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«El pasado es nuestra maldición y nuestro

paraíso»
Algaida publica «Cartas a las novias perdidas», LXVI Premio de Novela Ateneo
Ciudad de Valladolid, concedido al escritor y columnista madrileño David Torres.
Una obra donde se dan cita la familia, la hermandad y la fuerza de los lazos de
sangre

Pablo H. Casas ha ganado el Premio Nobel de Literatura, ha escalado el Everest y


mantiene un romance con Monica Bellucci, pero sólo en su imaginación. Autor de guías
de viaje en las que se inventa la mitad de los datos, se encuentra en Indonesia cuando
recibe un mensaje de su hermano Fran, avisándole que su anciana madre ha
desaparecido. Pablo regresa a Madrid para echar una mano en el negocio familiar y
ayudar con los cuidados de su padre, enfermo avanzado de alzhéimer. Allí tendrá que
lidiar con sus propios recuerdos de infancia, arreglar la difícil relación con su
hermano y sufrir los tormentos del amor entre cartas a las novias perdidas y una
correspondencia ilusoria con su madre ausente. Y también descenderá a los
tenebrosos sótanos de la historia, las mazmorras de la Dirección General de Seguridad,
donde su tío Tomás trabajó en los peores años del franquismo. En este brusco
reencuentro consigo mismo, y con su familia, Pablo comprenderá que el pasado siempre
vuelve, y a menudo de la
peor manera posible.

Estos son los mimbres con los que David Torres Ruiz, escritor y columnista de prensa
madrileño, urdió el LXVI Premio de Novela Ateneo Ciudad de Valladolid, al que se
presentó bajo el seudónimo de Lucca Brassi. La que un principio se titulaba Dos
hermanos ha sido finalmente publicada por Algaida como Cartas a las novias perdidas,
ofreciéndonos un originalísimo retablo donde se dan cita la familia, la hermandad y la
fuerza de los lazos de sangre, las cuales vienen aderezadas con buenas dosis de
metaliteratura e ironía.

Leer la historia de Pablo y Fran es como sumergirnos en el Antiguo Testamento —la


religión judeo-cristiana tiene un importante peso en la novela— y reeditar la relación
entre Caín y Abel; pero también la de Rómulo y Remo, o la de Anubis y Bata, quienes,
al igual que Paco y Tomás —el padre y el tío de los protagonistas— «nunca se llevaban
bien entre ellos y tarde o temprano acababan a golpes». Un enfrentamiento constante
donde los efectos colaterales los sufren familiares, amigos, vecinos y hasta los ligues
de ambos, dando luz a situaciones violentas y descarnadas, pero también a episodios
tiernos e incluso divertidos. De ahí que el relato de Torres contenga ingredientes que lo
emparentan con el drama, el relato de costumbres, el teatro bueriano y hasta el
domestic noir, sin, por supuesto, adscribirse a ninguno.

Ya el propio título, extraído de una frase del presentador Felipe Mellizo —en los 80
estuvo al frente del Telediario—, da buena cuenta de la poesía nostálgica que inunda la
novela. Y es que Cartas a las novias perdidas está escrito en primera persona, como
una larga epístola que Pablo, el escritor-narrador que bebe del propio Torres, utiliza
para comunicarse con el lector; y a su vez contiene todo un rosario de relaciones
amorosas, a ratos creíbles, la mayoría inverosímiles, que nos ayudan a profundizar en su
psique y en la de su hermano Fran a lo largo de varias décadas («El pasado es nuestra
maldición y nuestro paraíso», según el autor).

Además de esto, la obra, que supera por poco las trescientas páginas, establece
paralelismos entre la historia de ambos personajes y la de sus padres, cuyo vínculo con
el cine es tan sorprendente como evocador —los ecos de Samuel Bronston y sus
producciones épicas rodadas en España aportan algunas de las situaciones más brillantes
del libro—. A esto se suma el ritmo, constante desde el primer capítulo, el lenguaje
rotundo y a la vez lírico, la ambientación convincente y una banda sonora que parece
sonar continuamente de fondo. Y para rematar el conjunto, la excelente cubierta de
José Luis Paniagua, uno de los mejores diseñadores editoriales de nuestro país, cuyo
significado sólo puede desentrañarse a través de la lectura.

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