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"Quien lo mira siempre lo ve por vez primera,

Siempre. Con el asombro que las cosas


Elementales dejan, las hermosas
Tardes, la luna, el fuego de una hoguera
¿Quién es el mar, quién soy yo? Lo sabré el día
Ulterior que sucede a la agonía...”
Jorge Luis Borges1

Origen permanente del filosofar: asombro y contemplación

“Los hombres comienzan y comenzaron siempre a filosofar movidos por la


admiración; al principio admirados ante los fenómenos sorprendentes más
comunes; luego avanzando poco a poco y planteándose problemas mayores, como
las cambios de la luna y los relativos al sol y a las estrellas, y la generación del
universo.” Aristóteles, Metafísica 982b

“Muy propio del filósofo es el estado de admiración. Porque la Filosofía no conoce


otro origen que este. Y bien dijo – pues era un entendido en la genealogía- el que
habló de Iris (la Filosofía) como hija de Taumante (de aquel que se asombra)”.
Platón, Teeteto 155d

"¿Por qué es en general el ente y no más bien la nada?" Heidegger2

A ustedes, como a todos los hombres, probablemente les ha pasado alguna vez (aunque
no fuera más que por un instante) haberse preguntado: ¿Quién soy yo? ¿Qué son las cosas? ¿Por
qué existen las cosas? ¿Para qué existen yo y las cosas? Y muchas otras preguntas parecidas.
Semejantes preguntas, en el fondo, se reducen a dos: ¿qué son estas cosas? Y ¿Por qué existen? Y
todavía más: ambas preguntas se resumen en una sola: ¿qué es el ser?

¿Cómo llegamos a hacernos estás preguntas? “Algo” nos llama la atención, me admira, me
asombra: esto que es así, podría ser de otra manera, podría no existir. Y sin embargo, allí está
siendo. Yo me hago un poco extraño respecto de lo que hay en el instante en el cual me admiro y
me admiro, precisamente, porque he descubierto (tomado conciencia) que hay ser.

Todo lo que nos rodea, y hasta los más pequeños detalles, suelen esconder en su forma o
función una complejidad fantástica, un silencio que encierra en sí mismo las respuestas que desde

1
Borges, J. L. (1974). Obras Completas (Libro. El otro, el mismo). Buenos Aires: Emecé. Pag. 943
2
Heidegger, M. (1984). ¿Qué es metafísica? (X. Zubiri, Trad.) Buenos Aires: Siglo Veinte. Pag. 56
siempre los hombres han intentado dar a sus interrogantes, esos que son el fin último de la
filosofía. Por eso, en esta perplejidad y conmoción que la realidad despierta en el hombre,
hallamos aquello que nos impulsa a filosofar, a preguntarnos por aquellas cosas que, aunque
cotidianas, producen nuestra admiración.

Por lo tanto ¿qué significa asombrarse o admirarse? Platón utiliza el vocablo 
(thaumátos) cada vez que se refiere a este estado. Su significado es extrañarse, mirar con
sorpresa, maravillarse, preguntarse con curiosidad. Quien se encuentra absorto por la realidad se
halla fuera de sí, al punto que todas sus fuerzas están dirigidas a la captación y posesión de las
cosas contempladas. Movidos por la admiración y el asombro nos situamos frente a la profunda
verdad que hay en las cosas, no para dominarlas, sino para adecuarnos a ellas.

Si tenemos que explicar qué le sucede a quién admira diríamos que lo primero que le
acaece es el reconocimiento de su ignorancia, experiencia que lo impulsa a buscar saber por el
sólo hecho de saber. Conocer el "porqué" de todo, desentrañar los hilos que dan sentido a la
realidad, pasa a ser un fin en sí mismo.

Como ustedes ven, el filósofo se admira de que haya cosas y semejante admiración
equivale a poner a todo lo que existe como objeto de indagación. Quien, más allá de la admiración
misma, inicie y prosiga siempre esta indagación de lo que es, será un filósofo. Por eso, Platón dice
que el filósofo es el que “gusta contemplar la verdad”. Luego, puedo concluir que el origen de la
filosofía no es otro que la admiración producida por el simple descubrimiento de que hay ser. Y
por eso Heidegger dice que la filosofía es esencialmente pregunta, no porque no trate de buscar
respuestas, sino porque las respuestas nunca cierran la posibilidad de asombro frente al ser; pero
la filosofía es también contemplación, es prestar atención a aquello que nos asombra, aquello por
lo que nos preguntamos.

Hegel, en la Enciclopedia, art. 448, apéndice, describe esta actitud diciendo: “Ella [la
contemplación] exige, antes bien, un esfuerzo porque el hombre, cuando quiere comprender un
objeto, debe hacer abstracción de todas las cosas que a miles se mueven en su mente, de sus
intereses habituales, hasta de su propia persona, para dejar dominar en él mismo sólo la cosa. La
atención contiene entonces la negación del propio hacerse valer y concederse únicamente a la
cosa: dos momentos necesarios para la perfecta eficiencia del espíritu.”