Está en la página 1de 132

Es la vida de una quiltra poh’

Mayumi Cisternas

Editorial Desbordes
Colección Diosas de la Ira
Es la vida de una quiltra poh’
© Mayumi Cisternas
mayumi.esmeralda@gmail.com
Registro de Propiedad Intelectual: A-297850

© Editorial Desbordes, 2018


editorialdesbordes@gmail.com
ISBN: 978-956-9902-07-09
Colección Diosas de la Ira

Fotografía de portada:
© Gabriela Rivera Lucero

Editorial Desbordes
Director: Alexis Donoso González
Editor: Gonzalo Geraldo Peláez
Diseñador: Salvador Troncoso Curivil

Edición especial de 400 ejemplares


Impreso en Chile
Es la vida de una quiltra poh’
Mayumi Cisternas

Editorial Desbordes
Colección Diosas de la Ira
“Derecho a tener una protección especial para el desarrollo físico, mental y social”
“Derecho a una alimentación, vivienda, atención médica adecuados”
“Derecho a la comprensión y al amor de los padres y de la sociedad”

Declaración de los Derechos del Niño (1959)


Mayumi Cisternas

Nota de la autora

Este lenguaje pone en evidencia un recorrido que se sostiene, un


vínculo intangible entre mi realidad y mi locura. Donde mis car-
nes se despellejan, y voy negociando con la primavera mis sueños,
mi pasado, mi hambre y mi futuro. Desde perspectivas nuevas
se abren dimensiones para convertirme en viajera de mi tiempo,
para ir al rescate de mi memoria subterránea y cósmica, unida en
forma abstracta, con iluminación imperfecta. Tal vez tendré que
entrar a mis recuerdos por la ventana. Allí meteré mis huesos y
así encontraré tu alma.

Mi isla alberga a mis náufragos vestidos de azul cobalto. Ellos pi-


dieron auxilios, prendieron fuego para señalar con humo y guiar
tu mirada, también lanzaron botellas con mensajes que tú nunca
leíste, porque nunca estuviste cerca de mi orilla para recoger mis
fríos, mis miedos, mis sueños, mi hambre y mis preguntas.

9
Mayumi Cisternas

PRIMER CAPÍTULO

Andan en busca de un colchón anti escaras en el consultorio, y la Rosi


buscando la insulina en Viña. Yo te observo, estoy contigo, limpiando
tus manos, acomodando tu cama, ordenando un poco aquí y allá, en
espera del médico que trae el remedio mágico. Tal vez algún derivado
de la morfina digo yo. Cuando ese líquido avanza por esa mangueri-
ta tan delgada, una que otra burbuja y… ¡ya está! Empieza a entrar
por el dorso de tu mano, se integra a tu sangre y hace lo suyo. Siempre
quedas con mucha paz. Alivio casi infinito, y pides unas cucharadas
de té. Te agrada que esté a tu lado. Lo sé, lo siento, lo veo.

Ahora que lo pienso, nunca me llevaste a un médico, ¿verdad?,


¿no existían? ¿Tal vez alguna curandera, una machi? O tal vez
tú… Mi cabeza estaba como una hoguera, mi garganta tenía ena-
nos que jugaban a columpiarse en mis amígdalas, y eso dolía. Mi
cabeza gigante como un zapallo prometía estallar en mil pedazos.
En mis oídos había una banda de enanitos con variados instru-
mentos en mal estado. Hacían estruendos y peleaban mucho en-
tre ellos. Sus golpes maleteros y metaleros dolían. Yo me echaba
en el rincón de la cama donde colindaba con un abismo oscuro y
húmedo, muy justo encima del larguero. Pegada a la pared. Era
mi refugio, ¿sabes? Ahí lloraba. Lloraba mucho, inundaba las fra-
zadas, nunca hubo sábanas. Dormía y me despertaba mojada de
tanta lágrima. Claro, muchas veces también mojada por el meado
de la Rosi. Me daba harta pena ver cómo la castigaban por mojar

11
la cama. La cama que era de las tres. La Catalina, la Rosita y yo
dormíamos juntas. Tú dormías con Marcelo y Mercedes. Muchas
veces yo me quedé callada, callé para impedir que le pegaran con
esas varillas de eucaliptus, trozos de mangueras, alguna correa,
palos, de ese gran arsenal que bajo tu cama tenías al alcance de tu
mano. Casi siempre la descubrían. Y la tanda no se la despintaba
nadie. Pobre Rosi, nunca pude defenderla de ti.

Siento ahogo, respiro profundo y el aire no me satisface. Nunca


he sabido respirar bien, creo que sufro de apneas despierta. Puede
que sea desde que estuve sumergida una y otra vez en aquel tam-
bor con agua. Lo encontraba gigante, inmenso. ¡Claro que lo era!
También en ese tambor nos bañamos con la Cata, las dos juntitas,
y sobraba espacio. Sí, era grande, muy grande, salíamos tiritando,
es para juntar mucho frío me decía la Cata, yo la imitaba. Des-
pués nos volvíamos a sumergir en nuestra piscina de tambor. Y
así con nuestro frío nos daba la sensación que el agua de nuestra
piscina estaba tibia, agradablemente tibia. Pero esa vez no supe
distinguir entre lo helado o la tibieza… sólo sentía la falta de aire,
mis pulmones reclamaban lo suyo, me ayudaban a duras penas
en cada inmersión. El instinto propio de sobrevivencia luchaba
con desventaja, contra las manos que me hundían bajo el agua.
Manos rabiosas, fuertes, verdugos crueles. Cada hundida, cada
embestida traspasaba mis pensamientos confusos. Llenos de…
y esto porque es… Prometiendo a un tal Dios, al que todos le
hacen encargos y pedidos, que nunca más. Nunca más, nunca
más… nunca más. Tan malo era haber comido unas frutillas,
que se mostraban muy coquetas y sonrientes, en una cajita blan-
ca entintada de sus jugos exquisitos. Ellas estaban mirándome,
tentaban mi boca, despertaban mis sentidos de olfato, de tacto
y paladar. ¿Tan malo es aquello? Por haberme comido algunas
ricas frutillas, ¿así debía ser castigada por tu mano? Chitas qué
grave fue la maldad que hice, aún mi mente no ha terminado de
comprender aquello. Hoy me siguen fascinando, me enloquece
su perfume, me atrae su hermoso color. Su micro semillas in-
crustadas como piedras preciosas, su verde corona para un diseño
perfecto. ¡Ágata, la diseñadora! no podría competir.

12
Mayumi Cisternas

No las he culpado, no les guardo rencor. Aún me siguen fascinan-


do. Como también me fascina la extensión insolente del furioso
coloso líquido. También le temo. Sí, pero en forma respetuosa. Su
espuma y su arena las imagino con fuerza condimentada de miel,
comino rubio y pimienta blanca, producto del hambre creo yo.
Caminando sobre la playa recuerdo donde también fui sumer-
gida a tirones y zamarreos forzosos… Porque el agua con esa sal
milagrosa hace bien para la piel, para sacar los piojos, para que el
pelo esté más brillante… Ahora me río recordando a las chiquillas
corriendo sobre las rocas, tratando de escapar de ese tratamiento
de belleza. Cual spa esperando por nosotras. “Te va a salir peor,
mierda… ven pa’ cá, no me hagái correr, desgraciada…” Y tam-
bién cada una obtenía su larga y agotadora cesión de minerales
tonificantes. Desde la playa se divisa mucho mejor el cerro Mau-
co. Pienso que ese cerro me mira, me observa con curiosidad de
viejo sabio. Y yo lo miro a él por largos ratos con curiosidad de
cabra atolondrada.

Cuando el día se aleja, llega lo oscuro, llega el baño de pozo ne-


gro al fondo del patio, donde el terror se hace inmenso cuando
las urgencias llaman y el diablo con cachos y los fantasmas me
persiguen. Caballos apocalípticos envueltos en fuego y vientos
huracanados que elevarán nuestro refugio frágil y movedizo.
Quejoso castillo de paja y hojas secas. Se abriría la tierra, nos
tragara por su garganta que desemboca en el infierno donde van
a parar las niñas desobedientes que no valen nada. Hijas de una
mezcla maldita. “Tanto me advirtieron que no me casara con este
desgraciado, que me llenaría de críos y me dejaría botada. Por qué
no hice caso, por diosito santo, tan estúpida que fui. ¡Y tú que
mirái tanto! ¿Acaso no me puedo comer un pan tranquila? Tan
igual al maldito desgraciado de tu padre que saliste mierda” ¿Me
parezco tanto? Por más que me miro, no encuentro en qué me
parezco tanto a él. O tal vez el pedacito de espejo que tenemos
en casa, no alcanza para reflejar mi cara completa. O aún no sé
reconocer rasgos faciales. Mi papá no vino nunca más desde que
descubrimos que no se quedaba en casa de sus patrones, porque

13
se hacía muy tarde y era peligroso manejar de noche un camión
tan grande. Ya no recuerdo cómo llegamos al Belloto con la Cata,
pero llegamos, ella es buena para recordar caminos y lugares, creo
que ella es inteligente por ser la mayor, yo cierro los ojos, los abro
y ya me perdí. Caminamos harto buscando la dirección, para que
mandara dinero para la comida. Hacía muchos días que no llega-
ba… bueno, tampoco era que llegara tanto a la casa, no lo veía-
mos nunca. Después de muchas horas buscando con la dirección
apuntada en un papel que nos diste, por fin encontramos la casa
de los patrones del papá. La patrona nos dijo: “Nooo, él nunca
ha estado alojando acá, no tengo idea donde pueda vivir su papá,
lo siento mucho chiquillas.” “Mmm… ¡ah, ya!, muchas gracias”,
contestó la Cata. Nos fuimos tristes y preocupadas. Estabas en
silencio y pensante, yo estaba inquieta más que otras veces. Mi
cuerpo entero temblaba. Creo que sería de madrugada cuando
oí el motor de la tolva, el olor a combustible se colaba por las
rendijas. Gritos, ladridos de perros, más gritos de los tuyos, y el
motor ruidoso. ¿Una pala? ¿Una pala sería el arma para eliminarlo
para siempre de tu vida y de la nuestra? ¿Y después que se supone
que harías? Por suerte esa noche mi papi tuvo más fuerza y ganó
la batalla.

A mi papi lo quiero porque nunca me pega, pero tampoco im-


pide que me peguen. Claro, en los escasos momentos que lo he
visto realmente. He escuchado que me conoció después de unas
semanas que yo naciera, tampoco estuvo presente la noche que
esa guagua estuvo tan enferma de mal de ojo. Tan grave que el
enfermero de urgencias, preguntó si la guagua estaba bautizada,
porque lo más probable es que no pasaría la noche. El padre As-
torga pregunto “¿Dónde están los padrinos? ¿Quéee esta criatura
no tiene?” El cura se paseó sobando sus manos, se rasco levemen-
te la cabeza y preguntó: “¿Usted es devota de alguna virgencita,
señora?” “De la virgen del Carmen”, respondiste tú. Y así fue.
¿Mi padrino es ese cura y mi madrina es la patrona del Ejército?
¡Linda la cuestión, pero si yo soy atea poh’!

14
Mayumi Cisternas

Mi papá al parecer nunca se enteró que estaba casado y tenía hi-


jos. Gran parte de su tiempo lo pasaba en los cerros con amigos
cazando conejos. A mí no me gustan los conejos en forma de
comida. Además es muy difícil para mí sacarles la piel. Pero yo
tengo que tratar de sacar estos pellejos como sea, aunque me dé
pena y asco. Para algo debo servir digo yo poh’, hay que ganarse la
comida. O tendré una causa más para ir por esa garganta al centro
de la tierra. Con todas las cabras malas que no saben hacer nada,
engendros del demonio, y mezcla maldita. Si no lo hago podrían
llevarme esas calaveras con cuchillos alzados, ensangrentados. ¡Sí!
Yo vi sus fotografías en las revistas que traen los testigos de Jeho-
vá. Yo me quedo largo rato mirando con terror esas imágenes, me
da miedo sacar mi ojos de ellas, pienso que se pueden salir justo
cuando yo no las estoy mirando, se podrían meter bajo de las
camas. Me matarán, cuando esté dormida por ser una cabra tan
mala, siempre pongo algo pesado encima, un montón de ropa,
y algunos zapatos así no podrán salir, y se quedarán encerradas
hasta que alguien más las vuelva mirar.

Vamos al cerro con la Cata allá bien lejos donde están los pinitos
pequeños aún en sus bolsas de plásticos. Algún día serán igual de
grande como los pinos que están al costado de la pobla, me dice
ella. Con suerte podríamos encontrar quilo, tienen unos frutos
muy pequeñitos, si juntamos hartos en la mano haciendo un pu-
ñado son muy ricos. La Cata siempre sabe cuándo hay que venir,

15
ella sabe muchas cosas. Yo miro y trato de comparar algún pedazo
del paisaje de las fotografías lindas que también están en las revis-
tas de los testigos de Jehová. Pero no es comparable en nada, no
están esos animalitos lindos que se llaman ciervos tampoco hay
ángeles. No hay arroyos ni frutas en abundancia. Mucho menos
hay gente bella de todas las razas, que se quieren y se cuidan
con caras alegres ofreciéndose de beber y comer. ¿Dónde existirán
esos lugares tan lindos? ¿Tal vez en otros países? ¿Y para allá se
tendrá que ir en barco o en avión?

En esos pensares estaba yo, cuando aparecieron esos hombres a


caballo. Se acercaron y desmontaron, nos saludaron amablemen-
te. “Hola, ¿qué hacen acá tan solitas niñas? Es peligroso estar lejos
de la casa, ¿acaso no se lo han dicho sus padres?” Nosotras no
sabíamos qué contestar, sólo bajamos nuestra mirada, la Cata es-
condía los dedos de los pies que asomaban de sus zapatos rotos.
Yo dibujaba en la tierra con un palito un caballo, en realidad
quería dibujar un ciervo pero se parecía más a un caballo. Ellos
se abalanzaron sobre mi hermana, le sacaban la ropa y la acaricia-
ban por todos lados. Yo miraba sin entender ese nuevo escenario.
Temblaba, el miedo estropeándolo todo. Luego uno de ellos me
agarró y me echó al suelo, justo encima de mi ciervo caballo.
Comenzó a tocarme de forma extraña, igual como tocaban a la
Catalina. Sus manos ásperas y rugosas subían mis vestimentas,
mis manos tironeaban mi ropa para tapar mi entrepierna. Yo me
sentía avergonzada, en silencio miraba a mi hermana para pedir
auxilio. Pero sin hablar, sólo con mi pensar. Mis labios pegados,
no gesticulaban palabra alguna. La Cata trataba de zafarse de esos
brazos que la tocaban y me miraba. Su mirada llenaba mi sentir
de una vergüenza desconocida. El galope de un jinete a toda velo-
cidad se oía con nitidez. Eso fue lo que asustó a los gallos malos,
ellos nos soltaron y huyeron de mi falso paraíso. Al jinete salvador
lo vimos perderse en una nube de arena. Quedamos un largo rato
en silencio aturdidas por el miedo. Comenzamos nuestro camino
de regreso a casa, sacudiéndonos la tierra que teníamos pegada en
todas partes. Yo me quedé con la extraña sensación que lo vivido

16
Mayumi Cisternas

no fue tan cruel como seguramente tenía que ser. Mi cabeza ajus-
taba las imágenes recientes y la confusión me golpeaba. Los vari-
llazos, los mechoneos contra la pared, las cachetadas que hacían
que mi nariz sangrara. Esas palabras que voltean el alma y tuercen
todo mi pensar. Esas que le abren la puerta de par en par al mutis-
mo que se aloja debajo mi cráneo y se hace huésped. Eso sí, creo
sentirlo calar hondo en mi corazón. Me preguntaba si ellos son
bandidos. ¿Por qué no nos amarraron? ¿Por qué no nos golpea-
ron? “No contís nada de lo que pasó a nadie ¿me escuchaste?”, me
advierte mi hermana con los ojos muy abiertos, espantando mi
análisis que buscaba respuestas. Con un movimiento de cabeza le
conteste que no, que no le diría nada a nadie. ¿Y a quién le voy a
contar, si a nadie le interesa lo que pueda decir?

Dibujos y rayados. Dibujo y de vez en cuando miro a la profe-


sora, veo sus labios moverse articulando quizás una interesante
clase de no sé qué. Sigo garabateando, nada más importa. Tal vez
han sido segundos que estoy dibujando, horas o días completos.
O será el día uno, que ha durado todo el año. Un color diferente
a los cuadrilles azules que abundaban a mi alrededor, me sacan
de mi fascinación. La profesora ya a mi lado me pregunta por el
tema que estaba dictando. Le dicen materia, me suena esa palabra
se repite en esta sala de clases. Me sube calor a la cara, creo que es
vergüenza. Ante los ojos inquisidores de los niños bajé la mirada.
No sé qué responderle a la profe, porque jamás me enteré de lo
que ella estaba hablando. Jamás pude escuchar sus palabras. Sólo
creí escuchar el sonido de un lejano panal de abejas bulliciosas,
aleteando entre el azul cuadriculado de los delantales. Tal vez, y
sólo tal vez porque tampoco lo tenía claro. Nunca había escucha-
do a las abejas en realidad. En mis rodillas enterraba mis uñas
para dañarme, no sé porque lo hago. O tal vez si lo sé. Es para
detener mi pena con llanto, esa que me viene a menudo y detesto
absolutamente. No miré a la profesora. Siempre me cuesta mirar
a los ojos, la gente grande es enojona. ¡Pucha la cuestión! Por qué
no desaparezco de esta sala. O mejor ocurre un terremoto, eso
sería bueno. Dicen que se abre la tierra, con los terremotos todos

17
arrancan, eso sería lo mejor para mí ahora, justo ahora para esca-
par muy lejos de esta sala de clases.

En forma directa sin pasar por mis oídos, mi corazón siente el


sonido de las hojas de mi cuaderno. Sentí que un cuchillo filoso
sacaba lonjas de mi cuerpo. Ella las rompió en muchos pedazos,
dejando aún más desnutrido mi cuaderno. Estoy segura, que las
arranco y las rompió, mirándome en forma furiosa. Aún cuando
no levanté mi vista, estoy segura que así fue. Cada sonido del
rasgar, sacaba más lonjas de mí. Yo sangraba intensamente. Era el
único cuaderno que tenía poh’, me da más rabia. Ese era el precio
que debía pagar, por no oír su clase, quedar sin hoja para dibujar.

La profesora se retira dejándome expuesta a las miradas de los


chiquillos que se burlaban, haciéndome sentir como si yo estuvie-
ra pilucha. No quería que me vieran llorar. Tomé todo el aire que
encontré al alcance, tragué la saliva con la cual jugaba mi lengua
y mi paladar. Amarré mi garganta y mi corazón. Mis uñas hacían
lo suyo queriendo entrar, traspasar carne y tocar hueso. Mis lágri-
mas entendieron el mensaje.

¿Quieres agua? ¿O prefieres tecito? Sí, el suero está bien, está bajando
en forma correcta, no te preocupes. La última enfermera que vino es
muy amorosa sabes, se llama Mariana como una de tus sobrinas de
Quillota. Ella dijo que el suero con el medicamento alcanzaría per-
fectamente hasta la siguiente visita, no te preocupes.

No me gusta ir a la escuela, nunca me ha gustado. No tengo


nada que hacer allá, piden muchas cosas, y yo no las tengo. El
uniforme por ejemplo, lo único que puedo usar de ese uniforme
es el delantal cuadrillé azul, ya era celeste cuando lo recibí. No en-
cuentro nada más para ponerme, los zapatos están rotos, y no hay
betún para que se vean más limpios, el negro que alguna vez fue,
se convirtió en plomo mágicamente. Los chiquillos se limpian los
zapatos con un trapito que esconden en un árbol antes de entrar a
la escuela. A mí de nada me sirve que los limpie con saliva, siem-
pre se verán igual de plomos. Creo que es invierno porque está

18
Mayumi Cisternas

muy helado, siento frío, y en la escuela más aún. En los recreos


me escondo detrás de los pilares inmensos y gordos que hay en el
pasillo principal, desde ahí veo las rondas, el juego del luche, y las
carreras al quiosco apenas lo abren, al cual nunca pude ir.

Me duele la cabeza casi todos los días, y más me duele al pensar


que todos descubran que debajo de mi delantal sólo ando con
una camiseta muy delgada y unos calzones que yo hice de unas
pantis viejas que encontré por ahí, de esas pantis que son color
piel y parece que anduviera a poto pelao’. Las medias que traigo
puestas se me caen, porque el elástico ya cumplió su vida útil
en las piernas de otros niños. No tengo la insignia esa que los
cabros se tocan cuando cantan la canción nacional y el himno de
la escuela. Y ahora ni siquiera tengo un cuaderno con hojas para
escribir o para dibujar… sólo están las tapas y algunas hojas ya
rayadas pero igual lo traigo, para que crean que tengo cuaderno.
No me gusta las profesora, creo saber lo que ella piensa: “Ya llegó
esa cabra chascona que no hace nada en clases, no trae nada de
lo que yo pido, ni siquiera tiene uniforme, no sé para qué viene
a esta escuela, ya no debería venir nunca más.” Estoy segura, que
eso piensa y dice de mí, y en lo último, estoy absolutamente de
acuerdo. En la sala de clases siempre me siento en el rincón de los
rincones. Esa mesa fastidiosamente coja que llega al último lugar
de la sala por desecho, esa es la mía, nadie la ocupará, ni menos
ocuparán la silla que se está casi desarmando, con mi equilibrio
mantengo la silla bajo control para no caer.

Tengo hambre, siempre tengo hambre, es muy conocido para mí.


He formado una especie de relación con él. Me acompaña, está a
mi lado por más tiempo que cualquiera. Es inspirador, contador
de cuentos, me hace ver desiertos con camellos, mariposas con
zapatos y hormigas con ejércitos y tanques. He estado con él a
solas, me entrego por cansancio, le pertenezco.

Desde mi rincón me quedo mirando las cabezas de mis compañe-


ros, no sé porque se dice compañeros si ellos no me acompañan

19
en nada. Desde mi rincón de los rincones el hambre alucinado-
ra aparece. Los delantales azulinos y sus orejas… muchas orejas.
Todas las orejas juntas, también las orejas de la profesora. Todas
en un sartén friéndose, para degustarlas crujientes sólo para mí,
hasta calmar al monstruo que habita en mi estómago.

Es un animal rabioso, acecha ahorcando mi vientre, trenzando


mis tripas. Animal conocido que no le importa comer pan verde,
con notas en boca a humedad hongosa. Muy duro, tal vez lo con-
fundió con un hueso, el último del mundo. Peleábamos por ese
pedazo que se puso verde por tanto tiempo escondido al fondo
de ese tambor de madera. “Yo lo encontré poh’.” Le alcancé a
dar una sola mascada nada más, y la Rosi se me tiro encima, lu-
chamos por ese pan como dos quiltras hambrientas mostrándose
los dientes, salivando rabia, listas para morderse. Ella ganó, tenía
más fuerza. Ese viejo tambor de madera, lleno de ropas y cosas
variadas pero inútiles. Busqué y busque como una alcohólica bus-
caría su licor llena de temblores. No encontré ningún trozo de ese
pan exquisitamente duro y verde. En las noches de algún colchón
meado he dormido en ese mismo tambor muy doblada, se puede
dormir y escapar del frío. Nadie sabe de mi nueva cama tubular.

El hambre sigue regresando todos los días, me da rabia, se instala


junto a mí, no me deja en paz, me hace encantamientos cual hada
madrina con su varita. Cuando salgo de la escuela y ya no hay
miradas de los niños cuadrilles azules sobre mí, camino alrededor
del único supermercado que conozco, en el camino, no lejos de
la escuela. El supermercado es grande, tiene de todo. Chocolates,
fideos para hacerlos con salsa. ¡Qué rico! Porotos, fiambres, dul-
ces y pan… muchísimo pan crujiente, calientito, yo y mis pen-
sares alucinógenos, compramos muchas cosas. Escojo lo mejor y
en cantidades que yo pueda cargar. Tengo que llevar Omo para
lavar la ropa y la loza. Bolsitas de champú, colonias. Me faltan las
verduras y las frutas. Compro para comer en el largo camino de
regreso a casa. Una rica paleta o un Coyac grande para que me
dure y chicles para hacer hartos globos con las chiquillas.

20
Mayumi Cisternas

La noche llega muy pronto. No la oí llegar. Me cachetea me tira


de las mechas a mi realidad. Pierdo todo lo que mi alucinador
compañero me ha hecho comprar.

Queda mucho por andar, ya está oscuro. ¿Algún día llegara a la


población Las Gaviotas la electricidad? Aunque igual me gusta
que no haya luz, es hermoso mirar tantísimas estrellas, tantas que
casi quisieran mis manos estirarse tan alto y atrapar un poco y
guardarlas en una botella, para así alumbrar la casa cuando se
acaba la vela y llegan los monstruos negros en las largas noches de
frío y humedad. O tal vez hacerme un bello vestido luminoso sería
genial. Además sin luz es entretenido que la gente se comunique
a silbidos, todos reconocen el silbido de sus conocidos. Lo malo
es tener que caminar por la oscuridad me da miedo, también le
temo a los perros, muchas veces me demoro harto en llegar a la
casa, siempre me pierdo al meterme por otras calles esquivando
a los perros que amenazantes me muestran sus colmillos. Por fin
llego a casa, está oscura. Una oscuridad más espesa que afuera.

Que la Cata vaya donde la señora Vero a conseguirse pan. “Tú


anda donde la señora Sandra a pedirle azúcar, y tu consíguete
un cabito de vela con la Anita Correa.” Me da rabia porque yo
soy temerosa de la gente. Me da vergüenza llamar, y decir alooó,
pienso que esas señoras me escuchan, pero nadie quiere salir. Yo
veo que las cortinas se mueven dejando al descubierto un pedazo
de cara. Y cuando salen, me dicen: “¡Oye, ya vino tu hermana a
pedir acá!” Yo nunca sé qué responder, sólo agacho la cabeza, les
pido disculpas, tan bajito que ni yo puedo oírme. Me dolía la
guata de hambre, siempre imaginaba que alguien me podía decir:
“¡Oye, toma! Aquí hay harto pan, está duro pero esta re´bueno, y
también ahí tienes margarina, toma llévatelo”. Yo llegaría a la casa
como una especie de heroína de apagar hambres, todos felices
mirándome entrar triunfante, repartiendo esa deliciosa comida
que tal vez sería la única del día. Tenía miedo de regresar a la
casa cuando no había conseguido nada. No quería que mi piel
recibiera la cercanía de un pedazo de manguera rígida de color

21
negro, una varilla de pino o malva. A veces a la Cata le había ido
mejor, yo la miraba a distancia. No me sentía merecedora de ese
pan conseguido por ella, pero mis tripas seguían su trenza gigan-
te.

Cuando la señora Luisa llega de visita, la señora Pilar me manda


con ella para que le ayude con los quehaceres de su casa, siem-
pre deseo que me dejen ir. Me dan miedo sus pequeños hijos,
no tengo tanta edad, y es muy difícil entretener y cuidar a otros
niños. Una de mis tareas era mantenerlos en silencio y calmados,
encerrada con ellos en una habitación pequeña, les hacía todas las
muecas que me sabía, aguantaba todos los manotazos y patadas
que me daban porque les impedían salir del dormitorio, tenía
que mantenerlos callados y entretenidos. Mientras los dueños de
casa comían mariscos o pescados, bebían en copas, se miraban y
se amaban. Una vez encontré al más pequeño de los niños ence-
rrado en un ropero prendiendo fósforos. La señora Pilar en vez de
contentarse porque le avisé a tiempo, después de apagar y sacar
los fósforos, se enoja conmigo porque no lo evité. “Chis’ si yo no
lo vi poh’, yo estaba tendiendo ropa por allá atrás en el patio”.
Sólo lo decía en mi bulliciosa cabeza.

Era como si ella prestara a la cabra del aseo a su amiga. Y así para
que ella también me usara, y aprovechara las cosas que yo podía
hacer. “Esta loza la lavas con mucho, pero mucho cuidado, ¿me
oíste? Y con este detergente y este cloro se lava el baño. Me llamas
cuando termines, y no mojes el piso, ¿oíste? Ni una gota, de agua
en el suelo, ¿me oíste?” Me repite una y otra vez. La señora Luisa
habla con palabras tan raras que yo no le entiendo. Por ejem-
plo, a los platos y tazas le dice vajilla, a los tenedores, cucharas
y cuchillos les dice cubiertos. Por fin la veo alejarse de la cocina,
dejándome sola en ese espacio de lavandería. Tantos platos, tan-
tos tenedores y cucharas que hay en esta casa, los tengo a todos
nadando en una gran espuma que logro hacer con una esponja
especial para lavar platos, me gustaría tener una de estas esponjas,
pero para bañarme. Qué rico sería, pasármela con jabón, de ese

22
Mayumi Cisternas

olorcito que acá tienen en el baño, es más rico que el que compra
la señora Pilar. Yo me pregunto cuántas personas vivirán aquí.
¿Por qué hay tantos platos sucios? ¿Habrá niños?

Han pasado muchos minutos. Todos juntos ¿harán un par de ho-


ras? Creo que ya es mucho rato. Quiero forzar mi voz para llamar
a la señora Luisa, le pido a mi voz que diga algo. Pero antes, deje
caer muchas gotas de agua al brillante piso de esa cocina, lo seque
muy rapidito. “Ya terminé, señora Luisa”. Ella llegó a paso largo
a mi lado, casi corriendo desde el fondo de la casa con cara de
espanto, como si se hubiese olvidado que yo estaba en su cocina.
Su rostro no mostraba como si estuviera contenta con mis queha-
ceres, pero bueno que más da, su cara siempre está enojada. “Ya,
ahora ándate donde la Pilita”, me dijo, “chao cabrita y dile a la
Pilita que muchas gracias. Ándate rapidito para allá.” Chuta oh,
si la limpieza la hice yo. Yo lavé los platos, limpié el baño, mojé y
trapeé el piso. Y a mí no me dan ni las gracias, y me corté hasta un
dedo poh’. Lo decía en mi cabeza sin abrir la boca claro.

Es entretenido lavar los platos. Aunque no alcanzo el lavadero


en forma perfecta porque aún soy pequeña, pero me pongo de
puntillas como las bailarinas. Los dedos de los pies me duelen,
pero yo lo puedo soportar muy bien. ¿Los zapatos son muy chicos
o mis pies serán muy grandes? Yo dije que sí, que me quedaban
buenos, cuando de algún lugar llegaron para probarlos, después
que otros niños ya no los ocupaban más. ¡Me quedaban buenos!
Sólo tenía que encoger los dedos.

No quería quedarme sin zapatos nuevamente, como aquella vez.


Yo hubiese ido al trabajo de mi papá a pedirle dinero para la co-
mida, pero no tenía zapatos poh’. Él ya se cambió de trabajo, no
sabemos dónde está ahora.

Los platos que lavo en mi casa están con tizne del fuego, no son
todos iguales, los tenedores tampoco lo son, las tazas no son ta-
zas, son jarros de aluminio de variados diseños que tienen con los
abollones que nuestras cabezas han dejado de tanto enfrentarse

23
con ellos. Las cucharas siempre se pierden, tenemos muy pocas,
dicen que son los duendes que se las llevan, ¿y para donde se las
llevarán? Yo les tengo mucho miedo a los duendes aunque nunca
he visto uno. La Cata y la Rosi dicen que ellas sí, uno de traje
blanco y otro de negro, ellas dicen que son como hombres viejitos
en miniatura. En mi casa lavo los platos con Omo y tierra, así la
mugre sale más fácil. Mis ojos se quejan con el humo que sale de
nuestra cocina, que se encuentra pegada a esa esquina de muro de
cemento, único vestigio de lo que sería nuestra casa grande y lin-
da. Mi papi se fue definitivamente dejando ilusiones turbias que
arden junto con leños, basura y zapatos guachos traídos de algún
basural. La fogosa chamirusca de los pinos del bosque espera por
nosotras todos los días, es la pajilla que suelta el pino, sirve para
encender el fuego con rapidez al igual que los pedazos de fono-
litas que pensé que se caían del techo. Descubrí a la Rosi en una
vieja escalera sacando pedazos de fonolitas de la parte trasera de la
media agua, parecía todo comido por un ratón gigante.

Dibujaba en la tierra con una rama, de vez en cuando levantaba la


cabeza y me daba cuenta que distraídamente me había apartado
un par de casas. Me devolvía y llamaba, de vez en cuando salía
alguien, me decían que mi papá no estaba que me fuera. Pero
un par de veces salió él, ¡mi papi! Me miraba de pies a cabeza sin
abrir la puerta de calle, “no tengo plata, no me han pagado, ven
otro día pero ven más limpiecita y peinada, mira cómo andái”,
y se entraba. Yo me iba muy avergonzada por no tener ropa más
linda para ponerme. Sí, con un vestido y unos zapatos lindos mi
papá me podría querer. Eso ocurría en casa de la familia de mi
papi, cuando él los visitaba nos enterábamos que se encontraba
ahí, porque su camión estacionado afuera lo acusaba.

Los días favorables se cocinaban porotos, o una pata de vaca. Du-


raba tan poco para tanta hambre acumulada, pequeño y fugaz
alimento, caldo gelatinoso, ese caldo grueso se cocinaba bajo la
atenta mirada de la flaca Lulú. Ella siempre pensaba que tam-
bién podría comer. En una de esas hoy sí, pensaba ella. Guardaba

24
Mayumi Cisternas

distancia con sus ojos de aceitunas brillantes y sus tetas lechosas


colgando. Anunciaba que pronto traería al mundo una nueva ca-
mada, tragedia de ojos cerrados. Placenta caladora de alma, mi-
seria extendida a mi corazón inquieto y sangroso. Era duro ver a
la flaca gemir por sus cachorros. Ellos se hundían en el agua. Sus
frágiles patas trataban en vano escapar de ese balde, teníamos que
ser verdugos y tapar lo fúnebre con una piedra gigante. “Y pa’ que
llorái, tonta”, me dice la Catalina “si se iban a morir de hambre
igual poh’. No tenemos ni pa’ comer nosotros, y vamos a dejar
todos estos quiltros”. No teníamos a quien regalarlos, y mucho
menos a las perritas. A las quiltras nadie las quiere.

Flaca lo siento, de verdad lo siento. Jamás lo podré sentir como


tú, eran tus hijos, sólo recibí órdenes, perdóname por favor…
Nunca supe si la flaca algún día me perdonó, no sé si los perros
perdonan. La oí gemir su dolor, la observé olfatear por todos la-
dos buscando con angustia de perra recién parida. Ojalá su me-
moria sea muy breve para que pueda olvidar los dolores de parir
en vano. El ciclo se repetirá una y otra vez, hasta que ella también
muera y deje esta vida hambreada.

Muchas veces la señora Julia me pide que me quede a dormir en


su casa. Mi cama en esta casa es el sillón que nadie quiere aban-
donar porque se quedan viendo tele y conversando hasta muy
tarde. Hace frío, a lo lejos siento las risas, que provocan mis saltos
espontáneos cuando el sueño me vence y casi caigo de la silla.
Cuando por fin puedo dormir, amanece casi al tiro. La señora Ju-
lia me dice: “Levántate, yo voy a salir y estaré acá como las doce.
Las camas bien estiradas ¿oíste? Hay que limpiar bien la cocina y
el baño”. El niño de la casa ya es grande. Cuando la señora Julia
se va, él me llama a su pieza y me muestra unas revistas. Los po-
cos segundos que mis ojos alcanzan a mirar, antes que mi cabeza
se incline hacia el suelo donde mi mirada se siente más liviana
y cómoda, creo ver fotos de pedazos humanos de las partes que
hacen pipí.

25
Salgo de su pieza, él me llama desde su cama repetidas veces, yo
hago como si no escuchara nada, meto mucho ruido con las ollas
y sartenes en la cocina. Después de lavar la loza de la hora de al-
muerzo, la señora Julia me dice, “mira este traje de baño, era de
la Nenita cuando era chica, te puede quedar, póntelo y aprovecha
de bañarte en la piscina, mañana cambiaremos el agua.” Era una
pequeña piscina pero yo la veía inmensa, sólo metí los pies y salí,
aún me quedaban muchas cosas por hacer. Entré a la cocina y
puse la tetera para luego ir a vestirme. El marido de la señora Julia
es un viejo feo medio tuerto, su aliento huele muy mal. A mí me
daba susto. La tetera hirvió justo cuando él entró y me tomó por
detrás apretándome contra su cuerpo, esquive sus intenciones.
Mi cuerpo se encontró con la tetera caliente, la quemadura fue
dolorosa, con mis manos sequé mis lágrimas una a una. Tú no
me creíste.

Los días siguientes no quería ir con la señora Julia, tenía terror.


“Ya pues, mándamela pa’ la casa, así tenís una boca menos que
alimentar”, decía ella. Yo obligada tenía que partir con ella, nadie
me preguntaba si yo quería ir a esa casa donde estaba ese cabro
pesado y ese viejo que tanto miedo me daba.

No es justo que todos decidan por mí, me da rabia. En las casas


donde me llevan para que yo trabaje, ahí siempre hay hombres
que cuando sus esposas y sus niños están presentes parecen bue-
nas personas, pero cuando están solos me quieren hacer daño.
Un día me dijo la señora Julia que unos familiares de su marido
necesitaban una persona con urgencia para que les ayudara con
los quehaceres de la casa, ella les hablo de mí y querían llevarme.
Viven en Valparaíso me dijo y con ellos puedes seguir estudiando.
¿Qué acaso no quería ir a la escuela? ¿Acaso quería ser una burra
toda la vida? Y que ya lo habían hablado contigo, estaba decidido
y punto. Muy pronto llego ese día, la señora de Valparaíso me
vino a buscar. La noche anterior la pasé llorando, no quería irme,
estaría lejos de mis hermanos. Además, yo estaba tan contenta,
porque entre la maleza que crece cerca de la manguera del agua

26
Mayumi Cisternas

vi una planta de apio que crecía linda y robusta. Estaba juntan-


do las bolsas de azúcar que compran en el negocio de la esquina
cuando se desocupan, son las mismas que ocupan para envasar el
apio picado. Quería poder envasar y venderlo con la Rosi. Ella lo
vendería, porque a mí no me salen las palabras. La Rosi lo puede
hacer bien, ella habla mucho más que yo. Con la plata que gana-
ríamos, quería comprar pan, mucho pan y margarina.

Se veían buena gente, muy simpáticos, la señora Mónica esta-


ba gordita de guagua, ya tenían una niña y un niño. “Quisiéra-
mos ayudarte para que termines tus estudios”, me dijo la señora
Mónica mientras viajábamos en un largo recorrido por el cerro
Cárcel. Vivían muy arriba, no llegábamos nunca, ese viaje se me
hizo eterno y lleno de pena. Era de noche cuando llegamos a su
casa, sus hijos y esposo ya dormían. La señora Mónica sirvió té.
Mi lista de labores comenzó a marcarse al día siguiente, y pronto
empecé asistir a la escuela, me tocaba ir en las mañanas. Mi rela-
ción con los estudios mejora un poco, pero igual sigo ocupando
mis hojas de cuaderno con dibujos. Pucha, me da más rabia, es
algo que me cuesta controlar. La profesora de dibujo y artes plás-
ticas, en una de sus clases nos da como tarea dibujar algo alusivo
a ese héroe pelado, capitán de un buque que se llama Esmeralda,
dicen que se enfrentaron en una pelea con los peruanos hace mu-
chísimo tiempo atrás. Me acuerdo de un libro muy gordo con
ilustraciones de esa lucha, con barcos, mucho humo, soldados y
cañones. En La Calera en casa del abuelo Carlos, lo encontré en
un cuarto que siempre permanencía cerrado con llave, cuando
por descuido quedaba abierto yo entraba y permanecía ahí casi
sin respirar para que no me pillaran. Quería verlo todo, estaba
lleno de libros y revistas, muchísimos diarios, todo empolvado.
Ahí estaba ese libro de la batalla esa poh’. Yo aún no había apren-
dido a leer. Recuerdo que tenía tanta curiosidad por saber lo que
se decían esos soldados chilenos y peruanos en aquel libro gordo.

27
Al ver esas imágenes sólo inventaba, lo que podían estar hablan-
do y gritando, me angustiaba el no aprender a leer, pensaba que
como yo era tan porra como me decían, jamás podría aprender y
que eso era un privilegio de las niñas buenas e inteligentes nada
más. Pero más tarde pude, no es que leyera muy bien, sintiendo
ese miedo cuando empezaban con las lecturas en voz alta, y es-
quivando el encuentro con los ojos de la profesora para que no
me indicara.

Mi dibujo expresa la escena del salto del capitán Arturo, hacia el


buque enemigo. Me pregunto, ¿Cómo ahí, justo en la cubierta
del barco peruano, había un fotógrafo? ¿También lo matarían? La
profesora empezó a revisar mesa por mesa los trabajos. Al pasar
por mi puesto la profesora observó mi dibujo, su expresión me
puso nerviosa, pensé que algo malo había hecho como siempre.
Ojeó los dibujos anteriores y su cara seguía como la cara de todas
las profesoras, enojada. Ella no dijo nada, sólo hizo una mosca.
Creo que ahora comprendo que esa profesora no me incluyó en
aquel concurso de dibujo porque su hija gano el primer lugar.

Mis días empezaron a pasar entre tareas de la escuela, y mucha


loza que lavar, los pañales con caca de la nueva integrante de esa
familia debían quedar lo más blanco posible, los llantos de la
bebita me inquietaban, y mi corazón se conmovía. La señora Mó-
nica decía que no había que tomarla cada vez que lloraba porque
se acostumbraría a los brazos, me daba pena verla llorar.

En la escuela voy aprendiendo, y al parecer muy bien porque me


hicieron unas pruebas para subir un curso, es la segunda vez que
paso por este sistema para no estar tan atrasada. La primera vez
fue en La Calera, allí subí de quinto a sexto. Esta vez también me
fue favorable, pase las pruebas y ahora voy en séptimo aunque
debería ir en octavo. A lo que la profesora enseña en la sala de
clases le pongo más atención, no sé cómo lo logro porque mis
pensamientos siempre forcejean por arrancarse de la sala de cla-
se. Hasta he llegado a sacarme hartos números sietes. La señora

28
Mayumi Cisternas

Mónica y don Eduardo no se pusieron felices como yo imagine.


Ellos me dijeron: “Cuando esas notas te las saques en un curso
acorde con tu edad ahí sí será bueno, pero ahora aún estas muy
atrasada con tus estudios” Yo me puse triste porque pensé que
ellos estarían contentos con mis avances que tanto me cuestan.
Salí al patio a respirar mi pena. Me quede mirando a la vecina.
Una señora viejita que lavaba la ropa en una batea de madera, se
corrió su cabello blanco que se escapaba del pañuelo floreado que
lo sostenía, giró hacia mí con dificultad sobre la tarima en la cual
estaba parada para no chapalear en el barro, ella me miró, todas
las arrugas de su cara se hicieron más profundas, también las ve-
nas de sus cansadas manos se inflamaban al ritmo del restriegue
entre el jabón y las burbujas, ella me habló y me dijo: “Nunca
laves ni pañuelos con mocos ni calzoncillos cagados a tu marido
cuando algún día te cases porque serás su esclava. Llevo más de
cuarenta años lavando la ropa del viejo de mierda de mi marido,
y ya estoy muy cansada”, ella siguió su restriegue jabonoso. Claro
que lo tendré en cuenta pensé yo sin decir nada, le hice un adiós
suave con mi mano, ella se despidió con una sonrisa. Los famosos
números sietes sólo me trajeron problemas. La profesora jefa, la
señorita Amanda dijo que a todo el curso le fue muy mal, estaba
muy molesta con las notas de todos los niños. Excepto con las
notas de esta alumna, me apunto a mí. La señorita Amanda me
sacó adelante, y empezó a hablar a los chiquillos con la frente
arrugada de disgusto, que era una vergüenza las notas de estas
pruebas, que ya faltaba poco para el término de año y no era
posible tan malas notas, golpeó su escritorio con un montón de
pruebas. Esta alumna a pesar de que está trabajando como em-
pleada doméstica, cuida niños, no está con su familia, aun así se
esfuerza en estudiar, a pesar del escaso tiempo que le queda para
hacerlo logra buenas notas. Me avergoncé mucho de que todos
los chiquillos supieran que yo era empleada doméstica, ni yo lo
sabía. Era harto raro, era la primera vez que escuchaba esa frase.
“Empleada doméstica”, me daba la sensación de algo que no era
tan bueno porque los cabros me miraban, se decían cosas al oído

29
y se reían disimuladamente cuando escucharon decir esa frase.
¿Por qué nadie me dijo que yo era empleada doméstica? Yo siem-
pre he escuchado que me dan de comer, me dan algo de ropa y
me mandan a estudiar. Y eso debe bastar, debo estar agradecida
por ello. Claro que agradezco y debo retribuir con toda la ayuda
que pueda, es lo que hago siempre. Ya no quiero estar más en
Valparaíso, no quiero volver a la escuela, todos los cabros se van a
reír de mí. Porque la profesora tendría que decir todas esas cosas
de mí, me da rabia.

Le tengo mucho miedo a la señora Mónica, siempre está enojada.


A veces ella ni siquiera me responde cuando le pregunto algo, no
sé qué hacer, ir o no ir a comprar el pan, si pongo o no pongo la
tetera. Además don Eduardo con una cara de loco, mirándome
fijamente me dice: “Si algún día alguien pregunta por mí, los que
sean, los carabineros, los milicos o los marinos, aunque te peguen
y te torturen para que respondas, tú no sabes nada de nada ¿me
escuchaste?”

Pero yo no comprendo porque me dice esas cosas, ¿por qué po-


drían preguntar por él los carabineros, los militares o los marinos?
La señora Mónica y don Eduardo son profesores, yo sólo sabía
que eran algo así como comunistas, es una especialidad en los
profesores por lo que he escuchado, no sé de esas cosas, nunca a
mí me han pasado comunismo en la escuela, parece que es ma-
teria de enseñanza de cursos más grandes. Siempre la señora se
enoja conmigo porque me cuesta dejar los pañales de la guagua
tan limpios como ella quiere. Me da mucho miedo cuando me
mira con rabia, siento que en cualquier momento me va a gol-
pear. Tengo los nudillos muy rojos, algunas veces me sangran y
me arden. Pero es peor bajar con las pelelas con pichi y caca por-
que acá en el segundo piso de esta gran casa no hay baño ni agua
para lavar nada. El otro día estuve a punto de caer con las pelelas
y todo, justo cuando venía subiendo don Eduardo. Él se enojó,
me dijo que yo no servía para nada, seguro es cierto porque es
lo mismo que me dicen en mi casa. En las tardes voy a buscar al

30
Mayumi Cisternas

Danilo cuando sale de su escuela, él es un niño bueno, inteligente


y estudioso.

Un día cuando veníamos de regreso con el Danilo, vimos pasar


hartos aviones, él me dijo que sería ser piloto cuando grande,
quería subirse y manejar uno de esos aviones. ¡Si! ¡Claro que sí!,
le respondí muy contenta mirando el cielo donde esos aviones
parecían jugar entre ellos como aves. Cuando grande tienes que
ser piloto de esos aviones Danilo.

¿Donde se estudia para ser manejador de esos aviones?, me pre-


guntó el Danilito. Yo creo que tienes que ser un militar porque
ellos manejan los aviones de guerra, quien más que ellos podrían
manejar un avión de esos.

De vez en cuando la sobrina de la señora Mónica va a buscar a


su hermano menor que va en la misma escuela que el Dani. Ellos
viven en el primer piso de la casa grande. Muchas veces demoro
en salir para que ella se vaya antes, nunca sé de qué conversar en
el trayecto. Ella es mayor que yo, me dice cosas que no entiendo
para nada. El otro día me dijo que Allende estaba vivo, que su
papá se lo había contado que lo tenían escondido, muy escondido
y que es mentira lo del suicidio, me dice que no le cuente a nadie,
mirando para todos lados, asustada de estar contándome algo en
extremo delicado. Yo sólo la miraba y alguna mueca hice, no sé
qué responder, no sé nada de ese señor, ni de tantas otras cosas
que escucho. Eso altera mis pensamientos y no tengo respuestas
como de costumbre. Cuando voy a comprar el pan, el dueño del
negocio me pregunta, a nombre de quien está la cuenta, a nom-
bre de don Eduardo Guerra respondo. El señor hace un gesto
como de terror, se inclina hacia mí por encima del mesón y me
dice con voz muy bajita: “No me gusta la palabra guerra, es muy
mala la guerra, mija, nos pueden venir a matar a todos.”

En Quillota, en la casa de la tía Angelina había un corvo muy bri-


llante, enmarcado en la pared. Los adultos lo admiraban, el pololo
de Mariana, uniformado que estaba de visita, nos contaba que ese

31
corvo era para matar al enemigo, para destripar a los huevones decía.
No sólo contó cómo se usaba, también hizo una demostración como
si tuviera al enemigo en frente. Yo que observaba desde un rincón,
quedé aterrorizada.

¿A eso se refería el señor del negocio? ¿De esa forma nos podían
venir a matar? ¿Con un corvo? ¿Pero quiénes y por qué? Sigo sin
entender, por esa razón debo evitar a la gente grande, no com-
prendo sus palabras que se hacen anchas para mi escaso razo-
nar que rastrojea una respuesta sin resultado, la incomodidad se
instala dejándome coja de todo. Mi tiempo se va entre pañales,
pelelas y mucha loza sucia para lavar. No me queda tiempo para
mis estudios, mis tareas y trabajos que pide la profesora, no pue-
do cumplir con todo. Lo más seguro es que quedaré repitiendo
nuevamente. Es mejor no ir a la escuela. Y resulta que yo tengo
la culpa que el Danilito quiera ser piloto de avión, pucha que ra-
bia. La señora Mónica y don Eduardo fueron a mi cama que está
a un costado de la cocina. Estaban muy enojados. No le metas
nunca más cosas tan estúpidas en la cabeza al Danilito. ¿Cómo
es eso de que el Dani tiene que ser milico? ¿O piloto de guerra?
A mí no me dejaron responder. Aunque tampoco mi garganta y
su nudo ciego me dejaría. Pucha, pero si el Dani me dijo que él
quería ser piloto de avión poh’. Yo sólo le dije dónde podía ir para
aprender, no es justo que también me reten por eso. Cuando el
Danilo sea grande se irá igual a buscar un avión y será un piloto.
Y ahí quisiera ver la cara que van a poner la señora Mónica y don
Eduardo. El Danilito se burlara desde las alturas, y ellos aquí aba-
jo no podrán hacer nada.

La mamá de Bélgica, hermana de la señora Mónica, siempre me


decía cuando me veía lavar los pañales o bajar con las pelelas:
“Qué abusadores son ese parcito, tu deberías irte de aquí, busca
otro lugar donde irte chiquilla o vuelve a tu casa.” Yo le respon-
día con una leve sonrisa fingida, tratando que ella adivinara que
no tenía otro lugar donde ir. Ellos eran vendedores ambulantes,
tenían su casa llena de cajas con variados productos que vendían
en la calle.

32
Mayumi Cisternas

Es mejor irme, ahora ya estoy más segura de esa decisión. Ade-


más yo creo que mi planta ya ha crecido lo suficiente para sacar
y envasar muchas bolsas de apio. Espero que la Lulú no la haya
arrancado, porque siempre anda haciendo hoyos y escarbando
por ahí, no sé porque lo hace, los perros no comen raíces. Tendré
que buscar bolsas nuevamente. Ese día llegué con el Danilo de su
escuela y luego fui a comprar el pan, le di once y esperé que don
Eduardo se metiera a la cama con los niños a ver tele, la bebita
dormía en su cuna que está en la misma habitación. Dejé la co-
cina y la loza lavada. Metí mis pocas pertenencias en una bolsa
plástica y bajé.

“Ahora me voy de acá poh’, debo irme antes que la señora Móni-
ca llegue de su trabajo”, le comenté a Bélgica que estaba sentada
en la escalera de salida. ¡Espera!, me dijo, y corrió a llamar a su
madre, esta me agarro del brazo y me dijo: “es muy tarde ya es
noche mejor quédate acá y mañana te vas, nosotros te escondere-
mos porque seguro que más tarde va arder Troya”. Acepté y entré
a su casa, a las diez treinta de la noche golpearon con fuerza, era
la señora Mónica que gritaba con histeria: ¡Sé que la tienen ahí,
abran! La madre de Bélgica le respondió sin abrir la puerta. “Ella
no está acá, y qué bueno que se haya ido, harto negreros que son
el parcito con esa pobre cabra, ustedes que siempre andan tirando
su título encima y tan defensores de los derechos humanos que se
creen los muy abusadores”. Yo me escondí en una caja grande que
tenía papel de diario arrugado. Ahí permanecí largo rato sin atre-
verme a salir de mi escondite. Ya se fueron, dice Bélgica, no creo
que vuelvan. Fue una noche de pesadillas, veía a don Eduardo y la
señora Mónica, ellos me perseguían para meterme en un tambor
con agua. Al día siguiente regresé en el micro Osito número diez
que se va directo a Concón. Te rogué que me acompañaras ese
mismo día a la escuela, quería despedirme de la profesora, por
suerte estabas de buen humor porque te había visitado uno de tus
pretendientes. Recuerdo que la señorita Amanda te dijo: “Pucha,
queda tan sólo un mes para que termine el año escolar, y ella va
tan bien, es una verdadera lástima.”

33
¿Quieres que te ponga más de lado? ¿Acomodo tu almohada? ¿Más
sentada? Tan duras que te gustan, yo prefiero almohadas blanditas.
Tranquila ya pasará, tranquilita, vendrán a colocar más remedio
mágico, deben estar en camino. Te cambiaré el camisón y te pasaré un
pañito húmedo con agua de colonia para refrescarte antes que lleguen
las enfermeras, estás muy transpirada. Tienes una piel tan suavecita.
Debe ser porque siempre te refregabas con esas mallas de limones que
pedías en algún negocio. Y pobre de nosotras que se perdiera la famosa
mallita. La enjabonabas bien y después de refregarte harto rato, me
llamabas a grito pelado para que te la pasara por la espalda. Más
fuerte mierda, más fuerte. A mí me daba mucho miedo, porque una
vez la malla tenía un nudo que te hizo un rasguño, te diste vuelta y
me golpeaste la cara.

Yo me la puedo llevar a mi casa hasta que termine el año escolar,


dijo la señorita Amanda. Una sustancia dulce pasó ligeramente
por mi cabeza, sería la primera vez que terminaría un año escolar,
¡y de corrido! Nos despedimos con torpeza, una torpeza agrie-
tada y sedienta que no sé descifrar. Era raro vivir en casa de la
profesora, además era la profesora jefa de mi curso. En casa de la
señorita Amanda vivían sólo personas grandes, todo funcionaba
con puntualidad. Levantarme, bañarme con agua calientita era
muy rico. Siempre me golpeaban la puerta porque me demo-
ro mucho en restregar la mugre acumulada, ignorada por tanto
tiempo. Desayunar en silencio me acomoda. La señorita Amanda
revisa el diario. Eso me gusta porque puedo escucharme. La pue-
do mirar a ella, sin que ella me mire a mí. Cuando nos vamos a la
escuela, la profesora me advierte que los alumnos no deben saber
que viviré por un tiempo en su casa. Ellos pensarían que tengo
información privilegiada de los exámenes finales. Eso le generaría
problemas incluso con otros profesores. Apenas entrabamos a la
escuela por las mañanas nos separábamos. Aunque secretamente
hubiese querido que ella me trajera hasta el patio de la escuela
tomada de la mano.

34
Mayumi Cisternas

Por las tardes, después de dejar mis tareas hechas y estudiar las
materias que entrarían en las pruebas finales, acompañaba a la
profesora a diferentes iglesias católicas, a ella le gustaba ir cam-
biando de iglesia todos los días. Después empezaba otra vez con
la primera y así. Rezaban, se paraban, se sentaban, se paraban
nuevamente, yo seguía el ejercicio, pero luego me confundía.
¿Por qué se tendrán que parar y sentar a cada rato? No entiendo
las palabras y frases repetidas en coro como poesías bien apren-
didas. Sería mejor si cada uno le pide lo que necesite con sus
propias palabras a su dios y listo poh’. Yo luchaba con el sueño
y los bostezos mientras observaba esos cuadros con un Cristo en
diferentes escenas. La más encacha’ es cuando está comiendo y
bebiendo con sus amigos. ¿Por qué serán tan altas las iglesias? Los
curas podrían poner un segundo bien firme para que no se caiga.
Y ahí les podría caber el doble de gente, así ganarían más dinero
poh’. Cuando pasan esa cosa para cazar mariposas, todos ponen
muchos billetes, y la señorita Amanda echa monedas. Pucha, si
yo pudiera sacar un puñadito, cuando vuelva a mi casa podría
comprar harto pan y margarina. La señorita Amanda cada cierto
rato me da pequeños codazos para que no me duerma y ponga
atención al curita. Yo no le entiendo nada al curita poh’, habla de
cosas que se supone que deben hacer las personas. Que todos se
deben amar, que la paz hermano, que la caridad y amor al más
desposeído, que esto y lo otro. Señoras y señores que al pasar por
el lado de quien se supone que son los más desposeídos, pidiendo
alguna moneda, seguramente para comprar pan, no les dan. Ellos
los que recién estaban cantando alabanzas, orando, y golpeán-
dose el pecho, echándose la culpa de no sé qué. Ésos mismitos
pasan de largo y los miran con desprecio. Me gustaría que los que
mandan esta cuestión los pillaran y les dieran duras penitencias
por no cumplir lo que prometen en sus oraciones y canciones.

Cuando reparten esas masitas como galletas muy delgadas, la se-


ñorita Amanda se pone a la fila, me dice que la espere, al parecer
no todos pueden comer, bueno total yo ya las he probado poh’.
Un día que me asomé a mirar en la iglesia de Concón, tenía tanta

35
hambre, logré ponerme dos veces en la fila para comer esas masi-
tas que saben a nada, pero con hambre saben a todo.

En el altar tienen unas velas gigantes y gordas, pienso que esas


velas alumbrarían muchísimas de nuestras noches largas y oscuras
en casa.

Nadie habla conmigo en casa de la profesora, pero una sonrisa


cordial siempre alegra mis días. Aparte de la señorita Amanda,
viven tres personas más, siempre están metidas en sus máquinas
de escribir o leyendo libros. Trato de hacerme invisible, para que
nadie me vea. No quisiera digan: “Oye esa cabra que trajiste a esta
casa, lo único que hace es molestar con su presencia.”

Ha llegado a su fin el mes que faltaba para el término de este año


escolar. Mi corazón está con algo de pena, me gustó mucho vivir
en casa de la profesora Amanda. Creo que he pasado de curso.
Estaba tan contenta de ver a las chiquillas de nuevo. Pero al pa-
recer sólo yo lo estaba. Nadie nunca me pregunto nada de nada.
Tal vez la felicidad no tenía lugar en sus rostros, en sus vidas ni
tampoco en sus cuerpos.

¿Pero tú, ninguna curiosidad, ningún interés de saber de mi estadía


en Valparaíso? Estoy segura que ni siquiera supiste si pasé o no de
curso. Ni siquiera me pediste la libreta de notas para observarla,
tampoco sabes en qué curso voy. ¿Sabes una cosa? Fueron las mejores
notas que he tenido. Y será la última libreta de notas de mi vida. Tu
indiferencia siempre ha nublado mis pensamientos, mi ya distorsio-
nada visión de la vida se confunde aún más.

Esa acumulación blanca era frecuente en la población. Tan espesa


era la neblina, no pude ver a la vaca echada en medio del camino,
caí sobre ella. Sentí mucho susto al principio, pero su tibieza y su
respiración me calmaron. No se puso de pie, estaba con su hijo,
su ternero. Yo no le importé, no la perturbó mi presencia, me
ignoro por completo. Me impregné de su calor húmedo, cálido,
apacible y amable. Ese ternero tiene mucha suerte de tener una
mamita tan buena, tan abnegada, tan cariñosa, tan preocupada.

36
Mayumi Cisternas

Búscame el pantaloncito con monitos del Marcelo, apúrate mier-


da. Pucha, no sé cuál será, entremedio de esta ropa de guagua,
la mayoría con monitos chicos poh’. ¿Cuál de todas estas ropitas
será?, me pregunto. Apúrate poh’, no veís que estoy apurada,
mierda… Por más que lo busqué, no lo encontré. ¿Es este o éste
otro? Sentí ese puño cerrado en mi guata… ese golpe recorrió
muchos metros, husmeó en mis cajones, encontró un pedazo de
pan verde y duro. Vio aquellos hombres del falso paraíso. Cruzó
de una esquina a otra, recorrió la calle oscura del perro que ame-
naza con morderme. Observó los dibujos arrancados de mi cua-
derno. Pasó frente a la vaca y su ternero. Aterrizó al fondo, en lo
profundo de mis tripas, quebrando en muchos pedazos la mezcla
de imprimación de eso que llaman amor. A mis oídos llegaba el
llanto de Marcelo, y un… ¡Ahí está conchetumadre, ahí está…
nada pueden hacer bien, para nada sirven estas desgraciadas!

Mis brazos aleteaban, necesitaban con urgencia un trozo de cielo


para respirar. La muerte como la niebla, moribunda entró hecha
una larga y plumosa cola de zorro. No podía ver. Sólo quedaba
una rendija del grosor de un cabello, donde mis sentimientos y
mi alma se empinan para observar, almacenando esa sustancia
pegajosa llamada rencor. Conseguí retomar a duras penas mi res-
piración, la nublosa cola de zorro empezó su retirada en forma
lenta, muy lenta como si no estuviera convencida si retirarse era
lo correcto.

No sé cuánto tiempo ha pasado desde que estuve cara a cara con


la muerte una vez más. La muerte me tuvo buena onda, la mire a
los ojos, me hizo un guiño, me susurró al oído que no se lo con-
tara a nadie. Ella y yo nos veíamos desde aquel palo quebrado en
mi cabeza cuando el mundo se descuadró y tu cara se multiplicó
frente a mí. Desde esas tardes en el mar en lo profundo. Y del día
del tambor con agua y las frutillas… me di cuenta que estuve sola
por mucho tiempo en otro mundo. Tal vez en una estrella, quise
quedarme allá y no regresar jamás. Estuve en los agujeros de la
luna, buscando un escondite donde tirar mis carnes dolientes, y
dejar mi corazón remojando en agua con azúcar.

37
Unas tijeras en mal estado ahora cortaban mi pelo a tirones. “Pa-
recís bruja con este pelo enredado, ahora vái andar más ordenada,
mierda.” Miraba mi pelo muerto caer. Recogí varios mechones
cuando estuve sola, los traté de pegar con mi saliva, no es buen
pegamento. Mi estómago siguió su reclamo quejoso. El dolor en
mi garganta ¿se pasará algún día?

Mi boca se niega a volver a preguntar nuevamente. La callaron


muchas veces. Los adultos no hablan con niños, o los niños no
deben hablar a los adultos, eso es lo que me advertías siempre
cuando llegábamos a la casa del abuelo Carlos y la abuela Alberti-
na. El abuelo fue militar, tenía en su habitación un cuero grande
en la pared con dos sables cruzados y unas medallas con cintas,
ese cuero un día fue nuestra cabra, la mataron porque le pegaba
cornadas al Marcelo. El abuelo estiraba las piernas dando vueltas
alrededor de su barrio, y se sentaba en los paraderos en un cojín
que lleva a todos lados. Camina muy derecho a paso seguro, pi-
ropero con las damas, respetuoso y severo con los hombres. En
la casa era muy serio, siempre me preguntaba lo que de pequeña
no sabía responder: ¿y qué vas hacer con tu vida? Yo quedaba en
blanco, ni siquiera sabía o me daba cuenta que es finalmente la
vida, es una pregunta demasiado grande, ¿será lo contrario a mo-
rir? Entonces mi respuesta sería: ¡voy a vivir! Pero sólo agachaba
la cabeza y decía no lo sé. Desde que murió la abuela Albertina,
el abuelo se volvió más callado, yo nunca sé cuándo debo hablar,
qué debo decir, cómo debo dirigirme a él, o a otras personas... Al-
zheimer o demencia senil, escuché decir. Se levantaba en la noche
y preguntaba por la señora de la casa. Es cáncer, dijo la tía Ange-
lina. La abuela murió en el hospital sola, seguramente deseando
que su compañero de vida, también hubiese estado acompañan-
do su muerte. Después de sus funerales, escuchaba escondida des-

38
Mayumi Cisternas

de el pasillo la conversación que las tías tenían acerca de qué hacer


conmigo, yo estaba con ellos por un tiempo, también funcionaba
eso de “tendrás una boca menos que alimentar.” Ahora la abuela
no estaba, la tía Nilda opinaba que podía llevarme y hacerse cargo
de mí. Al escuchar eso me puse contenta, porque ella es linda,
es profesora de arte y de ballet, no tiene hijos y sólo vive con su
esposo. Mi felicidad duró un breve instante porque intervino la
tía Angelina y dijo: “Tiene que cuidar a su abuelo porque ella
sabe cocinar, cómo vamos a dejar al papá solo, alguien lo tiene
que cuidar.” Tú no opinaste nada.

El dibujo ya se había instalado en mi vida cuando estaba en casa


del abuelo Carlos. Terminé siendo mi propio apoderado, intenta-
ba nuevamente con los famosos estudios, después de no volver ja-
más a la escuela de Concón. ¿Por qué se tendrá que ir a la escuela?
Eso debe ser para otros niños. Niños que tienen familia de padres
con caras lindas y que se preocupan por ellos. Me repetía una y
otra vez, debo aprender a leer y sumar, con eso será suficiente.
Claro que sí, me respondía, con eso basta y sobra, leer y sumar.

Nunca más lo dije, nunca intente de nuevo hablar, decir que yo


quería estudiar en un lugar que se llama Bellas Artes. ¿Te acuer-
das de eso, verdad? Se rieron, tú te reíste de mí. Seguramente fue
estúpido, como una quiltra como yo podía aspirar a algo así.

El profesor me dice que lo espere, que debe preguntarme algo al


término de clases. Cuando los otros niños se marchan, se acerca
mucho a mi boca para hablarme. O a ese pastor de aquel cultito
donde nos mandabas. Su cuerpo hacía movimientos extraños, su
líquido caía en mis zapatos. Trataba de entender, si lo que él me
hacía era real o lo imaginaba. Era algo malo, o él era un hombre
tan querendón de las alumnas. Tenía muchas preguntas. ¿Tendría
culpa de algo? A quien le podía contar, sin correr el riesgo de ser
yo la condenada y castigada. Acompañé a unas niñas a dejarles
unos trabajos al profesor, él tenía dos días de licencia, vivía cerca
de la escuela. Él salió cuando las niñas llamaron, su esposa y su

39
hija también se asomaron a la puerta. Miré largamente a su hija,
diciéndole o preguntándole en silencio, cómo era su padre con
ella, o cómo creía ella que era su padre con alguna de sus alumnas.

El abuelo Carlos cierra la puerta temprano, tipo seis de la tarde,


apaga todo y se va a dormir. La casa queda en silencio, me quedo
sola. Sola con el fantasma, su gato rubio, al morir ella, desapare-
ció de la casa. Yo creo que también se fue a morir, era su regalón.
Yo escucho sus miaus, lo veo con el rabillo de mis ojos, lo veo
pasar de un lado a otro, pero cuando ajusto mi mirada para verlo
bien, el gato ya no está. La abuela aparece más tarde, cuando se
espesa aún más la noche. Pasea por la casa, se sienta a los pies de
su cama a leer sus libros religiosos, mi corazón quiere arrancar.
Estoy segura que un día despertaré sin él. Escucho los correteos
de los niños que juegan y ríen en la calle. Me asomo por la venta-
na para verlos gritar y jugar a la pinta. Me agrada estar sola, esas
risas asombran a mi niña.

Sólo cuando estoy segura que nadie me pude ver me gusta dibu-
jar. La escuela tenía que participar en una feria interescolar, eso
fue lo que comunicó la directora. Se realizaría en un parque muy
conocido, se oía entretenido. Muchos trabajos manuales fueron
recolectados en toda la escuela, para formar parte de la exhibi-
ción en los módulos. Todo bajo la vigilancia y supervisión de la
directora y su brazo derecho como ella llamaba el profesor de los
cariños extraños. Él me convenció, yo nada tenía que hacer allá.
Que ayudáramos en los módulos de exhibición me dijo a mí y a
otras alumnas. Había un escenario grande para que cada escuela
pudiera presentar sus bailes y números diversos ante la gran canti-
dad de asistente, padres, apoderados, profesores y autoridades. Yo
estaba muy entretenida mirando los coloridos trabajos manuales
en exhibición.

Una profesora interrumpe mi embeleso. ¿Estás lista? Ya están lla-


mando, ¡anda! ¿Para qué?, pregunté. ¡Y para qué va a ser pues niña!
El concurso de dibujo, ¡rapidito, apúrate! La profe que apenas he

40
Mayumi Cisternas

divisado alguna vez en la escuela, me lleva casi en el aire, agarrada


del brazo, entre la gente va abriendo paso. ¡Aquí está! ¡Aquí está!
dice ella a gritos. Los encargados del concurso repartían hojas
blancas, le pasaban una a cada niño y daban instrucciones, tie-
nen una hora chicos, mucha suerte. Una parte del parque estaba
acordonada y los niños de cada escuela iban entrando y buscaban
una buena perspectiva del lugar escogido. Esto no puede estar pa-
sando, no puede ser ¿por qué yo?, ¿por qué a mí? Quería una vez
más, desaparecer. Odié profundamente al profesor cariñoso, que
no me advirtió de esto, seguramente les falló su representante, me
tomaron a mí para resolver sobre la marcha, esto es injusto, no
tengo idea qué es eso de técnica libre. Ponle tu nombre y el de la
escuela que representas. ¿Qué sé yo? Nadie me dijo nada, esto no
se vale, no es justo, yo no soy representante de nada, ni de nadie.
Veo cómo las manos de los participantes, apuñaban lápices de co-
lores, temperas, acuarelas, reglas y pinceles. Yo no tengo nada, me
da más vergüenza poh’. ¿Qué hago y con qué? Tema, el parque,
técnica libre. Pensé en salir de ese encierro corriendo, pero los
profesores cual guardianes se paseaban lentamente por el borde
del cordón que encarcelaba mi rabia. Cabeza gacha, como si sólo
la tierra me entendiera. Mi mirada traspasa la capa de lágrimas
que la cubre, parpadea para estar segura si lo que ve es lo que cree
ver o es producto de la alucinadora caprichosa que habita en mi
cabeza. Lo veo en la tierra revuelta con hojas secas. Tímidamente
se muestra ante mí. Estiré mi brazo, rígido, en forma mecánica,
desmenucé mis dedos, lo rescataron y recogieron. Era un chongo
de lápiz más pequeño que mi meñique aún le quedaba punta.
Masticando mi enojo me arrimé a un árbol. No sabía qué hacer,
algo de tema libre escuché. Pucha, si esta cuestión no es una can-
ción poh’. Paso mucho rato sin saber qué hacer, mi hora se había
empequeñecido quedando aún más desarmada con un reloj en
contra. Unos niños pasaron por un pequeño puente, mis lagri-
mosos ojos los capturaron sin saberlo, empecé a garabatear esa
escena, con mi chongo de lápiz. Sentí temor que mi chongo se
acabara. Al puente y los niños, se suman árboles, puntas de casas,

41
aves y todo lo que mi mirada alcanza a enfocar. Sentía que me
estaban acechando, que apuntaban con sus lanzas, que me mata-
rían. Quedan sólo diez minutos, no olviden colocar sus nombres
y el de su escuela.

Yo traté de poner mi nombre lo más ilegible que pude, el nombre


de mi escuela lo dejé hasta la mitad, por qué yo no sé cómo se
escribe el apellido del señor de patillas gruesas llamado Bernar-
do. Es mejor así, nadie sabrá de quién es esta burrada de dibujo.
Ojalá mi hoja quede perdida entre las otras y desaparezca. Quise
irme de inmediato, pero me sedujo mirar a los niños que subían
al escenario a bailar. Al módulo de mi escuela no volví más. Ha
pasado la tarde, ya se encienden las luces.

Entretenida y ajena a todo lo que convocaba, miraba un organi-


llero y los más pequeñitos extasiados con aquella avecilla verde,
que sólo quisiera volar. Jessica, mi vecina que también se encon-
traba ahí, apareció llamándome con su rostro lleno de felicidad,
me llama a gritos: “Ven, ven, tú ganaste”. ¿Qué cosa? “El concur-
so, ¡vamos!”. Fue inútil mi negación, Jessica y otras personas me
conducían, y ahí estaba nuevamente donde no quería estar. La
neblina comenzó a envolverme lentamente. Tenía mucha fiebre,
mis ojos miraban el suelo. ¿Por qué se ensañan conmigo? Sólo me
quieren ridiculizar ante todos. No es cierto que ese mamarracho
de dibujo le pueda gustar a alguien. Mi nombre lo puse lo más
borroso que pude, y el nombre de la escuela estaba incompleto.
Ahora estaba ahí, sosteniendo un cartón de color blanco con le-
tras doradas. Una voz que se hacía muy alta a través de un micró-
fono decía blablabla. ¿Qué hacía con ese maldito cartón? Tengo
que entregarlo a alguien, ¿a quién?, ¿sirve para algo? Lo nebuloso
aún entorpece mi mirada. Busco una salida. No la encuentro.
Tardaré muchos años, tantas puertas, no sé cuál será la correcta.

42
Mayumi Cisternas

SEGUNDO CAPÍTULO

Qué vas a saber tú lo que yo pensé esa vez. Tan roja y gelatinosa
que es la sangre que sale de la nariz, me duele, no podré usarla para
respirar. Tengo que irme son los últimos golpes que puedo resistir, tal
vez puedo resistir muchos más, ¡seguro que sí! Pero éste será el último.

Claro que me iré, ¿por qué no? Ya la Catalina se fue una vez, y ella
después regresó y no pasó nada. Ahora ella tiene una guagua, es
mi primera sobrina, es muy linda, me da pena no verla más. Sólo
le diré al Pancho, él me va ayudar, seguro que sí. Ese loco siempre
apaña en todo, es más re’ bueno y chistoso. El Pancho dice que en
su familia lo retan y lo huevean por todo, dice que lo discriminan
por ser marihuanero. Dice que siempre lo sermonean, que es la
oveja negra de su familia, que él nunca cambiará. Antes me decía
que iba a cambiar cuando cumpliera los veinte años. Ahora me
dice que a los veinticinco se va a chantar, es re’ pillo, no creo que
se chante nunca, sus días en esta vida los vivirá como él quiera, a
él no le importa ni una huevada. A mí sí, me importan muchas
cosas. ¿Oveja negra? ¿De qué color seré yo?

Le tengo cariño al Pancho porque es loco, pero es sincero, dice


las cosas tal cual. A él no le guardo rabia por esa vez, hace años
atrás cuando no nos conocíamos, ni la Cata aún pinchaba con él.
En el camino de salida de la escuela en la cancha de Los Cururos,
él con otros cabros se bajaron el cierre del pantalón y me mos-

43
traron sus partes. La distancia que me separaba de ellos me hacía
ver unas manos saludando con el dedo pulgar. La señora Rebeca
que apareció con su carretilla con pescados, los saludó y estos se
fueron riendo sin darse vuelta, tapándose con sus bolsones, yo
caminé al lado de la carretilla mirando los pescados babosos con
sus ojos abiertos. El hijo de la señora Rebeca también me mostró
sus partes cuando me mandaste a pedirle unas yerbas de nombre
raro, borraja creo que era. Él salió a la puerta de su escuálida casa,
temía de su perro, él me dijo que su madre no estaba, que pronto
llegaría, que entrara. Lo miro a distancia, sus pantalones están
abajo... Salí de la casa con la clara intención de no volver, ya es de
noche, y decido pasarla donde vive ahora mi papi, con su nueva
familia, con Elizabeth en Concón.

A Eli la vi por primera vez en Peñablanca. Esa tarde estuve es-


perando a mi papá en la carretera. Tú me mandaste a esperarlo,
tendría que estar toda la tarde si era necesario, hasta que él pasa-
ra en su camión, debía mandarte dinero. Ese día te quedaste en
tu cama con tus tapones de tiras de género empapadas en algún
combustible que conseguías en un frasco con algún camionero,
las metías en tus narices y ahí te quedabas por momentos eter-
nos. Estuve gran parte de la tarde esperando por él, estaba en la
orilla de la calle jugando con las piedrecillas sueltas del asfalto,
varias veces me tocaron la bocina y me gritaron, yo no entendí
nada. Una señora que pasaba con su hija tomada de la mano me
dijo que tuviera cuidado, que esa curva era muy peligrosa. Estaba
aburrida, por fin lo divisé a la distancia, no sé cómo supe que era
el camión que manejaba mi papá, si yo lo he visto tan re’ pocas
veces. Recuerdo que una vez, hace mucho tiempo cuando el Mar-
celo era guagüita, fueron las únicas veces que vi llegar a mi papá
antes que oscureciera. Él decía que no se podía andar después
de las seis en la calle. Marcelo nació tres días antes que el señor
Allende, del cual tanto he escuchado, muriera.

Mi papi al ver mis señas se detuvo pasada la curva, corrí, y tuve


suerte que me viera.

44
Mayumi Cisternas

Se supone que él debía mandar dinero para llevarlo a casa, y así


poder comprar algunas cosas pa’ comer. Me dijo que subiera, me
preguntó si quería ir donde él vivía ahora, después de un breve
silencio, dije que sí, y subí a su cabina, él partió. Me puse feliz y
nerviosa, la mudez nos acompañó todo el viaje. Nunca había es-
tado tanto rato tan cerca de él, éramos como seres sin voz ni ojos.
Yo tenía muchas preguntas que hacerle, las tengo guardadas hace
mucho tiempo, pero ahora que estoy tan cerca de él, mis pregun-
tas mueren por asfixia. Las guardo en mi bolsillo nuevamente, las
acaricio suavemente con la punta de mis dedos. En una de esas
revivan y vuelvan a mi mente, pero seguro mi voz se negará, una
y otra vez a cantarlas. Su olor a combustible y sudor, hacen una
ronda alrededor de mi corazón. “Arroz con leche me quiero casar,
con este señor que es mi papá… Caballito blanco… no me lleves
nunca de aquí.”

Llegamos a Peñablanca, entramos a una casa muy ordenada y


limpia. No había nadie, creí realmente que vivía solo, hasta que
llegó una señora menuda, joven y alegre, preguntando: ¿Entraste
la ropa Carlos? ¡Va! ¿Y esta niñita? Era la primera persona en el
mundo que me llamaba… niñita. Luego entró la hija de Elizabe-
th, una niña blanca de pecas suaves y ojos lindos, llevaba puesto
un hermoso vestido y calcetines con vuelos. A mi corazón nadie
lo advirtió. Lo encontraron desprevenido, mal parado, sin cuña
ni pasamanos de dónde agarrarse para no caer. Irma corre a los
brazos de mi papá. Él la toma en el aire y la sienta en sus piernas
con gran amor. “¿Cómo está la niña más linda del mundo?”

Eli pone la mesa muy alegre, sirve fideos con salsa que estaban
exquisitos “Tan calladita que es esta niña, ¿no te gustan los fi-
deos?” Mi cabeza responde que sí, mis uñas una vez más hacen
lo suyo, muy bien entrenadas, se hundían en mis rodillas, mis
lágrimas anunciaban su llegada con peligro de inundación. Busco
de forma urgente más fuerzas para aguantar mi llanto. Ya no me
quedan, seguro se me han caído al subir al camión. Pido permiso
para ir al baño y me deshago de un poco de llanto lo más despa-

45
cio que puedo, nadie debe oírme. Abro la llave del agua para que
su ruido cubra mi pena. De pronto mis lágrimas se mezclan con
pánico. Yo soy una traicionera, ¿qué hago en la casa de la otra? Se
supone que ella es una mujer muy mala, además debería ser muy
fea, casi una bruja. Es como son las otras. ¿No es así?

Al día siguiente, después del desayuno, Irma saca muchos jugue-


tes al patio y me invita a jugar, yo la sigo muy insegura. ¿Debo
ir o debo ayudar en la cocina? Tímidamente miro a Elizabeth,
esperando su autorización, ella me dice: “Vaya a jugar. Eso deben
hacer los niños, las cosas de la cocina las hacemos los grandes.”
Una parte de mí se tienta a esa felicidad inesperada. Quiero jugar
con las muñecas, las tacitas y la cuerda. Pero siento como tiro-
nean de mi pelo y mis ropas hacia los quehaceres de casa. Tal vez
ya no sea mi tiempo, el tiempo de juegos ya pasó, aunque aún soy
una niña, no tengo certeza si el tiempo de juegos me perteneció
realmente. Irma se ve una niñita muy feliz, tiene una mamá, una
hermana y un hermano, un papá que se supone que es mío, y
reemplaza al padre ausente de Irma y sus hermanos. Nunca he
sabido por qué él no quiso ser mi papá.

¿Te duelen los ojos? Sí, los tienes un poquito inflamados pero mucho
menos que ayer, yo creo que debe ser porque es tiempo de polen y eso
irrita muchísimo, la llegada de la primavera con mariposas, flores y
colores, pero con mucha picazón.

Ahora planeo mi partida con la ayuda de Pancho y Roni, otro


conocido de la población, amigo de andanzas de Pancho. Roni
vendía revistas usadas casa por casa cuando recién llegó a la pobla.
Fue él quien dio la idea y decidimos partir a La Ligua, de ahí yo
me iría sola a algún lugar para no volver jamás, era ese el plan,
lo que habíamos conversado la noche anterior. Además el Roni
conoce bien La Ligua, él vivió parte de su infancia allá.

Inesperadamente a mi plan de huida se unió Sandra, una chica


que conozco muy poco, vecina de mi papá y Eli en Concón. Ni
siquiera es mi amiga, me la encontré en la esquina de la plaza

46
Mayumi Cisternas

mientras esperaba a los chiquillos para partir. No supe cómo le


conté que me iría de la casa, cuando ella me busco conversa, le
dije que estaba aburrida y no quería volver nunca más. Sandra
me dijo que también estaba cabreada y se quería ir de su casa, que
hace mucho lo venía pensando y me preguntó si podía irse con-
migo. Le pregunté si estaba segura de querer irse de casa de sus
tíos. Sandra, yo voy sin ningún destino seguro, aunque de verdad
tampoco está vida lo tiene, le dije. ¿Qué cosa es eso del destino
seguro? Nada Sandra, olvídalo. Sentía que me estaba traicionan-
do. Yo soy sola y es un problema para mí establecer relaciones con
otras mujeres. ¿Será que es hora de probar, tener una amiga?

Era de noche cuando llegamos a La Ligua, Roni está en sus tie-


rras, conoce gente, le comenté a Sandra. Hace mucho frío, nues-
tros cuerpos tiritan mientras esperamos al Roni sentados en unas
piedras que están en la orilla de la calle. Después de perderse por
muchísimo rato, llegó con un pastor evangélico de finos modales.
Muchas risitas coquetonas entre ellos, el pastor se miraba y comía
sus uñas. Ellos nos dijeron que se conocían hace mucho tiempo.
“A éste lo conozco de cabro chico, desde que andaba con los mo-
cos colgando y a poto pelado”, dijo el pastor. Caminamos hasta
llegar a una pequeña iglesia de adobe, muy resquebrajada. El pas-
tor sacó un llavero, muy abundante, le costó encontrar la llave co-
rrecta. Nervioso de nuestras miradas burlonas, sobre todo Pancho
que no disimulaba, y también se comía las uñas. “Ya chiquillos,
entren por acá, no es lo mejor, pero para capear el frío y el sueño
está bien. Mañana se me van tempranito y dejan cerrado. Mucho
cuidado, por favor chiquillos, si prenden carbón, lo apagan bien,
es lo que más les pido, no metan bulla, que la gente por acá es
re’ sapa, bueno el Roni sabe poh’ y si alguien se entera que yo les
presté la iglesia, ¡ay, Dios mío santo! Pobre de mí, no quiero ni
pensarlo, pórtense bien, Roni tu quedái a cargo. Chao chiquillos.
Que amanezcan bien. Le dimos las gracias y nos despedimos del
pastor. El frio entraba con puntas de espada perforándolo todo.
El ojo anaranjado del único carbón encendido nos despedía en
la mañana.

47
Pancho y Roni nos llevaron por caminos campestres y escondi-
dos. El Roni sabe lo que hace, dice Pancho. A la Sandra pueden
ya andarla buscando, dije. Sandra y yo hablamos poco, nunca sé
qué hablar con las mujeres, eso ya me incomoda, pues tendremos
que estar mucho tiempo juntas. Llegamos a la carretera, después
de una larga caminata nos detuvimos a descansar o hacer pipí. Al
llegar a la carretera nos detuvimos en la orilla y Pancho nos dijo
que hasta acá nos acompañaba. Ahora siguen solas su camino. Tal
vez algún día nos veamos nuevamente las caras, agregó Roni. Nos
despedimos con un simple hasta pronto, que les vaya bien, gra-
cias por su compañía. Ellos se alejaron y marcharon con lentitud,
los miro chutear piedras y darse algún manotazo en el hombro.
Ellos nunca voltearon. Los miré hasta que sólo eran dos puntos
vibrantes en la lejanía, un picor doliente escarba en mi garganta,
porque advierto que desde ahora estamos solas haciendo nuestro
camino.

Antofagasta seria el destino, sólo porque Roni y Pancho lo pro-


pusieron y quedó instaurado, nunca supe por qué Antofagasta.
Pero me pareció una buena idea tener un destino de ciudad para
viajar y llegar. Me parecía un lugar lejano, pero no tanto. Creo
recordar su lugar, en el dibujo larguirucho y flaco de este país
que colgaba con sus colores muy desteñidos en un viejo mapa en
la sala de alguna escuela por la cual pasé y Antofagasta estaba en
segundo lugar.

Empezamos a hacer señas con las manos a los camioneros. Su-


pongo que así se hace, dijo Sandra. Nos reímos de no saber verda-
deramente cómo se hace parar un camión de los que pasaban por
ahí. Muchos nos tocaban la bocina, algunos parecían que iban a
detenerse, se arrepentían y seguían su viaje. Después de escuchar
algunos piropos de unos y de otros, alguna grosería, no pasó mu-
cho rato cuando nos encontramos sentadas en una cabina muy
alta con dos conductores muy amables. “¿Dónde van chiquillas?
Tan solitas que van viajando ustedes.” Me apuré en contestar an-
tes que lo hiciera Sandra. “Tenemos que llegar a Antofagasta, so-

48
Mayumi Cisternas

mos primas. Vamos en busca de mi mamá, tenemos información


que ella está trabajando por allá. Hace años que no la veo y la
extraño demasiado, se tuvo que ir de la casa por problemas con
mi padre”. Le di un disimulado codazo a mi compañera de viaje
para que cachara la onda y no fuera a meter las patas. “Nosotros
llegamos a La Serena, chiquillas, ahí pueden seguir haciendo deo’,
y así hasta que lleguen a su destino” dijo el conductor. Viajamos
muchas horas conversando de esto y lo otro, rellenando largos
espacios, inventando risas y muecas, levantando cejas, dando sus-
piros y bostezos.

Ya de noche los camioneros se detienen a comer y reponer ener-


gía para continuar su ruta. Son buenos hombres, muy buenos,
nos invitan a comer con ellos. “¡Tenemos mucha suerte Sandra!
Viaje, buena compañía, un camión cómodo y comida ¿qué más
podríamos pedir?” Además tan pronto que nos pararon, me ima-
giné que estaríamos muchas horas en la carretera, dijo Sandra.
Comimos comida rica y contundente, nos guardamos el pan en
los bolsillos para hambres venideras. Los camioneros piropeaban
y bromeaban con las meseras, que parecían conocerlos muy bien
a todos los que estaban ahí.

La noche era gruesa, intercambio de luces, bocinazos pequeños


y variados, era el lenguaje entre camiones que iban o venían. Ca-
beceábamos el mismo sueño con Sandra. El segundo conductor
dormía en la litera. “Si quieren acomódense con él, chiquillas.
Ahí demás caben los tres de ladito y así pueden dormir mejor”,
nos dice el conductor de turno. “No, gracias, estamos cómodas
sentadas acá.”

Estábamos aturdidas y despistadas. El sueño huye de prisa por la


ventana, nos abandona y nos mira de lejos hasta perderse. El dor-
milón de la litera, gordo, negro y desdentado, me bajó en vilos de
ese pedazo de hogar tan confortable. Ahora, ese mismo hogar nos
mostraba los dientes. Sandra con el conductor de turno, ence-
rrada en la cabina, siendo despojada de su pudor dolido. “Entra,

49
no te resistas, de nada sirve, tranquila aquí están en medio de la
nada, quieta, nadie las va a oír acá, no grites.” El viaje se paga con
pasajes de piel y odio.

Como para pagar sus pecados, salvar sus almas para no ir al pur-
gatorio, cuando llegamos a La Serena de madrugada, los camio-
neros nos dejaron en una residencial que ellos pagaron. El gordo
sin dientes nos instaló en el hospedaje. Ese gordito me amaba.
“¿Te quieres casar conmigo? Piénsalo por favor, pueden estar has-
ta las doce del día acá, aprovechen de descansar. Te amo, te amo,
nunca me había enamorado ¡Te lo juro! Por favor, piénsalo con
tranquilidad. ¡Mañana nos vemos! Antes de las doce vengo por
tu respuesta, vivo acá en La Serena, tengo un puesto en la feria.
Te llevaré para que conozcas a mi familia,” Le dije que no se pre-
ocupara, que lo pensaría. Era la única manera que él se fuera de
una vez. No hablamos con Sandra de lo ocurrido en medio de la
nada. Sólo aprovechamos de darnos una larga ducha de agua muy
caliente con mucho, mucho jabón y nos tumbamos en la cama
entregadas a un profundo sueño.

Unos golpes nos despertaron de un salto, me levanté, recordé al


gordito, quedé congelada por un momento. Pregunté si era hora
de desocupar la habitación. No, señorita, son las diez recién, es-
toy golpeando porque las busca el joven que las trajo acá anoche,
contestó una mujer. Sandra se fue al baño, abrí la puerta y ahí
estaba mi novio, más enamorado que nunca. “Toma, te traje estos
zapatos, vi que los tuyos se rompieron anoche”, lo dijo avergonza-
do, agachando la cabeza. “Son del puesto que tenemos en la feria
con mi familia.” Eran zapatos negros escolares, agradecí su ges-
to. Me miró fijamente y sus manos se posaron en mis hombros,
me preguntó muy serio: “Lo pensaste. Nos iremos a mi casa. Tu
amiga puede venir con nosotros, si ella quiere, no hay problema.”
Cómo salgo de ésta pensaba, seguro Sandra está muerta de la risa
en el baño. “Ven a buscarnos a las doce treinta por favor y ahí ha-
blamos con calma. Ahora iremos a comprar unas cosas, las puedo
acompañar me dice. “Son privadas para Sandra, tú sabes, cosas de

50
Mayumi Cisternas

mujeres.” “Sí, yo entiendo, voy aprovechar de hacer unos trámites


y las vengo a buscar. ¡Te amo, te amo!”, me gritaba desde el pasillo
del hospedaje. “Sandra, ya se fue, puedes salir del baño”, le grité.
“¿Así que te vas a casar? Yo seré tu madrina jajaja” “Vístete rápido
Sandra y salgamos de aquí, apúrate por favor.”

En muy poco rato estábamos en una micro sentadas. ¿Usted nos


deja cerca de alguna carretera para seguir al norte? Le pregunté al
chofer. Sí, yo les aviso, las dejo cerquita chiquillas, no se preocu-
pen. Yo aún sigo muy nerviosa, ya veía a mi enamorado corriendo
tras la micro gritando: ¡Paren, paren! No se lleven a mi novia nos
vamos a casar, ya está todo arreglado y todo dispuesto, el señor
cura nos espera. “Ya niñas, aquí mismito se tienen que bajar, ca-
minen cuatro cuadras hacia allá y están en la ruta para que sigan
su viaje. ¡Que les vaya muy bien, cuídense!”.

“Espero que ahora no nos salgan unos huevones tan frescos”, dijo
Sandra sin mirarme. No puedo dar respuestas. “No esperes nada,
Sandra. ¡Vamos!”, le respondí.

“Hola, chiquillas, nosotros vamos a Iquique, las dejamos en la


pasada, de ahí ustedes pueden tomar un bus y ya estarán en An-
tofagasta en poco tiempo. ¡Suban! Si Dios quiere llegarán a su
destino sin problemas chiquillas.”

Historia repetida con nuestros amables choferes de camión. Mi


corazón ya estaba advertido. Tuve cautela, lo forré con piel muy
dura. Le pedí un trozo a un elefante, más bien era una elefanta
matriarca, que gustosa me dio lo justo para envolver mi corazón.
Hasta venía con su sangre caliente, eso lo hace más confortable
aún. Me da pena no poder compartirlo con Sandra, ella no es
amiga de aquella matriarca. Y allí estoy dura para vivir lo inevi-
table.

Por la mañana nos bajamos de ese segundo camión que nos dejó
en un cruce donde debíamos tomar un bus que nos llevaría a
Antofagasta. Esperamos largo rato en silencio. Una animita ador-

51
naba la orilla de la carretera. Ordené unas guirnaldas desteñidas
de flores artificiales, le saqué unas flores secas a un florero que
le habían cambiado el agua hace un par de días, contemplé el
retrato en blanco y negro de un hombre de mediana edad que
seguramente murió atropellado o de sed. O se batió a duelo en
medio del desierto. ¡El bus! ¡El bus!, gritó Sandra. Luego de meter
mi mano al florero con agua y pasármela por el pelo para ordenar-
lo un poco, corrí al lado de Sandra que me esperaba impaciente.
Llegamos por la espalda de Antofagasta, me pareció un lugar muy
feo, me dieron ganas de regresar de inmediato. Al mediodía nos
encontrábamos en el centro de la ciudad. Lo primero que hicimos
fue comprar un diario local, para ver posibles empleos. Nuestro
almuerzo consistió en el exquisito pan que habíamos guardado de
las comidas con los camioneros y un jugo embolsado en plástico.
La noche nos pisó los talones nos trajo en cuenta muy rápido la
búsqueda de un lugar donde pasar la noche. Rastrojeamos nues-
tros bolsillos, nuestros bolsos, algunas chauchas juntamos entre
las dos. Lo que Pancho me pasó con el dolor de su alma antes de
despedirse. “Toma ¡puta la huevada! Esta platita la tenía pa’ com-
prar marihuana poh’. Pero qué tanta huevada, para algo te va a
servir a ti” me dijo. Ese loco lindo siempre con sus cosas. Sandra
había husmeado cajón por cajón al salir. Metió mano en todos
los bolsillos que encontró en el ropero y algo recolectó antes de
abandonar la casa de su tío.

La Virgen del Perpetuo Socorro me ha costado encontrarla. Una se-


ñora me dijo que es una virgen muy antigua. Pero no te preocupes, la
tengo encargada en muchos lugares y te la voy traer.

Encontramos por fin una residencial. Para dos noches nos alcan-
zaba el dinero. Durante el día recorrimos direcciones que salían
en el diario local ofreciendo empleos, asesora del hogar se necesi-
ta, nana todo servicio puertas adentro. Fuimos a muchos lugares,
en todas partes nos iba mal, no podíamos obtener un puesto de
trabajo por ser menores de edad. ¡Puf, qué fome! la huevada. No
es justo, yo sé cocinar hartas cosas y he aprendido cómo se hacen

52
Mayumi Cisternas

las camas con sábanas y todo. Sé limpiar muy bien. La Sandra


sabe cuidar niños y también puede hacer el aseo. De pronto entro
en pánico ¡No nos dimos cuenta Sandra! Hoy ya pasaron las dos
noches que hemos pagado. “Chuta, ya es tarde y no nos queda
ni un peso, ¡por la cresta, qué vamos hacer ahora! ¿Qué vamos a
hacer?”, dice Sandra muy angustiada. Fuimos a buscar nuestras
cosas que ya estaban fuera de nuestro cuarto. El administrador
nos permitió dormir en su cuartucho después que le contamos
que no teníamos donde quedarnos y no podíamos pagar ni una
noche más. Nos dijo que él prácticamente no dormía de noche
porque a cada rato llegaban o se iban pasajeros. Tenía una cama
en el suelo y no había tantas cucarachas como la cantidad que vi
en la cocina. Menos mal que nuestro jugo y nuestro pan lo co-
mimos sentada en la plaza. Eran las tres de la madrugada cuando
el administrador nos despierta y nos dice que teníamos que irnos
porque le faltaba un cuarto para unos pasajeros que eran conoci-
dos de su patrón. “Lo siento mucho mis chiquillas, pero tienen
que irse ahora mismo o yo tendré muchos problemas y tengo
que cuidar mi pega, de verdad lo siento, váyanse rápido de esta
residencial por favorcito se los pido.” Chasconas y somnolientas
salimos de ese lugar, caminamos harto rato sin saber para dónde
ir, una brisa fresca llegó a mi cara anunciándome que teníamos
en frente una extensa cama con vista al mar para arrullar nuestro
dormir, sólo teníamos que acurrucarnos. Era ahora nuestra alco-
ba y ahí nos acomodamos muy juntas para capear el frío.

¡Sandra, despierta! Ya es de día, quizás ya es muy tarde, hay gente


caminando por la playa. Sandra ya me hago pipí, apúrate, yo
también me hago, contesta Sandra sin moverse de su lugar y sin
poder abrir sus ojos. ¿Para dónde vamos hoy? Nos quedan dos di-
recciones que ver le contesté. Ojalá alguna resulte, hay que cruzar
los dedos de las manos y los de los pies también. Nos peinamos
y nos arreglamos la ropa, teníamos hambre y sólo unas cuan-
tas monedas, teníamos que usarlas con cuidado. Le dijimos al
chofer que nos llevara por un pasaje a las dos. Llegamos a una
de las direcciones que teníamos marcada en la sección de avisos

53
de trabajo. En la primera casa casi resulta todo bien, la señora
era una doctora, me enseñó la casa, me explicó todas las tareas a
realizar, me dijo que una amiga suya necesitaba una niñera y que
Sandra andaría bien ahí. Todo viento en popa hasta que nos pidió
nuestro carnet de identidad y las recomendaciones. Una vez más
chao pega. En la segunda dirección ya el puesto de trabajo estaba
tomado.

Caminamos rezongando, luego descansamos un rato en un pa-


radero de micro, frente había un almacén, cruzamos y entramos
a comprar un par de panes, para nada más nos alcanzaba, eran
nuestras últimas monedas y teníamos mucha hambre. La seño-
ra que nos atendió era muy simpática, le preguntamos si sabía
de alguien que necesitara alguna nana o una persona para hacer
aseo, nos dijo que esperáramos un poco, había muchas personas
comprando en ese momento. Cuando la señora del almacén se
desocupo, nos preguntó de dónde éramos, nuestra edad y qué
sabíamos hacer. Le contamos que éramos de Viña del Mar, la
ciudad de las flores, agrego Sandra. Le caímos bien a la señora
Alicia. Además le dijimos la firme al tiro, que no teníamos carnet
de identidad y que nos arrancamos de nuestras casas porque todo
andaba mal con nuestras familias y queríamos trabajar. Nos dijo
que ella necesitaba una persona para hacer aseo y cocinar. Me
puse contenta, le dije que yo sabía cocinar. El trabajo era puertas
adentro. Estaba aterrada, no podía perder esa oportunidad. ¿Qué
hago? Sin consultarle a Sandra, le dije a la señora Alicia: ¿Pode-
mos trabajar las dos acá por el mismo pago hasta que mi amiga
encuentre otro trabajo? Tenía miedo de echarlo todo a perder,
pero me arriesgue igual, la señora Alicia me estaba aceptando sin
pedirme ningún papel ni identificación, pero no podía dejar a mi
compañera de viaje tirada, sola en la calle. La señora Alicia hizo
unas muecas, se tomó la cabeza, atendió a un señor que entró a
comprar cigarrillos, y dijo que sí. Saltamos de alegría y nos abra-
zamos espontáneamente.

54
Mayumi Cisternas

Era una casa muy grande, arrendaban habitaciones para estudian-


tes universitarios. Todo empezó a marchar muy bien, yo en la
cocina, y Sandra en el aseo, también ayudábamos a atender el
negocio. Y ni siquiera hablamos de cuánto me pagaría, tampoco
me importaba mucho, por ahora teníamos un techo y comida, es-
tábamos juntas. Trascurrieron unas semanas cuando Sandra supo
que necesitaban una niñera. La señora Alicia le dijo que fuera a
trabajar nomás y en la noche se quedaba conmigo. Estábamos
contentas, todo iba muy bien, hasta que la señora Alicia me dijo
que necesitaba el cuarto que ocupábamos porque llegarían más
universitarios. Pero que no me preocupara, ella no nos dejaría
tiradas, había conversado con su hija que vive en el centro de An-
tofagasta, ella tenía un cuarto en arriendo desocupado. Si noso-
tras queríamos arrendarlo entre ambas sería una buena solución y
ella nos daría todos los días el dinero para la locomoción. No nos
queda de otra le dije. La señora Alicia nos pagó el primer mes de
arriendo por lo que habíamos trabajado.

Nos acostumbramos muy pronto a la nueva rutina, salíamos a las


ocho de la noche, tomábamos un micro que nos dejaba a cinco
cuadras de nuestro nuevo alojamiento. Era una casa esquina di-
vidida en dos pisos, la hija de la señora Alicia arrendaba el segun-
do piso, y subarrendaba un par de cuartos, en uno de ellos nos
instalamos para pasar nuestras noches y algún día libre. Quiero
conocer La Portada y otros lugares le decía a Sandra apenas ten-
gamos libre y algunas monedas. ¡Ya! Qué bueno contesta ella con
entusiasmo. Conversábamos siempre de lo mismo en el trayecto
de regreso de la gran Vía hasta el centro de la ciudad. También de
las cosas que teníamos que hacer en nuestros respectivos trabajos.
¿Cómo anda tu pega, Sandra? ¿Estás contenta ahí? “Sí, bueno en
realidad más o menos no más. El caballero es milico, y ella profe-
sora. El viejo es pesado y cascarrabias. Además son súper cagaos
con la comida, y tienen todo con llave, pero los niños se portan
bien, ellos son un amor. Le tienen harto miedo al papá, él tiene
un genio tan de mierda, “que los niños no jueguen aquí”, “que
no jueguen allá”, “que no tomen ese libro, que se callen.” Bueno

55
Sandra, tienes que tener paciencia, tal vez salga otra pega, me
di cuenta que en el negocio de repente ponen avisos, buscando
personas para trabajos domésticos y nanas para el cuidado de los
niños. ¡Hasta para planchar por horas! Eso quiero Sandra, para
ganar algo extra, pero primero tengo que ponerme de acuerdo
con la señora Alicia, con el asunto de mi día libre y tú también
puedes hacer lo mismo.

El otro cuarto de la casa de la hija de la señora Alicia se arrendaba


a unas monjas, le había escuchado decir a la señora Susana. Llegá-
bamos sólo a tomar un té y acostarnos en nuestro cuarto con una
cama para las dos. Ya llevábamos casi un mes con nuestras rutinas
de trabajos y nuestro nuevo alojamiento en el centro de la ciudad.
Aún no veía dinero, pero seguía sin importarme, la señora Alicia
solucionaba el hospedaje de nosotras con su hija la señora Susana.
Caminábamos las cuadras del centro casi durmiendo, muy cansa-
das siempre después de bajarnos de la micro. Nos levantábamos
temprano para estar en nuestros trabajos a las siete y treinta. Ni
siquiera tengo tiempo para recordar que soy de alguna otra parte
o de ningún lugar. O tal vez soy extranjera, o vengo de otro mun-
do porque hablamos solas, nos cuidamos solas, nos reímos solas,
lloramos y caminamos solas. Este es mi mundo. El de Sandra, no
lo conozco muy bien. No sé cómo se llega al mundo de ella.

“Hola niñas lindas, ¿de dónde son? Seguro que no son de acá
¿Adónde van? ¿Buscan trabajo? Las dos señoras nos bloquearon
el paso para hablarnos y ni siquiera nos conocían. “Ustedes tan
jovencitas y guapas podrían ganar mucho dinero saben, y si son
menores de edad, no hay problemas, nosotras les mandamos a
hacer un carnet de identidad y les subimos la edad, ¿qué les pare-
ce?” Qué pega es y dónde es, pregunté. Lo de conseguir un carnet

56
Mayumi Cisternas

llamó mucho mi atención. Mientras las señoras nos hablaban y


hablaban, me fije en un tipo que a poca distancia nos miraba hace
rato. “Ya pues, mijita, las podemos llevar ahora mismo si se deci-
den de una vez y mañana ya estarían con platita en sus bolsillos,
¿qué les parece? Las oportunidades buenas no se dan dos veces,
mijita linda, acepten ahora, aprovechen. Es en un local nocturno
muy grande y bueno, sólo tienen que trabajar como meseras y es
muy fácil aprender. Les dan alojamiento y todo porque no queda
tan cerca de acá. Pero cuando salen con sus días libres se vienen
con su buena platita, ¿qué me dicen chicas?.” Estamos muy cansa-
das, tal vez mañana podemos ir a ver que nos parece. “Pucha, no
sean tontas, no se pierdan esta estupenda oportunidad, no sean
cabras lesas. Bueno ya, ahí está la dirección, ustedes toman un
taxi y allá nosotras lo pagamos. Las esperamos chiquillas.”

Las señoras bulliciosas se despidieron de besos y abrazos. Para mí


era raro tanto afecto ¿O algunas nortinas serán así, Sandra? Ella
balbució algo que no entendió ni ella. Seguimos caminando. Sólo
un par de cuadras nos faltaban para por fin llegar a tomar nuestro
tecito y descansar. El hombre que había permanecido cerca se
nos unió. “Hola, ¿cómo están chiquillas? ¿Qué querían esas viejas
locas que no las dejaban en paz? No lo sé, algo sobre una pega
nos decían, pero nosotras ya estamos trabajando, le conteste casi
sin mirarlo. “¡Ah, qué bien! ¿Y viven cerca?” Sí, casi llegamos,
dijo Sandra, arrendamos una pieza ahí en esa esquina. Ella estaba
entusiasmada conversando con Antonio. Yo sólo quería tirarme
a dormir, se me cerraban los ojos. Y ya habíamos perdido mucho
tiempo con las señoras tan amables y querendonas. Yo tengo un
amigo, podríamos juntarnos uno de estos días y salir a tomarnos
algo nos dice Antonio. “Si ustedes quieren, por supuesto, con
todo respeto”. No es mala idea tener un par de amigos, pensé.
“¿Cómo se llaman chicas? ”Sandra se apresuró y dio nuestros
nombres, y además le contó que éramos de Viña del Mar, la ciu-
dad de las flores, toda coqueta. Él anotó nuestros nombres en
una libreta pequeña que saco de su bolsillo, no quería olvidarlos
porque era muy despistado nos dijo. Nunca cambió de lugar el

57
paquete que llevaba bajo el brazo. “Ya, chicas que descansen, ya sé
dónde ubicarlas.” Se despidió respetuosamente, dándole un beso
en la mejilla a Sandra. Sentí que nos quedó mirando cuando me-
timos las llaves, subimos al segundo piso rápido, sin meter bulla.
Todo en silencio a esa hora, todos dormían. A esa hora como
siempre, pero un poco más tarde claro, nos preparamos un té en
la cocina como de costumbre, para no prender más luces y no
molestar a los que descansaban.

No sé, tengo algo extraño en mi guata le comenté a Sandra, en-


cuentro raro lo de esta noche. “Hay que soy loca tú, yo quedé
encantada con Antonio, imagínate cómo será su amigo. El que
nos va a presentar para que salgamos, poh’.” Sandra quedó bien
entusiasmada con la posible salida con Antonio y su desconocido
amigo. No la culpo, no es mala idea, tal vez nos hace falta un
poco de distracción, podríamos decirles que nos lleven a conocer
La Portada, ¿verdad? ¿Y será verdad que se gana tanta plata de
mesera? Yo no sé nada, sólo lo del carnet de identidad falso me
interesa, sería re’ bueno tenerlo, porque de mesera yo no daría
ni una, le contesté a Sandra. Yo no estoy cómoda, siento el aire
extraño, ponzoñoso, portador de maleficios y conjuros rancios.
Hoy no es como las noches anteriores de nuestras llegadas. ¿Esas
señoras? ¿Antonio? Llevamos poco tiempo acá, pero algo no está
bien, me repetía golpeando mi frente. Siento un ruido extraño.
Mi guata se tensa aún más, quiere decirme cosas.

De pronto veo esos zapatos fuertes que abrían de una patada cer-
tera la puerta, seguidos de armas. Tantos hombres gritando, creo
que yo los estaba esperando. Estoy segura de eso y hoy ya lo creo
con certeza. “Quédate quieta. Las manos atrás, mierda”. Busca-
ban por aquí y por allá. Los dueños de casa con sus caras de pavor.
Sandra me miraba aterrada, blanca de susto, tiritaba, entraron a
nuestra pieza, dieron vuelta todo lo poco que teníamos. No sé
qué buscaban tanto, abrieron violentamente la pieza del fondo,
yo alcancé a ver las dos monjas acostadas juntas en una cama. Se
hacían la señal de la cruz repetidas veces. Ellas con el rosario en

58
Mayumi Cisternas

sus manos se abrazaban, y rezaban. Ellas llegaron hace poco tiem-


po, no son de acá, le escuchaba decir a la señora Susana, pidiendo
respeto por las religiosas. El más grande y grueso de todos habló
más golpeado. “¿Acaso usted no sabe que estas cabras huyeron de
sus casas, y no son de acá? Son menores de edad, son de Concón
y una de ella es sobrina de un funcionario de carabineros. Hay
orden de búsqueda hace más de tres meses, y miren dónde andan
hueviando, tan lejos las perlas.” Yo no sentía miedo, sentía mucha
rabia con Sandra. Tanto rastro que fue tirando ella, lo conversa-
mos muchas veces, cautela al hablar, cautela. Por la cresta, jamás
debí aceptar que se viniera conmigo esta cabra huevona. Nada de
esto estaría pasando, no quiero regresar, no quiero por la chucha,
no quiero.

Me tomaron de un brazo y los rechacé con un codazo. “¿Así que


soy chorita, cabra chica?” Y me agarraron más fuerte. Las monjas
en camisón largo y de color blanco, tan blanco como sus caras,
era raro verlas sin su hábito y sin sus velos, el cabello suelto. La
señora Susana y su marido, que nunca supe cómo se llamaba, per-
manecían aterrados, muy juntos tomados del brazo, escuchando
al mandamás. Y también miraban cómo daban vuelta sus camas,
sus muebles, sus roperos. Qué son patudos estos gallos. Y des-
pués, ¿quién les va a ayudar a ordenar la casa? ¿Acaso ellos? ¿Qué
buscaban? Nunca lo supe realmente. ¿Tal vez un comunista? Cla-
ro, ahora me hace sentido cuando don Eduardo me dijo esto:
“¡Aunque te castiguen y te torturen los militares o los carabineros,
nunca digas nada de mí.”

Nos sacaron a Sandra y a mí de la casa, bien agarradas, nos llevan


hombres a los cuales siempre les hago sentir mis deseos de zafar-
me de sus brazos. A mitad de las escaleras, al lado de un vehículo
policial, pude divisar a Antonio. Obviamente era uno de ellos,
con su radio de comunicación bajo el brazo. Lo miré muy feo.
Se acercó y me pidió el papel con la dirección que me habían
dado las señoras. Me dijo que reclutaban niñas y las llevaban a
prostíbulos, las explotaban y algunas desaparecían para siempre.

59
Escogen niñas menores de edad, y si no son de acá mejor aún,
como ustedes ya se pudieron dar cuenta, ¿verdad? Ahora vamos
a buscarlas y allanar ese lugar. Es importante que me entregues el
papel con la dirección que te dieron esas mujeres. No lo tengo,
contesté. Si lo tienes, nunca lo botaste, lo guardaste en tu bolsi-
llo, dámelo, dijo. ¿Y por qué no las agarraron ahí mismo ya que
las tenían tan cerca, ah? ¿No son tan súper poderosos ustedes?
Las cosas no se hacen así, me contestó Antonio. Me lo entregas
o buscaremos y encontraremos igual, pero con mucho más des-
orden para los dueños de casa, que ya han tenido bastante con
todo esto, ¿no crees tú? Después de un largo silencio, le respondí:
Lo tiré detrás del lavaplatos. Antonio dio aviso por radio a los
hombres que aún se encontraban en la casa de la señora Susana.

Nos subieron al furgón policial. Sandra siempre mantuvo la ca-


beza gacha y su cuerpo lacio. Dos carabineros se fueron con no-
sotras. Todo era como una película policial, de suspenso, que no
me lo perdería por ningún motivo. Y para qué tanto escándalo,
les dije a nuestros guardianes de turno, para qué tanto paco, tan-
to desorden, ¿sólo para sacarnos de esa casa a nosotras dos? A
ustedes pucha que les gusta hacer despliegues de acción y jugar a
la guerra, les encaré a nuestros guardianes con ironía. “Nosotros
sólo cumplimos órdenes de nuestros superiores, imagínate si en
esa casa hubiera drogas de algún tipo, mercancías producto de
algún robo, o peor aún, armas o elementos para fabricar bom-
bas. Nuestro deber es buscar por prevención siempre, ¿me en-
tiendes?.” Claro, y también podríamos tener una bomba debajo
del colchón, ¿no es cierto, Sandra? Pero Sandra no me miró, no
apoyo mis ironías. Insisto, no eran necesarias las armas, ¿para qué
tanto ruido y despliegue policial, para qué? ¿Qué le íbamos hacer
nosotras a ustedes, ah? Nuestros guardianes ya no prestaron más
atención a mis comentarios y mis preguntas. Sólo hablaban entre
ellos y me ignoraron.

En algún minuto, mi mirada se cruzó con la de Sandra, quien


se veía preocupada y asustada. ¿Podía escapar de ahí, de alguna

60
Mayumi Cisternas

manera? Me seguía sintiendo en una película de acción en el carro


policial, presas y custodiadas ¿Ahora seriamos personas peligrosas
para la sociedad? ¿Nos pondrán esos trajes rayados y un número
en la espalda? Cuando bajemos de este carro, correré muy fuerte
y escaparé, no me llevarán de vuelta a la Quinta Región, a mí
no. Más lo que nos costó encontrar pega y que nos aceptaran sin
carnet de identidad ni recomendaciones. Y ahora capaz que nos
manden de vuelta a nuestras casas de donde salimos sin querer
volver.

Nos detuvimos después de un largo rato. Nos hacen bajar, y pen-


sé correr de inmediato con todas mis fuerzas, sin detenerme. Pero
esas murallas burlándose de mí, justo ahí, frente a mí. Estábamos
en un cuartel. Nos hicieron pasar a una sala muy iluminada con
un par de sillones y un escritorio. Quedamos solas un largo rato.
Viste, te dije que no había que hablar mucho Sandra, por la chu-
cha. “Pero si el caballero me preguntó, y yo le conté que mi tío era
carabinero en Concón. Él dijo que le avisaría que yo estaba bien,
para que mi tío no estuviera preocupado. Nada más que eso poh’,
no le dije ninguna cosa más.”

La noche avanzaba, todo era silencio. De vez en cuando entra-


ba un carabinero, se sentaba frente al escritorio, hurgueteaba los
cajones se paraba y se iba, éramos invisibles a su vista. Cada una
de nosotras sentadas en un sillón, tapadas con nuestras chaquetas
tratando de dormir con esos focos de mierda alumbrando. No sé
si aún es noche. Observo el reloj de la pared. Nunca aprendí del
todo a ver la hora, el Dani trato de enseñarme, sólo recuerdo que
entre cada número hay cinco minutos. Pero ahora esos números
romanos me embroman la vida.

Tanto ruido de personas caminando y saludos en coro, me hacen


pensar que el día, ha llegado. Interrumpen mis pensamientos un
par de carabineros que entran apurados, conversando y riendo.
Me hice la dormida y tapándome con mi chaqueta me sacaba las
lagañas y ordenaba mi chasca de pelo apelmazado. Me acomoda-

61
ba el sostén, lo sentía muy suelto, lo más seguro que el elástico
que le amarré en el broche de atrás se soltó. Uno de los carabine-
ros le explica algunas cosas al otro carabinero, poniéndolo al día
de los últimos acontecimientos. El carabinero saliente entrega el
turno y se retira. Yo me acomodo un poco bajo mi chaqueta y
justo el carabinero me pilla mirándolo. “A ver tú, ven, siéntate
ahí”, y me indica la silla frente a su escritorio. Después de leer
la carpeta rascándose la nuca, y chocando los tacos de sus za-
patos, me pregunta: “¿Qué están haciendo acá tan lejos de sus
familias? Ellos, sus familiares deben estar muy preocupados por
la ausencia de ustedes.” Eso a usted no le importa le contesté y lo
miré enojada. Él sube su tono de voz: “¿Nombre y apellido?” Mi
boca enmudece. ¿Nombre y apellido? “Seguro que por lo terca,
tú debes ser la sobrina del colega de Concón”, me dijo. Dije mi
nombre saboreando su equivocación. “¿Y tu apellido?”. Después
de un rato de mirarlo fijamente a los ojos le dije mis apellidos. En
esta película que represento si puedo mirar a los ojos. Mi rebeldía
aflora, y me gusta.

Escribe y escribe, de vez en cuando me mira, levanta la frente,


hace de hombre terrible. Se acomoda el cuello de la camisa. Pasa
la punta de sus dedos suavemente por su barbilla recién afeitada,
puedo oler el jabón espumoso. Seguro se despidió con amor de su
esposa y de sus niños, pero sigue siendo un hombre. Por fin me
hace un gesto con la mano, indicándome amablemente que debo
dejar el lugar a Sandra, que todo este rato ha estado bien hundida
en el sillón con la cara tapada.

Vuelvo a mi sillón y me tapo los oídos. No quiero escuchar las


respuestas que dará la Sandra. No quería escuchar que ella era la
sobrina del funcionario de Concón. No quería escuchar sus res-
puestas al enemigo. El carabinero no se demoró tanto con Sandra,
preguntas y respuestas inmediatas. El carabinero ordena las hojas,
las cuadra bien y las pone en una carpeta nuevamente. Después
de largo rato de leer las hojas, nos pide que salgamos. Afuera otro
funcionario nos espera y nos conduce a una sala de comedor,

62
Mayumi Cisternas

donde una fila de carabineros muy jóvenes retiran una bandeja


con su desayuno, nos dan una bandeja a cada una. “¿Cómo está
el café con leche?”, nos pregunta. Muy rico, gracias, contesté.
“¿Quieren ir al baño, chiquillas?”¡Sí!, contestamos a coro y lo se-
guimos. Qué alivio es siempre un baño. Nos lavamos la cara, nos
peinamos con los dedos, por fin pude amarrar mi sostén que ya
a esas alturas lo tenía de collar. Algún día me compraré un sos-
tén bueno, nuevo y lindo. “Fueron bien buenos con nosotras los
pacos”, comentó Sandra. Hasta nos dieron un jarro de café con
leche y un pan con mortadela del mismo desayuno que tomaban
ellos. Y yo que siempre he escuchado decir que los pacos son tan
perros y los milicos son aún peores, le dije a Sandra olvidando
que su tío es funcionario.

“Ya, chiquillas, estamos listos para ir a dar un paseo”. ¿Un pa-


seo? Es una forma de decir, Sandra, seguro ahora nos llevan a
otro cuartel. “Vamos”, nos dice el carabinero que esperaba por
nosotras a la salida del baño. ¿Dónde nos llevan?, pregunté. “No
tengo idea, sólo las tenemos que llevar afuera para que suban a
un furgón policial, y hasta aquí nomás llegamos nosotros con su
custodia”. La idea de correr vuelve a mi cabeza. Nuestros nuevos
guardianes vestían uniforme de un verde diferente, más oscuro.
Su insignia decía Gendarmería de Chile.

Nos hicieron subir al carro, y un gendarme subió también con


nosotras. Una mujer estaba sentada al fondo del vehículo, decía
frases incoherentes, parecía ebria y un poco loca. Llevaba las ma-
nos esposadas y escupía a cada rato. Olía a tragos muy antiguos y
amores muy llorados. Sandra a ratos la miraba de reojo asustada.
Me miraba a mí, luego al techo y cerraba los ojos por largo rato.
Yo me empinaba tratando de mirar por la pequeña ventana, que
sólo me mostraba algunos cerros, los sombreros de las casas, y
una que otra despedazada silueta humana. La mujer añejada en
olvidos, a cada momento insultaba al gendarme. Él no prestaba
atención a sus garabatos ni se inmutaba con las amenazas, las
maldiciones y conjuros de maleficios que la mujer le gritaba. Él

63
se mantenía quieto y sereno, mantenía su mano siempre tocando
su arma de servicio. Su mirada y sus pensamientos no estaban en
ese encierro. Llegamos a alguna parte y nos detuvimos.

Pienso que las autoridades ya comprendieron que nosotras es-


tamos trabajando, que no hacíamos mal a nadie, y que todo se
aclararía pronto, sólo fue un malentendido. Unas de las pregun-
tas que respondí en la comisaría fue si quería regresar a casa con
mi familia, y mi respuesta fue no. No quería volver a casa. Tal vez
lo tomaran en cuenta y ya lo han conversado y analizado. Ellos
seguramente nos dirán: Ya, cabras, váyanse y pórtense bien… ¿es-
cucharon? Además, cómo van a gastar tiempo y dinero en irnos a
dejar a la Quinta Región, si es tan re’ lejos. Tampoco alcanzamos
ni a sacar las pocas pilchas de ropa que teníamos, y la pobre seño-
ra Susana tan asustada que estaba. Y la señora Alicia, cómo se las
estará arreglando, si hoy había tanto quehacer. ¡Dejé remojando
lentejas! ¡Pucha! No le avisé que las dejé dentro del mueble donde
se guardan las ollas porque el gato, que ni siquiera es de esa casa,
se toma el agua del remojo de las lentejas. También hoy lavaría-
mos las alfombras. Y la próxima semana me va a pagar. Porque la
pobre señora Alicia no ha podido pagarme todavía, me dijo que
con tanto gasto que ha tenido pintando los cuartos se ha atrasado
con mi pago. Apenas reciba mi paga me compraré unos pantalo-
nes y un sostén nuevo. Y le regalaré unos calzones a la Sandra, el
otro día la vi cosiéndolos por todas partes, y también me com-
praré una colonia y un jabón que huela muy rico. Si es que me
alcanza el dinero, porque la señora Alicia me tiene que descontar
la locomoción y hay que ver el tema del costo de nuestra pieza en
casa de su hija.

¡Llegamos! ¡Bajen rápido!, nos gritan. Otra vez estábamos en un


lugar con muros muy altos, tampoco puedo correr y escapar. No
existe la menor posibilidad de salir arrancando. Nos reciben unas
gendarmes, nos revisan por todas partes, nos hacen preguntas ya
repetidas para llenar hojas de informes. La guardiana mayor nos
dice y nos advierte hablando con sus manos: “Nosotras no sa-

64
Mayumi Cisternas

bemos por qué ni para qué, ni tampoco tenemos la culpa que


ustedes vengan a dar acá, ¿me entienden? Así es que se atienen
a nuestras reglas y se portan bien. ¿Me escucharon?” “¿Y cuándo
nos vamos a nuestra casa?”, pregunta Sandra. “Yo no sé nada de
eso, chiquillas, sólo las trajeron para acá, y acá se quedan ¿entien-
den?” Sí, contestamos a coro. Era hora de almuerzo, nos pasaron
una bandeja, nos pusimos tímidamente en la fila. Nos dieron co-
mida, pero a pesar del hambre, no podía tragar, se apoderaba de
mi la rabia y angustia a cada rato. Sandra y yo andábamos lacias,
separadas, sin destino. Nada en común nos vinculaba ahora, aun-
que lo común lo era todo.

La mayoría de las internas se veían animosas y parlanchinas, yo


oía las conversas y las historias, que cada una trataba de imponer
para ser escuchada. A nosotras no nos pescaron mucho. O por lo
menos a mí no, yo quería estar como mejor me sentía: sola. Reco-
rrí el lugar, con paso muy lento, no era un lugar tan grande. Unos
lamentos llaman mi atención, me asomé por una puerta grande
de madera que estaba entreabierta, el lugar era una especie de pe-
queña iglesia. Una mujer con un avanzado embarazo, arrodillada
rezaba, sollozaba, suplicaba y gritaba sus pedidos y encargos al
Cristo sangrante colgado de la cruz. Una virgen, muy pálida de
mejillas suavemente rosadas y con capa dorada miraba a la mujer,
con ojos celosos. La mujer se pone de pie, se seca las lágrimas,
hace la señal de la cruz, me sonríe y me saluda sonándose la nariz
con un pañuelo que saca de su escote. Me cuenta que tenía un
camión viejo con su marido, vendían y compraban chatarras. No
me quedó claro, por qué estaba recluida, no recuerdo si me lo
contó y si lo hizo no entendí. Dijo que tenía siete meses y medio,
que le faltaba poco para la llegada de su guagüita. A ella le gustó
mucho mi nombre. Lo anotó y dijo que si era una chancletita le
pondría mi nombre.

La noche llego tan pronto que no alcancé a conversar con Sandra,


se había perdido de mi vista. Quería saber cómo estaba, qué le
ocurría, qué sentía. Observé que todas las reclusas empiezan a

65
caminar hacia un lado. Me pregunto si acaso tendré que caminar
también. Las nuevas por acá, escuché. Asumí que yo era nueva.
Una gendarme conducía a Sandra en forma rápida, sólo la vi de
espalda. Nos meten a un cuarto muy angosto y alto. Pensé que
tendríamos tiempo para conversar, para analizar un poco lo que
nos venía.

La puerta tenía una pequeña ventana que sólo se abre y cierra por
fuera. La luz se apaga en quince minutos, escuché que gritaron
desde fuera. La celda tenía una cama muy pequeña y un lavama-
nos, nada más. Miraba el techo y esa ventana tan alta con barro-
tes. ¿Qué se verá desde ahí, desde esa ventanita? Pronto sentí que
me observaron por la ventanilla de la puerta en forma rápida. Yo
sabía que Sandra estaba en la siguiente celda, la alcancé a ver de
reojo, me lastimé las manos dando golpes a la muralla. Pensaba
que tal vez ella escucharía que yo estaba a su lado y podría sentirse
acompañada. Sentía mucha pena por ella porque estaba siempre
muy asustada. Por lo menos yo, me tenía a mí. Después de un lar-
go rato de mirar el techo, me paré arriba de la cama y salté hacia
la ventana con barrotes. Al cuarto intento pude agarrarme de los
barrotes por unos segundos y mirar hacia fuera, alcancé sólo a ver
ventanas y luces de algún lado.

Dos semanas han trascurrido, no nos hablamos con mi compa-


ñera. Creo que Sandra me evita, es una relación que cada vez se
va diluyendo más con los acontecimientos. Mi rebeldía seguía
abriéndose paso, tal vez sólo a modo de entretención. Escribí una
carta dirigida a Daniel, el hombre de mis primeras ilusiones, en
aquella carta le decía que me tenían encerrada en un lugar donde
yo no quería estar, que pasaba mucho frío en las noches, que dor-
mía en una celda encerrada con llave, y que me escaparía apenas
tuviera la oportunidad. Cerré el sobre y lo entregué en la oficina
de la dirección del penal y le pasé un par de monedas a la gendar-
me de guardia para lo necesario. Al día siguiente me llamaron a
la oficina. Tal como estaba esperando que ocurriera, la gendarme
de ojos verdes intensos, me hace pasar a la oficina que estaba

66
Mayumi Cisternas

custodiada por un gendarme en la puerta y me advierte muy eno-


jada con la carta abierta en su escritorio, me repite lo que ya nos
había dicho cuando llegamos a Sandra y a mí, que ellas cumplían
con tenernos encerradas por los motivos que sean, que además
por nada bueno estaba encerrada seguramente y que ni se me
ocurriera tratar de huir porque me correrían bala sin piedad. Al
menor intento de fuga así será, la apoya un gendarme mostrando
su arma de servicio muy lustrada y brillante para intimidarme. Y
en el acto levanta la carta que le había escrito a Daniel, pero que
en realidad yo se la había escrito a ella, y la rompe en muchos pe-
dazos. Porque yo tenía la plena seguridad que la leerían antes de
mandarla a destino, y que obviamente una carta con esos recla-
mos y acusaciones no saldría de ese encierro. “¿Te quedó claro?”,
me dice abriendo sus ojazos a modo de advertencia. Entendido,
dije yo. Quería que supieran que pasaba mucho frío en este lugar
y que estar encerrada en las noches era tormentoso. Y también
quería hacerlas enojar y que se tomaran un tiempo conmigo.

Nos llaman de la oficina central, nos dicen que en una hora sali-
mos de ahí hasta La Serena. Nos pusimos contentas. ¿A qué íba-
mos para allá? No teníamos la menor idea, pero igual salir de ahí
sería bueno. Una gendarme mayor, de rostro severo y bello, era la
encargada de llevarnos. Para nuestra sorpresa el viaje sería en bus.
“Ya, chiquillas, se portan bien, yo sólo cumplo con llevarlas hasta
allá, ustedes pórtense bien, y así no tendremos problemas”. Ella
abre su cartera y nos enseña su revólver.

67
Mayumi Cisternas

TERCER CAPÍTULO

¿Estás incomoda? ¿Quieres que llame de nuevo al consultorio para


que vengan? ¡Las chiquillas deben estar por llegar! Más tarde vendrá
Marisa. Nunca falla, se nota que te estima. Esta cuestión pareciera
que no avanzara na’ poh’, son tan lentas las gotitas mmm… pero
si avanza, por algo se termina, y lo cambian cada vez que vienen.
Ahora que te enderecé la almohada te ves mejor y más cómoda. Uf…
esos perros que meten bulla, parece que la perrita de la vecina anda
en celos, en una semana más se le pasara. El celo en los perros es algo
muy natural, no es necesario encerrarlos y apalearlos. ¿Cómo se te
ocurría pensar que lo que ellos hacían era cosa del demonio? Esas
escenas quedaron en mi cabeza, no te imaginas lo traumático que
fue para nosotras ver cómo maltratabas a esos perros. Pensando que
lo que ellos hacían era algo muy malo, era tan malo que también
merecían las penas del infierno.

Llegamos a una cárcel de La Serena con muy pocas reclusas. El


piso de madera brillante nos da la bienvenida, éramos tan pocas
que pudimos escoger dónde dormir. En el día teníamos que hacer
aseo, pasar virutilla en todo el recinto. Ahí alcanzamos a estar sólo
cuatro días. Nos llaman, dicen que nos van a trasladar. Comisión
Reo nos lleva rumbo a Santiago en un nuevo vehículo. ¿Comi-
sión Reo? Me suena como algo muy especial. Nos subieron a un
bus grande que alguna vez vi, tal vez en Valparaíso, con personas
tratando de asomarse, muchos ojos mirando, y me preguntaba:

69
¿Quiénes irán ahí, dónde los llevarán y por qué? Jamás imagine
que la vida me invitaría a conocer su interior.

El bus estaba dividido en una cabina con tres gendarmes y un


espacio reservado para las mujeres. Cuando subimos a nuestro
lugar vip en este tour especial, una señora nos sonríe. Los reos nos
gritaban piropos y groserías. Venían con cadenas en los pies, y un
brazo esposado en un fierro que atravesaba sus cabezas. Orinaban
en botellas. Cuando metían mucho boche o amagos de peleas,
entraban los guardias y hacían callar con amenazas que no enten-
díamos. Llevábamos algunas horas de recorrido, no sé cuántas.

Paramos en una cárcel de hombres, nos hicieron bajar y nos de-


jaron en un lugar que daba miedo, siempre observadas de lejos
por algunos guardias, pero estoy segura que estos no alcanzarían a
llegar si uno de los presos nos quisiera agredir. Eran todos con ca-
ras de gallos muy malosos, con guatas al aire, eructaban, se reían,
escupían, nos miraban de pies a cabeza. Se comentaban cosas que
nosotras no oíamos. Era hora de almuerzo, comían porotos en
una mesa muy sucia. Uno grandote de brazos y pecho peludo,
nos dijo: Acérquense y almuercen. Le dije a Sandra que fuéra-
mos, sería peor si rechazábamos su comida. A un par de platos ya
usados con las cucharas y todo, vaciaron un cucharón de porotos
que sacaron de una olla inmensa. Sandra retrocede con cara de
asco. Ellos arrugan su frente y empiezan a acechar. Yo me apuré
en sacar mi plato de inmediato y me eché una gran cucharada
a la boca, con entusiasmo y aún saboreando los porotos excla-
mé: ¡Están exquisitos! ¿Quién es el cocinero? Todos me sonrieron
amables y me indicaron a un gordo pelado, de grandes tetas al
aire pidiendo a gritos un sostén de amplia talla que las contenga.
Le palmoteaban la espalda y le hacían bromas obscenas, ahora
todos reían. Así pasamos ese rato tenso que se suavizo con las
felicitaciones al cocinero. Por fin nos llaman, es hora de partir, les
dimos las gracias amablemente a los poroteros reos y les deseamos
suerte. Pobres, pensé, quizás hace cuánto tiempo no tienen una
sonrisa amable o un gracias por algo. Cómo pudiste comer esa

70
Mayumi Cisternas

asquerosidad, me dijo Sandra, se me apretó el estómago de puro


asco, y además felicitaste al cocinero. Yo los encontré re´ buenos,
he comido cosas peores.

De vuelta al bus, por fin a continuar nuestro viaje. Ya terminaban


de subir los últimos reos. El espacio era todo nuestro porque la
señora que venía con nosotras la dejaron en algún lugar cuando
nosotras nos quedamos dormidas. Es como si hubiera desapare-
cido por arte de magia. Pobre señora, ella nos contó que mató a
su marido. Cuando Sandra le preguntó cómo lo había hecho, no
le contestó en forma directa. Sólo miró hacia arriba buscando un
cielo, sus manos se apretaron al asiento como para no caer. Con su
mirada de abre latas en el techo dijo: “Menos mal que esa mañana
se me quedó el paraguas en la casa, bendito el paraguas, Señor
mío. Habían anunciado lluvia al atardecer. Él la estaba violando.
Mi niña tiene retraso mental, no habla, sólo emite sonidos.” Lue-
go sólo silencio, un par de reos que estaban sentados muy cerca
y alegaban por lo apretada que tenían sus esposas, se unieron a la
quietud que se prolongó hasta que el sueño nos venció.

Nuestro bus de drama, turismo aventura, hizo algunas paradas


más en lugares que no conocía. Iban repartiendo o intercambian-
do reos. Se detuvo en un servicentro. Un gendarme se asomó des-
de la cabina y nos preguntó si queríamos bajar al baño, porque no
volverían a detenerse. Nos bajamos custodiadas por dos guardia-
nes. Mucha gente se encontraba en el lugar, comprando, consu-
miendo bebidas, sándwich y papas fritas. Ellos miraban curiosos,
tomando de la mano a sus hijos pequeños, tal vez pensaban, que
los delincuentes se podrían soltar de sus esposas y pudieran tomar
de rehenes a sus niños.

Fue grato entrar a un baño tan limpio, nos lavamos la cara y las
manos, nos arreglamos el pelo. Mientras ahhh… hacía un pipi
que me traía hace rato en aprietos. Le grité a Sandra que estaba
un baño más allá: ¡Yo también lo hubiera matado! ¿A quién?, me
contestó. Al marido de la mujer que venía en el bus, poh’. Y le ha-

71
bría cortado el racimo completo. También yo lo mataría, dijo, y
el racimo se lo tiraría a los perros. Los hombres que son así nunca
se les quita, dice mi tío.

Guardé bien enrollado el papel higiénico en mi bolsillo, tenía


la sensación que lo robaba y salía de ese lugar sin que nadie lo
advirtiera, salí del baño con mi tesoro escondido. En el trayecto
del baño al bus trataba de mirar harto para todos lados. Hace rato
que no veía más que murallas. Menos mal que ya queda poco,
pasarán a dejarnos a Concón y se acaba este viaje, dijo Sandra. Yo
me devuelvo sola a Antofagasta, pensé. Me deben dinero de casi
dos meses de trabajo. Con esa paga empiezo de nuevo esta vez sin
que nadie lo eche a perder. A la casa no quiero regresar. Además a
mí nadie me anda buscando.

Nos instalamos nuevamente en nuestros asientos del pequeño sa-


lón vip, los reos silbaban y reclamaban para apurar la partida del
bus. ¿Qué les pasa a los huevones, están graciositos? Los gendar-
mes les mostraban unos palos largos que los pasaban por la reja
haciéndolos sonar, los reos balbuceaban algunas frases en otro
idioma y se calmaban.

La puerta de la cabina se abrió, un gendarme nos hace una señal


para que pasemos adelante. ¿Tienen hambre, chiquillas? Y saca
un pollo asado con papas fritas. Si no comen ahora no come-
rán hasta mañana ¡Acérquense y saquen pollito con confianza,
aprovechen! No trajeron servilletas, dijo Rodolfo, el conductor.
Y recordé el papel higiénico robado, lo saqué de mi escondite
y les dije ¿nos servirá esto? ¿De dónde son, chiquillas? ¿Cómo
se llaman? Y esas preguntas hacían de ese pollo con papas fritas
un festín delicioso. Nuestras miradas se cruzaron por el espejo
retrovisor. Rodolfo, el gendarme conductor y yo gesticulábamos
algunas palabras con una mezcla de nerviosismo tonto y alegría
reprimida, mirándonos a los ojos y comiendo papas fritas de un
mismo plato, queriendo guardar ese instante en mi corazón. San-
dra preguntó: ¿Cuánto quedaba para llegar a Viña o Valparaíso?

72
Mayumi Cisternas

Ellos sonrieron y dijeron cuánto falta para llegar a Santiago que-


rrás decir ¡A Santiago!, exclamamos un poco aterradas. Sí, claro, a
Santiago, seguramente las vendrán a buscar sus familias. ¿Y cuán-
to falta para llegar a Santiago?, pregunté. Menos de una hora,
respondió Rodolfo mirándome por el espejo unos segundos. Uno
de los gendarmes nos dijo: “Quédense acá en la cabina es mejor,
miren que estos huevones están muy pesados y atrevidos, no las
dejarán tranquilas, están ansiosos por bajarse.” Mis pensamientos
se espolvorearon de azúcar flor y mi corazón empezó a marcar
pulsaciones como esas melodías que suenan en los boleros.

Ay, Rodolfo, justo ahora que no podré verte nunca más. Yo qui-
siera que algo pasara, que al bus se le rompiera un neumático.
¡No! Mejor dos neumáticos, así se demorarían mucho más tiem-
po. Fue una historia de amor imprevista, en una verde cabina de
una Comisión Reo. Él al volante con el espejo retrovisor siendo
nuestro celestino. Éramos sólo él y yo. En algún semáforo en rojo,
él me miró de frente y me dijo: “Esto no puede estar pasando, no
es real”. Y su mano rosó la mía. Sandra y los otros guardias eran
lejanos.

Era la primera vez que llegaba a Santiago, ¡la capital! Los portones
del COF se abrían para dar paso a nuestro bus ya tan querido.
Tuvimos que regresar a nuestro espacio designado, por razones
obvias. Pero antes de volver a nuestro rincón del viaje, le entregué
a Rodolfo un rollo de género con un dibujo, lo había hecho en
el taller de manualidades al cual alcance a asistir sólo un día en el
penal de Antofagasta. Un dibujo de Sandra y yo paradas en una
roca con un par de frases. Como nunca fuimos a La Portada, me
inventé una foto con mi compañera de viaje en ese lugar. Después
de los trámites de rigor, nos hicieron bajar. Nos esperaba una gen-
darme gordita y bajita, con una capa para el frío que a esa hora
calaba los huesos. Y pensar que veníamos tan calientitas en la ca-
bina, le comenté a mi compañera. Mis ojos buscaron los suyos en
medio de la luz tenue, los de él esperaban los míos para un adiós.
“Ya pues, entren rapidito y calladas que todas duermen hace rato

73
acá.” Sentí cerrarse el portón en mi espalda. Sentí la misma sen-
sación de angustia que cuando me encerraron la primera noche
en la celda en Antofagasta. La noche de la ventana pequeña. Ese
portón que acababa de cerrarse a mi espalda, también cerraba y
arrancaba de cuajo al gendarme de mi amor.

Seguimos a la gendarme que rezongaba entre dientes por nuestra


llegada. Entre puertas y largos pasillos llegamos a un lugar muy
amplio. Nuestra encargada de bienvenida no prendió las luces, yo
sólo calculaba los espacios. Nos hablaba susurrando pero severa,
había divisiones de muros de un metro aproximadamente de alto
nada más. Aquí tú, me dijo, y tú ven para acá. Se llevó a Sandra
no supe dónde, vi perderse sus siluetas en la penumbra. Ya cuan-
do mis ojos podían ver mejor, abrí las livianas tapas de mi cama,
tenía frio, me costó quedarme dormida, mis pies estaban muy he-
lados y me dieron ganas de ir al baño con urgencia como siempre.
Caminé hacia la puerta de salida del dormitorio por un pasillo
largo con algo más de luz. Una gendarme salió a mi paso: ¿Qué
quieres? Necesito ir al baño, por favor. Al fondo a la derecha, me
contestó secamente. Seguí caminando lo más rápido posible, el
líquido tibio ya corría por mis piernas mientras pensaba: ¿Por qué
todos los baños fueron hechos al fondo y a la derecha? Siempre
tengo que hacer el intento simulado de escribir, para saber cuál
es la derecha.

Tan pronto dormí, sonó un timbre que me hizo dar un salto de


susto. Veo que todas corren a una larga fila que se formó en poco
rato. A medio vestir corrí y pregunté para qué era la fila. No te
preocupes, las nuevas pueden ponerse adelante, me dice una se-
ñora delgada con su pelo sujeto con ondulín. Las veinte primeras
reclusas que se forman alcanzan agua caliente, después viene agua
helada. Pensé que ese sería el único día que podría bañarme con
agua caliente. Fue un baño rápido pero exquisito, mi polera sirvió
de toalla. Después me puse sólo el chaleco y los calzones mojados
porque también aproveché de lavarlos. Me costó divisar a Sandra,
me daba la impresión que ella no quería que la viera. Yo pregunté

74
Mayumi Cisternas

a unas señoras que estiraban sus camas cerca de la mía: ¿y qué


sigue ahora? Cuando pensé que me ignoraban, una de ellas me
contestó: Hay que ir a los comedores, es hora del desayuno. Nos
encontramos con Sandra en el comedor. Le comenté lo del agua
caliente, lo rico que fue bañarse después del largo viaje, y me con-
testó que le prestaron una toalla. Durante el desayuno comen-
tamos que todas las reclusas se ven tan fifí la mayoría, y buenas
mujeres. Un par de guardias entran al comedor y autorizan salir al
patio, al salir nos damos cuenta que el recinto es bastante grande,
mucho más que todos los otros lugares por donde hemos pasado.

Sandra me cuenta que se enteró que esta cárcel de mujeres está


dividida por una gran reja entre presas comunes y presas por deli-
tos blancos. Que será delito blanco y que es común, nos pregun-
tábamos nosotras. Blanco es por problemas con cheques, alguna
estafa o problemas políticos; en el otro lado están las con historia-
les de crímenes y violencia, asaltos, robos, etc., nos contestó una
mujer que estaba atenta a nuestra conversación y hacía rato nos
miraba de pies a cabeza. Lo más probable es que ustedes que no
han cometido ningún delito, están acá por ser menores de edad
y las tomaron por vagancia o algo así. Pero si nosotras no estába-
mos vagando por las calles, exclamé, estábamos trabajando súper
bien. Bueno no lo sé, ya les dirán y tal vez las manden pronto a
sus casas.

Sandra y yo compartíamos silencios incómodos, miradas esqui-


vas, alguna sonrisa fingida, ya era imposible una amistad entre
nosotras. El sonido de una guitarra llamó mi atención, enriquecía
mis oídos por razones que desconozco. Me abrí paso con algo de
temor. Mi compañera no siguió mis pasos. Me mandaron una
carta… por el correo temprano… en esa carta me dicen que cayó
preso mi hermano…y sin lástima con grillos por las calles lo arrastra-
ron… ¡Vivan las presas políticas, compañeras! ¡Viva!, gritaban a
coro muchas mujeres. La canción tenía algo especial, así lo sentí,
seguramente llena de mensajes que yo no sé descifrar, no sabía de
quién era la canción, pero eso no importaba, yo nunca sé nada.

75
No sé qué día es hoy, no sé qué hora es, no sé en qué año estamos,
ni siquiera eso de las estaciones del año tengo claro. También
olvido como se llama el señor que manda este país ahora pero
sí recuerdo su cara enmarcada en muchos lugares por los cuales
hemos pasado. Hasta mi edad se me olvida. Tal vez ya soy una
anciana. No sé con qué edad amanecí hoy, en el caso de que hoy
sea hoy.

No entendía qué era eso de ser presa política y por qué era mo-
tivo de tanto entusiasmo y fervor. Pero no creo que sea algo tan
bueno, si ellas vienen a parar acá, a este encierro digo yo. Habrán
hecho algo mal en ¿la política?, alguna ley ¿no la cumplieron? Por
qué les gustará tanto ser presa política, no comprendo. Pero sus
gritos y sus cantos estremecen mi piel, se tensa, se aprieta mi pe-
cho. Me emociono y no sé por qué razón. ¿Será tal vez la forma de
gritar con el corazón? O tal vez con algo más grande que el cora-
zón. Yo creo que ellas tienen un órgano que han desarrollado por
ser presas políticas. Sí, eso creo, porque se nota como su orgullo
se amplifica con sus gritos. ¡Qué raro es todo esto! Las guardianas
se acercan, todas se dispersan de prisa pero tranquilas. La mujer
de camisa a cuadros rojos, joven crespa de ronca y linda voz toca
la guitarra, se queda en su lugar mirando a las guardias con rostro
desafiante y sereno. Ella seguía tarareando canciones que no en-
contraban la melodía que sus dedos buscaban con intensidad en
las cuerdas de su compañera de madera. Su razón la ilumina, no
permite que destrocen su convicción.

Los siguientes días me bañaba tiritando, nunca más alcance agua


caliente, mi polera seguía siendo mi toalla. Los días de visita se
sentían muy diferentes, el aire se llenaba de perfume, andaban
todas arregladas para ir al encuentro de sus seres queridos. En
una sala parecida a un cine debíamos permanecer las que no te-
níamos quién nos visitara. En la sala había una tele y podíamos
ver alguna película para pasar la tarde. Sandra se sentó a mi lado y
me hizo un hola sin hablar. Sin darnos cuentas estábamos viendo
una película y hacíamos uno que otro vago comentario. Por los

76
Mayumi Cisternas

altoparlantes se oyen nombres de reclusas que deben dirigirse al


patio de visitas. Ellas caminan de prisa con sus rostros brillantes
de felicidad.

Un nombre parecido al mío se escucha por los altavoces, al se-


gundo llamado mis oídos se agudizan y atienden a mi nombre y
apellido, anunciando visita. Miré a mi compañera incrédulamen-
te y le dije emocionada: ¡Es Elizabeth! Yo le escribí una carta y le
pedí a una gendarme que la echara al correo, le pase mis últimas
monedas que por suerte dormían en un bolsillo. ¡Me resulto,
Sandra! Caminaba rápido, torpemente, con ansias y un poco de
temor, ese temor y esa vergüenza que acosan mi existencia moles-
tando como una sombra que se empecina en joderme la vida. Me
imaginaba con modestia que tal vez estaría mi padre. Por primera
vez mi papi se preocupaba por mí, no me importaba que él vi-
niera, no por iniciativa propia claro está, sino tironeado por Eli.

Me tomo tiempo encontrar el lugar donde se reciben las visitas,


eso es parte de mi torpeza geográfica, seguramente de regreso ya
olvidare el camino, debería dejar piedrecitas como en aquel cuen-
to que mis oídos atraparon cuando se lo contaban a algún niño
que ayudaba a cuidar. Al llegar al patio de visitas no veía a la Eli-
zabeth por ninguna parte. Con mi corazón lastimado, temí con
hondo dolor que con mi tardanza se hubiera ido, y odié mi torpe-
za. Un hombre que estaba solo también esperando me observaba
continuamente. Me sonríe, me confunde su mirada y la angustia
de no ver a Elizabeth ni a mi papi, la humedad empaña mis ojos,
los seco con rabia y me dispongo a regresar. Se equivocaron de
nombre, pensé. ¿Tan pronto te olvidaste de mí? ¡Rodolfo! Mi co-
razón amenazaba con saltar muy lejos, mis mejillas ardían como
la charamusca de los pinos, le suplicaba a mi voz que me ayudara
con algún dicho oportuno. Rodolfo me abrazó y me dijo: No es
correcto lo que estoy haciendo, pero quería saber cómo estás y
cómo te han tratado. Te traje estas cosas que seguro te servirán
acá. No me quería ir sin despedirme, esta noche regreso al norte
nuevamente. ¿En el mismo bus? Así es, niña, en el mismo bus,

77
contestó él con una dulce sonrisa. Cuídate mucho, te deseo lo
mejor. Regresa con tu familia, trata de ser feliz. Te ves una mujer
buena, yo lo veo, no creo equivocarme. ¡Ah! Gracias por el dibujo
que me obsequiaste. Rodolfo me dio un beso en la mejilla, un
abrazo largo, yo quise que ese instante durara toda la vida.

Ahí quede yo, aturdida y ebria de ilusiones. Una gendarme joven


que se paseaba haciendo guardia, y que estuvo atenta de mi sor-
prendente visita, levantó las cejas en forma repetida y me dijo:
¿Qué pasa con el colega, niña? Yo le sonrío y balbuceo… nada…
nada. Mis piernas trataban de encontrar el camino de regreso. Mi
cabeza seguía aún con él. Estoy mareada de felicidad, extranjera,
con un lenguaje imposible de entender. No supe cómo llegué al
salón, donde estaba mirando la televisión con Sandra sumida en
la nada. Ella me escucha, se pone muy seria y me pregunta: ¿Qué
te trajo? No lo sé, ¡vamos a ver! Compartí todas las cosas que
Rodolfo me trajo. Pero si ya estábamos lejanas, desde ese día la
distancia aumentó. Mis siguientes días tuvieron nuevos colores,
él dejo huellas calmantes para este tramo de mi vida.

Tardé en tomar la decisión de buscar un lugar donde pasar las


largas horas de esa tarde. La mujer de los ondulines muy gen-
til me dice y me indica que hay un taller de pintura en género,
pañuelitos y manteles, y que otra alternativa es la biblioteca, un
buen lugar para encontrar tranquilidad y leer algo. Tal vez la op-
ción correcta sería ir a pintar pañitos, pero mis sesos y todo lo
que está a su lado se decidieron por lo segundo, muchas reclusas
se dirigían a la biblioteca, me uní a su marcha, y me preguntaba:
¿para qué voy, encontraré algo? Será mejor regresar. Pero ya era
tarde, iba dirigiendo mis pasos rápidos como las demás. Si no lle-
go con ellas a la biblioteca, no podría llegar. Menos podía regresar
y encontrar la sala de los pañitos pintados. Seguro me pierdo en
el camino. Podría entrar por equivocación en algún sótano con
gente colgando de vigas y cadenas, tal vez ahí tengan a esa gente
que el presidente manda a torturar y a matar, eso lo he escucha-
do varias veces… ¿Será así? ¿Asesinan a la gente por no estar de

78
Mayumi Cisternas

acuerdo con los que mandan el país hoy? ¿El pololo de Mariana
también mata gente con su corvo? Todas afanadas buscando en la
biblioteca sus lecturas favoritas para entretener su tarde. Yo bus-
co con mucho cuidado de no romper alguna hoja de un libro o
revista que no me pertenece, busco con indecisión, encuentro un
libro con muchas ilustraciones de animales y paisajes...

79
Finalmente yo no vengo a leer. Eso no es algo que me agrade porque
la lectura pienso que es para gente mala. Tú siempre te ponías mucho
peor y nos pegabas, después que leías, y sobre todo cuando estabas
leyendo un libro que es de un dios, se llamaba Biblia. Nos pegabas
cuando no la encontrabas. Nos pegabas hasta cansarte.

Mirar gente linda en el libro que escogí, animales, insectos y una


cantidad de flores que jamás pensé que existían, eso suaviza mi
corazón. Quería entrar en esas revistas, perderme en sus fabulosos
colores, llegar a esos lugares de magia que muestran las fotogra-
fías. Sus letras no me interesaban, no quería saber lo que decían.
Ya fueron arrancadas muchas hojas de mi vida por no aprender a
interpretarlas, tampoco los números me interesan, yo sólo quería
mis dibujos. Los quería y aún me quedaban hojas en mi breve
cuaderno. Una reclusa me advierte que me buscaban. En la puer-
ta me esperaba Viviana, una chica que es del otro patio, ella esta
acá porque tiene problemas con unas compañeras de su patio.
Para evitar problemas más graves la trajeron por un tiempo acá,
hasta que se calmen los ánimos, eso escuche decir por ahí a la
pasada a las reclusas. Me llegó un rumor que andái diciendo que
yo te robé un chaleco, me dijo muy enojada. No sé de qué me
hablas Viviana. Y en tono amenazante me dijo: Ahora las pacas
ya me preguntaron si yo te lo había robado. ¡Acaso no cachái que
yo no puedo tener problemas acá, pendeja y la conchetumadre!
Alcancé a poner mi antebrazo por reflejo automático y recibí el
puño que se dirigía a mi cara. La pelea ya estaba desatada. Nadie
me avisó que yo estaría en el cuadrilátero, creo que disfrute esa
pelea por un conflicto que nunca terminé de entender. Además
yo ya había encontrado el chaleco poh’, nunca fue tema para mí.
Mi cabello era arrancado de cuajo pero no me dolía, mis puños
eran armas bastante aceptables para una batalla muy desigual. Los
brazos de las reclusas trataban de despegarnos, patadas, forcejeos,
insultos. Y en medio de la pelea miraba piernas, brazos, cabezas,
espacios en diferentes ángulos, todo parecía un cuadro surrealista.

80
Mayumi Cisternas

De reojo vi como un grupo de gendarmes venían subiendo las


escaleras, corriendo para detener el pugilato que prometía vol-
verse una batalla campal. Tendrían que pedir refuerzos a fuerzas
especiales en peleas sin sentido y chalecos perdidos.

Tú, ¿por qué tienes las uñas largas? Mira como dejaste a esta mujer.
¿Y tú no aprendes?, le dijeron a Viviana. Irás a desmalezar el patio
trasero hasta dejarlo impecable, ese será tu castigo y evaluaremos
tu permanencia acá. La mirada de la gendarme que seguro tenía
más autoridad llegó a mí cara, y se posó en mi rostro que mantu-
ve muy firme, aún me quedaban ganas de defender mi inocencia.
Y tú te irás incomunicada por un par de días, a ver si aprendes a
comportarte y a cortarte las uñas. Las señoras que estaban en la
biblioteca hablaban a mi favor con las guardias. Incomunicada
será mejor que sacar maleza. Sandra permanecía ajena a los acon-
tecimientos de la pelea, mientras era llevada a mi celda de castigo
por pasillos eternos. Sentía la chifladera desde el otro lado de la
reja. ¿Estarían a favor mío? Mientras caminaba escoltada por una
guardia, se escucha mi nombre y el de Sandra por altoparlantes.
Que nos preparáramos en un par de horas llegará Comisión Reo
para traslados a la Quinta Región. No te pongas tan contenta
cabrita porque el castigo lo cumplirás igual cuando llegues allá,
me dijo mi guardiana. A mí no me importaba el famoso castigo.
Sólo quería irme, dónde, no lo sé. Desocupé mi cama y miré al
otro extremo del dormitorio donde divisé a Sandra en la misma
labor, nos dirigimos al lavadero. Las sábanas debíamos dejarlas
limpias y tendidas, íbamos en silencio, una reclusa me gritó unos
garabatos desde el otro patio. Sandra se enteró allí de lo ocurrido
y mientras estábamos lavando las sábanas me dijo que Viviana es-
taba recluida por algo muy grave, que cómo se me había ocurrido
meterme con ella. Yo no me metí con ella, ella se metió conmigo,
le contesté sobándome la cabeza.

La espera de la partida para mí fue agobiante, pensando que en


una de esas se arrepentían y no dejarían que me fuera o tal vez
vendrían por mí las amigas de Viviana.

81
Ya sentadas en ese bus blindado que tanto conocíamos, despe-
dirse fue fácil, sólo un adiós y que estén bien. En el par de horas
que duró el viaje no fue mucho lo que hablamos con mi ausente
compañera en este momento de nuestra aventura… Pienso en
lo vivido desde que nos despedimos de Pancho y Roni en esa
carretera en La Ligua. Ahora regresamos a lo ya conocido. ¿Y si
me escapo de inmediato cuando lleguemos a Concón y regreso
sin esta cabra? Ya veré cómo hago para no volver a lo de siempre,
adonde no quiero llegar.

Un secreto alborota mi alma. Como siempre quiero ver a mis


hermanas y a Marcelo, lo anhelo más que a nada en el mundo.
Estoy tan cerca y tal vez sea lo único bueno, aunque mi presencia
en nada los puede ayudar a mitigar las miserias que apestan, el
hambre, la humedad y los castigos.

Durante el viaje la nada nuevamente se hizo presente entre no-


sotras, no teníamos palabras que decirnos. O tal vez si, y eran
muchas, muchísimas. Yo no he sabido interpretar su silencio. Lo
más probable es que nunca nos conocimos y nunca nos conoce-
remos. No viajamos juntas. Tampoco importa mucho o nunca
importo. Es cierto que ella me causa pena, siento su desamparo,
sé que lo vivido la ha dañado a fuego, ella hizo un viaje que no
le perteneció. Vivió con silencios ponzoñosos, restándose a gritar
sus dolores, sus rabias, sus temores. De boca más atolondrada
que la mía, ojos tristes, pelo liso, cara gorda, labios hinchados.
Seguramente almacena sus penas para llorarlas, donde este cielo
no la pueda ver, ni yo la pueda abrazar. Sandra se llevará su pena
a Concepción, la tierra que la vio nacer, y no le advirtió de cargar
siempre un botiquín bien surtido para las heridas que va dejando
la vida.

Miro el techo verde que se convierte en mi cielo ahumado como


un gran telón. Ahí me envuelven mis pensamientos. Veo pasar lo
que quizás es sólo la continuación de un guión que un escritor
empezó a escribir en el cuarto de un hotel de mala muerte, lleno

82
Mayumi Cisternas

de invierno y humedad en cualquier lugar del mundo, qué im-


porta ya. Él sentado fumando porros de su escuálida planta que
ya está casi desnuda, haciendo esfuerzos para dar más hojas y
calmar esos temblores del Parkinson que entorpecían su escribir.
Aprovechando la poca pero valiosa luz del día que le regala esa
ventana pequeña que da al callejón sin salida. Ventana que ade-
más enmarca siluetas, zombis, borrachos, niños traviesos y tam-
bién a aquella gorda coqueta de escote generoso, dejando ver para
su consuelo, sus blancas y grandes tetas, que su memoria atesora y
le proporciona tibieza a sus momentos de soledad. Acompañado
por ese roedor curioso que lo mira con lástima desde un rincón.
El escritor famélico le tira un trozo de pan duro recolectado de
algún depósito de basura donde siempre encuentra algo para cal-
mar sus tripas y no desaparecer. No se le fuera a ocurrir comerse
sus escritos a este maldito cola larga. Cuando pasaron muchos
días que el escritor no volvió, sacaron sus pocas piltrafas, sus li-
bros y sus escritos, tiraron todo a la basura, la vieja máquina de
escribir la guardó el administrador del hotel para mitigar lo adeu-
dado. Nadie lloró al escritor famélico, nadie lo preguntó, nadie
hojeó sus escritos antes de tirarlos. El roedor miraba desde su
escondite, comprendió que ya no volvería, él supo de su muerte,
él sí lo lloró y lamentaba jamás haber degustado esos deliciosos
guiones escritos con abnegación y perfumados de cannabis. Po-
bre escritor, siempre estuvo muerto. ¿Y ahora cómo hago? Seré
yo quien tenga que seguir escribiendo mis caminos, mi vida y mi
muerte. Pero yo tengo tan mala ortografía. Cero comprensión de
lectura. Eso de la be larga y la ve corta, qué problema, los puntos
y las comas, y la mudita de mierda que siempre me complica la
vida. ¡Qué sé yo, cuándo es punto aparte o punto seguido! ¡Saldrá
ilegible todo! Sin un prólogo ni contratapa. Menos se me ocurrirá
algún título que sea atractivo. Pero no importa. Será mi guion, mi
camino, mi respiración atolondrada, mi sueño y mi torpeza, mis
ruidos y mis nebulosas, mi visión que sólo ve lo que menos daña.
Será mi teatro o mi carpa, como la que tuvo la señora Violeta.
Y no me importará si nadie asiste a mi espectáculo. Conmigo

83
bastará, tendré mi escenario, mi primera fila. Mis salidas de emer-
gencias con semáforos que indiquen alerta, peligro o pase. Ruidos
oxidados remecen mi hombro, espantan mi obra y mi escritura.

Ya, chiquillas, acá se bajan, dice la gendarme. Nunca supimos


dónde estábamos, en aquella prisión de mujeres en Valparaíso.
Una semana después nos llevaron a una casa de menores. “Acá
se quedaran, no tengo idea por cuánto tiempo pórtense bien y
obedezcan las reglas y así no tendrán problemas cabras”. Nos reci-
bieron unas señoras que vestían de forma deportiva, a ellas todas
las niñas le decían tías. Todas las chicas vestían iguales, con delan-
tales tipo vestido, calcetas blancas y zapatos negros. Y otra vez la
ficha de nuestros datos personales de rigor. Sin nada de simpatía
nos pidieron que nos cambiáramos de ropa de inmediato, nos pa-
saron a cada una un bulto con las vestimentas del lugar, y en unas
bolsas transparentes guardaron nuestras pocas pertenencias. Otra
vez nos mintieron, balbuceó Sandra. Se supone que nos llevarían
a la casa. Sí, otra vez, le conteste. Tal vez pensaron que si nos de-
cían la verdad, trataríamos de escapar, para no hacerse problemas
nos mienten.

En la casa de menores, expuestas a las miradas de muchos rostros


curiosos. Caras viejas en cuerpos de niñas. Caras burlonas, caras
de aquí mando yo. Caras con huellas de quemaduras, cicatrices y
cortes, caras arrancadas de alguna loquería. Muchas caras mudas,
idas al parecer sin pensamientos ni recuerdos. Caras de niñas tiri-
tonas por falta de alguna sustancia que ansiaban.

Una niña con panza de embarazo agita mi corazón y algo más


profundo. Una niña burlona y escoltada por sus sirvientas ma-
tonas alertan mis sentidos y mi necesidad de proteger a mi com-
pañera. Una chica que habla y habla de Dios y de sus ángeles
misericordiosos, irrita mis sesos y mis tripas. Y una niña-niño
despierta mi curiosidad.

Arrinconadas juntas, pero sin hablar, examinábamos nuestro


nuevo encierro. Las murallas como los anteriores parecen mi-

84
Mayumi Cisternas

rarnos con cara de compasión burlona, diciendo: ¿aún ustedes


hueviando por estos callejones de la vida? La chica de la gloria a
dios se acerca y nos avisa que debemos ir al comedor porque van
a dar la última comida. Recogimos una bandeja y nos pusimos en
la fila tratando de seguir sus pasos en forma calma, sin caer en las
provocaciones de nuestras compañeras. Empujones a la pasada,
lluvia de escupitajos en la espalda, un pisotón maletero esperando
un reclamo, estaban ávidas de peleas y algún festín de entreten-
ción. Nos sentamos en el último lugar que nos fue permitido,
cada vez que intentábamos sentarnos nos corrían adjudicándose
las sillas y mirándonos desafiantes. El comedor estaba más sucio
que el de los hombres de los porotos con rienda. Se arrojaban
comida, hacían amagos de peleas, que finalmente las “tías” apa-
ciguaban. La niña-niño, delgada y alta, de pelo muy corto, llegó
hasta nuestra mesa, abriéndose paso entre los coqueteos, silbidos
y suspiros. Acercó una silla a nuestra mesa, puso su bandeja, se
sentó como si tuviera testículos que debía cuidar de no apretar:
¡Hola, me llamo Kuki! Empezó a comer con hambre acumulada,
sin dejar de cucharear y con la boca llena de comida nos pregun-
taba: ¿Cómo están? ¿De dónde son ustedes y por qué las trajeron?
La conversación con Kuki sirvió para suavizar nuestro comienzo
en el hogar.

Las “tías” nos integran en diversas tareas de limpieza. Me niego


a llamarlas tías, no tenemos ningún parentesco. Me dirijo a ellas
llamándolas señorita Mabel o señorita Juana, siento que me mi-
ran como bicharraco extraño. No me dejo intimidar, logro respe-
to de la mayoría de las chicas. El mismo que les entrego yo. ¡Se
llevaron a la Sonia! ¡Va a tener su guagua! Mi corazón da brincos
de alegría imaginando al pequeñito, un ser tan frágil tal vez lo
podría tomar, hacer dormir y acunar, volver a sentir la fragancia
de un ser tan diminuto como la guagüita que tuvo la Catalina.
Tres días han pasado desde que la muchacha embarazada se fue.
He preguntado por ella y nadie sabe nada. De pronto, la chica
predicadora grita que viene la Sonia. Escucho, veo un tumulto en
la entrada del hogar, la traen sólo con un bolso de mano y su cha-

85
leco colgando en su brazo, viene escoltada por la señorita Juana
y una religiosa. Sentí mucha rabia con ella, lloré en silencio por
aquel bebe. Ella se había escapado de su casa cuando tenía cuatro
meses de embarazo y su familia aún no lo notaba. La religiosa la
trajo a este hogar y gestiono el tema de la adopción. Un par de
semanas más tarde vi como Sonia se marchaba feliz abrazada por
sus padres, nunca sabrán que fueron abuelos.

Los días martes y jueves nos toca baño, cambiarnos de ropa, sólo
esos días nos pasaban jabón, pasta dental y champú. Esos también
eran los días de visita. Con mi compañera seguíamos distantes,
yo ni siquiera sabía en qué lugar de los dormitorios dormía ella.

86
Mayumi Cisternas

Qué bueno es este programa para los enfermos que no pueden tras-
ladarse. Es un gran alivio, son tan amorosos las enfermeras y los pa-
ramédicos que vienen a casa, se preocupan de mantener el suero y
medicamentos que te alivian el dolor. En cualquier momento se les
puede llamar y ellos acuden siempre. ¿Quieres enderezarte? Llamaré
a una de las chiquillas para que me ayude. Tranquilita, espera.

¡Yo tenía tantas ganas de trabajar en la cocina! Siempre observaba


a las niñas que ayudaban allí, se veían siempre felices, y además
tenían acceso a las salas cunas cuando llevaban las papillas. Siem-
pre me quedé cerca por si ocurría un llamado de voluntaria, desde
que escuché que pedían una reemplazante porque una chica se
iba del hogar. Esa vez no atiné lo suficientemente rápido, pero
ahora estaría muy atenta, no dejaría que me arrebataran ese pues-
to en la cocina que esperaba por mí. Ese maravilloso día llegó
pronto. Por fin me ponía a disposición de la amorosa tía de la
cocina, no sé porque razón a ella sí la pude llamar tía. Aprendí
rápidamente sus quehaceres, nada era muy desconocido, sé co-
cinar bastante bien. Sólo debía seguir las pautas para las papillas
de los guaguas, sacarle el óxido a los ralladores de lata antes de
rallar las manzanas, y también a las máquinas de moler comida.
Amanecían todos los días con óxido. Las chicas que trabajaban en
la cocina eran tranquilas y accesibles. Nuestro horario empezaba
muy temprano, mucho antes que las demás niñas del hogar. El
día se pasaba sin tener mucho tiempo de pensar en mi existencia.
Eso para mí era lo mejor. Era entretenido pelar, picar y rallar ver-
duras y frutas. Me gané la confianza de la tía Emilia rápidamente.
Tanto así, que un día cuando tuvo que irse porque se le presentó
una emergencia en su casa, me dejó a cargo de su cocina. Cuando
íbamos a dejar la comida a la sala cuna yo me sentía tentada con
la idea de escapar, ahí era muy fácil hacerlo con un buen plan, por
eso sólo muy pocas podían acceder a ese lugar. Pero ya no quería
intentarlo nuevamente, mi estómago por los nervios sufre mu-
cho. Lo experimenté cuando intentamos escaparnos en grupo por

87
un muro bastante alto, pero sin vigilancia. Me subí para calcular
la altura. Pero la chica predicadora nos cachó y nos amenazó con
correr a contárselo a las tías. Que por el amor de dios no hiciéra-
mos eso, que nos saldría peor, además no podríamos llegar muy
lejos con la vestimenta que nos identificaba o podríamos quebrar-
nos una pierna por castigo divino. Un buen plan seria amarrarla y
encerrarla en la lavandería antes de saltar para no correr el riesgo
que nos denunciara. Pero después de entrar a la cocina ya no me
interesaba tanto escapar, me sentía muy tranquila y además me
gustaba cuando me tocaba servir las bandejas con la comida. A
Sandra siempre se le daba un poco más, también se le daba más
postre. Ella ni siquiera me miraba. A las niñas que la mortifica-
ban les daba con generosidad, pero mirándolas a los ojos antes de
dejar caer el abundante postre en sus bandejas, les advertía que la
dejaran en paz.

Creo que han pasado casi tres meses en este hogar. Ese día parecía
ser como todos, sin cambios ni sobresaltos, por el rabillo del ojo
veo pasar a Sandra hacia la oficina de la señorita Mabel, la direc-
tora del hogar. Estuve inquieta todo el rato que desapareció tras
la puerta de la oficina. Después de una hora, la vi regresar pero
no supe nada hasta la noche, cuando se acercó a mí y me dijo
que su tío la había visitado y estaba haciendo todo lo posible para
sacarla pronto. Qué bueno, me alegro mucho por ti, le dije. ¿Qué
tal fue el reencuentro con tu tío? Nada especial, no hablamos
mucho. Pero Sandra me tenía una triste noticia envuelta en un
papel periódico arrugado y amarillento. Me enteré que tu abuelo
Carlos falleció hace unos meses, mi tío me pidió que no te lo
contara, pero pensé que no lo podía ocultar. Lo siento, sé que era
una persona especial y querida para ti. Eso fue todo lo que me
dijo y se retiró de mi lado. Lloré la muerte del abuelo Carlos en
el silencio y la soledad de mi cama de esa casa de menores. Fue
alguien importante para mí, claro que sí, y seguramente también
lo fue para mis hermanas. Fue el único nexo con lo más parecido
a una familia. Rara, absolutamente rara, pero lo fue.

88
Mayumi Cisternas

Ah, sí. Familia silenciosa, claro que sí, donde tal vez la mudez, los
silencios, los hijos producto de tu mezcla maldita no tenían mucho
lugar en sus vidas. Tampoco tú lo tenías, ni siquiera te invitaron al
matrimonio de tu sobrina Mariana con Iván. No estabas a la altura,
seguramente. Yo imaginé tu llanto, tu dolor, me puse en tu lugar y lo
sufrí. Por mucho tiempo me culpaste de su muerte, por no haberme
quedado al cuidado de él. Yo era sólo una niña y nadie cuidaba de
mí. Sufría por ese cargo que me endosaste por tanto tiempo, imagi-
nando los castigos del infierno por tamaña maldad. La psicóloga de
libertad vigilada me dijo que yo no era culpable de nada, que tú, la
tía Angelina y la tía Nilda eran las hijas. Eran las que tenían que
velar por su padre, no una cabra chica como yo por la cual nadie
velaba. Esto sólo lo pienso, al igual que todo, lo que te he contado,
porque no soy capaz de decírtelo en voz alta ni siquiera ahora, en esta
hora cuando tu vida se está extinguiendo. Además, no creo que a esta
altura lo puedas entender. Ni eso, ni nada de nada.

Sandra salió del hogar de menores a los pocos días que la visito su
tío. Yo seguí mi rutina, horas colmadas de cominos y pimientos,
de manzanas y sémola con leche y canela. Y a veces con ganas de
escapar a lugares desconocidos, a lugares donde sembraran cari-
cias y recolectaran amor, donde las malas palabras no fueran el
lenguaje cotidiano. Ni los castigos dolieran, donde mis hermanos
sonrieran de verdad y el miedo no fuera nuestro guía. Donde mi
nombre fuera mi nombre.

Al entrar en la oficina de la directora, mis pensamientos no esta-


ban claros de por qué me había llamado. Ya no he intentado esca-
parme desde que estoy en la cocina, lo he pensado un par de veces
en forma fugaz nada más. ¡No creo que la directora sepa leer la
mente! Antes de saber que estabas ahí, mis sentidos se alertaron,
y se trasladaron a lo más hondo de mi memoria al percibir esos
aromas.

89
Esa humedad tan conocida invadía mi calma y mis huesos, me
traías el rincón de los rincones, me traías las penas de la flaca, aun
gimiendo dolores, moviendo su cola, como timón dirigiendo la
búsqueda de sus cachorros muertos. También me traías el olor a
hambre y la cama con meado de la pobre Rosi. Ella con su nariz
y cabeza sangrando, y aun así con una increíble capacidad de reír.
Reír llorando, tras una mueca que yo le hacía a la distancia para
mitigar o tal vez distraer su dolor. Hasta el día de hoy la recuerdo
con una sonrisa doliente en mi corazón, ver como sus hilos de
lágrimas iban al encuentro de hilos de sangre, hacían una ronda
y tomadas de las manos se entrelazaban, se unían al torrente del
agua que caía en su cabeza tomada firmemente de las mechas por
tu mano castigadora. El agua corría por la arena, seguía su curso
regando vida, sembrando rencores, para cosechar olvidos, pobre
hermana Rosi, seguro que a su corazón y su alma le ha puesto
muchos parches, para continuar su marcha por esta vida. Tu ahí
ahora, en ese rincón sentada, hundida en el sillón, con ojos y piel
morena, pelo liso, más delgada tal vez, vestida con uno de los
trajes que te regalaba tu hermana. Te paraste torpe y trabajosa-
mente. Nos abrazamos, estabas chupando mermelada de ciruela
del mismo envase, seguro ahí ya empezabas a fabricar tu diabetes.
Cuando me viste entrar no sabías qué decirme. Y menos sabía
yo que decirte a ti. Sólo presentía sin entusiasmo, casi con temor
que pronto saldría del hogar de menores. Un sentimiento amargo
invadía mi corazón, ya no estoy segura si de verdad quiero salir
de acá. La cocina es mi refugio. Las papillas de los bebés y llenar
las bandejas de la fila de niñas hambrientas, las espero con entu-
siasmo, y un gran cucharón lleno de comida es ahora mi trozo
de vida, mi hora en este guión exigido y aprendido de memoria.
Ahora lo tendría que abandonar. Justo cuando empiezo acostum-
brarme en este encierro de niñas, a las cuales la vida les indica
que dejen de jugar a la ronda y empiecen a ser mujeres. Imagine
que saldría de acá, ¡claro que saldría! Pero con un buen plan, sólo
cuando yo quisiera y estuviera convencida de irme.

90
Mayumi Cisternas

Trascurridas un par de semanas, después de tu visita, y que más


bien fue una visita que yo hice a alguien que está en una habita-
ción oscura por muchos años sin ver la luz.

La partida de este encierro llegó. Muchos chaos a coros. Cuídate,


que te vaya bien. Un gran abrazo me dio la chica más matona y
odiosa del hogar, queriendo reconciliar y reparar sus actitudes en
ese abrazo de última hora, sus ojos me expresaban un no tuvimos
tiempo de conocernos. Kuki, la niña-niño, con la cual siempre
nos mostramos mutuo respeto conversando de la vida, me da su
cálido abrazo y se retira a un rincón a observar de lejos mi parti-
da. Ella me contó que estaba esperando el día de su cumpleaños
con ansias, sólo en eso pensaba. Cumpliría su mayoría de edad y
podría salir del encierro. Repartí sonrisas a todos esos rostros sin
nombres, apiñados para ver la salida de una de ellas una vez más.
Me entregaron toda la profundidad de sus miradas, para que me
las llevara conmigo, para airearlas, para ventilar sus recuerdos y
sus miserias. Ellas alzaban sus brazos marcados con infinitas rayas
hechas con hebras de virutilla metálica, acción que yo también
torpemente imite un día, sin tener una idea clara de porque lo
hacían, y porque lo hacía yo. Tal vez lo hacían para romper el
sello de su mal parida vida y comunicar que también existen en el
submundo de los tormentos, en una oda al ultraje por ese padre,
padrastro, ese tío o vecino “cariñoso”.

Mis días pasan con ansiedades que gatillan las ganas de salir co-
rriendo, rabias de esperar a la nada. ¿Qué busco? ¿Qué hago? Qué
hacer para seguir algún camino. Me pregunto si todos ya llegan al
mundo con su camino a cuestas. Tal vez no alcancé a recibir un
camino para mí, como yo soy tan lenta y atolondrada. Quedé a la
deriva dando vueltas en círculo y llego siempre al mismo punto y
vuelvo a empezar. Aún con todo lo vivido no sé cómo se camina
en estas calles de asfalto movedizo. No hubo preguntas obvias,
¿y tú donde estuviste todo este tiempo?, ¿qué te paso mientras
estuviste recluida en el norte?, ¿cómo llegaron hasta allá? Nada de
nada. Marcelo me sonríe y me pide fideos firuletes. Las chiquillas

91
ni por curiosidad me hacen alguna pregunta que aliviane mi
llegada, a ellas las entiendo, seguramente sus preguntas las hacen
sólo en sus mentes, muy adentro, pero tú…

92
Mayumi Cisternas

CUARTO CAPÍTULO

Quiero ver al loco Pancho, él es el único que le podría intere-


sar mi llegada. Sé dónde lo puedo encontrar, ¿dónde más podría
estar? Salí de la casa mientras la Rosi lavaba en una palangana
agachada en el suelo, tal como lo hice yo tantas veces, tus paños
de menstruación. Mientras tú acostada en medio de un arsenal de
cojines hechos con ropa en desuso, mirabas el techo en silencio y
con una pinza te sacabas de memoria los vellos del bigotillo. Mar-
celo perseguía lagartijas y corría detrás de un neumático grande
que hacían rodar para atraparlo junto a otros dos niños de su
edad en una calle con pendiente suave.

Allí estaba Pancho en ese nido de árboles ancianos, que baten sus
largos brazos, advirtiendo y pidiendo ayuda para prolongar sus
vidas ancestrales que darán mucha sombra a las nuevas genera-
ciones. Las Petras llaman ese lugar, el mismo que muchos años
antes nos diera agua de un enorme pozo cavado allí, donde vivían
don Manuel y la señora Blanca, los cuidadores de esos predios.
De ese pozo de agua se surtían los primeros colonos de la pobla-
ción Las Gaviotas. Hoy punto de encuentro de volados y risueños
chiquillos que han crecido conociendo la marihuana venida de
Los Andes y San Felipe. Mismo lugar que años más tarde Pancho
defendería para que los serruchos taladores de la modernidad sin
consenso no arrasaran con toda esa belleza añosa.

93
Pancho me vio de lejos, se apartó del grupo a paso jorobado, y
salió a mi encuentro con manos en los bolsillos. Caminemos, me
dijo, queriendo salir de inmediato del fumadero de sus amigos.
En el camino hacia Los Romeros, población que está al frente de
la nuestra, no sé por qué se llama Los Romeros si lo que abundan
son eucaliptus, donde los ricachones tienen sus casas de descanso.
El aroma de los eucaliptos emociona mis sentidos. Tal vez porque
con sus ramas se arman las fondas dieciocheras que tanto alegran
a la gente en Fiestas Patrias. En la caminata le conté a Pancho
nuestro viaje al norte y nuestra estadía, nuestro encierro y nuestro
regreso. “Acá los pacos nos tuvieron bien asustados, con muchas
huevadas de preguntas, muchas veces vinieron a buscarme a mi
casa, mi mami me retaba y me decía, en que estái metido ahora
Pancho, hasta cuando por la cresta, tú no te cabreas de buscarte
problemas. Donde el Roni también fueron, pero siempre les diji-
mos que no cachábamos adonde se habían ido, que tú nos habías
dicho que querías irte de la casa por los problemas que tenís con
tu mamá, y nada más, claro lo que más les interesaba a ellos era la
sobrina del paco, obviamente poh’.”

Ya, pero no quiero hablar más de ese tema, le dije. Ahora estoy
muy deprimida con mi llegada a casa, no sé qué hacer estoy abru-
mada, empantanada, quiero todo y no quiero nada. Quiero vol-
ver al norte, allá estaba con mucho ánimo y me sentía bien. Acá
estoy con mi mente bloqueada, estoy continuamente en nega-
ción, y no puedo visualizar nada positivo, hasta me dan ganas de
desaparecer de esta vida. “Por la cresta no hablís huevadas poh’.”
Pancho, de verdad creo que estoy enferma de loquera, yo creo que
es grave. Todos estamos un poco locos en este mundo, cada uno
es loco a su manera, cada uno es loco como más le acomode, me
contestó. Quiero probar la marihuana. “¡Cómo! Pero si vos siem-
pre te hái enojado porque yo fumo esa hueva poh’, cómo me salís
con esto ahora, por la chucha.” No importa, Pancho, pero ahora
quiero probarla, ya me decidí y también quiero probar esa otra
huevada de pegamento que aspiran algunos cabros en una bolsa.
“Voh’ estaí más loca que la chucha, ni a mí me gusta esa huevada

94
Mayumi Cisternas

de pegamento, después vái andar pasada a esa cochiná chiclosa y


te vái a cagar el mate más que la cresta.” Más de lo que lo tengo
ahora, no creo. “Me tenis que acompañar a buscar marihuana si
querís probarla. Tenemos que ir donde el loco Lelo, porque ahora
no tengo nah’ poh’. Y hay que conseguir papelillos de arroz por-
que las hojas del Nuevo Testamento a ti te van a irritar la garganta
poh’.”

Partimos donde el tal Lelo que vivía en la población de emergen-


cia a un costado de la Enap, separada por una carretera. Después
de una tranquila caminata bien conversada llegamos a destino. Al
llegar a la casa del Lelo, me impresionó la gran cantidad de yerba
que había a granel. En forma muy ceremoniosa muchos compra-
dores presentes formaban un semicírculo y fumaban un cigarrillo
gigante y gordo que se tomaba a dos manos. Cortesía de la casa,
hermano, dijo el Lelo. Desde una habitación con la puerta en-
treabierta se veía una señora acostada y a gritos rabiaba con un
par de pequeños niños que no querían dormir, y curiosos mira-
ban a los que íbamos llegando al ceremonial de humo. Yo di una
torpe y leve fumada, la tos que me vino duró un largo rato, mis
ojos parecían querer saltar, mi garganta picaba y quemaba. Todos
conversaban, se trataban de hermano, yo después de controlar la
tos, quedé como siempre muda. Sólo veía mover los labios de los
asistentes, de pronto mis oídos se agudizaban y sacaban sus largos
brazos para coger y abrazar vibraciones, sonidos que me deleita-
ban. Mira niñita, te voy a llevar a ver la luna brillando en el mar…
mira hacia el cielo y olvida ese lánguido temor que fue permanente
emoción... ¿Quiénes son los que cantan? pregunté a Pancho, pen-
sando que lo decía muy bajito. Me miraron los demás y dijeron:
¿Cómo? ¿No cachái a Los Jaivas? Qué onda, hermana, ¿cómo no
los conocís? Muchas preguntas que no podía responder. Me sentí
muy ridícula, estaba como un tomate, muy incómoda. Es que
casi nunca tengo una radio, dije en silencio. Mi problema es que
no tengo de qué opinar, no tengo las respuestas que esperan. No
tengo los tiempos de juntas familiares, no tengo los tiempos de
alguna graduación o fiesta de fin de año con los compañeros de

95
alguna escuela, mi memoria no tiene el registro de las canciones
del momento, del grupo o cantante de moda, no tengo dibujada
la película que fue taquilla y que nadie se perdió, tampoco de los
jeans de moda que se usaban en tal temporada. No sé dónde se
reunían los jóvenes viviendo el momento que tenían que vivir.
No lo sé. Yo no vivo el mundo de los personajes con su vida y la
sociedad a cuestas con fecha y hora presentes. Creo que vivo en
otra dimensión acordonada para mí, sin que yo pueda salir o que
alguien pueda entrar. Es por esa razón que la fobia social se sube
en mis hombros tapando mi boca con su gran mano, con la otra
tapa mis oídos y empuja mi mirada hacia el suelo. Pancho advir-
tió mi incomodidad y empezó a despedirse, no sin antes comprar
su empanada de los Andes.

No quiero escuchar, no quiero ver lo ya visto y escuchado tanto.


Mis pasos me llevaban cada vez con más frecuencia a Viña del
Mar. Camino a ninguna parte, a la ya tan conocida nada. Creo
que ahora soy una vagabunda, ahora sí me podrían tomar presa
por vagancia. Pero como dice Pancho, ya no me importa ninguna
huevada. Las noches siempre caen sobre mis hombros, pillándo-
me en las calles en cualquier parte, caminando como una sonám-
bula en la ciudad.

Otra vez ha llegado, me pilla sin avisarme como siempre la muy


bandida, y ya será hora de toque de queda. Pronto no quedara
locomoción, no me importa en lo más absoluto. Y entonces lo
decido, hoy dormiré bajo el mismo techo que muchos soldados.
Estoy a sólo diez cuadras del Regimiento Coraceros que está en
Quince Norte. Camino desafiando al frío, contando veredas mi-
rando los troncos de árboles que parecen tener muchos dibujos
tatuados con sus tonos tierras. Me gustaría coger muchas de esas
semillas grandes, pinchudas, de los plátanos orientales y pintarlas
de dorado para adornar el árbol navideño. Como ese que una vez
hice con un gancho de pino que planté en un tarro, lo forré con
papeles de revistas, lo adorné con figuritas de papel plateado que
junté sacándolos de las cajetillas de los cigarrillos. Pero aún así el
Viejo Pascuero no paso a nuestra casa…

96
Mayumi Cisternas

¡Cabo de guardia! Ese grito del soldado que custodiaba la entra-


da del regimiento me emocionó, me gustó escuchar ese llama-
do. Apareció en un minuto el cabo de guardia, un señor bajito y
gordito se sacó su gorra, me saludó y preguntó con voz fuerte y
firme: ¿En qué la puedo ayudar, señorita? Buenas noches, me he
quedado sin locomoción a Concón, pensé que ustedes me po-
drían cobijar hasta que amanezca y pueda tomar la primera loco-
moción. El cabo de guardia carraspeó un poco y dijo que sí, pero
que no era habitual que hicieran ello. Me indicó que lo siguiera.
Entramos a una oficina, me ofreció un asiento, y me pidió la car-
tera. Le pregunté para qué sería, para qué la quería. La tenemos
que revisar, es por seguridad, me contestó. Aún no entiendo, si
sólo necesito estar en un lugar seguro hasta que amanezca. Pero
imagínese que usted fuera parte del plan del enemigo, y trae una
bomba escondida, ¿me entiende, usted? ¿Quién es el enemigo?,
pregunté. Pero el cabo de guardia estaba muy distraído mirando
los cachureos que llevaba en mi cartera. Mi cartera que encontré
en el tambor de casa. En el mismo tambor de madera donde
encontré ese pan verde por el cual peleamos la Rosi y yo un día.
Todo muy peligroso, una peineta, un pañuelo, una que otra pie-
drita que por ahí he recogido, una diminuta crema Lechuga que
me encontré en la micro y la he cuidado como un tesoro, una cu-
chara pequeña para encrespar mis pestañas tan chuzas. Papeles de
envoltorios de alguna golosina que nunca comí, pero que recogí
del suelo por su bonito papel y un cigarro añejo que algún día
fumaré sentada en una roca frente al mar. ¡Ve! ¡No hay bomba!, le
dije al cabo de guardia con una sonrisa amable. Él volvió a echar
todo en mi cartera, me la entregó, y me miró fijamente por un
rato. Se paró de su cómodo asiento, le hizo señas a un soldado,
y pidió café para él y para mí. Pensé que sería genial si también
el pedido incluyera pan con margarina. El café calientito y dulce
entibió mi esqueleto y dejé de tiritar. Después de preguntarme de
dónde era, qué hacía tan tarde fuera de mi hogar, preguntas que
respondí en forma vaga y distraída. Me indico una puerta peque-
ña justo al lado de su oficina. Me dijo que podía dormir ahí, que

97
estuviera tranquila. Le di las gracias, entré y cerré la puerta. Sólo
me saqué los zapatos y me metí con ropa, me sentía bien y muy
protegida, me acurruqué abrazando la almohada, algo de luz se
colaba por la ventana, miraba el techo y recordé a las presas po-
líticas, ellas hablaban bajito, pero mis oídos igual escucharon de
esos horrores, ¡cómo no lo pensé antes! Ahora estoy ¡en la boca
del lobo!

A lo lejos sentí que golpeaban la puerta, empecé a respirar muy


rápido, sentí que era mi hora. ¿Necesitas algo? Me pregunta el
amoroso cabo de guardia, le contesté que no. El muy patudo
entró igual a la pequeña habitación, se sentó a los pies de la cama
y me dijo que me acostara, que no me preocupara por su pre-
sencia, que él velaría mis sueños. ¿Cómo buen soldado? Como
buen soldado, contestó y sonrió. Ahí respire tranquila, me volví
acurrucar, pero mi sueño no volvería más. Tenía a un soldado
cuyos botones amenazaban con saltar de su panza, temí que uno
diera en mis ojos. Me sentía incomoda, él me miraba largamente,
me recordó mucho al gordito de La Serena. Finalmente, no pude
dormir nada. El alba está entrando por la pequeña ventana, él sa-
lió en forma súbita, me hizo una seña de silencio con el dedo. Los
ruidos de armamentos y carreras por los pasillos indicaban que ya
pronto era hora de salir de ese hotel mil estrellas. Observé cuida-
dosamente por la ventana, al patio llegaba la luz natural, alcancé a
ver soldados trotando, otros limpiaban con mucho afán un dora-
do escudo nacional, pobres animales, jamás los habían lavado de
esa forma, refregaban al huemul y al pobre plumífero como para
desgarrar su piel y sus plumas. Los animales se miraban entre sí
en forma piadosa y lastimera, ellos se decían a modo de consuelo:
Resiste, compañero, queda poco para que este par de huevones
nos dejen con el color oro, que tanto le gusta a ese general que
manda este país. “Por la razón o la fuerza” dice el escudo. ¿Qué
querrá decir eso? Tal vez sea ese el motivo por el cual encarcelan,
torturan y matan.

98
Mayumi Cisternas

El cabo de guardia abrió la puerta y me señaló que podía salir de


la habitación. Me indicó el baño. ¡Por fin! Ya me hacía pipí, como
siempre yo y mis apuros líquidos. Entré rapidito, lavé mi cara,
me puse crema, y encrespé mis pestañas. Antes que terminara de
salir, el cabo de guardia les dio una orden con voz severa a la fila
de soldados que esperaban para entrar, orden que no entendí mu-
cho, ellos giraron sus cabezas sin tener opción de mirarme. Todos
derechitos mirando al lado contrario, sin mover ni un músculo.
Me acompañó a la puerta de salida y me entregó un papel con
un número telefónico. Me dijo que por favor lo llamara, que le
encantaría volverme a ver. Sólo le sonreí, le recibí el papel y le di
las gracias. Caminé sin detenerme por mucho rato, cuando estu-
ve muy lejos me detuve y miré hacia atrás. No pude dormir nada,
pero pasé una noche en el Regimiento Coraceros.

¿Y ahora qué? Nuevamente quedé en cero, soy vagabunda. No


sé cuánto he caminado como un zombi, la noche sin dormir me
pasa la cuenta. Tal vez ya esté llena de arrugas. De tanto caminar
mis pies de anciana me avisan que me detenga un poco, las am-
pollas aparecen, cuando la media suela de cartón está flaca. En
buena hora una plazuela donde descansar. Mi mente rastrojea,
escarba, busca y resuelve en forma torpe alguna idea desteñida
que se cruza justo en su camino. Debería seguir con la idea de
juntar monedas para volver a Antofagasta, sería lo mejor, ahora
nadie me buscara ni me traerán de vuelta porque iré sola, sin una
sobrina de un paco que cuidar. Nadie va a entorpecer este nuevo
viaje, me quedare allá, juntaré dinero, me compraré una casa y
me llevaré a mis hermanos. Encojo y estiro los dedos de los pies,
eso calma el dolor de las ampollas.

Me distrae, un escenario fabuloso en esa plaza. Tantos niños ju-


gando entre los árboles, corriendo en el pasto, detrás de ellos co-
rre una madre, atenta para que nada malo les ocurra. Caricias y
palabras lindas, les llama por sus nombres, les inventa juegos y
juega con ellos. Hacemos una ronda: Arroz con leche, me quiero
casar con una señorita de Portugal, con esta sí, con esta no, con esta

99
señorita me caso yo… Mami nos reparte frutas y pan con margari-
na, es el pan más sabroso que he comido en mi vida. Una pelota
da justo en mis pies. Niños recojan sus cosas, ya nos vamos. El
niño recoge su pelota y regresa a su manada.

No fue tanto rato el que dormí. Fue un sueño. Una ilustración


que no me pertenece. Miro mis pies feos y callosos, jamás a las
doce del reloj podría quedarme bien el ceniciento zapatito. Pido
agua al jardinero de la plaza, ¡soy un camello guardando reservas
para cruzar mi desierto! La noche aún está entera. El sueño y el
hambre se hacen adultos. Las luces de algún automóvil dan son-
risa a mi fatiga.

100
Mayumi Cisternas

Tan delgado y negro que es tu pelo. Me hubiese gustado tener un


cabello así, tu color de piel morena sin pecas ni manchas. Tantos
pretendientes que siempre te han rondado. Más de uno se apoderó de
un rincón de tu corazón, elevándote al Everest, llenándote tus oídos
de algodones de azúcar rosa. Como ese flaco que después se fijó en la
Rosi, llenándole la cabeza de pajarillos. O ese viejujo, de apellido
sonoro, una vez que tú me mandaste a llevarle un recado importante,
se aprovechó de la soledad de su casa se puso cariñoso conmigo, muy
cariñoso. Yo quería salir, luché, me avergoncé. Nunca me creíste, Y
ese galán que vivía en Caleta Higuerillas que te robó literalmente
tu corazón. Supe que lloraste a mares por él, pero no valió tu pena
porque también se puso muy cariñoso con mis hermanas.

Los automóviles siguen parpadeando con su luz intensa, pregun-


tando: ¿te llevo?, ¿cómo te llamas?, ¿dónde vives?, ¿quieres comer
o beber algo?, ¿te parece si vamos a mi departamento? El hambre
y mi vejiga contestan. Ir al baño, comer, es la razón de mis sí. Nos
escuchamos mutuamente. Tal vez ya somos amantes, estaremos
juntos, y formaremos una familia. Eso pensaba mi raquítica ca-
beza, mientras me peinaba después de un baño con agua caliente.
Me cuesta desenredar mi pelo después de ocupar todos los pro-
ductos que creí podía usar en el cuerpo y en mi pelo. Seguramen-
te la mujer de este lugar jamás lo sabrá.

Mis ojos, son rehenes de un par pupilas suaves, transparentes


blandas. Manos sedosas y seguras. Tiene una voz tibia, con notas
de uva rosada. Su automóvil da vueltas frecuentemente por mis
caminos. En un rincón estropeado de mi memoria se encuentra
dibujada su mirada clara y nítida, sus rondas y búsquedas por las
calles. Hoy me dejo atrapar por él, un hombre semicalvo de voz
delicada. La desconfianza una vez derrotada se da cuenta que es lo
mejor para mis fríos huesos. Él se ve siempre corriendo las corti-
nas de la noche, él me busca. Yo me dejo encontrar. El tiempo se
hace más extenso cuando lo miro de reojo. Me hago la lesa como
si no lo viera, eso me hace sentir menos culpable de mi vagabun-
deo por sus calles.

101
Los autos siguen siendo amigos de mis días y mis noches. Da
igual todo. Siento la vaga noción que hay más estaciones, pero no
me sirven. Con dos me basta, invierno y verano. Mis ojos hoy son
atrapados con facilidad por sus luces.

El oleaje del destino, sus vientos, lloviznas y las marejadas que en-
frían mis carnes me traen a Valparaíso. Conozco nuevas veredas
y nuevas personas. Logro emplearme en un negocio con mucho
alcohol, trasnoche y puchos. Llego allí con la ayuda de un viejo
conocido de Cata, Rafael. Me lo encontré casualmente y me ale-
gré de ver un rostro conocido. Él se dedica a vender mermeladas
caseras que prepara su pareja, las vende en oficinas municipales,
juzgados y dueños de locales nocturnos, para el deleite de sus
señoras. En la noche frecuenta los bares, me cuenta que él tiene
muchas amigas que trabajan en locales nocturnos. Rafael me da
la idea de trabajar en esos lugares nocturnos y me alienta dicién-
dome: “Duermes en alguna plaza muchas veces, te expones con
esos huevones que dan vueltas en sus autos y que te llevan por
ahí, imagínate que el fulano después de estar contigo resulta ser
un sicópata. Entre vagar por las calles llenas de peligro, es me-
jor la opción de estar en un  local, mujer.” Pero, ¡Rafael, si a los
sicópatas ya los mataron! Además no me gusta tomar, tampoco
fumo, al menos cigarros. ¿Cómo podría trabajar  en ese local? Me
presenta a Korina, ella será un pilar donde apoyar mi camino por
un tiempo. Ella es amable, muy conocida en el negocio donde
pronto me emplearé si todo sale bien con la ayuda de Rafael. Ella
me prestó ropa y zapatos. Korina me dice y me aconseja: Sonríe,
sé amable y trata que los clientes consuman mucho alcohol, esa
será tu labor. No te preocupes porque los tragos que tú vas con-
sumir, serán mucho más jugo y poco y nada de licor, así es la cosa
en este tipo de locales.

Todo parece ser muy llevadero, tranquilo y fácil. Fueron días de


ensayo, conocer el funcionamiento del local y a las chicas que tra-
bajaban ahí. Afortunadamente siempre Korina estuvo a mi lado.
Rafael me dejó encargada con ella. El asco al humo del cigarrillo

102
Mayumi Cisternas

me embroma la vida porque yo no fumo, y eso no es compatible


con este trabajo. Es un local sin ventanas, muy cerrado. Tampoco
me gusta el alcohol, no bebo, y eso tampoco anda bien con la
pega, en muchas ocasiones salgo corriendo al baño a vomitar. Me
siento muy mal, Korina siempre me auxilia, ella es una buena
compañera. Además, me ayuda con el alojamiento diario, ella se
aloja en una residencial en la avenida Pedro Montt. Todos los días
al terminar el turno me voy con ella a la habitación que arrienda.
Al igual que muchas chicas que trabajan en el local, ella es muy
cercana al administrador de la residencial. Reinaldo es amable
y bonachón, su tez muy morena, contrasta con su pelo cano, lo
hacen ver como el negativo de una fotografía. Sus constantes bro-
mas, y su seriedad contundente y firme, si la ocasión lo amerita, y
sus frecuentes imitaciones a teleseries venezolanas cebollas hacen
de Reinaldo un hombre muy entretenido. Las chicas del local que
frecuentan la residencial le cuentan sus penas, sus andanzas, le pi-
den consejos, le pasan dinero para que él se lo guarde. Es habitual
que las chicas lleguen llorando por sus penas y dolores de piel y
alma. Buscan los brazos de Reinaldo, sus afectos paternales, sus
palabras aliviadoras y una caricia en sus cabellos. Yo observo en
silencio esas escenas de consuelo sincero y cercano. Escenas que
me parecen imposibles, ya que mis andanzas me han enseñado de
los peligros de las palabras y cariños que se prometen.
Korina habitualmente me pide en el día que la acompañe a jun-
tarse con su pololo, a hacer algún trámite o visitar a su hija. Como
yo no tengo nada que hacer hasta la hora de entrar al local noctur-
no, la acompaño con agrado. Una tarde mientras almorzábamos
con su pololo en una picada cerca de plaza Victoria, la televisión
estaba encendida y daban un reportaje sobre las iglesias con más
historias de Valparaíso. Nada llama mi atención, salvo ¡ese rostro!
Claro que lo conozco. Pero si es aquel hombre de manos suaves,
voz delicada, semi calvo que aparece por la noche en las calles con
frecuencia. Mmm… qué decir, él en esa iglesia de día orando por
las almas amargas y pecadoras, y de noche buscando el pecado en
almas que todo lo endulzan. Y pensar que los curas cubren sus
maldades con ¡glorias al Altísimo! ¿Habré sido bendecida?

103
Los paramédicos y las enfermeras que han venido a verte dicen que
aún hay tiempo. Poco, pero hay. Me has pedido entre muchas cosas,
que esté a tu lado cuando llegue el momento. Te prometo que a tu
lado estaré. Me has pedido que no suelte tu mano. No la soltaré.

Sabes, te contaré que hoy vino tu marido a verte. Me contó la Mer-


cedes que costó que viniera, pero ha venido. No creo en sus lágrimas,
pero lo vi llorar. Él te observó por largo rato, llorando en silencio.
Te tomó y apretó tus manos para darte toda su fuerza y su energía.
También dijo que vendría mañana, y te haría desayuno con tostadas
y mermelada de damascos que tanto te gustan. ¿Estás contenta que
haya venido? ¿O te es indiferente? Afuera en el patio está el tío Javier,
no ha querido irse y dejarte sola. Ha estado sentado en el patio en el
mismo tronco de pino, con cabeza gacha y en silencio. Él siente que
te acompaña desde afuera.

Al tío Javier lo tengo grabado nebulosamente en un rincón de mis


recuerdos, gritándote para que no siguieras en tu afán por hundir en
ese tambor con agua a esa pequeña, que era tu hija. Tú te agachaste a
recoger piedras y se las lanzabas para correrlo. Cada vez que recuerdo
esas imágenes siento el mismo ahogo. Sabes, trabajo día a día con esos
recuerdos…

Se nota que tienes sueño, descansa, yo estoy aquí. No te dejaré. Duér-


mete mi niña, duérmete mi sol, duérmete pedazo de mi corazón,
duérmete mi niña…

La noche llega siempre muy temprano. Soy un fracaso hasta para


esta pega que parece divertida y cómoda, pero es lamentable que
no me guste el trago, hago un esfuerzo con el cigarrillo, finjo que
fumo y tomo tragos como si fuera una delicia, los clientes invitan,
ese es mi trabajo. Mirta hace los contactos con quienes quieren
salir con alguna chica, incluso ella también es requerida, todos lo
saben, menos don Alberto, su pareja y dueño del local. Paulina es
una mujer blanca de ojos verdes, hermosa. Sería perfecta dice don

104
Mayumi Cisternas

Alberto, si no fuera tan gorda, por suerte es muy alta. Un señor


alto y obeso viene por ella todas las semanas, hacen una pareja
proporcionada dicen las chicas riendo. Ximena es de anchas cade-
ras, hermoso rostro, llegó hace poco con mucho dinero, lo gano
en un viaje que hizo de polizón en un barco de marinos mercan-
tes, todas las noches después de unas copas contaba sus aventu-
ras en el barco y pide consejos de cómo invertir su dinero. Hoy
cuando el local tenía más visitas de lo habitual, me escondieron
muy de prisa. Don Alberto muy enojado dice que él advirtió que
era peligroso tenerme en su local por ser menor de edad, que él
no quiere problemas con la comisión civil. Que si quiero seguir,
debo conseguir un carnet de identidad falso.

Siempre la misma huevada, qué rabia, ¡menor de edad! ¿Y a quién


le importan verdaderamente las menores de edad? ¿O qué les im-
porta realmente de las menores de edad? ¡Si las calles están llenas
de menores de edad! Donde los mayores de edad, que se suponen
deben velar por su seguridad, hacen exactamente lo contrario.
¡Qué rabia por la mierda! Ellos, padres de familias, señores muy
serios y profesionales, maestros de la educación, eminencias de la
Iglesia Católica, pastores evangélicos, hermanitos del culto, tíos,
padres, vecinos. A nadie le importa. Ella dice que su esposo jamás
haría algo así, ¡por diosito santo! No, por ningún motivo. Pongo
las manos al fuego por el curita, si es un santo del cielo. Jajaja…
si ese curita ronda las calles de noche buscando, ¿a quién? ¡A las
menores de edad! Nuestro pastorcito bendito, jamás, no lo creo.
El hermanito del culto, del Señor Todopoderoso, nunca. ¿Ese
profesor, ese señor? Pero si son un pan de dios. No le harían mal
a nadie. ¿Y qué esperan, que lo haga frente a todos? La sociedad
siempre dice y condena: ¿por qué no lo dijeron antes?, ¿por qué
ahora? El trauma bloquea cuando se es dañado, no se está en con-
diciones de dar testimonio, debe pasar tiempo, Porque ese antes
fue con dolor y vergüenza, este ahora tal vez sea igual, pero los
años dan la fuerza en el mañana.

105
Perdón, Korina, lo siento. No te preocupes, me dice mi compa-
ñera y me abraza, ya se le pasara la huevada a don Alberto, a él
le conviene que estés acá, ¡pajarita nueva la lleva! Y que saco con
trabajar acá, si ni siquiera soy capaz de tomar o fumar. Pero los
clientes no lo saben y te compran tragos y cigarrillos, tú sigue,
júntamelos a mí y listo.
Los vómitos se hacen más frecuentes, creo que estoy mal por la
comida en aquel lugar donde fuimos con Korina y su pololo. En
la noche hago lo que puedo para hacer mi pega, le pido al barman
que sólo me de agua mineral camuflada, adornado con hojas y
una aceituna en el fondo, para dar la impresión de un alcohólico
brebaje. Recurro a las risas plásticas, a la simpatía inventada. Es
difícil hilar una conversación con las chicas grandes, mujeres con
su madurez sentándole muy a favor de sus vidas. Mi ermitaña sale
siempre al paso de las preguntas, tapándome la boca, dejándola
desprovista de respuestas que satisfagan su curiosidad. Cuando
una mujer mayor habla fuerte, mi corazón da un brinco y corre a
esconderse, tiritando de miedo, él piensa que eres tú. Me refugio
en Korina, que siempre me salva de estos momentos tensos.

Una noche Mirta me pide salir del local para conversar más
tranquilas. ¿Me van a echar? Ella no respondió a mi pregunta.
¿Cómo te sientes?, me dijo. ¿Por qué estás tan paliducha? ¿Cómo
es posible que le tengas tanto asco a los cigarros, si no es para
tanto la cuestión? Además, con los tragos, es puro jugo y mineral
poh’. ¡Que te está pasando mujer, por Dios! ¿Cómo está tu perío-
do?, preguntó Mirta. Yo agaché mi cabeza, mi mente buscaba a
tientas mi calendario de hojas amarillentas y arrugadas, olvidado
en mi basural de Diógenes. Sólo en ese instante comprendí los
vómitos y tanto asco. Claramente estás embarazada, dijo Mirta.
Apostaría que sí, dijo Korina, muy alarmada incorporándose a
la conversación. ¿Y qué vas a hacer, cabra?, a coro me dijeron.
No puedes tener esa guagua, no estás en condiciones, no tienes
respaldo de nadie, ni de tu familia, ni de tu papá o tu mamá. Ni
siquiera tienes un lugar estable y seguro donde vivir, andas en la
calle vagando, eso nos contó Rafael.

106
Mayumi Cisternas

Korina sabe que yo estuve recluida en casa de menores y que aho-


ra estoy con “libertad vigilada”, que de vigilada no tiene nada, un
par de citas a una psicóloga, que apenas conversa unos minutos,
que no te mira mientras estás ahí. Yo creo que lo más seguro es
que te llevarán de regreso a la casa de menores cuando se enteren,
me dice Korina. Lo mejor es que te hagas remedio, me dice Mir-
ta. Yo tengo un conocido que es farmacéutico, él entiende harto
de estas cosas, pone inyecciones en su misma farmacia y en una
semanita ya estás lista. A mí ya me ha ayudado y no he tenido
ningún problema, en un par de días debes irte a urgencias, es
un poco más delicado, pero finalmente todo sale bien. Yo creo
que deberías tomar unas yerbas, es más rápido, le preguntaré a
mi abuela que sabe mucho de estas cuestiones, me dice Korina.
Otras tres chicas del local se sumaron a opinar sobre cómo debe-
ría deshacerme de mi embarazo. Ximena una de las más antiguas,
muy amiga de Mirta, dijo que ella tenía una amiga que las dejaba
impeques en dos días. Cobra un poco caro, pero vale la pena lo
que cobra, ¿cierto, chiquillas? Y además, entre todas podemos
hacer una colecta por la causa como lo hicimos con la Coni, ¿se
acuerdan chiquillas? Y la Coni, vierai’ tú. Ahora encontró un
buen partido, el hombre se la llevó pal’sur, donde ahora es dueña
de una parcela y tiene una regia situación económica. No seái lesa
cabra, tenís que hacerte remedios y así encontrái un buen partido
como la Coni. Haznos caso, tú soy una pendeja nada más, noso-
tras ya cachamos de estas cosas poh’.

Quería llorar y salir del grupo, a las cuales nunca les pedí su opi-
nión ni sus consejos. Brujas, no las quería escuchar más. Necesi-
taba estar a solas y salir de ese aquelarre. Y comencé a caminar sin
despedirme de ellas, ni decirles nada. Korina me siguió, le pedí
por favor que me dejara, quería estar sola. Ella me dijo que me
fuera a su pieza, que ahí estaría tranquila, me dijo que ella llama-
ría por teléfono a Reinaldo para que me dejara entrar a su habita-
ción. Le di las gracias y caminé en silencio aturdida, menguada,
mis piernas eran de plastilina. Llegué a la residencial a tientas.
Reinaldo me preguntó si podía ayudarme en algo: Te ves pálida,

107
mujer, ¿estás enferma? Le respondí que no, que sólo quería acos-
tarme, que estaba muy cansada y me dolía la cabeza.

Lloré por mi irresponsabilidad. Sin tener mucha idea qué signi-


fica realmente ser responsable. Cómo traigo al mundo a un ser
humano que necesita tantos cuidados, si ni yo misma sé cuidar-
me, no sé qué hacer. Lo mío sólo es vagar por la vida, intentando
juntar dinero como sea para regresar a Antofagasta. Porque no
hay otro lugar para una quiltra como yo. Una quiltra con arestín,
de amarguras gruesas, con distemper en el corazón. Con pulgas
en la memoria que no me dejan de picar. Con colmillos blandos
que no saben morder ni defenderse, una quiltra que no aprendió
a ladrar porque ahogaron sus intentos, tal como los hijos de la
Lulú. ¿Volver a casa? ¿Y para qué?

No sé cuánto lloré ni cuándo me dormí. Al siguiente día acom-


pañé a Korina a ver a su hija que vivía con su madre, una niña
preciosa de cinco años muy parecida a ella. Me contó que no te-
nía ni una gota de paciencia con los niños, así es que prefería que
estuviera con la abuela y ella le aportaba todo lo que necesitara
para su crianza. Le pregunté por el padre de su hija. Qué importa
el padre, me contestó. Yo la llevé nueve meses de mi vida en mi
panza, yo pasé los malestares, los vómitos, sentí los fuertes dolo-
res de pujar y parir y eso es todo lo que importa. No me atreví a
preguntar nada más. Rumie toda la tarde lo que me dijo Korina:
Por la noche me hice de las fuerzas y fui al local, traté de actuar
normal como si nada me ocurriera, aguante las náuseas y los vó-
mitos, me secaba los ojos, me arreglaba las pestañas, me cargaba
el labial y salía como si nada. A rato mi mirada se cruzaba con
ojos coquetos de hombres, con los ojos del barman que preparaba
mi agua mineral con hielo y ornamento, con los ojos de Korina
que preguntaba si podía continuar, con los ojos de don Alberto,
con la mirada de Mirta que me hacía una seña para hablar en el
baño. “Oye, la próxima semana llega mi amigo el farmacéutico,
del que te hable poh’. Ahora anda en el norte, le hablé por teléfo-
no de ti y me dijo que ningún problema. Vamos a ir la próxima

108
Mayumi Cisternas

semana a la farmacia y ¡listo!, para que salgas de este asunto y no


te preocupes más. Además ya hablé con Alberto y le pedí que
te dejara trabajar acá. Tenemos que estar atentas, ante cualquier
sospecha te tienes que esconder, ojala luego podamos conseguirte
un carnet de identidad falso, eso solucionara todo.” Recordé a las
señoras de Antofagasta ofreciéndonos ese famoso carnet de iden-
tidad. Mirta salió, agaché mi cabeza y no detuve mis lágrimas. No
quería que la próxima semana llegara. Quién se cree esta bruja de
mierda que toma decisiones por mí.

Korina amaneció con el genio atravesado, yo no conocía hasta ese


momento su mal genio. Me dice que lo siente mucho, pero si yo
no tomaba una decisión pronto, ella no podría tenerme más en
su habitación. Y que lo mejor era que me fuera a mi casa o de lo
contrario me hiciera remedio lo más pronto posible, ya que era la
mejor opción. Yo hablé con mi abuela y me dijo que fuéramos y
te iba hacer un precio por ser mi amiga. Así que tú me dices cuan-
do vamos, ella vive en Playa Ancha. Si no solucionas luego tu
problema, ya no puedes estar acá. No seas tonta, decídete luego,
mientras antes mejor. Le contesté que entendía, que luego le diría
cuando ir donde su abuela. Me fui a la ducha, refregué mis orejas
como para arrancármelas, no quería escuchar más los consejos de
esas brujas. “Tu problema” resonaba fuerte en mi cabeza, pegaba
en mi corazón y calaba mi vientre.

Después de vestirme y limpiar el baño le dije a Korina que nos


veríamos a la noche en el trabajo. Salí de la habitación, ella no
me contestó, siguió acurrucada en la cama. En la puerta de en-
trada de la recepción estaba Reinaldo, me saludó amablemente
como siempre, me dijo que estaba tomando desayuno, si quería
desayunar con él. No, gracias, le dije, ando mal del estómago
y salí a la calle. No tenía claridad adónde iba. Mi esqueleto se
doblaba por las náuseas matinales, mis tripas me acercaron a un
árbol, el vómito salió a destajo. Vomité hasta que sólo salía un
hilo de un líquido muy amargo de color verde. Venían tiritones
y escalofríos. Una persona me preguntó si necesitaba ayuda, creo

109
que le respondí sin mirarla. Ya no sabía dónde estaba, caminaba
y me sentía mareada, me pareció ver la gran cola de zorro a mí
alrededor. Me senté en un paradero de micro. Las piernas me
temblaban, la fatiga hacía lo suyo con mi destruida visión. Pensa-
ba en la próxima semana, en aquel farmacéutico, en la abuela de
Korina, en la amiga de Ximena. Atormentada y craquelada, mi
boca como un desierto clamando un poco de saliva. Mi corazón
tenía clara y transparente su decisión. A él nunca le entraron los
consejos de las brujas. Respire largo y profundo, buscando oxi-
genar y poder alinear mi mente. Regulé mis nubladas pupilas.
Afiné mi voz tarareando las vocales. Me levanté del asiento que
parecía mirarme expectante para ver cuáles serían mis siguientes
pasos. Caminé hacia un kiosco de diarios y pregunté al vendedor:
¿Dónde hay un policlínico, un hospital o algo parecido?

110
Mayumi Cisternas

QUINTO CAPÍTULO

¿Qué quieres, mamá? ¿Tecito!? No me ha costado entenderte. El té es


tu debilidad. Siempre te lo preparabas con muchas yerbas. Siempre
pensé que era una exageración ese jarro de aluminio tan grande. La
cantidad de té en hojas que le ponías, romero, ruda, siete hebras,
matico, yerba del platero, y un sinfín de yerbas y sus flores con raíces
y todo. Después lo tapabas con un plato y sobre ese plato ponías una
olla, una tetera o incluso una piedra. En la esquina de la mesa, único
lugar que encontrabas desocupado. ¿Para qué? Tal vez para que no
se escaparan los vapores curadores de tantos males, pero al parecer no
curaban el alma. Más tarde vendrán los hermanos evangélicos. Muy
temprano, antes que viniera el paramédico y la enfermera, vinieron
los mormones, le pidieron al Padre celestial por ti. Lloraron en silen-
cio, te trajeron té de cáscara de manzana, sé que no te gusta, pero
lo recibí y lo guardé. La señora Inés es tan preocupada, es la vecina
que todos quisieran tener, me preguntó si querías que te visitara el
párroco, tal vez te agrade y te sientas mejor. Mira no más, a cuántas
religiones pertenece usted, señora mía. Te bautizaron tus padres en la
Iglesia católica, en aquel culto evangélico fuiste bautizada también,
y toda vestida de blanco cuando te cambiaste a los mormones. Y con
los Testigos de Jehová, ¿compartiste con ellos en sus asambleas? En fin,
tu alma es muy privilegiada con tantos lugares donde alojar, tendrás
que decidir donde vivirás. Te ríes, sabes de lo que estoy hablando,
¿verdad?
Aquí está tu tecito, dulce como te gusta, qué más da a esta altura
mezquinar el azúcar. Así lo dijo la enfermera.

111
“Este será tu carnet de control, cuídalo, debes traerlo cada vez
que te toque venir. Tu guagüita se está desarrollando de manera
normal, trata de estar en un ambiente tranquilo en la medida de
lo posible. Preocúpate de alimentarte bien para que nazca sanito y
vigoroso.” ¿Tu guagüita? ¿Eso dijo la matrona? ¡Es mío! Yo abracé
mi vientre de manera profunda. No dejaré que te hagan daño,
somos tú y yo. Salí del consultorio El Almendral, sin destino se-
guro, pero salí inmensamente feliz. Peldaño a peldaño iba sabo-
reando mi emoción. No era la misma que entró, definitivamente
no lo era.

Caminé de regreso a la residencial. Al llegar encontré a Korina


despidiéndose de Reinaldo. ¿Y tú que te habías hecho, mujer?
Nada, andaba por ahí, le contesté un tanto evasiva. ¿Quieres
acompañarme? Tengo que hacer algunos trámites. No, Kori, no
me siento bien, ¿puedo quedarme un rato en tu pieza? Claro que
sí, nos vemos a la noche en la pega, y aprovecha de hacer la cama
y limpiar, yo no le pego a esas labores, me contestó y se fue. Con
entusiasmo y fatiga me puse a limpiar la habitación. Reinaldo me
golpea la puerta, me dice que había preparado cazuela, que fuera
a almorzar con él. Estuve a punto de decir que no, que muchas
gracias. La voz de la matrona resonaba en mis oídos: Tiene que
alimentarse bien. Bueno, Reinaldo, termino de hacer la cama y
voy.

Reinaldo tenía una comida exquisita. Mi bebé y yo lo agradecía-


mos desde el alma. Conversamos largo rato y finalmente me pre-
guntó: ¿Y qué vas a hacer mujer con lo de tu embarazo? Lo tendré,
por supuesto, le respondí segura. ¿Lo has pensado bien? No, no
lo he pensado, sólo sé que voy a tener a mi bebé. ¿Y lo de la casa
de menores? Te pueden quitar a tu guagua por no tener un lugar
estable donde estar, chiquilla, tú vives en la calle prácticamente.
¿Has pensado en eso? No tienen cómo enterarse, yo debo ir una
vez al mes a la oficina para casi no hablar y firmar un registro de
no sé qué, con personas a las cuales no les interesamos en lo más
mínimo. Cuando mi panza se note, no iré nunca más. ¿Y regresa-
Mayumi Cisternas

rás a tu casa? Aun no lo sé, Reinaldo, no sé si tengo realmente una


casa, tampoco sé si tengo realmente una familia. ¿Te das cuenta
la dimensión que tiene traer un hijo al mundo? No, no lo sé. Es
primera vez que tengo una guagua en mi vientre. De lo único que
estoy segura, Reinaldo, es que ya lo amo profundamente.

Korina llega a unirse a la pequeña mesa de conversación. Me mira


y dice: Bueno, ¿y en qué estamos, entonces? La señora Mirta me
dijo que hoy era un buen día por la promoción de licores. ¿Vas
a trabajar? No, mi estado no me lo permite, he tomado una de-
cisión. ¿Así? Qué bueno, ¿y qué vas hacer? Lo voy a tener, es mi
hijo y ya está conmigo ahora. Tú sabrás que haces con tu vida,
nosotras sólo quisimos ayudarte. Igual piénsalo bien, yo no pue-
do seguir ayudándote con tu alojamiento. Además, ahora ya ni
siquiera trabajarás en el local. Ella estaba molesta por mi decisión,
dio la vuelta y se fue dando un portazo.

Cuando quedamos nuevamente solos, Reinaldo me pregunta:


¿Te irás a tu casa? No quiero volver, pero creo que no tengo otra
opción. Cuando el silencio ocupaba todos los espacios, Reinaldo
finge toser y me ofrece un pequeño cuarto construido artesanal-
mente en una especie de ático falso, justo encima de la oficina
de la recepción. Si quieres puedes alojarte ahí, yo prácticamente
duermo en este sillón que es bastante cómodo, tú sabes que a
cada momento llega o sale gente, o requieren de algún bebestible.
Es la única forma de ayudarte, chiquilla, hasta que tú decidas
regresar a tu casa, me dice de forma cordial.

Es raro despertar en este pequeño cuarto donde afortunadamen-


te por mi baja estatura alcanzo justo a estar parada, sin tocar el
techo por un par de centímetros. Desde la ventana veo salir a las
parejas, van tomadas de la mano después de un encuentro amo-
roso. Otras parecieran discutir quien saldrá primero de ese lugar
pecaminoso, donde ya está todo consumado y deben enfrentarse
a la realidad de sus vidas. Oculto por un largo abrigo colgado en
la pared advierto un espejo de medio cuerpo. Tras dejarlo libre,

113
poso de frente y de lado, admirando mi vientre, lo veo inmenso.
Tres meses, dijo la matrona. ¿De qué porte estará? ¿Cuándo se
empezará a mover? Hace frío, me meto nuevamente a la cama,
mis pensamientos sólo son ocupados por mi hijo que está cre-
ciendo dentro de mí. Reinaldo me grita, subiendo la escalerilla
de caracol: ¡El desayuno para la futura mamita! Y lo veo aparecer
llevando una bandeja con un jarro de té con leche y una man-
zana. No alcance a pararme para decir dar las gracias, cuando él
ya estaba en el umbral de mi habitación. Me avergoncé porque
sólo soy una allegada, y más encima Reinaldo me trae desayuno.
Gracias, no tienes para qué molestarte, le dije. Hice un esfuerzo
por beber la leche y comer la fruta, pero fue inútil. Tuve que
levantarme y bajar al baño tan rápido como pude. Era tanto el
vómito y las náuseas, que siempre quedaba agotada y asustada,
preguntándome de qué se alimentaría mi guagua.

Llevo casi una semana alojando acá, no he visto a Korina. Le


pregunté a Reinaldo por ella, me cuenta que con frecuencia des-
aparece, ella va y vuelve, siempre es así. En el día salgo a caminar
por la avenida Pedro Montt, me detengo en las vitrinas donde
exponen ropa de guagua, veo sus precios inalcanzables. Eso apena
mi alma, mis manos se posan en mi pequeña panza, su tibieza me
conmueve, como si ese ser tan pequeñito me diera mensajes y me
dijera: Calma, mamá, todo va a estar bien.

Los días siguen con pasos firmes. Ayudo a la señora Rocío, la


mucama de la residencial, con las tareas domésticas, son siete ha-
bitaciones con sus respectivos baños y hay bastante movimiento,
de día y de noche. Trato de compensar lo que más puedo la ayuda
que Reinaldo me ha brindado con la mejor voluntad. Acurrucada
en la cama, escucho la voz de Korina discutiendo con Reinaldo.
Mi oído se agudiza al escuchar mi nombre. Empiezo a compren-
der que a ella no le ha gustado nada que Reinaldo me esté ayu-
dando y brindándome alojamiento. Quedé muy preocupada. Al
día siguiente le pregunté a Reinaldo si tenía problemas por mi
culpa, me contestó que yo no me preocupara, que son los berrin-

114
Mayumi Cisternas

ches de la reina, siempre me los hace, y más aún cuando anda con
trago como ocurre casi siempre, y después todo queda en nada.
Y era así porque ese mismo día, Korina entró en la recepción
pidiendo por favor un cafecito a la señora Rocío y me saludo afec-
tuosamente. Me pregunta cómo he estado, cómo me he sentido.
Quedé muy confundida, pero trato de hacer lo que me aconseja
Reinaldo, me quedo tranquila. Ya es costumbre, Vinieron otras
discusiones, las escuché desde mi guarida, y al día siguiente todo
estaba bien.

Desperté decidida. Voy a regresar a casa, a contar que estoy em-


barazada, a buscar preguntas y a dar respuestas, a intentar poner-
me frente a ti, y decirte mírame y dime algo, algo que alivie mi
camino, algo que entibie mis huesos y que endulce mi memoria.
Me despido de Reinaldo y de la señora Rocío, doy las gracias por
todo. Reinaldo me dice que el ático seguirá disponible para mí,
recuerda que en tres días tienes control con la matrona. Es raro
viajar a Concón, llegar a casa embarazada. ¿Cómo estará todo por
allá? ¿Todo seguirá igual? Nada ha cambiado, la única diferencia
es que Cata ya no está en casa, vive con su pareja en un par de
piezas que les dan por cuidar una casa en Los Romeros. Me alegro
por ella y mi sobrina.

115
*

Como de costumbre acostada, llena de almohadas, mirando el


techo en silencio. Meses sin vernos y nada. Ni cómo estoy, ni
dónde estoy alojando, qué estoy haciendo. Nada de nada, nueva-
mente. Mis hermanos con sus mismas caras tristes que arrancan
un pedazo de mi ser y endurecen mi panza. Esa noche dormí en
la misma cama de siempre, con las chiquillas y su meado. Tú en
tu cama con Marcelo. Fue una noche amarga, ahondé y reparé
en que ya no tenía tan claro si haber venido a casa era lo correc-
to, ya no estaba sola, ahora tenía que cuidar a mi guagua. En la
madrugada me desperté llorando y con mucho frío. Me levanté,
salí al patio para no despertar a mis hermanos, al rato saliste tú.
Te conté lo de mi embarazo. Me preguntaste si lo iba a tener, te
contesté que sí, me diste un abrazo, que me pareció mecánico,
tan frío como este invierno. Me regresé a Valparaíso al siguiente
día con la melancolía de no encontrar el abrazo que fui a buscar.

Estuve mucho rato dando vueltas en la avenida Brasil antes de


volver a la residencial, como para que pareciera que estuve más
tiempo con mi familia. Reinaldo parecía adivinar que yo llegaría,
más bien estaba seguro, me había guardado almuerzo y compro
frutas. ¿Cómo sabias que iba a llegar tan pronto? Me dio un abra-
zo y me dijo que lo sabía.

Ya tiene cuatro meses su guagüita. Pronto empezará a moverse


y usted sentirá esas pataditas y esos brincos que la pillaran des-
prevenida, no se asuste es todo normal.. La matrona con su oreja
bien pegada a mi vientre escucha los latidos del corazón de mi
hijo, veo su cara haciendo muecas, abriendo los ojos. Me preocu-
po, le pregunto si todo está bien. Después de un momento que
fue eterno, la matrona me contesta: Todo está perfecto, chiquilla,
vamos bien. La emoción desborda, lo inunda todo.

116
Mayumi Cisternas

Me integro cada vez más en los quehaceres de la residencial, el


tiempo va pasando con zancadas largas, mi panza se hace severa
con mi escasa ropa. La señora Rocío me trajo unos pantalones y
un vestido maternal, y me dijo que me los probara, eran de su
último embarazo, y si me servían me los regalaba, lo que agradecí
con alegría. Esa ropa sería lo único que podría usar en los siguien-
tes meses. Reinaldo me cuenta que vienen sus vacaciones y por
dos semanas se irá a Santiago a visitar a sus dos hijas. Está preo-
cupado porque tendrían que contratar a una persona para que se
ocupe de la residencial durante su ausencia. Estoy pensando que
podría recomendarte con el dueño, para que tú te ganes esa pla-
tita, es poca, pero te servirá de algo, ¿verdad? Lo más importante
es llevar el libro con los ingresos, los horarios de entrada y salida,
número de la habitación, consumo de bebidas y alcohol, revisar
que las habitaciones estén limpias antes que se ocupen y revisar si
se han robado algo antes de abrir el portón de salida, contestar el
teléfono, esa es la pega. La mayoría de la gente que viene acá son
clientes habituales, la señora Rocío se quedara haciendo turno
de noche estas dos semanas, ella conoce a la mayoría. ¿Qué te
parece? ¿Te animas? Claro que sí, Reinaldo. Además con la señora
Rocío me llevo muy bien, ella es tan amorosa.
Finalmente, el dueño del lugar acepto que yo ocupara ese cargo.
Reinaldo se fue de vacaciones a Santiago, me sentía feliz encar-
gada de la residencial. Todo funcionaba relativamente bien sin
Reinaldo. De sorpresa, en diferentes horarios llegaba don Juan,
el dueño de la residencial. Se sentaba en la recepción a revisar
el libro de anotaciones y contabilizar los ingresos, hacia algunas
llamadas y pronto se iba. Era un hombre serio y callado. Ese día
no lo fue, entró en la habitación, yo estaba limpiando, cerró la
puerta con llave. Forcejé duro con él, le dije que estaba embara-
zada, me gruñó, me agarró del pelo, me miró a la cara y dijo que
estaba viviendo gratis en su residencial. La señora Rocío le gritó
que lo llamaban con urgencia de su casa. Esa llamada fue tan
oportuna. Jamás lo conté a nadie, ni siquiera a la señora Rocío.
Ese lugar era el único refugio que teníamos mi hijo y yo. Debía
permanecer callada.

117
Se veían muy enamorados, pidieron unos combinados, algo para
picar y harto hielo. Tenía la bandeja lista con su pedido. Escuché
una discusión entre mujeres y muchos gritos. Antes de salir, por
precaución me asome por la ventana, dos mujeres estaban aga-
rradas con furia de las mechas, el cliente que acababa de hacer su
pedido para su tarde de amor, trataba de separarlas. Él esquivaba
los arañazos que una de ellas le tiraba a su rostro. No salga, me
dice la señora Rocío, que llegó corriendo a mi lado. Estas cosas
pasan de vez en cuando, es mejor no salir hasta que se calme un
poco la cosa. La señora del tipo los siguió, seguramente hasta aquí
mismito, ella espero que entraran y se dejó caer para pillarlos.
Pobre tipo pensé yo, perdió su tarde de amor, perdió a su esposa
y tal vez también perdió a su amante.

Los días pasaban rápidos, esquivando la mirada de don Juan y la


señora Rocío gritando: ¡Se robaron la cortina del baño de la C3!
¡Dejaron inundado la B2! ¡Los de la A1 piden una rebaja, que
estarán sólo un ratito que son clientes frecuentes! ¡Se acabó el
detergente y faltan ampolletas y bolsas de aseo! Fui por las cosas
que faltaban en la residencial, me distrae un cuidador de autos,
delgado con su uniforme de unas dos tallas más grandes que la
suya, tiene las mangas y la basta del pantalón doblada y arrugada.
Reconocer ese rostro no fue difícil. Me acerqué a saludarla. Kuki
me reconoció de inmediato, nos saludamos con un tibio abrazo,
ella le dio un cariño a mi panza, y sus ojos se inundaron de lá-
grimas. “No tenía dónde estar, dónde dormir, me ayudo por un
tiempo y luego me corrió. Nació hace dos meses. Lo tuve que dar
en adopción, no podía criarlo. Tú me entiendes, ¿verdad?” Te en-
tiendo, le respondí acariciando y protegiendo a mi hijo en gesta-
ción. Con parte del dinero que tenía para comprar lo que faltaba
en la residencial, le compré un cono grande de papas fritas. Con
Kuki nos sentamos a conversar en un paradero de micros. Jamás
hubiera pensado en comer un cono de papas fritas grandes sólo
para mí, me dijo, sólo he comido las papas que caen al piso de
algún local.

118
Mayumi Cisternas

¿Qué hace esta niñita aquí, señora Rocío? Es una pareja que viene
con ella porque no tienen donde dejarla, y yo me ofrecí para cui-
darla acá en la recepción poh’, entre que se metan con ella a la ha-
bitación y se quede acá por una hora. Le pasamos unas hojas y un
lápiz para que estuviera tranquila, tenía los ojos llorosos porque
quería a su madre. En otra ocasión alcance a ver una pareja que
entro con una guagua a la habitación. ¡Cómo es posible, señora
Rocío! Hay mija, esa es una chiquilla que trabaja de nana y cuida
a ese bebito, y de la única forma que puede estar con su pololo,
es viniendo con la guagua, y después se va apuradita antes de la
hora que llegan sus patrones, vienen siempre una vez por semana
a la misma hora.

Korina llegaba muy de madrugada, casi siempre ebria, buscan-


do a Reinaldo, aunque el día anterior yo le hubiese contado que
estaba de vacaciones. La señora Rocío que la conocía muy bien,
le calmaba sus odiosidades y la llevaba a dormir a su habitación
siempre reservada para ella, viniera o no viniera. Las otras chicas
que trabajan en el bar de Mirta, también llegaban gritando por
Reinaldo, como si él tuviera la cura mágica para todos los males
y las penas que le aquejaban con frecuencia. Reinaldo con su sua-
vidad y sabiduría, siempre las confortaba. Jamás lo vi ser pasado
para la punta con ninguna. A lo más, bromeando les decía: Chi-
quillas, aprovechen que estoy recién bañadito. Y todas morían de
la risa, se sentaban en sus faldas, otras le bailaban como odaliscas,
haciendo amagos de topless, lo más osado que ocurría cuando
estaban muy alegres.

Me llamaron la atención por la diferencia física que tenían, él


se veía muy menudito al lado de la señorita alta y robusta, de
abundante cabello negro. Pidieron sólo bebidas. Cerca de la me-
dianoche ella se retiró. A las diez de la mañana, hora de abando-
nar las habitaciones, toqué su puerta. Me iré en dos horas, grita
desde el interior y paga la diferencia de la habitación sacando sólo
la punta de los dedos. La señora Rocío a las dos horas, golpea
nuevamente, que se irá más tarde dice. Me dio una tincada de

119
que algo no estaba bien. Le grité que necesitábamos la habitación
porque estaba reservada y necesitábamos asearla. Hubo silencio
por un largo rato, una voz de ultratumba nos dice que se ducha-
ría y se iría. Traía el dinero en la mano, se acercó a la recepción,
pagó y se fue rápido sin esperar el vuelto. Era un fantasma y los
puños de su chaqueta apenas dejaban ver sus dedos. Desde la
habitación, la señora Rocío gritó. Todo salpicado de sangre, en
el piso un charco gelatinoso, al centro un corta-cartón. El tipo
se intentó suicidar, lo hubiese logrado si no insistíamos en que se
fuera. ¿Llamamos a los carabineros? ¡No, mijita linda, por Dios
y la Virgen santísima! ¿No sabe usted que esta residencial es un
clandestino? ¿Y qué es un clandestino? Un lugar que no tiene los
permisos para funcionar. ¿Don Reinaldo no le ha contado? Tal
vez lo hizo y lo olvide. Los siguientes días estuvimos especulando.
Tal vez la dama decidió poner fin a esa relación y él, cual niño mal
criado, no lo soportó. No, mijita linda, yo creo que al pobre no
se le paraba y quiso desaparecer de pura vergüenza, yo sé de estas
cosas, dijo la señora Rocío.

Tres pañales, un par de camisetas, un pilucho y un par de calce-


tines. Es para lo que alcanzó el dinero ganado en la residencial
clandestina. Estaba tan feliz con esa diminuta ropita. La miraba,
la doblaba, la guardaba, la lavaba y la volvía a guardar. Navidad
ya se siente en las calles, mis controles maternales se hacen más
frecuentes, mi ansiedad por conocerte me ahoga el corazón. La
matrona dice que mis exámenes están casi todos bien, pero con
una advertencia: Tienes anemia, chiquilla, tienes que consumir
más hierro o no tendrás fuerza para el parto. Los movimientos de
mi guagua son fuertes, se nota que viene vigoroso y con ganas de
correr por la vida. Lo de la anemia me preocupa. Le escribo una
carta a mi bebé diciéndole que estoy feliz esperando su llegada,
que lo amo con mi vida, que todo estará bien, además le explico
lo de la falta de hierro, pero que estará todo perfecto. El huevo
debe ser bueno para la anemia pensé, comeré lo que más pueda.
Con el dinero de los cigarrillos sueltos que vendo en la residen-
cial, y que Reinaldo me los compra prácticamente todos, me al-

120
Mayumi Cisternas

canza para comprar unos tres huevos diarios. Les hago un hoyito
arriba y abajo y logro que la cáscara del huevo quede intacta.

121
¿Sabes? Así empecé a juntar las cáscaras en una caja, es parte de tener
el mal de Diógenes como tú. Sin duda alguna, tú lo eras muchísimo
más. Siempre tuviste un arsenal de cachureos bajo tu cama, en la
mesa, y bajo ella botabas las hojas de té, las cáscaras de papas, de hue-
vo y de un cuanto hay, en tus plantas que amabas. Recuerdo cómo las
regabas, las inundabas y ellas te respondían poniéndose bellas. Cómo
las envidiaba cuando te escuchaba hablarles, les decías ¡que lindas
están! Ustedes son las únicas que me dan satisfacción. Hubiera dado
un brazo y una pierna por una frase como esa. Creo que por eso no le
pego a la jardinería: las plantas y las flores se llevaron gran parte de
lo más parecido a tu amor por alguien.

Con plumones de colores empecé a decorar los huevos vacíos. El


primer diseño que vino a mi mente fue La Portada de Antofagasta
que nunca conocí. Les siguieron el Reloj de Flores, la Cordillera
de los Andes, alguna puesta de sol y locos dibujos. Reinaldo los
encontró muy bonitos cuando los descubrió casualmente. Él dice
que se podrían vender, yo no le creo, siento vergüenza por lo que
yo hago. Nunca pienso que puedan ser buenos. Amablemente
Reinaldo insiste, yo puedo ofrecerlos entre la clientela, en estas
fechas a todos les gusta comprar, estos dibujos están muy intere-
santes. ¡La Navidad llegó! Y el momento de tu llegada es cada vez
más próximo, hijo mío. A estas alturas ya no sé cómo ni de qué
forma dormir, cómo es posible que un ser tan pequeñito, en un
espacio tan reducido, se pueda mover tanto.

Los días se pasan en las tareas propias de la residencial. Converso


con la señora Rocío, a Reinaldo le sonrió, a don Juan no lo miro.
Los escándalos de Korina ya son un espectáculo por las noches,
siempre ebria, discutiendo cualquier estupidez con Reinaldo, y
encarándole mi estadía bajo su alero protector. Tal vez ellos fue-
ron amantes, nunca lo supe, nunca lo pregunté ni me importo.
La mayoría de las veces ella apostando dinero con algún hombre
traído del bar, hasta su habitación, la apuesta de beber una botella

122
Mayumi Cisternas

de pisco puro de un tirón la ganaba siempre Korina, la reina de


la noche de esa forma ganaba dinero. Ella presumía de su hazaña.
Reinaldo la tenía que socorrer, acostarla, asegurar el dinero gana-
do por la apuesta y despedir al galán de turno que se iba a rega-
ñadientes puteando por el dinero y la noche perdida. Siempre se
repetía esa alcohólica apuesta.

Las noches son tibias, a veces no encuentro el aire necesario para


saciar mis respirar. La matrona dice que es normal en esta últi-
ma etapa. ¿Te estás tomando tus medicamentos, el hierro y las
vitaminas? ¿Te estás alimentando bien? ¿Estás en un ambiente
tranquilo? A todas esas preguntas respondo que sí. Falta muy
poco, chiquilla, ahora tendrás que venir más seguido, tu guagua
es muy grande. Lo más probable es que sea una cesárea. Yo quiero
que mi hijo nazca por la vía normal. Bueno, eso se verá llegado
el momento, esa decisión no es tuya, chiquilla, por ahora camina
harto para que los músculos del canal de salida estén aptos para
el parto.

Quiero caminar para todos lados, si hay algo que comprar yo me


ofrezco para ir en su búsqueda, lo de la musculatura y canal de
salida da brincos en mi cabeza. Me repito una y otra vez: debe ser
un parto normal, es así como debe manifestarse la llegada a este
mundo. Anhelo que así sea. Puedo ir a tu encuentro cuando tú
lo desees. Sentiré la dicha de verte crecer. Atestiguar tus caídas y
tus logros, es lo que me ofrece la vida, intentaré hacerme digna de
ello. Me consuela saber que los seres humanos en su primera eta-
pa de vida se deben alimentar de leche materna. Hijo, tu primera
alimentación está asegurada.

123
¿Tienes frío? Es el suero, cuando me han colocado también sufro esa
sensación. Pondré más frazadas a la cama. Tu silencio y tu respira-
ción me dicen que el frio está pasando, estiro mi brazo hasta alcanzar
tus pies que ya se han entibiado. He contado todos los nudos de la
madera de las paredes de tu dormitorio, aunque si los vuelvo a contar
me da una suma diferente cada vez. He observado dibujos surrealis-
tas en las manchas del piso, incluso alguno para enmarcar. También
vi más de alguna araña conversar con una mosca en su rincón. Ya es
hora de dormir un rato. Tranquila, estaré cerca, le toca a una de las
chiquillas estar contigo ahora.

Nunca he entendido muy bien porque las personas se abrazan


cuando llega el nuevo año. Incluso en los primeros días de ese
nuevo año, la gente aún se sigue abrazando. Muchos amantes
han decidido pasar esta noche acá. Al parecer ha sido escogida
para amarse y reconciliarse. ¡Viva el Año Nuevo!, gritó Reinaldo
sin sacarse el cigarrillo de su boca. Las vitrinas exhiben trajes de
baño, el mar se torna muy azul, el verano se instala para quedarse
un rato, con melones y sandías. El sol se cruza en mi camino se-
ñalando perspectivas nuevas.

Es para guatón o la pecosita me dice con dulzura, sorprendién-


dome con una canasta llena de frutas. Reinaldo es muy bueno
conmigo, siempre preocupado que el pequeño refrigerador de la
recepción, que es de uso exclusivo de los clientes, tenga lo nece-
sario para satisfacer a esta embarazada. Es lo más parecido a un
padre que he tenido, a veces noto en su mirada y sus atenciones
que su corazón se estaba interesando en mí, y no precisamente
como un padre. Estoy profundamente agradecida de sus atencio-
nes, pero no como él quisiera. Es lamentable, pero no siento nada
por él que sea diferente. Pero es así no más, qué le voy hacer. Me
ha contado que está en proceso de separarse de su esposa, y su
amor es total para sus dos hijas que son sus princesitas adoradas.
Qué suerte tienen ellas.

124
Mayumi Cisternas

Con lo que logré recaudar de la venta de los huevos pintados,


compré un par de camisetas y pañales de tela. Hay días que una
profunda angustia se apodera de mí, estoy desprovista, muy des-
nuda para la pronta llegada de mi hijo. Debería tener más paña-
les, un lugar, una cuna. Busco en los recovecos polvorientos de mi
memoria, creo que tengo anotado por ahí el teléfono de una tía,
la de Quillota. Le pedí prestado el teléfono. ¿Estás segura? ¿Ella te
puede ayudar? No lo sé, pero nada pierdo con llamarla y contarle.
Me di muchas vueltas, entre y salí del baño sólo para hacer tiem-
po, y poder armarme de valor y llamarla. Respondió y le costó
un poco entender con quien hablaba, los ladridos de sus perritos
pequineses al parecer no la dejaban tranquila. Al fin me identifico
perfectamente. Ah, eres la hija de la Tita. Nerviosa le conté bre-
vemente mi situación y torpemente le pregunté si ella me podía
ayudar de alguna forma, que no tenía un lugar estable para recibir
a mi hijo y faltaba poco para su llegada. Reinaldo siempre estuvo
ahí escuchando, atento y apoyándome con su mano sobre mi
hombro. La tía Angelina no termino de escucharme, y apresuró
su respuesta: Pero para qué te haces problema, tú eres una chiqui-
lla y no puedes criar a esa guagua, no tienes los medios, no tienes
nada. Lo mejor es que la des en adopción, hay muchos lugares
donde puedes ir a tramitar el tema y no es engorroso… Siguió
hablando, retiré el teléfono de mi oído. Pronuncie algún sonido
ilegible, parecido a un adiós o un chao y colgué. Reinaldo acarició
mi cabello. Ahora tenía más claridad sobre mí y mi hijo. En el po-
liclínico del puerto van quedando los registros de los latidos de su
corazón, la medida de mi panza, los kilos que se me encaraman,
y de las preguntas que no tienen respuestas. Mirar por la ventana
y ver pasar el tiempo, los días me sonríen porque su llegada está
muy cerca…

Estuve a punto de caer al salir corriendo de la casa de la vecina,


cuando me llamaron con urgencia. La señora Inés me prestó su baño
para darme una ducha tibia, pucha que la necesitaba. Me dio un
café bien cargado, no quería aceptarlo para no demorar. Ella insistió,
me dijo que el día se veía largo. Las chiquillas aún no llegan, la Mer-

125
cedes todavía en el consultorio en espera del famoso colchón, la Rosi
debe estar por llegar de Viña con tu insulina. Pero acá estoy junto a
ti, tal y como me lo pediste, estoy cumpliendo mi promesa.

La madrugada fue la encargada de traerme las temidas pero anhe-


ladas contracciones. Mi pequeño bolso ya estaba preparado con
mucha anticipación, después de armarlo y desarmarlo una y otra
vez, para ver si algo faltaba. Claro que faltaba, pero lo esencial ya
estaba. Prefiero caminar, le dije a Reinaldo que se ofreció para
acompañarme al hospital, apenas la señora Rocío llegó a la resi-
dencial. Era una mañana tibia de febrero. Tomemos un taxi insis-
tió Reinaldo, muy preocupado. De verdad estoy bien y caminar
es bueno, me lo dijo la matrona. Quiero tener un parto normal,
recuérdalo. Caminamos a paso tranquilo desde la avenida Pedro
Montt. Él no paraba de fumar, con la misma colilla del anterior
prendía el siguiente. Me debes muchos cigarros, te los tengo to-
dos anotados, con fecha y hora. Reinaldo me mira y sonríe, mo-
viendo su cabeza. Entonces, ahora vas al encuentro con tu guatón
o con tu pecosita. ¿Estás nerviosa? Sí, un poco, y muy ansiosa,
quiero conocerlo pronto y tenerlo entre mis brazos.

Dígale a su papá que espere un poco, hasta saber si se quedara


hospitalizada, me dice el enfermero que hace mi ingreso al hos-
pital Carlos Van Buren. Hubiera sido muy largo de explicar, que
Reinaldo no era mi padre, ni el padre del bebé, así es que hice lo
de siempre, callar y responder las preguntas de rigor…

Ahí están tus padres, tus hermanos, tómate de sus manos, están exten-
didas para ti, ellos te esperan.

Duérmete mi niña… duérmete mi sol… duérmete pedazo de mi


corazón… Te giré para que no te ahogaras con tu vómito de sangre,
acaricié tu suave y fino cabello, te sostuve en mis brazos con fuerza.
Quise conseguir todos los abrazos y los te quiero adeudados. Quise
en ese abrazo impregnarme de muchas caricias. Quise retener en ese
abrazo un no te preocupes, todo estará bien, estoy contigo. En mis
brazos estás dando tu último aliento, estoy contigo atestiguando tu

126
Mayumi Cisternas

partida, tomando tus manos, ayudándote a cruzar tal como me lo


pediste.

Comencé a limpiar tu rostro con calma. Cerré tus ojos que parecían
querer seguir mirando por la ventana el cielo que te sonreía. Me posé
sobre tu pecho para sentir el silencio de tu corazón. Tu corazón que
acababa de hacer su último esfuerzo, aquí en esta vida, en mis bra-
zos. Una mano da un par de suaves palmadas en mi hombro, dán-
dome un “ya, se acabó, tranquila”. Estoy tranquila, muy tranquila.
Sigo en nuestro escenario, nadie me quitara este lugar que ahora es
nuestro tiempo.

127
La neblina espesa se posa alrededor de tu cama, una suave luz nos
ilumina sólo a nosotras. Limpio tus manos, limpio una y otra vez tu
boca, tus labios se están descascarando. Pondré algodón en tu boca
para detener allí tus últimos hilos de sangre. También te colocare los
aros que te he comprado, no son caros, los compré en la calle, pero
harán que tu rostro luzca mejor. Voy amarrar una bufanda alre-
dedor de tu rostro por un rato. Lo siento mucho, tal vez no sea tan
agradable, pero el paramédico me lo recomendó, es por tu bien. No
querrás que te veas tan fea, con la boca abierta, ¿verdad? Sí, claro,
que te pondremos ese traje, ya lo habíamos pensado con la Rosi y la
Mercedes. Esta caja de madera forrada es lo más parecido al color lila
que pudimos encontrar. La escogimos con la Rosi, estarás cómoda acá.
También está la Virgen del Perpetuo Socorro que me pediste. Por fin
la encontré e irá contigo.

Necesito fuerzas para un acto único que ampliará mi vida, deján-


dola rebosante. Toma abundante aliento y puja. Puja sin parar, no
botes el aire, ocúpalo para pujar, chiquilla. Puja, puja, ¡ya viene,
ya viene! El horizonte de mi panza, una rodilla a cada lado, son
el escenario para verte alzado en las manos de un delantal blan-
co, en un río caudaloso, el cordón umbilical sangrante nos une,
hijo mío. Tu llanto inflama mi corazón de alegría, me desmayo,
ya estás aquí, mi pequeño. Nos miramos a los ojos. Cuento tus
deditos, pensando que tal vez podrían haberte robado alguno.
Acaricio tu piel blanca y perfecta, me das una sonrisa de amor
que acompañara toda mi existencia, buscas tu leche que llega en
abundancia.

128
Índice

Nota de la autora p. 9

Primer capitulo p. 11
Segundo capitulo p. 43
Tercer capitulo p. 69
Cuarto capitulo p. 93
Quinto capitulo p. 111