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UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

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o Nº º J. caxa o
1894 - º
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MAD RID : .

IMPRENTA DE D. T. JoRDAN.

1837.
---r -
-22

(GANNItalia ONts

Cea de un año hace ya que me contó Can


tillon la historia que voy á referir.
Cantillon es un hombre de cuarenta ó cua
renta y cinco años, moreno, alto, de buenas
facciones, que llevaba en la época de que ha
blo, 1.º de enero de 1851, un sombrero de
castor con un resto de galon; una levita de pa
ño color de palo de campeche con un resto de
vueltas encarnadas, —unas botas con un resto
de campana; al cabo de los once meses, que
han pasado, todos estos restos deben haber
desaparecido.
6 HORAS

Era como ya he dicho, el 1.º de enero de


1851; serian las diez de la mañana, y ya habia
yo arreglado en mi cabeza la serie de visitas
que es indispensable hacer uno por sí mismo
en semejante dia (1). Habia establecido ya por
calles una lista de aquellos pocos amigos á quie
nes siempre es bueno dar un abrazo y apretar
la mano, aun en el primer dia del año; de
aquellos hombres simpáticos, en una palabra,
á quienes solemos á veces no ver en seis me
ses, pero á quienes siempre se acerca uno con
los brazos abiertos, y en cuya casa nunca de
ja tarjetas.
Mi criado habia ido á buscarme un cabrio
lé y había escojido á Cantillon, que debió sin
duda esta preferencia á su resto de galon, á
su resto de librea y á su resto de campana;
José habia olido un ex colega. Su cabriolé ade
mas era de color de chocolate, en vez de estar
pintorreado de verde ó de amarillo como los
otros cabriolés de alquiler, y, cosa estraña, dos
-

(r) Es costumbre en Francia visitarse y hacerse rega


los unos á otros todos los amigos y conocidos el dia ro
de enero, llamado por escelencia el dia del año—(lejour
de l'an l.
(IV. del Trad. )
-
y
DE INVIERNO, 7

resortes plateados permitían bajar y subir su


cubierta de cuero hasta el segundo muelle. Ma
nifesté á José con una sonrisa de satisfaccion
que estaba satisfecho de su inteligencia , entré
en el birlocho, le dí suelta por todo el dia, y me
arrellané grandemente en un soberbio almoha
don. Puso Cantillon sobre mis rodillas su car
rik color de café con leche, produjo con la
lengua un sonido semejante al que forman las
letras reunidas brrrrrrr! y echó á trotar el
caballo sin ayuda del látigo que, durante todo
el tiempo, quedó pendiente de su gancho, mas
bien como un adorno indíspensable que como
un medio coercitivo. -

— Adonde se vá, nuestro amo?


—. A casa de Cárlos Nodier, al arsenal.
RespondióCantillon haciendo un movimiento
con la cabeza que queria decir; no solo sé donde
es, sino hasta conozco ese nombre (2). Por lo que
ámi toca como me hallaba á la sazon sumamente
ocupado en componer el Antony (3), y como

(2) Mr. Nodier es en efecto uno de los mas célebres


escritores que posee en el dia la Francia.
( M. del Trad.
(3) Este drama se representó en Madrid en el teatro
del Príncipe en la noche del 19 de junio de 1836 y fué ob
8 HORAS

el movimiento del cabriolé era muy suave, pú


se me á meditar sobre el fin del tercer acto
que no dejaba de darme bastante en que en
tender.

No conozco para el poeta instante mas feliz


que aquel en que vé llegar á buen fin su obra.
Hay que pasar antes de conseguirlo por tantos
dias de trabajo, por tantas horas de desaliento,
por tantos momentos de duda, que cuando vé,
en esta lucha del hombre y de la inteligencia,
á la idea que ha examinado por todas sus faces,
que ha atacado por todos sus puntos, ceder
bajo la perseverancia, como bajo la rodilla del
vencedor un vencido que implora perdon, tie
me entonces el poeta un momento de felicidad,
proporcionado en su débil organizacion, al que
debió sentir Dios, cuando dijo á la tierra: Sea,
y la tierra fué : — como Dios, puede decirse
en su orgullo; he Hecho algo de nada — he
sacado un mundo del caos.
Verdad es que el mundo del poeta no es
tá poblado mas que por media docena de
habitantes, que no ocupa mas espacio en

jeto asi de grandes aplausos como de una terrible oposi


cion.
( M. del Trad. )
DE INVIERNO. 9

el sistema planetario que los 34 pies cuadrados


de un teatro, y que suele nacer y morir en
la misma noche.
Pero esto no importa, mi comparacion es
buena. Prefiero la igualdad que eleva á la igual
dad que humilla.
Decíame yo estas cosas entre mí; veia, co
mo al trasluz de una gasa, á mi mundo ocu
pamdo su puesto entre los planetas literarios, y
oia yenir de una esfera vecina un rumor no
equívoco de aplausos, que probaban que los
que pasaban por delante de mi mundo le ha
llaban á su gusto, lo que me tenia en estremo
satisfecho.
Esto no me impedia sin embargo, en me
dio de mi dulce éxtasis de orgullo, opio de los
poetas, verá mi compañero descontento en sumo

grado de mi silencio, recurrir astutamente á


cuantos medios estaban á su alcance, para sa
carme de él. Habíale yo dicho al entrar en el
cabriolé que pasariamos cuatro ó cinco horas
juntos, y verdaderamente le atormentaba la idea
de que durante este tiempo guardaria yo un
silencio muy perjudical á su buen deseo de en
trar en conversacion. — Compadecido de su
pena, iba ya á dirigirle la palabra, cuando pa
10 HORAS

ró el caballo y me dijo mi conductor: -Aquí es.


Habíamos llegado á casa de Nodier.
Salí al cabo de media hora—“Taylor (1), ca
lle de Bondy,, —Le dije.
Aprovechó Cantillon aquel favorable mo
mento para decirme de pronto;—
—Ese señor Nodier, ¿no es uno que hace li
bros ?

—El mismo;—¿cómo diablos podeis saberlo?..


—Leí una novela suya, cuando estaba en
casa del señor Eujenio.—(Y esto diciendo exha
ló un suspiro). Una muchacha á quien la gui
llotinan su amante.—

—¿ Teresa Aubert?
—Ni mas ni menos...— Ah! Si yo conocie
ra á ese caballero, le habia de dar un famoso
asunto para una historia...—
— IIola!
—No hay hola que valga; y si yo maneja

(1) El célebre baron Taylor, antiquario, literato y ar


tista, que se halla actualmente en Sevilla reuniendo ma
teriales para la grande obra que tiene proyectada, sobre
los monumentos y antiguas grandezas de España. En la
esposicion de bellas artes del año 1834 vió el público de
Madrid un escelente retrato de este ilustre extranjero, de
bido al pincel del jóven pintor Don Federico de Madra
ZO, (V. del Traductor.)
DE INvIERNo. 11

se la pluma como manejo el látigo, á fé que


mo se lo daria á otro.—
—Vaya.—Pues dadme el asunto.
Miróme Cantillon con ojos maliciosos.
—A V.?—A V. no es lo mismo.
—¿Por qué?
—V. no hace libros.
—No, pero compongo piezas para el tea
tro, y acaso esa historia me servirá para un
drama. -

—¿Con qué V. hace trajedias?


—No, amigo mio.
¿Pues qué hace V. ?
—Dramas.
Acandiló en esto el labio inferior, hacien
do un mobin de desdén, con lo que claramen
te me dió á entender lo mucho que habia yo
perdido en su opinion.
—Dramas, ¡eh ¿ con qué es decir que
V. es romántico ? El otro dia llevé á la aca
demia á un académico que los pone á los po
brecillos que no hay por donde agarrarlos.—
¡Oh, aquel —Aquel hace trajedias; -por
mas señas que me recitó un pedazo de la úl
tima que ha compuesto, y... -

—Pero veamos la historia.


12 BORAS

—Es que... ¡es tan tristel Hay muertes.-


El tono de profunda conmocion con que
pronunció estas pocas palabras, aumentó mi
curiosidad.
—No importa: adelante.
—Pues, adelante: eso es muy fácil de de
cir: pero si luego, lloro, no podré seguir ade
lante...

Miréle asombrado.—Ha de saber V., me


dijo, que no siempre he sido conductor de ca
briolé, como puede V. conocerlo por mi librea,
(y me mostró con cierto orgullo los restos de
su antiguo estado de lacayo ). Diez años hace
que entré á servir al señor Eujenio... ¿ V. no
ha conocido al señor Eujenio ?
—Eujenio ¿de qué?
—Eso es lo que no podré decirle á V.,
porque nunca le oí llamar de otro modo, ni ja
más le conocí padre ni madre.—Era un jó
ven alto, asi como V., y de la misma edad.—
¿Qué edad tiene V. ?
—Veinte y siete años.
—Pues eso es; la misma edad tendria...—
Pero no era tan moreno, y luego V. tiene el
pelo ensortijado, y él le tenia rubio y laso... En
fin, era tan guapísimo!... solo que siempre es
DE INVIERNO. 13

taba tan triste", y eso que tenia sus diez mil


francos de renta como un ochavo;—pero ni
por esas..... Yo creí por mucho tiempo que su
fria del pecho.—Pues como iba diciendo, entré
á servirle, y nunca le oí una palabra mas alta
que otra.—Cantillon, mi sombrero... Canti
llon, engancha el caballo al cabriolé... Can
tillon, si viene Alfredo de Linar, dirás que no
estoy en casa.
Porque ha de saber V. que el tal Alfredo
de Linar le estomagaba.... vamos, sobre que
no le podia ver mi pintado.... como que era un
troneron ... Adelante.- Como vivia en la
misma posada que nosotros, nº habia medio
de sacudirnos la mosca de encima.... Pues sº
ñor, sucedió que un dia.... Ahora que mº
acuerdo, á qué número vamos?
— Número 64,
— Aqui es. Só!!
Taylor habia salido; no hice mas que subir
y bajar.
— Siga la historia. -

—vaya la historia..... Pero ante todo,


adonde vamos ahora?
— Calle de San Lázaro, número 58.
—A casa de Mule Mars.... esa si que es
14 HORAS

toda una actriz.... (1) pero no importa: —


adelante. — Pues como iba diciendo, sucedió
que íbamos una noche á un baile á la calle de
la Paz (2); —pongo el cabriolé y arrimo...—
Al dar las doce, sale mi amo de un humor de
todos los diablos; se habia encontrado con el
señor Alfredo, y parece que segun tengo enten
dido se hubieron de trabar de palabras; lo
cierto es que mi amo venia diciendo: — Es
un trasto á quien tendré que dar una lec
cion. — Habrá V. de saber que mi amo ma
nejaba le espada y la pistola que no habia
mas que pedir. Llegamos pues al puente de
Luis XV, y cátese V. que pasa por junto á
mosotros una muger que iba sollozando, pero
de un modo, que á pesar del ruido del cabrio
lé, la oiamos ni mas ni menos que si la tu
viéramos junto á las orejas. Mi amo me dice:
Pára — Hágolo asi, y en un abrir y cerrar
de ojos, ya estaba en el suelo.
» Era la noche tan oscura que no se veia
uno los dedos de la mano. La muger iba de

(1) Vease la nota de la página 195 del tomo primero.


(2) Una de las nas hermosas y aristocráticas de Pa
ris. ( V. del T y
DE INVIERNO. 45

lante, mi amo detras; párase de pronto aque


lla en mitad del puente, sube en el antepe
cho, y oigo : — Puun! — Mi amo no se para
cn pelillos zas se tira de cabeza en el rio,
y allá va eso.... Habrá V. de saber que.... eso
sí lo que es él, nadaba como un besugo.
»Yo me dige para mi coleto: si me quedo
en el cabriolé, no podré ayudarle mucho que
digamos; por otra parte, como no sé nadar,
si me tiro al agua, habrá que sacarnos á los
dos, y estamos aun peor que antes.— No im
porta; dígole al caballo, á este mismo por
mas señas, que tenia cuatro años menos sobre
el pellejo y dos celemines mas de cebada en
la barriga : — Quieto ahí, Cocó! No parece
sino que me oia; el animalito se estuvo quieto
COmO un 1muerto. -

» En una carrera me planto en la orilla del


rio; encuentro una lancha, y me meto en
ella.—Estaba amarrada con una cuerda; bus
co mi mavaja para cortarla, pero se me habia
olvidado.... Como ha de ser Entre estos di
mes y diretes el otro se zambullia como un
perro de aguas. -

» Tiro de la cuerda con tanto ahinco que


chás — si me descuido tanto asi, caigo patas
16 IIOR AS

arriba en el rio; afortunadamente me encon


tré tendido de espaldas en el fondo del bo
te. — No es esta buena ocasion para contar
las estrellas, digo para mí, y cáteme V.
de pie.
» Busco al punto los remos, pero quiso el
diablo que al dar mi voltereta, tirase uno al
agua. Remo con el otro, y empieza el barco á
dar vueltas como un peon.— Pues no dejo de
hacer mucho! digo para mi adentro, y me pa
rece que no me faltaba razon, ¿no es ver
dad, V?
» Aunque viviera cien años, me acordaré
toda mi vida de aquel momento. Qué horror!
Tal era la oscuridad, que el agua del rio pa
rccia tinta. Solo de vez en cuando arrojaba
su espuma alguna ola y luego se veia brillar
por un instante el vestido blanco de la pobre
muger, ó la cabeza de mi amo que salia del agua
para tomar aliento; solo en una ocasion apare
cieron los dos al mismo tiempo. Oí entonces al
señor Eugenio que decia: — Bien, ya la veo
Y en un santiamen llegó al punto en que on
deaba el vestido un momento antes.-En
tonces, ví de repente salir del agua sus pier
mas separadas; las reunió al punto con un
DE INVIERNO. 47

movimiento repentino y desapareció.... Esta


ba yo como á diez pasos de ellos, llevado por
la corriente, apretando el remo entre mis
manos y esclamando desesperado: — Dios mio!
Dios mio Oh! si supiese nadar -

» Un momento despues, volvió á aparecer


el Sr. Eugenio; entonces vi que la tenia asida
por el cabello, y que la infeliz estaba desmayada.
Oh! si hubiera V. visto entonces á mi pobre
amo Resonaba el aliento en su pecho como
el chasquido que forma una tabla al rajarse!
y le quedaba justo la fuerza suficiente para
sostenerse encima del agua, porque como ella
no meneaba piernas ni brazos, pesaba COInO
un plomo. Volvió mi amo la cabeza para
ver cual punto de la orilla estaba mas cerca,
y entonces me vió. — Cantillon, á mí! escla
mó. Estaba yo en el borde de la lancha, con
medio cuerpo fuera, alargándole el remo; —
pero ya mas de tres pies faltaban para que
pudiese llegar á él. — A mí repitió. — La
sangre se me helaba en las venas. — Canti
llon! — Una ola le pasó por encima de los
ojos. — Quedé con la boca abierta, clavada la
vista en el sitio donde habia desaparecido —
pero pronto le volví á ver, y ne pareció que
ToMo III. 2.
18 HORAS

acababan de quitarme una montaña del cora


zon. Alargué de nuevo el remo; — se habria
acercado á mí el canto de una uña. — Animo,
señorito, valor le grité. —El no podia res
ponderme.—Suéltela V., le dije, y sálvese
solo ! — No, no, respondió.... no.... El agua
le entró en la boca. — Ah! yo entretanto su
daba á mares, sufria lo que no es decible. —
Me parecia que todo jiraba enderredor de mí;
el agua, la orilla, los edificios lejanos, y sin
embargo solo tenia los ojos fijos en aquella
cabeza que se sumerjía poco á poco, en aque
llos ojos rebentones que salian á flor de agua,
que me miraban y parecia que se iban á des
garrar : — luego, no vi mas que sus cabe
llos: —los cabellos fueron hundiéndose tam
bien como todo el cuerpo, y solo un brazo sa
lia fuera del agua con sus dedos crispados.—
Hice un esfuerzo desesperado — alargué el re
mo.... en fin —le puse el remo en la ma
no. — Ah
Al llegar aquí se limpió Cantillon el sudor
de la frente. -- Luego prosiguió:
“ Bien dicen que cuando uno se está aho
gando se agarraria á un clavo ardiendo.—Asió
mi amo el remo con tanta fuerza, que sus uñas
DE INVIERNO. 19

se veian clavadas en la madera; apoyé el remo


por la mitad en el borde de la lancha, y con el
equilibrio volvió á sacar la cabeza el señor Eu
genio. Temblaba yo de modo que no sé como
no solté el diablo del remo aquel; echéme de
bruces sobre él, sujetándole con todo el peso
de mi cuerpo, y con la cabeza apoyada en el
borde del barco, y empezé á tirar poco á poco
hácia mí. Mi amo tenia la cabeza echada hácia
atrás como un hombre que ha perdido el senti
do, pero yo tiraba con toda mi fuerza, y algo
se iba acercando; en fin, alargué el brazo, le
cogí por la muñeca, bien lo que es entonces
ya estaba seguro de que no se me habia de
escapar. — Mi mano le apretaba como unas te
nazas... ocho dias despues tenia en el brazo
cinco cardenales.
“Mi amo no habia soltado su presa; á los
dos los metí en el barco, y ambos quedaron
tendidos en el fondo, tan rozagantes mi mas ni
menos uno como otro.—Llamé á mi amo repe
tidas veces. — A la otra puerta ... Quise darle
algunos golpes en la palma de la mano — pero
las tenia cerradas como si estuviera cascando
nueces. — Era cosa de morderse los codos de
rabia. -

-
e
20 HORAS

«Empuñé de nuevo el remo, y traté de


acercarme á la orilla, pero ca!— Cuando ten
go dos remos no soy un famoso marinero —
con uno, eche V. la cuenta; — la corriente se
llevabael barco como una pluma. — Cuando ví
que definitivamente me iba derechito al Ha
vre (1), dije para mís—Afuera vergüenza—qué
diablo Pidamos socorro, que de menos nos hizo
Dios ; y dicho y hecho, me pongo á gritar co
mo un descosido. —
“Hubieron sin duda de oirme los canallas
que están en la casuca donde se auxilia á los
ahogados, porque al instante botaron al agua su
barca de todos los diablos, y á los cinco minu
tos ya habian echado el gancho á la mia. Lo
mismo fue llegará su barraca, metíeron entre
sal á mi amo y á la pobre mujer, como si fue
ran un par de arenques escabechados.
los Me preguntaron si yo tambien estaba aho
igado, y respondí que no; pero que eso no le
hacia, que si querian darme un traguillo de
aguardiente, no me vendria mal. Las piernas
se me doblaban como dos hilos. ... s
». Mi amo fue el primero que volvió en sí.—
(1) Puerto de mar distante unas veinte leguas de Pa
ais (V. del T)
DE INVIERNO. 21

Echóse á mis brazos... yo sollozaba, reia, llo


raba. — Para que se vea lo que es el hombre!
— Mil francos para vosotros, amigos, dijo
mi amo á los que estaban socorriendo á la po
bre muchacha, y dándola mil mejunges, mil
francos para vosotros si vuelve en sí— y tú,
Cantillon, mi salvador, mi amigo, Vé á traerme
el cabriolé. -- º - -

“Aprieto á correr, llego á la plaza, y busco


el cabriolé donde le había dejado. — ¿v, le
vió? — Pues yo º tampoco —Al dia siguiente
uos le encontró la policía; parece ser que un
aficionado á andar en pies agenos se lo habia
llevado así á lo tonto, á lo tonto. º 4 -
«Vuelvo y digo — Adios mi cabriolé. -

Bien, me responde; tráete un facre (1)= Y


la jóvenº le pregunto.—Ya ha movido un pie,
me dijo.— Bravo traigo un fiacre, y me en
cuentro al llegar con que ya habia vuelto en
sí, —pero aun no hablaba.—La metemios en el
coche, subo á la trasera, y digo al cochero -
Calle de Bac (2), n.° 51, y arrea que es tarde
(1) a Llámanse así unos coches simones que se alquilan
á tanto por hora, y que estan apostados en rºgrºs "
como nuestros calesines.
- - - e oc eru
(2) Bac significa barca. ,
22 HORAS

— Diga V., nuestro amo, ya estamos en la


puerta de Mlle. Mars, n.° 58.
— ¿Y se acabó ya tu historia?
— Acabarse — buenas y gordas todavía
no estoy ni en la mitad, y ahora falta lo me
jor; — ya verá V., ya verá V.
... Habia en efecto cierto interés en lo que me
iba refiriendo.—No tenia yo por mi parte mas
que un deseo que manifestar á nuestra grande
actríz; y era el de hallarla tan sublime en 1831
como en 1830; al cabo de diez minutos ya es
taba de vuelta en el cabriolé.
—¿Y la historia? , , ,
—Ante todas cosas.—¿A dónde vamos?
—Sigue todo derecho.—La historia.
- —Vaya con Dios.—Quedábamos ¿en qué?
Ah! Si—Voy y digo —Cochero, calle de Bac
y listo»— Al pasar per el puente, de nuevo
se desmayó la pobrecilla; mi amo me envió á
buscar un médico, y cuando volví, me encon
tré á la señorita María....—¿ Le habia dicho,
á V, que se llamaba María ? , , , , , ,

— Vea V. —Pues como digo, me encon


tré á la señorita María tendida en una cama; º
una buena anciana la asistía.—No
r
puede V. ima
DE INVlERN0. 23

ginarse cuan hermosa estaba la pobre niña,


con su rostro pálido, sus ojos cerrados, cruza
das las manos sobre el pecho...—Se parecia
á la santa Vírgen, cuyo nombre tenia, con
tanto mas motivo, cuanto estaba embarazada.
—¡Ah! esclamé.—Por eso sin duda se arro
jó la infeliz al rio!—
—Eso mismo respondió mi amo al médico
cuando le anunció esta novedad :—nosotros no
habiamos reparado en ello. El médico la hizo
respirar nn frasquillo... mala peste en él —
no se me olvidará á dos tirones.—Supóngase
V. que va el doctor y le pone sobre la cómo
da:—yo, bárbaro de mí, viendo que la habia
hecho volver en sí,—digo:—¿Pues esto no de
be oler mal?—Y que hago, voy, y asi como
quien no quiere la cosa, me escurro por allí
con disimulo al rededor de la cómoda, y cuan
do veo que nadie lo echa de ver, destapo el
frasco y me lo meto por las narices.— Allí
fue Troya! Parecia que acababa de respirar un
centenar de agujas.—Como vió mi amo que yo
lloraba lágrima viva, creyó que era de pena,
y me dijo:—Consuélate, amigo mio; el doc
tor responde de ella —El tal doctor sabrá mu
cho, digo yo entre mí, pero no hay cuidado,
24 Hoa As

que si llego á estar malo, no seré yo el pica


ro que le llame. - -

«Durante este tiempó habia del todo vuelto


en sí la señorita María, y no hacia mas que mirar
lo todo con asombro, diciendo:—¿Qué es esto?
¿dónde estoy? ¡ no conozco esta estancia —»
No es estraño, la respondí, como que nunca
ha estado V. en ella»—pero mi amo me dijo;—
Chito, Cantillon y luego como era él tan du
cho en esto de hablará las mujeres como es
debido, añadió, dirijiéndose á ella:—Tranqui
lícese v., señora; yo tendré para con V. todos
los cuidados y todo el respeto de un herma
no, y apenas lo permita el médico, la llevaré
áV, á su casa»—¿Con qué estoy enferma? di
jo; y luego como recapacitando y volviendo de
su letargo, esclamó de repente:—¡Oh! si, si —
ahora me acuerdo de todo ;—yo he querido!...
¡Qué horror —Y V., caballero, V. es quien
me ha salvado sin duda.— oh si supiera
V. que malha hecho ensalvarme— que por
venir me espera tan amargo —Yo escuchaba
con mis cinco sentidos, rascándome las nari
ces que me escocian, que ya ya y así es que
como no perdí ni una sola palabra, ahora se
lo cuento á V. todo lo mismito que pasó —
.
DE 1NVIERNO, 25.

Mi amo la consolaba como Dios le daba á en


tender, pero ella no hacia mas que responder
á todo:— Ah si V. supiera !»Debió sin duda
de cansarle oir siempre repetir el mismo estri
billo, porque al fin se acercó á su oido y la di
jo:—Todo lo sé.»—Cómo — Si; sé que amais,
que habeis sido vendida, abandonada....—Oh,
si! ¡ vendida respondió;—cobardemente aban
donada.—Pues bien la dijo mi amo; confié
me V. todas sus penas: —no me mueve á ha
cerla á V. esta súplica una vana curiosidad.
sino el deseo de serla útil.... me parece que
ya no debe V. mirarme como á un desconoci
do.— Oh no esclamó, porque un hombre
que espone su vida, como V. acaba de hacerlo,
debe ser generoso;—estoy segura de que V. no
ha abandonado jamás á una pobre mujer, no de
jándola mas alternativa que la de una pronta
muerte ó un eterno oprobio.—Si, si, yo se lo
diré á V. todo.—Bueno, dije yo para mí, es
tO no empieza mal.—Atencion. y

—Pero antes, añadió , permítame V. que


escriba á mi padre, á mi pobre padre, á quien
dejé una carta en que le decia á Dios, y que
cree sin duda que he cumplido mi resolucion.—
V. permitirá que venga aquí, ¿ no es verdad,-
26 HORAS

¡Oh quiera Dios que en su amargura no


haya cometido algun acto de desesperacion.—
Permítame V. que le escriba que venga al ins
tante; conozco que solo con él podré llorar, y
llorar me hará tanto bien !
—Escriba V., escriba V., la dijo mi amo,
presentándola pluma y tintero; — quién se ha
bia de atrever á dilatar ni un solo instante
esta reunion solemne de un padre y una hija
que se han creido separados para siempre?
Escriba V., yo se lo suplico; no se pierda un
momento. —Oh! como debe sufrir su pobre
padre de V
»Escribia entretanto unos gurrapatitos muy
cucos; — luego que acabó su carta, preguntó
las señas de la casa en que se hallaba,—Calle
de Bac, n.º 31, la dije.
— Cielos! esclamó, y paf cátese V. el
tintero boca abajo sobre las sábanas. — Al ca
bo de un instante, añadió con voz melancóli
ca: —Tal vez la Providencia me ha condu
cido aqui.-La Providencia, ó no, dige yo
para mí, buen puñado de sal de acedera se ne
cesita para quitar esa mancha.
»Mi amo estaba todo turulato.—Compren
doresa turbacion, le dijo la jóven, pero cuan
DE INVIERNO. 27

do V. lo sepa todo, entonces no estrañará el


efecto que han producido en mí las señas que
acabo de oir; — y le entregó la carta para su
padre.
— Cantillon, lleva esta carta á donde di
ce el sobre. — Toma un cabriolé para llegar
mas pronto. — Vuela !»
“Me meto en el primer cabriolé que en
cuentro. — Veinte reales, compadre, si me
llevas y me traes en un momento, le digo al
conductor. — Ya quisiera yo encontrarme mu
chas gangas de esta especie.
» Llegamos á una casa de pobre aparien
cia; llamo y sale al cabo de los años mil una
maldita portera refunfuñando. — El señor Du
mont? la digo. — Ah trae V. noticias de su
hija ? —Y buenas.... Donde es?— En el quin.
to piso, al fin del pasillo. — Subo los esca
lones de cuatro en cuatro; veo una puerta
entornada; — miro.... estaba en el cuarto un
antiguo militar que lloraba sin hablar palabra,
besaba una carta y cargaba un par de pisto
las. — Este debe ser el padre, digo yo al ver
le, ó mucho, me engaño.
— Abro en fin la puerta. —Vengo de par
te de la señorita María.... -
28 HORAS

“Vuélvese el militar de repente, queda


pálido como un cadáver y dice..... = Mi hija
— Pues! eso digo — V. es sin duda el se
ñor Dumont — antiguo capitan en tiempo del
otro? (1)— Hizo con la cabeza señal de que
sí. — Pues en ese caso, tome V. mi carta. —
La tomó.... no crea V. que es -exajeracion;
tenia los cabellos tiesos sobre la cabeza, y tan
ta agua le caia de la frente como de los bjos.
—Vive! dijo — vive, y tu amo la ha sal
vado. — Condúceme hácia ella al instante
mismo, y toma, toma... -

“Busca en un cajon de la cómoda; coje


cuatro ó cinco piezas de cinco francos que an
dahan por allí esparramadas, y me las pone en
la mano.- Tómolas yo porque no pareciera
que era hacerle un desaire; echo una ojeada
por el cuarto, y digo para mi coleto : — No
estás tú muy sobrado que digamos! —Hago
una pirueta, escurro la moneda detrás de un
-2 º r: r
(r) Con esta espresion suelen oria los franceses
designar á Napoleon. Esta frase tuvo orijen durante la
rigurosa reaccion política debida en 1815á la vuelta de
los Borbones. Era entonces un crimen de lesa legitimidad
el pronunciar tan solo el nombre del gran cautivo de
Sa" º Elena. (N. del 1.J
DE INVIERNO 29

busto del otro, y digo: —Tantas gracias, mi


capitan
—Estás pronto ?—Aguardando estoy ya.—
Pues vamos y dicho esto, empieza á bajar la
escalera como un rayo, que aun no estaba yo
en la mitad, y ya él habia llegado á la calle.
“En fin, entramos en el cabriolé. — Sin
indiscrecion, mi capitan, le dije, ¿qué queria
V. hacer con aquellas pistolas que estaba V.
cargando? Y me respondió frunciendo las ce
jas : -- La una era para un miserable á quien
Dios puede perdonar, pero á quien yo no per
donaré jamás.
—Bueno dije yo para mí; — ese es el pa
dre de la criatura.—Y la otra?
—La otra era para mí!
—Mas vale que la cosa haya pasado así,
sin lástimas....
—Aun no se ha acabado todo, me dijo, pes
ro cuéntame como tu amo—Dios le bendiga
ha salvado á mi pobre María.
“Entonces se lo conté todo... el pobre hom
bre sollozaba como un chiquillo. — Oh! escla
mó, dime el nombre de tu amo, á fin de que
yo le bendiga—de que le ponga en mi corazon
al lado de otro nombre.
30 HORAS

—El del otro—no es verdad?


—Oh! María, María Y no hay peligro,
es verdad?—El médico responde de ella?—
—No me hable V. del tal médico—porque
es el mayor zoquete!...
—Pues cómo! —Hay algun temor?—
—No, no; esto lo digo por mí; es solo re
lativo á mis narices....

«Llegamos en esto á casa de mi amo.


—Sosténme, amigo mio, me dijo el capitan;
se me doblan las rodillas.—Donde es?
—Allí—en el segundo piso.—No vé V.
aquella luz?
—Oh Sosténme, sosténme!!—
«Pobre hombre pálido estaba como un pa
pel; le cojí del brazo y mientras andábamos
juntos, oia yo latir su corazon como un reloj.—
Si fuese á hallarla muerta! dijo mirándome con
ojos desencajados.-
«En el mismo instante se abrió la puerta
del cuarto del señor Eugenio, y oimos una voz
de mujer que gritaba:—Padremio Padre mio
—Ella es ella es esclamó el capitan ; y
aquel anciano que temblaba un momento antes,
se desprendió de mí como un muchacho, en
tró en el cuarto sin decir á nadie buenos dias
DE INVIERNO. 31

ni buenas noches, y se precipitó hácia el lecho


de su hija, llorando y repitiendo:—María, Ma
ría—angel mio!!—
“Cuando entré en el cuarto, era cosa que
enternecia verlos en los brazos uuo de otro, el
padre frotando la carita de su hija con su cara
de leon y sus bigotes canos, la enferma lloran
do, el señor Eugenio llorando, yo llorando.—
En fin, un aguacero.-
—Es preciso dejarlos solos, nos dijo mi amo
á la enfermera y á mí.—Salimos en efecto los
tres, y apenas estuvimos fuera, me coje aparte
y me dice: — Ponte de acecho para cuando
vuelva del baile Alfredo de Linar, y dile que
entre; que tengo que hablarle.—Me planto de
centinela en la escalera y digo: — No hay cui
dado; no se me escapará.—
“Al cabo de un cuarto de hora, oigo pasos
en la escalera; era el señor Alfredo que subia
cantando. Llégome á él con mucha cortesia y
le digo: —Mi amo quisiera decirle áV. dos pa
labras.—

—Y no hubiera podido esperar tu amo has


ta mañana ? me dijo con tono gruñon.-
—Parece que no, pues....
—Bien, bien Y dónde está?- -
32 HORAS

—Aquí estoy, dijo el señor Eugenio, que


nos habia oido.—Hágame V. el favor, caballe
ro, de entrar en este cuarto, y le indicaba el
de la señorita María. —Yo estaba como quien
vé visiones.
“Abro la puerta y ví al capitan que se es
taba escondiendo en un gabinetillo; me hace
señal con la mano de que no los deje entrar
hasta que esté escondido, y digo en seguida:
—Pasen VV. adelante, caballeros— entra el ve
cino, mi amo se queda fuera conmigo y cierra
la puerta.—Oigo una dulce voz que dice tem

blando: — Alfredo — Oigo otra que responde


asombrada —María, tú aquí!...—El señor Al
fredo es el padre del chiquillo, digo callan
dito á mi amo—Sí—escuchemos.—
“Al principio no oiamos mas que la voz de la
señorita María que lloraba y suplicaba.—Al fin,
oimos la voz del vecino, que decia : — No, no,
María, eso es imposible.—Tú deliras.... yo no
soy dueño de tomar estado....dependo de mi
familia, y seguramente no lo permitiria.—Pero
soy rico y si á fuerza de oro... -

“Entonces si que se armó un zipizape de


mi flor! Alli fué ella !! — Por no tomarse el

trabajo de abrir la puerta del gabinete en que


DE INVIERNO. 33

estaba escondido, el capitan acababa de echar


la abajo de un puntapié.—La señorita María
lanzó un grito, y el capitan disparó un terno
que válgame Dios se venia la casa al suelo.—
Entremos! dijo mi amo.
» Y qué á tiempo
» El capitan Dumont tenia al señor Alfre
do debajo de su rodilla, y le retorcia el pescue
zo como á un pajarito. — Mi amo los se
paró.— -

» Levantóse el pobre caido, pálido, los ojos


desencajados, rechinándole los dientes; — ni
siquiera echó una ojeada sobre la señorita Ma
ría que estaba desmayada; pero se acercó á mi
amo que le esperaba con los brazos cruzados.—
Eugenio, le dijo, no sabia yo que su cuarto
de V. era una caverna de asesinos; —no vol
veré á poner los pies en él, sino trayendo una
pistola en cada mano. Está V. ? —Así espe
ro verle á V. En efecto, le dijo mi amo, por
que si viniese V. de otro nodo — le haria sa
lir al momento. -

—Capitan, dijo el señor Alfredo volviendo la


cara, no olvidará V. que tengo que pagarle
una deuda.

- Y va V. á pagármela ahora mismo, por


ToMo III.
34 IORAS

que no le he de dejar ya, vive Dios! ni un solo


instante.
— Corriente.

— Ya empieza á amanecer, continuó el se -


ñor Dumont;—puede V. ir á buscar sus armas.
—. Yo tengo espadas y pistolas, dijo mi
- a Ill O.

— Pues entonces se llevarán en un coche,


repuso el capitan.
— Dentro de una hora en el bosque de Bo
lonia! dijo el señor Alfredo. -

— Está dicho, respondieron al mismo tiem


po mi amo y el capitan. Vaya V. á buscar sus
padrinos. - -

» En seguida se fue el señor Alfredo.—


» Acercóse entonces el capitan al lecho de
su hija que todavía estaba desmayada; mi amo
queria volver á llamar al médico. — No, no, di
jo el anciano, mas vale que lo ignore todo. —
María hija de mi corazon — Si muero en el
desafío, V. me vengará, caballero, y espero
que no abandonará á la pobre huérfana, no es
verdad? —Os lo juro por mi honor, respondió
mi amo, echándose en los brazos del afligido
padre. —
— Cantillon, tráenos un coche.
De 1NvIERno. 35

— Voy de un vuelo; — iré con VV.? -º


— Sí.

» De nuevo abrazó el capitan á su hija, y


dirigiéndose á la enfermera que la asistia —
Socórrala V. ahora, la dijo, y si pregunta que
adonde he ido, dígala V. que pronto estaré de
vuelta.—Ahora, amigo mio, salgamos.
“Entraron los dos en el cuarto del señor
Eugenio, y cuando volví con el coche, yame
esperaban en la puerta de la calle; el capitan
llevaba un par de pistolas en los bolsillos, y mi
amo un par de floretes con punta afilada deba
jo de la capa. - - ;

— Cochero, al bosque de Bolonia (1).


— Amigo mio, dijo el capitan, si pierdo la
vida, entregará V. esta sortija á mi pobre Ma
ría; esta sortija fue de su madre, escelente
mujer que está ahora gozando del Señor allá
en la gloria, ó no habria, vive Dios! mas justi
cia en los cielos que en la tierra. — Además,
cuidará V. de que me entierren con mi cruz y
mi espada; no tengo mas amigo que V., mas
pariente que mi hija. —V. y mi hija seguirán

(2) Lugar consagrado para los desafios de buen tono.


(Nota del Trad.)
/
36 HORAS

mi atahud al cementerio, y nada mas tengo


que desear.
— A qué vienen esos pensamientos, capi
tan ? Harto tristes son por vida mia para un
antiguo soldado.
“El capitan sonrió tristemente. — Todo
me ha salido mal desde 1815, amigo mio, le
dijo, y una vez que V. me promete velar so
bre mi hija, mas le vale un protector jóven y
rico que un padre viejo y pobre.,, Calló di
chas estas palabras, y como no se atrevió mi
amo á hablarle mas por no aumentar su triste
za, ambos guardaron silencio hasta el lugar del
desafío.

“A pocos pasos detrás nos seguia un ca


briolé en que venia el señor Alfredo con sus
padrinos. - -

“Uno de estos se llegó á nosotros : —Cuá


les son las armas del capitan? dijo.
— La pistola, respondió este.
— Quédate en el coche guardando las es
padas, me dijo mi amo, y los cinco se interna
ron en el bosque.
“Aun no habian pasado diez minutos
cuando oí dos tiros; — ó el capitan ó su
enemigo habian muerto, porque pasaron
DE INVIERNO, 37
otros diez minutos de un silencio terrible.
,, Yo me habia metido en el fondo del coche
sin atreverme á mirar — cuando se abrió de
pronto la portezuela. — Cantillon, las espadas,
dijo mi amo. —
“Cuando alargó la mano para tomarlas, ví
que tenia en el dedo la sortija del capitan. —
-Y... y — el padre de la señorita María?
— Muerto !

— Y estas espadas?...
— Son para mí. — -

—En nombre del cielo, déjeme V. que le


siga!
— Ven si quieres.
,, Bajé del coche.... si V. viera —Tenia yo
el corazon tan chiquito como un grano de mos
taza, y temblaba de pies á cabeza. — Mi amo
entró en el bosque y yo le seguí..—
,, No habíamos andado diez pasos cuando vi
al señor Alfredo en pie, y riendo en medio de
sus padrinos. — Cuidado! me dijo mi amo, de
teniéndome por un brazo. — Di un respingo há
cia atras.... á poco mas pongo el pie sobre el
cadáver del capitan.
,, Mi amo echó sobre el pobre anciano, ten
dido sin vida en el suelo, una sola mirada, lle
58. honas
gose luego al grupo de los padrinos, dejó caer,
las espadas al suelo, y dijo: —Vean Vds., ca
balleros,
•. — Consique
sonnoiguales.
quieren VV. dilatar la cosa

hasta mañana? dijo uno de los padrinos.


— Imposible
— Eh no tengais cuidado, compañeros,
dijo el Sr. Alfredo; no estoy cansado. — Pero
beberé con gusto un vaso de agua.
— Cantillon, ve á traer un vaso de agua
para el señor Alfredo, me dijo mi amo.
..,, La misma gana tenia yo de obedecerle
que de que me ahorcáran. — Pero el señor Eu-,
genio me hizo ademan de que fuese al instante,
y no tuvé mas remedio que echar á correr há
cia la fonda que está á la entrada del bosque; ,
en un santiamen ya estaba de vuelta. — Presen-.
téle el vaso, diciendo acá para mis adentros:
— Veneno se te vuelva bribon — Tomó el
vaso: y observé que no temblaba su mano, pero
cuando me le volvió, vi que le habia apretado
tanto con los dientes que el canto estaba me-.
llado. - - * - .

,, Durante mi ausencia se habia preparado


mi amo para el desafío; solo se habia que dado
con el pantalon y la camisa, cuyas mangas te
DE INVIERNO. - 39 :

nia remangadas hasta el codo. — Nada tiene V.


que mandarme? le dije acercándome á él. —
Nada, me respondió; no tengo padre ni madre:
—Si muero, —(entonces escribió con lapiz
algunas líneas en una hoja de su cartera)—en
tregarás esto á la hija del capitan.
,, Echó otra mirada sobre el cadaver del
pobre anciano, y se adelantó hácia su adversa
rio, diciendo: — Adelante
—Pero V. no tiene padrino? observó el
señor Alfredo.
— Uno de los de V. me hará el favor de
serlo. - * )

— Ernesto, pasa al lado del señor.


,, Uno de los dos padrinos se puso junto á
mi amo; cojió el otro las espadas, colocó á los
dos adversarios á distancia de cuatro pasos, pú
soles á cada uno una espada en la mano, las
cruzó, y se apartó, diciendo —A ello, señores.
,,En el mismo instante dieron los dos un
paso hácia adelante, y ambas espadas quedaron
enganchadas una en otra hasta la empuña
dura.—
— Dé V. un poco atras, dijo mi amo.—
—No hay para que, respondió el señor
Alfredo.—
40 - HORAS

—Bien,
,, Dió el señor Eugenio un paso atrás y vol
vió á ponerse en guardia.
, , Pasé entonces diez minutos verdadera
mente terribles. — Giraban las espadas una al
rededor de otra como dos culebras que pelean;
solo el señor Alfredo tiraba estocadas: mi amo
seguia con los ojos todos los movimientos de su
espada, y paraba todos los golpes con tanta
limpieza y serenidad como si estuviese egerci
tándose en un asalto.—Y yo! yo estaba que tri
naba! — Si hubiera andado por allí el criado
del otro, me lo cómo.—
, , Continuaba entre tanto el combate: — El
señor Alfredo reía con una espresion de amar—
ga ironía: mi amo estaba cada vez mas sereno.
—Ah! dijo de pronto el señor Alfredo.
Su espada acababa de rozar el brazo de mi
amo, sacándole un poco de sangre,
—No ha sido nada, respondió este; pro
sigamos.—
,, Yo sudaba cada gota como el puño.
,, Acercáronse los padrinos, pero mi amo
les hizo señal con la mano de que se retiraran.
Aprovechóse su adversario de aquel movi
miento para tenderse; llegó tarde la espada de
DE INVIERNO. 41

mi amo para un quite de segunda, y la sangre


corrió de su muslo derecho. — Tuve que sen
tarme junto á un árbol; ya no podia tenerme
en pie.
,, Esto no obstante, el señor Eugenio con
servaba toda su serenidad, pero por sus lábios
entreabiertos se veía que tenia cerrados los
dientes como si mordiera algo. — Caía el sudor
de la frente de su adversario, y bien se conocia
que iba perdiendo fuerza.
,, Dió mi amo un paso hácia adelante, el
señor Alfredo dió otro hácia atrás.
— Yo creí que V. nunca retrocedia, le
dijo.
,, Fue á tenderse el señor Alfredo, pero
llegó al quite con tanta fuerza la espada de mi
amo, que la de su enemigo se separó á un lado,
como para un saludo: — quedó por un instante
descubierto su pecho, y la espada de mi amo se
hundió en él hasta la empuñadura.
»Estendió su adversario el brazo, soltó la
espada y solo quedó en pie, porque le sostenia
la espada, atravesándole.—Cuando la retiró
mi amo, cayó en el suelo de espaldas.-
—Me he portado como hombre de honor?
dijo á los padrinos.-Hicieron estos una señal
42 HORAS .

afirmativa, y se acercaron al herido.


“Entonces me dijo mi amo:
—Vuelve ahora á París y lleva un notario
á mi casa; que le encuentre sin falta al vol
ver.—
.—Si es para que haga testamento el señor
Alfredo , no merece la pena de tomarse ese
trabajo, pues ahí está revolcándose en el sue
lo como un anguila fuera del agua, y ádemas
echa sangre por la boca, lo que me da malísi
ma espina.—
- —¿ No es para eso? me dijo. -

—Pues para que era, dije yo entonces in


terrumpiendo á Cantillon.
—Para casarse con la muchacha, me res
pondió éste, y reconocer á su hijo.—
—¿Y lo hizo ?
—Como un hombre.—Luego me llamó apar-s
te un dia y medijo —Cantillon, ahora vamos á
viajar mi mujery yo. Yo bien quisiera que te
quedáras con nosotros, pero ya debes conocer
que tu presencia debe serle molesta... Toma
mil francos; te doy mi cabriolé y mi caballo
para que hagas de ellos lo que quieras.-Y si
alguna vez necesitas dinero, á nadie te diri
jas, mas que á mí.
DE INVIERN0, 45

“Entonces, como yo no tenia ni oficio ni


beneficio, y me hallaba con todo lo necesario
para el caso, me metí á conductor de cabrio
lé.... Y esta es toda la historia.
—¿A dónde vamos ahora, mi amo ?
—A mi casa; otro dia haré las demas visi
tas que me faltan.
Al instante me metí en mi cuarto y escri
bí la historia de Cantillon, tal cual él acaba
ba de referírmela.
ALEJANDRo DUMAS.

Ge
-923 se

LA NIETA

D.E.

PEDRO B. (GRANDESa
ekuácòcta, òe! tiempo òe Cabatua, LI.

“Cuando aquella mujer entraba de noche


“ en una estancia, la iluminaba. e
PATEMRIM.

A earnifee, laqueum juarta, compressa m


(TAcrro, Ann. lib. 5.)
I.

—E. aguas no reflejan bien las llamas!....


El pincel puede adivinar los movimientos del
alma, pero no los grandes espectáculos de la
naturaleza, el choque de los elementos... Cómo
podré pintar á Tchesmé y su golfo inflama
46 HORAS

do (1), yo que nunca he visto mas que las ga


leras que pasan por la noche con su fanal? Có
mo representaré la mar teñida en sangre de los
turcos, yo que nunca la he visto teñida en otra
sangre que en la del pescado herido por el har
pon de poco diestro pescador? — Ah! nada
pidais á vuestro pintor: — su pincel nada
puede hacer. — -

Dirijia estas palabras un mancebo de rubios


cabellos, que miraba con desden un gran lien
ZO que tenia delante, á un hombre ya de cierta

edad, si bien dotado de una hermosura poco


comun. Este gran señor (la riqueza de su tra
ge indicaba que lo era, ) estaba tendido en un
sofa ; su mano descansaba en la baranda, cu
bierta de terciopelo, de una ventana, desde
donde se descubria toda la rada de Liorna que
empezaba a cubrirse á la sazon de las sombras
de la noche. El pabellon en que se hallaban

(i) En este golfo derrotó la escuadra rusa á los tur


cos, bajo las órdenes del almirante Orloff. A esta célebre
batalla naval alude el pintor Hachert, que introduce el au
tor en esta novela, y que es el mismo á quien encargó
Catalina II que inmortalizase aquel suceso en cuatro
grandes cuadros, que se hallan actualmente en la sala
de audiencias de Petershoff. (N. del Trad.)
DE INVIERNo. 47

estos dos personages estaba espléndidamente


decorado, y en él se respiraba el aroma de los
mas delicados perfumes.
— Niño, respondió el anciano al pintor,
veo que no te abandonan tus ilusiones alema
nas. Analizas demasiado tu arte, Ilachert,
exiges demasiado de él.... Entrégate mas á tu
imaginacion.... pero con todo, no temas; yo
te fio que no te faltarán los grandes especta
culos de la naturaleza. Verás en nuestra Ru
sia inmensas llanuras de nieve.... y sí deseas
visitar la Siberia, no tienes mas que hacer el
retrato de la querida de alguno de los edeca
nes generales de nuestra idolatrada sobera
na (1), uno de aquellos retratos, ya tú me en
tiendes, que no se llevan al cuello. La empera
triz te proporcionaría entonces la ocasion de
hacer ese viage. La Siberia es nuestro purga
torio en el mundo. Alli el hielo hace las ve
ces del fuego. — Dios mio qué templada es
esta brisa ... cuán dulce es respirarla!
— En todas partes se puede cultivar el ar
te, que consuela de todo.

(1) Todos los amantes de Catalina II obtuvieron este


grado. - - (V. del autor.)
48 HoRAs
—Tambien en nuestra corte podrá eger
citarse dignamente tu pincel.... Verás en el
Norte rostros brillantes y rosados, muy supe
riores por Dios á la tez morena de las italianas.
Pero antes necesitamos cuatro grandes cua
dros de batallas.... Para ser bien recibido en
tre nosotros, es menester que tiñas en un
poco de sangre tu paleta.... porque tambien
nuestra historia está escrita con sangre, dijo
el ruso poniéndose en pie y acercándose á la
ventana como para ocultar la espresion de su
rOStrO.

El pintor Hachert no hablaba palabra, y


tendia sus miradas por la rada de Liorna, que
cubria una oscuridad completa. Solo se oia el
sordo rumor de las olas.
— Por San Nicolás, esclamó el conde Ale
jo Orloff, ( este era el nombre del ancia
no) que haria un efecto asombroso el in
cendio de un navío sobre esa mar triste y dor
mida !!

Acercóse en seguida al pintor que parecia


inmoble, y le dijo dándole un golpecito en el
hombro:

—Sabes tú cual es el inmenso poderío de la


que reina sobre el norte , de la mujer cuyo
DE INVIERNO. 49

retrato llevo al pecho guarnecido de dia


mantes, tan soberbios que alumbran de no
che? (1) — Dime, pintor, no necesitas un
gran desastre?... Quieres que brote un Vesu
vio entre esas tinieblas y se alce hasta el fir
mamento? — Lo quieres? habla.... para ella
nada es imposible.
—Seria en efecto una cosa admirable dijo
Hachert, que no podia apartar los ojos de la
Tlal".

—Lo quieres, no es verdad? para tí ese


es un deseo imposible de realizar; pero ella
quiere— y será!....
Diciendo estas últimas palabras, sacó del
pecho una pistola y disparó un tiro, á que
respondieron algunos otros desde la playa.—
Apagó en seguida la lámpara que iluminaba el
pabellon.—Hachert estaba mudo de asombro.
Un punto de fuego apareció en el estremo
de la rada, ínmóble: rojizo; luego aumentó su
elaridad y se estendió de repente.—Ya no ha
bia duda! Estaba ardiendo un navío de la es

(1) La emperatriz Catalina concedió á muy pocos du


rante su reinado el honor de llevar su retrato.
(N. del Autor. )
ToMo III.
50 horas
cuadra rusa. Pronto corrió la llama por los
costados del buque; viéronse entonces sus blan
cas velas, sus puentes, sus baterias.... todo lo
iluminaba perfectamente el incendio, ofrecien
do á la vista un espectáculo magnífico, por
que solo aquel punto estaba inflamado en la
bahía. El buque de guerra se mecía blanda
mente sobre las olas; sus baterías hicieron fue
go sin artilleros, y al fin fue lanzada al firma
mento la inmensa nave, con espantosa deto
nacion.

Hachert devoraba con los ojos aquel admi


rable espectáculo; pero si su alma era de ar
tista, su corazon era de hombre. Creyó el pintor
que habia sido aquello un accidente casual, y co
municó su afliccion á Orloff, que le respondió:
—Jóven artista, ese es un modelo que te
presento yo.— -

—Pero nadie habia en ese buque destinado


á las llamas?

- Algunas ratas y unos cuantos marineros


de la corona — (1).

(1) En 1771 hizo Alejo Orloff pegar fuego á un na


vío para que sirviese de modelo á Hachert. (Nota del
Autor.)
DE INVIERNO. 51

II.

Apenas empezaron á brillar las llamas en el


estremo de la rada, acudieron á la playa todos
los habitantes de Liorna, ansiosos de presen
ciar aquel imponente espectáculo. —Estendió
se la voz de que aquel desastre era efecto de
un capricho del almirante ruso, lo que contri
buyó no poco á avivar la curiosidad general.
Salieron del pabellon Hachert y Orloff
para mezclarse al gentío que se hallaba en la
orilla del mar; ambos querian observar los
efectos del incendio que ya llegaba á su térmi
no, y seguian sobre las olas los inflamados restos
de la nave.—Habia vuelto la mar á su pro
fundo negror, y el cielo reflejaba todos los ful
gores del incendio, ya apagado. Tanto intere
saba aquel espectáculo verdaderamente admi
rable á Orloff y á su compañero, que perma
necieron inmobles por largo tiempo en la playa,
sin hacer caso de la mucha gente que los ro
deaba.
Al cabo de un buen rato, dijo Hachert al
almirante:

—Un capricho soberano y los elementos


52 - HORAS

irritados se han rcunido para crear ese grande


espectáculo; y aquí sin embargo... á nuestro
lado, hay uno que le eclipsa.
—Cuál, cabeza visionaria, cuál? preguntó
el conde.—

Señaló Hachert con el dedo, una jóven, que


rebozada en su manto á causa de la fresca brisa
de la noche, dejaba descubierto un semblante
celestial.
Ambos dejaron de mirar la mar. — Qué
graciosos contornos decia el pintor; qué fac
ciones tan nobles y puras! Me parece que es
toy viendo una santa Madona; — pero en ese
rostro brilla una verdadera magestad.— Hay
algo que revela una reina en esa mujer.
—Dí mas bien una emperatriz, respondió
Orloff con aire pensativo. —Y luego añadió en
voz baja: — En esa mujer reconozco el noble
continente de Isabel, —esas facciones no pue
den menos de ser las de su hija, —las de una
descendiente de Pedro. Habré hallado en fin

á la que buscaba? Y tomando una resolucion


repentina, dijo en alta voz para aelarar sus dudas.
—No es estraño que Alejo Orloff haya sacri
ficado ese navío, — era un buque viejo de los
de Pedro el Grande.—
DE INVIERNO, 55

—Sería el mas vil de los esclavos, dijo la


desconocida, si no hubiese respetado las tablas
trabajadas por el Czar.
—Ella es esclamó Orloff, é hizo que la
siguiera uno de sus criados.

III.

La princesa Tarakannoff habia salido de


Liorna para volver á Roma (1). Mucho tiempo
hacia que no recibia noticias del príncipe Rad
ziwil, y la causaba en verdad grave pesa
dumbre verse así olvidada por su noble protec
tor. Solo su nodriza la habia acompañado á la

(1) Isabel, segunda hija de Pedro el Grande, ha


biendo subido al trono antes que su hermana m yor, no
quiso casarse con un soberano, por dejar la corona al
hijo de su hermana, y dió su mano en secreto al montero
mayor de su córte Razumonsky, de quien tuvo una hija,
que se crió bajo el nombre de Tarakannoff. Siendo niña, la
sacó de Rusia el príncipe Radziwill, uno de los principales
señores de la Lituania.—Su vida debia naturalmente in
quietará Catalina II que, á consecuencia del asesinato de
su marido Pedro III, cometido por los Orloff, ocupaba
el trono de Pedro el Grande—Sabido es que habia naci
do súbdita del rey de Rusia. (Wota del Autor.)
54 HORAS a -

capital del mundo cristiano, donde apenas te


nian aquellas dos mujeres con que atender á sus
mas urgentes necesidades. — Ambas vivian en
la mayor soledad, y como no hay en Roma
ninguna iglesia del rito griego, cumplian en su
propia casa los deberes de su religion.
Mucho afligía á Elena Tarakannoff ver á su
compañera precisada á trabajar para vivir, y
tanto que ya las penas habian alterado nota
blemente las facciones de su bello semblante;
mas pronto observó que no eran ni con mu
cho tan grandes como antes sus escaseces, y
como al mismo tiempo no recibia carta del
príncipe Radziwill, único conducto por donde
podian venirle socorros que aliviasen su apu
rada situacion, manifestó su asombro á la no
driza, quien la confesó que un hombre desco
nocido era el que la suministraba todos los
recursos de que ambas habian menester. Quiso
la primera al punto saber el nombre de aquel
desconocido y mandó que le fuese presentado
la primera vez que volviese á su casa. En
efecto, presentósele al cabo de algunos dias
un anciano, el cual, precipitándose á los pies
de Elena, la dijo que era un verdadero ruso
adicto á la noble sangre de Isabel y que mira
DE INVIERNO. 55

ba con horror la usurpacion de una infame


adúltera. Dióle Elena el mas cordial parabien
por sus honrados sentimientos, y le permitió
que fuese á verla algunas veces, por lo que
usando él de esta libertad, continuamente es
taba á su lado, dándola las mas lisongeras es
peranzas. Un dia en fin, la pidió permiso para
presentarla un hombre que podia hacerla re
cuperar su trono. —Traedme vuestro amigo,
le dijo sonriendo;—veamos á ese poderoso en.
cantador.

Era este el almirante Alejo Orloff. Sabido


es que los hermanos Orloff estaban todos dota
dos de una belleza singular, á la que añadia
el conde Alejo un talento nada vulgar y una
imaginacion muy viva. Supo el almirante cau
tivar á la jóven Tarakannoff, y ya estaba esta
de todo punto prendada, cuando se descubrió
á ella y la esplicó el audaz proyecto que ha
bia concebido para derribar á Catalina, cuyo
trono conmovia hasta sus cimientos el furor de
los partidos.
56 HORAS

IV.

—Hachert, estoy bien puesta asi?... ¿Se


parece este trage al que llevaba mi madre
cuando, despojándose de la púrpura imperial,
fue á recibir en una humilde capilla la mano
de mi padre? Hachert, vos cuyo pincel es
tan delicado, tan gracioso, no olvideis por
vuestra vida indicar bien en mis facciones el
carácter que revela mi origen.... este aire de
Pedro el Grande, como decia ayer Alejo.
Hachert la miraba con ternura y admira
cion, y como entrara Orloff al mismo tiempo:
— Conde, le dijo la hermosa Elena, hin
cad una rodilla en tierra. — Vuestra soberana
os permite que lleveis al pecho su retrato.
— Has hecho una obra maestra, Hachert!
dijo el conde, mirando con asombro la pin
tura.

— Mas hubiera querido, dijo el artista,


pintarla en la adversidad. Bien diria en ese
rostro una espresion de dolor.
— De veras?... dijo Orloff, dando á su ros
tro una espresion estraña. — Y luego añadió
con refinada cortesía: — Si vuelve á servirte
DE INVIERNO. 57

de modelo, puede que algun dia la retrates


mejor, -

V.

Elena habia vuelto á Liorna, donde debia


unir su suerte á la del almirante. La última vez
que habia visitado esta ciudad, mil razones la
habian obligado á vivir en ella retraida de
todo trato; ahora, reconocida publicamente
por el cónsul inglés, veíase rodeada de aten
ciones y respetos, como que iba á ser la espo
sa de Orloff, la soberana de la Rusia. Muy
desazonada la tenia sin embargo el no recibir
noticias del príncipe Radziwill, á pesar de que
le habia escrito, dándole parte de su próximo.
enlace con Alejo, y encargándole el mas pro
fundo secreto; pero gozaba enmedio de su in
quietud, la pura alegría de saber que pronto
iba á ser del hombre á quien amaba, y como
habia al mismo tiempo en su alma un noble
orgullo hereditario, tenia Elena á gran ven
tura la esperanza de poder bien pronto recom
pensar al que era juntamente su salvador y su
esposo. -

Hachert que la habia acompañado áLiorna,


58 HORAS

veia con pesadumbre esta boda. Habíase unido


de buena fe al partido de Orloff, y creía que
esta revolucion le esponia á los mayores peli
gros; además, sin que él mismo pudiese darse
cuenta del verdadero estado de su corazon, le
inspiraba la hermosa Elena un sentimiento que
no le permitia pensar con indiferencia en ver
la algun dia en brazos de otro.
Como todos los ingleses que rodeaban á.
Elena y Orloff participaban al parecer de su
alegria, Hachert se separaba de ellos por ins
tinto, y buscaba la conversaeion de un jóven
inglés, llamado Jorje Greig, sobrino del al
mirante de este nombre, y qué, como su tio,
habia servido en la escuadra rusa durante la
guerra. Jorje Grey no participaba ni con mu
cho, del contento general; veiásele continua
mente pensativo, y se conocia que todo lo ob
servaba con desconfianza y cautela.
—Hachert, dijo una tarde al pintor, cojiénº
dole de la mano, he sabido distinguiros entre
ese rebaño de rusos que rodea á Orloff, y os
creo un sincero amigo de Elena.-Esta noche
debe efectuarse su casamiento:-¿no sentís en
vuestro pecho ningun sobresalto, ningun te
mor?....
DE INVIERNOe 59

—Y ¿cómo pudiera estar seremo, cuando


va á provocar el conde Alejo una sangrienta
revolucion en Rusia?
—No hablemos de la Rusia, sino de Lior
na.-¿Estais seguro-habladine con franque
za, Hachert,-estais seguro de que Alejo Or
leffno es un traidor ?
Hachert indignado, no pudo menos de es
clamar:-¿Y así osais, sir Jorje, hablar de vues
tro almirante?

— Mi almirante dijo Greig con profundo


desdén; — me acuerdo de que se desmayó en
mis brazos cuando estalló el primer brulote en
el golfo de Tchesmé (1).

VI.

El navío almirante de la escuadra rusa ha


cía continuamente nuevos saludos, y se em
bozaba á cada instante en una blanca y espesa
humareda que pronto se desvanecia, dejando
despejados su gallarda arboladura y sus puen
tes cubiertos de marineros:—una Iancha en
toldada con toda riqueza y primor", la del al
(1) aVéases Beelhieres. Hist. de Rusia. end.
(M, del Autor.) -
60 HORAS

mirante Orloff, se deslizaba graciosamente en


tre las olas, saludada por las aclamaciones del
inmenso jentío que se apiñaba en la orilla. Ba
jo una airosa y rica tienda en forma de do
sel, Alejo Orloff, en todo el orgullo de su
pompa militar, ceñia con su brazo la estrecha.
cintura de la princesa Elena, cuyos ojos som-.
breados de largas pestañas, fijaban en él una
mirada llena de ternura y languidez. Los esfuer.
zos unidos de los remeros hacian volar la lije -.
ra barca, cuya banderola mecida por la brisa,
ondulaba encima de la cabeza de Elena, á quien,
sacaba á veces de su dulce éxtasis el admirable,
espectáculo que presentaba entonces la rada.
Estaba colocado en el otro estremo del bote,
Hachert enteramente embebecido, apesar suyo,
en las misteriosas palabras de Greig:—el no
ble jóven hubiera querido retardar la rápida
carrera de la barca. Temblaba de llegar á bor-,
do del navío almirante, al que se acercaban
por momentos, y que, enteramente empavesa
do, parecia dispuesto para una fiesta. Esta,
circunstancia le tranquilízó algun tanto.
Salió en esto de repente de la orilla, una
lancha, rápida como una flecha;—al cabo de
pocos minutos alcanzó al bote del almirante.
4.

DE INVERNO. 61

Greig venia en él: traia una carta en la mano


que presentó inmediatamente á la princesa Ele
ma. Tenia esta entonces reclinada su linda ca
beza sobre el hombro de su marido, y sus lar
gos cabellos trenzados á la rusa cubrian cási
enteramente su rostro; separólos ella á un la
do para leer la carta, que la causó al princi
pio evidentemente alguna sensacion; pero pron
to recobró su seremidad, y apartando suave
mente con la mano á Orloff que queria tomarla,
se la pasó en silencio á Hachert.—La carta
contenia estas palabras, que devoró con los ojos
el jóven pintor: “—Elena, Orloff es un traidor:
huye ó eres perdida.
Radziwill.»

El bote de Greig estaba junto á la lancha


del almirante; miró el jóven á la princesa con
muestras de vivo interés, y dijo con singular
frialdad, pasando lijeramente la mano izquierda
por la empuñadura de la espada:—¿Teneis algo
que mandarme, señora?
—Sí, respondió Elena haciendo con la ma
mo un movimiento lleno de gracia y de noble
za , que deis gracias á nuestros amigos por sus
nobles sentimientos en mi nombre y en el de
mi noble esposo.
62 HORA$

Volvió Greig la cabeza y fijó en Hachert


una mirada espresiva, como si consultára con
él por señas lo que debia hacer.
Hachert dejó caer la cabeza sobre el pe
cho.... Volvió al punto á la playa el oficialin
glés, y ni la mas leve ajitacion reveló en su ros
tro lo sentimientos que le ajitaban.
Comprendió entonces el pintor los peligrosá
que estaba espuesta la que amaba, porque en
tonces tambien se confesó á sí mismo su amor;
maldijo su suerte que no le hizo mas que un
pobre artista sin fuerza de voluntad; vió que
era incapaz de luchar contra el torrente de
los sucesos, que hubiera debido gritar : — A
mi, Greig, d mi prendamos al traidor, pren
dámosle bajo el fuego de sus baterias pero
sentia su impotencia con inútil desesperacion.
Acercábanse en tanto al magnífico navío.
Resonaban las músicas militares, y toda la tro
pa estaba tendida en el puente sobre las armas.
Subióá bordo la princesa y se dirigió á una espe
cie de tienda de campaña que cubria una par

te del buque; hizo una seña Orloff á dos mu


jeres que la acompañaban y bajó con ellos la
princesa alfondo del navío, sin duda para mu
dar de traje.—
DE INVIERNO, 65

Al cabo de algunos momentos de silencio,


dijo Orlofá los oficiales rusos que se sentáran,
y cojiendo un vaso que llenó de víno, esela
mó: — A la salud de nuestra legítima sobera
na, Catalina II! á la ruina de sus enemigos,
ya invoquen el nombre de Pedro III, de quie
mes puedo asegurar que pasó de este mundo á
otro, ya se digan de la raza bastarda de Isabel
—A los primeros, la muerte; á los segundos
un hondo calabozo por ahora y luego el destier
ro para siempre “Esto diciendo, las miradas
de Orloff respiraban sangre; su frente habia
tomado una espresion de ferocidad, más no tar
dó en succederá ella una espresion burloma, y
volviéndose hácia Haghert: — Toma, le dijo,
este retrato de una soberana de un dia, con
el que podrás aumentar la coleccion de los re
tratos de mis queridas». Quitóse entonces con
desden el retrato de Elena, que ella misma le
habia ceñido al cuello, y se le presentó á Ha
chert que estampó en él sus labios con delirio...
Oyóse al punto un violento murmullo entre
los oficiales rusos, pero Orlo le apaciguó,
diciendo: — Dejadle.... es un artista!
El pobre Hachert, durante toda la trave
sía pasaba la mayor parte de su tiempo tendi.
64 r, HORAS.

do en el puente, el oido atento al muas leve


rumor, y muchas veces creyó oir mezclarse
al murmullo de las olas algunos tristes jemidos.
- - "-, vII. - - -

- º X

s Seis años eran pasados desde este dia, y


Catalina II continuaba su glorioso reinado,
adulada por los filósofos franceses, y temida
de todos sus enemigos. — Ostentaba aquella
mujer en San Petersburgo una pompa y magni
ficencia infinitas en las frecuentes fiestas que
daba á su corte, cuyos placeres y diversiones
eran tanto mas brillantes, cuanto mas riguro
so era el invierno de que, hablamos.—Circu
laban por do quiera los trineos con admirable
velocidad: habíanse alzado sobre el Neva por
órden de Catalina, magníficos alcázares de
hielo; la nieve, modelada en forma de cañon,
habian vomitado llamas, y el patriarca de Fer
ney (1) escribia á la emperatriz Catalina II que
era tan grande como Luis XIV.
Llegaba en tanto á su fin el invierno de
aquel riguroso clima. —Ya el hielo habia em
pezado á aparecer algun tanto movedizo ; no

(1) Voltaire. - (y del Trad. )


DE INVIERNO, 65

se veia ya ningun trineo sobre la cristalina cor


riente del Neva; su superficia antes tan tersa,
empezaba á cubrirse de anchas grietas, y todo
presajiaba un terrible deslielo.—
Cerca de las orillas de este rio, no lejos de
San Petersburgo, se alza una fortaleza destina
da para cárcel de los prisioneros de estado.—
Adelantábase bastante en el rio una de las tor
res de esta fortaleza, que contenia á la sazon
una celda amueblada con bastante lujo en que
brillaban ademas algunos cuadros y un crucifijo.
—En aquella estancia se hallaba tendida, casí
moribunda en su lecho, una mujer jóven, pá
lida, hermosa, cuyos ojos parecian desgasta
dos por las lágrimas; apenas se alzaba á ellos
de vez en cuando las manos para enjugar su
llanto.—Aquella mujer era la Elena, nieta de
Pedro el Grande A sus pies lloraba el pintor
Hachert desesperado.— Sois vos, decia la prin
cesa mirándole con afectuoso interés, sois vos!!
Ah , dejádme, dejádme que vea el rostro de
un amigo!... No es verdad que fué aquello una
cobarde é indigna traicion?
Hachert, en vez de responderla, esclamó...
—Levantaos, señora, en nombre del cielo,
y permitid que tome sobre mí tan preciosa,
ToMo III 5
66 HoRAs

carga.—Oh! venid, venid, yo quiero salva


ros. El rio crece por momentos, una horri
ble inundacion se prepara...—esta torre no
puede resistir al embate de los hielos....
—¿Y qué? dijo Elena; tanto mejor No
pudiera haber hallado momento mas á propó
sito que este para morir, pues acabo de ver
el semblante de un amigo, y he sabido que no
me han abandonado todos en este mundo!
En vano Hachert desolado la pedia por lo
mas sagrado que habia para ella en la tierra
que le siguiese, porque la infeliz resistia con
singular tenacidad.—Al menos, esclamó, ved
el peligro que correis!!—Y esto diciendo, la
sacó por fuerza del lecho y la llevó á la ven
tana. -

¡Qué horrible espectáculo se ofreció enton


ces á su vista ! El Neva arrastraba enormes ca
vámbanos entre sus aguas; el ímpetu de las
olas los habia lanzado á la calzada que acaba
ba de salvar el pintor á riesgo de su vida y
que separaba la torre del resto de la fortale
za; toda comunicacion iba á quedar de un mo
mento á otro interceptada. Bramaba el rio con
espantoso fragor; los hielos se amontonaban
en torno de aquella prision aislada; la brillan
DE INVIERNO. 67
te blancura del hielo deslumbraba la vista.
Una triste sonrisa ajitó los labios de la prin
cesa —Hachert, le dijo, huid,—lo exijo, lo
mando.—La libertad para mi, solo está en la
muerte; si huyera, no haria mas que mudar
de esclavitud.—Habia en la voz de Elena una
decision tan profunda, tan enérjica, que el jó
ven artista la obedeció á pesar suyo, como
subyugado por una fuerza superior.—Para vos
aun puede ser dulce la vida, le dijo., para
miseria demásiado amarga —Huid...—Yvol
vió á su lecho de muerte, síempre ajitada por
el mismo pensamiento, repitiendo con voz tris
tísima lo que mil veces habia dicho —Ah
me ha engañado —Estos fueron los últimos
acentos que llegaron á los oidos de Hachert, á
quien su jeneroso ardimiento estuvo muy á
punto de costarle la vida (1).

VIII.

La gran Catalina yacía en su lecbo, aban


(1) En el mes de diciembre de 1777 entraron las

aguas del Neva en la prision de la princesa, Elena Tara


kannoff que murió alli ahogada. -

\
(y del Autor).
68, monas
donada ya de todos =sus cortesanos se apiña
ban, en deredor, del gran duque Pablo, á quien
la repentina muerte de su madre dejaba due
ño del trono de Rusia. Empieza al punto el
jóven príncipe á. disponer las exequias de su
madre, pero mandó al mismo tiempo que vuel
van á comenzar las de su padre, que habia si
do enterrado sin pompa alguna;—coincidencia
terrible, que hizo estremecerse á mas de un
cortesano.
. ..—Hachert, dijo el nuevo emperador, mi
ra ese túmulo de Pedro III, de mi padre; de
corale con ricos escudos de armas, con reli
giosos emblemas; traza si quieres en ese negro
atahud las facciones de todos aquellos á quie
nes ha sido fatal su nacimiento... Esta noche
empezarán las veladas junto á su cadáver.—
Hachert, añadió al retirarse, Alejo Orloff es
el mas antiguo de mis tenientes generales;-
él le velará el primero. -

Quedó solo Hachert, y despues de haber


decorado aquel triste catafalco, sacó de su pe
cho el retrato de Elena y le colgó del atahud;
luego se retiró al caer la noche para dejar el
puesto á Alejo Orloff. -

Media hora despues de haber entrado este


--- º.

ps Invieano. 69
en la fúnebre estancia, se oyó un grito terri
ble.—Acudieron todos.... el teniente general
Orloff estaba desmayado (1).
—A. KARR.

(1) Cuando el gran duque Pablo hizo traer de la


fortaleza en que estaba depositado el cadáver de su pa
dre, Alejo Orloff le veló la primera noche eomo el mas
autiguo de los tenientes generales del imperio.
(yida de Potemkin). (Y. del Autor)
)
-
»924-s

e -

(Él 2bao Duncaniue.

/ %oneca a4wana. /

A fines del siglo XIII, veianse aun en Lie


benthal (Siberia) las ruinas de un monasterio
consagrado á San Florencio, al que nadie, so
bre todo durante la noche, se acercaba sin so
bresalto y terror. El grande Alberto (1) en su

(1) Llamado tambien Alberto el Teuton, Alberto de


Colonia, Alberto de Ratisbona, Albertus Grotus, sábio
dominico, colocado entre los nigrománticos por los de
monógrafos y entre los bienaventurados por los domini
cos, obispo de Ratisbona etc. Nació en la Suevia en La
wigen, sobre el Danubio, en 12o5.—Seria preciso alar
gar mucho esta nota si hubieramos de dar una rescña de
DE NAVIERNO. 71

libro de decretis mulierum et naturae, da un


dibujo de estas ruinas y las designa bajo el
nombre de Iglesia del Caballo blanco. (Albi equi
ecclesia.) Alberto refiere su historia del modo
siguiente.
Vivia en Liebenthal en 1158 cierto abad
llamado Duncanius que rejía á los monjes
confiados á su autoridad con tanta prudencia
y discrecion, que pronto adquirió en todo el
pais circunvecino gran renombre de santidad.
Recurrian todos á él en las grandes tribulacio
nes de la vida, y no menos acudian los fieles
á su iglesia por él, que por las reliquias de
San Florencio que se conservaban en la sa
cristía guardadas con gran veneracion en
una urna de plata maciza. Tan considerable
llegó á ser con el tiempo la afluencia de los
peregrinos, que fue preciso elevar tiendas de

su vída y de sus obras; baste decír que fue uno de los


hombres mas célebres de su tiempo; que se ocupó mu
chisimo en la m jia blanca, y que de él se dijo que fue in
finito su saber, ac totum scibile sci vit.—Murió en Colo"
nia á los 87 años de edad: sus obras están impresas en 2 r
tomos en fólio.

(Nota del Traductor )


72 frORAS

campaña y chozas de madera en los alrededores


de la abadía para albergar á tantos devotos.
Una noche, acabados los últimos oficios,
cuando se disponia el abad á volverá su cel
da para gozar en ella el descanso que tan ne
cesario le era despues de los activos trabajos
apostólicos á que se habia entregado durante
todo el dia, vió en la nave solitaria á un pe
regrino que á pesar de los esfuerzos que ha
cian los hermanos legos para persuadirle de
que se retirára, se obstinaba en quedarse en
la iglesia, so pretesto de que tenia secretos
importantes de que solo el abad podia ser de
positario. Como parecia el tal peregrino algun
pobre vasallo sin proteccion ni amparo, qui
sieron los relijiosos echarle por fuerza; pero
se abrazó á una de las sutiles columnas de la
iglesia y no hubo fuerzas que bastasen á ar
rancarle de aquel sitio. Viendo esto, dijo el
abad Duncanius á los hermanos que dejasen
aquel desconocido que se le acercára. -

— Qué me quereis, hermano, le dijo, y


porqué, como los demas peregrinos, no ha
beis en todo el dia recurrido al arbitrio de la
confesion para acercaros á mí?
- Yo no soy hermano tuyo; - yo no me
DE INVIERNoa 73
confieso jamás; - yo no me dejo ver mas que
de noche. a s.
—Te compadezco sin maldecirte, y sin em
bargo, ¿qué cosa hay en el mundo mas digna,
de ser maldita que un pecador que persevera
en el pecado ? -

— Yo no sé lo que quieren decir esas pa


labras imbéciles: — bendecir y maldecir. -
Otra palabra conozco yo que vale mas que esas
dos, y es esta : poder. = Yo te la enseñaré si
quieres,
— Qué quereis decir? -

—Escucha! Será preciso para que me com


prendas, que me despoje de esta forma ri
dícula para mostrarme á tus ojos con la corona
en la cabeza, con alas en la espalda, con la
guadaña en la mano?... Pues mira!... --

Y en vez de un mendigo, vió Duncanius en


pie, enfrente de sí, á un espíritu infernal, Su
primer impulso fue ahuyentar, haciendo la se
ñal de la cruz, al enemigo del género humano;
pero el angel maldito le detuvo el brazo.
—Insensato le dijo, — ob no desperdi
cies por tu vida la dicha que se te presenta!
¿De qué te han servido hasta ahora tus
ridículos acatamientos á un Dios ingrato? Tus
74 HoaAs -

noches pasadas de rodillas sobre las heladas


losas de una celda, las privaciones de los ayu
nos, los tormentos de la maceracion, tu san
gre vertida por las aceradas puntas de la dis
ciplina, la cruel aspereza del cilicio. — Dime,
de qué te han valido ? Ni aun siquiera para
consumar el mas pequeño milagro Ni aun si
quiera para ahuyentarme á mí! Porque de un
año á esta parte, no me he separado un pun
to de tu celda, — siempre he estado alli, á tu
lado, turbando tus plegarias, aguijoneando
tus sentidos con tentaciones, privándote de
reposo durante la noche, privándote de repo
so durante el dia.... He aqui lo que te ha va
lido tu Dios! Y yo.... yo te ofrezco el don
sublime de trastornar á tu albedrío el órden
de la naturaleza A tu voz se alzarán los
muertos de entre el polvo de sus sepulcros; á
tu voz, bramará la tempestad. — Tendrás im
perios, ejércitos, poderío; tu caballo relin
chará caracoleando enmedio de un campo de
batalla; — entre las nobles castellanas y las
mas hermosas doncellas, todo será rivalida
des sin fin para agradarte, para obtener una
mirada tuya.... Y crees que te pido tu alma en
cambio de esto ? No; nada te pido; pero me
DE INVERNO. 75
4

pareces un hombre demasiado eminente para


continuar en esa miserable vida, y por eso solo
vengo á tí. — Luchando contigo, he sabido
apreciar lo que vales.....Toma este libro; usa
de los secretos que te revelará por él una
fuerza mágica, y arroja ese hábito para no vol
ver á verle jamás.
Desapareció el demonio y halló el abad
un libro rojo á sus pies.
Al príncipio no quiso tocarle; pero poco á
poco fue cobrando ánimo, le cojió en la mano,
le leyó, y al punto los caractéres empezaron á
brillar como lumbre, en las páginas malditas.
A medida que pronunciaba Duncanius las pa
labras mágicas, mil estrañas y fantásticas figu
ras revoloteaban entre la densa oscuridad del
templo, y le mostraban castillos, armaduras,
coronas, hermosas damas, combates y todas
las cosas en fin de que le habia hablado el falso
peregrino. — Y al mismo tiempo, multitud de
genios se prosternaba á los pies del fraile y le
decian:
—Manda, manda, porque somos tus es
clavos, porque obedeceremos á una señal de
tu mano, á un movimiento de tu cabeza, á la
mas leve indicacion de tus ojos.
76 - HORAS n

— Ello, en fin, dijo entre sí. Duncanius,


una vez que á nada me comprometo, y pues
no hago mas que usar de un poder sin aventu
rar en lo mas mínimo la salvacion de mi alma;
dispongamos á nuestro albedrío y sirvámonos
del libro mágico para la mayor gloria de Dios.
—Así será víctima el demonio de sus artificios,
y el tentado triunfará del tentador.
Y luego añadió con alta voz: ";

—Espíritus de los castillos y de los edificios,


en nombre de vuestro rey y de las temibles
palabras que voy á pronunciar, acabad de
construir el ala de la abadía, que por falta de
dinero está sin acabar hace dos años y medio
- Al oir esta órden, púsieronse en pié los
demonios lanzando gritos de alegría; oyóse un
sordo rumor, y el ala de la abadía apareció
acabada, brillante con sus airosas ojivas de már
mol, con sus esveltas columnas llenas de ele
gancia, y de vidrios pintados de mil colores.
Veíase en la fachada la imájen de un caballo
blanco, y en caracteres profundamente graba
dos en la piedra se leía este lema
DE INVIERNO. 77

terminó este monumento una patabra bel abab


a - 5 ... ...
Duncanius."
º

La nueva de tan gran milagro se estendió


en alas de la fama por todos los paises inmediatos,
y aun por la Europa entera. Duncanius, venera
do como un santo, sintió pronto que penetraba
lavanidad en su corazon; apenas podia reprimir
la espresion de su tristeza, cuando era por
casualidad menos numerosa la afluencia de los
fieles que acudian á visitarle y á pedirle su in
tercesion para con Dios, ó bien una palabra de
su boca para curarlos de los males que los afli
gian; y al mismo tiempo, si algun príncipe ó
alguna dama de ilustre cuna llegaban á la abadía
con una numerosa comitiva de pajes y de escu
deros, brillaba la alegría en sus ojos, y palpitaba
su corazon con orgullo.
Sin embargo, nunca se habia atrevido á re
currir de nuevo al poder del libro májico.—
Aconteció un dia que un gran señor vecino,
muy poderoso, fué con gran copia de jente á.
poner sitio á Liebenthal, y tuvo el abad, segun
la costumbre de aquellos tiempos, que montar.
á caballo, vestirse su armadura y pelear contra
78 EORAS

el enemigo al frente de sus vasallos de San


Florencio.
En la época á que se refieren los sucesos
que cuenta Alberto el Grande, los eclesiásti
cos iban á la guerra. Esta usanza duró hasta
el reinado de Luis XII.

A pesar de haber hecho prodijios de valor,


fueron rechazados los habitantes de Liebental
en una salida que intentaron. Huían cobarde
mente dispersos, cuando se apeó de su pala
fren el abad Duncanius, le atravesó con su es
pada, hizo otro tanto con los caballos de los
mas aterrados fujitivos, y gritó blandiendo su
hacha: — Muerte al primero que huya Al
ver aquella accion heróica, al oiráquella voz
tremenda, detuviéronse los fujitivos y empe
zaron de nuevo el combate... pero de nuevo
les fué contraria la fortuna.
Desesperado el abad se acuerda entonces
del libro májico; le saca de su seno; lee las
palabras que contiene, y herido el enemigo de
súbito terror, se dispersa y se entrega sin de
fensa al furor de los habitantes de Liebenthal,
atónitos en vista de aquel nuevo milagro de
Duncanius.—

Llevaron al abad en triunfo los vencedores


DE INVIERNO, 79

á su ciudad, bendiciéndole y repitiendo su nom


bre como el de un santo.
Pronto llegó á ser Duucanius mas podero
so, que todos los príncipes y señores de aque
lla comarca. Rodeóse elculpable abad de faus
to y de grandeza, se entregó al torrente de
sus pasiones, y no puso freno alguno á sus
deseos ni al poder de satisfacerlos que le da
ba el libro májico. -

Quince años despues de la visita hecha á


Duncanius por el misterioso peregrino, entregá
base el abad en su espléndido palacio á mil pro
yectos de ambicion, cuando gritó en sus oidos
una voz terrible:

—Ya te ha llegado tu hora Sígueme, por


que me perteneces !
—¿Qué dices ?—Yo pertenecerte! No, no
porque jamás firméni consentí en el pacto que
me propusiste.
— Asi es en efecto la verdad, pero mer
ced á ese libro y á los deseos que ha hecho na
cer en tí, te has revolcado en el fango de los
siete pecados capitales, has cometido crímenes,
has perdido tu alma para toda la etermidad.—
Insensato, que creias poder servirte del po
der del demonio, y no pertenecer al demonio
80 HORAS

algun dia ! ¡Insensato - Ven, ven porque


eres mío!
Y cojiéndole entre sus poderosos brazos,
se lo llevó consigo á los abismos. Cayó en el
mismo instante un rayo en la abadía, de la que
mo quedaron mas que ruinas, entre las cuales
danzaban por la noche con horrible algazara
los espíritus infernales, y á las cuales nadie po
dia acercarse sin terror.
Esto no obstante, muchos años despues ob
tuvieron algunos monjes de la órden de San
Benito aquel terreno de la antigua abadía de
San Florencio y construyeron en él una igle
sia de que aun quedaban reliquias en 1640.
ENRIQUE ZSHOKKE.
-25-s

los girtt 3nfantre


DE LARA.

«Quien es aquel caballero,


» que tan gran tracion hacia ?
» Rui Velazquez es de Lara
» que á sus sobrinos vendia.
—RoMANCERo GENERAL.—

En. Doña Lambra sentada junto á una


ventana que daba sobre el jardin, en actitud
meditabunda, y sumerjida al parecer en pro
fundas reflexiones. No se veia en su rostro se
ñal ninguna que indicase aquel sereno placer
que debe brillar en las facciones de una mujer,
mientras duran los regocijos á que han dado mo
tivo sus bodas: las de Doña Lambra con Rui
Velazquez, señor de Villaren, se habian ce
lebrado en Burgos algunos dias antes con toda
Entrega 2 s-ToM. III. 6
82 HORAS

la pompa y magnificencia posibles (1). Era


tal vez su marido para ella un objeto de odio
ó de temor? No; el amor y la conveniencia
habian contribuido de consumo á que se cfec
tuara aquel enlace. Su enojo actual tenia por

causa un insulto supuesto, y las ideas que la


ocupaban, tenian por único objeto el plan de
una venganza tan pública como cºuel.—
Gran número de húespedes llenaban el pa
lacio del señor de Villaren, y dispersados aho
ra en sus inmensos jardines, entreteníanse en
presenciar diferentes juegos de fuerza ó de habili
dad; pero la dama en cuyo obsequio se cele
braban aquellos brillantes festejos no tomaba la
menor parte en la alegría que inspiraban. Sus
ojos negros y penetrantes se dirijian frecuente
mente á un grupo de jóvenes caballeros, y sus
ardientes miradas revelaban la cólera en que
ardia. Los mancebos que así atraian la atencion

(1) Las bodas se hacen en Burgos,


las tamabcdas en Salas,
las bodas y tornabodas
duraron siete semanas;
las bodas fueron muy buenas
las tornabodas muy malas”.
. ... - RomIANCRRo GerritRAL.
DE INVIERNo. 83

de Doña Lambra eran siete hermanos, hijos


de D. Gonzalo Bustos, señor de Salas de Lara
y pariente de Rui Velazquez, que habian provo
cado la saña de aquella mujer por una circuns
tancia que, aunque fútil en si misma, produjo
los mas desastrosos resultados. Mientras la co
mitiva nupcial se dirijia á la iglesia, hubo una
lijera reyerta entre Alvar Sanchez, primo de
la nóvia, y Gonzalo Gonzalez, el menor de los
siete hermanos; y aunque los amigos de entram
bos la apaciguaron en breve con su interven
cion, Doña Lambra, mujer orgullosa y ven
gativa, se creyó insultada personalmente , y
solo se ocupó desde entonces en les medios de
tomar venganza. Tal era la causa que cubria á
la sazon su hermosa frente de una nube sombria.
No pudiendo ya refrenar por mas tiempo
su ira y su rencor llamó á su escudero, y le dió
órden de que fuera á insultar á los siete her
manos; el medio que le indicó para lograrlo
fué hacerlos la mayor injuria que podia reci
bir un caballero en aquella época, y se redu

cia á llenar de sangre una calabaza y echárse


la encima al que se queria ultrajar (1). El
(1) —Toma ahora tú un cohombro,
luínehelo de sangre viva,
84 IIORAS

escudero contando con la proteccion de su se


ñora, se apresuró á obedecer sus órdenes; acer
cóse á los infantes de Lara, y tomando todas
las precauciones posibles para no errar el golpe,
vació sobre Gonzalez la calabaza llena de sangre.
Llenos de sorpresa é indignacion los siete her
manos, volvierónse coléricos al insolente escude
ro, que temblando de miedo, corrió á refujiar
se al lado de su señora (1).

y arrójaselo á Gonzalo,
aquel que el azor tenia;
vente luego para mi,
que yo te mampararia.—
El hombre tomó un cohombro
y de sangre lo teñia,
dió con él á D. Gonzalo,
en sangre untado lo habia.
- - º (Id ).
(1) El hombre cuando los via
acojióse á Doña Lambra:
só su brial se metia,
los Infantes que lo vieron
á Doña Lambra decian;
—Cuñada, quitaos afuera,
no amparéis quien mal hacia.
—Mi vasallo es este hombre,
Doña Lambra respondia..... .
Id ).
DE INVIERNO, 85
—Vive Dios, Doña Lambra, esclamó Gon
zalez, que vos sois quien le mandó hacerme tal
afrenta, porque sino jamás hubiera osado in
sultarme ese villano. El mismo prueba que es
fundada mi conjetura, refujiándose al lado de
su señora; pero sea como se fuere, el misera
ble recibirá su castigo.
Precipitáronse los siete hermanos con espada
en mano hácia Doña Lambra, la cual esclamó
montada en cólera.

—Alto ahí, Señores pronto se arrepiente el


que obra con precipitacion. No toqueis á este
hombre — yo le protejo, y miraré cualquier
ofensa que le hagais como un insulto directo he
cho á mi persona, 2 ...
—Vanas son vuestras amenazas, señora, res
pondieron unánimemente los siete hermanos,-
ha de morir el infame....

Cubrióse este lo mejor que pudo con la fal


da del largo manto de su señora, pero no
respetaron aquel santuario los furiosos herma
nos. A pesar de los agudos gritos del culpable,
y de las amenazas de Doña Lambra , le sacó
Gonzalez arrastrándole por los cabellos, del
refugio que creia haber hallado, y el infeliz,
cubierto de heridas, espiró tiñendo en su san--
86, H ORAS - y -, -

gre las nupciales galas de la recien casada; —


funesto presajio, pero en que mo hicieron alto
antonces los siete hermanos; tan esclusivamente,
los ocupaba el deseo de la venganza —
La confusion á que dió orijen esta sangrien
ta escena, atrajo al sitio en que acababa de
pasar á gran uúmero de caballeros, y entre
otros á Rui Velazquez, esposo de Doña Lam
bra. - º * *,

—Señor! —esclamó ella, ved que afrenta


acaban de hacernos estos insolentes hermanos.
Si sois hombre, recibirán dentro de poco el
castigo que exije tamaño ultraje. -- "nº
Sonrieron con desden los infantes de Lara, ,
y limpiando sus espadas que humeaban toda-,
vía con la reciente sangre de su víctima, se re
tiraron sin hacer el menor caso de la indigna
cion de que eran objeto. Luego que se hubo
calmado la primera efervescencia de la ira, em
pezaron el señor de Villaren y su esposa á
discurrir con mas sangre fria en los medios de
vengarse de aquel insulto. Lo primero que le
ocurrió áRui Velazquez fué elejir seis de los
mas valientes entre sus deudos y amigos, y en
viar un cartel de desafio á los siete herma
nos. Este era seguramente el medio mas no
DE INVIERNO. 87

ble y honroso de tomar satisfaccion de su agra


vio; pero Doña Lambra se opuso á ello, por
que veia en aquel proyecto una perspectiva de
venganza demasiado incierta.
— Houmbres tan viles, esclamó con altivez,
no merecen ser tratados como nobles caballe
ros ; su insolencia los hace dignos del castigo
á que es acreedor el último de los criminales.
A la astucia y no á las armas debemos recur
rir en este trance fatal; ademas ¿ seria justo ar
riesgar unas vidas tan preciosas como la vues
tra y las de vuestros nobles deudos contra las
de esos infanes ? — No; es meneste que seam
castigados de un modo proporcionado á la
perversidad de su conducta -

Dejóse persuadir el señor de Villaren por


los argumentos de su esposa, ó por mejor de
cir, cedió á sus ruegos y se determinó á seguir
su parecer. Habia en los argumentos de Doña
Lambra tanta tenacidad, y era tal la ciega in
dignacion de Rui, Velazquez, que facilmente.
consintió en llevar á cabo proyectos indignos,
de un buen caballeno. La perfidia, esa esco
ria de los vicios sociales, fue el medio que
adeptó Velazquez para efectuar su proyecto; mass
coino nunca falta un nombre pomposo con que
88 HORAS

encubrir los vicios mas odiosos, la perfidia


en aquella ocasion se llamó profunda política.
El señor de Villaren, aparentando profunda
pena por los tristes sucesos acaecidos en la
época de sus bodas, envió un mensaje á Gon
zalo Bustos de Lara manifestándole su deseo
de que ambas partes sepultasen en el olvido
cuanto habia sucedido, y de que las dos no
bles familias continuasen viviendo bajo el pie
de una amistad cordial, como hasta entonces.
Persuadido el señor de Lara de la sinceridad
de este mensaje, recibió muy gustoso la pro
posicion de su pérfido amigo, é hízole decir que
por su parte sentia en el alma el arrebato de
sus hijos; y aun recomendó á los infantes que
enfrenasen mejor su cólera en lo sucesivo. Rui
Velazquez los convidó á todos á un banquete
espléndido, y hubo entre ambas partes una re
conciliacion síncera al parecer: Doña Lambra
abrazó al jóven Gonzalo Gonzalez, que era al
que mas aborrecía de los siete hermanos, y
desde entonces cesó en apariencia todo motivo
de rencor, entre ambas familias.
Dejó asi pasar algun tiempo Rui Velazquez
al cabo del cual fué á ver al padre de los infan
tes para hablarle de un asunto muy importante.
DE INvréaNo. 89

—D. Gonzalo, amigo mio, le dijo, no puedo


probaros mejor la sinceridad de mi aprecio y
la alta opinion que tengo formada de vuestro
mérito, que suplicándoos tengais á bien encar
garos de una comision que es para mí de la ma
yor importancia. Sabeis que el Rey moro de
Córdoba me debe una suma considerable (1),
y nadie está mas en estado de reclamarla efi
cazmente de aquel infiel que Gonzalo Bustos
de Lara. Sus talentos y sus virtudes son segu
ras garantías del buen éxito de esta empresa,
si consiente en encargarse de ella; espero pues
que asi lo hareis, con tanto mas motivo, cuan
to destino esta suma para servir de dote á mi
hermana Doña Urraca á quien quisiera, para

(1) Cuñado Gonzalo Gustios,


las bodas que he hecho hoy dia
costáronme grande haber,
nadie me favorecia.

Aquese Rey Almanzor


que en Córdoba residia
gran ayuda me mandó
para el gasto que hacía.-
(Id).
Bien se ve que en este paso se ha separado el autor
de lo que dice el romancero, pues aquel supone que el
90. HORAS

estrechar aun mas los vínculos de amistad que


nos unen, ver casada con vuestro hijo primojé
mito. -

Aceptó al punto Gonzalo Bustos la comi


sion que le dió su falso amigo; preparóse á
partir, y habiendo recibido de Rui Velazquez
una carta escrita en árabe para el Rey de Cór
doba, encaminóse hácia aquella córte algunos
dias despues con una comitiva poco numerosa.
En aquella carta suplicaba el pérfido Villaren
al Rey moro que hiciese dar muerte al porta
dor, añadiendo que de este modo pagaria la
deuda que iba á reclamar el desgraciado Gon
zalo. Apenas se presentó el señor de Lara en
la córte de Córdoba, y entregó sus credencia
les, fué desarmado al punto y metido en un
calabozo. Indignado el cristiano de esta abo
Rey moro era deudor de Rui Velazquez, y de la crónica
se infiere precisamente lo contrario.
Todo lo demas está en todo conforme eon las tradi

ciones que se conservan de aquel suceso. En la carta


decia Rui Velazquez al rey entre otras cosas:
«Envioos allá al su padre,
»quitalde luego la vida.
»Yo sacaré las mis huestes,
«para. Córdoba esa villa.
»llevaré sus siete hijos, ete, (M. de Traductor).
DE INVIERNO. 91

minable traicion, pero sin medios de vengarse,


tuvo que devorar su rabia en la soledad de su
prision. No fué sin embargo el Rey moro bas
tante bárbaro para conformarse enteramente á
los deseos de Rui Velazquez; perdonó la vi
da á Gonzalo, pero con la firme resolucion de
no restituirle jamás á su patria y á su familia.
informó sin embargo al señor de Villaren de
que habian sido ejecutadas sus intenciones, y
de que nunca mas volveria á importunarle la
presencia de su enemigo. -

Rui Velazquez y su indigna esposa recibie


ron esta noticia con una alegría feroz, y sabo
reando ya el placer de haber logrado una par
te de su venganza, solo pensaron en los me
dios de hacerla recaer igualmente sobre los
siete hermanos. Ignoraron pues algun tiempo
los jóvenes infantes la suerte de su padre; pe
ro no tardaron en advertir que se alargaba de
masiado su permanencia en Córdoba, y los mas
funestos presentimientos se agolparon á su ima
jinacion. Era en efecto muy singular que no
hubiesen recibido noticia alguna de Gonzalo
Bustos, y que no volviese á Castilla ninguno
de los que le habían acompañado. Entregados
por fin á la mas séria inquietud, trataron de
92 ORAS

encaminarse á Córdoba á fin de saber que ha


bia sido de su padre; y esta ocasion le pareció.
la mas favorable al señor de Villaren para po
mer el sello á sus crueles proyectos de ven
ganza.
Aparentando el mas profundo dolor é in
dignacion, fué un dia á ver á los siete herma
nos, y les dijo con voz balbuciente que tenia
que darles muy fatales noticias.
—¡Oh nobles infantes! les dijo, cuánto me
aflije tener que anunciaros un suceso tan de
sastroso —Ya sabemos cual ha sido la suerte
de mi desgraciado amigo, de vuesto ilustre pa
dre.—

—¿Qué significa esa ajitacion? —esclamó


el mayor de los hermanos.—Por amor de Dios,
señor de Villaren, esplicadnos este misterio.
El pérfido Rui Velazquez respondió, des
pues de un breve silencio.
—Pluguiera á Dios que nunca hubiera pen
sado yo en encargarle de aquella fatal comi
sion! Fatal, sí, pues me cuesta mi mejor ami
go, sin haberme sido de ninguna utilidad.—
Vuestro noble padre ha sido traidoramente ase
sinado por órden del bárbaro Rey de Córdoba.
Este infiel, resuelto á no pagarme la suma que
DE INVIERNOe 93

me debe, ha sacrificado sin duda á mi escelen


te amigo, á causa del empeño con que hacia
valer la justicia de mis derechos. Pero el infa
me asesinato del valiente Gonzalo Bustos no
quedará impune : por cada gota de sangre suº
ya, torrentes correrán de sangre mora.—Va
lientes infantes, preparémonos á la guerra; em
puñad las armas, convocadá vuestros vasallos;
antes de tres dias es preciso que estemos en
camino para Córdoba.
La sorpresa de los siete hermanos al reci
bir la inesperada noticia de la muerte de su pa
dre, fue tan grande cuanto profunda su aflic
cion. Persuadidos de que sin duda era cierto lo
que acababa de contarles el señor de Villaren,
no concibieron la menor sospecha de su perfi
día, antes por el contrario le agradecieron el
celo que mostraba en castigar la ferocidad del
Rey moro; escucharon sus consejos con la ma
yor deferencia, y le prometieron seguirlos al
pie de la letra. Separáronse llenos de dolor y
resentimiento, sin pensar por el pronto en otra
eosa que en los preparativos de su espedicion
contra los moros. - -

Triunfante Doña Lambra al prever el, logro


de sus diabólicos planes, no perdióninguna ocasion
94. HORAS

de sostener á su marido en su pérfida resolu


cion, cuidando al mismo tiempo de no dar á los
siete infantes ningun motivo de sospecha. Ayu
daron, pues, á sus verdugos las mismas vícti
mas á llevar á cabo sus proyectos, tan cobardes
como crueles. Era el plan de Rui Velazquez re
tirarse con sus soldados apenas llegase á pre
sencia de los moros, y abandonar á los infantes
para que fuesen sacrificados por sus implacables
enemigos. Dió aviso en secreto al rey de Cór
doba de que si ponia su ejército en campaña,
conseguiria una victoria tan fácil como com
pleta.
Preparáronse, pues, igualmente á pelear los
moros y los cristianos. Reunieron los infantes
como hasta doscientos de sus vasallos, hombres
intrépidos, con quienes podian contar á toda
prueba, y que, aunque pocos en número, casi
equivalian á un ejército entero: ademas, como
el señor de Villaren habia prometido poner en
campaña dos mil hombres bien apercibidos de
todas armas, tenian suma confianza en tantas
fuerzas reunidas. Llegó el dia de la partida: los
siete hermanos, ardiendo en el deseo de vengar
á su padre, y gozando ya en sus mentes de la vic
toria, formaron sus tropas enfrente del palacio
DE INVIERNO. 95

del Señor de Villaren. Púsose el ejército en mo


vimiento, y al cabo de algunos dias de marcha
se halló en presencia del de los moros, que era
numeroso y formidable; porque el rey, fián
dose poco en las promesas de un traidor, que
podia muy bien tratar de engañarle, habia pues
to en pie de guerra todas sus fuerzas, fiando la
victoria mas bien al valor de sus guerreros, que
á la traicion de un pérfido aliado. Envió, pues,
bajo el mando de sus mejores capitanes al en
cuentro de los castellanos, tropas dos veces mas
numerosas que las que se dirijian contra él.
- No desanimó á los infantes de Lara la vista
de unos enemigos tan superiores en número.
ningun obstáculo parecia insuperable á su im
petuoso valor y sed de venganza. Impacientes de
pelear, propusieron el combate para el dia si
guiente, y asi se lo prometió en efecto Rui Ve
lazquez. :

Entre los vasallos que seguían á los siete


hermanos habia un anciano que en vez de aban
donarse á la esperanze, mostraba siempre en su
fisonomía el temor y la inquietud. Aunque era
de clase bastante subalterna, tratábanle los in
fantes con mucha confianza y cariño; y no me
nos á aquella que á este tenia derecho el an
96 HORAS

ciano, pues los habia servido de ayo desde la


infancia, mostrándoles siempre un cariño sin
límites, y una fidelidad á toda prueba á la fa
milia de Gonzalo Bustos.
Nuño Salido (tal era el nombre de este fiel
criado) se avistó en secreto con los infantes la
noche que precedió á la batalla, y les aconsejó
con lágrimas en los ojos que no tomasen parte
en ella, y que al punto se pusiesen en camino
para volverá Castilla (1).
— Perdónete el cielo, Nuño Salido dijo el
mayor de los hermanos. ¿Y es posible que acon
sejes á los infantes de Lara semejante bajeza,
cuando una causa tan sagrada les ha hecho to
mar las armas? Calla, calla: si los años han he
lado la sangre en tus venas, no intentes apa
gar el ardor de la que corre por las muestras. Si
temes por tu vida, vuelve á Castilla; nadie te
lo impide: pero querer que renuncien los in

(1) Ese buen Nuño Salido

gran pesar de ello tenia:


díjoles: Tornaos, infantes,
á Salas, la vuestra villa:
no pasemos adelante:
malos agüeros habia!.....
(Id.)
DE INVIERNO. 97

fantes de Lara á esta gloriosa empresa, es vana


tentativa, inspirada por la demencia.
—Hijos mios, respondió el anciano, no ha
ceis justicia á mis sentimientos. No es el temor
de la muerte el que me hace hablaros de este
modo; pocos son los dias que he de vivir; pero
aunque fueran tan numerosos como los que pro
mete al hombre la flor de su juventud, no teme
ria arriesgarlos por tan buena causa.
—¿Por qué, pues, nos aconsejas que vol
vamos á Castilla?

—Sois demasiado generosos, demasiado crédu


los, para concebir la idea de una traicion: inca
paces de cometer un crímen, no podeis creer
que otro sea capaz de cometerle. Yo soy viejo,
y una triste esperiencia me ha enseñado á no fiar
me en las apariencias, casi siempre engañosas, y
á mirar con desconfianza a los hombres. Creedme,
nobles mancebos; no es cierta ni sincera la amistad
que os muestra el señor de Villaren: le he obser
vado con atencion, y en sus miradas y en sus dis
cursos he visto demasiada doblez para que me
sea posible tener confianza en él. Ademas...
esta noche pasada he tenido un ensueño terrible,
que amenaza con una espantosa catástrofe á la
casa de Gonzalo Bustos de Lara si desgracia
ToMo III. 7
98 HORAS

damente toma parte en la batalla de mañana.


Escucharon sonriendo los siete hermanos las
palabras del anciano, y no hicieron el menor
caso de sus consejos, atribuyendo al carácter tí
mido y suspicaz de la edad madura aquella des
confianza, hija sola de la prudencia y del cari
ño. Preparáronse, pues, á la lid con intrépida
resolucion, conservando las mismas esperanzas
de vencer que hasta entonces habian tenido.

No bien hubo rayado el dia, tomaron las ar


mas los cristianos: adelantáronse denodadamente
contra los moros, y estos se prepararon á reci
birlos con la misma intrepidez. Acercóse Rui
Velazquez á los infantes, y les felicitó por la
gloriosa venganza que iban á tomar de la muerte
de su padre. Los siete hermanos y sus fieles vasa
llos se colocaron en las primeras filas del ejército,
é invocando en alta voz la proteccion de Santiago,
se precipitaron sobre sus enemigos. En aquel ter
rible momento se realizaron los temores de Nuño
Salido, y se hizo evidente la traicion del señor
de Villaren, el cual, apenas vió á los valientes
hermanos peleando contra los moros, cuando en
vez de ayudarles, dió á sus tropas la señal de
retirada, y se alejó con ellas del campo de bata
lla. Conociólo el primero Nuño Salido, y lanzó
DE INVIERNO. 99

un jemido profundo: entoñces los sarracenos,


seguros de la victoria, rodearon el pequeño es
cuadron de héroes consagrados á una muerte
cercana. Reconocieron con horror los infantes
la perfidia de que habian sido víctimas, pero
era ya demasiado tarde para retroceder.
—¡Traicion esclamó uno de ellos; nada
puede salvarnos, pero que sea á lo menos tan
gloriosa nuestra muerte, cuanto lo fué muestra
vida.
Pelearon los nobles mancebos con el arrojo
de la desesperacion, y muchos moros probaron
la robustez de aquellos brazos juveniles; lain
dómita resolucion que los animaba sorprendió
á todos los enemigos. Un sentimiento no menos
noble y heróico escitaba los esfuerzos de todos
sus vasallos, y no hubo entre ellos un solo
hombre que pensase en abandonar á los des
graciados hermanos para salvarse. Pero, ¿qué
podia hacer el valor de doscientos hombres con
tra mas de cuatro mil? (1). Continuaba el com
bate con el mismo encono, aunque continua
(1) Los cristianos eran pocos,
veinte moros á uno habia,
mataron á los cristianos

que á vida ninguna finca.


100 HORAS

mente disminuia el número de los combatientes


cayendo uno tras de otro los cristianos, cubier
tos de heridas y muriendo con un valor digno
de mejor suerte. Dos de los infantes habian ya
mordido la arena; pero la vista de sus cuer
pos ensangrentados y cubiertos de heridas, le
jos de desalentar á los otros cinco, confortó su
intrepidez y los estimuló á nuevos esfuerzos.
Corridos los moros de que durase tanto tiem
po el combate, los atacaron con nuevo furor
y alcanzaron una completa victoria, aunque
muy disputada, que puso fin á aquella desigual
pelea. Los siete hermanos de Lara, junto á los
cuales pereció Nuño Salido, quedaron en el cam
po de batalla, y todos sus vasallos recibieron
una muerte gloriosa, escepto unos treinta que
fueron hechos prisioneros. Ni uno solo volvió
á Castilla á llevar la noticia de tan desastrosa
aVentura.

El jefe de los moros hizo cortar la cabeza

Solo quedan los hermanos,


Santiago, válme decian,
hirieron recio á los moros,
gran matanza les hacian.
(R. G.)
DE INVIERNO. 101

á los siete infantes de Lara, trofeo que segun


la bárbara costumbre de aquellos tiempos qui
so presentar al Rey de Córdoba: clavaron pues
en las puntas de sendas picas las cabezas de los
desgraciados hermanos, y el ejército victorio
so se dirijió á la capital del Rey moro.
Varios sucesos importantes habian pasado
en aquella córte desde que Gonzalo Bustos fue
hecho prisionero. El Rey habia desistido consi
derablemente de su rigor, y sin descuidar
la custodia de su prisionero, le dejaba gozar de
cierta libertad. Los infortunios del noble cas
tellano inspiraron compasion á una jóven mo
ra, hermana del Rey, y pronto á la compa
sion sucedió un sentimiento mas tierno (1). El
mas profundo secreto cubrió por algun tiempo
su mútuo cariño, pero no tardó el Rey moro
en concebir algunas sospechas, y pronto sus
sospechas se trocaron en certidumbre. No
fue menor su admiracion que su despecho cuan
do supo la conducta de su hermana, y solo es
(1) Una hermana de Almanzor,
rey de Córdoba llamado,
del bueno Gonzalo Bustios

preñada se habia quedado,...


102 HORAS

peró para hacerla perecer, á que naciera el fru


to de sus amores clandestinos. En cuanto al
niño y á D. Gonzalo Bustos, los guardó para
una venganza mas terrible, cuyo plan le ocu
paba sin cesar, aunque no habia tomado aun
ninguna resolucion fija.
Dió á luz un hijo su desgraciada hermana
el mismo dia en que se supo en Córdoba la no
ticia de la victoria alcanzada por las tropas
musulmanas, é inmediatamente la hizo el Rey
asesinar secretamente; conservó el niño, no
por compasion, sino porque le creia un me
dio escelente para aumentar el horror de
los tormentos que preparaba á su desgraciado
padre. Recibió el horrible presente de las ca
bezas de los siete infantes con una alegría fe
roz, y concibió entonces un plan de vengan
za verdaderamente diabólico. Dió órden para
que se preparase un magnífico festín, y fin
jiéndose conmovido de los males que habia su
frido Gonzalo en su prision, desde que se des
cubrió el secreto de sus amores, mandó que
rompiesen sus cadenas y que le trajesen á su
presencia. Cuando vió al señor de Lara, dijóle
que habia resuelto devolverle la libertad en
consideracion asi á sus largos infortunios como
D: INVIERNO. 103

á las últimas súplicas de su hermana, y le con


vidó al espléndido banquete que se preparaba.
Gonzalo Bustos que ignoraba el trájico fin
de sus hijos y el de la princesa, no dudó en ma
uera alguna de la sinceridad del Rey moro, y le
manifestó su gratitud por tan generosa conducta:
siguióle pues al salon del festín, lleno de las mas
lisonjeras esperanzas. Soberbios eran los pre
parativos del banquete; el esplendor de la va
jilla de oro y de las pedrerías que engalana
ban la mesa deslumbró sus ojos. Luego que
hubieron tomado asiento los convidados, man
dó el Rey descubrir algunos platos que estaban
colocados en el centro de la mesa.... y.... (1)
¡qué horrible espectáculo se ofreció entonces á
sus ojos—Los platos contenian siete cabezas en
(1) En esto vino una fuente

que cubria una tohalla,


y en ella siete cabezas....
( B. G.)
Otros romances antiguos dicen ocho cabezas, las de
los siete infantes y la de Nuño Salido.
Llorando atiende Gonzalo
... las ocho amadas cabezas
de sus hijos y del ayo
que yacen sobre una mesa....
fN. del Traduetor).
104 HORAS

sangrentadas.:... los ojos abiertos, pero apaga


dos.... los cabellos empapados en sangre y cu
biertos de polvo...—Volvióse el Rey á Gon
zalo Bustos, y enseñéndole con el dedo aquel
horrible espectáculo, le dijo con un acento de
bárbara alegría:
—Míralas, Gonzalo, míralas bien ! Este
es el banquete que te ha preparado el Rey de
Córdoba.—¿No te sorprende y te admira ?
Cuando el desgraciado señor de Lara hubo
echado una ojeada sobre aquellos horribles
despojos, lanzó un grito de agonía y de deses
peracion. Aunque las facciones de sus hijos es
taban atrozmente desfiguradas, un solo instan
te le bastó para reconocerlos: porque ¿quién
podria engañar los ojos de un padre? Tan ter
rible, tan frenética fué su desesperacion, que
el mismo Rey moro no pudo sostener por mas
tiempo aquel espectáculo; un sentimiento de
compasion penetró en su alma vengativa, por
lo que hizo sacar del salon á Gonzalo Bustos,
casi privado del uso de sus sentidos, y mandó
que le lleváran á su calazozo. Pronto se cono
ció por la conducta y discursos incoherentes
de este mísero padre, que su razon no habia
podido resistir aquel choque terrible, y cuan
DE INVIERNO, 105

do lo supo el Rey, resolvió no llevar adelan


te su venganza: perdonó tan bien la vida á su
sobrino, y acabó insensiblemente por cobrar
le gran cariño. Permitió que Mudarra, este
era el nombre del niño, pasase algunas veces
á ver á su padre, y como hasta dos años des
pues de aquel horrible festín, le permitió que
saliese de su prision y discurriese libremente
por los salones y jardines del palacio, en un
estado de idiotismo sombrío (1).
A pesar del lastimoso estado de su razon,
tuvo Gonzalo sin embargo algunos lucidos in
tervalos, durante los cuales no hacia mas que
hablar á Mudarra del asunto que absorvia to
dos sus pensamientos. Supo por el mismo Rey
moro la traicion de Rui Velazquez; y siempre
que hablaba de ello á Mudarra, insistia tenaz
mente sobre los detalles de la perfidia de aquel
traidor. Crecia entre tanto Mudarra, y ya anun
ciaba las grandes prendas que tanto debian
ilustrarle algun dia. Tendria ya unos veinte
años, cuando su padre, rendido al peso de la
edad y de las amarguras, pagó el último tribu
(1) Los musulmanes, aun en el dia, miran con
una especie de veneracion religiosa, á los seres privados
de razon. ( M. del Autor ).
106 HORAS

to á la naturaleza. El jóven Mudarra no olvidó


nada de cuanto le habia dicho su padre, é hizo
voto solemne de vengarle, aun á costa de su
vida.
Cerca de dos años habian pasado ya, cuan
do Mudarra, sintiéndose capaz de dirigir una
empresa arriesgada, resolvió pasar á Castilla, y
castigar al asesino de su padre y de sus her
manos. Comunicó su proyecto á los fieles caste
llanos cautivados en la batalla que tan funes
ta fue á los siete infantes, y que se habian que
dado en Córdoba siempre leales á la persona
de Gonzalo Bustos, aunque hacia ya mucho
tiempo que el Rey moro los habia puesto en
libertad, y concedídoIes permiso para volver
á su patria. Aplaudieron todos la generosa re
solucion de Mudarra, juraron defenderle has
ta la muerte, y poniéndose bajo las órdenes
de este jóven denodado, penetraron en Casti
lla resueltos á vengarse ó morir.
No ocultó Mudarra el motivo de su llega
da, —por lo que pronto acudieron á reunirse
bajo sus banderas todos los vasallos y amigos
de la familia de Gonzalo Bustos. Su viuda doña
Sancha, madre de los siete infantes, á quien
solo habia hecho sobrellevar su amarga vida la
DE INVIERNOs 107

esperanza de vengarse algun dia, le envió ví


veres y dinero; — el conde de Castilla empeñó
su palabra de que no intervendria en "aquel
asunto, dejando á entrambas partes el cuidado
de terminarle como quisieran.-
Apenas supo Rui Velazquez que se acerca
ba el enemigo, marchó hácia él, le atacó, fue
completamente derrotado, y á pesar de la su
perioridad de sus fuerzas, tuvo que retirarse
á Búrgos. Siguióle á aquella ciudad el implaca
ble Mudarra, y al punto le mandó un cartel
de desafío, provocándole á combate singular;
pero el señor de Villaren recibió con desden el
desafío de un bastardo moro, como él decia,
y le rehusó con desprecio.
-A fe mia que esto parece increible,
dijo. Un renegado, el bastardo de una mujer
mora, un villano á quien nadie conoce, osa
provocar al señor de Villaren en su mismo
palacio.
De nuevo le aconsejó doña Lambra que em
please algunos medios secretos para desembara
zarse de tan molesto enemigo mas no era
fácil recurrir con buen éxito á la traicion por
segunda vez, pues bien podian haber escar
mentado cuantos tuvieran que habérselas con
108 EIORA3

Rui Velazquez en el ejemplo de los de Lara.


Rui Velazquez , sin curarse de los peli
gros á que le esponia su indolencia, no hizo
caso alguno de las amenazas del jóven Mudar
ra. Un dia, al volver solo de una cacería (1),
habiendo dejado atrás á sus monteros, ha
llóse á un desconocido que se acercaba á él
con rápidez; aquel hombre, á quien por la dis
tancia no habia podido conocer al principio,
era su mortal enemigo.
— Cómo bastardo vil tú aquí! esclamó el
señor de Villaren: vete, infame, ó el sonido
de esta bocina hará que vengan aquí mis pa
lafreneros á castigar tu insolencia. Vete, repi
to; libértame de tu odiosa presencia.
—Satisfaré tus deseos, vil asesino, respon
dió Mudarra; los satisfaré, sí... porque dentro
de algunos momentos uno de nosotros dos no
podrá ver al otro.
— Osarias levantar el brazo contra mí?...
—Ahora lo verás, respondió el jóven echan
do mano á la espada. Mi resolucion es inmuta

(1) El romance en que se refiere esta aventura es


uno de los mas bellos que posee nuestra lengua: de él pu
blicó una preciosa imitacion en sus Orientales el gran
poeta Victor Hugo. (Nota del T)
DE INVIERNO, 109

ble; defiéndete, si no quieres que te mate sin


resistencia.
Sorprendido el señor de Villaren al ver la
tenacidad de su enemigo, y no pudiendo per
suadirse á que Mudarra insistiera en atacar, si
él continuaba rehusando el combate, esclamó
con voz imperiosa:
—Déjame continuar mi camino, miserable
bastardo, y no insultes por mas tiempo á un
noble castellano.

—Este bastardo vengará á su padre y á sus


hermanos, esclamó Mudarra desenvainando su
espada. Defiéndete ó muere, infame, traidor,
cobarde asesino ...

Púsose entonces en defensa Rui Velazquez,


y desplegó todo su vigor y destreza en resistir
al furioso ataque de Mudarra, quien, al cabo
de pocos momentos, le tendió sin vida á sus
pies.
—Oh padre! oh malogrados hermanos mios
esclamó, ya estais vengados en parte; pero la
furia horrible, la tigre que ha sido la causa
principal de vuestra temprana muerte, respi
ra aun, —y aun no he cumplido mas que la
mitad de mi obligacion —
Volvió luego á Búrgos, donde convocó una
110 HORAS

asamblea de los principales deudos y amigos de


la familia de Gonzalo Bustos para deliberar
sobre el castigo que debian imponer á la cruel
doña Lambra. Estaban divididas las opiniones,
y succesivamente fueron propuestos varios é
ingeniosos medios de castigarla, cuales eran,
cncerrarla en un calabozo y dejarla en él mo
rirse de hambre: — arrancarla los ojos y te
nerla cautiva hasta su muerte: —lapidarla: —
quemarla viva. Todos convinieron en que nin
gun suplicio seria bastante cruel para aquella
perversa criatura.
Despues de una discusion bastante acalorada,
decidióse por fin, que la víctima sería lapidada,
luego quemada y arrojadas sus cenizas al vien
to, y se fijó para el dia siguiente la egecucion
de esta sentencia. Los partidarios de Mudarra
emplearon toda la noche en tomar las posibles
precauciones para que ningun obstáculo se opu
siese al cumplimiento de sus deseos. Hicieron
que quedasen sobre las armas sus soldados,
recelando que los amigos de doña Lambra in
tentasen defenderla. Empezaba apenas á ama
necer, y toda la ciudad estaba sumergida aun
en el silencio y en el sueño, cuando una docena
de los mas leales y decididos amigos de Mu
DE INVIERNO. 111

darra colocaron sus tropas de modo que ocu


pasen todas las bocas de las calles por donde
debia pasar la víctima; y despues de haber
tomado esta precaucion, viendo que todo favo
recia su horrible designio, pasaron al palacio
de Villaren.
Imposible seria pintar el terror y la an
gustia que se apoderó de aquella malvada mu
jer cuando, despertándose sobresaltada, vió de
lante de sí á su mortal enemigo. Pronto cono
ció que no tenia que esperar compasion alguna
de Mudarra, y la certidumbre de una muerte
cercana la hizo agotar de antemano todos los
dolores de la agonía: sin embargo, procuró
aunque en vano aplacar su justa cólera, echán
dose á sus pies, olvidando su altivez y su or
gullo, humillándose en fin del modo mas ab
yecto y servil. Todo fue inútil.
—No, tigre, no; respondió Mudarra con
voz de trueno : no obtendrás un perdon que
tú no concedistes jamás. — Tu sentencia está
pronunciada, y vas á sufrirla. — Si tienes que
dirigir al cielo alguna plegaria, que sea corta!
Arrastrada fue por las calles la miserable
Doña Lambra, apenas el sol empezaba á brillar
en las puertas del oriente, prometiendo un dia
112 HORAS

puro y sereno... ¡Qué contraste con el estado,


en que ella se hallaba! — Sus ojos desencaja
dos giraban frenéticos en sus órbitas,—sus lar-,
gos cabellos caian desgreñados sobre su frente
y sus espaldas, — sus pies descalzos, — cu
bierto apenas su cuerpo con las ropas de dor
mir !! — La altiva, la orgullosa Doña Lambra
se deshacia en inútiles súplicas, sin poder ha
cer que brotára una sola chispa de piedad del
corazon de sus numerosos enemigos. Era un
espectáculo verdaderamente horrible ver á
tantos guerreros armados contra la vida de una
sola mujer. Ejecutóse en fin en todo su rigor
la terrible sentencia pronunciada contra ella, y,
á los atroces gritos de la víctima llenáronse las.
ventanas de las circunvecinas casas de personas
en cuyos semblantes se leia el horror que les
inspiraba aquella espantosa escena.
Poco tiempo despues de esta catástrofe, hí
zose cristiano Mudarra, y recibió el bautismo en
la iglesia principal de Burgos en medio de una
pompa espléndida y de los mas brillantes regoci
jos: en el mismo dia García Fernandez, conde de
Castilla, le mombró caballero, y le declaró here
dero legítimo del solar, hacienda y honores de
su padre. La viuda de Gonzalo Bustos, satisfecha
DE INVIERNO, 113
del valor y perseverancia que habia desple
gado en castigar á los que ella miraba como
sus enemigos personales, y aun mas, pues ha
bian hecho perecer á su marido y á sus hijos,
resolvió adoptarle por hijo suyo. Hé aqui como
se hizo la ceremonia de su adopcion, inmedia
tamente despues de la de su bautismo.
Púsose Doña Sancha por cima de sus vesti
dos un gran manto de seda, cuyas mangas eran
de estraordinaria anchura. A presencia de sus
parientes mas cercanos hizo entrar á Mudarra
en una de estas mangas, y cuando sacó la ca
beza por cima del hombro, y se halló junto á
la de Doña Sancha, ella le dió un beso en la
frente, y le presentó á su familia con el títu
lo de hijo suyo. — Un gran festin terminó esta
curiosa y singular ceremonia : asistió el conde
de Castilla al banquete, y dió repetidas prue
bas de benevolencia singular al nuevo cristia
mo y nuevo caballero.
Probó Mudarra desde aquel dia en lo succe
sivo que era digno de los honores que le ha
bian sido conferidos, como tambien del ilustre
tronco de que descendia. Su adopcion en la fa
milia de Lara y su conducta durante toda su
vida borraron la ilegitimidad de su nacimiento.
ToMo III. 8
114 hoa As
Fue Mudarra el primer ascendiente de la fa-.
milia de los Manriques, una de las casas mas
nobles é ilustres de España : sus despojos mor.-
tales fueron depositados en el monasterio de
San Pedro de Arlanga. -

TRUEBA.
PAOLO PAOLINI.

Pal. el pescador subió á la cumbre del Ve=


suvio, y tendió la vista por el mar; el mar es
taba en calma, el aire embalsamado, la inmen
sidad del cielo vaporosa, límpida y serena.
Unas veinte lanchas se deslizaban aquí y allá
sobre la tersa superficie de las olas, conducidas
cada una por tres vigorosos remeros, vestidos
de una chaquetilla oscura, con su gorro encar
nado en la cabeza: familias errantes de pescri
dores, con sus picrnas desnudas, con cabellos
116 HORAS

negros, con robustas espaldas, y cuyas sonoras


voces, modulando alguna cancion melancólica,
se prolongaban á lo lejos sobre el mar como los
últimos reflejos del sol en occidente. Era la hora
del crepúsculo y de la oracion; el toque de
ánimas se exhalaba triste y solemne del hospital
de San Telmo, construido en la cima del monte
Vomero. Dominaba desde allí la vista un es
pectáculo magnífico; Nápoles y sus arrabales,
toda la bahía de la ciudad y de la costa pare
cian en una circunferencia de cincuenta millas
empapados en un fluido de oro.—Algunos gru
pos de casitas, esparramadas en la falda del
Vesuvio, alegraban con sus esbeltos techos
barnizados de cal viva y de puzolana, la som
bría verdura de los viñedos que producen el
lacrima-cristi: estendíanse á la izquierda mue
llemente reclinados en la orilla del mar, Por
tici, Resina, Torre-del-Greco, Torre dell-Am
nunziata, Stabia, graciosa cordillera de aldeas,
cuyos blancos terrados conservaban aun mucho
tiempo despues de haberse quitado de ellos el
sol, un matiz de púrpura ó de rosa. A la dere
cha, el Pausilipe empezaba á proyectar su
sombra en el transparente espejo de las aguas,
de ne temblaba cada vez que una pcrezosa
DE INVIERNO, 117

oleada iba á espirar lánguidamente en la orilla,


su confusa corona de alegres caseríos. En el úl
timo término del cuadro, á veinticinco millas de
distancia, se destacaban apenas sobre la vapo
rosa línea del horizonte, los sombríos y escar
pados peñascos de la isla de Capri.
Pero Paolo no concedió siquiera una mira
da á los varios accidentes de aquella pintoresca
y admirable naturaleza; solo dirijió los ojos, y
los fijó con tenaz atencion, en el promontorio
de fértiles montañas que termina la bahía de la
costa, y á cuyo pie se guarecen Sorrento y
Castellamare. Apareció pronto un punto negro
en el último confin del horizonte; fuése dila
tando por grados el ángulo del objeto, y una
vela casi imperceptible se destacó sobre el fon
do azulado de la atmósfera. Estremecióse Pao
lo de pies á cabeza, examinó atentamente la ca
zoleta y la llave de la carabina en que estaba
apoyado, bajó en seguida tan rápido como la
lava del volcan en sus dias de erupcion, la
cuesta del Vesuvio, y despues de haber deja
do atrás á Pompeya, echó á correr como un
loco por la costa, ya trepando sobre algunos
de aquellos montones de toba que separan en
desiguales intervalos los peñascos calcáreos de
118 1OR AS

la bahía, ya suspendiéndose para espiar la lle


gada de la vela, á las flexibles ramas de yedra
y viña silvestre que alfombran la entrada de
aquellas húmedas grutas abiertas hace diez y seis
ó diez y ocho siglos en la toba por los romanos.
Corriendo así y jadeando, llegó Paolo junto
á-Castellamare. Aunque estaba muy entrada
la noche, sus obstinados y penetrantes ojos
columbraron á la viva claridad que caia de las
estrellas, la misma vela en alta mar. Sopló
para limpiarla en la cazoleta de su carabina y
renovó el cebo; luego, embozándose en su
larga capa de lana, reclinó la cabeza sobre
una piedra, y se durmió junto á su arma, con
aquella calma y aquella seguridad heróicas
que inspiran al corazon una resolucion inmu
table y una fé sólida en la justicia de su
CallSa,

Llegó de pronto á sus oidos un lejano mur


mullo de voces, cubierto de tiempo en tiem
po por el compasado batir de los remos; al
punto se puso en pie, subió á la cima de una
roca que se adelantaba á distancia de algu
nos pasos en el mar, y tendió la vista en der
redor de sí....
No estaba entonces el buque mas que co
DE INVIERN 0. 119

mo á un cuarto de milla de la costa; despues


de haberse detenido algunos instantes, empe
zó á vogar á todo trapo hácia Nápoles: de
tras de él, á fuerza de remos, una chalupa
se dirijía hácia la playa, al rojo resplandor de
su fanal. Los rayos de la luna, que herian
transversalmente los costados de ambas naves,
recortaban el perfil de su sombra sobre las
aguas; brillaban rielando mil caprichos de
luz en la espuma que formaban ambos sul
cos. — No los perdió Paolo de vista; ll In
sombrio relámpago brotó de sus ojos, se dila
tó su nariz, y una sonrisa estraña osciló en sus
labios; llevó, haciéndole rodar hasta la prime
ra ola, un pedazo de roca; agazapóse detrás de
él lo mejor que pudo, y esperó en silencio,
hincada una rodilla en tierra, inmóble debajo
de su ojo derecho el cañon de su carabina”
puesto el índice de la diestra en el gatillo. La
chalupa se avanzaba lentamente; el eco de las
voces y de los remos iba siendo cada vez mas
elaro y mas sonoro; las olas refluian cada vez
mas numerosas y apiñadas sobre la costa...
Paolo impaciente se decidió por fin á al
zar los ojos, pálido, respirando apenas. Aque
lla chalupa, aquel buque ¿ eran en efecto los
120 HORAS

que él esperaba? No habia inas que dos per


sonas en la chalupa? Le traia por ventura su
presa?—Sí, sí, sus informes eran seguros; —
no le engañaban sus presentimientos Dos son
bras se movian en el mismo banco; dos ma
nos manejaban un remo á cada lado, dos ca
bezas se acercaban una á otra á cada vaiven
del bote, y se daban un dulce beso.... La que
veia, era Bettina era su esposa Bettina,
que le habia repudiado, que los habia repu
diado á él y á su hijo, á él, fiel soldado del
rey Joaquin, cuyas miradas habian sostenido
intrépidamente el fuego en mas de una bata
lla, y que era á la sazon el menos pobre y el
mas estimado de los pescadores de Pórtici! —
A él, que la habia amado tanto para entre
gar sus lábios, ingrata! sus lábios de donde
manaban en otro tiempo tan dulces quejas, tan
tiernas palabras de amor, cuando volvia algo
tarde de la bahía Para entregarlos, la infa
me á un austriaco, á un tedesco, al capitan
del bergantin el Velero, anclado hacia tres
meses en el puerto de Nápoles, al baron
Wilhelm de Hansfeld! Estaba viendo á Betti
ma, la compañera de su corazon, antes tan
cándida y tan pura, tan casta y relijiosa; Bet
DE INVIERNO, 12.
tina, la hija del severo pescador Tomaso Bar
bone, el orgullo de su madre, la perla de la
Italia; Bettina, que por vanidad, por tener
aderezos y riquezas, por tener un carruaje
con armas en ambas portezuelas, un palacio
de mármol en la calle de Toledo (1), una villa
solitaria junto á Castellamare, por lucir de no
che su hermosura en el teatro de San Cárlos, en
un palco dorado, con un vestido de encaje d
raso, un collar de esmeraldas ó de diamantes,
habia abjurado en un solo dia su orgullo de
mujer, violado sus deberes de esposa y madre,
y profanado toda una existencia de apacibles
trabajos é inocentes alegrías, toda una vida de
honor y de virtud!...
Y ahora, despues de un largo y alegre
paseo por el mar, en la chalupa del bergan
tin, iban juntos, en un lijero bote, el vil Te
desco y su caprichosa compañera á pasar la
noche en su villa de Castellamare, dejando á
la chalupa que continuase su rumbo. Ambos
cantaban, ambos reian, él con aquella es
truendosa voz y aquellas bestiales carcajadas

(1) La calle principal de Nápoles.


12} -, Hoa As

que revelan una conciencia muy ancha é inve


terados hábitos de desenfreno é incontinen
cia; ella, siempre viva y lijera, coqueta y
voluble, caprichosa , divina! — juguetean
do y entonando á media voz alguna linda bar
carola, que aprendió en su infancia, é inter
rumpiéndose á cada estrofa para oírsela repe
tir al capitan, ó para prestar el oido á las
melodiosas respuestas del eco ;— y entregán
dose con delirio á todos los estraños caprichos
de su edad, á todas las irresistibles sensacio
nes de deleite que ajitaban su corazon en
aquel mar azul, bajo aquel cielo lleno de es
trellas y de perfumes, en el seno de aquella
naturaleza tan jóven, tan rica, tan hermosa
Sin pensar que acaso no estaba lejos el dia en
que Paolo desesperado, arrastrado por la des
gracia ó por los celos, no creería suficiente
su sangre toda para espiar la felicidad que le
habia arrebatado , el infortunio en que le ha
bia. sumerjide. -

Detúvo se la lancha á unos quince pasos


de la orilla; subió el capitan sobre su puente,
cojió el remo con ambas manos, le clavó en tier
ra, y echando el resto de sus fuerzas, imprimió
de abajo á arriba un movimiento obliquo y vio
DE INVIERNO, 123

lento á la barquilla, á fin de hacerla encallar


se en la arena. Puesto asi en pie, inclina
do sobre su remo, los pies ya fuera de equi
librio sobre aquella frajil tabla que se bam
boleaba, próxima á volcarse, antes de que la
quilla hubiese tocado al fondo, era dificil
acertarle, pero no por eso desmayó su enemi
go, antes bien le apuntó á la cintura.
—Cuidado, Guglielmo dijo Bettina, cui
dado, mio caro! mira que vamos á zozobrar!
Maldicion era su voz de otros tiempos,
aquella cariñosa y suave voz que tantas veces le
habia conmovido, cuando por la mañana, al
volverá su cabaña, la oia desde la calle ador
mecer con nn melancólico cantar á su tierno y
único hijo que sonreia en la cuna. Desdicha
da todo lo habia olvidado, todo Desdicha
da amaba á otro!!
A pesar suyo, tembló Paolo de pies á ca

beza.—Su corazon latia dolorosamente; un pe


so enorme sofocaba su pecho; pero no se tur
bó su vista , no tembló su mano.... Apretó el
gatillo.... el capitan desapareció en el mismo
instante en el seno de las aguas.
Antes que de peñasco en peñasco, de caver

ña en caverma, hubiese llenado la esplosion del


124 BIORA3

tiro los sonoros ecos de la playa, antes de que


hubiese podido Bettina lanzar un grito, halló
se cara á cara con ella un hombre, el cual sin
decir palabra, dando con el remo un vigoro
so empuje en la arena, separó el bote de la orilla.
—Santa Madre de Dios esclamó aterrada
la culpable amante.
—. A mí, á mí, Bettina dijo el capitan
volviendo á flor de agua, y asiéndose con sus
dedos crispados á las tablas del bote.—
—Vé á esperarla en el fondo del mar res
pondió Paolo.
Y dejando el remo, le partió la cabeza con
la culata de su carabina.—

—Cobarde murmuró Bettina , muda de


espanto al oir aquella voz.—
—Cobarde ? dijo Paolo; por San Javíer
mi patron que has mentido, mujer Bien sabes
tú que no soy cobarde
-Asesino repuso ella maquinalmente.
—Asesino?
Y mordiéndose los labios, la amenazó con
el puño el pescador sin poder apenas contener
su rabia.

—Asesino? Bien pero te parece que si yo


hmbiera pedido satisfaccion de su ultraje al ba
DE INVIERNO, 125

ron de Hansfeld, hubiera aventurado él su pre


ciosa vida contra la mia, contra la inútil vida
de un miserable pescador Crees tú que no se
asesina mas que con plomo ó con hierro?
—Mujer, prosiguió el pescador con acen
to grave y sombrío, tienes ahí tu rosario?
—Vírjen María que dice?—Socorro So
corro! esclamó Bettina desesperada. — Ay, in
fame, tambien quieres asesinarme á mí!
—Tienes ahí tu rosario? repitió Pablo.-
—Dios mio! murmuró la infeliz con trémula
voz; y no hay quien me defienda!!—
—Nadie, Bettina, nadie la lancha está
ya lejos — todos duermen en Castellamare
—solos estamos los dos.... Pide perdon al cielo
de tus culpas.
—Oh, compasion, piedad repuso la her
mosa temblando como la hoja en el árbol, y
humillando su orgullo hasta el punto de abra
zar humilde las rodillas del pescador.—Oh,
perdon, perdon yo me arrepiento! — por
amor de Dios, no me mates —tengo miedo!!-
—Perdon dijo Pablo. — ¿ estás en tí? —
Perdon, dices! — Mira ; el cadáver de tú
Guglielmo tiñe de sangre el agua alrededor de
esta barca; ese cadáver te sigue, te llama...
126 - EIORAS 5

Mas bien debieras darme gracias porque voy


á reunirte á él — Miedo? tienes miedo? —y
esto diciendo, brillaba como un relámpago en
su frente una feroz alegría.—Luego no le ama
bas? — Luego no te protituiste á él mas que
por vanidad, pues confiesas que tienes miedo
Perdon dices?...
Calló ; luego, sin mudar de continente,
poniéndola con desden la mano sobre el hom
bro:
—Mujer, esclamó en tono rápido y vehe
mente, anoche murió tu madre
-Muerta!... dijo Bettina palpitando pro
fundamente al contacto de aquella áspera ma
no que la quemaba el hombro.
— Muerta repitió Pablo con impasible
crueldad -ademas, te ha maldecido en su
última hora.

—Y Paolino ? y nuestro hijo ? esclamó en


una indecible agonía.
—Tu hijo ? Muerto tambien tu fuga le ha
matado
A esta atroz respuesta lanzó Bettina un
hondo jemido, y cayó de bruces en el sue
lo. - Con aquel brusco movimiento se sol
taron sus cabellos, y se estendieron en olas
DE INVIERNO, 127
de seda alrededor de su cuello; las artérias de
sus sienes vibraban sordamente, como un re
loj; su seno hinchado por los sollozos, pare
cia próximo á estallar. — Indeciso, aterrado,
Paolo la contempló un momento con ojos me
nos encarnizados.

Y ella entonces, alzándose de repente,


pálida, resignada, sublime:
—Mátame, esclamó; veo que es preciso
que yo muera, —mátame!! - Y qué? du
das? tiemblas?.... Toma, toma tu puñal, aña
dió sacándole ella misma de la vaina hasta la

mitad de la hoja. — Hiere, hiéreme aquí en el


corazon, — qué temes?—ni aun tendré tiempo
para exhalar un jemido!
—No, dijo Paolo; aquí no, Bettina! El cie
lo me es testigo de que esta hoja no hubiera
derramado jamás una gota de tu sangre, no hu
biera penetrado jamás en tu corazon, para ar
rancar de él un sentimiento culpable, si tu
infamia no hubiera abierto lentamente la se
pultura de tu madre, si Dios me hubiera con
servado un vivo recuerdo de tí, una prenda
de tu ternura, cuando eras pura ! Yo creía que
amabas á ese hombre, y me engañé... Oh! no
no inorirás aquí! No; volverás á ver á tu hijo,
128 RODAS

volverás á ver á tu madre, tendidos ambos en


su lecho de muerte! Tu padre vela y llora en
su cabecera; Stéfano tu hermano está desde
ayer ausente de su convento, y ha guiado sus
almas á la gloria... Ven, ven, infeliz su mi
sion es condenar y absolver sobre la tierra; —
él te absolverá de tu crímen!!-

Dijo, y agitando ambos remos á la vez,


lanzó impetuosamente el bote en alta mar.
Bettina se quitó una cruz que llevaba pendiente
del cuello, se arrodilló á un lado de la lancha
con profunda contricion y rezó...—Así estuvie
ron mucho tiempo sin mirarse ni hablarse.
Al dar la vuelta áTorre del Annunziata:
—Paolo, me perdonas?—preguntó Bettina.
— Mujer, por tí estaba rezando ahora —
respondió Paolo.
— Gracias murmuró la infeliz.-
Miráronse de hito en hito, asombrados uno
de otro, y no volvieron á pronunciar una pa
labra.
Desplegóse en fin delante de ellos la babía
de Pórtici. Con los primeros albores del dia
iba tiñéndose de mas claros matices el azul
del firmamento, que tiraba por el oriente á un
color gris de perla. — Se hubieran podido con
DE INVIERNO. 129

tar las estrellas; algunos pescadores, sentados


en el declive de la playa, freían el pescado en
pequeñas hogueras, ó apuraban anchas cala
bazas llenas de vino; otros, errantes aun so
bre el piélago, acurrucados, mudos en sus lan
chas, herian con un tridente de hierro al atún,
atraido por el resplandor de sus linternas.
Arribó Paolo á un sitio retirado, cubrió á
Bettina con su capa para que no fuese reconoci
da, y se dirijió dando algunos rodeos á una hu
milde cabaña, situada en una de las estremi
dades de Pórtici.—. Al eco de sus pasos re
sonaron en el interior algunos fuertes ladridos.
— Silencio, Lupa dijo Paolo.
Levantó el pestillo y ambos, entraron en la
cabaña, cuyas ventanas estaban cerradas. Un
candil colgado de la pared brillaba débilmente

entre la lúgubre oscuridad que reinaba en la


única pieza de aquella choza. — En el fondo de
la estancia, dos cirios amarillos lucian con
vacilante resplandor sobre una mesa, entre
un lecho y una cuna. Junto á este, lecho y
esta cuna habia dos hombres sentados en un
escabel: — en el lecho, una anciana muerta: —
en la cuna, un niño muerto—
Al ruido que hizo la falda de Bettina ro
ToMo lII. 9
130 HORAS

zándose con la puerta, aquellos dos hombres


levantaron la cabeza. El mas jóven, cuyos
miembros parecian sobradamente holgados en
un ancho hábito de capuchino, se bajó la ca
pucha sobre los ojos, y permaneció inmóble;—
este era Stéfano. El otro, cuyas sienes som
breaban aun algunas mechas de cabellos blan
cos, se cubrió el rostro con ambas manos, y
cayó sobre su silla, comprimiendo un grito;—
este era Tomas Inclinóse Bettina al punto
sobre el lecho y besó los pies de la difunta;
luego se inclinó sobre la cuna y lloró. — Paolo
estaba de pie, inmóble detrás de ella.—
Al cabo de diez minutos:
— Bettina! esclamó con sorda voz.—
No pudo acabar; pero ella le comprendió:
—Cuando quieras, le dijo.
—Ven, hermana dijo Stéfano.
Sentóse de nuevo en el escabel, y la hizo
con la mano ademan de que se sentára junto á él.
Dieron en el mismo instante las cuatro en
una iglesia lejana.
—Habeis acabado ya? dijo Paolo, al cabo
de un cuarto de hora. -

In nomine patris, et felii, et spiritis


sancti, absolvo te! murmuró el fraile.—
röE INVIERNO. 131
Arrodillóse él en seguida y rezó tambien.-
La penitente se arrastró de rodillas, con la ca
beza baja, á los pies de su padre.
— Dadme vuestra bendicion, le dijo, —
voy á morir!!-
Tomás la puso ambas manos sobre la cabe
za. — Quiso hablar. —Sus dientes rechinaron,
y un sordo quejido se exhaló de lo mas hondo
de su pecho... Dejóse caer sobre su silla, y
quedó como insensible á todo lo que le ro
deaba.
Bettina enjugó sus lágrimas con profunda
resignacion; luego se acercó á Paolo, se quitó
el pañuelo que llevaba al cuello, y le presentó
el pecho izquierdo.
—Hiere ahí!, le dijo: — así sufriré me
nos —
Paolo la miró atónito: — estaba serena
Apoyóla él la punta de su puñal sobre el co
razon, y apartó los ojos.
Siguió un largo silencio.—
En esto, Lupa, que se habia tendido junto
á la cuna, y que seguia con muestras de in
quietud todos los movimientos de su amo, lanzó
un triste y prolongado ahullido, al que res
pondieron dos gritos terribles;— dos cuerpos
132 IIORAS

cayeron al mismo tiempo en el suelo con sordo


ruido. ... , , (s -

— Cielo y tierra! esclamó el fraile preci


pitándose hácia Tomas, y sacudiéndole el brazo
con energía para hacerle volver en sí.— ,,
Pero estaba muerto; en el mismo instante
se habian exhalado al seno de la etermidad el
alma del padre y la de la hija! " , , , ,
- - -
-
II. --
. . - -

Pára muchas veces á los viageros que re


corren las agrestes selvas de la Calabria en las
gargantas del Apenino, una cuadrilla de ban
doleros, cuyo gefe goza de una alta reputacion
de valor y de generosidad; — conténtase por lo
general con un rescate proporcionado, y nunca
mata sino cuando le hacen resistencia. Un fraile
de la órden de San Francisco le acompaña
siempre, aun en sus mas temerarias espedicio
nes; lleva el buen religioso su escopeta, ni
mas ni menos que el caudillo, y asiste á los
moribundos en sus últimas agonías. — Este
fraile es Stéfano —este capitan de bandoleros
es Paolo Paolini. La justicia de los hombres
le ha condenado á muerte; — él se ha hecho
bandido. «... A. CIHEVALIER.
-2?-s

LA HIJA DEL JARIL, ,

SAGA R (9 RS Eº.

Brunilda, la hija del caudillo, está sentada


junto á una ventana del salon de los festines,
esperando la vuelta de su padre, º y tendiendo
... -

(1) Deseosos de dar á esta coleccion la mayor varie


dad posible, firmemente persuadidos de que de ella ha
de resultar su principal atractivo, si en efecto hemos logra
do darle alguno, no hemos dudado insertar en ella,
con el fin de presentar á nuestros lectores una Imuestra
de todos los géneros á que se presta esta clase de amena
literatura, esta bella imitacion de la enérgica y original
134 HORAS

la vista á lo lejos por el valle para descubrir


la cazería de Snorro.
Las mejillas de la doncella morena (1) han
perdido sus purpúreos matices; ven sus ojos
azules una nube de tristeza como los de una
Elfa (2) á quien las potencias del Walhalla (5)
han revelado cosas funestas.
Y está triste porque piensa en las palabras
del Jarl (4) Snorro, y le parece que aun vibra
en sus oidos la voz solemne de su padre.

poesía que se admira con razon en las composiciones de


los bardos del norte, y que tan en voga ha puesto en
Europa, con la publicacion de los poemas de su supues
to héroe Osian, el célebre Macpherson.
(N. del Trad.)
(1) Brun-hilde, doncella morena.
ady
(2) Sílfide, duende femenino
(Id.)
(3) La region de los espíritus malignos.
(Td.)
(4) El verdadero significado de esta voz danesa es con
de. Los antiguos señores de Dinamarca y Noruega tenian
los títulos de hersa (baron) y jarl (conde) De esta últi
ma se ha formado la palabra inglesa earl, que significa
. . . .
lo mismo.
, (Id)
DE INVIERN0, 135

- Por Freya (1) la grande á quien fuiste


consagrada al nacer, no serás, lo juro, la espo
sa de un extranjero que adora al dios del ex
tranjero Ningun guerrero se llevará en su na
vío á la vírgen del escudo, si no profesa ó si no
adopta la religion de los valientes!
Ah! Siegmar el Teuton es cristiano, y se
asegura que los adoradores de Cristo antes re
nuncian á la felicidad y á la vida que á su
dios!
Además, ¿no es de hierro la voluntad de
Siegmar como la de Snorro?
Brunhilda no espera doblegar ni una ni otra
de aquellas almas enérgicas, y con todo su co
razon no puede desprenderse de Siegmar el
Teuton.
La niebla de la tarde desciende sobre las co
linas cubiertas de negras sombras: en los confi
nes del valle resuenan voces, relinchos y la
dridos. -

(r) Una de las principales divinidades de la mitología


de los antiguos pueblosseptentrionales Esta Freya era, sino
nos engaña la memoria, esposa ó hija de Thor, dios de
la guerra. A (,
ay del Trad.)
136 IIORAS

— Que echen en el hogar una encina ente


ra! Que metan mano en los toneles para lle
mar los jarros de cerbeza, de agua-miel y de
whisky (1), porque ya vuelven cansados y
hambrientos nuestros cazadores para el festin
de esta noche !

Palpitaba con violencia el seno de Brunhil


da bajo su cota forrada de pieles. Al ver á
Siegmar, caballero en su corcel, á la derecha de
su padre, la hermosa vírgen se estremeció de
pies á cabeza.
—Ea, Brunhilda, la de los negros cabellos,
levántate, hija, para hacer el debido acatamiento
al rey del festin. Por mi navío que hay hom
bres de pro en el pais de Deutsch (2), y que se
ha portado Siegmar como hubiera podido ha
cerlo un verdadero Normando. El desafió al
oso cara á cara, pecho á pecho, y le abrió en
canal con su cuchillo como valiente cazador !
Gloria á Siegmar el Deutsch!
Entraron todos alegremente en el salon del

() Aguardiente muy fuerte.


seis - c. 9, (Y. del Trad.)

(2) Deutsch-
-
land,
y.
el pais teuton, la Alemania.
(Ido)
DE INVIERNO. 137

festin, y el alma de Brunhilda estaba serena y


alegre, porque Snorro el viejo habia elogiado á
su jóven héroe.
Una estrepitosa alegría animó á todos los
convidados durante el largo festin. La frater
nidad de la caza es la primera para los hombres
del norte despues de la del campo de batalla.
Luego que apuró Siegmar repetidas veces
el cuerno que circulaba de mano en mano, lle
no hasta el círculo de oro que ceñia su em
bocadura, la bebida fermentada le calentó la
cabeza, y comunicó á su lengua notable osadía.
Descargó sobre la mesa un robusto puñetazo
para imponer silencio, y dijo:
—Escúchame, Snorro, noble Jarl! Tengo
quinientos caballos de batalla en mis praderas
de Laüenburgo, quinientos hombres de armas y
otros tantos flecheros prontos á ponerse en
marcha cuando se despliega mi pendon de guer
ra. Tengo mi voto en la eleccion imperial, y lo
que es aun mas, tengo sangre de Witikind en
las venas! Crees tú que la alianza de es
ta, sangre pueda ser deshonrosa para un rey
de la mar? (1) Snorro el viejo, es preciso que

(1) Era costumbre entre los héroes y grandes señores de


458 HORAS

me des tu hija, que me ha dado su amor!!...,


Quedó Brunhilda tan pálida como si de re
pente hubiera abandonado la vida su hermoso
cuerpo.
El Jarl permaneció un momento silencioso;
sus ojos fijos en tierra y su semblante inmoble no
revelaban ninguno de sus ocultos pensamientos.
—La sangre de Witikind corre por tus

los antiguos pueblos bárbaros, darse á sí mismos un so


brenombre ó apodo, por el que eran mas generalmente
conocidos que por sus propios nombres. Este apodo se
tomaba de la principal cualidad física ó moral que los
distinguía; muchas veces estos títulos eran hereditarios,
sobre todo cuando espresaban algun dictado glorioso de
valor ó de poderío. Snorro significa rey de la mar. Brun
hilda, como ya hemos dicho, no es mas que un apodo.
Obsérvese que esta misma costumbre ha existido y
existe aun en todos los pueblos bárbaros. Entre las salva
jes de la América del Norte, la mayor parte de los princi
pales caudillos de las diferentes tribus que han estado re
cientemente en guerra con los anglo-americanos, tenian
algun sobrenombre por el que eran generalmente cono
cidos entre amigos y enemigos. En nuestros barrios bajos,
que distan muy poco del estado de selvatiquez, apenas
hay manola ó chispero algo notable que no tenga su mote.
Estos motes son por lo general altamente filosóficos.
( N. del Traductor. )
DE INVERNO, 139

venas dijo en fin con voz tonante. Sí, tienes


razon, y bajo este título, consiento en olvidar
que tu raza no ha seguido las huellas de Wi
tikind, aceptando el yugo de los romanos.
Ahora, escúchame; responde á lo que voy á
decirte, y yo responderé á lo que tú me has
dicho.
Púsose en pie, y levantó en alto el cuerno
lleno de cerbeza.
—Siegmar de Laüenburgo, oye el brin
dis que te propongo : — Loor al hijo de Odin,
el Dios de los hombres libres! Maldicion á los
sectarios de Cristo, el Dios de los esclavos! —
Responde.
Siegmar se puso en pie, rechinándole los dien
tes, brillantes sus ojos con un fuego sombrío.
- Ea, no repites conmigo : —Maldicion
sobre la creencia de los romanos?
Los vapores del whisky y los de la cóle
ra subieron juntamente al cerebro del Teuton.
— Calla, blasfemo esclamó.—Cristo es el
único hijo del Padre Omnipotente, y Thor y
Odin son unos perros!
- Hela (1) te ha oido! dijo el Jarl lan

(1) Diosa de la muerte. (N. del Traductor. J


140 H0RAS

zando un rujido, y se precipitó á él con un pu


ñal en la mano.

Brillaron al mismo tiempo veinte cuchillos


sobre la cabeza del Teuton, que al punto se
arrimó de espaldas á la pared, blandiendo su
ancha espada.
La hija de Snorro se interpuso rápida co
mo una centella entre los aceros desenvai
mados. -

— Teneos esclamó con voz sonora ; no


llegareis al pecho del Deutsch sino atravesais
antes el de una vírgen del escudo Teneos
porque el huesped extranjero es cosa santa y
¡ay del que toma su vida por algunas pala
bras dichas entre las copas del festin
Flotaban destrenzados sus largos cabellos
negros sobre su cuello de cisne, brillaban sus
rasgados ojos, y espedía en derredor su frente
pura divinos resplandores.
Creyeron los guerreros ver una walky
ra (1), y bajaron al suelo las puntas de sus
dagas, sedientas de sangre.

(1) Fada y tambien encantadora. Esta palabra se de


rva del verbo to-valk, vagar, rondar misteriosamente, co"
mo los duendes- y la fantasmas. ( N. del Traductor. )
DE INVIERNO. 141

— Qué se vaya dijo, Snorro lanzándole


una mirada sombría; que vuelva sano y salvo
á su pais natal.—Pero juro por todos los dio.
ses que si el sol de mañana le encuentra aun
en muestras costas dinamarquesas, los cuervos
se apacentarán en su cadáver...
—No acepto tu perdon ni tu salvo con
ducto, ó Snorro pero me voy porque mo
quiero que entre su padre y su amante, ten-o
ga tu hija que llorar un muerto y maldecir á
un vívo Adios, pues tú lo quieres, Jarl
Snorro !.... . . .. º

II. - , - ,
.

—Qué vayan á buscarme la Brunhilda


dijo el caudillo con semblante adusto; he te
nido esta noche tristes ensueños, y quiero que
me diga al son de su harpa los cánticos del
Edda, para ahuyentar el negro humor de mi
alma................................ ...................
— Jarl, dijeron las doncellas, Brunhilda
no está en este palacio. La hemos buscado y
no ha parecido; la hemos llamado y no nos
ha respondido.
Subió el caudillo á la atalaya de la tor
142 hOh As

re, tendió por el valle sus miradas de guia,


pero la niebla le envolvia como un manto en
sus oscuros pliegues,
— Brunhilda gritó con su poderosa voz,
y solo los cuervos respondieron, huyendo ater
rados de las altas copas de los pinos.
Lanzó el anciano guerrero un sordo jemi
do, y sus cabellos grises se erizaron sobre su
cráneo, como si Loke, el Diós del mial, le hu
biera tocado con su abrasada mano.
Luego que bajó de la torre, le rodearon
sus fieles servidores, la vista inquieta y el oido
atento.

—A caballo esclamó.
Esta fue toda la alocucion del padre de
Brunhilda.
N

Y todos se pusieron en marcha.


Atravesaron como un huracan los arenales
y los pantanos, volando siempre en línea recta
como una saeta, trepando á galope las cuestas
empinadas, saltando las profundas grietas de
los peñascos de granito.
Pararon en fin al pie de una montaña casi
perpendicular, sus caballos cubiertos de una
sangrienta espuma, y subieron rápidamente
hasta la cumbre.
DE INVIERNO, 143
Desde allí recorrieron sus miradas á lo le
jos las olas del pequeño Belt y sus islas fes
toneadas, las ásperas costas del Jutland y sus
profundas bahías y ensenadas.
Apagóse en la garganta de Snorro una es
clamacion mal articulada; su brazo estendido
como para echar una maldicion, indicaba á los
guerreros, casi á sus pies, una lancha amarra
da á una pequeña angra de la orilla.

Dos figuras, una de las cuales se conocia


ser de muger por su flotante ropaje, estaban á
veinte pasos de la barca. -

Lanzó Snorro un grito tan terrible, que lo


oyeron los dos amantes, y levantaron la cabe
za hácia la cima de la montaña.
Tembló de pies á cabeza la fugitiva, cayó
de rodillas, y tendió al caudillo sus manos su
plicantes.
Cogióla en sus robustos brazos su compañe
ro, entró con ella en el barco, y rompió de un
hachazo las amarras.
La frágil barca caracoleó como un caballo
sobre las olas negras y borrascosas.
Echó Sonrro en torno de sí una mirada de
desesperacion; luego brillaron sus ojos como
un relámpago entre nubes sombrías.
144 HORAS

Snorro acababa de ver su Almadia anclada


en una ensenada vecina.
—. A la mar! esclamó. - -

El viejo pirata Haldan, su compañero de


guerra hacia ya treinta años, meneó la cabeza
viendo los signos precursores de la tempestad
que se alzaban con el viento de este en las cos
tas de Seeland. º ,

Luego repitió, como los demas:


— A la mar 2 a
l. . . . . ..." - -

III.

- Quedó Snorro, por algun tiempo tan som


brío como una fantasma evocada de su colina
tumularia; pero cuando vió la lancha á lo le
jos desplegando su blanca vela como una pa
viota sus alas, recobró toda su impetuosa ener
jía, comprimida un momento por aquel golpe -

inesperado. - -

Echábase el guerrero con toda su fuerza so


bre la proa del buque, como si hubiera podido
imprimirle de este modo un impulso mas rá
pido. o
— Ea, mi buen navío, mi serpiente de
mar Veinte veces has llevado á tu señor á la
DE nvieaso. 145
victoria; veinte veces le has libertado, cuando
estaba herido, del furor del enemigo Tambien
ahora está herido, pero en el corazon Hoy
no te confia su salvacion, sino su venganza. Ea,
mis fieles compañeros tenemos cuarenta remos
contra cuatro, y nuestra vela es diez veces ma
yor que la suya.
La menuda lluvia lejana parecia una negra
cortina tendida sobre toda la bóveda del cielo
las olas se abultaban por momentos, espidien
do bramidos sin fin; la mar herbia por cima de
los bajíos, que brillaban por lo general sobre
su desigual superficie.
La lijera lancha, ya deslizándose sobre las
profundas pendientes de las olas, ya lanzándose
hasta la cima de su espumosa voluta, parecia
una tímida gazela huyendo de las garras de un
tigre. - *

Un inmenso relámpago desgarra los espe


sos nubarrones, y los estampidos del rayo se
mezclaron á los bramidos del mar.
—Oyes, bija ingrata esclamó el caudillos
¿oyes al poderoso Thor que te amenaza por la
- º

voz de su trueno?
El navío, lijero y poderoso como una águi
la marina, seguia derecho su rumbo por en
ToMo III. IO
146 hoRAS
tra las húmedas montañas que hendia con su
constante proa.-
La Almadia dominaba la tempestad; pe
ro esta dominaba á la débil barca, la cual, car
gada su vela, dejabase bambolear á merced de
las olas. , , -

Un nuevo vendabal puso á su poderosa ene


miga cási junto á ella.—

—Rendios, traidores! gritó Snorro.


... —Perdonadnos, padre mio respondió la
dulce voz de Drunhilda. Concédeme al Teuton
- —J amás! - - -

-Echó la hermosa sus brazos al cuello del


guerrero cristiano, y alzando al cielo su frente
bañada por las ondas marinas:
—Moriremos juntos , dijo, amado mío!
Levantó Snorro su pesada hacha, pero no
se la lanzó al Teuton, porque Brunhilda esta
ba colgada á su cuello, y no tuvo corazon el
Jarl para matar á su hija,
Voló no obstante silbando el hacha, y
atravesando el pequeño espacio que separaba á
los dos buques, fué á partir el mástil de la lancha.
Envolvió a entrambas naves en aquel mo
mento un furioso torbellino », y las hizo jirar
entre las olas arremolinadas.—
y -
DE INVIERN0. 147

Abrió Snorro sus ojos doloridos por el con


tacto de las saladas aguas del mar, y vió al
barco ya sin palos ni velas flotando á tres tiros
de ballesta.
Remaron con todo brio los de la Almadía
para alcanzarle; pero las olas (era compasion
ó cólera)? ocultaron de nuevo la barca al an
ciano caudillo.
Un relámpago se la hizo ver casi sepulta
da en un hondo sulco de olas. Luego se des
moronaron con estruendo los declives laterales
de aquel movedizo y profundo sendero, cu
briendo á la pobre barquilla.
Sintió Snorro comprimido su corazon como
bajo una tenaza de hierro.
Vió entonces la barca mas cercana.-Las
furiosas oleadas acaban de llevarse á tres reme
ros; pero los dos amantes estaban abrazados
aun al pedazo que quedaba del palo mayor.
Y entre los horribles bramidos de la tem
pestad, una aguda súplica llegó á los oidos de
Snorro: -

—Compasion! compasion! padre mio!


Los compañeros del Jarl descansaron un
momento sobre sus remos, fijos los ojos en el
tétrico semblante de su gefe. b. ...
148 HORAS

- Porque hervia á la sazon en terribles com


bates consigo misma el alma de Snorro.
El huracan qne barre al pasar el frájil ar
busto, es cosa terrible cuando lucha con la
robusta encina!
Levantó de repente el Jarl su cabeza has
ta entonces reclinada sobre el pecho, y llvó
á su boca la bocina que llevaba pendiente del
cinto.

—Vuelve, vuelve, Brúnhilda! esclamó.


—Hija mia, vuelve !... Te perdono.—Perdo
no al Teuton, Brunhilda —Brunhilda mial—
Oyó sin duda la vírjen estas palabras de
misericordia, porque se venció sobre el bor
de de la lancha, estendidos los brazos hácia su
padre. -

Si hubiera estado el Jarl junto á los dos


amantes, hubiera visto brillar una lágrima en
las largas pestañas del indomable Siegmar.
Cojieron luego el cristiano y la virgen los
remos de dos de los marineros que se habia lle
vado el impulso de las olas, y no menos vio
lentos esfuerzos hizo entonces la barca para
acercarse al navío, que antes para huir de él.—
En varias ocasiones lograron acercarse á
sus costados, y tanto, que mas de una vez es
DE INVIERNO, 149
tuvieron á punto de estrellarse contra ellos en
un choque en que el mas fuerte infaliblemente
hubiera hecho pedazos al mas débil.—
Y siempre las olas los separaban con vio
lencia cuando iba á echar el Jarl el arpeo de
abordaje. -

Un grito terrible se alzó de los bancos de


la Almadía cuando el movimiento de las aguas
impelió la barca hácia la popa del navío con la
velocidad de un rayo.
Una ola monstruosa la perseguia cada vez
mas de cerca.
— Birad de lado gritó Snorro.—. A los
remos, Brunhilda, á los remos — a

Apenas hubo birado el navío, llegó la bar


ca y detras la ola, encorbada sobre ella como
nn fúnebre dosel. --

¡Ya están, ya están á distancia de una


lanza!

Ya alargan las manos para asir los remos


libertadores.

En el mismo instante, la terrible montaña


de agua que se inclinaba sobre sus cabezas, se
desplomó toda entera.
La lancha, los que estaban en ella, y tres
de los remeros dinamarkeses que les alargaban
150 HORAS

los remos, acababan de desaparecer bajo las


olas
Pocos momentos despues viéronse aparecer
sobre la superficie del agua dos cuerpos abra
zados, y oyóse una voz moribunda que escla
clamaba: - -

—Sálvate, Siegmar y déjame morir sola!!—


Pero este grito no obtuvo respuesta, y los
dos amantes se hundieron de nuevo en el
abismo! - ... y

Snorro y sus fieles compañeros se precipi


taron al punto en el seno de las aguas...
Pero cuando despues de una larga lucha
contra las olas , llegaron por fin á su navío , no
sacaron á bordo mas que dos cadáveres. .
Los cadáveres de Siegmar y de la hija del,
Jarl.— -

ENRIQue Kramel.

... º ," º - ".

e o e' . . . .. . . . . ...,
. .. º , ,
-2s

MEMORIAS -

DB UN AIIORGADO,
RECUERDos DE UN EMPALADo. .
...

º -

“El ahorcado resucita- ,


LA FoNTAINE.

“Los pícaros de los turcos me clavaron en un asador.»


* RABELAIs.

- rº , ,, ,,

-- —Y será posible, caballero, que sea V.


uno de esos audaces bandidos sicilianos de quie
nes he oido contar tan entretenidas historias de
robos y asesinatos, y cuya vida aventurera inspi
ró tantos grandiosos pensamientos á Salvator
Rosa? (1). e . . . . . . ... uno
== I

- (1) caebre pintor a politºno. cy del Trad. ) -


º
152 IIORAS

-Sí, repuso mi acompañante; yo fui en


mis tiempos uno de esos valientes sicilianos, un
jovial y atrevido bandolero que limpiaba á un
hombre los bolsillos en mitad de un camino
real, tan hábilmente como puede un raterillo
francés escamotar una miserable bolsa en la fe
ria de una aldea.
Dichas estas palabras, bajó la cabeza, y
lanzó un profundo suspiro.
—Paréceme, le dije con muestras del mas
vivo interés, que debe V. echar muy de me
nos aquella agradable vida.
—¿Pues no la he de echar de menos, ca
ballero? Vivir de otra suerte no es vivir. Nada
iguala en la tierra á un digno habitante de las
montañas. Figúrese V, un jóven á los diez y
ocho años, vestido de una casaca verde con bo
tones de oro, los cabellos elegantemente tren
zados y sujetos con una lijera redecilla encar
nada, una rica faja de seda en la cintura, de
la que penden sus pistolas, un ancho sable que
le arrastra espidiendo sun, sonido formidable,
una carabina brillante como el oro sobre el
hombro derecho, y á su lado un cuchillo damas
quino de encorvada empuñadura: figúrese V.,
repito, un jóven bandido armado de esta ma
DE INVIERNO, 153

mera, apostado en la cima de una roca, desa


fiando el abismo que se abre bajo sus plantas,
siempre cantaudo y batiéndose con soldados y
pasajeros; ora haciendo alianza con el Papa, ora
con el emperador, rescatando al estranjero
como á un esclavo, bebiendo alegremente los
mejores vinos de nuestra hermosa Italia, sien
de la delicia de las tabernas y de las buenas
mozas, y siempre seguro de morir en un patí
bulo ó en un lecho de gran señor. Vea V. aqui
la deliciosa existencia que he perdido!
—Perdido ... Paréceme sin embargo que no
ha de haber sido cosa fácil prenderle á V., y
que si se ha retirado de esa buena vida, ha sido
porque habrá querido hacerlo.
—Eso es muy fácil de decir, replicó el
bandido; pero si le hubieran á V. ahorcado
como á mí...
—Ahorcado A V. !
—Sí señor; ahorcado, ni mas mi menos, y
¿quién lo habia de decir? por un esceso de de
vocion. Estaba yo escondido en uno de aque
llos impenetrables desfiladeros de Terracina,
cuando se levantó una noche la luna tan bri
llante y pura, que me acordé de que hacia ya
mucho tiempo que no habia yo ofrecido el
154 HORAS

diezmo de mi botin á la Madona. Era justa


mente aquel dia el de la fiesta de la virjen,
dia de júbilo y de devocion para toda la Ita
lia. Yo solo no habia ofrecido en aquel solemne
dia mis fervientes oraciones á la Madre de
Dios, y al punto resolví cumplir aquel deber de
todo buen cristiano: bajé al valle en alas de la
mas viva impaciencia, admirando el brillante
reflejo de las estrellas en el ancho lago, y lle
gué á Terracina cuando estaba toda la ciudad
espléndidamente iluminada: era la noche tan
clara cual si brillara el sol en mitad del firma

mento. Ocupado esclusivamente en mi devo


cion á la santa Madona, atravesé la muchedum
bre de los lugareños italianos que tomaban en
las puertas de sus casas y chozas la fresca bri
sa de la noche, sin pensar en que todos te
nian entre tanto fijos los ojos en mí. Llegué á
los dinteles de la iglesia; solo estaba abierta
una de las compuertas; en la otra se veía es
tendido un gran cartel; en él estaban escritas
las señas de mi persona y la talla ofrecida por
mi cabeza. Entré en la iglesia , una hermosa
iglesia italiana, con sus arcos festoneados, su
rico pavimento de mosáico, su aérea cúpula,
su altar de mármol blanco, sus perfumes, y
Dé INviERNo. 155

los últimos sonidos del órgano despertando los


mas profundos ecos de la torre. La santa imá
jen de la Madona estaba coronada de flores;
prosternéme á sus pies con profunda contri
cion, y la ofrecí su parte de mi botin; — una
cruz de diamantes que habia brillado algun dia
en la garganta morena de una jóven siciliana, y
un cofrecillo inglés de un trabajo primoroso.
Pareció satisfecha la virjen de mi homenaje, y
me puse en pie lleno de paz y seguridad para
volver á mis montañas, cuando al salir por la
puerta de la capilla me echaron la garra unos
cuantos esbirros, y me metieron en un calabo
zo de donde no podia escaparme, porque ni
habia por allí casada ó doncella que me pusiese
en libertad, ni tenia oro con que sobornar al
carcelero.
— ¿Y le ahorcaron áV.?
—Me ahorcaron al día siguiente. No quiso
la justicia que se estendiese la noticia de mi
prision, y pocas horas bastaron para levantar
un cadalso y hallar un verdugo. Fueron pues
á buscarme muy de madrugada, sacáronme
de mi calabozo, y en la última reja me ha
llé una cáfila de penitentes italianos, blancos:
y negros, grises, calzados y descalzos, todos
156 IORAS

con un cirio encendido en la mano, cubierta


la cabeza de un san benito que no dejaba ver
mas que un agujero redondo, á manera de
ojo, en mitad de la cara; — parecian otras
tantas fantasmas. Delante de mí, cuatro sa
cerdotes murmurando entre dientes el oficio
de difuntos, me precedian al lugar del supli
cio, llevando en sus hombros un atahud. Lle
gamos por fin á la horca, levantada sobre
una airosa colina; multitud de blancas mayas
formaban una alfombra de flores á sus pies;
alzábanse á su espalda las montañas, teatro
de mis proezas, y á pocos pasos delante, abria
su inmensa boca un precipicio en el que se
derrumbaba con sordo bramido un rápido tor
rente, cuyos húmedos vapores llegaban hasta
mí; enrededor del patíbulo todo era per.
fumes y claridad. Adelantéme impávido y
sereno hasta el pie de la escala de madera;
pero echando entonces una postrera ojeada
sobre mi atahud y midiéndole con los ojos: —
Esa caja no es bastante grande para conte
ner todo mi cuerpo, esclamé, y por Dios que
no he de dejarme ahorcar sino traen otra que
me venga ajustada. Esto dije con aire tan re
suelto que el jefe de los esbirros, llegándose
DE INVIERNO. 157

á mí : — Seguramente, hijo mio de mi alma,


me respondió, que tendriais razon para queja
ros si ese atahud hubiera de conteneros todo
entero; pero como sois muy conocido por
vuestras hazañas en toda la comarca, hemos
decidido, apenas hayais dado vuestra alma á
Dios, cortaros la cabeza y clavarla en la pi
cota mas alta de la ciudad. Ya veis por consi
guiente que no os faltará espacio en ese atalud.
Estas razones me convencieron ; subí la
escalera y en un abrir y cerrar de ojos, lle
gué á lo alto de la horca. Era tan admirable
el espectáculo que se ofrecia á mi vista desde
aquella altura cuanto novicio el verdugo, por
lo que tuve tiempo para echar nna postrera
ojeada sobre la muchedumbre que se apiñaba en
derredor de mí. Algunos mancebos tembla
ban de furor, algunas mnchachas lloraban lá
grima viva; otras, por el contrario, se alegra
ban sin rebozo:—enmedio del jentío ví á un
bandolero, como yo, cuyas miradas me pro
metian venganza. Paseabame yo en tanto sobre
la viga transvertal de la horca, encima del
precipicio. —Vas á matarte, me gritó el ver
dugo desde abajo; espera que allá voy yo. —
Llegó en fin, pero estaba de todo punto ma
158
reado; sus piernas temblaban como dos mim
bres, y no era estraño.... aquella cascada á
sus pies!... aquel sol esplendente sobre su ca
beza!... En fin, me ciñó la cuerda al pescue
zo, me empujó hácia el abismo, quiso apo
yar su inmunda planta sobre mis hombros,—
pero estos hombros son fuertes y robus
tos; — ningun pie humano puede hacer hue
lla en ellos. Los pies de mi verdugo se res
balaron; —terrible fue el choque de su cuer
po contra el mio!!... Al principio se asió con
ambas manos á un palo de la horca; luego
fue cediendo lentamente una de aquellas ma
nos crispadas, amarillas.... y un momento
despues cayó con sordo estruendo en el abis
mo. — Las aguas arrebataron su cadáver.
Esto me dijo el bandido. Aquella horca ce
ñida de flores y de verdura, aquella escena de
muerte referida con tanto desenfado me inte
resaban en sumo grado, porque jamás habia
podido imaginarme que llegase á ser la horca
un agradable asunto de alegres memorias,—por
que munca habia visto teñida la muerte de tan
risueños colores. Al contrario, no parece sino
que todos los que han beneficiado esta mina
tan fecunda en sensaciones, han procurado á
DE INVIERNO. 159

porfía ensangrentar mas y mas la escena, como


si en nuestra vida social no fuese la pena de
muerte una accion vulgar, una especie de mul
ta que todos pueden pagar, una multa al nivel
de todas las haciendas. Así la consideraba el
bandido italiano; sabia que la horca era el con
tra de su profesion, y su alma era demasiado
justa para lamentarse de ello. — Quise pues
saber qué habia sido de su vida despues de
aquel suceso, y el prosiguió sin hacerse rogar:
—Me acuerdo como si fuera ahora de la
mas mínima sensacion que esperimenté enton
ces, me dijo, y á fé que no se me daria un
bledo de tener que volver á las andadas de
aqui á una hora.—Apenas caí de la horca con
la cuerda al pescuezo, sentí un vivísimo do
lor en la garganta, pero nada mas; el aire
llegaba á mis pulmones lentamente, pero en
tal disposicion, que la mas pequeña parte de
aquel aire bienhechor me volvia á la vida; —
ademas, lijeramente mecido en medio de la at
mósfera, la respiraba por todos los poros de
mi cuerpo.—Mas diré; me acuerdo de que no
carecia de encanto para mí aquel suave meneo.
Veia yo los objetos como al trasluz de un ve
lo de gasa; un hondo silencio fatigaba mis oi
160 EORAS

dos; yo pensaba en algo, pero no sé en qué;


solo una vez sé que se me vino á la memoria
el dinero que habia ganado el dia antes á mi
compañero Gregorio. De pronto me faltó el
aire, nada ví, dejé de sentirme columpiado...
ya estaba muerto.
—Con todo, le dije, aun anda V. por es
tos mundos de Dios, y á fémia que le doy por
ello el mas cordial parabien.- -

—Lo debo á un gran milagro, me respon


dió gravemente el bandido. — Muerto, estaba
hacia ya una hora, cuando cortó la cuerda mi
compañero, y apenas volví en mí, encontra
ron mis ojos las dulces miradas de una mujer
que, inclinada sobre mi rostro me volvia la
vida y el alma : — una alma mas pura y mas
enérjica. Aquella mujer tenia una voz italiana,
una gracia italiana, todas las perfecciones de
una doncella italiana. Creí por un momento que
salia del sepulcro, y que una vírjen de Ra
fael me recibia en sus brazos....

Hé aquí, Señor, mi historia de bandolero;


he prometido á la jóven María volverme, si pue
do hombre de bien, y espero lograrlo por
amor de ella, y no sin fundamento, pues ya
sin ir mas lejos, tengo lo mas difícil de obte
DE INVIERN0. 161
ner para llegar á ser hombre honrado — entre
VV;— un frac limpio y un sombrero nuevo.

Pocos dias despues, hallándome en una so


ciedad de amigos en la casa de campo del ba
ron de S.... conté la historia de mi ahorcado.
Mi historia produjo poco efecto, porque
realmente no era verdadera y creible mas que
en boca del bandido italiano; en la mia, no
pasaba de ser un cuento asaz inverosimil.
— Yo por mi parte, dijo despues de un
breve silencio general uno de los circunstantes,
no tengo inconveniente en creer que haya sido
ahorcado ese italiano, así como yo he sido em
palado.—
El que esto decia era un venerable musul
man que, muellemente reclinado en un ancho
sofá, prosiguió despues de haberse pasado la
mano varias veces por la hermosa y poblada
barba blanca que le caia sobre el pecho. -

—Loado sea el Profeta Mahoma que me ha


hecho penetrar una vez en mi vida en el haren
de su alteza - - -

Subió de punto en esto la atencion, y to


dos unánimemente rogaron al musulman que
refiriese su historia. Hizolo él en estos términos:
ToMo III. i 1 -
v

162 IIOR AS º

—Mi nombre es Hasan; mi padre era rico


y yo lo soy. Como buen turco, no he tenido
en mi vida mas que una pasion , —la pasion
de las mujeres ; mi gusto ademas era delica

dísimo en esta materia. --En vano recorria yo


en mis buques los mas célebres mercados del
oriente; apenas hallaba en todos ellos una mu
jer bastante hermosa para mí. No pasaba dia
eu que no me hiciesen ver nuevas esclavas,
mujeres negras como el ébano, mujeres blan
cas como el marfil; pero cada vez estaba yo
mas descontento de mi suerte, y nunca podia
resolverme á pagar el coste de una buena ye
gua por una mujer que no fuese completamen
te á mi gusto.—Crecia sin embargo por ins
tantes mi impaciencia, y una noche en que
llegó esta á su mas alto grado de exaspera
cion, me decidí á penetrar en el haren del pa
lacio imperial.—
Como no trataba de ocultarme, y escalé
las tapias del serrallo, cual si no lubiera teni
do á su servicio el Sultan genízaros ni eunucos,
nadie reparó en mí.— Penetré afortunadamen
te los tres impenetrables circuitos que defien
den el sagrado haren, y apenas empezó ára
yar el dia, eché una temeraria mirada á aquel
- - -
DE INVIERNO. 165

inviolable santuario.—Grande fué mi sorpresa


cuando al blanco y pálido resplandor del pri
mer sol, pude conocer que las mujeres del suc
cesor de Mahoma se parecian á todas las que
habia yo visto hasta entonces Mi imaginacion
desengañada no podia dar crédito á aquella
triste realidad, y ya empezaba á arrepentir
me de mi tentativa, cuando se echaron de re--
pente sobre mí los centinelas del palacio.
Si se descubría mi temeridad, era eviden
te que debian pagarla al punto mi cabeza y
las de aquellas desgraciadas mujeres á quie
nes sorprendí durante su sueño ; resolvióse
- pues que no se hablaría de aquel suceso á su
alteza, y esto no obstante, sacado con sijilo
de aquel formidable recinto, fui conducido al
suplicio á que me habia hecho acreedor mi
loca osadía.

Acaso no sepan VV., señores, que cosa


es el palo. Llámase así un instrumento agudo,
colocado en la cima de nuestros edificios, y
que se parece no poco á esos pararayos que
han inventado los europeos como para desa
fiar al destino á cada instante. Tratabase de
ponerme á caballo sobre aquel paló, y para
hacerme conservar mejor el equilibrio, me
164 EIOR As

ataron á cada pie dos balas de cañon. El prí


mer dolor fue atroz; la punta de hierro iba
clavándose lentamente en mi cuerpo, y el sol
del segundo dia, cuyos punzantes rayos se des
plomaban sobre las brillantes cúpulas de Cons
tantinopla, seguramente no me hubiera halla
do vivo á la hora de las doce, sino se me hu
bieran soltado por fortuna las balas de ambos
pies : —cayeron con estrépito, y como no era
ya entonces, merced á esta feliz circunstancia,
tan insoportable mi tormento, empecé á espe
rar que no moriría. Hermosa es la mar de Cons
tantinopla; aquella mar es una inmensa llanura
blanca, salpicada de pequeñas islas cubiertas
de verdura, y surcada en todas direcciones por
los buques de Europa. Desde la altura en que
yo me hallaba, comprendí que Constantinopla
era la reina de las ciudades. Estaba yo á la sa
zon como un águila encima de ella; veia á mis
pies sus brillantes mezquitas, sus palacios bi
zantinos, sus pensiles suspendidos en los aires,
sus vastos cementerios, tranquilo refugio de los
bebedores de agua miel, e invocaba en mi gra
titud al dios de los creyentes. Llegaron sin du
da mis súplicas á los oidos del Todo Poderoso,
porque un sacerdote cristiano me libertó, po
DE INVIERNO, 165

niendo á grave riesgo su propia vida; llevóme


á su cabaña, y sus caritativos y eficaces socor
ros me volvieron pronto la salud. Apenas me
hallé enteramente restablecido, volví á mi pa
lacio, donde todos mis esclavos se prosternaron
á mis pies; compré al siguiente dia las prime
ras mujeres que se me presentaron; llené de
tabaco mi larga pipa de ambar, la empapé en
agua rosada, y si pensé alguna vez en los nudos
de su alteza y en su cruel suplicio, fue solo
para tener presente en la memoria que es pre
ciso comprar las mujeres como ellas son, y, so
bre todo, para recordar con orgullo que Dios
es Dios, que Mahoma es su profeta, y que
Stambul (1) es la perla del Oriente.
e º º e º e º se se º º e • º « • « º • • • • • º « º « º º s º s º º se e se se º º es º e

JULIo JANIN,

(1) Nombre que dan los turcos á Constantinopla.


(W, del Trad.)
LA IIERRADURA.
- (Reyenºa, «cuaua...)
--esee

Dirigiase un dia Jesus con su comitiva de


apóstoles á una pequeña aldea, cuando vió en
mitad del camino un objeto que relucia mucho;
aquel objeto era una herradura rota. Dijo Jesus
á San Pedro que la recogiese, pero San Pedro
no tuvo ganas de molestarse en hacerlo: mien
tras iba caminando, llevaba la imaginacion en

golfada en sus pensamientos favoritos, que se di


rigian nada menos que á obtener algun dia el
imperio del mundo. Parecióle el hallazgo so
bradamente despreciable para quien no soñaba
como él mas que con cetros y coronas: — ¿Por
DE INVIERNO. 467

una herradura rota habia de bajarse al suelo?


Volvió pues la cabeza a otra parte, é hizo como
que no habia oido.
Jesus, siempre bueno y sufrido, recogió la
herradura; detúvose al llegar á las puertas del
pueblo en la tienda de un herrero, y le ven
dió por tres dineros (1) el pedazo de metal que
se habia encontrado. Cuando pasaron despues
por la plaza donde estaba el mercado, vió unas
cerezas que parecian muy buenas, compró las
que pudo por los susodichos tres dine os, y
luego, segun su costumbre, se las metió en la
manga sin decir palabra.
Salieron del pueblo. El camino que seguian
cruzaba largas praderas y estériles campiñas,
en que no se veia ni una sola cabaña en que
tomar alimento, ni un árbol que diese la me
nor sombra; el sol brillaba con toda su fuer
za, hacia un calor insoportable, y cualquiera
hubiera dado con gusto mucho dinero por un
poco de agua. El Señor, que iba delante de

(1) Moneda de cobre del valor de dos blancas, usada


en Castilla en el siglo XIV. Cada blanca valia medio ma
ra vedí.
V. ( V. del Trad y
168 BORA3

sus discípulos, dejó caer como por descuido


una cereza, y San Pedro, que le seguía de cer
ca, se bajó para cojerla con tanto placer co
mo si hubiera sido una manzana de oro: la

cereza humedeció muy agradablemente su pa


ladar. Un momento despues, dejó caer Jesus
otra cereza y al punto San Pedro se bajó igual
mente para llevársela á la boca. Continuó el
Señor durante algun tiempo haciéndole doblar
la espalda para recojer las cerezas, y luego le
dijo en tono de cariñosa reconvencion:—«Pe
» dro, si te hubieras bajado cuando debiste, hu
» bieras comido tus cerezas con mas comodi

» dad. El que no hace caso de las cosas pe


» queñas, se espone á darse mucho trabajo por
» cosas menos importantes todavía.»
GCETHE.
s-3369

ROG,

Nada era tan lindo, puro y rosado como Lu


cy, - boquita de perlas, ojos de esmalte azul
claro , naricita menuda, redondos carrillos,
rubia cabellera rizada; una de aquellas cria
turas — ángeles, á quienes, segun la feliz es
presion creada para ellas, quisiera uno comerse
á caricias. Lawrence (1), el Rafael de los ni
ños, ha pintado algunas de estas criaturas con
singular talento. Solo la Inglaterra sabe pro
ducirlas como para consolarse de no tener
melocotones; por eso la Inglaterra es el pais
donde se roban mas niños. Lucy tenía cuatro
años, y se moria por las muñecas de Java,

(1) Tomas Lauwrence, admirable pintor inglés, el


Wamdick de nuestros dias. (W. del Trad.)
Entrega 3.a-TOM. II. I2
170 HORAS

unas muñecas negras desconocidas en Francia,


donde nada se conoce. Pero Lucy preferia los
bizcochos de almendra á las muñecas negras,
y Rog á las muñecas negras, y á los bizcochos
de almendra.
Rog era un perro, no sé de que especie,
pero supongo que seria de la mas fea; una
mezcla de lobo y de zorra, jovencillo y viva
racho, pero que prometia ser poca cosa bajo
su pelo sucio y sus orejas informes á las que
ya imprimia un pliegue de mal agüero: cuando
levantaba la derecha, agachaba la izquierda,
signo frenolójico de los perros ladrones.
Sin embargo á pesar de su pelo gris, áspe
ro y puerco, de sus patas mal configuradas,
de su rabo mezquino á manera de pincel ó, mas
bien, retorcido como gancho de candil; á pe
sar de sus ojos apagados y escondidos bajo un
espeso matorral de cerdas, á pesar de una es
pecie de barbeta, que un artista se hubiera des
deñado de poseer, Rog agradaba como agrada
todo lo que es jóven, como agradan los sapos
pequeños y las culebrillas.
Era cosa de oir los gritos de alegría de la
niña mezclados á los ladridos de Rog, cuan
do se agarraban á brazo partido sobre el sofá;
DE INVIERNO, 171

Lucy hundiendo sus dedos rosados y sin uñas


en el vientre rosado de Rog; Rog ciñendo el
muslo desnudo de la niña con sus patas sin gar
ras, y probando sus dientes sin morderle en
el hombro de leche de Lucy ; y luego se res
balaban así agarrados como una pelota de al
godon y de cerda desde el sofá hasta la alfom
bra, desde la alfombra hasta la alcova en la
que se metian para volverá aparecer hechos una
bola, rodeados de circunvolucion en circunvo
lucion de chales, de pieles de tigre, de la al
fombra y de los tapetes, y cuando estaban
cansados de jugar, se dormian bajo aquel re
bujo ajitado por su caliente y ajitada respira
cion. De alli los sacaban dormidos á los dos.
Mistress Philipps era una buena madre,
aunque muy rica.... Madre escelente que se
levantaba de noche para ver si su hija estaba
bien tapada , si no ajitaba la fiebre sus lindos
labios, si la luz de la lámpara no la daba de
masiado sobre los ojos. Para decir verdad, no
eran aquellos temores mas que otros tantos in
jeniosos pretestos para dar un beso á Lucy,
para respirar su blando aliento.... pero Sa
rah, el aya, nada dejaba que hacer á su des
velo maternal. Aquellas dos mujeres tenian
172 HORAS

que espiarse mutuamente en su deseo de le


vantarse de noche para volar á la cuna de
Lucy: á ambas las habia prohibido el facul
tativo aquellas escapatorias; á la madre á quien
una enfermedad, orijinada de resultas del par
to, habia causado unos dolores crónicos en
la pierna izquierda; el aya, amenazada de un
reumatismo agudo. Bajo el influjo de aquella
vijilancia recíproca, si en sus mal tomadas pre
cauciones, se encontraban alguna vez cara á
cara junto á la cuna de Lucy, se decian
con una especie de despecho : — Qué viene
V á hacer aquí, Señora ? —Pues y los dolores?
ya sabe Vd. ....—Y tú Sarah, por qué estás
aquí? Has olvidado tu reumatismo? —He oido
que lloraba la niña.—No es verdad, Sarah!
Dos horas hace que estoy dispierta y Lucy
mo se ha movido. — Pues entonces, Señora,
porque está V. aquí? y sus reconvenciones se
apagaban en una deliciosa contemplacion de la
miña, radiante de hermosura como un Mesias,
—porque los niños van al cielo cuando duer
men ; si nunca nos lo han dicho es porque lo
han olvidado.—

Tú conoces á Sarah mejor que yo pudiera


pintártela, lector amado; Sarah tiene cuarenta
DE INVIERNO, 173
y cuatro años, y hace veinte que te sirve.
Ella es la que te paseaba en brazos por las Tu
llerías, y sentia palpitar su corazon cuando
decian detras de ella algunas Señoras muy
compuestas: —Jesus, que niño tan hermoso—
Ama, de quien es ese niño? cómo se llama?...
Todos hemos sido tan bonitos algun dia — En
cierta ocasion rompistes un reloj de sobremesa.
¿dónde te refugiaste? —Ya conoces á Sarah!...
—Otra vez cuando tenias diez y seis años, llo
raste por no sé que amorío ya muy antiguo en
tu corazon.... Quién te consoló entonces? -
En el colejio ganastes algunos premios, bien
te acordarás— ¿ pero te acuerdas tambien de
quien era la que enseñaba por las calles con
orgullo la servilleta blanca, por cuyas puntas
salian verdes hojas de coronas y ángulos de li
bros primorosamente encuadernados ? — De
vuelta de tus viajes, despues de haber abra
zado á tus padres y á tus hermanos, á quién
viste en pié junto á la puerta, enjugando una
lágrima de alegría, y mirándote con dulzura
como si dijera —Aqui estoy yo tambien Aun
no me he muerto — No es verdad que esta
mujer era Sarah?
La casa de mistress Philipps respiraba aque
174 * HORAS

lla cómoda independencia tan general en la cla


se media inglesa, y en todas las clases medias
europeas, hijas del comercio y de la libertad.
Nada de sobra; verdadero término medio en
tre la nobleza y la plebe; poco esplendor,
mucho órden; nada de muebles ostentosos, pe
ro plata y ropa blanca con profusion:—virtud
del protestantismo, muchísimo aseo, suma fi
delidad y atencion en los criados: —camas he
chas á las nueve, gatos de angola dormidos
en el fondo de las poltronas; un loro, respe
table por su ancianidad, dormitando sobre una
pata desde la época del descubrimiento de la
América; en las paredes algunos cuadros de
asuntos sacados del viejo testamento:—los per
sonajes, todos con peluca parlamentaria y he
villas en los zapatos; en fin, unas costumbres
apacibles, una serenidad impeturbahle y, reu
midos bajo un mismo techo, el silencio de un
templo metodista y la minuciosa limpieza de una
tienda holandesa (1). -

Mistress Philipps no recibia en su casa des


de la ausencia de su marido, mas que á su an

(r) Es de advertir que los holandeses pasan, y con


razon, por el pueblo de Europa donde es mas general
la limpieza. (V. del Trad. )
DE INVIERN0, 175
ciano facultativo, personaje gordo, rechoncho
que no dejaba mas que un hueco en un sofa
de tres asientos cuando se sentaba en una es
quina, que no dejaba ninguno cuando se sen
taba en medio. Llamábase el doctor Young,
sin que tuviese por eso la menor semejanza con
su melancólico homonimo (1): habia sido el
médico de mistress Philipps cuando era solte
ra y el de su madre en otros tiempos, lo que
le daba una autoridad de abuelo en la casa.
Confidente de las dolencias del cuerpo, habia
llegado sin indiscrecion, por el solo ascendien
te de su caracter, á ser tambien el confidente
de los dolores del alma. Amigo de la madre
de mistress Philipps, éI habia influido podero
samente en el casamiento de esta última, la
habia aconsejado que hiciese un uso prudente
de sus riquezas, y él era tambien el que la
consolaba á la sazon de la mala conducta y del
abandono en que, la tenia su marido. Su par
ticipacion en un enlace desgraciado, le impo
nia el deber de mitigar en lo posible sus fa
, tales consecuencias, deber que cumplia con el

(1) El célebre autor de las Noches lúgubres.


d M. del Traductor ). . .
76 HORAS

ferviente celo de un padre condenado á repa


rar la desgracia que ha hecho pesar sobre el
porvenir de un hijo. Y cuando las fuerzas de
su protejida cedian al peso de los pesares,
cuando la irritacion moral pasaba á la sangre
y se convertia en una languidez febril, allí es
taba tambien el doctor Young para atacar la
enfermedad con las armas de la ciencia, co
mo habia atacado la tristeza con las armas del
consuelo. Haciéndola ver su amada Lucy, her
mosa criatura que prometia ser algun dia tan
fecunda en gracias y en belleza, era como ca
si siempre lograba el doctor hacer brotar una
larga sonrisa de esperanza sobre los cárde
nos labios de mistress Philipps. Continuamen
te curaba á la mujer por la madre, como se
cura tal vez un miembro, aplicando reme
dios á otro.
¡Inconcebible privilejio de su noble profe
sion! El doctor Young ejercia igualmente es
ta solícita paternidad de la ciencia en veinte
casas diferentes, sin que se agotara jamás su
caudal de palabras dulces y afectuosas. ¿Se apre
eia bien en toda su estension (creo que no, y
lo temo por la ingratitud de los hombres) el
sacrificio de ese hombre que, mientras cada
DE INVIERNO, 17)
uno de nosotros piensa en sus negocios, en sus
placeres, él solo piensa en nuestra vida, que
muchas veces la presentamos despedazada por
los combates del mundo y de las pasiones?—
Para nosotros hay alegrías; no las hay para él.
Una operacion ha precedido á su sueño;—una
operacion le espera para cuando se dispierte.—
y es preciso que no tiemble su mano! Su úni
ca bebida es agua pura.—Los demas hombres
rien... él piensa;—bailan al son de los instru
mentos, al resplandor de las arañas;-y él
él recibe en sus brazos á la jóven esposa cu
yas entrañas desgarran los dolores del parto,
provocados por el baile, y pasará ocho horas
de la noche en pie junto á ella, diciéndola:
—Paciencia, señora! ¡ pronto será V. madre!
En seguida sale de allí; pero un hombre con
una linterna en la mano le espera en los hum
brales de la casa y tiene que seguirle... Adónde
va? Un anciano acaba de tener un ataque de
apoplejia:—ya está junto al lecho del anciano:
acaba de dar la vida, y va á salvar de la muer
te Reanima al anciano entre las bendiciones

de una familia prosternada á sus pies, por


haberla devuelto un padre.... Su existencia
héla aquí un combate perpetuo con la des
178 HORAS

truccion; ver á la humanidad siempre dolien


te, siempre en peligro, pálida y agonizante.
Y cuando el niño ha visto sano y salvo la luz
del dia, cuando el anciano, merced á él, vuel
ve á la vida; cuando la jóven esposa debe á
su ciencia las rosas que vuelven á florecer so
bre su frente, arrojamos doce reales por visi
ta á este ángel de la resurreccion que los to
ma y calla.—Hemos contado sus visitas, sí;—
pero ¿ hemos contado tambien sus canas y las
arrugas de su frente ? 12 reales Verdad es
que la estrema-uncion no cuesta mas que
48 (1)!!—He dicho que este hombre no tenia
alegrías, pero he calumniado su alma. Este
hombre tiene unas alegrías que nosotros no
conoceremos jamás: tiene la de tomarnos muy
hundidos en nuestro lecho, levantar nuestros
huesos reblandecidos por el mal, estender so
bre estos huesos una primera capa de vida,
poner primero el blanco de la convalecencia
sobre el amarillo de la enfermedad, luego co
lorar nuestros labios con la frescura de la sa

(1) Esto sucederá en Francia para oprobio de aquel


clero interesado; en España, la iglesia administra de val
de este sacramento.
( N. del Traductor. )
DE INVIERNO. 179

lud que vuelve lentamente; hacernos dar un


paso en la alcoba, apoyados en su brazo, lue
go dos, luego dejarnos solos, confiando en
nuestras fuerzas; y su mas pura, y su últina
alegría es, no lo dudemos, vernos ya buenos, ar
rebatados, fogosos atravesar corriendo á ca
ballo una ala meda del bosque de Bolonia,
mientras que él, meditabundo, pero llenos los
ojos de una sábia espresion, nos sigue á pié y
con la vista desde una calle de árboles inme
diata. Nos ama como á un esperimento que le
sale bien, como á un hijo que le ha nacido.
Cuando llegaban las largas noches de in
vierno, no se ensanchaba por eso el círculo for
mado alrededor de la chimenea. Una mesa con

servicio de té, colocada entre el doctor Young


y mistress Philipps llenaba el espacio que me
diaba entre los dos sillones que ambos ocupa
ban. Sarah estaba tambien sentada en una pol
trona, pero fuera del círculo, para estar mas á
mano para servir el té, ó traer el ron al doctor.
Rog y Lucy jugaban sobre la alfombra delante
de la chimenea. -

—Doctor, dijo una noche mistress Philipps,


echándose una taza de té; yo quisiera asegurar
la suerte de Lucy.
180 HORAS

— Pero, señora, eso está ya hecho; Lucy


heredará los bienes de V. despues de su muer
te, que Dios quiera que sea lo mas tarde po
sible !!

—Seguramente, pero V. no ignora que no


estoy casada bajo el régimen de la comunidad,
y que mi dote me pertenece esclusivamente.
— ¿ Pensaria V. acaso en disponer de él ?
A qué fin, pues sin echar mano de esos recur
sos forzados, le es á V. tan fácil hacer el uso
que quiera de sus rentas?
— Así es la verdad, pero no es el momen
to presente lo que me inquieta.
— Pues qué?
— Puede uno morirse cuando menos lo
piensa. — Hay tantos casos !...—Sarah hizo con
el hombro un movimiento de impaciencia.
— Vaya! repuso el doctor; ya han vuelto
con las nieblas esas ideas tristes; — Me lo es
peraba. A ver ¿dónde sufre V ?
Púsose Sarah un dedo en la frente, sin que
lo viera su señora.
— No me siento mal, replicó, pero con una
sonrisa que espresaba lo contrario, mistress
Philipps ; pero falta aun tanto para que lle
gue Lucy á su mayor edad! Once años!
DE INVIERNO, 181

—Y qué son once años? V. vivirá, y yo me


habré muerto. — Esto es todo.—
— Yo seré la que haya muerto, dijo Sa
rah en el tono en que hubiera pedido una cosa
que le fuese debida. —
— Escelente amigo Esa objecion me alige
aun mas que mis temores. Su muerte de V. ó
la mia no serian iguales calamidades para Lucy,
á quien no le quedaria entonces mas que su
padre? — Y su padre!...
— Pues bien no moriré, á fé de quien
soy; pero no sigamos adelante.
— Una palabra, doctor, una sola; V. que
es partidario de la medicina preventiva, ¿por
qué ha de ser enemigo de la prudencia, que es
tambien una medicina moral preventiva ?—
Sarah, no me interrumpas; no he pedido té.
Volvió á recostarse Sarah en el respaldo de
su sillon, indicando con un movimiento de los
ojos al doctor Young que no tenia ya ninguu
medio de impedir que hablara su señora, pues
él no lo habia logrado.
— Hágame V. el favor de escucharme. Mi
dote , de que hablaba hace un momento, es
considerable, y pertenecerá á Lucy. Si muero
antes de que ella llegue á su mayor edad, su
, 182 HORAS

padre le disfrutará hasta aquella época: — es


te es un derecho que le confiere la ley. Ima
gínese V., amigo mio, cómo ejercerá él este
derecho; solo de pensarlo me estremezco.... Y
aun le faltan diez años, diez años de privacio
nes, de desgracia, de miseria tal vez para Lucy.
— Pobre Lucy añadió pasando melaucólica
mente la mano por la ondeante melena de su
hija. -

Mistress Philipps hizo como que bebia lenta


mente una taza de té. —
- Vamos, Lucy, interumpió el doctor, no
acoses á ese pobre perro; al fin acabará por
morderte.

Lucy no jugaba con el perro; pero el doc


tor no queria que observasen la espresion de su
roStrO.

Sarah no advirtió que echaba azúcar por


tercera vez en la taza del doctor.
— En este estado de cosas, amigo mio, se
ria preciso vender las fincas de que se compone
mi dote, y confiar su valor en metálico á la
probidad de un amigo que, cuando yo muera,
se lo restituya en secreto á mi hija, ó le haga
producir hasta que llegue á su mayor edad.
De este modo evita a unos la fatal tutela de su
DE INVIERNO, 183

padre, y Lucy, mi pobre Lucy no correria el


menor peligro de verse algun dia espuesta á la
miseria. Seria muy difícil encontrar ese ani
go? añadió cogiendo á su hija, y poniéndola
en brazos del doctor. —

— Pero urge eso tanto por ventura, mis


tress Philipps? Su imaginacion de V. es dema
siado viva, y, créame V..., no hay motivo toda
vía para esas precauciones. —
— Bien, pero ¿qué podemos perder en to
marlas? Así dormiré mejor, y duermo tan poco
El argumento de la salud fue decisivo.
-Vaya, pues compro esas fincas! Nunca
habré sido tan rico como ahora.
— Vaya V. apuntando con lápiz, señor
Young.
Tres casas de labranza en el VVestmore
land, mis dehesas del Lincolnshire, una mina
en Cornuallia, mis quintas en el Midlesex.
Burns, mi apoderado, entregará á V. los do
cumentos.—Mañana le espero á V. á comer,
señor Young. -

Bajo la afectada indiferencia con que dis


ponia mistress Philipps de sus bienes, harto
bien traslucía su anciano amigo la rápida con
sumcion física y moral de aquella escelente
184 EORAS

madre. Apenas se atrevía el facultativo á cen


surar sus funestas previsiones, cuando veía á
aquella desgraciada que tendría apenas veinte
y ocho años, irse apagando por dias; cuando
veía que tomaban sus dientes aquel brillo es
traordinario que habia huido ya de sus ojos.
Acostumbrado por la observacion, á los sig
nos de una próxima decadencia, jemía al ver
desarrollarse con tan terrible vehemencia la

sensibilidad nerviosa de mistress Philipps. El


menor ruido la hacía despertarse despavorida,
el olor mas suave la causaba vahidos, y sus
lágrimas corrian, á pesar suyo, en silenciosos
sulcos, á lo largo de sus mejillas, apenas lle
gaban á sus oidos los acentos de la música. Su
nariz, delgada y trasparente, sus dedos claros
y afilados, pálidos como la cera, se contraian
apenas velaba la luz del sol una nube carga
da de electricidad. Estas organizaciones tie
nen la vida de las flores: — con su fragante
corola siguen el curso del sol, y mueren en la
hora del crepúsculo.
Lucy se habia dormido en los brazos del
doctor, el cual, despues de haberla colocado
en su cuna, cojió cordialmente entre las suyas
la mano de su madre, y la dijo: — Acueste
DE INVIERNO. 185

se V. tambien, mistress Philipps; — está V.


muy ajitada, mucho; le quema á V. la fren
te. — Sarah, prepare V. un caldo para la
señora.—Buenas noches.—Dicho esto, se reti
ró el doctor.

Dejóse caer mistress Philipps en su si


llon, junto á la chimenea medio apagada.
Las desgracias domésticas de mistress Phi
lipps tenian su origen trivial en un casamiento
de orgullo á que la habia obligado la estúpida
ambicion de su padre, rico traficante en hierro
de la City (1). Un par de Inglaterra arruinado
habia ofrecido trocar sus pergaminos y su hijo
por la hermosa, interesante y opulenta Ana
Wilkins. Persuadido de que un título era la
mejor cifra para completar una riqueza que el
comercio no podia ya hacer mayor, el comer
ciante Wilkins creyó deber especular con su hi
ja, y la casó sobre la marcha. El comercio y la
aristocrácia se rieron unánimemente de aquel
enlace tan desproporcionado:— aquel enlace en
efecto no fue feliz. Mistress Philipps, ya gran
señora, dejó por razones de conveniencia de
tratarse con sus antiguas amigas, hijas como

(1) El antiguo Londres. (N. del T)


ToM III. 13
186 10RAS

ella, de comerciantes, y las grandes señoras,


por razones de conveniencia tambien, no se
dignaron admitir en su sociedad á la heredera
del que habia abastecido sus palacios de falle
bas y cerraduras. Resultó de aqui en derre
dor de la triste Ana Wilkins una soledad de
que no la consoló siquiera su marido, ocu
pado dia y noche en hacer circular por Lon
dres los plebeyos pesos duros de su suegro.—
Lord Philipps jugó en la bolsa, industria de
los que no tienen ninguna. Ganó, perdió, pero
como los acontecimientos políticos, regulado
res de la alza y de la baja del crédito del estado,
no producian siempre los azares deseados, can
sóse el noble lord de someterse á sus capri
chos y, audaz en demasía, falsificó las moti
cias públicas, puso en circulacion algunas de
su propia cosecha, lo que le salió bien una
vez, y le valió á la segunda una sentencia de
proscripcion. Aunque á decir verdad, muy
poco enamorada de su marido, no dejó de afli
jir profundamente á mistress Philipps esta des
gracia; una parte de aquel deshonor recaería
tal vez sobre su familia, sobre su hija Lucy,
nacida en aquella triste época de su vida; ni
mitigaba por cierto su dolor la esperanza de
DE INVIERN0, 187

que lord Philipps volvería de su destierro, cor


rejido por el infortunio. Sus cartas, escritas
de Sidney, en Nueva Gales, se reducian to
das á pedirla dinero, ya amenazándola, ya
manifestando infames deseos de ver pronto
morir á su esposa, para manejar sus bienes
hasta la mayor edad de su hija Lucy.
¿Comprende ahora el lector por qué mis
tress Philipps, que se hubiera avergonzado de
tomar el título de lady, tenia tanto empeño
en poner su dote á cubierto de la rapacidad
de su marido, asegurando su posesion á Lucy
por el medio indirecto que habia propuesto al
doctor ? •

Al fin se durmió de cansancio, cruzadas


sus manos sobre el corazon, donde residía su
dolor.

Rog dormia acurrucado á sus pies, meti


dos el hocico y las patas en las cenizas tibias
de la chimenea.

Los últimos resplandores rojizos de la le


ña medio consumida, iluminaban su collar de
cobre, en torno del cual se destacaban en ne
gro tres palomas, armas de los Philips, y es
tas palabras: — Pertenezco á la hermosa con
desita Lucy. -

s
489 ORAS

II.

Era ocho dias despues, á la hora del me


dio dia.

La puerta de la casa de mistress Philipps


estaba abierta de par en par, como tambien
las ventanas, anomalía sin ejemplo en aquella
mansien del órden y de la quietud.
Pálida, los ojos desencajados, mistress Phi
lipps hacia mil preguntas á Sarah, mo menos
entregada que su señora á la mas violenta de
sesperacion.
Ambas estaban en el portal de la calle.
—Pero has rejistrado bien por todas par
tes? Sarah , por Dios— tus miradas me ater
Tall, , , •

—Por todas partes, si señora—lo juro.


—Has estado en el jardin?—Habla!
—En el jardin, en el pátio, detras de las
puertas, en todos los armarios....
—Ya sabes que Lucy se escondía alguna
vez detras del biombo.... Has mirado allí?
—Pues no ?

—Debajo de la cama ?
—Todas las he movido de su lugar y....
nada !
DE INVIERNO, 189

Mistress Philipps pateaba de impaciencia.


—Con que quieres que se haya perdido?...
Has subido á la guardilla?
—Nunca subía alli la niña, señora.
—Vé, vé.—Estará en la guardilla.
Sarah gritó desde el ventanillo de la guar
dilla :

—Nada, señora -

—Mira sobre los tejados.—Alli debe estar.


—No señora, no.
—Baja —No sabes buscar nada.
Al oir este diálogo entre Sarah y su seño -
ra, todos los vecincs se ponen en movimien
to, se asoman á sus ventanas; — en un mo
mento reina en toda la calle la mayor confu
sion.

—Betty Betty
—Qué manda V., Sarah ? Se ha pegado
fuego á la casa? y

—Han visto VV. por ahí á Lucy?


—No—pues qué hay? Se ha perdido?
—Hace dos horas.
—Anjelito — Voy á preguntar á Jenny,
que la queria tanto.
Jenny vivia en la casa inmediata.
Jenny nada habia visto, pero se dirije á
901 HORAS

Ana, la de la casa de enfrente;- Ana á Mar


garita, la de la casa, que hace esquina; Mar
garita á la lavandera, la lavandera á la modis
ta; la voz de la alarma circula de casa en casa,
y todos responden no con sincera afliccion.
Cayó aquel no de piso en piso sobreel co
razon de la pobre madre, ansiosa de oir una
respuesta y temblando sin embargo como una
azogada.—Horrible certidumbre La niña mo
estaba en el barrio!
—Pero Sarah, dame un consejo, dime al
go.-A ver ... estás ahí hecha un poste.... es
menester tomar una resolucion.—Ya yes que
yo no me desanimo!
La pobre madre estaba lívida.
— Ahora que me acuerdo.... tú no te
acuerdas de nada— estará en casa de su tia,
con su amiguita ó en casa de mistress Bot, que
la daba tantos dulces— no hay mas-alli está
Vé á ver.
Mistress Philipps habia estado ya en am
bas casas.
—No, no, no está allí, Sarah! dijo la in
feliz profundamente aterrada. Ademas, mis
tress Bot ha muerto.
—Ha muerto? Pobre señora!.
DE INVIERNO. 191

—Qué se nos importa eso? Pero dónde


puede estar Lucy?
—Si yo lo supiera
—Pues ello es preciso encontrarla; estás?
—Sin duda.

—Un poco de serenidad, Sarah, ó una y


otra nos volvemos locas. Calculemos adonde
puede haber ido. Vamos á ver — si ha dado
la vuelta á Euston Square (1), debe haber
pasado á Seymour street.... (2); desde allí—
puede haber pasado.... qué se yo? A cien mil
partes.—Pero dí algo, Sarah ; ese silencio me
mata.
— Mistress Philips gritó una voz que salía
del tercer piso de la casa inmediata: Vaya V. á
casa del street keeper (5), y al instante pon
drá á sus galafates en campaña en busca de
la chica.
—Oh! sí, gracias, gracias! Dios mio! No
habérseme ocurrido !!
l.

(1) Plaza. (V. del T.)


(2) Calle. (I d.)
(3) Al pie de la letra, el que guarda una calle. Vie
nen á"ser unos serenos encargados de mantener el órden
durante el dia. (Id.)
192 HORAS

— Pero ese consejo es inútil, compadre,


interrumpió desde mas lejos otra voz. Pronto
va á ser de noche y el constable (1) y sus
satélites no son gatos.—Cómo diablos quieres
que encuentren á ese anjelito que estará tal
vez dormidito en cualquiera esquina sobre
un monton de basura ?

— Oh esclamó mistress Philipps — mi


hija !
—Y por qué llamar al constable? prosi
guió el interlocutor; mas bien á los wateh
men (2) que tienen ganchos y linternas y todo
lo recojen. — Cómo que ese es su oficio!....
Vaya V., señora, vaya V. á casa del watch
IIlal,

—Gracias, amigo mio; voy volando por


que V. me lo aconseja.
— Pues todavía es mejor, intervino, desde
una casa mas apartada, otro amigo de dar con
sejos. — No me parece mal que se recurra al
watchman, pero ese no sale en esta estacion
hasta las once, y desde aquí allá ha tenido

(1) Majistrados cuyas atribuciones se parecen algo á


las de nuestros comisarios de cuartel. (V. del T)
(2) Sereno. (Tal.)
DE INVIERNO, 193

tiempo la chica para ahogarse diez veces en el


Támesis.

- Ahogarse! esclamó mistress Philipps,


apoyándose contra una pared, —Dios mio co
mo hablan de mi hija !!...,
- Preséntese V. antes en la redaccion del
diario de la tarde, y por un anuncio que le cos
tará áV. diez shillings (1), reclame V. su hija;
los diarios circulan por todas partes.
Mistress Philipps estaba ya en la esquina
de la calle para ir á la redaccion del diario.
Detúvola en esto de nuevo una interpela
cion que salia de un despacho de cerbeza.
—Tarde que temprano, mistress Philipps,
el watchman ó los agentes del constable le de
volverán á V. su hija, si, como mo dudo, está
en Lóndres, porque si no está en Lóndres, es
inútil cansarse en esperarla. Yo en su lugar de
V. iria primero á lo mas peligroso. — Los chi
quillos que limpian las chimeneas suelen robar
algunas chicas para vestirlas de muchachos y
enseñarles el oficio.—Cuando no las cogen los
gitanos, para vestirlas de volatineras, y hacer
las bailar en la maroma.
(1) Moneda de plata del valor de entre una peseta y
cinco reales. (N. del Trad)
194 nos
—Pcro en fin, ¿adónde he de ir? esclamó
mistress Philipps desesperada. —
— Cuando no las coge una pandilla de ir
landeses como tú, cerbecero de todos los dia
blos, repuso un marinero que pasaba por allí,
que las roban y se las llevan á Irlanda para ha
cerlas católicas.
El acento del cerbecero habia revelado su
aborrecida nacionalidad, y al punto respon
dió al avinado apóstrofe del marinero
— Cuando no las roban los taburones como
tú, pescado podrido, que las embarcan consigo
para Botany-Bey, donde hacen con ellas Dios
sabe qué.
— Calla, lúpulo ! (1)
— Calla tú, cara de brea.
Decididamente había degenerado la disputa.
en contienda nacional y de religion (2). Todos

(1) Planta llamada tambien hombrecillo, que entra


en la composicion de la cerbeza.
(M. del Trad.)
(2) Sabido es que por razones de religion y política
ha dividido siempre á irlandeses é ingleses la mas en
carnizada animosidad.

(V, del Trad.)


DE INVIERNO, 195

tomaron parte en ella; ingleses é irlandeses se


amenazaron con el puño desde las ventanas.
Nadie pensaba ya en la niña.
Y en tanto mistress Philipps estaba en bra
sas, desesperada, devorando con la mente la
distancia que la separaba de un estremo á otro
de la calle. La infeliz esperaba, rogaba al cielo
que de aquella borrasca que bramaba sobre su
cabeza, cayese una decision.
Al cabo de media hora de lucha entre los
irlandeses y los ingleses, luego que se hubieron
retirado todas las cabezas que disputaban en
las ventanas, como si el principal objeto que
habia llamado sn atencion, fuera la contienda
entre el marinero y el cerbecero, repuso este :
—Pues yo soy de opinion de que vaya V. á
la oficina de vijilancia de estrangeros y vaga
bundos y al almirantazgo, para que no salga la
chica de Lóndres por las puertas ni por el rio,
en caso de que no sea ya demasiado tarde. —
Que todo se logre como V. desea, mistress
Philipps!
— Sarah esclamó en un rapto de exaspe
racion la desconsolada madre, no nos hemos
acordado del doctor Young. Por el alma de tu
madre, Sarah, no te muevas de ahí !
196 IORAS

— Aunque fuese por toda una eternidad,


señora !

—Estate aquí para recibirla si la traen.


Abrirás mi cómoda, tóma la llave, y da diez
mil libras (1) á la persona que la traiga; - mas
si quiere mas; todo si lo quiere todo.
Y mistress Philipps, como para reparar el
tiempo que habia perdido, se precipitó por las
calles inmediatas con tanta velocidad como si
ardiera la falda de su vestido, y entró en Ox
ford-street, la calle mas tumultuosa y pasagera
de todo Lóndres, —un verdadero infierno.-
Ya está mistress Philipps en Oxford-street.
Nada oye la desdichada, ó por mejor decir, tal
es el estado de exaltacion en que se encuentra,
por do quiera no oye mas que la dulce voz de
Lucy, que grita mamá bajo los pies de los ca
ballos. Mira todas las ruedas de los coches;
luego, acercándose á los grupos de chiquillos,
á quienes aterra con la espresion insensata de
sus ojos, los quita las gorras para examinar sus
facciones; — pero no los conoce, y casi los

(1) Una libra esterlina vale Ioors. vn.


(Y. del Trad.)
DE INVIERNO. 197

maldice. En pie sobre un poyo, para ver has


ta mas lejos, busca en aquella espuma de hom
bres y de caballos un sombrero de color de ro
sa, un delantal verde, un vestidito blanco.
¿Qué ha visto ?... Vuela por entre los ejes de
dos cabrioles, entre los cuales no hubiera po
dido pasar un niño; pero una madre que busca
á su hijo pasa por todas partes. — ¿Qué ha
visto? un gorro de color de rosa;— sí, pero na
da mas! Llevado por una modista, aquel gorro
ha causado su ilusion. — Oh! no es el cansan
cio lo que mata, sino el desaliento, la falta de
esperanza; mistress Philipps no puede tenerse
en pie.
¿Si será su hija aquella cabeza rubia que se
mueve allí, á lo lejos? Pero Lucy llevaba un
gorro de color de rosa; —le habrá perdido, se
le habrán quitado— ¿qué importa? Es Lucy—
sí— quiere que sea Lucy.
Mistress Fhilipps no tiene ya fuerzas para
andar; — corre....— la criatura corre tam
bien.
—Oh! es Lucy que me busca si fuera á
perderla otra vez. —Lucy —Lucy ! No me
oye, Dios mio! que callen esos carruajes—Lu
cy!—Oh! si se cayera, aunque hubiera de rom
198 HORAS

perse un brazo — Dios mio—no la alcanza


ré ! Oh! hacedme llegar, y matadme luego.—
La pobre madre siente su pecho hecho peda
zos; cada vez que respira, la parece que se la
desgarran las entrañas, y sufre ademas un do
lor agudísimo en el costado.— -

Párase en fin la niña.—


—Qué quiere V. á Lucy, Señora, y cómo sa
be V. su nombre?
Aquella hija de otro se llamaba Lucy, nom
bre muy comun en Inglaterra.
Mistress Fhilipps se preguntó ásí misma en
aquel horrible instante de desengaño, qué ha
bia hecho á Dios para sufrir tanto!
Aquel golpe la aniquiló; rendida, cayó so
bre un banco de piedra en una plaza. Con
el asombro de una Somnámbula que ha anda
do mucho tiempo sin advertirlo, y que se des
pierta de repente, sé halló en Saint-Pucras
Field (1), terreno vago, triste, sin árboles, don
de no hay mas que un cementerio y una iglesia.
Varias niñas, uniformemente vestidas de blan
co, estaban reunidas allí, pero no jugaban; un
pensamiento triste las dominaba.

(1) La pradera de San Pancracio.


(N. del Trad.)
DE INVIERNO. 199
—Qué esperais ahí? preguntó mistress Phi
lipps á una de ellas.
—Seria V. por casualidad, Señora, la ma
dre de una niña recien ahogada, y cuyo cuer
po esperamos todas sus compañeras de cole
jio, para acompañarle al cementerio?
Mistress Philipps vaciló sobre sus rodillas,
y gritó con una voz que aterró á la niña:
—Ahogada y desde cuando?
—Desde ayer, Señora; bien debe V. saber
lo, pues es V. su madre.
—Oh, no mi lija vivia aun esta mañana.
Con que hay madres mas desgraciadas que yo?
esclamó dolorosamente.
—IHa muerto esta mañana su hija de V.,
Señora ?

—No ha muerto, no Pero se ha perdido


en Lóndres, y la ando buscando.
—No llore V. asi; yo tambien me perdí
cuando tenia cuatro años, y me llevaron á mi
CaSa. -

—Te llevaron ? y viva?


La niña se echó á réir.
—Por supuesto, porque me habian enseñá
do á decir: = Me llamo Sofía Vernon, y vi
vo en IXeppel Street, num. 20.
200 ll ORAS

—Imprudente madre si yo la hubiera


enseñado eso!...

—La niña lo dirá y se la volverán á V.


Mistress Philipps se alejó llorando.—
La desesperacion tiene sus grados; nunca
mata de golpe; si lo hiciera asi ¿seria un mal
tan grande? La desesperacion nos persigue,
nos deja, toma mil formas; nos seduce, nos
engaña, nos miente; su nombre mismo es
una implacable mentira. — En la mas violenta
desesperacion se espera mucho.
La crisis de las lágrimas habia llegado ya
para mistress Philipps; las cándidas palabras
de aquella niña habian conmovido su corazon.
La fresca brisa que venia del Támesis, de cu
ya orilla no estaba lejos, la hizo mucho bien;
era para ella un bálsamo divino el llorar mien
tras iba andando, el no ver sino al trasluz de
una lluvia de lágrimas aquellas líneas de cris
tales y de gas (1). Era de noche.... tanto me
jor! Asi no la verian. — ¿Estaba tan cansada de
importunar á los denmas con el espectáculo de
su afliccion! La desesperacion tiene su pudor.

(1) En Lóndres casi todas las calles, y la mayor parte de


las tiendas están alumbradas con gas. (M. del Trad. )
DE INVERNo. 201
—La oirian, la tomarian por una pobre que
pedia limosna. —Ojalá lo fuera ojalá, fuera
una miserable desvalida y hambienta, pero lle
vando á su hija de la mano!— , , , , -
—Hasta ahora, dijo, he buscado á mi hi
ja, pero no he preguntado por ella.Probemos;
esto será mejor.
—Caballero, preguntó á un hombre cuyo
paso rápido y fatigoso indicaba que habia an
dado mucho, ¿ha oido V. decir por casualidad
que se ha encontrado alguno una niña de cua
tros años, muy linda, que llevaba un gorro
de color de rosa, un delantal verde, y un ves
tido blanco? Soy su madre ; responda V., ca
ballero, por amor de Dios ... . . . ..."---

—Señora , respondió el transeunte, ten


dria V. noticia por casualidadde unos 5.000
soberanos (2) que acabo de perder en una ca
sa de juego ? Eran nuevecitos y tenian la efi
jie del rey Guillermo. Respóndame v., seño
ra, por amor de Dios o ,, ,

La pobre madre habia creido dirijirse é un


hombre, —se había dirido a un jugador

= —=

(2) o sea mbras esterias. - o si, oro a s


y no , , , , (N. del Trad.) Ed. v. ;
ToMo III. - 14
202 HóRAs a -

º —Veinte pasos mas allá, la dirijió uno la


palabra. , - . .

—¿Llora V, señora?" º -
—Ya lo ve V.

—¿Pues qué desgracia
—He perdido ...
mi hija, ¿conocev, otra ma

yor. - -

—Sí, respondió el pregunton; otra mayor


conozco y es la de recurrirá ese pretesto sin que
aproveche para nada. Sin embargo, aunque es
usted la décima mujer que he encontrado esta
noche á quien ha sucedido tamaña catástrofe
no la rehusaré mis afectuosos consuelos. Gus
ta V. que empezemos por cenar?—
—MistressPhilipps no pudo sonrojarse por
que no tenia una sola gota de sangre en el ros
tro;—no pudo llorar por semejante bochorno.
porque ya lloraba antes de haberle recibido.—
No pudo hacer mas que saludar al noble an

Luego que llegó á una pequeña plaza que


se hacia entre la orilla del Támesis y las calles
que desembocan en ella, oyó el sonido de una
campana —su cabeza estaba-aturdida conmo en
un sueño ajitado.—Vió luego un muchacho que
llevaba una hacha encendida, cuyo amarillen

DE INVIERNO. 203

to resplandor iluminaba el rostro flaco de


un hombre muy alto, y que lo perecia
aun mas por sus desmesurado sombreron de
tres picos, por su larga levita azul, abro
chada de arriba á abajo, sobre la cual brilla.
ba un cuello de paño encarnado; por sus me
dias blancas listadas de rayas azules y por sus
interminables zapatos con hevillas.—Medio can
grejo, medio bedel, iba aquel ente flanquea
do de un segundo chiquillo que tocaba la cam
panilla, cuyo ruido llamó la atencion de mis
tress Philipps. - o
El hombre flaco se paró en mitad de la
plaza; el primer chiquillo levantó en alto el
hacha, y el segundo dió un buen mendo á la
campanilla. * , , , ,

A aquel sonido, todas las calles vomitaron


sobre la plaza infinidad de pescadores, de ma
rineros, de ostreras (1), de gruinetes, de chi

(r) ostrera u Ostral significa el lugar donde aovan y


se crian las ostras; pero aquí tomamos esta voz en el sen
tido de vendedora de ostras, sentido en que no se halla
en el diccionario de la Academia española, pero que no
sotros le damos por analogía con la formacion de otras vo
ces semejantes, couo hue vera, naranjera: ete. A o. 9.
(N. del Traduc.).
204 IORAS a ,

quillos que abullaban, repitiendo: — El Bell


man, el bell-man (1) Oigamos lo que dice el
bell-man! . .

Bell-man, significa el hombre de la cam


panilla;—él mismo nos esplicará la naturaleza
de su empleo,
Doscientas cabezas de hombres por la forma,
y de arenques por el color, servian de marco
á la larga y huesosa cabeza del Bell-man.
—Silencio en nombre del rey !...
... Mistress Philipps se deslizó entre una ostre
ra y un pescador; la primera olia á marisco:
el segundo á brea. -

o “Hoy sobre las cuatro de la tarde se ha


perdido una niña de cuatro años.
—La han robado dijo en alta voz la ostre
ra.-Y el bell-man : — ¿Quién?—pues lo sa
beis vos. --

- —Averigua quiente dió.


- Calló la ostrera y repuso otra voz:
a —Robada ó perdida, allá se van.—Pero pa
-ra qué dejan á los chiquillos andar solos por las
cales? º "e
-o r(t). Voz compuesta de bell campanilla, y man hom
bre, el hombre de la campanilla, especie de pregonero.
o Yvyw Y. (M. del Trad.)
DE INVIERNO. 205

Y el bell-man:—Sibyl, el invierno pasado


dejaste que se quemara tu chico, con que
calla. -

—Nadie tiene nada que ver en eso; si lo he


hecho, es porque lo he hecho.
Y el bell-man;—Prosigo:—
“Una niña de edad de cuatro años, que vi
ve en Euston Square, parroquia de san Pan
cracio.,, - o-

Mistress Philipps escuchaba inmoble, con


la boca abierta. --,
“Su traje es el siguiente :-vestido blanco.
-—Vamos, alguna hija de Lady; esa jente
es tan.... qué se yo, como ...—
c. —Silencio! - , , , -
Mistress Philipps estaba pendiente de las
palabras del bell-man, el cual prosiguió;
—“Vestido blanco, delantal verde.,
—Vamos, que estaria muy mona la
Otras madres del pueblo, lloraban y se en
jugaban los ojos con sus delantales. 2 ...
La pobre madre estaba á, punto de echar
se en los brazos de todas las madres que llo
raban. c o —.

—“Delantal verde y gorro blanco.—Res


ponde al nombre de Lucy.—Diez guineas pa
206 ... HORAS "I

ra el que se la devuelva: á su madre.,,.—


—No señor, no la niña lleva un gorro de
color de rosa. ... ,

—Ella es la que ha robado á la criatura,


ella gritaron mil voces chillonas entre mal
diciones y amenazas proferidas en los oidos
de mistress Philipps. bi- o sos. .. ..."

º — Para que se vea que horrible es, que


pálida está, la ladrona de chiquillos —Mi
radlai º " " -- o -

—Miradla toda hecha trizas, desgreñada,-


muera la ladrona es a
—Vuélveme mi Tomás que me robaste el
año pasado: —tú te le llevaste á Irlanda. --
Dame mi James dame mi Peters — Que ha
ces tú con ellos? los bautizas?te los comes?—
El bell-man llamaba al constable para que
pusiese órden- : cº: ,

El chiquillo del hacha temblaba...—


El otro chiquillo tocaba la campanilla...—
Mistress Philipps respondió — No la he
robado, pues soy su madre “º º
—Embustera "º" º
—Y qué he de decir?
— Tú su madre tú, pálida como una cri
minal! - --. - o, o a. : -
De 1NVIERNo. 207
—Soy su madre!" e inia regi
- — Tú, con ese vestido, hecho añicos como
una red inútil ! -2 a

-to-Soy, su madre!... nº orº.


—Tú, con esos pelos desgreñados y fangosqs
como el légamo de un peñasco, si es
—Soy su madre —Soy su madre d/
— Tú, miserable lstú su madre tú desca
rada tú, infame aqueso o, c. 3 º W bib

Los— Seré todo lo que Yºy. quieran; º pero


soy su madre a c, era -ja ozobiº
..., Precipitóse en esto en mitad del grupo una
mujer toda desgreñada que llevaba un chiqui
llo en brazos. parte of abre.
o - Aquí está la criatura, dijo, yo la he én
contrado. — Vengan mis diez guineas !! 99.
—Ea, — tómala dijeron á mistress Phi
lipps, las otras mujeres que tenian clavados los
ojos en ella. sº, roo . a of
a—Oh!, esta no es mi hija-Pero tomad,-
ahí teneis oro para criar á esa pobre niña. si
—Vival viva gritaron los marineros y la
mujeres. Esta es la mejor prueba; - es una
buena madre y no una ladrona de criaturás.
La escena de la chiquilla no habia sido evi
dentemente mas que una estratagema para ave
203 norAs" º
riguar si mistress Philipps habia perdido SUl Una
hija, ó si era la que, por oficio, robaba cria pies
tul'aS. t$3
Antes la habian insultado; — ahora la com
padecian. º geof, aong la
La habian pegado;- la abrazaron. is
Abrió el bell-man—la marcha, y toda la
comitiva salió de la plaza, con el hacha encen lre
dida y al son de la campanilla. la
o, a En todas las esquinas los marineros, qui
tándose sus pipas de la boca, lanzaban este
grite en las profundidades de las calles sombrías
y silenciosas, —“Se ha perdido una niña lla
,, mada Lucy, de la parroquia de San Pancracio,
s,Euston Square. Diez guineas al que la en
,, cuentre. “ saio
Y las madres á quienes despertaba aquel
grito estrechaban á sus hijos entre sus brazos. l
Llegó así la comitiva hasta Euston Square,
doñde se separó de místress Philipps, prome tCl
tiéndola buscar á su hija.- ---

Eran las dos de la madrugada; diez horas


hacia que faltaba mistress Philipps de su casa.
Y diez horas hacia tambien que de pie en
el portal esperaba Sarah, como se lo habia
mandado su señora, º que llevasen á la niña.-
De Invieaso. 209
Una vela casi del todo consumida, ardía á los
pies de Sarah. —Amargos momentos! La calle
estaba desierta; los indiferentes dormian.—
Las dos mujeres se comprendieron COIl Ulla
sola mirada. — Sarah cojió la vela y alumbró
á su señora. Luego cerraron la puerta.
Parecia que ambas volvían de alguna fúne
bre ceremonia en un cementerio.—Ya no ha
bia esperanza.—
Luego las dos mujeres se sentaron una en
frente de otra junto á la chimenea, sin obser
var que estaba apagada. —Hacia sin embargo
un frio insufible—
Al cabo de media hora de un silencio que
ni una ni otra se atrevieron á interrumpir,
dijo mistress Philipps
—Sarah, no es verdad que los que no
han comido deben tener hambre á estas horas?
—Señora, hoy no me he acordado de la
comida.”
—Sarah, no es verdad que los que no tie
nen lumbre, deben tener frio? -

—Bien hace V en recordármelo, señora;


vºy á encender la chimenea. -

—Sarah, dijo devorando sus lágrimas mis


tress Philipps y levantando la voz, —Sarab,
210 hon As

no es verdad que los que no tienen cama, ahora


que las calles están cubiertas de hielo, deben
dormir mal? .. . . .
- —Perdone y mi olvido, señora; pero no
me he acordado de hacer la cama. — Voy, á
hacerla. -
,, " -- -
..: f º

-- —sarsh, Lucy no ha comido, Lucy tiene


frio, Lucy tiene sueño - , , , , , ,,,
Dichas estas palabras, secas como el deli
rio, calló la madre. . . . .
* -
... .
-

Dirijióse luego ála cana de su hija, en la


...
que se distinguia aun el hueco que habia he
cho su cuerpo en las sábanas la noche ante
rior;—la almohada conservaba aun la huella de
la cabeza. —Estampó allí sus labios la desven
turada, y cuando se incorporó, por un movi
miento involuntario, efecto de la costumbre,
arregló las mantas como si Lucy estuviera allí;—
creía haber dado un beso á la hija.—Maqui
malmente como antes9 corrió las cortinas, y
solo cuando iba á bajar un poco la mecha del
quinqué para que no diese tanta luz, fue cuan
do reparó en Sarah que la miraba tristemente
y con las muestras de compasion con que se
guimos los movimientos desordenados de un
loco. --- º *- º * -

- - - - ------
DE INVIERNO. 211

Cayeron en brazos una de otra, y mas


de una hora pasó sin que pensasen en sepa
rarse. En aquel grupo de dos mujeres, de
soladas, difícil hubieras sido decir cuál era la
madre, pues por su dolor ambas lo parecian.
Dios envia de cuando en cuando á las familias,
como á los pueblos, una profunda crísis para
restablecer el equilibrio que han roto las pre
ocupaciones, y la igualdad renace entre las
lágrimas. — Aunque nunca mistress Philipps
habia sido altiva, sintióse no obstante en aquel
momento fortalecida con el apoyo de aquella
pobre Sarah, con aquellas ásperas manos que
apretaban las suyas, con aquel escelente cora
zon en fin que participaba de las angustias ma
ternales, sin haber tenido la orgullosa alegría
de poseer un hijo. Sarah estaba á punto de
agradecer á su señora el que se afligiese con
ella. - l

Era cosa triste ver aquel dolor prolongado


y sin gritos, mudo, profundo, activo interior
mente como las heridas mortales; aquella lám
para que espedia un reflejo moribundo sobre
una cuna vacía; — era cosa tristísima ver pa
sar lo que va á apagarse sobre lo que ha desa
parecido ya -
212 IIORAS

Empezaba á rayar el alba fria y pálida, el


alba de las ciudades. Las dos mujeres estaban
inmobles como dos carámbanos.
Y como dos carámbanos tambien sus cuer

pos se separaron de repente, y dos gritos es


pontáneos salieron de sus pechos.
— Sarah !
— Señora !
Y una se acerca á la puerta, y otra á la
Ventana.

—Oyes? No, no me engaño.


— El es, señora.
— ¿Estás segura?
— Como de mi existencia.
A nada es comparable el grado de exalta
cion á que habian llegado los oidos de las dos
en aquel momento. -.

— Oh, sí! silencio me parece que ya no


le oigo. —
—. Sí, sí ¿le oye V. ahora?, en
— Oh Roges, Sarah, no hay que dudarlo
— Y se acerca, — parece que nos llama.-
—Me trae mi hija ! ... . . . ...,
— Nuestra hija, señora rº º r ,, , , ,

— Ah! Dios no abandona á las pobres ma


dres Sarah, yo estoy loca.—oyes cómo la
DE INVIERNO. 213

dra! Nunca ha ladrado así. — Pobre perro


pobre animalito. — Sarah, vamos volando -
— Sí, sí, vamos! a

Mistress Philipps cayó de rodillas sin fuer


zas para ir á abrir al perro que ladraba en
efecto de un modo estraño. "... w.

Sarah no sabia lo que se hacia; ora iba á la


ventana, ora á la puerta. Luego volvia atrás
para coger el quinqué, ya del todo inútil, pues
era de dia.
En fin, abrió.
Rog ladraba y ahullaba en la puerta de
la calle. - -

Y á sus ladridos se mezclaban los gritos


de un hombre, —de muchos hombres.
Abrese la puerta, y entra Rog en la estan
cia, asqueroso, el hocico lleno de lodo, re
pugnante á mas no poder.
—Pícaro ladron gritó un hombre desde
el pie de la escalera; ese maldito perro me
ha robado una pata de cordero asado, pero me
las ha de pagar.—A la primera ocasion le he
de cortar el rabo por el nombre que llevo.—
Ténganlo VV. entendido, el —los de la casa!
IHe aqui todo lo que traia, Rog; el hueso
de una pata de cordero que habia robado y
\

214 -”... HORAS

devorado, paseándose por las calles de Lon


dres. - , ... --- .
- - . . . . ... -

Rog dió dos vueltas por el cuarto, eolocó


el hueso bien roido entre sus patas, apoyó la
cabeza en él y se durmió. s
Para que vaya uno á fiarse en el instinto
de los animales -

. - , . . . . . . .

o - - -
III.
-

En aquel mismo salon en que fuimos testi


gos hace ocho dias de una apacible escena de
familia, tan llena de mansedumbre y de feli
cidad, hallamos, pero muy mudados, á nues
tros mismos personajes, el doctor Young, mis.
tress Philipps y Sarah.
r. En vano hubieran querido consolarse mu
tuamente; no tenian valor para hacerlo.
º Cubierto el rostro COIl un pañuelo blanco
enderredor del cual se distinguen apenas sus
dedos pálidos y crispados, doblegada en el
fondo de su sillon, el brazo derecho muelle
mente abandonado al doctor, mistress Philipps
está como muerta. No salen ni una queja de
sus labios, ni una lágrima de sus ojos; toda
enerjía está agotada en su alma. ” º
DE IN vIERNo. 215
La desgracia consume mas que el tiempo;
Sarah parece tener diez años mas. Está como
idiota. -

—Hace V. mal en aflijirse, señora, pro


siguió el doctor despues de una pausa que, se
gun todas las apariencias, duraba hacia ya al
gunos minutos, por no haber venido á mi casa
aquel dia fatal, pues no me hubiera V. encon
trado.—Yo estaba entonces en el campo.
—En efecto, respondió mistress Philipps
con voz doliente, y sin mudar de postura, debia
V. estar ocupado en asuntos mios. Sí, me
acuerdo de que le supliqué á V. que pasase á
verse con mi apoderado M. Burnus para ven
der mis fincas, cuyo producto destinábamos á
Lucy.—Dispense V., doctor, si no me he acor
dado de darle las gracias por la molestia que
le he causado. - -

No creyendo prudente insistir sobre aquel


asunto, calló el doctor, pero no soltó el brazo
de mistress Philipps, contraido por una agita
cion nerviosa. — A toda costa era preciso mu
dar de conversacion. - . . . .»

Pero mistress Philipps insistió en ella, y con


un acento cortado por su respiracion fatigosa
y ardiente prosiguió
216 HoRAs

—Trabajo bien inútil — De qué me sirve


ya ese dinero? - o
El doctor se apresuró á añadir: — Aun no
hay nada hecho, señora; las diligencias legales
no se despachan en un dia. Todo está como esta
ba, con que así no hay que pensar mas en ello.—
- Tiene V. mucha razon, señor Young.—
¿A qué fin tratar de poner órden en mis bie
nes, si la que debia disfrutarlos ha desapareci
do ya de la tierra? — Tiene V. mucha razon,
no hay que pensar mas en ello.
— V. da á mis palabras un sentido que mo
tienen.—Yo no me dejo abatir tan fácilmente.
El doctor aparentaba una serenidad que es
taba muy lejos de tener.
— Ah! con que V. espera aun?
Mistress Philipps pronunció estas palabras
con triste desden, y sin descubrirse el rostro.
—Sí, espero, porque no me aturdo, y porque
confio firmemente en la eficacia de una multi
tud de medios que podemos probar aun.
Un movimiento megativo hecho tristemente
con la cabeza fue todo lo que obtuvo la con
fianza que mostraba el doctor Young.
—Sí, lo repito, aun quedan mil medios.—
Vamos á ver; — raciocinemos. º
DE INVIERNO, 217
Sarah se acercó al doctor, y fijó en el sus
ojos con una inmovilidad estúpida.
Mistress Philipps separó un poco el pa
ñuelo que la cubria el rostro, pero sin apartar
la vista de la chimenea.
Acaso el buen doctor habia dado mas es
peranzas que debia, y como aquellos aboga
dos que no tienen mas que un argumento de
que echar mano, se proponia sacar todo el
partido posible del suyo, si en efecto tenia
alguno. - -

— Nadie roba niños por amor á los niños,


dijo el sesudo doctor; tampoco los roba nadie
para matarlos ni para venderlos: esos son cuen
tos de viejas. -

Sarah aprobaba ya la idea del anciano, que


acaso no tenia ninguna. -

— Ahora bien, — ¿con qué objeto los pue


den robar? - .

Sarah, cada vez mas embebida, apoyó sus


dos callosas manos sobre la ancha rodilla del
doctor. -

Mistress Philipps no estaba siquiera en la


conversacion. -

—En primer lugar, prosiguió, yo estoy


convencido de que nunca se pierden los niños,
ToMo III. 15
218 HORAS

literalmente hablando, en las ciudades.—Siem


pre los recoge alguno, y volvemos al caso que
antes manifesté — ¿Con qué objeto los pue
de recoger y conservar en su casa el que se
los encuentra ?

El pobre hombre no sabia muy bien lo que


iba á decir — pero sudaba el quilo.—
—Este objeto, en mi entender, no puede
ser mas que uno ; el interés. — Ofrézcase al
que robó la criatura un interés mas grande, y
la restituirá evidentemente.
Sarah levantó sus manos hasta los hombros
del doctor; la buena anciana bebia sus pala
bras conforme iban saliendo de sus labios.
Hizo entonces mistres Philipps un lijero
movimiento hácia su amigo; — ya empezaba
á escuchar.—
—Y como es de presumir que los que ro
loan criaturas sean gente pobre, creo que á
fuerza de dinero....

No pudo acabar, porque le interrumpió una


esclamacion repentina. — Habia puesto el de
do en la dificultad.
Sí, sí-doctor — Con mucho dinero, pero
mucho, Lucy es nuestra! — Sarah, dame una
pluma, papel, tintero—vuela...—
DE INVIERNO. 219

Escribió mistress Philipps convulsivamente


en palabras confusas, inintelijibles—tanto que
tuvo que romper lo que habia hecho, y vol
verá escribir.—Sarah, y el doctor Young su
jetaban cada uno una punta del papel, porque
á la pobre madre no le bastaba apenas con su
mano izquierda para contener los violentos la
tidos de su corazon.

—Toma! y que mañana se lea en todas las


esquinas de Lóndres, y de aqui á tres dias en
toda Inglaterra, y dentro de poco en toda Eu
ropa.... Ah doctor Dios le ha inspirado á V.
un pensamiento de ánjel.—Toma, Sarah, lle
va eso á una imprenta, y que tiren un millon
de ejemplares.... Y que en todas partes se lea... .
—Doctor, no tiene V. que sostenerme, porque
ya no sufro.—Y que en todas partes se lea :
«Una mina en Cornuallia, que produce cin
»cuenta mil guineas; — doscientas mil libras
«esterlinas en acciones de la compañía de las
»Indias, para quien devuelva á su madre deso"
»lada una niña de cuatro años, llamada Lucy,
»en Euston—Square, parroquia de San Pan
»cracio.—Por garantía de la recompensa prome
»tida, quedan depositados todos los títulos de
»propiedad en casa del notario Burns, en Lón
220 HORAS

,, dres, y la palabra de una madre delante de


, Dios». — Vé Sarah , vé corriendo. — Siéntese
V!, doctor; no ofrezco mas que la mitad de lo
que poseo.
Y las fuerzas de mistress Philipps, que
daron tan abatidas por el choque de aquella es
peranza imprevista, que se deslizó sin sen
tirlo desde su sillon hasta la alfombra, donde
quedo inmóble.... Pero en su semblante de
muerta vagaba una sonrisa.-

IV.

Al cabo de pocas horas volvió Sarah.


—Ya he despachado , señora, dijo al en
trar: ahora vengo de correos, donde he re
partido un sin fin de ejemplares para todas par
tes. Esta noche, el barco de vapor desembarca
rá veinte mil en el continente... Ya va bajando
por el Támesis. -

—Dame un abrazo, Sarah, y que Dios pa


ra recompensarte... Pero ¿cómo te ha de re
compensar ?... Tú ya no puedes ser madre.
—Haciéndome asistir á la boda de nuestra
Lucy, á quien encontraremos algun dia.
— Oiga el cielo tus palabras, santa mujer!
DE INviERNo. 221

—Oiga el cielo sus palabras repitió el pia


doso doctor.

Y los tres, cogidos de la mano, una pobre


madre, un anciano con la cabeza descubierta
y los ojos arrasados de lágrimas, una criada
fiel, se unieron de corazon para dirigir sus
fervientes oraciones al que envia por el viento
al pico del pajarillo, perdido lejos de su nido,
el grano de trigo, y por la lluvia, la gota de
agua celeste que debe apagar su sed.
V,

Tres años han pasado.


El viento y la lluvia han desgarrado hace
mucho tiempo los carteles que anunciaban la
recompensa prometida á quien devolviese la
niña á su madre: ademas, de cada mil habi
tantes, acaso no habia uno que hubiese leido
aquel anuncio. Lucy está perdida, perdida pa
ra siempre!—Ya tendria siete años... hermosa
edad! Sus cabellos dorados la llegarian ya has
ta la mitad de la espalda; ya podrian hacerse
con ellos dos trenzas, terminadas con un lazo
de color de rosa, Las madres dan mucha impor
tancia á estas dos trenzas! Ya llegaria Lucy á
222 HORAS

la meseta de la chimenea. En otro tiempo de


cia: qué alto está el reloj! Ahora podria sin ta
burete mirarse al espejo.—Y su madre! —Su
madre sabia á punto fijo, como si siempre la
hubiera tenido al lado, cómo estaria entonces
la niña.—Como si Lucy no se hubiera separa
do de ella un solo instante, conocia su madre
los matices cada vez mas oscuros que, mes por
mes, habian dado los años á sus cabellos.—Ma
ñana son sus dias decia, y la casa se llenaba
de flores. La silla alta y estrecha de Lucy es
taba siempre arrimada á la mesa en las horas
de comer, y su cubierto puesto; siempre se
esperaba su vuelta de la escuela. De noche
nunca faltaba la lamparilla encendida junto á
su cama; y cuando su madre estaba acostada
la decia: — Duerme bien, Lucy, hija mia
—Ya duermel decia ella poco despues entre
si. — Los niños se duermen tan pronto!
Y no es esto decir que estuviese loca, pues
en el fondo de su corazon residia una esperan
za positiva; pero mistress Philipps no habia
advertido que el fantasma con que habia hala
gado su imaginacion la habia ido minando por
grados. Tanta exaltacion habia consumido la
infeliz en creer en la existencia ideal de su hi
DE INVIERNO. 223

ja, que parecia ya una de aquellas madres sin


deche que se obstinan en criar á sus hijos; ellos
y ellas mueren, aquellos con el pezon en la bo
ca, estas presentándosele con termura.
Digamos de paso, porque el suceso nome
rece en verdad que nos detengamos mas tiempo
en él, que lord Philipps habia muerto en un
desafío, en Sidney en Nueva Gales.
Seis meses hacia que mistress Philipps no
se levantaba de su lecho, junto al cual munca
estaban desocupados dos sillones, el de Sarah
y el del doctor Young, ya muy cascado tam
bien el digno anciano, casi ciego, y habiendo
reducido sus visitas á tres ó cuatro. -

Era en la estacion del verano; un sol her


mosísimo brilla en la estancia, — verdadera es
tancia de enfermo, atmósfera de eter; —varios
frascos destapados sobre las mesas, una hilera
de cacharros junto á la chimenea, y esta en
cendida en el mes de agosto, cosa triste —Una
botella con mejunjes de botica; en medio del
cuarto un baño, y junto á la mesa un baston
y un sombrero. — El baston y el sombrero
constituyen casi una consulta de médicos.
La cama estaba puesta de frente á la ven
tana, que iluminaba el rostro mas pálido que
224 HORAS

enflaquecido de la enferma. — Sus cabellos cas


taños relucian bajo una transpiracion violenta;
sus ojos azules habian perdido su movilidad,
á pesar de que conservaban aun cierto brillo, y
sus párpados dilatados describian un óvalo,
cuyo oscuro matiz hacia resaltar las diáfanas
termillas de su delgada nariz.
Era cosa que causaba una desazon horrible
verá una mosca obstinada en posarse sobre los
lábios descoloridos de mistress Philipps.
Sus manos estaban cruzadas sobre su pecho;
sobre la colcha blanca se destacaban fuerte
mente los contornos de sus pies. — A veces,
sin embargo, dejaba un brazo la enferma pen
diente fuera de la cama.
Una cuna vacía estaba junto á la cama.
— Qué hermoso dia para los que están en
el campo dijo la enferma.
— Dicha es esa que la proporcionaré yo á
V. para antes que acabe el verano, amiga
mia. -

— Ya no tengo piernas para sostenerme,


doctor.
—Ah! si estuviera yo tan seguro de reco
brar mi vista como de volverla á V. el uso
de sus piernas, ahora mismo romperia estos
DE INvieaNo. 225

anteojos. - Pero paciencia, un poquito de pa


ciencia; mientras llega ese momento, V. me
guiará á mí y yo la sostendré á V.
—Y quién me sostendrá á mí que ya no
puedo menearme, gracias á mi reumatismo
interumpió Sarah arreglando la almohada de
su señora. Me sostendrá acaso el pobre Rog,
que ya se ha quedado ciego, y se ha hecho tan
gruñon y tan rapaz que roba y muerde á todo
el barrio, y todita la noche de Dios se la pasa
ladrando? Cómo mudan los tiempos! pobre
animal! — Pero es que tambien cuatro años son
mucho para un perro!
Y si se admira el lector de que aun no haya
pronunciado el nombrede Lucy ninguna de aque
llas tres personasque siempre letenian, como suele
decirse, en la punta de la lengua, ha de saber
que hacia ya un año que el doctor habia hecho
hacer juramento á mistress Philipps, so pena de
no volverle á ver nunca en su casa, de no ha
blar ni por incidencia de su pobre hija; porque
solo su nombre bastaba para escitar en ella
terribles crísis nerviosas y desmayos que la po
nian á las puertas del sepulcro. La madre no
hablaba ya de su adorada Lucy mas que á Dios,—
al que nunca se cansa de escuchar á los afligidos
226 noRAs
—Doctor, le dijo haciendo un violento
esfuerzo para sonreir, tengo que pedirle á V.
un favor.

Y le cojió una mano afectuosamente.


Así pudo el doctor poner sin afectacion el
dedo pulgar sobre la arteria de mistress Philipps.
— Si V. fuera otra enferma, ya sabria yo
lo que eso quiere decir, —Me pediria V. per
miso para comerse una pechuga de gallina ó...
Sarah se habia levantado ya para ir por
ella.
— Pero V. —qué deseo puede V. manifes
tarme que yo no me apresure á satisfacer?
—Me promete V, concederme el favor que
le voy á pedir?
— Sí, veamos.
Y cerraba los ojos como si escuchara á la
enferma, pero no escuchaba en realidad mas
que las pulsaciones de su arteria. Algo debió
llamar su atencion en estas pulsaciones, pues
al punto se acercó con muestras de viva in
quietud al rostro de la enferma.
— Tendria gusto en consultar á un sa
cerdote, á nuestro escelente amigo M. Bur
ney, por egemplo. — No se enfade V. conmi
go, doctor.
DE INVIERNO. 227
— Ya es tarde dijo el médico entre sí; —
y luego añadió en alta voz:
—Yo, enfadarme ! Qué locura. Y por qué
he de oponerme á eso?
-Sé que no estoy muy mal.... le aseguro
á V. que no es mas que una simple preocupa
C1011.

La infeliz conocia que le quedaban pocos mo


mentos de vida, pero no queria afligir al doctor.
—No solo no está V. muy mal, señora, —
sino que va V. perfectamente.
Una lágrima brillaba en los tristes y ya
casi apagados ojos del anciano.
—Sí, perfectamente. — Pero no tiene V.
inconveniente en que haga venir á M. Burney,
no es verdad?
—En manera alguna; yo mismo voy á
buscarle.
— Oh, vaya V. pronto muy pronto!
— Antes de diez minutos estará aquí
M. Burney.
— Pero no crea V., señor Young, que
me siento peor.
—Y si yo me apresuro tanto á complacer á
V., no vaya V. á pensar que es porque la en
cuentro peor.
228 HORAS

—Oh! cómo le he engañado dijo la enferma


entre sí, no bien hubo salido el doctor; co
nozco que no me quedan dos horas de vida.
—Cómo he halagado su error murmuró el
facultativo al subir en su cabriolé para ir á
casa de M. Burney. — Pobre madre De aquí
á dos horas habrá dejado de sufrir.
— Sarah! Sarah! abre al instante ese arma
rio y tráeme la cajita de cedro, — ya tú sa
bes...
Y el sol se escondia detrás de las murallas

de Lóndres, la ciudad negra, la ciudad cuyos


techos de pizarra exhalan vapores por la no
che, como la tierra. Hora indicisa y triste;—
los rumores de la Babel inglesa se apagan; es
pesas sombras suben del rio y se estienden pá
lidas y aplomadas por las calles. Aquel sol que
se retira se lleva consigo una parte de la vida de
todos, y los enfermos conocen que su Dios se
aleja.
Mistress Philipps estaba blanca como su al
mohada. Puso, muy oprimido el corazon, sus
manos sobre la caja de cedro, luego la abrió
con una llavecita que sacó del pecho donde
siempre la habia llevado: — las fuerzas le fal
taron y cayó de golpe la tapa. Abrióla de nue
DE INVIERNO. 229

vo la enferma, y con la devocion de una santa


que toca una reliquia, con la ansiosa curiosidad
de una novia que examina uno á uno los rega
los de boda, fue sacando lentamente todo el
ajuar de su hija; pañales de la primera infan
cia, perfumados aun con el olor de la pradera
donde se han secado al sol, camisitas bordadas,
capillas siempre demasiado grandes ó demasia
do chicos, y bajo los cuales está la criatura tan
graciosamente ridícula, que ella misma se rie
de verse; —zapatos que se pierden en el bol
sillo de la nodriza, y con los cuales nunca ha
andado el niño mas que sobre la mano de su
madre; y juguete sin fin, muñecas carirredon
das y rosadas, hermanas de carton que han
participado de todos los besos que recibia la
hermana viva.

Mistres Philipps bebia en sus carrillos aque


llos besos. Levantaba luego en alto por ambas
mangas las camisitas de Lucy, é imprimia en
cima de la escotadura, en el sitio donde debia
estar la cabeza rubia de su hija, un beso en
el vacío. Y doblando luego las camisitas, las
decia: Farewell (1) aquel largo adios inglés tan

(1) No creemos cn electo que exista en lengua


230 HORAS

tierno y tan amargo. Cojia tambien los vestidi


tos, los fruncia por el talle, jugaba un mo
mento con su ilusion, los doblaba, los besa
ba, los metia en la caja y les decia: — á
Dios —Luego desdoblaba las mediecitas bor
dadas, donde su brazo descarnado simulaba la
pierna dura y redonda de su hija, besaba las
medias y las decia: — á Dios! — á Dios! tam
bien decia, los ojos medio cerrados, á los za
patitos con que trotaba la niña y se bamboleaba.
y se caia con tanta gracia : á Dios! á los gorri
tos, á Dios á todo: á Bios! á las muñecas, que
tenian cada una su nombre.—A Dios, á Dios!—
Y ya no veia, y aun manoseaba á tientas aque
llas sedas, aquellas muselinas, aquellas cintas
que se llevaba á la boca; luego no acertaba á

alguna una palabra tan dulce como esta voz inglesa


Farevoell, bien pronunciada, sobre todo si la pro—
nuncia una hermosa boca. Hay en el sonido vago
indeterminado de las vocales que entran en esta pa—
labra, en la fuerza con que se destaca la / sobre la r
y la doble vo que apenas se oyen, una májia ideal;-
el sonido de esta voz, tan análogo á la triste idea que
espresa, halaga el alma y el oido como un canto
melancólico. (N. del T)
De INvIERNo. 231
llevárselas á la boca... Farewell!
Y la tapa cayó...
Aquella caja y aquel lecho!!!
Parecian un sepulcro pequeño sobre un se
pulcro grande.
Sarah corrió las cortinas, encendió dos ve
las y rezó.
El doctor Young habia muerto en el ca
briolé de un ataque de apoplegía.
Toda la aristocrácia inglesa siguió el entier
ro de mistress Philipps.
El mismo rey envió sus coches.
Detras de los grandes, detras de los no
bles, detras de los ricos, detras del pueblo,
detras de los pobres que lloraban,
Iba un perro ciego.

VI.

Entre los papeles de mistres Philipps se ha


lló esta única disposicion testamentaria:
“Todos mis bienes, á escepcion de la casa
»en que he fallecido, que lego á Sarah, mi ama
» de llaves, pertenecerán al que, por la volun
»tad de Dios, encuentre á mi hija Lucy.
“Los que me aprecian me perdonarán el
232 HORAS

»no haber hecho este sacrificio durante mi vi


»da; entonces vivia mi marido, y no me era
»dado disponer mas que de la mitad de mis bie
mieS.))-

VII.

Ocho años hacia que Sarah no podia me


mearse de su cama: indiferente como el sepul
cro , Sarah dejaba á los muebles enmohecerse.
Sus provisiones se contenian en un cesto que
subia y bajaba á la calle atado en la punta de
una cuerda; el dia en que no hajase el cesto, se
ria señal de que Sarah habia muerto, y la casa
perteneceria á los hospicios de Lóndres. Solo
un ser la visitaba de tres en tres dias, Rog;
no el Rog de otros tiempos, vivaracho aunque
feo, generoso aunque puerco, sino Roghedion
do á fuerza de años y de mala conducta, pa
gando los errores de su juventud con una oreja
perdida entre los dientes de los perros de los
carniceros. Arañaba el cuadrúpedo la puerta,
y aunque refunfuñando , Sarah tenia la debili
dad de abrirle; —y una anciana sorda y un per
ro viejo y ciego y un papagayo decrépito y mu
do tenian cierto placer en hallarse reunidos.
Una desavenencia asaz grave habia com
DE INVIERNo. 235
prometido no obstante en cierta ocasion aque
lla perfecta armonía. Por respeto á la memo
ria de sus amos, quiso Sarah un dia quitar á
Rog el collar de cobre cuyas armas arrastraba
ignominiosamente en el fango de los arroyos ;
Rog se insubordina, insiste Sarah, el perro la
muerde, y huye con el collar.
La vieja lloró, no del dolor, sino de la in
gratitud: — su único amigo!...
Transportémonos ahora á uno de aquellos
magníficos parques que tanto embellecen á
Londres, y reposemos nuestras miradas en
aquéllos bosquecillos cubiertos en la primave
ra de flores y de verdura. Alzadas en los bra
zos de sus nodrizas multitud de criaturas, jun
quillos vivos, se mecen sobre la cabeza de los
transeuntes; y es una delicia en verdad ver en
tanta altura á aquella generacion nueva que de
be hollar algun dia á la que la sostiene ; - ver á
la vida subir en semilla.

¿Qué accidente acaba de turbar de pronto


la eterna paz de aquellos sitios? Se ha caido una
criatura en alguno de los estanques, echando
miguitas de pan á los cisnes? La multitud se
acumula cn un punto, este punto se ensancha,
ondea, se abre, y sale de su centro un per
ToMo III. I6
234 HOR As

ro tirando ya por la falda, ya por las mangas,


pero sin soltarla nunca, á una jóven de quince
años. Mil palos llueven sobre el perro, pero
él cada vez mas firme sacude con los dientes,
y se lleva su presa : — se la quitan, la vuel
ve á coger, y sigue corriendo: — no le aterran
los gritos de su víctima, cuyo vestido está he
chotrizas. Se cansan de zurrarle, pero él no
se cansa de que le zurren, á pesar de su cabeza
anegada en sangre, de sus ojos ciegos que llo
ran, de sus últimos pelos que se esparraman
por el viento.
Un grito sale de los labios de la mugerá
quien obliga á ir casi arrastrando; — acaba de
leer en el collar del perro, Rog! y al punto el
leal cuadrúpedo suelta los vestidos que poco
antes acribillaba á dentelladas, y reconocido y
llamado, traza en torno de aquella voz un rá
pido círculo de brincos, de ladridos , de cari
cias, y luego sigue delante, y torna á su estrepi
tosa algazara, y todos le siguen mientras el vuel
ve á cada paso su cabeza ciega.
Y la muchedumbre no sabe ya que pensar
de aquella autoridad del perro sobre la per
sona que la sigue como un niño obediente sigue
á su padre.
DE INV a ERNO. 235

A medida que va andando en la direccion


que la indica su estraño guia, van despertÁn
dose en la memoria de la jóven recuerdos com
pletamente borrados: — aquí una pared blan
ca, alli una muestra de una tienda, luego su ca
lle; luego su puerta.
— Ah ah por aquí anda Rog, dijo la
pobre Sarah, pero es estraño ladra del mismo
modo que aquella noche fatal....
Y tiró del cordon con que abría la puerta
desde su cama. -

—Señora, señora, no habeis muerto? Ve


nis á buscarme para ir al cielo?
Sarah tomaba á Lucy por su madre, tan
alta y tan hermosa estaba Lucy
Rog se precipitó sobre la mitad de un
pollo asado y lo devoró.
Saralh fue corriendo á traerle ha otra
mitad.

VIII.

Lucy habia sido robada por algunos ajen


tes de su padre y conducida á Sidney, en la
Nueva Gales.
236 ion As

IX.

Segun el testamento de lady Philipps, to


dos sus bienes debian pertenecer al que en
contrase á Lucy.—Quién la habia encontrado?
Rog.— A Rog pues todos los bienes de mis
tress Philipps! — Pero Rog podia heredar?
Cuestion grave que solo el tribunal debia de
cidir.—Señalóse dia para comparecer á pre
sencia del juez.
Sarah se ha puesto su vestido mas lujoso,
lleva su báculo de ébano, y sus anteojos ver
des. Lucy está hermosa como una inglesa;—
continente majestuoso, ojos azules, mirada
tierna, cabellos rubios.—Rog está peinado, la
vado, perfumado; su collar está muy limpio
y reluce como oro; — Rog no está mas que
feo. Pero como Rog es ciego, Lucy le lleva
rá atado con un cordon de seda. -

Antes de salir á la calle pone Sarah so


bre una silla el retrato de su señora y le di
rije con el corazon una breve y ferviente ple
garia, á fin de obtener un resultado próspero
en el paso que van á dar.—Lucy se arrodilla,
Rog espera.
DE INVIERN9" 237
Sarah se vuelve luego hácia el perro, ane
gados los ojos en llanto.
—Pobre Rog!
Rog ladra.
— Antiguo compañero mio! ahí tienes á la
hija de nuestra antigua señora! La dejarémos
morirse de hambre, Rog?—A ambos nos reco
gieron, á mí en un hospicio, á ti en la calle, y
aquí nos han dado á tí lecho, á mí pan. —
Rog ladra.
—Verdad es que tú no pasas de ser una
criatura no bautizada : pero no eres malo,
aunque sí algo ladron.—Te perdono tus tra
vesuras, Rog, pero es preciso devolvérselo
todo á nuestra hermosa Lucy.—Qué harias tú
con ese dinero? Pan no te ha de faltar, abrigo
para el invierno tampoco, y se te dejará tu co
llar de cobre, Rog.
Rog ladra.
—Luego, pronto moriremos los dos.—Tú
tienes doce años, Rog, yo pronto tendró se
senta; tú eres ciego, yo soy sorda.—Y esta ni
ña es tan jóven y tan hermosa!
Lucy pasaba afectuosamente su blanca ma
no sobre la cabeza de Rog, qne inmóble y
mudo se dejaba querer.
238 HORAS

—Y dejaremos esta guardilla tan fea, y


. bajaremos á la sala. Lucy ocupará el sillon de
su madre, yo el mio, tú te pondrás entre no
sotras dos; y este invierno, tú que eres tan
friolero, pobre Rog! —te meterás entre las
cenizas, sin que nadie te lo impida.—Y no te
regañaré nunca, lo oyes, Rog? — y mancha
ras las alfombras todo lo que te dé la gana.
Y Rog ladra cada vez que pronuncia Sa
rah su nombre.

—Ea, vamos, Rog, vamos; = y á ver


como te portas, como es debido, delante del
Señor juez.
X.

Delante del juez, no fué tan complicada


la cuestion como para la inteligencia de la po
bre Sarah.

Cuando se presentaron en el tribunal Sa


rah, que llevaba en la mano el testamento de
mistress Philipps, y Lucy con el perro atrai
llado, sonrió el juez de Common-s—Court
bajo su enorme peluca, y dijo inclinándose con
gravedad.
—La ley civil manda que todo individuo sea
apto para heredar.
DE INvIERNo. 259

Pero un perro no es un individuo.—


—El testamento es nulo.

—En nombre del Rey, queda anulado el


lestamento de lady Philipps, y pasan á poder
de miss Lucy, condesa Philipps, todos los
bienes de su difunta madre.

—Añadiremos como hombre y no como


juez, que por fidelidad á la palabra escrita, y
por respeto á la volnntad sagrada de los que
ya no existen, miss Lucy, Condesa Philipps,
está obligada á tratar bien á ese pobre perro.—
LEON GOZLAN.
-3 Ag

a 5ortiid,
—«Ges- .

U. noche de noviembre, entre ocho y nue


ve, estaba sentada Mme. de Saint-Maur tris
te y sola en su gabinete, al lado de la chime
nea, cuando se abrió la puerta, y anunció un
criado la llegada de Mr. Julio de Blinvert.
Al oir este nombre, la hermosa dama, vol
viendo apenas la cabeza, se levantó con mu
cho cumplido, y se volvió á sentar en segui
da, despues de haber saludado al recien ve
mido, sin desplegar siquiera sus labios.
—Hace mucho que ha llegado V. de París,
Caballero? le dijo despues de algunos momen
tos de silencio, , ,

Entrega 4 a—ToM. III. 17


242 HORAS

—En este mismo instante acabo de llegar,


Señora, y mi primer visita es para V., res
pondió el jóven en tono amable y tímido jun
tamente.

—Ah! parece que en las provincias olvida


V. sus mañas de la capital. -

Aquella reconvencion hizo sonreir algun


tanto á Julio, como á hombre que está seguro
de justificarse muy en breve.
Para conocer bien el valor de estas últimas
palabras de Mme. de Saint-Maur, es nece
sario saber que en un viaje que hizo esta Se
ñora á París, el verano anterior, Julio su com
patriota y antiguo conocido, se habia apresu
rado á ir á visitarla y á ofrecerla su brazo para
recorrer las tiendas de modas, las calles y los
paseos.—Un dia, despues de haber hecho dos
ó tres compras, manifestó, deseo Mme. de
Saint-Maur de volver á su posada, y Julio la
pidió permiso para acompañarla. Poco á poco
fuese animando la conversacion, y el galan
mancebo acabó por hacer intervenir al amor en
medio de una grave discusion, filosófica. Una
mujer que se aburre en una posada de nada
puede responder; —en vez de rebatir con des
treza, ó de no prestar oido á las seductoras
-r
-
" ... - — -
DE IN vIERNo. 243
ideas del jóven, Mme de Saint-Maur le es
cuchó con gusto, y no halló contra los apa
sionados argumentos que presentaba su elo
cuencia, ninguna objecion sólida.—Merced á
la aparente impasibilidad de su paisana, al ca
bo de media hora de conversacion, tenia entre
sus manos el audaz sofista, una lindísima sor
tija que estrechaba de cuando en cuando, á sus -

labios con frenesí... ... En vano Mme. de Saint


Maur a la reclamó imperiosamente, como cosa
habida por sorpresa; Julio no hizo caso de sus
reconvenciones, y juró que no soltaria la sorti
ja sino con la vida. o

—Al menos, dijo Mme. de Saint-Maur,


tenga V. muy presente que V. me la ha quita
do... que yo no se la doy.
—Bien, bien dijo Julio; será como V, quie
ra; — la conservaré en calidad de depósito,
hasta que V. tenga la bondad de dármela de
finitivamente.

Entró en aquel momento Mr. de Saint


Maur, y su presencia puso fin á la discusion.
Pasaron muchos dias despues de este suce
so sin que volviese á parecer Julio por la po
sada. Mme. de Saint-Maur, inquieta y tris
te durante los dos primeros dias, se entregó
244 HORAS

al mas violento despecho cuando creyó ad


vertir que aquella ausencia era ya una cosa
decidida, una resolucion inmutable. Vaciló un
momento sobre si escribiria ó no á Julio para
echarle en cara su proceder tan poco atento, y
reducirle á tener una esplicacion con ella; pe
ro temió no poder contenerse lo suficiente, po
mer demasiado en descubierto á los ojos del
ingrato el verdadero estado de su corazon, é
inmediatamente renunció á este proyecto 3
ademas, en caso de que hubiese por parte de
Julio, indiferencia ó desprecio , ¿no debia ella
pagarle en la misma moneda ?
Indecisa estaba todavía Mme. Saint-Maur
sobre lo que debia pensar de la conducta de
Julio cuando una noche, en el teatro de la
Academia real (1), á donde se habia decidi
do á llevarla su marido, vió al culpable sen
tado en un palco frontero al suyo al lado de
una dama bastante linda y muy bien tocada.
- No tardó Julio en verla, y al cabo de pocos
momentos ya estaba en su palco.

(1) El teatro de la ópera francesa, uno de los pri


meros de Europa. . .
(N. del Trad.)
DE INVIERNO. 245

Lo primero que hizo Mme. de Saint-Maur


fue mirar las manos de Julio, pero en vano; al
verlas cubiertas de bien estirados guantes ama
rillos, no pudo reprimir un ademan de impacien
cia muy espresivo. Recurrió á cuantos medios le
sujirió su astucia para aclarar sus dudas, y
por último, aprovechando un momento en que
habia salido del palco su marido, acosó á Ju
lio á preguntas, y llevó la curiosidad hasta el
punto de cojerle ambas manos entre las su
yas, en el calor de la conversacion, afectan
do la mayor naturalidad, y como si no diese
á aquel exámen importancia alguna.... No lle
vaba la sortija ! Era evidente que no la lle
vaba. -

Conoció Julio en el instante mismo lo que


pasaba, y quiso disculparse alegando su negli
jencia, diciendo con muestras de suma fran
queza que la hacienda mal adquirida nunca
aprovecha... en fin, que le habian robado la
sortija. Mme. de Saint-Maur se limitó á res
ponderle con desdeñosa sonrisa.—Lo único
que m e admira en todo esto, caballero, es
que haya V. podido ser bastante falso para
aparentar que daba realmente grande impor
tancia á una cosa que ninguna tenia para us
246 EIORAS

ted. En esas tablas deberia V. presentarse,


caballero, añadió con vehemente ironía; estoy
segura de que seria V. muy aplaudido en la
comedia de intriga. En fin, mudemos de con
versacion; — vaya V. á buscar á la señora á
quien ha venido acompañando, y hágame el
favor de dejarme oir. -

Quiso Julio, seguir disculpándose, pero al


punto se retiró Mme. de Saint-Maur: — al
dia siguiente, cuando fué á verla á su posada,
supo que acababa de salir de París.
Seis meses habian transcurrido desde la
aventura que acabamos de referir, en el mo
mento en que introducimos á Julio en casa de
Mme. de Saint-Maur.
-A fémia, señora, dijo despues de la
lacónica respuesta de que hicimos mencion al
principio de esta escena, que me temo mucho
que me suponga V. muy culpable, cuando
realmente no hay contra mí mas que las apa
ITICInClaS.

—No sé de que quiere V. hablar dijo la


bella picada, afectando suma sorpresa. Bien
sabe Dios que no trato de acusarle á v. de
nada en este mundo, y que desde ahora le ah
suelvo de todo pecado.
DE INVIERNo. 247

—Consulte V. bien todos sus recuerdos,


señora, y no me haga la injuria de mostrar
que ha olvidado lo que la quiero decir.
—Parece que de algun tiempo á esta parte

le ha entrado á V. una aficion decidida hácia


los enigmas. Materia es esa que entiendo muy
poco, se lo advierto á V., y que no me gusta
nada por mas señas. - .

— Nada hay tampoco de enigmático en lo


que quiero decir, señora; todo “se reduce á.
una falta involuntaria quequisiera hacerme
perdonar.
—Pero es preciso á lo menos que yo sepa
de que se trata.
— Señora, dijo Julio evidenteniente con
movido, si yo la hubiera creidó a V. tan ol
vidadiza como aparenta serlo, el cielo sabe
que no la hubiera ainado tanto
—Ah! muy bien una declaracion en for
ma, apenas acaba V, de apearse de la dili
jencia.... Vamos!... eso se llama no perder
el tiempo ! --

—Ni el recuerdo de las personas amadas,


repuso Julio.
—v. nunca pierde nada, continuó ma-.
dame de Saint-Maur, afectando una sonríº
248 HOIRAS

burlona, —escepto las sortijas que le prestan.


—Bien sabia yo, señora, que al fin se
acordaría V. de ello. -

— Pues qué? y era de eso de lo que V.


hablaba? esclamó Mme. de Saint-Maur. Le
juro á V. por vida mia que nunca lo hubiera
adivinado;—pero sea de eso lo que fuere, no
volvamos nunca á ocuparnos en semejante sim
pleza. V. me ha cojido una sortija, y la he
perdido, ó la ha dado, ó se la han quitado,
que tanto se me da de uno como de otro.
Una sortija de poquísimo valor no merece la
pena de que pensemos en ella. -

—Si merece, señora, cuando viene de V.


— Muy bien dic no Cumplimiento es ese
por el estilo de los que me suele echar mi ma
rido los dias en que no le atormenta la ja
queca. Pero dejémonos de niñerías y hablemos
sériamente. — Cómo deja V. á Paris ? A qué
debe el pueblo de Angulema el honor de po
seerle á V?
— A V., señora, á V. sola. -

Mme. de Saint-Maur habia afectado hasta


entonces no echar una sola ojeada á Julio,
pero entonces se aventuró á hacerlo y sus ojos
encontraron las tiernas miradas del mancebo.
DE 1NVIERNO. 249

—Muy elegante está V., caballero, y muy


buenos colores trae, le dijo con impertinente
altivez, para hacer con esa desfachatez decla
raciones á quema-ropa. Eso es cosa que pue
de perdonarse á los jóvenes macilentos y páli
dos, pero no á un hombre perfumado co
moV.—y tan bien enguantado, añadió con ma
licia. -

—Si eso es lo que la hace á V. dudar de


mis sentimientós, señora, pronto desaparecerá
ese obstáculo, — y esto diciendo se quitó al
punto los guantes,
No pudo la dama reprimir un movimiento de
curiosidad y echó la vista á las manos de Julio
— Ah! esclamó, parece que al fin la ha
encontrado y ?... - -

—Esta sortija? — no señora, no me la he


encontrado; — la he reconquistado.
—Espero que me la devolverá V.
— Antes me permitirá V. que la cuente
todos los tormentos que me ha causado. Cuan
do V. sepa, señora, cuanto puede influir en
la dicha ó en el infortunio de mi vida un ob
jeto que viene de V., juzgará entonces si debe
ser aun severa conmigo, y yo por mi parte
juro obedecerla....
252 Il ORAS

periosas, pero que no es del caso especificar,


me llevaron á casa de la condesa de A....»
bien decidido á no hablarla ya nunca de un
amor de que procuraría no volver á acordar
me jamás. Reparó ella, poniéndose colora
da, en la sortija que yo llevaba en el dedo y
que, en mi ajitacion, no me habia acordado
de esconder. Preguntóme si hacia mucho tiem
po que tenia aquella joya y de quien la ha
bia recibido; respondí en voz balbuciente ...
que se yo qué; — quiso verla mas de cer
ca; resistí, insistió, y yo me obstiné en mi
negativa; — quise entablar una conversacion
sobre cosas indiferentes, pero no hubo medio
de hacerla que la siguiera. — Tanta destreza
desplegó en su empeño, que acabé por pre
sentarla mi mano, persuadido de que me de
volvería la sortija despues de haberla exami
nado —ella habia tenido bastante artificio para
persuadirme de que no era aquello por parte
suya mas que un simple capricho. Ya se ima
jinará V. lo que sucedió; hice cuanto pude
para obtener la ejecucion de su promesa, pero ,
negó que se hubiese comprometido á nada, y
cuanta mas importancia conocía ella que daba
yo á la posesion de aquella sortija, mas se
DE INVIERNO. 253
obstinaba ella en mo volvérmela. Ocurrióme
entonces una idea luminosa y aparenté de
pronto que consideraba nuestra mútua obsti
nacion como una simpleza. — Pues V. Se enn

peña en ello, la dije, quédese V. con la sor


tija, — En aquel momento acababa de decidir
me á reconquistar con la astucia lo que me ha
bia quitado con la astucia.
Entre tanto, me pareció que seria una im
prudencia, volver á presentarme á los ojos de
V. ¿Con qué cara hubiera podido sostener sus
miradas.... no diré sus reconvenciones de V.
porque no tenia el orgullo de esperar tan gran
Ventura? -

Mis primeras tentativas fueron todas in


fructuosas; en vano espié por espacio de mu
chos dias consecutivos las distracciones de la
condesa, porque parecia que ella adivinaba mi
intencion, y siempre estaba sobre la defensi
va.—Romper de una vez mis relaciones con
ella, de nada me hubiera servido, hubiera si
do por el contrario sacrificar toda esperanza,
hubiera sido tal vez, dejar á su despecho el
pérfido medio de comprometerla áV., Seño
ra.... Me resigné pues, — y no olvide V. que
fué solo por amor á V.— á hacer el papel de
254 . HORAS. . .

un hombre, apasionado de veras; —no volvi


mos á hacer mencion de la tal sortija, que
ella, á mayor abundamiento, habia tenido la
precaucion de encerrar en sitio seguro. º
Finjíme cada vez mas enamorado, la es
cribí, y la dije en fin mil mentiras, que aca
baron por persuadirla de que estaba loco por
ella.
—Y osa V. blasonar de semejantes infamias?
interrumpió Mme. de Saint-Maur, con voz
que queria ser severa, y que palpitaba de placer.
—Y le toca á V, acusarme? respondió Ju
lio asiendo violentamente la mano de su amada
para llevarla á sus labios. ; ... . .
—Prosiga V., le dijo, la hermosa cuando
quedó libre su mano.
—Hasta entonces, repuso Julio, no me ha
bia inspirado aquella mujer mas que una indi
ferencia que crecia en razon de mi amor á V.;
pero apenas salió V. de París tan repentina
mente, cansado ya del deber de falsía que me
habia impuesto, conocí que el odio succedia á
mi indiferencia.—Y sin embargo aun tenia que
finjir. •

En fin, cuando despues de meses enteros


de protestas por parte mía, y de zalamerias
DE INVIERNO. 255
por parte suya, me ví seguro de haber hecho
nacer en su alma el amor que con tanta viva.4
cidad le habia yo pintado, sin sentirlo, y que
ella sentia absteniéndose de dármelo á conocer,
la eché de hombre verdaderamente desespe
rado, y sin aguardar una declaracion que va
gaba ya sobre sus lábios, salí jurando que no
volveria á ver jamás á una coqueta inexorable.
No me engañó mi cálculo;—al dia siguiente reci
bí una cartita de las mas tiernas, en que me
conjuraba que volviese. . ... , , , , , , el
—Y en fin ? esclamó con viva impacien.
cia Mme. de Saint-Maur. º º "gº
—Yo escribí á la condesa de A... otra car
tita no menos cumplida que la suya, en que me
limitaba á ofrecerla que la devolveria su carta
en cambio de la sortija que me habia quitado.
Aquella misma noche estaba ya en el camino
de Angulema.
— ¿Consintió en ese convenio ? — dijo
Mme. de Saint-Maur. No le amaria á V. mu
cho, yo lo fio.
—Su carta estaba firmada, señora, res
pondió Julio con la mayor sangre fria.
Esta circunstancia hubo de convencer sin
duda á Mme. de Saint-Maur, porque no aña
256 honas
dió una palabra y bajó los ojos. Alentado por
la favorable mudanza, que su confesion since
ra habia efectuado en la hermosa ofendida, Ju
lio la cojió una mano por segunda vez, y la dijo
con tristeza.

—Devuelvo áV. su sortija, Señora, una


vez que V. se obstina en mo perdonarme una
culpa involuntaria, no tengo derecho para
conservar este recuerdo de V.
Mme. de Saint-Maur quedó en profundo si
lencio; pero en fin, demasiado conmovida, no
pudo contener sus lágrimas.—Estrechó por
largo rato la mano de Julio entre las suyas, y
cuando en fin pudo hablar:
—Esa sortija, es de V., le dijo, yo se la
doy. -

Camposs AIGUES.
fos .. .

T909S RIASCARAs.

Ua dia del último carnaval, mi amigo Ange


lo y yo mos abriamos paso con gran trabajo
por entre el inmenso gentío que atascaba las
- calles y las plazas. - - -

De vez en cuando llamaban la atencion, y


escitaban la algazara de los espectadores algu
nas máscaras...., Pobres máscaras en verdad,
las de nuestro pais ! Algunos pobres diablos
pagados por la policía para aparentar que se
divierten; otros infelices que han empeñado
los vestidos de sus mujeres para alquilar un
disfraz con que encenagarse en el fango de las
ToMo III. 18
258 IORAS

calles y de los vicios! Y todo esto sin gracia,


sin poesía, sin ingenio. Oh! pobre y triste car
naval ! t.

Y sin embargo la muchedumbre se diver


tía, porque nunca habia visto cosa mejor.
Pasaron dos máscaras por delante de no
sotros; un purchinela y un arlequin, repi
tiendo uno y otro á todo yente y viniente los
groseros equivoquillos y añejos conceptos que
ya de puro oidos causan hastío..... La jente
reía á carcajada tendida.
Anjelo, mi amigo, no reía. — «Vámonos
de aquí, me dijo, vámonos al instante; la vis
ta de esos dos máscaras me hace mal. »— Y
pálido, ajitado me arrastraba por el brazo co
mo si huyera de un gran peligro. • «... s.

Entramos en un café, y alli le pregunté


la causa de aquella estraña ajitacion que ha
bia mostrado.
— Bajo los burlescos disfraces que llevan
esos dos hombres, me dijo, hay para mí re
cuerdos muy amargos. .

— No puedo comprender como diablos.....


— Escucha; prosiguió,
Ya sabes que pasé el último invierno en
Florencia. Entre las varias casas en que me
N

DE INVIERNO, 259

presentaron, se distinguía con especialidad la


de la condesa Gherardí, cuyos bailes reu
nian las mujeres mas hermosas y la mas esco
jida sociedad de Florencia. Bajo las ventanas
de su palacio, decorado con todo lo que pue
den inventar el gusto y la riqueza reunidos, es
tendiase un magnífico jardin hasta las orillas -

del Arno;—jardin y palacio, todo poblado de


estátuas, todo soberbio, elegante, májico !
Hoy hace un año justo, dió la condesa un
gran baile de máscaras; los mas grotescos dis
fraces, los trajes mas suntuosos llenaban sus
espléndidos salones. Todo alli era objeto ya
para admirar, ya para reir; veianse allí to
das las épocas y todos los paises, personajes
históricos y caprichos burlescos, realizados
en fin los mas estraños delirios de la ima
jinacion. Todo alli respiraba alegría y desem
barazo; todo era chispa, donaire, talento....
era en verdad un baile delicioso.
IHalléme en Florencia con uno de mis ami
gos íntimos, un compañero de colejio , Alfre
do; — él tambien habia sido presentado en
casa de la Condesa . y me admiraba en verdad
de no verle en aquella fiesta, á él tan loco y
ºtan amigo de bailes y de placeres.—Iba ya á
260 HORAS

recorrer uno á uno los salones para buscarle


entre el jentío, cuando se oyó un gran ru
mor junto á la puerta, hácia la cual se preci
pitaban todos con aplausos y carcajadas sin fin,
causados por la aparicion de Alfredo, disfra
zado de Purchinela, como ese máscara que
acabamos de ver.... Su cara estaba pintorrea
da del modo mas ridículo.—Su porte éra al pie
de la letra el del personaje que representaba;
su boca un diluvio inagotable de chistes, y de
bufonerías. — Estaba verdaderamente admi
reble.—
“Otro máscara dividió con Alfredo los ho
nores del baile; era este tal un Arlequin, li
jerísimo, gracioso, esbelto bajo su traje de
cien colores, haciendo mil gestos de gato,
hablando en voz de chiquillo, jugando con su
espada de carton, y su sombrero en forma de
cola de conejo, y tocando la guitarra para las
damas. Es pues el caso que habia en aquel
baile una florentina llamada Maria , una de
aquellas bellezas meridionales, de ojos gran
dres y cabellos megros, la cual, segun públi
ca voz y fama, contaba á Alfredo en el núme
ro de sus mas vehementes apasionados;—una de
aquellas mujeres cuyo amor es la felicidad del
DE INVIER N0. 26 .

cielo, ó bien el infierno y la muerte. Es de ad


vertir que segun noticias, otros muchos gala
mes habian precedido á Alfredo en el corazon
de la hermosa Florentina, y aquel pobre mu
chacho, tan jovial, tan bueno en su trato, me
habia dicho muchas veces con amargura:—An
jelo, esa mujer es coqueta, y yo-yo conozco
que soy celoso.... Mira, esa mujer me ha de
costar la vida.

Entre los rivales de Alfredo, descollaba por


sus brillantes prendas el jóven marqués Alba
ni; — este sin embargo, vencido por los des
denes de su amada, habia salido de Floren
cia, segun decian las jentes, despues de ha
ber jurado que nunca mas volveria á ella, sino
llamado por Maria.—Con esta declaracion de
Albani, tranquilizaba Maria la celosa ternura
de Alfredo, y mi amigo sin embargo no podia
menos de aborrecerle.—Aquel era el único odio
que habia entrado jamás en su corazon. - --

El Arlequin acababa de pararse delante de


Maria; — con la careta negra, que forma par
te del traje de este personaje, estaba admira
blemente disfrazado, en aquel momento, to
caba á la guitarra unas seguedillas españolas.—
De locura en locura, Purchinela se acercó a
262 HORAS

Arlequin; —y entonces, al ver una sortija cu


yos reflejos hacia brillar el bergamasco (1), re
corriendo sus dedos sobre las cuerdas de su
guitarra, cesó de pronto la alegría de Purchi
nela, y fué por cierto cosa estraña que quedase
tan serio aquel rostro, bajo sus sulcos y sus ver
rugas postizas; que quedase en aquella actitud
meditabunda el festivo Purchinela bajo su doble
joroba, y su heteróclita vestimenta.—Luego que
acabó Arlequin sus seguidillas, ví áAlfredo
acercarse á él. — Sus ojos centelleaban, los de
Arlequin centelleaban tambien por entre las
aberturas de su careta. — Dijéronse algo en
voz baja, se apretaron la mano, y aquella es
cena trajica pareció á los espectadores el con
traste mas divertido del mundo con lo grotesco
de sus trajes;—todos convinieron en que aque
lla era la mejor farsa de carnaval, que se ha
bia visto en toda la noche. — Despues de ha
berse dicho aquellas pocas palabras, uno y otro
mas alegres que nunca, volvieron á comen
zar sus bromas y sus enredos, y luego, despues

(1) Sabido es que Bérgamo, ciudad muy principal de


Italia, es la madre patria de Arlequin.
(N. del Traduc.).
DE INVERNO. 265

de una postrer escena caricata, desaparecieron


por la puerta principal como dos cómicos que
se meten entre bastidores, al son de universa
les aplausos y carcajadas.
Todos creyeron que habian ido á preparar
nuevas diabluras, y esperaron su vuelta con
impaciencia.
En cuanto á mí, no sé que funestas ideas
me pasaron entonces por la imaginacion.
El tiempo pasaba y ellos no volvian; ya
empezaba á despuntar el alba , é iba pronto
á brillar el sol en el oriente. Para coronar dig
namente aquella noche de placeres, propuso
la condesa Gherardi un paseo por el Arno en
una elegante y espaciosa góndola.—Todos acep
taron aquel feliz pensamiento con notable ale
gría.
Cosa estraña Dos señores de las córtes
de Luis XIV y de Fernando de Médicis no
hallaron en la antesala sus espadas que se ha
bian quitado para tomar parte en el baile.
Bajó la muchedumbre al jardin de pronto:—
al dar vuelta á un bosquecillo de azahar, al
gunas jóvenes y hermosas damas que iban delan
te de los demas, se pararon de repente lan
zando un grito de horror, ... todos acuden...
264 HORAS

Bañado en su sangre, atravesado de parte á


parte de una estocada, y apretando aun en
tre cus dedos frios la empuñadura de una es
pada, yacía un hombre en trage de Purchinela.
Arlequin y Purchinela acababan de tener
un combate á muerte.

Purchinela era mi amigo, era Alfredo!


No me preguntes ahora porque me causó
tan dolorosa impresion verá esos dos máscaras.

TEopoRo MURET.
5-33<s

la jermtoga cambra.
-s ges--

I.

El pequeño brazo de mar que separa á


Constantinopla de los arrabales de Galata y
de Pera, se vé sulcado á todas las horas del
dia, por innumerables caikes, especies de lan
chas lijeras como cáscaras de nueces, por me
dio de las cuales se dan la mano y se mez
elan una á otra la poblacion turca y la pobla
cion cristiana.
Estos botes se mecen en la cima de las
olas, conducidos por pesados remos ; sus cos
tados de pino relucen al sol, y se doblegan ba
jo la presion de las aguas, siendo la única co
266 HORAS

municacion que existe entre aquellas dos mí


tades de la capital, asomadas al mar, como
dos hermanas gemelas, una en frente de otra,
sobre dos colinas herizadas de casas de madera
revocadas de mil colores, y coronadas de ci
preses de un verde sombrío que exhalan sua
vísimos perfumes.
A las doce de un dia del año de 1650, bajo
el reinado del sultan Amurat IV, célebre por
la toma de Bagdad, cruzaba uno de aquellos
caikes, mas espacioso y ricamente decorado
que todos los demas, desde la escala (1) de
Baluc-Bazar á la de Top-Khana, es decir, que
atravesaba de Constantinopla á Galata. Bande
rolas de varios colores tremolaban en su popa;
ocho remeros armenios, notables por sus bi
gotes que les pendian á ambos lados de la bo
ca hasta el cuello, le hacían volar como una
golondrina sobre la superficie del agua. Sus
cabezas recien afeitadas, ostentaban en la ci

(1) Llámanse asi los puertos de comercio de las cos

tas de Levante, y en general todos los puntos donde se


proveen de víveres y otros objetos de comercio ó de
eonsumo, las embarcaciones. º o
- -s - c. (V. del Trad.)
DE INVIERNO, 267

ma del cráneo redondos y pequeños gorros de


color de cereza, airosamente inclinados sobre
la oreja derecha, y coronados de borlas de se
da de un azul claro;—un ancho calzon de lien
zo blanco flotante hasta la mitad de sus pier
nas desnudas, y una camisa de seda listada de
anchas rayas y remangada en gruesos rollos
hasta sus hombros morenos y nervudos, forma
ban como en la actualidad, el trage completo
de aquellos atletas del Bosforo de Tracia. Solo
atendian sus ojos á dirijir el caiká compás, y
sin levantar una gota de agua con sus remos. El
hombre á quien conducian con aquella ostenta
cion de lujo y de respeto, estaba gravemente re
clinado sobre almohadones en el fondo de la

barca, y tenia en la mano un rosario de ám


bar; sobre su enorme cabeza y de una fisono
mía casi feroz, se arrollaba un ancho turban
te de cachemir encarnado como sangre;—
su alquicel de paño, y casi todos los demas
detalles de su traje eran del mismo color, y
contribuian no poco á dar á su rostro y á to
do su continente aquella espresion terrible que
era causa sin duda de que todos bajasen lo
ojos en presencia suya.
Varios magnates griegos, rajas del imperios
268 EORAS

es decir, súbditos tributarios de la Sublíne


Puerta, estaban sentados junto á él en el caik.
Fácil era reconocerlos por los preciosos ca
chemires de sus turbantes y la finura de las
estofas de sus vestidos, los cuales sin embargo
eran de color oscuro, como lo exije la ley
musulmana, que reserva los colores brillantes
para los felices hijos de Mahoma.
Todos aquellos semblantes parecian tími
dos y sumisos; solo el rostro del hombre del
turbante rojo alzaba al firmamento una mirada
altanera, y parecia mirar, como se mira á una
esclava, á la hermosa ciudad de Stambul tendi
da á sus pies, y toda recamada de los dorados
rayos del sol.
Cuuando internó el caik su delgada proa en
las gradas de madera de la escala de Top
Khana, una multitud de jeníza ros y de mari- ,
ueros turcos que estaban sentados en las losas
del muelle, le repelieron á patadas, vomitando
sus acostumbradas imprecaciones contra los
rajás, bastante osados para ir á turbar sus cor
rillos. Armados de largos tubos de pipas de
cerezo, juraban que romperian la crisma al
primero que se presentara; pero cuando se in
corporó el hombre del turbante encarnado, y
DE INVIERNO, 269

puso un pie en la escala, pasando la diestra


por la empuñadura de un largo puñal que lle
vaba envuelto en los pliegues de su cinto, for
móse un grande espacio vacío en torno del
desembarcadero, y el mas profundo silencio
succedió á las carcajadas y á las amenazas. Ade
lantáronse entonces varios palafreneros grie
gos trayendo por el freno sendos caballos rica
mente enjaezados, y todos los pasajeros del
caik montaron á caballo, sin que volviese á
oirse la menor injuria. El hombre del turbante
encarnado fue el último que puso el pie en el
estribo; dió la señal de la partida, y se ade
lantó gravemente al paso de su soberbio caballo
árabe, que caracoleaba y hacia ondear al viento
su larga crin, mientras que su jinete, rodeado
de seis esclavos que iban á pie, tendia una im
periosa mirada sobre la muchedumbre que le
abria paso.
Si el miedo no hubiera enfrenado las len
guas de todo aquel populacho turco, se le hu
biera oido esclamar: — Ese hombre qne se da
los humos de un bajá de tres colas, que va
vestido de escarlata como un visir, no es ni
mas ni menos que un simple rajá, que un vil
esclavo griego á quien la fortuna ha elevado
270 HOR AS

hasta las gradas del trono de nuestro Sultan


ese hombre es Scarlatos, el carnicero del ser
rallo, el indigno privado de nuestro amo Amu
rat. Así derrama ese magnate la sangre de los
hombres como si fuera la sangre impura de un
buey ó de un carnero;— su conciencia es mas
encarnada que el alquicel que ondea sobre sus
hombros. Ningun grande en todo el imperio
le iguala en riquezas ni en poderío;—ese hom
bre es el receptáculo de donde emanan las
mercedes imperiales, y el cuchillo que lleva
en el cinto ese carnicero es mas temible que el
alfanje del verdugo. -

Junto al privado de Amurat IV iba un


hombrecillo tuerto y cojo, encaramado mas
bien que caballero en un alto corcel de Cara
mania, que manejaba no obstante aquel estra
ño individuo con bastante destreza. Su fren
te ancha y huesosa formaba una gran protu
berancia bajo su enorme turbante, y el único
ojo que tenia se ocultaba como avergonzado
detras de una ceja negra y espesa , por entre
cuyas ccrdas, que no pelos, centelleaba como
un relámpago entre nubes tempestuosas. El
metal de voz de aquel hombrecillo parecia tan
dulce y armonioso, cuanto era disforme y re
DE INVIERNo. 271
pugnante su persona; las palabras que salian
de su horrible boca eran elegantes como un ai
roso ropaje de seda de Bagdad, y comunicaban
una gracia inefable á sus grandiosos y nobles
pensamientos. Fácil era conocer que un alma
generosa y altiva se albergaba en aquella horri
ble prision de carne y hueso en que la había
encerrado el destino.
El carnicero Scarlatos, á pesar de lo
poco que habia desarrollado en él la naturaleza
las facultades intelectuales, no podia disimular
el placer y la admiracion que le causaba el con
versar con aquel hombre. -

— Panteli, le decia: por las barbas del pa


triarca de muestra santa iglesia! qué diablo
de idea le pasó á tu señora madre por la cabe
za que no se avergonzó de procrearte y darte
á luz bajo esa tu abominable catadura? Tie
mes las espaldas breñosas y el pelo rojo como
los camellos de mi carabana de Mosul, que
salieron esta mañana para su destino, y que
pronto, volveremos á ver, si l)ios quiere,
cargados de ricas sedas y joyas para mi hija,
para mi querida Leandra. No tienes mas que
un ojo descarriado allá en lo hondo de la cabe
Za, como una vela encendida dentro de una
--
272 HORAS

linterna, y tus dos desparejados brazos se pa


recen tanto uno á otro como un niño de pecho
á un moceton de veinte años. Es cosa que clama
justicia, amigo Panteli, haber albergado en tan
fea casa tanta gracia y tanto ingenio.
- — Razon teneis, señor Scarlatos, respon
dió Panteli; la naturaleza es muchas veces in
justa con los humanos. A los ojos de la ma
yor parte de las jentes, las dotes del alma no
bastan á suplir los defectos del cuerpo. — Ohº
por qué no he nacido, prosiguió Panteli en
voz profunda y melancólica, con esa belleza
de la forma esterior que hace á los que tienen
la ventura de posearla, objetos de envidia y de
admiracion? De qué me sirve esta alma que
Dios ha encerrado en mi cuerpo, sino para ha
cerme sentir mas cruelmente los ultrajes que
se complace el mundo en prodigarme? Si estoy
triste y sufro, veo la risa en todas las bocas;
si imploro una mirada de amor ó de amistad,
se rien; — si me enfado, se rien tambien....
Todos los objetos de la creacion parecen otros
tantos arcos tendidos contra mí, de donde sa
len para herirme, como agudas flechas, el sar
casmo y la ironía.
- Ojalá fueras muy galan, repuso Scarla
- DE INvIERNo. 273

tos, galan como el hospodar de Valaquia, el


príncipe Mateo, mi yerno futuro; porque no
1e ocultaré que él es por fin quien va á obte
mer hoy mismo la mano de mi querida Leandra.
Lanzó Panteli un hondo suspiro é inclinó
tristemente la cabeza sobre el pecho. — Scar
latos prosiguió : -

— Hermosa pareja formarán por cierto, no


es verdad? porque mi Leandra es sin contra
diccion, y dejando á un lado el amor de padre,
la mujer mas hermosa de Constantinopla y sus ar
rabales. Yo la quiero contanta ternura, que no he
vacilado en dejarla completa libertad para que
escoja ella misma el que ha de ser su marido;—
su hermosura sin igual, mis inmensas riquezas,
y la alta, privanza que me dispensa el sultan
Amurat, mi amo y el tuyo, han suscitado
grandes rivalidades entre los principales seño
res del imperio para obtener la mano de mi
hija. — Tú mismo, Panteli, eres aquí el emba
jador del príncipe Basilio, hospodar de Mol
davia, y siento mucho en verdad, que no haya
logrado tu elocuencia dar dichoso término á los
proyectos de tu soberano (1). Pero qué quieres?
(1) .Titulo de dignidad en Rusia. Es voz de que usº
Capmani. (V, del T)
roMo III. - 19 "
274 Bon As

mi hija ama á ese boyardo advenedizo, aunque


sé muy bien que es un bárbaro, un hombre sin
cultura. Así son las mujeres; por el camino de
sus ojos se llega á su corazon, si es que en
efecto tienen un corazon. -

Esto diciendo, pararon Scarlatos y Pantell


sus palafrenes en la puerta de un magnífico
palacio que se alzaba sobre el desclive de la
colina de Pera, frente por frente á la costa de
Asia, al otro lado del Bósforo: — toda la ca
valgata echó pie á tierra y entró en la suntuosa
morada del carnicero Scarlatos. Una numerosa
concurrencia estaba reunida en espléndidos Sa
lones, alfombrados de preciosas telas y decora -
dos con infinitos lechos y almohadones de paño
de oro y de plata. Todos los que se creían con
algun derecho á la mano de Leandra habian
acudido llevando consigo magníficos presentes,
para lograr una mirada de la hija del priva
do; — todos á porfía se afanaban por eclipsar á
sus rivales en lujo y bizarría, y no es de es
trañar, si se atiende á que se trataba, no solo
de poseer á la mujer mas hermosa del imperio,
sino de emparentar con el hombre que dis
ponia á su arbitrio de la voluntad de su señor.
Habia suscitado aquella brillante reunion la
DE INVERNo. 275.

misma, Leandra, que hallaba un maligno pla


cer en desbaratar con una sola palabra todas
aquellas esperanzas suspendidas á su capri
eho. Estaban pues todos los aspirantes á la
mano de Leandra reunidos en casa del padre
de ésta, y la jóven griega que habia salido
desde por la mañana, no estaba aun de vuelta
en su palacio, sin duda con el objeto de pro
longar los tormentos de aquellos cuitados, que
esperaban de una de sus ojeadas la vida ó la
muerte, la felicidad ó la desesperacion, aº
Panteli, que sabia de antemano el resultado
de aquella reunion, parecia estar mas sombrío
aun y pensativo que los demas. Buscaba en
vano en aquellos salones al dichoso hospodar
de Valaquia, al gallardo, príncipe Mateo que
habia triunfado, sin saberlo tal vez, de la ve
leidad de aquella hermosa doncella. — El hos
podar estaba ausente como Leandra. a
Salió Panteli de pronto de la casa de Scar
latos y fue á meditar sobre las amarguras de
su alma entre los cipréses del Campo de los muer.
tos; —llámase así el cementerio que sirve de
paseo á los habitantes del arrabalº de Pera. es
Sentóse Panteli sobre la losa de un sepul
cro, y suspiró tristemente viendo aquella risue
276 ... HORAS

ña naturaleza del cielo y de la tierra que se


desarrollaba como una espléndida tapicería so
bre su cabeza y bajo sus plantas. Echó una
mirada de rencor á aquellas hermosas formas
de la creacion, que ofrecian á los besos del cé
firo y del sol sus graciosos y delicados contor
nus, sus suavísimos perfumes, sus vivos y
poéticos colores; —luego tendia su vista sobre
sí mismo, y ocultaba su rostro entre sus manos
como para aparlar de sí el espectáculo que le
entristecia, .. . . . . .
Nada en toda aquella armoniosa naturaleza
respondia al grito de venganza que resonaba
sin cesar en el fondo de su alma. Echaba en
tonces de meños el infeliz el sombrío cielo y el
suelo fangoso de su áspera Moldavia; sus fe
roces Böhemios, vestidos de pieles de anima
les y sus boyardos groseros y barbudos no le
hacian sentir tan al vivo la deformidad de su
figura como los gallardos mancebos que tenia
allí á la vista. Parecíale en fin que en medio de
aquella brillante luz del cielo de Constantino
pla, las horribles formas de su cuerpo parecian
mas borribles aun con el contraste de toda
aquella belleza esterior. -

Brilló sin embargo, por un momento en los


bE INVERNO, 277

ojos de Panteli un rayo de alegría al ver á un


grupo de hombres de la plebe que pasaba por
delante de él llevando á su última mansion el ca
dáver de una jóven y rica musulmana, á quien el
dia anteshabia visto llena de vida y de juventud.
—Oh! dijo para sí el miserable enano;— no
hay remedio. Al fin ha de llegar para todos un
momento en que se desvanecen esos vanos pri
vilegios de la forma, y se reducen á lo que
son, —á nada Todos son feos despues de la
muerte, aun las criaturas mas bellas, aun las

que estiman en mas ese don pasagero; — es


preciso llegar á ser una cosa deforme y odiosa,
aun para los que mas la admiraron en medio
de su mas brillante esplendor.
Calló despues de pronunciar estas palabras,
y el nombre de Leandra salió solo de su boca
con una sonrisa infernal.

Pocos minutos habrian pasado cuando se


oyó un gran rumor detrás de un bosquecillo
de cipreses, y vió Panteli una jóven que corria
lanzando horribles gritos y con todas las seña
les del mas violento terror. Perseguíanla mu
ehos hombres riéndose, á carcajadas que, ma -
que otra cosa, parecian tremendas amenas
zas, y agitando por cima de sus cabezas va
278 HORAS

rias ropas de mujer teñidas en sangre.


Huia la jóven á todo correr de aquellos
miserables á quienes facilmente se reconocia
de lejos por pertenecer á la mas vil canalla
del populacho turco de Galata. Aquellos hom

bres eran de los que tienen por oficio llevará


los muertos al sepulcro, y que especulaban en
los tiempos de pestes epidémicas para rescatar
las tumbas que saquean, y los pasageros á quie
nes amenazan con los vestidos arrancados á los
cadáveres de las víctimas del contajio,
Conoció al punto Panteli que la jóven
musulmana cuyo entierro acababa de ver pa
sar habia muerto de la peste, y que aquella
otra jóven procuraba evitar el contacto de
aquellos miserables que la perseguian con los
vestidos de la muerta, arma terrible cuyos gol
pes son casi siempre mortales, y que, no se sa
be porque, nunca es fatal para las abyectas
criaturas á quienes sirve de industria con que
ganar la vida.
Huia la jóven, como ya hemos dicho, con
toda rapidez, pero la distancia que la separa
ba de sus perseguidores disminuia por instan
tes:—muy en breve debian alcanzarla, y en
tonces ya no habria remedio!... Cada vez se
DE INVIER N0. 279

oian mas cercanas y sonoras las risotadas de los


sepultureros,— Fácil era conocer que aquella
desyenturada habia echado ya el resto de sas
fuerzas y de su valor, y que, resignada á su
suerte, se habia convencido de que ya era lle
gado para ella el instante de encomendar su
alma á Dios. Ya fuese por no poder remediar
lo, ya por resignacion , iba siendo cada vez mc
nos rápida su carrera , hasta que al fin, ha
biéndose enganchado la falda de su vestido en
las espinosas ramas de un pequeño arbusto,
cayó al suelo exhalando un profundo jemido.
Fijó Panteli los ojos en aquel bello rostro
juvenil que cubrian casi del todo su rubia y
flotante cabellera como para sustraerla al me
nos á las brutalidades de aquellos malvados;—
luego de repente, corrió por todos sus mien
bros un sudor frio; —un grito ronco y pene
trante se exhaló de lo mas hondo de su pecho;
su ojo único chispeó como una tea encendida,
y se precipitó hácia la jóven á quien levantó
del suelo asiéndola fuertemente entre sus bra
zos, y reclinándola con ternura en el turban
te esculpido en la losa de un sepulcro."
—Leandra —esclamó;— o concédame
el cielo morir por t.
. . . . . .. .
280 a ORAS

Habia en el acento de su voz una espresion


tan tierna y tan amarga que si no hubiera es
tado la jóven sumergida en un completo letar
go, fácilmente hubiera podido conocer todo lo
que pasaba en el fondo de aquella alma apasio
nada. Leandra seguía desmayada sobre la losa
del sepulcro, y su hermoso cuerpo pálido y sin
movimiento, estaba mas blanco y mas frio que
el lecho de piedra en que se apoyaba.
— Leandra esclamó de nuevo Panteli que
sacó una pistola del cinto viendo que se acer
caban los agresores;—, Leandra cierra tus
párpados; — no me mires con los ojos de tu
cuerpo, porque te causaria horror ó compa
sion, pero compréndeme con tu alma, y juz
ga quien entre el hospedar y yo merece mas
tu estimacion !
Esto diciendo, apareció á los ojos de los
sepultureros que quedaron de repente como
petrificados delante de aquella horrible figura,
á la que prestaba en aquel momento la cólera
un singular, poder de fascinacion. -

Mas aterró á aquella turba de miserables


SUl mirada que sus amenazas. — Creyeron acaso
ver en él á un demonio evocado de entre aque
llas sepulturas, medio velado por la sombra de
DE INVIERNO. 281

los cipreses que se mecian sobre su cabeza. La


supersticion influyó mas en ellos que la cobar
día, y al punto se pusieron en fuga, lanzando
feroces gritos, á que respondian en los aires los
buitres que circulan á todas horas sobre aquel
asilo de la desesperacion.
Abrió por fin Leandra los ojos y reconoció
á Panteli.—Su primer movimiento fue cubrir
se el rostro con ambas manos, y Panteli maldi
jo entonces la luz del dia, y se maldijo á sí
mismo el infeliz
. Conoció sin duda Leandra lo mucho que
acaba de aflijir á aquel desgraciado, porque en
el mismo instante le echó una mirada empapa
da en llanto que penetró hasta el fondo de
su corazon, y le presentó con gracia SUl II1310
en señal de amistad y de gratitud,
Sintió Panteli que se exhalaba todo su pe
sar con aquella inesperada muestra de bene
volencia, y apretó temblando aquella mano
que le presentaba su hermosa protejida. Lue
go, desgarrando un pañuelo bordado de oro
que llevaba ceñido á la cintura, vendó con él
la frente de la hija de Scarlatos, para atajar
la sangre que corría de la desolladura que se
habia hecho al caer.
282 HORAS

— Gracias os doy, Panteli, dijo Leandra,


mi salvador, mi amigo! Qué noble, que her
mosa es vuestra alma Creed que no olvidaré
jamás lo que habeis becho por mí. Razon te
nia mi padre en ponderarme las altas virtu
des de vuestro carácter, porque nada conoz
co mas hermoso que vuestra alma.... como no
sea el majestuoso y altivo continente del hos
podar de Valaquia, mi futuro esposo.
Soltó Panteli la mano de Leandra , y vol
viendo á un lado la cabeza para ocultar la
palidez de su rostro, la recordó que su padre
la estaba esperando.
No volvieron ni uno ni otro á pronunciar
una sola palabra hasta que llegaron al pala
cio de Scarlatos, donde al punto se arrojó
Leandra en los brazos de su padre y le con
tó con lágrimas en los ojos, la noble accion
de Panteli. Recibió este los altaneros parabie.
nes del hospodar Mateo con aire triste y cons
ternado, y se le vió desaparecer de la casa
de Scarlatos apenas declaró Leandra que en
tre sus pretendientes elejía al hospodar de
Valaquia.
Celebráronse en el mismo dia con toda so
lemnidad los esponsales de Leandra y del hos
de INvienxo. 283
podar, á cuya ceremonia no asistió Panteli.
Aquella misma noche se puso en camino el
príncipe con toda su comitiva para volver á
sus estados, y se acordó que, segun lo exijian
las reglas del ceremonial acostumbrado en se
mejantes casos, en el término de tres dias se
ria conducida la jóven desposada con su dote
y su comitiva á Targowitz, donde tenia su
corte el hospodar.
Procuraban en tanto inútilmente Scarlatos
y Leandra averiguar la causa de la súbita de
saparicion de Panteli. Embajador del príncipe
de Moldavia y enviado á Constantinopla para
pedir en nombre de su amo la mano de la
hermosa Leandra, era de temer que hubiera
tomado muy á pecho el mal éxito de su em
bajada y que hubiese vuelto inmediatamente
á su pais, á llevar en persona la fatal noticia
á su soberano. Aquella repentina partida ali
jió profundamente á Scarlatos y á su hija, que
todo el dia y gran parte de la noche estuvie
ron hablando de Panteli.
Leandra, ajitada por las violentas impre
siones de aquel dia, sufria ademas bastante de
su herida, pero tenia tiempo, esto no obstan
te, para ocuparse con actividad en dar las
284 HoRAs"

órdenes necesarias para los preparativos de su


viaje.
Era ya muy entrada la noche, cuando se
oyó pararse á la puerta el paso de un caballo.
No menos alegría que sospresa sintió Scar.
latos cuando le anunciaron que deseaba verle
el embajador del príncipe de Moldavia. Man
dó Leandra que introdujesen al punto á su li
bertador, y aunque doliente y herida, se le
vantó de su lecho para ir á recibirle.
Entró Panteli mas sombrío y mas pensati
vo aun de lo acostumbrado, y anunció á sus
huéspedes que estaba decidido á dejarlos al si
guiente dia.
— Cómo? Tan pronto dijo Leandra. —
Tan poca amistad nos profesais, Panteli! -

— Oh! el cielo sabe, respondió el infeliz


lanzando un suspiro de honda desesperacion,
que no merezco que se me acuse de indife
rencia;—él sabe que jamás se albergó en cuer
po humano un alma mas a mante que la mia”
pero esta sensibilidad del corazon, que hace
la felicidad de otros, es un veneno para mí....
Y cómo habia yo de ser amado prosiguió
Panteli con lágrimas en los ojos.
Y mostraba sus brazos deformes, y echaba
DE INviERNo. 285
á un lado la capa que cubria su imperfecta es
tructura. - , *

IHé aquí el crímen que he cometido al na


cer; hé aquí mi pecado orijimal, horrible pre
sente que me legó mi padre al morir.—Oh! Bien
hizo Dios en llevársele de este mundo antes de
que yo pudiese conocerle, porque le hubiera
aborrecido por la miserable condicion á que me
condenó al enjendrarme.
—Panteli, respondió Leandra, por qué no
os, dotó el cielo de las brillantes formas del
hospodar, mi marido? Acaso entonces os hu
biera amado yo-pero que quéreis? ¿Sabemos
mostras, pobres mujeres, por qué y como ama
mos ? Nuestro corazon no es por ventura es
clavo de nuestros ojos? Y aun vos, Panteli, si
me hubierais amado como todos los otros hom
bres, no hubiera sido esta miserable hermosura
que me atribuyen lo que hubiera, decidido de
vuestros sentimientos hácia mí! Asi á mí me
inspiró amor ese boyardo la primer vez que
le ví, y desde entonces cada dia le he amado mas.
—Basta, basta, yo os lo suplico, Señoral
dijo Panteli, poniéndose en pié; os agradezco
la amistad que me profesais, y por ella os doy
las gracias. Pero me parece que no os sentis
286 PORAS

bien, Leandra; estoy seguro de que teneis ca


lentura; teneis el cútis abrasando, y esa herida
puede agravarse, y precisaros á diferir vues
tra partida es menester que tomeis algan des
canso. Sabeis que estoy algun tanto versado en
la medicina, y voy á probar en vos mi ciencia
para curaros.
Luego volviéndose hacia Scarlatos, añadió:
— Haced que se ausente vuestra hija, y
que sus donceblas velen toda la noche junto á
su cama. Yo me quedaré aqui hasta mañana, y
la prepararé una bebida eficaz que hará desapa
recer hasta el menor rastro de esa incomodi
dad pasajera.
Dió Searlatos las mas espresivas gracias á
Pantelí, que las recibió con aire severo y pro
fundamente pensativo; - Leandra se retiró
á su estancia con sus esclavas, y Panteli anun
ció que pasaria la noche velando en una estan
cia inmediata para estar pronto á la mas leve
señal de cuidado. -

Luego que quedó solo, abandonóse con to


da su alma a sus sombrios pensamientos, é hi
ao las siguientes reflexiones, mezclando en una
redona de cristal algunos medicamentos para
la jóven enferma:
DE INVIERN0, 287
—Bastante he devorado mi hiel, y mi amor;
bastante tiempo he servido de ludribio al mun
do.... justo es ya que yo le arrebate esa felici
dad que él me niega.—Horrible, y todo como
soy, esa mujer ha de ser mia.... sí lo será.
Esa Leandra, objeto de los deseos de los mas
ricos y de los mas nobles, yo la poseeré, yo,
impura escoria de la creacion. Su corazon está
formado para comprender al mio; su hermosu.
ra, que la constituye en un objeto de amor pa
ra todos, y que la hace tan altiva y tan cruel,
es la única barrera que la separa de mí.... Yo
destruiré esa hermosura —Entonces, Pante
li, podrás esperar que poseerás á Leandra....
Ella misnia te lo ha dicho; — tu horrible for
ma esterior es lo único que se opone á que te
ame.... Pues bien Si mañana por alguna infer
mal combinacion de tu arte, se hallare Leandra
deforme como tú!!...
Dilató en aquel momento el semblante de
Panteli, una sonrisa atroz como la muerte, y
apoyada la cabeza en la palma de la mano,
quedó por algunos momentos sepultado en té
tricas mieditaciones; —luego de repente, se
levantó del sillon en que estaba sentado, y co
jiendo el vaso que contenia la pocion que aca
288 HORAS

baba de preparar, entró en la estancia de


Leandra.
Estaba la enferma rodeada de sus esclavas,
con quienes, conversaba agradablemente acer
ca de sus proyectos y de sus dulces esperan
zas; — hablabales de su próximo viaje, y del
amor qne profesaba al hospodar, su futuro es
poso. Estremecióse Panteli al oir aquellas pa
labras, pero logró refrenar al punto su turba
cion, y acercándose al lecho de la enferma,
la exhortó á que bebiese el brebaje que la pre
sentaba. - -

Obedeció Leandra, cerró los ojos y se dur


mió profundamente. Panteli despachó á las es
clavas con diferentes pretestos, y se halló solo.
en fin junto á la jóven dormida.
Empezó por quitar con mucho tiento las
vendas que cubrian la heridas de Leandra, y
con la presion de sus dedos, restableció la cir
culacion de la sangre en los bordes de la llaga:
—luego sacó de su cintura una cajita de marfiil
y asió con la diestra un acerado y punzante bis
turí.

—Lo que voy á hacer es horrible murmuró


en voz baja; — pero este es el único medio de
que Leandra sea mia.
De isvienso. 289

Y sacando en la punta del bisturí una ma


teria amarillenta y líquida, encerrada en la caji
ta de marfil, introdujo algunas gotas de ella en
la herida que cerró despues, y sobre la cual
volvió á colocar las vendas.
—Ya no hay remedio dijo Panteli, pálido
y fuera de sí. — Mañana caerá hecha polvo
esa celeste hermosura, y Leandra será digna
de mí.— Será mi esposa, y no la esposa de
ese boyardo — Perdóneme el cielo lo que aca
bo de hacer Ya no saldré de la casa de Scarlatos;
— esta inoculacion no puede menos de ser peli
grosa.—Yo mismo espiaré todos los progresos
del mal y la salvaré, porque el cielo me asistirá.
No tardaron en volver las esclavas de Lean
dra, y entonces se retiró Panteli.
Al dia siguiente, cuando quiso la enferma
levantarse para acelerar los preparativos del
viaje, sintió que corria por todo su cuerpo una
ardiente calentura, y que uu peso insoportable
oprimia sus párpados. Lo primero que se le
ocurrió fué pedir un espejo; —al ver su rostro
invadido ya por el mal, lanzó un grito espan
toso.—Acudió azorado su padre, y cuando, ha
biéndoselo él suplicado rendidamente, cojió
Panteli la mano de la enferma, declaró que
Tovo III. 2O
290 HORAS

Leandra se hallaba con viruelas, y que no


abandonaria su cabecera hasta que quedase com
pletamente fuera de peligro.
El desgraciado padre estrechó á Panteli en
tre sus brazos....
II.

Dos meses despues de estos sucesos el hos


podar de Valaquia, que desde su vuelta á
Targowitz esperaba inútilmente la llegada de
su esposa, recibió en fin por un correo des
pachado de Constantinopla una moticia muy
dulce para su corazon.
El carnicero Scarlatos, su suegro, le escri
bia que su hija Leandra, detenida en Galata
por una lijera indisposicion, acababa de reco
brar la salud, y que se encaminaba á los esta
dos de su marido, seguida de su dote y de su
escolta. Pasóse el hospodar la mano por la
barba con muestras de notable satisfaccion, y
se dignó dar parte de su próxima ventura á to
dos sus boyardos, magestuosamente acurruca
dos sobre una alfombra junto á él, como una
manada de orangutanes alrededor de un coco
cargado de fruta; y fue tal ademas la alegria
del hospodar, que mandó que fuesen congre
DE INVIERNO. 291

gados á latigazos todos sus villanos, para se


guirle á la caza de los osos en las montañas
que circundan á la capital. Era por cierto un
espectáculo singular ver como acudian aque
llos desdichados siervos, cubierta la cabeza
con sus gorras de piel de carnero, con otra
piel echada á guisa de capa sobre sus hombros,
y ceñidas las piernas de tiras de lienzo, como
vemos representados á los bárbaros en las es
culturas triunfales de Antonino y de Traja
no. Unos por obedecer al capricho de su amo,
abandonaban el arado, otros sus rebaños, aquel
su anciano padre enfermo, este su esposa
y sus hijos pereciendo de hambre, todos rodea
dos del polvo que levantaban sus sandalías de
cuero groseramente atadas con cordeles, todos
llevando al hombro sendos chuzos endurecidos
al fuego, y tintos aunv en la sangre de las
fieras, cuyo furor, habian arrostrado en la
CaZa.

Montaron los boyardos en sus jaquillos mon


teses enjaezados á la turca, y se formaron en
batalla alrededor de su señor, reuniendo estos
á sus vasallos al son de sus trompas de caza
hechas de cuernos de bueyes, cebando otros sus
carabinas con pólvora de Francia, muy estima
292 HORAS

da en general por todas las poblaciones levan


tinas. -

Treparon peñas, cruzaron hondos barran


cos lanzando feroces gritos, que parecian de
safiar la voz de los osos y de los lobos, únicos
habitantes de aquellas ásperas selvas de pinos,
cuyas raices hienden la piedra, y cuyas copas
erguidas se entrelazan para mirár como se der
rumban los torrentes en el fondo de los pre
cipicios. Los roncos clamores de la trompa,
los ladridos de los perros, las voces de los
hombres y los relinchos de los caballos forman
un estrepitoso concierto, en medio del cual pa
rece que ahulla el bosque entero, porque sus
ecos vuelven un choque á cada choque, un
grito a cada grito. º

El hospodar Mateo, al frente de sus bo


yardos, eleva con altivez su busto atlético so
bre la espléndida silla de su troton de guerra.
Su carabina de plata, cuyo cañon macizo es del
mas bien templado acero damasquino, resue
na sobre sus hombros como una pieza de arti
llería sobre su cureña. Azuza el hospodar á los
cazadores blandiendo sobre su cabeza una lanza
de quince pies de lonjitud, y sonrie de la tor
peza de algunos de sus bohemios que, querien
DE INVIERNO, s 293
do saltar los barrancos, caen en el abismo, y van
á ahogarse en las espumosas aguas del torrente.
Alzóse de repente un grito terrible sobre
la cumbre de una colina y en medio de los es
clavos derribados y contusos, defendiéndose
en vano con las puntas de sus chuzos, se pre
cipita un oso enorme que acompaña cada uno
de sus rujidos de una embestida con sus gar
ras, de donde penden pedazos de carne hu
mana. Furioso el animal, hace un boquete en
la masa de hombres que le cierra el paso, y
llega á las alturas de los peñascos, adonde todos
le siguen por el rastro de la sangre. Salva en su
carrera los precipicios, y hombres y caballos
los salvan detras de él. Las balas de las cara
binas se embotan en su espesa piel; solo su ho
cico está ensangrentado, y cuando pasa sobre
las heridas su ancha lengua, descubre sus
blancos y agudos díentes, sólidamente encaja
dos en sus encías de escarlata.
El hospodar le persigue á todo el escape
de su caballo, cuyas piernas parecen un arco
tendido; huye el oso delante de él, y salva de
muevo las zanjas y los precipicios: pero no por
eso abandona su presa el intrépido válaco, el
cual, afirmándose en los estribos, hiende la
294 HORAS

punta de su lanza en los costados de la fiera,


que cae cubierta de sangre sobre las peñas.
Iba á descargar un segundo golpe el prín
cipe Mateo, cuando se alzó de repente el oso
lanzando un horrible ahullido de dolor, y se
precipitó con la cabeza gacha sobre él: —ca
yeron el caballo y el caballero, y allí hubiera
perecido seguramente el yerno de Scarlatos,
si no hubiera esquivado el golpe que le amena
zaba. Cuando vió bajar sobre él las hondas
fauces del mónstruo, sacó de su cinto un agu
do puñal y se le clavó en la garganta; luego,
desembarazándose de su caballo, que arrojaba
arroyos de sangre por la nariz, echó á correr
con toda velocidad.—Mientras sacudia á un la
do, y otro su cabeza el enemigo con atroces
rujidos para arrancar el acero que habia queda
do clavado en la herida, llegó el hospodar á la
orilla del torrente, dejando su caballo, su lan
za y su puñal en el campo de batalla, y no lle
vando consigo mas que su carabina que resona
ba sobre su espalda, con un alfange ceñido á la
cintura. o se
El torrente á cuya orilla acababa de llegar
el hospodar Mateo era el único obstáculo que
le separaba de su comitiva, cuyos gritos y
DE INVIERNO. 295
-

aplausos llegaban á sus oidos. Precipitóse en


las aguas, para reunirse ánado con los suyos;
pero la corriente era rápida y peligrosa, y se
necesitaba toda la fuerza muscular del prínci
pe para no dejarse arrebatar por aquellas aguas
impetuosas, que le impelian siempre lejos de la
orilla á que procuraba acercarse.
En tanto el oso, que habia logrado ya ar
rancar el puñal clavado en sus fáuces, lanzó
un grito espantoso cuando vió que estaba á
punto de escapársele su enemigo. Mas rápido
que un alce ó una gamuza, se dejó caer ro
dando por la pendiente del peñasco perpendi
cular que le separaba del torrente, y se preci
pitó en el agua persiguiendo al hospodar.
Habia ya pasado este dos tercios de la an
chura del torrrente, cuando oyó á sus espaldas
el ancho pecho del oso en que se estrellaba el
agua, y su sonora respiracion que dominaba el
ruido de los guijarros arrastrados de la playa
por la corriente; —volvió la cabeza estreme
ciéndose profundamente, y vió dos ojos como
dos ascuas que se adelantaban hácia él, y una
boca espumosa que ensangrentaba las aguas en
torno suyo. Echó el resto de su vigor, y al
canzó en fin la opuesta orilla, pero su encar
296 HoRAs.

mizado enemigo llegaba á tierra tambien á algu


nos pasos mas arriba, — y aun estaba á dos
cientas toesas del torrente la escolta del hospo
dar, que acudia corriendo en auxilio de su
señor. -

Miró el príncipe su carabina que llevaba á


guisa de bandolera suspendida en su espalda, y
apuntó inupávido al feroz animal, porque el hos
podar era el caballero mas hábil de su princi
pado en el ejercicio de la carabina, y jamás es
ta arma habia errado el golpe entre sus ma
nos. Apretó pues el gatillo casi á boca de jar
ro; pero el agua habia empapado el cebo, y
no salió el tiro.
Vióse entonces pintado el terror en el sem
blante del príncipe. Rendido por el cansancio,
esperaba ya la muerte, cuando un hombre que
llevaba un turbante encarnado se arrojó de
lante del animal que iba á lanzarse sobre su
presa, y asiéndole á brazo partido por mitad
del cuerpo, le hizo rodar con él sobre la tierra
ensangrentada. Lanzó el oso un rugido mas
horrible que cuantos habia lanzado hasta en
tonces, y dejó caer con ímpetu asombroso sus
enormes miembros sobre aquel nuevo enemigo
para aplastarlo con su peso; pero inútil fue su
DE INvIERNo. 297
rabia. Sus ojos se retorcieron; sus fáuces de
escarlata quedaron pálidas y trémulas; hizo
un postrer esfuerzo para desasirse de los vi
gorosos brazos que le apretaban como unas te
nazas, luego volvió á caer y quedó inmoble.-
Acababa de recibir cinco puñaladas.
El hospodar y su comitiva, que llegó en
aquel momento, ayudaron al hombre del tur
bante encarnado á levantarse, y el príncipe re
conoció en su libertador enviado por la provi
dencia, á su suegro Scarlatos, el carnicero del
sultan.
Despues de mil mútuos parabienes, y cuan
do el mónstruo, despojado de su magnífica piel
quedó abandonado á la voracidad de los villa
nos y de los perros, resonaron todas las trom
pas para reunir á los cazadores, y la comitiva se
dirigió á Targowitz.
Leandra y su escolta acababan de apearse
en el palacio del hospodar. Scarlatos habia de
jado la córte del sultan para poner en perso
na á su hija única en los brazos de su marido"
Cuando vió el hospodar á su novia, quedó
atónito al hallarla cubierta de espléndidos ro
pajes á la turca y velado el rostro de yach
maks segun la costumbre de las razas ma
298 HORAS

hometanas , que se reducen á dos velos de mu


sulina, uno de los cuales cubre la frente, y el
otro la parte inferior del rostro hasta la mitad
de la maríz y de los carrillos, de modo que so
lo los ojos quedan descubiertos. No se atrevió
con todo el hospodar á decir nada en contra
de aquella rareza que atribuyó á un capricho
de su nueva esposa, y todo su enojo se desva
neció apenas llegaron á sus oidos los dulces acen
tos de aquella voz amada. Cojió entre las suyas
la mano de Leandra, y advirtió que temblaba
fuertemente, lo que atribuyó á efecto del pu
dor virginal, La voz de Leandra temblaba co
mo su mano, y sus ojos, tan vivos y brillan
tes, apenas osaban alzarse al cielo, como si ya
no fueran dignos de mirarle.
No pudo el príncipe refrenar un movimien
to de impaciencia y despecho, cuando vió en
tre la comitiva que habia venido acompañando
á Leandra, al embajador del príncipe de Mol
davia, su mortal enemigo, á aquel deforme
Panteli, á aquel hijo espúreo de la naturaleza,
cuya sonrisa parecia siempre un insulto. Bri
llaba aquel dia en el semblante de Panteli un
no sé qué de altivo y desdeñoso que no era ma
tural en él; parecia que aquella odiosa figura
DE INVIERNO 299

estaba allí como un funesto presajio en medio


de aquellos preparativos de ventura.
El príncipe para ahuyentar los tristes pen
samientos que á pesar suyo le acosaban, se
acercó á su amada, y la dijo:
—Princesa mia, hoy vamos á realizar en
la iglesia á presencia de un sacerdote, el jura
mento que nos hicimos en Constantinopla de
ser el uno para el otro hasta la muerte, y de amar
nas toda la vida. Vuestro marido os pide por fa
var que os levanteis el velo y mostreis á los
boyardos de mi córte ese hermoso rostro que
debe reinar sobre ellos, como reina ya sobre
mí. No satisfareis, señora, mi deseo?
-o Retrocedió Leandra al oir estas palabras
con muestras de profunda ajitacion, y al pun
to se acercó Scarlatos al hospodar. -

—No, respondió con una voz seca y casi


imperiosa, mi hija no se quitará el velo hasta
que se hayan pronunciado las bendiciones.
Príncipe, si no os acomoda esta condicion,
hablad y yo estoy pronto á llevarme mi hija
áConstantinopla con su dote y los presentes
que os traia. El privado del sultan Amurat
fácilmente hallará un marido para su hija
Leandra.
300 noras
Mucho sorprendió al príncipe aquella es
traña arenga, y cuando halló entonces de nue
vo la mirada sardónica de Panteli, mirada que
le atravesó el corazon como una flecha empon
zoñada, sin que pudiese, esto no obstante, adi
vinar la causa del secreto enojo que sentia en
el fondo de su alma, estuvo á punto de exijir
imperiosamente lo que antes habia pedido co
mo una súplica; pero el temor de ofender á
Scarlatos, el privado del sultan que aun den
tro de las murallas de Targovvitz, hubiera tal
vez podido contrarestar su poder, tal era el
influjo de su nombre, y tan grande el terror
que inspiraba aquel magnate, y sin duda tam
bien el miedo de perderá Leandra, cuya pro
dijiosa hermosura habia hecho nacer una espe
cie de amor físico en el corazon de aquel bo
yardo grosero y brutal, contuvieron su len
gua, y le hicieron conformarse á la órden de
Scarlatos.
Cuando estuvo arrodillado con su novia al
pie del altar, le ocurrió de pronto uno de
aquellos pensamientos instintivos, pór decirlo
asi, que nos hacen repentinamente mudar de
resolucion, por muy arraigada que esté esta en
nuestras almas, y a pesar de sus proyectos de
DE NVIERNO, 301

ambicion y de amor, tuvo impulsos de romper


la boda.—Pero la reflexion le detuvo; creyó
que le ajitaba algun demonio enemigo de su re
poso, y en efecto halló en frente de sí al vol
ver los ojos un semblante horrible y burlon
que le miraba, escondido detras de un pilar
de la iglesia. -

El que asi le miraba era Panteli!


Llegó la noche, y tal fué la tenacidad de
Scarlatos que no consintió en que se quitase el
velo Leandra hasta que pasara la puerta de la
estancia nupcial.—Al poner los pies en ella,
cayó desmayada en los brazos de sus esclavas.
El hospodar frunció las cejas; puso su pu
ñal sobre una mesa, y reclinada muellemente
la cabeza sobre la palma de la diestra, esperó
la esplicacion de todo aquello.
Cuando quedó solo el príncipe con su es
posa, la hizo sentarse junto á él.
— Ahora, le dijo, dejemos á un lado todo
misterio. Ya no tienes que obedecer á tu pa
dre, Leandra, sino á tu marido; — ea quítate
el velo, y déjate de todos esos artificios de
coquetería que pegarian muy mal en este pais
donde mis mas leves deseos son otras tantas
órdenes. Sábete que aquí nadie respira el aire
302 HORAS

del cielo sino por mi voluntad; todas las cabe


zas me pertenecen como todos los árboles de
mi imperio. Tú sola, Leandra, puedes suavizar
las costumbres de estas ásperas rejiones, y ha
cer que se doblegue el carácter de un príncipe
que te ama, y para quien una mirada de tus
ojos es como un rayo del sol en medio de
este cielo sombrío y desesperado. Desde el dia
en que te ví, Leandra, comprendí que puede
existir para mí otra felicidad que la de empa
par mi lanza en la sangre de mis enemigos, ó
perseguir á los osos y los javalíes por entre las
selvas y los precipicios; he conocido que mis
lábios podian palpitar de placer sin tocar los
bordes de una copa de vino de Hungría, y mis
ojos se fijaron por primera vez en los ojos de
una mujer con mas delicia que en un sable de
Korazan, incrustado de oro y pedrerías. En
tonces ví cuán vacío estaba este palacio de
Targowitz con todos sus esclavos, con sus pre
ciosos muebles, con sus caballos de todas las
razas del universo; ví entonces que faltaba en
él la cosa mas preciosa de la tierra, es decir, una
mujer amada y que me amara, una mujer cuya
forma se asemejase á la de los ángeles. Pare
cióme, Leandra, que poseyendo este inestima
DE INVIERNO, 303

ble tesoro, seria en efecto el primero de mi


reino, el mas feliz y el mas digno de ser envi
diado, y por eso aspiré á poscer tu mano. De
tí depende ahora convertir este desierto en un
jardin de rosas, y para eso solo es preciso que
me ames, y que me digas que me amas. Quí
tate por Dios ese velo, Leandra, que tanto dilata
mi felicidad;—quítate ese velo... yo te lo suplico.

—El cielo me es testigo, respondió Leandra


profundamente conmovida, de que os amo con
toda mi alma, y no he esperado á este dia
para decíroslo, pues entre los muchos que pre
tendian mi mano, os he elegido libremente y
sin hacer caso de las insinuaciones y de los
deseos de mi padre. Pero ahora tiemblo, —sí,
príncipe — por qué no he de decirlo? ahora
tiemblo de que no ameis en mí mas que aque
lla hermosura del cuerpo y del rostro que os
sedujo, hermosura harto perecedera por cier
to, que el tiempo puede arrebatarme, y
cuya pérdida me dejaria sin consuelo ni espe
ranza, porque entonces os alejariais de mí, —
qué digo? tal vez me rechazarias como á una
esclava, indigna de vuestros favores!
— No, no, Leandra, interrumpió el hos
podar; jamás el Dios del cielo podrá ser bas
304 EIOAAS

tante cruel para destruir la obra mas perfecta


de sus manos !

—Y si lo hiciera? repuso Leandra fijando


en él sus ojos empapados en lágrimas.
— No por eso dejaria yo de amarte, dijo el
príncipe estrechándola entre sus brazos? No
Lo juro por la madre de Cristo, nuestro Sal
vador, y debes creerme, hermosa mia ! Pero
á que fin complacernos en suponer desgracias
imposibles? No me robes un solo instante mas.
Amada mria! La noche vuela y las lámparas
palidecen. — Leandra, quítate ese velo, por
que te amo !
— Permitidime, príncipe, que haga antes
oracion á los pies de esta santa imágen de la
Vírgen; hoy mas que nunca temo haberla
ofendido, y si fuera á morir en este estado !!...
No pudo acabar Leandra; cruzó las manos,
cayó de rodillas, y se puso á rezar con fervor;
el hospodar no se atrevió á interumpirla, y
permaneció en pie junto á ella. A pesar suyo
le agitaba un sombrío presentimiento, y espera
ba con zozobra el instante que debia en fin disi
par sus vagas sospechas. -

Apenas se puso en pie Leandra, quitóla de


repente el príncipe el velo que le ocultaba
DE INVIERNO, 305
aquel hermoso semblante... Horror y desespe
racion! En el mismo instante lanzó el hospodar un
grito de espanto al ver delante de sí un rostro
acribillado de cicatrices, jaspeado, repugnante
Necesario fue que oyese exhalarse la voz tan
pura de Leandra de aquellos lábios ajados, para
comprender que no era juguete de una infernal
aparicion, y que lo que veia era en efecto una tris
te y amarga realidad. Mudo quedó de espanto
el hospodar, y las lágrimas de aquella desven
turada que, abrazaba llorando sus rodillas no
hacian mas, que irritar su furor. Arrojóse el
bárbaro sobre su puñal, º a s º«
—Piedad, murmuró Leandra, piedad para
una infeliz que os ama , y
- Aquella palabra de amor, en semejante
boca, hizo que subiese de punto el furor del
hospodar : levantó el puñal sobre la cabeza
de la desdichada, y tal era su rábia, que no
pudo pronunciar mas que estas palabras:
—Vas á morir, miserable !! ,, ,,,
3-Bien lo sabia yo, Dios mio, dijo Lean
dra con voz doliente, bien sabia yo que no ama
ba en mímas que aquella funesta hermosura que
me ha conducido á la perdicion de mi cuerpo
y de mi alma Y yo-yo le amo como siempre
ToMo III. 2I
306 *º", son As"

— Calla , esclamó el boyardo fuera de s;


no pronuncies esa palabra, horrible eriatura,
y encomienda tu alma á Dios, si es posible
que Dios la quiera para nada.
—Señor, tened compasion de mí y recor
dad vuestras promesas
- No — has de morir!! —
- Señor, dilatadlo al menos hasta mañana!
hasta mañana y nada mas !
- No, — vas á morir !
- Señor, no me echeis esas miradas tan
erueles, y si quereis que tenga ánimo para
morir, decidme al menos que me perdenais !
1. - No, no vas á morir .
Esto diciendo, asió el hospodar á Leandra
per los cabellos, y la arrastró de esta suerte,
eon el puñal alzado sobre ella, lejos de la imá
gen á la que estendia la infeliz sus brazos su
plicantes; tan agudos eran los gritos que lan
zaba la desventurada, que retemblaban con es
truendo todos los vidrios de la estancia. Preci
pitáronse en esto de repente en la alcoba nup
eial Scarlatos y Panteli, seguidos de algunos
soldados turcos que libertaron á la víctima de
la venganza del hospodar.
- Scarlatos, esclamó este, meaándoso las
DE NVIERNO, 507

barbas con furor, hay ultrage semejante al que


acabas de hacerme? Toma tu hija y vete con
ella; vete, pues esos miserables soldados te
temen mas que á mí, y vienen á provocar
me, por servirte, hasta en mi propio palacio.
Te vuelvo tu hija y su dote, y renuncio á tu
alianza; — prefiero tu enemistad á tus favores
comprados á tal precio” — Pero sabe que no
me has engañado enteramente; mi enlace con

Leandra es nulo; la iglesia, el sacerdote que


nos ha easado, todo era falso, todo fingido por ór
den mia, porque un secreto instinto me anun
ciaba alguna oculta perfidia..... Ya lo ves, no -

soy tu ludibrio; te vuelvo insulto por insulto;


pero esto ha de costarle la vida á uno de no
sotros dos, — lo entiendes? c-. osº

— Hospodar Mateo, replicó el privado del


sultan con voz serena y desdeñosa, ques con
trastaba singularmente eon la espansiva cólera
del boyardo; esta misma noche tono de nuevo
el camino de Constantinopla, donde haré que
decida de la validez de tu casamiento el pa
triarca de nuestra santa iglesia, y luegó puede
que tú tengas que habértelas allá á tus solas
con algun enviado de la Sublime Puerta. ---
— Sé que puedes hacer que caiga mi ca
308 HORAS

beza, repuso el principe de Valaquia; pero no


es corto, el camino de Targowitz á Constanti
nopla, y ninguno de nosotros sabe lo que le
reserva el destino. , , ,
— Panteli, interrumpió Scarlatos, has ar
reglado ya los preparativos de nuestra par
tida ? -

— Los caballos estan ya ensillados, y toda


yuestra comitiva espera vuestras órdenes.
s - Adios pues, hospitalario boyardo.
- —Señor huésped, dijo el hospodar á Scar
latos, antes de separarnos, brindareis conmigo
por la nobleza de la guerra que vamos á em
prender. a ov. 2: o -

- Consiento. . . . . . . . . . ... , , ,
Salió un pagecillo á una señal - del hospo
dar, y no tardó en volver trayendo en una
bandeja de plata un fraseº de vino de Hum
gría y dos copas de oro magníficamente cince
ladas. El mismo boyardo las llenó hasta los
bordes, cuidando de iofrecer la mas rica á
Scarlatos.oi . . . . . ... ob. e r,

s, - A vuestra pronta muerte le dijo. i,


- A la salud del digno Bostandji (4) que
... (). Cuando el sultan quiere hacer morir noblemente
DE INVIERNO. 509
pronto vendrá del serrallo á traeros el fatal
con don.
Despues de este estraño brindis, separáronse
Scarlatos y el hospodar. Empezaba apenas á
despuntar el alba; Leandra se cubrió con su
velo, y subió en su litera, tirada por dos mu
las, y seguida de todas sus doncellas y de los
caballeros y criados que la habian acompa
ñado. El hospodar Mateo los escoltó á caba
llo hasta las puertas de la ciudad, y los siguió
largo rato despues con la vista, entreabiertos
los labios por una horrible sonrisa. Al cabo de
dos dias de marcha atravesó el Danubio la cara

bana de Scarlatos en Zemlitza, y el carnicero


del sultan dió gracias á Dios por haber salido
en fin del territorio del príncipe de Valaquia;
considerábase ya entonces á cubierto de la
perfidia del hospodar, y revolvia en su mente
terribles proyectos de venganza. Pero, ah!
- -

.
á alguno de sus magnates, sin que le toque la mano im
pura del verdugo, le envia un cordon de seda por me
dio de un bostandji (mudo del serrallo) para que se ahor
que con él. Cuando recibe el reo este cordon, lo besa y
acata con muestras de respeto y gratitud. ,
(N. del Trad.)
310 noR As

mal habia calculado todos los recursos de la


traicion de su enemigo : él no sabia que lle
vaba ya en su sangre el gérmen de su muerte,
y que el vino que había bebido en el palacio
de su huésped contenia un sutíl veneno que de
bia poner fin á su viaje y á su existencia antes
de que hubiese podido realizar ninguno de sus
proyectos de venganza. Pronto sin embargo
los primeros síntomas del mal hicieron á Scar
latos abrir, los ojos sobre su verdadera situa
cion, y maldijo entonces su necia confianza;—
el poderoso magnate sucumbió con el solo pe
sar de no haber ganado por la mano á su ene
migo, acuchillándole en su mismo palacio”
Muchas lágrimas vertió Leandra sobre el ca
dáver de su padre, porque en el corazon de
aquel bárbaro no habia entrado jamás ningun
tierno y puro sentimiento mas que el ciego
amor que profesaba á su hija,
Tomó Panteli el mando de la carabana des
pues de la muerte de Scarlatos, y luego que
llegaron á Constantinopla, le encomendó Lean
dra el cuidado de pedir justicia al sultan Amu
rat de aquel horrible crímen; pero el favor de

los soberanos es inconstante y voluble como el


corazon de las mujeres. Sucedió que durante
DE INVERNO. 311
aquella corta ausencia, Amurat habia olvidado
es , de todo punto á su privado; un enano cojo y

l. tartamudo le habia succedido en la privanzaim


Inter: perial ; fue necesario pues contentarse con que
pila se redujese la demanda á un pleito ordinario,
s que siguió sus trámites como en el mundo civi
nº lizado, es decir, que al cabo de seis meses de
de se litigio y de enormes gastos por ambas partes
hg contendentes, quedaron las cosas en el mis
mo estado en que se hallaban al principio,
º. Desesperada Leandrá resolvió abandonar
aquel pais, y embarcando en un buque todas
sus riquezas, que reunió con gran prisa, se dió
á la vela, para la Italia, donde declaró qué
pensaba fundar un convento que la sirviese de
asilo para el resto de su vida. Panteli fué el
único amigo que no la abandonó en su infortu
nio, antes bien pareció que aumentaban su tier
no cariño, y su constante desvelo desde el dia
en que la vió en aquel colmo de miseria. Su
rostro brillaba radiante de serenidad y de ale
gría; una sonrisa, hasta entonces desconocida
en él vagaba siempre en sus ásperos labios ya
nO bajaba al suelo sus ojos sombríos, antes

bien los alzaba al cielo como para darle gra


cias.r Yera, que habia halladº en fin una al
312 BORAs

ma que comprendiese la suya, que Panteli no


se veia aislado ya para siempre en la vida, y
que la fatalidad le habia dado una compañera.
Aquella hermosura que habia sido en otro tiem
po la desesperacion de su amor, habia huido
ya para nunca mas tornar, y ya estaba seguro
de que nadie iria á disputarle la posesion de
aquella mujer. l

Leandra por su parte habia acabado por


convencerse de que aun quedaban abiertas pa
ra ella las hermosas llanuras de la vida, y que
el corazon de Panteli era una postrer reliquia
de su imperio donde podia reinar aun cual so
berana. La tierra que habia abandonado en el
primer entusiasmo de su dolor la pareció pre
ferible sin duda al lugar de su destierro, por
que al desembarcar en Italia, quiso detenerse
en las encantadas costas del reino de Nápoles,
antes de pasar & Roma, donde habia resuelto
tomar el título de esposa de J. C.
-ºº Subieron un dia Leandra y Panteli al co
mo de polvo y de ceniza que domina el Vesuvio,
y se sentaron en la cima del cráter para con
templar la magnífica naturaleza que se esten
dia bajo sus pies. El sol brillante y puro esta
ba reclinado sobre la mar serena corio un nue
DE INVIERNO, 515
vo esposo que mira dormir á su jóven esposa;
lijeras corrientes de aire vertian por el espacio
los aromas que exhalaban los cálices de las flo
res; sentia el corazon animarse con nueva vi
da, y parecia que ondeaban sobre aquella crea
cion privilegiada vagos pensamientos de amor.
Exaltada Leandra por las palabras y poéticas
ideas de su amigo, le confesó en la efusion de
sus juveniles sensaciones qne habia logrado ha
cerla olvidar su felididad perdida, y que agra
decia al cielo que la hubiese abierto una exis
tencia nueva, privándola de aquella hermosura
que despreciaba ahora, comparándola a las fe
licidades de su nueva vida. Ciego de amor, la
confesó Panteli que de mucho tiempo atras la
habia consagrado su vida entera, y Leandra le
respondió que renunciaba á buscar en otra par
te la felicidad, pues la habia encontrado junto
á el.— Bajaron á la llanura asidos de la mano,
sin decirse una palabra; solo de vez en cuan
do sonreian al ver los grupos de jóvenes al
deanos que pasaban con sus morenas queridas,
y sus ojos parecian decirles con orgullo: —Tam
bien nosotros somos felices! ... e s

De vuelta en Nápoles, la misma Leandra


ofrecióá Panteli su mano para cimentar un en
34 - OR As

lace en que ambos habian rejenerado sus almas.


En la víspera del dia señalado para la bendi
cion nupcial, dijo Leandra á Panteli:
—Amigo mio, muy puro esta el cielo esta
mañana, muy hermoso debe estar el golfo,
visto desde la cumbre del Vesuvio!
Sonrió Panteli con dulzura, y ambos se en-.
caminaron á la montaña. Cuando llegaron á su
cima, sentáronse como la primera vez sobre la
tibia arena, y mientras departian apaciblemen
te sobre las impresiones que producia en sus
almas el sublime espectáculo de la naturaleza, S.
se entretenia Leandra distraida en tirar chi
nitas al fondo del cráter.
— Amiga mia, dijo Panteli, si hubiera de
elejir ni muerte, quisiera ser arrojado en esa
sima, en una hermosa mañaña como esta.
, Y luego, olvidando aquella locura, ha
blaron, de bellas artes y de poesía; luego vol
vieron á hablar de su felicidad presente, de
sus pasadas amargumas, y siempre daba gracias
al cielo, Leandra, por haberla privado repenti
namente de aquella celeste hermosura, que se
guramente rehusaría si los mismos ánjeles ba
jasen á devolvérsela en aquel momento.
Panteli la escuchaba en profundo silencie,
DE INVIERNO, 515

pensativo y cabizbajo. — Leandra quiso saber


en qué pensaba su amado.
— Es preciso que os confiese una culpa,
dijo Panteli, una culpa que no me es posible
ocultaros por unas tiempo.
— Podeis estar seguro, amigo mio, de que
os la perdono de antemano, respondió Lean
dra contemplando con vaga melancolía una
rosa recien cortada de su tallo que tenia en
la mano. - -

— Mas que una culpa es lo que ten


go que revelaros, Leandra, — es un crímen
que no podré perdonarme hasta que haya
oido el perdon de vuestra boca. Escuchad
me, amigamia, y pensad que espero de vos
la vida ó la muerte, que sois mi juez supre
mo despues de Dios, — Vais á decidir de mi
suerte — Por mucho tiempo me habeis oido
blasfemar del cielo antes de la inesperada ven
tura que nos ha reunido; desde este dia munca
mas me habeis oido volverá blasfemar, pero
tambien muchas veces me habeis preguntado
por qué no daba gracias al dispensador de to
dos los bienes; por qué, como vos, no reza
ba... Vuestra alma cándida y pura, oh Lean
dra! cree que cuando deja de herirnos el in
316 HORAS

fortunio, es porque la divinidad se compade


ce de nuestras penas; — y es cosa amarga, lo
sé, renunciar á esta consoladora ilusion. Pero
si hubierais observado que la felicidad de unos
llega casi siempre con perjuicio de otros, hu
bierais reconocido la mano del hombre en las
huellas que deja siempre por donde pasa.
"Oh vais á aborrecerme si digo mas !......
pero no importa , debo hablar— y hablaré...—
¿Pensais que mi amarga soledad, que mis crue
les angustias habrian llegado ya á su término,
si yo hubiera esperado la intervencion del
cielo para separarlas de mi vida? — No, ami
ga mia, si aun soy digno de daros este nom
bre ; muy lejos estaria yo aun de esta union
intima en que mi alma se mezcla con la vues
tra, y en la que hallamos los dos una felici
dad á que nada en este mundo puede igualar.
Para poseeros me ha sido necesario cometer
un crímen! — Un rival me arrancaba mi úl
tima esperanza; el infierno mas bien que el

cielo me sujirió un medio atroz para separar


le de vos, y empleé el arte sagrado que cura
los males de la vida, en destruir en vos aque
lla hermosura qne hechizaba al hombre á quien
amabais. — Este es mi crímen.... juzgadme l
DE INVIERNO. 317

Leandra, á medida que hablaba Panteli, se


ponia pálida por momentos; luego que hubo
acabado, sus labios cárdenos temblaron con
vulsivamente, estendió de pronto sus brazos
hácia él, y asiéndole con terrible violencia:
—Miserable esclamó;-sí, tienes razon
El infierno y no, el cielo, fue quien te sujirió
esa infame idea Ya cae la venda de mis ojos:
—ya te veo, mónstruo horrible como tú eres!
Dios mio Dios mio! ¿cómo he podido aban
donarme á este hombre, y decirle que era
feliz con los males que le debo? Seguramente
que cuando lo dije estaba loca.-Y tú, insen
sato, tú has podido creer en mis palabras ? Y
no has visto que solo la desesperacion hablaba
en mí? Has creido que una mujer podia prefe
rir algo en el mundo á su hermosura Sabe
pues, miserable, que yo daria tu alma y la
mia por recobrar el bien que he perdido—que
tú me has quitado.-Y te atreves á decírme
lo, infame y vienes para disculparte á ha
blarme de tu amor y de tus remordimientos?
Con que has podido, necio, fiarte en el despe
cho de una mujer — Oh te aborrezco, te
aborrezco mas que á la condenacion eterna. No
vuelvas á presentarte á mis ojos, si no quie
348 monas
res verme espirar de borror Vete á pedir al
infierno que te ha abortado núévas víctimas, á
por mejor decir, vuelve al seno de los demo
nios que te han enjendrado! -

Diciendo estas palabras, se precipitó Lean


dra como una leona furiosa sobre Panteli, que
estaba reclinado en el borde del crater, y em .
pujándole con toda su fuerza, le hizo caer en
el abismo; el infeliz estendió en vano sus de
dos crispados para agarrarse á alguna fragosi
dad de los peñascos, Lográi por un momento
suspenderse á algunas retamás y dlamando d
Leandra con voz doliente y trémula de espan
to; pero habiéndose desgajado aquel frágil apo
yo bajo el peso de su cuerpo, giró varias veces
sobre sí mismo, señalando su caida con man
ehas de sangre, y desapareció en fin, en el
abisme, en cuyas profundidades resonaba aun
débilmente el nombre de Leandra. •

La desventurada jóven, al cabo de algunos


meses se hizo, cortar los cabellos, dotó con to
dos sus bienes una iglesia, y entró en un con
vento de menjas camaldulenses. . . . ...
e . .. . . . . . . . O - a r, , ,, ,,
o ... . . . . . . ... º 3

- a ALronso ROYER.
-34-s

•: Za. 4cozon.

DE v1 o L. R.
(Cuento fantástico).
e. , , , ... º ).

, ... --- º *

Resia, yo en Berlin; solo contaba 16


años de edad, y me dedicaba al estudio de mi
profesion con todo el ardor de mi alma, con
todo el entusiasmo de que me dotó la na
turaleza. El maestro de capilla Haak, mi
digno y severo director, se mostraba mas sa
tisfecho de m de dis en dia. Alababa mi se
guridad y firmeza, aseo y la pureza de mis
intenciones. A poco tiempo me prometió to
en en la orquesta de la ópera y en los con
320 EIORAS

ciertos de la cámara del Rey. Oía yo allí fre


cuentemente á Haak hablar con Duport, Ritter
y otros grandes profesores, acerca de las reu
niones filarmónicas que el Baron de B... cele
braba en su casa, y que disponia en verdad con
tan delicado gusto que el mismo Rey no se
desdeñaba á veces de asistir á ellas.—Citában
se muy á menudo entre ellos las magníficas
producciones ya olvidadas de los antiguos com
positores, solo ejecutadas en casa del baron,
quien poseía la mas selecta coleccion de piezas
antiguas y modernas; y esplayábanse con la
mayor complacencia en lo concerniente á la es
pléndida hospitalidad que reinaba en aquella
casa y á la ilimitada liberalidad con que su
dueño trataba á los artistas. Y siempre con
cluian de comun acuerdo que el baron podia
ser justamente llamado el astra alumbrador
del
... Cº
mundo filarmónico del Norte.
Mi c uriosidad dispertada con estas conver
2 -

saciones crecia aun mas cuando en el miste


rioso murmullo que á veces formaban aquellos
profesores interumpiendo su ruidoso círculo y
hablándose al oido, agertaba á distinguir el
nombre del baron, y adivinaba pºr alguna que
otra palabra perdida, que se trataba de estu
DE INVIERNO. 321

dios y lecciones de música. En aquellos, mo


mentos me parecia distinguir en los labios de
Duport una sonrisa caústica; mi maestro era
entonces el objeto de los mas injeniosos epi
gramas á los que oponia una muy débil de
fensa, hasta el momento en, que, apoyando el
violin en su rodilla para arreglarle á tono, es
clamaba sonriendo; “A pesar de eso es todo
un hombre !, - - o,
No pude resistir, mas tiempo.—A riesgo
de ser tratado con alguna rijidez supliqué al
maestro de capilla me presentase al baron y
me llevase consigo,á sus conciertos.
. . . Fijó Haak en mí Sus ojos atónitos. La tem
pestad se entreveia en sus miradas; mas repen
tinamente cambióse su severidad en una sin
gular sonrisa.—Bien, me dijo: acaso tienes ra
zon, porque hay mucho bueno que aprender
del baron.—Yo le hablaré de tí, y creo que
no tendrá dificultad en recibirte;—el baron sa
be distinguir á los artistas jóvenes.,,
Algunos dias despues, acabando de tocar al
gunos conciertos de muy dificil ejecucion, me
dijo Haak tomándome el violin: Animo Carl
esta noche te pondrás tu vestido de dia de fies
ta, y tus medias de seda.—Vendrás á buscar
ToM III. 22
322 EORA5

me é iremos juntos á casa del baron. Le oca


sion es oportuna para presentarte, porque ha
brá poca gente. r - - - -

Mi corazon palpitaba de júbilo; sin saber


por qué causa esperaba yo ver allí algo de es
traordinario. En efecto, fuimos. El baron, hom
bre de regular estatura, medianamente ve
tusto, vestido con casacon bordado de todos
colores, salió á recibirnos á la entrada del sa
lon dando á mi maestro un cordial apreton de
manos. Su vista me hizo una impresion favo
rable; leíanse en sus facciones la bondad y la ,
hombría de bien, al paso que en sus ojos bri
llaba aquella llama sombría que revela al ar
tista en la intimidad de su arte. Mi timidez de
jóven desapareció de todo punto. º
—¿Cómo va, amigo Haak; ha estudiado
V. mi concierto? esclamó el baron con una voz
sonora.—Bien, mañana veremos — Ah! este
es sin duda el jóven, el incansable musiquito
de quien V. me ha hablado .

Bajé la vista avergonzado; mis mejillas se


habian puesto coloradas y abrasando. * -

Pronunció Haak mi nombre, elogió mis dis.


posiciones, y habló de mis rápidos progresos.
-¿Has pensado bien, jóven, dijo el baron, di
DE NVIERNO. 323

rigiéndose ámí, en la eleccion de tu instrumen


to?—¿Sabes que el violin es el mas dificil de
cuantos se han inventado jamás? ¿Que ese ins
trumento encierra bajo su miserable sencillez,
el tesoro de la mas voluptuosa y espléndida
armbmía que la mattraleza ha producido? que
esas cuerdas y esa madera componen un todo
maravilloso que solo es dado adivinar á muy
pocos hombres, elejidos por el cielo º Estás
cierto, te lo há declarado tu génio, que pe
metrarás el fondo de ese misterio?—otros mu
chos como tú han creido en su vocacion, y
en toda su vida han pasado de miserables
rechinadores. No quisiera que tú, hijo mio,
aumentárás el número de estos infelices.—Ea
pues, quiero que toques alguna cosa; yo te di
ré en qué estado te hallas y seguirás mis con
sejos. Tal vez te sucederá lo que á Carl Stami
mitz que soñaba los prodios que un dia ha- .
lia de hacer con si instrumento—yo le acla
ré la intéfigencia, tiró su violin á la chime
mea, y óbró prudentementeen dedicarse al vio
lonchelo:º sobre este instrumento podia es
tenderá su sabor shs largos dedos mazacote,
y fis ficó de todo mal" º
"Vamós, ==Yºâté escucho, frtichacho .2 -

-
324 .- HORAS

Aquel discurso me dejó patitieso; las pala


bras del baron produjeron en mí una impresion
profunda, y sentí un desaliento sombrío al
pensar que me habia á dedicado un trabajo
para el que acaso no habia nacido.
Iban á ejecutarse los tres últimos cuartetos
de Haydn, recien publicadas á la sazon. *
Sacó mi maestro el violin de su caja; ape
mas habia empezado á templar sus cuerdas,
cuando el baron, tapándose con ambas manos
los oidos, prorumpió como fuera de sí: «Haak,
Haak! Por el amor de Dios no me desuelle V.
el tímpano con sus discordes entonaciones."
Sin embargo, el violin del maestro de ca
pilla era uno de los mejores violines que yo
habia oido en mi vida, —un verdadero y au
téntico Antonio Stradivarius; por tanto, nada
le irritaba mas que el que alguno negara á su
instrumento favorito sus correspondientes ho
nores. - Cuál sería pues mi sorpresa al verle
volviendo su violin con la mayor tranquilidad
á la caja de donde le habia sacado?. Sin duda
sabia lo que iba á suceder; porque no bien
habia cerrado aquel con llave, cuando el ba
ron, que pocos momentos antes habia salido
del salon, se nos presentá trayendo en sus bra
N
DE INVIERNo. 325.

zos una caja larga forrada de terciopelo en


carnado y franjada de oro, con la misma,
delicadeza que si trajera en ellos un niño re
cien nacido, - .

- — Querido Haak, dijo, quiero hoy dispen


ar á V. un alto honor.—Va V. á tocar en el
nas bello y antiguo de mis violines.— He aquí
dm verdadero Grámulo; oh Stradivarius es un
pobre aprendiz al lado de este viejo maestro.—.
Tartini jamás quiso tocar en violin que no
fuera Grámulo.- Reconcentrad bien vuestras
facultades para que mi Grámulo consienta en
franquearos todos sus tesoros. e:

Abrió el baron el estuche, y dejó ver


un instrumento cuya fórma revelaba la mas.

remota antiguedad; — habia á su lado un arco,


el mas singular del mundo, que á juzgar por
su exagerada curbatura, mas que á poner en
vibracion las cuerdas, parecia destinado á dis
parar flechas. — Sacó el baron de la caja el
instrumento con las mas solemnes precauciones,
y lo presenta al maestro de capilla, quien o le
recibió con no menos ceremonia.
- “En cuanto al arco, dijo el baron son-,
riendo y dando un golpecito sobre el hombro.
á mi maestro, es inútil para V. porque no sa-,
526 o Roa As.

bria usarlo; razor, por la cual en la vida lle


gará V. á la verdadera perfeccion
-- «Este arco, "prosiguió el baron, levantán,
dolo en alto y contemplándolo con una mirada,
en que brillaba el fuego del entusiasmo, este
arco no podia servir sino al grande é inmortal
Tartini; despues de él no han existido, en toda
la estension de la tierra mas que dos de sus,
discípulos, bastante dichosos para heredar de,
aquel génio el sonido, rico, penetrante y dul
ce que solo produce un arco, de esa especie. —,
El uno es Ulardini; ahora es, ya un viejo de
setenta años que no tiene facultades músicas.
sino en su espíritu; el otro, bien, lo, sabeis,
soy yo.-Soy por consiguiente, el único en
quien sobrevive el arte de tocar el violin; con,
todo, no escaseo, mi celo y mis esfuerzos para,
la propagacion de este arte, del cual Tartini.
fue el creador.+-Pero!...
Empecemos, señores!,
lº Tocarónse los cuartetos de Haydn con ad-,
mirable perfeceion, la egecucion no dejó nada,
que descar...", a o .. .. .. .
Escuchábalos el baron, sentado, con los
ojos cerrados y meciéndose sobre su asiento.—
Alzóse de repente y acercándose á los músicos
echó sobre la particion una mirada ceñuda, dió
De Invieano. 327
en seguida un paso atras, y volviéndose a
acomodar en su sillon, dejó caer la cabeza en
tre sus manos, suspiró y murmuró sordamente.
, -Basta esclamó repentinamente al comen
zar un adagio rico de canto y melodía; basta
Vive Dios que ese es un canto puro de Tartini;
pero no lo habeis comprendido.- Repetidlo;
os lo suplico, s-. -

- Y los músicos repitieron da capo, sonrién


dose, y tendiendo con valentía, el arco, y el
baron gimió y lloró como un niño.
Cuando terminaron los cuartetos, esclamó:
“Es divino ese Haydn!. Sabe llegar al alma;
pero en cuanto á escribir para violin, algo ha-,
bria que desear, bien que de otro modo hubiera,
escrito en el único y verdadero estilo de Tartini,
y no hubierais podido tocar su músical , , , ,
a Llegábame mi vez de egecutar unas varia-,
ciones que Haak me habia puesto delante. ,
...El baron permanecia en pie junto á mí, fija
la vista en el papel.-Imagínese el que esto,
lea el temor que me sobrecojió teniendo un º

crítico tan severo á mi lado. Pero un allegr,


vigoroso vino en mi auxilio, arrebatándome to-,
dos los sentidos. Me olvidé del baron, y pude
movermº libremento en toda la estension del
328 noRAs

círculo de mis facultades, disponiendo de ellas


á mi antojo. Cuando concluí, púsonie el barou
la nano en el hombro y dijome con afectuosa
sonrisa: “Hijo mío, puedes continuar con el
violin, que aunque casi ignoras el manejº del
arco y las posiciones, esó proviene de que has
ta ahora no has tenido un buén maestro.
Nos sentamos en seguida á la mesa que es
taba dispuesta en un salon contiguo; la profu
sion que en ella lucía, rayaba ya en prodigali
dad, y ciertamente no desairaron los profeso
res el convite. La conversacion, cada vez mas
animada, jiraba solo sobre música. Manifestó
en ella el baron preciosos tesoros de sabidu
ría; en su juicio, vivo y penetrante, descu
brase no solo un distinguido eficionado ó dile
ttante, sino tambien un artista consumado, un
sabio lleno de ideas y de gustó. Ló que mas
admiré en él fue los retratós de los violinistas
que de ve en cuando nos pintaba?" Despues
de habernós representado áPágnar; Gemia.
mini, Giardini, Jomelli, Lull y otrós distin
guidos profesores con las tintas de la mas pi- -

cante y bien simulada crítica, con una mani


fiesta tendencia á querer probar que el arte
de tocar el violin estaba vinculado en los des
DE INvrea No. 329
carnados dedos de su mano izquierda, conclu
yó diciendo.... «El jóven Viotti es un esce
lente artista, lleno de disposiciones.—Me de
be todo cuanto sabe; en cuanto á Giarnowiki
no permitiré que pase el dintel de mi puerta;
es un fátuo que sin temblar ni ponerse des
colorido habla mal de Tartini, el maestro de
los maestros, y se burla de mis lecciones.
Pero Rode es un buen chico — él se instrui
rá, si continúa escuchando mis canturías.
-Por cierto que tiene tu edad, mucha
cho, continuó el baron diriéndose 4 m, pero
es mas juicioso, mas reflexivo que tú.—Tú me
pareces algº vivaracho-No importa, eso ps
sa pronto. — Por lo tocante a V. mi querido
Haak, desde que yo le dirijo es enteramen
te otro. Tengo de V, grandes esperanzas. —
continúe y con su entusiasmo, y sobre todo
no malgaste una sola hora...— En este último-

zº . , ,,

punto me glorio de ser muy severo, º


sorprendido quedé de cuanto habia sido
No veia el instante de preguntará mi maes
tro si en efecto era el baron el primer violi
nista de la,época » y si tomaba él verdadera
mente sus lecciónes. Respondióme IIaak que
en conciencia no podia dispensarse de apren
-
350. Horas y: " ,

der con el haron, y que no haria yo mal en ir


á visitarle á la mañana, siguiente y suplicarle
que se dignase honrarme, con sus correc
ºººººni, , , , , , , , , ,d, , , , , , , , , , , ,
Mas em, cuanto á mis preguntas sobre la
habilidad del baron, nada me respondia, mi
imperturbable maestro de capilla, repitiéndo
me á cada paso como respuesta general que
nº haria nada demas en seguir yo su ejemplo.
No por esto dejé de observar la sonrisa singu
lar que de vez en cuando se mostraba en los
labios .de. Haak,
. . . . . . . ..
o no
...
- - , , -

Fui en efecto á esponer mis ideas al ba


ron, le desaré la ardiente pasion, el verda
daro entusiasmo que sentia por mi arte y su
mirada al pronto inmoble y sorprendi a, to
mó instan tenemente una ºpresion de laicº
lacencia . . . .»
camp ae ncia. . ...": o;it,
.—r: Jóven
- rrº r .sºlo
me dijo diriidojet.
co sobrev
único violinista que ha
á mí, los
grandes maestros pasados, manifiestas que
e anima un verdadero corazón de artista.
ien quisieras yudarte y sienette el ta
larga marcha pero y el tempo dónde e
contraremos tiempo? T. maestro Haak me da
muchº se hacer, y demºs hí estº es ma.
ps Invisaxo. 331
chacho, ese Durand que pretende darse muy
pronto, al público, y que elaramente ha conon
cido que estº nº podia verificarse en reglasia
un ensayo bajo mi direccion - Veamos -
Espera un momento —Entre el almuerzo y
la comida, ó sino, durante el almuerzo. En,
verdad que entones angº un hora derece
nada —yen verme tºdos los dias las dace,
y esaremos juntos por erpacio de una hora,
porque Durand viene en se uida. . . . . . .
- Facilmente
(f, vi se imajina
r-rza que---o".
al siguiente". día
estaba yo, á la hora señalada, en casa del ba
ron,Norebosándome el corazon de esperanza
me permitió tocar una sola cuerda del
e º e . . . . . .»

¿
las manos,Jamás,
un gótico instrumentº de Antonio,
Amatius.
5 "n o - 1 , , ,
habia usado instrumentos
- l de
º . º º. .
esta especie. Arrebatado por el tono ce estia
que espedian sus cuerdas,º 3sentí
, *, , -s -
aumentarse
«,
en mí el entusiasmo. En mi delirio críame. so
mejido una mágica influencias no percitial,
dificultad en los pasos de mayor ejecucion.
Dejéalarse el torrente de armonía, hirviendo
como la espuma de una gigantesca oleada, y,
precipitarse ligeramente deshecha en murmu-,
radora catarata—Creo que me escedíá mí mis
332 - noaas º

mo; que toqué mejor en aquel momento, bajo


la influencia de aquella situacion tan nueva que
en todo el resto de mi vida. El baron meneó
la cabeza con aire descontento, y me dijo en
fin luego que acabé mi parte —Vaya, vaya,
es menester olvidar todo eso ... en primer lu
gar agarras el arco de un modo lamentable
“Enseñóme como se debía tener el arco á la
manera de Tartini. Desde luego me figuré que
no podria producir un solo sonido; mas apenas
huhe en pezado los pasos que acababa de eje
cutar , cuando me sorprendí de la estremada
facilidad que este nuevo método me propor
cionaba. . - --

—veamos, dijo el baron, vamos á empezar


la leccion. — Da un punto cualquiera, y sos
tenlo todo el tiempo que puedas.—Ten cuida
¿ economizar el arco: el arco es para el
violin lo que la respiracion para el cantor.”
seguí su consejo, y me alegré en mi inte
rior viendo que acertaba á producir un tono vi
goroso que hacia pasar del pianissimo al for
tissimo, y que degradaba á mi sabor a gran
des arqueadas, sin perder nunca la agradable
modulacion primitiva. " .
—Ya lo ves, hijo mio, esclamó el baron;
DE INVTRNO, 333

tú puedes ejecutar bonitos pasos, hacer stacca


tos á la moda, saltos y posiciones; mas no sa
brias sostener convenientemente un tono. voy
á manifestarte todo el partido que se puede
sacar de un violin!” -
Apoderóse de mi instrumento, puso el ar
co tocando con el puente, —no, me faltan es
presiones para decir lo que de allí resultó El
arco saltando sacudia la cuerda, la cual silba
ba, rechinaba, gemia y maullaba de una ma
nera capaz de retorcer los nervios del menos
delicado patan; parecia la voz de una vieja que
apretada la nariz con los anteojos, se esforza
ba en entonar un antiguo cantar.
Y al mismo tiempo leyantaba su mirada al
cielo con una espresion de rapto divino; cuan
do por fin dejó de pasear el maldito arco sobre
las cuerdas del violin, sus ojos brillaron de
placer, y prorumpió con una sensibilidad pre
funda: “Este sí que es un verdadero tono; esto
es lo que se llama entonar una armonía»,
No espero volverme á hallar en una situa
cion semejante, , Creí rebentar de risa, y por
otra parte no pnde menos de temblar á la vista
de aquel venerable anciano, en cuyas facciones
radiaba la llama del entusiasmo; hacíame esta
334 úoans º -

escena él efecto de una aparición diabólica; los


fuertes latidos de mi corazón golpeaban sorda.
mente en mis sienes, y ni labio inerte se ne
gaba á árticular una sola palabra.
— ¿No es cierto, hijo mío, dijó el baron,
que mi música ha penetrado hasta el fondo de
tu alma? ¿ Cuando hubieras tú sospechado que
en éste miserable instrumentillo de cuatro cuer
das se encerraba la existencia de un poder tan
colosal, de una fuerza magnética tan irresisti
ble — Ahora ven aca, inchacho; toma con
qué reponerte. »
Llenóme un vaso de escelenté vino de Ma
dera, yalargándome uh bizcochó que tbtnó de la
mesa, me obligó a apurarlo todo entero.
El relódió la una. º
—Basta por hoy, dijo el baron. - A Dios,
hijº mío, y vuelve pronto —tomía º y púso
me en la mano un papel en que estaba envuel
to un reluciente ducado holandés.
Lleno de sórpresa, corrº a buscar á mi maes
tro, y le conte todo cuanto habia pasado.—
escuchó este mi relacion con eriormes carcaja
das, —º Ya ves, hie dijo, á cuatás estamos
con el baron y sus lecciones: ahora té trata co
mo áprincipiante, y por eso ñó te da mas que
De novieano. 335
un ducado por cada leccion - cuando, a su
modo de ver, hayas hecho algunos progresos,
ya teaumentará el honorario —á mí me da
un luís, y a Durand, segun creo, dos daca
dos.» º si º " -" " "
No pude entonces menos de manifestar
le que juzgaba como una burla reprensible
el abusar de "la hombria de bien de aquel an
ciano caballero, sacándole el dinero de seme
jante modo: " " ..." tº º
—Hazte cargo, me dijo el maestro de capi
mla, que toda la felicidad del baron consiste en
dar lecciones; que si yo y otros profesores des
preciásemos sus consejos, el mundo filarmónico
en el cuales reputado por el único juez infalible
no haria caso de nosotros; que, dejiado áran
lado la ejecucion, el baron poseé mejor que
ningun otro la teoría del arte, y sus reflexio
nes son de todo punto sanas y ajustadas la Vi
stale pues amenudo, y sin pararte en sus es
travagancias, procura aprovechar las lucés de
razón y buen sentido, que gefieralmente hace
brillar hablando de la filosofía y del dogma del
arte; créeme y te ívá bien».—
Seguí en efecto este consejo.—Mas de una
vez me ví en el apure de tener que reprimir
336 noaAs, r ,
la risa, cuando el baron tomando el arco
lo meneaba de una manera estravagante sor
bre el puente del violín, haciéndose la ilusion
de ejecutar el mas admirable solo de Tartini,
y pretendiendo ser la única bendita persona
que podia leer música de aquella especie; mas
apenas dejaba, el instrumento para entre
garse á reflexiones, ricas de conocimientos
profundos, adivinaba por la interior satisfac
cion que me animaba, por el entusiasmo que
sentia por el arte magnífico, cuyos prodigios
sabia describir con tanta perfeccion, que mi CO
razon le era deudor de un agradecimiento pro

Cuando, pasado algun tiempo, tocando en


sus conciertos, obtenia yo algunos aplausos, el
buen baron sonreia lleno de orgullo, y escla
maba paseando una mirada satisfecha sobre los
espectadores; — “Solo á mí debe este jóven.
su talento; solo al discípulo del gran Tartini!»
Y sin gran pesadumbre de mi parte, con
tinué recibiendo sus lecciones— y tambien sus
resplandecientes ducados.
s. r. A. HOFFMANN. en:
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