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Concepto y enfoque sobre desarrollo

El concepto desarrollo es heredero de la noción occidental de progreso surgida


en la Grecia clásica y consolidada en Europa durante el período de la
Ilustración bajo el supuesto que la razón permitiría descubrir las leyes
generales que organizan y regulan el orden social y así poder transformarlo en
beneficio de la gente.
Entendemos por “desarrollo” como un proceso integral, socioeconómico, que
implica la expansión continua del potencial económico, el auto sostenimiento
de esa expansión en el mejoramiento total de la sociedad, también se conoce
como proceso de transformación de la sociedad o proceso de incrementos
sucesivos en las condiciones de vida de todas las personas o familias de un
país o comunidad donde se conjuga la capacidad de crecimiento con la
capacidad de transformación de la base económica y con la capacidad de
absorción social de los frutos del crecimiento, además implica una elevación
sostenida del ingreso real por habitante, un mejoramiento de las condiciones de
vida y de trabajo, una composición equilibrada de la actividad económica, una
elevada capacidad de transformación de las condiciones determinantes, en lo
institucional y lo material, de la vida económica, social y cultural del país, para
el disfrute pleno de los dones económicos y culturales, que en esencia
constituyen la denominada calidad de vida.
En las ciencias sociales se ha debatido los conceptos de desarrollo y
crecimiento.
La diferencia entre crecimiento y desarrollo radica en que el primero solo se
refiere al avance alcanzado por un país en lo concerniente a las variables
económicas, las cuales son: el producto nacional bruto, el ingreso nacional, la
inversión, el consumo, etc.; mientras que el segundo es un incremento en todos
los niveles de la población. Es decir que no se concentra específicamente en lo
económico, sino que contempla además los valores humanos, culturales,
sociales, morales y religiosos.
Entre los enfoques de desarrollo
años cuarenta y principios del nuevo milenio,
conforman el pensamiento básico sobre el desarrollo. No obstante, en el
presente
apartado, a través de diferentes enfoques —que se adscriben a la economía
del
desarrollo, a las teorías del crecimiento, a las teorías ortodoxas y heterodoxas y
a la
visión más contemporánea del desarrollo (desarrollo humano)—, se presenta
un marco
conceptual y una evolución del mismo.

Enfoque Clasico

ADAM SMITH
Para Smith30/, las ideas centrales sobre el progreso económico y el desarrollo
son:
􀂃 La distribución del producto. Depende de la remuneración de los factores
trabajo, capital y tierra, utilizados en los procesos de producción. Las
remuneraciones se expresan, en su orden, en salarios, beneficios y rentas
(figura 2.1).
􀂃 La división del trabajo y la expansión del mercado. Smith atribuye a estas
dos
dimensiones el progreso económico de una nación. La dinámica de la
acumulación del capital.

Marx

ENFOQUES DESDE TEORÍAS DEL SIGLO XX


No es posible hablar de los temas crecimiento y desarrollo, sin referirnos de
alguna
manera a las instituciones Mercado, Estado y Sociedad, instituciones que
surgen
históricamente en respuesta a tres problemas:
• La satisfacción de las necesidades básicas.
• El desarrollo de las capacidades.
• La garantía de los derechos.

Las respuestas a esos tres problemas han constituido la búsqueda, a través de


distintas corrientes de pensamiento, de la “vida buena” y del “bien común”. La
denominación de desarrollo humano a las respuestas satisfactorias de esos
problemas, surge en la segunda mitad del siglo XX. Habría que añadir dos
preguntas:
la primera, acerca de si el mercado garantiza el desarrollo de todos y de cada
miembro de la sociedad; la segunda, si el mercado no es capaz de garantizar el
desarrollo para todos, cómo y en qué medida debería intervenir el Estado.
Los liberales más acendrados argumentan, apelando a principios de alcance
individual, que el mercado en sí mismo posee los elementos adecuados para
garantizar elevados niveles de vida y el desarrollo para todos. Una sociedad
progresa
si se deja que el mercado funcione libremente, de acuerdo con el deseo y las
preferencias de sus agentes. Sólo se requiere un Estado mínimo que no
entorpezca
la lógica y la dinámica propia del mercado. Una intervención del Estado más
allá de lo
necesario, pone obstáculos a los planes de vida individuales y el resultado es el
estancamiento económico y el retraso en el mejoramiento del nivel de vida de
los
individuos.
En la perspectiva liberal, los valores básicos que facilitan el crecimiento son la
libertad
y la justicia. La libertad la entienden como la capacidad de los individuos de
hacer
uso de lo que poseen para fines e intereses estrictamente individuales. La
justicia,
como el deber que tienen los individuos de una sociedad para obedecer
normas
universales.
La institución del mercado es, para la ideología liberal, el sistema económico
más
eficiente, en virtud de la realización de tres factores claves del interés
individual:
− El ejercicio de las capacidades individuales.
− La satisfacción de los deseos personales.
− El mejor uso del conocimiento que se posee.

El desarrollo económico ha sido estudiado por diferentes disciplinas de las


ciencias sociales. Existen diferente enfoques que han sido planteados por
diversos autores.

Desarrollo se define como el crecimiento económico en el que se integran


expansión de capacidades y libertades, progreso social, modernización
institucional y equilibrio medioambiental de los países, promoviendo en las
condiciones de vida del conjunto de la población.
Analizar el proceso geo histórico de Venezuela (la Venezuela Prehispanica, Agraria,Petrolera), y
desde sus perspectivas y referentes teóricos estudiados como relaciono el desarrollo de
NTRODUCCIÓN

            La realidad económica de Venezuela ha estado signada por diversas etapas, a lo


largo de su devenir histórico; en tal sentido, el país ha atravesado periodos tanto de
crecimiento económico, como de decrecimiento que han incidido de manera tanto
positiva como negativa en la economía nacional.
            En este orden de ideas, el presente ensayo tiene la finalidad de ofrecer una visión
de la evolución económica de Venezuela desde 1830 hasta la actualidad, tomando en
cuenta los aportes efectuados por diversos autores vinculados con el tema en estudio.
Este contribuye con la clarificación de la realidad actual y de la posibilidad de
garantizar el entendimiento de los aspectos más significativos que caracterizan a la
nación en materia económica.
            Como metodología para el desarrollo del artículo se ha dividido en períodos o
etapas para ubicar los aspectos claves de esta etapa. En torno a ello, se han consultado
diversas fuentes documentales, cuyo tratamiento ha sido estructurado según su aporte
para organizar el presente.

LA ECONOMÍA VENEZOLANA A PARTIR DEL SIGLO XIX

Para Flores (2012), a comienzos del siglo XIX Venezuela importaba más de 35 millones
de francos. Más de cuatro quintos de esa suma correspondía a productos europeos. Aparte de
productos como el cacao, el algodón, el café y el tabaco, de Venezuela se exportaban cueros
curtidos en Carora, hamacas de Margarita y cobijas de algodón de El Tocuyo. Estos productos
apenas cubrían el mercado interno. Humboldt consideraba las ciudades y pueblos en el Valle
de Aragua - al este y oeste del lago de Tacarigua como tan prósperos o más que los pueblos
del Rin o de los Países Bajos, que tenían un alto nivel para Europa. La riqueza de estas
regiones se debían ante todo al cultivo de índigo, añil y algodón, pero también al café y al
cacao.
La independencia no significó que la colonialidad del poder dejase de ser el principal
patrón ordenador de las relaciones sociales y culturales en las flamantes repúblicas criollas.
Ocurrió todo lo contrario, pues la colonialidad fue el mecanismo ordenador de las relaciones
entre las flamantes naciones y sus mayoritarias poblaciones indígenas, las cuales fueron
condenadas a la paradójica situación de seguir siendo habitantes de segundo orden en sus
propias tierras.
Los intentos iniciales de Bolívar por convertir a los indios en propietarios y ciudadanos
individuales, desvinculándolos de sus corporaciones étnicas y comunitarias, fueron utilizados
en su favor por las élites dominantes, que a lo largo del siglo XIX expandieron los territorios de
sus haciendas a costa de las tierras comunitarias indígenas. Por obra y gracia de las leyes
liberales, los indios fueron convertidos en ciudadanos de segunda categoría, sin derecho al
voto pero con la obligación de seguir pagando el tributo colonial. El estado republicano como
antes el estado colonial, resultó ineficaz en sus intentos de proteger a los indios mediante leyes
y decretos que siempre fueron letra muerta.
Flores (2012), considera que los principales productos que se exportaban entre
1880-1914 eran el cacao y el café, Venezuela dependía de muy pocos productos de
exportación.A inicios del siglo XIX, la producción y venta de café en granos superó en
gran medida la producción y venta del cacao. Así pues, el café se proyectó en ese
momento como el principal producto de exportación.A finales del siglo XIX, seguía
siendo uno de los principales países exportadores de café. A partir de 1881 ocupó el
segundo lugar como país productor de café en el mundo. Sin embargo, el descenso del
precio del café y la inestabilidad política interna produjeron un crecimiento negativo en
los años noventa del siglo XIX y en la primera década del siglo XX. Más adelante se
recuperó el crecimiento, pero surgieron problemas para encontrar tierras cultivables y
mano de obra.
Los principales socios comerciales en el siglo XX, eran los siguientes países:
Países Bajos, Francia, Estados Unidos. De ese modo, los productos que exportaba
Venezuela a sus socios comerciales eran mayoritariamente café y cacao como se ha
citado con anterioridad.En lo que respecta a los Países Bajos, comenzó exportando un
14, 06% en 1903, hasta obtener unas exportaciones de únicamente un 3,32% en 1918.
Por otro lado, respecto a Francia, el porcentaje de exportaciones tanto de cacao como de
café eran muy elevadas, ya que en 1903 era de 35,15%. Se debe destacar que en 1913,
las exportaciones fueron casi de un 40%, por lo que podemos concluir que Francia era
uno de los socios comerciales más destacados. EEUU también fue a lo largo de ese
periodo uno de los socios comerciales más importantes, sobre todo en 1905, con un
porcentaje casi del 85%.
No fue hasta 1908, con la llegada al poder de Juan Vicente Gómez, quien se
mantuvo al frente del gobierno hasta su muerte en 1935, que empezó a lograrse la
suficiente estabilidad política para explorar las posibilidades del petróleo venezolano.
En 1912, las compañías petroleras invirtieron US$44 millones (el total de la exportación
venezolana en ese año ascendió a sólo US$25 millones). El primer yacimiento entró en
fase de producción en 1917. El petróleo pasó de constituir el 2% de la exportación en
1920 al 47% en 1925 y al 85% en 1930.En los años treinta, como era de esperar, la
participación del café y el cacao había descendido incluso en términos absolutos. Por lo
tanto, el principal producto exportador es el petróleo, le siguen productos derivados y
por último el café.Los principales países que reciben petróleo son Alemania, Francia, y
Estados Unidos. La mayor parte de las exportaciones van a Estados Unidos.
Aunque se puede ver que a lo largo del periodo van cambiando los socios
comerciales. En un primer momento el principal socio comercial era Francia
importando más del 35% de las exportaciones. Pero a partir de 1904 y ya hasta final del
periodo será Estados Unidos el principal socio comercial de petróleo, aumentando sus
exportaciones a medida que avanzamos en el periodo, hasta alcanzar el 50% del total de
las exportaciones de Venezuela.

EL RENTISMO PETROLERO VENEZOLANO

Venezuela, en referencia a los planteamientos hechos por Azpurua (2010), ha


sido una nación netamente productora de bienes primarios, es decir, los extraídos de la
madre tierra, en un principio de la agricultura y ya para el siglo XX, los provenientes de
la explotación del petróleo. Y como lo refiere Medida (2012), ha sido dependiente de
estos, y para el siglo XX se convierte en una nación que dependía de la renta petrolera.
            En torno a la Venezuela rentista, Sabino (1999), plantea que el país es uno de los
más importantes productores de petróleo del mundo. Desde comienzos del siglo XX se
ha mantenido entre los principales exportadores del planeta y el nivel de sus reservas
hace suponer que continuará por mucho tiempo en los primeros lugares de esa lista. El
petróleo, a diferencia de otros productos primarios de exportación, se ha caracterizado
siempre por su elevada demanda y su alto precio en las transacciones internacionales,
otorgando así a quienes lo poseen una situación muy favorable en el mercado.
Este mismo autor refiere que en América Latina, y Venezuela en eso no es una
excepción, los productos del subsuelo pertenecen por ley a la nación y no a los
particulares que poseen las tierras donde se encuentran los yacimientos, según la
legislación vigente heredada desde la época de la colonia. Esta circunstancia creó, a
poco de iniciada la explotación de los recursos petroleros, una peculiar asimetría entre el
estado y la sociedad civil que tendría consecuencias, verdaderamente,  de muy largo
alcance.
            Venezuela, en aquel tiempo, era un país rural y pobre, de los menos
desarrollados de Latinoamérica. Sus agentes económicos no poseían ni la tecnología, ni
el capital capaces de generar una producción de envergadura y, por lo tanto, de pagar
elevados impuestos. Pero el estado sí podía recibir ingresos cada vez mayores bajo la
forma de regalías y derechos de concesión por la explotación petrolera, que crecía a un
ritmo muy veloz debido a la incesante expansión de la demanda mundial. Por eso el
estado, a efectos prácticos, quedó liberado de la necesidad de recurrir a la presión
impositiva sobre los particulares para obtener sus ingresos, ya que los conseguía en
abundancia de las concesionarias petroleras que trabajaban en el país.
Según Sabino (1999), los gobiernos pudieron así independizarse en gran medida
de la marcha de la economía interior y esta relativa independencia los hizo entonces
menos responsables ante sus ciudadanos, situándose en un papel más similar al de
un rentista que recibe ingresos derivados de un recurso que controla que al de una
institución política que debe negociar y recaudar, año a año, lo que recibirá de los
contribuyentes.
El estado, en tales circunstancias, comenzó a crecer, asumiendo un papel cada
vez más importante en la economía y en la vida social. Controlarlo significaba poseer la
llave para realizar las políticas que se quisiesen, sin enojosas limitaciones, y para
intervenir casi como "desde afuera" sobre las actividades del país. Los recursos eran
cuantiosos y muchas, sin duda, las necesidades de la población: por eso, superando
vicisitudes políticas y luchas ideológicas que no es del caso relatar aquí, en Venezuela
se desenvolvió un rápido proceso de modernización que se inició en 1936, cuando acabó
la dictadura de Juan V. Gómez, y continuó ininterrumpidamente hasta bien entrados los
años setenta. En pocas décadas el país se urbanizó intensamente, se edificó un sistema
de educación pública casi desde la nada, se desarrollaron efectivas acciones de
saneamiento ambiental, se creó una infraestructura de comunicaciones, transporte y
servicios públicos que, a pesar de sus limitaciones, resultaba impresionante si tomamos
en cuenta los puntos de partida y la velocidad con la que, históricamente hablando, se
produjeron estos cambios.
            Con una población que cada vez recibía mayores ingresos reales, con un
crecimiento económico sostenido y, a partir de 1958, con un sistema democrático que se
consolidó a través de pactos interpartidarios y de las enormes transferencias que desde
el gobierno se hacían a la población, Venezuela parecía destinada a integrar, hace unas
tres décadas, el selecto grupo de las naciones desarrolladas del planeta. Poco después,
sin embargo, y justo en el momento en que los precios petroleros subían
dramáticamente en el mercado mundial, comenzaron a percibirse las debilidades del
proceso de modernización que en estas líneas estamos esbozando.
            La economía venezolana, especialmente a partir de los años cincuenta, adoptó
todas las prácticas intervencionistas a las que hemos tenido oportunidad de referirnos en
los capítulos 2 y 3. Se establecieron altos aranceles, se trató de fomentar, con amplios
recursos financieros, una industria nacional que sustituyera gran variedad de productos
importados, se restringió la entrada de los particulares a muchos mercados y,
gradualmente, se fue adoptando un tipo de legislación cada vez más intervencionista.
Las finanzas públicas, sin embargo, funcionaban óptimamente: con los ingentes
ingresos petroleros los gobiernos no incurrían en déficits dignos de mención mientras
que la moneda, con la inyección constante de los dólares petroleros, mantenía una
estabilidad envidiable. La inflación y el endeudamiento externo eran prácticamente
desconocidos en el país. La industria y la agricultura crecían, a pesar de sus manifiestas
ineficiencias, porque las altas barreras proteccionistas impedían que una moneda local
fuerte permitiese a los ciudadanos adquirir los bienes importados que, de otro modo, les
hubiesen resultado increíblemente baratos.
            En suma, como lo plantea Sabino (1999), el modelo intervencionista parecía
funcionar bastante bien en el caso de un país petrolero cuyos gobiernos recibían
regularmente grandes sumas que se incorporaban a su presupuesto general. Los defectos
del sistema permanecían encubiertos por esta circunstancia, en tanto el país continuaba
con su alto crecimiento y su acelerada modernización. Pero esos defectos existían, se
hallaban por así decir latentes, y sólo hubo que esperar algunos años para que se
pudiesen manifestar con toda su devastadora intensidad.
Por otro lado, parafraseando a autores como Sabino (2012), Azpurua (2010) y
Fronjosa (2010), el embargo petrolero árabe que siguió a la guerra árabe-israelí de 1973
elevó los precios de los hidrocarburos de una manera brusca y casi increíble: el barril de
crudo, que se cotizara durante muchos años a un valor que oscilaba alrededor de los dos
dólares pasó en pocos meses a costar 11 dólares. Los ingresos públicos venezolanos se
cuadruplicaron, por ese motivo, en 1974, y el estado se vio de pronto con una
descomunal masa de recursos a los que en principio no se sabía bien qué destino dar.
Carlos Andrés Pérez, elegido presidente en diciembre de 1973, comenzó así su gobierno
en circunstancias que poco suelen darse en los anales de la historia: con un
considerable exceso de recursos que, de un modo u otro, tendría que utilizar.
El papel del estado en la economía venezolana creció así rápidamente, de tal
modo que al final de este gobierno existían ya nada menos que 137 empresas del estado,
71 mixtas o de participación estatal y 48 Institutos Autónomos.  El sector público se
había hecho cargo de lo que se consideraban industrias "estratégicas", petróleo, hierro,
aluminio, hierro, electricidad, pero también de otras ramas menos convencionales, como
la producción de azúcar, la gerencia de hoteles o el acopio de productos agrícolas.
            En materia social, y como modo de hacer llegar la riqueza petrolera a todos los
habitantes, los sueldos y salarios fueron aumentados por decreto y Pérez decidió
combatir la inflación, que se había presentado en el país por primera vez en muchos
años y alcanzaba ahora cifras cercanas al 10% anual, mediante el recurso clásico del
intervencionismo: el control de precios. El desempleo, muy bajo en todo caso, fue
enfrentado mediante otras típicas medidas estatistas, como la creación de cargos por
decreto en la industria privada y la ampliación del empleo público.
Los resultados de estas políticas fueron en algunos casos muy pobres y en otros
directamente contraproducentes. El comportamiento global de la economía no fue
bueno, pues el PTB [En Venezuela, por la fuerte dependencia de la actividad petrolera,
las estadísticas del Banco Central suelen referirse usualmente al PTB (producto
territorial bruto) más que al PIB (producto interno bruto).] no experimentó ninguna
mejoría sustancial después del alza petrolera y, en los años siguientes, manifestó un
movimiento errático que finalmente se hizo francamente descendente: aún a precios
corrientes el PTB per cápita subió sólo un 2,2% entre 1974 y 1983, un aumento que se
convierte en una clara pérdida si consideramos que en ese período la inflación
acumulada fue de un 155%. El empobrecimiento de Venezuela había comenzado.
            Por otra parte, refiere Pérez (2011), el crecimiento de los sistemas de salud y
educación, orgullos del régimen democrático, se estancó por completo, empezando a
mostrar fallas indicativas de una ineficiencia creciente. La industria, protegida con una
red de aranceles y medidas para-arancelarias cada vez más extensa, perdió dinamismo,
en un cuadro en que la inversión privada dejaba de crecer y comenzaba a estancarse,
suplantándose por la inversión pública. Pero ésta, como lo plantea Sabino (1999),
concentrada en sus proyectos "estratégicos" de desarrollo, abandonó en gran parte las
acciones de rutina en cuanto a creación de infraestructura y mantenimiento, provocando
que el país entrase en un largo período de estancamiento en cuanto a transporte,
comunicaciones y otras obras básicas.
El gobierno de Pérez, beneficiado por unos ingresos externos descomunales para
entonces, llegó así a su final cosechando pocos éxitos. Con una economía que en
realidad no crecía, con un endeudamiento externo que por primera vez aumentaba en
forma desproporcionada, alimentado, precisamente, por los ambiciosos proyectos
desarrollistas que acabamos de mencionar, con una inflación desconocida hasta
entonces y que la pérdida de independencia del Banco Central de Venezuela impedía
controlar, el halagüeño panorama de 1974 se había convertido en un paisaje bastante
sombrío y preocupante. No extrañará entonces que, en las elecciones de fines de 1979,
triunfase el candidato de la oposición, el dirigente del partido socialcristiano COPEI
Luis Herrera Campíns.
Para Sanoja (2010), el nuevo presidente, comprendiendo la magnitud de los
problemas de Venezuela, comenzó su gestión tratando de corregir algunas de las
políticas más negativas de su predecesor. Trató de imponer un mayor control sobre las
cuentas del fisco, de evitar mayores endeudamientos y de liberalizar  algunos aspectos
de la economía nacional. Las nuevas circunstancias del mercado petrolero mundial y
una opinión pública demasiado acostumbrada al papel rector y promotor del estado en la
economía, como generador de empleo y de crecimiento, impidieron sin embargo que se
efectuase cualquier tipo de reorientación importante de la política económica.
En efecto, como resultado de la sangrienta guerra entre Irak e Irán la oferta de
petróleo se vio afectada, provocando un verdadero pánico entre los compradores que
hizo subir nuevamente el precio del barril de crudo. Este llegó a costar, en ciertos
momentos, casi cuarenta dólares, con lo que Venezuela o, para hablar con mayor
precisión, su gobierno, se vio otra vez inundada de recursos financieros. A partir de ese
momento, y alentado por un mercado de préstamos sumamente favorable, el
endeudamiento de Venezuela creció de un modo realmente descontrolado.
Los problemas aparecieron hacia el final del mandato de Luis Herrera, cuando
los precios petroleros cesaron de subir y estalló la crisis mexicana de la deuda. La
venezolana comenzó en el sector cambiario y fue alentada por una medida que sin duda
la precipitó de un modo casi suicida: preocupado por combatir la inflación, que había
llegado en 1981 al 16,6%, y atendiendo más a los efectos que a las causas, el gobierno
mantuvo los intereses en un valor muy por debajo de la inflación, tratando así de que
salieran capitales del país y existiera menor liquidez en el sistema financiero local.
Para Sabino (1999), como existía plena libertad al movimiento de capitales, y
como los intereses en los Estados Unidos estaban varios puntos más altos que los de
Venezuela en términos reales, muchos inversionistas y ahorristas comenzaron a
trasladar sus fondos al país del norte. La inflación resultó menor en 1982, pero las
reservas internacionales también comenzaron a reducirse peligrosamente. Esto sucedió
básicamente por dos razones: por una parte, porque los pagos por servicio de la deuda
que, cada vez a más cortos plazos, contraían las diversas dependencias del estado
venezolano, empezaron a acumularse de un modo inmanejable y, por otra parte, porque
la fuga de capitales ya mencionada se hizo muy pronunciada a comienzos de 1983, dado
que muchos ya conocían la débil posición financiera del gobierno y pensaban que
pronto podría producirse una situación similar a la de México.
El viernes 17 de febrero de 1983, bautizado enseguida como el viernes negro,
tuvieron que cerrarse los mercados bancarios para evitar una corrida contra el bolívar
que ya el BCV no estaba en condiciones de resistir. Su presidente, en las febriles
reuniones que se sucedieron, sostuvo con energía la necesidad –bastante obvia, en
verdad– de devaluar la moneda. Pero 1983 era un año electoral y el gobierno, bajo
fuerte presión de COPEI y de su candidato, Rafael Caldera, trató de evitar a toda costa
el repunte brusco de los precios que hubiese significado una depreciación del bolívar.
Por ello se decidió por la peor alternativa, un sistema de cambios diferenciales que
protegería el costo de las importaciones "esenciales" y que pondría un precio mayor
para el dólar de otras transacciones. Se había creado RECADI, Régimen de Cambios
Diferenciales, con la oficina correspondiente para administrar la compleja normativa
que se iría generando a su alrededor.
De nada sirvió este artificio económico al partido de gobierno. Algunos meses
después el candidato de AD, Jaime Lusinchi, derrotaría en forma aplastante al
abanderado de COPEI, el líder histórico de esa agrupación Rafael Caldera. Pero el
impacto de RECADI, si bien poco apreciable en lo político, resultó sencillamente
devastador sobre la economía y hasta la moral pública de Venezuela. La existencia de
varios precios para un mismo producto, la moneda extranjera en este caso, definidos
sobre la base de decisiones ejecutivas, distorsionó por completo la asignación general de
recursos e introdujo un elemento de completa arbitrariedad política sobre la actividad
económica. Miles de productos, cuyos precios debieron ser fijados por la autoridad
política, pasaron a quedar fuertemente subsidiados a través del diferencial cambiario, en
tanto que otros permanecían sin subsidios. La presión por entrar en la lista de los
renglones que recibían dólares artificialmente baratos creció ante cada revisión del
decreto cambiario y una pugna por conseguir estas divisas preferenciales se extendió
por todo el aparato económico.
Pero lo peor de RECADI tuvo relación directa con el estímulo a la corrupción
que el control de cambios produjo. Con el inmenso poder de otorgar o denegar divisas a
quienes las solicitaran, los funcionarios tuvieron en sus manos una herramienta para
enriquecerse de un día para otro y para atemorizar, a veces siguiendo directivas
políticas, a quienes resolvían perjudicar o pretendían controlar.
La imposibilidad de mantener el precio de la moneda, que obligó a varias
devaluaciones, el elevado gasto fiscal, la incapacidad del gobierno para obtener un buen
refinanciamiento de su deuda y las presiones sociales que nunca amainaron durante el
período, hicieron que la administración de Jaime Lusinchi perdiera además el control
sobre la inflación. Esta creció y se mantuvo en niveles nunca vistos hasta entonces,
haciendo retroceder los salarios reales de un modo impresionante (pues no existían
mecanismos de compensación previamente acordados) y provocando, con ello, un
aumento significativo de las personas que encontraban debajo de la denominada "línea
de la pobreza". A continuación algunos indicadores de la economía nacional.
Cuadro 1
Evolución de algunos indicadores de la economía venezolana, 1981-1988
Años 1981 1982 1983 1984 1985 1986 1987 1988
PIB per cápita (1981 = 100) 100.0 97.6 89.4 87.4 85.5 88.5 89.2 91.8
Tasa de desempleo abierto 6.3 7.1 10.2 13.4 12.1 10.3 8.5 6.9
Salarios reales promedio
100.0 89.5 86.7 90.0 88.7 82.3 79.2 75.3
(1981=100)
Hogares bajo la línea de pobreza
18 - - - 25 - 32 41
(%)
Fuentes: Sabino, C. (1999).
A pesar de esta delicada situación, el gobierno de Lusinchi no enfrentó mayor
oposición durante su mandato. Hubo, en verdad, cierta lucha sindical para mantener los
salarios al ritmo de la inflación, pero en ningún caso puede hablarse de un malestar
social generalizado o de que el sistema político se acercara a la inestabilidad. Los
analistas suelen atribuir esta respuesta paradójica de la opinión pública a la efectiva
labor publicitaria del gobierno, al control político que éste logró ejercer sobre los
principales factores de opinión y al hecho de que RECADI mantuvo al menos una cierta
apariencia de estabilidad sobre los precios. A estas razones debiera agregarse la relativa
recuperación que tuvo el país, como se aprecia en el cuadro 1, a partir de 1987.
            Por otro lado, haciendo mención a Sanoja (2010),  y a Sabino (1999), Carlos
Andrés Pérez se había rodeado de un equipo de jóvenes tecnócratas que tenía una idea
bastante clara del abismo en que se encontraba Venezuela. Dispuesto a cortar por lo
sano con una política que se encaminaba hacia el desastre, su equipo, encabezado por
Miguel Rodríguez, elaboró un "paquete de medidas" destinado a inaugurar una nueva
política económica, el Gran Viraje, estableciendo además fructíferas relaciones con el
FMI y otros organismos internacionales que podían ayudar a Venezuela durante las
dificultades iniciales de su aplicación. La situación del país recomendaba drásticas
acciones: el déficit fiscal había llegado al 8% del PTB, las divisas efectivamente
disponibles alcanzaban apenas a $ 300 millones (contra $ 10.000 de unos años atrás), las
tasas de interés reales negativas impedían el ahorro interno y estimulaban la fuga de
divisas, mientras que los compromisos de la deuda –ya renegociada– resultaban casi
imposibles de satisfacer.
            El propio Pérez anunció el 16 de febrero de 1989, en un histórico discurso, el
conjunto de medidas que aplicaría en su gestión. El paquete incluía la libre flotación de
la moneda, con la consiguiente eliminación del control de cambios y del nefasto
RECADI, la liberación de los precios y de las tasas de interés (salvo para un reducido
conjunto de artículos de primera necesidad), la elevación del precio de la gasolina y de
ciertos servicios públicos, la disminución sustancial de los aranceles y un programa
social de subsidios directos a entregar a las familias en condiciones de pobreza.
            Se trataba de un ajuste fiscal bastante bien equilibrado, en el que sobresalían
como notas positivas la liberación cambiaria y la reducción de los aranceles, pero que
no tenía como intención abandonar el estatismo propio de la política económica
venezolana. La idea era más bien reordenar las cuentas públicas para permitir que otra
vez el estado asumiera su rol keynesiano de promotor del desarrollo, mientras se
buscaba mantener un tipo de cambio alto, capaz de estimular las exportaciones no
tradicionales y de quebrar la dependencia nacional con el petróleo.
El 27 de febrero, cuando el transporte urbano comenzó a cobrar nuevas tarifas,
preparándose para el aumento de la gasolina del día 1 de marzo, estallaron disturbios en
la localidad suburbana de Guarenas. Las manifestaciones de protesta se extendieron con
una velocidad inusitada, ante cierta complacencia de los medios de comunicación que
parecían justificarlas y la parálisis total del gobierno, que no atinaba a responder ante
una situación imprevista que hora tras hora se tornaba más difícil.
Según Sabino (1999), el caos y la anarquía se apoderaron del país. No fue sino
hasta la tarde del día siguiente que el gobierno se dirigió a la población, exhortando a
terminar con los saqueos y decretando un aumento general de sueldos y un toque de
queda general a partir del atardecer. Esa misma noche el ejército intervino y comenzó
una represión que dejaría un saldo indeterminado de víctimas, muy superior de seguro a
la cifra oficial de 300 muertos.
La inusitada violencia del 27F, sin parangón prácticamente en la historia
contemporánea de América Latina, expresaba "el deterioro acumulado de las
condiciones de vida de la población", una sensación de frustración ante todo el sistema
político y una profunda desconfianza ante un liderazgo del país.
No obstante, estas muy negativas circunstancias el ajuste de Pérez pudo mostrar
enseguida algunos resultados dignos de consideración. Es cierto que la liberación de
precios artificialmente congelados y la amplia devaluación que siguió a la eliminación
del control de cambios impulsaron la inflación hasta alturas nunca vistas en el país,
superando en 1989 el 80%, y que el producto económico descendió ese mismo año en la
apreciable cifra de 7,8%. Pero ya al año siguiente, impulsada en parte por el aumento de
los precios petroleros que trajo la invasión iraquí a Kuwait y la Guerra del Golfo,  la
economía venezolana mostró signos evidentes de recuperación. La inflación descendió,
aunque nunca a menos del 30% anual, y el PTB creció en 7%, 9,7% y 6,1% entre 1990
y 1992. También los salarios reales y la proporción de población en situación de
pobreza, después del shock inicial, mostraron gradualmente un comportamiento más
positivo en esos años.
El programa de ajustes, hacia fines de 1991, parecía en principio estar
funcionando razonablemente bien. La drástica disminución de aranceles, por ejemplo,
había logrado estimular muy positivamente a la economía sin provocar las quiebras
masivas y el desempleo que muchos habían pronosticado al comienzo. Esto sucedía, es
cierto, porque un tipo de cambio alto ofrecía una protección indirecta a las ineficientes
industria y agricultura locales, pero en todo caso permitía que las empresas nacionales
gozaran de un período de adaptación antes de entrar de lleno en la competencia
internacional. Las privatizaciones, aunque pocas, daban señales alentadoras a los
mercados, en especial cuando se vendieron dos grandes empresas, VIASA (línea aérea
bandera nacional) y CANTV (teléfonos). Las reservas internacionales habían
restablecido su nivel y la liberación de las tasas de interés evitaba la fuga de divisas tan
extendida en los últimos años. La eliminación de varios subsidios indirectos había
contribuido, por otra parte, a la disminución casi total de los déficits fiscales.
Pero a este respecto, y para evitar confusiones, conviene hacer un breve
comentario referente a las peculiaridades de Venezuela como país petrolero.Es preciso
destacar la contribución que ha realizado Emeterio Gómez, en diferentes publicaciones,
explicando por qué en Venezuela existe inflación a pesar de que puedan no existir
déficits fiscales. Dado que los ingresos de la industria nacionalizada llegan directamente
al estado, vía impuestos o regalías, el Banco Central de Venezuela es el principal
tenedor de dólares del país y, por lo tanto, su principal oferente. Simplemente para dar
una idea al lector, puede decirse que aproximadamente entre el 75 y 90% de los ingresos
por exportaciones han derivado, en las últimas décadas, de las ventas de hidrocarburos,
y que el total recibido por el BCV raramente ha sido menor que $ 10.000 millones
anuales, llegando en varios años a casi el doble de esa cifra.
Refiere Pérez (2011), que esta circunstancia provoca, naturalmente, la existencia
de un mercado muy asimétrico, donde el gobierno, a través del BCV, puede manipular
casi a su antojo el tipo de cambio pues controla mayor parte de la oferta de divisas. Si a
esta circunstancia añadimos la escasa autonomía que de hecho ha tenido el BCV a partir
de mediados de los setenta encontraremos la clave de una situación que parece
paradójica y que distingue a Venezuela del resto de las naciones latinoamericanas. En
Venezuela puede haber una fuerte inflación, y de hecho la hay, en ausencia de déficits
fiscales y, aún, en presencia de superávits en las cuentas públicas. El gobierno no emite
"dinero inorgánico" para compensar sus déficits, como en otras latitudes: simplemente
devalúa la moneda y obtiene más bolívares por la misma cantidad de dólares.
Las constantes devaluaciones, por cierto, provocan una inflación crónica, que
parece tener un "piso" del 30% anual, y mantienen la apariencia de unas cuentas fiscales
casi en equilibrio, pero son el síntoma en realidad de un sector público hipertrofiado que
no puede recaudar, por medio de impuestos internos, las sumas que gasta año tras año.
Cabe mencionar en este punto no sólo porque muestra la atipicidad del caso venezolano
sino porque además nos sirve para poner de relieve dos puntos esenciales. El primero es
que el paquete de Pérez, lo mismo que el de 1996, no logró corregir uno de los
elementos esenciales de todo ajuste: el desbalance en las cuentas fiscales. El otro punto
a destacar es que las reformas de 1989-92 no alcanzaron nunca una de las metas
principales que se propusieron los países latinoamericanos que reformaron sus
economías.
            La población en general no llegó a percibir el mejoramiento de la economía que
se produjo a partir de 1990, en parte porque éste hizo poco más que compensar pérdidas
anteriores y en parte porque la inflación creó una sensación de inseguridad que
minimizó los logros obtenidos. En ese contexto inflacionario surgieron naturalmente
constantes huelgas y protestas, se amplió el malestar social y se crearon las condiciones
para que los enemigos del ajuste desplegaran todo su arsenal de acciones
desestabilizadoras. La más dramática de todas ellas, la que puso realmente un fin a todo
intento modernizador, fue el golpe de estado frustrado que el Teniente Coronel Hugo
Chávez encabezó el 4 de febrero de 1992.
            El golpe no contó con el apoyo de la mayoría de los mandos militares y, desde el
punto de vista táctico, fue apenas una escaramuza mal organizada que no logró sus
objetivos de derribar al gobierno o matar al presidente. Lo grave, lo políticamente
importante, fue la reacción popular ante la intentona. Una corriente de apoyo inesperada
surgió de todos los rincones del país, solidarizándose más o menos abiertamente con los
golpistas, en una oposición frontal a un sistema democrático que se percibía como
secuestrado por la acción de camarillas o "cogollos" dirigentes y envuelto en una
corrupción gigantesca a la que se hacía responsable –sin mayor análisis, de todas las
dificultades económicas atravesadas por el país. Rafael Caldera, el líder fundador del
partido socialcristiano COPEI y ex-presidente de 1969 a 1974, aprovechó esta
circunstancia para justificar implícitamente a los golpistas y distanciarse de la
conducción de su partido, en un audaz gambito político que le daría nuevamente, antes
de dos años, la presidencia de la república.
De nada sirvieron algunas medidas políticas que tomó para restablecer una
plataforma que asegurara la viabilidad de su gobierno: el 27 de noviembre de ese mismo
año hubo otro conato de golpe, mucho más amplio y sangriento, y al año siguiente el
presidente fue acusado formalmente de corrupción –sobre la base de un caso en verdad
bastante débil. Finalmente la Corte Suprema de Justicia, el 20 de mayo de 1993, decidió
suspenderlo en sus funciones para dar curso a un juicio por peculado y malversación de
fondos públicos. El intento de cambio económico había fracasado irremisiblemente y
una reacción conservadora, que aglutinaba desde algunas figuras llamadas "los
notables" hasta la ultraizquierda, dominaba la opinión pública del país.

EL ENFOQUE ECONÓMICO DURANTE EL SIGLO XXI. LA REVOLUCIÓN


CHAVISTA

Para Azpurua (2010), las elecciones de diciembre de 1998 dieron la presidencia al ex


golpista Hugo Chávez que anunció de inmediato el inicio de una "revolución democrática"
destinada a cambiar la constitución, establecer una democracia participativa para devolver el
poder al "pueblo" y acabar definitivamente con la corrupción. En consecuencia, y violando
disposiciones expresas de la constitución vigente, que databa de 1961,  Chávez convocó a un
referéndum para decidir si se nombraba a una Asamblea Constituyente. Ante el resultado
afirmativo se realizaron nuevas elecciones para escoger los miembros de dicha asamblea, que
quedó casi por completo en control de los partidarios de Chávez. La nueva carta magna,
aprobada en referéndum en diciembre de 1999, tiene una barroca e imprecisa redacción que
no alcanza a ocultar su fuerte carácter presidencialista, el inmenso papel que se le otorga al
estado, no sólo en la economía sino en toda la vida social, y la preponderancia de las fuerzas
armadas en las decisiones políticas y del poder central frente a los gobiernos locales.
Después de nuevas elecciones para "relegitimarse", de acuerdo a lo pautado en la
nueva constitución, Chávez quedó prácticamente con el poder absoluto en sus manos: los siete
procesos electorales consumados entre noviembre de 1998 y diciembre de 2000 le han
otorgado un poder sin contrapesos ya que posee el control de la nueva Asamblea Nacional y
ha designado, prácticamente a dedo, a los miembros del Tribunal Supremo de Justicia, la
Fiscalía, la Contraloría y otros órganos supuestamente independientes del nuevo sistema de
instituciones públicas.
Mientras se iba desarrollando este proceso de consolidación política, según Medina
(2012), Chávez impuso un estilo autocrático y casi dictatorial de gobierno. Sus frecuentes y
extensas apariciones en los medios de comunicación, con sus "cadenas" obligatorias en la
televisión, su amistad con Fidel Castro y su apoyo a la Revolución Cubana, sus agresivos
ataques contra los partidos políticos, los empresarios, la iglesia y la educación privada, el
predominio de los militares en puestos públicos y otras singulares acciones han dado al
mandatario venezolano un extraño parecido con los dictadores fascistas de la primera mitad de
este siglo. Pero, y también esto es importante tomarlo en cuenta para evaluar equilibradamente
su régimen, no por eso podemos afirmar que exista una verdadera dictadura en Venezuela. Se
respeta -dentro de los límites usuales en el país- la libertad de expresión, no hay presos
políticos ni restricciones a la circulación de las personas, no hay violencia policial o militar que
afecte la vida cotidiana de los ciudadanos. El gobierno de Chávez es, en este sentido, y aunque
parezca paradójico, menos dictatorial que el de su mismo predecesor, Rafael Caldera.
El gobierno de Chávez comenzó en medio de una recesión, provocada tanto por el
descenso en los precios petroleros como por el temor de los inversionistas ante el posible curso
que tomaría su gobierno: el PIB cayó cerca del 7% en 1999. Luego subieron los precios del
crudo y la economía se reactivó, creciendo alrededor del 3% en el año que acaba de concluir,
pero lo hizo mediante el viejo expediente de aumentar el gasto público, fortaleciendo el sector
estatal mientras miles de empresas quebraban y aumentaba el desempleo. Chávez volvió a
utilizar instrumentos ya descartados de política comercial, como el trasbordo de mercancías en
las fronteras y las licencias y cuotas de importación, aunque sólo subió algunos pocos
aranceles. Pero sus amenazas sobre la propiedad privada -especialmente de predios rurales-
su nacionalismo petrolero y el tono general de su discurso profundizaron la recesión,
provocando de hecho una mayor presencia del estado -con inmensos recursos luego del alza
de los precios petroleros- ante una empresa privada en retirada, temerosa de invertir y
dispuesta más bien a salvar sus capitales en el exterior.
En suma, el gobierno de Chávez no ha derivado en la dictadura militar que algunos
temían y menos aún en un despotismo comunista como el que soportan los cubanos, tal vez
porque el presidente es un hombre más de palabras que de acción y -seguramente- por el
fuerte rechazo de amplios sectores de la sociedad venezolana a estas alternativas. Pero, aún
cuando ha controlado en algo la inflación, su gobierno ha sido por completo opuesto a las
reformas que tanto necesita Venezuela: la orientación de sus acciones tiene un indudable
parecido con la de Acción Democrática en los años sesenta y sólo es viable, en todo caso, con
precios petroleros lo suficientemente altos como para proporcionar a su administración una
inmensa masa de recursos.
No es fácil prever lo que podrá suceder cuando estos bajen hacia niveles más
normales, cuando sus promesas populistas se desgasten y ya no tenga un programa político
original que ofrecer: Los datos del último referéndum, realizado en diciembre de 2000,
muestran un porcentaje de abstención superior al 80%, indicador claro de su decreciente
capacidad de convocatoria. Su gobierno puede quedar así, entonces, como una tentativa
populista más, pintoresca pero completamente inútil, o puede acabar en medio de una violencia
que en Venezuela parecía haber sido superada para siempre. En todo caso lo único seguro es
que el país habrá perdido un tiempo sumamente valioso mientras posterga una vez más las
decisiones que tiene que tomar para liberar a su economía de la frustrante tutela del estado.
No hay combate político sin ideas. El que frunza la nariz porque alguien se dedique a
pensar es un necio. La pelea en el terreno de las ideas es tan importante como el
enfrentamiento de la cotidianeidad oprobiosa que nos atosiga. Ambas batallas hay que darlas
en simultáneo, sin tregua en ninguna de las dos, sin pausa para perder el tiempo. Nadie puede
decir que, en lo personal, no hago ambas tareas.
Se tiene enfrente una oferta de "socialismo del siglo XXI" y hay que producir una
respuesta que he considerado no puede ser otra que "la democracia del siglo XXI". Al respecto
hemos creado "La sociedad de las ideas", sin junta directiva, como un intercambio horizontal de
pensamiento político, para analizar las fallas que la democracia ha presentado y presenta, para
incluso modificar conceptos, para tratar de darle vuelo a un sistema que es el único posible.
Hemos estado pensando sobre "el socialismo del siglo XXI" y llegado a conclusiones
que van desde el pensamiento político cubano del siglo XIX marcado por el "destino
manifiesto", desde el pensamiento jacobino pasando por la "filosofía del resentimiento" del
sociólogo francés Pierre Bourdieu con su "teoría de la violencia simbólica". Por supuesto que
nadie ha venido a asistirnos como a las fundaciones norteamericanas ni nadie nos ha dado
cobijo como lo tiene "La república de las ideas" de Francia. Es así, vivimos en Venezuela, un
país donde pensar es una tontería y un acto banal.

CONSIDERACIONES FINALES

Cabe mencionar que muchas de las políticas económicas han fracasado por la
existencia de un sistema clientelista vigente en el país que, potenciado como nunca por
el control de cambios, colocó a cada sector de la sociedad como competidor de los
restantes en la búsqueda incesante de los favores del estado. Además, después del
viernes negro, no comprendieron la magnitud de la crisis que había golpeado al país y
por ello aceptaron, sin cuestionar demasiado, el mal comportamiento de la economía,
confiando más en una nueva subida de los precios petroleros que en la necesidad de
adoptar cambios internos que modificaran la gestión económica.
            Todo ese acrecentamiento del deterioro económico del país, surgió la figura de
Hugo Chávez, quien democráticamente asumió el poder que implementó lo que ha
llamado el socialismo del siglo XXI, pero que se basó prácticamente en un  proyecto
político de consolidación del poder presidencial, por lo que su obra en materia
económica resultó para muchos decepcionante. Firme creyente en las ideas de
nacionalismo económico y redistribución de la riqueza, proclive a un populismo de
tintes izquierdistas y frases altisonantes, Chávez, que se rodeó además de un equipo
económico formado por marxistas y socialistas de todos los matices, no ha realizado
hasta ahora ninguna obra de gobierno que haya impactado de manera significativa e la
economía nacional y en su desarrollo.
Venezuela a lo largo de su historia

Referencias

Azpurua, E. (2010).  Democracia y Libertad Económica en Venezuela.  Caracas,


Universidad Central de Venezuela.

Flores, C. (2012). La Economía Nacional. Maturín, Ministerio del Poder Popular para


la Educación Superior.

Fronjosa, E. (2010).  La Fatal Dependencia.  Caracas, Universidad Central de


Venezuela.

Medina, M. (2012).  Cultura, Sociedad y Política Venezolana.


Pérez, H. (2011).  Estado, Economía y Sociedad en la Evolución Histórica de
Venezuela y del Zulia.  Maracaibo, Universidad Rafael Urdaneta.

Rivas, R. (2010). Descentralización Política Económica y un Mismo


Bolivarianismo.  Caracas, Universidad Central de Venezuela.

Sabino, C. (1999).  El Fracaso del Intervencionismo: Apertura y Libre Mercado en


América Latina.  Caracas, Editorial Panapo.

Sanoja, M. (2010).  Historia Socio-Cultural de la Economía Venezolana.Caracas,


Universidad Central de Venezuela

Hubo una época en la que la economía venezolana no dependía del petróleo y el principal
sector que se explotaba era el agrario. La Venezuela agropecuaria se caracterizó por una
serie de fenómenos sociales como el latifundismo y las marcadas diferencias de las clases
sociales que ocasionaron un estancamiento en la economía del país.

¿Qué fue la Venezuela agropecuaria?


Conocida también como Venezuela agraria, fue una época que comenzó a partir de 1830 y se
extendió hasta la explotación del petróleo en el país de forma comercial. En esta época, el
país dependía exclusivamente del comercio de los productos de la tierra y del ganado.

La mayor parte del ingreso de Venezuela agropecuaria provenía del café y del cacao.

Dependencia
En este período, la economía de Venezuela estuvo caracterizada por un estancamiento
marcado que fue resultado de la dependencia que tenía el país con los países desarrollados.
Estos últimos consideraban que Venezuela era un simple proveedor de materia prima y de
alimentos. De la misma forma en la que la dependencia económica era notoria, también lo
era la dependencia política e ideológica, cada una de las cuales impedían que el país surgiera
ante la sombra de otros países más desarrollados.
La producción no agrícola de Venezuela era tan precaria que la mayor parte de la materia prima y de las
herramientas para el campo eran importadas.
El latifundio
Se puede definir al latifundio como las grandes extensiones de tierras cultivables que están
en mano de una o pocas personas, las cuales generalmente gozan de poder político y social.
Principalmente, en la época agropecuaria, el país contaba con grandes extensiones de tierras
sin cultivar. Las grandes haciendas, hatos y fincas eran controlados por los latifundistas.
Incluso en la actualidad, el latifundio es un fenómeno que se encuentra presente en el país.
Uno de los casos más relevantes son las grandes extensiones de tierra en la zona del sur del
lago de Maracaibo, que aunque son unas de las mejores para el cultivo agrícola, han sido
destinadas por sus dueños para las actividades pecuarias.
Desde la época colonial, en la mayoría de los países latinoamericanos se evidencia la presencia del latifundio
inaugurado en dicho período.

Productos exportados

 Cacao
 Añil
 Café
 Ganado
 Algodón
 Cuero

Clases sociales
La estructura social de la Venezuela agropecuaria en sus inicios era compleja, por lo que se
generaron serios conflictos ente las clases sociales debido a que el gobierno favorecía en
mayor medida a unos sectores que a otros.
Los grupos de personas que se clasifican de acuerdo al nivel de riqueza y a las actividades que
desempeñan se conocen como clases sociales. A continuación se mencionan las principales
clases sociales de la Venezuela agropecuaria en sus inicios:

 Terratenientes: conocidos también como latifundistas, en su mayoría procedían de la


antigua oligarquía colonial. Tenían en sus manos gran parte del poder político de la República
y se caracterizaban por poseer grandes extensiones de tierras entre sus propiedades.
 Burguesía mercantil: tenían en sus manos el capital que provenía del comercio
exterior y manejaban todo lo referente a este sector. Esta clase social se convirtió en el
grupo con mayores recursos.
La burguesía mercantil realizaba préstamos al mismo estado y a los terratenientes.

 Artesanos: sus actividades se realizaban en pequeños talleres ubicados generalmente


en las principales ciudades del país. Sus recursos eran escasos y tenían que enfrentarse a la
competencia con los productos importados. Los zapateros, los ebanistas y los herreros son
algunos de los ejemplos de artesanos de la época.
 Campesinos: era un grupo muy diverso que se subdividía de acuerdo a la naturaleza
del trabajo que realizaban. Esta clase social era, junto con los esclavos, la mayor fuerza de
trabajo de la era agraria. Los campesinos gozaban de libertad con lo que podían trabajar en
tierras de su propiedad y también en tierras latifundistas como medianeros, arrendatarios o
colonos. Los medianeros daban el 50 % de lo cosechado al latifundista, los arrendatarios
pagaban a los latifundistas en efectivo y los colonos, como forma de pago a los latifundistas,
ofrecían sueldos muy precarios.
 Esclavos: era la clase social más baja y la que gozaba de menos derechos.
Inicialmente, los esclavos fueron traídos de África a América por los colonizadores debido a la
escasez de mano de obra indígena. Los esclavos no eran libres, por lo cual no devengaban
ningún salario. Eran propiedad de sus amos y su condición era transmitida de igual forma a sus
descendientes.
En Venezuela, la esclavitud se abolió definitivamente el 23 de marzo de 1854, sin embargo; los esclavos liberados se
convirtieron en peones mal remunerados.

El éxodo que lo cambió todo


A mediados del siglo XX, como consecuencia de la Revolución Industrial y del auge petrolero
de Venezuela, se produjo el mayor éxodo campesino registrado en la historia del país. Los
cambios ocurridos en la economía y las escasas leyes que fomentaban el desarrollo agrícola,
obligaron a muchas personas trabajadoras del campo a buscar una mejora de las condiciones
de vida y concentrarse en pueblos petroleros.
El abandono del campo causó que muchos poblados dedicados a la agricultura quedaran
prácticamente desolados. De igual forma, se observó la reducción drástica en la producción
de algunos productos.
Este cambio ha sido palpable hasta la fecha, donde el desarrollo agrícola de Venezuela
avanza de forma más lenta que el desarrollo de otros sectores, lo que ha ocasionado que se
importen productos que en el pasado eran producidos en el país.

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