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1ra Edición - © Matías Baldoni Amar | © Marco M. Caorlín


© César A. Martínez | © Rafael Caro | © Rodrigo Javier Moltoni
© Editorial Ben Proyect 2020 - cutmail@gmail.com
Diseño Gráfico y Editorial: Ben Proyect
Anticristo turbo : antología del turbocalipsis / Baldoni Amar, Matías / Caorlin,
Marco M. / Caro, Rafael Eduardo / Martínez, César Alberto / Moltoni, Rodrigo Javier ;
compilado por Matías Baldoni Amar ; ilustrado por Serrano, Angel Benjamin / Alcon,
Priscila / Tejerina, Valentín /Juarez, Esteban /Medina, Pamela Mariana / compilado
por -> Baldoni Amar, Matías / [et al.].- 1a ed ilustrada.- San Salvador de Jujuy : Ben
Proyect ; Rodrigo Moltoni,

2020. Libro digital, PDF

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-47464-2-9

1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos de Ciencia Ficción. 3. Ciencia Ficción. I. Baldoni


Amar, Matías, comp. II. Serrano, Angel Benjamin, ilus.

CDD A863

Ilustraciones:

Serrano Angel Benjamin - La balada de la bestia -


Priscila Alcon - María Magdalena | Heat of the Night | Le corbusier
Valentín Tejerina (“Toki”) - Calabozos y Dragqueens
Esteban Juarez - Carrera mortal por la vieja Megaruta | El orígen de la
bestia (o natividad diabólica) | Shogo Nigurato

Pamela Mariana Medina - Mujer de medianoche | El último cristiano


“Anticristo Turbo” se terminó de escribir en Agosto de 2020 en medio del contexto de
pandemia por Covid-19 / Publicado en formato digital para lectura y distribución gratuita -
Presentado en plataforma virtual GoogleMeet y con transmisión en vivo en formato radial
a través de www.lavueltaradio.com.ar | www.raicesradio.com.ar el 20/12/20

Agradecimientos: a Laura Barberis, Diego Martín Ruiz y Fernanda Escudero

Jujuy - Salta / Argentina | Facebook: Editorial Ben Proyect

Ilustración: Logo Bubonik Edition: Brian Alexis Cegobia


soundtrack

Anticristo Turbo o la Loca Ambición de Fanáticos del Retro


por Matías Baldoni Amar ----------------------------------5
La balada de la bestia - Matías Baldoni Amar ------------------12
Carrera mortal por la vieja Megaruta - Marco M. Caorlin ----
-----------------------------------------------------20
María Magdalena - César A. Martínez -------------------27
El último cristiano - Rafael Caro ---------------------32
El último round de Johnny Morales - Matías Baldoni Amar
----------------------------------------------------------47
Heat of the night - César A. Martínez ----------56
El origen de la bestia (O Natividad Diabólica) - Marco M.
Caorlin ---------------------------------------------60
Cuerdas Vocales - Matías Baldoni Amar ------------------69
Le Corbusier - César A. Martínez -------------------78
Mujer de medianoche - Rafael Caro --------------------84
Shogo Nigurato - Marco M. Caorlin -------------98
Calabozos y Dragqueens - Rodrigo Moltoni ----------------106
Biografías de autor -------------149
Anticristo Turbo
o la Loca Ambición
de Fanáticos del Retro
matías baldoni Amar
Fue la loca ilusión de una mañana de verano.
¿Esperaban que dijera noche? ¿Nocturna falacia multifascética?
¿Tormenta ultraturbo originada de los gases tóxicos del sopor
alucinógeno? ¿El caos cometido, expulsado, planeado, erradicado,
beatíficamente planeado? No.
Fue una mañana de primavera, donde lo utópico de la destrucción
no podía estar más lejos. El sol brillaba. El sol brillaba entre las
nubes. El sol brillaba entre las nubes de un cielo plácido. Vivimos
en una época dorada, no se lo puede negar, y aún así… Y aún así nos
maquinamos con lo delicioso de la destrucción. Nos regodeamos
en toda esa sangre derramada. En la muerte y la destrucción.
Entonamos odas al asesinato.
Fue uno de esos instantes donde la felicidad es demasiada y
el botón de autodestrucción se ve tan atractivo que no puedes
decirle que no. En medio de un cálido clima de prosperidad y
progreso…¿quién no quiere un poquito de la buena y vieja ruina?
La vida real, en palabras de un dios de la literatura, es la cosa más
sorprendente que existe. La ciencia supera en creces a la ficción. La
hace quedar pequeñita, ínfima, inexistente. Entonces, si todos esos
mundos tan locamente planeados, diseñados línea a línea, palabra
a palabra, con millones de personalidad mucho más entrañables
que aquellas que conocemos día a día…¿cuál es el problema?

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El problema, señores, somos nosotros.
Siempre lo fuimos.
Ah, eterna hambre de escapismo.
Así que sí, la idea surgió en medio de un septiembre
completamente normal.
Ahora bien ¿qué la trajo, qué la hizo tan real?
Fantasías como estas no brotan del aire. Son la conclusión de
un grooming ideológico, a base del consumo prolongado de
sustancias de altísimo peligro: ficciones científicas. O, como se lo
conoce entre los plebeyos, ciencia ficción. Esa porquería arde más
fuerte que la radiación. Te corroe hasta los huesos. Corrompe el
alma y la lleva en un viaje estelar del que no vas a volver jamás.
Surgida en algún punto indeterminado del pasado, esa vocecita
científica dentro de la muchedumbre de la ficción está creciendo.
Está haciéndose su lugar. Porque, la verdad, ¿para qué quedarnos
con lo conocido cuando los desconocido es muchísimo más
apetitoso? Creamos universos a nuestra imagen y semejanza. Y
con eso no digo que sean clones de la Tierra. Digo que reflejan lo
más íntimo de nosotros.
Todos, de alguna manera u otra, aspiramos vivir dentro de esos
cosmos que creamos.
La ciencia ficción nos da el regalo de hacerlos virtualmente
cercanos. De poner el hipotético “y sí” en los labios de la voz que
lee. El futuro es la gran incógnita. Responderla es el propósito de
nuestras almas. De poner el rojo en el libreto.
Como autores del género, lo que queremos es imaginar. Imaginar
en su más potente expresión. La abstracción de algunas ideas
potencia la ridiculez de otras. No es necesario haber estudiado
nada para poder imaginar, y el porvenir es propiedad pública. Allí,
a lo Dante, podés imaginarte a todos tus conocidos en la prisión
electromagnética de la opresión fascista. Podés someterlos.

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Liberarlos. Podés saltar mucho más allá y corromper al mundo
entero o salvarlo. Revisitar el pasado ha sido cosa común. Las
estrellas nos esperan.
Y dentro de esa locura que es la ciencia ficción, existe otra peor
aún. El cyberpunk. Un manojo asqueroso de cables, metal y tierras
radiactivas, sumada con un toque del internet y la incipiente
virtualidad. El cóctel perfecto de depresión, opresión y pesimismo.
Producto de las peores paranoias sobre nuestro mañana, es el hijo
bastardo de la tecnología y todo lo que ella conlleva.
Pero en medio de ese miedo existe, como siempre, la esperanza.
Por eso el punk luego del cyber. Porque primero viene el miedo y
luego la rebeldía. La voluntad de pelear y de alzarse contra todo lo
que te pisa. Las máquinas se independizan, los hombres explotan
planetas, la guerra toma las enormes torres de los millonarios y
los dictadores. Y la música arde en mitad de todo.
Para ser un género atascado en una visión retrofuturista
(principalmente ochentera), es extremadamente sexy. Te seduce.
No lo digo por decir. Lo digo por experiencia.
Estas páginas nacieron a base de buscar poner en el papel
los mundos terribles, horripilantemente hermosos, que tanto
queremos habitar.
En un principio la idea fue una novela, o una colección de cuentos
propios. Pero, teniendo en cuenta que nada en esta vida es bueno
sin poder compartirlo, inmediatamente pensé en “¿qué pasaría
si…?”...y ellos fueron la elección natural. La gente más atrasada
que conozco. Y no lo digo como insulto. Lo digo porque tanto sus
corazones como sus mentes VIVEN en esa tecnología. Sus ojos ven
en resolución de 8 bits y la banda sonora de sus vidas es la electro-
tecno de Blade Runner.
Era necesario que supieran de lo que se hablaba. Era necesario
que no se ofendieran por traer a la encarnación de Satanás a la

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vida. Y era necesario que no les pareciera demasiado tirado de los
pelos ver al Anticristo recorrer las calles de una ciudad ficcional
que amalgama a todo el NOA. Y ellos fueron perfectos.
Escribir lo que escribimos hubiera sido imposible si no tuviéramos
cierto grado de locura incorporado en nuestras venas. De
revolución. De un miedo frenético por lo que puede llegar a pasar.
Estos géneros no nos son desconocidos. Si tenemos que elegir
qué leer, vamos a la sección de Bradbury. Si tenemos que elegir
qué ver, ponemos Matrix en la videocasetera. Si tenemos que
elegir qué escuchar, Vangelis es el indicado.
Y de todo eso nació Johnny. Nuestro pequeño bebé satánico.
De la necesidad de arruinar el mundo y mandar a alguien a que lo
limpie. Nació de las barbillas cuadradas de los héroes de los 80, de
su ruda complexión musculosa, del frío que imponían sus miradas,
del metal de sus pistolas. Johnny es el Terminator supremo. Es
el Depredador del mundo. Es Max pero muchísimo más Mad, es
Plisskin con dos ojos y el alma en llamas.
¿Por qué Johnny y por qué Morales? Sería fácil decir porque sí,
¿por qué no?. Pero la verdad es mucho menos misteriosa. Quisimos
un nombre de héroe genérico, como lo eran esos hombres
clonados de las películas de Carpenter, todos el mismo tipo duro,
entrañable, que tanto amamos. Y Morales por su origen. Por la
sangre intensamente jujeña que corre en sus venas. Se llama así de
tanto comer api, de mascar coca. Se llama Morales porque Morales
es el alma de toda idea consciente sobre un mundo ajujeñizado.
Y así como su nombre es clave, también lo es su Ford Falcon X,
patente 666. Recorre las rutas gastadas de nuestro retrofuturo
con el fuego cegador del castigo que se avecina. Después de todo,
es un ser de destrucción, y como tal, tanto lo bueno como lo malo
son parte de él. Nuestra historia, nuestra fórmula química, es su
sangre.
Pretender hacer una línea del tiempo perfecta era imposible.

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No sólo eso, sino restrictivo. No dejaba lugar para el fluir de la
imaginación, y hubiera terminado en una línea de ensamblamiento
de piezas iguales, sin sabor, sosas. Para realizar un escupitajo al
pasado y a lo que viene, no era lo ideal.
La solución: la vaguedad.
Estos cuentos pueden ser leídos en cualquier orden. No hay
comienzo y no hay final, y todos son tan ciertos como falsos. Aquí
cada historia es fan fiction sobre Johnny. Una misma persona vista
desde muchas perspectivas.
“Se dice de mí…”
Es el logo.
¿Qué tan cierto es lo propuesto por Johnny, su propia existencia?
¿Acaso no es posible que esté entre nosotros ahora mismo?
Creciendo. Yendo a la escuela.
En treinta años lo sabremos.

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+ + 12 + +
La balada de la bestia

matías baldoni Amar

Ah, cómo reluce el neón de la noche. El horizonte es un despertar


de luces. Una sola mirada y uno ya puede perderse en esa distancia.
En tremendo arcoíris de tentaciones. La noche nunca se asienta en
la ciudad. No del todo. Mantiene un arreglo jamás pronunciado
con esos colosos de acero y cristal. Un contrato de mutuo respeto.
De distancia. Ni siquiera el polvo que corre entre las autopistas
logra apagar el brillo azul y púrpura. Entre el cielo renegrido y
el perfil de los rascacielos hay un cinturón anaranjado. Las luces
de varios millares de lámparas, focos y carteles. Las luces de un
bullicio que parece jamás callar. Las luces de la tortuosa existencia
posmoderna. La ciudad se puebla de rugidos. Del palpitar
tambaleante y sucio de treinta capas, de la gastritis sociopolítica
que la atraganta. De la diversión ultraterrena que separa a unos
de otros. Tan fuerte es ese sonido que puede confundirse con
música. Con tambores rituales y trompetas celestiales. Suya es la
balada de la bestia. En la ciudad habita el depredador supremo. Un
entramado venoso pulsa en medio de esa coraza puntiaguda. Las
autopistas, las rutas, las calles y las avenidas son la sangre jugosa
y exuberante de la megalópolis. No hay manera de cortarlas, de
rebanarlas, de suicidarlas. No hay hoja que las tajee; su esencia
es el movimiento y la brusca corriente. Allí habitan tanto la presa

+ + 13 + +
como el cazador. Tanto el peatón como el automóvil. La comuna
de Ismael es igual a la de todos. Es salir, temprano, cuando el día
aún no se decide a hacerse realidad. Es regresar, tarde, envuelto
en las vibraciones de los sintetizadores. Pero hay algo que Ismael
no sabe. Un secreto. Su caminata lo lleva desde el monolítico
monstruo de concreto en el cual es encerrado por quince horas al
día hasta las vías del tren. Lo hace pasar por debajo de autopistas
y enormes arcos cubiertos de pantallas. Aquí, en la ciudad, no
hay espacio para la suciedad. Aquí, en lo alto del dinero, el viento
sopla todo hacia el norte. Hacia las villas chatas y asimétricas
enterradas entre cardones y quebradas. A los enormes túneles
que penetran la cordillera. Para bajar de las nubes hay que caer en
directo impacto. Es la transposición literal; desde las proyecciones
en tres dimensiones que acarician tu rostro hasta los vendedores
sudorosos. De rodearse del perfume artificial del paraíso hasta
los rumiantes claroscuros de las ancianas vendiendo quesillo. Allá
arriba, donde Ismael entrega su vida poco a poco, no dejan entrar
a los niños gitanos con sus tarjetitas holográficas de Tecno Jesús.
Las puertas electrónicas están cerradas para los veteranos que
cargan canastas de empanadillas de cayote. Ah, mientras Ismael
camina una boca apestosa respira en su nuca.

Cruza anchas avenidas, repletas de coches. Son brutos feroces,


con sus ojos amarillos y sus bocas ronroneantes. Animales de
presa. Criaturas expulsadas de algún infierno particular: escupidas
a las pistas asfaltadas de la tierra. Aúllan una canción disímil,
poblada de estridencias, resonante. Ismael desconfía de ellos. Los
grandes anuncios pasan frente a las ventanillas del monorriel. Un
relámpago apagado tras otro. No hay tiempo ni ojos capaces de
ver lo que dicen, pero de alguna manera se entierran en tu cerebro.
Así como la vida, el capitalismo siempre encuentra la manera.
Los vagones están repletos e Ismael se siente llevado. Acarreado.
Tanto por el tren como por la vida misma. Ah, pero cómo reluce el

+ + 14 + +
neón en la noche. Ismael está cansado, agotado, en un nivel que
supera a un simple día. Su fatiga lo lleva hasta el nacimiento y más
allá. Ismael porta el desaliento de toda una sociedad, de todo un
pueblo y una generación. Ismael arrastra los pies al salir del tren. En
el estacionamiento de la estación, un ronroneo hambriento llena la
noche. Ismael va cargado. En su mano lleva esa maleta donde carga
con el equipo para su trabajo. Esa maleta de segunda mano que
compró en un callejón junto con una licencia falsa. Porque Ismael
no es un profesional de verdad. Nunca se le dio esa oportunidad.
Ah, pero eso no lo detiene. Así, detrás de ese desfallecimiento que
lo lleva por el mundo, Ismael se las arregla para sobrevivir. ¿Quién
sabe a qué desgraciado le quitaron esa licencia? Interesante
broma, tener que engañar para poder trabajar de esclavo. Y ni
siquiera de un amo provisto de un látigo. No, tampoco tanta
buena voluntad. Esclavo de un logotipo impreso en una pared. De
sueldos irrisorios. De una comuna atragantada. Ismael mira al tren
irse y siente ganas de desmayarse allí mismo. Pero es viernes. Y si
bien sólo se le permite un día de franco cada seis semanas, piensa
tomárselo. Ismael es nada más que una pequeña tuerca dentro
del engranaje corporativo, y aún así la presión lo está matando
a fuerza de úlceras. ¿O quizás sea la falta de sueño? ¿O será esa
forma que lo sigue, que le hace de sombra? Hercúleas espirales de
cromo y cristal penetran las nubes. La ciudad entera parece salida
de un sueño. O una pesadilla. Aún no se decide. Asustado, Ismael
retrocede. Sacude los brazos, y su llavero se suelta. Se hunde en
la profundidad de las cloacas. El coche pasa a centímetros de su
cuerpo. Una estampita de un jugador de fútbol se burla de él antes
de perderse en la distancia. -¡Cuidate, puto!

En el cristal de la ventanilla Ismael puede verse a sí mismo.


Puede ver el pánico en su rostro. Y de repente le empieza a doler la
pierna de nuevo. Casi atropellado, recuerda la vez en que sí lo fue.
La mordedura feroz de esas monstruosidades metalizadas. Tenía

+ + 15 + +
poco más de siete años. Iba de la mano de su madre. Ismael sacude
la cabeza. Termina de cruzar la calle, eludiendo a los malabaristas
y al hombre que vende dulces a base de insectos sintetizados. -¡Eh,
amigo!-grita el vendedor-¿Un alfajor de cucaracha? ¿Turroncitos
de coyuyo? Ismael lo ignora. La noche y las luces lo rodean. Esa
sensación de soledad nunca lo abandona. Desde una pantalla
gigante, rota en una esquina por una pedrada, el presidente lo
señala con el dedo. Ismael baja la cabeza y suspira. Se detiene
frente a uno de los sostenes cromados de las autovías. Observa
su rostro demacrado. Las líneas gastadas que recorren sus
facciones. Su propio rostro. Una parte de él que lo acompañó
desde nacimiento, una parte integral, la parte que le muestra al
mundo. Ismael se acerca al sostén para examinar sus ojeras. Y es
allí cuando lo ve. Por fin. Cuando ve al monstruo. Detenido. Quieto.
Observante. Ismael gira la cabeza, rápido, veloz. Clava sus ojos en
el otro lado de la calle. Pero esos dos ojos de putrefacto amarillo
ya no están allí. Ah, pero cómo reluce el neón de la noche. El cartel
del puesto de achilatas refleja su verde estruendoso en un ángulo
perfecto sobre el cromo. Las ratas chillan al escurrirse entre las
pilas de basura. Son los habitantes naturales y verdaderos de estas
calles. Ismael patea a un costado una bolsa negra. Los desechos
se esparcen por el suelo. Cajas de pizza manchadas de aceite se
apilan junto a la entrada del edificio de departamentos. El timbre
electrónico de la casera está roto, así que Ismael debe aplaudir
frente al telecomunicador. -¡Doña! Hay un raspar nervioso en su
voz. Hay un par de ojos amarillos atascados en su garganta. Hay un
ronroneo reptando por su oído. -¡Doña! Un leve temblor urgente
le llena. Empieza a pensar. Empieza a recordar. ¿Acaso las llaves
se soltaron solas? ¿La cloaca no parecía una boca hambrienta?
Tenía siete años e iba de la mano de su madre. Del otro lado del
callejón, más allá de los álbumes de estampitas abandonados y
los carteles políticos pegados en las paredes, aparece la trompa
de un auto. Sola. Simple. Más que suficiente. No avanza rápido, no.
No lo necesita. Se susurra, dice, que hay un coche que ronronea

+ + 16 + +
desde las sombras. Un automóvil que es más bestia que máquina.
Un trozo enorme de acero poseído por fuerzas

sobrenaturales con un despecho profundo. Un motor impulsado


a puro odio y venganza. No hay manera de ver a través de esos
cristales oscuros, pero lo que sea que aguarde adentro recuerda
demasiado al sabor de la angustia. Ismael aplaude una vez más.
Necesita que la casera le abra la puerta. Y que lo haga pronto. El
auto avanza hasta ubicarse completamente frente al callejón. Allí
están esos ojos tan impertinentes. Tan mirones. Esas pupilas de
LED esculpido a base de miseria. -¡Doña! ¡Doña! Alguien dentro del
edificio parece oírlo, porque la puerta se abre. Ismael entra de un
salto y la cierra detrás de él. Se apoya contra el muro descascarado
un instante y respira agitado. Estar adentro le da otra perspectiva.
Quizás las cosas no eran tan malas como pensaba. El automóvil
podía estar allí por cualquier motivo. Por una infinidad de motivos,
en realidad. Ismael sabe lo terrible del crimen en la ciudad. Coches
como ese son utilizados por las pandillas de ladrones todo el
tiempo. Enfrentados en conflictos territoriales, hacían la guerra
desde sus motores. O también el gobierno. Después de todo ¿no
era un Falcon? La luz del techo de la antesala titila suavemente.
Preocupado por sus propias cavilaciones autocomplacientes,
Ismael no se pregunta por qué la casera no le abrió la puerta.
Decidido a calmarse, Ismael ignora la ausencia de los otros
inquilinos. A pesar de todo, las escaleras parecen normales. El
ascensor, como siempre no funciona. Los escalones están llenos
de empaques de desechos y pilas de cajas, pero Ismael las siente
protectoras. La basura es normal. La basura es cotidiana. El
problema acontece cuando llega a su piso. La puerta a medio abrir.
Entornada. Un rayo de luz malsana colándose por ese resquicio
entre metal y pared. Ismael la empuja. La estática muerta llena
el cosmos. Detrás del refrigerador, recortada por el ángulo, la
televisión muestra imágenes del apocalipsis. El gris y blanco se

+ + 17 + +
proyecta por el pequeño apartamento. Incluso el malvón de la
ventana se sumerge en esa iluminación. Es un brillo que tiene sabor
a podrido. Un brillo que parece que habla. Que habla de pequeños
gusanitos enterrándose y de moscas levantando vuelo. Ismael
corre hasta el lavamanos y vomita. Se limpia la boca con la toalla.
Ni siquiera intenta apagar la televisión. Sabe muy bien que el cable
está desconectado. Hace correr el agua en el baño. Al principio,
nada. Luego una escupida de aire, seguida de un fino torrente
marrón. En este punto, Ismael está empapado de sudor. Y no es
sólo por el aire acondicionado que no funciona o el ventilador con
un aspa rota que casi no gira. Ismael suda frío. Se acerca a la puerta
para cerrarla.

Algo lo detiene. Algo lo sorprende. Y lo detiene. Un sonido.


Metal chocando con el suelo. Una moneda bailando al borde del
abismo. Es un raspar como una carcajada repleta de chispas de
acero. Ismael cierra la puerta de golpe y coloca una silla debajo
de la manija. -¿Acaso no tenías siete años?-grita el claxon de un
auto desde afuera. Ismael cierra la ventana. -¿Acaso no ibas de la
mano de tu madre?-habla el televisor. Ismael rompe la pantalla de
un puñetazo. Los nudillos le sangran, incrustados con vidrio. Las
gotas rojas resbalan por su piel y se derraman sobre el linóleo.
Parecen pequeñas ofrendas. Un sacrificio ritual. Carne hecha
carne del suceso. Sonido performativo. El numinoso efecto de la
esencia sacudida hasta lo más hondo. Ismael aspira el aire que lo
rodea en un intento de hallar en el oxígeno toda la seguridad que
le falta. Pero el mundo es en realidad un cable pelado. Una síntesis
de conexiones que pueden ser manipuladas a gusto. -¿Acaso no
moriste por diez segundos?-pregunta alguien, del otro lado de la
puerta. Ismael huye hacia su dormitorio. Se aferra del riel de la
ventana, salta fuera. La pasarela de emergencia tiembla bajo su
peso. Sus pasos son temblorosos. Trata de bajar, pero de repente
ya no hay más escalones. El óxido y el viento polvoriento se los

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llevaron. Así que Ismael corre hacia arriba, hasta la terraza. Una
bandera rasgada flamea en lo alto. Una pila de chatarra puebla el
techo del edificio, nada más. Pasos, pasos en la escalera. Pasos,
pasos en el borde de la terraza. Ismael se pega a la baranda y reza.
Como si hubiera otra opción. Otra alternativa. Ismael se agarra
del sostén de hierro. Siente al óxido incrustarse en su mano. Los
nudillos están blancos. Pero ya no puede retroceder más. Los ojos,
esos ojos tan brillantes, están ya sobre él.

+ + 19 + +
+ + 20 + +
Carrera mortal
por la vieja Megaruta

Marco M. Caorlin

¡Johnny! ¡Johnny, no!– el grito era desgarrador. Hacía eco en las


profundidades de su inconsciente. Ella cayendo en la oscuridad
toda. Y ese enorme gusano ahí esperando para zamparse su cena.
Turbo salió de sus nubladas memorias para volver a poner el
cerebro en la carrera. El Gran Premio del Asentamiento J. Este
se llevaba a cabo, sin reglas, por la vieja megaruta que unía todo
Megasalta, desde Khaf’hayate hasta la Quihaca. A bordo de su
Ford Falcon X, negro hasta las llantas, terror de los corredores,
aceleraba a todo lo que el motor respondía. La llamada Curva del
Muerto se acercaba metro a metro y no había lugar para recuerdos
vagos y sentimentalismos, mucho menos cuando vas a más de
140 kilómetros por hora en un bólido formado por dos toneladas
de chapa, aceite, hierros y pistones.
El horizonte de cemento contrastaba con el cielo rojo, color que
tomaba por el reflejo de las luces de la interminable ciudad sobre
la permanente nubosidad de smog radiactivo. A lo lejos notó como
las líneas de la calle se iban curvando, esto anunciaba que había que
empezar a doblar reduciendo la velocidad. Apretó el embrague y
rebajó la marcha a tercera para poder tener mejor respuesta del
auto y poder pasar al maldito Dodge metalizado del corredor a
quien llamaban “el Diablero”.

+ + 21 + +
En medio de la curva el conductor del Dodge, armado con cuchillas
giratorias en las ruedas y alerones serrados a sus costados, notó
como el Ford Falcon X estaba a punto de pasarlo por la derecha,
y cerrándose a la curva, arremetió contra el cómo un jugador de
ultra-rugby contra su contrincante antes de hacer try.
Turbo vio como el auto plateado se le venía encima, apretó el
embrague al mismo tiempo que movió la palanca de cambios para
subir a cuarta y apretó el acelerador tan a fondo como pudo. La
adelantada fue impecable, o casi, ya que el frente del otro auto
rozó la cola del Falcon.
¡Chupame el pingo, Turbo hijo de yuta! – escuchó gritar al
Diablero.
Turbo rio con fuerza y encaró la recta con total seguridad de ir
primero.
Los recuerdos volvieron.
El grito: - ¡Johnny!
La oscuridad.
El maldito bicho reptador.
Esta vez Turbo se dejó llevar. Melissa. Hermosa. Única y total
Melissa. Una divinidad de cabellos negros y ojos marrones.
Se había prometido no volver a correr después de lo que pasó,
pero pensaba: “El dinero, necesito dinero”. Pero en el fondo, Turbo
sabía que lo del dinero era solo una excusa. Una excusa vil y falsa.
Lo que él amaba era la adrenalina, el vigor de sentirse atrás del
volante, el olor del gasoil, los ruidos del carburador rugiendo
como mil infiernos.
Pero esa pasión había sido la causa de perder a Melissa.
Y en esta misma carrera, un año atrás.
Johnny Morales, ahora conocido como Turbo, el tipo al que no le

+ + 22 + +
gustaba perder, decidió correr el Gran Premio del Asentamiento J,
después de hacer carrera en varios circuitos alternativos y, a veces,
no del todo legales. Por pura altanería decidió llevar en el asiento
del acompañante a su novia, la vistosa Melissa, cantante pop en
ascenso, mujer pulposa de numerosos pretendientes, solo para
mostrar su trofeo mayor. La muchacha no estaba segura, pero
Turbo insistió, e insistió… muchas veces. Ella dijo que sí.
“Malditos recuerdos… ¡déjenme en paz!” gritó para sí, dentro
de su cabeza, y saliendo de esa somnolencia que solo la memoria
puede producir, se vio inmerso en la zona de cuevas mutantes. Acá
la carrera se volvía mucho más peligrosa no sólo por el estado del
pavimento, sino por los probables ataques de bichos humanoides
que habitan en la oscuridad cavernosa colgados de los techos en
los túneles… y suelen saltar sobre los autos en plena marcha.
Redujo un poco la velocidad, ya tranquilo de su posición, para
acomodarse en el asiento y volver a arrancar a fondo. Pisó el pedal
y sin dudarlo se introdujo en la oscuridad de los túneles repletos
de mutantes.
Todo iba bien, al menos los primeros doscientos metros. Cuando
el ruido de algo que cayó en el techo lo sorprendió, sin asustarlo.
Tomó la escopeta recortada del asiento derecho y empezó a
disparar contra el techo del auto. El mutante salió despedido
y gracias a las luces rojas traseras, que daban al paisaje un tono
rojizo de ultratumba, pudo ver en el retrovisor como una horda de
monstruos se abalanzó contra el Dodge metalizado que acababa
de entrar en el pasillo subterráneo. Eso lo hizo sonreír.
Fue en esos días, hace poco más de un año atrás cuando al tomar
la Curva del Muerto, supo que las cosas andaban mal en los frenos
de su vehículo. Melissa lo notó. Preguntó por esto. Pero Turbo,
Johnny, mintió descaradamente.
No es nada, nena…- dijo.
Y ella le creyó.

+ + 23 + +
¡A ganar Johnny! ¡Iuujuuu! – gritó emocionada.
Él la miró sobreexcitado, rió enérgico, apretó los dientes y el
acelerador con la misma intensidad.
“Recuerdos de mierda”, pensaba.
Se venía la última parte, el espiral de la abandonada megaruta
conocido como Gusano Maldito. Allí había tenido lugar la fatalidad
del año anterior.
El Gusano Maldito es una serie de curvas y contracurvas, muy
cerradas, que bajaba de nuevo hasta la ciudad del Asentamiento
J y que se volvía peligrosa por los profundos precipicios que lo
rodean. Más peligrosa aún porque el paso de los camiones terminó
de destruir el asfalto y se daban constantes vuelcos de vehículos,
por lo que la ruta debió ser clausurada y abrir una nueva vía a la
metrópolis por medio de arterias subterráneas. Debía reducir
considerablemente la velocidad en ese tramo, y ya podía ver en el
espejo a los Renault 12 tuneados de los hermanos Korkazov a una
distancia preocupante.
Cuando había tomado el Gusano Maldito un año atrás había
subestimado el peligro. Lo había subestimado sin frenos. Cuando
tomó la segunda curva fue cuando el Falcon coleó peligrosamente
y Melissa golpeó su cabeza contra el borde de la puerta. El auto se
salió de control a los pocos metros y por más que Melissa gritaba
desesperada que frenara o bajara la velocidad, Turbo, prefirió
seguir en carrera. A la tercera contracurva el auto se cerró de más
y, sin posibilidad de frenar, dio un vuelco que hizo que la joven
sin cinturón de seguridad, saliera despedida por la ventanilla del
acompañante y cayera al vacío negro del precipicio colindante.
¡Johnny, noooooooooo! – fue lo último que la escuchó decir
mientras caía al vació.
No pudo verla, él estaba dentro del auto, pero oyó el grito
desesperado de su novia y la imagen se creó en su mente. Se

+ + 24 + +
creó de forma tal que hoy no puede dormir sin verla caer por el
borde de la montaña y el enorme gusano llevándosela a la boca,
devorándola sin masticar.
Ingresando ahora al Gusano Maldito, viendo a los Renault 12
azules gemelos de los hermanos Korkazov (quienes siempre corrían
en equipo, haciendo trampas y encerrando contrincantes sin
tregua, una suerte de escudería malparida), ambos remodelados
con ametralladoras en vez de faros lo que los hacía peligrosos en
carrera tanto para los contrincantes como los tripulantes cuando
corrían de noche, Turbo tiró de la palanca del freno de mano
haciendo que el Ford Falcon X se cruzara en medio del camino,
bloqueándolo parcialmente. Y se quedó ahí, transpirando sudor
frio, sin poder sacar de su cabeza la imagen de Melissa cayendo a
la nada, cayendo eternamente. Los dos autos azules lo rodearon y
pasaron por los costados a máxima velocidad.
¡Puto cagón! – gritó uno de los hermanos, y después una risa
desaforada e incómoda se fue haciendo cada vez más tenue.
Turbo puso marcha atrás y acomodó el auto en la banquina. El
cielo rojo se reflejaba en el visor de su casco negro.
Se bajó del auto, se sacó el casco y miró hacia abajo, como la ruta
se volvía una lombriz en movimiento que se había resecado con el
sol.
Vió los Renault azules ir a toda velocidad por las curvas y
observó a uno tropezar con la banquina y caer por el costado
convirtiéndose en una bola de fuego, mientras el otro frenaba a
ver si podía socorrer a su hermano, seguramente muerto.
Melissa. El grito. El auto volcando sin parar. El precipicio. El
Gusano Maldito.
Mierda. – dijo en voz baja. Quiso gritar, pero no hacía falta, nadie
iba a escucharlo de todos modos.
¿Realmente era el fin de la carrera como corredor de Johnny

+ + 25 + +
“Turbo” Morales? Quizás sí.
Comenzaba a lloviznar. “Lluvia ácida. Mejor muevo el auto antes
que arrecie”, especuló.
El cielo se volvió más rojo en el futuro… pero eso es otra historia.

+ + 26 + +
María Magdalena
A la Zona Este, donde hierve el caldo de la vida.

CÉSAR A. MAR TÍNEZ

Podrías haberme prometido amor, podrías haberme prometido


tu alma, todas esas cosas tan sencillas de obtener. Pero tú me
prometiste a maría magdalena. Y yo te prometí que verías volar
50 ángeles.
Eso nos prometimos antes de dejar la casa de nuestros padres, ya
no había nada para nosotros en ella. Ya no era un dulce hogar, era
solo una casa en el barrio en que nacimos. Apestosa igual que las
calles, asesina como el asentamiento. Un cementerio para jóvenes.
Allí nos hicimos adolescentes. Nuestros padres merecieron
quedarse allí, fríos y drogados. Entendimos que solo hay futuro
para nosotros, si nos marchabamos.
Te aseguro que en mi ranking de cosas que me han causado gran
dolor, en primer lugar, está: dejar a mi hermano gemelo ir por un
camino diferente al mío. Para que al menos uno de nosotros puede
sobrevivir y alcanzar la seguridad de vivir en los lujosos rascacielos
de Megasalta.
Si continuábamos los dos, hubieras sufrido mi suerte. Te hubieran
violado por intentar robar una bandeja de comida, de una de
escuela del asentamiento J. Te hubieran quemado las yemas de los
dedos con ácido, para poder usarte como votante en las elecciones
de los sindicatos.
Te hubieran usado de juguete para los perros pitbull rojos, los
+ + 27 + +
+ + 28 + +
+ + 29 + +
habitantes de Megasalta pagan muy bien por esas mascotas. Esas
mascotas, deben poseer tal ferocidad que adolescentes como
nosotros, son juguetes para que ellos puedan morder y así desear
el sabor de la sangre. Entonces, solo así, se activa la mutación
genética y cambian su pelaje al color rojo. Sello de calidad en esa
nueva raza.
Basta de quitarte más tiempo con las cosas que me han pasado,
Así como a ti la venta de drogas; auspiciada por los sindicatos, te
cambio el destino, a mí el entrar en un laboratorio de drogas, me
ofreció una nueva vida. Y no desperdicie esa oportunidad.
Pero uno no olvida las cosas que forjan el carácter. El sufrimiento
es martillo paciente que nos da la dureza y finura necesaria para
ser peligrosos, como una espada samurai.
Hace un año supe que estabas en el sindicato de Johnny Morales.
Me alegré por ti querido hermano. Porque sabía que eso te daría
seguridad. Que estarías más cerca que yo de llegar a vivir en la
tecno lujosa Megasalta.
Sabía que no ibas a olvidar nuestra promesa de reencontrarnos
después de 5 años en esta pasarela, que a nadie le importa, ni
recuerda. Solo a nosotros.
Ahora que te veo delante de mí, con tus ropas cuidadas, con tu
cabello hermoso, con tu piel sin curtir, me da mucha alegría mi
querido hermano.
En silencio te escuche hace rato y ahora en silencio me escuchas,
seguimos conociéndonos como cuando éramos pequeños
Mírate ahí parado con ese saco oscuro, ancho, largo, con
hombreras que forman un triángulo perfecto con tu cintura. Esa
camisa blanca bien planchada, un pañuelo en el cuello con el nudo
hacia atrás, tu pantalón suelto, sin marcas de planchado y zapatos
del mismo color y tono. Como si ambos fueran hechos con el mismo
material. Tan perfectos en detalle de colores led y caída. Entonan

+ + 30 + +
con tu cabello rizado con volumen, con efecto húmedo. No estás
vestido para trabajo pesado. Muy distinto a mi. Es lo justo, uno de
nosotros tenía que llegar a ese nivel. Me alegra que hayas sido tú.
Y trajiste a María Magdalena. Ese hermoso auto que veíamos por
la televisión y fantaseamos manejar. Pero no me quedaré con él. Es
tuyo. En cierta forma lo disfrutaré también.
Ahora cumpliré la promesa también. Mira a tu derecha. Vez a esos
jóvenes alrededor de ese tacho que quema maderas de cajón. Ellos
son adictos a las drogas que elaboro. Hay exactamente cuarenta y
nueve chicos. Les prometí el mejor viaje de sus vidas, si cumplen
un favor.
Ahora les hago la seña acordada y ellos se inyectan la droga que
bautice heat of the night.
Es la misma que tengo en esta jeringa y que me estoy inyectando.
Esta droga aparte de darte una hermosa sensación de plenitud
mental parecida al orgasmo, también provoca una alteración
química en los pulmones. Se produce una combustión instantánea
que hace explotar a los pulmones. Veras esa explosión de sangre
que sale de la espalda. Serán segundos que verás esas alas rojas,
alas de ángeles. Alas que nos harán volar como Ícaro al sol. Me
alejare junto con esos jóvenes de este asentamiento, para siempre.
Siento como mi cerebro empieza a mandarme esa sensación
orgásmica, no falta mucho para que exploten mis pulmones.
Hemos cumplido mi querido hermano. Nos liberamos de nuestras
promesas. Que el apocalipsis del que habla tu jefe Johnny realmente
purifique esta tierra que nos ha maltratado pesadamente. Es mi
momento de volar.
(El motor de un auto se enciende, suplica más combustible. El
conductor mira hacia el espejo retrovisor, su corazón se rompe al
ver su reflejo. Su alma se enciende, suplica más fe. Mira hacia la
carretera es hora de regresar con el Anticristo)

+ + 31 + +
El último cristiano

RAFAEL CARO

Los cerros calcinados al este marcaban el límite de lo que


alguna vez había sido la zona residencial de Megasalta. Ahora, las
mansiones en ruinas se habían convertido en el refugio de toda
clase de alimañas (de cuatro patas, de varios pares de patas o
seudópodos y las de dos piernas), yo siempre había considerado
que estas últimas pertenecían a la especie más repulsiva de todas:
los humanos.
Avancé despacio por la antigua avenida de la terminal, los chasis
oxidados de automóviles, colectivos y camiones me obstaculizaban
el desplazamiento; a pesar de eso, me sentí orgulloso de la potencia
adormecida del motor V 8 que vibraba debajo del capó de mi Ford,
lista a ser desatada como una horda de dragones si yo apretaba el
acelerador.
El disco solar se asemejaba a una fruta podrida que flotaba,
ingrávida, pero ejerciendo todavía su tiránico abrazo gravitatorio
sobre sus planetas cuanto más avanzaba la tarde. “Algunas cosas
nunca cambian, o cambian tan lentamente que nadie se da cuenta
de eso”. Pensé. Debía encontrar un refugio donde pasar la noche.
Los animales de presa saldrían de sus escondrijos de entre los
despojos de Salta apenas volviera la nocturnidad. La pantalla de mi

+ + 33 + +
tablero zumbó. Una videollamada: “Cuartel General”. La presión de
mi índice sobre el teclado táctil hizo aparecer el rostro de Emma,
enmarcado por su corta cabellera platinada.
-¿Qué hay?-dije.
-Johnny Morales, seguís con tus modales impecables. En primer
lugar, buenas tardes. En segundo lugar, tengo un trabajito para
vos-respondió la mujer.
Me pregunté cuántos años tendría ella. La conocía desde antes de
la hecatombe nuclear, tres décadas atrás, y Emma seguía teniendo
la misma apariencia, como si hubiera nacido adulta, su nariz
aguileña, los párpados maquillados de verde; hasta sus cuerdas
vocales siempre habían vibrado a la manera de un violoncelo
desafinado, discordante.
-“Buenas tardes”-silabeé-, ¿ahora también querrás que te dé la
bendición o fórmulas insulsas como “adiós” al despedirme?-ironicé.
-Sí, bueno. Siempre disfruto de tu conversación-resopló Emma-.
¿Vas a aceptar el trabajo, sí o no?
-Depende de la recompensa.
-Una dotación de biodiesel por un año, mantenimiento de tu
automóvil por cinco años y, esto es lo mejor: el peso en oro del
fugitivo.
-¡Buen botín!-exclamé. Entonces tendré cuidado en no mutilarlo
ni desmembrarlo.
-Más te vale que lo capturés con vida. Hablo en serio, Johnny.
Vivo y completo. No habrá recompensa si me traés un cuerpo en
coma o embalsamado como lo hiciste en las dos últimas cacerías-
enfatizó Emma.
-Te has vuelto aburrida, pero acepto.
-Adjunto la información del sujeto por aquí. “A…diós”-siseó
Emma.

+ + 34 + +
-“A…lucifer”, mejor.
La videollamada terminó, la pantalla volvió a su mutismo.
“A esa mujer le caigo mal y le encanta sacarme de quicio a
propósito”, me dije, refunfuñando para mis adentros.
La información-bastante escueta-, de quien yo debía capturar,
consistía en lo siguiente:

Nombre y apellido: Pedro Duarte.


Delitos: Cuestionamiento al estatus quo, robo cibernético de
archivos confidenciales. Incitación al desorden público.
Último paradero conocido: La Calderilla.

Acompañando esas pocas líneas, una foto de mala calidad: un


rostro anguloso, de cejas y barba tupida, cabellos largos, mirada
de loco.
Giré el volante de mi vehículo. Yo sabía que Pedro ya no estaría
en el minúsculo caserío de la zona norte de Salta, pero todo
fugitivo siempre deja rastros. Decidí comenzar por allí. Llegué a las
márgenes del río y la urbe cuando el sol acribillaba el monte, el cual
se atrincheraba entre la espesura de su follaje. Estacioné, debería
proseguir a pie. Desenfundé mi escopeta de caño recortado. Mi
Magnum permanecía en su funda debajo de mi axila, un cuchillo
de cacería dentro de mi bota constituía mi arsenal.
Unas pocas cuadras con miserables casuchas de adobe se
extendían ante mi vista, unos perros con las costillas visibles
debajo de su cuero seco y lleno de sarna. Eso era lo que quedaba
de la población salteña, un puñado de sobrevivientes famélicos,
vestidos con harapos.
Tal como lo esperaba, uno de ellos se acercó (tal vez el líder de

+ + 35 + +
esa aldea), se trataba de un anciano, quien caminó hacia mí con la
mano en alto, en gesto de saludo.
-Saludos, Señor de la guerra-dijo el viejo-. Le doy la bienvenida,
somos gente de paz, tenemos poca agua y alimentos, pero le
ofrecemos lo que necesite.
-¿Cómo sabés que yo traigo guerra?
-Oh, poderoso Señor. Por las armas que veo en su poder y
aquellas que no puedo ver, pero intuyo trae con usted.
-Entonces te darás cuenta de que, con tu autorización o sin ella,
yo podría tomar todo lo que necesito…incluso tu vida, viejo.
-Podría disponer de mi existencia como lo ha mencionado, Señor
de la hecatombe, aunque de poco le serviría a usted ponerle fin a
los pocos días que me restan en este mundo.
Reconocí lo certero del razonamiento del viejo. Me miraba con
una paz inmensa. No valía la pena desperdiciar una bala con él.
-Busco a este hombre-gruñí. Le mostré una hoja impresa con la
imagen difusa del fugitivo.
-¡Es Pedro, el Dador de esperanza!-chilló el viejo.
Los demás, al escuchar el nombre, se animaron a salir de sus
viviendas.
-¡Pedro el magnánimo!-clamó una mujer con su bebé en brazos,
amamantándose de su pecho
-¡Nuestro bienhechor, Pedro!-vociferó una anciana, recostada en
una lona, los brazos en alto, como si viera al fugitivo descender
entre las nubes.
Los pobladores emergieron de sus escondites, sus rostros
transfigurados, el éxtasis iluminaba sus semblantes. Me rodearon,
sus manos anhelantes, buscando el contacto mínimo de la simple
invocación sonora de Pedro.

+ + 36 + +
-¿Lo conocen?-pregunté mientras yo retrocedía un par de pasos,
cauteloso ante el avance del hedor de esos infelices, deslicé el
dedo sobre el gatillo.
-Sí-respondió el viejo lisiado. Tocó mis ojos y las nubes de las
cataratas que me dejaron ciego, huyeron de mí. Tocó el río y sus
aguas volvieron a ser potables, además…
-Basta-interrumpí al viejo-. Ahorráte las hazañas del tal Pedro.
Solamente quiero saber dónde está.
-Ah, cómo saberlo. Se fue de aquí hace tres días en dirección al sur.
Dijo que muchos necesitaban de su ayuda. Nosotros volveremos a
enfermarnos y, en mi caso, moriré, pero nos dejó algo que nadie
podrá quitarnos jamás.
-¿Qué puede ser eso, viejo?
-Esperanza, ¡Oh, Señor de la destrucción! Esperanza.
“Esperanza. Gente chiflada” reflexioné. Habría sentido un poco
de lástima por esa gente de haber sido capaz de albergar esa clase
de cursilería a la cual los mortales resultaban proclives.
Regresé a mi automóvil. Reanudé el camino de la ruta nacional,
lleno de pozos y grietas donde la maleza pugnaba por reclamar
el asfalto. Fue una tarea sencilla seguir el rastro de Pedro a
través de los asentamientos humanos: las personas relataban la
multiplicación de sus escasos alimentos por aquí, la sanación de un
brote de paludismo por allá. Lo último que supe de él se refería a
unos sermones en medio de las ruinas del aeropuerto, en el último
suburbio sureño de Salta.
En la pista de aterrizaje, la lluvia repiqueteaba sobre los fuselajes
de los aviones. A la distancia, el aeropuerto parecía un osario de
hierros pertenecientes a animales antiquísimos que yacían cerca
de la torre de control. Tras detener mi automóvil a una distancia
segura para que Pedro no pudiera escuchar el motor, troté sobre
los charcos para rodear la entrada principal.

+ + 37 + +
Trepé un muro hasta llegar al primer nivel del edificio. Ingresé
a lo que había sido el free shopping del aeropuerto. Las escaleras
mecánicas permanecían inmóviles desde hacía años. Frascos
de perfume de formas sensuales para exacerbar el deseo de los
consumidores en vano; ya nadie se acercaría para probarse las
fragancias que esos envases atesoraban en su interior.
A lo lejos, el murmullo de una voz humana recitaba una letanía
monótona. Sonaba familiar. “Hebreo antiguo”, reconocí.
Me arrastré por el suelo, procuré sacrificar rapidez por silencio.
Cualquier cazarrecompensas sabe que el factor sorpresa lo es
todo.
“Pedro, por fin te tengo cerca”, me relamí. Ya podía contar los
lingotes de oro, además de las reparaciones ya impostergables
para mi apocalipsis rodante. La provisión generosa de combustible
por todo un año también constituía un incentivo. Algunas partes
del cielorraso se habían derrumbado a causa de las décadas de
abandono.
La lluvia caía por los huecos hasta la superficie inmóvil de la
cinta transportadora de equipaje. “¿Cuál habrá sido el último
vuelo que llegó hasta el aeropuerto y quienes habían retirado sus
bolsos y valijas antes de que la civilización colapsara? Un ‘antes’
que muy pocos recordaban debido a la escasez de los testigos
sobrevivientes a la hecatombe en la actualidad” medité. “Basta.
Aquí es donde uno debe concentrarse en la captura y dejar de lado
el botín, porque lo que distingue a un cazarrecompensas mediocre
de uno excelente es el cuidado en los detalles”, me dije.
Activé la mira infrarroja. La penumbra cobró ante mi vista la
claridad artificial de un día soleado. Pasillos mojados y paredes
mohosas. El primer vistazo casi siempre solía ser desalentador. Un
sonido metálico me obligó a orientar mi fusil hacia esa dirección.
Una rata que escababa en un cesto de residuos me olfateó desde
unos cinco metros, agitando sus bigotes larguísimos encima de

+ + 38 + +
sus dientes incisivos. Los ojos le brillaron cuando la escasa luz se
reflejó en sus pupilas antes de que saliera huyendo a ocultarse.
El cántico había cesado.
Decidí trepar a la terraza. Desde lo alto, el panorama podría
ofrecerme alguna pista del tal Pedro. La llovizna menguante
anunciaba el fin de la precipitación; ráfagas frías arreaban quizás
a unos veinte kilómetros por hora a los voluminosos nubarrones
grises hacia el oeste.
Una figura humana estaba sentada, los pies cruzados, protegida
debajo del ala de un avión. Pedro comía unos mendrugos de pan
sobre un mantel de plástico. Un cuenco de algún tipo de líquido
permanecía a la distancia de su brazo. Bebió un poco y siguió
mordisqueando el pan.
Medité sobre la conveniencia de dispararle en un brazo; los
perdigones astillarían sus huesos y músculos, pero si yo detenía la
hemorragia a tiempo no habría más daños que la pérdida de uno
de sus cuatro miembros.
“Más te vale que lo capturés con vida. Hablo en serio, Johnny.
Vivo y completo”, resonó en mi mente la voz de Emma.
Bueno, me quedaba una opción. Dejé mi escopeta a un lado. Tomé
la red para caza mayor de mi mochila, me arrastré sobre la terraza,
la arrojé con un movimiento enérgico pero de fluida gracilidad. Las
geometría de la red de aleación de titanio flotó un momento antes
de caer sobre mi presa. Pedro no luchó para escaparse, lo cual
habría sido completamente inútil. Pedro me dirigió una mirada
de quien hubiera estado esperando este momento. Al capturar
a un fugitivo, éste suele desesperarse, maldecir, llorar o incluso
suplicar piedad. Pedro no hizo nada de eso. Me miró con sus ojos
marrones como si él se apiadara de mí. Su reacción me pareció más
desagradable que cualquiera de las que yo había visto.
Le arrojé un dardo tranquilizador, más bien para calmarme yo
ante la exasperante resignación de Pedro.

+ + 39 + +
Arrojé a mi presa maniatada a los pies de Emma.
-Listo. Aquí tenés a Pedro. Vivo y completo como querías-dije.
Ella permaneció concentrada en rizar sus pestañas, atenta al
óvalo de su espejo de mano, sentada en el sillón.
-Perfecto. Tu recompensa te será entregada apenas terminemos
con el papeleo-respondió Emma, parpadeando repetidamente
ante su reflejo, satisfecha.
-Un gusto verte, Emma-repliqué, dándole la espalda para
retirarme.
-¿No te quedás para el espectáculo?
-¿Lo qué?
-El cliente se tomó el trabajo de organizar todo un circo para este
tal Pedro. Me pidió que te invitara. Está claro que le gustaría contar
con tu presencia. Tenemos asientos en primera fila. Será el show
más importante de la región. Lo van a anunciar apenas yo confirme
la captura del último santo. Llevan meses planeándolo todo.
-Mmmmm, bueno. No tengo nada en mi agenda por ahora.
Asistiré.
-Será este sábado a las 22 horas en el estadio Padre Martearena…o
lo que queda de él-rió Emma.
-Es gracioso que hayan bautizado al estadio con el nombre de un
sacerdote asesinado por su taxi boy.
-Hilarante. Aquí está tu boleto. Es un pase VIP.
-Está bien, nos vemos ahí-resople con fastidio ante la tortura de
enfrentarme a la burocracia para cobrar mi botín.
Descendí de mi Ford rojo. El estadio se elevaba entre las ruinas
del vecindario como en sus mejores épocas. Emma tenía razón, el
cliente-quienquiera que fuese-había invertido mucho en restaurar
el lugar. Los haces de los reflectores acariciaban las nubes, un

+ + 40 + +
gentío creciente comenzaba a agolparse en los diversos accesos.
Entregué mi entrada a un custodio. Una coqueta muchacha me
condujo a través de las gradas con sus caderas oscilantes delante
de mí.
Emma ya estaba acomodada en su asiento preferencial. Pensé
que yo jamás la había visto de pie, siempre había un escritorio, una
mesa, una pantalla entre la mitad inferior de su cuerpo y yo. Me
pregunté si ella tendría buenas piernas. Al sentarme a su lado,
pude constatar que sí.
Mi interés pasó de la minifalda de Emma hacia el centro del
estadio. Una jaula para artes marciales mixtas se elevaba bajo los
paneles de luces. Cosa curiosa: la jaula tenía cinco lados, en lugar
de anuncios de las marcas que patrocinaban el evento, había una
estrella, cada una de sus cinco puntas tocaban el perímetro de las
redes de la jaula.
-La jaula y el diseño anulan los santos poderes del cristiano, ese
tal Pedro-explicó Emma, adivinando mi curiosidad.
-Y aumentan los del demonio que será invocado en el centro de
la jaula-afirmé.
-¡Buenas noches, estamos aquí para asistir a la lucha entre un
demonio y…el último apóstol cristiano!-clamó una voz desde los
altavoces del estadio. El griterío tronó con tal intensidad que todo
el lugar se estremecía ante la promesa de sangre. Vi que un par de
guardias del cliente secreto traían encadenado a Pedro.
-Para que un santo se sienta motivado a luchar, hemos traído a
cinco niños, uno cada uno de los cinco asaltos de cinco minutos
cada uno. Todo cristiano ama sacrificarse por sus semejantes. Si el
retador Pedro rehúsa luchar, un niño será ejecutado. Pero por cada
asalto que Pedro resista, un niño será liberado-dijo Emma.
-Eso motivará los sentimientos piadosos del santo. Se empeñará
en llegar hasta el final del combate con tal de salvar a los chiquillos.

+ + 41 + +
-Apuesto la mitad de tu recompensa a que el cristiano llega al
tercer asalto antes de morir-propuso Emma.
Noté que Pedro se debatía entre el éxtasis que suelen
experimentar los primeros mártires cristianos-desde que se los
solía arrojar a los leones en el Coliseo romano- y el temor ante el
inminente holocausto, fue liberado de sus cadenas para ubicarlo
en el rincón azul.
-Acepto la apuesta-concluí.
La iluminación sobre la jaula disminuyó lo suficiente como para
que un acólito de Luzbel oficiara los últimos rituales de invocación.
Una vez que hubo concluido, se retiró del pentágono. La puerta se
cerró detrás de él, dejando a Pedro a solas con su contrincante.
En el centro del ring, la estrella fulguró con llamaradas. El
público ansiaba descubrir al rival secreto seleccionado para el
evento averno-pugilístico. Una figura bestial se corporizó entre
relámpagos. Debía medir más de dos metros y sobrepasar la
categoría de peso completo con holgura. Doscientos kilos de
músculos, acero y furia.
-No conozco a la entidad-me susurró Emma al oído.
-Drukkanón-expliqué-, Dueño de la Peste Negra, proveedor de los
gusanos en las tumbas, déspota de los Templarios; es un demonio
de los últimos estratos del Bajo Astral. Apenas un puñado de
expertos en demonología lo conocen.
A pesar de ser ignoto para el gran público, Drukkanón levantó
sus brazos escamosos para arengar a la multitud, el antebrazo
izquierdo estaba cubierto por una armadura plateada, erizada de
púas hasta la altura del hombro.
El público vitoreó a su favorito: “¡Drukkanón, Drukkanón!”. Éste
ostentaba la insignia de legionario del ejército de Luzbel en medio
de los tres cuernos sobre su estrecha frente. Su tórax poderoso se
hallaba surcado por las cicatrices de la batalla contra el Hacedor.

+ + 42 + +
El arma con la que contaba el servidor del ángel rebelde era un
hacha del tamaño y peso de Pedro quien, a fuerza de ayunos y
privaciones, se veía aún más famélico en su taparrabos.
El apóstol judeocristiano se ocultó detrás de su escudo ante el
mandoble del hacha de Drukkanón. Resistió el embate y fustigó
al demonio con su lanza. Los ataques del legionario infernal eran
respondidos con más desesperación que técnica, pero resultaron
efectivos. Un asalto, dos hasta culminar el tercero. Pedro tenía la
mitad del rostro convertido en una masa sanguinolenta; apenas
podía mantenerse de pie. Los tres niños que ya habían sido
liberados y se pusieron a dar agua, compresas de hielo y palabras
de aliento al vapuleado apóstol durante las pausas del combate.
Noté que los pequeños susurraban con los ojos al cielo cubierto
cuando se reiniciaban las acciones. Me pregunté qué dirían. Tomé
los binoculares de Emma. Leí los labios de los infantes. Plegarias
en hebreo antiguo. “Qué cosa tan inútil”, me dije.
-Perdiste, Johnny-dijo Emma con una sonrisa.
-Tengo que reconocer que el santito está dando una buena pelea.
-¿Doble o nada a que Pedro llega hasta el final del quinto asalto?
-No gracias, un apostador sabe cuándo debe parar.
-Como quieras.
Drukkanón desplegó dos pares de alas correosas, de membranas
traslúcidas debajo del panel de reflectores. Se elevó para asestar
high kicks alternados con hachazos. Pedro cargó con energía
inesperada sobre la red de malla de la jaula, cargó su pie y proyectó
su cuerpo sobre Drukkanón. El escudó impactó sobre el cuerpo del
demonio, cayendo ambos contrincantes en la lona en medio de un
coro de “ays” por parte del público.
-El superman punch. Buen movimiento-admití.
La campana indicó el final del cuarto asalto. Otro niño fue sacado
de su encierro y se unió a los que asistían al apóstol. Uno ponía el

+ + 43 + +
banquillo, otro usaba una toalla para abanicar el rostro a Pedro.
Los demás limpiaban los cortes sobre el cuerpo martirizado.
Quinto y último asalto. Siempre me parecieron absurdos los
milagros, sin embargo debí reconocer que el hecho de que el
cristiano siguiera de pie-sus sistemas vitales al límite, pero vivo-,
constituía un prodigio. Tres minutos dentro de una jaula de lucha
equivalen tres milenios para los combatientes, sobre todo para
el que va perdiendo. Mil ochocientos segundos que equivalían a
todos los siglos de profetas que habían anunciado al mesías, al
reinado de soberanos sabios o crueles, a lapsos de esclavitud
bajo el mandato de los faraones, a huidas a través de desiertos, a
diásporas y genocidios que culminaron cuando sonó la campanilla
del final de la pelea. El apóstol cayó sobre la lona manchada de
sangre. Drukkanón resopló con fastidio y se desmaterializó en
medio de un relámpago, de vuelta a su plano abisal.
-Buena pelea-dijo Emma.
-Muy buena a pesar del final, demasiado previsible. ¿Quién es el
cliente secreto que te contrató?
-La identidad de los clientes siempre es confidencial. Pero la
verdad no lo sé. Está allá, en lo alto, dentro de su cabina blindada
con algún material impenetrable para las frecuencias conocidas.
Miré la cabina oval, el material completamente opaco. Emma
había dejado entrever que ella había intentado emplear su
tecnología de espionaje, sin lograrlo.
-De todos modos-prosiguió Emma-, si lo supiera tampoco te lo
diría. Secreto profesional, Johnny.
-Tenés razón. En fin, fue un gusto verte.
-¿Qué se siente, Johnny?
-No entiendo.
-Pedro era el último cristiano, acaba de morir esta noche, ¿qué se
siente quedarse sin trabajo?
+ + 44 + +
-Bah, me dedicaré a rastrear prófugos de poca monta. Fugitivos
que violan su libertad condicional, esa clase de basura.
-Pero ya no será lo mismo, Johnny.
-Pssst. Siempre va a haber carroña para apresar y ahí estaré yo
para hacerlo.
-Si vos lo decís. Te llamaré para eso entonces. Hasta pronto.
-Nos vemos.
Me retiré de allí, maldiciendo por haber perdido la mitad de
mi recompensa con mi jefa. A veces se gana y otras se pierde,
es parte del juego. Fijé mi atención en los cinco niños que se las
apañaban para trasportar lo que quedaba del apóstol. No es que
me interesaran en absoluto-yo detestaba su grado de inocencia
que, como todo concepto ideal nunca se alcanzaba del todo,
aunque los niños se aproximaban demasiado a él para mi gusto-,
pero había en algo inusual en ellos.
Uno de los infantes portaba el paño con el que había limpiado
el rostro de Pedro; observé que los rasgos agonizantes habían
quedado grabados en el paño. Los niños lo guardaron, maravillados
y trémulos, mientras cargaban los despojos del ahora mártir
consumido en su pasión. Murmuraban las plegarias en hebreo que
seguramente habían aprendido de sus padres, quienes las habrían
aprendido del santo. Sonreí.
Emma se había equivocado. La secta judeocristiana seguiría
existiendo y yo seguiría en el negocio. Encendí un cigarro y lancé la
bocanada en forma de un aro de humo semejante a una beatífica
aureola hasta que una ráfaga la disipó.

+ + 45 + +
El último round de
Johnny Morales

MATÍAS BALDONI Amar

Era una noche llena de acero.


De esas que se fabrican para el recuerdo. Grabadas en la memoria
colectiva de las gentes, fundidas al rojo vivo en la imaginación y
graduadas para siempre jamás. Era una noche de sudor. Una noche
de puños y muchedumbres gritando. Era la noche del último round
de Johnny Morales.
El Delmi, brillante de luces y neón, refulgía en medio de la
oscuridad. Una brisa decadente, perezosa, resbalaba calle abajo,
en medio de las filas y grupos de espectadores ansiosos. En los
bordes del estadio, junto a las alambradas, dos carteles luminosos
anunciaban la pelea del siglo. Entre publicidad y publicidad,
sendas fotos de los luchadores eran proyectadas a la noche, con
sintetizadores de fondo. Fuego. Gritos.
La Montada hacía las rondas. Pasaban con sus caballos
implantados de cables y metal; armas en ristre, nudillos blancos
sobre las empuñaduras de sus bastones eléctricos. Sobre ellos
revoloteaban los drones de la televisión y la radio, haciéndose ver
con destellos bajo el fuego que ardía en los barriles desahuciados.
Tremenda oscuridad, tremenda noche.

+ + 47 + +
Recuerdo que estábamos juntos, todos los muchachos, pegados
a uno de los muros. Alguien había traído empanadas: estábamos
comiendo y tomando en la fila, a la espera. No habíamos podido
dejar pasar la chance de venir. La noticia había llegado al
Asentamiento en medio de un revuelo. Las pancartas holográficas
lo proclamaban por todos lados. Imposible fue ver a un vecino
del Asentamiento que no estuviera, como mínimo, deseoso de ir.
Otros, como nosotros, buscaron cualquier manera de llegarse a
Megasalta, al Delmi, y agenciarse unas entradas.
No era fácil, no. Los habitantes de las nubes, los pálidos
millonarios que vivían en la cima de los rascacielos, no nos
querían aquí. Este era un combate para ellos. Para demostrar su
superioridad. Un espectáculo más donde quedaría claro el orden
del mundo.
Arriba seguiría siendo arriba y abajo quedaría abajo.
Y nosotros hacíamos la fila. Yo había conseguido chips de código
falsos. Nuestros brazos temblaban bajo la cuchilla, pero había que
hacer lo que había que hacer. Era impensable dejar a Johnny pelear
solo. Rodeado de tiburones. Necesitaba sentir el olor de su gente.
Espuma que corre, río que nace, viento que sopla.
Una voz gruesa, artificial, anunciaba las condiciones del
enfrentamiento.
-...egado desde las cuerdas de la Confederación Norteamericana,
el crucero de Chicago Reconstruida, el “Hombre de los Puños
Invisibles”...
Los adjetivos se extendían. Eran la cortina que tendían entre
nosotros y ellos. La barrera. Aquellos celestiales, falsos dioses
de la era de la tecnología y el brillo estelar, compuestos por la
poesía intergaláctica de medio millón de alabanzas. Sus torreones
estaban construidos con concreto y metal, sí, pero dentro de esos
muros eran las ideas las que los mantenían de pie. La creencia
implantada por generaciones de que sus sábanas de seda y sus

+ + 48 + +
cubiertos de oro los hacían mejores. Infalibles.
Para ellos no éramos más que una turba. El oleaje superpuesto,
los siervos, números expuestos en una pantalla, consumidores
y clientes archivados en una base de datos. Pero suficiente era
suficiente.
Y ahí es donde entraba Johnny.
Creo que todos los del Asentamiento lo sabíamos, de una manera
u otra. Lo habíamos visto desde niño. De bebé. Le dimos trabajo,
comida y camaradería. Le dimos cobijo en un mundo donde esperar
un techo y un almuerzo ya es desear demasiado.
-Ese pendejo tiene el alma en llamas-había dicho mi padre.
Soldador. Mecánico. Hombre cuyo lugar en el mundo era dentro
de un motor, con grasa hasta los codos y hollín poblando sus
cejas. Johnny y yo compartíamos los espacios del taller, entre los
estruendos de los caños de escape y el zumbido constante de la
radio.
En un principio todos habían pensado que iba a ser el fútbol
lo que lo iba a sacar del Asentamiento. Johnny sabía picar una
pelota como ninguno. Los primeros pesos que mi padre le dio por
colaborar con el armado de una caja de cambios, esos primeros
pesos se los gastó en una pelota. Todavía me acuerdo haberlo
acompañado a tatuarse el escudo del cuervo en el bícep.
Y después Johnny descubrió el boxeo. El sabor del ring. Pelear,
eso sabía desde siempre. Creo que la primera vez que lo vi tenía
el labio partido y corría detrás de unos chicos tres veces más
grandes que él. En una noche de borrachera de la secundaria se
peleó con unos tucumanos usando una cama. Johnny era de esos
que prefieren pegarte antes de hablar. ¿Pero entrenamiento? Cero.
Era salvaje. Un potro.
Todo empezó cuando el Profe Gutiérrez, que había sido entrenador
de boxeo de un club de las megatorres de Tres Cerritos, le echó el
ojo.

+ + 49 + +
-Sos una bestia, pibe-fue lo que le dijo.
Johnny debía tener unos quince años, y yo un poco más.
Estábamos en esa edad donde el cerebro no había alcanzado aún al
crecimiento del cuerpo. Donde los puños lideraban la conversación.
Caminábamos orgullosos por las calles polvorientas del antiguo
Coronel Arias, nos enfrentábamos con las banditas del Parque
San Martín. Una vez casi nos ahogan en las aguas radiactivas del
Xibi-Xibi. En fin, la adolescencia se había asentado en nosotros con
toda la voluntad de una plaga. Y Johnny no permitía que nadie le
dijera nada que no le gustara.
Fue la primera vez en mi vida que lo vi quedarse en el piso después
de una paliza. El Profe se movió rápido, una luz, y sin embargo
parecía denotar una parsimonia imposible. Le encajó un uppercut
en la mandíbula y después un gancho al estómago. Y cuando
Johnny se hubo doblado, lo pateó hasta que dejó de moverse.
-Tenés ganas. Eso sí, eso te lo reconozco. Pero te falta mucho.
Mucho. Vení a buscarme si querés hacer algo con tu vida.
Esa semana Johnny se la pasó planeando cómo iba a matar al
Profe. Dijo de colgarlo, envenenarlo, quemarle la casa, plantarle
drogas. Cualquier cosa para acabar con su mísera existencia. La
ira se levantaba de su cabeza como si estuviera en llamas. Ardía,
Johnny.
Y, así como la furia lo había invadido, se esfumó. Y comenzó a
entrenar ese mismo lunes.
-...Morales! ¡Venido desde el Asentamiento J, dispuesto
a demostrar la tenacidad de los puños norteños!-la voz del
anunciador no denotaba la más mínima pizca de entusiasmo. Lo
mismo podría haber estado leyendo un artículo sobre el aumento
del pescado.
Las luces de la entrada del estadio se encendieron. Un millar
de ojos brillantes, inquisitivos, que nos examinaban como quien

+ + 50 + +
observa la basura sobre la calle. Los parlantes anunciaron que se
autorizaba la entrada de las gradas inferiores. De la “popular”. Se
había esperado a que las plateas y los palcos estuvieran llenos
para dejarnos entrar. De seguro ya había mozos recorriendo las
mesas, tomando pedidos de champán y ostras, de caviar y quesos
europeos.
A nosotros nos hacía entrar como ganado. Uno a uno, pasábamos
por bretes electromagnéticos, donde revisaban hasta nuestra
composición genética, tratando de asegurarse que no hubiera
anormalidades. Registraban nuestras retinas, huellas digitales y
muestras de saliva, y las comparaban con las bases de datos. Si
alguno había comprado la entrada a nombre de otro, no podía
entrar. Sólo aquél cuyo nombre figuraba en el chip. Torretas
automáticas vigilaban desde el techo, y cada unos cuantos metros
había un contingente de policías armados hasta los dientes.
Todo por Johnny.
El chico de los dientes sucios, los labios rotos y las mejillas
ensangrentadas.
Johnny, cuya cara estaba plasmada en treinta metros de alto a lo
largo de las paredes, enfrentado al monstruo genético que habían
traído del norte. En los puños de Johnny cabalgaba el final de una
era. Para bien o para mal, era el punto que acababa todo.
La puerta que nos llevaba al otro lado.
Las pancartas electrónicas de Nigurato Corp. encendían el pasillo
sobre nuestras cabezas. A medida que fuimos siendo excretados
por el túnel, nos encontramos con el interior del Delmi. Lo que, en
algún momento, había sido un estadio como cualquier otro, ahora
era el futuro.
Era la joyita dentro de la corona de Megasalta. La señal de que el
progreso no se detenía para nadie. El gobierno de Neobaires, lleno
hasta las cejas de insurrecciones y protestas, dependía ahora de la

+ + 51 + +
gloriosa estela de fuego del norte. De los bolsillos profundos de
la élite megasalteña.
Las industrias mineras, el fuego de la explotación interestelar
surgida de las entrañas de la ciudad, las enormes financieras,
las fábricas de naves...Megasalta había resurgido de las cenizas
y se hacía cada vez más fuerte. Por eso mismo no podía afrontar
tenernos a su alrededor. Éramos la mosca que hacía quedar mal a
la pintura.
Y Johnny, bueno...Johnny era un martillazo a los cimientos.
Johnny quería quemar la ciudad y regarla con sal.
Nos acomodamos en nuestros lugares. No pude evitar notar
las torretas automáticas que nos vigilaban. Quizás temían que
nos robásemos las barandas de electrosync y las vendiéramos
en el mercado negro. O que asaltáramos al robot que dispensaba
empanadas de carne sintética.
Hubo un estruendo.
Las pantallas flotantes se encendieron, al parecer surgiendo del
aire mismo, y mostraron el teleportador principal. El que tenía los
colores de Megasalta junto a la bandera de los Estados del Norte.
Un himno triunfal brotó de las profundidades del estadio. Estaba
en todas partes. Pude ver como la aristocracia se regocijaba en
sus palcos blindados. Los vidrios que los protegían podían resistir
incluso a una bomba nuclear.
¿Podrían resistir a Johnny?
La música cambió y se transformó en un redoble de tambores.
-DAREMOS COMIENZO A ESTE COMBATE, DEDICADO A
ILUSTRE COMITIVA, A LA DESCENDENCIA SUPREMA DE LA RAZA
MAGNÍFICA…-el anunciador vibraba, metálico. Pude ver que era
una versión holográfica de una popular figura del pasado.
Pobre tipo, estar atrapado tres décadas en holoestásis. Se notaba

+ + 52 + +
que vivía para salir al aire. Después de todo, cuando no lo estaba lo
mantenían apagado.
Una explosión de humo.
Y allí estaba.
El “Hombre de los Puños Invisibles”.
Nuestros ojos se clavaron en él. En esas partes implantadas, en
los resortes magnéticos. En las fuentes de hidropropulsión. Un
sólo golpe de su puño podía romper una columna de concreto,
decían por ahí.
Mirando sus músculos, lo creí verdad.
Y me temí lo peor.
Johnny había dejado de pelear por Melissa. La había visto en la
pista de carreras, apoyada sobre un capote, enjabonando el vidrio.
O al menos eso había dicho él. Siempre sospeché que se inventó
esa parte. Hasta ese momento a Johnny los autos le parecían
máquinas crudas, salvajes.
-El cuerpo humano es la mejor obra de relojería-me decía. Era
evidente que se había robado la frase de alguien más sabio que él,
porque ¿qué chico de veinte años dice algo así? Pero siempre que
escupía esa frase se veía que se la creía.
-Pero no me podés negar que el nuevo modelo de Fiat está que
quema-le decía yo, para molestarlo.
-Un auto es un auto, nada más. Pero el ser humano es bicho de
muchas caras. Podemos ser lo que querramos. No hay chapa ni
motor que nos limiten.
Y yo me reía.
Todo eso cambió cuando apareció Meli. Para ella el ronroneo de
un V8 era mucho más hermoso que una cantante de folclore. Así
que Johnny comenzó a correr carreras.

+ + 53 + +
Otro silbido, esta vez sin redobles ni trompetas. Incluso el humo
parecía ser menos espeso que el de la salida del cyborg. Johnny
salió con pasos lentos, contados.
Hace años que no lo veía.
Parecía cansado. Demacrado.
Entró en el recuadro con un salto, y se plantó frente a su oponente.
Un silencio se alzó entre ellos dos.
Un silencio que invadía todos los espacios.
Se miraban sin pestañear, sin detenerse, sin casi respirar.
Hombre-demonio y hombre-máquina.
La sangre de la sangre.
La campana rompió con el suspenso. Como a menudo suele pasar,
destrozó las barreras de ese silencio tenso, flamígero, y la acción
sobrevino toda en un instante. El primer golpe fue un trueno en
medio de un cielo despejado. Desde las gradas pudo oírse nuestro
gemido de desaliento, de sorpresa. Johnny se tambaleó, uno, dos,
tres pasos hacia atrás. En su cara quedaba la marca del puñetazo,
guante o no guante. Vi el brillo de sus ojos, dos pequeñas llamas
enfrentadas al furor de las televisiones. No lo demostraban, pero
esos ricachones en sus cabinas con aire acondicionado debían
estar estallando de gozo. La máquina que habían traído del norte
funcionaba tan bien, o incluso mejor, que lo sospechado. Eso no
era un boxeador, no, era un pedazo de carne y un manojo de cables.
Ningún ser vivo se movía tan rápido, pegaba tan fuerte.
Pero Johnny seguía de pie. Recibió un uppercut que estalló con
su barbilla; no tuvo tiempo de levantar los antebrazos. El tercer
impacto rodeó su defensa y crujió contra su hombro.
Para ese punto, ni siquiera terminado el primer round, la mitad
del estadio contenía la respiración. Creo que ninguno se esperaba
que terminara tan rápido. Los consiguientes cuatro golpes llevaron

+ + 54 + +
a Johnny hasta la lona. El referí robótico corrió hasta donde se
encontraba y comenzó a contar.
-¡Uno!
De refilón pude ver como un grupo de aquellos ricachones
sonreía como zorros.
-¡Dos!
Johnny se sacudió, levantó un codo y lo clavó en la lona. Comenzó
a impulsarse hacia arriba.
-¡Tres!
Un mozo descorchó una botella de champaña. Vi a una mujer con
un largo vestido preguntarle a su acompañante si eso era todo.
-¡Cuatro!
Con un rugido, las gradas acompañaron a Johnny. Éste se puso
de pie, sacudiendo los brazos, y en su cara ardía una determinación
férrea. Había algo diferente en él, un océano de fuego en su
interior, un rosa floreciendo en pleno invierno. Los pelos de mi
nuca se erizaron, y por un instante todas las televisiones mostraron
estática.
Johnny dio dos pasos rápidos, apenas tocando el suelo, y hundió
su puño en la defensa del norteamericano. Continuó con un golpe
más, logrando que su oponente bajara la guardia, y finalmente un
tercero, terrible, fulminante, contra la nariz de aquel infortunado
cyborg. Un hilillo de sangre se derramó sobre la lona.
Un silencio espectral llenó al Delmi.
Johnny no esperó a que festejáramos.
Sus puños crujieron. Su frente se llenó de sudor.
Y se lanzó hacia su último round.

+ + 55 + +
+ + 56 + +
Heat of the night
a Marta Elisabhet C.

CÉSAR A. MAR TÍNEZ

El encargado del laboratorio miraba los monitores de seguridad,


sin prestarles mucha atención. Inmerso en sus pensamientos, por
ratos sonreía. Luego algo captó su atención. Por la puerta número
tres, ingresaba una joven. Escoltada por dos guardias. El encargado
se levantó de la silla y se dirigió al sector de los vestidores.
La joven camina mirando las hermosas luces de neón que iluminan
el pasillo con baldosas amarillas. Se acomoda la minifalda ajustada
asegurándose que sea más corta. Mira sus uñas y ve el barniz viejo
y descascarado. Intenta mostrar despreocupación. Falta poco para
llegar a los vestidores.
Uno de los guardias ingresa a los vestidores junto a la joven.
El encargado le pide que se retire. La joven queda a solas con el
hombre que lleva un delantal blanco percudido y huele a café y a
cigarrillos.
Mientras la mira de pie a cabezas el encargado le dice.:
-María te conozco desde que tienes quince años y sabes que nadie
más a pagado por tu amor. El es mío, pago muy bien por el. Una
llamada y tengo tu amor, sabes que no te conviene deshacer ese
trato. Estas muy hermosa, me gusta esa minifalda naranja fluor,
tus labios rojos, tus pestañas cargadas. Tu flequillo. Tu cabello

+ + 57 + +
peinado al costado con volumen. Te aseguro que no dejaría que
nadie te robe el alma, en este tiempo en que siete garras del
infierno reclaman las almas. Porque este asentamiento es otro
círculo más del infierno de Dante.
El encargado toma de la mano a la joven y se sientan en una
banca de metal, acondicionada con una colchoneta de vinyl para
ser suave y cómoda.
Le acaricia las piernas y mirándola fijo a los ojos le pregunta.:
-¿Es verdad que tienes la droga?, ¿tienes a heat of the night?.
El rostro de la joven aparenta unos 20 años, pero solo tiene 17.
Su belleza no es por el maquillaje, es natural. El maquillaje solo
trata de ocultar lo que su contratista no puede apreciar. Está
cansada del trato. Está cansada de acudir al sonido del teléfono.
Mira los ojos del contratista y nota la desesperación, por que le
diga que si. Que ella tiene la droga. Que la famosa droga estará en
su mano en cuestión de segundos. Porque tener esa droga es tener
influencia en Megasalta. Es tener lugar en los megaedificios y su
opulencia.
-Sabes Txus , antes de venir para aquí leía un cuento. Su instrucción
me gusto mucho. “los jóvenes con el sexo y las drogas fueron los
primeros en montarse al caballo de la globalización”. ¿Es hermoso
no crees?
La droga heat of the night se la di a Johnny Morales hace un
mes atrás. Y hace dos días, uno de sus corredores me trajo una
inyección y una crema. Con instrucciones precisas.
Antes de venir me inyecte el anticuerpo para la droga. La droga
fue rediseñada para ser absorbida por los poros de la piel. Me
aplique la crema en las piernas y tu hace más de 2 minutos que
no dejas de tocarlas. Tus manos absorbieron la droga. Ya tienes la
droga que tanto buscas. O buscabas. Porque en cuestión de otro
minuto tus pulmones estallaran.

+ + 58 + +
El encargado sonrió, miró sus manos. Efectivamente las piernas
tenían más cremas que lo habitual. Ya no prestaba atención a esos
detalles, hace dos años que tienen sexo.
-Si tengo que creer lo que acabas de decir, tienes que morir. Si
es una broma, eres muy mala comediante. le dijo el contratista.
Mientras analizaba mentalmente, las reacciones de su cuerpo, por
si había algo que no encajara.
Se levantó decepcionado, convencido que la información sobre
la joven y la droga, era falsa. Estaba por hablar cuando sintió ganas
de vomitar. Una fuerte arcada. Sintió que algo ejercía presión entre
sus costillas. Internamente doloroso. Miro a la joven y sonrió. Los
pulmones explotaron. El encargado se desplomó sobre la sangre
que decoró las paredes y el piso. Dejando una pintura digna de un
artista amante del action painting.
Maria dejó la banca y se acercó al cuerpo aún tibio del contratista
y le dijo:
-Es una pena de no veas el Apocalipsis que desatara Johnny. Y el
solo pide mi fe en sus planes. No mi alma ni mi corazón.
Con sus zapatillas abotinadas piso el rostro del cadáver. Se
dirigió hacia la puerta cinco, que lleva hacia las cocheras. Observo
los cincuenta autos modificados para competir estacionados allí,
como si esperaran su siguiente movimiento. La joven sacó de entre
sus senos un encendedor y un papel rojo doblado en muchas
partes. Extendió el papel y lo puso en medio del estacionamiento.
Al encenderlo empezó a elevarse una columna de humo carmesí.
La señal es vista en las márgenes del asentamiento J.
Decenas de jóvenes invaden el predio, se dirigen al
estacionamiento. Los guardias son masacrados en el trayecto.
María sube al capot de un Ford Falcon rojo. Grita con una voz
demencial.
-Que ardan los motores, soy el ángel que hará sonar el primer
trompeta, el Apocalipsis del Anticristo esta cerca.

+ + 59 + +
+ + 60 + +
El origen de la bestia
(O Natividad Diabólica)

Marco M. Caorlin

Vengan niños, sí, sí, vos también, changuito. Vengan aquí alrededor
de este tacho a poner sus manitos cerca del fuego para pasar el
frío. Les voy a contar el relato de cómo el Señor del Inframundo
llegó a nuestras tierras a curarlas del mal, haciendo aún más mal.
Y como un joven cazarrecompensas lo vió todo: el ascenso de ese
pseudo-dios, ese demoníaco ser al que ahora todos tememos y
que llamamos simplemente “Turbo”. Porque si bien ahora todos
sabemos de su existencia -y le tememos y veneramos, algunos lo
odian o solo quieren pasar desapercibidos de su mirada-, Turbo
tuvo su nacimiento. No digo que nació como un niño, porque esa es
otra historia que no voy a contarles acá y porque en realidad nadie
conoce a ciencia cierta. Pero lo cierto es que este joven cazador de
maleantes fue el que lo vio primero y esa historia llegó a mis oídos
tal cual cómo se las voy a contar ahora. Lo que les voy a contar les
juro que es verdad. Escuchen…
El cazarrecompensas cruzaba parte de la contaminada nuboselva
al norte del Asentamiento J, buscando el lugar que le habían
marcado.
Pisaba el barro, mojado de lluvia ácida, y sus pies marcaban el
suelo profundamente. Su cuerpo aumentado con piernas, su brazo
derecho y un corazón cibernéticos (esa nueva aleación de acero y

+ + 61 + +
cromo que llamaban Metalium) lo hacían más veloz y fuerte, como
también bastante más pesado.
Pensaba que no debía haberse metido en ese trabajo, que lo
suyo era la ciudad, buscando sus presas en bares de mala muerte
y fábricas abandonadas, pero el monto era jugoso, y el motivo le
pareció loable. Loable para un cazarrecompensas, puede ser algo
de dudosa legalidad para una persona común.
Le habían dicho que era una “secta”, un grupo de religiosos que
buscaban a un salvador. Le dijeron que podía encontrarse con
cosas raras, que podía sentir miedo. Nunca se había echado atrás
¿Porque iba hacerlo ahora?
Vio, entremedio del follaje verduzco, una hoguera de gran
tamaño. Sintió cánticos y gritos que parecían aullidos, y se dio
cuenta que había llegado a su destino.
Logró esconderse tras un barranco y desde allí observó la
diabólica escena: varias personas bailaban desnudas alrededor de
una gran fogata, frente a esta se elevaba una gran cruz de hierro
desde donde pies hacia arriba, invertido, colgaba un hombre no
mucho mayor que él. Atado con alambres a la estructura, estaba
cubierto con escarificaciones, una gran estrella de cinco puntas
grabada con cortes en su pecho y una cruz invertida entre las cejas.
El cazarrecompensas se espantó, pero no lo suficiente como para
salir corriendo.
Los bailarines -eran unos 20- danzaban frenéticos, extasiados al
ritmo de tambores electrónicos y cuerdas sintéticas que otro grupo
tocaba a un costado. En medio de la danza comenzaron a desatar
al hombre, que volvió en sí y se dejó agasajar por la comitiva. Lo
envolvieron en una túnica negra, solo eso sobre la piel lacerada, y
cuando abrió sus ojos, el cazarrecompensas podría haber jurado
que eran amarillos, dorados por su brillo fulgurante.
El séquito se arrodilló, algunos convulsionaban mientras seguían
los cánticos, y el hombre elevándose y con su impecable vestidura

+ + 62 + +
miró hacia el cielo. Cuando volvió la vista hacia sus adoradores
comenzó a hablar.
Hijos, hermanos… la nueva era comienza hoy. La era de la
destrucción, la purificación, la limpieza… La Gran Purga. Los
circuitos se fundirán, las máquinas frenarán su marcha, la carne
perecerá, y el mundo sobrevivirá.
Los adoradores vitoreaban cada palabra, cada letra y sílaba que
salía de los labios del hombre de la túnica.
El cazarrecompensas se acercó para ver mejor. Era indudable: ese
hombre era el objetivo. Y ahí comprendió porqué cuando la central
le había pasado la Misiva 1 estaba firmada por la “Organización
Cristiana para el Mundo Futuro”.
El hombre siguió hablando.
Y los que hicieron el mal morirán, y los que hicieron el bien a
medias también morirán. Porque no hay clemencia en este nuevo
universo. Porque no habrá piedad para los tibios…
Los festejos seguían. Los gritos aumentaban. Las convulsiones
mostraban felicidad. El cazador miraba atento desde su escondite.
Y por eso mismo, comenzaremos la Gran Purga en este mismo
momento.
Con esas palabras el hombre se desprendió de la túnica de un tirón,
su cuerpo desnudo, marcado, se veía casi hermoso al resplandor
del fuego. Y fue de pronto que se abalanzó sobre su propio cortejo
y comenzó la salvajada. Les arrancó cabezas, lenguas y miembros
a cada uno. Ninguno parecía tratar de escapar, solo gritaban con
desesperación y algunos clamaban “¡Gracias! ¡Oh gracias, señor!”
mientras eran despedazados con las propias manos del hombre.
A uno de los seguidores le apretó los ojos hasta que los globos
oculares se volvieron gelatina en las cuencas y comenzaron a
gotear por los costados. A otra mujer le arrancó los pechos de
cuajo. A otro más anciano lo lanzó contra un árbol cercano donde
todos sus huesos crujieron al quebrarse.
+ + 63 + +
La dantesca escena se dio por varios minutos que al
cazarrecompensas le pareció eterna. Ahora terriblemente asustado
pensó en huir, pero sabía que era imposible que el hombre no
notara u oyera su escape.
Cuando terminó el hombre se quedó ahí, parado mirando a su
alrededor el tendal de cadáveres. Su cuerpo entero embebido en
la sangre de sus víctimas-seguidores parecía una estatua del mejor
acero. Brillaba.
Sé que estás ahí. – dijo el hombre. – Sé que estás acá para
matarme. Para detener lo que se viene.
El cazarrecompensas lo escuchó como si se lo estuviera diciendo
al oído, aunque estaba a varios metros.
Sal de tu escondite. Quiero verte la cara.
Salió. Caminó despacio con su arma en la mano apuntando.
No hacen falta armas.
Bajó la pistola lentamente.
Cuerpo de hombre pero partes de máquina, metal, cromo.
Percibo… un corazón cibernético. No confiabas en tu propio cuerpo
para nada.
No es así. Casi muero. Esto me salvó la vida. – respondió el
cazador.
El hombre rió entre dientes. La cruz cortajeada en su frente brilló
a la luz de la luna. Sus ojos eran profundamente amarillos. Su voz
rasgaba la noche y la llovizna radiactiva.
No me mate, por favor. – imploró el cazarrecompensas, cayó de
rodillas y dejó que el arma cayera al piso barroso, ya sabía que su
presa no iba a ser destruida fácilmente.
No voy a matarte. – respondió el otro. Giró sobre sí mismo y se
agachó a recoger el hábito negro con el que lo habían cubierto

+ + 64 + +
antes. Se lo puso lentamente, cuidadosamente, encima del cuerpo
mugriento de sangre y vísceras. No le importó.
¿Quién es usted? ¿Qué es todo esto?
Yo fui hombre. Ahora soy demonio, o diablo. Como sea. El anti-
hombre. La cosa opuesta. Lo que se teme, lo que se odia, lo que se
aborrece. Si hay una enfermedad, yo soy la cura. Si hay un dios, yo
soy lo contrario. Si hay un Cristo, yo soy el Anticristo.
Va a matarme, ¿No es así? – insistió.
No. Creo y siento que ya mucho sufriste antes, necesito alguien
que lleve mi palabra, mi voz no puede ser escuchada por todos.
Pe… pero… los mató. Usted los mató a todos con sus propias
manos. – sollozaba.
Era para eso que me trajeron, eran escoria, basura: políticos,
violadores, odontólogos, asesinos, abogados y ladrones. Su meta
era hacerme nacer, bautizarme, recrearme desde la carne fétida de
un ser humano a otra cosa, algo superior. A lo que ahora soy. Y te
voy a ayudar, me vas a ayudar a que este mundo mejore, cambie,
se eleve. Y destruir lo que, como un cáncer imparable, lo está
matando. Vamos a hacer renacer la vida, pero antes tendremos
que destruir la vida.
El muchacho, confuso, lo miró casi aterrado. Pero ese terror se
convirtió de a poco en admiración. Sin saber por qué de repente
recordó todo lo que sufrió desde que tenía uso de razón, los
orfanatos, las familias postizas, la crueldad de la neo-guerra a la
que asistió en la Batalla de los 300 días, no muy lejos de donde
estaban ahora hablando en ese claro en medio de la nuboselva.
¿Qué puedo hacer por usted, mi señor? – preguntó, esperanzado.
No es lo que puedas hacer por mí, es lo que vamos a hacer por el
universo. La humanidad toda está putrefacta, sucia, y necesita ser
depurada. La tierra sufre por ella, por ella se está derruyendo y,
cuando el virus ya tomó demasiado del cuerpo, la única forma de

+ + 65 + +
frenar la infección es de forma drástica. Eso vamos a hacer.
No entiendo lo que dice. – dijo estúpidamente el otro.
Ya lo comprenderás. Todos lo comprenderán. Ven conmigo…
Salieron caminando del claro y se adentraron en uno de los
caminos remarcados de la selva. La lluvia siguió cayendo. A lo
lejos, pero no tanto, las luces del Asentamiento J se reflejaban en
el cielo viciado y daban ese tinte rojizo con tonos de verde al que
ya el resto de los seres humanos estamos tan acostumbrados.
Esto fue el supuesto relato de como ese hombre se convirtió
en lo que hoy es. El Anticristo Turbo al que todos conocemos.
No sabemos quiénes eran ni qué hicieron con él para volverlo de
esa manera, pero les juro que eso fue lo que pasó, o al menos
como me lo contaron. ¿Qué dices changuito? ¿Qué si Turbo puede
venir y arrancarte la mandíbula por las noches cuando duermes?
Pues puede ser, se cree que Turbo es omnisciente. ¿Qué qué es
“omnisciente”? Pues que todo lo sabe y escucha. Y que si hablamos
mal de él o contamos algo que él no quiera que sepamos, estamos
condenados. Y no creo que le agrade mucho que contemos esta
historia, sea real o no. Pero bueno. Les tengo otra historia, no
se vayan. Esperen, esperen, vengan de nuevo para acá changos.
Bueno, resulta que…

+ + 66 + +
Cuerdas Vocales

MATÍAS BALDONI Amar

Te han quitado la voz, Babilonia. La arrancaron con sus uñas


decoradas. Enterraron sus manos recubiertas de oro en tu
garganta y se la robaron. Con dedos de envidia y desprecio te
despojaron de tu bien más preciado. No lo hicieron con cuidado,
tampoco. Ah, el odio en sus falanges mientras tiraban y tiraban.
Mientras deshilachaban las cuerdas vocales. Tu voz era el hilo
del cual sus celos pendían atados. La soga que las sujetaba a un
círculo de miradas perdidas y desviadas. No era solo resentimiento
y rencor lo que las impulsaba, tampoco. Ah, el miedo en sus ojos,
el pánico que les ablandaba la lengua. Eras todo lo que ellas no
eran, y ahora... Te han quitado la voz, Babilonia. Se la llevaron en
medio de la noche. No fueron rateros ni sabandijas. No vino Dios
y te castigó. Fueron ellas. Ellas hurtaron lo que te hacía única. Te
saquearon por completo. Te vaciaron y dieron vuelta, dentro para
afuera. Rota, Babilonia, así te dejaron. ¿Qué queda por decir, en esta
ciudad de sueños y nubes? ¿Acaso es una sorpresa? ¿Te extraña su
animadversión, su animosidad, su enemistad? Babilonia. Eras una
estrella que fulguraba en lo más profundo. Recuerdo haber oído
tu voz, tu franco aullido gutural, tu salvaje silbido, tu suave canto.
Es difícil olvidarse de la primera vez que se escucha tú música del
alma. Se instala en el interior de uno y no suelta. Estabas oculta

+ + 69 + +
entre las sombras. Torbellinos de ceniza devoraban tu silueta.
Diste dos pasos tentativos, ladrones, parcos. La espuma de tu
esencia hervía tras el hielo seco. El lugar había caído presa de las
tinieblas. Las mesas, desaparecidas. Ni siquiera el mínimo brillo de
una pantalla. No, que aquél era tu reino. Y no se admitían herejías.
Avanzaste cabalgando un rasgueo de violín. Esas cortinas tan rojas,
tan carmesí, tan sangre. El humo envolvía tus pies con pasmosos
tentáculos. Si no hubiera sido por la orquesta, el silencio nos habría
devorado a todos. Un semicírculo de acólitos siendo víctimas de
la aparición ritual. Te han quitado la voz, Babilonia. Se llevaron tu
magia. Eras la sirena y ellas las harpías. Eras, digo, porque ya no
lo eres, Babilonia. Ya no. Mírate, Babilonia. Observa esos harapos
que llevas puestos. Que tus ojos se embeban de cada mancha y
rasgón. Aprende el patrón de tus magulladuras y tus cicatrices. Es
un lenguaje de miseria y pobreza. Son oraciones de condena. Es tu
castigo y pena.

Memoriza el callejón en el que estás tirada. Las enormes


montañas de desechos que te rodean. Los excrementos que cubren
tu persona. Aprende de tu caída, Babilonia, interioriza las altas
nubes en la lejanía y sedúcelas, haz del descenso tu alma mater.
Eras gloriosa, Babilonia. Eras, digo, porque ya no lo eres, Babilonia.
Mírate, tan solo hace falta que te mires. Un espejo, un charco de
agua, un estanque de desperdicios químicos. Baja los ojos hasta la
escoria de tu rostro, navega entre las ruinas de lo que, antes, fuera
el néctar y la plaga de tantos hombres. Las sombras brillantes
de la ciudad se proyectan sobre ti, sombras de flúor aceitoso,
pegadizo, abusivo. Te recortan contra el horizonte de concreto
y metal, contra las vigas y los graffitis. Tu cabello, Babilonia. Tu
cabello. ¿Cuánto queda de él? ¿Acaso no eran alabados tus rizos,
jardines colgantes de la magnífica Babilonia? Ah, pero fuiste
asaltada. Robada. Hurtada. Y ahora te pudres bajo la lluvia y el
viento. ¿Acaso pretendes ser excremento por siempre? ¿Esa es tu

+ + 70 + +
intención? Te miro desde lo alto, Babilonia, y recuerdo tus grandes
recitales. No hay amor para las sirenas. Nunca lo hubo. Los celos,
oh tremendo fuego, son el combustible celestial. Arden más que
el kerosene de los cohetes, que las llamas de las fábricas de acero.
Tu voz se proyectaba a través de largas extensiones de cielo.
Atravesabas las nubes como una tormenta. Te presentabas ante
nosotros con la magnificencia de una divinidad. Ahí, allí, aquí tu
error. Oh, absurda pretensión, ¿es que no supiste ver? Tu boca es
una cueva, Babilonia. Grieta abierta, ensangrentada, expuesta a las
moscas y los gusanos. Por ella asciende la oscuridad apestosa del
silencio. El vacío de palabras. Los sonidos inexistentes que creen
en la melopeya de la realidad. Con esas voces de fin del mundo
expones tu trauma y tu desgracia. ¿Puedes saborear esas lágrimas,
Babilonia? Con sus uñas de envidia te arrancaron lo único que te
hacía especial. Esa pizca de originalidad. Te cazaron, te hornearon
con romero y especias y te sirvieron en una bandeja de plata.
Jugaste a las cartas con enemigos peores que el diablo mismo.
Si no hubiera sido por mis pies, eternos viajeros, te hubieras
consumido entre toda esta basura. Día a día, instante tras instante,
tu cuerpo perdería su forma. La lluvia tóxica lavaría el color de tu
piel, grabaría tus venas en potente azul y verde. Tu corazón lucharía
por bombear, tus pulmones por respirar. Ah, pero qué promesa, la
mía. Entiéndelo, Babilonia. Comprométete con la verdad. Acepta
lo que te ha tocado. O no.

Pelea. Rebélate. Inserta la fuerza de tu voluntad contra el muro


de cemento. Álzate en furia y fuego, grita en pútrido silencio
contra los altos vagones y trenes que recorren el cielo. Nadie
en esta ciudad puede detener tu frenesí. Eres la voz del odio
mismo. Cantarás, Babilonia. Cantarás de nuevo. Esa fue mi oferta.
Estábamos sentados entre cajas de pizzas y bolsas de pañales
destripadas. El piso se encontraba cubierto de papeles, trozos
de concreto y escombros. Tú y yo, Babilonia, en el nivel más bajo,

+ + 71 + +
más patético de esta horrenda ciudad. Tan enterrados en la mierda
que ni siquiera el teleférico podía venir a buscarnos. - ¿Por qué?
-me preguntaste con los ojos. Brillaban, rotos. Pedían a gritos un
beso de esperanza. Un asomo de la más mínima devolución. ¿Qué
es un guerrero sin una espada? ¿O un cirujano sin su bisturí? Eras
la vocera de los mismísimos cielos, Babilonia. Eras la tentación
hecha sonido. -¿Por qué? -te devolví la pregunta, de cuclillas sobre
tu forma maltrecha. Las manos de muchos hombres se borraban
en tu cintura. Unos cuantos pesos, dinero anticuado y olvidado, en
una lata de duraznos- ¿Por qué?, dices. Solo hay una verdad en todo
esto, mujer, y es que te han robado. Alzaste la mirada hacia mí. Me
reverenciaste desde ese mismo momento. Yo era tu puerta para
salir. Para escapar. Para volver. Para vengarte. Primero sentiste
alivio. Luego, deseo. Y finalmente odio. Tanto, tanto odio. Blanco,
rojo, negro. De un frío ardiente que rebanaba y cercenaba. Sacaste
fuerzas del mismísimo recuerdo, de la pobreza abstracta del dolor.
Enterraste tus manos en la pila de estiércol de tu vida y te cubriste
toda. En medio de ese basural pareciste reina. Primitiva tu forma,
repleta del más natural y corpóreo hambre animal. -¿Por qué tú?
-dijiste. Y mi respuesta fue toda tu vida, Babilonia. ¿Acaso no naciste
de la música misma? ¿No son tus recuerdos confituras envueltas
en la seda de las canciones? Surgiste del útero, brotaste entre los
dedos de carne. Tu madre. Tierra cementada bajo los cielos de
color escarlata. Era la flor del cemento. Los pétalos blancos de la
locura cromada. Te cantaba, ¿no es así? Tarareaba tu nombre entre
sus dientes podridos. Suspiraba tus ojos después de la entrada de
la aguja. Mírate. Mira tu vida. Proyéctala sobre este cielo repleto
de montañas. Que difícil. ¿No trataste de olvidar? Jamás se deja
atrás el pasado, Babilonia. Está grabado en nuestras venas y en el
sabor de nuestras palabras. Colorea las plegarias que susurramos
en la oscuridad. Nos da el tinte trémulo del amparo celestial. Una
especie de herejía, quizás. La inclinación a buscar un poder que nos
de techo. Sentires captados en la más tierna infancia.

+ + 72 + +
Las manos de tu madre en torno a tu cintura. Una lágrima que
la recorre. La sonatina que resonaba en los muros de la pensión.
Una puerta que se abría. Extraño, la textura de tus sueños. Como
si las hubieras borrado a golpe de fama. Cogiste el micrófono,
te armaste de vestidos y de galas hasta conquistar los miedos
de la noche. Fue tu cruzada, tu servicio, tu penitencia absoluta.
Poco a poco le vendiste el alma a tu propio renombre. Hiciste el
trato final con tu ego: aceptaste tu gloriosa excelencia hasta que
poco quedó de esa niña temerosa. No lo sientas como hendidura.
Siéntelo como áspid. -Tu vida, Babilonia. Tu vida es el por qué-te
respondí y no supiste si reír o llorar, así que hiciste ambos. Entró la
luz. Un trueno de neón que hizo de tu silueta flor de la tormenta.
Te transformó en luciérnaga. Lengua pastel recorriendo curvas
y desguaces. Yo te observaba, sentado en la cama. Te vi bañarte
junto al tragaluz, recibiendo el agua fría en tus brazos sin apego o
amor, pero con hambre. Estabas allí parada, apropiándote de todo.
Algo supe, en ese momento, algo entendí sobre tu forma de ser.
Comprendí el motivo de tu nombre y qué escondía lo salado de
su pronunciación. Conventillo, casona, mansión, huésped. Fuiste
el under del under , la fiesta propia de la noche malparada. Malos
gustos de mi narración, aquello que se esconde en los escondijos
de tu mente. De las estrellas cosiste un pequeño pañuelo con el
cual taparte las lágrimas. Eres la abundancia que suda opulencia.
Eres la orgía. Eres la fiesta suntuosa, húmeda, frenética. Consideré
tenerte miedo. Allí estabas, en mi balcón. Cómo ardías, Babilonia,
qué alto que se levantaban tus llamas. -¿Cuándo?-me preguntaste
con las caderas. -Nunca-respondí yo, y supiste que mentía. Así
que decidiste esperar. Hacer tiempo en la penumbra de la ducha.
Oculta por las sombras que iban y venían, tratando de observarme.
Tenías pretensiones de vampiresa. Súcubo de medianoche. Te lo
digo ahora como lo dije antes, Babilonia. Eres el agua. La fluidez. La
noche. Los ojos pálidos. Asustas ante la roca y la hiedra. -¿Cuándo?-
me preguntaste en la mañana. Tus dedos se movían por mi pecho.
Polillas que aún no desaparecen. Restos del sopor mezclado con

+ + 73 + +
humo de caño de escape. La ciudad cortaba tu piel. La desenvolvía
en una miríada de pequeños milagros, luces fundidas en recuerdos,
memorias tocadas en clave menor. Había un millón de ángeles en
torno de ti, y cada uno era un coro, una voluntad, un espíritu de ser.
Me deslizaba por tu sombra y por tu forma, por la inconsistencia
de tu espíritu, por la lucha que aún tenías adentro. Tus brazos se
extendían hacia los confines de la Tierra: gigante entre gigantes,
clavabas tus pies en los poblados de los hombres y mirabas a Dios
a la cara. Proclamabas tu deseo a voz de grito, a voz de silencio, a
voz de ausencia. Demandabas la injusticia. Eras tu propia torre de
Babel. -Pronto-dije yo, y las armas hablaron por mí. Tu hambre las
devoraba a mordiscos; las balas en la lengua, la pólvora entre los
dientes, el fuego en el corazón. Fue en el mediodía que entendí
todo el odio y todo el despecho. Que dimensioné el miedo que las
había llevado, a ellas, a todas ellas, a hundir sus dedos en tu carne y
saquear tu medianoche. Porque era miedo, no más. Pánico. Horror.
Eres la violencia, Babilonia. Eres la venganza. Eres la justicia de Dios,
la justicia del Diablo. Eres rayo y eres diluvio, eres plaga y peste,
exilio y sacrificio. Tus manos en los cañones. Las uñas arañando el
metal. El neón se reflejaba en tu dientes, la luz oscura que entraba
por la ventana. Cabalgabas esa voluntad de dañar como la reina
de Saba, con corona hecha de huesos y desperdicios, con una
garganta que nunca acababa de gritar. -¿Cuándo?-me preguntaste
al enterrar el frío de una automática entre mis dientes. -Hoy-te dije,
cogiéndote de la cintura. ¿Lo recuerdas, Babilonia? ¿Recuerdas las
llamas, las brasas, el incendio, el inferno? ¿Tus piernas aún sienten
el gozo, la gracia divina? ¿O te has olvidado ya, te has olvidado
de como te arrastré hasta la cama, te envolví en sábanas, de
cómo nos sometimos el uno al otro sin futuro ni pasado? Fuimos,
en medio de una habitación sucia y ennegrecida. Fuimos, con el
raspar ecléctico del ventilador en nuestro techo. Fuimos, bajo el
aullido violáceo de las sirenas antidisturbios. Aún suenan en mis
manos tus palabras. El silencio repleto de dolor. La pérdida que
te empujaba hacia adelante. La falta que no te dejaba dormir.

+ + 74 + +
Lamiste mis dedos y rogaste. Me dejaste entrar, me guiaste hasta
tus profundidades y me prometiste más. Ah, pero qué promesa,
la mía. Regalo por regalo, ¿no es así? ¿No es así, Babilonia? Pero
tú no sabías... ¿cómo podías? Hay cosas en este mundo que
jamás deben ser olvidadas. Miles de años de cruces, de cajas y de
ensueños. Artilugios, advertencias, libros enteros. Hay verdades
que parecen mentiras. Hay verdades que son de hueso y piedra.
Hay verdades que vienen con el viento. ¿No sabías, o decidiste no
saber? ¿Te miraste al espejo y dijiste “Madre, debo confiar, debo
seguir, debo llorar”? ¿Le pediste respuesta a los cielos de metal,
a las nubes radioactivas, a los ojos de las estatuas? La respuesta
siempre estuvo allí. En el sabor de mi saliva. En el respirar de mis
pulmones. En el ritmo de mis arterias. Tomaste el acero como si
fuera tu hijo, Babilonia. Y con eso tomaste todo.

El paquete completo. El matrimonio definitivo. ¿Acaso pensaste


que era fácil, que era simple? Babilonia, un guerrero no es nada
sin su espada, y un cirujano es inútil sin bisturí. Y en esta guerra,
Babilonia, cada uno recibirá su lanza y su clamor. Los vidrios
estallaron. Uno tras otro, los hiciste desaparecer ¿No fue ese el
primer sabor de tu venganza? ¿El primer olfateo de victoria? Había
guardias esperándote. Ellas sabían que vendrías. Un día u otro,
llegarías como un huracán de mar. Traerías al firmamento y a las
bestias de tu lado, volarías las puertas, volarías por las puertas,
avallasarías al mundo. ¿No dije yo que eras Egipto incendiado,
Roma castigada? ¿No te promulgué la cruz y la hoguera, el instinto
de sangre y carne, de mordisco y dentellada? La calle se hundía
a tus pies. Cuervos y lobos te daban la bienvenida, las serpientes
susurraban tu nombre. Y en su castillo, ellas temían. Todas ellas.
Amuchadas, celebrando con pastel y con cerezas, mientras
las guillotinas se acercaban una tras otra, mientras las balas
conquistaban la Tierra. Murieron, aquello guardias. Fuiste tú, única
tún sangrienta tú. De su cuerpo, plomo. El que vende su alma al

+ + 75 + +
Rey, cae con el Rey. ¿No fue eso lo que gritaste, en tu más puro
silencio? -¿Dónde?-dije yo. Tus dedos ensangrentados apretaron el
botón del ascensor. En algún lugar una granada estalló. Metralla
y sedición. Hartazgo. Porque tu subías por venganza, Babilonia.
Pero los demás, todos los otros... ellos querían otra cosa. Querían
saciar el hambre. Querían ver las cabezas rodar. Querían que las
cartas se carbonizaran y los cuerpos fueran colgados de un balcón.
Dejaste un punto rojo en el número mil. Subíamos a las nubes, tú
y yo. Yo y tú. Sin saber qué pasaría después, aceptaste todo. Lo
único que querías, lo único, era poder alzar el rostro a las estrellas
y decir tu nombre. Ni siquiera en voz de trueno, no. Un suspiro
bastaría. Ascendimos, aquél día. Toda la mañana y toda la tarde
y toda la noche, y vuelta a la mañana. Nivel tras nivel, Babilonia,
nivel tras nivel. El concreto y el cristal, los plásticos y el plasma, no
hubo superficie que no fuera bautizada de escarlata. Un día rojo,
antes de la salida del sol. Y, al final, allí estaban. Ellas. Ellas de
las uñas lacradas. De los nombres refinados y varios apellidos. La
gran gama de miedosas. Las de ojos claros y las de pelo recogido,
las que vestían con ropas alternativas y fingían, las rocas, las que
se perdían entre la espuma. Todas y cada una de ellas. Las que se
robaron tu voz. Son ellas, Babilonia. Mírate.

Puedes sentir el hierro llamándote. La espada de la divina


redención. Última y primera advertencia. Les dijiste que volaran.
Que se hicieran inmarcesibles con la caída. Dijiste: -Abracen la
hora de sus vidas, mujeres. Canten a la luz de los cielos, porque ha
llegado el fin. El fin de todos los tiempos. Ha llegado y ustedes se
marchan primero. ¡Hermosas aves de arcoíris! ¡Pájaros de revuelo,
carmesí, azul, dorado! Las convertiste en carretera, Babilonia.
En asfalto. Y te sentaste, te sentaste y pusiste tus angustiosos
párpados en mí. -¿Y ahora?-quisiste decirme, pero tu lengua
ya no era tuya. -Johnny...-pretendiste empezar, antes de que te
traicionaran tus labios. No pude más que sonreírte, Babilonia,

+ + 76 + +
una sonrisa de remolinos, de calaveras y de retribución. -Canta la
voz que canta, Babilonia, canta la voz que porta el fin del mundo-
dijiste, dije, dijimos. Dijo tu boca y dijo mi voz, pues ahora eran una
sola. Ah, pero qué promesa la mía, Babilonia. Hay verdades que se
heredan con la sangre. Mira bien tus pasos, Babilonia, no vaya a ser
que te lleven ante la persona equivocada. -Canta la voz que canta,
Babilonia, canta la voz de la Llegada-dijiste-Canta la voz que canta,
Babilonia, canta tu lengua, canta como mi portavoz.

+ + 77 + +
+ + 78 + +
Le Corbusier
al grupo Sonámbula.

CÉSAR A. MAR TÍNEZ

Piso 70.
El arquitecto se acomoda frente a los alumnos. Ellos encienden
sus computadores de mano. Se colocan los auriculares y activan
los walkman Sony WM-fx193 adaptados para conferencias. El
arquitecto activa el cierre de las ventanas. Una luz azul cubre el
salón, es perfecta para el proyector de imágenes. Se reclina en
el sillón blanco de cuero, que hace juego con el parquet de vinilo
blanco del piso. Les dice con voz clara y seca.
-Alumnos en esta clase repasaremos los cinco puntos que dieron
forma a este rascacielos central en que vivimos. Para que no olviden
porque ustedes están aquí. Ustedes son la columna vertebral
de esta sociedad. Sus diseños harán que estemos siempre a la
vanguardia de lo que exige el bienestar de esta megaciudad.
Piso 69.
El joven estudiante cae al piso con la garganta cortada. Su sangre
se desplaza por el piso hasta unirse a los otros charcos de sangre.
El fluido abandona el cuerpo, con la rapidez y potencia en que se
escapa el agua gasificada, de un sifón de soda. Treinta cadáveres
yacen en el piso. Los veinticinco terroristas observan la escena. El
silencio los camufla hasta los huesos. El cabecilla hace la señal

+ + 79 + +
de llamada. Inmediatamente uno de sus colegas saca un teléfono
para enviar un mensaje. Los dedos embarrados en sangre son algo
torpes para redactar el mensaje. No hay tiempo para ser pulcro.
El terrorista que carga cohetes en su espalda, se inclina para
observar más de cerca el cadáver de una alumna. Lame el rostro
de su víctima y luego le presiona las pupilas celestes, con sus
dedos manchados de sangre. Observa que el cadáver calza unas
zapatillas blancas con rayas verde y celeste flúor, se las quita. Para
suerte del asesino son de su medida. Se las coloca rápidamente
y se pone de pie. Observa su reflejo en el pizarrón de vidrio. Y ve
que combina a la perfección esas nuevas zapatillas con su jean
celeste y su musculosa verde fluor. Sonríe. Observa el cielorraso.
Está revestido de placas metálicas de acero inoxidable. Las placas
proyectan una perspectiva diferente de lo acontece en el aula verde
marino. Desde la perspectiva superior, el aula se ha convertido en
un recipiente que contiene una sopa escarlata y los cuerpos son
papines flotando. Sopa roja que lentamente se va coagulando.
Piso 71.
Los 50 cocineros estaban maniatados de pies a cabeza con
mordazas en la boca. Reunidos en una esquina del gran salón
comedor. La primera mitad de los invasores aguardaban sentados.
Las sillas tapizadas de cuero rojo en una estructura metálica de
color negro eran suficientes para calmar el cansancio. La otra mitad
de la brigada invasora anclan las bases para las metralletas MG-
42, al pie de las ventanas que se extienden alrededor del salón.
Suena un teléfono, la muchacha más joven de la brigada levanta
la mano y se dirige al comandante del grupo. Y le dice a media voz:
Geffen llego el mensaje del piso 69. Está tomado. Empiezan a
posicionar en las ventanas los lanzacohetes. Esperan tu señal.
El comandante Geffen se levanta de la silla, mira a los cocineros
en el rincón, mira el brazalete que lleva en su brazo derecho, mira
el símbolo de Johnny Morales en el brazalete.

+ + 80 + +
Respira profundo, infla su pecho con fe, se fortalece en la ira
que lleva quemándolo por dentro. Con voz clara y sin levantarla
mucho, le dice a la brigada:
- En cinco minutos, los que tienen el brazalete rojo, bajaremos al
piso setenta para matar a los arquitectos. Los del bracete negro
llevarán a los cocineros a la terraza jardín y harán la corona. Los de
brazalete negro con rojo esperan la señal para encender el fuego.
Piso 70
En el pizarrón de vidrio se proyectaba imágenes de un esqueleto
estructural que giraba lentamente. Mientras el profesor expone la
clase.
-Ustedes que han terminado su formación como arquitectos no
deben olvidar que el conjunto de mega edificios que forman a
Megasalta están cimentados en cinco puntos.
El primero es la estructura de pilotes cilíndricos de hormigón
armado, que conforman los pórticos que elevan el edificio, sin
temer a los movimientos sísmicos. Eso nos permite llegar hasta
ochenta plantas sin perder estabilidad.
Segundo: el techo jardín. El tener azoteas con jardines hizo que
la brisa natural, no dejará de circular por las rampas que conectan
cada planta. Disminuyendo el aire viciado que se genera dentro.
Tercero: la planta libre, cada planta está conectada a los cilindros
de apoyo por medio de soportes movibles. O sea podemos variar
la medida de altura de cada piso.
Cuarto: la ventana corrida horizontal de extremo a extremo. Las
locaciones están rodeadas de ventanas para permitir la iluminación
natural y a la vez tienen persianas electrónicas para darle el cierre
total a la luz. Quinto: la fachada libre. Las mega construcciones
tienen una fachada libre de molduras o balcones, sólo se aprecian
los cuatro cilindros de hormigón, acompañando a las cuatro caras
del edificio, el muro liso de cemento premoldeado de color azul

+ + 81 + +
metálico, sólo es interrumpido por las ventanas. Si un extranjero
ve a Megasalta desde la altura de los cerros, sencillamente
vera serpientes metálicas gigantes en forma vertical. Es por el
contraste del gris plomo que reflejan las luces led, que rodean
todo el perímetro de los contrapisos.
Este diseño arquitectónico nos ha dado otro sentido de belleza, y
eso repercute en la forma de vivir del hombre, de nuestra sociedad.
Esta máquina de habitar está formada por un orden matemático, y
sus habitantes viven y mueren siguiendo esa lógica.
Las formas impuras de la arquitectura han generado los
asentamientos, ha generado la destrucción de esa sociedad
que eligió las bombas nucleares y las carreteras de asfalto
caliente. Optaron por las carreras de autos que queman petróleo,
contaminando su entorno.
Este edificio, Le Corbusier, es el modelo principal para todos
los demás. Por eso ustedes estudian aquí. Ustedes nos llevarán a
gloriosos cien años de riqueza y avance arquitectónico.
Cada vez que se hable del norte, ya no recordarán esa época de
formas vulgares que se derrumban en los asentamientos. El norte
es ahora esta máquina de habitar que hemos llamado Megasalta.
La máquina despierta.
La brigada ingreso al gran salón naranja cristalino del piso
setenta, sin preocuparse por el ruido. En menos de dos minutos
habían convertido el aula en un cementerio. Con machetes y bates
acabaron con años de preparación académica. La sangre volvía
a tomar protagonismo. El suelo volvía a vestirse con un manto
escarlata.
El comandante Geffen rompe unas de las ventanas y coloca
un parlante de gran dimensión y potencia, mirando al exterior
del edificio. Conecta un reproductor de cintas metálicas xd60
a al parlante. Geffen observa la calma que habita afuera. Calma

+ + 82 + +
maquillada con azul metálico y delineada con luces de neón
celestes y verdes. Cierra los ojos y presiona el botón de play. La
voz del anticristo rompe la calma.
-El monstruo llamado rencor se ha implantado en el interior de
todos mis corredores y en la gente que perdió la esperanza. Ustedes
no creyeron que la boca del cazarrecompensas seria semilla de
sabiduría y su lengua ha dictado el juicio. Megasalta la guadaña de
fuego viene por ti. Te creíste lirio de pureza en un mundo benigno.
Y no escuchaste las trompetas que anuncian el apocalipsis.
Segundos después, las metralletas MG-42 escupían ráfagas a
todas las direcciones. Esta arma había sido el emblema del ejército
Nazi, su altísima cadencia de fuego devora 1800 cartuchos por
minuto. Los habitantes de los edificios vecinos eran despedazados
por las balas. Piernas y brazos por doquier. Cuerpos partidos en
dos. Las placas de cemento no ofrecían resguardo. La segadora de
Hitler es altamente eficaz.
Los lanzacohetes portátiles desplegados alrededor del edificio
arrojaban sus proyectiles. Una danza simultánea de cohetes
que caen con cientos de kilogramos de explosivos, su efecto es
devastador. El fuego y las explosiones recogen el grito y el miedo
de los ciudadanos en los mega edificios. La máquina de habitar
parecía haber despertado de su sueño evolutivo. Sus pisos se
convirtieron en venas llenas de sangre y las ventanas en bocas.
Decenas de bocas de escupían fuego. En la azotea se veía cincuenta
cuerpos empalados, distribuidos en el borde de la terraza. Una
corona hecha de cuerpos humanos, digna del edificio estandarte
de la gran Megasalta.

+ + 83 + +
+ + 84 + +
Mujer de medianoche

RAFAEL CARO

Johnny Morales había perdido el rastro de la fugitiva. Su jefa,


Emma, no le había dado información sobre Maikena Meijide pues
sabía que entre la fugitiva y Johnny hubo un breve amorío. A pesar
de que el cazarrecompensas detestaba la palabra “romance”.
Morales al respecto apenas comentó que se trató de una serie
de encuentros sin importancia porque ella lo hacía reír y era
desinhibida a la hora del sexo.
Ella había violado su libertad condicional luego de haberse
liberado de su tobillera electrónica, la cual indicaba su ubicación
exacta durante las veinticuatro horas. Se trataba de una ladrona
de vehículos que luego vendía las piezas como repuesto para
abastecer los talleres clandestinos de la región.
Maikena Meijide no se caracterizaba por ser agraciada físicamente,
al menos no del estilo de las que a Johnny le gustaba frecuentar. Él
recordaba como ella (des)lucía una larga cabellera color miel que
se veía revuelta y sin lavar. Su complexión era bastante robusta,
la foto de perfil tampoco la favorecía; su porte era cabizbajo,
de nariz ancha y una papada que difuminaba el contorno de su
mentón y cuello. Su mirada se veía extraviada, típica de los adictos
a las metanfetaminas. Este segundo dato lo había conducido a los
puentes debajo de los canales de Megasalta.

+ + 85 + +
Los informantes de siempre le habían dado a Johnny pistas vagas,
nada concreto. Hasta que encontró a “Aguja”, un vendedor de crack
y anfetas con un oído agudizado por un implante cibernético que
le permitía anticipar cualquier tipo de amenaza a una distancia de
diez cuadras a la redonda.
Johnny lo ubicó donde “Aguja” siempre solía estar: un baldío
oscuro de un callejón que apestaba a vómito y orín.
-Johnny Morales-dijo al verlo llegar-, reconocí el sonido de tu
auto a unos doscientos metros de aquí.
-Hola “Aguja”, podía ser cualquier motor de cientos de vehículos
diferentes.
-Yo podría conocer la diferencia entre cada uno de ellos-aseguró
el transa.
Johnny le creyó, si alguien tenía esa habilidad, seguro era él.
-Busco a una mujer-lanzó el cazarrecompensas sin más
preámbulos.
-Como todos.
-Ella consume lo que vendés.
-Como todas.
Morales le mostró la foto. “Aguja” la estudió un instante, al final
sentenció:
-Sí. La conozco. Era clienta mía, pero después de que la guardaron,
no volvió más. Dicen que estuvo en rehabilitación y dejó las drogas.
Es todo lo que sé, Johnny.
Un joven de sobretodo maloliente se acercó con el pulso
tembloroso. Sus manos parecían estar desprovistas de carne, sus
pómulos estirados sobre la piel pálida.
“Aguja” le dio unos gramos de su producto una vez que el
muchacho le pagó con un reloj. El trueque había vuelto a prevalecer

+ + 86 + +
en un mundo sin Bancos que respaldaran el dinero de antaño.
Antes del bombardeo atómico y la ceniza radiactiva cayendo con
periodicidad sobre la Tierra.
-Más te vale que sea de la buena-balbuceó el adicto-, el transa
antes que vos vendía crack muy adulterado. Terminó con la
garganta abierta en una zanja. Mirá que si no es de la buena, te
juro que vas a terminar igual que él.
“Aguja” y Johnny sabían que no lo decía en broma.
-¡No me vengás a amenazar, zombi paquero!-exclamó “Aguja”-.
Vendo lo mejor de toda Megasalta y más te vale rajar de aquí o te
voy a…
-Esperá-lo interrumpió Johnny.
Sacó la fotografía de Maira.
-¿La viste?-le preguntó Johnny a lo que quedaba del adicto.
-Puede ser-. ¿Qué gano con decírtelo?
El cazarrecompensas sacó una pepita de oro-Esto. Un gramo de
oro, es un intercambio justo.
El joven se relamió a causa de la codicia.
-Sí, ella ofrece partes de automóviles. Casi siempre está en la
zona roja.
-Necesito más detalles, toda la ciudad es una zona roja-dijo
Johnny.
-La vi ayer casi a la medianoche, rondaba la GAT-edral. Es el casino
y cabarulo más grande que hay y podés conseguir los mejores
gatos. Queda en el centro, frente a la plaza 9 de Julio. Es fácil de
llegar.
-Está bien, tomá.
El joven se retiró, tambaleante en un estupor feliz.

+ + 87 + +
-Bah, se va a malviajar con tu oro-escupió “Aguja”. Mañana o
pasado estará muerto por una sobredosis. Le adelantaste su
muerte. Nada más que eso.
-¿Y vos de qué te quejás? Por cada paquero que muere, aparecen
tres.
Morales se despidió de su informante.
Si Maira Maikena realizaba su operación, lo más seguro es que lo
hiciera a la misma hora cada noche. Eso facilitaba su encuentro con
los compradores de piezas de repuesto.
Johhny recorrió a bordo de su Ford con la mayor lentitud las
inmediaciones de la plaza. Las prematuramente envejecidas
prostitutas ofrecían su mercancía marchita a los peatones y a los
conductores.
-Eh, lindo, ¿vamos?-susurró una meretriz.
-Papu, gastá en mí-dijo otra, mostrándome sus pechos. Te voy a
hacer pasar un buen rato.
Morales desechó la idea de mostrarles la foto de Maikena.
El gremio de las prostitutas solía mantener códigos estrictos
respecto a sus camaradas. Si alguna de ellas intuía que él era un
cazarrecompensas, protegerían su territorio de tal forma que a él
no le quedarían ganas de volver por la zona roja por muchísimo
tiempo.
El microcentro se hallaba repleto de carteles que anunciaban la
gran atracción del casino-cabaret:
“Dionea. Diosa sexual
Baile erótico en vivo-cinco estrellas
El mejor show cada medianoche”

+ + 88 + +
Debajo de las letras de neón, un imponente ejemplar femenino
con la piel cubierta por el brillo de la purpurina dorada, ostentaba
una melena hasta los hombros con rulos furiosos mientras
permanecía de pie, envuelta en una boa de plumas fucsia que
apenas ocultaban sus pezones y entrepierna.
Johnny miró la hora, faltaban quince minutos para las 00 horas.
Bostezó. Al parecer, Maikena se ausentaría de las calles.
Un par de potenciales clientes indagaron por su presencia sin
resultado y se retiraron. Morales, igual de frustrados que ellos,
optó por distraerse un rato en la GAT-edral.
Bajó de su Ford, contempló lo que una vez había sido un recinto
sagrado; de la antigua catedral quedaba poco menos que su
estética arquitectónica. Las paredes anunciaban a las desnudistas
del show en poses nada cristianas. El campanario culminaba en un
faro rojo carmesí, giraba trescientos sesenta grados perforando
la distancia en búsqueda de hombres que pudieran costearse
compañía femenina de mejor calidad de la que encontrarían en los
callejones, mientras destinaban sus fichas a la ruleta, al póker o
a alimentar el hambre insaciable de las máquinas tragamonedas.
El interior del edificio conservaba los vitrales de antaño. A
Johnny le resultó divertido ver las imágenes de santos y ángeles
presidiendo los vicios de sexópatas y ludópatas, quienes pululaban
cerca de lo que había sido el altar mayor.
Johnny canjeó un par de pepitas de oro y tomó asiento. Distribuyó
las fichas con displicencia sobre el tapizado de la mesa. La rueda
de la ruleta giraba, la diminuta esfera daba saltitos en trompicones
epilépticos hasta detenerse y así distribuía la suerte o la desgracia
de los participantes.
Como solía ser la regla en todo casino, los relojes no existían para
dar la ilusión de un presente eterno. Johnny calculó que ya casi
era medianoche. Abandonó la ruleta; entre ganancias y pérdidas
se había quedado con la misma cantidad apostada. El pago de la

+ + 89 + +
entrada le otorgaba el derecho a consumir los tragos que él quisiera
de las bandejas que llevaban las camareras, uniformadas con
tocados de monjas de escotes reveladores y minifaldas. Morales
nunca supo a qué Orden religiosa pertenecían. Su entrada cubría
también el derecho al espectáculo: la tan publicitada Dionea. Se
acomodó en una butaca mullida. Había llegado justo a tiempo ya
que pronto la sala estuvo repleta.
Cuando llegó la 00 hora en punto, los sintetizadores lanzaron un
solo electrosaxofónico; el dosel de la cortina se elevó, el escenario
estaba dominado por el inmenso torso de una mujer robot. Sus
pechos de metal formaban un par de parlantes de donde emergía
el ritmo sensual.
Media docena de bailarinas danzaron al ritmo del busto en
estéreo, sujetas del cuello con cadenas que culminaban en los
puños de la Afrodita biomecanoide.
La coreografía le recordó algún ritual pagano de la fertilidad.
Los juegos de luces simulaban el fuego de antorchas en el interior
de una caverna, aumentando la sensación de asistir a un complejo
ritual, deliberadamente extraviado entre el pasado y el presente.
Desde el fondo del escenario, Dionea emergió, exultante, su
pubis cubierto por un triángulo como todo vestuario. Bailó, con
movimientos precisos fue liberando, una a una, a las esclavas de
la tiranía del torso robótico. Ellas fingían huir, hasta desaparecer
detrás de la escenografía. Una vez sola, Dionea tomó una
ametralladora de plástico que le lanzó un asistente oculto.
Ametralló con luces psicodélicas a la autómata gigante, quien
agitaba los brazos con amenazante lentitud y recibía las luces con
estallidos de chispas pirotécnicas.
Al fin, quedó inmóvil y en silencio. Dionea había vencido. Levantó
el arma, el tórax agitado, sus senos subían y bajaban al ritmo de su
respiración tras el simulacro de batalla.

+ + 90 + +
El auditorio del salón aclamó a Dionea, la estrella del casino.
Johnny aplaudió también.
Media hora después, decidió que ya había tenido bastante por
esa noche.
Bajó las escalinatas de la GAT-edral, encendió un cigarrillo. Sintió
la nicotina inundar su sistema respiratorio cuando oyó un “¿tenés
fuego?” muy cerca de él.
Nada menos que Dionea en persona, enfundada en un abrigo-de
piel sintética, me aclaró después-, aunque eso yo ya lo suponía.
Los armiños se habían extinguido hacía muchos años. Johnny le
ofreció fuego, la diminuta llama al iluminar su rostro, reveló que
ella no llevaba maquillaje. La verdad, tampoco lo necesitaba ya
que se veía igual de llamativa debajo del escenario.
-Te vi en el show-comentó Johnny.
-¿Qué te pareció?-dijo Dionea, exhalando el humo, distraída.
-Mucho nivel, demasiado nivel para esta ciudad.
Ella suspiró, sin mirarlo. Daba la impresión que le daba lo mismo
si le hubiera dicho que era el mejor espectáculo del siglo o que era
más desagradable que una riña de perros sarnosos.
-Sí, supongo que tenés razón y gracias por el fuego. Buenas
noches-musitó Dionea.
Había algo en su modo de hablar que lo hacía sentir inquieto.
-¿Te vas sola y a pie por este barrio?-preguntó el cazarrecompensas.
-Seguro pasará un taxi enseguida-se encogió de hombros Dionea.
-Puedo llevarte a tu casa.
-Ni siquiera sé quién sos.
-Johnny Morales, mucho gusto. Mi auto está en la otra cuadra.
Un par de disparos sonaron a la distancia. Eso terminó por

+ + 91 + +
convencerla, pero por su cara, Morales notó que ella aceptaba a
regañadientes.
Su disgusto afloró en sus delicadas facciones cuando le abrió la
puerta de su vehículo. De todos modos, ella subió.
Dionea vivía a una media hora del casino. Los muros de su
vivienda terminaban en un cerco de alambres de púas. “Peligro de
electrocución” advertía un cartel.
Ella accionó un dispositivo que extrajo de su cartera y las rejas
del portón se abrieron. Salió del Ford, sin siquiera mirar a Johnny.
No importaba, sentir la fragancia de su perfume y contemplarla
alejarse ya había sido en extremo gratificante.
-¿Querés pasar? Podés tomar algo antes de irte-dijo ella en el
dintel de su puerta.
Los labios entreabiertos, húmedos, desafiantes, su mano
apoyada en la diminuta cintura. Johnny podría ser un apostador,
asesino, cazarrecompensas y alcohólico, pero por sobre todas las
cosas era un hombre. Se acercó a ella y le susurró:
-¿No te asusta que se corra la voz de un Don Nadie como yo haya
pasado la noche con la estrella del casino?
-Bah, ¿quién le creería a un muerto de hambre?-rio ella, con cruel
sabiduría.
La luna medró por el cielo hasta llegar al poniente. Amanecía.
Antes de ducharse, Dionea dejó una botella de licor y un par de
vasos al lado de la cama, “el mío sin hielo”, sugirió la mujer antes
de envolverse en una bata de seda roja.
Morales bebió su trago con hielo, el sonido de la ducha siempre
lo relajaba. Imaginó una lluvia ahogando el calor de un verano. El
sabor dulzón del licor atrapado en su boca le cosquilleó el paladar.
Ella regresó, tomó un sorbo de su vaso. Sonrió con una sensualidad
fría, si acaso se podía experimentar esa incompatibilidad. Sopor.

+ + 92 + +
Sueño. Dionea avanzó en cámara lenta hacía Johnny, su silueta
se tornó difusa hasta transformarse en un espejismo, lejos muy
lejos en el punto de fuga de la ruta hacia los otrora verdes valles
calchaquís.
Al despertar, unas correas inmovilizaban las muñecas y tobillos
del cazarrecompensas. Las pupilas de Dionea poseían la frialdad
de témpanos de hielo oscuros. Mal presagio de lo que podría
ocurrirle a merced de esa mujer.
-Ojalá se trate de algún juego sexual de tu parte-dijo Johnny.
-Eso te gustaría, pero no-respondió Dionea y bebió un trago de
licor.
-¿Cómo es que no tuvo efecto en vos?
-Hombres-suspiró ella. Nunca ven lo evidente. El tranquilizante
estaba impregnado en los cubos de hielo.
-Astuta-admitió él.
-Gracias. Es hora de cobrar mi recompensa.
Johnny había olvidado una de las reglas básicas del manual de
cazarrecompensas:
“Un cazarrecompensas siempre puede ser cazado por otro
cazarrecompensas”.
-Espero que cobrés una buena cantidad por mí-refunfuñó él.
-Sí, aunque no la necesito. Lo hice nada más que por el placer de
la cacería. ¿De verdad ya no te acordás de mí? Yo solía pesar ciento
treintaicinco kilos, cabello largo y oscuro.
-¡Tu voz!, sos Maikena Meijide.
-Tal cual, Johnny. La voz es lo único que no pueden alterar las
cirugías estéticas, lipoaspiraciones, dietas y miles de horas de
acondicionamiento físico.
-Dijeron que te habían visto hace pocas noches.

+ + 93 + +
-En ocasiones vuelvo a mi apariencia y a mi trabajo anterior para
alentarlos en su persecución. Te sorprendería lo que puede hacer
una peluca, algunos rellenos debajo de la ropa y un buen maquillaje.
Sos como todos-pronunció Maikena con desprecio-. Ignoran que la
menor forma de esconderse consiste en permanecer a la vista de
todos. Nadie sospecharía de Dionea, la famosa estrella del casino.
Fue cuestión de tiempo para que los cazarrecompensas cayeran
uno por uno. Sí, yo fui el señuelo y la trampa. Eliminé a varios giles
antes que a vos.
-¿Y con todos ellos te sacaste las ganas antes de matarlos?
El resto del contenido del trago de Maikena impactó en la cara
de Morales.
-¡Sos una basura!-gritó ella, tomándole con furia de los cabellos.
Es suficiente con entregar tu cabeza, ¿sabías? Es todo lo que piden
de vos para cobrar el botín de tu captura. Es obvio que saben que
el resto de tu cuerpo no vale gran cosa.
-¿Vas a llevarme con ellos?
-Claro que no. No voy a cargarte como a una bolsa de papas. Ya
los llamé. Que ellos vengan y se encarguen de vos.
-Ahora sé lo que sintió el nazareno cuando lo traicionaron con un
beso. Vos me vendiste con una cogida.
Un buen puñetazo de parte de Maikena hizo que el mundo
desapareciera otra vez para Johnny Morales.

Morales despertó para notar que los confines de su encierro


seguían siendo las paredes del dormitorio de Maikena. Inspeccionó
a su alrededor.
De la presencia de la cazarrecompensas apenas quedaba la
esencia de su perfume flotando en el aire. Miró a su derecha;
sobre la mesa de noche había una lámpara esférica cuya luz había

+ + 94 + +
quedado a baja intensidad. Se contorsionó sobre su espalda con
movimientos reptantes. El cajón estaba un poco abierto. Se dejó
caer desde la cama. La alfombra aminoró tanto la caída como el
ruido de su cuerpo. De rodillas abrió el cajón, hurgó entre pinceles
de varios tamaños, lápices labiales, recipientes con algodones.
“Debe haber algo útil”, se desesperó ante la cantidad de artículos
extraños que usaban las mujeres. Al fin, halló una lima de uñas
metálica. Ubicó sus manos como si fuera a hacerse un harakiri,
frotó las correas de cuero con desesperación. Limó las correas
frenéticamente. Se detuvo. Creyó oír voces. Nada. Se apresuró
más. Cortó el cuero de la correa izquierda, liberarse le llevó pocos
segundos. Se vistió tan rápido como pudo.
“Me falta uno de mis guantes”, maldijo Johnny.
Ahora sí se escucharon voces masculinas, más allá de la puerta,
en la entrada. Si sus verdugos habían llegado, estarían armados.
Lo sabía porque él mismo procedía así cuando iba a buscar un
fugitivo capturado. La mayoría se resiste, a pesar de que ni siquiera
dispongan de armas; en todo caso, la última fase de la captura
suele volverse impredecible.
“La ventana”, se dijo Morales. Corrió las múltiples capas de
tul con encajes. Por suerte, no había barrotes en ellas. Trató de
deslizarse aferrado a las enredaderas que cubrían el muro exterior.
Mala idea. No resistieron su peso y fue a dar de espaldas al coqueto
jardín de su dueña.
Se levantó muy adolorido. Las voces en el interior de la vivienda
ahora se volvieron gritos y órdenes.
Corrió en dirección a la salida sin tener idea de cómo saltaría
una reja electrificada. El amanecer, que siempre le había parecido
vomitivo, esta vez acudió en su ayuda.
Vio su Ford estacionado a unos metros. Casi podía percibir de
su compañero de cuatro ruedas sus ganas de que su dueño lo

+ + 95 + +
arrancara de una vez para sacarlo de allí. Abrió la puerta. Él era
capaz de hacerlo funcionar con o sin llaves, pero las llaves estaban
puestas.
El bramido del motor V-8 rugió cuando apretó el acelerador, las
llantas arrancaron el césped y embistió con toda la potencia el
portón. Cayó sin remedio bajo la carrocería. Unos disparos lejanos
resonaron en el aire matinal.
Johnny Morales ni siquiera miró por el espejo retrovisor cuando
su automóvil alcanzó los ciento ochenta kilómetros por hora. Se
sintió a salvo recién cuando dejó atrás el casco céntrico de Mega
Salta.
“Dionea, como la planta carnívora atrapamoscas, debí verlo
venir.” se dijo Johnny. De todos modos, el hecho de que por poco lo
mataran, había valido la pena. “¿Ella alguna vez me habrá querido?
Nah. De ser así, ella no habría intentado cazarme. Qué estupidez la
mía”, concluyó Morales.

Maikena tomó uno de los guantes de cuero negro con tachas que
le había sacado a Morales mientras éste se hallaba bajo los efectos
del sedante. Lo olió, lo acercó a su mejilla y acarició su pómulo con
el guante, tosco y enorme; lo apretó más contra su piel. Las púas
de metal le produjeron un dolor apenas perceptible. Miró cómo el
Ford rojo se internaba en las callejuelas. Susurró:
-Hombres. Nunca se dan cuenta de las cosas más obvias, aunque
una se las ponga delante de sus estúpidas caras-susurró la estrella
de la GAT-edral.
Algunos vecinos salieron de sus viviendas a causa de la
conmoción; ella permanecía detrás de los ventanales. Maikena, al
notar la multitud de curiosos en su jardín, cubrió el ventanal con
el infinito cortinaje de tules.
A ninguna mujer le gusta ser vista cuando llora por un hombre.

+ + 96 + +
+ + 98 + +
Shogo Nigurato

Marco M. Caorlin

Turbo frenó el Falcon frente al gran edificio. Abrió la puerta y


puso su pie izquierdo sobre el pavimento. Frente al gran edificio un
grupo de personas se giró para verlo descender, unos diez o doce
mutantes brutos, feos, toscos, impresentables.
El ser viviente conocido antes como Johnny Morales, hoy como
el “Anticristo”, bajó del auto y caminó hacia la construcción
monstruosa que se elevaba frente a él. El cartel de enormes letras
plateadas sobre las puertas de vidrio automáticas rezaba “Nigurato
Corp.”. Miró al grupo que estaba frente al lugar y se paró en medio
de la calle llena de baches y suciedad acumulada por siglos.
Te estábamos esperando, demonio- dijo uno de los más feos
mutantes que Turbo había visto en su vida.
El grupejo se formó alrededor de él, algunos con cadenas, otros
con palos o hachas improvisadas. El que le había hablado (quién
parecía el líder) tenía un enorme mazo de hierro con tornillos
soldados y púas.
El Anticristo Turbo… - dijo el mutante líder de nuevo. - ¿Has
bailado con el diablo, bajo la pálida luz de la luna?
Se rió forzado, grotesco. Turbo no contestó. Sólo los miraba, los
estudiaba, impasible.

+ + 99 + +
No vas a decir nada al parecer.
¿Qué querés que diga? – respondió por fin el Anticristo – Ya
suficiente con todo lo que hablás vos.
El otro frunció el ceño, molesto.
Te vamos a destrozar, chango, no me importa de qué infierno
hayas salido. – rezongó.
Johnny Morales, ataviado con su túnica negra, lo miró desde lo
profundo de la capucha con esos fogosos ojos dorados que todo
lo veían. El cielo rojo, verdoso, tronó en lo alto. Y los mutantes lo
atacaron sin más.
La danza de muerte y violencia que se dio es indecible. Turbo se
movía grácil, como un ninja, sin casi emitir sonido. Los mutantes,
llenos de pústulas y deformaciones, se abalanzaban contra él para
golpearlo, pero no lograban dar con un golpe certero. Volaron
hachas, palos, cadenas y caños oxidados, pero nada fue efectivo
para parar al Anticristo. La sangre borravino, podrida y oscura,
de los mutantes, regó el asfalto convirtiéndose en una obra casi
pollockiana.
Cuando sólo quedaron él y el líder mutante frente a frente,
Turbo se quitó la capucha mostrando la frente escarificada con la
cruz invertida, sus ojos refulgían en medio de la noche. El otro se
contoneaba, gritaba a modo de guerrero espartano para intimidar
a su oponente. El mazo en su mano se puso tieso y lo elevó sobre
su cabeza cuando empezó a correr.
Turbo lo esquivó y golpeó sus costillas con un fuerte gancho
izquierdo, el mazo fue a dar contra el piso, rompiendo el pavimento
un poco más. El mutante giró sobre sí, revoleando el arma contra
la cabeza de su enemigo, éste se agachó y con un movimiento ágil
pero potente, barrió con su pierna derecha los pies del deformado,
haciéndolo caer al piso. La masa pinchuda se le escurrió de la
mano y Turbo la tomó con velocidad inusitada. Cuando el otro

+ + 100 + +
quiso incorporarse el pie de Johnny Morales se lo impidió cuando
se posó con fuerza sobre el pecho.
¿Qué vas a hacer ahora, Anticristo? – preguntó enojado
vociferando.
Turbo levantó el mazo sobre el hombro derecho y lo revoleó con
fuerza sobre la mandíbula del monstruoso ser, desprendiéndola y
con ella parte de la cara y un ojo. Y así dejó de respirar.
Matarte. – respondió por fin – Lo que iba a hacer es matarte.
Dejó caer la improvisada arma sobre el suelo y se encaminó a
las puertas de vidrio de la torre espejada, era definitivamente
un edificio de muy alto nivel, aunque custodiado por pandillas
mutantes. No había guardia alguna, las puertas automáticas
se abrieron. No había nadie en la recepción, las pantallas de las
cámaras de seguridad estaban encendidas pero no mostraban
movimiento alguno en ningún piso del edificio, más de cien pisos.
Rodeó el recibidor, caminó por un largo pasillo y se metió al
último ascensor. Presionó el botón del pent-house. Todo estaba
impecable, aunque el lugar realmente parecía abandonado, lo
cual era imposible ya que el presidente de Nigurato Corp. era
prácticamente el rey de Megasalta y controlaba todo lo que
pasaba en media parte del continente.
El elevador se movía a gran velocidad, en pocos minutos una
campanilla electrónica le avisó que había llegado, las puertas se
abrieron de par en par en la oficina central del presidente de la
corporación.
Turbo entró lentamente, sonaba desde algún parlante oculto
la canción Big in Japan de Alphaville, cada paso parecía dejar una
marca a fuego en el brillante piso de mármol negro de la fabulosa
estancia.
Del otro lado de un gigantesco escritorio de vidrio oscuro,
de donde se elevaban pantallas holográficas, Shogo Nigurato

+ + 101 + +
sonreía contento, detrás de su visor VR, ignorando a su invitado
no deseado.
Nigurato. – Dijo Turbo con voz profunda.
¡Ah! Llegaste… te esperaba. – respondió el ejecutivo.
Se paró como un resorte y rodeó el escritorio casi apurado.
Estaba vestido con un traje negro, cuello mao, brillante con
algunos detalles en hilo de plata. Su ridículo cabello teñido de
rubio, acentuaba su falta de estilo y elegancia y aunque su nombre
podía parecer oriental, Shogo Nigurato nada tenía de asiático.
El hombre hoy conocido como Shogo Nigurato, era en realidad
un pequeño ejecutivo que fue creando su propio imperio a base
de estafas y explotar a sus empleados, nació originalmente con el
nombre de Nikolai Mordan, hijo de inmigrantes serbios llegados al
país -y más puntualmente al Asentamiento J- cuando se terminaron
las guerras corporativas que se dieron en Europa Oriental antes de
la gran caída, causantes de achicharrar el cielo con sus bombas H y
gases tóxicos creados en laboratorio.
Nikolai, aficionado además a la magia negra y el ocultismo, tomó
el nombre del antiguo mago nipón Shogo Nigurato (Que significa
algo así como “El Ser Inmortal”, en un antiguo dialecto japonés)
luego de leer la historia de cómo este nigromante se hizo del
poder de más de medio Asia solo matando a los otros caudillos
del continente y haciéndose de sus ejércitos con promesas falsas.
La verdad, esperaba que la pandilla te demoraste un poco más…
estaba haciendo cosas. – dijo burlón.
Basta de chistes, Shogo – respondió Turbo perdiendo la paciencia.
– Esto se termina acá.
Si si si… esperaba que dijeras algo así, Morales.
Los ojos de Turbo brillaban ardientes, su furia se notaba a flor
de piel.

+ + 102 + +
El Anticristo Turbo. ¿Sabés? La verdad es que esperaba más. No
sos tan alto.
No hubo respuesta.
Ah, no decís nada. Mirá es simple, quería que te sumaras a mi
causa, quiero crecer, quiero aumentar mi poder… y desde que
apareciste, bueno, ¿Cómo lo digo? Ya no es como antes. Prendiste
fuego algunas de mis operaciones, destruiste algunos depósitos.
Donde tenías chicas hacinadas para vender a prostibulos
en el mercado negro, donde acumulabas plutonio, donde
estabas talando lo poco que queda de selva en las cercanías del
Asentamiento J… - habló por fin.
Hablas, entonces. A ver, son operaciones, es así, así se consigue
poder. Para ser un Anticristo la verdad es que pensé que el hacer
las cosas como las hago sería un deleite para vos.
No siento regocijo con el sufrimiento de inocentes. Solo de
culpables e impíos, y por eso voy a disfrutar mucho esto.
Turbo se arrojó sobre Shogo Nigurato cuando sintió en las
entrañas un dolor tan profundo que lo hizo caer de rodillas.
Vomitó sangre. Johnny Morales se miró las manos temblorosas
y salpicadas de su propia inmundicia, su cabeza daba vueltas, el
mundo se le puso patas arriba.
Aaaaaaaahhhhhhh… ¿Qué pasó mi amigo? – dijo, irónico, Shogo,
sacando de su bolsillo un medallón dorado algo gastado por los
milenios. Se lo puso a Turbo en la cara. - ¿Ves esto?
No entendía, cuanto más veía el disco dorado con inscripciones
intraducibles, peor se sentía. Trató de incorporarse, de tirar algún
golpe. Pero el otro solo le escupía la cara mientras lo veía fracasar.
Shogo subió el volumen de la música que sonaba y se puso a bailar
riendo a carcajadas, triunfal.
Esta medalla... me tomó mucho tiempo conseguirla– hablaba en
medio de la danza. – Es una especie de escudo protector que usaban

+ + 103 + +
los altos jefes incas contra los demonios- lo miró con extrañeza- la
verdad no esperaba que funcionara. Tiene algo así como mil años,
creo. Pagué mucho por él.
Se volvió a reír, Maria Magdalena de Sandra sonaba a todo
volumen desde los parlantes invisibles. Y él seguía bailando.
Entraron en el salón tres enormes tipos ataviados con trajes
militares, uno era claramente mutante, y levantaron a Turbo del
suelo, que seguía atontado por el poder del medallón.
Mirá Morales… Johnny ¿te puedo decir Johnny? Mirá, no puede
haber dos tipos con poder en esta parte del mundo. Yo soy Dios,
¿sí? Vos el diablo encarnado, según dicen, y no puede ser que el
diablo sea más venerado que Dios. No puedo permitir que vos o
tus seguidores me rompan los esquemas y todo el laburo que hice
para llegar a donde estoy. Ser Dios no es fácil.
No sos ningún dios. – respondió Turbo balbuceando.
No no, ningún dios. EL Dios. El único que hay y debería haber, el
único que merece respeto, no un muerto como vos salido de vaya
a saber qué pozo de mierda.
Turbo lo miraba, el mundo seguía girando.
Tomen. – Shogo Nigurato le dio el medallón al mercenario que
tenía más cerca. – Llévenlo al subsuelo 5. Y pónganle el colgante
alrededor del cuello antes de dejarlo.
¿Al cinco? – preguntó estúpidamente uno de los otros. Shogo
solo lo miró fijamente sin responder.
Se dieron vuelta y bajaron por el ascensor hasta lo más bajo de
la torre corporativa.
Cuando Shogo Nigurato se quedó solo en su oficina, apagó la
música. Se arrimó al ventanal y miró las luces de la ciudad brillar. El
cielo rojo, borroso de smog verduzco, seguía ahí como expectante.
Shogo miró su ciudad y sonrió. Se acercó a la mesa y presionado un

+ + 104 + +
botón, sacó del reproductor un casette y puso otro que estaba a
un costado. Subió el volumen con una perilla y apretó play. Bad de
Michael Jackson empezó a sonar. Se sentó y volvió a colocarse las
gafas VR. Se sentía pleno, completo. Se desabrochó el pantalón
y se empezó a tocar la entrepierna. En su visor se materializó una
mutante con enormes pechos que bailaba al compás de la música.
En el subsuelo 5 una puerta se abrió y tres monos brutos tiraron
dentro de la minúscula habitación al Anticristo, el hombre otrora
conocido como Johnny Morales.
Las paredes estaban impresas con inentendibles palabras que
rezaban algún conjuro que lo hizo mantener aletargado por mucho,
mucho tiempo. Un medallón dorado pendía de su cuello.
Shogo Nigurato siguió siendo Dios, a su modo -como él quería-
algunos años. Pero no por mucho tiempo más. Lo que fue de él es
un relato harto conocido y que no hace falta reproducir acá.
Johnny Morales descansó bajo la gran torre por años. Muchos,
muchos años.
Pero llegó el momento en que pudo volver.
Y cuando regresó… el mundo cambió para siempre.

+ + 105 + +
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Calabozos y Dragqueens

Rodrigo Moltoni

1
Finca La Herminia – Asentamiento J – El pasado
-¡Qué valor maricones!- Cómo un llamado a la guerra, vibró,
tronó, desencadenó un festival de luces y colores, flashes, gibré y
lentejuelas. Fiesta de halloween fallida. Era un jueves por la noche
y Jujuy es una provincia muy tradicionalista, sin contar fin de mes...
A ella, la reina Drag de la ciudad, le interesaba ganar dinero a
costa de la diversidad. Diversidad que por entonces siempre
carecía de dinero.
Las subordinadas, amigas “ponele”, un puñado de drags de
segunda mano según la reina, movían sus cuerpos irregularmente
en lo que hubiera sido la pista de baile. Se desprendían de los
vestuarios “made in home”, partículas capaces de volarle el ojo
a cualquiera. “Las chicas” amaban usar pedrería y canutillos,
renovando o reutilizando para ser únicas. Competían en creatividad,
originalidad y bajo presupuesto. ¡Qué importaba! Eran felices, o
fingían serlo en ese espacio.
Cortaron la música abruptamente, también la máquina de humo
a punto de asfixiarlas, y el flash para no quemarlo.

+ + 107 + +
-No vamos a seguir gastando equipos al pedo.- Chingola dejó en
claro al grupo de empleadas la suspensión de la fiesta.- Así que
dejen de moverse como si alguien fuera a levantarlas hoy.-
-Aburrida... – A Pasívity se le frunció todo, joven, inexperta. Un
morocho bien parecido que la rompía cuando se montaba. Con
problemas aún en la confección, parecía una Vilma Picapiedra
gótica. Se esfumó por arte de magia con el pretexto de mearse
encima.
-¡Ay ésta!- Chichí se hizo cargo de semejante comentario.-La
dejemos un tiempo tirada en algún bar de mala muerte. Vas a ver
cómo empieza a ¡valorar!- A ella se le unieron Lady Talina y Malicia
Soho, que durante los días no festivos y más con la luz del día, se
llamaban Luís y Marcos.
-Ya estamos aquí, cambiadas, cansadas pero con ganas de
seguirla.- Malicia era perfecta a la hora de cambiar planes.-
¡Juguemos a algo!
-¿Al juego de la botella? ¡TONTA! No gasté tanta guita para pasar
la noche de halloween con un grupo de ¡muertas vivas! Y encima
besar ¡bagres!-
-QUE-RI-DA… dejá de ser tan pelotuda y mala, eso te sale muy
fácil- Intervino Lady Talina.- Con Malicia encontramos un juego por
más de interesante, hasta capaz nos saca de la miseria...- Talina
resultaba tan protocolar, debió ser porque Luís en realidad era un
Ing. Químico de 38, cuadrado a más no poder. Pero en la intimidad
se convertía en Talina, fiel competidora de Poison Ivy. Verde es su
color hasta el hartazgo.
-¡Ah sí?- llamó la atención de Chingola, si de dinero se trataba…
estaba dispuesta a cualquier cosa, realmente a “CUALQUIER
COSA”.-

+ + 108 + +
Malicia, haciendo honor a su alter ego, llevaba y traía puteríos,
también arreglaba las cagadas del resto. Se puso de rodillas y
con una tiza interpretó el símbolo del “Baphomet”, un pentáculo.
Encendió cinco velas mientras apagaban las luces y dejaban la
música en volumen cero. Para entonces Pasívity volvió del baño
pero no se acercó hasta escuchar la orden para unirse de Chingola.
Chingola estaba ansiosa por ver dónde terminaba ese circo
satanista.
Se ubicaron cada cual en una punta, arrodillarse supuso todo un
trabajo, los vestuarios Drag “made in home” estaban pensados para
mantenerlas paradas toda la noche. A veces caían deshidratadas
por evitar consumir líquidos con tal de no tener que ir al baño.
Rodaban canutillos y se perdían en la oscuridad de la Casona
alquilada para cada evento. En las afueras, un campo digno de
una mansión. Lo iluminaban rayos y relámpagos. Si la tormenta se
ponía fea volverían a dormir juntas, la última vez encontraron hasta
pelucas en el río Chijra. Embarrarse y perder el dinero invertido,
por poco que fuera, no lo valía.
-Y...-Chingola no pudo más con el silencio y la cara de bruja trucha
de Malicia.-¿Y...?
-Ahora vamos a invocar al mismísimo ¡Diablo!- Malicia miró
erróneamente hacia el cielo, ahí no estaba el Señor de las
Tinieblas, y así no lo encontrarían.-Mi familia por años ha pactado
con Belcebú, y hoy lo haremos ¡nosotras!- Talina quiso irse, pero
Pasívity no se sorprendió ni salió huyendo. Chingola estuvo a punto
de hablar otra vez, pero Malicia siguió con el ritual:
In nomine Dei Nostri Satanas Luciferi Excelsi! En el nombre de
Satán, Señor de la Tierra, Rey del Mundo, ordeno a las Fuerzas de
la Oscuridad que viertan sobre mí su Poder Infernal. Abran de par
en par las Puertas del Infierno y salgan del Abismo para saludarme
como su Hermana y Amiga. Dame las Indulgencias de las que hablo.
Sé sus nombres y ahora son míos, Vivo como las bestias del campo

+ + 109 + +
regocijándome en la vida carnal, favorezco al justo y maldigo lo
podrido. Por todos los Dioses del Averno, Ordeno que todo lo que
diga suceda... Avancen y respondan a sus nombres manifestando
mis deseos ¡Oh! ¡Belcebú! ¡Leviatán! ¡Belial! ¡Oh! ¡Escuchen!
Pasívity tosió ahogada por saliva en su garganta, creía que
moriría si no tosía y escupía. El escupitajo voló cargado, como una
ameba gigante que impacta contra el frío cemento. Justo en medio
del pentáculo.
-¡BOLUDA!- El enojo de Malicia dejó dura a sus amigas payasas.-
Cagaste el ritual.
Cuando Pasívity intentó hablar el viento norte se interpuso,
calcinante. Las velas se apagaron.- ¡LUIS! Dame el encendedor.-
-Me ofende que seas así de “chota”.-Talina lo tiró a la oscuridad,
con fuerza, cosa de volarle una pestaña postiza como mínimo.
Encandiladas. Flashes. Luces. ¿Papel picado? Fuego.
Corrieron como locas por el salón principal de la casona.
Oscuridad.
-¡Me apagaron la luz de nuevo!- Gritaba conmocionada Chingola-
¡Putos de mierda!
-SILENCIO- Y el silencio se hizo eterno. La palabra “Silencio” se
comportó como una navaja haciendo presión en el cuello de las
Drags. Tuvo ese poder porque curiosamente no salió de la boca de
ninguna. No es que no tuvieron voz masculina de lunes a viernes,
sólo que no se parecía a ninguna de las presentes.-Es bueno no
tener que repetirlo. ¿Qué quieren? Soy Darko, Príncipe del infierno,
Rey de plagas, portador de la peste Bubónica, Destructor de las
Sombras, Conquistador, socio…-Lo interrumpieron.
-¡ES UNA RATA!- Gritó alguna de ellas, corrieron nuevamente en
distintas direcciones. Pero quedaron a medio camino congeladas.
En efecto “la rata” en medio del pentáculo, se limpiaba de sus
patitas la saliva del escupitajo que había debajo de el. Asqueado y
resignado preguntó:
+ + 110 + +
-¿Qué quieren, Señoras?
-¡AHHHHH! UNA RATA NOS DIJO ¡SEÑORAS!- Se molestó Chichí,
que se había mantenido en silencio y muy colaboradora.
-¡MUCHACHOS! Dejaré de ser tan formal, ¿Qué quieren? O
directamente asesino a una manga de putos que nadie extrañará,
y cuando bajen al infierno seguiré haciéndolo una y otra vez, por
siempre.
Lady Talina tomó la palabra, no quería enojar más a la ratita, que
a pesar de decirles Señoras, había intentado ser inclusiva- Señor
Príncipe, queríamos hablar con el Diablo. Lamentamos haberlo
molestado.- Y sonrió, sonrió masculinamente, porque en ese
momento ya no recordaba qué papel debía interpretar.
-¡Sí! Señor Darko, lamento en el alma haberlo traído al pedo,
pero mis doncellas no saben lo que hacen, queríamos dinero,
mucho, y… vida eterna, pero bueno, calculo que no tiene el rango
para concederlo.-Ese discurso posicionaba a Chingola como la más
Reina de todas.-
-¿Qué le hace pensar SEÑORA que no tengo el poder para
ayudarla?- Hasta ese momento Malicia se arrastraba insegura,
Chichí estaba hecha un desastre, se la podía ver desde cualquier
lado porque amaba el brillo, presa fácil para cualquier asesino con
poca experiencia si es que salía corriendo por Finca La Herminia.
Para esa época, el campito, estaba a flor de piel a causa de las
lluvias, mucha planta con espinas, mucha Tusca, mucha víbora, etc
-Basta de SEÑORA, yo soy CHINGOLA DITOYS, Reina del Drag
Jujeño, y usted DARKO, porque me presenté así que ahora somos
amigas, si tiene tanto poder como dice, ¿qué espera para darnos
ETERNIDAD?-
-¿Y qué me dan a cambio?- Todas observaban perplejas la rata
parlante.-Nada es gratis en la vida...-
-¡YO!- Se puso de pie Malicia.- Ósea no yo, pero yo sé qué le

+ + 111 + +
podemos dar y a cambio...- Malicia Soho explicó al diabólico
roedor como conquistarían las tierras de esa Ciudad norteña. Lo
embelleció a más no poder hablando de barrios, energía solar,
fin del mundo, esclavos. Se voló como la mejor. Pero al terminar,
Darko no expresó conformidad. Aparte las ratas como que no
expresan demasiado, con poca luz menos y esos ojos rojos como
las llamas del infierno eran dos esferas que iban de aquí para allá.
-¿Querrá queso?- Preguntó irónicamente Chichí.
-Quiero a una de ustedes, como garantía, quiero a la más joven
y sabrosa de ustedes.-En la oscuridad, percibiendo dónde estaba
cada una de ellas, Talina, Chingola, Malicia y Chichí, en silencio,
decidieron a quién sacrificar.
Chingola corrió hacia la otra punta. Agarró con fuerza Pasívity,
la más joven, la arrastró maniobrando lo mejor posible los tacos
aguja. La ofrendó al Rey de plagas: “Tuya”
-¡Hija de puta!- Rota en llantos intentó liberarse sin éxito.- Me voy
a vengar, a vengar de ¡todas!-
-HECHO- Dijo la rata.
Desencadenó una explosión energética de sombras que
consumieron cinco kilómetros a la redonda. El gobierno capturó
un agujero negro con el satélite, pero nadie lo vio hasta unos cinco
años después. La Herminia no era punto de interés en ese momento
para la gente.
Ese día figura en la historia como uno de los tantos inicios
prometedores del fin del mundo. El anticristo llevaba más tiempo
sobre la tierra, pero su labor no tenía conforme al Señor de las
moscas. “Dale lo que quieran le dijo a la rata”, “Asegúrate que no
fallen”.
Al evento en Finca La Herminia le siguieron muchos otros.
Incendios forestales, Plagas, Covid-19, Pandemia, Cuarentena sin
fin, Guerras Civiles, falta de recursos. Crisis energética. Jujuy al

+ + 112 + +
tener el Parque solar en Cauchari permitió sobrevivir un tiempo
más a un sector privilegiado. Nada es para siempre.
Hambruna. Muerte.
Las plagas eliminaron un gran porcentaje de la población adulta.
Las guerras otra porción joven. La Cuarentena a los pobres.
Los supervivientes al principio se atrincheraron. El trueque superó
el dinero. Animales salvajes y mascotas se agotaron. Recurrieron
al canibalismo. El calentamiento global acabó con Yungas y Valles.
Jujuy se volvió desértico.
Las villas tomaron presencia. En una especie de purga lincharon
los barrios pudientes.
Se alzaron nuevas tribus urbanas así como un nuevo gobierno.
No mejor que los anteriores.
Con el pasar del tiempo repoblaron parte de la ciudad.
Hoy el territorio que ocupa la provincia de Jujuy ha sido
renombrado. Asentamiento J.
“El barrio pobre de Megasalta”.

2
30 años después…
Ruinas – Hospital Pablo Soria
Los cimientos del hospital aún se mantienen en pie. Apenas
tiene 89 años. Y prácticamente toda la población ha pasado por
lo menos cinco veces en su vida por ese lugar. Algunos otros para
nacer y como destino final.
Es un edificio laberíntico. Hipnótico. Curiosamente inhabitado.
Se dice que las puertas del infierno tienen una entrada en la Sala
de Autopsias junto a la morgue.

+ + 113 + +
Ha sobrevivido todo tipo de inclemencias climáticas, terremotos,
y parte de la guerra civil.
Hasta el mal que habita en la ciudad teme ingresar al hospital por
última vez. Además lo codea el Parque San Martín, que ha perdido
el verde para convertirse en una trampa de arena mortal. Ahora lo
habitan jaurías hambrientas de perros y roedores.
La quietud se ve perpetrada por el ruido que ocasionan las
filtraciones de aire en las tuberías que alguna vez transportaron
agua, gas y oxígeno. El subsuelo vive, se quiebran paredes y
fragmentan puertas. En el interior de la Sala de Autopsias, una
impecable mesa de disección materializa sobre azulejos grises
la mortaja de un no muerto. Parece el interior de una pirámide.
Prolijamente la mortaja se rellena de huesos, fluidos, venas,
sistema nervioso. Es un ser enviado desde el más allá. La carne
empieza a latir, los órganos a cumplir sus funciones. Doloroso.
Borbotea sangre. Metamorfosis.
De entre quejas y gemidos, no de placer, una mano adquiere
autonomía. El primer reflejo es quitar las vendas que impiden
respirar. Ahora es un ser vivo.
El Señor de las tinieblas ha impreso en su memoria instrucciones
específicas.

Barrio El Chingo
-¿Por qué seguimos viviendo aquí? Podemos tener cualquier
lugar. Yo me hubiera quedado con la casa de Gerardo.- Chichí
Diamond desayunaba charqui de perro con infusión de manzanilla.-
Claro que se comieron a Gerardo y a su esposa. ¿Sabes que me dijo
uno de los caníbales? Sí, dura dura dura. ¿Me estás escuchando?-
Le hablaba a Chingola Ditoys, hoy Reina Villana. Chingola perdida
en pensamientos premonitorios. Ambas se encontraban en la
Chingo’s Tower. Una construcción precaria en vertical. El edificio

+ + 114 + +
más alto de la ciudad. Querían verlo todo.-¿Qué pasa? Cuando
estás así, preocupada, es porque algo feo se viene.-
-Ella está aquí...- Los años no pasaron para ninguna. Después
del pacto en Finca La Herminia, las cuatro se volvieron imbatibles.
Sodomizaron cuanto hombre quisieron. Movilizaron turbas
hambrientas contra todo aquel en contra de sus caprichos. Y por
supuesto ganaron. Dividieron la ciudad para gobernarla. Eran
como los cuatro jinetes del Apocalipsis. Esa rata les dio más que
eternidad. Las hizo diferentes.

El centro
Con pasos temblorosos atravesó el umbral hacia la ciudad. Sentía
vida. Dubitativa se desplazó por la vereda curva de los jardines.
Años atrás las ambulancias usaban esa entrada hacia la guardia,
dónde largas horas de espera decidían sobre la vida y la muerte de
cualquier paciente.
Viento norte, un permanente en la nueva era de Jujuy. Agosto
forever en el Asentamiento J.
Danza la mortaja al ritmo de feroces sacudones. Desértico. Casi
muerta la ciudad.
Seguía en plan de reconocimiento. Humedecía sus labios, la
sequedad arruinaría esa jeta hermosa inmaculada.
Le vino un recuerdo a la mente: Calle Güemes y Patricias
Argentinas.
Truenos artificiales. Un auto. Renault 12 modificado. Con
estructuras anti vuelco. Una especie de barredor en punta,
alambre de púas y hierro de obra. El mejor tributo a “Pinhead”
de Clive Barker. Negro con franjas amarillas… Chijra y el número
666 a los costados pintados con aerosol. No muy artístico. Los
vidrios polarizados no dejaban ver el interior. Frenó de golpe y
la ventanilla del acompañante descendió con dificultad. Dentro

+ + 115 + +
un flaco morocho con escafandra y medio en bolas. Le mostraba
dientes puntiagudos modificados y expansores en ambas mejillas.
AC DC “Highway to hell” en un viejo estéreo a cinta: I’m on the
highway to hell / On the highway to hell / Highway to hell / I’m on
the highway to hell.
-¿TE COMIERON LA TETA MAMITA?-Gritó a carcajadas.
Pasívity se analizó incompleta, “ese puto demonio la trajo a
medias”. No tacos, no trucaje, no nada. Igual, ser Pasívity Jiuston
era más que sombras y maquillaje por ahora.
Adoptó la postura de una guerrera y arrancó un par de hierros de
obra de la carcasa del Renault. El vago se volvió loco y al ritmo de
“Highway to hell” descendió para enfrentarla.
-Aquí es cuando me como tus bolas.- El flaco sacó un machete.-
Pensé que la tenías más grande.- El viento norte embraveció.
Huracanado los volvió invisibles.
El vago quedó tirado con un hierro de obra en la boca y otro
metido en el culo. La sangre alimentaba un pequeño río artificial
entre arena y escombros. Alacranes de gran porte bebieron,
compartiendo esa víctima con roedores moribundos.
Pasivíty se hizo con el Renault 12. Olía horrible, pero tenía nafta,
chocolates viejos, latas de conservas en la parte trasera, algunas
herramientas de jardinería, agua, boludeces, y una colección de
cassettes popurrí. Rebuscó hasta encontrar algo de su agrado.
Ozzy Osbourne – Randy Rhoads Tribute. La cinta estaba empezada,
metió primera junto a “Mr. Crowley”. Conducir no se olvida más.

La mayor parte del casco céntrico del Asentamiento J estaba casi


como lo recordaba: destruido, ruinoso, saqueado. En el camino
corretearon algunas “cosas” quizás no eran ni personas. Perros
callejeros devoraban cuerpos en descomposición fuera de lo que
había sido “Bonafide”. Sí, Pasívity como siempre en contramano.

+ + 116 + +
Necesitaba ropa. “Famularo” no, y aunque estuviera...
Por suerte encontró una linterna con pilas en el Renault 12
Chijra. Con tanta tierra en el ambiente la oscuridad llegó temprano.
Tampoco ayudaba su percepción del tiempo.
“Etam”, el último lugar al que iría. “Ni muerta me visto aquí”
pensó. El interior del local ubicado en la esquina emblemática de
Balcarce y Belgrano conservaba el techo y parte de la redecoración
interna. “30 años” “¿Qué le pasó a esta gente?”
Los maniquís de Señoras de más de 35 fueron reinterpretados
y actualizados. Cráneos de perros en lugar de cabezas, bambú,
cabelleras humanas. La obra de un hippie post apocalíptico. El
depósito, un basurero ochentoso. Ropa es ropa.
Encontró un añorado saco con hombreras en punta, blusas
con animal print fucsia, calza negra de vestir, tacos número 41
(¡Increíble!). Usó unas tijeras para modernizar el nuevo outfit y
alguna fan de Avón dejó el maquillaje suficiente para ella.
De salida emboscada.

Estadio 23 de agosto
-¡Yo me encargo!- Pronunció desentonadamente al auricular de
un viejo teléfono con discado por pulsos.-Mis chongos la están
trayendo...-
El estadio 23 de agosto albergaba pasiones y decepciones.
Tantas derrotas para el Lobo Jujeño y muchas Fiestas Nacionales
de los Estudiantes. Ahí se amotinaron hinchas y público en general
y la reina saliente en el principio del fin del mundo. Ellas, las falsas
jinetes del Apocalipsis encontraron divertido bloquear toda vía
de escape y en 72 horas se hicieron el mejor festín en la historia
Argentina. Muy superior al de las empanadas de los 12 apóstoles,
en la cárcel de Sierra Chica en Neobaires, que tuvo lugar por el 82.

+ + 117 + +
El ser humano sobrevive a costa de los débiles. En este caso los
hinchas del Lobo.
Hoy es una reserva natural, el único espacio verde capaz de
producir oxígeno para la ciudad. Fruto de experimentación,
pruebas y fracasos. Un santuario en medio del desierto. Del ingenio
de Lady Talina.
Si bien el estadio mantiene en el exterior una forma reconocible,
por dentro es una jungla. Las gradas desde dónde alentaban
y motivaban alguna victoria ahora son balcones cubiertos por
especies de árboles autóctonas y otras insertadas por Talina, como
el Kiri (Paulownia tomentosa), que logró dominar y así no perjudicar
el ecosistema. La cancha con especies exóticas y venenosas como
la Digitalis purpurea, haciendo juego con el violeta del Kiri, siendo
objeto de culto por Talina, cuyo nombre fue una reinterpretación
del Digital o DigiTALINA.
Con el veneno extraído del “Digital” reinaba el acceso Sur de la
ciudad.
Lady Talina sobrevivió a Luís, ese Ingeniero cuadrado mal
travestido. Cumplió el sueño de ser la villana de turno.
El digital, compuesto extraído de la Digitalina, es capaz de
producir paro cardiovascular. En dosis adecuadas de regular el
ritmo cardíaco, en las dosis de Lady Talina derribar un caballo.
Los chongos del fin del mundo, fueron seleccionados de una
turba rabiosa, los más fuertes, fieles y tontos. No necesitaba de
las feromonas de Hiedra Venenosa para controlarlos, sus encantos
eran suficientes. La ya no Luís mejoró su figura para entrar en esos
trajes de lycra verdes con bordados a mano imitando las flores y
hojas del Digital le quedaban hermosos. Y ese par de tetas que
crecieron después del pacto con el Rey de las Plagas, únicas. Ser y
no ser la mujer perfecta.

+ + 118 + +
Los chongos volvieron en el Colectivo Línea San Ana destartalado
modificado con tecnología de punta. Por algún motivo amaban
armatostes oxidados con injertos de otros artefactos, no es un
tren, menos un avión, es un ex Santa Ana.
Arrojaron a Pasívity Jiuston a través de uno de los portones de
acceso al Estadio 23 de agosto. Encerrada. Fascinada al mismo
tiempo. El paisaje multicolor le despejó los sentidos, con tanta
fotografía norteña llena de tierra y ocres no daba más. Un respiro
visual.
Abandonó los zapatos. Entrar al estadio era lo más cercano a
jugar fútbol. Aunque estaba irreconocible. Sentir vida bajo sus
pies, un orgasmo.
-¡HOLA! ¿HOLA?- Reconoció la voz de Lady Talina.- ¿Me oís?
¿Funciona esto? ...Ah, sí, ahuyenté los pájaros. Por desgracia todavía
no te puedo escuchar pero vamos a dejar las cosas en claro, por
algún motivo o razón estás viva, y por más que lamente lo pasado,
pasado pisado. Y ahora, si me disculpas, voy a cazarte como a la
¡ZORRA QUE SIEMPRE FUISTE!- Los reflectores encendieron de
golpe. La voz, desagradable, se apagó hasta dejar sólo estática. El
mensaje se escuchó hasta los barrios aledaños. Esos altoparlantes
sí que eran potentes.
No había plan. Correr, anticiparse, sobrevivir.
-Puedo verte...- Siempre al tanto de todo.- ¡Bienvenida a mi
santuario!-
Pasívity, concentrada en ocultarse, preveía esa flora engañosa.
Espinas, ramas y otros yuyos le rasgaron la calza y la blusa. No
era una chica de campo, no le gustaba el aire libre, la noche era su
amiga.
Como un falso espejismo se materializaba la imagen de Talina
en la enamorada del muro a un costado, luego camuflada entre
las Tuscas, muy rápida. Pasívity sentía mareos. Tenía espinas en

+ + 119 + +
las piernas, los pies magullados y en las costillas la rama seca de
algún arbusto. Somnolienta pestañeó.
-Hola Hermanita.- Antes de poder abrir los ojos parte del rostro
se adormeció.-Nos vamos a divertir un rato juntas. Dulces sueños
Pasívity.-
Recuperó la conciencia gracias al dolor abdominal que le
provocaba una Bucanera color verde de mal gusto. Talina, sin
piedad, pateaba en el suelo a la joven Drag.
-¡Qué valor!- Exclamaba.-¡Qué valor presentarte ahora que todo
está bien! ¡Años laburando como puta para tener mi espacio!- Lady
Talina la rodeaba repitiendo una coreo mal hecha: Pateaba, giraba,
pateaba de nuevo, daba la vuelta, le pateaba las costillas, giraba,
Pose, Pose.-¡Estás muerta! ¿Lo sabes?-
¡Otra vez sangre! No llevaba ni 24 horas y seguía escupiendo
sangre y sin tetas. Pasívity tenía un mal día.
-Me enviaron de vuelta...-Tirada como una piltrafa.-Porque
ustedes no cumplieron...-
-¿No cumplimos con qué? Hicimos de Jujuy nuestro lugar,
exterminamos toda esa gente de mierda que tanto nos ¡maltrataba!
¿O te olvidas? lo que es ser ¡PUTO EN ESTE PUEBLO DE MIERDA!-
-A Él no le importa... el propósito de darles vida eterna.- Escupió
sangre y levantó la cabeza para mirar a Talina.- Fue para iniciar el
fin del mundo.-
-¡Y eso hicimos!- Lady Talina se tomó un descanso.- ¿Qué no ves
cómo es ahí fuera?-
De entre la maleza que las rodeaba sacó un megáfono y lo activó.-
¡Para que entiendas y escuches mejor! MI SANTUARIO es el único
lugar verde en esta provincia. Gracias a MÍ hoy respiras.-
-No es el propósito de un fin del mundo...- Pasívity se puso de
pie.-Y no sólo vine por ustedes.-

+ + 120 + +
-¿Ah no? ¿Y qué sería más importante que nosotras?-
-El Anticristo.-
Los ojos de Talina se abrieron más de la cuenta. Dejó el megáfono
a un costado. Corrió hacia los alrededores. Circundantes a ellas,
jabalinas dispuestas como escarbadientes en el césped. La falsa
hiedra se movía rápidamente, un gato montés, tomó una jabalina
para proyectar sobre Pasívity.
-Yo coleccionaba mariposas, muy de nerd. Sos la más fea pero
igual te quiero como trofeo.- Atravesó a Pasívity muy por debajo
del corazón.
-No tan nerd... te faltan lecciones de anatomía.-
-¿Por qué seguís vivaaaaaaa?-
-¿Dónde está el Anticristo?-
-Sin Anticristo no hay fin del mundo así que olvidate de ese
tema.- Corrió enojadísima contra la Drag.-¿No te das cuenta?
Somos ¡REINAS!-
-Ya no... y yo también tengo algunos trucos.-La jabalina se
quebró. Pasívity recuperó la carne, la sangre, la fuerza. Anonadada
la flor más bella, se dejó arrancar del hermoso jardín. La Jiuston le
agarró el cuello con fuerza. En la otra mano tenía el megáfono al
que no dieron importancia.-De pendejo hacía canto... dejé porque
me dijeron que cantaba como mina, “voz de puto tenés”, así me dijo
el del coro, pero ¿sabes? Nunca es tarde para hacer lo que a una le
gusta.-
-Yo mantengo con vida esta ciudad... si muero nada quedará... era
feliz por primera vez en la vida... y tuviste que volver y cagarme...
La naturaleza es sabia... voy a ganar...-
-No. Es el fin del mundo. No el principio de otra vida, no hay
nada más. ¿Dónde está el Anticristo?- Pasívity hincó las uñas en el
morado cuello de Lady Talina.

+ + 121 + +
-Ma-li-cia...-Apenas articulaba palabras.-No puedo respirar...-
-¿Dónde?-Aflojó un poco los músculos de la mano.
-En su casita del horror, en casa de Gobierno.-
-Gracias.-Dejó en libertad a Talina, se acercó el megáfono para
ser escuchada, cosa que antes no pasaba.-¿Alguna vez te conté el
por qué de Jiuston?-
-¿Porque sos un puto analfabeto que no sabe escribir?-
Pasívity accionó el megáfono, llenó sus pulmones de aire, tensó
el abdomen y amplificó: “¡SASHAY AWAY!”
Lady Talina tiñó el verde paisaje de rojo. Una explosión fucsia
y ensangrentada. Disipándose entre las Tuscas y los Kiris.
Descansando su esencia por sobre digitalinas. Así lo hubiera
querido la Flor menos bella.

En la torre del Chingo, Chingola y Chichí recibieron los rezagos


de la onda expansiva. Supieron al instante que Lady Talina ya no
estaba con ellas. Y en algún lugar de esa torre, más abajo, mucho
más, en un calabozo impenetrable, descansaba Johnny Morales.

3
El Asentamiento J fue una ciudad dentro de todo tranquila en
el pasado. Sin tecnología de punta. Porque sus gobernantes
anunciaban proyectos descabellados sin llegar a concretarlos. La
ciudad digital de Palpalá un gran ejemplo, después ni wifi tuvieron.
El proyecto Ciudad Cívica terminó en un predio para alcohólicos
y negocios turbios. El Parque Belgrano, un nido de víboras,
literalmente. Y Cauchari... lo que supuso energía Solar hasta para
los más pobres... fue en realidad el depósito de armas Chinas más
grande en el país. “Lineal Park” se inundó. Todos estos proyectos
salieron del criadero de vagos de la ciudad: Casa de Gobierno: La
casita de los horrores.
+ + 122 + +
Hay cosas que ni el Diablo puede resolver. Durante el pacto
en el 2019, Chingola, Talina y Chichí se llevaron la mejor parte.
Emponderadas y feminizadas. Eso que la goma Eva no puede
cambiar. Bellas. Con Malicia, antes Marcos, las “cosas” no fueron
tan bien.
Marcos se caracterizó por ser un “friki” del horror. Naturalizó
tanto el “gore” y la muerte que en algunos contextos resultaba
chocante y desagradable. Pero él amaba el terror. Invertía horas
en falsos maquillajes y efectos especiales espeluznantes de bajo
costo.
Al convertirse en una de las 4 jinetes del Apocalipsis, Malicia por
ser la autora del ritual, le dieron a elegir sus hermanas de corazón
el lugar que quisiera. Chingola se mostró sorora con ella, la más
fea.
-¡Quiero Casa de Gobierno! Dormiré en el Salón de la Bandera. La
voy a dejar hermosa.-Por curiosidad Chichí quiso saber el por qué
de ese lugar tan administración pública.-Nunca me dejaron entrar,
imaginate, trava, alternativa, piercings, que se yo, me veían como
una enfermedad. Es la casa más grande de la ciudad.-Ninguna se
opuso, que se fuera lejos.
Casa de gobierno de Jujuy es el fiel reflejo de una pesadilla. La
administración pública se caracteriza por tener recovecos para esos
empleados eternos. Boxes creados y recreados por durlock barato
combinado con molduras y apliques en mármol. Las estatuas de
Lola Mora custodiando los jardines, la Justicia, el Progreso, la Paz
y la Libertad. También esas horribles imitaciones que resultaron
ser de muy buena calidad, siguen intactas. Hermosos muebles de
antaño en el interior. Las Santa Ritas responsables del único brote
colorido en el lugar, han muerto. Y la Bandera, la que Belgrano nos
legó. Ese tesoro lo mantenía inerte. No era un monstruo con todas
las letras. Malicia Soho tenía algo de corazón.

+ + 123 + +
“Redecorar es mi pasión”. Casa de gobierno de Jujuy, en el
presente, es la trampa mortal más letal del NOA y eso la llena de
orgullo. Una fortaleza viviente, o peculiar, sólo por agregarle un
adjetivo. Muchos funcionarios de Megasalta quisieron negociar.
Acudieron a reuniones. Nunca más se supo de ellos.
Los esbirros de Talina huyeron al ver el desenlace de la “Patrona”,
ahora podían usar el apodo libremente, Talina no estaba como para
castrarlos. En la huída se llevaron hasta el Renault 12 de Pasívity.
Lo que significó dejarla a la deriva. En el pasado, desplazarse era
sumamente fácil y rápido incluso a pie. Actualmente se torna
algo complicado. La Jiuston se armó con el megáfono y un par de
jabalinas. Descubrió que Talina producía grandes dosis de veneno
con el Digital. Se adjudicó varias cápsulas y dardos. No quería
problemas en el trayecto hacia la casita de los horrores de Malicia.
Tampoco se sorprendía del nuevo nombre de casa de gobierno.
Jujuy fue portador de bellos amaneceres. No ahora. El ruinoso y
desértico paisaje, la desolación y esas “cosas” que bien podrían ser
seres humanos escabulléndose por ahí, lo dejaban en el topten de
los peores lugares para vacacionar en el mundo. Decidió rodear
Avenida Las Banderas. Mucho cuerpo empalado. Mucho auto
hecho mierda. Mucho óxido.
El Señor de las Tinieblas no explicitó las limitaciones de Pasívity,
quien no sintió demasiada inmortalidad que digamos.
Avanzando entre escombros y chatarra se sintió prácticamente
guiada hacia el servicio penitenciario. Había barricadas
obstaculizando tomar otras vías no más directas pero más
confiables. Escuchó llantos, gritos y quejidos silenciados en algún
momento por el fuerte viento norte. Pobre de ella y de su piel
inmaculada. Antes de Talina vestía muy bien, ahora temía ser una
versión sacada de Holocausto Caníbal. Inferior incluso a Vilma
Picapiedra. Como odiaba que la tratasen de cavernícola por ser
pobre.
Disparos. En plural.
+ + 124 + +
Pasívity comprendió los disparos como forma de advertencia.
La joven drag se vio rodeada rápidamente por una multitud de
uniformados. Ese uniforme horrible característico del servicio
penitenciario. Gris plomo con detalles en negro. Gastado y rotoso.
El círculo se abrió frente a ella para dejar ingresar un tipo grandote
entre maricón y morochongo. Tenía el uniforme plagado de
medallas y pines. La prolijidad lo deschavaba.
-Señorita, se puede hacer daño con tanta arma encima.-Pasívity se
lo olía de lejos.-Soldados bajen las armas, no es ninguna amenaza.-
-Siento que nos conocemos.-La Jiuston mordió sensualmente
una de sus uñas postizas.-Debe ser de otra vida.-El morochongo se
mostró inquieto.
-Es imposible, soy más grande de lo que te imaginás.-Pasívity lo
estudió, olfateó, le susurró: “Me huele a un maricón que conocí”.
Los guardias empuñaron con determinación armas militares
oxidadas, parchadas con cuchillos al estilo “Rambo”. Algunos más
temblorosos. Aguardaban aprobación para iniciar el fuego.
-Estás equivocada.- Respondió en el mismo tono.-Corresponde
que me presente primero: soy Mario Dogo ¿y usted es...?-
-Pasívity Jiuston para servirte.-
-¿Y tu nombre de verdad?-La cagó hasta el fondo.
Pasívity soltó los cachivaches. Laterío. Agarró las pelotas de
Mario.
Armas en movimiento.
-Deciles que bajen la guardia, no tengo otro nombre así como vos
no tenés otro par de huevos.-
Mario con ademán dolorido, solicitó a la muchedumbre descansar.
-Estamos bien... es una amiga de la infancia...-
-¿Viste que nos conocemos?-Pasívity soltó con desagrado a

+ + 125 + +
Mario, se estaba poniendo duro.-Sos medio pervertido.-
Los escoltaron hasta el interior de la cárcel, al menos no se
sentía tanto el viento. Mujeres y niños la analizaron con recelo.
Supervivientes y no “cosas” como les decía ella. Caminaron por el
patio de esparcimiento. Pasearon por algunos pasillos. Un asco el
lugar. Pasaron por varios controles internos hasta una oficina bien
puesta. Los dejaron solos.
Pasívity no se aguantó las ganas y cacheteó a Mario con fuerza
un par de veces.
-¡Loca de mierda!- Se quejó el maricón. Otra cachetada.-¡¡¡¿¿¿QUÉ
HACES???!!!-
-Quiero hablar con Dalma.-Mario quedó estupefacto.

30 años antes
Antes del pacto, Pasívity se meaba. El baño de Finca La Herminia
todavía estaba limpio. Después de mucho alcohol los putos meaban
donde fuera. Ahh y el baño de mujeres peor. Por eso aprovechó
usarlo antes. La difícil tarea de sacarse los “tejes”, parte del trucaje
para ocultar el bulto, hicieron que un poco de orina le manchara
las medias de lycra y su tanga preferida. Ya más relajada, volvió a
ponerse todo como pudo. Entonces escuchó a alguien. Lloraba en
uno de los privados. Invadió ese espacio como dueña de casa.
-“DD” ¿sos vos?-Dalma Dogo estaba mal sentada en el inodoro,
pretendía ser una dama pero lo chongo musculoca la dejaba en
evidencia.
-Sí y ¿qué? Andate Pasívity.-Lloraba desconsoladamente la
marica.
-¿Otra vez por un chongo?- Era habitual ver a “DD” destruida del
pedo en algún rincón. A veces por un tipo, otras por un tipo casado,
y así.
-Vos no me conoces...-
+ + 126 + +
-¡Si es problema de pija ya fue! Te buscamos un suplente.-
-¡Nó! ¡Soy escritor!-Las carcajadas de Pasívity se multiplicaron
en el eco del baño.-Reíte pero bueh, mi vida no es cien por ciento
Dalma. Tengo otra donde soy Mario.-La voz de Dalma esfumó lo
poco femenino, no del todo pero...-Escribo y escribo y ninguno de
los viejos chotos de las editoriales del orto me publica, ¡Siempre
falta algo!- Mario enmudeció a Dalma.-Hasta hoy que básicamente
me dijeron que no tengo talento.-
-¡Boluda! ¡Me encanta! ¡Por fín un puto que escribe!-Pasívity le
puso entusiasmo. Charló con Mario un ratito más y tuvo que salir.
Dalma nunca salió de ese baño. Mario sobrevivió.

La Dos Caras: “DD”


-¡Dale Mario! ¡Soltala! Dalma es mi amiga-Cachetada va,
cachetada viene.
-¡CORTALA! ¡Está bien!-Marió dio la espalda, mutó el porte,
suavizó más los brazos, soltó a Dalma y cambió la voz. Fuera de la
oficina cada tanto algún guardia preguntaba si todo estaba bien.-
¡Amiga! ¡Estás viva!-
-¿Qué mierda estamos tomando?-
-Vos pensá en esto como un tereré del fin del mundo.-Dalma
adornaba todo, tan melosa.-Aquí me tratan re bien. Hice de todo
para sobrevivir. Bah, lo hizo Mario, el muy puto es bueno para
convencer, tiene labia. A mí no me saldría así, seguro me cogen y
me matan, o peor, ¡me comen!-
-Son una especie de ¿Resistencia?-
-Ponele... estamos en contra de las otras cuatro. Aquí resistimos,
sobrevivimos, y Mario es el líder. Armados y todo, por las noches
vienen las “Lolitas” y se llevan algún pendejo, ya no sabemos que
hacer...-DD entristeció.

+ + 127 + +
-¿Quiénes son las “Lolitas”?-Pasívity tenía en mente a una
persona, o cosa.
-Son los monstruos de Malicia Soho.-Tomó aire entre lágrimas.-
La Justicia, El Progreso, La Paz y La Libertad, como ese gobierno de
mierda “Unión Paz y Trabajo” pero sin libertad y sin justicia.-
-¿Qué hacen con los pendejos?-
-No quiero saber...-
En los patios del penal no fue difícil reconocer las madres de
víctimas juveniles. Rostros y corazones rotos. “Is the end of the
World as we know it” musicalizó de fondo en la cabeza de Pasívity.
-Mario... ¿Me vas a ayudar?-

La Chingo’s Tower
-Pobre Talina...-Chichí, la más sentimental de las cuatro,
lamentaba la partida de su amiga.-¿Sabes a que vino esa culiada?-
Los pensamientos de Chingola se perdían en la inmensidad de
ocres y grises anticipando tormentas eléctricas secas.
-Me inclino por venganza. Se viene un tormentón. Tenemos que
aislar la torre.-
-Tengo un informante...-Chichí misteriosa.
-¿Ese que viene de vez en cuando por la visita Sanitaria?-
-Bueno sí, ESE.-Misterio revelado.-Me dijo que Pasívity está con
Mario Dogo.-
-El escritor de cuarta... se la llevó gratis. Ninguna de nosotras
sabía que Dalma estaba en La Herminia. Pobrecita... invisible la
maricona.-
-Irán por Malicia primero. No creo que sobrevivan. ¿Te acordas lo
que siempre dijimos de la Soho?-
-“Fea por fuera y más fea por dentro”, abominable, Jajajajajajaja.-
+ + 128 + +
4 - La casita de los horrores
-¡Vamos gente!-La distorsionada voz recorrió el palacio de la
ciudad.-HAY QUE ESTAR PREPARADAS.-Malicia controla cada
rincón de Casa de Gobierno, su Casita de los horrores. Como el
diseño es su pasión, la mansión expone atroces muestras del
talento que ha desarrollado por años. Basta de maquillaje falso,
papel maché o gelatina sin sabor. “Tobe Hoper” estaría orgulloso
de ella.-¡Más cuerpos para la entrada! Repito: ¡Más cuerpos para
la entrada!-Soltó el micrófono resbaló por el trono de huesos
y arremetió por un pasillo. La Soho es muy peculiar, y cuando
decimos “peculiar” no nos referimos exclusivamente a la pasión
por la muerte y desmembramientos, sino también a su altura, y
a lo corta que le resultan las piernas. Es como “un duende” suele
decir Chingola Ditoys.
Las “Lolitas”, a quienes no gusta este apodo, suelen ser
sorprendidos por Malicia, y más de una vez asustarse. Quizás no
tienen el nivel de monstruosidad para sobrevivir en esa casa.
-¡Más alambre de púas!-Gritó al Progreso. Chequeó la entrada.-
¡Más trampas!-Exigió a La Libertad. Esos musculosos sí que estaban
en problemas. Eran asesinos, brutos, no organizadoras de eventos.

El Palacio del horror estaba listo. En un grado de belleza


entendible para muy pocos pero bello en fin. Objetos cortantes
por doquier. Huesos humanos, cuerpos en descomposición, luces
rojas, sierras mecánicas, un poco de señalética. Un basurero.
Y aunque afuera reine la luz, dentro la oscuridad comía en cada
rincón.
-¿Lolitas listas? Repito ¿Lolitas listas?-Gruñeron para confirmar.
Pasivíty y Mario estudiaron el exterior. Observaron las estatuas
de Lola Mora con sus nuevos atributos: Máscaras. Gladiadoras.

+ + 129 + +
Metal incrustado. Casa de Gobierno fue pintada en su totalidad
con alquitrán. Una casa negra.
-¿Estás segura con esto de ir sola?-
-Esperame. ¿Cuánto puedo demorar?-La Jiuston lo dijo en tono
gracioso-Es la más peligrosa de las cuatro y la más predecible.-
-También están las “Lolitas”, cuidado, porque no piensan, actúan
instintivamente.-
-Sobreviviré.-Pasívity sujetó el megáfono, activó y se anunció:
¡MONSTRA! -pausa-
¡VINE A MATARTE!
Casa de Gobierno se abrió de par en par, ese pesado hierro
forjado para mantener la chusma y manifestantes fuera del orto
de los gobernantes. Inmediatamente se reprodujo el tema de la
película de “Re-Animator”, una versión sintetizada e invertida del
tema original de “Psicosis” compuesto por Bernard Herrmann. “Esa
es mi señal” le vino a la mente a Pasívity.
Al atravesar el portón interior, detectó lugares mortales. Las
imponentes escaleras en mármol tenían los pasamanos adornados
con alambre de púas y todo tipo de objetos cortantes. Así como
una alfombra roja por demás limpia.
Por sobre el tema de la película de “Stuart Gordon” resonó:
“Category is: EXTERMINATION”.
¡Esa “Perra” políglota!
Descendió por las escaleras la primer “Lolita”. Majestuosa.
Mortal. Libertad.
Portaba una versión libre de la Bandera de la guerra civil. El asta,
de hierro puro, llevaba en la punta una moharra un tanto filosa. La
Libertad la sostuvo cual lanza y se le fue encima. La drag, ahora
con borceguís policiales, esquivó cada punzante ataque y partes
letales del decorado.

+ + 130 + +
Maniobra va, maniobra viene. Cortes superfluos. Para estar
muerta, La Jiuston, sufría como una perra. ¿Esto es morir? No es
muy diferente a vivir. No bajaría la guardia. Golpeó a Libertad en
cuanta oportunidad se presentó. ¡No es suficiente!
La estatua viviente gruñía festejando las pequeñas victorias. Esa
boca gritando a lo neandertal.
Pasívity cansada. Simuló estar en las últimas. Produjo éxtasis en
su oponente. La Libertad festejó por adelantado el golpe de gracia.
-¡Trágate esto!-Cápsulas con Digital extraído por Talina. Dos
metros de macho babeando, colapsando, muriendo.
Decidió ir por la derecha. Primero a toda marcha. Se activaron
algunas trampas. Esquivó sierras, rodillos acuchillados, explosivos
de bajo calibre.
-¿TE GUSTA MI CASA?-Malicia sabía por donde andaba a cada
instante.-¡VAS A TENER QUE PARAR EN ALGÚN MOMENTO!-
No tenía libertad para elegir su destino. Casa de Gobierno
funcionaba como un espiral, debía rodear los pasillos del primer
piso para llegar al segundo y finalmente al tercero. Las barricadas
la guiaban, puertas clausuradas.
“Catergory is: ¡JUSTICIA CIEGA!”
Con la segunda Lolita, un tipo pintado de blanco vistiendo una
falda de harapos desenvainando las espada más grande que había
visto, no le quedó más remedio que usar el equivalente barato: un
machete. Los movimientos lentos de la Justicia dieron ventaja a
Pasívity. Cuando esa mole sostuvo en alto la espada con intención
de cortarla en dos, la drag reaccionó rápidamente con un corte
circular castrando y manchado rojo sangre el menjunje de harapos
que hacía de falda.
Sin respiro. Silencio absoluto. El tintinear de monedas. El
Progreso lanza monedas. Portaba el bastón con serpientes reales.
Yararás. A estas alturas Pasívity permitió al Progreso tomarla
desprevenida.
+ + 131 + +
¿La venganza valía tanto dolor?
-Las serpientes vienen del mismo lugar que yo...-El neandertal
más deforme emitió algunos sonidos guturales.-¡Somos rastreras!-
Le cayó encima salvajemente. Endiablada, guiada por el Señor de
lo Oscuro. Machacó a golpes al disminuido mental. Las serpientes
se volvieron contra él. Para cuando se calmó las “yararás” habían
inyectado altas dosis de veneno, El Progreso, un montículo de
necrosis.
-¡HAGAMOS LA PAZ! Amiga...-Esa voz de mierda...
-¿Dónde te escondes ¡Perra!? ¡TE VOY A MATAR!-
-Hagamos la ¡PAZ!-
La Paz aguardaba en el segundo piso. Pasívity desfiló por la
pasarela imaginaria hacia la muerte. Preparada con la espada de la
Justicia. Pesada esa mierda.
Paz hizo el intento de arremeter contra la Drag.
Tentativa con el saldo de un cuerpo descomunal y decapitado.
-Los hombres pierden la cabeza por mí...-Agotada ascendió al
altillo de Casa de Gobierno. El que tenía los empleados menos
queridos, el depósito, ratas y murciélagos. ¿Dónde más podía
habitar semejante monstruo?
“Blue, blue, my world is blue | Blue is my world now I’m without
you | Gray, gray, my life is gray | Cold is my heart since you went
away”
El amor es azul. “La friki tiene sentimientos después de todo”
pensó Pasívity, a los pocos segundos esa idea se esfumó.
Malicia Soho mordisqueaba algo... ¡dedos! Acuclillas en la cima
de una montaña de cráneos juveniles.
-Ahora sé que hiciste con los pendejos...-
-¿Ves algún “Luisiño” abierto? O finalmente ¿“Mc Donlads” abrió

+ + 132 + +
una sucursal en el Asentamiento J? Somos una VILLA querida. Solo
estoy innovando-El infierno está sobre la tierra.
-Pensar que gran parte de esto es tu culpa...-Pasívity mantenía
distancia.
-Ninguna se opuso al juego esa noche. Todas somos culpables.-
-¡A mí ni bola me daban!-
-Me sorprende verte. Chingola me dijo que mataste a Talina, y mis
“Lolitas” debieron matarte. No se puede confiar en los hombres.-
Malicia Soho retrocedió al rincón oscuro al que pertenecía. Las
sombras se la comieron. Reía como el monstruito que era. Sigilosa.
La poca luz se esfumó.
-¡Vamos a jugar un juego!-La muy conchuda usaba un “vocoder”
y había instalado parlantes por todo el piso.-Veo veo... ¿qué es?-
-Es la cosa que voy a matar.-Pasívity iba de un lugar al otro,
paseaba por las habitaciones. Buscaba entre las sombras.
-¿Veo algo de color...?-Apareció muy cerca con las manos
cubiertas con guantes filosos. Las uñas eran repuestos para cutter
de precisión. Le atinó detrás de las rodillas y desapareció de nuevo
en las sombras.
Con dificultad para moverse, Pasívity, la puteó por todo el lugar.
La sigue buscando. Malicia es pequeña, silenciosa, chota.
Cuando la Jiuston pasó por una puerta, la Soho reapareció como
un murciélago pegado al techo. No le llegó a cortar el cuello, pero
velozmente le provocó más cortes.

Pasívity agudizó más aún los sentidos. Le puso ganas. Estática.


Carnada. “Tengo que pensar como esa rata”. Y ahí estaba, quieta
onda lechuza, sin respirar, sin moverse, fundida en la oscuridad
sobre esos armarios de oficina del año del orto. Le siguió el juego.

+ + 133 + +
Pasívity bloqueó mentalmente el sonido del viento, los gruñidos
y quejidos externos, también los grupos electrógenos, para dar el
primer paso. Malicia se impulsó cual gerbo y extendió los brazos y
apuntó con las garras en dirección a Pasívity.
-¡Te atrapé!-La Drag tomó al monstruito por sorpresa agarrándole
las muñecas y aprovechando la fuerza del impulso, aventó esa cosa
horrible a través de un ventanal tapiado a sus espaldas.-Veamos
qué tan fea sos por dentro.-
Los gritos de Malicia duraron una eternidad. Al romperse el
ventanal la luz diurna, opacada por las partículas en el aire, reveló
los horrores de la mansión. Malicia descendió vertiginosamente
hacia el frente de casa de gobierno. Fue atravesada por la espada
que sostiene la versión original de La Justicia de Lola Mora.
-Sos igual de fea por dentro.-Le dijo Mario Dogo, la última
persona que vio Malicia Soho antes de morir. A la luz del día esa
“cosa” no era más que un joven automutilado, inofensivo, muerto.

Chingo’s Tower
-¡Esa PERRA nos está matando!-Chingola descendía hacia las
profundidades-¡Tenemos que hacer algo!-
La Chingo’s Tower es un manojo de engranajes y mangueras. La
genia de Chichí Diamond lograba que prácticamente cualquier
cosa funcionara a partir de fuerza hidráulica. Como contraparte
el decorado estaba muy venido abajo. Mangueras y cañerías por
doquier. Más esa pobre gente sacrificándose literalmente para
mantener funcionando el lugar.
Las compuertas del ascensor dejaron en libertad a Chingola
en el subsuelo. Básicamente una perrera con jaulas, cadenas y
celdas. Algunas más vips que otras. En las más vips hambreaban
funcionarios de Megasalta. Esos ilusos aparecían de vez en cuando
para mediar con el Asentamiento J. “El barrio pobre de Megasalta”

+ + 134 + +
osaban decir. Por ese motivo ocupaban una celda. Otros osaron
algo peor: “Señores he sido enviado” y era la última cosa audible
y entendible que salía de sus bocas. Chichí en ese aspecto carecía
de paciencia. Por otro lado intentaba imponer nuevas tendencias:
collares con lenguas y piedras semipreciosas. Incluso se convertían
en buenos aperitivos.
Pero lo más importante no son las celdas, ni los funcionarios
de Megasalta, sino el ocupante del Calabozo más VIP, ese
sin escapatoria. Chingola abrió una rendija a la altura de sus
maquillados y sombríos ojos a lo BladeRunner.
-Tanto tiempo Johnny... me podés decir ¿porqué hay una “perra”
¡muerta! Cazándonos como brujas en la inquisición?- Johnny
Morales no hizo más que sonreír.

Casa de Gobierno
Run Run... Runnnnnnn Runnnnnnnn
Mario Dogo dejó de lado el horrible cadáver de La Soho, lo
contempló lo suficiente como para saber que no volvería de entre
las muertas. El arranque enérgico de un auto en el lateral de la
Mansión acaparó su atención.
-Lindo...-A Mario le saltaba lo Dalma de vez en cuando.-¿Sabés
de quién es?-
-¡Muero por saberlo!-Contestó Pasívity mientras chequeaba el
motor del Ford Falcon X.
-Dicen que lo tienen encadenado en la Chingo’s Tower. Que vino
a terminar con el mundo... Pero las chicas no están preparadas
todavía.-
-Johnny...-Pasívity optó por enchular ese Falcon un poquito más.
Faltaba poco para convertirse en “Christine”. Un toque Drag.

+ + 135 + +
El ojo que todo lo ve
Chichí Diamond soltó pinzas y destornilladores ocasionando un
ruiderío infernal. Por fin un trono merecedor de ese culo. Algo
incómodo, igual muy superior a las sillas de mierda dispersas por
la torre. Puso un almohadón estampado con motivos de Princesas
de Disney ya muertas por el uso. Tomó asiento. Ubicó las piernas
encima de unos agarres. Estaban más separados de lo calculado, le
recordaba esa incómoda visita al proctólogo. Detalles...
A la izquierda había una botonera sencilla, ideal para zurdas, hecho
a medida. Ajustó el cinturón de seguridad y oprimió los primeros
pulsadores. Ascendió. A la derecha un conjunto de teleobjetivos
yapados movilizó a otros hasta quedar perfectamente a la altura
de los ojos de la Drag. Y al ascender terminaron de encajarse a
un conjunto de telescopios de mayor porte. La maquinaria de
gran complejidad estaba lista. Pulsó la botonera nuevamente, el
soporte completo giró antihorario.
Modificar el Falcon tomó más horas de lo pensado. La chatarra
acumulada por Malicia fue de gran utilidad, así también el sin
fin de herramientas y armas de fuego en decadencia ahora
bien empleadas. Llenó el tanque del auto con nafta de sobra,
anteriormente usada para mantener los generadores que hacían
de corazón en el funcionamiento la Mansión. Pasívity y Mario se
ubicaron dentro, encendieron las luces y salieron en contramano
por calle San Martín. Los faros alumbraron “cosas” que huyeron
despavoridas.
-¿Qué son?-Pasívity las había ignorado desde el primer momento.
-Les decimos “perros”, con el tiempo los humanos mutan, esa
es la etapa intermedia...-Explicó Mario.-No vas a querer ver como
terminan.-
-No ví otros, ¿cuál es el final?-
-Demonios sedientos de sangre... ese es el final... es como una

+ + 136 + +
enfermedad. La gente se pierde y no aparece más, después son
perros... y al último engendros de la noche.-
-¿Cómo puede ser que no viera ninguno?-
-Están esperando, no nos queda mucho tiempo sobre la tierra.-
La fachada de Casa de Gobierno se iluminó por completo. Píxeles
formaron el rostro de Chichí Diamond quien se había maquillado
para la ocasión en tonos cian y blancos. Parecía la reina de las
nieves.
-¡HIIIIIIII! ¡Horriblas!-Pronunciaron los nevados labios diamantes.-
Les tengo una sorpresita... ¡Van a estallar de felicidad!-
Pasívity metió primera, aceleró a fondo y emprendió la escapada.
-¡FUEGOOO!- Exigió Chichí al micrófono que pendía de los
auriculares.
El casco céntrico del Asentamiento J volvió a la vida fugazmente
reproduciendo en distintas fachadas la imagen “Diamond” y por
altoparlantes en toda la ciudad “A kiss may be grand | But it won’t
pay the rental | On your humble flan | Or help you at the automat”
de la olvidada Marilyn Monroe.
La Chingo’s Tower contaba con cañones pertenecientes a ex
tanques chinos comprados en un mal negocio por el último
gobierno de Gerardo.
-Las calles de Jujuy siempre fueron una ¡mierda!-Pasívity esquiva
chatarra, escombros, corta camino por entre construcciones
venidas abajo, se resguarda en las ruinas del Colegio Nuestra
Señora del Secreto Culposo.-¿Cómo vamos a llegar al Chingo?-
-Creo... tengo una posible solución.-Pasívity sorprendida vio la
ausencia de Mario y dio la bienvenida a Dalma.
El Falcon X reapareció por las calles del ex casco céntrico
Asentamiento J.

+ + 137 + +
-¡¡No podés escapar a los ojos de Chichí!!-Por supuesto el sistema
de Chichí era más certero por error y daños colaterales que por la
efectividad misma de su puntería. La puesta en escena resultaba
amenazadora en sí. La imagen pixelada de Chichí colmando la
ciudad. Marilyn Monroe de fondo sincronizando explosiones.
“Perros” huyendo despavoridos.
-¡NO TE OCULTES PERRA! Diamond ¡te encontrará!-El Falcon
modificado de Johnny Morales atravesó las desoladas calles a
gran velocidad. Atropellando algún que otro obstáculo viviente.
El plan de Dalma consistía en acceder al sistema olvidado del
Subte Jujeño. Un proyecto iniciado en el Gobierno de Fellner por el
2000 y continuado en secreto por Gerardo. Inconcluso. Capaz útil.
-¿¿Cómo vamos a entrar??-
-¡Déjalo a la suerte querida!-Dalma nunca había sido tan
optimista...
Chichí, medio a ciegas, siguiendo coordenadas aleatorias,
atemorizaba lacayos moribundos al son de “¡FUEGOOOOO!”. De
ser necesario destruiría la ciudad entera. Chichí no estaba lista. Es
su mejor momento, lo tiene TODO. La “perra” debe morir.
Comunicó a la Chingo’s Tower: “¡Destruiremos todo!” “Ráfaga”
“Bombardeo inminente”.
-Tu amiga parece muy enojada, deberías controlarla.-Habló
Johnny.-Se van a quedar sin ciudad por gobernar a este paso.-Lo
peor sería llamar la atención de MegaSalta, no había infraestructura
ni mano de obra que pudiera soportar una guerra.
Chingola enfureció dentro del ascensor tambaleante. Chingo’s
Tower no fue diseñada para soportar tanta explosión y rebote. Los
cañones serán su perdición.
Estrellas fugaces, lluvia calcinante.
Consumió la inmaculada Iglesia San Francisco. Demolición en
vivo y en directo. Reveló la entrada al inframundo.
+ + 138 + +
-¡Estás LOCA!-Chingola golpeó a Chichí.-No pensás claramente
¡Maricón! No estamos en un programa de ¡RuPaul!-Cesó el fuego.-
Estamos al borde del fin del mundo definitivo. Si no nos cuidamos
será el fin.¡¡FIN! ¿te lo dibujo con CHONGOS?!-

Ruinas Iglesia San Francisco


-Me da cosa entrar por aquí... ¿Iré a explotar?-Pasívity exteriorizó
pensamientos.
-Lo dudo “amiga”, este lugar tuvo muchos demonios antes-
Bajaron con cuidado a través de escombros y figuras de yeso
barato. Pátinas doradas en retazos de mampostería. A fin de
cuentas esa imponente casa de fe fue un escenario muy codiciado
por turistas y venerado por la sociedad, un museo con mucha
concurrencia.
-¡Es un laberinto!-La Jiuston se agarró la cabeza.-No vamos a salir
nunca.-
-¡Tengo un mapa QUERIDA!-Dalma sacó unos papeles reciclados
con diagramas sobrescritos.-Tuve un novio muy fanático de los
túneles... Malicia se lo debe haber comido...-Dalma bajón.
El mapa en cuestión unía Casa de Gobierno, Colegio Nuestra
Señora del Secreto Culposo, Ex Cabildo, Ex Universidad, Catedral,
San Francisco, Lineal Park y Río Grande. Y esa era la clave, salir para
el lado del Río Grande, la distancia muy corta en un principio, les
demandó idas y vueltas. La idea no concretada del ex gobernador
estaba muy por debajo de una etapa preliminar: escasos rieles,
oficinas, containers, excavación a medias. El tendido eléctrico
funcionaba, medio titilante, aceptable.
Hubo tramos por donde casi no pudieron pasar.
“Menos mal que somos flacas” dijo un par de veces Dalma y “Voy
a quemar esta ropa cuando salgamos”.

+ + 139 + +
Unos giros antes de la codiciada salida, dieron con una especie
de caverna. En el interior reinaba el Señor de las Tinieblas. Dalma
estornudó: “¡Maldita alergia!” escapó por entre sus labios.
-Sos la reina del sigilo...-Dijo con cara de orto Pasívity.
-Pero mira de lindas las lucecitas rojas…-
-Sí. Igual tenemos un problema, no son luces.-
Dalma casi se infarta.

Chingola Ditoys
Ser la Reina malvada del Asentamiento J sólo fue exagerar a gran
escala el pasado. Temeraria, odiosa, chota. Chingola fascinaba
con atuendos sacados del juguete nacional. La marca, ya extinta,
DITOYS. “Es de Ditoys”.
-Espero hayas tenido suerte con tu “show”.-Los largos dedos de
Chingola terminaban en puntiagudas uñas producidas en acero
quirúrgico.
-La suerte está de mi lado, nada ni nadie pudo haber sobrevivido
semejante ataque.-Chichí sentía seguridad en sus palabras.
Vibró la torre y el suelo bajo ellas. Ambas cuestionaron con
asombro el falso temblor.
-¿Están ahí, mis vidas?, ¿están ahí? ¿Me oyen?, ¿me escuchan?
¿Me sienten?-Las Drags tuvieron que taparse los oídos y descansar
sobre el frío metal del suelo artificial. Agachadas, tambaleantes,
perdidas.
-Antes de que digas algo...-Chingola cayó a Chichí de antemano.-
¡NO ES THALÍA! Es, es, ¡ESA PERRA!-
Dalma le hizo señas a Pasívity: “Aumenta la intensidad, MAMITA”
quiso decir. Las amigas entienden todo a su manera.
La Jiuston reguló el megáfono en “Máximo” y también en ella
misma.
+ + 140 + +
-PROBANDO, PROBANDO, VOY A CONTAR HASTA ¡TRES!-
-Esto es por nosotras y para nosotras.-Chichí lucía una hermosa
armadura de expandex con luces incrustadas de neón en cian y
pulsadores distribuidos a juego con las curvas de su cuerpo-¡Yo me
encargo hermana!-
Tomó impulso. Chingola hizo una reverencia: “Hoy saldremos
victoriosas”.
Caída libre.
Dalma y Pasívity no llegaban a distinguir el final de la torre. La
presencia de tierra en ese ambiente basureado se los impedía. De
pronto se formó un embudo, el inicio de un tornado creyeron. Al
tocar tierra firme se expandió rápidamente en dirección a ellas.
Definitivamente algo había chocado contra el suelo, o mejor
dicho... alguien.
Chichí se puso de pie. Entrecruzó los brazos y disimuladamente
manipuló los pulsadores ocultos en los avambrazos.
-Me la pusieron difícil...-Chichí estaba enojada.-No la van a
cagar...-
-Vos la cagaste hace 30 años...-Pasívity posó en guardia.-Por
cierto ¿Qué mierda te pusiste? Pareces una mala versión de Tron y
los Power Rangers.-
-El chiste se cuenta solo.-Dalma y La Jiuston no entendieron.-
Todavía no me puse nada.-
La armadura de Chichí se encendió de a poco, de lejos no se
distinguían muy bien ciertos detalles. Encastre. De la torre
empezaron a sobrevolar partes metálicas sin forma. Chatarra. Se
dirigieron a gran velocidad para ubicarse sobre distintas partes del
cuerpo de Chichí Diamond.
-Soy como un diamante en bruto. Por supuesto, sólo importa
lo de adentro. Soy la “genia” detrás de la Chingo’s Tower.-Chichí

+ + 141 + +
comenzó a tomar altura, y cuerpo, y más partes.-Les presento mi
obra maestra: ¡Golem!
Asimétrica, mortal. Una versión libre de “Devastador”. El brazo
derecho escondía el gancho de una vieja grúa. El izquierdo sierras.
El cuerpo completo material blindado, incluso el cristal que le
protegía el rostro.
-¡Soy impenetrable!-Se alzó el Golem.
-Inculiable querrás decir.-Agregó Dalma. El Golem dio pasos
lentos y amenazadores.
-¡Me olvidé de vos! ¡La invisible! ¡La esquizofrénica! Por qué mejor
no te quedas de ¡hombre!-El Golem extendió el brazo derecho
revelando con impulso el gancho de grúa. Pasó por entre medio de
ambas. Tensó el riel generado por el alambre. Y giró bruscamente
hacia el lado de Dalma. Filoso. Viento. Silencio. Sin tiempo para
despedidas. Dalma, disociada, descansaba observando ya sin alma
su otra mitad.
Pasívity vino por dos razones. Una: venganza. Dos: el fin del
mundo. Ella no era un monstruo, hasta ahora.
-Al final todas vamos a morir sabes... yo nada más le hice un favor.
Para llegar al chongo del fin del mundo vas a tener que matarnos
¡una por una!-
La Jiuston saltó y realizó movimientos acrobáticos esquivando
sierras y remaches disparados por el brazo izquierdo de Chichí. Al
estar en pie nuevamente llevó el megáfono contra los labios.
-¿No es lo que estuve haciendo hasta ahora? ¡Una por una!-Y
gritó, gritó con todo el aire contenido en esos pulmones muertos
desde hacía 30 años. Con toda la energía y rabia criada en el
infierno. Y gritó más todavía por su amiga. Chichí perdía parte por
parte del Golem mientras le sangraban la nariz y oídos. Mientras
se manchaban esos labios nevados. Ya no podía mantener la
armadura.

+ + 142 + +
Destrozada. Derrotada en las arenas del Chingo: “Soy un
diamante en bruto”
Pasívity pasó a su lado en dirección a la torre.
-¡Perra! ¿¿No vas a matarme??- Exigió saber Diamond.
-No Chichí, yo no voy a matarte...pero ellos te llevarán de vuelta
a donde de verdad perteneces.-Lo dijo sin mirar atrás.
Esos miles de ojos rojos avistados en la caverna, los que Dalma
creyó eran luces, venían de a pares multiplicados. Eran los
refuerzos que tanto había pedido Pasívity. Demonios sombríos.
Hambrientos.
La muchedumbre, como una avalancha oscura, de ojos rojos y con
dientes, cayó sobre Chichí Diamond y la consumieron sin piedad.
Pasívity entró en la torre, tomó el ascensor. Iría al último piso.
La reja del ascensor se abrió. El último piso albergaba a la Reina.
Chingola Ditoys observaba el paisaje en el balcón circular que
rodeaba la torre.
-La torre “es de Ditoys”.-Chingola asumió que Pasívity podía oírla.-
Asentamiento J, “es de Ditoys”.-La sentía cerca.-El Anticristo... ¡“es
de Ditoys”! ¡Johnny es mío!-Al darse vuelta Pasívity no estaba ni
cerca, ¡NO ESTABA!
-¿Sabe que sos un tipo horrible debajo de ese patético disfraz?-La
cabeza de Chingola fue cercenada al instante que giró con ayuda
de una de las sierras de la armadura de Chichí.-Pareces sacada de
“Titanes en el Ring”, bájale a la base.-

Pasívity pateó la cabeza de Chingola hacia el exterior. Se


haría puré al impactar en el suelo. En el aire se abrieron esos
ojos ensombrecidos y la cabeza habló: “Nada es fácil en la vida,
¡PERRA!”, desapareció en la bruma terracota.

+ + 143 + +
La Jiuston corrió en dirección al ascensor para descender otra
vez.
En el exterior una masa formada de por residuos plásticos se
alimentaba de endemoniada muchedumbre. Crecía. Parecía un
jabalí hecho de juguetes de mala calidad. Una de las cuencas de los
ojos del juguete diabólico develó la cabeza de Chingola. Un tumor
plástico consumiendo almas del Señor de las Tinieblas. ¿Cómo
podía ser?
El jabalí perdió el apetito. Dirigió su atención hacia la Jiuston.
-Una sola Reina tengo enfrente de mí.-La boca de Chingola
desprendía sangre y fluidos artificiales. ¿Era una especie de
robot?-Este es el momento querida, de que cantes por tu vida.-
La masa plástica del jabalí anidaba juguetes noventosos. Algunos
reconocibles como esos horribles autos Fórmula 1 para pistas
eléctricas, muñecas embarazadas “Pretty Mami” y peluches de
Mickey Mouse licenciados por Disney. El tumor con forma de Jabalí
activó en algún lado viejos reproductores de CD.
Música: Baby, can’t you see | I’m calling | A guy like you should
wear a warning | It’s dangerous | I’m falling – Toxic de Britney
Spears.

“Lipsync for your ¡LIFE!”


Pasívity corrió esquivando las embestidas furiosas del jabalí
artificial. Esquivando chatarra. El chingo se había convertido
literalmente en un cementerio de absolutamente todo. Necesitaba
ayuda. Chingola no daba respiro.
Encendió el megáfono y empezó a cantar de verdad: Too high |
Can’t come down | Losin’ my head | Spinnin’ ‘round and ‘round | Do
you feel me now?

+ + 144 + +
Los demonios sobrevivientes tomaron por sorpresa el jabalí. Eso
le daría tiempo.
Chingola atacaba con fuerza clavando los colmillos salientes.
Desmembraba los esbirros oscuros. Las luces rojas se apagaban
lentamente. Dispositivos eléctricos sin energía.
Pasívity introdujo un par de dedos en su boca. Indujo vómitos
espasmódicos. El abdomen plano de la Drag se hinchó. Un bulto
viviente empezó a subir en dirección al cuello. “esto va a doler”
pensó. Se ayudó con las manos para extraer la única ayuda
que necesitaba en ese momento. Estaba pariendo por la boca.
Es el último paso para completar su misión. Extrajo el bulto
ensangrentado. No le preocupaba la sangre, su Señor la cuidaría
hasta el final. Liberó eso que resultó tener pelos, orejas, cola.
Era una rata, pero no cualquier rata.
-Ayúdame ratita...-Pasívity siguió teniendo brevemente
espasmos. La rata se desplazó en dirección al jabalí.
-¿Esto es todo lo que queda?-Chingola cortó la música de repente,
ahogó la voz de Britney.-¿El Diablo mandó una rata? ¡Otra vez!- El
jabalí artificial intentó pisotear el escurridizo roedor.
No pudo.
Trepó por una de las patas del tumor plástico. Embravecido
intentó deshacerse de la bola de pelos sin éxito. La rata se agarró
fuertemente de la cavidad ocular ocupada por la cabeza de
Chingola. La observó. El jabalí se detuvo. Chingola Ditoys sonrió.
-¡Tanto tiempo! Señor... ¡espera! ¡No me digas! ¡Tengo que
acordarme!-
-Es la edad señora... Sé que me recuerda, Darko es mi nombre, hoy
no para servirle a usted precisamente.-Chingola estaba a punto de
perder la razón. Otra vez esa rata parlante.
-Y ¿¿Qué querés ahora?? No ves que ¿la horrible y yo estamos
ocupadas?-
+ + 145 + +
-Tomará menos de un minuto.-El jabalí perdió movilidad.-Verá,
nuestro contrato fue claro y conciso, hasta alguien de su tipo debió
entenderlo... por algo aceptaron usted y sus amigas.-Los ojos de
Chingola miraban para todos lados, Pasívity entraba en la Torre. Ya
no tenía poder sobre el animal.-El propósito del fin del mundo no
es más que ese. El FIN, ni más ni menos. Y empezará hoy. Mi señor
me ha pedido...-Continuó Darko la rata.- que anulemos el trato que
tuvimos. Hasta siempre Señora.-
Del basurero brotaron roedores. También de la cueva, de los
accesos, de la torre.
Rodearon el animal artificial de plástico. La cabeza de Chingola
seguía consciente.
-¿Podré aunque sea irme en paz?-La Drag no obtuvo respuesta.
Miles de ojitos sin vida la observaban.
-No te preocupes, no soy un monstruo. Morirás como la Reina que
fuiste.-Darko le arrancó los ojos. La horda de ratas cubrió el falso
animal consumiéndolo vorazmente. Las ratas pueden consumir
casi cualquier cosa. Y el plástico es uno de sus preferidos.
Pasívity llegó al calabozo, perdía fuerzas. En el sector más VIP
encontró a Johnny Morales, el Anticristo. Al liberarlo sólo dijo:
“es tu turno Johnny, acabá con todo”.

En memoria de Ana Paula Jaramillo, antes Jorge,


con quién pensamos un fanzine titulado

“Calabozos y Dragqueens”

+ + 146 + +
matías baldoni Amar

Matías Baldoni Amar es escritor y lector amante de la ciencia


ficción y la fantasía. Formado con los clásicos como Asimov y
Tolkien, ha adquirido un gusto por lo bizarro y el horror. Futuro
licenciado en Letras, ha publicado en las antologías Coplas
Intergalácticas, Híbrido, Cronopio y Archipiélago Fantástico, en
la cual fue finalista. También es el autor de la novela Apedreadlo
hasta morir, todavía inédita.

+ + 149 + +
Marco M. Caorlin

Nació el 12 de diciembre de 1981 en Córdoba capital, Argentina.


Es Periodista Profesional recibido del CUP - Colegio Universitario
de Periodismo Obispo Trejo y Sanabria - de la ciudad de Córdoba en
2015. Apasionado del cine y las figuras de acción, se mudó a la bella
Cafayate en 2016 y allí vive feliz con su familia. Escribe siempre
que puede y todo lo que puede. Tiene publicado el libro Recuerdos
del Final (2019, Kala Ediciones), una antología de cuentos propios
de ciencia ficción y fantásticos. También obró como compilador en
la antología de ciencia ficción Coplas Intergalácticas y Otros Yuyos
(2020, Kala Ediciones), primera recopilación de relatos dedicados
a este género de escritores radicados en el NOA.

+ + 150 + +
RAFAEL CARO

Rafael E. Caro, narrador y poeta salteño. Quiso estudiar alemán


en la niversidad pero debía ser alumno de Letras. Finalizó la carrera
pero en el camino se olvidó de estudiar ese idioma. Publicó libros de
cuentos y creepypastas. Publicó una novela de ciencia ficción: Gen
Incarri, con Editorial ¡Ay Caramba!; Antologado en varios libros de
poesía y narrativa del NOA. Fanático de las artes marciales mixtas,
el tostado mixto, el flan mixto y los remixes de música electrónica.
En la actualidad vive en Salta en compañía de su perra Venus a la
espera de ser abducido con su can para- junto a ella -conocer toda
la galaxia.

+ + 151 + +
CÉSAR A. MAR TÍNEZ

Nace en Salta Capital el 24 de setiembre.

Empieza el andar en la literatura editando la revista de poesía LA


VALQUIRIA junto a Leonardo

Rivera. Proyecto que dura 2 años.

En el 2007 edita junto a Ale Chiri la revista literaria SONAMBULA.


Proyecto que se sigue editando

actualmente.

Fundador de la editorial LUZFER Studio

Tiene publicado 7 libros.

QUE HACE BOLU (ed. AY CARAMBA! 2014)

ESTE MUNDO DURA 5 DIAS ( libro formato digital 2015. blog:


CAOSSUPERTRAMP ).

RE-BOLU-ZION (ed.Luzfer studio 2016)

NÉMESIS LECTURA (ed.Luzfer studio 2017)

RARO DEMOÑIO UNPLUGGED (ed.Luzfer studio 2017)

HAIGA (ed.Luzfer studio 2017)

AINACTH HILIMALA (ed.luzfer studio 2017)

+ + 152 + +
Rodrigo moltoni

Nació en 1981 en Jujuy. Es diseñador gráfico, docente de Prod.


gráfica y diseño editorial. Ganador de la beca “Multimedia y Teatro”
otorgada por el INT en 2010. Ha producido y dirigido “Autopsia de
un Delito” y “Caja negra Multimedia y teatro”.
En 2013 registra la editorial “Ben Proyect” y publica “Autopsia de
un delito y otras enfermedades”. Participó en diversas publicaciones
como “Intravenosa”, “El caldero del Diablo”, “La Gacetilla”, “El ojo
de la tormenta”, entre otras.
Trabajó en la revista A+d y en la editorial 3Ramones junto a
Orlando Agüero. Es capacitador en “Meta Arte multiespacio”.
Sus cuentos “Timer” y “Pombero y Yo” han sido llevados al
cortometraje y al teatro, respectivamente por el Grupo Teatral
“Olor a rico”.
Participó en “Arte Urgente 2020”, realizado virtualmente con
el corto: “Bestiario” que hace referencia al proceso creativo. Está
disponible en el canal de Youtube del evento.
Algunos de sus títulos publicados, en Editorial Ben Proyect, son:
“Los Fabricantes de Muerte”, “Qi”, “Cataplexia”, “SeDE” y “4 Para
el queso”.
Actualmente prepara su publicación “Isaías 26:20” para fines de
este año y conduce por La vuelta radio online el programa Cuarto
Oscuro.

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“Entre los despiadados restos radioactivos de un futuro fracasado, un
hombre se convierte en mucho más que en un héroe. En una leyenda.
Esta antología recoge algunos de los mejores relatos sobre Johnny
Morales, el Anticristo, oídos en las cercanías de Megasalta y el
Asentamiento J. Desde el ronroneo grotesco del motor V8 de su Ford
Falcon X hasta el crujir de sus nudillos: este libro es todo Johnny y
todo Morales, pasando por sectas satánicas, drags del Apocalipsis,
aristócratas tiránicos y demonios.”

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