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Síntesis de San Agustín o la visión cristiana de Cuatro visiones de la historia

universal, J. Ferrater Mora

Alumna : Huamán Castilla, Vanessa Alejandra


Código : 15180083
Curso : Psicología del pensamiento político y religioso
Profesor : Campos Roldan, Manuel
Ciclo : Décimo
Semestre : 2019-II

Se empieza señalando que, con respecto a la historia, el caso de San


Agustín es el del descubrimiento de la historia, no como un conjunto de hechos
sino como el hecho de que el hombre ha vivido desde algo y para algo, esto es
que ha tenido un sentido. Por su parte, el griego clásico no puede encontrarle
un sentido especifico a la historia, ya que para ellos la única realidad es la
naturaleza. A su vez, el griego supone la permanencia, la inalterabilidad
considerando que la única misión del hombre es apartar de si todo lo que sea
cambiante, por lo que se observa la aversión a lo histórico. El ideal de la
existencia griega y de toda la existencia antigua es el “vivir al día”, esto es vivir
sin tener en cuenta el ayer o el mañana. Se señala, además, que en esta
existencia el momento se confunde a menudo con la eternidad.

Por otro lado, para el cristiano hay un acontecimiento que divide los
tiempos y este es la llegada del Mesías, su rápido y decisivo paso por la tierra.
Aunque es difícil responder a la pregunta de en que consiste el cristianismo, de
acuerdo con la teología de San Pablo el cristianismo es un suceso de la historia
que es afán de eternidad y justificación del tiempo, por lo que se encuentra en
antagonismo y contradicción. Es en esta contradicción es que se encontró el
autor de quien se habla en este capítulo. Hasta San Agustín el cristianismo
había sido vivido, y desde él iba a ser también pensado.

Es así que con lo primero que se encuentra San Agustín en esta hazaña,
es con la existencia de unas realidades que el griego había excluido por ser
irracionales. Se trata de lo infinito, del tiempo y de la historia, estas realidades
que habían sido perseguidas por los griegos sin conseguir eliminarlas. Para
San Agustín no existía contradicción entre la fe y la razón, pero esta ausencia
de contradicción no impedía, sino que exigía cabalmente pensar la fe por la
razón y justificar esta por aquella, es así que San Agustín cree para
comprender, cree porque solo la creencia le dará por la gracia la razón. Este
pedido a la fe por una razón que ilumine la creencia es característica de la
meditación agustiniana sobre la historia y sobre el tiempo y a ella habrá de
reducirse toda su visión de la historia. La filosofía de la historia de San Agustín
es una teología de la historia, y al ser una teología es teodicea, una justicia de
Dios y una justificación de esta. En la historia vista por San Agustín, no solo
aparece esta justicia divina sino también la misericordia.

Para el cristiano, la historia se hace posible mediante el pecado, es


decir, mediante la quebrantacion de la ley divina, el afán de conocer el bien y el
mal, el apartamiento de Dios, la soberbia. Pero el pecado seria solo la
posibilidad y el fundamento de la historia, su condición mas no su misma
sustancia. Es así que se señala que la historia es historia de los pecados
humanos, pero también la salvación de estos. De esta manera, para San
Agustín la historia es historia del gran drama de la salvación.

Algo que debe tomarse en consideración es el contexto en el que San


Agustín escribió el libro donde señalaba su visión, y es que en ese momento la
penetración de los pueblos barbaros al Imperio dejaron de ser pacificas lo cual
influyo en su concepción de la historia. Es la época de la disolución del mundo
antiguo, de la forma de vida que había parecido intangible y eterna. Para los
cristianos todo aquel derrumbamiento y esa decadencia debía a aparecer como
el anuncio del final del drama que San Agustín enuncia, este acto ultimo de un
drama que había comenzado en un jardín idílico e iba a terminar en un juicio.
Todo debe ser comprendido teniendo en cuenta esas consideraciones, no solo
la visión cristiana sino también la visión de la naturaleza. Para el cristiano, la
naturaleza es el mal, pero el mal necesario e indispensable, ya que tiene su
sentido en la realización del drama de la historia. A su vez, para el cristiano la
naturaleza no tiene ningún sentido si no ha sido para que el hombre pueda
desenvolverse en esta. Mientras que para el griego y el estoico el hombre es
una parte de la naturaleza, para el cristiano la naturaleza es una parte del
hombre el cual es definido como un compuesto de dos elementos
contradictorios pero coexistentes: su miseria natural y su grandeza divina, su
radicación en el mundo y su posibilidad de llegar a la contemplación de Dios.

Como ya se mencionó, se considera que la naturaleza es el escenario


donde puede desenvolverse el drama de la historia. Este drama se halla
previsto, con un comienzo, un nudo y un desenlace en la mente de su autor,
este a su vez no tiene espectadores sino únicamente actores. Son los hombres
quienes son los actores, y que por tanto lleva una mascara que es su
personalidad, este debe desempeñar el papel que le corresponde y que le ha
sido asignado de antemano. Es así que la historia comienza cuando nace por
la voluntad de Dios, el tiempo y con él, el mundo y, con el mundo, el hombre.

Para el cristiano, Dios es un arquitecto, porque de el surge la forma y la


materia, la figura de la masa y la masa misma. A su vez, el hombre es
considerado como el ser vil por excelencia, y al mismo tiempo el centro del
mundo, la cumbre de la creación, hecho a imagen y semejanza de Dios. El
hecho de que el hombre sea colocado en el centro del universo trae como
consecuencia la embriaguez, la curiosidad, el orgullo y con él, el pecado. Al
hombre le es dado la facultad de regirse por si mismo, de elegir entre
instancias opuestas, esto es, de hacerse. Sin esa capacidad no podría haber
una historia, el drama de la humanidad. En relación con el origen, la visión
cristiana considera que la unidad ha sido el principio y origen de la historia y
toda ella ha consistido en el desgajamiento de esa unidad primitiva, hasta que
con la venida de Cristo todo se hace nuevamente unitario. Para la idea
cristiana, no hay paso del hombre de la sombra a la luz, sino de la luz primitiva
y trasparencia de su origen ha sucedido la confusión y la multiplicidad. Es así
que la división de los tiempos se da acorde a la muerte temporal y vida eterna
del Hijo de Dios.

La historia que trata de bosquejar San Agustín es el primer intento que


se hizo por no convertir la historia universal en una crónica doméstica. La
filosofía de la historia de San Agustín es la filosofía de la historia de toda la
sociedad humana, la cual se haya ligada por la comunión y lazo indisoluble de
una misma naturaleza. Esto no seria posible si no se toma como punto de
referencia algo que se halla más allá y por encima de la historia misma. Este
punto de referencia consistía en separar la ciudad terrena de la ciudad divida,
de dar según una incomparable justicia lo que corresponde a cada una de
ellas: a Cesar y a Dios. La separación entre Dios y el Cesar como separación
entre la religión y el Estado o entre el hombre y el ciudadano había sido
preparada por lo que se conoce como sincretismo.

En el régimen antiguo había una íntima vinculación de lo estatal con lo


religioso. Y es cuando aparece la filosofía, el amor al saber, que empezó la
disolución del mundo antiguo. Debido a que el hombre antiguo al preguntarse
lo que eran las cosas manifestaba desesperación y desconfianza, es así que
con la filosofía se sigue creyendo en los dioses, mas ya no totalmente. De este
modo, la filosofía y el cristianismo se iban enderezando, por distintos caminos,
a un solo fin. Tanto la filosofía como el cristianismo han sido los pilares
espirituales de la civilización occidental. Es por esto, que San Agustín es
considerado el primer filosofo cristiano, el primer hombre moderno y el primer
europeo. En él comienza la madurez de Europa, la cual se alcanza cuando el
hombre de Occidente confiesa que no tiene patria. Este cosmopolitismo afirma
que no hay otra patria que la invisible, esta es la ciudad divina.

El filósofo cristiano a diferencia de los griegos combate la naturaleza


siendo concebida como la ciudad del diablo, la ciudad terrena. Para el
cristiano, el drama de la historia consiste en que no ocurre más que una sola
vez, es por principio la inquietud misma, el vivir sin reposo hasta que el corazón
descanse en Dios. En la historia, no hay ninguna paz ni ningún sosiego, este
solo se alcanza en aquella ciudad de los elegidos donde no hay tiempo,
variación ni discordia. Para el cristiano había dos ciudades y una sola patria
verdadera: la patria de la ciudad de Dios. El eje de la teología agustiniana de la
historia esta constituido por la diferencia entre la ciudad de Dios y la ciudad del
diablo, su nacimiento, su lucha y la victoria final y definitiva de la primera. La
ciudad divina, es la ciudad de los ángeles que han perseverado y de los
hombres destinados a la salvación; mientras que la ciudad terrena es la ciudad
de los ángeles que han caído y de los hombres a quienes la gracia no ha
alcanzado. Pero esta separación entre estas ciudades es solo interna, ya que
solo es conocida por Dios, ya que solo es El quien sabe desde siempre los
nombres de los habitantes de los dos mundos separados por un invisible
abismo. Es así que la salvación, la pertenencia a la patria eterna y divina, a
aquella donde “se nace, pero no se muere”, esta solo en manos de Dios y esta
en ellas desde siempre y para siempre. De este modo, la providencia de Dios
rige la historia de modo que no hay ni puede haber en ella nada que no
estuviera previsto y señalado desde la eternidad. Y a pesar de esto, el hombre
es libre, y el conflicto entre la presciencia y esta libertad es incomprensible para
una razón que ve en la libertad lo que existe sin trabas y no como realmente es
aquello que esta en el orden de las causas. El hombre es libre, pero lo es en
tanto que hace libremente lo que Dios sabe que ha de hacer libremente. Mas
esta libertad que le es dada al hombre, es solo la libertad para el pecado y por
lo tanto para la historia.

Es así como se menciona que la historia comenzó con un pecado, que


es a la vez original y originario, es sabido de Dios, pero procede del hombre, de
su libertad. Así, la posibilidad de que el hombre entrara inmediatamente a
formar parte de la sociedad de Dios se perdió desde el momento en que el
hombre hizo una elección que determino la historia. Es después de ese pecado
que se levanta los muros de la ciudad terrena, del Estado temporal. Desde ese
momento, la historia iba a quedar iniciada y dividida por las eternas
disposiciones del cielo. Es por esto que lo que caracteriza las etapas de la
historia no es lo que ocurre en ellas, sino que lo que hace de la historia un
progreso es la sucesiva revelación del Dios escondido. Todo lo que queda
fuera de esta revelación, por tanto, queda fuera de la historia eterna, y es por
esta razón que los imperios que se desarrollaron junto a los judíos son
considerados contingentes, pertenecientes a una historia inferior pues no va
encaminada a la salvación si no al vicio. De este modo, la lucha de San Agustín
contra los vicios es la lucha contra una historia que amenaza constantemente
con absorber al hombre. Todos los Estados que hacen tal historia muestran su
calidad perecedera y terrena, lo que presagia destrucción y ruina. Estos no ven
más que sus obras terrenales y no podrán ser salvados por los dioses antiguos
o los nuevos dioses de los filósofos de su final hundimiento. Contra estos
dioses y contra ese estar dominado por el afán del dominio es que se dirige
San Agustín, en nombre de la divida y eterna patria.
Alrededor de la Iglesia, que es el símbolo de la patria celestial se reúnen
los elegidos, los que han alcanzado la gracia de la libertad verdadera y por lo
cual podría decirse que están salvados, pero la Iglesia no es causa suficiente, y
es por esto que se dice que son muy pocos los elegidos a comparación de los
llamados. Todo el genero humano ha sido llamado, pero solo será salvado una
pequeña parte de el. Esta justicia de condenar a todos y solo salvar a algunos
es lo que da sentido a la visión agustiniana. Es así que la condenación en la
historia es considerada como justicia y la salvación como misericordia. Por
último, se menciona que en la visión agustiniana no todo acaba bien, como en
la comedia, ni todo mal, como en la tragedia; en ella mueren aquellos que la
gracia no ha salvado, pero viven los que han resultado salvados, y que la
historia solo quedara colmada cuando la pesadilla haya terminado de ser
soñada.

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