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Nuevo Mundo Mundos

Nuevos
Coloquios, 2008

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Frida Gorbach
Frente a la historia nacional
Confronting National History
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Frida Gorbach, « Frente a la historia nacional »,  Nuevo Mundo Mundos Nuevos [En línea], Coloquios, 2008, Puesto
en línea el 02 enero 2008. URL : http://nuevomundo.revues.org/13952
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Frente a la historia nacional 2

Frida Gorbach

Frente a la historia nacional


Confronting National History

La historia personal
1 Puedo suponer que muchos de los que estamos aquí sabemos de qué estamos hablando cuando
decimos “historia nacional”, pero una suposición no siempre encuentra las palabras indicadas,
y es que, pensándolo bien,   ¿qué es exactamente “la historia nacional”? Fácilmente se le
confunde con la “cultura nacional” y luego con la memoria del pasado,  que es en el fondo
lo que me importa. Además, al escribir el término siempre queda la duda de si ponerlo o no
 entre comillas. Supongo que si en algún momento se cree en la certeza de su denominación es
por la firmeza con la que se aparecen los grandes episodios que la conforman y que se supone
explican el presente de la nación: El México Prehispánico, La Colonia, La Independencia, La
Revolución. Pero sucede también que esa certeza se disipa cuando en lugar de esos grandes
episodios, se agolpan en la memoria recuerdos fragmentados, circulares, quizás demasiado
personales: la asamblea del lunes en la escuela, el colorido verde, blanco y rojo de los puestos
rodantes del 16 de septiembre, o el temblor de mi voz cuando estuve dispuesta a participar en
el concurso escolar de oratoria dedicado a los niños héroes.1
2 Y no es que, en un acto de voluntad, haya elegido conservar esos recuerdos, sino que vivo
impregnada de ellos. De muchas maneras, “la historia nacional” nos enfrenta con nuestra
propia historia pero también con las historias de los otros, porque si bien los recuerdos son
singulares y marcan diferentes aspectos de una vida familiar y profesional, estoy segura de que
son compartidos.  Tanto que no creo que sea fácil diferenciarlos; y es que, frente a “la historia
nacional”, la coincidencia entre el “yo” y el “nosotros” es tan grande, sin que por ello pueda
precisar el tamaño de esa coincidencia. Según las situaciones en las que arraigue, a veces el
“nosotros” refiere a mi generación, a mi ciudad o a la nación mexicana completa, y puede
llegar a extenderse tanto que “lo personal” acabe siendo la mera repetición a nivel individual
de ese esquema general que sigue la línea de una serie de episodios fijos en el tiempo, casi
inconmovibles.
3 Por eso, si tuviera que responder a la pregunta de qué es la historia nacional, recurriría a
una frase de Roger Bartra que aunque habla no de la historia sino de la cultura nacional, es
tan general que funciona para el caso: digamos que la historia nacional es el “abrevadero
que sacia la sed de identidad”.2  Y como un abrevadero interminable ese relato nos enfrenta
simultáneamente con nuestra propia historia y, en la medida en que fija en el tiempo una serie
de valores, nos permite rozar las historias de los demás. Ese gran relato constituye al  mismo
tiempo un territorio común y un territorio propio, una narración de la identidad individual y
también de la identidad colectiva. Funciona como el mito -contrario a la historia-, al constituir
una especie de metadiscurso formado, palabras tomadas de Bartra,  por “una intrincada red
de puntos de referencia  a los que acuden muchos mexicanos (y algunos extranjeros) para
explicar la identidad nacional”. Funciona también contra el mito en tanto que es susceptible
de apropiación ya que siempre es posible narrarlo en primera persona.
4 Así, lo que presento a continuación es un intento por narrar “la historia nacional” en primera
persona. Pero ello nada tiene que ver con la biografía, con la psicología y tampoco con la
sensibilidad tomada como objeto de estudio. Más bien se trata de una reflexión desde la
singularidad de un enfoque y desde la búsqueda de un modo más próximo de habitar ese relato.
Y es que estoy convencida de que repetir la historia desde uno mismo, mirarla desde una
perspectiva singular, apropiársela dejando que la escritura sea afectada por el recuerdo y la

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Frente a la historia nacional 3

vivencia, es una manera de aligerar el peso del mito, desestabilizar la fijeza de la narrativa
nacional e idear,  quizás, un futuro diferente.

 Tiempo antropológico
5 Me pregunto otra vez qué es la historia nacional y aparece otra vez la serialidad de cuatro
episodios encadenados progresivamente: México Prehispánico, Colonia, Independencia y
Revolución. Aunque habrá quien agregue uno más, como lo hace la “Nueva historia mínima
de México” publicada por El Colegio de México en 2004 y al cual intitula, como si fuera
un simple añadido a una secuencia lineal, “El último tramo (1929-2000)”. De cualquier
modo, sean cuatro o cinco los episodios, se trata de etapas bien delimitadas que dibujan una
continuidad aun por encima de los quiebres y de las revoluciones que marcan cada cambio
de época. Se encadenan porque apuntan hacia una misma finalidad, hacia el progreso y la
civilización, consecuencia natural del curso de las cosas. De ahí que el relato de la nación
tenga algo de épico, en tanto que narra los pasos progresivos de un ascenso.
6 Pero aunque esa historia marque bien las etapas, en ella no es posible distinguir entre pasado
y presente. Aunque apunte hacia el  futuro, su fundamento está dado por un presente que se
proyecta hacia atrás y se extiende hacia delante. Sucede que por un lado, el pasado se vuelca
en el presente ya que existe para mostrar la influencia de los sucesos pasados sobre la situación
actual. Es así como todas las imágenes del pasado son traídas al presente y presentadas de
un jalón, como si fueran los nombres de las calles del centro de cualquier ciudad donde
indistintamente se acomodan Juárez, Hidalgo, Villa, Allende y Zapata. Y por el otro lado, en
esa historia el futuro no es más que un punto en el presente viendo venir una verdad lentamente
librada de ilusiones y errores.3
7 De esta manera, el tiempo de la nación pertenece a un presente continuo formado por imágenes
instantáneas encadenadas o yuxtapuestas, pasadas o futuras. Su historia recuerda al mito,  ya
que del mismo modo que el mito de la cultura nacional al que refiere Bartra en La jaula de la
melancolía4, “la historia nacional”, hecha de todas esas imágenes acumuladas a lo largo del
tiempo, tiene como función mostrar la unidad de la nación así como su particularidad frente
al mundo.
8 Por eso, puede decirse, la narrativa nacional necesita de la indistinción entre pasado y presente.
Una indistinción que es efecto, me parece,  de la fusión de dos campos académicos, el histórico
y el antropológico. Y es que por más extraño que parezca, la historia nacional termina haciendo
suyo aquello que los historiadores le han criticado desde siempre a los antropólogos: el hecho
de ocuparse sólo del presente y presentar entonces sociedades casi estáticas5. Resulta entonces
que la narrativa histórica se transforma en descripción etnográfica lo que hace imposible
distinguir entre “historia nacional” y “cultura nacional”. Por esa fusión de saberes el espacio
se sobrepone al tiempo y entonces el cuadro ocupa el lugar del relato, el presente el del pasado
y al final los modelos de la cultura se imponen sobre las fuerzas de la historia.6
9 Puede ser que un efecto de esa operación sea el tiempo dual, ya que nunca se sabe con certeza
si la historia progresa o si gira en círculos. O más bien el efecto es una yuxtaposición en la
que la circularidad se impone sobre el ordenamiento del proceso-progreso. Pues al perderse la
diferencia entre pasado y presente, entre antropología e historia, la narrativa nacional, en vez
de ascender, empieza a moverse en círculos. ¿O acaso no nos domina de pronto la sensación
de que todo sigue igual, de que las cosas poco han cambiado? ¿Acaso el momento actual no
se parece terriblemente a los últimos años del Porfiriato? ¿Acaso el 2010 no nos da vueltas
con demasiada insistencia? En una suerte de déjà vu el presente no hace otra cosa que reeditar
episodios pasados replicando su contenido perceptivo y emocional. El déjà vu, según Paolo
Virno, es una patología específica de la memoria, el efecto de la indistinción entre pasado y
presente, y  provoca la afirmación de un eterno presente y de un futuro cerrado.7

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Frente a la historia nacional 4

10 Además, a esa sensación de eterna repetición hay que agregar la sospecha de que
el presentismo no es exclusivo de la historia nacional   sino que pertenece a la vida
contemporánea. Vivimos en un tiempo cuya textura proviene de un presente omnipresente y
eterno, donde nada pasa y todo está presente a la vez, donde el futuro, palabras de Francois
Hartog, “no es más un horizonte luminoso hacia el cual se camina, sino una línea de sombras
que hemos puesto en movimiento hacia nosotros”.8 Vivimos una época que extravía la
densidad del tiempo en la simultaneidad de lo inmediato, que combina los tiempos y los
petrifica, que quiere verlo todo, registrarlo todo, acumularlo todo inmovilizándolo en la ficción
de un presente9. De ahí que no tenga claro si la historia nacional es intrínsecamente presentista
o si la lectura que de ella hacemos en esta actualidad responde a las necesidades del presente.
En otras palabras diría que no sé dónde ubicar el momento en que la narrativa de la nación
dejó de anunciar una promesa futura y el futuro se volvió amenazante de tan incierto.
11 De cualquier manera, sea bajo el orden de un tiempo lineal y progresivo o de otro recurrente y
circular, el caso es que se trata siempre de una historia teleológica cuya finalidad se ubica ya
sea al final de la historia o al principio. En cualquier caso,  el presente continuo constituye el
tiempo de la nación y el tiempo de la historiografía moderna, y también el tiempo de la vida
contemporánea.  Y entonces, ante una inminente sensación de asfixia,  hay que preguntarse
¿habrá modo de escapar a esa ficción presentista?

La Conquista
12 Siempre es tentador volver al origen sobre todo cuando se busca un nuevo sentido. Debido a
que guarda la promesa de ser el punto explicativo de todas las cosas, el origen atrae como un
imán. Fascina, y por eso es peligroso, porque en la fascinación se corre el riesgo de quedar
pegado a él, repitiéndolo, actuándolo en cada momento, en cada situación.
13 En la historia nacional la Conquista tiene el estatuto del origen. Aunque esa narración pasa del
México Prehispánico a la Colonia, La Conquista, puede decirse, constituye el parteaguas que
separa dos etapas y dos mundos. Así lo considera Federico Navarrete en un libro de amplia
difusión: “La Conquista española iniciada en 1519 –escribe-, marcó un cambio tan radical en
nuestra historia, que la dividimos en dos grandes periodos alrededor de este acontecimiento: el
prehispánico y el colonial.”10 Pero mucho más que eso, diría, la Conquista constituye el punto
cero de la historia nacional, el punto original que silenciosamente marca el devenir futuro
de los acontecimientos. Su estatuto historiográfico es ambiguo, y no sólo ambiguo, añadiría
Guy Rozat, sino también maléfico. Ambiguo porque no es posible decidir si se trata del inicio
de la nación o del violento fin de una cultura. Maléfico, porque además de funcionar como
“un bloqueo historiográfico” que “impide escribir relatos transparentes  tanto sobre el mundo
que se estaba desbaratando, como el que se estaba construyendo”, no cesamos de repetirlo
involuntariamente11. Como si ese acontecimiento tuviera los efectos de un embrujo, volvemos
siempre a él y lo repetimos sin lograr decir con precisión qué cosa estamos repitiendo. En cada
coyuntura, en cada “crisis”,  lo traemos, creyendo sorprendidos que ha aparecido casualmente
por obra de un  déjà vu.
14 Creo que de esa ambigüedad original se desprende en buena medida el presentismo que le
he adjudicado a “la historia nacional” (vuelvo a las comillas por temor a una naturalización).
Incluso, me parece, la posibilidad de que el presente pueda extenderse hacia el pasado y hacia
el futuro  se debe a que esa historia se funda en un borramiento, es decir, en un silencio que
hace de acontecimiento original algo indecible. Rozat lo explica así: el acontecimiento de la
conquista de México se estructuró alrededor de dos modelos historiográficos: uno, la historia
nacionalista con tendencia liberal ligeramente marxisante de los cuatro tomos de la Historia
General de México publicados en 1976 por El Colegio de México,  reeditados numerosas veces
y convertidos en referencia obligada; y dos, el modelo de la “antropo-historia sentimental”,
 impresionista, psicologizante que jamás negó su doble origen clerical y nacionalista, dirigida

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por Miguel León Portilla y su Visión de los Vencidos en la UNAM. En ambos casos –concluye-
se trata de una antropo-historia en su reducción nacionalista12. Así, resulta que en el primer
modelo no hay ni vencedores ni vencidos, sólo testigos. En palabras de Alejandra Moreno
Toscano:
15  “Limitados por el lenguaje, no podemos recuperar el episodio de la conquista. Dejaremos la
palabra a quienes lo vivieron. La voz de los españoles la llevará Cortés (Cartas de la Relación;)
la voz de los defensores de México se recoge entre los informantes de Sahagún y los redactores
de los Anales de Tlatelolco”13
16 Y en el segundo, Occidente y Quetzalcóatl luchan eternamente en el fondo estático del
escenario. En el primer modelo, el Testimonio ocupa el lugar del Documento,  y en el segundo,
el Cuadro el sitio del Relato. En ninguno de los dos casos hay lugar para una reflexión
historiográfica que cuestione las condiciones de posibilidad de esos testimonios y sus criterios
de verdad. Ambos modelos constituyen relatos míticos de la fundación de la nación; en ambos,
el pasado aparece como la mera proyección de un presente nacionalista en el que no cabe
la idea de la destrucción de las culturas indígenas. De ahí que siempre se prefiera hablar de
derrota militar y nunca de etnocidio.14
17 Es por eso, porque se niega una ambigüedad estructural,  que el relato de la nación puede seguir
las directrices del progreso. En otras palabras, la historia acumulativa es posible por haberse
superpuesto a esa dualidad original. Allí radica la paradoja: por un lado el relato nacional
construye una secuencia progresiva que tiende a silenciar el origen, y por el otro, ese mismo
relato no cesa de girar en círculos alrededor suyo. Como si fuera “un hoyo negro que aspira
toda la energía y la imaginación historiográfica nacional”,15 la Conquista constituye el punto
ciego que pone en cuestión la posibilidad misma de la historia progresiva  obligándola a girar
en círculos.
18 Visto así, la temporalidad de la historia proviene no del mito del progreso sino de la
oscuridad de un vacío que todo lo succiona. Siempre se regresa al mismo punto. Y aunque se
pretenda recubrir con el mito la violencia original, en realidad no se hace más que repetirla
compulsivamente. Quizás de esa oscuridad original provenga la sensación de estar viviendo
en un eterno déjà vu, repitiendo el mismo acto con un ropaje diferente cada vez. Así sucede
que sin darnos mucha cuenta, lo no dicho de la Conquista se incrusta en el presente hasta
convertirse en el síntoma de la identidad colectiva, en la característica fundamental que define
la cultura.16
19 Probablemente de esa repetición proviene la melancolía mítica de la que Bartra quiere que nos
liberemos17. O la melancolía propia del déjà vu y que implica apatía,  fatalismo e  indiferencia
por un devenir que parece prescrito hasta en los detalles; la melancolía de un sujeto convertido
en espectador de sus propias acciones en tanto que éstas forman parte de un guión ya conocido
e invariable (Virno). O la melancolía entendida a la manera de Dominick LaCapra, producto
de un duelo imposible e interminable “en el que cualquier proceso de elaboración del pasado
y sus pérdidas queda forcluido o abortado prematuramente”.

Duelo y melancolía
20 Si lo que busco es el modo de subvertir el tiempo detenido, de la nación, de la historiografía
moderna y de la vida contemporánea, entonces pienso en la escritura de la historia, o
mejor dicho, en su re-escritura. Creo que reescribir sobre la historia nacional, desde sus
ambigüedades, en los límites de cada uno de sus episodios,  en sus lagunas, abre posibilidades
de quebrantar ese orden del tiempo. No importa si en ese trabajo no hacemos más que copiar
de nuevo las líneas generales de la historiografía europea, misma que ha asignado a las
historiografías periféricas   la función de universalizar esa única experiencia histórica18.   Y
digo que no importa puesto que la idea no es proclamar una vuelta a “lo local”, creyendo que
es posible representar a México desde una perspectiva “mexicana” bien demarcada de otra

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Frente a la historia nacional 6

que sería la occidental. Más bien, si se trata de una vuelta a “lo local” es en el sentido de
búsqueda de formas singulares, es decir, del deseo de comprender un fenómeno histórico en
su singularidad, en su unicidad19.
21 De cualquier forma, más que de “lo local”, prefiero el término de “lo personal” para referirme
a un modo de experimentar con formas singulares de acercamiento,  o mejor, a un modo de
habitar íntimamente cierta estructura historiográfica. Prefiero “lo personal” a condición de que
por ello se entienda experimentar con la historia; y lo prefiero sólo si la experiencia tiene que
ver -como escribe Giorgio Agamben-  con la infancia del hombre, con el balbuceo, esto es,
con el límite mismo del lenguaje en tanto que refiere a la diferencia entre lengua y habla, entre
lo humano y lo lingüístico: “En este sentido, experimentar significa necesariamente volver a
acceder a la infancia como patria trascendental de la historia”20.
22 Lo importante para el caso es que la experiencia de la historia, o la experimentación con la
historia, introducen una calidad de tiempo que no es la de la  historia nacional. Ya no se trata
del tiempo del progreso continuo y lineal de la humanidad, ni tampoco el de la circularidad
del mito, sino   el de la discontinuidad, la diferencia, el intervalo que separa el pasado del
presente. Ya no es el tiempo omnipresente de la historia nacional, sino el juego de tiempos
que se disgregan, se bifurcan, se contaponen. Ya no un presente que se proyecta hacia todas
partes, sino una brecha, lugar del presente y lugar también del historiador, alguien que vive en
el presente pero participa activamente en el pasado, alguien que interroga al pasado a la vez
que duda de su propia participación en el pasado.
23 La intervención de esa otra calidad de tiempo introduce en la escritura un segundo movimiento:
por un lado, la escritura copia y re-copia el esquema universal de la historia imperial y
nacionalista, pero por el otro ella se somete a la singularidad intransferible del que escribe. De
un lado el tiempo dual del progreso, y del otro, la diferencia que separa el pasado del presente
y que constituye el lugar del historiador. Aquí es donde creo que la historia se acerca a la
antropología, pero no a esa antropología anclada en el aquí y el ahora, sino otra que Raymundo
Mier identifica con la escritura etnográfica, una escritura que inscribe la extrañeza en el centro
mismo del universo de representaciones que erige, la extrañeza que el otro provoca y en la
que el antropólogo reconoce su propia opacidad. Escribe Mier  “Lo que es posible leer en
ese gesto limítrofe de escritura que es la escritura etnográfica es sólo el despliegue de una
experiencia singular”21
24 Pero ¿y la Conquista? ¿Qué decir de un  acontecimiento indecible?, ¿cómo hablar de esa grieta
a través de la cual el futuro se nos escapa? Necesario es  dejarse llevar por la atracción que
ejerce el origen y reescribir sobre ese acontecimiento, pero no para domesticar la violencia
original sino para reconocer su fuerza, devolverla a su dimensión y asumir que la historia
no es transición sino confrontación y antagonismo. No creo como Federico Navarrete que
“en vez de lamentar las injusticias de nuestro pasado, sería mejor que intentáramos remediar
las de nuestro presente”22, pues ello nos colocaría de nuevo bajo la mirada omnipotente del
presente y su eterna repetición. Pero eso no significa tampoco proclamar un regreso al pasado
y allí fascinarse con el origen y, en una melancolía sin fin,  quedarse adherida a él. Más bien
de lo que se trata es de mirar cómo ese acontecimiento perdura hasta nuestros días, cómo
esa violencia fundacional reaparece en cada episodio, en cada intervalo  y en cada pequeña
historia. Insisto, el origen no es un “hecho” acaecido atrás en el tiempo, sino que constituye
una instancia presente, algo que no ha dejado de acaecer.
25 Por eso, si creemos todavía que la historiografía constituye una forma de elaboración, la re-
escritura  puede convertirse en un modo de combatir la melancolía. Creo posible hacer de las
contradicciones, las lagunas y las ambivalencias el fundamento de una re-escritura, y entonces
combatir el silencio y la indeferencia ante una verdad relevante colectivamente23. Escribir en
la grieta del origen acerca de la manera cómo experimentamos la presencia de lo  que fue
y sigue siendo insoportable, y así traer al presente la memoria dolorosa del país mientras se

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asume la responsabilidad colectiva ante ese crimen primero. Únicamente en la re-escritura


de la historia, en un acto de responsabilidad, en un intento por elaborar el duelo de ese acto
fundacional, si es que algo así es posible, será factible, me parece,  idear futuros posibles.

@notes_fin_numeriques
1 La primera cuarteta de “Los niños mártires de Chapultepec” escrita por Amado Nervo en
1903 dice así: :  “Como renuevos cuyos aliños/un viento helado marchita en flor,/así cayeron
los héroes niños/ ante las balas del invasor”. Remite a la última defensa   que hicieron los
cadetes del Colegio Militar del Castillo de Chapultepec el cual fue bombardeado y asaltado
por el ejército estadounidense en 1847. Al respecto ver el artículo de Enrique Plasencia de
la Parra, “Conmemoración de la hazaña épica de los niños héroes: su origen, desarrollo y
símbolos” en Historia Mexicana, XLV:2, 1995.
2La jaula de la melancolía. Identidad y metamorfosis del mexicano, México, Grijalbo, 1987,
p. 17.
3  Tomado de Michel de Certeau, Historia y psiocoanálisis, México, UIA, Traducción de
Alfonso Mendiola, p. 15.
4La cultura nacional, especie de metadiscurso compuesto por las expresiones mitológicas del
alma nacional que “se van acumulando en la sociedad durante un largo periodo”. Bartra, La
jaula de la melancolía,  p.17.
5  Esta es la tesis que el historiador Guy Rozat sostiene. Ver, por ejemplo, “Repensar
la Conquista hoy”, en Los historiadores y la historia para el siglo XXI, coordinado por
Gumersino Vera Hernández, et. al., México, ENAH, 2006, pp. 89-109.
6Sobre la relación entre historia y antropología ver Clifford Geertz, Reflexiones
antropológicas sobre temas filosóficos, España, Paidós, 2002; ver especialmente “Historia y
antropología”, pp. 82- 102.
7 El recuerdo del presente. Ensayo sobre el tiempo histórico, Argentina, Paidós, 2003.
8 Francois Hartog, “¿El historiador en un mundo presentista? Una propuesta de perspectiva
crítica”, Los historiadores y la historia para el siglo XXI, pp. 89-109.
9  Raymundo Mier, “Etnografías. Las encrucijadas éticas del relativismo” en Versión,
Universidad Autónoma Metropolitana, Xochimilco,  No. 4, abril,  1994, p. 34.
10 La conquista de México, México, CONACULTA, 2000,
11Rozat,  “Repensar la Conquista hoy”, en Los historiadores y la historia para el siglo XXI,
p. 28.
12Ibid., p. 49
13 “El siglo de la Conquista”, Historia General de México, México, El Colegio de México,
1980, p. 4.
14 Ver también La nueva historia mínima de México publicada por El Colegio de México
en el 2004.
15Rozat,  “Repensar la Conquista hoy”, en Los historiadores y la historia para el siglo XXI,
p. 58.
16 Dominick LaCapra, Escribir la historia, escribir el trauma, Buenos Aires, Nueva Visión,
2005, p. 70.
17 Para Bartra la melancolía es el efecto de la oposición pasado-futuro, misma que separa el
mundo agrario del industrial según la antropología clásica.
18 Sería ingenuo creer que, de pronto, con sólo proponérselo, la historia nacional de México,
o de cualquier país latinoamericano, puede modificar el rumbo marcado por Europa, el sujeto
teórico de la disciplina histórica. Por ejemplo, en la historia de México, al igual que en la
europea, escribe Mauricio Tenorio, “se visualiza   un largo lecho de río que va desde esa
Ilustración hasta la década de 1930 cuando la industrialización, la mundialización, la economía
de mercado, las comunicaciones y la política de masas sacan a América “Latina” del XIX”.
Argucias de la historia, Siglo XIX, cultura y “América Latina”, Paidós, 1999, p. 35. Ver
también Partha Chakravarty, “La poscolonialidad y el artilugio de la Historia: ¿Quién habla
en nombre de los pasados “indios”?” en Saurabh Dube (coord.) Pasados coloniales, México,

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Frente a la historia nacional 8

El Colegio de México, 1999; y Gyan Prakash, “Los estudios de la subalternidad como crítica
post-colonial” en Silvia Rivera y Rossana Barragán (comps.) Debates Post Coloniales: una
introducción a los Estudios de la Subalternidad, Bolivia, Ediciones Historia, Aruwiyiri y
SEPHIS, s/a, p. 305.
19  Para Hans-Georg Gadamer éste sería el propósito final del conocimiento histórico. El
problema de la conciencia histórica, Madrid, Tecnos, 2003, p, 50.
20 Giorgio Agamben, Infancia e historia, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2007, p. 74
21 Mier, “Etnografías. Las encrucijadas éticas del relativismo” en Versión, No. 4, p. 20.
22 Ultima párrafo de su libro La Conquista de México, op. cit.
23 Tomado de Mier, “Etnografías. Las encrucijadas éticas del relativismo” en Versión, No.
4, p. 28.

Para citar este artículo


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Frida Gorbach, « Frente a la historia nacional »,  Nuevo Mundo Mundos Nuevos [En línea], Coloquios,
2008, Puesto en línea el 02 enero 2008. URL : http://nuevomundo.revues.org/13952

@apropos
Frida Gorbach
Universidad Autónoma Metropolitana,  Xochimilco

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Abstract / Resumen

 
It seems we all know the meaning of the term “national history”, but in practice this concept
of is easily confused with that of “national culture”, and also with the memory of the past.
Moreover, to this confusion we should add another one which arises from a double condition:
at the same time, “national history” belongs to a collective and to an individual domain; it
constitutes a narrative of individual identity insofar it makes us confronts our own history, and
also represents a narration of a collective identity, to the degree it fixes a set of values in time.
This work is an attempt to think over the concept of “national history” from the perspective of
a single focus and seeking for a more intimate way of inhabiting that historiographic structure.
I am convinced that looking at history from a singular perspective, repeating it from within
oneself, and appropriating it while allowing one’s writings to be affected by doubts, memories
and experiences, constitutes a way to lightened the burden of myth, destabilizing thus the
fixedness of national narratives, to figure out, thereafter, a different future.</<br />Keywords :
  temporality, repetition, progress, history, experience

 
Al parecer todos sabemos de qué estamos hablando cuando decimos “historia nacional”,
pero sucede en realidad que fácilmente   “la historia nacional” se   nos confunde   con la
“cultura nacional” y luego con la memoria del pasado. Además, a esa confusión hay que
agregar otra que proviene de un doble estatuto: en un mismo tiempo la historia nacional
constituye un territorio común y un territorio propio; constituye una narración de la identidad
individual en tanto que nos enfrenta con nuestra propia historia, y también una narración
de la identidad colectiva en la medida en que fija en el tiempo una serie de valores. Lo
que presento a continuación es un intento por reflexionar alrededor de “la historia nacional”

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Frente a la historia nacional 9

desde la singularidad de un enfoque y desde la búsqueda de un modo más próximo de habitar


esa estructura historiográfica. Y es que estoy convencida de que mirar la historia desde una
perspectiva singular, repetirla desde uno mismo, apropiársela dejando que la escritura sea
afectada por la duda, el recuerdo y la vivencia, es una manera de aligerar el peso del mito,
desestabilizar la fijeza de la narrativa nacional y entonces idear,  quizás, un futuro diferente.
Palabras claves :  temporalidad, repetición, progreso
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