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Las Cartas Católicas comprende el conjunto de Cartas del Nuevo Testamento que no son o no

se atribuyeron a San Pablo. Muy pronto dichas cartas fueron reunidas en una colección,
señalándose cada documento por el nombre del autor a la que fue atribuida por la Tradición.
Su nombre se debe a que no están dirigidas directamente a ninguna comunidad particular,
sino que parecen dirigidas a toda la Iglesia, son cartas universales, católicas. Su conjunto es
diverso en cuanto a fecha y temática, yendo las fechas desde poco antes del 62 (aprox. 58)
para la Carta de Santiago, hasta fines del siglo I o comienzos del II para 2Pedro y Judas. El
aporte de las Cartas Católicas es sin duda el enfrentar los problemas de las comunidades ya
consolidadas, problemas que aún hoy siguen vigentes entre nosotros. Las cartas buscan
responder a las inquietudes de Comunidades en conflicto, sea por persecución o doctrinas
erradas, buscando siempre conservar la fidelidad al mensaje de Jesús y a la tradición de los
Apóstoles.

FINALIDAD Y CONTENIDO DE LAS CARTAS CATÓLICAS

CARTA DE SANTIAGO
a) Fin de la carta de Santiago: animarles a soportar con fortaleza las persecuciones y
hacer vida y obras la fe.
b) Contenido teológico-espiritual: exhorta a vivir las virtudes cristinas: paciencia,
dominio de la lengua, caridad para con los pobres; condena la avaricia, la ambición, la
acepción de personas. En esta carta está la fundamentación bíblica del sacramento de
la unción de enfermos. Y sobre todo, lanza su mensaje principal: la fe sin obras es una
fe muerta.
CARTAS DE PEDRO
a) Fin de las cartas de Pedro: consolar y sostener la fe de aquellos cristianos en
momentos difíciles.
b) Contenido teológico-espiritual: En la primera carta exhorta a una vida cristiana
más santa. Esta santidad se pone a prueba por la calidad del amor fraterno. Sólo así
podrán los cristianos permanecer en las tribulaciones. En la segunda carta refuta el
error de aquellos que trataban de quitar importancia al juicio de Dios y negaban la
Parusía. Recomienda la paciencia, arrepentimiento y conversión, porque el Señor
puede pedir cuentas en cualquier momento.
CARTA DE JUDAS
a) Fin de la carta de Judas: poner en guardia contra los falsos doctores que ponían
en peligro la fe cristiana.
b) Contenido teológico-espiritual: transmite estas verdades: Dios Padre es fuente
de gracia y poder, y de Él procede la salvación para todos los hombres. Jesucristo es
nuestro Dueño y Señor. El Espíritu Santo es quien nos conserva en el amor de Dios y
en Él encontramos la esperanza de alcanzar la vida eterna. El cristiano ha sido
llamado por vocación divina por un acto de amor de Dios, a vivir de fe y animado por la
caridad.

A la vista de los artículos precedentes, un tanto negativos, surge la pregunta: entonces,


¿existen católicos auténticos? .Porque por una parte, una mayoría de los bautizados se
alejan de la Iglesia, y por otra parte son pocos los católicos coherentes. Ante esta situación
un tanto negativa cabe preguntarse: ¿es que no existen católicos auténticos que sean
practicantes y coherentes? Desde mi experiencia pastoral respondo afirmativamente. He
tenido oportunidad de tratar con personas a las que califico de católicos convencidos y que
convencen. En unas personas, destacaban sus valores y virtudes humanas; en otras
predominaba la fe de la religiosidad popular. Cristo y la radicalidad del Evangelio
constituían los rasgos predominantes del tercer grupo. Y por último, traté a muchos
católicos comprometidos en el apostolado. En todos ellos , de una manera o de otra, la
comunión coherente y la práctica religiosa. Me permito ahora trazar los rasgos y
respuestas que integran el perfil del católico “ideal”, el más auténtico.
Manifestaciones
El perfil del católico ideal, el coherente, el auténtico, integra estos rasgos fundamentales.
1º Admira y acepta con ilusión a Cristo y su mensaje.
Es consciente de su dignidad de hombre nuevo como bautizado y cristiano. Acepta
ilusionado la figura y doctrina de Cristo, los valores, misterios y exigencias del Reino de
Dios para regir su vida personal, las relaciones con Dios y con el prójimo. Como seguidor
fiel, piensa, siente y procura vivir “como otro Cristo”. No se limita a ser un católico “por
tradición”. Al contrario, manifiesta con valor su condición de cristiano en la Iglesia católica.
La fe con ilusión se convierte en fuerza que impulsa hacia la meta y en una luz que ilumina
sus tareas y relaciones.
2º Respeta, ama y busca la amistad con Dios.
Dios no es un algo más en su vida sino alguien, el Tú absoluto, la persona más valorada
por su dignidad, respetada por sus derechos y amada “con todo el corazón” por su
dignidad y por su providencia misericordiosa. Su religiosidad se traduce en adorar, alabar,
glorificar y obedecer a Dios. Más aún, por la gracia, el cristiano es llamado a una alianza
con su Señor, a una experiencia especial de amistad e intimidad que consiste en sentirse
amado y en amar a Dios Padre, en permanecer en comunión con El siendo fiel a su
voluntad.
3º Orienta su vida según el Evangelio con la esperanza de ver a Dios.
Su mentalidad no es como la de un pagano que rinde culto a los ídolos del egoísmo
personal, del dinero, el libertinaje, la comodidad, el sexo o el consumismo. Por el contrario,
valora las cosas según Cristo, se siente peregrino en esta vida, y espera la realización de
las Bienaventuranzas en la tierra y con plenitud en la vida eterna. El cristiano, fortalecido
por la esperanza de Cristo resucitado, confía en Dios y contempla la muerte como un
puente que conduce a la vida eterna. También siente gran alegría al recordar que como
bienaventurado, en el cielo, “verá” a Dios y gozará de una relación viva y personal con la
Santísima Trinidad.
4º Vive con radicalidad la vocación humana y cristiana.
Ama intensamente y procura responder con totalidad, es decir con radicalidad, al cien por
cien de sus posibilidades “la mística de su vida” traducida en la realización personal, el
amor fraterno, el seguimiento de Cristo y la amistad con Dios. En la vida comunitaria, el
cristiano coherente testimonia las exigencias del Reino de verdad, justicia, libertad, vida,
paz y amor. Es coherente ante sus compromisos familiares y sociales; se distingue por
ayudar con generosidad a los más pobres y necesitados. De este modo, colabora en las
estructuras de un mundo mejor y más humano para todos.
5º Testimonia las virtudes humanas bajo el impulso del amor cristiano.
Como persona, y más como cristiano, sabe dialogar, aceptar otras opiniones, comprender
a las personas difíciles y perdonar a quien le ofendió. Para dar felicidad a los que le
rodean, lucha contra los defectos de su carácter, a veces agresivo, intolerante y un tanto
orgulloso que no reconoce sus errores ni pide perdón por sus faltas. Además cultiva la
amabilidad, la tolerancia y las buenas maneras del amigo. Y todo bajo el impulso del amor
cristiano que es desinteresado y se extiende a toda persona, amigo o enemigo. No sigue la
ley del talión, del ojo por ojo; sino que ama con la radicalidad de Cristo imitando el amor de
Dios Padre.
6º Es practicante, participa en la Misa y vive en comunión con la Iglesia.
Como buen creyente santifica las fiestas y como católico participa con gozo en la
Eucaristía dominical. La asistencia a la Misa no se reduce a un “cumplo y miento” social,
antes bien es la ocasión para que el cristiano santifique el nombre de Dios en el “día del
Señor”, celebre el Misterio pascual, viva la corresponsabilidad eclesial orando por toda la
Iglesia; acreciente su amistad con Cristo al recibirle en la comunión y fundamente su
esperanza en el banquete eucarístico, prenda de la gloria futura, prometida por el Señor
resucitado.
7º Progresa en la conversión: evita y repara las ofensas
La conversión exige luchar contra el pecado como falta contra el amor verdadero para con
Dios y para con el prójimo Siempre es una ofensa que afecta a la vida de gracia. Ahora
bien, por la virtud de la penitencia y/o por el sacramento de la confesión, el cristiano se
reconcilia con Dios y con los hermanos; siente dolor por los pecados con el propósito de
cambiar con medios eficaces, experimenta la misericordia de Dios y recibe fuerzas para
testimoniar las exigencias propias del cristiano. Ante la conciencia de pecado grave acude
al sacramento de la Penitencia por el que recuperará la gracia perdida, se reconciliará con
la Iglesia y recibirá fuerzas para seguir en el proceso de conversión.
8º Encuentra en la oración la fuente para su entusiasmo de creyente.
De la oración, diálogo y comunicación con Dios; de ese trato amistoso con “quien sabemos
que nos ama”, surge el entusiasmo como amor que empuja al cristiano para que sea fiel a
su vocación. La gran fuente para el “endiosamiento” es, precisamente, la oración donde el
creyente trata amistosamente con Dios Amor. Entre los aspectos de la oración destacamos
el privilegio de hablar con Dios, la posibilidad de escucharle en el corazón, la ocasión para
comunicar al Señor nuestra adoración, alabanza, gratitud, reparación y peticiones de lo
que necesitamos. En la oración, el creyente se llena de Dios y toma fuerzas para vivir y
morir según su voluntad. Ahora bien, la comunicación con Dios posee unas normas y una
disciplina que requieren, entre otras condiciones, el interés por vivir en amistad con Dios.
9º Comunica su fe y colabora en la Evangelización.
Todo cristiano coherente da testimonio de su fe con el ejemplo, la oración y la palabra.
Más aún y según posibilidades, colabora en las tareas de Evangelización como adulto en
la fe. Le motiva el Vaticano II que afirma: “quien no contribuye según su propia capacidad
al aumento del cuerpo, debe reputarse como inútil para la Iglesia y para sí mismo" (AA 2;
cf. Ef 4,16). Se impone, pues, vivir el sentido comunitario de una fe que estará presente en
la Iglesia y en las instituciones sociales.
10º Cultiva su formación para ser un adulto en la fe
El católico practicante no se conforma con la formación de niño. Antes bien, sabe dar
razón de sus convicciones religiosas. Con una fe fundamentada encuentra el sentido de la
vida, del dolor, la muerte, de la felicidad para esta vida y el camino para llegar al encuentro
definitivo con Dios en el cielo. Si quiere evangelizar es preciso cultivar la propia formación,
ser un adulto en la fe. Por lo tanto no hay que conformarse con la formación de niño. Antes
bien, urge testimoniar las convicciones religiosas. . La Biblia, los documentos del Vaticano
II y el Catecismo de la Iglesia católica, son libros imprescindibles para la formación del
Cristiano coherente, adulto en la fe.

SANTIAGO

El contenido de la carta es el siguiente: el saludo a las “doce tribus de la Dispersión” (1,1 ); la


reflexión en torno a la autenticidad de la fe que se manifiesta en obras coherentes con la
Palabra que se escucha, con el cumplimiento de la ley de libertad en Cristo (1,2-27); esta
coherencia tiene su expresión concreta en la actitud que se tenga ante el pobre, como
expresión del mandamiento del amor al prójimo (2,1-26) y en la actitud prudente con respecto
al hablar, la actitud humilde y la vida recta en comunidad (3,1-4,12). En la última parte,
Santiago aborda el problema de la vida cristiana a la luz de las realidades escatológicas: La
riqueza se desvanece como seguridad a la vista del juicio y de la muerte, y las injusticias con las
que se acumula la riqueza claman al cielo (4,13-5,6); la venida del Señor como motivo de
esperanza (5,7-11) y un conjunto de exhortaciones finales sobre la caridad mutua y la oración
(5,12-20).

PEDRO

La carta va desarrollando su contenido sobre el gran telón de fondo de la pasión y glorificación


de Cristo, como motivo de esperanza y ejemplo de vida para los cristianos perseguidos o
afligidos por una sociedad adversa. Dos temas la engloban por completo: El de la salvación y
regeneración en Cristo y el del motivo del sufrimiento presente como camino para la gloria
definitiva. El esquema del escrito resulta como sigue: Saludo inicial de parte de “Pedro, apóstol
de Jesucristo” (1,1-2); el tema de la herencia de la Salvación que han recibido los cristianos por
la gracia de Dios y que se ha realizado en Cristo (1,3-12); la vida nueva en Cristo reflejada en
una conducta coherente con la dignidad sacerdotal y santo del pueblo de Dios(1,13-4,11); el
testimonio del sufrimiento de Cristo como ejemplo para los creyentes (4,12-19); consejos a los
presbíteros y la comunidad (5,1-11) y el saludo final (5, 10-14).

SEGUNDA DE PEDRO

La carta va girando en su estructura en torno a los dos polos que constituyen el horizonte de la
experiencia cristiana: el acontecimiento salvador de Cristo en el pasado y la esperanza del
retorno del Señor y la plenitud de la salvación en el futuro, ambos transmitidos por la Tradición
y vividos en la Iglesia en un constante presente. En medio de ambos polos está la gracia de
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Cristo, que alimenta y sostiene la esperanza El contenido de la carta puede ser dividido de la
siguiente manera: Saludo (1,1-2); el llamado a consolidar la vocación recibida (1,3-11), cuya
base son enseñanzas de Cristo y los profetas (1,12-21); el rechazo contra los falsos maestros
que se apartan de la fe recibida (2,1-22); el problema de la aparente demora de la parusía o
vuelta del Señor (3,1-10); la invitación a una vida santa en espera del Señor (3,11-16),
manteniéndose en la fe y en la gracia (3,17-18).

JUDAS

El autor se define a sí mismo como “hermano de Santiago” (1), por lo que es probable que se
trate de uno del grupo de los “hermanos del Señor” de la primitiva comunidad, ya que invoca
la autoridad del líder de ese grupo para validar su carta. No parece que pueda asociarse a este
Judas con el apóstol Judas (cf. Lc. 6,16), ya que se refiere a los apóstoles en tercera persona
(17) y habla de ellos en pasado, por lo que seria escrita a finales del siglo I. Judas sería
entonces miembro de la escuela de Santiago, un judeocristiano. El autor se dirige a una
comunidad que está sufriendo dificultades, sobre todo internas, marcadas por el relajo en la
vida cristiana y, sobre todo, doctrinas falsas que desvirtúan la tradición apostólica, temática
constante de los escritos de finales del siglo I. La carta es bastante breve y se encuentra
emparentada temáticamente con la Segunda Carta de Pedro, excepto por el tema de la
Parusía, ausente en el escrito de Judas. El contenido de la carta es el siguiente: Saludo y motivo
de la carta, que consiste en asegurar la fe transmitida y rechazar a los que se apartan de ella
(1-4), el recuerdo de los ejemplos del pasado para ilustrar el motivo de la carta (5-7), el ataque
contra los adversarios que desvirtúan la fe recibida y la comida fraterna (8-16), una
exhortación a la comunidad (17-23) y un llamado final a la fidelidad (23- 26).

CONCLUSION

Las Cartas Católicas nos muestran las preocupaciones y problemas de las comunidades
cristianas ya consolidadas, la importancia de la Tradición de los Apóstoles y la fidelidad a la
misma, junto con la coherencia necesaria entre la vida y la fe, expresada en el amor al prójimo,
la convivencia fraterna, la vida de oración y la perseverancia en medio de las dificultades y
conflictos.

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