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el pacto social
queda invalidado
si uno de los socios
tiene el monopolio
de las armas.

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#vivirsinmilicos
Publicación compuesta por textos sobre
antimilitarización extraídos de la revista Opción
Libertaria (1986-2002), editada por el Grupo de
Estudio y Acción Libertaria (GEAL), a cargo de
Luce Fabbri:

1 “Vivir sin ejército”


Opción Libertaria N°01, Noviembre 1986

5 “Desmilitarizar es desestatizar”
Opción Libertaria N°09, Marzo 1989

19 “Vivir sin ejército”


Opción Libertaria N°13, Julio 1990

31 “El antimilitarismo como autodefensa civil”


Opción Libertaria N°14, Noviembre 1990

Resulta de actual importancia estimular la


reflexión sobre la necesidad de acción antimilitar,
contra el avance de la estrategia represiva y
punitivista en toda la región, tanto en términos
prácticos como discursivos.

microutopías, 2019

La presente edición fue ajustada para su lectura digital.


Vivir sin ejército
Opción Libertaria N°01, Noviembre 1986

1
Retomamos de un fraternal periódico bo-
naerense esta consigna que, en el momento
actual, es particularmente oportuna aquí.

El pueblo uruguayo no es un pueblo de sol-


dados.

Ningún pueblo tiene tal vocación, pero esta


población oriental de origen tan heterogé-
neo se caracteriza en forma especial por no
dejarse fosilizar en ejército. Esto remonta
lejos, remonta a los tiempos míticos en que
Artigas quería “aniquilar el despotismo mili-
tar” y rendía su espada ante los civiles, Arti-
gas, cuya carrera de futuro prócer empieza
con una deserción y cuyo verdadero ejército
es el pueblo del éxodo. Esa tradición se con-
tinúa en pleno siglo XX, durante la segunda
guerra mundial, con la imposibilidad en que
se encontró el gobierno de establecer un
Servicio Militar Obligatorio, creado por la ley
con el voto de los distintos partidos en favor
del cual se habían pronunciado casi todos
los políticos.

La base del ejército actual está formada por


los desocupados que crea un obsoleto

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latifundio ganadero, campesinos en poten-
cia que van a perder sus posibilidades crea-
tivas en los cuarteles, obligados por la ca-
rencia, artificial, de otro medio de vida: es el
producto de la esterilización de la campaña,
el correlato humano de la erosión de la tierra
por talas indiscriminadas acompañadas por
falta de cultivo.

Los cuadros, formados en parte fuera del


país, sueñan con un ejército “moderno y
eficiente” que tenga una oscura hegemonía
política, como la que los demás ejércitos
tratan de tener en todo el mundo a través de
su dominio sobre los sectores más delicados
y secretos de la nueva tecnología.

Ya más nadie cree, en América Latina, en la


organización militar como defensora de la
soberanía nacional.

El ejército es, y se siente, un centro de poder,


un agente de represión.
En este solo terreno es eficiente: en los doce
años de su supremacía en el Uruguay ha
sido un ejército de ocupación, como el fran-
cés en Argelia en los últimos tiempos del

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colonialismo, como el alemán en Francia o
en Italia durante la última guerra, como el
ruso en Afganistán o en Lituania, como el
polaco en la misma Polonia hoy, como el ar-
gentino en la misma Argentina en el recien-
te ayer.

En Chile y en Paraguay la ocupación “extran-


jera” perdura desembozadamente; en el res-
to de América Latina esta amenaza siempre
latente ensombrece el horizonte.

No se trata de pedir la prisión para este o


aquel general. Se trata de exigir, junto con el
esclarecimiento del todo lo acontecido, la
abolición lisa y llana del ejército, empezando
por el cierre de los Liceos militares en los que
se deforma a las mentalidades adolescen-
tes (y este es un crimen tan atroz como una
violación); se trata de transformar en granjas
los cuarteles.

Esta exigencia, que se teme formular, no es


más utópica que las otras, como el no pago
de la deuda externa o el “castigo a los culpa-
bles”.
L.F.

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Desmilitarizar
es desestatizar
Opción Libertaria N°09, Marzo 1986

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El desmesurado crecimiento del poder mili-
tar, sobre el tejido sano de la sociedad
laboriosa, en el mundo moderno, que alarmó
en todo momento al movimiento obrero y a
las fuerzas renovadoras de la sociedad, preo-
cupa ya de manera fundamental a la
sociedad toda.

Los grandes complejos militares industriales,


que manejan cifras siderales de dinero de la
sociedad sin dar mayor cuenta de ellas, su
independencia del poder civil por la simple
elusión o por la preponderancia en el mismo,
su arrogancia y su autonomía de acción, su
autodesignación en un mesianismo reden-
torista, son rasgos enquistados, que ejercen
una influencia perturbadora en la sociedad
civil.

Piénsese en la Argentina, en la hora de la


espada del año 30, en un tutelaje de casi
sesenta años, con los brevísimos intervalos
en los cuales sus derechos adquiridos se
legalizaban. Lo definitivo ha sido que luego
de ese medio siglo de poder omnímodo,
Argentina perdió todas las carreras econó-
mico-sociales, científicas y culturales, todos

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los trenes que podían haberla equiparado
a cualquiera de las grandes naciones eu-
ropeas, Japón, o los Estados Unidos. Y su
situación actual no tiene otros responsables
desde la subversión militar contra Yrigoyen.

En Uruguay, doce años de tutelaje dejaron


una enorme deuda (alrededor de siete veces
la deuda de 1972) además del arrasamiento
cultural, social y ético. Por estos y otros moti-
vos igualmente preocupantes todos aquellos
que no usufructúan de los beneficios de la
sombrilla militar, consideran necesario poner
límites a este crecimiento patológico. Y se
preguntan como se reducen a sus proporcio-
nes normales y a sus fines específicos a los
ejércitos de la sociedad moderna, aceptando
a priori, la inevitabilidad de su existencia. Y
esto tanto en Latinoamérica como en Africa
o en Asia.

Por ejemplo el Frente Amplio plantea la rein-


serción del ejército a la sociedad efectuando
reformas secundarias, cuando la ley orgánica
militar de 1974 de la plena dictadura, con-
tinúa vigente. Reformas que no hacen a la
esencia de su función, puesto que podemos

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ver que sacada la ley de Seguridad Nacional
por la puerta, ya está por entrar por la ven-
tana. Otros plantean cuál es el límite entre
el poder legítimo y los ejércitos, y cómo se
subordina realmente el poder militar a la
Constitución y a la ley.

Ya Artigas había pretendido reducir al lla-


mado despotismo militar de su época con
trabas constitucionales, es decir, mantener
maneado el ejército bajo la autoridad civil.
Pero cuál es la relación real entre el Estado
civil y el Poder Militar? Un ejemplo. La impu-
nidad militar que pretende el ejército es una
extensión de la impunidad de los regímenes
dominantes y vigentes ejercidos por profe-
sionales de la política y la dominación. Pues-
to que como lo explica la razón de Estado,
uno de los requisitos esenciales para la do-
minación del Estado sobre la comunidad es
el monopolio de las funciones de coerción.

El Estado es el garrote, expresaba gráfica-


mente Lenin. Aunque también lo puede
ejercer vergonzantemente como en los tris-
temente célebres organismos para-militares.
En “Rebelión en la granja”, la sátira de Orwel,

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son los perros adiestrados por los chanchos,
los que se apoderan de la granja en ausencia
del dueño, y de paso del trabajo de los labo-
riosos. Siempre los usufructuarios del poder
necesitan fuerzas de dominación
especializadas, previendo la disconformidad
y éstas, ¿saben hasta dónde deben llegar?

Para que los gobiernos civiles impongan la


teórica subordinación y la política militar
apropiada, es indispensable que la base de la
sociedad y las corrientes reformadoras (las
últimas raíces) la impongan, lúcidamente se
desmilitaricen. Pero en ese caso no serán los
gobiernos, parlamentarios ni partidos políti-
cos que la impongan, sino la fuerza popular
de la base, en sus organismos naturales.

Los gobiernos y partidos negociarán con los


militares hasta el último momento, puesto
que los necesitan para mantener el statu
quo. En Argentina, Menen, candidato a
presidente por la oposición peronista (de-
magogo que no olvida rascarle el lomo al
subversivo Seineldin, asesino del pueblo)
reclama desde la oposición una política al
gobierno, sabiendo de antemano que la

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política militar que puede tener la Argenti-
na, la tienen y la dictan los militares, desde
siempre.

La verdad es que el único límite y parámetro


al poder militar (sea mesianismo napoleóni-
co o cual glorias imperiales) es la resistencia
popular al margen del Parlamento y partidos
únicos, como lo demostró palpablemente el
pueblo uruguayo a través del movimiento
pro Referéndum. Puesto que el triunfo del
Referéndum no se puede atribuir a ningún
partido político ni sector particularmente
sino que significó una gran movilización de
origen espontáneo y organización participa-
tiva, con el aporte del hombre de la calle, al
margen de sus presuntos representantes.

Los Derechos Humanos

Los derechos humanos, incluso, no signifi-


can garantías legales, amparos legislativos,
foros internacionales o gracias del gobierno,
sino que expresan la exigencia a disponer de
los derechos sociales amputados en el Es-
tado civil, parlamentario o de partido único,

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derechos sociales que son las condiciones
económicas y sociales que permitan el ejer-
cicio real a toda la poblacion, incluidas las
masas de desocupados, los marginados y los
diferentes, no solamente a los beneficiarios
del Establecimiento.

Desmilitarizar al Estado

Para desmilitarizar al Estado, que empolla


siempre el huevo de la serpiente (piénsese
en el origen del Ejército Rojo) es necesario
por lo tanto desmilitarizar a la sociedad civil
que es su fuente. Todo Estado agudiza su
centralización inexorablemente, crece en
cierta forma como un estado mayor en tiem-
po de guerra. La desmilitarización del Estado
va por lo tanto por el camino de la deses-
tatización, es decir, la reducción del Estado
hasta su abolición, tomando la sociedad civil
organizada los atributos de los cuales fue
desposeída o es renunciante en favor de los
poderes de Estado.

En la rebelión militar argentina de Semana


Santa, el pueblo quiso manejar un arma

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decisiva, lo que fue impedido por Alfonsín.
El pueblo quería cortarle a los rebeldes, los
suministros de agua, de energía eléctrica y
los productos alimenticios, de sus guaridas.
Ese camino que no significaba violencia sino
fuerza, era el camino de poder del pueblo
trabajador. Pero eso representaba que el
pueblo tomaría conciencia plena de su po-
der legítimo, por lo cual fue rechazado.

Esencia del Realismo Político

La resistencia del Estado a la desmilitariza-


ción es la razón del artillero. Es la determi-
nante de dos guerras mundiales, una veinte-
na de locales, y las más grandes carnicerías
de civiles de todos los tiempos, para man-
tener el sistema. Los primeros Realpolitiker
fueron los alemanes, pero este procedimien-
to se aplica en toda la sociedad humana
de Oriente y Occidente. Bismark fue claro y
rotundo como siempre lo fue cuando dijo: el
poder se antepone al derecho. Su ministro
de guerra prusiano Von Roon, declaró un 12
de Setiembre de 1862: “El contenido principal
de la historia (no sólo entre los diversos Esta-

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dos, sino también dentro de cada Estado), no
es otra cosa que la lucha por el Poder y por
el ensanchamiento del Poder.”. De ahí y para
siempre arranca la esencia del Estado mo-
derno aplicable a los dos bloques políticos y
sus periferias.

La arbitrariedad disfrazada o maquillada de


legalidad, legalidad a la cual somos proclives
los uruguayos, incluídos los militares.
La técnica de dominio no ha variado un ápi-
ce desde entonces.

Orígenes del Poder Militar Moderno

Las fuentes del poder militar actual arranca


de los ejércitos mercenarios.
El que no servía para otra cosa, o le gusta-
ba pelear, peleaba. El cuartel viene del siglo
XVII y su origen fue la sala de guardia de los
guardaespaldas de los príncipes. Pero en la
Revolución Francesa, la Convención llamó
al pueblo a las armas, y posteriormente con
Bonaparte se llegó al servicio militar obliga-
torio y a las levas, todo lo cual hizo del asesi-
nato un deber general. Enviar a la guerra a

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un hombre inteligente, sacar un obrero de
un trabajo útil, o un campesino de su tierra
para utilizarlo de carne de metralla, ense-
ñarle a matar y torturar civiles, por razones
tan estúpidas como la guerra de Irán e Irak,
es casi inconcebible. Decía Anatole France:
“Algunos se deben realmente convencer de
que ese es un honor, un deber a la patria,
pero el que quiere renunciar a ese honor
va a la cárcel o es fusilado simplemente. El
hombre obedece entonces a esa coacción,
porque tiene miedo, y porque entre todos
los animales domésticos, es el más manso, el
más dócil y el que más eternamente ríe.”.

Y es la mansedumbre, y la aceptación volun-


taria de una representación falsa de su
persona la fuente del Poder Militar y una de
las ruedas del Poder total. Es la renuncia a la
soberanía de la persona y de su colectividad
natural, a su poder decisorio en la comuni-
dad, la abdicación de sus derechos en terce-
ros, lo que trae consigo el Poder Militar.
Parlamentos representativos y dictaduras
camufladas le quitan su poder natural, su
voluntad de influir sobre los hechos que le
atañen, su disponibilidad directa de reso-

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lución. Tirar una hoja de papel en una urna
cada cuatro o cinco años, o elegir al caudillo
e irse para la casa es dejar a los representan-
tes profesionales o burócratas negociar en la
cúpula. Y los militares también aspiran a
llenar ese vacío.

El Militarismo bajo los Partidos Políticos

Bajo los regímenes dictatoriales, el proceso


hacia la profesionalización, hacia la autono-
mía, es siempre el mismo, siguiendo las pau-
tas marcadas por la dictadura emergente de
la Revolución Rusa. De las milicias populares,
que recogían el entusiasmo del pueblo, e in-
vocándose razones de eficiencia van pasan-
do paulatinamente al ejército especializado
de normas convencionales. Este ejército a
su vez, de la dependencia al partido, por un
proceso inmanente, va adquiriendo un gra-
do creciente de cooparticipación en el poder.
(Véase Jaruzelsky en Polonia, el hermano de
Fidel Castro en Cuba, el último capítulo de la
Batalla de Argelia).

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Reducir el Violentismo Militar

Frente al tremendo poder de armamentis-


mo moderno, misiles, bombas atómicas,
armas químicas, monopolios televisivos y
radiodifusores, prensa escrita y contralor de
las Telecomunicaciones, el hombre se siente
totalmente impotente. Kafka es su profeta.
Sin embargo, las más antiguas leyendas de
la humanidad siguen diciendo que el cora-
zón puro vence a la fuerza bruta.
Y que la libertad y la cultura son tan podero-
sos como las pesadillas monstruosas de do-
minación y poder absoluto. Para reducir a las
fuerzas armadas, en el camino a su abolición
definitiva, es necesario partir en la confian-
za en las propias fuerzas populares, desco-
nociendo a representantes y vanguardias.
Expresarse en los movimientos de la base,
puesto que el socialismo es el común, y sus
formas de expresarse directamente, al
margen de sus representantes entreguistas
siempre.

No es una utopía Costa Rica, país sin ejército.


No fue utopía la destrucción total del ejér-
cito boliviano en 1952, en la epopeya de los

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mineros de la COB, por más reestructura del
mismo hecha por los yanquis.
No fue utópico el ejemplo único en Latinoa-
mérica, el del Uruguay, cuando su pueblo
rechazó al Servicio Militar Obligatorio im-
puesto por el gobierno pretextando la gue-
rra, contando con la obsecuencia a muerte
del Partido Comunista, entre los restantes
partidos.

Fue rechazado (como la ley de Caducidad) a


través de un movimiento plural, en las bases
populares, contra los partidos políticos, go-
bierno y centros imperiales de la derecha y la
sedicente izquierda. Claro que entonces exis-
tía un movimiento obrero autónomo e inde-
pendiente, expresándose desde las bases (el
Comité de Enlace de Sindicatos Autónomos,
que tenía la representación de fuerzas reales
del movimiento obrero, frente a sellos de
centrales socialistas y comunistas), también
una FEUU pluralista y federalista, aún con
las vibraciones de la Reforma Universitaria
de Córdoba, y una Juventudes Libertarias
con participación y peso en el movimiento
obrero.

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La coordinación de estas fuerzas permitieron
organizar la Resistencia al Servicio Militar
fructuosamente.
Este camino (por otra parte, el del Referen-
dum) ha sido la estrategia que ha deter-
minado la frustracion de la pretensión de
tutoría o privilegio de los presuntos señores
de la guerra.

El pueblo trabajador no quiere ser el suplen-


te que le toque jugar el partido bravo, mien-
tras los presuntos titulares miran desde la
sombra de sus guepis.

L.A.G.

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Vivir sin ejército
Opción Libertaria N°13, Julio 1990

19
A pesar de “puntos finales”, leyes de “caduci-
dad” y repetidos programas de “pacificación
nacional”, América Latina sigue viviendo la
pesadilla de militarismo.

¿Cuántos años hace que se desentierran


cadáveres con rastros de tortura, que hablan
de la macabra clandestinidad del terrorismo
de Estado?

La vieja imagen del ejército que vigila las


fronteras, dirigido por jefes que saben cal-
cular la trayectoria de la bala de cañón y
conciben las guerras como confrontaciones
de estrategias, estudiadas en manuales que
hablan de Anibal y de Napoleón, es absolu-
tamente obsoleta, pero sirve aún de pantalla
justificativa para una realidad nueva, hija de
la anterior en la misma medida en que una
computadora es hija de la pluma de ganso
con que escribía un copista medieval.

El parentesco existe, y así como hay una


historia militar, hay una historia del antimili-
tarismo que remonta lejos, más lejos del bí-
blico “No matarás”, que es el más importante
de los diez mandamientos. Pero en el último

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siglo nuestra milenaria historia ha sufrido un
vuelco.

Lo que desde hace milenios era consuetu-


dinario, no puede seguir sino a riesgo de
provocar la extinción de la vida en el planeta.
La realidad ha cambiado y cambia con ritmo
mucho más acelerado que la imagen que
se tiene de ella. El desfasaje no hace sino
aumentar de año a año. Y los cambios, en la
mayor parte de los casos, son irreversibles.

No se puede volver atrás. Sólo se puede cam-


biar de rumbo. Quien no se resigna a dejarse
llevar por la ola, sino que quiere ejercer el
principal atributo del hombre que es el de
influir en su propio destino en la medida
de sus fuerzas, quien no puede mirar con
indiferencia el hambre de pueblos enteros
en un mundo de potencial abundancia y
se siente responsable por omisión frente a
cualquier injusticia, tiene pues que tratar de
mirar de frente lo que acontece, liberándose
de la imagen estática que la tradición y la
escuela nos dan del mundo y buscar volun-
tades acordes para impulsar el cambio en un
sentido positivo.

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En América Latina, a pesar de la “democra-
tización”, el principal obstáculo para toda
creatividad sigue siendo el ejército. Su peso
muerto en los presupuestos es exorbitante y
paraliza aún los módicos progresos posibles
dentro del sistema en terreno sanitario y
educativo. Pero mayor aún es el peso psico-
lógico de esa presencia muda y aparente-
mente pasiva, pero amenazadora.

No están ya en el gobierno, pero desde los


cuarteles exigen respeto y toda tentativa
de reconstruir la historia de los años en
que oficialmente dominaban es “una falta
de respeto”. Desenterrar los cadáveres de
sus víctimas es “atentar contra su moral”. Y
ese respeto que exigen con las armas en la
manos ejerce una presión constante sobre
un entorno que se siente disminuído porque
tiene la oscura sensación de que acepta un
chantaje.

Hace tiempo que un desfile militar, en una


recurrencia patriótica cualquiera no despier-
ta el ruidoso entusiasmo de los niños ni el
ingenuo orgullo de los admiradores de los
uniformes; tenemos en cambio humillación

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y miedo en la gente, estirada protocolaridad
o sonrisas y alabanzas propiciatorias en las
autoridades elegidas en los comicios, que al
fin, los gobiernos militares al retirarse, per-
mitieron celebrar. Esta situación ambigua ha
salseado en todo el subcontinente el retorno
de las libertades elementales, que no por
parciales, dejan de tener su valor.

Educados para combatir con las armas con-


tra unos teóricos enemigos en una guerra
formal, los ejércitos en el mundo, desde
hace mucho tiempo, combaten casi exclusi-
vamente contra sus propios pueblos y sólo
sirven para eso: en nuestro subcontinente,
la única penosa excepción, la guerra de las
Malvinas. Su educación militar y el uso mo-
nopolístico de las armas hace que se sientan
con “permiso para matar”.

Cuando gobernaron lo hicieron con los


criterios de un ejército de ocupación en país
extranjero y ahora, en los cuarteles conser-
van la misma mentalidad y la misma peligro-
sidad.

Donde hay servicio militar obligatorio este

23
discurso vale esencialmente referido a los
cuadros profesionales del ejército, a esa
enorme estructura que año a año se traga a
la parte más vigorosa de la juventud del país
y la mantiene bajo su contralor. Por 12, 18, 24
meses, robándole literalmente un pedazo de
vida en su momento más intenso y delicado,
tratando de insuflarle una mentalidad que,
bajo pretexto de patria, está reñida con lo
más humano que tiene el hombre.

Del conjunto de noticias de estos últimos


días entresacamos una que para nosotros
tiene valor de símbolo, pues sintetiza una
dramática realidad. Un padre buscaba el ca-
dáver de su hijo, entre los de las víctimas de
la dictadura militar chilena que, con signos
de tortura y vendas en los ojos estaban sien-
do desenterrados en Pisagua. Quisiéramos
no olvidar nunca su nombre: Miguel Nash. Y
lo llamaba como negando a la muerte: ¡Mi-
guelito! No se trataba de un opositor político.
Era, en ese lejano 1973, un joven conscripto,
fusilado por orden de sus superiores por
haberse negado a disparar contra civiles;
simplemente un hombre enfrentado a un
aparato que niega la humanidad y la vida.

24
Pues hay algo peor que matar; es obligar a
matar y educar para ello.

Ese oscuro, heroico Miguelito, nos demues-


tra que esa tarea deformadora encuentra
resistencia. Por suerte no es fácil moldear a
la juventud, ni quebrar su repugnancia bioló-
gica por el verbo “obedecer”.

Este objetivo se alcanza, solo en parte; pero


se consigue generalmente el otro, que es el
de mantener bajo vigilancia en los cuarteles
ese formidable valor de cambio que es la
juventud del país en el momento en que se
ingresa a la vida activa, demorando ese
ingreso con una pausa amansadora.

Donde no hay servicio militar obligatorio y el


ejército es mercenario (lo llaman profesional)
se establece una separación neta entre ese
cuerpo extraño y la población, y el fenómeno
es más triste, aunque igualmente peligroso.

El ejército es entonces generalmente en su


base el correlato del latifundio, es decir del
subdesarrollo rural; se transforma en la alter-

25
nativa a la marginación. No pudiendo vender
su fuerza de trabajo en el campo o en la
fábrica, el soldado vende al cuartel su vida y
su voluntad.

Las relaciones entre la oficialidad y la tropa


son duraderas y el adiestramiento es teóri-
camente ilimitado. La oficialidad, por otra
parte, desarrolla un espíritu de mando más
total (el conscripto es un dependiente pro-
visional y obligado, con todas las reservas
mentales que el soldado contratado trata de
dejar afuera cuando entra al cuartel). A pesar
de esas diferencias entre el régimen de servi-
cio militar obligatorio y el de “profesionalis-
mo” militar, en ambos casos, el ejército como
estructura y como mentalidad es un rasgo
patológico y parasitario de la sociedad, que
necesita de técnicos para conservar la vida y
no de técnicos de la muerte, que tienen un
interés, diríamos gremial en fomentar con-
flictos para justificar sus sueldos y su misma
existencia.

Los gobiernos, los estratos sociales dirigen-


tes, por “democráticos” que sean no quieren
prescindir de las Fuerzas Armadas, a las que

26
temen, porque más le temen a los pueblos.

Si todos tuvieran armas o nadie tuviera


armas, no se sentirían seguros en ese poder
que pasa de uno a otro sin salir de la rosca,
aunque afirmen que para el orden público
basta la policía y que el ejército está destina-
do a la defensa de la Patria con mayúscula.

Toda la política militar de las nuevas “demo-


cracias” de Latinoamérica revela ese doble
temor. Tampoco los aparatos militares están
libres de miedos. La sensación de su super-
fluidad, de acuerdo con fabricantes, trafican-
tes y contrabandistas de armas los lleva
a luchar por su sobrevivencia.

Para el Pentágono la desaparición clamoro-


sa del llamado “peligro comunista”, en gran
parte creado por él (como el “cerco capitalis-
ta” era cuidadosamente cultivado por el apa-
rato soviético) ha sido un golpe muy fuerte.
Y se afana por encontrar objetivos menores,
tratando de que los “contras” nicaragüenses
no entreguen las armas, de que se manten-
ga tensa la situación en Colombia, o, a lo me-
jor de que hebreos y palestinos no lleguen a

27
un acuerdo.

En este tejido de recelos y de chantajes recí-


procos, en presencia de los cementerios de
guerra honrados por ceremonias oficiales,
de los cementerios clandestinos que ocultan
las víctimas torturadas del terrorismo militar,
de los enterraderos nucleares de la guerra
fría que amenazan las generaciones futuras
¿qué otra actitud cabe sino la de tratar de
librarnos -en escala mundial pero empezan-
do desde abajo en cada uno de los países-
de ese parásito peligroso siempre al acecho,
que impide además con su peso que se
puedan destinar más recursos a las necesi-
dades vitales?

La agresividad es una característica de nues-


tra especie, se dice y dice la historia. Pero
también es verdad que ha sido cultivada por
los aparatos de poder a través de la mística
religiosa y de la religión de la patria. Todos
pensamos que se trata de una característica
negativa, que, por otra parte, con la tecno-
logía que tiene a su servicio, amenaza hoy
la sobrevivencia de la humanidad en su
conjunto. Llegados a este punto, hay que

28
reconocer que lo urgente es combatir la
agresividad en el ámbito social oponiéndo-
le soluciones de solidaridad y libertad, y no
delegarla institucionalizándola como se ha
hecho hasta ahora, con el resultado de mul-
tiplicarla.

L.F.

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30
El antimilitarismo
como autodefensa civil
Opción Libertaria N°14, Noviembre 1990

31
La única manera de impedir que la sociedad
civil sea manejada por los militares y el Esta-
do, es llevar adelante una campaña antimita-
rista, que exprese claramente la rebeldía
de la población frente a dichas instituciones,
con actitudes insumisas. No hacerlo, no
hacer pública esa disconformidad, es acep-
tar voluntariamente esa servidumbre.

Esta es también la opinión de nuestros com-


pañeros españoles de la CNT reiterada en
sus vigorosas campañas antimilitaristas.

Mientras que en los restantes países Latinoa-


mericanos y europeos padecen la sevicia del
servicio militar y su lucha actual consiste en
rechazarlo, el Uruguay no lo tiene, ni lo pade-
ció nunca, en virtud de un rechazo colectivo.

Movimiento encabezado por la FEEUU, los


sindicatos autónomos (sindicalistas revolu-
cionarios) y las Juventudes Libertarias. De
paso aclaremos que la Federación de aquel
período, de orientación rebelde, juvenil, com-
bativa y creativa (inspirada en el movimiento
reformista de la Universidad de Córdoba) era
muy distinta de la actual FEEUU, vaciada de

32
contenido social por la politización partidista.

Otra aclaración es que los herreristas de


entonces también lo rechazaron, aunque fue
por estrategia coyuntural. Querían la neutra-
lidad como forma de apoyo al Eje.

Fue una campaña y un acto de voluntad


de rechazo de un pueblo, lo que impidió la
implantación de la Instrucción Militar y el
Servicio Militar Obligatorio en el país.

Hoy nos beneficiamos del esfuerzo y el


sacrificio de aquellos militantes. Y de paso
señalemos que aquel antimilitarismo, como
el actual, se reservaba el derecho de autode-
fensa, cuando se trata de agresiones contra
la comunidad. Se admitía y se admite la au-
todefensa pero siempre en manos de las
organizaciones populares libres y soberanas,
no delegándola en profesionales mercena-
rios.

33
El mito militar y su representación

La bomba atómica y los misiles han provoca-


do una situación nueva en las instituciones
militares, en su estrategia y en su táctica, así
como en la sociedad civil, al globalizar las
guerras haciéndolas total, queriendo destruir
al presunto enemigo en su población de
apoyo. Reduce enormemente la participa-
ción de los profesionales de la matanza de
soldados, y lleva a la comunidad social a un
dilema; o la guerra total o la transformación
de la sociedad y sus relaciones de poder. Si
el estado es la coerción para el beneficio del
grupo detentador del mismo, la coerción es
ejercida a través de instituciones autoritarias
cuya máxima expresión y modelo son las
fuerzas armadas, con su verticalismo jerár-
quico.

Tanto en las fuerzas armadas, como en los


partidos únicos, o en el pluripartidismo
tutelado se ejercita la consigna como orden
inapelable, en obediencia servil. Debemos
rastrear en nuestra semántica, pues es a tra-
vés de determinadas expresiones que se
cuelan y sobreviven ideas y actitudes auto-

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ritarias. La libertad de la persona y los sis-
temas democráticos reales rechazan natu-
ralmente el verticalismo en cualquiera de
sus formas cuya presunta justificación es la
eficiencia, a favor del consenso, la solidaridad
y la responsabilidad libremente aceptadas.

Guerra convencional y guerra social

Todas las doctrinas militares, abarcando un


espectro desde la actual escuela americana
hasta el Ejército rojo, pasando por la estrate-
gia de Mao Tsé Tung, o la inmensa mayoría
de las guerrillas, parten de la existencia o
aspiración hacia un estado nacional, orga-
nizándose, con fines específicos de guerra,
como un Estado Mayor militar ampliado,
que quedará permanente, según un ras-
go común que tiene los perfiles del estado
prusiano (claro que todos ellos aspiran a que
la población civil se identifique con él, pre-
tendiendo internalizar ese orden). Es natural
para ellos que ese nacionalismo como pan-
talla jurídica de oligarquía dominante aísle al
ciudadano e impida o dificulte toda solidari-
dad contra los agredidos, eludiendo de esa

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manera toda responsabilidad humana.

Por razones de Estado, ese hombre abstrac-


to, despojado de la rica sustancia humana y
viendo en su semejante otra abstracción,
puede considerarse con derecho a matar, ro-
bar, violar y engañar puesto que en la guerra
lo que importa es el éxito. Y por lo contrario
solamente pensando en términos de huma-
nidad se puede ejercer el principio de la
convivencia en sociedad: que la injusticia
que se comete a otro ciudadano, se comete
en mi persona.

Pero partiendo del estado de guerra, prepa-


rado psicológica y físicamente para la gue-
rra, se llega fácilmente a la aceptación del
absolutismo estatal, el partido único, el Esta-
do indivisible, identificado lógicamente con
las fuerzas militares y la policía secreta para
mantener la opresión. Y con el monopolio es-
tatal se debe aglutinar la población hacia un
presunto enemigo exterior, se desconocen
los derechos de quienes rechazan esta políti-
ca belicista, se niegan los restantes derechos
humanos, libertad de prensa, de reunión, de
palabra, el derecho de huelga, se desconoce

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el Habeas Corpus, se utiliza la técnica de las
desapariciones.

Ese Estado es un Estado de opresión violen-


ta hacia la población civil. Aunque tampoco
pueda utilizar indefinidamente el poder
desnudo, según lo demuestra la experiencia
rusa.

La política (arte de dominación de hombres)


y particularmente la parlamentaria que ha
ido sofocando las aspiraciones populares a
través de largas negociaciones y chicanas de
burócratas, hace de precipitador de situacio-
nes.

La coyuntura histórica de una crisis en cual-


quier momento que se presente es siempre
accidental. El azar deviene de que los hom-
bres no son ladrillos que se ponen definitiva-
mente en un lugar para siempre y sus reac-
ciones son imprevisibles, y aqui está dada
entonces la famosa Trinidad de la guerra de
Clausewits, es decir, los elementos compo-
nentes que determinan toda acción bélica,
según los manuales. Violencia, política y azar.

37
Pero sin embargo, todos tienen los manuales
y siempre alguno pierde y otro gana. Es que
los principios de Planificación, Ejecución y
Control, los mismos elementos de combate,
su potencia de ataque, movilidad y protec-
ción, la lucha en sus tres niveles (táctico, ope-
racional y estratégico), están basados en la
aceptación de esa situación por la población
civil, puesto que la guerra es tanto un ob-
jetivo de Estado, como un derivado de una
situación política global. Requisito indispen-
sable para ella es homogeinizar la población
y el esfuerzo nacional para dominarlo. Por el
contrario, rechazar la hegemonía militar, ha-
cer retroceder el autoritarismo, significa una
afirmación civil y social por donde resulta
que, sí la comunidad debe ser defendida, esa
defensa debe resultar de la acción volun-
taria del pueblo. El rechazo a esa presión
social permanente deviene así en un force-
jeo dinámico contra el Estado, en el cual la
sociedad al avanzar en sus derechos produce
de hecho una lucha social. Que se basará en
una autodefensa popular contra el militaris-
mo jerárquico.

38
Tendencia hacia la autonomía
del militarismo

El militarismo como institución (en gran


parte, casta) tiene una natural tendencia
hacia la autonomía. A responder por sí y ante
sí mismo, adoptando un papel mesiánico y
arrogándose un derecho de mando, incluso
político-social. Su tendencia hacia un creci-
miento a expensas de la sociedad es contí-
nuo, permanente y sin reverso. Tanto es así
que nuestras fuerzas armadas además de
haber tenido en sus manos las palancas de
mando de la economía, y haber dispuesto de
las mismas de manera inconsulta, autovota-
ron aumentos a sus carteras extraídos de los
rubros de Salud Pública y Educación, rete-
niéndolos aún hoy con uñas y dientes. Asi-
mismo, las posesiones confiscadas, tierras,
edificios, locales municipales, instituciones
públicas son expropiaciones que duran dos
ejercicios de gobierno por medio.

Continúan por el camino que lleva a mono-


polizar el poder total. Y esto nos trae de la
mano la siguiente pregunta: ¿Quién manda
en nuestra república? ¿Cómo manda? ¿Ha-

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cia dónde se dirige el mando político militar?

Porque después de la dictadura militar


arrancamos en un consenso popular en una
expectativa de pueblo en comunión, para
posteriormente perder todo eso, desapa-
reciendo todo, así como la posibilidad de
cambios de fondo, dejando una frustración
paralizante.

Los que quieren los cambios reales, no en-


cuentran ambiente propicio; y hasta tienen
dificultades para ser escuchados como es
caso del anarquismo.

En un orden democrático de buena convi-


vencia no se organiza desde arriba, desde las
estructuras del Estado, las buenas relaciones,
ni en tareas de maquillaje modernista, sino
por abajo, con sistemas que armonicen las
fuerzas sociales.

Los llamamos gobiernos fuertes, presiden-


ciables, de América Latina, son fuertes para
mantener el orden público latifundista y
financiero y hacer abortar las reivindicacio-
nes sociales, así como barrer todo intento de

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reforma, pero son débiles frente a los grupos
de presión nacionales o extranjeros, que son
los que dictan la política nacional.

La dictadura militar uruguaya aplastó el mo-


vimiento obrero, pero dejó hacer lo que qui-
sieran a las financieras internacionales y los
consorcios, puesto que su objetivo (que en
gran parte fue realizado) era su crecimiento
y la subordinación de la sociedad civil bajo
su férula.

La patria militar como grupo de presión

El Uruguay se fue conviertiendo en una es-


tancia grande, coto de caza de los grupos de
presión. Y no hay una fuerza popular, un mo-
vimiento coaligado de las mismas capaz de
oponerse a estos grupos de presión. En el
segundo período llamado democrático, se
continúa amasando el barro que trajeron las
polvaredas militares.

Deuda externa nebulosa (por sus orígenes)


venta del Banco Comercial, Minas Valencia,
colector, maquinaria y estructura de Salto

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Grande, son puntas de iceberg indicadoras
de presiones ejercidas bajo tutela militar,
deformaciones naturales a su estructura
vertical.

La autonomía, el crecimiento de las fuerzas


armadas según su propia ley, chocará siem-
pre con la tendencia a la autonomía de los
sectores productivos y creativos de la socie-
dad, que necesitan ellos sí legitimamente
crecer, madurar para disponer sus destinos.

Su ideal y su realidad, sus normas de creci-


miento tenderán hacia una sociedad de pro-
ductores, libremente federadas, por encima
de Estados nacionales y artificiales fronteras
políticas, en solidaridad humana, fraterna y
militante.

L.A.

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La versión impresa consiste en dos publicaciones:
fanzine del presente texto completo (en tamaño A5),
y fanzine (A6) con fragmentos, desplegable en poster
(A3), con el diseño de tapa; xilografía realizada por Delfi-
na Estrada de Fábrica de Estampas, Buenos Aires.

Esta última versión fue distribuida gratuitamente en


actividades durante la campaña de No a la Reforma, en
octubre de 2019, y el poster A3, impreso en serigrafía por
Gráfica a pedal, pegatinado por las calles de Montevi-
deo, y disponibilizado digitalmente para su libre descar-
ga, uso y circulación:

www.microutopias.press/vivirsinmilicos
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