Está en la página 1de 4

El concepto de pulsión: concepto límite entre lo psíquico y lo somático

Elevado al rango de los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis por Jacques Lacan en 1964, el concepto
de pulsión innegablemente es, en toda la literatura psicoanalítica, uno de los más difíciles de captar, en la medida
en que sin duda alguna es, igualmente, el concepto que Freud rehízo más a menudo en el curso de sus trabajos.
Este concepto puede no obstante ser aprehendido simplemente, con la ayuda de la Meta-psicología freudiana, la
cual define la pulsión como una excitación orgánica que, el aparato psíquico va a tener que representarse y tomar
a cargo.

Que esta excitación provenga de una fuente orgánica interna, significa primero que todo, que esta excitación no
es momentánea sino que actúa como una fuente constante, un "empuje constante" dice Freud, de suerte que
ninguna forma de huida puede confesarse realmente eficaz, contra ella. La pulsión representa entonces primero
que todo, el hecho que el aparato psíquico esté forzado de tomarla a cargo, es decir, forzado a él mismo
representarse una excitación interna constante que tiene como origen lo orgánico.

Esta toma a cargo es en necesaria en virtud del principio del placer al que está sometido el aparato psíquico. Este
es en efecto, necesariamente obligado a representarse esta excitación, aunque sólo sea, justamente, para rebajarla
y darle un destino. La representación de esta excitación constante, de esta fuerza o empuje constante por el
aparato psíquico, se torna por consecuencia, ya no en una energía somática u orgánica, sino entonces en una
Energía psíquica: la energía pulsional.

Ahora bien, ante este dilema entre lo somático y el aparato psíquico, este último se ve no solamente revestido de
un trabajo suplementario, con relación a su trabajo consciente, sino sobretodo, de un trabajo incesante, ya que
está en la obligación de tomar en cuenta y de derivar sin cese, esas excitaciones de origen orgánico.

En efecto, se lo observa claramente, como lo dice Freud, que el concepto de pulsión es un "concepto límite entre
lo psíquico y lo somático". Mas exactamente, el concepto de pulsión es un representante, "el representante
psíquico de excitaciones nacidas del interior del cuerpo y que llegan al psiquismo", concepto que nos permite
medir "la exigencia del trabajo que se impone al psiquismo como consecuencia de su conexión con lo corporal"
(Pulsiones y destinos de las pulsiones, p. 19fr.). Reiterando una tal definición, Freud no vacila no obstante en
poner en evidencia todas las dificultades:

«Las fuentes más abundantes de una tal excitación interna son lo que se llama pulsiones del organismo,
representantes de todas las fuerzas que actúan como provenientes del interior del cuerpo y son trasferidas al
aparato psíquico; es este el elemento más importantes pero también el más oscuro de la investigación
psicológica" (Mas allá del principio del placer, p. 77fr.).

No obstante, si estamos dispuestos a admitir esta dificultad; que la pulsión sea un concepto límite entre lo
somático y lo psíquico, según esta acepción, una pulsión puede definirse por cuatro términos: su empuje, su fin,
su objeto y su fuente.

Siendo de origen orgánico la primera excitación, podemos decir que la fuente de la pulsión es la representación
psíquica del órgano excitable. La fuente de la pulsión es por ejemplo, la boca, para una excitación orgánica del
aparato digestivo.
Siendo la excitación primera una fuerza o empuje constante, la representación psíquica de tal excitación será
principalmente calificada como activa: es la energía psíquica pulsional. Por ejemplo, la energía psíquica que
representa el empuje de la excitación del aparato digestivo, es el hambre, la mirada será la energía psíquica de la
pulsión escópica que representa la excitación del globo ocular, etc.

Siendo la excitación primera captada por el aparato psíquico como un displacer, el fin de la pulsión será siempre,
necesariamente, la satisfacción de la energía psíquica movilizada para este efecto, es decir la supresión total o, al
menos parcial, de la representación psíquica de la excitación primera.

Ya que la pulsión es el representante de una representación psíquica de una excitación orgánica interna, el objeto
de la pulsión es un objeto indiferente a la fuente orgánica primera. Si la excitación orgánica primera es una
excitación del aparato digestivo, por ejemplo, el pan, la carne o el yogur satisfará la representación psíquica de
esta excitación, el hambre.

Las Pulsiones sexuales y la libido

En la medida en que el concepto de pulsión representa el hecho que el aparato psíquico, en virtud del principio
del placer, tome a cargo y entonces se represente una excitación orgánica cualquiera, existe necesariamente una
infinidad de pulsiones, ya que hay una infinidad de fuentes orgánicas excitables. Los ojos, la boca y las orejas,
por supuesto, pero también los poros de la piel, los dedos de los pies, etc. Se agrega a esto las excitaciones
orgánicas externas a las cuales está sometido nuestro propio cuerpo, las cuales deben, igualmente estar
representadas y tomadas a cargo por el aparato psíquico. Por poco repetitivas que sean estas excitaciones
somáticas de origen externo, podemos representar sus representaciones psíquicas con la ayuda de tantas
pulsiones como sea necesario. Existe por este hecho, una cantidad infinita de pulsiones parciales. Como Freud lo
señala en efecto, "el propio cuerpo del individuo y, ante todo su superficie, constituyen una fuente de donde
pueden emanar a la vez las percepciones externas y las percepciones internas" (El yo y el Ello, p. 238fr).

No obstante, parece legítimo con miras a los resultados producidos por la observación clínica y en la práctica
psicoanalítica, desprender primero que todo y poner en evidencia un grupo particular de pulsiones: las pulsiones
sexuales.

Desde un punto de vista estrictamente conceptual, las pulsiones sexuales pueden definirse como todas las otras
pulsiones, por una fuente, un empuje, un fin y un objeto. Con la diferencia que la fuente de la pulsión sexual, es
decir el representante de la representación psíquica, de la zona orgánica excitable primera, podrá ser calificada
como zona erógena. Aún allí, no obstante, las zonas erógenas han nacido de fuentes orgánicas múltiples y las
pulsiones sexuales son igualmente y ante todo, pulsiones parciales. Al respecto, Freud cuida mucho de precisar
que "ellas se manifiestan primero independientemente las unas de las otras" (Pulsiones y destinos de pulsiones,
p. 23fr). Como cualquier pulsión, las pulsiones sexuales representan la toma a cargo, por el aparato psíquico, de
una excitación repetitiva que tiene por fin la obtención de placer de órgano. Aún allí, no obstante, parece
legítimo especificar esta fuerza constante representada por el aparato psíquico.

Para mayor claridad, en efecto, designamos la representación del empuje constante de la excitación orgánica de
origen sexual, es decir esta energía psíquica particular, con el término libido:
"Análoga al hambre en general, la libido designa la fuerza con la que se manifiesta la pulsión sexual, así como
el hambre designa la fuerza con la cual se manifiesta la pulsión de absorción de alimento" (Introducción al
psicoanálisis, p 292).

No obstante, el objeto que puede satisfacer la pulsión sexual, es decir el objeto alrededor del cual la libido
gira es, en principio, indiferente. Y, a decir verdad, este punto es fundamental para el psicoanálisis, ya que, las
pulsiones sexuales no presentan especificidad alguna con relación a las demás pulsiones, no es sino cuando en la
edad de la pubertad, "ellas entran al servicio de la función de reproducción", como lo precisa Freud, "que se
hacen generalmente conocer como pulsiones sexuales" (Pulsiones y destinos de pulsión, p. 23fr.).

Las pulsiones sexuales son ellas también entonces, pulsiones parciales que, "en tiempos primitivos del desarrollo
libidinal", según la expresión misma de Freud, "van de manera autónoma, a la caza del placer " (Freud mismo,
p. 64fr).

Principales cualidades des pulsiones

La principal cualidad de las pulsiones es su gran plasticidad y, sobretodo, su facultad de desplazarse y de


condensarse.

Contemplaremos por ejemplo, la pulsión escópica, cuya fuente es el ojo, el fin es la mirada, es decir la acción de
mirar. Podemos decir a este nivel que el objeto puede ser considerado como indiferente, puesto que este objeto
está justo ahí "para el placer de los ojos" , según la expresión corriente. No obstante, esta pulsión puede
asociarse con una o varias otras, por ejemplo a la pulsión de incorporación, del comer, cuya energía pulsional es
el hambre, si tanto es que el objeto puede ser capas de conciliar y satisfacer a dos pulsiones, en adelante
condensadas, no queda desde entonces totalmente indiferente. Se tratará por ejemplo de la vitrina de una
panadería lo que hará salivar tanto como satisfaga la pulsión escópica. A esta condensación primera, puede
asociarse además, una pulsión parcial sexual, lo que complica considerablemente las cosas. De buena gana
diremos entonces, «se devora a su bien amada de los ojos», para significar esta condensación entre tres
pulsiones: hambre, mirada y una pulsión sexual parcial.

Es lo que Freud confirmará en su artículo de 1923, titulado "El Yo y el Ello":

"El problema de la calidad de las mociones pulsionales y de su conservación a través de los diferentes destinos
pulsionales es aún muy oscuro, y actualmente, apenas abordado. En las pulsiones parciales, que
particularmente, son muy accesibles a la observación, se puede constatar la existencia de un cierto número de
procesos que entran en el mismo marco: por ejemplo, las pulsiones parciales se comunican en una cierta
medida las unas con las otras, una pulsión que proviene de una cierta fuente erógena puede abandonar su
intensidad para reforzar una pulsión parcial de otra fuente, la satisfacción de una pulsión puede sustituirse a la
satisfacción de otra, etc., lo que nos anima de cierta manera a avanzar hipótesis." (El yo y el Ello, p. 258fr).

Lo que distingue en principio a las pulsiones es entonces su sorprendente capacidad de intercambiar sus
objetos y sus fines, es decir su sorprendente capacidad para condensarse y desplazarse. En este sentido, la
especificidad del psicoanálisis freudiano puede ser reafirmada como práctica que, más allá de todo juicio
moral sobre estas pulsiones mismas, tiene por objeto el análisis de sus condensaciones y de sus
desplazamientos inconscientes.