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AMOR PERFECTO RELACIONES IMPERFECTAS

John WELWOOD
Amor perfecto, relaciones imperfectas
Bogotá, Grupo Editorial Norma, 2008
Fragmento Capítulo 1 “Sana la herida del corazón”
pp. 49-63

Sobre el autor
Psicólogo clínico discípulo del maestro budista tibetano Chogyam Trungpa Rinpoche, John
Welwood fue un elemento clave en la integración de la teoría y la práctica budista con la
psicoterapia clínica occidental. No solo implementó las técnicas budistas en el trabajo con
sus pacientes, sino que también abogó para que las prácticas budistas tomaran en
consideración la presencia de heridas psicológicas. Creó el término “spiritual bypass”
(rodeo espiritual o evasión espiritual).

Si la esencia pura del amor es como el sol en un firmamento despejado, esta luz clara y
luminosa brilla en las relaciones con mayor intensidad al principio y al final.
Cuando tu bebé está recién nacido, te sientes tan exaltado por la llegada de un ser tan
adorable que te entregas totalmente, sin reservas, exigencias o juicios. O cuando te
enamoras por primera vez, estás tan sorprendido y feliz debido a la maravilla que aporta la
presencia de esta persona que tu corazón se abre totalmente. Durante cierto tiempo el brillo
de este amor te llena por completo, lo llena todo con una fuerza total y tú te deshaces de
felicidad. De la misma manera, cuando un amigo o persona amada está muriendo, todas las
quejas contra esa persona desaparecen. Sencillamente valoramos al otro por ser quien es,
por haber estado un tiempo con nosotros en este mundo. Un amor puro e incondicional
brilla cuando las personas hacen de lado sus propias exigencias y agendas y se abren
completamente unos a otros.
El amor absoluto no es algo que tengamos que, ni siquiera que podamos, fabricar o
hacer. Es algo que surge naturalmente de nosotros cuando nos abrimos por completo a otra
persona, a nosotros mismos o a la vida. En relación con el otro, se manifiesta como afecto
desinteresado. En relación con nosotros mismos, se muestra como una confianza interior y
una autoaceptación que nos llena desde dentro. Y en relación con la vida, se manifiesta
como una sensación de bienestar, aprecio y alegría de vivir.
AMOR ABSOLUTO

Cuando este tipo de apertura y calidez nos viene de otra persona, recibimos sustento
esencial: nos ayuda a experimentar nuestra propia calidez y apertura, nos permite reconocer

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la belleza y la bondad que están en el centro de nuestra naturaleza. La luz del amor
incondicional despierta el potencial de las semillas adormecidas del alma y las ayuda a
germinar, a florecer y a dar fruto y nos permite poner en evidencia los únicos dones que son
nuestros y que podemos ofrecer en esta vida. Recibir amor puro, cuidado y reconocimiento
del otro es para nosotros una gran bendición: nos permite afirmarnos en quienes somos y
también decirnos sí a nosotros mismos.
Cuando dos personas se ven y se aprecian la una a la otra como son, comparten un
momento de reconocimiento de “yo-tú”, como lo llamaría Martin Buber. Buber ve esto
como proporcionar un cierto tipo de confirmación esencial: nos ayuda a saber y a sentir que
somos.
Lo que parece darnos mayor seguridad en nosotros mismos no es solamente sentirnos
amados sino saber que somos amados por lo que somos. Esto quiere decir en nuestra
esencia. El amor absoluto es el amor del ser.
Nuestro ser más allá de los rasgos de personalidad, de dolor o de confusión, es la
presencia dinámica y abierta que somos. Es lo que experimentamos cuando nos sentimos
establecidos, cimentados y conectados con nosotros mismos. Cuando nos sentimos seguros
en este terreno básico del ser, el amor fluye en nosotros y nos es más fácil abrirnos a los
demás. Cuando dos personas se encuentran en esta situación de presencia abierta,
comparten un momento perfecto de amor absoluto.
Sin embargo, y esto es esencial, la personalidad humana no es la fuente del amor
absoluto. Más bien su luz brilla a través de nosotros, porque hay un más allá, la fuente
última de todo. Somos los canales a través de los cuales la luz brilla. Pero al fluir a través
nuestro, también encuentra su hogar en nuestro interior y se convierte en la esencia de
nuestro corazón.
Tenemos afinidad natural con este alimento perfecto que es también nuestra esencia
más profunda, la sangre de nuestra vida. Es esta la razón por la cual todos los bebés la
buscan desde el momento mismo de su nacimiento. Es imposible dejar de anhelar nuestra
propia naturaleza.
Cuando el valor y la belleza de nuestra existencia son reconocidos, podemos
relajarnos, bajar la guardia e instalarnos en nosotros mismos. Al relajarnos, nos abrimos. Y
esta actitud nos hace transparentes a la vida que fluye en nosotros como una brisa fresca

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que entra en una habitación cuando abrimos las ventanas. Esto nos proporciona una
sensación de bienestar y nos da un poder verdadero, que D. H. Lawrence define como la
“vida que corre dentro de nosotros”.
Para Martin Buber, el momento de la conexión “yo-tú” es como la liberación de una
cobertura vieja y protectora, como la emergencia de una mariposa que sale de su crisálida.
Al degustar el amor puro e incondicional, experimentamos el placer de ser nosotros
mismos, el gusto de estar vivos, y esto nos hace desear abrir nuestras alas y remontar el
vuelo. Esta afluencia de vitalidad recorriendo nuestro ser produce felicidad.
Experimentar el amor incondicional de esta manera nos permite descansar en nosotros
mismos y disfrutar el flujo de nuestra vitalidad. El hermano David Steindl-Rast describe
esta profunda conexión así: “Sencillamente sabemos durante un momento que todo nos
pertenece porque pertenecemos a todo”.
Este es uno de los mayores regalos del amor humano, esta entrada que nos lleva a algo
aún más grande que la relación humana. Al ayudarnos a conectar con la hermosa vitalidad
que está dentro de nosotros, se revelan nuestra belleza y poder esenciales porque nos hace
uno con la vida misma, porque somos totalmente transparentes a la vida. Cuando la vida te
pertenece y tú perteneces a la vida, te liberas del hambre y el temor. Experimentas la
dignidad y la nobleza de tu existencia, lo que no depende de la aprobación o valoración de
nadie más. En este sentido profundo de unión con la vida, tú te das cuenta de que no estás
herido, que nunca lo has estado, ni puedes estarlo.
Esto es lo esencial de la existencia humana: el amor absoluto nos ayuda a conectar con
quienes somos verdaderamente. Es por esto que es indispensable.
AMOR RELATIVO

Pero, aunque el corazón humano es un canal a través del cual el amor fluye hacia el
mundo, este canal del corazón con frecuencia se atasca con escombros –ciertos patrones
defensivos y temibles que se desarrollan porque no sabemos que somos verdaderamente
amados. El resultado es que la apertura natural del amor, que podemos degustar en
momentos maravillosos y breves de conexión pura con otra persona, rara vez impregna
completamente nuestras relaciones. De hecho, cuanto más se abren dos personas la una a la
otra, esta apertura tiende a sacar a la superficie todos los obstáculos posibles: sus más
profundas y negras heridas, su desesperación y desconfianza y sus puntos sensibles más

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primarios. Así como el calor del Sol hace que se formen las nubes porque hace brotar la
humedad de la tierra, así la apertura total del amor activa las nubes espesas de nuestra
herida emocional, los lugares en los que todavía estamos cerrados y en los que se anida el
miedo y nos hace resistirnos al amor.
Hay buenas razones para que esto suceda. Antes de que logremos convertirnos en un
canal despejado a través del cual el amor pueda fluir libremente, las diferentes heridas que
tenemos tienen que salir a la superficie y exponerse. El amor, como poder sanador, puede
funcionar solamente sobre lo que se hace presente para ser sanado. Mientras nuestra herida
permanezca escondida, lo único que puede hacer es enconarse.
Este, entonces, es el amor relativo: el brillo del amor absoluto que se filtra a través de
las nubes de nuestra personalidad condicionada y sus patrones defensivos: temor,
desconfianza, deshonestidad, agresión y percepción distorsionada. Como un firmamento
parcialmente nublado, el amor relativo es incompleto, inconstante e imperfecto. Es un
juego continuo de luz y sombra. El brillo total del amor absoluto puede brillar fugazmente.
Si te observas con detenimiento en tus relaciones, verás que continuamente estás
dando pasos adelante y atrás, te abres y te cierras, hay firmamentos despejados y
nubarrones oscuros. Cuando otra persona responde, escucha o dice algo placentero, hay
algo en ti que naturalmente tiende a abrirse. Pero cuando la otra persona no responde, no te
sabe escuchar o dice algo amenazante, es posible que te tensiones rápidamente y empieces
a frenarte.
Nuestra capacidad para sentir un sí total hacia otra persona fluctúa con las
circunstancias cambiantes de cada momento. Depende de cuánto seamos capaces de dar y
recibir, de la química entre nosotros, de nuestras limitaciones y condicionamientos, qué tan
lejos hemos llegado en nuestro desarrollo personal, qué tanta conciencia y flexibilidad tiene
cada uno, qué tan bien nos comunicamos, de la situación en la que nos encontramos e
incluso de qué tan bien dormimos la noche anterior. Relativo quiere decir que depende del
tiempo y de las circunstancias.
El amor humano común siempre es relativo, nunca es absoluto de manera consistente.
Como el tiempo, el amor relativo está en un flujo dinámico continuo. Siempre está
surgiendo y ocultándose, subiendo y bajando, cambiando de forma y de intensidad.

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Hasta ahora, todo esto puede parecer totalmente obvio. Pero esta es la cuestión: nos
imaginamos que los otros – ¡particularmente aquella persona! – deberían ser una fuente de
amor perfecto porque sabe amarnos de manera consistente y como debe ser. Como nuestras
primeras experiencias de amor suelen darse en las relaciones con los otros, tendemos
naturalmente a mirar las relaciones como su fuente principal. Entonces, cuando las
relaciones fallan y no nos dan el amor ideal que habíamos soñado, pensamos que hay algo
que no funcionaba. Y esta esperanza decepcionada activa la herida del corazón y genera
resentimiento contra los otros. Por esto es que el primer paso para sanar la herida y para
liberarnos del resentimiento es valorar la diferencia que hay entre el amor relativo y el amor
absoluto.
En el fondo más profundo de nuestro ser –la divinidad interior que compartimos con
todos los seres– no hay separación entre yo y tú. En cualquier momento es posible
experimentar la calidez y la apertura de una conexión del corazón con cualquier criatura
viviente: un amante, un niño, un amigo, un extraño que pasa por la calle, incluso un perro.
Cuando apreciamos la belleza de otro ser, el canal del corazón se abre y una chispa de amor
absoluto pasa a través de nosotros. En este momento de conexión ya no nos sentimos tan
separados o aislados. Nos complacemos en compartir la presencia amorosa y tierna que
reside en el corazón de todos.
Pero al mismo tiempo, en el plano relativo, siempre permanecemos separados y
diferentes. Habitamos cuerpos separados, con distintas historias, antecedentes, familias,
rasgos de carácter, valores, preferencias, perspectivas y, por último, destinos diferentes.
Cada uno de nosotros ve y responde a las cosas de distinta manera y enfrentamos la vida en
nuestro modo propio y único.
Sí, podemos experimentar momentos de sintonía total con otra persona. Pero esto
puede suceder cuando conectamos ser con ser porque, en el nivel de puro ser y apertura
pura, formamos una sola persona. Mi apertura no es diferente de tu apertura, porque la
apertura no tiene una forma sólida y, por tanto, no hay frontera que nos separe uno del otro.
Así, cuando nos encontramos en un momento de absoluto amor, ser con ser, es como echar
agua en el agua.
El amor relativo, en contraste, es un intercambio que se da en el nivel de la forma
persona con persona. Cada persona, justo como cada copo de nieve, cada árbol, cada lugar,

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cada circunstancia en este mundo es totalmente diferente. Cada uno de nosotros tiene su
propio y único carácter y manera de expresarse distinta de los demás. Mientras dos
personas pueden reconocerse como una sola en el ámbito de la apertura pura, seguirán
siendo siempre dos personas en el ámbito de la forma.
Una noche conectas profundamente con otra persona, lo que te deja con una sensación
de apertura total hacia ella; te sientes amoroso y enamorado. Pero, a la mañana siguiente,
aunque todavía sientas amor, esa apertura total puede verse nublada porque empiezan a
surgir preguntas como: ¿es seguro abrirse a esta persona? ¿Puedes aceptar las enormes
diferencias que hay entra esta persona y tú? ¿Realmente te comprende? ¿Forman una buena
pareja?
Fundirse en la apertura proporciona momentos de unión maravillosa en el amor
absoluto. Y es esto lo que sirve de fuerza creadora a los grandes y míticos romances, este
descubrimiento puro y ese encuentro que se da con frecuencia fuera del tiempo y el espacio
corrientes. Pero los desafíos del amor relativo traen las parejas de nuevo a la tierra porque
las obligan continuamente a enfrentar y trabajar con el hecho de que son dos personas. Sin
embargo, esto no es malo. Porque sin enfrentar las maneras en las cuales ellos son
claramente diferentes, y sin explorar cómo seguir encontrándose a través de estas
diferencias, la conexión de una pareja puede perder pasión y vigor y se corre el riesgo de
crear una fusión emocional poco saludable o una dependencia mutua.
Las relaciones así oscilan constantemente entre dos personas que van encontrando
terreno común y después ven que ese terreno se mueve bajo ellas porque sus diferencias las
llevan en distintas direcciones. Mientras se esfuerzan por encontrarse en el momento
presente, se ven sacudidas por olas cambiantes de recuerdos, esperanzas y heridas del
pasado. Esta tensión permanente entre el ser uno y ser dos, unión y separación, momentos
frescos de descubrimiento y asociaciones viejas hace inevitablemente que el amor relativo
sea vacilante e inestable.
Esto es un problema solamente cuando esperamos que sea de otra manera, cuando nos
imaginamos que el amor debe manifestarse como un estado constante. Ese tipo de
expectativa nos impide valorar el don especial que el amor relativo tiene para ofrecernos:
intimidad personal. Es decir, ese compartir quienes somos en nuestra otredad puede darse
solamente cuando mi compañera y yo nos encontramos como dos personas, cuando sé

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valorar las maneras en las cuales ella es completamente otra, pero, a la vez, no enteramente
otra.
Cuando el juego de la pareja y de la soledad genera chispas de curiosidad y pasión está
asegurando a la vez que la intimidad puede ser intermitente en el mejor de los casos. Los
momentos de intimidad, en los que hacemos contacto a través de la gran división que
establecen nuestras diferencias, son justamente eso –momentos–, y no un flujo estable y
constante. En el mejor de los casos, el amor relativo tiene una gran belleza propia que deja
ver su brillo cuando dos personas pueden valorarse y disfrutar el uno con el otro en medio
de sus diferencias y los cambios que están viviendo. Sin embargo, en el peor de los casos,
se convierte en material de telenovela y en tragedia.
Así pues, si estás pensando que es posible vivir un estado permanente de sintonía con
otra persona, estás disponiéndote a la desilusión y a la angustia porque esto es imposible.
Una persona solo puede seguir sus propias leyes internas. Como cada uno tiene su propio
ritmo y sensibilidad, no puedes contar nunca con que los otros permanezcan en sintonía
contigo. Es inevitable perder la sincronía con tu amado, puesto que los dos invariablemente
quieren cosas distintas –de cada uno de los dos y de la vida– en diferentes momentos. El
resultado es que la armonía puede presentar ciertas disonancias y la comprensión puede dar
paso a la incomprensión con el consiguiente dolor y separación. Incluso las parejas más
avenidas, a veces, pueden sentirse incomprendidas, desconectadas o tremendamente solas.
Hasta alguna persona que quisiera estar en total sintonía con nosotros no podrá
hacerlo, porque nadie puede adivinar exactamente lo que queremos en cada momento.
Quizá queremos una mayor cercanía en este momento, entonces, la persona amada se
acerca más y más, pero un momento después queremos más espacio. Es muy difícil saber
exactamente lo que queremos y lo que está pasando dentro de nosotros momento a
momento, y, además, siempre estamos cambiando. Si las cosas son así, cómo podríamos
esperar que otra persona esté completamente sincronizada con nosotros, particularmente
cuando los otros solamente pueden actuar de acuerdo con sus propias y distintas
percepciones, ritmos y necesidades.
No solo cada uno tiene necesidades y perspectivas disímiles, sino que con frecuencia
queremos ser amados de una manera particular que sirva para aliviar nuestras viejas heridas
emocionales. Esta es una exigencia irracional, porque se asume que los otros, de manera

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consistente, pueden dar forma a su estilo de amor para ajustarse al nuestro. Si tú tienes
temores de abandono, por ejemplo, es posible que intentes presionar a tu compañero para
que exprese un compromiso mayor al que quisiera. Esa clase de compromiso puede ser
tranquilizadora para ti porque te hace saber que el otro está allí a tu disposición.
Desafortunadamente, estas expectativas pueden provocar los temores de encerramiento de
tu pareja, porque él o ella puede sentirse demasiado controlado porque lo estás presionando
para que se comprometa como tú quieres. Por el contrario, tu pareja puede sentirse más
amada cuando le das más espacio. Por tanto, si esperas ser amado de una sola forma, es
posible que él o ella sienta la tentación de retirarse, lo que, a su vez, va a activar tus temores
al abandono. A pesar de haber hecho todo lo posible, es imposible evitar que en una pareja
el uno o la otra aviven de este modo las heridas del otro.
No obstante, aunque nadie puede proporcionar una sintonía consistente, podemos
seguir buscándola, culpando a los demás por la falta de la misma. “No me diste lo que
merecía”. Swami Prajnanpad, un maestro indio, describe esta situación así: “Todo el mundo
está pasando por la misma agonía mental profunda. ¿Por qué? Porque quiere tener, pero no
recibe. Él cree que debería obtener algo que se puede obtener. Pero no lo logró. Esto es lo
que está ocasionando estas punzadas de agonía”.
La cuestión aquí es ¿estamos actuando con amor cuando tratamos que los otros nos
amen como nosotros creemos que deberían hacerlo? ¿No es esta una manera de controlar?
Las expectativas en las relaciones con frecuencia pueden ser una forma de violencia sutil
porque podemos estar exigiendo que los otros se adecúen a nuestros deseos.
Entonces, de todos estos modos, el amor relativo nos lleva a recorrer un camino lleno
de baches. Después de un momento de intimidad, de comunión “yo-tú” es inevitable volver
a ver a la persona amada como a “otro” alguien que está “allí” que se convierte en el objeto
de nuestras necesidades, reacciones o planes. “Esta es la melancolía exaltada de nuestro
destino”, escribe Buber, “que cada tú en nuestra vida tiene que convertirse en un “ese”... La
contemplación verdadera nunca dura mucho tiempo... Y el amor no puede persistir [en
estado puro]. Cada “tú” en el mundo está condenado a convertirse en una cosa o a entrar en
la categoría de objeto una y otra vez”. Aunque el amor puro sea la esencia de nuestro
corazón, su expresión continuamente está sujeta a los condicionamientos anteriores y a los

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actuales. Aunque una madre ame a su hijo de manera incondicional, es posible que lo trate
con dureza si se enoja por algo que este hizo o si está pasando por un mal día.
Es imposible evitar este destino porque es parte del ser de personas separadas, que
hace que tanto nosotros como todo lo que amamos se convierta en el objeto de nuestras
esperanzas y temores. Por tanto, las relaciones se apartan continuamente de la alegría de la
comunión “yo-tú” a la turbulencia del me gusta, me disgusta, del acuerdo y del desacuerdo,
de la cercanía y la distancia. Tu marido puede ser amable y paciente hoy, pero mañana
puede salir a flote toda esa rabia que lleva escondida. En un momento el amor puro brilla en
la mirada de tu amada y al momento siguiente dices algo inconveniente y allí la tienes
fulminándote con su mirada.
El amor puro opera en el plano absoluto mientras que el gusto y el disgusto operan en
otro nivel, al nivel relativo, en el plano personal. Comprender que vivimos en estos dos
niveles nos ayuda a mitigar la confusión de sentir “te amo, pero en este momento no te
puedo soportar”. Es imposible evitar que nos gusten ciertos aspectos de otras personas que
coinciden con nuestros gustos y preferencias pero que nos disgusten aquellos que nos caen
mal. Solamente en un nivel avanzado de desarrollo espiritual pueden los seres humanos
liberarse del tire y afloja del gusto y el disgusto. Esto quiere decir que el amor relativo,
inevitablemente, contiene una cierta ambivalencia o sentimientos mezclados.
Así, esposo y esposa, padre e hijo, amigo y amigo, nunca pueden conservar un estado
permanente de armonía o comunión. Es parte de la naturaleza de las cosas que a cada
acercamiento lo siga un distanciamiento. Esta no es una imperfección o un defecto del
amor, de los seres humanos o del universo. No quiere decir que tú eres malo o que los otros
son malos o que la vida es injusta ni nada por el estilo. El pulso de la vida siempre se
mueve en ciclos de sube y baja, adelante y atrás, expansión y contracción, sinergia y
entropía.
La energía se mueve en olas y olas y por definición tiene cimas y abismos. Es
imposible acceder a la cima si antes no has pasado por el abismo. La unión solo puede
darse después de la separación, la comprensión, cuando está precedida por la
incomprensión.
Ciertamente, si las relaciones no subieran y bajaran como lo hacen, se llegaría a un
estancamiento y a una esclavitud, y no a una danza dinámica. El amor humano relativo es

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imperfecto, no es permanente, como todo lo demás en esta tierra. Y la experiencia humana
es siempre burda, inacabada, desordenada. Nada dura. Nada permanece igual. No hay una
realización total que se mantenga de una vez por todas. Todo está sujeto a revisión.
Sin embargo, cuando los momentos encantadores más elevados del nuevo amor son
seguidos por momentos bajos de conflicto y sufrimiento, con frecuencia lo consideramos
un desastre que no debería estar sucediendo. Pero si podemos reconocer estos bajonazos
como los abismos inevitables de la ola del amor relativo, la incomprensión y la separación
pueden convertirse pronto en el trampolín para una nueva comprensión y conexión.
Si miramos nuestras vidas con honestidad, lo más probable es que veamos que nadie
ha estado disponible para nosotros de una manera constante y confiable. Aunque nos
gustaría imaginar que alguien, en algún lugar –quizás las estrellas del cine o las personas
espirituales– tienen una relación ideal, esto es básicamente producto de la fantasía. Si
miramos con más detenimiento, podemos ver que todos tenemos nuestros propios temores,
puntos ciegos, secretos, inseguridades, tendencias agresivas y manipuladoras y puntos
sensibles emocionales que pueden bloquear los canales a través de los cuales el gran amor
puede fluir libremente. Por más que deseemos amar con un corazón puro, nuestras
limitaciones inevitablemente hacen que nuestro amor fluctúe y flaquee.
Pero nuestro anhelo de un amor perfecto y de una unión perfecta tiene su lugar y su
propia belleza. Como surge de un conocimiento intuitivo de la perfección que reside en el
corazón, se orienta hacia algo que está más allá de lo que los mortales ordinarios pueden
proporcionar. Anhelamos sanar nuestra separación de la vida, de Dios y de nuestro propio
corazón. Comprendida correctamente, esta añoranza puede inspirarnos para llegar más allá
de nosotros mismos, entregarnos de todo corazón, o entregarnos a la vida espiritual. Es una
clave, como veremos, que abre la puerta a través de la cual el amor absoluto puede entrar
completamente dentro de nosotros.
No obstante, es inevitable que tengamos problemas cuando transferimos esta añoranza
hacia otra persona. Es por esto que es importante distinguir entre el amor relativo y el amor
absoluto, para que no nos perdamos buscando el amor perfecto en situaciones imperfectas.
Aunque las conexiones íntimas pueden proporcionarnos destellos resplandecientes de total
unidad, es imposible que contemos con ellas para lograrlo. La única fuente confiable de
amor perfecto es lo que es perfecto: el corazón abierto, despierto en el centro del ser. Esto

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es lo único que nos permite conocer la unión perfecta, en la que todo nos pertenece porque
nosotros pertenecemos a todo. Esperar esto de las relaciones nos hace susceptibles a
sentirnos traicionados, descorazonados u ofendidos.

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