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Los Ateneo de Sevilla miran a Marruecos

Blanca Riestra y Alejandro Narden son los ganadores de los premios literarios más
importantes de la ciudad, cuyas novelas, publicadas por la editorial Algaida, ya
lucen en las librerías. Se titulan «Últimas noches del edificio San Francisco» y
«Horizonte aquí», y ambas están ambientadas en Marruecos

Este 2020 se recordará por muchos motivos, incluyendo la cosecha literaria que nos ha
permitido evadirnos, aunque sea por unas horas, de la triste realidad. Superado el
ecuador del otoño, las librerías recibieron las novelas ganadoras de los Premios Ateneo
de Sevilla; una convocatoria en la que no hubo gala en el Alcázar, ni rueda de prensa
multitudinaria en la calle Orfila, pero sí propuestas de calidad. Ambos trabajos,
curiosamente, se ambientan en el país exótico más cercano al nuestro, Marruecos, y
vienen firmados por dos autores notables, Blanca Riestra y Alejandro Narden. De la
primera, nacida en La Coruña y con una trayectoria impecable, hemos de apuntar tres
datos: antes de hacerse con el trofeo que representa a la diosa Palas Atenea en la
categoría de adultos, se convirtió en la ganadora de la versión joven en 2001; asimismo
posee otros galardones de renombre como el Torrente Ballester o el Antonio Machado,
y fue directora del Instituto Cervantes de Albuquerque (Estados Unidos). Por su
parte, el placentino Alejandro Narden —alias de Alejandro Martín—, fue uno de los
miembros de la undécima promoción de jóvenes creadores de la Fundación Antonio
Gala, en 2014 se alzó con el XXIV Premio Camilo José Cela, y ha residido en tres
países además de en España. Ambos escritores tienen en común el amor por la docencia,
un uso del lenguaje universal y una conexión directa con Marruecos; algo que puede
apreciarse en sus novelas.

«Últimas noches del edificio San Francisco»

La obra ganadora del 52º Premio Ateneo de Sevilla, con la que Blanca Riestra ha
querido homenajear un lugar y una época irrepetible, el Tánger internacional de 1954,
es por encima de todo una novela impresionista. Y es que el marco geográfico y
temporal no ha sido elegido al azar, pues, coincidiendo con los últimos años del
protectorado español de Marruecos, en él se dieron cita intelectuales de la talla de
Paul y Jane Bowles, matrimonio de escritores estadounidenses que, tras residir en
París, México o Nueva York, recalaron en el norte de África en 1948; William
Burroughs, escritor de Misuri que renovase el lenguaje narrativo y fuese una de las
principales figuras de la Generación Beat; o el pintor irlandés Francis Bacon, cuya
deformación pictórica y gran ambigüedad en el plano intencional lo convirtieron en un
referente del arte contemporáneo. Junto a ellos, desfilan por las páginas de esta novela
coral —que podría definirse como un conjunto de estampas oníricas, descarnadas y
sensoriales— otras figuras reales, como el inefable Jack Kerouac, el poeta Allen
Ginsberg o la socialite Barbara Hutton, una de las damas más ricas del siglo XX; y
por supuesto ficticias, comenzando por Carmen Aribau y Antonio Oliver, matrimonio
en crisis que decide darse una nueva oportunidad en la vieja Tingi, y continuando por
Sophia, que despertará al amor en su ingenua adolescencia. Estos estarán acompañados
de personajes locales, quienes se relacionarán con ellos de manera estrecha en un
ambiente de sensualidad y exotismo aliñado con la música de Dalida, The Platters o
Muddy Waters, pero también de sordidez y decadencia. Riestra, cuya trayectoria se
distingue por convertir las ciudades en protagonistas de sus novelas, despliega toda su
lírica a la hora de describir el enclave marroquí en unas fechas que ponían el broche
a su época dorada («hospital de degradación del espíritu» lo llama), y se deja el alma a
la hora de construir diálogos, fabricar etopeyas y recrear la libertad que se respiraba en
los bares, los escenarios o los prostíbulos.

«Horizonte aquí»

Con este título tan original se presenta la obra ganadora del 25º Premio de Novela
Ateneo Joven de Sevilla, que este 2020 celebra sus Bodas de Plata con menos pompa de
la deseada, y que narra la historia de Ernesto, un joven que retorna a España sin
saber qué ocurrió con Carlota, su exnovia desaparecida en la tierra de nadie que
separa Sáhara Occidental y Mauritania. En el trayecto de tren que le lleva hasta Tánger
coincide con un matrimonio francés que hace balance de su vida en común («Tanto
tiempo cosidos el uno al otro, tantas cosas que nunca fueron de uno o de otro sino
siempre de los dos»), lo cual permite al protagonista establecer paralelismos con su
propia existencia y la que podría haber tenido junto a su chica Y es que Lilou y Anouar
llevan más de cuarenta años juntos, y a través de ellos el lector puede descubrir no solo
la memoria común de una pareja de largo recorrido, sino también la evolución de la
propia Europa y su relación con África, el continente olvidado. No en vano, ese
espacio es contemplado, desde la mirada nostálgica del marroquí Anouar, como un
lugar donde la atmósfera es «esencialmente vital», y donde los sentidos se pierden en un
océano de aromas, sabores y sonidos, en contraposición a la París natal de su mujer. Por
su parte Ernesto evidencia la occidentalización del país concretada en Rabat, donde
es posible visitar un centro comercial «de hormigón y cristal con aire acondicionado»,
residir en un piso levantado por la constructora gallega Fadesa o comprar productos de
Carrefour (allí La Bel’Vie). Junto a lo dicho, Alejandro Narden reflexiona, con una
prosa cuidada y salpicada de poesía en la que predomina la desesperanza, sobre el
drama de los campos de refugiados o la inmigración a través de historias paralelas
basadas en hechos reales; como la de Manjou, que tardó veinte meses en llegar desde
Uagadugú (Burkina Faso) hasta Ceuta, tras recorrer 5.000 kilómetros junto a su
hermano Bian. Un periplo en busca de una oportunidad que solo fue posible gracias al
sacrificio de su padre —este hubo de vender incluso la casa familiar—. Como colofón,
Horizonte aquí incluye una interesante galería de secundarios así como guiños a
personajes clave de la Tánger internacional, curiosamente glosados en la novela de
Blanca Riestra, desde Dalida («símbolo de éxito y tragedia») a Burroughs, pasando por
la ineludible Bowles.

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