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QUERELLA

Exp. N° 8270-2017

ANÁLISIS DE TIPICIDAD

El Acuerdo Plenario 3-2006/CJ-116 del 13 de octubre de 2006, ha establecido que el


bien jurídico que protege los delitos contra el honor, derivan de la dignidad de la
persona, en cuya virtud, los ataques al honor son ataques inmediatos a la dignidad de
la persona. De esta manera, el objeto de estos tipos penales, es proteger a su titular
contra el escarnio o la humillación, ante sí o ante los demás, e incluso frente al
ejercicio arbitrario de las libertades de expresión e información, puesto que la
información que se comunique, en ningún caso, puede resultar injuriosa o despectiva.

Conforme al citado acuerdo plenario, para que estas injerencias en el honor de las
personas puedan justificarse, es necesario que lo manifestado en ejercicio de las
libertades de expresión e información:

• Incidan en la esfera pública, no en la intimidad de las personas y de quienes


guarden con ella una personal y estrecha vinculación familiar, por lo que debe existir
un interés legítimo del público por conocer el asunto. En ese sentido, la protección
del afectado se relativizará, cuando incida en personajes públicos o de relevancia
pública, quienes en aras del interés general en juego, deben soportar cierto riesgo a
que sus derechos subjetivos resulten afectado por expresiones o informaciones de
este calibre; más aún si las expresiones importan una crítica política, en tanto éstas se
perciben como instrumento de los derechos de participación ciudadana.

• Respeten el contenido esencial de la dignidad de la persona. Así no están


amparadas las frases objetiva y formalmente injuriosas, los insultos o las insinuaciones
insidiosas y vejaciones, con independencia de la verdad de lo que se vierta o de la
corrección de los juicios de valor que contienen. Sin embargo, ello no impide que se
realicen evaluaciones personales, por más desfavorable que sea, de una conducta,
pero no lo está, emplear calificativos que, apreciados en su significado usual y en su
contexto, evidencian un menosprecio o animosidad.

• Deben ejercerse de modo subjetivamente veraz. Ello significa que la protección


constitucional no alcanza cuando el autor es consciente de que no dice o escribe
verdad cuando atribuye a otro una determinada conducta –dolo directo-, o cuando,
siendo falsa la información en cuestión no mostró interés o diligencia mínima en la
comprobación de la verdad –dolo eventual-. En ese sentido, no se protege, a quienes,
defraudando el derecho de todos a recibir información veraz, actúen con menosprecio
de la verdad o falsedad de lo comunicado, comportándose irresponsablemente al
transmitir como hechos verdaderos simples rumores carentes de toda constatación o
meras invenciones o insinuaciones insidiosas. Así, las noticias, para gozar de protección
constitucional, deben ser diligencias comprobadas y sustentadas en hechos objetivos,
debiendo acreditarse en todo caso la malicia del informador.

• Deben respetar el principio de proporcionalidad. Mediante este test deben


ponderarse las opiniones y los juicios de valor, que comprende la crítica a la conducta
de otro, ya que al ser estrictamente subjetivas son imposibles de probar. Mediante
este principio, se hace un análisis, centrado en determinar el interés público de la
opinión (fuera de la esfera privada) y la presencia o no, de expresiones
indudablemente ultrajantes u ofensivas, que denotan que están desprovistas de
fundamento y formuladas de mala fe (sin relación con las ideas u opiniones que se
exponen y por tanto resultan innecesarias este propósito).

Es de reconocerse que existe un conflicto entre la protección constitucional a la


libertad de expresión (manifestación de opiniones o juicios de valor), información
(imputación o narración de hechos concretos) y derecho al honor. La solución de
conflicto pasa por formular un juicio ponderativo que tenga en cuenta las
circunstancias de cada caso en particular y permita determinar, si la conducta
atentatoria contra el honor, está justificada, o no, por ampararse en el ejercicio de
estas libertades; es decir si la conducta sujeta a la valoración penal constituye o no un
ejercicio de las libertades de expresión e información, conforme a lo previsto en el
inciso 8) del artículo 20° del Código Penal, resultando insuficiente para la resolución
del conflicto el análisis del elemento subjetivo del indicado delito, en atención a la
dimensión pública e institucional que caracteriza a estas últimas y que excede el
ámbito personal que distingue al primero. En ese sentido, pueden justificar injerencias
en el honor ajeno, a cuyo efecto es de analizar el ámbito sobre el que recaen las frases
consideradas ofensivas, los requisitos del ejercicio de ambos derechos y la calidad –
falsedad o no- de las aludidas expresiones.

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA


SALA PENAL TRANSITORIA
R.N. 2436-2011, UCAYALI
Conforme al tercer y último párrafo del artículo ciento treinta y dos del Código Penal,
la difamación se torna agravada por el medio empleado cuando el agente actúa
haciendo uso de medio de comunicación social (vg. radio) para atribuir un hecho,
cualidad, o conducta que pueda perjudicar al honor del aludido. Tal agravante, según
precisa SALINAS SICCHA se explica en que al difamarse a una persona haciendo uso de
dicho medio, aquél tiene un mayor e inmediato alcance, y, por tanto, la desestimación
o reprobación al ofendido será conocido por un mayor número de personas. Es decir,
un número incalculable de personas conocerían los hechos, cualidades o conductas
injuriosas, ocasionando un enorme daño a la reputación o fama de la víctima. Por
ende, la magnitud del perjuicio personal que puede ocasionar al difamado, es lo que al
final de cuentas pesa para tener como agravante el uso de los medios de comunicación
social masivo.

Así, establecido en qué se funda el mayor injusto de los delitos de difamación


agravada, cometidos a través de medios de comunicación, dada su estructura típica, la
prueba requerida para crear certeza respecto de la responsabilidad penal del
querellado -en todos los casos- versará necesariamente sobre los siguientes puntos:

 La atribución a una persona de un hecho, una cualidad o una conducta que


pueda perjudicar el honor o la reputación del querellante, es decir, la
existencia de las afirmaciones o comentarios difamatorios.

 La identificación plena del querellado como el agente difamante, es decir como


el autor de las afirmaciones o comentarios difamatorios.

 La determinación inequívoca del medio de comunicación social específico


empleado por el agente para la comisión del delito.

 La forma y demás circunstancias en que se efectuó la difusión de las


afirmaciones difamantes a través del medio de comunicación social, en
especial, la fecha exacta en que tuvo lugar.

 El dolo de dañar el honor y la reputación del querellante.

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA


SALA PENAL PERMANENTE
R.N. 3517-2008, ÁNCASH

Que, como ya se tiene dicho, el tipo penal de difamación requiere necesariamente que
las frases reputadas como ofensivas se dirijan a una persona en particular –que puede
ser natural o jurídica, pues estas últimas también tienen derecho al honor en su
aspecto objetivo, es decir, gozan de reputación, tal como ha dejado establecido el
Tribunal Constitucional en la sentencia recaída en el expediente número novecientos
cinco – dos mil uno-AA-TC, del catorce de agosto de dos mil dos, asunto: Caja Rural de
Ahorro y Crédito de San Martín–, pues de lo contrario no puede entenderse una
afectación al bien jurídico protegido al tratarse de un derecho personalísimo; que, en
el presente caso, el querellante al proferir las frases cuestionadas de manera genérica,
sin referirse directamente al querellante País Hurtado o a la asociación que representa
–tampoco se puede inferir del contexto en que se dijeron que se dirigieron a sus
afiliados–, no permite concluir que las expresiones que profirió el encausado se
subsuman en el referido tipo penal, ante la imposibilidad de determinar al sujeto
pasivo de la acción, sin que ello signifique que las personas que se sientan aludidas o
afectadas, puedan ejercer sus derechos en la vía civil correspondiente.

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA


SALA PENAL PERMANENTE
R.N. 3680-2010, Lima

Que, a manera de introducción para que se configure el delito de difamación agravada


-por medio de prensa- previsto en el último párrafo del artículo ciento treinta y dos del
Código Penal, tienen que concurrir los siguientes elementos:

I) la imputación de un hecho, cualidad o conducta que pudiera perjudicar el


honor o la reputación de una persona
II) la difusión o propalación de dicha imputación a través de un medio de
prensa, capaz de llegar a una gran cantidad de personas, y
III) que exista intención de vulnerar y maltratar el honor del querellante
mediante las aseveraciones descritas precedentemente sin que haya
realizado alguna labor de investigación sobre los hechos a los que se refirió,
elemento que la doctrina ha denominado el «ánímus difamondi«,
constituyendo otra circunstancia agravante, conforme lo estipula el
segundo párrafo de este mismo articulado, cuando la difamación se refiere
a hechos previstos en el artículo ciento treinta y uno de la aludida norma
sustantiva; esto es, cuando el agente, con la única finalidad de lesionar el
honor, definido como el derecho a ser respetado por los demás por el
simple hecho de constituir un ser racional dotado de dignidad personal, le
atribuye, inculpa, achaca o imputa a su víctima, la comisión de un hecho
delictuoso que es falso; en este sentido, el delito de calumnia se encuentra
subsumido como una circunstancia agravante del tipo penal de difamación,
por lo que el Colegiado Superior deberá determinar si existe un aparente
concurso de delitos, previo traslado a las partes para que informen al
respecto.

CORTE SUPERIOR DE JUSTICIA DE LIMA

SEGUNDA SALA ESPECIALIZADA EN LO PENAL PARA PROCESOS CON REOS LIBRES

EXPEDIENTE N° 5454-15
 Que, haciendo el análisis de la sentencia recurrida, se tiene que la A quo ha incurrido
en la causal de motivación insuficiente, en razón que evaluó las pruebas sobre el hecho
denunciado, encuadrando la conducta del imputado dentro del tipo penal previsto en
la parte pertinente del artículo 132° del Código Penal -difamación agravada- empero
no hizo la valoración en cuanto a la tipicidad subjetiva; es decir no se analizó
el dolo con que hubiese actuado el sentenciado, aún más si la naturaleza del delito
imputado es un delito que tiene como bien jurídico protegido el honor de la persona
humana y como lo es en los delitos de difamación se precisa del elemento
fundamental que en la doctrina penal se denomina «animus difamadi» por parte del
encausado, esto es que tenga la voluntad específica de lesionar el honor de la
agraviada; extremo que no fue evaluado por la A quo en la sentencia recurrida que
condenó al recurrente.

Roberto Pérez-Prieto De Las Casas, Pontificia Universidad Católica del Perú, ¿QUÉ
JUZGADO DEBE SER EL COMPETENTE (EN RAZÓN DE MATERIA) CUANDO SE
INVOLUCRA A UN TERCERO CIVILMENTE RESPONSABLE?

http://www.revistas.pucp.edu.pe/index.php/themis/article/viewFile/15595/16044#
:~:text=El%20Nuevo%20C%C3%B3digo%20Procesal%20Penal,aquel%20que
%20comefi%C3%B3%20el%20delito.

EL TERCERO CIVILMENTE RESPONSABLE

Como ya se estableció en la introducción de este artículo, existe una figura en el


Derecho Penal llamada “el tercero civilmente responsable”. Las preguntas que surgen
a partir de ese nombre son: ¿si es un tercero, por qué sería responsable? ¿Si estamos
en el ámbito penal, por qué estamos hablando de alguien civilmente responsable?
¿Acaso ese tercero tuvo algo que ver con el delito? A continuación, se darán las
respuestas a estas interrogantes.

A. ¿Dónde se encuentra legislado el tercero civilmente responsable?

En el ordenamiento jurídico peruano, esta figura la podemos encontrar en la ya citada


norma del Nuevo Código Procesal Penal:

Artículo 111.- “Citación a personas que tengan responsabilidad civil. 1. Las personas
que conjuntamente con el imputado tengan responsabilidad civil por las consecuencias
del delito, podrán ser incorporadas como parte en el proceso penal a solicitud del
Ministerio Público o del actor civil. […]”.

Aquellos que se toman como civilmente responsables no son precisamente los que
cometieron el delito, sino aquellos que, por algún mandato legal, serán responsables
civiles conjuntamente con el imputado. También debemos tener en cuenta que el
mencionado artículo le otorga al Ministerio Público la legitimidad para obrar activa
para poder iniciar esta acción “civil”. La pregunta es: ¿Por qué el Ministerio Público
puede promover una acción netamente dispositiva? ¿Qué sucede si la víctima no
desea solicitar una indemnización? En este caso, se estaría relativizando el principio
dispositivo y de iniciativa de parte a favor del Ministerio Público, lo cual es incorrecto
pues es la propia víctima quien debe definir si desea obtener una indemnización o no.
La sanción punitiva en contra del imputado sí es exclusividad del Estado a través del
Ministerio Público y, posteriormente, del juez, quien decide si condena o no, pero la
indemnización es entera decisión de la víctima.

B. ¿Quién es realmente el tercero civilmente responsable?

El tercero civilmente responsable es una figura que, si bien es cierto, se encuentra en


la legislación penal, tiene un trasfondo eminentemente civil. En otras palabras, es una
discusión civil y no penal. Su único fin es garantizar la reparación del daño causado a
consecuencia del delito, a pesar de que aquel responsable no sea el autor del delito. En
palabras de la reconocida profesora Laura Zúñiga: “En el sistema jurídico, toda forma
de responsabilidad presupone un sujeto de imputación, puesto que ha de definirse
quién ha de hacer frente con la consecuencia jurídica. En el ámbito penal, los sujetos
de imputación deben reunir unas características personales, físicas y psíquicas, toda
vez que tienen que tener la capacidad de comprender el carácter delictuoso de su
conducta […]. Pero como la responsabilidad civil derivada del delito es una obligación
de carácter civil, con finalidades distintas a las penales, de índole reparadora, que se
rige por el Derecho Civil […] el ordenamiento jurídico no quiere dejar sin consecuencias
el daño causado por el delito, aun cuando no sea factible condenar al culpable por
inimputable, o por insolvencia del autor”. En otras palabras, nuestro sistema jurídico
busca que en el mismo proceso penal se incorporen a todos aquellos que pudiesen
resultar responsables ‒tanto penal como civilmente‒, debido a que estamos ante
pretensiones conexas y de ese modo garantizamos el principio de economía procesal.
“Asimismo, procede declarar sujeto civilmente responsable del pago de la reparación
civil a las personas jurídicas y al Estado, cuando en su seno o sus miembros,
dependientes o funcionarios hayan cometido un delito”13. Ahora bien: ¿existiría un
problema con ello? ¿Qué pasa con la especialidad del juzgador? ¿Puede un juez penal
pronunciarse tan exhaustivamente por la responsabilidad civil como por la penal?

c. ¿Qué se necesita analizar para determinar la responsabilidad del tercero


civilmente responsable?

Para analizar la responsabilidad de aquel “tercero civilmente responsable”, el juzgador


deberá analizar los mismos requisitos de la responsabilidad civil que todos conocemos:
(i) el daño; (ii) el nexo causal; (iii) el hecho generador/antijuricidad; y, (iv) el factor de
atribución. Este trabajo no pretende realizar un estudio exhaustivo sobre estos
aspectos de la responsabilidad civil, sino, simplemente, poner de relieve algunos
aspectos que deben tenerse en cuenta en el ámbito civil y no en el penal. Veamos. Uno
de los elementos esenciales para la configuración de la responsabilidad civil es que se
haya configurado un “daño”; es decir, que aquella víctima del delito haya sufrido un
perjuicio por el actuar u omisión del agente activo.

Facultades generales.-

Artículo  74.- La representación judicial confiere al representante las atribuciones y


potestades generales que corresponden al representado, salvo aquellas para las que la
ley exige facultades expresas. La representación se entiende otorgada para todo el
proceso, incluso para la ejecución de la sentencia y el cobro de costas y costos,
legitimando al representante para su intervención en el proceso y realización de todos
los actos del mismo, salvo aquellos que requieran la intervención personal y directa del
representado.