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LA COMPETENCIA DE LA CORTE INTERNACIONAL DE
JUSTICIA Y EL CASO GUYANA CONTRA VENEZUELA

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Héctor Faúndez Ledesma

LA COMPETENCIA
CONTENCIOSA DE LA
CORTE INTERNACIONAL
DE JUSTICIA Y EL CASO
GUYANA vs. VENEZUELA

Colección Estudios Nº 126

ACADEMIA DE CIENCIAS POLÍTICAS Y


SOCIALES

Editorial Jurídica Venezolana International


2020

5
F274
Faúndez Ledesma, Héctor
La competencia contenciosa de la Corte Internacional de
Justicia y el caso Guyana vs. Venezuela / Héctor Faúndez
Ledesma; prólogo Rafael Badell Madrid. -- Caracas: Academia de
Ciencias Políticas y Sociales; Editorial Jurídica Venezolana
International, 2020.
408 p.

Serie Estudios, 126

ISBN: 978-1-63625-523-1

1. ARBITRAJE INTERNACIONAL 2. CONTROVERSIA DEL


ESEQUIBO
3. EL LAUDO DE PARÍS 4. CORTE INTERNACIONAL DE
JUSTICIA
I.

© Academia de Ciencias Políticas y Sociales


Editorial Jurídica Venezolana International
ISBN: 978-1-63625-523-1
Editorial Jurídica Venezolana
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Diseño de portada: Lucas Brewer Balasso.
Diagramación, composición y montaje por Mirna Pinto en letra
Time New Roman 12, Interlineado exacto 12, Mancha 11,5 x 18

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A Lotti, como siempre.

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Agradecimientos

A quienes fueron mis maestros y me formaron en el Derecho


Internacional. A Santiago Benadava, Claudio Bonnefoi, Francisco
Orrego Vicuña, Sir Francis Vallat (mi primer tutor), Ian Brownlie,
Rosalyn Higgins, Kenneth R. Simmonds, Bing Chen, Sir James
Fawcett (el segundo tutor de mi tesis doctoral), Richard Baxter, Louis
B. Sohn (mi tutor de otra tesis), Roger Fisher, Clarence Clyde
Ferguson, y Abraham Chayes. A todos ellos les recuerdo con afecto
y gratitud, por su sabiduría, por su gracia para transmitir sus
enseñanzas, por sus consejos y, en algunos casos, por su generosa
amistad con quien apenas estaba comenzando a formarse en el
Derecho Internacional.
Quiero agradecer al Dr. Jesús Ollarves, profesor de Derecho
Internacional, antiguo discípulo y amigo entrañable, por haberme
obsequiado parte de su tiempo y de sus influencias, ayudándome a
localizar algunos documentos que tenía la sensación de que eran
relevantes en este caso, pero que, incluso en la era del ciberespacio,
parecían inalcanzables. No me equivoqué en mi apreciación sobre la
importancia de esos documentos, que pude conseguir gracias a Jesús.
A Evelyn Barboza, Directora Ejecutiva de la Academia de
Ciencias Políticas y Sociales, siempre eficiente y colaboradora, quien
me ayudó a conseguir un viejo libro, que es parte vital de esta historia,
pues permite comprender el porqué de algunas decisiones.
Al profesor y amigo Allan Brewer Carías, intelectual destacado,
editor infatigable, quien me alentó a escribir estas líneas, y quien,
personalmente, se ocupó de su diagramación y de darle formato de
libro.
A mi querida esposa, por la paciencia que tuvo mientras
redactaba este texto, restándole parte de mi tiempo y de mi atención
cuando debía estar con ella.

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INDICE

NOTA DEL AUTOR .............................................................................. 17


PRÓLOGO por Rafael Badell Madrid ................................................. 19
INTRODUCCIÓN .................................................................................. 33
PRIMERA PARTE
LOS ANTECEDENTES DEL CASO ANTE LA CIJ
I. LA IRRUPCIÓN DEL ARBITRAJE INTERNACIONAL............. 49
1. La naturaleza del arbitraje ........................................................... 49
2. Las modalidades del arbitraje internacional moderno ............... 55
A. Las comisiones mixtas ................................................................ 56
B. El arbitraje de un tercero neutral ............................................. 59
C. El paso del arbitraje en equidad al arbitraje de Derecho ...... 59
II. LA TRANSICIÓN HACIA EL ARBITRAJE DE PLENO
DERECHO ........................................................................................ 66
III. LA CONFERENCIA DE LA HAYA Y EL ARBITRAJE
INTERNACIONAL ........................................................................... 71
SEGUNDA PARTE
LOS ORÍGENES DE LA CONTROVERSIA DEL ESEQUIBO
I. LA DANZA DE LOS MAPAS INGLESES ...................................... 78
II. UN COMPROMISO ARBITRAL ARRANCADO A LA FUERZA
.................................................................................................................. 81
1. El Tratado de Washington ............................................................ 95
A. La composición y naturaleza del Tribunal .............................. 95

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B. La función que se encomendó al Tribunal ............................. 100
(a) La determinación de la posesión de los territorios en disputa.
............................................................................................................ 101
(b) Los títulos en disputa. .......................................................... 101
(c) La prescripción. .................................................................... 102
C. Las reglas de procedimiento.................................................... 108
2. El Reglamento del Tribunal ......................................................... 111
TERCERA PARTE
EL LAUDO DE PARÍS
I. EL GRADO DE DESARROLLO QUE HABÍA ALCANZADO EL
ARBITRAJE .................................................................................... 117
II. LA PARTE DISPOSITIVA ............................................................ 125
III. LAS IRREGULARIDADES QUE SALTAN A LA VISTA ....... 128
1. Una instancia política y no judicial ............................................. 128
2. La “fecha crítica”.......................................................................... 129
3. El objeto de la controversia ......................................................... 133
4. El estoppel ..................................................................................... 134
5. “Investigar” y “establecer” .......................................................... 136
6. La omisión de un pronunciamiento sobre lo alegado por las partes
............................................................................................................ 136
7. El menosprecio de las reglas acordadas por las partes ............. 137
8. El examen “imparcial” y “cuidadoso” del caso.......................... 139
9. Una decisión “debidamente adoptada”....................................... 141
IV. UNA SOLUCIÓN DE COMPROMISO....................................... 142
V. LAS REACCIONES AL LAUDO .................................................. 146
1. El asombro de los estadounidenses ............................................. 146
2. El júbilo de los ingleses ................................................................. 148
3. El desengaño y la reacción de los venezolanos ........................... 150
4. El efecto sobre el arbitraje internacional ................................... 152

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VI. LA ZAGA: EL MEMORÁNDUM MALLET-PREVOST ........ 153
1. Las circunstancias de su aparición .............................................. 153
2. El contenido del memorándum.................................................... 154
3. Las aprehensiones de Mallet-Prevost .......................................... 156
VII. LA VALIDEZ -O LA NULIDAD- DEL LAUDO ...................... 157
1. El Derecho aplicable ..................................................................... 158
2. El respeto del debido proceso ..................................................... 165
3. El exceso de poder......................................................................... 168
4. La falta de motivación del laudo ................................................. 172
5. Ultra vires ...................................................................................... 180
CUARTA PARTE
EL RESURGIMIENTO DE LA RECLAMACIÓN DEL ESEQUIBO
I. EL ACUERDO DE GINEBRA ........................................................ 192
1. La Comisión Mixta ....................................................................... 193
2. Los buenos oficios ......................................................................... 195
II. EL AGOTAMIENTO DEL ACUERDO DE GINEBRA ............. 197
QUINTA PARTE
LA COMPETENCIA DE LA CORTE INTERNACIONAL DE
JUSTICIA
I. LA COMPETENCIA RATIONE PERSONAE ............................. 209
1. La cláusula opcional ..................................................................... 212
A. Las condiciones de aceptación de la competencia de la Corte
............................................................................................................ 218
B. “La misma obligación” ............................................................ 222
C. La aplicación recíproca de las condiciones ............................ 224
D. Las reservas automáticas ......................................................... 226
2. Los tratados multilaterales .......................................................... 228
3. Los convenios o acuerdos especiales............................................ 231
4. El forum prorrogatum ................................................................. 236

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II. LA COMPETENCIA RATIONE TEMPORIS ............................ 236
1. La vigencia de la aceptación de la competencia de la Corte .... 236
2. La modificación de la declaración ............................................... 245
3. El derecho a darla por terminada ............................................... 248
III. LA COMPETENCIA RATIONE MATERIAE .......................... 254
IV. EL LENGUAJE PROCESAL INTERNACIONAL ................... 265
1. Jurisdicción y competencia ......................................................... 265
2. La remisión: El acto formal de la presentación de la demanda
............................................................................................................ 268
3. La admisibilidad de la demanda ................................................ 271
SEXTA PARTE
LA CONTROVERSIA JUDICIAL
I. LA DEMANDA DE GUYANA ........................................................ 273
II. LA NO COMPARECENCIA DE VENEZUELA ......................... 274
III. LAS POSICIONES DE LAS PARTES: LA COMPETENCIA DE
LA CORTE Y LA ADMISIBILIDAD DE LA DEMANDA ............. 277
1. La “competencia de la competencia” ......................................... 277
2. Las cuestiones de competencia .................................................... 278
A. La falta de aceptación de la competencia de la Corte ........... 279
B. El uso inapropiado de los medios pacíficos ............................ 283
C. La función del artículo IV.2 del Acuerdo de Ginebra .......... 287
D.Las cuestiones no cubiertas por el Acuerdo de Ginebra
............................................................................................................ 295
3. La admisibilidad de la demanda ................................................. 296
A. La libre elección de los medios ................................................ 297
B. El agotamiento sucesivo de los medios de solución pacífica . 298
C. El agotamiento de “todos” los medios .................................... 301
IV. LAS POSICIONES DE LAS PARTES EN CUANTO AL FONDO
................................................................................................................ 305
1. El objeto de la controversia ........................................................ 305

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A. La nulidad o validez del Laudo ............................................... 311
B. El “arreglo práctico” de la disputa fronteriza ....................... 313
2. La función judicial de la Corte .................................................... 316
CONCLUSIÓN ..................................................................................... 327
ANEXOS
ANEXO N° 1: TRATADO DE ARBITRAJE ENTRE LOS ESTADOS
UNIDOS DE VENEZUELA Y SU MAJESTAD LA REINA DEL
REINO UNIDO DE LA GRAN BRETAÑA E IRLANDA ACERCA
DEL LÍMITE ENTRE VENEZUELA Y LA COLONIA DE LA
GUAYANA BRITÁNICA .............................................................. 335
ANEXO N° 2: LAUDO DEL TRIBUNAL ARBITRAL ................... 341
ANEXO N° 3: EL MEMORÁNDUM DE MALLET-PREVOST..... 345
ANEXO N° 4: ACUERDO DE GINEBRA ......................................... 349
ANEXO N° 5: LA DEMANDA DE GUYANA ................................... 353
ANEXO N° 6: MEMORANDUM DE VENEZUELA ....................... 373

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NOTA DEL AUTOR

La controversia del Esequibo es, a la vez, una historia fascinante


y compleja, como también lo son las sutilezas para determinar si, en
este caso particular, la Corte Internacional de Justicia posee
competencia para conocer de esta contienda, y dentro de qué límites.
Mientras la disputa por el Esequibo está plagada de episodios
novelescos, de intrigas, engaños y traiciones, la competencia de la
Corte Internacional de Justicia es una cuestión estrictamente técnica,
atiborrada de matices, que hacen que no siempre sea sencillo
establecer su jurisdicción, como lo demuestra el trámite de este caso
en su fase preliminar ante la Corte. Por otra parte, la disputa
fronteriza entre Venezuela e Inglaterra, primero, y entre Venezuela y
Guyana, después, nos permite internarnos en un laberinto de
mecanismos de solución pacífica de controversias, que hace que se
mezclen el Derecho y la diplomacia, cada uno ofreciendo formas
distintas de alcanzar una solución, con respuestas diferentes para un
mismo problema, y no todas ellas apropiadas para resolver cualquier
tipo de conflicto. Ahora, parece llegado el momento para decidir
entre las muy buenas razones de Venezuela y los igualmente buenos
títulos de Guyana. No soy un advenedizo en este campo; tengo
cuarenta años como profesor de Derecho Internacional Público en la
Universidad Central de Venezuela y, como jurista, tengo una larga
formación en esta rama del Derecho, que agradezco a quienes fueron
mis maestros, especialmente en Londres, en Harvard, y en la
Academia de Derecho Internacional de La Haya. Con ello quiero
destacar que mi único compromiso es con la verdad, y con la correcta
interpretación y aplicación de los textos jurídicos pertinentes. Como
profesor de Derecho Internacional, no me presto para inventar teorías
estrafalarias, alejadas de la realidad, ni para avalar interpretaciones
exóticas del Derecho Internacional, por más que ellas puedan servir
a una de las partes en la controversia. En el presente caso, mi
intención es analizar los hechos y el Derecho en forma tan
desapasionada como sea posible; pero, desde ya, pido la indulgencia
y la comprensión del lector si no siempre soy capaz de lograrlo, y si,
a veces, incluso sin quererlo, cruzo la línea para ponerme al lado de
mi segunda patria, una de las partes en esta controversia.

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PRÓLOGO

Por Rafael Badell Madrid

El profesor Héctor Faúndez Ledesma me ha pedido que haga la


presentación a su libro sobre La competencia contenciosa de la Corte
Internacional de Justicia y el caso Guyana vs. Venezuela. Para
referirse a este asunto tan delicado, no sólo para las partes, sino
también para el Derecho Internacional Público, en general, y para la
credibilidad del arbitraje internacional, en particular, Héctor Faúndez
Ledesma tiene credenciales excepcionales.
Como el mismo lo indica en el libro que ahora tengo el honor de
presentar, no es un advenedizo en esta materia. Tiene cuarenta años
como profesor de Derecho Internacional Público en la Universidad
Central de Venezuela. Allí, hace treinta y ocho años, en 1982, siendo
yo profesor de la misma materia en la Universidad Católica Andrés
Bello, tuve la fortuna de conocerlo. Un amigo común, Raúl Arrieta
Cuevas, también profesor de Derecho Internacional Público, pero de
las dos universidades, fue el puente que nos acercó.
El origen de la amistad con este notable profesor titular de
Derecho Internacional Público, formado en la Universidad de Chile;
Diplomado en Derecho Internacional y Comparado de los Derechos
Humanos, en Estrasburgo; con Master en Leyes (LL.M.), en la
Escuela de Derecho de la Universidad de Harvard; Doctor of
Philosophy (Ph.D.), en el King’s College en Londres, y con una
extensa y valiosa obra escrita, fue, precisamente, el tema que ahora
desarrolla el Profesor Faúndez con particular sabiduría: La
Reclamación del Esequibo.

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Siendo los dos profesores de Derecho Internacional Público
realizamos durante el año académico 1982-1983 actividades de
investigación sobre la reclamación del Esequibo para debatirlas con
nuestros alumnos. De forma que lo que hoy escribe Héctor Faúndez
Ledesma ha pasado por el tamiz del concienzudo estudio, análisis,
reflexión y meditación. Quizá el mérito que podría tener yo para
escribir estas líneas que sirven para presentar su libro es, justamente,
aquel encuentro que tuvimos a partir de 1982 que me permite, ahora,
recordar que este profesor de pregrado, post grado y doctorado en
varias universidades nacionales y extranjeras, Individuo de Número
de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales, ha dedicado casi 40
años al estudio de este tema que está lleno de acontecimientos
inesperados, sorprendentes, injustos y desafortunados, como
mencionaremos en estas breves líneas y que desarrolla el profesor
Faúndez con singular acierto y claridad.
Acontecimiento inédito fue, sin duda, la audiencia de carácter
mixto, presencial y telemático, celebrada el 30 de junio de 2020, en
el Palacio de la Paz en la Haya, sede de la Corte Internacional de
Justicia, para oír los alegatos sobre su competencia en el caso de la
demanda interpuesta por Guyana en contra de Venezuela, mediante
la cual se pidió la confirmación de la validez del laudo de París del 3
de octubre de 1899, en relación con la frontera entre la entonces
colonia Guyana Británica y Venezuela.
En efecto, en virtud de la pandemia Covid-19 y considerando las
dificultades de traslado a nivel mundial, fue decidido que algunos de
los jueces y otros miembros de la Corte Internacional de Justicia
atendieran a la audiencia personalmente en el Gran Salón de la
Justicia -The Great Hall of Justice-, mientras que otros jueces y
demás miembros participarían telamáticamente, entre ellos, la
delegación de Guyana.
En preparación a esa circunstancia, el 22 de junio de 2020, la
Corte había reformado el artículo 59 de su Reglamento para agregar
un nuevo párrafo que permitiera que por razones de salubridad,
seguridad y otros motivos razonables, la Corte pudiera realizar las
audiencias, total o parcialmente, de forma telemática. También se
reformó el parágrafo 2 del artículo 94 para permitir que la lectura de
la sentencias de la Corte pudiera ser hecha igualmente de forma
telemática por las mismas razones de salubridad, seguridad y otros
motivos justificantes.

20
Desde que fue creada la Corte Internacional de Justicia como
principal órgano judicial de la Organización de Naciones Unidas, en
junio de 1945, fue ésta la primera audiencia realizada de tal forma en
la que algunos jueces y otras personas estaban presentes en su sede y
otros jueces, agentes, consejeros, abogados y público en general la
atendieron de forma telemática. Sin embargo, de manera
inconveniente a los intereses de Venezuela, en lugar de asistir ante la
Corte para explicar con contundencia porqué se considera que ésta
no tiene jurisdicción en esta controversia, Venezuela optó por remitir
un memorándum con su explicación del conflicto.
El profesor Faúndez, que es un experimentado litigante en la
jurisdicción internacional, considera que este memorándum enviado
a la Corte siete meses antes de la audiencia, dio a Guyana la
oportunidad de “desmenuzarlo y contradecirlo ante los jueces, sin
que Venezuela hubiera estado presente y pudiera
contraargumentar.” La errada e inconveniente estrategia de
Venezuela dejó a Guyana un enorme protagonismo en la audiencia.
Bien habría podido Venezuela haber rebatido la exposición de
Guyana y plantear los sólidos argumentos que tiene el país a su favor
en este tema de tanta trascendencia.
La demanda intentada el 29 de marzo de 2018 por Guyana, la
antigua colonia de Inglaterra, contra Venezuela ante la Corte
Internacional de Justicia se propone obtener la confirmación de la
validez del Laudo Arbitral del 3 de octubre de 1899, recaído en la
disputa entre Venezuela e Inglaterra primero y luego Guyana, sobre
el territorio del Esequibo.
En este libro se exponen las consideraciones necesarias para
determinar, precisamente, si la Corte Internacional de Justicia tiene o
no competencia para conocer y decidir la demanda interpuesta por
Guyana contra Venezuela. Para fundamentar sus ideas sobre este
tema, complejo y delicado, el profesor Faúndez narra, en los dos
primeros capítulos del libro que ahora presento, los antecedentes y el
origen de la reclamación.
Tengamos en cuenta, en primer lugar, que el 3 de octubre de
1899, en la ciudad de París, el tribunal arbitral dio a conocer su
Laudo, adoptado por unanimidad, y que daba “cumplimiento” a lo
convenido en el Tratado de Washington suscrito el 2 de febrero de
1897 entre Venezuela y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda.
Estados Unidos -representando a Venezuela- e Inglaterra habían

21
decidido crear un tribunal arbitral para establecer la línea fronteriza
entre la Guyana Británica y Venezuela.
Ese Tribunal arbitral tenía la misión de “investigar y establecer”
la extensión de los territorios que pertenecían, o que legítimamente
podían ser reclamados por Holanda o por España al momento de la
adquisición por Gran Bretaña de la Colonia de la Guyana Británica y
determinar la frontera entre ambos países.
El profesor Faúndez recuerda que a finales del siglo XIX
“Inglaterra era la potencia imperial más grande de su época, dueña
de los mares y asentada en los cinco continentes. No pudiendo
enfrentarse militarmente a esa potencia, Venezuela planteó
insistentemente recurrir al arbitraje, sin que esa propuesta fuera
aceptada por Inglaterra.” Venezuela había planteado la cuestión de
la Guyana Esequiba, antes, en la Conferencia Panamericana en
Washington en 1889-1890, pero no había logrado ningún apoyo, ni
reacción positiva alguna por parte de los Estados Unidos.
Venezuela siempre mantuvo la tesis de que el límite oriental de
su territorio se extiende hacia el este hasta el río Esequibo, un área
que comprende la mayoría de las zonas pobladas de Guyana.
Venezuela siempre ha considerado esta zona como parte de la ex
Guayana o Provincia Colonial Española de El Dorado establecida en
1568 (durante la época del colonialismo), que en 1810 era parte de la
Capitanía General de Venezuela (creada en 1777). 1 En todas las
Constituciones de Venezuela, desde 1811 hasta la actualidad, el
territorio nacional se ha definido como aquél que pertenece a la
Capitanía General de Venezuela antes de la transformación política
de 1810.
La soberanía territorial de Venezuela sobre el Esequibo se
fundamenta en hechos y documentos históricos y geográficos, entre
ellos, las Cédulas Reales que confirman sus derechos históricos desde
tiempos coloniales. Venezuela fundamenta su soberanía sobre el
territorio del Esequibo “en el principio del Utis Possidetis Juris,
como título legítimo de su dominio eminente, en el que convinieron
todas las repúblicas suramericanas al terminar sus guerras de

1
Allan Brewer-Carías, ”Guyana-Venezuela Border Dispute”, en Max Planck
Encyclopedia of Public International Law, Oxford University Press,
www.mpepil.com September , 2006. Disponible en:
http://allanbrewercarias.com/biblioteca-virtual/%C2%93guyana-venezuela-
border-dispute/

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independencia, de conservar los territorios que correspondían a sus
provincias bajo el dominio español”2.
El 13 de agosto de 1814, Inglaterra había adquirido la Guyana
Británica mediante el tratado de Londres celebrado con Holanda, por
el cual Holanda cedió a Inglaterra los campamentos de Berbice,
Esequibo y Demarara. De forma que la frontera entre Venezuela -
incluso cuando formaba parte de la República de Colombia- y la
Guayana Británica estuvo fijada desde 1814 en el Río Esequibo.
Luego, en 1825, cuando Inglaterra reconoció a la República de
Colombia, estableció también como límite el Río Esequibo.
En 1835 se inició la expansión de Gran Bretaña en el territorio
del Esequibo con el objetivo de dominar el río Orinoco, lo que
permitiría el control fluvial de la parte septentrional de América del
Sur y la explotación de los recursos minerales, en particular el oro de
este territorio. Téngase en cuenta que en 1835 al explorador austríaco
Robert Schomburgk, le fue encargado por los británicos la
elaboración de un mapa en el cual fijara los límites de la Guyana
Británica con Venezuela en el Río Esequibo.
En 1840, el mismo explorador hizo avanzar esa línea en un área
de 142 Kms2, partiendo de la boca del Río Amacuro, siguiendo una
dirección norte-sur hasta llegar al Roraima, trazando la segunda línea
Schomburgk que plasmó en el denominado Sketch Map, del
“Parliamentary Papers” de ese año. Schomburgk, excediéndose en
sus instrucciones, levantó postes, marcó árboles e hizo actos de
posesión del territorio, los cuales fueron protestados formalmente por
Venezuela.
Este último mapa fue cuestionado por Venezuela, y éste es,
precisamente, el origen de la disputa que dio lugar al Acuerdo de
1850 en el que Gran Bretaña y Venezuela se comprometieron a no
ocupar el territorio en discusión comprendido entre la pseudo línea
Schomburgk, máxima aspiración de Gran Bretaña, y el Esequibo. No
obstante, señala el profesor Faúndez, hubo más de parte de Inglaterra;
en 1844, la línea de Aberdeen, en 1881, la línea de Granville, en

2
Luis Cova Arria, “Principales aspectos de la situación jurídica de la
reclamación venezolana sobre la Guyana Esequiba”, en Cecilia Sosa Gómez
y Jesús María Casal (Coords.), ¿Qué hacer con la justicia? El caso
venezolano, Academia de Ciencias Políticas y Sociales, Centro para la
Integración y el Derecho Público, Caracas, 2020. Pp. 399 y ss.

23
1886, la línea de Rosebery, en 1890, la línea de Salisbury, y en 1893,
una nueva línea de Rosebery.
El inmenso poder de Inglaterra frente a la enorme debilidad de la
Venezuela de finales del siglo XI le permitía hacer cosas atrevidas
como la que originó el “incidente de Yuruán” en 1895, cuando fueron
detenidos por tropas venezolanas comisarios ingleses que habían
arriado la bandera de Venezuela e izado la británica. Más adelante,
Inglaterra y otros países de Europa bloquearían las costas del país
para forzar el pago de su deuda externa.
Las relaciones entre Estados Unidos e Inglaterra no eran
cordiales en ese momento y considerando el mencionado “incidente
de Yuruán”, éste cambió entonces su posición en el asunto. Las
aspiraciones expansionistas de Gran Bretaña en América constituían
una afrenta a la doctrina Monroe proclamada por los Estados Unidos
en 1823 y conforme a la cual cualquier intervención de Europa en el
continente americano sería considerada como un acto hostil hacia los
Estados Unidos que sería respondido.
El profesor Faúndez explica como Estados Unidos tomó
entonces parte de la disputa territorial por el territorio Esequibo, en
respeto a la Doctrina Monroe y obligó a Inglaterra a que aceptara la
celebración de un tratado de arbitraje para resolver la controversia.
Recuérdese que a Joseph Chamberlain no le parecía correcto tener
que ir a arbitraje por una disputa con “un Estado semi-civilizado”.
Estados Unidos obligó también a Venezuela a aceptar los términos
del acuerdo de arbitraje negociado entre Estados Unidos e Inglaterra.
Sorprendentemente, no hubo venezolanos (como sí los hubo
británicos) en la composición del Tribunal arbitral, lo cual constituye
una violación flagrante del principio de la igualdad soberana de los
Estados. En efecto, el tribunal quedó finalmente integrado por el
Barón Russell of Killowen y Sir Richard Henn Collins, por la parte
británica, Westin Fuller y David Josiah Brewer por la parte
venezolana, y el ruso Federico de Martens como presidente.
Sorprendentemente también, el idioma empleado fue solamente el
inglés, con lo cual se tomó la lengua de una sola de las partes de la
controversia y no hubo versión en castellano.
En el Capítulo III de esta magnífica obra puede leerse todo lo
referido al Laudo Arbitral. De cómo en cuatro párrafos y no más de
dos páginas, sin motivación alguna, el Laudo de París le adjudicó a
Inglaterra 159.500 kilómetros cuadrados. Puede decirse que el Laudo

24
de París fue una transcripción del Tratado Arbitral de 1899 y unos
pocos párrafos dispositivos que establecían la línea divisoria que
determinaba la frontera entre Venezuela y la Guyana Británica, y
ordenaba la libre navegación de los ríos Amacuro y Barima.
En efecto, sorprendentemente el laudo adjudicó a Inglaterra más
del noventa por ciento del territorio en disputa, sin motivación alguna
respecto de los títulos que se tuvieron en cuenta para ello. El Laudo
Arbitral estuvo viciado por la falta de motivación, desde que no se
pronunció acerca de si el origen de los derechos de Inglaterra sobre
el territorio en disputa fue la cesión de esos territorios hecha por
Holanda. De haber sido así, se ha debido demostrar y señalar de qué
forma ese era un territorio poseído legítimamente por Holanda. De
no ser ese el caso, entonces Holanda estaría transfiriendo más
territorio de lo que le pertenecía.
No se sabe si el Laudo Arbitral se fundamentó en la prescripción.
En ese supuesto se tendría que haber demostrado la posesión por
parte de Inglaterra durante un tiempo no menor de cincuenta años y
la aquiescencia de España o Venezuela en el perfeccionamiento de
un título defectuoso, y la circunstancia de que esa prescripción se
habría consolidado antes de la fecha crítica indicada por el
compromiso arbitral. De forma que los árbitros no tomaron en cuenta
el principio del uti possidettis juris.
El Tratado olvidó hacer referencia a la aplicación de otros
compromisos internacionales suscritos entre las partes, tales como, el
Acuerdo de 1850 mediante canje de notas entre Inglaterra y
Venezuela. En dicho Acuerdo quedaba identificado el territorio en
disputa en ese momento, con las máximas pretensiones de cada una
de las partes, y con el compromiso de preservar el status quo y no
extender el conflicto más allá de las líneas territoriales que estaban
fuera del área en discusión, que se admitía pertenecían a la otra parte;
además, se establecía que a partir de ese momento la ocupación de
cualquier parte del territorio en disputa no tendría la consecuencia
jurídica de atribuir un título.
El profesor Faúndez relata que Venezuela fue engañada cuando
se ocultó una carta confidencial de Richard Olney -Secretario de
Estado de los Estados Unidos de América, hablando en nombre de
Venezuela, pero defendiendo los derechos de Inglaterra- a Julian
Pauncefote, sugiriéndole no dar ningún valor al Acuerdo de 1850, en
el que las partes habían indicado sus máximas pretensiones en la zona
en disputa, ni siquiera citándolo, y mucho menos tratando de definir

25
su ámbito y su significado, pues cualquier intento de interpretarlo les
envolvería en un prolongado debate, “lejos del fin que tenían en
mente”.
Nunca se supo verdaderamente, aunque hay muchas conjeturas,
el motivo real que llevó al presidente del Tribunal Arbitral, el ruso
Fedor Fedorovich Martens -conocido como Friedrich Von Martens,
o Federico de Martens- a dedicarse de manera obstinada a lograr la
unanimidad del Laudo Arbitral. Federico De Martens era un
experimentado árbitro, había sido profesor de Derecho Internacional
en la Facultad de Derecho de la Universidad de San Petersburgo,
consejero en los asuntos exteriores de la Rusia de Nicolás II, por lo
tenía pleno conocimiento de que el arbitraje internacional estaba
sometido al Derecho Internacional Público y a reglas, escritas o
consuetudinarias, que regían tanto su procedimiento como la
estructura del Laudo Arbitral y eso no era, precisamente, lo que había
ocurrido con el Laudo que él había negociado entre los árbitros de
ambas partes, en el que contrariamente a lo anterior, se habían
violando no sólo las normas de Derecho Internacional Público, sino
también las reglas acordadas por las partes, y que carecía de toda
motivación. El Tribual Arbitral incurrió en exceso de poder o ultra
petita al establecer la libre navegabilidad de los ríos Amacuro y
Barima, asunto que no formaba parte de la controversia o materia a
decidir. Parecía más que la solución a la reclamación del Esequibo,
el producto de una transacción de la que Venezuela quedó apartada.
En 1949, casi cincuenta años después de dictado el Laudo
Arbitral de París de 1899, inesperadamente, luego del fallecimiento
de Severo Mallet Prevost, uno de los abogados estadounidenses
defensores de Venezuela en el arbitraje, se sabría de las
negociaciones ocultas hasta entonces que habrían provocado la
sentencia que despojaría a Venezuela del territorio de la llamada
Guyana Esequiba. El memorándum de Mallet-Prevost, denunció la
colusión entre los árbitros británicos y el presidente del tribunal
arbitral. Según Severo Mallet Prevost, el laudo fue producto de un
compromiso político y no de la aplicación de los principios jurídicos
a que las partes habían acordado someterse. Esto motivó a que el 1
de octubre de 1962, el entonces Ministro de Relaciones Exteriores de
Venezuela, Marcos Falcón Briceño, reabriera la controversia sobre
este asunto a través de la denuncia formal del Laudo Arbitral de París
ante la Organización de las Naciones Unidas.

26
El 17 de febrero de 1966, se firmó, por parte de Venezuela,
Inglaterra, y Guyana, aunque ésta aún no era un Estado
independiente, el Acuerdo de Ginebra. De acuerdo con el artículo
VIII del Acuerdo, una vez que Guyana lograra su independencia,
llegaría a ser parte en el Acuerdo. El Acuerdo de Ginebra fue
favorable para Venezuela, pues tuvo el mérito de reabrir el caso y
acabar con la invulnerabilidad jurídica del Laudo de París de 1899 y
la presunción de cosa juzgada. El Acuerdo de Ginebra estableció que
efectivamente existía una disputa territorial y que con motivo de ella
se buscarían los medios para lograr una solución práctica aceptable,
tanto para Guyana como para Venezuela.
La independencia de Guyana se produjo el 26 de mayo de 1966,
tres meses después de la suscripción del Acuerdo de Ginebra, y
Venezuela procedió a su reconocimiento inmediato, con la expresa
reserva de la reclamación territorial pendiente sobre el territorio
situado al oeste del río Esequibo.
El profesor Faúndez explica con detalle, en el Capítulo IV, este
resurgimiento de la reclamación del Esequibo. Con motivo del
Acuerdo de Ginebra, entre 1966 y 1970 se celebraron varias
negociaciones entre Venezuela y Guyana con la finalidad de
encontrar arreglos prácticos y satisfactorios para la controversia.
Luego, el 18 de junio de 1970, se celebró el Protocolo de Puerto
España que permanecería en vigor por un período “inicial” de doce
años, contados a partir de la fecha de su firma, durante su vigencia se
explorarían todas las posibilidades de mejorar el entendimiento entre
ambas naciones. Mientras el Protocolo de Puerto España estuviera
vigente no se haría ninguna reclamación que surgiera de la
contención a que se refiere el artículo I del Acuerdo de Ginebra, y se
suspendería, por ese mismo tiempo, la aplicación del artículo IV del
Acuerdo. En junio de 1982 cuando venció el plazo, el gobierno de
Venezuela descartó cualquier prórroga del Protocolo de Puerto
España, y lo dio por terminado.
Durante este tiempo los buenos oficios no tuvieron ningún efecto
positivo. No se logró ninguna propuesta aceptable por las partes.
Venezuela no supo sacar provecho de esta circunstancia favorable.
El 15 de diciembre de 2016, el Secretario General Ban ki-moon,
propuso a las partes incorporar un elemento de mediación a los
buenos oficios con un mandato que debía concluir a finales de 2017;
si para esa fecha no se había alcanzado un progreso significativo, el
Secretario General advertía que escogería a la Corte Internacional de

27
Justicia como el próximo medio de solución, a menos que ambas
partes le solicitaran que no lo hiciera.
El 8 de febrero de 2017, la Academia de Ciencias Políticas y
Sociales de Venezuela rechazó este anuncio del Secretario General
de la ONU de judicializar la solución de la controversia mediante el
envío de la misma a la Corte Internacional de Justicia, en virtud de
que tal decisión unilateral por el Secretario General es contraria al
Acuerdo de Ginebra, cuyo objeto y propósito explícitos consisten en
la búsqueda de una solución satisfactoria para el arreglo práctico de
la controversia en forma aceptable para ambas partes. La Academia
de Ciencias Políticas y Sociales consideró que someter la
controversia a un procedimiento judicial desnaturalizaría el Acuerdo
de Ginebra, ya que impediría que las partes, a través de un
mecanismo de negociación, pudieran lograr un acuerdo práctico a la
controversia en forma aceptable para ellas 3.
De igual manera, la Academia denunció ante la opinión pública
que esta decisión equivaldría a la introducción arbitraria de un
término de caducidad de las negociaciones entre las partes para
buscar una solución práctica conforme al Acuerdo de Ginebra, las
cuales evidentemente no han sido agotadas. En efecto:
“Conforme a dicho instrumento internacional, si alguno de
esos medios, como podrían ser los actuales buenos oficios, no
ha conducido a una solución de la controversia, el Secretario
General de la ONU escogerá otro de los medios estipulados en
el artículo 33 de la Carta de las Naciones Unidas, y así
sucesivamente, hasta que la controversia haya sido resuelta, o
hasta que todos los medios de solución pacífica contemplados
en dicho artículo hayan sido agotados. Sin embargo, esos
medios mencionados deben sujetarse siempre al objeto y
propósito del Acuerdo de Ginebra, cual es precisamente la
búsqueda de una solución satisfactoria para el arreglo práctico
de la controversia en forma aceptable para ambas partes”.
El 23 de febrero de 2017, el nuevo Secretario General de la ONU,
Antonio Guterres, se dirigió a las partes en esta controversia,
3
Véase Pronunciamiento de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales ante
la actual situación de la controversia con la República Cooperativa de Guyana,
08 de marzo de 2020. Disponible en:
https://www.acienpol.org.ve/pronunciamientos/pronunciamiento-de-la-
academia-de-ciencias-politicas-y-sociales-ante-la-actual-situacion-de-la-
controversia-con-la-republica-cooperativa-de-guyana-2/

28
informándoles de la designación de Dag Nylander como su
representante personal, e indicando que los términos de referencia de
su misión eran los señalados previamente por su antecesor, con una
fecha perentoria (30 de noviembre de 2017) para lograr progresos
significativos o, de lo contrario, ir a la Corte Internacional de Justicia.
Ante este anuncio del nuevo Secretario General de la ONU, la
Academia de Ciencias Políticas y Sociales decidió dirigirse a la
Canciller de Venezuela para insistir en la gravedad del asunto. En
este sentido, en fecha 20 de marzo de 2017, la Academia le dirigió a
la Canciller Delcy Rodríguez, Ministra del Poder Popular para las
Relaciones Exteriores de la República Bolivariana de Venezuela, una
comunicación en la cual le expresó que esta “anunciada decisión
unilateral -seguramente inconsulta al menos con Venezuela- del
Secretario General de la ONU es violatoria del Acuerdo de Ginebra
(…). Por lo cual, someter la controversia a un procedimiento judicial
desnaturalizaría el Acuerdo de Ginebra, ya que impediría que las
partes, a través de un mecanismo de negociación, logren un acuerdo
práctico a la controversia que sea mutuamente aceptable para ellas.
Una solución judicial unilateral es lo contrario a un arreglo práctico
que resulte satisfactorio y aceptable para ambas partes”4.
El 30 de enero de 2018, el Secretario General de la ONU,
Antonio Guterres, comunicó a los Estados partes en esta controversia
que dado que no se había alcanzado un progreso significativo para
llegar a una solución negociada de la misma, había escogido a la
Corte Internacional de Justicia como el medio a ser utilizado para su
solución; el Secretario General le recordó a las partes que en los
términos del artículo IV, párrafo 2, del Acuerdo de Ginebra, a él se
le confería la potestad y la responsabilidad de escoger, entre los
medios de solución pacífica contemplados en el artículo 33 de la
Carta de las Naciones Unidas, el medio a ser utilizado para la
resolución de la controversia, y que si el medio así escogido no
conducía a una solución, él tenía la responsabilidad de escoger otro.
En esta oportunidad, las Academias Nacionales, en comunicado
conjunto, hicieron pública la grave preocupación ante el referido
anuncio del Secretario General de las Naciones Unidas y expresaron

4
Pronunciamiento de la Academia de Ciencias Politicas y Sociales sobre el
rechazo a la demanda de Guyana contra Venezuela, 11 de abril de 2019.
Disponible en: file:///C:/Users/Luz%20Oriana/Downloads/pronunciamiento-
de-la-academia-de-ciencias-politicas-y-sociales-sobre-el-rechazo-a-la-
demanda-de-guyana-contra-venezuela-def..pdf

29
que dicha decisión debía ser rechazada inmediatamente por el
Gobierno de Venezuela por ser contrario a los intereses del país y
violatorio del Acuerdo de Ginebra, insistiendo en que “Venezuela no
debe ni puede aceptar que este delicado asunto sea enviado
unilateralmente y sin su consentimiento a dicho tribunal
internacional”.
Las Academias reafirmaron que la mejor y más certera defensa
de Venezuela ante esta decisión del Secretario General de la ONU
era insistir y oponer la falta de jurisdicción de la Corte Internacional
de Justicia para conocer y decidir este asunto, entre otras cosas, con
motivo de que:
“(a) ni Venezuela ni Guyana han reconocido la competencia
obligatoria de la CIJ, ya que ninguno de estos dos Estados ha
ratificado el Estatuto de dicha Corte Internacional (art. 36,
parág. 2);
(b) es violatoria del Acuerdo de Ginebra, el cual no figura
ni nunca ha figurado en los documentos oficiales considerados
por la propia CIJ como uno de los tratados o acuerdos
internacionales que estipulan su jurisdicción contenciosa; y
(c) se opone al objeto y propósito explícitos del Acuerdo,
cual es la búsqueda de una solución satisfactoria para el arreglo
práctico de la controversia que resulte aceptable para ambas
partes en diligencias que no han sido agotadas.”5
El 29 de marzo de 2018, Guyana demandó a Venezuela ante
la Corte Internacional de Justicia solicitando, inter alia, que la Corte
confirmase la validez jurídica y el efecto vinculante del laudo arbitral
del 3 de octubre de 1899 relativo a la frontera entre la colonia de
Guyana Británica y Venezuela.
Sobre esta demanda también se pronunció la Academia de
Ciencias Políticas y Sociales reiterando la incompatibilidad de dicho
recurso ante la CIJ con el Acuerdo de Ginebra, a la vez que denunció
la incompetencia de la Corte para conocer de este asunto debido,
5
Comunicado de las Academias Nacionales a la opinión pública sobre el
anuncio oficial del Secretario General de la ONU de enviar la controversia
con Guyana a la Corte Internacional de Justicia, 14 de febrero de 2018.
Disponible en: https://www.acienpol.org.ve/pronunciamientos/comunicado-
de-las-academias-nacionales-a-la-opinion-publica-sobre-el-anuncio-oficial-
del-secretario-general-de-la-onu-de-enviar-la-controversia-con-guyana-a-la-
corte-internacional-de-justicia/

30
principalmente, a que tanto Venezuela como Guyana no han
reconocido la jurisdicción de la CIJ:
“1) Ninguna ha reconocido nunca la jurisdicción de la
Corte de La Haya mediante la declaración facultativa prevista
en el Artículo 36, párrafo 2 del Estatuto de la CIJ (véase lista
oficial de declaraciones hechas); y
2) Ninguna es parte del Pacto de Bogotá de 1948 (véase
estado oficial de firmas y ratificaciones), que permite a un
Estado entablar una demanda en la CIJ contra otro Estado del
hemisferio americano”6.
La Academia de Ciencias Políticas y Sociales insistió en que la
mejor defensa de Venezuela era oponer la falta de jurisdicción de la
Corte Internacional de Justicia para conocer y decidir este asunto,
entre otras cosas, porque ni Venezuela ni Guyana han reconocido la
competencia obligatoria de la misma, ya que ambas, no han ratificado
el Estatuto de dicha Corte Internacional y, además, porque es
violatoria del Acuerdo de Ginebra, pues se opone al objeto y
propósito explícitos del mismo, cual es la búsqueda de una solución
satisfactoria para el arreglo práctico de la controversia que resulte
aceptable para ambas partes, diligencias que no han sido agotadas.
Está pendiente ahora la decisión de la Corte Internacional de
Justicia sobre su competencia para conocer la demanda interpuesta
por Guyana. En el Capítulo V, el profesor Faúndez analiza este tema
de la competencia de la Corte Internacional de Justicia. En el
siguiente, Capítulo VI, antes de dar su conclusión, se refiere a la
controversia judicial.
El profesor Faúndez entiende que la no comparecencia de
Venezuela tiene el efecto de forzar a la Corte a examinar las
objeciones del Estado demandado, y a indagar cuál podría ser el
fundamento de las mismas, teniendo en cuenta cualquier prueba
documental o de otro tipo que pueda ser relevante, y que pueda
constituir una barrera para el ejercicio de su competencia, o que
pueda demostrar que la demanda no está bien fundada.
Para el total análisis de lo tratado en este libro, el profesor
Faúndez asume el compromiso de exponer la verdad y usar la
correcta interpretación y aplicación de los textos jurídicos
pertinentes. Se propone tratar los hechos y el derecho en forma tan
6
Ibidem.

31
desapasionada como le sea posible. La intención de este profundo
estudio del tema que nos ofrece el autor, es analizar este puñado de
hechos y eventos desde una dimensión estrictamente jurídica. El
profesor Faúndez plena su análisis de datos históricos y políticos
interesantes, curiosos y relevantes, para la mejor comprensión de las
diversas situaciones jurídicas. Sus conclusiones son serias y conviene
tenerlas muy presentes, de forma que la lectura de este libro que he
tenido el honor de presentar es de importancia singular para la
correcta comprensión de este importante asunto.
Cualquiera sea la decisión de la Corte Internacional de Justicia,
falta mucho camino por andar en la resolución de esta controversia
que lleva ya casi doscientos años. Los criterios expuestos aquí por el
profesor Héctor Faúndez Ledesma son, en adelante, de consulta
obligatoria.
Noviembre 2020

32
INTRODUCCIÓN

En Derecho Internacional, cuando un nuevo Estado hereda un


territorio en disputa, también hereda la disputa que está pendiente.
Siendo así, el 29 de marzo de 2018, Guyana, la antigua colonia de
Inglaterra, demandó formalmente a Venezuela ante la Corte
Internacional de Justicia, pidiendo a ésta que confirme la validez del
Laudo del 3 de octubre de 1899, recaído en la disputa entre Inglaterra
y Venezuela sobre el territorio del Esequibo.
El 30 de junio de 2020, la Corte Internacional de Justicia celebró
una audiencia para oír alegatos sobre su competencia en el caso de la
demanda interpuesta por Guyana en contra de Venezuela, 1 pidiendo
que se confirme la validez del laudo de París, en relación con la
frontera entre la entonces colonia de Guyana Británica y Venezuela.
Aunque Venezuela no ha comparecido en el procedimiento ante la
Corte, mediante cartas,2 en un memorándum enviado a ésta y en un

1
Cfr. International Court of Justice, Application Instituting Proceedings,
Arbitral Award of 3 October 1899, Guyana v. Venezuela, registrada en la
Secretaría de la Corte el 29 de marzo de 2018. https://www.icj-
cij.org/files/case-related/171/171-20180329-APP-01-00-EN.pdf
2
El 18 de junio de 2018, en la reunión con las partes, convocada por el
presidente de la Corte Internacional de Justicia, la vicepresidente de
Venezuela entregó al presidente de la Corte una carta firmada por el presidente
de la república de Venezuela, Nicolás Maduro, en la que le anuncia que
Venezuela no participará en el procedimiento ante ese Tribunal, por
considerar que la misma carece de competencia para conocer el caso. En otra
nota, del 12 de abril de 2019, Venezuela confirmó a la Corte que no
participaría en el procedimiento escrito, aunque indicó que, en el momento
oportuno, proporcionaría información que le permitiera a la Corte cumplir con
las obligaciones referidas en el artículo 53, párrafo 2, del Estatuto de la Corte
Internacional de Justicia.

33
anexo del mismo,3 Venezuela ha rechazado la competencia de la CIJ
para conocer de este asunto y, de su planteamiento, se infiere que
también tiene objeciones a la admisibilidad de la demanda. 4
En cuanto primera línea de defensa del Estado demandado para
evitar una condena, las excepciones preliminares son frecuentes en la
práctica internacional,5 pero no hay una regulación precisa de ellas.
Concisamente, el artículo 46 de la Convención Internacional para el
Arreglo Pacífico de Controversias Internacionales,6 sostenía que los
agentes y abogados de las partes (en un juicio arbitral sometido a la
Corte Permanente de Arbitraje Internacional) podían plantear

3
Cfr. Memorándum de la República Bolivariana de Venezuela sobre la
demanda interpuesta ante la Corte Internacional de Justicia por la República
Cooperativa de Guyana, enviado el 29 de noviembre de 2019, y anexo del
mismo.
4
Venezuela no presentó una contra memoria, pero envió sendas notas al
Secretario de la Corte, la primera de ellas entregada el 18 de junio de 2018, y,
de nuevo, el 29 de noviembre de 2019, desconociendo la competencia de ésta.
En un memorándum enviado el 29 de noviembre de 2019, además de rechazar
la competencia de la Corte para conocer de este caso, se sostiene que la
demanda está mal fundada y que la Corte carece de competencia para conocer
del mismo. En el anexo de dicho memorándum, se sugiere que la demanda no
sería admisible, ya sea porque -según la interpretación que Venezuela hace
del artículo IV del Acuerdo de Ginebra- no se han agotado todos los
mecanismos de solución pacífica de controversias previstos en el artículo 33
de la Carta de las Naciones Unidas, en el orden indicado por dicha disposición,
porque el recurso a la CIJ tenía que ser previamente convenido por las partes,
o porque el Secretario General de la ONU no estaba autorizado para escoger
el recurso a la CIJ sin el mutuo consentimiento de las partes, o porque una
“recomendación” del Secretario General de remitir el caso a la Corte rebasaría
los límites del Acuerdo de Ginebra en el desempeño de sus funciones.
Adicionalmente, en el párrafo 99 del memorándum del 29 de noviembre de
2019, Venezuela sostiene que, de acuerdo con la Constitución de Venezuela,
la celebración de un acuerdo especial confiriéndole competencia a la Corte,
siendo un tratado que delegaría una decisión sobre la soberanía territorial a
una tercera parte, tendría que ser aprobada por un referéndum, lo cual no ha
ocurrido. Cfr., en particular, los párrafos 99 y 101 del memorándum del 29 de
noviembre de 2019.
5
En este sentido, Georges Abi-Saab afirma que, desde los inicios de la
actividad de la Corte Internacional (refiriéndose tanto a la Corte Internacional
de Justicia como a su antecesora, la Corte Permanente de Justicia
Internacional), las excepciones preliminares han jugado un papel importante
en su procedimiento, el cual no ha cesado de incrementarse. Cfr. Georges Abi-
Saab, Les Exceptions Préliminaires dans la Procédure de la Cour
Internationale, Éditions A. Pedone, París, 1967, p. 23.
6
Suscrita en La Haya, el 29 de julio de 1899.

34
“excepciones e incidentes”, los cuales serían decididos por el tribunal
de manera definitiva, y sin recurso ulterior. Con igual brevedad, el
Estatuto de la Corte apenas hace una referencia indirecta a ellas, en
su artículo 36, párrafo 6, al señalar que, en caso de disputa en cuanto
a si la Corte tiene o no jurisdicción, la Corte decidirá. No hay, ni en
el Estatuto ni en el Reglamento de la Corte, una definición de
“excepción preliminar”, ni hay, tampoco, una lista cerrada de las
excepciones preliminares que puede plantear un Estado, ya sea en
cuanto a la competencia del tribunal o a la admisibilidad de la
demanda, ni una referencia al objeto de la excepción -ya sea ésta una
cuestión de fondo o de forma-, al alcance de la misma -constituyendo
una barrera para la demanda en su totalidad o dirigida a sustraer del
conocimiento de la Corte sólo una parte de la demanda-, o a los
efectos -perentorios, o meramente dilatorios- que puede tener en el
procedimiento la aceptación de una determinada excepción
preliminar.7 Pero, mientras tales objeciones no sean resueltas, y a
condición de que sean rechazadas en todo o en parte, la Corte no
puede entrar a conocer del fondo del asunto; esto es posible porque
el objeto de la excepción preliminar es distinto del objeto de la
controversia. Es la práctica de los Estados, la doctrina y la
jurisprudencia, la que ha desarrollado a esta institución, con algunas
características que le son propias, distintas a las que pueda presentar
en el Derecho interno de los Estados.
De acuerdo con el artículo 79, párrafo 1, del Reglamento,
cualquier excepción a la competencia de la Corte o a la admisibilidad
de la solicitud, o cualquier otra excepción sobre la cual el demandado
pide que la Corte se pronuncie antes de continuar el procedimiento
sobre el fondo, deberá ser presentada por escrito dentro del plazo
fijado para el depósito de la contra memoria. No está demás advertir
que el Reglamento de la Corte no se limita a las objeciones a la
competencia del Tribunal, a la validez de la remisión del caso a la
Corte, o a la admisibilidad de la demanda, sino que comprende
“cualquier otra excepción” que tenga el propósito de impedir, in
limine, la consideración de los méritos del caso. Pero, desde muy
temprano, la jurisprudencia de la Corte Permanente de Justicia

7
Este es un asunto que ya habíamos abordado previamente, en relación con las
excepciones preliminares que se pueden plantear ante la Corte Interamericana
de Derechos Humanos. Cfr. Héctor Faúndez Ledesma, El Sistema
Interamericano de Protección de los Derechos Humanos: Aspectos
institucionales y procesales, (primera edición, 1996), tercera edición, Instituto
Interamericano de Derechos Humanos, San José, Costa Rica, pp. 630-672.

35
Internacional observó que, al ejercer una jurisdicción internacional,
el Tribunal no podía conferir a las consideraciones de forma la misma
importancia que ellas puedan tener en el Derecho interno;8 en dicha
ocasión, atendiendo a la ausencia de normas, tanto en el Estatuto
como en el Reglamento de la Corte, referidas al procedimiento a
seguir en caso de objeciones a la competencia de la Corte, ésta se
sintió en libertad para adoptar los principios que considerara más
adecuados para asegurar la administración de justicia, y que
estuvieran en mayor conformidad con los principios fundamentales
del Derecho Internacional.9
Debe mencionarse que, en 1920, el Comité Consultivo de
Juristas había sido encargado, por la Sociedad de Naciones, con la
tarea de redactar el Estatuto de la Corte Permanente de Justicia
Internacional. Su relator, Albert de La Pradelle, recordó que algunas
leyes nacionales contemplaban la posibilidad de condenar sin
pruebas al demandado que no comparecía ante el tribunal; sin
embargo, tratándose de dos Estados litigantes, le parecía
particularmente grave condenar sin más a un Estado que, al mismo
tiempo, le negaba a la Corte el derecho de juzgarlo; por ende, él
diseñó un sistema que fuera aceptable para los Estados, rodeado de
garantías que le dieran a las sentencias de la Corte la autoridad moral
indispensable, y que, al mismo tiempo, facilitaran su ejecución. 10 Ese
es el origen del artículo 53 del Estatuto de la Corte.
Si bien, formalmente, Venezuela no ha presentado “objeciones
preliminares” en la forma requerida por el Reglamento de la Corte,
de manera inequívoca, ha desconocido la competencia del Tribunal

8
Cfr. Permanente Court of International Justice, The Mavrommatis Palestine
Concessions (Greece v. Great Britain), Jurisdiction, Judgment of August 30,
1924. El texto puede encontrarse en Manley O. Hudson, World Court Reports,
A Collection of the Judgments, orders and opinions of the Permanent Court
of International Justice, Oceana publications, Inc., Dobbs Ferry, New York,
1969, vol. I, pp. 297-321. La cita corresponde a la p. 319.
9
Cfr. Ibid., p. 305.
10
Cfr. Cour Permanent de Justice Internationale, Comité Consultatif de Juristes,
procès-verbaux des séances du Comité, 16 juin – 24 juillet 1920, avec
annexes, La Haye, Van Langenhuysen Frères, 1920, pp. 739-740, citado por
Pierre Michel Eisemann, Les effets de la non-comparution devant la Cour
Internationale de Justice, Annuaire Français de Droit International, 1973, N°
19, p. 355.

36
para conocer de este asunto; 11 en el caso Notttebohm, la Corte
observó que, al desafiar, mediante una carta, la jurisdicción de la
Corte para examinar la reclamación que se le había sometido por el
Gobierno de Liechtenstein, y al abstenerse de presentar una contra
memoria, Guatemala había planteado una objeción preliminar, 12
indicando las consideraciones de hecho y de derecho en las cuales
basaba su objeción.13 En los dos casos de las Pesquerías del Mar del
Norte se presentó una situación similar; en efecto, mediante una
carta, Islandia informó a la Corte que no estaba dispuesta a conferirle
competencia para conocer de estos casos, y que no designaría a un
agente;14 sin embargo, aún en ausencia de una objeción preliminar de
su competencia en los términos previstos en su Reglamento, la Corte
consideró que, antes de entrar a examinar el fondo del asunto, era
necesario resolver todas las cuestiones relativas a su competencia en
tales casos.15 En sus comunicaciones iniciales, Islandia sostenía que
los intereses vitales de su pueblo estaban involucrados, que no había
bases para la jurisdicción de la Corte y que no estaba dispuesta a
conferirla; luego de que la Corte convocara a una audiencia sobre su
competencia y antes de que ésta tuviera lugar, Islandia envió a la
Corte un telegrama, indicando que su posición no había cambiado. 16
La Corte lamentó que el Gobierno de Islandia no hubiera
comparecido, con el objeto de presentar sus argumentos en contra de
la competencia de la Corte para conocer de este asunto; sin embargo,
de acuerdo con su Estatuto y con su jurisprudencia, la Corte indicó
que debía examinar, proprio motu, la cuestión de su competencia
para conocer de las demandas del Reino Unido y de la República
Federal Alemana, deber que se veía reforzado por los términos del
artículo 53 del Estatuto de la Corte, según el cual, cuando una de las

11
Según Abi-Saab, el rechazo categórico de la parte demandada a someterse a
la jurisdicción de la Corte va más lejos que una mera excepción de
incompetencia. Cfr. Georges Abi-Saab, op. cit., p. 25.
12
Cfr. International Court of Justice, Nottebohm Case (Liechtenstein v.
Guatemala), Preliminary Objection, Judgment of November 18th, 1953, p. 11.
13
Cfr. ibidem.
14
Cfr. International Court of Justice, Fisheries Jurisdiction Case (Federal
Republic of Germany v. Iceland), Jurisdiction of the Court, Judgment of 2
February 1973, párrafo 3, y Fisheries Jurisdiction Case (United Kingdom of
Great Britain and Northern Ireland v. Iceland), Jurisdiction of the Court,
Judgment of 2 February 1973, párrafo 3.
15
Cfr. ibid., párrafo 5 en ambas sentencias.
16
Cfr. ibid., párrafos 7 y 10 en ambas sentencias.

37
partes no comparezca ante la Corte, o se abstenga de defender su
caso, la Corte deberá asegurarse de que tiene competencia para
conocer de dicho asunto. De la ausencia de Islandia se desprendía
que ésta no había observado los términos del artículo 62, párrafo 2,
del Reglamento, que requiere, inter alia, que el Estado que objeta la
competencia de la Corte debe establecer los hechos y el Derecho en
que se basa tal objeción, sus conclusiones en esta materia, y cualquier
evidencia que pueda presentar; sin embargo, la Corte advirtió que, al
examinar su propia competencia, consideraría aquellas objeciones
que, en su opinión, pudieran ser alegadas. 17
Al asegurarse de que tiene jurisdicción sobre el caso, la Corte no
está confinada a los argumentos o las objeciones que puedan haber
planteado las partes, sino que, por propia iniciativa, debe examinar
incluso aquellos asuntos que no hayan surgido durante los alegatos
de las partes o que, de haberlo hecho, están mal fundados. Como es
a la Corte a la que le corresponde determinar cuál es el Derecho
aplicable, la no comparecencia de una de las partes tiene un impacto
limitado; en este sentido, en los casos de las pesquerías del Mar del
Norte, la Corte indicó que, como órgano judicial que es, en casos
regidos por el artículo 53 del Estatuto, al igual que en cualquier otro
caso, está obligada a considerar, por propia iniciativa, todas las reglas
de Derecho Internacional que sean relevantes para la solución de la
controversia; según la Corte, le corresponde a ella determinar el
Derecho aplicable en las circunstancias del caso, sin que la carga de
la prueba de esas reglas de Derecho Internacional pueda trasladarse
a ninguna de las partes en la disputa, pues el Derecho reposa en el
conocimiento judicial del Tribunal.18 Asimismo, en el caso de las
actividades militares y paramilitares en y en contra de Nicaragua, la
Corte recordó que, para decidir si una demanda está jurídicamente
bien fundada, según el principio jura novit curia, ella no depende de
los argumentos de las partes en cuanto al Derecho aplicable. 19 Por
supuesto, si hay indicios serios de que, en las circunstancias en que

17
Cfr. ibid., párrafo 12, en el caso de la demanda del Reino Unido, y párrafo 13,
en el caso de la demanda de la República Federal Alemana.
18
Cfr. International Court of Justice, Fisheries Jurisdiction Case (Federal
Republic of Germany v. Iceland), Merits, Judgment of 25 July 1974, párrafo
183, y Fisheries Jurisdiction Case (United Kingdom of Great Britain and
Northern Ireland v. Iceland), Merits, Judgment of 25 July 1974, párrafo 17.
19
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Military and
Paramilitary Activities in and against Nicaragua (Nicaragua v. United States
of America), Merits, judgment of 27 June 1986, párrafo 29.

38
el caso ha sido sometido a la Corte, ésta carece de competencia, el no
haber presentado una objeción a la misma puede hacer presumir que
el Estado demandado ha dado su consentimiento para seguir adelante
con el caso.
Como ya señaló la Corte en el caso de las pesquerías del Mar del
Norte, de acuerdo con el artículo 53, párrafos 1 y 2, de su Estatuto,
cuando una de las partes no comparezca ante la Corte, o se abstenga
de defender su caso, la Corte deberá asegurarse de que tiene
competencia para conocer de dicho asunto. En consecuencia, en el
presente caso, antes de entrar a examinar el fondo de la demanda, la
Corte tendrá que pronunciarse sobre su competencia para conocer de
esta controversia, en el entendido de que toda cuestión preliminar
suspende el procedimiento sobre el fondo.20
Como quiera que sea, la Corte tiene el deber de cerciorarse, por
sí misma, de que posee competencia para examinar el caso que se le
somete. Cualquiera que sea la correcta interpretación de los
instrumentos que regulan el funcionamiento de un Tribunal o sus
reglas de procedimiento, éste tiene la facultad y el deber de examinar
por sí mismo los aspectos preliminares de su competencia para
conocer del caso que se le somete; esa facultad es indispensable, e
inseparable de la correcta administración de justicia. 21 En el caso de
las actividades militares y paramilitares en y en contra de Nicaragua,
aún con la comparecencia del Estado demandado, pero sin una
objeción preliminar formalmente presentada por los Estados Unidos,
la propia Corte abrió una fase para el “examen de cuestiones
jurisdiccionales”, para considerar los elementos alegados por Estados
Unidos respecto de la falta de competencia de la Corte.22

20
Cfr. El artículo 79, párrafo 3, del Reglamento: “3. Al recibo por la Secretaría
de la Corte del escrito planteando la excepción preliminar se suspenderá el
procedimiento sobre el fondo y la Corte, o si no estuviese reunida el
Presidente, fijará un plazo dentro del cual la otra parte podrá presentar una
exposición escrita con sus observaciones y conclusiones; se acompañarán los
documentos en apoyo y se indicarán los medios de pruebas que se proponga
producir.”
21
Cfr. Rio Grande Irrigation and Land Company, Ltd. (Great Britain v. United
States), Arbitral Award of 28 November 1923. Reports of International
Arbitral Awards, vol. VI, pp. 131-138, en pp. 135 y s.
22
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Military and
Paramilitary Activities in and against Nicaragua (Nicaragua v. United States
of America), Jurisdiction of the court and admissibility of the application,
Judgment of 26 November 1984, párrafo 76.

39
La Corte también tendrá que examinar si la objeción de
incompetencia alegada por Venezuela corresponde con el objeto de
la controversia planteada por la demanda; en tal sentido, se recuerda
que, en el caso de Bolivia c. Chile, el Tribunal observó que el objeto
que, en virtud del artículo VI del Pacto de Bogotá, Chile consideraba
estar excluido de la jurisdicción de la Corte no correspondía con el
objeto de la controversia planteada por Bolivia. 23
En las páginas que siguen, nuestro propósito es examinar estos
dos elementos que se entrecruzan, urdiendo un tejido complejo y
sofisticado, lleno de matices y peculiaridades. Por un lado, la
competencia contenciosa de la Corte Internacional de Justicia, como
medio procesal para resolver controversias entre Estados, y como una
de las formas que asume la administración de justicia en el plano
internacional; por el otro, la controversia del Esequibo, como uno de
los conflictos derivados de los viejos mecanismos de adquisición de
territorios; por un lado, los compromisos asumidos por las partes en
esta controversia en el Acuerdo de Ginebra, en el que se sustenta la
demanda de Guyana, y, por otro lado, las reglas en materia de
interpretación de los tratados. En una manifestación de la forma y la
sustancia de la vida internacional, este conflicto sirve para ilustrar
que una de las características esenciales del Derecho Internacional
Público es que éste es el producto de la voluntad común de los
Estados, y que, a veces, incluso a través de los tratados, esa voluntad
común se expresa en forma un tanto oscura y ambigua, que tiene que
ser objeto de interpretación. En este rompecabezas, en que la
competencia de la Corte puede estar sujeta muchas reglas, distintas
para cada Estado, habrá que encontrar cuál es el lugar que le
corresponde a la disputa por el Esequibo. Pero, en esa interrelación
de distintos elementos que se mezclan en este conflicto, se puede
constatar que el arreglo judicial no es, necesariamente, el recurso
adecuado para resolver cualquier controversia, y que, a veces, es una
pieza que sobra.
Cumplido el trámite de la audiencia pública, en un caso en el que
una de las partes no ha comparecido, la Corte podría dictar su
sentencia sobre jurisdicción dentro de un breve plazo. En uno de los
casos más recientes, el de Bolivia vs. Chile sobre la obligación de este
último de negociar un acceso al océano Pacífico, luego de concluida

23
Cfr. International Court of Justice, Obligation to negotiate access to the
Pacific Ocean, Bolivia vs. Chile, Preliminary Objection, 24 September 2015,
párrafo 24.

40
la audiencia, la Corte dictó su sentencia 4 meses y medio después. 24
En el caso del personal diplomático y consular de los Estados Unidos
en Teherán, en que el Estado demandado tampoco compareció y no
objetó formalmente la competencia de la Corte, aunque, al igual que
Venezuela, remitió una carta alegando que el Tribunal carecía de
competencia para conocer del caso, la Corte dictó una sola sentencia,
sobre el fondo, en la que, proprio motu, examinó, en primer lugar,
cualquier cuestión relativa a su jurisdicción y a la admisibilidad de la
demanda; entre el momento en que se introdujo la demanda y el
momento en que se dictó la sentencia (con una audiencia pública de
por medio), transcurrieron menos de seis meses.25 También el caso
de las actividades militares y paramilitares en y en contra de
Nicaragua, desde que se presentó la demanda, con una audiencia
pública de por medio, la sentencia tardó siete meses y unos pocos
días.26 En los casos de las pruebas nucleares francesas en el Pacífico
sur, en los que el Estado demandado tampoco compareció, pero
objetó formalmente la competencia de la Corte, ésta consideró que
era necesario resolver la cuestión de su competencia y de la
admisibilidad de la demanda “en el menor tiempo posible”, tarea que
le tomó un año y siete meses, contados desde el momento de la
presentación de la demanda.27 En cambio, en la disputa territorial y
marítima entre Nicaragua y Colombia, desde la presentación de la
demanda, la decisión sobre las excepciones preliminares tardó seis
años;28 en un punto intermedio, en unos casos de las Islas Marshall
en contra de India, Pakistán y el Reino Unido de Gran Bretaña e

24
Cfr. International Court of Justice, Obligation to negotiate access to the
Pacific Ocean, Bolivia vs. Chile, Preliminary Objection, 24 September 2015.
25
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning United States Diplomatic
and Consular Staff in Tehran, United States of America v. Iran, Judgment of
24 May 1980.
26
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Military and
Paramilitary Activities in and against Nicaragua (Nicaragua v. United States
of America), Jurisdiction of the court and admissibility of the application,
Judgment of 26 November 1984.
27
Cfr. International Court of Justice, Nuclear Tests Case, Australia v. France,
Judgment of 20 December 1974, y Nuclear Tests Case, New Zealand v.
France, Judgment of 20 December 1974.
28
La demanda fue introducida por Nicaragua el 6 de diciembre de 2001, y la
sentencia sobre excepciones preliminares fue dictada el 13 de diciembre de
2007. Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Territorial and
Maritime Dispute, Nicaragua v. Colombia, Judgment of 13 December 2007.

41
Irlanda del Norte, se tardó casi dos años y medio.29 Desde luego, la
mayor o menor celeridad en resolver esta cuestión preliminar
dependerá, entre otras cosas, del grado de certeza que tenga la Corte
en cuanto a su propia competencia; si es un asunto más o menos
evidente, siendo claro que carece de competencia, 30o hay una
mayoría clara de los jueces que consideran que la Corte sí tiene
competencia,31 lo más probable es que dicha sentencia se dicte

29
Las tres demandas fueron introducidas el 24 de abril de 2014, y las sentencias
se dictaron el 5 de octubre de 2016. Cfr. International Court of Justice,
Obligations concerning negotiations relating to cessation of the nuclear arms
race and to nuclear disarmament, Marshall Islands v. Pakistan, Marshall
Islands v. India, and Marshall Islands v. United Kingdom of Great Britain and
Northern Ireland, Jurisdiction and admissibility, Judgments of 5 October
2016.
30
En los casos de la Antártica, del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del
Norte, en contra de Argentina y Chile, las demandas respectivas fueron
presentadas el 4 de mayo de 1955, admitiendo que los Estados demandados
no habían aceptado la competencia de la Corte, pero agregando que estaban
calificados para hacerlo, y teniendo en cuenta dos cartas de los respectivos
Estados demandados(del 15 de julio de 1955, en el caso de Chile, y del 1 de
agosto de 1955, en el caso de Argentina), rehusándose a aceptar la
competencia de la Corte, el 16 de marzo de 1956, seis meses y medio después,
ésta dictó sendas resoluciones, indicando que estaba impedida de tomar
cualquier paso adicional, y ordenó remover tales asuntos de su lista de casos.
Cfr. International Court of Justice, Antartica Case, (United Kingdom v.
Argentina), Order of March 16th, 1956, y Antartica Case, (United Kingdom v.
Chile), Order of March 16th, 1956.
31
En el caso de Bolivia c. Chile, relativo a la Obligación de Negociar un Acceso
al Océano Pacífico, ambas objeciones preliminares fueron rechazadas por 14
votos contra dos. Cfr. International Court of Justice, Application to Negotiate
Access to the Pacific Ocean, Bolivia v. Chile, Judgment of 24 September
2015, párrafo 56. En el caso de los Rehenes en Teherán, como bien observó
el juez Morozov en su voto disidente, “la situación en que la Corte había
llevado a cabo sus deliberaciones no tenía precedentes en toda la historia de
la administración de justicia internacional, ya fuera ante la propia Corte o ante
otra instancia judicial internacional”; eso puede explicar una mayor celeridad.
Sin la comparecencia del Estado demandado, antes de entrar a examinar los
méritos del caso, la Corte consideró cuidadosamente su competencia para
conocer del mismo, teniendo en cuenta tanto la correspondencia de Irán como
otros elementos, y llegó a la conclusión de que tenía competencia; sin
embargo, no habiéndose votado este punto en forma separada, la única
indicación de que disponemos sobre el grado de consenso o una clara mayoría
en este punto son los votos disidentes de los jueces Morozov y Tarazi. El voto
disidente del Juez Tarazi se refiere a los méritos de la demanda, y no objeta la
competencia de la Corte para conocer del caso. El juez Morozov sólo objetó
parcialmente la competencia de la Corte, por no haber excluido, de plano, que
el artículo 13 de la Convención de 1973 sobre la Prevención y Castigo de

42
rápidamente; por el contrario, si es un asunto complejo, en que los
jueces no tienen una opinión suficientemente formada, o están
divididos en forma más o menos pareja,32 seguramente habrá que
esperar más tiempo.
Si la CIJ decide acoger la objeción planteada por Venezuela
sobre la incompetencia del Tribunal, ese sería el fin del
procedimiento ante ella, dejando sin resolver el objeto de la
controversia. Por el contrario, si la Corte desestima la objeción de
incompetencia, se pasaría a la fase de fondo, para escuchar alegatos
en relación con los méritos de la demanda interpuesta por Guyana,
solicitando, entre otras cosas, que se declare la validez del Laudo de
París, del 3 de octubre de 1899, que fijó la frontera entre Venezuela
y la entonces colonia de Guyana Británica; pero, teniendo en cuenta
las alegaciones de las partes, la Corte podría decidir que la
controversia versa sobre un objeto distinto, como, por ejemplo, la

Personas Internacionalmente Protegidas pudiera servir de base para el


ejercicio de la jurisdicción de la Corte en el caso de la reclamación de Estados
Unidos de América; Morozov observa que la referida Convención no prevé el
derecho incondicional de una parte en una disputa a presentar una demanda
ante la Corte, pues ese derecho surge sólo si la otra parte, no ha aceptado, en
el plazo de seis meses, la petición de recurrir al arbitraje; en el presente caso,
nunca se sugirió recurrir al arbitraje. En la votación sobre los seis puntos
sustantivos objeto del litigio, todos se decidieron en contra del demandado;
mientras los puntos 3 y 4 se decidieron por unanimidad, el punto 6 por 14
votos contra uno, los puntos 1 y 2 por 13 votos contra dos, y el punto 5 por
doce votos contra tres. Cfr. International Court of Justice, Case Concerning
United States Diplomatic and Consular Staff in Tehran, United States of
America v. Iran, párrafos 33 al 55, y 95.
32
En el caso de las Islas Marshall en contra del Reino Unido, sobre la obligación
de negociar el cese de la carrera de armas nucleares y el desarme, la Corte
acogió la excepción preliminar de incompetencia planteada por el Estado
demandado, en una votación de ocho votos contra ocho, con el voto de calidad
de su presidente. Cfr. International Court of Justice, Obligations concerning
negotiations relating to cessation of the nuclear arms race and to nuclear
disarmament, Marshall Islands v. United Kingdom of Great Britain and
Northern Ireland, Jurisdiction and admissibility, Judgments of 5 October
2016, párrafo 59. En la misma demanda, en los casos en contra de la India y
en contra de Pakistán, la Corte falló, por nueve votos a siete, en favor de la
excepción de incompetencia planteada por el Estado demandado. Cfr.
International Court of Justice, Obligations concerning negotiations relating
to cessation of the nuclear arms race and to nuclear disarmament, Marshall
Islands v. India, Jurisdiction and admissibility, Judgments of 5 October 2016,
párrafo 56, y Obligations concerning negotiations relating to cessation of the
nuclear arms race and to nuclear disarmament, Marshall Islands v. Pakistan,
Jurisdiction and admissibility, Judgments of 5 October 2016, párrafo 56.

43
aplicación del Acuerdo de Ginebra, que es lo que pretende
Venezuela. Sin embargo, incluso en la fase de fondo, por razón de la
materia objeto de la controversia, todavía podrían surgir dudas en
cuanto a la competencia de la Corte y, aún en esta fase, la Corte
podría decidir que carece de competencia para conocer del caso. Una
tercera opción, prevista en el Reglamento de la Corte33 y que tiene
precedentes en la jurisprudencia de la misma,34 permitiría al tribunal
posponer su pronunciamiento sobre la objeción preliminar, si
considera que ésta no tiene, en las circunstancias del caso, un
carácter exclusivamente preliminar, o si las circunstancias requieren
su examen conjuntamente con el de cuestiones que, por su naturaleza,
no pueden ser clasificadas como estrictamente jurisdiccionales o de
admisibilidad;35 de considerarlo así, se uniría el examen de esta
cuestión preliminar con los méritos de la demanda, por tratarse de
asuntos estrechamente relacionados entre sí, y porque el objeto de la
demanda puede ayudar a la Corte a decidir sobre su jurisdicción en
este caso. Por otra parte, aunque, con frecuencia, sea necesario entrar
a examinar el objeto de la controversia para determinar si un asunto
puede ser resuelto mediante el ejercicio de la función judicial, hay

33
Cfr. el artículo 79, párrafo 7, del Reglamento de la Corte, según el cual ésta
“decidirá por medio de un fallo, en el que aceptará o rechazará la excepción o
declarará que la excepción no tiene, en las circunstancias del caso, un
carácter exclusivamente preliminar. Si la Corte rechazara la excepción o
declarara que no tiene un carácter exclusivamente preliminar, fijará los plazos
para la continuación del procedimiento.”
34
Cfr., por ejemplo, International Court of Justice, Case of Certain Norwegian
Loans, France v. Norway, Judgment of July 6th, 1957, p. 22. Más
recientemente, cfr. International Court of Justice, Case Concerning the
Territorial and Maritime Dispute, Nicaragua v. Colombia, Preliminary
objections, judgment of 13 December 2007, párrafo 48.
35
Cfr. International Court of Justice, Nuclear Tests Case (Australia v. France),
Judgment of 20 December 1974, párrafo 22; y Nuclear Tests (New Zealand v.
France), Judgment of 20 December 1974, párrafo 463, párrafo 22. También,
Northern Cameroons (Cameroon v. United Kingdom), Preliminary
Objections, Judgment of 2 December 1963, p. 29. En el caso Ambatielos, en
relación con la objeción de Inglaterra de que el lapso para presentar la
demanda había precluido, la Corte sostuvo que este punto debía ser examinado
junto con los méritos del caso, y no en la fase jurisdiccional. Cfr. International
Court of Justice, Ambatielos case, (Greece v. United Kingdom), Preliminary
objection, judgment of July 1st, 1952, p. 18.

44
casos en los que es evidente que no pueden ser solucionados por vía
judicial.36
La Corte ha dicho que, en principio, quien presenta objeciones
preliminares tiene derecho a que dichas objeciones sean resueltas en
la fase preliminar del procedimiento, a menos que la Corte no tenga
ante ella todos los hechos necesarios para decidir la cuestión
planteada, o que, al hacerlo, esté decidiendo la controversia, o
algunos de sus elementos, sobre la base de los méritos del caso. 37
Pero es a la Corte a quien le corresponde decidir si una objeción
preliminar carece de carácter exclusivamente preliminar. 38 De
cualquier forma, la decisión sobre la competencia del tribunal debe
ser previa a cualquier pronunciamiento sobre el fondo de la
controversia; por consiguiente, en esta fase, no sólo las partes, sino
la propia Corte, deben abstenerse de entrar en los méritos de la
controversia.39

36
Cfr. International Court of Justice, Northern Cameroons (Cameroon v. United
Kingdom), Preliminary Objections, Judgment of 2 December 1963, p. 38.
37
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning the Territorial and
Maritime Dispute, Nicaragua v. Colombia, Preliminary objections, judgment
of 13 December 2007, párrafo 51.
38
Cfr. el artículo 79, párrafo 9, del Reglamento de la Corte.
39
Cfr. International Court of Justice, Nuclear Tests Case (Australia v. France),
Judgment of 20 December 1974, párrafo 22; y Nuclear Tests (New Zealand v.
France), Judgment of 20 December 1974, párrafo 463, párrafo 22

45
46
PRIMERA PARTE

LOS ANTECEDENTES DEL CASO ANTE LA CIJ

La intención de este trabajo es analizar la coyuntura en que se


encuentra esta controversia desde una dimensión estrictamente
jurídica. Por supuesto, habrá ocasiones en que el Derecho requiera
remitirse a datos históricos, o en que la comprensión de una situación
jurídica concreta haga indispensable hacer mención a alguna
consideración política. Para lo demás, me remito a las concienzudas
investigaciones de los historiadores, o al análisis que, desde la teoría
de conflictos, puedan haber hecho los politólogos.
Puesto que la demanda de Guyana pide a la Corte pronunciarse
sobre la validez de un laudo arbitral, y teniendo en cuenta que, en esta
fase del procedimiento, lo que está planteado es una cuestión
estrictamente jurisdiccional, me permito omitir los antecedentes más
lejanos de esta disputa territorial, que se remontan a la conquista de
América, a la ocupación de las tierras en disputa por parte de los
españoles o los holandeses, a la porción de esos territorios
efectivamente ocupados por los holandeses, a las cesiones
territoriales acordadas en 1648, en el Tratado de Münster, a los
territorios que, mediante el Protocolo de Londres, de 1814, los
holandeses habrían cedido, o estaban en capacidad de ceder, a los
ingleses, y a los territorios que, una vez obtenida su independencia,
Venezuela podía reclamar como legítima sucesora de los antiguos
derechos de la corona española en las tierras en disputa. Es
innecesario subrayar que, para emitir cualquier juicio sobre el fondo
de la más que centenaria controversia territorial existente sobre la
Guayana Esequiba, la determinación de los títulos históricos que
pueda exhibir una u otra parte son de crucial importancia para la

47
solución de la misma. Pero nada de lo anterior sirve para resolver la
cuestión preliminar sobre la competencia de la Corte Internacional de
Justicia para conocer de este asunto, o para determinar cuál es el
objeto de la controversia que se ha sometido a su conocimiento.
Para determinar quién tiene mejores títulos al territorio en
disputa, habrá que recordar que, al oriente del río Esequibo, quienes
se asentaron primeramente en una porción de lo que hoy es Guyana
fueron los holandeses, quienes, a comienzos del siglo XIX, cedieron
parte de dicho territorio a los ingleses. También hay que tener
presente que, en 1824, cuando se estaba gestionando el
reconocimiento de la Gran Colombia por parte de Gran Bretaña, José
Manuel Hurtado, Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario
de Colombia, entregó a las autoridades de Gran Bretaña una memoria
en la que se señalaban los límites de Venezuela y Nueva Granada,
comenzando “desde el río Esequibo o confines de la provincia de
Guayana”,40 sin que esto fuera objetado por los ingleses, generando
una justa expectativa de que esa frontera sería respetada. También es
relevante destacar que, cuando, en 1841, Schomburgk pretendió
colocar hitos fronterizos al oeste del río Esequibo, Venezuela
protestó ante el gobierno inglés, y el Ministro de Asuntos Exteriores,
Lord Aberdeen, junto con ordenar el retiro de esos hitos, manifestó
que con ellos no se tenía la intención de indicar posesión.41
Existiendo ya una controversia fronteriza, y ante la reiterada
insistencia de Venezuela en suscribir un tratado de límites, mediante
un canje de notas, el 18 de noviembre de 1850, las partes acordaron
que el territorio en disputa no podría ser ni ocupado ni usurpado,
manteniéndose el statu quo, sin que ninguna de las partes pudiera
derivar derechos de cualquier incursión en dicho territorio. 42 Pero,
para entender lo que se está debatiendo en este momento, en torno a
la jurisdicción de la Corte Internacional de Justicia para conocer de
una demanda en que se le pide pronunciarse sobre la nulidad o
validez del Laudo de París, o sobre el verdadero objeto de la
controversia planteada ante la Corte, es suficiente que nos remitamos
a la historia más reciente. En la forma como está planteada la
demanda, es indispensable remontarnos a la evolución del arbitraje
40
Memoria acerca de los límites, territorio y comercio, ventas, población, etc.
de la Republica de Colombia, 1824.
41
Cfr, Henry Cabot Lodge, England, Venezuela and the Monroe Doctrine, The
North American Review, vol. 160, N° 463, University of Northern Iowa, June
1895, p. 654. Consultado en https://www.jstor.org/stable/pdf/25103532.pdf
42
Canje de notas del 18 de noviembre de 1850.

48
internacional, y a las reglas a que éste estaba sometido cuando se
dictó el laudo cuya validez se pide confirmar.
I. LA IRRUPCIÓN DEL ARBITRAJE INTERNACIONAL
Escribir unas líneas sobre el arbitraje internacional moderno no
es, sencillamente, un paréntesis en el análisis del caso que nos ocupa.
Puesto que la demanda de Guyana pide reconocer la validez de un
laudo arbitral, con el que se quiso poner fin a esta controversia, habrá
que comenzar por escudriñar un poco en torno al arbitraje como tal,
al contexto en que se convino el compromiso arbitral
correspondiente, y al estado en que se encontraba la institución del
arbitraje al momento de emitir el laudo cuya validez hoy está en
discusión. Para examinar el Laudo de París, no basta con conocer su
texto, o los episodios que puedan haber ocurrido durante el
procedimiento arbitral, sino que se requiere conocer cómo había
evolucionado el Derecho Internacional en lo concerniente al
arbitraje, y en qué tipo de arbitraje habían convenido las partes.
1. La naturaleza del arbitraje
No está clara la etimología de arbitraje, o de árbitro. La
expresión latina arbiter es traducida, sencillamente, como juez, sin
señalar qué lo distingue de otros jueces, y sin ofrecer una pista sobre
el procedimiento propio del arbitraje; pero de la misma raíz también
deriva la palabra arbitrio, esto es, una voluntad que no se rige por la
razón o el sentido común, y tampoco por reglas preestablecidas, lo
cual responde, aunque sea preliminarmente, a las preguntas
anteriores. En una de sus acepciones, el Diccionario de la Real
Academia de la Lengua española define el arbitraje como un
“procedimiento extrajudicial para resolver conflictos de intereses
mediante sometimiento de las partes, por mutuo acuerdo, a la
decisión de uno o varios árbitros.”43 Según Black, en el Derecho
Romano, el árbitro era un juez investido “con poderes
discrecionales”; una persona designada por el pretor para examinar
y decidir las disputas calificadas como “bona fide” (esto es, aquellas
en las que no había engaño o fraude de las partes), y que tenían el
poder de juzgar de acuerdo a principios de equidad (ex aequo et
bono), a diferencia del judex, que estaba obligado a decidir de

43
Cfr. Una definición coincidente, en The New Encyclopaedia Britannica,
Encyclopaedia Britannica, Inc., Chicago/London/Toronto, 1988, vol. I,
Micropaedia, p. 521.

49
acuerdo al Derecho. En el Derecho actual, Black distingue entre el
árbitro (arbiter), que está obligado a decidir de acuerdo a reglas de
Derecho y equidad, y el arbitrador (arbitrator), que puede proceder
enteramente a discreción, aunque nunca en forma caprichosa; 44 esta
distinción, entre el arbitraje de pleno Derecho y el arbitraje en
equidad, es de particular importancia en el arbitraje internacional
moderno; pero, en el arbitraje, siempre se está apostando a la
sabiduría -y a la buena fe- de un tercero desinteresado, pues nadie
puede ser juez en su propia causa.
Según James Brierly, el arbitraje y el arreglo judicial son dos
procedimientos estrechamente ligados, siendo el primero una especie
del segundo, pues un árbitro es un juez, aunque difiere del juez de un
tribunal permanente, pues aquel es escogido por las partes, y el
ejercicio de sus funciones judiciales concluye cuando decide el caso
para el cual fue designado.45 En el mismo sentido, Cavaré afirma que,
si el árbitro es un juez, es un juez especial, pues la jurisdicción arbitral
se caracteriza por ser, por lo menos en su origen, obra de la voluntad
de las partes; la jurisdicción arbitral es establecida y definida por el
Tratado particular que la crea. La gran idea que domina el arbitraje
es que es organizado por las partes en la controversia; es una
institución que está a disposición de los Estados; de ahí que haya una
gran variedad de arbitrajes, entre las que siempre subsiste una
característica común, que es la libertad de las partes. Esta idea se
manifiesta, sobre todo, en la manera como el arbitraje es instituido, a
través de un tratado, llamado compromiso.46
En contraste con la investigación, la conciliación, la mediación,
los buenos oficios, y otros medios diplomáticos de solución pacífica
de controversias, el arbitraje conduce a un arreglo obligatorio de la
controversia; el órgano arbitral está compuesto por árbitros que, en
principio, son designados por las partes, pero que no están sujetos a
sus instrucciones. Aunque, normalmente, el tribunal arbitral es
establecido por las partes de manera ad hoc, también puede ser un
órgano permanente, creado para resolver cierto tipo de disputas. El

44
Cfr. Henry Campbell Black, Black’s Law Dictionary, revised fourth edition
by the publisher’s editorial staff, West Publishing Co., St. Paul, Minnesota,
1968, p. 134.
45
Cfr. James L. Brierly, The Law of Nations, six edition, edited by Humphrey
Waldock, Clarendon Press, Oxford, 1963 (reprinted 1980), p. 347.
46
Cfr. Louis Cavaré, Le Droit International Public Positif, Editions A. Pedone,
París, 1969, tomo II, pp.262 y s.

50
arbitraje difiere del arreglo judicial en que, como regla general, las
partes en la controversia tienen competencia para designar a los
árbitros, para determinar el procedimiento y, hasta cierto punto, para
indicar el Derecho aplicable.47 Mientras el arreglo judicial concluye
con una sentencia, a la decisión del tribunal arbitral se le denomina
laudo, aunque, a veces, también se le llama sentencia. Según
Schwarzenberger y Brown, además de la facultad de seleccionar a los
jueces, la diferencia radica en que, mientras el procedimiento arbitral
es el objeto de un acuerdo entre las partes, el arreglo judicial supone
la existencia de un tribunal, con sus propios jueces y con sus propias
reglas de procedimiento, que las partes en disputa deben aceptar; 48
además, en el arreglo judicial, el Derecho sustantivo, al cual está
sometida la controversia, es el que es, y tampoco puede ser pactado
por los litigantes. En este sentido, una de las razones para preferir el
arbitraje al arreglo judicial radica en el mayor grado de control que
tienen los Estados, en la elección de los jueces, la elección de la
controversia o del tipo de controversias que se somete al tribunal y,
sobre todo, en la determinación del procedimiento y del Derecho
aplicable. Según Brownlie, luego de la desaparición de las
excentricidades del arbitraje propias del siglo XIX, el arbitraje
moderno y el arreglo judicial son esencialmente iguales. 49
La historia del arbitraje, como medio de solución pacífica de
controversias, se remonta a las antiguas ciudades griegas, 50 a cuya
Liga acudían las ciudades que podían tener una disputa; los consejos
anfictiónicos, aunque tenían orígenes y finalidades esencialmente
religiosos, también ejercieron funciones de árbitro; 51 445 años antes

47
Cfr. Louis Henkin, Richard C. Pugh, Oscar Schachter, and Hans Smit,
International Law: Cases and Materials, successor to Friedmann, Lissitzin
and Pugh, Cases and Materials on International Law (1969), West Publishing
Co., St. Paul, Minnesota, 1980, pp. 844 y s.
48
Cfr. Georg Schwarzenberger and E. D. Brown, A Manual of International
Law, Professional Books Limited, Milton, near Abingdon, Oxon, sixth
edition, 1976, p. 195.
49
Cfr. Ian Brownlie, The Rule of Law in International Affairs, Martinus Nijhoff
Publishers, The Hague / London / Boston, 1998, pp. 110 y 116.
50
Cfr. David J. Bederman, International Law in Antiquity, Cambridge
University Press, Cambridge, 2001, p. 167 y ss. Cr., también, Cfr. Jackson H.
Ralston, International Arbitration: From Athens to Locarno, Stanford
university Press, Stanford, 1929.
51
Cfr. Julio Diena, Derecho Internacional Público (Título original: Diritto
Internazionale, Luigi Pierro, Tip. Editore, Napoli, 1908), traducción de la
cuarta edición italiana por J. M. Trías de Bes, Bosch, Casa Editorial,

51
de la era cristiana, Esparta y Atenas concluyeron un tratado de paz,
en el que se incluían cláusulas de arbitraje en caso de diferencias
surgidas entre ellas; asimismo, en el año 428 a. C., Esparta y Argos
concluyeron una alianza militar, en la que se incorporaron cláusulas
de arbitraje. También Persia recurrió al arbitraje, en las relaciones
con sus vecinos.52 Por el contrario, tanto en la República romana
como en el Imperio, el arbitraje era incompatible con la pretensión
de dominio universal, que prevalecía sobre las relaciones de justicia
entre Roma y sus pueblos vecinos;53 según Rosenne, con el
crecimiento de los imperios -en Macedonia, Roma y Bizancio-, esta
forma de arreglo a través de un tercero cayó en desuso, en parte por
la imposibilidad de encontrar un tercero verdaderamente
desinteresado, y en parte porque las tendencias imperialistas y
expansionistas de las superpotencias de esa época eran
irreconciliables con el arreglo de sus disputas mediante la aplicación
del Derecho, por más rudimentario que pudiera ser el Derecho
Internacional de esa época.54 En la Edad Media, en que el Papa55 y el
Emperador se disputaban el poder, eran ellos los llamados a resolver
las controversias que surgieran entre sus vasallos dentro de sus
respectivas esferas de influencia. Entre los asuntos más notables
resueltos por el Papa, debe recordarse que fue Alejandro VI quien, en
1493, decidió, mediante la bula inter caetera, la disputa entre España
y Portugal por las tierras descubiertas por Cristóbal Colón. Durante
la Edad Media, el arbitraje también fue utilizado, con frecuencia, por
las diversas unidades políticas que surgieron de las ruinas del Imperio
Romano;56 a título ilustrativo, puede citarse el tratado de Montebello,

Barcelona, 1948, p. 452. Cfr., también, Shabtai Rosenne, The World Court:
What it is and how it works, Fourth revised edition, Martinus Nijhoff
Publishers, Dordrecht / Boston / London, 1989, p. 3.
52
Cfr. Ibid., pp. 93 y s.
53
Cfr., en este sentido, Charles Rousseau, Droit International Public, Sirey,
París, 1983, Tome V, p. 308.
54
Cfr. Shabtai Rosenne, op. cit., p. 4.
55
Cfr. Dominique Carreau, Droit International, Pedone, París, 1986, p. 542.
56
Cfr. Jackson H. Ralston, International Arbitration: From Athens to Locarno,
Stanford University Press, Stanford, 1929; Georg Schwarzenberger and E. D.
Brown, A Manual of International Law, Professional Books Limited, Milton,
near Abingdon, Oxon, sixth edition, 1976, p. 195; Charles Rousseau, Droit
International Public, Sirey, París, 1983, Tome V, p. 307; y Lassa Oppenheim,
Tratado de Derecho Internacional Público (título original: International Law:
A treatise, séptima edición editada por Hersch Lauterpacht, Longmans, Green

52
del 15 de abril de 1175, entre el Emperador Federico Barbarroja y la
Liga Lombarda, o el tratado de 1310 entre el Emperador de
Alemania, Enrique VII, y Felipe el Hermoso, rey de Francia.
También, en 1176, un tratado de arbitraje celebrado entre los reyes
de Castilla y Navarra dispuso que sus disputas serían sometidas al
arbitraje del rey Enrique II de Inglaterra, suegro del rey de Castilla y
sobrino del rey de Navarra. En los siglos XII y XIII, el arbitraje se
utilizó también en las relaciones entre las ciudades italianas, y entre
los cantones suizos.57 Pero, desde las postrimerías del siglo XV, y
particularmente con la formación del Estado territorial moderno, 58 el
arbitraje cayó en desuso,59 para ser retomado a partir de 1794. A
partir de 1922, con la entronización de la Corte Permanente de
Justicia Internacional, sustituida, en 1945, por la Corte Internacional
de Justicia, el arbitraje internacional comenzó a ser menos utilizado.
Ahora, con la existencia de tribunales internacionales permanentes,
con un secretariado y una estructura institucional permanente, que
hace menos costoso el arreglo judicial, el arbitraje internacional ha
perdido atractivo. Además, actualmente, con la modificación del
Reglamento de la Corte y la incorporación de un sistema de Salas,
cuya composición se determina teniendo en cuenta la voluntad de las
partes,60 le diferencia entre el arbitraje y el arreglo judicial se ha visto
más diluida.
Para Moore, el uso del arbitraje ha estado íntimamente
relacionado con los períodos de paz; con la vuelta a las guerras, la
práctica del arbitraje desaparecía. Por eso, durante los siglos XVI y
XVII, debido a las condiciones belicosas que prevalecían de manera
persistente, apenas se encuentran ligeras huellas del arbitraje.

and Co., Londres / Nueva York / Toronto, 1952), traducción por Antonio
Marín López, Bosch, Casa Editorial, Barcelona, 1966, Tomo II, vol. I, p. 35.
57
Cfr. Lassa Oppenheim, Tratado de Derecho Internacional Público (título
original: International Law: A treatise, séptima edición editada por Hersch
Lauterpacht, Longmans, Green and Co., Londres / Nueva York / Toronto,
1952), traducción por Antonio Marín López, Bosch, Casa Editorial,
Barcelona, 1966, Tomo II, vol. I, p. 35.
58
Cfr. Dominique Carreau, op. cit., p. 542.
59
Según Julio Diena, este decaimiento se habría producido a partir del siglo XVI
y hasta la Revolución Francesa. Cfr. op. cit., p. 452.
60
Cfr. El artículo 17, párrafos 1 y 2, del Reglamento de la Corte Internacional
de Justicia en vigor desde el 1 de julio de 1978.

53
Resucitó, efectivamente, en tiempos recientes, comenzando con el
Tratado Jay, de 1794.61
Hubo que esperar hasta fines del siglo XVIII para que el arbitraje
tuviera un nuevo impulso y, a través de sucesivos ajustes, se
transformara en lo que es hoy; ya no se recurre al arbitraje en forma
improvisada y como último recurso, sino que, sistemáticamente, se
le ha incorporado en los tratados, como un mecanismo jurisdiccional
y obligatorio de solución de controversias. Según Alexander M.
Stuyt, uno de los grandes estudiosos del arbitraje internacional, fue a
fines del siglo XVIII que éste experimentó un cambio, pasando de un
procedimiento estrictamente diplomático a uno de carácter jurídico,
asumiendo -inicialmente-, la forma de comisiones mixtas.62 En el
comentario de Stuyt se percibe ese conflicto entre dos visiones muy
diferentes del arbitraje. La primera, más arcaica, lo percibía como un
procedimiento estrictamente diplomático, reflejado en una instancia
arbitral en que ambas partes estaban representadas, sin que los
árbitros fueran independientes de quienes les habían designado como
tales; en la segunda, el arbitraje es un mecanismo jurisdiccional de
solución de controversias, en el que, una vez instalado el tribunal, los
árbitros pasan a integrar un órgano judicial internacional -aunque
temporal-, cesando de estar sometidos a la voluntad de las partes. En
la visión del arbitraje como un instrumento jurisdiccional para la
solución de controversias internacionales, los árbitros tienen la
condición de jueces independientes, y están llamados a decidir,
conforme a Derecho, las controversias que se le sometan. Pero
tendrían que transcurrir varias décadas antes de que, con certeza, el
arbitraje experimentara un giro de 180 grados, convirtiéndose en un
mecanismo de arreglo judicial puro y simple. Según Georges Scelle,
la concepción jurisdiccional del arbitraje es poco apreciada por los
gobiernos de los Estados, que desean mantener, durante todo el
desarrollo del procedimiento, no sólo el contacto con los jueces que
han designado como tales, sino también su influencia sobre ellos. 63

61
Cfr. John Basett Moore, The organization of the Permanent Court of
International Justice (originally published en Columbia Law Review, June
1922, vol. 22, N° 6, pp.497-526), en Essays on International Law from the
Columbia Law Review, Columbia Law Review, New York, 1965, p. 367.
62
Cfr. Alexander M. Stuyt, Survey of International Arbitrations – 1794-1970,
A. W. Sijthoff, Leiden, 1972, p. ix.
63
Cfr. Georges Scelle, Informe del Relator Especial sobre Procedimiento
arbitral, documento A/CN.4/109, en Anuario de la Comisión de Derecho
Internacional, 1957, vol. II, p. 7, párrafo 42.

54
No está demás volver a subrayar que el procedimiento arbitral es
distinto de la conciliación; mientras la función del primero es decidir
conforme al Derecho, la de la segunda es conciliar las posiciones
divergentes de las partes.64 Con matices, lo mismo puede decirse de
su diferencia con los otros medios políticos de solución pacífica de
controversias. Pero, con frecuencia, la urgencia, y la importancia, de
lo que está en juego no dejan espacio para la diplomacia. A veces, en
la vida internacional, el arbitraje puede ser la diferencia entre la
guerra y la paz.
En cuanto al mecanismo de activación del arbitraje, éste podía
ser a) un convenio especial, esto es, un compromiso para someter a
arbitraje una disputa pendiente, b) una cláusula compromisoria, esto
es, una cláusula prevista en un Tratado (bilateral o multilateral),
mediante la cual las partes han convenido someter a arbitraje
cualquier controversia que, eventualmente, pueda surgir en relación
con dicho Tratado, o c) un tratado permanente de arbitraje, o un
tratado cuya única función es establecer mecanismos, libremente
acordados por las partes, para someter a este medio de solución
pacífica cualquier controversia que surja en el futuro; ejemplos de
este último son la Convención para el arreglo pacífico de
controversias internacionales, suscrita el 29 de julio de 1899, el Acta
General para el Arreglo Pacífico de Controversias, de 1928 y
enmendada en 1949, el Pacto de Bogotá, suscrito el 30 de abril de
1948, o el Tratado General de Arbitraje, suscrito por Chile y
Argentina, el 28 de mayo de 1902. En esta hipótesis, cualquiera de
las partes puede, unilateralmente, recurrir al arbitraje.
2. Las modalidades del arbitraje internacional moderno
Desde la formación de los Estados nacionales y el nacimiento del
Derecho Internacional65 hasta fines del siglo XIX, en ausencia de
tribunales permanentes, era frecuente que las controversias entre
Estados se remitieran a las negociaciones directas entre las partes, lo
cual no siempre garantizaba una solución pacífica. A partir de fines
del siglo XVIII, con la celebración del Tratado Jay, 66 entre Gran

64
Cfr. Stephen M. Schwebel, International arbitration: Three salient problems,
Grotius Publications Limited, Cambridge, U. K., 1987, p. 180.
65
Marcado por los tratados de paz de Westfalia, suscritos en 1648, y que marcan
el nacimiento del Estado territorial moderno.
66
Tratado de Amistad, Comercio y Navegación, suscrito en Londres, el 19 de
noviembre de 1794, entre Gran Bretaña y Estados Unidos de América, para

55
Bretaña y los Estados Unidos de América, el arbitraje se puso de
moda nuevamente, asumiendo distintas modalidades: las comisiones
mixtas, el arbitraje de reyes, tribunales colegiados (con o sin
participación de nacionales de las partes), y árbitros únicos.
A. Las comisiones mixtas
En 1794, con el Tratado Jay, tomaron cuerpo las Comisiones
conjuntas, mixtas o especiales, designadas por las partes para
resolver controversias entre ellas; las comisiones previstas en el
Tratado Jay (una de las cuales funcionaba en Filadelfia y la otra en
Londres), estaban integradas por cinco comisionados, dos designados
por cada una de las partes, y un quinto elegido unánimemente por los
cuatro anteriores; si no había acuerdo sobre el quinto árbitro, éste se
elegía a la suerte. El procedimiento seguido ante la Comisión era
conducido sobre la base del mismo procedimiento contradictorio
utilizado por los tribunales, y aplicando reglas de Derecho. En casos
posteriores se copió esta fórmula, recurriendo a Comisiones Mixtas,
de carácter paritario, integradas por representantes de las partes,
aunque incorporando ese elemento novedoso del Tratado Jay, que
permitía a los comisionados,67 o a un tercero,68 designar un super
árbitro para resolver aquellos asuntos en los que ellos no hubieran
logrado ponerse de acuerdo. Por ende, las comisiones mixtas no
estaban concebidas como un tribunal de tres (o cinco) miembros, sino
como una instancia paritaria que, excepcionalmente, en caso de
desacuerdo, podía incorporar a ese tercer (o quinto) miembro, para
que decidiera como super árbitro, o como árbitro único, los asuntos
no resueltos por la comisión mixta. Sin embargo, era posible que, una
vez constituida la comisión mixta, se invitara a ese super árbitro a
sentarse con ellos, e incluso a presidir el procedimiento, como

aliviar las tensiones y resolver las controversias derivadas de la guerra de


independencia.
67
Cfr., por ejemplo, el Tratado de Londres, del 8 de febrero de 1853, suscrito
entre Gran Bretaña y Estados Unidos de América, el Tratado de Washington,
suscrito el 5 de junio de 1854, entre Gran Bretaña y Estados Unidos, la
Convención de Washington, del 10 de septiembre de 1857, suscrita entre
Nueva Granada y Estados Unidos de América, o la Convención de Río de
Janeiro, del 2 de junio de 1858, entre Brasil y Gran Bretaña.
68
Cfr., por ejemplo, el tratado de Washington, entre México y los Estados
Unidos de América, en el cual se encomienda al rey de Prusia designar un
árbitro, o la Convención de Atenas, del 18 de julio de 1850, suscrita por Gran
Bretaña y Grecia, que encargó al gobierno de Francia designar el árbitro.

56
miembro de la comisión, estando en capacidad de actuar con
prontitud cada vez que surgiera un desacuerdo. 69
La elección del super árbitro correspondía a los comisionados
nacionales, o se echaba a la suerte; posteriormente, un tercero
imparcial era escogido para designar al super árbitro y, si no había
acuerdo sobre ese tercero imparcial, de nuevo se recurría a la suerte. 70
Recientemente, numerosos tratados internacionales encomiendan
esta elección al Secretario General de las Naciones Unidas; por
ejemplo, en el caso de Rann of Kutch, como India y Paquistán no
lograron ponerse de acuerdo en el tercer miembro del tribunal, el
Secretario General de la ONU designó al juez sueco Gunnar
Lagergren, que actuó como presidente.
Los comisionados nacionales no eran simples “representantes”
de las partes en conflicto; ellos asumían el compromiso de examinar
el caso y comportarse de manera imparcial. A título ilustrativo, en
una controversia sobre concesiones de tierras, entre Gran Bretaña y
Nicaragua, las partes convinieron en designar cada una a un
comisionado, para decidir “bona fide” sobre dichas concesiones, y
tales comisionados debían hacer y suscribir una declaración solemne
de que examinarían imparcialmente el caso, para decidir de acuerdo
con la justicia y la equidad, sin temor, favor o afecto hacia su propio
país;71 en el mismo sentido, en el caso de unas reclamaciones
recíprocas entre Ecuador y Estados Unidos, la Convención de Quito
estableció que los comisionados harían un compromiso solemne o
juramento de que todas las reclamaciones que recibieran las
examinarían “imparcial y cuidadosamente”, y que las decidirían de
acuerdo a la justicia y en cumplimiento de las disposiciones de esta
Convención;72 en otros casos, se requería decidir “imparcial y

69
Cfr. Stephen Schwebel, International arbitration: Three salient problems,
Grotius Publications Limited, Cambridge, U. K., 1987, p. 217.
70
Cfr., en este sentido el artículo 45 de la Convención para el arreglo pacífico
de las controversias internacionales, suscrita en La Haya, el 18 de octubre de
1907.
71
Cfr. el Tratado de Managua, suscrito el 28 de enero de 1860, artículos 9 y 10.
Estos comisionados, en los puntos en que no llegaran a un acuerdo, podían
nombrar a una tercera persona como árbitro.
72
Cfr. el artículo 1 de la Convención de Quito, suscrita el 25 de noviembre de
1862, por Ecuador y los Estados Unidos de América. Lo mismo, a título
ilustrativo, en el caso del artículo 3 de la Convención de Lima, suscrita entre
Perú y los Estados Unidos de América, el 12 de enero de 1863, también para
resolver reclamaciones recíprocas.

57
cuidadosamente” o “imparcial y escrupulosamente.”73 Cuando, a
pesar de estas precauciones, las Comisiones Mixtas no lograban
ponerse de acuerdo y, por lo tanto, subsistía la controversia, 74 ahí
estaba el super árbitro.
En todo caso, como observa Hazel Fox, los miembros de un
tribunal arbitral de esta naturaleza eran, “casi en su totalidad”,

73
Cfr. el artículo 1 de la Convención de Quito, suscrita el 25 de noviembre de
1862, por Ecuador y los Estados Unidos de América. Lo mismo, en el caso
del artículo 3 de la Convención de Lima, suscrita entre Perú y los Estados
Unidos de América, el 12 de enero de 1863, también para resolver
reclamaciones recíprocas. Cfr., también, el artículo 2 del Tratado de
Washington, suscrito entre Gran Bretaña y los Estados Unidos de América, el
1 de julio de 1863, en relación con derechos posesorios en la bahía de Hudson;
el artículo 1 de la Convención de Caracas, suscrita el 25 de abril de 1866, por
los Estados Unidos de América y Venezuela, en relación con ciertas
reclamaciones de empresas e individuos estadounidenses en contra de
Venezuela; en el art. 1 de la Convención de México, suscrita el 26 de junio de
1866, entre Gran Bretaña y México, para resolver reclamaciones de súbditos
británicos, los comisionados se comprometían solemnemente a examinar y
decidir tales reclamaciones “imparcial y escrupulosamente”. Cfr., también, el
artículo 2 de la Convención de Madrid, del 4 de marzo de 1868, suscrita entre
Gran Bretaña y España, para conocer de la destrucción de la goleta Mermaid.
También, el artículo 1 de la Convención de Washington, suscrita el 4 de julio
de 1868, entre México y Estados Unidos de América, para conocer de
reclamaciones recíprocas; el artículo 1 de la Convención de Lima, del 4 de
diciembre de 1868, para conocer de reclamaciones mutuas entre Perú y
Estados Unidos de América. En fin, para no hacer más larga esta relación, cfr.,
también, el art. 2 del Acuerdo de Madrid, suscrito el 12 de febrero de 1871,
entre España y los Estados Unidos de América, para conocer de reclamaciones
derivadas de la insurrección en la isla de Cuba.
74
A título ilustrativo, en la disputa sobre la frontera del río Santa Cruz, entre
Gran Bretaña y Estados Unidos, mediante el Tratado de Ghent, del 24 de
diciembre de 1814, se había encomendado a los comisionados para que,
imparcialmente, examinaran y decidieran las reclamaciones de las partes,
sobre la base de la evidencia presentada ante ellos (artículo 4 del Tratado).
Siete años después, los comisionados presentaron su informe, sin haber
logrado ponerse de acuerdo. Asimismo, mediante el Tratado de Viena,
suscrito el 31 de mayo de 1815, Nassau y Prusia sometieron a una Comisión
Mixta la disputa sobre determinados territorios, sin que los comisionados
llegaran a ponerse de acuerdo. Cuando fallaban las Comisiones Mixtas, las
partes recurrían a un tratado, o el asunto quedaba sin resolver.

58
nacionales de las partes en litigio.75 Tendrían que pasar décadas antes
de que se redujera, o eliminara, esa representación nacional.
B. El arbitraje de un tercero neutral
De las comisiones mixtas se pasó a tribunales arbitrales creados
ad hoc, que siempre suponían la intervención de un tercero imparcial,
a veces como única persona encargada de zanjar las disputas, y a
veces como el super árbitro, que dirimía las diferencias en un tribunal
colegiado, similar al papel que tenía en las comisiones mixtas
previamente referidas.
En el caso de la frontera occidental de India y Paquistán (Rann
of Kutch), las partes establecieron un tribunal de tres árbitros,
ninguno de los cuales era nacional suyo.
C. El paso del arbitraje en equidad al arbitraje de
Derecho
Según Moore, el arbitraje es y siempre ha sido considerado por
el Derecho Internacional como un proceso judicial, a falta de
tribunales permanentes, con un personal fijo.76 Menos tajantemente,
Brownlie sostiene que, en la historia del Derecho, tanto nacional
como internacional, el proceso judicial fue el resultado de la
maduración de procedimientos políticos y administrativos
relativamente informales.77 Cuando, en la primera mitad del siglo
XIX, se comenzó a recurrir a un tercero imparcial para resolver las
controversias entre Estados, el procedimiento arbitral comenzó a
perder su naturaleza diplomática, convirtiéndose en una forma de
arreglo judicial puro y simple. En la primera etapa de la experiencia
arbitral que se reinició con el Tratado Jay, suscrito en 1794, los
tribunales arbitrales estaban, con frecuencia, llamados a decidir sobre
la base de “principios de justicia y equidad”; sin embargo, a fines del
siglo XIX, el arbitraje estaba asociado principalmente, si no
exclusivamente, con un proceso de toma de decisiones de acuerdo al
Derecho, y respaldado por las garantías procesales pertinentes. Según

75
Cfr. Hazel Fox, Arbitration, en The International Regulation of Frontier
Disputes, compilado por Evan Luard, Thames and Hudson, London, 1970, p.
168.
76
Cfr. John Basett Moore, op. cit., p. 367.
77
Cfr. Ian Brownlie, Principles of Public International Law, Third Edition,
Clarendon Press, Oxford, 1979, p. 706.

59
Dominique Carreau, la “judicialización” progresiva del arbitraje, esto
es, de un arbitraje sometido a reglas, se habría producido a partir del
Tratado de Washington, del 8 de mayo de 1871, para el arbitraje de
las reclamaciones del Alabama.78 Por eso, la distinción entre arbitraje
y arreglo judicial ha llegado a ser puramente formal, 79 aunque, en el
arbitraje, además de elegir al juez, los Estados litigantes tienen mayor
control sobre el procedimiento y sobre el Derecho aplicable.
Aunque históricamente el árbitro era designado después de
surgida la disputa, y sólo para ese caso particular, lo característico del
arbitraje clásico es que no se ceñía a un procedimiento
preestablecido, quedaba indeterminado si la cuestión de fondo debía
resolverse conforme a principios o reglas de Derecho, y no había una
exigencia expresa de fundamentar su decisión. 80 Siendo que esta
tarea no tenía que estar necesariamente encomendada a juristas, en la
práctica, se recurría a “soberanos amigos”, o a gobiernos amigos,
incluso si la controversia versaba sobre cuestiones jurídicas. Gillis
Wetter sostiene que, con frecuencia, en el siglo XIX, y también a
fines del siglo XX, el arbitraje internacional, “era un negocio de
Reyes y Reinas, Zares y Emperadores, y otros jefes de Estado.” 81 En
las postrimerías del siglo XX, el 2 de mayo de 1977, la reina Isabel
II de Inglaterra, asistida por un Tribunal arbitral designado por ella,82
confirmó esta vieja práctica del arbitraje como cosa de reyes,
notificando a las partes su laudo arbitral, en el caso de la disputa entre
Argentina y Chile, por las islas del Canal de Beagle.83 En realidad,
78
Cfr. Dominique Carreau, Droit International, Pedone, París, 1986, p. 543.
79
Cfr. ibid., pp. 706 y s.
80
El primer arbitraje propiamente tal del que se tiene noticia, fue establecido en
el artículo 69 del Acta Final del Congreso de Viena, suscrita el 5 de junio de
1815, con el encargo de resolver la controversia sobre la herencia del ducado
de Bouillon, tarea que se encomendó a cinco personas que, el 1 de julio de
1816, emitieron su laudo.
81
J. Gillis Wetter, The International Arbitral Process: Public and Private,
Oceana Publications, Inc., Dobbs Ferry, New York, 1979, vol. I, p. xxiii.
82
El Tribunal arbitral estuvo integrado por Hardy C. Dillard (Estados Unidos de
América), Gerald Fitzmaurice (Reino Unido), André Gros (Francia), Charles
D. Onyeama (Nigeria), y Sture Petrén (Suecia).
83
El asunto se sometió al arbitraje de la reina de Inglaterra, mediante el Tratado
General de Arbitraje de 1902 y un compromiso arbitral de 22 de julio de 1971.
Cfr. Beagle Channel Arbitration between the Republic of Argentina and the
Republic of Chile, Report and decision of the Court of Arbitration, 18
February 1977. Reports of International Arbitral Awards, vol. XXI, pp. 53-
264.

60
según observa Emmanuel Decaux, el arbitraje por soberano era la
forma primitiva del arbitraje, porque la autoridad del laudo
descansaba en el prestigio moral y en el peso político del árbitro. 84
Rara vez un rey o Jefe de Estado examinaba por sí mismo el
asunto, y su decisión era preparada por sus ministros o consejeros; 85
paulatinamente, esta tarea se fue delegando en expertos, o en
comisiones de expertos, encargadas de dar una decisión razonada.86
Pero, efectivamente, el arbitraje era un asunto de reyes y reinas (o,
por lo menos, de Jefes de Estado), y así se reflejó durante un largo
ciclo de la historia. En 1818, en el caso de una disputa entre Gran
Bretaña y Estados Unidos, por la restitución de unos esclavos, según
lo establecido en el artículo 1 del Tratado de Ghent, las partes se
sometieron al arbitraje de Alejandro I, Emperador de Rusia.87 En el
mismo sentido, en 1827, la solución de una disputa fronteriza entre
Gran Bretaña y los Estados Unidos fue encomendada a Guillermo I,
Rey de los Países Bajos.88 En 1839, mutuas reclamaciones de guerra,
de Francia y México, fueron sometidas al arbitraje de la Reina
Victoria;89 Francia y Gran Bretaña decidieron someter al arbitraje de
Federico Guillermo, rey de Prusia, las reclamaciones derivadas del
84
Cfr. Emmanuel Decaux, Droit International Public, 2e édition, Dalloz, París,
1999, p. 154.
85
Por ejemplo, en asunto de la Cordillera de Los Andes, entre Argentina y Chile,
para el que, por el Tratado del 17 de abril de 1896, las partes se habían
sometido al arbitraje de la reina Victoria, para examinar el caso, ésta designó
una comisión, presidida por Lord Macnaghten, John C. Ardagh, T.
Hungerford Holdich, y E. H. Hills. Luego del fallecimiento de la reina
Victoria, el Laudo fue anunciado el 19 de noviembre de 1902, por el rey
Eduardo VII, siguiendo el informe que le presentó la Comisión antes referida.
Cfr. The Cordillera of the Andes Boundary Case (Argentina, Chile) 20
November 1902, Reports of International Arbitral Awards, vol. IX pp. 37-49.
En este mismo sentido, en el asunto de la frontera argentino chilena, sometido
a la reina Isabel II, de acuerdo con el Tratado General de Arbitraje suscrito
entre las partes el 28 de mayo de 1902, para el cumplimiento de su misión, la
reina Isabel II designó un Tribunal de arbitraje, presidido por Lord McNair, e
integrado por L. P. Kirwan y K. M. Papworth. Cfr. Argentine-Chile Frontier
Case, 9 December 1966, Reports of International Arbitral Awards, vol. XVI,
pp. 109-182.
86
Cfr. Hazel Fox, op. cit., p. 168.
87
Convención de Londres, del 20 de octubre de 1818. El laudo fue emitido el
22 de abril de 1822.
88
Cfr. el artículo I de la Convención de Londres, suscrita el 29 de septiembre de
1827. El laudo fue emitido el 10 de enero de 1831.
89
Cfr. el Tratado de Vera Cruz, del 9 de marzo de 1939.

61
bloqueo de las costas de Portendick;90 la disputa por la captura de tres
naves (Veloz Mariana, Victoria, y Vigie), entre Francia y España, fue
sometida al arbitraje de Guillermo III, rey de los Países Bajos; 91 el
conflicto entre Portugal y Estados Unidos por los deberes de un
Estado neutral en el hundimiento de un barco estadounidense en
aguas portuguesas, se acordó someterlo al arbitraje de “un soberano,
potentado, o jefe de una nación amiga”, recayendo ese
nombramiento en Luis Napoleón, entonces Presidente de la II
República Francesa, tal vez intuyendo que muy pronto sería
Emperador, como Napoleón III. 92 Una captura marítima, que
provocó una contienda entre Ecuador y Perú, fue sometida al arbitraje
del Gobierno de Chile, “quedando ambas partes sujetas a lo que éste
decidiere como árbitro”;93 por la Convención de Caracas, del 5 de
agosto de 1857, Holanda y Venezuela sometieron la determinación
de la soberanía sobre la Isla de Aves “al arbitraje de una potencia
amiga”, recayendo ese nombramiento en Isabel II, reina de España;94
Chile y Estados Unidos, en el caso relativo a la captura en tierra, por
órdenes de Lord Cochrane, Almirante de la flota chilena, de monedas
y lingotes de plata que provenían de la venta de mercancía
transportada en el “Macedonian”, un barco de la marina de los
Estados Unidos, las partes convinieron en someterlo al arbitraje de
Leopoldo I, rey de Bélgica, para que decidiera “con plenos poderes y
procediendo ex aequo et bono” sobre la referida reclamación;95 en
1862, Perú y los Estados Unidos de América designaron árbitro a
Leopoldo I, rey de Bélgica, confiriéndole amplios poderes para
decidir todas las cuestiones, de hecho y de Derecho, relacionadas con
la captura y confiscación, por el Perú, de los barcos “Lizzie
Thompson” y “Georgiana”,96 aunque Leopoldo I declinó servir como
árbitro en este caso. El arresto de oficiales de una fragata británica

90
Cfr. la Declaración de París, del 14 de noviembre de 1842. El laudo se dictó
el 30 de noviembre de 1843.
91
Cfr. la Declaración de Madrid, del 15 de febrero de 1851. El laudo, parte en
favor de España y parte en favor de Francia, fue dictado el 13 de abril de 1852.
92
Cfr. el artículo 2 del Tratado de Washington, suscrito el 26 de febrero de 1851.
El laudo, a favor de Portugal, fue dictado el 30 de noviembre de 1852.
93
Cfr. el artículo 5 del Tratado de Lima, suscrito el 16 de marzo de 1853.
94
Cfr. el artículo 1 de la Convención de Caracas, del 5 de agosto de 1857. El
laudo, a favor de Venezuela, fue dictado el 30 de junio de 1865.
95
Cfr. la Convención de Santiago, del 10 de noviembre de 1858. El laudo, a
favor de los Estados Unidos de América, se dictó el 15 de mayo de 1863.
96
Cfr. la Convención de Lima, suscrita el 20 de diciembre de 1862.

62
llevó a Brasil y Gran Bretaña a convenir en el arbitraje de Leopoldo
I, rey de Bélgica;97 de nuevo, en 1863, el arresto arbitrario de un
ciudadano británico llevó a Bran Bretaña y Perú a someterse al
arbitraje de Leopoldo I;98 una querella entre Argentina y Gran
Bretaña, por los daños causados a ciudadanos británicos, al negar a
unos cargueros el ingreso al puerto de Buenos Aires, llevó a las partes
a designar como árbitro a lo que, quizás, podría llamarse un rey
temporal, el presidente de Chile, que entonces era José Joaquín
Pérez.99 En fin, y sin que el arbitraje de reyes acabara aquí, en 1869,
Gran Bretaña y Portugal sometieron al arbitraje del Presidente de los
Estados Unidos de América -otro rey temporal- una disputa territorial
por la isla de Bulama, en la costa occidental de África. 100 Hasta aquí,
algunos ejemplos del arbitraje como una práctica reservada a los
reyes y Jefes de Estado, que asumían enteramente la responsabilidad
de ese procedimiento, aunque en dicha tarea, normalmente,
estuvieran asesorados por más de un experto.
Apartándose de esa tradición, en la segunda mitad del siglo XIX,
hubo dos casos que se sometieron al arbitraje del Senado de la Ciudad
Libre de Hamburgo, y ambos involucraban a Gran Bretaña y
Portugal. El primero se refería a una reclamación por la denegación
de justicia a un ciudadano británico en Portugal, 101 y el segundo a una
controversia sobre la interpretación de un tratado y las reparaciones
por daños causados a súbditos británicos en Portugal. 102 Hay,
también, dos casos que se encargaron a autoridades de inferior
jerarquía, como la disputa fronteriza entre el Estado Libre de Orange
y el Transvaal, para cuya resolución se designó al vicegobernador de
Natal,103 y la controversia entre Italia y Turquía, por la detención y
abordaje de una nave mercantil italiana por parte de la marina
97
Cfr. el intercambio de notas del 3 y 5 de enero de 1863, entre los gobiernos de
Gran Bretaña y Brasil, y el laudo arbitral del 18 de junio de 1863.
98
Cfr. nota verbal de julio de 1863, y laudo del 13 de abril de 1864.
99
Cfr. Protocolo de la Conferencia de Buenos Aires, suscrito el 15 de julio de
1864. El laudo es del 1 de agosto de 1870.
100
Cfr. el Protocolo de la Conferencia de Lisboa, suscrito el 13 de enero de 1869,
y el laudo del 21 de abril de 1870.
101
Cfr. el Memorándum del 14 de mayo de 1855. El laudo, en favor de Portugal,
fue acordado el 7 de febrero de 1856.
102
Cfr. el memorándum suscrito el 8 de marzo de 1861. El laudo fue emitido el
21 de octubre de 1861.
103
Cfr. la Convención del 30 de octubre de 1869, y el laudo del 19 de febrero de
1870.

63
imperial otomana, asunto para el cual se designó como árbitro a
Selim d’Ehrenhoff, un diplomático al servicio del rey de Suecia y
Noruega.104
Añorando el arbitraje de reyes y reinas, en 1871, en el Tratado
de arbitraje entre Estados Unidos de América y el Reino Unido de
Gran Bretaña e Irlanda, para resolver, inter alia, las reclamaciones
del Alabama, se dispuso que dicha controversia se referiría a un
Tribunal Arbitral compuesto de cinco árbitros, designados uno por el
presidente de los Estados Unidos, uno por la reina de Inglaterra, uno
por el rey de Italia, uno por el presidente de la Confederación Suiza,
y uno por el emperador de Brasil;105 en el caso de que, en el lapso de
dos meses de hecha esta solicitud, el rey de Italia, el presidente de la
Confederación Suiza, o el emperador de Brasil, no cumplieran su
cometido, o en el caso de muerte, ausencia, incapacidad o renuncia
de los árbitros así designados, se preveía que el rey de Suecia y
Noruega llenara tales vacantes.106 A fines del siglo XIX, en el artículo
II del Tratado de Washington, de 1897, la elección del quinto
miembro del tribunal arbitral que iba a conocer de la disputa
fronteriza entre Venezuela e Inglaterra por el territorio del
Esequibo107 se encomendó, en primer lugar, a los cuatro miembros
designados por las partes en la controversia; pero, tal vez recordando
ese privilegio de reyes que, hasta hacía muy poco, había
caracterizado al arbitraje, en el evento de que, en un lapso de tres
meses contados a partir del canje de los instrumentos de ratificación
del tratado, los árbitros designados por las partes no se pusieran de
acuerdo, ese quinto árbitro -que sería el presidente del tribunal- sería
designado por el rey de Suecia y Noruega. 108 Tampoco es que,
después del Tratado de Washington de 1871, los mismos reyes y
reinas no volvieran a ser árbitros; pero, como producto de la

104
Cfr. Nota colectiva del 30 de diciembre de 1869, y laudo del 4 de mayo de
1870.
105
Cfr. el artículo I, tercer párrafo, del Tratado de Washington (Amity), suscrito
el 8 de mayo de 1871, entre los Estados Unidos de América y el Reino Unido
de Gran Bretaña e Irlanda.
106
Cfr. ibid., último párrafo del artículo I.
107
Con esta expresión, nos referimos al territorio al Oeste del río Esequibo, que
es el objeto de la controversia.
108
Cfr. el artículo II del Tratado entre Gran Bretaña y los Estados Unidos de
Venezuela, relativo al arreglo de la frontera entre la Colonia de la Guyana
Británica y los Estados Unidos de Venezuela, firmado en Washington, el 2 de
febrero de 1897.

64
evolución del Derecho Internacional sobre esta materia, ahora lo
serían con un mandato que se regía por otras reglas.
En un primer momento, que se extendió hasta la suscripción del
Tratado de Washington de 1871, celebrado entre Inglaterra y Estados
Unidos de América, los arbitrajes eran un mecanismo flexible y
novedoso de solución de controversias, que, por la discrecionalidad
con que solía contar el árbitro para decidir, estaba lejos de
caracterizarse como un procedimiento estrictamente judicial. 109 Con
frecuencia, era el ejercicio pleno de la diplomacia y, hasta cierto
punto, también de la política. Por eso, la decisión arbitral -el laudo-
era muy distinta a una sentencia, y no tenía necesariamente que estar
motivada. Siendo una tarea reservada esencialmente a los “reyes y
reinas”, no se podía poner en duda sus razones; además, los reyes no
tenían por costumbre dar explicaciones de sus actos o de sus
decisiones.
Todavía no existía la convicción jurídica de que el laudo debía
ser motivado; sin embargo, salvo los casos de arbitraje en equidad,
era frecuente que así se hiciera. En este sentido, el laudo arbitral de
la reina Isabel II, de España, en el caso de la Isla de Aves, se extiende
largamente en los argumentos alegados por Holanda y Venezuela en
apoyo de sus respectivas reclamaciones, y hace consideraciones
sobre los mapas que tuvo a la vista (incluyendo uno inglés, publicado
en 1802, y otro de 1857), y considera que la circunstancia de que los
habitantes de una posesión holandesa (la isla de San Eustoquio)
fueran esporádicamente a pescar tortugas a la isla de Aves no servía
para sustentar su pretensión de soberanía, implicando solamente una
ocupación temporal y precaria, que no es manifestación de un
derecho exclusivo; asimismo, el laudo se refiere, en su parte
considerativa, a las consecuencias jurídicas que tenía para Venezuela
el privilegio de la extracción de guano en la citada isla; el Tribunal
arbitral (Isabel II) considera que, aunque el reino de España no haya
ocupado materialmente el territorio de la Isla de Aves, era indudable
que éste le pertenecía, como parte de las Indias Occidentales, que
estaban bajo el dominio de los reyes de España, hasta la constitución
de la república de Venezuela; el laudo vuelve a referirse a la
residencia temporal de indígenas de posesiones holandesas,

109
Cfr. la opinión en contrario de Alexander M. Stuyt, quién afirma que, a partir
de fines del siglo XVIII, como resultado del Tratado Jay, del 19 de noviembre
de 1794, el arbitraje internacional pasó a tener un carácter judicial. Survey of
International Arbitrations – 1794-1970, A. W. Sijthoff, Leiden, 1972, p. ix.

65
considerando que la suya no era más que una ocupación precaria,
desprovista de posesión, mientras que Venezuela había sido la
primera en desplegar actos de soberanía, confirmando así el dominio
que había adquirido de un título derivado de España.110 Si la
motivación del laudo todavía no formaba parte de una costumbre
jurídica, o si aún no había llegado a constituir un principio de
Derecho Internacional, era, por lo menos, una sana práctica, habitual
entre los árbitros. Gracias a esa práctica, tardó muy poco en formase
esa opinio juris que la transformó en una necesidad jurídica,
aportando el elemento que le faltaba para llegar a ser una costumbre
jurídica internacional.
Gillis Wetter considera que el arbitraje internacional es,
esencialmente, procedimiento, y que es ese procedimiento el que rige
y le da forma a la sustancia.111 Puede que esa apreciación resulte
acertada para definir el arbitraje internacional contemporáneo; pero,
en su fase de formación, en la primera mitad del siglo XIX, la
sustancia del arbitraje era lo que decidía el árbitro; para eso, las partes
habían confiado en su imparcialidad, y le habían dado plenos poderes
para decidir lo que considerara correcto, sometiéndose a lo que éste
dispusiera, sin fijar las reglas según las cuales debía decidir, o
aceptando la interpretación que el árbitro hiciera de dichas reglas. Por
eso, por lo menos hasta pasada la segunda mitad del siglo XIX, el
arbitraje estaba sometido a muy pocas reglas y, en principio, los
laudos arbitrales no necesitaban ser motivados. Ésta fue la fase
formativa del arbitraje internacional, en que el árbitro tenía un amplio
margen de maniobra y todavía no estaba atado por el Derecho
Internacional general, o por reglas expresamente convenidas por las
partes. Pero eso cambió a partir de 1871.
II. LA TRANSICIÓN HACIA EL ARBITRAJE DE PLENO
DERECHO
En el último tercio del siglo XIX, estaba fresca, en la memoria
de los estadounidenses, el apoyo que, a pesar de haberse declarado
neutral, Inglaterra había brindado a los Estados del sur durante la
guerra de secesión, permitiendo que, en sus astilleros, se
construyeran barcos de guerra ordenados por los insurgentes. Estados
Unidos quería que Inglaterra respondiera por lo que consideraba una

110
Cfr. Laudo arbitral de la reina Isabel II, en el caso de la Isla de Aves, entre
Holanda y Venezuela, del 30 de junio de 1865.
111
Cfr. J. Gillis Wetter, op. cit., vol. I, p. xxiii.

66
violación de sus deberes como neutral. En 1871, el Tratado de
Washington, celebrado entre Estados Unidos de América y el Reino
Unido de Gran Bretaña e Irlanda,112 quiso poner fin a esas y a otras
diferencias, que enturbiaban las relaciones entre ambas naciones. Los
primeros once artículos de dicho Tratado se referían específicamente
a lo que genéricamente se ha conocido como las “Reclamaciones del
Alabama”, originadas por el apoyo y suministro de armas brindado a
los sudistas por barcos ingleses o proporcionados por los ingleses,
incluyendo al cañonero Alabama,113 instituyendo un tribunal arbitral
encargado de resolverlas. Durante la guerra de secesión en los
Estados Unidos, sólo al Alabama, construido en puertos ingleses, se
atribuía ser responsable de la captura o hundimiento de cerca de
setenta barcos de la Unión, antes de ser hundido, en 1864. En parte,
esas eran las reclamaciones sobre las que tendría que pronunciarse el
Tribunal arbitral.
Esta vez, el arbitraje no se encomendó a un rey o a un Jefe de
Estado, sino a un tribunal colegiado, integrado por cinco personas
que, sin embargo, serían designadas por los reyes o Jefes de Estado
señalados por el Tratado. Al presidente de los Estados Unidos de
América, a la reina de Inglaterra, al rey de Italia, al presidente de la
Confederación Suiza, y al emperador de Brasil les correspondería
nombrar, a cada uno, a uno de esos árbitros. 114 Siguiendo este
procedimiento, se designó como árbitros a cinco diplomáticos,
Charles Francis Adams, de los Estados Unidos de América,
Alexander Cockburn, de Inglaterra, Jacques Staempfli, de Suiza,
Marcos Antônio d’Araujo, de Brasil, y Federico Sclopis di Salerano,
de Italia, quien lo presidió. Los árbitros así designados no eran reyes
ni diplomáticos legos en materia jurídica, sino cinco juristas. En
segundo lugar, se puede apreciar que, aunque los contendientes
mantenían su presencia entre los miembros del tribunal, había mayor
número de árbitros nacionales de terceros Estados, lo que hacía más
fácil llegar a acuerdos, sin que estos pudieran ser bloqueados por los
árbitros nacionales de las partes en la controversia. Por lo menos en
su composición, el tribunal arbitral así establecido, era enteramente
distinto a las antiguas comisiones mixtas, comisiones conjuntas, o
112
Treaty between Great Britain and the United States for the amicable setting of
all causes of difference between the two countries, suscrito el 8 de mayo de
1871.
113
Otros barcos involucrados en esta reclamación incluían al Florida, al
Shenandoa, al Tuscaloosa, al Clarence, al Tacony, al Archer, y otros.
114
Cfr. el tercer párrafo del artículo I del Tratado.

67
comisiones especiales. Era ésta la primera vez que un asunto de esta
envergadura se confiaba a un tribunal arbitral colegiado, e integrado
por simples particulares.115
De acuerdo con el artículo 2 del compromiso arbitral, estos
árbitros se obligaban a examinar y decidir imparcialmente, y de
manera cuidadosa, la cuestión que se les sometía; por lo menos en
teoría, los árbitros nacionales de las partes en litigio no eran sus
agentes ni sus abogados. Todas las cuestiones a ser consideradas por
el Tribunal, incluyendo el Laudo, se decidirían por mayoría. El
procedimiento escrito que debían observar las partes estaba
estrictamente regulado, en cuanto a la forma y a los plazos. 116
Asimismo, en el artículo VI, se indicaban las reglas sustantivas (por
la naturaleza del caso, relativas a los deberes de los neutrales) a las
que deberían atenerse los árbitros, junto con la aplicación de los
principios de Derecho Internacional que no fueran incompatibles con
dichas reglas. En cuanto a las reglas acordadas por las partes,
Inglaterra quiso dejar constancia (en el artículo 6 del compromiso)
que tales reglas no eran una declaración de principios del Derecho
Internacional que estuvieran en vigor al momento en el que surgió la
disputa, aunque, en lo futuro, se comprometía a comportarse según
esos principios. Las partes estaban conscientes de que, en materia de
neutralidad, ese no era el Derecho vigente en ese momento; sin
embargo, ellas acordaron aplicar esas reglas al presente caso,
observarlas “en el futuro”, ponerlas en conocimiento de otras
potencias marítimas, e invitarlas a que accedieran a ellas. 117 Pero,
esta vez, el Derecho que debía aplicar el Tribunal era el Derecho
acordado por las partes, con lo que el margen del árbitro para utilizar
la discreción era más reducido que en el pasado.
Al acordarse las reglas sustantivas a que deberían ceñirse los
árbitros, se abrió el camino a una fase más avanzada del arbitraje
internacional moderno, como una decisión definitiva e irrevocable,
adoptada según reglas preestablecidas, y aceptada como obligatoria
por las partes en la disputa. Esas reglas eran la condición bajo la cual
se aceptaba la competencia del Tribunal arbitral, y bajo la cual se
comprometían a aceptar y ejecutar su decisión.

115
Cfr. M. E. Rouard de Card, L’Arbitrage International dans le passé, le présent
et l’avenir, A. Durand et Pedone-Lauriel, Éditeurs, París, 1877, p. 74.
116
Cfr. los artículos III al V del Tratado.
117
Cfr. el último párrafo del artículo VI del Tratado.

68
El artículo VII se refería a la decisión del Tribunal, que, en
principio, debería adoptarse dentro de los tres meses siguientes al
cierre de los argumentos de las partes, debiendo ser firmada por los
árbitros que asintieran en ella. Según el artículo IX, se debía levantar
actas de los procedimientos seguidos ante el Tribunal.
Al dictar su laudo, en siete breves páginas, el Tribunal se refirió
a la documentación aportada por las partes, a la correspondencia
oficial, a la prueba rendida, y a los argumentos de las partes, todo lo
cual fue debidamente considerado para llegar a una decisión
prolijamente razonada. El Tribunal se refirió a las disposiciones del
Tratado de Washington que fijaban los límites de su competencia, así
como a las reglas sustantivas que habían acordado las partes; hizo su
interpretación del término “debida diligencia” requerida de los
Estados neutrales según las reglas de Washington, a las
circunstancias en que surgió la controversia, a los efectos de la
violación de la neutralidad en el conflicto armado de que se trataba
en este caso, a los alcances del privilegio de extraterritorialidad del
que gozaban los barcos de guerra según el Derecho Internacional, a
las circunstancias en que el abastecimiento de carbón o el uso de
puertos neutrales como base de operaciones navales era incompatible
con las reglas acordadas por las partes, a la construcción del barco
Alabama en el puerto de Liverpool, a la falta de la debida diligencia
de Inglaterra en el cumplimiento de sus obligaciones como Estado
neutral, a la falta de medidas preventivas por parte del gobierno
inglés, no obstante las advertencias hechas por los agentes
diplomáticos estadounidenses durante la construcción del Alabama a
fin de asegurar su detención, a las inadecuadas medidas para la
captura del barco después de que éste había escapado, a la
circunstancia de que, posterior a su escape, el barco confederado
Alabama había sido admitido en varias ocasiones en puertos de las
colonias británicas, y a la circunstancia de que el gobierno inglés no
podía justificar su falta de debida diligencia en una supuesta
insuficiencia de medios legales para haber actuado de otra manera.
Fue por un largo razonamiento, fundado en consideraciones sobre
cada uno de los puntos antes referidos, que, cuatro de los cinco
árbitros, acordaron el laudo que finalmente emitieron. No fue por
capricho o como una solución de compromiso. A lo largo del laudo,
existe un claro hilo conductor entre el compromiso arbitral, las reglas
acordadas por las partes, los hechos probados, y la decisión que
surgía como consecuencia de un razonamiento puramente lógico, en

69
estricto acatamiento de las competencias que las partes le habían
conferido al tribunal.
Sobre las bases establecidas en el Tratado de Washington, el 14
de septiembre de 1872, se emitió, por cuatro votos a uno, un laudo en
favor de Estados Unidos, quedando Inglaterra obligada a pagar, a
título de indemnización, la suma de US $ 15.500.000, a lo cual se dio
cumplimiento pleno el 9 de septiembre de 1873. En los términos del
artículo VII, que sólo exigía la firma de quienes asintieran en él,
Alexander Cockburn, designado como árbitro por Inglaterra, no
firmó el laudo.
El caso del Alabama marcó un punto de inflexión en la historia
del arbitraje internacional, convirtiéndolo en un proceso racional de
solución de controversias, sometido a reglas jurídicas. Atrayendo la
atención del mundo, sirvió de base para la preparación de las
Convenciones de La Haya, de 1899 y de 1907, sobre el arreglo
pacífico de los conflictos internacionales, e inspiró, en 1875, la
adopción de un Proyecto de Código de Procedimiento Arbitral,
preparado por el Instituto de Derecho Internacional. 118 Después del
traspaso de Alaska a los Estados Unidos por parte de Rusia, 119 en
1892, otro conflicto entre Estados Unidos de América e Inglaterra,
esta vez sobre la jurisdicción de las partes en disputa en el mar de
Behring y la preservación de las focas, condujo a un nuevo
compromiso arbitral que destacó la naturaleza jurídica de este
procedimiento;120 en efecto, de acuerdo con el artículo I de dicho
tratado, el Tribunal arbitral estaría compuesto por siete árbitros (dos
nombrados por cada una de las partes en disputa, y los otros tres por
el presidente de Francia, el rey de Italia, y el rey de Suecia y
Noruega), los cuales debían ser “juristas de reconocida reputación en
sus respectivos países”. Los árbitros debían proceder a examinar
“imparcial y cuidadosamente” los asuntos que se le habían sometido;
además, se identificó cinco asuntos que debían ser abordados
separadamente por el laudo (artículo IV del Tratado). De ser
necesario, se pedía al Tribunal establecer regulaciones para la

118
Cfr. Institut de Droit International, Projet de Règlement pour la Procédure
Arbitrale International, Session de La Haye, 1875, en Annuaire de l’Institut
de Droit International, 1877, p. 126 y ss.
119
Ocurrido el 30 de marzo de 1867.
120
Cfr. el Tratado de Washington, del 29 de febrero de 1892, suscrito entre
Estados Unidos de América y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del
Norte

70
preservación de las focas en los espacios en que fuera indispensable
la actuación conjunta de ambos Estados (artículo VII). Ajustándose
a esos términos y a las demás disposiciones del compromiso arbitral,
el laudo fue dictado el 15 de agosto de 1893.
El arbitraje del Alabama es, sin duda, el punto de partida de lo
que es el arbitraje internacional moderno, caracterizado por el
desarrollo de las reglas de Derecho que rigen tanto su procedimiento
como la estructura del laudo y el contenido de la decisión. A partir
de 1872, ese sería el modelo a seguir en materia arbitral.
III. LA CONFERENCIA DE LA HAYA Y EL ARBITRAJE
INTERNACIONAL
En 1898, el Zar Nicolás II había invitado a las grandes potencias
a una conferencia internacional sobre arbitraje y desarme, la cual se
celebró al año siguiente, en La Haya, del 18 de mayo al 29 de julio
de 1899, paralelamente al proceso arbitral que tenía lugar en París,
por el asunto de la Guayana Esequiba. Algunos de los protagonistas
de la controversia entre Inglaterra y Venezuela, como Julian
Pauncefote y Federico de Martens, participaron en esa I Conferencia
de Paz de La Haya, como delegados de Inglaterra y Rusia
respectivamente; el Tribunal Arbitral que presidía de Martens, y que
estaba conociendo de la controversia del Esequibo, suspendió sus
sesiones en tres oportunidades (en junio, y a principios de julio de
1899), para facilitar que de Martens pudiera participar en la referida
Conferencia, en la que Venezuela no estuvo representada. De allí
resultó, inter alia, una Convención para el Arreglo Pacífico de
Controversias Internacionales.121
Julian Pauncefote, quien había negociado el Tratado de arbitraje
de 1897, propuso la creación de un tribunal permanente de arbitraje;
en nombre de Rusia, Federico de Martens hizo su propia propuesta.
Según el artículo 1 del proyecto que el Comité de Examen presentó
a la Tercera Comisión de la Conferencia de Paz, las partes
convendrían en organizar un tribunal permanente de arbitraje, con el
objeto de facilitar el recurso inmediato al arbitraje en caso de disputas
internacionales que no hubieran podido resolverse por vía de la
diplomacia.122 No era, realmente, un tribunal, ni tampoco era

121
Suscrita en La Haya, el 29 de julio de 1899.
122
Cfr. Proceedings of The Hague Peace Conferences – Translation of the
Official Texts (The Conferences of 1899 and 1907). The Conference of 1899,
Prepared in the Division of International Law of the Carnegie Endowment for

71
permanente, sino una lista de juristas, proporcionada por los mismos
Estados partes, a la que las partes podían recurrir para designar
árbitros en una controversia. Su lugar de funcionamiento estaría en
el sitio que escogieran las partes en la controversia o, en ausencia de
un acuerdo al respecto, en el lugar que decidiera el Tribunal Arbitral
así designado. Un Consejo Permanente, presidido por el Ministro de
Relaciones Exteriores de Holanda, estaría encargado del
establecimiento del secretariado, prepararía las reglas de
procedimiento, y adoptaría las medidas necesarias para el
funcionamiento de los tribunales arbitrales así constituidos. Se
estableció un conjunto de reglas de procedimiento arbitral, sin
perjuicio de que las partes pudieran convenir en otras diferentes.
Según una propuesta de Chevalier Descamps, el compromiso arbitral
era lo que determinaba el objeto preciso de la controversia y la
extensión de las atribuciones del árbitro. El Tribunal arbitral podía
estar integrado por uno o varios árbitros, escogidos por las partes de
entre la lista de miembros de la Corte Permanente de Arbitraje. En
principio, el procedimiento consistía en una fase escrita y en una fase
oral. De los debates ante el Tribunal debía levantarse un acta.
Durante esta I Conferencia de La Haya, Chevalier Descamps
propuso una cláusula según la cual “el arbitraje internacional tenía
por objeto el arreglo de controversias entre Estados por jueces de su
propia elección y de acuerdo con sus derechos recíprocos.” 123 El
artículo 15 de la Convención para el Arreglo pacífico de las
Controversias Internacionales,124 que finalmente adoptó la
Conferencia de 1899, modificó levemente esta propuesta, indicando
que el arbitraje tiene por objeto el arreglo de controversias entre
Estados, por jueces de su elección, y “sobre la base del respeto del

International Peace, under the supervision of James Brown Scott, Publications


of the Carnegie Endowment for the International Peace, Division of
International Law, Washington, Oxford University Press, New York, /
London, / Toronto / Melbourne / Bombay, 1920, p. 840.
123
Proceedings of The Hague Peace Conferences – Translation of the Official
Texts (The Conferences of 1899 and 1907). The Conference of 1899, Prepared
in the Division of International Law of the Carnegie Endowment for
International Peace, under the supervision of James Brown Scott, Publications
of the Carnegie Endowment for the International Peace, Division of
International Law, Washington, Oxford University Press, New York, /
London, / Toronto / Melbourne / Bombay, 1920, Propuesta de Chevalier
Descamps, presentada al Comité de Examen, presentada a la Tercera
Comisión, el 5 de julio de 1899, p. 837.
124
Adoptada en La Haya, el 29 de julio de 1899.

72
Derecho.” Esa era, según Charles Rousseau, la mejor definición del
arbitraje.125 En ese entendido, el arbitraje era un medio de arreglo
judicial, excepto porque las partes podían elegir a sus propios jueces,
y porque su mandato concluía con el laudo que decidía la
controversia que específicamente se le había sometido; pero la
obligación de dar una respuesta razonada a los conflictos planteados
por las partes, “sobre la base del respeto del Derecho”, seguía
estando allí. En su preámbulo, la partes en la Convención se
manifiestan deseosas de hacer prevalecer el imperio del derecho y de
fortalecer la aplicación de la justicia internacional. El compromiso
con el Derecho se reflejaba, igualmente, en el artículo 23 de la
Convención, que estipula que las personas seleccionadas para formar
parte de la “Corte Permanente de Arbitraje” 126 debían ser, inter alia,
personas de reconocida competencia en Derecho Internacional. En
caso de que las partes en la controversia no hayan convenido algo
diferente, el capítulo III de la Convención, en sus artículos 30 y
siguientes, estipula las reglas de procedimiento aplicables. Dichas
reglas son esencialmente las mismas que indica el Reglamento que,
paralelamente, había adoptado el Tribunal Arbitral en la controversia
de Venezuela e Inglaterra por el territorio de la Guayana Esequiba,
excepto por el artículo 52 de la Convención, que dispone
expresamente que el laudo “debe indicar las razones en que se basa.”
Según el artículo 54, el laudo, debidamente pronunciado y notificado
a las partes, resuelve la controversia definitivamente, y sin derecho a
apelación.
En 1907, como producto de la II Conferencia de Paz de La Haya,
la Convención para el Arreglo Pacífico de los Conflictos
Internacionales,127 que enmendó ligeramente a su homóloga de 1899,
se suscribió con el convencimiento de que la institución permanente
de una “jurisdicción arbitral”, accesible a todos, podría contribuir,
inter alia, al mantenimiento de la paz, a extender el imperio del
derecho, y a fortalecer la justicia internacional; en su artículo 37, se
reitera que el arbitraje es un procedimiento que tiene por objeto el

125
Cfr. Charles Rousseau, Droit International Public, Sirey, París, 1983, Tome
V, p. 305.
126
No era propiamente una Corte, ni era permanente. Era, simplemente, una lista
de árbitros a los que podían recurrir las partes en una controversia.
127
Suscrita en La Haya, el 18 de octubre de 1907. Venezuela también estuvo
ausente de esta II Conferencia de La Haya, en la que se suscribió la
Convención referida, modificando la que se había adoptado el 29 de julio de
1899.

73
arreglo de litigios entre los Estados “por jueces de su elección y sobre
la base del respeto del derecho.” La única forma de saber que se
respetó el Derecho es explicando cuál era el Derecho aplicable, qué
disposiciones o principios jurídicos se aplicaron a qué hechos, y por
qué.
Inicialmente, se había planteado que el arbitraje fuera
obligatorio, aunque sólo fuera para una categoría limitada de
disputas; dicha idea fue desestimada, y reemplazada por un sistema
de arbitraje voluntario, que requería, para cada caso, contar con el
consentimiento de los Estados involucrados, tanto para determinar la
composición del tribunal como para fijar el objeto de la controversia.
En todo caso, siendo que el arbitraje había probado su utilidad, y que
había un amplio deseo de transformarlo, de una institución
exclusivamente ad hoc en una con características de permanencia,
codificando las grandes líneas del procedimiento arbitral, 128 se
acordó la creación de una Corte Permanente de Arbitraje
Internacional. Ésta, sin embargo, no era una Corte, en el sentido de
un tribunal preestablecido, sino una lista de árbitros a la que, a su
entera discreción, podían recurrir las partes cada vez que surgiera una
controversia; por ende, tampoco era permanente, en el sentido de que
el mismo tribunal arbitral conocería de los casos que se presentaran
en el futuro.
En cuanto tratado, la Convención del 29 de julio de 1899 sólo
obliga a los Estados que lo hayan ratificado, teniendo en cuenta que
muchas de sus normas tienen carácter supletorio de la voluntad de las
partes en un compromiso arbitral, y que otras pueden ser objeto de
reservas. Sin embargo, allí también hay principios que, en ese
momento, estaban cristalizando como normas de Derecho
consuetudinario, o como principios generales de Derecho
Internacional, y que, en cuanto tales, obligaban -y obligan- a los
Estados, como normas de Derecho Internacional general,
independientemente de que hubieran ratificado o no la Convención.
Ese es el caso de la obligación de motivar el laudo, a menos que las
partes, expresamente, hayan exonerado al Tribunal de esta
obligación, o a menos que se tratara de un arbitraje en equidad. Por
lo menos en este punto, la Convención no hizo otra cosa que codificar
el Derecho preexistente. Lo que vendría después sería, simplemente,

128
Cfr. Shabtai Rosenne, The World Court: What it is and how it works, Fourth
revised edition, Martinus Nijhoff Publishers, Dordrecht / Boston / London,
1989, p. 8.

74
el salto definitivo al arbitraje internacional moderno, y a la aplicación
de esos principios y reglas que había ido tomando forma entre la
suscripción del Tratado de Washington de 1871 y la suscripción de
la Convención para el arreglo pacífico de los conflictos
internacionales, del 29 de julio de 1899. Ese era el Derecho imperante
para el momento en que se adoptó el Laudo de París.
Para Hazel Fox, aparte de la controversia del Alabama, que,
luego del fin de la guerra civil en los Estados Unidos, resolvió la
tensión política existente en ese momento entre Estados Unidos y el
Reino Unido por las actividades británicas en apoyo de la causa
secesionista, es difícil señalar un arbitraje que haya resuelto disputas
que afectaran intereses vitales de los Estados; pero, aunque Fox
considera que es peligroso sobreestimar la capacidad del arbitraje
para resolver conflictos políticos de la mayor importancia, también
le parece poco sabio subestimar su valor como un medio
suplementario para la demarcación de las fronteras entre los
Estados.129 Lo cierto es que la determinación del territorio de un
Estado no es un asunto de poca entidad, y lo cierto es que, más de
una vez, el arbitraje ha marcado la diferencia entre la guerra y la paz.

129
Cfr. Hazel Fox, op. cit., p. 193.

75
76
SEGUNDA PARTE

LOS ORÍGENES DE LA CONTROVERSIA DEL


ESEQUIBO

Después de las reclamaciones del Alabama, no iba a transcurrir


mucho tiempo antes de que otro foco de conflicto, esta vez en el
Esequibo,130 conduciría a otro arbitraje histórico, y con muchos
elementos coincidentes con la controversia que, un cuarto de siglo
antes, había enfrentado a Inglaterra y Estados Unidos.
Por lo menos desde 1841 -cuando Schomburgk plantó unos hitos
fronterizos en territorio venezolano-, había tensiones entre Venezuela
e Inglaterra por el control de una zona estratégicamente importante,
rica en recursos naturales; esas tensiones se agravaron a partir de
1880, cuando se descubrieron ricos yacimientos de oro en el distrito
de Yuruari. Ambas naciones sustentaban sus reclamaciones
territoriales en argumentos diferentes. Mientras Venezuela
reclamaba haber sucedido a España en ese territorio, con los mismos
títulos que ésta tenía al momento de la independencia de Venezuela,
Inglaterra alegaba una cesión territorial, hecha por Holanda en 1814.
El problema es que, después del Tratado de Aranjuez de 1791, los
holandeses nunca llegaron a establecerse en territorios situados al
oeste del río Esequibo, por lo que la zona reclamada por los ingleses
no correspondía a la que los holandeses le habrían cedido, o que, de
acuerdo al principio romano, nemo dat quod non habet, estaban en
capacidad de ceder.

130
Por Esequibo nos referimos a la zona situada al oeste del río Esequibo, que,
en lo sustantivo, es lo que constituye el objeto de la controversia fronteriza
entre Venezuela y Guyana.

77
I. LA DANZA DE LOS MAPAS INGLESES
Los mapas oficiales no constituían (ni constituyen) un título de
dominio o de adquisición de territorio y, procediendo de parte
interesada, tampoco constituían (ni constituyen) un medio de prueba
de la extensión de los territorios bajo el dominio soberano de cada
Estado; pero sí son un valioso medio de prueba de la contraparte, para
mostrar hasta dónde llegaban las pretensiones territoriales de quien,
alguna vez, exhibió esos mapas como oficiales. Según Brownlie, los
tribunales internacionales han restringido el papel probatorio de los
mapas a corroborar una conclusión a la que ya se ha llegado por otro
tipo de evidencia.131 Los mapas pueden servir de evidencia en la
interpretación de un tratado, si ellos han sido parte de los trabajos
preparatorios del mismo, o pueden ser prueba de la práctica
subsecuente de los Estados, o pueden ser prueba de la interpretación
contemporánea de las partes en un tratado, o pueden ser prueba de la
realización de actos de soberanía, o del ejercicio notorio de soberanía,
o pueden ser prueba de la aquiescencia, o de la opinión de autoridades
oficiales de un Estado, o de la opinión profesional de quienes no
representan al Estado.132 Por eso, era importante comparar los mapas
de unos y otros, particularmente si databan de una época en que la
parte que los emitió no tenía motivos para distorsionar la verdad (ante
litem motam).
En 1814, Inglaterra había adquirido la Guyana Británica
mediante un tratado celebrado con Holanda, en el que no se trazaba
la frontera occidental de esas posesiones.133 Entre 1835 y 1839, la
Real Sociedad Geográfica había encargado al naturalista Robert
Schomburgk explorar la Guyana Británica; con dicho antecedente, en
1841, éste fue enviado de vuelta a Guyana, esta vez por el gobierno
inglés, con la misión de, entre otras cosas, fijar su frontera occidental.
El mapa con el trazado de la frontera entre Venezuela y la colonia de
la Guyana Británica es un croquis, o un boceto, que indica lo que se
conoce como la línea Schomburgk, que se internaba en una inmensa
extensión de territorio reclamado por Venezuela, y que hasta

131
Cfr. Ian Brownlie, The Rule of Law in International Affairs, Martinus Nijhoff
Publishers, The Hague / London / Boston, 1998, p. 156.
132
Cfr. Ibid, pp. 156-160.
133
Cfr. Convención de Londres, suscrita el 13 de agosto de 1814, por el Reino
Unido y las provincias unidas de los países Bajos, mediante el cual, inter alia,
Holanda cedió a Inglaterra sus asentamientos en Demerara, el Esequibo y
Berbice, anteriormente bajo posesión holandesa.

78
entonces era reconocido como tal. El tamaño de ese territorio
alcanzaba 141.930 km cuadrados, y luego fue llevado a más de
203.000 km cuadrados, con lo que Inglaterra denominó su “línea de
máxima reclamación”.
Los ingleses no estaban muy seguros de esa línea fronteriza
sugerida por Schomburgk, para la cual éste no proporcionaba ningún
fundamento histórico o de otro tipo.134 Según un memorándum de
Edward Hertslet, bibliotecario del Ministerio de Asuntos Exteriores
británico hasta febrero de 1896, él le habría pedido al Sr. Hawtagne,
que en 1884 se desempeñaba como el Administrador en Funciones
de la Guyana Británica, le indicará cuál mapa de la colonia le parecía
el mejor; la respuesta de Hawtagne fue que era un mapa elaborado
por un Sr. Stanford, de la Oficina de Colonias, publicado en 1875, en
cuatro hojas. Hertslet ordenó inmediatamente una copia de dicho
mapa; pero alguien, de la Oficina de Colonias, que lo vio sobre su
escritorio, le dijo que la frontera, como estaba coloreada, estaba
completamente equivocada y era enteramente contraria a los
intereses británicos, si se le comparaba con el mapa de Schomburgk,
actualizado a 1875. A este memorándum, Hertslet agregó una
extensa nota que, entre otras cosas, le sugería a la Oficina de Colonias
ponerse en contacto con Stanford para que reeditara su mapa,
corrigiéndolo y actualizándolo a 1886; mientras tanto, Hertslet
sugería suspender la venta del referido mapa pues, si ese era el mejor
que el Gobierno inglés podía producir en apoyo de su reclamación
territorial en la controversia con Venezuela, la opinión general no
podría dejar de pronunciarse en favor de esta última, y en contra de
las pretensiones británicas. Para Hertslet, este era un asunto tan
importante, que se permitió sugerir que el Departamento de
Inteligencia de la Oficina de Guerra preparara de inmediato un mapa
basado en los mapas de Schomburgk, citándolo como el mapa oficial

134
Cfr. Minuta suscrita el 7 de noviembre de 111841 por Lord Stanley, Ministro
de Colonias británico, en la que se reconoce que Schomburgk no proporciona
ningún dato en que fundamentar de línea fronteriza o los derechos de la
Corona Británica a dichos territorios (Public Record Office, London, C. O.
111/179), y un Memorándum confidencial del Ministerio de Relaciones
Exteriores Británico, del 24 de noviembre de 1857, en el que se pone en duda
la evidencia presentada por Schomburgk y los derechos británicos en lo que
respecta a los territorios a que se extendía su pretensión (Bodleian Library,
Oxford, Mss. Clarendon Deposit, C/275). Citado por Juan Carlos Rey, en La
Reclamación Venezolana sobre la Guayana Esequiba, Instituto Internacional
de Estudios Avanzados (IDEA), Valle de Sartenejas, Estado Miranda, 1990,
párrafo 8, nota a pie de página.

79
del Reino Unido. Hertslet advertía que, el 15 de septiembre de 1881,
se había dado al Sr. (José María) Rojas, ministro de Venezuela en
Londres, un mapa que difería del mapa de la Oficina de Colonias en
1873, y que era el que, en ese momento, indicaba las fronteras de la
Guyana Británica.135
Tampoco el líder de la oposición, Sir William Harcourt, tenía
como veraces los mapas basados en la línea Schomburgk, que él
consideraba indefendible.136
Otto Schoenrich menciona un mapa oficial de la Guyana
Británica, publicado en 1877, pero con fecha de 1875, señalando
como frontera con Venezuela la línea que había indicado
Schomburgk, incluyendo todo el territorio reclamado por Inglaterra,
pero con una nota que advertía que esa frontera estaba sujeta a lo que
acordaran los respectivos gobiernos. Según Schoenrich, en 1886,
cuando se descubrieron yacimientos de oro en la región, Inglaterra
habría publicado un nuevo mapa, aunque también fechado en 1875,
trazando la frontera mucho más al oeste que la señalada por la línea
Schomburgk, agregando a la Guyana Británica un inmenso territorio
que antes no había sido reclamado como propio y, esta vez, sin
advertir que dicha frontera estaba sujeta al acuerdo de los gobiernos
respectivos.137 En el constante afán por extender sus fronteras hacia
el oeste del río Esequibo, las pretensiones inglesas no se detenían, y
parecían no tener límites. Ese deseo insaciable, Cabot Lodge lo
resume así: En 1840, Gran Bretaña no había avanzado más allá del
Río Pomarón. Todo de una vez, el mismo año intentó extender sus
dominios tan allá como Barima, donde fijó el punto de partida de la
frontera entre las dos Guyanas (la línea de Schomburgk); en 1844
retrocedió y propuso una línea que comenzara en el río Moroco, entre
Pomarón y Punta Barima (la línea de Aberdeen); en 1881, removió
el punto de partida a una distancia de 29 millas del Moroco, en

135
Cfr. Memorándum de Sir Edward Hertslet, Bibliotecario del Ministerio de
Asuntos Exteriores británico, del 1 de junio de 1886. Publico Record Office,
F. O., 80/30. Reproducido por J. Gillis Wetter, en op. cit., vol. III, pp. 145 y
s.
136
Cfr. Nota en el Diario de Joseph Chamberlain sobre una reunión con el líder
de la oposición, Sir William Harcourt, sostenida el 9 de enero de 1896,
depositada en los archivos de la biblioteca de la Universidad de Birmingham,
transcrita de una fotocopia del original, y reproducida por J. Gillis Wetter en
op. cit., vol. III, p. 9.
137
Cfr. Otto Schoenrich, The Venezuela-British Guiana Boundary Dispute,
American Journal of International Law, 1949, p. 524.

80
dirección a Punta Barima (la línea de Granville); de allí en adelante,
en 1886 avanzó a un lugar en la costa occidental del río Guaima, entre
el punto anterior y Punta Barima (la línea de Rosebery); en 1890 la
situó en la boca del Amacuro, al occidente de Punta Barima, en el
Orinoco (la línea de Salisbury); y finalmente, en 1893,
constantemente avanzando hacia el oeste y hacia el sur en el interior
de esa región, Inglaterra llevó la frontera desde un punto en el
occidente del Amacuro hasta la fuente del río Cumano y de la Sierra
de Usupamo (nueva línea de Rosebery). Desde 1844, Inglaterra había
empujado continuamente hacia el oeste, y con cada avance hacía una
reclamación territorial adicional; había violado el acuerdo de 1850,
había declinado someter la controversia a arbitraje y, con la
convicción de que la fuerza crea derechos, había seguido
conquistando territorios de un país más débil. 138
Si había algún fundamento en la reclamación inglesa, no había
forma de sustentarla con mapas creíbles, que los propios ingleses
asumieran como suyos, y con líneas fronterizas que no se estuvieran
desplazando constantemente.
II. UN COMPROMISO ARBITRAL ARRANCADO A LA
FUERZA
Los elementos anteriores son los que dieron forma a la
controversia entre Inglaterra y Venezuela por el territorio del
Esequibo, la cual había que resolver.
Un principio básico del Derecho Internacional es que ningún
Estado puede ser obligado a someter al arbitraje sus disputas con
otros Estados, a menos que así lo haya acordado previamente, en
relación con un caso particular, o, para lo futuro, en relación con un
determinado tipo de controversias. Las partes son soberanas para
decidir si una disputa determinada será o no sometida a arbitraje y,
en caso afirmativo, son igualmente soberanas para decidir las
condiciones en que deberá tener lugar ese arbitraje. En el presente
caso, por lo menos desde 1840, Venezuela había propuesto
insistentemente que las partes se sometieran al arbitraje; tampoco
sirvieron las gestiones en ese sentido por parte de los gobiernos de
Argentina, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador,

138
Cfr, Henry Cabot Lodge, England, Venezuela and the Monroe Doctrine, The
North American Review, vol. 160, N° 463, University of Northern Iowa, June
1895, p. 656 y s. Consultado en
https://www.jstor.org/stable/pdf/25103532.pdf

81
Guatemala, Haití, México, y Nicaragua. Inglaterra, que se había
negado tercamente a utilizar este mecanismo de solución de
controversias, debido a la presión de los Estados Unidos de América,
terminó por aceptarlo, aunque en sus condiciones. Venezuela, en
cambio, que quería una solución definitiva de esta disputa, debió
contentarse con un compromiso arbitral en cuya negociación no tuvo
ninguna participación, y cuyas condiciones eran ofensivas.
En diciembre de 1880, Venezuela puso en conocimiento del
Secretario de Estado de Estados Unidos la presencia de un buque de
guerra y un mercante británico, en las bocas del río Orinoco; esta vez,
el Secretario de Estado, William Evarts, respondió al ministro
residente de Venezuela en Estados Unidos que el Gobierno de
Estados Unidos no vería con indiferencia que Inglaterra tomara
posesión de dicho territorio por la fuerza, si ese era el propósito de
los buques apostados en la boca del Orinoco.139 Después de haberse
repartido el continente africano y las islas del océano Pacífico, a
Estados Unidos comenzaba a inquietarle que las potencias europeas
no tomaran en serio la doctrina Monroe, que extendieran sus
posesiones al continente americano, y que pudieran hacerlo con
impunidad.
No pudiendo lograr un compromiso arbitral, mediante una nota
del 20 de febrero de 1887, luego de que sus reclamaciones para que,
entre otras cosas,140 Inglaterra cumpliera el acuerdo de 1850 y se
retirara del territorio ocupado no fueran atendidas, “no debiendo
conservar amistosas relaciones con un Estado que así la injuriaba”,
Venezuela rompió relaciones diplomáticas con Inglaterra. Pero,
aunque correcta, esta medida pesó en contra de Venezuela pues, a
partir de ese momento, no hubo comunicaciones directas entre ambas
naciones, y Venezuela se vio forzada a depender de la intercesión de
los Estados Unidos.

139
Cfr. Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela, Colección Fronteras,
tomo 6, p. 229, citado en
https://elespacioacuaticovenezolano.com/2015/03/26/octava-entrega-las-
raices-del-tema-de-los-diferendos-sectoracuaticojualpeac/
140
Curiosamente, entre las razones alegadas para romper relaciones
diplomáticas, Venezuela se quejaba de la negativa británica a aceptar someter
este asunto a arbitraje, invocando, inter alia, el Tratado de Washington de
1871, entre Inglaterra y Estados Unidos de América, mediante el cual las
partes se comprometieron al arbitraje de las reclamaciones del Alabama.

82
Venezuela consideraba que, desde 1875, sobre la base de la línea
marcada por el naturalista alemán Robert Herman Schomburgk, los
mapas oficiales de Inglaterra se internaban considerablemente hacia
el oeste, en perjuicio de los derechos territoriales de Venezuela. El
conflicto escaló, en 1890, cuando Inglaterra pretendió llevar su
frontera occidental hasta la boca del río Orinoco; en 1893, Lord
Rosebery pretendió pactar una frontera situada todavía más al oeste
de lo que él mismo había propuesto previamente. Tanto las reiteradas
demandas de Venezuela para someter este asunto a arbitraje, así
como las ofertas de mediación por parte de los Estados Unidos de
América, fueron rechazadas por Inglaterra; a Joseph Chamberlain no
le parecía correcto tener que ir a arbitraje por una disputa con “un
Estado semi-civilizado”.141 En ese momento, mientras Inglaterra era
la mayor potencia mundial, Venezuela era un país que acababa de
salir de una guerra civil, y que todavía estaba sumido en una severa
crisis interna, agravada por una enorme deuda externa que, poco años
después, conduciría a las naciones europeas (incluida Inglaterra) al
bloqueo de sus costas, para forzar el pago de esa deuda, arrancándole
a Venezuela la suscripción de un compromiso de pago preferente.
En 1895, Inglaterra envió parte de su flota a instalarse en frente
de las costas venezolanas, mientras, por tierra, se desplazaban tropas
a ocupar parte del Amacuro. La mesa estaba servida para un
enfrentamiento armado,142 o para la ocupación del Esequibo por
Inglaterra; ninguna de esas hipótesis era vista con indiferencia por
Estados Unidos. En 1895, las relaciones entre Estados Unidos e
Inglaterra no eran precisamente cordiales, y la tensión en el Esequibo
era otro motivo de conflicto, considerado como un desafío a la
doctrina Monroe que, en 1823, había proclamado que cualquier
intervención de Europa en el continente americano sería considerada

141
Cfr. Carta de Joseph Chamberlain, Ministro de Colonias inglés, a su vice
ministro Conde de Selborne, fechada el 20 de diciembre de 1895, depositada
en los archivos de la biblioteca de la Universidad de Birmingham, transcrita
de una fotocopia del original, y reproducida por J. Gillis Wetter en The
International Arbitral Process: Public and Private, Oceana Publications, Inc.,
Dobbs Ferry, Ney York, 1979, vol. III, pp. 6-8.
142
En su demanda ante la Corte Internacional de Justicia en contra de Venezuela,
Guyana sostiene que, durante la última parte del siglo XIX, las reclamaciones
territoriales por el Reino Unido y Venezuela llevaron al borde de la guerra.
Cfr. International Court of Justice, Application Instituting Proceedings,
Arbitral Award of 3 October 1899, Guyana v. Venezuela, registrada en la
Secretaría de la Corte el 29 de marzo de 2018.párrafo 26. https://www.icj-
cij.org/files/case-related/171/171-20180329-APP-01-00-EN.pdf

83
como un acto hostil hacia los Estados Unidos, el cual sería
respondido; que Inglaterra se estableciera en un territorio que no le
pertenecía, y que no ocupaba cuando dicha doctrina fue proclamada,
era una acto de esa naturaleza, y no podía ser ignorado. Richard
Olney, Secretario de Estado de los Estados Unidos, consideraba que
las amenazas inglesas de intervención constituían un franco desafío
a la doctrina Monroe, por lo que, haciendo su propia interpretación
de ésta, proclamó lo que se llamaría “el Corolario Olney”; según éste,
los Estados Unidos eran prácticamente soberanos en el continente
americano, y sus órdenes eran ley para los “súbditos” a los que se
limitaba su intervención;143 según Olney, esto era así no por su alta
reputación como nación civilizada, ni porque la prudencia, la justicia
y la equidad fueran características invariables de los Estados Unidos,
sino porque, además de sus infinitos recursos y su posición aislada,
que le permitían dominar la situación, era prácticamente invulnerable
contra las demás potencias.144 En diciembre de ese mismo año, en un
mensaje al Congreso, el presidente de Estados Unidos, Grover
Cleveland, invocando la doctrina Monroe, había exigido que este
asunto se sometiera a arbitraje y, mientras tanto, propuso la
designación de una comisión para que los Estados Unidos
determinara por sí mismo la línea fronteriza,145 que ellos tendrían que
defender, lo que generó gran inquietud en el gobierno inglés. El
ministro de colonias inglés, Joseph Chamberlain, envió una carta a
su vice ministro, el Conde de Selborne (William Waldgrave Palmer),
manifestándole su profunda preocupación por este mensaje, pues
temía que muchos estadounidenses, tal vez la mayoría, no miraran
con horror una guerra con Inglaterra; en su opinión, los
estadounidenses estaban celosos de los ingleses, sospechando que
estos últimos tenían un complejo de superioridad y que les
despreciaban, por lo que no lamentarían tener que demostrar que

143
En 1898, la breve guerra con España confirmaría esta interpretación de la
Doctrina Monroe.
144
Cfr. Cristián Guerrero Yoacham y Cristián Guerrero Lira, Breve Historia de
los Estados Unidos de América, Editorial Universitaria, Santiago de Chile,
1998, p. 175.
145
Dicha propuesta fue acogida por el Congreso y, en enero de 1896, se procedió
a la designación de los miembros de esa Comisión de Límites, la cual quedó
integrada por David Brewer (juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos
de América), Richard Albey (presidente de la Corte de Apelaciones del
Distrito de Columbia), F. R. Coudert (abogado), D. C. Gilman (Rector de la
Universidad Johns Hopkins), y Andrew White (profesor de la Universidad
Cornell). Severo Mallet-Prevost fue designado su secretario.

84
ellos (los estadounidenses) eran más grandes, más fuertes, y mejores
que los ingleses. Seguía Chamberlain explicando que el peligro
radicaba en la situación creada por un ultimátum, pues ningún Estado
podía retroceder sin deshonor. En sus palabras, el propósito de la
doctrina Monroe era evitar la extensión del control y la influencia de
las potencias europeas sobre países que en ese momento eran
independientes; de modo que, ya fuera que ese control se obtenía por
medios pacíficos o belicosos, era igualmente perjudicial para los
Estados Unidos. La doctrina Monroe no era aceptada por el Derecho
Internacional, y era contra su antinatural extensión, sin precedentes,
que había que protestar; para Chamberlain, la doctrina Monroe no
tenía nada que ver con arbitraje, y no tenía nada que decir en relación
con disputas fronterizas que surgieran entre otros Estados. Después
de aludir a una posesión indiscutida por más de cien años, y a los
derechos históricos sobre el territorio en disputa, Chamberlain se
preguntaba, retóricamente, si Estados Unidos aceptaría discutir la
soberanía de Maine ante un tribunal presidido por un abogado belga,
suizo, o rumano; y se preguntaba, igualmente, si Estados Unidos
aceptaría someter a un tribunal similar la reclamación de los
territorios tomados por la fuerza a México. Pero, según Chamberlain,
el gran objetivo de Inglaterra debía ser ganar tiempo, y evitar que los
sentimientos de guerra siguieran creciendo; por lo tanto, se
manifestaba dudoso de que ellos (los ingleses) debieran hacer
cualquier movimiento de tropas que pudiera exasperar a los Estados
Unidos. Chamberlain termina su carta diciendo que él estaría
preparado para cualquier contingencia, pero que, por el momento,
pospondría cualquier movimiento.146 Además, en el diario de Joseph
Chamberlain hay una nota que recoge una conversación suya con el
líder de la oposición, Sir William Harcourt, en la que éste advierte
que no quiere ser parte de una guerra con los Estados Unidos y que,
a menos que el gobierno inglés se moviera rápido en dirección de una
solución pacífica, él se sentía obligado a hablar (se supone que en el
Parlamento), y a declarar que, en su opinión, la línea Schomburgk era
indefendible, y que había que aceptar el arbitraje.147 Los ingleses,

146
Cfr. Carta de Joseph Chamberlain, Ministro de Colonias inglés, a su vice
ministro Conde de Selborne, fechada el 20 de diciembre de 1895, depositada
en los archivos de la biblioteca de la Universidad de Birmingham, transcrita
de una fotocopia del original, y reproducida por J. Gillis Wetter en The
International Arbitral Process: Public and Private, Oceana Publications, Inc.,
Dobbs Ferry, Ney York, 1979, vol. III, pp. 6-8.
147
Cfr. Nota en el Diario de Joseph Chamberlain sobre una reunión con el líder
de la oposición, Sir William Harcourt, sostenida el 9 de enero de 1896,

85
tanto en el gobierno como en la oposición, estaban ansiosos por evitar
la guerra con los Estados Unidos, incluso al precio de un arbitraje no
deseado.
Invocando la doctrina Monroe, Estados Unidos se involucró
directamente en la disputa territorial por el territorio Esequibo, y
forzó a Inglaterra para que aceptara la celebración de un tratado de
arbitraje que dirimiera dicha controversia. En febrero de 1896, el
Primer Ministro inglés, Lord Salisbury, autorizó al Embajador
británico en Washington, Sir Julian Pauncefote, a entrar en
negociaciones con el Ministro Plenipotenciario de Venezuela en
Washington, señor José Andrade, para resolver este asunto; eso llevó
a negociaciones, a distintos niveles, sobre un compromiso arbitral,
pero las cuestiones más delicadas fueron discutidas directamente por
Lord Salisbury y el Secretario de Estado de los Estados Unidos, señor
Richard Olney,148 con exclusión de toda representación venezolana.
En realidad, en lo que concierne a algunos puntos de esa negociación,
Venezuela fue engañada, ocultándole, por ejemplo, una carta
confidencial de Richard Olney a Julian Pauncefote, sugiriéndole no
dar ningún valor al Acuerdo de 1850, 149 en el que las partes habían
indicado sus máximas pretensiones en la zona en disputa, ni siquiera
citándolo, y mucho menos tratando de definir su ámbito y su
significado, pues cualquier intento de interpretarlo les envolvería en
un prolongado debate, “lejos del fin que tenían en mente”; ésta era la
razón para que, según Olney, no se estipulara en el Tratado un plazo
de prescripción mayor a cincuenta años, y que el Acuerdo de 1850
fuera ignorado (la expresión utilizada por Olney es “waived”), por lo
menos hasta ese punto.150 Ese era Olney, el Secretario de Estado de
Estados Unidos de América, hablando en nombre de Venezuela, pero
defendiendo los derechos de Inglaterra.
Al Primer Ministro inglés, Lord Salisbury, le preocupaba la
composición del tribunal y, en particular, la posible anglofobia del

depositada en los archivos de la biblioteca de la Universidad de Birmingham,


transcrita de una fotocopia del original, y reproducida por J. Gillis Wetter en
op. cit., vol. III, p. 9.
148
Cfr. Gillis Wetter, op. cit., p. 11.
149
Canje de notas del 18 de noviembre de 1850.
150
Cfr. carta confidencia de Richard Olney a Julian Pauncefote, fechada el 29 de
octubre de 1896. Citada por James Russell Soley, uno de los abogados de
Venezuela ante el Tribunal arbitral, Actas del procedimiento [2020-2028,
2039-2043, 2121-21-29], en Gillis Wetter, op. cit. Vol. III, p. 63.

86
quinto árbitro, cuya voz sería decisiva, y en cuya designación ellos
no tendrían nada que decir. En su opinión, existía la posibilidad de
que fuera un sueco o un danés, por provenir de las naciones más
imparciales. Por la naturaleza de la controversia, los holandeses,
españoles y portugueses estarían excluidos de plano, y los italianos y
los belgas tendrían que hacerse a un lado, por ser demasiado amigos
de Inglaterra; los franceses, alemanes y rusos serían inadmisibles, por
ser demasiado hostiles hacia Inglaterra, al igual que los suizos, por
ser firmes partidarios de la república y contrarios a una monarquía.
Aún antes de ser escogido, a Salisbury no sólo le preocupaban los
posibles prejuicios de este super árbitro, sino el tipo de formación
jurídica que pudiera haber recibido; en su opinión, un juez, antes de
ser designado como tal (en Inglaterra), ha estado expuesto muchos
años al escrutinio público; pero al super árbitro, que probablemente
sería un profesor o un escritor, ciudadano de una nación extranjera,
sólo se le conocería superficialmente por aquellos que lo eligieran.
Lo que temía Salisbury es que ese tipo de árbitros no están formados
en los métodos para decidir de los jueces ingleses, o en la forma de
interpretar leyes antiguas.151 Como si hubiera sido una idea
extravagante y descartada de plano, el Primer Ministro inglés ni
siquiera se paseó por la posibilidad de que el quinto árbitro pudiera
haber sido un latinoamericano, o un jurista de un pequeño país
neutral. Refiriéndose a quien sería el quinto miembro del Tribunal, el
ex presidente de Estados Unidos, Benjamin Harrison, que fuera el
abogado principal de Venezuela ante el Tribunal arbitral, también
había comentado que los gobiernos europeos se oponían
absolutamente a permitir que cualquier Estado americano, excepto
los Estados Unidos de América, pudiera proporcionar un super
árbitro, o siquiera uno de varios miembros del Tribunal que no
tuvieran interés en la controversia; el resultado era que la decisión
final de cualquier cuestión concerniente a algún país del continente
americano iba a estar en las manos de un super árbitro europeo. 152

151
Cfr. Carta de Lord Salisbury, ministro de Asuntos Exteriores de Inglaterra, a
Joseph Chamberlain, ministro de colonias, del 12 de agosto de 1896,
depositada en los archivos de la biblioteca de la Universidad de Birmingham,
transcrita de una fotocopia del original, y reproducida por J. Gillis Wetter, op.
cit., vol. III, pp. 12 y s.
152
Citado por Marcos Falcón Briceño, Ministro de Relaciones Exteriores de
Venezuela, en su discurso a la 17ª sesión de la Asamblea General de las
Naciones Unidas, el 1 de octubre de 1962. Tomado de una transcripción de la

87
Durante las negociaciones del compromiso arbitral, uno de los
asuntos que obsesionó a las partes fue la regla de la prescripción,
finalmente recogida en el artículo IV, letra a, del Tratado, indicando
que “la posesión adversa o prescripción” durante un período de
cincuenta años constituiría un justo título. “Posesión adversa” es otra
forma de admitir la rivalidad por un territorio determinado. El
Tratado parece equiparar la “posesión adversa”, esto es, la posesión
resistida o discutida, con la prescripción; pero no es exactamente esa
la forma como la prescripción adquisitiva ha sido incorporada en el
acervo del Derecho Internacional.
Rousseau sostiene los autores de inspiración positivista se
resisten a incorporar la prescripción, una institución tomada del
Derecho privado y preconizada por juristas formados en el Derecho
privado, en el Derecho aplicable a las relaciones entre Estados; 153 aun
así, Rousseau entiende que esta expresión ha sido escogida para
referirse a “la adquisición de la soberanía por vía del ejercicio
continuo y pacífico de la autoridad estatal sobre un territorio
determinado”; en su opinión, la prescripción no es más que la etiqueta
que cubre una posesión mancillada por la irregularidad; la cuestión
de la prescripción no surge en relación con un territorio sin dueño,
sino en relación de un territorio que ya es reivindicado por otro; si el
Estado que ha sido desposeído no ha protestado, por aplicación de la
teoría del silencio, se puede decir que ha otorgado su asentimiento
tácito a la adquisición efectuada por el otro Estado.154 Según la
jurisprudencia internacional, para que se pueda recurrir a la noción
de prescripción se requiere, de una parte, el silencio del soberano, y
de la otra el ejercicio efectivo, continuo y sin laguna de la soberanía
territorial.155 Pero, en el caso que nos ocupa, no había habido, por
parte de Venezuela, ni silencio ni asentimiento, y, en el caso de
Inglaterra, ésta tendría que haber probado ese ejercicio efectivo e
ininterrumpido de su soberanía respecto de un territorio abandonado
(res derelictio), o res nullius. De manera coherente con lo anterior,
Ian Brownlie sostiene que la esencia de la prescripción es la remoción
de defectos en un título imperfecto, derivado de la usurpación a otro

versión publicada por la Embajada de Venezuela en Washington, D. C., y


reproducida por Gilles Wetter, op. cit., vol. III, p. 130 y ss.
153
Cfr. Charles Rousseau, Droit International Public, Sirey, París, 1983, Tome
III, p. 183.
154
Cfr. Ibidem.
155
Cfr. Ibid., p. 185.

88
soberano, y que se puede corregir con el consentimiento o
aquiescencia del anterior soberano; según Brownlie, la justificación
tradicional de este principio descansa en consideraciones de buena
fe, el abandono voluntario de derechos territoriales por parte de la
potencia que pierde el título a las mismas, y la necesidad de preservar
la estabilidad y el orden internacional. 156 Black recuerda que, en el
Derecho romano, la usucapión tenía dos requisitos esenciales, que
eran la justa causa, esto es, la posesión de un título, y la buena fe, esto
es, la ignorancia de que el título podía ser imperfecto; en ausencia de
estos requisitos, a pesar del largo tiempo transcurrido, no podía
adquirirse la propiedad.157 No eran esas las circunstancias presentes
en este caso. Comentando las divergencias que hay en la doctrina
internacional sobre la prescripción, después de citar a Federico de
Martens entre quienes niegan la “prescripción adquisitiva”,
Brownlie observa que, si el origen de la posesión es desconocido, es
ilógico referirse a éste como una forma de prescripción; según él, en
este tipo de casos, la fuente genuina sería el reconocimiento o la
aquiescencia en las consecuencias de una posesión indiscutida. 158 En
este sentido, Brownlie hace notar la diferencia entre la ocupación
efectiva y la prescripción, aunque, a veces, ésta pueda ser muy sutil;
generalmente, la prescripción se utiliza como la suplantación de un
título respecto de un territorio que pertenecía a otro, mientras que la
ocupación tiene lugar en un territorio que no es de nadie (res nullius).
A continuación, Brownlie recuerda que, en el caso de la Isla de
Palmas, el territorio no era res nullius, puesto que pertenecía a una
de las dos partes en la controversia; había, contemporáneamente, una
actividad estatal concurrente y, al decidir sobre quién tenía el mejor
título, el árbitro aplico el principio del control efectivo, asociado a la
ocupación efectiva. Para Brownlie, hablar de prescripción no
ayudaba, por lo que menciona que el juez Huber eludió ese término,
excepto por una referencia al pasar a la “así llamada prescripción”,
con lo que quería referirse al “despliegue continuo y pacífico de la
soberanía del Estado”.159 Eso es muy distinto a la “posesión
adversa” que el Tratado de Washington pretende equiparar a la
prescripción. Brownlie rechaza que la prescripción sea una categoría
156
Cfr. Ian Brownlie, Principles of Public International Law, tercera edición,
Clarendon Press, Oxford, 1979, p. 157.
157
Cfr. Henry Campbell Black, Black’s Law Dictionary, revised fourth edition,
West Publishing Co., St. Paul, Minnesota, 1968, p. 1712.
158
Cfr. Ian Brownlie, op. cit., p. 158.
159
Cfr. ibid., pp. 158 y s.

89
propia, o un título separado de adquisición de territorio; pero,
asumiendo que así sea, él sostiene que ésta requeriría, entre otras
cosas, de una actividad estatal inequívoca por la otra parte, que se
pueda alegar como aquiescencia con efectos jurídicos en la
disputa.160 En el presente caso, tampoco había evidencia de una
aquiescencia de esas características; en realidad, ésta era una disputa
casi centenaria y no un caso de aquiescencia. Bajo el subtítulo de
“Adverse holding or negative prescription”, Brownlie admite que
“algunos” autores apoyan o parecen apoyar la doctrina de que el
título podría surgir incluso sin aquiescencia, por el mero transcurso
del tiempo y una posesión que no sea entorpecida por medidas
defensivas de la otra parte; pero, a su juicio, tales opiniones son
excepcionales y no están respaldadas ni por la práctica de los Estados
ni por la jurisprudencia; de acuerdo al Derecho, la prescripción no
puede crear derechos derivados de un acto ilegal. 161
Para los ingleses, que sostenían estar en posesión de esos
territorios por más de cien años, la del artículo IV, literal a), era una
cláusula esencial. A Lord Salisbury le parecía absolutamente
necesario que esta disposición formara parte de cualquier
compromiso de arbitraje, pues ella protegería a Inglaterra de un
desastre muy grave. Ninguno de los negociadores ingleses podría
sostener la mirada si, como resultado del arbitraje, todo el territorio
del Esequibo, incluyendo los distritos en que estaban situados los
viejos asentamientos (se supone que holandeses), pasara a ser
territorio venezolano. La idea de la regla de los cincuenta años como
lapso de prescripción provenía del estudio de los métodos empleados
por los jueces ingleses para interpretar leyes antiguas; pero, según
Salisbury, dicha regla, aunque lógica, no tenía ninguna relevancia en
el proceso mental de un académico extranjero, formado en los
manuales, que muy probablemente sería el tipo de árbitro a elegir. La
injusta asignación a Venezuela de un territorio entonces mayormente
desierto, pero con un inmenso valor para el futuro, sería un mal y un
descrédito menor comparado con la pérdida de viejos asentamientos

160
Cfr. ibid., p. 159.
161
Cfr. ibid., p. 162. Los autores a quienes, en una nota a pie de página, Brownlie
cita como sostenedores, o aparentes sostenedores, de la doctrina de la posesión
adversa como medio de adquisición de territorios son Oppenheim, Fauchille,
Johnson, y Hyde.

90
y populosos distritos.162 Aunque Inglaterra y Estados Unidos llegaron
a un entendimiento tácito en cuanto a la interpretación de esta regla,
lo cual no le fue comunicado a los venezolanos, dicho compromiso
no debería haber afectado la labor de los árbitros; pero no tenemos
forma de saberlo, pues el Laudo no indica si, en su decisión, se guio
por esta regla, o por otras; en todo caso, por lo menos en este punto,
los venezolanos fueron inducidos a engaño.
La regla de la prescripción adquisitiva también era motivo de
preocupación en algunos círculos venezolanos. Rafael Seijas, asesor
legal del Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela (y quien,
anteriormente, había sido el ministro de esa cartera), le confió a
James Storrow163 que él no tenía dudas en cuanto a la pertinencia de
la regla de la prescripción, y que, probablemente, los árbitros la
aplicarían; sin embargo, creía que admitir eso en un tratado violaría
la Constitución, por cuanto ésta era contraria a las cesiones de
territorio. Storrow contraargumentó que la regla de la prescripción no
era una concesión, sino el argumento más sólido de Venezuela;
además, de todos los términos posibles, cincuenta años era lo mejor
para conseguir el asentimiento de Inglaterra para el arbitraje. En ese
punto de la conversación, Rafael Seijas habría mencionado que, en
su disputa fronteriza con Colombia, Venezuela esperaba obtener la
adjudicación de ciertos territorios, mediante la aplicación de la
prescripción. Por otra parte, en los principales periódicos
venezolanos, la oposición al General Crespo sostenía que, con la
regla de los cincuenta años, Venezuela estaba cediendo territorio. 164
Esas no eran las únicas voces disidentes. En una revista
estadounidense, Tomás Michelena, que había servido como ministro
de Venezuela en Londres, manifestó que consideraba que la cláusula
de los cincuenta años de ocupación, como suficientes para conferir
justo título, era hostilmente ultrajante para los intereses de

162
Cfr. Carta de Lord Salisbury, ministro de Asuntos Exteriores de Inglaterra, a
Joseph Chamberlain, ministro de colonias, del 12 de agosto de 1896. Loc. cit.,
pp. 12 y s.
163
James J. Storrow era un abogado estadounidense, contratado por Venezuela
para que le asesorara en las negociaciones relativas al compromiso arbitral. El
señor Storrow falleció en abril de 1897.
164
Cfr. la carta de James Storrow al Secretario de Estado de Estados Unidos,
Richard Olney, fechada en Caracas, el 29 de noviembre de 1896, antes citada,
pp. 14-16.

91
Venezuela, y que tal regla estaba diseñada completamente en favor
de Inglaterra.165
Estados Unidos hizo tan suya la causa de Venezuela, que el
protocolo de arbitraje fue negociado por el Secretario de Estado de
los Estados Unidos, Richard Olney, y el embajador de Inglaterra en
Washington, Julian Pauncefote. Según una carta de Thomas F.
Bayard (entonces embajador de Estados Unidos en Londres) al
presidente Cleveland, los venezolanos no eran dignos de confianza,
y eran peligrosos en el manejo de sus propios asuntos.166 Dos años
después de concluido el compromiso arbitral, en una carta de
Pauncefote a Olney, comenzaba, el primero, refiriéndose al “Tratado
Anglo-Venezolano” que él (Pauncefote) había tenido el honor de
negociar con Olney, el destinatario de su nota; no había ninguna
referencia a la participación de algún venezolano. En el último
párrafo de su misiva, de nuevo, Pauncefote hace mención a este
mismo Tratado, diciendo que, “en realidad”, fue negociado por
Estados Unidos a favor de Venezuela. 167 Asimismo, en junio de
1899, en el anexo de una carta de Richard Webster, abogado principal
de Inglaterra, a Sir Thomas Sanderson, vice Ministro de Asuntos
Exteriores de Inglaterra, Webster le cuenta que esa mañana se había
reunido con el General Harrison (abogado principal de Venezuela
ante el Tribunal arbitral que luego se constituyó), para hablar en
relación con una disputa que había surgido en el caso en torno a la
interpretación del artículo IV, y que le habría dicho que “no tenía
ninguna duda que él (Harrison) estaría de acuerdo en que la buena fe
de los Estados Unidos, a través de quien se ha logrado el Tratado,

165
Cfr. Tomás Michelena, en The New York Journal, 12 de diciembre de 1896.
Extractos reproducidos por Gillis Wetter, op. cit., vol. III, p. 17.
166
Cfr. Carta de Bayard al presidente Cleveland, del 5 de diciembre de 1896
(Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, archivos de Cleveland),
citada por Dexter Perkins, Historia de la doctrina Monroe, EUDEBA, Buenos
Aires, 1964, p. 151, en nota a pie de página.
167
“… as the Treaty was concluded through the mediation and good offices of
the United States, who actually negotiated it on behalf of Venezuela…” Carta
del 12 de mayo de 1899, de Julian Pauncefote, Embajador de Inglaterra ante
el gobierno de los Estados Unidos de América, a Richard Olney, ex Secretario
de Estado de los Estados Unidos. Colección de documentos de Richard Olney,
vol. 85, N° 15035 - 15052, depositada en la Biblioteca del Congreso, y
reproducida por Gillis Wetter, op. cit., vol. III, p. 24.

92
estaba comprometida en ese asunto.”168 En este mismo sentido, es
igualmente digna de atención una consulta por escrito, de junio de
1898, en relación con la interpretación del Tratado, dirigida por
Benjamin Harrison a Richard Olney (anterior Secretario de Estado de
los Estados Unidos), señalando que, siendo él (Olney) quien lo había
redactado, era él quien podía proporcionar un criterio concluyente
sobre ese asunto.169
Una vez concluida la negociación de ese Tratado, el tribunal
arbitral estaría integrado por dos árbitros británicos, dos
estadounidenses, y un quinto elegido por los cuatro anteriores. Ese
documento es el que se transmitió al gobierno de Venezuela para su
aceptación.170 Quizás por esa composición del Tribunal Arbitral, en
la que era notoria la ausencia de siquiera un venezolano, o
simplemente por un lapsus, Federico de Martens, quien luego fuera
designado como presidente de dicho Tribunal y cuando ya estaba
actuando como tal, en la I Conferencia Internacional de la Paz de La
Haya, por lo menos en dos oportunidades, se refirió a éste como “el
Tribunal Anglo-Americano”,171 entendiendo, por “americano”,
estadounidense.

168
Anexo a la carta del 13 de junio de 1899, de Richard Webster a Thomas
Sanderson, Oficina de Registro Público, Londres, Foreign Office 80/419, y
reproducido por Gillis Wetter, op. cit., vol. III, pp. 26 y s.
169
“… as a partner of mine once concluded a discussion as to the meaning of a
will by saying he wrote it himself and knew just what was meant, so I have
thought you could conclusively instruct us in this matter.” Carta del 25 de
junio de 1898, de Benjamin Harrison a Richard Olney. Colección de
documentos de Richard Olney, vol. 85, N° 15035 - 15052, depositada en la
Biblioteca del Congreso, y reproducida por Gillis Wetter, op. cit., vol. III, p.
22.
170
Cfr. carta de James Storrow al Secretario de Estado de Estados Unidos,
Richard Olney, fechada en caracas, el 29 de noviembre de 1896, con motivo
de su visita a Venezuela para para explicar los términos del proyecto de
protocolo de arbitraje negociados por Estados Unidos e Inglaterra, en la
Colección de documentos de Richard Olney, vol. 67, N° 11878-11887,
depositada en la Biblioteca del Congreso, y reproducido por Gillis Wetter, op.
cit., vol. III, pp. 14-16.
171
Cfr. Proceedings of The Hague Peace Conferences – Translation of the Official
Texts (The Conferences of 1899 and 1907). The Conference of 1899, Prepared
in the Division of International Law of the Carnegie Endowment for
International Peace, under the supervision of James Brown Scott, Publications
of the Carnegie Endowment for the International Peace, Division of
International Law, Washington, Oxford University Press, New York, /
London, / Toronto / Melbourne / Bombay, 1920, pp. 615 y 617.

93
En 1896, Venezuela había contratado a James Storrow para que
le asesorara en relación con el tratado de arbitraje que, en ese
momento, se estaba negociando entre Estados Unidos de América e
Inglaterra. Tal vez olvidando dicha relación contractual, en la que su
cliente era Venezuela, en una carta al Secretario de Estado de los
Estados Unidos, Storrow le informaba de las reuniones sostenidas en
Caracas con el presidente Crespo, el Ministro de Relaciones
Exteriores de Venezuela, Pedro Ezequiel Rojas, el Enviado
Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de Venezuela en
Washington, José Andrade, el Ministro de Hacienda, Claudio
Bruzual (a quien describe como el hombre fuerte del gabinete), y un
Dr. Viso,172 para comunicarles el texto del proyecto de Tratado
arbitral convenido con Inglaterra, que se presentaba a los
venezolanos para su firma; en dicha misiva, Storrow se quejaba de
sus interlocutores, pues “pareciera que el Tratado se les había
sometido pidiendo una opinión”.173 Lo cierto es que Estados Unidos
forzó a Inglaterra a aceptar el arbitraje, y forzó a Venezuela a aceptar
los términos del acuerdo de arbitraje negociado entre Estados Unidos
e Inglaterra, con la amenaza de dejarla sola en caso de que no lo
hiciera; saliendo de una revolución, y en medio de un fraude electoral
y del alzamiento de quien había ganado las elecciones presidenciales
de 1897, las consecuencias del desamparo en que quedaría Venezuela
ante la gran potencia que, en ese momento, era Inglaterra, fueron
decisivas para aceptar un compromiso arbitral de esas características.
Según Storrow, al principio, los venezolanos se oponían
tercamente al tratado, y Viso se habría quejado de que Venezuela no
pudiera nombrar ni a uno solo de los árbitros, lo cual era inédito, por
lo que nunca aprobarían un tratado como ese. 174 Storrow le explicó
que todo había comenzado siendo un tratado entre Estados Unidos e
Inglaterra, transformándose, en su presente forma, en un tratado más
ventajoso (entre Venezuela e Inglaterra).175 El Ministro Rojas le
confidenció que el gobierno venezolano estudiaría muy
cuidadosamente el proyecto de tratado, sometiéndolo a una comisión,

172
Probablemente, Julián Viso. James Storrow se sintió en el deber de aclarar
que, en Venezuela, los abogados se hacen llamar Doctores.
173
Cfr. ibid., p. 14.
174
Cfr. ibid., p. 15.
175
Cfr. ibidem.

94
pero que, “en todo caso”, Venezuela firmaría el tratado, y que sólo
esperaba que la comisión estuviera de acuerdo con el Gabinete. 176
1. El Tratado de Washington
A la manera del tratado que había servido para establecer el
Tribunal que resolvió las reclamaciones del Alabama, este
compromiso arbitral fue un nuevo Tratado de Washington, suscrito
el 2 de febrero de 1897, esta vez entre Venezuela y el Reino Unido
de Gran Bretaña e Irlanda. Pero, tan involucrado estaba Estados
Unidos en este conflicto, que Gillis Wetter sostiene que el acuerdo
arbitral evitó una guerra, no entre Venezuela e Inglaterra, sino entre
Estados Unidos e Inglaterra. 177
A. La composición y naturaleza del Tribunal
Mediante el Tratado de Washington, Estados Unidos (en
nombre de Venezuela) e Inglaterra habían negociado crear un
tribunal arbitral, similar al que decidió el caso del Alabama, para que
determinara la línea fronteriza entre la colonia de la Guyana Británica
y Venezuela, poniendo fin, de manera definitiva, a esa controversia.
Pero este tribunal resultó siendo completamente diferente al de caso
Alabama.
El tribunal estaría integrado por cinco juristas, dos designados
por la parte británica, dos designados (teóricamente) por parte de
Venezuela, y un quinto elegido por esos cuatro, que actuaría como
presidente del tribunal. Según el artículo II del Tratado, los jueces de
la parte venezolana serían designados, uno por el presidente de
Venezuela, cuyo nombre el Tratado anunciaba de antemano, Melville
Westin Fuller, presidente de la Corte Suprema de los Estados Unidos,
y el segundo nominado por los jueces de la Corte Suprema de los
Estados Unidos, recayendo ese nombramiento en el juez David
Josiah Brewer; los británicos designaron como sus árbitros al Barón
Herschell y a Sir Richard Henn Collins. Se observa que, en caso de
fallecimiento, ausencia o incapacidad de los árbitros nombrados por
las partes, se disponía que, si tal vacante ocurría entre los nominados
por Gran Bretaña, el sustituto sería designado por el Comité Judicial
del Consejo Privado de la reina de Inglaterra, actuando por mayoría;
pero, si la vacante se producía entre los árbitros nominados por la
176
Cfr. ibid., p. 16.
177
Cfr. Gillis Wetter, op. cit., vol. I, p. xxviii.

95
parte venezolana, el sustituto sería designado por los jueces de la
Corte Suprema de los Estados Unidos; Venezuela, aunque parte en la
controversia, no tenía ninguna participación en la determinación de
la composición del Tribunal.
Rosenne ha observado que, por razones esencialmente
psicológicas, en el siglo XIX, ningún Estado podía aceptar someter
una disputa a un tribunal en que no hubiera siquiera un nacional suyo;
sin embargo, ese era el problema más fácil de resolver, aceptando el
principio de que ambas partes debían estar representadas.178 Pero éste
no era éste un tribunal al estilo de las antiguas comisiones mixtas, en
que ambas partes estaban representadas por sus nacionales, y en que
estos árbitros designaban a un super árbitro. Para Venezuela, éste era
un tribunal en que todos los árbitros le eran ajenos, sin que hubiera
intervenido en la nominación de ninguno de ellos. Éste era un tribunal
arbitral de naturaleza distinta a las comisiones mixtas, que tenía más
las características de un tribunal colegiado, en el que tres de los
árbitros podían considerarse terceros imparciales, y los otros dos
habían sido designados como “representantes” o “agentes” de una de
las partes en la controversia. Pero, de acuerdo a los estándares de la
época, desde el momento de la instalación del Tribunal, todos sus
integrantes tenían el deber de comportarse en forma independiente e
imparcial.
Debido al fallecimiento del Barón Herschell, ocurrido el 1 de
marzo de 1899, como consecuencia de un accidente mientras se
encontraba en Washington, antes de que comenzara la fase oral del
procedimiento arbitral, éste fue sustituido por el Barón Russell of
Killowen. En los términos del artículo II del Tratado, el
nombramiento del super árbitro, por decisión de los árbitros
designados por las partes, recayó en el ruso Fedor Fedorovich
Martens (más conocido como Friedrich von Martens, o Federico de
Martens); él se presentaba como “consejero privado [del Zar Nicolás
II], Miembro Permanente del Consejo del Ministerio de Asuntos
Exteriores de Rusia y profesor emérito”, y “L.L. D. [Doctor en
Leyes] de las universidades de Cambridge y Edimburgo.”179 De
Martens era el más prominente experto en Derecho Internacional de
la Rusia Zarista, que había servido a seis ministro de relaciones
exteriores, desde Alexander Gorchakov a Serguéi Witte; durante
178
Cfr. Shabtai Rosenne, op. cit., p. 7.
179
Cfr. la parte preambular del Laudo del Costa Rica Packet, y la parte
preambular del Laudo de París.

96
treinta años, enseñó Derecho Internacional en la Facultad de Derecho
de la Universidad de San Petersburgo; a pesar de su trayectoria, John
W. Foster, había sostenido que “no era abogado de profesión”,180 y
que acostumbraba a usar métodos diplomáticos y no judiciales. 181 Un
ex canciller de Venezuela, Marcos Falcón Briceño, describe a de
Martens como un hombre práctico; un político aferrado al
pensamiento y a los intereses políticos de Rusia.182 En 1879, en un
estudio sobre La Russie et l’Algleterre dans l’Asie Centrale,183
Martens había expresado la convicción inquebrantable de que los
intereses de Rusia e Inglaterra en Asia central estaban unidos, y que
la misión civilizadora que habían asumido con esos pueblos
semisalvajes no era una quimera, y que, para ellos, constituía una
tarea digna; terminaba exhortando a que Rusia e Inglaterra no
abandonaran su misión, y que establecieran sus relaciones futuras
sobre bases recíprocas, abandonando la desconfianza y el
antagonismo, basándose en el respeto de los derechos adquiridos y
de las legítimas aspiraciones de una y otra.184 Para Inglaterra, de

180
Asumo que en el sentido de que no era abogado litigante; pero, en realidad,
era profesor de Derecho y había sido asesor jurídico de Alexander Gorchakov,
Canciller imperial. Su ocupación habitual era la actividad diplomática. La cita
de John W. Foster, sin indicar fuente, es de William Cullen Dennis, The
Venezuela British Guiana Boundary Arbitration of 1899, American Journal
of International Law, vol. 44, 1950, p. 726.
181
Cfr. William Cullen Dennis, The Venezuela British Guiana Boundary
Arbitration of 1899, American Journal of International Law, vol. 44, 1950, p.
726.
182
Cfr. Marcos Falcón Briceño, Orígenes de la actual reclamación de la
Guayana Esequiba (Ciclo de conferencias de las Academias Nacional de la
Historia y de Ciencias Políticas y Sociales), Academia de Ciencias Políticas y
Sociales, Caracas, 2008, p. 67.
183
Cfr., en particular, La Russie et l’Algleterre dans l’Asie Centrale, Imprimerie
I. S. van Doosselaere, Bruselas, 1879, que, por la relevancia de su autor en el
servicio exterior ruso, tenía que ser conocido de los ingleses.
184
« L’idée fondamentale qui l'a inspirée, est maintenant connue du lecteur. Cette
idée, c'est la conviction intime et inébranlable que les intérêts de la Russie et
de l'Angleterre dans la Asie centrale sont essentiellement solidaires. Ces des
grandes puissances devraient toujours rester pénétrées de cette vérité, que la
mission civilisatrice dont elles se sont chargées envers les peuples à demi-
sauvages des pays lointains dont il s'agit, n'est point une chimère; qu'elle est
au contraire un fait réel est constitue une tâche digne d'elles. ¡Puissent la
Russie et l’Angleterre ne jamais déserter leur mission! Puissent-elles établir à
l’avenir leurs rapports mutuels, non sur la défiance et l’antagonisme, mais sur
une confiance réciproque, sur des explications franches et loyales, sur un

97
Martens ya era un personaje conocido, no sólo por sus publicaciones,
sino por sus dotes de árbitro. En una disputa sobre derechos de pesca,
entre Francia y Gran Bretaña, mediante un acuerdo celebrado el 11
de marzo de 1891, Federico de Martens había sido designado
presidente de la comisión arbitral encargada de juzgar y decidir tal
asunto, que finalmente fue resuelto directamente por las partes,
mediante el Acuerdo del 8 de abril de 1904. Pero su función de árbitro
sí cristalizó en un caso posterior, en la controversia surgida entre
Inglaterra y Holanda, en el caso del Costa Rica Packet, en el que
había sido el árbitro único; en dicho asunto, en el compromiso
arbitral, del 16 de mayo de 1895, las partes habían acordado, en el
artículo I del compromiso, invitar al Gobierno de una tercera potencia
-que resultó ser Rusia- a seleccionar, de entre sus súbditos, a un
jurista de reconocida reputación; para esta tarea, el Gobierno de
Rusia designó a Federico de Martens, quien, como árbitro único, el
25 de febrero de 1897, sentenció a favor de Inglaterra. Es interesante
observar que, de haber existido la Corte Internacional de Justicia, con
las reglas de su Estatuto, y de haberse sometido este caso a esa
instancia internacional, de Martens jamás podría haber sido juez en
este caso; en efecto, el artículo 17 del Estatuto de la Corte
Internacional de Justicia dispone, en su primer párrafo, que los
miembros de la Corte no podrán ejercer funciones de agente,
consejero, o abogado en ningún asunto (no solamente aquellos
directamente relacionados con alguna de las partes en la
controversia). En 1897, al igual que en 1899, ésta no era una regla
escrita; pero, con toda certeza, era una regla de Derecho no escrito, y
una regla de comportamiento honorable, que hubiera impedido a
Federico de Martens desempeñarse simultáneamente como consejero
del Zar y funcionario de la cancillería rusa, y como árbitro en un
asunto en el que claramente, tanto él en lo personal como en su
condición de funcionario de la nación a la cual servía, tenía un
conflicto de intereses.
Una vez sustituido Herschell, el tribunal quedó, finalmente,
integrado por el Barón Russell of Killowen y Sir Richard Henn
Collins, por la parte británica, Westin Fuller y David Josiah Brewer
por la parte venezolana, y el ruso Federico de Martens como
presidente.

respect sincère des droits acquis et des aspirations légitimes de l’une et de


l’autre. » Op. cit., p. 75.

98
Rompiendo una tradición firmemente establecida en la práctica
internacional, la exclusión de los venezolanos de la composición del
Tribunal fue una afrenta a la dignidad nacional, y una violación
flagrante del principio de la igualdad soberana de los Estados. Por
eso, una pregunta que ha obsesionado a muchos estudiosos es por qué
no había en el Tribunal ni un solo árbitro venezolano. Sobre este
particular, son pocas las explicaciones ofrecidas por los protagonistas
de la negociación del Tratado, o por quienes pudieran haber tenido
conocimiento de ello. En una carta confidencial de Pauncefote a Lord
Salisbury, aquel decía, entre otras cosas, que no había peligro de que
Olney prestara oídos a los venezolanos para modificar sus términos
del arbitraje; aunque la prensa de Washington sugería que había un
acuerdo entre Olney y José Andrade con respecto al nombramiento
de un venezolano, Pauncefote se sentía seguro de que había un
acuerdo implícito (entre él y Olney, o entre los negociadores ingleses
y los estadounidenses), a través de su correspondencia y todo el
proceso de negociación, de que los árbitros por parte de Venezuela
debían ser “americanos” (léase “estadounidenses”), y que podía
parecer injusto que hubiera dos ingleses y ningún venezolano, pero
que estos últimos habían aceptado estar representados por los Estados
Unidos, y que la controversia sería arbitrada como si se tratara de una
disputa entre Gran Bretaña y Estados Unidos, pues no conocía ningún
jurista venezolano digno de tal nombre, a quién ellos le pudieran
“consentir” que le fuera confiada la función de árbitro.185
Abandonando una práctica corriente en el arbitraje internacional de
la época, una de las partes en la controversia estuvo impedida de
poder designar, como parte del tribunal, a un árbitro de su
nacionalidad; desde luego, las comisiones mixtas estaban
conformadas, paritariamente, por comisionados nombrados por las
partes,186 siendo considerados sus “representantes”, quienes podían
185
Cfr. Carta confidencial de Julian Pauncefote Embajador de Inglaterra en
Estados Unidos de América, a Lord Salisbury, fechada el 8 de diciembre de
1896. Citado por Hermann González Oropeza y Pablo Ojer-Celigueta, en
Informe que los expertos venezolanos para la Cuestión de Limites con
Guayana Británica presentan al Gobierno Nacional (Ministerio de
Relaciones Exteriores, 1967, p. 37.
186
Cfr. por ejemplo, el Convenio sobre reclamos británicos, para el arreglo de
ciertos reclamos de los súbditos británicos en Argentina, celebrado entre
Argentina y Gran Bretaña el 19 de julio de 1830, en que Argentina nombró
como su comisionado a M. Moreno y Gran Bretaña a M. Bruce. También, la
Convención de Montevideo, del 23 de junio de 1857, para resolver
reclamaciones de ciudadanos ingleses y franceses por pérdidas derivadas de
actos de guerra interna en Uruguay, en que se constituyó una Comisión

99
designar un super árbitro. Tampoco se puede alegar que la razón de
esta exclusión estuviera en la inestabilidad política imperante en
Venezuela, en esa época; después de todo, Venezuela tenía un
gobierno y, aunque había roto relaciones diplomáticas con Inglaterra,
tenía un representante diplomático acreditado en Washington, José
Andrade, quien firmó el Tratado de Washington, en nombre de
Venezuela;187 si ese gobierno servía para firmar un compromiso
arbitral, también hubiera servido para designar dos árbitros
nacionales suyos. Curiosamente, este asunto parece haber dependido
más de los Estados Unidos de América que de Inglaterra; fue Thomas
Bayard, embajador de Estados Unidos en Londres, quien le advirtió
al presidente Cleveland que los venezolanos eran incapaces de
manejar sus propios asuntos;188 al parecer, ese sentimiento era
compartido en la administración estadounidense, y se tuvo muy en
cuenta al negociar la composición del tribunal.
B. La función que se encomendó al Tribunal
De acuerdo con el artículo III del tratado, la función del tribunal
sería investigar y establecer la extensión de los territorios
pertenecientes a, o que lícitamente (“lawfully”, en la versión

integrada por cuatro personas, para lo cual Francia designó a Alphonse Dano
(Secretario de la Embajada de Francia en Río de Janeiro), Inglaterra al capitán
Robert Rowley, y el gobierno del Uruguay a Vicente Vázquez y Bernabé
Caravia. En el caso de una disputa entre Inglaterra y Honduras, sometida a
una Comisión Mixta por el Tratado de Comayagua, suscrito el 28 de
noviembre de 1859, Inglaterra designó como su comisionado a J. Macdonald,
y Honduras a L. Alvarado (E. O. Crosby, de los Estados Unidos de América,
actuó como tercer árbitro). En una disputa entre Inglaterra y Nicaragua, por
concesiones de tierras, mediante el Tratado de Managua, del 28 de enero de
1860, se constituyó una Comisión Mixta para la cual Inglaterra designó a J.
Green y Nicaragua a R. Sáenz. Esa práctica persistió en todos los casos futuros
en que un país latinoamericano y un país europeo convinieron en la solución
de controversias por medio de la creación de Comisiones Mixtas o
Comisiones Especiales, incluyendo un caso entre Inglaterra y Venezuela
(según la Convención de Caracas, del 21 de septiembre de 1868), sin que
nunca se objetara, en ellas, la presencia de un comisionado de la nacionalidad
del Estado latinoamericano que era parte en la disputa.
187
El restablecimiento de relaciones diplomáticas entre ambos países se produjo
poco después de la firma del Tratado.
188
Cfr. Carta de Bayard al presidente Cleveland, del 5 de diciembre de 1896
(Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, archivos de Cleveland),
citada por Dexter Perkins, Historia de la doctrina Monroe, EUDEBA, Buenos
Aires, 1964, p. 151, en nota a pie de página.

100
auténtica del Tratado) podrían ser reclamados por las provincias
unidas de los Países Bajos o por el reino de España, al momento de
la adquisición por Gran Bretaña de la Colonia de Guyana Británica,
debiendo determinar la línea fronteriza entre la Colonia de Guyana
Británica y Venezuela. El uso de la expresión “lícitamente”
(“lawfully”) no puede ser casual, y debía tener un efecto útil; por
consiguiente, así como las partes en la controversia debían demostrar
la licitud de sus reclamaciones -a la fecha de esas respectivas
transferencias de territorios-, el Tribunal debía dejar constancia de
este hecho, fundamentando la licitud de los títulos exhibidos por la
parte vencedora, y que se tenían por buenos.
(a) La determinación de la posesión de los territorios en
disputa.
Al tener la tarea de “investigar” la extensión de esos
territorios en disputa, así como quiénes y desde cuándo estaban en
posesión de los mismos, no podía descartarse que el Tribunal
ordenara diligencias probatorias de oficio o, incluso, que realizara
una inspección in situ, cosa frecuente en disputas fronterizas. Con la
referencia a los territorios que “legalmente” podían ser reclamados
por las partes, el Tratado estaba poniendo de relieve lo que, para ese
momento, eran medios lícitos de adquisición de territorios, lo cual
podía dar pie a conflictos de interpretación con otras disposiciones
del Tratado. Pero esta disposición no sólo imponía al Tribunal dos
tareas específicas, como eran investigar y establecer determinados
hechos, sino que indicaba, como fecha crítica de esta controversia, el
“momento de la adquisición por Gran Bretaña de la Colonia de
Guyana Británica”.
(b) Los títulos en disputa.
En el artículo IV del mismo Tratado, se dispuso que el tribunal
debía establecer los hechos que considerara necesario para dirimir la
controversia, y se fijó las reglas, convenidas por las partes y
aplicables al caso, por las que debería regirse el Tribunal, además de
los principios de Derecho Internacional que no fueran incompatibles
con tales reglas, en la forma determinada por los árbitros. Según esas
reglas, a) una posesión adversa o prescripción (“adverse holding or
prescription”) por un período de cincuenta años constituiría un justo
título; los árbitros podrían considerar que el control político
exclusivo de un distrito, al igual que la efectiva colonización del
mismo, eran suficientes para constituir posesión pacífica o generar

101
títulos por prescripción; b) los árbitros podrían reconocer y hacer
efectivos derechos y reivindicaciones que se apoyaran en cualquier
otro fundamento válido conforme al Derecho Internacional, o en
cualquier principio de Derecho Internacional que, sin contravenir la
regla anterior, consideraran aplicable al caso; y c) si, al determinar la
línea divisoria, el Tribunal encontraba que el territorio de una parte
había estado ocupado por los ciudadanos o súbditos de la otra parte,
se daría a tal ocupación el efecto que, a juicio del tribunal, requirieran
la razón, la justicia, los principios de Derecho Internacional, y la
equidad.
Según estas reglas, había que determinar quién era el soberano
original, en un espacio en el que se invocaban distintos títulos que,
sucesivamente, atribuían el territorio en disputa a una u otra de las
partes en la controversia; la prescripción era uno de ellos. Pero las
raíces de la controversia se remontan a la cesión de todo -o parte- del
territorio en disputa, por parte de Holanda a Inglaterra, a la sucesión
en esas tierras de los derechos de España transferidos a la Gran
Colombia y, mucho antes de eso, a la cesión de España a las
Provincias Unidas de los Países Bajos. Incluso, era posible atribuir
ese territorio a quien exhibiera un título distinto, como la ocupación
efectiva.
(c) La prescripción.
En Derecho Internacional, la prescripción es la sustitución, en
circunstancias excepcionales, de un título original por uno precario.
Al referirse a “la posesión adversa o prescripción” como un justo
título (“good title”), el Tratado estaba empleando, como sinónimos,
dos expresiones antagónicas, dando cabida a un título imperfecto (la
mera posesión disputada a un legítimo titular), pero que podía
corregirse con el transcurso del tiempo; siendo esa la primera regla
que tendría que observar el Tribunal, dando por sentado que la
prescripción podía operar respecto de un territorio en disputa -
posesión adversa-, y dando a ésta más valor que a otros medios de
adquisición de territorios, se planteaba una contradicción en los
términos del propio Tratado, que requería de una interpretación. En
tal sentido, Robert Jennings se refiere a la prescripción como un
concepto jurídico que se presta para aprobar un acto ilícito (“to lend
itself as a sanction for wrong”), cuando dicho acto es suficientemente
fuerte no sólo para triunfar por un momento, sino para establecerse

102
de manera sólida y permanente;189 aunque los orígenes de una
posesión por largo tiempo puedan ser desconocidos, el ejercicio
efectivo de la soberanía durante un lapso prolongado puede curar ese
título defectuoso.190 Por razones de seguridad jurídica, al establecer
si se han producido las condiciones operativas de la prescripción
adquisitiva, se le está prefiriendo a los títulos históricos (como la
ocupación, la sucesión, o la cesión de terceros), carentes de defectos;
pero la existencia de esos títulos históricos tendrá que jugar un papel
en la determinación de una posesión prolongada y pacífica que, en
Derecho Internacional, es la única que puede curar una posesión
defectuosa y dar lugar a un justo título. Por eso, Jennings la describe
como la adquisición de un título por “una posesión larga, continuada
y pacífica”.191
Oppenheim y Lauterpacht distinguen la prescripción propia del
Derecho Internacional de la usucapión del Derecho romano, porque
ésta requería la bona fide en la posesión, mientras que el Derecho
Internacional reconoce la prescripción tanto si concurre o no la bona
fide en la posesión del Estado; por consideraciones de estabilidad y
orden, para ambos autores, el fundamento de la prescripción en
Derecho Internacional no es otra cosa que el reconocimiento general
de un hecho por parte de los Estados, por ilícito que ese hecho sea en
su origen.192 Para ellos, la prescripción es “la adquisición de la
soberanía de un territorio por el ejercicio continuo y pacífico de la
soberanía sobre él durante el período necesario para crear, bajo el
influjo de la evolución histórica, la convicción común de que el
estado de cosas presente concuerda con el orden internacional.” 193
Pero, “mientras los Estados formulen protestas y reclamaciones, no
cabe afirmar que el ejercicio efectivo de la soberanía sea pacífico, ni
existirá tampoco la requerida convicción común de que el estado real
de las cosas se halla de conformidad con el orden internacional.” 194
189
Cfr. Robert Y. Jennings, The acquisition of territory, Manchester University
Press / Oceana Publications Inc., Manchester / New York, 1963, pp. 21 y s.
190
Cfr. ibid., p. 21.
191
Cfr. ibid., p. 20.
192
Cfr. Lassa Oppenheim y Hersch Lauterpacht, Tratado de Derecho
Internacional Público (título original: International Law – A treatise,
Longmans, Green and Co., London / New York / Toronto, 1905), octava
edición inglesa (1955), traducción de J. López Oliván y J. M. Castro Rial,
Bosch, Barcelona, 1961, tomo I, vol. II, p. 137.
193
Cfr. ibidem.
194
Ibid., pp. 137 y s.

103
La posesión efectiva cesa de ser perturbada y discutida cuando las
protestas y reclamaciones decaen y dejan de repetirse, permitiendo
que las circunstancias puedan evolucionar, de forma que la situación
se transforme gradualmente en un estado normal, en armonía con el
orden internacional.195 A juicio de Fitzmaurice, para preservar o,
mejor dicho, continuar preservando sus derechos territoriales, la
protesta del Estado debe ser efectiva; en su opinión, las protestas
diplomáticas no van a preservar indefinidamente y evitar la
prescripción, a menos que, en las circunstancias del caso, ellas sean
el único medio lícito por el que el Estado pueda actuar y mantener
intacta su posición; sin embargo, si hay otros medios disponibles,
como el arreglo judicial, o someter el caso a una organización
internacional competente, la simple continuación de protestas
diplomáticas rutinarias (lo que él llama “protestas de papel”) no
servirán indefinidamente para mantener la situación, y podrían llegar
a configurar un abandono de los derechos del Estado.196 En todo caso,
Fitzmaurice advierte que esto no significa que se pueda prescindir del
asentimiento o aquiescencia, sino que, en ciertas circunstancias, ésta
se puede presumir.197 Pero alguna forma de protesta, o una acción
equivalente, es indispensable para impedir que se configure la
prescripción adquisitiva; para comenzar, una simple protesta será
suficiente; pero con el correr del tiempo no lo será. 198
Según Oppenheim y Lauterpacht, la cuestión del momento y
circunstancias en que se llega a una situación real, semejante al orden
internacional, no es de naturaleza jurídica, sino de hecho;
prevalecerá, entre los Estados, la convicción de que la situación real
de las cosas se aviene con el orden internacional cuando, por ejemplo,
el país que se apropió originariamente de una isla, por ocupación
mala fides, sabiendo que había sido ocupada antes por otro Estado,
logra conservar su posesión de modo pacífico por un período de
tiempo tan vasto que el primer poseedor cesa de protestar por ello, y
deja decaer, tácitamente, su reclamación. Asimismo, si durante
muchos años se estimó correcta una delimitación de fronteras trazada
con inexactitud, asignando erróneamente una porción territorial a

195
Cfr. ibid., p. 138.
196
Cfr. Gerald Fitzmaurice, The Law and Procedure of the International Court
of Justice, Grotius Publications, 1986, Cambridge University Press, 1993,
reimpreso en 1995, Cambridge, vol. I, p. 159.
197
Cfr. ibidem.
198
Cfr. ibid., p. 172.

104
otro Estado, prevalecerá la convicción de que el estado de cosas se
halla de conformidad con el orden internacional, aun cuando el
Estado perjudicado formule después una protesta y solicite la
rectificación de la frontera.199Así entendida, la prescripción no es, en
sí misma, un título de soberanía sino que, como explica James
Fawcett, es, apenas, el medio de probar la existencia de un título;
quien haya ocupado pacíficamente el territorio, con el conocimiento
y la aquiescencia del soberano original, después de un lapso de
tiempo suficiente, desplazará al soberano original, probando que el
título que posee deriva de la ocupación efectiva. 200
Venidos de una potencia imperial, los autores ingleses no han
dado descanso a su pluma, señalando los modos de adquisición de
territorios, y de conservarlos. Para Jennings, donde la posesión es
adversa, no es suficiente que el Estado reclamante haga despliegues
de soberanía para adquirir el territorio que ocupa; debe haber
aquiescencia de parte del soberano original. Si éste último mantiene
viva su reclamación por medio de la protesta o de acciones judiciales,
no habrá esa posesión tranquila y pacífica que es la única que permite
a un Estado adquirir título por prescripción. 201
Jennings subraya las diferencias conceptuales que hay entre la
ocupación y la prescripción adquisitiva; la primera se aplica a
territorios que no pertenecen a nadie (res nullius), y es legal en su
origen, sin que el paso del tiempo tenga ningún efecto, a condición
de que la ocupación sea efectiva; por el contrario, la prescripción
comprende tanto la posesión pura y simple -cuyo origen no es
transparente o es disputada-, y la posesión adversa, que tiene un
origen probadamente ilícito.202 Pero, a fin de cuentas, esta
ambigüedad, basada esencialmente en la posesión efectiva, le lleva a
sugerir que los varios factores que contribuyen a establecer un título
podrían ser subsumidos en un proceso de “consolidación” de títulos,
y considerado como parte de un proceso legal, o modo de adquisición
de soberanía territorial.203 En este esquema, el reconocimiento, en sus
varias formas, la aquiescencia y el estoppel adquieren un lugar
199
Cfr. ibid., p. 138.
200
Cfr. James E. S. Fawcett, The Law of Nations, originally published by Allen
Lane The Penguin Press, Ringwood, Victoria, Australia, 1968, second edition
published by Penguin Books, 1971, p. 67.
201
Cfr. Robert Y. Jennings, op. cit., p. 23.
202
Cfr. Ibid., p. 23.
203
Cfr. ibid., pp. 23 y s.

105
destacado,204 formando parte de la consolidación de un título por vía
de prescripción.
Lo cierto es que, en Derecho Internacional, la prescripción no es
el resultado del transcurso del tiempo puro y simple, o de la
ocupación militar, sino de la posesión prolongada y pacífica. Por lo
tanto, había que esclarecer el sentido exacto de las palabras iniciales
del artículo IV, literal a), del Tratado de Washington. En esa labor
interpretativa, había que tomar en consideración tanto lo dispuesto
por el artículo III como lo previsto en el literal c), del artículo IV.
Mientras el artículo III ordenaba al Tribunal establecer los territorios
que “legalmente” podían ser reclamados por las partes, el literal c)
del artículo IV disponía que se debía dar a la ocupación el efecto que,
a juicio del Tribunal, requirieran la razón, la justicia, los principios
de Derecho Internacional, y la equidad. Sin embargo, queda claro que
el arbitraje pactado entre Venezuela e Inglaterra era un arbitraje de
Derecho, y que el Tribunal no podía decidir arbitrariamente.
El artículo IV, literal a), del Tratado de Washington no constituye
una derogación del artículo III. La prescripción es un medio más de
adquisición de territorios, pero, en los términos del artículo III, ella
debía haber cristalizado al “momento de la adquisición por Gran
Bretaña de la Colonia de Guyana Británica”. Podría haber una
interpretación diferente sobre esa fecha, lo que, a juicio del autor de
estas líneas, es incompatible con el tenor literal del Tratado; pero, en
ningún caso, ese lapso de prescripción podría extenderse más allá del
18 de noviembre de 1850, fecha del canje de notas mediante el cual
ambos países congelaron sus reclamaciones territoriales; cualquier
acto posterior a esa fecha no podía operar para conferir título a
ninguna de las partes en la controversia. El hecho es que el Tratado
de Washington omite referirse al Acuerdo de 1850, y que la única
fecha cierta a la que aquel hace referencia es al “momento de la
adquisición por Gran Bretaña de la Colonia de Guyana Británica”,
hecho ocurrido el 13 de agosto de 1814. Si, para esa fecha, Holanda
estaba cediendo tierras respecto de las cuales no tenía un título
histórico, y que España no le había cedido en el Tratado de Münster,
ella podía haberle transmitido a Inglaterra lo que había adquirido por
prescripción, pero a condición de que esa prescripción se hubiese
consolidado en la fecha de su cesión a Inglaterra; no después. Porque,
aunque el Tratado de Washington fuera un traje hecho a la medida de

204
Cfr. ibid., p.26.

106
las pretensiones de Inglaterra, no significa que el sastre no pudiera
haberse equivocado en las medidas.
En todo caso, en el Derecho Internacional, la prescripción es una
forma excepcional, e irregular, de adquirir un territorio que
originalmente pertenecía a otro, sujeta a condiciones muy estrictas;
el transcurso de un tiempo prolongado, que para algunos autores
debía ser “inmemorial” (esto es, un tiempo del que no se tiene
memoria), o “centenario” (es decir, no inferior a un siglo), es sólo
una de ellas; la otra es que la posesión sea pacífica. En su primera
frase, el artículo IV, literal a, señala la regla general que, como un
paraguas, cubre y regula todo lo que se dice a continuación en materia
de prescripción, aunque reduciéndola significativamente a un “plazo
de cincuenta años”, que ya no era ni “inmemorial”, ni
“centenario”.205 De seguidas, como desarrollo de esta disposición, se
señala que “los árbitros podrán estimar que la dominación política
exclusiva de un distrito, así como su efectiva colonización, son
suficientes para constituir una posesión adversa o crear títulos de
prescripción”; por supuesto, son suficientes para “crear títulos de
prescripción” según las reglas propias de la prescripción, aunque
suavizadas por el plazo más corto de los cincuenta años, pero no
exonerando de la misma. Sencillamente, el artículo IV, literal a, llama
la atención sobre la dominación política exclusiva de un distrito, o su
efectiva colonización, como formas de posesión que, si se dan los
demás requisitos de la prescripción, indudablemente pueden llevar a
obtener un título por prescripción. Pero sería absurdo interpretar esta
frase como una derogación de lo que, según la frase inmediatamente
anterior, es la reiteración del principio bien establecido según el cual
opera la prescripción. Sugerir lo contrario supondría que en el
artículo IV, literal a, del compromiso arbitral hay dos reglas, y no
una; además, dicha interpretación supondría que ambas reglas son
antagónicas, lo cual no es compatible con una interpretación literal,
y de buena fe, del tratado.

205
Agradezco al Dr. Gabriel Ruan Santos, miembro de número de la Academia
de Ciencias Políticas y Sociales, por haber tenido la generosidad de compartir
conmigo un trabajo, de próxima aparición, titulado La “cláusula de
prescripción” en la controversia entre Venezuela y la Gran Bretaña por la
Guayana Esequiba, en la que hace valiosas reflexiones sobre la interpretación
del artículo IV, literal a, del Tratado de Washington.

107
C. Las reglas de procedimiento
En cuanto a las reglas de procedimiento, después de nombrado el
Tribunal, pero dentro de un plazo no mayor de ocho meses, contados
desde el canje de ratificaciones del compromiso arbitral, cada una de
las partes debía entregar, a los árbitros y al agente de la otra parte, su
alegato impreso, con los documentos y pruebas en que se
sustentara.206 Dentro de los cuatro meses siguientes a la entrega por
ambas partes de los alegatos ya referidos, se podría presentar, por
cada una de las partes, un contra alegato, acompañado de nuevos
documentos, correspondencia y pruebas, para contestar el alegato y
las pruebas presentadas por la parte contraria; cada parte podía exigir
a la otra producir los originales o copias certificadas de los papeles
aducidos como pruebas.207 Además de este procedimiento escrito,
para un mayor esclarecimiento de los puntos controvertidos, los
árbitros podían requerir nuevos argumentos, escritos u orales, de una
de las partes, teniendo la otra derecho a contestar oralmente o por
escrito, según fuere el caso.208 Como quiera que sea, los Estados
litigantes se hacían representar ante el Tribunal por sus agentes
(asistidos por sus abogados), quedando claro que los árbitros
designados por cada una de las partes no eran sus abogados.
Si se juzgaba necesario, los plazos previstos para presentar
alegatos, contra alegatos, o argumentos finales escritos, podrían ser
prorrogados por el Tribunal arbitral, concediendo treinta días
adicionales.209
Los árbitros se reunirían en París, dentro de los sesenta días
siguientes a la entrega de los argumentos escritos finales de las partes,
en los que se señalarían los puntos y se citarían las pruebas en que se
fundaran; hecho esto, el tribunal debía proceder a examinar y decidir
“imparcial y cuidadosamente”, las cuestiones que se le hubieran
sometido.210 Todas las cuestiones a ser consideradas por el Tribunal
arbitral, incluida la adopción del laudo, serían decididas por mayoría
de votos.211 De ser posible, el Tribunal debía dar su decisión dentro

206
Cfr. el artículo VI del Tratado de Washington.
207
Cfr. el artículo VII del Tratado de Washington.
208
Cfr. el artículo VIII del Tratado de Washington.
209
Cfr. el artículo IX del Tratado de Washington.
210
Cfr. el artículo V del Tratado de Washington.
211
Cfr. el artículo V, párrafo tercero, del Tratado de Washington.

108
de los tres meses siguientes a la terminación de los argumentos de las
partes, y se daría por escrito, con la firma de los árbitros que
asintieran en ella; el laudo se extendería por duplicado, entregando
una copia a cada una de las partes. 212
Sujeto a las condiciones antes referidas, las partes se
comprometieron a considerar el resultado del arbitraje como “un
arreglo pleno, perfecto y definitivo” de todas las cuestiones
sometidas a la decisión del Tribunal arbitral.213 Pero las condiciones
bajo las cuales las partes asumieron dicho compromiso eran muy
precisas; a diferencia del arbitraje internacional clásico, éste no era
un árbitro arbitrador, facultado para decidir discrecionalmente, sino
que era un árbitro cuya función estaba sometida a reglas muy estrictas
y a los principios de Derecho Internacional compatibles con tales
reglas; ese era el fundamento de la autoridad del tribunal.
De acuerdo con el artículo XIV, este tratado estaba sujeto a
ratificación, las cuales se canjearían, en Washington o en Londres,
dentro de los seis meses siguientes a su firma. El 14 de junio de 1897,
en la ciudad de Washington, se canjearon las ratificaciones
respectivas.
A diferencia del tribunal previsto en el caso del Alabama,
conformado por cinco árbitros, de los cuales tres no eran nacionales
de las partes en disputa, en este caso el tribunal también estaba
integrado por cinco árbitros, pero sólo uno no sería designado
directamente por las partes, haciendo que su voto fuera decisivo al
inclinarse en una u otra dirección. Eso no podía suceder en el
Tribunal que decidió el asunto del Alabama, pues allí no había un
super árbitro que, por sí solo, pudiera inclinar la balanza en favor de
una de las partes en la controversia, sino tres árbitros ajenos a las
partes en litigio, que superaban en número a los árbitros nombrados
por éstas.
Salvo lo anterior, en lo esencial, y cambiando lo que se tiene que
cambiar, este tratado era idéntico al que, en mayo de 1871, se había
suscrito entre Inglaterra y Estados Unidos de América, para resolver,
inter alia, las reclamaciones del Alabama. En el Tratado de 1871, el
artículo I señalaba el objeto de la controversia, instituía un Tribunal
Arbitral para resolverla, e indicaba la forma de nombrar los árbitros;
eso corresponde a los artículos I, II y III del Tratado celebrado en
212
Cfr. el artículo X del Tratado de Washington.
213
Cfr. el artículo XIII del Tratado de Washington.

109
1897 entre Venezuela e Inglaterra, con la diferencia de que, en el caso
de este último Tratado, Venezuela no designaba ningún árbitro
nacional suyo. Mientras el artículo II del Tratado de 1871, fijaba a
Ginebra como el lugar en que se reuniría el Tribunal, el Tratado de
1897, fijaba la ciudad de París; en ambos casos se establecía que el
Tribunal se reuniría “tan pronto como fuera posible”, o “dentro de los
60 días después” de la entrega de los alegatos finales; en ambos casos,
y en las disposiciones ya citadas, las partes se comprometían a
“examinar y decidir imparcial y cuidadosamente las cuestiones que
se les hayan sometido”. En el Tratado de 1871, los artículos III y IV
regulaban el procedimiento escrito y la presentación de memorias y
contra memorias; eso está regulado, en los mismos términos, en los
artículos VI y VII del Tratado de 1897. El artículo V del Tratado de
Washington de 1871 regula la presentación de argumentos finales
escritos; sin apartarse de la esencia, eso mismo está previsto en los
artículos VIII y IX del Tratado celebrado entre Venezuela e
Inglaterra. El artículo VI del Tratado de 1871, atendiendo al objeto
de la controversia, establecía las reglas “de neutralidad” que debería
aplicar el Tribunal Arbitral; a la vez, atendiendo al objeto de la
controversia, el artículo IV del Tratado de 1897 fijaba las reglas sobre
títulos de adquisición de territorios que debería aplicar el Tribunal
Arbitral. El artículo VIII del Tratado de 1871, al igual que el artículo
X del Tratado de 1897, fijaba que el laudo debía emitirse dentro de
los tres meses siguientes a la fecha en que las partes hubieran
concluidos sus alegatos, y en ambos casos se señalaba que el laudo
debía emitirse por escrito, en dos copias, cada una de las cuales se
entregaría a las partes en la controversia. El artículo IX del Tratado
de 1871, al igual que el artículo XI del Tratado de 1897, establecían
que se levantarían actas de todo el procedimiento. Los artículos XI
del Tratado de 1871 y XIII del Tratado de 1897 establecían que el
laudo emitido por el Tribunal Arbitral sería “un arreglo pleno,
perfecto y definitivo”. Si, en ambos casos, las reglas sustantivas
acordadas por las partes obedecían a un mismo fin y servían para
delimitar el ámbito de competencia material del Tribunal Arbitral, y
si las reglas de procedimiento eran las mismas, se supone que el
producto que, en ambos casos, debía emanar del Tribunal, sería
igualmente motivado, determinando los derechos de las partes
“imparcial y cuidadosamente”, por lo que ambos tendrían la misma
fuerza de convicción.
Según se indica en el último párrafo del Tratado celebrado entre
Venezuela e Inglaterra, el mismo “fue hecho por duplicado”. Pero el

110
idioma empleado, al igual que en el Tratado de 1871 celebrado entre
Estados Unidos e Inglaterra, fue solamente el inglés. La diferencia
está en que, en el Tratado de 1871, ambas partes tenían un idioma
común, el inglés, mientras que, en el Tratado de 1897, ambas partes
tenían un idioma diferente, y no hay, como es usual en estos casos,
una versión auténtica en castellano; ésta no es una mera fórmula de
cortesía, o una consecuencia del principio de la igualdad soberana de
los Estados, sino que es, también, un elemento para la interpretación
de los tratados y para la determinación de la voluntad de las partes.214
En el presente caso, en caso de dudas sobre la interpretación de una
de las disposiciones del Tratado, no es posible recurrir al auxilio de
las dos versiones oficiales, porque sólo hay una: la de la potencia
dominante.
Llama la atención que, en el Tratado, no se hiciera referencia a
la aplicación de otros compromisos internacionales suscritos entre las
partes, tales como el acuerdo de 1850, 215 mediante canje de notas
entre Inglaterra y Venezuela. En dicho Acuerdo quedaba identificado
el territorio en disputa en ese momento, con las máximas
pretensiones de cada una de las partes, y con el compromiso de
preservar el statu quo y no extender el conflicto más allá de las líneas
territoriales que estaban fuera del área en discusión, que se admitía
pertenecían a la otra parte; además, se establecía que, a partir de ese
momento, la ocupación de cualquier parte del territorio en disputa no
tendría la consecuencia jurídica de atribuir un título. Ese compromiso
no había sido respetado por Inglaterra, con una frontera en constante
movimiento, que incursionaba incesantemente hacia el occidente,
más allá de la zona en disputa marcada por el Acuerdo de 1850. Pero,
que dicho Acuerdo no fuera mencionado expresamente, no significa
que no formara parte del Derecho aplicable, o que no debiera tenerse
en consideración por parte del Tribunal arbitral.
2. El Reglamento del Tribunal
Aparte de las reglas de procedimiento ya incorporadas en el
compromiso arbitral, el Tribunal dictó su propio Reglamento.216
Gillis Wetter sostiene que lo usual es que tales reglas fueran
214
Cfr. el artículo 33 de la Convención de Viena sobre el Derecho de los
Tratados, suscrita en Viena, el 23 de mayo de 1969.
215
Cfr. Canje de notas del 18 de noviembre de 1850.
216
Reglamento del Tribunal Arbitral, reproducido por Gillis Wetter en su op. cit.
Tomo III, pp. 34 y ss.

111
acordadas por el Tribunal y las partes en la controversia; pero, en este
caso, ellas fueron decididas por el Tribunal y notificadas a las
partes.217 Posteriormente, estas reglas iban a servir de base para la
Convención de La Haya de 1899, sobre el arreglo pacífico de los
conflictos internacionales.
Según la primera de estas reglas, al momento de la instalación
del Tribunal, a propuesta del presidente, se procedería a la
designación de secretarios, que estarían a cargo de redactar las actas
del proceso. Los agentes de ambos Estados partes en la controversia
tendrían derecho a designar sus propios secretarios para redactar sus
registros del procedimiento ante el Tribunal, excepto respecto de las
deliberaciones celebradas a puertas cerradas.
Los procedimientos, los debates y las deliberaciones del
Tribunal, se llevarían a cabo en francés o en inglés. Las actas finales
del proceso se redactarían en inglés, francés y castellano.
De acuerdo con la regla 5, el público sería admitido a las
reuniones públicas del Tribunal, previa presentación de unos boletos
que se podían obtener de los secretarios del Tribunal.
Una vez que se hubieran cerrado los procedimientos preliminares
del Tribunal, consistentes en la presentación de actuaciones o
documentos escritos, el Tribunal se reservaba el derecho de rechazar
cualquier nuevo documento que las partes quisieran presentar (Regla
8). Sin embargo, el Tribunal estaba en plena libertad de tomar en
consideración cualquier nuevo documento al que las partes pudieran
hacer referencia, y tenía el derecho de exigir la presentación de tales
documentos, debiendo presentarse, también, a la parte contraria
(Regla 9). El Tribunal estaba facultado para requerir de las partes
cualquier documento o explicaciones que considerara necesario
(Regla 10).
Los miembros del Tribunal podrían hacer preguntas a los agentes
o abogados de las partes, o podrían requerir una explicación más
detallada sobre cualquier punto dudoso. No podría considerarse que
tales preguntas u observaciones reflejaran la opinión del Tribunal, en
general, o de sus miembros, en particular (Regla 13). Aunque pueda
resultar ingenuo, quedaba claro, una vez más, que los árbitros no
representaban los intereses de los Estados que los habían designado
como como tales, ni eran sus abogados.

217
Cfr. Gillis Wetter, op. cit., vol. III, p. 34.

112
Los agentes o abogados de las partes tenían derecho a hacer
cualquier exposición oral que consideraran necesaria para la
presentación de su caso (Regla 11). Asimismo, los agentes o
abogados de las partes tenían derecho a someter al Tribunal cualquier
moción o enmienda relativa al objeto de la controversia; las
decisiones que, sobre tales mociones o enmiendas, adoptara el
Tribunal, serían definitivas y no serían susceptibles de recurso alguno
(Regla 12).
Se establece que el Tribunal tiene competencia para determinar
su propia competencia, sobre cualquier punto, exclusivamente sobre
la base del Tratado de Washington, y de acuerdo con los principios
del derecho Internacional (Regla 14).
Durante los debates, el Tribunal podía discutir a puertas cerradas
cualquier cuestión que se le presentara (Regla 16). En cuestiones de
procedimiento, las decisiones se tomarían por mayoría de votos de
los miembros presentes (Regla 17). La no participación de cualquier
miembro del Tribunal en una votación sería registrada en las actas
del procedimiento (Regla 18).
Después de que los agentes y abogados de las partes en disputa
hubieran terminado de exponer ante el Tribunal sus argumentos y
pruebas, el presidente del Tribunal declararía cerrado el debate
(Regla 15).
El laudo definitivo sería acordado por mayoría de votos, y sería
redactado en inglés, francés y castellano (Regla 19). La negativa de
cualquiera de los miembros del Tribunal a firmar el laudo sería
debidamente registrada en actas (Regla 20). El laudo sería leído
solemnemente, en una audiencia pública, con la presencia de todos
los miembros del Tribunal; los agentes y abogados de las partes en
disputa serían “invitados a asistir a esta reunión pública” (Regla 21).
Se redactarían tres copias del laudo, una de las cuales se
entregaría al agente del gobierno de Inglaterra, otra al agente del
gobierno de Venezuela, y la tercera se transmitiría al gobierno de
Francia, para ser depositada en sus archivos (Regla 22). Los árbitros
que no concordaran plenamente con lo acordado podrían dejar
asentados sus votos disidentes, en tres duplicados del laudo, firmados
por el presidente y todos los miembros del Tribunal, (Regla 23).
De acuerdo con la Regla 24, se consideraría que el laudo,
debidamente declarado y comunicado a los agentes de las partes en
la controversia, decidía definitivamente los puntos en disputa entre

113
los gobiernos de Inglaterra y Venezuela, en lo concerniente a sus
límites fronterizos, y daría por concluido los procedimientos del
Tribunal arbitral establecido por el Tratado de Washington del 2 de
febrero de 1897.
Pudiera discutirse si el Tribunal estaba facultado para dictar ese
Reglamento sin el acuerdo expreso de las partes; sin embargo,
algunas de sus disposiciones son inherentes a todo Tribunal (Reglas
1, 2, 4, 6, 7, 10, 12 -en su frase final-, 13, 14 y 17), mientras que otras
son las que hacen posible llevar a cabo ordenadamente el
procedimiento (Reglas 3, 5, 8, 15, 16, 18, 20, 21 y 23), o son una
consecuencia de la aplicación del Tratado que lo instituyó (Reglas 9,
10, 11, 12 -en su primera frase-, 13, 14, 19, 20, 22 y 24). Además, de
acuerdo con el artículo 12 del Proyecto de Reglamento para el
Procedimiento Arbitral Internacional, preparado por el Instituto de
Derecho Internacional, se había previsto que, si, en el compromiso
arbitral, no se había prescrito un procedimiento determinado, el
procedimiento a seguir sería el escogido libremente por el Tribunal
Arbitral.218 Actualmente, el Modelo de Reglamento sobre
Procedimiento Arbitral, aprobadas en 1958 por la Comisión de
Derecho Internacional, se dispone que, si el compromiso arbitral no
contiene reglas de procedimiento, o si ellas son insuficientes, el
Tribunal será competente para formularlas o para completarlas; 219
dicha regla no constituye una innovación respecto del Derecho
preexistente, y puede tenerse como un principio general de Derecho
Internacional aplicable al momento en que el Tribunal arbitral
conoció de esta controversia.
De un Reglamento tan prolijo en materia de argumentos y
pruebas, con un procedimiento estrictamente regulado, que permitía
expresamente a los árbitros requerir información adicional sobre
cualquier punto dudoso, se esperaba que tanto el comportamiento del
Tribunal como su decisión final -el laudo- respondieran a los mismos
estándares y demostraran haber examinado, meticulosamente, tanto
las pruebas como los argumentos de las partes.

218
Cfr. Institut de Droit International, Session de La Haye, 1875, Project de
Règlement pour la Procédure Arbitrale Internationale, artículo 12.
219
Cfr. Report of the International Law Commission to the General Assembly,
Document A/3859, 1958, vol. II, pp. 83 y ss.

114
A diferencia de la Convención para el Arreglo Pacífico de
Controversias Internacionales,220 que requería que el laudo fuera
motivado, el Reglamento preparado por el Tribunal arbitral omitió
este requisito. Sin embargo, para ese momento, ésta era una regla de
Derecho Internacional general, derivada de la práctica internacional,
de la doctrina, y de la circunstancia de que, en este punto, la
Convención de 1899 sólo codificaba una obligación preexistente. Por
lo demás, del compromiso arbitral de 1897 se desprendía claramente
que el Tribunal tenía que mostrar que su decisión se ajustaba a las
condiciones y reglas indicadas en dicho compromiso. Si, de acuerdo
con el artículo IV del Tratado de Washington, había tres opciones
para adjudicar todo o parte del territorio en disputa a una de las partes
en litigio, era natural y obvio que habría que indicar a partir de cuál
de esas reglas se había llegado a esa decisión, y porqué. Según el
Tratado de Washington, la motivación del laudo era inherente a la
competencia que se atribuía al Tribunal arbitral, y era una de las
condiciones por las cuales las partes en la controversia dieron su
consentimiento a dicho tratado. De manera que esto no era algo que
quedara a discreción de los árbitros, ni era indispensable que se
mencionara en el Reglamento del Tribunal.
Por otra parte, hay que advertir que la Regla 9 era contraria a lo
acordado por las partes en el artículo VII del compromiso, según el
cual cada parte podía exigir a la otra producir los originales o copias
certificadas de los papeles aducidos como pruebas; eso no es lo
mismo que decir que el Tribunal estaba en plena libertad de tomar
en consideración cualquier nuevo documento al que las partes
pudieran hacer referencia, y tenía el derecho (no la obligación) de
exigir la presentación de tales documentos. Según Max Huber, la
libertad de aceptar y recolectar evidencia le garantizaba al tribunal la
posibilidad de basar su decisión en la totalidad de los hechos que, en
su opinión, fueran relevantes.221 Pero la libertad a que se refería el
juez Huber, como la posibilidad de acceder a toda la evidencia
relevante, no era la misma libertad a la que hacía referencia la Regla
9, como la facultad del tribunal para determinar, a priori, qué era
relevante. Como se verá más adelante, en el curso del procedimiento,
la aplicación de esta regla, junto con la facultad del tribunal de
solicitar la presentación de evidencia indispensable, resultaron

220
Suscrita en La Haya, el 29 de julio de 1899.
221
Cfr. Island of Palmas case (Netherlands, USA), 4 April 1928, Reports of
International Arbitral Awards, vol. II pp. 829-871, en pág. 841.

115
perjudiciales para Venezuela y para la transparencia de la actividad
del Tribunal.

116
TERCERA PARTE

EL LAUDO DE PARÍS

Apenas seis días después de finalizadas las audiencias, al


mediodía del 3 de octubre de 1899, en la ciudad de París, en una
ceremonia pública celebrada en uno de los salones del Ministerio de
Asuntos Exteriores de Francia -en el Quai d’Orsay-, el tribunal
arbitral hizo conocer su laudo, adoptado por unanimidad. En dicha
ocasión, Federico de Martens, el presidente del tribunal arbitral,
observó que ésta era la primera vez en que el procedimiento arbitral
se había ceñido a reglas preestablecidas, que instituían un Código de
Arbitraje.222 Si el caso del Alabama echó los cimientos de los que
luego sería el arbitraje internacional moderno, lo cierto es que de éste
había sobradas razones para esperar un laudo que estuviera a la altura
del anterior, observando escrupulosamente las condiciones bajo las
cuales las partes habían aceptado su competencia, y teniendo en
cuenta el desarrollo alcanzado, hasta ese momento, por el Derecho
Internacional en materia de arbitraje.
I. EL GRADO DE DESARROLLO QUE HABÍA
ALCANZADO EL ARBITRAJE
No es sencillo determinar el grado de evolución que, en el
momento en que se dictó el Laudo de París, había alcanzado el
procedimiento arbitral, como institución; pero, que no sea sencillo,
no significa que no se pueda hacer.

222
Cfr. el discurso de Federico de Martens, pronunciado el martes 3 de octubre
de 1899, en la sesión final del Tribunal, reproducido en J. Gillis Wetter, The
International Arbitral Process: Public and Private, Oceana Publications, Inc.,
Dobbs Ferry, New York, 1979, vol. III, pp. 78 y ss.

117
En 1831, comentando sobre el laudo arbitral del rey de Holanda
en el caso de la frontera nororiental entre Estados Unidos y Gran
Bretaña, Albert Gallatin, que había sido el agente de los Estados
Unidos en ese caso, decía que un árbitro, ya sea rey o granjero,
raramente decide estrictamente sobre la base de principios de
Derecho pues, si eso es posible, siempre tiene la inclinación a repartir
la diferencia.223 Esa apreciación es correcta para el arbitraje propio
de 1831, e incluso era sostenible hasta 1871, cuando, mediante un
compromiso arbitral, seguido del laudo, en el caso del Alabama, se
cambiaron radicalmente las reglas del arbitraje tradicional; fue a
partir de ese modelo que, en 1897, las partes en esta controversia
convinieron en un arbitraje de características claramente diferentes a
las del arbitraje internacional que, hasta entonces, había sido habitual.
En ausencia de Tribunales internacionales con competencia
obligatoria, sin renunciar a los principios de Derecho Internacional o
a las reglas expresamente acordadas por las partes, éstas se
sometieron a un juez designado por ellas, para que decidiera
conforme a Derecho, y no según su sentido de la justicia.
Durante los trabajos preparatorios de la Convención para el
Arreglo Pacífico de Controversias Internacionales, Tobias Asser,
delegado de Holanda, lamentó que, en el proyecto de Convención, no
se confiriera al árbitro poderes más amplios, y recordó que, en la
disputa entre Holanda y Francia por el territorio de Guyana, 224 el
Emperador de Rusia había puesto como condición poder fijar una
línea limítrofe distinta a la reclamada por las partes, que él
considerara más equitativa, lo cual fue aceptado expresamente por
los Estados litigantes, en una Declaración del 28 de agosto de
1890.225 Pero, a diferencia del caso de Francia y Holanda, el arbitraje
223
“An arbitrator, whether he be king or farmer, rarely decides on strict principle
of law. He has always a bias to try, if possible, to split the difference.” Citado
por William Cullen Denis, en Compromise – The great defect of Arbitration,
Columbia Law Review, vol. II, 1911, pp. 493 a 513, reproducido por J. Gillis
Wetter, The International Arbitral Process: Public and Private, Oceana
Publications, Inc., Dobbs Ferry, New York, 1979, vol. III, pp. 110 a 125. Cita
en la p. 111.
224
Cfr. la Convención del 29 de noviembre de 1988, entre Francia y Holanda,
concerniente a su disputa fronteriza en sus respectivas colonias de la Guayana
Francesa y Surinam.
225
Proceedings of The Hague Peace Conferences – Translation of the Official
Texts (The Conferences of 1899 and 1907). The Conference of 1899, Prepared
in the Division of International Law of the Carnegie Endowment for
International Peace, under the supervision of James Brown Scott, Publications

118
acordado por Inglaterra y Venezuela estaba sometido a reglas
precisas, que, sin concesiones, marcaban los límites de la
competencia del Tribunal; el árbitro así designado era un árbitro de
Derecho y no un árbitro arbitrador.
Sólo dos meses antes de que se emitiera el Laudo de París, según
lo manifestado por Federico de Martens en la I Conferencia de Paz
de La Haya, el Tribunal, que en ese momento estaba sesionando en
París, no había admitido la obligación de motivar su decisión. 226 Pero
no hay ninguna evidencia de un pronunciamiento del Tribunal en ese
sentido y, si así fuera, de que dicho pronunciamiento contaba con el
asentimiento de las partes en la controversia, o que tal decisión fuera
compatible con el compromiso arbitral acordado por éstas. En
realidad, los antecedentes históricos (el tratado y el Laudo en el caso
del Alabama), una interpretación de buena fe del tratado de 1897, el
proyecto de Reglamento de un Procedimiento Arbitral Internacional,
adoptado en 1875 por el Institut de Droit International, o las mismas
reglas de procedimiento arbitral acordadas -dos meses antes de que
se dictara el Laudo de París- por la Conferencia de Paz de La Haya
(que tuvieron como única voz disidente a Martens), sugieren algo
diferente. Para ese momento, la obligación de motivar el laudo ya era
parte del Derecho consuetudinario. El caso de las reclamaciones del
Alabama había marcado una tendencia que era aceptada como
Derecho, y que, dos años antes, había sido observada por Federico de
Martens en el caso del Costa Rica Packet;227 el proyecto de
Reglamento del Institut de Droit International no hacía otra cosa que
recoger lo que ya era una costumbre internacional o un principio de
Derecho Internacional, y lo que acababa de hacer la Conferencia de

of the Carnegie Endowment for the International Peace, Division of


International Law, Washington, Oxford University Press, New York, /
London, / Toronto / Melbourne / Bombay, 1920, p. 739.
226
Cfr, ibid., p. 615.
227
Cfr. Laudo del 25 de febrero de 1897, Gran Bretaña c. Holanda, dictado por
el árbitro único Federico de Martens, en el caso del arresto ilegal, en alta mar,
del capitán del Costa Rica Packet. El texto completo se encuentra en H.
Weffers Bettink, De “Costa Rica Packet” Arbitrage, P. den Boer, Utrecht,
1900, pp. 114 y ss. Cfr., también, Rainer Hofmann, Costa Rica Packet
Arbitration, en Encyclopedia of Public International Law, published under
the auspices of the Max Planck Institute for Comparative Public Law and
International Law, under the direction of Rudolf Bernhardt, North-Holland
Publishing Company, Amsterdam / New York / Oxford, 1981, vol. 2
(Decisions of International Courts and Tribunals and International
Arbitrations), pp. 64 y ss.

119
La Haya no era otra cosa que codificar dicha costumbre, o dicho
principio de Derecho Internacional, como norma obligatoria,
independientemente de que la Convención para el Arreglo pacífico
de las Controversias Internacionales 228 alguna vez hubiera sido
adoptada, de que hubiera entrado en vigor, o de que las partes en la
controversia fueran partes en dicha Convención. En lo concerniente
a la motivación del laudo, esto era algo que ya había pasado a formar
parte del Derecho Internacional general, por lo que la Convención no
innovó al respecto, sino que se limitó a codificar, o declarar, lo que
ya era Derecho preexistente. En este sentido, en 1949, cuando la
Comisión de Derecho Internacional de la ONU estaba preparando un
proyecto de Convención sobre el Procedimiento Arbitral
Internacional, el juez Mandley Hudson (entonces presidente de la
Comisión de Derecho Internacional), expresó que la cuestión del
procedimiento arbitral, que había sido considerada por primera vez
en 1875 por el Instituto de Derecho Internacional, había sido
ampliamente tratada en las Convenciones de La Haya de 1899 y de
1907 sobre arreglo pacífico de controversias internacionales y que,
desde entonces, esas reglas ya habían sido frecuentemente
aplicadas.229 En resumen, para el momento en que se dictó el laudo
del 3 de octubre de 1899, la obligación de motivarlo era parte del
Derecho Internacional general.
La práctica arbitral no era, ni es, cosa de todos los días, sino una
que se va construyendo lentamente. Entre 1794 y 1970, Alexander
Stuyt registra 434 arbitrajes, muchos de los cuales 230 no llegaron a la
fase final y terminaron mediante un acuerdo entre las partes.231
Casualmente, en los mismos días en que se dictó el laudo de París,
con sólo dos semanas de diferencia, el 17 de octubre de 1899, se
dictó, en Suiza, el laudo arbitral que decidió una controversia entre
Colombia e Inglaterra sobre la interpretación de la concesión para la
construcción del ferrocarril de Antioquia. En el laudo, el Tribunal
estableció que, para determinar si la serie de contratos que constituían
el acuerdo entre la empresa constructora y el gobierno de Antioquia
habían sido válidamente concluidos, qué parte los había violado, así
como el monto de los daños e intereses, aplicaría el Derecho

228
Adoptada en La Haya, el 29 de julio de 1899.
229
Cfr. Yearbook of the International Law Commission, 1949, p. 237.
230
Por lo menos, en 129 casos.
231
Cfr. Alexander M. Stuyt, Survey of International Arbitrations – 1794-1970,
A. W. Sijthoff, Leiden, 1972.

120
colombiano que no fuera incompatible con el Derecho Internacional.
A juicio del Tribunal, a falta de un plazo estipulado en el contrato
para la realización de los pagos, no correspondía a una de las partes
tomar la decisión que ese tiempo había llegado y, sin una demanda
previa, tratar a la contraparte como morosa. Según el laudo, el daño
causado a una de las partes por el incumplimiento ilegal de un
contrato comprende, por lo general, todos los gastos que ésta haya
hecho inútilmente en la ejecución de sus obligaciones contractuales
(el daño emergente), y todos los beneficios que la habría reportado la
ejecución regular del contrato (el lucro cesante). Pero, continúa
razonando el laudo, esto sería verdad si, sin la violación del contrato
por la otra parte, los demandantes hubieran ejecutado el contrato
hasta el final y, al hacerlo así, hubieran obtenido alguna ganancia.
Según el Tribunal arbitral, esta suposición no calzaba con los hechos
del caso, pues todo conducía a creer que, por el contrario, la violación
del contrato, lejos de privar a los demandantes de una ganancia, llegó
justo a tiempo para sacarlos de dificultades y evitar que tuvieran que
confesar que ellos mismos eran incapaces de cumplir con lo más
esencial de sus compromisos, que consistía en proporcionar los
fondos para la construcción de la línea del ferrocarril, ya fuera con su
propio dinero o por medio de préstamos. El Tribunal pasa, en
seguida, a examinar qué hubiese sucedido si, a pesar de las
condiciones del mercado financiero, los demandantes hubieran
obtenido el préstamo que requerían, lo que habría sido a costa de
excesivos sacrificios, que hubieran vuelto vana la esperanza de
obtener una ganancia; además, estando atrasados en el plazo de
entrega de la obra, obligados a una prisa excesiva para entregarla a
tiempo, sus ganancias hubieran sido consumidas por las tasas
usurarias del precio del dinero y por los gastos extras derivados de la
necesidad de apurar el trabajo. Según el Tribunal, en esas
circunstancias hubiera sido injusto conferir a los demandantes
cualquier suma, a título de lucro cesante, por un hecho que
probablemente no les privó de ninguna ganancia apreciable. Por
consiguiente, el Tribunal consideró que la indemnización debía,
simplemente, restituir a los demandantes a la situación en que se
habrían encontrado si nunca hubieran celebrado dicho contrato,
indemnizándolos por los daños sufridos, no por la violación del
contrato, sino por el cumplimiento parcial del mismo; por lo tanto, la
compensación debía limitarse al reembolso de los gastos en que
habían incurrido. Para llegar a esta decisión, el Tribunal se basó en
los hechos probados en el caso, en un resumen de las cuentas
presentadas por los demandantes, y en su propia experiencia técnica

121
en la materia. El laudo consideró que varios renglones de la factura
presentada eran plausibles, no exagerados, y no desproporcionados
con el tamaño de la obra y la duración de los trabajos. Estando
contemplado fijar la compensación en una suma redonda, estimada
ex aequo et bono, el Tribunal consideró que no requería una prueba
detallada de los diferentes gastos que aparecían en los libros de la
compañía. Puesto que la verificación in situ había sido imposible, el
Tribunal explicó que el monto de £ 40.000, a título de daño
emergente, no podía considerarse excesivo, puesto que el vice
ministro de finanzas de Colombia había sugerido, como compromiso,
un monto incluso mayor; el laudo explica que la compensación
acordada incluye la elaboración de planos, los cuales serían devueltos
al demandado. El laudo indica que seis contratos, entre las partes,
celebrados entre 1892 y 1893, fueron anulados. De conformidad con
el artículo IV del compromiso arbitral, el Tribunal dispuso que la
compensación se pagara dentro de los seis meses siguientes, al
Departamento Político de la Confederación Suiza y que, en caso
contrario, se pagara un interés de mora del 6% anual. Los bonos
entregados por los demandantes para el cumplimiento de su trabajo
se declararon nulos, y se ordenó devolver un depósito de £ 10.000.
Cada parte debía pagar sus propias costas y, en cuanto a las costas
del arbitraje, el 60% lo pagaría el demandado y el 40% los
demandantes pues, según explica el laudo, la compensación que esta
decisión asigna a los demandantes es mucho menor de la que ellos
reclamaron en sus alegatos.232 Todas estas explicaciones responden a
la estricta aplicación del Derecho vigente que, en ese momento,
exigía motivar el laudo.
De una simple costumbre, la necesidad de razonar las decisiones
arbitrales había evolucionado a la convicción jurídica de que esa
práctica era obligatoria; se había convertido en una costumbre
jurídica, y reflejaba un principio de Derecho Internacional. Tan firme
era la práctica de motivar los laudos que, en el caso de la disputa entre
Gran Bretaña y Holanda, por la detención preventiva, en aguas
internacionales, del capitán del ballenero, de bandera inglesa, Costa
Rica Packet, el árbitro único -Federico de Martens- asumió esa tarea

232
Cfr. H. La Fontaine, Pasicrisie Internationale 1794 – 1900, Historie
Documentaire de Arbitrages Internationaux, Martinus Nijhoff Publishers,
The Hague /Boston / London (First edition printed in 1902), Kluver Law
International, The Hague, 1997, pp. 544 y ss. Cfr., también, Marjorie M.
Whiteman, Damages in International Law, United States Government
Printing Office, Washington, 1943, vol. III, pp. 1692 y ss.

122
en forma esmerada, entrando en detalles casi preciosistas. Antes de
entrar a decidir, en el tercer párrafo del laudo, el árbitro comenzó por
manifestarse animado por el sincero deseo de responder al honor que
se le hacía con una decisión imparcial y escrupulosa. De Martens
comenzó por señalar que, en la determinación del monto de las
indemnizaciones correspondientes por los daños causados al capitán,
a los oficiales y tripulación, y a los propietarios del Costa Rica Packet
por la detención preventiva del capitán Carpenter, una vez probados
esos daños, tendría en cuenta el Derecho de gentes. Seguidamente, el
laudo recuerda que la soberanía de un Estado sobre el mar territorial
se extiende hasta donde alcance una bala de cañón, a partir de la línea
de más baja marea; a continuación, indica que las naves mercantes
constituyen parte del territorio del Estado del pabellón que enarbolan,
por lo que, por los hechos cometidos en alta mar, quienes en ella se
encuentren sólo pueden ser juzgados por las autoridades de su
Estado. De Martens explica que el Estado no sólo tiene el derecho,
sino el deber de proteger y defender, por los medios permitidos por
el Derecho Internacional, a sus nacionales en el extranjero, toda vez
que sean objeto de actos arbitrarios o de lesiones cometidas en su
perjuicio. Según de Martens, en el caso objeto de su decisión, la
soberanía del Estado y la independencia de sus autoridades judiciales
y administrativas no pudieron prevalecer cuando se suprimió
arbitrariamente la seguridad legal que éste debía garantizar tanto a
los extranjeros como a los nacionales de todo país civilizado; Martens
explica que la piragua flotando, abandonada en el mar, que había sido
cogida por el capitán Carpenter, lo había sido fuera del mar territorial
de las Indias Holandesas, y que, por lo tanto, la apropiación de la
carga de dicha piragua estaba sometida a los tribunales ingleses y no
a los holandeses; que no había sido probado que los restos
mencionados y la piragua perdida del señor Frieser fuera la misma
encontrada por el capitán Carpenter; que las autoridades de las Indias
Holandesas, que habían detenido al capitán Carpenter fuera de sus
aguas territoriales, habían renunciado a juzgar al detenido y admitido
la ilegitimidad de su detención, al igual que su traslado forzado desde
Ternate a Macassar; que todos los documentos presentados prueban
la falta de fundamento para la detención del capitán Carpenter, y
confirman su derecho a una indemnización por los daños sufridos;
que el tratamiento al que fue sometido el capitán Carpenter en la
prisión de Macassar no parece haber sido el que correspondía a un
ciudadano de un país civilizado, que se encuentra detenido
preventivamente y que, en consecuencia, este tratamiento debe ser
justamente compensado. El árbitro advierte que la detención

123
injustificada del capitán Carpenter le hizo perder la mejor parte de la
estación de caza de ballenas; pero también considera que, una vez
liberado, Carpenter podía haber regresado a su barco a más tardar en
enero de 1892, y que no había ninguna prueba concluyente para
establecer la necesidad de dejar su barco abandonado, sin patrón, en
el puerto de Ternate, hasta abril de 1892, y menos para venderlo a
bajo precio. Martens observa que, en caso de que ocurra un accidente
al capitán, los armadores o el capitán de un barco están obligados a
proveer, para su reemplazo, al primer oficial del mismo, el que debe
tomar el mando y ejercer la industria ballenera; por consiguiente, el
árbitro considera que los daños sufridos por los armadores de la
embarcación, los oficiales y la tripulación, como consecuencia de la
detención del señor Carpenter, no son sólo consecuencia necesaria de
dicha prisión preventiva. Para determinar la indemnización a pagar,
el árbitro Martens tuvo en consideración los documentos aportados
y, en especial, una pericia que se había realizado en Bruselas. 233 Dos
años antes del Laudo de París en el caso del Esequibo, el Derecho en
vigor indicaba que una decisión arbitral debía estar suficientemente
motivada, y Federico de Martens demostró que conocía esta regla, y
que sabía cumplir con ella.
Para el momento en que se adoptó el Tratado de Washington, de
1897, y para el momento en que se dictó el laudo de París, si había
alguna diferencia entre la decisión de un tribunal arbitral y la
sentencia de un tribunal de justicia, ésta no iba más allá de aquella
inherente a la naturaleza del órgano juzgador (jueces elegidos por las
partes o un tribunal preestablecido, con jueces ya designados); pero
tanto la decisión del árbitro como la decisión del juez se basan en el
Derecho.234 Según dos eminentes profesores de la Universidad de

233
Cfr. Laudo del 25 de febrero de 1897, Gran Bretaña c. Holanda, dictado por
el árbitro único Federico de Martens, en el caso del arresto ilegal, en alta mar,
del capitán del Costa Rica Packet. De “Costa Rica Packet” Arbitrage, P. den
Boer, Utrecht, 1900, pp. 114 y ss. También, Rainer Hofmann, Costa Rica
Packet Arbitration, en Encyclopedia of Public International Law, published
under the auspices of the Max Planck Institute for Comparative Public Law
and International Law, under the direction of Rudolf Bernhardt, North-
Holland Publishing Company, Amsterdam / New York / Oxford, 1981, vol. 2
(Decisions of International Courts and Tribunals and International
Arbitrations), pp. 64 y ss.
234
Cfr. Lassa Oppenheim, Tratado de Derecho Internacional Público (título
original: International Law: A treatise, séptima edición editada por Hersch
Lauterpacht, Longmans, Green and Co., Londres / Nueva York / Toronto,

124
Cambridge, Oppenheim y Lauterpacht, 235 incluso a falta de
disposición expresa en el convenio de arbitraje sobre las reglas
aplicables, debe entenderse que el laudo tiene que ser dictado de
acuerdo con los principios del Derecho Internacional.236
Muy pocos años después de dictado el Laudo de París, pero en el
entendido de que éstas eran las reglas de Derecho consolidadas desde
hacía tiempo, al explicar las razones que habían llevado a los Estados
Unidos a insistir en el arbitraje en el caso de la Compañía de Vapor
del Orinoco, el entonces Secretario de Estado de los Estados Unidos,
Philander C. Knox, sostenía que, siendo el arbitraje un procedimiento
judicial más que diplomático, su decisión debía ajustarse a los
principios de Derecho y equidad que lo regían, y que, cuando fuera
absolutamente evidente que dicha decisión no cumplía con esos
estándares, debía ser revisada por una instancia judicial
internacional.237
II. LA PARTE DISPOSITIVA
El Laudo comienza por hacer constar que el 2 de febrero de 1897
se celebró un Tratado de arbitraje entre el Reino Unido de Gran
Bretaña e Irlanda y los Estados Unidos de Venezuela, cuyas
ratificaciones fueron intercambiadas el 14 de junio de 1897, y cuyo

1952), traducción por Antonio Marín López, Bosch, Casa Editorial,


Barcelona, 1966, Tomo II, vol. I, pp. 24 y s.
235
Hersch Lauterpacht, además de sustituir a Oppenheim como profesor de
Derecho Internacional en la Universidad de Cambridge, a propuesta de
Inglaterra, llegó a ser juez de la Corte Internacional de Justicia, desde 1955
hasta su prematuro fallecimiento, en 1960.
236
Cfr. ibid., pp. 26 y s. En respaldo de su afirmación, Oppenheim y Lauterpacht
citan a Lammasch, Die Rechtskraft internationaler Schiedssprüche (1913),
pp. 36-67, y Die Lehre von der Schiedsgerichtsbarkeit (1914), pp. 175-186;
Balch, Columbia Law Review, 15 (1915), pp. 590-607, 662-679; Schindler,
Die Schiedsgerichtsbarkeit seit 1914 (1938), pp. 155-164; Castberg en Revue
de Droit International et de Législation Comparée, 3ª ser., 6 (1925), pp. 168-
172; Ralston, International Arbitration from Athens to Locarno (1929), pp. 3-
30; Wilson en The American Journal of International Law, 36 (1942), pp. 66-
70; y otros.
237
Cfr. Philander C. Knox, Secretario de Estado de los Estados Unidos, en su
discurso del 15 de junio de 1910, en la ceremonia de graduación de la
Universidad de Pennsylvania. Citado por William Cullen Dennis,
Compromise: The great defect of arbitration, en Columbia Law Review,
1911, pp. 493-513, reproducido parcialmente por Gillis Wetter, op. cit., pp.
10 y ss. La cita corresponde a la página 125, en nota a pie de página.

125
texto transcribe íntegramente. A continuación, se identifica a los dos
árbitros designados por cada una de las partes, y se hace constar que
los árbitros así designados escogieron como quinto árbitro, y como
presidente del Tribunal arbitral, a Frederic de Martens.
Inmediatamente, sin que haya consideraciones de ninguna
naturaleza, exactamente en cuatro párrafos, cuya extensión no llega
a dos páginas, sigue el texto de la parte dispositiva del laudo que se
transcribe a continuación:
“Y por cuanto dichos Árbitros han asumido en debida forma
el Arbitraje y han oído y considerado los argumentos orales y
escritos de los abogados que respectivamente representan a los
Estados Unidos de Venezuela y a Su Majestad la Reina, y han
examinado imparcial y cuidadosamente, las cuestiones que se le
han presentado y han investigado y se han cerciorado de la
extensión de los territorios pertenecientes a las Provincias
Unidas de los Países Bajos o al Reino de España
respectivamente, o que pudieran ser legítimamente reclamados
por las unas o por el otro, al tiempo de la adquisición de la
Colonia de la Guayana por la Gran Bretaña:
Por tanto, nosotros los infrascritos Árbitros por el presente
otorgamos y publicamos nuestra decisión, determinación y fallo
sobre las cuestiones que nos han sido sometidas por el referido
Tratado de Arbitraje, y, en conformidad con dicho Tratado de
Arbitraje, finalmente decidimos, fallamos y determinamos por la
presente, que la línea de demarcación entre los Estados Unidos de
Venezuela y la Guayana Británica es como sigue:
Principiando en la Costa a la Punta Playa la línea de
demarcación correrá por línea recta a la confluencia del Río
Barima con el Río Mururuma, y continuará por el medio de la
corriente de este Río hasta su fuente, y de este punto a la unión
del Río Haiowa con el Amacuro, y continuará por el medio de la
corriente del Amacuro hasta su fuente en la Sierra Imataca, y de
allí al Sudoeste por la cima más alta del Espolón de la Sierra
Imataca hasta el punto más elevado de la Cordillera Principal, al
Sudeste, hasta la fuente del Acarabisi, y de este punto continuará
por el medio de la corriente de este Río hasta el Cuyuní, y de allá
correrá por la orilla septentrional del Río Cuyuní al Oeste hasta
su confluencia en el Wenamu, y de este punto seguirá el medio de
la corriente del Wenamu hasta su fuente más occidental, y de este
punto por línea recta a la cumbre del Monte Roraima, y del Monte

126
Roraima a la Fuente del Cotinga, y continuará por el medio de la
corriente de este Río hasta su unión con el Takutu, y seguirá el
medio de la corriente del Takutu hasta su fuente, y de este punto
por línea recta al punto más occidental de la Sierra Akarai,
continuará por la cúspide de la Sierra Akarai hasta la fuente del
Corentín llamado Río Cutari. Queda siempre entendido que la
línea de demarcación establecida por este fallo existe sin perjuicio
y con reserva de cualquier cuestión que ahora exista o que
ocurriese para determinación entre los Estados Unidos de
Venezuela y la República del Brasil o entre esta República y el
Gobierno de Su Majestad.
Al fijar la mencionada línea de demarcación los árbitros
consideran y deciden que, en tiempo de paz, los Ríos Amacuro y
Barima quedarán abiertos a la navegación de los buques de
comercio de todas las naciones, salvo todo justo reglamento y el
pago de derecho de faro u otros análogos, a condición que los
derechos exigidos por la República de Venezuela y por el
Gobierno de la Colonia de la Guayana Británica con respecto del
tránsito de buques por las partes de dichos ríos que
respectivamente les pertenecen, se fijen a la misma tasa para los
buques de Venezuela y los de la Gran Bretaña, la cual no excederá
a la que se exija de cualquiera otra nación. Queda también
entendido que ningún derecho de aduana podrá ser exigido, ya
por la República de Venezuela, ya por la Colonia de la Guayana
Británica, con respecto de mercaderías trasportadas en los buques,
navíos o botes pasando por dichos ríos; pero los derechos de
aduana serán exigibles solamente con respecto de las mercaderías
desembarcadas respectivamente en el territorio de Venezuela y en
el de la Gran Bretaña.
Hecho y publicado por duplicado por nosotros, en París hoy
el día 3 de octubre A. D. 1899.
F. de Martens
Melville Weston Fuller
David J. Brewer
Russel of Killowen
R. Henn Collins.”
La dimensión de lo que, en el Laudo de París, se adjudicó a
Inglaterra es de 159.500 kilómetros cuadrados. Ese territorio es

127
mayor que la superficie conjunta de Suiza, Bélgica y los Países Bajos;
es tanto como la superficie de Portugal y Costa Rica juntos, y es
mayor que Nicaragua, mayor que Checoslovaquia antes de su
desmembramiento, y el doble del tamaño de la isla de Irlanda, que
alberga a la República de Irlanda y a Irlanda del Norte.
III. LAS IRREGULARIDADES QUE SALTAN A LA VISTA
En el caso del laudo arbitral del rey de España, Honduras alegó
que había una presunción en favor del carácter vinculante del laudo,
puesto que tenía toda la apariencia externa de haberse adoptado
apropiadamente (“all the outward appearances of regularity”) y que,
durante el procedimiento, las partes tuvieron oportunidad de
presentar su caso ante el árbitro.238 En el presente caso, no se puede
afirmar lo mismo.
Pocas veces es tan obvio en una sentencia de un tribunal o en un
laudo arbitral, que hay algo que falta, o que hay algo que no
corresponde a esa sentencia o ese laudo. Pero éste es uno de esos
casos excepcionales en que, desde la partida, se comienzan a observar
cosas extrañas, ajenas a la función judicial, omisiones inexcusables,
y la ausencia de un razonamiento riguroso, que conduzca
lógicamente a la conclusión a que se llegó. Veamos las más notables.
1. Una instancia política y no judicial
Si la forma determina el fondo, la suerte estaba echada para una
decisión arbitraria y carente de fundamento. La composición del
tribunal, con lo que se asumió que eran “representantes” de las
partes, aunque sin la presencia de árbitros venezolanos, era un mal
presagio; pero no fue sólo eso lo que determinó el resultado. Un
procedimiento que no se ajustó a las pautas acordadas por las partes,
haber considerado soluciones de transacción, ajenas al Derecho
aplicable, y, sobre todo, un laudo brevísimo que, sin explicar cuáles
fueron los hechos que se dieron por establecidos, cuáles eran las
reglas pertinentes que correspondía aplicar a esos hechos, y cuál era
el razonamiento que había guiado al Tribunal a adoptar la decisión
que finalmente adoptó, hacían que el laudo fuera absolutamente

238
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning the Arbitral Award Made
by the King of Spain on 23 December 1906 (Honduras v. Nicaragua),
Judgment of 18 November 1960, p. 17.

128
inaceptable. No era esa la tarea que le habían encomendado las partes
al Tribunal arbitral.
De acuerdo con el Tratado de Washington, el Tribunal arbitral
debería decidir ajustándose a las reglas acordadas por las partes, y
aplicando principios del Derecho Internacional Público que no fueran
incompatibles con esas reglas. El laudo no hace referencia ni a las
reglas ni a los principios de Derecho Internacional que consideró
aplicables. Sería bueno saber cómo se llegó a esa decisión.
Al decidir en la forma que lo hicieron, los árbitros se despojaron
de su condición de tales y asumieron un papel diferente, que no se les
había asignado por las partes. Éste fue el escenario propicio para que
Federico de Martens -el fiel funcionario del Zar y de la cancillería
rusa- hiciera realidad su sueño de aproximar a Rusia e Inglaterra, a
quienes, según él, la Providencia les tenía reservada una misión
civilizadora entre pueblos semi salvajes que, además, no formaban
parte del panel de árbitros y no estaban allí para contradecirlo. Si
había un conflicto de intereses, de Martens nunca podría haber
aceptado asumir la función de super árbitro. A pesar de su
composición, el Tribunal pudo haberse esforzado por demostrar que
era una instancia imparcial y que se comportaría como tal; pero, con
Federico de Martens en el panel de árbitros, ésta era una tarea
imposible.
Por sus características, ésta es una decisión política que no se
acordó al abrigo de ningún tratado o principio de Derecho
Internacional, que no se ajusta a las características de un laudo, y que
sólo tiene la pretensión de ser tal. Se parece más a un ukase de los
zares rusos, o al acto legislativo de un parlamento, pero está lejos de
poseer el carácter razonado y la secuencia lógica de una decisión
judicial dictada por quien tiene competencia para ello.
2. La “fecha crítica”
Ésta expresión corresponde a “una doctrina técnica y
sofisticada”,239 cuyos orígenes se remontan al Laudo arbitral de la
Isla de Palmas, en el que, en más de una oportunidad, el Juez Huber
se refirió al Tratado de París, del 10 de diciembre de 1898, mediante
el que España había cedido esa isla y otros territorios a los Estados

239
Robert Y. Jennings, The Acquisition of Territory in International Law,
Manchester University Press & Oceana Publications Inc., Manchester / New
York, 1963, p. 31.

129
Unidos de América, como “el momento crítico” para la
determinación de los derechos de las partes en esa controversia, pues
la reclamación dependía de que, al momento de la cesión, España
ejerciera soberanía sobre el territorio que pretendía ceder. Sólo cinco
años más tarde, en el caso de Groenlandia Oriental, la Corte
Permanente de Justicia Internacional sostuvo que la fecha en que la
soberanía danesa debía haber existido para hacer que la ocupación de
Noruega fuera inválida era la fecha en que dicha ocupación tuvo lugar
(el 10 de julio de 1931; sin embargo, había que tener en cuenta que,
como la fecha crítica era el 10 de julio de 1931, para Dinamarca era
suficiente que demostrara poseer un título válido en el período
inmediatamente anterior a la ocupación de Groenlandia Oriental por
Noruega.240 Si Dinamarca demostraba que, en ese momento, ella
estaba legalmente establecida como soberana en dicho territorio, la
proclamación de Noruega anunciando la ocupación de ese territorio
era ilegal; por el contrario, si, para esa fecha, Dinamarca no podía
exhibir un título valido, Noruega podía establecerse en ese territorio.
Un eminente jurista inglés, que fuera juez de la Corte
Internacional de Justicia, Gerald Fitzmaurice, definió la “fecha
crítica”, en relación con cualquiera disputa, como la fecha después
de la cual las acciones de las partes ya no pueden afectar el objeto de
la controversia (la expresión utilizada por Fitzmaurice es “the
issue”); tal fecha, que obviamente debe existir en toda disputa, nunca
puede ser posterior a la fecha en que se hayan iniciado
procedimientos judiciales; después de esa fecha, los actos de las
partes no pueden afectar sus derechos o su posición jurídica, en la
forma que ésta tenía en ese momento.241 En el caso de las islas
Minquiers y Ecréhos, en los alegatos del Reino Unido, ésta fue
caracterizada como: a) la fecha por referencia a la cual debían
decidirse las reclamaciones de las partes, b) la fecha por referencia a
la cual se debe determinar la posición de hecho o de Derecho, c) la
fecha en que se considera que la situación llegó a cristalizar, d) la

240
Cfr. Permanent Court of International Justice, Legal status of Eastern
Greenland, Judgment of April 5, 1933. El texto puede encontrarse en Manley
O. Hudson, World Court Reports, A Collection of the Judgments, orders and
opinions of the Permanent Court of International Justice, Oceana
publications, Inc., Dobbs Ferry, New York, 1969, vol. III, pp. 151-251. La
cita corresponde a la p. 170.
241
Cfr. Gerald Fitzmaurice, The Law and Procedure of the International Court
of Justice, Grotius Publications, 1986, Cambridge University Press, 1993,
reimpreso en 1995, Cambridge, vol. I, p. 260.

130
fecha después de la cual los actos de las partes no pueden alterar su
posición jurídica, ya sea para mejorar o perjudicar su reclamación, e)
la fecha en que, sobre la base de la situación existente en ese
momento, deben evaluarse las respectivas reclamaciones de las
partes, y f) la fecha a partir de la que debe determinarse la soberanía
territorial.242 Según Fitzmaurice, en el caso de reclamaciones
territoriales, la cuestión de la fecha crítica tiende a asumir una
importancia preponderante, ya sea porque mucho está en juego en esa
fecha, o porque su determinación misma puede ser un tema central
de la controversia.243 La fecha crítica indica que, cualquiera que
fueran los derechos de las partes en ese momento, siguen siendo los
mismos al momento de someter el caso para su decisión judicial, o al
momento en el que se adopta esa decisión. Es como si, al momento
de la fecha crítica, se detuviera el tiempo respecto del objeto de la
controversia, y nada de lo que sucediera después pudiera cambiar la
situación existente en dicho momento; los derechos de las partes se
rigen por el Derecho existente en ese momento.244 La “fecha crítica”
es la fecha a partir de la cual nada de lo que pueda ocurrir va a alterar
los títulos que las partes puedan exhibir sobre el territorio en disputa,
por lo que cualquier evidencia sobre hechos posteriores es irrelevante
y no puede ser considerada por el Tribunal.
Como explica Fitzmaurice, en controversias territoriales, la
importancia de la fecha crítica salta a la vista cuando una de las partes
pretende probar la adquisición de ese territorio por medio de la
prescripción; mientras más tarde se fija la fecha crítica, mayores son
las posibilidades de ese Estado de obtener el reconocimiento de un
título por esta vía. Por el contrario, si la reclamación de la otra parte
está basada en otro tipo de títulos, mientras más temprano se fija esa
fecha, mayores son sus posibilidades de obtener una decisión
favorable.245 Según Jennings, siempre que una de las partes en una
controversia afirma haber recibido el territorio en disputa por vía de
una cesión, la “fecha crítica”, que sirve de raíz a su título, es la fecha
del tratado de cesión; para Jennings, esto es así independientemente
242
Cfr. International Court of Justice, The Minquiers and Ecrehos Case (France
/ United Kingdom), Judgment of November 17th, 1953, Pleadings and oral
arguments in the case, vol. II, pp. 48 a 61, citado por Gerald Fitzmaurice, op.
cit. p. 260, en nota a pie de página.
243
Cfr. Gerald Fitzmaurice, loc. cit.
244
Cfr. Gerald Fitzmaurice, op. cit., pp. 260 y s.
245
Cfr. Gerald Fitzmaurice, op. cit., p. 261. Cfr., también, en el mismo sentido,
Robert Y. Jennings, op. cit. P. 31.

131
de que la disputa llegue a cristalizar, e incluso si no llega a surgir una
disputa.246 En el continuo despliegue de la soberanía estatal sobre su
territorio, la regla de la “fecha crítica” pone el foco en ese momento
cuya consideración permite más apropiadamente que se haga justicia
a las reclamaciones de las partes.247 En conflictos territoriales, en su
sentido sustantivo, la “fecha crítica” determina el momento en el que,
para una de las partes, se habría consolidado su título de dominio
sobre el territorio en disputa o, al no haberlo conseguido, se habría
consolidado el título de la contraparte.
Lo que es claro es que, después de la “fecha crítica”, cualquier
acto, de cualquiera de las partes en la controversia, es irrelevante para
los efectos de establecer un título. A partir de ese momento crítico, el
Tribunal está impedido de recibir o considerar evidencia sobre la
actividad posterior de las partes. En este sentido, como consecuencia
de un error de hecho en el que había incurrido el árbitro en el laudo
de 1902, que condujo a una nueva controversia sobre la frontera
argentino chilena para, inter alia, interpretar el laudo de 1902, el
árbitro expresó que, “en cuanto a la conducta posterior de las partes,
incluyendo también la conducta de individuos particulares y
autoridades locales, el Tribunal no veía cómo esa conducta podía
arrojar luz sobre la intención del árbitro.” 248
En el presente caso, que es una controversia territorial, el 18 de
noviembre de 1850, mediante un canje de notas, las partes habían
alcanzado un compromiso que congeló sus reclamaciones
territoriales. Si las partes no hubieran convenido lo contrario, esa
habría sido la fecha a partir de la cual nada de lo que hicieran las
partes podría alterar su situación jurídica. Sin embargo, el artículo III
del compromiso arbitral fija una fecha anterior. Según esta
disposición, la tarea que se había encomendado al Tribunal debía
remitirse a investigar y establecer la extensión de los territorios que
pertenecían, o que legítimamente podían ser reclamados por Holanda
o por España “al momento de la adquisición por Gran Bretaña de la
Colonia de Guyana Británica”. Ese hecho había ocurrido el 13 de
agosto de 1814, cuando se suscribió el Tratado de Londres, mediante
el cual Holanda cedió a Inglaterra los campamentos de Berbice,
Esequibo y Demarara. Esa era, por lo tanto, la fecha crítica que
246
Cfr. Robert Y. Jennings, op. cit., p. 34.
247
Cfr. Ibid., p. 35.
248
Cfr. Argentine-Chile Frontier Case, 9 December 1966. Reports of
International Arbitral Awards, vol. XVI, p. 174.

132
habían acordado las partes en esta controversia, y a la cual tenía que
ceñirse el Tribunal en el cumplimiento de su tarea; cualquier hecho
posterior a esa fecha (como títulos históricos, la conquista, la
ocupación de tierras aledañas, la realización de actos administrativos
o militares, alguna forma de despliegue de autoridad en el territorio
en disputa, o el transcurso de un tiempo suficiente que permitiera
alegar prescripción), era irrelevante. Al momento de firmar el
compromiso arbitral, las partes podían haber convenido que esa era
la “fecha crítica” para los efectos de establecer un justo título; sin
embargo, las partes acordaron expresamente una fecha anterior,
correspondiente “al momento de la adquisición por Gran Bretaña de
la Colonia de Guyana Británica”. Al carecer de toda
fundamentación, no hay ningún indicio de que el Tribunal se haya
atenido a esta fecha crítica, o a otra diferente; éste no es un detalle
menor, pues tiene que ver con la competencia del Tribunal, y con las
condiciones en que las partes convinieron en el compromiso arbitral.
3. El objeto de la controversia
En el primer párrafo del preámbulo del compromiso arbitral, las
partes se manifiestan deseosas de alcanzar un arreglo amigable sobre
la controversia surgida en relación con la frontera entre la colonia de
Guyana Británica y Venezuela y que, con ese propósito, habían
acordado someter este asunto a arbitraje. Seguidamente, el Artículo I
expresa que se designa un Tribunal arbitral “para que determine la
frontera entre la colonia de Guyana Británica y” Venezuela.
“Determinar” no es lo mismo que “adjudicar”. En este caso, lo
que se pedía al Tribunal era comprobar qué territorios pertenecían a
cuál de los litigantes y, sobre esa base, indicar una frontera. Su
función no era “repartir” el territorio en disputa, sino que, sobre la
base de las reglas establecidas en el compromiso, y sobre la base del
examen de los títulos exhibidos por las partes, determinara qué
espacios pertenecían a cada cual, y fijara una frontera; sin un examen
de los títulos, el Tribunal adjudicó una porción de esas tierras a
Inglaterra y, lo que quedó, a Venezuela.
Pero el tribunal hizo mucho más que eso; proprio motu, el
Tribunal decidió legislar sobre la navegación de los ríos, y sobre las
tasas aduaneras que las partes podían cobrar. No se le había
encargado nada de eso.
Desde el laudo dictado en el caso Alabama, está firmemente
establecido que todo tribunal tiene la competencia inherente para

133
determinar su propia competencia; pero está igualmente establecido
que ningún tribunal puede decidir sobre asuntos que no han sido
sometidos a su consideración.249 En este sentido, en una circular del
Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil, acompañada en una de
sus notas de protesta a Inglaterra, se observa que el Tribunal arbitral
ha fallado ultra petita, sobre cosas no reclamadas ni por Venezuela
ni por Inglaterra, atribuyendo a Venezuela la región amazónica que
ésta no disputa con Brasil, y atribuyendo a la Guyana Británica -
aunque sólo sea en perjuicio de Venezuela- la línea Schomburgk, en
la parte donde éste la propone contra Brasil.250
4. El estoppel
Un principio básico de Derecho Internacional, que no es
incompatible con las reglas del artículo IV del compromiso arbitral y
que el Tribunal debería haber aplicado, es el del estoppel. Según este
principio, un Estado está impedido de alegar en su favor derechos a
los que, como consecuencia de sus propios actos o declaraciones, ha
renunciado; nadie puede asumir, en perjuicio de otro, una posición
que no sea coherente con su conducta anterior. Mediante el estoppel,
se puede asumir que lo actuado o lo representado por una parte
corresponde a la verdad, impidiendo que, en detrimento de la otra
parte, la primera se pueda desdecir o contradecir en lo actuado o
representado. En el estoppel, aunque no necesariamente tenga que
haber intención de fraude o engaño, hay la expectativa de que, debido
a nuestros propios actos o declaraciones, la otra parte se comporte de
determinada manera, por ejemplo, renunciando a algo a lo que tenía
derecho, o reduciendo sus propias pretensiones; el estoppel es la
consecuencia de la confianza en la palabra del otro. Mediante el
estoppel se asume una posición que, de no ser mantenida, resulta en
un perjuicio para la contraparte. En el Acuerdo de 1850,251 las partes
habían indicado sus “máximas pretensiones territoriales” en la zona
en disputa, por lo que, automáticamente, estaban renunciando a
cualquier reclamación posterior más allá de esa línea; pero eso no fue
un impedimento para que el Tribunal arbitral prescindiera de
examinar los efectos del Acuerdo de 1850 y descartara aplicar,

249
Cfr., en este sentido, Hazel Fox, op. cit., p. 171.
250
Cfr. la circular del Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil, del 7 de
diciembre de 1899, firmada por Olyntho de Magalhaes. Reproducido en Gillis
Wetter, op. cit. Tomo III, p. 172.
251
Canje de notas del 18 de noviembre de 1850.

134
directamente, las consecuencias del estoppel a una reclamación
territorial que cambiaba constantemente, siempre en detrimento de
Venezuela. Si una vez se había definido cuál era el territorio en
disputa, eso no se podía estar revisando y modificando
constantemente. El Tribunal no podía pasar por alto que, mientras
Venezuela siempre mantuvo la tesis de que su frontera llegaba hasta
el río Esequibo, desde 1840, Inglaterra había sugerido múltiples
líneas fronterizas, cada una de ellas más al occidente que la anterior:
1) en 1840, la línea de Schomburgk (distinta a la que él mismo había
trazado en 1835), 2) en 1844, la línea de Aberdeen, 3) en 1881, la
línea de Granville, 4) en 1886, la línea de Rosebery, 5) en 1890, la
línea de Salisbury, y 6) en 1893, una nueva línea de Rosebery. Ese
comportamiento errático, antojadizo y vacilante, no podía carecer de
consecuencias jurídicas.
Incluso prescindiendo del estoppel, tampoco hay, en el Laudo,
ningún razonamiento que explique cómo el Acuerdo de 1850 podía
interferir con la aplicación de la regla de la prescripción de cincuenta
años, prevista en el artículo IV, literal a, del compromiso arbitral. El
estoppel no era incompatible con la regla de los cincuenta años fijada
en el compromiso arbitral, y mucho menos cuando, al momento de
dictarse el laudo, ese lapso ni siquiera había transcurrido como para
evadir un Tratado que no había sido derogado.
El estoppel puede ser utilizado como una regla que invierte el
peso de la prueba, como una regla irrefutable que excluye prueba en
contrario, o como un principio de Derecho sustantivo, que impide
que un Estado haga valer derechos incompatibles con su conducta
anterior; en este sentido, el principio de la preclusión, o del estoppel,
requiere tratar las reclamaciones de un Estado de manera coherente
con la conducta previa de ese mismo Estado. En el caso del Templo
de Preah Vihear, el juez Alfaro expresó que ésta -denominada por los
juristas de habla hispana como la “doctrina de los actos propios”- no
era, simplemente, una regla técnica, sobre la prueba, sino un principio
sustantivo de Derecho Internacional, según el cual, un Estado parte
en un litigio está obligado por sus actos previos, cuando ellos están
en contradicción con su reclamación; en Derecho Internacional, no
es admisible que un Estado presente una reclamación incompatible
con su conducta anterior; cualquiera que sea el nombre que se le dé a
este principio, su propósito es siempre el mismo: un Estado no se
puede beneficiar de la inconsistencia de sus propios actos en perjuicio
de otro Estado. La parte que, por su reconocimiento, su conducta, o
su silencio, ha mantenido una actitud manifiestamente contraria al

135
derecho que reclama ante un Tribunal internacional, está impedida
de alegar ese derecho (venire contra factum proprium non valet).252
5. “Investigar” y “establecer”
De acuerdo con el artículo III del Tratado de Washington, el
Tribunal arbitral debía “investigar y establecer” la extensión de los
territorios que pertenecían, o que legítimamente podían ser
reclamados por Holanda o por España al momento de la adquisición
por Gran Bretaña de la Colonia de Guyana Británica “y”, una vez
hecho eso, determinar la frontera entre Venezuela y la Colonia de
Guyana Británica. Había, por lo tanto, dos tareas que se le
encomendaban al Tribunal: a) investigar y establecer la situación
jurídica de los territorios en disputa en 10814, y b) determinar la
frontera entre Venezuela y la Guyana Británica.
No era ésta una tarea sencilla, especialmente porque se trataba de
zonas poco pobladas, a veces, inexploradas, y en donde no había una
autoridad pública de cualquiera de los litigantes; precisamente por
eso es que al Tribunal se le encomendaba esta tarea. Pero el laudo no
se refiere, en ninguna de sus breves líneas, a la constatación de los
territorios que, antes de la cesión de Holanda a Inglaterra, habrían
pertenecido a las Provincias Unidas del reino de los Países Bajos o a
la corona española.
Sin que previamente se realizara dicha tarea, mediante la
aplicación de las reglas de Derecho indicadas, no se podía pasar a la
segunda parte del encargo que se le había hecho al Tribunal, y que
era fijar la frontera entre la colonia de Guyana Británica y Venezuela.
No se podían saltar etapas; la determinación de la frontera tenía que
ser el fruto de una labor judicial y no del capricho.
6. La omisión de un pronunciamiento sobre lo alegado por las
partes
Uno de los puntos centrales de la pretensión inglesa era el
reconocimiento de la línea marcada por el naturalista Robert
Schomburgk. Por lo menos en dos puntos, esta línea no fue aceptada
por los árbitros; pero no se expresa ninguna razón para que haya sido

252
Cfr. Ricardo Alfaro, vice presidente de la Corte Internacional de Justicia,
opinión separada en International Court of Justice, Case Concerning the
Temple Preah Vihear (Cambodia v. Thailand), Merits, Judgment of 15 June
1962, pp. 39 y s.

136
así, o para que no se haya aceptado la pretensión venezolana. No se
indica cuáles fueron los mapas tenidos como buenos, y porqué los
otros fueron desestimados. No hay ni siquiera la apariencia de una
decisión judicial. No era el capricho -o el compromiso- lo que, según
el acuerdo de las partes, debía ser la norma de conducta del Tribunal.
Si una de las garantías judiciales indispensables es el derecho de
las partes a ser oídos, en el laudo no hay ninguna constancia de que
eso haya sido así, y de que sus argumentos hayan sido debidamente
analizados y ponderados.
7. El menosprecio de las reglas acordadas por las partes
En lo que se refiere a las reglas aplicables, el Tratado de
Washington era explícito en cuanto a que éste era un arbitraje de
Derecho, que tenía que resolverse de acuerdo con las reglas
convenidas por las partes y por los principios de Derecho
Internacional que no fueran incompatibles con ellas.
Luego de establecer una prescripción de cincuenta años como
medio de adquisición de territorios, el artículo IV, literal b), indicaba
que los árbitros podrían reconocer y hacer efectivos derechos y
reivindicaciones que se apoyaran en cualquier otro fundamento
válido conforme al Derecho Internacional, o en cualquier principio
de Derecho Internacional que, sin contravenir la regla anterior,
consideraran aplicable al caso; pero el Tratado insiste en la aplicación
del Derecho. La única referencia que el Tratado hace al recurso a la
equidad por parte del Tribunal está en la regla c) del artículo IV. Pero
dicha regla está doblemente condicionada, primero, por el supuesto
de que, al determinar la línea divisoria, el Tribunal encontrara que, a
la fecha de la suscripción del tratado, el territorio de una parte había
estado ocupado por los ciudadanos o súbditos de la otra parte; si se
daba ese supuesto, el Tribunal estaba facultado para dar a tal
ocupación el efecto que, a su juicio, requirieran “la razón, la justicia,
los principios de Derecho Internacional, y la equidad.” De haber sido
este el caso, sobre la base de la evidencia presentada por las partes,
el Tribunal debería haber establecido que el territorio en disputa, o
una parte de él, había efectivamente estado ocupado por los
ciudadanos o súbditos de la otra parte, por supuesto, mediando actos
de soberanía; pero, incluso hecha esa constatación, el Tribunal no
podía decidir simplemente en base a la equidad, sino que,
motivadamente, debía dar a ella el efecto que, copulativamente,
requirieran “la razón, la justicia, los principios de Derecho

137
Internacional, y la equidad.” La conjunción “y” indica que el
Tribunal no podía recurrir aisladamente a la equidad, sino
conjuntamente con los elementos que le precedían; 253 al tomar su
decisión, no es que el Tribunal podía considerar lo uno o lo otro, sino
el conjunto armónico de todas esas piezas, como el andamiaje
jurídico en el que sustentarla. En su decisión, la equidad tenía cabida
sólo en la medida en que estuviera debidamente articulada con la
razón, la justicia, y los principios de Derecho Internacional.
El artículo IV, literal c), del compromiso no recurre a la equidad
como un mecanismo de creación de derechos, sino como un medio
de interpretación del Derecho aplicable. En este sentido, Charles de
Visscher menciona la equidad como una vía de corregir lo que,
recurriendo al Derecho privado, él denomina “el abuso del Derecho”,
como un atentado a la legalidad objetiva, que requiere un control más
atento de las condiciones de ejercicio del Derecho. En su opinión, la
equidad y la aplicación del Derecho no son incompatibles, pues la
primera tiende a la plena realización de las reglas de Derecho. 254 La
referencia a la equidad, en la disposición antes citada, no es una
referencia a la “equidad absoluta” que, después del bloqueo de sus
costas, se impondría a Venezuela, en 1903, para el pago de su deuda
externa.
En la letra y el espíritu del Tratado de 1897, nunca hay espacio
para desentenderse del Derecho, o para el capricho y las ocurrencias
de los árbitros. Si las partes estaban de acuerdo en el Derecho
aplicable, como lo estaban, el Tribunal no tenía que devanarse en
crear reglas y principios para resolver la controversia que se había
sometido a su conocimiento. El Tribunal arbitral creado por el
Tratado de 1897 no tenía competencias para legislar, y no podía
decidir como si las tuviera. La evidencia no sugiere que el Laudo
haya sido el producto de una decisión en equidad, sino de una

253
Por el contrario, en el Tratado de Paz del 21 de julio de 1938, que puso fin a
la guerra del Chaco, entre Bolivia y Paraguay, nueve juristas, de seis
repúblicas americanas, fueron designados árbitros “en equidad”, de acuerdo
a su leal saber y entender, tomando en consideración la experiencia
acumulada por la Conferencia de Paz y el consejo de los asesores militares de
dicha organización, para determinar la frontera de ambos países en el Chaco.
254
Cfr. Charles de Visscher, De l’Équité dans le Règlement Arbitral ou
Judiciaire des Litiges de Droit International Public, Éditions A. Pedone,
París, 1972, pp. 35 y ss.

138
transacción política; pero, ya fuera lo uno o lo otro, una decisión de
esa naturaleza es nula ab initio.
Las reglas y principios de Derecho que debía aplicar el Tribunal
no solamente eran la condición bajo la cual las partes habían
convenido en el arbitraje, sino también eran el límite infranqueable a
la propia competencia del Tribunal. No ajustarse a dichas reglas
viciaba de nulidad el laudo que así se emitiera. Esa nulidad no puede
ser subsanada por el mero transcurso del tiempo.
8. El examen “imparcial” y “cuidadoso” del caso
Según el artículo V del Tratado, los árbitros debían examinar
“imparcial y cuidadosamente” las cuestiones que se le hubieran
sometido; esas palabras no fueron escogidas al azar, y debían tener
un efecto útil. Hacerlo “imparcialmente” requería una actitud
desprovista de ideas preconcebidas, sin tomar partido por ninguna de
las partes, y sin hacer las veces de abogado de una de las partes;
actuar imparcialmente suponía que los árbitros no podían actuar
como representantes de la parte que los había designado, 255 ni recibir
instrucciones de la parte que los había designado,256 y eso no es lo
que se desprende, por ejemplo, de la correspondencia de Lord Russell
con el Primer Ministro inglés. Inglaterra no podía ser juez de su
propia causa. Los jueces Fuller y Brewer (jueces de la Corte Suprema
de los Estados Unidos), aparentemente designados por la parte
venezolana como árbitros en este caso, tampoco lo hacían mejor; si
el memorándum Mallet-Prevost prueba algo -y hay suficientes
indicios para creer que sí lo hace-, es que ellos actuaban a espaldas
del Estado que los designó como tales árbitros, pero que sí estaban
dispuestos a seguir instrucciones del gobierno de Estados Unidos de
América y de los abogados estadounidenses, supuestamente al
servicio de Venezuela; si hubo una componenda, Fuller y Brewer
fueron parte de ella, y eso no hace que el laudo tenga más legitimidad.
255
Cfr. Carta de Lord Russell, fechada el 7 de octubre de 1899, dirigida al Primer
Ministro Lord Salisbury. En Hatfield House, Herts., Papeles del Tercer
Marqués de Salisbury, vol. A/94, Doc. N° 2. Reproducido por Gillis Wetter,
op cit., vol. III, pp. 126 y ss.
256
Cfr., en este sentido, la carta del 19 de julio de 1899, de Richard E. Webster,
abogado principal de Inglaterra en el caso, al Primer Ministro Joseph
Chamberlain (Birmingham University Library, Chamberlain Papers, J. C.
7/5), y otra carta, de la misma fecha y, en lo fundamental, del mismo tenor,
dirigida por Webster a Lord Salisbury, y (Hatfield House, Herts. Box Webster,
Papers of 3rd Marquess of Salisbury, Class E.)

139
Por otra parte, los sentimientos anglófilos del presidente del Tribunal,
así como sus escritos, donde afirmaba su convicción de que el
Derecho Internacional sólo regulaba “las relaciones de las naciones
civilizadas”, por lo que no era aplicable entre una potencia
“civilizada” y una nación “semi salvaje”, y en los que vaticinaba que
el porvenir de Asia obligaba a Rusia e Inglaterra a tener muy presente
el papel que la Divina Providencia les había impuesto, para bien de
las naciones semisalvajes y bárbaras en esa parte del mundo, 257 no
eran, tampoco, una carta de credencial que inspirara confianza en su
imparcialidad como árbitro en una disputa entre la Inglaterra que él
admiraba y a la que quería complacer, y esa Venezuela situada en el
nuevo mundo que, sino la consideraba “semi salvaje” o “bárbara”,
por lo menos, la miraba con desprecio. Si, quienes lo eligieron como
super árbitro, no tuvieron en cuenta esos elementos, correspondía a
de Martens no sólo ser imparcial, sino parecerlo. Su empeño en lograr
una decisión unánime, pero sin motivarla, y prestándose a suspicacias
por esa absoluta falta de fundamentos, no era la mejor demostración
de imparcialidad. Según cuenta Mallet-Prevost, pocos días antes de
adoptar el Laudo, el juez Brewer le habría dicho “Es inútil continuar
por más tiempo con esta farsa, pretendiendo que nosotros somos
jueces y usted abogado.”258 Lo cierto es que ninguno de ellos se
comportó como un árbitro independiente e imparcial. Este Laudo,
como pieza judicial, no luce bien, no parece serio, y no es
convincente. Si, porque la administración de justicia tiene que ser
como la mujer del César, la mera percepción de falta de imparcialidad
del Tribunal es suficiente para generar la nulidad del laudo, o si dicha
falta de imparcialidad se reflejó palmariamente en el laudo
finalmente adoptado, viciándolo de nulidad, eso es otra cuestión.
Examinar “cuidadosamente” las cuestiones que se le sometían,
suponían, para el Tribunal, por lo menos, hacerlo con esmero, en
forma escrupulosa, y prestando atención a los detalles; que fuera
“cuidadoso” implicaba un esfuerzo serio para disipar cualquier duda
en cuanto a la imparcialidad del Tribunal, y en cuanto al examen
mismo de los argumentos y pruebas. Un laudo meticulosamente

257
Cfr. Federico de Martens, The Contemporary International Law of the
Civilized Nations, dos volúmenes, publicado originalmente en ruso, en
1882/3, y Rusia e Inglaterra en Asia Central (Traducción de la versión en
francés, La Russie et l’Algleterre dans l’Asie Centrale, Bruselas, 1879),
traducción y estudio preliminar de Héctor Gros Espiell, Academia Nacional
de la Historia, Caracas, 1981.
258
Cfr. Memorándum de Mallet-Prevost.

140
elaborado, en que cada una de sus premisas estuviera debidamente
sustentada, y en que una cadena de ellas llevara lógicamente a una
conclusión, sería la culminación de dicha tarea y la prueba de que la
misma se había cumplido “cuidadosamente”. Desde el principio, el
Tratado de Washington había querido evitar una solución chapucera,
que dejara la sensación de que no se había actuado correctamente, y
que no se había hecho justicia.
El propio Tribunal se había dado un Reglamento, que, en lo
esencial, obedecía a lo convenido por las partes en el Tratado de
Washington, y que incluía reglas en materia probatoria. Si esas reglas
no se iban a respetar, no valía la pena perder el tiempo en probar
absolutamente nada. Si los argumentos esgrimidos durante los
alegatos no iban a ser tenidos en cuenta, no había ninguna razón para
prepararlos y exponerlos ante un Tribunal que, si ya no tenía una
decisión tomada, por lo menos había resuelto atender a criterios
diferentes a los indicados por el Tratado de 1897. A la inversa, si
aquellas pruebas fueron examinadas por el Tribunal, las partes tenían
derecho a saber qué valoración se había hecho de las mismas, qué
evidencia se tuvo en consideración para probar qué hechos, si era el
caso, qué hechos de pública notoriedad fueron tenidos en cuenta y,
respecto de los argumentos de los abogados de las partes, había que
explicar por qué algunos fueron tenidos como buenos, o por qué otros
fueron rechazados. Sin embargo, el Laudo carece enteramente de
fundamentación, y es un misterio saber cómo llegó a esa decisión.
9. Una decisión “debidamente adoptada”
Un principio básico del Derecho Internacional afirma la
intangibilidad de la cosa juzgada, y así se alega, también, en la
demanda de Guyana. Además, de acuerdo con el artículo XIII del
Tratado de 1897, el laudo emitido por el Tribunal Arbitral constituiría
“un arreglo pleno, perfecto y definitivo” de la controversia. Pero las
partes asumieron ese compromiso respecto de la controversia que se
presentó para su conocimiento, y no de otra distinta; esa controversia
consistía en fijar una frontera, según las reglas convenidas por las
partes, y no en adjudicar discrecionalmente a las partes una porción
del territorio en disputa. Las partes convinieron en que el laudo sería
“un arreglo pleno, perfecto y definitivo”, a condición de que el
Tribunal se ajustara a las reglas convenidas en el compromiso
arbitral, y a que el árbitro resolviera razonadamente, no en forma
caprichosa, la controversia que se le había sometido, y no una
controversia diferente.

141
IV. UNA SOLUCIÓN DE COMPROMISO
A falta de una explicación lógica, desde un comienzo, se asumió
que un laudo de estas características era el fruto de una transacción.
David Brewer (uno de los árbitros designados por la parte
venezolana) explicó que, hasta el último momento, había pensado
que una decisión era imposible, y que fue solo gracias a la mayor
conciliación y mutuas concesiones que se pudo llegar a un
compromiso. Según Brewer, cada uno de los árbitros habría dado un
laudo diferente, por lo que debieron ajustar esos distintos puntos de
vista para, finalmente, trazar una línea que corriera entre lo que cada
árbitro pensaba que era correcto.259 Pero la función de un órgano
llamado a ejercer funciones judiciales es decidir conforme a lo que
indica el Derecho, y no sobre la base de concesiones y compromisos
que tampoco se hacen explícitos en su decisión. Además, al conceder
a Inglaterra cerca del 90% del territorio en disputa, tampoco parecía
que el “compromiso” alcanzado fuera muy equilibrado, que estuviera
justificado por razones políticas,260 o que estuviera permitido por el
compromiso arbitral. Puede que a la mayoría de los árbitros -o a
alguno de ellos- le pareciera una solución “correcta”, e incluso puede
que lo fuera; pero no hay ninguna explicación de por qué lo era. Hubo
que esperar más de cincuenta años para que, de acuerdo con la
legislación sobre acceso a la información pública de Inglaterra y los
Estados Unidos de América, los investigadores pudieran tener acceso
a documentos de la época que dieran luces sobre este asunto.
En su convicción de que el laudo fue fruto de un “compromiso”,
Mallet-Prevost cuenta que, estando en Londres, antes del viaje a París
a las sesiones del Tribunal, en una pequeña cena que ofreció el
Encargado de Negocios de Estados Unidos de América, a la cual
también asistió el juez Russell, en el curso de la conversación, el
autor de este relato manifestó que los árbitros deberían considerar
únicamente los hechos a ellos sometidos; Lord Russell le habría
replicado que su opinión era distinta, y que los jueces también debían

259
Cfr. La cita, atribuida al juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos, y
árbitro en este caso, David Brewer, en Otto Schoenrich, The Venezuela-British
Guiana Boundary Dispute, American Journal of International Law, 1949, p.
526.
260
Otto Schoenrich apunta que los amigos del arbitraje señalaron que se había
evitado una guerra, y que el costo del arbitraje era menor que el de un solo día
de guerra. Cfr. Otto Schoenrich, The Venezuela-British Guiana Boundary
Dispute, American Journal of International Law, 1949, p. 527.

142
tomar en cuenta consideraciones de política internacional. 261 Pero lo
cierto es que los redactores del Tratado de Washington no habían sido
tan perspicaces como para incorporar ese elemento entre las
competencias del Tribunal arbitral establecido en dicho instrumento;
de haberlo hecho, es de asumir que los árbitros designados por
Inglaterra no hubieran sido jueces y juristas, sino expertos en política
internacional, por lo menos de la talla de Joseph Chamberlain, Julian
Pauncefote o, incluso, del entonces joven Winston Churchill.
Lo cierto es que el arbitraje es una de las modalidades del arreglo
judicial, que se distingue de los mecanismos políticos o diplomáticos
de solución de controversias. Mientras en el arreglo judicial la
solución es la que marca el Derecho, que es el que tiene que ser
interpretado y aplicado por el tribunal, en el arreglo político o
diplomático la solución está enteramente en manos de las partes en
la controversia, sujeta a las transacciones y concesiones recíprocas
que ellas estén dispuestas a hacerse. En el presente caso, si los
Estados litigantes hubieran deseado una solución de compromiso,
hubieran optado por la negociación directa, o por la mediación; no
por el arbitraje.
Quitando la reproducción del compromiso arbitral (el Tratado de
1897), y quitando la referencia a quienes componían el Tribunal y
como fueron escogidos para desempeñar dicha función, el Laudo se
reduce a menos de dos páginas, que resultaban insuficientes para
desarrollar, prolijamente, cualquiera de los argumentos esgrimidos
por las partes; pero no hay, tampoco, unas consideraciones sencillas
y breves que sirvan de fundamento al Laudo. Sin ninguna
explicación, esas dos páginas contienen sólo lo decido por los
árbitros. Treinta y cuatro años antes, en un caso bastante menos

261
Cfr. Memorándum de Mallet-Prevost, dejado con el Juez Schoenrich y no para
ser publicado, excepto a su discreción, después de la muerte de Mallet-
Prevost, en Otto Schoenrich, The Venezuela-British Guiana Boundary
Dispute, American Journal of International Law, 1949, pp. 529 y s. Clifton J.
Child observa que, en enero de 1899, cuando habría tenido lugar la cena
mencionada por Mallet-Prevost, Lord Russell no tenía ninguna conexión con
esta disputa fronteriza, ni había, en ese momento, perspectivas de que la
tuviera. La muerte de Lord Herschell, como consecuencia de un accidente, se
produjo el 1 de marzo de ese año, siendo sustituido en el Tribunal por Lord
Russell. Cfr. Clifton J. Child, The Venezuela-British Guiana boundary
arbitration of 1899, en American Journal of International Law, vol. 44, 1950,
pp. 682 a 693, reproducido por J. Gillis Wetter, The International Arbitral
Process: Public and Private, Oceana Publications, Inc., Dobbs Ferry, Ney
York, 1979, vol. III, p. 92.

143
complejo, que sólo requería determinar a quién pertenecía la Isla de
Aves, y en una época bastante menos exigente en materia de
fundamentación de los laudos, Isabel II de España necesitó cuatro
páginas para explicar su decisión,262 que, con razón, Cavaré califica
como “insuficientemente motivada”;263 a partir de allí, los laudos
arbitrales han sido cada vez más minuciosos y más elaborados, 264 a

262
Cfr. United Nations, Reports of International Arbitral Awards, Arbitral award
relating to the issue of control and sovereignty over Aves island, raised
between Venezuela and the Kingdom of the Netherlands, 30 June, 1865, vol.
XXVIII, pp. 115-124. En 1872, la motivación del laudo en el caso de las
reclamaciones del Alabama ya había tomado 6 páginas. Cfr. United Nations,
Reports of International Arbitral Awards, Alabama claims of the United States
of America against Great Britain, 14 September 1872, vol. XXIX, pp. 125-
134.
263
Cfr. Louis Cavaré, Le Droit International Public Positif, Editions A. Pedone,
París, 1969, tomo II, p. 270.
264
En el caso de la Isla de Palmas, quitando, también, la reproducción del
compromiso arbitral, el texto del laudo tiene 35 páginas. Cfr. United Nations,
Reports of International Arbitral Awards, Island of Palmas Case (The
Netherlands v. United States of America), 4 April, 1928, vol. II, pp. 829-871.
En el diferendo entre Chile y Perú, por la cuestión de Tacna y Arica, restada
la reproducción del compromiso arbitral, el Laudo consta de 33 páginas. Cfr.
United Nations, Reports of International Arbitral Awards, Tacna-Arica
Question (Chile v. Perú), 4 March, 1925, vol. II., pp. 921-958. Cfr., también,
el caso del reclamo de los armadores finlandeses por el uso de sus naves en el
curso de la I Guerra Mundial, en el que el juez Algot Bagge dedicó 66 páginas
de su laudo a examinar prolijamente sólo si, en el caso en cuestión, se habían
agotado los recursos internos disponibles. Cfr. United Nations, Reports of
International Arbitral Awards, Claim of Finnish shipowners against Great
Britain in respect of the use of certain Finnish vessels during the war (Finland
v. Great Britain), 9 May 1934, vol. III, pp. 1479-1550. En lo que,
probablemente, es el laudo más extenso, en el caso de la frontera occidental
de India y Paquistán (Raan of Kutch), la fundamentación del mismo tomó a
los árbitros 576 páginas. Cfr. United Nations, Reports of International Arbitral
Awards, The Indo-Pakistan Western Boundary (Rann of Kutch) between India
and Pakistan (India, Pakistan), 19 February 1968, vol. XVII, pp. 1-576. Cfr.
United Nations, Reports of International Arbitral Awards, The Indo-Pakistan
Western Boundary (Rann of Kutch) between India and Pakistan (India v.
Pakistan), 19 February 1968, vol. XVII, pp. 1-576. En fin, mucho más
reducido que el anterior (y aunque después haya sido considerado nulo por
Argentina, lo que condujo a la mediación papal y a un tratado de Paz y
Amistad suscrito por las partes el 29 de octubre de 1984, que fue el que
finalmente resolvió la controversia), el arbitraje entre Chile y Argentina por
las islas del Canal de Beagle, zanjado por la reina Isabel II de Inglaterra, tomó
138 páginas. Cfr. United Nations, Reports of International Arbitral Awards,
Dispute between Argentina and Chile concerning the Beagle Channel, 18
February 1977, vol. XXI, pp. 53-264.

144
veces, por la riqueza de su argumentación, prestándose para el plagio
incluso de otros tribunales internacionales. Ese es el caso del fino y
lúcido razonamiento del juez Algot Bagge, en su laudo sobre el
reclamo de los armadores finlandeses por el uso de sus barcos durante
la I Guerra Mundial, sometido a arbitraje sólo para determinar si se
habían agotado, por parte de los armadores finlandeses, los recursos
jurisdiccionales internos disponibles en el Derecho inglés; este
mismo razonamiento se cita con profusión, y a veces literalmente, sin
temor a cruzar las fronteras del plagio, por la Corte Interamericana
de Derechos Humanos, en sus primeras sentencias en los casos
Velásquez Rodríguez,265 Godínez Cruz,266 y Fairén Garbi y Solís
Corrales,267 sin siquiera mencionar a la fuente original, y dejando la
impresión, en la mente de sus desprevenidos colegas y de quienes no
se han formado en el Derecho Internacional, de que toda esa
argumentación era el producto original de la mente del juez que
redactó esas sentencias de la Corte Interamericana, y no del
minucioso razonamiento de un árbitro meticuloso y escrupuloso en
el cumplimiento de su deber. Pero la verdad es que la doctrina y la
jurisprudencia internacionales le deben mucho a la argumentación y
al razonamiento de los laudos arbitrales, que forman parte integrante
del bagaje jurisprudencial del Derecho Internacional. El laudo del
juez y profesor Max Huber, en el caso de la Isla de Palmas, es una
pieza maestra en el análisis de los títulos de adquisición de territorios,
como lo es el arbitraje del Alabama, en lo concerniente a deberes de
los Estados neutrales, o el arbitraje del Mar de Behring (decidido seis
años antes que el caso del Esequibo), en lo concerniente a la
jurisdicción de los Estados litigantes en ese espacio marino y a la
preservación de las focas, así como a los derechos que Rusia podía
transmitir a los Estados Unidos en el Tratado del 30 de marzo de
1867.
Con todos los problemas que este asunto planteaba en materia de
adquisición de territorios, y con todos los títulos alegados por las
partes (descubrimiento, ocupación, cesión, sucesión, adquisición por
prescripción, aquiescencia, etc.), ya sea que estos fueran modos de
adquisición original o modos de transferencia de territorios, el laudo
265
Cfr. Corte Interamericana de Derechos Humanos, Caso Velásquez Rodríguez,
sentencia del 29 de julio de 1988, párrafos 61 a 64.
266
Cfr. Corte Interamericana de Derechos Humanos, Caso Godínez Cruz,
sentencia del 20 de enero de 1989, párrafos 64 a 67.
267
Cfr. Corte Interamericana de Derechos Humanos, Caso Fairén Garbi y Solís
Corrales, sentencia del 15 de marzo de 1989, párrafos 87 y 88.

145
de París pudo haber sido pionero en esta materia; pero no lo fue. Este
laudo no hace ninguna referencia a los títulos que conferían el
territorio en disputa a una de las partes en la controversia y no a la
otra, a las razones porque esos títulos fueran mejores que otros, o a
las circunstancias en que se adquirieron dichos títulos. Curiosamente,
esa era la tarea que se le había encomendado al Tribunal arbitral y
éste no cumplió con ella. El Laudo no decidió la controversia que se
le había sometido, porque el Tribunal arbitral fue establecido para
que fijara una frontera sobre la base de ciertos principios y reglas; no
para que repartiera o adjudicara el territorio en disputa a una u otra
de las partes.
V. LAS REACCIONES AL LAUDO
A uno y otro lado del Atlántico, el desenlace del arbitraje generó
sentimientos encontrados entre las partes litigantes. Mientras los
ingleses tenían sobrados motivos para estar muy satisfechos, los
venezolanos (y sus circunstanciales aliados estadounidenses) veían
esa decisión con natural extrañeza e indignación.
1. El asombro de los estadounidenses
El mismo día en que se anunció el laudo, dos de los abogados de
Venezuela, Benjamin Harrison y Severo Mallet-Prevost, ofrecieron
una declaración al corresponsal de Reuter en París, en la que
afirmaron que la línea fronteriza trazada por el tribunal había sido
una línea de compromiso y no una línea que correspondiera a los
derechos de las partes;268 en su opinión, el Laudo era el fruto de un
compromiso diplomático, y no una decisión basada estrictamente en

268
“The line drawn was a line of compromise and not a line of right… So long
as arbitration was to be conducted on such principles it could not be regarded
as a success, at least by those who believed that arbitration would result in an
admission of legal rights and not in compromises really diplomatic in their
character. Venezuela had gained much, but she was entitled to much more,
and if the arbitrators were unanimous it must be because their failure to agree
would have confirmed Great Britain in the possession of even more territory.”
The Times, London, 4 de octubre de 1899, p. 6, citado por Clifton J. Child,
The Venezuela-British Guiana boundary arbitration of 1899, en American
Journal of International Law, vol. 44, 1950, pp. 682 a 693, reproducido por J.
Gillis Wetter, The International Arbitral Process: Public and Private, Oceana
Publications, Inc., Dobbs Ferry, Ney York, 1979, vol. III, pp.90 a 101. La cita
de la declaración de prensa de Harrison y Mallet-Prevost está en pp. 90 y s.

146
el Derecho, aunque admitían que esa decisión pudiera haber ido en
cualquier dirección.
En diciembre de 1899, el ex Secretario de Estado de Estados
Unidos, Richard Olney, principal artífice de la conclusión del
Tratado de arbitraje entre Venezuela e Inglaterra, escribió una breve
reseña de su encuentro con Mallet-Prevost, después del regreso de
este último a Nueva York. Mallet-Prevost estaba ansioso por contarle
lo que había sucedido y, en una de sus visitas a Nueva York, Olney
le invitó a cenar. Durante dicho encuentro, Mallet-Prevost habría
desahogado su ira y su amargura por la decisión arbitral. Olney se
abstiene de entrar en detalles, que entiende ya se habrían conocido a
través de otras fuentes; pero expresa que lo peor que se podía temer
no era la pérdida de territorio por parte de Venezuela, sino el
descrédito del arbitraje como medio de solución de controversias.
Según le habría contado Mallet-Prevost, Fuller y Brewer (jueces de
la Corte Suprema de Estados Unidos, que habían participado en este
caso como los árbitros designados por la parte venezolana), ya no
confiaba en el arbitraje como medio de solución de controversias
internacionales, a menos que se proporcionara nuevas garantías para
los derechos de las partes. Reforzando este comentario, Olney cuenta
que el ex Secretario de Estado, John Foster, le habría dicho que Fuller
y Brewer habrían regresado asqueados (“pretty sick”) del arbitraje.269
Por otra parte, en diciembre de 1899, Benjamín Harrison, que
había sido el abogado principal de la parte venezolana, dice que él
pensó que el tribunal estaba constituido sobre bases judiciales y no
representativas. Fue en ese espíritu que él se dirigió al Tribunal, para
que éste determinara las cuestiones que se habían sometido a su
decisión; pero eso terminó en un absoluto fracaso, pues los árbitros
designados por Inglaterra no se diferenciaban de sus abogados. Para
Harrison, era una anomalía y un ultraje que, en un Tribunal de esa
naturaleza, hubiera representantes de las partes. 270
El 15 de enero de 1900, el mismo Harrison reveló que Lord
Russell había aconsejado que [durante el proceso] debía prevalecer
un espíritu judicial en el tratamiento de este asunto; pero, según
269
Citado por Marcos Falcón Briceño, Ministro de Relaciones Exteriores de
Venezuela, en su discurso a la 17ª sesión de la Asamblea General de las
Naciones Unidas, el 1 de octubre de 1962. Tomado de una transcripción de la
versión publicada por la Embajada de Venezuela en Washington, D. C., y
reproducida por Gillis Wetter, op. cit., vol. III, p. 130 y ss.
270
Cfr. Ibid., p. 132.

147
Harrison, ni Russell ni su asociado británico se habían comportado
según ese estándar. Seguidamente, afirma que él podría contar, pero
no escribir, algunos incidentes que nos sorprenderían. Según
Harrison, en controversias entre individuos, los jueces ingleses eran
claramente justos e independientes; pero cuando se trataba de
extender los dominios de Gran Bretaña, y especialmente si estaban
involucrados yacimientos de oro, eso era demasiado pedir. En el caso
venezolano, la decisión del Tribunal, como un compromiso, le había
dado a Venezuela puntos estratégicos, pero le había robado una gran
parte de su territorio, que él no dudaba que se le habría otorgado por
un Tribunal imparcial. Según él, en la Europa de entonces, la idea era
que no había nada ilegal, o incluso inmoral, en la apropiación de
territorios de un Estado más débil.271
2. El júbilo de los ingleses
Mientras tanto, en Inglaterra tampoco eran indiferentes al
resultado del arbitraje, o a las circunstancias como se había llegado
al resultado alcanzado. Sólo cuatro días después de emitido el laudo,
cuando sus recuerdos e impresiones estaban “frescas y vivas”, Lord
Russell of Killowen, uno de los árbitros designados por la parte
británica, le informó a su Primer Ministro, Lord Salisbury, sobre las
incidencias y el resultado del arbitraje. En ese informe, Russell
comienza su relato refiriéndose al desempeño de los abogados de
ambas partes, quejándose de lo largo de sus discursos, pero
manifestando que los árbitros prefirieron someterse a eso, evitando
que, después, alguna de las partes se quejara de no haber sido
debidamente escuchada. Sigue, a continuación, una referencia a lo
que el Tribunal debía averiguar respecto de los probables títulos que
las partes podían invocar sobre el territorio de Guyana, así como a las
opiniones de los árbitros, y a la forma como, gradualmente, los
árbitros designados por la parte venezolana habrían ido cediendo en
sus pretensiones iniciales. Según su relato, aunque Fuller (uno de los
árbitros designados por la parte venezolana) se adhería a la tesis
venezolana, finalmente convino en una delimitación que la ignoraba;
en cuanto a Brewer (el otro árbitro designado por la parte
venezolana), si bien rechazaba la tesis española (sic), proponía una
línea de demarcación que sólo se justificaba adoptando dicha tesis.
Luego, Russell recuerda que, “después de un largo debate”, el quinto
árbitro (de Martens) terminó apoyando la tesis británica. Él y Collins

271
Cfr. ibid., p. 133.

148
se sentían decepcionados de la actitud asumida por de Martens.
Según Russell, Martens había mostrado tener una clara comprensión
de los hechos y de las cuestiones legales implicadas pero, en vez de
aplicar sin miedo los principios [se entiende que “legales”]
pertinentes, se inclinó por una solución de compromiso, tratando de
asegurar un laudo unánime; Russell agrega que, en una reunión
privada con Collins, Martens le habría sugerido que si ellos [los
árbitros designados por la parte británica] no reducían sus
pretensiones, él se sentiría obligado a acordar una línea fronteriza que
podría no ser justa para Inglaterra, a fin de asegurar la adhesión de
los árbitros designados por la parte venezolana. A juicio de Russell,
el laudo no le daba a Inglaterra nada a lo que no tuviera justo derecho.
Seguidamente, Russell menciona lo que, a su juicio, son sólo dos
puntos en los que el laudo se aparta de la línea trazada por
Schomburgk; en su opinión, si el laudo debía ser juzgado desde el
punto de vista de las pretensiones venezolanas, el resultado parecía
ser un absoluto desastre, pero estos asuntos eran ajenos a la atención
de los árbitros. En la parte final de esta comunicación, Russell llama
la atención del Primer Ministro inglés sobre “varias ofertas
diplomáticas de compromiso” que se hicieron mientras se discutía la
línea fronteriza, y que ellos [no siendo claro si se refiere a todos los
árbitros, o sólo a los designados por la parte británica] consideraban
injustas; en su opinión, esta práctica podía afectar el curso de
acontecimientos futuros y, en tales casos, dicha correspondencia
debía ir precedida de una estipulación que, en caso de fracasar o ser
desestimada, indicara que, en cualquier etapa futura de la
controversia, no se podría hacer uso o referencia a tal
correspondencia.272
Lo anterior es la versión inglesa de las inquietudes y
preocupaciones de Martens, en su afán por llegar a un acuerdo
unánime, pero, sobre todo, en su afán por alcanzar una solución de
compromiso, que no prestaba ninguna atención a las reglas acordadas
por las partes, o a los principios de Derecho Internacional aplicables
al caso. Russell no dice que lo decidido por el Tribunal sea una
solución de compromiso; pero sí hace notar que, para llegar a la
solución que se llegó, había que apartarse del Derecho. El hecho de
que, en su opinión, el laudo constituya una solución “justa”, no
272
Cfr. Carta de Lord Russell, fechada el 7 de octubre de 1899, dirigida al Primer
Ministro Lord Salisbury. En Hatfield House, Herts., Papeles del Tercer
Marqués de Salisbury, vol. A/94, Doc. N° 2. Reproducido por Gillis Wetter,
op cit., vol. III, pp. 126 y ss.

149
significa que, para llegar a ella, el Tribunal se haya ceñido
estrictamente a las reglas acordadas por las partes y a los principios
de Derecho Internacional compatibles con esas reglas y aplicables al
caso.
La carta de Russell también proporciona una idea de lo que, por
lo menos, los árbitros británicos tenían en mente en cuanto al título
que cada una de las partes podía alegar respecto del territorio en
disputa. En su opinión, la cuestión fundamental era determinar si, por
el descubrimiento, seguido de una posesión de tal naturaleza que le
diera un título pleno, España había adquirido algún derecho sobre
Guyana. Si eso era probado, las pretensiones británicas sólo podían
prosperar respecto de aquellos territorios que Holanda o Inglaterra
hubieran adquirido mediante la conquista, o mediante una posesión
adversa que condujera a la prescripción. Para Russell no faltaban
argumentos plausibles en respaldo de esta tesis. Russell admite que
la correspondencia oficial durante el período de la presencia
holandesa, y mucha de la correspondencia diplomática desde
entonces, sugería que las pretensiones holandesas se extendían a poco
más que la pedis possessio,273 como si todo lo demás fuera español;
pero, a la luz de los Tratados de Paz de Westfalia, y particularmente
del Tratado de Münster, de 1648, y del Tratado de Utrecht, de 1714,
así como de la conducta posterior de las partes, Russell y Collins
pensaban que esta tesis era insostenible.274
3. El desengaño y la reacción de los venezolanos
Si alguna vez los venezolanos se habían hecho alguna ilusión con
el arbitraje, el laudo terminó con esa alucinación. El agente de
Venezuela ante el Tribunal, José María Rojas, calificó el laudo como
“irrisorio y una manifiesta injusticia”.
El 22 de octubre de 1900, en unas “Instrucciones confidenciales”
entregadas por la Cancillería venezolana a Felipe Aguerrevere,
designado por Venezuela como su comisionado en la Comisión de
demarcación, se expresaba que el laudo era más el resultado de un
compromiso que de un examen esencialmente jurídico; con respecto
273
Literalmente, la posesión por la puesta del pie. La ocupación física del
territorio; la posesión actual del territorio, mediante su ocupación. Con el
transcurso del tiempo, puede conducir a la adquisición del territorio mediante
prescripción.
274
Cfr. Carta de Lord Russell, fechada el 7 de octubre de 1899, dirigida al Primer
Ministro Lord Salisbury. Loc. cit., p. 126.

150
a la línea de demarcación impuesta por los árbitros, se decía que ésta
era una línea de facto, determinada sin ningún respaldo o razón, ni
histórica, ni geográfica, ni política.275 Los trabajos de la Comisión de
demarcación se iniciaron cuando ya se estaban haciendo los
preparativos del bloqueo naval de los puertos venezolanos por parte
de Inglaterra, Alemania e Italia, para cobrar, de manera preferente,
una deuda contraída con sus ciudadanos.
A principios del siglo XX, las relaciones entre Estados Unidos e
Inglaterra comenzaban a mejorar, con lo que Venezuela perdió a un
aliado; además, la inestabilidad política en Venezuela no permitió
objetar, como correspondía, la validez de un laudo carente de toda
fundamentación, y que, incluso, se había excedido en el ejercicio de
su autoridad, decidiendo sobre cuestiones que no habían sido
sometidas a su consideración. Según una nota del 5 de diciembre de
1899, enviada a su gobierno por el Ministro británico en Caracas,
Venezuela quería demorar la demarcación de la frontera; ante eso, en
julio de 1900, el representante británico acreditado en Caracas le
notificó al gobierno de Venezuela que, si éste no despachaba una
comisión de demarcación antes del 3 de octubre, el gobierno
británico procedería a hacerlo solo; posteriormente, el 8 de octubre
de ese mismo año, se le notificó a la cancillería venezolana que se
había instruido al Gobernador de la Guyana Británica para que
procediera a la demarcación; el 19 de octubre, los comisionados
británicos ya habían instalado hitos fronterizos en Punta Playa, lo que
forzó a Venezuela a enviar sus propios comisionados para proceder
a la demarcación.276 Venezuela no podía resistir mucho más y, a
partir de ese momento, la comisión de fronteras, conformada por
representantes de Venezuela e Inglaterra, procedió a demarcar el
límite establecido por dicho laudo. Al finalizar su trabajo, el 10 de
enero de 1905, en Georgetown, la Comisión procedió a firmar una
Acta de Demarcación, e hizo entrega de dos mapas idénticos,
275
Cfr., Hermann González-Oropeza y Pablo Ojer-Celigueta, en Informe que los
expertos venezolanos para la Cuestión de Limites con Guayana Británica
presentan al Gobierno Nacional (Ministerio de Relaciones Exteriores, párrafo
28. El informe es reproducido parcialmente por Gilles Wetter, en su op. cit.,
vol. III, pp. 140 y ss. La cita corresponde a la p. 142.
276
Cfr. Hermann González-Oropeza y Pablo Ojer-Celigueta, Informe que los
expertos venezolanos para la Cuestión de Limites con Guayana Británica
presentan al Gobierno Nacional (Ministerio de Relaciones Exteriores, párrafo
27. No se indica fecha del informe. El informe es reproducido parcialmente
por Gillis Wetter, en su op. cit., vol. III, pp. 140 y ss. La cita corresponde a la
p. 142.

151
debidamente firmados por los comisionados de ambos países, que
reflejaban lo decidido por el tribunal arbitral. 277 Pero acatarlo no era
aceptarlo como bueno; además, el Acta de Demarcación, suscrita por
comisionados autorizados únicamente para eso (demarcar), no fue
firmada por quienes representan al Estado en las relaciones
exteriores, no fue sujeta a ratificación ni fue ratificada, y no es un
tratado.
Tendrían que transcurrir cincuenta años para que, tanto Inglaterra
como Estados Unidos de América, abrieran sus archivos y su
correspondencia oficial sobre el arbitraje, para que salieran a la luz
algunos de sus entretelones, para que se pudiera determinar por qué
el Laudo carecía de motivación, y para establecer si había elementos
adicionales que permitieran alegar su nulidad.
Pocos años después, el Ministro de Relaciones Exteriores de
Venezuela, Ignacio Iribarren Borges, manifestaría que el laudo era
nulo e irrito, y que no tenía existencia legal. 278 Lo cierto es que
Venezuela nunca aceptó el laudo.
4. El efecto sobre el arbitraje internacional
El laudo de París marcó un tremendo retroceso respecto del
desarrollo experimentado por el Derecho Internacional, entre el
momento en que se adoptó el compromiso arbitral de 1871, entre
Inglaterra y Estados Unidos de América, para resolver las
reclamaciones del Alabama, y la I Conferencia de Paz de La Haya,
de 1899, con la Convención para el arreglo pacífico de los conflictos
internacionales.279
Se recordará que, en una nota de diciembre de 1899, el ex
Secretario de Estado de Estados Unidos, Richard Olney, había
expresado su temor de que, luego de este laudo, lo peor que podía
ocurrir era el descrédito del arbitraje como mecanismo de solución

277
Cfr, Acta de la Comisión Mixta de Fronteras, Ministerio de Relaciones
Exteriores de Venezuela, Colección de Tratados Públicos y Acuerdos
Internacionales de Venezuela, vol. 3, 1920-1925, Anexo 3, p. 604. Citado por
la demanda de Guyana, nota 3, a pie de página.
278
Cfr. Discurso del Ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela, Ignacio
Iribarren Borges, en la 1530ª Reunión de la Asamblea General de las Naciones
Unidas, 20° sesión plenaria, 1965. Reproducido por Gillis Wetter, op. cit. vol.
III, p. 133.
279
Suscrita el 29 de julio de 1899.

152
de controversias internacionales.280 En esa misma nota, Olney
expresaba que los jueces Fuller y Brewer, que habían participado
como árbitros en este caso, ya no confiaban en el arbitraje. 281
Teniendo en cuenta la evolución del Derecho Internacional en
esta materia, no podemos juzgar el laudo de París de acuerdo con
estándares que no estuvieran en vigor en el momento en que se dictó;
tenemos que juzgarlo en el contexto de su época, en el marco del
compromiso arbitral suscrito por las partes, y considerando el
Derecho en vigor en ese momento. Cualquier evaluación sobre su
nulidad o validez -que es lo que pide la demanda de Guyana- tendrá
que hacerse a partir del Derecho vigente en ese momento, y de las
reglas, formalidades y condiciones aceptadas por las partes.
VI. LA ZAGA: EL MEMORÁNDUM MALLET-PREVOST
1. Las circunstancias de su aparición
Con posterioridad a la adopción del laudo de París, entre los
muchos elementos en que se sustenta esta reclamación internacional,
en julio de 1949, apareció publicado, en el American Journal of
International Law,282 un comentario firmado por Otto Schoenrich, al
final del cual se agregó un memorándum de dos páginas, que habría
sido dictado por Severo Mallet-Prevost, durante muchos años, socio
de bufete de Otto Schoenrich. Según Schoenrich, el referido
memorándum fue encontrado entre los papeles de Mallet-Prevost,
después del fallecimiento de este último, ocurrido el 10 de diciembre
de 1948; el memorándum así encontrado tenía fecha 8 de febrero de
1944, y era encabezado por una nota que decía: “Dejado al Juez
Schoenrich No para hacer público excepto a su discreción después
de mi muerte”. La publicación del comentario de Schoenrich, junto
con el memorándum de Mallet-Prevost, se produjo cincuenta años
después de dictado el laudo arbitral, cuando ya no quedaba vivo
ninguno de los protagonistas del procedimiento arbitral que culminó
con el Laudo de París; pero, en lo fundamental, había sido
280
Citado por Marcos Falcón Briceño, Ministro de Relaciones Exteriores de
Venezuela, en su discurso a la 17ª sesión de la Asamblea General de las
Naciones Unidas, el 1 de octubre de 1962. Tomado de una transcripción de la
versión publicada por la Embajada de Venezuela en Washington, D. C., y
reproducida por Gilles Wetter, op. cit., vol. III, p. 130 y ss.
281
Cfr. ibidem.
282
The Venezuela-British Guiana Boundary dispute, American Journal of
International Law, Volumen 43, número 3, July 1949, pp. 523 a 530.

153
confirmado por varias personas que conocieron a Mallet-Prevost, y a
quienes les relato esencialmente los mismos hechos y les manifestó
las mismas aprehensiones.
El memorándum que comentamos es, simplemente, un eslabón
más en una larga cadena de hechos relacionados con el Laudo de
París y con las circunstancias en que aquel se dictó, permitiendo
conocer antecedentes antes no revelados sobre lo que fue parte de las
deliberaciones de los árbitros. Pero el memorándum no es la causa
por la que Venezuela sostiene que el Laudo es nulo, o carece de
existencia jurídica; aquel no cambia el contenido del Laudo, ni altera
su naturaleza intrínsecamente viciada. Sencillamente, es un elemento
más para comprender el porqué de una decisión carente de todo
fundamente. Poco importa que ese documento provenga del abogado
de una de las partes en la controversia pues, salvo algún detalle
menor, los hechos allí referidos están corroborados por otras fuentes,
incluyendo la carta de Russel, uno de los árbitros designados por
Inglaterra, a que se ha hecho referencia previamente. En realidad, si
nunca hubiera salido a la luz pública, o incluso si no existiera, el
memorándum de Mallet-Prevost no alteraría el contenido
fundamental de esta historia.
2. El contenido del memorándum
Uno de los puntos fundamentales de este memorándum relata
que, mientras esperaban por que se anunciara el laudo, una tarde,
Mallet-Prevost recibió un mensaje del juez Brewer (uno de los
árbitros designados por la parte venezolana), indicándole que él y el
juez Fuller (el otro árbitro designado por la parte venezolana)
deseaban reunirse con él; en dicha reunión, Brewer y Fuller le
informaron, confidencialmente, de una reunión que habían sostenido
con de Martens (el presidente del Tribunal), en la que éste les había
indicado que los árbitros Russell y Collins (designados por la parte
británica) estaban preparados para aprobar la Línea Schomburgk
como frontera, pero que él, Martens, se inclinaba por alcanzar una
decisión unánime, sobre la base de una línea diferente propuesta por
él, fórmula para la que, de ser aceptada por Brewer y Fuller, él se
encargaría de obtener el asentimiento de Russell y Collins. La
propuesta de Martens era una línea que habría dado a Venezuela el
control de la boca del río Orinoco, para luego conectarse con la Línea
Schomburgk, dejando a Venezuela alrededor de 5.000 millas
cuadradas de territorio en torno a esa boca. Brewer y Fuller le
consultaron a Mallet-Prevost si debían aceptar la propuesta de

154
Martens o si debían emitir votos disidentes; Mallet-Prevost pidió
tiempo para consultar con el ex presidente Harrison (el abogado
principal de Venezuela), para lo cual se dirigió inmediatamente a su
apartamento; luego de celebrado este encuentro, ambos informaron a
Fuller y Brewer su decisión de aceptar la propuesta de Martens.
En el memorándum de Mallet-Prevost se puede distinguir entre
lo que él denuncia como hechos y aquello de lo que él “estaba
convencido”, como la sensación de que, durante la visita que de
Martens hizo a Inglaterra en las vacaciones del verano de 1899, 283
habría habido alguna transacción “entre Rusia y Gran Bretaña” (o
entre Federico de Martens y los árbitros ingleses). Mientras los
hechos que él relata parecen estar corroborados por otras fuentes, sus
aprehensiones son más difíciles de demostrar.
En lo que concierne estrictamente a los hechos, aunque no fue
testigo directo de ello, Mallet-Prevost afirma que Brewer y Fuller le
confidenciaron que habían recibido presiones de Martens para, en
aras de una decisión unánime, aceptar una línea de demarcación
distinta a la que ellos defendían. Inmediatamente después de emitido
el laudo, Harrison también había manifestado a la prensa que tal
decisión era el resultado de un compromiso;284 además, si bien

283
Un jurista británico, Clifton J. Child pone en duda que de Martens haya estado
en esa época en Londres. Child sostiene que, efectivamente, el Tribunal hizo
un receso de nueve días, del 16 al 25 de agosto de ese año, que es,
probablemente, al que se refiere Mallet-Prevost. Previamente, había habido
tres recesos, en junio y a principios de julio, para permitir que de Martens
participara en la I Conferencia de La Haya. Pero, según Child, a pesar de
tratarse de una figura prominente, y a pesar de que el periódico Times, del 18
de agosto, había publicado una nota indicando el regreso de Lord Russell, no
hay ningún registro de que de Martens hubiera visitado Inglaterra en esa
época. Cfr. Clifton J. Child, The Venezuela-British Guiana Boundary
Arbitration of 1899, American Journal of International Law, 1950, vol 44, pp.
682-693, en páginas 94 y sig. Pero, si, durante dicho receso, de Martens viajó
o no viajó a Inglaterra, o si se puede demostrar que efectivamente viajó, no
parece relevante. La cuestión es saber si hubo una componenda entre de
Martens y los árbitros ingleses, o si, al margen del Derecho aplicable, hubo
un compromiso entre todos los árbitros.
284
Cfr., también, sus comentarios escritos del 7 de octubre de 1899, de diciembre
de 1899, y del 15 de enero de 1900, citados por Marcos Falcón Briceño,
Ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela, en su discurso a la 17ª sesión
de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 1 de octubre de 1962.
Tomado de una transcripción de la versión publicada por la Embajada de
Venezuela en Washington, D. C., y reproducida por Gilles Wetter, op. cit.,
vol. III, pp. 132 y s.

155
Mallet-Prevost nunca transmitió esta información al gobierno
venezolano, sí la comentó, por lo menos, con su colega de bufete, el
juez Otto Schoenrich, y con William Cullen Dennis, que en 1910
había sido designado como el agente de Estados Unidos en el
arbitraje con Venezuela en el caso de la Compañía de Navegación
del Orinoco.285 Mallet-Prevost quedó con la sensación de que se
había ejercido presión sobre Collins (uno de los árbitros británicos)
para que se sumara a la iniciativa de Martens. Puede que Mallet-
Prevost tuviera mucha imaginación; pero las maniobras de Martens
para lograr un laudo unánime eran un secreto a voces, que había sido
admitido y aceptado incluso por Russell, 286 en su informe al Primer
Ministro inglés; eso parece ser un hecho probado; hay abundante
evidencia de la obsesión de Martens por llegar a una decisión
unánime, y de la presión que habría ejercido, tanto sobre los árbitros
ingleses como sobre los designados por la parte venezolana, para
adoptar una solución de compromiso. Se podrá argumentar que, en
un tribunal colegiado, es natural que los jueces (o árbitros, en este
caso) intercambien ideas sobre asuntos pendientes y sobre el
contenido de una posible sentencia, o laudo; el problema es que, en
el presente caso, ese intercambio de ideas nunca giró sobre cuestiones
de hecho o sobre las normas jurídicas pertinentes, sino sobre una
solución de compromiso, que no tenía ningún sustento en los hechos
probados o en el Derecho aplicable, y que podían constituir una
presión indebida que viciara de nulidad el laudo finalmente acordado.
El problema está en que el Tribunal no observó las reglas convenidas
por las partes para llegar a esa solución, y no mostró ningún interés
en disipar cualquier sombra de duda sobre la justicia de su decisión.
Un laudo debidamente fundamentado nunca hubiera dado cabida a
suspicacias, o a un memorándum como el de Mallet-Prevost.
3. Las aprehensiones de Mallet-Prevost
En la introducción que hace Otto Schoenrich al memorándum de
Mallet-Prevost, refiriéndose a sus conversaciones con éste, afirma

285
Cfr. William Cullen Dennis, The Venezuela-British Guiana Boundary
Arbitration of 1899, American Journal of International Law, vol. 44, 1950,
pp. 720 a 727, reproducido por j. Gillis Wetter, op. cit., vol. III, pp. 102 y ss.,
en p. 107.
286
Cfr. Carta de Lord Russell, fechada el 7 de octubre de 1899, dirigida al Primer
Ministro Lord Salisbury. En Hatfield House, Herts., Papeles del Tercer
Marqués de Salisbury, vol. A/94, Doc. N° 2. Reproducido por Gillis Wetter,
op cit., vol. III, pp. 126 y ss., en p. 127.

156
que Mallet-Prevost estaba convencido de que la postura de los
árbitros británicos y del presidente del tribunal era el resultado de
algún acuerdo entre Gran Bretaña y Rusia, por el cual las dos
potencias habrían inducido a “sus representantes en el Tribunal” a
votar en la forma que lo hicieron, y que, probablemente, Gran
Bretaña compensaría a Rusia en alguna otra parte del globo. No hay
evidencia de que así fuera; en realidad, el paso de los años parece
desmentir esa hipótesis. Sin embargo, de lo que sí hay evidencia es,
en primer lugar, de un compromiso, una transacción, o una
componenda “entre los árbitros”, para decidir lo que se decidió; en
segundo lugar, hay evidencia irrefutable que ese compromiso,
componenda, transacción, o como se le quiera llamar, no tiene ningún
fundamento legal y es incompatible con los términos precisos del
compromiso arbitral. Está suficientemente demostrado que, al decidir
como se decidió, el Tribunal arbitral se excedió en su competencia,
despojando de validez jurídica a dicha decisión.
VII. LA VALIDEZ -O LA NULIDAD- DEL LAUDO
Dominique Carreau sostiene que un laudo se puede impugnar por
la existencia de vicios externos al mismo, como la nulidad del
compromiso arbitral, la designación irregular de los árbitros, o
irregularidades en el procedimiento, y vicios intrínsecos al laudo
mismo.287 Pero lo que hace que un laudo sea nulo no es el hecho de
que sea impugnado, sino que adolece de irregularidades que no se
pueden subsanar; si los vicios son de tal envergadura, no hay que
alegar la nulidad para que ésta surta efectos. Si, como en el presente
caso, el exceso de poder del Tribunal, las irregularidades en su
composición, o la falta de motivación del laudo como consecuencia
de su arbitrariedad, son tan evidentes, no es necesario que la validez
del laudo tenga que ser impugnada, o que su nulidad deba ser
judicialmente declarada. Es un acto inexistente.
Guyana sostiene que Venezuela nunca ha producido pruebas de
su tardío rechazo o desconocimiento del Laudo, y que, entre 1899 y
1962, lo aceptó como tal.288 Guyana considera que, por su conducta,
Venezuela ya habría reconocido la validez del Laudo, y que éste es
un asunto que no se puede reabrir. 289 Pero Guyana está partiendo de
la premisa de que el laudo fue debidamente dictado, o que, si no lo
287
Cfr. Dominique Carreau, op. cit., p. 551.
288
Cfr. Párrafo 9 de la demanda de Guyana.
289
Cfr. Ibidem.

157
fue, los vicios de que adoleciera se podían subsanar con el paso del
tiempo. Guyana asume que el supuesto silencio de Venezuela puede
ser tenido como aquiescencia en un laudo viciado de nulidad ab
initio.
Ya nos hemos referido a la reacción inmediata de Venezuela
frente al Laudo, y ya nos referiremos a su conducta posterior. Por
ahora, veamos si había elementos de juicio que, a la luz de la práctica
y del Derecho vigente al momento de dictarlo, razonablemente,
permitieran poner en duda la validez del laudo.
1. El Derecho aplicable
El artículo XIII del compromiso estipula que el laudo sería “un
arreglo pleno, perfecto, y definitivo” de la controversia. Pero, el
artículo 54 de la Convención para el arreglo pacífico de las
controversias internacionales, suscrita en La Haya, el 29 de julio de
1899, dispone que el laudo que produce este efecto es el laudo
“debidamente pronunciado”.
Jennings sostenía que la regla de que el efecto de un acto debe
ser establecido por el Derecho contemporáneo al acto, y no por el
Derecho en vigor al momento en que se presentó la reclamación, era
una regla de fundamental importancia.290 Para ilustrar la aplicación
de esta regla, Jennings recuerda que, en el caso de la Isla de Palmas,
Estados Unidos reclamaba el título a la isla porque España, que la
había descubierto a principios del siglo XVI, se la había cedido. De
acuerdo con la regla del Derecho intertemporal, en el siglo XVI, el
mero descubrimiento confería un título; pero, tres siglos después, en
el momento en el que se presentó esta reclamación ante el Tribunal
arbitral, el mero descubrimiento, sin ocupación, no confería título.291
A pesar del reclamo de muchos venezolanos, tampoco la
aplicación del principio del uti possidetis, que transformó las
fronteras coloniales en fronteras internacionales, tenía aplicación en
este caso, pues no se trataba de un conflicto entre naciones herederas
de un mismo imperio colonial, alegando el respeto de las borrosas
fronteras administrativas existentes antes de la desintegración de ese
imperio, que, a veces, se superponían unas sobre otras, y que, en las
zonas más apartadas, no estaban suficientemente definidas. Según

290
Cfr. Robert Y. Jennings, op. cit., p. 28.
291
Cfr. Ibidem.

158
Hyde, en la América hispana, cuando el soberano común se retiró,
fue necesario convenir en un principio de demarcación que evitara
recurrir a la fuerza; ese principio fue el uti possidetis, que implicaba
la preservación de las fronteras existentes bajo el régimen colonial,
correspondientes a las entidades que constituían ese Estado. 292 Según
Hyde, hay que estar prevenidos del uti possidetis, que en sí mismo
no es indicativo de una regla de Derecho. 293 En el mismo sentido,
Lincoln P. Bloomfield advierte que la comunidad internacional no ha
reconocido, en ningún caso, el uti possidetis como norma de Derecho
Internacional.294 Tan categórico como los autores antes citados es
Abi-Saab, quien explica que, en el momento en que estaban
obteniendo su independencia, los países latino americanos
formularon el principio del uti possidetis con un doble propósito:
primero, como un medio de defensa ante el resto del mundo, negando
que, incluso en las regiones inexploradas de los territorios
descolonizados, hubiera espacios sin un soberano (terra nullius); en
segundo lugar, el uti possidetis tenía un propósito preventivo,
diseñado para evitar (o minimizar) los conflictos que surgieran en las
relaciones entre los sucesores de la corona española, dejando las
cosas como estaban al momento de la independencia. Estos dos
objetivos, que postulaban la existencia de una frontera al momento
de la independencia, sólo pueden ser verificados si por frontera se
quiere significar una “línea”, en el sentido geográfico de la palabra;
de lo contrario, el destino inevitable del uti possidetis será operar
como una mera ficción que colide con la realidad. En su opinión, al
proceder del concepto geográfico de una línea, que es el único que es
capaz de reconciliar el principio del uti possidetis con los hechos, se
puede afirmar que siempre hay una línea que define el límite exterior
de la posesión legal; pero el papel de la Corte al identificar esa línea
varía inversamente en la medida de que ésta toma forma concreta. 295

292
Cfr. Charles C. Hyde, International Law, Chiefly as Interpreted by de United
States, segunda edición, Little Brown, Boston, 1947, vol. I, p. 499, en nota a
pie de página.
293
Cfr. Ibid., p. 509.
294
Cfr. Lincoln P. Bloomfield, Egypt, Israel and the Gulf of Aqaba in
International Law, The Carswell Company, Toronto, 1957, pp. 107-108,
citado por Surya P. Sharma, Territorial Adquisition, Disputes and
International Law, Martinus Nijhoff Publishers, The Hague / Boston /
London, 1997, p. 123.
295
Cfr. Judge ad hoc Georges Abi-Saab, Separate opinion, International Court of
Justice, Case Concerning the Frontier Dispute (Burkina Faso / Republic of

159
En realidad, inicialmente, el uti possidetis era una norma de
conveniencia práctica, que evolucionó y se transformó en una regla
aplicable entre los países hispano americanos, y con vigencia entre
ellos; pero su aplicación no se puede extender a naciones que nunca
formaron parte del imperio colonial español. El uti possidetis surge
en el contexto de la sucesión de un Estado en los derechos de otro; el
modo de adquisición de territorios es la sucesión, que no puede
transferir más derechos que los que poseía el soberano original de
esos territorios.
No cabe duda que la validez del laudo tiene que ser examinada a
la luz del Derecho vigente en el momento en que se dictó, teniendo
en cuenta que alguna nulidad relativa podría ser convalidada por la
conducta posterior de la parte lesionada, y teniendo en cuenta los
profundos cambios que había experimentado el arbitraje
internacional entre 1871 y julio de 1899. En el caso de la Isla de
Palmas, en un laudo prolijamente elaborado, el juez Max Huber
sostenía que un hecho de relevancia judicial debía ser apreciado a la
luz del Derecho contemporáneo con él, y no del Derecho en vigor al
momento en que la disputa debía ser resuelta. 296 En el presente caso,
no sirve el Derecho anterior, o el Derecho que haya entrado en vigor
con posterioridad a la adopción del laudo. El Derecho intertemporal,
aplicable al laudo de París, es el que corresponde a los términos del
compromiso arbitral que estableció el Tribunal Arbitral (el Tratado
de Washington, de 1897) y, en lo que éste no disponga, a los
principios de Derecho Internacional pertinentes, que tenían vigencia
en ese momento. El Tratado de Washington es suficientemente
explícito en cuanto al objeto de la controversia, a la competencia que
las partes le confirieron al Tribunal, y a las reglas sustantivas y
procesales que éste debía aplicar; no era éste un arbitraje en equidad.
Un cuarto de siglo antes de que se dictara el laudo, un jurista
parisino sostenía que un laudo podía considerarse nulo si había una
violación del compromiso arbitral (exceso de poder), injusticia
evidente, o error material.297 También antes de que se dictara el
Laudo, otro jurista eminente, Pasquale Fiore, publicó, en 1890, Il

Mali), Judgment of 22 December 1986, párrafos 13 a 15 de la opinion


separada.
296
Cfr. Island of Palmas case (Netherlands, USA), 4 April 1928, Reports of
International Arbitral Awards, vol. II pp. 829-871, en pág. 845.
297
Cfr. M. E. Rouard de Card, L’Arbitrage International dans le passé, le présent
et l’avenir, A. Durand et Pedone-Lauriel, Éditeurs, París, 1877, p. 53.

160
diritto internazionale codificato e la sua sanzione giuridica, en el que
sostenía que la sentencia arbitral se reputará nula, inter alia, si carece
en absoluto de los motivos de hecho y de derecho; además, Fiore
indicaba que la sentencia arbitral (el laudo) podía ser impugnada, y
podía ser anulada, inter alia, si los árbitros hubiesen traspasado los
límites del compromiso arbitral, si hubiese sido dictada por persona
que careciese de la capacidad legal o moral necesaria para ser árbitro,
o que, teniéndola, la hubiese perdido durante el proceso, o cuando la
sentencia (el laudo) hubiese sido concertada con engaño, o cuando
no hubiesen sido observadas las formas procesales estipuladas en el
mandato, o las establecidas por el derecho común, o las que, según
éste, debieran considerarse indispensables, dada la naturaleza del
juicio arbitral.298 Otro autor italiano, Julio Diena, afirmaba que un
laudo se considera nulo cuando está viciado por exceso de poder,
prevaricación de alguno de los árbitros, o por errores esenciales. 299
En el caso que nos ocupa, cuesta asumir que el no percatarse que éste
era un arbitraje de derecho, sometido a reglas, haya sido el producto
de un error; los hechos reflejan que los árbitros sabían perfectamente
lo que estaban haciendo, y que sabían que estaban actuando
incorrectamente; pero, ya sea que esta decisión es el fruto del error o
de un acto deliberadamente arbitrario, la consecuencia es que el laudo
carece de existencia jurídica. En los casos de prevaricación de los
árbitros y de exceso de poder, Diena considera que este asunto
debería ser resuelto por un tribunal distinto al que dictó el laudo; pero,
si las partes no se ponen de acuerdo para someter este asunto al
arbitraje o al arreglo judicial, cualquiera de las partes -
unilateralmente- podría decidir que el laudo es nulo.300
Alfred Verdross admite que, en ciertas condiciones, una
sentencia arbitral es nula. Para él, son causas de nulidad la falta de un
tratado o compromiso válido (la nulidad del compromiso), el exceso
de poder, el soborno judicialmente comprobado de un árbitro, la
composición irregular del Tribunal, y vicios de procedimiento
esenciales. En caso de un compromiso arbitral que no existe, que es
nulo, o que ha caducado, Verdross considera que si la parte
298
El autor de estas líneas ha tenido la vista la edición en castellano, Pascual
Fiore, El Derecho Internacional Codificado, traducida por la Redacción de la
“Revista de Legislación”, de la tercera edición italiana, corregida y
aumentada, Hijos de Reus, Editores, Madrid, 1901, párrafos 1110 y 1111, p.
423.
299
Cfr. Julio Diena, op. cit., p. 464.
300
Cfr. Ibid., p. 465.

161
demandada entra en el procedimiento, sin oponer la excepción de
incompetencia, se presume que existe una sumisión tácita; respecto
del exceso de poder, éste se produce cuando el Tribunal ha decidido
sobre materias no incluidas en el compromiso, o cuando un tribunal,
no autorizado para decidir ex aequo et bono, ha sentenciado según
equidad; la nulidad por vicios de procedimiento esenciales se daría
cuando el Tribunal no estuvo constituido regularmente. 301 Esa
composición irregular deriva no solamente de la circunstancia de que
una de las partes en la controversia estaba representada y la otra no,
sino del hecho que, sin el acuerdo de esa parte que no estaba
representada en el Tribunal, se haya designado como presidente del
mismo a un personaje conocidamente anglófilo, funcionario del
Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, y que, en este caso, no podía
actuar con independencia e imparcialidad.
Según Henkin, Pugh, Schachter y Smit, en 1872, al momento en
que se adoptó el laudo de Ginebra, que resolvió la controversia del
Alabama, estaba recibiendo gradual aceptación general un sistema de
reglas y procedimientos arbitrales y, en 1875, el Instituto de Derecho
Internacional había completado un destacado e influyente proyecto
de Código de procedimiento arbitral.302 Puede decirse que, para ese
momento, las reglas derivadas del arbitraje del Alabama habían
devenido en principios de Derecho Internacional general, o en una
práctica aceptada como Derecho y, por lo tanto, obligatoria.
A juicio de Cavaré, el Derecho arbitral es el resultado de la
costumbre; en su origen se encuentran los hechos y las prácticas que
se vuelven hábitos, y que tanto los árbitros sucesivos como la
sociedad internacional consideran como una práctica obligatoria,
transformándolo en Derecho consuetudinario; esta es, en su opinión,
una de las materias más notables en que la costumbre es fuente del
Derecho Internacional.303 En cuanto a las causas de invalidez de un

301
Cfr. Alfred Verdross, Derecho Internacional Público (Título original,
Völkerrecht, Springer-Verlag, Viena, 1955), traducción de la 5ª edición
alemana por Antonio Truyol y Serra, Aguilar, Madrid. 1980, p. 399.
302
Cfr. Louis Henkin, Richard C. Pugh, Oscar Schachter, and Hans Smit,
International Law: Cases and Materials, successor to Friedmann, Lissitzin
and Pugh, Cases and Materials on International Law (1969), West Publishing
Co., St. Paul, Minnesota, 1980, p. 845. El Proyecto de Código de
Procedimiento Arbitral, del Instituto de Derecho Internacional, se encuentra
en Annuaire de l’Institut de Droit International, 1877, p. 126 y ss.
303
Cfr. Louis Cavaré, Le Droit International Public Positif, Editions A. Pedone,
París, 1969, tomo II, p. 262.

162
laudo, Cavaré menciona, inter alia, la interpretación abusiva de las
cláusulas del compromiso para la designación de los árbitros, el
exceso de poder del árbitro, la decisión ultra petita, el desempeño por
el árbitro de un papel distinto al que le está atribuido por el
compromiso, y el menosprecio del derecho a aplicar. 304
Curiosamente, Cavaré, que había cuestionado, por su “motivación
insuficiente”, el laudo de Isabel II de España en el caso de la Isla de
Aves,305 no menciona expresamente la falta de motivación como una
causal de nulidad del laudo. Sin embargo, en materia de arbitraje, en
el último tercio del siglo XIX, lo que se había transformado en
costumbre jurídica era la necesidad de motivar el laudo.
Venezuela no participó en la I Conferencia Internacional de La
Haya, y tampoco se adhirió la Convención para el Arreglo Pacífico
de las Controversias Internacionales; pero algunas de sus
disposiciones, particularmente aquellas referidas a las condiciones de
validez de un laudo, a la obligación de motivarlo, o al carácter
definitivo de un laudo debidamente dictado, tuvieron el efecto de
hacer cristalizar normas de Derecho consuetudinario; tales normas
eran de obligatorio cumplimiento, independientemente de que los
Estados hubiera ratificado o no la Convención.
En el primer párrafo del artículo 26 del proyecto de Código
Arbitral, propuesto por la delegación rusa en la I Conferencia de La
Haya de 1899, se disponía que el laudo sería nulo en tres hipótesis:
a) que el compromiso arbitral fuera nulo, b) que el tribunal arbitral se
hubiera excedido en su autoridad, o c) que se probara la corrupción
de alguno de los árbitros.306 Por analogía, se recuerda que la
Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados menciona,
como causa de nulidad de los tratados, inter alia, la violación
manifiesta de las normas de uno de los Estados partes respecto al

304
Cfr. Ibid., pp. 322 y ss.
305
Cfr. Ibid., p. 270.
306
Draft of Arbitral Code Proposed by the Russian Delegation: “Article 26. The
arbitral award is void in case of a void compromis or exceeding of power, or
of corruption proved against one of the arbitrators. …” Proceedings of The
Hague Peace Conferences – Translation of the Official Texts (The
Conferences of 1899 and 1907). The Conference of 1899, Prepared in the
Division of International Law of the Carnegie Endowment for International
Peace, under the supervision of James Brown Scott, Publications of the
Carnegie Endowment for the International Peace, Division of International
Law, Washington, Oxford University Press, New York, / London, / Toronto /
Melbourne / Bombay, 1920, p. 183.

163
consentimiento para obligarse por un tratado (artículo 46, párrafo 1),
el dolo (artículo 49), y la coacción, ya sea sobre el representante de
un Estado (artículo 51), o sobre el Estado mismo (artículo 52). Si un
tratado no es válido porque alguno de los negociadores de las partes
se excedió manifiestamente en sus poderes para concluir un tratado,
por analogía, un árbitro que se excede en los poderes que le otorgaron
las partes para resolver una controversia tampoco es válido; esa es,
además, una consecuencia natural y lógica de la aplicación del
compromiso arbitral. Puede que el dolo esté implícito en la
corrupción de alguno de los árbitros; pero no se ha previsto
expresamente, como causal de nulidad de un laudo. Tampoco hay
una referencia directa al efecto de la coacción sobre alguno de los
árbitros, o sobre el efecto de la falta de motivación del laudo. Sin
embargo, se recuerda que el artículo 54 de la Convención para el
Arreglo Pacífico de las Controversias Internacionales, del 29 de julio
de 1899, dispone que el laudo, “debidamente pronunciado” y
notificado a los agentes de las partes, es el que decide definitivamente
la controversia, sin apelación; de allí puede deducirse que un laudo
que no haya sido “debidamente pronunciado” es nulo, y carece de
efectos jurídicos. Este es el mismo criterio que, desde un punto de
vista estrictamente doctrinario, había sostenido años antes el Instituto
de Derecho Internacional, expresando que el laudo “debidamente
pronunciado” es el que decide, dentro de los límites de su
competencia, la controversia entre las partes, y que el laudo es nulo,
en caso de que el compromiso sea nulo, en caso de exceso de poder,
de corrupción probada de uno de los árbitros, o de error manifiesto. 307
Como causales de nulidad, Dominique Carreau menciona la
corrupción del árbitro, la colusión o el conflicto de intereses, el
exceso de poder, el error de Derecho manifiesto y fundamental, las
contradicciones internas del laudo, o la ausencia de claridad del
mismo.308 Refiriéndose al carácter definitivo del laudo, Hubert
Thierry admite que hay situaciones en que se puede alegar su nulidad.
Específicamente, él menciona la nulidad del compromiso,
irregularidades en la designación de un árbitro, exceso de poder por
parte del Tribunal, error manifiesto de Derecho, o un vicio esencial
del procedimiento.309 En el presente caso, aunque se podrían alegar
307
Cfr. Institut de Droit International, Session de La Haye, 28 août 1875, Project
de Règlement pour la Procédure Arbitrale Internationale, artículos 25 y 27.
308
Cfr. Dominique Carreau, op. cit., p. 551.
309
Cfr. Hubert Thierry, Jean Combacau, Serge Sur et Charles Vallée, Droit
International Public, Éditions Montchrestien, Troisiéme édition, París, 1981,

164
todas esas hipótesis, vale la pena subrayar el “error manifiesto de
Derecho”; pero, en este asunto, sería ir demasiado lejos asumir que
cinco árbitros, con una larga trayectoria como jueces en los tribunales
de mayor jerarquía de sus respectivos países, o como profesor de
Derecho Internacional (en el caso de Martens), se equivocaran tanto
en la apreciación del Derecho, al extremo de llegar a prescindir de la
aplicación de las reglas expresamente convenidas por las partes;
quizás no es exagerado afirmar que, simplemente, a plena conciencia,
fallaron en contra de lo que indicaba el Derecho. Eso hace que, al no
ser una decisión “debidamente pronunciada”, ésta sea absolutamente
nula, o carezca de existencia jurídica.
2. El respeto del debido proceso
Para que fuera válido, el laudo debía ser la culminación de un
proceso con las debidas garantías para las partes. En el presente caso,
éste no fue un proceso equitativo, en el que se respetara el principio
de la igualdad de las partes. Mientras uno de los litigantes estuvo
“representado” en la composición del Tribunal, el otro no lo estuvo;
mientras una de las partes pudo ser parte de un conciliábulo para
llegar a una solución de compromiso, la otra parte ni participó ni se
enteró de ese compromiso sino muchos años después de consumado.
Este procedimiento fue una lucha desigual, en la que uno de los
contrincantes tuvo a su disposición medios que no estaban al alcance
del otro.
Una de las garantías inherentes a todo procedimiento judicial es
que el Tribunal tenga a la vista toda la evidencia disponible, y que
decida con el convencimiento de que no hay ningún elemento
probatorio que haya escapado a su atención; en particular, si el
tribunal está en conocimiento de alguna prueba que esté en posesión
de una de las partes en la controversia, es su deber requerir la
presentación de la misma. En este sentido, debe recordarse que el
artículo III del compromiso impone al Tribunal la obligación de
“investigar y establecer” la extensión de los territorios que, a la fecha
de la cesión de Holanda a Inglaterra, pertenecían a Holanda o a
España. Esta disposición no le confiere al Tribunal un derecho que
está en libertad de ejercer, sino que le impone una obligación de
asegurar de que cuenta con toda la información indispensable para

p. 575. La cita corresponde al capítulo titulado Le règlement pacifique des


différends et l’ajustement des situations conflictuelles, de responsabilidad
exclusiva del profesor Thierry.

165
dicta una decisión que esté acorde con los hechos y que respete los
derechos de ambas partes. En el compromiso, había garantías
respecto de la presentación del caso, que incluían el derecho a que, a
petición de una de las partes, el Tribunal exigiera a la otra parte
evidencia que estuviera en su posesión, estando ésta obligada a
proporcionarla.310 Pero, cuando se trata de información que está en
posesión de la otra parte, y que es desconocida para quien podría
solicitarla, es difícil saber qué pedir concretamente.
En el presente caso, los abogados de Venezuela no tenían
conocimiento de alguna información relevante que pudiera estar en
posesión de Inglaterra y, por lo tanto, no podían ir a pescar a ciegas,
si saber qué es lo que buscaban. Posteriormente, ya dictado el Laudo
y abiertos los archivos de Inglaterra, apareció una carta
“confidencial” de Henry Light, siendo gobernador de la colonia de
Guyana Británica, fechada el 4 de marzo de 1842, dirigida a Lord
Stanley, ministro de colonias inglés (en respuesta a otra carta
“confidencial” de este último), en la que, entre otras cosas, se dice lo
siguiente:
“… Nosotros no tenemos ninguna reclamación sobre el río
Amacuro, al oeste del Barima, aunque en el viejo mapa del
Mayor L. von Bouchenroeder, publicado en 1798, el primer río
está marcado al este del segundo, y ambos desembocando en el
Orinoco.
Tanto el mapa del señor Schomburgk como el del señor
Codazzi sitúan estos ríos en la posición adecuada, con el
Amacuro entrando en el Orinoco desde el sur oeste del Barima.
[…]
Yo creo que el señor Schomburgk asume que el Amacuro
es la frontera, solamente por razones de conveniencia. […]
Ni el Barima ni el Amacuro pueden ahora ser de ninguna
importancia para Gran Bretaña, y sólo podrían ser ocupados a
un costo de vidas y dinero que no lo haría conveniente; pero
debemos tener cuidado de que una potencia más importante que
Venezuela no tome posesión de ellos.
La existencia de las repúblicas hispano americanas parece
depender tanto de partidos políticos siempre listos para disputar
por el poder, que uno podría preguntarse qué es lo que impide
310
Cfr. El artículo VII del compromiso arbitral.

166
que una de las provincias en disputa, deseando obtener ayuda
externa, le ofreciera a los Estados Unidos o a Francia, o a
cualquier otra potencia, un asentamiento, simplemente por la
locura de los sentimientos partidistas, listos para zambullirse en
la insensatez de obtener alguna ventaja temporal sobre la facción
opuesta. […]
[…] la Guyana Británica nunca debe someterse a tener las
banderas de Francia o de los Estados Unidos, o de cualquier otra
potencia, ondeando en sus fronteras. […]” 311
Los abogados de Venezuela no se percataron de esta
comunicación, que contradecía el mapa de Schomburgk y las
pretensiones inglesas, a la que se hacía referencia en el archivo
documental presentado por Inglaterra. Sin embargo, durante las
audiencias, el presidente del Tribunal interrumpió a uno de los
abogados (Askwith) e informó que “algunos miembros del Tribunal”
desearían ver la carta confidencial del señor Light, fechada el 4 de
marzo de 1842. Inmediatamente, Webster, abogado de Inglaterra,
admitió que el Tribunal estaba “en su derecho a pedir información o
la presentación de documentos”; sin embargo, cuando se trataba de
documentos como éste, surgían cuestiones muy importantes de
privilegio, queriendo decir el derecho del Estado a conservar sus
documentos confidenciales para su propio conocimiento; en su
opinión, eran documentos de carácter privilegiado, cuya protección
debía ser reclamada, pues se refería a los más altos intereses del
Estado. Lo sorprendente es que el presidente del Tribunal decidió
aceptar que, teniendo en cuenta “consideraciones de alta política”,
Inglaterra no tuviera que presentar un documento, que algunos
miembros del Tribunal querían conocer, y dio por cerrado el
incidente.312
Para Max Huber, corresponde al árbitro decidir qué argumentos
necesitan evidencia que los respalde, y si la prueba presentada para
demostrar los hechos alegados es suficiente, o no es; es a él a quien
le corresponde decidir si algún punto abordado por las partes debe
ser aclarado. Según Huber, esta libertad es esencial para el árbitro,
311
Carta del 4 de marzo de 1842, de Henry Light, Gobernador de la colonia de
Guyana Británica, a Lord Stanley, ministro de colonias inglés., Foreign
Office, 80/108. Reproducida por Gillis Wetter, op. cit., vol. III, pp. 39-42. La
traducción es del autor de estas líneas.
312
Cfr. Actas del proceso, 2460-2462, reproducido por Gillis Wetter, op. cit., pp.
37-39.

167
pues es él el que debe estar convencido de esos elementos que son
necesarios para la construcción jurídica en la que va a estar basada su
decisión. El árbitro debe considerar la totalidad de los argumentos y
pruebas que se le han presentado por las partes, ya sea por propia
iniciativa o a petición suya, y decidir cuáles alegaciones están
suficientemente sustentadas.313 En el caso que nos ocupa, una de las
partes pudo decidir a qué evidencia podía tener acceso el Tribunal, y
a cuál no. Esta circunstancia, además de entorpecer la labor del
Tribunal, con su asentimiento y complacencia, privó a la contraparte
de un medio de prueba esencial para argumentar su caso.
3. El exceso de poder
Como muy bien expresa Charles Rousseau, si bien el árbitro es
el juez de su propia competencia, él no es el amo; por ende, toda
interpretación abusiva del compromiso arbitral, todo examen de
asuntos no comprendidos en el compromiso, toda utilización de
documentos que las partes hayan excluido de su consideración, todo
desconocimiento de las disposiciones del compromiso en cuanto a las
reglas a aplicar, y en resumen, todo acto que rebase su competencia,
constituye un exceso de poder, de una naturaleza que entraña la
nulidad del laudo, haciendo que el mismo sea inexistente.314
Rousseau insiste en que, según la doctrina, la sanción del exceso de
poder se traduce no solamente en la nulidad absoluta del laudo, sino
en la inexistencia de uno que haya sido dictado en tales condiciones;
en su opinión, el tribunal que excede su competencia usurpa un poder
que no le pertenece a ningún tribunal, y viola el principio
fundamental según el cual no hay jurisdicción internacional sino
sobre la base del consentimiento de los justiciables. 315 Rousseau cita
un laudo de 1926, en el que se afirma que la cosa juzgada se aplica
solamente a laudos válidos, mientras que aquellos viciados por
exceso de poder son nulos y sin valor.316 En el mismo sentido,
Oppenheim y Lauterpacht afirman que un laudo es obligatorio sólo

313
Cfr. Island of Palmas case (Netherlands, USA), 4 April 1928, Reports of
International Arbitral Awards, vol. II pp. 829-871, en pág. 841.
314
Cfr. Charles Rousseau, Droit International Public, Sirey, París, 1983, Tome
V, pp. 326 y s.
315
Cfr. Ibid., p. 327.
316
Cfr. Ibid., p. 327. La referencia es al laudo del Tribunal arbitral mixto germano
polaco, del 1 de noviembre de 1926, en el caso Tiedemann et autres c. Etat
polonais, Recueil, T.A.M., vol., VI, p.997.

168
en el supuesto de que los árbitros hayan cumplido en todos los casos
sus obligaciones como tales, y hayan podido dar el laudo con plena
independencia; si hubieran sido sobornados, o no hubieran seguido
las instrucciones fijadas por las partes, si el laudo hubiera sido dado
bajo la influencia de coerción de cualquier clase, o si una de las partes
hubiera conducido intencionada y maliciosamente a los árbitros a un
error material esencial, el laudo no tendría ninguna fuerza
obligatoria.317
Sin embargo, el tribunal arbitral puede usurpar una competencia
que no le pertenece ya sea porque, en su decisión, ha ido más allá del
objeto de la controversia, o porque no ha atendido a las condiciones
bajo las cuales las partes convinieron en el arbitraje. Entre dichas
condiciones habrá que tener muy en cuenta el Derecho aplicable y la
motivación del laudo. En este sentido, el laudo dado por el rey
Guillermo I de Holanda, en la controversia sobre la frontera noroeste
entre Inglaterra y los Estados Unidos de América, no fue aceptado
por los Estados Unidos, por considerar que el árbitro se había
excedido en sus poderes.318 Estados Unidos de América tampoco
aceptó la decisión del árbitro Charles A. Henri Barge, designado por
la reina Guillermina de Holanda, en su disputa con Venezuela por
daños causados a ciudadanos estadounidenses durante la guerra civil
en Venezuela;319 en esta ocasión, aunque, según los términos del
compromiso arbitral, la decisión del árbitro sería “definitiva y
concluyente”, las partes convinieron en someter la validez del laudo
a un tribunal arbitral compuesto de tres árbitros, escogidos de entre
los miembros de la Corte Permanente de Arbitraje Internacional. 320

317
Cfr. Lassa Oppenheim, Tratado de Derecho Internacional Público (título
original: International Law: A treatise, séptima edición editada por Hersch
Lauterpacht, Longmans, Green and Co., Londres / Nueva York / Toronto,
1952), traducción por Antonio Marín López, Bosch, Casa Editorial,
Barcelona, 1966, Tomo II, vol. I, p. 29. Los autores citan, como ejemplo, un
caso de la Comisión Mixta de reclamaciones entre los Estados Unidos de
América y Alemania, en el que, entre otras cosas, se detectó fraude y colusión.
United States of América on behalf of Lehigh Valley Railroad Co., and others
v. Germany, American Journal of International Law, 34 (1940), p. 154.
318
El asunto fue finalmente resuelto por un tratado acordado por las partes,
suscrito en Washington, el 9 de agosto de 1842.
319
Cfr. Laudo del 22 de febrero de 1904, según los términos del compromiso, del
17 de febrero de 1903.
320
Cfr. Protocolo de Caracas, suscrito el 13 de febrero de 1909, entre Estados
Unidos de América y Venezuela. Los árbitros escogidos fueron H. Lammasch
(Austria), A. M. F. Beermaert (Bélgica), y Gonzalo de Quesada (Cuba).

169
Los árbitros tuvieron en cuenta que, en principio, una decisión
arbitral debe ser aceptada, respetada y acatada por las partes, sin que
haya una jurisdicción superior para reconsiderar tales decisiones; sin
embargo, habiéndose alegado que dicho laudo era nulo, las partes
convinieron en someterse a un nuevo arbitraje para determinar si,
teniendo en cuenta las circunstancias del caso y los principios de
Derecho Internacional, dicho laudo debía considerarse nulo, o si
debía considerarse definitivo, impidiendo el reexamen de los méritos
del caso. El Tribunal advierte que, en el compromiso arbitral del 13
de febrero de 1909, ambas partes habrían admitido, implícitamente,
como vicios de nulidad que afectarían la decisión arbitral en disputa,
el exceso de poder y el error esencial en el laudo; el laudo deja
constancia que, en este caso, las partes no estaban objetando la
integridad del árbitro, y que el exceso de poder podía consistir no
solamente en decidir sobre un asunto que no se había sometido a su
conocimiento, sino en la interpretación errónea de disposiciones
expresas del compromiso arbitral en relación con la forma en que el
tribunal debía llegar a su decisión y, en particular, en relación con los
principios y reglas de Derecho a ser aplicadas. 321 Incluso en el caso
de un compromiso de arbitraje en equidad, como el tratado por el que
Bolivia y Perú sometieron al arbitraje del presidente de Argentina
una disputa territorial,322 Bolivia se rehusó a acatar el laudo dictado
por Figueroa Alcorta el 9 de julio de 1909, por considerar que se
extendía a territorios bolivianos que no estaban en discusión; como
consecuencia de estas alegaciones, Bolivia y Perú firmaron un tratado
que rectificó la frontera trazada previamente por el árbitro. 323 El
principio fundamental es que la jurisdicción de todo tribunal
internacional o arbitral está fundada en el consentimiento de las
partes, manifestado en el compromiso arbitral, y que un laudo que se
exceda de los poderes que le fueron conferidos es nulo, y carece de
toda base jurídica.324

321
Cfr. Parte considerativa del Laudo arbitral del 25 de octubre de 1910, Caso de
Orinoco Steamship Co. (Estados Unidos de América v. Venezuela), Reports
of International Arbitral Awards, vol. XI, pp. 227-241, en p. 238.
322
Cfr. El Tratado de arbitraje del 30 de diciembre de 1902, suscrito entre Bolivia
y Perú.
323
Cfr. El Tratado Sánchez Bustamante – Polo, suscrito el 17 de septiembre de
1909.
324
Cfr. Lassa Oppenheim, Tratado de Derecho Internacional Público (título
original: International Law: A treatise, séptima edición editada por Hersch
Lauterpacht, Longmans, Green and Co., Londres / Nueva York / Toronto,

170
En el caso de la Compañía de Navegación del Orinoco, la Corte
Permanente de Arbitraje Internacional (en una decisión adoptada por
los árbitros H. Lammasch, A. M. F. Beernaert, y G. de Quesada)
observó que el compromiso arbitral no investía a los árbitros con
poderes discrecionales, y que el exceso de poder podía consistir no
sólo en decidir una cuestión que no se le había sometido, sino en
malinterpretar las disposiciones expresas del compromiso en relación
con la forma de llegar a una decisión, y particularmente con relación
a las reglas y a los principios de Derecho que debía aplicar. 325
Según Oppenheim y Lauterpacht, no existe ninguna disposición
de carácter general para la solución de controversias derivadas de la
alegación de una parte de que un laudo arbitral ha sido dictado con
exceso de poder y que, por lo tanto, es nulo.326 Pero que no haya un
remedio apropiado para resolver ese tipo de controversias no
significa que ellas no existan, o que, por ello, los laudos nulos desde
el inicio puedan subsistir y deban ser acatados.
Cabe preguntarse si un laudo dictado con exceso de poder, esto
es, un laudo dictado sobre la base de reglas que no han sido aceptadas
y consentidas por las partes, atribuyéndose competencias que no
tiene, alguna vez ha llegado a tener existencia jurídica; en este
sentido, se observa que Venezuela ha considerado el Laudo de París
como “inexistente”,327 esto es, un acto que es incapaz de producir
efectos jurídicos, y que no puede ser convalidado por el transcurso
del tiempo. Puede que exista la apariencia de un acto jurídico; pero,
si éste está desprovisto de los requisitos indispensables para que sea
reconocido como tal, no vale más que un billete falso, o que la
pretensión de que un determinado territorio, que forma parte de un
Estado reconocido por la comunidad internacional en su conjunto,
sea un Estado independiente. En el caso del Laudo de París, éste es
un hecho al que, para darle existencia jurídica, le faltan elementos

1952), traducción por Antonio Marín López, Bosch, Casa Editorial,


Barcelona, 1966, Tomo II, vol. I, p. 30.
325
Cfr. The Orinoco Steamship Company Case (United States, Venezuela),
Arbitral Award of 25 October 1910. Reports of International Arbitral Awards,
vol. XI, pp. 227-241, p. 239.
326
Cfr. Ibidem.
327
Cfr., por ejemplo, la Declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores de
Venezuela, del 2 de mayo de 1981. Cfr., también, el discurso de Ignacio
Iribarren Borges, Ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela, en la 20°
sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, pronunciado el 6 de
octubre de 1965, en la sesión plenaria.

171
esenciales, como la competencia del tribunal arbitral para decidir
como lo hizo, o una mínima sustentación de que lo decidido
correspondía a una competencia que le fue conferida por las partes.
Sin embargo, no parece haber mucha diferencia entre que el laudo
sea nulo o inexistente; después de todo, decir que un acto es nulo es
declarar que no tiene existencia jurídica; además, en la práctica
internacional, ambas situaciones tendrán que ser declaradas por un
tribunal, o tendrán que ser reconocidas como tales por ambas partes
en la controversia. Que el Acuerdo de Ginebra eludiera este asunto,
entrando directamente a diseñar mecanismos para resolver la
controversia fronteriza entre ambos Estados es, por lo menos, un
reconocimiento de que, por alguna razón, el laudo no tuvo el efecto
de resolver esa controversia “de manera completa, perfecta y
definitiva”, como preveía el artículo XIII del compromiso arbitral; de
lo contrario, el Acuerdo de Ginebra hubiera sido innecesario.
En el presente caso, no ha habido exceso de poder por parte del
Tribunal. Lo que ha habido es un abuso de poder.
4. La falta de motivación del laudo
El tipo de arbitraje en el que convinieron las partes en esta
controversia no fue un proceso irracional o arbitrario.
Independientemente de que compartamos o no la decisión final, la
exposición de las razones que condujeron a adoptar esa solución, y
no otra diferente, son las que permiten determinar si el Tribunal se
ajustó a los términos de su competencia, y si, en efecto, la
controversia fue decidida. Es mediante la debida motivación del
laudo que las partes sabrán que las pruebas presentadas fueron
debidamente evaluadas, y que sus alegatos fueron tenidos en cuenta;
después de leídas las razones de los árbitros, cada una de las partes
sabrá en qué acertó, o en qué se equivocó. Pero, en un arbitraje
sometido a reglas claras y precisas, la falta de motivación del laudo
es un vicio inadmisible, que sirve de fundamento para declarar la
nulidad de todo lo obrado, y que, por lo menos, genera suspicacia.
En el caso del laudo arbitral del rey de España, la Corte
Internacional de Justicia sostuvo que el examen del laudo mostraba
que éste cubrió, en orden lógico y con algún detalle, todas las
consideraciones relevantes, y que contiene un amplio razonamiento

172
y explicaciones en apoyo de sus conclusiones.328 Nada de lo anterior
se podría afirmar del Laudo de París.
Hersch Lauterpacht sostenía que la exhaustividad en el
razonamiento judicial siempre es una consideración apremiante de la
justicia internacional, requerida de todos los tribunales
internacionales.329 Según Lauterpacht, cuando un Estado demandado
plantea una serie de objeciones, procesales y de fondo, en contra de
la demanda, el Tribunal está obligado a examinar cada una de ellas,
en caso de que considere necesario rechazarlas; en tales casos, la
decisión sobre cada punto alegado forma parte esencial de la decisión
final. El resultado puede ser una sentencia muy larga; pero, cuando
lo que está en juego son asuntos importantes (y el hecho de que ese
asunto haya llegado a un tribunal internacional prueba que lo es), no
es sorprendente que los argumentos jurídicos sean largos y
elaborados.330 Quien esto decía era un prestigioso y antiguo profesor
de la Universidad de Cambridge, juez de la Corte Internacional de
Justicia hasta su fallecimiento en 1960. En respaldo de su tesis,
Lauterpacht cita un laudo arbitral, en el caso de unas reclamaciones
rusas por el pago de los intereses de mora de una indemnización,331
considerado por él como una de las decisiones más notables, por la
forma cómo el Tribunal arbitral desestimó, una por una, varias de las
objeciones turcas, aunque terminó desestimando la reclamación rusa
por una cuestión formal, considerando que, después de que Turquía
cayera en mora, Rusia no había hecho reserva de su derecho al pago
de intereses. Según Lauterpacht, el Tribunal podía haber recortado
drásticamente su laudo, limitándose a indicar ese último elemento,
pero no habría sido tan celebrado.332 En opinión de este eximio

328
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning the Arbitral Award Made
by the King of Spain on 23 December 1906 (Honduras v. Nicaragua),
Judgment of 18 November 1960, p. 28.
329
Cfr. Hersch Lauterpacht, The Development of International Law by the
International Court, Grotius Publications Limited /Sevens & Sons Limited,
Cambridge / London, 1982, p. 37.
330
Cfr. Ibid., pp. 37 y s.
331
Cfr. Permanent Court of Arbitration, Russian Claim for Interest on
Indemnities (Damages claimed by Russia for delay in payment of
compensation owed to Russians injured during the war of 1877-1878), Russia
v. Turkey, adoptado en La Haya, el 11 de noviembre 1912, por el Tribunal
Arbitral integrado por C. E. Lardy (super árbitro), Michael von Taube, André
Mandelstam, Herante Abro Bey y Ahmed Réchid Bey.
332
Cfr. Hersch Lauterpacht, op. cit., p. 38.

173
jurista, la administración de justicia de un Estado puede darse el lujo
de decidir sobre la base de argumentos puramente formales o
procesales; también puede darse el lujo de menospreciar las
susceptibilidades de las partes al ignorar argumentos que no le
parecen indispensables para su decisión. Pero esto no lo puede hacer
un tribunal internacional, que está tratando con Estados soberanos, y
cuya competencia depende la voluntad de las partes. Una decisión
que no encuentra su fundamento en el Derecho, como es el caso de
una decisión que no va acompañada de un razonamiento (o de un
razonamiento adecuado), se presta para la crítica en casos en que el
objeto de la controversia está conectado con intereses de importancia
política. En estos asuntos, no sólo es de vital importancia que se haga
justicia, sino que se vea que se hace justicia. 333
Según el proyecto de Reglamento para el procedimiento arbitral
internacional, aprobado en 1875, preparado por el Instituto de
Derecho Internacional, el Tribunal tenía derecho a determinar la
forma y los plazos dentro de los cuales cada parte debía presentar sus
conclusiones, fundadas en los hechos y el Derecho, y proponiendo
medios de prueba; el Tribunal podría requerir a las partes el
esclarecimiento de los puntos dudosos, y podría decidir, según su
libre apreciación, sobre la interpretación de los documentos
producidos y, en general, de los medios de prueba aportados por las
partes.334 Nada de lo anterior sería relevante si el tribunal pudiera
decidir sin fundamentar su decisión; incluso “la libre apreciación”
de los documentos y pruebas supone una valoración razonada por
parte del Tribunal. El artículo 18 del proyecto de Reglamento es
explícito: El Tribunal Arbitral decidirá según los principios de
Derecho Internacional, a menos que el compromiso disponga otra
cosa, o someta dicha decisión a la libre apreciación de los árbitros;
según el artículo 22, si el Tribunal no encuentra fundadas las
pretensiones de una de las partes, debe declararlo así; además, el
artículo 23 establece que el laudo arbitral debe contener una
exposición de motivos, salvo una dispensa estipulada por el
compromiso; por si no fuera suficiente, el artículo 24 dispone que el
laudo, “con la exposición de motivos”, será notificada a cada parte.
El proyecto de Reglamento antes referido no tiene un carácter

333
Cfr. Ibid., p. 39.
334
Cfr. Institut de Droit International, Session de La Haye, 28 août 1875, Project
de Règlement pour la Procédure Arbitrale Internationale, artículo 15,
párrafos 1°, 3° y 5°.

174
puramente académico, ni es una propuesta de lege ferenda, sino que,
en los términos del artículo 38, párrafo 1, literal d), del Estatuto de la
Corte Internacional de Justicia, es un medio auxiliar para la
determinación de las reglas de Derecho; es decir, en este punto, es
una prueba del Derecho preexistente.
En la fase escrita, junto con sus alegatos, las partes habían
presentado abundante documentación. En marzo de 1898, Inglaterra
había entregado al Tribunal siete volúmenes de documentación y un
atlas, y Venezuela tres volúmenes y un atlas. En julio del mismo año,
ambas partes volvieron a presentar nueva documentación, en dos
volúmenes por el lado venezolano, y en uno por parte de Inglaterra.
La fase oral, que comenzó en junio de 1899, se desarrolló en
cincuenta y cuatro sesiones de cuatro horas diarias de duración, se
extendió hasta el 27 de septiembre de 1899, y de todo ello se dejó
constancia en acta.335 Los abogados de las partes pronunciaron largos
discursos; como abogado de Inglaterra, Richard Webster abrió la fase
oral, con un alegato que duró trece días; a lo que siguió otro discurso
de trece días, esta vez de Mallet-Prevost, en representación de
Venezuela. Para cerrar el debate, nuevamente, ambas partes
pronunciaron largos discursos. Pero nada de eso mereció el menor
comentario por parte de los árbitros que, prescindiendo de toda
consideración jurídica, prefirieron llegar a un compromiso entre
ellos.
En el caso de la Isla de Palmas, el juez Max Huber sostenía que
era contrario a los principios propios del arbitraje internacional
excluir in limine los argumentos de las partes, como si estos fueran
irrelevantes.336 Pues eso es, precisamente, lo que ocurrió en este caso,
con todos los argumentos de ambas partes.
Tres meses antes de que se emitiera el laudo, en la Conferencia
Internacional de la Paz, celebrada en La Haya, y en la cual Federico
de Martens participó como delegado de Rusia, durante los trabajos
preparatorios de la que sería la Convención para el Arreglo Pacífico
de Controversias Internacionales, en el convencimiento de que esto
correspondía a la codificación del Derecho Internacional como
existía en ese momento, el Dr. Philipp Karl Ludwig Zorn, delegado

335
Cfr. Otto Schoenrich, The Venezuela-British Guiana Boundary Dispute,
American Journal of International Law, 1949, p. 525.
336
Cfr. Reports of International Arbitral Awards, Island of Palmas case
(Netherlands, USA), 4 April 1928, vol. II p. 841.

175
de Alemania, propuso que se estableciera que el laudo “debe indicar
las razones en que se fundamenta”. En respuesta, Martens sostuvo
que, “en más de una ocasión”, había mencionado las ventajas que
resultarían de laudos basados en razones, incluyendo la creación de
una valiosa jurisprudencia; pero él había escuchado serias objeciones
de parte de árbitros de la mayor autoridad, que habían llamado su
atención sobre la circunstancia de que los árbitros no sólo eran tales,
sino también “representantes de sus gobiernos”; por lo tanto, requerir
de ellos establecer las razones para sus decisiones era imponerles una
delicada obligación, que podía ponerlos en una situación seriamente
embarazosa si sus “conciencias judiciales” no estaban de acuerdo con
los requerimientos de sus gobiernos o con la sensibilidad de la
opinión pública en sus respectivos países. En opinión de Martens,
requerir de un árbitro imparcial condenar a su gobierno [o a su
Estado], y además tener que justificarse a sí mismo, agravando dicha
condena, era ir demasiado lejos; si el laudo contenía sólo unas pocas
frases, todos los árbitros podrían suscribirlo; pero el resultado no
sería el mismo si las razones en que se funda implicaran una severa
crítica, o arrojaran la culpa sobre una de las partes.337 La respuesta
vino del Barón Descamps, para quien los árbitros tenían la facultad
de indicar, en pocas palabras, las razones de su decisión; los árbitros
conocen muy bien la forma y los límites que deben observar en esta
esfera; pero la obligación de indicar sus razones es, al mismo tiempo,
una garantía esencial para esos que comparecen ante el Tribunal y
uno de los más valiosos elementos en el progreso del Derecho. 338
Según Federico de Martens, si bien esto sería una ventaja desde el
punto de vista legal, sería un obstáculo desde el punto de vista
práctico pues, en relación con los hechos que dieron origen a la
controversia, equivaldría a reconocer el error o la inexactitud de uno
de los Estados litigantes. Tobias Michael Carel Asser, delegado de
Holanda, preguntó a Martens si podía citar siquiera un laudo arbitral
en que no se dieran las razones para llegar a él; en opinión de Asser,
imponer a los árbitros la obligación de indicar las razones de su
decisión era una firme garantía de imparcialidad y, gracias a dicha
337
Cfr. Proceedings of The Hague Peace Conferences – Translation of the
Official Texts (The Conferences of 1899 and 1907). The Conference of 1899,
Prepared in the Division of International Law of the Carnegie Endowment for
International Peace, under the supervision of James Brown Scott, Publications
of the Carnegie Endowment for the International Peace, Division of
International Law, Washington, Oxford University Press, New York, /
London, / Toronto / Melbourne / Bombay, 1920, pp. 740 y s.
338
Cfr. ibid., p. 741.

176
garantía, el laudo nunca sería tenido como arbitrario. Martens replicó
que nunca había tenido la intención de impedir que el Tribunal
indicara las razones de su decisión, sino que deseaba dejarlo en
libertad de acción. En respuesta a la pregunta de Asser (“un solo caso
en que no se dieran razones”), Martens sólo pudo citar los casos del
Alabama y de las Pesquerías del Mar de Bering, en que algunos
miembros del Tribunal se habían negado a firmar el laudo,
precisamente porque indicaba las razones del mismo. Al Barón
Descamps, delegado de Bélgica, le parecía imposible privar a las
partes de las garantías fundamentales a que Asser había hecho
mención. El presidente puso a votación la propuesta de Zorn, la cual
fue aprobada por mayoría de votos,339 reflejándose así, en el artículo
52 de la Convención para el Arreglo Pacífico de Controversias
Internacionales, adoptada el 29 de julio de 1899. Para ese momento,
la obligación de fundamentar el laudo era asumida como una
costumbre internacional, o como un principio general de Derecho
Internacional, independiente de toda obligación convencional; las
razones esgrimidas en la Conferencia de La Haya sitúan la
fundamentación del laudo en el plano de un principio general del
Derecho Internacional en vigor; no como una propuesta de lege
ferenda.
Como el Comité de Examen de la Conferencia de La Haya no
compartiera su posición en cuanto a la fundamentación de los laudos,
Federico de Martens insistió en su negativa, esta vez ante la Tercera
Comisión de la Conferencia. Según de Martens, como jurista, él
podía aceptar este requerimiento; pero, como hombre práctico, debía
rechazarlo. Si los árbitros -en un Tribunal plural- admitían los actos
ilegales cometidos “por su Gobierno”, en conciencia, podían
concurrir en la decisión de la mayoría; pero si se les forzaba a dar las
razones de su decisión, criticando la política y las medidas adoptadas
por “su Gobierno”, les sería difícil firmar el laudo; en su opinión,
podían surgir circunstancias en las que la obligación de dar una
decisión razonada fuera un obstáculo en el camino de una decisión
absolutamente justa. Sorprendentemente, en esa misma sesión, el 17
de julio de 1899, Martens agregó que “el Tribunal Anglo-Americano”
que en ese momento estaba sesionando en París no había aceptado
esta obligación.
Respecto de la distinción que hacía Martens, entre cuestiones de
Derecho y, de hecho, admitiendo las ventajas de la motivación en
339
Cfr. ibid., p. 748.

177
cuanto a lo primero, pero no en cuanto a lo segundo, es innecesario
destacar que el laudo que, dos meses después de este debate, se
adoptó bajo su dirección, no contiene ningún tipo de razonamiento.
Ni en cuanto a los hechos, ni en cuanto al Derecho. Si el Derecho
hace predecible el resultado de una controversia, el laudo de París
constituyó una absoluta sorpresa que, en ausencia de una decisión
motivada, era incomprensible. Quien le respondió fue Chevalier
Descamps, insistiendo en el criterio del Comité, argumentando que
hay asuntos que no pueden resolverse con un sí o un no, y que los
fundamentos de la decisión son los que justifican el laudo. El Barón
Descamps consideraba que las dificultades apuntadas por Martens no
eran insuperables, y que se podían reconciliar con la obligación de
dar razones para el laudo; la forma y la medida de su decisión eran
dejadas a criterio del Tribunal; además, si los Estados consideraban
que había serias objeciones para que se indicara los motivos del
laudo, (se supone que en el compromiso arbitral), ellos estaban en
libertad de dispensar a los árbitros de esta formalidad. Martens
insistió en que no se debía imponer esta obligación al Tribunal. Esta
vez, el Dr. Philipp Zorn, delegado de Alemania, apoyó
entusiastamente la opinión de Descamps, pues consideraba que la
fortaleza de un laudo descansa precisamente en su fundamentación.
El presidente de la Comisión observó que la obligación de dar las
razones del laudo no implicaba una regla en cuanto a la forma de
presentar dichos fundamentos; el tribunal arbitral tenía libertad para
formular sus razones brevemente, o explayarse en las mismas. Por
otra parte, ante la propuesta de Edouard Rolin, delegado de Siam, de
que los árbitros que estuvieran en minoría también deberían indicar
las razones de su disidencia, Chevalier Descamps observó que no se
quería dar la apariencia de que hubiera dos sentencias, y que bastaba
con que los árbitros en minoría pudieran expresar su disenso. En
definitiva, se dio por aprobado el texto propuesto por el Comité. 340
El laudo, aprobado por una mayoría de votos, debe indicar las
razones en que se funda; debe ser redactado por escrito y firmado por
cada miembro del Tribunal.341 Dos meses antes de que se emitiera el
Laudo de París, durante todo este debate, Federico de Martens estuvo
absolutamente solo; ni siquiera en forma matizada, alguno de los

340
Cfr. Ibid., pp. 615 y ss.
341
“The award, given by a majority of votes, must state the reasons on which it
is based. It is drawn up in writing and signed by each member of the tribunal.”

178
otros delegados a la Conferencia compartió su tesis de que el laudo
no debía ser motivado.
En su afán por obtener un pronunciamiento unánime del Tribunal
Arbitral, y a partir de los argumentos que, en la Conferencia de Paz
de La Haya, ya había defendido sobre la ausencia de obligación de
motivar el laudo, el 3 de octubre de 1899 se adoptó una decisión muy
breve, desprovista de todo fundamento, que deja a las partes en la
incertidumbre en torno a los argumentos y pruebas que fueron
acogidas o que fueron desestimadas, y porqué, en torno a las reglas
del Tratado de Washington que finalmente fueron aplicadas, y cómo,
o en torno a la aplicación de principios de Derechos Internacional que
no eran incompatibles con esas reglas, cómo se determinó su
existencia y alcance, y en qué casos y circunstancias fueron aplicados
dichos principios. El laudo adjudicó a Inglaterra más del 90% del
territorio en disputa, pero no indica cuáles fueron los títulos que tuvo
en cuenta para decidir así; si fue la cesión de Holanda, tendría que
haberse demostrado que ese era un territorio que Holanda poseía
legítimamente, y que no estaba transfiriendo más que lo que le
pertenecía; si fue la prescripción, tendría que haber demostrado la
posesión por Inglaterra durante un tiempo no menor de cincuenta
años, la aquiescencia de España o Venezuela en el perfeccionamiento
de un título defectuoso, y la circunstancia de que tal prescripción
habría cristalizado antes de la fecha crítica indicada por el
compromiso arbitral. En fin, el laudo tendría que haberse extendido
en las consideraciones de hecho y de Derecho que conducían,
necesaria y lógicamente, a la decisión finalmente adoptada. No era
demasiado pedir, ni era ésta una tarea inusual para la época; eso era
lo que exigía el Derecho Internacional en vigor y, dos años antes, en
el caso del Costa Rica Packet, en una controversia entre Inglaterra y
Holanda, tal vez porque se trataba de dos naciones que no podían ser
calificadas de “semi salvajes o bárbaras”, Federico de Martens,
actuando como árbitro único, había demostrado que lo sabía hacer.
En el Laudo, se afirma que los árbitros han “examinado
imparcial y cuidadosamente” las cuestiones que se le han presentado;
pero no hay ninguna evidencia de que así haya sido, y no es eso lo
que consta en el Laudo. Muy por el contrario, queda el hecho
irrefutable de que no hay ningún examen de la documentación
presentada por las partes, de los mapas aportados, de los testimonios
o alegatos presentados en las cincuenta y cuatro audiencias que se
celebraron, o de las conclusiones presentadas por los abogados de las
partes. Para un Laudo tan parco y tan escaso de tinta, no era necesario

179
tanto esfuerzo y tantos recursos, definitivamente dilapidados ante un
Tribunal que no les prestó ninguna atención.
Se afirma audazmente que, como requería el compromiso
arbitral, el Tribunal investigó y se cercioró de la extensión de los
territorios pertenecientes a las Provincias Unidas de los Países Bajos
o al Reino de España, o que pudieran haber sido legítimamente
reclamados por las unas o por el otro al tiempo de la adquisición de
la colonia de la Guyana por parte de Gran Bretaña. No habiendo
ningún rastro de que así haya sido, el tribunal arbitral pretende que
se tenga por buena esa peregrina afirmación, y pasa de inmediato a
fijar una frontera. Al no comprobar qué es lo que Holanda estaba en
capacidad de ceder, se atribuyó poca -o ninguna-importancia al viejo
principio romano, según el cual nemo dat quod non habet.342
Si antes hicimos una comparación entre los tratados que
condujeron al arbitraje del caso del Alabama y del Esequibo, ahora
sería pertinente hacer una comparación entre ambos laudos; pero, si
los tratados de arbitraje eran esencialmente idénticos, los laudos eran
diametralmente diferentes. El primero, el de las reclamaciones del
Alabama, es un texto prolijamente elaborado, y debidamente
sustentado en cada una de sus conclusiones, estableciendo un nexo
entre los hechos que se tenían por probados y las reglas de Derecho
aplicables; por el contrario, el segundo, el Laudo de París, es un
documento muy breve, que no indica cuáles son los hechos probados
y cuáles son las reglas jurídicas aplicables, sino que, sin ofrecer
ningún fundamento, entra directo a fijar la frontera entre Venezuela
y la Colonia de Guyana Británica.
5. Ultra vires
En lo es otra formulación de este mismo principio, Fitzmaurice
afirma que la regla non ultra petita, que indica que un tribunal
internacional no puede decidir más de lo que se le ha pedido que
decida, aunque a veces ha sido clasificada como una regla de
procedimiento, ella responde a un principio jurisdiccional, según el
cual las competencias del tribunal están limitadas a los poderes que

342
En el caso de la Isla de Palmas, en donde, similarmente, se invocaba una
cesión de España a Estados Unidos de América, el árbitro, Max Huber,
advirtió que era “evidente que España no podía transferir más derechos que
los que ella misma poseía.” Island of Palmas Case (The Netherlands v. United
States of America), 4 April, 1928, United Nations, Reports of International
Arbitral Awards, vol. II, p. 842.

180
le han sido conferidos por las partes. 343 Según Fitzmaurice, ésta regla
es un corolario y una parte esencial del principio según el cual la
jurisdicción internacional está basada en el consentimiento de las
partes pues, de lo contrario, ella sería constantemente evadida. 344
La competencia del tribunal está confinada al caso que se le ha
sometido, y únicamente para decidir los puntos que le han sido
sometidos por las partes, o que están cubiertos por la controversia de
que conoce; en este sentido, en su interpretación de la sentencia en el
caso del asilo de Haya de la Torre, la Corte señaló que era su deber
responder a las preguntas que se le habían formulado, pero que debía
abstenerse de decidir sobre puntos no incluidos en los alegatos o
conclusiones finales de las partes.345 Asimismo, en el caso de las islas
Minquiers y Ecréhos, que fue sometido a la Corte Internacional de
Justicia mediante un compromiso en el que se le pedía a ésta que,
específicamente, determinara si tales islas pertenecían al Reino
Unido o a Francia, en respuesta a lo alegado por Francia, en el sentido
de que las islas podían ser terra nullius o ser sometidas a
condominium, la Corte sostuvo que, sobre la base del compromiso,
debía determinar si la soberanía correspondía a una o a otra de las
partes en el litigio, y que las propias partes habían excluido la
posibilidad de declararlas res nullius o condominium.346
Toda decisión judicial obliga sólo a las partes en la controversia,
y no puede decidir asuntos que conciernen a Estados que no son
partes en el litigio. Por lo anterior, el autor de estas líneas no estima
necesario referirse a la incursión del Laudo arbitral en el territorio de
otros Estados, lo cual dio origen a varias protestas por parte de

343
Cfr. Gerald Fitzmaurice, The Law and Procedure of the International Court
of Justice, Grotius Publications, 1986, Cambridge University Press, 1993,
reimpreso en 1995, Cambridge, vol. II, p. 524.
344
Cfr. Ibid., p. 529.
345
Cfr. International Court of Justice, Request for Interpretation of the Judgment
of November 20th, 1950, in the Asylum Case (Colombia / Peru), Judgment of
November 27th, 1950, p. 11.
346
Cfr. International Court of Justice, The Minquiers and Ecrehos Case (France
/ United Kingdom), Judgment of November 17th, 1953, p. 9.

181
Holanda347 y Brasil.348 En una circular del Ministerio de Relaciones
Exteriores de Brasil, acompañada en una de sus notas de protesta a
Inglaterra, ésta se refiere a las preocupaciones del gobierno de Brasil
por la forma en que el laudo incursionó en sus derechos territoriales,
y hace referencia a un tratado de límites que Brasil había firmado con
Venezuela, el cual había sido presentado ante el Tribunal arbitral.
Quien suscribe esa circular no se puede imaginar que el Tribunal
arbitral haya trazado la frontera sobre territorio que,
incontestablemente, era brasileño. Esta circular recuerda que el laudo
de París no tiene efecto en Derecho Internacional, y tampoco en el
Derecho civil, respecto de una potencia extraña al litigio. La circular
observa que el Tribunal arbitral ha fallado ultra petita, sobre cosas
no reclamadas ni por Venezuela ni por Inglaterra.349 Adicionalmente,
en el laudo arbitral de Víctor Emmanuel III, rey de Italia, del 6 de
junio de 1904, sobre la frontera entre Brasil y la Guyana Británica,
en una decisión debidamente motivada, se refiere directamente al
laudo arbitral dictado “por el Tribunal Anglo-Americano”, del 3 de
octubre de 1899, se señala que este último carecía de valor, y no podía
ser invocado en contra Brasil, que no fue parte en ese litigio. Pero
Víctor Emmanuel hace otras observaciones igualmente pertinentes
en el caso que nos ocupa; en su decisión, se indica que el
descubrimiento de nuevas rutas de comercio en regiones que no
pertenecen a ningún Estado no puede, por sí solo, conferir un derecho

347
Cfr. la nota de protesta de Holanda, de una fecha indeterminada en 1900,
relacionada con los términos del laudo que, aunque reservaba expresamente
los derechos territoriales de Brasil, no decía nada respecto de los derechos
territoriales de Holanda. A esa nota respondió un funcionario del servicio
exterior británico (firma ilegible), en nombre del Primer Ministro Salisbury,
el 28 de marzo de 1900. Reproducido en Gillis Wetter, op. cit. Tomo III, p.
168.
348
Cfr. Una nota de protesta dirigida al Marques de Salisbury, firmada, por
instrucciones del gobierno de Brasil, por un señor Gericke, quejándose de que
el laudo de París se excedió de los límites de su mandato, ocupándose de fijar
la frontera entre la Guyana inglesa y Brasil. Reproducido en Gillis Wetter, op.
cit. Tomo III, p. 169. Hay una segunda nota de protesta, firmada por A. de
Souza Correa, por instrucciones del Ministro de Relaciones Exteriores de
Brasil, del 12 de enero de 1900, dirigida al Marques de Salisbury, y en la que
le acompaña una circular del Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil,
del 7 de diciembre de 1899, firmada por Olyntho de Magalhaes. Reproducido
en Gillis Wetter, op. cit. Tomo III, pp. 170 a 173.
349
Cfr. la circular del Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil, del 7 de
diciembre de 1899, firmada por Olyntho de Magalhaes. Reproducido en Gillis
Wetter, op. cit. Tomo III, pp. 170 a 173.

182
efectivo a la adquisición de soberanía de esas regiones por Estados
cuyos súbditos las han descubierto en su capacidad privada; según
Víctor Emmanuel, para adquirir la soberanía de esas regiones es
indispensable que la ocupación se efectúe en nombre del Estado;
además, la ocupación no puede llevarse a cabo sino mediante la toma
de posesión ininterrumpida y permanente en nombre del Estado. Una
simple afirmación de derechos de soberanía, o una intención
manifiesta de hacer efectiva la ocupación, no es suficiente; además,
la posesión efectiva de una parte de una región no puede conferir
derecho a la adquisición. Víctor Emmanuel observó que, en su caso,
no se desprendía de los documentos que se le presentaron, que habían
sido debidamente sopesados y considerados, que existieran derechos
históricos sobre los cuales fundamentar derechos de soberanía bien
definidos.350 Concedamos que, después de todo, el propio Laudo deja
a salvo “cualquier cuestión que ahora exista o que ocurriese para
determinación entre los Estados Unidos de Venezuela y la República
del Brasil o entre esta República y el Gobierno de Su Majestad.” Pero
hay una diferencia sustancial entre un laudo motivado y otro que no
lo es; frente al silencio del Laudo de París, sorprende la forma como
el Laudo de Roma examina los títulos de adquisición de territorios, y
lo que se requiere para que la simple posesión pueda cristalizar en
ocupación efectiva.
No hay, en el Tratado de Washington, ninguna disposición que
encomendara al Tribunal arbitral decidir sobre la navegación de ríos
fronterizos. En realidad, el 20 de julio de 1886, Inglaterra ya había
propuesto a Venezuela la libre navegación del Orinoco, propuesta
que fue categóricamente rechazada por Venezuela; 351 ese asunto no
fue sometido a arbitraje, y el Tribunal carecía de autoridad para
pronunciarse sobre ello. Sin embargo, el laudo “decide que, en
tiempo de paz, los Ríos Amacuro y Barima quedarán abiertos a la
navegación de los buques de comercio de todas las naciones”.
Tampoco se le encargó al Tribunal arbitral decidir sobre tasas
aduaneras entre los Estados partes en el litigio; pero, ahí está:
“… el pago de derecho de faro u otros análogos, a condición
que los derechos exigidos por la República de Venezuela y por
350
Cfr. Award of His Majesty the King of Italy with regard to the Boundary
between the colony of British Guiana and the United States of Brazil, given at
Rome, June 6, 1904. En Reports of International Arbitral Awards, The Guiana
Boundary Case (Brazil, Great Britain) 6 June 1904, vol. XI pp. 11-23.
351
Cfr. notas diplomáticas del 28 y 29 de julio de 1886.

183
el Gobierno de la Colonia de la Guayana Británica con respecto
del tránsito de buques por las partes de dichos ríos que
respectivamente les pertenecen, se fijen a la misma tasa para los
buques de Venezuela y los de la Gran Bretaña, la cual no
excederá a la que se exija de cualquiera otra nación. Queda
también entendido que ningún derecho de aduana podrá ser
exigido, ya por la República de Venezuela, ya por la Colonia de
la Guayana Británica, con respecto de mercaderías trasportadas
en los buques, navíos o botes pasando por dichos ríos; pero los
derechos de aduana serán exigibles solamente con respecto de
las mercaderías desembarcadas respectivamente en el territorio
de Venezuela y en el de la Gran Bretaña.”352
Dos antiguos profesores de la Universidad de Cambridge,
Oppenheim y Lauterpacht, afirman que el Derecho Internacional no
contiene regla alguna que otorgue a los Estados extranjeros el
derecho de libre navegación por los ríos nacionales, privados o
públicos.353 Respecto de los ríos internacionales, ellos observan que,
hacia finales del siglo XVIII, en ausencia de tratados, los Estados
ribereños podían excluir a los buques extranjeros de la navegación
por aquellas partes del río que corrían a través de sus territorios
respectivos, o admitirlos en condiciones discrecionales; 354 la
tendencia contraria comenzó a desarrollarse con el decreto de la
Convención francesa, del 16 de noviembre de 1792, que abrió los ríos
Escalda y Mosa “a los buques de todos los Estados ribereños”; en
1815, con el Acta Final del Congreso de Viena, se proclamó el
principio de la libertad de navegación “por los ríos internacionales
de Europa”, para los buques mercantes, no sólo de los Estados
ribereños, sino también de todas las demás naciones. 355 El hecho es
que los ríos internacionales no son res communis, como la alta mar,
o el espacio ultra terrestre.
En el Proyecto de Reglamento Modelo del arbitraje
internacional, preparado por la Comisión de Derecho Internacional

352
Cfr. el párrafo segundo (y último) de la parte dispositiva del Laudo.
353
Cfr. Lassa Oppenheim y Hersch Lauterpacht, Tratado de Derecho
Internacional Público (título original: International Law – A treatise,
Longmans, Green and Co., London / New York / Toronto, 1905), octava
edición inglesa (1955), traducción de J. López Oliván y J. M. Castro Rial,
Bosch, Barcelona, 1961, tomo I, vol. II, p. 18.
354
Cfr. Ibid., p. 19.
355
Cfr. Ibid., p. 20.

184
de la ONU, se expresa que, en ausencia de un acuerdo en contrario
implícito en el compromiso arbitral, el Tribunal decidirá sobre
cualquiera reclamación dependiente, que considere inseparable del
objeto de la controversia y que sea necesaria para su resolución
definitiva.356 Pero, ni siquiera estirando mucho la interpretación del
Tratado puede sostenerse que, tanto la libre navegación de ríos
comunes como la fijación de tasas aduaneras son elementos
subordinados a la cuestión principal -la determinación de la frontera-
, por lo que la jurisdicción del Tribunal también se extendería a ellos.
No es convincente que la competencia para fijar una frontera lleve
aparejada la determinación de cómo administrar esa frontera; pero,
asumiendo que fuera así, arguendo, el Tribunal tendría que haber
explicado esa conexión de dependencia y, adicionalmente, tendría
que haber motivado su decisión. Las vías acuáticas internacionales,
que están abiertas a la libre navegación,357 tienen ese estatuto jurídico
por voluntad expresa de las partes, manifestada en sendos tratados
internacionales,358 y no por decisión de un tribunal arbitral o de otro
356
Cfr. International Law Commission, Draft Model Rules, 1958, “Article 19. In
the absence of any agreement to the contrary implied by the undertaking to
arbitrate or contained in the compromis, the tribunal shall decide on any
ancillary claims which it considers to be inseparable from the subject-matter
of the dispute and necessary for its final settlement.”
357
Cfr. Louis Cavaré, Le Droit International Public Positif, Editions A. Pedone,
París, 1969, tomo II, pp. 856 y ss.; Charles Rousseau, Droit International
Public, Sirey, París, 1980, tomo IV, pp. 494 y ss; Ian Brownlie, Principles of
Public International Law, Third Edition, Clarendon Press, Oxford, 1979, pp.
270 y ss.; Ingrid Detter, The International Legal Order, Dartmouth Publishing
Company, Aldershot / Brookfield USA & Singapore / Sydney, 1994, pp. 354
y ss.; Paul Reuter, Derecho Internacional Público (Título original: Droit
International Public, Presses Universitaires de France, París, 1958), Bosch,
Casa Editorial, S. A., Barcelona, 1982, pp. 325 y ss.; y Antonio Remiro
Brotóns, Rosa M. Riquelme Cortado, Javier Díez-Hochleitner, Esperanza
Orihuela Calatayud, y Luis Pérez-Prat Durbán, Derecho Internacional,
McGraw-Hill, Madrid, 1997, pp. 571 y ss.
358
Cfr., por ejemplo, el Acta Final del Congreso de Viena, de 1815, que, además
de los artículos pertinentes (108 a 116), tiene un “Reglamento de la libre
navegación de los ríos”, aplicable fundamentalmente a los ríos Rhin, Escalda,
Elba, y Weser, de donde deriva la Comisión Central para la Navegación del
Rhin. La Comisión Europea del Danubio data de 1856, y el régimen de
navegación depende, actualmente, del Convenio de Belgrado, de 1948. El
Acta General de Berlín, suscrita el 26 de febrero de 1885, estableció la libre
navegación sobre los ríos Níger y Congo. El Tratado para la libre navegación
de los ríos Paraná y Uruguay, entre la Confederación Argentina y su Majestad
Británica, data del 10 de julio de 1853. El Tratado de la Cuenca del Plata fue
suscrito el 23 de abril de 1969.

185
tipo; incluso, Liszt recuerda que, según el Acta de Navegación del
Rhin, del 31 de marzo de 1831, la navegación estaba reservada a los
Estados ribereños; hubo que esperar hasta la revisión de ese tratado,
del 17 de octubre de 1868, para que la libre navegación estuviera
permitida a naves de todos los Estados.359 Lo que, en el Congreso de
Viena, las partes habían convenido mediante un tratado libremente
consentido y aceptado, el Tribunal arbitral se sintió autorizado para
decidirlo por sí mismo, y así lo hizo. Pero, incluso si se considerara
que éste era un asunto de la competencia del Tribunal, había factores
particulares que se podían haber tomado en cuenta; por ejemplo,
Charles de Visscher sostiene que, “mientras los ríos europeos, por ser
en su mayoría naturalmente navegables y por atravesar países muy
poblados y altamente industrializados, tienen por función primordial
el ejercicio de la navegación, las diferentes circunstancias que
concurren en América y en otros continentes postulan regímenes
distintos.”360
Veintiún años después de dictado el Laudo de París, en la
Conferencia de Barcelona, los Estados convinieron en un tratado en
el que se acordó la libre navegación de los buques que enarbolen el
pabellón “de cualquier otro Estado contratante”, por aquellas partes
navegables de las vías fluviales bajo su soberanía o autoridad. 361
Claramente, ésta no era una regla de derecho consuetudinario o un
principio general de Derecho Internacional, sino que requería el
consentimiento de las partes. Según Alain Pellet, el principio de la
libertad de navegación de los ríos nunca ha sido impuesto como un
principio general de Derecho positivo.362 Siendo así, y suponiendo
que tuviera competencia para ello, cabe preguntarse sobre qué base
jurídica el Tribunal arbitral de París decidió que los ríos comunes a

359
Cfr. Franz von Liszt, Le Droit International: Exposé systematique, traducción
francesa de la 9e edición alemana, de 1913, A. Pedone, Editeur, París, 1928,
p. 225.
360
Charles de Visscher, Teorías y Realidades en Derecho Internacional Público
(Título original, Théories et Réalités en Droit International Public, Éditions
A. Pedone, París, 1955), traducción de Pablo Sancho Riera, Bosch, Casa
Editorial, Barcelona, 1962, pp. 227 y s.
361
Cfr. El artículo 3 del Convención y Estatuto de Barcelona sobre el régimen de
las vías fluviales navegables de interés internacional, suscrita el 20 de abril de
1921, y en vigor desde el 31 de octubre de 1922.
362
Cfr. Alain Pellet, Droit International Public, Presses Universitaires de France,
París, 1981, p. 95.

186
las partes en esta controversia debían estar abiertos a la libre
navegación.
Hay un límite que el tribunal arbitral no puede traspasar, y éste
está marcado por las competencias que le fueron conferidas por las
partes en el compromiso arbitral. 363 Que el Tribunal tenga
competencia para decidir sobre su propia competencia no significa
que el Tribunal pueda decidir caprichosamente sobre los límites de
su competencia. No todos los ríos comunes están abiertos a la libre
navegación de cualquier Estado, y no hay ningún principio de
Derecho Internacional general que obligue a los Estados a garantizar
a sus países vecinos tasas arancelarias preferenciales. Aunque el
Tribunal era competente para interpretar su propia competencia a la
luz del compromiso arbitral, no lo era para legislar sobre materias
que no habían sido sometidas a su conocimiento, y que no formaban
parte del objeto de la controversia; que un tribunal tenga competencia
para decidir sobre su propia competencia no es lo mismo que tener la
facultad de asumir caprichosamente una competencia que nunca se
le ha conferido. Por ende, era indispensable que el Tribunal hubiera
fundamentado tanto su competencia en esta materia como su decisión
sobre un punto que, por lo menos expresamente, las partes no habían
sometido a su consideración.

363
Cfr. Dominique Carreau, op. cit., p. 550.

187
188
CUARTA PARTE

EL RESURGIMIENTO DE LA RECLAMACIÓN
DEL ESEQUIBO

Guyana sostiene que, hasta 1962, Venezuela acató el laudo de


París, y que sólo cambió de opinión en 1962, cuando se estaban
haciendo los preparativos para la independencia de Guyana, sesenta
y tres años después de emitido el laudo, afirmando, por primera vez,
que éste era arbitrario y, por lo tanto, nulo e irrito. Según la demanda
de Guyana, antes de 1962, Venezuela nunca alteró su posición oficial
de que su frontera con la Guyana Británica había sido determinada,
de manera definitiva y permanente, por el laudo arbitral de 1899 y el
acuerdo de delimitación fronteriza de 1905; en este sentido, Guyana
menciona intercambios diplomáticos ocurridos entre 1941 y 1943, en
los que el Ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela en aquella
época, Esteban Gil Robles, habría respondido a las preocupaciones
del Reino Unido, acerca de ciertos informes de prensa, manifestando
que la frontera entre la Guyana Británica y Venezuela era “chose
jugée”, y que esas opiniones manifestadas a través de la prensa no
eran compartidas por su gobierno.364
Lo cierto es que, en distintos momentos (1903, 1915, 1917, 1944,
1945, y 1948), Venezuela sostuvo, ante Inglaterra o en foros
internacionales, la necesidad de “revisar sus fronteras con Guyana”,
o “reparar una injusticia histórica”. En la Novena Conferencia
Internacional Americana, celebrada en Bogotá, del 30 de marzo al 2
de mayo de 1948, el representante de Venezuela, Rómulo Betancourt,
declaró que los venezolanos no habían renunciado a sus aspiraciones

364
Cfr. los párrafos 6 y 39 de la demanda de Guyana.

189
territoriales en áreas que permanecían bajo el tutelaje colonial, y que
previamente habían formado parte de su territorio. 365
No fue sino hasta que habían transcurridos cincuenta años que
Venezuela pudo acceder a los archivos ingleses y estadounidenses de
la época. Además, la inestabilidad política en Venezuela, así como
una Inglaterra involucrada en dos guerras mundiales, impidieron que
esta reclamación pudiera plantearse antes. Aun así, durante los
primeros cincuenta años después de dictado el laudo, teniendo en
cuenta la evidencia disponible, las protestas de Venezuela podrán
haber sido esporádicas, pero no por eso menos firmes y categóricas.
En 1951, en la IV Reunión de Consulta de Ministros de
Relaciones Exteriores de la OEA,366 el Ministro de Relaciones
Exteriores de Venezuela, Luis Emilio Gómez Ruiz, sostuvo la
nulidad del laudo arbitral dictado en París, en octubre de 1899.
Por otra parte, cualquiera que sea el valor jurídico que tenga o
que se quiera atribuir al memorándum de Mallet-Prevost, 367 éste no
fue conocido hasta 1949, cincuenta años después de emitido el laudo
de París.
Como sostiene Guyana, en efecto, fue el 14 de febrero de 1962
que, por primera vez, el asunto se planteó en Naciones Unidas. En
dicha ocasión, mediante una nota del representante de Venezuela ante
el Comité de Descolonización, se alegó la existencia de una
controversia entre Venezuela y el Reino Unido, relativa a la
“demarcación” de la frontera entre Venezuela y la Guyana Británica;

365
Cfr. Hermann González-Oropeza y Pablo Ojer-Celigueta, Informe sobre la
cuestión de límites con Guayana Británica que los expertos venezolanos,
Hermann González Oropeza y Pablo Ojer, presentaron al Gobierno, párrafo
35. El informe es reproducido parcialmente por Gillis Wetter, como Report
on the Boundary Question with British Guiana Submitted to the National
Government by the Venezuelan Experts, en su op. cit., vol. III, pp. 140 y ss.
La cita corresponde a la p. 143.
366
Organización de Estados Americanos, IV Reunión de Consulta de Ministros
de Relaciones Exteriores, celebrada en Washington, D. C., del 26 de marzo al
7 de abril de 1951.
367
La demanda de Guyana sostiene que se trata de “un memorándum secreto”,
“supuestamente” escrito por “uno de los abogados de Venezuela” (el
subalterno, el junior) en el arbitraje de 1899, con instrucciones para hacerlo
público sólo después de su muerte, la cual ocurrió en 1949. “Sin tener prueba
o conocimiento directo de ello,” el memorándum alega una supuesta colusión
entre los árbitros británicos y el presidente del tribunal arbitral. Cfr. el párrafo
42 de la demanda de Guyana.

190
en el anexo de esa nota, se expresaba que el Laudo había sido el
resultado de una transacción política, llevada a cabo a espaldas de
Venezuela, sacrificando sus legítimos derechos, y que la frontera
había sido demarcada arbitrariamente, sin tener en cuenta las reglas
del acuerdo arbitral o los principios relevantes del Derecho
Internacional, por lo que Venezuela no podía reconocerlo. 368 Días
después, el 22 de febrero de 1962, mediante una Declaración del
Embajador Carlos Sosa Rodríguez se planteó esta misma situación
ante la Cuarta Comisión de la Asamblea General de las Naciones
Unidas. A partir de ese momento, la reclamación de Venezuela sobre
el territorio del Esequibo, al igual que su exposición de motivos para
alegar la nulidad del Laudo, se hizo recurrente.
A petición de Venezuela, en la décimo séptima sesión de la
Asamblea General de la ONU, se incluyó en la agenda del Comité de
Descolonización el tema de “La frontera entre Venezuela y el
territorio de la Guyana Británica.” Al llegar a ese punto de la agenda,
el 1 de octubre de 1962, el entonces Ministro de Relaciones
Exteriores de Venezuela, Marcos Falcón Briceño, reabrió la
controversia sobre este asunto, y manifestó que las reglas a ser
seguidas por el tribunal arbitral habían sido previamente acordadas
en el Tratado de Washington pero que, cuando llegó la hora de
anunciar una decisión, esas reglas, que eran la única fuente a la que
los árbitros tenían que ceñirse, no habían sido tomadas en
consideración. Según Falcón Briceño, el laudo arbitral no se basó en
ningún razonamiento; seguidamente, hizo referencia al memorándum
de Mallet-Prevost, según el cual el laudo era el producto de un
compromiso político y no de la aplicación de los principios jurídicos
a que las partes habían acordado someterse. Luego de afirmar que el
gobierno de Venezuela disponía de testimonios que confirmaban lo
aseverado por Mallet-Prevost, el Ministro de Relaciones Exteriores
de Venezuela indicó que dicha documentación sería revelada a su
debido tiempo, y concluyó su intervención invitando a Gran Bretaña
y la Guyana Británica a sentarse en una mesa, “como buenos
amigos”, y conversar francamente acerca de la rectificación de la
injusticia de que Venezuela era víctima, y llegar a una solución que

368
Carta del Representante Permanente de Venezuela en Naciones Unidas al
Comité de Descolonización, del 14 de febrero de 1962. Citada en la demanda
de Guyana, párrafo 40.

191
tomara en consideración los legítimos intereses de Venezuela y de la
Guyana Británica.369
En noviembre de 1962, durante el XVII período de sesiones de
la Asamblea General de las Naciones Unidas, las partes acordaron,
inicialmente, examinar la documentación concerniente a este asunto;
este compromiso se hizo firme un año después, mediante un
comunicado conjunto del 7 de noviembre de 1963, indicando que
expertos británicos y venezolanos examinarían los archivos de sus
respectivas contrapartes y presentarían un informe que serviría de
base para nuevas negociaciones. Días antes, el 5 de noviembre de
1963, el Ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela, Marcos
Falcón Briceño, había entregado a su contraparte británica un
documento en el cual expresaba que la verdad histórica y la justicia
exigían que Venezuela reclamara la total devolución del territorio del
que había sido desposeída.370 El 7 de septiembre de 1965, los
gobiernos de Venezuela y el Reino Unido intercambiaron los
informes de sus respectivos expertos, en relación con los límites entre
Venezuela y la entonces colonia de Guyana Británica. Casi
simultáneamente, de nuevo en la Asamblea General de la ONU, el
entonces Ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela, Ignacio
Iribarren Borges, citando al presidente de Venezuela Raúl Leoni,
manifestó la irrevocable decisión de Venezuela de trabajar
activamente por la restauración de los derechos que le fueron
negados, en una forma irracional y brutal, sin ningún fundamento, en
una decisión contraria a Derecho. El canciller Iribarren Borges
concluyó sus palabras declarando que el laudo de París era nulo e
írrito, y que no tenía existencia legal. 371
I. EL ACUERDO DE GINEBRA
Una vez desconocida la validez del laudo, luego de las
negociaciones antes referidas, éstas culminaron, el 17 de febrero de
1966, con la firma del Acuerdo de Ginebra, por parte de Venezuela,
369
Cfr. el discurso de Marcos Falcón Briceño, Ministro de Relaciones Exteriores
de Venezuela, en la 17° sesión de la Asamblea General de las Naciones
Unidas, pronunciado el 1 de octubre de 1962, ante el Comité Político Especial
de la Asamblea General.
370
Cfr. Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela, Reclamación de la
Guyana Esequiba, Documentos 1962-1981, Caracas, 1982, p. 24.
371
Cf. el discurso de Ignacio Iribarren Borges, Ministro de Relaciones Exteriores
de Venezuela, en la 20° sesión de la Asamblea General de las Naciones
Unidas, pronunciado el 6 de octubre de 1965, en la sesión plenaria.

192
Inglaterra, y Guyana, aunque ésta aún no era un Estado
independiente; de acuerdo con el artículo VIII del Acuerdo, una vez
que Guyana lograra su independencia, automáticamente llegaría a ser
parte en el Acuerdo. La independencia de Guyana se produjo el 26
de mayo de 1966, tres meses después de la suscripción del Acuerdo
de Ginebra, y Venezuela procedió a su reconocimiento inmediato,
con la expresa reserva de la reclamación territorial pendiente sobre el
territorio situado al oeste del río Esequibo. Guyana era parte de un
imperio colonial que había llegado a su fin; pero Guyana no podía
heredar de Inglaterra más de lo que en estricto Derecho le
correspondía.
Venezuela nunca ha cesado de reclamar la rectificación de lo que
considera “una injusticia histórica”, y el Acuerdo de Ginebra es el
resultado de esa incansable y persistente reclamación. Sesenta y seis
años después de dictado el Laudo de París, y sin tomarlo en cuenta,
dicho tratado reconoció la existencia de una controversia fronteriza
que debía ser resuelta de manera práctica y mutuamente satisfactoria.
Sin entrar a valorar el Laudo, el transcurso del tiempo no pudo borrar
que había una controversia pendiente, y que, por parte de Venezuela,
no existía ningún acto o declaración que pudiera ser considerada
como una renuncia a sus derechos, o como estoppel. Muy por el
contrario, el Acuerdo de Ginebra es el reconocimiento de que, por las
razones que sea, el Laudo de París no resolvía debidamente la
controversia que se le había sometido.
El Acuerdo de Ginebra no se celebró a espaldas de Guyana, la
cual, desde antes de adquirir su independencia política, participó
plenamente en las negociaciones que llevaron a la conclusión del
referido tratado. Siendo un compromiso libremente consentido y
aceptado por todas las partes involucradas en la controversia, el
Acuerdo de Ginebra es el instrumento medular para resolver este
conflicto, y es, también, el que ha servido de fundamento para que
Guyana, con razón o sin ella, activara el ejercicio de la jurisdicción
de la Corte Internacional de Justicia.
1. La Comisión Mixta
Según el artículo I del Acuerdo de Ginebra, se estableció una
Comisión Mixta con el propósito de buscar “soluciones satisfactorias
para el arreglo práctico de la controversia” sobre el Esequibo. El
artículo IV, párrafo 1, fijó a la Comisión Mixta un plazo de cuatro
años, contados a partir de la fecha de suscripción de dicho tratado,

193
para que, de no haberse llegado a un acuerdo completo para la
solución de la controversia, se presentara a los gobiernos de
Venezuela y Guyana un informe final, indicando las cuestiones
pendientes. Para resolver tales asuntos, dichos gobiernos debían
escoger, sin demora, uno de los medios de solución pacífica previstos
en el artículo 33 de la Carta de las Naciones Unidas; de no llegarse a
un acuerdo sobre este punto, dentro de los tres meses siguientes a la
recepción del informe final de la Comisión Mixta, el artículo IV,
párrafo 2, preveía que ambas partes refirieran la decisión sobre el
medio de solución pacífica a “un órgano internacional apropiado”,
acordado por ambas partes en la disputa, o de no llegarse a un acuerdo
sobre este punto, al Secretario General de las Naciones Unidas, a fin
de que fuera éste quien escogiera el medio de solución pacífica, de
entre aquellos referidos en el artículo 33 de la Carta de la ONU, hasta
que la controversia fuera resuelta.
Transcurridos cuatro años desde su instalación, luego de
dieciséis reuniones, la Comisión Mixta prevista en el Acuerdo de
Ginebra no había logrado llegar a una solución satisfactoria, y así se
hizo constar, en su Informe Final, del 18 de junio de 1970, por lo que
dicha Comisión cesó en sus funciones, dejando vía libre a la
aplicación del artículo IV del Acuerdo de Ginebra. Sin embargo, con
el afán de dar a las partes un compás de espera antes de recurrir a las
fórmulas previstas en el artículo IV del Acuerdo de Ginebra,
“convencidos de que la promoción de la confianza mutua y de un
intercambio positivo y amistoso entre Guyana y Venezuela [llevaría]
a un mejoramiento de sus relaciones” recíprocas, en junio de 1970,
se celebró el Protocolo de Puerto España,372 que permanecería en
vigor por un período “inicial” de doce años, contados a partir de la
fecha de su firma, durante cuya vigencia se explorarían todas las
posibilidades de mejorar el entendimiento entre ambas naciones. De
acuerdo con el Protocolo, mientras éste permaneciera en vigor, no se
haría ninguna reclamación que surgiera de la contención a que se
refiere el artículo I del Acuerdo de Ginebra, y se suspendería, por ese
mismo lapso, la aplicación del artículo IV de dicho Acuerdo. 373 Al
vencimiento del plazo inicial, en junio de 1982, el gobierno de
Venezuela descartó una prórroga del Protocolo de Puerto España,

372
Suscrito el 18 de junio de 1970, en Puerto España, Trinidad y Tobago, por los
representantes de los gobiernos de Guyana, el Reino Unido de Gran Bretaña
e Irlanda del Norte, y Venezuela.
373
Cfr. los artículos I, II, y III del Protocolo de Puerto España.

194
dándolo por terminado y activando los mecanismos previstos en el
artículo IV del Acuerdo de Ginebra.
2. Los buenos oficios
Mientras Venezuela consideraba que el medio adecuado para la
solución de la controversia era la negociación directa entre las partes,
Guyana prefería el arreglo judicial, o el recurso al Consejo de
Seguridad o a la Asamblea General de la ONU. No lográndose un
compromiso en cuanto a un medio de solución pacífica aceptable
para las partes, y no existiendo acuerdo en cuanto al “organismo
internacional apropiado” al que referir esta disputa para la elección
de ese medio de solución pacífica, por aplicación del artículo IV,
párrafo 2, del Acuerdo de Ginebra, después de algunas medidas
dilatorias por parte de Guyana, dicha decisión, finalmente, quedó en
manos del Secretario General de las Naciones Unidas. 374
Luego de una misión exploratoria de Diego Cordovez, enviado
especial del Secretario General de la ONU, y de un procedimiento
oficioso desarrollado paralelamente entre las partes, en 1985 se
propusieron, por parte del enviado especial del Secretario General de
la ONU, una comisión de conciliación o un “grupo de contacto”, las
cuales fueron desestimadas por Venezuela, que prefería el
mecanismo de los buenos oficios, con un buen oficiante que contara
con la aprobación de ambos gobiernos, y que fue lo que, en abril de
1987, ambas partes pidieron al Secretario General. En noviembre de
1989, las partes convinieron en el nombre de Alister McIntyre, que
fue designado por el Secretario General como su representante
personal y buen oficiante, con la tarea de definir, de la manera más
flexible y oficiosa posible, las hipótesis de solución práctica. Es
374
En ausencia de un acuerdo sobre el organismo internacional encargado de
elegir el medio de solución de esta controversia, el 19 de septiembre de 1982,
el gobierno de Venezuela notificó al gobierno de Guyana, con copia al
gobierno británico y al Secretario General de las Naciones Unidas, que había
llegado al convencimiento de que “el órgano internacional más apropiado para
señalar un medio de solución [era] el Secretario General de las Naciones
Unidas.” El 6 de octubre de 1982, en los términos del artículo IV, párrafo 2,
del Acuerdo de Ginebra, Venezuela refirió formalmente este asunto al
Secretario General de la ONU; finalmente, el 28 de marzo de 1983, el
gobierno de Guyana aceptó dejar la determinación del medio de solución
pacífica de esta controversia en manos del Secretario General de la ONU.
Aunque no era una condición operativa del artículo IV, párrafo 2, recibido el
acuerdo de ambas partes, el 31 de mayo de 1983 el Secretario General de la
ONU asumió este compromiso y así lo comunicó a las partes.

195
necesario destacar que su labor siempre se realizó en el entendido de
que ésta era una controversia territorial, y no una relativa a la nulidad
o validez del laudo, como sugiere Guyana. 375
El 20 de septiembre de 1999, Alister McIntyre renunció a su
condición de buen oficiante y fue sustituido, el 1 de noviembre del
mismo año, por Oliver Jackman, hasta su fallecimiento, el 24 de
enero de 2007. Hubo que esperar, hasta el 9 de octubre de 2009, para
que el Secretario General de la ONU designara como nuevo buen
oficiante a Norman Girvan, quien falleció el 9 de abril de 2014,
paralizando la operación del mecanismo de los buenos oficios.
Guyana no estaba interesada en seguir adelante con el procedimiento
de buenos oficios, y Venezuela no consideraba aceptables los
nombres propuestos para esa función por parte del Secretario General
de la ONU. En estas circunstancias, el 31 de octubre de 2016, el
Secretario General, Ban Ki-Moon, informó a las partes que no le sería
posible nombrar un representante personal para el procedimiento de
buenos oficios, y que, en el mes siguiente, antes del término de su
mandato, haría una evaluación de los avances logrados, a fin de tomar
una decisión sobre cómo proceder.
Mientras duraron, los buenos oficios no tuvieron el efecto
esperado, y no lograron llegar a poner sobre la mesa ninguna
propuesta que fuera mutuamente aceptable, o que hubiera acercado a
las partes a una solución satisfactoria de la controversia. Para romper
el estancamiento al que había llegado este proceso, el 15 de diciembre
de 2016, el Secretario General propuso a las partes incorporar un
elemento de mediación a los buenos oficios, con un mandato que
debía concluir a finales de 2017; si para esa fecha no se había
alcanzado un progreso significativo, el Secretario General advertía
que escogería a la Corte Internacional de Justicia como el próximo
medio de solución, a menos que ambas partes le solicitaran que no lo
hiciera.
El 23 de febrero de 2017, el nuevo Secretario General de la ONU,
Antonio Guterres, se dirigió a las partes en esta controversia,
informándoles de la designación de Dag Nylander como su
representante personal, e indicando que los términos de referencia de
su misión eran los señalados previamente por su antecesor, con una
fecha perentoria (30 de noviembre de 2017) para lograr progresos
significativos o, de lo contrario, ir a la Corte Internacional de Justicia.

375
Cfr. el párrafo 11 de la demanda de Guyana.

196
El 30 de enero de 2018, el Secretario General de la ONU, Antonio
Guterres, comunicó a los Estados partes en esta controversia que,
dado que no se había alcanzado un progreso significativo para llegar
a una solución negociada de la misma, había escogido a la Corte
Internacional de Justicia como el medio a ser utilizado para su
solución; el secretario General le recordó a las partes que, en los
términos del artículo IV, párrafo 2, del Acuerdo de Ginebra, a él se
le confería la potestad y la responsabilidad de escoger, entre los
medios de solución pacífica contemplados en el artículo 33 de la
Carta de las Naciones Unidas, el medio a ser utilizado para la
resolución de la controversia, y que, si el medio así escogido no
conducía a una solución, él tenía la responsabilidad de escoger otro
medio.
El 29 de marzo de 2018, Guyana recurrió formalmente a la Corte
Internacional de Justicia, demandando a Venezuela, y pidiendo que
se confirme la validez del laudo de París, del 3 de octubre de 1899.
II. EL AGOTAMIENTO DEL ACUERDO DE GINEBRA
Llegados a este punto, extenuada la paciencia de cuatro sucesivos
Secretarios Generales de la ONU (Javier Pérez de Cuellar, Kofi
Annan, Ban Ki-moon, y Antonio Guterres), las fórmulas del Acuerdo
de Ginebra también habían comenzado a agotarse. Es en estas
circunstancias que el caso ha llegado a la Corte Internacional de
Justicia.
El Acuerdo de Ginebra fue un importante logro de la diplomacia
venezolana que, poniendo de lado el debate sobre la nulidad o validez
del laudo de París, hizo renacer la disputa fronteriza por el territorio
del Esequibo, convirtiéndose en el eje central de las nuevas
obligaciones asumidas por las partes para superarla. Pero Venezuela
no supo aprovechar las oportunidades que le ofrecía ese tratado para
lograr una solución negociada y mutuamente satisfactoria. No supo
utilizar los mecanismos de solución de controversias que el Acuerdo
de Ginebra ponía a disposición de las partes, no supo valerse del
prestigio moral y político que tenía la Venezuela de antes, para llegar
a un entendimiento que pusiera fin a esta controversia, y no fue capaz
de ofrecer a la contraparte soluciones imaginativas y mutuamente
satisfactorias. Con Nicolás Maduro como canciller, tampoco Chávez
se interesó por lo que calificó como “un legado del imperialismo”,
congelando, en 2006, la reclamación del Esequibo. Ninguna de las

197
concesiones del actual régimen sirvió para resolver este conflicto.376
Aunque no es el final del camino, haber llegado a este punto, sin
haber alcanzado un acuerdo, ni siquiera en cuanto al mecanismo de
solución, es un estruendoso fracaso de la diplomacia venezolana.
Para Guyana, nunca existió un incentivo para negociar
seriamente la soberanía de un territorio que estaba bajo su control. Le
bastaba con no aceptar nada de lo que propusiera Venezuela, y
sostener que, antes de entrar a buscar una solución a la controversia
a que se refiere el Acuerdo de Ginebra, había que resolver una
“cuestión previa”, como es la determinación de la nulidad o validez
del Laudo de París.
Como cualquier tratado, la interpretación y aplicación del
Acuerdo de Ginebra requería de la buena fe de los Estados partes en
dicho tratado. Los recursos dilatorios empleados por Guyana, las
negociaciones infructuosas, la falta de acuerdo en cuestiones tan
elementales como la elección de un medio de solución pacífica, o la
elección de “un organismo internacional apropiado” que pudiera
asumir esa tarea, condujeron, en la forma prevista por el Acuerdo de
Ginebra, a que el Secretario General de la ONU adquiriera un papel
protagónico en la elección del medio de solución de esta
controversia. Si esa elección fue, o no, la más adecuada, o si él tenía
un margen tan amplio para escoger que incluía el recurso a la Corte

376
En una visita a Guyana, los días 19 y 20 de febrero de 2004, el Presidente
Chávez propuso privilegiar los mecanismos de integración y de intercambio
sobre las diferencias territoriales y, en un gesto de solidaridad, dio por
cancelada la deuda de Guyana con Venezuela. Durante su gobierno no se
impidió la realización de proyectos de infraestructura en la zona en
reclamación. El 6 de septiembre de 2005, Guyana se incorporó al Acuerdo
Energético de Petrocaribe. El 30 de septiembre de 2011, en un comunicado
conjunto suscritos por los ministros de Relaciones Exteriores de Venezuela y
Guyana, Nicolás Maduro y Carolyn Rodrigues-Birkett, respectivamente, se
afirmó que la controversia en relación con el laudo de 1899 era “un legado del
colonialismo” que debía ser resuelto. Al asumir Nicolás Maduro como
presidente de Venezuela, el 19 de abril de 2013, no solo guardó silencio ante
las concesiones petroleras que Guyana acababa de entregar a una empresa
estadounidense, la Anadarko Petroleum Co., sino que aceptó una invitación
para visitar Guyana, sin que, durante esa visita, se le escuchara protestar ante
el gobierno guyanés por concesiones otorgadas en la proyección marítima de
lo que forma parte de la zona en reclamación. En 2017, en la víspera de que
se cumpliera el plazo para que el Secretario General decidiera someter el caso
a la Corte Internacional de Justicia, Venezuela nuevamente se abstuvo de
protestar por las exploraciones petroleras en la costa del Esequibo.

198
Internacional de Justicia, eso es otra cuestión, y tendrá que ser
dilucidada por la Corte.

199
200
QUINTA PARTE

LA COMPETENCIA DE LA CORTE
INTERNACIONAL DE JUSTICIA

La experiencia había mostrado que, para los Estados,


una cosa era ponerse de acuerdo en someter sus disputas pendientes
a un árbitro de su elección, y otra cosa distinta era esperar que ellos
acordaran, por adelantado, someter sus disputas futuras, sin saber con
qué Estados, sobre asuntos que no imaginaban, a un tribunal
permanente, con una composición preestablecida, y en la que ellos
podrían no estar representados.377 Por lo tanto, no era cosa sencilla
establecer un tribunal de justicia con carácter permanente, como hizo
la Liga de Naciones, al crear la Corte Permanente de Justicia
Internacional, y la Carta de las Naciones Unidas, al crear la Corte
Internacional de Justicia; pero su jurisdicción no sería obligatoria, y
su competencia sería determinada por los Estados litigantes. En este
sentido, el párrafo 1 del artículo 36 del estatuto de la Corte indica que
su competencia se extiende a todos los litigios que las partes le
sometan y a todos los asuntos especialmente previstos en la Carta de
las Naciones Unidas o en los tratados y convenciones vigentes.
Para resolver esta controversia, el 30 de enero de 2018, el
Secretario General de la ONU, invocando el Acuerdo de Ginebra,
escogió el recurso a la Corte Internacional de Justicia; el 29 de marzo
del mismo año, Guyana procedió a demandar a Venezuela ante dicha
instancia internacional, para que ésta confirme la validez del Laudo
del 3 de octubre de 1899, recaído en la disputa entre Inglaterra y
Venezuela sobre el territorio del Esequibo.

377
Cfr. Shabtai Rosenne, The World Court: What it is and how it works, Fourth
revised edition, Martinus Nijhoff Publishers, Dordrecht / Boston / London,
1989, p. 7.

201
De acuerdo con la Carta de la ONU, la Corte tiene una
competencia contenciosa y una competencia consultiva. En las líneas
que siguen sólo nos referiremos a su competencia contenciosa, por
ser ésta la que concierne al asunto que nos ocupa.
La Corte Internacional de Justicia es un órgano principal de
la Organización de Naciones Unidas, con competencia para conocer
de controversias entre Estados.378 De acuerdo con el artículo 94 de la
Carta de las Naciones Unidas, cada miembro de las Naciones Unidas
se compromete a cumplir la decisión de la Corte Internacional de
Justicia en todo litigio en que sea parte. Si una de las partes en un
litigio dejara de cumplir las obligaciones que le imponga un fallo de
la Corte, la otra parte podrá recurrir al Consejo de Seguridad, el cual
podrá, si lo considera necesario, hacer recomendaciones o dictar
medidas con el objeto de que se lleve a efecto la ejecución del fallo.
Conformada por quince jueces, sin que pueda haber dos de la
misma nacionalidad, sus miembros gozan de independencia, y son
elegidos entre personas que gocen de alta consideración moral, y que
reúnan las condiciones requeridas para el ejercicio de las más altas
funciones judiciales en sus respectivos países, o que sean
jurisconsultos de reconocida competencia en materia de Derecho
Internacional. De acuerdo con el artículo 9 del Estatuto de la Corte,
en cada elección se tendrá en cuenta que, en el conjunto, estén
representadas las grandes civilizaciones y los principales sistemas
jurídicos del mundo. Rosenne ha observado que, lo que antes era una
clara distinción entre “los principales sistemas jurídicos del mundo”
y las “principales civilizaciones” se ha vuelto borrosa, como
consecuencia del proceso de descolonización, pues la mayoría de los
nuevos Estados independientes mantienen, al menos en cierta
medida, los sistemas jurídicos heredados de la antigua potencia
colonial; por consiguiente, este criterio ha perdido terreno frente a la
distribución geográfica utilizada en la práctica de las Naciones
Unidas; estas cuestiones se han ido resolviendo mediante
entendimientos diplomáticos o de facto, el primero de los cuales es

378
Adicionalmente, de acuerdo con el artículo 96 de la Carta de la ONU, la Corte
también puede emitir opiniones consultivas sobre cualquier cuestión jurídica,
en los casos en que sea requerida por la Asamblea General o el Consejo de
Seguridad de la ONU; los otros órganos de las Naciones Unidas, y los
organismos especializados que sean autorizados para ello por la Asamblea
General, también podrán solicitar opiniones consultivas sobre cuestiones
jurídicas que surjan dentro de la esfera de sus actividades. En este comentario
nos vamos a referir únicamente a su competencia contenciosa.

202
que los miembros permanentes del Consejo de Seguridad siempre
cuenten con un nacional suyo en la composición de la Corte (aunque,
luego de su reconocimiento, en 1971, como única representante de
China, la República Popular China no ejerció este derecho hasta
1984); el otro entendimiento es que la distribución geográfica será la
misma que se aplica en el Consejo de Seguridad. 379 Sin embargo, que
los jueces de la Corte sean elegidos de acuerdo a los criterios antes
referidos no significa que sean electos como representantes de los
Estados de que son nacionales, o que estén sometidos a las
instrucciones que reciban de los Estados de que son nacionales; según
el artículo 2 de su Estatuto, la Corte está conformada por un cuerpo
de magistrados independientes, elegidos en su capacidad personal.
Actualmente, los jueces de la Corte son Abdulqawi Ahmed
Yusuf (Somalia), que es su presidente, Xue Hanqin (China),
vicepresidenta, Peter Tomka (Eslovaquia), Ronny Abraham
(Francia), Mohamed Bennouna (Marruecos), Antônio Augusto
Cançado Trindade (Brasil), Joan E. Donoghue (Estados Unidos de
América), Giorgio Gaja (Italia), Julia Sebutinde (Uganda), Dalveer
Bhandari (India), Patrick Lipton Robinson (Jamaica), James Richard
Crawford (Australia), Kirill Gevorgian (Rusia), Nawaf Salam
(Líbano), y Yuji Iwasawa (Japón). No hay, en este momento, por
primera vez en la historia de la Corte, ningún juez de habla hispana.
De acuerdo con el artículo 31 de su Estatuto, si la Corte incluyere
entre los magistrados del conocimiento uno de la nacionalidad de una
de las partes, cualquiera otra parte podrá designar a una persona de
su elección para que tome asiento en calidad de magistrado; si la
Corte no incluyere entre los magistrados del conocimiento ningún
magistrado de la nacionalidad de las partes, cada una de éstas podrá

379
Cfr. Shabtai Rosenne, op cit, pp. 53 y s. En su resolución 1991 (A/XVIII), del
17 de diciembre de 1963, la Asamblea General fijó la distribución geográfica
de los puestos en el Consejo de Seguridad como sigue: países occidentales, 5
puestos (incluyendo los de Francia, Reino Unido y Estados Unidos, en su
condición de miembros permanentes), Europa oriental, 2 puestos (incluyendo
el de la antigua URSS, hoy Federación Rusa, en su condición de miembro
permanente), América latina (incluyendo los países caribeños), 2 puestos,
África, 3 puestos, y Asia, 3 puestos (incluyendo el asiento permanente que
pertenece a China). Actualmente, los puestos que, en la Corte,
corresponderían a América latina y el Caribe están ocupados por los jueces de
Brasil, Antônio Augusto Cançado Trindade, y de Jamaica, Patrick Lipton
Robinson.

203
designar uno.380 En el caso Guyana v. Venezuela, mientras Guyana
designó como Juez ad hoc a Hilary Charlesworth,381 al menos en esta
fase del procedimiento, Venezuela no ha designado un Juez ad hoc.
Desde su instalación, en 1946, la Corte ha conocido más de 120
casos contenciosos, sin que nunca se haya puesto en entredicho la
imparcialidad del Tribunal, el profesionalismo o la integridad de sus
jueces. Sus sentencias son debidamente fundamentadas, y sus jueces
suelen agregar a las mismas sus opiniones separadas o sus opiniones
disidentes. Desde siempre, incluso en tiempos de la Guerra Fría,
cuando el mundo estaba dividido en dos bloques ideológicamente
opuestos, las sentencias de la Corte se han caracterizado por el rigor
de su razonamiento jurídico, y no por la venalidad o parcialidad de
sus jueces. Desde luego, se podrá discrepar de alguna de sus
sentencias, o de todas, pero, hasta el momento, nunca ha habido
motivos para dudar de la rectitud de quienes integran el Tribunal.
Puede que, por motivos políticos, culturales o económicos, algunos
Estados prefieran otros mecanismos de solución de controversias;
pero, como Corte de justicia, no hay ninguna razón para
descalificarla. Pocos tribunales nacionales (y pocos de sus jueces)
pueden sentirse legítimamente orgullosos de una trayectoria
semejante.
Actualmente, además de la Corte Internacional de Justicia, sin
contar con el Tribunal de Núremberg,382 y los otros tribunales penales
ad hoc creados después del término de la Segunda Guerra
Mundial,383 tales como el Tribunal Penal Internacional para la
Antigua Yugoslavia,384 el Tribunal Penal Internacional para

380
Cfr. el artículo 31, párrafos 2 y 3, del Estatuto de la Corte Internacional de
Justicia.
381
Australiana, Directora del Centro por la Gobernanza y la Justicia Internacional
de la Universidad Nacional de Australia.
382
Tribunal Militar Internacional para la Persecución y Castigo de los Principales
Criminales de Guerra de las Potencias del Eje, creado por el Estatuto de
Londres, suscrito el 8 de agosto de 1945, por los Estados Unidos, Francia, el
Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, y la Unión Soviética.
383
El Tribunal Militar para el Lejano Oriente, creado por orden del General
MacArthur, aunque aprobado por el Comando Supremo de las Potencias
Aliadas, el 19 de enero de 1946, no era, exactamente, un tribunal
internacional.
384
Tribunal Penal Internacional para la Persecución de Personas Responsables
de Graves Violaciones del Derecho Internacional Humanitario Cometidas en
el Territorio de la Antigua Yugoslavia desde 1991, creado por el Consejo de

204
Crímenes en Ruanda,385 o los tribunales especiales (con
involucramiento de Naciones Unidas) creados en Sierra Leona, 386 en
Camboya387 o en el Líbano,388 hay varios tribunales internacionales
permanentes, que no forman parte del sistema de Naciones Unidas, y
que tienen competencias especializadas, como el Tribunal
Internacional de Derecho del Mar, 389 o la Corte Penal
Internacional,390 y tribunales regionales, como la Corte de Justicia de

Seguridad de la ONU, mediante resolución 808 (1993), del 22 de febrero de


1993, y resolución 827 (1993), del 25 de mayo de 1993.
385
Tribunal Penal Internacional para juzgar a personas responsables de cometer
genocidio y otras graves violaciones del Derecho Internacional Humanitario
en Ruanda, en 1994, creado por el Consejo de Seguridad de la ONU mediante
su resolución 935 (1994), adoptada el 1 de octubre de 1994.
386
Cfr. la Resolución 1315 (2000), aprobada por el Consejo de Seguridad en su
sesión 4186ª, celebrada el 14 de agosto de 2000. El acuerdo final se concluyó
el 16 de enero de 2002.
387
Cfr. la Resolución 52/135, aprobada por la Asamblea General de la ONU el
12 de diciembre de 1997, y la Resolución 57/228B, aprobada por la Asamblea
General de la ONU el 13 de mayo de 2003.
388
Cfr. la Resolución 1664 (2006), aprobada por el Consejo de Seguridad en su
sesión 5401ª, celebrada el 29 de marzo de 2006, y la Resolución 1757 (2007),
aprobada por el Consejo de Seguridad, en su sesión 5685ª, celebrada el 30 de
mayo de 2007.
389
Establecido en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del
Mar, abierta a la firma el 10 de diciembre de 1982, en Montego Bay, y en
vigor desde el 16 de noviembre de 1994. El Tribunal tiene competencia
respecto de toda controversia relativa a la interpretación o aplicación de la
Convención, así como a cualquier cuestión expresamente prevista en
cualquier otro tratado, y para la cual se le confiera competencia. Su sede está
en la ciudad de Hamburgo.
390
Establecido por el Estatuto de Roma, suscrito en Roma, el 17 de julio de 1998,
y en vigor desde el 1 de julio de 2002. Ejerce su jurisdicción sobre los
individuos, y tiene competencia para conocer de los crímenes más graves de
trascendencia para la comunidad internacional en su conjunto; los crímenes
de competencia de la Corte son el genocidio, los crímenes de lesa humanidad,
los crímenes de guerra, y el crimen de agresión. Su sede está en La Haya.

205
la Unión Europea,391 la Corte Europea de Derechos Humanos,392 la
Corte Interamericana de Derechos Humanos, 393 o la Corte Africana
de Derechos Humanos y de los Pueblos.394 Como observara Robert
Jennings, no hay ninguna relación estructural entre estos tribunales,
ni tampoco la apariencia de una suerte de jerarquía o sistema,395
aunque el artículo 92 de la Carta de la ONU se refiere a la Corte
Internacional de Justicia como “el órgano judicial principal de las
Naciones Unidas”. Ninguno de estos tribunales puede ejercer su
jurisdicción respecto de un Estado que no haya aceptado su
competencia, o respecto de asuntos que, por su naturaleza, escapen a
su competencia material.
Sin embargo, como advierte Rosalyn Higgins, que existan estos
tribunales es una cosa; pero que tengan competencia respecto de un

391
Establecida en 1952, con el Tratado de la Comunidad Europea del Carbón y
del Acero, y transformada en 1957, con el Tratado de Roma, que creó la
Comunidad Económica Europea, hasta su transformación actual, con el
Tratado de Maastricht que creó la Unión Europea. Sus funciones están
divididas en dos tribunales, la Corte de Justicia y la Corte General, esta última
con competencia para conocer de acciones iniciadas por individuos o
corporaciones. Su sede está en Luxemburgo.
392
Creada por la Convención Europea para la Protección de los Derechos
Humanos y Libertades Fundamentales, suscrita en Roma, el 4 de noviembre
de 1950, y en vigor desde el 3 de septiembre de 1953. Tiene competencia
respecto de la interpretación y aplicación de la Convención, así como de sus
protocolos adicionales. Su sede está en Estrasburgo.
393
Establecida por la Convención Americana sobre Derechos Humanos, suscrita
en San José, Costa Rica, el 22 de noviembre de 1969, y en vigor desde el 18
de julio de 1978. Tiene competencia respecto de la interpretación y aplicación
de la Convención, así como de sus protocolos adicionales y otras
convenciones de derechos humanos propias del sistema interamericano. Su
sede está en San José de Costa Rica.
394
Fue creada mediante el Protocolo a la Carta Africana de Derechos Humanos
y de los Pueblos para el Establecimiento de una Corte Africana de Derechos
Humanos y de los Pueblos, suscrita el 10 de junio de 1998, en Ouagadougou,
Burkina Faso, y en vigor desde el 25 de enero de 2004. El 1 de julio de 2008,
en Sharm El Sheikh, Egipto, se adoptó un Protocolo sobre el Estatuto de la
Corte Africana de Justicia y Derechos Humanos, que aún no ha entrado en
vigor, que fundiría en una sola a esta Corte con una aún inexistente Corte
Africana de Justicia, y que reemplazaría al anterior Protocolo, sustituyendo el
nombre de la Corte por Corte Africana de Justicia y Derechos Humanos. Su
sede está en Arusha, Tanzania.
395
Cfr. Robert Jennings, The judiciary, International and National, and the
Development of International Law, en International and Comparative Law
Quarterly, vol. 45, 1995, p. 5.

206
Estado y en relación con una reclamación específica, es algo
diferente.396 No hay ningún tribunal internacional que pueda ejercer
su jurisdicción sin el consentimiento de los Estados, y ningún Estado
puede requerir a otro para que comparezca ante un tribunal, en la
forma en que los individuos pueden obligar a cualquiera a litigar
según el Derecho interno al que están sometidos.397 En este sentido,
se ha afirmado que “el principio del consentimiento” es la base
esencial de la jurisdicción internacional, 398 y que los orígenes
históricos de este principio derivan de los comienzos del Derecho
Internacional Moderno.399 Sin embargo, según Rosenne, afirmar que
la jurisdicción de la Corte depende del consentimiento de los Estados
puede conducir a error, pues hay varias formas en que los Estados
pueden dar su consentimiento, y algunas de éstas se estarían
moviendo en la dirección de una verdadera jurisdicción obligatoria;
como resultado de lo anterior, él considera probable que la mayor
parte de los Estados, de una u otra forma, hayan aceptado la
jurisdicción de la Corte, aunque sólo sea para una categoría muy
limitada de disputas.400
En caso de controversia en cuanto a la competencia de cualquier
tribunal internacional, es éste el que tiene la competencia para decidir
(la competence de la competence); específicamente, así lo dispone el
artículo 36, párrafo 6, del Estatuto de la Corte Internacional de
Justicia, del cual Guyana y Venezuela son partes.
Este principio, según el cual la Corte tiene competencia para
decidir sobre su propia competencia, fue minuciosamente examinado
y confirmado en el caso Nottebohm. Ante la pretensión de Guatemala
de dar su propia interpretación del párrafo 6 del artículo 36 del

396
Cfr. Rosalyn Higgins, Problems and Process: International Law and how we
use it, Clarendon Press, Oxford, 1994, p. 186.
397
Cfr. Lassa Oppenheim, Tratado de Derecho Internacional Público (título
original: International Law: A treatise, séptima edición editada por Hersch
Lauterpacht, Longmans, Green and Co., Londres / Nueva York / Toronto,
1952), traducción por Antonio Marín López, Bosch, Casa Editorial,
Barcelona, 1966, Tomo II, vol. I, p. 24.
398
Cfr. Sir Gerald Fitzmaurice, The Law and Procedure of the International
Court of Justice, Cambridge University Press, 1986, vol. II, p. 492.
399
Cfr. Shabtai Rosenne, The International Court of Justice, Sijthoff, Leyden,
1957, p. 260.
400
Cfr. Shabtai Rosenne, The World Court: What it is and how it works, Fourth
revised edition, Martinus Nijhoff Publishers, Dordrecht / Boston / London,
1989, p. 82.

207
Estatuto,401 la Corte sostuvo que esta disposición simplemente
adoptó, respecto de la Corte, una regla reiteradamente aceptada por
el Derecho Internacional general, y afirmó que, desde el asunto del
Alabama (que ya ha sido comentado), ha sido generalmente aceptada
en el arbitraje internacional; de acuerdo con este principio, todo
tribunal internacional tiene la facultad de decidir sobre su propia
competencia y, con este propósito, puede interpretar los instrumentos
jurídicos que rigen su competencia. La Corte recordó que este
principio fue expresamente reconocido en el artículo 48 de una
Convención que ya nos es familiar, como lo es la Convención de La
Haya para el arreglo pacífico de los conflictos internacionales,
suscrita el 29 de julio de 1899, y también en su versión revisada,
como es la Convención de La Haya, del 18 de octubre de 1907. La
Corte observó que el relator de la Convención de 1899 enfatizó la
necesidad de este principio, por ser de la esencia misma de la función
arbitral, y uno de los requisitos inherentes para el ejercicio de su
función. Según la Corte, este principio, que es aceptado por el
Derecho Internacional general en asuntos de arbitraje, asume
particular importancia cuando el tribunal internacional no es un
tribunal arbitral constituido en virtud de un acuerdo especial entre las
partes en una determinada disputa, sino una institución que ha sido
preestablecida por un tratado internacional que señala su
competencia y regula el ejercicio de la misma, y que es el órgano
judicial principal de las Naciones Unidas. La Corte subrayó que el
artículo 36, párrafo 6, de su Estatuto, le confiere la facultad de decidir
sobre su propia competencia; pero, incluso si no fuera así (esto es, de
no existir dicha disposición expresa), la Corte advierte que, como,
según el párrafo 1 del artículo 38 del Estatuto, su función es decidir
de acuerdo con el Derecho Internacional las controversias que se le
sometan, debe atenerse a lo establecido por el Derecho Internacional
401
“En realidad, el Gobierno de Guatemala considera que el párrafo 6 del artículo
36 sólo se refiere a disputas concernientes a la competencia [de la Corte]
respecto de la aplicación del párrafo 2 de dicho artículo, y que, en
consecuencia, éste está confinado a disputas para cuya solución es necesario
establecer si la reclamación cae dentro de alguna de las categorías enumeradas
bajo los literales a, b, c, y d de dicho párrafo. Pero, según señala el Gobierno
de Guatemala, la cuestión que debe ser decidida en esta etapa no es si la
reclamación de Liechtenstein cae dentro de alguna de esas categorías, sino,
más bien, si la expiración de la Declaración por la cual Guatemala aceptó la
competencia obligatoria de la Corte ha puesto fin a la competencia de la Corte
para conocer de la demanda de Liechtenstein.” (La traducción es del autor de
estas líneas). International Court of Justice, Nottebohm Case (Liechtenstein v.
Guatemala), Preliminary Objection, Judgment of November 18th, 1953, p. 12.

208
en esta materia; por lo tanto, la Corte considera que su carácter
judicial, así como la regla de Derecho antes referida, son suficientes
para establecer su competencia para decidir sobre su propia
competencia.402
La Corte no ha vacilado en declararse competente para decidir
sobre su propia competencia incluso en casos que han ido más allá
de la mera interpretación y aplicación del del párrafo 2 del artículo
36 de su Estatuto, en el que se hace referencia a cuatro categorías
muy precisas de asuntos de orden jurídico respecto de las cuales los
Estados podrían reconocer su competencia. 403 La Corte se ha
declarado competente para decidir si tenía competencia para decidir
sobre el monto de una compensación, 404 o para decidir sobre la
interpretación de una cláusula jurisdiccional, sobre la obligación de
someter una disputa a arbitraje, contenida en un tratado, no obstante
que el Estado demandado alegaba que la Corte carecía de
competencia, incluso si la demanda estaba basada en tal tratado. 405
La competencia contenciosa de la Corte Internacional de Justicia
debe ser examinada atendiendo a tres elementos: a) los sujetos a los
que ella se extiende (la competencia ratione personae), b) el ámbito
temporal de su aplicación (la competencia ratione temporis), y c) la
materia, o el objeto de las controversias de que ella puede conocer (la
competencia ratione materiae).
I. LA COMPETENCIA RATIONE PERSONAE
A diferencia de lo que ocurre en el Derecho interno de los
Estados, en el que todas las personas que se encuentren bajo su
jurisdicción están igualmente sometidas a la jurisdicción de sus
tribunales, en Derecho Internacional, ningún Estado puede ser
402
Cfr. International Court of Justice, Nottebohm Case (Liechtenstein v.
Guatemala), Preliminary Objection, Judgment of November 18th, 1953, pp. 12
y s.
403
Esas cuatro categorías se refieren a: a) la interpretación de un tratado, b)
cualquier cuestión de Derecho Internacional, c) la existencia de todo hecho
que, si fuere establecido, constituiría violación de una obligación
internacional, y d) la naturaleza o extensión de la reparación que ha de hacerse
por el quebrantamiento de una obligación internacional.
404
Cfr. International Court of Justice, The Corfu Channel Case (United Kingdom
of Great Britain and Northern Ireland v. Albania), Merits, Judgment of April
9th, 1949, pp. 23-26 y 36.
405
Cfr. International Court of Justice, Ambatielos Case (Greece v. United
Kingdom) Preliminary objection, Judgment of July 1st, 1952, pp. 18 y ss.

209
obligado a litigar en un tribunal internacional si previamente no ha
aceptado la competencia del mismo; en lo que concierne a la Corte
Internacional de Justicia, su jurisdicción está condicionada al
consentimiento de los Estados, el cual se puede otorgar en forma
anticipada respecto de controversias futuras, o en forma especial o ad
hoc, una vez que ya ha surgido la disputa. En el caso de cuatro
incidentes aéreos, ocurridos entre el 7 de octubre de 1952 y el 7 de
noviembre de 1954, en las demandas presentadas en contra de
Hungría, Checoslovaquia y la antigua Unión Soviética, países que no
habían aceptado la competencia de la Corte, el Tribunal procedió a
remover dichas demandas de su lista de casos, desestimando lo
alegado por Estados Unidos de América, en el sentido de que el
artículo 36, párrafo 1, del Estatuto le confería jurisdicción sobre todos
los casos que las partes le refirieran.406 Asimismo, respecto de las
demandas introducidas por el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda
del Norte en contra de Argentina y Chile, países que no habían
aceptado la jurisdicción de la Corte y que informaron a ésta de su
decisión de no hacerlo, la Corte procedió a removerlas de su lista de
casos.407
La Corte Internacional de Justicia ha sostenido que debe ser muy
cuidadosa, para no ir en contra de un principio bien establecido de
Derecho Internacional, recogido en su Estatuto, según el cual la Corte
sólo puede ejercer su jurisdicción sobre un Estado con el
consentimiento de este último.408 Ese consentimiento podrá ser
expreso o tácito (como en el caso del forum prorogatum), pero nunca
se puede presumir.409 Además, precisamente por ese cuidado que
debe tener la Corte, ésta tampoco puede presumir, o inferir de alguno
de los actos del Estado demandado, que éste haya desistido de sus
objeciones a dicha competencia; de ser ese el caso, el Estado

406
Cfr. International Court of Justice, Orders of July 12th, 1954 and March 14 th,
1956.
407
Cfr. International Court of Justice, Orders of March 16th, 1956.
408
Cfr. International Court of Justice, Monetary gold removed from Rome in
1943, (Preliminary question), Italy v. France, United Kingdom of Great
Britain and Northern Ireland and United States of America, Judgment of June
15th, 1954, p. 32.
409
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning the Aerial Incident of
July 27th, 1955, Israel v. Bulgaria, Preliminary Objections, Judgment of May
26th, 1959, pág. 142.

210
demandado debe declarar expresamente que desiste de sus objeciones
preliminares.410
Tan importante es el consentimiento de los Estados que, incluso
si se trata del ejercicio de la competencia consultiva de la Corte, de
existir una controversia pendiente sobre el objeto de la consulta, ésta
no podría ser evacuada por la Corte, para evitar que, en casos
contenciosos, se utilice la competencia consultiva como una puerta
trasera para obtener un pronunciamiento del Tribunal. La diferencia
entre los efectos jurídicos de una sentencia y una opinión consultiva
es tan tenue que la Corte Permanente de Justicia Internacional
(antecesora de la actual Corte Internacional de Justicia) se negó a
responder una consulta que le hiciera el Consejo de la Liga de
Naciones en el caso de Carelia Oriental, sobre el valor de una
declaración rusa que confería autonomía a la región de Carelia
oriental, por considerar que pronunciarse sobre dicha cuestión sería
equivalente a resolver la controversia entre Finlandia y Rusia, en un
asunto en que una de ellas no era miembro de la Liga de Naciones, y
se había negado a comparecer ante el Tribunal y a reconocer su
competencia;411 la Corte Permanente recuerda que es un principio de
Derecho Internacional bien establecido que, sin su consentimiento,
ningún Estado puede ser obligado a comparecer ante un tribunal
internacional.412
Incluso si un Estado objeta a la competencia de la Corte, no es
habitual que aquel no comparezca ante el Tribunal; sin embargo, ésta
tampoco ha sido una circunstancia ajena al quehacer de la Corte, que
entorpece su labor para establecer su competencia ratione
personae;413 ese escenario dificulta la implementación del principio
410
Cfr. International Court of Justice, Case of Certain Norwegian Loans, France
v. Norway, Judgment of July 6th, 1957, p. 26.
411
Cfr. Permanent Court of International Justice, Status of Eastern Carelia,
Reply of the Court of July 23, 1923. El texto puede encontrarse en Manley O.
Hudson, World Court Reports, A Collection of the Judgments, orders and
opinions of the Permanent Court of International Justice, Oceana
publications, Inc., Dobbs Ferry, New York, 1969, vol. I, pp. 190-206. La cita
corresponde a la p. 204.
412
Cfr. ibidem.
413
Entre los casos de no comparecencia se puede citar, por ejemplo, el caso de
las Pesquerías (RFA v. Islandia, y Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del
Norte v. Islandia), el caso del Estrecho de Corfú (en el que Albania no
compareció ante la Corte en la fase de excepciones preliminares), los casos de
las pruebas nucleares francesas en el Pacífico sur, el caso Nottebohm (en el
que Guatemala no compareció ante la Corte en la fase de excepciones

211
de igualdad de trato de las partes en el procedimiento ante la Corte,
impide a ésta el conocimiento de hechos que pueden ser relevantes
para las decisiones que deba tomar, y no tiene en cuenta el deber de
los Estados partes en el Estatuto de cooperar en el cumplimiento de
las funciones judiciales del Tribunal. Como quiera que sea, incluso
en caso de no comparecencia, las decisiones de la Corte obligan a los
Estados partes en su Estatuto.414
1. La cláusula opcional
De acuerdo con el párrafo 2 del artículo 36 del Estatuto de la
Corte, los Estados partes pueden
“declarar, en cualquier momento, que reconocen como
obligatoria ipso facto, y sin necesidad de un convenio especial,
respecto de cualquier otro Estado que acepte la misma
obligación, la jurisdicción de la Corte en todas las controversias
de orden jurídico que versen sobre:
a) la interpretación de un tratado,
b) cualquier cuestión de Derecho Internacional,
c) la existencia de todo hecho que, si fuere establecido,
constituiría una violación de una obligación internacional, o d)
la naturaleza o extensión de las reparaciones que correspondan
por el quebrantamiento de una obligación internacional. 415
La formulación de una “declaración” aceptando la
competencia de la Corte, en los términos referidos por el artículo 36,
párrafo 2, del Estatuto, por depender de la libre voluntad de los
Estados partes en el Estatuto, se conoce como la “cláusula opcional”,

preliminares, pero, una vez rechazadas sus objeciones, sí compareció en la


fase de fondo), el caso del personal diplomático y consular de los Estados
Unidos en Teherán (1980), y el caso de las actividades militares y
paramilitares en y en contra de Nicaragua (1991), en el que Estados Unidos
de América compareció ante la Corte en la fase de excepciones preliminares
pero, una vez que estás fueron rechazadas, no compareció en la fase de fondo.
414
Cfr. artículo 94 de la Carta de la ONU, y artículo 59 del Estatuto de la Corte
Internacional de Justicia. Cfr., también, Institut de Droit International, Session
of Basel, 1991, Resolution on Non-Appearance Before de International Court
of Justice, 31 August, 1991, article 4.
415
Cfr. el artículo 36, párrafo 2, del Estatuto de la Corte Internacional de Justicia.

212
o “cláusula facultativa”. Esta “declaración” es un acto unilateral del
Estado.
La aceptación de la competencia de la Corte, que puede ser
formulada en términos generales o para un caso particular, no está
sometida a pautas preestablecidas ni a un lenguaje específico. En el
caso del Estrecho de Corfú, la Corte consideró una carta del gobierno
de Albania dirigida a la Corte como base suficiente de la aceptación
voluntaria de su competencia.416 En el caso de las actividades
militares y paramilitares en y en contra de Nicaragua, la Corte decidió
que la constante aquiescencia de Nicaragua respecto de las
afirmaciones encontradas en publicaciones de Naciones Unidas
indicando que Nicaragua había aceptado la competencia obligatoria
de la Corte constituían una manifestación válida de su intención de
reconocer y aceptar dicha competencia obligatoria.417
Las declaraciones de aceptación de la competencia de la Corte
pueden formularse para un caso particular, o en general, para casos
futuros, o para una categoría de casos futuros. Una declaración
particular es una que acepta la jurisdicción de la Corte sólo respecto
de una controversia o controversias particulares que ya han surgido;
una declaración general es una que acepta la competencia general de
la Corte respecto de todas las controversias, o clase de controversias,
que hayan surgido o que puedan surgir en el futuro. 418 Además, ya
sea en tratados bilaterales419 o multilaterales, y respecto de la
interpretación o aplicación de dichos tratados, los Estados pueden
haber incorporado una cláusula mediante la cual, en caso de

416
Cfr. International Court of Justice, The Corfu Channel Case, (United
Kingdom v. Albania), Preliminary Objection, Judgment of March 25th, 1948,
p. 26.
417
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Military and
Paramilitary Activities in and against Nicaragua (Nicaragua v. United States
of America), Jurisdiction of the court and admissibility of the application,
Judgment of 26 November 1984, párrafo 109.
418
Cfr. Consejo de Seguridad de la ONU, resolución del 15 de octubre de 1946,
SCOR, I.2, N° 19, pp. 467 y s. También, International Court of Justice, Series
D, N° 1, 2d edition, 1947, pp. 98 y s.
419
Por ejemplo, el Tratado General sobre Solución Judicial de Controversias,
entre Chile y Argentina, del 5 de abril de 1972, que reemplazó al Tratado
General de Arbitraje, de 1902. También, el Tratado de no agresión,
conciliación, arbitraje y arreglo judicial, suscrito entre Colombia y Venezuela,
del 17 de diciembre de 1939, y canjeadas las ratificaciones el 12 de septiembre
de 1941.

213
conflicto, se someten a la jurisdicción de la Corte Internacional de
Justicia.
Hay distintos caminos para que los Estados que lo deseen puedan
manifestar su aceptación de la competencia de la Corte; aunque en
ninguna de esas vías se requiere de formalidades especiales, lo que
importa es que el consentimiento del Estado sea claro. En su
oportunidad, en el asunto de las minorías en la Alta Silesia, la Corte
Permanente de Justicia Internacional sostuvo que la competencia de
la Corte depende de la voluntad de las partes, y que la aceptación, por
parte de un Estado, de la competencia de la Corte en un caso
particular no está sometida a formalidades, tales como la conclusión
previa de un compromiso formal. 420 Respecto de la cláusula opcional,
en el asunto del Templo de Preah Vihear, la Corte recordó que, en el
Derecho Internacional, normalmente se pone el énfasis en la
intención de las partes, por lo que el Derecho no prescribe ninguna
forma particular, y las partes son libres de escoger la forma que les
plazca, a condición de que su intención se exprese con claridad. La
única formalidad requerida es el depósito de la declaración de
aceptación de la competencia de la Corte con el Secretario General
de la ONU; la forma precisa de hacerlo y el lenguaje a utilizar es
dejado a los Estados, y no hay ninguna sugerencia de una forma
particular, o indicaciones que, de no hacerlo de tal o cual forma, la
declaración sería inválida; como cuestión de hecho o por razones de
conveniencia, la costumbre y la práctica pueden haber introducido
una cierta terminología empleada por los Estados que aceptan la
competencia de la Corte; pero nada de eso es obligatorio.421 Según
Rosalyn Higgins, aunque la competencia de la Corte está basada en
el consentimiento, ha llegado a ser crecientemente aceptado que ese
consentimiento se otorgue en forma muy amplia, como una cuestión

420
Permanent Court of International Justice, Rights of Minorities in Upper
Silesia (Minority Schools), Judgment of April 26, 1928. El texto puede
encontrarse en Manley O. Hudson, World Court Reports, A Collection of the
Judgments, orders and opinions of the Permanent Court of International
Justice, Oceana publications, Inc., Dobbs Ferry, New York, 1969, vol. II, pp.
270-302. La cita corresponde a las pp. 283 y s.
421
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning the Temple of Preah
Vihear (Cambodia v. Thailand), Preliminary objections, Judgment of 26 may
1661, pp. 18 y s.

214
de principio, más que como el consentimiento en relación con una
disputa y un oponente particular.422
En el caso de las actividades militares y paramilitares en y en
contra de Nicaragua, en los términos del artículo 36, párrafo 5, del
Estatuto de la Corte, Nicaragua sostenía que, el 24 de septiembre de
1929, había firmado el Protocolo de firma del Estatuto de la Corte
Permanente de Justicia Internacional y que, en el mismo acto, había
reconocido incondicionalmente la jurisdicción obligatoria de la
Corte; después de los trámites parlamentarios pertinentes, dicho
instrumento fue publicado en La Gaceta oficial de Nicaragua y, el 29
de noviembre de 1939, el Ministro de Relaciones Exteriores de
Nicaragua envió al Secretario General de la Liga de Naciones un
telegrama en el que le informaba que los documentos antes referidos
ya habían sido ratificados, y que oportunamente le enviaría el
instrumento de ratificación; sin embargo, no hay constancia de que
ese instrumento de ratificación haya sido recibido por la Liga de
Naciones, aunque el telegrama mismo indicando que ya había sido
ratificado, podía considerarse como el instrumento de ratificación.
Después del término de la Segunda Guerra Mundial, Nicaragua
participó en la Conferencia de San Francisco y, el 6 de septiembre de
1945, ratificó la Carta de las Naciones Unidas, de la cual el Estatuto
de la Corte es parte integrante. Sobre la base de esta irregularidad,
Estado Unidos de América alegó que Nicaragua nunca había llegado
a ser parte en el Estatuto de la Corte Permanente de Justicia
Internacional y que, por lo tanto, no tenía locus standi para demandar
ante la actual Corte a un Estado que sí lo había hecho. Nicaragua no
discutió que la declaración de 1929, que “no se había perfeccionado”,
fuera base suficiente para aceptar la competencia obligatoria de la
Corte; pero sostenía que la ratificación de la Carta de la ONU -con el
Estatuto como parte integrante de ella-, habría perfeccionado la
declaración de 1929. Nicaragua argumentaba, inter alia, la forma en
que la Declaración de 1929 había sido manejada en las publicaciones
de la Corte y del Secretario General de la ONU (indicando que
Nicaragua había aceptado la competencia obligatoria de la Corte), la
conducta de las partes en este caso -y de Honduras- en relación con
la disputa en 1957-1960 entre Honduras y Nicaragua en relación con
el laudo arbitral del rey de España en 1906, la circunstancia de que la
Corte decidió que tenía competencia en aquella disputa y dictó su

422
Cfr. Rosalyn Higgins, Problems and Process: International Law and how we
use it, Clarendon Press, Oxford, 1994, p. 186.

215
sentencia sobre los méritos de la misma, la doctrina, y la práctica de
los mismos Estados Unidos (que se habría comportado como si
Nicaragua hubiera aceptado la competencia de la Corte). La Corte
observó que, al momento de la entrada en vigor del nuevo Estatuto,
la Declaración de Nicaragua era válida (pues había sido hecha al
momento de firmar el Estatuto, el cual no estaba sujeto a
ratificación), por lo que era “válida” desde el momento en que había
sido recibida por el Secretario General de la Liga de Naciones; sin
embargo, consideró que, aunque válida, no había llegado a ser
vinculante de acuerdo al Estatuto. Pero, la Corte observó que la
Declaración de 1929 tenía cierto efecto potencial, que podía
mantenerse indefinidamente, derivado del hecho de ser una
declaración hecha “incondicionalmente”, y que podía haberse
perfeccionado en cualquier momento, hasta la creación de la actual
Corte, teniendo en cuenta que podía hacerse “al momento de firmar
o ratificar el Protocolo… o en un momento posterior”, sin requerir
ser parte en el Estatuto; según la Corte, ésta era una Declaración
válida, cuya duración no había expirado, hecha por un Estado que no
era parte en el Protocolo. Después de todo, el propósito del artículo
36, párrafo 5, del Estatuto es preservar la existencia de las
aceptaciones de la competencia obligatoria de la Corte ya
formuladas, y no frustrar los progresos alcanzados. Si, en ausencia de
la ratificación del Protocolo, el consentimiento de Nicaragua en
aceptar la competencia de la Corte no había llegado a ser plenamente
efectivo, se habría perfeccionado al participar en la Conferencia de
San Francisco, firmar y ratificar la Carta de la ONU y el Estatuto
anexo a la misma. Por otra parte, en cuanto al valor de las
publicaciones oficiales de la Corte, mencionando a Nicaragua entre
los Estados que habían aceptado su competencia, hizo notar que éstas
indicaban una cierta interpretación del artículo 36, párrafo 5, del
Estatuto, y el rechazo de una interpretación diferente. Esta
interpretación era posible gracias a la ratificación del Estatuto, que le
proporcionó una base institucional de la cual antes carecía. Al incluir
a Nicaragua en esa lista, por un período cercano a los cuarenta años,
los Estados involucrados (y particularmente Nicaragua) tuvieron
amplia oportunidad de aceptar o rechazar la así proclamada
aplicación del artículo 36, párrafo 5, a la Declaración de Nicaragua
de 1929. La Corte tuvo en cuenta que Nicaragua nunca ha sostenido
que no está obligada por la Declaración de 1929, y que su silencio
sobre la mención (en el Anuario de la Corte) como uno de los Estados
que acepta su competencia obligatoria, sólo puede ser interpretada
como una aceptación de tal clasificación. Otros Estados, que

216
pudieran tener interés en la situación jurídica de Nicaragua en esta
materia, tampoco han objetado. Además, Nicaragua había
participado previamente en casos contenciosos ante la Corte y, si se
ha considerado que (debido a su Declaración de 1929), ha aceptado
la competencia de la Corte en casos en que ha comparecido como
demandada, debe concluirse que ha aceptado la misma competencia
en casos en que comparece como demandante. Nicaragua había
sostenido que su conducta, durante 38 años, constituía una
manifestación inequívoca de su consentimiento en someterse a la
competencia obligatoria de la Corte y que, asimismo, la conducta de
los Estados Unidos, durante 38 años, constituía un reconocimiento
inequívoco de la validez esencial de la Declaración de Nicaragua de
1929, por lo que ambas partes reconocían que cualquier defecto
formal en la ratificación de dicha Declaración por parte de Nicaragua
no afectaba la validez esencial de su consentimiento en someterse a
la competencia obligatoria de la Corte. Estados Unidos objetaba que,
siendo la aceptación de la competencia obligatoria de la Corte un
compromiso importante, debía estar basada en la más clara de las
manifestaciones de la intención del Estado en aceptarla; según
Estados Unidos, la tesis de Nicaragua introducía elementos de
incertidumbre en el sistema, y entrañaba el riesgo de aceptar la
competencia obligatoria por el mero silencio del Estado. Sin
embargo, la Corte observó que, en cuanto a los requisitos del
consentimiento como base de su competencia, y particularmente en
cuanto a las formalidades requeridas para que dicho consentimiento
se exprese de acuerdo con lo dispuesto en el artículo 36, párrafo 2, de
su Estatuto, basta con el depósito de tal aceptación con el Secretario
General de la ONU.423 Según la Corte, en cuanto al cumplimiento de
la formalidad de depositar una declaración de aceptación de su
competencia obligatoria, Nicaragua estaba en una posición
excepcional, pues los propios órganos encargados de manejar tales
declaraciones habían declarado que dicha formalidad había sido
cumplida; esa situación excepcional no podía dejar de tener efectos
respecto de las formalidades para otorgar un consentimiento válido
respecto de la aceptación de la competencia obligatoria, por lo que
consideró correcto concluir que “el asentimiento constante de un
Estado en esas afirmaciones” [de los órganos internacionales

423
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Military and
Paramilitary Activities in and against Nicaragua (Nicaragua v. United States
of America), Jurisdiction of the court and admissibility of the application,
Judgment of 26 November 1984, párrafos 12 a 46.

217
encargados de manejar tales declaraciones] constituía una forma
válida de manifestar su intención de reconocer la competencia
obligatoria de la Corte.424
A. Las condiciones de aceptación de la competencia de la
Corte
Las declaraciones de aceptación de la competencia de la Corte,
ya sea que ellas tengan carácter general o que se hayan formulado
para un caso particular, o los compromisos para someter un caso a la
Corte, pueden ser incondicionales, en los mismos términos del
artículo 36, párrafo 2, del Estatuto,425 por tiempo indefinido426 o
sujetas a un plazo de expiración (aunque renovables),427 o pueden
contener restricciones que excluyen determinadas materias de la
competencia de la Corte,428 y que pueden estar referidas a los asuntos
de la jurisdicción exclusiva de los Estados,429 al momento en el que

424
Cfr. ibid., párrafo 47.
425
Por ejemplo, Bolivia, China, República Dominicana, Haití, Noruega,
Nicaragua, Panamá, Paraguay, Suiza, Tailandia, Uganda, y Uruguay.
426
Por ejemplo, China (la China nacionalista, en su declaración del 10 de
diciembre de 1956), Colombia, República Dominicana, El Salvador, Francia,
Gambia, Haití, Honduras, India, Liechtenstein, Nicaragua, Pakistán, Panamá,
Portugal, Sudán, Suiza, y otros.
427
Por ejemplo, la Declaración de Bélgica fue hecha por un plazo de cinco años,
después de lo cual continuaría en efecto hasta que se notificara su terminación.
428
Por ejemplo, la Declaración de Francia excluye, inter alia, disputas en
relación a las cuales las partes hayan acordado (o puedan acordar) recurrir a
otro medio de solución pacífica de controversias, y disputas que deriven de
una guerra o de hostilidades internacionales. Kenia, al igual que Malta,
excluyen de la competencia de la Corte, inter alia, cualquier disputa
relacionada con la beligerancia o con la ocupación militar.
429
Por ejemplo, la Declaración de Australia, aceptando la competencia de la
Corte excluye, inter alia, las disputas relativas a cuestiones que, según el
Derecho Internacional, corresponden exclusivamente a la jurisdicción de
Australia; lo mismo en el caso de Cambodia, Canadá, Francia, India, Israel y
otros. Como apuntan Oppenheim y Lauterpacht, este tipo de reservas es
innecesaria, pues la posición del Estado demandado respecto de los asuntos
de su competencia exclusiva está suficientemente salvaguardada por el
Derecho Internacional. Cfr. Lassa Oppenheim, Tratado de Derecho
Internacional Público (título original: International Law: A treatise, séptima
edición editada por Hersch Lauterpacht, Longmans, Green and Co., Londres
/ Nueva York / Toronto, 1952), traducción por Antonio Marín López, Bosch,
Casa Editorial, Barcelona, 1966, Tomo II, vol. I, p. 63.

218
hayan ocurrido los hechos objeto de la controversia, 430 a hechos
ocurridos después de la aceptación de la competencia de la Corte, 431
a los sujetos que son partes en la controversia, 432 a disputas con
Estados con los que se tiene lazos de afinidad y que puedan haber
acordado otros mecanismos de solución,433 a controversias
relacionadas con tratados multilaterales (a menos que todas las partes
en el tratado afectadas por la decisión sean también partes en el caso
ante la Corte),434 a disputas respecto de su territorio (o parte de su
territorio) en la forma como el propio Estado lo ha delimitado,435 a
disputas sobre reclamaciones pecuniarias en contra del Estado, 436 a
sus propias disposiciones constitucionales,437 a disputas con Estados
que han aceptado la competencia de la Corte sólo en relación con esa

430
Por ejemplo, la Declaración de Colombia se extiende sólo a disputas que
hayan surgido después del 6 de enero de 1932, y el Reino Unido excluye
disputas relacionadas con hechos ocurridos entre el 3 de septiembre de 1939
y el 2 de septiembre de 1945. En cambio, la Declaración de Portugal extiende
la aceptación de la competencia de la Corte a disputas que hayan surgido
“antes o después” de la declaración de Portugal, hecha el 16 de diciembre de
1920, al hacerse parte del Estatuto de la Corte Permanente de Justicia
Internacional.
431
Por ejemplo, la Declaración de Francia limita su aceptación de la competencia
de la Corte a las controversias que puedan surgir respecto de hechos o
situaciones posteriores a la formulación de esta Declaración.
432
Por ejemplo, la India excluye de la competencia de la Corte disputas con un
Estado que haya aceptado la competencia de la Corte exclusivamente en
relación con una disputa que sostenga con la India; Malta incluye una
condición del mismo tenor. Israel excluye de la competencia de la Corte
controversias con cualquier Estado que no reconozca al Estado de Israel, o
que se niegue a mantener relaciones diplomáticas normales con Israel.
433
Por ejemplo, Australia, Canadá, Malta, Nueva Zelanda, o el Reino Unido
(entre otros), que excluyen controversias con cualquier miembro de la
Comunidad Británica de Naciones. Esta “reserva”, que según Oppenheim y
Lauterpacht está obsoleta, originalmente fue prevista para subrayar la
ausencia de un elemento internacional en las relaciones entre los miembros de
la Comunidad Británica de Naciones. Cfr. Lassa Oppenheim, Tratado de
Derecho Internacional Público (título original: International Law: A treatise,
séptima edición editada por Hersch Lauterpacht, Longmans, Green and Co.,
Londres / Nueva York / Toronto, 1952), traducción por Antonio Marín López,
Bosch, Casa Editorial, Barcelona, 1966, Tomo II, vol. I, p. 61, en nota a pie
de página.
434
Por ejemplo, Malta y los Estados Unidos de América.
435
Por ejemplo, Australia.
436
Por ejemplo, la Declaración de El Salvador, del 18 de diciembre de 1920.
437
Por ejemplo, El Salvador.

219
disputa,438 a disputas en que la contraparte depositó su aceptación de
la competencia de la Corte menos de doce meses antes de presentar
su demanda a la Corte,439 a disputas en que no se decida sobre la base
del Derecho, sino ex aequo et bono,440 o, incluso, a la competencia
para decidir por sí mismo sobre la interpretación o aplicación de sus
condiciones para la aceptación de la competencia de la Corte. 441 En
relación con este último punto, Estados Unidos excluye las disputas
que son esencialmente de la jurisdicción doméstica de los Estados
Unidos, en la forma como los Estados Unidos defina su jurisdicción
doméstica (“disputes as regard to matters which are essentially within
the domestic jurisdiction of the United States of America as
determined by the United States of America”), y la Declaración de
México excluye de la competencia de la Corte cualquier controversia
que, “en opinión de México”, sea de la jurisdicción exclusiva de
México; este último tipo de declaraciones van demasiado lejos,
dejando vacía de contenido la aceptación de la competencia de la
Corte, y son incompatibles con el Estatuto. Inicialmente, Francia
también había seguido el ejemplo de los Estados Unidos de América,
pero, después del caso de los prestamos noruegos, en el que se
planteó la aplicación recíproca de la misma, Francia decidió retirar
esta “reserva”.
La Corte posee competencia sólo en la medida en que ésta se le
haya conferido por las partes en la controversia. Inclusive en el caso
de una aceptación incondicional de la competencia de la Corte, según
la naturaleza del caso que se le someta,442 ésta tendrá que analizar si
se agotaron los recursos de la jurisdicción interna porque, de lo
contrario, no existiría una controversia internacional y el Tribunal
438
Por ejemplo, el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte.
439
Por ejemplo, el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte.
440
Este es el caso de la declaración de Guatemala, respecto a la controversia por
Belice.
441
Las condiciones de esta naturaleza, conocidas como “reservas automáticas”,
en que el Estado que la formula se reserva el derecho de decidir su aplicación,
son incompatibles con el principio de la competencia de la competencia, y con
el Estatuto de la Corte, cuyo artículo 36, párrafo 6, establece que, en caso de
controversia sobre su competencia, “la Corte decidirá”.
442
Tales como el caso Ambatielos (Grecia c. Reino Unido), el caso Nottebohm
(Liechtenstein c. Guatemala), el caso de la Barcelona Traction, Light and
Power Company, Limited (Bélgica c. España), el caso de la Anglo Iranian Oil
Co. (Reino Unido c. Irán), el caso de ciertos prestamos noruegos (Francia c.
Noruega), el caso Avena y otros (México c. Estados Unidos de América), o el
caso LaGrand (Alemania c. Estados Unidos), entre otros.

220
carecería de competencia para conocer del mismo. Además, el propio
artículo 36, párrafo 2, del Estatuto señala que la aceptación de la
competencia de la Corte opera “respecto a cualquier otro Estado que
acepte la misma obligación”; esto es, la aceptación de la competencia
de la Corte es bajo condición de reciprocidad, en lo que concierne al
objeto de la demanda, sin que una de las partes esté sometida a
obligaciones más amplias o más estrictas que las que le corresponden
a su contraparte. Por consiguiente, el Estado demandado en un caso
ante la Corte, aunque haya aceptado la competencia de manera
incondicional, puede valerse de las mismas condiciones bajo las
cuales el Estado demandante ha aceptado la competencia de la Corte.
Por ejemplo, en el caso de ciertos prestamos noruegos, aunque
Noruega había aceptado la competencia de la Corte de manera
incondicional, objetó la competencia del Tribunal valiéndose de la
declaración de Francia, que -en ese momento- excluía de la
competencia de la Corte los asuntos de la jurisdicción nacional, en la
forma como los entendía el propio Gobierno de Francia. 443
Muchas de estas condiciones han sido objeto de arduo debate y
del minucioso análisis de la Corte. En el caso de la Declaración de
los Estados Unidos, excluyendo de la competencia de la Corte los
asuntos relacionados con tratados multilaterales a menos que “todas
las partes en el tratado afectadas por la decisión de la Corte” sean
partes en el caso, debe observarse que un principio básico de Derecho
indica que las sentencias de los tribunales sólo obligan a las partes y
no producen efectos respecto de terceros. En tal sentido, el artículo
59 del Estatuto de la Corte indica que “La decisión de la Corte no es
obligatoria sino para las partes en litigio y respecto del caso que ha
sido decidido.” Declaraciones como la de Estados Unidos van más
allá de este principio elemental de Derecho, anticipándose a la
sentencia de la Corte. Pretender que, para que la Corte pueda ejercer
su jurisdicción, en un caso en el que se alega, por ejemplo, la
violación de una de las disposiciones de la Carta de la ONU -como
el artículo 2, párrafo 4, relativo a la prohibición del uso de la fuerza-
todos los Estados miembros de la ONU deban ser partes en el caso

443
Cfr. International Court of Justice, Case of Certain Norwegian Loans, France
v. Norway, Judgment of July 6th, 1957, p. 21. Para ese momento, estaba en
vigor la Declaración de la aceptación de la competencia de la Corte que
Francia había formulado el 18 de julio de 1947, en el mismo estilo de la
Declaración de los Estados Unidos de América, conteniendo la enmienda
Connally.

221
es, por lo menos, absurdo.444 En realidad, la “reserva” de los Estados
Unidos estaba concebida para evitar que estos se vieran expuestos a
una demanda de varios Estados, incluyendo a algún Estado que no
había aceptado la competencia obligatoria de la Corte.445 Como
quiera que sea, en el caso del oro monetario removido de Roma en
1943, la Corte declinó ejercer su competencia respecto de Estados
que no eran partes en el procedimiento y cuyos intereses jurídicos
“no sólo podían verse afectados por una decisión, sino que eran el
objeto mismo de la decisión.”446 Cualquier otro Estado que considere
que sus intereses pueden verse afectado puede presentar su propia
demanda, o puede emplear el procedimiento de intervención previsto
en el artículo 62 del Estatuto. Además, cuando el caso se refiera a la
interpretación de una convención en que, además de las partes
litigantes, sean partes otros Estados, de acuerdo con el artículo 63 del
Estatuto, el Secretario de la Corte deberá notificar inmediatamente a
todos los Estados interesados; los Estados así notificados tendrán
derecho a intervenir en el proceso, pero, si lo hacen, la interpretación
contenida en la sentencia será igualmente obligatoria para ese Estado.
B. “La misma obligación”
El artículo 36, párrafo 2, del Estatuto de la Corte expresa que la
aceptación de la competencia de la Corte tiene efectos “respecto a
cualquier otro Estado que acepte la misma obligación”. Los términos
y las condiciones de la aceptación de la competencia de la Corte
pueden ser diferentes; pero, respecto de cada caso particular
planteado ante la Corte, las partes en la controversia deben aceptar la
misma obligación.
Cuando están involucradas dos declaraciones unilaterales de
aceptación de la competencia de la Corte, ésta tendrá competencia
sólo en la medida en que ambas declaraciones coincidan en conferirle
competencia, teniendo en cuenta aquella que la acepte dentro de

444
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Military and
Paramilitary Activities in and Against Nicaragua (Nicaragua v. United States
of America), Jurisdiction of the court and admissibility of the application,
Judgment of 26 November 1984, párrafos 67 al 76.
445
Cfr. Ibid., párrafo 70.
446
International Court of Justice, Case of the Monetary Gold Removed from
Rome in 1943 (Italy v. France, United Kingdom of Great Britain and Northern
Ireland and United States of America), Preliminary question (sic), Judgment
of June 15th, 1954, p. 32.

222
límites más estrechos, y que corresponda a la voluntad común de las
partes.447 En el caso de la Anglo Iranian Oil Company, la Corte había
sostenido que, como la declaración de Irán tenía un ámbito más
limitado que la del Reino Unido, era la declaración iraní en la que la
Corte debía basar su competencia.448
Si las partes han aceptado “la misma obligación” es algo que se
determina al momento en que la Corte entra a conocer del caso,
comparando el efecto de las condiciones de aceptación de la
competencia de la Corte por las partes en litigio. La Corte no
considera apropiado tartar de determinar si un Estado, en contra del
que aún no se ha iniciado ningún procedimiento, invocaría las
disposiciones contenidas en la declaración de otro Estado para
modificar o terminar su aceptación de la competencia de la Corte,
antes de que ésta asuma el conocimiento de un caso. La
determinación de la existencia de “la misma obligación” requiere la
presencia de dos partes en un caso ante la Corte, con una disputa bien
definida, condiciones que sólo se pueden satisfacer cuando se ha
iniciado un procedimiento judicial. Mientras no se ha presentado una
demanda y ha surgido una relación procesal entre las partes, sus
relaciones son fluidas, y la coincidencia entre sus obligaciones
respecto de la aceptación de la competencia de la Corte es parte de
un proceso dinámico y cambiante; lo que la Corte tiene que establecer
es si, al momento de presentarse la demanda, los Estados habían
aceptado “la misma obligación” en relación con el objeto de la
controversia; la posibilidad de que, antes de ese momento, alguna de
las partes disfrutara de un margen mayor que la otra para modificar
sus condiciones de aceptación de la competencia de la Corte es
irrelevante.449 Cuando un caso es sometido a la Corte, siempre es
posible establecer cuáles son, en ese momento, las obligaciones
recíprocas de las partes, de acuerdo con sus respectivas
declaraciones; no es necesario que “la misma obligación” sea
irrevocablemente definida al momento del depósito de la declaración,
y por todo el tiempo de su duración; esa expresión no significa nada

447
Cfr. International Court of Justice, Case of Certain Norwegian Loans, France
v. Norway, Judgment of July 6th, 1957, p. 23.
448
Cfr. International Court of Justice, Anglo-Iranian Oil Co. Case, United
Kingdom v. Iran, Preliminary Objection, Judgment of July 22 nd, 1952, p. 103.
449
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Military and
Paramilitary Activities in and Against Nicaragua (Nicaragua v. United States
of America), Jurisdiction of the court and admissibility of the application,
Judgment of 26 November 1984, párrafo 64.

223
más que, entre los Estados que adhieren a la cláusula opcional, cada
uno de ellos está obligado por idénticas obligaciones que existan en
cualquier momento, durante el tiempo en que la aceptación de la
competencia de la Corte sea mutuamente vinculante.450
C. La aplicación recíproca de las condiciones
Las condiciones en que un Estado acepta la competencia de la
Corte se aplican, recíprocamente, a los demás Estados que,
eventualmente, puedan ser demandados por el primero; en este
sentido, el artículo 36, párrafo 2, del Estatuto de la Corte expresa que
la aceptación de la competencia de la Corte tiene efectos “respecto a
cualquier otro Estado que acepte la misma obligación”. En el ya
citado caso de ciertos empréstitos noruegos, el Tribunal dispuso que,
de acuerdo con la condición de reciprocidad a la que estaba sometida
la aceptación de la competencia de la Corte en las declaraciones de
los Estados partes en el caso, y que también está prevista en el
artículo 36, párrafo 3, del Estatuto, Noruega, al igual que Francia,
tenía derecho a excluir de su jurisdicción las disputas que, a juicio de
Noruega, correspondían esencialmente a su jurisdicción nacional. 451
Ante el argumento de Francia de que ambos Estados eran partes en
la Convención de La Haya de 1907, que, en su opinión, hacía del
pago de deudas contractuales una cuestión de Derecho Internacional,
la Corte señaló que no había ninguna razón para que dicha
Convención privara a Noruega del derecho a invocar la “reserva”452
incorporada en la declaración de Francia.453 Es interesante observar
que la Corte no abordó la primera objeción de Noruega, en la que
sostenía que este asunto estaba regulado por sus leyes internas,
siendo, por lo tanto, un asunto de su jurisdicción exclusiva; el
Tribunal no entró a determinar si, de acuerdo con el Derecho
Internacional, dicho asunto era o no parte de la competencia
exclusiva de los Estados. La Corte, simplemente, se avocó a la
aplicación recíproca de las condiciones previstas en la declaración de

450
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Right of Passage over
Indian Territory (Portugal v. India), Preliminary objections, Judgment of
November 26th, 1957, pp. 22 y s.
451
Cfr. Ibid., p. 24.
452
Se observa que no se trata de “reservas”, en el sentido que la Convención de
Viena sobre Derecho de los Tratados le atribuye a esta expresión, sino de las
condiciones bajo las cuales los Estados aceptan la competencia de la Corte.
453
Cfr. Ibidem.

224
Francia, entendiendo que ella está en libertad de decidir sobre la base
que, según su criterio, sea más concluyente.454 Sin embargo, eso no
significa que la legislación interna de un Estado sea la que determina
el ámbito de la jurisdicción exclusiva de los Estados; en este caso, lo
que la Corte estaba decidiendo no era qué es lo que forma parte del
dominio reservado de los Estados, sino cuál es el resultado de aplicar
recíprocamente las condiciones de aceptación de su competencia; por
consiguiente, lo afirmado por la Corte no significa que legislación
interna no pueda ser incompatible con el Derecho Internacional, o
que la legislación interna esté enteramente al margen del Derecho
Internacional. Como sostuvo Hersch Lauterpacht, la sola idea de que
un asunto regido por el Derecho interno está, por esa razón, fuera de
la órbita del Derecho Internacional, de ser aceptada, destruiría el
objeto mismo del Derecho Internacional. 455
Por otra parte, la reciprocidad no se puede invocar siempre. En
el caso de las actividades militares y paramilitares en y en contra de
Nicaragua, Estados Unidos argumentó que la declaración de
Nicaragua era de duración indefinida y que, por lo tanto, podía darse
por terminada sin previo aviso, por lo que no habría aceptado la
misma obligación que los Estados Unidos, cuya terminación estaba
sujeta a un preaviso de seis meses. Sin embargo, la Corte no
consideró que este argumento le diera derecho a Estados Unidos a
dejar de aplicar su propia cláusula temporal incorporada en la
declaración de 1946, porque la noción de reciprocidad tiene que ver
con el ámbito y la sustancia de los compromisos adquiridos,
incluyendo sus condiciones o “reservas”, pero no con las condiciones
formales de su creación, duración, o extinción; en estos aspectos,
claramente, la reciprocidad no puede ser alegada para excusarse de
respetar los términos de su propia declaración. 456 Según la Corte, la
reciprocidad permite al Estado que ha hecho una aceptación más
amplia de la competencia de la Corte basarse en las mismas
condiciones o “reservas” de la contraparte; pero allí termina el efecto
de la reciprocidad; la reciprocidad no permite a un Estado apoyarse
en restricciones que otro Estado no ha hecho, ni ha incluido en su
454
Cfr. ibid., p. 25.
455
Cfr. su opinión separada en International Court of Justice, Case of Certain
Norwegian Loans, France v. Norway, Judgment of July 6th, 1957, p. 37.
456
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Military and
Paramilitary Activities in and against Nicaragua (Nicaragua v. United States
of America), Jurisdiction of the court and admissibility of the application,
Judgment of 26 November 1984, párrafo 62.

225
propia declaración.457 El mantenimiento en vigor del aviso de seis
meses en la declaración de los Estados Unidos es un compromiso
positivo, en relación con el cual Nicaragua no contenía ninguna
restricción; por lo tanto, Estados Unidos no estaba en capacidad de
invocar la reciprocidad como fundamento para su notificación de
1984, que pretendía modificar el contenido de la declaración de 1946;
por el contrario, era Nicaragua quien podía invocar la cláusula de los
seis meses incorporada en la declaración de Estados Unidos, no sobre
la base de la reciprocidad, sino porque es un compromiso que forma
parte integrante del instrumento que la contiene. 458
D. Las reservas automáticas
Los Estados tienen entera libertad para decidir si aceptan la
competencia de la Corte Internacional de Justicia, respecto de qué
casos, y en qué condiciones459 la aceptan; pero, en caso de
controversia, la Corte es maestra de su propia competencia, y es a
ella a quien le corresponde decidir. Las llamadas “reservas
automáticas”, en que un Estado ha aceptado la competencia de la
Corte, pero sujeta a condiciones cuya aplicación será determinada por
el propio Estado, siendo éste el que decida si el asunto objeto de
litigio está excluido por dichas condiciones, 460 son consideradas

457
Cfr. International Court of Justice, Interhandel Case (Switzerland v. United
States of America), Preliminary objections, Judgment of March 21st, 1959, p.
23.
458
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Military and
Paramilitary Activities in and against Nicaragua (Nicaragua v. United States
of America), Jurisdiction of the court and admissibility of the application,
Judgment of 26 November 1984, párrafo 62.
459
Aunque muchos textos se refieren a ellas como “reservas” a la aceptación de
la competencia de la Corte, comparándolas a las reservas a los tratados, ellas
no son tales; técnicamente, ellas no modifican los términos del Estatuto de la
Corte, ni de ningún tratado, sino que son, simplemente, las condiciones bajo
las cuales los Estados aceptan someterse a la jurisdicción de la Corte.
460
El ejemplo típico es la Declaración de los Estados Unidos, conocida como la
“enmienda Connolly”, que excluye de la competencia de la Corte las disputas
que son esencialmente de la jurisdicción doméstica de los Estados Unidos, en
la forma como los Estados Unidos defina su jurisdicción doméstica (“disputes
as regard to matters which are essentially within the domestic jurisdiction of
the United States of America as determined by the United States of America”).
Cfr. Declaration of the United States of America, of 14 August 1946. Otras
declaraciones, copiadas a la letra en cuanto a este punto, son la Declaración
de México, del 23 de octubre de 1947, que excluye de la competencia de la
Corte cualquier controversia que, “en opinión de México”, sea de su

226
incompatibles con el Estatuto de la Corte, cuyo artículo 36, párrafo
6, establece que, en caso de controversia sobre su competencia, “la
Corte decidirá”. Mediante esa formulación de las condiciones en que
se acepta la competencia de la Corte, el Estado autor de la misma
pretende que la Corte se limite a registrar su voluntad, pero sin que
ésta pueda ser revisada por el Tribunal, y sin poder examinar si dichas
condiciones son válidas o si producen algún efecto jurídico. En el
caso de ciertos prestamos noruegos, después de haber aceptado la
excepción preliminar opuesta por Noruega respecto de Francia,
alegando la reciprocidad en su aplicación, el Tribunal señalo, al
pasar, que no consideraba necesario examinar si la “reserva” francesa
era compatible con el compromiso de una obligación jurídica, y si era
compatible con el artículo 36, párrafo 6, del Estatuto de la Corte, por
lo que, sin prejuzgar sobre su validez, le dio efecto a la misma. 461
Posteriormente, al observar que este tipo de condiciones (“reservas”)
tenían un efecto bumerang, que servía para que otros Estados
demandaran a Francia, pero que no le servía para demandar, puesto
que los Estados demandados, invocando la aplicación recíproca de
dicha condición, iban a objetar exitosamente la competencia de la
Corte, Francia decidió retirar su declaración de aceptación de la
competencia de la Corte y sustituirla por una nueva, en la que
conservó la exclusión de los asuntos de la jurisdicción doméstica,
pero, esta vez, dejando que sea la Corte quien decida qué asuntos son
del dominio reservado de un Estado.462
A pesar de las pretensiones de algunos Estados, la Corte no ha
cedido su competencia para determinar qué asuntos están regidos por
el Derecho Internacional y cuáles corresponden a la jurisdicción
exclusiva de los Estados. En el caso Interhandel, Estados Unidos
alegó que, según el Derecho Internacional, la captura y retención de
propiedad enemiga en tiempo de guerra son asuntos que
corresponden a la jurisdicción doméstica de los Estados Unidos y
que, como tales, no están sujetos a supervisión internacional. La
Corte observó que el asunto a decidir era si los bienes de Interhandel

jurisdicción exclusiva, y la Declaración de Francia (del 1 de marzo de 1949),


que excluía de la competencia de la Corte los asuntos que son esencialmente
parte de su jurisdicción nacional, en la forma como la entendía el Gobierno
de Francia.
461
Cfr. International Court of Justice, Case of Certain Norwegian Loans, France
v. Norway, Judgment of July 6th, 1957, pp. 26 y s.
462
Cfr, la nueva Declaración de Francia aceptando la competencia de la CIJ, del
16 de mayo de 1966.

227
podían considerarse propiedad enemiga o si, por el contrario, eran
propiedad neutral; según el Tribunal, habiendo una objeción basada
en principios de Derecho Internacional por un Estado neutral, que
había asumido la reclamación de sus nacionales, éste no era un asunto
que le correspondiera decidir a los Estados Unidos, sino que debía
ser decidido a la luz de los principios y reglas de Derecho
Internacional que, en tiempo de guerra, rigen las relaciones entre
beligerantes y neutrales.463
2. Los tratados multilaterales
La competencia de la Corte Internacional de Justicia se ha
incorporado en varios tratados internacionales. Ese es el caso, por
ejemplo, de la Convención de Viena sobre Relaciones
Diplomáticas464 que, mediante un Protocolo facultativo, dispone, en
su artículo I, que “Las controversias originadas por la interpretación
o aplicación de la Convención se someterán obligatoriamente a la
Corte Internacional de Justicia”; igual cosa ocurre con la Convención
de Viena sobre Relaciones Consulares, 465 según lo dispuesto en el
artículo I de su Protocolo de firma facultativa sobre jurisdicción
obligatoria para la resolución de controversias.
La Convención para la Prevención y Sanción del Delito
Genocidio,466 en su artículo IX, dispone que la interpretación,
aplicación o ejecución de esta Convención, incluso las relativas a la
responsabilidad de un Estado en materia de genocidio o en materia
de cualquiera de los otros actos prohibidos por la Convención, a
petición de una de las partes en la controversia, serán sometidos a la
Corte Internacional de Justicia. También la Convención sobre el
Estatuto de los Refugiados,467 en su artículo 38, prevé la jurisdicción

463
Cfr. International Court of Justice, Interhandel Case (Switzerland v. United
States of America), Preliminary objections, Judgment of March 21st, 1959, p.
25.
464
Suscrita en Viena el 18 de abril de 1961, y en vigor desde el 24 de abril de
1964.
465
Suscrita en Viena el 24 de abril de 1963, y en vigor desde el 19 de marzo de
1967.
466
Adoptada y abierta a la firma y ratificación, o adhesión, por la Asamblea
General de la ONU, en su resolución 260 A (III), del 9 de diciembre de 1948,
y en vigor desde el 12 de enero de 1951.
467
Adoptada el 28 de julio de 1951, por la Conferencia de Plenipotenciarios sobre
el Estatuto de los Refugiados y de los Apátridas, convocada por la Asamblea

228
obligatoria de la Corte Internacional de Justicia respecto de la
interpretación o aplicación de la Convención que no haya podido ser
resuelta por otros medios, a petición de cualquiera de las partes en la
controversia. La Convención Internacional sobre la Eliminación de
todas las Formas de Discriminación Racial, 468 en su artículo 22,
establece la jurisdicción obligatoria de la Corte Internacional de
Justicia respecto de la interpretación o aplicación de esta Convención
que no se hayan resuelto mediante negociaciones o mediante los
procedimientos que se establecen expresamente en ella, pudiendo,
cualquiera de las partes en la controversia, someterla a la decisión de
la Corte. Asimismo, la Convención sobre la Eliminación de todas las
Formas de Discriminación contra la Mujer,469 en su artículo 29,
párrafo 1, prevé que toda controversia que surja respecto a la
interpretación o aplicación de esta Convención que no se haya
solucionado mediante negociaciones se someterá al arbitraje a
petición de uno de los Estados, y, si en el plazo de seis meses
contados a partir de la fecha de presentación de la solicitud de
arbitraje las partes no consiguen ponerse de acuerdo sobre la forma
del mismo, cualquiera de las partes podrá someter la controversia a
la Corte Internacional de Justicia, mediante una solicitud presentada
de conformidad con el Estatuto de la Corte. En el mismo sentido, si
bien los Estados pueden hacer una reserva de esta disposición, el
artículo 30 de la Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas
Crueles, Inhumanos o Degradantes470 establece que las controversias
que surjan entre dos o más Estados sobre la interpretación o
aplicación de la Convención, cuando no puedan solucionarse
mediante negociaciones, serán sometidas a arbitraje, a petición de
uno de ellos; pero, si en el plazo de seis meses, contados a partir de
la solicitud de arbitraje, no consiguen ponerse de acuerdo sobre la
forma del mismo, cualquiera de las partes podrá someter la
controversia a la Corte Internacional de Justicia. Idéntica disposición

General de la ONU en su resolución 429 (V), del del 14 de diciembre de 1950,


y en vigor desde el 22 de abril de 1954.
468
Adoptada y abierta a la firma y ratificación por la Asamblea General de la
ONU, en su resolución 2106 A (XX), del 21 de diciembre de 1965, y en vigor
desde el 4 de enero de 1969.
469
Adoptada y abierta a la firma, ratificación y adhesión por la Asamblea General
de la ONU, en su resolución 34/180, del 18 de diciembre de 1979, y en vigor
desde el 3 de septiembre de 1981.
470
Adoptada y abierta a la firma, ratificación y adhesión, por la Asamblea
General de la ONU, en su resolución 39/46, del 10 de diciembre de 1984, y
en vigor desde el 26 de junio de 1987.

229
se encuentra en el artículo 92, párrafo 1, de la Convención
Internacional sobre la Protección de los Derechos de todos los
Trabajadores Migratorios y de sus Familiares. 471 En fin, sin pretender
que esta lista sea exhaustiva, el artículo 16, párrafo 1, de la
Convención Internacional contra la Toma de Rehenes, 472 en los
mismos términos de los tratados antes citados, también prevé la
jurisdicción obligatoria de la Corte Internacional de Justicia.
En el ámbito regional americano, eso es, también, lo que está
previsto en el Tratado Americano de Soluciones pacíficas (Pacto de
Bogotá).473 El Pacto de Bogotá, además de incorporar,
automáticamente, una cláusula de aceptación de la competencia de la
Corte por parte de todos los Estados partes en el Pacto (artículo
XXXI), tiene algunas características peculiares. En primer lugar, se
excluye de los mecanismos de solución pacífica los asuntos que, por
su esencia, sean de la jurisdicción interna de los Estados; pero, si las
partes no estuvieren de acuerdo en cuanto a si la controversia se
refiere, o no, a un asunto de su jurisdicción interna, cualquiera de las
partes podrá someter esta cuestión previa a la decisión de la Corte
Internacional de Justicia (art. V). En segundo lugar, el Pacto permite
que cualquiera de las partes pueda promover un procedimiento de
investigación y conciliación, para lo cual se creará una comisión
(artículos XVI y ss.). En tercer término, si fracasa el procedimiento
de conciliación, cualquiera de las partes tendrá derecho a someter el
caso a la Corte Internacional de Justicia (artículo XXXII). Por último,
si la Corte se declarara incompetente para conocer y decidir la
controversia, las partes se obligan a someter el asunto al arbitraje
(artículo XXXV). En el sistema interamericano, de acuerdo con el
artículo VI del Pacto de Bogotá, los procedimientos de solución
pacífica de controversias allí previstos no se aplicarán a los asuntos
ya resueltos por arreglo de las partes, por laudo arbitral, por sentencia
de un tribunal internacional, o que se hallen regidos por acuerdos o

471
Adoptada por la Asamblea General de la ONU en su resolución 45/158, del
18 de diciembre de 1990, y en vigor desde el 1 de julio de 2003.
472
Convención Internacional contra la Toma de Rehenes, Adoptada por la
Asamblea General de las Naciones Unidas, en su Resolución 34/146, del 17
de diciembre de 1979, abierta a la firma, ratificación y adhesión el 18 de
diciembre de 1979, y en vigor desde el 3 de junio de 1983.
473
Suscrito el 30 de abril de 1948, y en vigor desde el 5 de junio de 1949.
Venezuela no es parte en el Pacto de Bogotá.

230
tratados en vigor al momento de celebrarse el Pacto de Bogotá; esos
son asuntos concluidos, que no se pueden reabrir.
3. Los convenios o acuerdos especiales
La posibilidad de un “convenio especial”, mencionada por el
artículo 36, párrafo 2, del Estatuto, también está referida en el artículo
40 del Estatuto, que señala que los negocios serán incoados ante la
Corte, según el caso, “mediante la notificación del compromiso” o (a
falta de dicho compromiso) mediante solicitud escrita dirigida al
Secretario; además, el artículo 38.1 del Reglamento de la Corte indica
que el procedimiento contencioso se puede iniciar “mediante
notificación del compromiso” alcanzado por las partes para recurrir
ante ella, o “mediante una solicitud” de un Estado parte en la
controversia, para que la Corte entre a conocer de la misma.
En el caso Ambatielos, Grecia no había aceptado la competencia
obligatoria de la Corte, por lo que sólo podía recurrir ante ella en
virtud de un acuerdo especial, o en virtud de las disposiciones de un
tratado; por consiguiente, Grecia invocó el artículo 29 del Tratado de
1926, en conjunción con el artículo 37 del Estatuto, que establece que
cualquier referencia a la Corte Permanente de Justicia Internacional
debe interpretarse como referida a la actual Corte Internacional de
Justicia. Según el Tratado antes indicado, las partes habían acordado
que cualquier disputa que pudiera surgir entre ellas, en cuanto a la
interpretación o aplicación de las disposiciones del tratado, sería
referida, a petición de cualquiera de las partes, al arbitraje de la
Corte Permanente de Justicia Internacional, por lo que, sobre la base
de ese tratado, la Corte Internacional de Justicia asumió el
conocimiento de este caso.474
Ocasionalmente, puede haber dificultades para determinar si, en
un caso particular, ha habido un compromiso para someter una
disputa a la Corte Internacional de Justicia, o si el mencionado
compromiso tiene carácter vinculante.475 En el caso de la Plataforma

474
Cfr. International Court of Justice, Ambatielos Case (Greece v. United
Kingdom) Preliminary objection, Judgment of July 1st, 1952, pp. 18 y s.
475
Cfr., por ejemplo, el caso de la Plataforma Continental del Mar Egeo, en el
que la Corte debió determinar si un comunicado conjunto emitido por los
primeros ministros de Grecia y Turquía tenía carácter vinculante, y si
constituía un compromiso para someter dicho caso a la Corte Internacional de
Justicia. Cfr. International Court of Justice, Aegean Sea Continental Shelf

231
Continental del Mar Egeo, Grecia recurrió a la CIJ invocando, inter
alia, un comunicado conjunto emitido por los primeros ministros de
Grecia y Turquía, leído en Bruselas el 31 de mayo de 1975, pero sin
que fuera evidente si el referido comunicado constituía un tratado, o
si, por el contrario, era el resultado de un intercambio de ideas en el
que se había planteado la mera posibilidad de que dicho asunto se
sometiera a la Corte, o que esa sería la solución ideal, como se
desprendía del uso, en el comunicado conjunto, de la expresión
francesa “doivent être”, en vez de “seront”, o de la expresión inglesa
“should”, en vez de “shall”.
Según la demanda de Guyana en contra de Venezuela, la Corte
tiene competencia para conocer de este asunto, de acuerdo con lo
dispuesto en el artículo 36, párrafo 1, de su Estatuto, en combinación
con el artículo IV, párrafo 2, del Acuerdo de Ginebra, mediante el
cual Guyana y Venezuela habrían dado su mutuo consentimiento
para este efecto; según Guyana, en la citada disposición ambas partes
otorgaron al Secretario General de la ONU la facultad de escoger el
medio de solución de esta controversia (de entre aquellos señalados
por el artículo 33 de la Carta de la ONU) y, en ejercicio de esta
autoridad, el 30 de enero de 2018, el Secretario General habría
escogido el recurso a la Corte Internacional de Justicia.476 Ésta no
habría sido una decisión tomada en forma intempestiva, sino que,
como observa la demanda de Guyana, en diciembre de 2016, el
Secretario General habría advertido a las partes que se seguiría por
un año más con el procedimiento de buenos oficios, reforzado por un
mandato de mediación, y si, a fines de 2017, no había progresos
significativos, él escogería a la Corte Internacional de Justicia como
el siguiente medio de solución.477
Guyana recuerda que, en 2017, fue la falta de progresos
significativos lo que llevó al Secretario General de la ONU, Antonio
Guterres, a dar por concluido el proceso de buenos oficios y optar,
como siguiente medio de solución, por el arreglo judicial; esa
decisión fue comunicada a las partes el 30 de enero de 2018. Según
la demanda, tales cartas confirman que el artículo IV, párrafo 2, del
Acuerdo de Ginebra confiere al Secretario General de la ONU la
facultad y la responsabilidad de escoger, entre los medios de solución

Case, Greece v. Turkey, Jurisdiction of the Court, Judgment of 19 December


1978, párrafos 1 y 12.
476
Cfr. el párrafo 14 de la demanda de Guyana.
477
Cfr. ibid., párrafo 19.

232
pacífica contemplados en el artículo 33 de la Carta de la ONU, los
que se utilizarán para la solución de esta controversia, y que, si los
medios así elegidos no conducen a una solución, él podrá escoger
otro medio de arreglo pacífico, siempre de entre los contemplados en
el artículo 33 de la Carta de la ONU. En dichas misivas, El Secretario
General manifiesta haber analizado cuidadosamente los desarrollos
en el proceso de buenos oficios durante 2017 y, sin que se hubiera
avanzado significativamente, optó por el arreglo judicial. Después de
cincuenta años de esfuerzos infructuosos para resolver la
controversia con Venezuela, Guyana acogió con satisfacción esta
decisión, pensando que la Corte Internacional de Justicia es el foro
apropiado para el arreglo pacífico y definitivo de la misma.478 Según
Guyana, aunque Venezuela ha demostrado su descontento con la
decisión del Secretario General, ha reafirmado que el Acuerdo de
Ginebra es un tratado válido y vinculante para las partes, y que las
obligaciones asumidas por Guyana y Venezuela en virtud del mismo
continúan en plena vigencia; Guyana cita, en su respaldo, un
comunicado venezolano emitido el 31 de enero de 2018 – al día
siguiente de la decisión del Secretario General-, expresando que
Venezuela ratifica la plena vigencia del Acuerdo de Ginebra, un
tratado internacional que, en esta controversia territorial, rige como
ley entre las partes; por lo tanto, Guyana entiende que la Corte
Internacional de Justicia tiene competencia para conocer de este
caso.479
Respecto del Acuerdo de Ginebra, la tesis del Gobierno de
Venezuela es que éste no constituye un compromiso para someter el
caso a la Corte; en su opinión, la elección del medio de solución
pacífica por el Secretario General de la ONU -en los términos del
artículo IV, párrafo 2, del Acuerdo de Ginebra-, no le confiere
competencia a la Corte, ni autoriza a ninguna de las partes en la
controversia a iniciar, unilateralmente, procedimientos ante ella.
Según el Estado venezolano, de acuerdo con las disposiciones del
Estatuto de la Corte Internacional de Justicia, tal opción depende del
consentimiento de ambas partes, expresado en un acuerdo especial
concluido por ellas, lo cual no ha ocurrido. 480 Venezuela cita en su
respaldo la jurisprudencia de la Corte en el caso del Estrecho de

478
Cfr. párrafos 20 a 23 de la demanda de Guyana.
479
Cfr. párrafos 24 y 25 de la demanda de Guyana.
480
Cfr. el memorándum de Venezuela transmitido a la Corte Internacional de
Justicia el 29 de noviembre de 2019, párrafos 69 y 70.

233
Corfú, en el que el Consejo de Seguridad de la ONU había
recomendado referir este asunto a la Corte, la cual expresó que esta
obligación sólo podía cumplirse de acuerdo con las disposiciones de
su Estatuto.481 En realidad, Albania, que en ese momento no era
miembro de la ONU, había, sin embargo, aceptado la recomendación
del Consejo de Seguridad; pero, cuando se presentó la demanda
unilateral del Reino Unido, objetó a la misma, por considerar que,
según la resolución del Consejo de Seguridad, ésta debía ser remitida
a la Corte por ambos Estados, previa la conclusión de un convenio
especial suscrito entre ambos Estados.482 De allí el dictum de la Corte
citado por Venezuela, en circunstancias diferentes a las del caso que
nos ocupa.
Lo cierto es que, en dicha sentencia, la Corte se refiere a una
hipótesis distinta a la planteada por el caso Guyana c. Venezuela; en
efecto, en el caso del Estrecho de Corfú, sin la existencia de un
acuerdo previo entre las partes en la controversia, en ejercicio de las
competencias que le confiere el capítulo VI de la Carta de la ONU,
sobre arreglo pacífico de controversias,483 el Consejo de Seguridad
“recomendó” referir esa disputa a la Corte.484 En todo caso,
Venezuela niega que el Acuerdo de Ginebra constituya un
compromiso por el que las partes hayan aceptado someter el caso a
la Corte, y rechaza que, en aplicación del artículo IV, párrafo 2, de
dicho Acuerdo, el Secretario General de la ONU pudiera hacer algo

481
Cfr. International Court of Justice, The Corfu Channel Case, (United
Kingdom v. Albania), Preliminary Objection, Judgment of March 25th, 1948,
p. 26.
482
Cfr. International Court of Justice, The Corfu Channel Case (United Kingdom
of Great Britain and Northern Ireland v. Albania), Preliminary Objection,
Judgment of march 25th, 1948, pp. 18 y s.
483
Las resoluciones que adoptar el Consejo de Seguridad en el marco del capítulo
VI de la Carta tienen el carácter de meras recomendaciones. En cambio, las
resoluciones que el Consejo de Seguridad pueda adoptar en el marco del
capítulo VII, sobre su “Acción en caso de amenazas a la paz,
quebrantamientos de la paz o actos de agresión”, incluyendo medidas que
incluyan el uso de la fuerza armada (art. 42 de la Carta), tienen carácter
vinculante.
484
Cfr. Ibidem.

234
distinto que “recomendar” (no “elegir”) el medio de solución de esta
controversia.485
Aunque la Corte Internacional de Justicia es, por su naturaleza,
el tribunal que sería apropiado para resolver una disputa como la del
Esequibo, Venezuela sostiene que la CIJ carece de competencia para
conocer de este asunto, pues nunca ha formulado una declaración
aceptando dicha competencia, ya sea en general o para este caso en
particular. Pero alguna base jurídica habrá para que el Secretario
General de la ONU haya elegido el recurso a la CIJ como forma de
resolver esta controversia (y para que Guyana haya recurrido a dicha
Corte), por lo que sería aventurado asumir que la CIJ va a
desautorizar tan fácilmente al Secretario General de la ONU,
desestimando, sin mayor trámite y por falta de competencia, la
demanda intentada por Guyana. Por lo tanto, sería imprudente que el
gobierno de Venezuela no hiciera uso de todos los recursos
disponibles para defender los intereses de la república. En esta etapa
del procedimiento, sería imprudente que, cualquiera de las partes,
asumiera actitudes populistas o chauvinistas, y sería irresponsable
que, cualquiera de las partes, pretendiera descalificar al tribunal,
sugiriendo que está al servicio de potencias imaginarias. En el caso
de Venezuela, lo que corresponde es hacer un esfuerzo serio para
demostrar que la CIJ carece de competencia para conocer de este
asunto, y, en el caso de Guyana, además de demostrar que la Corte
es competente, demostrar que el laudo de 1899 es válido.
En principio, ya sea que haya una declaración general o una
declaración especial aceptando la competencia de la Corte, o que
haya un compromiso entre las partes en disputa para someter dicha
contienda a la Corte, hay un consentimiento inequívoco de los
Estados para que ésta pueda conocer de las controversias que los
Estados le someten; pero dicho consentimiento también puede
formularse en forma más sofisticada como, por ejemplo, mediante un
tratado en el que se conviene que sea un órgano internacional
determinado el que decida, de manera vinculante, el medio de

485
Cfr. el memorándum de Venezuela transmitido a la Corte Internacional de
Justicia el 29 de noviembre de 2019, párrafos 62, 67, 68, 69, 70, 72, 80, 81,
82, 89, 90, 92, 93, 94, y 96.

235
solución pacífica al que deberán someterse las partes en una
controversia.486
4. El forum prorrogatum
Si el procedimiento se ha iniciado mediante la solicitud del
Estado demandante en contra de un Estado que aún no ha
manifestado su consentimiento en someterse a la jurisdicción de la
Corte, la demanda se transmitirá a dicho Estado, pero no será inscrita
en el registro general ni se efectuará ningún acto procesal hasta que
el Estado en contra de quien se presentó la demanda haya aceptado
la competencia de la Corte en el asunto objeto de la demanda, 487 o no
haya objetado a la misma, haciéndose parte en el procedimiento. En
este caso, es la actitud del Estado demandado, sometiéndose a la
jurisdicción de la Corte frente a una demanda unilateral, la que,
tácitamente, le confiere competencia a la Corte para conocer del
asunto que se le ha presentado.
En la disputa entre el Congo y Francia por un procedimiento
penal, por violaciones de derechos humanos, iniciado en Francia en
contra del presidente del Congo y de otras autoridades congolesas,
mediante una carta del 8 de abril de 2003, por primera vez, un Estado
demandado aceptó la invitación del Estado demandante para
someterse a la jurisdicción de la Corte.488
II. LA COMPETENCIA RATIONE TEMPORIS
De acuerdo con el artículo 36, párrafo 1, de su estatuto, la
competencia de la Corte se extiende a todos los asuntos que las partes
le sometan y a todos los asuntos especialmente previstos en la Carta
de las Naciones Unidas o “en los tratados y convenciones vigentes.”
1. La vigencia de la aceptación de la competencia de la Corte
La Carta de las Naciones Unidas, de la cual el Estatuto de la
Corte es parte integrante, fue suscrita el 26 de junio de 1945, y entró

486
Un ejemplo de ello es el Acuerdo de Ginebra, suscrito por el Reino Unido de
Gran Bretaña e Irlanda del Norte, Venezuela, y la todavía colonia de Guyana
Británica, el 17 de febrero de 1966.
487
Cfr. el artículo 38, párrafo 5, del Reglamento de la Corte.
488
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Certain Criminal
Proceedings in France (Republic of the Congo v. France), Request for the
Indication of a Provisional Measure, Order of 17 June 2003, párrafos 5, 6 y 7.

236
en vigor el 24 de octubre del mismo año. Respecto de los miembros
fundadores, que hayan aceptado la competencia de la Corte, en
principio, esta última es la fecha crítica, a partir de la cual la Corte es
competente para conocer de casos que involucren a Estados que, para
ese momento, habían aceptado la competencia de la Corte, sin ningún
tipo de condiciones o restricciones respecto del momento a partir del
cual la Corte puede ejercer su competencia sobre esos Estados. En el
caso Interhandel, con el argumento de que los hechos habían
ocurrido antes de la fecha en que Suiza había aceptado la
competencia obligatoria de la Corte, Estados Unidos de América
objetó la competencia del Tribunal, aunque sin éxito pues éste
observó que no había que confundir los hechos y situaciones que
habían llevado al surgimiento de una disputa con la disputa misma.489
Hay, sin embargo, una excepción a la regla anterior, que puede
extender su competencia a hechos ocurridos antes de la entrada en
vigor de la Carta de la ONU, con el Estatuto de la Corte. De acuerdo
con el párrafo 5, del artículo 36, las declaraciones hechas de acuerdo
con el artículo 36 del Estatuto de la Corte Permanente de Justicia
Internacional “que estén aún vigentes”, serán consideradas, respecto
de las partes en el Estatuto de la Corte Internacional de Justicia como
aceptación de su jurisdicción obligatoria “por el período que aún les
quede de vigencia” y conforme a los términos de dichas
declaraciones. Por supuesto, éste era un acuerdo que se extendía
únicamente a los fundadores de las Naciones Unidas y de la nueva
Corte Internacional de Justicia, sin que tuviera carácter vinculante
respecto de terceros Estados que, posteriormente, cuando la antigua
Corte Permanente de Justicia Internacional ya había fenecido, se
incorporaran como miembros de la Organización de las Naciones
Unidas y, por ende, como partes en el Estatuto de la Corte. Bulgaria
es uno de los Estados que se encontró en esta situación; a partir de
esta disposición, la Corte tiene competencia para conocer de casos
respecto de Canadá, con su Declaración del 20 de septiembre de
1929, Colombia, con su Declaración del 30 de octubre de 1937,
República Dominicana, con su Declaración del 30 de septiembre de
1924, El Salvador, con su Declaración del 18 de diciembre de 1920,
Haití, con su declaración del 4 de octubre de 1921, Luxemburgo, con
su Declaración del 15 de septiembre de 1930, Nueva Zelanda, con su
Declaración del 1 de abril de 1940, Nicaragua, con su Declaración
489
Cfr. International Court of Justice, Interhandel Case (Switzerland v. United
States of America), Preliminary objections, Judgment of March 21st, 1959, p.
22.

237
del 24 de septiembre de 1929, Panamá, con su Declaración del 25 de
octubre de 1921, Paraguay, con su Declaración del 11 de mayo de
1933, y Uruguay, con su Declaración de enero de 1921, ratificada el
27 de septiembre del mismo año.
Adicionalmente, en las declaraciones de aceptación de la
competencia de la Corte que hagan los Estados, de acuerdo con el
artículo 36, párrafo 2, del Estatuto, cada uno de ellos podrá indicar la
fecha a partir de la cual reconoce la competencia de la Corte, o el
lapso por el cual la reconoce, si no es con fecha indeterminada; por
supuesto, eso es con exclusión de las otras circunstancias señaladas
en esas declaraciones que, no por razones de orden temporal, estén al
margen de la competencia del Tribunal. Por ejemplo, en su
Declaración del 6 de febrero de 1954, Australia reconoce la
competencia de la Corte respecto de todas las disputas jurídicas
surgidas “después de 18 de agosto de 1930”; asimismo, en la
Declaración de Colombia, del 30 de octubre de 1937, aceptando la
competencia de la antigua Corte Permanente de Justicia
Internacional, y que aún estaba vigente al momento de incorporarse
Colombia como miembro fundador de la ONU y de la nueva Corte,
se dispone que ella será aplicable sólo a disputas que surjan de hechos
ocurridos “después del 6 de enero de 1932.” Finlandia, en su
Declaración del 27 de junio de 1958, acepta la competencia de la
Corte respecto de cualquier disputa que surja de situaciones o hechos
“posteriores al 25 de junio de 1958.” En el caso de la India, en su
Declaración del 14 de septiembre de 1959, ésta se sometió a “todas
las disputas que surjan después del 26 de enero de 1959, con relación
a situaciones o hechos posteriores a esa fecha. Israel, en su
Declaración del 3 de octubre de 1956, somete a la jurisdicción de la
Corte “todas las disputas jurídicas concernientes a situaciones o
hechos que puedan surgir después del 25 de octubre de 1951, a
condición de que tales disputas no involucren un título jurídico
creado o conferido por un gobierno o una autoridad distinta del
gobierno de Israel o por una autoridad bajo la jurisdicción de ese
gobierno.” Respecto de Kenia, según su Declaración del 12 de abril
de 1965, se reconoce la competencia de la Corte sobre “todas las
disputas que surjan después del 12 de diciembre de 1963” con
respecto a hechos o situaciones que, de otra manera, no estén
excluidos por la misma Declaración. La Declaración de
Liechtenstein, del 10 de marzo de 1950 y depositada el 29 de marzo
de 1950, expresa que ella tendrá efecto a partir del momento en que

238
Liechtenstein llegue a ser parte en el Estatuto de la Corte.490 Holanda,
en su Declaración del 1 de agosto de 1956, reconoce la competencia
de la Corte a partir del 6 de agosto de 1956. Nueva Zelanda, en su
Declaración del 1 de abril de 1940, la reconoce a partir de esa misma
fecha. Paquistán, en su Declaración del 12 de septiembre de 1969,
reconoce la competencia de la Corte en todas las disputas legales que
surjan después del 24 de junio de 1948. En su declaración del 12 de
julio de 1947, Filipinas aceptó la competencia de la Corte a partir del
4 de julio de 1946. Por su parte, Portugal, en una Declaración del 19
de diciembre de 1955, aceptó la competencia de la Corte respecto de
disputas que hubieran surgido de eventos anteriores o posteriores a
su declaración de aceptación de la competencia opcional de la Corte
Permanente de Justicia Internacional hecha el 16 de diciembre de
1920. Sudán, en su Declaración del 30 de septiembre de 1957, aceptó
la competencia de la Corte respecto de todas las disputas jurídicas
que surgieran después del primer día de enero de 1956, con respecto
a cualquier situación o hecho posterior a esa fecha. Suecia, en su
Declaración del 6 de abril de 1957, acepta la competencia de la Corte
en relación con disputas que puedan surgir respecto a hechos o
situaciones posteriores al 6 de abril de 1947. La Declaración de
Suiza, del 6 de julio de 1948, reconoce la competencia de la Corte a
partir de la fecha en que ella haya llegado a ser parte en el Estatuto
de la Corte.491 La República Árabe Unida (Egipto), en su Declaración
del 18 de julio de 1957, teniendo en cuenta la Declaración del
gobierno de Egipto del 24 de abril de 1957, sobre “el Canal de Suez
y los preparativos para su operación”, aceptó la competencia de la
Corte bajo los términos del párrafo 9 (b) de esa Declaración, que está
fechada el 24 de abril de 1957, y con efecto desde esa fecha. En su
Declaración del 27 de noviembre de 1963, el Reino Unido de Gran
Bretaña e Irlanda del Norte acepta la competencia de la Corte respeto
de todas las disputas que surjan después de 5 de febrero de 1930,
relacionadas con hechos anteriores o posteriores a esa fecha. En el
asunto sobre el derecho de paso sobre territorio de la India, puesto
que ésta había limitado su aceptación de la competencia de la Corte
a disputas surgidas después del 5 de febrero de 1930, con relación a
hechos o situaciones posteriores a esa fecha, puesto que la

490
Cfr. su Declaración del 10 de marzo de 1950. Liechtenstein llegó a ser parte
en el Estatuto pocos días después, el 29 de marzo de 1950.
491
Cfr. la Declaración de Suiza del 6 de julio de 1948. Pocos días después de esta
Declaración, el 28 de julio de 1948, Suiza llegó a ser parte en el Estatuto de la
Corte.

239
reclamación de Portugal sobre un derecho de tránsito entre Damán y
sus enclaves era muy anterior a esa fecha, y puesto que la misma
había sido persistentemente rechazada por quien tenía la soberanía
territorial, la Corte consideró que esta disputa, en la forma en que
había sido presentada ante ella, estaba excluida de la aceptación de la
competencia de la Corte por parte de la India. 492
Algunas de estas declaraciones reconocen expresamente la
competencia de la Corte respecto de controversias surgidas, o de
hechos o circunstancias, muy anteriores a la fecha de formular la
respectiva declaración de aceptación de la competencia de la Corte.
Ese es el caso de Australia, cuya Declaración del 6 de febrero de 1954
extiende la competencia de la Corte a las disputas jurídicas surgidas
“después de 18 de agosto de 1930”; Colombia, cuya Declaración del
30 de octubre de 1937 es aplicable a disputas que surjan de hechos
ocurridos “después del 6 de enero de 1932.” La Declaración de
Holanda, del 1 de agosto de 1956, somete a la jurisdicción de la Corte
disputas por hechos ocurridos después del 5 de agosto de 1921. El 3
de octubre de 1956, Israel se sometió a la jurisdicción de la Corte
respecto de disputas jurídicas que podían haber surgido cinco años
antes, después del 25 de octubre de 1951; Kenia, según su
Declaración del 12 de abril de 1965, reconoció la competencia de la
Corte sobre disputas surgidas casi dos años antes, después del 12 de
diciembre de 1963. Paquistán, en su Declaración del 12 de
septiembre de 1969, reconoce la competencia de la Corte en todas las
disputas legales que surjan después del 24 de junio de 1948. Filipinas
aceptó la competencia de la Corte a partir del 4 de julio de 1946, más
de un año antes de su Declaración de aceptación de la competencia
de la Corte; Portugal, por su parte, en una Declaración del 19 de
diciembre de 1955, aceptó la competencia de la Corte respecto de
disputas que hubieran surgido de eventos anteriores o posteriores a
su declaración de aceptación de la competencia opcional de la Corte
Permanente de Justicia Internacional hecha el 16 de diciembre de
1920. En fin, Sudán aceptó la competencia de la Corte respecto de
todas las disputas jurídicas que surgieran después del primer día de
enero de 1956, con respecto a cualquier situación o hecho posterior a
esa fecha, no obstante que su Declaración de aceptación data del 30
de septiembre de 1957; Suecia, en su Declaración del 6 de abril de
1957, acepta la competencia de la Corte en relación con disputas que
492
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Right of Passage over
Indian Territory (Portugal v. India), Preliminary objections, Judgment of
November 26th, 1957, p. 13.

240
puedan surgir respecto a hechos o situaciones posteriores al 6 de abril
de 1947; y, el 27 de noviembre de 1963, el Reino Unido aceptó la
competencia de la Corte respeto de todas las disputas surgidas
después de 5 de febrero de 1930.
En algunos casos, los Estados han excluido de la competencia de
la Corte disputas surgidas o hechos ocurridos en un determinado
lapso de tiempo. Por ejemplo, la Declaración de Australia, del 6 de
febrero de 1954, excluye de la competencia de la Corte disputas que
puedan surgir, o eventos que puedan estar ocurriendo, en un momento
en que Australia estuviera o esté involucrada en hostilidades; lo
mismo en el caso de Nueva Zelanda, según su declaración del 1 de
abril de 1940. Según su Declaración del 3 de octubre de 1956, Israel
excluye de la competencia de la Corte las controversias surgidas de
eventos ocurridos entre el 15 de mayo de 1948 y el 20 de julio de
1949; asimismo, de la Declaración del Reino Unido, del 27 de
noviembre de 1963, se excluye las disputas que hayan surgido entre
el 3 de septiembre de 1939 y el 2 de septiembre de 1945. En el caso
de Canadá, en su Declaración del 20 de septiembre de 1929, ésta se
reserva el derecho a pedir la suspensión de cualquier procedimiento
pendiente ante la Corte, en relación con disputas que se hubieran
sometido o estuvieran sometidas a la consideración del Consejo de la
Liga de Naciones; según esta misma declaración, después de
sometido el asunto al Consejo, la notificación para suspender el
procedimiento debía darse dentro de los diez días siguientes a la
notificación del procedimiento ante la Corte; la suspensión tendría
una duración de doce meses, o un período mayor, si así era acordado
por las partes. El 7 de diciembre de 1939, el Delegado Permanente
de Canadá en la Liga de Naciones, transmitió una nota al Secretario
General de la Liga, manifestándole que, habiendo estallado la
Segunda Guerra Mundial, y no existiendo las mismas condiciones
que llevaron a Canadá a adoptar la Declaración de aceptación de la
competencia de la Corte, a su país no le era posible mantener en vigor
disposiciones que restringían las operaciones de los países que
resistían la agresión; en consecuencia, el Delegado permanente de
Canadá le notificó al Secretario General de la Liga de Naciones que
Canadá consideraría que su aceptación de la competencia de la Corte
no se extendía a disputas surgidas de eventos ocurridos “durante la
presente guerra” (esto es, la Segunda Guerra Mundial).493

493
Cfr. Nota del Delegado Permanente de Canadá ante la Liga de Naciones, del
7 de diciembre de 1939, dirigida al Secretario General de la Liga. En Louis

241
En cuanto a la terminación de la aceptación de la competencia de
la Corte, mientras algunas declaraciones no dicen nada, dando por
sentado que son por tiempo indefinido, o hasta que se notifique su
terminación,494 otras declaraciones estipulan su vigencia por un
período inicial de cinco o diez años, pudiendo ser renovables por
lapsos iguales o distintos495 y hasta que se notifique lo contrario.496
El problema con las declaraciones por tiempo indefinido es que, en
principio, ellas pueden dejarse sin efecto en cualquier momento,

Sohn, Basic Documents of the United Nations, The Foundation Press, Inc.
Brooklyn, 1968, p. 256.
494
Por ejemplo, la Declaración de Australia, del 6 de febrero de 1954; la
Declaración de Colombia, del 30 de octubre de 1937; la Declaración de
República Dominicana, del 30 de septiembre de 1924; la Declaración de
Francia, del 20 de mayo de 1966; la Declaración de Gambia, del 14 de junio
de 1966; la Declaración de Haití, del 4 de octubre de 1921; la Declaración de
la India, del 14 de septiembre de 199959; la Declaración de Israel, del 3 de
octubre de 1956; la Declaración de Kenia, del 12 de abril de 1965; la
Declaración de Liechtenstein, del 10 de marzo de 19950; la Declaración de
Malawi, del 22 de noviembre de 1966; la Declaración de Malta, del 29 de
noviembre de 1966; la Declaración de Nicaragua, del 24 de septiembre de
1929; la Declaración de Nigeria, del 14 de agosto de 1965; la Declaración de
Paquistán, del 12 de septiembre de 1960; la Declaración de Panamá, del 25 de
octubre de 1921; la Declaración de Paraguay, del 11 de mayo de 1933 (el 27
de mayo de 1938, el gobierno del Paraguay retiró esta Declaración, pero varios
gobiernos expresaron sus reservas en cuanto a la validez de ese retiro); la
Declaración de Somalia, del 25 de marzo de 1963; la Declaración de Sudán,
del 30 de diciembre de 1957; la Declaración de Suecia, del 6 de abril de 1957;
la Declaración de Suiza, del 6 de julio de 1948; la Declaración de Uganda, del
3 de octubre de 1963; la Declaración de la República Árabe Unida (Egipto),
del 18 de julio de 1957; la Declaración del Reino Unido de Gran Bretaña e
Irlanda del Norte, del 27 de noviembre de 1963; la Declaración del Reino
Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, del 27 de noviembre de 1963; o la
Declaración de Uruguay, de enero de 1921.
495
Por ejemplo, la Declaración de Bélgica, del 3 de abril de 1958; la Declaración
de China (la que era reconocida en ese momento por la ONU), del 10 de
diciembre de 1956; La Declaración de Dinamarca, del 10 de diciembre de
1956; la Declaración de Finlandia, del 27 de junio de 1958; la Declaración de
Japón, del 15 de septiembre de 1958; la Declaración de Liberia, del 20 de
marzo de 1952; la Declaración de Luxemburgo, del 15 de septiembre de 1930;
la Declaración de México, del 23 de octubre de 1947; la Declaración de
Holanda, del 1 de agosto de 1956; la Declaración de Nueva Zelanda, del 1 de
abril de 1940; la Declaración de Noruega, del 17 de diciembre de 1956; la
Declaración de los Estados Unidos de América, del 14 de agosto de 1946.
496
Por ejemplo, la Declaración de Cambodia, del 9 de septiembre de 1957; la
Declaración de Canadá, del 20 de septiembre de 1929; y la Declaración de
Filipinas, del 12 de julio de 1947.

242
colocando a los demás Estados en una situación de incertidumbre; la
Declaración de Portugal, por ejemplo, reconoce la competencia de la
Corte por el lapso de un año, luego de lo cual permanecerá en vigor
hasta que se dé notificación de su denuncia, sugiriendo que tal
denuncia tendría un efecto inmediato. La Corte no lo ha entendido
así y, en aras de la seguridad de las partes, ha sostenido que, después
de presentada una demanda e iniciado el procedimiento, éste
continuará hasta su culminación, independientemente de que,
mientras está en curso el proceso, la declaración de aceptación de la
competencia de la Corte haya perdido vigencia, haya sido
modificada, o haya sido retirada. 497
Si como base de la jurisdicción de la Corte se invoca un tratado
o convenio especial, habrá que tener en cuenta la aplicación temporal
de ese tratado o convenio especial. En este sentido, en un caso en que
se invocó la Convención Europea para el arreglo pacífico de
controversias,498 que había entrado en vigor para las partes
(Liechtenstein y Alemania) el 18 de febrero de 1980, la Corte
consideró si la controversia tenía su origen o causa real en los hechos
o situaciones que ocurrieron en Alemania en la década de 1990 y, en
particular, en las decisiones de los tribunales alemanes en el caso de
un cuadro de Pieter van Laer, o si su fuente o causa real fueron los
Decretos Beneš (siendo Edvard Beneš presidente del gobierno de
Checoeslovaquia en el exilio), en virtud de los cuales se confiscó ese
cuadro, y el Acuerdo de Conciliación que los tribunales alemanes
invocaron como motivo para declarar que carecían de competencia
para conocer de este caso. No se discutía si el litigio había sido
provocado por las decisiones de los tribunales alemanes en el caso
antes referido; la cuestión fundamental que la Corte debía resolver
era que, según el artículo 27, literal a, de la Convención Europea para
el arreglo pacífico de las controversias, no era la fecha en que surgió
la controversia, sino la fecha de los hechos o situaciones en relación

497
Cfr. International Court of Justice, Nottebohm Case (Liechtenstein v.
Guatemala), Preliminary Objection, Judgment of November 18th, 1953, pp.
13-16; Case Concerning Right of Passage over Indian Territory (Portugal v.
India), Preliminary Objections, Judgment of November 26 th, 1957, pp. 21 y
ss; Case Concerning Military and Paramilitary Activities in and against
Nicaragua (Nicaragua v. United States of America), Jurisdiction of the court
and admissibility of the application, Judgment of 26 November 1984, párrafo
54.
498
Suscrita en Estrasburgo, el 29 de abril de 1957. En vigor desde el 30 de abril
de 1958.

243
con los cuales surgió la controversia. A juicio de la Corte, la
controversia que le había sido sometida sólo podría relacionarse con
los eventos que ocurrieron en la década de 1990 si, como argumentó
Liechtenstein, en ese período Alemania se apartó de una
interpretación común anterior, según la cual la Convención para el
arreglo de controversias no se aplicaba a los bienes de Liechtenstein,
o si los tribunales alemanes, al aplicar su jurisprudencia anterior bajo
la Convención para el arreglo de controversias por primera vez a
Liechtenstein, aplicaron esa Convención a una nueva situación
posterior a la fecha crítica. Con respecto a la primera alternativa, la
Corte observó que ella no tenía razones para concluir que, antes de
las decisiones de los tribunales alemanes en el caso del cuadro de
Pieter van Laer, existía un entendimiento entre Liechtenstein y
Alemania, según el cual habría un compromiso de que la Convención
para el arreglo de controversias no se aplicaría a los bienes de
Liechtenstein incautados en el extranjero como “activos externos
alemanes”, destinados al pago de reparaciones de guerra; esa cuestión
no se había planteado anteriormente ante los tribunales alemanes, ni
se había abordado en las conversaciones entre los gobiernos de
Alemania y Liechtenstein. En realidad, los tribunales alemanes
habían sostenido que la Convención para el arreglo de controversias
les había recortado su jurisdicción para abordar la legalidad de
cualquier confiscación de bienes tratados como bienes alemanes por
el Estado autor de la confiscación. En el caso del cuadro de Pieter
van Laer, los tribunales alemanes se habían limitado a afirmar que la
Convención de arreglo pacífico de controversias era aplicables en
casos de decomiso (como en todos los decretos Beneš, y que no podía
afirmarse que había un cambio de criterio por parte de Alemania. En
cuanto a la afirmación de Liechtenstein, en el sentido de que la
controversia se refería, por primera vez, a la aplicación de la
jurisprudencia alemana anterior a 1990 a los bienes de Liechtenstein
en el decenio de 1990, la Corte observó que los tribunales alemanes
no se enfrentaron a ninguna “situación nueva” cuando se ocuparon,
por primera vez, de un caso relativo a la confiscación de bienes de
Liechtenstein como resultado de la Segunda Guerra Mundial. El
Tribunal concluyó que las decisiones de los tribunales alemanes en
el caso del cuadro de Pieter van Laer no podían separarse de la
Convención de arreglo pacífico de controversias y de los decretos
Beneš, por lo que dichas decisiones no podían considerarse como la
fuente o la causa real de la disputa entre Liechtenstein y Alemania.
La Corte concluyó que, si bien esta demanda había sido incoada por
Liechtenstein como resultado de las decisiones de tribunales

244
alemanes sobre un cuadro de Pieter van Laer, estos hechos tenían su
origen en medidas específicas adoptadas por Checoslovaquia en
1945, que llevaron a la confiscación de bienes pertenecientes a
algunos nacionales de Liechtenstein, y al régimen especial creado por
la Convención para el arreglo pacífico de controversias. Según la
Corte, las decisiones de los tribunales alemanes en la década de 1990,
que desestimaron la demanda de Hans-Adam II de Liechtenstein para
la devolución del cuadro de Pieter van Laer, se tomaron sobre la base
del artículo 3, párrafo 6, de la Convención europea para el arreglo
pacífico de controversias; si bien fueron estas decisiones las que
desencadenaron la disputa entre Liechtenstein y Alemania, la fuente
o la causa real de la misma se encuentra en la Convención para el
arreglo de controversias y en los decretos Beneš.499
2. La modificación de la declaración
Como ya se habrá podido apreciar, en cuanto a su duración, cada
declaración de aceptación de la competencia de la Corte tiene
características particulares. Queda por saber si, de acuerdo con el
Derecho Internacional, el Estado puede, unilateralmente, dar por
terminada o modificar dicha declaración; de hecho, la India lo hizo
el 7 de junio de 1956, cuando notificó al Secretario General de la
ONU la denuncia de su declaración previa, la cual fue sustituida
inmediatamente por una nueva, que incorporaba condiciones que no
figuraban en la anterior declaración. La declaración de Estados
Unidos era diferente, pues sólo permitía darla por terminada luego de
un preaviso de seis meses; aun así, el 6 de abril de 1984, 3 días antes
de que Nicaragua presentara una demanda en su contra, Estados
Unidos pretendió modificarla, con efecto inmediato, con el propósito
de excluir de ella, por el lapso de dos años, disputas con cualquier
Estado centro americano o relacionadas con acontecimientos en
América Central.500 Estados Unidos intentó distinguir entre la
499
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Certain Property
(Liechtenstein v. Germany) Preliminary objections, Judgment of 10 February
2005, párrafos 47 al 52.
500
Esta nueva declaración, conocida como la “declaración Shultz”, por el nombre
del entonces Secretario de Estado de los Estados Unidos, que modificaba la
declaración original de aceptación de la competencia de la Corte, es del
siguiente tenor: "the aforesaid declaration shall not apply to disputes with any
Central American State or arising out of or related to events in Central
America, any of which disputes shall be settled in such manner as the parties
to them may agree. Notwithstanding the terms of the aforesaid declaration,
this proviso shall take effect immediately and shall remain in force for two

245
terminación y la modificación de su declaración, alegando que el
preaviso de seis meses era aplicable a la primera, pero no a la
segunda; según Estados Unidos, aunque en su declaración original no
se había hecho reserva del derecho a modificarla, ésta era una
modificación válida, que suspendía temporalmente el consentimiento
de los Estados Unidos para conocer y decidir sobre la demanda de
Nicaragua; según Estados Unidos, ésta era una característica
inherente del sistema diseñado por la cláusula opcional, que le daba
a los Estados el derecho a modificar, en cualquier momento antes de
que se presentara una demanda, las condiciones de su aceptación de
la competencia de la Corte.501 Para la Corte, la discusión en cuanto a
si la notificación de 1984 era una modificación o una terminación de
la declaración de 1946 era irrelevante para los propósitos de su
sentencia; con tal notificación se intentaba asegurar una terminación
temporal y parcial, con efecto inmediato, de su obligación de
someterse a la jurisdicción de la Corte en relación con disputas con
Estados centro americanos o relacionadas con acontecimientos en
América Central. Según la Corte, las declaraciones de aceptación de
su competencia son compromisos unilaterales facultativos, que los
Estados son libres de asumir o no asumir; además, al hacer una
declaración, un Estado es igualmente libre de hacerlo
incondicionalmente y sin límite de tiempo, o calificarla con
condiciones o reservas; en particular, un Estado puede limitar sus
efectos a disputas que surjan después de cierta fecha, o puede
especificar el tiempo durante el cual permanecerá en vigor, o si se
requerirá algún aviso previo para darla por terminada. Sin embargo,
el carácter unilateral de la declaración no significa que el Estado que
la formula sea libre de enmendar, como le plazca, el ámbito y el
contenido de un compromiso solemne. Las declaraciones de
aceptación de la competencia de la Corte, aunque sean actos

years, so as to foster the continuing regional dispute settlement process which


seeks a negotiated solution to the interrelated political, economic and security
problems of Central America."
501
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Military and
Paramilitary Activities in and against Nicaragua (Nicaragua v. United States
of America), Jurisdiction of the court and admissibility of the application,
Judgment of 26 November 1984, párrafo 53. Estados Unidos también llamó
la atención sobre el hecho de que su declaración tenía fecha de 1946, que
desde entonces habían ocurrido cambios fundamentales en la práctica de los
Estados respecto de la cláusula opcional, y que, en esas circunstancias, negarle
a un Estado que no había hecho una reserva expresa el derecho a modificar su
declaración sería poco equitativo e injusto.

246
unilaterales, establecen una serie de compromisos bilaterales con
otros Estados que aceptan la misma obligación; en la configuración
de esta red de compromisos que constituyen el sistema de la cláusula
opcional, el principio de buena fe, así como la confianza, juega un
papel importante. Por ende, los Estados Unidos no estaba en libertad
para ignorar la cláusula del preaviso de seis meses, asumido
libremente y por propia elección, que forma parte de su declaración
de 1946. La Corte admite que todo Estado conserva el derecho a
modificar el contenido de una declaración, o a darla por terminada, y
que éste es un derecho inherente a cualquier acto unilateral de un
Estado; pero concluye que, al hacer su declaración, Estados Unidos
asumió un compromiso frente a los otros Estados partes en el sistema
de la cláusula opcional, y había asumido una obligación ineludible,
declarando formal y solemnemente que cualquier cambio en dicha
declaración tendría lugar sólo después de transcurridos seis meses de
su notificación.502 Para la Corte, tampoco está establecido que los
Estados que han hecho una declaración de duración indefinida tengan
el derecho a darla por terminada en forma inmediata. De los
requerimientos de la buena fe deriva que, por analogía, tales
declaraciones deberían ser tratadas según el Derecho de los Tratados,
que requiere un tiempo razonable para el retiro o terminación de un
tratado que no contiene ninguna disposición sobre la duración de su
validez; el transcurso de tres días ciertamente que no es un plazo
razonable. Según la Corte, la cláusula de preaviso de seis meses
forma parte integrante de la declaración de los Estados Unidos, y es
una condición que debe ser observada tanto en caso de terminación
como de modificación de la misma; por lo tanto, la notificación de
1984 no podía pasar por encima de la obligación de los Estados
Unidos de someterse a la competencia obligatoria de la Corte en este
caso en contra de Nicaragua, que había aceptado la misma
obligación.503 De manera que, incluso asumiendo que la notificación
de 1984 era válida, su aplicación seguía sometida al preaviso de seis
meses estipulado en la declaración de 1946. 504
La naturaleza de las declaraciones, y el papel de la buena fe en la
interpretación y aplicación de las mismas, ya había sido abordado en
502
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Military and
Paramilitary Activities in and against Nicaragua (Nicaragua v. United States
of America), Jurisdiction of the court and admissibility of the application,
Judgment of 26 November 1984, párrafos 58 al 61.
503
Cfr. ibid., párrafos 63 y 65.
504
Cfr. Ibid., párrafo 66.

247
el caso de las pruebas nucleares francesas en el Pacífico sur. Según
la Corte, es un hecho reconocido que las declaraciones hechas por vía
de actos unilaterales, concernientes a una situación de hecho o de
derecho, pueden tener el efecto de crear obligaciones jurídicas; las
declaraciones de este tipo pueden ser muy específicas. Cuando la
intención del Estado que las hace es quedar atado por sus términos,
esa intención le confiere a la declaración el carácter de un
compromiso jurídico, quedando el Estado obligado a observar una
conducta compatible con la declaración. Puesto que es un acto
jurídico unilateral, no se requiere nada de la naturaleza de un quid
pro quo, de una aceptación posterior de la declaración, o de una
respuesta o reacción de otros Estados.505 Sobre la confianza y el
respeto de la Buena fe, la Corte decía que éste es uno de los principios
básicos que regulan la creación de obligaciones jurídicas, cualquiera
que sea su fuente; la confianza es inherente a la cooperación
internacional, y particularmente cuando está llegando a ser esencial
en muchos campos; igual que, en el Derecho de los Tratados, la regla
pacta sunt servanda está basada en la buena fe, así también lo está el
carácter vinculante de las obligaciones internacionales asumidas por
una declaración internacional.506
3. El derecho a darla por terminada
Por otra parte, por lo menos respecto de los Estados que han
aceptado la competencia de la Corte sin decir nada en cuanto a su
terminación, no está claro si el retiro o la terminación de dicha
aceptación de la competencia de la Corte está permitida. El Estatuto
de la Corte no dice nada sobre el particular, y la práctica ha sido que
los Estados pueden reformar o retirar las condiciones en que aceptan
la competencia de la Corte. Además, los Estados pueden aceptar la
competencia del Tribunal por un lapso determinado (por ejemplo, 1
año, 5 años, o 10 años), sin que exista la obligación de renovarla una
vez que ha transcurrido ese tiempo; adicionalmente, dicha
competencia puede ser aceptada por tiempo indefinido hasta que se
notifique su terminación. Sin embargo, en el caso de Paraguay, que
había emitido una Declaración en que se “reconoce pura y
simplemente, como obligatoria, de pleno derecho y sin convenio

505
Cfr. International Court of Justice, Nuclear Tests Case (Australia v. France),
Judgment of 20 December 1974, párrafo 43, y Nuclear Tests Case (New
Zealand v. France), Judgment of 20 December 1974, párrafo 46.
506
Cfr. ibid., párrafos 46 y 49, respectivamente.

248
especial, la jurisdicción de la Corte Permanente de Justicia
Internacional, en la forma descrita en el Artículo 36, párrafo 2, del
Estatuto”,507 muchos Estados expresaron sus reservas respecto a la
validez del retiro de la aceptación de la competencia de la Corte,
ocurrida el 27 de mayo de 1938.508
Una de las condiciones de Portugal al aceptar la competencia
obligatoria de la Corte es que éste se reserva el derecho de excluir del
ámbito de su declaración, en cualquier momento durante la validez
de la misma, cualquier categoría o categorías de controversias,
mediante la notificación al Secretario General de la ONU, y con
efecto inmediato. La Corte determinó que las palabras “con efecto
desde el momento de tal notificación” no podían ser interpretadas
como si tal notificación tuviera efecto retroactivo, cubriendo casos
que ya estaban pendientes ante ella; en el sentido ordinario de esas
palabras, esto significaba que una notificación en los términos de esa
condición se extendía a cualquier disputa referida a la Corte después
de la fecha de su notificación. Tal interpretación conducía a la
conclusión de que esa condición no puede tener efecto retroactivo.
Según un principio de derecho generalmente aceptado, por el que se
ha regido la práctica de la Corte, una vez que ésta ha tomado
válidamente conocimiento de una disputa, ningún acto del Estado
demandado, dirigido -en todo o en parte- a terminar su aceptación de
la competencia obligatoria de la Corte, puede despojarla de su
competencia.509 En el caso Nottebohm, la Corte había sostenido que
un hecho extrínseco, tal como la posterior caducidad de la
declaración mediante la que se ha aceptado su competencia
obligatoria, ya sea porque expiró o porque fue denunciado o retirada,
no puede desposeer a la Corte de una competencia ya establecida; 510
si la demanda ha sido presentada en un momento en que el Derecho
en vigor entre las partes conlleva la competencia obligatoria de la
Corte, ésta tendrá competencia para examinar todos los aspectos
relacionados con la misma, ya sean de competencia, de
507
Declaración de Paraguay, del 11 de mayo de 1933.
508
Cfr. Permanent Court of International Justice, Publications, Series E, N° 14,
p. 57, y N° 15, p. 227. Citado por Louis B. Sohn, Basic Documents of the
United Nations, The Foundation Press, Inv., Brooklyn, 1968, p. 268.
509
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Right of Passage over
Indian Territory (Portugal v. India), Preliminary objections, Judgment of
November 26th, 1957, p. 21.
510
Cfr. International Court of Justice, Nottebohm Case (Liechtenstein v.
Guatemala), Preliminary Objection, Judgment of November 18th, 1953, p. 16.

249
admisibilidad, o de fondo.511 Es una regla de interpretación que un
texto que emana del gobierno de un Estado debe, en principio, ser
interpretado en el sentido de producir sus efectos de acuerdo con el
Derecho existente y no de un modo que lo infrinja.512
En el asunto sobre el derecho de paso por territorio de la India,
ésta objetó que la condición de Portugal, reservándose el derecho de
excluir del ámbito de su declaración, en cualquier momento durante
la validez de la misma, cualquier categoría o categorías de
controversias, mediante la simple notificación al Secretario General
de la ONU, y con efecto inmediato, era incompatible con el Estatuto
de la Corte, al introducir un grado de incertidumbre en cuanto a los
derechos recíprocos de las partes, que podían cambiar de un día para
otro, y que despojaba a la aceptación de la competencia de la Corte
de todo efecto práctico. Sin embargo, la Corte rechazó esta objeción
por considerar que, una vez que un caso es sometido ante ella,
siempre es posible establecer cuáles son las obligaciones recíprocas
de las partes de acuerdo con sus respectivas declaraciones;
admitiendo que, entre la fecha de notificación de una modificación
de dicha declaración al Secretario General de la ONU y el recibo de
la misma por los demás Estados partes en el Estatuto, condiciones
como la de Portugal conllevan un elemento de incertidumbre, la
Corte entiende que ésta es inherente a la operación del sistema de la
cláusula opcional de aceptación de su competencia, que no afecta la
validez de tal condición, y que opera igualmente en favor de todos
los Estados que hayan aceptado la competencia obligatoria de la
Corte.513 En cuanto a un posible grado de incertidumbre resultando
de la condición de aceptación de la competencia por parte de
Portugal, pudiendo valerse de la misma en cualquier momento, la
Corte observó que ésta era sustancialmente la misma que la creada
por el derecho alegado por otros Estados -incluyendo India- de dar
por terminada su aceptación de la competencia de la Corte mediante
una simple notificación, sin un período de aviso previo; la Corte
recuerda que esto fue precisamente lo que hizo India, el 7 de enero
de 1956, cuando notificó al Secretario General de la ONU su
511
Cfr. Ibidem.
512
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Right of Passage over
Indian Territory (Portugal v. India), Preliminary objections, Judgment of
November 26th, 1957, p. 21.
513
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Right of Passage over
Indian Territory (Portugal v. India), Preliminary objections, Judgment of
November 26th, 1957, pp. 22 y s.

250
denuncia de su aceptación previa de la competencia de la Corte,
sustituyéndola inmediatamente por una nueva declaración de
aceptación de la competencia de la Corte, en la que se incorporaban
condiciones que estaban ausentes de su declaración anterior. 514
Tampoco consideró la Corte que “la misma obligación” deba ser
irrevocablemente definida al momento del depósito de la declaración
de aceptación de la competencia de la Corte, por todo el período de
su duración; según la Corte, dicha expresión significa que, entre los
Estados que aceptan la competencia de la Corte, cada uno de ellos
está vinculado por obligaciones idénticas, tal como ellas existen en
cualquier momento en que dicha aceptación sea mutuamente
vinculante.515
Mientras un Estado no ha aceptado la competencia obligatoria de
la Corte, en principio, no puede demandar ni ser demandado. El
momento en que un Estado hace su declaración aceptando la
competencia de la Corte debiera ser irrelevante; pero podría despertar
suspicacias si el instante elegido es justo el anterior a la presentación
de su demanda en contra de un Estado que ya había aceptado la
competencia de la Corte, pero que no estaba advertido de la
posibilidad de que el Estado demandante actuara con tanta premura,
especialmente si las condiciones de su aceptación de la competencia
de la Corte podían ser modificadas en cualquier momento, y con
efecto inmediato. En el caso del derecho de paso sobre territorio de
la India, esta última sostenía que, entre el momento de la notificación
de dicha modificación al Secretario General y el momento en el que
el Estado autor de tal notificación ejercía su derecho a demandar,
debía haber un período que permitiera que tal notificación “produjera
sus efectos apropiados”. En el caso que comentamos, Portugal había
aceptado la competencia de la Corte el 19 de diciembre de 1955, y
tres días después, el 22 de diciembre de 1955, procedió a demandar
a la India, demanda que le fue transmitida el mismo día, vía
telegráfica, cuando ésta ni siquiera había recibido la notificación del
Secretario General de la ONU informándole de la aceptación de la
competencia de la Corte por parte de Portugal. India sostenía que
Portugal no había actuado conforme a las disposiciones del Estatuto
de la Corte, lo cual no fue aceptado por el Tribunal. La Corte observó
que, con el depósito de la aceptación de la competencia de la Corte,
el Estado que hace dicha declaración pasa a ser parte del sistema de

514
Cfr. Ibid., 22.
515
Cfr. Ibid., p. 23.

251
la cláusula opcional en relación con todos los otros Estados que
hayan hecho la misma declaración, con todos los derechos y
obligaciones que derivan del artículo 36 del Estatuto de la Corte; las
relaciones contractuales entre las partes y la competencia obligatoria
de la Corte son establecidas a partir de ese momento, “ipso facto y
sin convenio especial”, por el mero hecho de hacer tal declaración;
por lo tanto, cualquier Estado que acepta la competencia de la Corte
debe tener en cuenta la posibilidad de que, en cualquier momento, se
vea expuesto a las obligaciones derivadas de la cláusula opcional en
relación a nuevos Estados que acepten la competencia obligatoria de
la Corte. Un Estado que acepta la competencia obligatoria de la Corte
debe esperar que se pueda presentar una demanda en su contra el
mismo día en que otro Estado deposite su declaración aceptando la
misma competencia, pues es a partir de ese día que se produce el
vínculo consensual entre ambos Estados. Al Estado que acepta la
competencia de la Corte no le conciernen las obligaciones que, para
su notificación, recaen en el Secretario General de la ONU, ni la
forma de su cumplimiento; los efectos jurídicos de esa declaración
no dependen de ningún acto subsiguiente de parte del Secretario
General, o del transcurso de un lapso antes de que llegue a ser
efectiva; según la Corte, tales requerimientos no están presentes en
el artículo 36 del Estatuto y, de existir, ellos añadirían un elemento
de incertidumbre en la operación del sistema de la cláusula
opcional.516 La Corte no encontró que, en la manera en que Portugal
formuló su demanda, hubiera nada incompatible con el artículo 36 de
su Estatuto, o en violación de algún derecho de India derivado del
Estatuto o de la declaración de aceptación de la competencia de la
Corte por parte de la India.517
Cuando la competencia de la Corte es invocada teniendo
como fundamento un tratado celebrado entre las partes, la Corte debe
ser igualmente cuidadosa del ámbito temporal dentro del que las
partes aceptaron dicha competencia. En el caso Ambatielos, alegando
la similitud de cláusulas sustantivas del Tratado de 1926 con las
disposiciones del Tratado de 1886, Grecia sostenía que la Corte tenía
competencia para conocer de la validez de su reclamación, incluso si
la violación alegada había tenido lugar antes de que el nuevo tratado

516
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Right of Passage over
Indian Territory (Portugal v. India), Preliminary objections, Judgment of
November 26th, 1957, pp. 24 a 26.
517
Cfr. Ibid., p. 26.

252
entre las partes entrara en vigor; la Corte no aceptó esta teoría porque
eso sería dar efecto retroactivo al Tratado de 1926, no obstante que
éste establecía que todas sus disposiciones entrarían en vigor
inmediatamente después de su ratificación; para la Corte, tal
conclusión podía haberse rebatido si hubiera habido una cláusula
especial o un objeto especial que requiriera interpretación retroactiva;
al no haber tal cláusula o tal objeto especial, era imposible sostener
que alguna de las disposiciones del Tratado habría entrado en vigor
en una fecha anterior; el lenguaje del artículo 32 del Tratado de 1926
cualquier efecto retroactivo que se pudiera dar a cualquiera de las
disposiciones del Tratado.518
La Corte también ha tenido oportunidad de referirse a la
aplicación del Acta General para el arreglo pacífico de controversias,
suscrita en Ginebra, el 26 de septiembre de 1928. Este instrumento
fue invocado por Paquistán en contra de la India, como fundamento
de la jurisdicción de la Corte, en el caso del incidente aéreo del 10 de
agosto de 1999. Paquistán alegó que, el 21 de mayo de 1931, la India
Británica había accedido al Acta General de 1928, y que consideraba
que posteriormente (se entiende que por sucesión), India y Paquistán
habían llegado a ser partes en el Acta General. India objetó, en primer
lugar, que el Acta General ya no estaba en vigor y, en segundo lugar,
sostuvo que, incluso si lo estuviera, no podía ser invocada como base
de la jurisdicción de la Corte en este caso; según la India, numerosas
disposiciones del Acta General se referían a los órganos de la Liga
de Naciones o a la Corte Permanente de Justicia Internacional; de ahí
que, con el cese de esas instituciones, el Acta General había perdido
su eficacia original; además, en 1949 se había adoptado una nueva
Acta General, y los Estados partes en esta última no podían basarse
en la anterior para llevar un caso a la Corte. Paquistán afirmaba que,
con la revisión de 1949, el tratado original no se había extinguido. 519
Había, sin embargo, un elemento adicional; el 18 de septiembre de
1974, India había dirigido al Secretario General de la ONU una
comunicación en la que, desde su independencia en 1947, ya sea por
sucesión o de otra forma, el gobierno de la India nunca se había
sentido obligado por el Acta General de 1928; según dicha
comunicación, la India nunca había sido ni era parte en el Acta
518
Cfr. International Court of Justice, Ambatielos Case (Greece v. United
Kingdom) Preliminary objection, Judgment of July 1st, 1952, pp. 19 y s.
519
Cfr. International Court of Justice, Aerial Incident of 10 August 1999
(Pakistan v. India), Jurisdiction of the Court, Judgment of 21 June 2000,
párrafos 13 a 15.

253
General de 1928. Según la Corte, incluso si, arguendo, el Acta
General hubiera sido vinculante para la India, la comunicación del 18
de septiembre de 1974 habría cumplido los mismos fines legales que
la notificación de denuncia prevista en el artículo 45 del Acta
General; siguiendo instrucciones del Secretario General, el Asesor
Jurídico de las Naciones Unidas había informado a los Estados
miembros de las Naciones Unidas, al igual que a Liechtenstein, San
Marino y Suiza, de la “notificación” de la India. Por ende, la India
habría dejado de estar vinculada al Acta General de 1928, por lo
menos desde el 16 (sic) de agosto de 1979, fecha en la que habría
surtido efecto la denuncia del Acta General. Por lo tanto, la Corte
señaló que no tenía competencia para conocer de esa demanda, sobre
la base del Acta General de 1928.520

III. LA COMPETENCIA RATIONE MATERIAE


La Corte Internacional de Justicia tiene una competencia más
amplia que la que poseen tribunales especializados (como el Tribunal
Internacional de Derecho del Mar, la Corte Penal Internacional, la
Corte de Justicia de la Unión Europea, la Corte Europea de Derechos
Humanos, la Corte Interamericana de Derechos Humanos, o la Corte
Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos) que, por su propia
naturaleza, están reducidas a lo que es el objeto del tratado que las
instituyó. Sin embargo, la competencia material de la Corte
Internacional de Justicia está igualmente delimitada por los
parámetros que le señala su propio Estatuto, y por las condiciones en
que los Estados han aceptado su competencia obligatoria. Si lo que
se le pide es la interpretación de un tratado, no puede extenderse a
consideraciones que le son ajenas, y que tienen que ver, por ejemplo,
con la manera de ejecutarlo. Si su competencia le ha sido conferida
por un convenio especial, habrá que atenerse a éste para determinar
hasta dónde se extiende esa competencia. En fin, si el caso se le
remite de acuerdo con un tratado que le confiere competencia para
resolver determinadas controversias sobre la interpretación o
aplicación de dicho tratado, habrá que ceñirse al ámbito de
competencia que le señala ese tratado.
La competencia material de la Corte se rige por el artículo 36,
párrafo 2, de su estatuto, y por los términos en que cada Estado haya

520
Cfr. ibid., párrafos 26 al 28.

254
delimitado la esfera dentro de la cual acepta someterse a su
jurisdicción. Según la disposición antes citada, los Estados partes en
el Estatuto pueden
“declarar, en cualquier momento, que reconocen como
obligatoria ipso facto, y sin necesidad de un convenio especial,
respecto de cualquier otro Estado que acepte la misma
obligación, la jurisdicción de la Corte en todas las
controversias de orden jurídico que versen sobre:
a) la interpretación de un tratado,
b) cualquier cuestión de Derecho Internacional,
c) la existencia de todo hecho que, si fuere establecido,
constituiría una violación de una obligación internacional, o d)
la naturaleza o extensión de las reparaciones que correspondan
por el quebrantamiento de una obligación internacional. 521
Oppenheim y Lauterpacht han observado el carácter amplio y
comprensivo de esta disposición, llegando a afirmar que,
probablemente, no hay ninguna controversia que no caiga dentro del
objeto de alguna de las categorías antes enunciadas. Por ejemplo, si
la Corte tiene competencia para decidir con respecto “a la existencia
de todo hecho que, si fuere establecido, constituiría violación de una
obligación internacional”, también tiene competencia para decidir
sobre cualquier otro hecho cuya investigación sea el modo de llegar
a la decisión de una controversia que caiga dentro de una de las cuatro
categorías referidas.522 Similarmente, Rosalyn Higgins afirma que,
en el ejercicio de su competencia contenciosa, en principio, la Corte
puede conocer cualquier disputa jurídica, por lo que su competencia
material sería enorme.523 Pero la competencia material de la Corte no
es ilimitada, como, en principio, se pudiera creer, pues el ejercicio de
la misma está sometida a una restricción fundamental, que tiene que

521
Cfr. el artículo 36, párrafo 2, del Estatuto de la Corte Internacional de Justicia.
522
Cfr. Lassa Oppenheim, Tratado de Derecho Internacional Público (título
original: International Law: A treatise, séptima edición editada por Hersch
Lauterpacht, Longmans, Green and Co., Londres / Nueva York / Toronto,
1952), traducción por Antonio Marín López, Bosch, Casa Editorial,
Barcelona, 1966, Tomo II, vol. I, p. 64.
523
Cfr. Rosalyn Higgins, Problems and Process: International Law and how we
use it, Clarendon Press, Oxford, 1994, p. 192.

255
ver con la naturaleza de la controversia que se presenta a su
conocimiento.
Al igual que cualquier otro tribunal que tiene que decidir sobre
la base del Derecho, la Corte Internacional de Justicia sólo puede
conocer de las “controversias de orden jurídico”524 que se le
sometan, por lo que antes de entrar a conocer de un caso debe
cerciorarse de que el asunto que se le somete es uno de naturaleza
“jurídica”.525 El Estatuto es reiterativo en esta materia, al subrayar
que se trata de controversias que no pueden resolverse de cualquier
manera. En este sentido, el artículo 38, párrafo 1, del Estatuto de la
Corte expresa que la función de la Corte es decidir “conforme al
derecho internacional” las controversias que se le sometan, y que
para ello deberá aplicar: a) las convenciones internacionales, sean
generales o particulares, que establezcan reglas expresamente
reconocidas por los Estados litigantes, b) la costumbre internacional,
como prueba de una práctica generalmente aceptada como derecho,
y c) los principios generales de derecho reconocidos por las naciones
civilizadas. Seguidamente, esta misma disposición agrega que, como
medio auxiliar para la determinación de esas reglas de derecho, la
Corte podrá recurrir a las decisiones judiciales y las doctrinas de los
publicistas de mayor competencia de las distintas naciones. La
facultad de la Corte de resolver un litigio ex aequo et bono es
excepcional, y sólo está prevista para los casos en que las partes así
lo convinieren.526 Por el contrario, en el caso del arbitraje, las partes
pueden someter a éste diferencias de cualquier naturaleza, sean o no
jurídicas, que hayan surgido o puedan surgir entre ellas. 527
En el mismo sentido, el artículo 36, párrafo 3, de la Carta de las
Naciones Unidas expresa que “las controversias de orden jurídico,
por regla general, deben ser sometidas por las partes a la Corte
Internacional de Justicia”. Lo anterior lo expresa la Carta en su
capítulo VI, sobre Arreglo pacífico de controversias, en el que su
artículo 33 menciona distintos medios de solución de controversias,
incluyendo “la negociación, la investigación, la mediación, la
conciliación, el arbitraje, el arreglo judicial, el recurso a organismos
o acuerdos regionales u otros medios pacíficos de su elección”, entre
524
Cfr. el artículo 36, párrafo 2, del Estatuto de la Corte Internacional de Justicia.
525
Cfr. Rosalyn Higgins, op. cit., p. 195.
526
Cfr. el artículo 38, párrafo 2, del Estatuto de la Corte Internacional de Justicia.
527
Cfr. el artículo XXXVIII del Tratado Americano de Soluciones Pacíficas,
“Pacto de Bogotá”, suscrito en Bogotá, el 30 de abril de 1948.

256
los cuales el arreglo judicial es sólo uno de ellos, y en el que cada uno
es apropiado para un conflicto de naturaleza diferente.
Para entender más cabalmente este límite material de la
competencia de la Corte, conviene referirse brevemente a su
competencia consultiva. En el espíritu de su función propia, el
artículo 96, párrafo 1, de la Carta de las Naciones Unidas le confiere
a la Corte competencia consultiva “sobre cualquier cuestión
jurídica” en que la Asamblea General o el Consejo de Seguridad le
soliciten su opinión. Aunque se le califique de una opinión, ésta es
una opinión autorizada, que emana del órgano judicial principal de
las Naciones Unidas. De acuerdo con el Reglamento de la Corte, en
el ejercicio de esta competencia, la Corte deberá guiarse por las
disposiciones relativas a casos contenciosos, en la medida en que
resulten aplicables. Sobre la base de reglas similares, en el caso de
Carelia Oriental, la Corte Permanente de Justicia Internacional,
antecesora de la actual Corte Internacional de Justicia, sostuvo que,
“siendo una Corte de Justicia, no podía, ni siquiera en ejercicio de su
función consultiva, apartarse de las reglas esenciales que guiaban su
actividad como un Tribunal.”528 La Corte Permanente se refería, sin
duda, a la solución de controversias conforme a lo que indica el
Derecho.
Según Charles de Visscher, hubo un tiempo en el que se
exageraron las posibilidades de acción de los tribunales
internacionales sobre el mantenimiento de la paz entre los Estados; a
fines del siglo XIX, las inquietudes suscitadas por las alteraciones del
equilibrio europeo y un cierto descrédito de los métodos diplomáticos
aplicados a su defensa, habían inclinado a mucha gente hacia la
creencia de que el desarrollo de la función jurisdiccional constituía la
más efectiva garantía de paz.529 En su opinión, las disposiciones del
Pacto de la Sociedad de Naciones demuestran un exacto sentido de
la realidad, por lo que sus miembros podían resolver sus

528
Cfr. Permanent Court of International Justice, Status of Eastern Carelia,
Reply of the Court of July 23, 1923. El texto puede encontrarse en Manley O.
Hudson, World Court Reports, A Collection of the Judgments, orders and
opinions of the Permanent Court of International Justice, Oceana
publications, Inc., Dobbs Ferry, New York, 1969, vol. I, pp. 190-206. La cita
corresponde a la p. 205.
529
Cfr. Charles de Visscher, Teorías y Realidades en Derecho Internacional
Público (Título original, Théories et Réalités en Droit International Public,
Éditions A. Pedone, París, 1955), traducción de Pablo Sancho Riera, Bosch,
Casa Editorial, Barcelona, 1962, p. 363.

257
controversias por dos vías diferentes: o bien, mediante
procedimientos jurídicos, para los litigios reconocidos como
“generalmente susceptibles” de una solución conforme a Derecho, o,
en su defecto, mediante el examen obligatorio por parte del Consejo
de la Sociedad de Naciones.530 Según de Visscher, la justiciabilidad
de un conflicto depende de un criterio objetivo: su aptitud para ser
resuelto en base a principios jurídicos.531 Dando por sentado que no
cualquier disputa puede ser sometida a un tribunal de justicia,
Oppenheim y Lauterpacht se refieren a las controversias jurídicas, o
“controversias justiciables”, que pueden ser sometidas a la Corte
Internacional de Justicia,532 en oposición a las controversias políticas,
o a las controversias que no se pueden resolver sobre la base del
Derecho. Por su parte, Brownlie sugiere que, más importante que la
diferencia formal entre el arbitraje y el arreglo judicial es la diferencia
entre controversias jurídicas y controversias políticas. 533
Si la función de la Corte es decidir “conforme al derecho
internacional”, es evidente que sólo tiene competencia respecto de
asuntos regidos por el Derecho Internacional. Aunque sea
innecesario decirlo, pues se trata de asuntos que no están regulados
por el Derecho Internacional y que, por su propia naturaleza, escapan
a su jurisdicción, en sus declaraciones de aceptación de la
competencia de la Corte, los Estados suelen excluir, expresamente,
de dicha competencia, los asuntos que corresponden a su jurisdicción
exclusiva, su jurisdicción doméstica, o su dominio reservado. 534
Según de Visscher, si bien la expresión ”conforme al derecho
internacional” no excluye la posibilidad de una decisión ex aequo et
bono, si las partes así lo convinieren, ella tiene el efecto de facilitar
al Tribunal una declinatoria de su competencia, basada en el carácter

530
Cfr. ibid., p. 364.
531
Cfr. ibid., p. 368.
532
Cfr. Lassa Oppenheim, Tratado de Derecho Internacional Público (título
original: International Law: A treatise, séptima edición editada por Hersch
Lauterpacht, Longmans, Green and Co., Londres / Nueva York / Toronto,
1952), traducción por Antonio Marín López, Bosch, Casa Editorial,
Barcelona, 1966, Tomo II, vol. I, pp. 25 y s.
533
Cfr. Ian Brownlie, Principles of Public International Law, Third Edition,
Clarendon Press, Oxford, 1979, p. 707.
534
Cfr., por ejemplo, las declaraciones de Australia, Cambodia, Canadá, Francia,
Gambia, India, Israel, Kenia, Liberia, Malawi, Malta, México, Nueva
Zelanda, Paquistán, Sudán, Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte,
y Estados Unidos de América.

258
más político que jurídico de la disputa que las partes quisiesen
confiarle.535
En todo caso, al aceptar la competencia de la Corte, los Estados
están en libertad de excluir de dicha competencia lo que consideren
necesario para la defensa de sus intereses. Entre los asuntos que no
están, de por sí, excluidos de la jurisdicción de la Corte, algunos
Estados han exceptuado, por ejemplo, asuntos que las partes en la
disputa han acordado someter a otro medio de solución pacífica de
controversias,536 disputas concernientes a la plataforma continental o
al territorio del Estado,537 a las áreas marinas de ese Estado,538 a los
recursos del fondo del mar o del subsuelo de la plataforma
continental de dicho Estado,539 asuntos que, en virtud de otros
instrumentos internacionales, están excluidos del arreglo judicial, 540
disputas concernientes a, o derivadas de, un estado de beligerancia, 541
conflictos derivados de la ocupación militar,542 disputas en relación
con las cuales el otro Estado ha aceptado la competencia de la Corte
sólo en relación con dicha disputa,543 disputas en relación con
Estados que al comienzo del procedimiento no habían aceptado la
competencia de la Corte,544 disputas con Estados que han aceptado la
competencia de la Corte menos de doce meses antes de presentar su
demanda,545 controversias con un Estado con el cual no se mantiene

535
Cfr. Charles de Visscher, op. cit., p. 374.
536
Cfr., por ejemplo, las declaraciones de Australia, Cambodia, Canadá, Francia,
Gambia, India, Israel, Japón, Kenia, Liberia, Luxemburgo, Malawi, Malta,
Holanda, Nueva Zelanda, Paquistán, Sudán, Reino Unido de Gran Bretaña e
Irlanda del Norte, y Estados Unidos de América.
537
Cfr. por ejemplo, la declaración de Australia.
538
Cfr. por ejemplo, la declaración de Australia.
539
Cfr. por ejemplo, la declaración de Australia.
540
Cfr. por ejemplo, las declaraciones de Cambodia, y El Salvador.
541
Cfr. por ejemplo, las declaraciones de India, Israel, Kenia, Malawi, Malta,
Nueva Zelanda, Sudán, y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte.
542
Cfr. por ejemplo, las declaraciones de India, Israel, Kenia, Malawi, Malta, y
el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte.
543
Cfr. por ejemplo, las declaraciones de India, Somalia, y el Reino Unido de
Gran Bretaña e Irlanda del Norte.
544
Cfr. por ejemplo, las declaraciones de Malta, y el Reino Unido de Gran
Bretaña e Irlanda del Norte.
545
Cfr. por ejemplo, las declaraciones de Malta, Somalia, y el Reino Unido de
Gran Bretaña e Irlanda del Norte.

259
relaciones diplomáticas,546 o disputas relativas a tratados
multilaterales.547
Los tratados, bilaterales o multilaterales, en los que se reconoce
la jurisdicción obligatoria de la Corte, tampoco lo hacen en forma
pura y simple, sino que señalan el ámbito preciso dentro del cual se
reconoce la competencia de la Corte. En la inmensa mayoría de los
casos, esa competencia se reduce a la interpretación o aplicación del
tratado respectivo,548 mientras que, en otros, el propósito del tratado
es proporcionar mecanismos para la solución pacífica de
controversias en general.549 Este es un punto en el que se cruzan la
competencia material y la competencia personal. Según Fitzmaurice,
si fuera posible introducir en el conocimiento de la Corte asuntos que,
aunque no estén enteramente desconectados con el caso, fueran
extraños a su contenido sustantivo, en la forma como éste está
definido por el compromiso u otros instrumentos relevantes, no
tendría sentido insistir en el principio de que la jurisdicción de los
tribunales internacionales está basada en el consentimiento.550
A partir de lo antes expuesto, en el caso Guyana c. Venezuela, el
Tribunal internacional deberá determinar el objeto de la controversia
y, no existiendo una declaración general, aceptando la competencia
de la Corte, ni por parte de Venezuela ni por parte de Guyana, ya sea
en forma incondicional o sujeta a condiciones, la Corte deberá
establecer si el Acuerdo de Ginebra puede considerarse como un
546
Cfr. por ejemplo, las declaraciones de India, e Israel.
547
Cfr. por ejemplo, las declaraciones de Malta, Paquistán, y Estados Unidos de
América.
548
Ese es el caso, entre otros, del artículo I del Protocolo Facultativo de la
Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas, del artículo I del
Protocolo Facultativo de la Convención de Viena sobre Relaciones
Consulares, del artículo IX de la Convención para la Prevención y Sanción
del Delito Genocidio, del artículo 38 de la Convención sobre el Estatuto de
los Refugiados, del artículo 22 de la Convención Internacional sobre la
Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial, del artículo 29,
párrafo 1, de la Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de
Discriminación contra la Mujer, del artículo 30 de la Convención contra la
Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes, y del
artículo 16, párrafo 1, de la Convención Internacional contra la Toma de
Rehenes.
549
Ese es el caso, por ejemplo, del artículo XXXII del Tratado Americano de
Soluciones pacíficas (Pacto de Bogotá).
550
Cfr. Sir Gerald Fitzmaurice, The Law and Procedure of the International
Court of Justice, Cambridge University Press, 1986, vol. II, p. 529.

260
compromiso para someter el caso ante esa instancia jurisdiccional, y
si, en los términos del artículo IV, párrafo 2, del Acuerdo de Ginebra,
en conjunción con lo dispuesto por el artículo 36, párrafo 2, de su
Estatuto, ella puede ejercer su jurisdicción sobre el caso. No obstante,
incluso si la Corte considerara que el Acuerdo de Ginebra,
implícitamente, constituye una aceptación de su competencia para
conocer del caso, la Corte tendrá que determinar si éste es un asunto
propio de su competencia.
La Corte ha sostenido que en toda controversia jurídica hay,
también, elementos políticos, y que esa circunstancia no la exime de
fallar conforme a Derecho; la Corte entiende que no se puede atribuir
carácter político a una tarea esencialmente jurídica, como es, por
ejemplo, la interpretación de un tratado.551 También, en su opinión
consultiva sobre la sobre las condiciones para adquirir la condición
de miembro de las Naciones Unidas, en respuesta al argumento de
que ésta debía considerar una cuestión política, y, por lo tanto, fuera
del ámbito de competencia de la Corte, ésta expresó que no podía
atribuir carácter político a un asunto que se le presentaba en términos
abstractos, invitándola a asumir una tarea esencialmente judicial,
relativa a la interpretación de un tratado. No importan los motivos
por los cuales se haya recurrido a la Corte, que ciertamente pueden
ser políticos.552 Pero una cosa es que el Tribunal deba decidir sobre
los aspectos jurídicos de la controversia, y otra distinta es que deba
pronunciarse sobre los elementos estrictamente políticos o
diplomáticos de una disputa, convirtiendo al Tribunal en un
legislador, o en un buen componedor. En tal sentido, se recuerda que,
en el Caso Relativo a la Disputa Territorial y Marítima entre
Nicaragua y Honduras en el Mar Caribe, la Corte llegó tan lejos
como a decidir que las partes debían (como “deber” jurídico, no
como imperativo moral) negociar, de buena fe, con miras a alcanzar
un acuerdo en la delimitación de una porción específica de su mar
territorial, teniendo en cuenta la frontera terrestre trazada por el

551
Cfr. International Court of Justice, Certain Expenses of the United Nations
(Article 17, paragraph 2, of the Charter), Advisory opinion of 20 July 1962,
p. 8.
552
Cfr. International Court of Justice, Conditions of Admission of a State to
Membership in the United Nations (Article 4 of the Charter), Advisory
opinion of May 28th, 1948, p. 8.

261
Laudo arbitral de 1906;553 pero, en las circunstancias del caso, el
Tribunal no podía ir más allá, y no podía indicar a las partes las
concesiones que debían hacerse, o el tipo de acuerdo que debían
alcanzar. De modo semejante, en el caso Ambatielos, aunque, en la
fase de excepciones preliminares, la Corte encontró que carecía de
competencia para conocer de los méritos de la controversia,
consideró que tenía competencia para decidir si, de acuerdo con la
Declaración (Tratado) de 1926, el Reino Unido tenía la obligación de
someter a arbitraje las diferencias relativas a la validez de las
reclamaciones de Ambatielos, en cuanto ellas estaban basadas en el
Tratado de 1886;554 posteriormente, en su fallo sobre el fondo, la
Corte decidió que el Reino Unido estaba en la obligación de someter
a arbitraje la disputa sobre la validez de las reclamaciones de
Ambatielos;555 lo que no podía hacer la Corte era indicarle al tribunal
arbitral el contenido de su decisión. De manera semejante, en el caso
Jadhav, después de establecer que Paquistán había violado el artículo
36, párrafo 1, literales a y c, de la Convención de Viena sobre
relaciones consulares, ante las peticiones de la India para que se
anulara la sentencia del tribunal militar que había dictado la condena,
se ordenara la libertad del señor Jadhav, y se le otorgara un
salvoconducto para trasladarse a la India, la Corte sostuvo que
Paquistán estaba en la obligación de proporcionar, por medios de su
propia elección, una reconsideración y revisión efectiva de la
sentencia condenatoria del señor Jadhav, lo cual se podía hacer de
varios modos;556 sin embargo, la Corte entiende que ésta es una
obligación de resultado, que debe ser ejecutada
incondicionalmente.557 Si, en casos en que, a partir del Derecho

553
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Territorial and Maritime
Dispute Between Nicaragua and Honduras in the Caribbean Sea, Nicaragua
v. Honduras, Judgment of 8 October 2007, párrafo 321, último apartado.
554
Cfr. International Court of Justice, Ambatielos Case (Greece v. United
Kingdom), Preliminary objection, Judgment of July 1st, 1952, parte
resolutiva.
555
Cfr. International Court of Justice, Jadhav Case (India v. Pakistan), Judgment
of 17 July 2019, párrafos 119, 125, 133, 146 y 147. Cfr. También, LaGrand
Case (Germany v. United States of America), Judgment of 27 June 2001,
párrafo 125.
556
Cfr. International Court of Justice, Ambatielos Case (Greece v. United
Kingdom), Merits: Obligation to arbitrate, Judgment of May 19 th, 1953, parte
resolutiva.
557
Cfr. International Court of Justice, Request for Interpretation of the Judgment
of 31 March 2004 in the Case concerning Avena and Other Mexican Nationals

262
aplicable, la Corte pudo haber indicado las medidas concretas para
restablecer la situación jurídica infringida, lo dejó a la elección del
Estado demandado, sería absurdo que, en un caso en el que las partes
han acordado expresamente que se debe buscar una solución
mutuamente aceptable, la Corte dijera algo distinto.
No es primera vez que existe desacuerdo entre las partes en
cuanto al objeto de la controversia. En el caso de las Zonas Francas
de Alta Saboya y del Distrito de Gex, la Corte Permanente de Justicia
Internacional estableció que las partes habían sido incapaces de
ponerse de acuerdo en el significado y alcance de la cuestión que le
habían referido para su decisión;558 la Corte se negó a dar a un tratado
una interpretación que eludía la cuestión realmente en disputa, y que
evadía el compromiso derivado de otra obligación convencional, que
imponía a las partes la obligación de llegar a un acuerdo que fuera
aceptable para ambas partes.559
En la fase preliminar del procedimiento, sin entrar a examinar los
méritos del caso, incluso si las partes están en desacuerdo en cuanto
a cuál es el objeto de la controversia, la Corte sólo debe establecer
que tales asuntos están regulados por el Derecho Internacional.560
Que, paralelamente, en la controversia haya elementos políticos,
como parece ser inherente a toda controversia internacional, esa es
otra cuestión.
Aunque, el choque de conflictos políticos y jurídicos se suele
plantear de manera más nítida en el caso de conflictos armados -o de
demostración de fuerza armada- si hay elementos jurídicos que
decidir, la Corte no los ha eludido, como demuestra el caso del

(Mexico v. United States of America), (Mexico v. United States of America),


Judgment of 19 January 2009, párrafo 44.
558
Cfr. Permanent Court of International Justice, Case of Free Zones of Upper
Savoy and the District of Gex (Second Phase), Judgment of 7 June, 1932,
reproducido en Manley O. Hudson (compilador), World Court Reports, A
Collection of the Judgments, orders and opinions of the Permanent Court of
International Justice, Oceana publications, Inc., Dobbs Ferry, New York,
1969, vol. II, pp. 508-608. La cita corresponde a las páginas 539 y sig.
559
Cfr. ibid., p. 541.
560
Cfr. International Court of Justice, Interhandel Case (Switzerland v. United
States of America), Preliminary objections, Judgment of March 21st, 1959, p.
24.

263
estrecho de Corfú.561 Pero la confluencia de conflictos políticos y
jurídicos puede conducir a distintos mecanismos de solución, en
forma sucesiva, o en forma paralela. En el caso de las actividades
militares y paramilitares en y en contra de Nicaragua, en el que
Estados Unidos sostenía que éste era un asunto esencialmente para el
Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, puesto que
involucraba reclamaciones relativas al uso de la fuerza, recordando
su sentencia en el caso de los rehenes en Teherán, la Corte observó
que el hecho de que un asunto estuviera siendo considerado por el
Consejo de Seguridad no impedía su examen por la Corte, y que
ambos procedimientos podían seguir su curso pari passu.562 En el
caso de los rehenes en Teherán, la Corte recordó que, en las
resoluciones adoptadas por el Consejo de Seguridad, éste había
mencionado expresamente las medidas provisionales adoptadas por
ella, sin que hubiera pasado por la mente de los miembros del
Consejo de Seguridad de que había alguna irregularidad en el
ejercicio simultáneo de sus funciones y las de la Corte, sin que en ello
pudiera haber motivos para sorprenderse; porque, mientras el artículo
12 de la Carta prohíbe expresamente que la Asamblea General pueda
hacer alguna recomendación con relación a controversias o
situaciones que estén siendo examinadas por el Consejo de
Seguridad, no hay una restricción semejante respecto de la Corte,
porque ella es el órgano judicial principal de las Naciones Unidas, y
porque su función es resolver las controversias jurídicas que puedan
existir entre las partes en una disputa;563 los aspectos políticos son de
la competencia de otros órganos. Si lo que se le pide a la Corte es
decidir sobre los aspectos jurídicos de una situación que, al mismo
tiempo, está siendo considerada por el Consejo de Seguridad, ese es
un procedimiento perfectamente compatible con la función de la
Corte como órgano judicial principal de las Naciones Unidas;564
561
Cfr. International Court of Justice, The Corfu Channel Case (Merits),
Judgment of April 9th, 1949, p. 31.
562
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Military and
Paramilitary Activities in and against Nicaragua (Nicaragua v. United States
of America), Jurisdiction of the court and admissibility of the application,
Judgment of 26 November 1984, párrafo 93.
563
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning United States Diplomate
and Consular Staff in Tehran (United States of America v. Iran), Judgment of
24 May 1980, párrafo 40. Además, la Corte observe que la decisión judicial
de la controversia podía ser un factor importante, y a veces decisivo, en
promover -o en alcanzar- el arreglo pacífico de la misma.
564
Cfr. ibid., párrafo 98.

264
además, si lo que está planteado es el “derecho” inmanente a la
legítima defensa, el hecho de que la Carta se refiera a esta situación
como un “derecho” refleja la dimensión legal de la misma.565 Según
la Corte, que un asunto jurídico de una disputa sea sólo un aspecto de
una disputa política, no es motivo para que el Tribunal deba negarse
a decidir las cuestiones jurídicas en litigio; lo contrario sería imponer
a la Corte una restricción injustificada, y de muy largo alcance, en la
solución de conflictos internacionales.566
IV. EL LENGUAJE PROCESAL INTERNACIONAL
Aunque puedan utilizar los mismos conceptos, el Derecho
Internacional y el Derecho interno de los Estados no le otorgan,
necesariamente, el mismo significado. A veces, lo que son ideas
diferentes en el Derecho interno, tienen una misma connotación en el
Derecho Internacional, o tienen distintos significados a los que les
atribuye el Derecho interno. A veces, lo que en Derecho interno es
un simple acto, desprovisto de mayores consecuencias jurídicas, en
el Derecho Internacional adquiere una relevancia inusual. A veces, el
concepto de admisibilidad de la demanda se confunde con el de
competencia de la Corte.
1. Jurisdicción y competencia
En los sistemas jurídicos nacionales, con una estructura compleja
y jerarquizada de tribunales, entre los que se distribuye la facultad de
administrar justicia, teniendo en cuenta la naturaleza del asunto, el
lugar en que han ocurrido los hechos, el domicilio de las partes, o el
estatus de las personas que intervienen en el procedimiento judicial,
se distingue entre las nociones de jurisdicción y competencia.
Etimológicamente, la primera es la facultad de decir el Derecho (en
términos abstractos), la segunda es la facultad para resolver una
controversia concreta. Pero, en Derecho Internacional, en donde no
hay una estructura compleja y jerarquizada de tribunales, y en donde
la competencia de éstos tiene su fundamento en el consentimiento de
los Estado, esa distinción -entre jurisdicción y competencia- carece

565
Cfr. ibidem.
566
Cfr. ibid., párrafo 37.

265
de relevancia, y ambas expresiones se suelen emplear
indistintamente.567
Por otra parte, en inglés, se utiliza la expresión jurisdicción, en
un sentido muy amplio, que cubre la noción de competencia.568 En
tal sentido, Rosenne entiende por jurisdicción el poder o la autoridad
para dictar una decisión vinculante sobre los méritos de un caso
planteado ante ella; inmediatamente, él agrega que la Corte
Internacional de Justicia recibe este poder solamente del
consentimiento de los Estados involucrados para que así lo haga. 569
La declaración unilateral de aceptación de la “jurisdicción” de la
Corte, a que se refiere el artículo 36, párrafo 2, del Estatuto de la
Corte, es, según Rosenne, una forma de aceptar la “jurisdicción
obligatoria” de la Corte -aunque admite que esta expresión es
incorrecta, pues pasa por alto la naturaleza voluntaria de la misma-,
y señala que otra forma de “jurisdicción obligatoria” es la que deriva
de un tratado -bilateral o multilateral-, que contenga una cláusula
compromisoria disponiendo que las disputas que surjan de la
aplicación del tratado serán referidas unilateralmente a la Corte.570
Rosenne distingue entre jurisdicción principal o sustantiva y
jurisdicción incidental; la primera es la facultad del tribunal para
decidir sobre el fondo de un caso, pudiendo incluir preguntas
relacionadas con la existencia y el alcance de la jurisdicción; la
segunda comprende todos los otros asuntos que puede ser necesario
decidir en relación con los méritos, incluyendo la facultad de la Corte
de controlar el procedimiento, indicar medidas provisionales de
protección, medidas interlocutorias y, después de la sentencia sobre
el fondo, medidas reparadoras, o la interpretación de la sentencia.571
Aun así, admitiendo que, en la práctica, a veces es difícil decir cuál
es la expresión apropiada, autores como Fitzmaurice sostienen que se
trata de dos conceptos teóricamente muy diferentes, y que el primero
señala el ámbito en que un tribunal ejerce sus funciones o tiene

567
Cfr., en este sentido, Georges Abi-Saab, Les Exceptions Préliminaires dans
la Procédure de la Cour Internationale, Éditions A. Pedone, París, 1967, pp.
58 y ss.
568
Cfr., por ejemplo, Ian Brownlie, op. cit. pp. 716 y ss.
569
Cfr. Shabtai Rosenne, The World Court: What it is and how it works, Fourth
revised edition, Martinus Nijhoff Publishers, Dordrecht / Boston / London,
1989, p. 81.
570
Cfr. Ibid., p. 84.
571
Cfr. Ibid., p. 107, en nota 1, al final de capítulo.

266
derecho a ejercerlas, mientras que la competencia se refiere a las
condiciones en que un tribunal puede conocer de un caso.572 De
acuerdo con Fitzmaurice, si esta distinción aparece más en el idioma
inglés que en el francés se debe a que, en francés, el término
competencia es utilizado en dos sentidos, de manera que la distinción
sustantiva permanece;573 hay que determinar si la Corte tiene
jurisdicción respecto de una categoría de casos (ratione materiae,
ratione personae, o ratione temporis) y, por otra parte, hay que
determinar si, respecto de un caso particular, un tribunal determinado
tiene competencia, y si ésta no está excluida, ratione materiae, ratione
personae, o ratione temporis. 574 A juicio de Fitzmaurice, la
jurisdicción del tribunal puede faltar bajo cualquiera de estos
criterios, mostrando que el tribunal carece de jurisdicción en el
ámbito material, personal o temporal a que el caso se refiere, o porque
el tribunal, aun poseyendo jurisdicción, en algún aspecto esencial, el
caso particular está fuera de ese campo. 575 En cualquier caso, en la
esfera internacional, la distinción entre jurisdicción y competencia no
es del todo irrelevante; porque, mientras la jurisdicción es una
cualidad de la actividad del órgano jurisdiccional, la competencia es
la aplicación de esta actividad en un caso particular, o la
determinación de su procedencia en un caso hipotético. Ambos
elementos son indispensables
En caso de demandas unilaterales, como es el caso que nos
ocupa, determinar si la Corte tiene jurisdicción o competencia para
conocer del caso planteado en la demanda, y hasta dónde llega esa
competencia, es una cuestión frecuente, que se debate por los
litigantes con tanta o más pasión que la cuestión de fondo. La
respuesta dependerá, esencialmente, de que las partes hayan dado, o
no, su consentimiento para someter el caso a la Corte, en qué
condiciones, y respecto de qué materias.

572
Cfr. Gerald Fitzmaurice, The Law and Procedure of the International Court
of Justice, Grotius Publications, 1986, Cambridge University Press, 1993,
reimpreso en 1995, Cambridge, vol. I, pp. 109 y ss.
573
Cfr. Gerald Fitzmaurice, op. cit., vol. II, p. 434.
574
Cfr. Ibidem.
575
Cfr. Ibid., p. 435.

267
2. La remisión: El acto formal de la presentación de la
demanda
Un concepto adicional, que ha adquirido relevancia en la práctica
de la Corte -y que está planteado entre las objeciones de Venezuela a
la demanda de Guyana-, es el acto formal de la demanda, o la
remisión (“saisine”, en francés, “seisin”, en inglés, aunque tomado
del francés) del caso, cuya validez depende de los pasos procesales
previstos en el Estatuto y en el Reglamento de la Corte para someter
un caso ante ella. Este concepto plantea problemas distintos a los de
jurisdicción y competencia, pero está estrechamente relacionado con
ellos. Como explica Fitzmaurice, si el caso no ha sido sometido
correctamente a la Corte, mediante los pasos procesales adecuados,
ésta es incompetente para conocer del mismo; pero, a la inversa, que
el caso haya sido sometido debidamente no significa que el Tribunal
posea competencia para conocer y decidir dicho asunto. 576 Ello es
así porque, para que pueda operar, la remisión del caso a la Corte
debe satisfacer dos condiciones: a) la existencia de un documento de
iniciación del procedimiento, cuya validez depende de las menciones
formales que contiene; y b) la existencia, prima facie, de un título de
competencia válida.577
La doctrina y la jurisprudencia de la Corte nos ofrecen dos
nociones distintas de la “saisine”, o la “seisin”; una, de carácter
formal, derivada de lo dicho precedentemente, y que consiste en el
acto formal de presentación de la demanda, premunido de un título -
prima facie- válido; en cambio, para Fitzmaurice, ésta es el acto de
tener conocimiento de una disputa,578 aunque, en una nota a pie de
página, advierte que no se debe confundir con el acto de poner la
disputa en conocimiento del tribunal (“seising”). Esta confusión
entre la noción formal -de remisión del caso a la Corte- y la noción
sustantiva -de toma de conocimiento regular del caso por la Corte- se
puede apreciar en un pasaje de su sentencia en el caso Nottebohm;
según el dictum del Tribunal, la remisión del caso a la Corte está
dominada por las Declaraciones que emanan de las partes cuando se
recurre a la jurisdicción obligatoria de conformidad con el artículo
576
Cfr. Gerald Fitzmaurice, The Law and Procedure of the International Court
of Justice, Grotius Publications, 1986, Cambridge University Press, 1993,
reimpreso en 1995, Cambridge, vol. II, pp. 440 y s.
577
Cfr. Georges Abi-Saab, Les Exceptions Préliminaires dans la Procédure de
la Cour Internationale, Éditions A. Pedone, París, 1967, p. 50.
578
Cfr. Gerald Fitzmaurice, op. cit., vol. II, p. 440.

268
36, párrafo 2, del Estatuto; pero la remisión del caso a la Corte es una
cosa, y la administración de justicia es otra. Ésta se rige por el
Estatuto y por el Reglamento adoptado por la Corte en virtud de las
competencias que le confiere el artículo 30 del Estatuto; una vez que
la Corte ha tomado conocimiento válidamente del caso
(“régulierment saisie” o “regularly seised”), la Corte debe ejercer
sus atribuciones tal como ellas están definidas por el Estatuto;
posteriormente, la expiración del plazo fijado para una de las
declaraciones en las que se basa la demanda es un evento no
relacionado con el ejercicio de las competencias que el Estatuto le
confiere a la Corte, y que esta última deberá ejercer cuando haya
tomado conocimiento debidamente del caso, y no se haya
demostrado, sobre ninguna otra base, que ella es incompetente, o que
la demanda es inadmisible.579 Abi-Saab distingue entre la remisión
(“saisine”) fundada en la condición de la existencia de un acto
introductorio de la demanda basada en la existencia de un título de
competencia válido prima facie, y la definición corriente de
“saisine”, que sólo pone el acento en el acto procesal de introducir la
demanda.580
El artículo 38 del Reglamento de la Corte expresa que, cuando el
procedimiento ante ella se inicie mediante una demanda dirigida a la
Corte mediante notificación de un compromiso o mediante una
solicitud escrita, la demanda indicará la parte que la hace, el Estado
contra el cual se presenta la demanda, y el objeto de la controversia;
además, según el párrafo 2 de esta misma disposición reglamentaria
-en la medida de lo posible-, la demanda especificará, inter alia, los

579
Cfr. International Court of Justice, Affaire Nottebohm (Liechtenstein c.
Guatemala), Exception préliminaire, arrêt du 18 novembre 1953, p. 15. « La
saisine de la Cour est ainsi dominée par les déclarations émanant des parties
lorsqu'il est fait recours à la juridiction obligatoire conformément à l'article
36, paragraphe 2. Mais la saisine de la Cour est une chose, l'administration de
la justice en est une autre. Celle-ci est régie par le Statut et par le Règlement
que la Cour a arrêté en vertu des pouvoirs que lui a conférés l'article 30 du
Statut. Une fois la Cour régulièrement saisie, la Cour doit exercer ses pouvoirs
tels qu'ils sont définis par le Statut. Après cela, l'échéance du terme fixé pour
l'une des déclarations sur lesquelles se fonde la requête est un événement sans
rapport avec l'exercice des pouvoirs que le Statut confère à la Cour et que,
celle-ci doit exercer lorsqu'elle a été régulièrement saisie et qu’il ne lui a pas
été démontré, sur une autre base, qu’elle est incompétente ou que la demande
est irrecevable. »
580
Cfr. Georges Abi-Saab, op. cit. pp. 51 y s.

269
fundamentos jurídicos en los que se alega que se basa la competencia
de la Corte.
El forum prorrogatum proporciona una forma de entender el
funcionamiento del efecto de la presentación formal de la demanda
cuando no existe, prima facie, un título válido para demandar. En el
caso del incidente aéreo de Estados Unidos con Hungría, al presentar
su demanda, Estados Unidos, junto con manifestar que aceptaba la
jurisdicción de la Corte para conocer de este caso, señaló que Hungría
-que no había hecho una declaración de aceptación de la competencia
de la Corte-, había sido invitada a hacerlo en este caso por el
Gobierno de los Estados Unidos, aunque no había recibido respuesta;
según la demanda de Estados Unidos, Hungría estaba calificada para
someterse a la jurisdicción de la Corte en este asunto y, de
conformidad con el Reglamento, podía tomar los pasos necesarios
para ello, mediante una notificación al Secretario de la Corte. 581 En
presencia de una carta del gobierno de Hungría rechazando esa
posibilidad, la Corte consideró que, si la parte demandada se
rehusaba a someterse a su jurisdicción, el caso no habría sido
sometido válidamente, y se limitó a declarar que, en dichas
condiciones, debía limitarse a constatar que no se encontraba en
presencia de una aceptación de su jurisdicción por el Estado
demandado para conocer del objeto de la demanda que había sido
presentada por el Estado demandante, por lo que no podía dar
seguimiento a la misma.582 No habiendo una remisión válida, y ante
la negativa de Hungría de someterse a la jurisdicción de la Corte y
comparecer ante ella, ésta, simplemente, procedió a eliminar dicho
asunto de la lista de casos que cursaban ante la Corte.
Ya se ha señalado que, para que la presentación formal de la
demanda produzca sus efectos, es necesario invocar un título que,
prima facie, confiera competencia para demandar. No se requiere
que, de manera concluyente, la Corte posea competencia para
conocer del caso; basta que, en principio, el título que se invoca sirva
como fundamento razonable de esa competencia. En este sentido, en
el caso Interhandel, en relación con la solicitud de medidas
provisionales, el juez Lauterpacht objetó que la Corte pudiera ejercer
su jurisdicción pues, en su opinión, la declaración de aceptación de

581
Cfr. International Court of Justice, Treatment in Hungary of Aircraft and
Crew of United States of America (United States of America v. Hungarian
People’s Republic), Order of July 12th, 1954, p. 5.
582
Cfr. Ibid., p. 6.

270
la competencia de la Corte por parte del Estado demandado (Estados
Unidos) era nula, debido a la reserva automática relativa a los asuntos
de la jurisdicción interna de los Estados, en la forma como los
determine Estados Unidos, que, en su opinión, era una parte esencial
e inseparable de dicha declaración, y que, prima facie, removía
cualquier fundamento de jurisdicción de la Corte; 583 sin embargo, la
Corte consideró que, aun cuando Estados Unidos invocaba como
excepción preliminar precisamente esa reserva automática, prima
facie, dicha declaración era válida y, por ende, suficiente a los fines
de haber tomado conocimiento válidamente del caso.584
Si el título de competencia que se invoca en la demanda es nulo,
ya sea ésta una nulidad absoluta o relativa, la declaración de tal
nulidad requiere un pronunciamiento de la Corte; si, por el contrario,
lo que se invoca como título de competencia de la Corte es un acto
jurídico inexistente, cuya nulidad es evidente, no es necesario el
pronunciamiento de la Corte y, al no haber, prima facie, un título
válido para que ella ejerza su competencia, la remisión del caso a la
Corte no ha operado y la Corte no puede conocer de dicho asunto. 585
La validez de este acto se puede plantear como una cuestión de
competencia, o como una cuestión de admisibilidad de la demanda.
Por lo menos en términos procesales, si no sustantivos, la remisión
del caso le confiere competencia a la Corte para pronunciarse sobre
el acto mismo de la demanda, así como sobre la jurisdicción y la
competencia de la Corte; sin embargo, Fitzmaurice advierte que, si
no ha habido una remisión válida y regular del caso, el tribunal estaría
impedido de determinar la cuestión sustantiva, y su poder inherente
de determinar su propia jurisdicción se habría anulado.586
3. La admisibilidad de la demanda
En el caso que nos concierne, en un contexto en el que el Estado
demandado objeta tanto la competencia de la Corte para conocer de
583
Cfr. Hersch Lauterpacht, Separate opinion, International Court of Justice,
Interhandel Case (Switzerland v. United States of America), Request for the
Indication of Interim Measures of Protection, Order of October 24th, 1957,
pp. 15 y s.
584
Cfr. International Court of Justice, Interhandel Case (Switzerland v. United
States of America), Request for the Indication of Interim Measures of
Protection, Order of October 24th, 1957, pp. 9 y s.
585
Cfr. Georges Abi-Saab, op. cit., p. 54.
586
Cfr. Gerald Fitzmaurice, op. cit., vol. II, p. 441.

271
esta controversia como la admisibilidad de la demanda, habrá que
determinar quién decide, y habrá que determinar si, en el presente
caso, la distinción entre jurisdicción y competencia tiene alguna
relevancia. Después de todo, en Derecho Internacional, el
reconocimiento de un órgano, como parte de un sistema
jurisdiccional, no supone, necesariamente, someterse a la
jurisdicción de ese órgano para la solución de una controversia
concreta, pues puede haber jurisdicción sin que haya competencia.587

587
Cfr., en este sentido, Georges Abi-Saab, op. cit., pp. 62 y s.

272
SEXTA PARTE

LA CONTROVERSIA JUDICIAL

Con la judicialización de esta controversia, en esta fase del


procedimiento, se plantean cuestiones relacionadas con la
competencia de la Corte para conocer del caso, con la admisibilidad
de la demanda, y cuestiones procesales derivadas de la no
comparecencia de Venezuela.
I. LA DEMANDA DE GUYANA
El 29 de marzo de 2018, Guyana demandó a Venezuela ante la
Corte Internacional de Justicia, solicitando, inter alia, que la Corte
confirme la validez jurídica y el efecto vinculante del laudo arbitral
del 3 de octubre de 1899, relativo a la frontera entre la colonia de
Guyana Británica y Venezuela.588 Guyana recuerda que, según los
términos del Tratado de Washington, suscrito el 2 de febrero de 1897,
las partes habían acordado que ese laudo sería “un arreglo completo,
perfecto y definitivo” de todas las cuestiones fronterizas entre
Venezuela e Inglaterra;589 Guyana invoca, igualmente, una
Declaración conjunta, del 10 de enero de 1905, a veces calificada
como “el Acuerdo de 1905”, suscrita por los comisionados de
Venezuela e Inglaterra, sobre la demarcación de la frontera en los
términos del laudo antes citado,590 y que tampoco sería respetado por
Venezuela.
En su demanda, Guyana le solicita a la Corte decidir y
declarar: a) que el Laudo de 1899 es válido y vinculante para Guyana
y Venezuela, y que la frontera establecida por dicho Laudo y por “el
Acuerdo” de 1905 es válido y vinculante para Guyana y Venezuela;
588
Cfr. El párrafo 1 de la demanda de Guyana.
589
Cfr. El párrafo 2 de la demanda de Guyana.
590
Cfr. Los párrafos 3 y 4 de la demanda de Guyana.

273
b) que Guyana tiene plena soberanía sobre el territorio situado entre
el río Esequibo y los límites establecidos por el Laudo de 1899 y por
el “Acuerdo” de 1905, y que Venezuela goza de plena soberanía al
oeste de esa frontera; que Guyana y Venezuela tienen la obligación
de respetar plenamente la soberanía e integridad territorial de ambos
Estados, de conformidad con lo establecido en el Laudo de 1899 y en
el “Acuerdo” de 1905; c) que Venezuela debe retirarse
inmediatamente, y cesar su ocupación de la mitad oriental de la isla
de Ankoko, así como de todos los territorios que, según el Laudo de
1899 y el “Acuerdo” de 1905, son reconocidos como parte del
territorio soberano de Guyana; d) que Venezuela se abstenga de
amenazar o hacer uso de la fuerza en contra de cualquier persona y/o
empresa autorizada por Guyana para realizar actividades económicas
o comerciales en el territorio de Guyana, según lo establecido por el
Laudo de 1899 y el “Acuerdo” de 1905, o en cualquier área marítima
dependiente de dicho territorio, sobre el que Guyana tiene soberanía
o ejerce derechos soberanos, y no interferir con cualquier actividad
guyanesa o autorizada por Guyana en dichas áreas; y e) que
Venezuela es internacionalmente responsable por las violaciones de
la soberanía y los derechos soberanos de Guyana, y por los daños
sufridos por Guyana como consecuencia de tales violaciones. 591 En
todo caso, Guyana se reserva el derecho de complementar o
modificar su demanda.592
II. LA NO COMPARECENCIA DE VENEZUELA
Venezuela sostiene que la Corte carece de competencia para
conocer de este caso, y ha decidido no participar en este
procedimiento, desperdiciando una oportunidad para hacer oír sus
argumentos, tanto sobre la cuestión preliminar como sobre el fondo
de la controversia. Al no comparecer, independientemente de que eso
sea bueno o malo, como estrategia procesal, para explicarlo a la Corte
hubiera bastado un breve párrafo, que hubiera dejado toda la carga
de establecer su competencia en manos de la propia Corte; en cambio,
Venezuela optó por una estrategia intermedia, ofreciendo algunos
argumentos, pero renunciando a defenderlos y elaborarlos,
compareciendo ante el Tribunal, rebatiendo a su contraparte, y
aprovechando la ocasión de designar un juez ad hoc.

591
Cfr. El párrafo 55 de la demanda de Guyana.
592
Cfr. El párrafo 56 de la demanda de Guyana.

274
No comparecer tendrá algún efecto en la determinación de los
hechos del caso y del Derecho aplicable. Mientras, en principio, los
hechos tienen que ser establecidos por las partes en la controversia,
puesto que son ellas quienes los conocen, respecto del Derecho,
según un viejo principio jurídico -jura novit curia-, éste es
determinado por el Tribunal. De allí podrían deducirse consecuencias
diferentes para el no compareciente. Pero lo cierto es que, en la
jurisprudencia de la Corte, no hay ningún caso que demuestre que la
no comparecencia de un Estado ha tenido consecuencias fatales para
éste; no ha sido así en la fase puramente jurisdiccional, y tampoco en
la fase relativa al examen de los méritos de la demanda. Pero, más
allá de un acto de deferencia con el Tribunal o del cumplimiento de
un compromiso previamente adquirido, no es igual participar
activamente en el procedimiento que permanecer ajeno a éste,
indiferente a lo que pueda resultar.
En relación con los hechos, en los casos de las pruebas nucleares
en el Pacífico Sur, en vista de la no comparecencia del Estado
demandado, la Corte indicó que le correspondería a la Corte
asegurarse de estar en posesión de todos los hechos relevantes (“faits
disponibles”, en la versión en francés, o “available facts”, en la
versión en inglés).593 Sin embargo, si el tribunal conoce el Derecho,
son las partes las que están en mejor conocimiento de los hechos, y
son ellas las que deben presentarlos ante la Corte; allí es donde el
Estado no compareciente se ha colocado a sí mismo en una posición
de desventaja. En tal sentido, aunque el artículo 53 obliga al
demandante a probar sus alegaciones, la Corte ha advertido que ella
no está obligada a examinar, en todo detalle, la exactitud de los
hechos alegados, cuestión que, por lo demás, en ciertos casos sería
una tarea imposible.594
La Corte no está en capacidad de suplir la ausencia de una de las
partes en el procedimiento, lo cual limita seriamente la medida en
que ella está informada de los hechos; por eso, en casos de no
comparecencia, a fin de preservar el equilibrio entre las partes, la

593
Cfr. International Court of Justice, Nuclear Tests Case, Australia v. France,
Judgment of 20 December 1974, párrafo 31; Nuclear Tests Case, New
Zealand v. France, Judgment of 20 December 1974, párrafo 32.
594
Cfr. International Court of Justice, The Corfu Channel Case (Assessment of
the amount of compensation due from the People's Republic of Albania to the
United Kingdom of Great Britain and Northern Ireland), Judgment of
December 15th, 1949, p. 8.

275
Corte ha mantenido una actitud flexible en lo que concierne al
establecimiento de los hechos.595 Según la Corte, el propósito del
artículo 53 es que, en casos de no comparecencia, ninguna de las
partes quede en una situación de desventaja; por lo tanto, no se puede
permitir que la parte que se niega a comparecer se beneficie de su
ausencia, lo cual equivaldría a colocar al compareciente en una
situación de desventaja. En consecuencia, la presentación de alegatos
y pruebas está diseñada para asegurar una adecuada administración
de justicia, y proporcionar una oportunidad justa y equitativa a cada
una de las partes; el tratamiento que se otorga a las comunicaciones
o documentos aportados por la parte ausente se determina por el peso
que se otorgue a estas consideraciones, y no es susceptible de reglas
precisas y rígidas.596 Por supuesto, no hay una decisión automática
en favor del demandante; pero un Estado que decide no comparecer
debe aceptar las consecuencias de su decisión, la primera de las
cuales es que el procedimiento continuará sin él, el Estado sigue
siendo parte en el caso, y está obligado a cumplir con la sentencia
que finalmente se dicte.597
En vez de comparecer ante la Corte, explicando porqué considera
que ella no tiene jurisdicción en esta disputa, Venezuela prefirió
enviar al tribunal un extenso memorándum598, con un anexo que tiene
todas las características de un documento interno, que contiene una
relación cronológica de la controversia, pero que carece de las
explicaciones y el análisis jurídico propio de una contra memoria,
que justificaría la posición de Venezuela. Este memorándum,
enviado a la Corte siete meses antes de la celebración de la audiencia
sobre jurisdicción, dio a la contraparte una amplia oportunidad para
desmenuzarlo y contradecirlo ante los jueces, sin que Venezuela
hubiera estado presente y pudiera contraargumentar. De acuerdo con
lo dispuesto en los párrafos 1 y 2 del artículo 53 del Estatuto de la
Corte, cuando una de las partes no comparezca o se abstenga de
defender su caso, la Corte deberá asegurarse de que tiene
595
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Military and
Paramilitary Activities in and against Nicaragua (Nicaragua v. United States
of America), Jurisdiction of the court and admissibility of the application,
Judgment of 26 November 1984, párrafo 31.
596
Cfr. ibidem.
597
Cfr. ibid., p. 28.
598
Recibido en la Secretaría de la Corte el 28 de noviembre de 2019, siete meses
antes de la audiencia sobre la cuestión preliminar de incompetencia de la
Corte.

276
competencia para conocer del mismo,599 y que la demanda está bien
fundada en cuanto a los hechos y al Derecho. De alguna manera, la
no comparecencia tiene el efecto de forzar a la Corte a examinar
concienzudamente las objeciones del Estado demandado, y a indagar
cuál podría ser el fundamento de las mismas, teniendo en cuenta
cualquier prueba documental o de otro tipo que pueda ser relevante,
y que pueda constituir una barrera para el ejercicio de su
competencia, o que pueda demostrar que la demanda no está bien
fundada.600 Sin embargo, la ausencia de una representación
venezolana en esa audiencia, que pudiera haber rebatido los
argumentos de Guyana y haber expuesto los suyos, ha sido
perjudicial para la defensa de los intereses venezolanos.
III. LAS POSICIONES DE LAS PARTES: LA
COMPETENCIA DE LA CORTE Y LA ADMISIBILIDAD
DE LA DEMANDA
Para los efectos de lo que está planteado por las partes en esta
fase jurisdiccional, los conceptos claves a los que hay que prestar
atención son los de jurisdicción, competencia, presentación formal
de la demanda, y admisibilidad de la demanda.
1. La “competencia de la competencia”
El artículo 92 de la Carta de las Naciones Unidas señala que el
Estatuto de la Corte forma parte integrante de ella; seguidamente, el
artículo 93, párrafo 1, expresa que todos los miembros de las
Naciones Unidas son, ipso facto, partes en el Estatuto de la Corte
Internacional de Justicia. Venezuela es uno de los miembros
fundadores de la ONU y, por lo tanto, parte en el Estatuto de la Corte

599
Cfr. International Court of Justice, Aegean Sea Continental Shelf Case
(Greece v. Turkey), Jurisdiction of the Court, Judgment of 19 December 1978,
I.C.J. Reports, 1978, párrafos 14 y 15.
600
Cfr. International Court of Justice, Nuclear Tests Case (New Zealand v.
France), Judgment of 20 December 1974, y Nuclear Tests Case (Australia v.
France), Judgment of 20 December 1974, párrafo 15 en ambas sentencias. En
relación con el tipo de documentos o pruebas que pueda considerar la Corte
en caso de no comparecencia, cfr. Case Concerning United States Diplomatic
and Consular Staff in Tehran (United States of America v. Iran), Judgment of
24 May 1980, párrafos 11 a 13.

277
Internacional de Justicia.601 Según el Estatuto, es a la Corte a quien
le corresponde decidir sobre su propia competencia;602 este principio
básico, que también se encuentra recogido en otros tratados, 603 ha
sido ampliamente desarrollado tanto por la doctrina604 como por la
jurisprudencia de la Corte. Por lo tanto, cualquiera que sean los
argumentos de las partes, en cuanto a la competencia o a la
incompetencia de la Corte, es a ésta a quien le corresponde decidir.
2. Las cuestiones de competencia
Guyana sostiene que, en el Acuerdo de Ginebra, las partes
aceptaron que, de no llegar a una solución amistosa, correspondería
al Secretario General de la ONU decidir a qué otro medio de arreglo
pacífico, de los mencionados en el artículo 33 de la Carta de las
Naciones Unidas,605 debía recurrirse para resolver esta controversia.
Dicha disposición menciona expresamente el arreglo judicial. Sin
embargo, de la lectura del Acuerdo de Ginebra, parece obvio que el
medio a elegir deberá ser un mecanismo flexible, que permita
alcanzar el propósito del mismo; esto es, encontrar soluciones
satisfactorias para el arreglo práctico de la controversia. Un arreglo
práctico es lo opuesto de una respuesta estrictamente jurídica y, por
lo tanto, ésta parece estar descartada de plano.

601
El Estatuto de la Corte Internacional de Justicia es parte integrante de la Carta
de Naciones Unidas, suscrita el 26 de junio de 1945, y en vigor desde el 24 de
octubre del mismo año, de la cual Venezuela es un miembro fundador.
602
Cfr. el artículo 36, párrafo 6, del Estatuto de la Corte.
603
En este sentido, el artículo XXXIII del Tratado Americano de Soluciones
Pacíficas, Pacto de Bogotá, suscrito en Bogotá el 30 de abril de 1948, expresa
que: “Si las partes no se pusieren de acuerdo acerca de la competencia de la
Corte sobre el litigio, la propia Corte decidirá previamente esta cuestión.”
604
Cfr., por ejemplo, Stephen M. Schwebel, International Arbitration: Three
salient problems, Grotius Publications Limited, Cambridge, 1987, pp. 2, 10,
12-19, 32, 54-55, 60, 88, y 146.
605
Según el artículo 33, párrafo 1, de la Carta de la ONU, dispone que “Las partes
en una controversia cuya continuación sea susceptible de poner en peligro el
mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales tratarán de buscarle
solución, ante todo, mediante la negociación, la investigación, la mediación,
la conciliación, el arbitraje, el arreglo judicial, el recurso a organismos o
acuerdos regionales u otros medios pacíficos de su elección.”

278
A. La falta de aceptación de la competencia de la Corte
Guyana considera que, de acuerdo con el artículo 36, párrafo 1,
del Estatuto de la Corte, y con arreglo al consentimiento mutuo que
Guyana y Venezuela habrían otorgado en el artículo IV, párrafo 2,
del Acuerdo de Ginebra, la Corte tendría competencia para conocer
de su demanda. Guyana recuerda que, en la referida disposición del
Acuerdo de Ginebra, las partes confirieron al Secretario General de
las Naciones Unidas la facultad de elegir el medio de solución de esta
controversia y que, en ejercicio de la misma, el 30 de junio de 2018,
el Secretario General escogió el arreglo judicial por la Corte
Internacional de Justicia.606
Si el instrumento jurídico que ha invocado Guyana para someter
este caso a la Corte Internacional de Justicia es el Acuerdo de
Ginebra, y si Venezuela sostiene que la Corte carece de competencia
en este asunto, lo que procede es examinar lo que dice el Acuerdo de
Ginebra. Según la Corte Permanente de Justicia Internacional, es un
principio cardinal de interpretación que las palabras deben ser
interpretadas en el sentido que tendrían normalmente en su contexto,
a menos que tal interpretación conduzca a un resultado irrazonable o
absurdo.607 En tal sentido, si el tenor literal del artículo IV, párrafo 2,
de dicho Acuerdo es claro, no hay nada que interpretar; pero las
partes sostienen lecturas diferentes de esa disposición, y habrá que
recurrir a la Convención de Viena sobre el derecho de los Tratados
para interpretarla correctamente. Según la Convención de Viena, la
regla básica es que
“Un tratado deberá interpretarse de buena fe conforme al
sentido corriente que haya de atribuirse a los términos del
tratado en el contexto de estos y teniendo en cuenta su objeto y
fin.”608
Cada uno de esos elementos juega su parte en la interpretación
del artículo IV, párrafo 2, del Acuerdo de Ginebra. Su tenor literal

606
Cfr. el párrafo 14 de la demanda.
607
Cfr. Permanent Court of International Justice, Polish Postal Service in
Danzig, Advisory opinion, May 16, 1925, reproducido en Manley O. Hudson,
World Court Reports, A Collection of the Judgments, orders and opinions of
the Permanent Court of International Justice, Oceana publications, Inc.,
Dobbs Ferry, New York, 1969, vol. I, pp. 441-467. La cita corresponde a la
página 466.
608
Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados, artículo 31, párrafo 1

279
indica que, si las partes no se ponen de acuerdo en un medio de
solución pacífica de la controversia, de entre los previstos en el
artículo 33 de la Carta de la ONU, referirán esa decisión a un órgano
internacional apropiado que ambos gobiernos acuerden; de no llegar
a un acuerdo sobre este punto, referirán dicha “decisión” al Secretario
General de las Naciones Unidas. “Si los medios así escogidos no
conducen a una solución de la controversia, dicho órgano, o como
puede ser el caso, el Secretario General de las Naciones Unidas,
escogerán otro de los medios estipulados en el Artículo 33 de la Carta
de las Naciones Unidas, y así sucesivamente, hasta que la
controversia haya sido resuelta, o hasta que todos los medios de
solución pacífica contemplados en dicho Artículo hayan sido
agotados.” No se puede presumir que los redactores de esta
disposición incorporaran en ella, inadvertidamente, la referencia a
medios que no conducen a una solución de la controversia. “Solución
de la controversia”, “decisión”, “elegir”, “hasta que la controversia
haya sido resuelta”, o “hasta que todos los medios hayan sido
agotados”, parecen ser conceptos claros y precisos; pero, en su
conjunto, algunos de ellos pueden conducir a interpretaciones
ambiguas o antagónicas, que requieran el auxilio de otros medios de
interpretación.
El contexto de esta disposición se sitúa en una cadena de
compromisos encaminados a resolver una controversia específica, y
no a alimentarla y dejar que perdure en un fárrago de trámites y
procedimientos interminables e infructuosos.609 Entre esos
compromisos, el preámbulo señala que esta controversia debe ser
“amistosamente resuelta”, y “en forma que resulte aceptable para
ambas partes”. Es en ese entendido que, según el artículo I, las partes
establecieron una Comisión Mixta, “con el encargo de buscar
soluciones satisfactorias para el arreglo práctico de la controversia”.
Como parte esencial de su contexto, estas disposiciones deben servir
de guía en la interpretación del artículo IV, párrafo 2, del Acuerdo de
Ginebra, y en la determinación del medio apropiado para resolver la
609
En este sentido, se recuerda que, según el artículo 2, párrafo 2, del Acuerdo
de Ginebra, en caso de que uno o ambos de los representantes de las partes en
la Comisión Mixta, por enfermedad, muerte u otra causa, estuviera
incapacitado para actuar, las partes se han comprometido a reemplazarlo
“inmediatamente”. Además, el artículo IV, párrafo 1, dispone que, en caso de
que la Comisión Mixta no llegara a un acuerdo completo para la solución de
la controversia, los gobiernos de Venezuela y Guyana “escogerán sin
demora” uno de los medios de solución pacífica previstos en el artículo 33 de
la Carta de la ONU.

280
disputa entre ambas naciones, con un tercero en discordia que
también es parte en el Acuerdo de Ginebra.
La Corte no podría dictar una sentencia que tenga que ser
“aceptada” por ambas partes, porque eso equivaldría a negar su
función judicial, y su autoridad para declarar el derecho aplicable y
decidir las controversias que se le sometan. Si las partes, de común
acuerdo, han llegado a una solución que es aceptable para ambas, no
necesitan recurrir a los tribunales de justicia. En este sentido, debe
recordarse que, en el caso de las Zonas Francas de Alta Saboya y el
Distrito de Gex, la Corte Permanente de Justicia Internacional
sostuvo que sería incompatible con su Estatuto, y con su posición
como tribunal de justicia, dictar una sentencia cuya validez
dependiera de la aprobación posterior de las partes.610 En el caso de
la referencia, las partes habían intercambiado notas, mostrándose
animadas con el más firme deseo de concluir un acuerdo aceptable
para ambos países (Francia y Suiza), que facilitara las relaciones
comerciales entre las zonas francas y Suiza. 611
En la interpretación de un tratado, la Convención de Viena
también permite recurrir al elemento teleológico; esto es, al objeto y
fin del tratado. En el presente caso, ese propósito está anunciado en
el título mismo del Acuerdo de Ginebra, llamado “Acuerdo para
resolver la controversia entre Venezuela y el Reino Unido de Gran
Bretaña e Irlanda del Norte sobre la frontera entre Venezuela y
Guyana Británica”; como ya se ha señalado, el preámbulo demanda
que esta controversia sea “amistosamente resuelta”, y “en forma
aceptable para ambas partes”. Por lo tanto, los mecanismos previstos
en el artículo IV deben interpretarse como el medio para resolver la
controversia fronteriza entre ambos países. El objeto y fin del tratado
no es un medio específico para resolver la controversia, sino el
compromiso de resolverla, de manera amistosa y aceptable para
ambas partes.
Por otra parte, Venezuela sostiene que el Artículo IV, párrafo 2,
del Acuerdo de Ginebra sólo se refiere a la elección del medio que

610
Cfr. Permanent Court of International Justice, Case of Free Zones of Upper
Savoy and the District of Gex (Second Phase), Judgment of 7 June, 1932,
reproducido en Manley O. Hudson, World Court Reports, A Collection of the
Judgments, orders and opinions of the Permanent Court of International
Justice, Oceana publications, Inc., Dobbs Ferry, New York, 1969, vol. II, pp.
508-608. La cita corresponde a las páginas 557 y sig.
611
Cfr. Ibid., p. 535.

281
“debería ser utilizado por las partes” para resolver la controversia,
pero que, sin el consentimiento de las partes, ello no sería suficiente
para conferir competencia a la Corte Internacional de Justicia; según
Venezuela, la elección del medio tampoco permitiría a Guyana
recurrir unilateralmente a la Corte, pues para ello sería necesario,
junto con el consentimiento de las partes, definir el ámbito de la
disputa y los elementos que deben ser tenidos en consideración para
resolverla.612
La Corte ha sostenido que, al interpretar las disposiciones de un
tratado, el Tribunal debe esforzarse por dar efecto a esas
disposiciones; si las palabras relevantes, en su sentido natural y
ordinario, y en su contexto, tienen un significado, ese es el fin del
asunto; pero si esas palabras son ambiguas o conducen a un resultado
irrazonable, entonces -y sólo entonces- debe recurrirse a otros
métodos de interpretación para averiguar la intención de las partes.613
En el presente caso, puede que el tenor literal no sea suficientemente
claro en cuanto a los medios de solución apropiados para resolver
esta controversia, en cuanto a los medios que hay que agotar, o en
cuanto a los medios que el Secretario General de la ONU puede
escoger para ese efecto; pero las reglas para interpretar el artículo IV,
párrafo 2, del Acuerdo de Ginebra conducen a un mismo resultado,
que indica que el Secretario General de la ONU es quien tiene la
facultad de escoger el medio. Sólo resta que ambas partes en la
controversia apliquen esas reglas de interpretación, y “de buena fe”.
Para desestimar un presunto consentimiento de Venezuela,
juristas notables han recurrido a la práctica venezolana, que
históricamente ha rechazado someterse a la jurisdicción de la Corte,
y que nunca ha hecho la declaración general, prevista en el artículo

612
Cfr. Memorándum de Venezuela, del 29 de noviembre de 2019, párrafo 3 del
Memorándum. “… According to Guyana this should be interpreted as having
the effect not only to designate the means of dispute settlement that should be
used by the Parties, but also as (i) granting in and by itself the Court with
jurisdiction, independently of the consent of the Parties and without any need
to define in particular the scope of the dispute and the elements to be taken
into account to settle it, and (ii) allowing unilateral application to the Court by
one Party only. Guyana fails to mention any other legal basis of jurisdiction
over the dispute.”
613
Cfr. International Court of Justice, Competence of the General Assembly for
the Admission of a State to the United Nations, Advisory opinion of March
3rd, 1950, p. 8.

282
36, párrafo 2, del Estatuto de la Corte;614 eso puede ser valioso para
demostrar la intención de las partes, en un caso como éste, en el cual
la Corte deberá interpretar el sentido y alcance del artículo IV,
párrafo 2, del Acuerdo de Ginebra. Pero, a fin de cuentas, lo que
importa es la naturaleza misma del compromiso asumido por las
partes en dicha disposición, y si ésta puede, o no, considerarse una
cláusula compromisoria. Eso es algo que tendrá que decidir la Corte.
B. El uso inapropiado de los medios pacíficos
El artículo 2, párrafo 3, de la Carta de la ONU obliga a los
miembros de la Organización a arreglar sus controversias
internacionales por medios pacíficos, de manera que no pongan en
peligro la paz, la seguridad internacional, o la justicia. Para este
efecto, el artículo 33, párrafo 1, de la Carta enuncia una amplia gama
de medios de solución pacífica: la negociación, la investigación, la
mediación, la conciliación, el arbitraje, el arreglo judicial, el recurso
a organismos o acuerdos regionales, u otros medios pacíficos
elegidos por las partes.
La referencia al “recurso a organismos o acuerdos regionales” no
agrega un nuevo mecanismo de solución de controversias, sino que
hace mención a un aparato institucional en el que se pueden intentar
los demás medios referidos (con excepción de la negociación directa
y, por supuesto, el arreglo judicial), sin que sus poderes puedan ir
más allá de lo que puede hacer el Consejo de Seguridad de la ONU
que, según el artículo 36 de la Carta, podrá “recomendar los
procedimientos o métodos de ajuste que sean apropiados.” Un
organismo regional no podría hacer más que eso.
Esta lista de medios que enuncia el artículo 33 de la Carta no es
exhaustiva, y no incluye, por ejemplo, los buenos oficios de que se
valieron las partes en esta controversia. Pero, si la Carta de la ONU
ha querido ofrecer tantas opciones, es porque no todas ellas sirven

614
Cfr., en este sentido, Víctor Rodríguez Cedeño, Aspectos específicos
relacionados con la competencia de la CIJ en el caso planteado por Guyana
sobre el laudo arbitral del 3 de octubre de 1899, ponencia presentada en el
foro organizado por la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC) de
Lima, la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB),de Caracas, y el
American College, de Managua, celebrado el 14 de agosto 2020, sobre La
controversia entre Venezuela y Guyana en la Corte Internacional de Justicia
(CIJ) Fase preliminar, párrafos 27 y 28 de la ponencia.

283
para lo mismo. Si no hay acuerdo en cuanto a los hechos, 615 lo sensato
será recurrir a la investigación; si no hay acuerdo en cuanto al
derecho aplicable o a la interpretación del mismo, lo correcto es
someter ese asunto a la decisión judicial;616 si hay acuerdo en cuanto
a los hechos y al derecho aplicable, pero no en cuanto a la dimensión
de los daños causados y a lo que debería ser una reparación
apropiada, se podrá intentar la negociación;617 si el conflicto versa
sobre diferencias políticas, la negociación directa, 618 o la
mediación,619 podrían ser útiles para intentar acercar a las partes, o
producir un modus vivendi; si han fracasado las negociaciones
directas, se podría probar la mediación; si no hay relaciones
diplomáticas entre las partes en conflicto, los buenos oficios podrían
ayudar; si hay consenso en cuanto al Derecho existente, pero una de
las partes considera que aquel Derecho no está en capacidad de
ofrecer soluciones justas y equitativas, por lo que propone cambiarlo,
tal vez podríamos intentar un arbitraje que no esté amarrado al
Derecho, y en el que el árbitro pueda decidir conforme a principios
de equidad (ex aequo et bono);620 si la contraparte no quiere negociar,
615
Por ejemplo, en el caso del avión de Korean Airlines, derribado por un avión
de combate soviético, en agosto de 1983, las partes no estaban de acuerdo en
si el avión derribado se encontraba sobrevolando espacio aéreo internacional
o espacio aéreo soviético.
616
Por ejemplo, la controversia entre Colombia y Perú, en el caso Haya de la
Torre, por la interpretación del derecho de asilo.
617
Ese ha sido el caso de numerosas controversias sobre violación de derechos
humanos, en las que el Estado se ha allanado a los hechos, ha reconocido su
responsabilidad internacional, y a pedido negociar con las partes la naturaleza
de las reparaciones y el monto de las indemnizaciones. Cfr., por ejemplo,
Corte Interamericana de Derechos Humanos, caso Aloeboetoe y otros,
sentencia del 4 de diciembre de 1991, párrafo inicial de la parte resolutiva;
caso El Amparo, sentencia del 18 de enero de 1995, párrafos 1 y 2 de la parte
dispositiva; y caso Garrido y Baigorria, sentencia del 2 de febrero de 1996,
párrafos 1 y 2 de la parte dispositiva.
618
En octubre de 1962, la crisis de los misiles cubanos no versaba ni sobre los
hechos ni sobre el Derecho. Era una controversia puramente política, que se
resolvió mediante negociaciones directas entre las partes, y, mientras duró, a
nadie se le ocurrió sugerir un arreglo judicial.
619
Por ejemplo, la cuestión de Palestina, en distintos momentos.
620
En el caso Bolivia c. Chile, respecto de la mediterraneidad de Bolivia (y no,
simplemente, de la “obligación de negociar”), claramente, el marco jurídico
es el Tratado de 1904, que fijó “definitivamente” (si, en las relaciones
humanas, algo puede ser definitivo), la frontera entre ambos países. Pero, en
su afán por revertir el Derecho existente, Bolivia recurrió a la Corte
Internacional de Justicia que, desde luego, no era el foro adecuado.

284
tal vez la intervención de un organismo regional podría estimularla a
que lo haga;621 en fin, si el conflicto escala hasta constituir una
amenaza para la paz internacional, quiéranlo o no las partes, el lector
puede tener la certeza de que el Consejo de Seguridad de la ONU
intervendrá.622
A veces, la línea que separa los buenos oficios de la mediación
es muy tenue, pudiendo llegar a volverse borrosa, ya sea porque no
se puede esperar que el buen oficiante sea un convidado de piedra, o
porque quien hace las veces de mediador es demasiado pasivo; 623 lo
mismo ocurre con las fronteras borrosas entre la mediación y el
recurso a organismos regionales, o con el arbitraje y el arreglo
judicial.624
En un mismo conflicto se puede experimentar, sucesivamente,
con distintos mecanismos de solución pacífica, 625 o puede ocurrir
que, mientras el asunto esté pendiente de resolución judicial,
simultáneamente, las partes mantengan negociaciones directas, que
puedan poner fin al litigio en forma anticipada;626 en realidad, el

621
Por ejemplo, la negociación de los Tratados del Canal de Panamá.
622
Por ejemplo, en distintos momentos, el conflicto entre Israel y Palestina, por
los territorios ocupados.
623
En el caso del Esequibo, en su carta a las partes del 15 de diciembre de 2016,
el Secretario General de la ONU planteo que, en el mandato de su nuevo
representante personal, a la función de buen oficiante se agregarían elementos
de mediación. Tal vez, era innecesario decirlo.
624
Si el árbitro es un árbitro de Derecho, su principal diferencia con el arreglo
judicial sería que, en el primero, las partes elijen al juez y, eventualmente,
establecen el procedimiento a seguir. Pero, en el arreglo judicial, las partes
también pueden elegir el tribunal, incluso en la Corte Internacional de Justicia,
cuando acuerdan que la controversia sea conocida por una sala.
625
Por ejemplo, el conflicto por las islas del Canal de Beagle, entre Argentina y
Chile, en el que, luego de negociaciones directas, las partes recurrieron al
arbitraje y, seguidamente, a la mediación papal.
626
Cfr., por ejemplo, International Court of Justice, Case Concerning Trial of
Pakistani prisoners of War (Pakistan v. India), Order of 15 December 1973;
Case Concerning Certain Phosphate Lands in Nauru (Nauru v. Australia),
Order of 13 September 1993; Case Concerning the Aerial Incident of 3 July
1988 (Islamic Republic of Iran v. United States of America), Order of 22
February 1996; Case Concerning Questions of Interpretation and Application
of the 1971 Montreal Convention Arising from the Aerial Incident at
Lockerbie (Libyan Arab Jamahiriya v. United States of America), Order of 10
September 2003; Case Concerning Questions of Interpretation and
Application of the 1971 Montreal Convention Arising from the Aerial Incident
at Lockerbie (Libyan Arab Jamahiriya v. United Kingdom), Order of 10

285
someter un caso a la Corte Internacional de Justicia, aun a riesgo de
que éste pueda ser desestimado, por falta de jurisdicción o por otras
causas, o que una sentencia favorable no sea acatada, puede ser
también una forma de negociar.627 Además, es posible que, como
consecuencia de alguna negociación, o por otras razones que lo
llevan a reconsiderar su posición jurídica, el demandante desista de
seguir adelante con su caso.628
La investigación, o los buenos oficios, por sí solos, no son
suficientes para resolver una controversia; ellos son un medio
auxiliar para avanzar en la solución de la controversia, esclareciendo
los hechos o facilitando el diálogo entre las partes; pero, para poner
fin al conflicto, habrá que recurrir a otros medios, que tengan la
capacidad de dar una respuesta duradera. 629 Si las partes en la
controversia mantienen relaciones fluidas entre ellas, no tiene sentido
recurrir a los buenos oficios de un tercero, que tendrá un papel
sumamente limitado en el manejo del conflicto, y que, más bien,
podría generar suspicacias entre las partes. Las negociaciones
directas les otorgan a las partes pleno control sobre lo que pueda
llegar a acordarse, pero tienen el inconveniente de que cualquier

September 2003; y Case Concerning Aerial Herbicide Spraying (Ecuador v.


Colombia), Order of 13 September 2013.
627
Cfr., por ejemplo, International Court of Justice, Case Concerning United
States Diplomatic and Consular Staff in Tehran (United States of America v.
Iran), Judgment of 24 May 1980. Después de dictada la sentencia, el gobierno
de Estados Unidos inform a la Corte que el 19 de enero de 1981, en Argelia,
había llegado a un acuerdo con Irán para resolver la crisis surgida de la
detención de 52 nacionales de los Estados Unidos y de las reparaciones
pertinentes. Estados Unidos informó a la Corte que sus nacionales ya había
salido de Irán, y que pronto retiraría las reclamaciones pendientes en la Corte.
Cfr. Case Concerning United States Diplomatic and Consular Staff in Tehran
(United States of America v. Iran), Order of 12 May 1981.
628
Cfr. por ejemplo, International Court of Justice, Status vis-à-vis the Host State
of a Diplomatic Envoy to the United Nations (Commonwealth of Dominica v.
Switzerland), Order of 9 june 2006; Certain Questions Concerning
Diplomatic Relations (Honduras v. Brazil), Order of 12 may 2010; Case
Concerning Certain Criminal Proceedings in France (Republic of the Congo
v. France), Order of 16 November 2010; y Questions Relating to the Seizure
and Detention of Certain Documents and Data (Timor-Leste v. Australia),
Order of 11 June 2015.
629
Negociaciones que conduzcan a la conclusión de un tratado (o a un
compromiso arbitral, o a un compromiso para someter el caso a un tribunal
internacional), una mediación capaz de producir el mismo resultado, el laudo
dictado por el tribunal arbitral, o la sentencia de un tribunal internacional.

286
solución depende de la voluntad común de las partes, y basta que una
parte no quiera para que nunca se produzca dicho acuerdo, 630 sobre
todo, si una tiene más poder que otra, o si una de ellas no tiene ningún
incentivo para negociar y cambiar un statu quo que le resulta
conveniente. Por otra parte, el recurso a organismos regionales, para
intentar los mismos medios antes referidos, sólo funciona cuando las
partes en una controversia son miembros de una misma alianza
regional, y no de alianzas diferentes, como demostraron la OEA y la
OTAN, en el caso de Las Malvinas; además, incluso en el caso de
Estados miembros de un mismo organismo regional, cuando hay un
marcado desequilibrio entre las partes, puede que aquel no merezca
la confianza de una de ellas, y ésta prefiera recurrir al Consejo de
Seguridad de la ONU.631
Como quiera que sea, el artículo 33 de la Carta de la ONU no se
puede interpretar en forma rígida, sin tener en cuenta su propósito, y
asumiendo que todos los medios de solución de controversias que allí
se enuncian son apropiados para resolver cualquier controversia. Si
las opciones son tantas (unas muy elementales y otras más
sofisticadas), no es porque tengamos absoluta libertad para escoger
entre ellas; es porque cada caso es diferente, y porque la medicina
que resulta indicada para el tratamiento de una enfermedad, no
siempre es apropiada para otra.
C. La función del artículo IV.2 del Acuerdo de Ginebra
Esta disposición se refiere a la forma de seleccionar el
mecanismo de solución de la controversia fronteriza entre Guyana y
Venezuela. Según Venezuela, de acuerdo al Estatuto de la Corte, el
artículo IV, párrafo 2, del Acuerdo de Ginebra, no es una base
suficiente para conferirle competencia al Tribunal; en su criterio, éste
no refleja una manifestación clara e inequívoca de la voluntad de las
partes de someterse a su jurisdicción. Venezuela sostiene que, en el
630
El caso del esequibo es, precisamente, un ejemplo de este tipo porque,
independientemente de los buenos oficios de un representante del Secretario
General de la ONU, desde 1962 (primero con Inglaterra y, a partir de la
independencia de Guyana, directamente con ésta), ha habido un constante
proceso de negociación entre las partes, que -excepto por el Acuerdo de
Ginebra (que no es poca cosa)- no ha conducido a nada.
631
Por ejemplo, en junio de 1954, el gobierno de Guatemala, presidido por
Jacobo Arbenz, en vez de ir a la OEA, prefirió recurrir al Consejo de
Seguridad para repeler lo que él consideraba una agresión internacional. La
historia se iba a repetir, en 1960 y 1961, con el caso de Cuba.

287
presente caso, no hay una base específica para la competencia de la
Corte, y que lo invocado por Guyana es la comunicación del
Secretario General de la ONU, del 30 de enero de 2018, basada, a la
vez, en una interpretación muy amplia del artículo IV, párrafo 2, del
Acuerdo de Ginebra.632
De acuerdo con el memorándum de Venezuela, ésta alega que
Guyana interpreta la última parte del párrafo 2 del artículo IV del
Acuerdo de Ginebra como si allí estuviera implícita una cláusula de
arbitraje, que puede ser activada por el Secretario General de la ONU
cuando él lo considere conveniente, permitiéndole a una de las partes
inferir, de esa decisión, el fundamento legal para la jurisdicción de la
Corte, e iniciar unilateralmente el procedimiento ante ella. Según
Venezuela, esta interpretación es abusiva y debe ser rechazada, pues
considera que la disposición antes citada no le confiere al Secretario
General de la ONU la prerrogativa alegada por Guyana; en su
opinión, la elección de la Corte Internacional de Justicia como el
medio de solución pacífica de la controversia no puede confundirse
con el tema de su competencia.633 Venezuela afirma que ni el artículo
IV, párrafo 2, ni ninguna otra disposición del Acuerdo de Ginebra
indica que ella haya consentido en conferirle al Secretario General de
la ONU la facultad, sin precedentes, de decidir, de manera vinculante,
la posibilidad de someter unilateralmente su disputa con Guyana a la
Corte Internacional de Justicia, ni de conferir a una de las partes el
derecho a demandar a Venezuela. Según su criterio, la elección del
medio al que las partes deberán recurrir no es, por sí solo, suficiente
para conferir una competencia no consentida a ningún Tribunal. A
juicio de Venezuela, si Guyana estuviera en lo correcto, eso
significaría que el Secretario General de la ONU podría elegir
cualquier tribunal, y que esa elección sería suficiente para conferirle
competencia, independientemente de las reglas que rijan su
jurisdicción.634 Sobre esta última hipótesis sugerida por Venezuela,
demás está subrayar que, en el presente caso, el Secretario General
no ha escogido a cualquier tribunal, sino a la Corte Internacional de
Justicia, que es, según el artículo 94 de la Carta de la ONU, “el órgano
judicial principal de las Naciones Unidas”. Además, tampoco se
puede pasar por alto que, en los términos del artículo 33 de la Carta

632
Cfr. los párrafos 80 y 81 del Memorándum de Venezuela, presentado a la
Corte el 28 de noviembre de 2019.
633
Cfr. ibid., párrafos 92 y 93.
634
Cfr. ibid., párrafo 94.

288
de la ONU, el Secretario General podía haber elegido el arbitraje del
tribunal que él considerara apropiado. La interpretación que sugiere
Venezuela del artículo IV, párrafo 2, del Acuerdo de Ginebra, lo
despoja de todo efecto útil, de manera incompatible con el objeto y
fin del tratado.
Guyana no alega que la Carta del Secretario General de la ONU
escogiendo el recurso a la Corte sea base suficiente para que ésta
adquiera competencia; Guyana invoca el artículo IV, párrafo 2, del
Acuerdo de Ginebra, leído en conjunción con dicha carta. Pero, según
Venezuela, sería verdaderamente sorprendente que, con relación a la
demanda presentada por Guyana, la Corte considerara que, con la
mera firma del Acuerdo de Ginebra, Venezuela hubiera expresado su
consentimiento inequívoco de conferirle competencia a la Corte (al
igual que a cualquier otro tribunal escogido por el Secretario
General); para Venezuela, sería igualmente sorprendente que, con la
sola firma del Acuerdo de Ginebra y sin un convenio especial,
hubiera aceptado que esta controversia se pudiera someter
unilateralmente a la Corte. Según Venezuela, el artículo IV, párrafo
2, del Acuerdo de Ginebra no menciona a la Corte, no se refiere al
consentimiento para que la Corte ejerza su jurisdicción en este caso,
y no permite una demanda unilateral a la Corte. 635 Según Venezuela,
el Acuerdo de Ginebra no constituye un “acuerdo” en el sentido del
artículo 36, párrafo 1, del Estatuto de la Corte; el efecto del Acuerdo
de Ginebra es permitir al Secretario General de la ONU que decida
qué medio de arreglo pacífico será usado, pero no le confiere
competencia a la Corte; no es un acuerdo auto suficiente en relación
con la competencia de la Corte. Refiriéndose a la carta del 30 de
enero de 2018, Venezuela sostiene que, en ella, el Secretario General
de la ONU sólo habría señalado “el medio a ser usado para la solución
de la controversia”; pero, para que se materialice esa elección, se
necesita cumplir con el Estatuto de la Corte, celebrando un acuerdo
especial.636 En estos puntos, la interpretación de Venezuela no parece
compatible con el tenor literal del artículo IV, párrafo 2, del Acuerdo
de Ginebra, no corresponde al objeto y fin del Tratado, que es
resolver la controversia, y no se aviene a los trabajos preparatorios
del Tratado. El artículo IV, párrafo 2, del Acuerdo de Ginebra ni
siquiera menciona a la Corte Internacional de Justicia, como tampoco

635
Cfr. el Memorándum de Venezuela, presentado a la Corte el 28 de noviembre
de 2019, párrafo 96.
636
Cfr. ibid., párrafo 6.

289
menciona la mediación, el recurso al Consejo Permanente de la OEA,
o el arbitraje, ni los buenos oficios a que se recurrió previamente en
esta disputa; porque así lo quisieron las partes en el Tratado, a esta
disposición le ha bastado con referirse, genéricamente, a los medios
de solución pacífica previstos en el artículo 33 de la Carta de la ONU,
entre los cuales se indica “el arreglo judicial”. Según relata Marcos
Falcón Briceño, uno de los protagonistas en las negociaciones del
Acuerdo de Ginebra, durante las negociaciones en Ginebra, “la
delegación venezolana propuso llevar el asunto al arbitraje o a la
Corte Internacional de Justicia. Los ingleses dijeron que no, pero en
el curso de la conversación convinieron en resolver el asunto por los
medios pacíficos que señala la Carta de las Naciones Unidas en su
artículo 33,”637 el cual incluye el arreglo judicial.
Según afirma Venezuela, hay una diferencia sustancial entre el
artículo IV, párrafo 2, del Acuerdo de Ginebra y las cláusulas
compromisorias mediante las que los Estados aceptan recurrir a la
Corte, por lo que el primero no figura en la lista de los tratados con
cláusulas compromisorias publicada por la Corte, en las que se
permite recurrir unilateralmente ante ella. 638 Incluso si Guyana
estuviera en lo correcto en la interpretación del artículo IV, párrafo
2, del Acuerdo de Ginebra como una cláusula compromisoria,
confiriéndole competencia a la Corte, Venezuela afirma que dicha
disposición no indica que la competencia de la Corte pueda activarse
mediante una demanda unilateral, como permiten algunas cláusulas
compromisorias, y que, en ausencia de una especificación en
contrario, se presume que hay necesidad de un acuerdo conjunto para
referir el caso a la Corte.639 Venezuela está sugiriendo que habría una
norma general de Derecho Internacional, derivada de la práctica de
los Estados de indicar que, en caso de un convenio especial, sólo se
puede recurrir a la Corte mediante una presentación conjunta y que,
si los Estados desean apartarse de esta regla general y permitir una
demanda unilateral, deben decirlo expresamente. El problema con
ese razonamiento es que podría ser justo a la inversa; es decir, siendo
una costumbre jurídica que, en caso de convenio especial o de
637
Cfr. Marcos Falcón Briceño, Orígenes de la actual reclamación de la
Guayana Esequiba (Ciclo de conferencias de las Academias Nacional de la
Historia y de Ciencias Políticas y Sociales), Academia de Ciencias Políticas y
Sociales, Caracas, 2008, p. 75.
638
Cfr. los párrafos 100 y 102 del Memorándum de Venezuela, presentado a la
Corte el 28 de noviembre de 2019.
639
Cfr. ibid., párrafo 8.

290
cláusula compromisoria, cualquiera de las partes puede someter el
caso unilateralmente a la Corte, cada vez que los Estados desean
apartarse de esa regla, lo han dicho expresamente pues, de lo
contrario, se aplicaría la regla general. 640 Habrá que probar cuál es la
regla general, y cuál es la excepción.
Se ha afirmado que una cosa es aceptar el arreglo judicial como
un medio de solución posible, y otra distinta es dar el consentimiento
para que la Corte pueda conocer de la controversia; se trataría de dos
consentimientos diferentes y ambos, especialmente el segundo,
serían imprescindibles.641 Pero el artículo IV, párrafo 2, del Acuerdo
de Ginebra no contempla, como una mera especulación, que el
Secretario General de la ONU pudiera “sugerir” el arreglo judicial,
como forma de resolver esta controversia; este cláusula no está
incorporada en una declaración política, como una posibilidad a
considerar en el futuro, o como lo que debería ser, sino como un
compromiso jurídico cierto, que forma parte de un tratado. Lo que sí
se puede decir es que la Corte deberá pronunciarse sobre el alcance
de ese compromiso.
Ateniéndonos a la tesis de Venezuela, sólo una aceptación clara
y explicita de la competencia de la Corte podría conferir a ésta
jurisdicción para conocer de la demanda de Guyana, lo cual
Venezuela no ha hecho, ni hará, descartando también, la posibilidad
del forum prorrogatum.642 Queda, por la tanto, a la Corte, que es
maestra de su propia competencia, decidir cuál es la interpretación
correcta del artículo IV, párrafo 2, del Acuerdo de Ginebra. Por de
pronto, aunque ciertamente éste no es el caso, en un asunto que tenía
que ver con la interpretación de una cláusula compromisoria, la Corte
Permanente de Justicia Internacional sostuvo que su labor no podía

640
Cfr., en este sentido, Richard Baxter, Treaties and Custom, en Recueil des
Cours, Collected courses of The Hague Academy of International Law, tomo
129 (1970), pp. 27-105.
641
Cfr. Jorge Cardona, Ausencia de competencia de la CIJ para conocer de la
controversia, ponencia presentada en el foro organizado por la Universidad
Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC) de Lima, la Universidad Católica
Andrés Bello (UCAB), de Caracas, y el American College, de Managua,
celebrado el 14 de agosto 2020, sobre La controversia entre Venezuela y
Guyana en la Corte Internacional de Justicia (CIJ) Fase preliminar, párrafo
20 de la ponencia.
642
Cfr. el párrafo 103 del Memorándum de Venezuela, presentado a la Corte el
28 de noviembre de 2019.

291
ser obstaculizada “por un mero defecto de forma”; 643 asimismo, en el
caso de la Plataforma Continental del Mar Egeo, la Corte no tuvo
inconveniente en examinar si un comunicado conjunto (sin siquiera
una firma, o una media firma), presentado en una conferencia de
prensa por los primeros ministros de Grecia y Turquía, tenía carácter
vinculante, y si constituía un compromiso para someter dicho caso a
la Corte Internacional de Justicia; si lo rechazó, no fue por la forma,
sino porque el lenguaje empleado no indicaba, de manera
suficientemente precisa, la voluntad de las partes de someter dicho
asunto a la Corte.644 En cuanto a la forma, el tribunal expreso que no
conocía de ninguna regla de Derecho Internacional que impidiera que
un comunicado conjunto fuera el compromiso para someter un caso
a la Corte; según su criterio, lo que realmente importaba eran los
términos del comunicado y las circunstancias particulares en que éste
fue elaborado.645 Por supuesto, habría que agregar que también
importan el objeto y el fin del tratado.
La Corte se refirió a las formalidades de la aceptación de su
competencia en el caso del estrecho de Corfú. En dicha ocasión,
habiendo una recomendación del Consejo de Seguridad para someter
el caso a la Corte, mediante una carta del 2 de julio de 1947 dirigida
a la Corte, Albania alegó que, de acuerdo al Estatuto de la Corte y al
Derecho Internacional general, el Reino Unido no estaba facultado
para someter esta disputa a la Corte, mediante una demanda
unilateral. Albania consideraba que, de acuerdo a los términos de la
recomendación del Consejo de Seguridad, antes de llevar el caso a la
Corte, debería haber alcanzado un compromiso en relación con las
condiciones en que, ambas partes, someterían dicha disputa a la
Corte. Albania sostuvo que el Reino Unido no procedió de
conformidad con la recomendación del Consejo de Seguridad, el
Estatuto de la Corte, o los principios de Derecho Internacional
reconocidos. Sin embargo, a pesar de esta irregularidad, Albania

643
Permanent Court of International Justice, German interest in Polish Upper
Silesia and the Factory at Chorzów (Jurisdiction), August 25, 1925.
Reproducido en Manley O. Hudson, World Court Reports, A Collection of the
Judgments, orders and opinions of the Permanent Court of International
Justice, Oceana publications, Inc., Dobbs Ferry, New York, 1969, vol. I, pp.
482-500. La cita corresponde a la página 490.
644
Cfr. International Court of Justice, Aegean Sea Continental Shelf Case,
Greece v. Turkey, Jurisdiction of the Court, Judgment of 19 December 1978,
párrafos 1, 12, y 94.
645
Cfr. ibid., párrafo 96.

292
manifestó -en dicha carta- su disposición a comparecer ante la Corte,
sin que ello pudiera invocarse como un precedente para el futuro. 646
Al parecer, Albania tuvo segundos pensamientos, pues luego alegó
que sólo aceptaba la recomendación del Consejo de Seguridad, sujeta
al Estatuto de la Corte, y objetó la admisibilidad de la demanda. 647
Sin embargo, la Corte observó que, si bien es el consentimiento de
las partes el que le confiere competencia a aquella, ni el Estatuto ni
el Reglamento de la Corte requieren que este consentimiento sea
expresado de una forma específica; al presentar su demanda, el Reino
Unido le dio a Albania la oportunidad de aceptar la competencia de
la Corte, lo cual Albania hizo, mediante su carta del 2 de julio de
1947. Según la Corte, no hay nada que impida que la aceptación de
la competencia de la Corte se produzca -como en ese caso- mediante
dos actos sucesivos (la demanda del Reino Unido y la Carta de
Albania a la Corte), en vez de un compromiso especial. La
recomendación del Consejo de Seguridad indicaba que el caso
debería someterse a la Corte como resultado de la acción de ambas
partes, pero no especificaba que tal acción debía ser conjunta;
además, como la forma de someter un caso a la Corte está regulada
por los textos que la rigen, la Corte no podía declarar que era irregular
un procedimiento que no está prohibido por ninguna disposición. 648
El artículo IV del Acuerdo de Ginebra diseña los pasos y los
medios para llegar a una solución de la controversia. El párrafo 1
contempla las negociaciones a través de una Comisión Mixta, que
tenía un plazo para llegar a un acuerdo; si eso no ocurría, o si la
Comisión Mixta no llegaba a un acuerdo pleno, los Gobiernos de
ambos Estados escogerían un medio de solución pacífica de la
controversia. El párrafo 2 partía de la base del fracaso de las fórmulas
previstas en el párrafo 1. En esta hipótesis, las partes referirían la
elección del medio a un órgano internacional apropiado, elegido de
común acuerdo por las partes; si las partes no lograban ponerse de
acuerdo en la elección de ese órgano internacional apropiado, las
partes facultaban al Secretario General de la ONU para que escogiera
el medio de solución pacífica de la controversia. Eso es lo que
acordaron las partes. Pero la interpretación que hace Venezuela del
artículo IV, párrafo 2, sostiene que cualquier medio escogido por el

646
Cfr. International Court of Justice, The Corfu Channel Case (Preliminary
objection), Judgment of March 25h, 1948, pp. 7 y s.
647
Cfr. Ibid., pp. 14 y s.
648
Cfr. Ibid., pp. 16 y s.

293
Secretario General de la ONU debe ser aceptado por ambas partes en
la controversia y que, en el caso de que el mecanismo elegido sea el
recurso a la Corte Internacional de Justicia, es indispensable un
convenio especial para remitir el caso a la Corte. De ser así, cabe
preguntarse, ¿para qué referir a un tercero la elección de un medio
que, de todos modos, tendrá que ser aprobado por las partes? Si esa
fuera la interpretación correcta del artículo IV, párrafo 2, después del
fracaso de la Comisión Mixta, las partes hubieran seguido adelante
con las negociaciones directas para escoger otro mecanismo; pero lo
que activa esta disposición es, precisamente, la inhabilidad de las
partes para ponerse de acuerdo en un medio de solución pacífica. Si
la elección del medio depende enteramente de las partes, ¿para qué
se necesita el Acuerdo de Ginebra? Si las partes son libres de aceptar
o rechazar el medio escogido por el Secretario General de la ONU,
¿para qué perder el tiempo en un trámite que depende enteramente de
la voluntad de las partes? Venezuela tiene argumentos más sólidos
que eso, y no necesita recurrir a fuegos artificiales, que se desvanecen
con el humo. Además de su falta de lógica, la tesis de la cancillería
venezolana se aparta sensiblemente de las reglas de interpretación de
los tratados, no es compatible con los trabajos preparatorios del
Acuerdo de Ginebra, es contraria a su objeto y fin, despoja al artículo
IV, párrafo 2, de todo efecto práctico, y lo vuelve irrelevante. 649 No
es razonable asumir que al Secretario General de la ONU se le
encomendó el triste papel de limitarse a señalar a las partes, en forma
sucesiva, los medios de solución de controversias que indica el
artículo 33 de la Carta de la ONU, como un mero apuntador, y como
si nadie más supiera leer. En este sentido, la Corte Permanente de
Justicia Internacional observó que, sin violentar sus términos, las
cláusulas de un compromiso arbitral deben interpretarse de manera
que tengan sus efectos apropiados.650

649
Cfr. International Court of Justice, Legal Consequences for States of the
Continued Presence of South Africa in Namibia (South West Africa)
Notwithstanding Security Council Resolution 276 (1970), Advisory opinion
of 21 June 1971, párrafo 66.
650
Cfr. Permanent Court of International Justice, Case of Free Zones of Upper
Savoy and the District of Gex (Second Phase), Order, August 19, 1929,
reproducido en Manley O. Hudson, World Court Reports, A Collection of the
Judgments, orders and opinions of the Permanent Court of International
Justice, Oceana publications, Inc., Dobbs Ferry, New York, 1969, vol. II, pp.
454-466. La cita corresponde a la página 460.

294
D. Las cuestiones no cubiertas por el Acuerdo de
Ginebra
Si el Acuerdo de Ginebra es la base del consentimiento para
recurrir a la Corte, la demanda de Guyana contiene elementos que no
están previstos en dicho Acuerdo. En particular, la demanda se refiere
a supuestos incidentes armados, violaciones de la soberanía e
integridad territorial de Guyana, incluyendo incursiones y
sobrevuelos sobre su territorio.651 De ser ciertos, estos hechos no
están cubiertos por los términos del Acuerdo de Ginebra y escaparían
a la competencia de la Corte; no es evidente que, en el Acuerdo de
Ginebra, aunque sólo sea implícitamente, Venezuela haya aceptado
someterse a la competencia de la CIJ para examinar y resolver tales
asuntos.
Según Guyana, Venezuela habría tomado, o amenazado con
tomar, acciones que interfieren con su desarrollo económico, que
desalientan e impiden actividades autorizadas por Guyana en el
territorio situado al oeste del río Esequibo; según la demanda,
reiteradamente, Venezuela habría evitado que los inversores
extranjeros llevaran a cabo proyectos en territorio de Guyana y en su
zona marítima adyacente, y ha amenazado con tomar acciones
similares adicionales.652 En los términos del artículo V, párrafo 1, del
Acuerdo de Ginebra, nada de lo contenido en éste puede ser
interpretado como una renuncia o disminución por parte de
Venezuela, el Reino Unido o la Guayana Británica de sus respectivas
reclamaciones de soberanía territorial, o de cualquier derechos que
hubiesen hecho valer previamente, o prejuzgando su posición con
respecto al reconocimiento de sus derechos sobre la soberanía del
territorio en disputa. Además, el párrafo 2 del artículo V dispone que
ningún acto o actividad que se lleve a cabo mientras se halle en
vigencia este Acuerdo constituirá fundamento para hacer valer,
apoyar o negar una reclamación de soberanía territorial en los
territorios de Venezuela o Guyana, ni para crear derechos de
soberanía en dichos territorios, excepto en cuanto tales actos o
actividades sean resultado de cualquier convenio logrado por la
Comisión Mixta y aceptado por escrito por los Gobiernos de
Venezuela y Guyana. Por lo tanto, esta parte de la demanda parece
ser incompatible con el tenor literal del artículo V, párrafo 2, del

651
Cfr. párrafos 50 al 52 de la demanda.
652
Cfr. párrafo 53 de la demanda.

295
Acuerdo de Ginebra, que dispone que, mientras no se resuelva la
controversia, no se reconoce ningún derecho a las partes en disputa,
y somete cualquier actividad en el territorio en reclamación al
acuerdo de la Comisión Mixta (que ya cesó en sus actividades) o, en
una interpretación extensiva de esta disposición, al acuerdo de los
gobiernos de Venezuela y Guyana. De manera que, suponiendo que
la Corte tenga competencia para conocer del caso como tal, ella no
podría admitir la demanda de Guyana en su integridad, para decidir
sobre asuntos que no están previstos en el Acuerdo de Ginebra, que
es el que se invoca como la base de su competencia.
3. La admisibilidad de la demanda
Además de alegar la incompetencia de la Corte, Venezuela
presenta argumentos que, sin que ella los califique como tales,
configuran objeciones a la admisibilidad de la demanda. A la inversa,
algunas alegaciones de inadmisibilidad de la demanda pueden ser
interpretadas como cuestiones de competencia.
En el caso de las actividades militares y paramilitares en y en
contra de Nicaragua, Estados Unidos alegó que la demanda era
inadmisible por cinco razones diferentes, cada una de las cuales era
suficiente para declarar su inadmisibilidad, ya sea porque existía una
barrera para que pudiera ser sometida a arreglo judicial, o por tratarse
de un asunto que requería “el ejercicio de una discreción prudencial
en aras de la integridad de la función judicial”. La Corte observó que,
en realidad, algunas de estas objeciones habían sido presentadas en
términos que sugerían asuntos de competencia, o de jurisdicción, más
que cuestiones de admisibilidad; pero, a juicio de la Corte, la forma
como ellas se clasificaran no parecía ser una cuestión de importancia
crítica.653
Venezuela sugiere que la demanda no sería admisible, ya sea
porque, según la interpretación que Venezuela hace del artículo IV
del Acuerdo de Ginebra: a) no se han agotado todos los mecanismos
de solución pacífica de controversias previstos en el artículo 33 de la
Carta de las Naciones Unidas, en el orden indicado por dicha
disposición, o b) porque el recurso a la Corte Internacional de Justicia
tenía que ser previamente convenido por las partes, o c) porque el
653
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Military and
Paramilitary Activities in and against Nicaragua (Nicaragua v. United States
of America), Jurisdiction of the court and admissibility of the application,
Judgment of 26 November 1984, párrafo 84.

296
Secretario General de la ONU no estaba autorizado para escoger el
recurso a la Corte Internacional de Justicia sin el mutuo
consentimiento de las partes, o d) porque una “recomendación” del
Secretario General de remitir el caso a la Corte rebasaría los límites
del Acuerdo de Ginebra en el desempeño de sus funciones.654
Algunas de estas objeciones (la necesidad de un convenio especial,
las atribuciones del Secretario General de la ONU, y la naturaleza de
la decisión del Secretario General) ya han sido examinadas, como
cuestiones de competencia, por lo que no volveremos a comentarlas.
Adicionalmente, en el párrafo 99 del memorándum del 29 de
noviembre de 2019, Venezuela sostiene que, de acuerdo con la
Constitución de Venezuela, la celebración de un acuerdo especial
confiriéndole competencia a la Corte, siendo un tratado que delegaría
una decisión sobre la soberanía territorial a una tercera parte, tendría
que ser aprobada por un referéndum, lo cual no ha ocurrido. 655
A. La libre elección de los medios
Teniéndolo como un principio bien establecido, 656 consagrado,
además, en la última parte del artículo 33, párrafo 1, de la Carta de la
ONU, Venezuela insiste en la libre elección de los medios. Venezuela
sostiene que ella no ha aceptado la competencia de la Corte y, por lo
tanto, se estaría violando este principio; Venezuela no ha hecho una
declaración general aceptando la competencia de la Corte, no ha
suscrito un tratado de arreglo de controversias en que haya aceptado
someterse a la misma y, según su criterio, tampoco ha celebrado un
convenio especial que incluya una cláusula compromisoria, o que
permita someter a la Corte una controversia específica. Por supuesto,
eso dependerá de la interpretación que haga la Corte del artículo IV,
párrafo 2, del Acuerdo de Ginebra. Tal vez no pueda descartarse que

654
Venezuela hizo observaciones que cuestionan la admisibilidad de la demanda.
655
Cfr. el párrafo 99 del memorándum del 29 de noviembre de 2019.
656
En este sentido, en el asunto de Carelia Oriental, la Corte Permanente de
Justicia Internacional señaló que está bien establecido que ningún Estado
puede ser obligado a someter sus controversias con otros Estados a la
mediación, al arbitraje, o a cualquier otro proceso de solución pacífica sin su
consentimiento. Cfr. Permanent Court of International Justice, Status of
Eastern Carelia, Reply of the Court to a request for advisory opinion, July 23,
1923. Reproducido en Manley O. Hudson, World Court Reports, A Collection
of the Judgments, orders and opinions of the Permanent Court of
International Justice, Oceana publications, Inc., Dobbs Ferry, New York,
1969, vol. I, pp. 191-206. La cita corresponde a la página 204.

297
dos o más Estados hayan realizado previamente esa elección, o que
hayan aceptado de antemano que, si se dan ciertas circunstancias
operativas (como, por ejemplo, el fracaso de las negociaciones
directas, la infructuosa intervención de un tercero, la falta de acuerdo
entre las partes para elegir otro medio de solución pacífica, o el
vencimiento de un plazo estipulado para resolver la controversia), y
si se ha previsto un mecanismo vinculante para elegir otro medio de
solución de la controversia, la Corte sea competente para conocer de
un caso específico. Tal vez no pueda descartarse que, en alguna de
esas hipótesis, las partes hayan delegado la elección del medio en un
tercero. Pero, si ese es el caso, eso le corresponde decidirlo a la Corte.
B. El agotamiento sucesivo de los medios de solución
pacífica
Según Venezuela, el artículo IV, párrafo 2, del Acuerdo de
Ginebra, requiere recurrir “sucesivamente”, esto es, en el orden en
que ellos están señalados por el artículo 33 de la Carta de la ONU,
todos los mecanismos de solución pacífica de controversias referidos
en dicha disposición; en opinión de quienes tienen la representación
de Venezuela, los “principios de gradualidad y progresividad”, que
deben guiar el arreglo de disputas territoriales, están recogidos en el
artículo IV, párrafo 2, del Acuerdo de Ginebra, y ellos no habrían
sido observados en este caso, siguiendo “la secuencia natural y
progresiva” que indica el artículo IV, párrafo 2. 657
Esta particular interpretación de los artículos IV, párrafo 2, del
Acuerdo de Ginebra y 33 de la Carta de la ONU requiere de mucha
agudeza para comprenderla, y de mucha voluntad para compartirla.
Queda por saber si los jueces de la Corte tendrán la perspicacia para
percibir, en el texto de la disposición que comentamos, una
“secuencia natural y progresiva” de los medios de solución pacífica
previstos en el artículo 33 de la Carta de la ONU, o la aplicación de
“principios de gradualidad y progresividad”, que tampoco son
mencionados por el artículo IV, párrafo 2, del Acuerdo de Ginebra;
allí no se establece un orden de prelación entre unos medios y otros,
sino que, repetidamente, el artículo IV, párrafo 2, establece que, o los
gobiernos de Venezuela y Guyana elegirán el medio de solución que
les parezca aceptable, o un órgano internacional apropiado (elegido
por ambas partes) o, de no haber acuerdo en cuanto a éste, el
657
Cfr. los párrafos 71, 73, 74, y 79 del memorándum del 29 de noviembre de
2019.

298
Secretario General de la ONU escogerá uno de los medios previstos
en el artículo 33 de la Carta de la ONU. Si hubiera un orden
preestablecido en la utilización de los medios de solución pacífica de
controversias, nadie tendría que escoger nada, y tampoco tendría
mucho sentido que, después de una lista que sólo tiene carácter
enunciativo, el artículo 33 de la Carta hiciera referencia a la libre
elección de los medios. El artículo 33 es el complemento lógico y
necesario del artículo 2, párrafo, 4, de la Carta de la ONU, que
prohíbe a los Estados miembros de la ONU recurrir a la amenaza o
al uso de la fuerza, proporcionándoles una amplia gama de
alternativas para la solución pacífica de sus conflictos; pero no le
ordena a los Estados tener que preferir a unos medios sobre otros, y
en un orden preestablecido.
No hay, en el artículo 33 de la Carta de la ONU, esa “secuencia
natural y progresiva” de los medios de solución pacífica de
controversias, como se sostiene en el memorándum de Venezuela; ni
en forma expresa o implícita, esa secuencia se desprenda de dicha
norma. El artículo 33 de la Carta no reproduce una “secuencia
natural y progresiva” de los medios de solución pacífica, su lista no
es taxativa (por ejemplo, como admite Venezuela, el artículo 33 no
incluye expresamente los buenos oficios), y no está estructurado de
manera que sugiera la aplicación de “principios de gradualidad y
progresividad”. Se menciona, en primer lugar, la negociación, que
está bajo el control exclusivo y directo de las partes, para pasar a
medios diplomáticos que requieren la intervención de terceros, pero
que no conducen a una solución vinculante (la investigación, la
mediación, y la conciliación), sigue con medios jurisdiccionales,
cuya solución es de obligatorio cumplimiento (el arbitraje y el arreglo
judicial), vuelve a medios políticos o diplomáticos (el recurso a
organismos o acuerdos regionales), y pasa a una categoría residual de
“otros medios pacíficos de su elección” (obviamente no
jurisdiccionales, pues estos ya se habrían agotado con el arbitraje y
el arreglo judicial), en la que estarían incluidos los buenos oficios.
Esa relación de medios no corresponde a una “secuencia natural y
progresiva” de los medios de solución pacífica de controversias. Tal
vez, si las partes no han logrado llegar directamente a un acuerdo, lo
natural sería comenzar por la investigación, seguir con los buenos
oficios y la conciliación, avanzar a la negociación, y continuar con el
arbitraje o el arreglo judicial. La intervención de organismos
regionales, o del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas,
puede ocurrir en cualquier momento en que se vea amenazada la paz

299
y la seguridad internacionales; en este sentido, el artículo 34 de la
Carta de la ONU dispone que el Consejo de Seguridad podrá
investigar toda controversia, o toda situación susceptible de conducir
a fricción internacional o dar origen a una controversia, a fin de
determinar si la prolongación de tal controversia o situación puede
poner en peligro el mantenimiento de la paz y la seguridad
internacionales. Por su parte, el artículo 52, párrafo 2, de la Carta
establece que los Estados que sean miembros de acuerdos regionales
harán todos los esfuerzos posibles para lograr el arreglo pacífico de
las controversias de carácter local por medio de tales acuerdos u
organismos regionales antes de someterlas al Consejo de Seguridad.
Según el artículo 51 de la Carta, el Consejo de Seguridad tiene la
autoridad y la responsabilidad para ejercer, en cualquier momento, la
acción que estime necesaria con el fin de mantener o restablecer la
paz y la seguridad internacionales. Por otra parte, si un laudo arbitral
tiene carácter definitivo, no parece coherente que de allí se pueda
pasar al arreglo judicial o, incluso, a los buenos oficios.
La tesis de Venezuela, en cuanto al agotamiento sucesivo de los
medios de solución de controversias, encuentra cierto eco en el caso
Mavrommatis y las concesiones palestinas, en el que, como base
jurisdiccional, se había invocado el Mandato de Palestina, conferido
a Inglaterra por la Liga de Naciones, el 24 de julio de 1922. Según el
artículo 26 del Tratado antes mencionado, las potencias mandatarias
convenían en que, en caso de controversia entre ellos y cualquier otro
miembro de la Liga de Naciones, relativa a la interpretación o
aplicación de las disposiciones del mandato, esa disputa, “si no podía
ser resuelta por medio de negociaciones”, sería sometida a la Corte
Permanente de Justicia Internacional. El gobierno británico sostenía
que esta condición no se había cumplido. Según la Corte, el
verdadero valor de esta objeción radicaba en que la importancia y las
posibilidades de éxito de las negociaciones diplomáticas eran
relativas; las negociaciones no suponen, necesariamente, un proceso
más o menos largo; puede bastar con que haya comenzado una
discusión, la cual puede haber sido muy breve antes de llegar a un
punto muerto, o después de que una de las partes se rehúse a ceder, y
no haya dudas de que la disputa no se puede resolver por medio de
una negociación. Aunque la Corte entendió la importancia de esta
regla, como condición para someter un caso a la Corte, ella observó
que no podía ser indiferente a las opiniones de los Estados
involucrados, que estaban en mejor capacidad para juzgar las razones

300
políticas que podían impedir una solución negociada.658 Por lo tanto,
no había que insistir en un camino que, de antemano, estaba
condenado al fracaso. Pero el caso que nos ocupa es diferente, en
primer lugar, porque las partes se sometieron a la decisión de un
tercero en cuanto a la determinación del medio de solución, y, en
segundo lugar, porque aquí no está garantizado que el arreglo judicial
sea un mecanismo idóneo, o que vaya a conducir a una solución.
C. El agotamiento de “todos” los medios
De manera un tanto contradictoria con el punto primero, después
de afirmar que el medio a utilizar debe ser libremente escogido,
también sostiene que se deben agotar todos los medios indicados por
el artículo 33 de la Carta de la ONU.
Según su tesis de la secuencia gradual y progresiva de los
mecanismos de solución pacífica de controversias, la objeción de
Venezuela pone de relieve que, de acuerdo con el artículo IV, párrafo
2, del Acuerdo de Ginebra, si los medios escogidos no conducen a
una solución de la controversia, el Secretario General de la ONU,
escogerá otro de los medios estipulados en el artículo 33 de la Carta
de las Naciones Unidas, sucesivamente, hasta que la controversia
haya sido resuelta, o hasta que todos los medios de solución pacífica
contemplados en dicho artículo hayan sido agotados.659 Esta
interpretación no se ajusta al tenor literal del Acuerdo de Ginebra, y
no corresponde a su espíritu, que es resolver la controversia. Si
fracasa el medio escogido, el Secretario General deberá “escoger”
otro medio de la lista que ofrece el artículo 33 de la Carta de la ONU,
y no “aplicar” el siguiente en la lista. La disposición que comentamos
manda a “escoger” sucesivamente otro medio, hasta que la

658
Cfr. Permanente Court of International Justice, The Mavrommatis Palestine
Concessions (Greece v. Great Britain), Jurisdiction, Judgment of August 30,
1924. El texto puede encontrarse en Manley O. Hudson, World Court Reports,
A Collection of the Judgments, orders and opinions of the Permanent Court
of International Justice, Oceana publications, Inc., Dobbs Ferry, New York,
1969, vol. I, pp. 297-321. La cita corresponde a las pp. 302 a 304.
659
Cfr. los párrafos 66, 77, y 85 del memorándum del 29 de noviembre de 2019,
el párrafo 3 de la Carta del 25 de mayo de 2017, de la canciller de Venezuela,
Delcy Rodríguez, al Secretario General de la ONU, señor Antonio Guterres,
y la Carta de Delcy Rodríguez, siendo Ministro de Relaciones Exteriores de
Venezuela, al Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, del 7 de mayo
de 2017, reproducida parcialmente en el anexo del memorándum del 29 de
noviembre de 2019, p. 143.

301
controversia haya sido resuelta, y no hasta que, necesariamente, se
agoten todos los medios; en la frase hasta que la controversia haya
sido resuelta “o” hasta que todos los medios hayan sido agotados, la
conjunción “o” cumple una función que no se puede ignorar; es lo
uno “o” lo otro. Además, no tiene mucho sentido práctico exigir el
agotamiento estricto de todos los mecanismos de solución de
controversias, especialmente de los medios políticos o diplomáticos,
si ellos han demostrado ser manifiestamente inútiles y están, de
antemano, condenados al fracaso; por eso es que el Secretario
General de la ONU tiene la facultad de “escoger” el medio.
El argumento del agotamiento progresivo, y en cierto orden
determinado, de los medios de solución pacífica de controversias ya
había sido anticipado en el caso de las actividades militares y
paramilitares en y en contra de Nicaragua. En dicha ocasión, Estados
Unidos alegó que la demanda de Nicaragua debía declararse
inadmisible porque no se habían agotado los procesos establecidos
para la resolución de conflictos que ocurrían en Centroamérica, del
cual el proceso de Contadora era uno; según Estados Unidos, ese
proceso tenía objetivos que iban al núcleo de los reclamos planteados
por la demanda, y era un “acuerdo regional” en el sentido de la Carta
de la ONU, por lo que Nicaragua estaba obligada a hacer todo lo
posible para lograr una solución a través de dicho proceso. A juicio
de Estados Unidos, el agotamiento de esos procesos regionales, que
era una condición previa para remitir el caso al Consejo de Seguridad,
con mayor razón lo era respecto a la intervención de la Corte. Según
la objeción planteada por Estados Unidos, al ser incompatible con el
proceso de Contadora, la Corte debía declarar inadmisible la
demanda de Nicaragua, y abstenerse de entrar a conocer del fondo de
la misma.660 La Corte decidió que ni siquiera las negociaciones
directas entre las partes debían impedir que ella, o el Consejo de
Seguridad, pudieran ejercer sus funciones de conformidad con la
Carta de la ONU y con el Estatuto de la Corte; el Tribunal observó
que la negociación y el arreglo judicial se enumeran juntos en el
artículo 33 de la Carta de la ONU, como medios para el arreglo
pacífico de controversias, y recordó que su jurisprudencia ofrece

660
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning United States Diplomatic
and Consular Staff in Tehran (United States of America v. Iran), Judgment of
24 May 1980, párrafos 89 y ss., y Case Concerning Military and Paramilitary
Activities in and against Nicaragua (Nicaragua v. United States of America),
Jurisdiction of the court and admissibility of the application, Judgment of 26
November 1984, párrafo 102.

302
varios ejemplos de casos en que las negociaciones y el arreglo
judicial se han llevado a cabo pari passu.661 En este sentido, la Corte
recordó el caso de los prisioneros de guerra paquistaníes, en el que,
paralelamente a los procedimientos judiciales desarrollados ante ella,
se desarrollaron negociaciones que condujeron a la resolución de la
controversia, por lo que el caso fue archivado;662 según el Tribunal,
lo anterior demostraba que el desarrollo de negociaciones -o de
procedimientos paralelos- jurídicamente, no constituía un obstáculo
al ejercicio de la función judicial de la Corte. 663 Específicamente en
relación con el proceso de Contadora, la Corte señaló que éste no se
podía considerar un “acuerdo regional”, en el sentido del Capítulo VI
de la Carta de la ONU; además, la Corte afirmó que, en relación con
la solución de controversias y la competencia del Tribunal, todos los
acuerdos regionales, bilaterales o multilaterales, están sujetos a los
dispuesto por el artículo 103 de la Carta de la ONU, que dispone que,
en caso de conflicto entre las obligaciones contraídas por los
miembros de la ONU en virtud de la Carta y sus obligaciones
contraídas en virtud de cualquier otro convenio, prevalecerán las
obligaciones impuestas por la Carta.664 Por consiguiente, la Corte no
acepta que exista un requisito de agotamiento previo -de
negociaciones o acuerdos regionales- como condición para recurrir a
la Corte Internacional de Justicia, por lo que la objeción de
inadmisibilidad planteada por los Estados Unidos fue desestimada. 665
Durante la audiencia del 30 de junio de 2020, el juez Bennouna
preguntó si se podía concebir una situación en la que, después de
agotados todos los medios de solución pacífica, la solución quedara
sin resolver. La respuesta dada por Guyana, en el sentido de que al

661
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Military and
Paramilitary Activities in and against Nicaragua (Nicaragua v. United States
of America), Jurisdiction of the Court and admissibility of the application,
Judgment of 26 November 1984, párrafo 106.
662
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Trial of Pakistani
Prisoners of War (Pakistan v. India), Order of 15 December 1973, pp. 4 y s.
663
Cfr. International Court of Justice, Case Concerning Military and
Paramilitary Activities in and against Nicaragua (Nicaragua v. United States
of America), Jurisdiction of the court and admissibility of the application,
Judgment of 26 November 1984, párrafo 106. Cfr. también, Aegean Sea
Continental Shelf Case (Greece v. Turkey), Jurisdiction of the Court,
Judgment of 19 December 1978, párrafo 29.
664
Cfr. ibid., párrafo 107.
665
Cfr. ibid., párrafo 108.

303
elegirse el arbitraje o el arreglo judicial la solución de la controversia
está asegurada,666 tampoco parece convincente. Como única
solución, Guyana está pensando en que la Corte acepte su demanda,
declare la validez del laudo, y que declare que la frontera establecida
por ese laudo y el Acta de demarcación de 1915 (que no es un
tratado), tiene carácter vinculante para ambas partes; por supuesto,
desde el punto de vista jurídico, ese sería un golpe muy duro para la
reclamación venezolana, pero no sería el fin del asunto, entre otras
razones porque Venezuela desconoce la competencia de la Corte en
este caso, aunque ahora Guyana tendría una ventaja para negociar. Si
la Corte decide que, ratione materiae, no tiene competencia para
conocer de esta controversia, al menos por el momento, ésta habrá
quedado sin solución. Si la Corte decide que el Laudo del 3 de
octubre de 1897 es nulo, sin más, no se habrá resuelto la disputa
territorial y se habrá regresado al punto de partida. Si se decide que
el laudo es nulo y debe procederse a un nuevo arbitraje, sobre la base
del Acuerdo de Ginebra (que es el que hoy señala las pautas para la
solución de la controversia y que dispone buscar “soluciones
mutuamente aceptables”), de nuevo estamos en un callejón sin salida.
En fin, si la Corte decide que el objeto de la controversia es la
aplicación del Acuerdo de Ginebra, a ella no le corresponde asumir
la tarea de buscar “soluciones mutuamente aceptables” para las
partes; en este sentido, se recuerda que, en el caso de las Zonas
Francas de Alta Saboya y el Distrito de Gex, la Corte Permanente de
Justicia Internacional sostuvo que no podía dictar una sentencia que
tuviera que ser aceptada por ambas partes, lo que equivaldría a negar
su función judicial, y sería incompatible con su Estatuto y con su
posición como tribunal de justicia.667 Salvo un compromiso especial,
mediante el cual ambas partes sometieran la controversia fronteriza a
la decisión de la Corte, la única opción que, en estas circunstancias,
resolvería la controversia es que la Corte sentenciara que el laudo es
nulo, y que ella misma se constituyera en el Tribunal arbitral llamado
a decidir según los términos del Tratado de Washington de 1897, y
de acuerdo a sus reglas; pero eso sería incompatible con el Acuerdo
666
Cfr. La respuesta escrita de Guyana a la pregunta del juez Bennouna,
presentada a la Corte el 6 de julio de 2020, párrafos 6 y 7 de la respuesta.
667
Cfr. Permanent Court of International Justice, Case of Free Zones of Upper
Savoy and the District of Gex (Second Phase), Judgment of 7 June, 1932,
reproducido en Manley O. Hudson, World Court Reports, A Collection of the
Judgments, orders and opinions of the Permanent Court of International
Justice, Oceana publications, Inc., Dobbs Ferry, New York, 1969, vol. II, pp.
508-608. La cita corresponde a las páginas 557 y sig.

304
de Ginebra, que es el que, supuestamente, sirve de base a la
competencia de la Corte para conocer de este caso, y que ha dado por
superado el tema de la nulidad o validez del laudo, para buscar otras
soluciones.
IV. LAS POSICIONES DE LAS PARTES EN CUANTO AL
FONDO
En cuanto al fondo, Guayana pide a la Corte determinar y
declarar que: a) el Laudo de 1899 es válido y de obligatorio
cumplimiento, y que la frontera establecida por ese Laudo y el acta
de 1905 es válida y vinculante para Guyana y Venezuela; b) que
Guyana tiene plena soberanía sobre su territorio entre el río Esequibo
y la frontera establecida por el Laudo de 1899 y por el Acta de
demarcación de 1905, que Venezuela goza de plena soberanía sobre
su territorio al oeste de dicha frontera, y que Guyana y Venezuela
tienen la obligación de respetar plenamente la soberanía y la
integridad territorial de la contraparte, de acuerdo con la referida
frontera; c) que Venezuela debe retirarse inmediatamente y cesar la
ocupación de la mitad oriental de la isla de Ankoko, y de todo
territorio que, de acuerdo con el Laudo y el Acta de 1905, sea
reconocido como territorio soberano de Guyana; d) que Venezuela se
abstenga de amenazar o usar de la fuerza en contra de cualquier
persona y/o empresa autorizada por Guyana para emprender
actividades económicas o comerciales en territorio de Guyana, en la
forma establecida por el Laudo de 1899 y el Acta de 1905, o en
cualquier área marítima que forme parte del territorio sobre el cual
Guyana tiene soberanía o ejerce derechos soberanos, y que no
interferirá con cualquier actividad de Guyana o autorizada por
Guyana en dichas zonas; y e) que Venezuela es internacionalmente
responsable por la violación de la soberanía de Guyana y de los
derechos soberanos de Guyana, así como por los daños causados a
Guyana como consecuencia de tales violaciones a su soberanía. 668
1. El objeto de la controversia
Como punto central de su demanda, Guyana pide a la Corte, que
declare la validez del laudo pronunciado en París, el 3 de octubre de
1899. Siendo éste un asunto que está regulado por el Derecho
Internacional, y sin perjuicio de las condiciones bajo las cuales los
Estados han aceptado la competencia de la Corte Internacional de
668
Cfr. el párrafo 55 de la demanda de Guyana.

305
Justicia, no cabe duda que los Estados pueden someter ante ella la
validez de un laudo arbitral, que se suponía definitivo. Tampoco es
primera vez que esto se plantea ante un Tribunal internacional. 669
En 1958, Honduras pidió a la Corte algo parecido, sosteniendo
que, “al no dar cumplimiento al laudo arbitral del rey de España”,
que había fijado la frontera entre Nicaragua y Honduras, Nicaragua
había violado el Derecho Internacional.670 En su respuesta, Nicaragua
alegó, en primer lugar, que “las oscuridades y contradicciones” del
laudo hacían imposible su ejecución. Seguidamente, Nicaragua
sostuvo que la decisión dada por Alfonso XIII no era un laudo arbitral
adoptado en conformidad con el Tratado Gámez-Bonilla, del 7 de
octubre de 1894, y que, por lo tanto, estaba desprovisto de fuerza
vinculante. Nicaragua alegó que el tratado ya había expirado cuando
Alfonso XIII aceptó actuar como único árbitro, la decisión estaba
viciada por errores manifiestos, excedía la jurisdicción que se había
dado al árbitro, y no estaba adecuadamente sustentada. 671 Sobre este
último punto, la Corte concluyó que un examen del Laudo mostraba
que éste había desarrollado en un orden lógico, y con cierto detalle,
todas las consideraciones relevantes, y que contenía amplios
razonamientos y explicaciones en apoyo de las conclusiones a que
había llegado el árbitro.672 A contrario sensu, habrá que inferir que
un laudo que no aborde, en un orden lógico y con cierto detalle, todas
las consideraciones relevantes al caso, y que no de razones o
explicaciones de su decisión, es nulo.

669
En tres oportunidades, la validez de un laudo -o la obligación de acatarlo- se
planteó ante la antecesora de la Corte Internacional de Justicia. En julio de
1932, Checoslovaquia presentó ante la Corte Permanente de Justicia
Internacional dos demandas en contra de decisiones del Tribunal Arbitral
Mixto Checoslovaco-húngaro, las cuales fueron acumuladas por la Corte;
dichas demandas fueron posteriormente retiradas (previo un acuerdo entre las
partes), por lo que, el 12 de mayo de 1933, la Corte decidió removerlas de su
lista de casos. El tercer caso es el de la Société Commerciale de Belgique, en
el que Bélgica demandó a la Corte que declarara que, al negarse a cumplir con
un laudo arbitral dictado en favor de sus nacionales, Grecia habría violado sus
obligaciones internacionales; en su sentencia del 15 de junio de 1939, la Corte
declaró que los laudos arbitrales del 3 de enero y del 25 de julio de 1936, entre
Grecia y la Société Commerciale de Belgique, eran definitivos y obligatorios.
670
Cfr. International Court of Justice, Case concerning the Arbitral Award Made
by the King of Spain on 23 December 1906, Honduras v. Nicaragua, Judgment
of 18 November 1960.
671
Cfr. ibid., p. 9.
672
Cfr. ibid., p. 28.

306
Guyana sostiene que, de manera semejante a lo ocurrido en el
caso del laudo del rey de España, entre 1899 y 1962, de manera
reiterada y persistente, Venezuela expresó su incondicional
aceptación a la legalidad y al carácter vinculante del laudo de 1899 y
del Acta de 1905, respetando la frontera que, por tales actos, se había
fijado con la Guyana Británica. La tesis de Guyana es que Venezuela
habría cambiado su posición en 1962, cuando el Reino Unido estaba
haciendo los preparativos para concederle la independencia a
Guyana. Sesenta y tres años después de dictado el laudo, Venezuela
afirmó, por primera vez, que el laudo era arbitrario y, por lo tanto,
nulo e irrito. Venezuela amenazó con no reconocer al nuevo Estado,
o sus fronteras, a menos que el Reino Unido aceptara dejar de lado el
laudo de 1899 y el Acta de demarcación de 1905, y ceder a Venezuela
todo el territorio al oeste del río Esequibo, el cual habría sido
concedido a Guyana en el laudo de 1899. En ese contexto se negoció
y se celebró el Acuerdo de Ginebra, del 17 de febrero de 1966, que
proporcionó una serie de recursos para el arreglo de la controversia.
Por más de cincuenta años desde la entrada en vigor del Acuerdo de
Ginebra, las partes habrían fracasado en resolver la controversia.
Según Guyana, durante todo este período y hasta el presente, la
soberanía de Guyana, su seguridad y su desarrollo, se habrían visto
comprometidos por la negativa de Venezuela a reconocer una
frontera de larga duración, y por su reclamación a más de dos tercios
del territorio de Guyana, que alberga a una cuarta parte de su
población. Según Guyana, Venezuela no ha producido nunca ninguna
evidencia que justifique su tardío rechazo del laudo de 1899, y su
prolongada aceptación del mismo (desde 1899 hasta 1962) le
recuerda la sentencia de la Corte en el caso del laudo arbitral del rey
de España (del 23 de diciembre de 1906), en el que se rechazó un
alegato similar por parte de Nicaragua porque ésta, por sus
declaraciones y su conducta, había reconocido el laudo que ahora
impugnaba.673
No hay un solo acto de Venezuela mediante el cual ésta haya
reconocido la validez del Laudo de París. J. M. Rojas, el agente de
Venezuela ante el Tribunal, lo calificó como “irrisorio y una
manifiesta injusticia”. El Acta firmada en 1905, por la Comisión
Anglo-Venezolana de Demarcación, tampoco fue una señal de
aceptación del laudo, como resultado de una decisión válidamente
emitida; dicha Acta -firmada bajo coacción- no es un tratado que

673
Cfr. los párrafos 5 a 9 de la demanda de Guyana.

307
haya sido ratificado como tal, ni fue suscrita por quienes representan
al Estado en sus relaciones internacionales y tienen la capacidad para
negociar y suscribir tratados. El 22 de octubre de 1900, en unas
“Instrucciones confidenciales” entregadas por la Cancillería
venezolana a Felipe Aguerrevere, designado por Venezuela como su
comisionado en la Comisión de demarcación, se expresaba que el
laudo era más el resultado de un compromiso que de un examen
esencialmente jurídico; con respecto a la línea de demarcación
impuesta por los árbitros, se decía que ésta era una línea de facto,
determinada sin ningún respaldo o razón, ni histórica, ni geográfica,
ni política.674 Venezuela se resistió a participar en esa Comisión de
Demarcación; pero, ante el ultimátum planteado por el Gobierno
Británico, que amenazó con proceder a hacer la demarcación
unilateralmente si los venezolanos no se incorporaban a ella antes del
3 de octubre de 1900, Venezuela no tuvo otra opción que
participar.675
Por lo menos desde 1951, la cancillería venezolana, así como un
grupo numeroso de expertos, aunque sin entrar a elaborar sobre este
punto, ha sostenido la nulidad del laudo arbitral que fijó la frontera
entre Guyana y Venezuela; en sus documentos oficiales más
recientes, Venezuela se queja tanto de la forma como se llegó al
compromiso arbitral de 1897 como del Laudo arbitral, calificándolos
como un ultraje y, a la luz del Derecho Internacional actual, nulos e
írritos.676 Venezuela recuerda el testimonio de uno de los abogados
que representó los intereses de Venezuela en esa ocasión, y que, casi
cincuenta años después de adoptado el laudo, reveló “nuevos
hechos”, que reafirmaron su convicción de que el laudo de 1899 era
nulo.677 Por el contrario, Guyana sostiene la plena validez del laudo

674
Cfr. el Informe de los expertos venezolanos Hermann González Oropeza y
Pablo Ojer Celigueta sobre la cuestión de la frontera con Guayana Británica,
sometido al Gobierno de Venezuela e intercambiado con el Gobierno
Británico en septiembre de 1965, párrafo 28. El Informe es reproducido
parcialmente por Gillis Wetter, op. cit., vol. III, pp. 140 y ss. La cita es a la
página 142.
675
Cfr. ibidem.
676
Cfr. el párrafo 17 del memorándum que Venezuela envió a la CIJ el 29 de
noviembre de 2019.
677
“Nearly fifty years later, the testimony of one of the lawyers who had
represented the interests of Venezuela revealed new facts that reactivated the
assertion of the nullity of the 1899 Award. Based on these grounds, the
Venezuelan title to the territory west of the Essequibo River was presented to

308
de París. Si bien ésta es una diferencia importante, ese no es el objeto
de la controversia. La nulidad o validez del laudo es una cuestión que
plantea problemas de hecho y de Derecho, y es apropiada para ser
decidida por la CIJ; si el laudo es válido o es nulo -por las razones
que sea- no es un asunto que pueda ser decidido por una de las partes
en la controversia; eso es algo que tendrá que probarse ante las
instancias pertinentes, en el tiempo y forma que determine el Derecho
Internacional; pero no hay ningún instrumento internacional en el
que, al menos expresamente, las partes hayan convenido en someter
esta cuestión a la Corte Internacional de Justicia. En cambio, el
Acuerdo de Ginebra -que es el que sirve de fundamento a la demanda
intentada por Guyana- plantea un problema diferente, que tiene que
ver con la búsqueda de “soluciones satisfactorias para lograr el
arreglo práctico de la controversia”, y ese no es un problema
jurídico, sino político, que no es apropiado para ser resuelto por un
tribunal internacional. Ésta es una cuestión de fondo, que tiene que
ver con la naturaleza de las obligaciones asumidas por las partes en
el Acuerdo de Ginebra, al igual que con la competencia, ratione
materiae, del tribunal.
Además de lo que es el objeto y fin del tratado, la existencia de
una controversia “territorial” es lo que siempre estuvo sobre la mesa
en la labor del buen oficiante designado por el Secretario General de
la ONU, así como en las conversaciones entre ambos Estados; en tal
sentido, en un comunicado conjunto de los presidentes de Venezuela
y Guyana, de julio de 1998, éstos “evaluaron la marcha del proceso
para una solución mutuamente satisfactoria de la controversia
territorial existente” entre ambos Estados, y reafirmaron su decisión
de continuar apoyando el procedimiento de buenos oficios, “a fin de
alcanzar un arreglo definitivo, como lo establece el Acuerdo de
Ginebra de 1966.”
La aceptación de la competencia de la Corte y el objeto de la
controversia están íntimamente ligados. Se recuerda que la
competencia de la Corte está basada en el consentimiento de los
Estados y que, en los casos de que ella conoce, dicha competencia
tiene que ceñirse a los límites que le hayan fijado las partes. 678

the United Kingdom, which administered Guyana first as its colony and later
as a non-autonomous territory.” Ibid., párrafo 19.
678
Cfr. International Court of Justice, Immunities and Criminal Proceedings
(Equatorial Guinea v. France), Preliminary Objections, Judgment of 6 June
2018, párrafo 42. También, Application of the International Convention for

309
El párrafo 1 del artículo 40 del Estatuto, al igual que el párrafo 1
del artículo 38 Reglamento de la Corte, requieren que la demanda
indique el objeto de la controversia. Además, el párrafo 2 del artículo
38 del Reglamento requiere que se especifique la naturaleza precisa
de la reclamación, junto con una exposición sucinta de los hechos y
de los fundamentos en que se basa. A veces, la demanda no es
suficientemente explícita en cuanto a cuál es el objeto de la misma, 679
otras veces, son las partes las que han expresado opiniones
divergentes en cuanto a cuál es el objeto de la controversia, 680 y en
ocasiones la Corte se ha sentido en la necesidad de aclarar que el
objeto de la controversia es una cuestión de sustancia, y no de
forma.681 Pero es la Corte a quien le corresponde determinar, sobre
bases objetivas, el objeto de la controversia entre las partes, aislando
el verdadero tema en discusión e identificando el objeto de la
reclamación; al hacer esto, la Corte tiene que examinar tanto la
demanda como los argumentos escritos y orales de las partes,
prestando particular atención a la forma escogida por el demandante
en la descripción de la disputa.682 La Corte entiende que, a veces, una
disputa ante la Corte forma parte de una situación compleja, que

the Suppression of the Financing of Terrorism and of the International


Convention on the Elimination of All Forms of Racial Discrimination
(Ukraine v. Russian Federation), Preliminary Objections, Judgment of 8
November 2019, párrafo 33.
679
Cfr. International Court of Justice, Application of the International
Convention for the Suppression of the Financing of Terrorism and of the
International Convention on the Elimination of All Forms of Racial
Discrimination (Ukraine v. Russian Federation), Preliminary Objections,
Judgment of 8 November 2019, párrafos 23 y 26.
680
Cfr. ibid., párrafo 25. En el caso de la referencia, la Federación Rusa alegó
que, aunque se denunciaba la violación de la Convención Internacional para
la Supresión del Financiamiento del Terrorismo (adoptada el 9 de diciembre
de 1999) y la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las
formas de Discriminación Racial (del 21 de diciembre de 1965), ésta era un
pretexto para disimular otros asuntos, sobre supuestas violaciones de
“diferentes reglas de Derecho Internacional”, en particular, una supuesta
agresión en la parte oriental de Ucrania, y la condición de Crimea que,
solapadamente, querían llevar a la atención de la Corte. Cfr. ibid., párrafo 27.
681
Cfr. International Court of Justice, Immunities and Criminal Proceedings
(Equatorial Guinea v. France), Preliminary Objections, Judgment of 6 June
2018, párrafo 48.
682
Cfr. ibidem. Cfr., también, el caso de Ucrania v. la Federación Rusa, antes
citado, párrafos 29 al 32.

310
incluye varios asuntos sobre los que los Estados mantienen puntos de
vista diferentes.683
En el presente caso, para establecer su competencia, la Corte
tendrá que decidir cuál es el objeto de la controversia: a) la nulidad o
validez del laudo de París, que es el argumento de Guyana, o b) la
disputa por el territorio del Esequibo, dando por sentado que el laudo
de 1899 es nulo, que es la tesis venezolana, y que es el eje central del
Acuerdo de Ginebra, que, desde hace más de medio siglo, ha marcado
el debate entre Guyana y Venezuela.
A. La nulidad o validez del Laudo
Guyana no alega que la controversia sobre la frontera entre ella
y Venezuela haya sido resuelta por el Laudo de París. Guyana pide
que la Corte se pronuncie sobre la validez del referido Laudo, y sobre
su carácter vinculante para las partes. Pero Venezuela no discute la
nulidad o validez del laudo; Venezuela ha sostenido que, por sus
características, ese laudo es “inexistente”,684 y que la disputa
territorial entre ambos Estados sigue pendiente. Esa tesis se ve
reforzada por el Acuerdo de Ginebra, cuyo propósito no es decidir
sobre la nulidad o validez del Laudo, sino encontrar soluciones
satisfactorias para el arreglo práctico de la controversia fronteriza
pendiente entre ambos países. Además, el artículo V del Acuerdo de
Ginebra, en su párrafo 1, señala que nada de lo contenido en el
Acuerdo será interpretado como una renuncia o disminución, por
parte de cualquiera de las partes en el Acuerdo, de cualquier base de
reclamación de soberanía territorial en los territorios de Venezuela o
de la Guyana Británica, o de cualquier derecho que hubiesen hecho
valer previamente, o de reclamaciones de tal soberanía territorial; a
continuación, esta misma disposición expresa que no hay un
reconocimiento o no reconocimiento de un derecho a reclamo sobre
tal soberanía territorial, lo cual resulta obvio, pues ese es,
precisamente, el objeto de la controversia. Siendo así, en el párrafo 2
del artículo V, se establece que ningún acto o actividad que se lleve

683
Cfr. International Court of Justice, Application of the International
Convention for the Suppression of the Financing of Terrorism and of the
International Convention on the Elimination of All Forms of Racial
Discrimination (Ukraine v. Russian Federation), Preliminary Objections,
Judgment of 8 November 2019, párrafo 28.
684
Cfr., por ejemplo, la Declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores de
Venezuela, del 2 de mayo de 1981.

311
a cabo -se entiende que en los territorios en disputa, “de Venezuela o
la Guyana Británica”- constituirá fundamento para hacer valer,
apoyar o negar una reclamación de soberanía territorial, ni para crear
derechos de soberanía en dichos territorios, excepto cuando tales
actos o actividades sean el resultado de un convenio logrado por la
Comisión Mixta prevista en el artículo I del Tratado, y aceptado por
ambos gobiernos. Además, en el mismo párrafo 2 del artículo V, se
congela nuevas reclamaciones territoriales. En los términos del
artículo V del Acuerdo de Ginebra, hay una reclamación territorial
pendiente, cuya solución es el objeto del Acuerdo.
Venezuela sostiene que hay una discrepancia entre el objeto de
la controversia a que se refiere el Acuerdo de Ginebra y el objeto de
la demanda presentada por Guyana.685 Según Venezuela, la
controversia tiene que ver con la soberanía sobre el territorio en
disputa; ese es el corazón del Acuerdo de Ginebra o de la presente
controversia, y no la nulidad o validez del laudo de París. 686
Venezuela recuerda que, durante las negociaciones del Acuerdo de
Ginebra, las partes dejaron de lado la cuestión de la nulidad o validez
del laudo; se cita, en este sentido, una carta del Ministro de Asuntos
Exteriores Británico, señor Michael Stewart, dirigida al Embajador
Británico en caracas, señor Anthony Lincoln, fechada el 25 de
febrero de 1966, sólo días después de la firma del Acuerdo de
Ginebra; según Stewart, “nosotros estábamos discutiendo la cuestión
sustantiva de la frontera, y no simplemente la validez del Laudo de
1899…”687 Por supuesto, el alegato de que el Laudo era nulo es lo
que impulsó las negociaciones para el Acuerdo de Ginebra entre
Venezuela e Inglaterra, para resolver la controversia “sobre la
frontera entre Venezuela y la Guyana Británica”; esa es la causa de
que resurgiera una disputa territorial que, hasta ahora, no se ha
resuelto. El propósito del Acuerdo de Ginebra es esa vieja
controversia territorial, y no la circunstancia de que un arbitraje, que
pudo haberla resuelto definitivamente, haya concluido de una manera
jurídicamente incomprensible, y que haya sido objetado por una de
las partes.
Lo cierto es que, si el Acuerdo de Ginebra ha dejado de lado la
discusión sobre la nulidad o validez del Laudo, para concentrarse en
685
Cfr. el párrafo 15 del memorándum de Venezuela, del 29 de noviembre de
2019.
686
Cfr. ibid., párrafo 105.
687
Cfr. ibid., párrafo 107. Cfr., también, ibid., párrafos 109, 112, 113, y 114.

312
la búsqueda de soluciones satisfactorias para el arreglo práctico de la
Controversia territorial -como lo interpreta el autor de estas líneas-,
resulta irrelevante discutir si el Laudo es nulo o es válido, si el Laudo
es inexistente, o si algún vicio de nulidad habría sido subsanado por
el paso del tiempo.
B. El “arreglo práctico” de la disputa fronteriza
El Acuerdo de Ginebra no se pronuncia sobre la nulidad o
validez del Laudo de París, sino que, admitiendo que hay una
controversia fronteriza pendiente entre las partes, lo da por superado
y diseña mecanismos para resolver esta controversia de manera que
resulte satisfactoria para ambas partes. En este sentido, hay que hacer
notar que, desde el inicio de las discusiones que llevaron a la
celebración del Acuerdo de Ginebra, Venezuela no ha pretendido que
se le reintegre todo el territorio en reclamación, sino que ha planteado
“la reparación de una injusticia”,688 mediante una rectificación
equitativa de las fronteras. A eso es a lo que se refiere el Acuerdo de
Ginebra, al señalar la necesidad de buscar el “arreglo práctico” de la
controversia.689
En su sentencia en el caso Interhandel, la Corte advirtió que “los
hechos y las situaciones que han conducido a la disputa no deben
confundirse con la disputa misma.”690 En dicho asunto, Suiza había
planteado, como reclamación principal, que Estados Unidos
restituyera los bienes de la sociedad Interhandel; alternativamente,
Suiza había pedido que se determinara que Estados Unidos estaba en
la obligación de someter la disputa a un procedimiento arbitral, o a
conciliación. La Corte observó que, a pesar de su estrecha relación
con la reclamación principal, la reclamación alternativa era una
reclamación separada y distinta, que no se relacionaba con los
méritos de la controversia, sino con el procedimiento para su

688
Cfr. el discurso de Marcos Falcón Briceño, Ministro de Relaciones Exteriores
de Venezuela, en la 17ª sesión de la Asamblea General de las Naciones
Unidas, el 1 de octubre de 1962. Reproducido por Gillis Wetter de una versión
publicada por la Embajada de Venezuela en Washington, D. C., en op. cit. pp.
130 y ss. La cita es a la página 133.
689
Cfr. Nota del Ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela, José Alberto
Zambrano Velasco, al Ministro de Relaciones Exteriores de Guyana, Rashleig
E. Jackson, del 30 de agosto de 1982.
690
Interhandel Case (Switzerland v. United States of America), Preliminary
objections, Judgment of March 21st, 1959, p. 22.

313
solución.691 En el presente caso, las circunstancias en que se produjo
el arbitraje de 1899, así como el laudo que resultó de ese proceso,
pueden ser la causa de esta controversia fronteriza que no se ha
terminado de resolver, pero no son la controversia misma.
Por otra parte, Venezuela alega que el Acuerdo de Ginebra no
constituye un compromiso para remitir el caso a la Corte. Además,
en caso que este argumento fuera rechazado, aunque no haya sido
planteado por las partes, la Corte tendrá que analizar, proprio motu,
si ella tiene competencia ratione materiae; esto es, tendrá que
determinar si éste es un asunto apropiado para ser decidido
judicialmente, y si ella -la Corte- es el medio indicado para encontrar
“soluciones satisfactorias” o un “arreglo práctico” de la
controversia.
En el presente caso, tampoco hay acuerdo entre las partes en
cuanto a las circunstancias operativas en que el Secretario General de
la ONU puede decidir que esta controversia sea resuelta por la Corte
Internacional de Justicia; sobre este particular, el artículo 87 del
Reglamento de la Corte dispone que,
1. Cuando de acuerdo con un tratado o una convención en
vigor es llevado ante la Corte un asunto contencioso
concerniente a una cuestión que ha sido ya objeto de un
procedimiento ante otro órgano internacional, se aplicarán las
disposiciones del Estatuto y de este Reglamento en materia
contenciosa.
2. La solicitud incoando el procedimiento indicará la
decisión o el acto del órgano internacional interesado e irá
acompañada de copia de la decisión o del acto; las cuestiones
suscitadas con respecto a esa decisión o acto, que serán
enunciadas en términos precisos en la solicitud, constituirán el
objeto de la controversia ante la Corte. (Cursivas añadidas)
Siendo que en la demanda se invoca como fundamento de la
misma el Acuerdo de Ginebra, es éste el que debería proporcionar un
indicio seguro de cuál es el objeto de la controversia. En este sentido,
el Reglamento de la Corte Internacional de Justicia dispone que,
cuando el procedimiento sea incoado ante la Corte mediante la
notificación de un compromiso, la notificación deberá ir acompañada
del original del compromiso o de una copia certificada del mismo,

691
Cfr. ibidem.

314
indicando, si ello no aparece de forma patente en el compromiso, el
objeto preciso de la controversia y la identidad de las partes.692 Para
este efecto, la regla general de interpretación establecida en la
Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados, determina
que éstos deberán interpretarse de buena fe, conforme al sentido
corriente que haya de atribuirse a los términos del tratado, en el
contexto de estos, y teniendo en cuenta su objeto y fin.693 Dicha
disposición otorga primacía al tenor literal de lo acordado por las
partes, y solo subsidiariamente permite hacer una interpretación
teleológica. El Acuerdo de Ginebra tiene como título “Acuerdo para
resolver la controversia entre Venezuela y el Reino Unido de Gran
Bretaña e Irlanda del Norte sobre la frontera entre Venezuela y
Guayana Británica”.694 El artículo I del referido Acuerdo estableció
una Comisión Mixta, con el encargo de
“buscar soluciones satisfactorias para el arreglo práctico de
la controversia entre Venezuela y el Reino Unido surgida como
consecuencia de la contención venezolana de que el Laudo
arbitral de 1899 sobre la frontera entre Venezuela y Guayana
Británica es nulo e irrito.”
Esta disposición, de nuevo, pone de relieve “la frontera entre
Venezuela y Guyana”, revivida por “la contención venezolana de que
el Laudo arbitral… es nulo”. Aunque de allí pudiera inferirse que el
objeto de la controversia es la nulidad o validez del Laudo de París,
esa conclusión no se aviene con el encargo que, en el artículo I de
dicho Acuerdo, se hizo a la Comisión Mixta, de “buscar soluciones
para el arreglo práctico de la controversia”. Si la controversia versa
sobre la nulidad o validez del laudo, ésta es una cuestión
estrictamente jurídica, que requiere decidir si el laudo es nulo o es
válido, y que no admite soluciones intermedias. De ser éste el objeto
de la controversia, aquí no hay espacio para buscar “soluciones
satisfactorias” o para “arreglos prácticos” negociados entre las
partes, y eso es incompatible con el tenor literal del artículo I del
Acuerdo de Ginebra, que excluye fórmulas rígidas y estrictamente
jurídicas. Además, ya que de una interpretación literal se trata, debe
observarse que, tanto en su texto en castellano como en la versión en
inglés (ambos igualmente auténticos), la disposición que
692
Cfr. el artículo 39, párrafos 1 y 2, del Reglamento de la CIJ.
693
Cfr. el artículo 31, párrafo 1, de la Convención de Viena sobre el Derecho de
los Tratados.
694
Cfr. United Nations, Treaty Series, N° 8192, 1966, pp. 322 y ss.

315
comentamos se refiere a “soluciones satisfactorias” (o “satisfactory
solutions”), en plural; una controversia sobre la validez del laudo
admite una sola respuesta y una sola “solución”: el laudo es nulo, o
es válido. Pero no se puede asumir que los avezados negociadores del
Acuerdo que comentamos optaran, descuidadamente, por una
redacción incompatible con el objeto y fin del tratado.
El título mismo del Acuerdo de Ginebra, “Acuerdo para resolver
la controversia entre Venezuela y el Reino Unido de Gran Bretaña e
Irlanda del Norte sobre la frontera entre Venezuela y Guayana
Británica”, sugiere que ésta es una controversia fronteriza, y no una
disputa sobre la validez de un instrumento jurídico. Una controversia
territorial puede, en principio, ser resuelta por cualquier medio de
solución pacífica de controversias, incluyendo los medios
jurisdiccionales; pero, en el presente caso, el Acuerdo de Ginebra,
implícitamente, ha restringido esos medios de solución pacífica a
aquellos que sean idóneos para proporcionar “soluciones
satisfactorias para el arreglo práctico de la controversia”, que son
solamente los medios políticos o diplomáticos. En realidad, en el
mismo preámbulo del Acuerdo de Ginebra, las partes se manifestaron
convencidas de que cualquier controversia entre ellas debía “ser
amistosamente resuelta en forma que resulte aceptable para ambas
partes”, inclinándose en favor de una negociación directa, u otros
medios diplomáticos, y desestimando el arreglo judicial, cuyas
soluciones podrán ser ajustadas a Derecho, pero nunca serán flexibles
y aceptables para ambas partes; en este sentido, conviene recordar
que, en el Tratado Americano de Soluciones Pacíficas, se ha hecho
una clara distinción entre las circunstancias operativas del arreglo
judicial y del arbitraje, reservando el primero para “las controversias
de orden jurídico”, mientras el segundo está abierto a “diferencias de
cualquier naturaleza, sean o no jurídicas”, que hayan surgido o
puedan surgir entre las partes.695
2. La función judicial de la Corte
Aunque la demanda debe indicar, inter alia, la naturaleza precisa
de lo demandado,696 es a la Corte a quien le corresponde determinar,
sobre bases objetivas, el objeto de la controversia entre las partes.
695
Cfr. los artículos XXXI y XXXVIII del Tratado Americano de Soluciones
Pacíficas, “Pacto de Bogotá”, suscrito en Bogotá, el 30 de abril de 1948.
696
Cfr. el artículo 38, párrafo 2, del Reglamento de la Corte Internacional de
Justicia.

316
Para identificar el objeto de la reclamación y qué es lo que se le está
pidiendo a la Corte que decida, ésta debe examinar las posiciones de
las partes, prestando especial atención a la forma elegida por el
demandante al describir la disputa, atendiendo a los argumentos
escritos y orales de ambas partes, así como a los hechos que sirven
de base a la demanda.697 En su jurisprudencia reiterada, la Corte ha
omitido considerar como el objeto de la controversia los argumentos
presentados por las partes como “conclusiones”, si éstas no eran una
indicación de lo que esa parte estaba pidiéndole a la Corte decidir,
sino que, por el contrario, formaban parte de las razones para que la
Corte decidiera en el sentido de lo alegado. 698
Determinar cuál es la naturaleza de la controversia es un asunto
jurídico apropiado para ser resuelto por la Corte Internacional de
Justicia; pero, una vez decidido ese punto, la Corte tendría que
pronunciarse sobre su propia competencia, pues no cualquier
controversia puede ser resuelta por un tribunal de justicia. En este
sentido, se recuerda que, de acuerdo con el Estatuto de la Corte
Internacional de Justicia, su jurisdicción se extiende a “todas las
controversias de orden jurídico”,699 y su función “es decidir
conforme al Derecho Internacional”;700 su tarea no es buscar
“arreglos prácticos” o “soluciones satisfactorias” para las partes,
como está previsto en el Acuerdo de Ginebra. Después de todo, a los
jueces les corresponde aplicar el Derecho, y no hacer de diplomáticos
o de amigables componedores. En este sentido, la Corte ha dicho que

697
Cfr. International Court of Justice, Nuclear Tests Case, Australia v. France,
Judgment of 20 December 1974, párrafo 29; Nuclear Tests Case, New
Zealand v. France, Judgment of 20 December 1974, párrafo 30; Fisheries
Jurisdiction Case, Spain v. Canada, Jurisdiction of the Court, Judgment of 4
December 1998, párrafo 30; Case Concerning the Territorial and Maritime
Dispute, Nicaragua v. Colombia, Preliminary Objections, Judgment of 13
December 2007, párrafo 38.
698
Cfr. International Court of Justice, Fisheries Jurisdiction Case, Spain v.
Canada, Jurisdiction of the Court, Judgment of 4 December 1998, párrafo 32;
Nuclear Tests Case, Australia v. France, Judgment of 20 December 1974,
párrafo 29; Nuclear Tests Case, New Zealand v. France, Judgment of 20
December 1974, párrafo 30; Fisheries Case, United Kingdom v. Norway,
Judgment of December 18th, 1951, pág. 126; The Minquiers and Ecrehos
Case, France/United Kingdom, Judgment of November 17th, 1953, pág. 52; y
Nottebohm Case, Liechtenstein v. Guatemala, Second Phase, Judgment of
April 6th, 1955, p. 16.
699
Cfr. el artículo 36, párrafo 2, del Estatuto de la Corte Internacional de Justicia.
700
Cfr. el artículo 38, párrafo 1, del Estatuto de la Corte Internacional de Justicia.

317
incluso si tiene jurisdicción, hay limitaciones inherentes al ejercicio
de la misma, que la Corte, como tribunal de justicia, nunca puede
ignorar; por ende, puede haber un conflicto entre las aspiraciones de
una de las partes, o de ambas, y el deber de la Corte de mantener su
carácter judicial, pues es a la Corte, y no a las partes, a quien le
corresponde ser el guardián de la integridad judicial. 701 En el caso de
las Zonas Francas de la Alta Saboya y del Distrito de Gex, la Corte
Permanente de Justicia Internacional, en lo concerniente a la
interpretación de un tratado que la involucraba en cuestiones tan
específicas como la exención de aranceles aduaneros, sostuvo que
ésta no era una cuestión jurídica, sino una que dependía enteramente
del juego de intereses económicos sobre los que ningún Gobierno
podía darse el lujo de someterse al control de un órgano externo; 702
por ende, esa tarea asignada a la Corte era inapropiada para el papel
que le correspondía como un tribunal de justicia, encargado de la
aplicación de reglas de derecho y, en ese asunto, no podía asistir a las
partes en la solución de su disputa.703 Pero siempre es a la Corte a
quien corresponde determinar si está involucrada su función
jurisdiccional.704
El juego entre mecanismos diplomáticos y jurisdiccionales
siempre está presente en una disputa internacional; si no hay nada
que lo impida, cuando no sirven unos, se recurre a los otros. En el
caso Mavrommatis y las concesiones palestinas, según el artículo 26
del Mandato de Palestina, conferido a Inglaterra, si la disputa,
relativa a la interpretación o aplicación de las disposiciones del
mandato, “no podía ser resuelta por medio de negociaciones”, sería
sometida a la Corte Permanente de Justicia Internacional. La Corte
entendió que esta condición se había cumplido respecto de una de las
reclamaciones del señor Mavrommatis, la cual reservó para su

701
Cfr. International Court of Justice, Northern Cameroons (Cameroon v. United
Kingdom), Preliminary Objections, Judgment of 2 December 1963, p. 29.
702
Cfr. Permanent Court of International Justice, Case of Free Zones of Upper
Savoy and the District of Gex (Second Phase), Judgment of 7 June, 1932,
reproducido en Manley O. Hudson, World Court Reports, A Collection of the
Judgments, orders and opinions of the Permanent Court of International
Justice, Oceana publications, Inc., Dobbs Ferry, New York, 1969, vol. II, pp.
508-608. La cita corresponde a la página 558.
703
Cfr. Ibidem.
704
Cfr. International Court of Justice, Northern Cameroons (Cameroon v. United
Kingdom), Preliminary Objections, Judgment of 2 December 1963, p. 30.

318
decisión sobre el fondo.705 Al fracasar los mecanismos diplomáticos,
se abrió el camino para los mecanismos jurisdiccionales, entre otras
razones, porque así estaba expresamente previsto en el Tratado que
se invocó como fundamento de la jurisdicción de la Corte; pero aquí
la controversia versaba sobre cuestiones estrictamente jurídicas,
como era la interpretación y aplicación de las disposiciones del
mandato conferido a Gran Bretaña; eso es muy distinto a tener que
elaborar una fórmula de arreglo que deje satisfechas a ambas partes.
En el caso de Haya de la Torre, en su segunda fase, la Corte se
negó a responder sobre la forma en que las partes debían poner
término al asilo, por considerar que, habiendo varios medios para
hacerlo, éstos estaban condicionados por hechos y posibilidades que,
en buena medida, sólo las partes estaban en capacidad de apreciar;
elegir entre esos distintos medios no estaría basado en
consideraciones legales, sino en consideraciones prácticas o de
conveniencia política, y eso no era parte de la función judicial de la
Corte.706 La Corte ha sostenido que, si está consciente de que una
decisión suya sobre el fondo de una controversia sería incompatible
con su función judicial, debería negarse a entrar a conocer del fondo
del asunto.707 En el presente caso, en el ejercicio de su función
judicial, la Corte no puede adoptar ninguna decisión sobre los méritos
de una controversia que las partes han convenido en que, para
resolverse, requiere de “soluciones satisfactorias” y “arreglos
prácticos”; en estos asuntos, la función de la Corte, que es de
naturaleza judicial y no la que corresponde a un consejero o tutor, no
puede guiar a las partes en la búsqueda de ese tipo de soluciones. Si
la Corte está convencida de que el objeto de la controversia es
incompatible con el ejercicio de su función judicial, debe declinar su
competencia para conocer del caso.
El tribunal deberá establecer si el Acuerdo de Ginebra constituye,
en su aspecto formal, un compromiso para remitir el caso a la Corte,
705
Cfr. Permanente Court of International Justice, The Mavrommatis Palestine
Concessions (Greece v. Great Britain), Jurisdiction, Judgment of August 30,
1924. El texto puede encontrarse en Manley O. Hudson, World Court Reports,
A Collection of the Judgments, orders and opinions of the Permanent Court
of International Justice, Oceana publications, Inc., Dobbs Ferry, New York,
1969, vol. I, pp. 297-321. La cita corresponde a las pp. 320 y s.
706
Cfr. International Court of Justice, Haya de la Torre Case (Colombia v. Peru),
Judgment of June 13th, 1951, p. 79.
707
Cfr. International Court of Justice, Northern Cameroons (Cameroon v. United
Kingdom), Preliminary Objections, Judgment of 2 December 1963, p. 37.

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en caso que el Secretario General de la ONU así lo decidiere. Pero
invocar el Acuerdo de Ginebra como compromiso para que, en lo
sustantivo, este caso pueda ser conocido por la Corte Internacional
de Justicia, es un asunto que sólo puede considerarse teniendo en
cuenta lo previsto por el artículo 36, párrafo 2, del Estatuto de la
Corte, que es el que determina el ámbito de su jurisdicción ratione
materiae. Según la disposición antes referida, la jurisdicción de la
Corte se extiende a todas las controversias de orden jurídico que
versen sobre la interpretación de un tratado, cualquier cuestión de
Derecho Internacional, la existencia de todo hecho que, si fuere
establecido, constituiría una violación de una obligación
internacional, o la naturaleza o extensión de las reparaciones que
correspondan por el quebrantamiento de una obligación
internacional. En los términos del artículo IV, párrafo 2, del Acuerdo
de Ginebra, el Secretario General de la ONU podrá escoger el recurso
a la Corte Internacional de Justicia como el medio para resolver la
controversia; pero, por la naturaleza de la disputa a que se refiere el
mismo Acuerdo de Ginebra, y por la naturaleza de las obligaciones
asumidas por las partes, la Corte no tiene competencia para conocer
de dicho asunto, pues ésta no es una cuestión jurídica.
Paradójicamente, Venezuela no ha rechazado, de plano, la
competencia de la Corte ratione materiae; Venezuela sostiene que
“en principio, los medios judiciales o arbitrales no son los más
apropiados para alcanzar un arreglo práctico, aceptable y
satisfactorio para ambas partes, que es el que está previsto como el
objeto y propósito del Acuerdo de Ginebra.” 708 Lo más lejos que llega
el memorándum de Venezuela, es a decir que, si el Acuerdo de
Ginebra permitiera el recurso a la Corte, para resolver la controversia
según los términos de éste, habría que especificar el objeto de la
disputa, al igual que parámetros que están más allá del Derecho
Internacional, para lo cual habría que concluir un acuerdo especial.709
En realidad, Venezuela no excluye el arreglo judicial como ultima
ratio, una vez que se hayan agotado los mecanismos de