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CO M U N I C A C I Ó N POLÍTICA E INCLU SIÓN

Comunicación Política e Inclusión

Módulo 3
¿Por qué adquirimos los
signos?

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Contenido
INTRODUCCIÓN ..................................................................................................................................... 4
1. CONSUMO Y OBSOLESCENCIA ............................................................................................................ 5

1.1. OTROS PRINCIPIOS QUE HAY QUE ATENDER PARA UNA COMUNICACIÓN EFICAZ ................................................. 7
1.2. ASPECTO DEL DISCURSO ................................................................................................................... 10
1.2.1. La visión con ...................................................................................................................... 11
1.2.2. La visión desde fuera .......................................................................................................... 11
1.2.3. La visión por detrás ............................................................................................................ 11
2. SISTEMAS CULTURALES Y VISIÓN DEL MUNDO ................................................................................ 12
2.1. LA ESCRIBALIDAD Y LA DEIFICACIÓN DEL ELLO OBJETIVADO ....................................................................... 17
2.2. PASO A PASO , LOS SISTEMAS CULTURALES ............................................................................................. 21
2.3. EL PERSPECTIVISMO DEL ELLO COMO NEXO ENTRE CULTURAS ORALES Y ELECTRONALES. IMAGINARIOS CERCANOS Y
LEJANOS ............................................................................................................................................. 26

CONCLUSIÓN ....................................................................................................................................... 32
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS ............................................................................................................ 33

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Introducción
Una gran pregunta acerca de por qué adquirimos ciertos signos y por qué
desechamos otros, la responderemos en este módulo. Se trata de comprender e
interiorizar principios científicos que regulan inexorablemente la adquisición de
los signos según nuestros públicos-objetivos. Y todo ello nos va a llevar a
descubrir y a caracterizar el mundo de los sistemas culturales de la oralidad, de
la escribalidad y de la insurgente e invasiva electronalidad.

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1. Consumo y obsolescencia
Hemos señalado que para la semiótica pragmática, los signos no son lo que son,
sino lo que parecen. Y ello ocurre —también lo señalamos— porque todos
producimos nuestros signos a partir de nuestro programa de experiencias y de
nuestro umbral cultural de percepción, conceptos todos que vimos en los módulos
1 y 2.

Hemos subrayado también que las tecnologías de la información (palabra


hablada, escritura alfabético-fonética y palabra electrónica) configuran sistemas
culturales, y que cada uno de estos sistemas culturales implica modos diferentes
de producir sentido, y lo que esto significa en torno a nuestras relaciones
objetivas o subjetivas sobre el mundo que nos rodea, sobre la preponderancia
de figuras metafóricas o figuras metonímicas, y lo que implica sobre la
interiorización de lógicas de subordinación o coordinación.

Estos vectores de producción de sentido signan los grupos sociales de los que
nuestros programas de experiencias se van nutriendo. Es evidente que
pertenecer a un sistema cultural oral, escribal o electronal nos hará decodificar
un signo, que creemos el mismo, de manera diferente.

En esta misma línea de pensamiento, estamos en condiciones de entender un


principio básico que rige la vida y vigencia de los signos: la obsolescencia.

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Principio que nos dice que un signo, al estar sometido al permanente consumo,
se desgasta; principio que nos dice que este desgaste hace que el signo pierda
gradualmente su capacidad de información por el consumo al que hemos hecho
referencia; principio que nos dice, en fin, que no hay signos de validez inmutable
o eterna.

Por su propia naturaleza, un signo es un elemento portador de información. Si su


capacidad de información se deteriora, y de pronto hasta se pierde, las
motivaciones para interiorizar el signo serán cada vez menores. Cuando se tira
un dado, por ejemplo, la expectativa es grande porque ese signo posee muchas
posibilidades de información: tiene
seis. Ese dado tendría menos
potencialidades si ofreciese menos
alternativas de información. Es este
mismo principio de la obsolescencia
sígnica el que nos explica por qué
los niños se aburren de un juguete
o lo reinventan imaginariamente. Es
la obsolescencia la que explica que
un niño o un joven no tenga ilusión
por el regalo de un pariente que
regala siempre lo mismo. Y es el
mismo principio el que se activa
cuando, en un cumpleaños, ese
mismo niño no duda hasta en
romper los papeles de regalo o aun
la caja misma con la finalidad de llegar al regalo o signo proveniente de quien
suele regalarle cosas distintas cada vez.

El ejemplo anterior nos sirve para subrayar —ya atentos a la evolución de las
tecnologías de la información— que, cuando se produce, un signo debemos estar
muy atentos a la capacidad de información que puede contener el mismo para
nuestros receptores. Debemos atender siempre al programa de experiencias de
las personas que constituyen nuestro público-objetivo.

A cada quien según su programa de experiencias; a cada quien proponerle


siempre un signo que sea portador de información. Nunca olvidemos que los
signos, vía el consumo, se desgastan. Ese es el principio de obsolescencia.

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1.1. Otros principios que hay que atender para una


comunicación eficaz

Consideremos:

 Predicatividad, gratificación y economía. Hay tres palabras


indispensables que garantizan la interiorización y permanencia de los
signos: predicatividad, gratificación y economía. En ese orden.

 Predicatividad. Significa que los usuarios deben percibir que los


signos dicen realmente algo sobre las cosas.
 Gratificación. Supone que los signos tengan la capacidad de
satisfacer motivaciones y expectativas de la gente.
 Economía. Alude a que los receptores perciban una relación
costo/beneficio ventajosa. Que el esfuerzo por adquirir el signo se
vea recompensado por la utilidad de su uso o posesión.

El interés de la gente por aprender chino hace veinte años atrás no era el
mismo que hoy ya se percibe en mucha gente que hace negocios. Y es
que hoy no solo China es una de las primeras economías del mudo, sino
que un hombre de negocios sabe que un chino prefiere hacer negocios
con gente que ha hecho el esfuerzo por aprender su lengua: lo estima un
valor agregado. Hacer negocios hoy en chino con un interlocutor cuya
lengua materna es el chino es doblemente predicativo. No solo se dice lo
que se quiere, sino se refuerza ese decir por hacerlo en chino.

Del ejemplo anterior extraemos lo que operativamente significa hablar de


gratificación y economía, porque nuestro hombre de negocios interiorizó
el lenguaje chino sabedor de que iba a satisfacer un deseo muy suyo:
hacer mejor el negocio; y no vaciló en aprender una lengua difícil porque
le resultaba altamente económica: el costo se veía altamente compensado
por los beneficios.

 La racionalidad y los insights. El racionalismo cartesiano —introducido


a partir del pensamiento de Descartes desde el siglo XVII— nos hizo
suponer que el ser humano es y se comporta permanentemente como un
todo racional. Nuestras decisiones obedecerían, entonces, a procesos
racionales que devienen de nuestro programa de experiencias. Los
sentimientos y afectividades quedarían, desde esta visión, minimizados.

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Sin embargo, el avance de las neurociencias y de la semiótica pragmática


—sobre la base de experiencias empíricas en laboratorio— nos comprueba
que el 85 % de todo lo que hacemos y todas las decisiones que tomamos
provienen de nuestro subconsciente e inconsciente. De lo cual se
desprende que, si bien es cierto que nuestro programa de experiencias y
nuestros procesos de atribución de sentido se nutren del programa de
experiencias social, bebemos también de allí todo un cúmulo de
informaciones que el colectivo social ha ido albergando
subconscientemente a través de un sinnúmero de actividades: bailes,
ritos, costumbres, etc., que difícilmente son reductibles a la racionalidad.

No somos conscientes de ello. En innumerables ocasiones tomamos


decisiones por temores racionales o irracionales, provenientes tanto del
desarrollo de nuestras propias vidas individuales como de factores
flotantes en nuestro ambiente social.

Atender a este mundo del programa de experiencias social e individual del


público-objetivo no es solo, pues, atender a sus racionalidades. Incluso no
siempre lo que la gente dice que quiere o desea hacer es lo real.
Tendemos, por asuntos culturales señalados, a no poner en evidencia
nuestros afectos y emociones.

De allí que en la comunicación política sea necesario —con anterioridad a


ella— tener un profundo conocimiento de la mente del ciudadano. Lo que
nos obliga a intuirlo; sí, intuirlo; y, sobre todo, a adentrarnos en su mundo
interior, en su subconsciente e inconsciente, en sus afectos y desafectos
racionales e irracionales, para así
lograr que la comunicación política
pueda proponer los signos que
coincidan con lo que es relevante —
más allá de lo declarado
expresamente— para los individuos
y colectividades.

Predicatividad, gratificación y economía son


requisitos para la adquisición de los signos;
pero estos requisitos dependen del modo
en que el ciudadano otorgue sentido a
dichos signos: los famosos vectores de la
producción de sentido a los que aludimos en el módulo previo, cuando hablamos

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de que las personas producían sentido según el sistema cultural al cual estaban
adscritas.

Ahora entendemos que debemos ir más allá para que la comunicación política
sea eficaz. Debemos conocer el mundo de los afectos y temores sociales e
individuales, porque ello nos permitirá que la comunicación política proponga
signos adaptados —ya en profundidad— a los insights o motivaciones reales que
subyacen a la adquisición de los mencionados signos.

A los insights los podemos, genéricamente, clasificar en tres grandes grupos:

 Los insights superficiales o superfitial insights, que son más bien


lógicos, funcionales, poco emocionales.
 Los under insights, es decir
motivaciones cuyo
componente es
fundamentalmente emocional
y afectivo, que trascienden la
lógica misma.
 Los deep insights o
motivaciones profundas, que
poseen un gran poder de
convocatoria porque
constituyen realmente
motivaciones que brotan del
subconsciente y de los propios
instintos de individuos y grupos sociales.

Aquí les proponemos un cuadro que explica desde los instintos básicos de
supervivencia, pasando por los instintos biológicos, hasta las
motivaciones/actitudes intrapersonales e interpersonales que gobiernan nuestras
conductas, más allá de las racionalidades.

Es claro que en el transcurso del tiempo, y por perspectivas culturales, las


motivaciones/actitudes intrapersonales e interpersonales adquieren, o pueden ir
adquiriendo, simbolismos o manifestaciones externas diferentes. De allí que la
semiótica aluda a ellas como semas o unidades de significado cultural.
Cualesquiera que sean los símbolos que ponen en evidencia a los semas, nos
remiten siempre a estos insights que son constantes.

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Tabla 1. Matrices de insight a ser trabajados

Eros Semas semiológicos Semas semiológicos


Instintos biológicos intrapersonales interpersonales
Proteger tribu
Instintos básicos, supervivencia

Afirmar identidad
Violencia
Dominar a alguien
Sadismo/sadomasoquismo
Tener pareja Comunicación
(infidencia,
Tener hijos
Sexo confidencia)
Tener belleza
Deseo
Exhibicionismo
(amor, odio)
Buscar orden Participación
Ser explorador (ayuda, impedimento)
Territorialidad Reconocimiento
Tener dinero, objetos
Contar con una tribu
Tánatos Poseer orden

Diferentes disciplinas y nuestra experiencia cotidiana coinciden en que nuestra


existencia está encerrada entre la vida y la muerte: Eros y Tánatos. Estos polos
entre los que transcurre nuestra existencia alimentan semas semiológicos
intrapersonales e interpersonales que, en principio y en condiciones de sanidad
mental individual y colectiva, alimentarían el Eros. Sabemos, sin embargo, que
no siempre es así. Y ello ocurre, en gran medida, precisamente porque la
racionalidad a la que hemos hecho alusión antes suele tropezarse con alguna
frecuencia con los instintos biológicos que hemos tratado de agrupar en el cuadro
anterior: violencia, sexo y territorialidad.

1.2. Aspecto del discurso

Dependiendo del público-objetivo y de sus modos de producción de sentido, así


como de los insights culturalizados o semas que le sean habituales, el
comunicador político podrá optar por un punto de vista que acerque los signos
que propone a los receptores. A este punto de vista se le denomina aspecto de
la comunicación política.

Hay tres aspectos a los cuales puede recurrir el codificador de un mensaje


político:

 Visión con.
 Visión desde fuera.
 Visión por detrás.

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1.2.1. La visión con

Supone que el emisor codifica su mensaje buscando que el receptor perciba que
el primero lo está acompañando en el conocimiento o información propuestos
sígnicamente. El emisor, entonces, crea una relación más horizontal con el
público-objetivo. Trata en todo momento de hablar de cosas compartidas y de
hacer familiares propuestas nuevas. Resulta un recurso útil a este aspecto de la
comunicación política la apelación constante a preguntas que puedan ser
contestadas en coro con receptores físicos o virtuales; en el caso de receptores
a distancia o virtuales, será bueno reiterar lo «coreado».

1.2.2. La visión desde fuera

Supone que el emisor no se involucra con el receptor durante el desarrollo de la


comunicación política. Busca crear la sensación de que la información es
presentada racional y objetivamente. Es claro que esta visión supone, como paso
previo, que el emisor goce de alguna autoridad ante el receptor (técnica o
política). Es claro también que un emisor puede ir construyendo esta autoridad
con presentaciones en las que siempre mantenga la visión desde fuera.

1.2.3. La visión por detrás

Implica poner en evidencia ante el receptor no solo que el emisor sabe más que
él sobre el tema que se está tocando, sino que, en general, no está diciendo todo
lo que es capaz de dominar, y que tampoco está mostrando todos los
conocimientos que posee.

De modo que el comunicador político ajustará el aspecto de la comunicación al


público objetivo y a sus propias competencias y habilidades. Incluso cuando
quiera posicionarse o identificar su mensaje con alguno de los aspectos en
particular, es conveniente a veces introducir un aspecto distinto a aquel que en
definitiva se quiere posicionar.

Cualquiera de los tres aspectos debe apuntar a garantizar la empatía entre emisor
y receptor. Es decir, que la comunicación política genere un pacto mutuo de
confianza y credibilidad.

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2. Sistemas culturales y visión del


mundo
Todos sabemos que para diversos autores la vertebración de una sociedad se
realiza en torno a la vigencia de un sistema cultural dado, sea este un sistema
cultural de la oralidad, de la escribalidad o de la electronalidad. La primacía de la
palabra hablada, escrita o de la palabra electrónica construye alrededor de ellas
determinados tipos de tecnología, de organizaciones sociales, con una envoltura
de circulación de información dada; elementos a los que Alvin TOFFLER (1984)
llama tecnósfera, sociósfera e infósfera.

Evidentemente, el paso de una tecnología comunicativa o tecnósfera oral a una


escribal y a una electronal supone modificaciones en las instituciones sociales
(desde la familia hasta el Estado), en las relaciones de interacción y en el universo
de valores.

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Como señalamos en nuestro libro Representación oral en las calles de Lima


(BIONDI-ZAPATA, 1994, p. 16):

«La vigencia o no de un sistema


cultural crea [...] espacios
axiológicos en los cuales discurren
individuos y colectividades,
comprometiendo seriamente su
identificación. Desde la semiótica,
nosotros preferimos utilizar el
término espacios de sentido en vez
del —para algunos— reduccionista
término espacios axiológicos. ¿Qué
serían los espacios de sentido? Las
claves de interpretación y
comportamiento que un sistema
cultural dado ofrece. Cada sistema,
entonces, alberga sus propias
pertinencias de identidad [...]».

Desde esta perspectiva, y considerando que la lengua es un hecho semiológico,


debemos tomar en cuenta que las atribuciones de significado que el usuario de
signos realiza respecto a estos no dependen únicamente de la lengua, sino del
sistema cultural al cual un individuo se halla adscrito. Las propias lenguas, en su
estructura y funcionamiento, van a verse afectadas por la envoltura de esta
textura semiológica llamada oralidad, escribalidad o electronalidad.

Es cierto que los procesos de atribución de significado difieren de un


quechuahablante a un hispanohablante; pero cierto es también que esta
diferencia no es reductible solo a la lengua, porque la atribución de sentido
realizada por un hispanohablante adscrito a un sistema cultural oral difiere
también respecto a aquella atribución realizada por otro hispanohablante adscrito
a la cultura de la imprenta o al sistema cultural de la electronalidad.

Recientes investigaciones que estamos realizando nos demuestran, lógicamente


salvando los condicionamientos económicos y sociales, la hasta ahora inédita
cercanía que hay entre un joven claramente identificado como segmento A o B
de Lima y jóvenes cusqueños hispanohablantes con sustrato quechua.

No es necesario detenerse aquí en las relaciones entre lenguaje y pensamiento,


viejo tema, vieja comprobación, a nuestro juicio aún no abordada debidamente.
Semióticamente nos interesa determinar por qué la adscripción de una persona
a un sistema cultural dado produce una determinada manera de atribuir
significado, y con ello una visión del mundo, con ello la formación de identidades
e imaginarios individuales y colectivos. Esta determinación es imprescindible para
reconciliar ciencia y cultura, y estas con el desarrollo.

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Varios autores han intentado caracterizaciones de los sistemas culturales de la


oralidad, la escribalidad y la electronalidad. Desde trabajos que podrían
considerarse fundacionales como los de Milmam PARRY hasta los más recientes
de Jack GOODY, Walter ONG, MCGANN y MCNEILL, Terence HAWKES, y también,
ciertamente, las ideas de Marshall MCLUHAN y Alvin TOFFLER.

Una preocupación semiótica en torno a este tema va en la búsqueda de cercanías


y distancias respecto a la producción de significado, porque ello compromete las
posibilidades mismas de desarrollo. La mayoría de autores ha trabajado más en
la línea de características agregativas (uso de oraciones simples y coordinadas,
subordinación primaria, verbos en indicativo, recursos mnemotécnicos, etc.);
estas características han sido concebidas particularmente como pasado, de tal
manera que la oralidad ha quedado reducida a folklore o tradiciones que (sin
importar a veces para qué) debemos recoger.

Nuestras indagaciones han ido más bien por la identificación de pertinencias; por
ejemplo, un individuo puede leer, y mucho, pero no estar adscrito al sistema
cultural de la palabra escrita. Si entrásemos por el lado de simples
caracterizaciones agregativas, ese individuo sería un escribal. De modo que no
se puede tratar ese tema de una manera simplistamente agregativa, trivial.

Roman Jakobson (1967, pp. 95-96), al hacer alusión a los mecanismos básicos
de producción de significado, señaló:

«Dos son las directrices


semánticas que pueden
engendrar un discurso, pues un
tema puede suceder a otro a
causa de su mutua semejanza o
gracias a su contigüidad. Lo más
adecuado será hablar de
desarrollo metafórico para el
primer tipo de discurso y
desarrollo metonímico para el
segundo [...]. Ambos procesos
operan continuamente, pero una
observación cuidadosa revela
que se suele conceder a uno
cualquiera de ellos preferencia
sobre el otro por influjo de los
sistemas culturales».

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Respecto a la oralidad, dimos cuenta de una exhaustiva investigación realizada


en el libro Representación oral en las calles de Lima. Hacíamos referencia allí a
los resultados de horas de grabaciones realizadas con micrófono oculto a los
denominados oradores de las calles, pertenecientes a sectores populares.
Seiscientas nuevas horas de grabación, con el mismo sistema de micrófono
oculto, y esta vez atendiendo a situaciones interactivas verbales de jóvenes
pertenecientes a los sectores A y B de Lima, nos permiten arribar a conclusiones.
Este material está siendo actualmente procesado y completado con jóvenes
informantes de la ciudad de Cusco. Es fácil ya advertir los derroteros.

En las sociedades orales, subrayemos que sociedades orales no significa pasado,


la directriz que rige la producción de significado es la metonimia, aquel
mecanismo de sustitución y asociación basado en la contigüidad. Por favor, no
reduzcamos la oralidad al simple acopio de tradiciones o al empleo de la palabra
folklore.

En las sociedades escribales se concede preferencia al desarrollo metafórico. La


metáfora es, para estas colectividades y sus individuos, el mecanismo privilegiado
de producción de significado, aquel mecanismo de sustitución y asociación
basado en la semejanza entre un elemento presente y uno ausente.

Finalmente, en las sociedades electronales la metonimia vuelve a ser el eje


vertebrador de la producción de significado.

De modo que no es el analfabetismo, la alfabetización funcional, leer pocos libros


o muchos, ver televisión o no —es decir, características agregativas— lo que nos
adscribe automáticamente a un
sistema cultural. Semióticamente
hablando, estamos adscritos a un
sistema cultural dado por nuestra
forma de producir significado y esta
está en función, antes que de las
lenguas, de los sistemas culturales.

Para entendernos simplemente


respecto a los mecanismos de
producción de significado:

 Llamar araña a una lámpara


de varias luces es una figura
metafórica en la cual se
llama así a la lámpara por su semejanza con un animal que tiene varias

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patas; llamar Isla del muerto a una isla que se asemeja a un hombre
echado supone el mismo tipo de figura.

 Las figuras metonímicas obedecen a un diferente procedimiento:

 Llamar apuchin a un cóndor e incluso conferirle caracteres de divinidad


no obedece a que el ave se parezca a un cerro; simplemente la
denominación deviene de que esta ave habita en las alturas.
 La representación del búho como figura de la sabiduría no significa que
haya una semejanza entre ambos elementos; sencillamente ocurre que
el búho aparecía en la representación de la diosa Atenea, diosa de la
sabiduría: un elemento que acompaña a la diosa pasa a representar lo
que ella significa. Igual ocurre con Dionisio y la copa en la mitología
griega.

¿Por qué es importante detenerse en la observación de los mecanismos


de atribución de significado?

Porque, como lo señalamos, los sistemas culturales proporcionan claves de


interpretación del mundo, y los mundos son construidos de manera diferente si
el individuo privilegia la metáfora o la metonimia. Al hablar de mundos estamos
hablando desde las identidades personales hasta las identidades colectivas;
estamos hablando también de instituciones razonadas desde un sistema
operando en otros sistemas, la democracia, por ejemplo. Estamos hablando, en
fin, de la verdad y la vida.

Del hombre fragmentado de Gutenberg


hemos pasado al hombre integral de
hoy. De un hombre que, con la cultura
del libro, solo desarrolló el sentido de la
vista, estamos asistiendo a un
rapidísimo proceso de
resensorialización de las sociedades.
Espacio y tiempo han dejado de existir
a velocidad eléctrica gracias a la
palabra electrónica. Contra todo
supuesto, se produce en estos
momentos procesos de reoralización de
sociedades escribales, sin renunciar a la
palabra electrónica. Religiones profanas compiten con las sagradas. Mueren
viejas adhesiones nacionalistas y son reemplazadas por nuevas adhesiones
convocadas por elementos inéditos.

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Lady D termina siendo la princesa de los pobres por un simple proceso de


contigüidad, por un proceso metonímico. La esvástica que adorna a la fervorosa
hinchada de un club deportivo local poco tiene que ver con la pureza aria que dio
origen inicialmente al símbolo. Religiones tradicionales, como la episcopal, toman
en sus ceremonias símbolos africanos o budistas.

Mientras tanto muchas culturas orales —que se creían inmóviles— utilizan la


contigüidad, la metonimia y la yuxtaposición para insertarse con facilidad al
mundo de la electronalidad.

Lo importante es que comprendamos que palabra hablada, palabra escrita y


palabra electrónica siguen creando espacios de sentido por los que transitan
millones de seres humanos, con sus visiones del mundo, con sus mecanismos de
producción de significado.

Si ayer algunos menospreciaron a las culturas orales y a la metonimia, lo hicieron


en aras del culto a la escribalidad y a la metáfora. Hoy, la electronalidad nos
anuncia el readvenimiento de la metonimia y procesos de reoralización de las
sociedades. Como veremos a propósito de las funciones del lenguaje, antes valía
encogerse de hombros ante la metonimia; estábamos en un estadio «superior».
¿Y ahora...?

2.1. La escribalidad y la deificación del ELLO objetivado

En contraste con la frialdad de los gramáticos de Port Royal que postulaban que
las lenguas eran simples espejos de un orden lógico universal, fue con los
organicistas alemanes que comenzamos a aprender que lengua y pensamiento
son entidades que se evocan recíprocamente, y fue con ellos que la lingüística —
no fundada propiamente aún— empezó a detenerse en el hecho de que el
torrente de sentimientos y pensamientos de un pueblo son moldeados por la
lengua que practica.

Hoy, es común afirmar que las lenguas son una manera de ver el mundo, una
manera de acercarse a él, una manera de vivirlo. Gracias a esos trabajos
pioneros, la lingüística no vaciló en afirmar que las lenguas no son simples
instrumentos de comunicación factual, sino —con anterioridad— instrumentos
que posibilitan el anclaje y el conocimiento para individuos y colectividades. Las
lenguas eran espejo, sí, pero de la manera que tenían lo singular y lo plural de
enfrentarse a la realidad. Personas y grupos que se comunicaban en una misma
lengua se reconocían entre ellos en esa lengua, a partir de allí conocían, y ello
les posibilitaba comunicarse plenamente.

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Todo esto suponía reafirmar implícitamente algo que era una verdad de
perogrullo: que las lenguas pueden cambiar, que las lenguas cambian y que esos
cambios no pueden encerrarse únicamente en términos de verdad o falsedad,
como lo susurraba el racionalismo absolutista de Port Royal.

Pero ocurrió que, a fuerza de creer aceptar que las lenguas cambian y de limitar
este cambio a las dimensiones de vocabulario y alguna variante sintáctica o
morfológica, estábamos —sin quererlo— limitando las dimensiones del cambio
lingüístico.

Hablamos de limitación porque al repetir casi sin conciencia que las lenguas
cambian, y al reducir estos cambios a los aspectos semánticos, sintácticos o
morfológicos, subsumimos también —pero esta vez peligrosamente— la idea de
que las funciones del instrumento lingüístico son inmutables. Básicamente, «yo
hablo contigo para referirme a él, ella o ello». Y las lenguas cambiaban en todo,
pero eso no podía estar sujeto solo al cambio lingüístico. Regresamos, sin
quererlo, a la idea de que las lenguas en su función básica son inmutables.

Como sabemos, la formalización de las funciones del lenguaje en la lingüística


actual es atribuida fundamentalmente a Karl BUHLER.

Fue BUHLER quien, desde la escribalidad, y observando un mundo de escríbales,


planteó que el instrumento lingüístico cumplía tres funciones básicas:

 Si el énfasis del mensaje estaba puesto en el yo y en la exteriorización de


sus sentimientos y pensamientos, teníamos a la función expresiva del
lenguaje.
 Si el énfasis del mensaje estaba puesto en el tú, en convocar al receptor,
en invitarlo hacia nosotros, aludíamos a la función apelativa del
lenguaje.
 Si de lo que se trataba era aludir a aquello distinto al yo y al tú —a la
denominada tercera persona gramatical—, tendríamos a la función
representativa del lenguaje.

Roman JAKOBSON, sin discutir la validez o esencia de las tres funciones


establecidas por BUHLER, añadió tres funciones más al lenguaje:

 Función fática, que permite garantizar el contacto entre hablante y


oyente.
 Función poética, cuando la validez del mensaje revertía sobre sí mismo.
 Función metalingüística, que nos permitía utilizar el lenguaje para
hablar de él.

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Tanto BUHLER como otros concebían las funciones lingüísticas desde la


escribalidad, y para ella. Para ellos,
las culturas orales preescribales no
existían. Y, por supuesto, no
poseían el don de la adivinación
respecto a lo que iba a significar la
presencia de la palabra electrónica.

¿Por qué subrayamos esto? Porque


las funciones lingüísticas
reconocidas como clásicas, como se
ha dicho, han sido formuladas
desde un sistema cultural dado, y
para él: el escribal; porque en él la
grafía permitía distanciar la palabra de voz, alma y contexto del hablante. Y,
entonces, era factible reconocer como distinto y distante aquello que no era el
yo y el tú. El ello era, pues, esa tercera persona gramatical ajena a la que se le
añadió una característica que, en ese razonamiento, era casi inevitable: si ni yo
ni tú estamos involucrados, esa tercera persona es objetiva. La función
representativa del lenguaje se hizo sinónimo de aquel mundo que, exento de
sentimientos, pasiones y deseos, no podía ser otro que aquel de la realidad
objetiva. Y sobre esa objetividad, ciertamente, Occidente construyó todos los
lenguajes científicos de sus disciplinas.

Tal vez por esto último y por el éxito espectacular alcanzado por la ciencia, caímos
en un mundo de certezas inmodificables. Lo que no éramos ahora tal vez era
digno, pero pasado y, por lo tanto, inferior. Al privilegiarse la semejanza y la
metáfora, resultaba lógico que todo lo anterior era, en el mejor de los casos, una
imperfección de la metáfora actual.

Premunidos de las certezas, los -ismos que conocemos (descriptivismo,


funcionalismo, estructuralismo), pusieron énfasis en mejorar la calidad de la
cámara fotográfica, olvidándose de la calidad del fotógrafo y asumiendo que el
objeto a fotografiar era uno y único para todos. El mundo a representar estaba
allí, era objetivo y solo era cuestión, entonces, de lograr la mejor receta. Las
cámaras fotográficas se volvieron, incluso, automáticas. No podemos dejar ahora
de asustarnos de cómo legiones de estudiantes universitarios, premunidos de su
cámara automática, salieron a hacer «trabajo de campo».

No cabe duda de que el instrumental tecnológico permitía mejores primeros


planos de lo cercano y de lo lejano. Tampoco cabe duda de los frutos valiosos
del empleo adecuado de muchas metodologías. Cómo dudar de los aportes de
las diferentes ciencias.

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El problema es que nuestra civilización occidental ha deificado el ello. Objetividad


y razón son términos asociados exclusivamente a este ello. La posibilidad de
construir metalenguajes o lenguajes científicos a partir de ese ello objetivado no
hizo sino contribuir —repetimos— a no admitir que las funciones lingüísticas
podían cambiar.

Pero las cámaras fotográficas habían sido afinadas con tecnología escribal; así
que el investigador-fotógrafo, que había depositado su saber en la máquina
automatizada, no pudo entonces retratar algunos hechos que estaban ocurriendo
y que escapaban a la lógica preestablecida.

Todos vivíamos o aspirábamos a vivir en un mundo de libros y los estudiábamos.


A pesar —otra vez— de las advertencias de Ferdinand de SAUSSURE de que la
lingüística no debía perder de vista nunca la lengua oral, muchos lingüistas
siguieron reduciendo su corpus de trabajo exclusivamente a la lengua escrita.

El maestro ginebrino dijo:

«Lengua y escritura son


dos sistemas de signos
distintos; la única razón de
ser del segundo es la de
representar al primero [...],
pero la palabra escrita se
mezcla tan íntimamente a
la palabra hablada de que
es imagen que acaba por
usurparle el papel principal
[...]» (Saussure, 1961,
p.72).
«La escritura "estorba" el
ver la vida de la lengua»
(Saussure, 1961, p.73)».

Particularmente, muchos descriptivistas sí atendieron a la lengua oral.


Fotografiaron y lo hicieron muy bien. Son aportes de veras valiosísimos. Pero ya
hemos mencionado el asunto de las cámaras fotográficas. Esto es
particularmente importante para el quechua. Porque, a nuestro juicio, ha sido
fotografiado, tal vez muy bien, pero no ha sido debidamente interpretado en
tanto lengua de una cultura oral.

De pronto, todos nos hemos encontrado con un lenguaje juvenil distinto que nos
desconcierta. Los jóvenes —para quienes tienen que trabajar con ellos— han
obligado a adultos e investigadores a buscar el ello puro y objetivado. A algunos,
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como nosotros, esto nos hizo preguntarnos y repreguntarnos sobre el asunto de


los sistemas culturales en el Perú. Al realizar las investigaciones comprobamos
que la nuestra es una cultura oral, con pocos elementos escribales, y ahora una
creciente presencia electronal. Comprobamos, para decirlo simplemente y a
efectos de nuestros propósitos, que culturas orales y electronales conciben el ello
desde la perspectiva del yo y el tú. La tal función representativa buhleriana no
existe ni ha existido en el Perú ni en sociedades análogas. Para una cultura oral,
presente o pasada, el ello puede hasta llegar a ser morfológicamente una tercera
persona gramatical, pero no lo es semánticamente. Igual acaece hoy con los
jóvenes adscritos a la electronalidad.

Añadamos, por último, una razón más para la deificación del ello en Occidente.
Ya señalamos que la vigencia de una
determinada palabra (oral, escribal o
electronal) genera determinado tipo de
instituciones y determinado tipo de
información. Pues bien, la justicia
basada en textos escritos parecía
funcionar bastante bien. La
representación política, bajo la forma de
democracia representativa (obvia figura
metafórica), gozaba de buena salud. Y,
en fin, instituciones razonadas para
individuos que razonaban como lo
suponíamos funcionaban. Al menos eso
ocurría en el Occidente escribalizado. No había razón allí para dudar. Parecía que
efectivamente la metáfora cristiana del Génesis era una realidad. El hombre había
sido creado a imagen y semejanza de Dios, y por eso todo era perfecto.

2.2. Paso a paso, los sistemas culturales

Cuando una tecnología penetra en una sociedad —decía Marshall MCLUHAN—,


cambian y se saturan todas sus instituciones. A la luz de lo que hemos venido
leyendo y comprobando, resulta claro que si bien MCLUHAN pensaba en la relación
tecnología-instituciones sociales, podemos convenir en que la «saturación»
alcanza aun a las instituciones individuales, a la constitución y devenir de
identidades personales.

Tal vez convenga subrayarlo una y otra vez. Siguiendo la lógica de INNIS y
MCLUHAN en torno a la importancia del medio o la sustancia del signo o de los
mensajes, fue Alvin TOFFLER quien nos ayudó a poner en perspectiva sincrónica y

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diacrónica los alcances y efectos de la presencia de una tecnología sobre


individuos y colectividades.

Al proponernos su ya célebre tríada conceptual tecnósfera, sociósfera, infósfera,


TOFFLER estaba afirmando que, cuando se introduce a una sociedad una
tecnósfera o tecnología de la información, ello produce inexorablemente cambios
en las interacciones humanas y en toda la organización social. Lo que llamamos
institucionalidad social, entonces, se ve afectada. Sin embargo, las
modificaciones en la tecnósfera no solo producen cambios en la sociósfera, sino
también en la infósfera, pues se producen profundas modificaciones en los
sistemas de valores y en las gnosis individuales y colectivas. Nuevas lógicas
derivadas de diferentes modos de producir sentido resultan configuradas por las
tecnologías de la información en el tiempo.

Como se desprende del análisis de las escrituras que hemos venido realizando,
cuando cambia una tecnología de la información —y al cambiar la sustancia—,
cambia la naturaleza y estatuto del signo y de los mensajes, porque se afirman
o neutralizan arbitrariedades y motivaciones. Todas estas precisiones
conceptuales nos permiten entender que la performance de las funciones del
lenguaje es distinta en orden a las tecnósferas, y —por este camino— nos
permiten identificar los vectores de producción de sentido como rasgo pertinente
de la adscripción de individuos o grupos a cada tecnología de la información. Esos
rasgos pertinentes se constituirán en fuente de energía para la caracterización
sociocultural y lingüística de personas y colectividades. Podemos hablar así —con
rigor— de que cada tecnología de la información configura un sistema cultural.

Habiendo mencionado lo anterior, acerquémonos a ver algunas características


que conlleva la impronta de cada sistema cultural.

SISTEMAS CULTURALES
SISTEMAS ORALIDAD ESCRIBALIDAD ELECTRONALIDAD
TECNÓSFERA Palabra hablada Escritura fonética Escritura electrónica

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Proxemia Proxemia
Distancia
física/inmediatez virtual/inmediatez
Multisensorialidad Visual Multisensorialidad
Simultaneidad Sucesividad/linealidad Simultaneidad
Percepción
Percepción holística Percepción holística
segmentada/clasificatoria
Memoria
Memoria homeostática
C Memoria de registro homeostática
social
A individual
Características
R Identidades
socioculturales
A Identidades individuales y individuales y
Identidades individuales y
C colectivas sintácticas. Yo colectivas
colectivas semánticas. Yo
T social argumentativo sintácticas. Yo social
social demostrativo (ser).
E (hacer) argumentativo
R (hacer).
Í Pensamiento
Pensamiento intelectual y
S Pensamiento intelectual intelectual y
T sensorial
sensorial
I
C Prosumidores Consumidores Prosumidores
A
Contextual-
S Definitorio
situacional/deíctico
Verbos en
Verbos en indicativo
indicativo/subjuntivo
Características
del lenguaje Adjetivación constante Sustantivación En configuración
Voz activa Voz activa/voz pasiva
Oraciones simples y Oraciones compuestas y
coordinadas subordinadas

Como se puede comprobar en una mirada rápida, hay cercanías y distancias entre
los sistemas culturales. Por ello —y por razones didácticas—, tal vez convenga
hacer una lectura horizontal y comparativa de cada una de las características.

Proxemia es proximidad. Mientras la oralidad supone una proximidad física entre


emisor y receptor, la electronalidad presupone una aproximación entre ellos en
el discurso virtual; hablantes, oyentes y mundos referenciados existen como
próximos en la nube. Frente a ello, la escritura fonética, al posibilitar desprender
la voz en un objeto físico, permite desvincular emisor y receptor en espacios y
tiempos.

En tanto la escribalidad supone el sentido de la vista como sentido monopólico


capaz de absorber información —generador ulterior de individualidades, silencios
durante el acto comunicativo y ensimismamientos—, lo oral y lo electronal
suponen la activación y concurrencia de múltiples sentidos.

El mundo oral y el mundo electronal coinciden también en la simultaneidad y el


discurrir continuo. Varias cosas son objeto de nuestra atención al mismo tiempo,

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operamos sobre varias ventanas. El orden secuencial de la escritura alfabética,


por su parte, impone una lógica de sucesividades: una letra sucede a otra, el 2
sucede al 1, una línea sucede a otra, hablamos de párrafos estructurados también
sucesivamente y de capítulos… Y todo implica un comienzo y un final.

La simultaneidad de hechos que acaecen y la necesidad de operar con varios


paradigmas a la vez obligan —en lo oral y en lo electronal— a una percepción
holística, a la visión del conjunto, del todo. La escribalidad favorece, más bien,
segmentaciones, primeros planos de partes del todo. Y, al hacerlo, posibilita la
tendencia a clasificaciones permanentes.

Homeostasis es una palabra cuyo significado nos remite a equilibrio. Al propiciar


la palabra hablada cercanía entre los actores sociales, y al carecer esa palabra
de un sustento perdurable en el tiempo, el recuerdo queda sujeto a
interpretaciones sucesivas y —obviamente— convenientes. El grupo social tiende
a recordar aquello que le conviene y a ocultar o cambiarle el sentido a hechos
que pueden alterar el equilibrio social. Esta misma memoria homeostática —y
también por la naturaleza del soporte electronal— se privilegia en la
electronalidad; con diferencia de que aquí lo que se elimina o inhibe será en
orden al equilibrio individual.

La escribalidad trajo consigo la afirmación de la cultura del ser. Ello porque la


representación objetivada de los sonidos en letras lo posibilitó: «Myself, ‘yo
mismo’». Por contraste, la sustancia etérea de lo oral y lo electronal no fija, sino
discurre; y las identidades personales y grupales, entonces, se van construyendo
en el hacer. Mientras la representación objetivada alimenta identidades
individuales por definición, y en esa vía aliente la formulación de enunciados que
demuestren el ser semántico, orales y electronales deben mantener una actitud
sintáctica, de combinación, permanente, y deben argumentar/actualizar
permanentemente sus identidades.

Es claro que la escribalidad apoya sus demostraciones exclusivamente en el


pensamiento intelectual, en aquel pensamiento que supone razonamientos
verbales y matemáticos. En adición a este tipo de pensamiento, orales y
electronales transitan caminos trazados por pensamientos sensoriales.

La escribalidad significó —en el mundo de la comunicación— una ruptura entre


consumidores y productores. Solo podían producir aquellos con acceso y dominio
respecto a la tecnología de la palabra escrita, con las reverberaciones de estatus
y exclusión que ello puede conllevar. La fractura aludida no se da en los mundos
orales y electronales. Todos allí son consumidores de signos, pero pueden ser —
a la vez— productores de ellos; a quienes TOFFLER —lo hemos visto— llama
prosumidores.

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En lo que se refiere a las características del lenguaje, oralidad y electronalidad


no saben de la desaparición/supresión del contexto, de la situación. El lenguaje
siempre está apoyado por las circunstancias en la que se está produciendo. De
allí el uso de deícticos, elementos lingüísticos que señalan algo que está presente
(aquí, allí, esto, etc.). En la escribalidad, la definición, previa y constante,
condiciona el uso del lenguaje.

Los verbos en modo indicativo —aquel de lo realizado— predominan en la


oralidad y en la electronalidad. En la escribalidad, los verbos en subjuntivo —
modo de la eventualidad, modo de lo posible, de lo no realizado— se
entremezclan con el indicativo. Es interesante anotar que el modo indicativo está
vinculado con las oraciones principales, mientras que el modo subjuntivo se
relaciona con las oraciones subordinadas (presentes fuertemente en la
escribalidad).

Para caracterizar al sustantivo, darle consistencia y


realidad, así como recuerdo, la oralidad adjetiva
constantemente al sustantivo. El adjetivo puede llegar a
convertirse en una marca propia e indesligable de un
sustantivo. El sustantivo tiene preeminencia en la
escribalidad. Allí el adjetivo es «secundario»,
constantemente variable; puede cambiar de manera
permanente y no está intrínsecamente ligado al
sustantivo.

Oralidad y electronalidad privilegian la voz activa en


menoscabo de la voz pasiva; mientras, en la voz activa,
el sujeto es el agente principal de la acción; en la voz
pasiva, el sujeto gramatical es objeto de la acción: no
actúa. Se entenderá que en una cultura del hacer es
necesario privilegiar la voz activa.

La oración con un solo predicado, simple y directa,


predomina en la oralidad. Y la vemos también en la
electronalidad. Cuando tenemos varias cosas que decir que están relacionadas,
coordinamos oraciones, no las subordinamos unas a otra. En la escribalidad, hay
mucho uso de oraciones subordinadas: una es la principal, la que domina, y
otra(s) depende(n) de esta. Esta opción sintáctica se manifiesta no solo en el
lenguaje, sino —lo hemos visto— se proyecta al funcionamiento general de los
diferentes sistemas culturales.

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Las características del lenguaje electronal saben —por el momento— más de


construcciones y configuraciones que de certezas. Sin embargo, es claro que ya
hay trazas de sentido.

2.3. El perspectivismo del ello como nexo entre culturas


orales y electronales. Imaginarios cercanos y lejanos

El asunto de los imaginarios, lo hemos anticipado, nos remite necesariamente a


la figura retórica que permite la producción de significado. Necesariamente,
entonces, a imaginarios metafóricos o metonímicos, y al privilegiamiento de
algunos de ellos por influencia de los sistemas culturales.

De modo que constatar el perspectivismo del ello en sociedades orales y


electronales no es una simple comprobación empírica que obviamente obliga a
redefinir un metalenguaje; compromete las perspectivas de desarrollo. No es
cierto que la función representativa del lenguaje sea aquella que nos contó
Buhler. Y eso lo hemos constatado. El asunto es que el ello de Buhler sostenía
un mundo que existió transitoriamente para algunos pueblos, que jamás existió
para otros y que comienza a no existir para aquellos mismos que lo habían
deificado. De todo lo leído hasta aquí se entenderá que no estamos hablando
simplemente de cuestiones lingüísticas.

Hacía falta la constatación empírica; hacía falta atender a la lengua como hecho
semiológico; hacía falta preocuparse de veras por el prójimo. Era necesario releer
y, por qué no, refundar. La lingüística no podía seguir siendo cómplice
inconsciente —o tal vez consciente— de errores interpretativos de otras ciencias
sociales. Nos habíamos olvidado de que somos gente del sur y no del norte hasta
ayer homogéneamente escribal.

El norte había asumido un sur cristiano y escribal. En el caso peruano, desde


1532, el sur sería una sustitución más o menos perfecta de ese norte, y esa
perfección o imperfección sería mensurable por la semejanza —o no— con aquel.
Desde esta perspectiva, el sur es una metáfora empobrecida de un norte, al cual
ineludiblemente se aspira. Y ocurrió que, por lo menos en el caso peruano, la
escribalidad solo alcanzó a restringidos sectores intelectuales. Ni siquiera la clase
dominante necesitó ser escribal o quiso serlo. Por el tipo de dominación española
y por ser el Perú la sede del virreinato, bastaba a los criollos ser blancos y de
apellido no indígena para acceder aunque sea imaginariamente a ese norte. De
modo que la cultura del libro era un adorno, esa herencia colonial llega hasta
nuestros días.

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¿De dónde provino esta supuesta «universalidad», esta «única versión»


para la interpretación del sur?

No, ciertamente, del respeto hacia la diversidad cultural existente, sino de una
visión totalitariamente escribal, producto de la pretendida imposición de la cultura
del libro sobre las culturas orales, y producto del desdén hacia la modernidad no
escribal.

Las constituciones escritas definieron y construyeron familia y Estado, siempre


desde su óptica; los historiadores nos hablaron de imperios al estilo occidental;
los incas fueron, entonces, metáfora de los reyes de occidente; en ese contexto,
los investigadores buscaron escrituras fonéticas para justificar el avance de
algunas civilizaciones prehispánicas.

Desde el punto de vista del conquistador, todo esto podría ser inobjetable si fuese
real. Pero ocurre que debajo de un discurso oficial que siempre nos pareció
homogéneo, siguieron existiendo mecanismos de una cultura oral que no
desapareció nunca y que hoy encuentra un aliado oportuno con el advenimiento
de la palabra electrónica.

Sucede que hoy tenemos la evidencia de que estos Estados escribales no


funcionan, por lo menos, en el sur. Ocurre que nunca funcionaron para las
mayorías; ni siquiera existieron para ellas. Solo existieron en la mente de los
sectores sociales que cruzaban la frontera del norte a través de la cultura del
libro, y así todos contribuimos a construir Estados escribales e individuos
escribales en el sur, cuyo comportamiento era previsible desde la escribalidad.

En este contexto, supusimos imaginarios escribales allí donde no los había, e


ignoramos la existencia de otros imaginarios que obedecían a una función
representativa del lenguaje, vista desde la perspectiva de los actuantes sociales:
el yo y el tú.

Todos asistimos hoy a la dificultad que tienen los jóvenes para alcanzar
definiciones objetivas. Cuando a un joven se le pide la definición de algo
constatamos que sus respuestas casi inevitablemente van precedidas de un
demarcador que elude la definición directa y que al mismo tiempo nos señala el

interés del joven por mostrar una definición en perspectiva, una definición
surgida del codificador: «Esta no es la definición, esta es mi definición, codificada
para ti en estas circunstancias».

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¿Qué demarcadores traducen este perspectivismo del hablante?

Nos estamos refiriendo a que, ante la exigencia de definiciones objetivas, los


jóvenes responden empleando demarcadores: es como si, o sea, por ejemplo,
entonces, es como si (que nos llevan a una comparación no a una definición), o
sea implica una comparación con un antecedente que no ha sido formalmente
expresado, por ejemplo alude a un caso no a una definición, entonces alude a
un antecedente no explícito del cual se está dando la consecuencia.

En todos estos casos, el ello está siendo puesto en perspectiva desde el yo que
habla, involucrando al tú con quien estamos hablando. El ello objetivo, entonces,
se relativiza, y esta es una constante que comenzamos a verificar en el empleo
del lenguaje por parte de los jóvenes, en Europa, en Lima y donde se quiera.

¿A qué podemos atribuir esta aparente imposibilidad por parte de los hablantes
para aludir a un ello objetivado? Evidentemente, por todo lo dicho ya, no
podemos afirmar que se trata de una degeneración intelectual de la especie, y
tampoco se trata de una simple limitación de vocabulario abordable
correctivamente desde la perspectiva de la letra con sangre entra. Estamos
ante un cambio en la función representativa del lenguaje, ante un cambio
consistente en que el ello objetivado nos ha sido enajenado culturalmente, para
bien o para mal. El sentimiento lingüístico de los hablantes comunes pareciese
no interesarse más en definiciones absolutas y fuera de contexto.

¿Qué es lo que está produciendo este cambio?

A nuestro juicio, la palabra electrónica, como ya lo habíamos adelantado. El


lenguaje de la televisión y de la informática pareciese cumplir con mayor eficacia,
para los hablantes, la función de objetivar, y así los hablantes se sienten libres
de la obligación de objetivar, propiciándose una mayor expresividad y una mayor
apelación en el uso de los instrumentos lingüísticos, aun cuando en muchos casos
por el momento solo nos quedemos en la constatación de enunciados que
pareciesen simplemente fáticos, de simple contacto, entonces inexpresivos e
inapelativos.

Pero es que toda situación de cambio genera distorsiones tanto para el usuario
del lenguaje como para el propio lingüista que las aprecia. Los hablantes se
encuentran ante un mundo en el cual ya no es posible hablar de una tercera
persona ajena, pero culturalmente han sido entrenados para hablar en tercera

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persona, para ocultar su mundo interior, para no mostrar sus motivaciones hacia
el receptor. Y si esto es así, están pasando estos hablantes por una etapa en la
cual, privados de la tercera persona, aún no están culturalmente condicionados
para dar rienda suelta al yo y al tú, y pasamos así por un periodo en el cual los
mensajes aparecen fundamentalmente como fáticos, inexpresivos e inapelativos.

La resistencia al cambio nos está llevando, por ejemplo, en el terreno de la


educación, a tratar de seguir manteniendo una escribalidad ficticia. Las propias
universidades, por comodidad didáctica y ante la pérdida de la función
representativa del lenguaje, entendida como objetividad pura, están jugando el
papel de la contigüidad sin quererlo. Las pruebas objetivas proponen al
estudiante un contexto artificialmente construido, le objetivan una realidad que
el joven tiene que sentir extraña, pero lo ayudan al plantearle simplemente —
con las alternativas— una reacción verbal. Pedimos disculpas.

Para quien conozca el célebre trabajo de Roman JAKOBSON sobre las afasias
(pérdida total o parcial del
habla), estamos tratando a
nuestros estudiantes como
afásicos de selección
deficiente. Ellos son capaces de
reaccionar por influencia de
contextos prefabricados. No los
pueden construir, pero sí son
capaces de reaccionar ante
ellos. Las equis o aspas de las
pruebas objetivas no son, sino,
un crudo testimonio de la
cerrazón al cambio y de los vanos intentos por mantener una escribalidad vacua.

A estas alturas debe haber quedado claro en la mente del lector qué tan cercanos
o lejanos están los peruanos de los distintos sistemas culturales. La cultura
peruana en general es oral. Su producción de significado obedece básicamente a
procedimientos metonímicos; el ello objetivado es inexistente. Como todos
saben, venimos de una cultura andina que también se definió —y define— como
oral. La electronalidad también nos propone un ello en perspectiva y metonimia.
La escribalidad, en cambio, nos propone un ello objetivado y metáfora.

¿No es acaso esa metonimia, y ese perspectivismo, un


nexo oportuno para garantizar una continuidad cultural
insertándonos en el mañana?

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Con una ventaja: la electrónica podrá parecernos ajena por sus soportes
tecnológicos, pero no lo es en el modo de producir significado; más lo es la
escribalidad. Esto alimenta una gran esperanza, con bases ciertas. Se plantea la
posibilidad, que escasamente se presentó con la escribalidad, de que los
peruanos se conviertan en productores de signos y no en simples consumidores.

El perspectivismo del ello y la base metonímica de nuestros imaginarios no


constituyen tribulaciones, son simples comprobaciones. El señalamiento de
cercanías entre lo oral y lo electrónico y de lejanías respecto a la escribalidad
tampoco debe ser alguna tribulación. Es simple asunto de pertinencias y
oportunidades. Nada de esto significa negar la importancia de la escribalidad;
solo significa situarla en el contexto cultural de un país. Por favor, ya estamos
viejos para seguir sosteniendo eso de que el libro ha muerto. No creemos
tampoco que alguien extraiga como conclusión de la lectura de este artículo que
nuestra propuesta excluye el mundo de las alfabetizaciones y de los libros. Por el
contrario, creemos firmemente que desde una oralidad cultivada y desde una
electronalidad asumida no como simple consumo de signos, sino como
producción de ellos, estaremos en mejores condiciones para alcanzar una
escribalidad abierta, que, entendámonos, jamás será —como nunca lo fue—
asunto de todos.

Sabemos que el término cultura andina no es reductible a la lengua quechua.


Precisamente por ser una cultura oral, la cultura andina ha logrado ya —mediante
el mecanismo de la yuxtaposición— crear otros sistemas de signos que garantizan
su identidad; más aún: el proceso de andinización del país nos habla, entonces,
de una cultura viva cuya presencia, por ejemplo en Lima, es sólida e innegable.

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No olvidemos el espíritu de las palabras del lingüista francés André MARTINET


(1971, p. 19):

«Los zoólogos nunca han


intentado suprimir al
ornitorrinco».

Ornitorrincos, perspectivismo del ello, metonimia.

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Conclusión
Desde una mirada en la línea del tiempo, daría la impresión de que así como la
escribalidad desplazó a la oralidad, hoy la electronalidad ha de suplir a la
escribalidad. En parte, esto es cierto en sociedades que se escribalizaron
integralmente. Pero es claro que en el Perú conviven personas adscritas al
sistema cultural de la oralidad, unos pocos a aquel de la escribalidad y hoy –los
más- sumergidos ya en el mundo de la electronalidad. Donde –obviamente-
tenemos grandes retos de inclusión para darles voz a quienes no la tienen.
Preparémonos para el siguiente Módulo.

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Referencias bibliográficas
Biondi, J., Zapata, E. (1994). Representación oral en las calles de Lima. Lima:
Universidad de Lima.

Buhler, K. (1967). Teoría del lenguaje. Madrid: Revista de Occidente.

Jakobson, R. (1981) Lingüística y poética en Ensayos de Lingüística General .


Barcelona: Editorial Seix Barral.

Jakobson, R., Halle, M. (1967). Fundamentos del lenguaje. Madrid: Ciencia


Nueva.

Martinet, A. (1971). El Lenguaje desde el punto de vista funcional. Madrid:


Gredos.

Toffler, A. (1984). La tercera ola. Barcelona: Plaza Janés.

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