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CORNUDO Y CONTENTO

Paso tercero, muy gracioso, en el cual se introducen las personas siguientes,


compuesto por Lope de Rueda

LUCIO, doctor médico.


JERÓNIMO, estudiante.
MARTÍN DE VILLALBA, simple.
BÁRBARA, su mujer.

LUCIO
¡Oh, miserabelis doctor, quanta pena paciuntur propter miseriam!1 ¡Ay! ¡Qué desgracia la mía, que no he
podido extender en todo el día de hoy ninguna receta! Pero, ¡mirad quién asoma por ahí para
mitigar mi pena! El animal al que le he hecho creer que su mujer está enferma, y ella me sigue la
corriente con tal de pasárselo bien con un estudiante. Y el estudiante es tan importuno que no deja
de hacerle visitas en todo el día. Pero bien que me alegro, porque mientras le duren al marido los
pollos en el corral, nunca estará su mujer sin fiebre.
—Sea bienvenido el bueno de Alonso de...

MARTÍN
No, no, señor Licenciado; Martín de Villalba me llamo para servirlo.

LUCIO
Salus adque vita in qua Nestoreos superetis dias2. ¿Para qué se ha molestado, hermano Martín de
Villalba?

MARTÍN
Señor, perdone vuestra merced; que estos pollos todavía son pequeñuelos; pero, si sana mi mujer,
yo le prometo un ganso que he puesto a engordar.

LUCIO
Dios os dé salud.

1 ¡Oh, miserable doctor, cuántas penas se padecen a costa de la miseria! (frase en latín macarrónico).
2 Salud y vida en la que abunden los días nestóreos (propios de Néstor, prototipo de la la longevidad).

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MARTÍN
No, no; tenga salud primero mi mujer; Dios lo quiera, señor.

LUCIO
Muchacho, toma los pollos; ciérrame esa celosía.

MARTÍN
No, no, señor, que no son pollos de celosía; vuestra merced puede estar descuidado. ¿Sabe cómo se
han de comer?

LUCIO
No, por cierto.

MARTÍN
Mire: primeramente les ha de quitar la vida, y después, debe desplumarlos, y tirar las plumas, y los
hígados, si es que los tuviera dañados.

LUCIO
¿Y después?

MARTÍN
Después, ponedlos a cocer y comedlos, si es que tuvierais ganas.

LUCIO
Muy bien me parece todo esto. Pero, ¿cómo se ha sentido esta noche vuestra mujer?

MARTÍN
Señor, un poco sí que ha reposado, porque, como ha dormido en casa su primo el estudiante, que
tiene la mejor mano que hay en el mundo para estas cosas, no ha dicho en toda la noche “aquí me
duele”.

LUCIO
Ya lo creo.

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MARTÍN
¡Guárdenos Dios del diablo!

LUCIO
¿Y se ha quedado en casa?

MARTÍN
Claro; porque si no la hubiesen cuidado así, ya estaría muerta.

LUCIO
¿Tomó bien la purga?

MARTÍN
¡Ay, mi madre! No quiso ni olerla. Pero un buen remedio acordamos, para le hiciese bien la
medicina.

LUCIO
¿Y cómo fue?

MARTÍN
Señor, aquel primo suyo, como es muy letrado, sabe lo que el diablo deja de saber.

LUCIO
¿Y de qué manera?

MARTÍN
Me dijo: “Mirad, Martín de Villalba: vuestra mujer anda de muy mala gana y es imposible que ella
beba nada de esto. Vos decís que queréis bien a vuestra mujer.” Dije yo: “¡Ay, mi madre! No tengáis
la menor duda; juro que la quiero como las coles al tocino.” Dijo él entonces: “Pues tanto monta;
bien os acordáis que, cuando os casaron con ella, dijo el cura que quedabais unidos en una misma
carne.” Y yo le dije: “Es verdad.” Y él me dijo: “Pues siendo verdad lo que el cura dijo, y siendo los
dos una misma carne, tomando vos esa purga, tanto provecho le hará a vuestra mujer como si ella
misma la tomase.”

LUCIO
¿Y qué hicisteis?

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MARTÍN
¡Pardiez! Apenas hubo dicho la última palabra, cuando ya estaba la escudilla más limpia y más seca
que la podía dejar el gato de Mari Jiménez, que no creo que haya cosa con más apetito en toda esta
tierra.

LUCIO
¡Bien que le aprovecharía!

MARTÍN
¡Dios nos guarde! Fui yo el que no pude pegar un ojo, porque lo que es ella a las once del día se
despertó. Y como a mí me había quedado aquella madrugada tan seco el estómago con lo que
había en la escudilla, le hizo tanto provecho a ella que se levantó con un hambre que se hubiera
comido un novillo, si se lo hubiesen puesto delante.

LUCIO
¿En fin...?

MARTÍN
En fin, señor, que como no me podía menear del dolor que en estos ijares sentía, me dijo su primo:
“Andad en mala hora, que sois un hombre sin corazón; por una mísera purguilla de nada parecéis
un búho puesto al relente.” Entonces el señor estudiante, ni corto ni perezoso, agarró una gallina
por el pescuezo, que me parece que lo estoy viendo, y en un santiamén la asaron, la cocieron y se la
embaularon entre los dos.

LUCIO
Me hubiera apuntado yo un tercio, como quien juega al tresillo.

MARTÍN
¡Ah, mi madre! Bien lo quisiera yo, sino que me hicieron creer que le haría daño a mi mujer lo que
yo comiere.

LUCIO
Hicisteis muy bien. ¡Mirad que habéis de vivir con prudencia de aquí en adelante! Según me
parece, basta con que os curemos a vos.

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MARTÍN
Sí, señor, pero no me mande más de aquello de la escudilla. Si no, con tantas escudillas, habré de
ahorrar de tripas y se me quedará el cuerpo como un cangilón agujereado.

LUCIO
Agora, como yo tengo que atender algunas visitas, id en buen hora, y acudid por aquí mañana, que
con un buen tratamiento que os recomendaré será suficiente para que vuestra esposa se acabe de
curar.

MARTÍN
Dios lo haga, señor.

(Éntrase el DOCTOR y queda MARTÍN DE VILLALBA. Y sale BÁRBARA, su mujer, y el


ESTUDIANTE)

ESTUDIANTE
¡Por el cuerpo de todo el mundo! Mirad, señora Bárbara, vuestro marido que viene de casa del
doctor Lucio, y creo que nos ha visto. ¿Qué podemos hacer...?

BÁRBARA
No tengáis pena, señor Jerónimo, que yo le pondré las albardas como siempre. Le haré creer que
vamos a cumplir ciertas promesas que convienen para mi salud.

ESTUDIANTE
¿Y... habrá de creerlo?

BÁRBARA
¿Cómo que si lo creerá? Mal lo conocéis. Si yo le digo que en lo más crudo del invierno se vaya a
bañar en la acequia más helada, diciéndole que es cosa que importa mucho a mi salud, por más que
tema ahogarse, se tirará al agua con la ropa y todo. Habladle.

ESTUDIANTE
Bien venga el señor Martín de Villalba, marido de la señora mi prima y el mayor amigo que tengo.

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MARTÍN
¡Oh, señor primo de mi mujer! En buena hora vea yo esa cara de Pascua de hornazos. ¿Adónde se
encamina? ¡Oh! ¿Quién es la que va tan revestida como si fuera la borrica de llevar las novias?

ESTUDIANTE
Dejadla, no la toquéis. Es una moza que nos lava la ropa allá en la fonda.

MARTÍN
Mas, ¿estáis seguro?

ESTUDIANTE
Sí, por mi alma; ¿te iba de decir yo a ti una cosa por otra?

MARTÍN
Bien, lo creo; no te enojes. ¿Y adónde la llevas?

ESTUDIANTE
A casa de unas beatas que le van a decir una oración contra la jaqueca.

MARTÍN
¿Te burlas de mí?

ESTUDIANTE
No, por vida tuya y de cuanto luce delante mis ojos.

MARTÍN
Ve en buena hora. ¿Necesitas algo?

ESTUDIANTE
Ahora, no; Dios te dé salud.

MARTÍN
Como tú desees.

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BÁRBARA
¡Oh, animalazo, que no me conoció! Apresúrate, vayámonos enseguida.

MARTÍN
¡Hola, hola, primo de mi mujer!

ESTUDIANTE
¿Qué quieres?

MARTÍN
¡Aguarda, cuerpo del diablo! Que o yo me engaño..., o aquella es la saya de mi mujer. Si es ella,
¿adónde me la llevas?

BÁRBARA
¡Ah, don traidor! ¡Mirad en qué lugar me tiene, que se tropieza con su mujer en la calle y no la
reconoce!

MARTÍN
Calla, no llores, que me quiebras el corazón; que yo te reconoceré, mujer, aunque no quieras, de
aquí en adelante. Pero dime: ¿dónde vas?, ¿volverás pronto?

BÁRBARA
Sí, volveré, que no voy sino a rezarle unas novenas a una santa a la que le tengo una grandísima
devoción.

MARTÍN
¿Novenas? ¿Y qué son novenas, mujer?

BÁRBARA
¿No lo entendéis? Novenas quiere decir que tengo que estar allí encerrada durante nueve días.

MARTÍN
¿Sin venir a casa, alma mía?

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BÁRBARA
Pues sí..., sin venir a casa.

MARTÍN
Me habías sobresaltado, primo de mi mujer. ¡Burlonazo, maldita sea mi sangre, que me la habías
dejado agotada!

BÁRBARA
Pero conviene una cosa.

MARTÍN
¿Y qué, mujer de mi corazón?

BÁRBARA
Que ayunéis vos todos estos días que voy a estar allí, a pan y agua, para que me aproveche más la
devoción.

MARTÍN
Si no es más que eso, me quedo muy contento. Vete en buena hora.

BÁRBARA
Adiós; y que miréis por la casa.

MARTÍN
Señora mujer, ya no tienes que hablar más como enferma, que el doctor me ha dicho que es a mí a
quien ha de curar, que tú, ¡bendito Dios!, ya vas mejorando.

ESTUDIANTE
Quedad en buen hora, hermano Martín de Villalba.

MARTÍN
Ve con Dios. Mira, primo de mi mujer, no dejes de aconsejarle que, si le hacen bien las novenas,
que las haga docenas, aunque yo tenga ayunar tres días más por su salud.

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ESTUDIANTE
No pases cuidado, que yo lo procuraré. Queda con Dios.

MARTÍN
Ve tú con Él.

FIN DEL PASO TERCERO

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