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La dignidad de la mujer desde su ser

La dignidad de la mujer radica en su ser propio y profundo, en ser persona que merece
amor, por tanto, no puede ser negada o despreciada y si debe ser respetada como la
verdad que es su persona y requiere justicia si no es tratada como merece en razón de
su dignidad.
No se trata ahora de descubrir otra forma de ser mujer u otra ideología feminista,
ni  qué función hace en el entramado social. Se trata de que cada mujer en su ser
femenino, pueda redescubrir su propia identidad, desde su forma vivencial realizada
hasta el momento y desde ahí, ir viendo lo construido en su itinerario de mujer y hacer
más afianzado lo que le ayuda y ver a la vez lo que emerge de su ser en forma de
insatisfacción o angustia, un síntoma que, si no lo tapa, sabrá descubrir su significado
profundo.
El primer nivel que se va a encontrar es que es una mujer y que ella no eligió: ni ser
mujer, ni ser varón. Es lo dado por el Creador e inscrito en su código genético, la
mujer se encuentra en el mundo con un cuerpo que es su identidad visible, negar esta
evidencia le traerá a la mujer series consecuencias por la no aceptación.
El segundo nivel de aceptación es saberse hija. Nace en el seno de una familia
determinada, en un ambiente familiar que le acoge o en muchos casos casi no nota la
cercanía de sus padres y eso le impide tener su cariño, sus afectos, sus caricias
corporales de pequeña. Tiene una filiación natural "hija de María y de Juan, la familia
que, en caso de un amor verdadero todos los hijos pequeños son capaces de identificar
como absolutos a sus padres, en el sentido que le proporcionan cuidados, comida y
cariño y no se sienten necesitados. Pero más allá de todo el cariño proporcionado por
los padres es importante situar a la niña como ser abierto más allá de ella y de su
familia, que se sienta hija de Dios y debe saber, sea por fe o por conocimiento
inculcado, que ella no se eligió a sí misma, ni tampoco la eligieron sus padres, pero sí
que ellos, hicieron posible con el Creador el misterio de su persona. Sus padres con su
amor hicieron posible que ella venga al mundo y son co-creadores con Dios. La
filiación natural que a la vez abre a la trascendencia le puede llevar a actuar más allá
de complejos o ataduras, liberar de heridas profundas infligidas en su entorno y
ayudarle a ser libre del dolor que le oprime sea físico o psíquico.
El tercer nivel a descubrir es el ser esposa compañera de viaje. En este caso la
dignidad de la mujer debe ser redescubierta y está íntimamente ligada al amor que
recibe, al que ella misma responde en razón de su naturaleza profunda. En esa
dimensión de esposa, que no siempre es fácil descubrir, no se trata de competir con el
otro, ni de estar a otro nivel. Aquí no se necesitan disfraces, es la femineidad más bella,
es el sentirse grande y pequeña a la vez, es saber acoger e intercambiar. Su relación en
el matrimonio como esposa es más complicada que la que tiene como hija, o más tarde,
como madre. Estas últimas le vienen dadas: se encuentra en una familia, y conoce al
hijo que ha engendrado al venir a la luz. Ser esposa implica una decisión voluntaria de
compartir la vida con la persona elegida y aceptar lo que lleva consigo.
Ser esposa lleva consigo poner al descubierto su ser, estar ante el otro en la desnudez
de la conciencia, en la verdad, en la dulzura y en la incomprensión, en la carencia y
también en la riqueza de experiencia y de valores que el destino pasado dejó. Es
necesario madurar los miedos, con la conciencia de saber quién se es, de dónde se
viene y que proyecto de pareja se quiere construir, sin sentirse amenazada o aplastada
y sin aplastar al otro, a la vez que caminan juntos en la ayuda mutua .La plenitud de la
mujer es descubrirse día a día como esposa ,al igual  que la del hombre consiste en
llegar a ser esposo, redescubriéndose mutuamente lo ignorado, escondido o negado
que les impide crecer, estableciendo el cara a cara de la relación personal desde lo
fácil y más aún desde lo que se vea difícil, condición necesaria para el avance
personal, familiar y social, creando una relación justa, desinteresada, fecunda que
ayudará en la realización personal de ambos y en el crecimiento estable de los hijos.
El cuarto nivel la realiza como madre, al ser plenamente esposa, realizando su ser,
sintiéndose que lo que hace está acorde con su naturaleza profunda y la mujer se
convierte plenamente en madre. y no hay una maternidad verdadera sin un verdadero
encuentro  entre los esposos, sin una unión en la entrega de sí como regalo al otro y en
la acogida del otro como don y regalo de sí mismo, cualquier relación que no lleve a la
acogida plena del otro es falsear la realidad y sólo obtiene encuentros fallidos y
dolorosos. El  desposorio verdadero lleva el poder innato de la maternidad/paternidad.
La mujer, hija ,esposa y  madre, lleva en su propio seno al hijo, participando de una
manera tan íntima del amor del esposo, del hijo de ambos y de la Creación, entregando
su propio cuerpo al esposo y al hijo, sirviendo con su propia sangre a través del cordón
umbilical del bebé, sin mezclarse  las sangres de madre e hijo, siendo alimento para su
bebe-hijo y a la vez que la mujer contribuye con su generosidad a este designio de la
naturaleza humana de venir al mundo todos los seres en el seno de una mujer. Es una
gracia extraordinaria del Creador concedida a la mujer. Todo su ser está concebido en
función de su vocación a la maternidad, la vocación a la maternidad es innata en ella,
inscrita en lo más profundo de su ser creado e incluye la maternidad espiritual.
Como afirma la profesora Jutta Burggraf ”: La auténtica maternidad espiritual puede
indicar proximidad a las personas, realismo, intuición, sensibilidad frente a las
necesidades psíquicas de los demás, y también mucha fuerza interior. Indica una cierta
capacidad especial de la mujer para mostrar el amor de un modo concreto, un talento
especial para reconocer y destacar al individuo dentro de la masa.”
Es cada mujer en su opción libre y responsable  ver  qué función quiere desempeñar en
el entramado social.