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De Leyenda...

Un paseo por la El sureste coahuilense, un


territorio de serranías y
Antigua Hacienda llanuras cobijadas por el
semidesierto. Antiguo le-

de Ciénega del
cho del mar de Tetis que
hace 65 millones de años
era el hábitat de moluscos,
Carmen. amonitas, peces y dino-
saurios de los que ahora
sólo quedan sus fósiles. Un
lugar que hace quinientos
años era la inhóspita fron-
tera entre la civilización
novohispana y el descono-
cido norte, lleno de mitos
increíbles. Allí, entre las
ciudades de Torreón y
Saltillo, a unos pasos de
Parras, enclavada en la
sierra de Payla, está la
Antigua Hacienda de Cié-
nega del Carmen, un lu-
gar de historia, mitos y
leyendas de película.

Texto y fotografías de Víctor Antero Flores.


De Leyenda
Víctor Antero Flores

La Hacienda de Ciénega del Carmen fue construi-


da hace más de 400 años como propiedad del Mar-
qués de Aguayo, un nombre que en la región es
sinónimo de mitos y leyendas conocidas por todos,
inverosímiles relatos de aire colonial que de boca
en boca dan color a la región.
El casco data de la segunda mitad del siglo XVII,
tal vez de 1667, año en el que Agustín de Eche-
vertz Subiza y Espinal, el primer marqués de

Don Francisco de Urdiñola.

Aguayo, se casó con Francisca de Valdés Alceaga


y Urdiñola, bisnieta del conquistador, gobernador
de la Nueva Vizcaya y pacificador de indios don
Foto: Víctor Antero Flores
Francisco de Urdiñola. De este matrimonio nació
Fábrica de vino.
una niña, Ignacia Javiera de Echevertz y Valdés
(segunda Marquesa de Aguayo) en 1679 y se casó
en terceras nupcias con José Ramón de Azlor y
Virto de Vera, segundo de la Casa de Guara, quien
por este matrimonio adquirió el título de segundo
Marqués de Aguayo. Y se dice que su cortejo fúne-
bre pasó, y seguro tuvo estancia y descanso, en la
Hacienda de Ciénega del Carmen el 7 de marzo de
1734. En ese entonces este era un lugar dedicado a
la siembra de trigo y a la molienda. El casco era
enorme, con un acueducto grande de más de diez
metros de altura, que llevaba agua al molino. Había
casas, gigantescas trojes donde se guardaba la co-
secha de cada año, escuela para los niños, plaza
Foto: Víctor Antero Flores
Foto: Víctor Antero Flores

Entrada al interior del casco de la hacienda. Antiguas casas habitación.


Foto: Víctor Antero Flores
Antiguo Acueducto.

pública, caminos, gente, actividad de sol a sol. Bunch, de Sam Peckinpah, conocida en México
Rebosaba de vida. como “La pandilla salvaje” y en España como “El
Para el siglo XIX, la sexta generación de marque- grupo salvaje”. Es una cinta protagonizada por
ses, debido a deudas adquiridas e hipotecas, se vio William Holden, Ernest Borgnine, Robert Ryan,
obligada a poner en venta la propiedad, que fue Edmond O'Brien, Warren Oates, Ben Johnson, Bo
adquirida por la poderosa familia Sánchez Nava- Hopkins, Alfonso Aráu y Emilio “el Indio” Fernán-
rro, potentados del latifundio más grande del mun- dez; rodada en 1968 ganó, un año después, el
do en esa época. Óscar por mejor guión y por mejor banda sonora.
Después la hacienda fue comprada por un inglés
de apellido Richardson quien comenzó elaborar el
producto que había hecho famosa a la región, el
vino. Las grandes bodegas se vieron repletas de
barricas de roble de todos tamaños, destiladores,
silos de fermentación, depósitos para la uva, pren-
sas y maquinaria. Produjo diversas clases de vinos
hasta la segunda mitad del siglo XX cuando ya era
propiedad de la familia Aguirre Martínez. Para
entonces ya era un casco antiguo pero conservado.
Paulatinamente, la economía quebradiza del país
despobló la región. La competencia era fuerte y la
gente prefería emigrar a las ciudades. La Hacienda
quedó casi en el abandono. Mantener un lugar tan
grande dejó de ser rentable, pero en los años se-
senta tuvo un golpe de suerte que ayudó mucho a
los lugareños, y fue por parte de una industria no
tan propia de la región, el cine.
Hollywood llegó a Parras y a la Hacienda de Cié-
La pandilla salvaje. 1968. Nótese el arco del acueducto al fondo.
nega del Carmen con la película de The Wild
Sábado 22 de enero de 2011.
La última vez que estuve aquí tenía dieciocho años,
y de eso hace veinticinco. Mi amigo, Fernando
Tafich Aguirre, quien su familia es la actual dueña
de la hacienda, me invitó a pasar un par de días en
el lugar y a recordar las aventuras de antaño, pues
hacía décadas que no nos veíamos.
Por la terracería que viene desde el pueblo del mis-
mo nombre la veo enclavada en el cerro. Se ve más
pequeña de lo que en realidad es. Está casi igual
que hace veinticinco años, sólo que un poco desla-
vada. Veo construcciones antiguas que no recorda-
ba y las grandes naves que hace tantísimos años Patio central de la hacienda.
fueron graneros de trigo. Allí está la casa frente a
la plazuela donde vi “La pandilla salvaje” en 1986, escenas de La pandilla salvaje: Soldados revolucio-
como parte de aquella visita. Después tuve oportu- narios moviéndose por allí, las balas que pegaban
nidad de reconocer cada locación de las escenas en las paredes y la abundancia de sangre. Por cierto,
que vi en la película. luego de la filmación los muros quedaron maltrata-
Los arcos del acueducto son diferentes a los tradi- dos con tantos estopines que hicieron estallar para
cionales que vemos en la región, son góticos. Un simular el impacto de las balas. Recuerdo haber
estilo poco usual por aquí. Seguramente influencia recogido un par de cartuchos de salva calibre 30-30
árabe. Allí sigue el cuartito con las ruinas de un que fueron utilizados por los actores. Fernando me
baño sauna que tal vez fue la delicia de los latifun- dice que aún quedan algunos por allí. El corredor
distas. El patio central me evocó inmediatamente principal fue restaurado en sus paredes y en el piso.
La antigua duela se había podrido. Los cuartos inte-
riores siguen tal y como los había visto de adoles-
cente, largos, amplios, de techos altísimos, con ma-
dera en el piso. Ahora allí hay camas y dos mesas
de juego, una de futbolito y otra de billar, guardadas
del polvo con sendos plásticos. Las puertas de las
ventanas sin vidrio, nudosas y antiguas, están abier-
tas para propagar la luz. Afuera resuella una peque-
Foto: Víctor Antero Flores

ña planta de luz eléctrica portátil. De noche se vive


como lo hacían los antiguos dueños, hermanados
con la oscuridad. En la cocina hay un túnel miste-
rioso. Originalmente proveía agua para las faenas
domésticas; ahora dan ganas de explorarlo. Nadie
ha entrado. Seguro fue refugio de los habitantes de
la casona durante las épocas conflictivas: la inva-
El túnel y cerca de allí un pequeño altar. sión norteamericana, la intervención francesa y la
Revolución. ¿Qué ocultará en sus entrañas? No en-
tramos, no por falta de valor, sino por falta de una
lámpara.
Algo que no recordaba de la fachada del casco es el
ancla en sobre relieve que lo adorna. Un ancla mari-
Foto: Víctor Antero Flores

na, con su cadena, bien conservada. Rara imagen en


un lugar desértico alejado por cientos de kilómetros
de cualquier costa. —Es el símbolo de los moline-
ros—, me dijo Fernando. Por otro lado encontré que
el ancla es un símbolo universal de seguridad y de
esperanza (y si que se requería en estas tierras). Fue

El ancla en la fachada.
llena de vino, departiendo
entre mujeres desnudas.
Allí sigue ese enser y aque-
llas extras de película tam-
bién dejaron legado; supe
después eran gente de Pa-
rras, y hay quienes aseguran
qué aún andan por allí algu-
nos “hijos de la pandilla”.
El lugar es grande, enorme,
con iguales arcos góticos en
el interior, con barricas in-
mensas, allí están los viejos
destiladores, el horno, silos
donde se depositaba la uva,
más cuartos, la cava oscura
Bajo los arcos de la Hacienda de Ciénega del Carmen.

utilizado desde la época del Rey Salomón, igual-


mente en el cristianismo e incluso en la masonería.
A cincuenta metros de ese lugar están las trojes,

Foto: Víctor Antero Flores


dos de ellas sin techo. Los muros sobrepasan los
ocho metros de altura, con más de un metro de
espesor como por treinta de profundidad. Casi to-
das las puertas centenarias se conservan en sus
goznes. Uno de los graneros aún funciona como
bodega donde se guarda maquinaria agrícola. En
una el techo se sostiene por una línea de arcos góti-
cos de piedra, mientras que el resto es de adobe y

Foto: Víctor Antero Flores


nos da la impresión que se construyó usando un
pedazo de acueducto para sostenerla. Aunque eso
aún está en veremos.
Salimos de allí y caminamos por lo que antes debió
haber sido un alegre paso de carretas, jardines, em-
pedrados y caseríos que llevaban a la gran bodega
que alberga las cavas. Al abrirse el viejo portón
todo adentro parece más amplio que visto desde
afuera. Es como entrar al país de Oz donde todo
toma nuevo color y proporción. Ya no es tal y co-
mo lo recordaba, en veinticinco años desaparecie-
ron la mayoría de las barricas. El tiempo las acabó.
Veo un barril solitario trepado en un andamio. Lo
reconozco de inmediato al ver sus viejas cicatrices.
Es el mismo que fue perforado a balazos por “La
pandilla salvaje” para beber vino a chorros. Está La barrica balaceada.
casi igual, con los orificios de bala originales, algu-
nos tapados con un tipo de resina. Así era, sólo que a donde llevaron muchas de las barricas para preser-
antes estaba acompañado por una fila de iguales. varlas. Preguntó por leyendas. —Hay historias de
Es una de las escenas que más han permanecido en que aquí se parece el diablo—, cuenta mi amigo —
mi memoria, como aquella en la que el grupo de pero muchas fueron invento de los viejos dueños
forajidos usa de tina de baño una enorme barrica para evitar que la gente entrara a robarse el vino—.
El sol de la mañana se perfila sobre los arcos sarra-
cenos y su enormidad. Recuerdo en la película a los
soldados apostados en lo alto disparando sus rífeles.
¿Cuántas cosas de la ficción se habrán visto en la
realdad de este lugar durante 400 años?
La hacienda de Ciénega del Carmen allí sigue y se
busca conservarla. Para eso se necesita mucha in-
versión. Desgraciadamente los programas de patri-
monio cultural de gobierno incluyen la expropia-
ción de los predios, y para los dueños no resulta
conveniente. El proyecto de rescate de este inmue-
ble incumbe ahora a la iniciativa privada y por eso
el lugar ya se ofrece para vistas y excursiones turís-
ticas y, por supuesto, para rodar películas. Muchas
haciendas del noreste han terminado en ruinas por
la acción del tiempo y la ignorancia de personas que
Emilio “el Indio” Fernández en The Wild Bunch.
desconocen su valía. La Hacienda de Ciénega del
Carmen es un lugar enorme, en todos los aspectos,
La noche llegó. Regresamos a la casa grande. Al-
mejor cuidado que muchos, y digno de preservarse
gunos invitados ven un partido de fútbol americano
para el estudio y conocimiento de nuestra historia.
en una computadora, a través de banda ancha del
internet. Hay problemas con la planta de luz. Que-
damos a oscuras unos momentos. Alguien insiste
en ir al panteón y retar a la bruja que dicen anda
por allí. Son la doce de la noche y cruzamos en
camioneta el kilómetro de matorrales hasta el cam-
posanto, más por curiosidad histórica que por creer
en cosas paranormales. No es un lugar tétrico, es
pequeño y sigue en uso para los poblados cercanos.
Conserva criptas muy antiguas, la mayoría triste-
mente saqueadas. Dicen que la gente principal de
aquella hacienda era enterrada con joyas, por eso el
latrocinio. Hay luna y pueden verse las siluetas de
las cruces y las tumbas. Con lámpara en mano in-
vestigo una de las criptas. Ni siquiera hay ataúd
dentro. Otras siguen cerradas. Volvemos al casco.
Foto: Víctor Antero Flores
Foto: Luis Arturo Gatica

Barricas y cavas.
Foto: Víctor Antero Flores Foto: Víctor Antero Flores Foto: Víctor Antero Flores

Contacto: victor_afz@hotmail.com
Ayudemos a que el tiempo no termine con esta joya del estado de Coahuila.

Foto: Víctor Antero Flores Foto: Víctor Antero Flores