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CANTOS

XII. EL INFINITO

Siempre caro me fue este yermo collado


y este seto que priva a la mirada
de tanto espacio del último horizonte.
Mas sentado, contemplando, imagino
más allá de él espacios sin fin,
y sobrehumanos silencios; y una quietud hondísima.
Tanta que casi el corazón se espanta.
Y como oigo expirar el viento en la espesura
voy comparando ese infinito silencio
con esta voz: y pienso en lo eterno,
y en las estaciones muertas, y en la presente viva,
y en su música. Así que en esta
inmensidad se anega el pensamiento
y naufragar en este mar me es dulce.
XXVIII. A SÍ MISMO

Ahora descansarás por siempre,


mi cansado corazón. Murió el postrer engaño
que eterno yo creía. Murió. Bien siento
en nosotros de los amados engaños
no sólo la esperanza sino el deseo extintos.
Reposa para siempre. Bastante
has palpitado. No valen cosa alguna
tus impulsos, ni es digna de suspiros
la tierra. Amargura y hastío
es la vida, no otra cosa; y fango es el mundo.
Tranquilízate. Desespera
por última vez. El hado a los humanos
sólo les dio el morir. Despréciate ya
a ti mismo, y la naturaleza y el indigno
poder que, oculto, impera sobre el mal común,
y la infinita vanidad de todo.
XLI. DEL MISMO

Humana cosa poco tiempo dura,


es un dicho muy cierto
pronunciado por el viejo de Quíos,
que igual naturaleza
tiene el hombre y las hojas.
Pero esta voz muy pocos
acogen en su pecho. A la inquieta esperanza,
hija de joven corazón,
todos prestamos refugio.
Mientras la flor de nuestra
edad acerba es roja,
el alma vacía y orgullosa
cien dulces pensamientos cuida en vano,
ni muerte espera, ni vejez; y nada
motivo de dolencia preocupa al hombre sano y fuerte.
Pero estúpido es quien no ve
qué pronto juventud aligera sus alas,
y cómo de la cuna
muy cerca está la pira funeraria.
Tú, que pronto pondrás el pie
en el paso fatídico
de la sede plutónica,
a los presentes goces
tu breve edad confía.