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El desierto: Saer

En “El viajero” (1982), cuento del escritor santafecino Juan José Saer, cobra protagonismo uno de
los elementos claves asociados por Sarmiento con la barbarie: el “desierto”. El único personaje
que lidia con él es un “inglés viajero”, figura relativamente frecuente en el Río de la Plata en las
primeras décadas posteriores a la Revolución de Mayo, cuando llegaron a la Argentina y a otros
países sudamericanos enviados por compañías británicas para explorar las posibilidades
comerciales de sus empresas en estos nuevos países. Como bien lo ha estudiado Adolfo Prieto
(1996), los viajeros ingleses, además de cumplir su tarea comercial, se dedicaron a escribir sobre
sus experiencias en estas tierras conformando así un corpus de no poco mérito que, además, tuvo
–como también explica Prieto─ una probada influencia en la “emergencia de la literatura
argentina”.

A diferencia de lo que ocurrió con varios de estos viajeros-escritores, como Francis B. Head o
Joseph Andrews, el inglés del cuento de Saer no tiene oportunidad de narrar acerca de su viaje en
tierras exóticas, porque la muerte lo sorprende antes de que se le ocurra siquiera hacerlo. “El
viajero” consiste, precisamente, en el relato de los últimos días de la vida de un hombre
enfrentado a un espacio absolutamente ajeno a su experiencia y que resultará, a la postre, la
causa de su muerte.

Para contar su historia Saer emplea algunos recursos propios de la narrativa experimental del siglo
XX: la fragmentación del relato, la ruptura de la cronología (que se vuelve circular y que además
fluctúa entre el pretérito, el presente y el futuro), la carencia de signos de puntuación, el uso de
espacios entre ciertas palabras dentro de cada fragmento y el cambio de persona y punto de vista
narrativo. Técnicas que tienen su razón de ser y que se vinculan con el asunto narrado. Veamos un
ejemplo.

El cuento comienza con este fragmento:

Rompió el reloj el vidrio que protegía el gran cuadrante en el que los números romanos
terminaban en unas filigranas prolijas delicadas lo diseminó sobre el montón de ceniza
húmeda que dos noches atrás había sido la hoguera temblorosa que él mismo había encendido
Fragmento inicial que vuelve a evocarse en el final en este otro:

Baja la cabeza y ve otra vez el montón de ceniza negruzco los fragmentos de vidrio
diseminados el reloj roto abierto el gran cuadrante circular en que los números romanos
terminan en unas filigranas prolijas delicadas

La circularidad del relato se hace evidente en este volver al comienzo; se trata de una circularidad
temporal que reproduce una espacial: el andar en círculos del protagonista, ese viajero inglés que,
en busca del saladero donde debe llevar adelante el negocio de la compañía que representa, se
pierde en el espacio plano, sin accidentes, todo igual y, por lo tanto, indescifrable, de la pampa. En
ese desierto las nubes plomizas impiden encontrar cualquier referencia en el cielo y condenan al
protagonista a trazar, sin querer, un círculo, quizá tan perfecto como el del “gran cuadrante” de su
reloj, que se vuelve “circular” justamente cuando el círculo se ha cerrado, al final del relato.

La acción de romper el reloj es no solo un modo de enfatizar la forma en que el relato fractura la
linealidad temporal, sino también de mostrar que el viajero, perdido, reconoce la inutilidad de su
saber europeo en ese espacio otro que, literalmente, terminará tragándoselo. En el desierto
americano son necesarios otros saberes para sobrevivir, muy diferentes de los que ese reloj
condensa. En este sentido, el personaje antagónico del viajero es el “gaucho baqueano”, uno de
los cuatro “tipos gauchos” que Sarmiento describe en Facundo, aquel que conoce cada palmo del
terreno donde se mueve, y que es capaz de ubicarse inmediatamente con solo oler el pasto que
pisa. Por otra parte, el detalle de los números romanos permite trazar una tradición cultural e
histórica entre dos imperios: el romano y el inglés. Pero el reloj también es el elemento que
conecta el desierto con su espacio antagónico, tal como lo ha explicado Sarmiento: la ciudad. Y no
cualquier ciudad sino una de las más importantes del mundo, la capital del imperio moderno:
Londres.

Uno de los fragmentos más extensos del cuento refiere un sueño del personaje con esa ciudad (el
único otro fragmento de parecida extensión, anterior a este, describe la llanura infinita donde el
viajero se pierde). En el sueño, la ciudad de Londres se despliega con su vitalidad desbordante, sus
luces, sus construcciones, sus coches, sus calles empedradas, sus mercados, sus vendedores, sus
prostitutas, sus mendigos, sus muchedumbres. Y la forma en que Saer anticipa esta visión final del
espacio propio al que nunca se regresará es a través de un reloj: el Big Ben. Antes de que el
fragmento sobre la ciudad aparezca, los relojes conectan los espacios antagónicos: el reloj portátil
del inglés, roto, vencido por el desierto y el gran reloj de la ciudad más poderosa del mundo:
La llovizna seguía impalpable lenta adensándose pareciéndose más y más a la niebla a medida
que se alejaba hacia el gran horizonte circular

Su cara permaneció más dura y más tranquila que si la hubiese alzado para mirar la hora en el Big
Ben

Pero si, por un lado, con el reloj, Saer conecta los espacios de la barbarie (desierto) y de la
civilización (ciudad), para hacer evidente la distancia radical que los separa, por el otro introduce
el “mercado” para señalar el costado imperial, explotador, de la empresa “civilizadora”. Las “reses
rojas” descuartizadas que se exhiben, junto con otras mercaderías (que incluyen a las prostitutas)
en el mercado de la ciudad, explican la presencia del viajero en la pampa argentina. Jeremy
Blackwood (ese es su nombre) no es cualquier viajero: es el representante de una compañía
inglesa que busca comerciar carne vacuna, es decir materia prima que se produce en ese espacio
donde el viajero se pierde; espacio que, desde esta perspectiva comercial-imperial ya no es un
“desierto” sino un lugar de producción ganadera. Pero esa empresa imperial tiene sus riesgos, el
viajero inglés (de pelo rojo como la carne de las reses que busca) muere al extraviar su rumbo al
“saladero”. Saer, entonces, decide contar la historia de ese fracaso de la empresa civilizadora /
imperial. La historia imposible, nunca contada, del viajero que no puede regresar a su punto de
partida, que muere devorado por el salvajismo indescifrable de ese espacio-otro que es el desierto
americano.

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