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Migrando por un hogar en Chile

La realidad migrante en Chile ha sido una temática importante y controversial en la última década, que ha
sucitado la atención de distintas disciplinas tales como la Sociología o la Geografía. Esto principalmente porque
se ha instalado (o se intenta instalar) en el discurso público, a través de los medios de prensa (y otras
instituciones de construcción hegemónica), un entendimiento y un imaginario entorno a la migración que
esconde no solo una postura política detrás, sino también un entendimiento de conceptos como ‘territorio’ y
‘poder’ particulares. Tales entendimientos conllevan a repercusiones importantes de detenerse a observar.

Las y los extranjeros representan hoy en Chile un 12% de 349 mil personas que no tienen vivienda, que están
en calidad de allegados, hacinados o habitan inmuebles carentes de las condiciones aptas para vivir. Producto
de esta realidad se han levantado distintas organizaciones migrantes que apelan al Estado por una solución a
su condición de vulnerados. Este particularismo militante que surge de esta problemática Harvey (2001) la
define como “todas las políticas (no importa de qué tipo ni si su objetivo es local, urbano, regional, nacional o
planetario) tienen su origen en el desarrollo colectivo de una visión política determinada, en lugares y momentos
determinados”. A reglón seguido plantea “La única pregunta interesante bajo esta formulación es cómo y
cuándo se vuelven dichos particularismos suficientemente coherentes internamente, y en última medida
integrados o metamorfoseados en una política más amplia”. Esta pregunta que plantea Harvey resulta
interesante puesto que efectivamente la problemática de vulneración a los sectores migrantes más precarizados
está atravesada por una realidad en Chile, el no cumplimento del derecho social básico de acceso a la vivienda.
Problemática que se arraiga en una política más amplia que se origina en el modelo capitalita y que repercute a
sectores por su condición de clase, más que por su nacionalidad, sea chilena o extranjera. Este entendimiento
de la problemática a escala mayor produciría lazos de solidaridad cultural y hasta multiterritorial capaces de
plasmarse en un proyecto político mayor, pero como “La hegemonía se convierte en el centro de la lucha
política. Imponer concepciones del mundo y así limitar la capacidad para construir alternativas es siempre una
tarea fundamental de las instituciones de poder dominantes” (Harvey ,2001) esta tarea es compleja de abordar.
Harvey entonces plantea un objetivo “hay que afrontar el problema de cómo construir un discurso hegemónico
alternativo a partir de múltiples particularidades militantes” o, también aplicable, de múltiples territorialidades
desterritorializadas para luego ser reterritorializadas y fusionarse en una multiterritorialidad.

Es importante detenerse a observar algunos conceptos mencionados anteriormente para una mejor
comprensión de nuestra problemática. Haesbaert (2013) menciona “El territorio debe ser concebido como
producto del movimiento combinado de desterritorialización y de reterritorialización, es decir, de las relaciones
de poder construidas en y con el espacio, considerando el espacio como un constituyente, y no como algo que
se pueda separar de las relaciones sociales. Entiendo el poder al mismo tiempo en el sentido más concreto de
dominación político-económica, como dominación funcional, y en el sentido más simbólico, de apropiación
cultural”. De aquí se puede desprender una idea que bordea nuestra problemática interesante también de
abordar, sobre todo cuando se plantea como solución estratégica por parte de Felipe Arteaga, director ejecutivo
de la Fundación Vivienda, “un eventual aumento de la oferta de conjuntos habitacionales interculturales donde
puedan convivir chilenos y extranjeros”. De ser así el caso, aunque ya hemos visto atisbos de aquellas
realidades, se produciría en palabras de Haesbert un multiterritorialidad, definida como “la posibilidad de tener
la experiencia simultánea y/o sucesiva de diferentes territorios, reconstruyendo constantemente el propio”. Para
Harvey esto sería totalmente esperanzador puesto que potenciaría lazos de solidaridad que puedan a llegar
alcanzar niveles de entendimiento y compromiso mayor con una política mas amplia que la reivindicativa. Lo
anterior iría de la mano con la idea de “tenemos que preguntarnos sobre la posibilidad de construir
multiterritorializaciones alternativas, es decir, un efectiva apropiación de los espacios por esos grupos
subalternizados.[…] El gran dilema de la reconfiguración territorial en nuestros días no es la desterritorialización,
sino el refuerzo simultáneo de la multiterritorialidad segura para unos pocos —para la elite globalizada—, y la
precarización y/o contención territorial para muchos —los “sin tierra”, los “sin techo”—, en su resistencia y lucha
por un territorio mínimo cotidiano, su mínima e indispensable seguridad al mismo tiempo funcional y afectiva en
este mundo” (Haesbaert, 2013).

Esta formulación de Haesbert sería interesante potenciarla con los conceptos que incorpora Massey (2012) y su
invitación a cuestionarnos “como el mundo al que nos enfrentamos a la luz del nuevo milenio nos exige una
nueva imaginación geográfica”, puesto que en una nueva imaginación geográfica que incorpore los conceptos
de multiterritorialidad y reterritorialización e incluso la desterritorialización en su concepción positiva tendrian
potenciales transformadores de la política y el espaciotiempo.
Entiendiendo que en la multiplicidad existe un potencial transformador se abordaría los debates sobre la
migración y su precarización desde otra perspectiva a mi entender, lejos de los discursos nacionalista o
esencialistas que muchas veces escuchamos de personas que sufren situaciones muchas veces similares, por
no decir las mismas. Debemos ser capaces de “reimaginar el lugar o, en términos mas generales, la
especificidad geográfica de modo que no fuese (1) limitado, ni (2) definido en términos de exclusividad, ni (3)
definido en términos de contraposición entre un interior y un exterior, ni (4) dependiente de nociones falsas
sobre una autenticidad generada internamente” (Massey, 2012)
Siendo capaces de involucrarnos y hacer carne esta concepción de lugar (en un sentido global) podríamos
comprender tambíen al territorio como algo mutable, heterogéneo, con potencial de transformación constante
en forma dialectica con las personas que habitan en él. Seríamos capaces de comprender la movilidad y
accesibilidad como derechos humanos trascendental que pueda sustentar las bases para la imaginación de una
sociedad más justa y diversa, más humana y menos individualista.
“El espacio es la esfera de la posibilidad de la existencia de la multiplicidad; es la esfera en la que coexisten
distintas trayectorias, la que hace posible la existencia de más de una voz. Sin espacio, no hay multiplicidad; sin
multiplicidad, no hay espacio. Si el espacio es en efecto producto de interrelaciones, entonces debe ser una
cualidad de la existencia de la pluralidad. La multiplicidad y el espacio son co-constitutivos” (Massey, 2012).

Vicente Dionisio González Ramírez