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8/11/2020 El chantaje de los mercados puede acabar - Alberto Garzón

EL CHANTAJE DE LOS
MERCADOS PUEDE ACABAR
Posted by Alberto | 23 Jul, 2011 | Finanzas y Política
Monetaria, Política Española, Política Internacional y
UE | 28  |         

La crisis ha puesto de manifiesto la naturaleza real del sistema político


que tenemos. Más concretamente ha puesto de manifiesto que el
sistema político actual no sirve para nada porque no es el espacio donde
reside el poder. El poder, más al contrario, se encuentra en las grandes
empresas y particularmente en la gran banca comercial privada y los
multimillonarios fondos de inversión que ésta gestiona. Este poder
económico es el que controla los mercados financieros y el que
chantajea a los gobiernos exigiéndoles la aplicación de duros planes de
ajuste que nadie ha votado.

La democracia ha quedado relegada a un segundo lugar o, más


correctamente, ha sido desenmascarada. Saramago decía hace muchos
años que vivíamos en una burbuja democrática donde el poder residía
realmente en las grandes instituciones financieras internacionales, y la
crisis no ha hecho sino darle absolutamente la razón. La democracia
política, nuestra democracia, se revela ahora claramente como un
elemento de marketing que disfraza y justifica una horrible dictadura: la
dictadura del capital, del dinero y del «tanto tienes, tanto mandas».

Pero no hemos llegado aquí ni por casualidad ni tampoco de una forma


inevitable. Y por eso mismo tenemos alternativas.

Cuando un agente económico (Estado, Empresa u Hogar) se endeuda lo


que ocurre es que queda a merced del prestamista, que le exige una
serie de condiciones. La clave entonces es entender por qué hemos
llegado a endeudarnos tanto como para que nuestros acreedores
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(prestamistas) nos exijan la aplicación de tantas reformas. Para explicarlo


debemos tener en cuenta dos aspectos. El primero, que la deuda pública
ha crecido a consecuencia de la crisis y aún así se mantiene en niveles
muy inferiores a los de otros países como Alemania y Francia y sobre
todo Italia y Grecia. Por lo tanto la responsabilidad de que la deuda se
haya disparado es de la crisis y de sus causantes, esto es, la gran banca
comercial privada que es también la que se está beneficiando de los
rescates bancarios y de los rescates a los países. El segundo, que el
endeudamiento es necesario cuando la relación ingresos/gastos se
vuelve deficitaria, y eso puede ocurrir bien porque los gastos son
demasiado altos o bien porque los ingresos son demasiado bajos. Y
España ha vivido varias legislaturas del Partido Socialista y del Partido
Popular en las que se ha apostado sistemáticamente por rebajar la carga
impositiva, es decir, por reducir los ingresos del Estado y favorecer a las
clases más adineradas. Si tuviéramos más ingresos no recurriríamos
tanto al endeudamiento que, por cierto, nos ofrecen las mismas
entidades y grandes fortunas que han dejado de pagar esos impuestos.

Además, en los últimos treinta años de hegemonía económica y cultural


del neoliberalismo los Estados nacionales han delegado parte de su
soberanía a entidades supranacionales que, como la Unión Europea,
están configuradas de una forma antidemocrática y donde la capacidad
de decisión de los ciudadanos está muy limitada y además tiene que
enfrentarse ante el poder más fuerte de los lobbys que pululan por
Bruselas. Con ese estado de las cosas al final la voz del ciudadano queda
ahogada en el mar de los intereses empresariales que hacen y deshacen
sus leyes, directrices y recomendaciones supranacionales.

Pero de forma más preocupante los Estados se han deshecho de los


instrumentos económicos que permiten a una sociedad decidir cómo
quiere organizarse colectivamente. En primer lugar los Estados han
regalado la gestión de la política monetaria a un grupo de tecnócratas
con unas ideología muy determinada, la neoliberal. En efecto, el Banco
Central Europeo es una entidad pública pero independiente del poder
político y que no tiene que rendir cuentas ni siquiera ante el parlamento
europeo. Sus técnicos se consideran a sí mismos los científicos asépticos
e imparciales de la economía, cuando todas sus decisiones conllevan un

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sinfin de costes que están muy desigualmente repartidos. Incluso su


mera concepción estatutaria implica una toma de partida por las clases
dominantes. Y, en segundo lugar, los Estados han vendido y malvendido
prácticamente todas sus empresas públicas justificándose en principios
teóricos que luego no se han demostrado válidos.

Un Estado sin Banca Pública y sin Empresas Públicas está a merced de


los poderes económicos, ya que carece del margen de maniobra
suficiente para tomar las decisiones correctas y necesarias. De hecho eso
es lo que estamos viendo en esta crisis, cuando los gobiernos tienen que
limitarse a pedir por favor a los bancos comerciales privados que
proporcionen financiación a la economía real. Pero estos bancos son
conocedores de su poder y se permiten el derecho de chantajear
sistemáticamente a los gobiernos, sin que éstos reaccionen. Lo mismo
ocurre con las grandes empresas, ya libres de los obstáculos que
suponen las regulaciones públicas y sobre todo las empresas
competidoras públicas, que podrían ser referentes en materia salarial,
ambiental o de inversiones productivas.

En efecto, desde 1985 hasta el año 2000 en España se han privatizado un


total de 117 empresas públicas. El proceso lo comenzó el Partido
Socialista, pero lo continuó de forma más agresiva el Partido Popular. Se
vendieron empresas altamente rentables como Repsol, Gas Natural,
Telefónica o Argentaria, y se mantuvieron las empresas menos rentables
y que no encontraban compradores. Además en muchos casos se
malvendieron a través de procesos discrecionales que incluían una
valoración de los activos públicos muy inferior a la que deberían haber
tenido, lo que suponía una transferencia automática de dinero desde el
sistema público hacia la empresa privada. Todos esos procesos se
justificaron haciendo alusión a la eficiencia, a la mejora de las ventas, y a
la mejora general del funcionamiento general. Más de veinte años
después del inicio de aquel proceso los estudios económicos revelan que
todo aquello era falso (véase este artículo académico). La inmensa
mayoría de las empresas no mejora ni en eficiencia, ni en productividad
ni en el funcionamiento general. Y sólo lo hacen aquellas que han llevado
a cabo procesos de reestructuración, lo que significa que el
funcionamiento no está ligado a la naturaleza de la propiedad sino al tipo

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de gestión. O lo que es lo mismo, que si en vez de vender a empresas


privadas se hubieran acometido reestructuraciones en el tipo de gestión,
la organización productiva hubiera sido la misma que la de ahora pero el
Estado tendría más de cien empresas públicas (y sus ingresos).

No obstante, la mayoría de las privatizaciones se hicieron para reducir el


déficit y para de esa forma poder satisfacer los criterios de entrada a la
Unión Europea. Los gobiernos sacrificaron ingresos futuros a cambio de
ingresos actuales, y estos últimos de menor cuantía a la que se debería.
Pero como digo también sacrificaron herramientas de control de la
economía. Herramientas que permitirían ahora capear mucho mejor el
temporal de la crisis.

Basta imaginar si el inmenso poder que tienen los mercados y los bancos
sería el mismo en caso de que el Estado dispusiese de una gran Banca
Pública y de un entramado rentable de Empresas Públicas. Es obvio que
su fortaleza le haría mucho más inaccesible a los ataques de los
mercados, que ven en la debilidad del Estado la oportunidad perfecta
para explotar nuevas posibilidades de negocio. De hecho, si especulan
contra Grecia, Portugal y España no es porque haya fuertes fundamentos
económicos sino porque son elementos débiles en el espacio europeo.

Lo que podemos hacer es bien sencillo, pero requiere voluntad política


para llevarlo a cabo. En primer lugar es urgente establecer una auditoría
de la deuda pública. Liberar la carga financiera que llevan asociados los
contratos ilegítimos con la gran banca y los fondos especulativos nos
permite desactivar el chantaje de los mercados, puesto que nos deja
menos expuestos a sus demandas. Y en segundo lugar hay que construir
una verdadera banca pública que nos permita no sólo dirigir el cambio
del modelo productivo sino también ejercer de contrapeso al enorme y
excesivo poder de la banca comercial. Y luego tenemos que ir
recuperando todas las empresas privatizadas, haciéndonos con el control
del timón de nuestra propia economía y posibilitando el carácter
democrático del sistema político.

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