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Podríamos vernos una vez más en el espejo, corroborar que existe una

tácita unidad que nos lleva palparnos a nosotros mismos, desde la carne,
desde la individualidad propia que nos caracteriza. El cuerpo es aquella
instancia principal mediante la que accedemos al diálogo con nosotros
mismos y con los otros. En el primer caso esto se hace evidente en la
medida que el contacto corporal es aquello que nos permite interactuar con
el mundo al cual estamos enraizados. Esto quiere decir que la propia
cultura puede entenderse como una gestualidad de la corporalidad misma,
como no siendo real sin esta condición fundante que la habilita. Siguiendo
esto, un claro ejemplo, como diría Merleau-Ponty, es el lenguaje que
siendo producto de la cultura, y accediendo a ella mediante nuestra
instanciadora forma de habitar el espacio, nos permite llevar a cabo un
proceso de introspección. En el segundo caso, que es más evidente, nos
proporciona de la potencialidad del encuentro con el otro, aquel que me es
ajeno en lo absoluto.
Ahora, si bien entendemos al cuerpo como esta condición trascendental que
permite el acceso de nosotros –como cuerpo pensante– a nosotros mismos
que somos en la cultura y en nosotros; no es suficiente para pensar el tema
de la identidad en la actualidad. Para podernos permitir hablar de la
identidad siempre habrá que establecer la función, un punto de partida y un
punto de llegada, que consolidará esta identidad respecto a algo. De esta
forma que podemos hablar de identidad nacional o identidad política. No
obstante, se ha de considerar la base sobre la que se articulan los distintos
discursos de identidad. La complicada situación a la que nos enfrentamos
gira alrededor del abatido punto de la univocidad. Está de más mencionar
esta ruptura en relación a las grandes verdades llevada a cabo durante todo
el siglo XX, se pierde la idea de univocidad, aquella pretensión de índole
puramente moderno, y se la reemplaza por la pura equivocidad, por la pura
contingencia, por la apatía hacia lo universal y lo sistémico.
Este evento no pasará desapercibido a la hora de establecer las condiciones
de la identidad en la época pos-moderna. La pura equivocidad no hará que
nos identifiquemos con algo de forma plena y consistente, más aún si se
trata de una identidad íntima de la que parten todo tipo de identidades. Se
dirá que todo cambia, y es cierto, y que cualquier forma de perennizar un
determinado estado del ser o del estar solo sería pérdida de tiempo: no
podemos detenernos en una metafísica si en el fondo el espíritu de la
historicidad terminará por difuminar los límites de la solidez ontológica. Es
por ello partir de una identidad consciente de su propia identificación
resultará ajeno a muchos que han se han experimentado como sujetos
fragmentados, como personas que habitan lugares diferentes, como un
cuerpo que se entiende desde muchas maneras y con distintos ‘yo-es’. Sin
embargo, este problema, si bien condiciona un análisis de la identidad, solo
pone en evidencia la riqueza que contiene ella misma, sin llevarla a una
crisis o corromperla por completo.
La experiencia del siglo XX no puede ignorarse, sino que debe asimilarse
desde la caracterización trágica que experimenta la identidad en la
búsqueda de sí misma. En este punto, y de forma indesligable, tenemos que
hacer mención a la experiencia del propio cuerpo en el mundo. La
identidad, si bien no se reduce de forma burda y deshonesta a la
corporalidad, es siempre un cuerpo. Establecer una dicotomía absurda entre
una identidad absolutamente pura, como una esencia habitando un espacio
puramente intelectual, y una concretitud física que escapa al pensamiento
es no considerar a la razón como razón encarnada que hunde sus raíces y su
desarrollo en el desarrollo de la gestualidad del cuerpo en y con la
experiencia. Siguiendo esta reflexión, el contacto que vivencia el cuerpo en
la percepción diaria no es de índole única. Esto quiere decir que no existe
un cuerpo que es afectado de forma uniforme, y pasiva, por un mundo
también uniforme; sino que, todo lo contrario, el cuerpo mismo resulta ser
ese horizonte de sentido que colisiona con el mundo estando en él. El
cuerpo se involucra en sus experiencias, haciéndolas variadas y ambiguas.
Pensarnos es ya pensar un mundo.
La identidad, al ser también la instancia no-visible del cuerpo, se ve
afectada por este variopinto festín de experiencias. La percepción, como
condición de posibilidad, es la formalidad que se mantiene unívoca en la
potencialidad de aquello que es percibido. Da la identidad personal el más
firme sustento de donde poder apoyarse para su consolidación; sin
embargo, ‘‘la materia está preñada de forma’’ y no podemos desatender al
contenido de la percepción, aquello que edifica nuestra experiencia en el
mundo y nos predispone a seguir interactuando en él. En un primer
momento esto podría parecer un problema irresoluble, una aporía indigesta
que no encuentra amparo en la pura equivocidad. Esto último podría
resultar cierto: el prejuicio moderno yace en este afán de solo encontrar lo
unívoco en el conocimiento de algún evento; y al darse de cara con la
equivocidad creen hallar una conflicto sin vías de resolución. No hay cosa
más falsa que ello. Entre ese ‘yo’ ambiguo y las diversas experiencias que
fragmentan al sujeto, si bien no existe un acercamiento que unifique la
identidad personal como comúnmente se piensa; es decir, como un ‘yo’
invariable que nos pertenece a nosotros y que va al encuentro con el
mundo; sí podemos acercarnos desde una perspectiva analógica, tendiendo
puentes entre la identidad entendida como un ‘yo’ sólido y la difuminación
radical de él en las experiencias cotidianas. Creo que no hay mejores
palabras para expresar este acercamiento a la identidad que aquellas que
mencionó el poeta portugués Fernando Pessoa cuando dice que hay que
darle a cada sentimiento un rostro y una personalidad; cuando, dirigiéndose
a sí mismo mientras sentía una fuerte crisis con su propia persona, arribó a
la idea de que yo es muchos; abrazando estas partituras donde su yo se
manifestaba sin ser plenamente él –en sentido de la univocidad moderna–,
pero siendo condición de una manifestación repleta de diversidad.