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El escenario donde surgió el teatro nacional

por Oscar Acosta

A finales de 1818, en plena guerra de independencia, el pardo José Inés Blanco,


quien trabajaba como peón de construcción, se dirigió a las autoridades del ayuntamiento
caraqueño solicitando autorización para reabrir el coliseo de la ciudad, primero construido en
Venezuela en 1784 e inutilizado por el terremoto que destruyó la ciudad en marzo de 1812,
luego de casi tres décadas de servir para el montaje exclusivo de piezas europeas
regularizando el gusto por el arte teatral. La dilación de los cabildantes impulsó a Blanco a
solicitar el permiso directamente al capitán general Juan Bautista Pardo, máxima autoridad
civil de la región en ese momento bajo la jurisdicción de la Corona, mientras Bolívar
organizaba el Congreso de Angostura en la región liberada del país.

Concedida la licencia para la reedificación, la misma fue emprendida con carácter


“provisional” en un solar de la esquina donde habitaba el maestro carpintero Ambrosio
Cardozo, quien arrendó el terreno facilitando la construcción, una vez que no fue posible
reabrirla en la esquina del Conde, donde estaba situado el primer coliseo.

Hoy día, en el lugar está situada la esquina llamada Coliseo, exactamente donde
queda la estación del Metro La Hoyada, a dos cuadras y media de la plaza Bolívar
capitalina, para entonces denominada plaza Mayor. Poco después de construido, el
ayuntamiento reconvino a Blanco por abrir el local sin las condiciones mínimas que
garantizarán la seguridad del público y vender boletos de entrada hasta por el triple de la
capacidad del recinto. De esto último deducimos el éxito con el cual se inauguró la empresa,
en una ciudad que ya iba para seis años largos sin sala teatral, manteniéndose la tradición
solo por ocasionales funciones en escenarios improvisados a propósito de las fechas de
significación religiosa.

Veamos una descripción del teatro realizada por un visitante el año de 1823:

Los días de fiesta se abren las puertas de un teatro con capacidad para
ochocientos espectadores aproximadamente, y que se llena de bote en
bote, a pesar de la baja calidad de la representación. El antiguo, destruido
por el terremoto, era de amplitud suficiente para contener alrededor de mil
quinientos a mil ochocientos espectadores. En el teatro actual, cuya
construcción es provisional, los palcos aparecen separados unos de otros
en la manera usual; las familias que concurren a ellos están obligadas a
traer consigo sillas u otros asientos, de los que carece el edificio. El patio
no tiene techo y el piso es la tierra monda y lironda. Se cobran veinticinco
centavos por la entrada, y la policía del espectáculo consiste en seis o
siete soldados, al mando de un oficial, apostados cerca del local y
armados de arcabuces. La declamación de los actores es pomposa y
afectada, y su gesticulación maquinal, totalmente desprovistos de gracia o
naturalidad. Durante la función, un bufón se apodera prácticamente del
escenario, procurando convertirse en el centro de la atención general
mediante zafias muecas y chocarrerías, y la asombrosa cantidad de
pliegues que le va dando a su chambergo. 1

En 1828, José María Ponce, oficial veterano de la Independencia, en sociedad con


el maestro carpintero Ambrosio Cardozo, adquiere el precario edificio levantado por Blanco
y lo restaura, financiándolo con los abonos anticipados de los palcos que se agregaron con
la intención de darle una mayor categoría y comodidad. No fueron muy lucidas las mejoras
si tomamos en cuenta las crónicas posteriores que lo describen, presentándolo como poco
digno de la ciudad capital, además de señalar el deplorable comportamiento de los
espectadores.

Ponce y Cardozo, aprovechando la gestión de relanzar la empresa escénica


tramitaron a través de José Antonio Páez, Jefe Superior del departamento de Venezuela de
la llamada Gran Colombia, un privilegio decretado por el Libertador desde Bogotá el 13 de
noviembre de ese mismo año que concedió la licencia a la pareja de empresarios para el
funcionamiento del refaccionado teatro, además de otorgarle la exclusividad de las
representaciones y la exención de los impuestos a cambio de una función anual a beneficio
de los hospitales. La reapertura y el decreto bolivariano de 1828 motivó la creación de la
Compañía de Cómicos, dirigida por José Ferrer con Cecilia Baranis como primera dama,
dos calificados teatristas que llegaron a estas tierras inyectándole formación, disciplina,
conocimiento y experiencia a la especialidad actoral. Con esta agrupación, que superó con
creces el desempeño actoral autóctono del primer coliseo, comenzó el ejercicio profesional
en el teatro venezolano.

El sitio, con capacidad para unos 800 espectadores aproximadamente, fue


revendido ya en muy mal estado en 1851 por Ponce, quien quedó como único dueño de la
misma tras negociar la participación de Cardozo. Ese año, luego de 33 años, culminó su
historia. La edificación es apenas registrada por algunos cronistas como “el teatro de Ponce
y Cardozo”, desdeñando su importancia al comentarlo con subestimación y/o datos
inconsistentes, quizá motivados por las malas referencias de las notas hemerográficas

1
La República de Colombia en los años 1822 y 1823. Richard Bache. Instituto Nacional de
Hipódromos, Caracas, 1982. p. 97
contemporáneas a su funcionamiento, muy parecidas a la ya citada y redactadas por
comentaristas incapaces en su tiempo de comprender su trascendencia y sentido histórico.

Un estudio bien documentado y objetivo del tablado nos revela la importancia


crucial que tuvo en el desarrollo escénico nacional, al servir para el estreno de los primeros
dramaturgos y obras teatrales propiamente venezolanas. En él se estrenaron en 1822 El
café en Venezuela (obra desconocida) de Isaac Álvarez de León y la tragedia Virginía de
Domingo Navas Spínola en 1824, primera pieza dramática impresa en el país. Otros autores
criollos primigenios como Pedro Pablo del Castillo, Gerónimo Pompa y Heraclio Martín de la
Guardia, se sirvieron del espacio para debutar como creadores dramáticos.

También las primeras zarzuelas y óperas completas, así como los primeros
conciertos sinfónicos de envergadura, se exhibieron en el espacio, sellando una
trascendencia para las artes nacionales que recién comenzamos a descubrir y difundir, en
un retardado reconocimiento que busca compensar la pérdida de la memoria histórica,
saldando la ignorancia en que nos hemos mantenido respecto a nuestro pasado artístico.
Debemos agregar que este escenario albergó durante su existencia a notables compañías
extranjeras que nos visitaron, tales como la del director y dramaturgo catalán José Robreño,
figura patriarcal de una estirpe de teatristas estelares que recorrió el Caribe durante más de
un siglo y la de Francisco Villalba, pionero del teatro profesional en Latinoamérica y
fundador de la Biblioteca Nacional de Colombia, entre otras afamadas compañías y
personajes de la disciplina histriónica.

De todo lo anteriormente sintetizado existen registros documentales y hemerografía


comprobatoria en los archivos históricos venezolanos que omitimos por el carácter sintético
de este escrito. No hay en esta reseña ningún aserto producto de la especulación, la fábula
o el querer rehacer la historia a partir de una visión ideológica que se sobreponga a lo
objetivamente comprobable. Nada más justo que el haber reivindicado el 13 de noviembre,
fecha del decreto de Bolívar en 1828, como Día Nacional del Teatro, en conmemoración del
nacimiento de la escena auténticamente venezolana y del segundo coliseo como su cuna,
faceta hasta hace poco desconocida que invita a valorar e indagar más en los valores
constitutivos de nuestra idiosincrasia.