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7 Oct 2017 - 11:00 PM

Por: Piedad Bonnett (Piedad Bonnett (Amalfi, Antioquia, 1951) es licenciada en Filosofía y Letras de la
Universidad de los Andes y profesora de esta Universidad desde 1981. Tiene una maestría en Teoría del Arte,
la Arquitectura y el Diseño en la Universidad Nacional de Colombia).

Un vacío en la cultura
La cultura no importa mucho en Colombia, porque las élites que están en el
poder no parecen ser conscientes de su importancia política, ni de su función de
crear cohesión social y sentido de identidad. Les correspondería a la prensa, a la
televisión, a las revistas de circulación local y nacional, y a los portales de
información y análisis, la tarea de formar el criterio y el gusto de públicos
amplios, de socializar el arte y la literatura y de fomentar el debate orientador,
argumentado. Pero resulta que la mayoría de los grandes periódicos y revistas del
país le han ido cerrando a la crítica los espacios que alguna vez tuvo, para dar
paso al entretenimiento, ese que nos permite enterarnos de cómo alimentar al
perro, cuales son las últimas tendencias de maquillaje o las últimas series de
televisión. El resultado es que cada vez es más pobre la socialización del arte y la
literatura, y son más escasos los debates públicos y las polémicas sobre
cuestiones estéticas.

No creo que sea verdad, como afirman algunos, que la crítica haya sido
inexistente en Colombia, aunque debemos reconocer que sí escasa. Es imposible
ignorar nombres como los de Baldomero Sanín Cano, Hernando Valencia
Goelkel, Luis Tejada, Rafael Gutiérrez Girardot, Marta Traba, Casimiro Eiger o
Walter Engel. Hoy por hoy también existen críticos con voces diversas y
respetables, pero con poca visibilidad, pues la crítica académica,
desafortunadamente, se ha enconchado en su jerga y sólo está en las revistas
indexadas, y la más flexible y creativa sólo existe en las revistas culturales, que
son buenas, pero pocas y circulan en ámbitos muy reducidos. Por fortuna, en
medio de la proliferación de mediocridades que se encuentran en la web, en ella
hay algunos espacios con suficiente peso y respetabilidad, y es posible que con el
tiempo esta sea la vía para recuperar una crítica con verdadera incidencia social.

Los debates culturales, álgidos, incisivos, punzantes, le hacen falta a este país. En
estos días, por ejemplo, Generación, de El Colombiano, uno de esos pocos
espacios donde se ventilan todavía temas culturales, transcribió la entrevista que
le hace Martín Novoa a Antonio Caballero en el libro Conversaciones con el
Fantasma. Allí podemos leer su descalificación de buena parte del arte
contemporáneo, con puntos de vista argumentados pero polémicos. Luego, en un
ejercicio de periodismo de esos juguetones, que muchas veces banalizan o
simplifican, contesta con su talante de “enfant terrible” qué piensa de ciertos
artistas. De Grau dice: Insignificante. De Lorenzo Jaramillo. “No conozco mucho
lo de Lorenzo, salvo cosas que tenía mi hermano, porque eran muy amigos. Pero
segunda fila”. De Doris Salcedo: “Gran talento escénico”. De Óscar Muñoz: “Un
fenómeno comercial”. De Miguel Ángel Rojas: “Aburridísimo”. Por supuesto,
estas opiniones suyas merecerían réplicas inteligentes, debates urticantes, lo
mismo que la reciente remodelación del Museo Colonial, al que le quitaron la
palabra Arte, y cuya curaduría decidió poner colores estridentes, guardar cosas
como los bargueños y la platería y poner otras, como escapularios y llaveros. Hay
que verlo.