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Robert de Langeac.

LA VIDA OCULTA EN DIOS.


INTRODUCCIÓN.

El autor de estas páginas es un sacerdote que sufrió mucho y a


quien el Señor colmo visiblemente. Enteramente desligado de
sus notas espirituales, autorizó la publicación de parte de ellas
en 1929. Virgo Fidelis, prologada por el R. P. Garrigou -
Lagrange, tuvo un gran éxito en Francia y en el Canadá. Su
acento «vivido» y su profunda sencillez conmovieron a muchas
almas.

Posteriormente, el autor, definitivamente inmovilizado por el


sufrimiento, aceptó entregarnos sus papeles inéditos -él, que
tan amigo era del Carmelo y que tan impregnado estaba de su
espiritualidad-, con la esperanza de poder hacer todavía algún
bien a las almas, a las que tanto amaba y a las cuales ya no
podía llegar por sí mismo sino en lo invisible. Y murió en el
mismo momento en que aparecía la primera edición de La vida
oculta en Dios. El señor obispo de Limoges nos autorizó
entonces a revelar que bajo el seudónimo de Robert de
Langeac se ocultaba el reverendo señor Delage, sacerdote de
San Sulpicio y profesor de Dogma del Seminario Mayor. El
prelado concluía su escrito con este elogio, que tan hermoso es
en su brevedad: «El autor vivía lo que expresaba.»

La concepción de esta obrita difiere de la de Virgo Fidelis. Entre


los textos reunidos por una mano fiel y religiosa, hemos
escogido los que más directamente se referían al más sublime
desarrollo de esta «vida oculta en Dios» de la que habla el
apóstol, tal como se realiza en la «transformación amorosa».
Estas páginas
constituyen, pues, una especie de testimonio de honda vida
espiritual.
Sin embargo, para evitar falseamiento de perspectivas, hemos
cuidado de subrayar primero el esfuerzo ascético del alma, y
de evocar el ambiente de oración y de carencia en el que se
coloca ella misma con la ayuda de Dios y sobre el cual los
Consejos a las almas de oración insistieron ya lo suficiente
como para que ahora necesitemos volver con más amplitud
sobre ello. El capítulo segundo describe luego la acción de Dios
en el alma. «Dios y su obra es Dios», decía San Juan de la
Cruz.
Esta intervención divina tiene que padecerla el alma que se ha
resuelto, cueste lo que cueste, a soportar todas las pruebas
interiores que el Señor juzgue necesarias para prepararla a la
unión. La cual se describe luego en límpidas páginas: el alma,
convertida en la presa del amor divino, sosegada, tranquila,
silenciosa, pero viva y amante, oye la voz de su Dios que le
dice está sola palabra: «Mira. Es la hora de las iluminaciones,
de las revelaciones íntimas... Los ojos se abren.»

Pero lejos de guardar celosamente para ella los favores


recibidos, el alma plenamente unida a su Dios desborda de
fecundidad apostólica, pues por «dondequiera que está, el
amor actúa... Aun privada de los medios ordinarios de la
acción, que son la palabra y las obras, sigue actuando, y tal
vez más eficazmente que nunca. Le quedan la oración, el
sufrimiento, la misma impotencia. Todo lo encuentra bien.
Convierte en flecha cualquier madera».

El ciclo de una vida espiritual profunda concluye así con la


plena entrega de uno mismo a Dios y a los demás.

No conviene, por otra parte, que este plan, aparentemente


riguroso, equivoque al lector sobre el verdadero sentido de
este libro. Porque estos «trozos escogidos» de ningún modo
pretenden constituir una doctrina completa de la unión a Dios,
sino que más bien quieren comunicar, a través de las palabras,
una experiencia que se refiere con mucha espontaneidad. No
nos hemos preocupado así, al encadenar los textos, de
establecer en ellos una rigurosa continuidad de estilo. A veces
el autor habla del alma espiritual en general, mientras que
otras se expresan en primera persona. A menudo parece
también interrumpir su discurso para hablar directamente al
lector. En otros pasajes, quien habla es Cristo. Y aunque las
leyes literarias de la composición hayan de padecer por tanta
libertad, parece que, a cambio de ello, la lectura de estas
páginas dará la impresión de un diálogo muy libre y muy
cordial con un alma que ha encontrado a Dios.

El estilo de esta obrita parecerá, sin duda, de una sencillez


desconcertante. Los escritores espirituales conocen el drama
de la expresión todavía más que los autores profanos. Pues sí
difícilmente se dejan los sentimientos de un hombre definir y
transmitir por él a sus semejantes, ¿qué habremos de decir de
las operaciones de la Gracia en un alma? Lo que un Dios oculto
y trascendente realiza allí, a su arbitrio, bajo el manto de la
noche o en el alborear de una fe ya irradiante, no lo han visto
los ojos ni lo han escuchado los oídos... «¿Cómo hablar, Dios
mío, de la unión íntima contigo? Harían falta palabras más
blancas que la nieve, más ardientes que el fuego. Estas
palabras no existen. Y, sin embargo, ¿cómo callarse sobre la
única cosa que verdaderamente tiene valor y que cuenta?» Y el
alma gime:
«¡Oh Amor!, las palabras son demasiado pequeñas para
contenerte y por eso las destrozas; son demasiado débiles para
expresarte, y por eso las aplastas.»

Pero el espiritual se resigna más fácilmente que el escritor a


esa deficiencia de la expresión. La considera como una miseria
más que añadir a tantas otras de que se ve acribillado y la
acepta con la misma humilde dulzura con que soporta aquéllas.
Por lo demás, y a su manera, la pobreza del lenguaje humano
es un himno a la gloria de lo Inefable: «...puesto que (esas
palabras) proclaman por su misma impotencia Tu grandeza y
Tu fuerza.»

El místico renunciará, pues, a torturarlas para tratar de hacer


que digan lo que no pueden decir. Pero la sencillez de su estilo
será una especie de escándalo para esas inteligencias carnales
que querrían apreciar el valor y la intensidad de la experiencia
espiritual, no por el comportamiento moral, sino por las
palpitaciones de la sensibilidad y por los dones de la expresión.
Piensan como el apóstol Tomás:
«Sí no veo en sus manos la señal de los clavos -la señal de las
heridas que el amor ha causado al alma- y meto mí dedo en el
lugar de los clavos y mi mano en su costado, no creeré». Pero
esas heridas son invisibles, y si la carne participó en los
trastornos espirituales del alma, no guardó su huella exacta y
no es capaz de expresarlas perfectamente. Lo que es espíritu
sigue siendo espíritu y se mantiene más allá de lo sensible; es
de otro orden.

E Incluso, el espíritu se deleita a veces en borrar sus propias


huellas, como para desafiar a la carne. Ciertos espirituales
escogen voluntariamente, tal como el Señor lo hizo en su
Evangelio, los términos más sencillos para decir las cosas más
sublimes. Les importa poco parecernos banales o monótonos,
sí el amor les hace hallar a esas palabras usuales un sabor
constantemente nuevo.

«El canto de la tórtola tiene algo dulce, apacible, constante,


gratamente monótono.
Diríamos que es la voz de un afecto seguro de sí mismo, que
para gustarse no tiene necesidad sino de repetirse sin brillo,
casi sin ruido, pero también sin pausa. En el fondo del alma
interior hay una voz muy semejante. Canta dulcemente y como
muy bajo una melodía muy sencilla, que se contenta con unas
pocas notas a intervalos muy cercanos:
«¡Oh Amor, Te amo! ¡Dios mío, Tesoro mío, mi Todo, mi
Amor!»

Las almas interiores de todos los tiempos han cantado


sustancialmente siempre, aunque sin duda con infinitas
variantes, esa misma cantinela del Amor. El Amor las ha
escogido, perseguido y, poco a poco, ha ido invadiéndolas; a
través de la muerte, las ha conducido a la vida. Las páginas
que siguen serán así un testimonio vivo de ese Amor divino y
de su reflejo creado, testimonio que habrá de añadirse a
muchos otros.

Pero tal vez se diga: ¿Para qué divulgar esos secretos


interiores? La evocación de favores tan «extraordinarios» y tan
raros no conseguirá otra cosa, sino que los cristianos que
caminan a paso mesurado por el camino «normal» den vueltas
a su cabeza. Y en cuanto a los que hayan podido conocer
semejantes gracias, tal vez se corra el riesgo, atrayendo la
atención sobre ellas, de hacerles perder la lozanía de su alma.

Para responder a esta objeción, que tiene su peso, empecemos


por observar que estas páginas no van destinadas
especialmente a las almas místicas, las cuales, ciertamente,
existen, pero parecen ser raras. «El por qué Él se lo sabe»,
responde San Juan de la Cruz descorazonando de antemano
nuestras explicaciones humanas.
En todo caso, la extrema sensibilidad sobrenatural de los
espirituales les impide echar sobre sí mismos una mirada de
complacencia, y en el sentido en que Pascal decía del
verdadero filósofo que éste «se burla» de la filosofía, los
verdaderos místicos «se burlan» de la mística; al menos de la
de los libros. Por instinto divino se dedican a conservar una
perfecta desnudez de espíritu para caminar cada vez más en la
Fe.

Por lo demás, lo que nos parece un término, lo consideran ellos


más bien como un principio; y sólo les parece que empiezan a
dejarse manejar por Dios cuando se abandonan a su Espíritu.

Menos todavía se dirige este libro a las almas que creen ser
místicas (y que en un tiempo como el nuestro no son, ¡ay!,
legión). Pues, aunque imiten éxtasis y arrobamientos que casi
llegan a confundir, y aunque a menudo lo hagan con una
inconsciencia de la cual son las primeras víctimas; aunque a
veces realicen obras casi extraordinarias, les falta en el Interior
ese «no sé qué» sencillo humilde, abierto, llano, que hace huir
al iluminismo y los ofrece a una auténtica iluminación
sobrenatural. Haría falta que se dejasen abrir los ojos, que
aceptasen, por así decirlo, cepillarse con el buen sentido de los
verdaderos místicos. San Juan de la Cruz les aconsejaría que
tomasen una «comida sustancial» siguiendo un poco más a su
razón en lo que tiene de legítima (pues tal es el tema de una
de sus máximas). Y Santa Teresa, por su parte, les propondría
sencillamente otra comida: la que imponía a sus falsas
visionarias: carne y descanso.

Resulta, pues (aunque sea bastante paradójico), que este


librito se dirige a los cristianos corrientes que somos nosotros,
para quienes el contacto de los auténticos espirituales es
siempre beneficioso. Pues su éxito sobrenatural, si nos
atrevemos a asociar ambas palabras, nos hace confiar en las
energías casi ilimitadas depositadas por la Gracia en el fondo
de nuestras almas y que sólo quieren poder desarrollarse allí.
Pues el agua clara de la vida descendida del Trono de Dios y
del Cordero hierve en nuestras entrañas, anhelando una salida
para brotar en nosotros como vida eterna. Mientras tanto,
murmura persuasiva en lo más íntimo de nosotros mismos
aquella invitación que oyera Ignacio de Antioquía: «¡Ven hacia
el Padre!» Después de todo la transformación en Cristo, de la
que las epístolas apostólicas hablaban tan osadamente a los
primeros cristianos, no es más que el pleno desarrollo de
nuestra
vida de bautizados. San Juan de la Cruz lo proclamó a su vez
cuando vio en la «unión plena» la realización más profunda de
aquella frase de Nuestro Señor a Nicodemo: «En verdad, en
verdad te digo que quien no naciere del agua y del Espíritu no
puede entrar en el Reino de los Cielos».

¿Por qué, pues, un alma interior no había de anhelar obtener


desde esta tierra la plena unión de voluntad con Dios, bajo la
forma en que a Éste le pluguiera darla?
(y no hay en el fondo más que una perfección, más o menos
rica en resonancias conscientes). «Cuando el alma hace lo que
es de su parte, dice San Juan de la Cruz, es imposible que Dios
deje de hacer lo que es de la suya» ".
«Indudablemente, añade prudente nuestro autor, no conviene
imponerse a Dios; es inútil y es perjudicial. Invita «de hecho»
a quien le place. Pero espera que le deseemos, que le pidamos,
que le llamemos, que le preparemos nuestra alma por un amor
delicado y generoso, constante y abandonado, y tiene derecho
a ello. Ése es, pues, nuestro deber.»

Aun suponiendo que jamás lleguemos a tales cumbres, por


pereza o negligencia de nuestra parte, o por libre voluntad
divina de la otra, nos hará bien que plantemos por un
momento nuestra tienda para contemplar la transfiguración de
un alma, nos hará bien respirar el aire de las alturas
espirituales, el cual no es otro que el Espíritu Santo,
infinitamente más vivificante que los impuros soplos de la
llanura.
Frecuentando a los espirituales aminoramos nuestra grosería
nativa, nos desprendemos de nuestras maneras de ver y de
juzgar que son de aquí abajo para apreciar las cosas a la luz de
lo alto. («Vosotros sois de abajo, Yo soy de Arriba» decía Cristo
a los fariseos.) ¿Y no es ésta una apreciable ganancia?

Sobre todo, cuando al frescor de la experiencia se asocia, como


en el autor, un profundo conocimiento de la teología. Por haber
enseñado el dogma durante largos años, Robert de Langeac
había adquirido una claridad de pensamiento, un equilibrio y
una seguridad doctrinal de las que no podemos sino
felicitarnos, sobre todo en semejante materia.

En esta escuela, no sólo aprenderemos a dilatar nuestros


deseos personales a la medida del don de Dios y de su
«demasiado grande amor», sino también a alimentar nuestra
esperanza dentro de la prueba por la que hoy atraviesa el
mundo. Viendo el caos que reina en todos los campos y el
profundo desquiciamiento de los espíritus, no puede uno dejar
de pensar, con un estremecimiento del corazón, que el Señor
está allí, en su era, con la criba en la mano, dispuesto a cernir
su trigo.

Parece que nada pueda apaciguar ya ese furor justiciero suyo,


que la Escritura se atreve a comparar, con su vigor habitual, al
de un hombre borracho. Y, sin embargo, ¡qué fácil de desarmar
seria la cólera de Dios si nos dirigiésemos a su Corazón! Pues
su amor lo hace tan invulnerable a nuestras oraciones que Él
mismo
parece asombrarse de ello en la Escritura:
«¿No es Efraín mi hijo predilecto, mi niño mimado?
Porque cuantas veces trato de amenazarle, me enternece
su memoria, se conmueven mis entrañas y no puedo
menos de compadecerme de él» (Jeremías 31,20)
Si, por tanto, el mundo debe ser salvado -y tiene que serlo-,
no lo será ante todo por esos medios humanos, por esas
técnicas que es necesario llevar a la práctica, pero cuya
eficacia sigue siendo limitada.
¡Son medidas humanas, no medidas de Dios!
Ahora bien, detrás de las causas segundas, la fe nos enseña
que quien obra es Dios, que Él no mira al mundo como un
espectador entristecido y más o menos impotente, sino que,
por decirlo así, pone sus manos en la pasta humana y la amasa
en todos los sentidos. Ante todo, se trata, pues, de doblegar y
de conciliarse
a Dios. Eso es posible a aquel que cree y cuya fe viva sube en
oración hacia el cielo. Pues la oración pone en movimiento ese
infinito Poder al cual no teme ella mandar.
Indudablemente que no tenemos demasiado tiempo para orar
y que oramos mal.
Pero tras la lectura de estas páginas consuela pensar en esos
«amigos viejos de Dios» de que hablaba San Juan de la Cruz,
que, diseminados por toda la tierra, tratan de arrancarle la
salvación del mundo como antaño Abraham la de Sodoma:

«-Perdona, Señor, sólo una vez más:


¿Y si se hallasen en Sodoma diez justos?»
Y Yahvé le contestó: «Por los diez no la destruiría».
¡Que puedan llegar a ser cada vez más numerosas esas almas!
Ésa es la oración que dirigimos al Señor, con Robert de
Langeac:
«¡Qué bueno sería, Dios mío, que hubiera en esta hora en el
mundo un mayor número de estas almas robustecidas por Ti
en el bien! Se diría que todo va a hundirse para siempre... La
pobre Humanidad parece un hombre borracho que busca a
tientas su camino. No sabe a quién con fiarse. No sabe sobre
quién apoyarse...
¿Pero quién le abrirá los ojos y le enseñará el camino? ¿Quién
sostendrá sus pasos vacilantes? Tan sólo las almas luminosas y
fuertes, diseminadas en la masa, pueden prestarle ese servicio
y llevarla hasta Ti. Haz, pues, Dios mío, que el número de esas
almas redentoras aumente entre nosotros para que seas
conocido, amado y glorificado y para que el mundo se salve.»

I. EL ESFUERZO DEL ALMA.

LA VIDA INTERIOR.

Nuestra Señora del Monte Carmelo es la Patrona de la vida


interior, la Virgen que nos aparta de la muchedumbre y nos
lleva dulcemente hacia esas cumbres donde el aire es más
puro, el cielo más claro, Dios está más próximo... y en las que
transcurre la vida de intimidad con Dios.

Según San Gregorio el Magno, la vida contemplativa y la vida


eterna no son dos cosas diferentes, sino una sola realidad; una
es la aurora, la otra el mediodía. La vida contemplativa es el
principio de la dicha eterna, su saboreo anticipado. Que la
Reina del cielo nos conceda, pues, la gracia de comprender el
estrecho vínculo que une esas dos vidas para vivir aquí abajo
como si estuviéramos ya en el cielo.
Un alma interior es un alma que ha encontrado a Dios en el
fondo de su corazón y que vive siempre con Él.

Dios está en el fondo del alma, pero está allí escondido. La vida
interior es como una eclosión de Dios en el alma.

Mantengámonos en el centro de nuestra alma, en ese punto


preciso desde el que podemos vigilar todos sus movimientos,
para detenerlos o dirigirlos, según los casos. Vivamos o de Dios
o para Dios, pero repitámonos que no se obra del todo para
Dios sino cuando ya no se hace absolutamente nada para uno
mismo. Se obra entonces porque Dios lo quiere, cuando Él
quiere y como Él quiere, por estar siempre unidos en el fondo
con Aquel de quien uno no es más que un dichoso instrumento.

Dos cosas hacen falta para llegar a la perfección y a la íntima


unión con Dios: tiempo y paz.

Lo que da valor a los actos reflexivos del hombre es la unión a


Dios por la caridad.
Cuanto más profunda es esa intimidad, más valor de eternidad
tienen sus frutos.

Un alma cuya mirada interior, afectuosa y humilde, está


siempre fija en Dios, obtiene de Él cuanto quiere.

Entre un alma recogida, desligada de todo, y Dios, no hay


nada. La unión se realiza por sí misma. Es inmediata.

El tiempo pasa; siempre se ama a Dios demasiado poco y muy


tarde.

¡Qué delicado eres en tus afectos, Dios mío! Tienes en cuenta


lo que de legítimamente personal hay en nosotros, y tratas al
alma que amas como si en el mundo no hubiera otra cosa que
ella y Tú.
Creer es comulgar en la ciencia de Dios: Él ve; nosotros
creemos en su palabra de testigo.

En la fe, Dios habla; por la esperanza, Dios ayuda; en la


caridad, Dios se da, Dios colma.

Elevaos hacia Dios constantemente. Dejad en tierra a la tierra.


Vivid poco con los demás, menos todavía con vosotros mismos,
pero lo más posible, si no en Dios, por lo menos cerca de Él.

Cuando en el fondo de vuestra alma oigáis, dos voces


contradictorias, conviene que escuchéis generalmente a la que
habla más bajo. En todo caso, ésa es la que pide más
sacrificios. ¡Y tiene tanto valor el sufrimiento bien entendido!
Desliga y aproxima a Dios.

EL DESORDEN Y LA LUCHA.

Por un desorden, consecuencia del pecado original, cada


facultad, dice Santo Tomás, busca su bien propio sin ocuparse
del bien común, aunque el conjunto haya de perecer. Sucede
entonces como cuando hay que domar a una manada de fieras.
Que no se consigue sino con el látigo y sin perderlas de vista. Y
si uno carece de dominio sobre sí mismo, sobre todo al
principio, aquello es una jaula de fieras. No bajéis a ella so
pretexto de dominarlas a latigazos. No lo lograríais. Cerrad la
trampa y subid hacia Dios. ¿Cómo lograrlo? Es un secreto, pero
el Espíritu Santo os lo enseñará.

Además, que el Enemigo merodea siempre alrededor de las


almas. Y aquellas que se le escaparon y se esfuerzan en servir
a Dios le son particularmente odiosas. Para turbarías lo intenta
todo. Quiere impedir que den frutos. Y para eso arremete
contra las flores en cuanto éstas brotan. Pues cada flor que cae
antes de tiempo es un fruto perdido para la cosecha. Y cada
buen pensamiento apagado por el miedo, cada buen deseo
sofocado por el temor, son otras tantas flores estériles. El
Demonio lo sabe. Y por eso excita en el alma esos mil
pequeños brotes importunos y turbadores de necia vanidad, de
envidiosa susceptibilidad, de iracunda impaciencia, de
caprichosa avidez que molestan, inquietan, paralizan,
intimidan, y acaban por dividir simultáneamente la atención del
espíritu y la aplicación de la voluntad.

Dios, en cambio, jamás está en la turbación o en la inquietud;


por esos signos reconoceréis, pues, siempre, que aquello no es
de Él.
¡Es tan sutil el Demonio para dañar a las almas de vida
interior!

DESPOJO DE LA IMAGINACIÓN.

Un punto sobre el que hemos de insistir es la educación de la


imaginación.
La imaginación es la zona en que confluyen las facultades
superiores y las inferiores. Adueñarse de ella tiene así la mayor
importancia. Pero no se consigue fácilmente... Paciencia, pues,
y tiempo al tiempo.

No tenemos sobre la imaginación un poder despótico, sino


político. Ganémosla por destreza. Presentémosle imágenes
buenas y santas; dejémosla libre, si es necesario, vigilándola.
Poco a poco, cuando las demás facultades hayan sido ganadas
por Dios, formará al lado de ellas.

La regla general es el Age quod agis de los antiguos. Terminar


con las discusiones inútiles sobre lo que acabamos de hacer,
con las preocupaciones sobre lo que hemos de hacer más
tarde. Lo que hemos de vigilar, regular y dominar es la imagen
que está siempre al final de la acción lo mismo que estuvo en
su origen.
Atengámonos únicamente a la imagen de lo que hacemos, pero
sin precisarla más de cuanto sea menester. Que durante este
tiempo el fondo del alma está unido muy suavemente a Dios.
Insistamos mucho sobre este punto.

Multiplicar las imágenes es aumentar el desasosiego, dividir las


fuerzas de la atención. Durante la acción, no tengamos en la
imaginación más que una imagen; la de la cosa que hagamos.
En la meditación, por otra parte, en lugar de combatir las
distracciones, vale más que nos volvamos hacia Dios y
vayamos derechos a Él por un movimiento vigoroso del alma.

Ocupad vuestro espíritu, pero en paz y con paciencia. No le


deis a moler más que muy buen trigo. Que trabaje lentamente.
Las lecturas inútiles no sirven más que para hacer girar la
imaginación en el vacío. Pero los molinos no están hechos para
girar, sino para moler. La conclusión es fácil de deducir.

Para ver mejor los «armónicos» de una idea principal y sus


ideas afines, debilitad el sonido de aquélla. Y dedos: agrando,
luego exagero.
No escuchéis el rumor que se forma en vuestra alma; eso es,
por lo menos, perder el tiempo. Dejad más bien que la tierra
siga girando. Procurad vivir a la manera de las almas
desasidas. Uníos a Dios por lo más alto del alma. No esperéis a
mañana para concluir vuestros trabajos de construcción.
Hacedlo desde ahora mismo.

Vigilad mucho vuestras fuentes, vuestros puntos de partida,


como se vigila un cruce de agujas o una cimentación. Pues sin
eso, y ayudados por la lógica, podéis construir todo un edificio
sobre la arena, sin punto de apoyo, en el aire. Y ya sabéis lo
que sucede... A menos de que las conclusiones a las que
lleguéis os adviertan por sí mismas que habéis equivocado el
camino...

En el descanso, suprimid despiadadamente todo ensueño


imaginativo en cuanto lo vislumbréis. Dad a Dios la fidelidad de
no ocuparos más que de Él y Él os dará enseguida la Gracia,
para hacer lo que sea preciso y para resolver los problemas
pendientes.

Hay períodos en los que la «rueda de molino» es muy difícil de


parar; es preciso saber soportar esas importunidades de la
imaginación.
No persigáis entonces a Dios, sino volved hacia Él suavemente
las facultades superiores. Es lo más seguro e, incluso, lo más
fácil.
Velar sobre la salud, la moderación en la marcha, en la
escritura, etc., ayuda mucho. Pues en la pobre máquina
humana todo se relaciona.

Importa mucho evitar todo lo que agita, inquieta y turba.


¿Sobre quién descansará mi Espíritu sino sobre el humilde y el
pacífico?
¡Tenemos tanta necesidad del Espíritu Santo!

Acordaos de que la imaginación es tanto más de temer y de


vigilar cuanto que no siempre se equívoca necesariamente.

MORTIFICACIÓN DEL CORAZÓN

Dad vuestro corazón a Jesús cada vez más. No esperéis para


eso a ser perfectos.
No, dádselo ahora. No busquéis voluntariamente ningún
consuelo. Dios, que os conoce y que vela sobre vosotros, os
dará los que necesitéis in tempore oportuno.

Dios no quiere que procuréis el ser amado y el saberlo. Os lo


concederá por añadidura, pero cuando ya no lo deseéis.
Mientras tanto, quiere que lo busquéis a Él sólo, siempre por
todas partes, en todo, especialmente en la humillación.

No busquéis nada sensible; no es sólido. Estamos compuestos


de una parte espiritual y de una parte sensible; pero lo que
sucede en la segunda es de orden absoluta. No debe contar
prácticamente. Dios es espíritu. So1o importa, pues, lo
espiritual. Si lo que le decís nada os dice, no importa.
Continuad, con tal de que Él esté contento.

Más bien es, preciso temer las emociones sensibles en la vid


espiritual, porque son emociones agradables. Se cree uno
virtuoso. Se apega uno a ellas, porque son emociones
agradables. No las pidáis, no las deseéis. No os adhiráis a ellas
nunca. El amor sensible proviene del conocimiento sensible. ¡Si
pudierais comprender la diferencia que hay entre el mismo
amor natural de Jesús y el amor sobrenatural, el verdadero
amor de caridad! Suponed un alma que, sin haber recibido la
Gracia, hubiese amado a Nuestro Señor sobra la tierra
únicamente porque Él era hermoso y bueno... Es algo de orden
absolutamente distinto. Lo sensible debe ser mortificado,
eliminado, para dejar sitio a lo espiritual. Fijaos en San Juan de
la Cruz: no sólo quiere que se renuncie a lo sensible, sino,
incluso, en los afectos espirituales, a la alegría sentida por si
misma. Sobre la tierra, no hay proporción entre nuestro
conocimiento y nuestro amor. Por eso es por lo que se puede
amar más de lo que se conoce. Debe bastarnos con saber que
Dios es Infinitamente amable y que se le ama cumpliendo su
voluntad. El conocimiento sensible es secundario, pero
podemos figurarnos a Nuestro Señor de tal o de cual manera;
depende de las imaginaciones. En cuanto al conocimiento
intelectual, San Juan de la Cruz dice, y es verdad, que no
tenemos sobre Dios más que unas ideas toscas, pero mientras
Dios no nos dé luces infusas, tenemos que servirnos de ellas,
aunque sepamos sobradamente que son toscas. Pues nosotros
no somos espíritus puros.

RENUNCIAMIENTO A LA VOLUNTAD PROPIA.

Nosotros probamos a Dios que le amamos cuando cumplimos


su voluntad desde la mañana a la noche, cuando la cumplimos
bien, cuando la cumplimos con todo nuestro corazón, no sólo
en sus líneas generales, sino en sus más pequeños detalles.
La amistad verdadera consiste en la unión de dos naturalezas y
de dos personas en una sola voluntad.

Caminad con la mirada fija en lo alto. Obedeced sencillamente,


inteligentemente. Y, en lo demás, en cuanto no haya pecado,
haced la voluntad ajena, mejor que la vuestra. Lo que cuesta
más no es la mortificación, es la obediencia, esa cesión de
nuestra voluntad a la voluntad de otro.
¡Bajo qué luz tan distinta veríamos la obediencia, si viéramos
en la voluntad de ese otro la de Dios!

A veces, ante un pequeño sacrificio que hemos de hacer, no


queremos ver la voluntad de Dios, porque si la viéramos,
estaríamos obligados a seguirla. Entonces desviamos nuestras
miradas para no considerar el vínculo que une
indisolublemente la perfección y ese pequeñísimo sacrificio.

Tenemos que reprocharnos todas las noches nuestras


resistencias a la voluntad de Dios por falta de generosidad, por
falta de amor y, sin embargo, un sacrificio frustrado queda
frustrado eternamente… y quizá era el comienzo de una cadena
de gracias que se rompió porque no supimos coger su primer
anillo. La fidelidad en las pequeñeces para con un Dios tan
grande seria para nosotros el comienzo de los máximos
favores. Santa Teresa del Niño Jesús decía que no recordaba
haber negado nada a Dios desde la edad de tres años.

Desconfiad mucho de los razonamientos a los que os sintáis


apegados. No son fruto normal de vuestra inteligencia, sino
más bien de vuestra voluntad. No siempre veis las cosas como
en realidad son, pues hay imponderables atómicos que se os
escapan. Y suplís esta deficiencia con un alarde de voluntad:
"Lo quiero así, pues así lo mando, y si me preguntáis el motivo
os diré que es mi voluntad" (Juvenal).
Es algo que hay que corregir.
No dejéis hacer a Dios lo que podáis hacer vosotros mismos.
Todavía le quedará mucho que hacer.

No puedo actuar fuera de las indicaciones de Dios. Cada vez


que me he mantenido en los límites exactamente trazados por
la Providencia se ha realizado un poco de bien. Cada vez que
he querido traspasarlos, aunque no fuera más que en una tilde
y bajo los mejores pretextos, lo he embrollado todo y el bien
no se ha realizado.

HUMILDAD.

No hallaréis la paz verdadera más que en la humildad.


Despreciaos sinceramente delante de Dios y hacedlo cada vez
más. Intentad al menos hacerlo; veréis los resultados. Si
pudierais llegar a mar (voluntariamente) la humillación y la
contradicción, habríais dado un gran paso hacia Dios. Aceptad
francamente y sin discusión interior o exterior las pequeñas
humillaciones cotidianas. Procuradlo; sólo cuesta el primer
paso. Podría así arraigarse el hábito. Y entonces, ¡qué alegría y
qué paz!
Amar que a uno le humillen y le tengan por nada es una
gracia. Pedidla sin cesar, pero sosegadamente.

En la práctica, reconocer que no tiene uno razón, es perder


poco y ganar mucho.

Aceptad humildemente no gustar a todo el mundo; querer lo


contrario sería querer lo imposible.

Velad sobre vuestra necesidad de criticar y de contradecir a los


demás como para mejor afirmaros ante vuestros propios ojos.
Decid vuestro sentir con sencillez, exactitud, claridad y
brevedad; tened calma luego y orad.
Continuad vuestros esfuerzos, aunque sean infructuosos. Dios
os los pide para poder recompensaros. Permite su fracaso,
aparente o real, para humillaros.
Necesitáis de la humillación como de un freno. Cuanto más
doloroso sea, os es más necesario. Pues nada nos esconde
como la humillación. Y nada nos humilla como nuestros
defectos.

Amad vuestros defectos. Os humillan y os proporcionan la


materia prima de vuestros esfuerzos. Pero corregidlos también.
Acordaos del proverbio: «Quien bien ama, bien castiga». Y no
traduzcáis «bien» por «mucho». Dejad a esa palabra todo su
sentido de mesura, prudencia y firmeza, pero no de dureza.
Consideradlos como una mina inagotable de méritos y de
humillaciones. En este sentido lamentaría que no tuvierais
defectos.

Si alguien nos juzgara tal y como nos conocemos, nos haría


sufrir mucho. Y todavía más si nos dijera su fallo. Pues nada
nos duele tanto, aunque reconozcamos ser unos miserables,
como una simple mirada del prójimo cuando éste nos juzga
con nuestra propia medida y, por consiguiente, nos desprecia.
Nuestro fondo de orgullo nos hace sentirla como un hierro
candente, como una quemadura que consume.
Hay almas que no pueden sobrevivir al golpe de haber
cometido una falta y al menosprecio que ésta trae consigo.
¡Qué hábiles somos para responder a los reproches y cuántas
precauciones tomamos para evitar la más pequeña
humillación! Pero nada es tan contrario a la paz como esto. ¿Se
tiene paz cuando no se puede tolerar la menor falta de
consideraciones? Jamás podrá Dios conceder sus gracias a un
alma que siga preocupada con estas opiniones humanas que
tan inexactas son a menudo; eso es buscar un bien que Dios
se reservó. Y es a Dios a quien hemos de procurar agradar
para que nos mire cada día más favorablemente en lugar de
ingeniarnos para que los demás tengan siempre buena opinión
de nosotros, haciendo valer para ello no sólo nuestros dones
naturales, sino, incluso,
las gracias sobrenaturales. Ahora bien, la vanidad espiritual es
la peor de todas y prueba con un signo cierto que esas gracias
no vienen de Dios o que Él ya no las concederá. Porque así es
imposible entrar en su Reino.

Se trata, pues, de practicar la humildad en la medida en que


exista realmente en el alma, a fin de practicarla, de
desarrollarla, de arraigaría y de hacerla progresar. Lo que
hemos de encontrar es la fórmula sencilla que traduzca el
hecho y de la cual salga a la vez la humillación. Si, por
ejemplo, rompéis un vaso en la mesa, en vez de decir: «Qué
torpe soy; siempre hago lo mismo», o «El vaso se me deslizó
de entre las manos y se ha roto», etc., decid sencillamente:
«He roto un vaso», en tono humilde, con el sincero deseo de
no disminuir u ocultar vuestra torpeza. E incluso, en ciertos
casos, no digáis nada, pero que vuestro silencio traduzca las
verdaderas disposiciones de vuestra alma.

No os esforcéis demasiado por hacer que broten en vosotros


sentimientos de humildad, pero «ejercitaos» tal como hemos
dicho, a menos de que por «sentimientos» entendáis, no
gustos sensibles, sino disposiciones del alma, actitudes
espirituales.

¡Oh, qué dispuestos estaríamos a recibir las gracias de Dios si


tuviéramos un juicio recto y exacto sobre nosotros mismos;
sobre nuestras verdaderas cualidades, reconociéndolas sin
exagerarlas y refiriéndolas a Dios; y sobre nuestros verdaderos
defectos y nuestras miserias, sin exagerarlas tampoco, sino
viéndolas a la luz de Dios! El orgullo sería entonces imposible.
Los Santos vivían bajo esta luz. Pequeñas faltas que nosotros
consideramos como naderías les parecían enormes a causa de
su altísima idea de la santidad de Dios y de su horror profundo
por la menor imperfección. Y como estaban iluminados de una
manera extraordinaria, la humildad de abyección les confundía
cuando contemplaban su miseria y les hacía pronunciar sobre
sí mismos unos juicios que nos asombran.
MANSEDUMBRE.

La mansedumbre es una de las virtudes morales más


importantes para la vida contemplativa. Para que podamos
dedicarnos a contemplar, nos hace falta paz interior y exterior.
La mansedumbre sosiega la agitación de nuestra alma, nos
permite conservar esa valiosísima paz interna y externa;
facilita la oración, conversación familiar e íntima con Dios;
gracias a ella podemos escuchar la voz de Dios y seguirla.

Hay en nosotros un poder irritativo y de reacción que nos


permite luchar contra el obstáculo, contrarrestar un mal
presente. Es bueno y licito en sí; sin él, no seríamos capaces
de vibrar, nuestra alma se asemejaría a una tela ajada, inerte,
y no podríamos reaccionar sensiblemente contra ningún mal, ni
siquiera contra el pecado.

Pero este apetito que en sí mismo no es malo, fácilmente se


transforma en desordenado y reprensible cuando se enfada
uno por cosas que no lo merecen y por razones que no son
buenas. Nace entonces en el alma un deseo de venganza.
Cuando se nos contraría o hiere, padecemos, y porque
padecemos guardamos en el fondo del corazón el secreto
deseo de hacer lo mismo cuando nos llegue la vez.
Conviene así tener mucho cuidado, pues eso es lo peor que
hay en la cólera, y no como contrario a la caridad para con el
prójimo, a quien debemos querer bien, sino por serlo también
muchas veces a la justicia. El terreno es resbaladizo; pues ese
deseo de venganza plenamente consentido, salvo en el caso de
parvedad de materia, podría convertirse en pecado mortal. En
un alma piadosa ese sordo deseo de venganza no es
plenamente consentido, pero es inquietante desde un principio:
y como una corriente profunda y semiinconsciente puede
inspirar toda nuestra actividad sin que nos percatemos de ello.
De ahí esos alfilerazos, esas burlas, esas amables ocurrencias
que tienen al final su gotita de amargura ¡Y con qué destreza
se capta el momento favorable para herir, morder o pinchar!
Pero no es bueno es esencialmente contrario a la virtud de
mansedumbre y a la intimidad con Dios en sí mismo. Jamás un
alma que guarda ese sentimiento -y ni siquiera hablo de un
gran deseo de venganza, sino de ese deseo que está como
escondido y que ni aún a sí mismo quiere uno confesarse-,
jamás esa alma logrará la paz. Es ése un malestar espiritual
muy doloroso y que
impide la plena tranquilidad y el sosiego necesario para
contemplar a Dios.

La segunda y más corriente forma de los defectos opuestos a


la virtud de la mansedumbre es la impaciencia, el mal humor.
Cuando nuestro juicio es contrario sentimos irritación,
descontento, rabieta. Parece que nos arrancan algo de
nosotros
mismos, de nuestra alma: una preferencia, un gusto por una
cosa secundaria que nos agradaba, una determinación que
habíamos tomado ya..., sentimos la necesidad de demostrarlo
por una manifestación exterior, y de ahí los encogimientos de
hombros, la réplica viva, altiva, la mirada torva.

Entonces es cuando debe intervenir la virtud de la


mansedumbre para paralizar el apetito irascible y para
reaccionar como una fuerza contra otra fuerza, para impedir
que salga al exterior lo que llevamos dentro de nosotros.
Tenemos que callamos. Ni una palabra. Ni siquiera una de esas
frases que nos parecen tan oportunas, tan justas. No os
expliquéis. Callaos. Si podéis hacerlo, hablad en un tono
absolutamente moderado, totalmente amable. Pero si no sois
capaces, callaos para sofocar, detener, comprimir esa erupción
volcánica de la cual no sois dueños.

Para poder entregarnos a Dios en la vida contemplativa,


tenemos que poseernos a nosotros mismos. Un alma que no
haya sabido disciplinarse no podrá lograr la paz.
Se tienen más o menos dificultades, según los temperamentos,
pero es preciso que los movimientos tumultuosos sean
dominados por largos y pacientes esfuerzos. De lo contrario,
siempre está uno ocupado en enfadarse o en haberse
enfadado.
Siempre está uno dedicado a rumiar en su mente las cosas
dichas, por decir o que hubieran podido decirse, y la pobre
alma no logrará salir de ahí. Es una madeja que no puede
devanarse; apenas acabada, vuelve a empezar. Resulta
imposible ocuparse de Dios durante ese tiempo. Todo el lapso
de la oración transcurrirá en esta discusión interior con el que
nos hirió. Y es una pena muy grande perder la propia oración.
Al final, nos diremos: «¿En qué he estado pensando? He sido
desdichado, he sufrido y no he orado porque no he sabido
dominar esta pasión,
esta corriente subterránea que se lo ha llevado todo.»

AMOR A LA CRUZ.

¿No era preciso que Cristo padeciera y entrase en su gloria?


(Lucas 24, 26.)

Si pudiéramos comprender de un modo práctico el valor del


sufrimiento, no ya considerado en sí mismo, sino aceptado por
amor, y en unión con Nuestro Señor habríamos comprendido
casi todo el misterio del cristianismo. El sufrimiento es
necesario para nosotros, pobres criaturas a quienes trastornó
tan profundamente el pecado original y que aún aumentamos
ese desorden con nuestro pecado. Posee el maravilloso secreto
de purificamos devolviendo nuestras facultades a su primitiva
pureza mediante un doloroso proceso. Nuestra vida es como
un tapiz mal y largamente entretejido que es preciso deshacer
y rehacer por completo; como una masa de arcilla que hubiera
tomado toda clase de formas, todas las cuales dejaron en ella
algo de sí mismas y cuyas huellas han de borrarse ahora una
tras otra. Es ésta una refundición que ha de realizarse por el
fuego de la penitencia, del arrepentimiento, dolorosa detestatio
peccati, por la dolorosa detestación del pecado cometido.
Al mismo tiempo, el sufrimiento nos fortalece cuando es con
amor. No es posible que este trabajo se haga sin una poderosa
reacción de nuestra voluntad. Todas nuestras facultades se
encabritan contra el aguijón, pero no queremos qua a él
escapen y su acción torna a nuestra voluntad fuerte, ágil, dócil
y humilde en las manos de la Voluntad divina, ordenadora de
todo, y le devuelve algo del vigor de aquel don de integridad
que el primer hombre perdió al mismo tiempo que la Gracia.

Hay que realizar un esfuerzo para permanecer sobre el yunque


mientras llueven los golpes; para no apartarse de la Cruz:
Christo vonfixus sun cruci. Es preciso resistir largas horas
clavado en situación de víctima tanto tiempo como Dios quiera.
Pues Dios no es como los cirujanos terrenales que
insensibilizan a sus enfermos. Él, por el contrario, no nos
duerme, sino que a menudo hace más aguda y más dolorosa
esa penetración del sufrimiento en lo íntimo de nuestro
corazón hasta sus últimas fibras.

No puede adormecemos. No conviene. Jesús no estuvo


aletargado en la Cruz. E incluso, por un acto libre de su
voluntad humana, en perfecta armonía con la voluntad divina,
no quiso que los goces de la visión beatífica repercutiesen en
sus facultades sensibles. A este respecto, su alma contenía
como dos mundos casi cerrados entre sí. Toda su alma padecía
y toda ella era dichosa. Jesús sufrió con toda su alma, fue así
el Varón de dolores, y, sin embargo, jamás perdió la visión
beatífica.
¡Qué misterio y qué realidad está de gozarse al mismo tiempo
en sus propios sufrimientos y en sus humillaciones!… Y así
sucede a todas las almas que Jesús llama a su intimidad,
empezando por su Santísima Madre Nuestra Señora de los
Dolores. ¿Qué alma ha gozado más de la intimidad de Dios que
nuestra dulcísima Madre? ¿Y qué alma ha sufrido más?
¡Cuánto sufrió, Ella, que era tan pura! Y todos los Santos...
Esta gracia de alegría sólo la gozan quienes beben el cáliz
hasta las heces. Si no se ponen en él más que los labios, no se
encuentra en él más que amargura. Pero si se tiene el valor de
ir hasta el fin; si quiere se muera en el camino, como decía
Santa Teresa, se llega a la intimidad de Dios y se rebosa de
alegría.

Sin duda que algunas veces nos hemos sentido iluminados


sobre el sufrimiento, pero cuando nos encontramos frente a un
dolor amargo, repugnante, al cual querríamos escapar a
cualquier precio, necesitamos de todo nuestro espíritu de fe
para mantenemos allí sin chistar, como Jesús, con Jesús y por
Jesús.

¿Creéis que se ama, mientras no se ha sufrido?... Podríamos


soportar razonablemente muchos sufrimientos, pero los
evitamos por cobardía, pues nuestra naturaleza tiene un
ingenio extraordinario para encontrar razones que no lo son, a
fin de engañarse a sí misma y de pasar a su lado.

PACIENCIA

Puesto que la paciencia es una gran virtud de los educadores y


puesto que nosotros somos en gran parte nuestros propios
educadores, mantened en paz vuestra alma lo más posible. La
agitación. el desasosiego y la inquietud nada bueno producen.
Tenemos que evitarlos. La paz interior es el primero de los
bienes. Sin ella, los demás llegan a ser casi inútiles. Da pacem
Domine, Pace vobis.

Indudablemente, la paciencia es una virtud que no hemos


encontrado en nuestra cuna. ¿Qué hacer, pues? Pedírsela a
Dios. Él nos la dará, quizá gota a gota, pero nos la dará. Eso
basta. Cuando la prueba se prolonga, la cruz nos pesa mucho.
Querríamos que nos la quitasen. En el fondo, sin embargo, si
Dios nos escuchase, no hay duda de que la añoraríamos luego,
La máxima de San Francisco de Sales:
«No pedir nada, no negar nada», volvería a nuestra memoria.
Lo que hemos de hacer es orar para obtener cuando menos la
gracia de la paciencia: es vivir día por día, momento por
momento, sin añadir al sufrimiento del instante los
sufrimientos
del pasado y los sufrimientos del porvenir. Nuestra pobre alma
no puede soportar tanto a la vez. Apiadémonos de ella.

Si vuestra paz está un poco alterada, haced lo que dependa de


vosotros para restablecerla, pero suavemente, no a viva
fuerza. Empezad por ahí. No habléis, no, no actuéis, salvo en
caso de urgencia, mientras no esté todo dentro de vosotros en
perfecto orden. Ése era el método de San Vicente de Paúl. Os
encontraréis así muy bien.

LA FE.

Agradar a Dios lo es todo para nosotros. Aun cuando


tuviéramos todas las riquezas del mundo, aun cuando
fuéramos admirados de todos, si nosotros no agradábamos a
Dios, todos esos honores y todas esas admiraciones nada
valdrían. Pero si Él está
contento de nosotros, si gusta de venir a visitarnos, para
descansar en nuestro corazón, si se complace en nosotros...,
¡oh!, entonces, todo está ganado, y las cosas de este mundo, a
su vez, ya nada valen.

Nuestra mayor sabiduría debería ser, pues, la de procurar


agradar a Dios en todo, siempre, por todas partes, cada vez
más, de tal modo que fuera cautivado por el encanto de
nuestra alma. ¿Cómo lo haremos? San Pablo nos lo dice, o al
menos nos indica uno de los medios indispensables: «Sin la fe
es imposible agradar a Dios».

Cuando queremos emprender la conquista de Dios, tenemos


que empezar por ahí. La fe es la adhesión firme de nuestra
mente a la palabra de Dios. Por la fe sometemos nuestra
mente, nuestro corazón, nuestra voluntad. Proclamamos que
Dios es la Verdad misma, que es verídico e infalible, y eso le
agrada. Le honramos.
Un maestro se alegra de que sus discípulos le crean, incluso
cuando no entienden lo que dice. Un padre se siente contento
de que sus hijos tengan confianza en él.
¡Y qué enriquecimiento para nuestra inteligencia, qué
comunión en la verdadera Ciencia de Dios! ¡Él ve, nosotros
creemos!
Si un alma verdaderamente iluminada por la fe descansa en
todo en los brazos de su Padre, y ve la Voluntad de Dios en
cada uno de los pequeños deberes del momento presente,
¿cómo no ha de agradar a Dios? Durante todo el día está como
al acecho para descubrirlo en las mil naderías, en los mil
detalles que componen su vida. Supongamos que esta alma
vaya directamente a Dios escondido bajo la especie del
pequeño deber presente. Su mirada no se detiene en la
envoltura de las criaturas, sino que va a la Mano que sostiene
todo, que gobierna todo con suavidad
y firmeza; para ella, el mundo no es más que una especie de
transparente, y comulga cada instante en la voluntad de Dios.
¿Cómo no ha de agradar a Dios esta alma?

Pongamos otro ejemplo. La fe nos dice que toda alma en


estado de gracia posee a la Santísima Trinidad en el fondo de
su corazón. Pues aquí tenemos un alma que vive de la fe. Si se
pone en oración, irá directa a ese santuario interior en donde
Dios se esconde y se da, a la Santísima Trinidad que mora en
ella. Adorará, alabará, amará, escuchará a su Dios, le hablará;
tratará, por descontado que, a su medida, de comulgar en esta
vida divina, de decir el Verbo con el Padre, de exhalar el
Espíritu de Amor que procede del Padre y del Hijo, y de volver
al Padre y al Hijo con ese mismo divino Espíritu. Se olvidará de
sí misma, olvidará el mundo y, liberada de las criaturas, se
complacerá en esta sociedad, gustará de vivir en ella, y no
saldrá de ella sino con pena, algunas veces sin haber
experimentado nada, pero lo más a menudo iluminada,
reanimada, fortificada. Habrá sabido agradar a Dios.
¡Qué incomparable fuerza es para nuestra voluntad saber que
el más pequeño de nuestros sufrimientos, que la más pequeña
de nuestras oraciones no puede perderse! Ved la diferencia
entre un alma de fe mediocre y otra que cree en el valor del
silencio, en el poder del recogimiento, en la posibilidad de la
unión íntima con Dios, en un gran secreto, sin pretensiones,
sin orgullo. En el primer caso, nos arrastramos; en el segundo,
volamos y nuestra alma llega a ser cada vez más agradable a
Dios, porque lo que le agrada no es nosotros escuchemos su
mandato sino que lo cumplamos. Si queremos agradar a Dios,
seamos almas de fe, de fe sencilla que nos penetre por entero.
Juzguemos los acontecimientos a la luz de la fe, lo mismo que
las pruebas y que las alegrías. Toda flojedad en la vida
espiritual viene de la falta de espíritu de fe. Cuando se siente
desaliento, cuando se encuentra uno menos recogido, menos
mortificado, menos generoso al servicio de Dios, es que el
espíritu de fe se ha debilitado. Recobrémoslo desde la base.
Perfeccionemos nuestro espíritu de fe. En lugar de dejamos
conducir por la pura razón y algunas veces por la sensibilidad,
rectifiquemos por la fe las impresiones de nuestra sensibilidad.
Cuando esa luz que hiere con sus rayos las últimas fibras de
nuestro corazón nos haya hecho alcanzar la transformación
completa, habrá llegado el triunfo de la fe. La fe inspirada por
la caridad nos modela a imagen y semejanza de Jesús, hasta el
punto de que Dios cree ver en nosotros a su Hijo.

LA ESPERANZA QUE ENGENDRA EL ABANDONO.

¿Cómo no íbamos a tener en el fondo del corazón una


esperanza invencible? Todo el poder de Dios está puesto a
nuestro servicio para conquistarlo a Él mismo.

Cuantos menos derechos tengo, más espero. No merezco


nada, por eso lo espero todo. Porque Tú, Dios mío, eres bueno.
Nuestra verdadera dicha está escondida en lo que Dios nos da
que hacer o que sufrir en el momento actual; buscarla en otra
parte es condenarse a no encontrarla nunca.
Lo que dios quiere de nosotros es el abandono filial y lleno de
confianza. Apartad de vuestro espíritu toda preocupación por el
presente y por el porvenir, y, por tanto, todo lo que pueda
impedirle ocuparse de Dios actualmente. No toméis las cosas
por
lo trágico; basta con que las toméis muy en serio. De
ordinario, no son tan negras ni tan blancas como parecen.
Poned mesura en todo. Pensad que la Providencia conduce
todo suaviter et fortiter, apoyándose unas veces en la primera
palabra y otras en la segunda. Haced como Ella; no tenemos
mejor modelo.

En cuanto a vosotros, tomad las cosas en el punto en que


están sin volveos atrás.
Dejad el pasado al pasado. Id derechos al deber presente.

Repetíos sin cesar la frase de San Pablo:

«Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le
aman. Amad, pues, a Dios, o al menos tened un sincero deseo
de amarlo; eso basta. Conservad la paz.

Nada podemos más que bajo la dependencia de Dios. Nuestra


dicha y nuestra grandeza consisten en tenerlo todo de Él. Yo le
digo a menudo mi alegría de no tener ningún derecho sobre Él,
pues si lo tuviera, no le debería tanto a su misericordia. Me
encanta pensar que no me debe nada. Si yo tuviera algún
derecho, no podría ser tan audaz, no estaría tranquilo.

Nuestro Señor os dará su amor, pero quizá no de la manera


que os imagináis. Es mucho más sencillo. No esperéis nada
sensible... Os transformará, pero poco a poco. No os
preocupéis en absoluto de las pruebas del porvenir. Vivid al
día. Hallad vuestra dicha en lo que tengáis que hacer o que
soportar hoy. Verdaderamente que ahí está, aunque no la
paladeéis.

No os preocupéis de la cantidad de sufrimientos que Dios haya


de enviaros. No serán más que sufrimientos. Haced los
sacrificios que se presenten hoy, lo mismo mañana y así
sucesivamente.
No queráis la perfección de un solo golpe. No es ésa la manera
habitual de proceder de Dios. Lucha lenta, paciente,
progresiva. Esos esfuerzos darán sus frutos como prueba de
amor para con Nuestro Señor. Los darán poco a poco,
paulatinamente.
No os desaniméis ante la inmensidad del trabajo. No se trabaja
bien cuando se agita uno so pretexto de que hay mucho que
hacer.

EL AMOR.

Pedid a Santa Teresa del Niño Jesús el amor sencillo, confiado,


generoso y que sonríe a Dios. Es su gracia particular.
¡Qué espíritu de sacrificio y qué amor sin consuelo sensible los
suyos! Rogadle que os enseñe a amar a Dios confiados y en
total abandono a su dulce Voluntad de Padre.

San Francisco de Sales dice que para aprender a amar a Dios


no hay más treta que la de amarlo. Y en espera de amarlo hay
que hacer «como si».

Yo te quiero, Dios mío, pero no lo bastante. Tu amor es celoso,


quiere el corazón entero. Para que el mío fuese todo tuyo,
haría falta que todos sus movimientos, todos sus impulsos
incluso los primeros, no tuviesen otro principio ni otro término
que Tú. Mi poder de amar, no sólo como espíritu, sino hasta
como ser sensible, debería estar orientado únicamente hacia
Ti. En una palabra, sería preciso que el encanto de tu infinita
Belleza ejerciese sobre mi corazón un dominio absoluto.
¿Cuándo llegará el momento, Dios mío, de que todo mi ser
esté sometido al régimen de tu amor?

El amor del alma interior es un amor fiel. Su corazón pertenece


sólo a Dios y para siempre. Dios ruede esconderse, incluso
puede parecer que la desdeña, que la desprecia, que la
rechaza, pero no por eso deja ella de amarlo. Porque Él sigue
siendo Dios y su Dios. Él es siempre digno de todo afecto y de
todo amor. Y eso le basta. Tal vez el alma sienta que el aguijón
de una misteriosa inquietud la penetra hasta lo más íntimo:
«¿Me ama mi Dios?» Pero no espera la respuesta Pues
cualesquiera que sean las disposiciones de su Dios para ella,
sabe que debe amarlo, amarlo siempre, amarlo cada día más.
Y eso sigue bastándole. Ama, pues, y más que nunca. Lo que
mejor señala la fidelidad de tu Esposa, ¡oh Dios mío!, es la
perfecta serenidad con la que permanece allí donde la pusiste y
en el estado interior en que quieres que esté. Sabe que Tú la
quieres así; y no le hace falta nada más. Seguirá estando
donde está todo el tiempo que te plazca. Como la paloma, no
se mueve; espera. Y en esta solitaria espera canta su dulce
cantar. Cantar que siempre es el mismo. Unas pocas palabras,
unas pocas notas; eso es todo. ¡Pero cómo agrada a tu
Corazón ese cántico de amor que nunca termina! Sea cual sea
la estación, haga el tiempo que haga, fuera o dentro, nada lo
interrumpe:
«Te amo, Dios mío... ¡Tú eres el Dios de mi Corazón! Mi Dios y
mi Todo...»

MORAD EN CRISTO.

Morad en Mi.

Morad en Mí por el recuerdo y por la mirada de vuestra alma.


Vivid en Mí.
Alimentaos de Mí. Procurad conocerme, no sólo desde fuera,
sino desde dentro.
Leed hasta el fondo de mi Corazón. No os canséis de esta
tarea. Que ella sea vuestro único negocio, la ocupación total de
vuestra vida. Persistid en ella como fuente de toda luz, de toda
energía, de toda alegría. Uníos fuertemente a Mí por el amor.

Seréis así firmes y fuertes con mi firmeza y con mi fuerza.


Nada podrá turbaros o agitaros, sino superficialmente y, sobre
todo, nada podrá separarnos, salvo el pecado. Y cuando éste
os amenace, apretaos más cerca de Mi con un amor más
generoso y más ardiente. Y lejos de perjudicaros, esa prueba
no habrá hecho más que fortalecer nuestra unión.

Y Yo en vosotros.

- ¿Cómo moras Tú en nosotros, Jesús?

-Yo estoy en vosotros como un amigo en casa de su amigo,


como un huésped en casa de su huésped. Me he adueñado de
vuestro corazón. He arrojado de él todo afecto rival del mío. Es
mío; es para Mí por quien no cesa de latir. Soy Yo quien lo
mueve. Soy el peso que lo arrastra, la fuerza que lo acciona, la
luz que lo dirige y le indico el camino por el que debe avanzar.
Lo he transformado espiritualmente en mi propio Corazón. Ama
lo que Yo amo. Rechaza lo que Yo rechazo. Quiere lo que Yo
quiero. Es como mi propio Corazón, y lo es un poco más y un
poco mejor cada día. Estoy, pues, dentro de vosotros en lo
más íntimo de vosotros mismos. En un cierto y muy verdadero
sentido, aún soy Yo más vosotros que vosotros mismos por ese
amor que os ha transformado en Mí. Mi apóstol dirá: «Vivo jam
non ego...» Es eso exactamente, o también: «Qui adhaeret
Domino, unus spiritus est...», un solo espíritu; por
consiguiente, un solo corazón, y, si queréis, para siempre.

BAJO LA MIRADA DE DIOS.

Tu mirada, Dios mío, no es sólo agradable, es benéfica. No nos


encuentra amables, nos hace amables. Mirar con amor y crear
y enriquecer al ser que creaste es una misma cosa para Ti,
Dios mío. Que tus miradas se dignen volverse hacia mi alma y
posarse dulcemente sobre ella... Nada es tan grato para mí
como saber que estoy así siempre bajo tus ojos. Me parece que
debo mantenerme en el más profundo respeto y en la más
humilde modestia. Pero también, ¡qué luz no encontraré yo en
tu mirada! Ilumina mi camino. Me enseña el verdadero valor
de las cosas y me hace ver si son para mí obstáculos o medios.
Y, a mi vez, me permite iluminar a los demás. Sin ella ya no
sería más que tinieblas.
¡Oh mirada de mi Dios, querría fijarte en mi para siempre!

Tu mirada, ¡oh Dios mío!, no es una mirada exterior al alma;


es interior, íntima. El alma tiene la impresión de ser penetrada
por ella como desde dentro y hasta el fondo. Esto es certísimo.
Esa mirada eres Tú mismo, Dios mío, que vives en el alma y
que la iluminas a un mismo tiempo sobre Ti, sobre ella y sobre
todas las cosas. El alma tiene conciencia de esa iluminación
interior. Se parece a un cristal purísimo que, expuesto
directamente al sol, fuese atravesado por sus rayos luminosos,
y que lo supiera. Pero ésa es una comparación muy débil.
Porque el alma es espíritu. Y Dios es espíritu. Y nada puede dar
una idea exacta de lo que sucede en el orden de la luz, cuando
Dios invade el alma y la llena de sí mismo. ¡Él, que es la
Verdad!
¡Dichosa el alma sin defecto y sin mancha a quien los rayos
divinos puedan iluminar plenamente! ¡Es tan dulce ver así a
Dios en sí mismo!... Es ya un poco de cielo.

A LA SOMBRA DE LA EUCARISTÍA.

El alma interior, dichosísima por ser amada tan profundamente


por Cristo Jesús, quiere testimoniarle a su vez el afecto que le
profesa. Sabe que ahora Él habita en el Tabernáculo. Y,
atormentada de amor, se retira allí cada noche para adorar,
alabar, gemir, sufrir, orar y amar, muy cerca de Él, en el
silencio del corazón.
El alma interior entra en sí misma, cierra la puerta del
santuario y se queda completamente sola con Dios... Quedan
verdaderamente cara a cara, quedan, sobre todo, en una
divina presencia de corazones. Al alma le parece, y es verdad,
que ya
no tiene que hacer sino una sola cosa: amar. Y ama horas
enteras, sin cansarse. Si pudiera, se quedaría allí siempre, para
amar siempre.

Mientras el alma interior dialoga con Jesús, al pie del


Tabernáculo, vuelve a su mente el recuerdo de sus actos del
día. Se pregunta si todo ha estado bien.
Vislumbra los defectos que se le escaparon en el momento de
la acción. No dijo bien aquella palabra, no hizo bien tal gestión,
no aceptó de primera intención y con alegría aquel sufrimiento
o aquella contradicción. Se ve entonces carente de gracia ante
los ojos de su Amado Salvador. Lleva algunas manchitas en las
manos y en el rostro. Y ello le duele, sobre todo por Él, que
merecía ser mejor amado y mejor servido. Unas lágrimas de
pesar le suben desde el corazón hasta los ojos.
Comprende que para reparar es menester amar mucho más. Y
bajo el aguijón del dolor, su amor por Jesús se aviva, es más
fuerte y más ardiente que nunca; su llama es purificadora. Y
así como el fuego hace desaparecer las menores huellas de
orín, el ardor de la caridad borra también hasta las más
mínimas imperfecciones. El alma interior no ignora este
proceso y se alegra de él. Pues siente entonces que la paz
perfecta vuelve otra vez a asentarse en el fondo de sí misma.

¿Qué hay de más dulce para el alma interior que la sombra de


Jesús-Hostia? Es allí donde desea sentarse la Esposa, y donde,
por otra parte, la espera Él. Hay una sombra espiritual de la
Custodia, como también la hay del Tabernáculo. No todos la
ven ni todos se ocultan en ella. Pero quienes saben acogerse a
ella, descansan allí embelesados. Pues en silencio y en paz se
alimentan con un fruto dulcísimo; comen un pan sustancial, él
mismo Cristo Jesús. Y poco a poco ellos mismos se mudan en
ese Divino alimento. Son metamorfoseados y se transforman
en Jesús. Sus apariencias siguen siendo las mismas o casi las
mismas, pero lo que en ellos hay de más íntimo y de más
profundo se convierte en algo muy distinto. Es Él quien piensa,
habla y obra por ellos; es Él quien vive por ellos. ¿Puede haber
nada más dulce para el alma que verse así transformada en su
Salvador gracias a la sombra de la Hostia?

MARÍA, NUESTRA MADRE.

María es, verdaderamente, nuestra Madre. Nos da la vida, la


protege y la defiende.
Su papel maternal consiste especialmente en hacer nacer en
nosotros a Jesús. No puede darlo a quien no está preparado,
pero Ella misma hace precisamente esta preparación. La
donación exterior del Niño Jesús, que tan a menudo ha sido
hecha en favor de los Santos, no es más que un símbolo de
esta donación real. De no ser así, ¿para qué hubiera servido
este gesto, por dulce que fuera, si se hubiese mantenido
puramente exterior?

Considerar a la Santísima Virgen como a nuestra Madre, como


la de cada uno de nosotros en particular. Habladle como a una
persona viva. En ese grado de intimidad puede haber infinitos
matices, como los que hallamos en los Santos; podemos
pertenecerle por diversos títulos.

María es vuestra Madre. Haced todas vuestras acciones por su


gracia, en su amable compañía y bajo su dulce influencia.
Pensad en Ella al comienzo y renunciad a vuestras maneras de
ver y de querer para adoptar las suyas. Intentadlo.
Perseverad. Pedidle que os conceda a Jesús y que dé a Jesús
vuestras almas.

Es práctica excelente la de ofrecer los sentimientos íntimos de


Nuestro Señor y de la Santísima Virgen sin detallarlos, puesto
que no los conocemos.
En los momentos de cansancio, descansad sencillamente junto
a vuestra Madre Celestial. Vivid bajo la mirada del Divino
Maestro y de su Santísima Madre. Tened confianza en su afecto
por vosotros; gustad de decírselo a menudo.

Es menester que nuestro corazón, que necesita ser fuerte, siga


siendo dulce. Sed a un tiempo dulces y fuertes: no se pueden
dosificar matemáticamente fuerza y dulzura, ternura y firmeza.
Eso es todo un arte. La Santísima Virgen lo poseía.
Ella sabía que el amor se prueba por el sacrificio, por las obras,
y que la mejor prueba de amor que podemos dar a Dios y a las
almas es nuestra propia inmolación.

Podemos ganarlo todo desarrollando nuestra devoción a María


¡Qué hermoso modelo y qué buena Madre! No se sintió ligada a
nada en este mundo. Estuvo totalmente transformada en Jesús
y por Jesús, que le comunicó sus virtudes y su vida.

Y esta vida fue una vida totalmente escondida en Dios. Ella no


vio más que a Él, no quiso más que a Él. Su alma lo aspiraba y
lo respiraba a cada instante. En el fondo, no constituía más
que un solo ser con Él. Qui adhaeret Domino, unus spiritus est.
Dios vivía en Ella. Ella vivía en Él. Todo eso fue verdad. Pero
todo eso estuvo oculto.

HALLAR A CRISTO EN SUS MANOS.

Hay Santos sobre la tierra, incluso en nuestros días, y Tú vives


en ellos, ¡oh Jesús!

Sus ojos son como tus ojos; su mirada como tu mirada; su


corazón, como tu Corazón. Es bueno encontrarse sobre el
propio camino a otro que es como Tú mismo. Se siente uno
feliz con sólo verlo y con sólo hallarse cerca de Él. ¡Pero qué
decir de su intimidad! Habla poco. Escucha con gusto. Sobre
todo, ama mucho.
Comprendemos, sentimos que es así. En su compañía
experimentamos la necesidad de callarnos, de recogernos y de
hacer oración. No atrae hacia él sino hacia Ti. Está allí, y casi le
olvidamos, como él se olvida de sí mismo. No sólo hace pensar
en Ti, sino que acerca a Ti, une a Ti. Ésa es su gracia. Parece
que una virtud misteriosa se escapa de su corazón, se apodera
del nuestro y lo arrastra hasta tu Divino Corazón. Empezamos
a comprender lo que es amarte y qué dulce es hacerlo en
comunión con los Santos. Lo que causa también el encanto de
la mirada de los que te aman es su pureza y su arrebatadora
sencillez. Es clara, límpida, luminosa.
Como no viene de la carne, la ignora. No sólo no la mira, sino
que no la ve. Nos percatamos de ello, y si verdaderamente
tendemos a la perfección, nos alegramos.
Esa. mirada hace bien. Se diría que comunica algo de su
pureza. Se siente uno elevado, ennoblecido, liberado y como
espiritualizado. De pronto se nos abren unos horizontes
desconocidos. ¡Cómo transforma todo el amor de Dios! ¡Oh!
Ese amor, ¿quién nos lo dará? ¿Quién nos devolverá esa
verdadera libertad? ¡Con qué ardor la esperamos de tu bondad,
Dios mío!

EL ESPÍRITU DE ORACIÓN.

La oración es, según la definición de Santa Teresa, un íntimo


comercio de amistad en el que el alma dialoga a solas con su
Dios y no se cansa de expresar su amor a Aquel de quien sabe
que es amada.

A solas con nuestro Dios. decirle que le amamos: eso es la


oración. De ahí deriva esa clara visión de la inteligencia, que
nada vale sin espíritu de oración, esa inclinación constante de
toda alma, corazón, inteligencia y voluntad, a dialogar con
Dios.

Dios es poco conocido. Pero todavía es menos amado. En esta


íntima conversación es cuando el corazón adquiere un afecto
sólido y profundo hacia Él, un afecto que crece sin cesar. Toda
vuestra ocupación ha de ser así, la de encontraros a solas con
Él.

Todo debe de hablaros de Él, el grano de arena que pisáis, el


arroyo que fluye, la flor que se abre bajo vuestra mirada, el
pájaro que trina, la estrella que brilla en el firmamento por la
noche, un sufrimiento, una alegría, una orden. Todo debe de
haceros pensar en Él, encaminaros hacia Él. Debéis verlo por
todas partes. Tiene todas las cosas en sus manos. Os tiene
entre sus manos. Os envuelve por todas partes, os penetra.
Continúa la creación. os crea. Más que eso, habita, por la
gracia, en el fondo de vuestro corazón.

No se contenta con hacer de nosotros sus hijos, sino que vivir


en intimidad con nosotros. Está muy dentro de todos nosotros
para que nuestro corazón pueda amarlo como se ama a alguien
que está verdaderamente presente. Y toda vuestra ambición
debe ser así, la de penetrar en lo íntimo de Dios por vuestra
inteligencia, para conocerlo no sólo en sus obras, sino en Sí
mismo, al menos en tanto en cuanto ello es posible, y
permitirle que en el recogimiento y el silencio os abra los ojos
y os hable. Dejadlo que os instruya... ¡Oh, sí!, lo hace cuando
dice: «Yo soy la Riqueza, la Misericordia, la Sabiduría. Yo soy el
Bien, la Verdad, la Vida, la Belleza, la Bondad, el Amor. Yo soy
Todo y, a la vez, somos Tres para seguir siendo todo eso en la
intimidad más perfecta y más profunda, sin que nada nos
distinga uno de
otro, si no son las relaciones originarias que nos constituyen.»

Dejad, pues, que vuestro corazón se dilate en el amor. El amor


divino es una cosa misteriosa. No podemos dárnoslo por
nosotros mismos, pero Dios lo vierte en el alma silenciosa, en
el alma de oración. Sin duda que ese amor no siempre es
consciente y sentido, pero ¡qué real es! Y entonces quiere
dirigirlo todo, invadirlo todo; está presente siempre como un
puntito rojo, como una chispa. Es ese puntito de fuego del que
habla San Juan de la Cruz que cae en el alma, la abrasa y
prende
en ella un gran incendio.

Vosotros debéis emprender la busca de Dios, llamarlo, correr


tras Él y decirle sin cesar, de la mañana a la noche: «¿Dónde
estás, Dios mío? Entrégate a mí; yo te deseo, te llamo, te
busco, necesito de Ti. Tú no necesitas de mí para ser dichoso,
pero yo no lo soy sin Ti. Mi corazón ha sido hecho para Ti y
vivirá en la inquietud mientras no descanse en Ti. Sufre cuando
se da cuenta de que no te ama, de que no te posee por
entero.» Ese es el espíritu de oración: un continuo intercambio
de conocimiento y de amor, un cara a cara, un diálogo de
corazones. ¿Hay una vida
más bella que ésta? Para eso os retiráis del mundo y se os
impone el silencio. Pues quien está distraído por los ruidos de
fuera, no oye la voz interior; es imposible.

Porque el silencio es preciso a causa de la. libertad que da al


alma de escuchar a Dios de hablarle, de contemplarle; porque
es necesario y porque vosotros debéis de practicarlo. No os
contentéis con el silencio exterior, sino asegurad el interior.
Haced callar la imaginación, lo que os ocupe y os preocupe, lo
que tengáis que hacer; dejad caer todo eso. Desligad el
corazón de las mil naderías inútiles que lo agobian.

Sacrificad todo, y entonces seréis libres. En el fondo, si ya no


os amáis a vosotros mismos, amaréis más, amaréis
necesariamente a Dios. El amor os elevará y os unirá. Vuestra
vida será una vida de oración, es decir, una vida de
conversación con Dios, siempre más y siempre mejor amado.
No busquéis otra cosa. Que vuestra vida sea una vida retirada;
imitad a la Santísima Virgen. ¿Qué hizo Ella, durante todos sus
días, sino dialogar con la Santísima Trinidad? No vivía más que
para su Jesús. no pensaba más que en su Jesús, su Dios y su
Hijo. Era también la verdadera Esposa del Cantar. Vivía de
oración; Incluso puede decirse que murió en oración. Un alma
de oración se recoge, se separa, se desliga, se mortifica,
renuncia a sí misma para encontrar a Dios; pero, por otra
parte, esta alma da a Dios. Un centro de luz ilumina, un
manantial de energía se difunde, un foco de amor abrasa.
No tenéis necesidad de inquietaros ni de buscar cómo sucederá
eso. Pues por el hecho mismo de que seáis un alma de oración,
contaréis entre esas almas verdaderamente mortificadas y
apostólicas, que difunden en el mundo un poco más de
conocimiento de Dios, un poco más de caridad.

LA CARIDAD PARA CON EL PRÓJIMO.

Sin la bondad que da la caridad, no puede existir el consuelo.


Si vamos a visitar a alguien que no sufre, no comprenderá
nuestras penas; nuestras confidencias le fastidiarán y
sentiremos que nuestros sufrimientos no han sido compartidos.
Si visitamos a alguien que sufre, insistirá sobre sus propios
males; tan sólo las almas verdaderamente caritativas
comprenden y comparten así las penas de los demás.
No buscan las cosas que consuelan, sino que, como dice San
Pablo, se hacen todo para todos.

A pesar de nuestra buena voluntad, solemos hacernos sufrir


mutuamente, nos rozamos y nos herimos sin querer, pero de
modo muy real: In multis offendimus omnes. Tenemos que ser
fuertes para inmolamos por la salvación de nuestros hermanos,
para llevar nuestra cruz y para llevar la cruz de los demás.
Tenemos que ser fuertes para continuar amando con todo
nuestro ser a nuestros hermanos y a nuestro Dios. Si nos
esforzamos para adquirir, por actos multiplicados de caridad,
más pureza, más simpatía y esa generosidad que no se paga
de palabras ni se alimenta de ilusiones, sino de inmolaciones y
de sacrificios, nuestro corazón llegará a ser cada vez más
semejante al de la Bienaventurada Virgen María.

Nosotros valemos, sobre todo y ante todo, por el corazón. «A


la tarde (de la vida) te examinarán en el amor». Dios nos
preguntará cómo hemos empleado ese poder de amar. Pues,
en definitiva, lo que nos clasifica no es la inteligencia, sino el
amor.
Si durante toda nuestra existencia hemos procurado hacer
flexible nuestro corazón, llenarlo de mansedumbre y de
comprensión, nuestro poder de amar llegará a ser fuerte,
vigoroso, capaz de llevar las más pesadas cruces.

Tratad de agradar a todos y en todo. Haced todos los pequeños


servicios que podáis.

Reflexionad antes de hablar y de obrar para evitar lo que se


llama la proyección del propio yo sobre el yo de los demás, lo
cual falsea el punto de vista.

Disminuid los defectos, reales o no, y agradad las cualidades.


Llegaréis así a ver con exactitud, es decir, como Dios. «Señor,
haz que yo vea como Tú, para que ame como Tú amas».

Poneos sobre los ojos los espejuelos de la caridad. No os


importe que, a veces, haya un pequeño error objetivo; el daño
nunca irá muy lejos.
Tratad de hallar siempre a los demás buenas intenciones. Más
vale equivocarse en este sentido que en el otro.
Toda comparación puede ser odiosa si obliga a sacrificar sus
términos. No lo hagáis.
Poneos en el penúltimo lugar sin pensar en el puesto y el valor
de los demás.

No discutáis cuando sepáis que de ello no resultará ningún


bien. Entendeos sobre el terreno de la generosidad y de lo
sobrenatural, Pequeñas concesiones pueden hacer grandes
bienes, sobre todo cuando se trata de almas que tienden a un
gran ideal sin verlo siempre del mismo modo. Dilatentur spatia
caritatis (la caridad ensancha los corazones) y los libera.
Tratad de poner lógica en vuestro pensamiento, luego en
vuestra vida. En cuanto a ponerla en el pensamiento de X... o
de Y..., eso es
cosa de Dios. Pedídselo y conservad la paz.
Los juicios caritativos son, muy a menudo, los más cercanos
verdad. Lo mejor sería no juzgar en absoluto, ni siquiera
interiormente, o juzgar con una real indulgencia.

Procurad ver la parte de verdad que hay en las afirmaciones de


los demás antes de hacer ninguna reserva. No hagáis más que
las críticas y las observaciones que cueste mucho hacer. Y aun
entonces, aseguraos de que hay esperanza de fruto, al menos
en el porvenir, y si no, absteneos de momento.

Dejad a cada uno la impresión de que tenéis de él un gran


concepto. Borraos lo más posible, pero sin parecerlo. Poned
delante a los demás. Dadles ocasión de hablar e interesaos en
lo que dicen.

Nuestro celo debe ser ardiente, pero iluminado. Si


comprobamos que es apasionado, deberemos moderarlo, pues
tiende a ser ciego en la medida en que es apasionado. Ése es
el consejo de la razón y de la experiencia.

No os detengáis en las causas segundas, de los actos o de las


intenciones ajenas, sino ved más arriba a Dios, que os pide
humildad, paciencia y caridad.
Debernos distinguir siempre lo objetivo de lo subjetivo, lo
exterior de lo interior.
Pues dejada aparte la responsabilidad anterior, eso es lo que
cada cual quiere y ve en el mismo momento que importa, y
eso sólo Dios lo conoce verdaderamente.
Entonces uno está juzgado ya, pero por Él sólo. He ahí lo que
nos hemos de repetir continuamente para comprender, o al
menos soportar, lo que a veces nos parece contradictorio en la
vida práctica.

El alma interior jamás se burla de nada ni de nadie. No ve los


defectos de los hombres ni las minucias de las cosas, o. si las
ve, no los subraya con risa irónica y malvada. Sin duda que
algunas veces sonríe, pero con sonrisa llena de mansedumbre,
de benevolencia y de gracia. Por lo común, su palabra es
sosegada, incluso grave. Sentimos que se mantiene bajo la
mirada y en la intimidad de Dios.
Sucede así, efectivamente, con todas sus conversaciones,
como con todos sus afectos, con todos sus pensamientos y con
toda su vida.

Sería importante desentrañar lo que repele en nuestra manera


de obrar para corregimos de ello. ¿Qué resonancia tienen en el
alma de los demás nuestras palabras y nuestros actos? Esa es
la cuestión.

SILENCIO Y SOLEDAD DEL CORAZÓN.

Mientras haya alguien o algo entre el alma y Dios, la unión


perfecta no será posible.
Y es la única que da la verdadera paz. A nosotros toca, pues,
hacer el vacío.

El alma verdaderamente prendada de Dios se complace en vivir


sobre las alturas de sí misma en profunda soledad. No hay en
ello, por su parte, ni melancolía ni misantropía. Hay la
clarísima convicción de que, para encontrar a Dios, para
hablarle, para amarle, conviene a un mismo tiempo aislarse y
elevarse. Dios no habita más que sobre las alturas o, si se
quiere, en las profundidades del alma. Ahí es, pues, adonde
hay que ir para encontrarlo. Por lo demás, no hay medio más
seguro de agradar a Dios y de obtener sus gracias que ese
silencioso aislamiento sobre las cumbres.

Salvo indicación contraria y precisa que venga de Dios,


apartad, pues, de vuestro pensamiento a toda criatura cuando
dialoguéis con Jesús. Dios quiere normalmente un alma «sola».
Después de haber pedido por las almas que os estén confiadas
y hablado de ellas a Nuestro Señor, quedaos solitarios en la
oración. Encargad al Señor que pague vuestras deudas y luego
proseguid. Es menester que el recuerdo de X... no sea en
vuestra alma un obstáculo para la Gracia. Pedid a Jesús que os
deje participar en el afecto que Él le tenga, de tal modo que el
vuestro venga únicamente de tal fuente, y todo irá bien. Y
destruid sin temor todo lo que sintáis que no viene de ahí.

Me pongo contento cuando encuentro un alma que padece con


el aislamiento, pero que lo acepta. Nada puede tranquilizarme
más, porque todavía no he conocido una sola que haga
progresos en la vida interior sin pasar por esa prueba. Es
dolorosa, pero necesaria. Recordaréis que Santa Teresa decía
que, para tales favores, Dios quiere un alma sola, pura y
ardiendo en el deseo de recibirlos. Entonces parece que tiene
uno el corazón lleno dé lágrimas. Es un sufrimiento profundo,
pero... la recompensa está al: fin.

Un alma que no es solitaria no progresa. No puede subir.


Cuando veo un alma que no es solitaria, me digo: «No pasará,
es como un camello cargado. Es demasiado rica». En cambio,
cuando todas las criaturas abandonan o hieren, el alma está,
según la frase de Taulero, como el ciervo acosado por todas
partes, que viendo cerradas todas las salidas y no quedándole
más que el estanque, se precipita en él.
Cuando tengáis una pena, precipitaos en Dios.
Cuando Dios quiere hablar a un alma, la separa de todo, la
hace entrar en una soledad profunda, y luego pone en su
inteligencia algo que ella ignora completamente. De ese algo
misterioso es de donde saldrá en su momento todo
conocimiento explícito, como una traducción a la lengua
humana de las realidades divinas. Traducción que no es
arbitraria. Pues está controlada desde dentro por ese algo que,
siendo en si inaprehensible, es, sin embargo, muy real. Pero
aún entonces lo mejor quedará todavía por decir.

RESUMEN: EL DESPOJO TOTAL.


El alma quiere a su Dios a toda costa. Si hay que abandonarlo
todo, lo abandonará todo; si perderlo todo, lo perderá todo.
Dejará su manto, que después de todo no es de ella, en las
manos de quienes quieran detenerla. Renunciará sin dolor a
sus
maneras propias de sentir, de pensar y de querer, como a un
equipaje pesado y molesto. No pedirá ningún goce a nada. No
pensará ya en ninguna cosa del mundo. No volverá a utilizar
las ideas, sin duda justas, pero deficientísimas, que se hacía de
su Dios. Se contentará con. la fe. Y ya no querrá aquí abajo
nada más, sino a Él y sólo a Él.

II. LA ACCION DE DIOS.

EL DESEO DE LA PERFECCIÓN.

El deseo de la perfección debe ser constante, pues sin ello no


se suman nuestros esfuerzos. En nuestra vida habrá
paréntesis, vacíos y, acaso, algo peor. Cuando un hombre que
edifica una casa se detiene en su trabajo por falta de
materiales o de valor para continuarla, tal vez piensa que
cuando tenga valor o materiales no tendrá que hacer sino
reanudar en el mismo punto su interrumpida construcción.
Nada de eso. Pues durante este tiempo habrán intervenido los
agentes físicos: la lluvia, el viento, la nieve, el hielo, el calor, el
frío habrán ejercido su influencia. La casa se desmoronará
piedra a piedra, acabará por caer y hasta sus mismas ruinas
perecerán.

Pues así sucede en la vida espiritual, cuando un alma deja


apagarse en su corazón ese deseo de perfección: piensa que
ha de poder recuperar sus ímpetus; pero no, nada de eso,
aquella alma desciende hacia el abismo.

Y es que acumula los obstáculos entre ella y Dios. Porque en el


proceso de la perfección, «quien no avanza retrocede». Bien sé
que un alma, a pesar de ésas interrupciones, puede recuperar
su fervor y reparar sus períodos de imprudencia, pues Dios es
misericordioso. Pero eso es misión de la misericordia; y en la
vida espiritual hacen falta la sabiduría y la prudencia. Mirad, si
no, las vírgenes prudentes y las vírgenes locas; también estas
últimas amaban, pero su amor no fue lo bastante constante.

El alma que de verdad quiere encontrar a Jesús, iluminada por


el Espíritu Santo, comprende que le importa mucho no perder
el tiempo en vanas búsquedas. Los menores retrasos
constituyen para ella una desgracia o un martirio. Nunca es
demasiado pronto para hallar a Dios.

EL DESEO DE LA UNIÓN PLENA CON DIOS.

Podemos pedir la unión profunda con Dios, pero con una


condición: la de que sea oculta. Conviene que aspiremos a ella.
En la unión con Dios hay varios grados, varias etapas por
recorrer. Pero hay que subir siempre. Podemos crecer
constantemente en esta intimidad. Los teólogos, aun los más
severos, dicen que un alma que ha recibido ya algunos valores
místicos pueden desear su continuación.
¡Qué puede haber más perfecto que esta unión, puesto que la
perfección consiste en que cada cual vuelva a su principio para
encontrar en él su acabamiento! ¡Qué puede haber más
profundo, puesto que todo sucede en lo más íntimo del alma
en
ese santuario interior en donde habita Dios! ¡Qué puede haber
más puro, puesto que esa unión supone la armonía, el
alejamiento de todo cuanto difiere de quien es la santidad
misma y puesto que se realiza entre dos espíritus! ¡Qué puede
haber más precioso, puesto que por ella Dios se da al alma con
todos sus tesoros! ¿Dónde hallar, pues, más luz, más calor,
más energía, más paz, más alegría? «Pero mi bien es estar
apegado a Dios».

Indudablemente, no conviene imponerse a Dios; es inútil y es


perjudicial. Invita «de hecho» a quien le place. Pero espera que
le deseemos, que le pidamos, que le llamemos, que le
preparemos nuestra alma por un amor delicado y generoso,
constante y abandonado, y tiene derecho a ello. Ése es, pues,
nuestro deber. «Ven, Señor Jesús». Velad dulcemente y
deseadlo siempre en paz.

SU INVITACIÓN VIENE AL ALMA DESDE DENTRO DE SÍ


MISMA.

¿Pero cómo esperarte realmente? ¿Dónde estás? ¿Cuál es el


camino que lleva hasta Ti? Y te oigo responderme: «¡Pero si
estoy dentro de ti! Si quieres encontrarme, ven adonde habito
y me daré a ti.» «¡Que Tú estás en el interior, en lo más íntimo
de mi alma! ¡Si yo pudiera acabar de comprender esas pocas
palabras! ¡Si supiera separarme de todo, abandonarme a mí
mismo, para adelantarme luego hacia Ti, acercarme a Ti y
llegar al menos hasta la puerta de tu santuario, oh dulce
Trinidad!»

DIOS ES QUIEN LA ESCOGE Y QUIEN LA ATRAE.


Eres Tú quien escoges libremente las almas a quienes quieres
convertir en tu morada permanente, a las que quieres separar
de todo, purificar, enriquecer, elevar, recibir en Ti, dentro de
Ti, para que te contemplen, en cierto modo como Tú te
contemplas, para que te amen del modo como Tú te amas, y
para que vivan
imperfecta sin duda, pero realmente- de tu vida trinitaria. «No
me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a
vosotros...».

Sí, sólo Tú, Dios mío, eres el que empiezas, continúas y acabas
esta hermosa labor.
Sin duda que pides el consentimiento y, cuando ha lugar el
concurso del alma. Pero eres Tú quien primero le enseñas que
posee en el fondo de sí misma esa perla preciosa, ese
tesoro oculto del Evangelio. Pues ella ignoraba su verdadera
riqueza.

Ella no buscaba la verdadera dicha allí donde está. Vivía sobre


todo en el exterior y del exterior. No vivía en el interior y del
interior porque verdaderamente no sabía.
«¡Si conocieras el don de Dios!» Pero poco a poco le has
instruido e iluminado. Y ha empezado a comprender. Sus ojos,
atónitos y embelesados, se han abierto. Unos horizontes
totalmente nuevos, infinitos, le han aparecido con dulce y
agradable luz.
Y no es que esta luz, al menos lo más a menudo, se proyecte
sobre otras realidades que no sean las de la fe, sino que casi
hace ver y coger estas realidades. Tú, Dios mío, ya no eres
para el alma un ser lejano, confusamente entrevisto,
abstractamente pensado, sino el Dios vivo y presente, la
Verdad, la Belleza, la
Bondad perfecta y concreta, la nunca Realidad que merece
verdaderamente este Nombre. El alma comprende entonces de
un modo práctico que Tú eres su Todo, que no hay nada para
ella fuera de Ti y que la verdadera riqueza es la de poseerte.
Y entonces te desea con un deseo ardiente, imperioso, que le
asombra, le aterra y le encanta a un tiempo.

PRESENCIAS Y AUSENCIAS DE DIOS.

La vida espiritual, salvo en su última fase, se desarrolla así: Lo


perdemos, lo buscamos y volvemos a encontrarlo: «Estás ahí,
Dios mío; soy feliz al saberte presente.»

Sí, Dios obra de ese modo. Viene y luego se va para que lo


busquemos de nuevo.
¡Oh, cuándo acabaréis de comprender que hemos de buscarlo
por Él sólo y no por el gozo que da su presencia!

Tenemos que recibir las gracias de Dios sin demasiado


entusiasmo natural para no sentirnos demasiado abatidos
cuando la gracia sensible disminuya. Conservad siempre una
gran calma. Dios no actúa sino en la calma.

Cuando Jesús se esconde, nos tenemos que poner a buscarlo


con todo nuestro corazón. No podemos vivir sin Él. Sin
embargo, no podemos poseerlo siempre.
Tenemos, pues, que buscarlo, pero que buscarlo sin tregua.

Lo encontraremos en esa alma entenebrecida a la que


iluminamos, en esa alma entristecida a la que consolamos, en
esa alma abatida a la que alentamos, o en esa alma dichosa de
Dios a la que admiramos y a la que envidiamos.

Lo encontraremos también en el Tabernáculo, en donde se


esconde y en donde se da. Lo encontraremos en nosotros
mismos, en el fondo nuestro propio corazón.
Está allí de un modo misterioso, que no es el de la presencia
eucarística, pero que, sin embargo, es muy real. En el fondo, la
manera de encontrar a Jesús, por todas partes, es la de
llevarlo con nosotros mismos por todas partes, lo sintamos o
no.
No os canséis de buscar a Dios. Decidle a menudo que se
esconda en lo más íntimo de vosotros mismos y que os haga
saber sin ruido de palabras que Él está allí de verdad y que
está allí para vosotros. Permitidle que ilumine, que fortifique,
que abrase vuestra alma. Pedidle que se digne gobernarla
desde ese fondo íntimo en el que se oculta y se revela a un
tiempo.

Vuestro sufrimiento viene de que no veis. Haced con frecuencia


esta oración del ciego: «Señor. Haz que vea»». Entonces, por
no sabemos qué medio. Una advertencia sobre vuestros
defectos, una lectura o una palabra de Dios os iluminará y os
dará la luz que buscáis.

Lo que me parece, que constituye un obstáculo es el temor.


Por humildad, por timidez, tenemos miedo de Dios. No vemos
en Él más que la Grandeza infinita, la Omnipotencia, la
Majestad, y solemos olvidar la Bondad, la Misericordia, la
infinita condescendencia de ese Dios que se hizo hombre por
amor hacia nosotros. Él dijo:
«Venid a mí todos» y tememos ir a Él. Él ha dicho: He aquí
este Corazón que tanto amó a los hombres, y temblamos
de ser amados por Él. Modicae fidei!

NECESIDAD DE LAS PURIFICACIONES PASIVAS.

Para amar a Dios, para amar a las almas como conviene, nos
hace falta un corazón puro, desinteresado. Pureza de los
sentidos, pureza del espíritu y de la intención:
ésas son las dos condiciones y también los dos frutos de la
verdadera dilección.

El amor que Dios derrama en nuestras almas es todo


espiritual; es una participación de su Espíritu. Indudablemente
puesto que Dios nos hizo compuestos de cuerpo y de alma, de
materia y de espíritu, todo afecto sobrenatural debe repercutir
normalmente en nuestra sensibilidad. No es el alma sola la que
ama, es todo el hombre. Y si el pecado original no hubiera
venido a turbar el orden establecido entre nuestras facultades,
no tendríamos que inquietarnos de regular nuestra sensibilidad
conforme a la ley de la razón y de la fe. Pues esta regulación
se haría por sí misma y muy bien.

Pero puesto que el orden ha sido turbado, la primera tarea que


se impone es la de restablecerlo. Puesto que nuestros sentidos
buscan su satisfacción independientemente de la razón y a
menudo contra ella, hay que disciplinarlos por un esfuerzo
paciente y perseverante. Son servidores. no dueños. Tienen
que
informar, que ejecutar, y no les toca mandar y menos todavía
turbar. Todas las veces que se descarrían fuera del camino
recto, hemos de volverlos a él, de grado o por fuerza. Y el
mejor medio de domeñarlos consiste en privarlos. Al principio
murmuran, gruñen, incluso procuran amotinarse. Pero si la
voluntad se mantiene firme, concluye con su insubordinación.
Poco a poco se callan y acaban por obedecer. A cambio, y de
vez en cuando, la voluntad deja que llegue hasta ellos, en la.
medida de lo posible, un poco de esa felicidad con que el amor
divino la embriaga; y eso es para los sentidos un paladeo
anticipado de los purísimos goces que el Cielo les reserva
después de la Resurrección.

Pero la Gracia prosigue su obra; va ésta del exterior al interior,


de los sentidos a la memoria, y sobre todo a la imaginación. La
lucha se hace más dura; también más larga. El enemigo que
hemos de vencer es de una. agilidad y de una movilidad
increíbles. En el momento en que creemos tenerlo por fin
dominado, se nos escapa de las manos. Y, sin embargo, es de
máxima importancia someterlo al régimen del amor.
Corresponde, en particular, a la imaginación el cometido de
aportar como a pie de obra a nuestro espíritu los materiales de
donde ha de sacar éste todas sus construcciones. A su vez, el
espíritu la utilizará para dar relieve, color y vida a sus
pensamientos, a sus deseos, a sus voliciones. Sus órdenes
pasan a través de ella, y es ella la que pone en movimiento
todas las facultades de ejecución.
Nunca se dirá lo bastante cuánto importa al alma que quiere
servir a Dios, tanto interior como exteriormente, el disciplinar a
esta preciosa, pero terrible potencia mortificándola.

Es preciso, pues, que la imaginación aprenda también - ella,


sobre todo - no a preceder, sirio a seguir, no a ordenar, sino a
obedecer, no a buscar lo que le place, sino a contentarse con lo
que se la quiera dar. Si aún tu gracia, Dios mío, para purificarla
más a fondo, la sumerge largos días en la amargura, el
sufrimiento y la noche, ella tiene que aceptar esta prueba
como justo castigo de sus descarríos, como necesario
enderezamiento de sus vías oblicuas y tortuosas, y como
indispensable preparación al papel que desde ahora tendrá que
desempeñar bajo las órdenes de tu amor. Esta divina
educación durará todo el tiempo que sea necesario para que
los fines que Dios persigue estén asegurados. Pero también,
¡qué encanto para el alma interior cuando, una vez terminada
esta tarea, se vea liberada por fin de esa importuna -cabría
decir que de esa loca- y cuando se sienta reina de su propia
casa y reina obedecida, respetada, amada!

Cuando la sensibilidad ha quedado así bien sometida a las


órdenes del amor de Dios, todavía no se ha dicho, sin
embargo, la última palabra de su obra purificadora. La. labor
más necesaria no se ha hecho aún, o al menos no está
acabada. Pues el desorden entró en el hombre y se instaló en
él por las facultades superiores. Será preciso, pues, que la
Gracia vuelva a subir hasta esas alturas, penetre hasta esas
profundidades, para reparar lo que el pecado destruyera, y
para restablecer en una armonía suficiente lo que dividiera y
enfrentase. En lugar de
convertirse en la medida de las cosas, la inteligencia tendrá
que adaptarse a la suya. Deberá ingresar en la escuela de las
realidades salidas de las manos divinas y en la de las mentes
más dóciles y más penetrantes que en el transcurso de los
siglos estudiaron aquéllas y se esforzaron por verlas tales y
como las ve Dios que las creó, es decir, como desde dentro.
Deberá, sobre todo, someterse a tu propia escuela, Dios mío,
que eres la eterna Verdad.
Lo que le importará conocer por encima de todo es a Ti mismo.
Pero nadie te conoce como te conoces Tú. Nadie sino Tú mismo
puede, pues, decir lo que Tú eres. Claro que las criaturas le
hablan ya mucho de Ti, ¿pero cómo van a revelarle lo que en el
fondo ignoran, es decir, tu vida íntima? Cierto también que en
tu bondad te dignaste enviarnos a tus profetas, y a tu mismo
amado Hijo para que te explicase. Pero a Él y a todos ellos les
fue absolutamente necesario emplear palabras humanas para
cumplir tan santa misión, puesto que entonces hablaban como
hombres que se dirigían a otros hombres. ¡Cómo lograr que el
Ser Infinito que Tú eres pudiera contenerse en unas cuantas
sílabas de nuestra pobre lengua!
Los desbordas por todas partes. Y lo que de Ti nos dicen, lejos
de calmar nuestra hambre, la excita y la aviva.

El ideal sería, pues, que pudiéramos entrar en tu escuela, que


nos convirtiésemos en tus discípulos directos, ya que Tú estás
dispuesto a. convertirte en nuestro Maestro. Pero entonces es
cuando se nos impone la rigurosa. purificación de nuestras
facultades superiores, desde el mismo fondo de nuestra alma.
Porque Tú, Dios mío, eres puro espíritu, y espíritu de santidad.
Y para ser admitido en tu escuela, para escucharte, para
comprenderte, para gustarte, es preciso ser puramente
espíritu. Sólo que nuestra alma, hundida desde hace tanto
tiempo en la
materia, se halla ya como revestida de todas sus formas. Ya no
sabe comprender y gustar sino lo que está en el orden de las
cosas que caen bajo los sentidos. Y de tanto vivir en lo sensible
ha olvidado su vida propia, que es la. vida de un espíritu.
Es necesario, pues, que tu amor penetre en ella para purificarla
y aun osaríamos decir que para. refundirla. Tarea dura, y
transformación dolorosa, pero muy necesaria.
DIOS VACÍA POCO A POCO EL ALMA PARA ENTREGARSE
A ELLA.

Tú, Dios mío, apartas al alma progresivamente de todo lo que


no eres Tú. A su alrededor y en ella misma se hace el vacío.
Nada que no seas Tú le dice ya nada.
Sus mismos ejercicios de piedad carecen para ella de todo
encanto. Ya no le alimentan. Al advertirlo se llena de inquietud.
Sin embargo, y a pesar de realizarlos con escasa satisfacción y
poco éxito, no los abandona, pues son para ella un motivo de
pensar en Ti y de aproximarse a Ti. Ahora bien, pensar en Ti,
acercarse a Ti constituye para el alma una dolorosa y deliciosa
necesidad. Desde dentro, Tú ejerces sobre ella una misteriosa
atracción de la que se da cuenta vagamente y que ya. no le
permite dedicarse a sus rezos y a su oración como solía. Ello es
debido a que tu amor la. envuelve dulcemente y la sitúa en ese
descanso que es totalmente nuevo para ella. ¡Qué feliz es,
entonces, a pesar de su turbación! Querría poderse quedar
siempre bajo ese misterioso encanto, ni cuyo origen ni cuya
naturaleza acaba. de entender. Diría muy gustosa: «¡Señor,
qué bien estamos aquí»; y por eso cuando cesa el encanto, su
mayor deseo es volver a disfrutarlo. Pero Tú no sueles
satisfacer inmediatamente ese deseo. Con todo, si el alma sabe
mantenerse en la soledad interior, no tardarás en visitarla.
Menudearás tus venidas, y cada vez te quedarás más tiempo.
¡Si pudieras quedarte siempre! ¿Y por qué no? ¿Acaso no es
ése tu deseo, Dios mío, y el fin que persigues constantemente,
a pesar de las incomprensiones y de las resistencias más o
menos conscientes del alma? Tú eres todo felicidad. Y querrías
que toda criatura que fuera capaz de ello comulgase lo más y
lo antes posible en esta beatitud tuya que eres Tú mismo.
Esperar al fin de la vida es demasiado esperar para tu amor. Y
por eso invade tu amor poco a poco al alma fiel. Empieza por
apoderarse de la voluntad, potencia para amar, y luego de las
demás facultades, para unirlas a ellas, o al menos para no
permitirles turbarla.
Y si es necesario a tus designios, llega a inmovilizar a los
mismos sentidos para que el alma, por lo que hay en ella de
más espiritual, pueda ser toda de tu amor.

Restablecerás la armonía más tarde, cuando hayas hecho la


conquista total y cuando Tú y ella. seáis dos, pero en un solo
espíritu y en un solo amor.
Ésta será la hora de la unión perfecta y permanente. Tú vivirás
tu vida. en el alma y el alma vivirá en Ti con tu propia vida. Y
después de esto ya no habrá más que el cielo.

DIOS ABRASA EL ALMA.

El amor de Dios es una llama ardiente. Antes de transformar el


alma, destruye, abrasa, consume. Todo lo que le es contrario
debe desaparecer. Esté periodo de la vida interior es
particularmente doloroso. Es una época de purificación; el alma
es arrojada al crisol; todas sus escorias suben del fondo a la
superficie; ve entonces toda su fealdad y saborea cruelmente
su amargura. A veces llega a experimentar la impresión de que
esas lacras forman parte de sí misma y de que jamás podrá
deshacerse de ellas. Pero, en el fondo, el alma es bella porque
es pura, y a su voluntad le horroriza todo este mal.

A quien no viera más que el efecto de estas duras


tribulaciones, le parecería como calcinada por ese fuego
misterioso, ennegrecida, sin forma y sin belleza. Está como
desfigurada, deformada. Todos los pensamientos que poco a
poco se habían
apoderado de su mente y la habían hablan moldeado a su
imagen, todos los afectos que se habían infiltrado en su
corazón ya lo habían hecho semejante a su objeto, todos los
recuerdos que impregnaban su memoria hasta el punto de
absorberla, todo eso ha desaparecido. Durante la prueba todo
ha sido cortado, arrancado, quemado. El alma ya no es la
misma, y en este sentido es irreconocible. Se ha afeado con
esa fealdad que resulta de la privación de una falsa belleza.
Pero se ha embellecido con la verdadera belleza, con la que es
una participación en la Belleza de Dios. No se destruye sino lo
que se sustituye. Y el alma interior, despojada de cuanto
formaba su aparente riqueza, ha empezado a revestirse de la
Belleza de Dios.

Para unir, el amor de Dios debe, ante todo, separar. Y aquí ya


no se trata de aflojar los vínculos que unían al alma. con su
cuerpo, sino de penetrar en el mismo seno del alma para
liberar allí lo que hay de más perfecto en ella: «el espíritu», a
fin de que la unión con Dios, que es Espíritu, pueda realizarse
plenamente. Sobrevienen entonces unas angustias dolorosas,
deliciosas, inexpresables. Es una. vida nueva que se insinúa
hasta las profundidades del alma y que lo cambia todo en ella.
El alma. ya no se reconoce. Es otra, aunque siga siendo ella
misma. La impresión de muerte es tan viva, que grita pidiendo
socorro. Pero comprende que nadie puede venir en su auxilio.
Le sería preciso el Cielo, y todavía no ha llegado la hora.

Y LA DEJA RECAER EN SU MISERIA NATIVA.

A veces, Dios mío, después de haber elevado el alma interior


hasta Ti y de haberle hecho gustar los goces de tu intimidad,
luminosa. y sosegadamente, te place volver a dejarla. caer, de
pronto, hasta el fondo de su miseria nativa. La envuelven
entonces las tinieblas, el frío se adueña de ella y la paraliza, y
suben hasta sus labios oleadas de amargura. Le parece que su
dicha no fue más que un sueño. Se siente más «pecadora» que
nunca. Todo en ella le parece fealdad y mancha. Nada es puro
a sus ojos, ni lo que es, ni lo que hace. Se convierte en un
océano de tristeza.

¿Quién sabe si volverá a conocer nunca la alegría de los días


felices? ¡Están tan lejos, y, en cambio, el mal está allí, tan real,
tan universal, tan tenaz y tan profundo...! Cierto que en lo más
íntimo de sí misma le queda una sorda esperanza, pero es tan
débil que apenas se atreve a creer en ella.
ACEPTAD EN PAZ LA PRUEBA.

El sufrimiento que provenga de vuestras tentaciones os será


útil desde el momento en que rechacéis con un acto de
voluntad todo lo que en vosotros se subleva contra Dios. La
caridad y el egoísmo luchan una contra el otro. Y vuestra alma
es su campo de batalla consciente. De ahí viene el dolor, que
es- un efecto, no una causa. Es el necesario rescate de la
purificación. Pero pensad que la unión, al menos la de las dos
voluntades, está al término y que se realiza en ese estruendo.
Y que esa unión lo es todo para vosotros.

Aceptad ese estado que Dios ha querido para vosotros, entre


cielo y tierra.
Renunciad cada vez más a las alegrías de este mundo y
esperad en paz, confiados e incluso con alegría las tan
consoladoras visitas de Jesús Porque ése es el Calvario.
Esa, la ley rigurosa del progreso, Y ese el camino de la unión
verdadera.

Permaneced, pues, en él, cueste lo que cueste; no salgáis de él


jamás, por ningún pretexto. Esperad, esperad, amad, «¿No
era preciso que el Mesías padeciese éstos y entrase en
su gloria?» El discípulo no está por encima del Maestro.
Puede suceder que os sintáis muy lejos de Dios y que, sin
embargo, os aproximéis realmente a Él.

No, no estáis fuera de vuestro camino. Al revés. Marcháis por


él, pero no lo veis. No tenéis conciencia más que de la
oscuridad y de la amargura. Pero Dios hace su tarea. Su luz os
ciega. Su dulzura os hace experimentar esa impresión de
cenizas y de hiel. Dios está dentro de vosotros y os fortifica.
Creed eso sencilla y
humildemente. ¿Adónde os lleva? A Él. Sed pacientes. Ocultad
vuestra prueba. Si podéis, sonreíd al exterior, pero estad
persuadidos de que nadie puede intervenir.
Dios está trabajando, hay que dejarle hacer su labor. Por lo
demás, nada le detendrá. Tan sólo vosotros podéis apresurarlo
amando y diciendo: «Venga a nosotros tu reino. Hágase tu
voluntad.» Creed nuevamente que éste es un proceso de
amor. Os humilla, os purifica en el sentido espiritual y
universal de la palabra, os fortifica y os templa. Sufriréis tanto
más cuanto fuera más considerable la tarea por realizar y
hubiera que hacerla más a fondo, pero todo eso será para
vuestra verdadera dicha. Seréis dichosos cuando ya no seáis
vosotros mismos y cuando todo se os haya cambiado. Es
preciso orar, santificarse y esperar.
No está bien que se analicen y detallen las propias pruebas.
Vale mil veces más concluir de una vez, orar y acudir directa e
inmediatamente a Dios. Tenemos que volvernos francamente
hacia Dios y darnos a Él totalmente a pesar de la repugnancia
de la naturaleza.

Orad, escudriñad el fondo de vuestro corazón; consultad, leed


si es necesario. Pero lo que sobre todo os iluminará será la
oración confiada.

CONTEMPLACIÓN FELIZ Y CONTEMPLACIÓN DOLOROSA.

Puede haber contemplación feliz y contemplación dolorosa, y, a


veces, esta última ocultará en parte los fenómenos místicos.
Pero parece que incluso en la contemplación dolorosa hay
conciencia de la unión, al menos en la más alta cima del alma,
pues sin eso los Santos no podrían soportar la carga de
sufrimiento que Dios les impone.

Parece que no hay Santo canonizado en quien no se haya


reconocido esta acción mística de Dios. Podemos desear la
acción directa de los dones del Espíritu Santo, en el sentido de
que obligan al alma al máximo ejercicio de la caridad. Muchos
autores previenen, con razón, contra lo sensible en los
consuelos espirituales, pero no han de incluirse en esta
desconfianza los consuelos superiores con tal de que no nos
adhiramos a ellos.

Cabe vivir habitualmente en presencia de Dios sin que los


dones del Espíritu Santo se muevan conscientemente como
tales y sin que sea necesario que tengamos unas luces
especiales de las cuales nos demos cuenta.

Pero también la inversa puede ser verdadera. Yo diría entonces


que cabe ser contemplativo sin ser muy virtuoso y que cabe
ser virtuoso sin ser todavía contemplativo. ¡Depende de tantas
cosas! ... De las facultades alcanzadas por la acción de Dios,
de la réplica del temperamento, del carácter, de la voluntad…

PALABRAS DE DIOS AL ALMA.

Me parece, Dios mío, que más de una vez le plugo ya a tu


amor hablar a mi alma.
Sucedía por lo común en la hora en que menos pensaba yo en
Ti. De repente, en lo más profundo de mi corazón, oía yo
espiritualmente que una voz dulce y fuerte, precisa y
penetrante, me decía una palabra, sí, a veces una sola. Y mi
alma, sorprendida, inquieta y dichosa a un tiempo, se sentía
transformar, al ser o cumplir lo que aquella palabra le indicaba:
«Ama, escucha; cállate, sígueme; busca en el fondo de ti, ten
confianza; Yo soy Padre, también lo serás tú; date a Mí y Yo
me
daré a ti, escóndete dentro de Mí, y dame a manos llenas a las
almas.»

¡Oh palabra de mi Dios, qué dulce eres para el corazón


amante! ¡Qué fuerte eres también! Tú realizas lo que significas.
¡Tú beatificas!

ÉXTASIS Y ORACIÓN.
Mientras no otorgas esta gracia al alma, por muy cerca que
esté de Ti, se da cuenta de que no está totalmente cogida por
Ti. Siente como un malestar espiritual, como una especie de
inseguridad. No querría ser perturbada en su dulce ocupación.
Pero podría suceder que lo fuera. Lo teme. Y su temor es
fundado. No están todavía rotos todos los vínculos con lo que
no eres Tú. Aún mantiene cierta comunicación con este mundo
sensible que nada puede darle y que, por el contrario, podría
volver a llamarla a él, ¡ay!, arrebatándola todo. Sin duda ese
temor es débil, sordo, casi inaprehensible, pero existe. Hace
sufrir, es una traba. Verdaderamente el alma no puede
elevarse para hablarte a sus anchas, cuando siente dentro de
si un deseo
tan vivo de hacerlo.
Mientras que cuando te dignas desligaría por completo, aunque
no sea más que por un instante, ¡qué alegría al encontrarse a
solas contigo, casi cara a cara, y al poder decirte sin palabras
todo lo que guarda para Ti en el corazón desde hace tanto
tiempo! Hace entonces como si Tú no supieras nada de ello. Te
lo dice todo. Se abre hasta el fondo. ¡Mira, Padre, todo es tuyo,
todo es para Ti! Ya no hay criaturas que puedan estorbar tu
mirada y herir tu Corazón. Ya no hay ningún obstáculo entre
nosotros. Yo te hablo y Tú me escuchas. Yo te miro y Tú me
contemplas complacido. Nadie nos oye, nadie nos ve. Nadie
sabe que yo estoy aquí contigo, en Ti. Lo ven los ángeles…, lo
ven los Santos… Pero ellos no sabrán de nuestra intimidad más
que lo que Tú quieras revelares. Además, que su mirada no es
indiscreta; por el contrario, se sienten dichosos de lo que ven.
Y si es necesario, excitarán mi alma para alabarte, para
bendecirte, para amarte todavía más.

¡Oh Dios mío!, puesto que la oración no es más que la


explicación de un deseo, no se te puede explicar bien nuestro
deseo de amarte, no se puede orar bien más que en éxtasis.

Si, Dios mío, que nuestro corazón se funda de amor por Ti.
Que, para ser más libre de amarte sin trabas, deje nuestra
alma su cuerpo y que se arroje en Ti como en el foco del amor.
¡Que muera allí totalmente para no vivir ya más que en Ti y
por Ti! Oh amor, las palabras son demasiado pequeñas para
contenerte, y por eso las destrozas; son demasiado débiles
para expresarte, y por eso las aplastas! Pero es a mayor gloria
suya, puesto que proclaman así por su misma impotencia tu
grandeza
y tu fuerza.

¡Oh Amor de Dios, ven, haz tu obra, abrásame, consúmeme,


devórame, arrebátame. Yo me entrego a Ti, hasta el fondo,
para siempre jamás, con un amén infinito!

GRACIAS MÍSTICAS Y ACTIVIDAD EXTERNA.

Al principio de las más altas gracias de oración, Dios empieza


por absorber toda la actividad externa. Hay un trastrueque.
Dios nos distrae de las criaturas y de nuestras ocupaciones,
como, por desgracia, nuestras ocupaciones y las criaturas nos
distraían habitualmente de Dios. Cuando el género de vida no
permite este estado de absorción Dios tiene compensaciones.
Pero actúa así, al menos, durante la oración. Por ejemplo,
Santa Catalina de Ricci. Ni la Santa ni sus superiores se daban
cuenta de lo que sucedía en ella. Era aquello una completa
ligadura.

Luego sucede un estado de malestar. La acción de Dios estorba


la acción del alma sin suprimirla por entero.

Por fin, Dios, Dueño absoluto del alma, le devuelve la posesión


completa y perfecta de sus facultades, sin que ella abandone la
unión divina. Se producen entonces unas obras excelentes, sin
proporción con las fuerzas humanas, como las fundaciones de
Santa Teresa y de la. Venerable María de la Encarnación.
El alma entregada totalmente a Dios y al servicio del prójimo
vive a la vez y sin esfuerzo en dos mundos diferentes.

Cuando en los casos de unión total hay éxtasis, ya no hay uso


de los sentidos. Pero no se confunda la levitación, la rigidez de
los miembros, con el éxtasis. Pues estos fenómenos no son
necesarios. Puede haber un desasimiento casi completo de los
sentidos sin que los demás se percaten. Podría creerse en un
adormecimiento, pues la vida física está aminorada, los
sentidos sólo tienen un papel debilitado, amortiguado e incluso
el vecino puede no darse cuenta de nada.

Este estado dura poco, pero, con alternativas de recuperación


de facultades, puede prolongarse mucho tiempo.

Pero el acto de la unión no puede durar in-definidamente sobre


la. tierra. La unión, ciertamente, es actual; es un estado que
supone un acto infuso de amor de Dios.
Podemos compararlo a una corriente subterránea, o a un
brasero de brasas muy rojas bajo la ceniza. De vez en cuando
brotan de él haces de llamas; pero si continuamente hubiese
llamas, la vida no las resistiría. San Juan de la Cruz lo dice
expresamente. Pero el brasero es ardiente y su irradiación
puede ser muy grande.

LOS «PIANISSIMOS» DE LA UNIÓN: NUEVAS


BÚSQUEDAS DE DIOS

La intimidad consciente del alma con Dios no se mantiene


constantemente en su grado máximo. Pues, aunque en ciertas
horas es muy viva, por lo común es más bien latente, sorda,
semiinconsciente. En una palabra, todavía no es perfecta. En
esos momentos demasiado largos que podrían llamarse los
«pianíssimos» de la vida interior, la unión sigue existiendo.
Dios sigue siendo el bien del alma, y el alma sigue siendo el
bien de Dios. Dios no duda del alma, como tampoco el alma
duda
de Dios. De una y de otra parte sigue existiendo la más
delicada fidelidad. Y con todo, sin embargo, a veces el Esposo
divino parece alejarse. Si alguien preguntase entonces al alma
interior: «¿Dónde está tu Dios? ¿No te ha abandonado?», ella
respondería con toda la sinceridad de su corazón: «Cierto que
ya no disfruto tan vivamente de su presencia. Pero no me ha
abandonado. Pues sé dónde está y lo que hace: Pastorea
entre azucenas».

Pues Jesús tiene otras ovejas a las que ama y de las que se
ocupa. Y ellas constituyen su rebaño.
_____________________________________________
Pero Dios continúa ocultándose y pasan las horas. La
esperanza persiste en nuestro corazón. Puesto que Dios se
oculta, ¿no tendremos que buscarlo? Y si sigue ocultándose
siempre, como es su derecho, ¿no será menester que lo
sigamos buscando siempre, como es nuestro deber?
El alma interior debe entonces, sobre todo, proclamar muy alto
y sinceramente, a pesar de que le cueste, el derecho de su
Dios a entregarse cuando le plazca.
Todavía no ha mucho le bastaba con recogerse, con volverse
hacia el fondo de sí misma para encontrar allí a su Dios y para
disfrutar en paz del gozo de su presencia y de su posesión.
Pero he aquí que ahora, por más que hace para volver a ese
fondo íntimo que es como el lugar de su descanso para
encontrar en él a «Aquel a quien su corazón ama», queda sola
allí pues Dios así lo quiere. ¡Dolorosos momentos de la vida
interior, en los cuales parece como si las gracias de antaño no
hubieran sido más que un relámpago que se extinguió en la
noche y que nunca más volverá a brillar ya! Si la fuerza divina
no la sostuviera sin ella saberlo; si la paz, una paz de fondo,
no. le diera una cierta seguridad de que todo está bien así, el
alma interior abandonaría su búsqueda y se desalentaría. Pero
no hemos de hacer tal cosa, tenemos que perseverar siempre.

El alma interior no puede resignarse a la ausencia de Dios. Lo


ha buscado donde solía encontrarlo, donde Él se dignaba
entregarse a ella, es decir, en el fondo de si misma, pero ha
sido en vano. ¿Qué hará entonces? Permanecer en una estéril
inacción es imposible. El amor que no actúa no es verdadero.
Puesto que el Amado no viene hacia el alma, el alma irá hacia
Él. Me levanté y recorrí la ciudad... buscando al Amado de mi
alma. ¿Pero dónde está? ¿Qué dirección tomar para
encontrarlo? No puede estar más que en esa ciudad que es la
suya, en la ciudad de Dios: «Si diéramos la vuelta a la ciudad,
si visitásemos luego todas las plazas, si recorriésemos, una por
una, todas sus calles, ¿no tendríamos la suerte de
encontrarlo?»

Y así comienza esa ardiente búsqueda. El alma interior espera


encontrar a Aquel a quien ama, antes que en ningún otro sitio,
en el Cielo, puesto que Él vive allí. Y lo escudriña todo. Lo
recorre en todos los sentidos. Suplica a los ángeles y a los
Santos, sobre todo a la Santísima Virgen María, que le hagan
descubrir a su Dios.
La escuchan con bondad. Se compadecen de ella. Le animan
mucho a que persevere. Pero parece como si hubieran dado
una consigna a todos sus amigos de la Ciudad celeste:
«Callarse.» Su silencio es como un velo que envuelve y recubre
al Santo de los Santos. El alma comprende que, a pesar de su
vivo deseo y de su insistencia, ese velo no se levantará. Tú,
Dios mío, eres un Dios oculto. Sólo Tú puedes hacer la luz en
las tinieblas y mostrarte al alma que te ama. ¿Cuándo lo
harás?

El alma se vuelve entonces hacia las ánimas del Purgatorio. Tal


vez le dirán ellas dónde se halla su Dios y cómo tiene que
ingeniárselas para descubrirlo. Pero ¡ay!, que tampoco es más
afortunada. «El mal de que padeces -le responden estas
almas- es el mismo que nosotras sufrimos. No nos preocuparía
el fuego que nos atormenta si poseyéramos a Aquel a quien
nosotras amamos también tanto. Lo que aumenta nuestra
pena, como aumenta la tuya, es que no sabemos cuándo ese
Dios, tan justo y tan bueno hasta en sus rigores, se dignará
entregársenos por fin.
Nos parece que nuestro «mal de amor» no curará nunca ¡Pobre
alma!, te diriges a quien es más desdichada que tú. Si tu
Esposo se digna devolverte la alegría de su dulce presencia,
acuérdate de nosotras y dile que venga a buscarnos cuanto
antes.»

Es menester, pues que volvamos a esta tierra y que llamemos


a la puerta de esas almas que sabemos están cerca de Dios.
Por lo común, también ellas se esconden.
Ocultan sobre todo cuidadosamente el secreto de su vida. Sin
embargo, las barruntamos. Las medio adivinamos. Y
discretamente, por miedo a que se nos cierren, las
interrogamos: ¿Cómo haremos para descubrir el retiro de
Dios? ¿Cómo atraeremos hacia nosotros a ese Dios tan bueno?
¿Cómo lo retendremos? ¿Cómo volveremos a llamarlo si está
alejado? Habrá ciertamente un arte de agradarle y de
conquistarle. ¿Conocéis a alguien que pudiera y quisiera
enseñármelo? ¡Deseo tanto aprenderlo, pagaría tan caro por
saberlo! ¿Quién se apiadará de mí? ¿Quién iluminará mi
camino, quién me tenderá la mano, quién me conducirá hasta
su término? ¿Quién me permitirá encontrar por fin, un
Director?» Y todas esas preguntas quedan sin respuesta. Pues
las mejores almas son impotentes para proporcionarla
mientras Dios no quiera hacerlo. Y el alma desolada sigue
repitiendo así el grito doloroso de su corazón: Búsquele y no
le hallé.
_____________________________________________

Dios quiere que el alma interior esté humildemente sometida,


como un niño, a quienes lo representan legítimamente sobre la
tierra. Estaba esperando esta última actuación para
recompensarlas todas de un solo golpe. Por lo demás, le gusta
intervenir cuando toda esperanza parece perdida. Afirma así su
independencia absoluta. Quiere que sepamos bien que Él es
libre de dar cuando le place y como le place. El alma no lo
ignora. Y deja así a su Dios el cuidado de concretar la hora de
la, recompensa. Entre tanto continúa su camino y prosigue su
búsqueda. Y he aquí que su ardiente deseo es atendido. De
repente se encuentra cara a cara, por así decirlo, con su Dios.
Y como antaño María Magdalena, se oye llamar por su nombre.
Y no puede decir más que esta sola frase: «¡Dios mío!»

¡Qué alegría, Dios mío, para un alma que te ha buscado


durante tanto tiempo y tan dolorosamente, la de encontrarte
por fin!
Si reflexionase, apenas se atrevería a creer en su dicha. Pero
no reflexiona. Tu presencia paraliza, en cierto modo, su
pensamiento. Tú estás ahí. Sus ojos interiores se clavan en Ti.
Ya no ven más que a Ti. Están totalmente cautivados. No
pueden desligarse de Ti.
¡Es tan bueno, es tan beneficioso, es tan dulce el contemplarte,
oh Dios mío, oh «Belleza siempre antigua y siempre nueva!».
Además que verte, aun de esa manera imperfecta y velada que
permite nuestro destierro, ¿no es ya poseerte? Eso es lo que
experimenta, el alma bienaventurada ante la cual te dignas
aparecer. Le parece verdaderamente que lo que ve así lo tiene
ya y que realmente toma posesión de ello. Y eso no es una
ilusión de su corazón.

EL DESEO TORTURANTE DE DIOS.

Al empezar la vida interior, el deseo de Dios es débil. Es algo


sordo, apenas perceptible. El alma siente como un malestar
misterioso y dulce que no llega a precisar. Se siente minada en
lo más íntimo de si misma. ¿Por qué? No lo sabe claramente. El
amor de Dios está actuando en su corazón, pero como un
fuego que se incuba bajo la ceniza. De vez en cuando brota
una chispa: un impulso eleva el alma hasta Dios. Luego, todo
se serena. La oscuridad envuelve otra vez el fondo del alma. La
zapa de ésta, sin embargo, no se interrumpe. Prosigue lenta,
oscuramente, pero con segundad. El deseo de Dios aumenta:
invade poco a poco toda el alma. Y no ha de tardar en
manifestarse de nuevo.
En espera de ello, ese deseo de Dios no permanece inactivo. Si
pudiéramos penetrar en esta alma, veríamos que él es quien
inspira, dirige y vivifica todo en ella. El alma se vuelve hacia
Dios sin descanso. Lo busca siempre. Es como un hambre
dolorosa. Como una sed agostadora. Como una misteriosa
enfermedad que nada cura y todo lo aumenta. Es de todos los
instantes. No deja descansar ni de día ni de noche. Incluso
cuando el alma parece estar distraída de su dolor por las
ocupaciones exteriores, lo siente siempre sordamente en el
fondo de sí misma. Su herida es profunda, su llaga siempre
está viva. ¡Cómo sufrimos cuando te amamos, Dios mío! Pero
también, ¡qué dichoso es una padeciendo!

Llega, por fin, un momento en el que este sufrimiento es


intolerable. Acaba por explotar. El alma gime, llora. Clama en
alta voz su pena. Le parece que abriendo así su corazón vendrá
de fuera un poco de aire fresco para templar el fuego de su
amor. Pero todos esos esfuerzos no hacen más que agravar su
afortunado mal.
Comprende más claramente que nunca que sólo Aquel que
causó su herida puede también curarla., Pues el alma tiene
hambre y Él es su alimento. Tiene sed, y Él es su bebida
refrescante. Es pobre, y Él es su riqueza. Está triste, y Él es su
consuelo y su alegría. Agoniza, y Él es su amor y su vida:
«¿Cuándo vendré y veré la faz de Dios?» «Muero porque no
muero».

SUFRIMIENTOS PURIFICADORES, SUFRIMIENTOS


REDENTORES Y
APOSTÓLICOS
A mi juicio, lo que hace tan largos y tan aterradores los
sufrimientos del Purgatorio son las ataduras conscientes, las
infidelidades directa o indirectamente voluntarias, las
resistencias, todo lo que hay de falta de conformidad entre
nuestra voluntad depravada y la de Dios.
En las almas que han logrado elevarse hasta un grado de unión
mística suficientemente alto, el desasimiento de todo lo creado
puede hacerse sobre la tierra con una impresión crucificante
muy dolorosa por dos razones:
En primer lugar, por muy purificada que nos parezca un alma,
puede tener todavía a los ojos de Dios y a los suyos propios
algunos vínculos que la retengan y a los cuales haya de
renunciar a toda costa. Los sabios modernos nos hablan de que
en cada centímetro cúbico de agua existen de siete a ocho mil
millones de microbios que, sin embargo, no vemos en ella.
Pues en lo espiritual sucede lo mismo, que tampoco vemos
esos átomos que, a los ojos de la santidad de Dios, parecen
montañas, y lo son en realidad. «Porque tanto me da que un
ave esté asida a un hilo delgado que a uno grueso; porque,
aunque sea delgado, tan asida se estará a él como al grueso,
en tanto que no le quebrare para volar» Pruebas que son como
la traducción a lengua humana, al sufrimiento humano, del
horror que tiene Dios por el menor pecado.
Otras veces, el alma está realmente purificada. Y aunque sufra,
no tiene la.
impresión de estar separada de Dios. La profunda alegría que
tiene de ser suya no puede perderse. Esa alegría coexiste con
el dolor más intenso. Es como cuando Jesús conservaba la
visión beatífica en Getsemaní y en la Cruz. Las pruebas,
sufrimientos, tentaciones de todo género que sobrevienen ya
no son purificadoras, sino redentoras. Vistas desde fuera y
como superficialmente, tienen el aspecto de pruebas y de
tentaciones de principiantes, pero son apostólicas, pues se
trata de almas que se ofrecen por otras almas y que sufren
exactamente lo que el alma pecadora o principiante sufriría en
aquel estado. Es el caso de San Vicente de Paúl cuando
padeció dos años, según creo, aquella terrible tentación contra
la fe. O el de la última prueba de Santa Teresa del Niño Jesús,
que mereció un nuevo florecimiento de la fe en el mundo. Pues
por lo que a ella se refiere, estaba certísimamente purificada.
O el de la Venerable María de la Encarnación cuando se ofreció
por su hijo y por otra alma. Esa irradiación apostólica es cierta,
pero no es infaliblemente atendida para determinada persona
en particular.
Según San Juan de la Cruz, el alma elevada al matrimonio
espiritual ha llegado al estado perfecto, por más que pueda
aumentar todavía su caridad como un hombre que ha
alcanzado su total desarrollo. Puede todavía merecer y producir
frutos cada
vez más sabrosos y abundantes. Pero su purificación ha
terminado, la estructura interna de la gracia, de las virtudes y
de los dones ha concluido.

ALEGRÍA EN EL SUFRIMIENTO QUE CONDUCE A DIOS.

Yo, Dios mío, no debo proclamarte grande, liberal y magnífico


solamente en el momento en que te dignas visitarme y
hacerme gustar la alegría de tu dulce presencia, sino también,
y tal vez sobre todo, cuando te place abandonarme, y dejarme
solo en las tinieblas, en la noche fría y sin fin. Pues hagas lo
que hagas, Tú
eres siempre grande. liberal y magnífico. En el fondo de todo
sufrimiento que viene de Ti escondes una gracia y un gozo. Si
soy animoso, sí sé comprender, sí sé aceptar, y amar,
entonces el dolor me arranca a mí mismo, me hace cruzar la
zona vacía, me eleva por encima de todo y me lleva hasta Ti,
para depositarme en tus brazos y sobre tu Corazón. Sí, Dios
mío, del mismo modo que hay un éxtasis de gozo, hay un
éxtasis de dolor. «Mi alma magnifica al Señor».
¿Qué importa el camino que conduce hasta Ti, Dios mío, con
tal de que llegue a Ti?
¿No es acaso el más corto y más seguro el del sufrimiento?
¿Hay un punto del mundo que esté más cerca del cielo que el
Calvario? Y si para entrar en tu gloria te fue preciso sufrir, ¡oh
Jesús!, ¿cómo podemos nosotros esperar llegar a ella por otro
camino? ¡Pero qué importa!, una vez más, en el fondo.
Acercarse a Ti, Dios mío, unirse a Ti, ser admitido en tu
intimidad; todo está ahí y sólo ahí está todo.
Pues un solo momento de vida divina hace olvidarlo todo, ése
es el céntuplo que prometiste Dios mío, y que nos das ya
desde este mundo. Déjame decirte mi alegría, mi dicha, mi
embriaguez, por sentirme en Ti, por sentirte en mí. Tú no me
debes nada. Digo, sí, castigos. Y Tú me lo das todo. Lo sé, lo
siento, lo capto, lo saboreo.

LEVÁNTATE, AMADA MÍA.

Levántate ya, amada mía, hermosa mía, y


ven:
que ya se ha pasado el invierno y han
cesado las lluvias.
Ya han brotado en la tierra las flores,
ya es llegado el tiempo de la poda
y se deja oír en nuestra tierra el arrullo de la tórtola.

El invierno es la estación de las tinieblas y del frío. Las noches


son largas, los días son pálidos. Ya no hay hojas, ni flores, ni
frutos. Los pajarillos se callan. Todo está aletargado, todo
parece muerto. También el alma interior ha tenido su invierno.
Ha conocido los oscurecimientos del espíritu, los letargos del
corazón, esas horas en las que todo estaba frío, en las que
todo parecía muerto en ella. Ya no había luz, ni calor. ni. vida.
Dios se ocultaba. El alma estaba sola en un desierto sin
camino, azotada por todos los vientos, sacudida por todas las
tempestades. Era la hora de los misteriosos abandonos; era la
agonía; era el calvario. Pero había que vivir esta hora para
entrar en la gloria.
¡Pues el invierno acabó para siempre! ¡Y eres Tú, Dios mío,
quien se digna anunciárselo al alma! Y tu palabra no puede
engañar. Tú eres la Verdad misma. Por lo demás, el alma tiene
capacidad bastante para comprobar lo que aquello significa.
Podrán sobrevenir- todavía algunos retornos de tinieblas y de
frío, pues la tierra no es el cielo; pero esos momentos de
prueba serán poco numerosos y no durarán. El invierno acabó.
¡Gracias, Dios mío! Que las almas pasen por esta ruda estación
es una necesidad que se impone a tu Sabiduría, pero que duele
a tu buen Corazón.
Estás como impaciente por ver alejarse a. ese duro invierno. Y
en cuanto puedes, se lo ordenas. Te es entonces gratísimo
anunciar Tú mismo a tu hija que su prueba ha concluido y que
los días hermosos no tardarán ya en venir.
Entre el invierno y la primavera media el periodo de las lluvias.
Hace menos frío; está menos oscuro. Los días alargan; de vez
en cuando brillan algunos rayos de sol.
Pero, por lo común, cae una lluvia gris, monótona, persistente.
Apenas se puede salir. El horizonte está cerrado, muy cerca,
como al alcance de la mano. En lo espiritual, el alma interior
conoce una estación muy semejante. En su espíritu hay menos
tinieblas; en su corazón, menos frío. De vez en cuando, le
parece que las cosas van a cambiar, y a mejor. Pero lo más a
menudo, le envuelve un velo gris.
No ve muy lejos delante de ella. ¿Qué habrá detrás de esa
cortina sin dibujos y sin colores? Lo sospecha, pero no lo sabe.
La espera es larga, monótona, un poco fatigosa para la
imaginación. El corazón permanece fiel e incluso lo es cada vez
más. Pero al alma le tarda salir de esta especie de prisión.
¡Cuándo vendrás, Jesús!
_____________________________________________

Y Jesús viene. Anuncia al alma que la estación de las lluvias


«ha cesado», que ha desaparecido definitivamente. Y aduce en
seguida la prueba:

«Ya han brotado en la tierra las flores».

El alma, en efecto, no es ya esa tierra endurecida por los fríos


o empapada por las lluvias. Se parece al campo en primavera.
Está cubierta de flores. La campanilla, valerosa y llena de
esperanza, ve brotar a su lado la humilde, tímida y fragante
violeta. Surgen luego el meditabundo pensamiento, y el
gracioso
clavel que vuelve su cabeza, un poco pesada, hacia el sol,
como una imagen del alma, rebosante de vida interior y
dispuesta a abrirse. Aparecen después el purísimo lirio y, por
fin, la rosa primaveral de la caridad. Las flores de las virtudes
se muestran en el alma por todos los lados. Forman para ella
un aderezo incomparable. Es éste uno de los más bellos
espectáculos que existen en el mundo.

La primavera de un alma interior es algo arrobador.


En este momento de la vida espiritual, los ojos del alma se
abren sobre el mundo.
Ve la tierra tachonada de almas en flor. Lo que ella es ahora, lo
son también otras.
Lo que del trabajo divino capta en si misma lo contempla
gozosa en otras almas.

Está asombrada, arrobada por tan hermoso espectáculo. Todo


lo demás desaparece a sus ojos; ya no ve más que eso. Luego,
a medida que las virtudes van desarrollándose en ella, sus ojos
se abren más, su mirada se hace más penetrante. Observa
mucho mejor la variedad de las formas, la riqueza de los
matices y la armonía de los colores. Se ha desarrollado en ella
un tacto misterioso.

Una pequeñez le basta para adivinar en dónde está la obra de


Dios en tal o cual alma. Le parece también que está armada de
un sentido nuevo para captar los aromas espirituales, que son
tan variados como las virtudes y como las almas. Pues para
ella, verdaderamente, hay flores del cielo sobre la tierra.

Cuando el alma tenía frío, - cuando la envolvía la lluvia


brumosa y triste de la prueba, no sabía más que gemir
dolorosamente o callarse; pero ahora todo ha cambiado. Dios,
su verdadero sol, la ilumina, la calienta, la regocija. ¿No es
ésta la hora de decir muy alto su felicidad, de cantar? Si, en
verdad, «ha llegado el tiempo de la canción». Y ahora el alma
interior canta. Empieza ya desde la tierra el canto de amor de
la eternidad. Es ésta una melodía misteriosa. El grado de
armonía de su voluntad con la voluntad de Dios es su tónica.
Cuanto más perfecta es la unión,
más se eleva esa tónica. ¡Dichosa el alma cuya acción tiende
cada vez más a la completa realización de la voluntad divina!
Su voz se eleva hasta la altura del cielo, y esta última nota es
la que agrada al oído de Dios. Con ella acaba aquí abajo la
melodía, pero para empezar allá arriba, para siempre.

Para animar al alma interior a seguirle, el Esposo le hace


observar todavía que el arrullo de la tórtola se deja oír. No
hubiera ésta abandonado sus cuarteles de invierno si no
hubiera venido la primavera. Uno y otra obedecen a una
misma ley.

El canto de la tórtola tiene algo dulce, apacible, constante,


gratamente monótono.

Diríamos que es la voz de un afecto seguro de sí mismo, que


para gustarse no tiene necesidad sino de repetirse sin brillo,
casi sin ruido, pero también sin pausa. En el fondo del alma
interior hay una voz muy semejante. Canta dulcemente y como
muy bajo una melodía muy sencilla, que se contenta con unas
pocas notas a intervalos muy cercanos:

«¡Oh Amor, te amo! ¿Dios mío, Tesoro mío, mi Todo, mi


Amor!».
III. LA UNIÓN CON DIOS.

DIOS, ÚLTIMO CENTRO DEL ALMA.

Del mismo modo que, según dicen, la piedra tiende por su


peso hacia el centro de la tierra y en él se precipitaría por si
misma, como en el lugar de su definitivo descanso, así también
nuestra alma tiende hacia Ti, Dios mío, con todo el peso de su
amor. En ese movimiento que hacia Ti la lleva podemos
considerar algunos centros sucesivos, que son como jalones de
etapa, o puntos provisionales de descanso, desde los cuales el
alma se lanza de nuevo hacia TI, Dios mío, con una visión más
clara de su fin, con un amor más impaciente y unos deseos
más avivados que dan a su marcha hacia adelante una
aceleración misteriosa. Pero de etapa en etapa, de morada en
morada, de centro en centro, el alma llega por fin hasta TI. Y
entonces su movimiento se detiene. No tiene ya razón de ser,
puesto que el alma ha llegado al término de sus deseos y de su
camino. Ha llegado a su fin. Y entonces descansa en él, en la
definitiva y apacible posesión de su Tesoro y de su Todo.

DIOS, MORADA DEL ALMA.

Dios, en efecto, se ha reservado en el fondo del alma una


morada en la cual ni siquiera la misma alma puede entrar sin
un permiso especial suyo. Y allí precisamente es donde se
introduce entonces al alma, no ya para algunos instantes, sino
para siempre, según ella cree, Dios le reveló primero la
existencia
de esta morada. Despertó luego en ella un ardiente deseo de
entrar allí. Este deseo creció. Y después de duras pruebas
acaba de realizarse. El alma ha entrado por fin en la casa de su
Padre. Tiene entonces la impresión de que va a habitar en ella
para siempre. Pero hay más. Porque la casa de Dios es el
mismo Dios. Es, pues, en Él mismo en donde hace entrar a su
hija. La frase de San Pablo se convierte entonces para el alma
en una realidad tangible, cabría decir que vivida. En Él vivimos
y nos movemos y existimos. Vivir en Dios es, desde ahora, su
porción. Así, pues, el descanso, el refresco, el alimento del
alma es el mismo Dios. El alma siente que le acaban de dar
nuevas fuerzas; que la vida, una vida divina, circula a oleadas
en ella. Le parece, no sin razón, que su Dios le ha llevado
hasta lo más íntimo de sí misma y que ella se ha apoderado de
Él en ese misterioso paraje en donde se confunden lo finito y lo
infinito, cuando Dios estaba totalmente ocupado, como la más
tierna de las madres, en dar a su hija la vida, la fuerza, la paz
y la alegría. Y entonces, felicísima, el alma exclama: El mismo
Dios restaura mi alma.

INTIMIDAD.

Cesa entonces la busca y empieza la posesión. Pues no ya en


el orden del ser, sino en el orden del conocimiento y del amor,
el alma y Dios no constituyen ya más que una sola unidad. Son
dos naturalezas en un mismo espíritu y un mismo amor.
Sobreviene así una profunda intimidad, la comunión perfecta,
la fusión sin mezcla y sin promiscuidad. Estamos en Él y Él está
en nosotros. Somos todo lo que Él es.
Tenemos todo lo que Él tiene. Lo conocemos, casi lo vemos. Lo
sentimos, lo saboreamos, lo gozamos, lo vivimos, morimos en
Él Pues, efectivamente, ésta sería la hora de la muerte, si Él no
quisiera que siguiéramos viviendo aquí abajo. Pero esa vida
que vivimos tenemos que darla, y para eso permanecemos.
Pero cuando la obra divina haya concluido, caerá el último velo
y sobrevendrá la perfecta posesión de vida no terminada
que se halla toda junta.
Cuanto más adelantamos, más saboreamos la perfección de
Dios. Es como una progresiva invasión con momentos como de
aparente detención. Viene luego una nueva ola, que llega más
lejos que la primera y que parece partir de más hondo.
Nada es tan dulcemente impresionante como esa extensión de
la acción divina que parte de lo más íntimo del alma y se
adueña hasta de la zona que linda con el mundo sensible.
Acude después a nuestro corazón una ardiente plegaria. Si es
verdad que te poseo, Dios mío, haz que yo te difunda. Parece
entonces como si la mano extrajese de un tesoro interior y
diera, diera, no cesara de dar. ¡Qué beatitud!

REALIDAD DE LA POSESIÓN DE DIOS.

Lo que tenemos que repetir mucho, de tanto como asombra e,


incluso, a primera vista, desconcierta, es que esta posesión de
Dios por el alma es lo más real que hay en el mundo. Hay
algunas almas que pueden decir con toda verdad: "Dios está
en mí". Y no hay en ello exageración ni ilusión alguna. Esa
frase es la expresión fiel de la realidad. Cierto que esta
posesión de Dios tiene grados, y muy diversos. Pero hay un
fondo común a todos ellos, bien traducido por el Cantar de los
Cantares: "Mi Amado es mío". Antes, el alma interior deseaba
a Dios. Lo buscaba, lo escuchaba, lo entreveía; llegaba incluso
a darse cuenta de que estaba muy cerca de ella y de que ella
estaba muy cerca de Él, allí, en el fondo de sí misma. Pero
entre buscar a Dios y luego encontrarlo y, sobre todo,
poseerlo, hay un abismo. Son cosas muy distintas, Y esa
diferencia que entre ambas existe, lo es todo.

Si Dios está en el alma, también el ama está en Dios. El alma


se da, Dios la acepta, se posesiona de ella y el alma interior se
da cuenta de esa toma de posesión. El alma no pierde su
naturaleza ni su personalidad. Y, sin embargo, ya no se
pertenece. Ha cedido gustosa su derecho de propiedad, y otro
lo ejerce en su
puesto. Y ese otro es el mismo Dios., Sólo que, lejos de
empobrecerla, esa donación la enriquece. El alma da unos
frutos de los cuales no creía ser capaz. Los saborea a sus
anchas y juzga que tienen un delicioso gusto a eternidad. Pero,
por encima de todo, experimenta una sensación de liberación,
de verdadera libertad, que la extasía de gozo. Ésta es la
libertad de los hijos de Dios. ¡Sufrimos tanto al ser de nosotros
mismos!… ¡Somos tan dichosos al no ser ya sino de nuestro
Dueño, de Dios!: Yo soy para mi Amado, y mi Amado es para
mí.

Cuanto más se adueña Dios de mí, mayor posesión tomo yo de


Él. Todas sus riquezas son para mí. Participo de su Ciencia, de
su Sabiduría, de su Poder, de su Bondad. Nadie puede
comprender esta misteriosa comunidad de bienes. Es una
especie de igualdad o, mejor aún, de unidad. El alma tiene la
impresión, clarísima, de ser divinizada. Está dentro de Dios, es
Dios en el sentido en que esto es posible para una pobre
criatura. Y no contento con hacerla comulgar así en su
naturaleza y en su vida íntima, Dios le hace participar en
ciertos momentos en el gobierno del mundo. El consejo de la
adorable Trinidad se celebra dentro de ella, y el alma asiste a
él, absorta de conmovida admiración.

"MATRIMONIO" ESPIRITUAL.

¿Por qué la palabra matrimonio? Por el carácter indisoluble de


esta unión.
Produce confirmación en gracia; por lo menos San Juan de la
Cruz así lo dice. Se trata de un contrato irrevocable, de una fe
jurada para la Eternidad. Tú, Dios mío, amarás siempre a tu
Esposa y ella te amará siempre. El alma interior así lo
entiende. Tiene de ello una persuasión íntima que vale para
ella, pero que no podría atestiguar fuera, puesto que no puede,
probarla. Por lo demás, a pesar de esa firmísima seguridad de
la que tiene conciencia, sobre toda en ciertos momentos, el
alma no cree estar dispensada en lo más mínimo de las reglas
de la prudencia cristiana en el ritmo ordinaria de su vida. Ve,
por el contrario, con la claridad de la evidencia, cuán
indispensable le es someterse a estas reglas y no apartarse
para nada de las vías de la obediencia. Dios la conduce e
ilumina a quienes la dirigen en su nombre. Y ella está en paz.

EL ALMA PARTICIPA EN LA VIDA TRINITARIA.

Tú, Dios mío, creaste las almas a tu imagen, las hiciste


semejantes a Ti. Luego les comunicaste tu propia vida. Bajo las
sombras de la fe creen ellas lo que Tú ves; esperan lo que Tú
posees; aman lo que Tú amas, es decir, a Ti mismo. Las almas,
gracias al principio sobrenatural de vida que Tú insertaste en lo
más profundo de ellas, pueden, pues, alcanzarte a Ti mismo en
tu vida íntima, comulgar verdaderamente en esa vida
bienaventurada, decir a su manera tu adorable Verbo, producir
a su vez tu Espíritu de Amor. Y luego, bajo el impulso
dulcemente irresistible de ese Espíritu divino, las almas pueden
refluir hacia Ti, ¡oh Padre, oh Hijo!, y reanudar
constantemente, con un goce constantemente renovado, ese
delicioso y sosegado proceso. ¿Hay en el mundo nada más
bello que un alma que vive de tu vida, Dios mío?

Llega un momento en el que quieres que el alma que así la


vive bajo las sombras de la fe vea disiparse de repente esas
sombras casi por entero. Una misteriosa claridad la penetra por
todas partes. Está totalmente iluminada dentro de sí por ella
sin que sepa bien cómo, sin que vea el foco de donde brota tan
dulce luz. Bajo la influencia de ese rayo de fuego el alma se ve
a sí misma viviendo de tu vida, comulgando en el conocimiento
y en el amor que tienes de Ti mismo, pronunciando el Verbo
del Padre, exhalando el Espíritu de Amor del Padre y del Hijo;
ardiendo en la caridad del divino Espíritu, adorable Trinidad.
Está más bella que nunca. Pues todo es en ella, como en Ti,
orden, poder, esplendor, armonía y paz.
CRISTO ENTRA EN EL ALMA.

Por fin se realiza el deseo de la Esposa y es escuchada su


oración; Jesús viene a ella, entra en su jardín. ¿Cómo, Dios
mío, penetras Tú en el alma que te ama?
Nadie lo sabe. Ni ella misma lo sabe. Es un secreto de tu
Omnipotencia y de tu Amor. Por lo demás, lo que al alma le
importa no es el "cómo" de tu presencia, sino el hecho mismo
de ella. Ahora bien, ese hecho es cierto. Algo misterioso y
profundo, apacible y dulcísimo, ha sucedido en ella. Le ha
parecido que Aquel a quien tanto ama y que hasta entonces
estaba escondido en el fondo de su corazón se abría paso
dulcemente como a través de la propia sustancia de ella misma
y afloraba graciosamente a la cima de su ser. Es como si se
hubiera producido una deliciosa eclosión del Amado hasta la
región ordinariamente habitada por el alma.

Pero para que el alma interior no pueda dudar de la realidad de


su dicha, Jesús se digna asegurársela por Sí mismo. Le habla.
A veces se sirve de la lengua común de su Esposa. Y entonces
ésta oye claramente una voz que le dice dentro de ella misma:
«Voy, voy a mi jardín, Hermana mía, Esposa». Pero lo más a
menudo,
Jesús le habla sin la ayuda de los sonidos. Con un lenguaje
totalmente espiritual. El alma comprende que algo se le
descubre y qué es lo que se le descubre. Todo sucede en la
inteligencia pura. El alma es instruida sin ruido, sin cansancio,
sin esfuerzo. No tiene que hacer más que escuchar. Por lo
demás, no puede dejar de hacerlo. Pero la dulce obligación en
que se encuentra de escuchar tan deliciosa palabra es para ella
un encanto más. El alma también es espíritu. ¿Por qué no iba
Dios a poder comunicar directamente su pensamiento a su
Esposa, sin emplear la mediación de los sentidos, incluso
interiores?

DIGNIDAD Y ARMONÍA DEL ALMA INTERIOR.


Cuando encontramos un alma interior, quedamos
impresionados por su dignidad, por su soltura y por su gracia.
La creeríamos de sangre real, lo cual es verdad, pues es hija
de Rey, es reina. ¿No eres Tú acaso, Jesús, el Rey de Reyes?
¿No es ella tu Esposa? ¿Por qué, pues, extrañarnos? En el alma
interior participa todo de esa nobleza divina; la revelan sus
palabras, sus gestos, sus movimientos, sus menores pasos.
Son graciosos, discretos y firmes. Al andar, no hace ruido, no
atrae la atención y, sin embargo, agrada, logra su fin como sin
esfuerzo. Apenas si hemos notado lo que hacía, de tan
ordenada como ha sido su acción; tiene el sentido de la
medida. Ha obrado como había que obrar. Ha hablado como
había que hablar. Era en ese momento cuando había que
callarse. Pero el exterior no es más que un reflejo. Lo interior,
lo que Tú, Dios mío, ves, es lo que cuenta sobre todo, y lo que
es verdaderamente hermoso. Pues todo ese interior está
ordenado. En esta alma son graciosos hasta los menores
movimientos interiores. A Ti te agradan y Tú eres buen juez. Y
es que todos están inspirados por tu amor. Que sólo él es su
principio y su término. También su regla. Sí, todos los
pensamientos de esta alma son pensamientos de amor. Y lo
mismo sucede con todos sus deseos y con todos sus actos.

En esta alma reina una profunda armonía. El Espíritu Santo,


artista de hábiles manos, la está modelando desde siempre. De
la voluntad, suave como la arcilla y firme como el oro, ha
hecho Él un collar irreprochable que conserva perfectamente
unidas entre sí a todas las demás facultades. Las facultades
sensibles sirven a las facultades interiores y las obedecen.
Éstas, por su parte, están a las órdenes de esa voluntad a la
que el amor divino ha penetrado hasta lo más íntimo. Y todo
ese mundo interior así ordenado tiene algo firme, gracioso y
fuerte que agrada a tus miradas, Dios mío; es como una
participación de esa armoniosa simplicidad tuya que
fundamenta, me atrevería a decirlo, tus innumerables e
infinitas perfecciones.
Nos basta entonces una palabra para decirlo todo cuando te
consideramos desde ese punto de vista: «Caridad.» Nos basta
también con esa misma palabra para decirlo todo cuando
hablamos de tu Esposa.

SU MODESTIA.

Tu Esposa ama la paz. Sus preferencias la llevan hacia una


vida muy sencilla. Tiene gustos modestos. Las más humildes
ocupaciones de la vida cotidiana no le desagradan; antes al
contrario. Se dedica a ellas gustosamente. Trabajar en silencio
su huerto; cuidar de que esté muy limpio y bien cultivado;
fomentar las pequeñas virtudes; interesarse por la brizna de
hierba y por la flor que se abre y se desarrolla, son cosas que
le encantan. Pues, a su juicio, no hay que descuidar nada
cuando se trata de hacer más agradable el propio corazón al
Corazón de Dios, y de aumentar desde todos los puntos su
semejanza con el de Jesús.
SU SOLTURA.

Las sucesivas purificaciones han devuelto las facultades del


alma interior al estado de puras facultades de conocer, amar,
querer e imaginar. Han quedado descargadas de todas las
formas creadas. Todo ha desaparecido de ellas. El fuego del
amor lo ha abrasado todo. Incluso los hábitos de pensar, de
querer, etc., han sido desarraigados, no sin grandes
sufrimientos. Pero las facultades no han sido destruidas por
ese proceso realizado en sus profundidades; antes, al
contrario. Están más ágiles, más fuertes, más aptas para el
bien que nunca. Se parecen a las facultades del primer hombre
que salió de las manos del Creador. Ya se trate del mundo
natural o del mundo sobrenatural, de la acción o de la
contemplación, las facultades, perfectamente libres,
perfectamente ágiles entre las manos de Dios, operan con
idéntica facilidad. Se mueven en esos dos mundos como sin
esfuerzo.
Van del uno al otro con perfecta soltura, gracias al
conocimiento que recibe el alma de las relaciones que los unen.
¿Acaso no es Dios el Autor de esos dos órdenes? Y como
consecuencia de su íntima unión con Dios, ¿no ve el alma las
cosas un poco como Dios las ve, y no las quiere como Dios las
quiere? Cuanto más puras están las facultades del alma, más
divinas son también, y más y mejor se armonizan con las
obras de Dios. De ahí esa perfecta soltura con que el alma
interior pasa de la contemplación a la acción y de la acción a la
contemplación.

EL SUEÑO DEL ALMA EN DIOS.

La vida de intimidad entre Dios y el alma empieza. Están


siempre juntos, no se abandonan. Quien ve al uno ve a la otra.
Diríamos que no son más que uno solo, aun cuando sigan
siendo perfectamente distintos. Pero hay horas en que esa
intimidad se hace mayor. Son las horas en que, al cesar la
actividad exterior, el alma interior vuelve a encontrarse a solas
con su Dios y descansa dulcemente a su lado. Sobreviene
entonces el gran silencio, el recogimiento profundo, la
conversación a media voz, entrecortada por largas pausas, en
las que no se oyen más que los latidos del corazón, Momentos
de quietud, de verdadero y tranquilo reposo de la voluntad en
Dios.

Cuando el alma interior está unida a su Dios, en lo más íntimo


de sí misma, duerme totalmente. Su grado de unión es la
medida de su misterioso sueño.

Se ha hecho en ella un gran vacío, luego una gran calma y, por


fin, un gran silencio. Duerme totalmente. Ya no oye nada, ni ve
nada, ni piensa en nada concreto. Sin embargo, vive, ama.
Diríamos que ha retirado de si todo el vigor que daba a sus
facultades. Ha hecho que todo descanse. Pero es para mejor
amar.
Concentra todas sus fuerzas en su corazón. Amar, solamente
amar, amar cada vez más es su único deseo y su única
ocupación. Parece muerta y vive más intensamente que
nunca...
Antes estaba más o menos distraída de Dios merced a las
cosas. Actualmente, por el contrario, está distraída de las
cosas por causa de Dios. Dios la ocupa enteramente. Se ha
adueñado de ella, en alma y, a veces, en cuerpo también.
Puede así decir el alma, y quienes se percatan de su estado
pueden decirlo también, que «ya no está aquí». Y es muy
cierto. Pues «el alma más vive donde ama que en el cuerpo
donde anima» Y ahora, ama. Y ama a Dios. Luego está en Él.

En fin, el alma así dormida es verdaderamente dichosa.


Participa de la misma dicha de Dios. Esa dicha la invade por
completo. La penetra sin que ella sepa cómo. No se pide
entonces al alma ningún esfuerzo; no tiene más que recibir y
que gozar en paz. Y eso es lo que hace, sencillamente. Nada
puede dar una idea de este goce totalmente divino. No se
parece a ninguno de los goces de este mundo. Es de orden
muy diferente. Tiene una esencia distinta, por lo mismo que
viene de otra fuente.
No podemos encontrarle ningún término de comparación. Hay
que hablar de él, pero siempre se hace mal, pues las palabras
del lenguaje humano no pueden traducirlo. Lo que cabe decir
es que está por encima de todos los bienes y a una distancia
de ellos inconmensurable. El alma que lo experimenta tiene,
pues, el derecho de gustar en paz su dicha y de permanecer
dormida para el mundo todo el tiempo que le plazca.

EL ALMA SE CONVIERTE EN LA PRESA DEL AMOR DIVINO

El alma interior ha sido verdaderamente conquistada por el


Amor divino. Tal vez la haya asediado durante mucho tiempo.
Pero, por fin, se ha apoderado de ella. Ha clavado en ella, con
gritos de triunfo y de alegría, la, Cruz, que es su estandarte.
Y desde ese momento reina sobre ella como vencedor. Todo es
allí suyo: espíritu, corazón, sentidos y bienes. El alma interior,
arrobada por haber sido conquistada así por la divina caridad,
canta la belleza, la fuerza y la gloria de Dios. Había temido
perder su libertad si le abría las puertas de su corazón. Pero
ahora comprende que la verdadera libertad consiste en hacerse
esclava del Amor divino. Creía que se le iba a quitar todo, y se
da cuenta de que se le ha dado todo.

Pero el alma no ha sido solamente conquistada por el Amor,


sino que es también su presa. Vive en Él, pero también puede
decirse que es consumida por Él y que muere en Él. Un fuego
interior la devora sin descanso, noche y día. Débil en su origen,
este fuego crece y se convierte en un inmenso incendio. Nada
se le escapa.
Alcanza a todo, purifica todo, se alimenta de todo, lo
transforma todo. Un observador atento se daría cuenta de que
en esta alma hay algo misterioso y divino. ¡Cómo lograr, en
efecto, esconder tan bien esta ardiente hoguera que no la
traicione ningún resplandor! Es casi imposible. Por lo demás,
llega un momento en que el mismo Dios acaba por permitir
que ese incendio de amor estalle de algún modo. Conquistada
primero, y víctima luego de la caridad, el alma interior se
convierte así en el heraldo de Amor eterno. Lo predica, lo
difunde. Poco importa el medio ambiente en que transcurra su
vida. pues hasta en la más profunda soledad su programa
seguirá siendo el mismo; y cuando no pueda hablar ni escribir,
siempre y en todas partes podrá orar, sufrir, amar…

PUREZA, FUERZA Y RIQUEZA DE ESTE AMOR.

¡Qué puro es tu amor, Dios mío! Es el amor de un espíritu por


otro espíritu. Ignora lo que San Pablo llamaba la carne, y ella
lo ignora también. No pertenece a su mundo; está
infinitamente por encima de ella. Más aún: le hace la guerra, y
una guerra despiadada. Para que pueda vivir, para que pueda
desarrollarse a su gusto en nosotros, es menester que la carne
se doblegue, se vaya desecando poco a poco y acaba por
morir. De esa misteriosa pugna es nuestra alma a la vez teatro
y premio. ¡Feliz mil veces Aquella que, para unirse a Ti, no
tuvo que padecer esas crucificantes, pero necesarias
purificaciones del amor!
¡Qué fuerte es también tu amor, Dios mío! Podemos apoyarnos
sobre él con toda seguridad, pues jamás se nos zafa. El alma
que a Él se une llega a ser tan firme e inmutable como Él.
Puede sentir en sus facultades sensibles el inevitable flujo y
reflujo de las emociones, pero su fondo íntimo no es turbado
por ellas. Descansa sobre la tierra firme de tu amor. Si la
tentación trata de inquietar su paz, el alma interior no tiene
que hacer sino adherirse más firmemente a tu amor, para
reducirla a la impotencia y para verla desaparecer. Tu amor es
su refugio, su fortaleza. Allí está en seguridad. Nadie podría
alcanzarla. La protege por todos los lados. La envuelve por
todas partes. Es esa nube, luminosa y tenebrosa a un tiempo,
que la guía y la oculta. El alma se siente verdaderamente
rodeada de una influencia misteriosa que la robustece, la da
confianza, la reconforta y la vivifica deliciosamente.

¡Qué abundante es tu amor, Dios mío! Es un tesoro. Contiene


todos los bienes. Es inagotable. Todo me viene de él. Es el
primer don totalmente gratuito y totalmente gracioso.
¿Por qué me has querido, Dios mío?
Únicamente porque has querido y porque eres bueno. Al darme
tu Corazón, me lo has dado todo.
¿No eres Tú el poder infinito? ¿Y no está ese poder como al
servicio de tu Amor?

LLAGA DE AMOR.

El mal que padece y del que se queja tu Esposa es


misteriosísimo. Pero Tú que lo has causado, Dios mío, lo
conoces bien… Empezaste por hacerle en el corazón una
heridita tan pequeña que apenas si el alma podía sentirla.
Luego, poco a poco, se ensanchó. Se hizo más profunda. El
alma ya no fue sino una llaga que nadie sabía curar, y a la que
todo avivaba y hacía sufrir. El dolor que destilaba esta llaga,
por otra parte delicioso, llegó a ser intolerable. El alma gemía,
se quejaba, gritaba. Bien
sabía ella que no había más que un remedio para su mal: un
amor más grande que la liberase de su cuerpo, la hiciera morir
y la arrojase por fin y para siempre en tus brazos. Por lo
menos ella quena sentir junto a si a su único Médico, que eras
Tú, Dios mío. Pero Tú no heriste tan profundamente a esta
alma amadísima sino para llenarla de Ti mismo. Tú eres el
alimento de la llama que encendiste; aliméntala, pues; no
puede vivir más que de Ti.

Todas las almas, Dios mío, deberían ser heridas por este
misterioso mal. ¿No eres Tú la Bondad perfecta y la Belleza
infinita? Nuestro corazón, hecho por Ti, ¿no está hecho para
Ti? ¿Por qué, pues, hay tan pocas almas que te amen de
veras? Pero no hemos de volvernos contra Ti, Dios mío, sino
contra nosotros mismos. Pues Tú te mantienes a la puerta de
nuestro corazón, y llamas a él de mil maneras. Pero nosotros
no oímos tu voz, pues hay en nosotros demasiado ruido. O si la
oímos, no nos decidimos a abrir y a darle para siempre y por
completo nuestra voluntad. En el fondo, nuestra alma está
enferma, y de un mal que la mata; el amor de sí misma;
cuando debería estar enferma de un mal que la haría vivir en
plenitud y para siempre: el mal de tu amor, Dios mío.

¡Señor, cúranos del mal humano! ¡Señor, enférmanos del bien


divino y que esta enfermedad nos haga morir!

EL ALMA, ELEVADA POR ENCIMA DE SUS FACULTADES,


RECIBE LAS CONFIDENCIAS DIVINAS.

El alma interior es elevada, pues, por encima de sí misma. Se


encuentra situada no sólo por encima de sus facultades
sensibles, sino también por encima de sus facultades
intelectuales; inteligencia y voluntad. Ha sido llevada por Dios
hasta esa alta cumbre, hasta esa aguda cima del espíritu que
parece tocar el cielo. Allí, sosegada, tranquila, silenciosa, pero
viva y amante, oye la voz de su Dios, que le dice está sola
palabra: «Mira.» Es la hora de las iluminaciones, de las
revelaciones íntimas, de las confidencias y de los secretos. Los
ojos se abren. El alma ve la tierra como la ve desde el cielo. El
alma ve el cielo como deberíamos verlo desde la tierra si
supiéramos mirar. Contemplación que abarca todo, cielo y
tierra, en una única mirada de profundidad infinita.

Si el Amado tiene que hacer alguna confidencia, escoge ese


momento. Y sin ruido de palabras, casi sin que el alma se dé
cuenta, le dice lo que quiere decirle. Al volver a su vida
ordinaria, el alma conserva un recuerdo general, impreciso,
pero muy real, de haber sido instruida por Él. Luego, en el
momento oportuno, esta enseñanza escondida en el fondo de
sí misma se le aparece simplemente, sin esfuerzo, con un
carácter neto, preciso, firme, seguro y práctico que la asombra
y entusiasma. Bajo la influencia del Espíritu de Verdad y de
Amor; ha germinado la misteriosa semilla y se abre
dulcemente en el instante deseado.

Y aunque el Verbo divino se haya contentado con acercar a Él


esta alma amada, como Él es luz, el alma ha ganado
luminosidad por participación. Al volver en medio de las cosas,
aquella, alma no las ve ya con los mismos ojos, no las aprecia
ya del mismo modo.
Ha cambiado respecto a ellas y las cosas ya no le hablan la
lengua de antaño.

CONOCIMIENTO DIVINO.

Dios se complace en hacer ver las cosas al alma interior como


las ve Él mismo.
Revela sus secretos a sus amigos, y, por lo común, con tanta
mayor claridad cuanto más los ama. Lo primero que les enseña
con precisión y claridad absolutamente nuevas es el mundo de
la naturaleza, sus bellezas, sus perfecciones, la variedad de los
elementos que lo componen y su perfecta armonía en la
unidad.
Los cielos se convierten en un libro que les expone la
Sabiduría, el Poder y la Bondad de su Dios: Los cielos
describen la gloria de Dios (Salmo 19, 1)

Luego, el mundo de la gracia se ilumina y se convierte para el


alma interior en un espectáculo siempre nuevo y siempre
encantador. ¡Qué bella es, en efecto, la obra de Dios en las
almas! ¡Qué paciencia para esperarlas, qué misericordia para
acogerlas, qué delicadeza para levantarlas, qué generosidad
para amarlas! Parece como si por una sola alma se pusiera en
movimiento todo: la Santísima Trinidad, y Jesús el Verbo
Encarnado, y la Iglesia, su obra y su Esposa, y los
Sacramentos, y la gracia, y los hombres, y el mismo mundo
material:

"Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los


que le aman" (Romanos 8, 28).

Eso es lo que contempla el alma interior después de


descubrirlo en su vida personal y en la de los demás.
Pero lo que Dios quiere revelarle ante todo es a Él mismo. Sin
duda que no caen todos los velos de la fe; pero los que quedan
no perturban las relaciones del alma con su Dios. Trata el alma
con Él como si lo viera, y con tanta mayor sencillez cuanto que
lo siente vivo en su corazón, lo saborea y lo posee. Esta
posesión
consciente es en sí misma una especie de conocimiento cuasi-
experimental de Dios, como el que puede tenerse de un fruto
que se viera de un modo borroso a causa de debilidad de la
mirada, pero que se saborease ampliamente. Las dos fuentes
de
conocimiento de un solo y mismo objeto, al combinarse, dan al
alma un gozo pleno, verdadero, anticipo de la felicidad eterna.
EL ALMA SE ENRIQUECE CON EL CONOCIMIENTO DE LOS
ATRIBUTOS DE DIOS.
Cuando un alma entra por primera vez en Dios, experimenta la
impresión que tendría una persona que penetrase de repente
en una vasta habitación llena de los tesoros más ricos y más
variados. No captaría cada uno de ellos con detalle, sino que
tendría solamente una visión de conjunto. Pero esta visión le
causaría un gozo único, hecho en cierto modo de todos los
goces que gustaría si le fuera dado admirar cada uno de esos
tesoros en particular. Tus atributos, Dios mío, son esos
tesoros. Al unirse a Ti, el alma interior los ve de una sola
ojeada y los saborea todos a la vez, porque Tú eres la riqueza
y la simplicidad a un tiempo. Y la impresión que produces en
nuestro espíritu y en nuestro corazón participa de ambas. Al
encanto de este gozo, tan nuevo para el alma, se añade algo
inagotable, infinito, que se mezcla discreta y deliciosamente en
él, como sello propio de los goces verdaderamente divinos.

Poco a poco el alma se habitúa a vivir en esa celda interior.


Habita en ella. La convierte en su morada. Cuando tiene que
dejarla, sufre; se siente incómoda, como alguien que se
encuentra fuera de su sitio. En cuanto puede vuelve a ella. Pide
humildemente a su Dios que al reciba de nuevo. Dios no
siempre la atiende inmediatamente. Entonces ella suplica, y
espera confiada y en paz. Pero permanece allí, como verdadera
virgen fiel, atenta al menor sobresalto precursor de la venida
del Esposo. Llega un momento en que su Dios le hace entrar
de nuevo en Él.
Nuevas luces, nuevos asombros; nuevos goces también, y
mucho más profundos; he ahí la recompensa de su fidelidad:
"¡Muy bien, siervo bueno y fiel…; entra en el gozo de tu
señor!". (Mateo 25, 21).

El gusto general que experimenta el alma en su primer


encuentro con Dios se precisa y concreta poco a poco.
Sucesivamente, cada uno de los divinos atributos se deja
conocer mejor y saborear más. El alma los participa más a
fondo y de modo más consciente. Acabamos por ser lo que
amamos. Y en este caso, la cosa es tanto más fácil cuanto que
Dios habita realmente en el alma. Está como al alcance de la
mano. En cuanto se muestra, la voluntad se lanza hacia Él y se
adhiere a Él con todas sus fuerzas. Se produce entonces como
una deificación consciente del alma, ya general y confusa, ya
más precisa y más clara en forma de comunión en el Poder, en
la Sabiduría, en la Bondad, en la Misericordia o en algún
atributo de Dios.
Se hace también bajo forma de unión, ya con la Trinidad
íntegra, ya con alguna de las Tres adorables Personas.

Cada persona de la Santísima Trinidad (aunque esto suceda


por una acción común) se asimila el alma y se la asemeja para
que pueda actuar del mismo modo que aquella Persona y logre
su dicha en esa acción.

DIOS REVELA ESPECIALMENTE SU PODER, SU


SABIDURÍA Y SU BELLEZA.

Dios va revelándose progresivamente al alma interior. Le hace


entrever algo del Poder y de la Sabiduría con que gobierna al
mundo.

Sus manos son fuertes como las de un obrero vigoroso, y


flexibles como las de un artista genial. Nada escapa a estas
manos divinas. Nada se le resiste. Lo dirigen todo, hombres y
cosas, hacia donde les place. De esas manos salen maravillas,
que son como otras tantas piedras preciosas que las adornan.
La Esposa se percata de lo que ese Obrero divino realiza en
ciertas almas, de las obras maestras que sabe sacar del barro
humano. El alma queda absorta de admiración ante todo ello.
¿Pues qué puede haber más bello, Dios mío, que el espectáculo
de tu Amor en lucha con un alma? ¡Qué argucias, qué
delicadezas y, a veces, es cierto, qué golpes tan tremendos
para desligarla de todo! ¡Qué paciencia para purificarla a
fondo, qué
generosidad y qué arte para embellecerla, qué ardor para
abrasarla, qué aliento tan poderoso para levantarla por encima
de todo, aún de ella misma, para que pueda amarte sin medida
y predicarte sin miedo! ¿Qué puede haber más hermoso que
un
alma de Santo? ¿No es Dios quien la ha hecho lo que es por el
poder de su gracia?
¡Dichoso el que ve las manos de Dios trabajando en el mundo!

En su fondo, la materia prima de este trabajo divino es la


misma. Sin embargo, el estado inicial de esta materia difiere
mucho, según los casos. Hay almas que nunca han conocido el
pecado, al menos el pecado grave. Hay otras que estuvieron
sometidas a su tiranía, pero por poco tiempo. Las hay, en fin,
que descendieron todos los grados del abismo y vivieron en él
largos y tristes años. Pero al Poder divino le importa poco,
pues lo domina todo. Lo mismo puede hacer un Santo de un
pecador endurecido que de un alma inocente Y, a veces, lo
hace. Nada hay tan bello como ver la mano divina trabajando.
Arranca del barro, lava, purifica, talla, corta, pule, transforma.
Y no opera sólo desde fuera, sino, sobre todo, desde dentro.
Sólo ella puede hacerlo. Incluso cuando se sirve de un
instrumento es ella, en realidad, quien trabaja con él y por él.

Es hermoso ver cómo se transforman poco a poco las almas


bajo la acción divina.
Son como otras tantas maravillas que salen de los dedos
hábiles del Obrero divino, como piedras preciosas destinadas a
adornar la Jerusalén celestial, tan numerosas, tan variadas en
su forma como en su tonalidad y, por decirlo todo, en una
palabra, tan arrebatadoras y tan bellas. Aquí abajo sólo
conocemos algunas de ellas, y, además, las conocemos mal.
Para que se revele su belleza hace falta la luz del cielo. Sólo allí
podremos admirar toda su riqueza y la gracia de las manos
poderosas y ágiles de donde salieron.

Dios es soberanamente Hermoso, la Belleza misma


subsistente, el Ser único al que nada falta de lo que conviene,
que es, desde siempre, infinitamente perfecto y en el cual todo
es orden, unidad, simplicidad, puesto que todas las
perfecciones posibles e imaginables forman en Él una sola y
misma realidad con Su esencia.

Dios halla en el conocimiento que tiene de Sí mismo un goce


infinito. Es el eterno admirador de su eterna Belleza. Es, pues,
la verdadera fuente y el modelo de toda belleza.

Cuando me dejo distraer de Ti, Dios mío, me parece que


abandono la región de la luz para entrar en la de las tinieblas.
¡Hiere tanto los ojos todo lo que no eres Tú!
Para quien te ha entrevisto sólo una vez en tu inaccesible luz,
¡es ya todo tan deforme y tan feo! Incluso las criaturas que
más te reflejan resultan entonces casi dolorosas de ver.
¡Ellas no son Tú, Dios mío! Y eres Tú lo que el alma quiere
contemplar cada vez mejor, cada vez más fija y más
profundamente.
La frase de San Agustín vuelve constantemente a nuestros
labios:

«¡Belleza siempre antigua y siempre nueva, te he conocido


demasiado tarde, te he amado demasiado tarde!»

Sí, Dios mío, Tú eres todo Bondad, todo Belleza, todo Gracia.
Tú has hecho muchas criaturas bellísimas y, sin embargo, su
belleza no puede contar junto a la tuya.
Todo lo que hay de bello y de bueno viene únicamente de Ti. Y
lo que das, no lo pierdes, pues lo posees infinitamente.

¡Oh!, hazme comprender, a mí que quiero ser dichoso, que


toda felicidad, que toda alegría está en Ti. ¡Si yo supiera ir a Ti,
embriagarme con tu Belleza, alimentarme con tu Bondad,
regocijarme con tu Alegría, saborear sin fin y como sin medida
tu Felicidad! Porque todo eso es posible, todo eso es cierto,
todo eso es necesario:
«Amarás...», y, por consiguiente, serás bueno con mi Bondad,
embellecerás con mi Belleza, te embriagarás con mi dicha.
¡Oh Dios mío, que sea ahora, ahora, y siempre!
LOS DIVINOS PERFUMES.

El alma que se acerca a Dios experimenta, a veces, dentro de


sí misma la dulce impresión de que la envuelven y penetran
totalmente unos misteriosos perfumes.
No se trata de perfumes naturales que afectan a los sentidos;
no. Sino de que las realidades espirituales tienen unos medios
de manifestarse al alma que parecen análogos a las
emanaciones odoríferas de los cuerpos. En este sentido hay
perfumes espirituales. Tienen el privilegio de ser no sólo mil
veces más agradables que el bálsamo más exquisito, sino,
además, y sobre todo, el de ser sobrenaturalmente
bienhechores. Fortifican, ensanchan. Bajo su influencia, el alma
se despliega; respira a sus anchas. Crece. La vida, una vida
totalmente divina, le es infundida desde dentro. Lo advierte, y
se percata de que la causa inmediata de ello es ese misterioso
perfume.

Cuando Dios hace entrar al alma en relación como inmediata


con las realidades espirituales, y sobre todo con Él mismo,
sucede algo análogo a cuando se perciben las propiedades
sensibles de los cuerpos, los perfumes, por ejemplo. La bondad
de Dios tiene su aroma, como también tiene el suyo su
dulzura, y lo mismo sucede con los demás atributos divinos.
Parece que todo sucede como si, de hecho, el alma poseyera
un olfato espiritual armonizado por el Creador con los seres del
orden sobrenatural, y que le permitiera reconocerlo por su
olor. Cuando el alma quiere traducir al lenguaje humano lo que
experimenta en su vida íntima con Dios, no encuentra mejor
comparación: «Las cosas divinas me hacen gustar goces que
son, para mí, en el orden espiritual, lo que en el orden sensible
son los goces del olfato penetrado por el perfume de las
flores.»

En esa intimidad, Dios quiere hablar a su Esposa. Sus labios se


entreabren dulcemente. El alma interior observa entonces toda
su Gracia. Aun antes de articular un sonido, la encantan ya por
su forma delicada y por el dulce perfume que exhalan.
Tampoco queremos decir, ciertamente, con esto que Dios
tenga labios, o que Jesús deje, por un momento, contemplar
los suyos, como podría hacerlo. Sino que el alma interior y
Dios están entonces tan cercanos que pueden hablarse como
de boca a boca "Todo el afecto verdadero, profundo, puro, que
unos labios humanos bien modelados podrían expresar por su
forma, lo lee el alma interior sobre lo que, para ella, es como la
boca de su Dios. En el pliegue y en el movimiento de estos
labios misteriosos, comprende que agrada a su Dios y que es
amada por Él.

Un perfume delicioso brota de los labios divinos. Se diría que


viene de lo más íntimo del Corazón de Dios. Resume en él y
hace gustar al alma interior todos los encantos de los demás
perfumes. ¿Por qué la esencia divina no había de tener su
aroma? Así lo comprende la Esposa en la hora bendita de su
unión. Ese perfume que ella puede llamar «esencial», esa
«mirra purísima», le anticipa ya algo de los goces del cielo;
una especie de atmósfera embalsamada la envuelve por todas
partes. Se siente a la vez separada y protegida por ese medio
ambiente invisible y, sin embargo, tan real. Puede entonces
amar a Dios a sus anchas. Y eso es lo que hace sin
razonamiento, sin esfuerzo, movida por un instinto divino que
la asombra y la tranquiliza a un tiempo. Está conmovida por
esa nueva manera de vivir que no conocía, al menos en este
grado, pero siente que ésa es la verdadera vida, y exulta de
alegría.

EL ALMA EXULTA.

El amor de Dios tiene un calor que ensancha al alma en su


fondo y la llena de gozo.
Bajo su influencia, el alma se siente crecer, su capacidad de
dicha aumenta y al mismo tiempo se colma. Luego, siempre
bajo la acción del fuego del amor, vuelve a ensancharse para
llenarse otra vez. Y así sucede casi sin descanso. El alma
invadida por tu Amor, Dios mío, experimenta la impresión de
que se desarrolla y expande en ella una vida totalmente
interior. En ciertos momentos, la oleada de calor es tan fuerte
que el alma no puede ya soportarla. Es entonces cuando hasta
el corazón físico se dilata, tal como se ve, por ejemplo, en la
vida de San Felipe Neri, o se siente traspasado de parte a parte
por una flecha, como sucedió a Santa Teresa de Ávila. Suena la
hora de la plena expansión.

La emoción que experimenta el alma cuando por primera vez


se siente inmediatamente unida a Dios, cuando lo toca
espiritualmente en el fondo de sí misma, cuando recibe ese
maravilloso beso divino; en fin, cuando se da cuenta de que
penetra en Dios y de que Dios la penetra por entero, es
deliciosa. La idea que posteriormente se forma de su propia
felicidad es la de compararse a una esponja en el océano, pero
en un océano de pura dicha, conocida y gustada por todo su
ser.
De momento es tan dichosa, que llora de alegría. ¡Es tan
bueno sentirse unida a Dios y tan amada por Él! Es tan nuevo,
tan distinto a lo que imaginaba, que se siente sobrecogida por
un santo temblor. Si nos atreviéramos, diríamos, para dar a
entender algo de lo que sucede entonces, que la dicha le
conmueve hasta la médula. A veces ocurre que el cuerpo
participa algo de eso a su manera. Pero lo que experimenta no
es, con mucho, lo esencial, ni lo mejor. Pues el alma tiene sus
goces propios, y éstos son los únicos verdaderos.

A cada visita de Dios aumenta este goce. Es el mismo, y, sin


embargo, se lo saborea como si fuera nuevo. Es el goce de
Dios que se infiltra deliciosamente en el alma. Y se lo saborea
en Dios.

Todavía aumenta el goce del alma por el descubrimiento de


otras almas admitidas como ella a participar del mismo modo
en la felicidad de Dios. La dicha de estas almas aumenta la
suya. El mundo espiritual le ofrece un espectáculo grandioso y
encantador: el de las almas arrebatadas de amor por Jesús.
Todos los corazones puros que le conocen son ganados por Él.
Ejerce sobre ellos una irremediable atracción. Hay flores que
siguen al sol en su carrera de Oriente a Occidente. Jesús es el
sol de las almas. Éstas se iluminan con su luz y se calientan
con los rayos de su amor. Las atrae, las eleva, en cierto modo,
hacia Él. Lo siguen con mirada afectuosa y constante. Lo aman
mucho, sin límites. Cuanto más puras son, más se adhieren a
Él. Cuanto la tierra tiene de más noble, de más delicado, de
más generoso, le pertenece. Sí, Jesús, es literalmente cierto
que los corazones puros te aman con incomparable amor.
Resulta dulce comprobarlo; es arrobador contemplarlo.

EL ALMA CANTA.

Hablar, y sobre todo cantar, es expresar en alta voz, sin temor,


con felicidad, con entusiasmo, aun los sentimientos más
íntimos del corazón con respecto a Ti. Tú tienes derecho, y
pleno derecho, a esa manifestación sensible de la estima que el
alma te tiene y del afecto que por Ti siente. Por lo demás, esa
ley se impone imperiosamente al alma interior, al menos en
ciertas horas... Pues si entonces le fuera preciso callar su
amor, se ahogaría. Es preciso que hable, es preciso que cante,
aunque esté sola. Verdad es que Tú estás siempre allí para
escucharla, y eso le basta. Su voz agrada a Dios, y una voz
que agrada de ese modo puede decirlo todo. Canta así con
todo su ser. Diga lo que diga o haga lo que haga, todo está en
calma, todo está tranquilo, todo está en orden en esta alma;
impone, sobre todo, un sello de dulzura, de armonía y de paz
que alegra a su Dios. Pues, para Él, su voz es dulcísima y muy
agradable.

¡Qué bien recompensada queda de sus esfuerzos el alma


interior, Dios mío, cuando te oye afirmarle que todo lo que
dice, todo lo que hace, todo lo que sufre, se convierte en una
voz melodiosa que sube hasta Ti y que te encanta! Nada hay
ruidoso, duro e hiriente; pero nada tampoco amanerado, en
esta voz que tanto te agrada. Por el contrario, hay algo ágil y
gracioso, firme y dulce, armonioso.
Y si pensamos ahora que otras almas -cuya actividad, interna y
externa, perfectamente acorde con tu voluntad, se transforma
en una melodía semejante unen su voz a la de ella, creeremos
oír muy por encima del fragor del mundo una incomparable
sinfonía, verdadero eco y verdadero preludio del eterno
Cántico.

Cerraos a la tierra y abrid esa ventana de vuestra alma que da


hacia el infinito.
Permaneced el mayor tiempo posible en esa misteriosa soledad
frente a ese horizonte ilimitado, aunque nada veáis todavía, y
respirad a pleno pulmón el aire divino.

Escuchad el canto de esas desconocidas almas silenciosas que


aman a Dios cuanto pueden y que saben decírselo sin ruido de
palabras, con sólo los latidos de su corazón, todo él llama y
fuego. Resuena constante en esa inmensidad.
Que vuestro canto de amor se una al suyo, al de María y al de
José, al de los ángeles y al de los Santos.

DIOS Y EL ALMA SE ENCANTAN MUTUAMENTE.

Tú amaste al alma, Dios mío, le comunicaste tu Vida, la


embelleciste. Y el alma se te parece ahora hasta la confusión.
La has encantado. Pero ella, a su vez, te encanta. Y ahora
estáis como misteriosísimamente unidos por unos vínculos que
no se ven con los ojos del cuerpo ni con los de la imaginación,
que tampoco se cogen con las manos y que, sin embargo, son
muy reales, muy dulces y muy fuertes.
Atracción libre e irresistible que os mantiene vueltos uno hacia
la otra, mutuamente unidos, arrobados, prendados una del
otro. Y el alma se da cuenta de que te envuelve con su dulce
influencia, del mismo modo que ella misma se siente
totalmente penetrada por la tuya, ¡oh Dios mío!
¿Quién podrá decir, Dios mío, la profundidad y el poder de tal
encanto? Nada se le escapa. Invade todo el ser, osaríamos
decir que hasta los tuétanos. Es una divinización ab intra. Se
diría que tu ser, que, sin embargo, no puede mezclarse a nada,
se convierte en el mismo ser del alma. Ésta comulga -o mejor,
tal vez, es comulgada- en tu plenitud. Es la dicha insondable,
la paz, la alegría, la fuerza, la seguridad, la luz, el calor, la
vida. Es todo. Es más que todo. Está por encima de todo. Te
vemos desde dentro. Te poseemos. Te saboreamos. Somos Tú
mismo.
Todo ello basta para morir. Y, sin embargo, no es más que una
aurora, más que un comienzo. El horizonte se dilata. Son
perspectivas infinitas y seguras. El presente da a manos llenas.
Parece agotar el poder de dicha del alma. ¡Y, sin embargo, el
porvenir dará todavía más!

NADA GUSTA TANTO A DIOS COMO UN ALMA QUE SE


IGNORA A SÍ MISMA.

Nada te está oculto, Dios mío. No se te escapa ninguno de los


movimientos de un alma que te ama. Se diría que estás
totalmente ocupado en acechar la más ligera manifestación de
su amor hacia Ti. Ya puede envolverse en la discreción y en la
modestia como en un velo para casi ocultarte, para ocultar a
todos y a si misma lo poco que hace por Ti, según le parece a
ella; es tiempo perdido. No hay velo para Ti, Dios mío. El
esfuerzo que realiza para guardar su secreto aumenta el
encanto de su afecto. Nada te gusta tanto como un alma que
busca el silencio, que se ignora a sí misma y no quiere agradar
sino a Ti. Se convierte en el objeto de tus complacencias. Atrae
tus miradas. Atrae, sobre todo, a tu Corazón. Le amas. Se lo
dices. Y le das en mil ocasiones pruebas evidentes de tu amor.
¡Alma bendita entre todas, quién dirá tu felicidad!

DIOS ELOGIA AL ALMA SU BELLEZA.


Nada es tan dulce al corazón de tu Esposa, Dios mío, como
oírte hacer el elogio de su propia belleza. Y no por vanidad de
su parte; no, en absoluto. Demasiado bien sabe que todo lo
que tiene lo tiene de Ti. Lo que le agrada es agradarte. Lo que
le encanta es encantarte a Ti. Toda alma que comprende lo
que Tú eres no debería tener otra ambición que ésa: atraer tus
miradas y retenerlas por su auténtica belleza.

Después de tantos trabajos y de tantas penas, tu obra está,


pues, acabada; la contemplas. Y te agrada tanto a Ti, el Divino
Artista, que la declaras perfecta y bellísima. Este elogio, tan
precioso, se lo dirigen a toda alma cuando entra en tu cielo.
Pero tu amor no siempre puede esperar este momento. Quiere
expresarse cuanto antes. Le cuesta mucho callarse. Y habla.
Dice una sola frase, ¡pero qué frase!

«¡Qué hermosa eres, Amada mía! Tota pulchra es, amica


mea eres lo más bello que hay en el mundo. Necesito
decírtelo. No temo hacerlo. Es verdad. Tu corazón está
dispuesto para oírlo. Sí, Yo, tu Dios, Yo te lo digo; no lo dudes
un instante: eres bella con la verdadera belleza. Y lo serás
siempre. Alégrate.»

Por lo demás, hay en tu voz un acento que no engaña. La


emoción que sobrecoge al alma hasta el fondo no puede tener
otra causa que Tú. Sólo Tú puedes obrar en ese centro interior.
Sólo Tú puedes derramar allí una tal paz, una tal seguridad,
una
tal beatitud. Por los frutos se conoce al árbol. Por la obra se
conoce al obrero.

De tu Gracia, Dios mío, podemos decir que «es más bella que
la belleza».

Hay en ella un encanto infinito. Cuando invade, pues, un alma,


le comunica ese encanto delicado, penetrante, delicioso,
indefinible. Esa Gracia está hecha de dulzura, de armonía, de
agudeza, de claridad también, pero tamizada y como
puntualizada. En ella nada choca, nada sorprende, nada se
impone a viva fuerza. Ejerce su imperio sin permitir casi que se
percate uno de ello. Envuelve en una atmósfera de paz, de
silencio y de santidad. Se la admira sin esfuerzo y sin
cansancio. Hace olvidarlo todo. Se hace olvidar a sí misma,
para hacerse paladear mejor. Tiene algo humilde, modesto, en
su manera.

Sí, la Gracia, tu Gracia, es «más bella que la belleza».

Pero la belleza y la Gracia de un alma Interior se armonizan


muy bien con la fuerza.
El alma interior es un alma enérgica. Ha combatido y continúa
combatiendo el buen combate. Es un alma conquistadora, que
espanta a los demonios y a sus desdichados prisioneros. Un
alma interior hace más daño a tus enemigos, Dios mío, que
más de cien que no lo son. Por si sola vale como un ejército.
Por lo demás, no lucha sola. Tú le das siempre soldados, y
buenos soldados. Ella los instruye. Los forma. Les imbuye su
ardor. Les comunica su energía. Los lanza al asalto. Les
asegura, por fin, la victoria.

En todas las épocas has enviado a tu Iglesia algunas de esas


almas valientes, terribles como escuadrones ordenados, y
que lo han salvado todo cuando todo parecía perdido.

«¡Danos, Señor, almas verdaderamente interiores!»

LA VIRGEN MARÍA, PREFERIDA DE DIOS.

Bien miradas las cosas, Dios mío, parece que esa alma
privilegiada, verdaderamente única, a la que llamas en el
Cantar de los Cantares:

«mi paloma, mi inmaculada»,


que no excita los celos de ninguna alma, sino que, por el
contrario, despierta la admiración y la alabanza de todas, es la
dulce y pura Virgen María, nuestra Madre.
Sólo a Ella se aplican tus magníficas palabras, sin restricción y
sin límites. Es tu Hija única, Padre adorado; es tu arrobadora
Madre, Jesús, Hijo único del Padre, convertido por Ella en
nuestro Hermano para salvarnos; es tu Santísima Esposa,
Espíritu de Amor, a quien Ella debe el ser Madre sin dejar de
ser la Virgen de las Vírgenes. No hay pura criatura, ¡oh
Santísima Trinidad!, que te sea tan querida como ésa. Es tu
única, tu divinamente preferida.

Después del Corazón de Jesús, no hay objeto más precioso de


conocer ni más dulce de contemplar que el Inmaculado
Corazón de la Santísima Virgen. Es un abismo de perfección,
de esplendor, de belleza, de gracia, imposible de describir. El
Corazón de María es la obra maestra del Espíritu Santo. Lo
enriqueció con todas las perfecciones, con todas las virtudes.

Sabemos que desde el primer instante de su concepción


nuestra dulce Madre gozaba de todo el Amor divino. En el
momento de su creación volvióse hacia Dios para unirse a Él en
perfección; y su amor aumentó a cada instante, pues repitió
ese gesto durante toda su vida y cada vez con más hondura e
intimidad. Su corazón es purísimo, es decir, sin mezcla de nada
inferior a sí.

La Santísima Virgen recibió desde el primer instante de su vida


el poder de amar en un estado perfecto. Y lo ejerció
inmediatamente. No conoció pecado ni imperfección... Su amor
de las criaturas fue la expansión de su amor a Dios, y en nada
turbó su inalterable, su santísima pureza. En Jesús ama a Dios,
puesto que Él es, a la vez, su Dios y su Hijo. Amó a San José, a
San Juan, a las Santas Mujeres, a todos los hombres que se
han sucedido en el curso de los siglos. Ama a todos sus hijos
con profundo y real amor, pero los ama en Dios.
EL ALMA ES ABSORBIDA POR DIOS.

Durante las duras pruebas que ha tenido que soportar para


conquistar tu amor, durante tus largas ausencias, ¡oh Jesús!, el
alma interior no ha permanecido inactiva. Con sus trabajos, y
sobre todo con sus pensamientos, ha sabido componer una
miel dulcísima, de delicioso perfume. Ahora te la ofrece.
Dígnate aceptarla. Le parece a esta alma como si fuera
comida, absorbida por Ti. Sin embargo, no pierde lo que tiene
ni la conciencia de lo que es. Y, a pesar de todo, se convierte
en tu misterioso alimento, toda ella íntegra, sustancia y actos.
Se convierte en Ti, sin que tengas Tú que adquirir nada,
propiamente hablando.

El cambio se opera íntegro en ella. Es ella la que se ha


convertido en Ti. "… al contrario, tú te mudarás en mí." (San
Agustín).

Verdad es que sigue siendo sustancialmente lo que es, y, sin


embargo, ya no es la misma, Ve, piensa, ama, obra como Tú,
contigo, en Ti. Si no está transustanciada, está transformada.
¡Dichosa e inefable transformación!

Durante largos días, Dios se ha convertido en aliento del alma


interior. Poco a poco la ha transformado en sí mismo. Pero
llega un momento en que hallándola transformada totalmente
y, por decirlo así, a su gusto, se alimenta, a su vez, de esta
alma así divinizada. Antes, ella se sentía interiormente
fortificada por un
alimento a la vez misterioso y delicioso. Gustaba, en el fondo
de sí misma, una gran felicidad, una felicidad suya propia, su
felicidad. Le parecía incluso que había alcanzado los límites de
la beatitud posible en este mundo. Pero aquello no era nada, lo
comprende ahora. Una alegría totalmente nueva acaba de
brotar en su corazón. Se da cuenta de que ella es como tu
propio alimento, Dios mío. Tu felicidad se convierte en
felicidad. Y está prendada, embriagada, fuera de sí misma.
Ciertamente, el alma interior no ignora que ella nada puede
añadir a tu dicha infinita. Sin embargo, todo sucede en esos
benditos momentos como si ella te hiciera verdaderamente
dichoso. No sólo gusta el alma de su propio goce, sino también
de tu alegría, de la cual le parece ser ella la causa. Ninguna
comparación puede hacer comprender lo que puede ser una tal
felicidad. Sería preciso corregir, sublimar hasta el infinito la, de
la madre más abnegada cuando alimenta con lo mejor de sí
misma a su hijo amadísimo y pone toda su felicidad en hacer
dichosa a esa querida criaturita que tan metida lleva en su
corazón, y pensar en María, Virgen y Madre. Y el gozo del alma
interior no pasa. No se agota. Cuanto más da ella a su Dios,
más le da su Dios a ella. Él es la fuente inagotable del amor. A
medida que se va saciando, llena su corazón, y eso es lo que
colma de gozo a su Esposa.

EL ALMA INTERIOR ES MÁS O MENOS INCOMPRENDIDA.

Muchas almas aun piadosas, no comprenden los impulsos del


alma interior, su verdadero estado, lo que legítima sus actos.

¿Hemos de asombrarnos de ello?

¡Nada de eso! Para juzgarla con verdad sería menester poseer


una ciencia muy profundizada de los efectos misteriosos del
Amor divino o sufrir uno mismo del mal que ella padece. Eso es
muy raro. Y el ideal, la unión de la ciencia especulativa y del
conocimiento experimental, personal, todavía lo es más.

Un San Juan de la Cruz, por ejemplo, no es dado al mundo,


según parece, a cada generación de hombres. Pero, aunque lo
fuera no se le podrían someter todas las almas heridas por el
mal del Amor divino. Tienen éstas que aceptar el ser más o
menos incomprendidas.

Es como si se planteara al alma interior esta pregunta:


¿Qué tiene tu Amado para ti más que para los demás?

Y el alma podría responder:

«Yo no sé cómo veis vosotros a mi Amado, pero yo ¡lo


encuentro tan hermoso! Posee todas las riquezas, es sabio,
poderoso, bueno, afectuoso. Es delicado, es firme y fuerte. Y,
sin embargo, es dulce, más dulce que una madre. No, nada le
falta. Cuanto más le conozco, más arrobada estoy por la
infinita profundidad de sus perfecciones. Y todo eso lo posee en
paz, en armonía, en orden. Es muy sencillo, no sólo en su
palabra y sus maneras, sino en Sí mismo. No me canso de
contemplarlo y de amarlo. Es la alegría de mis ojos y de mi
corazón.»

IV. FECUNDIDAD APOSTÓLICA.

LA UNIÓN SE REALIZA EN LA CRUZ.

Los signos del afecto de Dios revisten dos formas muy


diferentes: tan pronto son agradabilísimos y muy dulces, como
son dolorosos y crucificantes. Dios exalta el alma, y la rebaja.
La colma, y luego la aplasta. Pero la une siempre. Sí; a pesar
de
lo contrario de las apariencias, los contactos crucificantes unen
profundamente. Y no pensamos solamente en las pruebas
purificadoras del alma, preludio obligado de la unión:
pensamos, sobre todo, en esos dolores redentores que
experimenta tan a
menudo el alma que llega a la unión transformadora y
perfecta. Hay allí una comunión real con los sufrimientos de
Jesús Crucificado. Hay, pues, unión, y tanto más intensa
cuanto más profundos son los dolores. ¿Cómo explicar este
misterio?

Parece que San Pablo nos da la clave cuando dice: Estoy


crucificado con Cristo.
¡Qué unión en el sufrimiento y en el amor! El alma interior está
también verdaderamente clavada en la Cruz con Jesús, y por el
mismo Dios, según parece.
Es que cuanto más querida es un alma a su Corazón de Padre,
más quiere que sea imagen viviente de su amado Hijo. De ahí
el cuidado que pone en mantenerla siempre sobre la Cruz. Le
hace comprender de una manera sobrecogedora que Él, el
Amor, no es amado; que ella misma no le da todavía todo el
amor que podría darle. Le dice también que Él. que es la
Verdad, no es conocido y que ella misma no lo contempla lo
bastante. Entonces el alma siente que su corazón se deshace
de dolor, y en ello hay un goce secreto inefable. Es el gozo de
la caridad terrenal, imperfecto sin duda si lo comparamos con
el goce del cielo, pero muy superior a todas las felicidades de
la tierra. Sí, el sufrimiento bien aceptado une a Dios.
Diríamos que es una mano de hierro de la que primero
sentimos toda la dureza, pero que aprieta al alma cada vez
más deliciosamente sobre el Corazón de Dios. La amargura va
disminuyendo sin cesar, el gozo va siempre en aumento y la
unión se hace más íntima a cada dolor mejor aceptado; si no
siempre es más sentida, al menos es siempre más perfecta y
más profunda. Es que para sufrir bien hay que amar mucho, y
que en esas condiciones, y, por otra parte, en igualdad de
circunstancias, cuanto más y mejor se sufre, más y mejor se
ama. He ahí por qué el sufrimiento es un signo tan precioso del
afecto de Dios.
FECUNDIDAD DE LA CRUZ.

Tu Esposa, Dios mío, domina el mundo desde lo alto de su


amor. Pero su dominación nada tiene de duro ni de tiránico. Es
todo benignidad y bondad. Esta alma ha sido situada
graciosamente por encima de las demás. Ella lo sabe y lo ve
tan claro como el día. Nunca lo olvida. Si contempla las cosas
desde lo alto y desde
lejos, es para poder iluminar a los que están en la noche y para
dirigir hacia Ti a los que podrían extraviarse. Si vive sobre las
cimas y cerca del cielo, es también para hacer subir a ellas a
quienes están atascados en la tierra o a los que amenaza
tragarse el mar. Tú lo quisiste así, divino Salvador Jesús;
elevado a la Cruz, atraes todo hacia Ti. Toda alma unida a Ti
por el amor eleva al mundo.

¿De dónde viene este poder sobre las almas y sobre el mundo?
Sin duda del amor, pero de ese amor que se alimenta de
sacrificios. Hay que decirlo: la vocación a la vida interior
profunda es una, vocación al martirio. Efectivamente, el alma
llamada por Dios no sólo debe pasar por las duras
refundiciones de su sensibilidad y por las impotencias, todavía
más dolorosas, de sus facultades superiores obligadas, como, a
pesar suyo, a renunciar a su manera normal y natural de
obrar, sino que se le
piden nuevas inmolaciones, no tanto para ella como para los
demás. Sufre por no poder amar a su Dios como Él merece
serlo. Sufre al verlo tan poco conocido y tan poco amado. Más
aún: siente gravitar sobre ella con todo su peso al mundo y sus
pecados. El misterio de la agonía y de la Cruz se renueva para
ella, y comulga en él en la medida de su amor. Su vida, como
la de Jesús, es «cruz y martirio». Pero hay que decirlo
también: es un martirio amado. ¿Qué mejor prueba de afecto
puede dar a Jesús y a sus hermanos que aquélla? ¿Dónde
encontrar una prueba de amor más auténtica? Y el fruto de la
caridad es el gozo, un gozo totalmente espiritual, gustado en lo
más íntimo del alma y compatible con el verdadero dolor, que
llega a ser como su fuente. ¡Qué no sufriría Jesús sobre la
Cruz! Y, no obstante (sin hablar de la visión beatífica), ¡cuál no
sería su gozo al glorificar a su Padre y salvar a sus hermanos
por sus mismos sufrimientos! Profundo misterio, es cierto,
¡pero cómo ilumina el de las almas esposas y víctimas y cómo
hace entrever el de su dulce Madre, Nuestra Señora de los
Dolores!

He ahí por qué semejante alma atrae al Rey de Reyes y lo


cautiva. ¡Se siente tan dichoso al encontrarse en ella y al poder
hacer que los hombres se beneficien por ella de los frutos de
su inmolación! Para Él es como la renovación de los goces del
Calvario, puesto que sus sufrimientos no pueden ser
renovados. Y puesto que esta alma comprende tan bien sus
deseos y realiza tan bien sus voluntades, ¿por qué Él, a su vez,
no había de cumplir todos los deseos de su Esposa? Y eso es lo
que se produce. Dios pone a su disposición todos sus tesoros.
El alma puede sacar de ellos lo que quiera y distribuirlos a su
arbitrio. A causa de la profunda armonía que entre ambos
existe, nunca hay que temer un conflicto en este
aprovechamiento. Si fuese necesario, Jesús sabría hacer
comprender, desde dentro, que tal empleo no responde a sus
planes, y el alma, inmediatamente, renunciaría a él sin pensar
más.
El alma es verdaderamente reina. Tiene todas las cosas bajo su
dominación; las gobierna, tiene la impresión de que participa
en tu monarquía universal, ¡oh Jesús!, y de que lo dirige todo
contigo y por Ti al único fin de todo: a la gloria de la adorable
Trinidad. Desde ahora, nada la sobresalta, nada la turba en su
fondo. No solamente sabe y cree, sino que, en cierto modo, ve
cómo todas las cosas se mueven para tu gloria, Dios mío, y
para el bien-de los que te aman: "Dios hace concurrir todas
las cosas para bien de los que le aman" (Rom. 8, 28)
incluso sus pecados, añade San Agustín.

El filósofo soñaba con encontrar por su pensamiento el orden


del mundo para contemplarlo; pero el alma unida a Ti, Dios
mío, lo contempla sin esfuerzo y desde mucho más arriba.
LA ACCIÓN DEL ALMA UNIDA A DIOS.

Toda alma que te quiere, Dios mío, es un alma fuerte, y su


fuerza aumenta con su amor. Cuando te ama con todo su
corazón y cuando su corazón es grande, su fuerza llega a ser
una verdadera potencia. ¿Cómo sucede eso, Dios mío? Es que
el amor une a Ti. Cuanto más profundo es, más perfecta es la
unión contigo. Pero Tú eres el Dios fuerte. Todo ésta sometido
a tu poder, el cielo y la tierra, los ángeles y los hombres. Nada
sucede en el mundo sin expreso permiso de tu parte; no puede
desaparecer una nación, ni morir un jilguero, sin que Tú lo
hayas permitido. Ahora bien, el alma que te está íntimamente
unida por el amor comulga en tu poder y participa de tu
fuerza. Llega a ser, para las demás, una fuente de vigor y de
energía. Ordena, y la obedecemos; exhorta, y progresamos;
camina valerosamente hacia Ti, y la seguimos; se lanza hacia
las alturas, y hace que los demás subamos hasta allí con ella.
Lo que añade mucho al encanto de esta alma es la gracia con
que se desarrolla su vida y se despliega su fuerza. Tú, Dios
mío, lo haces todo con dulzura y firmeza, suaviter et fortiter. El
alma que te está íntimamente unida participa tanto de esta
suavidad como de esta fuerza. Todo en su acción es medido,
ponderado, equilibrado, armonizado. Habla como conviene
hacerlo; se calla cuando es mejor callarse. Se adelanta si es
preciso; se esfuma muy gustosa y sin siquiera hacer notar que
se borra. Y así en todo. Eso es lo que da tanto encanto a su
acción.
Tiene un algo acabado, perfilado, completo, perfecto, que
extasía. Nada encontramos que sobre en ella. Nada le falta. Es
un fruto hermoso y bueno, de aspecto agradable, de sabor
delicioso. Hay allí algo divino. «Hizo bien todas las cosas».

PODER DE ESA ALMA EN OBRAS E INCLUSO EN


SILENCIO.
El amor que la consume por dentro se manifiesta
exteriormente por la riqueza, la abundancia y la perfección de
sus obras. El alma interior está serena, apacible, pero no está
inactiva. Dondequiera que está, el amor actúa. Cuanto más
fuerte es, más poderosa es su acción. Quiere ardientemente el
bien de Dios. Trabaja sin cesar para realizarlo. Aun privada de
los medios ordinarios e la acción, que son la palabra y las
obras, sigue actuando y tal vez más eficazmente que nunca. Le
quedan la oración. el sufrimiento, la misma impotencia. Todo lo
encuentra bien. Convierte en flecha cualquier madera. Alcanza
su objeto. Ilumina a los que no lo conocen.
Consuela a los que no piensan en Él. En el silencio, sin ningún
ruido, ignorado de todos, Él comunica la vida, la verdadera
vida, la que no se acaba... ¿Por qué extrañarse de esta acción
oculta y de su poder? El amor ha unido al alma interior a Dios.
Dios le ha dado todo por contrato. Se ha dado a Sí mismo. Se
ha convertido en su prisionero, en su cautivo. Pero, al dar y al
darse, nada ha perdido de su fuerza y de su riqueza, sigue
siendo el Dios bueno, constantemente ocupado en hacer bien a
sus criaturas. Y del mismo modo que entre Él y el alma, su
Esposa, son idénticos los gustos y los sentimientos, así
también lo son el poder y el deseo de hacer el bien. Sin duda
que Dios podría actuar directamente y por Si solo en las almas;
pero le agrada ser no solamente artesano, sino peón. Lo cual
es más hermoso, más dulce también, para el alma que
comulga a sabiendas en tu acción santificadora. ¡Es tan bueno,
Dios mío, darte como a manos llenas! Nada es tan dulce para
el alma interior como sentir que en cierto modo, tiene mando
sobre Ti. Te pertenece por completo, es verdad; pero también
Tú le perteneces a ella por entero. Entre Tú y ella se diría que
existe la más perfecta igualdad, incluso la más real identidad,
no en el orden del ser, sino en el orden del amor. El alma se
siente potencia divina, amabilidad divina. Unida a Ti por el
fondo de si misma, siendo una misma contigo en un sentido
muy real, trata de comunicar a otros su riqueza y su felicidad...
Pero todo está regulado por tu sabia Providencia, Dios mío. No
le corresponde a tu Esposa escoger a tus amigos. Todo su
oficio consiste en buscarlos, en reconocerlos y en darles luego,
contigo y por Ti, el tesoro de tu amor.

ACCIÓN SOBRE LAS ALMAS.

El bien se difunde de modo espontáneo. El alma interior, rica


en Dios, lo da al que se lo pide sinceramente, a unos más, a
otros menos, según la voluntad de Dios y las disposiciones
particulares de cada cual. Uno recibe treinta, otro sesenta, otro
ciento. Pero todos padecen su benéfica influencia. Da a todos y
se da toda a todos.
Lo cierto es que, de su afecto inteligente, abnegado,
desinteresado, sobrenatural, puede decirse lo que se ha dicho
del amor de una madre por sus hijos: «Cada uno tiene su
parte, y todos lo tienen integro.»

Así como no hay bien «que pueda entrar en comparación con


Dios», que es el Bien absoluto, tampoco hay limosna
comparable a la que el alma interior distribuye a todos los que
a ella vienen con el corazón ávido de ese Bien de bienes. El
alma interior ejerce, en efecto, un verdadero atractivo sobre
las demás almas,
principalmente sobre aquellas en cuyo interior actúa la gracia.
Éstas comprenden como por instinto que existe una misteriosa
armonía entre ellas y esa alma privilegiada. Vienen, pues,
hacia ella confiadas. Se sienten seguras a la sombra de esta
alma. Están persuadidas de que, si pueden contarle sus penas,
sus temores, sus deseos y sus esperanzas, no sólo serán
comprendidas, lo que ya es mucho, sino que se verán
iluminadas, consoladas, fortificadas, reanimadas. En fin, que
encontrarán así, de un golpe, todo lo que les falta. Y eso es
verdad. He ahí por qué es tan preciosa un alma totalmente
interior. He ahí por qué, aun viviendo lo más a menudo oculta,
ejerce una influencia tan profunda.

Aunque piensa poco en su interés personal y se olvida


gustosamente de sí misma -tal vez incluso a causa de eso-, el
alma interior ve que todas las cosas resultan bien para ella.
Todo lo que hace le sale bien. Es que, en el fondo, su
voluntad, perfectamente unida con la voluntad de Dios, llega a
ser tan eficaz como ésta. Lo que el alma emprende, lo
emprende sólo para Dios y según Dios. Lo que hace, es Dios,
más que ella, quien lo hace en ella y por ella. ¿Por qué
asombrarse, pues, de
sus éxitos? Incluso lo que parecen sus fracasos acaban, en fin,
de cuentas, saliendo de algún modo en provecho suyo. Sucede
con ella como con Jesús. Que en la hora en que todo parece
definitivamente perdido es cuando, al contrario, está todo
definitivamente ganado. De la muerte sale la vida; de la
humillación, la gloria. La última palabra sigue correspondiendo
siempre a los amigos de Dios.

MATERNIDAD ESPIRITUAL.

Dios da al alma interior, su Esposa, una verdadera fecundidad


espiritual. Hay en el mundo algunas almas que le están unidas
por el mismo Dios y a las cuales debe de alimentar como una
madre alimenta a sus hijos. No es necesario que conozca a
estas almas para que ante Dios las tenga ella a su cargo. Sin
embargo, a veces, cuando Él lo juzgue oportuno, Dios hará de
modo que el hijo y la madre se encuentren. Ese encuentro será
para los dos un gozo profundo, totalmente espiritual y de
corazón. El alma interior no puede comunicar la vida divina
sino del modo como el Padre la comunica al Hijo, y el Hijo al
Espíritu Santo. La carne no entra aquí para nada, y nada hay
para ella. Lo que nació del Espíritu es Espíritu y debe seguir
siéndolo.

En los orígenes de las familias religiosas hay siempre un alma


que vive sobre las cumbres cerca de Dios. Por lo común caen
sobre ella las dificultades en tan gran número como las gotas
de una lluvia tempestuosa o los copos de una borrasca de
nieve. Pero el amor que guarda ella en su corazón más fuerte
que todo. Y así, lo que debía abatirla, la levanta. Lo que debía
extinguir su llama, la reaviva. El obstáculo se convierte en
medio. La ruina es el comienzo de la prosperidad. Cobra
entonces todo su impulso y recorre en derechura su camino,
atrayendo y arrastrándolo todo tras de sí.

LUCHA CONTRA LOS MALOS.

En el mundo espiritual, el alma interior es una fuerza. Ama a


Dios. Y nada es tan fuerte como el Amor divino. El alma
interior lo impone a quien la conoce como tal y también a
quien no la conoce. Es una fuente de energía; los débiles
vienen a beber en ella. Los fuertes encuentran allí con qué
fortificarse todavía más. Pero los malos la temen
instintivamente. Los demonios le hacen la guerra, y, a veces,
una guerra cruel. Pero es ella la que triunfa. Pues no sólo llega
a rechazarlos, sino incluso a derrotarlos, por la sola acción de
su corazón unido a Dios. Incluso puede expulsarlos de aquellos
a quienes poseen o a quienes obsesionan.

El alma tiene en su mano, a su disposición, todos los medios


de que se sirvieron los Santos en el transcurso de los siglos
para vencer al mundo, para derrotar al demonio y para
vencerse a sí mismos. Y aunque jamás haya oído hablar de
tales medios, los emplea. El Espíritu Santo, que la mueve en
todas las cosas, se los hace descubrir. Ella es muy feliz luego
cuando se entera de que tal Santo, o tal alma piadosa, utilizó
antes que ella ese mismo procedimiento para obtener o hacer
obtener la misma victoria. Hay una maravillosa armonía entre
las obras de Dios, aunque estén separadas por siglos enteros.
En todas las épocas, incluso en las más sombrías, ha tenido
Dios sus amigos fieles, sus defensores intrépidos, sus
capitanes audaces, para dirigir valerosamente el buen
combate, cada uno a su manera, y para dar valor y confianza a
las almas de buena voluntad.

EL AMOR DIVINO IGNORA LOS CELOS.


El alma interior no querría guardar esta felicidad para sí sola.
Arde en deseos de difundirla. Le parece que amarla más a su
Dios, a «su amigo», si lo amase en unión con otras almas a las
cuales hubiera podido comunicar algunas chispas del fuego que
la devora. El Amor divino ignora los celos humanos. Al darse,
no se extingue, se reaviva. Sin duda que el alma interior
anhela que nadie en el mundo ame a su Dios más que ella;
pero si así sucede, se alegra de que ocurra. Cuanto más amado
es su Dios, más feliz es ella. El descubrimiento de las almas
más adelantadas que ella en la intimidad divina no hace más
que estimular su ardor. Ruega por esas almas para que amen
todavía más. Comulga humildemente en su amor. Su alegría es
ofrecer a su «Amado» el afecto de estas almas privilegiadas.
Lo ama con todo su corazón.

Quédate conmigo, Jesús, no me abandones; quédate siempre,


siempre. Que yo te sienta allá en el fondo de mi corazón,
presente y oculto a un tiempo. Haz de, mi alma el lugar de tus
delicias y de tu descanso. Yo no te perturbaré, Amado mío. Me
pondré a tus pies, te contemplaré, te amaré sin ruido; te daré
todo lo poco que tengo. Reinarás, sobre todo, en mí, y tu reino
no tendrá fin.

Gracias, Dios mío, por tanta bondad. No tengo nada que decir,
sólo tengo que amar. Sí, te amo. Sí, querría repetirte noche y
día esta frase como la única que te agrada y que es digna de
Ti; soy tuyo, Jesús mío, Dios mío; querría también ser Tú
mismo, Salvador mío; quiero todo lo que Tú quieres, es decir,
te quiero para mí, todo para mí, cada vez más para mí y para
siempre.
Quédate, Jesús mío. Consúmeme. Úneme a Ti. Divinízame.

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