sino la persona humana el criterio último de acción. La ceguera de los

- 43 -
Pensamiento Social Cristiano Cuando la felicidad es ilegal

maestros de la ley no hace referencia a las cosas, sino al encuentro cara a cara
con el otro. No lo quieren ver, pues sus ojos están puestos en el cumplimiento
de la ley del sábado, misma que pedía descanso y prohibía todo tipo de activi-
dad fuera del culto. En ese sentido, la acción de Cristo atendiendo las necesi-
dades del enfermo son flagrantemente ilegales, pero responde a una exigencia
ética.

La ley de Moisés que enseñaban los fariseos, escribas y maestros de la ley nació
en un momento de liberación, cuando Dios guiaba a su pueblo por el desierto
bajo la dirección de Moisés. Esa legislación comenzó siendo liberadora, pero
con el tiempo se perdió su verdadero espíritu y devino opresora. Es por eso por
lo que Jesús realiza una crítica ética. Las normas morales propiciaban un siste-
ma de prácticas consideradas “legales” pero que resultaban injustas para el
judío común y convenía únicamente a la clase en el poder.

Toda la predicación de Jesús se realiza como una crítica ética ubicada en la exte-
rioridad, es decir, desde los estratos sociales olvidados por el sistema domi-
nante: los pobres, los enfermos, las viudas, los huérfanos, los extranjeros, las
mujeres, los que lloran, los leprosos, los que nadie quería ver. Jesús les da voz
desde un nuevo orden ético crítico al sistema moral vigente.

Pero no todo fue predicación. Las enseñanzas se reflejaban en las obras y las
obras expresaban la fe que se predicaba. Son dos realidades correlativas. Las
obras que son fruto de una fe vivida son muy diferentes a los actos vacíos de
contenido que se realizan por la observancia de la ley de manera ciega y acrítica.
Aquí, las obras de la fe son la Praxis cristiana propia del Reino que Jesús viene a
inaugurar. Las obras son servicio y el servicio es una manera de mostrar el amor
al prójimo y a Dios.

Jesús predicó con sus palabras y con sus obras. Generalmente, palabras y obras
de Jesús son ilegales porque se oponen a la ley. Sana enfermos en sábado, habla
con las mujeres, toca a los leprosos, dialoga con los samaritanos, cena con peca-
dores, concede favores a los centuriones romanos, acepta entre sus seguidores
a los cobradores de impuestos, toca hemorroísas, expulsa a los vendedores del
templo justo en la fiesta de la Pascua… ¡en fin! Por eso era peligroso. Por eso
planeaban su muerte. Así sucede generalmente con los profetas, con los már-
tires y con todos aquellos que portan un mensaje que reta al sistema: son con-
siderados más peligrosos que los mismos delincuentes y su vida corre peligro.

Es necesario insistir en precisar quién es el centro de nuestra acción y praxis


ética. “El principio absoluto es el respeto a la dignidad y santidad de la persona
humana. En todo lugar y tiempo” (Dussel, E.,1986, pág. 85). La persona está en
el centro. No es la ley. La ley tampoco es la que otorga derechos: son inherentes
a la persona debido a su dignidad y la ley simplemente reconoce y garantiza el
respeto de dichos derechos. Entre ellos podemos enunciar el derecho a la vida,
el derecho al trabajo (con el cual la persona obtiene los bienes básicos para la

- 44 -
Pensamiento Social Cristiano Cuando la felicidad es ilegal

vida y satisface su sensibilidad) y el derecho a los bienes culturales: ciencia, arte


y tecnología (como expresión de la vida en comunidad).

Cierto que el profeta comienza criticando un sistema. Pero cuando el cambio se


realiza, es imprescindible una constante actitud de vigilancia y autocrítica. Así,
lo que hoy es novedoso no se pervertirá, ni se convertirá en el nuevo sistema
opresor. Sería como si Jerusalén se convirtiera en la nueva Babilonia. Esta acti-
tud constante de autoevaluación evitará que sirvamos siempre a los mismos,
pues serían los nuevos beneficiados del sistema. Al contrario, lo que toca es
buscar siempre a los más necesitados, a los nuevos desfavorecidos entre
quienes Jesús suele caminar.

- 45 -
IX. Héroes y profetas:
el amor al pobre
Ni la ética ni la moral se ubican exclusivamente en el plano teórico, pues funda-
mentalmente son praxis, es decir, se entienden desde una esfera práctica ligada
a la sensibilidad y definida por relaciones personales, económicas y producti-
vas. Queda claro que la problemática material o carnal reflejada en las rela-
ciones sociales, lejos de estar reñida con la santidad, constituye el ámbito de la
perfección ética.

En contraste, es también en las relaciones sociales donde se lleva a cabo la


dominación en el momento en que la interacción es injusta o desigual. Cuando,
digamos, un taquero intercambia sus tacos con la fruta de un vendedor, se esta-
blece una “relación” por la cual las personas intercambian el producto de sus
trabajos. Se trata de una “relación social productiva”. En cambio, cuando el
asalariado vende una parte de su tiempo de vida a cambio de un salario injusto,
se trata de una “relación social de dominación”, que la moral, más allá de justifi-
car ideológicamente, permite en la práctica.

Las relaciones sociales son prácticas y reales. El pecado de dominación no es


una teoría abstracta, sino un sistema de relaciones que afectan a personas con-
cretas. El PSC cumplirá con la doble función crítica de desenmascarar la injusti-
cia de las prácticas de dominación y proponer esquemas de justicia e igualdad
en las relaciones personales. Esta doble función muestra que el PSC no se limita
a proponer un conjunto de reglas o normas de comportamiento, sino que se
expresa en la vida real de la comunidad.

Cuando hablamos de relaciones sociales de dominación, hablamos también de


una de sus consecuencias: las “clases sociales”. En el esquema de dominación,

- 46 -
Pensamiento Social Cristiano Héroes y profetas: el amor al pobre

habrá, por lógica, una clase dominante, que generalmente se apropia de la


mayor parte de la producción y una clase dominada, cuya principal posesión es
su fuerza de trabajo.

Otra categoría importante y muy concreta es “pueblo”, entendido, siguiendo a


Gramsci, como el bloque comunitario de los oprimidos de una nación, que son
el verdadero sujeto de la historia nacional.
• Desde el punto de vista totalizante de las clases dominantes, el pueblo
es una masa amorfa, una colectividad sin rostro: “la prole”.
• Desde una lógica revolucionaria, el pueblo es el constructor de la histo-
ria, quien puede y debe realizar un cambio social verdadero.
• Analizado desde la exterioridad (al estilo de Jesús), es pueblo es el
“resto fiel”, la comunidad escatológica donde se vive la praxis ética en
el “ya” de la comunidad, aunque “todavía no” como se vivirá en el final
de los tiempos.

Obviamente, el pueblo es el sujeto del acto de dominación y quien sufre las con-
secuencias del pecado: la pobreza, el llanto, el hambre, la sed y la persecución,
la muerte. Ese es su papel como “parte” del sistema; es el grupo humano o
bloque social que, con su trabajo y con su vida hacen posible el estilo de vida y
derroches de la clase dirigente. El estilo de vida de los poderosos solamente se
explica con el despojo del producto del trabajo de la clase trabajadora.

Un dato curioso pero evidente reside en los hábitos consumistas del pueblo
oprimido que, en sus esfuerzos por imitar hasta donde sea posible el estilo de
vida del rico, adquiere con gran esfuerzo bienes de lujo o al menos gran canti-
dad de bienes que imiten otros productos mucho más caros. Definitivamente no
es una conducta deseable ni un hábito que deba promoverse, pero sí muestra
las aspiraciones de un pueblo que expresa la necesidad de un verdadero proce-
so de liberación y organización comunitaria.

Más allá de los deseos de imitar los hábitos de consumo del sector de alto
poder adquisitivo, el pueblo tiene también prácticas de comunidad que se
explican exclusivamente desde la experiencia de exterioridad del pueblo. Nos
referimos a esa parte de la vida que no son “productivas” pero que forman parte
del estilo de vida de los amplios sectores populares y conforman su cultura a
través de sus costumbres, solidaridad, comunicación, amistad, convivencia,
apoyo y amor al hermano en desgracia. Ese pueblo que se demuestra el cariño
mandando comida al vecino, visitando sorpresivamente a los amigos (sin citas
ni formalidades), juntándose en las esquinas a tomar café o en las plazas a
platicar. Los ancianos que preguntan su apellido a los jóvenes para ubicar a qué
familia pertenecen, las familias que bajan fruta de los árboles del patio de su
casa y la comparten con los que viven alrededor o la señora que manda a sus
hijos a ayudar con las bolsas del mandado a la anciana que pasa por la banque-
ta. El pueblo tiene una marcada predisposición a la solidaridad.

- 47 -
Pensamiento Social Cristiano Héroes y profetas: el amor al pobre

La experiencia de fe del pueblo aporta algo nuevo y singular: la importancia del


amor “agapé” por el otro, la esperanza escatológica en la posibilidad de una vida
más justa, la fe propia de los hijos de Dios, la importancia de llevar todos los
ideales cristianos a la praxis cristiana, es decir, expresar la fe con obras de amor
efectivo y operante hacia los demás miembros de la comunidad. Así es como
comienza a hacerse presente el Reino. Para ello es necesario poner en marcha
un proceso de liberación que luche contra las estructuras de pecado, la domi-
nación y la injusticia. La forma de vida del pueblo, cuando se manifiesta en la
praxis cristiana, libera a sus miembros de las ataduras del pecado institucional.

Del pueblo y su praxis comunitaria, destacan dos figuras: el héroe y el profeta.


Pertenecen a ámbitos distintos, pero coinciden en su amor y entrega por el
oprimido. El héroe, perteneciendo al campo práctico de lo político, entrega su
vida por la construcción de un nuevo orden histórico. El profeta, por otro lado,
se mueve en el campo práctico de la fe y consagra su vida a la evangelización de
los pobres y la edificación de la comunidad cristiana. Ambos ponen su vida en
riesgo y si su influencia es grande pueden morir porque ponen en jaque la praxis
de dominación. Se les mata por el mismo motivo, pero sus tácticas son
distintas.

Ambas figuras juegan papeles de gran importancia en el proceso de liberación


de un pueblo. Héroes y profetas son indispensables dentro de la causa e incluso
sus papeles pueden llegar a confundirse. Para hacer una distinción clara,
realizaremos un recorrido por los cuatro momentos del proceso de liberación
precisando el papel del ministerio que desempeñan estas dos figuras.

1. Primer momento: En el estado represor.


La urgencia por la liberación surge de una vivencia de opresión. Es el estado
inicial. Es la esclavitud en Egipto, la deportación en Babilonia o la ciudad de
Jerusalén que asesina a Jesús. Es la dominación sobre el pobre de la cual el
pueblo necesita liberarse. En ese contexto, tanto el héroe como el profeta orga-
nizan al pueblo. El héroe establece las condiciones para la lucha, mientras que
el profeta instituye pequeñas comunidades de fe aptas para el tiempo de la
liberación social y espiritual.

2. Segundo momento: La construcción del estado nuevo.


Habiendo salido de Egipto y atravesado el desierto, se llega a la tierra prometida
fértil y generosa pero virgen. Ha llegado el momento de la estabilidad y el traba-
jo, la construcción de un nuevo orden, donde el pueblo cambiará la lucha ante
el régimen opresor por el trabajo en la construcción de una comunidad más
justa: “de las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas” (Is. 2, 4). El
héroe se transforma en político y el profeta trabaja para reconstruir el templo.
El héroe tiene que aprender de la prudencia política, la planificación del trabajo
y el uso de las técnicas de producción para satisfacer las necesidades materia-
les del pueblo. Por su parte, el profeta necesita construir el templo espiritual, la
comunidad con su experiencia cotidiana de fe. También se asume una ética de
trabajo junto al pueblo.
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Pensamiento Social Cristiano Héroes y profetas: el amor al pobre

3. Tercer momento: La edad clásica del estado.


Llamaremos “edad clásica” al momento de estabilidad y plenitud, donde se
establece un orden y se logran consensos. Se construye una sociedad sin ene-
migos al interior y el pluralismo no es un problema porque todos los miembros
tienen metas comunes. La ética de los héroes inspira los ideales del sistema. En
estos tiempos de paz, sin embargo, el político calma el hambre de su pueblo con
las riquezas extraídas de otras tierras, explotando a pobres que viven más allá
de sus fronteras. Pobres que no se sienten como responsabilidad propia. El
eclesiástico, por su parte, calla. Celebra el orden y guarda silencio ante las injus-
ticias porque se considera la “sociedad perfecta” y se acepta e incluso defiende
el orden establecido, pues el “orden vigente” se identifica con la “naturaleza
humana”: se enseña que Dios quiere que vivamos como actualmente lo hace-
mos y que desea para el ser humano una sociedad como la que tenemos. Se pro-
ponen reformas parciales, salarios justos, ganancias moderadas, pero no se
considera que haya Babilonia que vencer ni Jerusalén que reconstruir. Se imagi-
na a Cristo Rey y ya no como a un profeta crucificado por el poder; a la Virgen
con coronas y ya no una humilde jovencita de Nazaret; y los templos dejan de
ser lugares para compartir la fe en comunidad para pasar a ser lugares impo-
nentes y majestuosos. La Iglesia y el estado comienzan de nuevo a totalizarse
porque se ha perdido la crítica y no se ejerce la autocrítica.

4. Cuarto momento: El Estado nuevamente represor.


Comenzamos con Moisés y los profetas que luchaban por la liberación del
pueblo. En esta etapa, la ley de Moisés se ha convertido en un medio para domi-
nar al pueblo oprimido de Israel y los descendientes de los profetas son Anás y
Caifás, los sumos sacerdotes de una religión de dominación que mata a Jesús.
Lo mismo sucedió en la cristiandad, desde Constantino en el siglo IV hasta el
siglo XIII cuando se identificó la Iglesia con el estado romano y el monarca era
coronado por el Papa y los santos vivían heroicamente la fe bajo la amenaza
constante de ser acusados de herejes. En lugar de héroes revolucionarios exis-
ten los monarcas poderosos y los profetas han sido sustituidos por los Príncipes
de la Iglesia. Los arados y las podaderas son ahora reemplazados por tronos y
coronas de oro de tres pisos mientras la tela de lino blanco se cambia por vesti-
mentas con hilo de oro. El esplendor opacó la llama de la radicalidad original.

Una visión así tiene múltiples paralelos en todas las culturas y religiones. Impli-
ca la idea de que la religión es el fundamento del Estado y que el monarca
ostenta su cargo por voluntad de Dios. En este contexto, es mérito del cristian-
ismo idear la configuración de un estado secular, es decir, separado del Estado.
La Iglesia, por sus funciones, encuentra su lugar natural en el anuncio del Reino
entre quienes se sienten necesitados de Dios y para lo que se requiere una acti-
tud crítica que no se puede ejercer formando parte fundamental del sistema. La
Iglesia cumple su ministerio a plenitud desde la exterioridad pues, si la Iglesia
es poderosa y se mueve solamente entre los poderosos pierde autoridad moral
para profetizar. ¿Quién puede profetizar contra sí mismo?

- 49 -
Pensamiento Social Cristiano Héroes y profetas: el amor al pobre

En este punto, es muy probable que el lector de estas líneas ya se haya desmar-
cado de la Iglesia, lo cual reflejaría una lamentable falta de autocrítica. Recor-
demos que la Iglesia va mucho más allá de la jerarquía eclesiástica y llega a su
base en la “comunidad de creyentes”. Es mucho más coherente con el carisma
cristiano realizar un sincero examen de conciencia y preguntarse ¿Dónde me
encuentro yo, nosotros? ¿Entre los dominadores o entre los pobres? ¿Mis
acciones buscan una posición de poder o de servicio? ¿Me interesa mi comuni-
dad? ¿Conozco las necesidades de los pobres a mi alrededor? ¿Qué acciones (no
intenciones) he realizado por los más necesitados en el último año? ¿Me identi-
fico con el héroe y con el profeta en el amor a los pobres?

- 50 -
X. El pensamiento social
cristiano como crítica a
toda moral
Al principio de estas páginas se definió al PSC como “…un conjunto de categorías que
emanan de la religión cristiana y de la razón humana que se proponen a la comuni-
dad para ayudar en el discernimiento de las opciones y compromisos que conviene
asumir para realizar transformaciones en los diversos campos sociales y cuya finali-
dad última es la promoción y liberación de toda persona”. En las páginas precedentes
se han recuperado las categorías que permiten el discernimiento para transformar la
sociedad.

En este último capítulo se quiere subrayar el aspecto crítico del PSC donde las cate-
gorías que lo conforman funcionan como principios de reflexión normas de juicios y
como criterios de acción, es decir, que son conceptos que permiten contemplar la
realidad “social”, juzgarla de manera realista y establecer algunas orientaciones y
límites a las posibles acciones por realizar, todo ello con el objetivo de promover la
liberación de toda persona.

El PSC y los sistemas morales vigentes

Partamos de una afirmación: Toda cultura supone, siempre, una moral, es decir, un
sistema de relaciones interpersonales que son estimadas como normales, naturales,
como buenas.

Este sistema de relaciones es la base de todo el sistema en el que las personas viven
(la familia, la economía, la política, la educación, etc.) y se concreta en normas que
obligan a su cumplimiento en todos los campos. Dicho sistema se transmite a las

- 51 -
Pensamiento Social Cristiano El pensamiento social cristiano como critica a toda moral

nuevas generaciones mediante la educación y se impone a través de diversas insti-


tuciones que vigilarán su realización y/o cumplimiento.

Se puede decir que este sistema es relativo porque sus exigencias valen para un
grupo, pero no necesariamente para otro ya que dicho sistema nació y se formó
dentro de una situación histórica y circunstancias muy precisas que lo distinguirán de
cualquier otro sistema.

Una cosa debe quedar clara: el PSC necesita un sistema moral para criticarlo. Lo que
se quiere decir con esto no es que sea necesario que haya sistemas morales, es más
más radical: donde hay un grupo de seres humanos que interactúan entre sí y que de
alguna manera se organizan, es imposible que no haya un sistema moral, por ello,
cuando se afirma que los principios del PSC son “trascendentes”, nos referimos a que
van “más allá” de ese horizonte moral de una comunidad. Dicho con mayor claridad:
Los principios y exigencias del PSC no son una moral entre otras que proponga
normas concretas o empíricas, sino que plantea una serie de exigencias desde las
cuales se mira, se juzga y se mantiene o modifica una moral.

La tentación permanente.

Una tentación constante es la de identificar al PSC con un sistema moral concreto.


¿Qué significa esto?

La crítica a un sistema moral desde el PSC puede generar el surgimiento de un nuevo


sistema moral que tome en cuenta sus principios y exigencias. El problema está en
que ningún sistema es perfecto, podrá ser menos malo que el anterior pero no será
perfecto por la sencilla razón de que el ser humano, que es el que configura, imple-
menta y sostiene un sistema, no lo es. Aún con las mejores intenciones y de manera
no-intencional habrá efectos y/o impactos negativos.

La situación se complicará más si ese sistema moral vigente se auto-comprende


como la “encarnación” del PSC, entonces ya no habrá autocrítica y hasta podría
considerarse como el “Reino de Dios en la tierra”. Así ha sucedido en algunos
momentos de la historia del cristianismo (la cristiandad grecolatina-medieval).

La crítica que conlleva el PSC permite juzgar constantemente las dinámicas dentro de
una sociedad y una vez percibidos los efectos negativos se hará posible la
modificación de las causas. Por el contrario, si lo que se hace se cree que es perfecto,
“lo querido por Dios” entonces no se criticará y los efectos negativos no sólo tendrán
lugar, sino que podrían perpetuarse, convirtiéndose en lo que criticaba.

9
Por relativo, entiéndase las primeras acepciones del diccionario: 1. adj. Que guarda relación con alguien o con algo. 2. adj. Que no es
absoluto. 3. adj. No mucho, en poca cantidad o intensidad. 4. adj. Discutible, susceptible de ser puesto en cuestión. (Real Academia
Española 2014)
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Pensamiento Social Cristiano El pensamiento social cristiano como critica a toda moral

Negación de la negación

Como se espera que haya quedado claro a estas alturas de estos apuntes, el PSC tiene
como núcleo la afirmación de la vida de la persona en comunidad, es decir, en
relación de amor, de justicia entre los hermanos. ¿Cómo se puede entender esto
cuando los mandamientos, por ejemplo, están enunciados en forma negativa?
Efectivamente, los mandamientos se enuncian como: “no matarás, no robarás”, etc.,
pero matar es una negación (en este caso, la negación de la vida ajena) por lo que
negar la negación es una afirmación. Esto debe pensarse con cuidado.

La crítica que emana del PSC no es primordialmente negativa, sino que afirma al negar
la negación, es decir, al negar la dominación, el pecado, la praxis injusta. No es, como
podría sugerir la primera impresión, destructiva, por el contrario, es constructiva.

El PSC afirma, al negar la negación, y precisamente por esto es crítica, un contenido


distinto en cada época o lugar que se refiera, pero desde la misma razón formal: es el
“pobre” o “víctima” en cualquier sistema moral el criterio de la bondad o maldad del
sistema (e instituciones que lo conforman). Es por ello que el crítico, desde la injusti-
cia (y el dolor que conlleva) sentida o contemplada, dentro de un sistema vigente
concreto, negará a tal sistema, lo juzgará, aun a aquello que parece normal o
colectivamente aceptado, como perverso.

La multiplicidad de sistemas morales y la unicidad del PSC

Ha existido y existirá una gran diversidad de morales, expresión de la tensión entre


creatividad y necesidad, producto de siglos de experiencias. Y esta diversidad no
puede ni debe ser medida (juzgada, o peor, negada), desde otra moral por muy supe-
rior o “mejor” que se crea (piénsese en el caso de los españoles que llegaron a Améri-
ca).

Toda moral tiene su evolución e historia, su periodo de estabilidad, pero “en sus
momentos finales”, cuando ya no responde o responde de manera insuficiente a la
dinámica de la vida, tanto singular como colectivamente, se vuelve extrema, autori-
taria. Es aquí cuando la crítica es inevitable y por ello son necesarios criterios que
permitan realizar esa crítica de manera adecuada, proporcional, justa.

Así, ante las diversas morales, es posible afirmar que el PSC es único, trascendente y
permanentemente crítico. Una afirmación semejante requiere una explicación.

Cabe decir que el PSC no es “eterno”, es decir, no ha existido desde siempre, es una
construcción humana que también evoluciona, pero más lentamente ya que crece en
la medida en la que critica a los sistemas morales históricos vigentes, por ello,
cuando se afirma que es único, se quiere indicar que es uno frente a las morales;
cuando se afirma que es trascendente, se quiere afirmar que va más allá de cada uno
de los sistemas morales que son inmanentes10, intra-sistémicos; y cuando se sitúa
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Pensamiento Social Cristiano El pensamiento social cristiano como critica a toda moral

ante la moral y la niega en aquello que tiene de dominadora e injusta, se refiere a que
lo hace no desde otra moral sino desde el pobre en dicho sistema.

El PSC, como horizonte crítico (y podríamos añadir ya el adjetivo de “profético”) no


tiene que definir anticipada y concretamente sus exigencias ya que niega la negación
vigente desde la afirmación vivida por la comunidad creyente en cada época.

Otro mundo posible: Utopía

Toda crítica profética que “destruye” un mundo (sistema moral vigente) origina otro,
un “Mundo Nuevo”. Este proceso “moralizante” es necesario pues un PSC que no se
concrete en una moral sería una mera abstracción, una teoría que poco o nada
significaría más allá de un bello discurso, pues no podría asegurarse, realizarse e insti-
tucionalizarse en el transcurrir de la historia.

Las morales que se derivan de la crítica son y serán la “encarnación” del PSC. Así,
podemos llamar “moralizante” al proceso que parte de la crítica desde el PSC y
paulatinamente se transforma en una nueva moral, imperfecta pero más justa que la
anterior y, llegado el momento, deberá ser criticada donde el mismo PSC reaparecerá
para cumplir con su función destructiva de lo injusto y relanzar así la historia de la
humanidad hacia una realización mayor... hacia otro mundo mejor…

10
Este termino es definido como: “adj. Fil. Que es inherente a algún ser o va unido de un modo inseparable a su esencia, aunque
racionalmente pueda distinguirse de ella” (Real Academia Española 2014)

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Bibliografía básica
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Latinoamericano: Puebla. México: CELAM.
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de la teología de la liberación. Tomo I y II. Madrid: Trotta.
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Ciudad Obregón, Sonora
verano de 2020

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