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Biodiversidad ¿el fin de la

vida silvestre?
I. El hombre y la naturaleza

Casi veinte años han pasado tras la


Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro, que
vio nacer una nueva toma de conciencia
denominada “biodiversidad”. Este término,
con una resonancia bastante abstracta, no
se limita a la protección de especies en vía
de desaparición, sino que engloba retos que
comprometen a la especie humana en su
propia supervivencia; tanto en el norte como
en el sur. Desde la conservación de ciertos
ecosistemas a la explotación razonada de los
recursos naturales (agricultura, pesca,
bosques…); desde la satisfacción de las
necesidades alimentarias fundamentales,
hasta el reparto justo y equitativo de las riquezas extraídas de la biodiversidad.

¿Cuál es la situación en nuestros días? Lo que señalan todos los expertos no deja
lugar a dudas: nos enfrentamos a una erosión de la biodiversidad cargada de
consecuencias para el futuro del planeta.

Con motivo del Año Internacional de la Biodiversidad, queremos abordar lo


referente a la domesticación sin límite de la naturaleza por parte del hombre; en
paralelo, da cuenta de las iniciativas en marcha por todo el planeta para frenar la
pérdida de biodiversidad. Se intenta igualmente evaluar lo que algunos
especialistas denominan “los servicios aportados por los ecosistemas”.

II. Una naturaleza cada vez más domesticada y artificial

Una selección de zorros

En su origen, una población de zorros comunes (Vulpes vulpes), salvajes y


agresivos. Al final, un adorable animal de compañía, completamente dócil. Entre
los dos, cincuenta años de cría, seleccionando cuidadosamente los zorros con una
actitud más amigable hacia el hombre. He aquí el resultado de un experimento
inédito realizado durante la segunda mitad del siglo XX en Siberia1. El objetivo era
comprender por qué los animales domésticos son tan diferentes de sus primos
silvestres. La respuesta, todavía misteriosa, parece residir en las modificaciones
hormonales generadas por el estrés de la domesticación.

El hombre, ¿reductor de especies?


Las variedades domésticas no están al abrigo de las desapariciones, más bien al
contrario. Desde la llegada de la agricultura, el hombre ha utilizado
aproximadamente 10 mil especies vegetales de un total de 300 mil. En nuestros
días, 150 especies alimentan a la mayoría de los seres humanos y 12 cultivos
garantizan por sí solos el 80 por ciento del aporte energético: trigo, arroz, maíz y
papa representan un 60 por ciento.

Se han abandonado miles de especies y variedades tradicionales a favor de


variedades modernas mejoradas. La situación es aun más sorprendente en el
caso de los animales: el 90 por ciento de la producción animal proviene de apenas
14 especies. Y de las 7 mil 616 razas de animales de cría contabilizadas en el
mundo, un 20 por ciento se considera que está en peligro de extinción. Entre los
años 2000 y 2006, desaparecieron 62 razas.

La rápida extensión de los sistemas de producción intensiva, que utilizan un


número limitado de razas de alta producción y que marginan a los sistemas
tradicionales, es la principal razón de estas extinciones. Las plagas, las
enfermedades o el calentamiento de la Tierra tienen también un papel nada
despreciable. Esta erosión de la diversidad domesticada podría plantear con el
tiempo un problema real de seguridad alimentaria.

La larga historia de la domesticación

La acción del hombre sobre lo


“silvestre” no es un hecho nuevo.
Comenzó hace unos 15 mil años
cuando los cazadores del Paleolítico
domesticaron a los lobos. Todos
sacaron provecho: el lobo
alimentándose de los restos de
comida de los hombres. Y estos, por
su parte, beneficiándose de la ayuda
del animal para cazar o para
mantener la guardia en el
campamento.

Aislados de la población silvestre, seleccionados en función de caracteres


específicos (docilidad, pequeño tamaño), estos lobos se fueron transformando
lentamente hasta convertirse en una especie de pleno derecho: el perro. Había
nacido la primera especie domesticada. Las siguientes tardaron 5 mil años más en
aparecer, durante el Neolítico. Entre ellas, la cebada, el trigo, el higo, la cabra, el
cerdo, la oveja o la vaca. Procesos de domesticación que han transformado el
modo de vida de las personas y, en gran parte, han permitido remplazar la
recolección de plantas por cultivos y la caza por la cría.

Actualmente, un gran número de estas especies han sido tan transformadas por el
hombre que no podrían sobrevivir sin su ayuda. Este proceso de domesticación de
la vida silvestre sigue en marcha. El siglo XX, por ejemplo, ha visto el desarrollo de
la domesticación de los peces para la acuicultura. Además, el hombre también ha
transformado paisajes enteros, dando como resultado una naturaleza cada vez
más artificial.

Paisajes artificiales

El hombre no se ha contentado con domesticar algunas especies seleccionadas,


sino que también ha modelado inmensos paisajes y ecosistemas enteros, bien
para alimentarse, bien para protegerse de predadores o de los riesgos naturales.
Incluso por razones comerciales. Así, cerca del 70 por ciento de los bosques
mediterráneos han sido transformados por el hombre, la mayoría convertidos en
tierras agrícolas, como en la Toscana, Italia. Se estima que más de la mitad de la
superficie de Francia estaba cubierta de bosques originales antes del año 1000, y
antes de la Revolución Francesa quedaba algo menos del 15 por ciento. Gracias a
la reforestación, la cobertura forestal alcanza actualmente casi el 30 por ciento.

La huella ecológica de los países del mundo

Hay casi siete veces más humanos en


la Tierra que hace dos siglos: mil
millones de habitantes en 1800, casi 7
mil actualmente. Todas las personas
necesitan de la naturaleza para
alimentarse, alojarse, desplazarse,
incluso eliminar los desechos.
Necesidades que en 2005 se
evaluaron en 2.7 hectáreas por
personal. O sea, una superficie
(igualmente denominada “huella
ecológica”) de 17 mil 500 millones de
hectáreas para todos los habitantes del planeta. Ahora bien, ese año solamente
había 13 mil 600 millones de hectáreas disponibles. Así pues, la demanda
sobrepasó la oferta en un 30 por ciento.

Dicho de otra manera: hubiera hecho falta 1.3 planetas Tierra para responder
permanentemente a las necesidades de la humanidad. En consecuencia, los
ecosistemas se agotan y los desechos se acumulan.

Las abejas de la ópera


Mientras las abejas son cada vez
menos abundantes en el campo,
algunas viven felizmente en la ciudad.
Las colmenas instaladas en el tejado
de la ópera Garnier de París producen
entre cuatro y cinco veces más de
miel que la media. ¿Las razones de
esta paradoja? Temperaturas
ligeramente más elevadas, floraciones
permanentes y más diversificadas y
tratamientos fitosanitarios a veces
menos intensos que en los campos.
En total se han instalado cerca de 300
colmenas en París.

La biodiversidad en la ciudad

Si los espacios verdes son lo suficientemente numerosos y variados, se pueden


encontrar más especies en la ciudad que en los alrededores. Es el caso de
Oxford, en Ohio, donde se han contabilizado 2.7 veces más especies de aves que
en los bosques circundantes. La ciudad ofrece temperaturas más suaves que el
campo y las personas dejan tras sí una gran cantidad de restos de comida. El
revés de la medalla es que tienen que soportar el ruido, la luz y la contaminación.

Algunas especies no pueden tolerar este nivel de estrés y huyen de las ciudades,
mientras que otras se adaptan sin problema (gorriones, estorninos, palomas,
conejos, erizos, dientes de león, ortigas…). Al comparar las especies urbanas con
sus congéneres del medio rural, los científicos han demostrado varias
adaptaciones específicas. Los individuos urbanos son en general más grande que
los del campo y su régimen de alimentación se modifica.

Así, el cernícalo común, que normalmente caza pequeños mamíferos con su


célebre vuelo cernido, en la ciudad se alimenta sobre todo de gorriones y pasa a
utilizar la técnica del acecho. Otro ejemplo: el Crepis sancta (planta silvestre de la
misma familia que el diente de león) produce más semillas grandes en la ciudad
que en el campo. Al ser más pesadas, estas semillas corren menos riesgo de ser
dispersadas con el viento y caer en zonas asfaltadas. Así germinarán a los pies de
la misma planta madre, en uno de los pocos rincones de vegetación de la ciudad.

Una adaptación genética aparecida tras solamente unos doce años de evolución.

Un zoológico ambulante
Numerosas especies sólo viven en
presencia del hombre, sin haber sido
sin embargo domesticadas. Por
ejemplo, en los 10 mil años que el
hombre lleva almacenando cereales,
el ratón común le acompaña por todos
lados. Asimismo, el hombre transporta
miles de millones de microorganismos
que viven en su piel, en la nariz, en
los intestinos, etc. Según dataciones
realizadas en cráneos humanos, esta
estrecha relación con los
microorganismos existe desde hace al menos 195 mil años.

¿La naturaleza totalmente controlada?

La invención de la agricultura y de la ganadería marca el paso de un hombre que


sufre la naturaleza a un hombre deseoso de dominarla, de ponerla a su servicio.
Actualmente el Homo sapiens está por todos sitios. Puede eliminar colonias de
insectos dañinos gracias a los insecticidas, sabe incrementar la productividad de
los campos y llega incluso a recortar las montañas para explotar el carbón o
arrasar un bosque para extraer petróleo. Sin embargo, está lejos de ser “maestro y
dueño de la naturaleza”, como ya Descartes lo deseaba en el siglo XVII.

Entre 1980 y 2007, 8 mil 400 catástrofes de las que denominamos “naturales”
(inundaciones, terremotos, tormentas, sequía…) ocasionaron la muerte de unos
dos millones de personas y causaron destrozos y pérdidas económicas valuadas
en más de 1.5 billones de dólares. A comienzos de este año, un sismo dejó en
Haití más de 220 mil víctimas y ahora el cólera ha matado ya más de mil.

Además, si el hombre ha logrado domesticar algunas especies, está lejos de


dominarlas todas: los mosquitos pululan en contra de su voluntad, los insectos
siguen asolando los cultivos, algunas plantas invaden los campos… También los
ecosistemas rebosan de parásitos y de agentes patógenos. En resumen, tras la
ilusión de una naturaleza domada se esconde otra realidad: el funcionamiento de
la naturaleza sigue siendo en gran parte desconocido, lo que le confiere un
importante nivel de imprevisibilidad que el hombre no tiene más remedio que
sufrir.

El hombre, ¿creador de biodiversidad?

La introducción de zonas de cultivo o de pastos ha contribuido a modelar los


paisajes, creando a veces nuevas condiciones ecológicas generadoras de
biodiversidad. Algunas especies se han especializado en vivir en los pastos, como
la víbora de Orsini.
Algunos arbustos se han adaptado a las prácticas de la horticultura itinerante de
roza y quema. Pero sobre todo, al cruzar distintas especies entre ellas, el hombre
ha creado desde hace mucho tiempo nuevas estirpes con características
ventajosas. El ejemplo clásico es el del mulo, cruce forzado entre una yegua y un
asno. Entre los animales, los híbridos son frecuentemente estériles, pero en el
reino vegetal, la selección de híbridos siempre ha formado parte del trabajo del
agricultor y conocemos muchos casos de híbridos fértiles que constituyen nuevas
especies (fresas, colza, cítricos…).

Desde hace una veintena de años, se


obtienen nuevas estirpes vegetales –
los organismos genéticamente
modificados, OGM– introduciendo en
el genoma de una especie uno o
varios genes procedentes de otra, a
veces muy lejana de la especie
receptora. Para algunos, los OGM
forman parte de la actividad normal de
creación de híbridos como se viene
realizando hasta ahora. Para otros,
representan una ruptura en las
prácticas, pues se insertan genes extraños, con frecuencia al azar, en el genoma
de la planta. Además, estos nuevos vegetales se difunden rápidamente, lo que no
permite, según sus opositores, una evaluación completa de los riesgos para el
medio ambiente, la salud y la biodiversidad.

¿Qué ha sido de los ríos?

Entre 1960 y 2000 se cuadruplicó la cantidad de agua almacenada en las presas.


Como resultado, habría entre tres y seis veces más de agua en estos pantanos
artificiales que en los ríos del mundo –sin contar con los lagos–. Más del 70 por
ciento de las extracciones van a parar a la agricultura. La construcción de estas
presas ha modificado el flujo del 60 por ciento de los ríos más grandes del mundo.
En consecuencia, un tercio de los peces de agua dulce están en peligro de
extinción.

III. Animales, plantas, ecosistemas: la erosión actual del mundo silvestre

A cada expedición, su lote de especies

El gran catálogo de los seres vivos aumenta cada año en unas 18 mil nuevas
especies gracias a las distintas expediciones de naturalistas y también a
descubrimientos en genética o a modificaciones en la clasificación de los seres
vivos. Cerca del 75 por ciento de las especies descritas en 2007 eran
invertebrados. Estos dos últimos decenios los científicos han descubierto un
promedio de veinticinco especies de mamíferos y cinco especies de aves por año.

Un balance desequilibrado

El número de especies que habitan en el planeta resulta de dos mecanismos


antagónicos: la especiación, es decir, la emergencia de nuevas especies como
consecuencia de un aislamiento geográfico o de nuevos tipos de hábitats, y la
extinción. La duración media de la vida de una especie se estima entre 0.5 y 10
millones de años (2.5 millones de años para los mamíferos). Sin embargo, existen
también acontecimientos externos capaces de precipitar estas extinciones: cambio
climático, cataclismos naturales, destrucción de hábitats, enfermedades,
depredación, competencia entre especies.

En cinco ocasiones, la tasa de extinción ha sobrepasado la de especiación en la


Tierra, con la consiguiente regresión de la biodiversidad. No obstante, al final de
cada una de estas grandes “crisis”, se ha observado una recuperación del
mecanismo de especiación, dando como resultado un aumento de la biodiversidad
a largo plazo. Una biodiversidad renovada cada vez, pues se considera que el 99
por ciento de las especies que han existido en la Tierra ha desaparecido en
nuestros días. Desde hace un siglo, el proceso de extinción volvería a tomar la
delantera al de especiación.

El inaprensible inventario de especies

La necesidad de nombrar e inventariar los seres vivos que nos rodean se remonta
a más de 3 mil años, aunque debemos la primera clasificación científica de los
animales a Aristóteles, 350 años
antes de nuestra era.

Actualmente, para inventariar las


especies vivientes, nos basamos en
un sistema de clasificación elaborado
hace 250 años por el naturalista
sueco Carl Linneo. Desde entonces,
se han descrito aproximadamente 1.9
millones de especies. Entre ellas, los
insectos forman el grupo más nutrido
(más del 55 por ciento de las especies
descritas), seguidos por las plantas
superiores y los moluscos. Los
mamíferos son los menos numerosos:
apenas representan el 0.3 por ciento
de las especies conocidas al día de
hoy. De todas formas, estamos lejos
de conocerlas todas.
Por ejemplo, las algas, los hongos y, sobre todo, los organismos microscópicos
todavía son grupos bastante desconocidos. Según las estimaciones de los
científicos, conoceremos como mucho una quinta parte de las especies vivientes.
O sea, 5 a 15 veces más de lo que se conoce actualmente. La estimación del
número de especies que viven en la Tierra oscila entre 5 y 100 millones, con unos
márgenes sin duda más realistas de entre 10 y 30 millones. Por tanto, queda
mucho trabajo para los naturalistas, y aun más si consideramos que no se limitan
a describir la morfología de cada especie, sino que intentan comprender su papel
en el seno de los ecosistemas y descubrir los secretos de su genoma.

Especies silvestres que han desaparecido

La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) ha


contabilizado 869 desapariciones de especies silvestres en los últimos 500 años.
Entre ellas, una rana de Tanzania (Nectophrynoides asperginis) declarada extinta
el año pasado. La construcción de una presa en 2003 fue nefasta para ellas. Otro
ejemplo es el delfín de río chino (Lipotes vexillifer), buscado en vano durante una
expedición internacional en 2006. Se trata del tercer mamífero marino
desaparecido en cincuenta años, tras la foca monje del Caribe (Monachus
tropicalis) y el león marino japonés (Zalophus japonicus).

La lista roja

Si calcular el número total de especies en la Tierra es una tarea compleja, estimar


el riesgo de extinción es aun más difícil. Según la UICN, el 38 por ciento de las
especies vivientes está actualmente en peligro de extinción. Sin embargo, esta
estimación se basa en el estudio de 448 mil especies, apenas un 2.3 por ciento de
todas las descritas. Para las aves, los mamíferos y las plantas, el porcentaje de
especies en peligro de extinción es respectivamente del 12 por ciento, 21 por
ciento y 70 por ciento.

¿Hacia una sexta extinción?

Las extinciones de especies siempre han formado parte de la vida en la Tierra,


pero, ¿hay una aceleración del fenómeno en nuestros días? Para saberlo, no
solamente habría que conocer la tasa de extinción actual, algo complicado dado
los conocimientos que tenemos sobre la biodiversidad. Los únicos archivos
disponibles para reconstruir la historia de los seres vivos se encuentran en los
fósiles.

Al respecto, ciertos cálculos muestran que menos del 1 por ciento de los
organismos planctónicos estarían fosilizados en los sedimentos del fondo
oceánico. Si bien no reflejan toda la biodiversidad pasada, los estudios
paleoecológicos convergen hacia una tasa media de extinción natural de
aproximadamente un 0.002 por ciento cada siglo. O sea, una extinción de 2
especies sobre un total de 100 mil. Ahora bien, las observaciones directas de
extinciones durante el siglo pasado, particularmente la de plantas y vertebrados
bien inventariados, revelan una tasa de extinción mucho más elevada: del 0.1 por
ciento al 1 por ciento.

Otras estimaciones, basadas en la relación empírica entre el tamaño de un hábitat


y el número de especies que es capaz de abrigar, proporcionan cifras aun más
alarmantes, del orden del 10 por ciento al 30 por ciento de extinciones en el siglo
anterior. Es decir, de 5 mil a 15 mil veces superior a la tasa estimada para
periodos geológicos pasados.

¿Hay que temer por consiguiente una


sexta ola de extinciones masivas? Un
matiz: mientras que las cinco crisis
precedentes duraron de 1 a 2 millones
de años, las observaciones actuales
sólo se basan en algunos siglos.

Agricultura y aves: ¿un dúo


incompatible?

Desde hace veinte años, ornitólogos


franceses siguen la evolución de las
poblaciones de aves. En sus estudios
muestran que las especies características de los medios agrícolas han disminuido
en un 25 por ciento entre 1989 y 2009, contra un 14 por ciento de media para
todas las especies juntas. Según un estudio europeo, la transformación en el
mundo de 46 millones de km2 de bosques en espacios de cultivos, desde hace 10
mil años, habría causado la pérdida de unos 25 mil millones de aves por falta de
hábitat y de recursos, o sea, del 20 al 25 por ciento de la población de las aves.

¿El campo en vías de extinción?

Desde 2008, más de la mitad de los terrícolas vive en la ciudad. Al ritmo de


urbanización actual, seis personas de cada 10 vivirán en el medio urbano en 2030.
Además, las ciudades se extienden cada vez más. La causa es el elevado costo
de la propiedad en el centro de la ciudad, la atracción económica-comercial de los
centros urbanos, el desarrollo del hábitat individual, la búsqueda de un entorno de
vida más confortable…

Los suelos, un ecosistema fragilizado

Bajo nuestros pies se encuentra un ecosistema profundamente desconocido,


repleto de microorganismos, de hongos, de artrópodos insectos, colémbolos,
ácaros… y de gusanos. Estos tienen un papel primordial en la agricultura. Según
la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la
Agricultura) del 40 por ciento al 50 por ciento de los suelos del mundo están
degradados a causa de las actividades humanas, el uso de productos
fitosanitarios, la labranza de suelos vulnerables en zonas tropicales, el sistema de
roza y quema y el pastoreo excesivo.

Una deforestación masiva

Según la FAO, cada año desaparecen en el mundo 13 millones de hectáreas de


bosques, o sea, aproximadamente 30 campos de futbol por minuto. En Brasil, no
menos del 17 por ciento del bosque –o sea, un territorio tan grande como Francia–
se ha convertido en pastos o en tierras agrícolas. Además de las especies,
también hay ecosistemas completos afectados por las actividades humanas.

¿Los simios van a desaparecer?

Un reciente informe que revisa 634 especies de primates del mundo mostró que
cerca de la mitad de ellas estaban en peligro de extinción. Una cifra que se eleva
al 71 por ciento para los primates asiáticos. Las razones principales de este
declive son la destrucción de su hábitat, especialmente por la deforestación
masiva, los conflictos armados, la caza y el comercio ilícito de animales. Las
primeras víctimas esperadas son los grandes simios: chimpancés, bonobos,
orangutanes, gorilas.

El círculo vicioso del calentamiento climático

Además de la acción directa del hombre sobre la naturaleza, las actividades


humanas han causado un incremento sin precedente de los gases de efecto
invernadero en la atmósfera. Como consecuencia, la temperatura media del globo
ha aumentado 0.6 ºC desde 1950. Por ahora, las raras extinciones de especies
directamente vinculadas al calentamiento se encuentran principalmente en las
regiones polares y en las montañas.

Así, alrededor de sesenta especies de ranas de las montañas tropicales de Costa


Rica figuran entre las primeras víctimas del calentamiento de la Tierra. ¿Y
mañana? Según el informe del IPCC ( Grupo Intergubernamental de Expertos
sobre el Cambio Climático) publicado en 2007, entre 20 y 30 por ciento de las
especies vegetales y animales estudiadas hasta ahora podrán estar en peligro de
extinción si el aumento de la temperatura media mundial sobrepasa 1.5-2.5 ºC,
algo que prevén la mayoría de los modelos. Sin embargo, realizar un modelo del
impacto del calentamiento de la Tierra sobre la naturaleza es particularmente
complejo y quedan muchas incertidumbres.
Por ejemplo, una elevación de la concentración de
dióxido de carbono (CO2) podría estimular el
crecimiento de las plantas que se alimentan de
ellas. Sin embargo, un calentamiento de más de 2.5
ºC podría destruir los bosques a causa de las
invasiones de plagas, sequías prolongadas o
incendios.

Es más, si el calentamiento degrada los bosques,


estos últimos consumirán menos CO2, agravando
así el efecto invernadero.

IV. Consecuencias de la pérdida de la


biodiversidad

Los servicios aportados por los ecosistemas

A cada tipo de ecosistema le corresponde unos servicios particulares. La calidad


de los servicios depende del estado de la biodiversidad en estos medios y, por
tanto, de las presiones que se ejerzan sobre ellos. Según un estudio
estadounidense que ha examinado 17 servicios procedentes de 16 ecosistemas,
el conjunto de los servicios aportados por la naturaleza se elevaba, en 1997, a
unos 30 millones de dólares por año, o sea, dos veces más que el conjunto de las
actividades humanas ese mismo año, sin tener en cuenta lo relativo a los valores
estéticos y culturales.

Menos protección natural

En mayo de 2008, un ciclón de fuerza 4 alcanzó las costas de Birmania. El


balance fue de 140 mil muertos. 2.5 millones de personas quedaron sin hogar.
Según la FAO, los manglares hubieran podido reducir el impacto de esa
catástrofe. Las olas hubieran podido ser amortiguadas por estos muros de árboles,
que ayudan también a cortar el viento. En vez de conservar estas protecciones
naturales, los manglares se transforman en tierras agrícolas o en zonas
residenciales.

En el delta del Ayeyanwady, gravemente afectado por este ciclón, la superficie del
manglar se ha reducido a la mitad desde 1975.

Degradaciones costosas

La naturaleza ofrece al hombre un amplio abanico de servicios denominados


“servicios ecológicos”. Se distinguen generalmente tres tipos: de
aprovisionamiento (alimentos, agua, materiales), de regulación (control del clima,
de inundaciones, almacenamiento de CO2) y culturales (turismo, educación). Con
mucha frecuencia descubrimos la magnitud de estos servicios cuando se
degradan o desaparecen.

Un extenso estudio realizado por mil 360 expertos de 90 países ha evaluado la


evolución de estos servicios. La conclusión fue que aproximadamente un 60 por
ciento de ellos se han degradado en el curso de los últimos cincuenta años a
causa de las actividades humanas.

Este deterioro debería acentuarse durante los próximos decenios a causa del
crecimiento demográfico y del cambio climático. Ahora bien, estos servicios que
nos aporta la naturaleza de forma gratuita y, que muy a menudo son invisibles,
tienen un costo cuando hay que reemplazarlos.

Según un estudio encargado por la Comisión Europea, la destrucción de la


naturaleza conlleva una pérdida de servicios estimada en 545 mil millones de
euros al año, es decir, cerca del 1 por ciento del PIB (producto interno bruto)
mundial.

Un costo que podría alcanzar 14 billones de euros en 2050 (7 por ciento del PIB
estimado para esa fecha) si no se hace nada para detener la erosión de la
biodiversidad.

Peligro para los recursos de la pesca

La pesca constituye la principal, incluso la


única fuente de proteínas animales para más
de mil millones de personas. El problema es
que el mar ya sufre una disminución
acelerada de sus reservas y algunas de las
especies están desapareciendo.

Actualmente, la pesca representa ingresos


mundiales por cerca de 73 mil millones de
euros al año y 27 millones de empleos.

La desaparición del saber tradicional

Todas las poblaciones han desarrollado un


uso propio de los seres vivos que le rodean, dando como resultado una gran
diversidad en el saber tradicional local, como la artesanía, la medicina, la
agricultura, la caza, etc. Así, el Ayurveda es un sistema de medicina india con más
de 5 mil años de antigüedad. Se basa en unas 2,000 especies diferentes de
plantas medicinales. Con la erosión de la biodiversidad, también este tipo de saber
ancestral desaparece, frecuentemente, incluso antes de que las propiedades
medicinales de estas plantas hayan revelado todos sus secretos. En México, ese
saber ancestral es muy importante y distingue a sus comunidades indígenas, que
saben hacer un uso muy completo de plantas medicinales que crecen en el medio
rural.

La biodiversidad, fuente de innovaciones industriales

La naturaleza es una fuente inagotable de inspiración para los industriales.


Gracias a ella se han diseñado nuevos materiales, como el velcro, inspirado en los
ganchos de las semillas del badián (anís estrellado). También nuevos sistemas,
como un minúsculo marcapasos inspirado en las nano-fibrillas del corazón de las
yubartas.

Asimismo, es fuente de inspiración para la agricultura, como los nuevos principios


de aislamiento de edificios observados en los termiteros, o un sistema de
recuperación de agua que imita la estructura particular de las alas de un
escarabajo del desierto de Namibia. Más allá de este “bio-mimetismo”, los mismos
elementos de la biodiversidad pueden ser utilizados directamente por los
industriales.

Así, la “biorremediación” consiste en utilizar microorganismos o plantas para


descontaminar el agua, el aire o el suelo. Por ejemplo, se ha descubierto una
planta acuática capaz de absorber uranio, que podría ser útil para descontaminar
lugares contaminados por la radioactividad. O el caso de bacterias capaces de
ingerir petróleo, que podrían limpiar las mareas negras.
Estas nuevas técnicas representarían actualmente más de 100 millones de euros
de volumen de negocios y podrían suponer unos 10 mil millones de euros de aquí
a unos años.

Pérdida de medicamentos a la vista

Más de la mitad de los medicamentos vendidos con receta médica poseen


componentes químicos derivados de moléculas descubiertas en la naturaleza y el
25 por ciento de todos los medicamentos prescritos utilizan moléculas activas
extraídas de organismos vivos.

Una farmacia verde de la que dependería el 80 por ciento de la población según la


Organización Mundial de la Salud, y que representaría unos 44 mil millones de
euros al año. Sobran los ejemplos de medicamentos directa o indirectamente
procedentes de la biodiversidad vegetal, animal o de microorganismos: morfina,
dedalera, penicilina, aspirina. Incluso la azidotimidina, utilizada en el tratamiento
contra el sida.

El problema es que, de un total de 50 mil, 15 mil especies de plantas medicinales


estarían en peligro de extinción y, de todas ellas, se han estudiado menos del 15
por ciento.
Podemos poner otro ejemplo de la pérdida de una especie, esta vez en Australia.
En 1980, los investigadores descubrieron unas ranas que incubaban los huevos
en su propio estómago. Una rareza posible gracias a sustancias inhibidoras de las
secreciones gástricas.

Quizás estas sustancias podrían haber llevado a un tratamiento contra la úlcera, si


no fuera porque esas ranas ya desaparecieron. Según un informe reciente, nuevas
generaciones de antibióticos, de analgésicos o de nuevos tratamientos
anticancerígenos podrían no ver la luz si la erosión de la biodiversidad continúa su
curso actual.

Se buscan polinizadores

Más del 80 por ciento de los cultivos de frutas y verduras depende directamente
de los insectos polinizadores. Y al mismo tiempo, las abejas domésticas son
víctimas de una misteriosa enfermedad denominada “problema de colapso de
colonias”. Un equipo de científicos franco-alemanes estimó recientemente que si
desaparecieran, la economía mundial dejaría de ganar alrededor de 150 mil
millones de euros anuales.

En diferentes regiones del mundo, a falta de abejas, ya se necesita polinizar a


mano ciertos árboles frutales.

Menos zonas húmedas

Los ecosistemas de las zonas húmedas son de los más ricos del mundo, aunque
también están entre los más amenazados. Estos espacios de transición entre la
tierra y el agua aseguran el 25 por ciento de la alimentación mundial a través de la
pesca, la caza y la agricultura. Asimismo, contribuyen a la alimentación en agua
potable y sirven de murallas contra las tormentas y los tsunamis. Durante el siglo
pasado desapareció la mitad de las zonas húmedas del mundo a causa del
drenaje para regar otras zonas, la urbanización o el calentamiento de la Tierra.

Efectos inesperados en las enfermedades infecciosas

Cuanto más rico en especies es un ecosistema, menos riesgo hay que una
enfermedad se desarrolle en él. Esta regla es válida para muchos tipos de
infección y muchos medios. Por ejemplo, un campo con una buena variedad de
especies diferentes se infectará menos con hongos patógenos que un campo en
monocultivo.

Una ventaja que podría explicarse por la presencia de esta diversidad de especies
naturalmente resistentes a estos hongos, reduciendo así el riesgo de contagio.
Otro ejemplo: al eliminar de manera selectiva las presas debilitadas por los
parásitos o las enfermedades contagiosas, los predadores atenúan
considerablemente la incidencia de ciertas enfermedades en los animales, y el
hombre se beneficia de ello.

En Estados Unidos, la desaparición de los grandes mamíferos, como el puma o el


lince, ha dado lugar a que sus presas proliferen, como el ratón de patas blancas,
principal reservorio de las garrapatas transmisoras de la enfermedad de Lyme.
Además, los medios degradados pueden ser más propicios al desarrollo de ciertas
enfermedades. Por ejemplo, varios estudios han demostrado que la deforestación,
al incrementar las superficies inundables favorables a las larvas de mosquitos,
está a menudo asociada a un aumento de la incidencia del paludismo.

Efectos desiguales según el país

Los países con ingresos bajos dependen más que los otros de los ecosistemas en
los que viven, bien sea para el aprovisionamiento (alimentos, energía) o para la
salud de sus habitantes (medicina tradicional).

Los países ricos obtienen lo esencial de sus ingresos del capital manufacturero,
humano y social utilizando masivamente energías fósiles que son el producto de
ecosistemas del pasado. Un informe del Banco Mundial revela que el “capital
natural”, es decir, los ingresos asociados a los servicios aportados por la
naturaleza (agricultura, explotación forestal, caza, pesca, turismo…), representan
por término medio un 26 por ciento del capital total de los países con bajos
ingresos, contra el 3 por ciento de los países ricos.

En consecuencia, la degradación de los ecosistemas perturba más a los países


pobres. Según los primeros resultados de la evaluación económica de los
ecosistemas y de la biodiversidad (TEEB) actualmente en curso, si no se hace
nada para determinar la presente erosión de la biodiversidad, las pérdidas de los
servicios aportados por la naturaleza se elevarán a aproximadamente el 17 por
ciento del PIB de los países africanos y el 24 por ciento del PIB de Brasil, los
países de América Latina, el Caribe y Rusia, contra el 6 por ciento de media para
el conjunto del planeta. La degradación de la naturaleza podría agravar aun más
las diferencias entre ricos y pobres en el mundo.

Pérdida de ingresos relacionados con el turismo

Los arrecifes de corales, particularmente apreciados por los submarinistas, son los
más ricos en biodiversidad. Sin embargo, se encuentran entre los ecosistemas
más amenazados por las actividades humanas. Los arrecifes de las islas
caribeñas han perdido el 80 por ciento de su superficie en treinta años. En
consecuencia, el Instituto de Recursos Mundiales prevé una disminución del 5 por
ciento de los ingresos relacionados con el submarinismo en esta región del
mundo: unos 221 millones de euros anuales antes del 2015.

El costo de las especies invasoras


Un pequeño plancton translúcido (Mnemiopsis leidyl) que vive normalmente en el
océano Atlántico, fue transportado hace 30 años accidentalmente al Mar Negro en
los lastres de un barco. Comenzó rápidamente a proliferar y a devorar las larvas
de peces, especialmente de anchoas.

Como resultado, la pesca de anchoas cayó en un 10 por ciento en pocos años.


Una pérdida de ingresos estimada entre 12 y 17 millones de euros anuales.

Según el Convenio sobre la Diversidad Biológica, los gastos anuales asociados a


las especies invasoras se evalúan en 1.05 billones de euros.

El concepto de “seguro biológico”

¿Qué determina el rendimiento de los ecosistemas y, por tanto, los servicios que
aportan? ¿La presencia de ciertas especies clave o el número de especies que
abrigan estos medios? Este debate agita a la comunidad científica desde hace
varios años y todavía no hay consenso. Tras haber llevado a cabo cerca de 150
experimentos en diferentes ecosistemas, tanto en laboratorio como en el medio
natural, los investigadores estadounidenses descubrieron que un medio
diversificado produce, en promedio, 1.7 veces más de materia orgánica que uno
formado por una sola especie.

Sin embargo, la misma disminución de biodiversidad puede tener consecuencias


muy diferentes de un lugar a otro en función de las características del lugar.
Además, otros estudios han demostrado igualmente que, más allá de un cierto
número de especies, la productividad no aumentaba más: ciertas especies con
funciones similares parecen de hecho superfluas.

El tipo de especie, su abundancia y su organización funcional contarían tanto o


incluso más que el número de especies. Es cierto que los ecosistemas ricos en
especies resisten mejor a las perturbaciones gracias a la complementariedad de
las diferentes especies entre sí. Es lo que se denomina el seguro biológico.

La homogeneización de la naturaleza

Los idiomas, las culturas, las tecnologías e incluso la economía, se homogenizan


por todo el mundo. La biodiversidad también. Este fenómeno no es único: desde
que el hombre se desplaza y conquista nuevos territorios, transporta consigo sus
animales domésticos (gallina, vaca, cerdo…), así como una multitud de pasajeros
clandestinos como las ratas o los topos en los desplazamientos en barco. Como
consecuencia, encontramos estas especies por todo el planeta. La introducción de
especies exóticas, voluntaria o no, es el primer factor de la homogeneización de la
naturaleza.

Por ejemplo, actualmente hay 15 veces más de especies de peces de río comunes
entre dos estados de Estados Unidos, que antes de la llegada de los europeos en
el siglo XVI, como consecuencia de la introducción de peces (carpas, truchas…)
para la pesca con fines de alimentación o deportivos.

Sin embargo, estas especies exóticas no son las únicas responsables de la


homogeneización de la naturaleza. La búsqueda de ganaderías o de cultivos cada
vez más rentables en el mercado mundial llevó a dar prioridad a algunas especies
animales o vegetales.

Además, la transformación masiva del entorno natural (urbanización, agricultura


intensiva) hace que se favorezcan las especies denominadas “generalistas”
capaces de adaptarse a diferentes medios, como la paloma torcaz, a expensas de
especies más especializadas, como la alondra común.

Récord de longevidad para el celacanto

El pez celacanto pertenece a un grupo que anda por los mares desde hace más
de 400 millones de años y que se creía extinto. Es muy particular: esconde un
resto de pulmón y sus aletas están compuestas de huesos que podrían ser
precursores de los elementos de vertebrados. Su estudio, como el de todos
aquellos a los que se les apoda “fósiles vivientes”, nos permite saber algo más
sobre la evolución de la vida en la Tierra. Así, cuando una especie se extingue,
una parte de la historia de la evolución desparece para siempre.

V. ¿Cuál es el futuro de la protección de la biodiversidad?

Lugares a conservar urgentemente

Ya existe un mapa denominado de los “puntos calientes”, en donde se señala los


34 lugares considerados como los más ricos, pero también los más vulnerables en
términos de biodiversidad: han perdido al menos el 70 por ciento de su superficie
desde hace 8 mil años y abrigan más de mil 500 especies de plantas.

Estos “puntos calientes” cubren el 2.3 por ciento de la superficie de la Tierra y


concentran aproximadamente el 50 por ciento de las especies endémicas. El
reverso de la medalla es que fuera de estas zonas cada vez es más difícil obtener
fondos para la conservación.

¿Qué especies debemos salvar?

En vista de los escasos medios destinados a la conservación, está claro que no es


posible salvar todas las especies. ¿Habría que salvar las especies en vías de
extinción cuyo impacto sobre los ecosistemas es menos importante dada su
escasez? ¿O bien aquellas cuyo papel ecológico es primordial? ¿Hay que salvar
las especies más rentables para el bienestar de los humanos? Es difícil establecer
prioridades.
Por ejemplo, actualmente es imposible afirmar con certeza qué especies son
superfluas y cuáles son “clave” en el funcionamiento de los ecosistemas. No
obstante, los especialistas están de acuerdo en un punto: dar preferencia a la
protección de los ecosistemas en su totalidad más que una u otra especie, que, de
todas formas no podría sobrevivir si su entorno está degradado.

Sin embargo, la mayoría de las políticas de conservación todavía se centran en las


especies emblemáticas, como el oso polar, el panda o el lince. Estos animales
disfrutan efectivamente de una gran popularidad entre la gente y, en
consecuencia, entre los políticos. La ventaja es que esto permite movilizar una
serie de medios importantes que pueden ser positivos para el conjunto del
ecosistema. Otro punto de consenso entre los científicos es que el objetivo final de
la conservación no es mantener los ecosistemas tal como son actualmente, sino
hacer que se conserve su capacidad de adaptación a los cambios.

¿Ampliar las zonas protegidas?

En treinta años, el número de zonas protegidas en el mundo aumentó en 500 por


ciento. Desde el santuario impenetrable a los parques regionales, estas zonas
cubren alrededor del 14 por ciento de la superficie terrestre, el 6 por ciento de las
aguas territoriales y el 0.5 por ciento de las aguas internacionales.

Pero, ¿son realmente eficaces para conservar la biodiversidad? No existe ningún


dato cuantitativo a nivel mundial para saber si estas zonas permiten alcanzar los
objetivos de conservación.

Sin embargo, según el Instituto Mundial de Recursos, más de la mitad de estas


reservas estarían mal administradas. No obstante, existen muchos ejemplos
positivos: así, podemos constatar un incremento del 23 por ciento de medio en el
número de especies de peces en las áreas marinas protegidas.

En la zona protegida del lago Mburu, en Uganda, el número de individuos de


cebras, búfalos o antílopes se ha multiplicado por dos en siete años. El principal
defecto de estas zonas es su tamaño: más de la mitad tienen menos de 10 km2.
Además, estos territorios se centran en ciertos hábitats o alrededor de ciertas
especies “estrella”, dejando de lado los ecosistemas como las praderas
templadas, los bosques boreales, los medios de agua dulce o de alta mar.

Más del 20 por ciento de las especies en peligro de extinción se encuentran fuera
de estas zonas protegidas.

El lugar del ecoturismo

Los grandes simios pueden suponer una importante fuente de ingresos para los
países que los protegen gracias al desarrollo del ecoturismo.
En Ruanda, los gorilas de las montañas que viven en el Parque Nacional de los
Volcanes han permitido el desarrollo del turismo estos últimos años. Actualmente,
es la primera fuente de divisas para el país: más de 100 millones de euros
anuales, según el Ministerio de Turismo Ruandés. No obstante, el turismo
asociado a los grandes simios requiere tomar importantes precauciones a fin de
no perturbar el modo de vida de los animales y protegerlos de las enfermedades
de los humanos.

El reconocimiento del perjuicio medioambiental

El 12 de diciembre de 1999, el petrolero Erika se partió en pleno mar, provocando


una marea negra gigantesca. En enero de 2008, una sentencia judicial reconoció
la importancia del perjuicio medioambiental y condenó por ello a Total, el fletador
del petróleo, a pagar un millón de euros al departamento de Morbihan, Francia, y
300 mil euros a la Liga para la Protección de las Aves (LPO).

El 30 de marzo de 2010, el fallo del tribunal de apelación de París confirmó esta


noción de daño ecológico y lo amplió a otras diecisiete comunidades y otras dos
asociaciones.

¿A quien pertenece la naturaleza?

Existen en nuestros días normas de gestión comunes para algunos de los


componentes de la naturaleza, como los recursos genéticos de las especies
domésticas, las especies protegidas o las zonas naturales catalogadas. Pero todo
el resto, es decir, la inmensa mayoría de la biodiversidad, no cuenta con un
estatus jurídico que permita eventualmente su protección.

Cada país es soberano sobre la diversidad biológica presente en su territorio.


Frente a la aceleración de la erosión de la biodiversidad, se plantea la cuestión del
estatus de ciertos ecosistemas vitales para el hombre. Éste es el caso de la selva
amazónica, cuyo papel es esencial para el clima del planeta al captar una parte
del dióxido de carbono; o de los glaciares de montaña, que garantizan el
aprovisionamiento de agua en muchos países.

¿Debemos otorgarles un estatus particular que los proteja por el bien de todos?
¿O dejar a cada Estado decidir su futuro? En este contexto, algunos expertos
proponen crear un nuevo estatus internacional denominado “bien común”,
“república” o “patrimonio universal”, que se aplicaría a recursos vitales presentes
en territorios nacionales. Otros expertos estiman que se trata de una nueva forma
de intromisión de los países del Norte en los países del Sur, que perderían así su
soberanía sobre gran cantidad de recursos.

¿Poner precio a la naturaleza?


Mientras los servicios de la naturaleza parecían inagotables, no se les podía
otorgar ningún valor económico. Sin embargo, actualmente, con la aceleración de
la erosión de la biodiversidad, la mayoría de los servicios ya están degradados y
remplazarlos o repararlos tiene un costo para la sociedad.

Por tanto, la clave en nuestros días es obtener ese precio. El objetivo sería hacer
que los comportamientos y los proyectos que degradan la naturaleza sean
costosos, a la par que valorizar las iniciativas respetuosas con el medioambiente.
Pero surgen muchas dificultades, empezando por la identificación de todos los
servicios aportados por la naturaleza y la asignación de un valor monetario.

Algunos servicios, como la estabilización del suelo por medio de un bosque, son
por el momento imposibles de calcular. Incluso si los científicos lograran hacerlo,
¿poner un precio a todos los elementos de la naturaleza impediría su
degradación? No es nada seguro que así fuera. Con mucha frecuencia, el costo
de los servicios ecológicos parece despreciable a corto plazo frente al alcance de
los proyectos que pudieran degradarlos.

En este caso, la obligación de compensar los perjuicios causados al medio


ambiente puede transformarse en una legitimación paradoxal del derecho a
destruir. Esto no impide que el conseguir cifrar los servicios que nos aporte la
naturaleza tenga un efecto pedagógico innegable, tanto para los responsables de
la toma de decisiones como para el conjunto de la sociedad.

La elección del “no-petróleo”

En Ecuador se ha detectado una enorme reserva de petróleo en la selva


amazónica. El presidente de este país ha hecho la siguiente proposición: si
durante diez años la comunidad internacional le transfiere la mitad de lo que
proporcionaría esta explotación petrolera (unos 256 millones de euros al año),
Ecuador deja su oro negro bajo tierra. Este mecanismo (pagar para evitar
degradar la naturaleza) se está estudiando actualmente en el marco del Programa
de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

¿Prohibir el atún rojo? ¡No es tan fácil!

Tras la disminución del 75 por ciento de las poblaciones de atún rojo (Thunnus
thynnus) en el Mediterráneo desde 1957, varios países europeos, entre ellos
Francia, han propuesto prohibir el comercio de este pez. Sin embargo, en marzo
de 2010, tras intensas presiones políticas de Japón, el Convenio sobre el
Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestre
(CITES) rechazó finalmente la proposición.

“Reservas de la biosfera”
Las primeras medidas de protección del medio ambiente han implicado la
exclusión de las actividades humanas y, a veces, la expulsión de poblaciones
humanas. Sin embargo, actualmente, dada la extensión de la población, es cada
vez más difícil planificar la conservación de la biodiversidad únicamente en los
territorios no ocupados por el hombre. Para muchos ecólogos, las políticas de
conservación deben ampliar sus objetivos a los territorios habitados y acondicionar
estos espacios para que acojan el mayor número de especies posible.

Este movimiento, llamado ecología de la reconciliación, tiene como fin no


solamente proteger la biodiversidad, sino también mejorar el desarrollo de las
poblaciones. ¿Cómo? Basándose en la noción de servicios ecológicos.
Efectivamente, el hombre saca mucho provecho de los ecosistemas sanos
(agricultura, piscicultura, explotación forestal, ganadería, caza, ecoturismo…).

Así, al conservar la diversidad en los ecosistemas, el hombre preserva igualmente


su futuro. Por tanto, hay que explotar los ecosistemas, pero por debajo de sus
límites. Éste es el enfoque puesto en práctica a través de las reservas de la
biosfera de la UNESCO iniciadas en 1971. Su número crece sin cesar: en 2009,
existían 553 reservas de este tipo en 107 países. Aunque no haya un seguimiento
mundial a largo plazo que permita todavía evaluar el efecto general de este
concepto, existen numerosos ejemplos positivos.

Estas reservas permiten, por ejemplo, desarrollar certificaciones y sellos de


calidad que valorizan los productos procedentes de la biodiversidad de estas
regiones.

Nuevas prácticas agrícolas

Las tierras agrícolas cubren actualmente el 40 por ciento de la superficie emergida


del globo. Ciertas actividades agrícolas contribuyen a reducir la biodiversidad, a
degradar los suelos y a contaminar el agua. Sin embargo, los servicios aportados
por la biodiversidad son indispensables para la agricultura: polinización, fertilidad
de los suelos gracias a los microorganismos, control de plagas, etcétera.

La agricultura puede convertirse también en un valor añadido para la


biodiversidad, con sus nuevas variedades de plantas y razas animales o con la
creación de espacios verdes diversificados generadores de biodiversidad. Muchos
expertos sugieren, por tanto, abandonar el modelo dominante de la agricultura
intensiva a cambio de prácticas más respetuosas con el medio ambiente.

Algunos sistemas de producción limitan ya los efectos nefastos sobre la


biodiversidad, como las explotaciones que practican la agricultura biológica y en
las que se encuentran por término medio un 30 por ciento más de especies que en
las explotaciones convencionales. Sin llegar a este tipo de producción, asociado
en general a una disminución del rendimiento, otras medidas agrícolas pueden
limitar la erosión de la biodiversidad. Incluso invertir la tendencia, particularmente
a través de la conservación de los setos y bosquecillos en las tierras cultivadas, la
disminución del número de animales por hectárea o incluso la reducción de la
labranza.

La reintroducción de especies silvestres

Según la Unión Mundial de la Naturaleza, se están llevando a cabo en el mundo


unas 700 operaciones de reintroducción de especies silvestres en su medio
natural. En Francia, la reintroducción del oso (Ursus arctos) en los Pirineos, no
cuenta con una aceptación unánime. Igual ocurre en México con el lobo.

Para los oponentes, su presencia es incompatible con la ganadería. La mayoría de


los programas de reintroducción conciernen a especies “abanderadas”,
frecuentemente vertebrados. Por término medio, sólo una operación de cada dos
desemboca en una reintroducción durable.

Árboles contra la desertificación

África es el continente más afectado por la desertización de los suelos. Para


luchar contra este fenómeno, los estados del Sahel lanzaron un ambicioso
proyecto: la gran muralla verde. Se trata de plantar millones de árboles en un
cinturón de 7 mil km de largo y 15 km de ancho desde la costa atlántica hasta el
Mar Rojo. Los objetivos son frenar el avance del desierto y mejorar las condiciones
de vida locales.

¡Ginko eterno!

El ginkgo biloba es el último representante vivo de un grupo muy antiguo del que
se han encontrado hojas fósiles que datan de hace… ¡270 millones de años! Por
tanto, ha sobrevivido a todos los cambios climáticos radicales.

Es también el primer árbol que ha vuelto a crecer en la zona contaminada por la


explosión nuclear de Hiroshima, en Japón. Actualmente, lo encontramos en
numerosas ciudades muy contaminadas. Prueba de que algunas especies pueden
superar muchas perturbaciones. Incluso las causadas por el hombre.

¿Hacia un IPCC de la biodiversidad?

“Reducir de forma significativa la erosión de la biodiversidad de aquí a 2010”. Ese


fue el compromiso en 2002 de los 193 países signatarios del Convenio sobre la
Diversidad Biológica (CDB).

“Ningún país ha conseguido alcanzar este objetivo”, constataba en enero de 2010


Ahmed Djoghlaf, secretario ejecutivo de la CDB, con motivo del lanzamiento del
primer Año Internacional de la Biodiversidad. Y con razón: por muchas acciones
que se hayan emprendido para limitar el efecto del hombre en la naturaleza
(extensión de la red de zonas protegidas, evaluación internacional del estado de
los ecosistemas, política de conservación del litoral…), la inercia de los
ecosistemas impide alcanzar resultados significativos tan de prisa.

Por ejemplo, han hecho falta más de treinta años de esfuerzos, especialmente en
el tratamiento de las aguas negras de París, antes de obtener una calidad de agua
en el río Sena que permitiese la vuelta de los salmones silvestres.

No obstante, después de los balances presentados por los países signatarios, las
principales presiones que originan la pérdida de biodiversidad siguen siendo
constantes, incluso cobran intensidad. A fin de proteger la biodiversidad, se está
elaborando un plan estratégico 2011-2020 en la ONU.

Además, un grupo intergubernamental de expertos dedicado al medio ambiente, a


imagen del IPCC para el clima, podría ver la luz antes de que finalice el presente
año.

Unir las zonas naturales

Para sobrevivir, la mayoría de las especies necesitan desplazarse. De ahí la idea


de crear los corredores verdes a través de los paisajes urbanos, a través de setos,
céspedes, bandas de vegetación a lo largo de los cursos de agua, pasos
subterráneos para animales bajo las carreteras, y eliminar en los ríos los
obstáculos para el desplazamiento de los peces.

Estos “tramos verdes y azules” se han convertido en Francia en herramientas


clave surgidas en la cumbre medioambiental Grenelle, celebrada en 2007. La
construcción de autopistas o líneas de alta velocidad tienen que respetar estas
zonas de continuidad ecológica.

La Jornada Ecológica, número especial, 29 de noviembre de 2010.