Está en la página 1de 64

Antología Homenaje

Martín Alejandro Abram Carrizo | Franco L. Fernández | Martín Goitea


Paula Cecilia Segundo | Bruno Ezequiel Beron
Federico Miguel Nieto | Marcelo Casas
**1**
Antología Homenaje

Editorial
Ben Proyect
Convocatoria:
Terror Day y Editorial Ben Proyect

Responsable Editorial Ben Proyect:


Rodrigo Moltoni
Comisión organizadora Terror Day:
Coordinador General: Matías Baldoni Amar
Coordinadores:
Valeria Ruth Abigail Sebastian
Carmen Leonor Carrizo
Carina Aparicio
Rodrigo Mendez

Colabora:
Franco L. Fernández
Diseño gráfico y editorial:
Ben Proyect
Arte Maestros del horror | Antología homenaje:
Ezequiel Fernando

San Salvador de Jujuy,


Noviembre de 2019

Distribución digital, libre y gratuita


Prohibida su venta.

Maestros del horror : antología homenaje / Casas, Claudio Marcelo / Abram


Carrizo, Martín Alejandro / Goitea, Martín / Fernández, Franco Leonardo /
Segundo, Paula Cecilia / Beron, Bruno Ezequiel / Nieto, Federico Miguel / ;
compilado por
Rodrigo Javier Moltoni ; ilustrado por Ezequiel Fernando ; prólogo de Rodri-
go Javier Moltoni. -
1a ed adaptada. - San Salvador de Jujuy : Ben Proyect, 2019.
Libro digital, PDF

Archivo Digital: descarga y online


ISBN 978-987-47464-0-5

1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos de Terror. I. Casas, Claudio Marcelo II.


Moltoni, Rodrigo Javier, comp. III. Fernando, Ezequiel, ilus. IV. Moltoni, Rodrigo
Javier, prolog.
CDD A863
índice
Prólogo Rodrigo Moltoni ...7

Pan Comido Martín Alejandro Abram Carrizo ...11

Intruso Franco L. Fernández ...23

El Núcleo Martín Goitea ...27

La niña perdida Paula Cecilia Segundo ...35

Contacto Mortal Bruno Ezequiel Beron ...41

La sangre de los corderos Federico Miguel Nieto ...49

Subterráneo Marcelo Casas ...55


Prólogo
Rodrigo Moltoni

**7**
Según recuerdo, mi primer experiencia cercana al terror fue al escu-
char el relato de un Tío sobre la película “Don’t Look Now” (Dir. Nicolas
Roeg, 1973). No vi esa película hasta los 27 años, casi veinte años después
de imaginarla, pero me atormentó en pesadillas durante gran parte de mi
vida. Me atormentó la imagen de una caperucita roja, una que no era más
que un ser vacío, acosador, y mortal. Porque la imaginación es un arma
poderosa y terrorífica.
Era terrible sentir miedo, pero quería más, quería cine, quería cuen-
tos, quería historias. Me volví un adicto al miedo, alternando sin saberlo
entre dosis de terror y de horror, pasando por variadas antologías que
servían de inspiración para relatos homenajes que intentaba escribir en
la primaria. Empezando por “¡Socorro!” (Elsa Bornemann, 1988), siguien-
do por “Libros sangrientos” (Clive Barker, 1984), la colección “HORROR”
(Colección Martínez Roca, 1987) y más tarde a “Caricias de Horror” (1995),
como para ponerle un poco más de picante a la vida. Cuando se es niño
se buscan historias cortas, autoconclusivas, y se disfrutan como si fueran
la última.
Así que coleccioné antologías, y muchos años después empecé a es-
cribir, y a tirar lo que escribía, y a borrarlo en la era digital, hasta que me
animé a construir mi mundo y mis historias en cuentos cortos que se van
conectando. A crear personajes muy variados y de los que no me puedo
despegar. Y también me animé a homenajear, dejar para quiénes supie-
ran encontrar, detalles y migajas, resíduos característicos de mis grandes
Maestros.
La Antología homenaje, titulada: Maestros del Horror, nace como el
resultado de la convocatoria del evento Terror Day en conjunto con Edi-
torial Ben Proyect, es una invitación a leer 7 historias tan variadas como
sus propios autores. Quiénes también han dejado guiños tan explícitos,
como ocultos, de sus propios Maestros.

**9**
En “Pan comido”, Martín Abram nos enseña que nada es fácil en la vida,
acompañado de un popurrí de sensaciones cinematográficas.
Franco L. Fernández nos azota con altas dósis de paranoía en “Intruso”.
Martín Goitea revolverá la tierra bajo nuestros pies en “El Núcleo”.
“La niña perdida” recordará un juego tan infantil como macabro, de la
mano de Paula Cecilia Segundo. Más tarde tendremos un “Contacto mor-
tal” por Bruno Ezequiel Beron.
Federico Miguel Nieto nos ofrendará terror asegurado en “La sangre
de los corderos”. Y finalmente Marcelo Casas nos llevará por un viaje
“Subterráneo hacia el peor de los miedos.
Esta antología homenaje es la primera en ser publicada por la Editorial
“Ben Proyect”, y pensada para ser distribuida gratuitamente en formato
digital. Así que lxs invito a vivir la experiencia, y buscar, y hurgar en lo
más profundo de los caracteres tipográficos que ilustran cada uno de es-
tos cuentos, para también descubrir los detalles que hacen digno a cada
relato de formar parte de esta publicación.
Después de todo... ¿Quién no disfruta de una buena historia?

**10**
Pan Comido
Martín Alejandro Abram Carrizo

**11**
Se detuvo en una esquina tenuemente iluminada. Se sacó la bandolera
que llevaba cruzada al canguro negro con “Just Do It” escrito en gris. La
abrió y revisó su contenido una vez más. Nada mal para un día de semana.
Un par de celulares, unos mil pesos en billetes de 50 y 100, un estéreo de
auto y algunas joyas. Pensó en cerrar la noche ahí mismo, pero se sentía
con suerte. Estaba de racha. “Una más…,” dijo en voz baja.
Luego de andar unas cuantas cuadras, se topó con ella. De dos plantas
y ladrillo a la vista, era la casa perfecta. Estaba junto a un árbol bastante
grande y fuerte (que podía servir en la salida), cuyas ramas rozaban la
pared del piso superior. La entrada era una puerta de reja que daba a un
pequeño jardín sin luz.
Se acercó un poco más, sin cruzar la calle. Detrás del jardín, a duras
penas, se podía apreciar una puerta de madera como muchas otras que
había visto antes. “Pan comido,” pensó. En cada piso había dos ventanas
enrejadas, una a la derecha y otra a la izquierda. Todas tenían las persia-
nas cerradas, salvo la superior de la derecha (la que estaba más cerca del
árbol) que las tenía entreabiertas, y que no tenía rejas. No había ninguna
luz encendida, ni tampoco vehículos estacionados en el cordón cuneta.
Cruzó la calle, se acercó al árbol y se agachó, fingiendo atarse los cor-
dones. Mientras lo hacía, miró norte, sur, este y oeste. Nada.
Se levantó y pudo ver en el suelo de la entrada, junto a la puerta, un
sobre y dos boletas de impuestos juntando polvo. “No hay nadie,” se dijo.
“Estoy de racha.”

**13**
Al intentar saltar la reja de entrada, que le daba a la altura del ombligo,
se dio con que estaba abierta. Y en una milésima de segundo pensó en lo
que había pasado por alto: ¿había perros? Se quedó congelado esperan-
do el ladrido que marcara el inicio de una carrera de doscientos metros
llanos con obstáculos, pero no pasó nada. Cerró la reja lentamente tras
de sí, y avanzó hacia la puerta. Junto a ella, había una maceta de gran por-
te con una planta que todavía era joven, pero que seguramente crecería
hasta pasar el metro de altura, pensó.
Fue recibido por una de esas alfombras elegantes que decían “Welco-
me”, lo que le causó gracia. “Qué cursi, seguro que también hay una llave
debajo de la alfombra,” se dijo, actuando con exageración cual millona-
rio. En su pantomima, levantó la alfombra. Como si tuviera un resorte, su
cuerpo se irguió y su rostro recobró la seriedad de inmediato. Una hermo-
sa y brillante llave se ocultaba bajo la bienvenida.
Se agachó lentamente, la tomó y la examinó a la escasa luz. Esta vez
no dijo nada. Se limitó a introducir la llave en la cerradura, ceño inmuta-
ble, y se tomó unos segundos antes de girarla. Dio una vuelta, y luego la
segunda. Giró el picaporte con total suavidad, y la puerta obedeció. Nada
de alarmas.
Como una corriente eléctrica por todo su cuerpo, lo golpeó un pensa-
miento: “Esto es demasiado fácil, mejor me voy.” La vida le había enseña-
do a desconfiar de lo fácil, eso lo mantenía alerta y alejado de la cárcel.
Además, disfrutaba más de un buen desafío.
Decidido a abandonar la faena, estaba por emprender la retirada cuan-
do el jardín se vio bañado por un resplandor de azules y rojos intermiten-
tes. Supo de inmediato que estaba en problemas. “Una alarma silenciosa,”
pensó. ¿Las opciones? Salir corriendo y rogar que no lo atrapen, o entrar
en la casa y pensar en un plan B. Con velocidad felina, entró en la casa,
cerró la puerta y se tiró al suelo, de espalda a la calle. Las luces siguieron
brillando por unos segundos y luego dejaron de hacerlo. “Pasó de largo.”
Se puso de pie, y en medio de la oscuridad encendió la linterna del
celular. Estaba en un pasillo corto y angosto, de no más de dos metros de
largo, y al final del pasillo había otra puerta. Antes de avanzar vio que las
paredes estaban adornadas cada una por un pequeño cuadro. El de la pa-
red izquierda mostraba un grupo de querubines jugando entre nubes, con
cigarrillos en las manos y de rostros picarescos. De la pared opuesta, col-

**14**
gaba una imagen más sombría; un gran incendio coloreado de amarillos y
rojos (y todas las gamas en el medio), con alargados rostros saliendo del
mismo, negros de orejas puntiagudas, sonriendo.
Avanzó y tanteó el picaporte de la segunda puerta. Estaba abierta. La
traspuso para acceder al living de la casa. Dio un paso, y algo le hizo picar
las fosas nasales. Empezó a apretarse suave y repetidamente la nariz para
evitar el estornudo, pero no tuvo éxito. Pensó que alguien encendería la
luz para atraparlo allí; nuevamente le falló el instinto. “Realmente no hay
nadie en casa.”
Antes de buscar una salida, aún con la molestia en las fosas nasales,
recorrió la habitación con su linterna, sin moverse. La luz mostró una
gran alfombra de colores pasteles, dos sillones y una mesita ratona, una
mesa elegante con cuatro sillas, y un aparador que tenía todo tipo de
adornos, vajillas y cosas así. Se acercó a este último, y empezó a meter en
su bandolera lo que fuera de valor: un cenicero dorado, un par de búhos
dorados. Pero un objeto le llamó la atención más que los demás.
Se trataba de una caja dorada con intricados dibujos geométricos y
simétricos negros y marrones. En una de sus caras se podía apreciar un
círculo dorado rodeado de líneas concéntricas; en otra, un rombo dorado
con detalles a su alrededor. Lo tomó, y notó que cada lado tenía un dife-
rente diseño hipnótico. Desconocía su valor, pero seguro era alto.
Al girar el cubo para examinarlo más de cerca, pudo sentir que empe-
zaba a emitir un sonido metálico desde su interior. Sobresaltado, lo dejó
sobre el aparador, y se quedó mirándolo fijamente. El mecanismo que se
activó hizo que el cubo se dividiera en partes, y algunas de ellas empeza-
ron a moverse por encima de las otras para adoptar otra forma, como si
fuera una especie de cruz dimensional o algo así. “Qué juguete más raro,”
pensó. “Seguro le saco unos buenos pesos si no me lo quedo para mí.”
Sintió una nueva presencia en el cuarto. Detrás suyo, en el rincón más
alejado, percibió que otra persona lo observaba desde las sombras. Giró
sigilosamente, en posición de guardia, y vio una silueta oscura dibujada
contra la oscuridad. La sombra avanzó con igual lentitud, y al acercarse al
haz luminoso pudo atisbar lo que era. Un hombre delgado, pálido, con un
largo traje de cuero – brillante, pervertido, orgánico – y ¿clavos?, juraría
que tenía clavos en su inexpresivo rostro y en su calva cabeza perfecta. El
ser lo observó fijamente, con ojos sin blanco que no parpadeaban y una

**15**
sonrisa que hubiera sido la envidia de la Gioconda. Aterrado, sin saber
qué hacer, el ladrón se quedó tieso.
El ser levantó el brazo, lo señaló con el índice derecho en pose inqui-
sidora, y de la nada salió disparado una especie de gancho metálico con
forma de anzuelo, atado a una larga cadena del grosor de un dedo gordo.
El metal se clavó en su brazo, y al tirar hacia atrás le descarnó un pedazo,
dejando carne y sangre y dolor al descubierto. Pegó un grito ahogado.
Su cuerpo salió de su estado estático, buscando una salida. Un segundo
gancho golpeó contra la pared, a centímetros de su rostro. Giró hacia la
derecha y encontró un picaporte. Lo giró y abrió la puerta, mientras otro
gancho arrancaba un pedazo pequeño de carne del omóplato izquierdo.
El dolor fue aún mayor, a pesar de la adrenalina que comandaba sus ac-
ciones.
Pasó al otro lado de la puerta, cerrándola rápidamente. Se quedó de
espalda a la misma, haciendo tope para prevenir que lo siguiera. Pero no
oyó ruido alguno, salvo el de su propio dolor en aumento y su excitada
respiración. Examinó la herida en su brazo; debía hacer algo rápido para
prevenir que siguiera sangrando. Su espalda le recordó que también es-
taba lacerada.
Encendió nuevamente la linterna. Estaba en la cocina. Se puso a re-
visar una alacena y encontró una botella de whiskey, al que procedió a
arrojar sobre las heridas, esperando que ayudara con el sangrado. Dio un
paso atrás, y pisó algo con el talón. Algo blando. De un salto, se dio media
vuelta y apuntó el celular a ese algo. Se trataba de un muñeco.
Lo levantó, y pudo ver que era en verdad macabro. Se trataba de un
hombre, de rasgos faciales caricaturescos, casi simiescos, vestido con ro-
pas grises, cabello cano hasta los hombros y un sombrero negro como la
noche. La cabeza era de goma, y el cuerpo de tela. “Otro juguete,” pensó.
Al examinarlo, algo le pinchó el dedo índice de la mano izquierda, lo cual
produjo una gota de sangre. Con el dedo en la boca para chupar la gota de
sangre que se había formado, se enteró que el muñeco sostenía un cuchi-
llo a escala en su mano derecha al dibujar la brillante hoja afilada una fina
estela plateada en el aire con dirección a su cuello. Con sus reflejos in-
tactos a pesar de los dolores, pudo evitar que el balanceo diera de pleno
debajo de su mentón, pero al volver la hoja en la dirección contraria, le
cortó el lóbulo de la oreja derecha por completo, provocando un reguero
de sangre bajando por su cuello. Se sentía caliente.
**16**
De un grito soltó el muñeco, que al caer al suelo salió corriendo para
esconderse detrás de un mueble con la gracia de un títere con hilos invi-
sibles. Se tomó la oreja, que no paraba de sangrar. “¡Hijo de puta!” gritó
entre dientes, la saliva mezclándose con sangre en su ropa oscura. En-
corvado por el dolor, se dio cuenta que el muñeco, o lo que fuera, todavía
seguía allí; lo imaginó agazapado entre las sombras, como un depredador
miniatura. Intentó encender la luz por primera vez desde que había llega-
do. Nada. Pero sí había electricidad; podía oír el motor de la heladera fun-
cionando. “¡Eso!” pensó. Fue hasta la heladera y la abrió. La oscuridad se
vio interrumpida por el resplandor que brotaba del interior del aparato.
Se dio vuelta, orgulloso de su idea, cuando vio que el monigote se lanzaba
nuevamente contra él, cuchillo en mano. Con una lúcida habilidad quirúr-
gica, le produjo un tajo en la pierna derecha, por encima del empeine. El
dolor fue tal que por un momento se olvidó del brazo y de la espalda y de
la oreja. Cayó al piso de trasero, y apenas lo hizo, flexionó las piernas y
empezó a retroceder, intentando repeler el siguiente ataque. El cuchillero
volvió a lanzarse contra él, con una fuerza inusitada, sobre todo teniendo
en cuenta su escaso volumen.
Miró a ambos lados tratando de encontrar algo con que defenderse,
pero no halló nada. De espalda a la heladera abierta, cuya luz iluminaba
la increíble escena, estiró un brazo hacia atrás, contorsionándose como
una bailarina del Bolshoi. A tientas, se dio con una presa de pollo crudo, y
sin pensarlo la blandió contra la figura. El cuchillo que iba apuntado a su
pecho penetró la carne de ave, haciendo que un pedazo saliera despedido
contra el suelo. Otra cuchillada terminó contra el hueso del pedazo de
pollo, quedando el arma blanca clavada por un instante. Eso le permitió
arrojarlo –muñeco y pollo– lo más lejos posible en dirección opuesta e
intentar ponerse de pie para escapar. Lo logró, y pudo ver otra puerta.
Corrió en esa dirección, siendo perseguido una vez más por su atacan-
te, pero esta vez pudo ganarle en velocidad. Al cruzar la puerta y cerrarla
lo más rápido y violentamente posible (a esta altura no le importaba ha-
cer ruido), pudo sentir el golpe del muñeco del otro lado al chocar con la
misma. Y pudo ver como la cuchilla traspasaba la puerta, para luego ser
retirada y no saber más de su portador.
“¡Qué mierda es esto! ¡Muñecos que caminan solos! ¡Un tipo con an-
zuelos! ¡Qué…!” antes de terminar la idea, se dio con que estaba al pie
de una escalera. Y se le iluminó una sonrisa a medias cuando recordó el

**17**
segundo piso y la ventana sin rejas que daba al árbol. Podía salir por allí,
y si la policía lo atrapaba, no importaba. Tenía un brazo y la espalda pal-
pitando de dolor por heridas de ¿anzuelo? (¡sí, oficial, de anzuelo!), el pie
sangrando por encima del empeine, y el lugar que antes ocupaba el lóbu-
lo de su oreja derecha se había convertido en un masacote bordó oscuro,
denso y caliente, y cada vez más seco. ¿Qué podía ser peor?
Subió las escaleras y llegó a un pequeño pasillo que daba a dos puertas.
Imaginó mentalmente la estructura de la casa por fuera, y abrió la de la
izquierda. Con la linterna siempre encendida, se vio dentro de una espe-
cie de estudio. En su centro había un escritorio bastante grande, macizo y
antiguo, al igual que la silla forrada en cuero con que hacía juego. Encima
del escritorio apenas notó algunos objetos, pero no les prestó atención.
Lo que no pasaba por alto eran las paredes del cuarto, empapeladas de
libros: nuevos, viejos, grandes y pequeños, cubrían todas las paredes de
la habitación, salvo la que daba a la calle y a su salvación.
En tal sitio, no pudo con su genio y pensó que seguramente muchos de
esos volúmenes valdrían algo en las manos correctas (algunos parecían
muy viejos y en excelente estado), pero el instinto de supervivencia pre-
valeció y trató de escapar.
Intentó, como era su intención, abrir la ventana que daba a la calle,
pero el pestillo estaba duro y no cedió ante sus intentos. “¿Llegué hasta
aquí para esto…?” pensó; “ni en pedo.”
Para mayor comodidad, dejó la bandolera con su carga encima del es-
critorio. Para ser honestos, arrojó la bolsa de tela contra el escritorio, la
cual cayó encima de una vieja grabadora de cintas Panasonic, y lo que
escuchó a continuación saliendo del parlante le heló la sangre.
Se sobresaltó al escuchar la grabación, como quien se sorprende ante
el imprevisto ladrido agudo de un perro pequeño al pasar por una casa.
Se dio vuelta, presa del terror que se había apoderado de su ser, mientras
una voz profería pausada y solemnemente palabras o frases en un idioma
completamente extraño. “Uf, qué susto me pegué, es una grabación nada
más,” pensó, a pesar del susto inicial.
Se acercó al escritorio y apretó el botón con el cuadrado. Mientras gi-
raba la cabeza nuevamente hacia la ventana, algo le llamó la atención:
junto a la grabadora había un cuchillo raro, todo adornado, como un fa-
cón o algo así (al principio no le salió la palabra “daga”, pero la tenía en
**18**
la punta de la lengua), y un libro aparentemente viejo, lleno de polvo y
como con un rostro tallado en su portada. Estuvo a punto de tomar esos
objetos para meterlos en la bandolera, cuando sintió algo que lo atrajo a
la ventana.
Lo cierto es que en ese instante ni él supo qué vio, pero lo vio: una es-
pecie de fuerza que se acercaba desde la noche y a toda velocidad hacia la
ventana que tenía el vidrio cerrado. Con su destreza característica, pudo
saltar a un lado antes de que el vidrio se hiciera añicos al ser traspasado
por una rama bastante gruesa. Se agazapó en un rincón, con la cabeza
entre las piernas y una mueca de resignación ante un golpe inminente.
Nada.
Lenta y precavidamente, se puso de pie. Cerciorando que todo estu-
viera calmo, se acercó a la ventana una vez más. La vista le devolvió el
árbol y la vereda, pobremente iluminada. Sin pensar ya en alzar su botín,
que había quedado por ahí, empezó su escape por la ventana. Sacó una
pierna y tanteó la rama que tenía más cerca. Era lo suficientemente firme
como para bajar sin problemas, en una maniobra que conocía de memo-
ria. “Un pie más y el resto es pan comido,” pensó.
Antes de poder apoyar el segundo pie en el árbol, una de las ramas
se enroscó en su tórax, como si se tratara de una boa constrictora. En-
ceguecido por el dolor ante la presión ejercida, intentaba zafar cuando
otra rama se enredó en su pie herido. El dolor se incrementó, pero aun así
pudo lanzar gritos desesperados de ayuda. No había ni un alma en la ca-
lle, y ninguna luz se encendió. Con lágrimas densas y ardorosas bañando
sus ojos, vio entre nieblas y luces que el árbol había cobrado vida, y que
sus ramas y manchas y corteza formaban un rostro demoníaco de ojos
rojos y dientes afilados. Dándose ya por vencido en sus intentos de za-
far, las ramas que lo tenían aprisionado empezaron a tirar en direcciones
opuestas. Y allí supo que estaba en el infierno.
Primero sintió un caliente entumecimiento que bloqueó toda sen-
sación de dolor; por un momento sintió que estaba flotando en un mar
calmo y oscuro bajo un cielo estrellado. Pero a continuación, todo su
sistema nervioso experimentó una sobrecarga que traspasaba cualquier
límite para un ser humano, al ser su cuerpo dividido en dos a la altura de
la cintura por las extremidades del árbol.

**19**
Con el rostro retorcido en una mueca extrema, pudo escuchar a lo le-
jos el crujido de los huesos de su cadera y espalda quebrándose, seguido
por el chapoteo de sus entrañas golpeando el piso tres metros más abajo.
Los dolores formaban una maraña tan intensa, que le era imposible des-
entrañar de dónde provenían cada uno.
Y ya no sintió nada más. Su rostro se relajó, casi acalambrado, pero
mantuvo los ojos cerrados esperando cobijarse en lo más recóndito de su
mente y que el suplicio terminara mientras la siniestra boca de corteza y
ramas y hojas y dientes afilados se encargaba de engullir sus extremida-
des inferiores.
El patrullero se detuvo frente a la casa. Ya despuntaba el alba cuando
acudieron al llamado de la alarma silenciosa.
Dos oficiales emergieron del vehículo y se dirigieron a la puerta, que
estaba abierta. Linterna en mano, atravesaron el corto pasillo y entraron
al living. Allí se dieron con él, sentado en posición fetal contra un rincón
del cuarto, con la mirada perdida en un punto fijo en el horizonte.
“¡Quieto! ¡Las manos donde pueda verlas!” gritó uno de los oficiales,
sin obtener respuesta alguna. El otro se acercó al sujeto y le puso unos
precintos de seguridad en las muñecas. Le alumbró los ojos con la lin-
terna. “Mirá, pupilas dilatadas, está sudando, aunque hacen cinco grados
afuera, y no para de temblar.”
“Otro más...” dijo el otro oficial, meneando la cabeza gacha. “Revisá la
bandolera.”
“A ver…,” dijo el otro oficial, mientras sacaba cosas del bolso. “Un par
de celulares, billetes de 50 y 100, un estéreo y joyas… Sí, nada más. ¿Va-
mos a media con la plata?”
“Dale. Apenas llegamos a la seccional, nos comunicamos con el dueño
de casa, que está de viaje de negocios. Seguro se tiene que volver antes
de tiempo. Por ahora dejemos la puerta como estaba y ponemos un móvil
a custodiar hasta que vuelva.”
Antes de irse del lugar, los oficiales revisaron la casa para ver si algo se
les escapaba. “No hay señales de violencia o de que falte algo,” dijo uno
de ellos.
Al salir, notó que junto a la puerta había un pequeño display que decía
“Modo H” y que tenía dos botones de “ON” y “OFF”, y una especie de orifi-
**20**
cio minúsculo con una mancha seca de color marrón claro que sólo podía
verse de cerca. Debajo, el logo de la empresa de seguridad, junto con el
slogan “Brindando seguridad garantizada desde 2019”.
“Já,” musitó.
“¿Qué pasa?”
“No, acabo de leer esto. Seguridad garantizada. Deben ser buenos, por-
que es el tercero este mes. No sé si en seguridad, pero en que el loquero
tiene cada vez más huéspedes, eso sí está garantizado.”
Ambos empezaron a reír casi al unísono.
Lo metieron en la parte de atrás del patrullero, todavía con las pupilas
dilatadas, mascullando frases ininteligibles, con la saliva regando su can-
guro negro con letras grises.
El vehículo se alejó bañando de azul y rojo la cuadra. Ningún vecino
curioso salió a ver qué pasaba.
La casa quedó allí, en el mismo lugar de siempre, inalterada, espe-
rando el regreso de su propietario.

**21**
Intruso
Franco L. Fernández

**23**
Una semana, una maldita semana de paz es todo lo que pedía cuando
decidí mandarme a mudar a la casa de campo que compre hace ya cinco
años en Tafi Viejo. Una semana fuera de los bullicios de la ciudad y los
alaridos de la familia, ¿es mucho pedir?
Por un momento pensé que este sueño de paz seria realidad cuando
el primer día disfrute de leer un libro sentado en la galería con ninguna
compañía más que la de los árboles y el sonido del viento. Debí haber su-
puesto el acontecer de los seis días que me quedaban, debí haber tomado
como premonición que aquella tarde cuando a salí a disfrutar de mi sole-
dad justamente el libro que elegí para que me hiciera compañía fuera “El
Horla”. Pero ¿Cómo sospecharlo? No era una lectura poco usual en mí, un
fanático del terror ¿Qué conclusión futura podría sacar de leer a un pobre
infeliz perder la razón por un ser imaginario?
También se podría pensar que la sugestión jugo una broma pesada
cuando a la noche de ese mismo día escuché que en el susurrar del viento
por los árboles se mezclaba el ruido de pasos y el jadeo hambriento de
una criatura. Me dije a mi mismo que tan solo era mi imaginación o a lo
mejor algún gato del monte que andaba de cacería esa noche, me lo dije
y trate de dormir.
Dos días, dos días han pasado y por las noches los pasos no cesan,
cada día más cerca los siento como al límite donde inicia la arboleda, a
metros nomas del borde de mi terreno, no hay nada que nos separe solo
la línea imaginaria de… la propiedad privada. Ahora miro desde la galería
hacia las sombras de los árboles, ¿Llegará esta noche? Espero que no, ne-
cesito tiempo si quiero salvarme.
Tres días, junto a la pileta amontono lo que puedo, chatarra, ladrillos
todo lo que sea para contener al intruso que ahora acecha al borde in-
cluso durante el día. Los pasos casi inaudibles se confunden con el mecer
de las ramas pero yo sé que está ahí: la bestia, ansiosa de verme cometer
algún error, pero no soy ningún idiota.

**25**
Cinco días ¿debería haber huido? Soy menos cobarde que idiota. El
protagonista del Horla pensó en huir cuando se le paso el suicidio por
la cabeza, pero mi bestia, mi Horla personal esta fuera, no es un parasito
que contamine mi mente, esta alli merodeando los bosques y es matar o
morir, igualmente dudo que pueda superar la barrera que he armado. Una
muralla que ni el más ágil de los gatos monteses podría siquiera soñar con
alcanzar en altura de un salto, mucho menos escalarla.
Séptimo día, al sexto pensé que la muralla había funcionado, hoy me
doy cuenta que no. He sido idiota, lo admito, porque los jadeos de la
criatura ya no se escuchan por fuera del bosque sino que vienen desde
la casa. “Atrapado entre la espada y la pared”, dice el dicho. La muralla
ahora es mi prisión, imposible de escalar sus más de tres metros o al me-
nos hacerlo en poco tiempo. El corazón se me acelera mientras el jadeo
se hace más intenso, puedo sentir su sed de sangre. Aprisionado no me
queda otra opción realmente.

“No... no hay duda... no ha muerto. . .


entonces tendré que suicidarme.”

Así terminaba el libro, la premonición de la llegada de este intruso


mortal que se había metido en mi vivienda. Pero ya les dije que no soy
ningún cobarde, si al fin y al cabo mi Horla personal no está en mi cabeza,
esta atrás mío observando y por más que aun esté de espaldas puedo sen-
tir su cuerpo erizarse de placer ante la victima que tiene en frente y abrir
las fauces espectrales en un último jadeo que anticipa mi muerte. Tengo
aún el machete que usé alguna vez para cortar la maleza, lo tomo en mano
y en media vuelta enfrento a la criatura que se abalanza sobre mí con
un destello mortal de dientes. Matar o morir ¿realmente hay diferencia?
Pienso cuando ambos filos toman la vida del otro.

**26**
El Núcleo
Martín Goitea

**27**
La pava debía de estar entre todo ese pasto alto alrededor del algarro-
bo muerto, viejo y seco, puro tronco y ramas huecas sobre el que había-
mos escuchado hacer escándalo a esa que cayó y a las otras que lograron
huir. Las escopetas eran del abuelo, como el machete que llevaba colgado
de mi cinturón. Mi amigo Carlos me miraba desde la sombra de un álamo.
Le alcancé mi escopeta para que la sostuviera mientras yo estudiaba la
situación. Desde que le conté que el viejo vivía en un rancho en los cerros
cruzando el Río Grande, quiso acompañarme para conocer.
Empecé a rebajar los yuyos. Me llevó unos quince minutos poder des-
pejar el terreno. La pava no aparecía por ninguna parte. Vi que las raíces
del árbol estaban al descubierto. A un lado había un agujero. Pensé que la
pava podía haber caído adentro. Me agaché y metí el brazo hasta el codo.
Tanteé y solo sentí tierra húmeda. No quise meter todo el brazo por temor
a que hubiera una alimaña o fuera la madriguera de una comadreja, por
eso preferí volver a la casa del abuelo a pedirle prestado una pala y un
pico. La idea era agrandar el pozo y buscar a la pava, más seguro y tam-
bién con más comodidad.

**29**
El abuelo conversaba con uno de sus vecinos, que vivía a unos tres-
cientos metros hacia el río. Seguramente recordaban viejas anécdotas,
repasaban nombres y lugares, una y otra vez, sin cansarse jamás, como
hacemos todos cuando nos ponemos a buscar temas de conversación.
Como a la pasada le pedí las herramientas, me dijo que sí haciendo un
gesto con la mano. El abuelo me daba la impresión de que fuera eterno, lo
recuerdo así, viejo, desde que tengo memoria, el cabello grisáceo, las lí-
neas de la cara que le dibujan el gesto adusto de hombre que sufre mucho
porque guarda un secreto, quizás un juramento inquebrantable. Nunca
necesitó hablarnos demasiado, le bastaba un gesto o una mirada para de-
cir, para decirnos algo, a mamá, a la abuela y a mí, aunque con mi madre
nunca hubiéramos vivido con él y la abuela, solo los visitábamos cada
tanto. Para mí ir al campo era como viajar a un país lejano, volver al pasa-
do, donde no había luz eléctrica (sí había, pero el abuelo se acostaba a las
ocho de la noche y se levantaba a las cinco de la mañana), el agua no era
segura (había que hervirla y luego enfriarla antes de beberla), las paredes
de la casa eran marrones y sin revocar, las chapas del techo estaban a la
vista, en invierno calentaban el ambiente y cocinaban con un brasero, y
se cagaba en un inodoro de madera que estaba adentro de un cubículo
hecho de barro y chapa afuera de la casa. Sólo si mamá me acompañaba
me animaba a usar la letrina. Creo que hasta que la abuela no necesitó,
por su enfermedad, que construyeran un baño, logré controlar mi intes-
tino de manera casi perfecta. Me provocaba estreñimientos voluntarios
por el tiempo que duraban nuestras visitas, que no se extendían por más
de cuatro días. Pero con el pis era distinto. No se puede prescindir de la
ingesta de agua, no es posible vivir deshidratado. Por evitar salir en me-
dio de la noche al patio a mear, más de una vez debí esconder (ingenua-
mente, porque imaginaba que nadie lo notaba) las sábanas debajo de la
cama vieja que rechinaba ante el menor movimiento. Si te dabas vuelta,
chirrín, te encogías, chirrín, te estirabas lo mismo. Al principio imaginaba
que el inodoro de madera me tragaría y caería por un conducto directo
a las entrañas de la tierra, al infierno; pero ya más grande, el zumbido
enloquecedor de las moscas enormes que se arremolinaban ahí dentro
simplemente me provocaban un asco aprensivo que, más que en el in-
fierno, me hacía pensar en un pantano de mierda espesa, burbujeante y
pestilente hasta el vómito. De haberlo necesitado, jamás podría haberme
evadido de ninguna Shawshank.

**30**
Volví al pozo. Mi amigo me esperaba tal como lo había dejado, sos-
teniendo las escopetas, las culatas apoyadas en el suelo. Empecé a cavar,
entusiasmado por la presa que de un momento a otro tendría entre las
manos y con la que, antes de comer, me tomaría una foto para mi perfil
de facebook. El agujero rápidamente se convirtió en un cráter de unos
tres metros de diámetro y la pava seguía sin aparecer. Consideré la po-
sibilidad de que no hubiera caído allí dentro, volví a examinar una y otra
vez el espacio y no había otra probabilidad, otra explicación de por qué
no yacía con el escopetazo en el cuerpo y a la vista. Pronto anochecería,
no había tanta luz ya, aunque si me apuraba y agrandaba un poco más
el agujero podría continuar la búsqueda sin que necesitara ir a buscar
una lámpara con que alumbrar. El cráter tenía a su vez otro agujero más
pequeño al fondo, lo que me hacía presumir que el pozo inicial podría ser
un conducto hacia abajo de las raíces. Decidí asestarle un golpe más con
el pico, en el caso de que se tratara del nido de una víbora la mataría con
el mismo golpe. No pude hacerlo porque la voz del abuelo se oyó en la
oscuridad y me detuvo en seco. No es hora ya de andar haciendo hoyos en
la tierra, dijo en tono de orden, aunque el abuelo hubiera creído siempre
que nos enseñaba. Me sentí un niño otra vez, la palabra del abuelo era
santa, sin siquiera intentar un rezongo o poner una excusa para dilatar
el acato de la orden, le dije a Carlos que debíamos meternos a la casa y
juntos devolvimos las herramientas a su lugar. Las escopetas las dejamos
atrás de la puerta de entrada del rancho, en donde debían estar.
Más tarde, mientras cenábamos, le conté al abuelo qué había pasado
y escuchó con atención, pero sin decir palabra, como si con su silencio no
hiciera otra cosa que esperar su turno de hablar, de sentenciar. Pero no,
una vez que finalicé mi historia, como si hubiera querido que las cosas se
quedaran como estaban, dijo que a veces es mejor no porfiar contra el
monte.
El abuelo, cada vez que quería que le hiciéramos caso (de vez en
cuando también jugaban conmigo los hijos o nietos de las otras familias)
nos contaba alguna historia de espantos. Funcionaban, claro, pero vein-
te años atrás. No sé por qué tuve la idea de que quizás el abuelo quería
quedarse con la pava y que por eso pensaba que todavía podía serle útil
infundirme miedo como si aún fuera un chico. Al principio yo mismo me
desconocí desconfiando del abuelo, viendo en él a un competidor ladino.
Habrá sido porque entre las historias que alguna vez le oí contar, más de
una vez se jactó de haber madrugado a algún desprevenido, de su viveza
**31**
criolla. El diablo sabe más por viejo que por diablo, decía. Entonces me
dispuse a impedirle que me despojara de lo que era mío.
La única oportunidad de contradecir al abuelo era en su ausencia,
por eso continuaría la búsqueda de la pava durante la noche. Solo, por-
que tampoco me fiaba de Carlos, entre nosotros nunca hubo un sí ni un no
y así no se llega a conocer a nadie.
Nos acostamos y esperé una hora, hasta que supuse que el abuelo y
mi amigo estarían dormidos. Salí de la pieza de la manera más sigilosa que
pude y fui hasta el depósito a buscar el pico, la pala y una lámpara. Había
luna llena, así que la claridad era suficiente para que hiciera el trayecto
hasta la casilla y luego hasta el árbol sin problemas. Abrí la puerta del de-
pósito de par en par para poder ver el interior. Encontré las herramientas
rápidamente, allí donde las había dejado un par de horas atrás.
Enseguida estuve otra vez dentro del cráter para seguir buscando a la
pava que por la tarde había cazado. Cavé hasta que las raíces más visibles
quedaron suspendidas en el aire. Las otras, las que se hallaban metidas
en la tierra, parecían llamarme, sentía que me pedían que las fuera descu-
briendo, removiendo el humus hasta que al fin el amanecer sucediera, to-
talmente ajeno para mí. Así lo hice. La lámpara había quedado más arriba,
en el cráter inicial. La negrura sobre la que parecía gravitar el árbol, exha-
laba un vaho húmedo, lleno de vida. Al principio dudé sobre si continuar
o no adentrándome, pero, en alguna parte de esa caverna irresistible, oí
que una pava gritaba. Mi pava, cuál otra podía ser. Me pertenecía, debía
seguir y tomarla, por supuesto. Para eso había llegado hasta allí.
El murmullo de agua que discurría, que se amplificaba por el vacío,
me guiaba, y pensé que así debían de sentir los ciegos, y obedecí a mis
oídos que nunca habían estado tan aguzados. Pero el ruido del chapoteo
de mis pies me desorientó y las primeras voces fueron aumentando su
intensidad hasta llenar ese espacio indefinido y empezaron a mezclarse,
como una maraña de mensajes indescifrables, a la vez que me acompaña-
ban y de alguna manera me consolaban. Hasta que no hubo más sonidos.
Seguí avanzando, no podría decir con esperanza, claro, pero sí con una in-
dolencia que casi parecía determinación. Entonces la vi, a mi pava. Estaba
en un cono de luz, como si deliberadamente la hubiesen iluminado como
al personaje principal de una obra. Me detuve. La observé. Estaba en pie,
aunque quien sabe si viva, pero en pie. Embalsamada, me dije, como esas
aves sobre la vitrina en la que guardaban la bandera de ceremonia de-
**32**
trás del escritorio de la directora en la escuela primaria. Una lechuza y un
pingüino. Me mandaron a la dirección esa una única vez, por pegarle a un
compañero, papá ya se había ido de casa y con alguien tenía que desqui-
tarme, con mamá no podía porque a ella ya le echaba la culpa el abuelo,
así que decidí compadecerme y protegerla, y también a la abuela, que lo
único que hacía era llorar, porque no se atrevía a hablar. La pava caminó
con la cadencia coordinada de patas y cogote característica de los em-
plumados y me miró con esa altivez con que miran los que desprecian a
sus verdugos. Pestañeó, una, dos veces. Como no quería que se volviera a
espantar, reanudé mi marcha cautelosamente. Me sentía ingrávido, leve,
volátil, como si flotara en el agua, en cantidades ingentes de agua, en una
zona abisal, una fosa submarina justo debajo de la casa del abuelo. Pero
la pava sí se movió, más rápido que antes y entró en una casilla vetusta
de madera, muy estrecha, que apareció de la nada. Miré alrededor, estaba
parado en medio de un patio que reconocía, grandísimo, delimitado por
un cerco de alambres a media altura casi camuflado por arbustos y enre-
daderas silvestres, dominado por la sombra que proyectaba la fronda de
un vigoroso algarrobo. Nuestro desafío de niños ninja a veces, de niños
Tarzán otras.
Tenía enfrente la letrina de la casa del abuelo. Sea como fuera, avan-
cé hasta que estuve a medio metro de la puerta de madera desvencijada y
enmohecida. Me detuve. Antes de dar el paso que faltaba y abrir, una idea
me demoró un segundo más: si adentro encontraría a la pava, o si, como
si volviera a tener seis años, debería esconder las sábanas debajo de la
cama para que no las viera el abuelo.

**33**
La Niña perdida
Paula Cecilia Segundo

**35**
Todo estaba tan tranquilo en ese día de invierno, donde los copos de
nieve caían con lentitud durante la mañana y se depositaban somnolien-
tos en el suelo, formando un hermoso colchón blancuzco.
Los niños jugaban como de costumbre en las calles, armando muñecos
con la nieve acumulada en todos lados, poniéndoles sombreros enormes,
una nariz de zanahoria, ojos negros de carbón y aterradoras ramas como
brazos. Si se los miraban detenidamente, a esos hombres de nieve, cau-
saban terror, con esas miradas aterradoras a través de sus ojos huecos,
realmente infundían un miedo que helaba los huesos más que el frio.
Tras la diversión, su madre los llamó para tomar un dulce chocolate
caliente, para calentar sus pequeños cuerpos inocentes, llenos de vida,
esperanza y anhelos futuros. Seres criados con tanta ternura y amor; in-
capaces de cometer actos innecesarios, o de dañar a otros seres.
Ellos corrieron, riendo y empujándose, pues todavía les quedaba ener-
gía para continuar jugando.
Al ingresar a casa, la madre los contó, uno, dos, tres, cuatro y… pero
alguien faltaba.

**37**
La pequeña Berenice, una niña ágil, graciosa, desbordante de fuerza;
no había regresado junto a sus hermanos. La llamó desde el umbral de la
puerta:
-¡Berenice!, ¡Berenice!- pero sólo el susurro de la leve ventisca se es-
cuchó.
-¡Berenice!, ¿dónde estás? ¡Sal de donde estés y ven de inmediato!...
no estoy jugando…- agregó, tratando de no perder la paciencia y disimu-
lar su preocupación.
Sin embargo, la pequeña no apareció, a pesar de las amenazas de su
progenitora.
Las horas pasaron y no daba ninguna señal de vida, parecía haberse
desvanecido en medio de tanta blancura y silencio.
Desesperados, sus padres salieron en su búsqueda. Recorrieron los al-
rededores, revisaron cada rincón, cada hueco, pero no la hallaron.
La nieve empezó a caer más rápido y copiosa, que a cada paso dado
las huellas eran borradas de inmediato, mientras el frío se hacía cada vez
más intenso.
Mientras tanto, los niños, sus hermanos, sólo observaban a través de
la ventana sin decir ninguna palabra.
Transcurrieron las horas y al no lograr nada, dieron parte a las autori-
dades del pueblo, para que los ayudasen. Cada policía y vecino ayudaron
a buscarla, entre la maleza, las casas abandonadas, el lago congelado;
pero nadie con su paradero daba.
-¿Dónde la vieron por última vez? – les preguntaron a los niños.
-¡No jugaba con nosotros! – respondieron a coro.
-Debieron ver a dónde fue- agrego un policía.
-¡No!- respondieron nuevamente como si fuesen una sola persona.
Nadie podía dar una explicación a su desaparición tan repentina y ex-
traña.
Decidieron ir más allá del pueblo, internándose en el bosque, las cue-
vas, en cada escondrijo de las minas abandonadas, pero el esfuerzo fue
en vano.

**38**
El invierno comenzó a sentirse con más rigor y crueldad; lo cual detu-
vo toda búsqueda.
Todos la dieron por perdida.
Su familia entristecida perdió toda esperanza de tener a su niña queri-
da de regreso en casa.
La nevada pasó y pronto la nieve comenzó a derretirse por los cálidos
rayos de sol.
-¡Mamá!, ¡Mamá!- llamaron a coro los niños.
-¿Qué sucede?- pregunto algo molesta la madre.
-¡Berenice!, ¡Berenice, está afuera!- gritaron a coro.
Ella presurosa llegó a donde éstos estaban.
-¿Dónde? ¿Dónde está?- preguntó con desesperación.
-¡Allí!, ¡Allí!- indicaban los cuatro a través de la ventana.
La mujer se acercó y su rostro se desfiguró al ver tal horrenda imagen.
A lo lejos, los muñecos de nieve comenzaban a derretirse y uno de
ellos se había teñido de rojo.
La pequeña Berenice estaba oculta en ese montón de nieve, atravesa-
da por los brazos de ramas y nariz de zanahoria.
-¡Mamá!, Berenice nos pidió que la ocultáramos en donde fuese im-
posible encontrarla y también pidió no decirle nada a nadie. – agrega-
ron los niños a coro dejando escapar una risa grotesca y confusa.

**39**
Contacto Mortal
Bruno Ezequiel Beron

**41**
¿Qué es lo que les eriza la piel por la noche? ¿Qué es lo que no les per-
mite dormir? ¿Qué los trastorna? ¿Qué es lo que más miedo les da? Para
algunos es la pobreza, para otros es la muerte, para otros la vida misma.
Debes tener cuidado con lo que deseas, porque así como hay un dios
que escucha, hay varias orejas que oyen y pueden ocurrir contactos mor-
tales.
Esta historia comienza así, en la Ciudad de Jujuy, con un muchacho lla-
mado Dante, el joven era muy antisocial, completamente introvertido, no
tenía amigos, ni mucha comunicación con sus familiares y siempre salía a
pasear con sus auriculares o se quedaba en el comedor de su casa jugando
videojuegos, entre sus mayores vicios estaba la adicción por los cuentos
de terror, siempre se daba tiempo para devorarse varios escritos. Era una
persona, de esas que no viven, solo dejan que pasen los días sobre ellos.
Pero como todo ser racional que se rige por un cerebro y un corazón,
Dante deseaba una cosa más que cualquier otra, lo que todo joven a su
edad desearía... Una novia, una compañera de vida que complemente su
vacío, alguien a quien poder besar, abrazar, alguien con quien compartir
tardes, salidas, a quien amar y que a su vez experimentar lo que conlleva
pelearse y reconciliarse.

**43**
Todas las noches se sentaba en un rincón de la cama y miraba al cielo
rezando plegarias a Dios y a distintas deidades encomendándose y pi-
diéndoles que por favor le pongan en su camino al amor de su vida.
Un día sus padres cansados de verlo encerrado y sin amistades habla-
ron con un compañero suyo del secundario y le dijeron que intente inte-
grar a Dante y que lo inviten a socializar más.
Conmoviéndose por el relato de estas personas, el joven que era uno
de los más populares del grupo organizó una salida a un boliche con algu-
nos compañeros del curso e invitaron a Dante, el cual estaba intrigado y
sorprendido al ver que alguien se le acercaba a darle charla.
-No faltes, habrán muchas chicas lindas...Dijo Raúl.
Esto fue suficiente para que la invitación llamara la atención del joven.
Su padre ayudó bastante hablándole en privado, la típica charla de
hombre a hombre, ya saben.
Envalentonado por todo lo sucedido Dante decidió ir, buscó entre sus
trapos una vestimenta acorde a la ocasión, una remera gris, una campera
de cuerina negra, unos jeans oscuros y sus borcegos de siempre, se peinó
un poco, se despidió de sus padres quiénes lo miraban con orgullo y se
fue.
Pero al llegar al boliche no fue lo que esperaba, nadie lo miraba, ni lo
registraban, Raúl intentaba integrarlo pero sus amigos lo evitaban y más
aún las chicas que lo veían como el rarito del curso, para el colmo Raúl
se perdió en la zona vip con una damisela y Dante perdió toda oportuni-
dad de pertenecer al grupo. Viendo que no tenía nada que hacer allí, sa-
lió enojado del salón, y como aún era madrugada tuvo que caminar unos
cuantos metros de ruta para llegar hacia la parada donde tendría que es-
perar a que pase el primer ómnibus que lo llevaría a su barrio.

Mientras caminaba iba pateando piedras pensando en la mala racha


que tuvo y lo mal que hizo en venir, en vez de quedarse a cenar con su
familia, se decía dentro suyo: ¡Estoy a punto de enloquecer!, como Jack
en el Resplandor. Recuerdo no haber terminado de leer ese libro, desde
que Stephen King volvió a escribir, estoy más pendiente de sus libros re-
cientes que de los clásicos, pero eso ahora no venía al caso. A medida que
se adentraba más allá de la ruta, el viento soplaba más bajo, la oscuridad
**44**
se hacía más intensa y el crujir de las ramas se volvía más grave. Apuró el
paso, comenzaba a tener escalofríos.
De pronto al voltear su cabeza hacia el bosque divisó a una joven mu-
jer sentada en la orilla, abrazando sus piernas y con la cabeza cabizbaja,
no se podía distinguir bien, pero tenía un sobretodo negro que la envol-
vía.
-¿Necesitas ayuda?-Murmuró el chico-¿Estas bien? -Repitió.
Solo hubo silencio. Cuando se dispuso a seguir, la muchacha con voz
bajita y suave le extendió dos de sus dedos y le dijo
-Llévame con vos.
El joven pensando que se trataba de una chica herida o perdida, o en
el mejor de los casos que podría intentar concretar con una mujer por
primera vez, tomó su mano y se dispuso a levantarla.
Pero tal fue su asombro que al levantarse la joven dejando caer el so-
bretodo y al ponerse de pie se divisó una figura extremadamente delgada,
con piernas largas y pies deformes, con brazos largos y finos que tocaban
el suelo y terminaban en una mano increíblemente enorme, con dedos
del tamaño de una regla de 30 centímetros y sin uñas. Su rostro no se
podía observar, tenía una cabellera oscura y larga que le tapaba todo. Su
piel era pálida, se le notaban las venas de lo delgada que era, vestía un
vestido corto de color blanco. Abrió las piernas sosteniéndose como si
recién aprendiera a caminar y dirigiéndose al joven le dijo:
-Ahora no estarás nunca más solo.- Y con su largo brazo envolvió el
hombro del joven.
Dante no podía hablar, se había quedado estupefacto, inmóvil, no po-
día reaccionar, sentía un frío que le erizaba la piel. Mirando hacia el frente
sin observar a la criatura que tenía al lado, caminó rápidamente hasta
la garita donde se quedó parado sin decir una palabra esperando a que
su transporte llegara. Cuando el colectivo al fin llegó subió los escalones
con miedo y miro al chofer con desesperación, esperando a que este vea a
la criatura y haga algo, pero el chofer lo trató con pura normalidad. Dante
volvió rápidamente la mirada con miedo y ya no había nadie a su lado.
Nervioso se sentó en el asiento de atrás y miraba con pánico para ambos
lados.

**45**
Al llegar a su casa su madre y padre lo esperaban contentos para pre-
guntarle qué tal le había ido, pero él entró apresurado a su cuarto, estaba
todo empapado del sudor que le generaba el miedo que sentía, se sacó
la ropa y se acostó cubriéndose con una manta delgada, pensando que
todo habría sido producto de su imaginación, el alcohol y que al amane-
cer todo habría acabado. Cerró los ojos e hizo fuerza para dormirse.
A los pocos minutos se despertó de golpe, transpirando, nuevamente
sentía que algo lo observaba, no estaba tranquilo, se sentía incómodo.
Prendió la televisión para dejar de pensar en lo sucedido y de pronto em-
pezó a escuchar aplausos, al principio no hizo caso pero al instante se
volvió a sentir pero esta vez más fuerte e incesante. Temblando del miedo
se fijó por la ventana y efectivamente allí estaba la criatura, parada en la
puerta, con los brazos extendidos por arriba de su cabeza aplaudiendo
las palmas desenfrenadamente, esta vez se podía divisar en su rostro una
pequeña sonrisa. Casi al borde del colapso se dirigió al dormitorio de sus
padres para comentarles lo que estaba pasando pero fue mayor su sor-
presa cuando al prender la luz vió a la joven acostada en el medio de sus
padres, abrazando a ambos y acariciándolos con sus largos dedos, decía:
-Shhhh no digas nada...-
Dante no tuvo más remedio que regresar a su cuarto y ponerse a rezar
hasta que amaneció.
Cuando sus padres lo fueron a despertar para que fuera al colegio, el
joven ya estaba despierto, todo empapado de sudor, con mal olor, los pe-
los en punta y unas ojeras enormes.
-¿Te encuentras bien?-Preguntaron.
Pero el muchacho no respondió. Solo se levantó y se fue.
Todos los días fueron iguales, la joven lo acompañaba a todos lados.
Al principio solo lo tomaba del brazo y lo visitaba por las noches, luego
empezó a seguirlo cada vez más y más. Cuando él le hacía frente y le gri-
taba que por favor lo deje en paz la criatura empezaba a insultarlo y a
golpearlo fuertemente con sus enormes manos. No se iba, Dante iba a la
iglesia, trataba de estar en lugares concurridos, se pasaba ayudando a su
madre pero esa presencia no dejaba de atormentarlo.
Cansado de esa situación dejó de salir y empezó a encerrarse en su
cuarto todo el día, no salía a comer, no iba al baño, no dormía, ya casi ni
**46**
respirar podía. Fue empeorando. La joven se le acercaba más y más, se
sentaba encima de él incitando a que la toque, él solo lloraba y lloraba del
miedo, la criatura se desnudaba pero su cuerpo era liso, completamente
delgado, blancuzco y expedía un olor desagradable como el de un gato
muerto. A menudo la criatura se le pasaba horas diciéndole lo inútil y feo
que era y que ella nunca lo dejaría solo, mientras le arrancaba uno por
uno los pelos de su cabeza.
Una noche en la que Dante se levantó para rezar por milésima vez im-
plorando una salvación, la criatura se empezó reírse burlonamente, se
corrió el pelo que cubría su cara, quedando al descubierto un rostro dimi-
nuto, con piel pálida y arrugada, sin nariz, ojos grandes y oscuros, ojos de
muerte y boca alargada y fina, sin labios y con voz gruesa le dijo:
-¿A quién rezas? ¡Maricón! ¡Yo soy tu dios! Y de un manotazo en la
cabeza lo derribó tirándolo en la cama y empezó a golpearlo sin parar.
Todos los días la tortura continuaba. Hasta que llegó un momento en el
que el desdichado ya estaba cansado, harto y sin importarle nada, una
noche como todas las demás no esperó a que se le apareciera la joven,
tomó una soga, la ató de un hierro que sobresalía del techo, se pasó el
otro extremo por su cuello y se ahorcó. Su oxígeno empezó a cortarse de a
poco, su palpitación se aceleró y su visión se volvió borrosa, lo último que
alcanzó a ver era a la criatura que estaba sentada en su cama aplaudiendo
burlonamente y riéndose a carcajadas pronunciaba a gritos.
-¡VISTE! Te dije que nunca más estarías solo.-
Eso fue todo, los ojos de Dante se cerraron y murió.
Nadie nunca supo de la existencia de esta criatura, ni de dónde vino, ni
su propósito, ni lo que realmente era, si se trataba de un espíritu maligno,
un extraterrestre, un ser dimensional o del mismo demonio. Los padres
del adolescente nunca supieron nada. En la ciudad creyeron que el mu-
chacho se había ahorcado debido a la depresión que producía la soledad.
Ahora les pregunto a ustedes ¿Cuántas personas como Dante no se
habrán quitado la vida para dejar de sufrir el tormento que le provoca-
ba la presencia de esa aparición? ¿Cuántas muertes habrán quedado
en el olvido como simples suicidios? Mientras vos y yo sabemos que esa
terrorífica criatura puede estar a tu derecha mirándote en este instante
y diciendo: “NUNCA MÁS ESTARÁS SOLO”

**47**
La sangre
de los corderos
Federico Miguel Nieto

**49**
Fue el demonólogo alias “The Saint” quien en Buenos Aires instruyó al
profesor en antropología Saldaño sobre la encarnación de una entidad
que entre los lugareños de la puna llaman Supay. Como llegó “The Saint”
a saberlo fue algo que Saldaño no quiso averiguar. No le gustaba meterse
en esas cosas. Era experto en invocaciones y fórmulas y sabía cómo se-
guirlas paso a paso, pero el motivo final de los encargos era algo que solo
su jefe podía saber.
Pero ahí estaba, en ese pueblo perdido del norte argentino, en medio
del silencio de la inmensidad. Alguien en la logia lo puso de la noche a la
mañana como supervisor de escuelas rurales del Ministerio de Educación
de la Nación.
Al llegar al pueblo se hospedó en el número 7 de la hostería El Antigal.
En la recepción lo recibió un joven enjuto e inexpresivo que le dio las
llaves de la habitación con un aire de timidez y recelo. Que decir, Salda-
ño no inspiraba confianza alguna. A sus 60 años, el cabello ralo, la nariz
aguileña, su piel verdosa, los ojos donde asomaban sendas cataratas, ins-
taba al respeto y la repugnancia en partes iguales. Los “Camel” siempre
prendidos habían manchado de nicotina sus dientes y sus descuidadas
uñas. Vestía como siempre, un raído traje marrón, camisa blanca y corba-
ta color café. El escenario era lo de menos: Paris, Londres, Viena, El Cairo.
El traje era parte de su piel y un pase reconocible para la entrada a los
mundos invisibles.
Al día siguiente de su llegada se presentó en la escuela primaria del
pueblo y una sensación de extrañeza se apoderó de todos allí. La nota y
los sellos oficiales que traía como carta de presentación no dejaban lugar
a dudas: llegaba como supervisor de escuelas rurales y según le explicó
lacónicamente al director, su visita no tenía fecha definida de término,
debiendo concluir unas investigaciones y “papers” sobre la educación en
contextos alejados de los centros urbanos.
**51**
Solicitó imperioso una oficina donde trabajar y un listado de todos los
alumnos. Le dieron un aula de paredes de cal resquebrajada frente al pa-
tio de la escuela. Un maletín gris cromo lo acompañaba en todo momen-
to, sellado al puño de su mano derecha. En todo el tiempo que estuvo allí,
nadie pudo ver que se guardaba dentro del misterioso maletín.
Los días pasaban y Saldaño mostraba comportamientos por lo menos
extravagantes que llamaban cada vez más la atención de los lugareños.
Algunos campesinos y pastores solían verlo de madrugada antes del
amanecer, caminando por los senderos de los cerros que bordean el pue-
blo. Solía sentarse a fumar al aire libre en horas donde el frío podía matar
de hipotermia hasta el paisano más duro.
De noche tomó la costumbre de emborracharse en el almacén de Doña
Fátima. Pedía la única bebida fuerte que podía encontrarse por esos lares,
ginebra “Llave”, y se departía en anotaciones frenéticas sobre un cuader-
no hasta bien entrada la noche. Doña Fátima lo miraba detrás de un mos-
trador con una mezcla de incredulidad y miedo. Los demás parroquianos
también.
En la escuela apenas si asomaba la cabeza por los pasillos. Se encerra-
ba en su aula oficina y no salía hasta que la última de las porteras del tur-
no tarde dejaba la escuela. Luego empezaba su recorrido solitario por las
aulas, yendo y viniendo, auscultando cada rincón con su nariz ganchuda.
Una mañana el alboroto fue tal cuando una de las porteras encontró
en el pizarrón de primer grado un extraño dibujo hecho a tiza. Un rostro
deforme con los ojos saltones y fuera de las órbitas, se sumergía en una
exuberante lengua que se bifurcaba en diferentes direcciones por debajo
de unos cuernos de carnero. La portera dio un grito. El director se acercó
y no pudo reprimir el espanto ante la figura. La voluptuosidad y lascivia
de los ojos parecían penetrar en todo aquel que contemplara la imagen
mucho tiempo. Se prohibió la entrada de los alumnos hasta que se hubo
borrado por completo, con baldazos de agua bendita. Nadie tenía dudas
de quien era el autor de semejante obra. Pero a su vez, había algo en Sal-
daño que impedía cualquier tipo de reproche hacia su persona. Su por-
te, su mirada reconcentrada, el aliento putrefacto que salía de su boca y
dientes amarillos; infectaban el aire, cargándolo de tensión y de una sen-
sación de angustia y pánico a todo aquél que osara acercarse a él. Todas
las esperanzas estaban puestas en que de un momento a otro terminaría
su trabajo y se iría del pueblo para siempre.
**52**
Pero las semanas pasaban y Saldaño seguía con sus hábitos extraños
y erráticos alimentando el aura de oscuridad a su alrededor. El único
contacto real que tenía era una vieja pastora ciega que en un cruce de
caminos pasaba horas y horas cuidando sus ovejas y llamas, atenta al so-
nido y al olor de los animales. Una disimulada cordialidad atraía la voz
de la vieja. Cuando escuchaba de su boca cuentos de sacrificios incas o
de antiguos chamanes que practicaban la adivinación con las vísceras de
animales muertos, las pobladas cejas de Saldaño se abrían y sus pupilas
se dilataban de una forma que parecía estar mirando un punto perdido
en la nada.
Fue la ciega quien le contó que meses atrás, habían sido sacrificados
seis corderos sin motivo alguno, en un paraje cercano, a los que les ha-
bían extraído los órganos después de succionar cada gota de sangre tibia,
y que los lugareños estaban muy preocupados. Algunos pensaban que se
trataba de un puma cebado. Pero los cortes precisos y la prolija disección
de las carnes, alejaba toda posibilidad de que se tratara de un puma y de
su ritmo frenético al matar.
Saldaño escuchaba cada palabra de la vieja muy atento. Era la señal
que estaba buscando. La entidad andaba cerca, no había duda. Faltaba
conocer su encarnación. Podía palparlo en cada exhalación, en el recuer-
do de su propia posesión y más aún, dentro de la propia escuela.
Esa cercanía fue lo que escuchó el joven encargado de la hostería una
noche en que Saldaño regresó muy borracho del almacén de Doña Fá-
tima. Se encerró en su habitación y al cabo de unos minutos el silencio
de la noche se quebró con un sonido extraño y repetido: “YOG SOTHOT
BAPHOMET METATRON” “YOG SOTHOT BAPHOMET METATRON” “YOG SO-
THOT BAPHOMET METATRON”. La fórmula, con variaciones, era recitada
como mantra por Saldaño de un libro de H. P. Lovecraft. Había leído la
invocación varias veces, pero sin resultado alguno. La medianoche había
quedado atrás. El joven bajó el volumen de la radio. La voz cavernosa del
viejo surgió en un murmullo que se hizo cada vez más profundo saliendo
de la habitación 7. El patio de la hostería reflejaba la luz de la luna rodea-
do de habitaciones vacías. El muchacho salió de la recepción y sin encen-
der los faroles caminó a tientas buscando descifrar ese balbuceo incom-
prensible. El corazón era un martillo que golpeaba su pecho con fuerza.
A cada paso sentía crisparse la punta de los cabellos y una sensación de
hormigueo se apoderaba de sus extremidades. De la habitación 7 salía

**53**
el tenue reflejo de la lámpara de la mesa de luz. “YOG SOTHOT BAPHO-
MET METATRON…”, era lo que escuchaba una y otra vez. Un olor fétido
se precipitó por la rendija bajo la puerta inundando todo el ambiente.
La invocación seguía y el muchacho tembló dispuesto a correr preso del
espanto. “IN NOMINE DIE NOSTRI SATANÁS LUCIFERI EXCELSI”, conjuró
finalmente Saldaño. No distinguió el idioma pero las palabras satanás y
lucifer habían sido parte de su crianza católica desde niño. Sabía bien de
quien se trataba.
El sonido de un picaporte bajando lo dejó sin movimiento, aferrado a
la pared y a la esperanza de que todo no era más que un horrible sueño.
La puerta de calle se abrió. El viento de la puna se mezcló con el sabor
acre que salía de la habitación. Ahí lo vio todo. Comprendió que nada era
un sueño y que lo que comentaba su abuela ciega entre llantos era ver-
dad.
Su hermano de seis años, de guardapolvo blanco, avanzó por el pasillo
de la hostería en un estado de enajenación y trance, cargando vísceras de
cordero en carne viva de ambas manos. Su ofrenda. Él era de quien tanto
se hablaba por los alrededores. La respuesta a los sacrificios inexplica-
bles. Estaba poseso.
Pasó como alma en pena delante de sus ojos hasta perderse en la ha-
bitación de Saldaño. El muchacho salió corriendo sin destino alguno y
nunca nadie supo más de él.
Del niño solo quedó un guardapolvo blanco fundido en una delgada
capa de polvo gris azulado en el suelo del cuarto, tal como lo afirmara
Lovecraft en “El caso de Charles Dexter Ward”, al contar la invocación que
diera fin a la historia. La trasmigración se había producido. La entidad ya
no era parte del niño, pero había disuelto su carne para no dejar rastros.
Del viejo que decir. Nadie en el Ministerio de Educación recuerda a un
tal supervisor Saldaño.

**54**
Subterráneo
Marcelo Casas

**55**
I
Algo ocurrió en la esquina y Renzo le dedicó toda su atención. No supo
de dónde vino un extraño sonido, pero lo mantuvo tenso por varios se-
gundos. Pensó que era como un rugido, o un extraño sonido que vino de
la tierra. Quizá la grieta que había en la esquina, frente a ellos, se estaba
abriendo. Y las dos placas de pavimento resquebrajadas, de la avenida
Santibañez, se separaban cada vez más por el pesado tránsito de los co-
lectivos.
-¿Profe? – Le dijo Renzo a su tutor - ¿Si fuésemos en colectivo ni si-
quiera escucharíamos eso no?
-Te dije que no tenemos mucho dinero para volver en colectivo. Acor-
date que el viaje del colectivo subió de precio y mirá, ¿te das cuenta que
los colectivos andan cada vez más vacíos?
-Sí. Pero tampoco escucharíamos eso si fuésemos en taxi compartido.
-¿Escuchar qué?
-Hablo del sonido, o eso, que sale de calle después que pasan los co-
lectivos y los autos. ¿No lo escuchó?
-No. ¿Qué sonido?
Ambos estaban parados en la esquina de Santibáñez y General Paz,
frente a la estación central de la policía de Jujuy. Esperaban que cambiara
el semáforo para poder cruzar. Eran cerca de las siete de la tarde, a media-
dos del otoño. El ocaso era cada vez más profundo y una extraña niebla,
que volaba como garúa, se volvía más espesa.

**57**
-Ayer, la maestra nos enseñó que estamos sobre un terreno que puede
sufrir varios terremotos. O temblores. Esta esquina parece que hubiera
sufrido varios terremotos, está llena de grietas. Pero lo que yo le digo pa-
rece que viene de ahí. De la grieta más honda.
-Pero ¿qué es?
-Ahora cuando pasen los colectivos vamos a escuchar.
Algo que pareció fracturarse por debajo del pavimento emitió un té-
trico sonido. La grieta más honda pareció respirar y se devoró algunas
de las piedritas que estaban en su contorno. Ricardo permaneció atento.
Decidió tomar de la mano a Renzo para cruzar juntos la avenida. La niebla
se convirtió en una leve llovizna. Los focos de la avenida entraron en pau-
sa y se apagaron en secuencia para volver a encenderse. La oscuridad les
calló en los hombros. El profe notó que el semáforo volvió de nuevo en
rojo pues su potente luz de focos led cubría toda la bocacalle, las veredas
y los árboles. Ellos mismos estaban rojizos y solos. Volvían de la cancha
de básquet del Club San Martín.
- Vamos profe. Casi no hay autos y mejor, así vemos la grieta de cerca.
¿Tiene su celular, por qué no le saca una foto?
- Esperá Renzo, no vayamos por ahí. Tengo miedo que realmente se
abra y nos trague, como ocurrió no sé dónde que se abrió un poso y se
tragó un colectivo.
- Pero ahora no vienen los colectivos. Suena cuando pasan los colecti-
vos y ahora no viene nadie. Vamos.
Cuando llegaron a la mitad del paso de peatones el púber se acercó a
la grieta sin soltar la mano de Ricardo. Una súbita ráfaga de viento helado
los congeló. Destellaron sus ojos cuando el semáforo se puso en amari-
llo y cuando se puso en verde simplemente desaparecieron. La grieta se
abrió como una trampa fotográfica haciendo un sonido de quiebre tectó-
nico. Los dos cayeron llevándose su última reacción de asombro y susto
hacia un terrible agujero que pareció no tener final. Y la grieta se cerró
nuevamente. Una camioneta 4x4, blanca y brillante, apareció en la lloviz-
na y transitó sobre la grieta sin sentir siquiera la imperfección del terreno.
Tras de ella, el resto del tránsito se renovó. Alguna frenada, alguna bocina
distante y la sirena de una ambulancia que se aproximaba con urgencia.

**58**
II
Una gotera. Sobre la frente de Ricardo caían algunas gotas frías. Siem-
pre tuvo problemas para que sus ojos se adecuaran a la oscuridad. Las
gotas solo le ayudaron a despertar, no podía ver nada. Muy difusa, pudo
escuchar la sirena de una ambulancia que se alejaba. Se le ocurrió pensar
que era para él. También pensó que podría ser para Renzo. Entonces se
recuperó de inmediato y pegó un grito.
- ¡RENZO!
Tomó conciencia que todo su cuerpo estaba mojado. El piso era irregu-
lar, estaba lleno de agua con una profundidad variable. En algunas partes
no había mucho líquido y pudo tocar el suelo rugoso pero endurecido. Su
cabeza habría estado sobre uno de sus brazos y no se había ahogado. El
piso era como una corteza de árbol empapada y completamente rígida.
Forzaba sus ojos para poder ver algo. Llamó de nuevo al muchachito con
otro grito. Sus gritos se perdían y un leve eco le devolvía un escalofrío in-
voluntario. Comenzó a pararse. Quería escurrir su ropa mojada. Recordó
de su incapacidad visual y cerró sus ojos para descansar de su esfuerzo
por ver más. Decidió frotarse las manos por su cuerpo también para ge-
nerar algo de calor. En la fricción, se relajó un poco y con algo de tiempo
comenzó a percibir levemente algunas formas grises y borrosas dentro
de un negro infinito. No podía dejar de pensar en su protegido. Lo llamó
de nuevo dos, tres veces más. Ya veía un poco más que antes. Muy por
encima, algo que estaba verdaderamente alto le recordó a la luna. Pero
con un poco más de intuición adivinó que era la tapa de una alcantarilla.
La veía muy arriba, era una luz de la que llovía. De un resumidero ovalado
caían algunas gotas y también hilos de agua, esporádicos, y rebotaban
sobre el líquido oscuro que estaba en todo el suelo. Sintió frío. Aspiraba
un olor húmedo, viejo. El agua del lugar tenía una densidad más pesada.
- ¿Profe?
Pudo escuchar a Renzo con la voz muy baja, casi susurrando.
- ¡Renzo! ¿Dónde estás?
- Aquí profe. No puedo moverme. Tengo algo en el brazo.
- ¿Pero dónde estás? ¡Movete, hacé algo de ruido! ¡Tirá algo!
- No puedo profe. Me siento muy cansado. (El jovencito hablaba como
víctima de un estado crítico).
**59**
- Hacé ruido con el agua. ¿Alcanzas el agua? ¿Podés tocar el agua, el
piso?
Renzo pudo sacar uno de sus pies del agua y volverlo a meter. Y eso fue
suficiente para que Ricardo se guiara.
- ¿Dónde estás? ¿qué mierda hay acá?
- Hay mucha gente profe. Parece que hay otra gente, también acá.
- ¿Qué es esto?
La dulce y tenue voz forzaba al profe a ver más en esa turbia profundi-
dad. Fue como una tibia brisa que despejó la negra niebla de sus ojos. Su
ceguera involuntaria se disolvía. Y mientras un gris pálido llegaba por sus
mejillas su cuerpo fue entumeciéndose. El miedo se introdujo entre sus
labios como una cucaracha que escarba un cadáver. No respiraba como
antes. Se quedó sin aire y no pudo gritar. Asustaría a Renzo.
Era el peor de los depósitos. El peor de sus sueños, ahora tan real. Se
confundió. Comenzó a negarlo en sus pensamientos. Los cuerpos se mes-
claban en el negro no tan lejano. Apilados como neumáticos en un basu-
rero viejo. Con la osamenta maltrecha por el tiempo, sus extremidades
se veían aplastadas, torcidas, estiradas hasta abrirse la piel. Cientos de
cuerpos. Tuvo un espasmo y vomitó. Se sintió morir con la tercera devo-
lución. Comenzó a sudar frío. Tiritó.
- Aquí estoy profe. (A Renzo se le perdía la voz. La oscuridad se lo de-
voraba. Ricardo pudo verlo.)
- Parate carajo. (Le dijo, mientras continuaban sus arcadas. Debían sa-
lir de ahí.)
- No puedo moverme. Tengo algo en el brazo.
- Ya voy Renzo. Ya te vi.
Dio unos cuantos pasos lo alcanzó. Estaba maltrecho, con la campera
abierta y la remera rota. Parecía agonizar y se agitaba de a ratos. Un asma
delirante se apropiaba de su cuerpito. La ropa pegada al cuerpo lo hacía
ver más débil.
- Tengo algo en el brazo. Me duele. (Apenas lo dijo, se durmió.)
Ricardo inspeccionó su cara y le tocó la frente para medir su tempe-
ratura. Pero el niño estaba frío, con la ropa mojada y oscura. Uno de sus
**60**
brazos estaba sobre algunos cuerpos a su costado izquierdo. El puño del
buzo se le había subido hasta el codo y la piel del brazo y su mano relucía
en la oscuridad como un satinado mágico. Su cara también comenzó a
verse más nítida y descansada. Y cuando continuó con su revisión hubo
algo que no comprendió. El cuerpo de Renzo estaba raro. Su límite ima-
ginario no coincidía con esta realidad. El hombre se sintió desvanecer.
Quizá la presión sanguínea le disminuyó. Y comenzó a llorar. Muy despa-
cio sus lágrimas le nublaron la vista. No quería ver aquello. Y se mareó.
Se atolondró con tanta tristeza. Lo shockeó el hecho de ver el cuerpo de
su amigo, su niño, sin un brazo. Como un trapo mordido por algún perro
despiadado, su brazo derecho había sido arrancado. Se enterneció con la
parte del hueso que resplandecía blanco entre sus lágrimas y sobresalía
de la carne. Y esa ternura lo despabiló. Recordó el primer abrazo de Ren-
zo cuando se conocieron. Reaccionó quitándose la campera y la rompió
como pudo, para hacer un vendaje. Tomó al niño, le quitó el buzo que le
quedaba, le sujetó el hombro y con la bronca entre los dientes envolvió el
muñón ensangrentado. Apenas permanecía de cuclillas. El nudo del ven-
daje parecía justo. Ricardo terminó de tragarse las lágrimas, lo abrazó y
lo alzó de un solo envión. Renzo no reaccionó. “Yo te abrazo por los dos”
se repetía sollozando mientras pisaba el límite entre su desesperación y
su razón. Malherido, se quejó, pero no despertó. El profe le habló y le aco-
modó el flequillo verde. Su efebo exhalaba la trampa del sueño perfecto.
Ambos descansaron un momento.

**61**
III
La pila de cuerpos más alta. No muy lejos, Ricardo pudo ver en el ne-
fasto paisaje, como todo parecía los valles de Jujuy en una noche de luna.
Montañas de muertos desde las que, de tanto en tanto, desbarrancaban
o colgaban cabezas de precipicios abruptos, enredadas en los pelos de
las otras cabezas. Brazos, piernas, vértebras desnudas y bocas abiertas.
Manos abiertas. Ojos hundidos. Músculos expuestos. Sangre seca.
Las montañas permitieron escurrir la sangre. La sangre formó peque-
ños arroyos que fluyeron hasta el lago turbio y se incrustó en el barro
formando costras. El grupo más abultado de muertos apareció hacia el
costado derecho. Parecía el Cerro Azul en donde el mejor sol de invierno
se posa rojizo por el viento norte jujeño. A Ricardo le devolvió cierta cali-
dez, el sol, en esos rayos de un atardecer imaginado. Y en los cuerpos vio
gente inmóvil, no muerta, tibios aún. Sonrientes, que esperaban la visita
del niño para darle un cómodo descanso. Asegurando que, entre tantos
brazos y manos y regazos, Renzo se sentiría protegido, Ricardo decidió
explorar aquel paisaje inhóspito y tomó el camino más corto que podía
advertir. Cuando llegó a los pies de ese monte, supo hallar un sendero
de piernas bien prolijo. Unos escalones de tobillos muy bien dispuestos,
cuyo punto final eran los cuerpos más recientes. Las pieles más suaves,
los muslos recién entumecidos. Cuando notó cierta comodidad, descargó
a Renzo y lo acomodó lo mejor posible. Giró todas las cabezas que pudo
para ocultar las terribles muecas. Y cubrió de abrazos al niño que dormía
más profundo. Tuvo un atisbo de desconsuelo y se contuvo. En su silencio
forzado, recuperó algo de su instinto de supervivencia. Sus ojos le devol-
vieron al paisaje una mirada más consciente y decidida a encontrar una
salida.
Descendió de tres zancadas. Algunos cadáveres se desmoronaron jun-
to a él. De a ratos un olor podrido lo mareaba. Insistió en encontrar alguna
forma de salir, entonces comprendió cierta disposición en las montañas
de cuerpos. También escuchó que el líquido que le cubría hasta los tobi-
llos se escurría casi en silencio, como un manantial suavecito. En unos
segundos identificó la dirección del desagüe. Antes de iniciar la búsqueda
giró hacia Renzo, su respiración era casi imperceptible. Una súplica se le
escapó en un susurro inconcluso “No te mueras…” Y comenzó a caminar.
Algunos metros después pudo definir dentro del terreno algo parecido
a la vía de un tren. Había tropezado con uno de los rieles que identificó

**62**
de inmediato cuando sumergió una mano para saber qué era tan duro y
estaba unido al fondo. Los cuerpos no se cruzaban más desde este pun-
to hacia algún lado. Siguió caminando. El líquido del lugar era cada vez
menos profundo y los rieles emergieron hacia un terreno alto y seco. Su
metal relucía como cintas de plomo lustrado. Subió hacia ese lugar un
poco más iluminado. Muy distante frente a él unos tres focos contenían
la boca de un pequeño túnel que al iniciar, doblaba hacia la izquierda. “La
salida”, murmuró uno de sus pensamientos. Prosiguió más de prisa casi en
línea recta, salteando las pocas curvas que tenía la vía. Miraba de a ratos
el paisaje y casi ya no había cuerpos. Leves siluetas desparramadas, de
fisonomía irreconocible, se dibujaban ya secas por la luz del túnel que era
cada vez más intensa. Se decidió a correr confiado porque el terreno se
mostraba plano. “No te mueras” se le escapó varias veces mientras corría
atolondrado por la desesperación. Unos metros, justo antes de entrar
por la boca del túnel, quedó petrificado. Su apariencia, manchada de ba-
rro y sangre, restos de moho y cieno, oscuro y deforme del asombro, era
como una estatua abatida por la guerra. Sus ojos vidriosos muy abiertos,
lagrimearon recuerdos cuando reconoció de inmediato a su maestro. Su
padre de crianza, sujetaba en su esquelética mano la última grulla origa-
mi que él, luego de cumplir los dieciséis, le regaló con su nombre escrito
en una de las alas, “Raulito”.
Con su profe brindaron algunas, varias veces la noche de su cumplea-
ños. El humo del comedor, en el hogar sustituto, desbordaba recuerdos
que hilaron una vez más, el encuentro de ambos, las primeras salidas, la
cancha de la plaza, el básquet y la escuela, las charlas con buenos ma-
tes y los helados de mango. Luego de aquella noche Raúl desapareció. La
búsqueda de la policía no sirvió de nada. El pedido de justicia se archivó
entre los casos no resueltos. Y mientras Ricardo comenzó a construir su
propia vida de adulto, siempre recordó aquel extraño sueño, que tuvo esa
última noche juntos, que lo humedecía de miedo cuando al final de la pe-
sadilla una extraña voz pronunciaba “Renacimiento”. Y el eco de esa voz
arañaba por dentro de todo su cuerpo.

**63**
IV
El esqueleto de Raúl. Parecía una momia andina. Las facciones de su
cara dibujaban una extraña sonrisa. Su cuerpo sentado, casi recostado
contra la boca del túnel enviaba un mensaje de espera eterna para aquel
que lo encontrase. El hombre no dejaba de admirar a su maestro. Olvidó
su propósito, en su mente se fijaba la idea del peor reencuentro. Este mo-
mento. Se agachó despacio y agarró la grulla. La camisa de su maestro se
veía almidonada. El saco y el pantalón del traje permanecían bien acomo-
dados. Sus medias combinaban con la corbata. Los zapatos brillaban por
debajo del moho adherido. La línea del peinado estaba intacta. Su porta-
folio estaba de pie a su costado. Siempre había admirado lo perfecto que
era su profe, por sobre todas las personas que conoció. Había incorpora-
do a su vida las pequeñas técnicas de cómo pulir sus errores para tratar
de ser casi tan perfecto como Raúl. En el último tramo de su vida, creyó
haberlo logrado. Pero en este momento su realidad le estaba pasando
factura de algo que no comprendía. En medio de su pausada contempla-
ción en los restos de Raúl, salió del túnel una ráfaga de murmullos que hi-
cieron pararse a Ricardo. Fueron muchas voces, de todo tipo, voces suel-
tas, gritos, risas, llantos en un torbellino que empujaron al joven sobre el
cuerpo de su maestro. Cuando comenzaban a disiparse, un reloj cadena
que Raúl siempre llevaba consigo se desprendió hasta caer entre sus pier-
nas. Todavía estaba tan lustrado que el más joven, pudo ver el reflejo de
su cara en la tapa del reloj. Y tomó el objeto y se lo acercó al rostro. El
reflejo que le devolvió el reloj le ayudó a comprender todo lo que había
pasado. Los brillantes ojos, la nariz diminuta, las mejillas rozagantes y esa
particular sonrisa, eran de Renzo. El muchacho, con una singular vitali-
dad, guardó el reloj en uno de sus bolsillos y en medio del silencio, tomó
el portafolio del maestro, recordó la cara complaciente de Ricardo y se
adentró en el túnel, caminando, como a la salida del colegio.

**64**

También podría gustarte