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Del romanticismo post-revolucionario francés surgieron figuras de trascendental influencia, como François René de

Chateaubriand (El genio del cristianismo, Memorias de ultratumba) o Victor Hugo, poeta, dramaturgo y autor de novelas
como Nuestra Señora de París o Los miserables.

La transición del romanticismo al realismo quedó marcada por las insignes figuras de Stendhal, seudónimo de Henry Beyle,
y Honoré de Balzac. El primero, con La cartuja de Parma o El rojo y el negro, y el segundo, con la ingente recopilación de
novelas La comedia humana, sentaron dos de los grandes hitos de la narrativa de su tiempo.

Las premisas románticas compartieron el escenario literario durante cierto tiempo con presupuestos
realistas. En este contexto se sitúan las novelas de Gustave Flaubert (Madame Bovary, La educación
sentimental) o Alexandre Dumas, hijo (La dama de las camelias). Por su parte, Alexandre Dumas, padre,
más integrado en las corrientes románticas, sería uno de los principales referentes de la novela histórica,
con obras como Los tres mosqueteros, Veinte años después o El conde de Montecristo.

El naturalismo supuso un paso adelante en el avance del realismo narrativo, con descripciones cada vez
más descarnadas del carácter de los personajes y de la sociedad de la época. Dos de los grandes nombres
de esta corriente fueron Émile Zola (Thérèse Raquin, Nana, Germinal) y Guy de Maupassant (Una vida,
Bel-Ami).

La poesía adoptó diversos planteamientos. Charles Baudelaire quedó integrado en el romanticismo,


aunque su obra (Las flores del mal, Los paraísos artificiales) se considera precursora del simbolismo y el
surrealismo. Las atmósferas irreales y los elementos irracionales dominan la lírica de simbolistas como
Stéphane Mallarmé, Paul Verlaine o Arthur Rimbaud, los llamados “poetas malditos”.

La transición al siglo XX contó con aportaciones como las novelas de Marcel Proust (En busca del tiempo
perdido) o los poemas de Paul Valéry (El cementerio marino), en los que el perfeccionamiento estilístico adquiría
un papel protagonista, y con antecedentes del surrealismo como el dramaturgo Alfred Jarry (Ubú rey) o el poeta
Guillaume Apollinaire (Caligramas).

En la tercera década del siglo XX el surrealismo literario, teorizado y desarrollado por André Breton y que
contó con otros representantes, como Louis Aragon, Paúl Eluard y Jean Cocteau, se constituyó en principal
movimiento de vanguardia, planteando la superación de lo real a través de lo automático, lo irracional y lo
imaginario.
Tras la internacionalización del surrealismo que, nacido en Francia, ejercería gran influencia en diversas corrientes
literarias, el siglo XX contó con otras figuras notables, adscritas a diferentes estilos. La novela psicológica se encauzó
a través de exponentes como François Mauriac o Georges Bernanos, de orientación católica, y André Malraux, quien
trascendió por obras como La condición humana y La esperanza, en la que narraba sus experiencias como aviador del
bando republicano en la guerra civil española.

La aviación también fue motivo central en la obra de Antoine de Saint-Exupéry (Vuelo nocturno), quien no obstante
trascendería sobre todo en el ámbito de la literatura infantil por su obra El principito.

Autor de estilo singular, desmarcado de tendencias establecidas, fue Louis-Ferdinand de Céline, cuya novela Viaje al
fin de la noche fue reconocida como una de las más importantes del siglo en lengua francesa, pero cuya figura quedó
marcada por su colaboracionismo con el régimen nazi durante la ocupación de Francia. Por el contrario, en el bando de
la resistencia se encuadra la poesía militante de Aragon y Éluard, evolucionados desde sus iniciales postulados
surrealistas.

Otra de las figuras singularizadas por su personal estilo, de tono intimista, fue André Gide, autor de obras de notable
difusión como Los sotanos del Vaticano o Los monederos falsos.

Por su parte, el pensamiento existencialista dominó la producción de autores como Jean-Paul Sartre, gran exponente
francés de esta corriente filosófica en el siglo XX, y que fundaba el conocimiento sobre la experiencia de la propia
existencia. Obras clave del existencialismo sartriano fueron La náusea o El ser y la nada. En similar contexto se ubican
las obras de su esposa, Simone de Beauvoir, autora de La mujer rota, y las de Albert Camus, entre cuya producción
sobresalen novelas alegóricas como El extranjero y La peste y obras dramáticas como Calígula o El malentendido.

El teatro francés contaría también con movimientos evolucionados


del surrealismo, como el teatro del absurdo, en el que la trama pierde
entidad a favor de la simple presencia de los personajes, y en el que En la segunda mitad del siglo XX
sobresalieron autores como el irlandés Samuel Beckett (Esperando adquirieron relevancia en el plano
a Godot) o el rumano Eugène Ionesco (La cantante calva), que internacional las aportaciones de
escribieron en lengua francesa. Otros autores dramáticos ensayistas franceses activos en campos
diversos como la antropología, con la
renovadores de los postulados teatrales franceses y europeos
figura destacada de Claude Lévi-
fueron Antonin Artaud, creador del llamado teatro de la crueldad,
Strauss, la psicología y la filosofía, con
Jean Genet (Nuestra señora de las flores, Las criadas) o Jean Louis
autores como Jacques Lacan, Michel
Barrault. Focault o Louis Althusser

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