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LEVADURA EN LA MASA

«Yo he nacido pueblo.» ¿Podía


acaso traicionar a este pueblo? ¿Có­
mo iba a abandonar lo que de él
recibí: una manera de vivir extre­
madamente simple?... Sé que lo que
para mí es lujo, para otros que re­
cibieron una superior educación for­
ma parte de lo estrictamente con­
veniente. Pero yo juzgo las cosas
con mi temperamento pueblo.
Salido de la entraña del pueblo
campesino, Godin consagró su vida
a ese otro pueblo desheredado que
trabaja y lucha en los suburbios de
las grandes ciudades industriales.
La fe en Cristo y la confianza en
el pueblo fueron los polos de su vi­
da. Algún día habrá que recoger to­
dos estos homenajes a Cristo del
proletariado pagano que le busca.
Creo y estoy convencido por toda
suerte de intuiciones, y a pesar de
todos los cuadros negros que pueden
trazarse, que el cristianismo puede
ocupar el primer puesto entre tas
místicas capaces de arrastrar a la
generación que sube. Pero hay que
llegar a presentarlo como lo presen­
taba San Pablo a los proletarios de
su tiempo.
La vida de Godin, tan corta, pasó
como un rayo de esperanza por los
barrios obreros de París.
L evadura en i .a constituye
m asa

una muestra del gran estilo evangé­


lico de su quehacer misionero. Escri­
to premiosamente durante las no­
ches o en breves pausas de su in­
tensa labor, recoge gran parte de la
doctrina que iba sembrando en reu­
niones jocistas, en retiros, en innu­
merables contactos personales. En
él queda inscrita su alma grande de
hombre, de poeta, de místico.
Todo lo humano encontró reso­
nancia en el espíritu de Godin. El
sacerdote que quiera celebrar bien
la Misa, ha de concentrar en sí m is­
mo toda la miseria de la humani­
dad. Todo lo que es indigencia, as­
piración, esperanza. Sacerdote de la
humanidad que la abarque profun­
damente.
Al presentar esta edición española
del más importante de los libros de
Godin, nos anima la ilusión de que
el maravilloso efecto de su palabra
en el alma popular francesa ha de
repetirse de alguna manera en Es­
paña y Latinoamérica. Porque él, en
la casa del Padre, sigue trabajando
apasionadamente por la salvación
en Cristo del pueblo.
H. GODIN

LEVADURA
E N LA M A S A

Manual de Vida Cristiana


para nuestros días

El reino de los cielos es semejante


a la levadura que tomó una mujer y la
mezcló en tres medidas de harina hasta
que la masa quedó fermentada.
M at . 13, 33

EDICIONBfeMlCÖ^TERRA
Apartado 1449
BARCELONA
presentación de la edición francesa

Usted, querido amigo, me ha pedido unas palabras


de presentación para su libro.
Lo ha hecho, sin duda, pensando en mí como ami­
go. Se lo agradezco de corazón. Nuestra amistad data
de mucho tiempo y los años, si bien nos han separado
físicamente, han hecho más fuerte nuestra amistad y han
svidenciado, cada vez más claramente, la convergencia
de nuestras almas y de nuestras vidas.
No creo equivocarme si añado que me lo ha pedido
también como filósofo. No en el sentido de un compila­
dor de teorías complicadas, sino en el de alguien que tra­
ta de reflexionar sobre la vida... que esto es, en defini­
tiva filosofar.
Pues bien. Yo he reflexionado sobre la vida que su
libro pone de manifiesto. Porque un libro de usted nun­
ca es un conjunto de ideas abstractas, sino, como suele
decirse, «un pedazo de vida».
Leyéndolo me acordaba —era una reacción espon­
tánea— , del título de otro libro moderno: «La conver­
sión a lo humano», de Guehenno.
Realmente existe en el mundo moderno, sobre todo
entre los jóvenes, una firme voluntad de conversión a
lo humano. Estamos hartos de sistemas, de ideas pre­
fabricadas, de construcciones ficticias, de análisis que
dan vueltas sobre sí mismos o se pierden en abismos
sin fondo.
Se nota en esa hora que vivimos una «revolución de
la vida». Ese es quizás el signo más evidente de que se
anuncia en el mundo un nuevo Renacimiento.
10 H. G O D I N

Si, pues, se prepara un nuevo Renacimiento, hay


que evitar el error del siglo xvi, cuando, a pesar de al­
gún ensayo torpe, prematuramente interrumpido, deja­
mos que el Renacimiento se formara fuera de la Iglesia
y, finalmente, contra la Iglesia. Tuvimos, de un lado, un
sobrenaturalismo desarraigado que se agostó en prácti­
cas piadosas, en estéril casuística y en defensas diviso-
ras y, del otro, lo «natural» separado, que se tornó laico,
pagano, y acabó en podredumbre. La encíclica Summum
Pontificates nos pinta, en sus primeras páginas, el cua­
dro de esa lamentable evolución.
Es preciso que el nuevo «retorno a lo humano» se
haga con el concurso de la Iglesia. Ese «humano» así
redescubierto y sobrenaturalizado por ella se establece­
rá en Jesucristo y podrá, por el Mediador universal, lle­
gar al Padre, en Quien todas las cosas tienen «el ser, la
vida y el movimiento».
Por eso me ha gustado tanto encontrar en su libro
un esfuerzo constante por introducir la levadura del cris­
tianismo en el hombre del siglo veinte.
Bien sabía usted que para lograrlo no había que re­
parar en descender a los más mínimos detalles de la vida
moderna, evitando cuidadosamente toda apariencia di­
dáctica y echando mano, con absoluta libertad, de todos
los géneros literarios: un intercambio de cartas, una
fábula, una comparación, la descripción de un paisaje,
una experiencia vivida y sobre todo esas magníficas fo­
tografías que tanto dicen a la imaginación y al senti­
miento.
Nos anuncia otros libros como ése. Muy bien. Es ne­
cesario andar mucho en ese sentido para que el mundo
actual, sobre todo la juventud que sube, llegue a estar
bien persuadido de la verdad profunda de esa sentencia
de Doncoeur: «Todo lo humano es nuestro».
Lo humano y lo divino se unen en Jesucristo, el Ver­
bo encarnado que vive en nosotros, miembros del Cristo
LEVADURA EN LA MASA 11

Místico. Nuestra gran desgracia es haber dejado sepa­


rar lo que Dios había unido.
Reaccionando contra ese error, la prensa católica,
con toda la literatura que suscita, ha prestado un enor­
me servicio. Ha demostrado, no con discusiones sino so­
bre la marcha, que todo lo humano, lejos de ser extra­
ño al cristianismo, encuentra en él su equilibrio y su
perfección. «Gratia non tollit naturam sed perficit».
Cuando esa verdad se imponga al mundo moderno
se cumplirá, pero para provecho nuestro, la profecía de
Guehenno: «en definitiva la victoria será del más hu­
mano». De acuerdo. Si practicamos un cristianismo au­
téntico, real, profundo, seremos nosotros quienes obten­
dremos, en definitiva, la victoria.

Canónigo,
P ie r r e T i b e r g h i e n ,
Profesor de la Facultad Católica de Lille
Hemos sustituido los poemas franceses de
la edición original por poemas españoles
equivalentes, para que la voz de la poema
— que el autor sabiamente llamó en su auxi­
lio— sonara más limpia y directa que en su
traducción. Sólo queda advertir que , lo m is­
mo que sucedía en la edición original, no to­
dos los poetas incluidos han sido o son cató­
licos practicantes. Pero la voz que nos llega
es cristiana y sería una locura hacerla callar
si viene alabando a Dios. No nos toca juzgar
a los hombres, sino recoger sus frutos.
Padre nuestro
que estás en los Cielos

¡Amigo! Si quieres vivir plenamente tu juventud y


no pasarla adormitado:
— No la dediques al egoísmo porque éste te cerraría
a ti mismo y no desarrollaría tu espíritu; ni a una
pasioncilla mezquina que no te dejaría respirar; ni
a ese afán mundano por aburguesarse, por ser como
«la gente bien» que haría de ti, a tus veinte años,
un viejo.
— No la conduzcan por falsos derroteos que llevan a
a la burla del amor, al abuso de la libertad, a la
intriga política...
Porque tú estás llamado a vivir plenamente el amor
verdadero, la auténtica libertad, y a trabajar ge­
nerosamente por el bien de tu país.
— No consagres tu juventud a un ideal incompleto, £
una mística que, al pronto, te parece profunda y
que pasa, tal vez, produciendo un gran revuelo en
tu juventud, pero que deja tu vida sin sentido, sin
resorte.
Tienes un alma demasiado grande para que te que­
des satisfecho con el aire puro y alegre del camping,
con muelles canciones amorosas, con el gusto con­
fortante del deporte o de los viajes, con el apasiona­
miento y los aplausos de los grandes partidos.
n H GODIN
.

— No la entregues a una mística falsa capaz tan sólo


de llevarte a un aburguesamiento egoísta o de abo­
carte al drama de un alma siempre insatisfecha. No
quieras tener parte con los que conducen el mundo
a su perdición.
E n t r e g a t u j u v e n t u d a C r i s t o . E l cristianismo
es una mística. La más fuerte, la más dinámica de to­
das. La única capaz de llenar tu alma y de despertar
toda su capacidad de acción y de felicidad; la única,
en fin, que puede salvar al mundo.
Este libro quiere demostrarte, amigo que crees en
Cristo y has entregado a Él tu vida, que la Religión
Cristiana es un ideal, una mística plenamente integral,
EL VERDADERO MEDIO PARA VIVIR INTENSAMENTE...
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16 H. G O D i N

Dios es mi padre
el colegial y lo montaña
%
Cuando hago mis oraciones le digo a Dios: «Padre
nuestro que estáis en los Cielos...» y pienso, entonces,
que, en cierta manera, Dios es efectivamente mi Padre.
No tanto como lo es mi padre de la tierra, pero algo
parecido...
En eso me asemejo al colegial que ha contemplado
durante cuatro años un cuadro del Montblanch, que
pende de una pared de su clase. Un día tiene ocasión de
efectuar una excursión a la famosa montaña y, al lle­
gar a Chamonix y contemplar la inmensa capa de nieve
y de hielo, exclama candorosamente: «Fíjate qué bien
imitado. ¡Se parece en todo al Montblanch del colegio!».
Nuestro padre de la tierra lo es solamente un poco,
un poquito, al lado de Dios. Es un pálido reflejo que
nos da una pequeña idea de nuestro Padre que está
en los cielos. Dios es mil veces más padre que cualquier
padre de este mundo. Es el Sol, mientras que los pa­
dres de ia tierra vienen a ser los mil pequeños soles
que los niños jugando, reflejan en sus espejillos. Su
resplandor es capaz de deslumbrar a los transeúntes,
pero no es más que un pálido reflejo del sol.

soy mm idea de Dios

Erase una vez una joven estudiante de dieciséis años.


Tenía una larga cabellera rubia y unos ojos grandes que
miraban al infinito con aire sentimental. Soñaba... So­
LEVADURA EN LA MASA 17

ñaba en poseer un maravilloso castillo en Escocia con


altas torres, un salón dorado y frondosos parques en
derredor...
Cuando era hora de tomar los libros dejaba su cas­
tillo en Escocia, pero en cuanto tenia un minuto libre
volvía a él con el pensamiento y sin cesar lo embellecía.
Era como si viviese en él. Repasaba, en sus sueños, has­
ta los menores detalles. Lo tenía de continuo presente
en su imaginación y se lamentaba de no tener la fortu­
na de poseerlo.
Así nos piensa Dios nuestro Señor. Pero él es Omni­
potente y su pensamiento no queda en vaguedades, en
sueños con qué entretener la imaginación cuando no hay
nada mejor que hacer.
Dios cuando piensa una cosa la crea. Sólo lo que £1
piensa existe. El mundo es la suma de los pensamientos
de Dios.
Y es natural. Los hijos de un espíritu puro no podían
ser otra cosa que «un pensamiento». Somos, por tanto,
los pensamientos de Dios r e a l i z a d o s .
Como una frágil barquilla abandonada al mar, somos
llevados por nuestro Padre al cielo. Somos algo de £1
mismo. De ahí la gran locura que representa querer pres­
cindir de £21...

yo soy un pensamiento de Dios


los hojas del árbol
Dios me va creando a cada instante y, si durante un
segundo dejara de pensarme, yo dejaría de existir. Yo
no he sido creado de una vez para siempre; nuestro Pa­
dre me va creando a cada minuto. Tengo yo mucha más
necesidad de £1 que el pequeño ser, que todavía en el
seno materno, tiene necesidad de su madre, por cuyo
medio vive.
2
18 ti. G O D I N

S oy un plan de d io s . — Preguntad a una mujer


encinta, si el pequeño que en ella se desarrolla será mo­
reno o rubio. Os contestará sonriendo:
—Lo siento, pero ni siquiera sé si será niño o niña.
Y no obstante la madre está tranquila; en ella se va
formando un niño bien configurado con un cuerpo más
perfecto que la más complicada de las máquinas. En él
existe un plan que ni el padre ni la madre han estable­
cido. ¿Quién lo estableció? Es la idea de Dios, el plan
de Dios qut se está realizando en sus menores detalles
en favor de este pequeño ser, según las leyes de la he­
rencia y muchas otras... Pero estas leyes pasivas, orgá­
nicas no bastan; existe además un plan viviente que se
está realizando sin que nadie, acá abajo tome parte en él.
Tal cual soy en este momento, yo no estoy del todo
acabado y sigo desarrollándome. Es Dios quién me sigue
creando* mediante mis actos y los actos de los demás
hombres y esto según un plan que Él ve con sólo una
mirada pero que no cabría en todos los archivos del
mundo.
S oy u n a o br a m a e s t r a d e D i o s . — Dios va perfec­
cionando continuamente sus criaturas con un cuidado ex­
tremo. No hay dos hojas de árbol iguales y cada una de
ellas tiene su propia belleza; belleza adusta y belleza esbel­
ta, de forma o de color, o de suavidad aterciopelada. Esto
es así para cada hoja de árbol, y más todavía para cada
saltamontes, para cada órgano de nuestro cuerpo, para
cada rostro y, sobre todo, para cada alma.
Nuestro Padre es un artista maravilloso que nunca
se «repite» y ve todo su ser en la más pequeña hierba.
¡Qué diremos, pues, de lo que obra en mi alma!
Soy una obra maestra de Dios, una espléndida obra
maestra.
lo esperanzo
Veamos una página del magnífico libro del P. Des-
buquois L ’espérame:

Tu vida tiene una finalidad, no solamente un fin último que


alcanzarás al término de tu paso en la tierra.
Tu vida tiene un objeto constante que es el misino en cada
momento, un objetivo que debes alcanzar:
Amar al Señor tu Dios y hallar en este amor tu felicidad
suprema.
Tienes que grabar en tu mente esta suprema y única ley de
tu vida- Saboréala y vívela constantemente. Ella sola basta para
resolver todos los problemas y poner todo en orden, en un ambiente
de luz y de paz.
Por mi parte yo trabaje sin cesar para crear en tu alma este
amor del tu Dios. Este es mi único designio, que realizo en la medida
en que tú correspondes a mi acción.
Esta acción mía te la voy a revelar.
Su objeto es hacer manar una fuente de esperanza.
Escucha a Dios nuestro Padre.
Dice Él: Te he creado débil, pequeño, imperfecto y por esto»
de ti mismo, tú no eres absolutamente nada.
Tú no te perteneces. Eres cosa de Dios; a cada momento.
Yo te marco con mi huella imborrable do Creador.
Cuán vano es querer escapar a mi omnipotencia.
Sienupre estoy presente. Siempre estoy buscando instalarme en
tu vida.
20 H . GODIN

No te encabrites contra esta primerísima realidad que llega


a lo más hondo de tu alma y pon freno a tu orgullo.
Siendo así las cosas, hijo mío, tienes que comprender que todo
lo que vosotros, los hombres, hacéis en mí , . o incluso contra mí,
como la guerra por ejemplo, no cambia nada mis fines» ni los en­
torpece, puesto que a pesar de vuestros pecados, Yo siempre me las
compondré para que puedas amar al Señor tu Dios y hallar en este
amor la verdadera felicidad.
Os dejo trastornar la tierra porque os he creado libres y la
libertad es lo mejor de todo cuanto tenéis* es lo que os da la posi­
bilidad de amarme, pero también porque mi bondad es más fuerte,
inmensamente más fuerte que todos vuestros pecados y que todos los
pecados del mundo entero; ni los pecados de los demás ni los tuyos
propios pueden impedir que Yo sea un buen Padre que se inclina
sobre tu alma y que. en di estado de desorden o sufrimiento en que
tus pecados la han sumergido, se esfuerza piara que rínda todavía
más.
Vuestros pecados son como el primer pecado; me sirvo de ellos,
si lo permitís, para crear cosas mejores. Os había creado en un es­
tado admirable. Después del pecado os he restablecido en un estado
más admirable todavía.
¡ Qué real, qué completo, qué distanciado el mundo!
soy un sueño del amor de Dios

uno ¡unto ol otro

Dios no es coleccionista que amontona obras para


adornar su creación. Ni tampoco crea estas obras para
asombrar a sus ángeles.
Dios no es un Creador por el gusto de crear; Dios
es Padre.
Si ha querido crear es para poder tener seres a quienes
amar; si pone tanto cuidado en cada una de las cosas
que existen aquí abajo es porque ama a los hombres y
todo cuanto ha creado es para ellos.
Dios ha hecho el cielo inmenso y la tierra para que
fueran una morada buena y hermosa para sus hijos. Du­
rante millones de años Dios ha trabajado nuestra tierra
por medio de los cataclismos geológicos con el fin de
preparar un nido para sus hijos, como la madre que bor­
da con amor los justillos para su niño que va a nacer
o la esposa que prepara el hogar porque su marido vuel­
ve de un viaje.
Si Dios ha hecho las flores, las hojas, los pájaros y
todas las demás cosas, es con la intención de que sus
hijos puedan admirarlas, gozar y servirse de ellas. Y
¡qué cuidado ha puesto en la creación de sus hijos!
Si no existen dos caras iguales, tampoco existen dos
almas idénticas, ni dos sentimientos de alma (ante un
mismo hecho) absolutamente iguales.
Dios quiere tanto a sus hijos, que jamás ha creado
dos idénticos.
n H. G O D I N '

Como que está guiado por un gran amor, pone cuan­


ta belleza, grandeza y bondad puede en la obra maestra
que está creando, pero teniendo en cuenta con un res­
peto infinito los actos libres de los hombres que son
padre y madre con Él y colaboradores a su "Servicio.
A fin de cuentas, yo me amo tal como soy y tengo
razón puesto que Dios me ama también así y desde toda
la eternidad ha pensado en mí y me ha dado las posibi­
lidades que actualmente poseo. En este aspecto podemos
compararnos con la Virgen Santísima. Jesús quería una
madre perfecta, infinitamente capaz de amarlo y, al crear­
la, la hizo siguiendo sus deseos (véase la epístola del
día de la Inmaculada).
También a nosotros. Dios nos ha soñado mucho tiem­
po antes de creamos, desde toda su eternidad.
Y si dos jóvenes un día, en el campo, ante un arro­
yo claro deciden fundar un hogar; si algún tiempo des­
pués realizan un primer esbozo de este hermoso sueño
ie amor, es que nuestro Padre celestial lo ha querido
antes que ellos, se ha alegrado por adelantado de este
idilio y ha deseado antes que ellos su feliz realización.
S oy u n S u e ñ o d e am o r d e Dios, m i P a d r e . — Oh,
sí, Él es mil veces más Padre que mi padre de la tierra
fuño de sus muchos colaboradores) porque Dios me da
la vida. Yo soy alguien de Él, su pensamiento y el fru­
to de su amor...
¿Por qué pues, me da vergüenza hablarle de mis di­
ficultades? Él me conoce mejor que yo mismo.
¿Por qué lo considero un poco como un extraño en
mi vida?
¿Por qué no procuro ser con Él tan sencillo, afec­
tuoso y confiado como un niño?
LEVADURA EN LA MASA 23

el orden del mundo


una máquina inmensa

La hoja de un árbol es un mecanismo muy compli­


cado y hay miles de hojas en un árbol, y millones de ár­
boles en la tierra; y así, tantas y tantas otras cosas...
El cielo con sus millares de estrellas, dando vueltas
unas en torno a las otras, lanzadas en grupos, siguien­
do elipses inconmensurables a la velocidad de un obús;
y, con todo, lo que nosotros vemos no es más que una
ínfima parte de todo lo que existe... La luz corre a tres­
cientos mil kilómetros por segundo y la claridad de cier­
tas estrellas que empezamos a ver ahora, salió de ellas
a esa velocidad hace varias centenas de miles de años...
Y el alma de un joven, un alma enriquecida con la
aportación de cien generaciones, sometida a todas las
influencias que se ejercen sobre ella, con sus deseos, sus
ambiciones, sus recuerdos, su pasado; un alma que no
ve de sí misma más que una pequeña parte iluminada,
de igual modo que cuando con una pila alumbramos un
monumento, no podemos contemplar sino una pequeña
parte del mismo; esta alma ¿no es mucho más profun­
da que los cielos y más complicada que el mundo ma­
terial ?
En ella encontramos abismos de sufrimiento y pro­
fundidades de amor que todos los mundos no bastarían
para llenar.
La tierra — con las plantas y los animales, con los
hombres y sus máquinas, con su pasado, sus deseos, sus
pasiones todas— es como una mecánica inmensa, infi­
nitamente complicada, infinitamente perfeccionada, con­
cebida según unos planes particulares derivados de un
n H. G O D I N

inmenso plan conjunto: el plan de Dios para la más be­


lla armonía.
Esta complicación del mundo total, del mundo de las
almas también, es infinitamente más grande que la del
cielo, donde cada una de las estrellas sigue su camino
a una velocidad formidable, sin chocar nunca, sin tener
necesidad de evitarlo mediante un brusco cambio de di­
rección.. Pero ¡cuán importante es que reine un orden
en el mundo!
Si alguien trastornara este orden maravilloso ¿qué
sucedería? Si un hombre atraviesa la vía por donde pasa
un expreso, la máquina no se parará y este hombre que­
dará triturado. Pero ¿qué ocurriría a los viajeros, Dios
mío, si este hombre causara el descarrilamiento del ex­
preso?
SOLO A TI TE LO DIGO

jQué horizontes más claros! ¡Qué horas de sol! ¡Qué Piedras


de cuarzo! ¡Qué retamas! ¡Qué perfiles de espigas!
¡Qué hormigas! ¡Qué sendero, poco a poco, tan tierno!
¡Qué ternura de campo! ¡Qué ilusión de perdices!
¡Qué luz vuelvo a decir! Vuelvo a decir: ¡qué olivos
junto a la tapia baja del mementerio!
Y todo
lo que digo, Señor, sólo a Ti te lo digo,
pues sólo a Ti te importa (y a mí, que estoy sufriendo
por ello: su quietud de minutos perdidos).

¡Qué ramitas! ¡Qué sombras! ¡Qué movimiento y ritmo


repetido! ¡Qué urraca (su colita, saltando)!
¡Qué surcos, qué «cebada de ratón», qué manojos
de hierba berruguera, qué «anteojos de Santa
Lucía», qué penachos amarillos de ruda!

Sólo a Ti te lo digo (qué pulso, qué aisladas


escabiosas, sufriendo de no estar en las curvas
estrechas del sendero, sufriendo de sequía,
de hierba polvorienta, de grietas... (Y la charca
de renacuajos grises, de humedad escondida).
¡Qué aire seco! ¡Qué altura diáfana! ¡Cuántas hojas
de sauces y negrillos! ¡Qué penetrante y dulce
cada espino! ¡Qué aparte y qué distinta
cada hora en la tarde!
(Sólo a Ti te lo digo)

Luis F e l ip e V iv a n c o
El descampado
la libertad

el cabrito, el buey y el hombre


En el cielo nunca hay «trompazos». En nuestras ca­
rreteras, en cambio, hay accidentes con frecuencia. En
el mundo que ¡os hombres dirigen, los «trompazos» son
—por desgracia— frecuentes.
El cabrito caprichoso que pace entre los arbustos del
camino, el buey enorme y tranquilo que arrastra la pe­
sada carreta y parece arrastrar pensamientos más pe­
sados todavía, la estrella polar que cada noche aparece
en el cielo y la mar furiosa que, en su flujo y reflujo,
se para siempre sobre los mismos guijarros, todas estas
criaturas siguen perfectamente el plan que Dios les ha
trazado: en esto no tienen mérito alguno porque no pue­
den hacer otra cosa, no escogen la actividad que desa­
rrollan, pues no son libres.
Dios ha querido algo mejor para el hombre, su hijo
a quien tanto ama: ha querido que el hombre pudiera
ofrecerle libremente este canto de sumisión que surge
de todas las criaturas.
Sobre todo, JUios ha querido que el hombre pueda
conocerle y amarle, y para ello era necesario que lo
creara libre.
*

Libres son aquéllos que deben tratar de descubrir


el plan de Dios y escoger los mejores medios para
realizarlo.
LEVADURA EN LA MASA 27

Claro está que la cosa no es fácil, pero es extraor­


dinariamente hermosa. Se puede querer a un animal,
a un perro, porque parece como si éste obrara para dar­
nos gusto. Pero no podemos amarlos como se ama a
aquél o a aquélla que Dios ha puesto frente a nosotros
para que, juntos, emprendamos el camino de la vida y
a quien nos daremos total y libremente con toda la fuer­
za de que es capaz nuestro corazón.
Para poder amarnos, Dios nos ha creado libres por­
que sólo se puede amar de verdad a aquel que es capaz
de responder al amor. Nuestra manera de amar al Pa­
dre del cielo consiste en buscar su plan sobre nosotros
y querer realizarlo efectivamente, cueste lo que cueste.

Al crear al hombre, nuestro Padre se propuso hacer


la más perfecta de sus obras maestras. Los ángeles son
puros espíritus; el hombre, en cambio, es una mezcla
de materia y de espíritu. En él la materia no está do­
tada de libertad y sigue sus leyes materiales. Pero su
alma racional, inmortal, libre, creada por Dios a su ima­
gen para amarle y servirle debe dar impulso, gobernar,
dominar el hombre entero y por lo tanto hacerle libre.
Desde la caída de nuestros primeros padres, Adán y
Eva, la naturaleza humana ha perdido su equilibrio. El
alma encuentra muchas dificultades para llegar a do­
minar al cuerpo que se subleva.
Nuestra libertad es fruto de una continua conquis­
ta, en una guerra sin tregua ni perdón. Nuestra inesta­
bilidad nos hace cometer yerros e incluso pecar contra
nuestro Padre. Por suerte Él conoce nuestra debilidad
y nos perdona fácilmente, con tal de que, como el niño
que se cae, nos levantemos en seguida, le besemos cari­
ñosamente y reemprendamos el camino. El camino del
28 H> G O D I N

hombre, acá en la tierra, no es como la elipse magní­


ficamente regular del astro que asciende por el cielo. Su
caminar se parece más bien al de una carreta que tra­
quetea describiendo eses por una cuesta llena de piedras.
El camino es difícil, pero, con todo, la carreta avanza y
si el arriero es enérgico y paciente, acaba por llegar a
término.
¿por qué permite Dios el sufrimiento?
Yo he creado los hombres a mi imagen, dice Dios.
Con nna inteligencia, para que conozcan el bien y
el mal, lo bueno y lo malo.
Con un corazón para que puedan amarse y ser felices.
Yo, dice el Señor, obro sólo por amor.
Y ellos no pueden hacer tampoco nada grande sin
amor...
Bien lo sé yo, puesto que los he creado así... a mi
imagen.
He organizado el mundo en que los he puesto, para
que formen una vasta comunidad, que sean solidarios
los unos de los otros.
Cuando ellos construyen una máquina perfeccionada
le añaden siempre unas «instrucciones para su u s o por­
que si se utiliza mal la máquina puede causar accidentes.
Si ellos obran así, dice el Señor, es porque están crea­
dos a mi Imagen ya que ésa es también mi manera de
obrar.
Yo he hecho del mundo una máquina maravillosa,
donde todo es solidario.
Les he dado las «instrucciones para su uso»: mis
mandamientos. Porque todos se resumen en un solo: ser
solidarios con los demás, amar.
Para enseñarles a amarse, mi Hijo, mi Hijo único...
bajó a la tierra.
Lo crucifijaron y se dejó martirizar para enseñarles
a amarse.
so H. G O D I N

¿Qué más podía hacer?


Mi Hijo fundó una sociedad, la Iglesia, para que loa
hombres puedan obrar según se espíritu, para que se
amen, entre hombres, entre familias, entre clases, entre
naciones.
He conseguido (y no es nada fácil tratándose de
ellos) que, durante algunos períodos de la historia, hu­
biera paz, trabajo, solidaridad y bienestar para que se
dieran cuenta de cuán bien podrían estar.
He ayudado especialmente a mis santos para que
les mostraran sin posibilidad de discursión que la Feli­
cidad se halla en la verdadera solidaridad.
Así, se han visto obligados a admitir que la felicidad
radica en el amor mutuo.
He escogido un representante en la tierra, el Papa,
que les repite continuamente, en todas sus innumerables
encíclicas y discursos, que no se puede ser feliz si cada
uno mira de satisfacer ante todo su egoísmo.
Y, a pesar de todo, desde hace siglos, los hombres
van diciendo «cada uno para sí...».
Y han vivido de acuerdo con este proverbio.
Resultado: Luchas, Crisis, Guerras, Sufrimientos,
Muerte.

Hay para echarlo a rodar, dice el Señor.


No sé que hac<¿r con ellos...
Ya sé que son mis hijos...
Y como hijos los quiero, claro está.
Y yo soy su Padre, su buen Padre. Y me hacen eso...
¡Cómo sufren... pobres hijos! Se hacen la guerra
entre ellos; se ocupan sólo de sus asuntos, sin preocu­
parse de los que sufren a su lado.
«Cada uno para sí...» dicen ellos, mientras que Yo
he hecho un mundo que marcha bien cuando la gente
dice: «Cada uno para todos».
LEVADURA EN LA MASA SI

¿Valía la pena que les enviara mi Hijo a que me lo


crucificaran para enseñarles a amarse,
para que luego me echen la culpa de las crisis, del
paro, de la guerra, de todos los males?
Ellos dicen: Si Dios existiera no habría tantos males,
tantas desgracias...
Eso pasa de raya, dice el Señor, eso sí que pasa de
raya.
Cuando sus chicos se pelean, no se les ocurre decir:
Yo, su Padre, no existo.
Lo que dicen es: «Esos chicos son unos granujas».
Cuando dicen eso, son inteligentes.
Pero cuando hablan del sufrimiento del paro y de la
guerra, olvidan toda cordura.
Hace años que van acumulando egoísmos y paganis­
mo, como si acumularan pólvora cerca de un gran fuego
y luego se extrañan si un buen día todo salta por los
aires.
Cada cual se preocupa únicamente de poseer lo más
posible, sin mirar lo que queda para el vecino.
Son como unos crios mal educados cuando comen
juntos: los más fuertes se hartan y los demás se que­
dan con las ganas.
La cosa, claro está, acaba a puñetazos:
en estas condiciones, la cosa no debe extrañar a
nadie.
!Qué más hubiera podido hacer Yo, dice el Señor,
para evitar la guerra o el sufrimiento?
¿Castigar con un rayo
a los que siembran odio y mentira?
Ah, esto no, dice el Señor. Yo tengo otros métodos,
esto no es educativo.
¡Y cuantísimos tendría que suprimir!
Habría más muertos que en las guerras.
Además, esto equivaldría a privarles de libertad, ya
no serían libres.
H. G O D I N

Serían como bestias y los mismos que ahora se que­


jan de mí, protestarían entonces contra la dictadura.
Yo he creado a mis hijos libres y en eso se me parecen.
Retirarles la libertad sería como suprimir los hom­
bres de la tierra.
Más de una vez, lleno de indignación, dice el Señor,
he concebido este proyecto;
pero son mis hijos, mis pobres pequeños.
Tengo la esperanza de que acabarán por entenderlo.
Tengo confianza en los jóvenes, dice el Señor.
Cuando quise salvar al mundo, envié a mi Hijo a
la tierra.
Él continúa siendo el Jefe de todos los hombres, so­
bre todo de los jóvenes.
Y, con ellos, va a restablecer todas estas cosas.
Entre tanto, procuro arreglármelas para que de la
guerra que se hacen, a pesar mío, puedan sacar por lo
menos algo de bueno para la otra vida.
*

Porque tu vida de ahora es, después de todo, como


un juego de chiquillos
La vida verdadera es la que se vive aquí en casa,
en la casa solariega del Cielo.
Los que lo desean, pueden pues servirse de la guerra
que se hacen, a pesar mío, y de todos los sufrimientos
que a pesar mío existen, para ser un día más felices eter­
namente aquí en el Cielo.
Porque no pueden olvidar que habrá que ajustar
cuentas.
Son mis hijos, mis pobres chiquillos. Yo soy su Padre.
Pero por esto, precisamente, veo y siento los sufri­
mientos de los obreros parados, de las vidas destrozadas,
de las víctimas del odio, de los hogares deshechos...
Y, vamos, quiero que todo esto cambie.
LEVADURA EN LA MA8A 33

Esto no puede durar así.


¡No! Tienen que comprender bien una cosa:
Que no deben acusarme de lo que es culpa suya.
(Esto es muy fácil... Así las responsabilidades des­
aparecen).
Sino que, al contrario, deben reparar sus yerros y
sus crímenes.
Y para obtener esto,
dice el Señor:
Estoy dispuesto a ayudarles.
EL SANTO

Él no sabía orar o sólo: «Dios


mío». Ni ella.
o sólo: «Señor, Señor...» cuando el hombre partía
á la mañana igual,
del ordenado lecho
«Señor...»
Él iba, como todos,
hacia las lentas horas.
el sabido papel,
el timbre urgente, ...
la decisión de alguien superior
que movía los hilos
de la secreta trama.
Respondía
correctamente. Estaba
firme en su puesto.

Si alguien
deslizaba en su oído una palabra,
«libertad», por ejemplo, sonreía.
El no sabía nada.
No soñaba entre horas,
Aguardaba; medía
la longitud del día
por la espera del encendido hogar.
«Señor...»
Volvía entre las gentes
y pálido y humildemente
con su traje raído
él mismo.
Nada
parecía cambiar.
LEVADURA EN LA MASA

La mesa, el pan, ¿qué era


el pan de cada día?
Él no sabía orar o sólo:
«Señor, el pan...»
La vida ena una caliente
emanación. El cabeceo
suave de los hijos
en las horas del sueño,
la voz de la mujer:
«Señor, Señor...»
Los papeles,
el timbre,
la decisión mayor
de alguien
que movía los hilos
de la secreta trama.
Murió un atardecer,
todo un atardecer. (La voz: «¡Señor...!)
Fue el único
acto impuntual de su existencia,
demorada por una
larguísima mirada
de amor a todo lo que abandonaba.

J o sé A n g e l V a l e n t e
A modo de esperanzo
el desorden en el mundo
el bono Bessemer
Ahí tenemos algo colosal: la fundición de acero.
El horno Bessemer está a la derecha, a media altura.
Pendido de una vía enorme montada en el aire, un reci­
piente de varias toneladas avanza y se para de repente;
el homo Bessemer se balancea y se llena este recipiente
hasta el borde. De pronto, el recipiente, centelleante como
el sol, se pone en marcha bajo la vía y va a llenar los
moldes de arena; se acerca a uno, se para, lo llena hasta
el borde y al instante se dirige al molde siguiente. Una
treintena de hombres miran, dan a los conmutadores,
accionan palancas o se pasean tranquilos entre los mol­
des incandescentes.
La máquina está bien construida, el ingeniero la ga­
rantizó, a condición de que se observe escrupulosamente
las instrucciones precisas que se dio. Si, por pereza, por
negligencia o por ignorancia, los obreros toman la cos­
tumbre de 110 seguirlas, si cada cual hace «lo más fácil»,
vendrán los accidentes, la máquina sufrirá, se descom­
pondrá y podrá herir, incluso matar, a los hombres que
la utilizan.
Así, pues, cuando más complicada es una máquina,
más delicada es, y más importa seguir perfectamente
las instrucciones del constructor.
El mundo es este organismo complicado. El uso que
debemos hacer está grabado en nosotros mismos y fi­
jado en la ley por su Creador.
Si desobedecemos esta tabla de instrucciones, ofen-
LEVADURA EN LA MASA 37

demos al artista, al ingeniero, echamos a perder su obra.


Pero, además, impedimos que la máquina funcione bien,
y por ello resulta el sufrimiento.
El sufrimiento es el orden «alterado» del mundo
que se venga. El sufrimiento es algo que chirría en la
gran máquina del universo porque no se usa bien. No es
un castigo de Dios, es la consecuencia fatal del desorden.
Yo me irrito, rompo un cristal; estamos a bajo cero,
entonces tengo frío: me he castigado a mí mismo. Pero
si cada cual actúa con la misma despreocupación en mi
barrio, que alberga unas doscientas familias, ¿cómo po­
dremos continuar viviendo?
Algunos hechos

Juan, de 19 años, es un muchacho guapo, decidido,


dinámico, un jefe, uno que atrae. Tiene unos grandes
ojos azules, pelo castaño algo rizado, una mirada clara
y segura.
Va al alistamiento para el servicio militar, necesita
una partida de nacimiento, y entonces se da cuenta...
que su padre no es su «verdadero» padre..., que es hijo
de otro, que su madre le tuvo antes de casarse.
Esto le ha hecho llorar un minuto, pero frotándo­
se los ojos con energía se ha dicho: «Pero no por eso,
soy menos hijo de Dios».
*

Paulina se casó durante la guerra con León, un mu­


chacho encantador. Juntos partieron en viaje de boda
a Lourdes para dos días, e inmediatamente León tuvo
que entrar en filas.
Él partió sin una lágrima en los ojos, haciéndose
fuerte interiormente, para no hacer sufrir a su pobre
Paulina.
¡Ay! León no volvió.
Una noche Paulina se enteró de la noticia... de la
muerte en el frente. Durante un buen rato ha llorado.
Luego, puesta de rodillas, ha hecho una oración a su
León y le ha pedido la espere allá arriba, en la casa del
Padre.
LEVADURA EN LA MASA 39

Santiago, un muchacho grueso y fuerte, ha subido


pesadamente los cuatro pisos, ha entrado en la capilla
de la comunidad y se ha echado de rodillas en la prime­
ra grada del altar. La capilla está oscura; en voz bien
alta ha dicho: «Señor, estoy harto de esta m... de fá­
brica, pero a pesar de todo voy a quedarme, porque ~,ú
lo quieres» y, con toda sencillez, ha vuelto a bajar.

Cuando Juanita supo que su novio se burlaba de ella,


que en realidad no la quería, sino que buscaba seducir­
la, se ha puesto a pensar que, a su edad, la vida ya la
tenía echada a rodar. Pero no se ha puesto a llorar, su­
fría demasiado, y ha ofrecido su sacrificio para que Lu­
cinda, una de sus compañeras, pueda fundar una fami­
lia muy hermosa.
Y ha ocurrido que el novio de Lucinda, contra todo
lo que esperaban, se ha convertido; se casaron son fe­
lices y tienen dos hermosos niños.
la ley de solidaridad
la isla «mi placer»
Si quiero construir una casa bonita, sólida y que dure,
he de conocer un cierto número de leyes físicas y natu­
rales; de otro modo mi casa se irá abajo. En particular,
debo tener en cuenta la ley de la gravedad.
Una las grandes leyes del mundo es la de la «so­
lidaridad».
Todos dependemos unos de otros. ¡Cómo admirar­
se de que formemos todos una familia, si tenemos todos
un Padre común!
Esto es lo que Dios Nuestro Padre ha querido ha­
cernos comprender al hacernos hermanos, todos hijos de
Adán y Eva.
Todo nos viene a través de unos y otros, incluso nues­
tra vida y nuestra felicidad. . Somos todos una misma
familia. Es eso lo que Cristo ha venido a confirmarnos:
tenemos todos un mismo Padre y una misma casa de fa­
milia. Esta solidaridad maravillosa únicamente puede
vivirse y desarrollarse, si se eleva hasta la caridad por
la acción del Espíritu Santo que, como un soplo irresis­
tible, nos arrastra a todos en un mismo impulso, como
el huracán que inclina a todos los árboles en la misma
dirección, con una inclinación más o menos profunda.
LEVADURA EN LA MASA

Esta comunidad es la que Espíritu Santo quiere ha­


cernos vivir por la Iglesia, que nos une a todos en una
vasta sociedad en la cual dependemos estrechamente
unos de otros.
La ley de la solidaridad es, pues, la ley del mundo,
y nosotros la cumplimos por el amor. En la medida que
la seguimos, y amamos, el mundo marcha armoniosa­
mente; en la medida que la despreciamos, y nos mos­
tramos recios, orgullosos, egoístas, el mundo va mal.
La ley de solidaridad, vivida hasta la caridad, exige
que dominemos nuestro egoísmo, para hacer de nosotros
el mejor tipo de hombre imaginable.

Érase una vez un millonario, protector de varias obras,


hijo de casa buena, que quiso crear el reino de la feli­
cidad. Compró una isla que gozaba de un clima delicioso,
la rodeó de murallas altísimas para separarla del mun­
do y construyó un embarcadero en el cual puso este car­
tel: «Isla prohibida a todo hombre infeliz». Así, pues,
pobló «el reino de felicidad» de gentes sin preocupación
alguna, de funcionarios retirados, de solterones y solte­
ronas; les ofreció unas buenas viviendas y dinero tanto
como quisieran, asi como todos los placeres que desea­
ran. En los libros de geografía figuraba este lugar bajo
la denominación de «El Paraíso»... y, sin embargo, esta
isla llegó a ser pronto un infierno; cada cual, encerra­
do en su egoísmo, buscaba su propia felicidad y no la de
los demás. Unos se enfrentaban a los otros, se atacaban,
se disputaban, se mataban.
H. O O D I N

¡Cuánto más féli* era, durante la guerra última, en


cualquier comarca, una sección de infantería! No tenían
una vida muy dulce, todas sus riquezas cabían en un
macuto y dos talegos, y dormían en la paja. Pero ellos
se querían unos a otros, se ayudaban mutuamente y prac­
ticaban una verdadera solidaridad.
Todos los que, de entre nosotros, han vivido esta vida
sencilla en común, incluso si han vuelto a una existen­
cia más confortable, se emocionan hoy todavía al re­
cuerdo de esta bella amistad surgida entre hermanos de
armas y la echan de menos.
La felicidad en la tierra depende, más que de las
condiciones exteriores de la vida, del modo como se sepa
realizar, en la existencia, la ley de solidaridad vivida
hasta la caridad.

AQUI QUIERO YO VER...


Aquí quiero yo ver a los que llevan
plumas en el sombrero y en la cola:
frente a esta mujer cuervo que no tiene
otra cosa que noche negra de aparecidos.

¿Qué agua no le alcanzó para su huerto?

Vedla junto a la puerta de su pueblo:


a nadie aguarda y nada solicita,
obliga silenciosa a una mirada
y para todos entreabierta queda.

F r a nc isc o S i t j á
Excursión colectiva
el desorden y la última guerra
el almacén de hierro

La guerra es uno de los ejemplos más claros del de­


sorden en el mundo. Las naciones deben también vivir
solidariamente. Las unas necesitan de las otras, deben
soportarse y aun completarse desde el punto de vista in­
dustrial e intelectual. La mutua ayuda es indispensable.
Y ello debe realizarse dentro de un ambiente de apre­
cio y de amistad.
Entre las naciones debe reinar la ley de la solidari­
dad plenamente aceptada, es decir, de la Justicia y de
la Caridad. Si los individuos son egoístas, las naciones
lo serán todavía más y entonces la vida es un infierno:
el hombre se convierte en lobo para el hombre. Y viene
la guerra, con miles de vidas tronchadas. Y los sufri­
mientos y las lágrimas. Y cuando la guerra se acaba,
nadie ha ganado, todos han perdido porque todos han
sufrido y sufren todavía. Y todos tienen miedo de que
la cosa no vuelva a empezar. ¿A quién, pues, echaremos
la culpa? A nosotros todos.
*

Érase una vez un gran almacén de hierro. Todos los


días se descargaban en él varias toneladas de barras me­
tálicas de casi ocho metros de longitud. En las paredes
se habían empotrado unas vigas que dividían el almacén
en departamentos para distribuir las barras según su
grosor.
u H. G O D I N

Hacía ya meses que los obreros, por pereza o por


descuido, colocaban las barras sin cuidado alguno, de
cualquier manera y en posición inestable.
Un sábado por la tarde, un obrero descargaba un
camión más, ni mejor ni peor que lo s demás días: pero
como que todo tiene un límite, aquel día el revoltijo de
barras se derrumbó y mató a uno de sus camaradas.
¿Quién tuvo la culpa? El que empezó con el desorden,
los que continuaron y, sobre todo, los que tenían el
deber de hacer observar el orden en el almacén y no lo
hicieron Tal es la ley de la solidaridad para la familia
humana.
El pecado lleva consigo el sufrimiento. Todo se paga,
pero no siempre paga el que pecó. Si me es dado ale­
grarme por no haber pagado tal o cual de mis pecados,
es porque otro ha pagado por mí. La guerra es una
prueba de esta verdad; son los inocentes, sobre todo, los
que sufren.
Después del accidente que acabamos de contar, se
quiso poner orden en los demás almacenes, pero eso re­
presentaba tanto trabajo que no se sabía por dónde em­
pezar. Ni los más listos supieron encontrar las posicio­
nes adecuadas para restablecer el orden, sin peligro para
los obreros, y todos temían sin cesar nuevos accidentes.
En este mundo, somos nosotros los cristianos, que
conocemos la ley del «orden en el mundo», nosotros que
poseemos el secreto de la felicidad, quienes debemos im­
pedir los errores. Y es misión nuestra mostrar el camino
recto a la humanidad entera.

No podemos ni debemos desentendernos del mundo;


ni tenemos derecho a echar la soga tras el caldero; ni
a volver la vista al pasado para lamentarnos, cruzados
LEVADURA EN LA MASA

de brazos. Los cristianos somos los hombres del presen­


te, sea cual sea. Los cristianos no debemos acobardar­
nos por nada, porque la levadura cristiana es lo bastan­
te potente para hacer fermentar toda clase de pastas.
Sea cual fuere el porvenir, si nosotros queremos, será
siempre nuestro. Mejor dicho, de Dios.

cada cual tiene una vacación


la Citroen
El patrón de la fábrica de coches Citroen tiene u d
amigo muy original. ¿No se le ocurre pedir no hace mu­
cho al señor Citroen le dé un coche a medio montar?
El señor Citroen se rió, luego aceptó y el buen señor
«Hombre» fue a buscar su coche a medio construir; y
se lo cargaron en un camión, en piezas sueltas la mayor
parte, para que luego en el corral de su casa terminara
de montarlo.
La idea de este señor, que no entendía nada de me­
cánica, era hacer un coche a su modo, un coche como *e
diera la gana, no como los otros. El bonito volante imi­
tando a marfil que se ha comprado, lo pondría en un
lugar que se viera poco, tal vez en el sitio de la rueda
de recambio; ésta la pondría en el lugar del volante, et­
cétera.
¿ Qué pensáis del coche del señor «Hombre» ? Pues
que, en primer lugar (y suponiendo que llegara a ro­
dar) sería una injuria rodante al señor Citroen y a sus
ingenieros, pues lleva la marca de fábrica en distintos
lugares. Y después, que si llegara a marchar, no podría
rendir mucho. Fallarían los frenos, o el radiador, y, fi­
nalmente, habría que temer no sólo los accidentes que
46 H. G O D I N

le pudieran ocurrir a él, sino los que podría causar a los


otros coches, sus hermanos.
Si el señor «Hombre» hubiera sido más razonable,
habría mirado primero el plan del ingeniero Citroen y,
como que no es muy listo en mecánica, habría seguido
este plan lo más conscientemente posible, procurando
comprenderlo bien y confiando en el ingeniero, siempre
que no llegara a captar el por qué de las cosas.
Nosotros somos este señor y este coche: debemos
formarnos y nuestra libertad se encarga de ello. Sabe­
mos que Dios ha forjado para cada uno un plan que nos
es personal, un plan infinitamente complejo. Sabemos
que el ingeniero que lo ha elaborado es infinitamente
capaz y que, además, es un Padre que nos quiere mu­
cho. Y sabemos que su plan conduce al mejor resultado
posible, habida cuenta de lo que cada uno somos, y te­
nemos, en las circunstancias providenciales de nuestra
vida.
Hay muchos hombres que, en lugar de descubrir lo
que Dios quiere de ellos, quieren corregir el plan divino.
No saben nada, no ven más que una pequeña parte del
conjunto, y hacen como el soldado que, tras la aspillera
de una garita de donde no pudiera sacar la cabeza, juz­
gara la táctica de la batalla.
El hombre es insensato cuando quiere perfeccionar
a su modo el plan de Dios. Entonces, en lugar de reali­
zar su vocación de hombre, construye un monstruo, y es
imposible que este monstruo (en lo moral por lo menos)
no haya de sufrir mucho y no haga sufrir mucho a los
otros.
Querer lo que Dios quiere es no solamente la ciencia
que nos tranquiliza, sino también la única que nos per­
mite vivir bien nuestra vida, darle todo su esplendor.
La Paz es la tranquilidad del Orden; es la aceptación
por todos de la voluntad de Dios.
LEVADURA EN LA MASA 47

cómo encontrar la vocación


lo máquina de coser
Elisa es una modista sonriente y audaz. Ayer su má­
quina de coser iba mal; sin vacilar sacó su destornilla­
dor y ia desmontó. Había caído una tuerca pequeñita y
no sabía de dónde; estaba preocupada, pero buscó su
sitio, su función, su «vocación».
«Vamos a ver, dijo, yo he de poner esta tuerca:
1.° para que la máquina vaya lo mejor posible, y por
consiguiente, 2.° en el único lugar donde vaya bien, don­
de tenga su razón de ser.»
*

Hay que reflexionar para encontrar la propia voca­


ción, para saber a cada instante lo que Dios quiere de
nosotros; tanto para decidirse a dar un gran paso a los
quince o veinte años, lo que se llama la determinación
de un «estado de vida», como para la elección de novio
o novia; o para fijar la hora de levantarse a la mañana
siguiente, o para resolver cualquier detalle de la vida
cotidiana.
Nuestra vocación es, pues, la vía que nos pone en
nuestro lugar, de modo que: l . 8, podamos desarrollar­
nos según lo que somos; 2.#, que el conjunto del mundo,
alrededor nuestro, vaya lo mejor posible.
*

No siempre es fácil hallar la vocación. Es necesario


reflexionar, observar la vida, orar, sobre todo, y consul­
tar al padre espiritual. Pero aun después de eso, sub­
sisten grandes dificultades: los que no son generosos,
los que no están dispuestos a cumplir todo lo que nues­
tro Padre celestial espera de ellos, llegarán muy difícil­
mente a encontrar lo que han de hacer. Al niño difícil
H. G O D I N

que no obedece nunca, la mamá acaba por no mandarle


nada; así desobedecerá menos abiertamente, lo que le
ahorrará la pena de tenerlo que castigar.
Y eso rige también para las pequeñas cosas; cada
vez que no obedecemos a Dios, que no decimos «sí»,
que resistimos a la gracia, según la expresión de los teó­
logos, nos hacemos incapaces de comprender, en detalle,
nuestra vocación.
*

Así llegaremos con dificultad a tener confianza en


nuestro Padre, porque queremos saberlo todo por anti­
cipado. El Señor nos hace pedir en el Padrenuestro «el
pan nuestro de cada día, dánosle hoy» solamente. A Él
no le gustan las personas que hacen provisiones, que
quieren saber demasiado temprano la continuación de
su vocación. Él nos indica por la misma vida lo que he­
mos de hacer cada día; el futuro se revelará por sí mis­
mo. La pena de un día puede suponer la preparación
razonable del día siguiente, pero cuando no hay nada
que preparar cuando es la curiosidad lo que empuja,
Dios esconde la continuación.
Nosotros hemos de parecemos más bien a la sirvien­
ta cuyos ojos están siempre fijos en su patrona para es­
perar una orden, o mejor, al niño en los brazos de su
madre y que se deja llevar. Cuando se pone a andar la
madre, el niño no pregunta: «Mamá, ¿adonde vamos
esta tarde?»; nunca sueña con angustia: «¿Qué hará
mañana o el mes próximo?» Le basta con dejarse llevar
de la mano materna y seguir su camino.

Pon tu mano en la mano de Dios. Esto vale más que


la luz y será más seguro que un camino conocido.
LA COSTURERA

Se llamaba Rosario y era buena.


Era una viejecita arrugada j antigua
arraigada a mi casa desde hace muchos siglos.
Cuando elLa venía se llenaba la estancia
de sonrisas azules y máquinas de punto.
La llamábamos siempre cuando había algo grande:
cuando llegaba la boda de mi hermano,
cuando llegaba el día de mi largo viaje
y era preciso hacer muchas camisas
para tres años. Ella, sonreía igual que las abuelas
y me decía: «¿Así que te vas, hijo?»
Y todos nos poníamos muy tristes. Y la máquina
iba cosiendo el corazón de todos.
Olía a despedida el ambiente. Trajinaba
mi hermana y las maletas
se iban llenando de alma poco a poco.

El lienzo del recuerdo entre las manos:


«Cuando Enrique se marchaba al África...»
Y se quedaba triste, presintiendo
una tierra sin besos y sin lágrimas.
«Hasta mañana, abuela. Hasta mañana».
La viejecita se iba tristemente.
Le dolía arrancarse de nosotros, sus nietecitos casi.
Por La calle
silbaban las esquinas del recuerdo
y Enrique se escondía en todos los portales.
Después., la casa,
y el jergón vacío desde hace tantos años
y el búcaro, regalo de la novia,
y las camisas blanca· que no llegó a estrenar.
4
50 H. G O D I N

AbueUta Rosario, ayer me han dicho


que, te has muertos lo mismo
que se extingue una lámpara, y que al irte
dijiste que mandaran las camisas
de Enrique, las camisas
que tú preparaste y no llegó a estrenar.

Abuelita Rosario, ¿cómo quieres


que me atreva a tocar el lienzo blanco
que amasaron tus lágrimas ternísimas?
¿Cómo quieres que manche entre mis manos
ese lienzo que me habla de las tuyas
de viejecita antigua y arrugada?...

J o sé L u i s M a r t ín D escalzo
Fábulas con Dios cd fondo
el pecado
los señales
Un automovilista circula por una carretera a una me­
dia de ochenta Km. por hora. La carretera tiene señales
diversas: unas, triangulares y con fondo azul, invitan
a la prudencia (curvas peligrosas, cruces, escuelas, etc.);
otras, redondas, con fondo rojo y el signo en blanco o
azul, son imperativas (dirección prohibida, estaciona­
miento prohibido, paso prohibido a los vehículos de más
de treinta toneladas). Además, tenemos las señales de
indicaciones simples, que son informaciones para los
transeúntes o viajeros (nombre de los pueblos que se
atraviesan, etc.), o favores que se les pide (¡Silencio!
Hospital).
Todas estas señales no se han colocado allí por capri­
cho del Ministerio de Obras Públicas; éste no crea el pe­
ligro, sino que lo señala. La carretera tiene sus peligros
para vosotros y para los demás; cuando el peligro es
particularmente para vosotros, se os previene, cuando el
peligro o dificultad es para los otros, se os advierte tam­
bién. Si desobedecéis, os arriesgáis a ser sancionados,
como os pasa cuando os metéis en coche por una calle
de dirección prohibida o si os estacionáis en un lugar
prohibido.
Esa es la historia del pecado. No seguir el plan de
Dios conduce al sufrimiento y al desorden. El pecado no
es un mal porque Dios lo ha prohibido, sino que Dios lo
ha prohibido porque es malo y crea el desorden.
52 H. G O D I N

Pecar, en el fondo, es no tener en cuenta las señales,


es faltar a nuestra vocación, es traer el sufrimiento a
la tierra. El sufrimiento viene siempre del pecado. Dios,
que es un educador maravilloso, ha querido hacérnoslo
comprender por la misma vida de la humanidad. Él creó
al hombre exento de sufrimiento, pero por el pecado el
sufrimiento vino al mundo. El que comete un pecado, por
más secreto que sea, esparce sufrimiento en el mundo.

Es la ley del orden; y Dios, que es perfecto, no pue­


de querer el desorden. Todo se paga, no hay nada que
se pierda; cada una de nuestras acciones cambia el
mundo y tiene un alcance de inmensidad y de eternidad.
Si Dios no hubiera prohibido nada, nos sería necesa­
rio volver a inventar su ley y ponerla en práctica para
ser plenamente felices. Porque nos ama nos la ha dado.
Igualmente el Código de circulación insiste especialmen­
te en ciertos artículos, y sabemos que si los desobedece­
mos, es malo y peligroso. Pero no basta observar mate­
rialmente las prescripciones del Código de circulación
para evitar a cada paso los accidentes (un reglamento
no puede preverlo todo). Con mayor razón no basta ob­
servar los mandamientos de Dios, reseñados en nuestros
catecismos.
La ley del Señor es hacer a cada instante Su volun­
tad, seguir el plan divino, estar en nuestro lugar, cum­
plir con nuestra función. Es, pues, natural que exami­
nemos primero el empleo de cada hora de nuestra jor­
nada, y después, cómo hemos cumplido los diez manda­
mientos. esos topes que impiden a la humanidad alejar­
se del plan de Dios.
LEVADURA EN LA MASA 53

Dios repara nuestros desórdenes a cada instante


el marmolista
Dios, nuestro buen Padre, ha hecho que coincida la
realización de su plan con nuestra felicidad. Él nos ha
creado para ser felices; pero esta verdad no ilumina bas­
tante el misterio de la bondad divina. La realidad es to­
davía más hermosa, mucho más hermosa, al extremo de
que toda una categoría de personas de las que suelen ra­
zonar, pero que no han sentido verdaderamente las mi­
serias de la vida, no llegan a comprenderla.
Dios saca provecho del desorden que reina en nues­
tra vida o en el mundo. Se sirve del sufrimiento que oca­
siona el pecado para establecer un plan todavía más
bello para cada uno de nosotros; y como que no es ami­
go de teorías ni hace planes por anticipado, continua­
mente está volcado sobre nosotros, nos crea, nos toma
como somos, nos ama como somos y suele decirse: «¿Qué
hay de mejor para mi hijo, dado lo que ahora es, dado
donde se encuentra y lo que puede ? ¿ Cómo voy a hacerlo
mejor, más feliz?». En una palabra, es Nuestro Padre,
un buen Padre.
Una madre que educa a su pequeño no traza un plan,
detalle por detalle, para veinte años; y si su hijo come­
te una falta imprevista, no vuelve a tomar un cuaderno
de quinientas páginas para volver a empezar su plan.
A cada momento siente donde está su hijo y procura
adaptarse a lo que lo educará mejor.
Un escultor que talla una escultura en un bloque de
mármol, da cada golpe de martillo lo más justo posible,
pero el mármol no salta como él quiere; después de picar
un poco mira cómo está su obra y calcula el golpe si­
guiente. Y esta necesidad de darse a una materia que
54 H. G O D I N

sólo obedece imperfectamente, le permitirá hacer un tra­


bajo más bello. Las estatuas de mármol son más expre­
sivas que las modeladas en cera. Dios, escultor de nues­
tras vidas, obra igual.
La Iglesia nos hace cantar el Sábado Santo, hablan­
do del pecado original: «¡Oh, feliz culpa que nos mere­
ció la Redención!».
Cada día, en la misa, el sacerdote dice bendiciendo el
agua de la cual echará unas gotitas en el cáliz: «Dios
mío, que has creado la naturaleza humana en un estado
admirable y, después de su falta, la has restablecido de
un modo todavía más admirable».
El modo de hacer de Nuestro Padre después del pe­
cado original no es una excepción; es su modo de obrar;
Dios es bueno y busca siempre un pretexto para amar­
nos mucho más y el hecho de que hayamos caído más
abajo es una razón para que nos ame aún más.
De todos modos, no hay que creer que automática­
mente el pecado puede ayudarnos: el pecado es el mayor
de los males. Tampoco debemos pensar que forzosamen­
te el sufrimiento nos eleva: el sufrimiento es un mal,
puede agriarnos y hasta alejamos de Dios.
Pero después de cada una de nuestras caídas, pode­
mos, si queremos, hacer tanto como antes, o mejor que
antes, aunque sea con más sufrimientos.
JESUS EN EL SEPULCRO
Ea, ya está. Enterradle
bien. No descuidéis el mínimo detalle:
la arenita que cuele por los ojos,
el barro que le ruede por la boca.
Fijaos bien. No vaya a ser que luego
venga a resucitar el tercer día
y traiga una venganza en cada mano.
Atadle si es preciso las muñecas,
cortadle el corazón a pedacitos,
anudadle las venas a la muerte.
Que se quede bien muerto es lo que importa.

¿Qué, ya está?
Bien,
ahora
podemos sonreír tranquilamente,
pecar a llanto frío, ilusionarnos
con palabras bonitas, convencernos
de que el hombre es así, asá, o del otro
modo. lAy, levantad la estatua
del hombre o del demonio! ¡Finalmente
cansado de morir se ha suicidado
Dios!
¡Dios, qué libres! ¡Al fin solos
pecando! Esto de verle entre dos cuerpos, terco,
levantando la voz, diciendo siempre
consejitos, señora
de compañía.
Al fin, solos, vacío
el mundo, pelotitas
rodando son loa hombres, escapados
de un sepulcro que espera sin sentido.
Ahora vamos a odiar, vamos a matar flores,
56 FI. G O D I N

a insultar a la estrella que dura más que el hombre


— ¿por qué, con qué derecho? —
gritar contra la estéril belleza inasequible.
¡Ay, resucita
o te resucitamos, Cristo!
Miro
tu sepulcro y no estás.
Ay, siempre-muerto.
más deprha que el hombre te asesina.

J o s é L ü is M a r tín D e s c a lz o
Camino de la Cruz
el pecado y la confianza en Nuestro Padre
lo muchacho que ha caído
Juanita es una joven sirvienta, ingenua y sencilla,
pues acaba de llegar de su pueblo. Está sirviendo en casa
de un director de negocios más o menos sucios, pero
muy lucrativos. En un momento de debilidad se dejó se­
ducir por el «señorito»; ahora como ella es culpable, la
sacan: está esperando un niño. A la hora del alumbra­
miento, vive postrada en una crisis de sombrío desespe­
ro, repitiéndose continuamente: «He hundido mi vida.»
No, Juanita, no llores así. Es cierto, has cometido
una falta de la cual tú misma eres culpable, a pesar de
que te han engañado y han abusado de tu ingenuidad.
Esta falta, sin embargo, es quizás menos grave — a los
ojos del Padre— que las maldades injustas que te acha­
can las buenas devotas de la parroquia, reunidas en el
ropero del Niño Jesús. Tú has llorado tu falta, tú has
pedido perdón a Cristo a causa de la pena que Le has
dado y Él te perdona. Olvida, ya no existe más falta; es
como si nunca hubiera ocurrido nada. Ahora queda este
pequeño ser que llegará pronto; ¿sabes?, es algo verda­
deramente bello ser madre, es algo muy grande, y una
madre joven que espera un niño debe alegrarse para que
más tarde éste no sea tímido, no viva triste. Hay gran­
des obispos que nacieron en condiciones parecidas, y
también antepasados de Cristo.
En tu vida, Juanita, será necesario hacer un mayor
esfuerzo, pero si tú quieres, esta vida podrá ser mucho
más hermosa, mucho más bella; mucho más bella que
58 H. G O D I N

antes, ¿oyes? Entonces, seca tus ojos y di al Señor:


«Dios mió, que me has llevado a los dieciocho años a
una vida muy hermosa de muchacha cristiana y que me
quieres restablecer, después de mi pecado, si quiero
amarte, en una vida de madre soltera, todavía más bella,
tengo confianza en Ti.»
*

No se ha perdido nada, uno puede levantar una her­


mosa vida; se puede volver a empezar. Los últimos no
son los que se quedan con las sobras. Recordemos la pa­
rábola de los obreros de la última hora. Los pecadores
arrepentidos, en la Iglesia, no son personas a quienes se
tolera y que serán unos cristianos de segunda catego­
ría; ellos han dado tantos santos que hasta parece que
Cristo les tenga una predilección: ved sólo la vuelta del
hijo pródigo y cómo Cristo nos describe la bondad del
Padre.
«

Érase una vez una muchacha de mala vida que había


dado que hablar en todo el pueblo, y a la que llamaban
la Prostituta... Por lo visto había ganado mucho dinero
en su comercio infame, pues gastaba perfumes de mu­
cho precio. Sin embargo, su vida no estaba totalmente
perdida; podía levantarse, podía rehacer su vida más
limpiamente que si nunca hubiera pecado.
Vio a Cristo, se fue a Él, y Él no la rechazó. La de­
fendió contra los que la despreciaban y esta mujer llegó
a ser María Magdalena, la santa cuyo arrepentimiento
será ejemplo en todas partes donde se predique el Evan­
gelio.
LEVADURA EN LA MASA 59

Este es el misterio de la bondad divina. Podemos ser­


virnos de ella y de todos nuestros pecados pasados y
perdonados, para hacer de nosotros esta obra maestra
que el Padre desea. En eso nos parecemos a los coches:
nunca la marcha atrás es tanta y tan rápida que no
pueda recuperarse en poco tiempo el camino andando
hacia atrás...

es inútil desesperarse

el casamiento de Magdalena
Hacemos mal en perder la confianza y acusar a Dios.
Él, precisamente, se ocupa de asoldarnos como un Padre.
Somos muy insensatos cada vez que queremos organizar
nuestras vidas de modo distinto al que Dios ha decidido.
Esto sería hacerlas menos bellas, menos felices.
Nos desalentamos porque Dios no quiere lo que nos­
otros queremos, porque no se amolda a nuestros peque­
ños planes, porque no nos obedece. Este es el pecado de
Adán y Eva: «queremos ser como Dios, hacer que tal
cosa sea buena o mala a nuestro gusto». ¡No! Dios nos
ama demasiado para obedecemos, y nos parecemos al
muchachito que su padre se lleva de viaje, en tren, y
que coge un berrinche porque no han querido llevarlo
en patinete. Pobre niño. Se imagina que para él hubiera
sido mejor. Con respecto a nuestro Padre somos «pobres
niños» que no ven mucho, que tienen ideas pequeñas, es­
trechas, mezquinas... y grandes disgustitos porque no se
cumplen sus caprichos.
A menudo nos desalentamos, porque no nos conten­
60 H GODIN
.

tamos con el presente y querríamos el pasado y el futu­


ro; sin embargo, el pasado y el futuro pertenecen a Dios:
el pasado a su misericordia y el futuro a su sabiduría, a
su bondad.
Un ejemplo, tomado del mayor de los pecados mor­
tales colectivos que es la guerra, nos hará comprender
mejor todo eso. Somos libres y somos nosotros quienes
hacemos la guerra. A pesar de todo, cuando la hemos de­
clarado, Dios se esfuerza en utilizarla para el bien de
cada uno: en todo caso, nos da los medios para utilizar
las consecuencias directas a fin de sacar, como siempre,
el bien del mal.
Magdalena, una muchacha enérgica y decidida, ha­
bía de casarse el 29 de octubre de 1939. Su novio tuvo
que marchar el 28 de agosto y al llegar el 29 de octubre,
Magdalena estaba desolada y no hacía más que decir:
«Esta tarde ya estaría casada, yo sería feliz». Pero, po­
bre Magdalena, tú eres una gran teorizante que, te estás
evadiendo de la vida. Una Magdalena sin la guerra, una
Magdalena feliz esposa el 29 de octubre no ha debido
existir. Dios que ha abrigado un hermoso sueño de amor
para Magdalena y Enrique no lo ha concebido para un
período de paz Él quiere que se amen mucho más, que
desarrollen su amor, ahondándolo mutuamente en el su­
frimiento, en la separación, ahora, durante la guerra.
Dices que te hubieras casado el 29 de octubre; desde
luego, eso lo dices tú, y lo has soñado tú, pero no eres
tú quien decide lo que ha de suceder; tú habías pensado
que Dios quería el casamiento para el 29 de octubre y
Él ha deseado que así lo creyeras, que compraras los
muebles, etc., pero ahora te das cuenta que no es así.
¡Pobre Magdalena! No dejes de suspirar en los brazos
de tu Padre... Ciertamente sufres, lloras incluso (eso te
consuela), pero has de decirte: «Oh Padre, que estás
en los cielos, yo sé que lo que me preparas es lo mejor
para mí. teniendo en cuenta las faltas de los hombres.
LEVADURA EN LA MASA 61

Yo tengo confianza en Ti, aun cuando la vida es dura.


Hoy lloro, pero mis lágrimas llenas de confianza a pesar
de todo, son los diamantes de mi felicidad. Un día lo
comprenderé mejor...»

la colaboración en el trabajo

los oprendizos en quien se pone confianza


Para nuestro Padre del cielo, somos niños que tienen
necesidad de recurrir continuamente a su padre. Pero
Él no nos trata como chiquillos, ni siquiera como ser­
vidores, sino como colaboradores.
En Lons-le-Saunier se fabrica un queso buenísimo, en
una fábrica acreditada, propiedad de dos socios. Si un
obrero, un contramaestre, un jefe de fabricación no hi­
ciera bien su trabajo, el patrón lo despacharía, pondría
a otro en su lugar y el trabajo continuaría haciéndose.
Pero si uno de los dos patronos no estuviera a la altura
de su tarea, el otro socio no podría despedirlo y pronto
la casa iría a pique. Dios no nos trata como obreros,
sino como asociados.
Érase una vez una patrona muy original. En su ta­
ller de modista había cinco aprendizas; una señora de
alta sociedad fue a encargarle un vestido de noche, muy
caro. La patrona reunió a sus obreritas y les dijo: «La
señora de X... acaba de encargarme un vestido, la fama
de mi casa depende de este trabajo y de él se hablará en
la ciudad durante mucho tiempo. Para este vestido yo
voy a prepararos todo cuanto sea necesario, yo os ayu­
daré en todo, pero seréis vosotras quienes lo haréis si­
guiendo las indicaciones de esta señora. Poco importa si
no sale perfecto; yo sé que quedará bien y esto os pro-
62 H. G O D I N

porcionara un placer, os dará confianza en vosotras mis­


mas y os mostrará lo vinculadas que estáis a mi casa.»
Sobra decir que las aprendizas se sintieron orgullo-
sisimas, pues tal confianza es increíble, ¿hay en el mun­
do un jefe que obre así? Y, sin embargo, Dios, Nuestro
Padre lo hace así con nosotros.
Como una madre que durante seis meses prepara con
todo su corazón la canastilla del niño que vendrá, duran­
te mucho tiempo, desde hace millares de años Dios ha
preparado el regazo, la vivienda de sus hijos. El geólogo
nos cuenta cómo, después de haber creado la tierra len­
tamente, Dios formó las montañas, las cuevas, los volca­
nes y los ríos, cómo multiplicó los animales, las flores,
los pájaros. Él hizo el trabajo mayor, pero tuvo cuida­
do de no terminar su obra. ¿A quién confió la termina­
ción? No a sus ángeles, sino a los pobres hombres.
Si los hombres tuvieran que ocupar la tierra tal como
Nuestro Padre la dejó, sería inhabitable; la creación se­
ría una obra frustada. Dios lo puso todo en sus manos:
los hombres han de «acabar» la tierra, han de hacer
crecer los trigos de oro, las viñas fecundas; ellos dibu­
jan carreteras, trazan líneas férreas, horadan la tierra
para hacer pasar el metro, construyen automóviles, fa­
brican relojes y anillos con el pesado y rudo mineral
que van a buscar a cuatrocientos o quinientos metros de­
bajo tierra · transforman los saltos de agua en luz y el
petróleo en velocidad; domestican los animales y se sir­
ven del Universo material como de un tesoro que se hace
fructificar explotándolo. Del montón de materiales pre­
parados por el Divino Cantero, han hecho una agradable
habitación, en la cual seríamos felices si se quisiera
simplemente trabajar y amarse como a hermanos.
LEVADURA EN LA MASA ' ^

el deber del trabajo

lo colmena
Por medio del trabajo los hombres colaboran con
Dios, Nuestro Padre, creador del mundo, pues el traba­
jo es un servicio prestado a nuestros hermanos, un modo
de amarlos.
Ciertas personas que no han comprendido suficien­
temente el cristianismo, dicen que son honorarios lo que
se paga a un abogado que os ha ganado un juicio, ya
que un servicio de tal categoría no tiene su equivalencia
en moneda. En cambio, es salario lo que se paga a un
carpintero, porque el dinero que se le da equivale a su
trabajo. Pero ¿es que, cristianamente, podemos preten­
der con algunos billetes pagar a este carpintero todas
las alegrías que esta mesa de familia (que él ha construi­
do) proporcionará al hogar? No hablo de la calma de
los primeros días de matrimonio cuando la mujer, des­
pués de servir la cena al esposo, va a sentarse junto a
él, a mirarse durante un buen rato, sino de toda la feli­
cidad que procurará esta mesa que, más tarde, rodea­
rán los pequeños, con sus caras mocosas y sus gracias
y sus zalamerías...
*

Los hombres están al servicio unos de otros y, en re­


torno, se ayudan mutuamente a vivir: en el fondo sólo
hay honorarios.
Todo hombre debe trabajar, aunque no tenga nece­
sidad de vivir de los honorarios de su trabajo. «El que
no trabaja, dice San Pablo, no debe comer.»
El trabajo es una ley. Un cristiano trabaja a con­
ciencia.
n H. G O D I N

Nuestro mundo pagano a veces plantea graves pro­


blemas al joven obrero, a la empleada. No ha de hacerse
siempre el máximo de trabajo posible, sino que se ha
de rendir lo normal en un buen obrero del mismo oficio,
y si este rendimiento es demasiado bajo, hay que incli­
narse discretamente, pero con firmeza, a aumentar la
media. La pereza es una falta contra Dios Nuestro Pa­
dre, una falta contra todos nuestros hermanos, contra
toda la comunidad humana, especialmente contra nues­
tra Patria. Una falta contra Cristo a quien se deshonra,
una falta contra nosotros mismos.
*
Es un deber buscar, en lo posible, un trabajo que
contribuya efectivamente al bien de nuestros hermanos;
un trabajo que nos interese y al cual podamos dedicar­
nos con alegría; un trabajo que nos forme y que nos ele­
ve. Es especialmente necesario luchar para que se rea­
lice un programa de tal envergadura, asequible a todos
los trabajadores.
»
Los cristianos debemos formarnos profesionalmente,
y mientras esperamos que la organización del mundo lo
facilite, hemos de utilizar a este efecto una parte de
nuestro tiempo libre. Unos lo harán a gusto, otros por
deber; pero todos deben sujetarse a ello. Decimos a me­
nudo: trabajar como en una colmena». Las abejas tie­
nen en el más alto grado el sentido (el instinto) del
deber y del trabajo. Una de ellas es reina, las otras son
obreras. En cuanto a los zánganos, como no saben tra ­
bajar, cuando la reina ha escogido entre ellos a su es­
poso, a los otros, a los que no sirven, los matan sin re­
misión.
Excepción hecha de la dureza del procedimiento, a
veces las bestias podrían darnos ejemplo.
ALTO JORNAL
Dichoso el que un buen día sale humilde
y se va por la calle, como tantos
días más de su vida, y no !o espera
y, de pronto, ¿qué es esto?, mira a lo alto
y ve, pone el oído al mundo y oye,
anda, y siente subirle entde los pasos
el amor de la tierra, y sigue, y abre
tu taller verdadero, y en sus manos
brilla limpio su oficio y nos lo entrega
de corazón porque ama, y va ai trabajo
temblando como un niño que comulga;
mas sin caber en el pellejo, y cuando
se da cuenta al fin de lo sencillo
que ha sido todo, ya el jornal ganado,
vuelve a su casa alegre y siente que alguien
empuña su azadón, y no es en vano.

C l a u d i o R o d r íg u
Conjuros
para el uso de las criaturas
nuestro hermano el sol, nuestro hermana la luna

Todo cuanto Nuestro Padre ha puesto en la tierra es


para nosotros. Las cosas y los animales son como los
juguetes que se ponen en la habitación de los niños o las
herramientas que se ponen en el cajón del obrero. Son
para nuestro uso, a condición de que nos sirvamos de
ellas según el plan de Dios.
Toda la creación, y nuestros hermanos, y nuestras
hermanas, deben ayudarnos a conocer a Dios, de quien
son todos, más o menos, una imagen. Nosotros debemos
amarlos, como San Francisco, que cantaba:

«Bendito seas, Señor, por nuestra hermana la Lima


y por las estrellas en el cielo; Tú las has hecho radian­
tes y resplandecientes como diamantes.

»Bendito seas, Señor, por nuestro hermano el Vien­


to, por el aire y la nube, por el buen tiempo y todos los
tiempos.

»Bendito seas, Señor, por nuestra hermana el Agua,


que es tan útil, tan humilde, tan preciosa y tan casta.

»Bendito seas, Señor, por nuestro hermano el Fuego,


con el cual alumbras la noche. Es hermoso y alegre, ro­
busto, fuerte.
LEVADURA EN LA MASA 67

»Bendito seas, Señor, por nuestra hermana y madre


la Tierra, que nos sostiene y nos conduce, y produce la
hierba, frutos sabrosos y flores de mil colores.

»Alabad y bendecid al Señor, vosotros todos, y dadle


gracias y servidle con gran humildad.»

todo es pora nosotros


Debemos respetar la creación entera como obra de
Dios. Como bien común del cual nuestros hermanos, y
nosotros mismos, tomamos la alegría de hijos de Dios.
Destruir sin utilidad las riquezas es un crimen; hacer
sufrir sin razón a los animales o divertirse rompiendo
la florecita que se mece al compás del viento son faltas
contra el Creador.
Nosotros podemos alegrarnos de todo lo que nuestro
Padre ha hecho por nosotros según su Plan. Esto es
también rezar a Dios y alabarle. Comer unas fresas,
brindar con los amigos bajo el signo de un buen vino
dorado, llevar un vestido bonito, admirar un hermoso
paisaje, tocar el acordeón o encontrar bonita a la novia,
según el espíritu cristiano; todo eso puede ser una ora­
ción de alabanza a Nuestro Padre, por parte de sus hiios
felices que descubren hasta qué punto Él ha hecho bien
todas las cosas y cuánto los ha amado.
El pecado comienza, ordinariamente, cuando estas
cosas que Dios ha creado las utilizamos degradándonos,
o faltando a nuestro deber de estado, o privando de ellas
a los demás.
Sin esta deformación del pecado, utilizaríamos muy
fácilmente y en la perfección todos los dones de Dios.
Porque somos pecadores, tenemos que luchar y esforzar­
nos para reconquistar nuestra libertad.
Se comete falta, y, a menudo grave, cuando se hace
68 H. G O D I N

de las cosas y de las personas que Dios ha creado la ra­


zón de ser de nuestra vida, cuando las ponemos en nues­
tro espíritu en lugar de Dios. Es como si la niña dijera
a su madre: «Ahora que tú me h$s dado un gatito ne­
gro, yo lo querré en lugar tuyo; ya no quiero saber nada
de ti, sólo quiero el gatito.»

San Pablo habla de las personas que tienen por Dios


a su vientre. Otros, tienen como dioses a sus sentidos, su
egoísmo, o su tranquilidad, o el deporte, o aun su esposa
o su marido.
No tenéis más que un Dios: servidle a través de todas
sus criaturas.
*

,
carta a Jorge de 15 años
Mi querido Jorge:
Tú tienes ya quince años y tus padres, me dices, te
tratan como a un niño: confiesa que no obran del todo
mal. La ley civil te considera menor, como un hombre
que todavía no puede prestar juramento; en la fábrica se
repaga con cuidado tu trabajo; en general no se te con­
cede má* que una confianza a medias y tú sufres. Lo
comprendo, pequeño.
Tú me lo confiesas un poco turbado, pero haces mal
en avergonzarte, Jorge. Me hablas de tus deseos de ha­
cer algo grande, de llegar a ser alguien, y me dices tam­
bién cuánto te desalienta el ver tus cobardías, tus ten­
taciones, en el fondo queridas, ya que son algo que de­
seas y gustas.
Y yo, querido Jorge, de parte de Cristo te miro como
a un grande, alguien muy grande. Tú eres militante, co­
laboras con Dios en la salvación del mundo, y eso es algo
importante ¿sabes? Dios te confía unas almas. Todos
LEVADURA EN LA MASA 69

respetan a un gobernante o a un gran patrono a quien


Dios ha confiado millones, decenas de millones. Pero
estos hombres que tienen la responsabilidad de adminis­
trar millones y la carga de gobernar a sus semejantes,
¡qué pequeños son al lado tuyo, Jorge! ¡Dios te ha con­
fiado a ti las almas de tm hermanos para salvarlas/ Yo
quisiera que tú fueras feliz, muy feliz, y que tu corazón
desbordara de alegría pensando que trabajas con Cristo
para salvar las almas.
El Señor Jesús, que se dejó clavar sobre dos made­
ros, que sufrió y dio su sangre para salvar a las almas,
hubiera soportado lo mismo por un alma, por una sola
alma. Y ya ves que a ti te confía varias, y que no quiere
salvarlas sin ti.
¿Comprendes ahora que eres ”alguien” para Él, no
a causa de ti, sino a causa de tu función de salvador de
almas, de colaborador con Cristo en la salvación de tus
hermanos?
Ya ves; si pensaras a menudo en eso, no te desalen­
tarías nunca. ¿No es cierto?
Pido a Cristo te lo haga comprender y que te llegue
a lo más hondo de tu alma. Que su santa alegría te Uene
el corazón.
Te bendice
H. G.

la colaboración y la solidaridad
las enfermeras homicidas
Érase una vez un hospital que albergaba muchos en­
fermos. Las enfermeras recibían en las cocinas de los
sótanos los alimentos destinados a los pacientes. Pronto
algunas encontraron que era un fastidio tener que subir
siempre las escaleras cargadas con la comida, y decidie-
70 H. G O D I N

ron tirarla a la basura e ir a divertirse. Muchos enfer­


mos languidecieron, y murieron de hambre.
Este relato os parace inverosímil; y, sin embargo,
esto ocurre cada día, en cada ciudad, en cada pueblo,
en cada oficina, en cada taller y en cada escuela, y aún
más en cada salón.
Nuestro Padre celestial desea que sus hijos sean fe­
lices en la tierra. Todos nosotros somos sus hijos; así,
pues, somos hermanos, dependemos unos de otros.

Recogeos y pensad un poco en vuestra felicidad pre­


sente, en aquello con que soñáis. Para obtenerlo debéis
hacer un gran esfuerzo: aceptar la alegría, abrir toda
vuestra alma, hacerla receptiva. Esta felicidad se da a
los demás para que la transmitan, pero depende de cen­
tenares de personas: de vuestros padres, de vuestra es­
posa, quizás de vuestros hijos, de vuestro patrono, de
vuestros camaradas, de vuestros amigos, de vuestros ve­
cinos, de vuestro médico, de tal chófer de taxi, de tal chó­
fer de autobús, de tal artista quizás, de tal sacerdote,
de vuestros gobernantes también. El Señor les ha con­
fiado vuestra felicidad; si cumplen bien con su deber de
estado, si cumplen bien con sus funciones, vosotros reci­
biréis por mediación suya la felicidad. Pero el mínimo
descuido, la menor falta de conciencia profesional puede
tener sobre vuestra vida las repercusiones más graves.
Vuestra parte de felicidad, también se da a los otros...
Muchos por vicio, por egoísmo, por despreocupación,
por ignorancia incluso, imitan, desgraciadamente, a nues­
tras enfermeras.
Para sembrar en la tierra la felicidad y la alegría,
Dios hace de nosotros sus colaboradores: no sus cria­
dos. Él nos ha vinculado a la ley de solidaridad del mun-
LEVADURA EN LA MASA 71

do, Él no quiere suplantarnos, Él no quiere reemplazar­


nos. Somos nosotros quienes decidimos al fin y al cabo.
Además, la ley de la caridad es la base de la religión
cristiana. En nuestras relaciones con los demás hay cier­
tamente una cuestión de caridad, pero mucho más a me­
nudo de lo que pensamos, una cuestión de justicia. Lo
que ayer era solidaridad, hoy es justicia.
Tengamos en cuenta, finalmente, que la Biblia e in­
cluso Cristo no hablan de «santos». Hablan de justos,
de aquéllos que han dado a Dios y a sus hermanos todo
lo que deben. Y eso basta.
Paga tus deudas, antes de hacer regalos.

la colaboración de la familia
el altar familiar
A excepción de la del sacerdote, no hay mayor cola­
boración que la de la familia. Dios pone tanta confian­
za en los padres, que llega a obedecerlos.
En el altar, el sacerdote se inclina sobre la hostia y
dice: «Esto es mi cuerpo» y Cristo obedece. Los padres
procrean el cuerpo de un niño y Dios obedece y crea un
alma. Pero no un alma cualquiera, sino la que conviene
a este cuerpo procreado por sus padres y por todos los
antepasados. Aunque estos padres fueran culpables, aun­
que profanaran el amor humano, Dios obedecería a pe­
sar de todo.
Dios pone confianza en todos sus hijos. Vosotros te­
néis a tal muchacha en vuestra aldea... Ah, esto no, no
queréis invitarla a las reuniones de Acción Católica; es
esto, eso y aquello... Los beatos pondrían el grito en el
cielo.
¿No queréis confiarle una responsabilidad cualquie­
H. Q O D I N

ra. a pesar de todo? Dentro de seis meses esta chica se


casará y Dios le confiará la misión de hacer a su imagen
el cuerpo de su hijo, de un hijo de Dios. Él le confiará
totalmente el alma de su hijo a fin de que le dé esta pri­
mera formación que nada -ni nadie podrá destruir o re­
emplazar.
Por esta razón las cosas del amor son grandes y no­
bles: todas son infinitamente bellas en tanto que están
en el plan de Dios, y el crimen, el sacrilegio de la impu­
reza es tomar estas cosas sagradas para profanarlas.
Dios ha juntado el placer con la carga para ayudar­
nos a llevarla. No es el pago de nuestra acción, porque
éste tendrá lugar en lo Alto; únicamente son alientos,
una satisfacción provisional. A la necesidad de comer,
Dios ha unido el placer de los alimentos sabrosos; a la
necesidad de dormir, el descanso del sueño; a la necesi­
dad de trabajar, la alegría de la labor acabada; a la ne­
cesidad de poblar la tierra y el cielo, Dios ha unido ale­
grías y placeres diversos, todos buenos y sanos, hermo­
sos, puros y sagrados, cuando no están separados del
amor total, del amor en el plan divino.

¡Ah! tanto os ama Dios, que quiere confiaros el cui­


dado de que le déis vosotros mismos sus hijos. Aquellos
hijos que Él amará toda la eternidad y que amará mu­
cho más que vosotros mismos. Dios os asocia no solamen­
te a su función de Creador por el trabajo, sino también
a su eterna Paternidad.
Y esta colaboración va a durar gran parte de vuestra
vida, pues educar un niño es formarlo; es, sobre todo,
ser su padre y su madre; es colaborar estrechamente
con Dios.
Lo que quizás es más hermoso en el hombre, es que
LEVADURA EN LA MASA 7$

no sea sólo un espíritu, sino también un poco de carne


delicada y sensible, que sea capaz de transfigurarse has­
ta el gran honor de poder dar a Dios nuestro Pabre, sus
propios hijos que, vivificados por el Espíritu Santo, se
lanzarán a la vida como hombres nuevos, plenamente
transparentes del espíritu de Cristo.
Esta colaboración Dios la quiere humana, carnal y
pesada en sí misma para que, transfigurada por su amor,
llegue a ser una cosa maravillosa y sagrada: un sa­
cramento.
La Revolución
de Cristo
a) nuestro jefe y nuestro hermano

Sin duda que habréis visto cómo los hombres que se


dejan arrastrar por el pecado, llegan a ser duros e insen­
sibles para el bien y para el mal; llegan a encontrar
normales las cosas más monstruosas y a no sentir las
infinitas delicadezas que Dios ha puesto en nuestra alma.
Lo mismo aconteció con toda la humanidad durante lar­
gos siglos; después de la caída de nuestros primeros pa­
dres y de todos los pecados acumulados de sus hijos, los
hombres llegaron a no distinguir el bien y el mal; los
mismos judíos, los únicos que seguían la ley impuesta
por Dios, obedecían no porque era el bien, sino como mer­
cenarios, para no ser castigados.
Y, en efecto, la humanidad había caído hasta lo más
hondo. He aquí tres ejemplos de ello.
—De cada diez hombres ocho habían caído en la es­
clavitud, tratados como animales y aún peor que las bes­
tias, hasta tal punto que no podemos hacernos siquiera
una idea.
—Según la tradición, se había de buscar seis mucha­
chas vírgenes para sacerdotisas de los dioses antiguos,
las Vestales, y no se las encontraba en todo el Impe­
rio Romano.
—La guerra no cesaba de azotar al mundo, y se la
consideraba como cosa normal, necesaria, como un ejer­
cicio de la vida de los pueblos...
76 H. G O D I N

Dios, nuestro Padre, viendo este estado de cosas, en


su infinita bondad quiso remediarlas. Volvió a poner a
la humanidad en una situación más admirable aún de
como la había creado. Con frecuencia decimos que Cris­
to nos ha rescatado: es cierto,‘pero es una comparación
que puede ser mal interpretada; Jesucristo no ha dado
su sangre al demonio para «pagarnos», para volvernos a
tomar y ayudarnos. Más que reconquistarnos, lo que
hizo fue enseñar a reconquistarnos a nosotros mismos
con su ayuda. Como hace aquel hijo de «buena familia»
qup habiendo cometido faltas graves, va a rehabilitarse
por medio de algunos años de destierro, durante el cual
llevará una vida ejemplar y perderá sus malos hábitos.
El mismo Cristo nos dice que ha venido a traernos
el amor, a enseñamos a que nos amemos los unos a los
otros. Y éste es, sin duda, el mejor medio de cambiarnos,
de unimos a Él v de reconciliamos con su Padre Ce­
lestial.
También nos dijo que había venido para damos a
conocer al Padre, que había venido para hacer su vo­
luntad y que nos comprometiéramos a imitarle, a fin de
que Dios no sea servido por esclavos, sino por hijos que
le amen.
Nos dijo más todavía: que vino a traem os la Vida,
para que vivamos plenamente de esta vida que es la
misma vida divina.
S?n Pablo piensa y enseña que Cristo vino «para ma­
tar en nosotros al hombre viejo y hacer de nosotros hom­
bres nuevos». Vino a cambiamos completamente, a re­
novamos.
Había un mundo antiguo, envejecido, y el Apóstol
nos pide que hagamos un mundo nuevo.
Había unos hombres roídos por el egoísmo y cada
uno de nosotros debe trabajar para hacerse y hacer
hombres que piensen sobre todo en los demás, por amor
y a ejemplo de Cristo.
LEVADURA EN LA MASA 77

Esto se llama poner las cosas en su sitio. Es endere­


zarlas cuando están torcidas, y así restablecerlo todo en
el orden.
En una palabra, esto es hacer una revolución (hacer
que las cosas defectuosas evolucionen en sentido con­
trario).

Cristo, nuestro modelo


viaje de estudios
Muchos de nuestros hermanos no cristianos miran
a Cristo como a un «gran hombre». Un poco de inteli­
gencia práctica les obliga, efectivamente, a admitir la
existencia de Jesús de Nazaret. ¿Quién podría contem­
plar esta sublime figura sin admirarla? Pero no van
más lejos.
Muchos cristianos, al contrario, no ven en Cristo más
que a Dios. También es un error. Ciertamente Jesucristo
ha probado de manera palpable que es Dios; se ha lla­
mado, incluso, el «Hijo del Altísimo»; pero no ha insis­
tido menos en que era «hombre», y hablando de sí m is­
mo se da el nombre de «Hijo del hombre», es decir, se*
gún el lenguaje hebraico; «hombre».

Es muy fácil, en efecto, considerar en Jesucristo al


Hijo de Dios, capaz de obrar grandes prodigios; pero
para nosotros es, sin duda, más provechoso el conside­
rar en Él al Hijo del hombre, que ha dicho:
«Aprended de mí que soy manso y humilde de co­
razón.»
«Os he dado ejemplo a fin de que sigáis mis huellas.»
78 H. G O D I N

«Amaos los unos a los otros como yo os he amado.»


San Francisco de Asís tenía verdadera pasión por
imitar a Jesucristo y le amaba en todo lo bueno. A me­
nudo, creemos tener para Cristo un amor espiritual,
cuando en realidad es un amor que permanece, en las
nubes, sin vida. Jesucristo Dios es al mismo tiempo un
Hombre; nos ama como hombre y quiere ser amado con
amor humano.
Para amarle, es preciso conocerle.
El Evangelio nos cuenta su vida.
El Evangelio es el libro que debemos leer y releer
con preferencia a todos los demás. Es una carta que Je­
sucristo dirige a cada uno de nosotros.
El Evangelio (con las Epístolas de los Apóstoles)
contiene toda la religión, mientras que los demás libros
de piedad o de meditación son muy poca cosa compara­
dos con el Evangelio. Sólo pueden completarla las vidas
de ios santos y los hechos de los buenos cristianos des­
cribiéndonos la vida del Cuerpo Místico, es decir, la vida
del mismo Cristo a través de las épocas de la Iglesia.
Por esto, amigo lector, te lo suplico encarecidamen­
te: deja este libro para estudiar antes el Evangelio, si
todavía no lo has leído enteramente o te contentas con
los evangelios del domingo. No cometas el sacrilegio de
preferir un escrito prosaico antes que la palabra del
Señor.
*

Te parecerías a Enrique, que, queriendo conocer los


hermosos paisajes de nuestros Pirineos, toma el tren,
luego un coche de línea hasta Viella, y durante todo el
viaje, está obsesionado en la contemplación de unas pos­
tales y fotografías, sacadas, del país que está atrave­
sando. Y, llegado a Viella, se encierra en la habitación
LEVADURA EN LA MASA 79

de su hotel, para hojear apasionadamente sus álbumes


y fotografías. Y luego vuelve a su pueblo o ciudad...

¿Te ríes?... En la generación que precede a la tuya,


ha habido muchas devotas que han hecho lo mismo, y
acaso se podría decir otro tanto de la actual.
Debes leer y volver a leer esta carta que el Señor te
envía; su Evangelio.

la fuerza de Cristo

un jefe
Con frecuencia nos representamos a Cristo como un
soñador, más inclinado a los discursos brillantes que a
las acciones enérgicas.
Este Cristo falseado es el de ciertos cristianos ador­
mecidos. que de la religión se hacen una blanda almo­
hada para descansar mejor. Desde luego no es éste el
Cristo del Evangelio.
Cristo era un hombre recio y sano, un carpintero a
quien nunca vimos enfermo, curtido y desarrollado por
el trabajo y el aire sano del campo.
Un día, deja su pueblo, su provincia lejana, y va en
peregrinación a la capital.
Nadie le conoce. Es un simple obrero, un artesano
que sale de su «país desconocido», poco nombrado. Llega
al templo. Ve allí establecidos a los mercaderes, que lo
han convertido en una verdadera feria. Ve todo aquello.
Él, que ama y busca tanto la gloria de su Padre, se in­
digna con toda la dureza de que es capaz un hombre
80 H. G O D I N

fuerte y obra como dueño. No va a reclamar a la ofici­


na; no se preocupa de la policía, que está a dos pasos
de allí, en la Torre Antonia. Castiga duramente a los
mercaderes, arroja por el suelo sus mesas de venta, aque­
llas mesas de cobre que pesan alrededor de unos cientos
cincuenta quilos. Huyen todos. Él permanece allí y nadie
se atreve a decirle nada, aunque los mercaderes y ban­
queros hayan perdido su clientela y su dinero.
De tal manera se impone por su hombría, que nadie
se atreve a protestar.
*

Más tarde se dirigirá a una multitud de cinco mil


personas, y los reunirá en la falda de una colina y todos
podrán oírle.
*

Nunca conoció la timidez ni el miedo. Nunca titubeó


en cantar las verdades a los fariseos con fogoso dinamis­
mo. Toda la gerte detestaba a estos devotos orgullosos,
pero temblaba delante de ellos. Jesucristo se atrevió a
contradecirles antes que nadie, y ¡de qué manera lo
hizo...’ En su corazón no los odia, pero la hipocresía le
subleva y a cada momento siente el ardor de sus sen­
timientos, que, por otra parte, domina perfectamente,
porque es fuerte. Cuando Él quiere, el torrente lo arrasa
todo; pero de ordinario desarrolla un plan muy distinto.
Su fuego interior no se apaga, pero al exterior aparece
la calma todopoderosa de un alma superior.
Simón, el fariseo, y tantos otros son parvulillos a su
lado: dudan, balbucean luego, dice el Evangelio, y no
se atreven a hacerle preguntas.
Un centurión romano (¡y vaya soldados los de Ro­
ma!) le trata como a su gran jefe, y la multitud decía:
LEVADURA EN LA MASA 81

«éste no es como los demás predicadores; sabe lo que


quiere y no tiene miedo de decirlo».
Y aún se espera el hombre que quiera repetir su ex­
periencia; captarse la atención durante tres días, de un
auditorio de tres mil personas, hasta el extremo de que
se olviden de comer...
Sí, sí... Podemos sentirnos orgullosos de nuestro Jefe,
de Cristo.

YO AMO A JESUS
Yo amo a Jesús, que nos dijo
Cielo y tierna pasarán.
Cuando cielo y tierra pasen
m¿ palabra quedará.
¿Cuál fue, Jesús, tu palabra?
¿Amor?, ¿Perdón? ¿Caridad?
Todas tus apalabras fueron
una palabra: Velad.

A n t o n io M a c h a do
Poesías completas
el Sagrado Corazón
lo bondad de Jesucristo
Para mucha gente el Sagrado Corazón es otra per­
sona distinta de Cristo, como un Dios llorón y quejum­
broso, que viene a mendigarnos consuelos. Y esto es un
gran error.
*

Jesucristo nos ama como hombres, con un amor de


hombre, un amor que hace latir su corazón sencillo,
un amor suyo, amor de obrero, con un corazón sencillo,
viril y recio, desbordando aquella fraternidad obrera
que tantas veces hemos admirado. Y desea que le ame­
mos como a un hombre, cada cual con su pobre corazón
de carne, corazón de niño, corazón de joven que Le ama
como a su hermano, como al Jefe admirado; corazón de
muchacha joven que Le ama con toda la ternura de que
es capaz; corazón de hombre que Le ama con fuerza,
incluso quizás un poco rudamente, como se quieren los
soldados o los camaradas.
*

Cristo quiere estar a nuestro lado; quiere que nos


acordemos de que es un hombre como nosotros.
Esto vino a recordar a Santa Margarita María. Pero
todo esto se encuentra ya completamente en el Evan­
gelio. Y de los labios del hombre que abre por vez pri­
mera este Libro, brota naturalmente esta oración:
LEVADURA EN LA MASA 83

«Oh, Cristo, qué hermoso eres, qué grande, qué fuer­


te, pero también, qué bueno...»
Entre los hombres, a menudo unos son fuertes, pero
duros; otros son mansos, pero débiles. Tú, oh Cristo,
Tú tan enérgico. Tú tienes también un corazón estupen­
damente bueno... No quiero representarte en mi mente
con ese rostro afeminado, con esos cabellos ondulados y
ese vestido con bordados de oro, que nos ofrecen tantas
imágenes esculpidas muchas veces por gente que ni si­
quiera cree en Ti.
Tu corazón tan delicado, tan compasivo, tan sensi­
ble es mucho mejor sentirlo como late en un pecho rudo
y bajo la áspera túnica de un trabajador.
Cómo manifestas tu gran corazón cuando lloras so­
bre la tumba de tu amigo Lázaro... Cómo se ve tu gran
corazón cuando encuentras nuestras miserias y pecados,
ante aquella pagana, a la que rechazas primero, para
luego alabar calurosamente su confianza.
*

En la huida del hijo pródigo, no le reprochas nada.


Sin embargo, es fustigado su hermano mayor porque
manifiesta un corazón duro.
A la mujer pecadora, la defiendes con tu silencio im­
ponente, contra aquellos que se regocijan de verla caída,
para tener el gusto de maltratarla.
Y cuando quieres hablarnos de Ti, no te comparas a
un rey, ni a un general victorioso, sino que, para mos­
tra r con más fuerza tu gran corazón te presentas como
un pastor, como un pastor que teniendo cien ovejas co­
noce a cada una de ellas, las distingue una de otra, las
ama. Camina delante de ellas, las llama y ellas recono­
cen su voz, y 121 daría su vida por salvarlas.
O bien, nos muestras tu gran corazón comparándote
a una clueca que esconde a sus polluelos bajo las alas.
8* H. G O D I N

¡Cómo querías tú & los niños...! Cómo sabias consolar


a los que sufren... Cómo amabas a los que son débiles y
a los que titubean...
Cuando tengo algo «que me oprime el corazón», no
quiero confiarme a cualquiera. Busco alguien que me
comprenda. Cómo podré, pues, descargar mi pena en tu
corazón... En tu corazón inmenso, o, como se dice en tu
sagrado corazón...
*

Tal es la devoción al Sagrado Corazón. Y sólo es


c o m p l e t a , s i nuestro pobre corazón de carne se entrega
al amor humano de aquel Cristo, encarnado en todo su
Cuerpo Místico.

¿QUE TENGO YO...?


¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta cubierto de rocío
pasas las noches del invierno oscuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras


pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío
si de mi ingratitud el hiejo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuánta» veces el ángel me decía:


«¡Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía!»
Y cuántas, hermosura soberana:
«Mañana le abriremos» —respondía—,
para lo mismo responder mañana!

L ope de V ega
Rimas Sacras
el Reino de Dios

una sociedad floreciente


Esta página no debería leerse, sino estudiarse con el
Evangelio en la mano.
Cristo nunca dijo que venía a predicar una religión
nueva. Incluso emplea pocas veces el nombre de «Igle­
sia». Habla, sí, del Reino de Dios.
Jesucristo vino a la tierra para establecer el Reino
de Dios.
¿Qué es esto del Reino de Diosf
Para que exista un reino, un estado, un gobierno,
«un orden», se necesita un jefe, unos súbditos y unas
leyes que hagan factible la vida social. Es necesaria, en
fin, una mentalidad, creada por los mismos súbditos,
más o menos dóciles a las leyes.
En el Reino de Dios, el jefe es Cristo. Cristo, Rey de
todos los hombres. Las leyes son los Mandamientos y la
doctrina de Cristo. El espíritu del Reino de Dios es el
principio: «amaos los unos a los otros*.
Jesucristo ha descendido a la tierra, para que todos
le reconozcan como Jefe, obedezcan sus leyes, amándose
mutuamente y estableciendo así el Reino de Dios. Este
Reino debe comenzar ya en esta tierra, donde se encuen­
tran los bueno y los malos (parábolas de la cizaña, de
las redes); y no se impone por la fuerza, sino por la
persuasión (parábola del sembrador).
Este Reino es reino de la belleza y la caridad (pará­
bola del Buen Pastor). Es exclusivista y totalitario (pa-
86 H. G O D I N

rábola del tesoro y de la perla preciosa); en consecuen­


cia, hay que pensarlo bien antes de comprometerse (pa­
rábola de la casa construida sobre roca). Se realiza len­
tamente (parábola del campo y de la semilla), pero debe
llegar a ser muy extenso (parábola* del grano de mos­
taza).
Este Reino de Dios, en definitiva, no es más que el
restablecimiento de la humanidad en su ley fundamen­
tal del amor y la solidaridad, alterada por el primer pe­
cado y por todos los pecados que le siguieron.
Al morir Jesucristo, el Reino de Dios estaba sola­
mente esbozado, pero al ser una obra que exige el trans­
curso de generaciones, Cristo lo constituyó en forma de
sociedad.
*

Si quiero estar seguro de que a través de los tiempos


se conservará un hospital que he fundado, no me queda
otra solución que fundar una sociedad de «amigos o pro­
tectores del hospital», quienes, a su vez, antes de su
muerte recluten otros miembros.
Otro tanto hizo Jesucristo al fundar una sociedad, la
de amigos del Reino de Dios, para conservarla en el
transcurso de ios siglos. Esta sociedad es al mismo tiem­
po el principio de este Reino, de este Imperio, de esta
Ciudad cristiana, que debe extenderse por toda la tierra:
se llama la Iglesia, es decir la sociedad. Los miembros
de esta Sociedad, con la ayuda de Cristo y según su es­
píritu, trabajan para continuar su obra. Por esto se les
llama «cristianos», como se llama republicanos a los que
trabajan en favor de la república, luteranos a quienes ex­
tienden las doctrinas de Lutero.
Un sabio y un médico están orgullosos de luchar por
la magnífica causa de la lucha contra la muerte, y cual­
quier joven se entusiasma ante la idea de aportar su es­
fuerzo a un movimiento que pretende renovar el mundo.
LEVADURA EN LA MASA 87

Más grande que todas es la Causa de Cristo, la cual


'preconiza la Iglesia, y dentro de ésta con nuestro esfuer­
zo continuamos la obra de sesenta generaciones, como
se mantiene una bandera atacada durante siglos, pero
sostenida por la ofrenda generosa de miles de vidas, y
siempre en alto.

EL REINO DE DIOS
El reino de Dios, hermanos,
es reino de la justicia...
libertad de la verdad.
¡Quiera Dios que lo queramos!
Sin él es muerte la vida,
verdad de la libertad.

M ig u e l de U namuno
Canciones
el deber de ser apóstol
lo sociedad de pescadores de caña
Había una sociedad de pescadores de caña muy inte­
resante, y que procuraba enormes ventajas a sus asocia­
dos. Éstos se aprovechaban de ellas muy gustosamente,
pero como eran hombres sin carácter y sin entusiasmo,
nunca se preocupaban de conseguir nuevos miembros;
dejaban este trabajo a los directivos de la Sociedad. Muy
pronto tal sociedad se debilitó, murió y desapareció. Los
pocos miembros que quedaban lo lamentaban mucho y
gimoteaban por la dificultad de los tiempos presentes.
Cristo no quiere que en su Sociedad ocurra lo mismo.
En su sociedad, cada miembro, tanto como los dirigen­
tes (los obispos y sacerdotes), cada uno en su lugar debe
trabajar para la conquista y adhesión de las gentes a fin
de establecer el Reino de Dios en la tierra.
Nunca se ve en el Evangelio que Cristo dirija ciertas
consignas de apostolado a sus apóstoles, haciendo que
los demás queden mano sobre mano. A todos sus discípu­
los d’ce lo mismo: «Sois la sal de la tierra.» La sal es
inútil ?i no se la mezcla con algo; solo es buena si se
mezcla con los alimentos. Pero si la sal se estropea de
nada sirve y deberá echarse; entonces «¿con qué se le
podrá devolver el sabor?»
También les dice: «Vosotros sois la luz». Nunca se
tiene miedo de llevar la luz, que es clara, hermosa y
pura, a un lugar de tinieblas, tristes y negras: para esto
es. Sería ridículo protegerla de las tinieblas metiéndola
en una caja. Al contrario, se la coloca sobre un cande-
LEVADURA EN LA MASA 89

lero, para que alumbre a todos los que están en casa y


a todos los que entran atraídos por ella. En consecuen­
cia, es necesario que los cristianos abran al exterior los
grandes ventanales luminosos de sus almas, para que su
claridad atraiga a los que vagabundean por las tinieblas.
Cuando se posee un tesoro, hay que hacer partícipes
a los demás. Para nosotros la fe cristiana no es sola­
mente un tesoro; es también un depósito que nos ha con­
fiado para que lo transmitamos a todos los hombres,
hermanos nuestros.
Este deber de apostolado no obliga solamente a los
cristianos perfectos: la primera militante escogida por
Cristo fue una mujer de mala vida, la samaritana.
Muchos cristianos olvidan fácilmente este deber de
apostolado. Transforman la religión del Amor, de la Ca­
ridad, en un sistema de egoísmo piadoso, que suponen
agradable a Dios. Esos no son cristianos completos; se­
guramente que lo son menos que aquel muchacho, con
un pasado tal vez pecaminoso, que decide levantarse y
trabajar por la Causa de Cristo, y que se entrega con
todas sus fuerzas, con una energía optimista... al apos­
tolado; pues el cristiano es un hombre a quien Dios ha
confiado la salvación de todos los hombres.

nadie puede amar a sus hermanos


si no es apóstol

los manzanos
Me parece ver los ojos de Anita relampagueando de
extrañeza, casi de escándalo, pues Anita, que hace cada
día su media hora de lectura, que llama espiritual, aún
no ha leído completamente el Evangelio. Titubea, se ru-
90 H. G O D I N

boriza y exclama: «Yo siempre había oído que si en un


cesto de manzanas muy hermosas, se ponía una sola man­
zana podrida, pronto todas estaban contaminadas».
Es verdad, Anita, pero ¿acaso ha dicho Jesucristo
alguna vez que sus discípulos eran mahzanas separadas
del árbol que les comunica la vida, es decir, manzanas
ya muertas ? Podría ser que algunos cristianos —de nom­
bre únicamente— se parezcan a tales frutos, pero a los
verdaderos cristianos Cristo los ha comparado a la leva­
dura, a la luz, a la sal, a un plantel vigoroso, a una casa
sobre la rcca.
Ser cristiano, dijo Cristo, es amar a Dios y a su pró­
jimo como a sí mismo.
Por tanto, aquél que no es apóstol, que no se esfuer­
za toda su vida para lograr que sus hermanos vivan
como verdaderos cristianos, no ama ciertamente ni a
Dios ni a su prójimo.
Tenemos un coche que va a 90 kilómetros por hora,
por una carretera en la cual tú sabes que la riada acaba
de llevarse un puente, y tú dices: «Yo me ocupo de mí
mismo; cuando te ocupas de los demás, siempre tienes
complicaciones; cada uno para sí, y Dios para todos».
Si tú no haces nada para detener este coche, eres un
asesino.
Hay miles de asesinos que se pasean con la frente en
alto, e incluso con una medalla en el pecho.
No, no ama a sus hermanos el que con todas sus fuer­
zas no se consagra a evitarles el mayor mal que les pue­
de sobrevenir.
Dices que eres caritativo, porque has dado de comer
a uno de tus hermanos, y no has socorrido a este apren­
diz, angustiado por las novatadas de su ingreso en el
taller... y te has desinteresado de esta pobre chica sin
ideal, que iba a comprometer toda su vida...
No hace mucho, en una parroquia cristiana una jo-
vencita de quince años se asfixiaba con gas de cocina.
LEVADURA EN LA MASA 91

Hasta los 14 años había sido una joven modelo, pero


era bonita ..., se había dejado llevar y debía ahora dar
cuentas de su mala conducta... La víspera, se suicidó.
Sus compañeras, que la habían dejado desde su prime­
ra caída porque se creían cristianas, se escandalizaron,
se avergonzaron...
Tú, Señor, Tú lo sabes todo...
Tú sabes, por tanto, quién tiene la culpa...
Si esa pobre jovencita
o tantas otras que no hicieron nada para detenerla,
esas otras que no sentían la tentación.
Tú sabes quién es el culpable.
Pero yo, Señor, no entiendo nada, ya lo ves.
* * *

nadie puede amar a Dios


si no es apóstol
un salvamento heroico
Nadie puede amar a Dios si no es apóstol. Ante todo,
porque no ama a su prójimo. «Si no amas a tu hermano
a quien ves, dice el apóstol Santiago, ¿cómo dices que
amas a Dios a quién no ves?
¿Puede alguien amar a Dios, nuestro Padre, si deja
que se pierdan los hijos? ¿Puede alguien amar a Cristo,
si deja que sus hermanos, a quienes Él tanto ama, cai­
gan en el peor de los males y se separen de Él?
*

Érase en cierta ocasión, una madre que iba a pasear


con frecuencia por la Concha, en San Sebastián. Lleva­
ba siempre consigo a su hijo de cinco años y a su hija
Encarna, muchacha esbelta y deportiva, que nadaba
92 H. G O D I N

como un pez. El pequeño se acercó imprudentemente de·


masiado al borde de una roca, y cayó al mar.
Entonces, Encarna, movida por su amor filial, se pre­
cipita en brazos de su madre y con grandes suspiros, le
dice: «¿Lo ves mamá? El pequeño te ha desobedecido,
y por su culpa está en inminente peligro de muerte. Pero
si él se ahoga, piensa en mí. Yo quedo a tu lado para
consolarte. Con mi respeto, con mi cariño y mis cuida­
dos procuraré hacer que te olvides de mi hermanito. Con
mi amor borraré de tu recuerdo esta desgracia que te
atormenta».
Si Encarna se hubiera echado al agua inmediatamen­
te y hubiese hecho lo posible por salvar al pequeño, hu­
biera podido hablar de tal manera (y no Jo hubiera he­
cho así, seguramente). Pero ¿qué ha hecho por su her­
manito?...
Esta historia es un ejemplo, sin duda. Pero, cuán­
tas aplicaciones podríamos sacar de ella, refiriéndolas a
todas las veces en que, sin haber hecho nada^ sin haber
cumplido nuestro deber de apostolado, nos consagramos
al Sagrado Corazón, con palabras semejantes a las la­
mentaciones de Encarna...
*

No; quien no es apóstol, no ama a Dios...


v, ciertamente, ni tienen derecho a rezar, como no
lo tenía aquel misionero cuya historia me contaron. Cuan­
do era seminarista, sentía claramente la voz de Dios
que le llamaba a las lejanas misiones. Todas las circuns­
tancias providenciales le orientaban hacia esta misma
dirección, como los veinte relojes que expone una relo­
jería muestran todos la hora exacta. Pero dudaba: aban­
donar a su querida mamaíta..., y aquel sueño tan aca­
riciado de una parroquia rural, con la iglesia al pie del
autobús. Ciertamente se daba cuenta de que se resis-
LEVADURA EN LA MASA 95

tía a la Voluntad de Dios. Tanto, que un día sintió que


no tenía derecho a rezar el «Padrenuestro». ¿Acaso no
insultaba a Dios, al decir «venga a nosotros tu reino»,
mientras renunciaba a su parte en el trabajo de la di­
fusión de este reino?... Era lógico, y, en su franqueza,
suprimió esta petición del Padrenuestro. Pero, a los tres
meses, ya más generoso, partía para las misiones.
*

Tú, hermano mío, tú, hermana, que leéis estas líneas


¿tenéis realmente derecho a pedir a Dios «Venga a no­
sotros tu reino»?... Si no, suprimid esta petición valien­
temente. Pero que sea para decidiros a cumplir mejor con
vuestro deber. .
*

Negar la propia parte en el trabajo de la Iglesia, ¿no


es acaso hacer inútil la Redención de Cristo?... Verda­
dera monstruosidad. Auténtica profanación de su Cuer­
po Místico...
Por esto, yo creo que no dudó Cristo en decir a los
fariseos hipócritas y formulistas. «Las mujeres de mala
vida entrarán antes que vosotros en el reino de los cie­
los...». Señor... ¿estarán ellas más cerca de Ti que
nosotros, al desentendemos del alma de nuestros her­
manos?...

ser ap&stoL·. ¿para quién?


el buen samoritano
Ya conoces esta historia... Y sabes con qué despre­
cio habla Cristo del sacerdote y del levita insensibles.
Ciertamente, los juzga culpables de falta, y de falta muy
grande. Debían haberse detenidos. Pero ¿por qué?...
H. G O D I N

Si te enteras de que un explorador se ha perdido en


el Polo Norte, ¿tienes obligación de ir a socorrerle?...
No, no es bastante prójimo tuyo. No está suficientemen­
te cerca de ti, próximo.
Si nuestro viajero del Evangelio, detenido en su ca­
mino, en lugar de yacer moribundo en la cuneta hubiese
estado tranquilamente sentado junto a una mesita de
camping, disponiéndose a comer, el sacerdote y el levita
¿hubieran tenido obligación de prestarle auxilio? No,
evidentemente. No tenía necesidad de ellos.
Por tanto, nuestros prójimos más cercanos, aquellos
por quienes debemos ejercer la caridad del cuerpo (li­
mosna) y la del alma (apostolado), según el sentir del
mismo Cristo son aquellos que, a la vez, están más cer­
ca de nosotros y se encuentran en mayor necesidad.
Y esta parábola se dirige a todos los cristianos, sin
excepción.
*

Por otra parte, todos tenemos la obligación de ser


apóstoles con todos aquellos que Dios nos confía, aunque
sólo sea por un instante.
Estamos encargados por el Señor de ayudar especial­
mente a nuestro prójimo más cercano, y debemos, en
particular, distinguir a aquellos de quienes somos res­
ponsables de modo permanente: los que habitualmente
viv«n con nosotros, los que se nos parecen en la edad,
el temperamento, sobre todo los de nuestro ambiente,
y que están más necesitados.

Vivir en una casa sin conocer siquiera a los vecinos


de al lado, no es cristiano, es desconocer esta ley de la
LEVADURA EN LA MASA 95

solidaridad que Cristo ha divinizado con su Cuerpo Mís­


tico. Viajar en tren y encerrarse en sí mismo cuando
se podría iniciar una conversación provechosa, no es cris­
tiano, es «vivir de espaldas»..., etc.

Si el Señor ha colocado a tal compañero o tal compa­


ñera, que ignoran su ideal, cerca de tu taller, si les ha
dado una inclinación hacia ti, hasta tal punto que te
buscan a la salida del trabajo, es porque te los confía.
Eres responsable de ellos, y responderás de su alma en
el Juicio Universal. Cristo quiere ser conocido y amado
por ellos; quiere que se salven. El sacerdote no puede
abordarles, distanciado por los prejuicios. Sólo tú estás
en disposición de darles la verdad; por tanto, de ti deben
recibirla. Y si, como el sacerdote de la parábola del buen
samaritano, pasas de largo, cargas con la sangre de este
hermano tuyo, en tu conciencia.
*
Los movimientos de Acción Católica no han inventa­
do nada nuevo; no han añadido nada a la religión, nada
absolutamente. Simplemente, unen los esfuerzos de quie­
nes trabajan en la conquista de un mismo ambiente, en
las mismas condiciones. Esta unión de esfuerzos, este po­
ner en práctica los métodos, parece ser indispensable
en nuestros tiempos. De tal manera, que se puede decir
que el Evangelio obliga a cada uno a preocuparse seria­
mente de cumplir su obligación de apostolado. Y, salvo
exccepciones debidas a circunstancias especiales, este
medio tan necesario, hoy día, es militar en algún mo­
vimiento de Acción Católica.

P ara la c o n q u is t a de tu a m b ie n t e
TÚ ERES IRREEMPLAZABLE
96 H. G O D I N

ser militante en la vida


el panadero
Andrés es un joven vigoroso y decidido, de grandes
ojos azules. Es el mejor panadero del barrio. Pero aca­
ba de estropear una hornada, y le han salido unos panes
resecos, impresentables. Todo el barrio se enterará...
No obstante, había escogido muy buena harina, bue-
*a levadura... Pero se descuidó al mezclarla bien con
la pasta, y de ahí el fracaso.
*

Si el mundo se eleva poco por el fermento cristiano,


no es por falta de levadura. Por otra parte, la cantidad
es lo que menos importa: bastaría dejarla más tiempo.
Falta que la levadura esté bien mezclada con la pasta.
Es una pasta enorme, tres medidas dice Jesucristo, o
sea de 60 a 80 kilos, basta un puñado de levadura para
que quede fermentada.
*

Por desgracia, ocurre que muchas veces no se mezcla


la levadura con la pasta, por miedo de que la pasta es­
tropee a la levadura, cuando es la levadura la que debe
vivificar toda la pasta.
*

Ocurre también, que se cree que no está bastante


madura, que aún no está suficientemente formada. Y es
precisamente mezclándola con la gran masa de la pasta,
como obtiene toda su fuerza de fermentación.
LEVADURA EN LA MASA 97

¥c

En fin, puede ocurrir también, que con cierta candi­


dez se la quiera guardar aislada, como si así estuviera
mejor que mezclada con la pasta. Pero, probad de comer
un pan hecho solamente con levadura; sería insoportable.
La levadura está hecha para la pasta; sola, no sirve
para nada, no es buena, y pronto se estropea.

Otras veces ocurrirá que se pondrá la levadura junto


a la pasta, pero no se mezclará, temiendo que caiga en­
tre malas compañías.
No obstante, para que la levadura fermente es prefe­
rible que la levadura desaparezca absorbida por la pas­
ta. Que llegue a ser inseparable de la pasta, que se con­
vierta en pasta, pasta viva, viva precisamente por la vi­
talidad que la levadura habrá esparcido por todas partes.
Pero si la levadura tiene miedo de la pasta... el pan
es insípido, no se puede comer.

Y pensar que yo he visto muchas veces en nuestras


parroquias de ciudad y de pueblo, a hermosas y grandes
levaduras, colocadas en lugar excelente, de preferencia,
pero separadas de la masa general de la pasta por un
muro de tres metros, por una barrera de incomprensión,
por un foco de desprecio, o por una empalizada de orgu­
llo... Si Cristo volviera ¿que diría de todo esto?...
98 H. G O D I N

ser apóstol es amar


9

la asamblea general
Carlos es un presidente jocista perfecto: abnegado,
alegre, dinámico, habla muy bien y bromea con gracia,
todo ello con su acento peculiar andaluz y con mucha
palabrería. Lo mejor de los presidentes jocistas.
Estaba preparando la Asamblea General. La quería
con éxito completo, formidable. Una gran pasión le do­
mina: su sección. Quiere que se sección actúe, que vaya
a todo gas, que sea una auténtica carrera por una pista
internacional. Embalado en su propaganda, hostigaba
continuamente a los suyos y les hacía comprometerse
para asistir a la Asamblea General.
Y. a pesar de todos sus esfuerzos, la Asamblea Ge­
neral quedó floja y más flojos aún los resultados... Los
demás compañeros adivinaban que Carlos quería en el
fondo utilizarlos, explotarlos para «su» reunión, «su» sec­
ción, su trabajo personal y, naturalmente, la veían con
indiferencia.
Pobre Carlos.. Trabajas por el reino de Dios igual
que tu compañero Javier trabaja por la política.
Pero has caído en el error moderno que ha viciado a
muchos místicos, y que sacrifica las personas humanas
al interés de la colectividad.
No quiero recriminarte severamente; está todo ello
en el ambiente. Ya lo ves... Tu mismo párroco, que in­
siste continuamente en que asistáis a la función de la
tarde, no es que esté convencido de que dicha función
religiosa sea especialmente provechosa. Su razonamien­
to es mucho más sencillo; quiere que se vea que su pa­
rroquia va muy bien. Y, te lo diré al oído, he conocido
LEVADURA EN LA MASA 99

conventos que han caído en la ridiculez de trabajar para


que su convento fuera una casa más de su Congregación,
para que aumentara el número.
Pero, óyelo bien, es posible que los que trabajaron
de este modo en la JOC, en la Acción Católica, en su pa­
rroquia, recibieran recompensa (caso de triunfar huma­
namente) pero no practicarían ciertamente el amor para
con sus hermanos. Ni la JOC, ni la Acción Católica, ni
la parroquia tienen alma; la JOC, la Acción Católica, la
parroquia, la Congregación Religiosa, todas estas orga­
nizaciones e instituciones son simples medios para la
conquista de las almas: es preciso cuidarlas, hacerlas
vivir, pero sólo como medio y nunca considerarlas
como fin.
Si Carlos hubiera amado realmente a los obreros com­
pañeros suyos, les hubiera convocado no con el fin de
que su reunión fuera un éxito, sino para hacerles cono­
cer y penetrar la doctrina arrolladora de Cristo, capaz
de transformarles toda su vida.
Si no se ama profundamente, individualmente, espe­
cialmente a cada uno de aquéllos a quienes se quiere
conquistar para Cristo, se hace ciertamente propaganda
para un asunto, para un negocio, pero nunca será para
un apostolado de conquista.

cómo amar a nuestro prójimo


la pequeña refugiada
En la última guerra mundial, en una colonia militar
invadida de refugiados, había una pobre jovencita, no
muy inteligente.
Una buena devota al fin se ocupó de ella, no preci­
samente interesada por la jovencita, sino más bien para
salvaguardar las buenas costumbres, que debían ante
100 H. G O D I N

todo ser respetadas, pues, pensaba la devota, esta jo-


vencita, abandonada a sí misma, podía ser pervertida por
los soldados.
Luego le protegió un padre de familia, en considera-
ción a las conveniencias y a las tradiciones, pues son co­
sas que se hacen naturalmente. Este lo hizo con una exac­
titud meticulosa, pero al igual que se somete uno a una
costumbre mundana indiseutida o, también, de la misma
manera que uno es cortés con la gente.
Pronto fue una vieja señora la que rodeó de cuida­
dos a la jovencita. Se tomó este trabajo suplementario
a fin de adquirir méritos, pues se repetía que todo cuan­
to hiciese por aquella pequeña, le sería devuelto en la
otra vida multiplicado por cien.
Al fin llegó a la colonia una muchacha jocista; como
el samaritano del Evangelio dejó hablar su corazón, tra ­
bó una amistad íntima con la jovencita y ya no la aban­
donó jamás...

¿Cómo amaremos a nuestro prójimo?


Cristo define así el amor: amar hasta ser una mis­
ma cosa con aquél a quien se ama. Y ello se deduce de
sus palabras en el sermón de la última Cena. Emplea in­
distintamente las expresiones: «que se amen los unos
a los otros», o bien «que entre sí no formen más que
uno solo, como Tú (oh Padre) y Yo no formamos más
que uno».
Todo ello está ya incluido en esa expresión: amar
al prójimo como a sí mismo, es decir, tenerlo en la mis­
ma consideración que a sí mismo, poner al prójimo «con­
sigo», en vez de integrarse solamente por sí mismo en
interesarse por los dos, o por los tres, o por los diez...
Amar, por tanto, es decir «nosotros» al hablar de
los demás; es darse tanto a los demás que se les ponga
«consigo»...
LEVADURA EN LA MASA 101

Tanto para el amor humano como para el amor di­


vino, está la caridad perfecta: el amor verdadero, por
el cual se ama a la persona por si misma, y la caridad
imperfecta, principio del amor, por la cual se hace bien
a alguien porque así lo ordena la Ley de Dios y a causa
de la recompensa que se espera. El amor completo exi­
ge que se ponga al hermano amado en el mismo plano
que a sí mismo en el orden de las preocupaciones; que se
le considere igual a uno mismo. Amar no es inclinarse
hacia un hermano desde lo alto de la propia virtud, de-
propio saber, del propio apostolado; es darse a él con
todo lo que uno tiene y dárselo con todo el corazón.
Un amor de sensibilidad sólo, no basta; el que ama
debe darse enteramente. Según los distintos tempera­
mentos, este amor será más o menos sensible, más o
menos delicado, más o menos dinámico; pero, siempre (y
aún también más o menos según los casos) debe ser
activo. Hacer algo para probar que realmente se ama,
es la señal tangible que se debe exigir siempre del ver­
dadero amor.
102 H. G O D I N

b) Jesucristo, nuestra vida


E l C u e r p o M ís t ic o

b) con Cristo no formamos más que


unos novios que se quieren mucho
San Pablo no presentaba la vida de los primeros cris­
tianos como un reglamento de policía, ni como una serie
de prohibiciones incompensibles, sino como un dinamis­
mo, como una competición en el estadio, consecuencia
de una gran idea-fuerza que lo guía todo, que lo explica
todo, que justifica todos los sacrificios, que lleva al en­
tusiasmo y a la donación generosa y total de sí mismo.
«Jesucristo vivió hace tiempo, pero sigue viviendo
todavía en nosotros, sigue viviendo por nosotros.»
Cuando el Apóstol había hablado de Jesucristo en
esta forma a una joven, a un aldeano, o a un esclavo,
cuando les había hecho conocer este Cristo tan hermoso
como hombre y como Dios, nada podía ya detenerles.
De todo cuanto sabemos, podemos deducir ya que
existe una unión inaudita entre nosotros y Jesucristo.
Todos.los cristianos tienen el mismo espíritu (el es­
píritu de Cristo, el Espíritu Santo), y esto se manifies­
ta claramente cuando dos verdaderos cristianos se en­
cuentran en un ambiente pagano, en una fábrica, en una
escuela, en un cuartel. A los verdaderos cristianos se
les reconoce entre todos los demás; antiguamente se
decía: «Mirad cómo se aman»... Puesto que si se tiene
un mismo espíritu, sólo se forma un solo ser.
LEVADURA EN LA MASA IOS

Si todos los cristianos tienen un solo espíritu con


Cristo, deben formar con Él un solo ser.
*

Sabemos ya que el amor es hacer de dos uno solo...


y San Agustín insiste en esta idea: «El amor tiende a
realizar en lo posible la unión entre los que se aman:
unión de corazones, unión de espíritus, unión de almas»...
En la tierra no se llega nunca a la unión total..
Aunque dos prometidos pongan todo su empeño en co­
municarse sus pensamientos, tendrán siempre divergen­
cias sobre algunos puntos. Dos esposos, por más que se
estrechen en un abrazo, tendrán siempre dos corazones
que latirán al unísono, pero en definitiva dos corazones
distintos...
*

Cristo nos ama. Y su amor, como todo amor, tiende


a la unión perfecta, con la particularidad de que su amor
es omnipotente y realiza cuanto quiere.
Cada uno de nosotros, y todos juntos, debemos for­
mar con Él un solo ser vivo, misterioso y profundo: su
«Cuerpo Místico».

la vida divina
Carmencitu y su goto
Sólo tenemos una vida.
El geranio de Isabel posee una vida que solamente
le permite alimentarse, respirar y crecer ; es la vida ve­
getal o vegetativa.
H. GODIN

El gato de Carmencita posee también la vida vege-


getativa: se alimenta, respira, crece; de tal modo que
si estuviera completamente paralizado, ejercitaría sólo
esta vida que no siente. Pero además tiene la vida ani­
mal: maúlla, juega, tiene un instinto, etc.
La misma Carmencita, graciosa niña de diez años,
con sus finos cabellos de oro y sus ojos luminosos, tiene
la vida vegetativa, que no siente, y que no interrumpe
ni durante el sueño; tiene también la vida animal, pero
además, tiene la vida del espíritu: entiende, razona, quie­
re, es libre. Y esta vida espiritual la percibe, la siente,
la ve correr en sí misma.
Esta manera de hablar no es enteramente acertada.
Parece suponer que la vida animal se superpone a la
vida vegetal, y que la vida humana se coloca junto a las
otras dos: nada de esto. Carmencita no realiza ningún
acto de la vida humana, que al mismo tiempo no sea de
la vida vegetal o animal; pero precisamente por tener
la vida humana estos actos entremezclados, llegan a ser
infinitamente hermosos, porque son actos humanos.
El gatito cada mañana acaricia dulcemente a su ma­
dre, y Carmencita no deja ninguna mañana de besar
a su madre; pero este acto de Carmencita, cuán enno­
blecido está por la vida humana, aunque se parezca tan­
to al otro. Mi perro «Chuchi» se precipita sobre un hue­
so que encuentra en el camino. Yo encuentro un ex com­
pañero de escuela, lo abrazo gozoso y a veces nos vamos
a comer juntos; el mismo gesto de alimentación del cuer­
po, pero, en mi caso, queda ennoblecido por la vida hu­
mana, que lo impregna de ideas, de sentimientos y lo
convierte en un acto digno.
LEVADURA EN LA MASA 105

*
Carmencita, alegre y jovial, florecita del jardín, pa­
jarito que revolotea, cariño de tu madre, ¡cuán hermoso
es todo esto en ti, hija de los hombres, porque sabes
am ar!...
Pero tú eres cristiana también, estás bautizada, has
hecho seguramente la Primera Comunión; tu alma es
blanca como una azucena, está abierta al Señor como
un lirio de amor, como una amapola, dispuesta a darte
como una margarita. He aquí, Carmencita, que Dios te
ofrece una cuarta vida, su misma vida, una vida que tú
no sientes como la vida humana, porque transcurre en
la fibra más íntima de tu alma; una vida que no se jun­
ta a las demás, sino que las recoge, las sublima, las ilu­
mina; una vida que toma los actos de tu vida humana
y los eleva, mucho más de lo que esta misma vida eleva
los actos de la vida animal; una vida, en fin, que te hace
vivir la vida divina.
Para Dios, que lo ve todo, hay infinitamente más di­
ferencia entre un acto de Carmencita —que está bauti­
zada— y un acto de Lili —que no lo está y por lo tanto,
no posee la vida divina— que entre una acción de Car­
mencita y otra de su gatito. La primera es hija de Di^s,
y ¿quién podrá nunca ponderar bastante de la belleza de
los actos de una hija de Dios?...
Tal vez lo adivinarías un poco si vieras la película
de Walt Disney «El desierto viviente». Verías la vida de
los animales, elevada por la fantasía del artista a la
altura de la vida humana, pletórica y maravillosa. Si se
pudiera filmar la vida humana, de tal manera que bri­
llasen en ella los fulgores de la vida divina, sería cierta­
mente admirable, espléndido.
Cada uno tiene su vida animal, humana, pero sólo
hay una vida de Cristo... en la cual los cristianos for­
man una asamblea con Él, un gran ser «que vive la mis­
ma vida».
106 H. G O D I N

la vida de Cristo en nosotros


1« vmm, lo vid y les sarmientos

Lo que deducimos de las verdades cristianas, Cristo


va a decírnoslo claramente.
« ío soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador.
Todo aquel que en mí no lleva fruto, lo corta, y a todo
aquel que da fruto lo poda para que dé más todavía.
»Ya vosotros estáis limpios, en virtud de la doctri­
na que os he predicado. Permaneced en mí, que yo per­
maneceré en vosotros. Al modo que el sarmiento no pue­
de de suyo producir fruto, si no está unido con la vida;
asi tampoco vosotros, si no estáis unidos conmigo.
»Yo soy la vid, vosotros los sarmientos: quien está
unido conmigo, y yo con él, ése da mucho fruto; porque
sin mí nada podéis hacer. El que no permanece unido
conmigo será echado fuera como el sarmiento inútil, y
se secará y lo cogerán y arrojarán al fuego y arderá.
»Mi mandamiento es que os améis unos a otros, como
yo os he amado a vosotros. Nadie tiene amor más gran­
de, que el que da su vida por sus amigos, y vosotros
sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no
os llamaré siervos; pues el siervo no sabe lo que hace
su amo. Os he llamado amigos míos, porque os he dado
a conocer cuantas cosas oí de mi Padre.»

Esta comparación de la viña, nos muestra muy bien


cómo nosotros no formamos más que uno con Cristo.
LEVADURA EN LA MARA 107

Poco importa que no conozcamos los detalles del hecho


ni cómo se realiza; todos los problemas del amor, aun
del amor humano, sobrepasan de tal manera nuestra ca­
pacidad de comprensión que nunca llegaremos a compren­
derlos completamente. El amor no está hecho para ser
comprendido, sino para ser vivido.
*
He aquí, no obstante, algunas comparaciones moder­
nas, útiles y claras:
Una central eléctrica produce corriente, una vida
eléctrica; esta corriente recoge los hilos conductores y
alumbra por fin las bombillas; da luz a esta hermosa
lámpara veneciana, que sin la luz poco ostentaría su
belleza y con la luz vive espléndidamente. Todas las bom­
billas viven a la vez; si se produce un golpe de luz, to­
das las bombillas lo acusan. Si una está mal colocada y
produce un cortocicuito, todas las demás padecen las
consecuencias; si alumbra otra bombilla o se instala un
nuevo generador, a varios miles de kilómetros, el regu­
lador central oscila y la corriente disminuye o aumenta.
En el oscilador, se puede leer la vida de miles de hogares
de la región.
Si se separa una bombilla de la vida del sector, si
se le corta el circuito, se extingue, muere, aunque sólo
espera revivir, y revive efectivamente tan pronto como
la corriente le penetra de nuevo.
«
Mira ahora una emisora de radio, que vive, canta,
habla; miles y miles de aparatos receptores se han he­
cho para participar y vivir de su vida. Muchos, en ver­
dad, son muebles lujosos, que aunque no funcionan, se
les tiene como adorno en el comedor; pero sólo son autén­
ticamente lo que quieren ser cuando vibran al ritmo de
108 H. G O D I N

la vida de la emisora. Para ello, dos condiciones: que


acepten vivir: que sus lámparas se calienten, que los
transformadores funcionen, que los condensadores estén
cargados. Es preciso, sobre todo, que .acepten la vida
de la emisora, que se regulen para su longitud de ondas.
Entonces viven de la misma vida. Recorriendo varios re­
ceptores, puedo siempre percibir la misma voz del locu­
tor; no la reproducen todos con la misma intensidad y
perfección, pero algunos la dan con suma perfección. A
esta vida que reproducen, le dan su propio matiz, una
tonalidad distinta cada uno, incluso algunos la deforman
un poco, como hacen los peores, los mal sintonizados, al­
gunos la dan más ruda, otros más aguda, pero, no obs­
tante, todos reproducen la misma vida que les hace vivir
a todos. Cerremos el aparato receptor, y la vida de la
emisora queda latente, oculta, capaz de cobrar nueva
vida, cuando de nuevo el receptor conecte con ella.

la vida de Cristo en nosotros


et cuerpo místico

San Pablo, a los primeros cristianos de Corinto, tra ­


bajadores, descargadores, hombres rudos, gente sencilla,
les escribe:
«Estamos injertados en Cristo, somos con Él una
misma planta...»
El cuerpo entero forma un todo, aunque se compon­
ga de muchos miembros distintos, los diversos miem­
bros forman un solo cuerpo. Lo mismo ocurre entre
Cristo y nosotros.
En efecto, todos hemos sido bautizados y todos tam ­
bién hemos sido animados por el mismo Espíritu, para
LEVADURA EN LA MASA 109

formar un solo cuerpo, cualesquiera que sean nuestra


condición y nuestra nacionalidad.
El cuerpo no se compone únicamente de un solo
miembro, sino de muchos y variados.
Si al pie se le ocurriera decir: «Porque yo no soy la
mano, no formo parte del cuerpo», ¿sería motivo sufi­
ciente para que fuera verdad? Y si la oreja dijese: <Yo
no soy miembro del cuerpo, porque yo no soy igual que
el ojo», ¿habría que creerla? Si todo el cuerpo fuera
ojo, ¿cómo podríamos oír? Y si todo el cuerpo fuese
oreja, ¿cómo veríamos?...
Así, Dios ha dispuesto los miembros del cuerpo, cada
uno en su sitio y para su función determinada; y si no
fuera así, si solamente hubiese un miembro, no habría
cuerpo.
El ojo no puede decir a la mano: «Ya no tengo nece­
sidad de ti», como tampoco podría decir otro tanto la
cabeza al pie.
Muy al contrario, los miembros del cuerpo que pare­
cen más insignificantes, son con frecuencia, los más ne­
cesarios. Dios ha querido así que todos los miembros
del cuerpo tengan su importancia y estén situados en
un plano de igualdad y que todos se preocupen unos de
otros. Sufre un miembro, y todos sufren con él. Un
miembro es honrado y todos participan de su alegría.
Así, pues, vosotros sois todos considerados conjunta­
mente, como el cuerpo de Cristo y cada uno de vosotros
forma sus miembros.
¿Qué sucedería en un equipo de fútbol si cada juga­
dor no quisiera mantener su puesto, y sobre todo, si
abandonando su sitio, ocupase el de otro, sin decir nada,
o si se pasara al equipo contrario?...
¿Qué ocurriría si la mano trabajase solamente para
sí misma, si los pies se negaran a huir, porque la que
está amenazada de ser cortada es la mano?
¿Y si el codo, cansado de ser golpeado, pidiera un
no H. G O D I N

sitio mejor en el cuerpo, por ejemplo, encima de la ca­


beza?... Acabáis de reconocer el orgullo ¿no es verdad?...
¿Y si la mano guardase, para acariciar, todo lo que
coge7 Sería el síntoma de la avaricia..
¿Y si cada miembro buscara su propio placer, sin
inquietarse por el perjuicio causado a los demás miem­
bros ni por el abismo en que les precipita?... Sería la
lujuria...
¿Y si la mano tuviera envidia de la cabeza y la cri­
ticara?... Tal hace la envidia...
¿Y si la boca devorase cuanto le parece bueno, sin
preocuparse de las posibilidades del estómago? Eso es
la gula...
¿Y si los miembros salieran cada uno de su sitio?...
Sería entonces la ira...
¿Y si nadie quisiera hacer nada, esperando solamen­
te que trabajase su vecino?... Es la pereza... el mal de
nuestra sociedad.
Pero son mayores males todavía el cáncer, la gan­
grena, que desintegran todo el cuerpo, que separan cada
uno de sus miembros, que los envenenan unos contra
otros, tal como hacen la discordia, la separación, la gue­
rra y el odio..

cada cual tiene su sitio


el concierto
Un concierto sólo resulta selecto cuando cada músi­
co ejecuta perfectamente su partitura. El éxito no de­
pende más del violín que del contrabajo; y si los artis­
tas tienen verdaderamente cuidado de su orquesta, acep-
rán gustosamente !a función que les conviene mejor para
la mayor perfección del conjunto.
Sin duda se nota poco al contrabajo, pero realza y
destaca al primer violín. Si el violín tercero fuera a que­
LEVADURA EN LA MASA 111

jarse al director, éste le recordaría que no toca para sí,


sino que es aplaudido tanto como el flautín.
He aquí una gran verdad... Lo olvidamos con dema­
siada frecuencia en el concierto del mundo, en el con­
cierto de la Iglesia y del Reino de Dios; miramos exce­
sivamente nuestra propia función personal y no atende­
mos bastante al puesto que debe ocupar en el conjunto.
Eduardo, que está enfermo, se desconsuela porque no
puede hacer nada por Cristo... cuando precisamente la
J. O. C. se abre paso allá abajo, en un barrio lejano, que
se debe a su sufrimiento cristianamente soportado.
Dolores, que está muy cansada, se cree incapaz de
rezar, pues el recogimiento la pone nerviosa y no puede
fijar su atención. Hela ahí desolada por tal descenso en
«el amor de Dios». Pero no, Dolores, no has desmereci­
do; es Dios quien te da hoy el puesto de contrabajo en
el magnífico concierto de su orquesta de oraciones; no
te desorientes, sigue el concierto y participa siempre de
la oración de la Iglesia.
Carlos, que se había entregado a fondo, ve que la
Sección no anda bien, y se desalienta, como si sólo hu­
biera una Sección de cristianos, como si en el gran con-
* cierto del mundo, todo estuviera ya perdido.
Elena había llegado a dirigente de la federación,
pero cuando sanó la dirigente enferma a quien reempla­
zaba, tuvo que volver a su sección. Elena no es orgullosa,
pero le sabía mal todo aquello... Debería pensar que el
verdadero bien, el verdadero trabajo cristiano se hace
más en la modesta sección (célula de caridad), que en
la federación (célula de organización); pero, sobre todo,
debiera alegrarse por estar en el lugar que le corresponde.
Si a menudo sufrimos en nuestro corazón excesiva­
mente estrecho, es porque no creemos bastante en esta
gran verdad del «Cuerpo Místico»; los primeros cristia­
nos sacaban de ella su generoso entusiasmo, que tanto
hemos de envidiarles.
112 H. G O D I N

Siempre que sufráis porque no se os ha concedido la


distinción que deseabais y creíais merecer, leed de nuevo
esta página y la precedente.
Sólo Dios sabe cuál es el mejor puesto; tal vez sea
el vuestro. Seguramente que lo es, porque está hecho a
medida vuestra.

la Encarnación y la Redención

el Bautismo
La Encarnación es la unión de la segunda persona
de la Santísima Trinidad con la humanidad. La Encar­
nación principió el día de la Anunciación, cuando Jesu­
cristo comenzó a tomar un cuerpo y un alma como los
nuestros en el seno de la Virgen María.
Pero la Encamación no ha terminado todavía. De
otra manera: sin que nosotros dejemos de ser nosotros
mismos, Cristo nos hace vivir Su vida, nos hace verda­
deramente sus miembros.
Es el gran milagro del Bautismo.
*

En algunas parroquias se rodea el Bautismo de gran


solemnidad. Y mientras el sacerdote derrama el agua
sobre la cabeza del niño, el monaguillo toca jubilosa­
mente la campanilla. Tal manera de proceder está muy
puesta en razón, puesto que en aquel momento se reali­
za un gran milagro parecido a la Consagración en la
Misa.
Cada vez que un pequeño es bautizado, inmediata­
mente comienza a formar parte de la Iglesia y se con­
vierte en sarmiento de la viña viviente que es Jesucris-
LEVADURA EN LA MASA 1JS

to mismo. Se convierte en miembro del Cuerpo místico


de Cristo, del mismo cuerpo glorioso, en el que está
fundido con Cristo y junto con todos los cristianos, her­
manos suyos.

El Bautismo, es la afiliación de los cristianos, pero


es una afiliación que los transforma completamente. El
Bautismo es el nacimiento a la vida divina, mucho más
importante que el nacimiento a la vida terrena. Conme­
morar el día del Bautismo, es mucho más cristiano que
conmemorar el día de nuestra llegada al mundo.
San Luis se firmaba «Luis de Poissy», porque había
sido bautizado en aquella localidad.
Por medio del Bautismo somos una lámpara conec­
tada a la gran instalación, que se convierte en foco lu­
minoso. Somos un aparato de radio conectado con la emi­
sora y que vive su vida. Y así llegamos a ser verdadera
y efectivamente, hijos de Dios y hermanos de Jesucristo.
Por el Bautismo estamos injertados en Cristo, toda
nuestra vida queda en un momento divinizada y todas
nuestras acciones y todas las acciones de los demás con
relación a nosotros, llegan a ser acciones de Dios.
Carmencita es amada por Cristo, Señor y Dios nues­
tro que la quiere con su corazón, con aquel mismo cora­
zón que latía tan fuerte en su pecho cuando vino a la
tierra. Cristo la ama también por el corazón de su novio
Santiago, y por el corazón de su madre y el corazón de
todas sus hermanas...
«Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en
mí», decía San Pablo.
i lk H. GODIN

He aquí una gran verdad: la vida de Cristo en no­


sotros debe transformar nuestra existencia, de modo
formidable, insospechado, inimaginable, divinamente her­
moso.
Dios en nosotros
el pequeño bautizado
Genoveva es una madre joven. Acaba de tener un
niño y es feliz, enteramente feliz. Está en cama y no
para de admirar aquel pequeño bulto rosado, en su ca­
inita, junto a la cual el padre (que hace sólo un año era
todavía un chico enamorado) viene a menudo a ponerse
de rodillas con torpeza, para fijarse mejor en el niño y
retirarse azorado, porque ha despertado a Lucas que pro­
rrumpe en un gran llanto.
Porque se llamará Lucas: mañana, tres días después
de su nacimiento, lo van a bautizar.
Cuando vuelve de la iglesia, envuelto con su hermo­
sa mantita azul, la madrina lo pone en brazos de su ma­
dre. Entonces, Genoveva, lo aprieta junto a su corazón
y lo guarda así mucho rato. Le parece que ha comulga­
do, que Dios está allí presente y le reza desde lo íntimo
de su corazón en el alma de este pequeñín. Y lo abraza
con infinito respeto.
Genoveva tiene razón. El alma de su pequeñín Lucas
se ha convertido en el tabernáculo de Dios. La Santísi­
ma Trinidad habita en el niño.
Ahora, que vive ya de la vida divina, Dios habita
en él.
Pero también vive la vida divina su esposo, que está
en estado de gracia, y todos aquellos que poseen la vida
divina...
LEVADURA EN LA MASA

Cuando hablo con algún compañero, ¿pienso que ea


un tabernáculo de Dios?... ¿que soy un tabernáculo que
trata con otro tabernáculo?
No es de extrañar que algunos talleres estén sucios
material e incluso moralmente, si han arrojado a Cristo
de allí; pero yo llevo a Cristo. Podrá un día prohibirse
a Cristo que vaya triunfalmente por las calles en proce­
sión, pero yo, yo lo llevaré siempre por las calles, por el
metro, o por el campo, incluso en mi moto, lanzada a
cien kilómetros por hora.
Entonces, me dirás: ¿por qué vamos a comulgar, si
ya llevamos a Cristo con nosotros, desde el momento en
que estamos en estado de gracia?...
Es verdad. Pero la Comunión me da el Cuerpo vivo
de Cristo, que viene a alimentar mi vida divina. En el
banquete de hermandad que me funde con la comunidad
cristiana que formo con mis hermanos.
Mas, si un día no pudiera comulgar, hablaría enton­
ces con Dios: «el Huésped divino de mi alma».

la Comunidad
el prisionero libertado
Conozco un prisionero de guerra, que al ser liberado
ha quedado decepcionado de nosotros. Porque no ha
encontrado aquella hermosa comunidad que se había for­
mado en su campo de concentración.
Una Comunidad es mucho más que una sociedad. Se
constituye una sociedad para ganar dinero o para en­
contrar cualquier otra ventaja.
Una comunidad supone una profunda unión de las
almas.
Los hombres, para ser felices, necesitan absoluta­
mente vivir en Comunidad. Las comunidades más fuertes
deben ser un apoyo para las pequeñas.
Y las pequeñas son, sobre todo, las que más necesi­
ue H. O O D I N

tamos como auténticos hogares de calor indispensable


para el alma, para su felicidad, para nuestra vida. Un
hombre solo no puede vivir feliz.
Hay diversas comunidadés: la familiar, la comunidad
más o menos completa del ambiente de trabajo, de ba­
rrio, la comunidad de un determinado grupo de jóvenes
o de una reunión para divertirse.
En el siglo pasado no se tuvo en la debida conside­
ración a las comunidades, y menos a las de los traba­
jadores.
1.° El pueblecito, comunidad muy unida, era abando­
nado en aras de la ciudad, en la cual uno es un número
anónimo en la masa inmensa.
2.° Se era excesivamente individualista, racionalis­
ta. Es decir, que en el hombre sólo se apreciaba su in­
teligencia y no se miraba suficientemente su corazón,
su necesidad mística. Precisamente, son estas dos cosas
las que hacen sentir más la necesidad de la comunidad.
Y porque los hombres han estado durante mucho tiempo
privados de las comunidades necesarias, ahora tienen
verdadera hambre de ellas.
Por esto también, algunos llegan a entregarse a una
Comunidad hasta el punto de destruir su propia perso­
nalidad.
Y no es menos cierto, que todos nosotros debemos
hacer de nuestras almas, instrumentos capaces de seguir
con entusiasmo y mística un magnífico trabajo hecho
en común.
_ _ _ _ _

Un labrador. Araba tierra de otros,


comía pan de otros. Y también,
al morir, moría por los otros.
Seguramente Dios le hizo justicia.
M a r c e lo A r r o ita -J á u r e g u i
Tratado de la pena
la iglesia* comunidad de los cristianos
una comunidad dinámica

La solidaridad humana es indispensable (se ha visto


al principio del libro) y lo es en todos los planos: mate­
rial, económico, industrial.
Es también necesaria para las cosas del espíritu. Si
no nos transmitiéramos con agrado los descubrimientos
y las riquezas morales de los unos y de los otros, y de
todos los que nos han precedido, viviríamos como ani­
males. La solidaridad religiosa es también necesaria, y
en este aspecto se llama Comunidad.
La Iglesia es la comunidad más profunda y más mís­
tica. Ninguna otra puede como ella fusionar íntimamen­
te las almas, damos un espíritu común tan fuerte y una
sola alma común, que es el Cuerpo místico.
Los cristianos forman con Cristo una misma reali­
dad maravillosa. Son «uno».
Esta comunidad cristiana la sentimos perfectamente
en la Iglesia primitiva. Los primeros cristianos no tenían
más que un sólo corazón, una sola alma. Si un discípulo
de Cristo encontraba a otro en cualquier parte del mun­
do, por el mero hecho de ser seguidores de Cristo, eran
ya unos viejos amigos. Y entre ellos se llamaban «her­
manos».
Hoy se siente menos esta vida comunitaria, porque
el cristianismo no se vive tan profundamente en las al­
mas. No obstante, la Acción Católica, con sus diferen­
tes especializaciones, encuentra de nuevo la mística cris­
118 H. G O D I N

tiana, que debe ser totalitaria y debe unir profundamen­


te a las almas.
Es preciso que esta mística se adueñe de todos los
cristianos.
Una parroquia debe ser una comunidad cristiana,
alimentada por la misa, la comunión, la caridad frater­
na, la liturgia, puesto que la Iglesia de Cristo por fuera
es una unión administrativa, pero por dentro, en lo pro­
fundo, es la unión de todas las pequeñas comunidades
cristianas. SI fuéramos totalmente cristianos, cuán uni­
dos y fuertes nos sentiríamos.
¿Acaso el sacerdote no se confiesa a los fieles?...
«Me confieso a Dios... y a vosotros, hermanos, que pequé
gravemente...»
¿No es la comunión el banquete de familia de la co­
munidad y la misa su asamblea general...?
Antes de una ordenación y también antes de un ma­
trimonio, ¿acaso el celebrante no suplica las amonesta­
ciones de los fieles cristianos...?
Dondequiera que este espíritu de comunidad esté ador­
mecido, es preciso reavivarlo.
Porque la Iglesia es la más mística, la más dinámica,
la más totalitaria de todas las comunidades, y el mundo
no puede pasar sin ella.

la Iglesia de Cristo
la iglesia de vuestra parroquia
Un gran ideal, una mística profunda sólo pueden de­
sarrollarse y crecer si van sostenidos por una organi­
zación precisa y sólida; es el caso de todos los movi­
mientos de ideas. Esta organización material, a veces,
está incluso en lucha contra la misma mística. La or­
ganización requiere registros, inscripciones, papeles, pru­
LEVADURA EN LA MASA 119

dencia. Pone al frente hombres escogidos, que no obstan­


te no serán nunca perfectos. Hombres cuyos defectos
son más visibles a medida que ocupan puestos más ele­
vados.
Otro tanto ocurre en todas las agrupaciones y en
todas las sociedades... Sin su organización humana
—adaptada a las exigencias de sus tiempos, participan­
do de sus faltas y de sus defectos, y por tanto muy im­
perfecta— la mística no tardaría en desvanecerse y
morir.
Lo mismo suecede con la Sociedad de los cristianos,
fundada por Jesucristo para la salvación de los hombres.
Ha sido fundada por Jesucristo, pero con los hombres.
En consecuencia estará naturalmente llena de imper­
fecciones. Sin embargo, esta organización, como todas las
demás sociedades de la tierra, no engloba a todos los
que participan en la mística cristiana.
Es como la iglesia de nuestro barrio, que se levanta
en la plaza mayor con su campanario apuntando al cielo;
recibe cada domingo cierto número de cristianos y su
párroco saluda a mucha gente al salir de misa; pero
como está en la vía publica y su sacerdote circula por
las calles públicas, hay muchos que captan detalles de
su espiritualidad y, sin embargo, no se abrigan bajo su
techo.
Hay por tanto, en la Iglesia de Cristo, quienes están
afiliados a ella, quienes reciben influencia de su organi­
zación, y también quienes poseen alguna parte de la
gran idea cristiana, los que pertenecen solamente a su
mística, a su alma. Puede darse el caso de que hombres
cuya ignorancia les impide entrar en la organización de
la Iglesia, sin embargo, bajo el impulso infinitamente
secreto del Espíritu Santo, practican la caridad de Cris­
to, aunque por ciertas apariencias parezcan enemigos
suyos.
Incluso se podría pensar que algunas veces poseen
m H. 0 0 DIN

el amor de Cristo más que un auténtico afiliado que no


deja ninguna de las prácticas exteriores de los más ex­
celentes cristianos.
Hay un libro que manifiesta muy bien esta maravi­
llosa vitalidad de la acción directa de Cristo en las al­
mas, un libro que debiera leerse porque dice grandes ver­
dades En él encontraréis la verdadera santidad, la pu­
reza más delicada en una jefecilla de muchachas socia­
listas. Cuando Dios ama a alguien...
Se titula «Mieke, la novia del rincón del diablo», li­
bro más apasionante que una novela y más instructivo
para los jóvenes trabajadores que un tratado de teología.

La Iglesia tiene enemigos entre sus hijos.


Pero también tiene hijos entre sus enemigos.

¿somos santos?

los sontos con corono

Cuando San Pablo escribía a los primeros cristianos,


dirigía su carta también «a los santos que están en Co-
rinto», o en «Roma», y si ahora nos escribiese, pondría
también en el sobre: «a los santos y a las santas que
están en Barcelona, en Madrid, en Zaragoza...», tal como
hacían los primeros cristianos.
Sin embargo, aunque estaban sostenidos por un gran
ideal, ellos, los santos de los tiempos primeros, conocían,
como nosotros, grandes dificultades y grandes fla­
quezas.
LEVADURA EN LA MASA 121


Por otra parte, el catecismo dice muy bien que la
Iglesia es santa: la Iglesia triunfante del cielo, la Iglesia
militante de la tierra, la Iglesia purgante del purgato­
rio. Y si es santa, es porque está compuesta de santos.
Por tanto, somos santos, porque tenemos la vida de
Cristo en nosotros, y esto basta para justificar plena­
mente el calificativo empleado por el Apóstol.
Pilarín se extraña: le cuesta admitir que ella tam­
bién es una santa; para salvaguardar su humildad, cree
necesario protestar. Lo más —acaba por reconocer que
sí— tiene una pequeña santidad solamente pero muy poca
cosa; una santidad irrisoria, ridicula.
Te agradezco Pilarín, de parte de Cristo, tu senci­
llez, pues Cristo debe sentirse verdaderamente halagado
de tus «ejercicios metódicos de humildad». Te pareces
al obrero que se sonroja al saber que tal coche ha lle­
gado primero en la carrera, cree que debe tomar aires
de suficiencia y de circunstancia por el éxito del coche,
pues ha sido él quien ha niquelado las empuñaduras...
Pilarín, tú estás diciendo a Cristo: «Señor, me has
dado tu Vida, pero como la vivo menos intensamente
que Santa Teresita de Lisieux, creo que tu Vida no vale
gran cosa... Lo que contaría, lo que la haría muy inte­
resante, serían mis virtudes, las que yo podría añadir...»
Pero esto es orgullo, el asqueroso orgullo; la senci­
llez cristiana es muy distinta...
Cuando estamos en estado de gracia, somos santos.
Si muriésemos en tal estado, iríamos al cielo o al pur­
gatorio, pero sólo a un lugar reservado para los santos.
Se celebraría nuestra fiesta y se nos invocaría el Día de
Todos los Santos, aunque no estuviésemos canonizados.
No se hace propaganda de todas las clases de vino y,
sin embargo, algunos militantes de la JURAC (Juventud
Rural) os darán a gustar ciertos vinos, que aun sin ser
122 H. G O D I N

embotellados, no son inferiores ni mucho menos... Co­


nozco modistas que no tienen escaparates y que, sin
embargo, confeccionan mayores maravillas que las que
se exhiben en los grandes almacenes.
Es preciso propagar la figura de algunos santos,
porque son modelos más completos, más equilibrados,
con mayor poder de atracción, y son más dignos de ser
imitados. Pero no creáis que los santos canonizados son
necesariamente más santos que los demás; son preciosos
modelos de cristianos, cuidadosamente seleccionados,
pero su elección no se ha hecho comparándolos con todos
los demás.
Para que un cristiano sea canonizado, es necesario
que reúna muchas condiciones, que en algunos casos se
encuentran más fácilmente; se necesitan testigos serios
para declarar sus actos, personas activas para lograr
que comience su proceso de beatificación, fondos para
lograr que esto siga adelante, etc. Por esto se da el caso
de que hay más santos canonizados entre los religiosos;
pero no faltan cristianos como nosotros que hayan vivido
en el mundo y que puedieran servir y deben servirnos de
modelo...
DE UNA VIDA DE SANTO

Sobre su nombre y nacimiento


hasta el día de hoy no están
las historias de acuerdo: fue
desconocido y vulgar.

Cuantos le hablaban, le olvidaban


en seguida, para quedar
sin darse cuenta otro poco
más alegres, más en paz.

Quién no le pinta encerrado


en mística soledad;
quién dice que habitó en el ruido,
dejó familia y ganó el pan.

Solo nos consta que solía,


al salir de su portal,
mirar el color del cielo
y, tropezando, suspirar.

Que le gustaba andar despacio,


ir silbando a ver pasar
la gente, y tenía algunas
dulces manías que cultivar.

Sin pensarlo mucho, rezaba


oon costumbre de «ávido ya,
confiaba y se distraía
en la vida y su zumbar.

Murió, y despertó asombrado,


al encontrarse santo allá;
riega milagros pequeños
que a nadie dan nada que hablar.

José M.* V alverde


Versos de domingo
consecuencias del apostolado

el reloj
Cierto día en que un relojero había desmontado un
reloj y con sus pinzas finísimas iba a coger el piñón mi­
núsculo que recibe el movimiento de la cuerda, observó
que el piñón estaba en perfecto estado y brillaba. Lo
miraba con cuidado, cuando el piñón le dijo:
—Yo soy un santo piñón del reloj, y no soy como los
demás piñones, hermanos míos, que se les adhiere todo
el polvo que penetra en la caja; me conservo limpio, sé
cuidarme, sé preservarme; no molesto a nadie, soy un
piñón ciertamente tal como debe ser. Yo te pido que no
me hagas tocar ninguno de estos engranajes, ya tengo
bastante con cuidarme tan bien de mí mismo. Que cada
cual se ocupe de sí mismo.
—Pero, si cada cual se cuida solamente de sí mismo,
¿cómo andará el reloj?... —dijo indignado el relojero.
Sacudió delicadamente sus pinzas y la pequeña joya
cayó entre los trastos inútiles. Y tomó un piñón menos
brillante, pero que aceptase vivir en compañía, y lo mon­
tó en la maquinaria del reloj.
*

El trabajo de cada uno de nosotros, nuestra función,


es una función de «miembro», es un lugar de engrana­
je en un todo.
Si te desinteresas de tu hermano, eres un egoísta, y
no puedes decir que amas a Cristo en su Cuerpo Místi­
co. Crees que lo perfeccionas haciendo de pierna vigo­
rosa y recia, y si la otra está seca y no puede soste­
LEVADURA EN LA MASA 125

nerlo, tú das lugar a un cuerpo cojo que andará sólo


con muletas. Quieres que crezca desmesuradamente un
brazo, y si el otro no se ha desarrollado harás un cuer­
po de monstruo. ¿Cómo puedes decir que amas a Cris­
to?... Lo matas...
El egoísmo, sea cual fuere el motivo en que se fun­
da, aunque sea para mayor perfeccionamiento egocéntri­
co, perfeccionamiento por otra parte imposible, es un
egoísmo que mata siempre a Cristo.
En un avión, la salvación de un solo pasajero depen­
de de la salvación de todos, está unida a la de todos; lo
mismo ocurre para el cristiano. Jesucristo afirmó: «El
que sacrifica su alma por los demás, la salvará». El ma­
rido audaz que arriesga su vida para salvar el barco y
la vida de los pasajeros, salva también su vida.
Todos tenemos una función en el «Cuerpo Místico»,
la función de servidores de los demás, de miembros de
Cristo. Tal función es primordial, y para ser más aptos
para cumplirla, debemos ocuparnos también de nosotros
mismos en la medida que sea necesario.
Al elevarla hasta el amor, Dios ha puesto en la hu­
manidad esta ley maravillosa que reina en el cielo. El
movimiento de cada estrella está en función de lt> pre­
sencia de las demás estrellas del cielo, y más particular­
mente de las que están más cercanas, que forman parte
del mismo sistema: unas dependen de las otras; su des­
plazamiento se influencia mutuamente, y para determi­
narlo, el sabio debe estudiar toda una parte del cielo.
Lo mismo ocurre con nosotros. Estrellas minúsculas
de vida, de libertad y de amor, en el inmenso cielo del
espacio y del tiempo, nuestro Padre, atento y cariñoso,
nos mira cómo nos cruzamos unos con otros. Y al mis­
mo tiempo que nos mira, nos ayuda, nos ama...
m H. G O D I N

el infierno
t

amor rechazado
Érase una vez un joven llamado Juan, que debía ca­
sarse con una muchacha morena muy sensata y serieci-
Ua. Carmen, que así se llamaba ella, poseía un alma ar­
diente y límpida y quería a Juan con todo su corazón.
Juan se fue al servicio militar. Carmen lo acompañó
hasta la estación y antes de marchar el tren, le hizo
prometer que permanecería digno de su amor.
Pero allá lejos, Juan se divirtió a lo loco, profanó su
alma y se hundió en el vicio; cayó enfermo y hasta llegó
a perder toda esperanza de ser padre un día. En su
desespero y en su remordimiento, a menudo se le apare­
cía en su mente el rostro puro y sonriente de Carmen,
que tanto le amaba. Este recuerdo constituía para él
un reproche amargo, y para sentirse libre lo alejaba de
sí con rabia. Si hubiera aceptado por lo menos este pen­
samiento, este recuerdo, se hubiera salvado... Pero no,
en su mente llegó a aborrecer a su novia y a persua­
dirse de que no era ni bonita ni alegre sino un mamarra­
cho ridículo; incluso acabó por odiarla (el odio es el
aiaor roído, desesperado), y a su regreso de la mili no
qui:>o verla nunca más. En el fondo se consideraba in­
digno de ella.
Carmen lloró mucho, mucho. Pero un tiempo después,
otro muchacho, muy serio y formal, la pidió en m atri­
monio, se casaron, tuvieron hijos y fueron muy felices.
La casualidad hizo que Juan fuera a vivir en una
casa contigua a la de Carmen, y por las noches aquél la
oía cantar con voz suave y cariñosa para su esposo;
sentía cómo la felicidad de éstos desbordaba de su ho-
LEVADURA EN LA MASA 127

gar. Cuando llegaron los niños, uno tras otro, un gozo


cada vez más intenso inundaba la casa. Fue entonces,
cuando Juan muerto de envidia se volvió loco; pasaba
los días furioso, rabiando, atormentándose con la idea
de aquella felicidad ajena junto a su aflicción, diciéndose
que aquel amor, aquella alegría, aquellos niños hubie­
ran podido ser los suyos si no hubiera pecado. Sufría
horrorosamente... Su sistema nervioso se iba desequili­
brando. Eso llegó a ser en él una obsesión, como algo
que lo ahogaba, como un fuego que devoraba sus en­
trañas, y no creo que pueda encontrarse en la tierra
tortura comparable a la que roía a Juan, irrevocable­
mente absorto en su vida estropeada, en su amor trans­
formado en odio y en su sufrimiento interno.
Esta es la imagen del infierno. Nuestro Padre no se
divierte haciendo sufrir a sus hijos en el infierno, aunque
sean rebeldes hasta la obstinación. De ningún modo.
¡Qué blasfemia! Pero el que odia a Dios en la tierra se
recluye para siempre en el odio por culpa suya, a la
hora de la muerte. Y sufre horrorosamente porque no
puede volverse atrás; sufre también, por todas las cria­
turas que le recuerdan a su Padre despreciado, una an­
gustia horrible como un fuego abrasador que consume
su alma.
Nuestro Padre no condena a nadie. Son los hombres
quienes se condenan. Nuestro Padre no echa a nadie al
infierno, sino que el que odia a Dios se va él mismo por
sí solo al único lugar donde se odia. El infierno es, ante
todo, un estado de odio, y es tan lastimoso porque el
Señor nos ha hecho capaces de un amor muy ardiente.
El infierno es, más que nada, una falta de Amor.
En el libro de Mauriac «Noeud de vipéres» (Nudo de
víboras) vemos esta suerte de castigo infernal en el to r­
mento de un hombre empujado por su egoísmo hasta el
odio de su familia.
*
el purgatorio

los dos buenos camaradas


Había en Francia dos muchachos que combatieron
juntos en la última guerra mundial. Juntos vivieron en
la guerra y los dos tuvieron que sufrir luego el desastre
y las consecuencias de la misma. Cuántas cosas habían
pasado juntos... Varias veces se habían salvado mutua­
mente la vida, por lo que se amaban como dos herma­
nos. Comenzó la liberación. Uno quedó en zona ocupada.
El otro se dedicó a buscar a su familia evacuada. Así
es el alma humana; los dos hicieron muy pocos esfuer­
zos para volverse a encontrar y ninguno volvió a ha­
blar del otro.
Alejandro volvió a su fábrica de bicicletas. Le fue­
ron bien los negocios y, diez años más tarde, era casi
millonario. Compró una hermosa finca en Bretaña y allí
pasaba <as vacaciones con su familia.
Rosendo, el desgraciado, no encontró ni a su mujer
ni a su hijita, que habían perecido durante la retirada.
Se desanimó. Se entregó a la bebida y diez años más
tarde era un pobre mendigo, que vagaba por las carre­
teras. Un día de fiesta, este mendigo sucio, lleno de roña
y repugnante, llamó a las puertas de la finca de Ale­
jandro. El dueño de la casa salió con indignación al en­
cuentro del inoportuno mendigo y... reconoció inmedia­
tamente a su antiguo amigo.
—Pero, ¿qué te ha ocurrido, Rosendo...? Cuánto me
alegro de verte otra vez. Esta noche cenarás conmigo,
con el gerente de los Aceros Reunidos, con el alcalde y
otros amigos míos...
Al oír el nombre de señores tan distinguidos, se ima­
LEVADURA EN LA MASA 129

ginó un salón magnífico, con sus manteles blancos y ele­


gantes invitadas. Rosendo comprendió inmediatamente
que no podía presentarse en un estado tan deprimente y
lastimoso. Era preciso que antes se purificara. Por tan­
to, pidió que le permitieran ducharse, se afeitó con es­
mero, cortó sus negras uñas, se hizo arreglar el cabello...;
todo esto era un verdadero tormento para él, hombre ya
casi salvaje. No obstante, pensaba con alegría que había
encontrado de nuevo a su amigo, que cenaría con él... y
este gozo le llenaba de tal modo en medio de sus moles­
tias, que gustosamente se entregaba a esta limpieza ex­
traordinaria.
El purgatorio no es ciertamente un tormento que
Dios nuestro Padre impone a sus hijos, a sus santos
(puesto que las almas del purgatorio son santas); el pur­
gatorio es un lugar de limpieza, de limpieza penosa, es
verdad (puesto que allí debe purificarse todo), adonde
van por sí mismos los hijos de Dios para purificarse
antes de entrar en el Cielo, el cual ven demasiado her­
moso para su estado actual. No es Dios quien las con­
dena allí, son ellas mismas las que van allí por amor a
Dios y que están sufriendo dolorosa, pero pacíficamente,
con sosiego, hasta que se sientan en disposición de acer­
carse a Dios.
Por otra parte, fácilmente podrían los hombres dis­
pensarse del purgatorio, puesto que en cada vida hay su­
ficientes padecimientos y torturas, que, bien aceptadas,
pueden ser en la tierra una verdadera purificación de
nuestras manchas, una expiación de nuestros malos pla­
ceres.
En todo automóvil la dínamo produce bastante co­
rriente para compensar las descargas y desgastes del
viaje; pero en nuestra vida, hay tantas dínamos que no
están debidamente acopladas...
130 H. G O D I N

la oración

el ccunpe de patatas
Un agricultor cuidaba mal sus campos. «¿Para qué
apurarse ?», se decía, «mi cosecha depende del tiempo,
de las heladas, y de muchas otras causas, y directamen­
te muy poco puedo hacer en mis patatas».
Era un perezoso; si no puede hacer nada directa­
mente, al menos puede labrar y cavar el suelo, podar los
árboles, estercolar, arrancar las malas hierbas, y de este
modo, aumentará el rendimiento de la cosecha, que, efec­
tivamente, no depende directamente de él.
Lo mismo acontece con la oración de petición. Ra­
món suelo razonar: «¿Para qué pedir a mi Padre del
Cielo, puesto que el plan que tiene trazado sobre mí,
está tergiversado a cada momento por mi mala voluntad
o le. de los demás?»
Pero Ramón olvida que Dios, por su gracia más o
menos merecida, puede ayudar a nuestras voluntades li­
bres; sobre todo olvida el Cuerpo Místico, del que forma
una parte viva; y razona de manera excesivamente in­
teresada, como si la oración fuera un auténtico comercio
con Dios. No; nuestra oración jamás resulta inútil.
Si Ramón reza, aumenta la savia divina que penetra
en el Cuerpo Místico de Cristo: la vida divina circula
por él con mayor abundancia, se afianzan las voluntades
y puedan mejor dispuestas. Pero él mismo amará más
a Nuestro Padre, merecerá su ayuda con predilección y
estará también dispuesto a todo de parte de Él y por Él.
Como niños que somos, tenemos ciertamente gran
LEVADURA EN LA MASA 131

interés en pedir muchas cosas a Nuestro Padre; pero,


también como niños, a menudo pedimos cosas imposi­
bles o perjudiciales (como el chavalín de cuatro años
que pide un cuchillo para jugar). No obstante, nuestro
Padre es suficientemente bueno para no reemplazar su
plan, su sueño de amor con nosotros, por nuestros ca­
prichos. Con todo, nuestra oración no se pierde. Es como
el cambio de aires que el médico ha recetado a Germán,
flaco y paliducho. El tratamiento le curó la grave afec­
ción que comenzaba a minar los pulmones.
Como somos auténticos niños, tenemos derecho a pe­
dir muchas cosas a nuestro Padre; esto nos ayuda a la
oración, y contribuye a que pongamos todo nuestro ardor
en la conversación con Él, y a que aceptemos cuanto Él
disponga. Mas, para las cosas que no son bienes absolu­
tos, como ciertamente lo son las peticiones «Venga a
nosotros tu reino..., no nos dejes caer en la tentación»,
lo mejor es pedir que se cumpla la santa voluntad de
Dios. Y aun conviene que esta condición la añadamos a
todas nuestras peticiones, tal como nos enseña el mismo
Cristo con su ejemplo: «Oh Padre, si es posible aleja de
mí este cáliz, pero que se haga tu voluntad...»
Sin embargo, la oración de petición no es la mejor
forma de oración. «No seamos solamente, dice San Agus­
tín, no seamos ante todo mendigos.» La oración que debe
surgir más frecuentemente de nuestros labios, es la ora­
ción que produce en nosotros confianza en el alma, gozo
en nuestros sentimientos, amor en nuestro corazón, la
oración de alabanza:
«Bendito seas, Señor, por...»
O bien: «Por esto o aquello te alabamos, Señor.»
ORACION EN SILENCIO

Cuando estoy preguntando y, de repente,


levanto a ti los ojos y me callo,
entonces, es, Señor, que Tú me escuchas
y te hablo.

La luz crece en mi alma dulcemente


y en ella está mi cuerpo iluminado
como muerto ya en Ti, cuando me tengas
puro y blanco.

El silencio es, Señor, como la muerte


y sólo has de escuchar mi llanto.
Escucha mi silencio: aún estoy vivo
y preguntando.

J o s é L u is H u r t a d o

Los muertos
la Misa

el rey Leopoldo de Bélgica


La Misa es la oración del Cuerpo Místico, el vínculo
que une nuestras pobres oraciones con la gran oración
de Cristo, el milagro que transforma nuestras débiles
acciones en acciones divinas, y las convierte ec acciones
del mismo Cristo.
Un día el rey Leopoldo de Bélgica se paseaba por su
parque de Laeken, en Bruselas, y vio en el suelo una
hoja de papel arrugada y sucia. Con la punta de su
bastón la sacó del camino, no le interesaba: un papel
viejo, pensó. Pero de repente se detiene, recoge la hoja,
la desdobla y la mira con interés. Ha reconocido la le­
tra de su hija, la princesa Carlota. «¡Caramba! ¿qué ha­
brá escrito en este papel? — ¿y este dibujo?... Pues, no
está mal del todo.»
Nuestras acciones, nuestros esfuerzos, nuestros sa­
crificios, valen muy poco a los ojos de Dios; están lle­
nos de defectos.
El Señor mostró un día a Santa Teresiía los actos de
su vida, en forma de un hermoso racimo de uvas. Pero
cuando la Santa la miró de cerca y con detención, ob­
servó que cada grano tenía alguna imperfección: uno
estaba picado, otro lleno de tierra, otro estaba aplasta­
do, etcétera.
Y aunque fueran perfectas, nuestras acciones no po­
drían merecernos el cielo. Si nos hemos privado por Dios
de un placer terrenal, a lo más que tenemos derecho en
recompensa es a otro placer pasajero proporcionado,
pero a nada más...
Pero, el Cuerpo Místico de Cristo se reúne, y juntos
todos, nos presentamos cada uno con sus ofrendas, Cris-
H. G O D I N

to, con su peregrinación por la tierra, con su vida, sus


penas de trabajador, sus esfuerzos en la predicación, su
angustia entre los hombres, su pasión, su muerte. Tú,
hermano mío, con tu trabajo de ayej·, en el que has bre­
gado duramente, y, no obstante, te ves en la miseria y
con tus hijos enfermizos; tú, hermana mía, con tu ago­
tador trabajo de mecanografía y tu deseo insatisfecho
de ser esposa y madre, y de ese marido que no se vis­
lumbra en parte alguna... Y todos, todos vosotros, her­
manos y hermanas mías...
Cristo, con sus ofrendas, mezcla las nuestras, las
vuestras, tal como en el ofertorio la gotita de agua, que
representa nuestras pequeñas ofrendas, se mezcla in­
separablemente al vino del sacrificio del Señor. Porque
la habéis ofrecido en la Misa, vuestra pena se ha con­
vertido en pena del mismo Cristo, igual que si Él la hu­
biera padecido limando durante todo el día o preocupán­
dose por sus pequeños, o dándole a la máquina o ambi­
cionando aspiraciones legítimas insatisfechas. Porque en
la Misa no estamos ni tú ni yo solos, separados unos de
otros, individualmente. En la Misa somos todos uno; en
la Iglesia, en el Cuerpo Místico es el Cristo total quien
reza y quien en la Comunión, se unirá todavía de una
manera mucho más profunda en este banquete fraternal,
en el que todos reciben el mismo alimento: la Carne, la
Sanare, el Alma del Unico Salvador.
Por este motivo hay solamente una ofrenda, una ora­
ción, una glorificación del Padre: la Misa. Por este mo­
tivo también, cada mañana, el sacerdote o los sacerdo­
tes que tienen cura de almas, ofrecen vuestro día de
trabajo, con sus penas y sus alegrías, a Nuestro Padre.
Y vosotros también, cuando os levantáis, hacéis vuestra
ofrenda en unión de todas estas misas, particularmente
de «vuestra Misa», aquélla en que se ofrecerá a Dios
vuestro día de trabajo.
LEVADURA EN LA MASA

la comunión
a la señora de «Mirasoles» no le gusta la
muchedumbre
— «No —dijo la señora de Mirasoles—, yo no comul­
garé en la misa; hay demasiada gente, hasta hay em­
pujones en la santa mesa... y además, cuando veo al Se­
ñor que visita a la vez tantos corazones, me parece que
es menos mío, menos para mí sola. Ah, no, no. Pediré
la comunión antes de la misa, y así tendré tiempo para
hacer la acción de gracias durante toda la misa.»
Pobre señora de Mirasoles... qué mal entiende el pen­
samiento del Señor...
Comunión quiere decir unión entre todos nosotros,
unión entre los miembros del Cuerpo Místico y con la
Cabeza, el Jefe: Cristo.
Esta unión comienza con la asistencia a la misma
asamblea general, a la misma ofrenda, y se perfecciona
con la participación fraterna del mismo banquete.
La apariencia, el signo (sacramento) de la Eucaris­
tía, no es un trozo de pan y un poco de vino destinados
a un misántropo que lo toma solo bajo un árbol, sino
que es un banquete, y un banquete en común, un ban­
quete que reúne a muchos amigos en torno a la misma
mesa, en un codo a codo que une intimamente a los co­
razones. Cuando en una familia hay un miembro que
está enfermo y no puede sentarse a la mesa con todos
los demás, se le lleva luego un plato a su cama, su parte
del banquete familiar; pero en la intención y el deseo, el
mismo enfermo está también presente en la asamblea
fraternal, reunida en el comedor de la casa.
tS6 H. G O D I N

La Eucaristía es el sacramento de la unión, de la


unión de los cristianos entre sí, de los cristianos con
Cristo en el Cuerpo Místico. Por esto insiste tanto Cris­
to Nuestro Señor en que nadie se acerque al banquete
eucarístico sin haberse reconciliado con aquellos con
quienes esté enemistado. «Si en el momento de presen­
tar tu ofrenda al altar, te acuerdas de que tu hermano
tiene una queja de ti, dijo Jesucristo, ve primero a re­
conciliarte con tu hermano.»
No digas nunca: «El Señor está en mí, lo amo...»
Sino di mejor: «El Señor está con nosotros, lo amamos.»
La Comunión estrecha los lazos del Cuerpo Místico.
De modo insensible, pero profundamente real, nos acer­
ca a todos los ausentes a quienes amamos, a nuestros
difuntos, ante todo, ya estén en el cielo o en el purga­
torio, a nuestros prisioneros, a nuestros amigos de viaje,
a todos aquéllos por quienes rezamos.
No sentimos su presencia, pero, sin embargo, estamos
muy cerca de ellos en Cristo. Podemos hablarles, o me­
jor aún podemos juntos hablarnos y hablar juntos al
Señor. Me decía Dolores: «Cuando quiero estar con mi
marido que pereció en la guerra, voy a comulgar.»

Si eres débil, hermano mío, si pecas a menudo, y aún


si pecas gravemente, si estás apenado, si tienes grandes
responsabilidades, si tienes a tu cargo muchas almas, o
si quieres empeñarte en grandes empresas, acércate y
únete estrechamente al Cuerpo Místico, a Cristo y a tus
hermanos que pueden ayudarte y que te aman. Cuanto
más frío se tiene, tanto más se acerca uno al fuego;
LEVADURA EN LA MASA 137

cuanto más solo te sientas, tanto más debes ir a comul­


gar en el Banquete común.
Cuando está enfermo un miembro de nuestro cuer­
po, le ponemos compresas calientes, para que la vida
que, de todo el cuerpo y sobre todo del corazón, fluye
a este miembro, circule más abundantemente y pronto
tengamos fuerza y bienestar.
Solo, te sientes débil... Pero no debes ignorar que no
estamos aislados: hay millones de cristianos... Todos
están unidos contigo... Acércate a ellos, únete con Cris­
to, comulga a menudo.
LA ORACION DE LA IMPACIENCIA

Como se espera una cita que nunca ha faltado,


te esperaré. De íodillas, sentado,
paseándome a lo largo de la impaciencia del río...

Por todo el tiempo que Tu amor lo quiera.

¡Te esperaré, Dios mío,


como tu Paz espera!

Más allá del martirio de los hombres,


la corona de Dios. Y su palabra
más allá de las fútiles
palabras de los hombres, decisiva.
¡Más allá la corona
viva de su Pakbra!

Eres el mar.
Son tuyas todas las playas,
pero ninguna es la tuya...
¡Oh corazón, glorioso
cosmopolita sin hogar ni patria!

P e d ro M.* C a s a ld á lig a , C m f.

Palabra ungida
el sufrimiento
los que pagan
El sufrimiento es un mal. Es siempre el resultado de
un desorden introducido en el plan de Dios; la conse­
cuencia de un pecado. Lo que en verdad es un bien, y
hasta un gran bien, es la sumisión, el abandono a la vo­
luntad de Dios; en una palabra, el amor verdadero y
controlado, que el sufrimiento nos ayuda a practicar.
Nuestro Padre se arregla para que incluso del mal
(causado por los hombres) podamos siempre sacar un
mayor bien.
*

Nuestro amor de Dios puede ser tan grande en la


dicha como en el sufrimiento. A través de su prome­
tido de quien está locamente enamorada, María de los
Angeles ama a Dios con amor exuberante de dicha. Más
tarde, lo amará también a través de aquel bebé son­
riente y encantador.
No obstante, cuando se es dichoso, es tan fácil to r­
narse egoísta, amar sólo para sí y no en el plan de Dios...
Es tan fácil entonces no comprender el sufrimiento de
los demás... En realidad, es tan fácil no amar ya since­
ramente... Y todo ello como reto del endurecimiento de­
positado por el pecado en el corazón del hombre. Esta
dureza es el dolor.
uo H. G O D I N

El que padece, algunas veces paga por sí mismo; de


ordinario paga por los demás, y en consecuencia, parti­
cipa plenamente en la solidaridad del Cuerpo Místico.
Vive para los demás. Si no rechaza su misión rebelán­
dose u odiando, vive en Cristo, vive para Cristo. Es un
redentor, otro Cristo, se parece a Cristo. Participa ple­
namente en su misión redentora del mundo. Es especial­
ícente amado de Dios y un verdadero santo.
*

Cristo Jesús sabe muy bien lo que es el sufrimiento.


El mismo, dominado por un sentimiento que en otro sería
desesperación, exclamó desde la Cruz: «Padre mío, ¿por
qué me has desamparado?». Conoce la rebelión de todo
nuestro ser ante el sufrimiento. No puede mirar como una
injuria aquella palabra dura y áspera que arranca de
nuestros nervios cuando se ceba en nosotros la intensi­
dad del sufrimiento. Lo que mira con predilección es lo
más profunda de nuestra alma, el estado íntimo de nues­
tro ser, y de ello dice sobre todo: «Quien no está por
mí, contra mí está; quien sabe padecer sin el odio en su
corazón, está clavado en la cruz conmigo y rescata con­
migo el mundo».
*

La Religión nunca nos ha prohibido llorar; cada uno


reacciona según su temperamento, unos derraman lágri­
mas en abundancia, otros lloran más silenciosamente.
Cristo lloró también amargamente, y cuando San Pablo
nos dice: «No lloréis como los paganos que no tienen es­
peranza», no nos prohíbe que dejemos escapar nuestras
lágrimas, sino sólo el que nos desesperemos. Quiere que
LEVADURA EN LA MASA 1+1

sepamos que nuestro Padre, un día no lejano, enjugará


nuestras lágrimas y nos devolverá ampliamente cuanto
hemos perdido. Así, las lágrimas son una hermosa ora­
ción, una oración plenamente humana, la única oración
que podemos elevar en ciertos momentos, y la única que
algunas almas podrán hacer siempre. En el gran con­
cierto del Cuerpo Místico, que estas lágrimas aporten al
menos la melodía de este sufrimiento confiado; otras al­
mas más ardientes pondrán letra a esta música...

dolar de una madre

Ahora que ya ha muerto...


Ahora que ya no hay nada para mi sobre la tierra,
porque mi hijo ha desaparecido, ahora que todo ha ter­
minado para mi, porque todo ha terminado para él; ahora
que ya he perdido toda esperanza y que me siento morir,
porque él, mi hijo, ha muerto, ahora que soy como una
pagana...
Dejadme Vos, la única hacia la cual puedo ir sin que
mi corazón se subleve, dejadme ir a Vos.
Oh, Madre de los dolores, Dulce Mártir, a quien tam­
bién han ursupado vuestro Hijo...
Oh, Vos, Madre la única que no rechaza. Vedlo, Ma­
dre. Yo no puedo entrar en una iglesia, donde he entrado
demasiadas veces con él o por él; ni comulgar, porque
he comulgado demasiado por él ; ni dirigir ninguna ora­
ción a Dios, a quien he rechazado demasiado, a Quien
he rezado tan bien, tan ardientemente, con tal fuerza,
con tal fe, con tanta certeza de ser escuchada.
Vos, Señora, la única cuya serenidad y dulzura no
hiere mi corazón destrozado, porque Vos también estáis
destrozada, abatida. Vos me comprenderéis...
Dejadme apoyar sobre vuestras rodillas mi frente ba-
H2 H. G O D I N

ñada en sudor de tristeza, mis ojos desencajados, ya va-


dos de lágrimas y por esto más abultados... Y dejadme
quedar junto a Vos...
No, no os le ocho en cara. Vos, pobre Madre que no
habéis podido hacer más. Si hubieseis podido, le hubie­
rais salvado, hubierais salvado a mi hijo, como al Vues­
tro seguramente, si hubiese sido posible.
No es culpa vuestra si los dos han muerto. Ahora,
sernos hermanas en el dolor.
Nuestras miradas los habían visto crecer, y les veían
marchar cada mañana y volver cada tarde después del
trabajo, sintiéndonos orgullosos de la fuerza de su ado­
lescencia.
Así, hasta el día en que vimos cómo partían en la
vida para la guerra el mío, y también el vuestro para la
guerra contra todo mal. Y nuestro corazón se desgajaba
con el pensamiento del inminente sacrificio; luego reco­
braba la esperanza, ansiosa ante las noticias que llega­
ban o que a veces tardaban tanto en llegarnos. Después,
como le vimos ya tanta# veces expuesto a perecer y, no
obstante, salvo, nuestro corazón se había estacionado en
una dulce esperanza, una esperanza irreflexiva que de
pronto volvería.
Fue preciso que un día se llegaran a truncar todos
nuestros sueños.
Vos supisteis que había sido condenado, y corristeis
para verlo padecer.
Yo supe que había muerto antes de saber que estaba
herido y no pude correr a cerrarle los ojos.
Os lo pusieron en vuestros brazos, ya destrozado. Yo
no sé qué manos lo llevaron a la tumba. Por la noche,
Vos lo llorasteis hasta el sepulcro.
Yo no sé donde lo han puesto o en qué hoyo de obús
o en qué trinchera yace sin lavar, junto al charco de su
misma sangre, de su sudor y polvo.
Oh, madre Dolorosa, dejad que os hable. Vo sois la
LEVADURA EN LA MASA US

única a la cuál puedo hablar sin que mi corazón desfa­


llezca.
Vos. Madre bondadosa, que ya no podéis hacer nada. ..
dejad que os rece esta desesperada oración... Dejadme...
No os pido nada. No quiero pediros nada. Ni a Vos
ni a nadie. Yo no tengo esperanza de obtener nada de
nadie.
Sólo os pido que me dejéis reclinar la cabeza en vues­
tras rodillas... y que me miréis con dulzura.
Sólo os pido que mis sienes no exploten, que mi cora­
zón no me atormente más inútilmente, que mis ojos vuel­
van a recobrar sus lágrimas.
Dejadme esperar junto a Vos que recóbre la Fe, que
recobre la Esperanza, que recóbre la Caridad.
Dejadme esperar que un día pueda rezar nuevamen­
te. .. Así sea.
(Oración del pobre soldado y su madre. R. P. Don-
coeur. Edit. L’Orante.)

la vida de la Iglesia
la continuación del Evangelio
¿Puede conocerse un artista estudiando simplemente
su vida, pero sin mirar para nada sus obras? ¿Puede te­
nerse una idea completa de cuánto ha hecho en su exis­
tencia, si se descuida absolutamente lo que continua ha­
ciendo después de su muerte por sus obras: sus libros,
sus cuadros, sus esculturas, etc.?
Esta comparación es muy imperfecta cuando se la
aplica a Cristo.
Cristo ha vivido treinta y tres años sobre la tierra
y el Evangelio nos refiere sus hechos y sus palabras.
Cristo continúa viviendo en sus cristianos, en sus santos,
m H. G O D I N

y al estudiar los hechos de éstos, seguimos aprendiendo


a conocer a Cristo. El Evangelio no nos da un conoci­
miento completo de Cristo, si nosotros no juntamos a
ello la historia de la Iglesia, o, más exactamente, la his­
toria de los santos, la historia de Cristo, que continúa
viviendo por sus santos.
Admiramos a Cristo en el Evangelio.
Le adoramos en la Eucaristía.
Es preciso que sepamos también hallarle y amarle
en su Cuerpo Místico y en cada uno de sus miembros,
hasta el más ínfimo de los cristianos.
Saber reconocer a Dios, nuestro Padre, en la Natu­
raleza que canta Su gloria, es algo grande y hermoso,
pero es más espléndido todavía saber reconocer a Cristo
en la vida, en la vida que vivimos cada día y cada uno.
Cristo quiere revelársenos sobre todo a través de esta
vida, por todos sus santos, por aquéllos que conocemos
y por aquéllos que nadie conoce y que San Agustín se
precia de nombrar.
Los santos cuya vida se vende primorosamente im­
presa en las librerías de la calle y que han sido canoni­
zados para servir de modelos a toda la Iglesia; y también
los santos que viven junto a nosotros y que son «nues­
tros santos» porque Dios misericordioso los ha puesto a
nuestro alcance. Todos los santos y todos los actos her­
mosos y buenos, deben darnos a conocer a Cristo.
Cristo vivió durante treinta y tres años una vida te­
rrestre, que ahora se continúa gloriosa por una parte
en el Cielo y por otra en la sociedad de los cristianos,
en la Iglesia.
Su historia es el Evangelio, y es también la vida de
los santos.
Todos nosotros continuamos, o mejor dicho, es Cristo
el que por nosotros continúa la gran epopeya comenzada
en Galilea y en Judea. Cristo padece todavía en aquel
LEVADURA EN LA MASA

desgraciado que está sin habitación, goza en el hogar


primaveral que se abre a la vida, reza en este templo
con esos jóvenes, llora con aquella madre que llora a su
pequeño, canta en este niño de Primera Comunión y
muere nuevamente en cuanto a la vida perecedera en
aquel pobre agonizante.
Cuando rezo, es Cristo quien reza en mí; cuando miro
de hacer algún bien, es Él quien habla por mí; cuando
espero y amo según su ley, es Él mismo el que ama en mí.
Cada hombre reproduce en la tierra una imagen es­
pecial de Dios, nuestro Padre, imagen que jamás volverá
a encontrarse en ninguna parte. Cada uno hace resaltar
una perfección divina (aunque sea, tal vez, algo mutila­
da, como aquellas estatuas antiguas que, no por estar
incompletas, pierden su belleza), pero esa perfección di­
vina de cada uno en particular, no volverá a reproducirse
en la tierra. Cada cristiano muestra un aspecto particu­
lar del Cristo total, y sería preciso verlos todos, hasta
el último para conocer a Cristo en todo su esplendor.
Los santos, ya vivan todavía o estén muertos, son
nuestros intercesores ante Dios; pero son, sobre todo,
nuestros modelos: Cristo entre todos.
Nos guían como hermanos o hermanas mayores que
enseñan el camino. Realizan a Cristo.
Cristo completo, será Cristo con todos los elegidos
que se habrán juntado en el Cielo.
El gran triunfo del Padre será encontrar a su divino
Hijo con todos los cristianos formando conjuntamente
de manera magnífica el Cuerpo Místico de Cristo.
La historia de la Iglesia, y aun la misma historia
humana, no hacen más que recordamos las peripecias de
la construcción del Crito total.
Y al fin del mundo habrá la gran apoteosis, la su­
bida al Cielo (la ascensión) de este Cristo vencedor. En­
tonces se conseguirá la gloria de Dios y no nuestra sal­

vación egoísticamente personal. Entonces será la reali­
zación del gran deseo de Nuestro Señor Jesucristo.

LA MUERTE

Солю a una hermane. Sin rubor. De frente


y en un paso a nivel de mi vida...
¡Quieto esperarte agradecidamente,
como si hubiera entrado ya en la vida!

Tú. el principio y el Fin.


Yo, un ahora peregrino
desde Ti a Ti.

Señor, no quiero ser más que lo que soy: nada


Para que, de este modo,
r*n mi mansión deshabitada
Tú. Huésped dueño, lo eeee todo.

P e d r o M .a C a s a ld á li g a , C m f.

Palabra ungida
Nuestro Espíritu
El mismo de Cristo
que se comunica a nosotros
1. — La ley y el e s p ír it u .

madre o madrastra
Si fueras a los muelles de Marsella y congregaras a
los descargadores para decirles: «os traigo una religión
que os va a permitir vencer vuestros defectos», no creo
que tendrías mucho éxito; pero si les dijeras: «os trai­
go la liberación de vuestra servidumbre», todos se pre­
cipitarían a escucharte. Así lo hacía San Pablo en los
muelles de Corinto.
Hablaba a los descargadores del puerto, y a todos
los demás del orden admirable que reina en ía creación,
de la Ley natural que de este orden se desprende; hacía­
les ver que el pecado, olvido de esta Ley natural, había
introducido y seguía manteniendo el desorden en el mun­
do, hasta el punto que la sociedad corrompida de aquel
entonces había, incluso, perdido la noción de pecado. Los
falsos dioses, autorizaban las ambiciones más groseras:
Venus, la impureza; Mercurio, el robo; Marte, el asesi­
nato, etc. Los hombres ni siquiera se daban cuenta de su
triste postración que les parecía ya normal; ya no ansia­
ban la venida de «un Salvador»; tan degradados es­
taban. ..
Y, sin embargo, era de todo punto necesario, para po­
no H. GODIN

der recibir la salvación, que este Salvador les trajera o


suscitara en ellos un deseo, al menos, de levantarse.
He aquí por qué había escogido Dios al pueblo judío
y le había dado una ley que fuera, en medio del error
universal, un toque de atención sobre el bien y el mal,
que obligara a todos los espíritus a reflexionar. Pero los
corazones estaban endurecidos; los judíos debían ser
obligados de continuo a la observancia de esta ley, lla­
mada por San Pablo, por esta razón, «ley de esclavitud:».
Y nuestro Padre del cielo quiere el amor, no el temor,
de rus hijos.
Cristo vino finalmente para traer a los hombres la
liberación, para infundirles su espíritu: «el amor». Inau­
guró el Reino de Dios, el nuevo mundo en el cual debe­
ría obrarse no por miedo sino por amor. Se trata de una
gran revolución, la única verdadera revolución. Las de­
más no hacen más que sustituir a unos que se aprove­
chan de una situación determinada, por otros que se
aprovechan de otra. La de Cristo sustituía el egoísmo
por el amor, dividía el mundo en dos épocas. En lo su­
cesivo, la tare& de establecer el Reino de Dios consisti­
ría en la lucha entre el pecado, obstinado en mantener
el desorden y el Espíritu de Cristo que quiere restable­
cer el orden; entre el egoísmo y el amor.
Los paganos, explicaba San Pablo, se mueven por
egoísmo; los judíos, por formalismo; los cristianos por
amor. Es ésta una mística poderosa que comunica al
alma no sólo luz, sino la fuerza que arrastra.
Por desgracia existen todavía entre nosotros muchos
judíos, gente que obedece porque tal cosa está prohibí -
por temor deí infierno o de otra cosa, pero no por amor.
Esto me recuerda el caso de una mujer a quien se
había confiado el cuidado de dos pequeñuelos. Como se
le hubiera notado una falta total de interés por los ni­
ños, se le impuso un reglamento de trescientos cincuenta
artículos, fijando todo cuanto debía hacer por ellos; un
LEVADURA EN LA MASA 151

guardia la vigilaba y, cuando era necesario, le llamaba


la atención con rigor. Esta sujección de todas las horas
que ella no comprendía ni amaba le parecía odiosa, y se
consideraba una esclava, esclava del reglamento, escla­
va de un trabajo sin amor.
Cuando la madre regresó de un largo viaje, se hizo
cargo inmediatamente de sus hijos. ¡Cómo los quería!
¡Con qué ternura y amor los cuidaba! Ya no eran pre­
cisos reglamento ni guardia alguno. Y todos se sentían
felices.
Antes de Cristo, si la humanidad observaba la ley
de Dios, lo hacía sin amor, como soportando una dura
carga; después de Cristo y gracias a su espíritu, todo se
hace por amor.
*
el espíritu de Cristo
Josefina
El espíritu de Cristo es espíritu de libertad; no ad­
mite la violencia ni la coacción; quiere el amor que se
entrega libremente.
Repasad los programas, antiguos o modernos, de las
doctrinas paganas. Los alienta a todos un mismo espíri­
tu: la fuerza. Hay que reconocer, desde luego; que, en
la fuerza y en la violencia, se da un dinamismo pode­
roso que puede levantar al hombre hasta lo sublime...
pero a costa, siempre, de mutilarlo y privarle de la mitad
de sí mismo y con riesgo de sumir al mundo en el su­
frimiento y en la muerte.
El Espíritu que alienta en la doctrina de Cristo, el
soplo que la levanta y le da el dinamismo que posee es
el Amor. El amor que puede transponer, iluminar y es­
clarecer los caminos. El amor, fuente de fortaleza, el
amor, fuente de felicidad para todos y para cada uno en
particular.
152 H. OODIN

Dejando aparte la pasión (posición o sensualidad que


dura tan poco, siempre insatisfecha, y que nos decep­
ciona en seguida) existen para el hombre dos fuentes
de fortaleza: el orgullo y el amor. Y ¡hay que ver cómo
ha detestado Cristo el orgullo! ,
Si concebimos la Religión como un reglamento po­
licíaco, como una retahila de prácticas que observar y
defectos que evitar, no pasamos de ser judíos, ni po­
seemos el espíritu de Cristo.
Si obramos por temor a la muerte o al infierno nos
quedamos sin fuerza ni alegría.
En cambio, si poseemos el espíritu de Cristo, si con
todo el empuje de nuestra alma nos entregamos a una
causa noble, recibimos fuerzas para cumplir con alegría
y dentro de nuestro pleno desarrollo personal la ley de
Dios para asemejarnos a Cristo.
San Pablo nos dice: «todo me es lícito pero no todo
me conviene, no todo es digno de un hijo de Dios; hago
lo que quiero, pero poseo el espíritu de Cristo que me
aparta de todo lo rastrero y vil que me quiere dominar»
(1.a Cor. 6, 42).
Y San Agustín no dudó en escribir: ama y haz lo
que quieras. Ama a Dios y a tu prójimo y este amor te
llevará a realizar sólo aquellas acciones que han de ha­
certe semejante a Cristo.
En una palabra: no somos esclavos. Somos hijos.
Josefina es una muchacha inteligente y tímida. Que­
dó huérfana de muy chiquitína y se educó, sin amor,
en un orfelinato. Más tarde la colocaron en una pensión,
para la limpieza, y hubo de soportar el genio de un jefe
extraordinariamente exigente. ¡Pobre pajarillo asusta­
dizo! Se pasaba el día temblando, entregada al trabajo
con toda la fuerza de sus débiles brazos. No la trataban
mal, pero siempre temía ser reprendida por no trabajar
lo bastante o hacer mal las cosas. Ese temor dirigía to­
dos sus actos y llenaba toda su vida.
LEVADURA EN LA MASA 15S

Ahora Josefina es la esposa feliz de un obrero fuerte,


un tanto rudo incluso, pero que la quiere de verdad y
ha puesto en ella toda su confianza. Todo lo referente
a la casa y aun el dinero lo deja totalmente en sus ma­
nos. Ella se afana por la limpieza, barriendo y fregan­
do, lavando la ropa, preparando la comida, lo mismo que
antes... Pero ahora todas estas cosas la llenan de felici­
dad, porque las hace con amor.
Tener el espíritu de Cristo es cumplir el propio deber,
siempre por amor a Dios, con buen ánimo y alegría.

la confirmación
la pensión desinfectada
Cristo ha dicho: «El reino de Dios sufre violencia
y sólo lo conseguirán quienes batallen por él».
Ahora bien. Cristo nos recomienda la caridad como
virtud fundamental, y por lo tanto, entre nuestros her­
manos, no debemos emplear la violencia. ¿Con quién,
entonces ?
Cristo nos habla del «mundo» contra el cual sus
apóstoles deberán luchar. Con esta palabra no quiere
significar la obra maestra de su Padre Creador. Se refie­
re a la mentalidad de los hombres que se instalan en la
tierra y no creen en nada más, preocupados exclusiva­
mente por las cosas de este mundo. Es lo que llamamos
ahora «materialismo».

San Pablo explica que Cristo quiere hacer morir el


hombre viejo, «la carne y la sangre» —estas pendientes
que nos arrastran consigo si uno se deja llevar por
ellas—, para hacer que viva en nosotros un Hombre
Nuevo, inspirado por el espíritu de Cristo.
//. GODIN

Hay, pues, una lucha en el mundo entre las tenden­


cias egoístas de la masa, que se deja llevar, y el espíritu
de caridad de Cristo. Los antiguos cristianos se apasio­
naban en esta lucha, en la cual los demás combates (se
libren en el interior de las almas, a diario, o en un cam­
po de batalla) no son más que episodios pasajeros.
El cristiano es un luchador, un campeón, un verdade­
ro suidado, «un soldado de Cristo».
El Reino de Cristo avanzaría mucho más si no fue­
ra por la «quinta columna». Cuando combatimos con el
espíritu de Cristo, con frecuencia le decepcionamos. Nos
parecemos al cliente avispado de una pensión sucia y
llena de chinches. Convenció a todos los demás clientes
de la necesidad de desembarazarse de estos parásitos
inoportunos y cada uno desinfectó su habitación. Pero
él no lo hizo y al cabo de poco tiempo... todo estaba
igual que antes.
Nos afanamos en dar a conocer al mundo el espíritu
de Cristo, pero queda un punto determinado de nuestra
vida de trabajo, de diversión, de nuestra vida sentimen­
tal o íntima, que constituye una grieta abierta al
egoísmo.
Tal manera de obrar constituye una traición ante el
enemigo, traición que merece pena de muerte, pues nos
alistamos como soldados en este combate el día de nues­
tra confirmación.
Una vez más constatamos que ser apóstol no es un
regalo que hacemos a Dios; es una de las condiciones
imprescindibles, forma parte del mínimo necesario para
vivir como cristianos.
II . E s p ír it u d e c a r id a d

,
la caridad resumen de toda la religión
saber conducir un coche
«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con
toda tu alma y con toda tu mente». Este es el mayor
mandamiento. El segundo es semejante a éste: «Amarás
al prójimo como a ti mismo*. No sólo no existe manda­
miento alguno mayor que estos dos, sino que, además,
ellos contienen toda la religión, dice Jesús (M&t., 22, 37
y ss.). Y como su interlocutor añadiera: «Comprendo
que amar a Dios y al prójimo todo lo posible tiene más
valor que los actos de culto exterior», Jesús le manifestó:
«No andas lejos del Reino de los cielos» (Me., 12, 33 y 34 h
En todas las ocasiones, Jesús insiste en lo mismo:
«Si vas, pues, a presentar una ofrenda ante el altar,
y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra
ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a re­
conciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu
ofrenda (Mat., 5, 23-24).
«Habéis oído que de dijo: Ojo por ojo y diente por
diente. Pero yo os digo: No resistáis al malo, y si algu­
no te abofetea en la mejilla derecha, dale también la
otra; y al que quiere litigar contigo para quitarte la tú­
nica, déjale también el manto, y si alguno te requiere
para una milla, vete con él dos. Da a quien te pida y
156 H. GODIN

no vuelvas la espalda a quien te pida algo prestado. Ha­


béis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborre­
cerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros
enemigos y orad por los que ,os persiguen, para que
seáis dignos de vuestro Padre, que está en los cielos, que
hace salir el sol sobre malos y buenos y llueve sobre jus­
tos e injustos. Pues si amáis a los que os aman, ¿qué re­
compensa tendréis? ¿No hacen esto mismo los publíca­
nos? Sed, pues, perfectos como perfecto es vuestro Pa­
dre celestial.» (Mat., 5, 38-48), y cuando oréis decidle:
«Perdona nuestras deudas, así como nosotros perdona­
mos a nuestros deudores» (Mat., 6, 12).
«—¿Cuántas veces he de perdonar a mi hermano si
peca contra mí? ¿Hasta siete veces? —pregunta un día
San Pedro.
—No digo yo hasta siete veces, sino hasta setenta
veces siete (es decir: siempre)— responde Jesús»
(Mat., 18, 21 y 22).
Jesucristo trató a menudo de hacernos comprender
que la ley de la caridad (el amor) resume toda la reli­
gión; que prefiere la caridad (el amor) a todos los sa­
crificios y a¿tos de culto.
En esto, como en tantas otras cosas, el Espíritu de
Cristo está reñido con el espíritu de materialismo y de
egoísmo de los paganos y el espíritu formalista de los
judíos. No nos ha de extrañar, Cristo ya nos previno.
Es preciso luchar, por tanto, para devolver a la cari­
dad su puesto: el primero.
Cuando conducís un automóvil no os escandalizáis
ni os maravilláis de que el coche no se mantenga por
sí mismo en el lado derecho de la carretera, sino que te­
néis continuamente las manos en el volante y suavemen­
te, sin sacudidas, vais rectificando su dirección, Así de­
béis mantener vuestra alma en la línea de la caridad.
LEVADURA EN LA MASA 15 7

el espíritu de amor

contabilidad
Alejandro, empleado de banca, se imagina que ama
al Señor. Pero, el pobre, todo lo lía con su dichosa con­
tabilidad. Cree que en el cielo hay batallones de ángeles
observadores, estratégicamente colocados, dotados de un
instrumento óptico perfeccionado y con líneas telefóni­
cas que unen cada centro de observación con la Central
de nuestro Padre. En otra oficina bien dispuesta otros
ángeles guardan los grandes registros, uno para cada
mortal. He aquí cómo se imagina que funciona esto:
Cada «ángel espía» vigila un determinado sector de
la tierra y comunica a nuestro Padre lo bueno y lo malo
que en él se lleva a cabo. Nuestro Padre lo juzga: «Aña­
de cuarenta puntos de mérito a Juan», y un poco des­
pués: «Quítale veinticinco puntos». De esta manera las
cuentas de cada cual están siempre al día. Todas las no­
ches el «ángel contable» cuadra el balance de ls jorna­
da y pasa diferencia a la página siguiente.
Alejandro realiza grandes esfuerzos para «acumular
méritos»; se imagina tener allá arriba un saldo fuerte.
Se afana por «enriquecer su alma» (olvidando la senten­
cia del Señor: «¡Ay de los ricos!»). Cree que el pecado
mortal invalida nuestras cuentas pero, que con la abso­
lución, Dios les añade una «buena firma» y recobran su
valor.
Como hombre prudente que es, Alejandro investiga
todos los días la situación en que se encuentra; saca su
libreta: anota, cuenta, hace sus sumas y restas, compa­
ra y calcula sus progresos en la vida espiritual.
158 H. G O D I N

Alejandro, con la práctica de contabilidad que aplica


a su religiosidad «tan pujante», obtendrá grandes pro­
gresos en la banca, pero en cuanto a Dios... ¿Qué pien­
sa Dios de todo esto?
Verdaderamente, mi querido Alejandro, esta manera
de ver la religión no puede presentarse en parte alguna;
harías perder la fe a los que la tienen y alejarías, para
siempre, a las almas inquietas y ansiosas que rondan tí­
midamente la Iglesia de Cristo.
De proceder igual contigo mismo, tu debieras prepa­
rar tu matrimonio de la siguiente manera: empezarías
adquiriendo un libro-registro y en cada página anota­
rías las señas de una muchacha conocida. La observa­
rías y tomarías nota de los detalles de cada una: rostro,
ojos, labios, estatura, cabello, preparación doméstica,
dulzura, orden, ternura, etc., etc., sin olvidar desde lue­
go, la dote. Sacarías el promedio y te dispondrías a pedir
en matrimonio a aquélla que presentará más alta pun­
tuación.
Durante las relaciones os dedicaríais a anotar vues­
tras mutuas cualidades y defectos en un cuaderno espe­
cial. Por llegar un minuto tarde a una cita, un punto
menos; por cada obsequio, diez puntos positivos; un pun­
to por cada sonrisa; veinte puntos por comparecer el
día de lluvia, etc.
Con meticulosa puntualidad llenaríais todo vuestro
tiempo, durante vuestro noviazgo y después en vuestra
vida de casados. He aquí un nuevo y absorbente sistema
de vida en común.
Al llegar aquí oigo que me estáis gritando: ¡pero el
matrimonio no es eso, el matrimonio es amor!
Verdaderamente; pero también la religión es amor,
y no una cuenta bancaria como tú habías pretendido.
LA HIGUERA
Porque es áspera y fea.
Porque todas sus ramas &on grises,
yo le tengo piedad a 1* higuera-

En mi quinta hay cien árboles bellos:


ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.

en las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en tomo a la higuera.
Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se visten...

Por eso,
cada vez que yo paso a su lado
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
—Es la higuera el más bello
de los árboles todos del huerto.

Si ella escucha.
si comprende el idioma en que hablo.
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!

Y tal vez, a la noche


cuando el viento abanique su copa,
embriagada de go»o le cuente:
—Hoy a mí me dijeron hermosa.

Ju a n a de I barboui

Poemas
el verdadero método de amar a Dios
el apostolado
*

la belleza de Marina
Lo que realmente preocupa a Marina es ser bonita.
Es graciosa y esbelta, desde luego, y no hablemos de su
cabello que ha ido del castaño más oscuro al rubio más
claro pasando por toda la gama de rosáceos...
Marina es una chica seria. Sería buena, incluso, si
tuviera tiempo para pensar en los demás. Pero todo se
le va en lo mismo: conservar su línea, maquillarse, cui­
dar de sus vestidos, estudiar su pose... Todo esto le
acarrea dos consecuencias: 1.a Su físico ha cobrado para
ella tanta importancia que al fin se ha convertido en su
único ideal; 2.a De tal manera se ha acostumbrado a
no ocuparse más que de sí misma que se ha convertido
en una terrible egoísta, apenas sin darse cuenta.
Marta siente una pasión igualmente fuerte, semejan­
te a la de Marina, pero por la belleza de su alma. Se ob­
serva todos los días varias veces, como quien se mira en
un espejo; se examina cuidadosamente temerosa de que
algún pecado haya lastimado su delicadeza, su pureza,
su inocencia... La belleza y perfección de su alma, se
han convertido en su único ideal. De ello, también, se han
seguido dos consecuencias en su forma de obrar: 1.a Des­
cuida en demasía su cuerpo, el hermano asno que decía
San Francisco (esto no tendría mayor importancia si no
fuera porque el exceso de negligencia en este punto
corre el riesgo, tal vez, de impedirle formar un hogar,
con ser ésta, al parecer, su vocación, y de dejar a Dios
en mal lu g ar); 2.a La otra consecuencia le es casi común
con Marina: de tal manera se ha habituado a no ocu­
parse más que de sí misma, que se ha vuelto terrible­
mente egoísta, también sin darse cuenta.
LEVADURA EN LA MAXAl· „ 161
Ai . . » r
Isabel, en cambio, se ocupa razonablemente
lleza de su cuerpo, pues está convencida que, con ello,
una joven cristiana hace honor a Cristo ante los hombres.
Y vela con sumo cuidado por la belleza de su alma, pues
sabe que una joven cristiana ha de hacer honor a Cristo
ante los ángeles. Sin embargo, para ella lo importante,
lo que llena realmente su corazón, es la felicidad y la
salvación de los demás. Esta es su pasión, una pasión
ardiente, dinámica, que reúne en un solo amor a Cristo
Jesús y a todos los hermanos.
Isabel era, antes, un tanto blandengue. Ahora desarro­
lla toda su energía puesto que le es necesaria mucha ac­
tividad para ayudar y convertir a sus compañeras.
Isabel era tímida, pera ya venció su timidez. ¿Puede,
acaso, ser tímida una dirigente jocista?
Isabel era un poco burlona. Pero he aquí que una vez
ofendió con sus palabras a una compañera ya casi con­
quistada y ésta se le cerró en el acto. Isabel lloró mu­
cho... Ahora, cuando le viene a la cabeza una burla, an­
tes de que le salga a los labios la detiene de un frenazo
automático que la para en seco.
A Isabel le costaba mucho hacer meditación, debido a
su temperamento más fácil al ensueño que a la oración.
Ahora tiene tanto que decirle a Cristo sobre las diez
muchachas, tan duras, de cuyas almas se siente respon­
sable, que no le basta el cuarto de hora diario de reco­
gimiento.
Tú, Isabel, no pasas el día preocupada por la belleza
de tu alma, no dedicas tu tiempo a la pesquisa, plumero
en mano, del más leve polvillo colado en tu interior.
Sin embargo, yo que estoy viendo cómo el Señor
actúa en tu alma, y te va pagando, al ciento por uno, el
amor que das a los otros, puedo constatar con qué mag­
nificencia creces —también casi sin darte cuenta.

11
el espíritu de Cristo nos enseña a amar a Dios
amor total
Amar es poseer en común. Existen diversos tipos de
amor, según los diversos bienes a compartir. El amor
paterno posee la comunidad de sangre, y lo mismo, si
bien de forma distinta el amor fraterno. La camaradería,
más superficial, significa, como indica la palabra una
comunidad de vida. El amor, sin más, indica comunidad
de vida y comunidad de corazones. La amistad es la co­
munidad de almas.
A Dios, a Cristo, debemos amarlo con nuestro co­
razón de carne, con todas sus energías y riquezas. Y
así como no existen entre nosotros dos almas iguales, no
hay tampoco dos maneras iguales de amar a Dios. Pero
cuando nuestro amor a Dios se queda en mero senti­
miento, es falso; si es verdadero, debe llevarnos a la
acción. Lo mismo diremos del amor al prójimo si uno se
lanza plenamente a la acción por el solo gusto de actuar,
sin que a ello le mueva el amor.
No se puede amar de verdad sino amamos totalmen­
te nuestra vida cristiana. Nuestra religión consistirá,
pues, en realizar nuestra jornada con un gran amor. Para
ello no es necesario estar pensándolo en cada uno de los
actos que realizamos. Cristo se hizo hombre, vivió nues­
tra propia vida y santificó nuestros actos, aun los que
realizamos maquinalmente. No podemos estar pensando
continuamente en Dios, no obstante, esforcémonos para
que nuestro amor se dirija a Él, todo lo posible.
LEVADURA EN LA MABA 16S

Nadie tiene inconveniente en echar una moneda a


una vendedora automática para obtener una pastilla de
chocolate. Es más, nos gusta que el aparato funcione
como es debido. Pero nos resulta mucho más agradable
recibir el chocolate de manos de una dependienta com­
placiente que lo acompañe de una sonrisa —una sonrisa
verdadera y que demuestre un interés real.
Algo así le ocurre a nuestro Padre celestial. ¡Con
qué complacencia nos mira cuando nos esforzamos en
realizar nuestras acciones por £ 1, alegremente con la
sonrisa en los labios...!

,
la santidad por el estado de vida
lejos de la patria
Don Miguel fue a la Martinica por cuenta de la casa
donde trabajaba, importadora de ron, para que ayudara
al representante que efectuaba las compras de licor en
aquel país.
Fue muy duro para él tener que abandonar, por al­
gún tiempo, a su joven esposa Magdalena y a todos su»
amigos. Solo, en medio de gentes de otra raza, sintió
la añoranza de su país. Y menos mal que, de vez en
cuando, encontraba algún compatriota y podía disfru­
tar charlando con él de las cosas de su tierra.
Le era preciso alternar con cierto número de euro­
peos a quienes, como buen conocedor de los hombres,
sabía apreciar según su valor y sus méritos. Pero pre­
fería, prescindiendo de todo valor y de todo mérito, los
de su propio país, y más los de su misma ciudad, y, de
entre éstos, los que eran, como él, verdaderos hijos del
pueblo y sufrían al ver la manera vergonzosa como eran
explotados los indígenas pobres. Con estos últimos se
sentía plenamente compenetrado.
H. GODIN

Cristo es hombre, un hombre como nosotros, que ex­


perimenta todos los sentimientos naturales del corazón
humano cuando éstos no 'son malos. Debe, por tanto,
sentir preferencia por aquéllos que le son más cercanos,
que se le parecen más, tanto por su pasado como por
su estado actual de vida.
En la Edad Media, a los predicadores no les daba
miedo repetir que los pobres, por el mero hecho de ser­
lo, son amigos de Jesús. Lo mismo diremos de los obre­
ros por cuanto Cristo-Hombre fue obrero y su Sagrado
Corazón un corazón obrero infinitamente comprensivo
para todos los que trabajan, viven y piensan como
obreros...
Cristo tiene preferencia por los que sufren, porque
fue varón de dolores; por los que van a la conquista de
sus hermanos pues Él fue el gran militante, y por sus
sacerdotes puesto que son intermediarios, puentes entre
los hombres y Dios.
Nada tiene de particular que el estado de vida en
que uno se encuentre constituya un elemento de santi­
dad, independientemente del valor de nuestras obras.
Ser santo consiste, más que en amar, en ser amado
por Cristo y corresponder a este amor; es ocupar el pro­
pio puesto en su Cuerpo Místico, trabajar junto con Él
en la gran tarea redentora. Dentro de este cuerpo gran­
dioso que es el suyo propio, ¿no va a tener derecho, el
Señor, a sus preferencias?...
Todo amor humano, sólo cuando puede manifestar
preferencias, es verdadero amor —preferencias que nada
tienen que ver con la recompensa proporcional al mé­
rito de cada uno— . Pues bien, Cristo nos ama con un
corazón de carne, un corazón de hombre, con un amor
verdaderamente humano.
III. E s p ír itu de v e rd a d

¿cómo nos hallamos respecto de la verdad?


El Espíritu de Cristo es espíritu de verdad, pues la
mentira conduce a la esclavitud.
Nada hay más perjudicial que la mentira. El primer
pecado, el pecado original, entró en el mundo por la
mentira y el demonio, padre de todos Tos pecados, es
llamado de ordinario en la Sagrada Escritura «men­
tiroso».
Sin la mentira, ningún pecado subsiste. El orgullo
es mentira a sí mismo; la injusticia va siempre acom­
pañada de la mentira y por la mentira se llega ordina­
riamente a la impureza: Se dice «seducir» a una joven,
«engañar a la mujer»...
En nuestro mundo moderno, incluso se ba hecho di­
fícil practicar aquella caridad espontánea, salida de) co­
razón, sin segundas intenciones, porque uno teme, no
sin razón, ser engañado. Y, no obstante, esta es la cari­
dad que Cristo nos enseñó.
La mentira se ha introducido en la vida social de tal
manera que quien quisiera, en esto, seguir el Evangelio
al pie de la letra aparecería como ridículo e inadaptable
a medio alguno. Todos nos vemos envueltos por una casi
inevitable necesidad en este pecado colectivo, en esta
falsedad general de nuestro tiempo en que todo el mun­
do ha tomado la nefasta costumbre de decir lo contrario
de lo que piensa.
¿Qué es lo que provoca la guerra? ¿Las necesidades
de los pueblos?... De ninguna manera. La provoca la
166 H. GODIN

mentira. Uno le miente al otro hasta que nace el odio.


Nuestra generación, más que ninguna otra, lo ha expe­
rimentado dolorosamente. Lo que todo el mundo creyó
en un determinado momento, se desmintió un mes más
tarde. Mentira... Mentira... Mentira en las buenas for­
mas, mentira en los negocios, mentira en la propaganda,
mentira en la prensa, mentira en la radio, mentira en
toda la vida, mentira en las situaciones, mentira en los
jefes, mentira en todas partes...
Hay que convencerse bien de una cosa: el Espíritu
de Cristo es un espíritu de verdad y el cristianismo sólo
puede edificarse sobre la sinceridad.
Ahora bien, nuestra actual cultura está llena de men­
tiras. Por esto decimos que la religión de Jesús ha de
cambiar el mundo si pretende establecerse en él. Hay
almas generosas que buscan en la simplicidad de antaño,
la simplicidad de un Francisco de Asis, por ejemplo, la
base de su religiosidad.
Ved cómo enjuicia nuestra actual cultura —cultura
que ha penetrado más o menos todas las clases de la
sociedad— un observador social:
«El mal social puede revestir dos formas: la violen­
cia y la astucia o, más exactamente, la astucia con vio­
lencia o sin ella. La astucia es la más grave de las men­
tiras, es la mentira en acción. Pues bien, la vida bur­
guesa y especialmente la que llamamos vida mundana o
de sociedad es un tejido de mentiras. Pequeñas y, a ve­
ces, grandes mentiras. Se cometen sin el menor escrúpu­
lo, muchas veces, incluso, sin darse cuenta, y por cierto,
con bien poca habilidad... Tales mentiras no acarrean
mayores consecuencias mientras no corran el peligro de
ser puestas en evidencia o de provocar una acusación
infamante. Mentir es un arte difícil que no se domina
sin antes haberlo aprendido. Pero en este punto, la fa­
milia burguesa constituye una escuela excelente. Claro
está que, después de haber enseñado a mentir, enseñará
LEVADURA EN LA MASA 167

también a ser sincero, o sea, a no proferir mÁ* que men­


tiras leves. ¿Qué dama no sentiría mayor vergüenza por
tocarse con un sombrero pasado de moda que por ser
sorprendida en una mentira pequeña?»

,
la verdad y nuestro Padre la verdad y Cristo

S. 0. s.

Los barcos que se encuentran en peligro de naufra­


gar tienen una señal de alarma: S. O. S. (... — ...), que
emiten con sus sirenas o por medio de la radio. Pero si
todo el mundo se permitiera usar sin más de esta lla­
mada, pronto nadie haría caso de ella ni se prestaría a
llevar socorro a las naves siniestradas.
Los hombres somos en este mundo solidarios los uno
de los otros, es inevitable; y la ley de Dios nos pide
que aceptemos y practiquemos de la mejor manera po­
sible esta solidaridad, poniendo mucho amor en ello.
Mas para que esta solidaridad, indispensable para el
cuerpo lo mismo que para el alma, pueda producirse y
funcionar normalmente, es necesario que los hombres se
digan mutuamente la verdad, en la medida en que resul­
te útil a la colaboración de unos y otros. Cada vez que
mienten introducen un obstáculo en el plan de Dios. No
querer seguir la propia vocación es ya entorpecer el or­
den establecido por nuestro Padre, es obrar como el
guardagujas que precipitase un expreso a una vía muer­
ta. Faltar a la franqueza o desorganizar las bases mismas
del orden del mundo, algo comparable a lo que sucedería
si un guardagujas desconectara y conectara a su capri­
cho los centenares de circuitos eléctricos de las señales
de paso. Resultaría imposible corregir el error inmedia-
16$ H. G O D I N

támente, y la catástrofe sería inevitable. Eso es la men­


tira.
* 9

Jesús habló muchas veces acerca de la simplicidad y


la franqueza; «Si es sí, decid sí; y si es no, decid no.
Todo lo que pasa de esto, del mal procede» (Mat. V, 37).
Nos prohibió, incluso, jurar. Ha de bastar nuestra pa­
labra.
Haced, por un momento, la siguiente suposición. Los
hombres continúan cuales son, con su fondo de bondad,
encubierto a menudo por el egoísmo, y solicitados por
toda suerte de pasiones. Pero por un milagro, se vuel­
ven todos, de pronto, perfectamente francos, simples,
abiertos, leales y, por lo mismo, llenos de confianza mu­
tua... ¿No es verdad que el ochenta por ciento de los
sufrimientos humanos sería mitigado, y los más hirien­
tes, aquéllos que nos causamos unos a otros, desde el
fondo de nuestros corazones, quedarían del todo supri­
midos? ¡Cuán fácil nos sería entonces practicar la ley
de Cristo!
*

Muchos mienten ante los demás, pero otros hay que


se mienten a sí mismos.
Cuentan de un rey inquieto y desconfiado que se ob­
sesionó por el temor de ser asesinado. Para evitar cual­
quier posibilidad de atentado se hizo construir un pa­
lacio misterioso en el cual todo eran trampas y menti­
ras. Al dar con la llave en la cerradura, se abrían las
ventanas. Las puertas daban a profundas cavidades sin
escaleras, mientras que éstas se encontraban abriendo
unas ventanas bajas. Había empezado instalando unas
pocas trampas, pero para estar más seguro las había
multiplicado en gran manera. Ello le causó a él mismo
LEVADURA EN LA MASA 169

tales quebraderos de cabeza que toda su atención esta­


ba fija en no caer en alguna de las trampas. Así terminó
siendo una víctima de sí mismo y murió a causa de ello.
Existen centenares, millares de almas que parecen
cristianas, sin que Cristo pueda obrar libremente en
ellas porque son esclavas de estos palacios de mentiras
o, mejor, de una vida de mentira que se han construido
ellas mismas.

Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda.
La paciencia
todo lo alcanza;
quien a Dios tiene
nada le falta:
solo Dios basta.

S an ta T eresa de J e sú s
Poesías
ser veraz consigo mismo: aceptar
la propia condición

la señorita Ester
Existen las mentiras que se expresan con palabras
—y no son las peores—, pero existen, además, las men­
tiras de obra: estas últimas producen inmensos estragos.
Ester es una chica fina y distinguida, si bien un
tanto afectada. Huye con el mayor cuidado de todo lo
que sea «vulgar», es decir, de todo lo que sepa a «masa».
Trabaja de dependienta en unos almacenes. Pero, para
quien no la conoce, da la impresión de pasar la vida en­
tre salones. Su padre es un buen albañil, sencillo y no­
ble, y su hermano un muchacho de rostro curtido, brazos
de acero y andar pesado, que trabaja en una fundición.
La familia vive en las afueras de la ciudad, en una
casita construida por el padre, y siempre limpia y ale­
gre, gracias a una simpática madre obrera, delicada y
buena, pero que ignora los alambicados cumplidos de la
gente «bien».
Ester quiere a sus padres y a su hermano. Durante
mucho tiempo con su familia fue un modelo de compe­
netración y afecto. Pero por nada del mundo querría
salir en compañía de I0 3 suyos ni dejar entrever que
vive en aquel «barrio obrero». ¡Figuraos! Porque Ester
ha «subido» en la «escala social», frecuenta el «mundo
elegante», se la tiene por una chica de «casa buena», de
una familia «bien».
;Pobre madre anciana! Has pasado tu vida traba­
jando y resulta que no has podido formar una «buena
familia».
LEVADURA EN LA MASA 171

Ester rehuye todo cuanto hace su familia; si se es


'como los demás» no se puede ser «distinguido», es de­
cir «diferente».
Pobre Ester —en su juventud se había llamado Ma­
ría— que cada mañana se toma el trabajo de cambiar
sus zapatos en la estación, después de haber cruzado su
barrio, para poder llegar al trabajo con el calzado «de
moda».
Pobre Ester, precisada a hablar un lenguaje que ni
en su familia ni en su barrio tiene uso; precisada a leer
los autores de moda para poder discutir con personas
que, al igual que ella, nada entienden.

Oyeme, Ester, hija y hermana de obreros: tu vida


es una continua mentira. Mentira para los demás, desde
luego, pero mentira también, y esto es lo más grave,
para ti misma. ¿No habrás llegado a estar convencida
de ser «una b u rg u esa » , una damita de la «aristocracia»?
(¡Oh, ser de la aristocracia, no ser hija de un rudo al­
bañil!) De esta manera te has situado, hasta en los me­
nores detalles, al margen del camino que el Padre te ha­
bía trazado. Mira... me das miedo. Temo, temo mucho
que vas a sufrir demasiado...
Tu vida de caridad, esa vida que constituiría tu
prueba personal, tu medio de amar al Señor, ¿con quién
vas a vivirla? No será con tus vecinos del barrio. ¡Estás
tan alejada de ellos! Ni con las compañeras que frecuen­
tas. Sois todas unas mentirosas que tembláis, de la ma­
ñana a la noche, al solo pensamiento de que alguien
pueda penetrar en vuestra vida... para ver lo que hay
en ella de verdad. Os encerráis en vuestro individualis­
mo egoísta, en vuestra «personalidad», como decís. Pero
tú bien sabes que tu personalidad es una mentira, como
todo lo demás.
a. GODIN

Por favor, Ester, no te cases, no estropees la vida de


un hombre, a menos que te cases con uno que, como tú,
lleve una vida de mentira. Pero, en este caso, no vais
tampoco a conseguir ningún momento de felicidad ver­
dadera, nada va a ser verdadero para vosotros, ni entre
vosotros ni en vosotros.
Y te diré, Ester, cuál es la causa de que no llegues a
comprender el cristianismo, de que no sientas por él en­
tusiasmo, de que tengas tus dudas, de que Cristo no fe­
cunde tu vida: la religión de Jesús es toda ella una re­
ligión de verdad y tu vida entera es una mentira.

Respuesta

Señorita María Ester: Usted se ha reconocido en la


descripción que hice de Ester, cuando la primera edi­
ción de este libro, y ahora me acusa de hacer alusiones
personales. Lo siento de veras. Pero yo no me dirigía a
usted sino a otra Ester, pues se da el caso que son uste­
des centenares y aún miles, todas muy parecidas entre
sí, como es natural, tratándose de pobres maniquíes de
una juventud fuera de sitio.
Existe un solo medio para ser «original»: seguir el
plan de Dios, trazado expresamente para cada una de
ustedes... Usted sufre, como me ha confesado, y nota
que «hay algo en su vida que no marcha bien»; usted
envidia la generosidad, el don de sí, el entusiasmo, la
dicha de la sencilla obrera, su vecina, pero no acierta a
descubrir qué mal puede haber hecho. No se siente a
gusto con el Evangelio, me dice, sino sólo con algunos
libros llamados de espiritualidad, escritos para chicas
como usted, libros que a usted le parece dan muchos re­
toques al Evangelio para volverlo más razonable y libre
de toda exageración.
Santo Tomás, que fue un gran doctor de la Iglesia,
LEVADURA EN LA MASA 17S

distingue dos clases de avaricia o apego a la tierra: una


que se llama (usted perdone, señorita, es Santo Tomás
quien lo escribe) tacañería y consiste en estar excesiva­
mente apegado al dinero, y otra (forma la más frecuen­
te de una de las tres grandes concupiscencias) que el
Santo define así: «el deseo de elevarse por encima de
la propia condición sin una muy clara indicación provi­
dencial».
Pero vamos a dejar la cuestión teórica, sobre la cual
—usted lo sabe bien— se puede estar discutiendo horas
y horas, para dar respuesta a las preguntas prácticas
que usted me formula.
La preocupación por penetrar, llevada de su ambi­
ción, en un estado hacia el cual las providenciales cir­
cunstancias de su vida no la encaminaban, ha hecho que
se concentrara usted sobre su propia vida con un es­
fuerzo mantenido continuamente, y se volviera terrible­
mente egoísta («terriblemente personal», me escribe us­
ted. Confiese que es lo mismo).
Este esfuerzo la ha separado a usted, la ha des­
prendido de los detalles de su existencia, aquéllos que
tanto la habrían ayudado a amar a Dios y al prójimo, a
irradiar caridad. Usted bien sabe que no ejerce influen­
cia alguna sobre los medios burgueses que frecuenta.
Todo el esfuerzo se centra en una sola cosa: lograr que
la acepten. Y en cuanto al ambiente popular, su medio
normal, usted ha roto con él. ¿Que cómo hay que enten­
der eso de una vida de mentira? Usted misma me lo ex­
plica. Fíjese: había en usted una muchacha sencilla, na­
tural, espontánea, alegre. Ha debido destruirla para po­
ner en su lugar un personaje de novela que usted se ha
fabricado.
Pero, además, ese personaje no ha sido construido
lógicamente, y sus piezas, mal colocadas, chirrían y no
le responden, de tal manera que usted se ve obligada a
actuar siempre como quien representa una comedia, a
H. G O D I N

hacer «lo que debe hacerse». En realidad, no es usted


quien actúa sino la costumbre, la moda, que en cada
ocasión deciden por usted.
Vuelva a leer las confesiones de estas últimas líneas,
entresacadas de su carta, y comprenderá que con este
método suyo es imposible formar una cristiana.
¿ Se pregunta acaso qué es lo que podría y debería ser
usted? Simplemente la dependienta feliz, delicada, aten­
ta y fina que hubiera sido usted de haber vivido con
toda franqueza; hija de trabajadores, muy cerca de sus
hermanas las jóvenes obreras y empleadas; recibiendo
de ellas lecciones de fortaleza y de generosidad, ayudán­
doles, por su parte, a ser más delicadas, más sensibles,
a percibir mejor la belleza y la armonía. Siendo amiga
de ellas hubiera podido trabajar para darles a Cristo.
Esto es lo que debiera haber sido usted: la mucha­
cha que sueña en fundar un hogar bello, en el fondo,
como el de sus padres con algunos dibujos y pinturas
más, si quiere, y con algunas conversaciones más inte­
lectuales, tal vez, si su marido tuviese condiciones para
ello. Eso es todo... Ese era, a mi parecer, el plan den­
tro del cual Dios había previsto su felicidad, como la de
tantas compañeras suyas...
Reciba, señorita, el testimonio...

ser veraz consigo mismo: aceptar la propia vida


el sueldo
Cuentan de cierto empleado de una importante indus­
tria automovilística que, habiendo dejado transcurrir una
semana entera sin acudir al trabajo, se presentó una
tarde en el despacho con ánimo de percibir su paga, de­
clarando simplemente: «no he causado ningún daño (a
las máquinas o a las herramientas ¡claro!) ni me he
LEVADURA EN LA MASA 175

llevado nada (¡ni un coche!), por lo cual vengo a cobrar».


Ante la estupefacción del jefe de personal insistió:
«Puedo asegurarles que nada malo he cometido. Ni he
estropeado el material ni he impedido que trabajaran
mis compañeros. ¿Por qué pone usted esa cara de pocos
amigos si no hice nada malo? Se lo repito, vengo a co­
brar mi jornal.»
*

Eso nos recuerda el siervo de que habla el Evange­


lio, que enterró, por miedo a perderlo, el dinero que le
había confiado su señor, en vez de hacerlo rendir. Ya
sabéis cuál fue su recompensa... a pesar de que, tampoco
él, no había matado ni había robado, ni hecho cosa mala
alguna: «Echadlo fuera a las tinieblas, allí será el llan­
to y el crujir de dientes». (Mat., 25, 30.)
Todos incurrimos fácilmente en este error de apre­
ciación al examinar nuestra conciencia. Olvidamos los
pecados de omisión que son, a menudo, los más graves.
Nos asemejamos al automovilista que habiendo dejado
morir en la cuneta, sin pararse siquiera, a un pobre mo­
torista accidentado, al llegar la noche y hacer su exa­
men se pregunta si no habrá sido un poco goloso... Ob­
serva minuciosamente sus pecadillos y pasa por alto el
crimen que ha cometido, porque se trata de un crimen
«por omisión».
La religión de Cristo es una religión de todos los mo­
mentos. Exige ciento sesenta y ocho horas a la semana.
Todo cuanto hacemos ha de ser realizado cristianamente.
El cristianismo ha de dirigir todas nuestras acciones.
La religión, por tanto, no es ,como creen muchos cris­
tianos a medias, una capa que se echa uno a las espal­
das media hora o una hora entera los domingos para
volver a guardarla cuidadosamente en un armario el
resto de la semana.
176 H. GODIN

La religión no consiste en cumplir unos actos exte­


riores para estar en paz con Dios, sino hasta cierto pun­
to, en hacer bien todos los actos de nuestra vida. Se es
santo, más que por las cosas que uno hace, por la ma­
nera cómo las hace. Tan santos como el religioso que
ora y ayuna pueden ser: el dependiente de la esquina
vendiendo su arroz y su azúcar; el electricista haciendo
instalaciones; la taquillera del cine atendiendo al pú­
blico; la madre de familia que educa cristianamente a
sus pequeños...
No corresponde a nosotros escoger la manera de ser
agradables al Señor. Es Él quien nos lo indica por medio
de las circunstancias providenciales de nuestra vida. Vi­
vimos en un determinado barrio y en él tenemos, natu­
ralmente, unas relaciones: hay que transformarlas en
una plegaria. Trabajamos en una fábrica, estudiamos en
una escuela, junto a tal o cual compañero, con un de­
terminado jefe; vivimos en una familia, con una madre
buena, desde luego, pero un poco nerviosa, con un pa­
dre que nos quiere pero que tiene sus defectos: con todos
estos elementos debemos construir nuestra santidad.

ser veraz consigo mismo:


aceptar la vida con sus detalles
una esposa mediocre
Si yo fuera misionero, piensa Jaime, ¡cómo amaría a
Dios! Me entregaría hasta el límite de mis fuerzas, y
tal vez sería mártir.
Cuando yo sea religiosa, piensa Juanita, ¡qué bien
le rezaré al Señor!
Te felicito, Jaime, por tu deseo de ser misionero y
celebro, Juanita, tu intención de ser religiosa. Sin em-
LEVADURA EN LA MASA 177

bargo, vuestras vocaciones me parecerían mucho más


seguras si, ya desde ahora, en el estado de vida en el
cual Dios os quiere hoy, hicierais lo posible para entre­
garos plenamente y orar mejor.
Tengo un amigo, jovencito aún, que se cree con voca­
ción de novelista, pero espera a tener empezada la pri­
mera novela para ponerse a estudiar en serio la gram á­
tica; mientras tanto, tiene abandonadas las composi­
ciones...
Yo me fío muy poco de aquellos que saben hacer
grandes cosas y no son capaces de hacer las pequeñas.
Sólo una o dos veces en el transcurso de nuestra vida se
nos propondrá una acción espectacular, mientras que
todos los días debemos realizar un montón de pequeñas
acciones... ¿Acaso no es esto lo más difícil?... Verlaine
ha escrito estos hermosos versos:

«La vie aux travaux ennuyeux et fáciles


Est une Geuvre de choix qui veut beaucoup d’amour» (1).

Si amamos poco a Dios, es debido a que no sabemos


aprovechar todas las ocasiones de darle gusto, que sur­
gen, a cada instante, a lo largo de nuestro camino.

Ana lleva dos años de casada. Su marido es un hom­


bre magnífico, la flor y nata de los esposos... Pero, el
pobre no acaba de sentirse feliz. Ana sólo en las gran­
des ocasiones le manifiesta su amor... No hace mucho
resultó herido en un accidente de trabajo. Su mujer se
empeñó por todos los medios en que la transfusión se
hiciera con su propia sangre, con peligro para su salud.
(1) «Una vida de trabajos enojosos y fáciles es obra escogida
que requiere mucho amor.»
12
118 H. GODIN

Cuando la boda, se había mostrado igualmente magná­


nima, poniendo en común todos sus bienes. Otra vez, una
noche que su marido, embaucado por los compañeros,
había perdido el sueldo de cuatro semanas, ella se lo per­
dono todo generosamente. Sin embargo, los días ordina­
rios su actitud es totalmente diversa: no da un solo paso
para agradar a su marido; le prepara las comidas y gra­
cias... Cuando, al atardecer, él regresa al hogar, con la
cabeza cargada por la fatiga del trabajo, Ana no presta
la menor atención a su presencia. Ni quiso hacer caso
del ramillete con que la obsequió cuando su cumpleaños.
Si alguna vez le pide que le apriete la corbata, lo manda
a paseo...
No, Ana no es una buena esposa a pesar de sus arre­
batos de amor. No ama lo bastante ni en la debida for­
ma a su marido.
Muchísimos cristianos se portan con Dios de un modo
semejante, con la agravante de que la generosa entrega
continuamente prometida para las grandes ocasiones no
pasa del terreno de los deseos irrealizables. Aquel que
en las cosas pequeñas no sabe ser fiel, tampoco lo es
por mucho tiempo en las grandes.
EL PAN MORENO
El pan moreno sabe a tierra negra
bajo la cual hay muertos, sumergidos,
sabe un poco a pesebre
y sabe a boca de animal entero.

Se come pan moreno en el establo,


acariciando pieles y meditando mucho.
Segando entre los dientes,
un poco de pan moreno se deshace.
Entonces sabe el pan a paja virgen
y se anticipa la sabor del grano.

Mientras se ara la tierna


se lleva pan moreno en el bolsillo
y, después, al comerlo,
6abe un poco a sudor, sabe a raíces,
y cruje entre los dientes.

Al levantarse, cuando el sol apunta,


se almuerza pan moreno
y entonces sabe a día
y a mujer sabe el pan por la mañana.
Tupido y hecho fuerte en la cochura,
con sabor a palabras entrañables,
con el calor de cosas que se aman
y con su olor a tierra cuando llueve,
comemos pan moreno en Alcolea,
sentados junto al fuego sin miramos.

Á n g el C r e s p o
Quedan señales

4
simplicidad para con Dios

Ni linterna
Juan había preparado minuciosamente la ascensión
al Cerro, con la ilusión de contemplar desde la cumbre
la salida del sol. Tanto él como su grupo se hallaba en
plena forma: bien equipados, decididos, enérgicos y lle­
nos de entusiasmo.
Pero la noche era cerrada, sin una estrella en el fir­
mamento. Y Juan había olvidado su linterna... Diez ve­
ces erraron el camino, de modo que a pesar de su empuje
y buen ánimo no pudieron llegar a la cumbre hasta muy
entrado el día.
La luz que nos ilumina en la ascensión de la vida es
la simplicidad o sencillez.
Ser simple es ser veraz consigo mismo, aceptar la
propia condición, la propia vida con todos sus detalles;
es aceptarse a sí mismo. Ser simple es ser uno mismo,
ni más ni menos.
Ahí está la base de toda la religión de Cristo: «Si tu
ojo es puro, está sano, dice Jesús, todo tu cuerpo (toda
tu vida) estará iluminado. Si tu ojo (tu manera de en­
trar en contacto con el exterior) es malo también tu
cuerpo estará en tinieblas». (Luc. 11, 34.)
Hay millares de almas a las que sólo les falta la luz
para avanzar con paso firme hacia el Reino de Dios y,
sin embargo, permanecen en las tinieblas, se desvían, a
pesar de sus esfuerzos, por callejones sin salida.
En nuestra vida cristiana todo lo recibimos gratui-
LEVADURA E N LA MASA 181

tamente. Ahora bien, una sola disposición de nuestra


alma nos puede poner en estado de recibir: la bu·
raildad.
Cristo presentó su doctrina con bondad a todos me­
nos a los fariseos. Para ellos «no valia la pena», «no
había nada que hacer». Pecaban contra el espíritu de
Cristo que nos hace a la manera de niños, que todo lo
esperan del Padre.
La falta de simplicidad procede siempre del orgullo.
Hay quien se complica la vida porque se cree ser más
que los otros, porque no quiere ser como los demás, por­
que evita lo que es corriente (la manera de hacer de
los demás).
Se pretende ser distinguido «es decir, diferente de
los demás), delicado (que siente finuras que los demás
no perciben). Hay mucho orgullo en todo esto.
«Pero no debe uno exponer todos sus sentimientos
delante de los demás», se queja Angelines.
Desde luego que no. Pero todos formamos parte de
un mismo cuerpo y los sentimientos de cada uno reper­
cuten en la vida de los demás; por tanto, hasta cierto
punto, les conciernen.
En todo caso no tenemos derecho a manifestar otros
sentimientos que los que realmente tenemos.
Escarba un poco en la timidez, en la excesiva reser­
va, y hallarás en el fondo el egoísmo y, sobre todo, or­
gullo. Tenemos que nos juzguen mal, que se burlen de
nosotros, que nos encuentren ridículos. Uno se siente
inferior a los ojos de los demás, por un determinado de­
fecto físico o moral sin importancia, pero del cual hace
mucho caso. Rosita es tímida porque se siente interior­
mente amargada por el hecho de no ser jovial, y es tí­
mido Luis porque le enoja su propia torpeza.
Todo esto es orgullo, orgullo del débil, pero orgullo
al cabo.
Esa timidez, ese orgullo de débil, ese falso pudor que
m H. O O D I N

nos impide manifestamos a los demás, se hallan en


nosotros independientemente de nuestra voluntad.
Lo mismo ocurre con buen número de malas incli­
naciones: gula, impureza, codicio, mentira...
Forman parte de nuestro temperamento. Una mala
educación las exacerba, y la influencia del ambiente, te­
rriblemente pagano en estos aspectos, acaba de desarro­
llarlos. Aun en esto debemos aceptarnos tal cual somos
y «re-hacernos», «convirtiendo» las tendencias profun­
das de nuestro temperamento, hasta lograr que ellas
mismas nos lleven a la simplicidad.
El ejemplo más maravilloso que Dios nos ofrece de
esa simplicidad es la Virgen María. Repasad el Evange­
lio de la Anunciación. Meditad todo lo que de ella sa­
bemos y llegaréis a la conclusión de que la virtud que la
caracteriza, más aún que la pureza, es la simplicidad.
¿Cuál es la principal cualidad del niño? Es sin duda
esa simplicidad confiada, esa franqueza absoluta y pro­
funda, esa ausencia de cálculos, de segundas intencio­
nes, de «restricciones mentales», de combinaciones as­
tutas «para que los demás piensen que...»
Y es el mismo Señor quien nos dice: «Si no os vol-
viereis y os hiciereis como niños, no entraréis en el reino
de los cielos». (Mat., 18, 3.) No dice «no seréis perfectos»,
sino «no entraréis en el reino de los cielos», es decir,
no seréis cristianos. La simplicidad es una condición in­
dispensable para practicar la doctrina de Cristo.
Hay miles de almas que no llegan a vivir profunda­
mente el cristianismo, que no «comprenden», que no les
«gustan» las cosas de Dios porque no han comprendido
esta palabra del Señor, la consideran un consejo para
santos, siendo así que el Señor dijo: «No entraréis en
el reino de los cielos.»
Nuestro Padre nos quiere niños que se abandonan a
su misericordia, y no orgullosos que andan siempre dis­
cutiendo con Él.
L EVADURA E N LA MASA m

simplicidad cristiana para con nuestros hermanos

Pedro y Claudio

Deseo, con todo mi corazón, que Pedro sea feliz. Era


un perfecto dirigente de Acción Católica, bueno, entrega­
do, idealista, unido estrechamente a Cristo. Sin embargo,
cada vez que he mirado fijamente a sus ojos y he con­
templado su rostro, un tanto erguido, y su frente, lige­
ramente inquieta, me ha sobrecogido un temor. ¿Va a ser
capaz de hacer feliz a una novia, a una esposa, más tar­
de? Lo dudo mucho.
Y conste que Pedro tiene grandes cualidades. Y es
sabido que un joven con cualidades, aun cuando tenga
algunos defectos corrientes, está en buenas condiciones
para crear un hogar feliz.
Pero a Pedro le ocurrió que mientras iba adquiriendo
una tras otra toda suerte de cualidades, olvidaba una
que debió constituir precisamente la base de todas las
demás: la simplicidad. Se plantea de continuo una infi­
nidad de problemas: «¿Debo, realmente, decir esto o lo
otro?» «¿Por qué me habrán dicho tal palabra?», etc.
Es un hombre complicado.
Se parece a una estilográfica que me regalaron, con
la cual se puede escribir en rojo o en negro, según se
desee. Suelo mostrarla a la admiración de mis amigos,
pero, por suerte, tengo otra más vieja para escribir; re­
sulta que aquélla es tan complicada, que siempre tiene
algo que no marcha: o la tinta es demasiado clara, o la
plumilla demasiado gruesa, o no baja la tinta, etc.
En cambio, mi viejo amigo Claudio es totalmente dis­
tinto... Inteligente, pero muy simple y muy recto. En sus
grandes ojos azules puede leerse cuanto ocurre en su al­
ma. Desde que conoció a Cristo, Le ama de corazón. Le
18* H. Q O D I N

habla como quien se dirige a un íntimo amigo. Cuando


conoció a Juanita, lo mismo. Le contó, de una vez para
siempre cuáles eran sus defectos, para que no anduviera
engañada, y ya no se habló más del asunto. Le decía
riéndose: «Lo siento, pero no soy desmontable, o me to­
mas entero o te quedas sin nada». ¡Y qué magnífico ho­
gar ha creado Claudio, a pesar de sus defectos, que poco
a poco ha ido corrigiendo!

Observa cuáles son, entre tus amigos, aquellos cuya


compañía resulta más agradable, cuáles son los más
simpáticos, que no dan la impresión de explotar la amis­
tad. Hallarás que son siempre los más sencillos, nobles
y naturales.
Consuelo quiere a todas sus compañeras, pero siente
preferencia por Conchita cuya alma es clara como una
gota de rocío.
Margarita, una muchacha de veinte años no teme a
los chicos puesto que Dios ha colocado juntos en el mun­
do a jóvenes y a muchachas y porque sus obligaciones
la ponen en contacto con ellos. Se siente tranquila, feliz
y natural con los que son sencillos y puedo aseguraros
que no les causa turbación. Todos dicen: «¡Qué chica
más simpática!».
Lolita, en cambio, cada vez que se dirige a un chico
tomo, un aire amanerado. Se le nota, con sólo verla, que
piens?. que su virtud se halla en peligro y esa actitud
turba a los chicos, tal vez más que las libertades de cier­
tas chicas ligeras. Lolita no irradia pureza sino inquie­
tud. Loa chicos que la tratan dicen: «¡Vaya una vieja!»...
y no tiene más que veinte años.
IV . E s p í r i t u de p o b r e z a

conciencias que se venden


El espíritu de Cristo es espíritu de pobreza pues sólo
la pobreza garantiza nuestra libertad.
Mi amigo Juan me ha objetado: «Todas las concien­
cias están dispuestas a venderse; sólo es cuestión de
saber adivinar el precio que por cada una hay que pagar».
Como os podéis imaginar, he protestado vivamente con­
tra esa afirmación. Él entonces ha precisado: «No es
que yo diga que se puede llevar a cabo esa infame com­
pra con cualquiera. No podemos nosotros comprar todas
las conciencias, pero la vida misma se encarga de ello.
A ver si me puedes presentar a un hombre llegado a pro­
pietario, rico de honor, de influencia y de dinero, que
no haya modificado en algo su manera de pensar a causa
del interés».
Los soldados de la última guerra hacían la siguiente
observación: un hombre cualquiera, ante la línea de fue­
go posee una amplitud de miras que no posee en el es­
tado civil. Apartado de todo, sin saber en qué estado en­
contrará lo que se vio precisado a abandonar, se halla
verdaderamente desprendido de todo, no tiene ya reac­
ciones de propietario (pues, generalmente, todos somos
propietarios de alguna cosa).
*

Para ser libre es necesario desprenderse de todo y


para estar desprendido — exceptuando a los héroes y san-
m H. G O D I N

tos (o aquellos otros que se hallan poseídos de una gran


pasión que les aleja de todo lo que no sea la pasión mis­
ma)— , es necesario ser pobre, pobre de corazón pero
también de hecho; pobre de dinero y pobre de todo lo
demás. ¿No dijo Cristo: «Bienñaventurados los pobres» y
no afirmó que sólo ellos son aptos para el reino de los
cielos, es decir para ser cristianos?
Quiere la Iglesia que sus sacerdotes sean pobres, des­
prendidos de todo, incluso del legítimo afecto a un hogar,
a fin de que se mantengan libres, libres para darse en­
teramente a los fieles, que constituyen su familia. Cristo
afirmó claramente: «No podéis servir al Dios vivo y al
dios dinero» (Mat., 6, 24). Y aún hoy podríamos añadir:
al dios respeto humano, pues todos esos dioses son com­
petidores del Dios verdadero.

Entre los jóvenes de nuestro tiempo se dan reacciones


muy fuertes contra la esclavitud de la riqueza. Se busca
una vida más sana, más sencilla, más natural, para me­
jor poder ser «uno mismo». Con ello vienen a descubrir
de nuevo lo que ya los fundadores de las grandes órde­
nes religiosas habían descubierto.
San Francisco de Asís vio nacer la omnipotencia del
dios oro y el estado general de ánimo que la acompañó.
Comprendió que se trataba de un espíritu forzosamente
opuesto al espíritu de Cristo y le declaró una guerra sin
cuartel, hasta el extremo de no querer tocar las monedas
ni poseer ningún objeto propio.
Un tal desprecio puede tal vez parecemos excesivo,
pero los hechos demuestran que el «dios del día» ha he­
cho de muchos de nuestros contemporáneos (incluso
algunos de los mejores y más capacitados) un rebaño de
esclavos sin honor, sin remordimiento y sin esperanza.
V. El e s p I r i t u d e C r i s t o e s e s p í r i t u d e p u r e z a

rompamos fas cadenas


El espíritu de Cristo es espíritu de pureza por cuanto
sólo la pureza puede salvarnos de la esclavitud.
Si, subido a lo alto de la torre Eiffel, contemplaras
a los miles de hombres que se amontonan en la gran ca­
pital, dotado de un telescopio singular que te permitiera
penetrar en el alma de cada uno, verías a unos pocos
hombres libres y a una gran muchedumbre de esclavos.
Unos lo son del dios dinero, otros de Venus —la diosa
o mejor el diablo de la impureza— . Esos últimos, domi­
nados por el placer sensual, abundan más aún que los
primeros.
Todo lo que nos aparta del plan maravilloso que Dios
concibió para nosotros, todo lo que nos ata a la tierra
nos impide ser hijos de Dios y nos hunde de nuevo en la
esclavitud.
La impureza es como un pulpo terrible. Infinidad de
jóvenes van a dar en él y gastan su juventud en deba­
tirse contra su fuerza. Cuando sólo algunos de sus tentácu­
los les oprime, no sienten mayor cuidado... pero cuando se
ven completamente arrastrados, empiezan a defenderse
desesperadamente. Esos tales no son libres. No están
atados del todo, pero arrastran cadenas como los anti­
guos cautivos y, aún a veces, las remolcan alegremente...
Mantente tú muy por encima de todo eso. Aléjate del
lodazal, No puede llamarse verdaderamente limpio aquel
188 H. G O D I N

a quien el fango le apetece todavía. Que el ideal te alien·


te con tanta fuerza que no sientas deseos ni experimen­
tes el gusto de lo bajo y lo rastrero...
Debes soñar un poco, Marilín* (no demasiado, desde
luego, pues el presente es lo que cuenta primero) pero
debes soñar un poco en tu porvenir, y en el galán fas­
cinante que esperas... y en los angelitos que te llamaran
«mamá». Es esa una esperanza lo bastante grande y her­
mosa para que no la manches luego con la manera torpe
con que acaso podrías mirarla.
La más espléndida mañana de primavera resulta som­
bría y siniestra vista a través de las ventanas enmoheci­
das de una cárcel. Sé libre, Marilín, libre con audacia,
como el pájaro que cruza el espacio. Todo es puro para
los puros. La sociedad no está en las cosas que creó el
Señor para nosotros, sino en nuestra manera de mirar­
las. La impureza no está en las cosas sino en nosotros
mismos.
Y tú, Javier, mantente firme ante ti mismo y ante
la vida; no te hagas el mendigo que ronda las oscuras
callejas en busca de la paga de un placer. Mira de frente
a los hombres y a las cosas, contempla la vida y mira
cuán bella es. Para ti está llena de felicidad. Aprende
a recogerla día a día y hazte con ella un manojo. Date
a los demás, a tu ideal y a Cristo. Llena tu alma de be­
lleza, de afán, y no habrá lugar para lo otro. Lanza tu
coche a cien por hora sobre la buena pista, enciende los
faros y ve tranquilo.

el Espíritu Santo y los jóvenes

1« primavera

Te gusta la primavera porque todo lo renueva y trae


consigo la fecundidad y el amor... Y el alba te gusta
LEVADURA EN LA MASA 189

porque anuncia un día radiante; y porque eres joven y


tienes veinte años, porque ya tienes brazos de hombre
o mirada ardiente de virgen, sientes brotar en tu alma
una fuerza nueva, un ardor, un afán, un gran dina*
mismo...
¡Presta atención! Es Cristo quien te llama, es su
Espíritu, su santo hálito que se acoge a ti, en tu Pente­
costés, tu Confirmación que empieza a dar fruto.
En ti y a tu alrededor, innumerables alientos em­
ponzoñados tratarán de mezclarse a ese hálito divino, a
ese espíritu de Cristo. No temas. £1 es más fuerte que
todos.
Repasa con frecuencia el Evangelio, observa los ca­
minos por los que más visiblemente trabaja el Señor,
para no exponerte a error, y síguelos con firmeza.
Tu corazón rebosa amor. Ama enhorabuena. Toda la
religión de Cristo viene a parar en eso: amar.
Tu imaginación sueña un hogar feliz. No te conten­
tes con soñarlo, ve preparándolo, por lo menos en lo que
te toca a tu mitad. En algún lugar del mundo aquél o
aquélla que Dios te destina está preparando con amor
la otra mitad.
Tienes sed de libertad, y con razón. Rompe las cade­
nas que quieren apresarte. No te entorpezcas con cargas
inútiles, conserva tu agilidad. Rechaza el peso muerto
de la afición a lo material. No quieras entrar en los tin­
glados de la mentira, ni siquiera en aquella mentira que
todo el mundo admite. No prestes tu mano a los lazos
de la riqueza y la impureza. Mantente libre y dinámico.
Precisamente la expresión: «el espíritu de Cristo»,
traducida al lenguaje de nuestro siglo veinte significa:
«el dinamismo de Cristo».
Nuestra Madre,
lo es de Cristo
y nuestra

la Virgen, nuestra Señora

la Virgen de las Aeres

Los cristianos no somos materialistas; damos al cuer­


po el lugar que le corresponde que no es precisamente
el primero ni el más importante. Ninguna virtud — mu­
cho menos la pureza— , puede ser referida exclusivamen­
te al cuerpo, a no ser que tratáramos únicamente de pre­
servarla y conservarla, pero entonces... ya sabéis lo que
hace el Señor con los siervos que se han limitado a con­
servar su talento...
Según San Agustín, la pureza es una gran potencia,
una gran capacidad, una enorme posibilidad (o poten­
cialidad) de amor.
La virgen guarda su corazón como se guarda a sí
mismo el capullo a punto de abrir; su corazón se ha ido
desarrollando, como la savia que ha hecho brotar, desde
el interior de la rama, las hojas y los frutos; se halla
en espera, está presta... a lo que Dios quiera de ella.
Está a disposición del Padre. Por eso cada vez que
llega la primavera —que es también un anuncio de fe­
cundidad— siente que una oleada de vida hace vibrar las
profundidades de su ser. Por esto le gustan las flores,
pues ella misma —y no por simple comparación— es
una flor, una flor de amor.
m H. G O D I N

Esa actitud de Nuestra Señora resplandece magnífi­


camente cuanto conversa con el ángel, en la anuncia­
ción. No hace protestas de humildad como si fuera a co­
rregir a nuestro Padre. Siente bullir en su interior una
juventud ardiente, ávida de entrega, y responde con sim­
plicidad: «Estaba a punto, es espera... Que se cumpla
la voluntad del Padre».

nuestro ideal

nuestra Señora
Conoce bien nuestro Padre la manera de ser de los
hombres. Él nos creó... Y nos quiso concretos, prácti­
cos, capaces de enfrentamos con las duras realidades
de la vida. No nos acusa porque nuestra vida a menudo
discurra a ras de tierra, pues se trata para nosotros de
una necesidad natural. Pero sabe que nos hace falta tam­
bién un ideal grande y maravilloso con qué llenar ese
rincón azul que todos guardamos en el fondo del alma...

Los caballeros de la edad media solían escoger a una


princesa, que jamás llegaría a ser su esposa, y hacían
de ella la «dama de sus pensamientos», su estrella, la que
en medio de las humanas vicisitudes encarnaría ante sus
ojos la belleza total. La llamaban: mi señora.
Para nosotros, cristianos, nuestra Señora es la Vir­
gen María, la que salió de las manos de Dios infinita­
mente bella, la obra maestra más maravillosa que ima­
ginarse pueda, la joven ideal.
L E VA D UR A E N LA MASA 19S

El actual paganismo ha desalojado de muchas almas


a la Virgén María y, sin embargo, los hombres del si­
glo XX siguen necesitando un ideal. Es un crimen de
nuestro tiempo haber sustituido, en el alma de la masa,
a la Virgen María por cualquier «estrella» o campeón,
haber colocado un «astro», todo carne, en el lugar de
la Estrella de la mañana.
Aunque en este momerto tal vez te resulte esto un
poco difícil de comprender, hermano mío, comprenderás
más fácilmente la devoción a Nuestra Señora cuando
seas novio. Pero ¡cuidado! Entonces quizas ya sea tar­
de, pues sólo la Virgen María habrá podido enseñarte el
positivo respeto que debes a la chica, ya desde tu ado­
lescencia.

nuestra Señora de todos los días


Y esa Virgen, nuestro modelo, nuestro más alto ideal,
la más grande, infinitamente más grande que todos los
santos, no vivió en el fondo de un claustro ni en el de­
sierto como una solitaria, sino que fue una mujer seme­
jante a las demás. Vivió una vida de muchacha como la
tuya, conoció el gozo de ser madre, conoció, como noso­
tros, el largo correr de los años en un hogar obrero. Nos
sirve de modelo para cada uno de los momentos de la
vida.
No hizo otra cosas que las que nosotros mismos hace­
mos o haremos. Pero ella lo hacía de otra manera. Puso
en todas las cosas tanto amor, tanto afán, una entrega
tal que un pespunte hecho por ella en la túnica de Jesús
despertaba en su alma más amor que el contenido en el
corazón del mayor de los santos.
13
H. 0 0 D IN

Lo que cuenta de nuestras acciones no es lo pesadas


o dolorosas que sean,sino el amor a los hermanos que
las inspiren y sostengan. La vida cristiana se vuelve fá­
cil y segura en compañía de la Virgen María, pues la
Virgen María nos conduce certeramente a* Jesús.
Cuando penséis en Nuestra Señora, la Virgen de las
vírgenes, y en su vida diaria, no os la imaginéis vaci­
lante. asustadiza, con la mirada escondida, siempre a
punto de huir, como algunos se figuran. Una actitud se­
mejante no sería indicio de virtud cristiana, es decir, de
*fuerza» cristiana.
Nuestra Señora es joven, ardiente, cree en la vida,
quiere amar apasionadamente y ha escogido al Señor.
Ve las realidades de la vida tal como el Padre las hizo
y no las teme. No toma una actitud de timidez cuando
ha de hablar de ellas: «¿Cómo se realizará eso, si no
«conozco» a varón?» Es recta, simple y natural, abierta,
generosa.
Me atrevería a decir que es la joven moderna, en el
más bello sentido de la palabra... la que tú sueñas por
novia, la que tú misma deseas ser. Si dieras con ella a
la vuelta de tu camino, te llenarías de entusiasmo por­
que es una muchacha cien por cien y posee, en grado in­
concebible, todas aquellas cualidades que tú, querido En­
rique, descubres maravillado en las chicas; que tú, Car­
men, sabes que esperan encontrar en ti: el don de sí
misma, la lozanía de alma, el idealismo, la fe en el por­
venir.
Y por todo esto Nuestra Señora debía permanecer
virgen. El Hijo de Dios quería para Sí una madre to­
mada de entre las mujeres de la tierra, pero la quería
«enteramente disponible para £1, a nadie dada, capaz de
amarle con amor no compartido». Quería que su madre
fuera, además de madre, una verdadera doncella.
ANUNCIACION

] Trasunto de cristal,
bello como un esmalte de ataujía!

Desde la galería
esbelta, se veía
el jardín. Y María,
virgen, tímida, plena
de gracia, igual que una azucena,
se doblaba al anuncio celestial·

Un vivo pajarillo
volaba en una rosa.
Y, cual la luna matinal,
El alba era primorosa.
se perdía en el sol nuevo y sencillo
el ala de Gabriel, blanco y triunfal.

¡Memoria de cristal!

J u a n R a m ó n J im é n e z

Segunda antología poética


nuestra Señora de la bondad

¿Habéis observado cómo ama a su madre un niño,


en el candor de su inocencia? Y no es poco exigente para
con ella. La querría perfecta para poder amarla más.
Imaginad a ese niño, pero con un amor cien veces más
grande; suponed que, anterior a su misma madre, ha
hecho a ésta a la medida de su gusto; idealmente bella.
Añadid a esto que haya tenido una eternidad para «so­
ñarla» a su placer y tendréis cierta idea de la madre de
Jesús. Comprenderéis lo que dicen los santos: toda cua­
lidad que se nos ocurra podemos atribuirla a Nuestra
Señora puesto que Jesús conoció antes que nosotros esas
cualidades y, si realmente lo son, las quiso para su madre.
María, por ser madre de Jesús, debía ser perfecta en
el grado máximo que una mujer puede alcanzar. Como
mujer escogida para tan alta misión, debía poseer una tal
capacidad de perfección que su medida escapa a nuestra
inteligencia.
*

Ahí está Jesús, ante nosotros. Vedle. Cuenta diez


años. Está sentado junto a su madre. Sus ojos, llenos
de bondad y de fuerza son los ojos de su madre; la linea
de su rostro es la misma de su madre; esa sonrisa que
esboza la aprendió de su madre; esa actitud, esa reac­
ción de benevolencia, todo le viene de su madre. No tuvo,
en la tierra, padre verdadero a quien asemejarse. La
L E VA D UR A E N LA MASA 197

Virgen María formó en sí misma el cuerpo de Jesús,


como las demás mujeres. Y lo formó semejante a ella,
más que las otras madres. Debía, por tanto, poseer ella
primero lo que tenía que dar a su Hijo, el más hermoso
y perfecto de los hombres. Debía poseer lo que después
le comunicaría en cuanto al cuerpo y, también, en lo
que se refiere al alma, debido a que las tendencias se
heredan y a que la primera educación ejerce un influjo
indeleble.
*

Una muchacha ama a Dios a través de sus hermanas


y hermanos, y trata, además, al igual que la religiosa,
de amarle directamente en sí mismo o en la persona de
Cristo.
Para la madre, ese amor directo no es el más impor­
tante; su religión está «encamada». Deberá amar a Dios,
sobre todo a través de las almas a ella confiadas: su
marido y, más aún, sus hijos. Ese amor, si bien no tan
noble en sí mismo, no es menos grande. Se trata sim­
plemente de un amor distinto, más humano. Es más
fácil que el de la Virgen, pero tiene también sus peli­
gros: puede detenerse en el hijo, y no llegar hasta Dios.
Ahora bien, la Virgen María es más madre que cual­
quier otra y, a través de su Hijo, ama perfectamente a
Dios. Ese apego a su Hijo, inscrito profundamente en
su carne, es su religión, su mismo amor a Dios.
No es posible que ame a su Hijo en demasía. Cuanto
más crece su amor tanto más se une a Dios y recibe de
£1 su gracia para mejor amar a su Jesús, en una corrien­
te perpetua de amor que se precipita a una velocidad
vertiginosa.
198 JET. GODI N

Y he aquí que Cristo, cuando pendía.de la cruz, nos


hizo donación de esa madre ideal. Era tan virgen, exis­
tía en ella tal capacidad de amor, que podia amarnos a
todos, como a hijos propios, que en realidad empezamos
a ser desde aquel momento. Podía amarnos a todos a pe­
sar de nuestros pecados, de nuestra torpeza, de nuestra
ruindad. A pesar... de que acabábamos de crucificar a
su Hijo. Nuestra Señora poseía en sí una capacidad, y
fuimos hechos hijos suyos, como Jesús.
En la vida del Señor, ella es la rama principal. Une,
en el Cuerpo Místico, la Cabeza con los miembros.
Repitámoslo hien alto: la madre ideal de Jesús, la
que Él había preparado expresamente para sí, escogida
entre todas las mujeres nos la dio a nosotros el mismo
Jesús y ahora es madre nuestra, lo mismo que madre
suya.
TENED LOS RAMOS
Pues andáis en las palmas,
ángeles santos,
que se duerme mi niño,
tened los ramos.

Palmas de Belén
que mueven airados
los furiosos vientos
que suenan tanto:
no les hagáis ruido,
corred más paso,
que se duerme mi niño
tened los ramos.

El niño divino
que está cansado
de llorar en la tierra
por su descanso,
sosegar quiere un poco
del tierno llanto.
Que se duerma mi niño,
tened los ramos.

Rigurosos hielos
le están cercando;
ya veis que no tengo
con qué guardarlo.
Ángeles divinos
que vais volando,
que se duerme mi niño,
tened los ramos.

L op e de V ega
Los pastores de Belén
medianera de todas las gracias

lo Virgen medianero
Todos los años, al llegar el último día de mayo, ce­
lebramos la fiesta de «Nuestra Señora medianera de
todas las gracias*. Con esa invocación se quiere decir
que todos los favores de Dios nos llegan por mediación
de María. Ahora bien, todos los acontecimientos de nues­
tra vida —hemos hablado de ello anteriormente— inclu­
so los más mínimos detalles son gérmenes de gracia,
por cuanto pueden ordenarse a nuestro bien supremo.
Todo cuanto nuestro Padre dispone para nosotros es
fruto de su amor. De todo ello se deduce que la Virgen
María se ocupa de cada uno de nosotros y de todas nues­
tras cosas. Lo cual es muy natural teniendo presente que
ella es nuestra madre, y nosotros, sus hijos menores.
¿Queréis algo más confortador que pensar que una
madre, cuyo amor hacia nosotros aventaja inmensamen­
te al que nos tienen las madres de la tierra, se ocupa de
nosotros en el cielo y nos prepara a cada uno un lugar
en la casa del Padre? En el fondo, la providencia de
Dios trabaja continuamente, de acuerdo con su Hijo,
para nuestro bien.
Dios sabía que al lado del padre, por inmensamente
bueno que éste sea, es necesaria una madre. Los hom­
bres, incluso los que se hacen «los malos», aun los gran­
des personajes, en lo que respecta a la vida del alma son
niños que apenas saben andar y que precisan de una
madre.
LEVADURA EN LA MASA 201

Dios sabía que después de una desgracia, de un fra­


caso, de un pecado grande nos iba a ser muy difícil re·
cobrar nuestro ánimo y sabía que para usar de todo esto
y conseguir un mayor bien, sería mucho más fácil te­
niendo, allá arriba, a su lado, a una madre, una madre
de verdad, una mujer como vosotras, madres de la tie­
rra, pero incomparablemente mejor.

ORACION A SANTA MARIA


¡Santa Virgen escogida,
reciben dones extraños;
repara mi triste vida,
pues eres tan poderosa.
Tu9 poderes son tamaños
que no basto a los decir:
los que te suelen servir
reciben dones extraños;
tu bondad muy infinita
es a todos piadosa.
Repara mi triste vida
pues eres tan poderosa.

G ó m e z M a n r iq u e

(siglo xv)
lo Virgen de todos
María es mujer como vosotras e incluso más que
vosotras.
Como vosotras es madre, pero más, mil veces más
que vosotras. Todos nosotros somos sus hijos.
Sí. Es la Virgen de todos. La Virgen de los pecado­
res, la Virgen de las muchachas caídas; la Virgen de los
ladrones y los asesinos; también la Virgen de los que
luchan y de los que son vencidos; de los que se dejan
sorprender y arrastrar por los primeros impulsos de un
pobre amor humano; la Virgen de los que dejan que las
cadenas de oro les aten poco a poco a la tierra y al cri­
men; de los que se dejan emborrachar por el orgullo.
La Virgen, en fin, de todos aquellos en cuyo favor pa­
rece que Cristo nada pueda hacer ya, más que mandar­
los a su Madre para que a su vera se vuelvan niños
de nuevo.

nuestra Señora de la Masa


De todos... pero especialmente de la masa.
En toda familia los hijos a quienes más se sigue, se
mima y se quiere son los que mayores disgustos y más
lágrimas costaron a la madre...
Si, como nos dijo Jesús, un buen pastor deja noven­
ta y nueve ovejas para ir en busca de la perdida, ¿qué
no hará una madre a quien se le perdió un hijo?...
—Entonces, ¿es nuestra Señora mejor que nuestro
Padre?
—De ninguna manera. Esto sería imposible. Es real­
mente preciso que la bondad de Dios sea infinita para
darnos una tal madre, dotada de plenos poderes.
EXVOTO
Si yo pudiera, Virgen pía, darte
mi corazón como se da una lámpara,
lo saciaría de mi pecho, vivo,
para labrarlo como fina plata.

¡Qué gloria estar contigo noche a noche!


arder por ti como flamante llama
y que tú digas, plácida, a los ángeles:
— ¡Siempre me alumbra hasta que llega el alba!

IQué gloria iluminar, ¡ oh madre mía!,


tus pies menudos de camelia blanca
y ser el óleo que por ti se quema
en el ardiente cuenoo de tu lámpara!

Tómame, así, ¡oh Virgen del Socorro!,


fortuna y salvaguardia de mi casa,
y acepta, para el templo que tú habitas,
el sillar que te ofrece mi esperanza.

Juana de Ib a r b o u r o i
Poemas
nuestra Señera de los Dolores
Siendo la Virgen María .el más perfecto dechado de
mujer, tenía que conocer el sufrimiento. La vocación de
la mujer en el mundo parece más grande, más «huma­
na» que la del hombre y, por tanto, también más dolo-
rosa. La Virgen María debía padecer.
Siempre que veas a un hombre que realiza alguna
cosa grande, piensa en su madre: ella ha pagado ese bien
por adelantado con sus lágrimas y dolores.
La principal razón del sufrimiento de María hay que
buscarla en el hecho de haberse asociado a Cristo en la
redención del mundo.
Ella sintió todos los dolores que puedan sobrevenir­
nos a nosotros. No hay quien no pueda acudir llorando
a sus plantas y decirle: «Tú sí que me comprendres,
madre, Tú sabes lo que es eso, Tú pasaste por ello antes
que yo:
Sufrimiento cuando, novia todavía, no se atreve a
anunciar a San José su maternidad.
Sufrimiento cuando, ya madre, no cuenta más que
con ’in pesebre para acoger a su Hijo, recién nacido.
Sufrimiento por el destierro a causa del Hijo.
Sufrimiento de la pobreza, de la indigencia.
Sufrimiento por la inquietud, ese tormento de las
madres, que llena toda su vida. «Una espada de dolor
traspasará tu corazón», le había anunciado el viejo Si­
meón.
Sufrimiento por la separación, en la marcha a Jeru-
salén.
Sufrimiento de ver a su Hijo, generoso, crecer bajo
la dominación extranjera.
Sufrimiento de la madre del joven aprendiz que se
fatiga demasiado, que se ha hecho daño, tal vez.
Sufrimiento de la madre al ver cómo su Hijo audaz
se atrae los odios y es perseguido.
LE VA DUR A E N LA MASA 205

Sufrimiento de verlo tan ocupado, que no tiene ya


tiempo para ella.
Sufrimiento con Él y en Él por todos los dolores de
la pasión y muerte.
Sí. Ese rosario de los dolores humanos la Virgen Ma­
ría lo vivió por entero.

nuestro Señora de la bperanzo


Jesucristo vino al mundo para darnos ejemplo de
todas las virtudes, excepto una, en la cual no pudo ser­
virnos de ejemplo: la esperanza. Siendo Dios, sabía,
veía sin cesar al Padre. Fueron precisos los tormentos
de la muerte que atenúan el libre discernimiento del es­
píritu para encontrarse ante la desesperación. Durante
su vida no podía esperar... Sabía, veía.
El ejemplo perfecto de confianza y esperanza nos lo
da Nuestra Señora.
Ha visto a un ángel cuando la anunciación. Ha con­
cebido y dado a luz a un hijo, por milagro. Los ángeles
han aparecido en el cielo y han acudido pastores y reyes.
Pero han transcurrido veinticinco o treinta años. Jesús
ha ido creciendo como cualquier otro niño, inteligente,
fuerte y hermoso, pero como otro niño cualquiera. Ahora
es un trabajador, el trabajador ideal, pero un trabajador
como tantos otros. Han pasado veinticinco o treinta años
y la Virgen María mantiene la certeza del primer día:
ese Hijo de su carne es el Hijo de Dios, Dios como su
Padre.
En Caná, Jesús se ha negado claramente a conver­
tir el agua en vino: «mi hora no ha llegado todavía».
Pero Ella, tranquilamente se dirige a los criados: «Ha­
ced cuando Él os ordene».
¡Oh Virgen! Con un poquito de tu confianza que nos
dieras, podríamos hacer cuanto quisiéramos.
A LA VIRGEN MARIA
Como hoy estaba abandonado de todos,
como la vida
(ese amarillo pues que fluye del hastío,
de la ilusión que lentamente se pudre,
de la horrible sombra cárdena
donde nuestra húmeda orfandad se condensa)
goteaba en mi sueño, mediadora del sueño,
segundo tras segundo,
mi corazón rompió en un grito,
y era tu nombre,
Virgen María, madre.
(Treinta años hace que no te invocaba.)

No, yo no sé quién eres:


pero eres una gran ternura .
No sé lo que es la caricia de la primavera
cuando la siento subir como turbia marea de mosto,
ni sé lo que es el pozo del sueño
cuando Tris manos y mis pies con delicia se anegan,
y, hundiéndose, aún palpan el agua cada vez más humanamente pro*
[funda.

Y los niños, ligados, sordos, ciegos,


en el materno vientre,
antes que por primera vez se hinche la oscura llamarada del oxígeno
la flor gemela de sus pulmones,
así ignoran la madre-
protegidos por tiernas envolturas,
ciudades indefensas, pequeñas y dormidas,
tras el alerta amor de sus murallas.
LEVADURA E N LA MASA 207

Y va y viene el fluidoi sigiloso y veloz de la sangre,


y viene y va la secretísima vena
que trae íntimas músicas, señales misteriosas que conjuró él
y ellos
beben a sorbos ávidos cada instante más ávidos
la vida,
aún sólo luz de luna sobre una aldea incógnita sumergida en el sueño,
y oscuramente siente que son un calorcito, que son un palpitar,
que son amor, que son naturaleza;
se sienten bien,
arbolitos, del verano en la tarde, a la brisa
bebiendo una ignorante sucesión de minutos
de la tranquila acequia.
Así te ignoro, madre.

No, yo no sé quién eres, pero tú eres


luna grande de enero que sin rumor nos besa,
primavera surgente como el amor en junio,
dulce sueño en el que nos hundimos,
agua tersa que embebe con trémula avidez la vegetal célula
matriz eterna donde el amor palpita,
madre, madre,

No, no tengo razón.


Cerraré, cerraré, como al herir la aurora pesadillas de bronce,
la puerta ded espanto,
porque fantasmas eran, son, sólo fantasmas,
mis interiores enemigos,
esa jauría de carlancas híspidas,
que yo mismo, en trailla, azuzaba frenético
hacia mi destrucción,
y fantasmas también mis enemigos exteriores,
ese friso de bocas, ávidas ya de befa,
que el odio encarnizaba contra mi,
esos dedos, largos como mástiles de navio,
que erizaban la lívida bocana de mi escape,
esas pezuñas, que, tamborileaban a mi espalda, crecientes, sobre el 11«^
Hoy surjo, aliento, protegido en tu clima,
cercado por tu ambiente,
niño que en noche y orfandad lloraba
№ H. OODI N

en ei incendio del horrible barco, y ae despierta


en una isla maravillosa del Pacífioo,
dentro de un lago azul, rubio de sol,
dentro de una turquesa, de una gota de ámbar
donde todo es prodigio: *
el aire que flamea con banderas nítidas sus capas transparentes,
el sueño invariable, de las absortas flores carmesíes,
la pululante pedrería, el crujir, el bullir de los insectos como tomos
[del mundo en su primer hervor,
los grandes frutos misteriosos
que adensan en perfume sin tristeza los zumo» más secretos de la vida.
¡Qué dulce sueño en tu regazo, madre,
soto seguro y verde entre corrientes rugidoras,
alto nido colgante sobre el pinar cimero,
nieve en quien Dios se posa como el aire del estío, en un enorme
[beso azul,
oh, tu, primera y extrañísima creación de su amor!

...Déjame ahora que te sienta humana,


madre de carne sólo,
igual que te pintaron tus más tiernos amantes.
déjame que contemple tras tus ojos bellísimos,
los ojos apenas de mi madre terrena,
permíteme que piense
que posas un instante esa divina carga
y n.? tiendes los brazos,
me acunas en tus brazos.
acunas mi dolor,
hombre que lloro.
Virgen María, madre,
dormir quiera en tus brazos hasta que en Dios despierte.

D ám aso A lonso

Hijos de la Ira
14
V
Cultivarse
y cultivar a los demás

cultivar la vida

Lo que hace a uno discípulo de Cristo y santo no es


el saber, sino el obrar. Hay una ciencia fecunda, la que
«se convierte en amor», dice San Bernardo; pero hay
una ciencia vana, una ciencia perjudicial, la que nos
lleva a la admiración teórica de las cosas religiosas.
El que sabe y no actúa, el que conoce el deseo de
Cristo y no lo realiza, es más culpable que el que no
sabe. «Si por lo menos, decía Jesús hablando de los fa­
riseos, no se lo hubiera repetido tantas veces, no peca­
rían; pero ellos saben, así pues no tienen excusa.»
La lectura de este libro será para ti, hermano, y para
ti, hermana, una ocasión de avanzar o de retroceder en
el amor de Dios según que actuéis... que cumpláis le que
el Señor os haya hecho descubrir en esta lectura, o que
no lo hagáis. Mirad que el Papa, el Jefe de la Iglesia,
empuja actualmente a los cristianos, de un modo muy
particular, a la Acción Católica; y la Acción Católica
no es estudio católico... es Acción.
Estamos llegando a los capítulos prácticos; éstos os
ayudarán a plantearos la siguiente pregunta: «Como
consecuencia de todas estas verdades que acabo de apren­
der y que creo haber comprendido bien, ¿qué voy a
hacer?»
I. A prender a pensar

desarrollarse completamente

el reloj de Estrasburgo
Un día fui a ver el reloj de Estrasburgo. Resulta
magnífico en su capilla; cada cuarto de hora sale una
estatuilla articulada de un nicho, suena y vuelve a me­
terse dentro; a cada hora, sale una procesión, y al me­
diodía sale todo un desfile.
Pero pronto me di cuenta de una treintena de esferas
que normalmente hubieran tenido que funcionar indi­
cando toda una serie de cosas interesantes — desde las
lunas hasta las mareas— y no funcionaban. Desde lue­
go el reloj de Estrasburgo es magnífico, pero me mar­
ché de allí apenado, porque había muchas esferas y
aparatos que hubieran tenido que funcionar, que hubie­
ran podido, es decir que tenían que vivir y estaban
muertos.
Saliendo de la catedral, me crucé con muchachos y
muchachas, con madres. Los muchachos eran fuertes y
esbeltos; ¡qué obra tan maravillosa la de un joven ante
el cual se le abre la vida!
Pero yo pensaba, yo leía en sus almas que asomaban
a los ojos, que en ellos había muchas esferas que no
funcionaban, que había muchas posibilidades que hubie­
ran podido ser desarrolladas en ellos y que permanecían
inutilizadas, muertas.
Las muchachas eran hermosas, con todo el frescor
de su juventud, de esta belleza que eleva el alma hasta
la limpidez de su rostro. Pero precisamente debajo de
este rostro yo veía que había muchas esferas que no
LEVADURA EN LA MABA

funcionaban, que varias fuentes de impulso y de con­


fianza en la vida no habían sido canalizadas.
Las madres, con sus pequeños en brazos, eran feli­
ces; esto podía adivinarse en su sonrisa, pero en esta
sonrisa se adivinaba también que hubieran podido ser
mucho más felices, con una felicidad muy superior. Ahí
también, muchas esferas no funcionaban.
Estuve paseando largo rato en el Estrasburgo bulli­
cioso y lleno de sol, con el alma en brumas de pereza,
de desgana; entré en los almacenes, estuve a la salida
de las fábricas, charlé con mucha gente. Por doquier nu­
merosas esferas no funcionaban.
Y cuando regresé, en el tren de la tarde, brillaban en
la noche miles de lucecitas. Cada una de ellas dejaba adi­
vinar una mesa; encima, una pantalla rosa o verde, y
unos rostros volcados ante la cena familiar. Yo pensaba
en toda la felicidad complementaria que podría surgir
en cada uno de esos hogares, si todas las esferas mar­
chaban como Dios manda, y resolví escribir este libro.

Una novela de M. Mauríac evoca la mUm* realidad. N0$ muestra


que, entre los caminos de la vida, hay muchos que conducen al
mar muerto; que por su falta o la de los demás, hay machas almas
que se lanzan a una vida sin reflexión, sin personalidad, air felicidad.
La lectura de «Les chemins de la mer», novela que se dirige a ios
jóvenes ya formados, puede reavivar profundamente en las almas
generosas la voluntad de darse a los demás.

Entre «dormir» y «vivir» la propia vida, hay una es­


calera de mil peldaños... procuremos subirla hasta arri­
ba de todo.
2U H. G O D I N

nuestro Padre quiere que vivamos


intensamente nuestra vida
preceptor culpable
Érase una vez, cuando los nobles confiaban a perso­
nas ajenas la educación de sus hijos, un marqués viudo
que hizo venir a su castillo a un preceptor, para la edu­
cación de sus tres hijos; luego marchó a la guerra ha­
cia lejanos países. Cuando regresó, diez años después,
pidió cuentas al preceptor acerca de la educación de sus
hijos: El preceptor le dijo: «Espero que usted estará
satisfecho; sus hijos no le faltarán en ninguno de sus
deberes para con usted. Esto se lo he enseñado de me­
moria. Le saludarán por la mañana y al anochecer, de
un modo muy distinguido, en términos que les he incul­
cado bien. En ninguna ocasión dejarán de manifestarles
respeto y afecto. No tema por nada, pues he cuidado
bien este primer punto. En otros aspectos, ya no ha ido
tan bien: su primogénito ha desarrollado poco su inteli­
gencia, parece necio y desprovisto de medios; el más
joven es mudo e incapaz de toda labor constante; el se­
gundo tenía la afición a la lectura, pero no se la he im­
pulsado pues entre tantos autores diversos, me hubiera
arriesgado a hacerle perder el respeto que debe a su
padre.»
¿Qué pensará el padre de esta buena educación?...
*

Lo mismo sucede con Nuestro Padre de los cielos.


Lo que Él quiere de su Iglesia, lo que espera de nosotros,
no es solamente que ella nos enseñe y que nosotros se­
pamos cumplir perfectamente nuestros deberes para con
Él, como buenos hijos, sino también que nosotros siga­
mos nuestra vocación; que no dejemos un lugar vacío
en el mundo en que Él nos ha puesto, sino que hagamos
LEVADURA E N LA MASA 215

la obra maestra que espera de nosotros, que desarrolle­


mos todas las posibilidades que ha puesto en nosotros,
desde la profundidad de nuestra alma y su capacidad de
amor hasta la belleza y la fuerza de nuestro cuerpo, e
incluso hasta la explosión de alegría que el gusto por
las cosas bellas puede traernos...
Pero para alcanzar estos fines, es necesario vivir in­
tensamente su vida. El pequeño funcionario tranquilo,
recluido en una labor estrecha, soltero sin ambición, que
ocupa su tiempo en alinear fichas impecables y cree
todos sus deseos realizados cuando su registro es agra­
dable a la vista, ¿ha vivido en ochenta años tanto como
el muchacho ardiente y conquistador que, a fuerza de
sueños, de proyectos, de pasión, realiza una hermosa
vida?
"K "

La vida no es una cuestión de cantidad, sino de cali­


dad, y la longitud de los días no debería medirse con un
reloj, sino por el número de grandes deseos, de quereres,
de sentimientos, de pasiones, de alegrías sanas y tam­
bién de dolores.
Hay vehículos que van a diez por hora, otros a cin­
cuenta, otros a cien; en un mismo tiempo, unos han re­
corrido, han vivido diez veces más que los otros: igual
ocurre con los hombres.
Hay una novela de Van der Meersch, «Cuando en­
mudecen las sirenas» (para las personas conocedoras de
las rudezas de la vida), que muestra de un modo muy
duro cuántas muchachas han echado a perder su vida a
causa de que ha faltado una educadora que probara
elevarlas. Este libro, pesimista porque no indica el re­
medio, es, sin embargo, un precioso estimulante para
los militantes de Acción Católica, que se saben respon­
sables, conocen el remedio y ya lo han experimentado.
TODO ES NUEVO

Si cada día que pasa


nos dejase su canción,
nuestra canción cantaría:
Todo es nuevo bajo el sol.

M ig u e l de U nam uno
Cancionero
para vivir intensamente: observar

Santiago no tiene los ojos en sos bolsillos


Santiago es un muchacho listo; ha llegado a ser un
cristiano cien por cien, y fijaos qué me dijo un día:
«Yo leí en la vida de no sé que santo, que siempre iba
con la cabeza cacha; si este santo viniera a París, cuán­
tos nombres de animales oiría de la boca de los taxistas;
desde luego, lo aplastaban. Además, Dios ha puesto nues­
tros ojos en lo alto de nuestro cuerpo, en un «puesto de
mira» para que veamos de lejos; si hubiera querido que
los metiéramos en nuestros bolsillos, los hubiera mon­
tado en largas antenas flexibles, como en los caracoles,
para que los pudiéramos esconder.»
Santiago tiene razón, no tenemos los ojos para me­
terlos en los bolsillos. El hecho de mirar nos trae a veces
disgustos, pero generalmente nos sirve para mucho más.
Es como un coche, que es muy práctico a pesar de que
pueda producir accidentes, sobre todo si uno no toma
todas las precauciones necesarias. Pero no son los que cir­
culan más los que causan el mayor número de acciden­
tes, sino los individuos que tienen un coche sólo para el
domingo, que no tienen experiencia, y cuyo motor, poco
utilizado, suele estar en mal estado de marcha... ¿En­
tonces ?...
Un cristiano que quiere estar al día (no hablo del
monje, que tiene una vocación especial) debe servirse mu­
cho de sus ojos y de sus oídos e incluso de su palabra
para amar a Dios. A medida que es más santo, tiene mu­
cha más necesidad, pues para vivir intensamente, es ne­
cesario saber cómo mirar y observar.
21$ H. G O D I N

Si un artista os hace visitar la exposición de sus


cuadros, cuanto más los miréis, a fin de felicitarlo, más
contento estará. El mundo es la exposición de las obras
maestras de Dios y nosotros sojnos los visitantes; no
olvidéis además que, incluso reducidos por el pecado, los
hombres (cada uno en particular) continúan siendo sin
comparación posible las mejores obras maestras del
Creador, a las cuales el artista tiene por encima de todo.
Él ama tanto como a las suyas, las obras que éstos pro­
ducen a su vez.
A veces encontramos «gente bien», «muy católica»,
que no le gusta pasar por los barrios chinos, o de cha­
bolas que desgraciadamente tienen todas las grandes ciu­
dades. Estos rincones sombríos son para ellos un re­
proche.
El peón caminero que ha alquitranado mal la carre­
tera, con gusto apartaría la vista del auto que se ha des­
pistado y se ha estrellado por su culpa; el ama de casa
perezosa haría lo mismo para no ver que en su cocina
está todo por lavar.
El hecho de ver el sufrimiento y las necesidades del
projimo debe ser vuestro gran resorte para trabajar por
la Causa d*. Cristo: cuanto más potente sea este resorte,
más valdrá.
*

Si el maquinista se salta a la torera la mitad de las


señales de la vía, los trenes no seguirán «su vocación»
y entonces habrá choques... El maquinista, al igual
que el chófer, debe conocer y observar los mínimos de­
talles y señalización de su camino. Dios nos conduce,
nos indica lo que quiere de nosotros por todas las cir­
cunstancias de nuestra vida. Así como el viajero sigue
su vía, nosotros debemos seguir con atención la nues­
tra para no perder ninguno de sus «mensajes».
LEVADURA E N LA MASA 219

Nuestra gran labor de militante consiste en ayudar


a los otros a encontrar su camino y a seguirlo: ahí está
su felicidad y la felicidad del mundo. El viento sopla
hacia el puerto, pero son pocos quienes le tienden sus
velas.

para vivir intensamente: pensar

los autómatas
A los ingleses les gusta construir autómatas. Entráis
en un museo de Londres y un señor elegante, con ges­
tos algo entrecortados pero muy correctos, se preocupa
de vosotros, os aborda, se descubre, os saluda, o incluso
os ofrece un cigarrillo... Es una máquina bien hecha,
pero no piensa, es movida por toda una serie de meca­
nismos que se disparan unos tras otros.
En nuestro país, y en todas partes, particularmente
en las ciudades, encontramos muchos autómatas de este
género.
Juanita, modista, se levanta cada mañana a última
hora, lo revuelve todo para vestirse, se precipita en el
metro, abre la novela de amor... vuelve a la realidad en
la estación donde se apea, se hunde en su trabajo, cose
y mide durante toda la mañana, se pinta y empolva,
luego sale al mediodía, sonríe a un muchacho, ríe la
broma de otro... Esta tarde irá al cine con un admira­
dor cualquiera.
Pobre Juanita, en el curso de su jomada no ha pen­
sado ni siquiera un segundo; no es ella quien actúa. Es
la señorita muchacha moderna. Es la señorita parisina
elegante, es la señorita en serie. Es un autómata. En
todas sus acciones se conduce instintivamente como tú
y yo cuando se nos viene encima un coche: sin pensarlo,
nos subimos a la acera.
e«o H. G O D I N

Esta Juanita es la digna hermana del señorito de­


portista, del señorito empleado selecto, del señorito mo­
derno con prisas, y del señorito marido standard...
En la cima del Alpette, un día me encontré con chi­
cas de la colonia de vacaciones de St. Pierre d’Entre-
ment. Habían encontrado allí en la cima a un viejo pas­
tor que llevaba su numeroso rebaño a pacer durante seis
meses por aquellos montes desiertos. Vive allí solo, y
le llevan comida para toda la semana. Hablaba poco, te­
nia su lengua «oxidada»; sin embargo, las muchachas me
contaron que fue ahí donde experimentaron la más fuerte
impresión durante sus vacaciones. ¡Qué hombre! ¡Cómo
sabía reflexionar y decir cosas profundas! Cómo amaba
a las bestias! Tanto, que una de las muchachas dijo con
un poco de ingenuidad y un mucho de irreverencia para
los novios de París: «Quizá no habrá ninguna de nosotras
a la que amen tanto como él ama a su cabra negra. Este
viejo había pasado su vida pensando, solo, en la quie­
tud, el recogimiento y la paz de la montaña: estaba
lleno de sabiduría.
Sólo cuando se tiene una vida interior se vive inten­
samente, es decir, cuando se tiene el hábito de observar,
pensar, reflexionar. Sólo así uno se instruye más, y re­
coge los conocimientos más necesarios. De este modo se
logra tener una cabeza bien sentada.
Este trabajo interior es mucho más enriquecedor que
todos los demás, es lo que hace funcionar en nosotros
todas las esferas muertas. Es necesario que pensemos lo
más seriamente posible todos los actos de nuestra vida.
Algunos piensan tres o cuatro actos por día, eso ya está
bien; otros, veinte o treinta e incluso cincuenta o cien.
Siempre habrá algunos que se hacen automáticamente:
dar los «buenos días», sonreír. Pero, qué importa, uno
no puede llegar a pensarlos todos absolutamente; no es
además tan indispensable, y eso deja la libertad de espí­
ritu necesaria para mejor prever los más importantes.
LEVADURA E N LA MASA 221

Es un conocimiento a la vez más útil, más bello, más


interesante, que da mayor felicidad y que nos acerca más
a Dios. El conocimiento de la vida es un arte auténtico,
que no se aprende enteramente en los balbuceos imper­
fectos de algunos libros...

cultura y reflexión

reflexionar
La cultura de una mente no se mide por la cantidad
de cosas aprendidas. Ser culto no es saber mucho, haber
acumulado conocimientos, ser un pozo de ciencia, un
diccionario ambulante, un memento viviente, ni haberlo
leído todo, visto todo y poder hablar de todo, incluso con
cierta competencia. Puede darse así la ilusión de la cul­
tura sin ser culto. Hay que oponer «saber acumulado»
a «saber asimilado» y reservar el nombre de cultas úni­
camente a las inteligencias capaces de asimilar.

>■

En efecto, hay conocimientos que se nos pegan sin


habernos entrado; son como extraños a nuestra vida in­
telectual y permanecen con respecto a ésta sin acción,
ni reacción; permanecen en la superficie del alma... Otros,
por el contrario, se unen a nuestros recuerdos, a nues­
tras ideas, a nuestras pasiones, a nuestros deseos; de
este modo llegan a ser un elemento de nuestro yo psico­
lógico, son carne y sangre en nosotros, acción y vida.
Hay entre estos conocimientos y nosotros, acción y reac­
ción, de suerte que se modifican al mismo tiempo que
nos modifican; hay asimilación.
H. G O D I N

Este modo de conocer las cosas por asimilación, cuan­


do se practica a menudo, llega a ser un hábito. Para el
espíritu cultivado hay una dificultad cada vez mayor y,
en ciertos casos, una verdadera imposibilidad, en perma­
necer pasivo frente a una idea que se le comunica. Es
necesario que reaccione sobre la misma, que la aprisio­
ne y que la haga suya. L a c u l t u r a e s e s t e h á b i t o c o n ·
TRAÍDO POR EL ESPÍRITU DE CONOCER POR ASIMILACIÓN.
Cuando transmitís ideas a algunas personas, tenéis la
impresión que no saben más que volverlas a decir tal
cual, esto es, repetirlas. Otros, por el contrario, os las
mencionan, os las devuelven renovadas, refundidas, ex­
presadas en otros términos, con nuevos puntos de vista:
son las personas cultas. Un hombre culto «digiere» lo
que aprende, es un hombre que tiene estómago.

ahondar en la reflexión
Reflexionar, es primeramente, percibir algo como un
problema que se plantea; luego, es inventar una solu­
ción para este problema; finalmente, comprobarla acer­
cándola a los hechos.
P.eflexionar es, primeramente, admirarse; es descu­
brir que todavía hay misterio en lo que se creía saber.
En el punto de partida de la reflexión, no hay necesa­
riamente una duda. Hay siempre una sorpresa, proceden­
te de un choque entre el pensamiento y la realidad. Es
una cosa inadecuada que aparece de pronto y plantea un
problema.
Es este extrañarse del cual parece que carecen más,
los no civilizados. Ante los descubrimientos más descon­
certantes del europeo, ellos se contentan diciendo: «Es
LE VADURA E N LA MASA 22S

un truco de blancos» y no piensan más. Las gentes que


reflexionan, continuamente se están preguntando.
Pero el espíritu debe ir más allá de la admiración, de
la sorpresa. Para toda cuestión presentada, debe inven­
tar, concebir una solución. Aquí interviene la imagina­
ción creadora, el don de invención, el espíritu de sínte­
sis, del cual hablan los manuales de filosofía sin seña­
lar suficientemente quizá que es el principal elemento
de la reflexión. Es como la flaqueza del no civilizado, al
no encontrar en su espíritu exiguo e inejercitado lo que
falta para inventar una solución que responda a los da­
tos del problema.
Finalmente interviene el análisis. Hay que compro­
bar si la solución imaginada corresponde punto por pun­
to a los hechos señalados, si los abarca sin desbordar­
los, sin deformarlos, sin reducirlos. De este modo se llega
a la verdad: « adaequatio rei et intellectus», correspon­
dencia, ajuste entre el objeto conocido y la inteligencia
que conoce.
¿Queréis unos cuantos ejemplos?
Una madre enseña a leer a su hijo. Ella le revela pri­
mero que estos dibujos en negro sobre blanco significan
algo. ¿Qué? El niño, por lo menos al principio, no será
capaz de inventar. Entonces la madre le dirá: ; ¿Es esto
una B?». El niño imaginará entonces mentalmente la le­
tra B y la plasmará en el dibujo. Y se percatará de que
no es lo mismo. «¿Esto es una D?», le dirá entonces su
madre... Y así hasta que la correspondencia se revele
perfecta. Estos son, cogidos a lo vivo los tres momentos
de la reflexión.
Al otro extremo del saber, ¿cómo descubrió Newton
la fuerza de la gravedad? Primero, la caída de una man­
zana le planteó un problema. Millones de hombres ha­
bían visto caer manzanas; ninguno tuvo la fuerza inte­
lectual de sorprenderse. Luego vino la imaginación crea­
dora a propósito de este hecho tan sencillo y sospechó
82* H. G O D I N

la existencia de una ley general regulando la atracción


de los cuerpos. Finalmente viene el control. Por compa­
raciones aventuradas entre esta caída de una manzana
y los movimientos de los astros, se comprueba la ley de
la gravitación universal.
Tenemos un niño cuyo carácter es bastante enigmá­
tico. Su madre, preocupada, se plantea el problema:
«¿Qué tendrá mi hijo?» Un buen día, a propósito de un
gesto tal vez muy ordinario, surge la solución, sugerida
por ia simpatía entre las dos almas. Luego se comproba­
rá, se reformará, se completará por toda una serie de
comparaciones con otros gestos. Esto es reflexión.
Veamos, en otro terreno, un texto en latín que hay
que traducir. En este texto hay palabras que plantean
un problema. Su significado es polivalente y el alumno
debe dar con uno o varios sentidos posibles, entre los
cuales él escogerá aquel que se ajusta a cada una de las
palabras de la frase, comprobándolo, según el oficio que
desempeña en el conjunto y la forma que reviste. Vea­
mos así, pues, que en todos los grados y en todos los
órdenes del saber interviene la reflexión. Es el acto fun­
damental, subyacente en todo esfuerzo, que realiza el
espíritu humano para conocer.
La observación fecunda es la que se vale de la re­
flexión.
Por esta razón no damos un lugar aparte a la ob­
servación como medio de cultura. La verdadera observa­
ción es reflexión, en el sentido aquí definido. Para ver
bien, no debemos, como se cree muy a menudo, desem­
barazarnos de toda experiencia anterior y observar en
en el vacío, como si fuera a explicarse por sí solo. Con­
viene, por el contrario, arrancarle su respuesta.
Someterse a los hechos no consiste en ser pasivo, y
esperar a recibirlo todo de ellos, sino someter a la com­
probación de los hechos la idea que uno se ha formado
por experiencias y reflexiones anteriores.
LEVADURA EN LA MASA 225

Cuando uno no sabe lo que busca, no sabe lo que en­


cuentra. Los grandes observadores tienen siempre un pen­
samiento en su cabeza, como dice Pascal. Por esto des­
cubren. La verdadera actitud científica consiste, no en
renunciar a prejuzgar, sino en saber esperar la respues­
ta del hecho observado y estar dispuesto según sea esta
respuesta, a modificar en todo instante la hipótesis, in­
cluida en ella más o menos visiblemente.
Así, la verdadera observación es reflexión porque pre­
gunta, inventa y comprueba.
«No hay dos categorías de investigadores, de los cua­
les unos no serian más que peones, mientras que los
otros tendrían por misión inventar... La invención ha
de estar en todas partes, hasta en las más humildes in­
vestigaciones de hechos, hasta en la experiencia más sen­
cilla. Allí donde no hay esfuerzo personal e incluso ori­
ginal, no hay siquiera un principio de ciencia... No se
conoce, no se comprende sino lo que se puede en algún
modo, volver a inventar.»
«Comprender, dice magníficamente Claudel, es volver
a hacer.»
Estas líneas están tomadas del maravilloso libro
del Canónigo Thibergien «Comment se cultiver*. de
la J. E. C. F. - E. P. S., París.
Ü. 0 0 D I N

para vivir intensamente: sentir


P

paseo corriendo
Cuando Pablo sale en bicicleta el domingo, va siem­
pre con su inseparable Guy. La única preocupación de
Pablo es tragar kilómetros. Habladle de tal perspectiva,
de una ermita encaramada en un peñasco; no ha visto
nada. Él no mira nada; su alma es insensible.
Guy le sigue, pero se para, se admira. Esto le acarrea
las protestas de su camarada. Pero Guy adorna la bi­
cicleta con alguna flor, conoce los árboles, las flores, las
bestias, los pájaros e incluso las estrellas. Del mismo
paseo, saca cien veces más provecho que su amigo.
Así ocurre en el paseo de la vida. Unos atraviesan
la existencia sin ver nada, sin paladear nada, sin amar
nada; no han tenido tiempo de pensar en ello; descono­
cen el entusiasmo, la alegría interior y no son capaces
de un amor profundo, ni serán nunca profundamente fe­
lices. En su alma no hay nada. Podría decirse que hacen
el viaje de la vida bajo un túnel, como los «provincianos»
que para visitar París, Barcelona o Madrid, toman úni­
camente el metro.
Paladear las bellezas de la naturaleza les parece in­
digno de hombres fuertes o de hombres de acción, sin
ver que Dios, que es todo fuerza y acción, ha puesto
tanto cuidado en crear todos estos esplendores.
No saben darse cuenta de la poesía de las almas. De
este modo se privan de muchas alegrías y de la verda­
dera felicidad. Son unos insensibles que no tienen cora­
zón; desprecian los sentimientos y creen que es indispen­
sable ser brutal, cuando la fuerza sólo puede ser brutal
cuando no está segura de sí.
Un automóvil de cinco caballos puede desembragar
LE VA DUR A E N LA MASA 227

bruscamente; un coche fuerte arranca suavemente y no


se para en seco, sino que es todo flexibilidad, suavidad
y regularidad.
Los hombres insensibles desprecian el corazón porque
ignoran que es nuestra gran fuerza. Habrán de cambiar
de actitud si quieren comprender, apreciar, amar a su
novia; pero para amarla convendrá que la comprendan,
y que sientan con ella. ¿Podrán llegar a ello algún día?...
Tendrán niños que educar (¡ y los pequeños viven tanto
con su corazón!). ¿Serán buenos padres?...
No seáis unos mutilados, gente que sólo tiene la mi­
tad del alma, sino unos hombres completos que saben
pensar, sentir y actuar.
Hay personas que sueñan demasiado, las chicas par­
ticularmente, que se perjudican sin ningún remedio. Pe­
ro hay muchas más personas que no sueñan bastante,
o que sueñan mal y no ven el futuro con suficiente op­
timismo y alegría.
En vuestra alma, como en el famoso reloj de que
os he hablado, hay todo un tablero con esferas. No de­
jéis que mueran; esforzaos en ser hombres completos;
haced en vosotros, totalmente, la obra maestra que es­
pera nuestro Padre, Dios.

CABEZA Y CORAZON
Guíe a tu pie la caben,
piensa bien a donde vas;
y el corazón a tu mano,
de él tus obras sacarás.

M ig u e l de Unabítjno
Cancionero
el arte

seamos completos
El arte tiene en la vida de los hombres mucha más
importancia que la que le ha dado nuestro mundo de ne­
gocios. Se encuentran artistas y obras de arte (pintura,
escultura, música) en las épocas más remotas y más
primitivas de la humanidad, al igual que entre los pue­
blos menos civilizados.
Un hombre que no tenga algo de artista es un hom­
bre incompleto, le falta una fuente de alegría, una gran
fuerza en su vida, una manera maravillosa —delicada
pero muy real— de conocer lo que le rodea.
El darse a buscar la verdad debe, ciertamente, entu­
siasmar nuestros veinte años; el darnos en busca de la
belleza, también.
Para ser artista:
1.° Hay que sentir.
2.° Hay que tener el gusto, la quietud y el recogi­
miento necesario para percibir «el alma de las cosas».
Puede decidirse que el arte hoy apenas es popular;
nuestra civilización lo ha transformado en un código de
convenciones que lo ahoga en lo extraño, en lo rebusca­
do, en la oscuridad y, a menudo, en la impureza.
Algunas obras de arte, eternamente bellas, reflejan
otra época, otros gustos, otras costumbres y tienen ne­
cesidad de explicaciones para ser apreciadas.
Hay otras que revelan por sí mismas su belleza: és­
tas son, más que las primeras, arte popular.
La emoción artística, nos dice el Canónigo Thiber-
LEVADURA E N LA MASA 229

gien, es también un gran medio de cultura, tanto ai


es provocada por las obras humanas como por las belle­
zas naturales (las montañas, el mar, los paisajes diver­
sos)... Las obras humanas revelan al filósofo su proce­
dimiento y su modo de actuar, más ingenuamente que
las bellezas naturales».
Nosotros no somos filósofos y, con justa razón, pre­
ferimos las bellezas naturales; pero nosotros debemos
también saber paladear «el Arte, que consiste en encan­
tar, maravillar, fascinar el alma por unos medios sen­
sibles: lo más a menudo un ritmo, un equilibrio, una ca­
dencia de sonidos, de colores o de lineas».

n. I n s t r u ir s e p o r l a l e c t u r a

los «librófagos»

No se trata de caníbales, de salvajes, sino de gente


que se llama civilizada, que devora los libros.
René estudia bachillerato; de vez en cuando, usa sin
vacilar palabras que suenan bien. Cuando sus compañe­
ros hablan de que hay que hallar una solución, él habla
de «resolver una incógnita»; cree también en los «crite­
rios» y en las «normas» y en toda clase de cosas bien
sencillas, en las cuales todo el mundo cree, pero que
llama de otro modo. Para expresar que Dios es bueno,
él habla de la «bondad divina»; y en lugar de decir que
Él nos perdona, habla de la «remisión de los pecados».
Es un feroz tragalibros; siempre tiene metida la nariz en
un libro, pues le devora una gran ambición, quiere for­
marse; lee andando por la calle, y menos mal que los
coches tienen buenos frenos, que si no... Desde luego,
René no lee novelas, al igual que su hermana en «libro-
830 H. Q O D I N

fagia», Gisela, la cual también ha trastornado su espí­


ritu con tonterías que tienen la pretensión de ser «ver­
daderas confidencias» .. Él lee libros instructivos, por
ejemplo la teoría del motor a cuatro tiempos, pero es ab­
solutamente incapaz de desmontar un carburador de co­
che. Admira al Cid, pero no tiene ninguna idea precisa
acerca del amor humano; conoce los grandes hombres de
la Historia, pero todavía no ha comprendido el carácter
de su vecino de mesa.
René es incapaz de llegar a una acción; las cosas de
la tierra son difíciles de manejar, es demasiado compli­
cado, esto corresponde a una fórmula sencilla. En cuan­
to a meterse con los hombres, esto es harina de otro cos­
tal: sus semejantes no actúan nunca como él había pre­
visto.
A René le gusta teorizar, discutir, siempre está ela­
borando maravillosos planes, precisos hasta en el míni­
mo detalle, pero que luego no cuadran con la realidad.
Se parece a un zapatero que ha estudiado a la per­
fección los cueros, pero que nunca ha tenido en cuenta
un pie humano, y que inventa unas bonitas formas de za­
patos y luego trata de modificar los pies de sus clientes
para hacerlos entrar en ellos.
No riáis. René también se propone actuar en la vida
para hacerla entrar en sus planes, y, como era de supo­
ner, 1f» vida se le resiste.
Es natural que lea, pero primeramente debería mirar
la vida. Dios quiere que sus hijos cultiven su espíritu, y
ha debido darles un remedio para hacerlo, un medio fá­
cil y al alcance de todos.
Mira la vida; ésta te plantea unas cuestiones, busca
las respuestas en torno tuyo; si no las encuentras, ayú­
date con las experiencias de otros y consulta libros. Pero
desde el día en que, por el placer del espíritu (pues al
espíritu le gusta levantar casas bien cuadradar como las
que hacen los niños cuando juegan con sus cubos), tú
LE VA D UR A E N LA MASA 251

vayas a buscar respuestas solamente en los libros, acuér­


date de que entonces tú construirás alrededor tuyo una
gruesa torre de «papelotes» que te permitirá, desde lue­
go, pasar egoístamente tu vida en los placeres del espí­
ritu; pero que te separarán del mundo, de todo lo que
tiene vida, de todo lo que sufre, de todo cuanto aguarda,
de todo cuanto ama...

hay que leer

modificación de construcción
Hay gente que abusa de la carne en la comida; lue­
go no se encuentran bien, se quedan sin energía. Por
otro lado, querer suprimir completamente la carne sería
también malo.
Hay quienes abusan de la lectura, no viven su vida,
viven ideas de los demás y de los libros inmóviles. Pero
en una gran mayoría de personas, la vida del espíritu
está sedienta, languideciente, porque no leen nada en ab­
soluto. Lo más importante, sin duda, es reflexionar, pero
hay que saber aprovechar también la reflexión de los
sabios, acumulada en los libros en el curso de los siglos.
Cada generación debería volver a pensar todo lo que
le transmiten sus generaciones anteriores, pues para las
adquisiciones del espíritu, cada generación es tributaria
de las que le han precedido.

Leer bien es tener una conversación con alguien que


tiene más conocimientos que nosotros, que tiene tam­
bién más experiencia, que ha reflexionado mucho más y
nos hace aprovechar de todo eso.
H. G O D I N

Como en la conversación, vosotros preguntaréis sobre


el autor si no le comprendéis, o más bien os pararéis en
vuestra lectura, buscando en tal otra página ya leída la
explicación que necesitáis.
Luego, habéis de asimilar, digerir vuestra lectura,
como se apuntaba más arriba.
Un alimento, si se queda en el estómago tal como se
ha absorbido, no será asimilado, no llegará a ser parte
de nosotros mismos.
Si cualquier idea entra en vosotros sin dificultad, es
que no tenéis personalidad.
Vuestras almas son como una maravillosa máquina
en la cual hay millares de piezas y de ruedas que actúan
unas sobre otras. Si cambiáis una pieza, hay que modi­
ficar muchas otras, quizá toda la máquina.
Érase una vez un gran constructor de automóviles
que montaba sus coches con tornillos de ocho milímetros;
después de un cierto número de estudios y de ensayos,
le vino la idea de emplear en adelante tornillos de diez
milímetros. Para que esta idea fuera fecunda y se pu­
diera realizar, había primero que revisar toda la fábrica,
desde el almacén de hierro y las oficinas de pedidos de
las barras, pasando por los numerosos procesos de la fa­
bricación de las tuercas y de las arandelas, hasta la re­
gulación de las máquinas que sierran automáticamente
1p.3 tuercas y tornillos. El peso del coche cambiaría y en­
tones quizás debería modificarse también la forma de
ciertas piezas para poder recibir un tornillo más grueso
y ser tan fuertes como éste.
A Lucía le ocurrió lo mismo; vivía algo ligeramente
y, leyendo un día un bello capítulo sobre la formación
de la futura madre, comprendió de repente la seriedad de
su papel de muchacha. Está idea nueva se abre camino
entre todas sus antiguas maneras de pensar, que ahora
van a unirse para sacar a las recién llegadas; si ella
no las modifica, pronto ocurrirá... Lucía deberá revisar
LEVADURA E N LA MASA 233

mil detalles de su pensamiento, su modo de concebir la


camaradería con los muchachos, sus relaciones en el tra­
bajo y en primer lugar su ideal de vida; y modificará
cien pequeñas cositas en su modo de actuar, de vestirse,
de divertirse, etc. Así de adaptará ella a esta generosa
y excelente idea nueva.

cómo leer

las fotos de Odefte


Lo que alimenta no es lo que se come, sino lo que se
asimila.
Cuando llueve en un prado, lo que lo torna verde no
es el agua que cae sino la que absorben las raíces. Cier­
tamente será más refrescante para las plantas una lluvia
fina y suave de varias horas que un chubasco o una llu­
via torrencial con diez veces más de caudal en quince
minutos.
Leed poco pero leed bien; leed poco, pero leed algo
bueno. Un lectura debe hacerse con atención, debe vi­
virse; luego se reflexiona durante un buen rato, con cal­
ma. Esto se aplica tanto a la lectura de una novela como
a la de un libro de historia, de cuestiones sociales o in­
cluso de un artículo de periódico.
Una lectura seria debe dejar huellas materiales: si
el libro es vuestro, subrayad, poned notas al margen; si
el libro os lo han prestado, copiad las líneas o los pasa­
jes que hos han impresionado. Volved a leer varias veces
un libro importante antes de abrir otro nuevo. No hagáis
como la mariposa que revolotea de flor en flor; apenas
llegarais a alimentaros...; haced más bien como la abeja:
cuando posa en una corola, le chupa todo el jugo y en­
tonces puede llevar una vida intensa y acumular en un
año centenares de veces su peso en miel. Volved a leer
fl. GODI N

un buen libro de provecho, esto debe ser entre vosotros


una costumbre regular.
Escoged bien. Haced como Odette. Cuando sale de
vacaciones se lleva su «Kodak»'y hace fotos buenas que
luego conserva como preciosos recuerdos; después am­
plía algunas, pues casi siempre son perfectas. Ella es­
coge siempre bien su tema, su fondo, su luz y no se de­
cide fácilmente a disparar. Juanita, por el contrario,
hace gran cantidad de fotos, pero son malísimas. Cuando
le parece bien, saca el aparato y dispara. De este modo
no puede tener buenos recuerdos y su álbum da lástima
verlo si lo comparamos con el de Odette.
Haced igual en vuestras lecturas. No os comeréis por
la mañana, al levantaros, un pollo asado porque lo veáis
en la cocina; no se lee tampoco un libro porque ha caído
en nuestras manos.
Tenemos necesidad de un guía que nos asista en nues­
tra formación intelectual, necesitamos un padre que nos
aconseje para la vida de nuestro espíritu. Leed un libro,
hacer entrar un extraño en el dominio más profundo de
sí, es siempre dejarse modificar por él: está cuestión es
de mucha más importancia de lo que se cree generalmen­
te y bien merece la pena pedir consejo.
Ya sé que hay algunos espíritus que son como plazas
públicas en las cuales los libros han pasado en cantida­
des fabulosas y no se ve casi ninguna huella; y sin em­
bargo, estas huellas existen. Estos espíritus se han echa­
do a perder, van generalmente como almas más o me­
nos diletantes, entregadas, sin dinamismo.
Que el hogar de vuestro espíritu no se transforme en
vosotros en una casa a la cual se entra sin llamar...
LEVADURA E N LA MASA

cultivarse por el cine

Cecilia va a ver películas


Cuando Ernesto va a pasear en bicicleta, toma siem­
pre la primera carretera que encuentra, sin saber adonde
le lleva. Pobre Ernesto. De este modo no hace más que
bien tontos paseos.
A él se parecen millares de jóvenes que, también ellos,
«van al cine»...
Un hombre inteligente «no va al cine», va a «ver»
tal o cual película, y no cualquiera, porque no se pier­
den tres horas de nuestro tiempo, tres horas de aire y
unas pesetas por nada en absoluto. No se compra el pri­
mer libro que llega sin saber lo que contiene, no se va al
cine a ver cualquier cosa. Además, vosotros sabéis que las
imágenes permanecen en nosotros; incluso cuando no nos
hacen ningún efecto momentáneamente. Son como mu­
niciones a las cuates nuestro enemigo echara mano cuan­
do le convenga; son unas municiones en el mismo cora­
zón de la ciudad que habéis de defender, a punto de es­
tallar en el momento en que menos lo esperemos.
Todo lo que entra en nosotros, toda idea, todo senti­
miento, toda imagen sobre todo, permanece y hace, sin
saberlo nosotros, un lentro trabajo subterráneo; es lo que
se llama nuestro «subconsciente». Nuestra personalidad
no es otra que la resultante, el total de todo lo que ha
entrado en nosotros. No se sale nunca de un espectáculo
o de una lectura tal como se ha entrado.
El cine puede deformarnos, pero también puede for­
mamos.
Cecilia escoge sus películas, no precisamente pelícu­
las para niños sino films realistas, a condición de que
sean verdaderos y sanos. Ella ofrece a Dios su cine, como
856 H. G O D I N

ofrece su trabajo o un buen paseo. En el cine se propone


ser lo que es, una empleada de oficina, y quiere ver lo
que ocurre en la pantalla como si ella hubiera estado
presente en la escena. Lo que le preocupa no es saber si
Giulietta Massina interpreta bien su papel, sino esta po­
bre muchacha que se mueve entre varias tentaciones...
Ella «observa» el hecho de vida que la película ha pre­
sentado.
Y todo esto permite a Cecilia componer muchas ora­
ciones interiores y rápidas por tantas almas en peligro,
y realizar muchos más actos de caridad para sus herma­
nas desgraciadas en su cuerpo o en su alma.
Cuando regresa sola, o charlando con Puri, que ha
salido con ella, o incluso ante su carnet de notas, juzga
la película, juzga la actitud de todos los personajes, em­
pezando por los secundarios, cuyo papel es dar realce a
las acciones de los personajes principales.
Yo creo que Cecilia ha aprendido mucho en el cine;
primero se ha ejercitado a menudo a no dejar llevar su
juicio por los sentimientos del momento, por fuertes que
sean; y si hay circunstancias trágicas que vienen a re­
mover de súbito la vida de Cecilia, sabe tomar su tiem­
po y recogerse, abstraerse de su emoción para poder
juzgar.
Además, ha conocido, en el cine, otras civilizaciones,
otros modos de pensar, de amar, de esperar, de sufrir...
Así, ha aprendido a juzgar en varias ocasiones las
acciones que representaba el desarrollo del argumento,
y se ha acostumbrado a juzgar la vida: las escenas de
la vida son siempre «más sencillas» en el cine que en la
vida real de cada día: ¿no es esto entonces un interesan­
te ejercicio de apreciación... un medio fácil de aprender
a ver, a juzgar su propia vida?...
Cecilia piensa que el cine, bien utilizado, es un buen
medio de cultura.
LEVADURA E N LA MASA 237

cultivarse por el trabajo

auto, moto o bicicleta


Uno se forma ante todo por la vida, por nuestra vida
pensada, meditada, plenamente vivida, por nuestra vida
alumbrada a la luz de Cristo; uno se forma también por
los consejos de los educadores, por los libros y muy es­
pecialmente por nuestro «movimiento». Pero el trabajo
profesional, parte importante de nuestra vida, es tam­
bién, por lo mismo esencialmente formador.
Juan Ramón conduce actualmente el coche de seis
cilindros de su padre. Veamos la conversación que tu­
vimos hace unos días:
—Me estoy aburguesando.
—Ya me doy cuenta —le he contestado riendo y se­
ñalando su coche.
—Pero no es en el sentido que usted piensa. Veamos;
cuando uno va en moto o incluso en bicicleta, ante un
obstáculo en la calzada, el freno brusco es peligroso, y
uno siempre piensa: «Me cuelo y paso»; en coche, por
el contrario, uno se dice: «Freno». Pero esta nueva reac­
ción, que uno tiene cien veces al día cuando va en coche,
la tengo ahora ante los obstáculos de la vida y me estoy
volviendo un hombre ultra prudente, un hombre que fre­
na, un «conservador»...
—Naturalmente, Juan Ramón, cuando uno tiene un
coche de cien mil pesetas a conservar, uno se vuelve con­
servador.
Juan Ramón no se ha dado cuenta de que el trabajo
nos marca profundamente; nosotros sufrimos todas sus
deformaciones, pero recibimos también todas sus forma­
ciones.
El oficio de encuadernador, por ejemplo, al cuidado
238 H. G O D I N

de los mil pequeños detalles, ¿no es desde este punto de


vista tan provechoso como un tema griego? Y el de im­
presor. el de cajista, en cuanto a invención supone, ¿no
es más formador que una versión latina?

cultivarse por el tiempo libre

para construir una casa


En los pensionados, institutos y colegios suelen dar
regularmente a los alumnos unas horas a la semana de
estudio libre, es decir que se ha de estudiar pero que se
estudia lo que se quiere. .
Dios ha organizado así la sociedad, y cuanto más se
extiende la civilización a la masa, más aumentan las
horas de «estudio libre», los tiempos libres para ocupar­
los como queremos.
Tiempo libre quiere decir un tiempo para hacer lo
que se quiere pero no para no hacer nada. El tiempo li­
bre no es para pasarlo en una butaca, de cualquier modo,
para perderlo completamente.
*

Qué bella ocasión nos representan estos tiempos li­


bres, para ejercer libremente esta voluntad que el traba­
jo forja en nosotros, a veces demasiado rudamente. Qué
bella ocasión es completar, para el cuerpo y el alma, la
formación iniciada en el oficio, combatir nuestras defor­
maciones profesionales, desarrollar nuestro espíritu de
iniciativa, de decisión y de audacia, que la tarea cotidia­
na no utiliza quizas completamente...
En nuestro trabajo, tenemos pocas cosas nuestras;
las grandes líneas, las han decidido otros en lugar núes-
LEVADURA EN LA MASA

tro; nosotros somos como el albañil que cuando se ha


terminado el armazón de un edificio en cemento armado,
va llenando los espacios vacíos de las fachadas con pare­
des de ladrillo: esto es fácil.
En una jornada de tiempo libre, en nuestros quince
días de vacaciones tenemos que hacerlo todo: somos ar­
quitectos e ingenieros, construimos, en el sentido propio
y en el sentido figurado, nuestra casita de campo como
la queremos: pero eso pide que metamos una enormidad
de cosas en nuestro corazón, con entusiasmo, y que pre­
paremos mucho antes, con cuidado, este tiempo libre de
que vamos a gozar.
*

Roberto nunca se olvida de ofrecer su tiempo libre a


Dios. Su razonamiento es este: mi trabajo lo ofrezco
a Dios, pero no es completamente mío; yo pongo en él
todo mi corazón, tanto como puedo, pero de todos modos,
yo debo hacerlo y no siempre es color de rosa... Mi tiem­
po libre es diferente, es mío cien por cien; yo lo creo a
mi imagen y semejanza; entonces, yo pienso que, ofre­
ciéndolo a Dios, le doy mucho más de mí.
Un joven cristiano, una verdadera militante, deben
primero, aprovechar bien sus tiempos libres; y luego, en­
señar a los demás el arte de utilizarlos del modo más pro­
vechoso.
III.

H a b la r

cuándo y cómo hacerlo

la fuente y el camarero
Las personas muy emotivas tienen tendencia a hablar
demasiado: se vanaglorian, exageran, levantan el velo de
toda su alma, hacen públicos sus asuntos más íntimos e
incluso sus defectos, sin darse cuenta de los inconvenien­
tes que pueden resultarles. Ellos pretenden de este modo
actuar con más franqueza... Pero ¿es faltar a la fran­
queza vestirse el cuerpo? Vestid pues también vuestra
alma y, sin dejar que parezca otra cosa de lo que es en
realidad, no la exterioricéis si no va con los adornos que
le son propios.
Desde luego, no habléis nunca contra vuestro modo de
pensar, pero no digáis tampoco lo que os viene a la cabe­
ra. Desgraciadamente nuestros pensamientos no son siem­
pre bellos; ¿ por qué complacerse en sacar todo lo que bro­
ta de más malo en nuestro interior?... Seamos aún más
reservados y no entreguemos nuestros sentimientos ín­
timos, nuestras reflexiones personales, sino con cierta
discreción, con cierto pudor.
De cada diez mujeres (y los hombres también), ocho
hablan demasiado y ganarían si fueran más breves. Co­
memos para alimentarnos, sólo hasta lo necesario; lo que
se toma de más es glotonería. Hablamos para hacernos
comprender, para realizar entre nosotros la fraterna co­
munidad social. Lo que se dice de más, sobra, son pala­
bras inútiles de las cuales habrá que dar cuenta a Dios.
Generalmente, los «pecados de palabra» no provienen
de intenciones malas, sino más bien de charlatanería, de
LEVADURA EN LA MASA

cierta especie de borrachera que empuja a hablar, a de­


cir cosas que no se querían decir y que luego lamenta­
mos. Esta soltura de la lengua llega a ser pronto una ne­
cesidad, casi impreriosa, si no se resiste a ella...

Ciertamente, el abuso del lenguaje es un mal. Pero


hay que usar de la palabra; ¿no es el mejor de los dones
del Creador, el que nos sirve de enlace con nuestros her­
manos?... Quizás tengamos que dar cuenta más severa
de las palabras que hubiéramos tenido que decir y hemos
callado, que de nuestras palabras inútiles.
No se reflexiona nunca lo suficiente antes de hablar
y en el momento de hablar, tampoco. Es obrar como el
artillero que tiraba primero y no miraba hasta después
para ver si el obús ha tocado. Una palabra bien sentida,
bien sincera, bien situada, hará a menudo mucho más
efecto que una avalancha de palabras. La mayor parte
de las conversaciones piden una preparación, incluso al­
gunas —más importantes— que lo sean por escrito:
«¿ Qué debo decir ?... ¿ Qué quiero decir ?... ¿ Lo sé bien?...
¿Qué es lo que quiero obtener?... Yo preveo (pues co­
nozco mi interlocutor) que la conversación puede girar
de tal o cual modo; ¿qué dire en uno u otro caso? ¿Có­
mo orientar la discursión para hacerme comprender
bien?...»
Delante del café hay una fuente que no cesa de ma­
nar agua, más o menos buena; el camarero tiene tam­
bién algo para beber, pero en menos cantidad. Sin em­
bargo, sus bebidas fueron preparadas con inteligencia, y
el transeúnte sediento prefiere, con razón, pedir al ca­
marero una cerveza, una limonada, un coca-cola, etc.
No seas como la fuente de la calle. Unicamente da­
rías agua, agua no siempre sana, no siempre pura, no
siempre fresca.
16
tí. GO DI N

hablar en público

el primer discurso
Los jóvenes de Acción Católica, y los mayores tam­
bién, tienen ocasión de hablar a menudo en público. La
primera vez que han de hacerlo constituye siempre para
ellos un día grande: generalmente suelen hacerse de ello
un castillo; hablar a cien personas como se habla a tres
o a diez, no es difícil.
Érase una vez una joven jocista, morena, intrépida y
tímida a la vez, que se había hecho la idea de que nunca
sabría hablar en público, que se emocionaría demasia­
do... y, sin embargo, cuando hablaba a cuatro o cinco
compañeras, no tenía la lengua en el bolsillo. Un día, en
el curso de un paseo, contaba los episodios de su evacua­
ción durante la guerra —que había sido más que dramá­
tica— a Josefina, Rosa y Mercedes; de lejos, la expli­
cación tenía aire interesante, pues llegaron una tras otra,
Daniela, Juanita, Susana. Anita, que estaba detrás de
todas, gritó: «Fernanda, habla más alto que no se te
oye», Fernanda elevó la voz, y fue éste, sin darse cuen­
ta, su primer discurso.
Cuando hayáis de hablar en público, no hagáis como
algunos predicadores que aprenden de memoria su dis­
curso y luego lo recitan sin calor y sin vida, con riesgo de
cortarse a la vuelta de una frase.
¿Habéis de hablar a cincuenta o a cien personas?
Mirad primero lo que habéis de decirles, y trazad un
plan bien claro en una cuartilla: 1.°, 2.°, 3.°, 4.°, 5.°,
etc. No os creáis obligados a hablar en tres puntos.
Ordinariamente, tenéis más de treinta cosas que decir.
Ganad a vuestros oyentes por el corazón, explicad-
LEVADURA EN LA MAZA

les siempre hechos vividos y, de vez en cuando hechos


emocionantes: la gente en grandes grupos es como niños
grandes que toman afecto por los relatos, les gusta emo­
cionarse, vibrar, indignarse, llorar.
Repetid siempre dos o tres veces la misma cosa bajo
formas variadas, incluso si os encontráis ante personas
inteligentes: hay que hacer eso para hacerse comprender
bien. No digáis treinta mil cosas de golpe; si llegáis a
sembrar una idea, una sola idea, pero que permanece, que
es digerida, asimilada, habréis hecho un enorme tra
bajo: una idea puede trastornar toda una vida. Las mu­
chachas, para vestir, escogen generalmente un color en
que haga juego la falda, la blusa, el cinturón; alguna
vez toman dos colores, a veces tres; pero resulta casi
carnavalesco. Haced igual en vuestros discursos.
Al hablar, no tengáis miedo de los colores vivos, de
las palabras un poco fuertes, de las expresiones netas;
no digáis «quizás, probablemente». Si no estáis seguros
de lo que decís, ¿cómo queréis que vuestros oyentes os
crean?
afirmad, o mejor, afirmad con energía lo que sabéis
de cierto.
El sábado santo de 1939, las dirigentes federales de
la J.O.C.F. de Francia estaban reunidas en Conseje na­
cional; la situación internacional estaba muy tensa, los
italianos acababan de invadir Albania, todo el mundo
temía la guerra y una gran angustia roía los corazones.
El sacerdote que estaba con ellas, con toda calma, les
dirigió unas palabras; afirmó que no vendría la guerra,
se lo repitió en diversos tonos, sin dar las razones si­
quiera; pero por contagio de optimismo, los rostros se
destensaron y la calma volvió a aparecer en la reunión.
hablad convencido»

lo gran prueba
Cuando queráis probar algo, lo mejor que podéis ha­
cer se creer firmemente en ello vosotros mismos. La
convincción, como el optimismo y el pesimismo, es conta­
giosa. Esta convicción irá acompañada de ondas secre­
tas, misteriosas, que se extienden hasta las almas, pe­
netran en ellas y las persuaden.
La primera condición para hablar, la única absolu­
tamente indispensable es la siguiente: creed en lo que
decís. El orador sin convicciones profundas, que habla
en el aire y a lo sensacional, hace sonreír y no es creído
por nadie.
Si queréis emocionar a la gente, empezad vosotros
por estar emocionados, profundamente emocionados.
Así pues, vivir primeramente, vivid bien lo que queréis
decir; estad persuadidos de ello hasta la médula, vividlo
en la meditación, la oración y sobre todo en vuestra vida
diaria. Por favor, no seáis unos embusteros públicos.
El que quiere hablar en público debe llegar a vencer
esta aprensión que le impide abrir su alma, y mostrar a
todos sencillamente, lealmente, los sentimientos de su
corazón. Es de sí mismo, de lo que tiene más profundo
en sí de los que ha de alimentar a los demás.
Si sabéis de un modo bien claro lo que queréis decir,
si creéis a fondo, si vuestras convicciones son carne
con vosotros, si sois sencillos y naturales, y estáis ávidos
de trabajar por Cristo, seguros por consiguiente de su
ayuda, podéis ir tranquilamente a hablar en público,
sin preocuparos del resto. Incluso si las frases están mal
construidas y si ésta o aquella palabra no es la que
LEVADURA EN LA MASA 2^5

convendría mejor, vuestra llama enardecerá a vuestros


oyentes y los persuadiréis; diréis verdaderamente algo.
Una muchedumbre escucha cuando se habla noblemente
su lenguaje. Sobre todo no juguéis a literatos; os parece­
ríais al campeón de boxeo que quisiera ejecutar una
danza y ganar por puntos.
Una vez madurado vuestro plan, y fijadas las ideas,
repetid solos vuestro discurso, de viva voz o mentalmente,
con toda vuestra alma, como si aquellos argumentos vues­
tros que van a sacudir a las almas estuvieran allí, ante
vosotros; haced este ejercicio, una, dos, tres veces, de
un modo cada vez algo diferente, según la inspiración.
Retened perfectamente vuestro plan, las cinco o diez
cosas que tenéis que decir, vuestro principio, vuestro
final y una y otra expresión clave.
Cuando lleguéis frente a vuestros oyentes, miradlos
con calma, pensad que Cristo os ayuda, y la aprensión
desaparecerá y empezaréis sin dificultad. Tenéis diez co­
sas por decir, hablad tranquilamente. Incluso si os ol­
vidáis una o dos, habréis dicho bastante.
Habla con toda tu alma, con toda tu franqueza, con
toda tu convicción y verás pronto que los rostros se cla­
van en ti: ellos te miran, se alimentan de ti. Sin embargo,
sé breve, di lo esencial y, cuando hayas expuesto lo esen­
cial de lo que tenías que decir, párate. Es necesario que
tus oyentes tengan la impresión de que eres breve. Si
hablas demasiado, hablas únicamente para ti y ellos se
darán cuenta. Un jefe es siempre breve, traza el camino,
pero no ahoga a sus oyentes en la verborrea.
IV. A ctu a r

id o mi vino
Para vivir verdaderamente la vida, hay que ver, pen­
sar, sentir, conocerse, modificar las tendencias malas,
pero sobre todo hay que actuar. El hombre está hecho
para amar de un modo muy activo, como el pájaro para
volar. Dios lo ha colocado en la tierra con este fin, pero
el valor de un hombre se mide ante todo por sus actos.
Dios nos ha contratado para trabajar en su viña; y el
obrero que guarde las herramientas que le sean confiadas
y no las haga producir, será mal recibido a la hora de la
liquidación de cuentas...
¿ Qué diríais de la eficacia de una aviación de combate
que tuviera espléndidos aparatos de reconocimiento, muy
modernos servicios de ampliación fotográfica y de inter­
pretación de planos, pero ni un solo avión de bombardeo?
Mucha gente se encuentra así...
El hombre está hecho para actuar, para colaborar
con Dios, Creador del mundo, completar su obra, «ter­
minar la tierra», y responder así al tierno amor del Pa­
dre, que nos ha dado la vida. Como cristianos, además,
nosotros debemos unir nuestros esfuerzos a los del Re­
dentor, y ser apóstoles. Aunque consagráramos una hora
entera cada día a la meditación y a la oración, con vistas
a este apostolado, nos faltarían todavía quince horas
para amar a Dios y hacer Su voluntad, en el supuesto de
que durmamos ocho horas.
Como a los árboles, a los hombres se les reconoce por
sus frutos, dice Jesús. Es decir, se les reconoce por sus
acciones.
«Es digno de mención, escribe J. Leclerq, («Retour á
Jésus»), el que, en el Evangelio, nuestro Señor no haya
LEVADURA EN LA MASA 24 7

hablado de la oración más que para decirnos que seamos


breves, y, en cambio, sus llamamientos a la acción sean
continuos.»
«No es el que dirá «Señor, Señor», el que entrará en
el reino de los cielos, sino quien cumpla la voluntad de
mi Padre que está en los cielos». Eso, desde luego, no dis­
minuye la necesidad absoluta de la oración, pero da su
lugar a la acción.
El actuar comprueba nuestros sentimientos, nos fuer­
za a probarlos en la verdad. Unicamente se está seguro
a este precio. «¿Cómo puedes decir, dice San Juan, que
amas a Dios que no lo ves, si no amas a tu prójimo que
lo ves?»
Entre jóvenes, la acción casi siempre completa el
carácter y define la personalidad. La acción meditada
fuerza al impulsivo a la reflexión; en el emotivo, la ac­
ción disminuye lo que la emotividad guarda aún de egoís­
mo y de repliegue en sí; al blando, le da un potente re­
sorte; en todos, utiliza posibilidades que sin ella se per­
derían.
La acción muestra sobre todo al joven que tiene una
tarea a cumplir, que es colaborador de Dios; le hace tener
cierta confianza en sí mismo y en la vida; saca de sí una
fuerza enorme para el bien, y es justo que sea así, pues
así lo ha querido el Señor.

¿por qué se es tímido?

la timidez

Susana es una chica muy vivaracha, con ojos menú-


ditos pero muy nerviosillos; a menudo sufre insomnios,
sueña que la despeñan y se ha decidido ir al médico. Éste
la hace sentar y le pregunta durante un buen rato, para
II. G O D I N

conocer la causa de sus sueños y darle el remedio opor­


tuno.
Si Magdalena, que es la timidez en persona, fuera
como Susana, al médico (de preferencia un psiquiatra,
especialista en trastornos* que tengan relación con el
alma), éste empezaría a buscar, como su colega, la causa
del mal. Pero la buscaría primero en el alma de su joven
paciente, pues la timidez es una enfermedad del alma.
Antoñita, pobre muchacha con la cara llena de arru­
gas y de aspecto enclenque, vive a marcha lenta, sin vi­
gor; «es una lamparilla de aceite» dicen de ella a su
alrededor. ¿Cómo queréis, pues, que resista firme y fuerte
a sus impresiones?
La debilidad del temperamento, el descalabro de la
salud son causas de timidez que hay que cuidar seriamen­
te. ¿No habéis notado que sois más tímidos si estáis can­
sados?...
Andrés es un buen muchacho, un poco blando de ca­
rácter, pero que hará algo, puesto que cultiva su volun­
tad. De todos modos se le acaba de meter en la cabeza
que es un pesado, un tonto, y esta idea, que leí está persi­
guiendo, ha llegado a ser en él una obsesión, que va a
paralizar todos sus esfuerzos si no actúa contra ella.
harina, chica despierta y avispada, está afligida por
su nariz aguileña. Desde luego, esto es un inconveniente
a pesar de que no han faltado mujeres ilustres y dicho­
sas que hayan sufrido las mismas desventajas; pero Ma­
rina hace mal creyéndose ridicula; cuando quiere hablar,
no ve más que su nariz, y ya no se atreve a decir nada...
Lolita es muy emotiva; el mejor acontecimiento le
suscita una emoción que la revoluciona profundamente.
Ha llegado a habituarse a las pequeñas dificultades de
su vida profesional, y hasta ahí es normal, pero fuera de
su oficina... ¿Cómo queréis pues que «ahogándose en un
vaso de agua», no sea tímida y no 3ienta una repulsión
insuperable para «lanzarse» a hablar o a actuar?...
LEVADURA EN LA MASA 2Jf9

Luciano es mucho menos emotivo, pero tiene la en­


fermedad de necesitar la aprobación de todo el mondo.
El más mínimo reproche, el menor desacuerdo lo trastor­
nan; nunca se atreve a avanzar: tiene miedo... Podéis
pensar lo que ocurriría si nos enfadásemos con él, si al­
guien dijera una incorrección o el señor de al lado expre­
sara una opinión diferente a la suya.
Pablo no es miedoso, os lo aseguro, yo he podido com­
probarlo en su trabajo; pero tiene la imaginación loca de
un muchacho de doce años. Cuando va de noche por la
calle, los grandes monumentos le asustan; si pasa cerca
de un campanario le parece que un esqueleto ha de salir
de su sombra para arrastrarlo, cerca de un gran hoyo
negro, se imagina que verá salir un fantasma. Y este
Pablo al que yo he visto, en un grave accidente, lleno de
calma y serenidad, tomar, aunque fuera el más joven, la
iniciativa y la dirección del salvamento, este Pablo,
en las pequeñas circunstancias de la vida se muestra te­
rriblemente tímido. Siempre está temiendo que le ocurra
algo grave y esto le pesa como una plancha de plomo
encima de su pecho...

cómo curar la timidez

los remedios
El primer remedio, necesario en todos estos casos,
consiste precisamente en tener un gran deseo, una gran
pasión, un gran amor en nuestra vida, a los que hay que
cuidar con cariño, cultivarlos cada día y aumentarlos
siempre que se nos presente la ocasión. Este libro pre­
tende señalar los medios para ello. Un verdadero cris­
tiano es menos tímido que cualquier otro; un militante
de Acción Católica mucho menos aún.
250 H. G O D I N

Cuando Andrés se persuada que le aguarda una bella


misión juvenil que cumplir en el mundo, se inquietará
menos de su físico y Marina pensará menos en su nariz.
Luciano, si se entusiasma por una gran causa, nunca más
tendrá la manía de tener que ser consentido en todoi (lo
cual es una falta de personalidad). En cuanto a la ima­
ginación de Pablo, si la ocupamos en grandes proyectos
y hacemos que se dé a un ideal noble, nunca más le hará
jugarretas.
Tener una mística y darse a ella activamente es un
remedio necesario en todos los casos de timidez. Sin em­
bargo, no es siempre suficiente.

Antoñita debe vigilarse, fortificarse, hacer gimnasia


apropiada a sus fuerzas; Andrés y Marina deben comba­
tir directamente su «complejo de inferioridad», decirse
que los defectos materiales no impiden el desarrollo ni
la proyección de un alma generosa. Que se lo vayan re­
pitiendo hasta la autosugestión, que lo prueben lealmen­
te, a conciencia, y verán, a menudo, los éxitos que con­
siguen. Lolita y Luciano deben esforzarse en llegar a ser
lo menos imperturbables posible. El simple hecho de ha­
bérselo propuesto es ya un punto ganado y una fuerza
tranquila que penetra en su conciencia. Que miren a su
alrededor, y verán personas tan emotivas como ellos y
que han llegado a dominarse de un modo maravilloso.
Lo que otros han conseguido por simples motivos huma­
nos, ¿ no lo van a lograr ellos por el amor a Cristo y a sus
hermanos ?
LEVADURA EN LA MASA 251

Lolita, si quieres ir a discutir a la alcaldía para de­


fender el subsidio de paro de una pobre madre de fami­
lia, no empieces por «hacerte una montaña», no repitas
antes cien veces toda la conversación que vas a tener.
De ningún modo. Tú sabes lo que vas a hacer, tú conoces
bien los argumentos que debes poner por delante, y eso
basta, las palabras vendrán luego para anunciar las
ideas; apréndete ias palabras de educación con que debes
presentarte a este señor. Preséntate sencillamente, con
serenidad, mira al señor secrtario bien de frente; sién­
tate con calma en la silla, y no vayas con prisas. Toma
tú tiempo. Mira qué serena eres cuando quieres. Defien­
des el pan de una pobre mujer ante este hombre que, por
su lado, defiende la administración. Tú le eres superior,
pero con mucho. Se lo puedes decir un montón de veces,
y revolucionarte ante la idea de las injusticias de esa
administración. Y, cuando llegue la hora, habla despa­
cio, respira y que tu actitud sea noble; nunca sin modos.
¿Has visto como ha ido bien? Has visto que cuando
quieres, puedes. Es un principio, pero hay que continuar.

En cuanto a Pablo, no me preocupa en absoluto. Na­


die es tan audaz como un miedoso por imaginación que
llegue a transformarse, pues pone su imaginación al ser­
vicio de la voluntad. Pablo, yo que no quiero verte te­
jiendo novelas de ensueño, te autorizo a inventar una,
partiendo de los detalles más sencillos y más parecidos
a la realidad, y en la cual tú te mostrarás dueño de ti.
Antes de seis meses, un día en que tu director — ante el
cual todavía tiemblas como una hoja de papel de fumar—
esté contra ti, tú le dirás tranquilamente: «Cálmese, se­
352 H. G O D I N

ñor Director, vamos a estudiar — si usted quiere— bien


serenamente el problema. ¿Me permite usted que tome
asiento?».

Y podría continuar estos ejemplos... Como éstas,


hay muchas personas tímidas. ¿Por qué?... sencilla­
mente porque ni unos ni otros se disponen a servir a una
gran causa, que los exalte y entusiasme más allá de sí
mismos.
La madre no es tímida para defender a su hijo. En
cambio, lo es el viejo solterón hastiado de todo de un
modo pueril, pero éste ni es «poseído», ni se ha dado.
En la época del racionamiento, mucha gente que ha­
cía cola para conseguir comida, estaba sin moverse. Hay
muchos tímidos que llevan una vida reducida porque no
quieren salir de sí mismos...

organizarse la vida

uno tiendo surtida


La señorita Pérez quiere poner casa y está recorriendo
todas las tiendas. Necesita varios muebles, una cocina, ba­
tería, mesa, mantelería, etc. Y, claro, no entrará en una
tienda que tenga un sólo hornillo, una serie de cazuelas,
una mesa, o un juego de servilletas... No, ella quiere
elegir.
En el empleo de nuestro tiempo, Dios nos da a elegir.
Debemos tener más trabajo del que podemos hacer, y
eso no debe asustarnos, pues es lo normal. Lo esencial
es que no nos precipitemos, que no perdamos la calma.
Una de las mayores trampas que el demonio puede ten­
dernos a los buenos cristianos, es que nos haga gente con
LEVADURA EN LA MASA 253

prisas. Si vais siempre con prisas, si andáis precipitados»


no tendréis tiempo de reflexionar, no tendréis la libertad
de amar a vuestros hermanos, no tendréis paz para soñar
en Cristo; os arriesgáis a convertiros en unos agitados
que nunca harán un trabajo profundo. Los hábitos de un
mundo que obstaculiza todo trabajo, empujan tanto a
esta agitación...
Primero, he de deciros que nuestro Padre es la su­
prema inteligencia y que no puede, por consiguiente, pe­
diros más trabajo del que es posible; y luego deciros que
Él quiere vernos trabajar con serenidad y con paz, eso
ante todo. Entre todas las cosas que queréis hacer, hay
algunas que no son de Su voluntad, sino de la vuestra.
Hay que suprimirlas o abreviarlas; poner orden y actuar
tranquilamente dejando siempre, en la preparación de
vuestra jornada, un margen para imprevistos.
Yo sé que nuestros movimientos de Acción Católica
suelen pediros muchas cosas. Escoged. «No haremos esto,
reclamaremos este papel». No os inquietéis, Dios lo quie­
re así. Es difícil escoger, es cierto; hay que reflexionar,
hacerse ayudar por el padre espiritual. Si la vida fuera
fácil, no merecería vivirse.
Sabéis la regla. Escoger de modo que el mundo vaya
lo mejor posible y que cada uno se desarrolle lo mejor po­
sible. Tenemos deberes para con la familia, con la forma­
ción profesional, formación humana, deberes de militante
en el barrio, en el trabajo, en las diversiones, responsa­
bilidades de dirigentes de sección, quizás diocesanas, etc.
No tenéis ningún derecho (salvo casos excepcionales,
oomo el de los misioneros) a sacrificar a vuestra familia:
sino que debéis sacrificaros por ella, hacer grandes sa­
crificios, y tratar de hacérselos aceptar.
Ordinariamente, no tenéis derecho a sacrificar el de­
ber de vuestra formación profesional. Lo máximo que
podéis hacer es retrasarla un poco.
Tenéis deberes de «influencia» por los contactos na-
H. G O D I N

turales y providenciales, en los diferentes medios de vues­


tra vida, y esto es esencial y por nada del mundo tenéis
derecho a esquivarlos.
Y también debéis hacer que surjan ocasiones de apos­
tolado, y asegurar la administración de los movimientos
a que pertenecéis pues se os necesita de un modo indis­
pensable.
La solución perezosa sería tomar esto y rechazar aque­
llo, de un modo caprichoso. La solución providencial
consiste en sacrificar lo accesorio a lo esencial.
La vida es lucha, particularmente cuando hay almas
que se pierden.
En tiempo de guerra, cuando los soldados y los civi­
les huían ametrallados por el enemigo, el jefe responsa­
ble de las operaciones militares vacilaba en cortar el
camino detrás de sí haciendo volar los puentes, y debía
reflexionar antes de dar órdenes. La situación de las al­
mas desconcertadas no es menos trágica... Dad gracias
a Dios por haber hecho de vosotros, jefes responsables
a su servicio. Antes de actuar, reflexionad y, si os sentís
cargados, pedid consejo a vuestro padre espiritual.

distribuir bien el tiempo


la mochila del scovt
¿Habéis visto cómo un «scout» prepara su mochila?
Si os habéis fijado, habréis visto la gran cantidad de
cosas que hace entrar en un espacio tan pequeño: cada
cosa en su sitio.
Durante la guerra, más de cuatro veces había visto
venir a una pobre mujer con tres maletas y cuatro niños.
Primero, la había ayudado, y, luego, antes de dejarla,
había vaciado en el suelo el contenido de las tres male­
tas, y procediendo con arte, habíamos metido todos los
LEVADURA EN LA MASA 255

objetos en la maleta grande... y podíamos cerrarla bien.


Por lo menos no era tan embarazoso...
Lo mismo ocurre en nuestras vidas; hacemos entrar
todo lo que queremos si sabemos poner las cosas en or­
den. Pero hay muchos que no lo hacen, porque no se
toman el tiempo, o porque no saben hacerlo, y su vida
parece que va a reventar, cuando apenas contiene algo.
Un cristiano organiza su vida y así su tiempo no se
pierde, sino que se parece al trigo del cual habla Cristo
en la parábola del sembrador: rinde literalmente el ciento
por uno.
Paquita tenía treinta horas de tiempo libre por se­
mana, no le bastaba para afrontar todas sus obligacio­
nes. Desde que dedica diez minutos diarios a clasificar
sus ocupaciones, sin abandonar nada* ha recuperado quin­
ce horas que puede ocupar como quiere. Gana una media
de ciento veinte minutos diarios, por diez minutos bien
empleados.
No hay vida tan apretada que no pueda hacer toda­
vía muchas cosas, si se sabe cómo ordenarlas.
Y esto no tiene solamente importancia práctica. Un
cristiano debe hacer para Cristo la semana de ciento se­
senta y ocho horas; continuamente debe estar haciendo
la voluntad del Padre. Hay que pensar y preparar con
cuidado la acción de cada momento.
Hay dos partes en la vida de cada uno de nosotros:
nuestro trabajo, que ordinariamente no debemos orga­
nizar, y nuestras horas libres, que debemos administrar.
Siempre hemos de procurar trabajar, a conciencia.
Nuestras horas libres, las debemos dar a Dios. Nos­
otros podemos hacer de ellas lo que queramos; pero lo
mejor será que hagamos libremente en ellas lo que quiere
nuestro Padre.
m H. G O D I N

organizarse el tiempo
*

el despertar de Marcos
Marcos está muy cansado este miércoles por la tarde,
y se alegra de poder descansar el día siguiente, jueves,
día de cierre de la charcutería.
La aurora de ojos de fuego, después de haber espar­
cido su escarcha en las ramitas de los matorrales, ha
venido a jugar en los cristales empañados de las casas
de la ciudad. Desde hace una hora está sonriendo y llama
discretamente a la ventana de Marcos, borrando los di­
bujos de hielo trazados por la noche en los cristales.
Marcos despierta, oye sonar las ocho... ¡Qué bien se está
en la cama, cuando hace frío afuera y dentro se está
calentito! Vuelve a dormirse ligeramente, oye dar las
ocho y media, luego las nueve. Por fin despierta comple­
tamente y se entabla un duelo entre él y la almohada,
que más bien es una guerra de desgaste, pues será nece­
sario que den las diez y media para que Marcos, algo aver­
gonzado, se decida a levantarse.
¿Excusáis a Marcos de toda falta de pereza? ¿Bus­
caba la voluntad de Dios cuando discutía con su almo­
hada? Era incapaz de ello. Pero esta serie de decisiones,
cambiantes cada cinco minutos, y que no pasaban a la
acción, han deprimido verdaderamente su voluntad.
Si la víspera por la noche, delante de Dios, se hubiera
preguntado cuál era la voluntad del Padre, hubiera pen­
sado sin duda en su cansancio, en la bondad de Dios, y
hubiera podido estar roncando muy tranquilo hasta las
diez. Hubiese dormido hasta la saciedad, ahora no es­
taría de mal humor y además habría hecho un acto bueno
que merecería recompensa.
LEVADURA EN LA MASA 257

Angelines debe escribir urgentemente una carta para


reservar el local del próximo retiro, y debería además
salir a ver a Josefina. No ignora que es la carta lo que
más urge, pero le da pereza escribir; primero irá a ver
a Josefina, y luego sacará su pluma.
¡Pobre Angelines! Te has preocupado por hacer la
voluntad del Padre, pero en realidad es tu voluntad la
que has hecho, ya que te has dejado llevar de tu gusto.
¿Por qué has echado a perder así esta jornada?
El único medio de hacer la voluntad del Padre es
preparar el empleo de nuestro tiempo libre la víspera o
por la mañana.
En el momento en que estamos frente a la tentación,
no tenemos la serenidad suficiente para ver claro y poder
juzgar.
Es bueno tomar la costumbre de escribir la víspera,
a lápiz, lo que se prevé para el día siguiente, y al final
del día escribir a tinta cómo se ha ocupado. Pare ello va
bien una agenda de bolsillo. Al igual que nuestro rosario,
para la vida cristiana, la agenda constituye una auxiliar
indispensable.

organizarse los papeles

mis fres cuadernos


Si un día os proponéis escribir algún libro, si tenéis
varios armarios a vuestra disposición y unos cajones
para clasificar vuestros papeles y ponerlos en orden, si
no hay miedo de que vuestra madre o vuestra esposa
echen por el suelo distraídamente el fichero que tenéis
en un rincón de la mesa ...si reunís todas estas condi­
ciones, entonces escribid vuestras notas en unas tarje­
tas bonitas, cuadriculadas, formato internacional... Pero
17
if. GODIN

si no tenéis nada de esto, haced algo más práctico.


Todavía no he visto ningún militante de Acción Ca­
tólica (excepto si se trata de un hombre de pluma) que,
a los treinta años disponga de un fichero voluminoso,
empezado a sus veinte abriles. Por el contrario, los he
visto a menudo buscar en sus primeros cuadernos.
Para un hombre que no tiene mucho tiempo, un fi­
chero no está en orden durante mucho tiempo, pronto
resulta inútil y se olvida... Ya sé que la manía que mue­
ve al coleccionista de sellos a pasar noches enteras vol­
cado ante un álbum magnífico, entusiasma también a
gentes que les gusta coleccionar ideas en ficheros mara­
villosamente organizados. Es una distracción poco pe­
ligrosa, pero ocupa la mitad del tiempo libre de un joven
y apenas conviene a un hombre de acción.
Semejante defecto recuerda al ciclista aficionado que
pasa la mayor parte de su tiempo desmontando, mon­
tando y limpiando su bicicleta; alguna vez llega a usarla.
El mejor medio de ordenar las notas me parece un
cuaderno de hojas sueltas, sujetas con dos anillas; con­
viene que este cuaderno se abra bien y que el papel, más
bien fuerte, no se rompa fácilmente por el lado de los
agujeros.
Un militante tiene su cuaderno: pone sus notas del
retiro, sus encuestas, pega en una página un artículo que
considera especialmente interesante y de gran aplicación.
Luego divide el cuaderno en unas cuantas partes, por
medio de pestañas.
Pronto tendrá dos cuadernos; uno para la vida de
su alma, sus retiros, sus promesas, algunas meditacio­
nes. Con las doscientas páginas que puede contener una
encuadernación de este género, tiene para toda su vida,
pues a medida que se haga mayor irá siendo más breve.
¡Qué agradable le será repasar con su mujer, quizás
cuando hagan sus retiros de matrimonios, las notas de
su primer retiro!
LEVADURA EN LA MASA 259

El otro cuaderno comprenderá las notas tomadas para


la sección (algunas se destruirán después de usadas) y
las que se refieren a la formación de su espíritu.
Si tiene una gran inquietud por formarse e instruirse
si llega a ser dirigente, tomará un tercer cuaderno con
anillas, para su instrucción personal. Empezará con estas
divisiones: vida de trabajo, vida del barrio, vida de di­
versiones y añadirá una nueva división a cada encuesta
de su movimiento.
En la vida de nuestro espíritu no hemos de acumular
tesoros inútiles, sino hacer de estos tesoros preciosos ins­
trumentos de trabajo. Un buen obrero tiene buenas he­
rramientas, pero no tiene cosas de más, pues le harían
perder tiempo cuando quisiera buscar las herramientas
en su cajón.
La cultura obrera no es una cultura libresca, sino una
cultura práctica.

tomar notas

el acordeón
Las notas personales deben pasar de nuestro cuader­
no a nuestro espíritu. Hay que «aprenderlas> para po­
derlas utilizar. Durante la guerra, varios soldados deci­
dieron aprender el acordeón para ocupar su tiempo libre,
y se vio llegar a la compañía muchos instrumentos, unos
más bonitos que otros.
Unos tenían 24 notas bajas, otros 48, otros 80, otros
120. Pero los nuevos músicos apenas tuvieron tiempo de
aprender algo, pues no se atrevían a aventurarse en este
bosque de botones.
Mi amigo Ramón trajo consigo un pequeño acordeón
con 8 bajas, fuerte y portátil, que llevaba siempre en-
H. G O D I N

cima. Pronto supo hacer rendir a fondo su instrumento,


ya que era muy sencillo, y fue prácticamente el único
acordeonista que tocaba dentro de la compañía.
Las notas para ser útiles, deben ser poco numerosas,
bien escogidas, leídas a menudo y particularmente to­
madas con regularidad.
Se pierde mucho tiempo copiando largos pasajes de
los libros. Es verdad que están bien escritos; pero, asi­
milad los pensamientos del autor y encontraréis otras
formas de expresarlos, incluso de un modo más adaptado
a vuestro auditorio. Condensad ideas; hay pocas ideas
que no puedan escribirse en cuatro o cinco líneas.
Haced planes, todos pueden caber en media página.
Destacad las expresiones dinámicas, las frases clave de
un discurso; retened los «slogans», las ideas fuerza. Pero
si tienen más de dos líneas les falta la brevedad, una de
sus principales cualidades.
Cuando hayáis leído un libro, resumidlo en una pá­
gina o dos. Ordinariamente, basta.
Recortad a veces un trozo de artículo, pero no con
demasiada frecuencia, de lo contrario no os servirán para
nada. Tened vuestras notas de jornadas de estudios, de
círculos de estudios, las ideas que os vengan en tal o
cual ocasión, y que pueden ser geniales, los planes de
vuestros primeros discursos, vuestros estudios religio­
sos, vuestras revisiones de vida...
Conservad vuestro cuaderno limpio, con títulos bien
claros, en lápiz rojo o azul, y dadle una buena presenta-
pión, ya que cada página representa un todo. Usad papel
cuadriculado, lo cual permite dejar unos márgenes y
unos blancos regulares. Fotos, grabados, e incluso algún
dibujo hecho por vosotros mismos ilustrará el texto.
Conviene que os guste hojear vuestro cuaderno y leerlo
a menudo. No es un arca para que lo pongáis todo en
ella, sino una provisión de alimentos para absorber; hay
que abrirlo en cuanto tengáis un momento de ocio. Ahí
LEVADURA EN LA MASA 261

también, la divisa será: poco pero bueno, poco pero bien,


poco pero claro.
Son muy pocas las personas a quienes conviene otra
cosa; un presidente, un dirigente diocesano puede com­
prarse media docena de carpetas; allí pondrá recortes
de periódicos, notas, etc. Si no tenéis necesidades espe­
ciales no os hartéis de papeles brillantes y carpetas con
gomas.
Hay temperamentos que disfrutan ordenando pape­
les, pero el tiempo que se emplea sin utilidad en ello se
quita siempre del destinado a amar a nustros hermanos.

P ara los obreros y em plead o s

¿por qué una cultura obrera?

un campo cultivado
Este capítulo no dice nada nuevo. Explica las páginas
precedentes a los espíritus curiosos que quieran saber
el porqué de las cosas, y las dedica más especialmente
a los jóvenes del medio popular.

■jf

Roberto, hijo de un ajustador, estudia el bachille­


rato: ha aprendido el latín, el griego, y muchas cosas
más. Durante las vacaciones sale de camping con José,
su amigo de la infancia. José es tornero, como su padre.
Como él, también se interesa por las cuestiones obreras.
Inteligente y curioso, antes de acostarse piensa durante
mucho rato. No para de buscar, hasta que encuentra res­
puesta a los interrogantes que le plantea la vida.
LEVADURA EN LA MASA 263

Los dos salieron juntos una hermosa mañana de


julio. Su vestido era ya diferente, sus maneras también,
pero ellos se creían todavía con sus almas muy próxi­
mas... Ahí los tenemos, yaciendo en el césped, bajo la
tienda. Cae la noche... y hablan. José siente que sabe
cosas como Roberto yt sin embargo, ¡se sienten tan lejos
uno de otro...!
Ya no hablan la misma lengua, no piensan del mismo
modo— José calla, escucha. Durante un buen rato ha
estado escuchando, en la paz de la noche. Luego dice &
su amigo: «Roberto, tú ya no eres de los nuestros, le han
cogido...» Y se ha puesto a sollozar, mezclando su la­
mento con el murmullo de la fuente que a dos pasos de
allí parece susurrar.

Roberto se está formando una cultura intelectual;


José desarrolla su espíritu tanto como aquél pero en una
cultura popular; y esto es lo que los separa, casi tanto
o más que dos lenguas diferentes.
Al hijo del obrero, dice Mons. Bruno de Solages, no
hay que obligarle a abandonar su oficio para llegar a la
cultura.
*

Hasta hoy se ha dado al pueblo una cultura intelec­


tual, excelentemente adaptada a la clase pensadora y
dirigente, a las profesiones liberales. De este modo se
llega a desprender al niño del pueblo. Se le arranca, no
sin drama de almas, a su verdadero medio para empu­
jarlo, desarraigado, hacia un mundo para el cual muy a
menudo no está hecho. Y la masa popular, privada de sus
mejores hombres, va a la deriva y a la incultura.
261, H. G O D I N

pero, ¿qué es la cultura?

Cultivar un campo, es hacerlo producir tanto como


pueda rendir.
Cultivar un hombre, es desarrollar en él todo lo que
puede engrandecerle. Es enseñarle a dominar y a juzgar
todo lo que ocure en su interior y a su alrededor.
Es pues: 1.° Darle hambre de lo verdadero y ambi­
ción de actuar.
2o, Enseñarle a poner cada realidad en su lugar (una
escala de valores).
3.® Enseñarle a juzgar la vida, personas, aconteci­
mientos y acciones, para gobernarse y engrandecerse.

Has de sacar de tu oficio todo lo que pueda darte.


Incluso el oficio más mecanizado puede procurar ven­
tajas numerosas. El oficio es uno de los grandes medios
providenciales de cultura, y, en el artesano particular­
mente, puede compararse a los estudios más profundos.
Pero para esto, es necesario que te guste tu oficio,
que lo ames, es decir que lo conozcas. Tu función de co­
laborador de Dios en este punto (véase la primera parte)
supone un deber de formarte en tu oficio, de participar
en unas clases de perfeccionamiento, estudiar con libros,
preguntar a los mayores, procurar ser un «tío», un indi­
viduo competente.
Acuérdate del entusiasmo de tu primer día de tra­
bajo. Bajo el impulso de este entusiasmo debes trabajar
siempre, y así tu labor no será penosa. No seas un con­
denado en la tierra, no seas un forzado del hambre, en
todas partes muéstrate como un hombre libre. No te de-
:es hundir por el trabajo, domínalo.
LEVADURA EN LA MASA 265

¿qué será la cultura obrera?

formación de las facultades de actividad

Pablo, al terminar sus estudios de segunda enseñanza,


ha tenido que ponerse a trabajar. Siente nostalgia de los
estudios que ha tenido que abandonar y no puede con­
solarse del cambio de dirección de su vida.
A menudo reflexiona sobre la «materia» y la «forma»,
esta forma que no es la que se ve, sino otra forma; y so­
bre la «existencia» y la «esencia».
En el ambiente en que vive ahora, no hay nada que
facilite sus investigaciones. Y movido por esta tendencia
que existe en todos nosotros, ha querido hablar de sus
preocupaciones a algunos de sus amigos inteligentes;
éstos le han mirado como un anormal, o por lo menos
como un tío original que «suelta el rollo» tan pronto
como aborda cuestiones teóricas.
¿Se le ocurrirá explicar a sus camaradas lo que es
«la escala de salarios?» Cuando aumentan los salarios,
la vida también aumenta, pero ¿aumenta también en
proporción?... Esta es una pregunta que sus compañe­
ros le harían a gusto si sospecharan que Pablo se inte­
resa por problemas tan sensatos como éste.
Pablo se cree culto. Pero su cultura, inadaptada a su
vida, no le sirve porque no le es útil. Es como una bonita
rueda de coche encima de una bicicleta.
Esto no representa para él una verdadera cultura.
Porque no es esta cultura la que le ayuda a desarrollar
y a dominar su vida. Esta cultura no ha hecho de él
—en la condición en que era llamado a vivir— un gran
266 H. G O D I N

tipo de hombre, sino una persona desgraciada que no se


siente en su lugar, que ^s rico, pero no tiene ni una mo­
neda de las que circulan en su país.
La cultura obrero debe completar a unos hombres
cuya actividad tiene un primer lugar en su vida, y la
formación de las facultades de esa actividad deberá co­
locarse en buen sitio. Esta formación ha de darse en y
por la acción, y no en una universidad, sino en un movi­
miento en el cual se actúe.
Sólo un movimiento puede hacer rendir a un joven
todas sus potencias, porque únicamente un movimiento
puede captar toda su vida.
Tu J. O. C. es el movimiento que no solamente quiere
darte totalmente a Cristo, sino que quiere desarrollarte
plenamente. Y hacer de ti el tipo de hombre que, en su
maravilloso «sueño de amor», nuestro Padre ha deseado
que tú llegaras a ser.
Tu J. O. C. te da una escala de valores, que no se ad­
mite por entusiasmo únicamente, que no se adhiere por
frío razonamiento, sino que penetra en ti de un modo
humano, por la vida y el juicio de la vida.
La J. O. C. te da una atmósfera positiva y acogedora,
un hambre voraz de desarrollarte y engrandecerte plena
y totalmente en tu línea.
La J. O. C. te da el apetito de lo que puedes comer,
de lo que tienes a tu disposición.
La J. O. C. desarrolla en ti y en tus camaradas la con­
fianza en vosotros mismos, y una noble y sana ambición.
La J. O. C. te enseña a juzgar, empezando por el que
tienes más cerca; donde es fácil controlar tu juicio.
La J. O. C. te hace comprobar a cada instante la rea­
lidad de este juicio, a través de la acción.
La J. O. C. tiene cuidado de poner las cosas en su sitio
para escoger las pequeñas, pues la felicidad surge de eg-
tas cosas pequeñas.
LEVADURA EN LA MASA 267

La J. O. C. hace de ti un realizador, un hombre que


sabe «pasar a la acción». «Desarrolla tu voluntad, tus
facultades de decisión y de juicio; te pone en contacto
con otros hombres, te ejercita en la batalla por la vida,
en las luchas de la acción, en las conquistas lentamente
preparadas y penosamente realizadas. La J. O. C. es
una escuela de militantes y de jefes.

¿de qué se compone la cultura obrera?

una cabeza bien hecha: la inteligencia

Sí, desea más bien una cabeza bien hecha, bien sen­
tada, antes que una cabeza llena.
Para que una ciencia tenga su lugar en la cultura
obrera, para que se adapte al alma popular, sencilla, verda­
dera y muy personalista, debe reunir tres condiciones:
1.° Que responda a una cuestión planteada por ia
vida.
2.° Que sea concreta.
3.° Que se ocupe de las personas más bien que de
las cosas y que pueda interesar al sentimiento.
Dijimos ya que no ha de ser libresca y no insistire­
mos en ello.
La ciencia que responde más a estas tres exigencias
es la psicología, particularmente en su forma más adap­
tada a todos, que es además la más práctica: los métodos
de educación. Cómo transformar a los que nos rodean, en
su inteligencia, su corazón o su acción. Cómo «influen­
ciarlos», individualmente... Cómo conducirlos, cuando
están en grupo.
La J. O. C. te da mucho de eso.
La Sociología, que no es otra cosa que la psicología
H. GODIN

de los grupos, de los medios sociales y el mecanismo del


mundo, resultado del mecanismo de las almas, tiene tam­
bién un lugar destacado en la cultura obrera. La Socio­
logía despertará en tu espíritu problemas complicados,
pero apasionantes, de los cuales depende la marcha de
un mundo obligado a vivir cada vez más en una solida­
ridad que no hace más que crecer.
Lo que ocurre en otros lugares, esto es, la Geografía
Humana; y lo que ocurría en otros tiempos, la Historia
de los pueblos o Historia universal desarrollarán tam­
bién tu espíritu si te preocupas de estudiarlas. Huye de
una «historia» que sólo hable de algunos grandes hom­
bres, de guerras y de tratados. Prescinde de la adminis­
tración del pasado, estudia más bien la vida de los pue­
blos, los oficios, las costumbres, en una palabra, sus
almas.
Todos estos conocimientos como otros de que habla­
remos más adelante, no se aprenden forzosamente en
unos libros, sino también en alguna película auténtica
cuya acción se desarrolle en el extranjero o en el pasado;
en una buena novela, un periódico o una buena revista,
y sobre todo por la reflexión.
Así te darás cuenta de lo que es inmutable en el es­
píritu y en el corazón del hombre, y de lo que puede adap­
tarse a cada época, a cada país, a cada ambiente, y verás
las influencias diversas que presiden esta adaptación.
La vida de los grandes hombres te servirá también
si te la presentan por su lado accesible y de un modo op­
timista que anime a la imitación, tanto si se trata de
jefes obreros, como de exploradores, inventores o santos.
La ciencia, cuando no es una seca exposición de leyes,
sino un conocimiento de lo real, te elevará sin separarte
de tu medio, sin quitarte esta riqueza incomparable de
la adaptación a la vida, que es tu más grande tesoro.
Lee también algunas novelas sanas, sencillas, opti­
mistas que empujan a la confianza en la vida y en la
LEVADURA EN LA MASA 269

acción, que te descubran el alma humana o ilustren una


tesis real.
Y nunca te creas inferior a un «saco de conocimien­
tos», que amontona con ostentación los paquetes bien ata­
dos, tal como los ha recibido, sin haberlos «digerido»,
sin haberlos hecho entrar en sí mismo. Esto no es un
hombre culto, esto es un distribuidor automático.

¿en qué consiste la cultura obrera?

lo formación del sentimiento

El corazón se forma ejercitándolo, mirando la vida,


dejándola penetrar en nuestra alma, meditando sus jus­
tas lecciones y las injustas, y juzgando los sentimientos
experimentados en tal o cual ocasión.
Desarrollar en sí un noble ideal, al cual uno se da con
todas sus fuerzas, engrandece magníficamente el corazón.
La aceptación generosa de nuestra vida, de nuestra
condición, de nuestro medio tal como es, constituye una
educación maravillosa de los sentimientos. Se aprende
a amar y a querer lo que se tiene, a tomar las cosas por
su lado bueno, a tener gusto por sacar partido de todo,
incluso de los obstáculos.
Hemos hablado más arriba de los medios para rea­
daptar y completar el temperamento. Eso vale para to­
dos. La masa obrera es particularmente emotiva y esto
es para ella una gran riqueza, pero debe completar este
temperamento.
Hemos hablado un poco de arte y de cine. Hubiera
sido necesario hablar también de la amistad y de la mag­
nífica solidaridad obrera, pero gracias a Dios, vosotros
ya conocéis tanto una como otra.
La alegría del trabajo es un elemento importante de
£70 H. G O D I N

cultura obrera. Hay que llegar a poner todo el corazón


en el trabajo:
1.® Amándolo. Cada vez que podamos mostremos
satisfacción por nuestro trabajo, por la gran tarea que
llevamos a cabo (eso es más bien raro en nuestro mundo
acual, pero llegaremos a cambiarlo).
2.° Pensando en la felicidad que esparcimos alrede­
dor nuestro, como la muchacha obrera que pinta jugue­
tes, o el muchacho que graba alianzas.
3* Procurando comprender la belleza, y aportando
nuestra colaboración real a la obra de todos. El último
peón que trabaja en la construcción de un transatlántico
puede sentirse orgulloso de la obra colectiva.
4.° Procurando ascender por méritos propios en el
escalafón de los trabajadores de la fábrica; pues cada
uno debe poner todas sus posibilidades.
Todo esto, sazonado abundantemente con optimismo
y entusiasmo.
Para la esposa o la madre, la alegría del trabajo lle­
gará a ser la alegría del hogar.
En un hogar feliz, cualquier ocupación puede ser un
acto de amor. Basta con pensar y dejar hablar al cora­
zón. El marido también se elevará por la alegría en el
hogar. En nuestro mundo es lo único que es muy suyo y
sólo ahí puede hallar una suficiente independencia. A
veces falta el trabajo, pero el hogar permanece siempre.
Que no se nos objete que una cultura obrera se opo­
ne a una cultura nacional. Cada nación tiene sus rique­
zas de todo un pasado. Estas riquezas para ser comple­
tamente utilizadas, deberán adaptarse a cada medio,
a cada vida.
La elevación de nuestro país, no es un asunto de los
militares, de los policías, o de las ametralladoras. Es
ante todo una cuestión de cultura —y primero y ante
272 H. G O D I N

todo (pues éstas son las fuerzas vivas y frescas)— una


cuestión de cultura de las masas.
El medio popular desea ardientemente esta cultura,
pero la quiere asimilable, a fin de que sea para los obre­
ros fuente de «su» cultura y no fuente de envidia, de
evasión, de escapar de nuestra clase.

UN HOMBRE DE VERDAD

Entre el destino y la suerte


has de escoger; a la par
no lograrás abarcarlos:
o ser tú o no ser más.
Tu porvenir sacrifica
a tu propia eternidad,
pues así sólo has de hacerte
todo un hombre de verdad.
¡ Adéntrate!

M ig u e l de U n a m ü n o
Cancionero
Ahondar ia vida
V en los demás
y en uno mismo

I. Conocer la s alm as

marcas de coches
Juan es un entendido en marcas de coches. Conoce la
forma, el tipo y el modelo de todos los que pasan, aunque
sean de matrícula americana; y si pasa por la calle un
automóvil que no llega a identificar, se inquieta e indaga
hasta que desaparece esa laguna de su conocimiento.
Luis conoce los sellos de todos los países. Le apasio­
na la filatelia. Y en unos momentos, como si nada, es
capaz de clasificar más de dos mil sellos.
A Elisa no le pasa desapercibido ningún blusón de
los que llevan las señoras que cruzan la calle. Se pregunta
si les sienta bien, si es de aquella temporada... Y de esta
forma Elisa ha adquirido una competencia indiscutible
en el arte de la moda.
Y esa joven madre, que espera su primer hijito, en
seis meses ha analizado las ventajas y los inconvenien­
tes de unos cuarenta tipos diferentes de coches para
bebés...
No, no hay ningún mal en lo que hacen Juan, Luis o
Elisa..., y el interés de esa joven madre es muy justi­
ficable. Sin embargo, de haber puesto todos ellos el mis-
18
27 * H. G O D I N

mo interés en conocer las almas, la manera de pensar, de


sentir y de actuar de los jóvenes, de las muchachas, de
los niños, serían ahora unos grandes psicólogos, y a cada
encuentro con una persona nueva su saber aumentaría.
Claro está, los caracteres no pueden catalogarse y
clasificarse como las marcas de los coches. Se trata de un
arte muy especial. Pero, en verdad, ¿no es apasionante el
llegar a comprender la manera de ser y de actuar de los
demás? Porque sólo ese camino, el de la comprensión, nos
permitirá ayudarlos y amarles profundamente.
El medio más eficaz para conocer nuestro carácter es
conocer y comprender el de los demás.
Aquel que para analizarse se repliega egoístamente
sobre sí mismo, corre el riesgo de creerse distinto de todo
el mundo. ¡Es tan halagador para nuestra vanidad el
pensar que somos «un caso especial, un caso único»!
Si no pueden encontrarse dos hojas de árbol, dos caras
exactamente iguales, con mayor razón nunca habrá dos
almas idénticas. Pero aquí, las diferencias, de belleza in­
discutible, radican en la profundidad. Los caracteres, como
los cuerpos, en sus rasgos generales se parecen mucho.
El estar continuamente pendiente de la propia alma
para auscultarla, la enflaquece, la vuelve enfermiza,
igual como ocurre con la salud del cuerpo, que desapa­
rece de aquéllos que se pasan el tiempo tomándose el
pulso, preguntando lo que les duele, y haciendo inhala­
ciones.
Y hay miles de almas que, poseyendo todo lo que les
permitiría estar sanas y vigorosas, se pasan la vida aus­
cultándose y contemplándose. Por ejemplo, el tipo clá­
sico de mujer solterona (manera de ser que también pue­
de darse entre chicas jóvenes): replegada sobre sí, siem­
pre pendiente de ella misma: una enfermera imaginaria
de alma y cuerpo.
Para introduciros en el arte del conocimiento de los
demás sería menester un manual mucho más extenso. Se
LEVADURA EN LA MASA 275

publicará algún día, con la ayuda de Dios. Pero mientra»,


como preparación, daremos algunas indicaciones que, al
iniciaros en el conocimiento de los demás, os llevarán a
una mayor comprensión de vosotros mismos.

CANCION

Poned atención:
un corazón solitario
no es un corazón.

A n t o n io M a c h a d o

Nuevas canciones
la emotividad

uno buena reprimenda

Ménica sabe muy bien que su jefe es muy impulsivo,


y esta mañana no pudo evitar un estremecimiento al ver
que se dirigía hacia su mesita de mecanógrafa a pasos
rápidos y nerviosos. Y no se ha equivocado: tiene que
aguantar una reprimienda de pronóstico. Después se va,
dando un portazo, y Mónica le oye, a través del tabique.
Ahora le toca a Andrea, la cajera, recibir «su parte» de
reprimenda.
¡Pobre Mónica, qué trastorno! Su corazón late a una
velocidad tremenda, parece que va a estallar. Sus manos
tiemblan, no lo puede evitar, y no para de equivocarse.
Una mañana inútil: ha perdido el dominio de sí misma,
y venga a darle vueltas a lo sucedido.
Ayer, según Mónica, su jefe era el hombre más bueno
del mundo. Se había mostrado muy amable con ella, y
Mónica lo veía trabajador, consciente, honrado... Hoy
es el peor de los hombres: «¡qué pena me da su pobre
mujer!» dice.
«Siempre se pone así conmigo los días de más tra­
bajo... Que compruebe primero de quién es la equivoca­
ción, si mía o no. Pero ¡ca! Él tiene que gritar...; se­
guro que ayer no le salieron las cosas a su gusto, que hoy
esté de esta forma. ¡Vete a saber dónde iría!... etc.».
(Y Mónica teje toda una novela). «Pobre Mónica, que
para ganarse la vida tenga que verse así, y que aguantar
todo eso» (sí, ella es una mártir). «Pero, me iré, y antes,
LEVADURA EN LA MASA 277

le diré lo que es usted: un grosero... Y tendrá que tomar


otra mecanógrafa, que no tendrá bastante con mi sueldo,
y le costará más cara... y tampoco estará contento. En­
tonces, seguro que me echará de menos...». Y Mónica
ya se ha imaginado diez escenas distintas de despedida.
A Andrea, la cajera, no le ha ido tan mal. Encajó su
parte con la actitud respetuosa y sin apurarse. Conoce
a su jefe y sabe que un hombre excitado necesita des­
ahogarse. Ha esperado que terminara la reprimenda sin
replicar. Y después, sin inmutarse, ha continuado con
su arqueo.
«Mi jefe es un impulsivo, pero es bueno. Esta mañana
estaba irritado y tenía que desahogarse con alguien. A
Mónica y a mí nos ha reñido sin motivo. Antes de una
hora ya le habrá pasado, pero es demasiado orgulloso
para justificarse. ¿ Ves, Andrea, como no hay para tanto ?
No tiene la más mínima importancia, ya puedes seguir
cantando como antes». (Y lo hace): «Chao, chao bam-
bina...».
Mónica es muy impresionable. Andrea lo es muy poco.
A la primera un acontecimiento de mediana importancia
la desconcierta, a la segunda este mismo acontecimiento
la deja indiferente.
La emotividad disminuye con la edad. Por lo tanto
es mucho más elevado el promedio de muchachas con
trastornos emotivos que el de mujeres. La emotividad
es más propia de mujeres que de hombres, pero algunos,
aunque físicamente sean muy fuertes, son tan impresio­
nables como la pequeña Mónica.
La emotividad no se da siempre en esta forma pa­
siva, resignada, interior, como Mónica. El jefe de Mónica,
si a consecuencia de una contrariedad se ha encolerizado
y ha tenido que desahogarse con sus dos empleadas, es
porque también es un emotivo. Andrea, en su lugar, hu­
biese dicho, filosóficamente: «¡Qué contrariedad...! pero.
278 H. G O D I N

qué le vamos a hacer, ya no hay solución. Al fin y al cabo,


ya encontraré la manera de remediarlo...».
Ese mismo hombre se vuelve loco de alegría cuando
le van bien las cosas, ante una buena acción se llena de
wxitusiasmo, y lo comunica a sus empleadas. Y Ménica
(que no se va, que no se irá con toda seguridad), vuelve
a decir que su jefe es el mejor de los hombres...

SUEÑO Y DESPERTAR

—Hijo, para descansar


es necesario dormir,
no pensar,
no sentir,

—Madre, para descansar,


morir.

M anuel M ach ado


Poesías completas

Si vivir es bueno
es mejor soñar,
y mejor de todo,
madre, despertar.

A n t o n io M a c h a d o
Poesías completas
ventajas e inconvenientes de la emotividad

¿qué pensáis de Ménica?

Sí; con seguridad nos hemos acercado a la emotivi­


dad de Ménica en un mal día para ella. Ménica es muy
sensible, sufre en seguida, y siempre va de un extremo
a otro. Es incapaz de juzgar fríamente a los hombres y
a los acontecimientos. Lo ve todo a través de los cristales
deformados de sus sentimientos. Y corre el peligro de
dejarse guiar sólo por sus sentimientos al escoger a su
esposo; y el pobre tendrá que llenarse de paciencia... Si
él tiene un temperamento parecido al de Ménica, puede
muy bien llegar un día en que todo parezca quedar roto
entre ellos. Casi seguro que al día siguiente las cosas
volverían a normalizarse, pero también podría no suce­
der así, y que surgiera lo irreparable.
Si yo fuera jefe de Ménica nunca le daría responsa­
bilidad en trabajos de decisión; no tiene aptitud para
juzgar las cosas fríamente. Si fuera amiga suya me haría
sufrir mucho porque la vería herida, muchas veces por
mi causa, y sin poder adivinar en qué la había molestado.
*

Su jefe, con su emotividad activa, no pasiva, como


la de ella, tampoco es agradable para los que le rodean.
No tiene aptitudes para dirigir un negocio, Debería tener
más calma, y así no tendría después que arrepentirse de
sus impulsos, que le llevan a ser injusto. Su emotividad
no le afecta tanto como a Ménica la suya, pero en cambio
280 H. G O D I N

hace sufrir a todos los que le rodean. Y eso no es ser un


buen jefe.
Pero si Mónica llega a dominarse y a dirigir su emo­
tividad, ¡cómo aventajará a Andrea! Tiene una delica­
deza, un sentido de la dependencia entre unos y otros,
una riqueza de percepción qeu le permitirá vivir todas
las cosas con mucha más intensidad que su amiga An­
drea, que es mucho máa fría en todo. Si aprende a tomar
las cosas por su lado bueno, se volverá entusiasta, vi­
brante, arrebatada. Sus compañeras no podrán resistir
su influencia. Para persuadir encontrará una voz emocio­
nada que ganará todos los corazones.
Tendrá muchas amigas que le abrirán su corazón,
que le confiarán sus cosas, con mucha más naturalidad
que lo harían con Andrea. Y es que la sentirían más com­
prensiva.
Eso no quiere decir que el ser más emotivo signifique
tener más corazón. Se puede ser menos emotivo y en
cambio poseer un corazón mucho más bondadoso. Pero
la emotividad exterioriza la bondad y facilita la mani­
festación de los sentimientos.

Si el jefe de Mónica supiera contenerse extraería de


su emotividad una pasión que impulsaría todas sus em­
presas. Pondría entusiasmo en todo lo que dirige, fe en
el éxito, y pulsaría el resorte que le permitiría renovar
sus energías fatigadas. ¡Qué gran hombre sería entonces!

Ventajas e inconvenientes de la emotividad

La emotividad es una riqueza incalculable. Si se deja


suelta y no se domina llega a desequilibrar todo el tem­
peramento. Pero si se armoniza en el alma con otras po-
LEVADURA EN LA MASA 281

tencías, entonces enriquece el temperamento y completa


la personalidad.
Si sois muy emotivos, de una manera sana, no en­
fermiza, no os lamentéis. Cultivad en vosotros cierta
ponderación que impedirá a la emotividad el manifes­
tarse brutalmente. Sed, sobre todo, muy activos. Sed
militantes. Y todo irá bien.

actividad

familias dispersas

Junio de 1940. Diez millones de refugiados esparci­


dos por toda Francia. Muchachos de 18 a 20 años huyen
en bicicleta. Unos quince de estos muchachos se han con­
gregado en un pueblo del interior; ninguno de ellos tiene
noticias de sus familiares, de su padre movilizado. Todos
están inquietos, y con razón. Unos se limitan a gemir y
a quejarse; quizá están más angustiados que los demás,
pero no hacen nada. Otros no paran ni un momento, en la
acción encuentran un sedante para su inquietud. Y es­
criben, a pesar de no recibir respuesta; preguntan a los
soldados, paran todos los coches, actúan continuamente...
Unos organizan el campamento, otros les siguen y
les obedecen voluntariamente. Enrique no es ni el mayor
ni el más fuerte, pero sabe desenvolverse. Da sugeren­
cias, toma decisiones, y las pone en práctica, organiza
los juegos, las comidas, logra encontrar comida para to­
dos... No se achica por nada, es audaz. La acción le
procura una dicha muy grande, así es que no se queda ni
un momento parado, siempre está en todas partes.
Enrique es un temperamento activo. Necesita actuar
Muchos de sus compañeros no lo son, y para ellos el
actuar es una carga.
282 H. G O D I N

Algunos emotivos son activos a la vez. Se lanzan a


actuar impelidos por dos resortes: la emotividad y la
actividad. Y son los que arrastran a los demás.
Pero entre los emotivos hay muchos que no son ac­
tivos y que se limitan a gemir, a sufrir o a quejarse, po­
niendo al cielo por testigo de su desgracia.
También se encuentran activos entre los no emotivos.
Son los organizadores. No actúan por entusiasmo, sino
por hacer algo. Siempre serenos, conservan claro el jui­
cio, y son buenos dirigentes, pero no tienen poder de cap­
tación. Se les sigue porque son de gran utilidad, pero no
se hacen querer.
Entre los no emotivos hay también los no activos.
Son los que ni siquiera se quejan. Son los que duermen
en el sentido propio y figurado de la palabra. Cuando
están en el campamento, si sus compañeros no tiraran
de ellos se pasarían el día tumbados en el colchón de paja.
No tienen verdaderos amigos, pero son excelentes compa­
ñeros, muy dóciles, y que hacen todo lo que se les pide.
Como que ni grandes sentimientos ni la necesidad de ac­
ción acaparan su espíritu, están siempre disponibles para
aceptar cualquier placer fácil.

Ventajas e inconvenientes de la actividad

El hombre está en el mundo para actuar. Los acti­


vos viven intensamente. En todas partes son indispen­
sables, y son los que siempre llevan el timón. Pero si su
actividad es excesiva, si no está frenada por una cierta
moderación, por la prudencia, en seguida se pasan de la
raya: son los agitados, los alocados. Cuando el lado
práctico de las cosas les toma todo el tiempo, su corazón
pronto se seca.
LEVADURA EN LA MASA 283

Los activos, para equilibrar su actividad tendrán que


desarrollar su emotividad, y evitar el actuar por impulso,
sin reflexionar o meditar. Aprenderán a hacerlo si ob­
servan a las personas emotivas y se relacionan con gente
joven o intentan comprender a sus compañeros, escu­
chando sus confidencias con verdadero interés. Podrían
también leer algunas novelas.

la introversión

terreno arenoso y terreno de arcillo

En el alma hay tres componentes. Hemos visto con­


juntamente la emotividad y la actividad. Nos falta el
tercero, la profundidad de alma.
Algunas almas hacen pensar en los terrenos arenosos
y permeables: el agua penetra en ellos rápidamente, los
empapa, los cala, pero se escurre en seguida. Se desata
la tormenta, el torrente baja muy crecido e inunda el
fondo del valle, pero luce el sol otra vez, y al cabo de
dos días el lecho del río vuelve a quedar sin agua, y la
tierra se seca rápidamente.
Esas personas, cuando pierden a un amigo o a un
pariente muy amado, lloran mucho; pero, tres días des­
pués ya se les oye tararear una canción; ya no le re­
cuerdan.
A algunas personas les gusta cambiar de pipa, de som­
brero o vestido, de casa, de oficio, de costumbres, de
gustos, de opiniones, de lo que sea, qué más da. Lo que
hoy les mueve no les moverá cuatro días después. Hablad
con ellas: os alabarán apasionadamente, el último libro
leído, comentarán el último suceso; para ellos el último
que habla es el que tiene razón.
Todo lo que les sucede les afecta profundamente,
H. G O D I N

pero se les pasa pronto, no lo «retienen». Su personalidad


es débil, cambiante. Son personas de pocos principios,
impulsivos, prontos, habladores.

*'

Y, al revés. A otros, las cosas que les suceden les


marcan para siempre. No reaccionan inmediatamente
ante las cosas, pero una señal profunda queda en ellos
durante mucho tiempo.
Se parecen a esos suelos que sólo dejan pasar el
agua lentamente, pero que la conservan semanas y se­
manas.
Esas personas piensan mucho, antes de actuar; son
lentas, reflexivas, de consejo acertado. Algunas son frías
y bastante cerradas en su trato, otras casi falsas. Todas,
sin comunicarlo, siguen pacientemente el camino que se
han trazado para conseguir su objetivo. Sin prisas, no se
dejan influir ni desviar por los acontecimientos que pue­
dan sobrevivir.

Ventajas de la profundidad del alma

El ser reservado es una cualidad preciosa. Algunas


almas serenas llegan a adquirir así una gran personali­
dad, y son capaces de llevar a cabo tareas largas y difí­
ciles sin descorazonarse.
La reserva debe equilibrarse de una manera armónica
con cierta emotividad. Si no produce almas frías, sin di­
namismo, que nunca se confían a nadie, que no conocen
la amistad. Estas personas pueden llegar a olvidar hasta
la caridad y la comunión de las almas, que es el myor
consuelo que los hombres pueden tener en la vida.
El emotivo-impulsivo necesita a los demás para con­
fiarles hasta los sentimientos más insignificantes; el que
LEVADURA EN LA MASA 285

posee un espíritu muy reservado no necesita de nadie;


corre el peligro de ser un goísta, un egocéntrico; y otro
peligro aún: el de falsear las cosas. Lo que altera el
orden del mundo no es tanto la ligereza del emotivo,
como el deseo de algunos hombres reservados, de «ha­
cerse con la voluntad de los demás» y utilizarla para sus
fines, que saben presentar como útilísimos.

los diferentes temperamentos

algunos retratas

1. — Los emotivos pueden ser a la vez activos y re­


servados. Este temperamento es el más completo, parece
ser el carácter ideal.
Los Evangelios dejan entrever que éste es el tem­
peramento de Jesús.
De los apasionados que se lanzan a una causa con
todo el corazón, toda el alma, toda su actividad y nada
les detiene. Este temperamento, se adquiere muchas ve-
ves mediante la energía y se da frecuentemente en los
hombres, pero mucho más en las mujeres.

2. — Los emotivos-activos pueden no ser reservados.


Son los coléricos, los que sienten las cosas intensamente
y traducen su emotividad actuando con rapidez, sin me­
ditar, desordenadamente. Se les define con estas pala­
bras: «saltan en seguida, pero son buenos». Se da fre­
cuentemente en los hombres, y para completar su tem­
peramento conviene que se ejerciten en el dominio de sí
mismos.

3. — Los emotivos no-activos pueden no ser reser­


vados: son los nerviosos, gente brillante, con espíritu,
286 H. G O D I N

buenos conservadores, a menudo buenos vividores y ale­


gres. Muy perezosos a su edad madura. Son incapaces de
llevar a cabo una tarea larga, lenta y seguida, se desco­
razonan en seguida y son volubles. Una actividad metó­
dica, lenta y reflexiva puede completarlos. En las chi­
cas, este temperamento es el punto de partida para for­
mar un buen carácter de mujer. En las ciudades es el
que se da más frecuentemente y el más fácil de com­
pletar.

4. — Los emotivos no-activos pueden ser reservados,


y tenemos a los sentimentales, caso del poeta francés
Lamartine. Sienten profundamente y guardan sólo para
sí sus alegrías o penas durante mucho tiempo. Carácter
peligroso si no logra completarse; son taciturnos y pe­
simistas, capaces de sufrir mucho a causa de los demás
y de hacer sufrir mucho también. Deben desarrollar en
ellos la actividad. Este temperamento se da frecuente­
mente en muchachas, y más en las que no han entrado
plenamente en la vida, por ejemplo, las estudiantes.

5. — Pasemos ahora a los activos no-emotivos y no-


reservados. Son los sanguíneos. A la primera impresión
se nos manifiestan como emotivos. Pero no nos dejemos
engañar; son de reacción rápida, sienten poco pero ac­
túan mucho. Al revés de los sentimentales, que sienten
mucho y actúan poco, así como de los nerviosos, sienten
mucho y lo exteriorizan medianamente. Tienen los san­
guíneos mucha capacidad, pero no tienen constancia ni
para el trabajo ni para la amistad. No se hacen amigos
de verdad, pero son buenos chicos, muy benévolos, siem­
pre con buena cara, sobre todo ante la comida y el vino,
que cuentan mucho en su vida. Son fanfarrones, y algu­
nas veces hasta mentirosos, pero sin malicia ni preme­
ditación. Un hombre de este temperamento deberá cul­
tivar la ponderación y completará su carácter con faci-
LEVADURA EN LA MASA 287

lidad, porque es bueno de natural. Este temperamento es


frecuente entre chicas jóvenes y bulliciosas (los otros
tipos de carácter no-emotivo se dan muy raramente en
ellas), pero es más propio de los hombres.

6. — Los activos no-emotivos con reserva son gente


emprendedora, organizadores, gente de negocio, siempre
les acompaña el éxito. Los asuntos del corazón les inte­
resan muy poco; son ante todo prácticos. Los emotivos
son egoístas porque sólo viven para sus negocios. Para
ser buenos padres de familia y buenos compañeros debe­
rán esforzarse en sentir las cosas. Se les llama biliosos
porque su cara presenta frecuentemente surcos de color
azulado.

7. — Los no-emotivos no-activos son pobres de tem­


peramento; los reservados son gente de principios, y los
siguen cueste lo que cueste; son muy honrados, y tienen
pocas tentaciones. Hay en ellos poca vitalidad, pero tam­
bién hay poca pasión y su juicio permanece siempre claro,
y generalmente muy seguro. Son buenos consejeros y
educadores conscientes, pero sin entusiasmo. Los apá­
ticos pertenecen a esa categoría.

8. — Los no activos y los no emotivos, y que también


carecen de reserva, no poseen ninguna clase de resorte
que pueda moverles. A menudo son groseros y buscan
los placeres fáciles. Son amorfos, de alma mutilada.

Estas indicaciones no nos permiten clasificar a los


hombres en categorías rígidas. Y es que, por lo general,
no se pertenece a un temperamento o al otro, sino más
o menos al uno y al otro. El conocimiento de los hombres
288 H. G O D I N

es muy difícil. Pero la vida nos lo irá enseñando. Y siem­


pre encontraréis entre vuestros amigos algún represen­
tante extremo de los distintos temperamentos. Estudiad­
los a rondo, y así reconoceréis con facilidad lo que los
demás presentan de uno u otro temperamento.

la personalidad

el casco
En la granja cercana a una pequeña aldea del monte
se había congregado un grupo de soldados que esperaban
ser desmovilizados de un momento a otro. Para entrete­
nerse, se contaban sus hazañas de guerra. Uno de ellos
mantenía el casco sobre sus rodillas e iba mostrando
una tras otra todas las señales que en él había: «Esta
abolladura fue cuando la explosión de una bomba en
Reims... Aquí este rasguño de la correa fue una bala
desviada. Y ¡mirad!: restos de sangre, un obús. Y aquí
ha desaparecido el barniz por el roce de una bayoneta, y
al fondo está todo quemado porque lo usamos para freír
una gallina que encontramos en un día de ayuno... Las
abolladuras, los rasguños se tocan por todas partes...»
Entonces un compañero riéndose, dijo: «Pero esto
no es un casco, esto es un libro de historia». «No, dijo
con tono grave el combatiente, esto son tres meses de mi
vida».
*

Lo mismo sucede con nuestra personalidad, con nues­


tro «yo». Es la suma de todo nuestro pasado. Si uno lle­
gara a olvidarse de todo, absolutamente de todo, hasta
de sus hábitos más arraigados, si uno llegara a olvidarse
LEVADURA EN LA MASA 289

hasta de su nombre, nunca podríamos hablar de un yo


mismo».
Dios perdona nuestras faltas. Nuestro cuerpo y nues­
tra alma no nos las perdonan jamás; las inscriben en
nosotros para siempre.
Y esto es a la vez terrible y estimulante; cada uno de
nuestros actos durará toda la vida porque entra en nos­
otros y llega a formar parte de nosotros mismos.
Escribís vuestras iniciales en la corteza de un árbol.
Con masilla, con un engrase vitalizador, podéis reparar
en seguida el daño que con esa pequeña llaga le habéis
causado, pero él no dejará nunca de llevar la cicatriz,
que irá perdiendo profundidad, pero que nunca llegará a
desaparecer del todo.
Nosotros somos la suma de todo lo que hemos here­
dado de nuestros antepasados. Somos su raza, sus vir­
tudes y vicios, desde varias generaciones.
Y además somos todos nuestros actos desde el día de
nuestro nacimiento.
Los que se imprimen más profundamente son los de
la infancia y la adolescencia, ya que entonces es cuando
aún no hay nada inscrito en el alma. Las primeras hue­
llas son las que quedan grabadas más profundamente,
como ocurre con el árbol, que adquiere su forma cuando
es joven.

Cada vez que actuamos, nos quedan unas huellas,


nos hacemos, y lo que nos señala ante todo no son las
cosas extraordinarias, sino nuestros pequeños actos de
cada día.
Este hombre, sin darse cuenta, poco a poco, se deja
llevar por la gula, y se vuelve un egoísta, un sensual y
un trivial.
19
m h. ao d in
Este perezoso, sin voluntad, empezó a perder la ba­
talla un día que se tomó tres minutos más para estar en
la cama.
Lo que nos forma son* nuestros pequeños actos coti­
dianos.
Nuestros actos siempre nos acompañan.

SOY TAN MAYOR


Soy tan mayor, que no conocerías
a tu hijo- en la calle, madre. Tienes
que acostumbrarte a ello. Ya las sienes
van madurando plata y tú querías

que el tiempo no llegase a ser Historia.


Soy tan mayor —se crece— , que ya hay cosas
que no puedo intentar siquiera. Hay cosas
hasta el borde con muerte en la memoria,

y bajo tierra tengo tanta vida


como en la tierra. Alumbra todavía
el sol. Ya no, puedo decir. Oída

está, en parte, la música. No llores


por tu hijo. Le queda la alegría
de respirarte en mayo por las flores.

R a m ó n de G a r c ia so l
La madre
rostro, actitud, escritura

Los rostros no son objetos «standard» compuestos


de piezas iguales e intercambiables. Cada parte de nues­
tro ser lleva impreso lo que somos hasta en la célula más
diminuta. Quizá llegará un tiempo en que podamos leer
toda nuestra personalidad en la partícula más pequeña
de nuestro cuerpo.
Y es que nuestra alma no es independiente de nuestro
cuerpo, como se cree muchas veces. El alma necesita del
cuerpo, para actuar y hasta en las reacciones más insig­
nificantes y en los pensamientos más ocultos recibe su
influencia.
Sabéis muy bien que cuando nuestra digestión es
pesada, nuestros pensamientos se ponen feos..., no ve­
mos las cosas como antes, cambiamos de opinión, raza­
mos de manera distinta que cuando nos encontramos
perfectamente.

consecuencias

Debemos cuidar del cuerpo para que esté sano y sea


vigoroso. Es necesario que conserve su oficio de servi­
dor, de criado, pero debe cumplir bien su cometido. Nunca
nos serviríamos de un caballo esquelético y desnutrido
para dar largos paseos, por temor de que no soportara
nuestro peso.
Una muchacha, un joven de nuestro tiempo cuidan
de la higiene, hacen gimnasia, cultivan un deporte apro­
piado a sus posibilidades.
H. G O D I N

Lo que nos separa de las personas mayores, en ma­


nera de pensar y de ver las cosas, es muy considerable.
La diferencia que el poder de la voluntad tiene en unos
y en otros es aún mayor.
No seamos severos, yá que cada uno será juzgado
según sus posibilidades. Los mandamientos son como
habrían de ser los convenios colectivos: exigen lo que
puede hacer el término medio de los hombres, y si algu­
nos tienen la posibilidad de dar mucho más, no es menos
cierto que otros queden muy por debajo del término me­
dio, sobre todo en ambientes corrompidos.
Un muchacho, una joven, un hombre, una mujer son
seres completamente distintos entre sí, hasta en la más
pequeña célula de su cuerpo. Todo lo que hacen, piensan,
sienten, o aman está marcado por lo que son; pueden
completarse, pero no llegarán nunca a parecerse.
La cara, que es la parte más noble de nuestro cuerpo,
es el espejo del alma.
Y todos lo sabéis porque instintivamente buscáis co­
nocer el carácter de una persona a través de su fisonomía.
Tenéis razón: los ojos, la barbilla, la frente, llevan y
guardan las marcas de nuestra personalidad. También, las
manos: instintivamente esbozan todos los actos que qui­
siéramos hacer y todo queda marcado en ellas de una
forma misteriosa. Toda nuestra vida, todos nuestros de­
seos, hasta los más escondidos, quedan impresos en nues­
tro rostro. Pero nosotros no sabemos leerlos...
La caligrafía, que traduce nuestros gestos favoritos,
contiene las huellas más reveladoras de nuestra perso­
nalidad.
Pero estos estudios son un arte muy sutil, y una ob­
servación superficial es peor que la ignorancia completa.
No insistiremos ahora en ellos, porque nos quedan por
decir cosas mucho más importantes para el reino de Dios.
II. CÓMO TRANSFORMAR LAS ALMAS

tomarnog tal como somo«

la iglesia moderna
Érase una vez un joven sacerdote, activo y entusias,
ta, que quería que la casa de Dios fuera bonita y él estaba
apasionado por la arquitectura moderna. Era grande,
sólida, bonita, pero de estilo renacimiento, que era el
que detestaba más. Nuestro joven párroco se disgustó
mucho y se puso a soñar en una iglesia moderna, de hor­
migón armado y con hermosos ventanales, para que sus­
tituyera a su vieja iglesia. Soñó en ella toda su vida;
mandó hacer planes, presupuestos; pero todo quedó ahí,
pues no se arrasa, una iglesia para cambiar su estilo.
Sin embargo, llegó a aborrecerla tanto que dejó de cui­
darla. Hubiera podido embellecerla, transformarla dis­
cretamente y con buen gusto. No hizo nada; se conformó»
por amargura, con plasmar en su interior una pintura
«cubista» que conjugaba horrorosamente con el resto del
santuario y lo afeaba en extremo.
*

Vosotros os reiréis de ese pobre párroco: hay muchos


hombres que se le parecen. Tienen tal temperamento y
tal carácter, pero sueñan en otro bien diferente y, en
lugar de perfeccionar lo que son, quieren llegar a ser otra
cosa ; de este modo no hacen más que asesinarse. La pri-
H. G O D I N

mera y más importante condición para modificarse, que


logra por sí sola facilitar el trabajo, es aceptarnos y
amarnos tal como somos. Y son bien pocos los que asienten.
*

# »

Nuestro Padre quiso hacer de nosotros una obra maes­


tra que Él soñó, preparó y amó hasta la perdición. Tuvo
en cuenta nuestra raza, nuestros antepasados, nuestro
tiempo y combinó todo eso para hacer la obra maestra
más bella que podía sacarse.
Pero nosotros, más listos que Dios, la queremos di­
ferente. Esto es una injuria a nuestro Padre: perfec­
cionémonos sobre su plan y nos sorprenderemos del re­
sultado. Recordemos la fábrica de coches que el señor
Hombre quiso montar a su modo. Si supiéramos cuánto
nos quiere Dios, seríamos verdaderamente entusiastas
por ser lo que podemos llegar a ser.

Pero está el diablo con sus trampas, que ya conoce­


mos de tiempo ha, pues el pobre no consigue cambiar sus
trucos. Él envía al interior de la plaza fuerte de nuestras
almas unos paracaidistas que no carecen de elocuencia
para convencemos.
Isabel es una chiquilla nerviosa, alegre, sonriente,
pero de salud débil; lee la vida de Santa Eduvigis y sueña
llegar a ser insensible como esta santa que bebía el agua
sucia de lavar las heridas de los cancerosos. ¡ Que Isabel
se esfuerce en soñar un poco menos! Eso le valdrá más.
Luciano promete ser un buen cristiano cuando cambie
de trabajo y pueda hacer una meditación cada mañana...
No, Luciano, luego habrá otras dificultades; tienes que
comenzar hoy.
LEVADURA EN LA MASA 295

Daniel, finalmente, toma siempre bonitas resolucio­


nes que luego no tiene tiempo de mantener... porque sus
amiguitos como la comodonería, la pereza o la desgana,
le soplan al oído en sentido ontrario. No, Daniel; resolu­
ciones más sencillas y constancia en cumplirlas.
*

Hay que actuar mucho más, soñar menos, y no mirar


cómo vivimos.
Chamfort

ver el bien que hay en nosotros

falso humildad

«Julián, has hecho un buen discurso», dice el con­


siliario a un simpático jocista.
«Señor Pérez, la sesión ha sido un éxito», manifiesta
con satisfacción el señor Párroco al organizador.
«Este pañuelo te cae muy bien», afirma el papá de
Josefina a su hija, «estás la mar de bonita».
Julián siente la necesidad de aclarar que sus palabras
no estuvieron tan bien, que tuvo que improvisar, etc.
el señor Pérez protesta también afirmando que la velada
ha fallado a causa de tal o cual pequeño detalle, y Jose­
fina responde con humor: «No, papá, tú sabes bien que
hay pocas cosas que me sienten bien».
Y sin embargo, Julián que no tiene nada de tonto,
sabe muy bien que su discurso ha sido bueno; el señor
Pérez tiene la impresión de que ha sido una de las mejo­
res sesiones y Josefina, que tiene un espejo, se da cuenta
de que es bonita y no desea otra cosa que ponerse este
pañuelo..,
296 H. G O D I N

Hay muchas personas que tienen la manía de crerse


obligados a protestar si se habla bien de ellas. Eso está
en las antípodas de la sencillez cristiana.
Mentira... mentira... conformismo con hábitos de
0

mentira...
Incluso orgullo: Julián contesta que no lo ha prepa­
rado, para que piensen: «entonces si lo hubiera prepa­
rado, etc., etc.»
*

Enrique me dijo: «Los chicos de San Dionisio me


pidieron mi discurso, que tanto les había entusiasmado.
Siento no haberlo escrito, de otro modo se lo hubiera
dado. Hubiera sido tan bueno que pudiera hacer aún un
poco de bien para Cristo».
*

La humildad es la verdad; ver lo que hay de malo


en nosotros, y más aún lo que hay de bueno. Saber que
es Cristo quien actúa en nosotros y que trabaja bien;
decir como nuestra Señora: «El Señor ha obrado en mí
grandes cosas».
En la Anunciación un ángel de Dios vino a proponer
a una joven virgen fuera la madre de Dios. Yo me ima­
gino la reacción de nuestras buenas muchachas; las hu­
bierais oído protestar; hubieran creído indispensable ex­
clamar: «Pero ¿cómo es posible? no somos tan dignas».
Lo que equivale a decir: «Dios no sabe lo que hace, de­
cidle de mi parte que estudie mejor este asunto, que se
informe mejor; de todos modos dadle mi parecer».
La Virgen, humilde, no dice eso, sino que murmura:
«Soy la esclava del Señor; que lo que proponéis se haga»;
dice «Dios sabe bien lo que ha de hacer; si lo quiere, des­
de luego yo también lo quiero».
LEVADURA EN LA MASA 297

Y San Pablo ¿no escribía acaso «Imitadme a mí como


yo imito a Cristo» ? Leed a San Pablo y veréis que la hu­
mildad cristiana es otra cosa bien diferente de la humil­
dad del conformismo burgués.

Este es el fin de una jomada en que Cristo ha traba­


jado bien por ti, pues tú has tenido que hacer muchos
sacrificios y eso te ha costado, pero a pesar de eso, quizás
a causa de eso, Cristo está contento de su jomada en ti,
y tú, fastidiado y refunfuñante, proyectas tu jornada a
través de una sombría pantalla y te dices: «No ha ha­
bido nada de bueno hoy. Qué jomada más dura». Júzgate
severamente si quieres, pero, por favor, no insultes a
Cristo.

utilizarlo todo
un motor de 11 c.v.

Nuestro Padre sólo puso el bien en el hombre, cuando


lo creó. Pero a causa del pecado original, estas faculta­
des buenas tienen tendencia a ejercerse de un modo des­
ordenado, y esto está mal. Sin embargo, estas mismas ten­
dencias pueden ejercerse de un modo excelente. Hay pues
que enderezar, completar y equilibrar más, antes que
destruir.
No seas de los que, para evitar el mal, destruyen en
ellos todo lo que es dinamismo y entusiasmo.
No son pocos, éstos. Piensan que actuando así hacen
bien. Sin embargo, se disminuyen, echan a perder la obra
de Dios, y hacen juzgar severamente a los cristianos em­
pobreciéndolos.
29$ H. G O D I N

José en lugar de poner buenos frenos a su coche, es-


ti-opea el motor hasta que no puede pasar de los quince
por hora. Yo preferiría que pudiera hacer los 120, y que
tuviera un buen freno hidráulico.
A Jorge le han dado un motor de once caballos y lo
monta en un molino de café: trepidación... recalenta­
miento y el molino de café vuela hecho añicos. ¿Hay
que acusar al motor?... No, el motor está hecho para
llevar a cien por hora un buen chasis de Citroen, etc. Que
se apresure a montarlo en un coche y el motor será útil.
Juliana hace caramelo para su hermanito Daniel. En
la cacerola pone azúcar y un poco de agua, pero durante la
operación se da cuenta que ha echado demasiada agua.
Retirarla es algo delicado, es mejor que añada azúcar,
conseguirá un poco más de caramelo y Daniel estará
todavía más contento.
En otros tiempos, para dar vigor a un árbol viejo,
cortaban la mitad de sus ramitas. Ahora, se inyecta en
su tronco, o bien se pone a disposición de sus raíces, una
cierta cantidad de sulfato de hierro y el árbol recobra
una vida exuberante.

Elena, demasiado emotiva, llegará muy difícilmente


a luchar directamente contra la emotividad. Pero si se
ensaya actuando, equilibrará su emotividad por una ac­
ción serena y razonada. Su carácter mejorará en extre­
mo y, más tarde, «u esposo será un hombre feliz.
LEVADURA EN LA MASA 299

Enrique se mueve mucho, parece incluso que esté agi­


tado; ¿va a probar quedarse inactivo? No. Caería en
fermo. Más bien pondrá más reflexión y se convertirá
en un jefe «de los buenos».

Roberto siente con toda su alma el deseo de ser al­


guien: es la promesa de un gran orgullo. Que lo cambie en
deseo de hacer algo grande por Cristo: el ser ambicioso
para Cristo ha hecho santos.
Don Bosco discutía con la Virgen. Del primer golpe,
no quería salvar doscientas almas jóvenes, sino dos mil,
y sus exigencias no cesaron nunca de crecer. . Llegó a
ser el gran conquistador de la juventud obrera de su
época.

Un militante encuentra en su movimiento de A. C. la


atmósfera optimista y conquistadora que le ayuda a uti­
lizarlo todo para Cristo, en él y en los otros. El P. Che-
vrier, de Lyon, hizo de un mal lugar una capilla, y Pau­
lina transformó una mala playa en un campo de batalla,
en el cual Cristo hizo conquistas.
Haced que todo sirva al reino de Dios.

,
no destruid nada hacedlo sublime

la avaricia de Pedro
En la vida, muchos van hundidos física y moralmente.
Son una muchedumbre digna de compasión, que recuerda
el éxodo de la guerra.
wo H. G O D I N

Pero si quisieran únicamente explotar todas las cua­


lidades que han recibido, avanzarían con tantos ánimos
como el corredor que se escapa del pelotón para la lucha
de la llegada.
Pedro siente una gran pasión por amontonar, por ga­
nar dinero. Todavía niño, ya ganaba dinero jugando a
ios bolos. Ahora sus deseos de ganar han pasado del di­
nero al apostolado, y será preciso para su sección jocista
en la cual ganará almas y pondrá sus cualidades de orga­
nizador al servicio de la conquista.
El cura de Ars fue muy poco avaro de comodidades
para sí mismo. Hizo para Cristo los sacrificios que otros
labradores de su tiempo se imponían para hacer sus aho-
rrillos. Y fue particularmente avaro de almas para el
Señor.
*

Si Regina no fuera cristiana, sería vanidosa; pero


esta inquietud del detalle, este gusto, esta delicadeza
que poseía en alto grado, la ha trasladado a las almas
de los demás y así las forma con método suave y las
ayuda a rehacerse, del mismo modo que hubiera refor­
mado un abrigo o zurcido un vestido. En eso, y en que va
siempre impecablemente vestida, se parece a Santa Te-
resita de Lixieux, a esta pequeña Reina a la que, de niña,
le gustaban con delirio las telas bonitas y que tuvo la
coquetería de conseguir de Cristo que nevara para su
toma de hábito y que después de su muerte «pasara su
Cielo haciendo bien en la tierra».

Miguel se parece a San Agustín que, en el fondo, qui­


so a toda costa vivir su vida y después de una juventud
juerguista, encontró la plenitud de la vida y la satisfac-
LEVADURA EN LA MASA 301

ción superior de su necesidad de emoción en el don de ai


a Cristo y en la lucha contra los enemigos de la causa
cristiana.

María tiene celos. Si los tuviera por el amor y la glo­


ria de Cristo, se parecería a Santa Clara que no quería
que hubiese nadie más pobre y más mortificado por Cristo
que ella y sus hermanas clarisas.

Sergio es perezoso. ¿Qué va a hacer para corregirse?


No tiene nada en demasía; al pobre le falta ánimo, dina­
mismo. Si es emotivo, será necesario que se enardezca
por una buena causa; si no lo es, que encuentre en unos
principios sólidos la voluntad que le falta.

Paquita se lamentaba de ser muy charlatana, pero


desde que es dirigente jocista tiene demasiado con la in­
quietud de sus compañeras para decir naderías; charla
a menudo con ellas y como mensajera de Cristo les
transmite su ideal.

Carlos tiene treinta y cinco años. Tuvo una juventud


muy placentera, buscó la felicidad en la diversión y en
la presunción, pero no la encontró porque Carlos tiene
un alma profunda. Esta asqueado. ¿Qué hará? ¿Será
un solterón, agrio y malhumorado, amargado para con
todo y contra todo el mundo? ¿O un santo como el Padre
302 H. G O D I N

Foulcaud, un santo que irá a gozar en la soledad otro


silencio, otra paz y el rudo amor que Dios reserva a las
almas grandes?
*
*

Francamente, ¿pensáis que Pedro, Regina, Miguel,


María, Sergio, Paquita, Carlos, eran felices, incluso po­
niéndose en el siemple punto de vista de la verdadera
felicidad de la tierra?... Pensemos como pensaron la
mayoría de ellos que hay además otra felicidad: la que
durará para siempre.

EL CEMENTERIO
El cementerio está cerca
de donde tú y yo dormimos,
Entre nopales azules,
pitas azules y niños,
que gritan vividamente
si un muerto nubla el camino.
De ahí al cementerio, todo
es azul, dorado, límpido.
Cuatro pasos, y los muertos.
Cuatro pasos, y los vivos.
Límpido, azul y dorado,
se hace allí remoto el hijo.

M ig u e l H e r n án d ez
Antología de Poesía española
actual, de Alfonso Moreno
la voluntad

la carrera de automóviles
León ha de hacer la carrera París Burdeos, en la cual
todos los participantes han de llevar la misma marca
de coche, el mismo modelo, usar el mismo carburante y
el mismo aceite. Él no dice: «Voy a conducir mi coche
y ganaré». Sabe que del coche no se hace lo que se quie­
re, pero que si uno lo domina, llegará a hacerle rendir
mucho más en el viraje y que si León sabe tomar las
cuestas, las subirá en superdirecta y si cuida bien su
máquina, sin calentarla demasiado al principio, obten­
drá un rendimiento óptimo.
*

Nosotros mismos ¿no nos parecemos a este coche?


Nuestra voluntad no puede hacer de nosotros todo lo que
quiere; a menudo ve que una cosa es buena para noso­
tros y aunque se inclina a ello, la realización es lenta
y dura. No es de golpe, por una decisión a lo loco, como
un parrandero se convertirá en santo. Será necesario un
trabajo largo que, poco a poco, lo saque de sus errores;
pues en su cuerpo se han pegado hábitos que, al prin­
cipio, pueden oprimir su libertad e incluso suprimirla.
*

No obstante, ordinariamente, somos responsables, si


no a causa del presente, por lo menos a causa del pasa-
30+ H. G O D I N

do. Incluso si el pecado se consumó inconscientemente,


es porque en otros tiempos le dejamos entrar.
El que cae gravemente comete un pecado, pero este
pecado no hubiera tenido lugar si, hace tiempo, unos
pensamientos y unos actos,no hubieran preparado al cul­
pable.
En plena batalla un soldado ha sido un cobarde, ha
huido; se trataba de un nervioso, él no podía más, y en
el consejo de guerra ha dicho: «Yo no tengo la culpa,
los nervios eran más fuertes que yo». Esto es cierto,
pero se le condena, y con razón. Él es responsable, en
efecto, de este acto que ha ocasionado la muerte de mu­
chos camaradas; aunque no lo fuera en el momento en
que huía, asustado por el fuego. Entonces él estaba como
loco, pero era responsable de no haber sabido querer
quedarse y aguantar... Cada vez que le faltaba valor,
cada vez que pensaba: «al fin y al cabo si bombardearan
demasiado, muchos se retirarían», etc., etc., él cedía a
esta cobardía que acabó por dominarle.
No es en el momento en que cometemos nuestras ma­
yores faltas cuando somos responsables al máximo, sino
en el momento en que las miramos como posibles; en
el momento en que, en decisiones de poca importancia
aparente, las preparamos inevitablemente.
Si yo resbalo en la pared de un peñasco, no es en
el momento en que salto sobre el torrente cuando debo
detenerme, sino en el instante en que empiezo a titu­
bear, tal vez después del primer resbalón; entonces es
cuando se decide todo.
Lo mismo ocurre con un acto bueno.
Son las pequeñas acciones, las que decidimos con
pleno dominio de nosotros mismos, las que son más im­
portantes y nos conducen al bien o al mal. No se en­
dereza la voluntad inmediatamente, se la domina con an­
ticipación. La vida de cada día es lo que más cuenta. Cada
una de nuestras acciones más ordinarias tiene una im­
portancia incalculable, un valor de eternidad.
LEVADURA EN LA MASA 305

Cada una de nuestras acciones nos representa por en­


tero, como nuestro porte, como nuestro rostro, como nues­
tra escritura. Nos definen.

ser libres

el oficial valiente
Hemos dicho que ser libres era poder realizar (por no­
sotros mismos) el plan de Dios sobre nosotros, después
de haberlo descubierto.
Todos los hombres son más o menos libres, pero no
hay dos que lo sean en la misma gradación; la libertad
no es un tesoro que se guarda, es una planta que se cul­
tiva y que se debe hacer crecer cada día.
La historia de Santiago de Arnoix es estupenda. Este
joven oficial, herido durante la guerra de 1914-18 quedó
con la columna vertebral seccionada. Tenía que morir.
Todos los médicos lo habían condenado; pero el quiso
vivir y vivió. Tenía que permanecer completamente quieto,
y, con gran estupor de sus médicos, por medio de unos
esfuerzos sobrehumanos, empezados de nuevo cada día,
llegó a curarse logrando recobrar la mayoría de sus mo­
vimientos. (Véase «Paroles d’un Revenante, Plon, éditeur,
París).
*

El pecado hace que perdamos nuestra libertad, y que


luego haya que recuperarla paso a paso con los esfuerzos
de cada día. Cada cobardía disminuye nuestras posibili­
dades de querer, pero cada acto, cada decisión las aumen­
ta. Ser libre es poder hacer lo que se debe hacer (lo que
se quiere).
Juliana es una muchacha mayor y bastante viril, qui-
20
306 H. G O D I N

siera levantarse a las siete y no a las siete y media, pero


no llega a lograrlo. Pedro, un muchachito de pelo negro,
seco y nervioso, sabe muy bien que va demasiado al cine,
que esto le embrutece, pero no llega a corregirse, es más
fuerte que él. Luis, el mozo del tendero de la esquina,
sabe que es mejor ser sobrio que emborracharse; sin
embargo, todos los sábados...

Los hombres completamente libres son muy pocos...


incluso entre los que se miran como personalidades, in­
cluso entre los que llamamos grandes hombres.
*

Así pues, cuando uno es esclavo en un punto, lo es


pronto en todos los demás. Un hombre esclavo de una pa­
sión es indigno de participar en el gobierno de su país,
pues por esta pasión se le puede dominar, y su conciencia
no puede hablar libremente.
*

Sí, no en vano decimos que Cristo ha venido a traer­


nos la libertad, toda la libertad. Para ser libres, primero
hay que creer que es posible, decírnoslo a menudo, mi­
rar a menudo cómo viven y actúan las personas libres.
Luego, no hay que perder ocasión de ampliar nuestra
libertad (véase la página siguiente). Seamos pobres (des­
prendidos de todo), pero dispuestos a todo; tengamos
principios y creamos en ellos, aunque la mayoría de las
personas que nos rodean los vendan por un vaso de vino,
un placer o un cheque; no miremos nunca con envidia ni
por el lado del mal y menos si sabemos que no se puede
hacer. Pensar «si no estuviera prohibido», es falsear
en nosotros el freno que, en el último momento, podría
detener quizás nuestra caída automática cuesta abajo.
LEVADURA EN LA MASA 307

Por lo demás, no olvidéis que Cristo ha dicho: «Sin


Mí, no podéis nada», y San Pablo escribe: «Yo lo puedo
todo en Aquél (Cristo) que me da la fuerza».

n i. M e d io s d e a c c ió n

el plan de conquista

la guitarra
Miguel es un muchacho alto, de 19 años, de ojos azu­
les y pelo rubio. Es artista, tiene gusto, oído, sentido
rítmico, todo lo necesario para hacer de él un buen mú­
sico aficionado. Hace un año resolvió aprovechar algún
tiempo libre para aprender a tocar un instrumento y es­
cogió el acordeón. Un mes después, tocaba ya bastante
bien, pero no llegaba a sacer bien las notas graves. Mau­
ricio, su colega, tocaba bien la guitarra. «Maravilloso,
pensó Miguel, con la guitarra no hay necesidad de acom­
pañamiento». Compró una guitarra y durante tres meses
se puso a ensayar, aunque con menos entusiasmo. Entre
tanto, se le ocurrió: «el violín es un instrumento que
está bien y me haré regalar uno el día de mi santo» ; y lo
tuvimos de nuevo comenzando sus escalas.
Pero hoy ya lo ha dejado todo, está desanimado y no
quiere oír hablar de música. Sin embargo, con menos es­
fuerzo hubiera llegado a conocer excelentemente el acor­
deón o la guitarra.
308 H. G O D I N

Cristo nos habló del empresario imprudente que co­


mienza una construcción y la déja inacabada, para que
los que por allí pasan se rían. Esto lo encontramos to­
davía hoy tanto en la construcción como en la industria;
pero en el trabajo de las almas también se produce cada
día millares de veces. Es la locura de la inconstancia.
Esta locura ¡a cuántas personas ha impedido apren­
der un oficio o una lengua extranjera, llegar a realizar
el sueño de su vida, y sobre todo a formar su alma, a
dessembarazarse de defectos y adquirir buenos hábitos!
El mundo de las almas se parece a una ciudad en rui­
nas, no porque haya sido bombardeado, sino porque de
cada diez casas hay nueve sin terminar. No han faltado
esfuerzos, pero éstos han sido desparramados, sin orden,
y luego se han abandonado.
*

Para nuestra conquista y salvación personal, como


para la conquista de los demás, es necesario un plan, un
plan pensado largamente, y bien preparado en sus gran­
des líneas. Concebido quizás para varios años, luego hay
que fraccionarlo en planes de un año, de tres meses, de
un retiro al otro. En todo caso hay que repasarlo a me­
nudo y comunicarlo a un sacerdote.
*

A Claudio le conviene un plan muy general, para


varios años, a fin de que el desarrollo de su juventud no
se vea sacudido de golpe por la primera carita graciosa
que le sonría... Él fijará el año de su noviazgo ( no antes
de tal época) y hasta este momento podrá dedicarse por
LEVADURA EN LA MASA 309

entero a lo que hace y además, mostrarse sencillo y neu­


tral para con las chicas que una vida normal le llevará
a conocer y a tratar incluso regularmente.
Juanita, muy emotiva, se dirá: «En tres años, es
necesario que llegue a poder aceptar con serenidad una
reprimenda». Tres años no son demasiado para que un
temperamento tan nervioso pueda dominarse.
Juliana sabe que se le planteará un problema de vo­
cación religiosa, pero como ella es indispensable a su
familia, hasta el regreso del servicio militar de su her­
mano, estudiará seriamente el problema en este momen­
to. Entre tanto, permanece a disposición de Dios para
todo cuanto Él quiera.
Todo esto hace necesario un plan de conquista de
largo alcance. Pero el plan inmediato es todavía mucho
más importante y por esta razón tendremos que hablar
de él.

¿cómo hacerse el plan de conquista?

el camión averiado
Érase una vez un gran camión de cinco toneladas
que tuvo pana en Villar del Río. El chófer fue a ver al
mecánico del garaje más cercano y le dijo: «Mi camión
tiene pana». «¿No tira nada?», le preguntó el buen hom­
bre. «Nada», contestó el otro. «Esto debe ser grave»,
continuó el mecánico. Veré si hay algo roto en la trans­
misión y luego miraré los ejes y cigüeñal».
¡Ingenuo garajista de Villar del Río! Tú no sabes
que el motor más potente puede pararse por un granillo
de arena en el inyector del carburador o por un vapor
ligero, que pone en cortocircuito el delco... Son esas
tonterías las que conviene mirar primero...
S10 H. G O D I N

Nosotros nos parecemos a este mecánico ridículo.


Cuando las cosas no pitan, queremos «rehacer nuestra
vida», «convertirnos», «volver a empezar», cuando lo
que convendría es buscar las pequeñas cosas de la pana.
No es necesario volver a comenzar, hay que continuar
y hacerlo mejor; una orquesta no vuelve a empezar el
concierto cada vez que saca una nota desafinada.

en la práctica

A cada retiro hago una pausa. ¿Dónde estoy? ¿En


qué estado de generosidad me hallo con respecto al apos­
tolado, a mi salvación, a la pureza, a la franqueza, al
desprendimiento y confianza optimista? Para ello estudio
todos los actos de una jornada o de una media jornada
escogida así al azar.
Mi vida no rinde lo debido, hay baches... Cuando una
cámara de mi bicicleta ha pinchado, lo primero que hago
es buscar el agujero. El mejor parque no servirá de nada
si no lo aplico al lugar debido.
Esta falta de generosidad viene a veces de un defec­
to, lo más a menudo de una cobardía, de una negación
de la gracia, de tal hábito de pecado venial bien aceptado.
Sí, es muy pequeño, apenas visible, pero muy importante.
*
*

Mi voluntad no es suficientemente fuerte. ¿Qué voy


a hacer para fortificarla? Tal vez se trate de algo mo­
desto, pequeño, algo material inclusive, pero hay que
descubrirlo.
LEVAD U RA E N LA MASA 311

Y si hay faltas graves en mi vida, ¿qué medios voy


a emplear para quitármelas?
Hay que saber llegar a las causas remotas que son
pequeñas causas, y a los medios eficaces que son casi
siempre unos medios lejanos y pequeños.
«¿Cómo es, pues, me preguntaréis, que ponemos en
cuarto lugar la inquietud de buscar los pecados?»
Porque es mejor primero el estado de generosidad y
atacar luego nuestras faltas, empezando por aquellas
que, con toda evidencia, es más importante sacar de nues­
tra vida.

los hambrientos

De cada diez personas que toman resoluciones, nue­


ve las toman demasiado duras, tanto... que luego no
las pueden cumplir.
Angelina, hija mía, tú debieras levantarte a las sie­
te para poder empezar con tranquilidad tu jomada. A c­
tualmente te levantas a las siete y media. Pues el mes
próximo te levantas a las siete y veinticinco. Supongo
que no vas a hacer sufrir a Dios por cinco minutos (¡si
fuera por media hora...!). Luego continúas cada mes
restando un poco de tiempo y pronto irás mucho más
rápida.
Para la vida de nuestro cuerpo, éste es ciertamente
el método que irá mejor. Así, pues, los métodos que va­
len para la vida del cuerpo valen también para la vida
del alma. Al pobre desgraciado que ha escapado de un
naufragio y que muere de hambre, el doctor inteligente
le deja comer sólo poco a poco. Ya sé que hay tempera­
mentos muy robustos y podrían comenzar con una co­
mida exuberante y saldrían muy bien. Pero ¿tu alma
tiene un temperamento muy robusto?
312 H. G O D I N

Sed humildes en vuestras resoluciones; anotad en


el plan más lejano la perfección a que os proponéis lle­
gar; la perfección a que llegaréis. Pero en el plano in­
mediato, no abarquéis demasiado a la vez: «Quien mucho
abarca, poco aprieta».
En mi plan de conquista, yo pongo siempre algunos
sacrificios pequeños, muy pequeños, no demasiados para
que no sean un rompecabezas, sino bien pequeños de modo
que sean un excelente ejercicio de la voluntad. Cristo
dijo: «si no hacéis penitencia, pereceréis todos».
Yo debe determinar cosas precisamente que pueden
verse y contarse; las resoluciones se refieren a estas pe­
queñas acciones y son las acciones que dan la mística.
Yo no escribo «seré un buen militante» ni «sere...»; esto
no dice nada, más bien escribiré cosas concretas, las
causas.

un gran medio de conquista: la confesión

el carpintero y su cepillo
El sacramento de la penitencia no es una carga, un
servicio obligado. Es un encuentro con Cristo, que nos
ama. Incluso si tú fueras la Samaritana, la prostituta
Magdalena, o Judas... este encuentro sería tan dulce,
tan bueno... Lee el Evangelio.
*

En todo caso, tú eres un militante, una militante.


Cristo tiene necesidad de ti. Él estará contento de vol­
verte a poner en forma, ya que colabara contigo. Un
carpintero que por una clase de contrato no tuviera de­
recho a afilar su cepillo sino cuando este último se lo
pidiera, y que durante horas y horas estuviera traba-
L E V A D U R A E N L A M ASA SIS

jando con un cepillo desafilado, estaría contentísimo


cuando la herramienta le reclamara el afilado. Nosotros
somos herramientas en manos de Cristo.
Hay. que confesar regularmente, cada quince días o
cada mes según las necesidades y temperamento, en
especial los que reclaman un aliento bastante a menudo.
Para las faltas veniales, ya sabéis que hay otros medios
de obtener el perdón: primero perdonar a los otros y
también comulgar, rezar el Padrenuestro, ser apóstol,
etc., etc. No son los pecados veniales los que nos llevan
a la confesión, por lo menos aquéllos que nos escapan sin
que ni siquiera nos preocupemos.
Sin embargo, hay que confesarse cada vaz que sea
necesario, para recobrar el estado de gracia y consolidar
de este modo, tan pronto como se pueda, el perdón de
una falta grave que nos habrá obtenido, inmediatamente
después, un acto verdadero de amor a Dios (es decir,
un acto de contrición perfecta) si nuestra vida está ver­
daderamente entregada a Dios.
Hay que confesar a menudo, e incluso muy a menudo,
en el caso en que uno quiera deshacerse de un mal há­
bito. No digáis que volveréis a empezar siempre y que
Dios debe cansarse de perdonaros. ¡Cuán mal conoce­
ríamos a nuestro Padre!... Si conocierais la bondad de
nuestro Padre... Él sabe bien que uno no se corrige ins­
tantáneamente de un hábito. Él sabe que en nosotros
quedan grabadas, y sobre todo en nuestro cuerpo, unas
huellas que desaparecen muy lentamente. Lo que nos
pide, no es vencer inmediatamente, sino continuar la lu­
cha. Oh, ¡qué bella prueba de amor es para Él si, hacia
Él y contra todo, nosotros permanecemos en la batalla,
sin desalentarnos y aguantando!
¿De qué pecados debemos acusarnos? León, cuando
tenía doce años hizo impresionar en un disco de gramola
sus pecados de entonces. A sus dieciséis o diecisiete aña­
dió un pequeño apéndice y ahora continúa sacando re­
su H. GODIN

gularmente su «rollito» al confesor. Juanita hizo lo mis­


mo, Santiago también. Antonio también, Margarita tam­
bién, Emilio también. Son a millares los que proceden
de este modo.
No hagáis también igual vosotros...
En lo que se refiere a los pecados veniales decid:

1. Los pecados de ahora, aquellos en que faltáis a la


voluntad de nuestro Padre, ahora que tenéis dieci­
ocho o veinte años, y no los pecados de un chaval de
doce años.
2. Decid vuestros propios pecados y no los pecados
«serie» de cualquier joven.
3. Decid pecados bien concretos, de los cuales os arre­
pentís. No os acuséis, en general, de haber sido go­
losos cuando ni siquiera habéis pensado qué es esto.
¿Cómo queréis tener de ello una verdadera pena?
4. Por favor, no uséis unos cuestionarios impersona­
les si os confesáis a menudo. Decid sencillamente
en qué pensáis haber faltado a la voluntad de nues­
tro Padre sobre vosotros desde la última confesión, y
eso basta.
5. Insistid mucho más en las faltas que habéis deci­
dido netamente vosotros, aquéllas en que habéis pre­
ferido una cosa tonta a Jesús, aquéllas que se oponen
mucho más al amor de Cristo en vosotros o aquéllas
que van contra el plan de conquista preciso que ha­
béis hecho.

Y, sobre todo, no olvidéis que la parte principal de


la confesión, la que nos abre bien grande el amor y el
arrepentimiento sincero, real, sentido si es posible, de
Dios, no es la confesión en sí, sino la contrición de nues­
tras faltas y de nuestras cobardías.
No hagáis como Pedrito. Este chavalín de ocho años,
sagaz e intrépido, organizó una incursión en el barrio
L E V A D U R A E N L A MASA 315

vecino con los otros chavales de su calle. Su mamá les


pegó luego un broncazo a todos. Pedrito pidió perdón,
para que terminaran las malas caras; pero él no soñaba
más que en volver a hacer otra incursión en aquella calle,
porque se divirtieron mucho.
Id a la confesión como los soldados al rancho al ano­
checer de las grandes etapas, para rehaceros.

medios de acción: examen particular

Ni cosa y los chinches


San Francisco de Sales habla de cierta pensión sucia,
llena de porquería, que había decidido limpiarla. Como
hombre práctico que es, encuentra dos medios de con­
seguirlo: el primero (que no es malo) consiste en desin­
fectarlo todo, habitación por habitación, persiguiendo
cada animalito. Desde luego, así no se pasará día sin
que se haya matado varios chinches, se llegará a acabar
con ellos. El segundo medio es mucho más rápido y ab­
solutamente radical. «Quemad la casa».
Ocurre lo mismo con el alma, dice. Uno puede ir
sacando los defectos uno a uno, o bien quemar el alma
con el fuego del amor de Dios: ver el cristianismo como
la causa de Cristo.
*

Habrá todavía algunos detalles de vida, algunos ca­


racteres reacios, malas costumbres que convendrá ata­
car directamente. Para vencerlos, San Ignacio ha inven­
tado un genial medio psicológico que no utilizan única­
mente los cristianos, pero que los cristianos lo emplean
para Cristo: es el examen particular.
316 H. G O D I N

Escoged el detalle vuestro que queráis cambiar. Y


si es una tendencia bastante amplia, descomponedla en
varios puntos precisos, materiales, que se puedan dis­
tinguir y contar.

Pedro no es un beodo, pero ha acabado por alco­


holizarse a fuerza de tomar bebidas fuertes. Es un poco
el oficio que le ha acompañado, ya que él trabaja en la
construcción. Para curarse, primero decide beber sólo
en circunstancias bien precisas. Luego, vigilará el vino:
no beberá más que dos litros en lugar de tres. Luego re­
ducirá a litro y medio, y por fin a un litro, lo que ya es
razonable para este género de trabajo.
Antoñita, que tiene mal carácter, se ejercita durante
quince días entrando a trabajar con la sonrisa en los
labios; lo mismo hará en su casa, etc., etc.

Al mediodía y por la tarde, el que hace su examen


particular:
— Comprueba con cuidado todas las ocasiones de falta
que tenía y señala todas las veces que ha caído.
— Pide perdón a Dios y promete hacerlo mejor al día
siguiente.
— A la mañana siguiente, prevé las ocasionesi que ten­
drá de caer y los medios que tomará para resistirlas.
L E V A D U R A E N L A M ASA 317

Los movimientos de Acción Católica os dan suficien­


tes ocasiones de realizar muy sencillamente este ejer­
cicio, de modo apropiado a vuestro estado de alma, con
motivo de un congreso o de una peregrinación. Estas pro­
mesas que hacéis deben ser más con vistas a una gran
causa que con el fin de entusiasmar vuestra alma. Han
de ser precisas, como hemos dicho más arriba, y han de
suponer sacrificios que ofrecer a Cristo y sobre todo
faltas que corregir.
Observación: A muchas almas que Dios conduce por
un camino más sencillo, este medio del examen particular
parece muy complicado y muy administrativo. Sin em­
bargo, no puede desaprobarse netamente más que en
personas que harían de él lo esencial de su religión.

observar a fondo

transporte

Alfredo conduce un gran camión de la casa Miche-


lin y va dos veces por semana a París con su «tres to­
neladas» para traer neumáticos de pedidos urgentes. Un
día le llamó el jefe del servicio de mapas Michelin y le
dijo: «Es cuestión de señalar en un mapa todos los pos­
tes de gasolina. Usted que hace dos veces por semana el
itinerario a París, ¿podría señalarme todos los que usted
encuentra?» El pobre Alfredo tuvo trabajo para acor-
larse de todos, no encontró más que cinco o seis y pidió
dos semanas para estudiar el asunto; dividió su recorri­
do en etapas y decidió en cada uno de sus viajes estudiar
a fondo cuarenta quilómetros; entonces reducía velo­
cidad y podía señalar bien sobre su plano los postes vistos.
318 H. G O D I N

Alfredo ha hecho también para su alma lo que para


los postes de gasolina. Primero no llegaba a encontrar­
se pecados y se decía: «¿Qué puede exigirme más Dios
a mí, que voy a misa cada domingo y hago a conciencia
mi trabajo de militante?»; pero su consiliario le aconsejó
proceder igual que para los postes de gasolina.
Alfredo destina un cuarto de hora para su alma,
cuando cambia de lugar cada dos o tres días. Durarante
este cuarto de hora, concentra su atención y trata de
hacer perfectamente todas las cosas y no negar nada a
Dios. De este modo descubre cada vez una cantidad de
acciones que no hay que hacer y otras que hay que hacer
mejor.
Así hay algo que hacer por Cristo y ahora sólo tiene
que preocuparse de elegir.

:
el gran medio de acción trabajar para Cristo

los diez «sí»


T r a b a ja r p a r a D io s y n o p a r a s í

«Usted nos repite siempre eso, me objetó cierto día


una muchacha de ojos azules, con cara decidida y de
aspecto enérgico. Usted nos repite eso siempre, nos dice
que eso es muy importante, pero ¿cómo sabremos cuán­
do trabajamos para nosotras y cuándo para Cristo?»
1. Si tienes demasiada prisa por ver los resultados,
no trabajas para Dios; Él va despacio, pues la acción en
las almas es larga.
2. Si te desalientas a menudo, ordinariamente
será efecto de tu temperamento demasiado emotivo. Pero
¿sufrirías tanto solamente por la pena de que el reino
de Dios no llega tan rápido como lo deseas? Tú debes
LEVADU RA EN LA M ASA 319

pensar más bien: «Yo me he dado a fondo y eso es todo


lo que he podido hacer...»
3. Si no crees en los resultados ocultos de tu ac­
ción, sino solamente en los que se ven, no trabajas esen­
cialmente para Dios que busca, sobre todo, los resultados
ocultos, la acción profunda en las almas.
4. Si eres duro, severo, exigente, desdeñoso de la
masa o de tal o cual, no practicas el método del Padre,
infinitamente misericordioso.
5. Si no tienes orden, harás mucho trabajo quizás,
pero a tu gusto, y hacer lo que te viene a gusto, no es lo
que place a Dios.
6. Si no sabes trabajar en equipo, si no sabes co­
laborar, si quieres hacerlo mejor por ti mismo (aun su­
poniendo que lo hagas mejor), si no pones confianza en
los demás, olvidas lo que Dios quiere: no la perfección
del trabajo, sino la colaboración de todos sus hijos.
7. Si no tienes tiempo para orar suficientemente,
para confesarte, para comulgar cuando tienes necesidad,
es una prueba de que no sabes organizarte para cumplir
la voluntad de Dios en todo eso. ¿Por qué crees que la
cumplirás mucho más en tu apostolado?
8. Si eres una muchacha precipitada, agitada,
nerviosa que no tiene tiempo para nada, ni incluso para
pensar, ¿cómo puedes creer que trabajas para Cristo,
que vino al mundo a traer la paz?
9. Si olvidas que quieres influenciar a hombres li­
bres y que únicamente Dios puede hacer una presión so­
bre su voluntad, si haces tus planes para llegar por ti
mismo al resultado, no trabajas para Dios, ya que pare­
ces desconocer su insustituible colaboración.
10. Pero sobre todo, si no saber hacer más que el
apostolado de las grandes circunstancias, si olvidas la
vida en los trabajos ingratos y fáciles, si no sabes ser
apóstol ciento setenta y ocho horas semanales, enton­
ces ciertamente no trabajas para Dios.
320 H. G O D I N

Si eres apóstol, por el contrario, en los mil detalles


de la vida, cada día, no te inquietes demasiado por cuan­
to precede, tú trabajas para nuestro Padre.

los retiros espirituales

la ascensión del Montblanc


¿Conoces alpinistas que escalan el Montblanc sin uti­
lizar los refugios? Yo no conozco ninguno, y antes de
que existiera toda esa red de refugios, sólo algunas per­
sonas al precio de grandes esfuerzos escalaban la cima
mientras que actualmente, gracias a ellos, esta ascen­
sión es posible para todo buen escalador con cierta prác­
tica de alta montaña.
Escalar las cumbres de la santidad es difícil, muy
difícil, si no se utiliza una vez cada trimestre (para los
jóvenes), una vez por semestre o por año (para los adul­
tos), estos refugios que constituyen los retiros y los
ejercicios espirituales. Una vida normal de joven mili­
tante de Acción Católica tiene necesidad de unos tres
retiros y una tanda de ejercicios cada año. Estas joma­
das, ordinariamente, se pasan en grupo, con un «predi­
cador» que dirige el trabajo de reflexión bajo la forma
de círculo de estudios. Estas jornadas son más que la
instrucción de uno sólo. Es la agrupación de las expe­
riencias de cada uno, controlada y juzgada por el sacer­
dote, quien añadirá siempre un aspecto de la verdad
cristiana: el mismo tema del retiro. Pero entre las cosa
más importante figura el tiempo que pasas en íntimo
diálogo con Cristo, las instrucción o círculos de estu­
dios donde con Él pasas revista a tu alma. Sobre todo,
no tengas miedo de entrar en la trastienda de tu alma.
Atrévete a pasar de la primera sala bastante bien arre-
LEVAD U RA E N L A M ASA $21

glada, sin duda, en la cual vives ordinariamente, e ir a


poner un poco de orden en el desván que se encuentra al
fondo...

No es aquí el lugar para insistir en que te repitas


lo que dice el sacerdote del retiro cuando lo abre: silen­
cio, oración, recogimiento, penitencia. Tú sabes que has
de ir al retiro o a ejercicios, y que sin eso será difícil
amar verdaderamente a Dios. Tú sabes también que
todos aquéllos y aquéllas que vuelven, están satisfechos
y que se han sentido más felices esos días que aquéllos
en que creían haberse divertido. ¿También venís voso­
tros satisfechos regularmente del retiro o de la tanda?

Añadirse a un grupo es el modo más sencillo, y or­


dinariamente es lo mejor. Sin embargo, es bueno de vez
en cuando, si uno tiene coraje y siente la necesidad, o con
motivo de una grave decisión, en el momento de un cam­
bio en la vida, pasar solo, uno o dos días con Cristo, en
una de las numerosas casas especialmente habilitadas
para eso, por ejemplo, en los Benedictinos, o en los Jesuí­
tas, o en las Misioneras... Hay, a veces, momentos decisi­
vos en la existencia en que diez reuniones en común no rem­
plazarán nunca esta reflexión frente a la vida sobre la
voluntad de Dios y el amor de Cristo.
También los novios, al principio de su noviazgo y en
vísperas de su casamiento, necesitan retiros colectivos
y si es posible retiros apropiados.
El «predicador» de un retiro colectivo está puesto
providencialmente para ayudarnos; conviene pues que
le hablemos. Después del retiro, pediremos el parecer del
21
822 H. G O D I N

predicador, o bien, sencillamente, el del sacerdote que se


ocupa de nosotros, y que nos conoce mejor, a fin de que
nos ayude a realizar nuestras resoluciones en el detalle
concreto de cada día.

dirección de conciencia

pora la ascensión de la vida,


un guía para nuestra alma
¿Por qué muchos jóvenes con alma ardiente o adul­
tos cuyo corazón permanece joven y vibrante no llegan a
vivir en cristiano cien por cien? El deseo no les falta,
ni incluso la generosidad para darse a fondo. Los sacra­
mentos están a su disposición y Dios llama a todos los
hombres a subir. ¿Es que la falta viene de voluntades
demasiado débiles? No es ésta la razón. Nuestro Padre
no es como un constructor imprudente que hizo un coche
cuya carrocería es demasiado pesada para el motor. Cada
uno tiene suficiente voluntad para hacer avanzar bien o
mal su carricoche. La voluntad de Dios no es que haga­
mos noventa por hora sino que avancemos, y el que
avanza sin cesar, incluso lentamente, va lejos, os lo ase­
guro.
Si la gente no llega a vivir en cristiano cien por cien,
es por que no saben, porque nadie les ha mostrado el ca­
mino, porque nadie les ha mostrado que han de servirse
de su voluntad y que ésta hay que saberla utilizar.
Una ascensión en la montaña no es una cuestión de
fuerza, sino una cuestión de guía. Unas muchachas su­
ben al Montblanc y, con un guía psicólogo y experimen­
tado no hay caravana de parisienses poco ejercitadas
que no puera hacer excursiones consideradas como pe­
nosas: se aprende a andar lentamente de buena mañana,
LEVADURA EN L A M ASA $2$

a respirar cerrando la boca, a subir en silencio, en una


palabra, a realizar una buena ascensión.
Nosotros necesitamos un guía para nuestra alma.
Hay camaradas, compañeras, otros matrimonios, otros
esposos más avanzados, que pueden ayudamos mucho;
nos son incluso indispensables.
Sin embargo, hay muchas cosas para las cuales el
guía debe ser un sacerdote. Este sacerdote no ha de sus­
tituir tu voluntad por la suya, sino que te ayudará a ver,
en los mil acontecimientos de la vida, la voluntad de
Dios sobre nosotros...
Él será nuestro Padre para la vida divina, nuestro
educador.
Él comprobará nuestro plan de conquista que debe
responder al llamamiento divino.
Él nos ayudará a encontrar los medios de utilizar
nuestra libertad, para querer eficazmente lo que hemos
decidido.
Él deberá a veces alentarnos, reconfortamos, ayu­
darnos.
Él no escoge en lugar nuestro, nos ayuda a ver. No
decide en lugar nuestro, comprueba sólo la madurez de
nuestras decisiones. Él no quiere en lugar nuestro, nos
ayuda a querer.
Así es el guía discreto; en la montaña, no lleva al
alpinista, le ayuda a preparar su itinerario, a encon­
trar su camino; lo respalda en los pasos difíciles y lo
reconforta si está cansado y desanimado, indicándole
hermosos puntos de vista para hacerle admirar el pai­
saje. Este guía para las almas es un educador: hace un
círculo de estudios de dos, con aquél que le pide consejo;
las cosas las ven y juzgan juntos, para que la acción con­
tinúe con sus frutos.
Cuando subí al Mar del Hielo, en Suiza, tuve una de­
cepción. Se ha construido un funicular que lleva sin fa­
tiga hasta lo alto de las rocas a las personas que preten-
82b H. G O D I N

den ser alpinistas. Había señoras gordas, con grandes


abrigos de pieles, que bajaban de los vagones con su pe­
rrito. Literalmente cogidas de la mano por dos guías
sólidos, atravesaban el Mar de Hielo y volvían pronto,
rápido a tomar el tren, y yo me imaginaba a esas hono­
rables señoras contando luego, en su salón, su ascensión
al Montblanc.
Un cristiano, un joven, no hace así la ascensión de
la vida.

seguid al guía
Algunos cristianos han desacreditado la ayuda que
puede aportar un guía de almas por el abuso que han
hecho de ella. El guía de vuestra alma deberá controlar
y no dictar vuestra acción. Debéis exponerle bien clara­
mente vuestra vida hasta en sus más mínimos detalles,
es cierto, pero no le preguntéis nunca: «¿Qué he de
hacer?». Decidle: «Lo que pienso hacer ¿está bien?,
¿es, a su parecer, lo que Dios espera de mí?». Esta ne­
cesidad de una ayuda, que es frecuente entre los jóvenes
que empiezan a orientar su vida, llegará a hacerse sentir
menos urgente en la edad madura y a menudo, para hom­
bres bastará con la limpieza trimestral, o incluso semes­
tral, del retiro o de los ejercicios.
El primer director de una esposa es su marido, dice
San Agustín, y, si hay comunidad de alma profunda
entre los dos esposos, este control recíproco puede ir muy
lejos.

Muchos jóvenes no saben qué decir al sacerdote que


les ayuda, pero este sacerdote si les conoce bien; si los
ve actuar, les preguntará. Su dirección se insertará en­
tonces en los mil contactos que la vida les depara: pre­
paración del estudio religioso, de la reunión de unos pro-
LEVADU RA EN LA MASA ''**>>„vvrí$gá

gramas, de unas visitas, etc. En el fondo, la mejor direc­


ción, la que está más en la vida, es la educación que pro­
porciona el sacerdote que habla claramente a sus mu­
chachos; pero desgraciadamente no es posible para todos.
En todos los casos aquélla necesita de vez en cuando una
entrevista en que por anticipado se anuncia que se ha­
blará de las cosas del alma.
*

La confesión, si acudimos siempre al mismo sacer­


dote (es una práctica que recomiendo), nos ofrece, ade­
más del sacramento — que perdona nuestros pecados—
un excelente medio de perfeccionamiento. Ella lleva fá ­
cilmente, consigo, un principio de dirección, que el sacer­
dote aprovecha para damos los consejos que le parecen
mejor adaptados a nuestro estado. A veces os quejáis de
que el confesor os suelte un «rollito», y vosotros le ha­
béis recitado una pequeña acusación «standard» que no
le permite por nada del mundo entrar en vuestra alma.
Os encontráis frente a un sacerdote, a un médico, a un
guía: para poder juzgar, tiene necesidad de ver, y sois
vosotros quienes debéis facilitarle la tarea.

¿cómo se escoge el podre espiritual?

El sacerdote es nuestro padre. Y el padre es aquél


que da la vida. En nosotros tenemos varias vidas, como
lo hemos visto cuando hablamos del Cuerpo místico. Y
nuestro padre y nuestra madre nos dan la vida del cuer­
po, la primera, que es sostén de todas las demás y nos
sentimos unidos a ellos por un lazo que dura hasta la
muerte. Pero los padres no dejan de lado sus hijos ape­
nas nacidos; no son verdaderamente padre y madre si no
desarrollan esta vida que han dado, si no educan. La
326 H. G O D I N

vida del pensamiento es más complicada y más profunda


que la vida del cuerpo, y exige más colaboraciones. Nues­
tra madre empieza a despertarla en nosotros, luego unos
maestros o maestras la desarrollan y durante toda nues­
tra existencia guardamos en nuestro modo de pensar y
de actuar, algo que viene de ellos.
La vida más importante, más profunda y más deli­
cada, es la vida divina; ésta, como todas las demás y
aún más, viene de nuestro Padre que está en los cielos.
Pero tanto aquella como las otras, Dios nos las da a tra­
vés de sus intermediarios de la tierra. Aquéllos que son
instrumentos del Señor para comunicarnos esta vida y
desarrollarla en nosotros son padres, verdaderos padres,
como aquél que nos ha dado la luz del día. Entre ellos
y nosotros permanece un vínculo eterno que nada podrá
romper. Ellos nos deben este afecto paterno que Dios
pone en su corazón para nosotros; nosotros les debemos,
en retorno, respeto, afecto filial, pues el vínculo que exis­
te entre ellos y nosotros es profundo e íntimo aunque sea
invisible. En efecto, es algo grande en el campo de las
almas. Nuestro Santo Padre el Papa es el padre de todos,
es él quien en la tierra tiene la responsabilidad de esta
vida divina en la cual debemos participar; nuestro obispo
tiene esta responsabilidad en su diócesis, siendo tam­
bién algo muy grande para nosotros.
Los sacerdotes lo son para nosotros y no para ellos.
Un obispo no tiene derecho a ordenarlos si no tiene almas
para confiarles, pues no hay padres sin hijos. Dos misas
de dos sacerdotes dichas con el mismo fervor y ayudadas
por el mismo seglar en dos capillas parecidas de la misma
iglesia, son profundamente diferentes. Es el mismo Cris­
to quien une a su ofrenda la de toda la Iglesia pero espe­
cialmente y primeramente la ofrenda de los fieles de la
que el sacerdote tiene la responsabilidad, la ofrenda de
sus hijos: dondequiera que estén, vuestro obispo y vues-
LEVADU RA E N L A MASA 327

tros sacerdotes están unidos a vosotros, ruegan por vo­


sotros y ofrecen vuestras vidas al Padre.
Sin embargo, hay un sacerdote a quien el Señor os
ha confiado especialmente y ése es vuestro padre con
mayor razón. ;Qué hermoso sería como en ciertas aldeas,
si habiéndoos bautizado y casado, y confesado y comul­
gado durante vuestra vida, hubiera de prepararos al
gran viaje! Aun que no sea así, él es providencialmente
a quien Dios confía el cuidado de vuestra alma, el que
reza su breviario por vosotros, el que ofrece vuestros
sacrificios y vuestras vidas en la misa, el que es mucho
más vuestro padre y que os quiere como a hijos suyos.

mi párroco, mis vicarios

«Vuestro» sacerdote es el sacerdote de vuestra pa­


rroquia, a él confiaréis vuestra alma si no hay dificulta­
des verdaderamente graves, pues sólo él puede ser plena­
mente competente; él es vuestro padre en la fe. Ir a bus­
carlo afuera sin razón grave es anormal, difícil y menos
eficaz.
Anormal porque los cristianos no han de hacer lo que
les place sino que han de buscar la voluntad de Dios, y
para eso deben tener en cuenta con mayor razón las indi­
caciones providenciales.
La indicación providencial, en este caso, es bien clara.
Si una muchacha desea escalar el Montblanc y su
padre es guía montañero no recurrirá, sin razón grave,
a otro.
La vida cristiana es difícil. Tendréis días de desa­
liento y períodos en que todo lo mandaréis a freír espá­
rragos y en primer lugar la visita al guía de vuestra
alma. El sacerdote que está cerca de vosotros se dará
cuenta más fácilmente.
328 H. GODIN

Para guiar un alma hay que conocerla mucho: el


veros diez minutos en vuestra familia o entre vuestros
compañeros es mejor que dos horas de conversación.
Vosotros imponéis una ruda tarea al sacerdote si lo
condenáis a conduciros solamente a través de vosotros
mismos, que ya os conocéis tan mal... ¿Será eficaz el
trabajo? Conozco penitentes que prefieren permanecer
desconocidos para el guía de su alma, porque así hacen
mejor lo que quieren, o porque les gusta que les señalen
una conducta fácil (lo cual puede hacerse únicamente en
la teoría) y entonces pueden abdicar de la noble inquie­
tud de vivir.
*

Hay, sin embargo, tres condiciones que debe llenar


este padre de vuestra alma y si le falta verdaderamente
alguna de ellas, debéis buscarlo en otra parte:
— Debe poder comprenderos bien, comprender vues­
tro apostolado y, en consecuencia, ayudaros.
— Es necesario que podáis abrirle, sin demasiados
esfuerzos, toda vuestra alma con calma y con sinceridad,
y que tengáis confianza en él; esto será bien fácil si tenéis
esta simplicidad de alma que exige Cristo.
— Es necesario también, por lo menos para los jó­
venes, que podáis verlo fácilmente; si no, en los momen­
tos de desaliento, no tendréis el valor de ir a verle para
que os sacuda un poco.
Por otro lado, no seáis demasiado difíciles para estas
condiciones; la perfección no existe en este mundo. No
imitéis a las viejas devotas que se creían deshonradas
si no tenían un director «mucho mejor que este vicario
tan joven o incluso que el señor Párroco». En eso hay
vanidad y no aquel abandono que Dios quiere encontrar
en un alma para poderla trabajar.
LEVADU RA EN L A M ASA 329

conclusiones
Todo cunto procede no debe alejamos de los prin­
cipios muy importantes enunciados al principio de este
libro.
— Tenemos que realizar el Plan de Dios en nosotros.
— Este plan nos es providencialmente indicado a
cada instante por las mil circunstancias de la
vida de todos los días.
— Este plan no se compone de dos partes separa­
bles: nuestra misión en el mundo y la tranfor-
mación nuestra. Si cumplimos bien a cada instante
nuestro deber de estado como cristianos, nos con­
quistaremos a nosotros mismos y, de esta suerte,
el que «pierda» su alma, es decir, el que la dé
totalmente por la salvación de sus hermanos, sin
preocuparse de sí, éste se salvará.
— Para estar seguros de que cumplimos verdadera­
mente la voluntad de Dios, que realizamos nuestra
vocación, tenemos un medio de control. Pregunté­
monos: «¿Realizo en mí plenamente este plan?
¿Me asemejo a Cristo?».
— Todo este trabajo debemos hacerlo con Cristo, por
Cristo, o más bien debemos dejar que Cristo lo
haga en nosotros suprimiendo los obstáculos.
— La entrega generosa y sin reservas de nosotros
mismos a Cristo en un apostolado desinteresado,
pensado y meditado, continúa siendo el mejor
medio para realizar en nuestra juventud el her­
moso plan que Dios ha concebido para nosotros.
IV. D erram ar la v id a a lr e d e d o r n u estro

ser jefes
Nuestro jefe es tan dulce... «Yo soy el Buen Pastor»,
dice Jesús; el buen pastor da la vida por sus ovejas.
Es diferente del que guarda las ovejas por un salario,
sin ser su verdadero pastor, porque no son suyas; si ve
venir el lobo, las abandona y huye, y el lobo se lleva unas
cuantas y dispersa el rebaño.
Yo soy el Buen Pastor y conozco cada una de mis
ovejas, y ellas me conocen, así como me conoce mi Padre
y yo le conozco a Él. Yo doy mi vida por las ovejas. Tengo
otras ovejas que no son de este aprisco, y es preciso que
vaya a por ellas, y oirán mi voz y habrá un solo rebaño
y un solo pastor (S. Juan, 10, 11-16).

tan fuertes también

En el Templo había un patio reservado a los paganos


que querían rezar. Los sacerdotes no querían que estos
«contrarios» entraran en el templo; por otro lado, este
patio —reservado a las gentes para conquistar— se ha­
bía convertido en un mercadillo. «Como que es para
Dios...», pensaban.
Este patio estaba lleno de traficantes de ganado, de
comerciantes de palomos y hasta de modestas instala­
ciones de banqueros que cambiaban monedas.
De repente entra un hombre con un fajo de cuerdas
sacudiendo a diestra y siniestra, saca los animales, echa
las mesas por el suelo y grita a los vendedores1de palo­
mos: «Sacad eso de aquí. No hagáis de la casa de mi pa­
dre un almacén de volatería».
Echó por el suelo las meses de los banqueros: «La
LEVADURA EN LA MASA SS1

casa de mi padre se ha hecho para orar y vosotros la


habéis convertido en una cueva de ladrones».
«...Que no vuelva a sorprender a nadie traficando
aquí.»
¿Os dais cuenta de la escena? Los comerciantes se
lamentan, pues habían alquilado sus puestos a los sacer­
dotes. Alguien pregunta quién tiene la audacia de ir
contra las costumbres establecidas: «¿Quién sois para
mandar así? Dadnos imas pruebas de quién sois.» «Des­
truid este templo, contesta con orgullo, y en tres días lo
levantaré.»

el cristiano es jefe por toda su vida

el «propagandizador»

A menudo se ha hecho esta objeción: «Para ser un


jefe cristiano, se necesita mucho tiempo y yo tengo muy
poco». Si así fuera, podríamos reprochar a Cristo que,
exigiendo que seamos militantes cristianos, nos pide un
tiempo que no nos da. Cuando penséis en vuestro «apos­
tolado», no perdáis de vista la división que hemo hecho.
Está primero lo que, añadido a vuestras ocupaciones or­
dinarias, os pide tiempo: vender el periódico jocista, o
el calendario, visitar secciones vecinas, quizás organizar
esto o aquello; eso os pide emplear en ello una parte de
vuestras horas por la noche. Pero esto no es lo principal,
a pesar de que sea necesario, y eso no se pide más que a
los que tienen tiempo.
Por el contrario, la segunda parte, mucho más im­
portante, se exige a todos los discípulos de Cristo. Con­
siste en vivir en cristiano en todas partes donde pasemos
nuestra vida: en familia, en el trabajo, en el barrio.
Consiste en no ser un egoísta que se desinteresa de los
demás y de sus miserias, sino un católico que irradia su
332 H. G O D I N

ideal en cada detalle de su vida cotidiana. Consiste en


vivir como hijos de Dios, como militantes de Cristo que,
sin cesar y con toda caridad, están librando el buen com­
bate. Eso no pide tiempo considerable, ni competencia
excepcional, ni aptitudes especiales, pues cada uno puede
ser jefe según su temperamento y su género de vida.
El buen ejemplo, un poco altivo, digno de los fariseos,
de quien dice: «Yo hago el bien, los demás no tienen más
que mirarme y hacer como yo», no es lo que Jesús nos
exige. Él quiere que nuestra vida ordinaria esté entre­
gada totalmente a nuestros hermanos, que sea cristiana,
en una palabra, llena de caridad e irradiante hasta en sus
menores detalles.
Realizar eso exige sin duda, de vez en cuando, una
reunión en que se pongan en común las experiencias de
cada uno y, si es así, esta reunión entrará entonces en
nuestras obligaciones esenciales. Se debe hacer todo lo
necesario para poder seguir la ley de Cristo.
Pero veamos el verdadero modo de hacer conquistas.
Charles Peguy, cuando todavía era socialista, nos lo des­
cribe muy bien:
«Por oposición a los cristianos domingueros, somos
socialistas de semana y no sabemos nunca cuándo hace­
mos propaganda. Yo nunca me he dicho antes de una
conversación: «Cuidado, vas ha hacer propaganda», sino
que vivo en socialista y hablo únicamente en socialista,
yo no trato a nadie como propagandizable, no soy pro­
pagandista. Cuando veo venir a mi mejor amigo yo no
me digo: «¿Cómo le voy a hacer propaganda?», sino que
le estrecho la mano y le digo: «Hola, viejo, ¿cómo es­
tás?», porque es mi mejor amigo. Cuando encuentro a un
desconocido, le digo: «Buenos días, señor», y procuro
saber qué tal es; pero no trato de saber quién es para
hacerle propaganda. Cuando veo a alguien no me digo
Propagandicemos», sino que hablo honradamente con ese
alguien, le enuncio mu sinceramente los hechos que co-
LEVADURA EN LA M ASA 333

nozco, las ideas que me son queridas, y él me enuncia


también sinceramente los hechos que conoce y sus ideas
—que a menudo son muy diferentes— . Cuando nos se­
paramos pienso que le he dado algo de mí, de lo que tengo,
de lo que soy.»

un jefe cristiano ama a sus hermanos

Josefina se cree explotada

Josefina es una empleada finita y nerviosa, a veces


muy alegre, que reflexiona a menudo. Tiene un hermoso
pelo rubio, un rostro alargado y meditativo, unos grandes
ojos francos en los que se ve todo lo que ocurre en su in­
terior, pero que se sumergen en vuestra alma para leer en
ella vuestras intenciones.
Josefina ha entrado en contacto con Claudia, presi­
denta de la sección jocista y ésta ha pensado: «Josefina
sería un buen elemento para la sección. Si viniera al cír­
culo de estudios, éste pitaría más. Voy a invitarla a la
Asamblea General y será una chica más; a ver si la ga­
namos».
Josefina estuvo contenta de encontrar una jocista,
pues deseaba conocer este movimiento al servicio de las
jóvenes trabajadoras.
Pero se dio cuenta de la maniobra de Claudia y se
puso en guardia: «Ah, ¿sí? Ésta quiere explotarme, lle­
varme a su reunión para que vaya mejor, quiere llevarme
a su sección para que pite, y quiere llevarme a su paseo
para que sean muchas... y, comparsa, ¡no! A mí no me
la da».
*

Desde luego, Josefina es muy severa, pero no va muy


errada. Si hubiera visto (ya que lo capta todo) que Clau­
S31> H. G O D I N

dia venía a ella por amistad, a fin de ayudarla, elevarla,


no hubiera vacilado en seguirla, pero Claudia trabaja
demasiado para la J. O. C. y poco para las jóvenes traba­
jadoras. Y, sin embargo, la J. O. C. no tiene alma pro­
pia, no sufre, no es nada sin las jóvenes del medio po­
pular.
*

Claudia se parece a una buena devota de la parroquia,


a la que no puede ver ni en pintura, y eso que cada vier­
nes visita a los pobres para hacer penitencia. El piso o
alojamiento sucio de éstos le repugna, pero ella cultiva
con cuidado esta repugnancia porque piensa que cuanto
mayor es su repugnancia, mayor es su penitencia y en
consecuencia su mérito. En su ingenuidad se imagina
que los pobres no se dan cuenta y que no son tan humi­
llados.
.v.

En el fondo, lo que Cristo nos pide, no es primera­


mente hacer sacrificios o buenas organizaciones o buenas
reuniones, sino amar a nuestros hermanos como a noso­
tros mismos, como a Él también. Todo debe servir a este
fin y sólo vale en la medida en que eso nos ayuda a di­
fundir nuestro amor verdadero, e incluso, y tanto como
sea posible, amor completo que haga vibrar nuestro co­
razón de carne.

sé un jefe

¡efe
Un jefe ha de estar bien preparado en todos los as­
pectos, y hasta en algunos debe ser superior.
Querido Emilio, si desde el punto de vista profesio-
LEVADU RA EN LA MASA 3S5

nal eres inferior, ¿cómo pretendes tener influencia en el


taller o en la oficina?»
Si eres el último del equipo de fútbol, el portero que
se le cuela siempre el balón o el delantero que ordina­
riamente falla el tiro, pero que raramente deja de pegar
a la tibia del compañero, ¿cómo tendrás influencia entre
los compañeros deportistas? Si no puedes acercarte a
una muchacha sin enrojecer, ¿te atreverás a dar tu opi­
nión cuando se hable de moralidad?

~Ar

Y tú, Juanita, si no llegas a tener una influencia


profunda sobre tus compañeras de taller que hablan de
películas, es porque no vas nunca al cine, porque el cam­
ping te es absolutamente extraño y la natación desagra­
dable... Mira a la deportista Juliana: cuando habla, todo
el mundo está con ella porque saben que es capaz de ti­
rarse ciento sesenta kilómetros en bicicleta en un día.

Vais a objetarme que toda militante cristiana no tiene


la posibilidad de ser una atleta, que no puede y no debe
ver todas las películas, ni leer todos los libros y que for­
zosamente no ha de ser la obrera más hábil. Esto es
cierto. No se le pide más que sea «buena» y no superior
en todos los aspectos, sino en uno u otro, particularmente
en los que ha de compensar algunas inferioridades con
respecto a las compañeras.
Cultivará siempre esta superioridad de la caridad,
del afecto, de la bondad. Pero sin olvidar la hermosa
virtud de la fuerza, energía y valor: no se ha de poder
tratar de dormidos, a los discípulos de Aquél que vino a
traer el impulso y el fuego a la tierra.
336 H. G O D I N

Llegar a ser un jefe, ponerse a fondo al servicio de


los demás; qué bello ideal para ejercerlo en tu conquista
personal. Y con eso no corres el riesgo de replegarte so­
bre ti mismo en un egoísmo devoto.

sé moderno
habitación o estudio
Cuando Cristo se hizo hombre, tomó nuestra natura­
leza; y de ella todo, absolutamente todo lo que no podía
ser pecado. Y aceptó algunas reacciones nuestras (cierta
impaciencia, la cólera, un inmenso cansancio) que hu­
bieran sido sin duda en nosotros una falta, pero que po­
dían existir también sin ninguna imperfección.
Para que un cristiano sea la levadura plenamente
mezclada a la pasta, debe actuar igual que su ambiente.
Conviene que esté en él totalmente, que tenga su men­
talidad y sus reacciones en todo lo que puede ser acep­
tado sin pecado pues eso va muy bien. En cuanto piense
en «sus» reflexiones, en «sus» proyectos, en «sus» ora­
ciones, en «ellos» y en el «yo», no en «nosotros», habrá
traicionado a sus hermanos; podrá ser su profesor, su
maestro, pero ya no es uno de ellos.
Lolita tenía su habitación con muebles de roble ma­
cizo. Quiso transformarla en estudio, pues ya sabéis que
desde hace unos años eso está de moda. La cama fue
horrorosamente martirizada y la convirtió en un diván
junto a una estantería de abeto pintado color de roble,
pero las mesas y las sillas recuerdan la habitación de
dormir. Es horroroso.
No hagáis igual. Cada ambiente social tiene sus fal­
tas desgraciadamente. Pero tiene también sus cualidades.
Es necesario que sepas ver más allá del círculo más o
menos estrecho en que vives. Debes conocer, estimar y
LEVADU RA EN LA MASA

admirar las riquezas espirituales de los otros ambientes.


No te muestres envidioso, procura perfeccionarte en el
sentido de tu vida y no hagas de tu alma una ensalada
rusa con todos los bienes, a menudo contradictorios, de
los diferentes ambientes. Para hacer un buen plato, se
pone todo lo que hay de bueno; pero una muchacha bien
vestida no es la que concentra en su vestido todos los
bellos colores sino aquélla que ha sabido escoger el tono
que le sienta mejor. Bajo el pretexto de cultura, hay mu­
cho carnaval en el mundo. Sé de tu ambiente, quiérelo y
permanece en él, quiérelo para comprenderlo plenamente,
tener confianza y poder cambiarlo. Y esto es cierto, tanto
para tu medio social como para tus diferentes medios de
vida.
Por la misma razón, un jefe cristiano debe ser mo­
derno. No ha de soñar en un ser un hombre perfecto en
teoría, independiente de su época. Ha de reaccionar como
un hombre que Nuestro Padre ha colocado en tal tiempo
y tal lugar y en tal clima social.
Ama tu época, participa cordialmente en sus ilusio­
nes. El barco velero no se opone a las olas y al viento,
no se deja arrastrar por éstos, sino que avanza o quiere
avanzar utilizándolos.
Ama tu época lo suficiente para poder cambiarla.
Y luego, permanece joven, sélo plenamente. Ser jo­
ven no quiere decir actuar como un niño o juguetear con
ligereza e inconciencia; obran así quienes han perdido
el ardor de su juventud o quieren sustituirla con torpeza.
La juventud es profundamente ardiente y voluntariosa.
Las personas tienen la voluntad de su alma.
Permanece joven — es una condición para ser un
jefe cristiano—y anota esta resolución. «Morir joven,
lo más tarde posible» (León Guillet).
mantente en forma

los dos panaderos


En mi barrio hay dos panaderos que continuamente
se están haciendo la competencia. Tienen los dos una
tienda verde igual, y la pintan siempre en la misma
época. Para repartir el pan, los dos tienen un coche viejo
igual, de la misma marca, y lo compraron al mismo in­
dividuo. El coche de uno va siempre bien y nunca lo he
visto averiado. El otro panadero es un entusiasta del
remolque y le ha pegado uno a su coche; sin embargo,
las mujeres que esperan el pan de este último, cuando ya
están cansadas de esperar, se van a la otra panadería
La razón está en que el primer panadero quiere cui­
dar personalmente de su camioneta, de su coche, y cada
semana pasa dos horas limpiándola y arreglándola; mien­
tras que el último panadero, siempre anda con prisas, y
para ahorrarse dos horas de limpieza y arreglo en el
garaje, ha de perder veinte a la semana, en medio de las
calles, de las carreteras o donde sea, soplando en su car­
burador o desmontando la bujía.

Pedro, no creo que te humille si te digo que la


máquina de tu cuerpo, a pesar de que sea muy sólida, no
es absolutamente perfecta. Y si lo fuera, consérvala en
forma. Particularmente, si tienes muchas ocupaciones,
ganarás con ello un tiempo considerable.
No responderás plenamente a tu vocación, ni reali­
zarás todas las posibilidades que »nuestro Padre ha pues­
to en ti, si no desarrollas al máximo la fuerza y el equi­
librio de tu cuerpo. No hagas, sin embargo, como ciertos
deportistas a quienes la inquietud excesiva del cuerpo
les hace olvidar el alma; no hagas tampoco como ciertos
LEVADURA EN LA MASA 339

santos de otros tiempos, de los que se nos dice, que mi­


raban la suciedad como una virtud de mortificación. Si
esto es cierto, no fueron santos por ello sino a pesar de
ello.
Cristo, nuestro Jefe, fue un hombre guapo y fuerte,
ardiente y dinámico, nunca un tipo enfermizo.
Así, pues, haz gimnasia, sea por gusto o por deber.
Come bastante, no demasiado ni a cualquier hora;
nuestro régimen alimenticio influencia mucho nuestro
carácter, nuestras tendencias, nuestras cualidades, nues­
tros defectos. El alcohol y el tabaco en exceso dan hom­
bres muy agitados y no jefes. Que tu vida sea tranquila,
incluso desbordante, de un hombre que organiza su
tiempo.
El mayor veneno del mundo, el que mata a más gen­
te, es el peso que siente el hombre en su pecho con el pre­
sentimiento de que no llegará a realizar todo lo que ha de
hacer, que irremediablemente se siente con retraso. Si
tú te das cuenta de que esta inquietud te invade, siéntate,
fuma tranquilamente un cigarrillo, elimina lo que no
puedes hacer entrar razonablemente en tu plan y vuelve
a empezar, como si nada ocurriese.
Sobre todo, duerme lo suficiente, cuidado con las reu­
niones nocturnas que empiezan y terminan demasiado
tarde. Un doctor me decía que si los ciudadanos supieran
dormir las horas suficientes, se podrían cerrar la mitad
de los hospitales.
X Divinizar nuestra vida
empapándola enteramente
del amor de Dios

vida interior y santidad

la vida cristiana

Hay quienes conciben la «vida interior» como algo


distinto de la «vida cristiana» y superior a ella. Ésta
estaría destinada a todos mientras que aquélla sería
patrimonio de una minoría selecta. Nada más falso. La
vida cristiana es siempre participación de la vida divi­
na, amor a Dios. Puede darse en mayor o menor grado,
ciertamente, pero es la misma en el niño que acaba de
recibir la primera comunión que en el sacerdote y en la
religiosa contemplativa. A todos se dirige el mandato
de Jesús. «Sed perfectos como vuestro Padre celestial
es perfecto», y es misión de cada uno realizarlo a su
manera y según sus posibilidades. La vida interior no es
distinta de la vida cristiana. Es su alma. Es la vida de
todos los días vivida a fondo en compañía de Dios y de
acuerdo con sus mandamientos. Ahora bien, en el curso
de la vida ordinaria se puede obrar más o menos en cris­
tiano. Existen, en principio: 1.°, los cristianos que se
ignoraa a sí mismos (San Agustín); 2.° aquéllos que se
contentan con evitar el pecado mortal; 3.° aquéllos que
actúan según el espíritu de Cristo todas las veces que,
sin gran esfuerzo, piensan en ello, y 4.°, los que tratan
de pensar en Dios lo más a menudo posible y de obrar
según Su voluntad, hasta en los menores detalles.
La madre de siete hijos igual que la religiosa, el obrero
3)2 H. 0 0 DIN

lo mismo que el sacerdote son llamados por Dios a la


santidad. Se precisa, tan sólo que ellos accedan al llama·
miento. En medio de los quehaceres domésticos o en la
monotonía de su trabajo pueden amar a Dios todo lo que
quieran. Para unos y otros el primer mandamiento, re­
sumen de toda ley, es éste: «Amarás a Dios con todo
tu corazón con teda tu alma, con todas tus fuerzas, y
al prójimo como a ti mismo». Y este amor resulta más
fácil para los niños, los ignorantes y los pobres que para
los sabios y los ricos.
El Señor llamó bienaventurados a los pobres, a los
humildes, a los simples, a los hambrientos... y los con­
sideró «buenos» para el reino de Dios. Son ellos quienes
tienen mayores facilidades, muchas más que los desven­
turados grandes, ricos y poderosos. Habiendo encontra­
do un día San Felipe Neri a una vendedora ambulante
que iba al mercado pregonando sus legumbres, con toda
la fuerza de su voz, le dijo que podía más fácilmente
llegar a santa ella que él, el gran predicador que arras­
traba a las multitudes. La buena mujer tuvo tal alegría
que en lugar de anunciar sus remolachas iba contando a
todo el mundo lo que el santo le había dicho.
Bien sabes tú, hermano o hermana que esto lees,
que «si quieres...» y en la medida que quieras, el Señor
cumplirá su deseo de hacer de ti un santo. Santo en el
mundo, humilde y discreto... «si quieres...».
Para ello pondrás todo tu esfuerzo en conocer todas
las cosas necesarias a la santidad y, si después de haber
hecho lo posible, te queda por conocer todavía algo im­
portante, el Espíritu Santo te la hará conocer directa­
mente.
Debes, eso sí, tratar de saber ciertas cosas que no
tienes derecho a ignorar. Para ayudarte a ello se han
escrito estas páginas.
ANOCHE

Anoche cuando dormía


soñé» i bendita ilusión!,
que una fontana fluía
dentro de mí corazón.
Di* ¿por qué acequia escondida,
agua vienes hacia mí,
manantial de nueva vida
en donde nunca bebí?

Anoche cuando dormía


soñé, ] bendita ilusión!,
que una colmena tenía
dentro de mi corazón;
y las doradas abejas
iban fabricando en él,
con las amarguras viejas,
blanca cera y dulce miel.

Anoche cuando dormía


soñé, ¡ bendita ilusión!,
que un ardiente sol lucía
dentro de mi corazón.
Era ardiente porque daba
calores de rojo hogar,
y era sol porque alumbraba
y porque hacía llorar.

Anoche cuando dormía


soñé, ¡bendita ilusión!,
que era Dio® lo que tenía
dentro de mi corazón.

A n t o n io M a c h a d o
Poesías completas
dejad a Dios que haga

¿geranios en los sótanos?


A nadie se le ocurre, cuando llega el verano guardar
los geranios en el sótano. Todos los sacamos al exterior,
los dejamos al aire libre, para que les dé un poco la
luz, y el sol y la lluvia les infundan vida.
Lo mismo debemos hacer con nuestras almas. Más
que acumular méritos, enriquecerla, perfeccionarla y con­
ducirla, hay que dejar a Dios que la conduzca y le infunda
plenamente su vida.
Para lo cual es necesario que suprimamos todos los
obstáculos, a la manera de los agricultores egipcios que
preparan la tierra antes que la crecida fecundante del
Nilo se desparrame por ella.
Por lo demás, ésa es la ley de todo la vida. Si estás
enfermo, el médico por sí solo no te curará sino que tra­
tará de suprimir los obstáculos que se oponen a que las
defensas naturales de tu cuerpo actúen libremente. Si
tienes una herida, nada puedes hacer para cicatrizarla
sino suprimir lo que impide su curación: cuerpos extra­
ños, impurezas, separación de ambos labios, inflama­
ciones, etc.
Nuestro mayor deseo en la vida ^cristiana será, por
tanto, ponerse en estado de recibir la vida de Dios, abrir
de par en par nuestras almas al rocío celeste. Importa
menos tal o cual acto que lo que somos por nuestra ín­
tima disposición.
L E V A D U R A E N LA MASA $1,5

Todo nuestro afán se dirige a mantenerse «en forma»,


a ponemos en estado de amor verdadero y, por consi­
guiente, activo, que cale hondamente en nuestra vida y
la transfigure.
Un santo con miras estrechas, quisquilloso... sería
un triste santo.

I. G e n e r o s id a d t entrega

estado de entrega
la pequeña del barrio
El pagano vive para sí, el cristiano vive para los demás.

Hay un camino excelente para llegar a Cristo. Él mismo


lo recomendó a todos: ocuparse de los hermanos. «Tuve
hambre y me diste de comer, estuve prisionero y me visi­
taste, estuve enfermo y me socorriste» (S. Mateo, 25,
35-36). El día que un joven o una muchacha, una mujer
o un hombre antepone el bien de los demás a su propio
interés, ha empezado a ser un buen cristiano.
Ese «propio interés» significará para cada uno una
cosa distinta. Para las personas activas será, muchas
veces, su ambición, sus proyectos, su afán de mandar.
Para los sanguíneos sus placeres e impurezas. Para los
nerviosos, sus susceptibilidad, vanidad, y celos. Para los
flemáticos y comodones, su misma tranquilidad y mo­
licie. Y los pasionales deberán sustituir sus pasiones por
otra más alta: la pasión por el bien de los hermanos.
Anteponer al propio bien el de los demás, es amar al
3*6 H. G O D I N

prójimo como a si mismo y representa, de hacerlo con


el espíritu de caridad de Cristo, empezar a ser cristiano.
Una vez conocí en un barrio extremo, a una mucha­
cha llamada Margarita, muy popular entre sus conve­
cinos. Lo mismo procuraba leña al señor Juan, un anciano
solitario, que echaba una mano a la señora Gertrudis,
madre de once rapaces.
Y para ella, además, esto carecía en absoluto de im­
portancia. Lo hacía sencillamente porque tenía buen co­
razón, y también para complacer a Jesús, de Quien le
había hablado su abuelita, si bien le conocía muy poco
porque en aquel barrio no había iglesia. Murió de difte­
ria. Se había contagiado cuidando a los niños de la señora
Gertrudis. Pude asistir a sus últimos momentos y di por
ello gracias al Señor. Fue una santa que debió volar de-
rechito al cielo.
Sin embargo, aquel que conoce el amor de Cristo no
puede contentarse con realizar el bien en el terreno hu­
mano. Si cree en la vida divina, si cree en Cristo resu­
citado, vivo en los hombres, ha de tratar de acrecentar
en las almas esa vida divina. Es preciso vencer la timidez
materialista y pagana que nos detiene, a menudo, en este
camino, y pasar al segundo grado de amor a Cristo. Des­
pués que ha procurado a sus hermanos la pobre felicidad
que todo el mundo ve, el cristiano consciente, animado
interiormente por el Espíritu de Cristo y exteriormente
por su comunidad —la Iglesia— , se esforzará en comu­
nicarles otra felicidad más profunda: la que nos produce
la viña del Señor. La persona que con toda la fuerza de
gozo eterno y perfecto del cielo.
Por mucho tiempo, tal vez siempre, Dios a ciertas
almas no les pedirá más que eso.
estado de gracia

la vida de Cristo
En el trabajo por la conquista, existe un mínimo que
a todos se exige: el estado de gracia. Es preciso vivir
la vida divina, permenecer imidos a Cristo, participar del
dinamismo del Cuerpo Místico, ser una rama verde de
la viña del Señor. La persona que con toda la fuerza de
su espíritu se entregó al Señor una vez, conserva, a pesar
de ello, la posibilidad de recaer en la culpa. Observad
cómo al matar una gallina se encuentran en ella numero­
sos huevos en germen. También el alma guarda gérmenes
de pecados futuros. Iniciados en otro tiempo, quedaron
a medio cometer. Ordinariamnte somos responsables de
ellos, puesto que de reaccionar con energía podría con­
seguirse que no alcanzaran su madurez, podría evitarse
llegar al acto grave cometido contra el amor de Cristo.
Pero esto resulta duro, muy duro, demasiado duro...
para ciertas almas. Y vienen las caídas. Pero Cristo se
halla siempre dispuesto a perdonar si nosotros queremos
levantarnos y volver a vivir en su amor. La madre siem­
pre quiere a su hijo aunque éste caiga a menudo mientras
aprende a andar, aun si se mete en un barrizal con el de­
lantal limpio. Mirad lo que hace un pequeñuelo cuando
ha caído: inmediatamente se echa a llorar y llama a su
madre. Cuando ésta lo toma en sus brazos ya está de
nuevo contento y seca sus lágrimas aunque le riñan. Ya
está tranquilo, su madre le tiene junto a él. Sabe bien que
le pondrán un delantal limpio y que todo terminará con
un besito.
Cuando hemos dado muerte en nosotros a la vida
divina, lo hemos perdido todo. Sin embargo, afortunada-
H. G O D I N

mente, podemos volver a encontrar con el perdón, el vi­


gor y la fuerza. Un alpinista resbala en la nieve y retro­
cede diez metros, tal vez cien... Da tumbos, se aleja de
la cumbre... Pero si se detiene y emprende nuevamente
su marcha no habrán sido inútiles los dos días de ascen­
sión que llevaba. Tan sólo se habrá retrasado y quizá
debilitado un poco.
Quien ha amado a Dios con verdadero amor, gene­
roso y dinámico, si cae sabrá poner en su grito de arre­
pentimiento al Padre todo el amor que le tiene. Por de
pronto, le amará más que el mediocre que no ha faltado
nunca, y Dios le devolverá ese amor.
Más se complace el Padre celestial en el hombre que
se da totalmente con todo el fervor de su alma, que lucha
y que sucumbe alguna vez, que en el egoísta poco gene­
roso, sin grandes tentaciones, que avanza tranquila y
fácilmente.
Si has caído, no te desalientes. Tu falta de confianza
podría causar al Padre más dolor que tu mismo pecado.
Haz como el pequeño: llora —interiormente— y Dios
vendrá y te levantará. Pide perdón, llámale, dile de co­
razón: «he cometido una locura, Señor, pero te sigo que­
riendo», que esto es un acto de contrición perfecta. Y
vuelve luego, con más ardor, a tu apostolado, trabaja por
el Señor. Él olvidará en seguida... y tú también.
He observado muchas veces esta artimaña del demo­
nio: una vez ha conseguido de nuestra debilidad un pe­
cado grave, nos arrastra con facilidad a un segundo pe­
cado, la desesperación, que indudablemente ofende más
que el otro a nuestro Padre por ser más opuesto a su
amor. Por otra parte, ese estado de desánimo resulta en
extremo peligroso. Uno llega a decirse: ya que he come­
tido una falta mortal y he perdido, por consiguiente, mi
amistad con Dios, mientras dura esta situación «me apro­
vecharé». He aquí el principio de las grandes caídas. Si
se piensa sólo en uno mismo, en el daño que nos ha hecho
LEVADURA EN LA MASA 349

el pecado, pero no se piensa en Dios, en el agravio que


se le sigue infiriendo... no nos disponemos, en absoluto,
al arrepentimiento.
Luciano solía caer a menudo en un pecado contra la
pureza. Entonces se disgustaba — era orgulloso— , se
abandonaba a sí mismo y dejaba todo apostolado. Ahora,
en cambio, ha logrado lo siguiente: cundo ha caído se
recoge y dice a Dios, con toda el alma: «Ya sabes, Señor,
que soy un pobre hombre. He caído. Ello te habrá cau­
sado mucha pena, pero no te habrá sorprendido mucho;
bien sé yo de lo que soy capaz cuando estoy solo.
Perdóname.» Y, en cuanto puede, va a confesarse. Como
que esto le presentaba muchas dificultades, ha terminado
por superarse.
Ültimamente realiza buenos actos de caridad y se
confiesa antes de comulgar. Ha conseguido lo más difí­
cil: vencer el desánimo. Se ha librado del demonio. Mar­
cha muy bien. Dentro de dos o tres meses se hallará
libre de sus caídas y tentaciones.
ORACION DE LOS CUATRO ANGELES
Y EL DE LA GUARDA

Cuatro ángeles
tiene mi cama.
Cuatro ángeles
que me la guardan.

Cuatro ángeles
mi mesa tiene.
Cuatro ángeles
que la abastecen.

Cuatro ángeles
tiene mi arado,
cuatro ángeles
para el trabajo.

Cuatro ángeles
el carro que me lleva.
Cuatro ángeles
hacen mover sus ruedas.

Pero un solo ángel


tiene mi espíritu,
un solo ángel
(el más antiguo).

E u g e n io D ’ O rs
Oraciones para el creyente en los ángeles
estado de generosidad en la superación propia

el peral
Observa un peral. No hay en él dos vidas ni dos acti­
vidades diversas, una para dar frutos y otra para mante­
ner su buen estado, procurar su crecimiento, restañarse
de las heridas y eliminar las impurezas absorbidas. El
peral no tiene más que una vida. Si está herido dismi­
nuye su fruto; si lo da abundante, demuestra poseer
una salud buena.
Debieras imitar a ese peral. No constituyas al lado
de tu vida de amor a Dios y a los hermanos otra vida,
separada de la primera, orientada a corregir tus defec­
tos. Tu vida con todas tus circunstancias providenciales
te ofrece, si la aceptas con todas sus exigencias, sobra­
das ocasiones de amar y ayudar al prójimo, en las que
se te brindarán incontables oportunidades de corregir
tu carácter y tus defectos.

Hemos insistido mucho en este punto en las páginas


anteriores.
No. No conviene, en modo alguno, centrarse en sí
mismo, egoístamente, para preocuparse únicamente — ni
aun principalmente— del perfeccionamiento personal.
Es a la vista de la gran tarea de amor hacia Cristo
y hacia los hermanos que Él nos ha confiado, como na­
cerá en nosotros el debido esfuerzo para parecemos al
Salvador.
También es importante recordar frecuentemente que
hasta los menores detalles de nuestra manera de vivir
852 H. G O D I N

cuentan para el establecimiento del reino de Dios en la


tierra.
-vi

Para los todavía no cristianos resulta un escándalo


intolerable dar con gentes que «siendo religiosas» no son
mejores que las demás... ¿De qué manera, sino a través
de los cristianos, pueden conocer a Cristo nuestros con­
temporáneos?... En el fondo, ellos tienen del catolicismo
un gran concepto, por lo cual precisamente se muestran
severos en extremo. Exageran, desde luego. Pero no la
lamentemos demasiado... ¡Nobleza obliga!...
Basta que un cristiano, durante el trabajo o en los
tiempos libres, se muestre brusco, mal intencionado, irri­
table o de mal humor para que se juzgue mal a Cristo.
Eso lo sabemos muy bien. Por ello no debemos permitir
ninguna brusquedad en nuestra conducta, pues sería para
los demás ocasión de escándalo.
Claro que uno no puede ser perfecto. Pero tratándose
de salvar de la muerte eterna a los hermanos o, al menos,
de una vida sin ideal, vale la pena realizar grandes es­
fuerzos y mantenerse siempre vigilante. Suponte, por un
instante, que todos los cristianos se muestran animados
¿e buenas intenciones, complacientes, justos caritativos,
de humor equilibrado, dispuestos a sacrificarse de ver­
dad por sus hermanos... No por ello, desde luego, se ibap
a volver héroes todos los hombres, pero... ¿No te parece
que serían ganados para Cristo?

Jesús nos ha dicho: Así vuestra luz ha de lucir ante


los hombres, para que viendo vuestras buenas obras glo­
LEVADURA EN LA MASA S53

rifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos (Mat. 5,


16).
Nadie se atreve a coger una rosa cuando está rodea­
da de espinas... Los novios que van a comprar sus mue­
bles rehúsan el mejor cuando en él descubren una tara...
El placer que te produce recibir de un amigo querido y
alejado una carta, desaparece si ésta te llega sucia y
llena de manchas...

Cristo vino a la tierra para ser nuestro modelo. No


podemos decir que le amamos de verdad si no tratamos
de asemejamos a Él lo más posible.

NO ME MUEVE

No me mueve, mi Dios, para quererte,


el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno, tan temido,
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte


clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera,


que aunque no hubiera cielo, yo te amara.
Y aunque no hubiera infierno te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera;


pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

(Anónimo del siglo xvi)


optimismo y confianza

el pisito
Elena, una muchacha graciosa y decidida, menuda
de cuerpo, pero desbordante de vida, y su joven marido
Arturo, la flor y nata de los hombres, van en busca de un
piso. Es el atardecer de un día de invierno a la salida del
trabajo, y los pisos, por tanto, los ven con la luz eléc­
trica y hasta con cerillas. Llegan a una vivienda que en­
tusiasma a Elena. Tiene dos habitaciones, cocina y co­
medor, un alquiler razonable, agua, gas, electricidad...
Las paredes pintadas con colores alegres, hay un mag­
nífico arrimadero y todo se halla en perfecto estado.
Cierran el trato y pagan ya el traspaso.
¡Qué imprudentes! No han advertido que las tres
reducidas ventanas dan a un patio estrecho y no entra,
por ellas, más que una luz mortecina e insuficiente. Ja­
más entrará el sol.
Cuando traigan los muebles, sus bonitas cortinas, sus
vestidos... lo verán todo sin color, triste...

En nuestras vidas, lo que nos trae la luz del sol es


el optimismo. Ver la vida de color de rosa es una cuali­
dad básica del joven. La condición esencial para una
vida feliz consiste en no dejarse abatir ni agriar por las
contrariedades.
Cuando ese optimismo es cristiano se convierte en
una gran virtud que nos lleva a abandonarnos, con filial
confianza, en manos de nuestro Padre que está en los
LEVADURA EN LA MASA 355

cielos; a seguir la pequeña senda que nos descubrió la


encantadora Santa Teresa de Lisieux.
Una fe y confianza así, una tal entrega de sí mismo
contaba tanto para Jesús que las alabó en toda ocasión
y, al contrario, todos sus reproches (excepción hecha de
los dirigidos a los fariseos) fueron para aquellos que
no se mostraban animados de estas felices disposiciones.
Cuando faltaba la fe — fijaos, por ejemplo, en la visita a
sus paisanos de Nazaret— , Él, el Omnipotente, se en­
contraba como atado, «nada podía hacer», y de sus ma­
nos no salían milagros.
Esta fe serena resulta más fácil a ciertos tempera­
mentos. A otros, en cambio, su conquista les es más
dura. Sin embargo, aun los temperamentos pesimistas
pueden, si se lo proponen con gran perseverancia, llegar
a alcanzarla.
Sin este confiado optimismo, las mejores virtudes re­
sultan incompletas y tristes, y ya no somos el fuego
radiante con que Cristo nos compara: la pureza se toma
susceptible, la humildad viene a parar en un exceso de
desconfianza en sí mismo, cede tristemente el espíritu
de entrega y el celo se adormese veleidoso...
Estamos en el mundo para amar y actuar, y sólo el
optimismo confiado nos empuja hacia la acción. El pesi­
mismo, en cambio, hace fracasar todos los proyectos,
lleva a la lamentación inútil, a la manía persecutoria,
a la emotividad replegada sobre sí misma.
Sed, pues, optimistas: las penas se nos dan para que
las pasemos, las dificultades para ser vencidas y la vida
para ser cantada. Es preciso que sepamos transformar
los obstáculos en medios... en vez de dejamos dominar
por ellos. Vuestro gozo vale demasiado para que permi­
táis que lo ahoguen unos acontecimientos que son muy
poca cosa a su lado. ¿Acaso no sigues siendo siempre el
hijo o la hija infinitamente amado por Cristo Jesús?...
¡Cuán poca importancia tiene todo lo demás! Por otra
S56 tí. GODIN

parte, vuestro objetivo son las almas y aquel que se


entrega a su conquista siempre triunfa, cualesquiera que
sean los resultados visibles, y a pesar de los fracasos
aparentes. Cuando os sea necesario recobrar vuestra
confianza, poneos más en contacto con las miserias de la
vida, ved el trabajo que ésta os brinda, pensad en la labor
inmensa que queda por hacer... El desánimo más pro­
fundo no resiste al contacto de la vida, cuando quien lo
sufre se lanza a ella con valentía, en lugar de cerrarse
en sí mismo. Leed y releed, con preferencia a otros mu­
chos libros, la vida de San Francisco de Asís. Os llevará
con toda seguridad a forjar una amistad para toda la
\ida con «nuestra hermana la alegría».

pureza, sencillez y desprendimiento

altura y velocidad
Nuestro mundo está lleno de mentira y de impureza.
Todo en él se mueve por el dinero y los honores. No po­
dremos nosotros escapar, de golpe, de toda esa maldad
en la cual vivims sumergidos como los peces en el agua.
Por otra parte, Dios, que es bueno, no nos descubrirá
las exigencias de su doctrina más que en el grado y me­
dida en que seamos capaces de comprenderlas y llevarlas
a la práctica.
Lo que cuenta no es ese defecto o el otro. Lo impor­
tante es aquel estado habitual de nuestro espíritu en el
cual hemos resuelto mantenernos, respecto a la exigen­
cias de Cristo y en vistas al cual hemos sentado ya unas
bases sólidas. Si piloto un avión a una altura convenien­
te, poco importará que un bache en el aire, o un fallo
momentáneo del motor, o una fuerte corriente me hagan
descender un poco. Pero si voy a ras de tierra, el mismo
LEVADURA EN LA MASA 357

accidente puede convertirse en una catástrofe. Lo impor­


tante es mi altura y velocidad.
En lo que respecta a la pureza, manténgase el joven
a la altura y velocidad debidas, decidido firmemente a no
profanar jamás esos dones maravillosos del Señor, de
los cuales quiere Él que nazca amor, amor creador. Ob­
serve una actitud «elegante» ante las chicas. Contem­
plándolas serenamente como obras salidas de las manos
de Dios, como flores de misteriosa belleza, como futuras
esposas y madres, y actuales hermanas más sensibles,
las ayudará caballerosamente, sin turbarlas jamás.
Una joven es pura si se confía y abandona al Señor,
atenta a lo que Él querrá, sin dejar vagabundear su es­
píritu en sueños inquietantes, sin mancillar sus flores de
mañana. Si cabe, mirará a los muchachos con simpatía
mezquina, sin desdén simulado, sino con toda simplicidad.
Para ser sencillo es preciso evitar toda mentira, so­
bre todo aquella con la que uno se miente a sí mismo.
Es necesario saber aceptarse y amarse tal cual uno es;
aceptar enteramente la propia vida y amarla, también
como es. Amar mucho a los demás, sentirse de tal forma
hermano o hermana de los otros que nos produzca ale­
gría que ellos nos conozcan cuales somos. Es ésta una
zona de la lucha contra nosotros mismos en la que ma­
yores y más duraderas dificultades vamos a encontrar.
El desprendimiento, el abandono a Dios es más fácil
para la gente joven. Sin embargo, ahí está Mercedes,
indiferente al dinero pera más apegada de lo que ella
misma cree a su magnífica bicicleta nueva. Debería de­
pender de ello la salvación cierta de un alma, para que
decidiera prestarla. Se le ha oído decir también: Si no
llego a poder comprarme aquella franela verde, me pongo
enferma...». ¡Ay, pajarillo lleno de amor al Señor!
¿Cómo no te das cuenta de esos dos hilos que te impiden
ascender? Trata de cortarlos, aunque te pese y si descu­
358 U. GODIN

bres otros, córtalos también... Sólo entonces podrás re­


montarte libremente.
El apostolado será para vosotros un medio excelente
de adquirir el desprendimiento. Cuando uno ama de ver­
dad a sus hermanos y hermanas, a toda la masa sin ideal,
no tiene tiempo ni ganas de ocuparse en mezquindades.
En el curso de un incendio violento, los bomberos que lu­
chan contra las llamas no se ocupan por sus uniformes
ni por el brillo del cobre de sus extintores.
CANCION AL NIÑO JESUS

Si la palmera pudiera
volverse tan niña, niña,
como cuando era niña
con cintura de palmera.
Pana que el niño la viera...

Si la palmera tuviera
las patas del borriquillo,
las alas de Gabrielillo.
Para cuando el niño quiera
correr, volar a su vera...

Si la palmera supiera
que sus palmas algún día...
Si la palmera supiera
por qué la Virgen María
la mira... Si ella tuviera...

Si la palmera pudiera..

...la palmera...

G e r a r d o D ie g o
bersos divinos
COCHINITO

Todo despeinado
roto el delantal,
con un pie calzado
y otro por calzar;

la cara manchada
de manteca y pan,
y sucias las manos
de travesear...

todo cochinito,
rosa, azul, cristal,
es cuando te quiero
más.

JUGUETES
Tenemos un automóvil,
un cochecito, un tambor..
Si nos cansamos jugamos
con la luna y con el sol.

F ern án dez M o r e n o
El hijo
a fin de vivir internamente: pensar para amar

un noviazgo original
Érase una vez una muchacha tan bonita como inteli­
gente, de ojos grandes y brillantes, largos cabellos cas­
taños y siempre con la sonrisa en los labios.
Un honrado albañil, pacífico y trabajador, empezó a
fijarse en ella. Era alto, robusto y sano, jamás perdía el
tiempo, no fumaba ni bebía y, bajo una aparente rudeza,
escondía un corazón dulce y bueno.
Se hicieron novios los dos. Entonces el joven albañil
dijo a la muchacha: «Mira, Rosa, debemos ir preparando
nuestro hogar. Yo voy a dedicarme a construir una casita
en las afueras, con verdes porticones en las ventanas...
Tú, por tu parte, prepara ya el ajuar». Partió y puso, en
seguida, manos a la obra. La primera luz del alba le en­
contraba trabajando, y de mala gana abandonaba su ta­
rea al atardecer. Muerto de fatiga, se dejaba caer sobre
el colchón y quedaba dormido. Nunca «perdió el tiempo»
en ir a ver a su novia, la cual, un poco más lejos, soñaba
en él. «No nos hace ninguna falta, pensaba, puesto que
trabajo para ella». Sin embargo, poco a poco, el trabajo
le fue absorbiendo y acabó por verlo en su solo aspecto
material. Se entibió el amor en su corazón y el matri­
monio se convirtió para él en la simple formalidad que
pondría fin a su casa, haciéndola habitable.
Rosa, a su vez, trabajaba también para el futuro
hogar. Pero no se dejaba absorber tanto y seguía refle­
xionando. Mientras cortaba la ropa, su pensamiento iba
al niño futuro, a la tierna criatura que un día le tende-
362 H. G O D I N

ría los brazos llamándola «mamá». Al bordar sus deli­


cados cortinajes, su mente volaba a la casita futura y
al robusto muchacho que se la estaba construyendo, al
cual imaginaba sentado ante la pared inacabada, llegada
la noche, pensando en ella. Antes de dormirse soñaba
de nuevo, más largamente, en lo que todavía le quedaba
por preparar para la felicidad de su hogar, en lo que
personalmente debía modificar en sí misma para asegu­
rar la unión, el equilibrio, la belleza moral... y todos esos
pensamientos, la llenaban de alegría. Un amor sincero
iba creciendo, día a día en su corazón.
En las páginas precedentes hemos visto cuán útil y
fecunda puede ser la acción. Ahora bien, se precisa para
ello un mínimo de reflexión y un mínimo de amor. Nos
es indispensable saber que trabajamos por amor a Cristo
y a los hermanos, y no olvidarlo. Nos lo debemos repe­
tir a menudo a fin de que sea realmente ese pensamiento
el móvil da nuestros actos. Ahí radica el verdadero espí­
ritu de Cristo, la fuente del dinamismo fecundo, la ale­
gría en medio del trabajo y de las penalidades que la
pura caridad transfigura.
*

Solemos decir: el trabajo es ya una oración. Eso es


verdad, con una condición: que al trabajo se una, al
menos, un poco de verdadera oración, un ofrecimiento
sincero.
Esa poca levadura mezclada a la harina del trabajo
cotidiano lo henchirá, hará que crezca, lo transformará
espiritualmente. Mantened una actitud alegre y confiada.
La tristeza nos conduce a la plegaria, nos repliega sobre
nosotros mismos. La alegría, en cambio, nos vuelve hacia
los demás, hacia el amor, hacia Dios.
LEVADURA EN LA MASA S6S

Entregándoos a la conquista de las almas, llenos de


confianza y de optimismo, os mantendréis fácilmente en
plena forma para llevar a cabo una acción dinámica,
siempre a condición de que sepáis pensar y reflexionar
sobre esa misma acción con el fin de hacer de ella un ver­
dadero acto de amor a Dios y a los hermanos.

lucha y progreso

los dos ciclistas


El señor Pérez es un honorable «chupatintas» del
no menos horonable Banco de España.
Desde que los tranvías van tan abarrotados de pú­
blico, él acude diariamente a su trabajo en bicicleta. La
ha provisto de un confortable sillín con buenos muelles
que aseguran una suspensión perfecta. Cuando monta
en bicicleta, el señor Pérez avanza con el cuerpo erguido,
majestuoso y pausado. Frena una y otra vez al acercarse
a una curva, para reemprender, una vez ésta pasada, » 1
lento y acompasado pedaleo. El señor Pérez no se adies­
tra en el noble deporte del pedal ni sueña en llegar a
campeón. Ni sé hasta qué punto ese ejercicio le ayudará
a mantener su forma física.
Juan, un vecino del señor Pérez, trabaja en un ga­
raje cercano al Banco de España. Todas las mañanas
salta sobre su bicicleta último modelo y se lanza veloz
en dirección a su taller. Se trata de otra manera de ser.
Trata esforzadamente de reducir todos los días en algu­
nos segundos su carrera y cuando no lo logra se preocupa
y se pone a hacer gimnasia.
86k H. G O D I N

Juan llegará seguramente a ser un as del ciclismo.


Y lo mismo rige en todos los deportes. Un campeón
que se limite a ir tirando sin intentar batir sus propios
records, pronto será desbancado.
Y rige lo mismo en todo la vida.
Un profesional que no se supera, va retrocediendo.
Una empresa que se contenta con su producción actual,
no tardará en sucumbir. Un avión que no mantenga su
velocidad, caerá verticalmente. Un profesor que repita
maquinalmente sus lecciones, se hará aburrido.
Lo mismo acontece en la vida cristiana.
Muchos andan por el camino del amor a Dios «a lo
señor Pérez». No sufren caídas graves, eso nunca. No
se arriesgan. Avanzan lentamente, con prudencia, «sin
romperse nada», sin inquietarse, sin esforzarse. Arrella­
nados en la rutina de su vida cristiana, siempre la misma,
sin altos ni bajos, no llegarán a santos, ni tan sólo
a buenos cristianos.
«El reino de los cielos padece violencia, y sólo los
violentos se hacen con él», dice Jesús.
Otros, en cambio, luchan día a día contra sus defec­
tos en un continuo sprint. Han descubierto que debían
realizar tal esfuerzo, hacer tal otro sacrificio. Se han
trazado un plan de conquista. Sienten la preocupación de
avanzar, practican ejercicios «espirituales».
Cristo les ama, y ellos aman a Cristo.
Pregunté una vez a mi amigo Boby, boxeador: para
llegar a campeón de boxeo, ¿basta con desearlo, entusias­
marse en ello y adiestrarse con perseverancia? «No, me
contestó, cuando uno ya está bien decidido, necesita de
manager que guíe sus esfuerzos y su entrenamiento y
le ayude a perseverar». En la vida cristiana, ese manager
es el sacerdote, el guía de almas de que ya hemos hablado
en otro lugar.
II. La o r a c ió n l it ú r g ic a

Un músico que debía tocar el bombo en un concierto


de gala ofrecido al rey, perdió el tren y llegó cuando las
últimas notas de la orquesta acababan de sonar... Se le
ocurrió, entonces, decir al rey: «Majestad, ya que llegué
tarde y no pude tomar parte en la ejecución general, voy
ahora, si Su Majestad lo permite, a tocar mi partitura
en un «solo». ¿Cuál hubo de ser la actitud del rey? Si
era muy bondadoso, y el retraso era justificado, pudo
condescender a la proposición del músico. Pero si éste
se había mostrado negligente o había llegado tarde para
ejecutar más libremente su trozo, el rey lo rechazaría y
se mostraría indignado. ¿No os parece?
Los hombres, criaturas de Dios, deben ofrecer a su
Señor lo mejor que tienen. No son una colección de indi­
viduos sueltos, sion una colectividad, una humanidad,
el Cuerpo Místico. Deben orar regularmente constituidos
en cuerpo, con todo su ser, con su alma y con su cuerpo.
Cuando la oración es exterior debe ser un concierto ar­
mónico que exige nuestra mejor habilidad y los más
puros sentimientos de nuestra alma y, por tanto, orden,
luces, cantos, ceremonias y edificios grandiosos.
No está bien que hagamos a nuestro Dios una re­
cepción inferior a la que ofreceríamos a un grande de
la tierra. Y no simplemente por Él — un establo le bastó
para nacer— , sino por todos nosotros, sobre todo por la
gran masa a la que la solemnidad de una fiesta puede
mostrar la grandeza de Dios.
No queráis asemejaros a Judas que fue severamente
reprendido por Jesús cuando aquél criticó a María Mag­
dalena por su derroche de perfume...
Como tampoco debéis echar en olvido que Jesús mira
$66 H. G O D I N

como cosa hecha a su persona lo que hacemos por sus


miembros suficientes, y que prefiere mil veces la caridad
al sacrificio. San Laureano vendió los cálices de su igle­
sia para alimentar a los pobres, y San Francisco de Asís
puso en manos de los menesterosos sucesivamente el
cáliz, el misal y el breviario de su comunidad para que
los vendieran. La Iglesia restringe las solemnidades du­
rante los períodos de escasez y miseria.
La oración oficial de la Iglesia, voz del Cuerpo Mís­
tico de Cristo, es siempre superior a la plegaria, incluso
muy ferviente, que se eleva en secreto desde el fondo de
un corazón, oculto tras una columna. Esa plegaria oficial
debe ser vivida, ejecutada, comprendida y gustada por
todos. Debe ser lo suficientemente adaptada para que
pueda convertirse en fuente fecunda de oración privada.
Después de un período de tiempo en el cual la liturgia
había sido un tanto descuidada, hoy la Iglesia realiza gran­
des esfuerzos para devolver su antigua popularidad.

meditación

en íntimo diálogo con Cristo


Muchas veces habéis establecido un íntimo diálogo con
Cristo, con la Virgen, con los santos: siempre que habéis
orado sin palabras o, al menos, sin fórmulas fijas. Ahora
bien, para llegar a conversar con el Señor de una manera
regular debéis, primero descubrir lo que vais a decirle...
La manera más fácil de hallar algo que decir en la
oración es ir repitiendo lentamente, de corazón, una pre­
garía que se sepa de memoria pensando en cada una de
o cantar interiormente una canción hermosa que os ani­
me y pensar en el sentido profundo de sus palabras.
LEVADURA EN LA MASA $67

Otro buen medio consiste en leer cuatro o cinco o más


líneas del Evangelio, muy lentamente, tratando de re­
presentarse la escena tal cual debió suceder en realidad,
viendo a Cristo, nuestro Guía, como era entonces, a fin
de que nuestro corazón se encienda de amor hacia Él.
La mismo cabe hacer con los textos de la misa del
domingo siguiente, esas fórmulas litúrgicas que unos días
después unirán en una misma plegaria a todos los cris­
tianos de la tierra.
La manera más natural de entablar un íntimo diá­
logo con Cristo es ofrecerle, todas las mañanas, nuestro
trabajo con sus penalidades, nuestros afanes de conquis­
ta, hablarle de nuestras responsabilidades, de nuestro
equipo, de los que nos están confiados.
Cuando Julio ha palpado la miseria en sus visitas a
las familias del barrio, habla de ella a Cristo, de todo
corazón. La víspera de la reunión de militantes conversa
con Él acerca de todos los muchachos de la sección. El
día que ha estado con su novia, le expone sus proyectos
de construir un buen hogar con «ella», pero también con
Él, y suplica le dé sus divinos consejos. Otro día de la
semana, le habla de sus compañeros de trabajo, de los
esfuerzos que realiza para acercarlos a Él.
Ya lo veis. Son diez, veinte... las ocasiones que tenéis
al cabo del día, de orar a Cristo en la intimidad. Así lo
hacéis ya, seguramente...
Bueno será, sin embargo, que reservéis algunos minu­
tos para dedicarlos más especialmente a esa conversa­
ción espiritual, cuando tengáis un rato libre, en una iglesia
u otro lugar tranquilo y, de no ser esto posible, en cual­
quier parte: en el metro, en el autobús, mientras vais y
volvéis.
sobre el evangelio

lo corta que Cristo escribió paro mí


El Evangelio es una carta que nuestro gran Hermano,
Cristo, ha escrito para cada uno de nosotros. No es una
carta colectiva, sino una carta individual. Dios, que lo ve
todo, puede dirigir tal palabra a un interlocutor presente
y destinarla, al misma tiempo, de un modo cierto y también
directo, a tal otro que vivirá cien o mil novecientos se­
senta años más tarde...
Si Cristo os envía una carta, ¿no debéis leerla?...
Jesús es nuestro modelo, Él nos da sus consignas en
su Evangelio; si queremos imitarlo, hay que conocerlo
hasta en los detalles más insignificantes de su vida, lo he­
mos dicho ya varias veces: es una verdad capital.
Así pues, a menudo debéis tomaros algunos instantes
para leer el Evangelio con los sentimientos de alguien que
abre y lee la carta de su amigo más querido.

¿cómo leer el Evangelio?


Tenéis un momento de sosiego. Abrid vuestro Evan­
gelio, tomad el correspondiente al domingo próximo, o un
pasaje cualquiera, o aún escoger el pasaje que os guste
más en la vida de Jesús...
Decid a Cristo que estáis en forma para probar de co­
nocerle, que estáis en vuestro punto de meditación.
Leed una parte del Evangelio, sabiendo que eáto ha
ocurrido ciertamente; luego probáis de ver las cosas como
eran entonces, cómo serían contadas ahora en un diario,
cómo las hubiéramos visto en el cine en un noticiario do­
cumental (si hubiere habido cine en ese tiempo). Si leéis
LEVADURA EN LA MASA 369

el pasaje de la Samaritana, por ejemplo, observaréis el


modo sencillo y pobre como Cristo vivía, cuando iba de
viaje —y casi siempre andaba de un lado para otro— . A
eso de mediodía busca una fuente, los apóstoles van a bus­
car algunos bocadillos y comen sentados por el suelo,
como los braceros del campo, etc., etc.
Continuaréis la lectura y os esforzaréis en oír lo que
Cristo dice para vosotros. Él conocía el futuro; tal pará­
bola la dijo para varios, pero la dijo también para ti. Un
poco a continuación del texto de más arriba, esta parábola
llena de tristeza (Mat. 9, 37-38). «Ved que los trigos están
madurando y la mies es mucha, rogad al dueño de la mies
que envíe obreros a su campo», ¿pensáis que esto lo dijo
solamente a los apóstoles? Ellos apenas lo comprendían.
¿No hizo este llamamiento también a ti, José, a ti, En­
rique, Pedro Roberto, Miguel... a ti, Rosita, Antonia,
Lolita, Angelines, María Luisa?
Esta vez cerrad el libro y, si podéis, responded a Cristo,
dadle gracias, ved si vuestra vida corresponde a lo que Él
desea. Cuando hayáis reflexionado, no os sentiréis muy
orgullosos de vosotros, pero os sentiréis entusiasmados
por vuestro Jefe, Cristo. Entonces terminad con una ora­
ción muy ferviente, con una conversación muy cálida. Y
decidle que sois unos pobres individuos, y Él el Amigo
incomparable.

oración

paro que un coche pueda arrancar


Hacer que un coche arranque no es difícil, a condi­
ción, eso sí, de que todo esté en perfecto orden de marcha
y que una dificultad excepcional, como un frío intenso por
ejemplo, no venga a poner un obstáculo.
Lo mismo ocurre con la oración. Generalmente, la ora­
$70 H. GODIN

ción es fácil y agradable si estamos perfectamente en or­


den de marcha con respecto a Dios. Pero, desgraciada­
mente, eso ocurre poco a menudo.
Primero hay que ver la gasolina; hay que tener algo
para decir a Dios. En este sentido, las religiosas de clau­
sura, por ejemplo, hacen frecuentemente lecturas que les
hablan de Dios; nosotros tendremos ordinariamente nues­
tra vida y nuestro apostolado como carburante del amor
a Cristo...
También conviene que el aceite esté bien, que estemos
impregnados de humildad y de abandono en la Providen­
cia. Si rezamos al Señor con un aire arrogante, para reci­
bir cumplidos, o con la intención de darle una lección a
propósito de su Providencia, ¿ cómo podemos mantener una
conversación llena de amor?
Nuestro coche no arranca si el circuito del «delco» está
averiado en alguno de esos mil puntos en que puede desli­
zarse un falso contacto. En nuestra oración, son las dis­
tracciones las que vienen a cortar el circuito que nos une
a Dios. Desde luego, las distracciones no son las mismas
para nosotros que para un religioso. Si hablamos a Cristo
de nuestra vida, de los esfuerzos de conquista que hace­
mos para colaborar con Él, la distracción suele comenzar
cuando, olvidando que estamos en oración, nos ponemos
a preparar nuestro discursito para la asamblea general,
u otra cosa de este género.
Frente a las distracciones, lo primero que hay que
hacer es cambiarlas en oración. Haced como Andrés.
Ayer subía penosamente una cuesta con su carretilla y
un chaval de su edad se puso a imprecarle burlonamente.
Pero Andrés no perdió los estribos y le dijo: «Tanto pico
que tienes, ven a echarme una mano» y el chaval vino a
ayudarle y la carga fue así más llevadera.
Antonio hablaba a Cristo de Julián, a quien quiere
conquistar y a cuya casa fue con este fin; pero Juanita, la
hermana de Julián, joven y bonita, aparece en la mente de
LEVADURA EN LA MASA $71

Antonio. Éste da entonces gracias a nuestro Padre por


haber hecho bonitas a nuestras hermanas las muchachas,
que nos dan una idea de la belleza Suya. Repite que quiere
llegar a ser verdaderamente para aquella que desposará
un día y decide darse a fondo a la conquista de sus cama-
radas a fin de que tantas muchachas con rostro hermoso
y almas puras no sean nunca profanadas, sino que puedan
fundar un día magníficos hogares cristianos... Antonio
ha hecho una bella meditación.
Si no queremos utilizar siempre las distracciones, hay
que sacarlas suavemente, sin ponemos nerviosos, tantas
veces como nos vengan. Son como las moscas en el campo,
en determinados días de verano. Cuando más las sacamos,
más vuelven y no llegamos nunca a quitarlas; son fasti­
diosas, pero no impiden a los segadores que continúen
segando.
Tampoco las distracciones, si no las aceptamos, im­
piden que hagamos la oración bien hecha.
Sin embargo, conviene evitar las obsesiones y, para
ello escogeremos para la oración un lugar tranquilo y
tendremos cuidado de parar desde el principio el pequeño
cine de la imaginación, a fin de ponemos bien en presencia
de Dios y pedirle su ayuda.
Hay, en efecto, una diferencia esencial entre nuestra
oración y el arranque de un coche, pues aquí es Dios quien
nos da la gracia de orar, de hacer nacer el instante favo­
rable. Y Él es libre. En determinados días, prefiere, a pe­
sar de todo, ver nuestro amor en una oración cerca de Él.

Un militante de Acción Católica, verdaderamente preo­


cupado por la salvación de las almas que le rodean, se man­
tiene fácilmente en estado de constante oración.
III. La c o m u n ió n

hay que comulgar

el abastecimiento
Las restricciones de víveres que sufrimos durante la
guerra y aun después, nos han demostrado sin duda que
podemos disminuir mucho nuestra ración alimenticia sin
llegar a morir de hambre. Pero entonces nos sentíamos
con muchas menos fuerzas. Los obreros que habían de ha­
cer trabajos duros veían que su rendimiento disminuía y
los accidentes eran frecuentes. Muchos caían enfermos.
Hay muchos hombres que están subalimentados para
la vida de su alma. No comen, están débiles y a la primera
tentación sucumben.
«

Tú sabes que tienes necesidad de Cristo, que sin Él


no puedes nada. Durante la guerra había soldados que me
pedían la comunión a mediodía, incluso hasta las cuatro
de la tarde y habían estado en ayunas hasta estas horas
para poder recibir a Cristo, del cual tenín tanta necesidad.
Un chico minero que conozco, no llegó a deshacerse de
unos malos hábitos más que por la comunión diaria, que
le obligaba a permanecer en ayunas desde media'noche, y
durante cuatro o cinco horas de trabajo con martillo (1).
(1) El agua no rompe el ayuno, se puede comer hasta tres horas
antes y beber líquido no alcohólico hasta una hora antes de comulgar.
LEVADURA EN LA MASA S7S

La objeción que surge en vuestras mentes y que no


os atrevéis a formular en ésta: «En cada una de nuestras
parroquias conocemos personas llamadas piadosas, que
comulgan cada día y practican mucho menos la caridad,
la primera de las virtudes cristianas, que muchos otros
que no comulgan nunca».
Dejemos a Dios el juzgar a las personas y, aun cuando
sea cierto, no os preocupéis por eso.
Cristo viene a nosotros, nos dijo Él mismo, como un
alimento. Un picapedrero, un herrero que gasta mucha
energía debe comer mucho, pero el pequeño rentista ocioso
que come abundantemente y no utiliza sus reservas de
fuerza, no tiene por eso una salud mejor. A cada comunión,
Cristo nos da fuerzas nuevas para gastarlas; si nos nega­
mos a trabajar por Él y utilizarlas para nuestros her­
manos que las necesitan tanto, no somos más que culpa­
bles en mayor intensidad.
Por esta razón, la Iglesia en el momento de la comu­
nión hace decir al sacerdote, al que no supone, a pesar de
todo, en estado de pecado mortal: «Señor, que esta comu­
nión no sea para mí motivo de condenación».
El sacramento de la comunión no termina un cuarto
de hora después de su recepción; como todos los sacra­
mentos, continúa en y por la vida, en y por la acción.
No es una perla preciosa incrustada en un tejido, sino
una inyección de Vida en un organismo que se reanima y
puede ya actuar.
ODA AL SANTISIMO SACRAMENTO
DEL ALTAR

Exposición

Pange lingua gloriosi corporis misterium

Cantaban las mujeres por el muro clavado


cuando te vi, Dios fuerte, vivo en el Sacramento,
palpitante y desnudo, como un niño que corre
perseguido por siete novillos capitales.

Vivo estabas, Dios mío, dentro del ostensorio.


Punzado por tu Padre con agujas de lumbre.
Latiendo como el pobre corazón de la rana
que los médicos ponen en el frasco.

Piedra de soledad donde la hierba gime


y donde el agua oscura pierde sus tres acentos,
eleva su columna de nardo bajo nieve
sobre el mundo de ruedas y falos que circula.

Yo miraba tu forma deliciosa flotando


en la llaga de aceite y el paño de agonía,
y entornaba mis ojos para dar en el dulce
tiro al blanco de insomnio sin un pájaro ne^ro.

Ks así, Dios anclado, como quiero tenerte.


Panderito de harina para el recién nacido.
Brisa y materia juntas para expresión exac'a
por amor de la carne que no sabe tu nombre.
LEVADURA EN LA MASA 375

E» así, forma breve de rumor inefable,


Dios en mantilla«, Cristo diminuto y eterno,
repetido mil vece«, muerto, crucificado
por la impura palabra del hombre sudoroso.

Cantaban las mujeres en la arena sin norte,


cuando te vi presente sobre tu Sacramento.
Quinientos serafines de resplandor y tinta
en la cúpula neutra gustaban tu racimo.

jOh, Forma sacratísima, vértice de las floree,


donde todos los ángulos toman sus luces fija»,
donde el número y boca construyen un presente
cuerpo de luz humana con músculos de harina!

{Oh, Forma limitada para expresar concreta


muchedumbre de luces y clamor escuchado!
¡Oh, nieve circundada por témpanos de música!
¡Oh, llama crepitante sobre todas las venas!

F e d e r i c o G a r c í a L·* \
Poeta en Nueva Y*.’r¡,
cuándo y cómo comulgar

un extraño invitado
¿Qué diríais de un invitado que, habiendo aceptado
vuestra invitación, no quisiera comer nada y permaneciera
junto a la mesa? Seguramente diríais: «Está enfermo o
está trastocado», y con razón.
La misa es un convite; durante mucho tiempo se la
llamó «la fracción del pan» o «la cena», es decir «el ban­
quete ». Los cristianos están invitados cada mañana; mu­
chos no pueden ir cada día, pero los que van y no comul­
gan son como cristianos enfermos. Y es una prueba evi­
dente de que hay muchos cristianos enfermos cuando ve­
mos todas estas misas tardías en que casi nadie comulga.
Un jocista decía maliciosamente a algunos camaradas
que invitó a su casamiento: «Yo encontraría igual de ex­
traño el que nos dejaseis solos, a mi esposa y a mí, al ir
a comulgar en la misa, como el que nos dejaseis solos co­
miendo y bebiendo en el refresco de después».
*

Para comulgar hay que estar en estado de gracia y


saber que se tiene necesidad de Cristo. Porque somos sus
militantes, o porque somos débiles, porque tenemos mu­
chas dificultades, o porque, desgraciadamente, cometemos
muchas faltas y queremos reaccionar.
LEVADURA EN LA MASA 377

No vamos solamente a recibir a Cristo, vamos a unir­


nos a Él, es decir a amarnos con un amor recíproco. Le
damos lo que tenemos. Le ofrecemos los esfuerzos que
queremos hacer y Él, en torno, nos da ayuda para decu­
plicar nuestras fuerzas. Por eso la verdadera preparación
para la comunión es la misa, y ciertamente nadie de entre
vosotros, para leer unos «rezos» de los cuales no se sigue
una acción, se atrevería a interrumpir su misa, que es el
rezo por excelencia, el gran Sacrificio de Cristo que se
ofrece por nosotros.
Mucho más que un sentimiento pasajero, en el mo­
mento de la comunión, lo que cuenta para Cristo es nuestro
estado de generosidad. Al Señor no debe gustarle especial­
mente el esfuerzo del cristiano que pone su alma en orden
perfecto, en el preciso momento de la comunión, como
para la llegada del revisor, si esta alma, que es su morada
permanente, está ordinariamente en desorden.
La mejor acción de gracias es nuestra jornada; «actos»
de fe, esperanza y caridad, verdaderos actos, acciones
vividas. Sin embargo, hay que aprovechar la presencia
en nosotros de Cristo, con su cuerpo y su alma de hombre
como nosotros, para hablarle largamente en diálogo ín­
timo, como a un amigo muy querido, de todas las cosas
que nos interesan a Él y a nosotros, de todas las almas
que nos han confiado y de los grandes proyectos que ha­
cemos para que Su reino se haga...
Militantes, somos asociados de Cristo para una obra
grandísima. Cada vez que Le encontramos, hemos de
hablarle mucho.
378 H. G O D I N

Un militante tiene encima de sí una tarea pesada,


una tarea infinitamente pesada: es responsable del Amor
de Dios, del reino de Dios y de la felicidad, en la tierra
y en el cielo, de muchos de sus hermanos (a trabajo ago­
tador: alimentación frecuente y reconstituyente).
Un militante recibe a menudo esta alimentación para
el alma: la Eucaristía, donde el amor y la fuerza de
Cristo se dan sin medida.

IV . La v id a entregada a D io s

piedad y sentimiento

uno esposo descuidada


Genoveva es una buena esposa, quiere a su marido
Alberto, pero es muy sensible y eso le acarrea algunas
dificultades.
Si su marido se levanta con prisas porque está ha­
ciendo tarde al trabajo y le da un «adiós» apresurado,
ella está todo el día de mal humor, malpiensa continua­
mente, se pone nerviosa y cuando Alberto vuelve a me­
diodía la comida no está hecha. «Hoy no estoy bien, le
dice, no hay nada que me salga bien». El pobre marido se
contenta con algo frío, pero al volver por la noche en­
cuentra también la casa en un estado deplorable, sin ba­
rrer, las camas por hacer, la olla vacía. «Yo estaba fu­
riosa contra mí por el atontamiento de esta mañana, me
desanimé y no hice nada». Por una tontería, Genoveva
está hundida, y continuamente se está criticando. La más
mínima impresión le impide trabajar como cada día.
«Cuando está así, gime Alberto, sintiéndose filósofo, no
LEVADURA EN LA MASA 379

le pido platitos extraordinarios; me conformo con la


sopa».
Compadezco vivamente a Alberto, pero también a
Cenoveva.
Me gusta mucho más Eulalia, una muchacha sensi­
ble también, pero sólida, con dos ojos clavados como dos
agujeros; está siempre haciendo su deber y los cambios
de tiempo, o sus cambios de temperamento o aún los
cambios de humor de Pedro, su marido, no le afectan en
nada. Sigue su camino, y no se tortura por nada. Ayer
estaba de mal humor, pero no se puso a exclamar que «mi
marido me quiere menos que antes», sino que dice: «Eu­
lalia, tu hígado no «chuta» mucho hoy. Te has armado
un cienpiés. Pedro te quiere cada vez más, pero hoy a
mediodía el pobre chico estaba preocupado por un asunto
del trabajo».
Genoveva podría ser como Eulalia si luchara contra
lo que hay de sensiblería o de demasiado caprichoso en
su temperamento.
En lo que se refiere al amor a Dios, buen número de
chicos y chicas se parecen a Genoveva.
Y aun la sobrepasan, pues el amor humano continúa
siendo un amor sensible, mientras que el amor divino
puede ser y de hecho es a menudo poco sentido. Esos
chicos perciben muy fuerte toda clase de impresiones
religiosas y orientan según ellas toda su vida.
Si estas impresiones son buenas, son desbordantes de
fervor y de entusiasmo, de un modo a veces exagerado:
si estas impresiones son malas, no hay nada que «chute*.
No hacen más esfuerzos: la misma ley de Dios la recha­
zan y se excusan diciendo: «Eso no va».
Pues, si esto no va, ¡haz de modo de que vaya! ¿Quién
manda en ti? ¿Tu voluntad o estas impresiones vagas
cuyo origen desconoces?
Un hombre razonable no decide su vida teniendo en
sso II. G O D I N

cuenta el tiempo que hace, o cualquier otro detalle ac­


cidental.
Juan, tú estás descontento de haberte pasado un
buen rato bostezando en la cama esta mañana. Bien,
pero no por eso no vas a hacer nada bueno en tu jornada.
Has echado a perder media hora esta mañana y ahora
vas a perder todo el día.
Rosita está inquieta. En su última confesión, no ha sen­
tido la contrición (a pesar de que ha tomado unas re­
soluciones concretas, que ha mantenido en parte), y ello
la preocupa. Pero si esto viene, sencillamente, hija mía,
de la col que has comido a mediodía, y que no has dige­
rido todavía.
Loreto no siente nada en la comunión y se cree aban­
donada. Pero no. Cristo quiere ver si realmente ella tiene
fe, si todavía cree cuando no ve y Él le envía esta prueba.
Agustín se da cuenta de que una de sus cosas no tira
adelante, se lo reprocha a Dios y se desalienta. Tú eres
un estropajo, Agustín; el menor fracaso te deja hundido.
Lo que has de hacer es agrupar todas tus fuerzas para
emprender un nuevo esfuerzo, esta vez triunfal.
Pablo: el mayor pecado que cometes, el que más pena
da a Dios, no es esta caída de la cual tienes costumbre.
Dios sabe cuánto esta costumbre disminuye la falta. El
gran pecado es tu falta de confianza, el estado de aborre­
cimiento de Dios que le sigue y que no tiene excusa. Si
llegas a dominarte en este sentido, el resto será mucho
más fácil. En el fondo, se trata de una falta de energía,
de un pecado de egoísmo. La fuerza que tienes, si la me­
nor causa la reduce a nada, es como si fuera un tanque,
tan enclenque, que los balines de una escopeta pudieran
ponerlo fuera de combate.
En lugar de pensar en vuestros deberes, en vuestros
servicios a los demás, en lugar de salir de vosotros, en­
tráis en vuestro interior para auscultaros, compadece­
ros y sentiros enfermos. Os parecéis a los enfermos ima-
LEVADURA EN LA MASA 381

ginarios que a fuerza de comparecerse llegan a alterar


su salud; a fuerza de creerse enfermos, acaban por coger
la enfermedad imaginaria y hasta hay quien muere de
autosugestión.
Por favor, un poco de energía.
Sopesad cada cosa, con el pensamiento elevado, y
luego... sople el viento, llueva o hiele, ¡id adelante!
El amor a Dios no puede estar sujeto a estos detalles
que no dependen de nuestra voluntad; así no sería me­
ritorio.
El amor de Dios depende primeramente de todo lo
que hagamos por Él.
«No todo el que dice: « !Señor, Señor!», entrará en
el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi
Padre, que está en los cielos» (Mat., 7, 21).
El camino del cielo es pedregoso, y únicamente los
que tienen energía llegan a andarlo.

PAREJAS

Delante de la calle, detrás una reja,


yo con mi libróte, tú con tu madeja,
un día seremos como esa pareja:
un viejo, una vieja; un viejo, una vie^'a.

F ern án dez M o r e n o
Versos de negrita
PERDONAME POR IR ASI BUSCANDOTE

tan torpemente, dentro


d« ti.
Perdóname el dolor alguna vez.
Ee que quiero sacar
de ti tu mejor tú.

Ese que no viste y que yo veo,


nadador por tu fondo, preciosísimo. ♦
Y cogerlo
y tenerlo yo en alto como tiene
el árbol la luz última
que le ha encontrado al sol.
Y entonces tú
en su busca vendrás, a lo alto.
Para llegar & él
subida sobre ti, como te quiero,
tocando ya tan sólo a tu pasado
con las puntas rosadas de tus pies,
en tensión como el cuerpo, ya ascendiendo
de ti a ti misma.

Y que a raí amor entonces, le conteste


la nueva criatura que tú eres

P e d r o S a l in a s
La voz a tí debida
LOS PADRES
Compraremos un niño
para que juegue
«n aquel rjnconcito del jardín.

Le daremos un oso
para que juegue
las mañanas de sol en <4 jardín.

Pondremos una alfombra


para que juegue
en su cuarto si llueve en el jardín.

Buscaremos un libro
para que lea
tumba dito en la hierba del jardín.

Le pondremos maestro
para que aprenda
a contar los limones del jardín.

Le pondremos maestro
para que aprenda
a tocar la trompeta en el jardín.

Cerraremos la valla
para que sepan
que nadie puede entrar en el jardín.

Y saldremos afuera
para que vefen
a los padres del niño del jardín.

L oren zo G o m i
El caballo
prácticamente
Todo cuanto hemos dicho, no debe hacernos olvidar
lo principal. Cristo dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con
todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, y
al prójimo como a ti mismo; eso es toda la religión»
(Mat. 22, 37-40).
Y en la parábola del Juicio universal, dijo que se
juzgará de nuestro amor a Dios según el amor que ha­
bremos tenido por nuestros hermanos.
Esa es nuestra vocación. Todo el resto no es más que
medios, y en algunos casos podemos prescindir de ellos.
Las páginas precedentes han querido mostrarnos cómo
amar a Dios y a nuestros hermanos de un modo práctico,
efectivo, en los mil detalles de nuestra vida diaria. A los
que no conocen esas cosas, el Espíritu de Cristo se las
enseña, en tanto que son necesarias. Pero Él quiere que,
por nuestra parte, hagamos un esfuerzo para aprovechar
las experiencias de los que nos han precedido.
No obstante, el que es verdaderamente apóstol, las
cubre mucho más fácilmente.
En las páginas siguientes se resumirá de un modo más
práctico todavía todo lo que se ha dicho hasta aquí. Lo
que os presentamos a continuación serán unos medios
que podéis usar si los consideráis necesarios. A veces, no
obstante, cuando Dios ama a un alma y quiere hacerse
amar por ella, no necesita de estos medios. Si sentís que
es de este modo en vosotros (y para uno u otro período de
vuestra vida será así), después de haberlo hablado con
vuestro guía espiritual, dejad hacer a Dios. No le impor­
tunéis con vuestros pobres medios si Él mismo quiere
empujaros con su soplo divino. Estad en paz, pero que
LEVADURA EN LA MASA 585

nada os haga jamás olvidar el único objetivo: «Amar al


Señor, nuestro Dios, con todo nuestro corazón, con toda
nuestra alma, con toda nuestra mente, y al prójimo como
a nosotros mismos».

resumen: condiciones que favorecen


el desarrollo de la vida en nosotros
i

Se ha demostrado que
Para vivir intensamente nuestra vida y formarnos
completamente,
Para encontrar a Dios en nuestra vida y conocerle,
Para seguir nuestra vocación y hacer a cada instante
lo que Dios exige de nosotros,
Para ser plenamente libres,
Para practicar profundamente la ley de la caridad,
Para reforzar nuestra personalidad,
Para amar verdaderamente según el mandamiento del
Señor, hay que reflexionar profundamente antes de cada
acción.
No obstante, no podemos parar continuamente nuestra
vida para dejar que madure cada acción. Esto sería un
esfuerzo sobrehumano y nos haría incapaces de cumplir
con nuestro deber de estado.

n
Para terminar en el mundo y colaborar en la realización
del plan de Dios, organizador de todas las cosas,
Para modelarnos a nosotros mismos y colaborar en la
obra de Dios Nuestro Padre, que quiere de nosotros una
obra maravillosa,
25
S86 H. G O D I N

Para poblar el cielo y la tierra y colaborar en la obra


de Dios, creador de los hombres, o prepararnos a esta
misión,
Para amar a los demás y colaborar en la constitución
de la comunidad humana.
Para ser apóstol y colaborar en la Redención, hay que
actuar.
La acción tiene una enormidad de ventajas: es nuestra
función y es nuestro medio principal de amar.
La acción tiene unos peligros:
— cuando es excesiva, nos dispersa y nos hunde;
— puede apasionarnos tanto, que nos desvíe de todo
el resto, incluso del amor al Señor;
— puede conducirnos al orgullo y al egoísmo;
— es difícil saber, entre muchas cosas por hacer, las
que nos pide el Señor y en qué orden nos las pide.

ni
Como ejercicio del cristiano, hemos anotado como muy
necesarios y útiles:
la ofrenda o la participación en la misa,
la preparación de la jornada según un plan de conquista,
la meditación de la mañana,
la revisión de vida antes de acostarse.
Cuántas cosas para una vida que cuenta con tan poco
tiempo libre. ¿Nos quedará suficiente libertad de espíritu
para amar verdaderamente a Dios como niños?

la misa de Regina
Por la mañana, Regina «dice su misa». Lucas hace
igual, y centenares como ellos. Desgraciadamente son mu-
LEVADURA EN LA MASA 387

chos los que no pueden ir al Santo Sacrificio (1 ). Algunos


sólo pueden ir, para hacer esta ofrenda, de paso para el
trabajo. Isat>pl que se levanta muy temprano para ir a
trabajar, dice «su misa» por la noche...
Todos unen la ofrenda de su jornada a la de Cristo
sobre el altar, en unión con todas las misas que se celebran
en el mundo: la de Nuestro Santo Padre el Papa, la de su
obispo, la de su párroco, la del sacerdote encargado de
su alma.

Después de haberse puesto en la presencia de Dios con


algunas palabras de conversación ardiente y alguna fór­
mula escogida, rezada con toda su alma, Regina da a Dios,
por Cristo, toda su jornada en detalle. Ella prevé los ins­
tantes en que la Providencia no le ha fijado ya su trabajo
(por las necesidades o las indicaciones del deber de estado)
y pregunta a Nuestro Padre qué espera de ella; reflexio­
na durante un buen rato, sin dejarse influenciar por lo
que le viene de gusto, y lo anota.
Esto lo hace en la iglesia, y una devota, junto a ella,
se escandaliza siempre al verla escribir. Pero Dios quiere
todo eso; Él dice: «Mi hija no se escucha, quiere compla­
cerme, toma en serio el tiempo y la vida que le doy».
Regina medita por un instante una acción próxima,
a fin de poner más amor a Cristo y mucho amor a sus
hermanas. La prepara largamente, a conciencia, no como
un negocio, sino con Cristo, como una cosa sagrada.
Una vez tomadas sus decisiones, las cumplirá fielmente,
salvo si se presenta un cambio en sus previsiones y se
le hace imposible cumplirlas. Además, se esfuerza en no

(1) Cuando ©1 P. Godin escribió estas páginas no existían las


misas vespertinas. Gracias a éstas, son muchos los obreros que pue­
den recibir con niás frecuencia el Pan Euearístieo y oír misa.
a88 H. GODIN

faltar nunca a lo que se ha propuesto, no empezando pri­


mero por lo que viene mejor...
Al mismo tiempo que prepara su jornada, Regina
prepara también sus actividades providenciales, las que
no ha escogido, pero en las cuales quiere poner toda su
alma, ya que así es la voluntad de Nuestro Padre. En
íntimo diálogo con Cristo, decide cómo se comportará
como verdadera cristiana, en la paz del alma, sin dejarse
llevar por los nervios. Todo eso se resume en una oración
más o menos así:
«Padre nuestro que estás en los Cielos, yo soy tu
hija, yo quiero hacer todo lo que Tú quieras, quiero ver
y anotar lo que Tú deseas de mí en el día de hoy, para
que Tu Reino llegue, por Cristo, y luego lo haré.»
Eso es un verdadero amor, pues no hay ni orgullo
ni egoísmo, y es además una buena penitencia. Es sobre
todo una luz que iluminará toda la jornada; Regina dirá
cien veces: «Eso se lo he prometido a Jesús»; pensará
en Él y Le dirá: «Te quiero».
Cuando Regina vacila un buen rato, preguntándose
si debe hacer eso o aquello, actuar de este modo o de
este otro, lo anota ccn una palabra en su bloc para plan­
tear la cuestión a su Padre espiritual, y así lo sabe para
una próxima vez.
Regina es voluntariosa; varias de sus amigas lo son
mucho menos porque son demasiado emotivas. Para esas
últimas, el no hacer lo que les gusta sino lo que Dios
quiere, resulta muy duro; tal vez ellas no lleguen nunca
a conseguirlo completamente, pero si se esfuerzan en este
sentido Dios ya está satisfecho.
A millares y millares de militantes de la Acción Ca­
tólica el Señor ha inspirado, como a Regina, este medio
tan sencillo de agrupar tantas cosas diversas...
A otros, les ha inspirado otros medios más sencillos...
Sin embargo, son muchos los que han llegado a algo
que se parece mucho a lo que acabamos de decir. Cada
LEVADURA EN LA MASA $89

cual según su temperamento, sus necesidades y sus po­


sibilidades ha llegado a realizaciones muy variadas, a
veces muy alejadas del plan tan seco que las resume.

lo revisión de vida
Lucas y muchos otros chicos hacen este repaso de
la jomada, por la tarde, al salir del trabajo, parándose
en una iglesia; hay otros que lo hacen por la mañana,
cuando están más reposados; hay otros, más libres, que
lo hacen un poco por la noche y otro poco por la mañana,
y es mejr así.
Lucas revisa su jornada con Cristo, momento por
momento. Toma cada hecho que no ha tenido tiempo de
ver en el momento en que ha ocurrido; reconstituye sus
partes y lo juzga con Cristo. Este juicio termina a me­
nudo con un acto de caridad efectiva:
«Pobres, ¡qué pena que no lo comprendan!» (amor
al prójimo). «Perdóname, Señor, de que tu muerte me
sirva infinitamente menos de lo que hubiera podido ser­
vir» (amor a Dios).
Este juicio termina también con un acto dé caridad
efectiva: «Ante tantas necesidades, es necesario que yo
me dé a fondo» (caridad efectiva en general); «es nece­
sario que en tal aspecto, yo haga lo que Cristo espera de
mí, para que venga a nosotros su Reino» (caridad efec­
tiva en particular).

Están también las acciones que Lucas ha hecho. Las


juzga, al mismo tiempo que las otras, a medida que va
repasando su jornada:
«¿He sido verdaderamente cristiano? ¿He actuado
como Cristo lo hubiera hecho?» A menudo le da gracias
390 H. GODIN

por el buen trabajo, incluso imperfecto (a causa de sus


propios defectos), que Cristo ha llevado a cabo por él.
En otras ocasiones, pide perdón, pero procura hacerlo
sin amargura, con la sencillez de un niño. Insistir dema­
siado sobre los pecados es egoísmo. Los emotivos llegan
a disgustarse con Dios por las ofensas que Le han hecho,
¡esto es el colmo!
Lucas prefiere insistir mucho más sobre lo que, a pe­
sar de nuestra debilidad, Cristo ha hecho de bien en
nosotros. Esto es alentador y nos conduce más fácilmente
a los actos de amor.
Al juzgar las acciones de los demás, y a veces tam­
bién las propias, Lucas encuentra casos en que no llega
a encontrar el «aspecto cristiano». Lo anota cuidadosa­
mente (; uno se olvida tan de prisa!) para hacer un círculo
de estudios de dos con el «Padre espiritual», tan pronto
como pueda verlo. Sabe que a menudo uno es mal juez
en su propia causa, que es humildad cristiana no estar
demasiado seguro de sí, y esto lo aprovechará para re­
pasar sus ideas y sus acciones con el padre de su alma.

Pero además de los hechos presentes están también


los hechos pasados que nos interesan, como los que se nos
hacen presentes por la liturgia:
Que Cristo haya nacido en un pesebre, por nosotros,
en un día de gran frío; que siendo el modelo perfecto, el
ideal perfecto, haya dicho esto y aquello en tales cir­
cunstancias.
Lucas piensa que esto son hechos de su propia'vida
también. Considera uno y otro de estos hechos, lo medita
durante un buen rato, habla con Nuestro Padre, con
Cristo o con la Virgen, con su corazón, y decide la acción
que se impone después de esta conversación.
LEVADURA EN LA MASA 391

A veces, Lucas escoge hechos invisibles, pero reales,


que también forman parte de su vida. Que haya allá
arriba la más pura, la más ideal de las mujeres y a quien
ama incluso más que a su madre; que Nuestro Padre,
inclinado hacia él colabore en una de sus acciones, etcétera.
Estos son tmbién hechos a revisar, a juzgar, a poner en
el propio corazón, en conversación íntima para luego pa­
sarlo a lo real, por la acción, a menudo por una resolución
precisa para la jomada.
*

Los tres puntos anteriores están íntimamente mez­


clados entre sí. Lucas emplea en esta bella oración, de
diez a veinte minutos, según los días y el cansancio que
lleva.
Hay otros militantes que son más breves, otros más
largos; unos insisten más sobre un punto, otros sobre
otro.
Poco a poco, Lucas ha llegado a sentir instintiva­
mente en cristiano; siempre percibe nuevas cosas que
mejorar en el mundo y en su vida, y luego habla de ello
naturalmente con Cristo, cuando su trabajo se lo per­
mite, como lo haría con un compeñero que trabaja ;>1
lado suyo.
$92 H. GODIN

testimonio do uno dirigente


Reverendo Padre:
Yo no hago nada extraordinario en mi vida de cris­
tiana.
Por la mañana, cuando me levanto, doy los buenos
días a Cristo, pero ocurre a menudo que me levanto tarde
y no hago la oración de rodillas, pero le hablo al mismo
tiempo que me arreglo. En este caso, le suelo decir:
«Cristo, estoy segura que prefieres que no haga la ora­
ción de rodillas y que no llegue tarde al trabajo». Sólo
tengo dieciséis años y, desgraciadamente, de nuestra re­
ligión únicamente conozco lo estrictamente necesario.
Durante mucho tiempo estuve creyendo que la oración
debía hacerse forzosamente de rodillas, por la mañana
o por la noche. Pero desde que estoy en la J. O. C. y mi
último retiro me lo ha hecho comprender todavía más,
veo que no es así.
Una vez acostada, por la noche, pienso en lo que
he hecho durante la jomada y asocio a Cristo en mis
conversaciones personales e interiores. Hablo con mí
misma y le pido su parecer, o bien le cuento mis cosas,
como si hablara con mi hermano. ¡Oh! hay algunas no­
ches en que estoy rendida y me duermo tan sólo al me­
terme en la cama; otras noches, estoy de tan mala luna,
y entonces mando a freír espárragos a todo el mundo y
discuto sola. Pero he encontrado un sistema formidable:
cuando no estoy dispuesta a charlar con Cristo, cojo mi
rosario y rezo unos cuantos misterios. Como en mi barrio
hay dos dirigentes, yo estoy destacada en un barrio ve-'
ciño para hacer la conquista, particularmente en una
casa de vecinos habitada por unas cien familias. Todas
las mañanas, al ir a trabajar, paso delante de esta casa y
digo a Cristo: «Cristo, en esta casa hay la mar de tra-
LEVADURA EN LA MASA 393

bajo. Échame una mano, sin eso yo no podré aguantar


y no haré nada». En mi trabajo, procuro pensar lo más
a menudo posible en Cristo, a pesar de que trabajando
yo de auxiliar contable, no puedo pensar en otra cosa
cuando hago números o paso asientos. Pero a la noche,
con la cabeza cargada de cifras, digo a Cristo: «Ya estoy
hasta las narices», y eso me hace bien, el haberle hablado
de mi fatiga, porque sé que Él no me dejará caer. Por
la mañana, cuando no me olvido y si el director no apa­
rece detrás de mí tan pronto llego, ofrezco a Cristo mi
trabajo antes de sentarme a la mesa, con las manos jun­
tas y los ojos cerrados si es posible.
Y luego, cuando estoy contenta, procuro meter a
Cristo en mi alegría. Un día volvía de la reunión. Era
una noche muy estrellada, ¡era magnífico, me gustan
tanto las estrellas! Y entonces le dije: «Qué bonito es
esto, a Ti te lo debo. Cuánto te quiero». Y así he conti­
nuado mi camino. Otra vez, en el parque de un monas­
terio, estaba con una amiga paseando y llegamos a un
lugar donde había un gran crucifijo. Era hermoso, muy
hermoso, tuve ganas de abrazarlo. Las dos lo miramos
sin decir nada. A esta amiga la quiero como a mi her­
mana: «¿Somos lo suficientemente conscientes de que es
Él quien nos ha dado la amistad que tenemos entre nos­
otras?», le dije. Ella no me contestó, pero sentí que opi­
naba igual. Entonces dije a Cristo: «Gracias, Señor,
cuán hermoso eres en tu cruz, y cuánto te amo». Y como
no podía darle un beso se lo di a mi amiga, y Le dije:
«este beso no es para ella, sino para Ti».
De decirle mis cositas sin cabeza ni pies, de verme
hablar con él como si hablara con mi hermano, debe tal
vez pensar que no estoy bien de la cabeza. Pero vea usted,
Padre, resulta tonto, pero la verdad es que no me sale de
otro modo.
Desde el punto de vista de los sacrificios, procuro ha­
cer por lo menos uno cada día; no es mucho, pero estoy
39+ H. GODIN

empezando, pues antes no hacia ninguno. Al acostarme,


se lo ofrezco a Cristo. Cuando no tengo nada para ofre­
cerle, le digo: «Hoy no he sido buena. Tú no vacilaste
en hacer el sacrificio de tu vida por mí, en cambio, yo no
soy sapaz de hacer algo por complacerte; y esto me
duele, y hasta a veces me dan ganas de llorar. Hay tantas
cosas que me cuestan y que considero como un sacrificio,
que no podría citarle más que los hechos más presentes
en mi mente. Mi mayor sacrificio, en estos últimos tiem­
pos, ha sido leer. Cuando tenía la nariz metida en un li­
bro, no lo soltaba para nada y esto hacía que me acostase
muy tarde. Después de la encuesta sobre el descanso y el
sueño, me decidí a hacer algo. Entonces paré de leer.
Me costó mucho no tocar mis librotes. Tomaba uno y
decía: «no leeré más que una o dos páginas» y luego re­
posaba, pues sabía que de otro modo sucumbiría. Ahora
no leo más que las noches en que durante el día no he
tenido demasiado trabajo, y aún leo solamente tres o
cuatro páginas. Otro sacrificio que me cuesta, es levan­
tarme temprano por la mañana. No lo consigo a menudo,
pero cuando puedo se lo ofrezco a Cristo, es decir que
le ofrezco algo que me cuesta verdaderamente. Los pas­
teles me gustan mucho, pero no me los como cuando me
los dan: los envío a una jocista que está en el sanatorio;
los dejo siempre encima de la mesa para resistir la ten­
tación, y cuando triunfo estoy contenta.
El año pasado iba a la escuela y la comunión tenía
un lugar importante en mi vida. Comulgaba los domin­
gos, los jueves, los viernes... Ahora, empiezo temprano
y habría de ir a las seis y media a misa, pero mi madre
no me lo permite. Comulgo todos los domingos y alguna
otra vez durante la semana, siempre que puedo. Me da
tanto aliento la comunión...
Procuro cumplir Su voluntad y me gustaría mucho
cumplirla plenamente; pero a veces esto es duro y dis­
cuto con Él, pues ya me he acostumbrado a discutir juntos.
LEVADURA EN LA MASA 395

Yo quería ser «scout», ocuparme de los pequeñines.


Pero soy jocista. Aunque yo quería ser «scout», Cristo
quiso que fuese jocista. Entonces «fiat voluntas tua». Hu­
biera querido trabajar en la química, esto me gustaba
tanto, pero los estudios eran largos y costosos. Soy con­
table. Estaba equivocada, Cristo no me quería en un
laboratorio, sino metida entre libros y calculadoras y
máquinas de escribir. Aún «fiat».
Lo que más me cuesta es acatar las órdenes de mis
padres a través de las cuales Cristo me ha dictado Su
voluntad. Me fastidio, pero cumplo mi deber con mucha
más facilidad cuando por un instante pienso en que voy
a darle pena a Cristo si lo hago de mala gana. Última­
mente me ha sido difícil el ser dirigente. Yo tenía un
equipo y estaba la mar de tranquila. Entonces, cuando mi
presidenta me pidió ser dirigente, me negué; ella me
mostró la utilidad y la necesidad que esto podía tener.
Pensé que era Cristo quien lo quería, y así también acepté.
Como he dicho un poquitín más arriba, me ocupo ahora
de un equipo en un barrio vecino, que por ahora va bas­
tante bien. Se trata de chicas totalmente por convertir.
Todevaí no les hablo de Cristo, se asustarían; no obs­
tante, el pensamiento de la conversión de estas chicas
me ayuda mucho, porque ofrezco todos mis esfuerzos
para que Cristo la active y me ayude a esta conversión.
Cuantos más esfuerzos haga, más chicas van a estar
toda una eternidad sin conocer a Cristo». Esto me da
coraje. Ellas me quieren tanto, que me da la sensación
de que esperan algo de mí.
Reverendo y estimado Padre, le pido su bendición.

María.
testimonio de un antiguo dirigente

Reverendo Padre:
Me pregunta usted cuáles son los medios que empleo
para amar a Dios. Es cierto que somos unos pobres des­
graciados y que tenemos mucha necesidad de ciertos me­
dios que nos ayuden a pensar en Él.
Yo procuro hacerme una idea tan concreta como sea
posible de Dios. No se ama sino lo que se conoce. Pro­
curo ver un reflejo de Su Amor en personas que viven
a mi alrededor. Entonces pienso que Él todavía es más
bueno que este cura joven y dinámico que he conocido.
Y creo que me quiere todavía más que mi madre y que
mi novia. Estos pensamientos caldean mi amor para con
Él. Por la mañana, cuando me levanto, le ofrezco mi
jornada con todo lo que pueda tener de alegrías, de di­
ficultades, de penas. Y en el curso de la jornada, cuando
le renuevo mi ofrenda de la mañana, le digo que soy su
instrumento y que, aunque en una dificultad, por ejemplo,
le gruña, que no me haga caso, pues de todos modos
quiero hacer Su voluntad. Al acostarme y hacer mis ora­
ciones, por mediación de la Virgen, le pido bendiga mi
sueño, todo lo que he podido hacer por Él y todo cuanto
han podido hacer de bueno todos aquellos que no le co­
nocen y que no piensan en ofrecérselo.
Cuando en mi apostolado se presentan dos soluciones,
procuro tomar la que cuesta más. En lo que se refiere a
sacrificios, creo que la vida de hoy día nos los da en
abundancia y no es necesario que los inventemos.
Finalmente, creo que aunque tengamos necesidad de
ciertos medios porque somos unos pobres desgraciados
y porque tenemos una vida activa a menudo muy agi­
tada, el mejor medio de amar a Dios es cumplir Su vo-
LEVADURA EN LA MASA S97

luntad, vivir a fondo la vida de hijos de Dios, mostrarnos


dóciles a sus impulsos y decirle que somos unos pobres
chavales siempre con ganas de protestar. Este estado de
espíritu permanente me procura la Paz.
Y la vida es bella cuando uno tiene la Paz consigo.

Rogelio.

el paso a la vida adulta

las etapas de la vida cristiana


Mi querido Manolo:
Te preocupas demasiado. Todo lo que te ha ocurrido
no tiene nada de extraordinario; es más, es lo más nor­
mal que puedas imaginarte.
Tienes veinte años cumplidos y te sientes menos
joven. Ya no tienes el mismo entusiasmo. Ahora ves más
las dificultades que tienen las cosas. Eres menos empren­
dedor, menos audaz, etc., etc.
Mi querido Manolo, esto no son más que defectos.
Ahora estás adquiriendo una cualidad de hombre: el
realismo. No preocuparse por nada, creer un poco a lo
loco, que todo se hace en ocho días, lanzarse a asuntos
sin haberlos madurado suficientemente, todo eso es bo­
nito. Tú sabes que desde hace tiempo admiro y paladeo
eso en los jóvenes. Pero a pesar de eso, no me hagas
decir que eso son cualidades de hombre y que el mundo
iría muy bien si todos nuestros contemporáneos actuaran
de tal suerte. Tienes veintidós años y medio, Manolo.
Tus responsabilidades de dirigente federal te han ma·
$98 H. G O D I N

durado por una parte, y por la otra has mantenido un


alma muy dinámica gracias al contacto con los jóvenes.
Dentro de unos años fundarás una familia, tal vez pronto.
Tus responsabilidades profesionales aumentarán, pronto
serás jefe de equipo. Y todo eso exige ser hombre.
Sencillamente, te estás convirtiendo en un hombre.
Tú echas de menos tus dieciocho abriles y tus prime­
ros pelos en la barba, y tu carita de medio niño y medio
machote, pero eres tonto. El presente es magnífico y has
de realizarlo como has ido haciendo hasta ahora.
Eres un joven. Estás haciéndote un hombre joven,
y yo te felicito, como te felicitaré cuando te cases o
cuando me anuncies que eres jefe de equipo.
Hay un poco de desorden en tu alma ¿sabes? Esto no
me asombra. Los cambios en el hombre suelen hacerse
con vacilaciones, dudas, con algún paso en falso, es lo
que llamamos crisis. Esta crisis no será muy larga ni
de la gravedad que me señalas, en especial, porque la has
acusado con un año de retraso. Generalmente ello se paga
con los trastornos de vida que suele producir el servicio
militar. No te asombres al ver volver a tus camaradas
con criterios distintos a los de antes.
La evolución completa terminará en ti un año des­
pués de tu matrimonio, si no es demasiado próximo, o
m á 3 probablemente cuando seas padre.
Tu piedad está buscando una forma nueva, todavía
más regular, más entrañable; mientras aguardas, tu
alma se seca. Obra como las otras veces en que has no­
tado eso. Anda con voluntad, pero reflexiona; piensa y
lee un poco para procurarte los elementos de tu síntesis
cristiana de hombre. No amarás, a Dios como antes, lo
amarás de otra forma, que será mejor.
¿Estás envejeciendo? me dices. No te preocupes.
Manolo. En algún lugar de tu país existe una mucha-
chita cristiana, que dentro de un tiempo, que no te deseo
ni demasiado corto, ni demasiado largo, sabrá devolverte
LEVADURA EN LA MASA 399

la juventud. Sé pues un hombre. Cristo tiene necesidad


de hombres, y la J, O. C. también.
Mi querido Manolo, queda en paz, sé un hombre fuer­
te y bueno a la vez, como Cristo. Te bendide.
I
.«■te <
H. G.

otra evolución: la familia


La vida cristiana es como toda la vida. No subsiste
si no hay refuerzos. Hay que alimentarla, desarrollarla,
y, sobre todo, adaptarla al hombre que llegamos a ser a
medida que va transcurriendo nuestra existencia.
Hay muchos cristianos que a los dieciocho años tie­
nen todavía una religión de catecismo, de oraciones, un
examen de conciencia de niño de doce años. Es como si
todavía llevaran los pantalones de su primera comunión.
Y sería peligroso que un hombre hecho guardara la re­
ligión de un joven, que un dirigente de Acción Católica
continuara entreviendo el cristianismo como un simple
fiel, o que un hombre casado cultivara una vida interior
de soltero.
Hay que volver a tomar una nueva vida. Hay que
desarrollarla y adaptarla a nuestra vida divina.
El matrimonio, con su preparación — el noviazgo— ,
nos dará varias ocasiones. Desde que dos jóvenes se quie­
ren, este amor viene a enriquecer y a transformar su
vida interior.
Después de este intento todavía teórico de la vida del
noviazgo, habrá un comienzo de realización con el ma­
trimonio.
Deberá realizarse la espiritualidad conyugal y en­
contrar la vocación del hogar.
La espera del niño y su llegada cambiarán muchas
cosas.
Ü. G O D I N

Hay todavía riquezas insospechadas para la vida di­


vina, hay también ahí numerosos latidos.
Luego vendrán las crisis más a menos caracterizadas
de la transposición del amor conyugal.
Luego, los problemas que plantean a la espirituali­
dad de los esposos los niños que se multiplican. La es­
pera de un segundo niño es para la vida cristiana fuente
de otras riquezas distintas de la espera del primero.
La educación de los hijos que empiezan a comprender
exige todavía varias revisiones.

estado de unión con Dios

Teresa
Eli doctor Cutet es un hombre alto, fuerte y majes­
tuoso. Tiene unos ojos grandes, negros, profundos. Como
tiene mucha fama, y no sin razón, está terriblemente
sobrecargado de trabajo. Tiene una niña muy simpática,
que se llama Teresa, y que tiene un bonito pelo castaño
y unos grandes ojos. Teresa se prepara cada mañana
para ir a la escuela. Cuando hace bueno, se pone un ves­
tido de colores muy bonito, y cuando llueve se calza sus
botas de caucho. Cuando pasa por delante del despacho
de su padre, anda de puntillas para no molestarlo. Y a
veces el doctor abre la puerta de golpe, besa a su hija
y le dice: «Ven un poco conmigo, Teresa».
Toma de la manita a su hija, se la lleva al garaje, la
mete en el coche, en el asiento junto al del volante, y la
conduce a la escuela. A veces, cuando el padre está con­
tento de Teresa y tiene tiempo, van a pie. Pasan por unas
callejas mal pavimentadas, luego por un sendero que tie­
ne unas curvas muy bruscas. Teresa da gritos que pare­
cen de miedo, pero no, son de alegría.
LEVADURA EN LA MASA

Pero si el padre no lo propone, a Teresa nunca se le


ocurre pedírselo. Es tan extraordinario que un hombre
tan importante como su padre pierda el tiempo paseando
a un cachito de mujercita de diez años, que aun cuando
nieva o llueve, se prepara siempre como si hubiera de ir
a pie y sola. A lo más, procura andar despacio cuando
pasa frente al despacho de su padre. A veces, el padre
sale y Teresa está contenta, pero a veces no sale y Teresa
también está contenta.

Lo mismo ocurre con Dios y nosotros.


Debemos preparamos siempre, equipamos para an­
dar con sus gracias ordinarias, para hacer el esfuerzo de
pensar a menudo en Él, poner los medios de amarlos y de
luchar contra nuestras faltas. Y a veces, sin saber por
qué, sin que lo hayamos merecido, Dios nos coge en sus
brazos y nos lleva, y entonces no debemos hacer nada
más que dejamos llevar, hacemos niños, o como la es­
posa humilde y discreta que abre las puertas de su alma
de par en par para que su Señor entre en ella.
Y cuando el Señor viene, todo es alegría, una alegría
maravillosamente profunda, que es un poco de la felici­
dad del cielo, de la felicidad inmensa que tendremos allá
arriba. Sentir que se ama a Dios y que somos amados por
Él, y que Él puede estar en el alma junto con el dolor
humano.
Nuestra oración se desliza entonces por sí sola, ya
no hay que esforzarse. Él está presente en nuestra alma,
y no solamente cuando podemos estas distraídos de nues­
tro trabajo, sino incluso en la ocupación más absorbente.
El alma canta entonces sin parar una oración de
amor, o más exactamente canta para sí una magnifica
oración de amor.
En la acción, no nos cuesta nada. Somos plenamente
jóvenes. El entusiasmo nos empuja, o bien es una ale­
gría discreta pero inmensamente fuerte.
+02 H. GODIN

A veces esto dura mucho más tiempo, otras es cues­


tión de un instante.
Pero nuestro Padre no quiere que se lo estemos pi­
diendo continuamente, pues correríamos el riesgo de ha­
cerle creer que nuestro amor es interesado. Una chica
no pide regalos a su novio, y si se los pidiera él sospe­
charía: «no me quiere, ésta se propone únicamente sa­
carme regalos».
Esta unión con Dios es amor, un puro regalo de amor.
Y lo da cuando Él quiere, como quiere y en la medida
que quiere.
Este modo de amar a Dios no está reservado sólo a
los grandes santos. Es más. muchos — como Santa Te­
resa del Niño Jesús— estuvieron privados de El durante
una buena parte de su vida. Dios lo concede a menudo a
aquéllos que vienen a convertirse o que han decidido
empezar a esforzarse en la vida cristiana. Y luego, cuan­
do son bastante fuertes (o incluso a veces cuando recha­
zan algo), les retira de golpe esta ayuda extraordinaria
y entonces la vida cristiana les parece insípida y triste
como a Teresa, la calle sucia de lodo y fría cuando va a
pie, después que varios días seguidos su padre la había
llevado en coche.
Hay que reaccionar y ponerse a trabajar con alegría,
con entusiasmo y con buen humor.
Que Dios lo haga todo en nuestra alma y nos haga
comprender de un modo mucho mejor ciertas cosas, no
quiere decir que seamos más santos, sino sencillamente
que Dios nos ayuda mucho más. Y si nos retira esta
ayuda, pocas veces corresponde a una falta nuestra, sino
simplemente a su gusto.
Cuando sentimos que Dios está tomando posesión de
nuestra alma, debemos dejársela bien libremente. Aban­
donemos entonces todos los preparativos de oración o
motivo de acción. Dejemos, como Teresa, las botas, el
betún, el paraguas... y subámonos al coche.
LEVADURA EN LA MASA

Es posible además que Dios nos ayude de este modo


especial con vistas a los otros y no para nosotros, y así
nos dicte ideas maravillosas en un discursito o palabras
que conmuevan y convenzan en una conversación privada.
Hay libros que llaman a eso «la vida unitiva», indi­
cando que suele encontrarse después de un período de
lucha contra los propios defectos, seguido de otro período
de esfuerzos en la presencia de Dios y en la oración. Yo
pienso que es así en los conventos, pero no creo que su­
ceda así entre los militantes de la J. O. C. o de las demás
ramas de Acción Católica. En todo caso, no ocurre de este
modo entre los que he conocido.
A menudo Dios concede esas gracias especiales a los
que empiezan a dársele a fondo y solamente después, y
gracias a esta luz y a este calor, llegan a deshacerse de
sus pecados. Además, las retira a menudo y las vuelve
a dar luego, pero no siempre.
Pero todo eso no debe hacernos olvidar cuanto queda
por hacer: realizar la voluntad de Dios hasta en los me­
nores detalles de nuestra vida, pensar lo máximo en Él
y darnos enteramente por la salvación de nuestros her­
manos, cueste lo que cueste, contra viento y marea, apro­
vechándonos de la corriente si empuja por la espalda o
marchando contra la corriente si es adversa.
Sea lo que fuere de lo demás, ahí está el amor de Dios,
ahí está la santidad, ahí está Cristo.
INDICE

Presentación ... 9

I. NUESTRO PADRE QUE ESTA EN LOS CIELOS

Dios es mi Padre- El colegial y la montaña ................ 16


Yo soy un pensamiento de Dios. Las hojas de árbol ........ 17
La Esperanza .................................................................................... 19
Soy un sueño del amor de Dios. Uno junto al otro .............. 21
El orden del mundo. Una inmensa máquina .................... 23
La libertad. El cabrito, el buey y el hombre .................... 26
¿Por qué permite Dios el sufrimiento? Charles Pegury ........ 29
El desorden en el mundo- El horno Bessemer .......................... 36
Algunos hechos ................................................................................ 38
La ley de la Solidaridad. La isla «Mi Placer» .................... 40
El desorden y la guerra- El almacén de hierro .................... 43
Cada cual tiene su vocación. La fábrica Citroen .................... 45
Cómo encontrar la vocación. La máquina de coser .............. 17
El pecado. Las señales .................................................................... 51
Dios repara nuestros desórdenes- El marmolista .................... 53
El pecado y la confianza en nuestro Padre. La muchacha que
ha caído .................................................................................... 57
El inútil desesperarse- El casamiento de Magdalena ......... 59
La colaboración en el trabajo. Las aprendizas en quienes se
pone confianza ......................................... ................................ 61
El deber del trabajo. La colmena .............................................. 63
Para el uso de las criaturas· Nuestro hermano el Sol ......... 66
Carta a Jorge, de 15 años ........................................................... 68
Iva colaboración de la solidaridad- Las enfermedas homicidas. 69
La colaboración de la familia. El altar familiar ..................... 71
II. LA REVOLUCION DE CRISTO

а) Nuestro Jefe y nuestro Hermano ....................................... ......75


Cristo, nuestro modelo. Un viaje de estudios .......................... ..... 77
La fuerza de Cristo. Un jefe ................................................... ..... 79
E! Sagrado Corazón. La bondad de Jesucristo ......................... 82
El Reino de Dios. Una sociedad floreciente ............................... ..... 85
El Deber de ser apóstol. La sociedad de pescadores de caña. 88
Nadie puede amar a sus hermanos si no es apóstol. Las manzanas. 89
Nadie puede amar a Dios, si no es apóstol. Un salvamento
heroico ......................................................................................... ..... 91
Ser apóstol ¿para quién? El buen samaritano ......................... 93
Sei militante en la vida* El panadero ...................................... 96
Cómo amar a nuestro prójimo. La pequeña refugiada ........ ..... 99
Ser apóstol es amar. La asamblea general ......................... ..... 98
б) Jesucristo, nuestra vida· El Cuerpo Místico ....................
Con Cristo no formamos más que uno. Unos novios que se
quieren ............................................................................................. 102
La vida divina. Carmencita y su gato .......................................... 103
La vida de Cristo en nosotros· La Viña, la Vid y los Sarmientos. 106
El Cuerpo Místico ........................................................................ .....108
Cada uno tiene su sitio. El concierto.......................................... .....110
La Encarnación y la Redención. El Bautismo ......................... .....112
Dio~ en nosotros· El pequeño bautizado ..........................................114
La comunidad. El prisionero libertado ............................................115
La Iglesia, comunidad de los cristianos· Una comunidad dinámica· 117
La Iglesia de Cristo. La Iglesia de vuestra parroquia ........ .....117
¿Somos Santos? Los santos con corona ............................... .....120
Consecuencias del apostolado. El reloj ... .......................... .....124
El infierno. Amor rechazado ................ ................................126
El purgatorio. Los dos buenos camaradas ................................ .....128
La oración· El campo de patatas ................................................. .....130
La Misa- El rey Leopoldo de Bélgica ............................................133
La Comunión. La señora de Mirasoles y la muchedumbre. 135
El sufrimiento. Los que pagan ........................................................139
Dolor de una madre ..................................................................... .....141
La Vida de la Iglesia. La continuación del Evangelio ........ .....143
NUESTRO ESPIRITU. EL MISMO DE CRISTO
QUE SE COMUNICA A NOSOTROS

1. La ley y el espíritu- Madre o madrasta 140


El espíritu de Cristo. Josfina .................................................. 151
La Confirmación. La pensión desinfectada ......... 153
2. Espíritu de Caridad· Saber conducir un coche 155
El espíritu del amor. Contabilidad· ........................................ 157
El verdadero método de amar a Dios. La belleza de Lina. 160
Es espíritu de Cristo nos enseña a amar a Dios- Amor total. 162
Santidad por el estado de vida. Lejos de la p a tria .............. 163
3- Espíritu de verdad. ¿Cómo nos hallamos respecto de la
verdad? ................................................................................... 165
La verdad y nuestro Padre, la verdad y Cristo. SOS- ... 167
Ser veraz consigo mismo: aceptar la propia condición ........ 170
Ser veraz consigo mismo: aceptar la propia vida- El suelo- 174
Ser veraz consigo mismo: aceptar la vida con sus detalles.
Esposa mediocre .............................. 176
Simplicidad para con Dios. La linterna ................................. 180
Simplicidad cristiana para con nuestros hermanos. Pedro
y Claudio ... .................................................................. 183
4. Espíritu de pobreza. Conciencias que se venden .................... 185
5. El espíritu de Cristo es espíritu de pobreza. Rompamos
las cadenas ................................................................. 187
El Espíritu Santo y los jóvenes. La primavera .................... 188

IV. NUESTRA MADRE, LO ES DE CRISTO


Y NUESTRA

La Virgen, Nuestra Señora. La Virgen de las flores .................... 191


Nuestro ideal. Nuestra Señora ............................................................. 192
Nuestra Señora de todos los días ... .......................... ..... 193
Nuestra Señora de la bondad. Madre .............................................196
Medianera de todas las gracias. La Virgen Medianera ........ ..... 200
La Virgen de todos. Nuestra Señora de la Masa .............. 202
Nuestra Señora de los Dolores .................................................... 204
Nuestra Señora de la Esperanza ...................................... 205

V. CULTIVAR LA VIDA: CULTIVARSE


Y CULTIVAR A LOS DEMAS

Cultivar la vida ... ...................................... ..... 211


1. Aprender a pensar .....................................................................
Desarrollarse completamente· El reloj de Estrasburgo ... 212
Nuestro Padre quiere que vivamos intensamente nuestra
vida- Preceptor culpable .................................................... .....214
Para vivir intensamente: observar. Santiago y sus oqos ... 217
Para vivir intensamente: pensar. Los librófagos .........................219
Cultura y reflexión. Reflexionar ............................................ .....221
Ahondar en l*a reflexión ......................................................... .....222
Para vivir intensamente: sentir. Pasear corriendo .............. .... 226
El arte. Seamos completos- .................................................... .... 228
2. Instruirse por la lectura. Los librófagos ............................... .... 229
Hay que leer. Modificación de contracción .............................. 231
Cómo leer. Las fotos de Odette ............................................ .... 233
Cultivarse por el cine· Cecilia va a ver películas .............. .... 235
Cultivarse por el trabajo. Coche, moto, o bicicleta .............. .... 237
Cultivarse por el tiempo libre. Dos modos de construir
una casa ................................................................................ ....238
3· Hablar- Cuándo y cómo hacerlo. La fuente y el camarero. 240
Hablar en público. El primer discurso ................................ ....242
Hablar convencido· La gran prueba ..................................... ....244
4. Actuar. Id a mi viña ..................................................................246
¿Por qué se es tímido? La timidez ...................................... ....247
Cómo curar la timidez. Los remedios ................................ ....249
Organizarse la vida* Una tienda surtida ............................... ....252
Distribuir bien el tiempo. La mochila del s c o u t........................254
Organizarse el tiempo. El despertador de Marcos .............. ... 256
Organizarse los papeles. Mis tres cuadernos ....................... 257
Tomar notas- El acordeón ....................................................... ... 259
Para los obreros y empleados .................................................
Por qué una cultura obrera· Un campo cultivado .............. 261
Pero, ¿qué es la cultura? ....................................................... 264
Qué será la cultura obrera· Formación de las facultades
de actividad .......................................................................... 265
De que se compone la cultura obrera· Una cabeza bien hecha 267
En qué consiste la cultura obrera- La formación del sen­
timiento ............................ .................................................... 269
VI. AHONDAR LA VIDA EN LOS DEMAS
Y EN UNO MISMO

I— Conocer las almas. Marcas de coches ........................... 273


La emotividad. Una buena reprimenda ........................... 276
Ventajas e inconvenientes de la emotividad. ¿Qué pen­
sáis de Monica? ............................................................... 279
Actividad. Familias dispersas ........................................... 281
La introversión. Terreno arenoso, arcilloso ..................... 283
Los diferentes temperamentos. Algunos retratos............. 285
La personalidad. El casco .................... .............................. 288
Rostro, actitud, escritura ..................................................... 291
II— Cómo.. transformar las almas. Tomamos tal como so­
mos. La iglesia m oderna.................................................. 293
Ver el bien que hay en nosotros. Falsa humanidad ... 295
Utilizarlo todo. Un motor 11 C. V- .................................. 297
No destruir nada, hacerlo sublime- La avaricia de Pedro. 299
La voluntad. La carrera de automóviles ........................... 303
Ser libres. El oficial valiente .............................................. 305
III. — Medios de acción. El plan de conquista. La guitarra- 307
¿Cómo hacerse en plan de conquista? El camión averiado. 309
Un gran medio de conquista: la confesión. El carpin­
tero y su cepillo ............................................................... 312
Medios de acción: examen particular. La casa y los
chinches .............................................................................. 315
Observar a fondo. Transporte ............................................. 317
El gran medio de acción: trabajar para Cristo. Los
diez «sí» ............................................................................ 318
Los retiros espirituales. La ascensión del Montblanc- 320
Dirección de conciencia. Para la ascensión, un guía ... 322
IV. — D erramar la vida alrededor nuestro. Ser jefes ......... 330
El cristiano es jefe para toda su vida. El «propagan-
dizad or».............................................................................. 331
Un jefe cristiano ama a sus hermanos· Josefina se cree
explotada ............................................................................ 333
Sé un jefe· Jefe ..................................................................... 334
Sé moderno. Habitación o estudio ................ ......... 336
Mantente en forma. Los dos panaderos ... .......... 338

XII. DIVINIZAR NUESTRA VIDA EMPAPANDOLA


ENTERAMENTE DEL AMOR DE DIOS
Vida interior y santidad. La vida cristiana .............................. 341
Dejad a Dios que haga. ¿Geranios, en los sótanos? .......... 344
I. — Generosidad y entrega- Estado de don de sí. La pe*
quena del barrio ............................................................... 345
Estado de gracia. La vida de Cristo ......................................347
Estado de generosidad en la superación propia. El peral. 351
Optimismo y confianza- El pisito ............................................354
Pureza, sencillez y desprendimiento. Altura y velocidad..... 356
A fin de vivir intensamente: pensar para 'amar. Un no­
viazgo original .................................. ..................... .....361
Lucha y progreso. Los dos ciclistas ................................. .....363
II. —- La o k a c ió .n litú r g ic a Meditación- En íntimo diálogo
·

con Cristo ....................................... ................................ .....365


Sobre el evangelio. La carta de Cristo escribió para mí- 368
Estado de oración. Para que un coche pueda arrancar. 369
III. — La Hay que comulgar. El abastecimiento- 372
C o m u n ió n .
Cuándo y cómo comulgar· Un extraño invitado ......... .... 376
IV7. — La v i d a e n t r e g a d a a D i o s . Piedad y sentimiento. Es­
posa descuidada .... 378
Resumen: condiciones que favorecen la vida de Cris­
to en nosotros ........................................ ................. 385
La misa de R egina................................................................ .... 386
La revisión de vida .............................................................. .... 389
Testimonio de una dirigente .............................................. .... 392
Testimonio de un antiguo dirigente ................................. .... 396
Las eíapas de la vid-a cristiana: el paso a la vida adulta· 397
Otra evolución: la familia .................................................. .... 399
Estado de unión con Dios. Teresa ..................................... .... 400
POESI AS

Sólo a Ti de lo digo. Luis Felipe Vivanco ..................... 25


El Santo. José Angel Valente ......................................................... 35
Aquí quiero yo ver... Francisco S it já ............................................ 42
La costurera- José Luis Martín Descalzo ...................................... 49
Jesús en el sepulcro■ José Luis Martín Descalzo 55
Alto jornal. Claudio Rodríguez ... ................................ 65
Yo amo a Jesús■ Antonio Machado .............................................. 81
¿Qué tengo yo que mi amistad procuras? Lope de Vega .. 84
El reino de Dios■ Miguel de Unamuno ... ........................... 87
Epitafio. Marcelo Arroita-Jauregui ......... 116
De una vida de Santo. José M.a Val verde 122
Oración en silencio. José Luis Hidalgo ........................... 132
Oración de la impaciencia. Pedro M.a Casaldáliga 138
La Muerte. Pedro M.a Casaldáliga ......... ......... 144
La Higuera. Juana de Ibarbourou ... 159
Nada te turbe■ Santa Teresa de Jesús ... 169
Pan moreno· Angel Crespo ........................................................ 179
Anunciación· Juan Ramón Jiménez ......... 194
Tened los ramos· Lope de Vega ............... 199
Oración a Santa María. Gómez Manrique ......... 201
Exvoto. Juana de Ibaibourou ............... 203
A la Virgen María. Dámaso Alonso ... 206
Todo es nuevo. Miguel de Unamuno ... 216
Cabeza y corazón· Miguel de Unamuno ....................................... 227
Un hombre de verdad. Miguel de Unamuno ........ 272
Sueño y despertar. Manuel y Antonio Machado ......... ... 278
Soy tan mayor. Ramón de Garcíasol ... 290
El cementerio· Miguel Hernández ................ 302
Anoche cuando dormía■ Antonio Alachado .............................. 343
Canción de los cuatro ángeles y el de la guarda■ Eugenio d’Ors. 350
No me mueve mi Dios para quererte... Anónimo ... ... 359
Canción al Niño Jesús. Gerardo Diego 359
Cochinito. Juguetes. Fernández Moreno ........................................ 360
Oda al Santísimo Sacramento. Federico García Lorca ... 374
Parejas. Fernández Moreno .................................. ................ 381
Perdóname por ir así buscándote· Pedro Salinas ...................... 382
Los Padres· Lorenzo G om is............................................................. 383
Este libro
se acabó de imprimir
en Gráficas Socitra,
de Barcelona
el 5 de noviembre de 1963
L evadura en la constituye
m asa

una muestra del gran estilo evangé­


lico de su quehacer misionero. Escri­
to premiosamente durante las no­
ches o en breves pausas de su in­
tensa labor, recoge gran parte de la
doctrina que iba sembrando en reu­
niones jocistas, en retiros, en innu­
merables contactos personales. En
él queda inscrita su alma grande de
hombre, de poeta, de místico.
Todo lo humano encontró reso­
nancia en el espíritu de Godin. El
sacerdote que quiera celebrar bien
la Misa, ha de concentrar en sí mis­
mo toda la miseria de la humani­
dad. Todo lo que es indigencia, as­
piración, esperanza. Sacerdote de la
humanidad que la abarque profun­
damente.
Al presentar esta edición española
del más importante de los libros de
Godin, nos anima la ilusión de que
el maravilloso efecto de su palabra
en el alma popular francesa ha de
repetirse de alguna manera en Es­
paña y Latinoamérica. Porque él, en
la casa del Padre, sigue trabajando
apasionadamente por la salvación
en Cristo del pueblo.