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Capítulo 1

Violencia y criminalidad en el Uruguay: evidencias e interpretaciones

Un viejo problema

Hace más de veinte años, el periodista Darío Klein publicó una pionera
investigación cuya idea central fue la siguiente: tal como aparece en la prensa
uruguaya, la llamada “crónica roja” produce un sentimiento de inseguridad que guarda
escasa relación con la realidad delictiva del país. En los albores de la década del
noventa, se crea en los principales diarios una página de información policial con la
obligación de ser llenada. Además, aumentan los títulos en primera plana y las
ilustraciones, y disminuyen los textos. Desde las crónicas policiales, las adjetivaciones
se vuelven negativas y se apela a las generalizaciones: inseguridad, violencia, olas,
peligros.
Este estudio también dejó al descubierto, a través del análisis de distintas
encuestas, la existencia de una opinión mayoritaria que percibía un aumento de la
delincuencia en el país y el uso de más violencia en la concreción de los delitos. Por si
fuera poco, esa “opinión pública” exigía mayor represión y penas más severas.
Mientras se expandían la seguridad privada y las armas de fuego en manos de
la población civil, y la estadística sobre criminalidad presentaba valores estables, era
posible advertir que la inseguridad crecía con mayor fuerza que el delito, lo que llevó al
autor a interrogarse lo siguiente: ¿no estaremos retornando a una suerte de
“sensibilidad bárbara”?
Por esos años, otros estudios iban en la misma dirección. En un país que hacía
poco tiempo había recuperado su democracia y que la crisis social y económica
golpeaba con dureza, eran habituales discursos, sensibilidades y reacciones sobre la
violencia y la criminalidad que delataban inseguridades más profundas. Del mismo
modo, comenzaba a gestarse un debate sobre los medios de comunicación y su
creciente incidencia en la conformación de una agenda de opinión pública. Tal vez en
menor medida, algunos investigadores empezaron a poner el ojo en los cambios
potenciales y reales que pudiera experimentar el delito en el país al ritmo de las
transformaciones sociales y culturales.
Como en la gran mayoría de los países de América Latina, hoy en día la
inseguridad es el principal problema de preocupación de los uruguayos. Pero como
acabamos de reseñar, tal preocupación está instalada desde hace más de dos décadas,
cuando el delito estaba lejos de los valores actuales, lo cual nos dice muchas cosas
sobre nuestra propia sociedad.
Más aún, podríamos afirmar que la preocupación por el delito recorre toda
nuestra historia moderna. En 1906, José Batlle y Ordóñez advirtió sobre el “problema
cada vez más grave de la delincuencia y del abandono moral y material de los
menores”. Tres años después, José Irureta Goyena constató “el descenso
concomitante en la edad de los delincuentes: sube la cifra de los crímenes y baja la de
los años: por todas partes el fenómeno es el mismo”. Por su parte, un observador en

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1930 no dudó en su juicio: “el número y la audacia de los crímenes contemporáneos
autorizan a creer en el aumento de la delincuencia. La edad de los acusados permite
afirmar que la precocidad en el crimen se agrava en nuestros días en proporciones
alarmantes”.
Sin embargo, la preocupación actual tiene características muy definidas, entre
otras razones porque el sentimiento de inseguridad es un dato social y cultural
ampliamente consolidado. La expansión sin precedentes de los medios de
comunicación –al punto que nos podemos enterar al instante de cualquier hecho
delictivo-, las manifestaciones reales de criminalidad, los usos políticos y económicos
del miedo, la falta de confianza ciudadana hacia las instituciones estatales
responsables de abordar el fenómeno, y la vulnerabilidad de amplios sectores de la
sociedad que focalizan sus inseguridades existenciales en el problema del delito, son
algunos de los motivos que están detrás de tan profunda preocupación.
En una situación como la actual, apelar al pasado y señalar que inquietud por el
delito hubo siempre, genera muchas veces indiferencia o irritación. “¿Qué me importa
el pasado si el problema grande lo tenemos ahora?”, se señala habitualmente. Es
cierto que tal apelación puede sonar a excusa, pero un abordaje público del problema
que sólo amplifique el presente corre el riesgo de idealizar el pasado (“antes estas
cosas no ocurrían”) e intensificar la negatividad a la hora de definir la realidad del
momento. Una sociedad que comprende sus procesos y que está informada sobre las
causas que explican los fenómenos, tiene muchas más posibilidades de impulsar
estrategias integrales para el abordaje de la problemática.
Lo mismo ocurre con la comparación regional. En medio de un continente que
tiene las tasas de homicidios más altas del mundo, el Uruguay siempre se ha destacado
por sus niveles de seguridad. Cali, Medellín, Caracas, Ciudad de Guatemala, Río de
Janeiro, incluso zonas de la provincia de Buenos Aires, son invocadas como infiernos
que contrastan con las vicisitudes que se padecen cotidianamente en Montevideo.
Pero la gente vive en su ciudad y poco le importan esas referencias lejanas, ya que al
fin y al cabo sus juicios sobre la seguridad se los forma por lo que muestran los
informativos, por testimonios cercanos o por experiencias directas.
Es verdad que el Uruguay presenta tasas bajas de criminalidad en el contexto
latinoamericano. También es verdad que hay países y ciudades con cifras más bajas
que las nuestras (Chile, por ejemplo), del mismo modo que nosotros aportamos
evidencias que nos colocan tristemente en los primeros lugares, tales como la
preocupación por la seguridad, la cantidad de armas de fuego por habitantes, las tasas
de población carcelaria, el volumen de la violencia doméstica y la prevalencia de
suicidios.
Al igual que con las referencias temporales, es necesario ubicar a nuestro país
en el contexto regional de la violencia y la criminalidad. No sólo porque nos ayuda a
entender nuestras particularidades, así como nuestros avances y retrocesos, sino
además porque nos coloca en un espacio en el cual se gestan redes de criminalidad
organizada que siempre influyen sobre la dimensión doméstica. Olvidar el lugar en el
que estamos insertos puede ser tan nocivo como atribuir solo a factores “externos” la
gravedad de nuestros males.
A lo largo de este libro buscaremos describir y comprender una realidad que
lejos está de ser simple y que nos compromete emocionalmente a todos. Para poder
cumplir ese objetivo, y contribuir al debate público, también es importante la mirada

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conceptual. Se ha señalado hasta el cansancio que nuestras sociedades producen
distintas violencias que golpean la vida de hombres y mujeres (tales como los suicidios
o los accidentes de tránsito) que no se consideran delitos, del mismo modo que hay
manifestaciones de criminalidad que no entrañan violencia física (hurtos, estafas,
corrupción, etc.). De igual forma, existen violencias invisibles que condicionan nuestras
acciones, y violencias institucionales, es decir, las que se ejercen cotidianamente desde
el Estado a través de abusos policiales, arbitrariedades penales, acosos y torturas en
centros de detención.
En definitiva, la violencia y la criminalidad son fenómenos que pueden ser
mirados de distinta manera según la matriz ideológica desde la cual se los defina. Si se
asume un enfoque de política pública, se habla de seguridad pública o seguridad
ciudadana.1 Si se parte de una perspectiva más analítica, se coloca la idea de
protección, la cual supone mantener bien lejos los peligros extremos que amenazan
nuestro cuerpo y sus extensiones, o sea, nuestras propiedades, nuestro hogar y lo que
nos rodea.
Según el informe regional sobre seguridad ciudadana del Programa de Naciones
Unidas para el Desarrollo (PNUD), la noción de seguridad contempla múltiples
perspectivas “que pueden agruparse de acuerdo con el nivel de análisis que adoptan
(el individuo, la comunidad, el Estado, la región, el mundo), las amenazas que subrayan
(delito común, delincuencia organizada, guerras, hambre, pobreza) o incluso desde las
respuestas de política pública que implícita o explícitamente privilegian (prevención
frente a represión, por ejemplo).”
Lo cierto es que en toda América Latina la violencia, la criminalidad y la
inseguridad están instaladas como realidades que dañan el núcleo básico de derechos
de hombres y mujeres. Aún en un continente que ha fortalecido su democracia, que ha
hecho crecer su economía y que ha tenido Estados protagonistas en materia de
protección social, los homicidios siguen en cotas altas, los delitos contra la propiedad
se han multiplicado y la violencia de género –que afecta de forma excluyente a las
mujeres- adquiere una dimensión inédita. Si bien este deterioro no se ha dado de
forma homogénea entre los países (y al interior de los mismos), la violencia y el delito
todavía nos están señalando cosas fundamentales sobre nuestras propias sociedades.
De nuevo, el informe regional sobre seguridad del PNUD revela algunas
evidencias que debemos tomar en cuenta. En primer lugar, las tasas de homicidios
siguen siendo preocupantes, a pesar de que en los últimos años se han estabilizado, e
incluso han disminuido en algunos países que presentaban valores epidémicos. En
segundo lugar, la información disponible indica un claro crecimiento de los robos con
violencia, delito de alto impacto en la construcción de la inseguridad. En tercer
término, la percepción de la violencia muestra que toda la región está envuelta en
altos índices de temor. En cuarto lugar, los homicidios se concentran mayoritariamente
entre los varones jóvenes, lo que delata una clara vulnerabilidad para este segmento
de la población. Por último, el informe advierte sobre la necesidad de mejorar la

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En la más reciente doctrina regional, se define a la seguridad ciudadana como “aquella situación donde
las personas pueden vivir libres de las amenazas generadas por la violencia y el delito, a la vez que el
Estado tiene las capacidades necesarias para garantizar y proteger los derechos humanos directamente
comprometidos frente a las mismas. En la práctica, la seguridad ciudadana, desde un enfoque de los
derechos humanos, es una condición donde las personas viven libres de la violencia practicada por
actores estatales o no estatales” (OEA-CIDH, 2009).

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producción, recopilación y difusión de la información sobre violencia, criminalidad e
inseguridad, a los efectos de contar con datos confiables.
En este capítulo nos proponemos responder tres preguntas esenciales: ¿cómo
ha sido la evolución de la criminalidad y la inseguridad en el Uruguay? ¿Hasta qué
punto estas tendencias regionales se manifiestan en nuestro país? ¿Qué explicación
puede ofrecerse para echar luz sobre el crecimiento del delito y la inseguridad en un
contexto de crecimiento económico y mejora de los indicadores sociales?

¿Cuándo y cuánto aumentó el delito en el país?

La tarea más difícil

Determinar con exactitud el volumen de delitos en una sociedad es una tarea


casi imposible. Por su propia naturaleza, estos hechos ocurren cotidianamente y solo
una parte de los mismos llega a conocimiento de las instituciones públicas. Además, el
trabajo de éstas no siempre es riguroso, y muchas denuncias no se contabilizan o se
agrupan en rubros equivocados (por ejemplo, la violencia doméstica se suma al
renglón de las lesiones o de los “problemas familiares”). Por si fuera poco, hay que
mencionar otro problema: como la información sobre violencia y criminalidad es
producida mayoritariamente por las instituciones del sistema penal (policía, justicia,
cárceles) operan criterios de selección y exclusión que permiten que algunas
modalidades tengan alta visibilidad (por ejemplo, los delitos contra la propiedad) y
otras queden en las sombras (la violencia institucional, la violencia de género, los
delitos de “cuello blanco”).
La evolución del delito sólo puede leerse a través de aproximaciones, y aún así
es necesario calibrar todas las trampas de la información y tomar los debidos recaudos
metodológicos. Esta actitud debe mantenerse con firmeza en medio del griterío
mediático que anuncia catástrofes y deterioros “evidentes”.
Desde la recuperación democrática hasta hoy, las políticas públicas sobre
seguridad ciudadana en el Uruguay han mostrado importantes carencias en materia de
información e instrumentos de diagnóstico. Cada uno de los actores del sistema
público ha trabajado en solitario y no siempre se han alcanzado resultados
satisfactorios. En el Instituto Técnico Forense del Poder Judicial se depositan las bases
periciales y procesales, que tienen un inestimable valor para emprender la
investigación criminológica en el país. Por su parte, el Sistema para la Infancia del
Instituto del Niño y el Adolescente (INAU) ofrece la información sobre los adolescentes
en conflicto con la ley penal. Por último, el Ministerio del Interior aporta las
estadísticas sobre las denuncias de delitos, faltas y “hechos policiales”, la población
carcelaria y algunos indicadores de “victimización” medidos por encuestas de opinión
pública.
La información del Ministerio del Interior es la que se utiliza
predominantemente para establecer los parámetros del delito en el país. Aunque
muchos critican este recurso, alegando que sólo el Poder Judicial es el que determina

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la existencia concreta de un delito, no se puede negar que la policía es la agencia con
mayor capacidad para captar “eventos” más allá de las resoluciones institucionales.
Dada esta posición estratégica, desde finales de la década del noventa el Ministerio del
Interior ha desarrollado distintos proyecto para fortalecer sus sistemas de información
sobre criminalidad e inseguridad, pero los resultados todavía no son los mejores.
Para el presente capítulo se utilizará la información producida por el Ministerio
del Interior tanto a nivel de denuncias de delitos como de porcentajes de victimización.
Del mismo modo, se apelará a distintos estudios y encuestas (nacionales y regionales)
para dar cuenta de las percepciones y evaluaciones de la ciudadanía con relación al
delito y la inseguridad. Estas evidencias se han manejado de muchas maneras a lo
largo de los últimos años, a pesar de lo cual constituyen el recurso más viable para
ensayar una aproximación al fenómeno. Cuando corresponda, el análisis advertirá
sobre los principales problemas de confiablidad y validez de la información.

Los principales rubros sobre los que trabajaremos serán los siguientes:

 Victimización: cantidad de personas que han sufrido uno o más delitos durante
el último año, medida por encuestas de victimización. Los sondeos oficiales
disponibles abarcan desde 1999 hasta 2007 y sólo para los departamentos de
Montevideo y Canelones. Por su parte, en noviembre de 2011 el Ministerio del
Interior hizo públicos algunos resultados de una encuesta nacional sobre
percepción y victimización. También analizaremos los resultados divulgados por
distintos estudios regionales como el Latinobarómetro y el Barómetro de las
Américas.

 Eventos denunciados: se refiere a todos los delitos y situaciones de violencia


(como los suicidios y siniestros de tránsito) que llegan a conocimiento de las
distintas dependencias de las Policía Nacional. La serie histórica de denuncias
del Ministerio del Interior abarcará desde 1985 a 2013.

 Percepciones: las encuestas nacionales y regionales miden las percepciones de


inseguridad de la ciudadanía, las opiniones sobre la probabilidad de sufrir un
delito o hecho de violencia, la imagen de las instituciones públicas encargadas
de la justicia y la seguridad y las evaluaciones sobre distintas medidas de
política pública en la materia.

Sufrir un delito

Las llamadas encuestas de “victimización” son un instrumento importante para


tener un acercamiento al volumen de delitos que ocurre en una sociedad. Si bien esta
técnica presenta sus problemas (es costosa y no siempre las personas están dispuestas
a declarar sobre ciertos delitos, como los sexuales, los interpersonales y los
económicos), de todas formas es muy útil para estimar el porcentaje de personas que
sufrió uno o más delitos y luego no los denunció a la Policía. Es sabido que, en una
sociedad cualquiera, las denuncias de delitos pueden crecer en un determinado

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tiempo sin que eso signifique necesariamente que haya aumentado el delito real. Y lo
inverso también puede ser cierto: una caída en las denuncias no tiene por qué suponer
una disminución de la criminalidad, ya que pueden existir distintos motivos que llevan
a las personas a no realizarlas.
Por esta razón, el seguimiento de la evolución del delito tiene que combinar
distintas fuentes de información. Con la excepción de los homicidios, la difusión de
datos sólo de denuncias policiales corre severos riesgos de imprecisión. Para
neutralizar los sesgos de la no denuncia y del subregistro introducido por las propias
prácticas de “clasificación” de la Policía, es necesario consolidar una metodología
paralela y comparable a partir de la estimación de la “victimización”, es decir, de la
cantidad de personas que declaran haber sufrido uno o más delitos durante un periodo
determinado (un año, dos años o más, según el criterio que se elija), lo hayan
denunciado a la Policía o no.

Analicemos con cuidado algunos de estos resultados.

En el marco del denominado Programa de Seguridad Ciudadana, el Ministerio


del Interior realizó entre 1999 y 2004 diversos relevamientos de opinión en los
departamentos de Montevideo y Canelones. Estas encuestas permitieron obtener
algunos indicadores sobre el clima de opinión de una buena parte de la ciudadanía a lo
largo del todo el periodo de crisis socioeconómica. Durante ese tiempo, la delincuencia
y la inseguridad se constituyeron para la opinión ciudadana en uno de los principales
problemas del país.
Cuando a los montevideanos y canarios se les preguntó si su hogar (el
entrevistado o alguien de su familia) había sufrido un delito en el último año, las
respuestas positivas tuvieron su valor máximo en el 2000 con 36%, y su mínimo en el
2001 con 28%. En esa línea, las víctimas reconocieron, en promedio para todo el
periodo, los siguientes tipos de delito: hurto (79%), robo con violencia (18%) y lesiones
(3%).
En cualquier caso, la victimización de hogares es más alta en Montevideo que
en Canelones: en el 2000, la proporción de hogares con víctimas fue de 40% en
Montevideo frente a 22% en Canelones, aunque en el 2004 las distancias se acortan
(37% a 29%), lo que puede estar revelando cambios importantes en la evolución del
delito en la zona metropolitana.

Hogares que fueron víctimas de delitos en los últimos 12 meses


Montevideo y Canelones (en porcentaje)
Proporción de Hogares 1999 2000 2001 2002 2004
Con víctimas 30 36 28 32 35
Sin víctimas 70 64 72 68 65
Fuente: Ministerio del Interior-PNUD (2008).

Más allá del llamativo dato de la encuesta de 2001, durante estos años de la
crisis socioeconómica la victimización de hogares se ubicó por encima del 30% en

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promedio, pero en verdad no se pueden obtener demasiadas conclusiones pues se
trata de un serie corta y que abarca sólo dos departamentos del país.
Veamos ahora otra fuente de información. El denominado Latinobarómetro
realiza encuestas sobre distintos temas en la gran mayoría de los países de la región,
que incluyen preguntas sobre percepción de inseguridad y victimización. Los estudios
del Latinobarómetro tienen la ventaja de ofrecer una serie larga y permitir la
comparación entre los países. Frente a la pregunta “¿Ha sido Ud. o alguien en su
familia asaltado, agredido, o víctima de un delito en los últimos doce meses?”, los
porcentajes de respuesta se presentan en el cuadro siguiente.

Año Víctima de delito Víctima de delito


Región Uruguay
1995 29% 17,5%
1996 36% 18,8%
1997 40% 24,6%
1998 42% 32,5%
2001 43% 29,6%
2002 39% 27,6%
2003 35% 26%
2004 33% 18,4%
2005 41% 38,6%
2006 32% 31%
2007 38% 34,6%
2008 33% 28,4%
2009 38% 31,2%
2010 31% 18,6%
2011 33% 30,4%

Tanto para la región como para el Uruguay, la serie no parece marcar una
dirección clara. Tal vez pueda sostenerse que, sobre finales de los años noventa, los
hogares con víctimas de delitos experimentaron un crecimiento que tuvo luego
muchos vaivenes. Durante los últimos trece años, el promedio regional alcanzó su
valor máximo en el 2001 con 43%, mientras que el mínimo se registró en el 2010 con
31%.
El comportamiento de la victimización de hogares en el Uruguay es mucho más
errático, y quizá nos esté señalando problemas de medición. En el 2004 y 2010, los
porcentajes apenas superaron el 18% cuando en el resto de los años los valores se
ubicaron en promedio en el 30%.
Con esta evidencia, ¿podemos afirmar que el volumen global de delitos es algo
menor en el Uruguay que en el promedio latinoamericano? Sí, dicha afirmación
parece tener sustento. A lo largo de toda la serie, nuestro país siempre presentó
porcentajes de victimización por debajo del promedio general.
Del mismo modo, ¿ha crecido el delito en el Uruguay durante la última década?
Con estos datos sobre la mesa, esa pregunta tiene una respuesta negativa. El
porcentaje de victimización ha subido y bajado de manera aleatoria, pero en ningún

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caso los valores más recientes superan a los alcanzados diez años atrás. En medio de
un debate con constantes referencias al deterioro de la seguridad en el país, sería
importante que esta evidencia fuera incorporada como insumo de análisis.
Por su parte, otras investigaciones miden la victimización sólo preguntando al
entrevistado si sufrió algún delito en el último año (victimización individual). En el caso
de los estudios realizados entre 1999 y 2004 para Montevideo y Canelones, la
victimización individual fue la siguiente:

Proporción de víctimas de delitos en los últimos 12 meses por tipo de víctimas


Montevideo y Canelones
Posibles víctimas Montevideo Canelones
2000 2001 2002 2004 2000 2001 2002 2004
Sólo el entrevistado 22 12 17 17 11 8 9 13
Otro familiar 16 15 15 16 10 9 10 13
El entrevistado y otro familiar 2 4 4 4 1 3 5 3
Nadie 60 69 64 63 78 80 76 71
Total 100 100 100 100 100 100 100 100
Fuente: elaboración a partir de datos de la Dirección de Política Institucional y Planificación Estratégica-Ministerio
del Interior

De nuevo, resultan llamativos –por lo bajos- los datos para le encuesta del
2001, aunque de todas maneras la victimización individual en Montevideo desciende
algo a lo largo de la serie, y crece levemente en Canelones. En la misma dirección,
cuando se quiso saber cuántas de las víctimas del delito realizaron la denuncia, se
obtuvo que en Montevideo algo menos del 40% en promedio decidió no denunciar.2
Un estudio de opinión pública encargado por el Ministerio del Interior a la
Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República, reveló a principios de
2007 que la victimización individual no tuvo grandes variaciones con relación a las
mediciones anteriores. Por ejemplo, en el departamento de Montevideo las personas
entrevistadas que sufrieron algún delito no llegaron al 15% frente al 17% registrado en
2004.
Apelaremos nuevamente a un estudio internacional. Se trata de las encuestas
del Proyecto de Opinión Públicas de las Américas (Lapop), las cuales también realizan
preguntas sobre victimización individual. La serie temporal abarca desde 2007 hasta
2014, y en todos los casos se verifica una clara estabilidad. Mientras que en el 2007 la
victimización llegó al 21,6%, durante el 2012 y 2014 alcanzó el 22,8%. A su vez, la
cantidad de personas que sufrió un delito y no lo denunció no llega al 40%, cifra
consistente con las ofrecidas en estudios anteriores.3

2
Es posible que la victimización obtenida por encuestas tenga una precisión mayor para estimar los
delitos contra la propiedad frente a los delitos contra la persona en sus distintas modalidades. Por lo
tanto, el porcentaje general de delitos “no denunciados” puede tener mejor estimación para los casos
de hurtos y robos con violencia.
3
En la investigación del 2008, surge un dato llamativo: el 2,8% declaró haber sufrido un robo a mano
armada una vez, y un 0,7% dos o más veces. Por su parte, 2,3% manifestó maltrato verbal o físico por
parte de la policía en una oportunidad, y 1,9% en dos o más veces.

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También con esta observación puede asegurarse que el país ha tenido una
marcada estabilidad durante los últimos años en materia de victimización. Si bien estas
cifras están por encima de las observadas para Montevideo y Canelones entre 1999 y
2004, no debemos olvidar que se trata de encuestas diferentes, que pueden usar
metodologías y formas de preguntas que no las vuelven comparables. Lo cierto es que
nuestro país ha alcanzado un cierto umbral en la cantidad de delitos, aunque sin
demasiadas variaciones a pesar de lo que dicen las percepciones de inseguridad, las
respuestas mediáticas y el calor de la discusión política.
De todas formas, hay otro estudio que introduce algunas dudas sobre esta
hipótesis de la estabilidad. Sobre finales de 2011, el Ministerio del Interior publicó
algunos resultados de una encuesta nacional de percepción y victimización. Tampoco
este estudio puede ser comparado con los anteriores, pues no coinciden ni las áreas
geográficas ni las formas de medición de la victimización. No obstante, el único
porcentaje global de victimización que fue publicado se refiere a los delitos contra la
propiedad: según esta encuesta, el 28% de los entrevistados sufrió uno de esos delitos
en el último año. Esto hace suponer que la “victimización general” está por encima del
30%, y que incluso en Montevideo ese porcentaje puede ser mayor.
¿Acaso esta última encuesta es más precisa que las anteriores a la hora de
captar la cantidad de delitos que sufre la población? No tenemos respuesta para eso, y
lamentablemente tampoco tenemos observaciones posteriores para construir una
tendencia. El Uruguay necesita con urgencia poder establecer una línea de base sólida
y real en materia de victimización para saber si el delito se ha mantenido en el último
tiempo –tal como indican las mediciones internacionales- o experimenta cambios que
exigen otras interpretaciones.

El delito denunciado

La evolución de las denuncias de delitos muestra en los últimos 25 años un


claro crecimiento. A diferencia de lo que se piensa habitualmente, los delitos contra la
persona (lesiones, violencia doméstica, homicidios, etc.) son los que más han
aumentado. Por su parte, a nivel individual, el robo con violencia (las rapiñas) es la
modalidad delictiva con más inflación durante el periodo.
Una mirada de corto plazo revela evidencias coincidentes con las encuestas de
victimización. Las denuncias globales tienen su pico máximo durante el tiempo de la
recesión, crisis económica y debacle social. Por su parte, entre 2005 y 2013 el total de
denuncias verificó un leve descenso, lo que se explica básicamente por la caída del
delito que más denuncias concentra: el hurto.
Como se mencionó más arriba, estos datos tienen el problema de la cifra de
“no denuncia”. Pero podemos suponer que ese porcentaje incide de forma constante a
lo largo de un periodo extenso, razón por la cual las oscilaciones en la cantidad de
denuncias pueden reflejar cambios reales. A esto hay que añadirle el problema del
subregistro, es decir, las dificultades, omisiones y manipulaciones en el trabajo de
clasificación de delitos por parte de la Policía. El desarrollo de sistemas de información,
control y auditoría de denuncias tiene algo más de una década, por lo que se puede

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sospechar que la información producida anteriormente contiene un importante grado
de subvaloración, en especial para los casos de robos con violencia y hurtos.4
Estos problemas de precisión no se aplican con la misma fuerza para el estudio
de las muertes violentes por causas externas: los homicidios, los suicidios y los
siniestros de tránsito fatales. En este punto puede señalarse que la probabilidad de
suicidios en el Uruguay es 2,5 veces mayor que la de homicidios, y la de muertes en el
tránsito 2 veces a la de estos últimos. Los hombres mueren en mayor proporción que
las mujeres: los jóvenes por homicidios y siniestros de tránsito, y los más viejos por
suicidios. Sin embargo, las mujeres más jóvenes tienen una participación muy elevada
en las tentativas de suicidios.
El homicidio es el indicador por excelencia para la comparación internacional
en materia de violencia y criminalidad. Aunque por encima del promedio mundial,
nuestras tasas de homicidios son de las más bajas de la región. El valor mínimo de la
serie se obtuvo en 1985 con 4 homicidios cada 100.000 habitantes. Cinco años
después, este delito creció más de un 60%, manteniéndose relativamente estable en
los años posteriores. Los picos más altos se registraron en 1993, 1997 y 1998 con 7,4
cada 100.000 habitantes. Por su parte, los valores más bajos ocurrieron en 2005 (5,7) y
2011 (5,8).
Tal como se observa en el cuadro, a medida que avanzan los años el homicidio
comienza a gravitar con más peso en Montevideo y Canelones que en el resto del país.
La aplastante mayoría de los que matan son personas adultas, mientras que los que
mueren son predominantemente jóvenes. Los altercados, disputas y ajustes de
cuentas entre personas cercanas son los motivos más frecuentes de homicidios,
seguidos por la violencia doméstica y de género casi en la misma proporción que los
homicidios en contextos de robos con violencia.

4
No mencionamos a la violencia doméstica pues este delito comenzó a medirse en todo el país recién
en el 2005.

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Cada 100.000
Homicidio consumado
Montevideo Canelones Resto país Total
1985 3,9 2,2 4,7 4,0
1986 5,4 2,2 6,7 5,5
1987 5,8 2,4 5,7 5,3
1988 4,2 3,1 5,9 4,8
1989 6,3 5,6 7,1 6,5
1990 6,3 6,5 7,3 6,7
1991 6,5 3,9 6,8 6,3
1992 5,6 5,0 6,5 5,9
1993 7,7 6,8 7,4 7,4
1994 7,1 2,5 5,9 5,9
1995 6,9 4,7 5,7 6,0
1996 7,4 5,9 5,4 6,3
1997 8,9 6,6 6,2 7,4
1998 7,9 8,2 6,6 7,4
1999 7,6 5,0 5,9 6,5
2000 7,4 4,9 5,9 6,4
2001 7,8 5,3 5,7 6,5
2002 9,0 5,8 5,3 6,9
2003 6,3 4,6 6,0 5,9
2004 6,4 6,0 5,6 6,0
2005 6,3 5,5 5,1 5,7
2006 6,6 6,0 5,5 6,0
2007 6,2 7,8 4,8 5,8
2008 7,6 6,2 5,7 6,6
2009 8,1 5,5 5,8 6,7
2010 7,8 4,5 5,0 6,0
2011 8,1 4,8 4,1 5,8
2012 11,3 6,2 5,2 7,8
2013 11,8 5,8 4,5 7,6

Durante el año 2012 se produce un salto significativo en la cantidad de


homicidios, alcanzado una tasa de 7,8 cada 100.000 habitantes, la más alta del todo el
periodo. Si bien este valor no se aleja de otros registrados durante los años noventa,
constituyó un quiebre importante en la tendencia de los últimos años, generó un
intenso debate público y dejó una cantidad de preguntas sin contestar. Desde la
perspectiva oficial, se alega que el aumento obedece a una mayor cantidad de
situaciones vinculadas con los ajustes de cuentas y las disputas dentro del mundo
criminal, sobre todo en relación al narcotráfico.
Sin embargo, los datos ofrecidos no son concluyentes. Es posible que esos casos
hayan tenido un incremento, pero no se puede descartar lo mismo para otras
situaciones: altercados y peleas espontáneas, violencia doméstica y de género y
asesinatos por robos con violencia.

11
Lo que no admite discusión es que el aumento de los homicidios implicó una
mayor participación de las armas de fuego. Durante el 2011, las armas estuvieron en el
49% de los homicidios, mientras que en el 2012 el porcentaje trepó a 60% y en el 2013
a 61% (en Montevideo alcanzó un 70%). 5
Insistimos con la idea: desde 1985 hasta la fecha el mayor crecimiento de
denuncias lo han experimentado los llamados delitos contra la persona. Los homicidios
se cuentan dentro de este rubro, pero representan un porcentaje ínfimo del total,
razón por la cual el grueso de las situaciones de violencia interpersonal hay que
ubicarlo en la violencia doméstica, las lesiones, las amenazas, las riñas y los delitos
sexuales. En rigor, el fenómeno que explica este aumento se relaciona con la violencia
doméstica, un delito sometido a constantes ajustes de registro: creado por ley de
1995, recién en 2005 se registró y pasó a formar parte de las estadísticas policiales
nacionales.
Si se consideran de forma separada las distintas variedades de denuncias
relacionadas con hechos de mayor violencia, las situaciones que involucran el ámbito
doméstico emergen a partir del 2007 como la categoría dominante (cerca del 6% de
total de denuncias a la Policía). Este dato marcó un cambio trascendente respecto de
años anteriores, cuando las rapiñas eran la categoría de denuncias más frecuente
entre los hechos violentos.
Durante todo el periodo, las denuncias de lesiones han tenido un incremento
importante. El pico máximo se registró en 2003 con 32,4 denuncias cada 10.000
habitantes, y en la década posterior la tasa casi siempre estuvo por encima de las 25
denuncias (lo que equivale a un promedio de 9.000 denuncias anuales).

5
Según el informe sobre seguridad regional del PNUD, “la violencia letal producida por las armas de
fuego en la región supera ampliamente el promedio mundial de 43% del total de homicidios…En
América Central el 78% de los homicidios se cometen con arma de fuego, y en América del Sur, el 83%.
Siguiendo la tendencia mundial, los países con altas tasas de homicidio son aquellos que tienen altos
porcentajes de posesión de armas de fuego” (Informe PNUD, p. 32).

12
Cada 10.000
Lesiones
Montevideo Canelones Resto país Total
1985 23,4 3,7 9,4 14,9
1986 25,7 7,8 15,6 19,1
1987 25,1 7,9 16,7 19,3
1988 26,3 6,7 18,0 20,2
1989 29,4 7,8 18,3 21,8
1990 33,8 4,6 21,0 24,4
1991 33,6 4,2 23,3 25,2
1992 31,7 4,4 20,3 23,1
1993 28,3 15,3 18,6 22,3
1994 28,4 12,9 19,2 22,3
1995 22,2 14,7 22,9 21,5
1996 19,9 21,2 23,3 21,6
1997 19,6 17,5 27,1 22,5
1998 17,4 17,1 25,4 20,8
1999 30,3 28,2 27,4 28,7
2000 21,8 32,7 30,4 27,1
2001 18,4 37,6 31,9 27,1
2002 18,3 20,8 34,6 25,8
2003 19,8 20,6 39,7 28,7
2004 29,6 18,7 39,6 32,4
2005 31,2 22,1 27,7 28,3
2006 29,5 22,9 31,0 29,1
2007 30,6 22,5 25,5 27,1
2008 32,5 22,6 26,1 28,2
2009 30,9 20,5 26,1 27,2
2010 27,3 16,6 23,6 24,0
2011 27,0 17,9 24,6 24,5
2012 31,5 18,6 21,8 25,2
2013 29,0 18,3 28,7 27,2

Pero los datos más impactantes son los de violencia doméstica. Cuando se
obtuvo por primera vez una estadística nacional en el 2005, hubo casi 6.900 denuncias,
y dos años después se llegó a las 10.800 (una tasa de 32,2 cada 10.000 habitantes).
Transcurridos seis años, la tasa de denuncias aumentó más del doble (situación que no
se verifica para ningún otro delito), lo que tiene diversas explicaciones: por una parte,
es posible que los cambios en las respuestas de la política pública (capacitación,
sensibilización, apertura de nuevos servicios, etc.) hayan estimulado las denuncias a la
policía; por la otra, hay que suponer que se corrigieron importantes niveles de
subregistro, es decir, denuncias que no se computaban o denuncias de violencia
doméstica que quedan incluidas en otros delitos (lesiones, amenazas, etc.).
En definitiva, durante el 2013 se registraron 26.231 denuncias de violencia
doméstica, frente a las 16.718 denuncias de rapiñas.

13
Cada 10.000
Violencia doméstica
Montevideo Canelones Resto país Total
2005 20,4 24,9 19,0 20,4
2006 16,2 33,2 21,9 21,3
2007 17,5 49,5 39,8 32,2
2008 12,2 71,2 47,8 37,0
2009 12,2 75,2 54,7 40,7
2010 16,2 72,8 61,8 45,1
2011 12,9 68,4 71,3 47,3
2012 49,9 75,0 93,8 73,2
2013 72,6 60,3 85,4 76,2

Es probable que una parte significativa de los llamados delitos contra la


persona no se capturen de forma adecuada por las encuestas de victimización. Como
analizaremos en otros capítulos, es necesario desarrollar herramientas específicas para
obtener mayor precisión sobre el volumen real de estas situaciones. De cualquier
manera, más allá del aumento de la propensión a denunciar por parte de la ciudadanía
y de las mejoras relativas en los registros policiales de denuncias, la evolución de estas
cifras nos está indicando la consolidación de un fenómeno criminológico de primera
magnitud, que desafía todas las interpretaciones corrientes sobre el delito y el alcance
de las repuestas policiales y penales. En este punto, hay que reconocer que la sociedad
uruguaya ofrece síntomas preocupantes, cuyas manifestaciones más impactantes se
han traducido en la cantidad de mujeres asesinadas por violencia de género durante
los primeros meses de 2015.
En otro rubro, cerca del 80% de las denuncias recibidas por la policía responde
a delitos contra la “propiedad”. En su gran mayoría se trata de hurtos, seguidos por los
daños y luego por las rapiñas. Durante el 2013 hubo 97.465 denuncias de hurtos y
16.718 de rapiñas. Dentro del grupo de delitos contra la propiedad, las tasas de hurtos
“explotaron” entre 1999 y 2004, en paralelo con la recesión económica y la
profundización de la crisis social. Por su parte, las rapiñas partieron de niveles muy
bajos, alteraron su tendencia en 1995, consolidaron su ascenso durante el tiempo de la
crisis y mantuvieron su crecimiento en un contexto socioeconómico más favorable.

14
Cada 1.000
Hurtos
Montevideo Canelones Resto país Total
1985 22,8 15,3 10,7 16,6
1986 22,2 15,9 11,1 16,6
1987 19,6 17,7 9,4 14,9
1988 18,0 16,9 9,3 14,1
1989 20,2 21,4 10,5 16,2
1990 20,9 22,3 13,2 17,8
1991 21,9 22,7 13,0 18,1
1992 20,4 23,8 13,9 18,1
1993 19,1 22,1 11,1 16,1
1994 17,6 19,5 10,6 14,8
1995 20,5 22,7 12,1 17,2
1996 18,4 21,7 11,4 15,8
1997 19,5 14,9 12,4 15,8
1998 20,2 8,7 11,6 14,8
1999 22,6 10,6 11,6 16,1
2000 20,5 21,3 14,7 18,1
2001 23,5 25,1 16,2 20,5
2002 26,9 29,1 16,7 22,7
2003 33,0 33,7 18,9 26,9
2004 41,2 31,3 17,9 29,5
2005 44,3 33,3 18,6 31,3
2006 41,7 34,8 18,4 30,4
2007 39,8 35,6 18,5 29,7
2008 45,3 33,1 18,0 31,4
2009 37,7 30,1 18,3 28,0
2010 38,6 29,1 18,7 28,4
2011 40,4 25,6 18,8 28,6
2012 38,2 25,8 20,1 28,3
2013 35,2 26,1 22,9 28,3

Como hemos señalado, estos delitos están expuestos a un considerable


porcentaje de no denuncia y se los asocia con la construcción de sentimientos de
inseguridad. Es factible que una parte de los hurtos haya migrado hacia las rapiñas,
volviendo más violentos los ataques contra la propiedad. Sin embargo, más allá de las
tipificaciones en el momento de la denuncia, las rapiñas son un conglomerado muy
heterogéneo que abarca desde la frontera difusa del “arrebato” hasta las formas más
extremas de asaltos con armas de fuego, heridos y eventualmente fallecidos. La
desagregación de la información todavía no ha logrado aclarar la evolución de cada
renglón de las rapiñas, con lo cual hay que dejar en suspenso la idea que el incremento
de las denuncias de estos delitos se explica por sus modalidades más violentas.

15
Cada 10.000
Rapiñas consumadas
Montevideo Canelones Resto país Total
1985 11,4 1,2 0,3 5,3
1986 18,3 1,8 0,8 8,7
1987 11,6 1,8 0,9 5,7
1988 9,7 2,8 1,0 5,1
1989 13,5 2,0 0,8 6,5
1990 16,7 2,9 1,7 8,4
1991 16,2 1,9 1,9 8,1
1992 16,7 1,4 1,3 7,9
1993 20,8 2,6 1,5 9,9
1994 20,6 2,8 1,4 9,8
1995 31,0 3,8 1,5 14,4
1996 35,9 4,4 1,3 16,4
1997 36,7 9,0 1,4 17,4
1998 24,8 9,5 1,4 12,4
1999 33,0 8,8 1,5 15,8
2000 42,8 12,2 1,2 20,2
2001 38,9 10,6 1,5 18,3
2002 55,8 10,5 1,8 25,3
2003 45,1 9,2 2,0 20,8
2004 46,6 8,1 1,6 20,9
2005 54,8 11,0 2,0 24,9
2006 57,6 13,5 2,1 26,4
2007 57,8 17,9 2,5 27,3
2008 67,5 20,7 3,0 31,8
2009 69,1 26,4 3,8 33,7
2010 84,4 32,9 3,3 40,7
2011 89,9 38,1 3,9 44,0
2012 91,2 42,5 3,6 45,0
2013 98,5 40,5 6,0 48,6

Según datos obtenidos para Montevideo durante el 2009, cerca de la mitad de


las rapiñas ocurren contra transeúntes, utilizándose cuchillos o navajas en el 33% de
los casos y armas de fuego en el 25%. Más de la mitad de estos robos tienen a las
mujeres y a los jóvenes entre 15 y 25 años como víctimas predominantes. Por su parte,
las rapiñas a comercios representan algo menos del 25%. En estos casos, como en los
asaltos a taxis y ómnibus, cerca del 90% involucran armas de fuego (revolver y pistola).
Los robos comerciales tienen un nivel muy bajo de aclaración policial, que no llega al
20%. En esos casos “aclarados”, aproximadamente el 60% fueron hechos perpetrados
por personas mayores de edad.
Sea lo que fuere, hay que decirlo con claridad: es absolutamente imposible
determinar con algún grado de precisión la participación de menores de edad en el
total de denuncias de rapiñas (mucho menos de hurtos y daños). A lo sumo, eso puede

16
lograrse para los robos aclarados, y aún así con unos sesgos que inhabilitan cualquier
proyección, pues esos robos aclarados finalmente no son más que el resultado de la
selectividad del trabajo policial.
Otra de las modalidades violentas de delitos contra la propiedad, de alta
sensibilidad para la población, es el denominado “copamiento”, que supone robo con
violencia más privación de liberad. Tipificado como delito en 1995, estas situaciones no
han superado los 150 casos anuales, representando un porcentaje mínimo dentro del
total de denuncias. Más aún, durante los últimos años –evidencia que nunca se maneja
en el debate público- sus tasas tienden a descender. Si en el 2005 hubo 4,7
copamientos cada 100.000 habitantes, durante el 2013 el valor fue de 3,2.

Cada 100.000
Copamientos
Montevideo Canelones Resto país Total
2005 5,3 9,1 2,8 4,7
2006 4,6 8,8 3,4 4,7
2007 4,0 9,7 2,8 4,3
2008 3,9 8,9 3,2 4,3
2009 3,6 10,7 2,4 4,2
2010 3,8 8,1 2,3 3,8
2011 3,4 7,1 2,0 3,4
2012 2,0 6,6 4,2 3,7
2013 3,4 5,4 2,2 3,2

En definitiva, la criminalidad contra la propiedad se ha expandido junto con la


crisis socioeconómica y se ha mantenido en valores altos en la fase de crecimiento del
PBI y reducción de desempleo, la pobreza y la indigencia. Adolescentes y jóvenes
varones de los sectores más precarios son sus protagonistas mayoritarios. Si bien la
geografía del delito abarca todas las zonas del país, sus focos más críticos se localizan
en Montevideo y la zona metropolitana. Mientras que las rapiñas tienen a las mujeres
y a los jóvenes como víctimas más frecuentes, los asaltos a comercios, taxis y ómnibus
concentran niveles de violencia pautados por la presencia de armas de fuego y por la
eventualidad de personas heridas o fallecidas.
Nos resta una lectura de la violencia “no delictual”, en la cual los suicidios y los
siniestros de tránsito son dos manifestaciones inquietantes para la realidad uruguaya.
Durante los últimos treinta años, los suicidios y las tentativas han registrado un
importante crecimiento que se vincula de forma compleja con las fluctuaciones
socioeconómicas. Este proceso se ha dado con más fuerza en el interior del país que en
la capital. Aunque las tasas de suicidios aumentan con la edad, en el último tiempo los
tramos de edad que más han crecido son el de 15 a 24 y el de 25 a 34 (González, 2010).
Por su parte, las tasas generales de siniestros de tránsito son sensibles a los
momentos socioeconómicos. Los valores más bajos tuvieron lugar durante los años de
la crisis que afectaron los volúmenes de circulación y movilidad. Por el contrario, en los
últimos años las tasas de mortalidad en el tránsito aumentan (en especial, en el
interior), superando incluso en algún año a las registradas en 1999.

17
Tasas de suicidios (y tentativas) y de accidentes fatales. 1985-2009
1985 1989 1995 1999 2005 2009
Total País 12,4 13,5 14,3 14,4 14,9 16,4
Suicidios
Montevideo 11,9 11,4 12,2 11,2 12,9 13,8
Consumados
Interior 12,7 15,1 15,8 16,8 16,2 18,1
Total País 29,7 38,8 25,2 28,1 39,1 46,4
Tentativas
Montevideo 30,8 37,2 19,5 21,2 45,0 48,0
de Suicidio
Interior 28,8 40,1 29,2 33,0 35,1 45,4
Accidentes Total País 12,3 16,0 14,4 15,1 11,8 14,0
de Tránsito Montevideo 10,2 14,0 10,9 9,4 8,2 8,7
Fatales Interior 14,0 17,5 17,0 19,2 14,2 17,5
Fuente: Observatorio sobre Violencia y Criminalidad-Ministerio del Interior.
Tasa cada 100.000 habitantes.

En el Uruguay, la mortalidad violenta que ocurre en el espacio público tiene un


origen predominantemente no delictivo: los siniestros de tránsito. Sin embargo, las
violencias que ocurren en el hogar y en los ámbitos de cercanías relacionales (medidas
por los suicidios y una buena parte de los homicidios) explican el porcentaje
mayoritario de esa mortalidad.
Los jóvenes varones son el segmento de población más afectado por estas
modalidades extremas. Mientras que los accidentes de tránsito y la mayoría de los
homicidios son la causa de esta realidad, no hay que quitar importancia al crecimiento
sostenido del suicidio adolescente y juvenil. En el caso de las mujeres, las tentativas de
suicidios y los homicidios por violencia doméstica impactan de forma clara sobre las
más jóvenes y sobre las comprendidas en el tramo de los 35 a los 45 años.
La mortalidad violenta no intencional crece en la misma proporción que la
economía y los niveles de movilidad y circulación asociados con un mayor parque
automotor. De suyo, la mortalidad violenta intencional agudiza sus valores en aquellas
zonas más afectadas por el deterioro de la calidad de vida y la segregación residencial.
En los barrios más pobres, como veremos en el próximo capítulo, las tasas de suicidios
y de homicidios duplican a las de los lugares de mayor nivel socioeconómico.
En última instancia, las desigualdades socioeconómicas, generacionales y de
género son piezas decisivas para entender las dinámicas de las muertes violentas en el
país. Una adecuada combinación de las mismas aportará explicaciones más profundas
sobre la producción de un conjunto de riesgos que se halla muchas veces en
proporción inversa a las percepciones sociales predominantes sobre las “violencias
más temidas”.

¿Puede crecer el delito y disminuir la desigualdad?

La evidencia que hemos analizado nos permite situar con cautela la realidad
uruguaya en materia de violencia y criminalidad. Las fuentes de información lejos
están de ofrecernos todas las garantías para el trazado de una mirada completa. Aún

18
así, es posible desmarcarse de los relatos más catastrofistas sobre el aumento
“incontenible” del delito, pues la situación está llena de matices. Del mismo modo,
nadie puede desentenderse de la profundidad del problema y mucho menos soslayar
la persistencia –y en algunas situaciones el incremento- de múltiples manifestaciones
delictivas. Mejorar sustancialmente la calidad de la información y promover nuevas
líneas de conocimiento, son caminos ineludibles para mantener a raya los excesos del
debate público.
Lo que no admite dudas es que nuestra sociedad ha revelado en las últimas
décadas un alto y consolidado “sentimiento de inseguridad” (Kessler, 2009). La crisis
socioeconómica que se manifestó en el tránsito de siglos marcó un punto de inflexión,
aunque dicho sentimiento también aumentó en un contexto de mejora económica y
social. Esta realidad se observa en casi todos los países de la región, y deja en
evidencia las vulnerabilidades que acompañan la marcha de los procesos actuales de
desarrollo.
Es sabido que el sentimiento de inseguridad no se explica solamente por la
ocurrencia de delitos. Tal como lo hemos mencionado, la victimización (cantidad de
personas que declaran haber sufrido un delito en el último año) se ha mantenido en
niveles estables, aunque es posible verificar en el último estudio de 2011 un aumento
para el caso de los delitos contra la propiedad. Pero los niveles de preocupación, las
percepciones de seguridad de la ciudad o el barrio, la probabilidad de ser víctima de un
delito, los porcentajes de confianza en las instituciones responsables de la seguridad,
etc. (indicadores que habitualmente se usan para medir la “subjetividad” de la
ciudadanía), nos hablan de un deterioro más o menos independiente de las
oscilaciones del delito.

Principal problema del país (cuatro principales, en porcentaje)


2006 2007 2007 2008 2008 2009 2009 2010 2010 2011 2011
(2) (1) (2) (1) (2) (1) (2) (1) (2) (1) (2)
Inseguridad, delincuencia 8 9 7 10 16 27 32 33 31 35 37
Desempleo, desocupación 45 40 37 34 27 25 24 24 19 13 15
Situación económica 11 11 12 14 12 12 7 4 7 6 7
Problemas sociales, pobreza 7 7 5 7 8 5 7 7 6 4 4
Educación 2 3 2 2 3 2 4 4 5 7 6
Fuente: Equipos MORI

Frecuencia de llegar a ser víctima de un delito con violencia.

2007 2009 2010 2011


Todo o casi todo el tiempo 24,5 22,1 18,5 29,2
Algunas veces 40,7 36,2 39,8 36
Ocasionalmente 20,7 25,8 27,8 22,8
Nunca 13,0 15,3 12,9 11,6
No contesta 1,2 0,6 1 0,4
Total 100 100 100 100

19
Existe en el Uruguay una abundante bibliografía que explica las razones sociales
de este “sentimiento de inseguridad”. Casi todos los diagnósticos coinciden en la
necesidad de incidir sobre la percepción social, y para ello se requiere de estrategias
abarcadoras que no se agotan en el combate material al delito. Del mismo modo, se
afirma que el sentimiento de inseguridad configura un claro indicador de
vulnerabilidad con consecuencias reales en materia de convivencia, actitudes de
autodefensa, abandono de espacios públicos y agravamiento de los círculos negativos
de violencia y criminalidad.
Pero en esta oportunidad nuestro foco no está puesto en la inseguridad sino en
los rasgos principales de la violencia y el delito. Y aquí es necesario pensar en nuevas
claves. Si extendemos la mirada al proceso de las últimas décadas, observaremos que
la crisis estructural, el aumento de la desigualdad, la exclusión y la fragmentación
socio-territorial han pautado una nueva geografía en materia de convivencia
ciudadana.
A la instalación de fronteras sociales entre la inclusión y la expulsión se le
añaden infinidad de límites culturales que vienen interpelando de forma contundente
nuestra tradicional matriz de integración. La escuela, el deporte, el barrio, los espacios
públicos y otros ámbitos de sociabilidad quedan recortados por tensiones y conflictos
que nacen de códigos y reglas que ya no logran una conjugación colectiva.
Desde hace mucho tiempo, las ciencias sociales uruguayas insisten con que la
evolución del delito no se deja explicar con facilidad por el comportamiento de un
puñado de variables socioeconómicas (como por ejemplo, la pobreza y el desempleo).
Es un hecho que la criminalidad se asocia con procesos más amplios vinculados con la
desestructuración del mundo del trabajo, el desempleo juvenil, la desafiliación
institucional, el deterioro del espacio urbano, la segregación residencial, las políticas
de control social, la prevalencia del consumo de alcohol y drogas, la expansión del
mercado de las armas de fuego, etc.
Sin embargo, no podemos omitir el peso de nuevas realidades. Desde la
perspectiva del informe regional del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo,
“en la última década, América Latina ha sido el escenario de dos grandes expansiones:
la económica y la delictiva. La región, en su conjunto, ha experimentado un
crecimiento económico notable, así como la reducción en sus niveles de desigualdad,
pobreza y desempleo. Pese a ello, han aumentado el delito y la violencia”.
Con todos los matices y salvedades, el Uruguay también participa de esta
tendencia. Nuestro país es un típico caso en la región que ofrece altos niveles de
victimización general y relativamente bajas tasas de homicidios, configurando un
escenario de amplificación de los temores en el cual los hechos más graves –pero no
frecuentes- siempre tienen como telón de fondo un sinfín de situaciones cotidianas
menos lesivas.
Aún asumiendo la mejor hipótesis –la de la estabilización de los delitos-, el
desarrollo económico y social en nuestro país no ha impactado con la fuerza suficiente
sobre la evolución de la criminalidad. Esta evidencia nos obliga a repensar las
relaciones entre la desigualdad y el delito.
¿Puede crecer el delito y disminuir la desigualdad (medida por ingresos)? Es
perfectamente posible que eso ocurra. ¿Quiere decir entonces que lo “social”
(desempleo, pobreza, exclusión, etc.) ya no alcanza para explicar las nuevas
manifestaciones de criminalidad? Se necesitan explicaciones más completas, pero

20
bajo ninguna circunstancia se puede prescindir de los argumentos “sociales” para
entender una problemática eminentemente social.
Ensayemos algunos razonamientos. Cuando se señala que muchos indicadores
sociales y económicos han mejorado, no quiere decir que no persistan importantes
bolsones de marginalidad, exclusión y privaciones. Los efectos negativos de un
deterioro social acumulado durante décadas pueden mantenerse aún en contextos de
recuperación en las condiciones de vida. Además, las desigualdades siguen siendo
importantes según determinados segmentos de la población. Hay territorios que no
logran salir de la exclusión, del mismo modo que escasean las oportunidades para los
jóvenes menos calificados que residen en esas zonas estigmatizadas.
La violencia institucional, anclada en el acoso policial, el maltrato y el encierro,
también hace su trabajo: justificada por la demanda ciudadana de “más seguridad”, las
respuestas de control y represión del delito se despliegan sobre los espacios más
vulnerables, y lo que obtienen es más odio, resentimiento, desconfianza y alienación.
El deterioro social y el delito se asociaron con fuerza en el pasado (sobre todo
desde mediados de la década del noventa), intensificaron su vínculo durante los años
más agudos de la crisis, y es muy probable que en tiempos más recientes el delito haya
construido su propia autonomía a partir de dinámicas que vienen de atrás. Las nuevas
generaciones reproducen prácticas ilegales, muchas veces entrando y saliendo del
mundo laboral o educativo, bajo la influencia del grupo de pares o de fuertes carencias
materiales, pero casi nunca sucumbiendo a la manida idea de las “carreras delictivas”.
Por otra parte, estimulados muchas veces por la propia expansión de la
economía, los mercados ilegales se consolidan, se complejizan y se anudan a las redes
institucionales mediante la corrupción, la extorsión y la violencia. El narcotráfico, la
explotación sexual, el tráfico de armas, el contrabando, el robo de vehículos y la venta
de autopartes (en un mercado automotor que crece y multiplica los servicios), etc.,
contribuyen al incremento de la violencia y la criminalidad.
El desarrollo económico y social aumenta los bienes y servicios, y por lo tanto
de disponibilidad de objetos valiosos que son una oportunidad para el delito. Dinero
en efectivo, celulares, computadoras, máquinas fotográficas, ropas de marca,
vehículos, etc., son los signos más notorios de una cultura del consumo que
incrementa la “privación relativa” de amplios sectores sociales que son invitados a una
fiesta a la que nunca pueden acceder. 6
Pero el delito no sólo debe ser comprendido desde la búsqueda del beneficio
económico o la satisfacción de una necesidad material. El importante crecimiento de la
violencia interpersonal pone en juego otras motivaciones. Detrás del llamado “delito
expresivo” –que puede incluir también al delito común contra la propiedad- operan
razones vinculadas con el reforzamiento de una identidad, la construcción de
liderazgos en espacios sociales determinados, el ejercicio de poder, la respuesta a
humillaciones sistemáticas, etc. En casi todos los casos el común denominador es una
masculinidad violenta que se asienta en pautas y valores tradicionales.
Estas breves reflexiones deben ser profundizadas. Y tienen que servir para

6
“El aumento de las expectativas de consumo, a la par del estancamiento en la movilidad social y la falta
de crecimiento incluyente, se encuentran entre los factores que podrían ayudar a entender el
crecimiento del delito en Latinoamérica. Más aún, en un contexto de persistentes desigualdades,
empleos precarios y expansión de las expectativas de consumo, el denominado delito aspiracional
constituye una hipótesis plausible para la región que requiere profundizarse” (Informe PNUD, p. 23).

21
evaluar las complejas relaciones entre la desigualdad y el delito. Es tan importante
saber qué variables sociales inciden sobre la criminalidad, como conocer cuánto
influyen los comportamientos violentos (intencionales o no) y delictivos en la
reproducción de la desigualdad. La evidencia indica que hay mayores probabilidades
de ser víctima de un delito a medida que se desciende en la estructura social, y esto se
hace más claro para el caso de los homicidios.
En nuestro país, como quedó dicho líneas arriba, los riesgos de sufrir una
muerte violenta son mayores en el espacio privado y en ámbitos de cercanía
relacional. Los hombres jóvenes mueren en homicidios y accidentes de tránsito, al
tiempo que los hombres de más edad se suicidan. Por su parte, las mujeres son la gran
mayoría de los casos conocidos de las tentativas de suicidios. Si bien en los últimos
años se advierte un incremento de los suicidios de adolescentes y jóvenes (entre 15 y
24 años) y se sabe que los accidentes de tránsito fatales se multiplican en momentos
de expansión socioeconómica, la mortalidad intencional registra mayores tasas en
aquellas zonas donde predominan la segregación residencial y los peores indicadores
de calidad de vida.
Las desigualdades socioeconómicas, generacionales y de género son
igualmente nítidas en los delitos contra la propiedad. Los adolescentes y jóvenes
varones de los sectores más vulnerables tienen un vínculo complejo con los hurtos y
las rapiñas, el cual agrava los umbrales de violencia por el acceso a las armas de fuego.
Del mismo modo, esta franja es la más expuesta a la acción material y simbólica del
sistema penal con los correspondientes impactos en términos de aislamiento,
estigmatización y configuración de identidades negativas proclives al desarrollo de
trayectorias delictivas.
Por otro lado, la violencia doméstica y de género revela que gran parte de los
problemas de la seguridad personal que afectan a la mitad de la población uruguaya
(las mujeres) no transcurren en el espacio público, sino en el privado que se supone
seguro y protegido. Los mayores riesgos para la integridad física de las mujeres
uruguayas provienen de personas conocidas, parejas o ex parejas. Pese a su magnitud,
este fenómeno no parece ocupar el centro de las preocupaciones de las autoridades ni
de los medios de comunicación.
En los capítulos siguientes tendremos oportunidad de analizar con más detalle
muchas de las afirmaciones que hemos realizado. Lo cierto es que el Uruguay presenta
una serie de tendencias en materia de violencia y criminalidad que todavía lo sitúa en
un lugar positivo en la región. No obstante, la evolución en el tiempo de los principales
indicadores de delito e inseguridad marcan un deterioro general tal como se percibe
en toda América Latina. Ciudades como Montevideo, Santiago de Chile, Buenos Aires,
Rosario o Córdoba ofrecen niveles altos de victimización general y de temor frente al
delito, lo que obliga a mejorar los instrumentos de medición y las capacidades de
análisis. Las complejas relaciones entre las desigualdades socioeconómicas y la
criminalidad constituyen un reto para las ciencias sociales. Las políticas públicas sobre
seguridad que no sean sensibles a estos nuevos desafíos interpretativos, sucumbiendo
a los simplismos de moda, estarán condenadas a la repetición de viejos fracasos.

22
Anexo 1

Sensaciones y emisiones

“Se nos dice que hubo una desaceleración de las rapiñas a nivel nacional y que bajaron
en Montevideo. No es así en nuestra opinión. Pero nos podemos equivocar, podemos
ser víctimas de aquello que se inventó en el Ministerio de José Díaz, de la sensación
térmica” (diputado colorado Daniel García Pintos, 24 de agosto de 2009, portal
180.com.uy).

"La sensación de inseguridad que por estos hechos puede estar sintiendo la población
no se ajusta a la realidad. Ocurre que estos últimos atracos fueron con mucha violencia
y tomaron mucha notoriedad, pero no son reflejo de un incremento en los delitos. El
carácter violento ayuda a la sensación de inseguridad pero la población puede estar
tranquila que los hechos delictivos se aclaran" (Ministro del Interior Daniel Borrelli, El
País, 6/5/2004).

“Nosotros nos sentimos atemorizados, vemos que hay una sensación de inseguridad
cada vez mayor. Creo que es amplificada. Que es un fenómeno sociológico, el efecto de
la prensa sobre la población” (Ministro del Interior, Juan Andrés Ramírez, 1994, citado
en Klein, p. 117).

“Yo creo que no hay duda que existe un creciente sentimiento de inseguridad a nivel de
la gente. Seríamos ingenuos si pensáramos que el Uruguay queda fuera de un contexto
que, de a poco, le empieza a invadir más de lo que nos cuesta a nosotros asumirlo. Yo
pienso que la convivencia en Uruguay se ha deteriorado…De todas maneras, no pienso
que haya un aumento de los delitos en general. Creo que, de repente, suceden hechos
de gravedad, donde el concepto de la vida es un poco distinto que el que podría haber
sido unas décadas atrás” (gerente de empresa de seguridad, Héctor Deambrosi, citado
en Klein, 1994, p. 111).

“Ningún partido político tomó el tema de la seguridad como elemento para hacer
oposición política y si puedo decirlo con la mayor satisfacción y reconocimiento a los
partidos políticos, contribuyeron todos con su aporte y colaboración, en todos los
aspectos vinculados a la política de seguridad” (Ministro del Interior Guillermo Stirling,
El País, 1 de setiembre de 2004).

“Es repugnante convertir el dolor ajeno en espectáculo, negocio o campaña política”


(presidente de la República, Tabaré Vázquez, 7 de setiembre de 2009, La República, p.
3).

“La exposición pública de los hechos, con todas las luces, con nombres y apellidos,
vecinos y parientes, mamá llorando, vecino tirando piedras en el juzgado,
prejuzgamiento del individuo frente a determinado hecho delictivo. Eso, me parece, es

23
un ejercicio incorrecto de la libertad de prensa. Lo cual, si lo miro desde el punto de
vista del negocio, es bárbaro” (gerente de empresa de seguridad, Héctor Deambrosi,
citado en Klein, 1994, p. 111).

“Siguen robando fuerte los maleantes. Estamos soportando una racha impresionante
de robos pues, los amigos de los ajeno no respetan pelo ni marca en todos los barrios
de la ciudad” (nota de El Diario, 1960, citado en Klein, 1994, p. 37).

“Continúan asolando no ya la zona costera sino también sus aledaños” (rapiñas de


motonetistas); “el episodio demuestra la creciente peligrosidad de los rapiñeros que
están asolando en la ciudad sin que haya realmente eficacia en su represión” (nota de
El País, 1970, citado en Klein, 1994, p. 37).

“Los vecinos viven atemorizados y sin posibilidad alguna de defensa” (nota de El País,
1990, citado en Klein, 1995, p. 37).

A menor edad…

“El aumento de los delitos de un año al otro no se hubiera dado sin el aumento de la
participación de menores en delitos. Es más, la rapiña hubiera bajado. Uno tiene que
atenderlo. Cada vez más menores roban y empiezan con menos edad” (Ministro del
Interior, Eduardo Bonomi, 27 de junio de 2011, observa.com.uy ).

"Se pueden encontrar hoy en día grupos de niños, niñas y adolescentes infractores, que
obstaculizan el cumplimiento de las normas vigentes de la convivencia social. Es un
fenómeno que si bien no es nuevo, es cierto que cada vez el número de menores
infractores es mayor. Ocurre que cada vez disminuye la edad en que comienzan a
`delinquir`" (nota sobre pandillas en Uruguay, 31 de mayo de 2012, elpais.com.uy).

“En el caso de los menores que cometan delitos graves y muy graves ¿debemos seguir
eliminando los antecedentes al cumplir los 18 años? Si tenemos una justicia que
realmente cumple con los acuerdos internacionales, …, me inclino a pensar que no es
justo ni conveniente. No se puede matar antes de los 18 años y comenzar limpio y con
todos los beneficios que ello implica” (periodista Esteban Valenti, La espina de la
seguridad, 2010, Montevideo.com.uy).

“El número y la audacia de los crímenes contemporáneos autorizan a creer en el


aumento de la delincuencia. La edad de los acusados permite afirmar que la precocidad
en el crimen se agrava en nuestros días en proporciones alarmantes” (Carlos De
Arenaza, 1930, citado en Fessler, 2014, p. 31).

“Vemos el descenso concomitante en la edad de los delincuentes: sube la cifra de los


crímenes y baja la de los años: por todas partes el fenómeno es el mismo” (José Irureta
Goyena, 1909, citado en Fessler, 2014, p. 32).

24
“El problema cada día más grave de la delincuencia y del abandono moral y material
de los menores” (José Batlle y Ordóñez, 1906, citado en Fessler, 2014, p. 33).

“Parto de que es un ámbito diferente del de hacinamiento y sociabilidad entre


delincuentes reincidentes que todos conocemos. Tendrán posibilidad de realizar
actividad deportiva y es un ámbito de disciplina. Por supuesto que sería bajo las
directivas del INAU y con la obligación de ir a la UTU. Me pregunto por qué no se puede
plantear como pena alternativa” (diputado Luis Rosadilla sobre el servicio militar
obligatorio para menores infractores, Brecha, 30 de mayo de 2008).

Los valores perdidos

“Lamentablemente el tema de los valores muchas veces o casi siempre se daba en


nuestras familias, padre o madre o lo que fuera hoy ha descaecido. Uno lo ve en la
violencia que hay en cuanto a los delitos. Si vas 30 años atrás que no es tanto usted
tenía que había hurto por ejemplo, hoy hay hurto más violencia, que es rapiña, o
violencia directamente antes del hurto. Entonces eso significa que han descaecido los
principios y los valores en que nuestra sociedad se basaba” (diputado blanco Gustavo
Borsari, 7 de agosto de 2012, citado en Fessler, 2014, p. 25).

“Cuando en el 2001 o 2002 había un 20% de desempleo y la gente robaba para comer,
ahí encontrás una explicación (...) Hoy existe un desempleo bajísimo, pero cuando
hablás con los jóvenes que roban, te dicen que con un salario de 8.000 pesos no les da
ni para comprar los championes. No tienen escrúpulos en robar a los que no rechazan
esos trabajos y aceptan 8.000 pesos de salarios (…) No estamos hablando de la linda
pobreza, ni esas personas forman parte de la base social para los cambios, son
oposición a los cambios porque están con unos valores totalmente ajenos a los
cambios. El cambio se basa en el trabajo, esto es todo lo contrario (…) La visión del que
te dice que esas personas son producto de la sociedad y que, por lo tanto, los cambios
tienen que ser sociales, es cierta. Pero el lumpen consumidor te genera un problema
ahora y eso es algo que tiene que resolver el Ministerio del Interior ahora, ese es su
papel” (Ministro del Interior, Eduardo Bonomi, 5 de mayo de 2011, semanario
Búsqueda).

"Nuestros procedimientos en los asentamientos, que han sido tan criticados, tiene un
fin mucho más loable de lo que se piensa y ese es el tema del que estoy hablando
ahora. Allí crecen muchos niños en contextos críticos y si no tratamos de vencerlo como
Estado y sociedad, seguramente tendremos que enfrentar problemas más grandes"
(Director Nacional de la Policía, Julio Guarteche, 28 de julio de 2001, elpais.com.uy).

"Vamos a llegar a la conclusión de que debemos regresar todos al modelo de familia


tradicional, tratando de fortalecerla. Lo que pueden hacer los padres no puede hacerlo
nadie más y, sin embargo, en los países más avanzados esa transmisión de valores los

25
jóvenes la están recibiendo de la televisión, de internet y de los juegos de video"
(Director Nacional de la Policía, Julio Guarteche, 28 de julio de 2001, elpais.com.uy).

“Cuando se habla de que los valores han cambiado, y todos se sienten desorientados
frente a los nuevos valores de los jóvenes, no se toma en cuenta que hay una
explicación muy simple. No son valores absurdos e irracionales. El delincuente ve que
aplicando esos nuevos valores obtiene mejores resultados" (fiscal de menores, 24 de
junio de 2012, elpais.com.uy).

“Yo percibo que aquí en Montevideo y desde hace años, viene dándose una pérdida de
valores, algunas personas y no sólo los indigentes, tomaron la costumbre de hacer sus
necesidades en la vía pública, de tomar bebidas alcohólicas a la vista de todo el mundo,
¿quién no ha visto a jóvenes y no tan jóvenes con botellas de cerveza y cajas de vino
caminando y bebiendo por las veredas? ¿quién no ha visto a otros jóvenes pateando los
tachos de basura y dañando teléfonos públicos? Y últimamente poniendo fuego en los
contenedores de basura. Y no pasa nada, ¿cuál es el mensaje?...Cuando permitimos
que nos convenzan de que la pobreza justifica el aumento de la delincuencia, además
de ser sumamente injusto para la mayoría de los pobres, somos unos imbéciles y nos
merecemos lo que sucede” (carta de un lector defensor de la “tolerancia cero”, 7 de
agosto de 2007, El Observador).

“En ese tiempo también bajó la delincuencia en otras grandes ciudades de EE.UU, como
Detroit o Chicago, donde no se aplicó esta política. En el Reino Unido se trató de aplicar
y no se tuvo resultados. Los policías se quejaban porque tenían que detener a la gente
por cualquier tontería. La tolerancia cero va en contra de tener una buena policía…Con
una política de tolerancia cero se aliena al público” (criminólogo Roger Matthews, 10
de julio de 2010, www.elpais.com.uy).

Ellos o nosotros

“Los valores que tienen ciertos compatriotas no son los mismos que los nuestros, y no
es el mismo idioma, y no son las costumbres, y no es el concepto de familia, y no es el
concepto de tuyo y mío, de la propiedad, de los derechos, de la violencia” (Luis Alberto
Lacalle, La República, 6 de agosto de 2009).

“Mientras tanto, esperemos que Policía (¿y Ejército?) invadan y ocupen, tantas veces
como sean necesarias, los enclaves donde se pergeñan asaltos, copamientos y rapiñas:
que los delincuentes sientan inseguridad por serlo –no menor que la que padece la
sociedad por su accionar” (José Luis Baumgartner, 24 de mayo de 2012, Semanario
Voces, contratapa, Nº 342).

“Las bocas de pasta base son expendios detallistas para pobres que no vacilan en robar
a otros pobres (así sean sus padres) con tal de poder consumir…Propongo –es un decir-
que se cometa a la Republicana (cubiertos los rostros) la lucha contra las bocas de

26
pasta base, para evitar que los milicos seccionales (a menudo, vecinos de los criminales
indagados) puedan ser objeto de venganza o sufran ominosa convivencia. En fin, todo
cuanto se haga por extirpar este cáncer social nunca será suficiente” (José Luis
Baumgartner, 22 de marzo de 2012, Semanario Voces, contratapa, Nº 334)

“Cómo es posible que medio siglo después, en el mismo territorio, se instalen unos
atorrantes que si bien están atrapados por la pasta, no dejan de serlo, porque están
para la suya, aunque sea una mierda, y les importa un pito la vieja, los vecinos, el
prójimo…Y como no laburan, se convierten en factores de violencia doméstica, le
venden la tele a la vieja, y si cobró la jubilación y no larga la mosca, la fajan…Por eso, la
máxima que debería conducir la erradicación de esta porquería, salvando a lo que se
pueda, desalentando a las próximas camadas, debe ser la de ‘a Dios rogando, y con el
mazo dando’” (Maurcio Rosencof, 29 de julio de 2011, Revista Caras y Caretas, p. 20,
Nº 515).

“Hay dos Montevideo…por un lado gran parte de la sociedad…vive encerrada en su


casa rodeada de rejas y en el otro extremo se encuentra una legión de jóvenes…que se
refugian en las drogas con las terribles consecuencias que todos conocemos” (Julio
César Lestido, La República, 15 de setiembre de 2004, p. 15).

“Se destruye la célula fundamental de la sociedad…donde ese muchacho comienza a


deteriorarse y comienza con la ingesta de alcohol, a fumarse un porro, la cocaína y,
hoy, la maldita pasta base” (Jefe de Policía de Maldonado Mario San Pedro, La
República, 20 de junio de 2006, p. 24).

“La masificación de la drogadicción está en la base en gran medida de la expansión de


la sensación y la vivencia real de inseguridad…la creciente masificación del delito tiene
como motor conseguir la droga para consumir. Esta drogadicción es una formidable
locomotora para aumentar el caudal de la inseguridad ciudadana” (José Mujica, El
País, 13 de agosto de 2009, p. 10).

“La delincuencia ha invadido nuestra sociedad” (Verónica Alonso, La República, 23 de


agosto de 2009).

“Guardián: garantía para todos menos para la delincuencia” (Ministerio del Interior, 12
de marzo de 2015, www.minterior.gub.uy).

Vaivenes

“Pasamos de un modelo represivo a un modelo basado únicamente en la atención de lo


social. En el primero de ellos la Policía recibía todo el peso de la tarea, pero no tenía
todos los factores, las causas y los medios a su alcance y, por supuesto, no fue
suficiente. En el segundo la Policía apenas contaba y se pensaba que, con remover las
causas sociales, la seguridad iba a ser una consecuencia; y, por supuesto, tampoco fue

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suficiente. Y también fracasó” (Ministro del Interior Eduardo Bonomi, 10 de noviembre
de 2011, citado en Búsqueda, p. 12).

“Eso no es verdad, eso es una simplificación…No nos quedamos solo con las políticas
sociales, eso es una mentira de la derecha y de muchos medios de comunicación” (ex
Ministro del Interior José Díaz, 10 de noviembre de 2011, citado en Búsqueda, p. 12).

“Nosotros hemos anunciado una estrategia del Ministerio, basada en tres grandes
componentes: el primero de ellos es el componente operativo, esto tiene que ver con el
funcionamiento y la eficacia de los servicios policiales; el segundo componente es el
normativo, esto es lo que tiene que ver con la adecuación del marco jurídico vigente a
las necesidades que tiene el país en materia de prevención y represión del delito; y en
tercer lugar, el componente que tiene que ver con la prevención de conductas violentas
o de hechos delictivos, donde necesariamente la actuación del Ministerio del Interior se
incorpora a la acción que realizan otros organismos públicos y también, por supuesto,
organizaciones de la sociedad civil” (sub secretario del Ministerio del Interior, Juan
Faroppa, 21 de febrero de 2006, presidencia.gub.uy).

“Si aumentan los delitos, no podemos dar la explicación social que tiene el delito;
tenemos que tratar de que no se afecte más la seguridad. ¿Cómo evitamos eso?
¿Diciendo a los delincuentes que sean buenitos? No es ese el papel del Ministerio del
Interior. Los que tienen mano dura en este momento son los que están rapiñando,
hurtando, copando lugares. No respetan pobreza. Ahora se roba cada vez más al que
tiene menos” (Ministro del Interior, Eduardo Bonomi, 27 de junio de 2011,
observa.com.uy).

“No pedimos mano dura; esto no se arregla con mano dura. Esto es como cuando uno
se sube a un caballo: no lleva las riendas con la mano dura, porque se le agarrotan los
dedos a los dos minutos. Las riendas se llevan con la mano firme, hacia donde tienen
que ir el animal” (senador Pedro Bordaberry, La República, 2 de junio de 2009).

“Desde el punto de vista estrictamente represivo creo que hay que tener una represión
eficaz. No hay que ser tan poetas de creer que no la vamos a necesitar. El día que no
precisemos represión no precisaremos Estado” (José Mujica, Búsqueda, 4 de junio de
2009, p. 4).

“Reprimir cuando haya que reprimir, es ejercer la autoridad y saber que aquellos que
están cometiendo el delito no lo van a hacer más, y ejercer la autoridad implica
recobrar esa seguridad porque sin seguridad no hay libertad” (Verónica Alonso, La
República, 23 de agosto de 2009).

“La idea de que estas manifestaciones de violencia colectiva van a desaparecer con una
mezcla adecuada de represión e inclusión social es comprensible, pero reposa en la
ilusión de que es posible regresar a los ‘viejos buenos tiempos’. Si es que fueron tan
buenos” (periodista Gerardo Sotelo, 19 de mayo de 2010,
http://blogs.montevideo.com.uy/cybertario).

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“Si logramos efectivamente –y ese debe ser el objetivo- que el sistema carcelario sea un
factor en serio de rehabilitación, los que reincidan de todas maneras deberían tener
medidas más drásticas para evitar que vuelvan a delinquir. Lo que está claro y la
experiencia lo demuestra es que aumentando simplemente las penas no se detiene la
espiral de delincuencia, pero este es un caso diferente y en algunos países ha
demostrado que es un importante factor disuasivo” (periodista Esteban Valenti, 16 de
agosto de 2010, http://www.uypress.net/uc_7715_1.html).

“Por un razonamiento simplista consideran que mayor represión y dureza en la


represión conllevan a un mayor nivel de seguridad. Y no es así. Está probado que la
mayor represión no aumenta la seguridad, no reduce los delitos. Hay un fenómeno que
es este, el encarcelamiento no es bueno en sí mismo. No es una buena medida
preventiva. El encarcelamiento sirve para evitar que el sujeto, mientras esté
encarcelado, no delinca. Está preso, encerrado y, por lo tanto, no delinque” (Ministro
del Interior, Juan Andrés Ramírez, 1994, citado en Klein, p. 117).

Las armas y el diablo

“No me animo a dar consejos, no me animo a decirle a quien no sabe usar un arma que
se arme, como tampoco me animo a decirle a alguien que maneja caudales y sabe
manejar un arma que no la use” (Ministro del Interior Eduardo Bonomi, 6 de octubre
de 2010, citado en Semanario Voces, p. 3).

“Armarse no es una buena política para enfrentar a la delincuencia. Hay que dejar
actuar a la Policía” (subsecretario del Ministerio del Interior, Jorge Vázquez, 16 de
enero de 2011, El Observador, p. 3).

“No quiero vivir en un país como el Far West, pero si está la familia de uno en juego…;
si llego a entrar a mi casa y veo que se la están dando a mi mujer y tengo un arma,
¿qué hago? ¿Me pongo a conversar?” (Carlos Gamou, Brecha, 29 de julio de 2011, p.
3).

“En la medida en que los delincuentes sepan que los comerciantes se arman va a haber
una escalada de violencia, y el delincuente va a tirar primero” (Subsecretario del
Ministerio del Interior Jorge Vázquez, Brecha, 29 de julio de 2011, p. 3).

Adiós, ciencia social

“Hay patologías, hay enfermedades que se superan sólo con el tiempo, gradualmente,
con gran esfuerzo, con gran trabajo. Enfermedades que se han arraigado en nuestros
organismos y que perduran y conviven con ellos. Así pasa en cualquier sociedad. La

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sociedad es un organismo vivo, nuestro cuerpo está integrado por muchos, millones de
millones de células, las sociedades están integradas por millones de ciudadanos,
constituimos un organismo vivo” (presidente de la República, Tabaré Vázquez, 7 de
setiembre de 2009, La República, p. 6).

“Sensación personal, térmica o real: que a las 4 de la tarde te roben de esa manera en
esa zona llena de sanatorios es un hecho que hay que registrar, no tengo idea como
será registrado en las estadísticas. A mí me dejó una bronca enorme, una sensación de
impotencia y de derrota. El pobre consuelo es que le pegué un codazo, espero en los
dientes del ladrón. Lamentablemente o por otras razones biológicas, no estaba todo lo
preparado que estaba antes. Me voy a ejercitar, aunque eso no entre en las
estadísticas…Lo confieso, en el momento del robo, si hubiera podido, si hubiera
contado con los elementos necesarios, hubiera estado en la comisaría pero como
acusado. Es el pequeño y feroz enano que llevamos dentro. Espero seguir llevándolo,
me indignan los sociólogos de la resignación y la explicación. Si fuera por ellos, la
cándida niñita de 14 años que asesinó un taxista porque estaba nervioso, o le pegó un
tiro en el pecho a una vecina y baleó a otro taxista, le corresponde un tratado de
explicaciones sociales y culturales. Y alguna pena menor” (periodista Esteban Valenti,
16 de diciembre de 2014, http://www.uypress.net/uc_56955_1.html).

“Podemos hacer muchos análisis y muchos estudios, hay miles de estudios y todos
mueren en lo mismo. Lo que tenemos que dejar de hacer es dejar de gastar millones de
dólares en estudios, dejarnos de estudiar. Y que no se reciban más sociólogos. ¡Por
favor! Y atacar la pobreza. Si atacamos la pobreza estamos atacando la violencia y los
delitos. Estamos gastando pólvora en chimango desde hace muchísimos años”
(periodista Carlos Lemos, citado en Klein, 1994, p. 107).

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