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MARUCHO

CACORRO
CUADRO DE COSTUMBRES
TEMÍSTOCLES TEJADA
(1840-1883)
La histórica discriminación que ha sufrido la
población LGBTI, causada en gran parte por la
iglesia católica, la cual consideró como
pecadores a los miembros de dicha comunidad
hasta hace muy pocos años, hace que sea muy
difícil el hallazgo de fuentes documentales que
den cuenta de tan siquiera de la existencia de
dicha comunidad. Una de las formas en que se
puede rastrear la existencia de esta población
invisibilizada, vulnerada y perseguida, es
precisamente partiendo de los raros y pocos
escritos que se atreven a hablar de estos
“pecadores”. El mérito del escrito no es
describir a la población homosexual
decimonónica, ya que solo se enfoca en aspectos
que el autor considera negativos.
La importancia del documento no solo radica en
recordar la existencia histórica de dicha
población en Colombia, ya que all desechar los
prejuicios del autor tan comunes en esa época y
hacer una lectura más profunda, nos queda una
serie de prácticas, usos y costumbres de dicha
comunidad, que permiten una construcción de
un pasado nacional mucho más diverso, ya que
no solo se debe plantear la inclusión de dicha
comunidad en el presente, sino que la inclusión
también se debe dar en términos de
reivindicaciones históricas.
Al parecer los cambios políticos de la década
de 1880 con el ascenso de los conservadores
y el proyecto regenerador, hizo que este autor
y su obra desaparecieran de la historia de la
literatura en Colombia.

El hallazgo de sus manuscritos en el año 2009


se convierten en una ventana a un prolífico
autor. “Marucho Cacorro” es tal vez el
cuadro de costumbres más antiguo en la
literatura colombiana, donde se describen
algunos aspectos de la población homosexual
decimonónica. Sin duda, escritos de este tipo
hicieron rabiar a la iglesia y los
conservadores del siglo XIX, puesto que estos
consideraban la sodomía como el pecado
nefando, algo que era indigno de ser escrito.

Ricardo Plazas
Coordinador Investigaciones Históricas
Fundación Jischana Huitaca
El texto Marucho Cacorro, que encontrarán a
continuación, es un cuadro de costumbres
escrito por Temístocles Tejada. Los cuadros de
costumbres son formas de visibilizar las formas
de habitación de los espacios culturales y
sociales, a partir de la descripción de escenas
típicas de un lugar específico. Este cuadro
específico, si bien puede entenderse como
lleno de prejuicios frente a una comunidad
excluida y discriminada, es a la vez, una crítica
a la cristiandad de la época. Marucho, como era
llamado el hombre “mujeruno” y que llevaba a
cabo “oficios propios de mujeres” lleva en su
nombre la burla a la hipocresía de la iglesia
católica, que por un lado hace de estos hombres
seres humillados en el imaginario popular y
que, por otro, los integra como parte del diario
vivir de la parroquia como sacristanes, siempre
de la mano de los curas. Más allá de entender el
chiste fácil de crítica a la iglesia católica, el
texto nos permite encontrar las dificultades con
las que Marucho se encuentra frente a la
búsqueda de trabajo, su trasegar por los
diferentes oficios del pueblo, y las huellas que
la vida ha dejado en su imagen.
Llama la atención, sin embargo, la mirada atenta
de Tejada. El uso del tan tierno “mi hombrecillo”,
frente a una detallada descripción física, nos hace
pensar en las razones detrás de este texto. La rabia
que le produce a Tejada su intimidad con “todos
los beatos y beatas, con frailes, clérigos y monjas”,
le permite a su vez llamar la atención a que, pese a
esa amistad y a ese trabajo, nunca logra integrarse
a la comunidad, que poco lo acepta: “¡Qué dijera
la gente si yo quisiera a Marucho Cacorro! … ¡En
esto que me llamaban la Marucha!”. Marucho,
como muchos personajes que procuraban ser
ejemplo de lo que no debía ser el ciudadano
Colombiano, es una burla a Sacristanes,
Generales, Tenderos, Boticarios, Políticos y cuantos
sujetos podrían identificarse con los defectos que
a este personaje se le atribuyen.
Así, la importancia del Cuadro no es solo recordar
la existencia histórica de dicha población en
Colombia – si bien en términos desafiantes a la
integridad moral de la época -, sino hacer un
aporte a la historia de los personajes de la Región.
Personajes que Temístocles, desde su lugar vital
reconocía como importantes y desdeñaba desde
los prejuicios propios de la élite letrada de la
época… pero que, de alguna manera visibiliza y
nos permite presentar como un aporte a una
historia que debe escribirse.
Lucia Sepúlveda.
Docente Universidad tecnológica de Pereira
TEMÍSTOCLES TEJADA
(1840- 1883)
Tejada fue uno de los más importantes
escritores colombianos durante el
radicalismo liberal. Fue congresista en
varias oportunidades, diplomático en
Francia y el Reino Unido; enfermó de
lepra a los 32 años y falleció a los 43.
El Congreso de la Republica a cargo del
entonces representante, literato y amigo
Jorge Isaacs, impulso una ley para que su
obra fuera recopilada, editada y
publicada, al igual que una pensión por
sus servicios a la nación y por su gran
aporte a las letras.
Al parecer los cambios políticos de la
década de 1880 con el ascenso de los
conservadores y el proyecto
regenerador, hizo que este autor y su
obra desaparecieran de la historia de la
literatura en Colombia.
MARUCHO
CACORRO

Obligado como estoy a completar una


serie de cuadros de costumbres
colombianas tengo que apelar a rebuscar
hasta los tipos menos conocidos, aunque
no faltos de interés cómico. Bien es cierto
que quizás tenga ya aburridos a mis
lectores con mis pobres escritos tan
escasos de ingenio y aticismo, pero cada
cual da lo que tiene y no está obligado a
ser más de lo que es. Y en fin de fines, si
no gusta lo que escribo no hay más que
echarle una buena manotada de olvido y
no volverse a acordar de ello como se
hace con el cadáver de un limosnero.
Hoy está en cántara Marucho Cacorro, o
sea, el sacristán de la iglesia de cierto
pueblo, pero es preciso que antes
explique lo que significa tan
estrambótico nombre, que de seguro no
se hallará en el calendario cristiano.
Llaman las gentes de provincia
Maruchos y Cacorros a ciertos hombres
que tienen en su modo de ser, en su
carácter y ocupaciones , algo que tira a
mujeruno y a cobardía gallinuna, porque
se meten a cocineros, bolilleros,
bordadores y a otros oficios propios de
las mujeres; porque se peinan, se visten
y se acicalan como éstas; porque toman
todos los aires de Evas remilgadas;
porque se corren al ver cualquier
peligro o al ver cualquier amenaza a
semejanza de esos gozques que huyen
con el rabo entre las piernas al oírla
detonación de un cohete, y en fin porque
no les gusta sino estar metidos entre
mujeres.
Son una especie de gallos blancos
carroños, sin valor, sin sal y de los seres
más desairados, necios y presumidos.
Estos entes son siempre el ridículo, el
hazme reír de los trúhanes. Marucho
Cacorro, el sacristán, ha merecido este
nombre desde sus mocedades, porque
ha sido alternativamente cocinero,
ventero de licores y de confituras,
bordador de camisas de mujer, de
encajes y gatatumbas para enaguas,
hasta que vino a dar en sacristán, oficio
bastante ridículo.
Los oficios imprimen carácter; y esto es
tan cierto, que Marucho Cacorro, a pesar
de los cincuenta años bien medidos que
lleva, es hoy día en todo y por todo el
mismo Marucho cacorro de sus tiempos
de cocinero.
Mi hombrecillo tiene la cara larga y
desteñida como una vela de sebo;
bigotes y pera que tuvieron intenciones
de ser catires pero que quien sabe por
qué no se resolvieron serlo; pelo negro,
siempre peinado de cachucha y churcos
y asilado con guásimo u otra yerba y
lutinasa y con la carrera por la mitad de
la cabeza.
Viste siempre de lechuguino; pero es un
ropavejero consumado, pues todo lo que
se planta son vestidos usados que
compra a trueque de salves y
responsorios o de reliquias de sebo. Usa
aretes de oro en las orejas y varios
anillos de acero y de plata en los dedos.
En fin, aunque no es más feo de lo
necesario, tiene una cara más desabrida
que mazamorra de ceniza sin dulce.
Lo hemos visto a veces de unas trazas de
lo más grotescas, con vestidos ya muy
estrechos, ya muy anchos, según eran los
difuntos o dueños anteriores; pero como
Marucho Cacorro este de cachaco, nada
se le da con ponerse pantalón de manta
azul del Socorro con levita de paño
verde, chinelas de ante amarillo y
sombrero de jipijapa con hule rojo.
Suele usar capa a la española y
sombrero de pelo; pero una y otra cosa
tienen más manteca que mesa de
cocinero.
Es íntimo amigo con todos los beatos y
beatas, con frailes, clérigos y monjas y
ha tomado tales aires de sacristía, que
siempre que encuentra a alguna de esas
gentes se quita el sombrero y se inclina
hasta los pies, en forma de arco, con la
más exagerada reverencia, aunque sin
alzar los ojos.
Se levanta siempre a las cinco de la
mañana, se peina, se refriega la cara en
la colcha de su cama para aparecer
colorado y se compone para ir a los
oficios de la misa, y más que esto, a
recoger los beneficios de los responsos,
salves y recorderis.
Rara vez vuelve a su casa sin llevar
huevos, pollos, gallinas y otros
comestibles, amen de unas cuantas
pesetas de los buenos creyentes que se
acercan a la mesa del altar como los
traficantes a quienes echo a rejo del
templo el filósofo Jesús.
Cuando Marucho Cacorro hace las
novenas o reza trisafios o canta, abre
tamaña boca, tanta como es hambre de
bienes ajenos que lo devora; y todo eso
lo hace tan desgraciadamente, que
siempre ocasiona risotadas y ganas de
echarle tierra en la boca, aunque el
majadero cree que lo hace
primorosamente.
No hay boda de casamiento o de bautizo,
ni reunión donde huela a guiso, en que
el señor sacristán no esté haciendo de
sabañón a dos carrillos. Come y bebe
como si su estómago fuere más hondo
que el pozo de Donato; y los tabacos que
no puede fumarse van a dar a la copa de
su sombrero hasta que allí completa el
cuartillo para venderlos.
Es cosa averiguada que todos esos
hombres que ejercen mezquinas
profesiones o menudos oficios, como
los llamo Fígaro, son muy amigos de
vivir de gorra y de rastreras estafas,
previa una buena dosis de
desvergüenza y unos cuantos
kilogramos de adulación.

Marucho Cacorro no ha sido casado


ni ha tenido hijos por su raquitismo;
pero si tiene una morena que dice le
compone su ropa: no dice siquiera
que es su sobrina, como el señor cura
respecto a la suya.

Tiene varias condiciones muy


recomendables para las gentes del
día: hablar mal del prójimo; meterse
siempre en lo que no le va ni le viene;
andar averiguando noticias y
dándolas abultadas, y meterse en
toda elección, aunque saque por
recompensa unos cuantos
mojiconazos en cuanto de unos
dientes de menos.
Dice que es capaz de morir por la
religión y echa más bravazas y roncas
que un gobernador de Antioquia,
pero sale corriendo al ver a alguien
con la frente arrugada.
Aunque los fanáticos lo azuzan, nunca
se resuelve a afrontar el peligro solo,
y solamente en motín con otros si
hace de las suyas y apalea a todo que
está caído.
Donde quiera que hay baile primero
falta la luz que Marucho Cacorro
tratando de sacar a las más
socorridas parejas.
Es muy inclinado a las muchachas
bonitas a pesar de vivir de la iglesia
rezando y confesándose; pero en
materia de amores sempiternamente
se merienda buenas calabazas,
porque las mujeres quieren siempre
a los seres que no sean ridículos,
pero rara vez a los sacristanes.
Y verdad sea dicha; no hay cosa más
ridícula e insípida que un viejo o un
sacristán enamorado: ordinariamente se
la pasa gimiéndole y llorándole a su
amada y echándole villancicos por vía
de requiebros, mientras que ella se ríe a
carcajadas en las barbas detales
Cupidos.
Los sacristanes siempre sobrepasan en
el amor a las mujeres y esta es la causa
porqué éstas, quedándole atrás, los
aborrecen y se burlan de ellos.
El que quiera ser amado más de lo que
él ama debe ser precavido y no
manifestar toda su pasión.
El otro día decía Inés, la ventera de junto
a la Iglesia: - ¡Que dijera la gente si yo
quisiera a Marucho Cacorro!... ¡En esto
que me llamaban la Marucha!... ¡Puf!...
Los sacristanes huelen a aceite de
lámpara y a cebo; comen como unos
buitres y no dejan dormir por estar
levantándose cada rato a darle a las
campanas, o alguna confesión o
administración!

¡Que ridícula es la vida


Del infeliz sacristán!
¡A la campana prendido
Y siempre talan, talan!

Si en amores es desgraciado Marucho


Cacorro, no lo es menos en los negocios,
porque no es mucha la plata que suele
cargar y su crédito no es tal que lo
abone; y como el cura jamás fía a su
sacristán, acaso porque se conocen
demasiado, el infeliz tiene que vivir
como Dios fuere servido, es decir, hecho
un pobre diablo, un triste majadero.
En el lugar no es ocupado ni para tacos,
pues se le juzga tan inútil y tan vil, que
su personalidad ha pasado a ser ridículo
termino de comparación cuando se trata
de apocar a alguien: “ese es más
zoquete que el sacristán” dicen las
gentes.
Es una positiva desgracia ser tan
majadero así. Hay majaderos que saben
ocultar algo de su majadería y por eso
no les va tan mal.
He visto bobos en las Asambleas y en
los Congresos, que con solo no hablar y
fingir viveza, han pasado discretos,
perspicaces y profundos sabios y
logrado grandes distinciones.
Hoy hay algunos cacorros con el título
de Generales quienes, por solo por la
gracia de dragonear de valientes, han
sido elevados a tal dignidad.
El que es tonto y deja ver toda su
tontería, está perdido: es víctima hasta
de las moscas que le entran por la boca
y las narices.

Por eso Marucho Cacorro que ha tenido


el talento de evidenciarse como
majadero es el tema cotidiano de todos
los desocupados del lugar, y por ende el
de este se afectísimo servidor.
“MARUCHO CACORRO”
ILUSTRACIONES RECREADAS POR EL ARTISTA
JAIRO REGALADO
Proyecto ganador investigación en patrimonio cultural
Programa municipal de estímulos

Más información en:

http://jischanahuitaca.com/