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1/12/2020 *

SUPREMA CORTE DE JUSTICIA - SALA PRIMERA

PODER JUDICIAL MENDOZA

foja: 179

CUIJ: 13-00863398-8/1((010303-52949))

INST. S. S F. S. EN J° 251763 / 52949 C. E. T. C/ C. S. D S. J. B. P/ D Y P


RECURSO EXTRAORDINARIO PROVINCIAL

*104721497*

En Mendoza, a veinticinco días del mes de noviembre del año dos mil veinte,
reunida la Sala Primera de la Excma. Suprema Corte de Justicia, tomó en
consideración para dictar sentencia definitiva la causa n° 13-00863398-8/1
(010303-52949), caratulada: “INST. S. S F. S. EN J° 251763 / 52949 C. E. T. C/
C. S. D S. J. B. P/ D Y P RECURSO EXTRAORDINARIO PROVINCIAL”-

De conformidad con lo decretado a fojas 171 quedó establecido el


siguiente orden de estudio en la causa para el tratamiento de las cuestiones por
parte de los Señores Ministros del Tribunal: primero: DRA. MARÍA TERESA
DAY; segundo: DR. JULIO RAMON GOMEZ; tercero: DR. PEDRO JORGE
LLORENTE.-

ANTECEDENTES:

A fojas 20/57, el demandado (I.S.S.F.S.), por apoderado, interpone


Recurso Extraordinario Provincial contra la resolución dictada por la Tercera
Cámara de Apelaciones en lo Civil, Comercial y Minas a fojas 461/474 vta. de los
autos n° 52.949/251.763, caratulados: “C., E.T. C/ C.S. De S.J.B. P/ daños y
perjuicios”.-

A fojas 69/vta. se admite formalmente el recurso deducido, se ordena


correr traslado a la parte contraria, quien a fojas 120/151 contesta solicitando su
rechazo, con costas.

A fojas 156/157 vta. se registra el dictamen de Procuración General


del Tribunal, quien aconseja el rechazo del recurso deducido.

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A fojas 163 se llama al acuerdo para dictar sentencia y a fojas 171 se


deja constancia del orden de estudio efectuado en la causa para el tratamiento de las
cuestiones por parte de los Señores Ministros del Tribunal.

De conformidad con lo establecido en el art. 160 de la Constitución de


la Provincia, se plantean las siguientes cuestiones a resolver:

PRIMERA CUESTION: ¿Es procedente el Recurso Extraordinario


Provincial interpuesto?

SEGUNDA CUESTION: En su caso, ¿qué solución corresponde?

TERCERA CUESTION: Costas.

A LA PRIMERA CUESTION LA DRA. MARÍA TERESA DAY, DIJO:

I.- RELACIÓN SUCINTA DE LOS HECHOS DE LA CAUSA.

Entre los hechos relevantes para la resolución de la presente causa, se


destacan los siguientes:

1. Con fecha 10/10/2013, el Sr. E.T.C. interpone demanda


por daños y perjuicios contra el Instituto S.S.F.S. con el
objeto de que sea condenada a pagar la suma de $ 80.000
en concepto de daño moral o lo que en más o en menos
resulte de las pruebas a rendirse, con más sus intereses,
costos y costas. Relata que en fecha 24 de diciembre de
2008 presentó una denuncia por abuso sexual contra un
sacerdote católico de la Congregación demandada y que
los hechos ocurrieron en instalaciones del colegio y de la
parroquia de dicha congregación. Refiere que desde la
presentación del escrito, en fecha 24 de diciembre de
2008, hasta el momento de la primera reunión, nunca tuvo
garantizada la defensa en juicio, ni plena participación en
el procedimiento canónico que se inició, como tampoco
posibilidad de ejercer el derecho a la información,
implicando todo ello una grave violación a la garantía del
debido proceso legal tutelado por el art. 18 de la
Constitución Nacional y Tratados Internacionales sobre
Derechos Humanos y que también debe garantizarse en la
Iglesia Católica por ser una persona jurídica pública no
estatal conforme el art. 33 inc. 3 del Código Civil y/o en
las Congregaciones Religiosas que la integran conforme lo
normado por la Ley 24.483. Añade que luego de
presentada la denuncia y transcurridos tres años sin tener
participación procesal ni notificación fehaciente de
ninguna etapa del procedimiento eclesiástico, decidió

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solicitar una reunión con el Sacerdote Manuel Cayo,


Inspector Provincial de los Salesianos, que se llevó a cabo
el 07 de octubre de 2011 en la Sede del Tribunal
Interdiocesano de Mendoza, en presencia del sacerdote
Reinaldo Godino, quien cumplió la función de notario,
donde se labró un acta dejando constancia. Relata
asimismo que en razón a que dicho encuentro no tuvo la
respuesta esperada, se acordó una segunda reunión, esta
vez, con el sacerdote Dante Simón, perteneciente a la
Orden Salesiana y vicario judicial de la Arquidiócesis de
Córdoba. Refiere que este segundo encuentro se realizó el
11 de octubre de 2011 y contó también con la presencia de
Reinaldo Godino, en calidad de notario. Se labró un acta
también. Alega que resulta clara la violación a la garantía
del debido proceso o defensa en juicio como también la
lesión de los derechos a la información fundada y a
conocer la verdad, de raigambre constitucional, que
también deben cumplirse en la Iglesia Católica y/o sus
Congregaciones, por ser la primera una persona jurídica
pública no estatal y contar con personalidad jurídica
propia las segundas. Asimismo, sostiene que deben
respetar y ajustar su actividad a los principios relativos a
la publicidad de los actos de gobierno. Afirma que a la
fecha de presentación de la demanda aun no tiene
constancias fehacientes de los resultados del
procedimiento administrativo iniciado por su denuncia,
sólo tuvo un conocimiento escueto y censurado de lo que
los funcionarios eclesiásticos salesianos se les antojó
informar, según su capricho y proceder ilegal e
inconstitucional.

Expone que es evidente el daño ocasionado por parte de la orden


salesiana por cuanto no sólo sufrió los abusos sexuales por parte de un sacerdote
católico perteneciente a esa congregación, sino que al reclamar y exigir una
legítima respuesta se lo ignoró, siendo doble el abuso y la injusticia.

Plantea las siguientes inconstitucionalidades: a) Inconstitucionalidad


de la Ley 17032 que pone en vigencia el Concordato con la Santa Sede de 1966,
por cuanto conforme al Boletín Oficial del 22 de diciembre de 1966, fue
sancionada por el dictador Onganía en tiempos en que no regían las instituciones
reconocidas por la Constitución Nacional y ello determina que no tendría vigencia
hasta tanto no sea aprobado o desechado por el Congreso Nacional, siguiendo los
mecanismos para la sanción de las leyes; b) Inconstitucionalidad del art. 1 del
Concordato con la Santa Sede por el principio de Supremacía de la Constitución
contemplado en el art. 31 de la Carta Magna. Sostiene que el Concordato no tiene

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la misma jerarquía que la Constitución y los Tratados sobre Derechos Humanos del
art. 75 inc. 22, sino inferior, por lo que la Iglesia Católica y sus congregaciones
deben ajustar su funcionamiento y normas jurídicas a las declaraciones, derechos,
garantías y principios constitucionales; c) Inconstitucionalidad del art. 27 de la
Convención de Viena: impugna esta norma en cuanto establece que una parte no
podrá invocar las disposiciones de su derecho interno como justificación del
incumplimiento de un tratado. Sostiene que el Concordato es un Tratado
Internacional entre dos sujetos de derecho internacional, pero no es superior a la
Constitución Nacional ni a los Tratados Internacionales sobre Derechos Humanos.

Esgrime la actora que se le negó la participación en el procedimiento


administrativo y que se le denegó constancia escrita del expediente, por lo que la
sola invocación del Concordato como defensa para eximirse del control
jurisdiccional deviene, además de inconstitucional, arbitraria y configura un claro
caso de abuso de poder.

2. A fs. 44/54 se presenta la Institución demandada, por


apoderado. En primer lugar, plantea la falta de
legitimación activa del actor, toda vez que no existe el
“derecho a saber la verdad” que difusamente se enuncia en
la demanda, ni el actor tiene derecho a participar de la
investigación preliminar llevada a cabo. Esgrime que el
actor tuvo la intervención que permite el ordenamiento al
que libremente acudió, en la presentación de los hechos, el
ofrecimiento de informes médicos y testimoniales, pero
como se trataba de una investigación preliminar, no hubo
procedimiento penal y así le fue informado, por tanto no
tiene en modo alguno que participar como lo pretende. En
subsidio, para el hipotético supuesto de que no proceda la
defensa de falta de acción, contesta la demanda incoada
solicitando su rechazo con costas.

Plantea la incompetencia de la justicia provincial por cuanto su


representada se domicilia en la Ciudad de Córdoba y tratándose de vecinos de
distinta provincia es la justicia federal la que resulta competente en virtud de lo
establecido por el art. 116 de la Constitución Nacional.

Invoca también la prescripción de la acción, en tanto han transcurrido


largamente los dos años establecidos por el artículo 4037 del Código Civil para la
responsabilidad extracontractual. Sostiene que el plazo debe computarse a partir del
año 2010 que es cuando tomó conocimiento de lo actuado por teléfono y en el peor
de los casos para su mandante, en la audiencia del día 07 de octubre y no en la
audiencia del 11 del mismo mes, en la que sólo se precisó lo indicado en la anterior.

Afirma que es cierto que el actor realizó una presentación en la


Inspección General de Argentina sita en la Ciudad de Córdoba y que se inició una

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investigación preliminar para determinar la existencia o no de delito y la veracidad


de la denuncia. Sostiene que la confidencialidad de la investigación se justifica para
resguardar el honor de terceros y por la presunción de inocencia. Agrega que luego
de la investigación se concluyó que no había delito y se enviaron las conclusiones
al Procurador General de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que optó por
ordenar el archivo de las actuaciones por considerar la inexistencia de delito.

Refiere que del acta labrada el 7 de octubre de 2011 surge que el padre
Bonecci le había indicado al actor si quería hacer la denuncia y que el actor
contestó negativamente. Añade que luego hubo mails con el Inspector Provincial, y
queda claramente establecido que se le adelantó por teléfono las conclusiones de la
investigación previa o preliminar, asimismo, se le ofreció entrevista con quien llevó
adelante la investigación, Pbro. Dante Simón, y que éste volvió a indicarle la
naturaleza y contenido de la investigación previa. Destaca también que la misma
conclusión fue la del Cuerpo Médico Forense y de la Fiscal interviniente al
archivar la causa por falta de mérito. Sostiene que no existen elementos para
atribuir responsabilidad civil a su mandante, toda vez que no hay daño, el actor no
tiene derecho a participar de la investigación preliminar puesto que esa posibilidad
está reservada por el Derecho Canónico para cuando hay delito, no hay lesión a
derecho personal o personalísimo ni hecho ilícito o antijurídico que justifique la
acción, ni relación de causalidad, ni factor de atribución.

Sostiene que la inconstitucionalidad planteada por la actora se basa en


razonamientos abstractos y vacíos de contenido en referencia al caso concreto,
siendo la declaración de inconstitucionalidad la última ratio de un Tribunal,
principio olvidado por completo. Expone asimismo que los dos fallos de la Corte
Federal que cita la contraria llegan a la conclusión contraria a la que pretende el
actor. Afirma que en ninguno de los Tratados que integran el bloque constitucional,
se le da derecho al hombre a saber datos privados de una institución y que no existe
ningún derecho humano del actor vulnerado por la aplicación del Concordato que
admite y reconoce la jurisdicción eclesiástica para las cuestiones vinculadas a la Fe
Católica. En relación a la inconstitucionalidad del art. 27 de la Convención de
Viena, sostiene que contraría la doctrina pacífica de la Corte Federal que aplica
desde el caso: “Ekmedjián c/ Sofovich”.

3. Luego de sustanciada la causa, a fs. 349/360, se dicta


sentencia de primera instancia que hace lugar a la
demanda interpuesta y, en consecuencia, condena a la
demandada a abonar al actor la suma de $ 80.000, más
intereses y declara la inconstitucionalidad del Canon 1717
y del Canon 1719 del Código de Derecho Canónico.

4. Dicha sentencia es apelada por la demandada y, a fs.


461/474 vta., la Tercera Cámara de Apelaciones en lo
Civil, Comercial, Minas, de Paz y Tributario rechaza el
recurso de apelación y, en consecuencia, confirma la

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sentencia dictada en primera instancia. Los fundamentos


de la Cámara pueden sintetizarse del siguiente modo:

En cuanto a la prescripción de la acción, debe rechazarse este agravio. En la


segunda reunión (11/10/2011) se le negó categóricamente al actor el acceso
al expediente por él iniciado y pudo tomar plena conciencia de la
imposibilidad de acceder al contenido de lo actuado.

El actor ha fundado su derecho a la información en lo dispuesto en el art. 13


del Pacto de San José de Costa Rica. Cuando se habla de derecho de acceso a
la información, se pone en foco al Estado como sujeto pasivo. Pero el Estado
es el primer obligado, no el único. Hoy la Ley 27275 de “Acceso a la
Información Pública” especifica la obligación de sujetos no estatales
(públicos y privados) en tanto reciban fondos públicos y la Iglesia recibe
fondos públicos.

Frente a los derechos fundamentales y en particular en lo que hace al derecho


a la información, el sujeto obligado no se limita al Estado. El derecho a
acceder a la información pública no nació con la Ley 27.275, sino que es
reglamentado por ésta. Tal derecho surge de la Constitución y de los Tratados
internacionales. La ley no hace más que precisiones y regulaciones
operativas.

Luego de citar precedentes de la Corte Federal, señala que hoy y desde hace
décadas, ya no se discute que los derechos fundamentales pueden ser
reclamados frente a todo tipo de sujetos, como expresamente precisa el art.
43 de la Constitución Argentina.

En el caso, la denuncia por involucrar información referida a la vida sexual,


contiene datos sensibles (art. 2 Ley 25.326). Sin embargo, como bien señala
el magistrado de la anterior instancia, el que requería la información era el
denunciante.

La temática que aquí convoca ya fue tratada en un caso prácticamente


idéntico por la Cuarta Cámara Civil de Mendoza, “G.I.R., c/ A. de M., s/
daños y perjuicios”, 07/04/2014, sentencia confirmada por la Suprema Corte
de Justicia en fecha 13/04/2015.

En el precedente, la Corte desecha los mismos argumentos utilizados en este


pleito por la accionada para pretender su irresponsabilidad.

Aún considerando de carácter privado a una congregación como la Salesiana,


lo que estimo más apropiado en la letra del Código Civil, lo cierto es que no
puede pretender sustraerse la demandada de su deber de informar al
interesado.

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El derecho de acceso a la información del denunciante se ha visto negado.


No se trata de cualquier tipo de información, sino de datos que le conciernen.

En el Código Procesal Penal se protege el derecho de la víctima a ser


informada. No se trata de ignorar el secreto sumarial. Lo que sucede que tal
sigilo es funcional a los propósitos de la investigación penal y nada tiene que
ver con el ocultamiento de información. Además es temporal. Por ello no es
aceptable el paralelo que el recurrente hace con la causa penal instruida y
archivada por la Unidad Fiscal de este Poder Judicial de Mendoza. El
expediente P-82140 lo tenemos a la vista íntegramente y el actor -allí
también denunciante- tuvo plena oportunidad de compulsa y participación.

No es que el Estado desconozca los procedimientos canónicos, sino que la


Iglesia no puede negar los derechos civiles de las personas que, contractual o
extracontractualmente, se relacionan con ella. En el caso, la denuncia fue
hecha por quien había sido un alumno del Colegio Don Bosco, institución
educativa en donde se habría producido el abuso sexual denunciado y que
pertenece a la Congregación demandada.

El Estado reconoce expresamente a la Iglesia Católica, a la par de otros entes


no estatales, el derecho a prestar servicios educativos, pero debe “cumplir
con la normativa y los lineamientos de la política educativa nacional y
jurisdiccional” (art. 63 Ley Nacional de Educación n° 26026).

La proclamada autonomía de la Iglesia Católica no puede implicar que dicte


o aplique normas contrarias a las reglas jurídicas imperativas que rigen en el
territorio argentino.

La demandada no puede imponerle sus normas canónicas al actor, como


resorte para justificar su negativa al acceso y participación en el proceso que
se inició a partir de su propia denuncia. El acceso a la información es un
derecho que tiene el actor por ser un habitante de una Nación que adoptó el
Pacto de San José de Costa Rica y la congregación demandada debió
satisfacer ese derecho por ser un sujeto de derecho con domicilio en
Argentina.

La Congregación Salesiana se ha negado no sólo ante el actor a suministrar


información de dicho expediente. Tampoco la ha brindado a este Poder
Judicial de Mendoza. Nunca envió el expediente requerido, ni siquiera un
resumen, informe o datos de su contenido.

Cuando las normas canónicas a aplicar en la Argentina se apartan de nuestros


principios constitucionales, nos cabe a los jueces hacer cumplir la
supremacía de la Constitución (art. 31 CN).

El Acuerdo de Buenos Aires, aprobado por Ley 17032, tiene rango inferior -
en el orden constitucional argentino- a cualquiera de los Tratados de

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Derechos Humanos del art. 75 inciso 22 de la Constitución Nacional. Siendo


así, la inconstitucionalidad declarada por el Sr. Juez de primera instancia no
se aprecia como desproporcionada. Recordemos que el magistrado no
invalidó el Concordato ni el Código Canónico en general, sino tan solo el
secreto consagrado en el Codex en su aplicación frente al denunciante.

Hacer disquisiciones relativas a si debió, en vez de declarar la


inconstitucionalidad, decidirse por la inaplicabilidad del canon 1717 del
Código Canónico sería una trivialidad en este caso. Aún cuando no se
declarase la inconstitucionalidad de los cánones, la solución sería la misma.
En el caso “G.I.R.”, la Cuarta Cámara Civil de Mendoza consideró que podía
eludirse la declaración de inconstitucionalidad y acogió la demanda por la
vía de la verificación de que existió un ejercicio abusivo del derecho de
guardar reserva ante la información que el actor requería en una problemática
en la que él mismo estaba involucrado.

La Corte Provincial fue más allá, pues -aunque sin declararlo formalmente-
consideró inconstitucionales a los cánones puestos en cuestión.

Si ese canon contraría un tratado internacional, al mismo tiempo resulta


inconstitucional, por repugnar al orden de prelación de las normas que la
Constitución establece, pues ya se ha visto que un concordato tiene una
jerarquía normativa inferior a la del Pacto de San José de Costa Rica o
cualquiera de los indicados en el art. 75 inciso 22 de la Carta Magna.

No se trata aquí de si la relación sexual entre el denunciante y un sacerdote


existió, pues eso no se ha develado. La demanda de daños no se funda en
tales sucesos, sino en la falta de información y acceso a las actuaciones que
aún hoy se mantiene.

Las actas de fs. 4/7 no han sido puestas en duda y, además, han sido
reconocidas por su fedatario. Allí, el padre D.S. niega categóricamente el
acceso a la información solicitada por ETC. El mismo religioso reconoció en
audiencia testimonial que el actor no tuvo intervención ni acceso al
procedimiento canónico, que no pudo compulsar las actas personalmente ni
por apoderado, invocando justificación en el secreto pontificio (fs. 189).

Este secreto es el punto focal de todo el problema. La instrucción secreta


continere de la Secretaría de Estado de la Santa Sede, de fecha 4/02/1974,
ordena la observancia de este secreto que obliga a todos los intervinientes en
este tipo de asuntos desde el primer momento en que formalmente se inicie la
investigación preliminar.

Ahora bien, el secreto no puede constituirse en un fin en sí mismo. Tampoco


puede ser absoluto, pues no hay nada que lo sea en derecho. La
proporcionalidad es el modo de resolver derechos y valores jurídicos en
pugna. El dilema se zanja mediante un juicio de ponderación, con aplicación

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de los principios de proporcionalidad y de razonabilidad, desde la


perspectiva del ejercicio democrático de los derechos humanos.

En esa línea se halla el precedente “G.I.R.” de la Corte de Mendoza. Reitero,


aún cuando no se coincidiese con el juez en declarar inconstitucionales los
cánones, éstos no podrían prevalecer sobre el derecho de quien concurre
como denunciante y reclama información de datos que le conciernen.

El daño moral provocado por la negación de la información surge in re ipsa,


como bien lo ha tratado el Sr. Juez en la instancia precedente, no
mostrándose la queja de la apelante como una debida crítica en los términos
del art. 137 CPC.

En virtud de lo expuesto, resuelve rechazar el recurso de apelación y


confirmar la sentencia de primera instancia.

II.- EL RECURSO EXTRAORDINARIO INTERPUESTO.

La demandada recurrente solicita se revoque y anule la sentencia


dictada en Cámara, la cual contraría, a su entender, las normas constitucionales y
supranacionales de aplicación al caso. Señala que la resolución viola el debido
proceso, su derecho de defensa y de propiedad, el orden de prelación de las leyes y
la autonomía constitucional de la Iglesia Católica.

Reitera en esta instancia lo invocado respecto a la prescripción de la


acción. Señala que la acción nació cuando el actor tomó conocimiento claro que no
se le dejaba participar del proceso de investigacion preliminar canónica y cuando
conoció que no se le respetó su derecho a informarse en los términos esperados. Y
ello ocurrió el 7 de octubre de 2011, conforme consta en la primer acta. En la
segunda acta nada se agrega a la anterior. Allí solo se explica el procedimiento
canónico, lo que dijeron los testigos del actor y que no se le daba el informe escrito
porque no lo permitían las normas canónicas, algo que el actor ya conocía de
antemano. Es decir que lo esencial lo conoció el 7/10/2011, por lo que la acción
está prescripta.

Sostiene también que la sentencia recurrida ha omitido considerar y


tratar hechos probados. Esencialmente, que sí se le informó al actor de los aspectos
generales de la investigación, los testigos que declararon, cuál fue dicho testimonio,
cuál fue el proceso y los informes que incluso vinieron de Roma, que la autoridad
competente de Roma ordenó el archivo por no haber indicios de delito, que los
testigos hablaron y testificaron sobre su personalidad. Se le explicó también en qué
consistía el proceso canónico por él iniciado, sus instancias y alternativas. Todo
esto no fue valorado en la sentencia recurrida.

En cuanto al derecho a la información, señala que tanto el art. 13 del


Pacto de San José de Costa Rica, como la jurisprudencia de la C.I.D.H., se refieren
claramente a la información pública, que no es el caso de autos que trata de

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información privada. Sostiene que el a-quo incurre en error al equiparar a la Iglesia


Católica y su parte que es un Instituto de Vida Consagrada, persona jurídica
privada, con el Estado. Conforme la Ley 27.275, los entes públicos no estatales
están obligados a dar información en todo aquello que se vincule con los fondos
que reciben, pero no de toda su vida institucional o jurídica. Cita el caso “Claude
Reyes v Chile” (CIDH, 19/09/2005) que señala que toda persona tiene derecho a
solicitar el acceso a la información bajo el control el Estado y la obligación positiva
del Estado de suministrarla, ampliándola a las instituciones privadas o de otra
índole que actúan con capacidad estatal o ejercen funciones públicas. Ello no es el
caso de la Iglesia Católica ni mucho menos de una persona de derecho privado
como es su parte.

Sostiene que el caso concreto se refiere a supuestos hechos que habría


vivido el actor con un sacerdote perteneciente a la Congregación demandada,
hechos nunca comprobados, ni siquiera por la justicia penal, que fueron
investigados en los términos del canon 1717. Esa información no es pública, sino
absolutamente privada y sensible, lo que justifica que dicha norma canónica exija
clara reserva hasta tanto se constate la presunta existencia o no de delito canónico,
en cuyo caso rigen otras normas que sí permiten la participación del denunciante.

Agrega que la sentencia desconoce la verdadera naturaleza y límites al


derecho a la información. No existe ese derecho frente a la Iglesia Católica en su
ámbito de autonomía ni frente a su parte. Cita el precedente “Giustiniani” de la
CSJN, conforme al cual el derecho a la información no es absoluto y el secreto
puede justificarse para asegurar el respeto a los derechos o la reputación de los
demás. Si ello aplica para el Estado, con mayor razón para la recurrente que es una
persona jurídica privada. Aún tratándose de información pública, ese derecho tiene
límites. Cita el Decreto Reglamentario 1172/2003 que aprueba el Reglamento
General de Acceso a la información pública, que exceptúa de la obligación de
informar cuando la publicidad constituya una vulneración del derecho a la
intimidad y al honor, salvo que se cuente con el consentimiento expreso de la
persona a que se refiere la información solicitada.

Se agravia también de las comparaciones efectuadas en la sentencia


con el secreto de confesión, el secreto médico, el secreto profesional, el proceso
penal, entre otros. Concluye que el derecho a la información como genéricamente
lo plantea la sentencia no es real, ni con el Estado, ni con los particulares, ni con las
personas públicas no estatales.

Señala que el objeto de estos autos no tiene nada que ver con la
educación, ni con la currícula, ni con los docentes, ni con la actividad del Colegio
Don Bosco, ámbitos en los que sí debe someterse a la ley competente, porque allí la
canónica no lo es.

Propone que se efectúe una comparación con regímenes de otras


personas públicas no estatales en las cuales existe secreto de actuaciones y los

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denunciantes no son parte. Por ejemplo, las actuaciones ante el Tribunal de Ética
del Colegio de Abogados de la provincia. Allí no se le da intervención al
denunciante, ni se le comunica la resolución o sentencia. Es facultad del tribunal
hacerlo si lo considera oportuno.

Sostiene que la sentencia incurre en vicio de autocontradicción por


cuanto confunde Iglesia Católica como persona jurídica pública, con el Instituto de
Vida Consagrado demandado, persona de derecho privado. La demandada es una
asociación civil que si bien se rige por el derecho canónico, sigue siendo a los
efectos del derecho argentino, una persona privada, que en modo alguno tiene el
deber de información. Toda la jurisprudencia de la CIDH y el Pacto de San José de
Costa Rica se refiere al Estado y a los particulares frente al Estado o personas
públicas estatales, o con dominio del Estado, jamás a las personas de derecho
privado.

Sostiene también que el precedente de este Tribunal “G.I.R.” no


resulta idéntico al presente.

Señala la organización canónica de la Iglesia no viola el ordenamiento


constitucional argentino, ni se afecta el orden público, en tanto los derechos del
actor se encuentran debidamente tutelados si hubiera existido delito y siempre están
tutelados por la justicia ordinaria civil o penal. Por lo que solicita se respete la
autonomía de la Iglesia y sus instituciones.

Refiere también que en el caso no existe antijuridicidad ni daño. El


hecho de no participar y no ser informado no puede generar lesión a ningún
derecho difuso a la información pública, cuando no hay dicha información y,
cuando quien reclama, no tiene derecho específico a hacerlo, con mayor razón
cuando tiene las vías legales ordinarias para ello y, además, cuando lo esencial le
fue informado. Agrega que no hay daño demostrado en el expediente.

Señala, finalmente, que la sentencia viola sus derechos y garantías


constitucionales, como el derecho de propiedad, de defensa, debido proceso legal y
adecuado servicio de justicia, el principio de legalidad, el de libertad y el de
razonabilidad.

III.- SOLUCIÓN AL CASO.

La cuestión a resolver en la presente causa consiste en determinar si


resulta arbitraria o normativamente incorrecta la sentencia que condena a la
Institución demandada a indemnizar el daño moral sufrido por un ex alumno de
aquella, quien denunció la existencia de abuso sexual por parte de un sacerdote de
la congregación demandada y que, al momento de solicitar información respecto a
los avances de tal denuncia, la misma le es denegada por la accionada quien se
ampara en normas del derecho canónico.

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La demandada, mediante la interposición de un recurso por demás


extenso, reitera en distintos párrafos sus agravios, los cuales, a los fines de poder
tratarlos adecuadamente, pueden ser sintetizados del siguiente modo: a) que la
acción interpuesta por el actor se encuentra prescripta; b) que ha adoptado la forma
jurídica de una asociación civil, persona jurídica privada y no pública como sería la
Iglesia Católica, por lo que no se le puede imponer el deber de informar; c) que no
se encuentra obligada a informar por cuanto no se trata de información pública,
sino privada y sensible; d) las normas de derecho canónico no resultan contrarias al
ordenamiento constitucional argentino; e) no hay antijuridicidad ni daño
acreditado.

Comenzaré entonces con el análisis de los agravios señalados, no


obstante adelanto opinión coincidente con lo dictaminado por Procuración General
del Tribunal en cuanto corresponde el rechazo del recurso interpuesto.

a) Reglas liminares que rigen la instancia extraordinaria.

Tiene dicho este Tribunal que, "la tacha de arbitrariedad requiere que
se invoque y demuestre la existencia de vicios graves en el pronunciamiento
judicial recurrido, consistentes en razonamientos groseramente ilógicos o
contradictorios, apartamiento palmario de las circunstancias del proceso, omisión
de consideración de hechos o pruebas decisivas o carencia absoluta de
fundamentación (L.S. 188-446, 188-311, 102-206, 209-348, etc.)" (L.S. 223-176).
Siguiendo este orden de ideas, reiteradamente ha sostenido que hay arbitrariedad
“en los casos de análisis erróneo (cuando el error es inexcusable) ilógico o
inequitativo del material fáctico. La omisión o merituación torcida de prueba
decisiva, relevante, esencial y conducente para la adecuada solución del litigio,
hace que el fallo no sea una derivación razonada de lo alegado y probado en la
causa, agraviando el art. 18 de la Constitución Nacional" (L.S. 238-392).

Por los mismos motivos, no puede tacharse de arbitraria una resolución


simplemente por resultar contraria a las pretensiones del recurrente. Cuando la
sentencia se encuentra debidamente fundada y la valoración de los elementos de
juicio se ha realizado conforme las reglas de la sana crítica racional, aunque no se
pronuncie expresamente respecto de algún hecho o material probatorio, no puede
hablarse de arbitrariedad (LS 418-235; 423-184).

Conforme los principios rectores apuntados, propiciaré el rechazo del


recurso en trato, ya que el razonamiento del tribunal de alzada no se muestra
apartado de la prueba incorporada, ni contraría las reglas de la lógica, ni en
consideraciones dogmáticas o carentes de razonabilidad. Por el contrario, ha
realizado una razonable valoración de los medios probatorios aportados y de la
legislación y jurisprudencia de aplicación al caso, para concluir en la
responsabilidad de la demandada por no brindar al denunciante la información
requerida. Todo lo cual, no merece el reproche de arbitrariedad denunciado.

b) El precedente de este Tribunal.

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Tal como lo citan las partes y se reseña en las sentencias de grado


recaídas en la causa, este Tribunal ha tenido oportunidad de expedirse en un caso
muy similar al presente (autos n° 13-02123513-4, “A. de M.”, 13/04/2015), en el
cual se condenó al Arzobispado de Mendoza a indemnizar al actor el daño moral
que le fuera originado por la falta de información en la que incurrió la demandada
respecto a hechos denunciados por el reclamante.

Dicho precedente es prácticamente idéntico al sometido a discusión en


esta oportunidad, pese a las diferencias que pretende encontrar la recurrente, las
que si bien existen, no resultan de entidad suficiente como para desestimar los
lineamientos esenciales que allí se señalaron.

En el caso de referencia, el actor denuncia ante el Arzobispado de


Mendoza que fue abusado sexualmente por un sacerdote católico, a los fines que se
inicie una investigación interna y se apliquen sanciones por el delito. Pero de dicha
denuncia nunca se le dio participación y se le denegó todo tipo de información,
pese a sus reclamos. Por ello interpone demanda de daños y perjuicios contra el
Arzobispado, pretendiendo la indemnización del daño moral sufrido por la falta de
información en la que incurrió la demandada.

La acción, rechazada en primera instancia, fue acogida en la Cámara


Civil de Apelaciones y confirmado tal pronunciamiento por este Tribunal. Entre los
fundamentos del decisorio dictado por esta Sala, conviene recordar algunos que
resultan de plena aplicación al caso de autos:

“De la simple lectura de los textos citados (Pacto de San José de Costa Rica,
Declaración Universal de Derechos Humanos y Declaración Americana de
los Derechos y Deberes del Hombre) se advierte la amplitud con la cual ha
sido consagrado el derecho humano fundamental a la información y a
conocer la verdad. Pretender restringir el sujeto pasivo del deber de informar
sólo a la persona del Estado, no se condice con lo dispuesto en tales normas.
Con mayor razón aún cuando se trata de una persona pública, como es la
Iglesia Católica; publicidad que impone mayor rigurosidad a la hora de
exigirle el cumplimiento del deber de informar”.

“Considerar que la Iglesia Católica, en su calidad de persona pública no


estatal, se encuentra obligada a cumplir con el deber de informar que
consagran los Tratados Internacionales de Derechos Humanos, no implica en
modo alguno vulnerar el Derecho Canónico ni el Concordato firmado con la
Santa Sede”.

“Cualquier intento de eximirse del deber de informar por parte de la


demandada, carece de toda lógica y sustento, cuando es la propia persona
denunciante la que solicita se le informe sobre el resultado de la denuncia por
ella misma formulada”.

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“El canon 1717 del Código Canónico invocado por la recurrente, en cuanto
consagra un procedimiento resguardado por el secreto, a los fines de no
poner en peligro la buena fama de alguien, no puede prevalecer sobre los
Tratados Internacionales de Derechos Humanos ya citados”.

“Tampoco resulta arbitrario que se le imponga a la demandada el deber de


respetar esta manda constitucional, no haciéndolo partícipe del proceso, sino
brindando una información “detallada, adecuada, oportuna, fundada y por
escrito” del modo en que lo exige la Cámara”.

“La defensa a ultranza que realiza la demandada sobre este “secreto o


reserva” de los procedimientos, investigaciones y sanciones que se realicen
en el seno interno de la Iglesia, no se condice con la línea directriz que ha
trazado el Papa Francisco en temas vinculados con lo aquí discutido”.

“El daño moral surge in re ipsa. La decisión del Arzobispado de negar


información al peticionante, sin fundamento alguno, sobre el resultado de la
investigación, generó en el accionante una sensación de angustia, impotencia,
sentimiento de injusticia que ha afectado su equilibrio y paz interior, lo que
habilita sin más a tener por configurada la existencia del daño moral en el
actor. La simple omisión antijurídica al deber de informar causa, por sí
misma, un agravio moral que amerita la necesidad de su reparación”.

La simple remisión a lo resuelto en esta causa “A. de M.”, resultaría


suficiente a los fines del rechazo de la queja aquí interpuesta, por cuanto, tal como
se advierte, los agravios invocados en esta oportunidad son prácticamente idénticos
a los allí tratados. No obstante, intentaré ahondar en los fundamentos dirimentes del
caso, por cuanto la recurrente sostiene que no se trata de causas idénticas, en tanto,
en aquella la demandada no contestó demanda y en ésta, el Instituto de Vida
Consagrado, es una persona jurídica privada.

c. Cuestión preliminar: la prescripción de la acción.

La recurrente reitera en esta instancia lo invocado respecto a la


prescripción de la acción. Señala que la acción nació cuando el actor tomó
conocimiento claro que no se le dejaba participar del proceso de investigación
preliminar canónica y cuando conoció que no se le respetó su derecho a informarse
en los términos esperados. Y ello ocurrió el 7 de octubre de 2011, conforme consta
en la primer acta. En la segunda acta nada se agrega a la anterior. Allí solo se
explica el procedimiento canónico, lo que dijeron los testigos del actor y que no se
le daba el informe escrito porque no lo permitían las normas canónicas, algo que el
actor ya conocía de antemano. Es decir que lo esencial lo conoció el 7/10/2011, por
lo que la acción interpuesta el 10/10/2013 está prescripta.

Advierto que, pese a las insistencias de la recurrente (que en las tres


instancias reitera idénticos argumentos), coincido con lo resuelto en la sentencia de

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Cámara, que analiza profundamente la prescripción denunciada, para concluir en el


rechazo de la misma.

La sentencia en crisis comienza distinguiendo entre las acciones


imprescriptibles y las que no revisten dicha cualidad. Luego enmarca la situación
de autos en estas últimas, sosteniendo la aplicación al caso del plazo bienal de
prescripción previsto en el art. 4037 del Código Civil, vigente a la fecha de los
hechos y de la demanda. Finalmente, analiza las pruebas rendidas, concretamente
las actas notariales acompañadas por el actor al demandar, de cuyo contenido
concluye que es en la última reunión (11/10/2011) cuando se le negó al demandante
el acceso al expediente eclesiástico que es justamente el hecho sobre el que se
funda el reclamo: la negativa de acceso a la información.

Tal como adelanté, comparto el razonamiento de los jueces de grado.


Las supuestas conversaciones telefónicas y mails a los que alude el demandado, en
los cuales le habrían anticipado al actor que no podría formar parte de la
investigación, resultan meros enunciados de la quejosa, sin elemento objetivo
alguno que permita concluir en su existencia, ni mucho menos en su contenido. Por
lo que sólo cabe valorar las dos actas notariales que acompaña el actor, de fechas
7/10/2011 y 11/10/2011 para el cómputo del dies a-quo.

Del acta notarial de fecha 07/10/2011 no surge con claridad el


conocimiento certero de la denegatoria al acceso a la información. El sacerdote con
el que se entrevistó el actor en esa oportunidad le refirió “Lo demás hay que
preguntarle a Dante el martes cuando esté disponible.....Dante es el que sabe y te
puede responder y supongo algo escrito” (fs. 4). Agrega luego “no conozco el caso
en profundidad y será mejor que conteste Dante”. Concluye el sacerdote diciendo
“Es lo que te puedo decir. Lo demás preguntale a Dante el martes”.

De la simple lectura de dicha acta se advierte que la información


otorgada al actor fue escasa y ambigua. El sacerdote no tenía conocimientos
certeros de la investigación, ni de los hechos, por lo que en reiteradas
oportunidades le sugirió al actor una nueva entrevista con quien sí podría brindarle
información sobre los hechos y el procedimiento llevado a cabo. Fue por dicha
razón que se concertó una nueva reunión en unos días más.

Con tales elementos, no asiste razón a la recurrente en cuanto pretende


computar el dies a-quo del plazo de prescripción desde tal momento. Esa reunión
nada informó concretamente al denunciante. Solo postergó para una segunda
reunión la entrega de la información requerida.

En efecto, en el acta del 11/10/2011 el denunciante pregunta si puede


tener acceso al informe al que se llegó y el padre Dante Simón le contesta “No,
porque no se llegó a un proceso penal; no se ha comprobado un delito...” (fs. 6).
Luego el actor solicita acceso a los dichos de los testigos y peritos, a lo que se le
responde con una negativa.

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Estos dos aspectos solicitados por el actor en dicha reunión -acceso al


informe y a las declaraciones de testigos y peritos- le son denegados en dicha
oportunidad, en esa fecha exacta cuando los requiere puntualmente a la demandada
y constituyen el objeto de la presente demanda: la indemnización del daño moral
que le ha ocasionado esa denegatoria a ser informado sobre el resultado de la
investigación. Es que la conducta ilegítima, que provoca el daño es la negativa a
informar, la que se materializa en el acta comentada y no en la anterior.

En consecuencia, es desde esa fecha 11/10/2011 que entiendo debe


computarse el comienzo del plazo de prescripción de la acción de daños
interpuesta. Para ello, debe seguirse la jurisprudencia reiterada por la Corte Federal
y también por este Tribunal en distintos pronunciamientos, conforme la cual “el
principio es que el plazo de prescripción se computa desde que se produce el
evento causante del daño y, excepcionalmente, desde que el damnificado hubiera
tomado conocimiento del hecho y de sus consecuencias dañosas” (CSJN, Fallos
312:2352; SCJM, “Millan de Puy”, 9/4/2018; SCJM, autos n° 110.221,
“Villarruel”, 31/10/2014).

Por las razones apuntadas, descartada la defensa de prescripción,


corresponde el tratamiento de los demás agravios.

d. El deber de informar de la demandada:

La recurrente pretende eximirse del deber de informar -cuya omisión


ha generado la condena a indemnizar el daño moral reclamado- utilizando para ello
dos argumentos esenciales: uno, que no se trata de una persona jurídica pública
como la Iglesia, sino que es privada y por ello, exenta del deber de informar; el
segundo, que la información reclamada no es pública sino privada y sensible, por lo
cual no debe ser obligada a informar.

Ambos argumentos resultan improcedentes, por lo que cabe el rechazo


de los agravios. Explicaré por qué:

El agravio referido a que el deber de informar sólo se refiere a la “cosa


pública”, estatal, que sólo podría ejercerse frente al Estado, ya fue tratado por este
Tribunal en el precedente citado “A de M.”, en el cual se sostuvo que “el texto
expreso de los Tratados de Derechos Humanos, en los cuales se encuentra
consagrado el derecho a la información y a conocer la verdad, de los que no surge
la limitación que pretende la recurrente”.

Se tuvo en cuenta allí lo dispuesto en el art. 13 de la Convención


Americana sobre Derechos Humanos (Pacto de San José de Costa Rica), que de un
modo amplio establece “Este derecho comprende la libertad de buscar, recibir y
difundir información e ideas de toda índole, sin consideración de fronteras, ya sea
oralmente, por escrito o en forma impresa o artística, o por cualquier otro
procedimiento de su elección”.

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Se citó también el art. 19 de la Declaración Universal de Derechos


Humanos que, en el mismo sentido, establece que “Todo individuo tiene derecho a
la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye...el de investigar y
recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras,
por cualquier medio de expresión”.

Finalmente, se valoró lo dispuesto en el art. IV de la Declaración


Americana de los Derechos y Deberes del Hombre que señala “Toda persona tiene
derecho a la libertad de investigación, de opinión y de expresión y difusión del
pensamiento por cualquier medio”.

Se concluyó en el precedente “A. de M.” que “...De la simple lectura


de los textos citados se advierte la amplitud con la cual ha sido consagrado este
derecho humano fundamental. Pretender restringir el sujeto pasivo del deber de
informar sólo a la persona del Estado, no se condice con lo dispuesto en tales
normas. Con mayor razón cuando se trata de una persona pública, como es la
Iglesia Católica”.

Conforme lo hasta aquí expuesto, el deber de informar se impone en


sentido amplio al Estado y las personas jurídicas públicas como la Iglesia Católica.
Ahora bien, la recurrente sostiene que es una persona jurídica privada, una simple
asociación civil y que, por ello, se encuentra exenta de cumplir este deber.

El carácter público o privado de la congregación demandada no resulta


algo tan simple de determinar. Especializada doctrina señala que “en el Derecho
Canónico también existe el distingo entre personas jurídicas públicas y privadas.
Son públicas las personas que la autoridad eclesiástica competente constituye para
que cumplan la misión propia que se les encomienda en atención al bien público;
las demás son personas privadas (Código de Derecho Canónico, c. 116)” (Navarro
Floria, “La personalidad jurídica de Iglesias, Confesiones y Comunidades
Religiosas”, Revista de Derecho Privado y Comunitario, 2015-2, pág. 126 y ss.). El
autor citado enumera, a continuación, las distintas instituciones dentro de la Iglesia
Católica que, como pertenecientes a aquélla, son también personas canónicas
“públicas”. Se refiere así a la Conferencia Episcopal Argentina, a cada una de las
Iglesias particulares, diócesis, arquidiócesis, prelaturas territoriales, vicariatos
apostólicos, seminarios, institutos de vida consagrada y sociedades de vida
apostólica, entre otras. Aquí es donde cabe enmarcar a la demandada, quien
sostiene a lo largo de sus escritos que es un Instituto de Vida Consagrada, por lo
que, conforme lo dispuesto en la Ley 24.483 y para el Derecho Canónico, es una
persona jurídica pública.

En otra línea de pensamiento, sostiene Graciela Medina que “La


personalidad jurídica reconocida a la Iglesia Católica se extiende a cada una de sus
extensiones territoriales -diócesis, parroquias- manteniendo éstas el mismo carácter
público, de conformidad con lo que expresa Vélez Sársfield en la nota del artículo
41, al hacer referencia a la Constitución de Constantino del año 321. Esto explica

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por qué tanto el obispado demandado como la parroquia son personas jurídicas de
carácter público no estatal. Las corporaciones religiosas, en cambio, tienen carácter
privado, pudiendo organizarse como personas jurídicas (art. 33, 2º parte, Cód.
Civ.), o como simples sujetos de derecho (asociaciones no reconocidas; art. 46)”
(MEDINA, Graciela, “Responsabilidad por abuso sexual de un religioso a un
menor”, LA LEY, 24/09/2013, AR/DOC/3514/2013).

Coincido con la Cámara interviniente cuando sostiene que “aún


considerando de carácter privado a una congregación como la Salesiana, lo que
estimo más apropiado en la letra del Código Civil, lo cierto es que no puede
pretender sustraerse la demandada de su deber de informar al interesado”.

Es que realmente resulta inentendible la posición de la recurrente,


como así también su comparación con un padre de familia que es cuestionado
respecto al modo en que reprende a su hijo, para así sostener que, tratándose de una
persona privada, se encuentra exenta del deber de informar. Me pregunto entonces,
¿Es que acaso vislumbra como posible, en su razonamiento, que tanto una persona
jurídica privada, como un padre de familia, se encuentran totalmente exentos de la
órbita de regulación del Estado? ¿Podría entonces un padre de familia reprender a
su hijo con castigos físicos, torturas o abusos de cualquier índole, frente a la total
pasividad del Estado, amparándose simplemente en el ámbito privado de su
accionar? La absurdidad del razonamiento surge notoria y exime a este Tribunal de
mayores argumentaciones.

Aquí no están en discusión las facultades de organización interna de la


congregación demandada, el modo en que lleva a cabo sus actividades religiosas, si
decide trasladar a un sacerdote o imponerle alguna penitencia o sanción. Ello sí
estaría dentro del ámbito exclusivo de su competencia y autonomía, conforme las
regulaciones del Derecho Canónico y por ello, fuera de la injerencia estatal en tanto
no afecte el orden público ni los derechos de terceros. (art. 19 CN). Por el
contrario, aquí se trata de dilucidar qué hizo la demandada cuando un ex alumno
puso en su conocimiento que fue abusado sexualmente por un sacerdote, dentro del
Colegio, cuando tenía apenas catorce años. El paso del tiempo o la dificultad en
poder acreditar la existencia del abuso, no justifica la negativa de la demandada a
informar qué hizo con la denuncia en cuestión, qué medidas de investigación
adoptó, qué pruebas se rindieron y cuáles fueron las conclusiones de todo lo
recabado.

La recurrente parece olvidar que los hechos narrados por el


denunciante, ocurrieron en el marco de la actividad educativa que ella desarrolla, la
cual se encuentra regulada y sujeta al control estatal, conforme lo determina la Ley
Provincial n° 6970. Dicha norma, en su art. 88, establece que “Todos los
establecimientos educativos de gestión privada que funcionen en la provincia de
Mendoza, cualquiera sea su nivel o modalidad de organización, adecuarán sus
relaciones con el Estado, conforme las prescripciones de esta ley”.

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Invoca también la recurrente como argumento a su favor, lo resuelto


por la Corte Suprema de Justicia de la Nación, en el caso “Giustiniani”
(10/11/2015). Según sostiene la demandada, la Corte Federal, en tal fallo, habría
limitado el derecho de acceso a la información, al sostener que no es un derecho
absoluto y que la reserva o secreto se justificaría para asegurar el respeto a la
reputación de las personas, como sería el presente caso.

Sin embargo, dicha limitación invocada no es lo que surge de una


lectura detallada del fallo en cuestión. Es cierto que dijo allí la Corte Suprema que
“el derecho de acceso a la información, en tanto elemento constitutivo de la libertad
de expresión protegido por normas constitucionales y convencionales, no es un
derecho absoluto sino que puede estar sujeto a limitaciones. No obstante ello, tales
restricciones deben ser verdaderamente excepcionales, perseguir objetivos
legítimos y ser necesarias para alcanzar la finalidad perseguida. En efecto, el
secreto sólo puede justificarse para proteger un interés igualmente público, por lo
tanto, la reserva solo resulta admisible para asegurar el respeto a los derechos o la
reputación de los demás o la protección de la seguridad nacional, el orden público o
la salud o la moral públicas”.

Agrega la Corte algo que resulta esencial para dirimir este caso, en
cuanto sostiene “para no tornar ilusorio el principio de máxima divulgación
imperante en la materia, los sujetos obligados solo pueden rechazar un
requerimiento de información si exponen, describen y demuestran de manera
detallada los elementos y las razones por las cuales su entrega resulta susceptible
de ocasionar un daño al fin legítimamente protegido...” (considerando 26).

Con tales premisas, me pregunto cuál es el fin legítimamente protegido


por la demandada al denegar información al denunciante. Ni siquiera es proteger el
buen nombre del sacerdote denunciado, por cuanto éste era conocido por el actor y
por todos los sumariantes que intervinieron en el caso. El secreto invocado por la
quejosa en su defensa, parece ser un fin que sólo encuentra justificación en sí
mismo y que no se condice con las directivas que la propia Iglesia Católica, desde
la Santa Sede, ha impartido para la investigación y erradicación definitiva de
cualquier tipo de conductas de abuso sexual, como las que aquí fueron
denunciadas.

Ya en el precedente “A. de M.” este Tribunal recalcó la línea directriz


trazada por el Papa Francisco en estos temas, en cuanto a la tolerancia cero y la
necesidad de no esconder más la verdad. Me remito a aquellas líneas, que incluso
han sido reseñadas en las sentencias de grado aquí dictadas.

A lo allí resuelto, resulta oportuno agregar algunas de las


observaciones finales al Segundo Informe de la Santa Sede, formuladas y
aprobadas por el Comité de los Derechos del Niño en la sesión del 31/12/2014.

Uno de los temas importantes abordados por el Comité es el relativo a


la explotación y abusos sexuales de los niños. Al respecto, si bien el Comité

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reconoce la afirmación de la Santa Sede acerca de la importancia de conocer la


verdad sobre los abusos sexuales cometidos por sacerdotes y la necesidad de tomar
medidas para evitar que se repitan estos hechos, como también brindar asistencia a
las víctimas, se recomienda y exhorta a la Santa Sede lo siguiente: “Se considera
importante que los resultados de la investigación puedan ser difundidos como
medio preventivo”. También se exhorta enérgicamente a la Santa Sede “asegurar el
intercambio transparente de todos los expedientes que puedan utilizarse para exigir
la rendición de cuentas de todas las personas responsables de abusos sexuales de
niños...”; “que se deroguen todas las disposiciones que podrían imponer la
obligación de guardar silencio a las víctimas y quienes tienen conocimiento de
ello”; y puntualmente, “garantizar que todos los sacerdotes, personal religioso y
particulares sujetos a la autoridad de la Santa Sede tengan conciencia de sus
obligaciones de informar de ello y del hecho el que, en caso de conflicto, estas
obligaciones tengan precedencia sobre las disposiciones del derecho canónico” (el
resaltado me pertenece, Convención sobre los Derechos del niño, Observaciones
finales sobre el segundo informe periódico de la Santa Sede, aprobadas por el
Comité en su 65° período de sesiones, 13 a 31 de enero de 2014).

Advierto así que, si dichas recomendaciones han sido dadas para todos
los casos en los cuales se compruebe la existencia de abuso sexual, recalcando la
necesidad de difundir los resultados de la investigación para su público
conocimiento y la preeminencia por sobre las disposiciones del derecho canónico,
con mayor razón debería la demandada acceder a brindar dicha información en una
causa en la cual ha concluido en la inexistencia de abuso y es la propia denunciante
quien la reclama. De lo contrario, la posición asumida por la recurrente luce
infundada y ritualista.

Finalmente, la pretensión de la recurrente de eximirse de informar con


el argumento que se trataría de información sensible, no pública, carece de toda
lógica cuando es la misma presunta víctima de hechos tan sensibles la que solicita
se le informe al respecto. Los recaudos debería adoptarlos la demandada a los fines
de no publicar frente a terceros hechos que puedan afectar el buen nombre de los
involucrados, sea denunciante o denunciado. Pero no en una situación como la
presente en la cual la persona que relata haber sido víctima de un delito solicita se
le informe lo actuado en la investigación del mismo y, luego, es el tribunal
interviniente quien le requiere la remisión de las actuaciones sumariales y también
se niega a hacerlo.

En razón de todo lo expuesto, advierto que la recurrente se encuentra


obligada a informar a quien efectúa una denuncia de un hecho ocurrido bajo su
órbita de actuación -en el caso, un abuso sexual supuestamente cometido por un
sacerdote y dentro del colegio demandado- y no puede eximirse de dicho deber
invocando su personería jurídica privada o el carácter privado de la información
requerida.

e) Inconstitucionalidad del canon 1717 y 1719.

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Se agravia la recurrente en tanto se ha declarado la


inconstitucionalidad para el caso concreto de los cánones 1717 y 1719. Señala que
la organización canónica de la Iglesia no viola el ordenamiento constitucional
argentino, ni afecta el orden público, en tanto los derechos del actor se encuentran
debidamente tutelados si hubiera existido delito y siempre están tutelados por la
justicia ordinaria civil o penal. Por lo que solicita se respete la autonomía de la
Iglesia y sus instituciones.

Para una mejor comprensión del tema en debate, conviene recordar


qué establecen los cánones en cuestión.

El canon 1717 establece que “siempre que el Ordinario tenga noticia,


al menos verosímil, de un delito, debe investigar con cautela, personalmente o por
medio de una persona idónea, sobre los hechos y sus circunstancias...” Continúa
señalando que “hay que evitar que, por esta investigación, se ponga en peligro la
buena fama de alguien”.

El canon 1919, por su parte, dispone que “Si no se requieren para el


proceso penal, deben guardarse en el archivo secreto de la curia las actas de la
investigación y los decretos del Ordinario con los que se inicia o concluye la
investigación, así como todo aquello que precede a la investigación”.

Es entonces, en virtud de estas normas citadas, que la demandada ha


justificado su negativa a informar al denunciante, conforme el secreto de las
actuaciones allí reguladas.

Ello motivó al a-quo a declarar la invalidez constitucional de los


referidos cánones. Razonó para ello que “en la ponderación de valores y jerarquías,
es lógico que el canon 1717 y el canon 1719 del Código de Derecho Canónico, en
cuanto consagran un procedimiento resguardado por el secreto, a los fines de no
poner en peligro la buena fama de alguien, no pueden prevalecer sobre los Tratados
de Derechos Humanos ya citados”. Agregó también que “el procedimiento
canónico en sí mismo no es inconstitucional, en la medida en que se pueda
compatibilizar con otros derechos fundamentales, lo que no ha ocurrido en la
presente causa...”

La Cámara de Apelaciones, por su parte, si bien confirma lo resuelto


en la instancia de origen, señala que “hacer disquisiciones relativas a si debió, en
vez de declarar la inconstitucionalidad, decidirse por la inaplicabilidad del canon
1717 del Código Canónico sería una trivialidad en este caso. ….Lo que sucede es
que, aún cuando no se declarase la inconstitucionalidad de los cánones como lo
hiciera el colega de la anterior instancia, la solución sería la misma”.

Aclaradas las distintas posiciones, corresponde en esta oportunidad


analizar si resulta arbitraria o normativamente incorrecta la declaración de
inconstitucionalidad de los cánones en cuestión, conforme contraríen o no, el
ordenamiento constitucional argentino.

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En primer lugar, debo señalar que la inconstitucionalidad de los


cánones no fue solicitada de manera puntual por la parte actora en su demanda,
sino que peticionó se declare la inconstitucionalidad genérica de la Ley 17.032 que
puso en vigencia el acuerdo celebrado entre Argentina y la Santa Sede de 1966, por
cuanto conforme al Boletín Oficial del 22 de diciembre de 1966, fue sancionada
por el dictador Onganía en tiempos en que no regían las instituciones reconocidas
por la Constitución Nacional y ello determina que no tendría vigencia hasta tanto
no sea aprobado o desechado por el Congreso Nacional, siguiendo los mecanismos
para la sanción de las leyes. También plantea la inconstitucionalidad del artículo 1
del referido Concordato, en cuanto faculta a la Iglesia Católica a tener y aplicar su
propio ordenamiento normativo y del art. 27 de la Convención de Viena, en cuanto
establece que una parte no puede invocar las disposiciones de su derecho interno
como justificación del incumplimiento de un tratado.

No obstante, considero que la falta de requerimiento puntual no resulta


óbice para que el juez resolviera del modo en que lo hizo, por cuanto, solicitada la
invalidez del todo, puede limitarse a una declaración parcial, luego de una justa
merituación de los derechos y garantías constitucionales en pugna. Ello, sin
siquiera entrar en el análisis de las facultades del juez para declarar oficiosamente
la inconstitucionalidad de una norma, aún sin requerimiento expreso (CSJN,
324:3219; 327:3117).

Aclarado lo expuesto, me detendré entonces en el análisis de la


inconstitucionalidad que ha sido declarada en la sentencia recurrida.

Sabido es que nuestra Corte Federal ha señalado en reiteradas


oportunidades que “La declaración de inconstitucionalidad de una ley constituye un remedio de
última ratio que debe evitarse de ser posible mediante una interpretación del texto legal en juego,
compatible con la Constitución Nacional, pues siempre debe estarse a favor de la validez de las
normas” (CSJN, Fallos: 341:1625; 335:2333, entre otros).

Asimismo, en cuanto al puntual debate normativo que aquí nos ocupa,


la Corte Suprema de Justicia ha respetado en distintos pronunciamientos el
Concordato celebrado con la Santa Sede (ver “Lastra”, 22/10/1991, Fallos
314:1324; “Rybar”, 26/06/1992, Fallos 315:1294), conforme la autonomía del
derecho canónico. No obstante, en el caso “Rybar” fue clara también al sostener
que “En la medida en que la aplicación del Código de Derecho Canónico no suscite
cuestiones que interesen al orden público nacional o que lesionen principios
consagrados por la Constitución Nacional no corresponde la intervención o tutela
por parte del Poder Judicial de la Nación” (Voto de los Dres. Augusto César
Belluscio, Enrique Santiago Petracchi y Julio S. Nazareno).

Resulta claro, entonces, que la declaración de inconstitucionalidad


debe ser excepcional, máxime tratándose de normas del Derecho Internacional -
como el Concordato en cuestión- limitada a aquellos supuestos en los cuales una
adecuada interpretación del texto legal, a la luz de la Constitución Nacional y de las

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normas y principios supranacionales vigentes, no permita soslayar el obstáculo


denunciado.

Advierto, así, que una ajustada interpretación de los cánones puestos


en crisis, a la luz de los derechos fundamentales cuya protección se reclaman en
estos autos, permite resolver adecuadamente el agravio constitucional planteado,
sin necesidad de llegar a aquella declaración considerada como “última ratio”.

Me explico: los cánones 1717 y 1719 no son inconstitucionales en


abstracto. Preservar cierta privacidad, o mantener a resguardo, datos cuya
publicidad podría generar un perjuicio a un tercero inocente, no puede
considerarse, en principio, ilegítimo, como tampoco sería inconstitucional la norma
que así lo establezca. Ahora bien, cuando dicho resguardo se impone como una
finalidad en sí misma, de manera infundada y en violación de otros derechos de
superior jerarquía, entonces ese derecho -que originariamente era legítimo-
comienza a ejercerse de manera arbitraria e irrazonable y, en consecuencia,
corresponde omitir su aplicación o vigencia para ese caso puntual.

En el caso, los cánones referidos fueron interpretados y aplicados por


la demandada de un modo absolutamente irrazonable y arbitrario. Tal como ya
referí en párrafos anteriores, aquí no se trataba de proteger el buen nombre del
sacerdote cuestionado, por cuanto era la propia víctima denunciante quien requería
información y quien, obviamente, conocía al denunciado.

Tampoco puede pretender la demandada invocar ese “secreto” para


sustraerse de su deber de colaborar con el juez que está investigando la causa.
Dicha falta de colaboración no me resulta indiferente. La demandada jamás remitió
al juzgado de origen las actuaciones que le fueron requeridas respecto a la
investigación llevada a cabo en su jurisdicción, como tampoco alegó para excusarse
del deber de informar que los antecedentes reunidos y los trámites cumplidos se
hallen fuera de su ámbito de custodia en razón de haber obedecido la regla de
remisión a la sede pontificia, lo que, en el mejor de los casos, podría implicar una
concreta imposibilidad para hacer conocer los datos y conclusiones inherentes a su
examen del caso.

Por ello, considero que la arbirariedad e irrazonabilidad en el proceder


de la demandada es lo que justifica el apartamiento, en el caso, de los cánones
discutidos; sin que resulte necesario declarar la invalidez constitucional de los
mismos.

En el precedente de este Tribunal “A.de M.”, la Cámara de Apelaciones


que precedió en el tratamiento de los agravios, consideró que “siendo la
declaración de inconstitucionalidad una medida excepcional y de extrema
gravedad...puede eludirse el tratamiento de la eventual inconstitucionalidad
deducida, abordando las facultades ejercidas por el Arzobispado de la Provincia de
Mendoza desde la óptica de la razonabilidad y regularidad de su ejercicio”. Ese

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pronunciamiento fue confirmado por este Tribunal y, advierto, es la decisión que


mejor resuelve el conflicto normativo planteado.

En consecuencia y, conforme lo expuesto, entiendo debe modificarse


este aspecto de la sentencia venida a revisión y declarar inaplicables al caso los
cánones 1717 y 1719 del Código Canónico.

Finalmente, si bien quien acude a esta instancia es la demandada,


entiendo necesario referirme al planteo de la actora en cuanto sostiene que la Ley
17.032 no tendría vigencia por tratarse de una ley sancionada en un gobierno de
facto y, en función de ello, denuncia la inconstitucionalidad que aquí analizo.

Dicha posición, aún cuando obedeció al criterio de la Corte Nacional


desde el retorno de la democracia, no se ajusta a la jurisprudencia actual de ese
Tribunal, vigente a partir de los años noventa, que ha sostenido que “los actos de
los llamados gobiernos de facto subsisten en los períodos constitucionales
siguientes, mientras no sean derogados o revocados, con autoridad y efectividad
equivalentes a las que tienen los de los gobernantes de jure” (CSJN, Fallos
313:1621). El mismo superior Tribunal se encargó de aclarar que este tema
“corresponde analizarlo teniendo en vista, por encima de toda otra
consideración....las primarias exigencias de la seguridad jurídica. La vida social se
vería seriamente trastornada, en la Argentina, si sus habitantes tomaran conciencia
de que los tribunales de justicia entienden que en el país hay miles de leyes y varios
centenares de miles de decretos, actos administrativos, contratos públicos y
sentencias, así como numerosos tratados, provenientes de períodos de facto, que
sólo tienen apariencia de tales, porque en rigor, están viciados de ilegitimidad y
subsisten únicamente por una especie de condescendencia discrecional y revocable
de los actuales gobernantes de jure” (LL, 1991-C-390; ver también sentencias
recaídas en autos “Godoy Oscar c/ Universidad de La Plata”, G, 329.XXII,
27/12/1990; “Console de Ulla Angela c/ Universidad de Buenos Aires”,
C.1024.XXII, 18/12/1990; “Gaggiamo, Héctor c/ Provincia de Santa Fe”, G. 261.
XXIII, 19/11/1991, Fallos: 314:1477; entre otros). Para una mejor comprensión del
análisis histórico de la jurisprudencia de la Corte Nacional, puede consultarse “Los
gobiernos de facto y las normas por ellos dictadas. Evolución de su tratamiento
jurisprudencial y su nulidad constitucional”, de MANILI, Pablo, en “Constitución
de la Nación Argentina”, 1° edición, Buenos Aires, Hammurabi, 2010, tomo 2, pág.
28 y ss.).

Por ello, y las razones apuntadas con anterioridad, me inclino por


sostener la validez constitucional de los cánones 1717 y 1719, no obstante
declararlos inaplicables al caso, del modo y en las circunstancias en que pretende
realizarlo la demandada.

f) La antijuridicad y el daño.

Finalmente, la recurrente sostiene que en el caso no existe


antijuridicidad ni daño. Afirma que no participar y no ser informado no puede

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generar lesión a ningún derecho difuso a la información pública, cuando no hay


dicha información y, cuando quien reclama, no tiene derecho específico a hacerlo,
con mayor razón cuando tiene las vías legales ordinarias para ello y, además,
cuando lo esencial le fue informado. Agrega que no hay daño demostrado en el
expediente.

Este agravio no resiste el menor análisis.

Sabido es que la antijuridicidad consiste en un proceder que infringe


un deber jurídico preestablecido en una norma o regla de derecho y que causa daño
a otro, obligando a su reparación a quien resulte responsable en virtud de una
imputación o atribución legal del perjuicio (TRIGO REPRESAS-LÓPEZ MESA,
“Tratado de la Responsabilidad Civil”, t. I, pág. 809 y ss.). De un modo amplio,
doctrina y jurisprudencia han destacado que la antijuridicidad radica en la
contradicción entre el hecho de una persona y el ordenamiento jurídico,
considerado éste en forma integral (ver MOSSET ITURRASPE, “Responsabilidad
por daños”, T. I, pág. 23, doctrina y jurisprudencia allí citada).

Conforme tales conceptos, la simple remisión a todo lo expuesto en


torno al deber de informar que le cabe a la demandada, deja en evidencia la
existencia de antijuridicidad, en tanto la conducta de la recurrente ha violado
directamente el derecho del denunciante a tener acceso a la información requerida,
el cual encuentra sustento normativo en el texto de nuestra Constitución Nacional y
de los Tratados Internacionales ya reseñados.

Aún cuando la recurrente intente sostener que no existe norma jurídica


que la obligue a informar al denunciante, no puede olvidar que el art. 33 de la
Constitución Nacional establece que “Las declaraciones, derechos y garantías que
enumera la Constitución, no serán entendidos como negación de otros derechos y
garantías no enumerados; pero que nacen del principio de la soberanía del pueblo y
de la forma republicana de gobierno”; dentro del espectro de los derechos
implícitos, queda, claramente, incluido el derecho a conocer la verdad y más
precisamente, a obtener una determinada información en la que está involucrado un
interés individual y concreto (ver GELLI María Angélica, “Constitución de la
Nación Argentina. Comentada y concordada”, Buenos Aires, La Ley 2003, pág.
299 y ss.).

Precisamente la amplitud del art. 33 CN fue la que permitió a nuestra


Corte Suprema de Justicia de la Nación avanzar en la tutela de otros derechos no
receptados expresamente (ver el caso "Samuel Kot", del 5/9/1958, Fallos 241:291),
cuya violación, en el caso, configura la antijuridicidad necesaria como presupuesto
de la responsabilidad civil que aquí se reclama.

Es cierto que en el ordenamiento constitucional argentino no existe una


mención expresa a la protección del derecho a la información, pero se desprende de
la integración de los tratados de derechos humanos que expresamente lo reconocen,
a partir de la incorporación de ellos en el art. 75, inc. 22, por el constituyente de

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1994, a los que ya me he referido. Por ello, aún en el caso en que no haya sido
receptado expresamente, ello no obsta a que sea reconocido y que se le otorgue
protección procesal mediante acciones eficaces en la medida en que el Estado haya
suscripto un tratado que sí lo haya incorporado.

A ello se suma que el derecho a la información, en la actualidad,


asume el rango de derecho fundamental (VALLEFÍN, Carlos A, “El acceso a la
información pública. Una introducción, Ad-hoc”, Buenos Aires, 2009, ps. 24 y ss.)
y aún en los casos que no haya sido receptado expresamente por un ordenamiento
determinado, ello no obsta a su existencia, pues el fin del Estado es la defensa de
los derechos y libertades del hombre (BIDART CAMPOS, Germán, Tratado
elemental de derecho constitucional argentino, t. I, Ediar, Bs. As., Buenos Aires,
1993, p. 320).

Siguiendo esta línea, desde la doctrina se alzan voces que afirman que
“el derecho a la información, al encontrarse incorporado en forma expresa en los
tratados de derechos humanos..., goza de un significado de universalidad que
permite que se lo considere como un derecho fundamental que propende al
desarrollo de los individuos y, por tanto, el Estado y la comunidad internacional a
la cual pertenece le brindan protección aun en el caso de que no se lo recepte
expresamente” (ABERASTURY, Pedro, “La tutela del acceso a la información”,
AR/DOC/5126/2014).

Las razones apuntadas me convencen de la antijuuridicidad del


accionar omisivo de la recurrente, en tanto se niega a brindar al denunciante la
información que requiere respecto a la investigación que debió realizarse frente a la
gravedad de los hechos narrados.

Resta, finalmente, analizar lo relativo al daño moral que ha sido


reclamado y que la recurrente considera no acreditado.

La quejosa no discute el monto concedido ($ 80.000), sino sólo señala


que no se ha acreditado su existencia.

Coincido al respecto con lo resuelto en las instancias de grado en


cuanto sostienen que el mismo surge in re ipsa. Ello, siguiendo lo dispuesto por
este Tribunal en el precedente “A.de M.” en cuanto “La simple omisión antijurídica
al deber de informar causa, por sí misma, un agravio moral que amerita la
necesidad de su reparación”.

Lo expuesto, me exime de la necesidad de otorgar mayores


fundamentos a un planteo que carece de sustentación en la jurisprudencia de este
Tribunal.

Aún más, la pretensión de la quejosa tampoco se condice con las


pruebas rendidas en la causa. Basta citar el informe de la pericia psicológica
obrante a fs. 130/133 en cuanto señala la psicóloga que “la gran problemática de su

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vida, la posibilidd que se haga justicia, la necesidad de ser escuchado en su reclamo


y que le crean, para él quedó en la nada”. Agrega también “no tiene pruebas que
algo se hizo. Esto dificulta la elaboración del duelo, la posibilidad de cerrar un
momento de su vida que sin lugar a dudas lo conflictuó, lo problematizó, lo
trastornó”. Concluye la licenciada “Concretamente, el actor expresa que con el solo
hecho que las autoridades eclesiásticas aporten al presente expediente los informes
que ellos llevaron a cabo, ya sería una satisfacción para él” (fs. 133).

Por las razones apuntadas, considero improcedentes los agravios aquí


formulados.

g) Conclusiones:

En virtud de todo lo expuesto, si mi voto resulta compartido por mis


distinguidos colegas de Sala, corresponde rechazar los agravios formulados por la
recurrente y, en consecuencia, confirmar la sentencia dictada en cuanto la condena
a indemnizar el daño moral sufrido por la actora.

Sólo corresponde modificar la sentencia recurrida en cuanto declara la


inconstitucionalidad de los cánones 1717 y 1719 del Código Canónico,
correspondiendo, en su lugar, declararlos inaplicables al caso.

Así voto.

Sobre la misma cuestión los Dres. GÓMEZ y LLORENTE, adhieren al


voto que antecede.

A LA SEGUNDA CUESTION LA DRA. MARÍA TERESA DAY, DIJO:

Atento lo resuelto en la cuestión anterior, corresponde admitir,


parcialmente, el recurso extraordinario interpuesto y, en consecuencia, confirmar la
sentencia dictada por la Tercera Cámara de Apelaciones en lo Civil, Comercial y
Minas a fojas 461/474 vta. de los autos n° 52.949/251.763, caratulados: “C., E.T.
C/ C.S. De S.J.B. P/ Daños y Perjuicios”, en cuanto a la condena por daño moral
impuesta y, en cambio, modificarla respecto a las normas cuya inconstitucionalidad
ha sido declarada.-

Así voto.

Sobre la misma cuestión los Dres. GÓMEZ y LLORENTE, adhieren al


voto que antecede.

A LA TERCERA CUESTION LA DRA. MARÍA TERESA DAY, DIJO:

Atento lo resuelto en las cuestiones anteriores, no obstante la admisión


parcial de la queja, corresponde imponer la totalidad de las costas de esta instancia
a la recurrente vencida, quien resulta vencida en su pretensión sustancial (art. 36
CPCyTM).

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Así voto.

Sobre la misma cuestión los Dres. GÓMEZ y LLORENTE, adhieren al


voto que antecede.

Con lo que se dio por terminado el acto, procediéndose a dictar la


sentencia que a continuación se inserta:

SENTENCIA:

Mendoza, 25 de noviembre de 2.020.-

Y VISTOS:

Por el mérito que resulta del acuerdo precedente, la Sala Primera de la


Excma. Suprema Corte de Justicia, fallando en definitiva,

RESUELVE:

I.- Admitir, parcialmente, el recurso extraordinario interpuesto y, en


consecuencia, modificar el resolutivo 1°) de la sentencia dictada por la Tercera
Cámara de Apelaciones en lo Civil, Comercial y Minas a fojas 461/474 vta. de los
autos n° 52.949/251.763, caratulados: “C., E.T. C/ C.S. De S.J.B. P/ Daños y
Perjuicios”, el que queda redactado de la siguiente manera:

“1°) Admitir, parcialmente, el recurso de apelación interpuesto a fs 362


y, en consecuencia, modificar el resolutivo “II” de la sentencia obrante a fs
349/360, el que queda redactado de la siguiente manera:

“II.- Declarar inaplicables al presente caso, las disposiciones de los


Cánones 1717 y 1719 del Código de Derecho Canónico”.

II.- Imponer las costas a la recurrente vencida.

III.- Regular los honorarios profesionales de la siguiente manera: Dr.


Carlos LOMBARDI, en la suma de pesos TRES MIL OCHOCIENTOS
CUARENTA ($ 3.840) y Dr. Luis Horacio CUERVO, en la suma de pesos DOS
MIL SEISCIENTOS OCHENTA Y OCHO ($ 2.688) (arts. 15 y 31 Ley 3641).

IV.- Transferir a la orden del recurrente la suma de pesos MIL


DOSCIENTOS ($ 1.200), con imputación a la boleta de depósito obrante a fs. 60.
A tal efecto, denúnciese CBU y CUIT.

NOTIFÍQUESE.-

DR. JULIO RAMON GOMEZ DR. PEDRO JORGE LLORENTE


Ministro Ministro

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DRA. MARÍA TERESA DAY


Ministro

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