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Recapitular la Cuba de los 90

Jorge Luis Acanda


Acanda, Jorge Luis. "Recapitular la Cuba de los 90", La Gaceta de Cuba. La
Habana. 2000. Nro. 3, 2000. págs. 60-?

El horno de los 90. Una imagen muy bien lograda. Porque desde el principio
parece presentarnos una invitación: la de recapitular sobre esos calientes y
germinales años. ¿Qué ha ocurrido en Cuba en los 90? ¿Cómo ha sido Cuba en
el horno de los 90?

 Al fin hemos alcanzado ahora el punto cronológico mínimo para reflexionar
sobre lo que significó para Cuba y para los cubanos esta década que ahora
con cierta licencia matemática, podemos asumir como que termina. Entre 1989
y 1999 se produjeron cambios muy graves para los cubanos. Radicales porque
nos afectaron en las zonas más íntimas y privadas de nuestras vidas. Fueron
cambios en nuestra cotidianidad, en nuestro modo de vivir, en nuestros
patrones conductuales y valorativos. Cambios de ese tipo no son comunes en
la vida de ningún pueblo. En ese sentido, la radicalidad de los cambios en
este fin de siglo sobrepasa con creces lo que pudo haber significado el
1898. Cambios de ese tipo no son comunes en la vida de ningún pueblo. En
algunos se ha dado una vez, y en muchos ni siquiera han ocurrido. Pero esta
es la segunda ocasión en que algo semejante nos ocurre. En nuestra historia,
el decenio que ahora termina sólo tiene parangón con lo que vivimos entre
1959 y 1965. Aquel septenio figura como un parteaguas en la vida espiritual
de nuestra nación. Fueron los años de la Revolución. Por primera vez, ya no
era posible seguir viviendo como hasta entonces habíamos vivido. En aquellos
años, todos los cubanos que así lo quisieron podían ser jóvenes, pues la
condición fundamental de la juventud se había asegurado a nivel nacional: se
garantizó el derecho a soñar, el derecho a osar, el derecho a atreverse.
Todo era posible, porque nada se había intentado aún. Y al igual que los
años mozos quedan en el recuerdo de las personas maduras, los 60 quedaron en
el imaginario popular envueltos en la nostalgia de todo lo que hicimos y de
todo lo que desaprovechamos.

 Y ahora el decenio de los 90 marcó un cambio también muy fuerte. Más aún,
dramático. Dramático, sobre todo, porque a tan pocos años del anterior, son
muchos los cubanos que han vivido ambos, que han tenido que reorientarse dos
veces, con las consecuencias que ello necesariamente ha tenido para el
inconsciente colectivo, para la psicología social, para la conciencia
cotidiana, para nuestros sueños, esperanzas, deseos, necesidades y temores.

 Ciertamente, Cuba ha sido en este decenio como un horno en el que han


fundido, derretido, mezclado, conformado, reblandecido, endurecido y
cristalizado nuevas y viejas constelaciones sociales. Esto de los hornos nos
puede recordar una frase muy conocida: "es la hora de los hornos y sólo se
ha de ver la luz". Tal vez de esa luz que - no olvidemos nunca- es
ambivalente (porque es lo mismo onda que corpúsculo, y lo mismo alumbra que
enceguece), pretende hablarnos Fernando, y por ello ha buscado ese título. O
tal vez porque esa cuestión de la hora de los hornos le haya recordado a él,
como me recuerda a mí, otra expresión nada gratuita del refranero: "es la
hora de los mameyes". Nada gratuita, porque la imagen de los mameyes refería
a la casaca de los soldados ingleses que despertaron sorprendida a esta
villa de La Habana una mañana de 1762 con el estampido de sus cañones y su
intención invasora. Era la hora de las definiciones. O se plantaba uno
firmemente y se resistía al invasor, como hicieron Luis de Velasco y el
criollo Pepe Antonio, o se huía hacia la villa de Guanabacoa para escapar al
combate, como hizo el entonces Capitán General, o se apechugaba con el
invasor, como hicieron los acaudalados comerciantes y terratenientes. No se
lo que opinen Fernando y ustedes, pero los 90 han sido para mí como una
extendida hora de los mameyes. Sólo que estos mameyes han arribado con otra
forma y otro ritmo. No han llegado con el bramido de los cañones, ni
bailando cha cha chá - como los míticos marcianos de Jorrín - sino con los c
antos de sirena del mercado capitalista o con los balidos agoreros de un
dogmatismo reciclado por vergonzante. Han sido años de lucha del ámbito de
la esperanza contra la racionalización sistematizada. Años en los que se ha
ido conformando la experiencia vital de estos habitantes recién
secularizados en el contexto de esta nueva racionalización. Ha sido época de
desatanización y de desacralización. Desatanizamos al dólar, al exilio, a la
religión y al pasado. Desacralizamos a todos aquellos productos culturales
abarcados por ese complejo ideológico que podemos denominar como lo
soviético, desde el realismo socialista y los muñequitos rusos hasta la
calidad de la tecnología made in USSR y la pretendida omnisapiencia de los
líderes del PCUS. Pudimos quitarnos de encima el pesado frado del fatalismo
del dogma de la irreversibilidad del socialismo, y comprender que no
teníamos ningún contrato con la Historia, y que todo dependía de nosotros.
Una vez más, todo dependía sólo de nosotros. Fue el hundimiento de las
certezas. Y en el horno de los 90 se empezó a cocinar ese complejo caldo de
los empresarios y los contingentistas, de los shopping molls y los McDonalds
trasvestidos en Burguis, de los trabajos voluntarios y la recuperación del
pensamiento del Che, de los "camellos" y los Turistaxis, de los hoteles
cinco estrellas y la reparación de las cuarterías. Un decenio que comenzó
con la Causa nr. 1, continuó con el audaz Llamamiento al IV Congreso del
Partido, vivió la explosión de los tolditos y los gerentes, sufrió los
hechos de agosto del 94, ha generado el apogeo de la reflexión sobre la
identidad y la nación, y la readecuación conductual de todos a las nuevas y
contradictorias realidades de la vida.

 Ante el hundimiento de las certezas, las reacciones han sido diversas. Es


como si la historia de 1762 se repitiera. Muchos se han construido una
imaginaria Guanabacoa, para intentar huir al conflicto. Unos, una Guanabacoa
que han querido hacer creer que es roja, erizada de consignas ciegas y
atrincheramientos adocenados, para repetir mecánicamente las viejas
certezas, como en un intento de conjuro que reviva lo que ya murió. Otros
una Guanabacoa verde, pero no del verde de nuestros campos, ni del verde de
la esperanza, sino del color de ese signo monetario, el signo monetario,
desde el que asumen cínicamente el intento de vivir en una especie de
burbuja que intentan sea, a la vez, un desierto ético y un oasis de confort
material. Ambas son formas de un exilio interior. Pero también están los
que, como Fernando, han tomado otro camino: el de repensar las certezas.
Contrastarlas con la realidad, cribarlas en la malla crítica del pensamiento
revolucionario, y fundamentar la esperanza no en el pataleo, sino en la
amarga inteligencia de la lucha.

 Han sido años duros y terribles. Y no por ello dejaron de ser bellos. Pues
la belleza, cuando es verdadera, no puede dejar de ser terrible. Lo bello
nos turba, porque nos confronta con la urgencia de enfrentarnos con la
verdad de lo trascendente. La belleza está siempre ligada a la verdad. Y la
verdad exige fortaleza a quien la quiere mirar a los ojos. En la dureza
desgarradora de estos años ha estado su vocación salvadora. En esos
desgarramientos del yo, en esa escisión de los sujetos, en esa subjetividad
contradictoria, rica, fructífera, que ha generado en nosotros. En lo que
parecía ser nuestra debilidad ha estado nuestra fuerza. Ya no tenemos falsos
ídolos a los que asirnos. Sólo nos tenemos a nosotros, a nuestra tradición,
y a nuestra capacidad y decisión. El horno de los 90 no ha terminado, sino
que se ha trasladado al nuevo decenio. Nos toca enfrentar la nueva época
basándonos en el conocimiento de todo lo que dejamos atrás. Este libro que
nos convocó hoy, es un primer peldaño en esa cita inexcusable con el
recuento. De su lectura se puede extraer esta interrogante, una pero
múltiple: ¿cómo fueron, son y serán los 90? Fueron, porque ya son pasado y
dejaron en nosotros una huella. Son, porque viven en nosotros, porque
nosotros somos los 90, de la misma manera que somos los 80, los 70 y los 60.
Serán, porque aunque ya son historia, la historia se re-escribe
constantemente, con cada nueva generación, y al reconstruir el pasado lo
tornamos presente y futuro. ¿Cómo recordarán, como influirá, en la
generaciones por vivir, el horno de los 90? La respuesta no nos la darán
esas futuras generaciones, sino nosotros, con nuestro andar, nuestro hacer,
nuestro pensar y nuestro vivir. Decididos a conjurar las viejas
experiencias, y para que - a diferencia de la memoria de otro momento de
giro- este, el recuerdo de los 90, no nos muerda la memoria