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AGRADECIMIENTO

Al Dr. Virgilio Saquicela Espinoza, Alcalde de la Ciudad, por


su apoyo decisivo sin reservas ni condiciones para conferir a
la cultura una presencia vital y perenne, de oportunidades y
proyecciones renovadas, realidad y promesa de la configura-
ción de un pueblo y referencia de su testimonio patrimonial.

Al ingeniero Rodolfo Ramírez Redrován, Director de Cul-


tura del GAD de Azogues, por su consecuente coordinación
para la publicación de este libro.
Dedicatoria:

A mis padres: Francisco y Cautiva, por la dicha de no poder


escapar de su amor.

A mis abuelos:
Rosario Ruilova Cuesta
Cristina Romero Sacoto
Ariosto Lituma Velasco:
Irradiaciones de ternura y dignidad. Nada profanó su
existencia

A mi Tía, Mercedes Pauta Dávila, que siempre tenía su mano


blanca extendida para el amor al prójimo.
Prólogo
PALABRAS A LA SOMBRA DEL
VIENTO

Al leer los versos de Rolando Ruilova Lituma, estamos frente


a un panorama donde la poesía se da en manantiales por di-
versos cauces y con distintos caudales.

La imagen es el punto de partida y llegada de su viaje por


la palabra que enciende, quema y se consume a través de
sus esquemas versales. Lenguaje coloquial que impregna esos
instantes precisos y preciosos en los que la poesía es un cau-
dal que brota a manos llenas. Y es el amor el que codifica
esos emblemas donde la inocencia es pasión que reverbera
en los cinco sentidos y el misterio de la creatividad se ha
consumado:

“Devora, sí, devora, los instantes de la hoguera,


vidas diminutas que palpitan
en la brasa que calcina,
refúndete en la sombra de mi cuerpo
no retengas la luz que se prolonga
ni rompas la quietud postrera de tus alas”.

(De “Rumor de Ángel o donde la palabra calla”)


En otros momentos de su escritura, se ausenta de los versos
de pie quebrado y a través de las anáforas y las epitetacio-
nes sienta y asienta su verbo creador, siguiendo esta vez los
consejos del gran poeta francés Verlaine quien manifestaba
que en todo verso debe haber sonido y sentido. Más tarde el
maestro argentino Jorge Luis Borges también exigía que aún
en los versos libres hay que mantener el ritmo para evitar caer
en el prosaísmo. Y por ese camino alza este poeta una de sus
estrofas en la que el ritmo se codifica con el sentido donde la
“sombra del viento” es metáfora y misterio a la vez.

“Esta espuma encarnada que estremece.


Esta piedra que tropieza abrazadora.
Estos ojos devorados por las ruinas
de la sombra del viento”.

En el poemario, “Encuentro de vértigos” de Rolando Ruilova


Lituma está la palabra ya no simplemente como sintagma de
comunicación sino como la voz que clama en nuestra sangre
por redimirnos de la soledad.

Guayaquil, enero 02 del 2019


COMENTARIO
“Encuentro de Vértigos”

He tenido el placer de volver a leer los poemas premiados


de Rolando Ruilova Lituma, en el Concurso Provincial de
Poesía “Edgar Palomeque Vivar” creado por la Junta Plenaria
de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Reunión de premios,
tres primeros y un segundo, acertadamente otorgados por
jurados de calidad, por tratarse de poesía nueva que reúne
voces estéticas de rumores impalpables que acarician el amor
en silencio musical; poesía de imágenes nuevas sorprendentes
con aliento original; así, lo encuentro en “Rumor de Ángel”
en donde la palabra se multiplica en delicadeces y las estrofas
se vuelven cadencias musicales.

Me ha llegado la intuición de poesía surrealista, en que el


sueño alegre goza de la claridad de la vigilia y la palabra re-
coge estados psicológicos opuestos en que danzan imágenes
indefinidas pero originales; esa es, la poesía actual que recoge
en la palabra estados psicológicos opuestos, que habitan en
su musicalidad y comunicación, en que el verbo aumenta
su poder creativo, el sustantivo su definición y el adjetivo se
convierte en epíteto.

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La calidad poética permite en “Extrañamiento” (Primer Pre-
mio); (utiliza de epígrafe el verso de Vicente Alexandre):

“Huérfano de ti, menudo como entonces,


Caído sobre una yerba triste,
Heme aquí, padre, sobre el mundo en tu ausencia”

Y Rolando, desenvuelve su poesía con éxodos y sollozos, des-


arraigos y brumas, abandonos y condenas plenas de adioses.

Excelente poesía, como se expresaría el Poeta del epígrafe


“hacer poesía es hacer una planta”, si, la poesía es un ser vivo
apretado de conmociones y alegrías, ensueños y sabiduría, ser
con el privilegio del ritmo y sollozo, de la risa y llanto a la vez,
o como lo califica nuestro poeta “sin oráculos ni cataclismos
y breves para el vahído del alma”, por el momento ¿y luego?

En “memoria del silencio” (Primer premio segunda vez) La


poesía se vuelve con hilvanes subconscientes que brotan en
palabras de insinuaciones originales como aquella de “hueso
incandescente”. En la posterior invocación poética se con-
figura como poeta de serenidad de lenguaje, así lo veo en
“Travesía Nocturna” que nos invita a caminar en la sereni-
dad de la noche, sin vigila de semáforos (como fue la noche
antigua) ese caminar sin caminos me lleva de nuevo al su-
rrealismo, en veces y postmodemista en otras; Rolando es

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poeta diverso con originalidad estilística. Diría, conjunción
poética, descubrimiento de escondidas realidades, y si no las
descubre, las crea; la auténtica poesía es creación, es mundo
de nacimientos.

En el primer premio “Memoria del Silencio” hay poesía sen-


sorial con anuncios de éxtasis. Usa el verso libre y la libertad,
configura estrofas musicales plenas de intuiciones.

Rolando utiliza la multidimención del verso actual, en cabal-


gamientos, cesión de atributos, unidad psicológica del len-
guaje y la música y demás recursos.

“Un día cualquiera” (Primer Premio) el poeta es más humano


“baraja bostezos y te pierdes en la hélice brutal del ocio”. Se
sumerge en la vida cotidiana pero con revelaciones y encuen-
tros, escondidos en el alero de la infancia. Es recorrido por
senderos de la memoria adornada de olvidos.

Reitero el agrado de encontrarme con la poesía que atrapa,


aprisiona y crea intuiciones insospechadas. Poesía de transfe-
rencias y antítesis entrelazadas de paradojas y epítetos inusi-
tados de agilidad del verbo y nueva propiedad adverbial.

Rolando está para más, su poesía es innovadora enriquecida


por lecturas poéticas selectas.

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¡Descuide! Su poesía no tendrá “Sombras abismales”, tendrá
amaneceres de luz de pasos tenues y musicales.

Rolando asomó en el concurso de Poesía Edgar Palomeque


Vivar creado por la Junta Plenaria de la Casa de la Cultura
Ecuatoriana que tuvo el privilegio de descubrir voces poéti-
cas de calidad que hoy pertenecen con derecho al Parnaso
Provincial y Nacional.

Lic. Edgar Palomeque Vivar


Azogues, 5 de noviembre de 2018

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II PREMIO

Concurso Provincial de Poesía


“Edgar Palomeque Vivar”

Casa de la Cultura Núcleo del Cañar.

15 de abril de 1996

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RUMOR DE ÁNGEL O DONDE LA
PALABRA CALLA

Para: Mónica
Autor: Rolando Ruilova Lituma
Seudónimo: El Loco de la Puerta Negra.

Llegué. Llegué leve como la brisa


breve,
mordiendo el polvo cautivo del desierto
sin nombre que columpiara el tiempo.

No aquel que me identifica


y clava tu mirada en las facciones
solo para ti reconocibles. No
aquel que cuando tropiezo pronuncias
y levantas con la voz trémula de tu inocencia
la frente caída.
Caída.

Aniquilada.

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No repuntes al pasado tu memoria
para alcanzarme en la perfecta inmovilidad
del tiempo: indefinido.
Registré mi historia en la matriz
bullente de tu primigenia luz.

Acércate toda entera,


entera en la liviandad de tu sueño.
Aprisiona y quema
con tu aliento fértil: vaho de leche: gemido desprendido
de la conjunción de los cuerpos.

No esquives con certera sonrisa


la extraña inocencia de lo desconocido,
la piadosa luz que se vuelca
indiscreta
atrevida,
la tierna pasión que aniquila.

Devora -sí-, devora los instantes de la hoguera,


vidas diminutas que palpitan
en la brasa que calcina,
refúndete en la sombra de mi cuerpo
no retengas la luz que se prolonga
ni rompas la quietud postrera de tus alas.

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Que tu cabello: ¿cabalgue o se deslice?
Encrespe mi piel: marea dormida
y en la aguda soledad: flujo salado
con la ola que hilvanes: tejes
destejes
me arrastres hasta el límite
blando de tu caracol mullido.

¿Eres tú? Si eres, bebe el clamor


de estos labios que aspiran a hurgar
tus bordes azogados
en el encuentro del furor no comprendido,
buscado
no ausente del éxtasis fugaz, del anhelo apetecido.

¿Qué vino luego?


¿La nueva voz que mana
del despertar del tiempo?
¿Qué maravillas astrales devinieron entonces?
No calles.

No repliegues tus labios turbados.


No cubras el ramal absorto de tu boca.
Ahonda tu eco.
Desgarra con tu clamor

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el murmullo indiferente
la anónima diatriba complaciente.

En fin,
que el bronce milenario de tu cúpula
repique al despuntar la aurora,
no clara o transparente
simplemente aurora.

Humedeciste tu vientre, tres veces,


de espuma blanca,
configuraste la redondez ingrávida de la pasión
no inútil, ni volátil sino eterna.
Caminaste perdida en la vocación del tiempo
que espera
prendida en la brújula interna de tu sangre
Asida.
Atada.
Anidando el humus que vendría
poblando los aires sedientos
de tus tersos pechos tutelares.
Descubre tus ojos
en el fulgor de sus miradas.
mientras el mundo inútil
descansa ciego y labra
en el silencio estéril
la sobrevivencia.

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Fue mi intento
copular con sangre mi nombre en otros nombres,
rasgar la tierra con mis manos
sin garfios mortales ni vanos enconos.

Busqué tu luz.
No eres fuga ni transida locura,
eres recodo salpicando los cascos de las piedras
grises o morenas
blancas o amarillas
de los siglos.

No eres desolación porque brotó de ti el pecado redimido,


y la soledad revierte en sus cuencos la ternura de tus manos.
No escuches el eco sordo que estalla
el golpe brutal que nos cobija,
no mires las carencias que envilecen
goza del árbol derruido la savia que provoca.

Hiende tus blancos dientes


salvajes o decididos
no en el agraz que se esparce
sí en el venero que fecunda
la fuerza del roble en equilibrio: nuestros hijos
gestados en la alcuza: ebria de amor y de promesas.

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¡Es el verbo que acampó entre nosotros!
Y alejó el fantasma del dolor a bocanadas.

Fue.
Será.
Soy: vivo.

Quiero oír el chasquido de tu lengua


en la profunda verdad que me estremece,
en el tranquilo risco despeinado o en el tegumento hollado
con mi impasible dolor de caminante.
Aplaca mi rugosa piel desentendida.
Exclama
Advierte
llama.

Rompe el trinar monótono del pájaro enjaulado


no huyas o te escondas
cascada saltarina: fresco viento.
Entibia la dureza ordinaria del amor encallecido
con el calor virginal de la hondura.

Cada mañana no es un nuevo día,


es el ayer recubriéndose de sorpresas
que abruman o disipan,
en la impenetrable lucidez que proyectas

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advirtiendo sombras o vírgenes siluetas,
rostros claros o madrugadas castas
que renuevan la potestad callada de tus ojos.

Mientras me incorporo, tu presencia tenue


disipadamente leve
me advierte que somos uno: carne de la carne.
Carne transportada hacia otras visiones
que vislumbro con los párpados vencidos.

Yérguete.
Eleva el incorpóreo ondular
de tus sueños. Quiero
sentir el cauce abierto,
terrenal de tu carne.

Misterioso barro: fraguado y construido,


multiforme estructura.
Estallido incontenible
de la unidad abigarrada.

Despedaza el lecho sumiso del amor monocorde


que rehúye tropezarse con su máscara de hielo.
En la búsqueda del libertino encuentro
no ser el barco rumoroso que encalló en puerto
sino la verde ola que profanó el viento.

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No abreviemos amor las quimeras
ni el rayo del rojo atardecer hiera tu pestaña ágil.
Acoda tu entalle luminoso o tu zarza ardiente
en mi vega de mil formas roturada
tierra buida
ser saciada
feroz dolor encanecido.
Acércate y deja la huella
de tus pasos
no perdidos ni amordazados: libres.

Engarza los quipos astillados de mis huesos


en la espiral porosa de tu pecho
sin más testigos que tu palabra llena
y la mía oscura
dócil
dócilmente insegura.

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I PREMIO

Concurso Provincial de Poesía


“Edgar Palomeque Vivar”

Casa de la Cultura Núcleo del Cañar.

Mayo de 1998

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EXTRAÑAMIENTO

Autor: Freddy Rolando Ruilova Lituma


Seudónimo: Santi Agus

“Huérfano de ti, menudo como entonces,


caído sobre una yerba triste,
heme aquí, padre, sobre el mundo
en tu ausencia”.

Vicente Aleixandre

La soledad ali(m)enta la consumación


de la penumbra  El ojo (rayo de ayer)
bulle acosado en el espanto
inerme de sus aguas­  Herido polvo
arrebatada forma trashumante
aposento torturado por un hábito de espuelas
Armadura agitada por turbantes de palomas
para el indicio de la mirada invocante
Extenuado navío (en)callada sinfonía
en la muralla gris de mis pulmones

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Tierra: redoma solitaria  Greda estacionaria
que atenaza tu presencia como el paso estéril
de un transeúnte Roca ceñuda que desdeña
su vigilante rastro azotando una mendiga
mudez de ave que se exime en la huida.
Garras para el aplomo sordo de los mares

El éxodo que es grieta enfurecida de la carne


y su secreto embocadura para la sed
de la herida descubren entre el dorso
del firmamento y el des(en)tierro la sombra
vaciada de Dios  El saldo de su angustia
atrapado en el rendido mineral del paraíso

Tu garganta en el renglón sin fruto del ramaje


conmueve la ración desnuda de la hoja
Es un sollozo agazapándose con textos de niebla
una luz sopesando el vértigo de la caída

¿Cómo entender el desarraigo y la bruma de la estancia?


¿Cómo sobrellevar mis huesos ennegrecidos
sobados en el caparazón de la herrumbre?
¿Cómo asimilar la inútil estridencia
de la morosa erosión de los grilletes
si todo se vuelve un continuo expirar
un áspero y distante desgarrón de ataduras?

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Denso fluir enigmático dolor de aguaceros
opresivo fulgor de la luna encuadernada
declinación azorada de la lágrima

He visto tus dientes en el adviento


de la evasión entonando salmos desvalidos
El fragor impaciente de tu fuselaje de nauta
el impune deletreo de un trompo de luz
en la precaución inédita de la congoja
Alegoría suspendida en el bálsamo
asoleado del aniquilamiento
Desvanecida lámpara  Desnuda tinta
Pánico en la cresta oculta de la boca

Abandono: líquido tumor o hueso derruido


Porfía de la piel  Mi ser oscilando
naufrago inmutable sin sosiego
para el término obligado de la sangre
Una interrogación clausurada en la curva
anudada del pasado: nuez en el lenguaje

El grito condensa este invierno anónimo:


Este dolor que asciende hasta la inocencia
Esta espuma encarnada que estremece
Esta piedra que tropieza abrasadora

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Estos ojos devorados por las ruinas
De la sombra del viento

La memoria: esa funesta estancia del olvido


ese pasado de escondida brasa
ha proscrito la gris saeta del recuerdo
en la cordura casera de la hierba.
La memoria proyecta en el fondo del pozo
un oculto sello de turbiones
El círculo verde de su a(so)lada fuente
—ímpetu y calma del tiempo— ahuyenta la mirada

No hubo adiós con partituras de abrazos


ni urgencias de brújulas inertes
ni imanes para las manecillas del regreso
Quizá la mirada embistiendo sus párpados leñosos
Quizá una vaga esquina de misterios
arrastrando intuiciones desollando palabras
con da(r)dos salpicados de fantasmas

¡Ah! los años esos escombros yermos anuarios


arreados por tísicos soles esa lacra
de siete leguas lamiendo crepúsculos inventados
esa mancha recostada como página abatida
Astas en el zumbido adúltero de mis culpas

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La evasión es un misterio: piedra hollada
de furor y confidencias.
Un relámpago universal que no comprendo:
un temblor alucinado un redondo espanto
un largo y empecinado escalofrío
un huracán de risas disecadas
una tibia cicatriz en la infancia

El camino es un oráculo que nos consume


diestra ceniza ahuyentando cuervos
lava arisca sobre el volcán del cráneo
Zarpazo o golpe —diluvio de cruces
que enceguecen los aceros—: distantes ruedan
silenciosos los cálices reservados
para el flagelo de las huestes

Azarosa existencia: alargando la mano


­—en un extremo— para el fracaso envejecido
En el otro —equidistante— una yema
de pluma encarnada aligerando pasos…
Hileras de sonidos germinando fosas
demenciales para tu olvido
Turbios rostros de cadavéricas esencias
incitan pálpitos de antaño

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Estatua de sal (maleficio (c)rugiente
en frágiles lomos) que retumba en el abismo
o en la corpulencia oval de la ballesta
El tiempo charco remecido por guijarros
vuelo del cóndor para la interrogación
espasmo para el empellón del puñal paralizante
cataclismo para el vahído del ala
aullido de la muerte reprimida
vértebra derretida en el orificio
de los sueños y el paréntesis del insomnio
Inventario de espejismos caverna
donde la inmortalidad grita su límite
exudando mendrugos de existencia
hasta la saciedad y el conjuro de la trampa
Bisturí ennegrecido por espectros desgarrones
acertando ferozmente a repasar
tu abreviado cataclismo de sonidos

Hoguera sucesiva de previsiones Láminas


esca(r)padas en el sobresalto del espantapájaros
erupción cadente de eslabones acechada
por el astral esmalte de la lengua
Blasfemia de aguas desbordadas en el precipicio
en el vacío del hombre baldado por la memoria
a ras del suelo avanzando con la voluntad inversa
hacia el fogonazo inaugural de la otra orilla
Como se sume la luz extraviada en el metal

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de los estanques  Como el estremecimiento sucumbe
en los poros infinitos de la vertiente

Dispersaste mares para el tránsito de la escama


calaste los perfiles más antiguos del pelaje
de los polos Allí donde el presagio ahogó
el o(fi)cio de los pájaros y el acertijo de los peces
Allí donde el ocaso segó la raíz
para que habiten las huellas de la lluvia
Sorbo suspendido en el cráter del alma
en la ebria cavidad donde golpea el aliento
cierzo blindado de pesadillas levitadas
por osamentas coléricas  Esfinges cautivas
barridas por impías criaturas
me enconan con la plaga de sus cascos

No más desolaciones desbocadas


ni alientos represados para el vasto
desfallecimiento  No más apóstrofes:
vértigo para el caos sagrado de las voces
ni crines lobos sumergidos en la noche

Habítame con el rayo encarnado de tus ojos doloridos


en la descalza línea de mi remoto espanto
Encuéntrame como dormido trigo devoto
en la galera obstinada de tu envejecido nombre

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o en el borroso rasgo del mortal cartero
Sosiégame como tacto de arena en la penitencia
impávida de tus aguas
Te busco como insaciable estría en la ferocidad
glacial de tu pecho derrumbado por los años
para ser artificio indulgente en el frío
cortante de la mutua y mordiente ausencia

Así llegarán transmutados huesos


a la caza de sobrevivientes siglos
al postrero desate de corceles ungidos
para el devenir la redención y la idéntica materia

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I PREMIO:

Concurso Provincial de Poesía


“Edgar Palomeque Vivar”

Casa de la Cultura Núcleo del Cañar.

Noviembre del 2006

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MEMORIA DEL SILENCIO

Para: Alexandra Lucía


Autor: Freddy Rolando Ruilova Lituma
Seudónimo: Esteban

Sin previo aviso


el aceite virginal se disemina
con el entusiasmo desgarrado del relámpago
horada la tierra e impregna su olor
en la fragilidad del vaticinio.

(Tras los cristales


y tus pinturas
la extensión
un débil acorde.
Tu cuerpo de arena
el destierro que el mar consume
y tras tu cuerpo
La nada).

Percibe como el hueso


incandescente
prepara la vendimia

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en el granero de la muerte.
Y la mirada se conturba
ante la seducción de lo extraño.
Largos alientos sedimentados
por el ácido frío encresparon
la quietud espaciosa de tus aguas y cada hombro
como gota intacta abrigó el tajo turbulento del vacío.

Tu esquela de retorno quemó


velas, ola extraviada que resuena
en los vestigios de alguna proa.
Lluvia que sació la bitácora a medias.
—Esa urgente nota encarcelada
en tu memoria— y en jadeos
Destila facciones, máscaras cuajadas
de minerales, fisuras por donde tu rostro
sellado se depura en los espejos
de polvo, armaduras pálidas,
que se desdoblan en viscosos mares.

De tu aliento apenas sorprendido


maduraron pájaros oscuros, alas que descienden
en crecientes mañanas como brazadas de sombras
y son un breviario de enigmas,
en la ingrávida humedad de tu ausencia.

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Tu génesis abatida
entre la piedra materna y el agua
copulada de semilla
evacuó la luz y la sospecha.
El origen y el fruto etéreo
cedieron espacio al vértigo
acodado de silencio,
a la mano tangible de la muerte.
Al estertor sonámbulo del azar.

Luego yacer desoída


estrangulada de bruces
aferrada la carne como ciega
cicatriz que se desangra
en el sordo galopar de la orilla.

Cuerpo a cuerpo
el enigma y la esencia perfecta
del acoso: voz apagada: yermo azorado
por el lance dilatado del anuncio.

Inmóvil el giro de tu cuerpo


tus sonidos se regalan
al cauce apetitoso del río.
Desde el abismo
en medio de la turba erizada

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ascienden tus pupilas fragmentadas
en cólera de tallos y ramajes.

Te enarbola en silencio
una playa de manos y de aires
amordazada por el paisaje inerte
y Ángelus glaciales de errantes sangres
balbucean preces de antiguo barro.
Oculta está tu materia ensimismada
entre muros empañados
y calladas superficies vegetales
usurpada por una oscuridad arrolladora.

Preso tu cuerpo en hosca leña


y penumbra honda muda,
polvo de polvo que el ímpetu envuelve.
Tu viaje en marcha cala sedosamente
la fugaz carne que vibra con su última
palabra insomne
en la tangible efigie de la furia
y paladea la indigencia final de la ruina.
Los arpones tejen con gastada hebra
la urdimbre de tu último deseo.

Desnudas las fatigadas manos


desde tu sosiego mojado de inviernos

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los ecos encubiertos se entretejen
con tintes de eclipse y setos de sangre.
Atrapados por un vendaval de disfraces
nos deslizamos por las clandestinas paredes
de la extinción y decapitados braceamos
en el abismo.

De pronto la celebración vital


voltea la última página,
el dolor navega y se desploma,
flota con su aroma de hiel y secos dientes
sobre tu voz morena de miel bronceada
por los vetustos telares nocturnos
estalla agua con sabor a espadas
circula un líquido de cieno por las ranuras
y gira una luciérnaga con su luz tostada
por el fuego de la noche
que se arroja a la resaca del mortal aliento.

No entiendo por qué en esta proeza


final se trasiega la lámpara de tus deseos
es hoguera en la concavidad de la burbuja.
—Vaso de luna ardiente—
que busca el pez para inaugurar
su violento sueño.

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Los despojos rastrean la identidad
inédita en la multiplicación de la especie,
he aquí la armonía de la vigilia
en la impiedad de tus vaciadas pupilas.

La huida devora territorios condenados,


habitaciones con puñados de sombras,
atmósferas percudidas,
corredores encallecidos por lívidas
láminas de yeso y huesudas madreselvas.
En esta estancia de retazos somos huéspedes
de vespertinas expediciones,
morosas jornadas donde escuchamos
al silencio rastrillar el adormecido navío.
Sentir el agua deslizarse por la cetrina
estepa y confinar el árbol de muñones y orificios
lamidos por el yugo de los siglos.

Barro, mosaico de hormigas


que hostiga la tierra ungida de relicarios
y eclipses. Tránsito donde la palabra del impío
es velamen de fuego. Punto donde clava su turgente tronco
como hacha jadeante en el naciente escombro,
como mástil que desnuda el maniático restallar
de la hojarasca en esta desolación terrosa.

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Una balada desnuda que el hombre
amamantó en el ahumado vestíbulo de algún muelle
ermitaño, y que acarreaba en sus hombros
legiones de niebla, se bifurca en esta morada
de torrentes descalzos, de molinos estériles
y cenicientos huesos.

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I PREMIO

Concurso Provincial de Poesía


“Edgar Palomeque Vivar”

Casa de la Cultura Núcleo del Cañar.

24 de agosto del 2007

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UN DÍA CUALQUIERA

Para: Hitler Esteban


Autor: Freddy Rolando Ruilova Lituma
Seudónimo: Tomás Mateo

Un día cualquiera
Que siempre llega,
De esos que el calendario empieza
A masticar con inocencia,
Te levantas irreparablemente el mismo:
Barajas bostezos y te pierdes
En la hélice brutal del ocio.

Es la misma lección bien aprendida


Un conciso examen de conciencia
(Cabeza, tronco y extremidades)
Y de pronto otra vida, sobada por la luz
De una vela fiel a la carnada
De su fosforescente ocaso.

Poco importa si es el pie izquierdo


O el derecho el que te incorpora,
Una lava inasible y mordiente ahoga tu rastro

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El sobresalto fluye tras la vorágine del silencio
Los confines se extravían en la intemperie
De unos labios que se deslíen en las sombras.

Tal vez seas otro,


Suspendido por un tráfago de cristales
Urdidos por una lengua de amapola
Confundido en las fauces del espejo.
De esa idéntica luz que engulle tu sombra
Como la torpeza absoluta de las palabras
Innecesarias y el ladrido abrasador del aire.
Los sonidos como pesada calma
Reproducen la carnosidad de la lágrima,
No hay encuentro: solo el filamento del río
Que apenas reconoce sus aguas,
Y tal vez manos apuradas, extendidas
Hasta el silencio
Empuñando los vapores de su lecho.

Los afanes inconclusos aguardan


El último vástago de luz sobre la frente,
Se agitan en ese hilo despierto que se filtra
Por los áridos espejos del asfalto,
Por el pozo ciego, hondísimo de sed y de dudas.

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En cada errante hueso
Germina el destino
Evanescente,
Asolado,
Donde se fusionan la predestinada hoguera de la espuma,
Y el ritmo impetuoso del acero
Que engendran las tinieblas de la vida.

Tu garganta no se vació en la sed de la vasija


Ni reveló la encarnación de la profecía,
Ni narró las crónicas que inflaman los oráculos
En oleadas de bocas encendidas, como ágiles
Y alargadas ramas que se dispersan
Sobre vientres y sobre tumbas.

Tu alegría eterna y desnuda


Cruza errantes travesías abrazadas
Por el viento donde tu verdor se apaga
Donde el aliento hiere
Y golpean los inciertos presagios de la cacería.

Te siento vacía como un agujero


En una partícula de sangre,
Frágil como la helada tranvía de la luna.
Nadie vislumbra tu yerta estatura

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Nadie. Ni el seco latir
Apretado en el escondrijo de la noche.

Repentinamente, cuatro paredes


Acechan la corriente de aire,
Nos acosan y asediados por sus sombras estrechas
Callamos los fragores del destierro
Que se disuelven en afilados golpes,
Y acarician la aplastada carne gris ya apagada.

Membrana oscura recostada en un ojo de arena,


En el interior de estas pardas murallas
En donde las palabras inmutables azotan
Las arterias de mercurio que nos asfixian,
Y consagran la escritura del polvo.

Escudriñamos la danza de los signos,


En el molde de la arcilla,
En su dócil parpadeo y en la sumisión del cansancio,
El rito de promesas y cenizas
Nos propone el estupor
De esquivar el sobresalto
Y el sorbo helado de una lívida piedra.

Peregrinos, desembocamos
Con negras pisadas en caminos
De costumbres y amnesias.
Prisioneros de cargas y exterminios.
A empellones la carne forastera
Es una vana promisión
Una vestimenta alucinada
Una oscuridad con resonancias de fuego
Un líquido fragor que flota
Cubierto en una armadura de incienso.

Los desvelos resucitados celebran


El estigma de los antiguos adagios.
Los perfiles de los cuchillos
Se remecen con el aullido
De aislados arrebatos.
En esta órbita de incredulidad
Abrazo el enojo del remanso,
El leve aire envenenado del pantano,
El lente acuoso del pez
Que absorbe la longitud de la luna
Y el instinto con el que coteja a tientas
Su ficción de parábola invertida.

51
II
Confidencias

53
Topografía del deseo

En el éxodo del diluvio cósmico,


En el lecho sollozante de un ángel
La savia muerde el tallo de luz.
El enigmático caparazón
De mis ojos, es un arco que me rodea,
Esculpido en la cavidad de las sombras,
Y contemplo un despertar lejano.

Una alborada marina de carnadas


Abraza las columnas de mi vigilia,
De navegante en la geografía de la ausencia,
En la clave del espacio inexplorado,
De tus vagabundas infidencias,
En donde puedo confesarme y arrastrarme
Como el viento, hasta tu navío.

Ahí fluyen las interrogaciones,


Las cábalas matizadas por secretos,
El gesto arrugado del silencio,
Que se confiesan en la guarida de mis infortunios
Y, quizás, a la estancia de tus calles.
No encuentro límites a tus embrujados sigilos

55
A las piadosas ondas de fuego
Que naufragan en mi corazón
Con sus golpes y campanas.
Los pasos se diseminan polvorientos
En la dorada quietud de su eco,
En la cresta
Del desventurado viaje que al fin
Es una furia desbocada de amor,
De un caminante,
Cautivo en una espesa fantasía
De sordos latidos
Que convergen
Sobre tu palma de piedra.

56
Viaje solitario

En mí el tiempo no agita sus hojas,


Ni me inmuta la vaga gravedad
Ni las oscuras
Dimensiones que muerde
Las sutilezas y la ficción de tu rostro.

Me he suspendido de una débil ilusión


Que te evoca en la multiplicidad
Provocadora e íntima
De la soledad,
De un recorrido
Que tiene
Un tiempo
Pasado,
Erosionado como un astillero fantasma
Enmohecido de líquenes y negros islotes,
Témpanos fosilizados que moran desiertos,
Bajo agujeros exhaustos
Bóvedas azules y de cobre,
Murallas de algodón que crujen,
Y se sumergen en el recrudecido
Terciopelo de la angustia,

57
Del improvisado viaje sin brújula.
De un rabioso puñal que canta al adiós.

58
Corazón oscuro

En mis manos reposa un pergamino de polvo,


Que respira en las líneas rugosas de los puños
Acechado por vientos corsarios
Que en alguna luna borrarán los albos sueños.
Una desnuda huerta me abraza,
Un racimo de noches cargado de crispadas hojas
Se quiebran ásperamente al tocarlas,
Inclinado sobre esos afligidos pétalos,
Se enlazan sordas en mis dedos.
Fugitivas cuchillas en mi pecho.

En las castas palmas se quebrantan


Como remolinos de cenizas
Fértiles maquillajes y patriarcales años.
Una mar gris de ondulantes anzuelos
Extingue las partículas de luz
Que flotan sobre una mancha
Como nómadas piratas.

En las movedizas membranas de arena,


Bordaron los brazos de los acantilados

59
Que engullen en sus esponjosas paredes
El salobre grito de un corazón oscuro.

60
Irradiación

El ojo de vieja mirada dispersa


La luz. Y flota su color en el ocaso.
Una gigante franja ondulatoria
Del mar que cabe en un nombre
Es un cráter con burbujas de peces iluminados,
Escamas de diamante que estallan
Como eléctricas astillas glaciales,
Alumbran tu delgada imagen,
Tu línea pulida y sonora.
Tu voz cruzando el abismo de las aguas
Como un aleteo helado en los oídos del mar.

61
Insondable compañía

Cuerpos, materia y entraña ligada a la tierra


Monumentos de soledades luminosas
Vestigios contorneados, efigies sin mortaja
Se afanan por sentir el lento calor del alma humana.
Han dejado la soledad para acompañarme
Como un séquito anidado en mi sangre.
Así, cada paso es una gota fundida
En las calles, cosechando memorias en las redes
Tejidas con las fibras íntimas de la sonrisa,
Pasos que desnudos sobre un edén de arena
Dibujan su terso rastro apretando sus dedos
Para retener la petrificada suavidad
De su escritura ahogada
En la impaciente tierra que nos devora.

Ahí, se teje el desdoblamiento, el corte


Risueñamente brutal de la vida, de una mañana
Sin alas y sin aliento que habita, secretamente,
En el remanso de una colina, en el trino perfumado
Del agua, en la pura madrugada de mis labios.

62
Nada

En ese pozo de lágrimas carnosas,


De ojos afilados y sangrantes,
De espectros postizos que se fisuran
En el moroso aire que respiro,
Siento el sabor de la ciruela sangrante
Adentrándose en las vetas púrpuras
De la carne que tenazmente sobreviene
Como hilos tibios y rojizos en el luto
Blanco de un amor inocente,
En el ombligo frío de un tallo pétreo

Te deseo sin tiempo, en el filo pardo del espacio,


En el pensamiento y en el precipicio de tu voraz
Extinción, porque en esa araña de la memoria
No quiero verme como una lágrima,
Como una pestaña tajada en ríos de sombra.
Prisionero en alguna ranura de un espejo gris,
Deprimido como un pecho sin músculo,
Crujiente y vacío,
Con los huesos lisos como un desierto,
En ese vapor ensortijado de sarcasmos.

63
Visión

Me quedo bajo la sombra de tu quimera


Y dejo que unos rayos macilentos se rindan
En el remanso que circula por la cúspide de mis ansias.

Cautivo, el alambre hormiguea mi cuerpo


Mientras las horas oxidadas se escapan
Por la ventana y graban en el piso
Una cebra dorada, desde donde se dispersan
Polvillos que le guiñan al rojo acero reluciente
Antes del repique mortal de la víspera.

Cualquier pensamiento es letal a estas horas,


Actúa como un veneno que inmoviliza a la presa,
El sudor frenético revolotea en el húmedo cuarto,
Cerca del arrecife picotean las aguas las gaviotas,
Como un látigo golpea un plumón de rocas.
Se escapa el día como una mueca en ruinas,
Se derrumba elásticamente con el silbato lejano
De un buque agonizante entre vómitos de humo.

64
Adiós

Quiero que tu voz virgen y rocosa


En este momento
Sea la misma de tiempos lejanos:
De un lobo estepario
Que bostece un festín de ternura
En cada cosa que guarde en la hoguera de la despedida.
En esa torpe ceremonia que hielan los huesos
Y la indiferencia te da el abrazo de bienvenida.
En mis adentros se ahogaron los murmullos
Que se fueron generosamente multiplicándose
Como caballos de acero en combate.

Agitada la lumbre, tiembla el vaso de cera.


Se acerca el viento con hélices de lluvia,
El flujo de la luz traza la sombra,
La oscura llegada de la risa prendida
En la argolla de celajes agonizantes de la tarde,
Que deglute vinagres y esquinas secretas,
Extravíos de ráfagas calladas y densas palabras
Que acamparon en el barro íntimo de cálidas letanías.

65
Te amo a mi manera

Te amo, no como otros dicen amarte,


Para mí, tu topografía que se repliega en rincones
Peregrinos, con sus casas de contornos cómplices
Para las postales, tiene la habitual caricia sosegada
De sus tejados. Esas grandes puertas como esfinges,
Portones que silban nerviosos en los corazones
De las sombras plácidas que murmuran
Lacerantes y codiciosas un beso. La luz la quiero
Macilenta y difusa, no fúnebre, porque tengo
Mi raíz encadenada en el abismo nada fugaz
De mis obsesiones, en la certidumbre tostada
De tus calles, calcada por los pasos labrados
En las soleadas mañanas de jaculatorias.

En el recorrido exploro el azar


El síndrome volátil que libera
Los espacios, indefinibles, ambiguos,
De una furia intempestiva que acaricia
Mi frente, que indaga en cada pliegue
Si este oficio de explorador estéril,
Arrastra borrascas de flecos polvorientos de las calles,
Espanta amores viejos y heridos

66
Que huyen de espaldas en una tempestad
Para no ahogar sus recuerdos, asidos a la red
De la barca como un garfio tembloroso y mudo.
Así sostienes estas carnes que se desgarran
Hasta pisar su propia sombra con el ceñudo pico
De una pezuña escapándose de un pie en harapos.
Entre la muchedumbre se desata un vendaval
Tierra adentro. Se percibe una visión
Del árbol de la vida y en las verdes y cinceladas hojas
Se destila mi amor sin rodeos.

67
Incógnito

Te miro como forastero, para cruzar sigilosamente


Tus calzadas. Para que me sea más fácil la ausencia,
Para respirar piadosamente tu aire.
Para sentir el vértigo pavoroso de tu alma.
Vivir holgadamente libre del fango carnoso
Del dolor, de la risa dormida, ceñida
A la preñada vacilación de mi existencia.

Un relámpago disipa en fragmentos


El bosque, los mechones secos se encaminan
A la cremación de los sentidos, a la coronación
De la demencia, a la esfumación de la prisa,
Cortesana de hábitos, del ropaje de mi imagen
Que se adentra en tu espejo. Que discierne
Tempestades y olvidos, juegos consumados
En la travesía de un signo zodiacal diamantino.

De espaldas fundido a los pilares del destino


Camino, purificado por el crepúsculo
Que vuela. La vía es más estrecha,
Caben solo las letras de tu nombre

68
Y son miles como los astros, poco más o menos
Como la multiplicación de los panes.

Soy un viviente guerrero de tus esquinas


De granizo, adorador de la lluvia,
Siervo de la rústica pedrería.
Gris y seco igual que un insecto en el cuerno de una baldosa
Me desplomo. Soy el polvo de tus pecados.

Los caseríos espesos y los adobes, cántaros


Oscuros para el sollozo de la paja perfilan tu cintura,
Inédito relicario tendido en el luto de seres
Vivos y caídos, me deja siempre una extraña
Esquela, un aguijón en el camino, con facciones
Que se desbocan. Empaco mis sueños,
Me quedo inevitablemente con tu memoria
Y con tus trazos. Que otros con tersa idolatría,
Te escruten, con apacible y fresco delirio
Te acaricien. Y a pesar de mi alarido nocturno,
En ti me reconozco.

69
El patio

Gritos inocentes en las calles,


Furtivos susurros de palomas en las garitas,
En las casas la variación de un canto,
Disuelto en residuales memorias,
Horas labradas en el rostro
Que se consumen en menudas vivencias,
Que tiemblan en el trinar de una añeja jaula.

El golpe del agua en el patio de piedra,


Rompe su perfecta forma simétrica
Con el sonido de la tormenta, que avanza
Por los túneles de los arbustos. Un bosque pequeño
Fresco y frondoso que recibe al extraño
Con la tímida sonrisa de un sol sonámbulo.

70
En tu piel dejo mis huesos

En la esquirla de una canoa


Tus ojos anclados en aguas tranquilas,
Humedece tu silueta extendida
En la sábana tropical de tu transparencia.

En tu piel dejo mis huesos, se derriten mis sentidos,


Afuera se acumulan escombros y pigmentos,
Se erigen arcillosas membranas que resguardan
Los secretos y sepultan el borboteo de tu garganta.
Como se suspende la niebla en el páramo
Prolongando el día, como el sosiego
Liviano del rocío, como la última sinfonía
De una ave aprisionada.

Mis íntimas llagas de amor


Manjar de sangre y corales
Cortes entumecidos, cicatrices dilatadas
Con espinas de metal incandescente.
Batalla donde el acero corta el rayo,
Siento la avidez de mi sensible furia,
De mi diestro aturdimiento,
Como una hierba en sobresalto.

71
Son los viáticos para traspasar tus fronteras.
Es y será el círculo de mi lealtad para amarte,
Con el abrazador ovillo de mis pupilas.

Merodeo leguas como un animal


En una isla embriagada de arbustos
Lechosos, suculentos para los solitarios
Dientes que se chocan. Que se dislocan
En la herradura carnosa de la boca,
Ansia que apetece matar el hambre
En la delgada punta de una sílaba
Escrita en un tronco. Rayada agriamente
También en el vértice pulposo de mis labios.
Tu carne dúctil, mórbida al tacto
Somnoliento de mis manos, cáñamo
Dócil y tímido, álamo blando,
Esquivo frutal de pasiones incrustadas.

Soy un amante extraviado en tu lecho de aguas,


Del tránsito de la noche sin luces,
Desde tu cueva, desorbitados mis ojos
Reconocen el liquen luminoso
En un golfo de lluvia incandescente.
Mi aliento abre milagrosamente
La alcoba de tus raíces. Ciego en el desorden
Solitario de sordos metales eres mi refugio.

72
Astros

El firmamento cae en éxtasis


Subyugado por los temblores incandescentes
De los astros. Mi mirada desaparece
Confundida en las formas geométricas de carriles
De luces que circulan extraviadas por aldeas planetarias
En busca del calor de etéreos arcanos.

Los planetas tienen la certeza


De sus símbolos, las estrellas
Ensillan el viento nocturno,
Extienden su brillante fuego
Como un soplo disparado por los cabellos
De un violín. Es el pestañeo del amor
Rodante en el espectro de un vino.

El cielo alucinado, concierto de lámparas


Fugaces, hormigas esplendorosas en mi piel
Que dejan una estela de lumbre, es flama
Errante de la mariposa que se enrosca
En el estío, en esta parcela espiral de murallas
De mi cansancio que devora las galaxias.

73
Resplandores pretéritos

Unos rostros penetran ligeramente la piel,


Son míos, máscaras de apacentada flaqueza,
Entreabiertas figuras de luciérnagas
Que flotan en las corrientes de islotes y se esparcen
Por mi cuerpo ebrio de silencio y dormido polvo.
Cuerpo y corazón nebuloso. Dilatado aliento
En el índice secreto de la infancia. Ruina
Implacable de un casco de dolor,
Enceguecido por la espina de lo absurdo. Horas
Empobrecidas de miradas. Vacíos ojos
Que se afanan por ver la vida transitoria
Como una fotografía que sonríe eternamente.
Nos acaricia sucesivamente el instante,
La fugacidad y el sagrado misterio, el nudo
De fascinación que nos va consumiendo
Como un suave toque de luz que boga
Por las tardes, que se acerca como el perfume
De una cereza que teje en el borde de su corteza
Ennegrecida una esquelética cartografía en unos labios
Que robustos sucumben en la niebla.

74
Aurora extraviada

Suena el tambor de la múltiple agonía en la unidad


Celeste del firmamento. Muerde las fauces de la noche
Un laberinto de cenizas, reluce en la caverna
La aurora extraviada en un trozo
De mineral y en sus arterias se quebranta
Inmutable el delirante sortilegio.
Expulsa la suntuosa derrota. Figura
Asediada de templadas vertientes,
De antiguas bóvedas en donde un nudo en la garganta
Me enrosca en tu fuego divino.
En tu embeleso de cañadas y muchedumbres
Me arrastro como una cabeza viviente,
Y apenas dormido me envuelven los indicios
De tu enigma, tu espeso silencio y tu luz esplendente
Crudamente inmóvil como una mordaza
De amor azotando mis esquivos ojos.

75
Recado

Mi corazón se viste con un signo de dudas


En el crespúsculo que se desvanece.
Con el repique de campanas se escabulle.
En el alba pálida aún, indagada por el trinar de un pájaro,
Se fuga sin ruido por el eclipse. Serpentea
Como riachuelo por la cintura de la pradera,
Rema hacia la nuez abrasadora de un volcán
Que reirá mañana como un orificio radiante
Y después, quién sabe, recoja un mensaje en silencio.
Que esos granos de palabras no pierdan
Sus alas en el surco de gigantes remolinos,
Ni sollocen en el olvido. O que una gota de invierno
Rellene la fisura de ese nido de deseos
Y cierre la celosa guarida de aquel recado
Que nadie leerá.

76
Solitario

Tus calles en las lluvias de invierno me dejan


Como un solitario viajero, desolado sobreviviente
En una travesía gris en donde el poniente
Se desgarra ante mis ojos, conmovedor
Y extenuado como una barca descalza sentada
En el mar. Como se derrite unos labios en el espejo.
Arrodilladas lenguas de plumas repujadas
Se embarcan en un papel enmarañado como un nido
De sollozos
Confidencial como una hoja de afeitar de doble filo
Como un bocado de estrellas en un incendio.

El frío se disfraza con los gastados atuendos


De los eclipses, se abre paso al ritmo
Del galope de ingrávidos caballos navegantes,
Alfiles de combate, aletazo de perlas puntiagudas
Que brillan en la estampida ciega de la tarde.

77
Cansancio

Me detengo. Como se detiene la vida.


Brusca y desquiciadamente. Sintiendo las espuelas
De la asfixia. El enfurecido quebranto de la escarcha.
En la decadencia, el tiempo con su botín
Mengua la corpulencia glacial del cansancio.
Todo es efímero. El aroma del exilio y la memoria,
Los filamentos del amor y de la carne fértil,
La superficie de la lengua y el inventario del mar.
Entre el abismo y el silencio
Se inflama un sol rebelde de dorada locura.
Y puedo caminar por los costados del río.

En la cabellera de un arroyo de espumoso seno


Empieza su travesía bullente y ascienden mármoles
Danzantes en un páramo cultivado de epitafios.
Rueda, fluye como un trueno de sudores
Se estanca bruscamente y se desprende
En el aire denso un sueño. Se abate el ala de un águila.
Estalla y boca arriba navega su aventura.
Agita en la tormenta su cólera sedienta
Y sin remordimiento el reino de la magia se marcha conmigo.

78
Borrasca

Una efigie de lluvia y viento se eriza


Como un baile de remolinos, como un grito
Encarcelado, como una victoriosa serpiente con su boca
En el tobillo, como una gigante melena herida
Sin brújula que deja a su paso una antorcha de peces.
Gusanos vencidos y escombros de corazones.
Mis palabras se escurren en los cables eléctricos,
Cuerdas, media luna de silencio, estertor de un ave
Sin rama que sucumbe en el estío sin el ardor
De la luz de las estrellas. Así perece el amor
Que se disputa la tierra sanguinaria de la soledad.
Son globos de tiniebla que huyen hacia los astros
En las alas de una mariposa que ovilla el viento.
Como en la ceja de un río el cardo de los aluviones
De un día que se prende como un cigarro.

79
Paisaje

Inicio una travesía por esas regiones calcinadas


De corazones agobiados, mesetas con cortejos de trenzas
Acribilladas por colores deslucidos, rústicas pieles
Sedientas de líquido púrpura del alba. Camino
Por túneles envejecidos, sin intervalos,
Con astrales festines de semillas para el odre de la gula
Para la vertiente de la grey que ofrenda
Las espumas crispadas de su hambre.

Chispas en una hilera de pabellones, redondez


De luces macilentas en las calles. El embrujo del grano
Triturado que vuela como una pluma
De sal en el espacio o como el pan desnudo
En los ojos delgados de la soledad.
Acostumbrada a la indiferencia besa su presagio,
Sumerge su manada de arena, su esquivo relieve
En la invocación festiva del mar.
Valles con un séquito de rugidos y discretos lagos humeantes,
Amores templados en el horno de una mirada inhóspita.
Deshilo este vendaval de mi nostalgia.
Y te percibo con inocencia sin una horda de antepechos.
No quiero huir de tus caricias, No quiero fingir el calor

80
Que enlazan unas manos obedientes que tejen
Un viaje ausente en el ánfora de tu pecho.
En un fluir alegre de intercambios con ligeras
Pausas, en donde ascienden leves páginas,
Insepultos mensajeros con dardos de extáticos sauces,
Descollando seductores celajes sobre los labios
Espumantes y humedecen tu adusto nombre.

81
Prodigios del amor

Como todo amor que camina cargando en la alforja


La intimidad que disipa las dudas, colgado en los estribos
Del día los augurios, mientras se derrite la marea
En una fuente o el girasol desangra su perfume,
Tienes la jadeante turbación del páramo nublado
Esa incertidumbre apagada que sacude ángeles,
Remordimientos y adioses. Y un aguacero de lunas.

Es el extraño prodigio de inventarnos,


En el inútil puente sin retorno,
Divagamos como una estatua de plumajes,
Como una epístola petrificada por el rencor
De un relámpago que sucumbe con sus cascos enrojecidos.
Llevamos un rostro aborrecido trazado con venganzas frágiles,
Con el que recorremos los días como si moráramos
En el claustro esterilizado de un convento
Lleno de un concierto de silencios tallados
Por un coro paradisíaco en la vendimia penetrante
De un dolor de incienso y de fatiga.
El desamor como una carnada sangrienta
En la intemperie de un pulmón deshabitado.

82
Fisonomía de iluminadas corazas, replegadas en sementeras
De fuego. Tatuajes carnívoros enlutados de sudor,
Lagartos lacerados en la escarpada piel.
Amor de espejos inesperados, sorprendentes, indecibles,
Nido íntimo, meridiano de miel que me absorbe agudamente
Con sus zumbidos y ahogan la urdimbre de fantasías,
Que me cubre con sus túnicas de arpones
Templado de nieve y máscaras olorosas
Ávidas de una larga noche de vino y almendras.

83
Laguna

Manantial solar de minerales de azúcar


Sobre lechos de vasijas y bálsamos de piedra
Barnizadas de mercurio, espátulas de hierbas
Y longevidades cósmicas, de colinas eufóricas
De sacrificios, de sagradas y afortunadas
Huellas de serpientes, de resplandores de barro
Esmaltado, parábolas de antiguas luces,
De ombligos de obsidiana. Zumbido de hojas sueltas,
Erupción de musgos verdes en la piedra inhóspita
Impacientes ráfagas de picos circulares
Que el tañido del viento desata el cinturón
De los follajes en el tatuado puente del arco iris.

Sonrisa de cristalinos equinoccios,


Adivinos, espadas y huesos,
En la hoja rugosa de un hechicero
Que en el caldero de purificaciones
Desangra tu semilla con la estridente estocada
Del fuego sediento, erizo luminoso de los eclipses
Devorado por serafines de piedra,
—Chacales de aliento aceitoso—
Y obesos martillazos de los ángeles

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Con alas de metales de sangre y oro en los ojos.
Algunos invocan tus rasgos en clandestinas anécdotas,
En el conjuro de sus travesuras, se inclinan con deleite
A su cotidiano trance que cabalga por la estepa
A lomo de redondas aventuras, ocultas fábulas,
Comulgadas leyendas y asediadas intrigas
Que escalan tus glaciales aguas alcalinas.

85
Ciudad perdida

Los fantasmas tienen la llave de plata que sopla en el cerrojo


De cada casa, en la invisible prisión de una habitación
Que escucha levantarse el tiempo de fiesta,
La alquimia de una eterna noche que inicia el camino
Hacia el alabado instante de cruzar
La puerta placentera del iluminado recuerdo.

Cuerda de luz que asciende hasta claridades


De repentinos estallidos que derriban muros
Y desenreda mortajas. Amor de guiños letales
Añorados, quietísimo fulgor que se despliega
De una ventana, del apacible humo de un saludo,
Del arrebatado efluvio de la oscura carne
Y de su adusta inocencia,
Fauces que fluyen sobre los tejados
Con lejano aplomo hacia la fosa.

Tú, el primigenio sideral de mortífera memoria,


Geológica y visionaria, mausoleo de mesetas minerales
Trastornadas por el pasado en enjambres pétreos,
De colinas inventadas y ojos hechizados que buscan la ciudad
Perdida en las congojas de sus llanuras sedientas de dioses.

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De murallas herméticas de extensos musgos,
Entrelazadas de sueños, de paladares morenos,
En inmutables y crudos templos que vagan en el espacio
Con sus agujas de sombras, abigarradas grafías
De redondos soles vencidos por la edad del día,
Lunas ancladas de puntillas en las tardes,
En el alero de mis ojos como pinceles de fuego.

87
Ventana

Cruzados guerreros del aire, espectro de un hueso


En la mirada solariega y moneda del desierto,
Hilo polvoriento del paisaje, pirámide de duendes,
Grillos que danzan en el umbral mortal de los espejos,
Fósforo de silencio en el latido de cada vidrio,
En la furtiva respiración del ojo del hierro,
En la silueta callada de la beatitud
De la hueca celda de metal forjado,
Satisfecho de aventuras que invocan
El amor calcinado, el dolor que envejece
Como un castillo encantado y es polvo
Confinado en la levadura de antepasados
Escritos en la crónica del miedo y la fuga.

88
Travesía nocturna

Por la ciudad callada el niño pasa


Vicente Aleixandre

Qué fácil caminar en la noche, sin tropiezos


Ni bullas, enciendes tus luces de rubí añejo.
En las calles retoña solo un aire, un silencio
Como una roca que disimula un gris ladrido
De un perro.
No me vigilan los semáforos, sus colores se han acostado
Serenos. Ningún ruido azota las ventanas
Ni hieren las cortinas ensombrecidas de molicie.
Hay un artero silencio. Las voces guardan
Sus recados para mañana.
Las esquinas están fatigadas, habitan los rumores
De los cuerpos como fantasmas.

Las luces de rodillas como cerillos encorvados


Que de un soplo se van apagando.
Mientras camino, no gotea un solo grito.
La noche es sórdida, monótona, espinosa.
Los recuerdos gélidos escombros
De postreras estaciones

89
Me arrojan a otros tiempos de ázimos panes,
A un tormento con su fardo de abrasadoras cenizas
Y sobre esos escombros se tensa infame el tiempo.
Son los años, esa convencional sustancia que nos envejece,
Y la memoria comienza a describir ese infinito mundo
Que aprieta el aliento con jadeante escalofrío.
Los años son un aroma inesperado, y una queja
Sonámbula si no has vivido, es la voz viajera
Que te detiene en una esquina.

Es también un cruce de caminos, un llanto,


Mojando la última página de la soledad
Que yace como un sueño. Un cargamento
De semillas y de vértigos, una oasis que se escurre
Como una nota musical a punto de llorar.
La ciudad es un amplio vestíbulo de simetrías
Onduladas en las postreras demencias de las visiones,
Un invisible sermón que no mancilla tu memoria
Y secuestra el perdurable juego de tus aullidos.

La noche vive sin la máscara de los transeúntes,


A los lejos la luz casi nula, una atmósfera solitaria
Se tropieza con el nervio del destierro,
El rompecabezas del bullicio del día
Se va armando ávidamente en la penumbra,
Mientras los faroles de las casas

90
Se desgranan como frutas en las riberas
De los caminos, en la glacial medianoche.

Reposa unas horas el caos.


Como un intruso desconocido recorro
Tu sacro recinto. Paredes, muros y azoteas
Intangibles a los ojos que contemplan
Deslumbrantes tu serenidad. Unas pisadas
Gigantes me devoran a cada paso,
Quiero a veces detenerme a jugar en un charco,
Con la punta del zapato o apenas la punta
De un dedo en la corriente de un río.
Me ruborizo bajo la luna, en círculos
De luz desciende por una escalinata
Una sábana blanca ensortijada de cuentos dorados,
No vacila su esplendor a pesar de los años.

El destello de un temblor deja huella en mi cuerpo,


El pañuelo de la infancia se humedece en el pliegue
De los días de antaño. En la trampa tibia del olvido.
Anduve por tus cavidades y por la madriguera de la alegría
En la estancia del rumor y en la tormenta arbitraria
Que arde como un cirio en el lomo del agua
Y es un beso que agoniza sonriendo como un lobo pirata
En la veta de una cascada cautiva en una roca atada
Al paisaje confinado en el agujero de los siglos.

91
Esfinge

Aprendí a masticar tu nombre antes que me devore


Tu mirada de serpiente errante de sueños,
Con vocales de arcilla, sabor de soles,
Sílabas de líquidas calizas, cortejo de albas letras.
Escribí tu signo en el junco de la luna,
Y cuando te bauticé en la colina de las mariposas
De mi boca salieron afiladas alas de alabanza
En un vuelo de retamas que se vaciaron en la llanura.

Despiertan los pájaros sobre los efímeros tallos


Eléctricos, se duchan con sus cantos,
Y recogen con sus picos las notas alucinadas
En las apacibles fronteras de los eriales grabados
En la salvaje memoria del bronceado día.

Una explosiva cadena de casas chispeantes,


Luz cernida en los arrecifes de las cúpulas
Caprichosas, el amor rastrea sombras
En las estiradas azoteas de pulida hojalata.
Se desliza la caravana como una marea
Hasta las orillas del río con el geométrico rumor
De una leve cresta, arco de sueños caídos

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En el umbral de la piedra que se zambulle
En el portal de la flagelación cristalina,
En el murmullo del río que asciende
Por una virgen gradería de mazorcas.

Su caudal de amor es la confesión de un concierto,


La siesta de su travesía taciturna en una vasija
Escarlata de ternuras. Su piel de grano y polen
Se difumina en las andanzas, yacen en el hueso
Del cántaro, en las alegorías imaginarias del talismán,
En la esquela de la hierba que será una hoguera de estrellas
Una zarza de mieses que revolotean como anillos
Sobre la dormida latitud de la campiña.

Cuando sopla el viento en sus praderas,


En los capullos de miel de sus secretos, se percibe
Una horda de palabras que acarician del bosque
Las verdes y jugosas alegrías, las visiones
Que habitan en el frenesí de los álbumes escolares,
En la postración de unas pliegos vacíos,
O en los renglones borrosos de un cuaderno.

Los amores y la soledad están ocultos


En el fruto endurecido de una higuera,
En la estación olvidada de una savia,
En la aleación errante de un libro de lugar natal,

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Que jamás leí porque tus calles fueron las páginas
Abiertas para sentirte, para vivir en tu seno,
Interrogando el destino con un trébol de cuatro hojas,
Tempranamente antiguo y arrugado
Que se quedó en la gruta infernal de un texto.

Tu silueta de caliza, luz en la cantera de tus desvaríos,


Lágrima aún adolescente en los portales
De tu blusa de meteorito, esbozan aleteos
Sedientos de una mano sedosa que le den vida.

Se encumbra el olor de antorcha de las casas destruidas


Petrificadas en el olvido y que guardan cautivas
En sus derruidas murallas espesos mares de ocultas
Reliquias hiladas con exultantes risas, entre paños
Y cuentos susurrados al moribundo oído.
Sílabas pronunciadas con un rugido rencoroso,
Descoloridos lamentos y rudas ironías, espantoso
Dogal en la porfiada garganta de tus caminos.
El tiempo demolió tu caligrafía en el azar
Con la iracunda puntería de un escuálido buitre
Moribundo en el aire. Fue la postrera fábula
De la indigente resonancia del olvido. La marcha
Airada de la desventura, el abrigo para un viaje
De retorno al albergue inmutable del hierático granito.
En caminos polvorientos de tersas huellas de bronce
Me agiganto hasta la cumbre de tus montañas
De armadura de roca de verdes pestañas.
Comprendo que ante el linaje de tu cosmografía
Me doblega dócilmente tu naturaleza,
Como al yugo la lumbre de un rugiente horno
Que como un broche de esperma arde
Perdurablemente para consuelo de los dioses.

95
Espiga

Tierra tornasol. Desde las alturas anclas tu fulgor


Sobre las súbditas manillas rocosas que postreras
Te veneran y rebosan en cantos desprendidos
De jilgueros que en audaces legiones
Silban horóscopos y profecías,
Reverencias que salen de disecados altares,
De casas de limo y paja, esfinge de almíbar
Diamantino para la parcela de labriegos
Y las cosechas de los hechizos frutales
Que son las dádivas descosidas de los astros.

Tus dioses que con sabiduría anciana


Desmenuzan collares de nieblas,
Granos jugosos de gasa geodésica
Que serán trituradas en fino polvo
O en lechosos cuerpos para derretirse
En el diagrama de una cazuela atada a cuerpos
De minerales morenos que te esmaltarán
Como una tostada fracción de pan
En la abrasadora concavidad de un lento fuego.

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Maná para sobrevivir en el estridente
Desierto, litografía de fina masa en la boca
Hambrienta de una plaga de caminantes
Que retornan con el sello de la melancolía
A tu vientre de basalto de ave antigua
Con matices arqueados de espumas y yacimientos
De azogue acechando en la erupción de la abstinencia.

En la conjetura impía del milagro, en la glándula telúrica.


Eres un pastor que convirtió su cayado seco
En puñal con cintas de fuego, en un torbellino
Sonámbulo que nos llama a la embrujada raíz,
A los pies del colmillo de la luna llena.
Para la adoración con salmos fosilizados
En los inciensos cósmicos y purpuras alucinaciones,
Con bautismales sabidurías, agazapados designios
En el abecedario revelador de tu origen
Antiguo, casto y divino como una falange
De rostros aprisionados en el cenáculo de las profecías.
Y entre los dientes una navaja semicircular y célibe.

97
Registro epistolar

99
Apreciado coterráneo, amigo y poeta, Rolando Ruilova
Lituma

Azogues.

Un poco demorado por circunstancias pasajeras con mis


ojos, no pude leer como se debe y a su debido tiempo los
renglones que a diario me llenan de felicidades: la poesía so-
bre todo; y, de pronto la suya que para mí ha sido reveladora
de fuerza imaginativa y manantiales creativos. Ojalá algún
día podamos conversar personalmente y hablar un poco más.

Le hago llegar unas pocas palabras pero undosas y sentidas.


Dice el refrán “De lo bueno, poco; mientras más bueno más
poco”.

Deseándole que este Nuevo Año le sea más fructífero en esos


espacios del “sagrado infierno que es la POESIA”.

100
Contenido

Rumor de Ángel o donde la palabra calla  17


Extrañamiento 27
Memoria del silencio  37
Un día cualquiera  47
Topografía del deseo  55
Viaje solitario  57
Corazón oscuro  59
Irradiación 61
Insondable compañía  62
Nada 63
Visión 64
Adiós 65
Te amo a mi manera  66
Incógnito 68
El patio  70
En tu piel dejo mis huesos  71
Astros 73
Resplandores pretéritos  74
Aurora extraviada  75
Recado 76
Solitario 77
Cansancio 78
Borrasca 79
Paisaje 80
Prodigios del amor  82
Laguna 84
Ciudad perdida  86
Ventana 88
Travesía nocturna  89
Esfinge 92
Espiga 96
Registro epistolar  99