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ganz1912

Conocer
GOETHE
y su obra

Eugenio Trías

DO PESA
ganz1912
Ind ice

lnt1od11n"iú11 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . • . t)
( :, cinolngia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 11
( ;< >< tlw en E~pa i\a . . • • . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 15
El gran l'l!oí-.ia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . '2i
t·:I hunkrata . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . '27
El c·n lt-rmo <le indt•<·isiérn . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 51
l:J cínico . . . . . . . . • . . . . . . . . . . . . . . . • . . . . . . . . ()~1
El .1r1ifit'<' dt· sí 111i-.111n . . . . . . . . . . . . . . . . • . . . . . 7~,
Epilogo. l lt·gel. Cot·llw ,. los rnm:inticos ....... IOJ
Bihliogrn tia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . l 21i

Colección dirigida por Higinio Clotas


© Eugenio Trias
Cubierta: fatudio Grnfico Gccst-H•wcrstad
DOPESA
Cardenal Reig, s/n.•
Teléfono: 3342tXXl
Barcclona-28
Depó:.ito Legal: B.1776-1980
I.S.8.N.: 84.7235-442-3
Primera edición: Mayo, 1980
Printed in Spain
Imprc'o en España
Impreso en Jngemcsa. Cardenal Reig, s/n.• Barcclona-28
9

Introducción

No puede decirse que entre nuestros contemporáneos


goce Goethe de un especial favor, sobre todo si se le
compara con otros coetáneos y compatriotas como Hol-
derlin y Hegel. Pocos son los escritores, ensayistas o
estudiosos que se interesen verdaderamente p<>r este
misterioso personaje y p<>r su obra imponente. Me re-
fiero a un interés verdadero y vivo, pues nunca faltan
los comentadores, los exégetas o los hagiógrafos que
nutren su penuria de ideas en el saqueo de algún mons-
truo sagrado. Y eso fue durante demasiado tiempo Goe-
the y aún lo es quizá para muchos, de manera que el
acceso a él sufre una penosa mediación que sólo con
tiento, con paciencia, con seriedad y sobre todo con
amistad puede suplirse. Pues con ningún escritor del
pasado se requiere quizá como con Goethe el cultivo
de estas virtudes, ya q~ entre nosotros y él median
demasiados obstdculos. Algunos imputables a los ras-
gos externos de su biografía y hasta de su rostro (esa
sonrisa amarga tantas veces señalada que concede a su
expresión un aire poco simpático). Otros al cruel des-
tino de est~ escritor y educador: haberse convertido en
oráculo viviente de todo orden de filisteísmos, a tra-
vés del más deleznable saqueo de «frases célebres» sa-
cadas de contexto que presenta quizá la historia de la
literatura. Triste destino de quien quiso ser clásico, de
quien de hecho fue el último de los clásicos.
En España, ~n el yenno cultural de la postguerra,
apenas puede ~orprendernos que el interés por Goethe
sea prácticamente nulo, si se exceptúa el magnífico en-
1nt md ucci6n
10 11

sayo de Sa.cristdn, que tendremos ocasi.ón de discutir Cronología


en estas pdginas. Anteriormente habi.a escrito Ortega y
Gasset su célebre Goethe desde dentro, lo que podia
haber significado un toque de atención sobre el inlerés
real de este escritor. Pero no es casual que en ambos
casos la figura de Goethe experimente un duro trata-
miento. Ante el tribunal de la Razón vital, Goethe pre-
senta la figura del hombre que huye de si mismo, de
su destino, que es ser escritor. Ante el tribunal de la
verdad social aparece la figura d~l cínico que asume, o
sabiendas de lo que hace, una postura reactiva ante
procesos históricos y sociales que conoce perfectamen- 1749. El 28 de agosto nace Johann Wolfgang Goethe,
te. Inautenticidad, cinismo: tal parece ser el veredicto en Francfurt, sobre el Main, hijo de Johann Kas-
que, desde nuestras latitudes, pronuncian dos de las par Goethe y Katharina Elisabeth Texter. Este
cabezas mds autorizadas del estamento intelectual. matrimonio había tenido varios hijos que murie-
Si acudimos ahora a escritores, ensayistas, estudio- ron de corta edad. Sólo sobrevivieron J ohann
sos que han sido para quienes, como yo, nacimos ha- Wolfgang y su hermana Cornelia-Federica-Cristia-
cia los cuarenta, educadores o propiciadores, hallamos na. Goethe comienza su obra autobiográfica, Poe-
algo bastante similar. Hago un recorrido mental, de sla y Verdad, dando su propio horóscopo: «El
memoria, y me acuden unas pdginas de Eliott en las sol estaba entonces en el signo zodiacal de la
que se consigue llenarlas sin decir nada sustancioso, Virgen, y culminaba _aquel día; Júpiter y Venus
aunque dejando traslucir, como bien ha señalado Cer- mirábanse con buenos ojos; Mercurio no se mos-
nuda, cierta reticencia sobre nuestro personaje. Los en- traba adusto; Saturno y Marte mantenfanse neu-
comiables esfuerzos de Thomas Mann por presentar a trales; sólo la Luna, que acababa justamente de
Goet he como modelo a seguir por los alemanes son, entrar en su pleno, hacía valer la fuerza de su
por otra parte, esfuerzos desesperados. Hay también contrafulgor, tanto más cuanto que estaba em-
un trabajo de Lacan en el que se hace un andlisis de la pezando su hora planetaria y hasta que no pasa·
monografía de Freud sobre «el hombre de los lobos•, se ésta resultaba comprometido mi nacimiento.•
la cual termina con un interesante intento de interpre- 1765. Comienza la estancia en Leipzig, en cuya univer-
tación de algunos pasajes de Poesía y Verdad. Uega- sidad estudia derecho.
mos así a completar el veredicto: cinismo, inautentici- 1770. Estancia en Estrasburgo. Conocimiento y amis-
dad, neurosis obsesiva. tad con Herder. Lectura de Rousseau. Amores
Queda, quizd, como pieza inestimable, esa pequeña frustrados con Federica Brion en Sesenheim.
maravilla exegética que es el estudio de Walter Benja- 1771. Goethe ejerce como abogado en su ciudad natal.
min sobre Las afinidades electivas. Escribe el Gotz von Berlichingen.
Queda, desde luego, una ingente bibliografia. Pero 1772. Conocimiento y enamoramiento de Carlota Kest-
bastan estas escasas, aunque valiosas, referencias para ner, creación del Werther.
iniciar algo eqilipados esta pequeña singladura en tor- 1773. Conocimiento y amistad con Lavater y con Ja-
no a la estatuaria figura del consejero del príncipe de cobi.
Weimar. 1774. Amores (desgraciados) con LiH Schonemann.
( 'ronoloe;ín
l2 13
de Goethe con la enigmática frase •Vous étes un
1775. Amistad con eJ gran duque Carlos Augusto. Co-
mienza su estancia en Weimar. Comienzan los homme! ... •
cdiez años• de estancia en el ducado en calidad 1809. Aparece la novela Las afinidades electivas.
de consejero áulico. Amores con Carlota von 1810. Comienza a trabajar en la segunda parte del Wil-
Stein. lzelm Meister, los años de aprendizaje.
1812. Encuentro de Goethe y Beethoven en Teplitz.
1776. Es nombrado consejero áulico, en el ducado.
1814. Gestación del Diván de Oriente y Occidente, que
1.779. Es nombrado consejero mayor.
-786. Viaje a Italia y cambio de rumbo estético: del se publicará en 1818.
período Sturm und Drang al clasicismo. Doble 1816. Muerte de Cristiana Vulpius, la mujer de Goethe.
versión de Ifigenia. Concepción y creación del 1817. Boda del hijo de Goethe, Julio Augusto con Otilia
Torquato Tasso y de las Elegías romanas. von Pogwisch.
1788. Amores con Cristiana Vulpius, con quien termi- 1821. Ultimo idilio de Goethe, a la sazón abuelo, con
nará casándose. Ruptura con Carlota von Stein. Ulrica von Levetzov, en Marienbad.
1788. Se inicia la relación, que será distante durante 1832. 22 de marzo. Muerte de Goethe. En sus últimos
seis años, entre Goethe y Schiller. Goethe, desde aftos puso fin a su obra maestra, la segunda par-
su vuelta de llalia, se distancia de la corte. In- te del Fausto.
tensifica su actividad científica.
1790. Goethe es nombrado inspector general de todos
los establecimientos de artes y ciencias de Wei-
mar. Publicación de la primera parte del Fausto.
1791. Goethe dirige el recién creado Teatro de la Corte.
1794. El librero Cotta encarga a Schiller la creación de
una revista literaria, cLas Horas•, en la que co-
laborará con Goethe. Inicio de la amistad y de
la colaboración literaria y estética entre Goethe
y Schiller. Primeras cartas entre ellos. Goethe se
distancia de Herder.
1796. Redacción definitiva de Los años de aprendizaje
de Wilhelm Meister, obra que Goethe venía tra-
bajando desde 1777. Influencia de los comenta-
rios críticos de Schiller sobre la redacción defi-
nitiva.
1792. La guerra de Francia con Alemania. Goethe se
pronuncia contra la revolución francesa.
1805. Muerte de Schiller.
1806. Derrota de Alemania, tras la batalla de Jena, por
Napoleón.
1808. Encuentro de Napoleón con Goethe. Hablan del
Werther (obra que habfa leido con entusiasmo
el general en su juventud). Napoleón se despide
C:mnolol(Í.1
15

Goethe en España

1
Antes de entrar en la vida y en la obra de Goethe, con·
viene explicitar desde dónde se contempla al contem·
piado. Y doy a la preposición «donde" su más estricto
sentido geográfico. Soy español y el libro que ahora
comienzo está dirigido a lectores españoles o hispano-
parlantes. Por consiguiente, convendrá destacar, antes
que nada, este lugar que es España como punto de
partida de la presente reflexión. Lugar trascendental,
si así quiere decirse, desde el cual pueden crearse cuan-
tas dispersiones se deseen, pero lugar al cabo, asegu-
rado por una comunidad territorial, una comunidad
erótica, una comunidad de intereses y una comuni-
dad cuJtural. Pero no quisiera desviarme del asunto al
que pienso referirme: la actitud de España y los es-
pañoles ante el presente encuestado y biografiado. ¿Qué
recepción ha tenido Goethe en España? ¿Qué juicios,
qué emociones, cuántos aplausos y silbidos ha logrado
arrancar? Preguntas éstas que no podrán ser contes-
tadas meticulosamente, pero que servirán de punto de
apoyo para que el discurso nazca alli donde debe na-
cer. Pues escribir sobre Goethe en España y para es-
pañoles no es lo mismo que escribir sobre Goethe en
Alemania y para alemanes. Y cuento con la probabili-
dad estadística de la nacionalidad del lector que va a
leerme como dato inicial sobre el cual puedo orientar-
me. Lo demás, lo que logre construir a partir de este
punto de partida, espero se produzca con la mayor su-
Goc1hr en Espa ña
J() 17

1:11 1i!l l .

Rt·11.1t.1do por Krau,. 1·n 1ilt).


18 19
jeción a la presencia del modelo aquí abocetado. Pues
este texto no pretende ser sino un boceto que estimule
a quien no haya leído al más sobrio y gentil de todos
los escritores a que disfruten con él cuanto merezcan;
con ese fin haré cuanto esté en mi mano por borrar de
la imagen del lector la presencia estirada, erguida, un
tanto pedantesca y a veces repelente del consejero áu-
lico del archiduque Carlos Augusto. No porque no
fuera tal, sino porque era esa figura un espantajo in-
ventado por este genio de la soledad y de lo intimo
con vistas a preservar lo que más le importaba: el
amor, la aventura interior, el arte, la ciencia, la poesía
y la verdad. Quizá ningún artista ha sido tan sabio
respecto al Poder como Goethe: ha hecho lo mejor que
puede hacerse con el Poder, vivir de él, dejarse educar
por él y mantenerse a distancia.

11

Señala Luis Cernuda que Goethe es en España letra


muerta, por razones seculares que no es ocasión de re·
cort1ar ahora.
Quien haya leído el estudio de Robert Pageard, Goe-
the en España, puede saber hasta qué punto grotesco
es verdad la afirmación de Cemuda. La entrada de Goe-
the en España se produce con tal parsimonia y desin-
terés (como en cuentagotas) y de manera tan extrínseca
y anecdótica, que el libro de Pageard, con ser un libro
erudito, termina siendo un auténtico drama de desazo.
nes y tropiezos. El lector va dejando discurrir, página
tras página, el penoso siglo diecinueve español; a un
año sigue otro año, a una década otra década; se suce-
den las modas literarias, cambian los regímenes, los
reyes, los regentes, pero Goethe sigue siendo siempre
el gran desconocido, el gran ausente. Al fin, con los Pa-
lacio Valdés, Campoamor y demás generación de la res-
tauración, parecen abrirse algunas puertas a este es-
critor alemán (que, consolémonos, tampoco hacía de-
masiada fortuna en la vecina y cultísima Francia, como
(ioc•tlw en ~paña C.oethe en España
20 21
recuerda André Gide). Pero en vano: las puertas que derón de la Barca y sus autos sacramentales, en gene-
se abren son puertas traseras. Se popularizan eso sí ral de todo lo católico y feudal. Esos neocatólicos
libros que llevan títulos tan apetitosos como ~ muje~ producían en Goethe el más profundo de los despre-
res de Goethe, se toma siempre, como suele suceder, en cios. En general este poeta no soportaba nada que sig·
cosas de cultura, de política, de erotismo y de econo- nificara o aludiera a cruz. Conocida es la anécdota de
mía, en este país tangencial, el rábano por las hojas. la medalla que le regalara Hegel, en la que se veía una
Y si se hace referencia a Goethe es para destacar su cruz rodeada de rosas y que suscitó en Goethe una se-
carácter egoísta y antipático, su falta de caballerosidad rena y secreta repulsa. El pleito de Goethe con los
en el trato con las damas a las que dijo amar, por no románticos es asunto que merecería un tratamiento es-
hablar de la •inmoralidad• de obras como el Werther pecial. A Goethe le repelían visceralmente, más allá de
o Las afinidades electivas. cualquier otro sentimiento que pudiera tener respecto
a la cnueva ola• de jóvenes poetas. Goethe era, como
Ningún escritor se halla tan en las antípodas de lo
tantas personas enteras y verdaderas, profundamente
que pudiera llamarse, unamunescamente, «Sentido trá-
envidioso. Pero más allá de las envidias, había algo
gico de la vida•. Goethe careció de sensibilidad para la
más profundo e instintivo: ese culto a lo extraordina-
tragedia, se apartó consciente y voluntariamente de
rio y exagerado, al cartón piedra heroico, ese patetis-
cuanto, en la vida, en la literatura, pudiera sugerirle
mo mimético le exasperaba. Por no hablar del gusto
tragedia. A él no le interesaba el dolor humano, ni el
romántico por lo funerario y ruinoso. A él le gustaban
suyo propio ni el ajeno. Si sobrevenía, hacía lo impo-
las ruinas a plena luz, y en lo posible sólo en la vieja
sible para cúrarlo: nada más. No se deleitaba en él.
Y desde luego carecía de interés por la muerte, pro· Roma. Era burgués, era ordenado, era y fue el can·
curaba quitar la vista de cuanto a muerte se emparen- tor de virtudes sencillas, las de Hermano y Dorotea, las
tara. ¿Cómo iba a ser entendido en este país necrofílico de los héroes y heroínas de sus cuentos, poemas y no-
en que se vive polarizado por postrimerías y estigmati- velas. Sólo en el orden de la alegoría se alzó a lo mag·
zado con iconografías crucificadas y dolientes? Un pafs nificente: en su máxima creación, el Fausto.
que hace de la sangre, en su vida cotidiana, en su po- Si queremos hallar una certera valoración de este
lítica, en su milicia, en su literatura y en su escultura, aspecto, uno de los más atractivos. de su obra (y de
un verdadero culto, un país en el que se esperan platos su vida), nada mejor que dejar la palabra a un crítico
fuertes de sangre derramada de los poetas, de los ci· romántico, el gran poeta Novalis. Queriendo demostrar
neastas, cuando no de los periodistas y de cualquier la falta de poesía y de verdad del Wilhelm Meister de
mercachifle de la cultura, evidentemente, un país así Goethe, Novalis hace unos juicios negativos que hoy
no ha podido ni podrd nunca entender a ese cgran podemos suculentamente invertir. Lo que Novalis
pacifista•, como lo llama irónicamente Thomas Mann. aplaude, la magnificencia, la exageración y lo que re·
Sólo un intelectual de la periferia, Joan Maragall, ha prueba, la sencillez, la cotidianeidad, pueden perfecta-
logrado penetrar en cierto conocimiento del •gran pa- mente hoy considerarse de forma inversa. Dice así
gano•. Mi hipótesis es que Maragall simpatizaba con Nova lis:
los hábitos burgueses y pacíficos que enaltecen la figura (Goethe) sólo trata de temas corrientes, olvida ta
de Goethe. naturaleza y el misticismo; (para él) la naJuraleza
El desinterés es mutuo, ya que Goethe no compartía económica es la auténtica, La que perdura... en ella
el culto que sus contemporáneos románticos, más jóve- sucumbe lo romántico, al igual que sucumbe, en la
nes que él, hacían de lo español y caballeresco, de Cal- poesia natural, lo maravilloso (El Meister ) es la poe-
(rlicthc: c:n España
22 23
titación de una historia casera y burguesa... El
primer libro del Meister nos revela lo agrada.ble que
es escuchar la descripción de nuestros 4uehaceres
diarios y comunes, cuando nos son modelados y ofre-
cidos convenientemente mediante un lenguaje usual
y sencillo, y a paso lento. Semejante placer nos lo
proporciona la lectura de las pdginas en las que se
describe una tarde en el seno de una familia, la cual,
sin disfrutar de personalidades extraordinarias ni
de ambiente encantador, especialmente seleccionado,
nos cautiva, no obstante, por la nitidez y el orden
de su régimen casero, por la actividad acorde de sus
sobrios talentos y puntos de vista, y que dejan en
conjunto un buen recuerdo en el útil empleo de su
ambiente y de su tiempo.
Como dice Thomas Mann, Goethe ignoraba en su in-
terior el sentido de lo gigantesco, desafiador d e los
cielos.
El ma l rimon io 1kn:kr.

III Guc1he rr 1ra1ado rn el Cam po Roma no.


Es en España Goethe letra muerta. Amaba la luz del
mediodía, la luz romana, pero aborrecía la sangre de-
rramada. Veía en la cruz romana un símbolo herál-
dico, no un signo de identidad, de autocertidumbre y
redención. Para los españoles Goethe ha sido y es un
perfecto ignorado, un desconocido, sólo considerado
para ser reprendido o para ser utilizado. Reprendido
por moralismos raciovitalistas o marxistas, utilizado
por novecentismos más o menos inflados con ínfulas de
ensanche y de cosmopolitismo recién venido. Cuando
algo se ve en Goethe, es siempre un aspecto, una par-
cela, jamás una totalidad viviente. Lejos de recorrerse,
en justa emulación propiaciadora, su largo y complejo
itinerario, se recorta del mismo lo wertheriano-román-
tico o lo sereno-clásico. Mientras Ortega y Gasset ve
en Goethe el hombre que deserta de su vocación de
literato, Eugenio D'Ors retiene únicamente el cliché de
la «Serenidad olímpica» de nuestro hombre, olvidando
hasta qué punto eso fue fruto de una profunda supe-
Uot"1he en España GtK'lhC' l.'n España
ración interior en la que, sin embargo, no quedó am- L1 d1H¡lll'"' \ 11.1
putado el momento romántico wertberiano. Sólo un .\md1a. m.1dn· tlt-
español, hasta donde llega mi noiicia, fue capaz de en- C.11 lth \11~11,IO

tender a Goetbe como debe entendérsele: recorriendo,


a través de largos años de andanzas y aprendizaje, una
experiencia interior paralela. Me refiero a ese extraor·
d.inario poeta y prosista catalán que se llama Joan Ma·
ragall.
' Y es que Maragall vivió una crisis personal profun-
da, en un momento de su vida, que le hizo plenamente
simpatizar con Werther, su libro de cabecera durante
años. Pero asimismo logró superar esa crisis mediante
un pacto tácito con su medio social burgués, entendien-
do en sus propias carnes la evolución que siguió su mo-
delo vivencia! germánico. Y aún pudo distanciarse, re-
verente, del modelo, considerándolo a veces un tanto
frío en su clasicismo olímpico, pero sin olvidar jamás
la carga emocional que la superficie neoclásica y die-
ciochesca no permitía ocultar. Maragall, traductor de
obras de Goetbe, fue acaso uno de los pocos españo-
les que supo sintonizar verdaderamente con Goethe. l.I \\111H.1m11·11111 d1· F1.1nl.Jun
Quizá porque sólo Maragall supo dar expresión, bien
que de forma inconsciente, «ingenua• (por decirlo en
términos de Schiller) a una forma de ser y de sentir
que, siendo radicalmente opuesta a los hábitos de la
nobleza guerrera y agresiva cantada por las mitologías
españolas espontáneas y por sus voceros poéticos y
filosóficos, no puede considerarse ajena a lo español,
a lo más genuinamente español, a aquella zona recón-
dita, pero realísima, donde lo español se muestra pro-
fundamente catalán en su esencia, es decir, burgués.
Maragall supo dar expresión a esa alma catalano-bur-
guesa (¿pero hay algo catalán que no sea esencialmente
burgués?) que gusta de lo sencillo, íntimo, cotidiano,
pero que alienta la perfección, la medida, eJ orden, el
«acabado• en cualquier acción o ejecución. Me refiero
a esa heroicidad de lo no-heroico, a esa capacidad por
producir una espontánea poética de lo industrial, ca-
sero y familiar: una dignísima síntesis de melodía sen-
timental y plasticidad objetiva y geométrica, que, sin
Go<.·tlw l'll E~pafia
26 27
;e~s~e~~od~o~~~!~~~i:e~~v~n!~~.,;~e~e florecer, El gran egoísta
el desorden de la ciudad de las bo b caos., en
de fuego m as, en esa •rosa
aluv~ones• ~~~:;~s e;r¿:e~:~;:;.cijada abigarrada. de
to v1_vo del país. Maragall, el barce1::éstO:~ e~onJun­
tend1ó a Goethe vio o int ó , ca n, en-
subterráneo por, donde un:ya :11 menos, un pasadizo
hispán. esta parte del alma
ica, part~ esencial y eternamente olvidada t
~r cegueras hidalgas trasnochada ' ant?
nuentos nacionalistas. s como por resenu-

1
No pretendo hacer aquí una biografía de Goethe. Las
hay y son sobradamente conocidas por quien quiera
interesarse por el asunto. Al final de este libro hago
indicaciones al respecto. En vez de biografiar a quien
está ya suficientemente biografiado, me limitaré a or-
denar unas notas que pueden considerarse pies de pá-
gina de una posible biografía de Goethe que esté toda-
vía por escribir. Por el momento se trata, sencillamen-
te, de una contrabiografía: desdecir lo que pasa de
boca en boca o de pluma en pluma cuando algún afor-
tunado se enfrenta con la vida de Goethe. Quiero, pues,
expresar mis opiniones al respecto, en consciencia de
que son bastante tangenciales respecto a las que sue-
len emitirse. Por eso desharé en cuanto pueda algunos
clichés conocidos, desde el cliché del cgran pagano• y
del cJúpiter Olímpico•, hasta los más recientes del
•gran desertor• y el «gran cínico•. Evitaré presentar
un personaje aborrecible, un casno solemne•, como lo
Llama Paul Claudel, pero asimismo olvidaré las versio-
nes hagiográficas o sencillamente piadosas que quisie-
ron preservarnos al cgran educador• o al cgran huma-
nista•. Veo en Goethe un hombre corriente; algo pro-
fundamente humano que veo a mi alrededor y en mí
mismo, algo que no tiene por qué exaltarse ni denigrar-
se; algo que, sin embargo, fue vivido en profundidad
y consecuencia por Goethe y que, por esa sola razón,
nos obliga ante él a un tratamiento cuidadoso y dis-
l.l io!raO <'f{OÍ\td
28
cretamente venerador. Hasta me atreverla a afirmar que
en la plétora de excéntricos, hinchados de trascenden-
talismo y mal corregida vanidad, que forma lo más
nutrido del parnaso literario y artístico, Goethe sobre-·
sale por la sobria parsimonia de su vida sencilla. Y so-
bre todo, por lo poco disimuladas que se hallan en este
genio de la espontaneidad, junto a sus virtudes, sus de-
fectos. El hecho de que no ocultara nada de sí mismo
ha dado pie a magnificar los ciados sombríos• de su
carácter. Y así han nacido •el gran egoísta•. •el zafio
vanidoso•, •el gran ingrato•, •el vampiro•, por no ha-
blar del •envidioso asesino de la generación revolu-
cionaria-romántica•.
Intentaré salir al paso de algunas de estas op1mo-
nes, procurando señalar hasta qué punto, siendo todas
verdad, encubren una verdad mayor y más profunda.
Dijo Hegel (y repitió Goethe): nadie es héroe para el
ayuda de cámara, pero no porque el héroe no sea hé-
roe, sino porque el ayuda de cámara es ayuda de cá-
mara. Creo que para analizar un hecho humano vivo
(y Goethe lo es) hay que poseer la doble perspectiva
de la •conciencia noble• y de la •conciencia vih, para
hablar en términos hegelianos. Decir de alguien: es un
vanidoso, es envidioso; descubrir el móvil de sus actos
en el culto al ego o en la envidia a las nuevas genera-
ciones, todo eso puede ser verdad. Pero seguramente,
si el personaje es un héroe, esa verdad encierra otra
verdad. Y bien: Goethe era un héroe. Su heroísmo fue
el más difícil, el más arriesgado, el más peligroso: el
que consiste en borrar de su vida -y de su obra-
cualquier rastro de heroísmo. Goethe quiso ser feliz,
quiso llevar una vida ordenada y sencilla; y reprodujo
en sus obras esas exigencias. Nada moral puede encon-
trarse en esa vida y en esa obra. Tampoco nada que
implique una idea demasiado encumbrada de la Diosa
Justicia. Era, pues, un individuo que iba contra la co-
rriente: entraba en la cuarentena cuando Europa se
agitaba en la veneración revolucionaria de Ja Igualdad, Rt•tratodl' 13 u r~ \ IBOO).
la Justicia, la Libertad. Goethe aborrecía la Revolución.
Hoy, en que se empieza a estar hastiado visceralmente
30
de cuanto sugiera esa palabra-fetiche y en que empieza
a verse cuánLa dosis de desahuciada moralina encie-
rran las teorías supuestamente científicas que la aus-
pician y representan, la figura de Goethe, el modera-
do, el conservador, el gozador, el fanático de Ja felici-
dad individual, íntima, debería crecer ante nuestras
tardías consciencias.

u
La vida y la obra de Goethe nunca pueden dejar indi-
ferente al que se aproxima a ellas. Pocos escritores sus-
citan juicios tan dispares y contradictorios, incluso a
veces en las mismas personas. Leer una biografía de
Goethe es toda una experiencia: el lector se ve some-
tido a un continuo vaivén emocional y a los más opues-
tos juicios. Schiller confesaba en una de las cartas es-
critas con anterioridad a su amistad con Goethe que
éste le suscitaba alternativamente amor y odio. Pocas
vidas resultan tan misteriosas, tan extravagantes. Y la
razón de ello estriba, acaso, en su extraordinaria sen-
cillez. Pocas vidas de escritores o de artistas pueden
considerarse, paradójicamente, tan familiares, tan reco-
nocibles, tan habituales e íntimas como la vida de este
encope tado c:onscJero aulico del archiduque Carlos Au-
• l l 1 . .. • 1 el . Co1:1ht· t•n 1.1 l u.il m111 iú
gusto <le Wcimar . Es como s i hubiese logrado que ..... 111'11 dt' ·' 1.1 )ll.ll IUI l
el tiempo transcurriera a través suyo, sin apretar ja-
más ningún acelerador vital. Era seguramente un indi-
viduo perezoso y soñador, metido en su mundo fantás-
tico y en aventuras interiores, para el que lo más
espantoso en esta vida consistía en adoptar alguna
decisión. Nada debía satisfacerle tanto como poseer,
encima suyo, un orden objetivo externo que le com-
prometiera y le hiciera despertar de su irremediable
abulia. Es acaso éste uno de los muchos rasgos profun-
damente simpáticos de este «monstruo de egoísmo y
antipatía• que suscita en tantos lectores, especialmente
si son españoles, la más profunda aversión.
El ((ran C((ois1a
32 33
gusto. Era sencillamente un amante de la vida tranqui-
Ese individuo abúlico y soñador sólo poseía una fe la, un burgués callado, y que sólo d«:seaba tratar con
ciega. una creencia inconmovible. Su Diosa, su única el exterior lo justo para que no se olvidaran nada de él
Diosa, era la Diosa Ocasión. Quizá para entender y es- (como todo individuo interesante era profundamei:ite
timar a Goethe debería meditarse en esa expresión cas- vanidoso) y para que lo dejaran en paz. Que me dejen
tiza españ.ola que dice •la ocasión la pintan calva•. en paz pero que mi nombre esté en la boca de todos,
O en esa expresión, también castiza, que dice ca bodas que h~blen de mí, pero que no me molesten dirigién-
me convidan•. Goetbe es, al pensar de muchos, un sin- dose a mí. Goethe quería lo que t~ person~ ~ue ~
vergüenza: era amoral, de esto nadie tiene la menor estima a sí misma pretende de sí 1D1Sma. La umca di-
duda. Pero lo conmovedor en Goethe es que, siendo ferencia es que Goethe no sabía disimular, mientras
profundamente amoral, no cayó nunca en la tentación que otros -hoy y ayer- tienden. a disimular estos de-
-propia más bien de moralistas- de ser amoralista seos tienden a enmascararlos. Si Goethe parece a ve-
(por no decir inmoralista). El llamado «indiferentismo• ces Ían diplomático, tan maquiavélico, es por raz~n de
de Goethe no estriba en cierta envidiable frialdad de que no lo era nada de tendencia, con lo que debió su-
su carácter (eso es sólo un rasgo sin demasiada impor- plir con inteligencia y artificio el que de natura pro-
tancia), sino en su cpasar de todoll, como hoy suele de- pendiese a crear las situaciones más lamentables.
cirse, respecto 'a cualquier moral. Carecía de sensibili- Era, por fortuna para él, un gran seductor, y ter-
dad moral. Y por lo mismo, apenas poseía sensibilidad minaba tolerándosele lo que no se suele tolerar a los
para la justicia. En el fondo los demás le importaban demás. Y es que hay una justicia inmanent.e entre lo~
en la justa medida en que podían satisfacer sus de- humanos: éstos saben lo dulce que es sentirse seduci-
seos, cruzándose en su camino. Si, además, no se cru- do; y lo agradecen. No era un Don Juan a la española,
zaban con él, si no los tenía en presencia, para él apc· rígido en sus mecánicos lances! huidor de una. muerte
nas existían. Solo le importaban las presencias. De ahí que, a la corta o a la larga, apl~cará _su sentencia: nada
que, ante los ausentes, se limitara, de forma bien es- de ese barroco dramatismo h1spáruco trasluce en su
pontánea, a olvidar y dar la espalda. Este egoísmo de erotismo. Sencillamente, estaba al quite, no desdeñaba
Goethe es uno de los peores cargos que nuestra sensi- nada que su querida diosa Ocasión le ofreciera, y era
blería curil y socialítaria le suele dirigir. Si algo le capaz de crearse las situaciones más e~n:iarañadas ~ara
producía espontáneamente náusea a este magnifico vi- sf y para los demás en virtud del serv1c10 de esa diosa
vidor era la muerte de los otros. Por eso, cuando tal desmadrada. Y no es que la Ocasión se presentara cada
circunstancia desagradable sobrevenía, procuraba no día, muy al contrario: debía presentarse es~asame~te
verlos, procuraba ausentarse del cadáver. Se olvida de en la larga y aburridísima vida de este co~SeJ ero áulico
Schiller cuando muere. No quiere tener trato alguno del Sopor Ancien Regime de una Alemania fragmenta-
con la muerte. Prefiere que le juzguen cobarde, descr· da cual puz.zle y revuelta interiormente.
tor, huidizo, hombre de poca hombría y otras tantas
Nada más cautivador que la lectura a este respecto
flores del mercado moralizante a ser infiel a lo único
de las hermosas Elegías Romanas. Mientras los prínci-
que a este individuo singularísimo le importa, a saber,
la vida. Pero no la vida grandiosa, heroica, hecha de pes de este mundo sienten que sus reinos son socava-
dos mientras los revolucionarios avanzan por todas
guerras y combates, sino la más humilde y casera, la
partes, el poeta deja que se maten entre ellos, deja que
microvida de la diaria contabilidad de goces y de pe-
les consuma esa autofagia a la que mendazmente lla-
nas, eso que hoy se llama intimidad.
No era un gran pagano: eso es retórica de pésimo man libertad, y se traslada a una taberna romana don-
35
de se arroja a los brazos de una hermosa tabernera. Se
olvida de duques y archiduques, de baronesas, de las
razones de estado, se olvida, desde luego, de partisanis-
mos y de romanticismos. de Sturm imd Drang y de re-
voluciones literarias. y se refugia con la hermosa Cris-
tiana Vulpius, la florista, la cocinera, en su pabellón, a
gozar de los bienes de la vida, de la sexualidad, del
comer y del beber. Y como acto de prO\'Ocación espeta
ese poema maravilloso que son las Elegías Romanas.
Si admira a Napoleón es medio por vanidad (había leí-
do, entusiasmado, el Werther) medio por conservadu-
rismo burgués. Cree que el orden está por encima de
la justicia. Pues lo único que desea es un orden obje-
tivo externo que le permita gozar individual, íntima-
mente de la vida. Era egoísta: es lo mejor que podemos
decir de este individuo tan poco e heroico•. tan poco
épico y tan hermosamente artista.
Los personajes de sus obras son también muy poco
épicos y muy poco heroicos. Carecía Goethe de sensibi-
lidad para lo heroico y para los conflictos morales. Vi-
vía torturado por conflictos, pero no eran morales, eran
conflictos de gran vividor o de esteta. Dudaba entre
quedarse en la corle de Wcímar o irse a Roma: era una
cuestión de felicidad, no de deber. Goethe se interesó
por la felicidad. No fue muy feliz. O sólo fue feliz en
Roma y al volver de Roma en brazos de Cristiana Vul-
pius. Pero quiso ser feliz y algo feliz debió llegar a ser.
Pero no le importaba nada la moral. Los personajes de
sus obras son seres sencillos y milagrosos, puras crea-
ciones de arte inmaculado; así las proverbiales Mignon,
Filina, Otilia, Carlota, esa plétora de mujeres sencillas
que pueblan su universo poético. Que en la Alemania
llena de tartuferías prusiano-heroicas naciera este reto-
ño de los lados más amables, cínicos e imperecederos
del Gran Federico, fue para ese castigado país una
ironía de la historia. Por eso, en el fondo, todo alemán Chr l'tt.rn.1 \ ul¡nm. dibujada por G111·1h1'.
se siente contestado por Goethe. Y él despreciaba has-
ta grados inconcebibles todo lo alemán, juzgándolo rudo,
desagradable, obstinado, brumoso y turbio, cuando no
sencillamente mentecato. Era una provocación decir
36 :n
que sólo en Roma fue feliz, que al volver de Roma dejó
ipso facto de ser feliz. (¿Cómo iba a serlo, pensaba,
en un país de gentes faltas de interés y calidad?). Fue
egoísta con Alemania: otro timbre de gloria en su ha-
ber. Y de gloria para Alemania. Pues pocas culturas
pueden exhibir, como su Homero o su Dante particu-
lar, un personaje tan despectivo con las cosas de la
propia casa. Pero, ¿qué decir de un país donde su hé-
roe nacional incuestionable -el Gran Federico- ha-
blaba en francés, escribía en francés y despreciaba olím-
picamente toda producción cultural indígena?
En lo que sigue iremos recorriendo aspectos de la
vida y la obra de este individuo cuya máxima geniali-
dad consistió en «ir a la suya• radicalmente: eso que
nadie se atreve a hacer del todo. Y en prescindir por
completo de todo lo que supusiera negatividad: muer-
te, revolución, terremoto. Huyó del dolor, consideró la
«cruz» una especie de chinche o de polilla. Sólo quería
gozar de Ja vida. Como sea y al precio que fuera. Por
eso puede decirse que Goetbe, el libertador, es uno de
los pocos sucesos culturales presentables hoy en esta
decrépita y entrañable entidad espiritual que se llama
Europa.
Pero no nos engañemos: esta decrépita Europa y su-
cedáneos (y entiendo por sucedáneos España y Argen-
tina) es una Europa llena de moralina pequeñoburgue-
sa de muchachotes de buen corazón, que encuentran luz
para sus vidas descarriadas leyendo a Hermann Hesse.
cuando no a E1;ch Fromm, y que sólo saben internar-
se más alJá del bien y del· mal imbuidos de trascenden-
ta1ismos dadaístas y de metafísicas del erotismo per-
verso. Una Europa extraviada entre p.oltronas orienta-
lizantes, revanchismo justicialista y moralidad sado-
masoquista. Aquí, pues, difícilmente nada sano puede
prosperar, ni como ejemplo ni como hecho. Y Goethe
era ni más ni menos un individuo sano, sano de cuer-
po, sin apenas enfermar en su larga vida. Su paciente
administración vital le sitúa en las antípodas de los
magnilicadores ael «vivir peligrosamente». Goethe vivió Sthillcr ba tia 179 1.
muchos años porque quiso vivir muchos años, porque
El l{r.m eitoísta El e;ran e~oísta
'39
38
Generalmente las gentes no toleran esa clase de
supo que el trato con la vida exigía cautela y buena ad· hombres: eso lo sabía perfectamente bien Federico
ministración, largos reposos y largas temporadas de Nietzsche, incluso por propia experiencia, cuando con-
abulia. O que lo más sabio en esta vida es aprender a sideraba a su modelo tardío, el •gran egoísta•, el úl·
aburrirse con decoro. No quería verse urgido por so- timo acontecimiento alemán (junto con Schopenhauer,
bresaltos. Cuando algo en la vida -o en su obra- se Heine y Hegel) con relevancia europea, como cun epi·
le atravesaba, se le ponía imposib le, abandonaba el
sodio•, cuna bella inutilidad•. ¿Cómo no iba a serlo, en
asunto, desertaba, huía. Esta es la clave que explica, pleno ascenso de las ideas morales, igualitarias, revo-
paradójicamente, su genial manera de conducir armó- lucionarias que habían fecundado Rousseau y los par·
nica, perfectamente cuanto inició y proyectó. Sólo en tisanos franceses?
razón de esta tendencia fue capaz de perseverar mon·
tones de años en las mismas ideas, en mantener en sa·
quitos años y años los eternos proyectos, los Faustos, El hecl10 de que en torno a aquella doctrina de
los Wilhelm Meister, etcétera. Goethe era un genio de la igualdad haya habido acontecimientos tan lzorri·
la buena administración vital, de la burocracia existen- bles y sangrientos ha dado a esta cidea moderna•
cial. Sabía instintivamente cuándo deben brotar las par exccllence una especie de aureola y de resplan-
dor, de tal modo que la Revolución como espectácu-
cosas, cuándo deben dormir, cuándo deben esperar, lo ha reducido incluso a los esplritus mds nobles.
cuándo deben ejecutarse. Así se condujo con todo: con· l:Zsta 110 es, en última instancia, una razón para apre·
sigo mismo, con sus mujeres, con sus obras y con sus ciarla mds. - Yo sólo veo a uno que la sintió tal
prfncipes. como se la debe sentir, con náusea - Goetlte ...
El «gran egoísta» era, pues, ante todo, un individuo
que nadaba contra la corriente, un francotirador, un
III intempestivo. Tenía, eso sí, la ventaja sobre otros seres
marginales de contar con una portentosa inteligencia
Fue Schiller el primero en destacar rotundamente el vital para preservarse de las situaciones más peligrosas
cgran egoísmo• de Goethe: y desafiantes. Pero, ¿qué decir de este alemán que abo-
rrece el nacionalismo en pleno avance del fanatismo
Me sentirla desgraciado si tuviera que estar cons- nacionalista; que admira a Napoleón, se entrevisla con
tantemente al lado de Goethe: no tiene un solo mo- él y desea todas sus victorias, incluso, o sobre todo,
mento de efusión ni para sus amigos mds intimas, las que inflige a la desahuciada Alemania dispersa en
como si no quisiera ofrecer el mds pequerio punto principados epifeudales? ¿Qué decir de un romántico
vulnerable; yo creo, en realidad, que es un egoísta
redomado. Posee el talento de cautivar a los hom· empedernido que reniega de su romanticismo, se cura
bres y de gandrselos con pequeñas atenciones y gran· en salud a través del servicio calculado a los poderes
des favores, pero procurando siempre mantenerse él establecidos, domestica la bestia fiera de sus pasiones
libre. Procura hacer su existencia agradable y bette· y, en el instante mismo en que una nueva generación
f iciosa para los demds, pero como un dios, sin en- irrumpe en escena llena de vehemencia romántica y re-
tregarse nunca, lo que me parece un modo de volucionaria, se refugia en la más recóndita intimidad
obrar consecuente y calculado, basado enteramente y construye hermosos hexámetros sobre la espalda de su
en el supremo disfrute de su amor propio. Las gen· amada mitad romana, mitad florista y cocinera? ¿O que
tes no debieran tolerar que junto a si prosperasen detesta la nueva sensibilidad naciente y en auge, recha-
esta clase de hombres.
+o -H
zando uno tras otro a cuanto «poeta joven» se acerca creadora o a la indignidad histriónica. Más adelante se
a él con ansia de protección y esP.erando el espaldarazo sentirá demasiado pagano y vividor para entender a
~el poet~ decano y consagrado? ¡~sta es la más grave los recién conversos a la nueva fe católica romana; d~
1mputac1on que recae sobre nuestro olímpico! No se le masiado romano para ver en la iglesia romana otra
conoce pecado peor, más grave. Podría llamársele el cosa que la prolongación del paganismo imperial, d&
pecado que no goza del perdón del Dios gremial de demasiado amante de la luz para sintonizar con la
poetas y demás cofrades de la letra: el pecado contra «nueva ola» de poetas restaurados que aman la noche,
el espíritu. Aquí, evidentemente, todo crítico termina la cruz y la Madon.na. ¿Bastarán estas consideraciones
mostrando su conciencia gremial, la dogmática del ofi- para que sea inteligible el continuo gesto destemplado
cio. Pues se sobreentiende que el poeta consagrado de este burgués altivo contra todo lo que despidiera
debe al joven dedicación y promoción y éste debe al tufo romántico-bohemio? Y, sin embargo, no pudo resis-
viej~ i?solencia Y. payasada: esa es Ja regla del juego. tirse a veces a la seducción de la emergencia de lo re-
El viejo debe abnr las puertas del empíreo, el joven se primido: y así, ve en Lord Byron a su doble reanimado,
hará valer, tras el espaldarazo, propinando al veterano un Werther nacido aristocrático, algo, por tanto, supe-
la directa o alusiva sentencia que dice así: «amigo rior a su burguesismo juvenil, algo superior a su posi-
mío, estás acabado, estás quemado». Goethe sabía como ción advenediza de título consejero. Deseaba, en todo
nadie este cruel juego que, como todos los de la vida, caso, buenas tragedias para la escena alemana; pero
~o e~tá inventado por nadie pero rige según normas aborrecía a quienes, según decía, incapaces de escribirlas
inflexibles, aunque nunca explicitadas (es el eterno se- escribían trágicamente.
creto del sumario de la única historia que cuenta la1

intrahistoria de las relaciones humanas). Goethe lo


sabe: sabe que, al irse a Italia, una nueva generación
está en período ascendente, sabe que él ya no es el
autor indiscutible, el insolente, el enfant terrible, el
eternamente joven autor del Gotz, del W erther y que
diez años enterrados en la corte de Weimar, alejados
de las lizas poético-ideológicas empiezan a pasar. Pero
sabe, asimismo, que está en el mejor momento y con
el mayor acopio de energía y fuerza para hacer lo que
empieza a ver com~ su estilo y su obra imperecedera:
la que empezará a brotar en la estancia en Roma. Y sabe
asimismo, y sobre todo, que la nueva línea que va a
se~ está radicalmente en las antípodas del gusto do-
~ante. Está, por tanto, condenado a seguir solo, ra-
~calm.ente solo, su camino. Siente, además, una repul-
sión visceral por esa generación que se ha quedado en
el momento Sturm und Drang o ha desarrollado lo
R1·1n110 por Lys.
más negativo de la tendencia. Sabe, sobre todo, cuánto
le costó salir de una vía que, de no conducirle directa-
mente al suicidio, le hubiera llevado o a la esterilidad

El gran e~oí.~ta El l(rom n:oís1a


El burócrata

Nuestro gran egoísta, era, además, un gran burócrata.


Un conocido de Goethe, interesado por el estado de su
Fausto, obtuvo el siguiente espectáculo: Goelhe appor-
ta un sac rempli de petits chitfons de papier. Il le vida
sur la table et di!: voila mon Faust! La anécdota la re-
lata Augusto Guillermo Schlegel en una carta en 1832
a Abraham Hayward.
Ernst Robert Curtius nos relata cómo Goethe ence-
rraba sus manuscritos en saquitos de papel a los que
a veces llama estuches. Continuamente revisaba los
materiales perfectamente ordenados y registrados de
sus obras y en los Diarios aparecen continuamente cla-
sificaciones en apartados del siguiente tenor: Lírica,
Política, Dios y Mundo, Para el Fausto, Erótica, Pria-
peia, Juvenilia, Estancias improvisadas sobre las «Cam-
panas» de Schiller, Prometeo (por duplicado), Nausi-
caa, Invectivas, Moralia, Generalidades. A veces las enu-
meraciones asumen caracteres de clasificación de enci-
clopedia china, especialmente cuando desviamos la aten-
ción de la literatura a las ocupaciones ministeriales
propias del consejero áulico. Así, las actas de consejo
privado desde 1776 hasta 1786, en donde, como señala
Curtius, encontramos registros y dossiers sobre atis-
bos de conflictos gremiales entre albañiles y tejedores,
suministro de paño para libreas de la corte, previsión
de cátedras en l ena, abusos de los reclutadores pru-
sianos, negociación de un empréstito con el cantón de
El burócrarn
45
Berna, compra de una biblioteca, lucha contra la plaga
de los gorriones, medidas contra las asociacionP.s de
estudiantes, pleito entre oficial de caballería y merca-
deres judios (a los que llamó «palurdos111, contestándo·
les éstos del mismo modo), desfloración de una mu-
chacha. por mosquetero llamado Schmidt, confección de
pantalones de cuero para el cuerpo de lo~ húsares,
permiso al fabricante de pelucas Besser para contratar
aprendices, etcétera...
Más papista que el Papa, la rebelión de Goetbe sólo
podía producirse si alguien pretendía modificar de al-
guna forma su complicadísimo artefacto burocrático,
aunque el que tamaña pretensión ilegítima alentara
fuese el mismísimo archiduque. Y así, cuando Su Al·
teza Serenísima le propuso una simplificación de tan
descomunal aparato ordenancista, tuvo la siguiente res-
puesta por parte del consejero áulico:
Desconociendo los motivos que pueden inducir a
cambiar la forma de los despachos de la cancilleria, no
puedo tampoco pronunciarme en definitiva sobre ello.
En general, una tal alteración me parece mds perni·
ciosa que útil, pues en estas fórm'Olas aparentemente
arbitrarias se anudan una variedad de relaciones que
ahora quedarían rotas y para las que habrían que bus-
car formas nuevas. A/torro de tiempo no se consegui-
ría ninguno, según demuestran los votos anteriores.
La frase demuestra hasta qué punto Goethe era
coherente consigo mismo, con su filosofía espontánea
de la vida y de las relaciones humanas, incluso en
estos detalles pedantescos; o precisamente en esos de-
talles. Hay, quizás, espontáneamente en Goethe una
filosofía latente de la burocracia como clase desencan-
tada, un maxweberismo ava:nt la lettre que se desvela
en la frase que culmina la citada contestación de Goe-
the a Su Alteza Serenísima:
Una cancillería no tiene por qué ocuparse del fon- Goc.·the en su dc~pacho.
do de los asuntos, y quien sólo debe atender a cues-
tiones de forma no puede menos que incurrir en
cierta pedantería. Si de un servicio de guarnición
eliminamos la pedantería, ¿qué más le quedará? Aun

El burúuarn El bur6cra1a
46 -17

suponiendo que el cPor Gracia de Dios• sólo se man-


tuviera como ejercicio de los escribanos en letra gó-
tica y cancilleresca, ya con esto serviría a un fin,
pues un gran señor debe también algo al decoro...

¡Cuánta sabidwia de la vida encierra este «forma-


lismo pedantesco» que caracteriza uno de los rasgos
más pintorescos de nuestro «gran burócrata»! El es-
crito termina con la siguiente reflexión magnífica y ca-
característicamente goethiana: «El orden no puede sub-
sjstir si en la rapidez del despacho no se guarda mesu-
ra, y la prisa es tan enemiga del orden como la dila-
ción.»
Como señala Curtius: llevar un registro de todas las
cosas se había convertido para Goethe en una necesi-
dad, a partir del fin de siglo. Puestos a ordenar y re-
gistrar, termina ordenándose y registrándose, hasta
convertirse en el más cabal ejemplar de burócrata de
si mismo. Al final el juego, como su poema El aprendiz
de brujo, se vuelve obsesionante: registra todo, cual-
quier paso que da, cualquier nimiedad que le sucede.
Acaba por burocratizar su propia existencia, señala Cur-
tius. Y así, pu... den leerse en sus registros cosas del
siguiente tenor:
Me he levantado temprano. Pronto de nuevo a la
cama. Esperado al consejero Vogel. Nuevo intento
fracasado de levantarme. De todos modos he seguido
trabajando. He escrito, d ictado, hecho pasar en lim-
pio, de manera que pasé el tiempo bastante bien
hasta el anochecer.
Observaciones que confirman nuestra descripción de
hombre corriente cuya única extravagancia fue dejar
bien reveladas y exhibidas sus características vitales.
Goethe, el burócrata no hace sino revelar un aspecto
que me atrevería a llamar universal de todo aquel que
tiene trato con la escritura. ¿O no es todo escritor,
antes que nada, un ~scriba; y en consecuencia un re·
gistrador, un archivador, alguien que escenifica y des-
pliega esa función propia de Ja memoria objetivada y En 18:2-l.
social a la que se llama escritura?
l'.I bu1·1>crarn
hl hur6nata
48 -19
Acción. «La acción lo es todo•, cEn el comienzo era la
11 acción• ...
Entendemos, a la luz de está cita, por qué Goethe,
que deseaba lo mejor para su héroe Wilhelm Meister,
Goetbe carecía de capacidad real de disimulo. Preten- ese trasunto novelado de sí mismo, lo conduce, una
día fingir, disimular. En seguida veremos un ejemplo vez pasadas las infinitas pruebas de las años de apren-
de esa pretensión, si bien es un ejemplo trucado. En él dizaje y andanzas, nada menos que a una pequeña po-
están patentes y a la vista sus ccaracterísticas•, pata blación donde ejerce el muy activo y resolutivo oficio
hablar en términos de magia natural. Por eso no es de médico de pueblo. Así veía Goethe la felicidad , lo
dificil llegar al secreto del sumario y comprender la que mejor quería para su héroe: teniendo continua-
razón profunda de este descomunal despliegue de bu- mente que decidirse, asumiendo constantemente deci-
rocracia existencial. Su médico de cabecera, Vogel, nos siones insoslayables, viviendo en continua lucha contra
da el veredicto. Dejémosle, pues, la palabra: la enfermedad, entre la vida y la muerte.
Su enfermedad, su defecto, por él reconocido, estri-
En su avanzada vejet, se le hizo extraordinaria- baba en su parálisis vital, en su indecisión congénita:
mente dificil a Goethe, que, aparte de su primera en que todo se le ofreciera en forma de alternativa
juventud, siempre habla tendido a una circunscrip- vital, creándole lo que más debía angustiarle y horro-
ción y minuciosidad excesivas, el tomar decisiones. rizarle, la duda. Duda obsesiva que es el «síntoma•,
g1 mismo creta que esta peculiaridad, que considera- para hablar en lenguaje reconocible, de su enfermedad,
ba francamente como un defecto, le venla de que en
toda su vida jamds se habla visto en la necesidad de su personal patología. Goethe el enfermo: he aquí
de obrar con rapidez, y varias veces le he ofdo ala- una nueva máscara del personaje que ahora debemos
bar la prafesión de la medicina precisamente por- explorar.
que al médico nunca le es pérmitido aplazar sus re,
soluciones.
El texto es revelador, pues nos explica muchas ~
sas a la vez, tanto de la persona de Goethe, como de
su filosoffa y de su obra. Tengo por idea que no hace
sino confirmárseme que, con harta frecuencia, la filo-
sofía, espontánea o reflexiva, tiene para el sujeto que
la produce el carácter de una corden• o de un cman-
dato• que se da a sf mismo y que hace referencia a
algo que quisiera para sí y de lo cual carece. ¿Cómo no
entender así el pansexualismo dionisíaco que está pre-
sente en la filosofía nietzscheana, por no hablar de su
cvoluntad de poder• y de su cpaganismo•? En Goethe.
el eterno indeciso, el eterno cavilador, el obsesivo, el
hamletiano, encontramos una elaborada filosofía de la
Acción. Traduce, con Fausto, el Lógos no por razón o
por sentido, no por expresión, palabra, lenguaje sino
El bur6craw
El burÓ<:ratu
51

El enfermo de indecisión

He dicho varias veces que Goethe se me aparece como


un hombre corriente fundamentalmente sano. Por eso,
al aludir a la «enfermedad» de Goethe, podría obje~
tarme el lector que me estoy contradiciendo. Ahora
bien. la salud o no salud de un individuo no estriba
tanto en las disposiciones primarias (eso que llamo
sus características) cuanto en el modo de administrar-
las y usarlas. El problema no está, pues, en los «talen-
tos• o «denarios» sino en qué se hace o cómo se utili-
zan esos talentos y denarios. Para seguir con s1rniJes
evangélicos podríamos desafiar a quienquiera se me
ponga enfrente y decirle: el que esté sano arroje la
primera piedra. Quiero decir con esto que Goethe, como
cualquier hombre corrieme fundamentalmente sano,
padecía de la enfermedad de vivir, que es patología
básica elemental. Ya Freud, en sus últimos escritos,
adelantó la schopenhaueriana hipótesis de que el hecho
mismo de vivir exigía de suyo enfermedad y que ésta
era una medida preservativa y enraizada en los gérme-
nes vivos mismos con el fih de alcanzar su propio de-
sarrollo efectivo. Goethe, como hombre corriente que
era, padecía su peculiar enfermedad de vivir a través
de una organización nosogrdfica particular. Y como
Goethe, lejos de ocultarnos su caso, nos lo exhibe una
y otra vez, o como en el justo momento en que trata
de enmascararse no hace sino revelarse de forma fla-
grante, no puede extrañar que, desde Freud hasta La-
El burócrata El <"nft·rmo d~· i ndeu~iún
-·)
~- 53
can, cuantos han intentado internar el método psico- ros.tro de. Yahvé, deserta de lo que se espera de él, hace
analítico en el campo de las biografías de escritores y l~ 1mpos1ble por no asumir su propia función, su pro-
de artistas, hayan encontrado en Goethe un bocado es- pio papel, su propio ser recóndito, escenificando su
pecialmente tentador. d~serción en continuas «huidas físicas•, viajes impro-
Tanto más cuanto que Freud tenía a Goethe por ~sados, desplazamientos y fantasías de viaje. En la
uno de sus mentores espirituales fundamentales, una vida de Goethe -señala Ortega- hay demasiadas fu-
figura paterna en la administración de sus propias in- gas. Comienza p~r ltuir de todos sus amores reales, que
clinaciones literarias y culturales. De él aprendió, qui- son los de su ¡uventud. Huye de su vida de escritor
zás, esa prosa clara, precisa, objetiva y llena de vida para c~er en esa triste historia de Weimar ... luego huye
que hace las delicias de cualquier profano en cosas del de Wetmar, que era ya de por si una primera fuga y
alma pero gustador de cosas del espíritu. esta vez la huida tiene lzasta la forma material, ,,;,u-
El análisis de Lacan sobre Poesfa y Verdad de Goe- claca de tal: lmye del consejero dulico Goethe al co-
the es, a este respecto, revelador y nos da una pista merciante lean Philippe Moller, que luego resulta ser
w1 cuarentón aprendiz de pintura e11 Roma.
fundamental para entender en profundidad lo que psi-
cólogos aficionados, como nuestro Ortega, quisieron Goethe, el hombre constantemente infiel a su des-
entender y no pudieron, o sólo lograron entender des- tino. De ahí su permanente malllumor su tiesura su
distancia del propio contorno, su am~rgo gesto. Fue
1

de juicios filosóficos precipitados que encubrían opcio- una vida a rebours.


nes morales no menos precipitadas.
Nada de lo. t.?ue es lo es radicalmente y con pleni-
Ortega, que pide en un célebre ensayo suyo un tud: es un numstro que no es en serio un ministro·
cGoethe desde dentro» capaz de terminar con la chá- un régisseur que detesta el teatro, que no es propia:
chara hagiográfica de los «investigadores de Goethe», mente un régisseur; wz naturalista que no acaba de
comienza sentando unos principios filosóficos sobre la serlo, y ya que, irremediablemente, por especialísimo
vida: Vida significa la inexorable forzosidad de realizar decreto divino, es un poeta, obligará a este poeta que
el proyecto de existencia que cada cual es. Eso que él es a visitar la mina de llmenau y a reclutar solda-
cada cual «es» viene consignado por lo que Ortega dos cabalgando un caballo oficial que se llama ctPoesfa,.,
llama la evocación». La lucha más particular que libra
~rtega ilustra este ser casi poeta, casi naturalista,
el hombre no es tanto con el mundo ni con su destino casi amante, casi consejero áulico, casi amigo, casi
exterior cuanto con su vocación. ¿Cómo se comporta hombre, con un gracioso poema andaluz:
frente a su inexorable vocación? ¿Se adscribe .radical-
mente a ella, o, por el contrario, es un desertor de ella
y llena su existencia con sustitutivos de lo que hubiera En tma casi ciudad
sido su auténtica vida? El hombre puede llegar, inclu- Unos casi caballeros,
so, a suplantar y falsificar su propia vida, traicionar su Sobre unos casi caballos
vocación y naufragar en ese personal, recóndito conflic- Hicieron casi tm torneo.
to. Con eJlo Ortega prepara su visión de Goethe como
náufrago en su propia existencia, perdido en ella y que
en cada instante ignora qué va a ser de él. Goethe o el En conclusión, Goethe es un terrible ejemplo de
hombre que consumió su vida en este interior conflic- cómo el hombre no puede tener más que una vida
to con su propia vocación (que adjetiva Ortega, •de auténtica, la reclamada por su vocación.
escritor») y que una y otra vez, cual Jonás, huye del ¿Tiene razón Ortega en estas apreciaciones?
El C'níemln de mtkU\1(111 1.1 t·nlámo d(· 1ndt-t·i~1ú11
55

La familia Gocrhe hacia 1762.

Lt rnsa natal de Go(•the.

El cnfcm)o de indct:Í\ÍÓI\ El enfermo de 1nckcisi6n


56 57
Tienen, desde luego, el valor de destacar «Caracte-
rísticas» del hombre Goethe: es verdad que continua-
mente huye y deserta, es verdad que aprieta a correr
y cabalgar (a veces literalmente) para escapar de casi
todos sus amores, o de que abandona un amor que
empieza a comprometerle por otro nuevo, tomando
como coartada «Su independencia• y la «fidelidad a su
destino•. Es verdad que huye de la literatura y se hace
«gran señor• en Weimar; es verdad que huye del Gran
Señor de Weimar que al fin llega a ser para volver en
brazos de la poesía, Roma y Cristiana Vulpius median-
te; o que se refugia en un amor-pasión, adúltero e
ideal, un típico cspecimen de amor cortés, para poner
fin a lo que también fue amor cortés, la dramática his-
toria con Carlota Kestner, la inspiradora del W erther:
se refugia en la relación ideal con Ja baronesa von Stein.
O que ya antes se refugia en el triángulo de Carlota y
su pretendiente, para escapar de la encantadora (y hu-
milde) Federica Brion. O que deserta del amor celeste
con la dama «rica• (la baronesa) para volver a un
amor vulgar con esa Venus pandemónica que es la Vul-
pius, a la que no repara en transfigurar en escultura
romana. Todo esto es verdad.
Pero no es toda la verdad.

IJ

Por una parte, hay varias figuras paternas que conti-


nuamente se relevan las funciones, varias figuras de
Yahvé. Nuestro Jonás se encuentra continuamente en-
tre cdos hombres•. Y no falta tampoco la ballena para
completar el relato bíblico.
Su padre quiere hacer de él un abogado. Goethe ac-
cede, hace la carrera de jurista y presenta la tesis doc-
toral. Ejerce como abogado en Frankfurt. Todo va bien,
pero entre tanto comienzan Jos problemas sentimenta-
les, la historia con Federica Brion que termina en una
huida, la historia no consumada con Carlota Kestner que
La madre de Goc1hc.
también termina en huida, la historia con Lilí Schon-
El enfermo de indecb1ón
38

mann que lcrmina langÜídccicndo de forma melancó-


lica y sufriente. Entre 'tanto, un emisario del archidu-
que Carlos Augusto, el joven heredero a punto de cum-
plir mayoría de edad, lo atrae para Weimar. Deja el
despacho paterno, desobedece al padre y elige una fi.
gura paterna más atractiva, un reyezuelo. Asciende
así socialmente: deja su existencia burguesa y entra,
como buen parvenu, en una aristocracia que inicial·
mente se previene contra él y al fin queda ganada por
sus maneras galantes, seductoras e inteligentes.
Asimismo, siempre dos mujeres que se disputan
alternativa o simultáneamente su corazón, dos figuras
femeninas que basculan entre dos «géneros supremos•:
la Venus Celeste y la terrestre, el amor platónico y el
amor vulgar o democrático. Primero tiene la relación
frustrada con Ja humilde y encantadora Federica Brion,
a la que va sustituyendo por figuras femeninas más
propias de su condición burguesa. Luego, en Weimar,
desarrolla su relación, primero ideal, luego acaso real
o realísima (discuten los hagiógrafos) con la baronesa
von Stein: esta mujer lo educa, domestica su libídine,
hace de él un individuo contenido y casto. Al fin no
puede más, se desahoga en la taberna romana y, de vuel-
ta a Weimar, encuentra a una encantadora florista que
se acerca a él por casualidad -un regalo de la Diosa
Ocasión- cual una flor que espera ser libada. Y bien,
la tal Cristiana Vulpius gana el corazón a este cua-
rentón deseoso de normalizar su vida, su espíritu, las
necesidades de su cuerpo, logra que Goethe rompa con
la baronesa. desencadena el escándalo en la sociedad
weimariana (¡Se ha liado con una cocinera!) y tiene con
ella un hijo, al que ama tiernamente.
Añádase a este «cuadro clínico• esa enfermedad pr-
denancista y burocrática reseñada, más otros múlti-
ples detalles que revelan significativamente el historial
nosográfico de nuestro personaje, y tendremos el más
sabroso bocado para un psicoanalista.
Ya Freud había intentado abordar el «caso Goethe».
Pero nos interesa aquí reparar en la interpretación de
uno de sus más agudos discípulos, Jacques Lacan. El
El i: nfenno d~ indecisión
l::l l·nl(.-ru10 de ind<•t:i,i6n
()() l) 1

texto en cuestión es enormemente rico y sugerente,


dando a las intuiciones orteguianas el fundamento cien·
tífico que a nuestro pensador le faltaba.

111

El ensayo de Lacan en cuestión se titula Le Mythe in-


dividuel du névrosé ou cPoésie et vérilé• dans le ne-
vrosé. Se inicia con un comentario interpretativo de la
célebre nosografía freudiana del •Hombre de las ratas»
en Ja que Freud describe, con extraordinaria precisión
casi novelesca, la figura típica, casi diríamos el «ideal
tipo», de lo que él llama «neurosis obsesiva». Termina
el ensayo con un estudio complementario de algunos
pasajes de Poesla y verdad de Goethe.
De la nosografía freudiana del «Hombre de las ra-
las• retiene varios aspectos, de los cuales nos interesan
los siguientes: el sujeto tiene un padre que ha sido
suboficial al comienzo de su carrera y que ha seguido
siendo un personaje muy suboficial con lo que ello
comporta como nota de autoridad, pero un poco irri·
sorio, una cierta devaluación que permanentemente
acompaña al sujeto en la estima de sus contempo-
ráneos.
La madre es una mujer acomodada, más rica que
su marido, de manera que el casamiento fue ventajoso
para él. En el diálogo entre los esposos -diálogo que
llega acaso a oídos del niño-- aparece, entre bromas y
veras, la figura de una «muchacha pobre pero linda»
por la que estuvo aficionado el marido antes de casar-
se. Por último, para completar el cuadro, existe un
camigo salvador» que en ci;cunstancias apuradas eco-
nómicas del padre le ha prestado cierta suma de di-
nero que se debía devolver.
Hay, pues, confücto entre mujer rica y mujer po-
bre, conflicto que se reproduce muy exactamente en
la vi/a e/el su1ero. Hay, asimismo, un padre algo des-
prestigiado y un amigo salvador. Elementos todos ellos
que, salvadas las variantes del caso, podríamos, qui-
zá, reconocer en la vida de Goethe.
l'.l <'Ull>rmo dt· ind1•ci~1ón
62 6'.~

Lo característico del neurótico obsesivo consiste en tacando un pasaje de los amores con Federica Brion,
la perenne indecisión entre estas figuras paternas y narrado en Poesía y Verdad.
maternas dobles y en los medios complicados y retor-
cidos con los que trata de resolver los conflictos que En Dichtung und Wahrheit nos cuenta cómo Fe-
esa «duda obsesiva• le ocasiona. Lo que está siempre derica Brion, la hija de un pastor protestante de un.a
pendiente es cierta deuda del sujeto con el padre o pequeña aldea cercana a Estrasburgo, logró superar
padres, en el curso de la paga de la cual siempre apa- la maldición que pesaba sobre él con referencia a
toda relación amorosa con una mujer, y muy espe-
recen mediadores femeninos (ricos y pobres). cialmente el beso en los labios, beso que le había
sido prohibido a raíz de esa maldición, proferida por
Digamos, para esquematizar las ideas, que para uno de sus amores anteriores, la llamada Lucinda.
un sujeto de sexo masculino, el problema de su de- Lucinda lo sorprende durante una escena con su pro·
sequilibrio moral y psíquico es el de la asunción de pía hermana, personaje demasiado refinado para ser
su propia función en tanto ella, es función, es decir, honesto, que cuando trata de persuadir a Goethe de
una independencia moral, psíquica y ética, que es la las perturbaciones que él le provoca a Lucinda ro-
de la asunción de su papel en tanto se hace reco- gándoli a la vez que se aleje y que le dé a ella la
nocer como tal en su función, la asunción de su «fina mosca», la garantía del último beso, entonces
propio trabajo en el sentido que asum~ sus frutos aparece Lucinda y dice: «Maldítos sean esos labios
sin conflicto, sin tener la sensación de que es otro para siempre. Que caiga la desgracia sobre la pri-
el que lo merece, o que él mismo sólo lo tiene por mera que reciba el homenaje de ellos.»
casualidad, sin que haya división interior que haga
que el sujeto sólo sea en alguna medida el testigo Dicha maldición afecta profundamente a Goethe.
alienado de los actos de su propio yo. Tal es la pri- De ahí su alegría cuando logra zafarse de ella en el
mera exigencia; la otra exigencia es ésta: un goce prometedor comienzo de su historia coo Federica Brion.
que puede calificarse de pacífico e igualmente uní- Pero esa historia no tiene buen fin. Y hay un detalle
voco del objeto sexual una vez elegido, una vez con-
cebido a la vida del sujeto. en esa historia que da lugar a un largo relato de
Goethe.
, La teoría de la vocación orteguiana halla, en este ~ste vive en Estrasburgo y decide visitar a la fa-
parrafo, su reducción analítica o científica, alcanzan- milia Brion, pero cree que tiene que ir disfrazado:
do un monto de verdad mayor, entre otras cosas porque Goethe, hijo de un gran burgués de Frankfurt, se dis-
no plantea el problema sólo en el terreno vocacional tingue entre sus compañeros por sus finas maneras,
(que Ortega termina convirtiendo en problema "'pro- Pero para ir a ver a la hija de un Pastor, se disfraza
fesional», según un desvío característico de la conver- de eswdiante de teología, con un redingote muy gas-
sión de la «vocación• en «profesión•) sino también en tado y descosido ... Las justificaciones en cierta medida
el terreno del goce. Asunción del propio trabajo y re- que dio al partir resultan muy extrañas. Evoca nada
c~>nocimi.ento de sí en él y en Los frutos de su trabajo
menos que el disfraz que vestían los Dioses para des-
sm confhcto; un goce pacífico y unívoco del objeto se- cender en medio de los hombres, lo que parece indicar
xual elegido, reconocimiento de sí mismo en la acti- -como él mismo señala en el estilo del adolescente
vidad y en sus frutos; asunción responsable de la elec- que era entonces- antes que la infatuación de adoles-
ci~n erótica y correlativo goce pacífico del objeto cente, algo que confina con la megalomanía delirante.
elegido. A esta extraña manera de presentarse en medio de
Con este bagaje se enfrenta Lacan con Goethe, des· esa familia sencilla sigue un segundo disfraz no me-
l .l "nfermo de 111dt·c1,ión
El enfermo d<" indecisión
64 65
nos sorprendente. Decide volver para excusarse de ha· ciplo de este trabajo insinuábamos: la actitud de Goe-
berse presentado de forma tan extravagante, y lo hace the respecto a la muerte, respecto a cuanto le sugiriera
volviéndose a disfrazar, esta vez de mozo de posada. negatividad; la clave para entender su curioso vitalis-
mo antiheroico, salpicado de huidas y deserciones.
Goethe actúa así -señala Lacan- en la medida
en que en ese momento tiene miedo, como lo mani· Llama la atención que Ortega y Gasset, que recono-
testará luego, pues esta relación ird declinando. ce hasta qué punto la filosofía de Heidegger le es afín
Y parece que, lejos de que el desembrujamiento de en lo que se refiere a su concepción de la vocación, no
la maldición original se haya producido, después plantee en profundidad la cuestión vocacional del modo
de que Goethe osó franquear la barrera, muy por el como Heidegger la plantea: en el mismo horizonte re-
contrario, en todas las clases de formas sustitutivas, flexivo en que plantea la condición mortal de la exis-
y la noción de sustitución estd incluso indicada en el tencia. Lacan, en este sentido, permite avanzar más
texto de Goethe, han sido siempre crecientes los te- lejos que Ortega y Gasset en el análisis de Goethe. La
mores de la realización de esta unión y de este amor, enfermedad de éste, su neurosis obsesiva, aparece aho-
y que todas las formas racionalizadas que puedan ra clarificada.
darse a ello para preservar el destino sagrado del
poeta, incluso la diferencia de nivel social que va- ¿Hemos alcanzado así, a través del refinamiento ana-
gamente Podía obstaculizar la unión de Goethe con lítico freudiano-lacaniano, la verdad del caso Goethe?
esa joven encantadora, todo ello no deja de ser, en Hemos alcanzado un conocimiento de Goethe en tanto
apariencia, la superficie de la co"iente infinitamen· que enfermo, hemos constatado la enfermedad de Goe-
te mds profunda que es la de la huida, la de la ocul- the. Pero con ello no hemos hecho otra cosa que deter-
tación ante el objeto, el fin deseado, en la que tam-
bién vemos reproducirse esa equivalencia de la que minar su organización pasional o pulsional básica. Nos
antes hablaba, desdoblamiento del sujeto, alienación qued~ por saber el uso y la administración que hizo
en relación con sí mismo a la cual da una especie o que dejó de hacer Goelhe de sus propias disposicio-
de sustituto sobre el cual deben dirigirse todas las nes, sanas o patógenas.
amenazas mortales, o muy por el contrario, cuando Quizá la mejor respuesta la dan sus obras: ante no-
reintegra en alguna medida en sl mismo ese perso-
naje sustituto, impQsibilidad de alcanzar el fin. sotros están, a modo del fruto real de las entrañas del
autor. Esas obras nos pueden decir hasta qué punto se
La clave de toda esta historia está, acaso, en la ex· puede afumar, con Ortega, que Goetbe fue un deser-
plicación que da Goethe de su primer disfraz. Decía, tor; darán la exacta medida de los cauces y limites,
hemos visto, que también los dioses se disfrazaban respecto a la totalidad del hecho Goellte, de métodos
para descender en medio de los hombres. Y la razón como el psicoanalítico.
de ello -añade- es que temen, de no ir conveniente- Una primera constatación: Goethe no sólo no huyó
mente disCrazados, en arriesgarse a perder su inmorta- ni desertó de ninguno de sus proyectos de escritor,
lidad; sólo poniéndose al nivel mismo de los humanos sino que pacientemente, a veces a través de treinta lar-
pueden escapar a esa pérdida. gos años, como en el caso del Fausto, dio remate a casi
En consecuencia, Goethe no habría asumido «la fun- todos sus proyectos juveniles, llevándolos a un grado
ción simbólica esencial», «la función del padre•, en la de perfección sorprendente. Nada hay en él de la ín-
medida misma en que no habría asumido tampoco su dole del fragmentarismo romántico, nada parecido a
propia condición mortal. la genial indecisión por sobreabundancia de un Leo-
Con lo que volvemos a un tema que desde el prin- nardo, que dejó toda suerte de proyectos sin terminar
~:1 t'nformo de i ndcci~iém El l· nk rmo dr rndcc1~ión
66 67
ninguno de ellos. Goethe supo poner punto final a
cuanto acometió.
De vuelta de Italia si se comprometió hasta el fin
con una mujer, acaso la primet-a con la que alcanzó
satisfacción sexual plena. Y aunque pueda discutirse
desde el punto de vista ético o estético su tardía deci-
sión de tomarla por esposa, lo cierto es que terminó
haciéndolo y aceptándola hasta el final de su vida. En
seguida Goethe fue padre. Y este detalle explica algu-
nas de las transformaciones decisivas que marcan el
paso de su período previo al viaje de Roma al posterior
a dicho viaje.
Es después del viaje a Roma cuando Goethe, a la
vez, se compromete internamente con una mujer, asu-
me la paternidad con el hijo que pronto llega, se dis-
tancia del «personaje• que había representado en Wei-
mar, acepta su rol <le literato aliándose con Schillcr, se
interna en el terreno de la ciencia natural y va dando
remate, una tras otra, a todas sus obras iniciadas en
la juventud, el Withelm Meister, el Fausto, y acaba es-
cribiendo su propia vida en Poesía y Verdad.
Este •segundo Goethe•, que en ocasiones carece del
juvenil ímpetu del Goethe romántico, es el fruto tar-
dío y emocionante de esos largos •años de aprendiza-
je• en los cuales, por así decirlo, se disciplinó a si
mismo, se educó a sí mismo, se curó a sí mismo, hasta
hacer de sí el principal escritor de lengua alemana y el
creador del más importante poema universal ~I Faus-
to- de los últimos dos siglos (aquel poema que de
forma más precisa expresa y simboliza la condición
del hombre moderno).
Este segundo Goethe destruye los veredictos orte-
guianos y sitúa en el orden de las condiciones prima-
rias (caracteríi.ticas) la diagnosis psicoanalitica.
Tuvo Goethe continuas vacilaciones, huidas, deser-
ciones, cometió toda suerte de torpezas y equivocacio-
Chm1i.1na \ ulpiu3, en 1800.
nes. Erró una y otra vez y tropezó setenta y siete ve-
ces en la misma piedra. Pero se esforzó profundamente
y anheló también profundamente.
f.1 mfermo de indcc1si6n
68 69
Como dice Dios al final del Fausto: ca quien incan- El cínico
sable siempre se esfuerza, podemos salvarlo».
Un individuo así, aun padeciendo la enfermedad de
vivir, está profundamente sano.

Como todo hecho público relevante, sea del campo de


la poUtica o de la cultura, Goethe es un catalizador
de opiniones. Nos enfrentamos a él para aclaramos con
él, con la esperanza de que, en esa operación, logremos
también aclaramos con nosotros mismos. Proyectamos
sobre él lo que hubiéramos querido ser, lo que de nin-
gún modo hubiéramos querido ser, hacemos de él un
ideal o un chivo expiatorio, consumamos esas opera-
ciones mediante las cuales alcaozamos la verdad, en
la humana medida, de nosotros mismos y de las cosas.
A esa transferencia inconsciente se le suele llamar cri-
tica, la cual, como sugiere Benjamin en su excelente
estudio sobre Goethe, se diferencia del simple comen-
tario en que busca Jos contenidos de verdad, no tan
sólo los contenidos objetivos. Pero entonces se plantea,
junto a la verdad de la crítica y a la capacidad de
verdad del crítico (su veracidad), la verdad y veracidad
del criticado. Constatamos, en el caso de Goethe, un
uso continuo y generoso del término verdad, término
que aparece en una de sus principales obra'>, Poesía y
Verdad. Y podemos pregu_ntar, entonces, ¿era Goethe
un hombre veraz?
Siempre se ha admirado -señala Manuel Sacris-
tán- la sobria veracidad de Goethe en la descripción
de los hombres y de su vida. Herder o Schiller, Klops-
tock o Wieland, serian tal vez figuras mitificadas si
Goethe no las hubiera descrito con su rica verdad, la
En 18~~2 dos meses ames de la mu('l'\t'. misma en tiempos de amistad con ellos que en épocas
de disgusto y alejamiento. Viajando por Italia describe,
El l'n fem10 de i ndec1$ión El ríni('ri
¡n i1
con la misma turbadora frialdad de apasionado por la
observación, minas artlsticas y modos de vivir, de no-
bles, campesinos, burgueses, plebe urbana. Sus obser-
vaciones sociales poseen, asimismo, una veracidad sor-
prendente, alcanzando en profundidad niveles de refle-
xión profundamente verdaderos, así cuando, por ejem-
plo, describe al burgués en el Wilhelm Meister:

El burgués no puede ser hombre público. Un bur-


gués puede contraer méritos y excelencias, y, en úl-
tima instancia, puede incluso fonnarse el espíritu.
Pero, por mucho que se esfuerce, su personalidad
quedará siempre dcstruída . El burgués no tiene de-
recho a la pregunta ¿qué eres?, sino sólo a la pre-
gunta ¿qué tienes? ¿Qué conocimientos, qué com-
prensión, qué capacidad, qué fortuna? Para ser de
provecho, tiene que desarrollar sólo ciertas capaci-
dades, y queda presupuesto que no tendrá, que no
puede tener, una naturaleza armoniosa, pues para ser
útil tiene que prescindir de todo el resto.
Goethc habría alcanzado, pues, un veraz conoci-
miento del mal de la cultura burguesa: La escisión y el
carácter incompleto del individuo (Sacristán).
Ahora bien, este conocimiento veraz del mal de la
sociedad burguesa no llevó a Goethe a combatir, a tra-
vés de la pra;cis, ese mal. En una discusión epistolar
con Herder defiende su pasividad ante los problemas
s~iales y políticos alegando que la humanidad es in-
corregible. Conocida es su postura ante la revolución
francesa. Como señala Sacristán, Goethe parece saber
ya que la sociedad burguesa nace mortalmente enfer-
ma, mientras él sigue siendo servidor sin fe de una
muerta estmctura epifeudal por la que hace de vez en
cuattdo gestiones diplomáticas y hasta asume algún
riesgo en el campo de batalla. La veracidad del saber
social de Goethe contrasta con su pasiva indiferencia
práctica. Sacristán habla de cinismo:
¿De qué disimulado servilismo se ha abstenido Goe-
the para hacerse simpático a los prominentes de Wei-
mar, en triste contraste con la dignidad de su padre,
que le exhorta a tomar el libre camino burgués del abo-

l.l 1 lrrn o Eld rnco


72
gado en ejercicio, en vez de la tardia servidumbre cor- actividad de «príncipe de las letras» en pleno ejercicio
tesana? Y teoriza Sacristán: la relación del cínico con de esa protesión tan «libre». Y bien, Goeme, que se
la verdad no es precisamente la del hipócrita. Goethe sentía superior bajo todos los puntos áe vista que su
no esconde en realidad que él 11G visto, con anticipación, paare encendió esa superioridad también en sentiao
el final de una cultura, su quiebra. No esconde tam- social, con 10 único que no contó es con el radical
poco que no sólo no ha hecho nada para combatir esa cueslionamiento ae la ctase anstocratica por parte de
cultura, sino que ha hecho bastante para conservarla. la revolución trancesa: esta le cogió desprevenido, como
En consecuenica la veracidad de Goethe es una veraci- a tan los individuos dieciochescos. Y bien: Goetbe era
dad bloqueada en cinismo. un individuo a caballo enlre el siglo xvu1 y el xix:
He aquí la excelente anécdota que daría el máximo mantenía los presupuestos mítico-sociales de la bur-
de verosimilitud a la interpretación de Sacristán, la guesía ascendiente áe aquel siglo de luces y de déspo·
conversación sostenida por el viejo Goethe con el in- tas ilustrados, ciase enamoraaa de la clase social su-
glés Soret, quien le dice que, de haber vivido aquél en perior; pero vivió asimtsmo el descalabro de esa ilu-
Inglaterra, hubiera luchado, como Benthamy, para la sión; y en el curso de ese descalabro barrunta al «hom-
supresión de los abusos sociales. Goethe le interrumpe: bre nuevo», cuya encarnación vio en Napoleón, capaz
de reestructurar, desde presupuestos originales, el or-
Pero, ¿por quién me toma usted? ¿Que yo tendría den social conmocionado por Ja revolución. En cuanto
que buscar los abusos. y descubrirlos y hacerlos pú- a ésta, se le cruzó como lo que fue, una catástrote, ne-
blicos? ¿Yo, que en Inglaterra habrla vivido de esos cesaria y salvífica, horrible y justiciera, pero catástrofe
abusos? Si yo hubiera nacido en Inglaterra habría
sido un rico duque, o mejor aún, un obispo con unas al cabo. Su cinismo era, pues, sencillo conocilmento
rentas anuales de treinta mil libras esterlinas. «amargo» de la incorregible Naturaleza no tanto de los
humanos en general cuanto de sus contemporáneos en
A mi modo de ver Sacristán, al pedir de Goethe particular.
haber seguido el libre camino burgués del abogado (la Si se tiene en cuenta esta extraña encrucijada que
linea digna y honesta de su padre), está olvidando que es Goethe, donde se entrecruza la lógica del parvenu
la burguesía ascendente, frente a lo que piensan al burgués ilustrado y la lógica de los hechos que desen-
respecto tantos marxistas (muy científicos pero muy cactenan revolucíón, Lerror, bonapartismo y restaura-
pésimos sociólogos), hasta donde llega mi conocimien- ción, puede comenzarse a ver en Goethe un individuo
to, se caracteriza por constituir una clase que aspira que fue profundamente veraz con su tiempo y con los
elevar su condición. La burguesía es una clase que tiene mitos y las expectativas de su tfompo. Mientras otros
encima de ella una clase superior, la nobleza. La no- eran seducidos de forma absolutamente mítica por las
bleza es al ser lo que la burguesía es al tener: algo que promesas de Ja revolución triunfante, Goethe percibió
el propio Goethe reconoce. El noble no necesita probar en seguida que esa «catástrofe», lejos de traemos el
su capacidad, con limiLarse a ser cumple ya su función reino de Dios, como creían los teólogos tübingeses. o
en la vida. Por consiguiente, pedir a Goethe que si- el reino de la líber tad y la igualdad, como creían los
guiera las directrices del pedanlesco y meticuloso abo- doctrinarios franceses, lo único que traía era terror y
gado que le tocó por padre era condenarle a la medio- muerte (como a su modo percibió con idéntica clari-
cric.lad. Uno puede sentirse muy «libre» ejerciendo de videncia Hegel). Y que el problema estribaba entonces
abogado en una ciudad provinciana, pero difícilmente en reorganizar, desde bases sólidas y firmes, el nuevo
puede uno imaginarse a Goelhe desplegando su vasta orden posrevolucionarfo. Y en este punto Goethe supo

1.11 i1rnu ~:11 iníro


74 75
mantenerse a distancia de los irracionalismos naciona-
listas, alentando en cambio una política de sensatez y El artífice de sí mismo
moderación que no hace sino acreditarlo ante nuestros
ojos, sobre todo si lo comparamos con los radicalismos
de la nueva generación entonces naciente. Pero sobre
todo Goethe se dio perfecta cuenta de que los verda-
deros problemas humanos no tenían relación unívoca
con los grandes cambios sociales sino, eminentemen-
te, con los rumbos de destino individual.

Goethe necesitó siempre mucho tiempo para


todo. Su lentitud y la profunda vacilación que acu-
saba su naturaleza son circunstancias que curiosa-
mente no han sido reconocidas y comprendidas has-
ta nuestros dlas. Su vida fue organizada como para
vivir muchos arios. Está dominada por el instinto or-
gdnico de tomarse el debido tiempo en todo, y mues-
tra incluso caracferlsticas de indolencia y de abulia.

El texto es de Thomas Mann, en cuyo universo no-


velístico ocul?a una plaza singular el leitmotiv Tiempo,
encarnado frecuentemente en el icono del reloj de are-
na. ¿O no es Tiempo la mercancía que Mefistófeles ven-
de al Doctor Faustus? Un tiempo limitado y en el que
debe desenvolverse el artista mediante una sabia admi-
nistración de las energías y los días con el fin de con-
sumar la C'lbra. En el célebre monólogo de Goethe en
Carlota en W eimar, éste se desespera al comprobar cuán-
tas ideas o proyectos bullen por su cabeza en estado
embrionario faltándole para su realización precisa-
mente Tiempo. Desearía vivir ciento cincuenta años.
Enemigo y amigo a la vez, el Tiempo fija un límite a la
acción, obliga a la determinación, establece un dique
a la omnipotencia de la ensoñación y del deseo: fija por
consiguiente a un pacto que permite el pasaje de lo
posible a lo real. De la indeterminación subjetiva a la
inscripción objetiva.
l::J t'Ínirn
76 77
Contra esa reflexión, constante en Goethe, acerca mento se halló seriamente amenazado el cideal de vida
de la síntesis subjetivo-objetiva de Tiempo· y Eternidad armonioso•. Pertenece a una estirpe anterior a la de
en el instante -que es siempre -.,tiempo de construir- esos sufridos «héroes de nuestro tiempo• que descri-
se eleva un pensamiento desmesurado. Reflexión secre- be maravillosamente Mano en La muerte en Venecia.
ta acerca del vencimiento del tiempo en el interior Y sin embargo padeció el tormento de esa tenta-
mismo del tiempo. Meditación solitaria acerca de la ción, especialmente en sus últimos años: la tentación
eternidad. al vuelo, la invitación de la mariposa de luz. Vuelo a
Mito del músico por condensar en un solo acorde espacios siderales, donde subsisten, en pura unidad
atemporal todas las armonías concebibles. Diacronía quintaesenciada, todos los arquetipos simbólicos, Ja Ur-
replegada en la absoluta sincronización. Página única plantz y sus hermanas. Como si el mundo todo dobla-
que resume todas las páginas, libro que encierra todos ra, en buen platonismo, su realidad perecedera eo lo
los libros. Forma enciclopédica en la que se ha sobre- simbólico mediante la obtención del pertinente pre-
pasado el despliegue temporal, homofónico y discur- fijo. Allí existía también la comunidad de solitarios, los
sivo, quedando entonces quizás una sola nota, una sola grandes hombres, juntos y separados a un tiempo como
palabra, un solo color, un solo trazo. Un paso más y en el célebre poema hOlderliniano, los amigos que se
el arte moderno halla en su autoinmolación su estricta fueron, los héroes caídos: Schiller, Napoleón y toda
Verdad de.scubierta: silencio, página en blanco, pared la prosapia de inmortales a la que ellos pertenecían.
vacía, ausencia, locura, muerte. No es casual, sino cau- Pero en ese nimbo vivían también, como arquetipos, los
sal, que el arte y el pensar contemporáneos se especiali- seres del creador. Allí -no en el «primer original»--
cen en las formas malditas presentadas por la tabla de existía el Urfaust, el Urtasso, el Unneister ... Y Goethe
géneros supremos del Sofista platónico: el No-Ser, la debía oír continuamente Ja voz querida que le inte-
Diferencia. rro~ara: e Conoces el país ... ?•

A 1ravés de la obra de Thomas Mann se insinúa y La grandeza de Goethe estriba en haber sabido vivir
se desarrolla este segundo leitmotivs aventura de un en perfecta armonía en dos planos a Ja vez, sin que
espíritu desencarnado que rompe lazos con el senti- hubiese signo fehaciente de un desgarro, de una diso-
miento y con lo anímico (el •calor de establo•) procu- nancia. De haberlo habido, sería posible entonces con-
rando inclusive desasirse de la sujeción, derivada del siderar su figura visible, social, ritualizada, lo mismo
Pacto, con lo temporal. A la luz de esta reflexión ad- como cortesano que como escritor, como una figura
q.~iere significado el sistema dodecafónico, su preten- absolutamente postiza, simple marioneta sin alma. En-
s1on por replegar lo temporal en lo espacial. En la tonces aparecería sin más como enmascarado. Y sería
N~ela d~ una novela c~nfiesa Mann que el escritor, él posible columbrar en su ademán hipocresía o cinis-
mismo, tiene presente siempre la totalidad de la obra mo. Pero en conjunto -aunque el detalle de alguna
en cada uno de los detalles de su realización. Sólo las anécdota podría abonar esa interpretación- Ja figura
fuerzas oscuras de la sensualidad parecen tramar una mundana, ordenando, charlando, escribiendo, no deja
revancha frente a ese acto de supervia vitae: entonces en el espectador esa impresión. O no puede dejarla a la
el reloj de arena comparece de nuevo en el seno del larga.
en rarecido y pútrido paisaje veneciano. Pero ese trato con Ja temporalidad no estaba exen-
Goethe pudo tramar todavía una conjunción satis- to de conflicto interior y de peligrosas inclinaciones.
fa~to~ia. y ejemplar. entre esas fuerzas oscuras y la Sobrevenía la sacudida de la llamada -esa interior
cdisc1phna del espíritu•, de manera que en ningún mo- vocación de solitario en comunidad con ausentes- y
El .mificc de sí m1,mo
78 . 79
entonces presentaba ante el público la figura ritual de bolo único. Todas las almas de los amigos, todos los
una máscara rígida e inexpresiva, casi paralizada, exa- personajes quintaesenciados del teatro de ::narionetas,
geradamente solemne. Podía entonces parecer pedante, todos los arquetipos y los símbolos hallan su crisol en
basta ridículo. Ante la angustia del desajuste registra- esa platónica unidad negativa y fundacional en la que
do entre interior y exterior, se acudía a lo ritual. ¿O no todo es todo y nada es nada. Tiempo vencido, supre-
es el rito la transacción medianera de lo subjetivo y lo sión de lo perecedero, dominio de las terribles madres,
objetivo, que al fa ltar inerva el somatismo, el gesto, el lo Femenino. Anulación del viril obrar, actuar, deter-
rictus del habla, hasta constituirse en rito privado, en minarse. Cancelación de vida y escritura.
histeria, en neurosis ... ? Goethe anticipa así, mesurada, armónicamente, en su
Demasiado dolorido el comentario cínico acerca de soledad y bajo el registro de una tentación no del todo
los sucesos históricos, demasiado pródigo en segundos consentida, la aventura del artista moderno hacia lo
pensamientos clarividentes para que la acusación no desmesurado.
gire noventa grados sobre el acusador, el alma bella.
Demasiadas incitaciones, demasiados móviles. Todo n
resuena en todo, todo está anudado por nexos interio-
res con todo, un continuum se delinea entre las cosas, Primera matización de la interpretación tergiversada
de manera que sea el mu ndo libro ab ierto poblado de orteguiana acerca de la rigidez de estatua del viejo
grafías impenetrables, como en los lib ros de magia. Gocthe: angustia de la compulsión a un descenso al
Cualquier detalle es entonces revelador. Esto lo h a per- propio cuerpo, al propio mundo social. Angustia del
cibido con insólila clarividencia Benjamín, interpretan- despertar cuando se vive todavía en estado de duerme-
do en sus justos términos la necesidad coleccionista, vela. Cuando se ha volado subjetivamente por el Espa-
la compulsión a registrarlo todo, tomar nota de todas cio-luz, cuando se ha oído la voz y se ha perfilado con
las cosas, impedir que se pierda u na sola palabra sali- demasiada luminosidad el imperativo vocacional: as-
da de su boca, un solo papel pasado por su rnano. censo y descenso, vuelo y sedentarismo, lo aéreo y lo
Goethe se convierte, se va convirtiendo en figura sa- telúrico, garabato en el aire o sobre la cresta de las
grada. Para sí y para los demás. Un halo desprende olas e inscripciones duraderas sobre piedras y pape·
su figura, su paso, su andar, su caricia, sobre todo su les. . Vocación de Faetón como condición indispensable
mirada. Todo lo vivido se convierte así en inscripción, para cumplir la vocación arquitectónica, urbanística.
se vive y escribe a un tiempo. Y finalmente parece como Pero conviene añadir una segunda matización que
si las escrituras se cruzaran unas con otras, terminaran constituye el contrapunto sombrío y de mal agüero del
por tacharse y obstaculizarse, llegándose de este modo asunto. ¿O no asedia necesariamente lo sombrío a lo
a lo que Benjamin denomina cel caos de lo simbólico•. luminoso, el negro al blanco, el lado nocturno de la
Finalmente todo se acrisola, la variopinta combinatoria naturaleza al lado aéreo e hiperbóreo, lo telurico ) sub-
de colores deja paso a una pureza temida y presen- terráneo a lo olímpico y estelar? La rigidez de la figura
tida: la sombra absoluta, la pura luz. De joven asedió estatuaria del personaje puede nuevamente servir de
el lado nocturno y sombrío. De viejo tienta el Espacio· índice.
luz, allí donde asciende la mariposa que ha cumplido De indolencia y de abulia habla Thoma<> Mann en
la pertinente metamorfosis y ha sobrenadado su espe- el texlo citado. Schiller se lamentaba de esos estados.
cie. Todos los signos, las inscripciones se confunden en Otro efecto, todavía no señalado, de esa conflagración
la unidad sin mácula del Espacio-luz, pura energía, sím- de móviles y proyectos cuyo excitante lo constituye el
El aníliu· dt- si rní~mo f-:1 <lit Ífitl" dt• .,¡ lllÍ\lllO
HO 81

¡ .,, r¡1balgata de Fausto' !\1elistófcles. por Delanoix.

[J .1n ílicl' de si mL!.1110


82
«caos de lo simbólico•. Demasiadas empresas obstacu- 83
lizándose unas a otras. Demasiadas escrituras también, do, congenia! como ninguno al alma femenina de la
pero fundamentalmente, demasiadas incitaciones y mó- naturaleza, a su lado lunar y nocturno.
viles. Entonces sobreviene la perenne vacilación, ewiges
Zwanken y el peligro infinito de lo indeterminado. En- Crefa en la naturaleza, en la naturaleza animada
tonces entra en escena la duda, duda obsesiva. Cada y sin espíritu, en la viva y en la muerta, para descu-
bombardeo de la sensibilidad, cada abrir y cerrar los brir en ella algo que sólo se manifestaba en contra-
ojos, cada incitación cutánea se presenta como móvil, dicciones y que, por tanto, no podía ser concebido
porque previamente se ha mostrado significativo y sim- mediante ningún concepto, ni captado por ninguna
palabra. No era cosa divina, pues parecía irracional;
bólico. Se ha de actuar, se ha de realizar lo que enton- tampoco humana, pues carecía de entendimiento; ni
ces aparece como germen, como indicio. Se ha de per- diabólica, puesto que era generosa; ni angeHcal, pues-
seguir ésta hasta cumplir su metamorfosis, hasta alcan- to que frecuentemente se complacía en el pesar. Se
zar la entelequia. Pero al ser excesivos los aguijones, asemejaba al nzar, pues carecía de consecuencia; te-
invaden la piel como si fuera lava volcánica y el cuerpo nía parecido con la profecía, puesto que apuntaba
entonces sufre el efecto pompeyano de una momifica- a relaciones. Todo lo que nos rodeaba parecía estar
ción irremediable. Se convierte as( el personaje en es- penetrado por ella; me parecía disponer arbitraria-
tatua de piedra, se sume en un estado de hipertensión mente con los elementos más necesarios de nuestra
taciturna que impide cualquier determinación. Porque en existencia; reunía a los tiempos y abría los espacios.
ese estado valdría realmente cualquier determinación. Parecía complacerse en lo imposible, rechazando con
desprecio lo posible. A ese ser, que se imponía sobre
Sólo la divinidad podría superar esa anestesia por so- to~os Jos demás, lo llamé demoniaco, para distin-
breexcitación: cumplir el humanamente imposible d~ gwrlo, para determinarlo, siguiendo el ejemplo de
sideratum de ser todo a la vez, suprimir el quodammo- los a~tiguos y de aquellos que habían advertido algo
do de Ja frase: «Anima est quodammodo omnia•. Tanto semeJant~. Traté de salvarme de ese ser terrible.
como determinar lo intedeterminado, el Todo. De una
vez para siempre, tola simul, en justa supresión de lo Benjamin, en su soberbio trabajo sobre Las afinida-
temporal. Pues, ¿por dónde comenzar la acción, por des_ electivas, destaca esta última frase delatora: «Tra-
dónde iniciar la determinación, por dónde establecer té de salvarme de ese ser terrible.• Y cita oportuna-
un primer limite, cuándo todo está en todo, en justa mente ~1 horóscopo ?e Goethe tal como éste lo recoge
unión de unidad y totalidad? Entonces sobreviene el al comienzo de Poesta y Verdad: •La constelación era
estado de posesión que se escenifica en esa otra cara afortunada; estaba el Sol en el signo de Virgo y culmi-
de la rigidez convulsa y nerviosa. Pero no es posesión naba ese día, mirábanse amorosamente Júpiter y Ve-
de un daimon benéfico como el mefistofélico de Fausto, nus; no era adverso Mercurio; Saturno y Marte mos-
espíritu de negación, dubitación, contradicción que hace trábanse indiferentes ... • 1
posible la acción, la mediatiza y la matiza, le quita la
aspereza de lo informe, la hace híbrida de luz y sombra, . l. La interyretación de Benjamin, es, con mucho, la más
la inscribe en el universo de lo real al arrancarla del interesante e importante que conozco sobre Goethe, realizando
subjetivismo de lo posible. c?n creces su pretensión crítica, expuesta en las primeras pá·
guias del texto, donde distingue Ctitica de comentario en tanto
Otro es ese demonio más arcaico que el Mefistófeles la prime~ trata con ~I cont~o de verdad, mientras la segun-
de la era jupiterina (era en la que se traduce el Logos da se eme al contenido obJetívo. Bueno es cotejarla con los
por Acción). Un Mefistófeles terráqueo, más arrastra- excelentes estudios de E. R. Curtius, Goethe como critico, Goethe
burócrata y Goethe, caracteristicas de su mundo incluidos en
Ensayos críticos sobre la literatura europea, B~lona, 1972,
84 85
Pero cita también el horóscopo más inquietante que cripción, empresa. Allí nada florece ni fructifica. Lla·
da Boll en su Creencia en las estrellas e interpretación maba en mi libro Drama e 1dentidad a l infierno cese
de los astros: lugar de buenas o pésimas intenciones que jamás se
cont.abilizan e~ acciones•. Dominio saturnal de un pen-
Que el ascendiente de Saturno esté tan próximo samiento perdido en ensueños taciturnos. Escisión ra-
y repose en el maligno Escorpión, arroja algunas dical del sujeto respecto al mundo objetivo. Duda im-
sombras sobre esa vida; por lo menos una cierta pro~uctiva, contradicción estéril, negación ensimisma-
cerrazón serd motivada por el signo astrológico du-
doso en su conjunción con el ser secreto de Saturno, da, mdeterminación irremediable. Y como resultado de
en la veje1.; pero también -y ello remite a lo que e~e. ascendiente, el quietismo del que se quejaba el
sigue- a un ser vivo que se arrastra por la tierra, vieJO Goethe, una suerte de Nirvana de mal agüero del
donde se encuentra el planeta cterrdqueo• Saturno, que no brota ninguna acción, ninguna inventiva, nin·
esa fuerte tendencia hacia lo material que se atiene guna construcción.
a la tierra con torpe amor sensual y con órganos
aprensivos. · Júpiter y Venus se miraban amorosamente a la luz
del Sol, de ahí la compulsión al vuelo, la exigencia de
Frenle a Mefistófeles, aguijón benéfico de Fausto que claridad, el fervor plástico y apolíneo. «Sólo la Luna
proporciona su impulso ascensional, se delinea un se- -termina Goethe al dar su propio horóscopo-- que en
gundo rostro del Malo, otra cara de Mefistos que hunde seguida alcanzó su pleno, ejercía el poder de su contra.
a la víctima posesa en esos estados conocidos desde fulgor, tanto más cuanto que también habíase iniciado
antiguo, especialmente vividos en la época de la diso- su hora planetaria.»
lución del clasicismo renacentista, a los que podemos Se delinca así el cuadro de oposiciones: blanco y
denominar «Satumianos•. negro como polos irrebasables que tienen en el azul y
Tendría lugar, por consiguiente, un desdoblamiento: el ama~.illo su lími.te cromático, luces y sombras, que
muy pocas veces destacado con precisión, del espíri· en los Jirones de ruebla matutina y en la noche clara y
tu incrustado en el corazón mismo del Ser o de la Na- estrel~a~a hall~n su temple y moderación, lo aéreo y
turaleza. Poco es quizá llamar tediwn vitae al senti· lo telurico, el impulso del gusano a salir del estado de
miento resultante de esa segunda posesión: un sufri- crisálida .Y alzarse ~ vuelo transformado en mariposa,
miento improductivo, estéril. Encierro en la cárcel la tentación del abismo, protagonizada por Lord By-
de la subjetividad. Si el primer Mefistófeles incita al ron o por Euforión.
vuelo y a lo ligero, este segundo hunde al sujeto en su
interior telúrico, constituyendo el verdadero «espíritu Goethe condujo su vida de tal manera que el doble
de la pesante1• de que habla Nietzsche. El lugar a don- exceso de l~ nocturno ~ lo luminoso no terminaran por
de se .llega en ese hundimiento es propiamente, estric- vencerlo. Hizo de su vida una excelente administración
tamente, Infierno: lugar de hielo, al decir de Baader, en la que la intensidad moderada punteaba la voca-
al decir de Thomas Mano, donde el sujeto deviene es- ción. por la extensión. Quantum y quale alcanzaron en
tatua tallada sobre el iceberg. Tundra siberiana, paisa- su ~iografía .~ª s~tesis armoniosa. Difirió cuanto pudo
je polar. Allí ninguna incitación o móvil se hace ins- la cna defimhva, cita que en la crisis pasional del ado-
lescente ofrece la faz terráquea y sombría de la Sturm
und Drang, verdadera explosión del elemento saturnia-
donde se examinan en detalle ciertas particularidades biográfi-
cas, a La vez que se coteja la concepción del símbolo goethiano º.º in_hib.ido. por una cultura glorificadora del impera-
con su teoría acerca de los colores y de la metamorfosis. tivo JUpitermo de la Acción y la Determinación, cita
El artilii::t' cll' ,¡mismo El an ifice de si mismo
87
86
que en los últimos años se presenta como un exceso ce-
gador de luminosidad.
Este cuadro de oposiciones constituye lo manifiesto,
pertenece a la reconstrucción arqueológica efectuada
por Goethe acerca de su propio registro de experien-
cia. Es, pues, fruto de una lectura interna y por lo
tanto una versión, decana desde luego y especialmente
sintomática, pero no por lo mismo necesariamente ver-
dadera. El cuadro así presentado resulta demasiado es-
tático y anatómico. Desearíamos verlo en movimiento,
tal como corresponde a un organismo viviente. Para
ello debemos aproximamos al inventario de figuras que
presenta el teatro de marionetas, internarnos en algu-
nos personajes del reparto. Acaso se delinea la oposi-
ción en la proverbial pareja de Fausto y Mefistófeles,
pero este genio de la ironía y de la contradicción es
demasiado propiciador para Fausto para que resulte vi-
sible allí ese «Otro rostro de Satán» próximo al «lado
malo de la Naturaleza». Nos cela, por consiguiente, un
rostro más contrahecho. Hay que acudir entonces al
W erther, obra de la Sturm m1d Drang, producto del
mal de un siglo que sentía el crecimiento y desborda-
miento de P.Se lado malo y de sus formas malditas. Pero
Werther es un embrión, verdadero homunculus de lo
que buscamos. Sin embargo, hay prefiguraciones : esos
estados en que Werther, perdido en la cárcel de Ja sub-
jetividad (y toda pasión que no alcanza a moderarse es
en su raíz subjetivista), dej a que le invada un senti-
miento, deja que éste se pierda en la indeterminación
} arrastre en esa pérdida al desdichado. O cuando des-
m ien t~ sus razones y sus móviles, dando finalmente
también mentís al acto mismo de desmentirlos, logran- l.,1 mue-ne dl' \\'e rt her.
do mediante esta vía negativa una aproximación a lo
indeterminado y ossiánico. Estados hiperhamletianos,
de claro ascendiente saturnal, que aparecen en toda
su cruda verdad en Torquato Tasso. La concordia dis-
cors renacentista ha sido rota en esa primera declina-
ción del ideal armonioso y clásico cuyo b rote especta-
cular lo constituyó la generación manierista. En la
corte de Ferrara ya no existe la cumplida síntesis del
El aní lice de si mismo
88 89
libro y de la espada, del pensamiento y de Ja acción, sonaje se halla en vías de formación, de curación. Meis-
de Júpiter y Saturno. Sólo el príncipe mantiene viva ter halla al fin escrita en el Templo del Saber su propia
la tradición del uomo singulare. Pero actúa in extremis vida de aventuras bohemias. Comprende entonces que
como mediador de lo irremediable, por cuanto sus dos la aventura era aprendizaje. Sólo la subjetividad ensi-
brazos el brazo armado del ministro y diplomático, el mismada, posesa por la segunda figura mefistofélica ,
brazo humanista del poeta de la corte, se hallan sumí· constituye la esterilidad pura. Ese demonio es, pues,
dos en un pleito sin remisión, a modo de enemigos irre- contrario al imperativo vocacional. Tienta al sujeto di-
conciliables. Antonio no modera su maquiavelismo con ciéndole al oído: cdesentiéndete de la deuda•. Lo sume
la estilización poética, Tasso no modera su ascendiente en el ensueño del sentimiento, le deja perderse en el
saturoiana mediante el pacto objetivo con las exigen- laberinto de la pasión. Hay una oposición de última
cias cortesanas. Se sume en sus estados taciturnos, de instancia entre Pasión y Producción. La figura de Oti-
manera que libra en el interior de su subjetividad una lia y Ja del Capitán constituyen, en Las afinidades elec-
batalla sin cuartel de la que no puede resultar ninguna tivas, los dos polos de un gravísimo problema, esceni-
nota armónica. La subjetividad desnuda de mediación ficado y pensado por Goethe, pero que afecta a todo
con lo objetivo se pierde entonces en el laberinto de los ser humano. Pero Otilia y el Capitán son figuras plena-
fantasmas del deseo, obstruyéndose entre sí las varia- mente formadas, son verdaderamente especies superio-
das ramificaciones de éste. Y el perdedor de ese com- res. A su lado, Werther o Tasso constituyen preforma-
bate es el propio sujeto, que sin embargo siente la ten- ciones. Otilia es un ser de la naturaleza que extrae de
tación de la autodestrucción, con lo que quiere y aca- ella su fuerza magnética, su poder de médium, su mi-
ricia su propio descalabro. Entonces todo remedio es metismo inquietante. Pero también su lado sombrío,
enfermedad, nada ni nadie puede salvarlo. Es un de- autoaniquilador y «amoral». El Capitán realiza el pacto
mente. Confunde al perseguidor y al perseguido. Y el del sujeto y del objeto: no menos pasional en su amor
resultado de este proceso es la retracción, la agorafo- por Carlota que Otilia, sin embargo modera lo subje-
bia, la inacción, que sólo en virtud del ascendiente be- tivo con la vocación constructiva, de la que resultan
néfico de la princesa Leonor -congenial por lo demás obras de ingen iería y arquitectura. En última instan-
con esa espiritualidad taciturna- logra objetivarse en cia la obra de arte, plástica o poética, consuma la sfn-
poesía. tesis de pasión y productividad, tomando su savia del
elemento subjetivo pero plasmándose carnalmente so-
Sin embargo, Werther alcanza un mínimum de ob-
bre el papel o sobre la piedra. En Goethe la obra de
jetivación de su mal: lo inscribe en las cartas que va
mandando a su amigo. En Tasso el homunculus se ha arte es cumplida síntesis armónica. En la praxis artís-
formado, pero el mal ha crecido también. El estado de tica posterior y en su reflexión filosófica, estética, esa
posesión es más grave, pero en contrapartida la ins- síntesis dejará lugar a una vecindad peligrosa de be-
cripción por vía epistolar ha trascendido al nivel de lleza y enfermedad, de arte y tentación del abismo: ya
el romanticismo prefigura ese disloca.miento. Todavía
poema de alcance universal. En el que, por lo demás,
no se narra la desventura del Sí mismo, sino que se en Goethe se consigue armonizar esas instancias, ya vi-
vidas conflictivamente: la deuda, la vocación, el signo.
trasciende en el relato de los hombres de acción y de
su universo épico. Ahora bien, en tanto media o reme-
día el quietismo taciturno Ja actividad creadora. en
tanto la posesión deja paso a la escritura, al imperio
del signo sensible, puede decirse entonces que el per-
El <trtílice QI:' sí mismo
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91

111

La deuda se satisface mediante Ja inscripción. La vo-


cación se cumple en la producción de signos. Prime-
ro hay sombras evanescentes que, al primer toque de
incitación sensible, remueven el caleidoscopio de la fan-
tasía de tal manera que el joven no ceja en su nerviosa
agitación dubitativa entre el vivir y el escribir. La ins-
piración es de sobras inoportuna, se cruza en el camino
demasiadas veces al día, de forma que el sujeto se ve
obligado a singulares piruetas propias del oficio, escri·
bir poemas de circunstancias en los puños de las cami-
sas o en cualquier suerte de papelucho. Lentamente el
alma se serena. Del fértil teatro de marionetas surge
primero cierto homunculus que posteriormente causa-
rá espanto al creador, al modo como causa espanto el
monslruo al incorporarse ante el doctor Frankcnstein.
El joven mata su pasión suicida con la creación de ese
impuro sosias que a partir de ese momento adquiere
vida independiente. Entretanto el joven se distancia y
huye. O si se quiere decir así: deserta. Merced a esa
deserción será posible remover Ja retorta del alquimis-
ta, de manera que surjan de ella personajes más en-
teros: Tasso, Orestes, Meister ,Fausto, Germán y Do-
rotea.
El joven inexperto ensueña su presencia futura al
salir de su primer serio atolladero sentimental, pero
se trata de un fantasma de la subjetividad percibido
en el área del profético presentimiento. Va a caballo
por el campo y percibe de pronto a sí mismo volvien-
do en dirección contraria también a caballo, sólo que
varios ·años después. La anécdota queda registrada en
Poesía y Verdad, obra con la cual se consuma la ope·
ración creativa. En esa obra se da remate a la cons-
trucción del propio sosias. No es su prefiguración en
forma de homunculus, sino todo el proceso de aprendi-
zaje y andanzas que conduce al Hombre plenamente
formado. Ese Hombre, en su presencia física ante los
otros y ante sí mismo, como máscara exterior, consti-
El a r1ilicc de~¡ mismo
El .11 1ilic1· de ~í mí\mo
92
tuye la inscripción primera, el signo de identidad, la
escritura originaria. El texto Poe$ía y Verdad es, en-
tonces, la rubrica de la inscripción. Primero se ha crea-
do el propio monstruo, luego el poeta ha cantado su
memoria. AJ primer desdoblamiento ha sucedido un
segundo desdoblamiento. Y en el relato se ha podido
construir con esa identidad -primer ingreso en el te-
rreno de la ficción- un personaje equívoco que se aña-
de al reparto del universo novelesco. De ahí que ese
personaje sea tao verdadero, examinado desde el cri-
terio estricto de la ficción novelesca. Tanto o más ver-
dadero que si fuera únicamente el resultado de una cró-
nica o de un informe histórico objetivo. Ese avance
por la vía del signo y de la ficción aproxima a la ver-
dad. Se trata por consiguiente de la realización del ver-
dadero doble. Un personaje más, un protagonista nue-
vo surgido de la misma retorta alquímica, igual que sus
hermanos de creación, sin que su derecho al pronombre
personal de primera persona le conceda mayor enver-
gadura ontológica.
De niño debió relatarse a sí mismo su propia tra-
yectoria vital y de mayor debió ordenarla en estados
de somnolencia por capítulos y parágrafos. Al fin, en
la vejez, puede permitirse el aplomo de objetivar ese
guión diario a través de una equívoca autobiografía.
De esta !>Uc rtc alcanza acuerdo musical \'ivencia y
símbolo, siendo la inscripción objetiva y pública, pri-
mero de las obras fantaseadas, posteriormente de la
identidad construida, la rúbrica misma del acuerdo. Se
trata, desde luego, de un pacto. Pero por esta vez las
dos partes salen gananciosas: el exceso de fogosidad
vital no conduce a lo contrario de sí misma, suicidio
o desvarío de la mente; su defecto no alcanza a robar
al signo su elemento ígneo. Algo se paga como satisfac-
ción de tan ventajoso pacto: la rigidez olímpica de la
figura de carne, el mal humor del temperamento, cier-
ta ritualización sospechosa del obrar, del coleccionar,
del guardar. El cobro es sabiduría y poesía, en armó-
nica conjunción con el poder: de todo ello rezuma la \ ul•ll l('l l illll L'll ' ll habiraní111 d e- h a nkfu11.
obra de vejez, la más pura, la más emocionante, el se-
El ,u 1llin· dt' ~í tnismo 1.1 mi tin· dL· sí mi,11111
95
94
tal) al encauzar su actividad en la construcción de in-
gundo Fausto, Las afinidades electivas, el Diván, Poesía terés público, arquitectura, ingeniería. En la creación
y Verdad. Se realiza la vocación y se satisface la deuda civil. Prefigura de este modo la figura del Fausto em-
mediante signos sensibles o sacramentos. Y una lección presario y constructor. En él se realiza el mito masó-
ético-política se desprende de todo ello como testamen- nico que acrisola la novela y que se desvela en el dis-
to educativo: las vidas pasan, las almas vuelan a su es- curso del albañil, dando sentido a la célebre Tat pro-
fera propia, quedando entonces firmes las estatuas, las nunciada por Fausto. No el comienzo de la acción sino
construcciones, los monumentos, siempre y cuando ha· el remate. No el diseño sino el acabado. No la prime-
yan sido edificados con lentitud y con primor, desde la ra piedra sino la última. El signo alcanza su mediación
primera piedra hasta la última. En cuanto a la figura con la acción en la entelequia.
del viejo Goethe, hechura de toda una vida: es en rigor
estatua o monumento, símbolo sensible que encarna
en sí mismo esta aserción. IV
El ritmo de la naturaleza erosiona las más firmes
construcciones jurídicomorales. El propio matrimonio Yerra, por tanto, Ortega y Gasset en su interpretación
acusa deterioro ante la ley de las afinidades electivas. de la Tat como el nudo comienzo de la acción, la deci-
Esta ley devuelve a la naturaleza lo que es de la natu- sión o la sencilla puesta en marcha. Esa acción, en el
raleza, lo que le es demasiado afín. Deja que el gas se caso particular del hombre Goethe, se despliega y se
sublime para que otras sustancias puedan combinar- plasma en múltiples direcciones, sin que la escritura
se. El sacrificio de Otilia, víctima propiciatoria al decir prevalezca sobre las demás. Logró determinarse aliquo
de Benjamín, no es en absoluto en vano. Vuelve a sus modo en cada una de ellas, sin que la concentración
lares, pues la Naturaleza es su elemento. Pero no sale vocacional en la órbita literaria, deseada por Ortega,
gananciosa Ja ley sobreimpuesta al elemento natural. La hubiera garantizado en absoluto una cuota más alta de
ley física de afinidades corrompe la ley lógica, social calidad y grandeza. De hecho, se aproximó como pudo,
o nómica de ordenamiento jurídico e institucional. La como supo, como la historia vivida le permitió, a la
naturaleza araña mortalmente la moral, el matrimonio. realización del ideal del uomo singulare o del alma que
De ahí que sea Carlota la perdedora en este cruel jue- es de algún modo todas las cosas. Su infinita curiosi-
go, aunque su aplomo y discreción la convierte en la dad, atestiguada por testimonios propios y ajenos, su
verdadera heroína junto con el capitán. En última ins- capacidad de diversificación lo prueban suficientemen-
tancia su silenciosa presencia destila una lección suti- te. Ese ideal tiene poco que ver con la interpretación
lísima de moral de buena ley: pasmosa heroicidad del ortcguiana del imperativo vocacional a la autodetermi-
Nomos frente a la adversidad de la Fysis. nación. Porque el ideal humanista pide, exige del hom-
Sólo el capitán alcanza una cota más alta de proxi- bre, determinarse a ser Todo. Ideal que tiene en la fi-
midad con la verdad, por cuanto accede a la inscrip- gura de Fausto su plasmación póstuma y expresiva. Que-
ción sensible y sacramental. Algo superior a la obje- rer ser todo significa en algún sentido determinarse a
tivacion creativa del Sí mismo en el plano natural, re- ser todas las determinaciones. El terrible peligro de esa
sultante del matrimonio, algo que sobrevuela la propia voluntad consiste en el fiasco saturniano, su contrapla-
paternidad. Pero también algo más verdadero que la cado dialéctico: ya que el hombre nacido bajo la estre-
objetivación ensimismada de la propia ensoñación en lla de Saturno, al no poder ser todas las cosas, las en-
un Diario, al modo de OtiHa. El capitán alcanza una sueña, las alucina. Entonces todas las cosas son, como
objetividad sobrenatural, social (y por ende sacramen-
El an ilice de •i mismo
96 97
en el caso de Nietzsche, su perdición. Entonces el Todo
comparece como la muda indeterminación. Goethe su-
frió esa mala estrella pero logró sobrepujarla.
Pudo ser, por tanto, escritor, estadista, pensador, na-
turalista. Pero ese ingente despliegue de actividad que-
dó al fin trascendido también en una última y ambigua
síntesis; en poesía y sabiduría. Instancias próximas
a la verdad donde Ja propia acción y su efecto
monetizabJe como inscripción sensible asoma hacia
aquello que las trasciende. Ya que en última instancia
Ja verdad, si bien se plasma objetivamente en acción
y en símbolo, rebasa la condición de ambos. Y es por
lo mismo metahumana. Sólo Ja poesía y la sabiduría,
incrustadas en lo sensible activo o poético como lec-
ción silenciosa, apuntan a esa instancia liminar. De
hecho, excede, rebasa todas las cosas. Es unidad nega-
tiva y síntesis paradoja!. No pertenece, por consiguien-
te, al universo de las categorías sino que lo trasciende. Fr.rnkf'un.
Es de iure Jo trascendental. Praxis, producción, histo-
ria objetiva, síntesis sujeto-objeto, se anonadan final-
mente en ese segundo plano y último. Por esta razón l'.1111a·111m rl1 \\ l'rth1·1' C:,11 Jota
la Verdad carece de adjetivos, que siem,">re pertenecen
al universo categorial. No es verdad natUral, científico-
positiva, ni es tampoco verdad social, verdad histórica.
No debe por ello confundirse lo categórico con lo tras-
cendental. Sólo esa confusión posibilita interpretar al
hombre Gocthe como erróneo sustentador de doctrinas
científicas periclitadas o como cínico conocedor de los
procesos sociales. Aquí el marxismo, en su exégesis, es
reductor. Adolece por lo demás de su proverbial defi-
ciencia, su ignorancia de la categoría psicológica. En-
tonces la relación del sujeto con la verdad, el proble-
ma de la veracidad, al plantearse únicamente en térmi-
nos de verdad científica o de verdad sociohistórica,
carece de instrumentos de precisión para notificar
acerca de los eximentes psicológicos. Dice Lacan de los
marxistas que harían bien en dejar libre el lugar de la
Verdad, que precipitadamente adjetivan como social.
Y aunque lo mismo puede decirse de Lacan y del psi-
coanálisis, por cuanto saltan de un pistoletazo de la
1:1.irtílin· di' si mismo
98
verdad intersubjetiva a la verdad ontológica, lo cierto
es que el marxismo suele confundir tambi~n demasía·
das veces lo óntico con Jo ontológico. En esas circuns·
tancias no puede comprenderse -ni siquiera históri·
camente, por falta de mediación psicológica- la vis-
ceral repulsión de Goethe a todo lo revolucionario.
No puede comprenderse el papel idéntico que desem-
peña la catástrofe natural y la social, papel que en la
economía de la narración comparece constantemente:
en Germán y Dorotea, en el Cuento del león y el niño,
por no hablar de Poesla y Verdad en su referencia al
incendio de Lisboa. Se olvida entonces que Goethe era
un hombre del siglo dieciocho con antenas hacia el
futuro, se mide su naturaleza de base con el rasero de
esas antenas que sobrenadan el dato de partida. Y como
buen dieciochesco veía los hombres y la sociedad con
mirada de «historia naturab, percibiendo el curso de
las cosas según la polaridad del continuo y de la ca-
tástrofe. Se ignora, por lo mismo, el sutil vínculo de
afinidad, si no de identidad, entre el pecho enfermo l..1 c<1,,1 ck (;1wllw 1•11 \\ºc:imar.
que se abrasa por el fuego de Ja pasión -icono soco-
rrido que en Goethe desprende su carácter emblemá· ( ••11 l><·11h1·1111. l'I \\',1hllw1111 dd \\ 1•1th1•1
tico hasta destilar verdad-, entre la catástrofe natu-
ral (terremoto, desbordamiento, incendio) que rompe
el contimwm de la vida ciudadanoburguesa encapsu-
lada en la muralla y defendida por torres, pórticos y
llaves, y esa tercera especie de catástrofe que redon·
dea el tríptico, hundimiento de las naciones, de las
clases, de los estamentos, que tiene en Ja revolución
francesa su culminación. Tríptico del horror, desvario
de la mente en la pasión amorosa, locura de la natu-
raleza en el cataclismo, de la sociedad en la revolución.
Triptico de la Sturm und Drang o del mal de un siglo
de cuyo morbo quiso Goethe, como supo, como Dios
le dio a entender, curarse. ~I fue el médico de sí mis-
mo. ~l fue su propio terapeuta. Púsose a sí mismo en
el diván y en virtud de esa operación, similar a la que
somete Hegel en la Fenomenología del espíritu a Ja
consciencia ingenua, surgieron esas figuras del espíri-
tu en vías de formación que son Werther, Tasso, Meis-

El .11 t llict• di' si mismo El .m ilice di' si nusmo


100 1()1

ter, Orestes, Fausto, el propio Goethe como personaje eró~icas primarias. La mala fe del psicoanalista, su ar-
de Poesía y Verdad. El incendio queda sofocado en guc1a de poder consiste en dejar al paciente en estado
virtud de aparentes actitudes cínicas. Pero se trata sólo de. mala objetividad, como naturaleza fatalmente pres-
de una apariencia inmediata y poco duradera. cnp!a por huellas inseminadas en la infancia. Enton-
ces ~cumbe al Otro (el terapeuta) la tarea educadora,
De la consciencia ingenua se efectúa el pasaje a la curativa. Al menos sucede así en demasiadas ocasio-
consciencia ya formada y la rúbrica del pasaje es la nes, aunque desde luego no necesariamente. Lo cierto
creación de vida y escritura. Finalmente esa totalidad es ~ue la. dia~nosis de proclividades deja en el tintero
comparece en el diván, del mismo modo como el joven la mvest1ga~ión del proceso de autocuración. y es
Meister al ingresar en el Templo del Saber. Entonces éste el que unporta. La exégesis lacaniana muerde con
Goethe escrit?e el relato en profundidad de sí mismo, fortun~ en la obra juvenil del escritor o en sus recuer-
narra su nosografía, construye su propio historial. De dos primeros, con infortunio en la obra de vejez De
este modo contribuye a la creación plástica y sensible l~ Elegi~ al Diván media la diferencia entre la n~ur<r
de sí mismo: logra la objetividad de la identidad, el sis obsesiva y su curación. En el Diván es Ja poesfa mis-
paso de ésta al terreno objetivo de la inscripción. Goe- ma .Y su verdad lo que ingresa en el Diván de la sabi-
the se examina a sf mismo con mirada medusea hasta duna. Todo el poema es poesía de la poesía y verdad
convertir su identidad en objeto. Siente curiosidad res- ~e la ~erdad. ~ potencias desatadas de la naturaleza,
pecto a su caso. Consuma de esta suerte el arte y el incendio, hux:acan~ arena del desierto, quedan apaci-
ethos refinado de un auténtico gay saber. No se percibe guad~s en la msc?pción, cántico del poeta. A sabiendas
en el relato una sola intromisión de fantasmas sub· q~e este se empma con el símbolo a la verdad, a sa-
jetivos, deudas mal dirimidas, cupabilidades sospecho- biendas q~e esa defensa es a la larga irremediablemente
sas, autorreproches. Sorprende la helada y cálida mi· lo contrario de un escudo o una coraza. Porque de este
rada de una razón que observa espiritualmente. Sor- trato con el símbolo destila una verdad más escondida
prende su carácter cno-confesional •, tan ajeno al espí- Y más secreta.. un trato más próximo con la entraña
ritu cristiano, tan ajeno a la moral. o. el meollo mismo de lo natural. Pues no son claros
En un principio es la amada la que sufre la acción ni_ unívoco~ lo.s símbolos. En última instancia, como
de la mirada medusea. Las manos del poeta confunden senala BenJamm, todo se vuelve simbólico: el orden se
el abrazo con el cincelado, ciñen el cuerpo de la mujer trueca nuevamente en desorden, caos de lo simbólico.
romana con hexámetros. En el contexto de las Elegias Y entonces y~ todo resuena en todo, como en los tra-
romanas se advierte todavía un desdoblamiento del ob- tados de magia. Todo se vuelve significativo. Todo rezu-
jeto erótico: el olimpio frente a la taberna. La bella ma goce Y luz. Por huir del lado nocturno se ha caído
romana inscribe garabatos sobre la mesa del conven- en las g~s de ot~o terror más angustiante. De ahí
tículo tomando como materia el vino derramado, mien- que .en medio del Diván emerja el vuelo esa peligrosa
tras el ·poeta olímpico la transfigura en diosa griega. El manposa d.e l~ ~~e desbarata la apaciguada pronti·
veredicto acerca de la neurosis obsesiva del poeta, nos tud de la mscnpcion remediadora.2 Miedo a la vida,
cuenta entonces la primera mitad de la aventura: mu-
cho nos dice respecto al equipaje y al programa con
que se lanza la consciencia ingenua a sus años de 2. Sagl es niemand, nur den Weisen
aprendizaje y andanzas. Pero nos dice poco respecto Wcil die Mcnge glekh verhOhnet: '
Das Lebend'ge will ich preisen,
a la terapia que se autoasigna. Y ello es lo que importa, Das nach Flammentod sich sehnet.
mucho más que el simple recuento de proclividades
1:1.1nllite ti<- ,í 1111~mo
El .irtlfü 1• de si 1111'1110
102 103
insinúa Benjamín. Angustia. Pero no respecto a Mada- Epílogo:
me Lamort. Aquí el existencialismo y el psicoanálisis
beideggerianfaante deben sufrir la interpretación del Hegel, Goethe y los románticos
interpretado. Angustia ante el exceso de luz, angustia
ante el exceso de goce. Insoportable goce al que con-
tinuamente hace referencia Goethe en sus poemas. Por
esa razón puede confesar el más espléndido de los es-
critores, el menos maldito, el más afortunado: •tran-
quilizaos, no fui feliz».3

Nicht mehr bleibest du umfangen


In der Finsternis Beschattung, I
Und dich reisset neu Verlangen
Auf zu hoherer Begattung. El vaJor de una filosofía se prueba muchas veces por
Keinc Ferne macht dich schwierig, Ja capacidad que tiene de integrar sistemas de pensa-
Kommst geflogen und gebannt, miento adverso. No se limita a una confrontación del
Und zuletzt, des Lichts begierig,
Bist du Schmetterling verbrannt. pro y del contra, sino que se esfuerza por reintcrpretar
las posiciones contrapuestas, situándolas debidamen-
3. Las Elegías romanas, lo mismo que algunos pasajes de te en el seno de la propia interpretación. Cuando esta
Poesía y Verdad podrían resultar «interpretables• en el sentido
habitual del término. No así el West-oestliches Divan, que al operación no es posible, entonces la filosofía que se
igual que el segundo Fausto, Poesía y Verdad tomada como obra afirma deja en la sombra a otros sistemas de pensa-
de biograffa.ficción y Díe Wah/verwandtschaften exigen trascen- miento que actúan en su contra y que detentan Ja titu-
der comentario e interpretación en critica. Exigen, en todo caso, laridad explicativa de ciertos sectores de la realidad
interpretación en el sentido musical del término: Ja que tiene
que ver con símbolos, no ya con alegorías. Porque esos textos que la filosofía en cuestión ha dejado sin explicar o ha
intentan -y consi¡uen en la humana medida- decir verdad. explicado torcidamente. Puede decirse que una filoso-
Para ello es preciso experimentar verdad, y en ello estriba la fía es tanto más válida cuantos menos sectores de rea-
dificultad, por cuanto abrasa en virtud de su naturaleza ígnea lidad deja por explicar. Y por lo mismo, cuanta más
-abrasa el pecho del poeta que en medio del desierto sufrirla
Ja más espantable insolación de no prevenirse mediante astucia capacidad tiene de integrar puntos de vista o posicio-
o listeza con los adminículos salvadores, los talismanes-. Gra- nes adversas. Una filosofía poderosa llega al extremo
cias a ellos, al igual que en Die ZauberflOte de Mozart, donde de considerar como propias esas posiciones contrapues-
la flauta mágica cumple idéntico papel, puede atravesarse el tas. Tiene, en última instancia, la pretensión de ser una
fuego que sale entonces por la boca en forma de cántico y por
las manos en forma de inscripción o escritura sobre lápidas, filosofía que se resuelve en todas las filosofías.
tablillas o papiros. De esta suerte se evita el garabato al viento, La filosof1a hegeliana puede pasar por paradigma de
la excesiva velocidad del proceso de inscripción y deterioro. Re- filosofía omnicomprensiva. Su misma definición de la
posa de esta manera el cantor o el poeta y de ello se beneficia •refutación• nos da una pista respecto a una operación
la comunidad. Y sin embargo intenta inscribir palabras o sig- de la que Hegel tenía sobrada autoconsciencia. Refutar
nos sobre las olas movedizas, del mismo modo que también
añora, en feliz nostalgia, un salto hacia el espacio-luz, como el no es contraponer un sistema filosófico a otro y diri-
que da la mariposa de fuego, que escribe en los aires con su mir la cuestión apelando a opciones. Este proceder,
vuelo hacia más allá de si misma, siendo el vuelo mismo signo. característico de un Fichte, le debía parecer a Hegel
Oltima palabra -secreta, mediodicha únicamente a los pccos extraordinariamente ingenuo y torpe. Refutar signifi-
sabios- de Goethe: a esa maripQsa suicida quiero alabar.
bl .-r1lfice de si mismo
104 105
ca, para Hegel, desarrollar la verdad latente aunque
parcial que encierra una determinada filosofía. Signi-
fica asumir por completo esa filosofía y a la vez ir más
allá de Ja misma, trascenderla, sobrepasarla (en el sen-
tido hegeliano de la Aufhebung). Todo ello implica, ade-
más, una redefinición de lo que suele entenderse por
verdad y por error:

... La determinación de tas relaciones que una


obra filosófica cree guardar con otros intentos en
torno al mismo tema suscita un interés extrario y
oscurece aquello que importa en el conocimiento de
la verdad. Cuando arraiga la o~nión del antagonis·
mo entre to verdadero y to falso, diclta opinión sue-
le esperar también ante un sistema filosófico dado,
o el asentamiento o la contradicción, viendo en cual·
quier declaración ante dicho sistema solamente to
uno o lo otro. No concibe la diversidad de los sis-
temas filosóficos como el desarrollo progresivo de
la verdad, sino que sólo ve en la diversidad la con·
tradicción. El capullo desaparece al abrirse la flor,
y podría decirse que aquél es refutado por ésta; del
mismo modo que el /ruto hace aparecer la flor como
wi falso ser..altl de la planta, mostrdndose como la
verdad de ésta en vez de aquélla. Estas f armas no
sólo se distinguen entre sf, sino que se eliminan las
unas a las otras como incompatibles. Pero, en su
flttir, constituyen al mismo tiempo otros tantos mo-
mentos de una unidad orgánica en la que, lejos de
contradecirse, son todos igualmente necesarios, y esta
igual necesidad es cabalmente la que constituye la
vida del todo. Pero la contradicción ante un sistema
filosófico o bien, en parte, no suele concebirse a sl
misma de este modo, o bien, en parte, la conciencfa
del que la aprehende no sabe, generalmente, libe·
rarta o mantenerla libre de su unilateralidad para ( ;,,... lw 1·n Roma ( l 78t ).
ver bajo la figura de lo polémico y de lo aparente·
mente contradictorio momentos mutuamente nece·
sarios.

La filosofía hegeliana no pretende ser una nueva fi.


losofía, capaz de polemizar con las antiguas y coetá·
neas. Pretende ser más bien aquella filosofía que es
106 107
todas las filosofías. Tiene la pretensión de configurar· clausurar y reconciliar esos opuestos a través de la
se como sistema verdadero y total que integra como mediación del concepto racional. La instancia nuclear
momentos parciales y necesarios todos los filosofemas no era la ciencia sino la vida, ño era el concepto sino
que han ido desarrollándose a través de la historia. el amor: un amor que a la vez unía y separaba, que
Hegel. por esta razón, no discute ni polemiza con Spi· reconciliaba escindiendo. El joven Hegel estaba en una
noza, con Fichte, con Kant. Sólo cuestiona su pre!en- órbita mental y cultural semejante a la de su amigo y
sión de constituir una verdad única y total. Hegel sitúa compañero HOlderlin. ~ste imaginaba, en su poema
a esos pensadores y a todos los demás en el seno de Patmos, a los seres que más se amaban «cerca el uno
una construcción que, aparentemente al menos, deja del otro... en las montañas separadas•. HOlderlin no
apenas zonas de oscuridad. Parece, en efecto, que la era en propiedad un poeta romántico: su amor al me-
filosofía hegeliana carece de cualquier sombra. Parece diodía luminoso lo diferenciaba nítida.mente de toda
ser algo más que una filosofía particular. Parece ser La la mitología noctámbula de los románticos. Amaba, sin
Filosofía. Y sin embargo, también esa filosofía tan glo- embargo, también, las sombras y la noche. Sabía que
bal y pretenciosa presenta algún signo o síntoma de las sombras y la noche conferían a los humanos el me-
debilidad, de nerviosismo. También esa filosofía, que recido descanso tras la jornada laboral, daban paz a
en el prólogo de la Fenomenología se abre paso de las almas y las libraban de la insolación de un sol
modo triunfal, como un sol matutino, y que en el pró- demasiado abrasador. Pero sabía también que inter-
logo a la Filosofla del Derecho eleva su vuelo majes- narse en medio de la noche, por sagrada que ésta fuera,
tuosamente en el crepúsculo, tiene también su «lado conducía al extravío y a la desesperación, de la que era
malo•, tiene su alado nocturno». Y tiene también un posible librarse in extremis en virtud de algunos sig-
enemigo enojoso, un enemigo a la vez despreciado y nos o señales y a través de la mediación del cántico.
temido, con el que se ve en la necesidad de enfrentar- En ocasiones, como en su extraordinario poema Hiilfte
se abiertamente a través de un discurso polémico que des Lebens, HOlderlin pierde U¡cluso la percepción de
trasluce algo más que razones o sinrazones. Tiene, en toda instancia salvadora. Sólo se respira extravío y de-
efecto, un adversario frente al cual no puede simple- sesperación en ese poema estremecedor en su breve-
mente argumentar con limpieza silogística, sino debe dad, en el cual el poeta se pregunta dónde podrán co-
polemizar con las vísceras y con la bilis. Contra ese gerse las flores cuando sea invierno. Por toda respues-
huésped ominoso no exhibe, en última instancia, razo- ta, el poema se remata con tres versos que son tres
nes lógicas, sino opciones o decisiones rabiosamente puñaladas:
empíricas y vivenciales. Ese enemigo tiene un nombre
global e inteligible: el romanticismo.
Die mauern stehn
Sprachlos und kalt , im Winde
Klirren die Fahnen..
II
Pocos poemas condensan en tan pocas palabras la
Hegel había sido un romántico en su juventud, como experiencia trágica. Ésta alcanza toda su magnitud a
lo demuestran sus textos primerizos. Su filosofía gi- través de la afirmación de esa experiencia, condensada
raba en torno a los conceptos de «vida» y de «amor.. en la frase: Den.n alles ist gut (pues todo está bien).
Era ya por entonces una filosofía de los opuestos y de Esa afirmación queda rubricada por el cántico. Holder-
la contradicción. Pero el joven Hegel no intentaba lin pedía seguir algún tiempo todavía en esta vida, pues
l'.pllm¡o l lc~t·I. Gocth<' ,·Jos románuco" Epílo~o· He~el. Gocthl' ,. los romántirn•
108 109
muchas cosas quedaban por cantar (denn noch isl man-
ches zu singen). Un hilo rojo une este conjunto de ex-
periencias concatenadas: el extravío en la noche, el in-
vierno, el cántico del poeta. Ese hilo rojo tiene por
remate la locura, en la cual el cántico se interrumpe,
se hace fragmentario, rasga en zigzag las páginas, se
condensa en visiones que economizan las palabras y
ahorran todo material de relleno, hasta que al final
cesa la voz y sobreviene la pura visión sin palabras.

III

La presencia del amigo loco debió impresionar profun-


damente al joven Hegel, quien, al bordear los treinta
años, sentía también la misma llamada de Ja noche,
de una noche non. sancta, de una noche aciaga que
embota la razón y que neutraliza la palabra y el con-
cepto. Hegel habla en sus cartas de entonces de un
estado perpetuo cercano a la hipoconch-ía, de una pro-
funda «crisis interior», de un desgarro interior sin es-
peranza y de una imposible vía de mediación con el
mundo exterior. Como buen romántico, halla en la na-
turaleza una intimidad y una posibilidad de comunica-
ción que no encuentra en su contacto con los demás
hombres. En la Enciclopedia, al hablar de las «edades
de la vida», recuerda veladamente esa «crisis de los
treinta años» en la cual a punto estuvo de seguir los
pasos de su amigo Holderlin.

IV
También Goethe fue romántico, aunque quizá no lo
fuera de un modo tan veraz como lo fueron HOlderlin
e incluso el propio Hegel. El testimonio del W erther
y de los amores imposibles que lo originaron son quizás
una prueba relativa, toda vez que esos amores fueron
cortados de raíz, mientras el W erther era justamente
el remate sublimado de una historia que Goethe no
Epilo~o Hc~el. Goethe' lo~ rom.íniit·o~
111
1 1()
estuvo dispuesto a llevar hasta las últimas consecuen-
cias. Suicidó a su personaje, fomentó el suicidio entre
los jóvenes prerrománticos, mientras el personaje cGoe-
the• se borraba del lugar del crimen y concedía a su co-
razón unas saludables vacaciones. Este esquema, tan sin-
gular, recurre asombrosamente toda la biografía de
Goethe: enamoramiento apasionado, ruptura (o más li-
teralmente, huida), sublimación de la pasión mediante
la obra literaria (generalmente, colección de poemas).
Goethe fue, en esto, igual a sí mismo hasta su mjis
tardía vejez. A muchos les produce cierta irritación y
malestar este modus vivendi: les parece poco sincero,
poco veraz, les parece cobarde, incluso mezquino, o
bien provoca cierta sonrisa comprensiva o complacida,
según los casos {cGoethe era un caradura•). El móvil
de la escritura en Goethe tiene, en muchos casos, el
carácter de una coartada, refinada o vil, de bajo o de
gran estilo: en esto discuten los autores. Su clasicismo
áulico, su serenidad, su moderación tiene un carácter
tardío y autocomplacido. Es más bien «neoclasicismo•
si asf cabe llamar a lo que surge del laboratorio y no
de la fysis. Tiene el carácter de una coartada y de un
arma defensiva contra los embates de la pasión. No es,
como era el clasicismo cuando no se nombraba a sí
mismo de ese modo, cuando lo era sin saberlo, un co-
ronamiento o un pináculo de la más alta pasión. Goethe
sigue siendo un misterio y un duro bocado para el
lector y para el exégeta.

Goethe, en cierta manera, albergó en su alma el mismo


proyecto clásico del uomo universale del renacimiento.
Fue quizá Ja última edición, la más tardía de ese pro-
yecto, y ese carácter póstumo puede explicar quizá, (;m·tlw hatia 1i80.
mejor que su carácter o idiosincrasia, algunos rasgos
profundamente ambiguos de su conducta. Goethe tuvo
el mismo proyecto de ser todas las cosas, de no privar-
se de nada de lo que la vida le ofrecía. Ahora bien,
F..pilol{O Hc~cl. Gocthc ,. los románticos
11:1 IU

en la época vivida por Goethe ese proyecto no podía plenamente en cada una de ellas. Hegel entendió el
conjugarse ya con el desideratum del hombr~ del re· •Ser todas las cosas» como •saber todas las cosas• y
nacimiento de «no renunciar a nada». Ese destderatum mistificó la cuestión mediante la identificación de ser
hizo eclosión ya en la generación manierista, donde el y saber. Goethe entendió esa expresión en términos de
imperativo de «no renuncia» fomentó la escisión del ser cun poco» todas y cada una de las cosas. Serlas
hombre contemplacivo y del activo, dando paso a una secundum quid. En la indecisión entre la vida burguesa
nutrida generación de melancólicos y hamletianos para y la vocación teatral, entre el mundo de los grandes
quienes actuar era poco menos que imposible. Esa ge- negocios y la gran literatura, entre la política corte-
neración desconectada de la fuena de la acción halló sana y las correrías por Italia, entre la pasión amorosa
precariamente una conexión a través de medios prohi- y la paz y serenidad que proporciona el matrimonio
bidos y <;upranaturalcs. Ello explica la práctica genera- burgués, entre la empresa fáustica de revivir el mundo
lizada de la magia negra en ese tiempo. En la época helénico y la empresa fáustica de construir un nuevo
de Goethc la posibilidad de armonizar pensamiento y orden social y tecnológico, Goethe -y con él Wilhelm
acción ya era poco menos que imposible. Tanto e1 como Meister, Fausto y demás comparsas- vivieron el dra-
Schiller, Fichtc, Hegel y antes Rousseau y Kant, tienen ma de la indecisión y de la continua basculación.
plena consciencia de la dicotomía y contradicción entre
la razón teorética y la práctica, entre el homo pltae-
nomenon y el l10mo noumenon. En esta época la con- VI
tradicción aparece en el horizonte del pensamiento y
de la cultura por todos los rincones y se formula en Goethe vivía -y lo sabía- una situación de encruci-
términos de: Naturaleza / cultura, instinto / ley, or- jada a todos los niveles. A lo largo de su larga vida se
den físico / orden moral, poesía ingenua / poesía sen- dieron citn sucesos trascendentales para el curso de
timental, arte ingenuo / arte autoconsciente. Esas dico- la historia contemporánea: llegaron a él los ecos de la
tomías se registran a nivel sociológico en la dicotomía re\·o!ución francesa; pudo admirar, al igual que Hegel,
entre el artista y el burgués, o entre el genio y el filis- el paso de Napoleón por tierras alemanas; presenció
teo. Los personajes de Goethe, un Wilhelm Meister por la caída de este genio de la política y la reestructura-
ejemplo, se hallan de partida indecisos respecto a estas ción del orden político europeo tras la restauración.
dualidades. Goethe mismo participaba de una indeci- Estuvo a caballo entre el ancien régime y la nueva
sión que no podía mantenerse sin hallar al fin algo por sociedad industrial, entre el siglo xvn1 y el XIX. Era
donde decantarse. Mientras el hombre del Renacimien- inmensamente lúcido respecto a su peculiar posición
to no vio contradicción irremediable sino concordia de encrucijada. Por ello pudo encarnar a conciencia,
discors en estas dualidades, el hombre de fines del xvrn todavía, los ideales humanísticos propios de la mejor
y principios del XIX, en los albores de la sociedad in- aristocracia, al tiempo que estaba alerta a Jos nuevos
dustrial y del estado moderno, tuvo la necesidad de signos de los tiempos y los registraba en sus escritos.
promover un esfuerzo verdaderamente «fáustico» para Tuvo, en este sentido, una profunda comprensión de
conciliar esos opuestos. Y esa conciliación fue siempre esa situación, semejándose en ello a Hegel. Ambos pue-
sospechosa. Decantó, en Hegel, en una tramposa exé- den ser considerados, como de hecho hace LOwitz en
gesis del imperativo «ser todas las cosas». Obligó a su libro De Hegel a Nietzsche, como los últimos repre-
Goethe a bascular en la indecisión y en la ambigüedad, sentantes fidedignos de una «concepción clásica del
picoteando de todas las cosas pero sin comprometerse mundo». En esa concepción se alcanza una conciliación
l.p ilul(O l ln:d . (;ol' liW v los ro má nt ico, l.pllu!(O H t·ul'I. Goc1he' 11" ro mán t 11·1"
114 115
entre términos contrapuestos que después de ellos se consciencia sin formar. Ahora bien, a la autoconscien-
trunca y se desmorona. cia se llega a través de la necesaria mediación de la
En algo se asemejan, asimismo, Hegel y Goethe: vida y del género. En obras posteriores, sin embargo,
en su actitud negativa respecto al romanticismo. Y en parece como si el concepto se tragara la vida, como
algo más profundo también: en que ambos llegaron a si el saber devorara el ser. La reducción que entonces
esta posición después de encarnar y propulsar los va- se opera del contenido vital parece justipreciarse me-
lores del romanticismo y tras superar una profunda diante el recurso de la Aufhebung. Pero se trata de
crisis. una simple coartada que deja pendiente la cuestión de
Decíamos de Hegel que su capacidad de compren- si en el concepto o en el saber no queda la vida des-
sión halló un límite en el romanticismo. Quizás otro virtuada. Como remate de la jugada, Hegel identifica
tanto le sucedió a Goetbe. Quizás el romanticismo fue el saber y el ser, e1 concepto y la «cosa en sí».
para ambos algo profundamente indigesto. Quizá por- Ya en el prólogo de la Fenomenología se consuma
que lo conocían demasiado de cerca terminaron por un viraje cuya culminación tendrá lugar en el célebre
desconocerlo. prólogo de la Filosofía del Derecho, donde se afirma
taxativamente que la filosofía levanta su vuelo cuando
la vida ha pasado ya. En el prólogo de la Fenomenolo-
VII gía se considera a ésta como la escalerilla que conduce
al individuo sin formar hasta el saber absoluto, hasta
En su periodo de Jena Hegel ~ra todavía, aparente- el ser mismo. Esa conducción tiene todas las trazas de
mente, un romántico. Pero ya entonces lo era más por una rememoración: el individuo interioriza (re-cuerda)
táctica universitaria que por convicción. De todos mo- los contenidos que el espíritu ha depositado en sus
dos halló ·el modo de suscribir algunas de las princi- espaldas, los hace suyos, los hace conscientes, los con-
pales tesis de la filosofía de la identidad de Schelling vierte en objetos de su consciencia, se los representa.
y de defenderlas frente a las .,filosofías de la reflexión» Ahora bien, ese proceso de rememoración no compro-
de un Kant, de un Fichte, de un Jacobi. Pero en la mete al individuo que cumple sus «años de aprendiza-
Fenomenología del espiritu las cosas están ya en tran- je» a una repetición empírica de esa experiencia. El
ce de modificarse sustancialmente. Cuando, tras la rá- individuo no revive esas :figuras, tan sólo se las repre-
pida redacción de este discurso monumental, profun- senta en la Memoria. ~sta le ahorra la tarea de .. volver
damente genial y profundamente complejo, escribe el sobre sus pasos» y recorrer por sus propios pies todo
prólogo que le servirá de obertura, su posición se halla ese largo camino. Todo ese proceso se consuma, por lo
plenamente definida. Ya en el texto de la F enomenolo- tanto, fuera de la órbita de la vida. l!sta no es el es-
gía, la filosofía de la vida y del amor apunta más allá pacio a través del cual el individuo yerra y rectifica.
de sí misma e insinúa la filosofía del saber y del con- Es simplemente una figura o un fantasma que simple-
cepto. De todas formas, Hegel mantiene en ese texto mente se evoca y se rememora. En cuanto al indivi-
una ecuanimidad serena, alcanzando un justo medio duo que ha llegado a la conciencia filosófica, al papel
entre ambas filosofías sin incliI~arse de forma flagrante de filósofo o de sabio, puede decirse que ya no vive.
hacia una o hacia otra. En ese texto el concepto se Es de hecho y de derecho pura y simplemente Memo-
halla anticipado en la figura de autoconsciencia. De ria. Desde su incuestionable Identidad e Ipseidad efec-
esta manera comparece en el curso fenomenológico por túa su migración y su pretendida aventura, se autoex-
vez primera, como su inmediata prefiguración ante la travió por lo sensible y natural, por la fysis y por el
Epílo~o: Hegel. Coe1he y los román1icQs Epílogo: Hegel. Goethe y los román1icos
116 117
arte. Pero es esa Identidad la que se enajena en y des· llos que resumen y compendian su filosofía de madu-
de ella misma, sin cuestionarse en la raíz su espacio rez: razón, concepto, Idea.
propio, su lugar. Por eso pued~ recuperarse y resca- Un evidente nerviosismo trasluce esa polémica. El
tarse sin pérdida y sin riesgo. Esa Identidad es punto gest? .antirro~ántico de Hegel es destemplado, cruel,
de partida y de retorno, es principio y fin: es, concre- partidista, unilateral. Es feroz en su debilidad o es
tamente, principio en tanto que fin. Interioriza en su quizá, feroz porque arranca de una debilidad. ¿Has~
seno lo «no-idéntico» y resuelve, con ello, la contradic- qué. p~nto es agresivo y ofensivo por razón de una su-
ción que a sí misma se concede. Con ello la vida y la peno:idad real en el punto de vista? ¿No es demasiado
experiencia radical quedan obviadas y a la vez mistifi- ofensivo para que pueda atribuirse a una superioridad?
cadas: la experiencia de la pura «alteridad•, el expe- ¿No delata esa demasía toda una hábil y estudiada es-
rimento de ser-otro, el viaje hacia clas afueras» (ser trategia defensiva? Estas preguntas brotan espontánea-
otros cuerpos y otras almas), todo ese haz de posibi- mente al leer ciertas expresiones hegelianas cargadas
lidades que brinda una experiencia surreal, queda zan- de veneno y de resentimiento. Y sobre esas preguntas
jada en favor de un orden que al fin desenmascara, cabalgan a ~ontinua~ión algunas más: ¿Hasta qué pun-
bajo su aparente movilidad, la rigidez de los eléatas y t~ la polémica y el 1~ento de refutación del romanti-
de los egipcios. El Absoluto hegeliano pronuncia, como cismo por parte de Hegel cumplen los requisitos de lo
última palabra, la misma que sale de los labios de que entendía por refutación verdaderamente filosófica?
Yahvé: Yo soy el que soy. En él halla cada cosa, cada ¿Extrajo Hegel del romanticismo su semilla de verdad
palabra, cada frase del Discurso su lugar, su identidad. p~rcial, logró s?~repasar y desplegar esa semilla? ¿Asi-
En este sentido el Absoluto es Hogar; aquel espacio miló el ro~ant1c1smo o .P?r el contrario lo incorporó ya
que concede nombres e identidades, aquel frondoso desnaturalizado y estenhzado? Y esa polémica contra
árbol de la vida, concebido como árbol de la ciencia, d romanticismo, ¿no determinó acaso un viraje lleno
que legitima el apellido de cada uno de los entes que de consecuencias en su filosofía? ¿No fue la causa re-
de él brotan. mota de la evidente rigidez y esclerosis en que esa
filosofía terminó por decantar? La sospecha de que
Hegel, en un momento de su vida, tuvo miedo del ro-
VIII manticismo y de que posteriormente camufló ese miedo
con una pretendida superioridad se impone a quien
En el prólogo a la Fenomenología Hegel no disimula lo sepa leer con atención las expresiones que usa Hegel
más mínimo su polémica con los románticos, especial- al arremeter con las filosofías • que sólo buscan edifi-
mente con Schelling. Critica las filosofías que buscan caciónii>.
edificación y no saber y que creen encontrar en el
•amor>, en la •belleza• y en la • religión» un alivio a
su desierto vital y conceptual. En esas páginas Hegel IX
parece atacar a su propio pensamiento juvenil. Carica-
turiza a aquellos que quieren plantarse «de un pistole- También Goethe perdía los estribos cuando sentía la
tazo» ante e! Absoluto, ahorrándose el duro trabajo del vecindad del talante romántico. Para ello poseía un
negativo, la longitud del itinerario fenomenológico y la olfato de sabueso. Lamentaba que los jóvenes románti-
paciencia del concepto. A esos términos edificantes, cos escribieran trágicamente en lugar de escribir bue-
«amor•, «religión•, «belleza•, Hegel contrapone aque- nas tragedias y solfa devolver los manuscritos que le

Ep!lo~o: He¡¡el. (l()('tbe' lo\ romántico( 1pilo!!u 1kLrc•I. Coetht ' Jo, román1i<"ch
118 119

enviaban con gesto indignado y despreciativo, lamen· Cierto que la música no fue precisamente lo fuerte
tando el rumbo equivocado que seguían las letras ale- de Goelhe, pero estos comentarios delatan una ambi·
manas juveniles. También él había sufrido el mismo gua comprensión por parte de ese «clasicista• para
mal du siecle y había rendido tributo a la Sturm und quien la historia de la música había tenido su final
Drang, pero había sabido superar a tiempo esa crisis de partida en Mozart y en Haydn. Goethe se sentía
adolescente y había conseguido, en fin, restaurar su intimidado por esa música que tan extrañamente le
alma descorazonada con grandes dosis de serenidad y disgustaba y no disimulaba el homenaje que le rendía
clasicismo (y algunas gotas de cinismo). Había incluso con .su atención, lo mismo que con su voluntad expresa
conseguido ganar para su causa a su antiguo correli- de 1~orarla. En general puede decirse que el gesto
gionario y amigo de juventud, Schiller, que todavía mediante el cual Gocthe rechazó el romanticismo fue,
durante bastante tiempo seguía sintiendo veleidades como todos sus gestos, profundamente ambivalente y
románticas. Goethe perdía con facilidad el aplomo cuan· propulsado por encontrados sentimientos. La ambigüe-
do sufría el encuentro con un personaje congénere al dad goethiana es, en este caso y en todos los casos, no
romanticismo. Es célebre su encuentro con Beethoven tanto el resultado de una mediocridad o medianía, cuan-
y la imposibilidad que tuvieron ambos de comunicarse. to de una multiplicidad de móviles y de afectos que
Cuenta Mendelssohn que una vez interpretó ante el bloquean toda posibilidad clara y tajante de decantar-
viejo Goethe la quinta sinfon(a de Beethoven. Estuvo ~e. Las cdec~sion~s· goethianas se hallan siempre ba-
nerviosisimo durante toda la audición y al finalizar ésta n~das de m1ster10 y hasta de extravagancia. En su
hizo extraños comentarios. Así lo explica Mendelssohn vida tomó continuamente decisiones, tanto en su vida
a sus padres en una carta del 25 de mayo de 1830: sentimental como en su vida pública o literaria. Pero,
¿eran verdaderamente «decisiones•? ¿O esa misma
... Goethe es tan amable y cariñoso conmigo que abundancia es delatora de una indecisión marcada en
no sé cómo agradecérselo y hacerme merecedor de la raíz? Goethe magnificó la acción, dijo por boca de
ello. Por las tardes tengo que tocarle algo al piano,
durante una horita, obras de los grandes composi-
Fausto que ceo el principio era la acción». Y sin em-
tores, según un orden cronológico y contándole cómo bar_go, ¿no se ~allan todos sus personajes, Wilhelm
hubieran seguido avanzando en ello. Mientras tanto, Me1ster, el propio Fausto, constantemente aguijoneados
él está sentado en un rincón oscuro, como un Júpi- por la duda? ¿Cómo entender entonces que ese magni-
ter tonante, y relampaguean sus viejos ojos. ficador de la acción se hubiera identificado de manera
De Beethoven no quula olr nada, pero yo le dije tan tlag~te con el genio satumiano y taciturno por
que era imposible pasarlo por alto y le toqué, pues, excelencia, Torquato Tasso? Sería exagerado desde lue-
la primera parte de la sin.fon.la en do menor. Le go, considerar a Goethe un heredero de ~ tradición
afectó de manera muy singular. Primero dijo: esto
no conmueve nada, sólo provoca asombro; es gran:
«Saturniana•. Pero sería falso considerarlo un retoño
dioso. Continuó hablando entre dii?ntes y al cabo de en el campo de las letras de la tradición del Júpiter
un rato empezó de nuevo: ¡Es algo muy grande, to- ton~te (por mucho que pudiera sugerirlo su aspecto
talmente increíble! Da la impresión de que la casa «áulico•). Goethe sigue siendo para nosotros un mis-
se va a derrumbar. ¡Y si todos los hombres la to- terio. Obli~ a que reproduzcamos en nuestros juicios
caran simultáneamente! Y en la mesa, en medio de s~b.~e su vida y sobre su obra la misma matizada am·
otra conversación, volvió a empezar con lo mismo ... b1guedad que delata esa vida y esa obra.
(Würz y Schimkat, Beethoven en cartas y documen:
tos, trad. Madrid, 1970).
120 121

zarlo de algún modo. Cierto que hay demasiado cálculo


X en esa realización. No podía ser de otro modo. Los
buenos años del clasicismo renacentista quedaban ya
El proyec to existencial de Goethe _debe medirse d_esde muy lejos. En tiempos de Goethe no se podía ser e~pon­
la propia pauta cclásica • que lo onentó: de~de el ideal táneamente •clásico•. Sólo se podía ser neoclásico o
humanista del uomo universale. Puede decirse que en bien «clasicista•. Goethe fue quizás el último uomo
el contexto histórico en que vivió, logró cumplir con universale: en él se acusa la erosión de ese concepto,
bas tante dignidad ese objetivo que enuncian con _f~e­ a la vez que se desprende todavía el aura de aquellos
cuencia los personajes goethianos, así Fausto u Otiha: tiempos de esplendor.
Llevar la existencia a su forma más alta y perfecta.
Goethe intentó no privarse de nada, no renunciar a XI
nada. El seguir la vía del Poder no implicó en él l~ ven-
ta al Diablo del alma enamorada. Tampoco se hastió del Hegel no es, por cierto, un temperamento hamletiano.
saber hasta tal punto que vendiera el alma al Diablo Ni siquiera en sus escritos juveniles vemos asomar el
con el fin de vivir a fondo la experiencia amorosa. Ni aguijón de la indecisión y de la duda. únicamente en
puede decirse tampoco que su vida ~entimen~l lo ab- los escritos de Fraockfurt, contemporáneos a la crisis
sorbiera tan por entero que no pudiera subhmarla a existencia l antes citada, se percibe una inclinación pe-
través de la poesía o de la prosa. Tampoco puede de- ligrosa hacia ese «lado nocturno de la vida»: dichos
cirs\! de él que fue un hombre entregado por en~ero a textos son de una increíble oscuridad. Cierto que He-
su obra Hteraria, de manera que no le quedara tiemp? gel tiene sobrada fama de esotérico e inaccesible. Pero
ni energía para disfrutar de la vida a través del c~noc1- la oscuridad de su obra de madurez tiene que ver con
miento de las gentes, de los países y de las mujeres. la ambición misma del proyecto filosófico. Responde,
Ahora bien, ¿llevó realmente cada una de estas facetas además, al propio punto de vista desde el cual se per-
y actividades a su forma más perfecta? ¿Fue realm~nte cibe el universo y se pronuncia el discurso. No es éste
un gran enamorado, un gran poeta, un gran conse3ero cualquier punto de vista, no es siquiera un punto_ de
político, un gran solitario, un gran cortesano, un gran miras que se confiesa «humano•: es el punto de vista
aristócrata, un gran burgués? Ciertamente no fue en del Absoluto, de Dios, del Ser. Leyendo a Hegel se
ningún caso una medianía, aunque su poesía no alcan- tiene siempre la sensación de que el Absoluto ha dado
zara la tima emocional de un Holderlin, aunque sus sólo una pequeña muestra verbal de lo que encierra en
amores nos pueden parecer pura frivolidad, aunque su interior. Hegel acierta al conseguir en el lector la
fuera más un parásito de la corte que un verdad.ero sensación de que siempre quedan muchas cosas por
político, etcétera. ¿Cómo entonces puede se~ conside- decir, por cuanto el Absoluto escamotea de algún modo
rado realmente un gran hombre, un personaje de una en la palabra su presencia. El lector se afana en ba-
increíble entidad y ejemplaridad? rruntar múltiples sugerencias de conexiones medio CÜ·
Quizá la grandeza de Goethe estribe no tanto en los chas o medio oídas. De ahí el carácter de «charada»,
resultados de su proyecto existencial cuanto en el pro- a veces señalado, que tienen los escritos maduros hege-
yecto mismo. O mejor, en el in~_e,nso valor ~ue_ delata, lianos, especialmente la Fenomenología. Pero en .los
en el tiempo histórico en que viv10, prob3:r siqwera es~ escritos de Franckfurt, esa oscuridad no es pretendida
proyecto. Y lo que es más importante, mtentar reah- y autoconsciente, no responde a un pod~no al~~n~do
en el uso e instrumentación de los medios est1hst1cos.
r.pilo¡:o l lt•1t:<'I ( •OCthr ' lo< rum:1n11t º'
122 123
El portentoso cruce, siempre velado, siempre sugerido, saber desesperado se sustentaba en Wotan en una más-
entre el discurso abstracto y la alusión histórico-psico- cara de sí mismo, en Hegel, en el sujeto «Hegel• que
lógica está todavía en ciernes. Y en ese estado de fer- pronuncia su discurso en nombre propio, esa máscara
mentación parecen irrumpir fuerzas o quejidos de otras obtuvo toda la solidez incuestionable del ego: un ego
ondas, de otras claves. Se oye a través de ellas un tor- hipostasiado al propio rol elegido de filósofo oficial
mento aún vivido, todavía no acallado ni apaciguado. que habla en nombre del Absoluto. Wotan era un Abso-
Hegel, sin embargo, no pudo perseverar en ese estado luto desentendido de su trono y que vagaba errante y
de creciente hipocondría que araña los textos mismos sin identidad por los caminos. Hegel no era un dios
producidos entonces. Y en un tiempo oportuno seña- olimpico coronado, pero fue un perfecto funcionario.
lado, adopta importantes decisiones que van a repercu-
tir tanto en el personaje como en su obra. Esas deci-
siones inciden en contraposiciones que, por de pronto,
XII
son registradas como dilemas y como irresolubles con-
tradicciones. ~ste sería el primer paso lógico que pre-
dispone a La decisión. Así, por ejemplo, la contraposi- Goethe tuvo clara conciencia de que la pasión, llevada
ción entre la «vida» y la «sabiduría», o entre el «amor» hasta sus últimas consecuencias, consumía la existen-
y el «poder», o entre el «arte• y la «ciencia•, o entre cia hasta dejarla exhausta. No puede decirse que se
la «Vida romántica» y la «Vida burguesa», o entre la dejara arrastrar por la pasión, pero comprendía ambi-
actitud crítica y subversiva o la integración en la má- guamente el profundo ethos del apasionado, así como
quina institucional, universitaria y estatal. Hegel, en también comprendía lo que su actitud «serena» impli-
un momento dado de su vida, lleva a cabo un conjunto caba de renuncia.
de renuncias de gran alcance. Y en virtud de ese de- Hegel caricaturiza a quienes se quieren plantar de
sembolso, cobra los dividendos estipulados: saber ab- un salto en el Absoluto llevados por el entusiasmo o
soluto, poder, asentamiento burgués. O dicho más cru- el arrebato de la •belleza,. o del camor •. Hegel criticó
damente: discurso científico, rectoría de la universi- ese entusiasmo adolescente. Pero a río revuelto implicó
dad, matrimonio filisteo. Hegel vivió una constelación subrepticiamente ese entusiasmo con la pasión.
similar a la que aquejó toda su vida a Goethe, con la También Goethe ccastiga• al entusiasta que quiere
diferencia notoria de que este personaje sibilino y escu- llegar de un salto mortal al infinito. Así Euforión, el
rridizo simuló más que ejerció las decisiones que to- hijo de Fausto y de Helena. Lo castiga con el despeña-
maba. Me recuerda Hegel al entrañable dios Wotan de mientn.
la tetralogía wagneriana, asediado por los mismos irre- Frente al csalto•, al •pistoletazo•, al «entusias mo•
solubles dilemas entre el amor y el poder, entre sus (pero también frente a la pasión) Hegel propone la
sentimientos chumanos• y los que dimanan de su •pa- paciencia del concepto y el trabajo del negativo. Sólo a
pel» de primero entre los dioses. Wotan no se resignó través de la autolimitación o autodeterminación (sólo
a desembolsar •SU• voluntad -y, por lo mismo, pere- a través del tándem decisión-renuncia) es posible alcan-
ció inmerso en la contradicción, de la que tan sólo zar la infinitud verdadera, el Absoluto. Por la vía con-
cobró como interés una sabiduría fantasmal y desen- traria se alcanza un simulacro de infinitud, el «infinito
cantada. Cierto que ese mismo cobro obtuvo Hegel : un malo•.
saber que no interviene en la vida misma sino que le- También Goethe sabía que lo infinito sólo se alcan-
vanta s u vuelo en el crepúsculo. Pero mientras ese zaba en la finitud, que tiene siempre limites y contor-
Lpilo110 l l<'l{c·I. C1w1lw ,. lo~ mmántic·o$ l::pílugo: He11cl. Gocthc ,. lo~ romá111i<:m
IU
nos. Frente a las vaguedades éticas y estéticas del ro-
manticismo, proponía un ethos y una obra que sabía XIII
limitarse a tiempo, presentando lindes claros, plásticos,
bien dibujados. Sólo a través de esa finitud, sólo a tra· Podrían diferenciarse, quizá, dos tipologías románticas.
vés de la instantánea podía llegarse a la eternidad. La una es adolescente y entusiasta, la otra es reconcen-
Hegel y Goethe parecen decir lo mismo: ambos brin· trada y «cerebral». La una tiene que ver con el cliché
dan por un «verdadero infinito» complicado con la :fini· cultural de romanticismo. La otra tiene que ver con al-
tud; ambos rechazan un «infinjto malo• carente de mas más curtidas y más sabias: evoca personajes de
límite y de forma. Amhos proponen llegar a lo infi- la envergadura de Kleist, de Novalis, de Shelley. Hegel
nito a través de la autodeterminación. Ambos rechazan criticó la primera forma, la más trivial y la menos in-
el atajo del salto o del entusiasmo. quietan te. Quizá porque adivinaba la pujanza de la se-
Ahora bien, ¿dicen realmente lo mismo? gunda, pujanza contra la cual se hallaba desarmado.
Tanto Hegel como Goethe parecen castigar del mis· Hegel criticó el entusiasmo, cuando en realidad se de-
mo modo al alma romántica: con la pérdida de aquello fendía contra la pasión. Goethe, en esto como en todo,
que tanto apetecen. Castigan su impaciencia, su hübris, fue más ambiguo, más malicioso y por lo mismo más
su desmesura. lúcido y más sabio. Y por lo mismo también más per-
Goethe parece castigar siempre al apasionado: Wer- verso. O si se quiere: más «malo•.
ther, Euforión, Otilia, víctimas, al parecer, de ese ver- Hegel, Goethe y los románticos: un tríptico de épo-
dugo «áulico» parapetado en su serenidad olímpica y ca, o mejor, un fresco, una pieza dramática. Todo el
calculada. drama de una época. De la época del drama.
Pero Goethe a veces parece sugerimos en voz baja
que no está demasiado claro el reparto de los roles de
víctima y de verdugo. Pues, ¡qué diferencia entre esos
personajes! ¡Qué abismo entre el entusiasmo adolescen·
te de Euforión, de Werther y la pasión reconcentrada
y «Cerebral» de Otilia! Por lo demás, ¿quién es la ver·
<ladera víctima en el drama de Las afinidades electi-
vas? ¿Quién, sino aquel que se priva del gozo-límite
de una resolución en la muerte o en el suicidio? ¿Quién,
sino ese tercero que juega su papel con idéntica pa·
sión, sólo que a más altura quizá que la misma alma
romántica? Pues el personaje de Carlota parece reba·
sar incluso el estilo de pasión entronizado en el ro-
manticismo. Su «heroísmo burgués• rebasa el marco
institucional que parece defender. En su ethos se adi-
vinan acentos que rebasan el marco cultural en que
está viviendo. Su silencio, su compostura, su discre-
ción, su máscara anticipa en algún instante otro regis-
tro: la tragedia.

Epüo¡¡o Hel(<'I. Gocthr' In• románt icos Epilu~o 1-l<'~t·I. Gocthc ,. los rulll{lllll<'O'
126 127

Bibliografía - Una excelente edición bilingüe alemán-francés del


Diván Occidental-oriental, en Aubier Montaigne, in-
troducción, traducción y notas por H. Lichten~erger.
- Una biografía «clásica• de Goethe es la Vida de
Goethe de Herman Grimm, hijo de Guillermo, uno
de los hermanos Grimm, publicada en castellano en
Biografías Gandesa, México, 1959. Pu~de comple-
mentarse con la biograña de Marcel Bnon, Goethe,
Editorial Sudamericana, 1951, y con la breve y sus-
tanciosa obrita de Alfonso Reyes, Trayectoria de
Goethe, Breviarios del Fondo de Cultura Económi-
- La obra poética de Goethe está publicada, en ale- co, número 100. . .
mán en edición asequible al bolsillo hispano en DTV - Sobre Goethe la bibliografía es inmensa. Me hm1-
(De~tscher Taschenbuoch Verlag), en cuatro volú- taré a citar obras asequibles al público castellano-
menes. 2.• ed. 1974. München. parlante que permitan iluminar el ensayo prece-
- En Reclams Universal-Bibliothek (edición asequible dente:
a estudiantes) se hallan publicadas las obras de tea- - Lo más hermoso que he leído sobre Goethe corre~­
tro, cartas, poesía, ensayos y novelas. . ponde al ensayo de Walter Benjamin sobre Las_ af~­
- Una magnífica edición de la correspondencia de nidades electivas. La traducción choca con la d1ffc1-
Goetbe-Schiller, Goethe, Briefwechsel mit Schiller, lísima prosa de Benjamín y es, a trechos, poco inte-
Godmanns Gelbe Taschenbücher, Baod 920/21 , Mün- ligible. Se echan de menos n~tas explicativas Y. j_us-
chen. Selección e introducción de Walter Flemmer. tificativas. Edición Monte Av1la, Caracas (la ed1c1ón
- En castellano hay una edición excelente, tanto por alemana se halla en Suhrkamp Verlag, Frankfurt,
la calidad de las traducciones como por las notas 1961).
introductorias y biográficas, todo a cargo de Rafael - En los Ensayos críticos sobre la literatura europea
Cansinos Assens, en Aguilar, tres volúmenes. de Ernst Robert Curtius, publicados en castellano
- Hay asimismo una edición de algunas de las princi- en Sebe Barral, Barcelona, segunda edición 1972, hay
pales obras (Fausto, Werther, Afinidades electivas, tres ensayos célebres sobre Goethe, Goethe _co~o
Hermann y Dorotea y selección de poesía lírica) en crítico, Coethe burócrata y Goethe: caractertsticas
Editorial Vergara, Barcelona, 1963. Traducción ex- de su mundo.
celente -y notas- de José María Valverde, con un - El filósofo alemán Wilhelm Dilthey, en el tomo cuar-
prólogo de Manuel Sacristán que ha sido amplia- to de sus obras completas publicadas en castellano
mente discutido (e implícitamente elogiado, por tan- en Fondo de Cultura Económica, en el volumen ti-
to) en el texto precedente. tulado Vida y poesía, dedica un largo capítulo a
- Una curiosa traducción que puede considerarse «his- Goethe (Goethe y la fantasía poética).
tórica» del Werther es la de José Mor de Fuentes, - El filósofo húngaro marxista Georg Lukács tiene un
hecha en 1835. Lleva por título Las cuitas de Wer- libro, publicado en castellano en Grijalbo (tomo IV
ther y corresponde al volumen de la Colección Aus- de sus obras completas), que se titula Coethe y su
tral. época. El ensayo citado de Sacristán polemiza im-

Biblio11r.1t1a B1blioii:rafia
128
plicitamente con el filósofo húngaro (el ensayo de
Sacristán se halla también en Editorial Ciencia Nue-
va, con el titulo Lecturas: 1, Goethe-Heine).
- El ensayo, muchas veces citado en el texto prece·
dente, de Ortega y Gasset, Goethe desde dentro, pue-
de encontrarse en la edición de Colección Austral
bajo el título Tríptico.
- La obra, también comentada en el texto, Goethe en
España, de Robcrl Pageard, se halla publicada en
Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Ma-
drid, 1958.
- El texto comentado de Jacques Lacan, El mito indi·
vidual del neurótico, se encuentra, traducido al cas-
tellano por Osear Masotta, en Cuadernos Sigmund
Freud, Buenos Aires, 1972.
- En mi libro Drama e Identidad hay un ensayo, re-
cogido en el presente volumen, que se titula Hegel,
Goethe y los romdnticos. En mi libro El artista y la
ciudad hay un ensayo titulado Goethe: La deuda y
la vocación, que ha sido incorporado parcialmente a
este texto.

H'.hl 101rr.1 n.,