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IX. ¿Paranoización?

Simple indicación sobre la dirección de la cura*


Por Jean Allouch

Unpueblecito. Un paseante extranjero, algo perdido, pero enterado de que


la cura vale la visita. Detiene a un transeúnte: «Disculpe la molestia...Si es tan
amable ¿podría indicarme ladirección de la cura?». Tratándose de una cuestión
de dirección ¿se puede haceralgo más que ofrecer una «simple indicación»?.
La novela de Thomas Bernhard, cuyotítulo plagio de manera desvergonzada,
nossugiere que no.
Pero, querido lector, he aquí que me tomo deentrada la libertad de
tutearte. No temas, cuando sea posible volveré a un modo de enunciación
más neutro, más de acuerdo con lo que esperas encontrar en un artículo de
psicoanálisis ese «tú» solo durará unas cuantas líneas, pero me es
indispensable para la clase de experiencia a la cualte invito a entregarte (te
das cuenta de que ya no sería más la misma experiencia -porque en ella
estamos-si en la frase que acabas de leer yo te hubiese tratado de usted). Por
otra parte, ese «tú» no es el «tú» corporativista de quién sabe qué
colegialidad, no. Es el «tú» dela confidencia, de la palabra en voz baja, ese
«tú» casi amistoso (pues con todo no puedo llamarnos «amigos», no nos
conocemos), personal, signo de que con respecto a lo que se trata, tú y yo
estamos del mismolado.
Bueno, entonces, después de haber extendido y juntado los dedos,te
suplico que levantes la mano izquierda (si eres diestro y si sostienes este
ejemplar de Textosde la clínica con tu mano derecha; en caso contrario hazlo
a la inversa), a unos diez centímetros de la página que estás leyendo y
prepárate para dar la vuelta bruscamente, cuando yo te diga, hacia la
continuación del presente texto de manera de taparla provisionalmente.
Aunqueno es miculpasi desde ahora sientes un calambre braquial; échales
la culpaa ellos. Porque lohiciste, ¿no? ¿Tu brazoestá efectivamente levantado
y tu mano extendida? Perfecto. Después de todo no es más que gimnasia de
recámara y voy a ser breve, prometo.
Admito AE además de que no eres manco y no padeces de esas
parálisis histéricas apreciadas por Charcot, que un cierto día te acostaste,
por primera vez, sobre el diván de un psicoanalista. Y te hago esta simple
pregunta: ¿porquérazón te encontrabas allí? ¡Ya!, baja rápidamente tu mano
sobrela continuación inmediata de este texto y anotatu respuesta,la primera
respuesta que te vengaa la cabeza.

7 Publicado en Études freudiennes, N* 30, octubre 1987.

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(Loslectores de Textos de la clínica, Libros de Artefacto, cuentan con esta
página y la siguiente para anotar su respuesta. La hoja puede desprenderse y
enviarse a Libros de Artefacto al apartado postal 22-940, México, D,F.)
Jean Allouch 99

¿Ya está? Perfecto, Te devuelvo la disponibilidad de tu mano. Como ves


no exageré. Sólo me importa la continuación de nuestra experiencia. Un
primer resultado es que en lo sucesivo no podrás prestar tu ejemplar de
Textos dela clínica a cualquiera... Pero ése no es el objetivo buscado,
Por supuesto, como no soy telépata-receptor ignoro cuál ha sido tu
respuesta. A decir verdad, pues cómo no ser franco contigo, tengo una
pequeña idea, pero como esta conjetura no está apoyada en nada que te
concierna personalmentea ti, mi querido lectorpara quien escriboel artículo,
fuerza me es admitir que mi idea no vale un comino, y que sólo me queda
echarla al cesto de papeles.
Ahora todo está en su lugar para que yo haga una apuesta contigo. Te
apuesto a que tu respuesta no fue la que voy a dar ahora y que, sin embargo,
habría debidoserla tuya, en el sentido en quees (esta respuesta que te voy a
decir) previa a la tuya, en el sentido de que vale como su condición de
posibilidad, sin que tú ni yo podamos remediar nada.
Si un día, te digo yo, te encontraste en psicoanálisis, es por la razón
primera de que del psicoanálisis tú habías escuchado hablar.
Si hacemosla apuesta ahora, se presentarán dos casos, según queyo la
haya ganado o perdido. El lector e ya me la ha hecho perder, habrá
demostrado por eso mismo queestaba en el mismo nivel que lo que voy a
decir. Por lo tanto, podrá interrumpir aquí mismosu lectura, con la eaanddd
de no ganar gran cosa conella, a menos que,divertido, la prosiga como un
sedicente «autor» lee a veces uno de sus propios textos, no sin cierto
sentimiento defalta de familiaridad, por otra parte.
Pero consideremos el otro caso, admitamos que gané mi apuesta. Está
claro que semejante resultado instaura, entre el lector y yo, una cierta
disparidad. El lector (ahora discurrimosen frío, por lo tanto en lo sucesivo
no puedodirigirmea él en segunda persona) tiene buenas razones para odiar
al firmante de este artículo que noretrocedió ante el hecho de hacerle notar
hasta qué punto pasó lejos del problema en su elaboración posterior al
momento inaugural en el que comenzó su análisis. No es tanto porque se
trate de unainterpretaciónsalvaje, no. Pero, dirá él, se me priva de lo que yo
creía que era una iniciativa mía, se traslada una parte al menos de esta
iniciativa al lugar del Otro y esto, debo admitirlo, no sin razones. Así tendrá
fundamentos para no proseguir más adelante su lectura y, en ese caso, yo no
puedo más que formular el voto de que noarroje al bote de basura, atacado
por no se qué impulso, la obra que tiene entre las manos, cosa que sería de
gran perjuicio, no con respecto al presente texto sino hacia aquellos que
vienen comovecinos, Pero admitamos más bien que unacierta curiosidad
tome en él preeminencia sobrela acción mortífera, que ya no se manifestaría
sino bajo la forma de esa desconfianza que Thomas Bernhard nos obliga a
admitir como justificada.
Sí, en un análisis cada uno se compromete sólo porquedel psicoanálisis,
escuchó hablar. Es estúpido decirlo, admitámoslo, pero esta estupidez, por
serlo, no es menos decisiva. Yo la llamo decisiva porque ese «de oídas»
* «¿Quién es el maestro? preguntaba yo con insistencia. No son Montaigne, Pascal o
Schopenhauer los que me enseñan, nombres que escucho a menudo. Dibujo (fielmente) una
lámpara de petróleo y recibo (en la escuela primaria) una distinción pública, Lo veo: la
desconfianza está justificada.» Thomas Bernhard, Ténébres, p.SO. [hay edición castellana:
Tinieblas, Gedisa, Barcelona, 1987]
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sobreviene como consecuencia implacable del dispositivo analítico mismo,


de la clausura estricta de ese coloquio de dos que no soporta ninguna otra
presencia, ya sea de unatercera persona, ya sea de una grabadora o del
espejosin azogue. Freud deja constancia muy tempranodeesta consecuencia
dd dis-positivo que inventó: «Ustedes no pueden» diceal auditorio de la
primera de sus ae de introducción al psicoanálisis- «asistir como
enn a unacura psicoanalítica. Ustedes sólo pueden escuchar hablar de
ella; y enel sentido más riguroso del término, es solamente de oídas que
llegarán a conocerel psicoanálisis».
«Aquello que se conoce sólo por la relación de otra persona», de oídas
[oui-dire] por el rumor, presenta en francés una notable y pertinente
ambigúedad,la que transcribeel trivial error de ortografía: «oui-dire» [decir
sí], error contra el que lucha la diéresis puesto que en la lengua hablada,y
se trata efectivamentedeella, ya que se trata del oído [ouie], existe de oui-
dire a oui-dire una homofonía impecable. Nunca puedo decir oui_ [oí] sin
comprometer, ipso-facto, mi decir «oui» [si].
veces las cosas llegan hasta el punto queesosdecires,en ciertos términos
elegidos porel oyente, se equivalen absolutamente, Algo del psicoanálisis
nos ha sido contado, algo que nos hacedecir: «...y bien...», ya está, ocurre
que no puedoescribirlo pues necesitaría una cierta profundidad de campo
para superponer aquí «oui» [of] y «oui» [si].
Al ir cierto día a golpear la puerta de un psicoanalistafuimos consecuentes
con respecto a lo que nos fue relatado sobre el psicoanálisis y a lo cual
respondimos: «Entendido». Nuestro «si» autentificó, si no el discurso
analítico en su conjunto, al menos un punto-nudo de ese discurso, punto
oído, cuya pertinencia reconocimos,cuya verdad incluso,y que tuvo unatal
importancia que no vacilamos en poner en acto esta autentificación:
«autentifiártele», nos dijimos.
¿Cuáles el estatuto de semejante reconocimiento de un rumor[oui-dire)
del psicoanálisis y del acto que fue su consecuencia? No es seguro que sea
posible una respuesta válida para todos y cada uno. Sin embargo,salta a la
vista que ese modo de reconocimiento y ese compromiso en un acto están
en una cercanía notable con la experiencia paranoica, por ejemplo, la que
Sérieux y Capgras (de ahora en adelante S y C) recogieron en su magistral
libro Les folies raisonnantes”. En efecto, ellos observan que el paranoico se
entera de oídas, generalmente para su gran asombro, que lo requieren por
algo, inclusosi en este acontecimiento inaugural desu psicosis al principio
no sabe explicitar muy bien qué. Ellos aseguran quenose trata de su propio
discurso, sino del discurso de otro lo que van a autentificar del que SOME
(de mala gana o no) que, en efecto, les concierne personalmente.
¿Pretenderemos que no remamosen la mismagalera porla razón de que
la interpretación delirante es errónea, y que en cambio lo que nosotros
aislamos del discurso psicoanalítico, como algo que nos concierne
personalmente,nolo sería? Deberíamos encontrar una respuesta mejorsi se
trata de discriminar, pues, como lo observan S y C, el delirio «se apoya casi
exclusivamente en los datos exactos delos sentidosy dela sensibilidad».
Despuésde ese rasgo de la primariedad del «se dice», el segundo rasgo
7 Paul Sérieux yJoseph Capgras, Lesfolies raisonnantes, Frénésie Édition, Marseille, 1987,
Las locuras razonantes, de próxima aparición en Serie Clásicos de la psiquiatría, Libros de Artefacto,
México, D.F.
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que hemos observado no vuelve menos próxima nuestra posición de


analizantes de la del «interpretador». La seriedad de la que hemos dado
pruebas, extrayendo las consecuencias de nuestra autentificación de un cierto
rumordel psicoanálisis, es de la misma índole que el de los paranoicos, en
quienes $ y C observan, con justicia en mi opinión, que «conforman sus
actos con sus pensamientos» $09.
Evidentemente, si nos comprometemos en esta vía de poner en
conformidadlos actos y los pensamientos (idealmenteera la elección de los
estoicos, pero también la de los cínicos), Dios sabe a dónde puede
conducirnos eso...
Es cierto que aquél que tuvola iniciativa, al poner en circulación cierto
discurso, digamosel psicoanalista, está advertido del peligro, previó por
adelantado,tiene una respuesta lista, en el caso de que nos ocurriera volver
a comenzar. «Durante su análisis a usted le está prohibido», nos dice, «tomar
una decisión que comprometa...Caquí, está un poco molesto...que
comprometa ¿qué? Con todo, no puede decir «su vida», sería prohibir el
suicidio, ni su «subjetividad», sería admitir por adelantado que el análisis
debe giraren el vacío... entonces ¿qué?Selibera con una pirueta)...su porvenir
(aquí el obsesivo no cabe de contento, ya que la invocación a un mañana
sano ¿no es acaso alimento de su neurosis?), Acepto que usted haya
sido, al menos una vez en su vida, consecuente con lo que oyó pero, en todo
caso, por el momento, nose le ocurra «repetir eso».
Entonces ¿voy a abrigarmeen el calor, de esta prohibición, mullidamente,
de ahora en adelante? Todos saben que hoy, cuandolos análisis raramente
duran seis meses, eso no es tan simple. Pero aceptemos.Si yo juego el juego
(Lacan quería hacer de esto un verbo: Yo juegoalyo; tu juegasalyo; él
juegaalyo) y en adelante me voy a limitar a proferir lo que mesale del coco.
Pero entonces, está claro que por sí misma mi aceptación demuestra que
dejola iniciativa al otro, que admito que conduzco mibarco, por lo menos
hasta que... ¡caramba! no sé hasta cuándo.
He aquí, entonces, un tercer rasgo común entre el analizante y el
interpretador: el reconocimiento de quela iniciativa latiene el otro, o sea de
una esencial disparidad entre el sujeto y el otro, Pero ¿es esto tan simple?
Ser privado dela iniciativa abre la puertaa toda unaserie de preguntas,
comenzandoporla siguiente: ¿habré sido cogido porel otro en una trampa?
¿Soy atrapado porel otro, como unarata?
Para el hombre las ratas no se sabe muy bien, pero el asunto está claro
pee el hombreloslobos quesí fue atrapado en una trampa para hombrelobo,
rasta el punto de creerse eso perversamente, Mis recuerdos de Sigmund Freud
or el hombrelobo [en Nueva Visión, Bs. As, 1979]: es como para rechinar
los dientes ¿no? Y Ruth Mack Brunswick y Anna Freud cargandolastintas,
comosi no esa suficiente que Freud hiciera una estupidez al nombrar con
ese nombre de hombre de los lobos a su no todavía «célebre paciente». ¿Es
esta la dirección de la cura, su inclinación?
'Notemos que no hay ningunadiferencia esencial entre ser atrapado como
un hombrelobo, como un S. P. o un yanalush, En tanto predicado y con
respectoalsujeto, es igualmente jodido, igualmente inconveniente. ¡No era
eso lo quese esperaba! El efecto de esta operación según la cual un sujeto
«se consagra a la deriva del lenguaje»*, abdicando antela regla fundamental
Jacques Lacan, Ltacte psychanalytique, seminario oral, sesión del 7/02/1968.
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¿sería su enganche vampírico con un significante que lo representaría de


manera propia? Pero ¿cómo no ver que el nombre propio, aprisionado en
esta estafa de propietarios, ya no es precisamente un nombre propio?
Hombreloslobos, un nombrede fantasía, sería la verdad tonta de yanalush,
verdad que no dejaría de venir a golpear a «yanalush» sí, por ventura,
yanalush se tomara por sí mismo. Esa es la razón porla cual está excluido
que un psicoanalista le ponga sobrenombres a un analizante, así fuera para
ponerloalabrigo delas inevitables indiscrecionesde la publicación del caso:
al nombrar, predica; al predicar,fija una fantasía y cierra la cuestión del
sujeto, cuestión que, sólo puede ser alcanzada más allá de toda predicación.
Enel dispositivo analítico no hay nada que venga a sugeriral sujeto que él
habla en su propio nombre, que su palabra sería otra cosa que una palabra
qe le cae encima (verel freier Einfall freudiano), una palabra «impuesta»,
lecía Lacan (esta misma palabra acababa de serle impuesta por una
presentación de enfermo).
Enefecto, ¿cuál es el estatuto del discurso proferido en un análisis?
Mostraremos, punto por punto, que ese estatuto es el del discurso del
interpretador,

1) Ese discurso, primer rasgo común, se revela alérgico a la persuasión.


«Todadiscusión con el interpretador es vana, a menudoirrita, no persuade
nunca», escriben S y C, volviendo así caduca, por adelantado, la imbécil
noción de«crítica del delirio». La vanidad de cualquier discusión o estudio
crítico del discurso es algo queel analista admite de entrada; salvo excepción,
el sesgo de su intervención no es el de la persuasión; por el contrario, el
análisis se caracteriza por su rechazo de cualquier forma de sugestión y ese
rechazoestuvo históricamente en el origen dela invención de su dispositivo.

2) Para el analizante, como para el interpretador, la interpretación se


caracteriza por lo siguiente:esliteral; su validez se establece, no a partir del
sentido, sino a partir de la letra, y un sentido no se estabiliza momen-
táneamente sino como recaída de una operación literal. «Deseamos tu
curación» escribe un hermanoa unainterpretadora. Al leeresto,ella nota
dee no hay un punto quecierre la frase; que no hay nada. Entonceslee: «No
leseamos nada tu curación». Este es un ejemplo entre mil, en el libro sobre
Lesfolies raisonnantes pululan las interpretaciones freudianas.
Hay aquí un estilo de «penetración» caracterizada; una interpretadora
dice: «Siento bien que con esta penetración que mi mala estrella me ha dotado
y que me empuja siemprea rascar la corteza para ver lo que hay debajo, vale
másvivirsola y lejos.» ¿Quiénesel sabio:el psicoanalista que rasca la corteza
en buscadela inencontrable pepita o esta psicótica que extrae consecuencias
de su molesta inclinación y Acido vivir sola y lejos?
Comoen el análisis, esta penetracióntiene sus objetos de elección: sueños,
lapsus, actos fallidos, aunque también los nombres propios. Y como en el
análisis, los juegos de palabras valen como argumentos. No hay diferencia
esencial entre la interpretación del sueño y esta lectura de un sueño narrada
por S y C: una alemana llamada Katzian vio en sueños a su padre putativo
en la cárcel, con un perro a su derecha y un gato a su A ¿Cómova a
leer este sueño? El perro es el símbolodela fidelidad y el gato dela falsedad
(semejante simbolismo, aunque haya sido magnificado por Jung, no es
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totalmente rechazado por Freud), Y puesto que «Katz» quiere decir «gato»,
ella concluye que es una falsa Katzian.
Al quererprecisarel alcance de su fórmula queposicionaal inconsciente
como «discurso del Otro», Lacan, en la página 794 delos Escritos 2, declara
que ese «de» tiene el valor del de latino. Desgraciadamente, ese de latino
quiere decir tanto «a propósito de» como «a partir de», lo que nos hace
volver a encontrar el equívoco que queríamos disipar. Entonces, Lacan
explícita sus palabras con ayuda de una frase latina que él escribe
interrumpida y que, por otra parte, no cierra porque su terminación queda
entre paréntesis: «De Alio in oratione (terminen:tua res agitur).» Su intención
es dar a este «de» el estatuto de un genitivo subjetivo:se trata de tu cosa, a
propósito del Otro en el discurso. Pero ¿cuál discurso? ¿El del sujeto o el
del Otro? ¡Apelar a esta frase latina no resuelve tampoco el interrogante!
Pero ¿por qué esta frase y por qué esta escansión tan particular? Y, ¿a
quién se dirige ese «terminen»? ¿Quién habría estado en condiciones de
terminar,si Lacan no hubiera tenido la engañadora gentileza («engañadora»
porquenosevita buscar por nuestro lado) de entregarnosla segunda parte
dela frase? Se sabe que Lacan discuteel estatuto delas frases interrumpidas
en su estudio de 1955-1956 delas psicosis. En cuanto a la segunda pregunta,
notemosque Sérieux, Capgras o cualquiera de sus colegas contemporáneos
habrían podido contestar, y confirmamos por esa vía que estaban en
condiciones de poder terminar. En efecto, $ y C mencionan uncierto número
de casos comoel siguiente (p.115): un interpretador se entrega a una
verdadera experiencia, va varias veces al teatro, escogiendo a sabiendas un
lugardiferente cada vez, de manera de establecer su certidumbre de que el
beso, lanzado por la cantante en un momento preciso de su actuación,se
dirige a realmentea él. Esta serie de pruebas presenta todas la cualidades
requeridas para una experiencia: la variación de un cierto parámetro,
quedando invariables los otros elementos,tiene como función discriminar
una constante. Ese caso y otros, hacenescribir a Sérieux y Capgras: « Como
vemos, se trata de un verdadero delirio de significación personal: tua res
agitur, tal podría ser, se ha dicho,el lema del interpretador» (p.31). Así, la
definición lacaniana del inconsciente como «discurso del Otro» (además
escrito «otro» en el momento de su primera formulación) se encuentra
claramente relacionada con el discurso del interpretador.

3) No podemosdejar de preguntarnos ¿Qué resulta de la acumulación


de semejantes interpretaciones o experiencias locales, parciales? En
la decimos queel sujeto reconstituye así su ora historia, llena
sus blancos, haciéndola coherente, incluso comprensible. Pero ¿cómo no
preguntarnos si una historia vuelta absolutamente coherente, no es
-exactamente- lo que se llama un delirio sistematizado? En todo caso, esto
es, la función que S y C señalan comola del delirio, es decir, proporcionaral
sujeto una historia donde todo se encadena: «Todo se sostiene, todo se
encadena en su historia; ningún detalle es superfluo a sus ojos. Si se lo
contradice, se detiene, sorprendido, preguntándose si uno es sincero.
Acumula prueba tras prueba; para cada leida: tiene unarespuesta siempre
lista, sabe replicar a los argumentos.Cita fechas, precisa los menores puntos,
relata palabras confirmativas, plantea dilemas, se apodera del hecho más
mínimo para emplearlo con habilidad en favor de su causa. Apela a las
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informaciones de su entorno,de su familia, subyugada muchas veces por el


vigor de sus razonamientos» (p.49)
4) La frase «cita palabras confirmativas» nos remite al texto de Freud
sobre Las construccionesen el análisis, donde éste hace dela aparición de tal
confirmación el criterio menos inconveniente de la justeza de una
interpretación. Si el analizante asiente, nos dice Freud, la interpretación no
vale casi nada;si se revela diciendo que no, ya está un poco mejor pero sólo
las palabras confirmativas constituyen prueba.
El horizonte de esta problemática sigue siendo «cara, yo gano; cruz, tu
pierdes», que Freud plantea desdeel principio y que retomael punto preciso
de su ruptura con Fliess, de esa ruptura que costó tan caro al abordaje
psicoanalítico delas psicosis. Según Freud, a partir de cierto momento, Fliess
se habría dejado llevar hasta manipularsusci e detal manera que cualquiera
que fuese la cuenta obtenida en una observación, esa cuenta confirmaba su
teoría. A los ojos de su ex-amigo («ex» a causa justamente deesto), Fliess se
revelaba como paranoico. Y ¡he aquí que unas décadas mástarde, el mismo
reprochese le hace a Freud!
No ignoro que en su artículo, Freud subraya la novedad del material
confirmativo y que habría allí un criterio que diferencia al paranoico -el
cual tiene siempre, y ante todo hipótesis, razón- del psicoanalista, siempre
sorprendido, tan sorprendido como su analizante por la emergencia de un
material nuevo. Sin embargo, semejante diferenciación, de la cual ciertos
hísteroanalistas se burlan condeleite, no es valida, puesese criterio no toma
en cuenta los tiempos de la experiencia del interpretador. Sí, digamos que
hay todo un tiempo, el tiempo de un análisis actual, donde el material
confirmativo se e realmente como muy sorprendente para el
interpretador. Incluso, hay una forma de locura razonante, el «delirio de
suposición», dondelas cosas son objeto de un asombro continuo, forma de
la cual S y C nos dicen que «es tan incurable y tan invasora como las mejores
organizadas».
Lonotablees queel discurso analizante-analista o perseguido-perseguidor
depende de una misma vena, digamos epistemológica. En uno y en otro
caso,el estatuto del saber es reconocido comoporserel de la conjetura,y su
producción es del orden de la invención. Paradigmadel indicio, dice C.
Guinsburg?. Nosotros decimos: discurso del interpretador.

5) Una confirmación (¡pues claro!) nos es dada en nuestro quinto y


último punto que, no por correspondera la cuenta con los dedos de una
mano,nosharía creer que podremoscerrarla, aprisionando a partir de aquí
vaya a saber qué concepto. Se trata de la temporalidad, pero quizá no
exactamente de la que acabamosde evocar.
Con el apres-coup, Freud estableció un modo específico de la
temporalidad, único capaz de rendir cuentas de la constitución de la
experiencia traumática. Pero, todavía hizo falta que esta invención de Freud
fuera descubierta por alguien. Conjeturo quesi Lacan pudoleer nachtráglich
en Freud, además de su interés por la temporalidad en sí misma, que nos

* Carlo Guinsburg,Signes, traces, pistes [Signos, huellas, pistas], en Le Débat, 6, noviembre


de 1980 [Hay varias ediciones en castellano deeste texto].
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revela su estudio sobre El Tiempológico, lo debe a su formación de psiquiatra
y, más precisamente, a la noción, en ese momento perfectamente localizada,
de «delirio retrospectivo»: «Algunas frases insignificantes (lo insignificante
enel sentido de cualquier hijo de vecino, porqueése es el significante en el
sentido de Lacan...y del interpretador), pronunciadas hace un tiempo vienen
a confirmar las palabras de hoy, aclarar los sobreentendidos. Reflexiones
pueriles de la infancia, pequeños cumplidos, caricias o regaños toman
repentinamente unasignificación precisa» (p.43). Y el término mismo de
«novela» vendrá naturalmente a la pluma de Sérieux y Capgras («novela
retrospectiva», escriben incluso en la página 102), así como se impuso a la
de Freud,a pesar desu cientificismo. ¿Qué es lo que se produceenel coloquio
analítico, concerniente a la infancia del sujeto, si no es esta «captura
repentina» de una significación precisa y, justamente de esos pequeños
acontecimientos de la infancia, cuya lista establecida aquí nos conviene
perfectamente para designar aquello sobre lo que el análisis obliga al
analizante a interrogarse?
El discurso paranoico y aquel que con la consignadela regla fundamental
se forja en un análisis nos parecen ser, entonces, del mismo temple. Uno y
otro pueden ser designados como «discurso del interpretador». Nada en el
nivel de simbólico (aunque por supuesto, semejante afirmación implica que
se haya distinguido esta dimensión como tal, cosa que fue obra de Lacan)
permite diferenciar el coloquio perseguido y perseguidor del coloquio entre
analizante y analista.
Esto sólo vuelve más aguda la pregunta que el análisis encontró
efectivamente y de la cual una formulación podría ser la siguiente: ¿cómo
no paranoizaral sujeto en el análisis? ¿Esta paranoización daría a la cura su
dirección?
Se dirá que existen los hechos de estructura; o también como lo decía
Lacan: «no es loco quien quiere». Sin embargo, como Freud, no podemos
tener más que unavisión unitaria del campo del psicoanálisis, no podemos
contentarnos con la comprobación clínica de una variedad de especies que
notiene ningunarelación entre ellas. En Freud,la noción de aparato psíquico,
así comocierto númerodeprincipios fundamentales sin los cuales esta noción
pierde todo su peso, pretenden valer cualquiera sea la estructura
psicopatológica considerada. Ésta ambición, sin duda alguna desmesurada,
si la confrontamos con lo que ocurreen física, es inevitable en efecto, salvo
si renunciamos a toda doctrina del análisis; de esta manera, en el último
tiempo de su enseñanza, Lacan situaba ese discurso del análisis como «un
delirio del cual se espera que contenga unaciencia». Esto era reformular en
términos más precisos la confidencia de Freud a Jung en una carta fechada
el 26 de mayo de 1907; «No somos los primeros que deban esperar [hasta]
que se comienza a entender su lenguaje.»'.
Es verdad que actualmente toda una corriente en Francia toma nota de
los desacuerdos doctrinales y también del hecho de que no haya transmisión
posible del psicoanálisis, aparte de que cada uno debe reinventarlo por su
propia cuenta, cosa que efectivamentees el grado cero de transmisión y que
se une con lo que Valéry articuló sobre las «profesiones delirantes»!', Pero
¿hay qué renunciar? ¿deslizarnos del hecho al derecho? Es notable que los

10 Sigmund Freud/Carl Jung, Correspondencia, Taurus, Madrid, 1979, p. 92.


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mismosque franquean ese paso, quetratan de instaurarla práctica analítica


comola única capaz de proporcionaruncriterio que aseguraría la consistencia
del campo freudiano (comosi entre los peonpise hubiese más unidad
en ese registro, comosi esa unidad no fuera la de unritual vaciado de su
substancia e instaurado comotal porla 1.P.A.; por eso viene el escándalo de
las sesiones puntuadas que en efecto tocan en la 1.P.A. un punto tanto más
neurálgico cuanto está menos establecido) no han renunciado por eso a
hacer valer sus cogitacionesteóricas personales ante quien quieraprestarles
atención. En efecto,está excluido renunciar a la incidencia de este horizonte
de la cientificidad que hizo posible la invención del psicoanálisis, así como
está excluido que tengamosde la estructura del sujeto, una doctrina que
sólo sería válida para tal o cual morbilidad.
A continuación de una exposición de Piera Aulagnier, en el momento de
una sesión de su seminario L'identification (2/05/1962) Lacan hacía el
comentario siguiente: «Lo que me parece eminente es justamente aquello
por lo cual esto nos abre tambiénesta estructura psicótica comoalgo donde
debemossentirnos en casa. Si no somos capaces de darnos cuenta que hay
un cierto grado, no “arcaico' ( a poner en la cuenta del nacimiento) [sino]
estructural, al nivel del cual los deseos son, hablando propiamente, locos, si
pa nosotrosel sujeto no incluye en su definición, en su articulación primera,
la posibilidad de la estructura psicótica, no seremos nunca más que
[alienistas]» (pongo esta última palabra entre [] pues la taquigrafía escribió
¡»analistas»! El «sino» entre [] es un agregado de mi parte).
Entonces, a modo de simple indicación, digo que sólo una definición de
la estructura subjetiva que incluya la posibilidad de la psicosis, puede
permitirnos plantear, en un ciframiento que la vuelve soluble, el problema
de la dirección de la cura.
En unacarta aJung del 15 de octubre de 1908, después de habersituado
algunos elementosdel «hombrelaangustia»(¡otra vez!) Freudescribe: «Existe
entonces, por decirlo así, una paranoia inconsciente (Es gibt also sozusagen
unbewusste Paranoia), que se hace consciente en el curso del psicoanálisis,
Por otra parte, la observación proporciona una pruebabrillante de su apercu
[apreciación] de que por medio del análisis llevamosa los histéricos por el
caminode la demencia precoz»"?. Hayallí la indicación de un camino (Weg),
de unadirección dela cura y, simultáneamente, la afirmación de unacierta
reserva: llevar por un caminonoes forzosamente«llevar a». Y si recordamos
que para Freud el término «demencia precoz» es singularmente poco
oportuno, que desde su punto de vista no se trata de una especie
esencialmente diferente de la paranoia, concluiremos que todala sutileza,
todala dificultad del problema aquí evocado se encuentra condensadoen el

1 «Llamóasí[a saber profesión delirante] a todos esos oficios cuyo principal instrumento
es la opinión quesetiene de uno mismoy cuya materia prima es la opinión quelos otrostienen
de uno, Las personas que ejercen estas profesiones, consagradas a una eterna candidatura, están
necesariamente siempre aquejadas por un cierto delirio de grandeza, atravesadas y atormentadas.
sin cesar por cierto delirio de persecución. En ese pueblo de únicos reina la ley de hacerlo que
nadie ha hecho nunca y lo que nadie hará nunca. Al menos, ésta es la ley de los mejores, es decir
de aquellos quetienen el valor de querer claramente algo absurdo» Paul Valéry, citado por
Jacques Lacan en De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad, Siglo XXI Editores,
México, 1985.pp. 252-253,
%SigmundFreud / Carl Jung, Correspondencia, p.217.
Jean Allouch 107

«por decirlo así». Sozusagen, familiarmente: «comoquiendiría». ¿Quién lo


diría? Nadie. Se trata de un modo condicional. Nadie,salvo el malevolente
con respecto alpsicoanálisis, el interlocutor de Freud queescribe su trabajo
sobre Las construccionesen el análisis, Pero que alguien puedadecirlo,y que
Freud admita que eso puede ser dicho, no es poca cosa,
Nuestro señalamiento del discurso analítico como discurso del
interpretador da todo su peso ala indicación freudiana de ese «caminodela
demencia precoz». Si nos atenemossólo a la categoría del simbólico tal como
la aísla y depura la puesta en práctica de la regla de la asociación libre,
convenimos con Freud en que es por ese camino que introducimos al
histérico, que en electo, en el psicoanálisis se trata de una «pordecirlo así,
paranoia inconsciente» y que no deja de tener consecuencias tanto teóricas
comoprácticas el hecho de reconocerla comotal.
Entonces, ¿dónde reside esa separación que hace que todo histérico
llegado al análisis no se encuentre por él transformado en paranoico? Digamos
como capaz de localizar esa reserva sensible aquí en el texto freudiano, que
el «pordecirlo así» se debe esencialmente al mododeinscripción delsujeto
en la transferencia y que un neurótico no se inscribe en ella de la misma
manera que un paranoico, aunque en uno y otro caso se trata efectivamente
de transferencia.
Nose trata de relatar en algunasfrases, ni siquiera en algunospárrafoslo
que constituye el objeto para mi, de un seminario desde hace varios años;
algunas publicaciones fueron resultado de esto y allí remito al lector”.
Concluiré entonces, para atenerme ahora a una simple indicación, pre-
sentando un caso escogido como representativo de este enviscamiento en el
cual se mantiene el lazo transferencial cuando no se toma en cuenta la
incidencia de la «pordecirlo así, paranoia inconsciente». El análisis didáctico
esta particularmente expuesto a ello. Notemos que lo que pasa es que la
observación de Freud no deja de repercutir sobre el analista: si él conduce al
histérico por el camino de la demencia precoz, ¿adóndelo conduce a él todo eso?
Se respondió, se respondió de hecho, declarando inconveniente la
pregunta y, dadoel caso, excluyendo a aquellos para los cuales la pregunta
no podíadejar de plantearse. Y tanto peorsi, por esa razón, ese « por decirlo
así» de Freud se volvía imposible de precisar, y peorsi, por esa razón, las
psicosis debían ser proclamadas oleo intratables. Y tanto peor
también, si por esa razón, el didáctico se convertía en un asunto de
administradores.
He aquí un ejemplo de ese malograrse; un cierto alejamiento, a la vez
histórico y geográfico, nos ayudará a captar el asunto de una manera
sumamente depurada.
Richard F. Sterba, por medio de las ediciones Privat, acaba dedirigirnos
algo que él titula sus Reminiscences d'un psychanalyste viennois [Remi-

1 «Freud ou quand Pinconsciente S'affole» (un estudio de la ruptura Freud-Jung como


reveladora del hecho de que el inconsciente freudiano es paranoia excluida), «Vous étes au
courant, il y a un transfert psychotique» (Sobre la disparidad de los modos de inscripción en la
transferencia del neurótico y del psicótico), Tres faciunt insaniam (Sobre la última escritura de
Lacan delo que daría a la psicosis sus condiciones de posibilidad), respectivamente en Littoral,
19-20,21, y 22, Ed. Erés, Toulouse, abril y octubre 1986, abril 1987. [El último artículo tiene
unaedición castellana en El doble crimen de las Hermanas Papin, Col. Libros de Artefacto, epeele,
México, 1995].
108 La locura compartida
o sea a la
niscencias de un psicoanalista vienés], libro que termino en 1982, obra es
edad de ochenta y cuatro años. El pretexto (yo lo llamo así) de esta
testimoniar sobre lo que fue la vida del grupo vienés alrededor de Freud,
ve,
entre 1924 1938.Peroeste libro hace más que interesarnos, nos conmue que
Sterba no hs un cualqui era: habría sido el primer o (tres años antes
del
Freud,ver. op.cit. p. 53) en formularla teoría del Ichspaltung (escisión
edad venerab le en la cualel términ o quecier ra una vida
yo). Al llegar a esa algo
parece más cercano, Sterba tiene aún y tal vez hasta más que nunca,
que decirno s.
Desde las primeras páginas de su testimonio encontramos una
al
confirmación de la primacía del rumor [oui-dire] en lo referente
la Primera
compromiso de cada uno con el análisis. Enroladoenel ejército, en
Guerra Mundial,se encuentra conel hijo de Adler que hablaba de un cierto
me
Sigmund Freud de sus teorías. «Esas conversaciones-escribe Sterba-
partir de
dieron ganasde leer algunas obras de Freud» (op. cit, p. 21) ¿A
qué aparecieronprecisamentetales ansias? No lo sabemos. En cambio, Sterba
nosrevela el punto exacto en Freud que tuvo sobre él un efecto, según su
propio término, de «seducción».
d y belleza
Se trata del estilo literario de Freud, de la extraordinaria clarida
y
de la expresión de sus ideas, Esta «fascinación»(p. 28) es a la vez mucho
deduce
poca cosa cuandosetrata de explica r el compro miso que deella se
para quienla recibe defrente. Sterbarealiza estudios de medicina, intenta
autoanalizar sus sueños, se casa con una psicóloga, secretaria de Rank [Otto],
comienza un psicoanálisis didáctico (para el que se conviene que lo pagará
sólo más tarde, tomando a su cargo pacientes pobres del dispensario te
psicoanalítico), encuentra todos sus amigos en el grupofreudiano, compar
con ellos sus ratos libres, comienza a practicar el psicoanálisis, tiene un
por
sueldo en el dispensario, recibe su diploma de psicoanalista firmado ica
Freud mismo... etc. Á medida que desgran a su relato, cuanto más nosnotif
Sterba la intensidad de su compromiso con el análisis freudiano y nos
antable a
testimonia su absoluta fidelidad a Freud, su «devoción» inquebr
«la causa»(p. 65); cuanto másclaro se vuelve quesiguió a Freud en cada
uno desus giros doctrinales y estuvo «ocupado constantemente en tratar de
comprendery asimilar sus ideas nuevas» (p. 63), tanto más enigmático hace, ia
para nosotros, sus lectores actuales, el motivo -si no la razón- de su presenc
en la hordasalvaje.
Ciertamente,está la alegría de «vivir junto a la fuente» (p. 65), en la
Mecadelpsicoanálisis (p. 82), la alegría de tener en Freud un modelo «que
da el tono» (p. 65), la “de admirar la «pasmosa» «fecundidad del genio de
Freud» (p. 63), incluso la de estar permanentemente bombardeado por ese
diluvio de ideas nuevas» (p. 63) ¿Pero él, Richard F. Sterba, en qué acaba
dentro de todo eso? ¡Pues bien, la medida de su compromiso aparece como
siendo exactamentela de su escamoteo!
Al menos hasta la última frase de este último decir que, como un golpe
teatral, nos entrega finalmentela clave. Brigitte Bost, la traductora al francés
de la edición original en lengua inglesa, propone una traducción de esta
frase (como del resto del libro), pero da también el texto alemán, cosa que
deja suponer que se encuentra también (y noen nota al calce) en esta lengua,
en la edición inglesa; todo el libro de Sterba parece hecho para introducir
Jean Allouch 109
esta única frase, un decir tanto más personalizado cuant
Unacita;
o quese trata de

Gegen e Vorzuege cines anderen


gibt es keinefettungsmittel
als die Liebe
[Frente a la inmensa excelencia de otro
no hay otrasalvación
que el amor]

Este amoren el que se zambulle toda unavida, queconstitu


de la causa; este amor que no puede confesarse más que en ye al militante
dela vida, pero no a quien fue su objeto, este amor entoncel último instante
declaró nunca verdaderamente, ¿con respecto a qué infier es, que no se
comotabla de salvación? ¿Cuáles el estatuto de esta
no viene a erigirse
aura de unaalteridad
cuya «presencia domina inmediatamente la escena»? (p. 88).
No estamos en condiciones ni en posición de poder
precisión a esta pregunta. ¿Se trata de una paterversión (esta contestar con
Lacan), la del MeinVater hat gesagt... de donde Anna escritura es de
Freud extraía su
autoridad y de la cual Sterba anotaque ella hacía (agreguemos:
un uso moderado? ¿Se trata de un amorde transferencia que viene ¡felizmente!)
al sujeto guardar en reserva lo que implicaría de propiament a permitir
«por decirlo así, paranoia inconsciente»? e delira nte su
Con su «proposición de octubre de 1967 sobre el psicoa nalista de la
escuela», Lacan trataba de poner un término al evitam
iento constante de
tales cuestiones que, en primerísimo lugar, sólo tienen
caso. Poner un término es también poner una palabra, y alcance caso por
proposición introduceesla de «destitución subjetiva», copia la palabra queesta
ser» del analista. Hay aquíla indicación de una direccion dela da con el «des-
cura de aspecto
paradójico ciertamente, puesto quela instauración dela subjet
en su destitución, Sin embargo ¿no es este extremola soluci ividad consiste
a la «para decirlo así, paranoia inconsciente»? Correlativamón que conviene
el des-ser del psicoanalista donde se halla el obstáculo ente, ¿no es en
«camino de la demencia precoz», del cual Freud nos dice encontrado en ese
analista llevaal histérico? ¿Noesésta también, y esto
que porallí el
no es lo menos decisivo,
en la extraña proximidad de la normalidad y dela psicosis, la
queel psicoanalista puede autorizarse a no negarle más el análisiindicación de
cuando el rumor [oui-dire] del análisis lo tocó de tal maneras que al psicótico,
comoese lugar donde puedenarrar su experiencia? lo elige
No se espere aquí de mí una exposición sobre lo que Lacan
«pase». Tienen razón, al menosen cuantoa aquello de queset llamó el
la interrogación de lo que habrá sido la dirección de una cura rata, a saber,
(y especialmente
su dirección didáctica), que seguía estando para Lacan,
también actualmente, fuera del alcance de los Ecol y para nosotros
teóricos, razón por
la cualse trataba de una proposición, para poner en acto comota
Por
l.
lo tanto, observemos simplemente un rasgo de ese
dispositivo que
constituye un bucle a nuestra acotación introductori
a. Ese rasgo es, en electo,
el del rumor, El analizante se pone en manosdel rumorde
«pasadores» para
queotros evalúen si, al autorizarse por él mismo como analist
a, sólo lo hace
110 La locura compartida

a partir del analista!*; y es a ese mismo rumor, y a él únicamente, que se


remiten sacos que deben juzgar en ese paso al pasante. Formidable
mudanza de lo que para él fue su punto de engancheconel análisis: a los
que oyenles corresponde decir...¡pues bien! no puedo tampocoescribirlo, y
or la misma razón que anteriormente. Pero, además, ¿con qué título lo
¡aría yo?

Traducción: Nora Pasternac, N* 30, octubre de 1987.

1 Demosla fórmula exacta, extraída de una «directiva» de Lacanal grupoitaliano (ver


«Lacan ín Italia» La Salamandra, Milán, 1978, p. 156): «Aquello por lo que debevelar [el
grupo italiano], es que para autorizarse por él mismo no haya más que el analista».

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