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Capitalismo Y Crisis: Dominación Capitalista

Curso:

Visión Contemporánea Del Perú Y El Mundo

Profesor:

Zozimo Dominguez Morante

Integrantes:

Cordova Peña Yosvina Duveyni

Fiestas Marcelo Claudina Del Socorro

Gonzales Ramos Walter Joel

Hernández Rosado Enrique Eduardo

Morales Carreño Delia Maribel

Villareal Huanca Ruth Katherine

Ciclo:


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PRESENTACION:

En el presente informe no solo nos centraremos

en bridar información sobre como surgió el

capitalismo en como actúa o como es que se ha

mantenido durante largo tiempo, sino que también a

lo largo del informe realizaremos un análisis y

critica bajo nuestro punto de vista.


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INTRODUCCION:

A lo largo del trabajo analizaremos un tema de mucha controversia en los

ciudadanos, algunas a favor otras en contra, el capitalismo y su papel que hiso y

sigue haciendo en partes del mundo a lo largo de la historia. En el punto uno

analizaremos al capitalismo enfocándonos en una frase breve “ La clase

capitalista consigue sus ingresos a costa de otros...”, en el punto numero dos

analizamos al sistema capitalista y su modo de regulación, después de esto

veremos bajo el punto de vista critico como el capitalismo genera el

subconsumo y la superproducción, Existiendo un remedio para ese mal endémico

que es la depresión y la crisis: LA GUERRA. Seguidamente analizaremos

diferentes puntos que les brindara ideas de porque el capitalismo es ineficaz y

despilfarrador de recursos. Finalmente le mostraremos argumentos que favorecen

al capitalismo.

Todo son argumentos basados en la realidad al largo de la historia, si el lector

está a favor o en contra, lo dejamos bajo su criterio.


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DOMINACIÓN CAPITALISTA

1. EL CAPITALISMO EN SU MÁXIMO ESPLENDOR:

“…A Costa De Otros…”

Con independencia de que sean ricos o pobres, fuertes o débiles, blancos, negros, amarillos

o mestizos, todo el mundo debe producir y distribuirse las cosas que necesita para garantizar

su vida. El sistema de producción y distribución vigente en los Estados Unidos se denomina

capitalismo. En la mayor parte de los países del mundo rige el mismo sistema. Para producir y

distribuir los alimentos, los vestidos, la vivienda, los automóviles, los aparatos de radio, los

periódicos, las medicinas, las escuelas, esto, aquello y lo de más allá, se requieren dos medios

esenciales:

a. Tierras, minas, materias primas, maquinaria, fábricas… es decir, lo que los

economistas denominan “medios de producción”.

b. Fuerza de trabajo, o sea, trabajadores que empleen su fuerza y su destreza sobre los

medios de producción a fin de obtener los bienes que se necesitan.

En los países capitalistas, los medios de producción no son de propiedad pública. La tierra,

las materias primas, las fábricas, la maquinaria, pertenecen a individuos particulares, a los

capitalistas. Es éste un hecho que reviste una importancia tremenda, ya que el poseer o no

poseer los medios de producción determina la posición de cada uno en la sociedad. Si se

pertenece al pequeño grupo de propietarios de los medios de producción -la clase capitalista-

se puede vivir sin trabajar. Si, por el contrario, se pertenece al amplio grupo que no posee los

medios de producción -la clase trabajadora- se ha de trabajar necesariamente para vivir. Una

clase vive de la propiedad; la otra clase vive de su trabajo. La clase capitalista consigue sus

ingresos empleando a otros que trabajan para ella; la clase trabajadora obtiene sus ingresos en
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forma de salarios mediante el trabajo que realiza para el capitalista. Dado que el trabajo es

esencial en orden a producir los bienes que necesitamos para garantizar nuestra existencia, lo

lógico sería que aquellos que realizan el trabajo -la clase trabajadora- se viesen ampliamente

recompensados. Y, sin embargo, no ocurre así. En la sociedad capitalista los trabajadores no

son los que más poseen. El beneficio constituye el mecanismo que hace funcionar la sociedad

capitalista. El hombre de negocios inteligente es aquel que paga el mínimo posible por lo que

adquiere y recibe el máximo posible por lo que vende. El primer paso en el camino de los

grandes beneficios consiste en reducir los gastos. Uno de los gastos de la producción es el

salario que se paga a los trabajadores. Por ello, el capitalista está interesado en pagar los

salarios más bajos posibles. Y, de idéntica forma, está interesado, asimismo, en obtener la

mayor cantidad de trabajo posible de los trabajadores que de él dependen. Los intereses de los

propietarios de los medios de producción, y los de los hombres que trabajan para ellos, están

en contradicción. Para los capitalistas, la propiedad ocupa el primer lugar y la humanidad el

segundo; para los trabajadores, la humanidad -ellos mismos- ocupa el primer lugar, y la

propiedad el segundo. Ésta es la razón por la que en la sociedad capitalista existe siempre

conflicto entre las dos clases. Ambos bandos de la lucha de clases actúan de la forma en que

actúan porque no tienen más remedio que hacerlo así. El capitalista debe intentar conseguir

beneficios para seguir siendo un capitalista. El trabajador debe intentar obtener salarios

decentes para seguir viviendo. Cada uno de ellos puede triunfar, exclusivamente, a costa del

otro. Toda la palabrería existente acerca de la “armonía” entre capital y trabajo es un puro

disparate. En la sociedad capitalista no puede haber tal armonía porque lo que es bueno para

una clase es malo para la otra, y viceversa. Por lo tanto, la relación que debe existir en la

sociedad capitalista entre los propietarios de los medios de producción y los trabajadores es la

misma que existe entre el bisturí y el cáncer.

2. DEL FORDISMO AL POSTFORDISMO: SISTEMA CAPITALISTA Y


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MODOS DE REGULACIÓN.

Cuando hoy se habla de relaciones laborales subjetivadas se está presuponiendo que ha

tenido lugar un cambio en el mundo del trabajo que se presenta asociado a un nuevo modo de

regulación del sistema capitalista: la reorganización del trabajo sería un elemento clave de ese

paso de un modo de regulación a otro. Si nos fijamos en el marco general, las diferencias

constatables en las estrategias más significativas para la reproducción del capital y los

regímenes de dominación o política de clases, así como las que afectan a la cultura y al saber,

ha llevado a la teoría de la regulación a distinguir entre cuatro variantes de capitalismo: el pre-

industrial estamental, el liberal-industrial, el fordista y el posfordista neoliberal.

La teoría de la regulación señala como elementos más importantes de la formación

postfordista neoliberal, entre otros, el predominio de la ideología de la desregulación,

liberalización y privatización, que pretende dejar libres a las fuerzas del mercado y elevar la

competitividad a principio supremo, la creación de mercados de capitales y financieros a

escala global, el desarrollo de redes de producción transnacional, nuevas formas de trabajo

basadas en las nuevas tecnologías, la extensión e intensificación de la penetración capitalista

de la sociedad, la mercantilización y configuración tecnológica de amplias áreas del trabajo,

de la cotidianidad, del medio ambiente y, finalmente, del cuerpo y el psiquismo de los

individuos, la reestructuración del Estado del Bienestar en un Estado competitivo, la

reorganización de las relaciones de clase y de género, así como la fragmentación de la

sociedad. En todo este proceso, la incorporación de los grupos sociales más importantes a un

compromiso de clases en el nuevo centro‟ (con la consiguiente marginación de los grupos

más débiles) habría permitido que la hegemonía del neoliberalismo, ciertamente no exenta de

contestación, se haya apoyado en una amplia base social.


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Sin embargo, no faltan quienes consideran insuficiente esta teoría del nuevo modo de

regulación neoliberal del capitalismo. Según estos críticos ninguna coalición de grupos

sociales ha conseguido ofrecer una forma de regulación alternativa al régimen de acumulación

fordista todavía en curso. No han podido canalizarse ni controlarse las tendencias a las crisis,

ni tampoco reconciliar las contradicciones de modo congruente con el sistema. En este

sentido, la situación actual habría que verla como la prolongación de la crisis del fordismo,

cuyos mecanismos de regulación se han erosionado, sin que hayan podido establecerse otros

nuevos. Como prueba de esta visión se apela al fracaso del bloque neoliberal, a las

prolongadas crisis financieras, a la pervivencia de diferentes modelos de organización del

trabajo, a la falta de unidad de los intentos de regulación, a la ausencia de claridad sobre el

nivel primario de regulación (nacional, supranacional, global), a la escasa rentabilidad y al

escaso crecimiento de la economía. Estos fenómenos indicarían que seguimos encontrándonos

en una fase de transición

Tanto si damos crédito a la teoría de regulación como si no, ciertamente la puesta en

práctica del programa neoliberal ha llevado a una reestructuración de la sociedad del trabajo

asalariado que había encontrado cumplimiento bajo las condiciones ofrecidas por el Fordismo

en la primera mitad del siglo XX. Las transformaciones del modelo empresarial y el

progresivo debilitamiento de los logros del Estado social han conducido a una gran

transformación del sistema laboral y de la estructura de clases de la sociedad industrial

(empresarios, cuellos blancos, cuellos azules). Una de las consecuencias más significativas ha

sido la generación de una economía dividida, en la que el sector de las relaciones laborales

normalizadas es sometido de modo creciente a la presión por un ámbito laboral sin demasiada

protección y marginalizado (donde se incorpora la mayoría de la población inmigrante, los

jóvenes, las mujeres, etc.). Pero no se ha quedado en esta generación de una “subclase” de

constitución reciente conocida como “working poor”, sino que también se han producido
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pérdidas de ingresos y empeoramiento en el régimen de trabajo y en el estatus social, que

poco a poco van incluyendo a la mayoría de los asalariados. Otra de las consecuencias más

importantes ha sido la transformación del sistema laboral de la que pretende dar cuenta la

teoría de la subjetivación del trabajo.

3. CRISIS Y DEPRESIÓN

La mala distribución- de la renta revelan la debilidad básica del sistema capitalista en su

aspecto económico. Los ingresos de las masas populares son generalmente demasiado

reducidos como para poder consumir íntegro el producto de la industria. Por el contrario, los

ingresos de los ricos son generalmente demasiado elevados como para ser invertidos

ventajosamente en un mercado tan limitado por la pobreza de la mayoría.

La mayor parte de la población, aun teniendo deseos de comprar, no dispone de dinero para

hacerlo. Los pocos que lo tienen, poseen tanto que no les es posible gastarlo en su totalidad.

La expansión de la industria ha dado un salto vertiginoso; la expansión del poder adquisitivo

del consumidor se ha arrastrado a paso de tortuga. El problema de la producción masiva está

resuelto; el problema de la venta masiva de los bienes producidos no está resuelto. Los bienes

producidos tendrían salida si se partiese de las necesidades de los trabajadores; no la tienen,

en cambio, si se parte de su capacidad para pagar los bienes que necesitan. El resultado es

toda esa serie de colapsos periódicos del sistema que se conocen con el nombre de crisis y

depresión. Para conseguir beneficios, el capitalista debe pagar lo menos posible a sus obreros.

Para vender sus productos, el capitalista debe pagar lo más posible a sus obreros. No puede

hacer ambas cosas al mismo tiempo. Los bajos salarios hacen posibles los elevados

beneficios, pero, al mismo tiempo hacen imposibles tales beneficios, ya que reducen la

demanda de bienes. Contradicción insoluble. Dentro de la estructura del sistema capitalista no


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hay salida posible. Las depresiones son necesarias. Tras la crisis de 1929, parecía como si los

Estados Unidos hubiesen dejado atrás para siempre el período en que el capitalismo era

todavía capaz de expansionarse. El principal problema al que habían de enfrentarse en lo

sucesivo no era el de generar la expansión, sino el de reducir la contracción al mínimo

posible. La gente quería trabajo, pero sus posibilidades de conseguirlo eran muy reducidas. En

opinión de J. M. Keynes, el célebre economista inglés, «la experiencia demuestra que el pleno

empleo, e incluso un nivel próximo al mismo, son excepcionales y, en todo caso, de corta

duración». No obstante, existía un medio para que el sistema capitalista pudiese proporcionar

el trabajo necesario. Existía un medio de poder superar los efectos paralizantes del

capitalismo, es decir, el subconsumo y la superproducción, un medio capaz de garantizar que

todo lo que se produjera podía venderse con beneficio. Existía un remedio para ese mal

endémico del capitalismo que es la depresión y la crisis: LA GUERRA. A partir de 1929 se

impuso la idea de que sólo preparando y dirigiendo una guerra podía funcionar el sistema

capitalista de forma que garantizase el pleno empleo a hombres, materias primas, maquinaria

y dinero.

4. ¡EL CAPITALISMO ES INEFICAZ Y DESPILFARRADOR DE RECURSOS¡?

El aumento de la capacidad del hombre para producir debería haberse traducido en una

abolición de las necesidades y de la pobreza. Sin embargo, no ha sido éste el resultado, ni

siquiera en los Estados Unidos, el país capitalista más poderoso, más rico y más productivo

del mundo. En los Estados Unidos, al igual que ocurre en todos los demás países capitalistas,

existe el hambre en medio de la opulencia, la escasez en medio de la abundancia, la

indigencia en medio de la riqueza. Tiene que haber por fuerza algo que no marcha bien en un

sistema económico que se caracteriza por tales contradicciones. Y existe algo que no marcha

bien. El sistema capitalista es ineficaz y despilfarrador de recursos, irracional e injusto. Es

ineficaz y despilfarrador porque, incluso en los años en que funciona a la máxima potencia,
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una quinta parte de su mecanismo productivo permanece sin utilizar. Es ineficaz y

despilfarrador de recursos porque sufre crisis periódicas, y, cuando esto ocurre, ya no es sólo

la quinta parte, sino incluso la mitad de la capacidad productiva la que permanece ociosa.

Según la Brookings Institution, «en el punto más elevado del período de expansión y

prosperidad, el total de capacidad no utilizada fue, expresado en términos generales,

aproximadamente del 20 por ciento. En los períodos de depresión, dicho porcentaje sufre un

enorme incremento, hasta alcanzar un 50 por ciento en la actual (1930) depresión». Es

ineficaz y despilfarrador de recursos porque no es capaz de suministrar una ocupación útil a

todos aquellos que deseen trabajar, al tiempo que permite que miles de personas capacitadas

física e intelectualmente vivan del trabajo ajeno. Es ineficaz y despilfarrador en el empleo de

un sinnúmero de agentes de publicidad, agentes comerciales, representantes, promotores de

ventas y otros similares, destinados, no a la producción y distribución de bienes, como sería

lógico, sino a una insensata competencia para arrebatarse los clientes entre sí, de forma que

éstos compren una mercancía a la Compañía A en lugar de adquirir esa misma mercancía a la

Compañía B o a las Compañías C, D, E o F. Es ineficaz y despilfarrador de recursos al

destinar una gran parte de éstos y de los hombres a la producción de los artículos de lujo más

extravagantes, al tiempo que renuncia a producir muchos bienes de auténtica necesidad para

la vida de todos. Es ineficaz y despilfarrador de recursos, ya que, al perseguir, ante todo, el

aumento de precios y la rentabilidad en lugar de la satisfacción de las necesidades humanas,

permite la destrucción deliberada de cosechas y bienes de todo tipo. Por último, es ineficaz y

despilfarrador de recursos, porque conduce periódicamente a la guerra, ese mal diabólico que

destruye sin piedad todo lo que de bueno hay en la vida, y la vida misma. Esta ineficacia y

este despilfarro no son un simple abuso susceptible de corregirse, sino que constituyen una

parte consustancial del sistema capitalista, que continuará indefectiblemente en tanto perdure

el sistema.
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Durante la depresión que tuvo lugar en los Estados Unidos en la década de los treinta, hubo

años en que la cuarta parte de los trabajadores en condiciones de trabajar y deseosos de

hacerlo no podían encontrar empleo, viéndose sumidos en la miseria, dependiendo del seguro

de desempleo o colocándose en los trabajos de obras públicas emprendidos por el Gobierno

para mitigar el paro. Hombres, mujeres y niños se apiñaban en largas colas en todas las

ciudades. La magnitud de semejante derroche de fuerza de trabajo queda esbozada en la

siguiente imagen que deberíamos retener para siempre en nuestra memoria: “Si los once

millones de hombres y mujeres sin trabajo se alinearan en fila india de forma que cada uno de

ellos, con el brazo extendido, apoyase la mano sobre el hombro del que tiene delante, dicha

cola se extendería nada menos que desde Nueva York hasta San Francisco, pasando por

Chicago, San Luis y Salt Lake City. Y no es eso todo, sino que, dando la vuelta, regresaría al

punto de partida: es decir, ocuparía dos veces la anchura de todo el continente americano”. Y

mientras todos estos millones de seres humanos miserables necesitaban imperiosamente una

oportunidad de hacer valer su talento y sus energías a fin de poder afrontar las más vitales

necesidades, otros hombres y mujeres más favorecidos, que nunca habían sabido ni tenían

ganas de saber lo que era el trabajo, vivían rodeados de lujo y comodidades por el mero hecho

de ser los propietarios de los medios de producción. Y si podían vivir en una descarada

ociosidad era porque el sistema capitalista está hecho de forma que les permitía percibir

ingresos por el mero hecho de ser propietarios de acciones en empresas de las que, en muchas

ocasiones, ni siquiera habían oído hablar. La pobreza de la mayoría que quería un trabajo y no

podía encontrarlo se volvía doblemente humillante en razón de la riqueza de una minoría que

percibía dividendos sin necesidad de trabajar.

Enfrentado a la paradoja de la pobreza en medio de la abundancia, el sistema capitalista

descubre un plan para zanjar el problema. Dicho plan consiste sencillamente en suprimir la

abundancia. Esta aparente insensatez no es tan descabellada, tratándose del sistema


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capitalista, como pudiera parecer en un principio. En un sistema económico cuyo fin no

consiste en suministrar al pueblo las patatas, el café, la leche y la fruta que necesita, sino,

única y exclusivamente, en conseguir los precios y los beneficios más elevados posible, la

restricción de la oferta constituye a veces la forma de alcanzar su objetivo. Pero ello no

justifica los medios empleados; únicamente viene a confirmar que el sistema capitalista es,

por su propia naturaleza, ineficaz y derrochador de recursos. El mayor despilfarro del

capitalismo es la guerra. La plena producción de bienes, que al sistema capitalista no le es

posible alcanzar durante las épocas de paz, se logra, en cambio, con la guerra. Entonces y sólo

entonces puede el sistema capitalista resolver el problema del pleno empleo de hombres,

materias primas, maquinaria y dinero. ¿Con qué fin? Con el de una destrucción total. La

destrucción de los sueños, esperanzas y vidas de millones de seres humanos; la destrucción de

miles de escuelas, hospitales, fábricas, ferrocarriles, puentes, puertos, minas, centrales

eléctricas; la destrucción de miles y miles de kilómetros cuadrados de cultivos y de bosques.

No puede llevarse un registro contable de las agonías de los heridos, los sufrimientos de los

inválidos y mutilados, la ausencia de los muertos. Pero sí podemos saber cuánto cuesta una

guerra en términos de dinero. Sí podemos saber la magnitud del despilfarro, medida en

dólares y centavos. Y esta imagen de muestra de forma diáfana como el cristal que el mayor

despilfarro del capitalismo es la guerra. La primera guerra mundial costó 200.000 millones de

dólares. En 1935, los autores de Rich man, poor man [«Rico y pobre»] idearon un término

comparativo de medición que es el siguiente: «Esta cifra bastaría para suministrar una casa de

3.000 dólares [en dinero de antes de la inflación] y un terreno a todas las familias de los

Estados Unidos, Inglaterra, Bélgica, Francia, Austria, Hungría, Alemania e Italia. “Asimismo,

con ese dinero, podría funcionar la totalidad de los hospitales de los Estados Unidos durante

200 años. Podrían pagarse todos los gastos de las escuelas públicas norteamericanas durante

80 años. O, dicho de otra forma, suponiendo que 2.150 obreros trabajasen durante 40 años
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con un salario anual de 2.500 dólares cada uno, sus ingresos totales al cabo de este tiempo

serían suficientes para costear... ¡un solo día de la guerra mundial!» El coste de la segunda

guerra mundial fue cinco veces superior. Nada ilustra, mejor que la guerra, el despilfarro que

supone el sistema capitalista.

5. ARGUMENTO A FAVOR DEL CAPITALISMO.

Los defensores del capitalismo, entendido como un sistema basado en la propiedad privada,

en el juego de la oferta y la demanda y en la iniciativa empresarial, hacen hincapié en la

eficiencia y la racionalidad del proceso de desarrollo capitalista. A su entender, los intereses

privados se corresponden con el bien de todos, y el nivel de vida de la población puede

mejorarse mediante los avances que trae la competencia entre las empresas. La distribución

basada en las leyes del mercado es más o menos justa, ya que se supone que las personas

obtienen ingresos proporcionales a sus contribuciones productivas. Se considera que el

socialismo es económicamente irracional e ineficiente, ya que destruye las bases de la "buena

economía". Además, es contrario no sólo a la libertad económica sino también a la política.

Teóricos y políticos han puesto gran énfasis en la habilidad que tiene el capitalismo para

promover el crecimiento económico, tal como se mide por el Producto Interno Bruto (PIB),

así como de la calidad de vida. Este argumento fue medular, ante la propuesta de Adam Smith

de dejar que el libre mercado controle los niveles de producción y de precio, y distribuya los

recursos.

Así también sostienen que el rápido y consistente crecimiento de los indicadores económicos

mundiales desde la revolución industrial se debe al surgimiento del capitalismo moderno. A

pesar de que las mediciones no son idénticas, aquellos que están a favor argumentan que

incrementar el PIB (per cápita) ha demostrado en la práctica una mejora en la calidad de vida

de las personas, así como una mejor disponibilidad de alimentos, vivienda, vestimenta,
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atención médica, reducción en las horas de trabajo, y la libertad de trabajo para niños y

ancianos.

También afirman que una economía capitalista brinda más oportunidades a los individuos de

acrecentar sus ingresos a través de nuevas profesiones o negocios que otras formas de

economía por ejemplo en las sociedades feudales, en las salvajes o socialistas. Defensores del

capitalismo entre ellos Adam Smith, Benjamín Franklin y de los más modernos Ludwig von

Mises y Friedrich Hayek que afirman que este sistema puede organizarse a si mismo como un

sistema complejo sin necesidad de un mecanismo de planeamiento o guía externa. A este

fenómeno se le llama laissez faire. En un proceso de este tipo el buscar ganancias es el punto

más importante. A partir de las transacciones entre compradores y vendedores emerge un

sistema de precios, y los precios surgen como una señal de cuáles son las urgencias y

necesidades insatisfechas de las personas. La promesa de ganancias les da a los

emprendedores el estímulo para usar su conocimiento y recursos para satisfacer esas

necesidades. De tal manera que las actividades de millones de personas, cada una buscando su

propio interés, se coordinan y complementan entre sí para lograr un fin determinado.

Este sistema de coordinación, que se muestra como descentralizado, es contemplado por los

defensores del capitalismo como una de sus mayores fortalezas. Su argumento es que permite

probar muchas soluciones además dicen que la competencia que existe en el mundo real

generalmente encuentra una buena respuesta a los desafíos que se les presenten. Describen

que la planificación central frecuentemente selecciona soluciones inapropiadas como

resultado de predicciones equivocadas. Sin embargo, en todas las economías modernas

existentes, el estado conduce algún grado de planeamiento centralizado de la economía

(usando tales herramientas, como permitir que el banco central del país establezca las tasas de

interés base), evidentemente como un esfuerzo para mejorar la eficiencia, disminuir la

inestabilidad cíclica, y buscar ciertos beneficios sociales específicos.


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Algunos defensores del capitalismo que siguen la Escuela Austriaca de Economía objetan que

hasta este control limitado crea ineficiencias ya que no se pueden predecir actividades de

largo plazo en la economía. Desde la Escuela Monetarista el economista Milton Friedman ha

argumentado que la Gran Depresión de la década de 1930 fue causada por políticas

equivocadas de la Reserva Federal de Estados Unidos.

Bibliografía:

 Libro “Análisis Y Crítica Del Capitalismo”-Leo

Huberman:1903-1968. Escritor Político Norteamericano.

 Artículo “Subjetivación Del Trabajo: Dominación Capitalista

Y Sufrimiento”-José A. Zamora.

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