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En la década de los noventa, escribiendo sobre la “agonía


planetaria”, Edgar Morin y Anne Kern, refiriéndose al problema del
progreso y el rol que había jugado la tecnociencia en el último siglo,
identificaron tres problemas que, en su opinión, nos habían
conducido a la “policrisis” que ya entonces se vivía en la sociedad
mundo y que precedió a la crisis sistémica que vivimos en la
actualidad:

1) La “tragedia del desarrollo”;

2) El “subdesarrollo del desarrollo”; y

3) La “carrera desenfrenada de la tecnociencia”.

Todos estos problemas están interrelacionados entre sí y, junto con la


“ceguera que produce el pensamiento parcelario y reduccionista” en
el que se basa la ciencia clásica, nos han conducido al colapso
planetario que vivimos en la actualidad, lo que, lejos de todo progreso
-y más allá del “efecto de fascinación” que nos produce las nuevas
tecnologías de la información y comunicación (Tics)-, nos ubican más
bien frente a una “nueva barbarie tecno-científico-burocrática” que
tenemos que hacer frente y superar, mediante la construcción de una
“civilización meta técnica”, basada en un humanismo renovado, que
no colisione con la naturaleza y haga viable nuestra supervivencia
como especie en los años y centurias venideras.

1
En las líneas que siguen, desarrollaremos cada uno de los puntos
señalados y su impacto que tiene en la sociedad mundo actual, sumida
en una nueva barbarie planetaria, situación que necesitamos cambiar
en los siguientes años, retomando la línea del progreso.

1) La “tragedia del desarrollo”

El concepto de desarrollo, tal como hasta ahora ha sido definido, parte


de una “concepción tecnoeconómica” que, por un lado, se basa en la
idea de que las sociedades que se vuelven industriales, siguiendo el
modelo europeo, logran el bienestar de su población, reducen las
desigualdades extremas y favorecen el desarrollo individual de las
personas; y, por otro, opera con un enfoque reduccionista, en el que
el crecimiento económico es el “motor necesario y suficiente de todos
los desarrollos sociales, psíquicos y morales”1. Este enfoque es
eurocéntrico y reduccionista y hace abstracción completa de la cultura
de los denominados “países en desarrollo”. “La idea desarrollista fue
y es ciega a las riquezas culturales de las sociedades arcaicas o
tradicionales que sólo se han visto a través de lentes economicistas y
cuantitativos”2. Además de este “problema cultural / civilizador”,
este enfoque colisiona con el “problema ecológico”, incluso en su
versión de “desarrollo sostenible”. Por esta razón, “la idea del
desarrollo aun continua trágicamente subdesarrollada”3. “El
desarrollo es la palabra clave, que se ha vuelto onerosa, en la que
convergen todas las vulgatas ideológicas de la segunda mitad de
nuestro siglo. En los fundamentos de la idea maestra de desarrollo se
encuentra el gran paradigma occidental del progreso. El desarrollo
debe asegurar el progreso, el cual debe asegurar el desarrollo”4.
1EdgarMorin y Anne B. Kern (1995). La agonía planetaria. Revista Cuadernos
de Economía. Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de
Colombia. Bogotá – Colombia, p.211.

2Ibid., p. 212.

3Ibid., p. 203.

4Ibid., p. 211.

2
Nótese que para Morin y Kern la solución no pasa por desechar estos
conceptos, por “eurocéntricos” o por cualquier otro motivo, sino por
“desarrollar” la “idea del desarrollo” (que “continúa trágicamente
subdesarrollada”) fuera de los marcos de la modernidad occidental,
teniendo como norte la sociedad mundo que está emergiendo.

Lo mismo vale para la idea del progreso, que tiene que ser asegurado
por el desarrollo. El problema, entonces, no está en el progreso o en
el desarrollo, sino en el tipo de progreso y de “desarrollo” y
“subdesarrollo” que hemos tenido hasta la actualidad, en el marco de
la modernidad occidental, lo que nos ha conducido a una nueva
barbarie planetaria enmascarada por la tecnociencia. No se trata, por
tanto, de rechazar el concepto de desarrollo, sino de identificar las
múltiples crisis que subyacen a la sociedad occidental, que incluyen la
crisis del desarrollo, en cuyo marco se ha empobrecido su significado
y se ha tornado inviable. Ya antes, en la década de los setenta, Morin
había señalado lo siguiente:

“La crisis del desarrollo es la interdependencia y la convergencia


entre estas crisis que hemos resumido, las que surgen y las que
todavía tienen que surgir. La crisis del desarrollo muestra que la
sociedad llamada industrial segrega problemas radicales que no
puede resolver mientras resuelve o atenúa otros problemas radicales,
y nos lleva, no a rechazar el concepto de desarrollo, sino a criticar lo
que tenía hasta ahora a la vez de mitológico, de reduccionista
(tecnoeconomicista) y de mutilado (y, por consiguiente, de
mutilador).

Tal como hemos visto, no se trata de la crisis de un concepto. Se trata


a la vez de una crisis antropo-social, de una crisis cultural/ de
civilización, de una crisis del crecimiento industrial/económico,
crisis del Oeste, crisis del Este, crisis del Sur y crisis planetaria”5.

Son estas múltiples crisis las que están detrás de la crisis del
desarrollo y que lo tornan inviable en el marco de la sociedad

5Edgar Morin (1995). Sociología. Editorial Tecnos S. A., Madrid – España, pp.
398 y 399

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occidental. En los países del sur, esta crisis se expresa, por un lado, en
la ruptura de las formas tradicionales de vida y, por otro, en la
“ambigüedad” e incertidumbre que conlleva el porvenir:

“… la crisis del desarrollo, en el Tercer Mundo, no solamente pone en


cuestión los propios métodos para implantar y realizar un desarrollo
de tipo occidental: la crisis pone cada vez más en cuestión, desde el
punto de vista de las civilizaciones no occidentales preocupadas por
salvaguardar su identidad, la pertinencia de un modelo que no puede
implantarse más que arruinando las culturas tradicionales y
desintegrando las culturas arcaicas. Recordemos que el desarrollo,
en el propio Occidente, se hizo en y mediante destrucciones
culturales y sufrimientos humanos. Durante los siglos XVIII y XIX,
masas de campesinos fueron desarraigados de sus campos, de sus
tradiciones y de su cultura, y fueron desembarcados en los suburbios
de las ciudades inglesas. ¿Es el pasado? En realidad, no se trata del
pasado. Es lo que ocurre hoy en todas las ciudades del Tercer Mundo.
Enormes masas rurales que se desarraigan y que van a Sao Paulo, a
Santiago... Todo este proceso se realiza al precio de destrucciones
extraordinarias. Así, para poder tomar hoy decisiones lúcidas,
atrevámonos a contemplar la ambigüedad del porvenir”6.

El desarrollo, en opinión de Morin, “es un concepto que se ha


impuesto como concepto maestro, a la vez evidente y empírico
(medible mediante índices de crecimiento de la producción industrial
y de la elevación del nivel de vida), rico (significativo tanto del
crecimiento, como de la expansión y progreso de la sociedad y del
individuo). Pero casi no se ha tenido en cuenta que este concepto es
también oscuro, incierto, mitológico y pobre”7. Y es esa oscuridad y la
incertidumbre que conlleva la que torna pobre, trágico y
subdesarrollado el concepto de desarrollo.

6Ibid., pp. 399 y 400.

7Ibid., p. 390.

4
2) El “subdesarrollo del desarrollo”

El concepto de desarrollo, en opinión de Morin y de Kern, esta


subdesarrollado. La propia noción de subdesarrollo forma parte de la
pobreza conceptual del concepto de desarrollo. “La noción de
subdesarrollo es un producto pobre y abstracto de la noción pobre y
abstracta de desarrollo”8. Ambas nociones, en su opinión, están
“subdesarrolladas”. “El mismo sentido de la palabra desarrollo tal
como se ha aceptado, implica y provoca de por sí el subdesarrollo, y
debe ser cuestionado”9. El subdesarrollo, lejos de beneficiarse con el
desarrollo -encaminándose, por ejemplo, al modelo de sociedad
industrial-, cargó más bien con sus consecuencias más nefastas en
materia de pérdidas de libertades humanas y represión política -
militar. “El mito del desarrollo llevó a creer que todo debía sacrificarse
en aras del desarrollo. Permitió justificar dictaduras despiadadas,
fuesen de modelo 'socialista' (partido único) o de modelo 'pro -
occidental' (dictadura militar). Las crueldades de las revoluciones del
desarrollo agravaron las tragedias del subdesarrollo”10. Los procesos
de modernización emprendidos por las dictaduras latinoamericanas,
tanto de derecha como de izquierda, en la segunda mitad del siglo XX
ilustran bien esta dinámica del subdesarrollo.

Se instauró, de esta manera, una dialéctica perversa entre desarrollo


y subdesarrollo que, lejos de acortar las diferencias, en virtud del
progreso, terminó por perpetuarla dentro del esquema mundial del
“norte desarrollado” y del “sur subdesarrollado”, que se corresponde
con la estructura actual de la sociedad mundo a la que nos condujo la
modernidad occidental. En este marco, “el Tercer Mundo sigue
sufriendo la explotación económica, pero también padece la ceguera,
el pensamiento obtuso y el subdesarrollo moral e intelectual del

8Edgar Morin y Anne B. Kern (1995). La agonía planetaria. Ob. Cit., p. 211.

9Ibid., p. 204.

10Ibid., p. 212.

5
mundo desarrollado”11. Y son estos elementos, precisamente, los que
impiden a los países del sur encontrar el camino hacia el desarrollo,
saliendo del modelo eurocéntrico, que sigue siendo hegemónico.

El problema no es el desarrollo -que, tal como ha sido formulado,


adolece de subdesarrollo, tanto en el norte como en el sur-, sino el
racionalismo occidental, que es hegemónico y está detrás de las
propuestas de desarrollo que se han propuesto. “En el trasfondo, por
tanto, de la idea-maestra de desarrollo estaba el gran paradigma del
humanismo occidental: el desarrollo socioeconómico, mantenido por
el desarrollo científico-técnico, garantiza por sí mismo la expansión y
el progreso de las virtudes humanas, de las libertades y de los poderes
del hombre”12. Dentro de la matriz cultural hegemónica, eurocéntrica,
no había necesidad de ir más allá:

“¿Por qué parecía tan evidente y tan eufórica la idea del desarrollo?
La razón es que se apoyaba en algo paradigmático: la idea de que la
ciencia, la razón, la técnica y la industria están interasociadas; cada
una desarrolla a la otra y todas garantizan el desarrollo del hombre;
así, este desarrollo se concibe como una expansión de la
racionalidad. Ahora bien, la racionalidad occidental era tan cerrada
y estrecha que expulsaba fuera de su seno todo aquello que no podía
integrarse y que se convertía en irracional, empezando por la
complejidad del ser vivo. Además, la ciencia y la técnica se han
desarrollado sobre el mundo cuantitativo. De ahí la idea de que
cuanto más, mejor (cuanta más producción y cuanta más
especialización, mejor, etc.); se está convencido de que el
crecimiento cuantitativo acaba siempre en un desarrollo
cualitativo”13.

11Ibid., p. 212.

12Edgar Morin (1995). Sociología. Ob. Cit. p. 391.

13Ibid., p. 391.

6
Esta visión, en apariencia humanista y amplia, es reduccionista y, en
la práctica, empobrecía la idea misma de hombre y de sociedad que
pretendía desarrollar:

“… en la raíz misma del concepto de desarrollo, lo que es pobre es,


precisamente, aquello que parece rico: la idea de hombre y la idea de
sociedad. Se ha construido la idea de desarrollo sobre la base de un
mito humanístico/racionalista, unidimensional y pobre del hombre
y sobre la base de una idea mecanicista / economicista
sorprendentemente limitada de la sociedad. ¿Por qué? Mil razones
se nos ocurren, pero no queremos enumerarlas aquí. Indiquemos
solamente aquélla en la que menos se piensa: nuestra antropología
no es suficientemente compleja, puesto que vive sobre la base del
mito limitado al Horno sapiens/ faber, y nuestra sociología no es
suficientemente compleja y no puede concebir lo que sería un
verdadero desarrollo social”14.

En este marco, el concepto de desarrollo se torna “simplificador,


mutilador, mecánico, lineal, racionalizador y eufórico”15, a lo que
habría que agregar el carácter “absolutamente descontrolado del
crecimiento” en que devino:

“Nosotros lo creíamos controlado por la técnica, pero ésta no hacía


más que ajustarlo a corto plazo y, por el contrario, colaboraba de
forma destacada a su desencadenamiento incontrolado. Se podía
creer que estaba controlado por la ciencia. Pero la ciencia se ha
convertido también en un proceso descontrolado. Se podía creer que
los ideales humanos democráticos lo controlarían, pero éstos, lejos
de guiar el crecimiento, se convirtieron en marionetas
desarticuladas, en máscaras ideológicas. Se podría creer que estaría
guiado por el progreso, pero es el progreso lineal el que aparece como
la carrera hacia el abismo. Se podría creer que lo guiaría el

14Ibid., p. 393.

15Ibid., p. 393.

7
racionalismo, pero, de hecho, era una racionalización delirante que,
igual que la neurosis, adoptaba la máscara de la racionalidad”16.

Bajo estas condiciones, el desarrollo quedó a merced de la “carrera


desenfrenada de la tecnociencia” que, lejos de contribuir a la
emancipación humana, termina por esclavizar al ser humano y
conlleva “desarrollos de barbarie” que, aún cuando se vista de un
ropaje técnico y científico y haga uso de las últimas tecnologías, van
en dirección contraria del progreso.

3) La “carrera desenfrenada de la tecnociencia”

El principal problema asociado al desarrollo, en la actualidad, además


del deterioro ambiental y el incremento de las desigualdades sociales,
tiene que ver con “el desarrollo descontrolado y ciego de la
tecnociencia”17. “La segunda posguerra presenció la renovación de las
grandes esperanzas progresistas. Se restauró un futuro excelente,
fuese en la idea del porvenir radiante que prometía el comunismo,
fuese en la idea del porvenir tranquilo y próspero que prometía la idea
de sociedad industrial. La idea de desarrollo parecía ofrecer, para todo
el Tercer Mundo, un futuro libre de las peores trabas que pesan sobre
la condición humana”18. En este marco, la tecnociencia prometía la
solución a todos nuestros problemas. “La fe en la misión providencial
de la tecnociencia alimentó la certidumbre en el progreso y las
grandiosas esperanzas del desarrollo futuro”19. El problema del
desarrollo, en este contexto, se redujo a un problema tecnocrático. La
fe en el progreso devino en fe en la técnica, como un dispositivo
externo al que las personas tenían que adatarse. “La tecnociencia
dirige el mundo desde hace un siglo. Sus desarrollos y sus expansiones

16Ibid., p. 397.

17Edgar Morin y Anne B. Kern (1995). La agonía planetaria. Ob. Cit., p. 220.

18Ibid., p. 209.
19Ibid., p. 220.

8
producen los desarrollos y las expansiones de las comunicaciones, las
interdependencias, las solidaridades, las reorganizaciones y las
homogeneizaciones que, a su vez, desarrollan la era planetaria. Pero
estos desarrollos y estas expansiones son también los que provocan,
por contraefectos retroactivos, las balcanizaciones, las
heterogeneizaciones, las desorganizaciones y las crisis de hoy en
día”20. La tecnociencia, aun cuando pretenda ubicarse en la línea del
progreso, no puede evitar la barbarie.

La tecnociencia, en todos los campos, conlleva efectos perversos que,


en muchos casos, lejos de promover el progreso, termina generando
retrocesos y perdidas civilizatorias. El imperio de la “lógica de la
maquinaria artificial” sobre los seres humanos ha producido una
“nueva barbarie tecno-científico-burocrática” que poco o nada tiene
que ver con la que existía en el pasado. “La técnica es, a la vez,
portadora de civilización y de una nueva barbarie, anónima y
manipuladora. La palabra razón no sólo expresa la racionalidad
crítica, sino también el delirio lógico de la racionalización, ciego frente
a los seres concretos y la complejidad de lo real. Lo que
considerábamos avances de la civilización son, al mismo tiempo,
avances de la barbarie”21. Este delirio de la racionalización ha
producido, entre otras cosas, la “amenaza damoclea” del cambio
climático, el peligro atómico, los desastres naturales, las múltiples
formas de violencia, la criminalidad organizada, etc., que operan en
nuestro entorno y vienen de la mano del progreso, teniendo como
correlato una serie de problemas internos, vinculados a la
individualización, que alteran nuestra psiquis. “Los poderes de auto
destrucción y de destrucción, latentes en cada individuo y cada
sociedad, se han reactivado en nuestros medios urbanos anónimos,
multiplicando y aumentando las soledades y las angustias
individuales, desinhibiendo una violencia qué se convierte en
expresión banal de la protesta, el rechazo y la revuelta. La mortífera

20Ibid., p. 220.

21Ibid., p. 223.

9
atracción de las drogas duras, sobre todo de la heroína, se difunde
irresistiblemente; éstas apaciguan, embriagan y exaltan, pero la
salvación que prometen es mortal”22. La “aventura incontrolada de
la tecnociencia”, en los distintos ámbitos de nuestras vidas, tiene un
efecto de fascinación sobre nosotros, que fácilmente asociamos con el
progreso, pero que conlleva una serie de patologías sociales de orden
mundial que nos han conducido a una nueva barbarie planetaria que
tiene expresión en los problemas globales que antes han sido
mencionados.

El resultado de este proceso ha sido la disociación entre el progreso y


el futuro. La orientación hacia el futuro no necesariamente es
sinónimo de progreso y éste, a su vez, nos ha conducido a múltiples
formas de barbarie moderna. La tecnociencia, por efecto de
fascinación, nos ha puesto en “esta carrera alocada hacia el futuro que
cada vez tiene menos cara de progreso, o que sería más bien el
segundo rostro del progreso”23, es decir, la barbarie moderna. En
cualquier caso, tenemos que preguntarnos si es posible seguir por este
camino. “Hoy, la cuestión consiste en saber si las fuerzas de regresión
y destrucción predominarán sobre las de progreso y creación y si no
hemos cruzado ya un umbral crítico en la aceleración-amplificación,
que podría llevarnos al desbordamiento explosivo”24. La respuesta a
esta cuestión sigue estando pendiente. Y es que el problema no se
resuelve con una opinión a favor o en contra del progreso, que pueda
ser dada desde la academia o desde algún otro foro intelectual, sino
que hay que construir nuevos significados, nuevos sentidos comunes,
en torno a las ideas de progreso y desarrollo, que permitan superar el
sesgo tecnocrático y reinsertar el progreso en una perspectiva
humanista, amigable con la naturaleza, dentro de la sociedad mundo
que está emergiendo.

22Ibid., p. 228.

23Ibid., p. 227.

24Ibid., p. 226.

10
Necesitamos, a decir de Morin y Kern, un “progreso diferente”, que
rompa con la versión tradicional que se tiene del mismo. La barbarie
a la que nos ha conducido la “triada ciencia / técnica / industria” nos
ha paralizado o, peor aún, neutralizado como sujetos, a nivel
individual y colectivo. Para Morin y Kern es claro que la crisis del
progreso, tal como ha sido concebido hasta ahora, nos debe conducir
a la búsqueda de “otro porvenir”, distinto al que nos ofrece la
tecnociencia. “Debemos orientarnos hacia otro porvenir. En esto
consiste la toma de conciencia decisiva del nuevo milenio”25. La
respuesta, en su opinión, está en la construcción de una “civilización
meta técnica”, en base a un humanismo renovado que no colisione
con la naturaleza.

“Es posible imaginar una civilización meta técnica con la ayuda y la


integración de la técnica, el control de la lógica actual de las
máquinas artificiales mediante normas humanas, la introducción
progresiva de una lógica compleja -lo que apenas está empezando-
en los computadores y, por tanto, en el mundo de las máquinas
artificiales.

La impotencia para llevar a cabo la gran mutación tecnológica –


económica - social no sólo proviene de la insuficiencia de
conocimientos técnicos y económicos, sino también de las
deficiencias del pensamiento tecno-econocrático dominante.
También proviene de la debilidad del pensamiento político que, tras
el colapso del marxismo, es incapaz de desplegar un pensamiento
complejo y concebir un gran proyecto. Hay impotencia para superar
la crisis del progreso mediante un progreso diferente y para superar
la crisis de la modernidad mediante algo distinto de un mísero
postmodernismo”26.

Dentro del “misero postmodernismo”, como despectivamente lo


llaman, Morin y Kern incluyen a los pregoneros del “fin de la
modernidad”, el “fin de la historia”, el “fin de las ideologías”, que nos

25Ibid., p. 227.

26Ibid., p. 224.

11
dicen que “no hay futuro” y que lo único que importa es el “aquí y
ahora”. Estos pregoneros, además, reducen todo a la cultura y son
completamente ciegos a la naturaleza y lo que ocurre en ella. Los
hechos, sin embargo, ponen en evidencia que la naturaleza es la que
más ha sido dañada en toda esta historia. Su respuesta tampoco se ha
hecho esperar y es lo que estamos viviendo en la actualidad, con el
calentamiento global y la crisis planetaria, que ha sido desencadenada
por la pandemia del COVID – 19. No podemos fingir que nada está
ocurriendo y mirar a un costado. La historia se mueve y queda a cada
uno de nosotros elegir entre ser parte de ella o quedar al margen,
como si nada hubiera pasado. El futuro puede ser progreso, pero
también puede significar regresión, barbarie. Y la tecnología siempre
va a estar ahí, acompañando nuestro viaje. Tenemos que elegir, en
consecuencia, si queremos que esté al servicio del hombre, de la
emancipación humana, o si optamos por la barbarie, por la
barbarización del ser humano, que es el camino por el que estamos
transitando en la actualidad.

4) La tecnología actual conlleva la “peste del insomnio”


y nos conduce a una nueva barbarie planetaria

La pandemia del COVID – 19 no solo ha desatado una crisis mundial,


sistémica, que ya se veía venir desde hace algunas décadas, sino que
ha puesto en evidencia una serie de problemas mundiales en los
distintos ámbitos de nuestra sociedad. Byung Chul Han ha señalado
que la COVID - 19 ha evidenciado que “vivimos en una sociedad de
dos clases”:

"La vulnerabilidad o mortalidad humanas no son democráticas, sino


que dependen del estatus social. La muerte no es democrática. La
covid-19 no ha cambiado nada al respecto. La muerte nunca ha sido
democrática. La pandemia, en particular, pone de relieve los
problemas sociales, los fallos y las diferencias de cada sociedad.
Piense, por ejemplo, en Estados Unidos. Por la covid-19 están
muriendo sobre todo afroamericanos. La situación es similar en
Francia. Como consecuencia del confinamiento, los trenes
suburbanos que conectan París con los suburbios están abarrotados.

12
Con la covid-19 enferman y mueren los trabajadores pobres de origen
inmigrante en las zonas periféricas de las grandes ciudades. Tienen
que trabajar. El teletrabajo no se lo pueden permitir los cuidadores,
los trabajadores de las fábricas, los que limpian, las vendedoras o los
que recogen la basura. Los ricos, por su parte, se mudan a sus casas
en el campo. La pandemia no es solo un problema médico, sino
social. Una razón por la que no han muerto tantas personas en
Alemania es porque no hay problemas sociales tan graves como en
otros países europeos y en Estados Unidos. Además, el sistema
sanitario es mucho mejor en Alemania que en Estados Unidos,
Francia, Inglaterra o Italia. Aun así, en Alemania, la covid-19 resalta
las diferencias sociales. También mueren antes aquellos socialmente
débiles. En los autobuses y metros abarrotados viajan las personas
con menos recursos que no se pueden permitir un vehículo propio.
La covid-19 muestra que vivimos en una sociedad de dos clases"27.

Han no es el primero en hablar de “dos clases”. Ya antes, en la década


de los noventa, André Gorz se había referido a este problema. En La
metamorfosis del trabajo, este autor realiza un análisis histórico y
estructural de la sociedad contemporánea, en la que constata el
desmoronamiento de la “utopía industrialista” como consecuencia de
la metamorfosis del trabajo28. El mundo del trabajo, en el contexto
actual, esta caracterizado por la escisión en “dos clases hiperactivas”:
una “élite económica”, que es demográficamente minoritaria y se
encuentra incluida en el sistema económico, y la población que opera
en el entorno del sistema, que es mayoritaria y tiende a crecer, y se
dedica al “trabajo de servicios personales”. Esta población es
contratada o subcontratada por las familias de la “élite económica”,
bajo un régimen de servidumbre, para realizar las labores domésticas
que éstas han dejado de realizar y prefieren tercerizar.

27Carmen Sigüenza y Esther Rebollo (2020). “El virus es un espejo, muestra en


qué sociedad vivimos”. Entrevista a Byung – Chul Han. En: El Tiempo (16 / 05
/ 2020).

28André Gorz (1995). La metamorfosis del trabajo. Búsqueda del sentido. Crítica
de la razón económica. Editorial Sistema. Madrid - España.

13
En los países del norte, el trabajo de servidumbre esta “formalizado”
y se realiza como una contraprestación laboral, por la que se percibe
un salario que es significativamente menor al que reciben los
miembros de la “élite económica”. Las personas que se ocupan en este
sector, denominado como “economía de servicios”, constituyen la
“nueva servidumbre” que, en su mayor parte, está conformada por la
población migrante y por los desocupados o personas que no lograron
con éxito insertarse en los puestos de trabajo ofrecidos por la “élite
económica”. Gorz señala que esta configuración de la sociedad tiene
su origen en la “colonización del tiempo de ocio”, que hace que los
integrantes de la “élite económica” se dediquen a “tiempo completo”
a su labor “especializada”, “explotándose” o “sobreexplotándose a sí
mismo”, situación que es replicada por la población que vive bajo un
régimen de servidumbre, que realiza sus labores en la esfera
doméstica. Se configuran así “dos clases”, signadas por los puestos de
trabajo “calificados” y la “servidumbre laboral”.

En los países del sur, como ocurre en nuestro caso, dentro del sistema
o en sus márgenes, está el trabajo precarizado, el autoempleo, la
informalidad económica y la economía delictiva, que es como se
manifiesta esta escisión en “dos clases” en nuestros países, a una
escala global. En las zonas rurales es común asistir a la precarización
laboral, sobre todo en las zonas donde ocurre una gran concentración
de tierras, como es el caso de la costa peruana, en la que el latifundio
o neolatifundio está de vuelta desde hace poco más de dos décadas. El
trabajo de servidumbre igualmente está muy extendido en la zona
urbana y rural, además de precarizado, cuando no es informal. La
economía, en general, se subdivide en tres grandes ámbitos o
dominios: formal, informal e ilegal, que no necesariamente son
compartimentos estancos. Los diversos actores operan de manera
fluida en cada uno de estos dominios, pasando de un ámbito a otro de
manera frecuente. Las “dos clases” operan, transversalmente, en cada
uno de estos dominios, asumiendo distintos roles en cada uno de
ellos, que siempre incluye el trabajo de servidumbre.

14
Es importante hacer notar, por otro lado, que la dinámica económica,
en cualquiera de estos ámbitos, lejos de favorecer una reducción del
horario laboral, más bien tiende a incrementarlo. La tecnología, en
este caso, incluso cuando se trata de tecnologías de última generación,
no favorece la liberación de la fuerza de trabajo, sino que más bien
tiende a esclavizarla. Esta situación ha generado, en el caso de la
población joven de China, el “desvelo en venganza”, que opera con un
“horario 996”, que significa que se trabaja de nueve de la mañana a
nueve de la noche, durante seis días a la semana. El trabajo, bajo estas
condiciones, coloniza el tiempo libre y el tiempo de ocio, lo que, en
muchos casos, obliga a sacrificar horas de sueño en los trabajadores,
para poder “llevar una vida”. Las personas, en esta situación, pierden
el control de su vida diurna y, en compensación, “se niegan a dormir
temprano para recuperar algo de libertad durante las horas de la
noche"29. La vida personal, en consecuencia, se reduce al mínimo,
cuando se tiene, y viene acompañada, además, de depresión, TDAH,
TLP, SDO o “Síndrome de Burnout”, entre otros problemas de salud
mental que son propios de la época. A ello, hay que agregar la “peste
del insomnio” -magistralmente anticipada, décadas atrás, por Gabriel
García Márquez en sus Cien años de soledad-, que la OMS no tiene
referenciada, pero que se ha hecho pandémica y tiende a
incrementarse entre la población más joven, tanto en los países del
norte como en los países del sur.

Esta situación, por paradójica que parezca, ocurre con mayor


frecuencia dentro de la “élite económica”, entre la población más
joven, en el sector moderno de la economía, que está familiarizado
con el uso de las nuevas tecnologías. La “peste del insomnio” ya venía
ocurriendo antes de que se desencadene la pandemia del COVID - 19,
y no sólo en China, sino en diversos países del mundo, incluyendo el
Perú. El sector financiero es el punto gravitacional en el que se
desencadena esta pandemia que, poco a poco, se ha ido extendiendo
a otros sectores de la economía. En una “economía planetaria”, que
no duerme, tampoco tienen que hacerlo los trabajadores que operan

Lu-Hai Liang (2020). Qué es el "desvelo en venganza" que practican millones


29

de jóvenes trabajadores en China. En: BBC Mundo (06 / 12 / 2020).

15
en ella, y las TIC se encargan de tenerlos todo el tiempo referenciados
y conectados. Una vez desencadenada la pandemia, un sector
mayoritario de esta población se ha volcado al teletrabajo, pero eso
solo ha contribuido a visibilizar aún más el problema. Es paradójico
que esta población, que se “queda en casa”, no tenga tiempo para
interactuar con su familia y se quede hasta altas horas de la noche
laborando desde su ordenador, tratando en todo momento de no ser
“interrumpido” por alguno de sus familiares. La población que
teletrabaja, probablemente, es la que más ha sido afectada por la
“peste del insomnio”, que ya arrastraba de antes. El problema de esta
peste, nos decía García Márquez, no es solo que afecta el sueño,
provoca la “pérdida de la memoria”:

“«Si no volvemos a dormir, mejor – decía José Arcadio Buendía, de


buen humor-. Así nos rendirá más la vida». Pero la india les explicó
que lo más temible de la enfermedad del insomnio no era la
imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentía cansancio alguno,
sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el
olvido. Quería decir que cuando el enfermo se acostumbraba a su
estado de vigilia, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos
de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último
la identidad de las personas y aun la conciencia de su propio ser,
hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado”30.

En Cien años de soledad, la “peste del insomnio” llevó a que los


habitantes de Macondo optaran por ponerse en cuarentena, para
evitar el contagio a las personas que aún estaban sanas, hasta que
aparece en escena el gitano Melquiades que reactiva la memoria
mediante la provisión de uno de sus brebajes. En el mundo real, sin
embargo, no hay gitano ni brebaje a la vista que resuelva el problema.
Entre nosotros prevalece la “idiotez sin pasado”, reforzada por el
cuento del “fin de la historia”, pregonada por Francis Fukuyama. Sin
sueño y sin memoria, la humanidad está condenada. El sueño no solo
permite descansar y recuperar energías al cuerpo, sino que, en su

30GabrielGarcía Márquez (1985) Cien años de Soledad. Editorial Oveja Negra.


Madrid – España, p. 38.

16
dimensión onírica, aviva la imaginación y es una invitación a la
utopía. La memoria, por su parte, nos ubica en la historia y nos enseña
a no repetir los errores del pasado. La “peste del insomnio”, en
consecuencia, conlleva el riesgo que le atribuyó García Márquez:
produce idiotas sin pasado, individualizados, desmemoriados, que
viven en el presente continuo, incapaces de imaginar un futuro, a
nivel individual y colectivo.

La disociación del futuro con el progreso nos conduce, por la vía corta,
a la barbarie. Los signos de la barbarie están presentes en todas
partes, empezando por la tecnología. Es importante precisar que esta
barbarie, en ningún caso, implica regresión. No se ubica en el pasado.
Se sitúa en el presente y se proyecta al futuro. La tecnología es bárbara
en la medida en que no libera, sino que esclaviza al ser humano. No
importa que tan “moderna” o “avanzada” (de “última generación”)
sea. Los signos son claros. Si coloniza el tiempo de ocio y de descanso
de los individuos, si induce a las personas a explotarse a sí mismas, si
restringe su libertad mediante la autocoacción, si pervierte el
significado y sentido de las libertades humanas, entonces no estamos
ante una tecnología que libera, sino que esclaviza al hombre. Y esta
esclavización, en el marco de la sociedad capitalista, tiene un fin claro:
generar plusvalor. La tecnología no produce plusvalía. El trabajo sí.
En la lógica del capital, el cambio tecnológico tiene sentido en la
medida en que permite optimizar la explotación humana.

La idea de que el avance tecnológico iba a reducir la jornada laboral,


favoreciendo a una mayor libertad humana, no es alcanzable dentro
del capitalismo. El neoliberalismo, además, extrema esta situación de
autoexplotación. Marx y Engels, en el Manifiesto comunista, ya
habían advertido esta situación, cuando señalan que el progreso
tecnológico y el desarrollo económico, en general, no garantizan
mejores condiciones de vida y un mayor bienestar humano en las
personas. En la sociedad capitalista:

“El obrero moderno, al contrario, lejos de elevarse con el progreso de


la industria, desciende siempre más; por debajo mismo de las
condiciones de vida de su propia clase. El trabajador cae en la

17
miseria, y el pauperismo crece más rápidamente todavía que la
población y la riqueza. Es, pues, evidente que la burguesía es incapaz
de desempeñar el papel de clase dirigente y de imponer a la sociedad
como ley suprema las condiciones de existencia de su clase. No puede
mandar porque no puede asegurar a su esclavo una existencia
compatible con la esclavitud, porque está condenada a dejarle decaer
hasta el punto de que deba mantenerle en lugar de hacerse alimentar
por él. La sociedad no puede vivir bajo su dominación; la que
equivale a decir que la existencia de la burguesía es en lo sucesivo
incompatible con la de la sociedad”31.

Esta situación no ha cambiado con la mutación del trabajo físico en


trabajo intelectual, que prevalece en la actualidad. En cualquier caso,
lo que se compra es el tiempo que el trabajador -obrero, que vende su
fuerza física o empleado moderno, con altas calificaciones
universitarias- pone al servicio del capital. Robert Castel ubica esta
mutación dentro de lo que el ha denominado como la “metamorfosis
de la cuestión social” en la sociedad contemporánea, signada por un
“individualismo negativo”, esto es, “un individualismo de masas
socavado por la inseguridad y la falta de protecciones”32. Byung -
Chul Han, por su parte, señala que las personas viven en la actualidad
bajo un régimen de “libertad coactiva” que somete al individuo a
“coacciones internas” que se viven como exigencias de rendimiento
vinculadas a la realización del proyecto personal que cada uno tiene.
“El régimen neoliberal transforma la explotación ajena en la
autoexplotación que afecta a todas las «clases»”33. Esta situación es
valida tanto para los que viven de un trabajo dependiente como para
aquellos que operan de manera independiente. “Hoy cada uno es un
trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada

31Carlos Marx y Federico Engels (2000). Manifiesto Comunista. Ediciones


Elaleph.com, p. 47.

32Robert Castel (1997). La metamorfosis de la cuestión social. Una crónica del


salariado. Paidós Estado y Sociedad, Barcelona – España, pp. 387.

33Byung – Chul Han (2014). Psicopolítica. Editorial Herder. Barcelona – España,


p. 10.

18
uno es amo y esclavo en una persona. También la lucha de clases se
transforma en una lucha interna consigo mismo”34. Es por eso que, en
lenguaje de Morin, necesitamos un “progreso diferente”, “otro
provenir”, que permita cambiar esta situación. Eso pasa por la
construcción de una “civilización meta técnica”, en la que la
tecnología esté al servicio del ser humano y no al revés. La tecnología
actual, mediada por intereses privados, que solo persiguen el lucro
individual o de grupo, no puede garantizar la emancipación humana
y, por el contrario, nos ha llevado a una nueva barbarie planetaria.
Eso es lo que tenemos que cambiar.

Reflexiones finales

El problema está en la racionalidad, que no hay que confundir con la


Razón en cualquiera de sus tipos modernos, incluyendo la razón
instrumental. “Debemos liberarnos del paradigma pseudorracional
del homo sapiens faber según el cual ciencia y técnica asumen y
logran el desarrollo humano”35. La racionalidad es un atributo
humano que no solo está en la especie, sino en todas las culturas y
sociedades de las que formamos parte. Establecer la Razón como lo
distintivo de un tipo de sociedad para, sobre esa base, negarle este
atributo a la otras, carece de sentido tanto para unos como para otros.
Negar o infravalorar la racionalidad para no ser eurocéntrico es tan
absurdo como ser eurocéntrico. Morin aboga en favor de una
racionalidad que sea sapiens y demens a la vez, que conjuga razón y
emoción, lo que está en la base del homo complexus, que es el tipo
humano que él asume como modelo.

En este marco, somete a crítica la “pseudo – racionalidad” –


“monocéntrica, monojerárquica, omniespecializada”– sobre la que
se ha construido la modernidad occidental y, de manera específica, la
sociedad capitalista y el “socialismo real” que, metamorfoseado, se
mantiene vigente en la China actual.

34Ibid., p. 9.
35Edgar Morin y Anne B. Kern (1995). La agonía planetaria. Ob. Cit., p. 224.

19
“Nuestras sociedades –nos dice Morin–, aun las más burocratizadas,
aun las más tecnificadas, aun las más totalitarias, no obedecen al
esquema de la pseudo – racionalidad monocéntrica,
monojerárquica, omniespecializada. En toda sociedad hay pues,
anarquismo y pluralismo organizacional, pero anarquismo y
pluralismo están encubiertos, sometidos justamente al orden
céntrico / jerárquico. La pseudo – racionalidad considera que todo
lo que escapa al orden centralizado, jerárquico y especializado es
desorden, despilfarro que debe ser reprimido y si es posible
eliminado. De hecho, lo que se hundirá si hubiera eliminación del
desorden subyacente es el orden pseudo - racional”36.

Es esta “pseudo – racionalidad” la que está en cuestión; pero no desde


posiciones irracionales o postmodernas -que priorizan la crítica
cultural, en detrimento de la naturaleza-, sino desde un racionalidad
renovada, no eurocéntrica, sistémica, que va más allá del “homo
oeconomicus”, del “homo consumens” (Fromm), en el que devino el
homo sapiens en la modernidad occidental. El ser humano, como
dice Morin, es a la vez sapiens y demens. Esta bipolaridad, que forma
parte de nuestra condición natural, es la que nos hace “Homo
Complexus”:

“Si homo es a la vez sapiens y demens, afectivo, lúdico, imaginario,


poético, prosaico, si es un animal histérico, poseído por sus sueños y
sin embargo capaz de objetividad, de cálculo, de racionalidad, es que
es homo complexus.

De este modo si existe efectivamente homo sapiens, faber,


oeconomicus, prosaicus, también existe, y es lo mismo, el hombre
del delirio, el juego, la consumación, lo estético, lo imaginario, la
poesía. La bipolaridad sapiens – demens expresa en su extremo la
bipolaridad existencial de las dos vidas que tejen nuestras vidas, la
una seria, utilitaria, prosaica, la otra lúdica, estética, poética. La
brecha entre lo real y la mente humana sin cesar esta tan pronto

36Edgar Morin. El Método II. La vida de la Vida. Editorial Cátedra. Madrid -


España, 2002, p. 380.

20
atravesada por redes de racionalidad que establecen la
comunicación, cuanto invadida por las potencias afectiva o
fantasmáticas que penetran este real y se confunden con él.

El ser humano esta bipolarizado entre demens y sapiens. Aún más,


sapiens está en demens y demens está en sapiens, formando un yin
yang, conteniendo cada uno al otro. Entre Uno y otro, a la vez
antagonistas y complementarios, no existe ninguna frontera neta;
existe sobre todo las eflorescencias de la afectividad, la estética, la
poesía, el mito. Un vida totalmente racional, técnica y utilitaria no
solo sería demente, sino inconcebible. Una vida sin ninguna
racionalidad sería imposible. Es la racionalidad lo que permite
objetivar al mundo exterior y operar una relación cognitiva practica
y técnica”37.

André Gorz, a inicios de los años noventa, en alusión al


postmodernismo, decía que no estábamos ante una “crisis de la
modernidad”. “La crisis actual no es la crisis de la Razón sino la crisis
de los motivos irracionales, desde ahora manifiestos, de la
racionalización tal como ha sido acometida”. La modernización, de
acuerdo con este autor, tenía necesidad de “modernizarse, de
insertarse reflexivamente en el campo de su acción: de racionalizar
la propia racionalización”38. Es importante señalar, a la luz de lo que
viene ocurriendo, que la crisis actual si pone en cuestión a la
modernidad occidental, tal como ha sido acometida, y eso incluye a la
racionalización y a la Razón (con mayúscula), lo que no
necesariamente quiere decir que debamos desentendernos de ella y
echarla por la borda.

Lo que está en cuestión es precisamente la identificación entre


modernidad, que es un producto occidental, y la razón, que es un
atributo del género humano y que, por tanto, no tiene que

37Edgar Morin (2003). El Método V. La humanidad de la humanidad. La


identidad humana. Editorial Cátedra. Madrid - España, p. 158.

38André Gorz (1995). Metamorfosis del trabajo. Búsqueda del sentido. Critica de
la razón económica. Ob. Cit., p. 11.

21
subordinarse a la primera. Mas que una racionalización, en el sentido
weberiano, que instrumentalice la vida social y se desarrolle al
margen de la naturaleza, lo que necesitamos es una nueva
racionalidad que, trascendiendo el “orden pseudo – racional” de la
modernidad occidental, nos permita avanzar hacia el “Homo
Complexus”, que es a la vez sapiens y demens y no ignora al “humano
biológico”, como ha ocurrido hasta ahora. “Las ciencias humanas -nos
dice Morin- ignoran a los humanos biológicos, los convierten en una
entidad sin cuerpo y sin vida”39. Una racionalidad diferente no puede
construirse de espaldas a la naturaleza.

Y esto también vale para los conceptos de progreso y de desarrollo. La


apuesta no pasa por desechar los términos, sino por darles un nuevo
significado, que sea funcional a la “civilización meta técnica” que está
emergiendo en la sociedad mundo. En este marco, conceptos como
globalización -que Morin diferencia de la planetarización y
mundialización-, crecimiento o desarrollo, adquieren un nuevo
significado. La globalización, por ejemplo, no se reduce a lo
económico, sino que adquiere importancia en el ámbito cultural;
mientras que en ámbitos como la agricultura lo que corresponde, más
bien, es hablar de “desglobalización”. Y lo mismo ocurre con las
nociones de crecimiento y decrecimiento o con el concepto de
desarrollo. “El mundo tiene al mismo tiempo necesidad de
globalización (las culturas, por ejemplo) y de "desglobalización" (la
agricultura). Se tiene a la vez necesidad de crecer y de decrecer. Se
debe desarrollar para que cada uno disfrute de los progresos positivos
y delimitar para que la gente pueda seguir perteneciendo a una
comunidad. He aquí un pensamiento político que podría conducir a
una metamorfosis, a un cambio de rumbo”40. El desarrollo tiene que
hacer frente a todos estos problemas, teniendo en perspectiva la

39Edgar Morin. @EdgarMorinNahum /


http://www.edgarmorinmultiversidad.org/ (Visita: 2020).

40EdgarMorin (2013). La idea de metamorfosis es que en el fondo todo debe


cambiar. Entrevista a Edgar Morin. El Correo: 12 / 08 / 2013.

22
construcción de una sociedad mundial que ha comenzado a dar sus
primeros pasos.

El concepto de desarrollo mantiene su vigencia, pero como parte del


progreso y la metamorfosis en curso, y no dentro del esquema
desarrollo / subdesarrollo (o “países desarrollados” / “países en vía
de desarrollo”) que es como se lo usaba anteriormente. El desarrollo
queda liberado, además, del modelo eurocéntrico y de la idea de
“sociedad desarrollada” que conlleva. “La supervivencia, el
progreso, el desarrollo de la humanidad van unidos a la
metamorfosis”41. Y eso quiere decir que no solo sirven a ella, dentro
de un horizonte más amplio, sino que ellos mismos son objeto de
metamorfosis, de transformación radical, y tienen que adaptarse a los
distintos contextos y formas de vida en los que se despliega la
sociedad mundo emergente.

41Edgar Morin (2006). El Método VI. Ética. Editorial Cátedra. Madrid – España,
p. 203.

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