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Mileo - Muñoz- Cófreces

La peste

1
La peste
Eduardo Mileo
Alberto Muñoz
Javier Cófreces

Ilustraciones de tapa e interior:


Martino

Buenos Aires, 2020

3
Prólogo

¿El absoluto se volvió obsoleto? ¿La historia del pensamiento perdió sentido?
Las situaciones límite parecerían hacer volar por los aires los sistemas. Hasta
la más aguda sentencia pierde sentido ante la sentencia máxima. Sólo la poesía
asoma la cabeza, se vislumbra como otra luz. “La oscuridad es otro sol”, dijo
Olga Orozco. Nada más apropiado a esta época, que emula la profusa imaginería
del infierno.
La poesía vuelve a mirar siempre. Porque es siempre la mirada que altera, que
no se conforma con lo que hay. Porque lo que hay debe ser nombrado, y existir
humanamente sólo se puede en las palabras. ¿Pero qué decir en un momento sin
duración? ¿Quién habla de qué cuando no hay tiempo? El silencio siempre se
abre paso. El silencio es la voz de lo innombrable.
Porque la poesía mira a los ojos otros, planta raíz en el silencio. Del silencio
brota lo insepulto; lo que se pensaba enterrado ve la luz y despliega sus hojas al
sol. La oscuridad reverdece. La tinta se vuelve clorofila.
Como si cada una de las partes impactara en la intangible soledad de las cosas,
como si fuera el todo la única unidad, los fragmentos regresan a su imán. Imantan
las cosas. Las vuelven sentido. Encuentran su forma. Unir los fragmentos,
mantener las cosas enteras. La forma es el encuentro entre la palabra y el sentido.
La forma es el dolor. La paciencia. La cura.

5
La peste
Eduardo Mileo 7
1

No hay noche sin ventanas.


La calle está vacía.
Entre la luz y el desierto
vuelven las pocas
palabras que se mueven
en la lluvia.
Le falta un corazón al aire.

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2

Para saber si estás cerca


puse una trampa.
Delgados hilos traman
esa tela de araña.
Espero que caigas.
La red con que te pesco
dibuja en el centro la cara de Dios.

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3

Caos en la siesta.
Sordos
ruidos que se dejan oír
y no de acero.
Cuesta entrar en el sueño.
Los recuerdos imponen
su música de espanto.

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4

Tomo una copa.


Parece que una fuerza
centrífuga llevara
el color del vino
hacia sus límites.
Contra el vidrio el perfume
de la soledad.

12
5

Converso con el hombre


que siempre va conmigo*.
Me acompaña Machado.
Su aguda profecía.
Quiero estar en su letra.
Y no consigo
sino una parodia desafinada.

* Antonio Machado.

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6

Las noticias aterran.


Siempre hay quien tiene
el poder del terror.
Las palabras pueden
ser cárceles para el oído.
Para entrar en el silencio
sólo hace falta gritar.

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7

Alguien dice: “No entiendo”


y se enciende la alarma.
Es necesario entender.
Cualquier pérdida
de tiempo puede
costar la vida.
No toda crisálida llega a mariposa.

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8

Hay que salir.


Nadie sabe lo que espera
detrás de la puerta.
Atravesar esos escasos metros.
El mercado es una
trinchera a la que nunca
se puede llegar.

16
9

La meta se hace eterna.


La distancia no puede
cruzarse sin un rezo.
Cada latido es el último.
Cada
fatigosa respiración.
El cielo del pulmón está nublado.

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Voy a salir.
Me preparo como si fuera
un viaje a la Luna.
Mi cápsula espacial es un barbijo.
Viajo en el aire y
no sé quién soy.
Me rodea un coro de extraterrestres.

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11

Camino como si nadie


hubiera ya andado este silencio.
Tranquilo y asustado
como el último hombre en el mundo.
Apenas reconozco
los sitios que hace tiempo
poblaba la multitud.

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12

En el Dia hay cola.


En la fábrica de pastas
hay cola.
En la verdulería.
En la lista de acreedores.
¿Estamos esperando
el Juicio Final?

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13

Voy a la farmacia.
Me cruzo en la vereda con alguien:
tiene la muerte en los ojos.
¿De dónde viene? ¿Quién
lo esperará?
Su mirada se va por un sendero donde
no hace falta mirar.

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14

Ya sé que
no podemos vernos.
Sentir en carne propia la presencia.
Pero sos mi única espera.
El recuerdo eterno
de esa exquisita muzzarella
compartida en Güerrín.

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15

¿Por qué no nos vimos?


¿Por qué no entraste? ¿Por
qué te quedaste
parada en la distancia?
¿Por qué no entramos en los ojos
por una puerta que llevara
al infinito?

23
16

Fumigar.
Vaporizar.
Alcoholizar pero por fuera.
Lavandina para el obsesivo.
Astronautas que manejan
operativos de represión
de lo invisible.

24
17

Quietos.
Chicos que antes nunca
estaban quietos.
¿Los detiene el mutismo que
atruena alrededor?
La ausencia de palabras
vacía el movimiento.

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18

Pienso en mis hijos.


Entre ellos y yo
hay un silencio de siglos.
Pero el abrazo nos llena de palabras.
Ahora que
nos sobra la distancia
¿podrá el amor poblar el desamparo?

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19

Soy de los que quieren


siempre un poco más.
No acaparar. Tener
lo que deseo.
Me dirás que desear siempre
es desear todo.
Pero todo siempre es sólo deseo de vivir.

27
20

Si no puedo ser libre


agrandaré mis prisiones*.
La mente me empuja mas
encuentro siempre un límite.
Mis sueños vuelan pero
este mundo es
una jaula infranqueable.

* Manuel Altolaguirre.

28
21

Un médico sale a la calle.


No sabe si volverá.
Pero sale.
Hizo un juramento y
no quiere faltar a su palabra.
Todo médico es un mártir
precarizado.

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22

Una nena llora.


Sola. Como si nadie
quisiera consolarla.
Una nena tiene
la sangre de nadie.
No aparece un padre.
Pero las lágrimas son de todos.

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23

Cuando ya nada se espera


personalmente exaltante*
llego a pie a la plaza.
Parece casi
un día normal.
Pero me asfixio tras una máscara
que no es la mía.

* Gabriel Celaya.

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24

Llego de afuera.
¿Dónde fui?
¿Llegaré donde
ya estoy?
Afuera es un lugar insuficiente.
Adentro
no se puede respirar.

32
25

Ser o no ser
no es la pregunta.
Parece más lógico
quién ser o
para qué.
Preguntas metafísicas
para una época muda.

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26

Besar
a través de un velo.
Besos de odalisca
sin ombligo concebida.
Ése no es un lugar.
No estar en los labios es
faltar en todos lados.

34
27

Salir al patio.
Ventilar el cerebro y
los pulmones.
Inventarse otra rutina pero
no olvidar la anterior.
Siempre con una sonrisa para
no levantar la perdiz.

35
28

Tener un amor volcánico en París.


Derrotar a un ejército
peleando a puño limpio.
Hacer la revolución
en Medio Oriente.
¿A qué temerle cuando
sólo respirar puede matarte?

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29

Observo
rigurosamente
los protocolos de higiene.
Me enguanto y me embarbijo
y me lavo las manos
como un cirujano.
Yo que
sólo corto versos.

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30

¿Escribir lo que pasa?


¿Escribir el futuro?
¿Los deseos la
desesperación oculta en los sueños?
¿Escribir es lo de menos?
¿Es vivir
una escritura muerta?

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31

He visto las montañas de Asturias y el mar Cantábrico.


He visto Calabria y el golfo de Taranto.
Madrid y El Prado. Barcelona y Gaudí.
Los puentes de Florencia y la increíble magia del Véneto.
El acero de Toledo y las aguas de Segovia.
Pero no he visto Nápoles.
No puedo morir.

39
32

Todas las profecías adolecen


de la misma ambigüedad:
están hechas de la materia
de la metáfora.
Lo concreto es estar
sin guión ni partitura
en medio de la interpretación.

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33

Si ser humano es no sentirse solo.


Si es ver la belleza en el delirio.
¿Cómo sentirse humano en medio
de tanta soledad
de tanto delirio sin nada
más que una buena
dosis de diazepam?

41
34

Una mujer dijo:


“No soporto este encierro porque
ya no tengo tiempo”.
Los pacientes se acumulan
en las camas de hospital.
Rumian la muerte o reclaman la curación.
La vejez es impaciente.

42
35

En la villa 1-11-14
no hay tiempo.
No es que el tiempo se pierda.
O que ruede la ruleta insolente
de una vida vivida a la intemperie.
Es que el tiempo no espera.
Se anega en los charcos.

43
36

¿Qué es la distancia social?


¿Un par de metros
que separen uno al otro
los estudiantes en un aula?
¿La que existe
entre la burguesía y el proletariado?
Toda distancia es distancia de clase.

44
37

No es el combate. Es
la lejanía.
La separación.
Es como estar
encerrados al aire libre.
Presos
en la cárcel de la imaginación.

45
38

Un papel.
La posibilidad de decir
lo que quiera en un papel.
¿Pero qué quiero?
¿Que esto termine?
No necesito el papel.
Es el cuerpo el que lo escribe.

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39

Una pequeña esfera


con la superficie cubierta
por mínimas sopapas
es suficiente.
¿Qué podría hacer uno
contra tanto deseo
de succión?

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40

¿Pueden las
toneladas de misiles
guardados en bodegas inviolables
del Pentágono
derrotar a un virus
que mide la milésima parte
del diámetro de un pelo humano?
La peste
Alberto Muñoz 49
I

Vuelvo del hospital. No sé a quién he visto.


Llueve y es hora de terminar con el aire. Los enfermeros son silvestres
y llevan en sus bandejas bujías para la noche y cánulas.
Sólo el amor puede salvarte, madre mía.
Pero yo debo quitar de mis oídos esa majestad de leche que regalan a los gatos
en los pasillos del hospital.
Alguien grita desde una ventana que hay un buque que los lleva.

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II

Camino por la feria buscando una manzana verde para darte. Siempre te han
gustado las manzanas verdes. Llueve.
Los barbijos destiñen. La chica del puesto de verduras señala con el guante una
manzana roja. Me mira. Su delantal blanco se mancha de verde y rojo. La feria
destiñe.
Estoy en casa. Me quito los zapatos y las piernas. Me saco un brazo y con la
mano del otro lavo la manzana roja. Meto la cabeza en un balde con alcohol y
escucho tu voz en la cocina: “Verde, no roja”.

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III

Ya no es necesario escuchar las aventuras del infectólogo Chan. Alguien


debería callarlo, como los viejos editores silenciaron en su momento a Verne.
En cualquier momento veremos emerger del fondo del Río de la Plata un pulpo
de goma y el Dr. Chan explicará ante las cámaras que ha mutado el virus.

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IV

¡Como este país, mis ojos sin verte se están yendo a la mierda!

54
V

Pensábamos ir hasta el paralelo 35 de latitud norte, al cabo Hatteras; pocos


caimanes.
Huyendo de toda cavidad, viajando en los techos de los colectivos, cuidándonos
del buitre monje, del milano real, sin escuchar noticieros, habíamos superado
a los bacilos lácticos, los temibles gérmenes de la disentería, lejos de la fiebre
tifoidea, sin escarlatina, ¡pero llegó esto!, ¡esto que nos aniquila!, inesperado,
ominoso: dejamos de amarnos.

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VI

¡María, en unos minutos envían el nuevo cohete al espacio! ¡Ya tendrías que
estar aquí, María! ¡La transmisión es buena, María! ¡Dejá lo que estás haciendo,
María! ¡Es un hecho histórico, María! ¡Se ve perfecto! ¡Ya tendrías que estar
aquí en el sillón, María, es una gran oportunidad; hemos pasado la vida juntos,
María, uno de los dos debe partir!

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VII

Soy esencial. Manejo una ambulancia. Traslado casos y cosos. Me gusta correr
llevando en el interior un fiambre. Estoy enamorado de la médica que va a mi
lado. No sabe manejar. A veces le doy el volante y miro hacia el costado; me
gusta que se asuste, se acerca más, pide, suplica, yo acelero sin mirar al frente.
Prendo el limpiaparabrisas para que se vea menos. Ella grita: “Nos vamos a
matar”. Ser esencial tiene estos riesgos.

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VIII

Pudimos haber hecho una despedida menos cruel. Ruega por mí en este día
esparcido; estoy en cama rodeado de FIEBRE que anda por mi almohada como
si mi alma fuera un veneno vacilante. Fui el cormorán que te buscaba en las
profundidades; ahora sólo veo el suero colgando. Y a través de la ventana peces
y peces y peces…

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IX

¿Esto es vernos, oírnos? ¿Eso anaranjado es tu cara?


Me masturbo frente a la pantalla contra un florero chino.
—¡Feliz cumpleaños!...
—¿Qué es?
—Un crisantemo.
—Estoy leyendo un libro en pantalla.
—¿Cuál?
—La maravillosa historia de Peter Schlemihl.
—¿De qué trata?
—…un hombre que pierde su sombra.
—¿Es cómico?
—No,
—¿Triste?
—No.
—…hay muchas vidas que son así, sombras que pierden a sus seres queridos.
—¿Es de plástico la flor?...
—Sí.
—…de aquí parece real.

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X

Estoy en una sala, fría, con luz de tubo. Pasan enfermeras, médicos de guardia.
Se acerca alguien con un aroma que reconozco: colonia La Franco, sonrío. Su
mano se mete en el bolsillo del pantalón de pana gris; hurga, debe darle asco,
pero prefiero no moverme. La colonia La Franco se hace más intensa. La mano
tiene una voz dulce y joven. Mi cabeza de costado permite ver su anotación:
“Ramón, me bañé en colonia para quitarme el olor que me dejaste; aquí hay uno
que murió, no tiene ni un centavo, lo llevo al horno”.

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XI

Querida María del Carmen: Sé que compartís la idea de apagar la luz; pero
deberíamos darnos una nueva oportunidad, besarnos una vez más, una única
y última vez y luego sí, usar la lengua para conjugar verbos irregulares o para
pasarla por las estampillas de esas cartas que ya no te escribiré.

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XII

Somos promiscuos. Nos gustan los boleros. Cómo hacer para que no duela, cómo
hacer para que duela. Tenemos juguetes rabiosos. Lencería. Cremas. Lociones.
Compramos una muñeca finlandesa que dice: “Al corro del higo chumbo, al
higo chumbo, higo chumbo, a las cinco de la mañana”. Y cuando la gozamos
por atrás canta: “Porque Tuyo es el reino”.
No podemos pedir más; pero estamos tristes. La peste nos ha entristecido. Somos
dos putos tristes; nosotros, que nos queremos tanto…

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XIII

No deberíamos sentir tanta prisa por salir de este pozo. Soy uno que está arropado
entre cartones en la puerta de la iglesia de Santa Rosa. Vi varias veces al cura
salir sin el tapabocas, ¡eso es tener fe! El desgraciado cierra la puerta para que
yo no me meta; ¡no busco robar un candelabro ni una imagen sagrada! Busco
vaciarle la heladera. ¡No entiende que soy pastor de los apestados y no puedo ir
por el desierto hambreado!

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XIV

En la puerta del hospital dejaron en la madrugada dos containers con ataúdes.


No son de buena calidad. La madera es de pino. No están bien construidos.
Podrían desfondarse. Las manijas son de chapa.
Parecen piraguas. Deben seguramente venir con el par de remos que corresponde.
Si hay que viajar, también deberían traer en el interior una vianda. No son feos.

64
XV

No es fácil vivir en una provincia cosiendo zapatos día y noche. El cuero de


lagarto alejándote de mí. Es otoño.
Tu zapatero avanza, tu hombre que cose zapatos, el de agujas, ha perdido toda
esperanza. Puta pandemia.
¿Sientes mis dedos pesados atravesando las agujas?

65
XVI

Los grandes amantes regresan de las zarzas, dominan el estío; huyen de la


fotosfera en el áspero rostro de las playas y los insectos antiguos. Así son las
películas ahora, no dejamos de ver ninguna de amor y de venganza. Lloramos
en el sofá, no parecemos más nosotros.

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XVII

Nosotros, zánganos de Dios, escribimos nuestros nombres en los postes de


provincia bajo la lámpara de los carteles que anuncian “Perón vuelve”. ¡Ah!,
pero el Salvador nos tiene a todos por iguales, dándonos el silbido de un tren
que a lo lejos se abre en la divina mañana con espuma. Llevamos un barbijo
negro, como la locomotora que asoma.

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XVIII

Los pájaros no advierten el humo negro, están quemando cubiertas al costado


de la ruta. Perros en las zanjas comidos por las ratas. Estoy a tres kilómetros del
primer surtidor. Tengo permiso para viajar.
Delante mío viaja un camión con ganado. Tiene permiso.
De no tener un accidente, mañana a primera hora estaré besando una parte de
tu agua lenta.
El conductor del camión me hace señas para que pase por su costado; las vacas
miran con sus cabezas somnolientas: “La muerte es la madre de la belleza”, dirá
Stevens, pero yo oigo el sonido de sus corazones.
Paso al costado del camión jaula. Nada puedo hacer salvo subir el volumen de
mi Motorola. Me conmueven sus ojos, las pezuñas, el olor a bosta. Junto las
monedas para el peaje.
Otis Redding canta “Sentado en el muelle de la bahía”. Tampoco él puede hacer
nada por sus cabezas. Un Gran Dios Vacuno condenará al martillo neumático
a Stevens, a Otis Redding y a mí, que estoy a dos kilómetros y medio de tus
piernas.

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XIX

Estoy enfermo pero no recuerdo de qué. Tomo una medicina amarilla todos los
días y una violeta día por medio. Estoy obligado a guardar en frascos las heces;
me raspan en un laboratorio, me muestran imágenes como del Rorchach: veo
un animal sangrando, un ángel arriba de un árbol, a mi madre cortando cebollas
y a mi padre en un enorme ventanal con un fusil. Lleno una planilla. Saco la
lengua de color negro, me cuelgan de un gancho; el enfermero me desea buenas
noches.

69
XX

Estamos en el Banco de Galicia. Somos cuatro, y con experiencia. Afuera está


la mujer de uno de nosotros. Nadie advierte quiénes somos porque llevamos la
cara tapada, como todos. ¡Quién no soñó con asaltar un banco alguna vez! Aquí
estamos. Nada debería salir mal. Saco el dinero de la caja, los otros tres hacen
lo mismo, sincronizadamente. Afuera nos espera el Valiant. Ni la misma policía
advirtió el movimiento. Ahora nos esperan el alcohol y los habanos. Somos
cinco con ella.

70
XXI

Alguien dejó de ver a su padre y creyó ver un delfín en aguas venecianas.


Alguien ya no besa y vio carpinchos en los muelles. Alguien dejó de ver a su
amante y creyó haber visto ciervos detrás del lavarropas.
Alguien no volvió por sus estudios oncológicos y creyó ver monos atacando
la Casa de Gobierno. Alguien cree que su mujer ya no se pinta. Alguien ha
dispuesto no volver al geriátrico a visitar a Pegaso.

71
XXII

¿Recuerdas, Eneas, cuando lavábamos a nuestros hombres, cuando limpiábamos


sus heridas soportando sus gritos, cuando pasábamos con los dedos opio en sus
encías? ¿Qué será de todos nosotros cuando termine esta guerra, oh, querido
Eneas? ¡Nadie querrá entrar en un quirófano!

72
XXIII

Subió hasta la terraza de su edificio y se arrojó. Caía dulcemente como un


papel de calcar. Pasaban por su cabeza los nombres de aquellos que lo habían
acompañado toda la vida: Benadryl, Ventolín, Actron, Ulcozol, Lotrial, Rivotril.
La cabeza ya llega al asfalto y ya va a explotar como una cebolla, ¡oh, hermano
Tafirol!

73
XXIV

El físico escoces David Brewster creó en 1817 un instrumento de observación


que permitía ver en pequeños cristales formas y colores, la vida abriéndose
hasta el día último. Así es mi día de hoy.
Soy diabético y ciego. Han puesto arriba de mis sábanas el caleidoscopio de
bronce. Con dificultad, acostado en una camilla, llevo el instrumento a mis ojos
vacíos.
¡Sólo te veo a ti, mi amor! ocupando todos los cristales y parte de las horas del
inventor escocés.

74
XXV

Antes de la cuarentena se había tatuado la nalga izquierda para mí. Quería que
yo viera esa inscripción cada vez que me diera la espalda. Ese tatuaje era más
bello que cualquier obra de John Currin.
Debía darse un antibiótico. Llamamos a un enfermero de nombre Silvestre.
Habíamos quedado que le ofreciera la otra nalga, no la tatuada. Por obra de
un descuido al bajarse la bombacha, Silvestre clavó la aguja en el ojo del pavo
real. La sangre inundó el vestíbulo. Silvestre se ahogó en sangre y yo tuve un
episodio de hipertensión arterial. Pedí clemencia, clemencia.
Se había tatuado una maldición. Sólo yo debía alimentar al pavo real de su nalga
izquierda. Viajo en una ambulancia rumbo al Posadas. El dolor es insoportable.
Continúo oliendo su sangre. No creo que llegue con vida hasta la otra nalga.

75
XXVI

Una mujer con un balde echa agua sobre unas flores amarillas, no debería haber
salido a la vereda: decido perdonarla, soy Sísifo. Paso a su lado, me ignora.
Nadie más hay en el mundo que esa mujer y yo. Lleva un sencillo vestido de
verano y a mí me arrastra una enorme piedra blanca. Soy Sísifo y acato.

76
XXVII

Llega el chino. Lo atendemos a través de la reja. Trae el chango cargado de


bebidas.
—Tarjeta no… efectivo.
—No tenemos billetes…
—Entonces me llevo los vinos, el fernet y el whisky.
—Necesitamos eso para vivir, ¿qué podemos darte que no sean billetes?
—…La reja.
Quita del chango su caja de herramientas.

77
XXVIII

Hay que sacrificarlo. Vos vivís en una casa, yo en otra, y el animal quiere que
estemos juntos.

78
XXIX

¿Qué vamos a hacer, Darwin? Desenterrarte y pedirte una opinión sensata.


¿Cómo seremos a partir de ahora? ¿A qué llamaremos “viejo”? ¿A qué dejaremos
de llamar “caída”? ¿Cuántos ojos tendremos en la cara, cuántos en el culo?
Están buscando una plaza pública para que hables, Darwin. Italia ofrece la
Fontana de Trevi. El mundo necesita escuchar a un naturalista. No nos vamos a
dejar impresionar por tu aspecto. Del polvo venimos.

79
XXX

Mi cuerpo no se repite; siendo tuya soy otra fruta invisible y desolada. Estoy
desnuda y me apoyo en el lavatorio; quiero que vuelvas a ver cómo soy abierta,
que me huelas. Espero que tengas buena señal en tu hogar.
La belleza no me salva, pero lo que amaste alguna vez no es un aljibe abandonado.

80
XXXI

No sé muy bien qué hacer. Me devano los sesos, soy mejor sin sesos; debería
recuperar el arma, me están partiendo la cabeza, pero no tengo sien, no tengo
esa cantidad. No sé qué hacer, si matar o esposar; todos tienen razón; todo fluye
en mi propia linfa.

81
XXXII

Soy profesor de la UBA. Fui. Tengo setenta años. Estoy insepulto.


¡Estela, qué hay de los chicos! Es preferible que no sepan nada. Se fue a Tandil.
¡Estela! En la cajonera hay siete mil pesos, usalos para lo que quieras. No
averigües nada; no vale la pena. Se fue a Tandil.

82
XXXIII

Al parecer, dijo el novelista Robert Louis Stevenson: “Son las personas


mayores quienes escriben cuentos infantiles”.
Estamos adentro de uno, terrorífico. Habría que conseguir el WhatsApp del
escritor y pedirle que lo termine pronto o no le va a quedar ningún lector.

83
XXXIV

Hasta aquí llegamos. Te vas o me voy. Afuera están todos enmascarados. El que
se queda aquí cubre al otro. El auto está en la esquina. Tiene nafta. Tiremos la
moneda: cara; salís vos. Te amé.

84
XXXV

Nunca nos quisimos pero somos lo único que tenemos. Nadie quiere oír ni
hablar. Nadie tiene dónde ir detrás de esa puerta. Uno cocina, el otro lava, uno
tiende la ropa, el otro la cama. Uno prende la luz, el otro la apaga. Buenas
noches, que duermas bien. Buenas noches, vos también.
Soñé que te ibas. Yo soñé lo mismo. No deberíamos haber despertado.

85
XXXVI

Festejábamos mi cumpleaños. Cantaron. Dijeron ¡salud! y choqué la copa contra


la pantalla. Se iban muriendo de a uno; no más voces, no más luz, se apagó la
máquina y quedé solo. Feliz en tu día.

86
XXXVII

Los granaderos no requieren de barbijo porque no respiran. Los militares


tomaron la iniciativa contagiando a las demás fuerzas. Prefectura y la Policía
hace semanas que no respiran. El sistema es brillante y requiere de inteligencia.

87
XXXVIII

Aquí en el loquero no hay cambios. Todos estamos enfermos, con mala comida,
solos y abandonados, sin remedios, sin puchos, con una tele vieja, con los baños
llenos de mierda, las piezas con humedad y las médicas que no quieren coger.

88
XXXIX

¿El hisopado duele? No, no tendría por qué; es un alambre que interroga los
conductos buscando indicios. Cada agujero tiene sus propios misterios, ningún
orificio es igual al otro. Luego se quita el alambre con cuidado, se lo somete a
una serie de estudios y Dios dirá.

89
XL

Matilde y yo somos marplatenses, amamos el mar. Buceamos; las olas son


el legado. En casa no nos quitamos el traje de neopreno. Nuestros exangües
ingresos se van en oxígeno. A veces soñamos que vivimos.

90
La peste
Javier Cófreces 91
Peste

Y se deshace todo
Día tras otro cae
Lo de ayer también
Se oscurece lo pálido
El hálito se esfuma
Del resto no queda
Lo apenas preservado.

93
Pandemia

Días sombríos de invierno


Que arriba en cuarentena
Malos tiempos que arrecian
Pesadumbre y sopor en pena
Un cuadro de rigor sanitario
Aqueja el desconsuelo
Apesta un contagio.

94
Estigma

Recomiendan aislamiento
Cuarentena para todos
Y todas, confinades
El lenguaje inclusivo
De la peste no se objeta
Ni tiene género
Se asume y se padece.

95
Resguardo

No salgo de casa
Ni asomo el hocico
Me preservo del contagio
Estoy guardado
Ahora mismo están derribando
A golpes la puerta, más no saldré
No le abriré al sodero.

96
Confinado

La cuarentena recluye
Asesta los hábitos
Inhibe deseos
Recluye la lógica
De rutinas que se convierten
En cargas mal llevadas
Ausencias, lejanías y abandonos.

97
Tapabocas

Miradas atravesadas por otra altura


El barbijo determina horizontalidad
En la vista que descarta
El resto de rostro oculto
No hay gestos traslúcidos
La cortina en tu cara
Es la cicatriz del presente.

98
Resignación

Afilas un cuchillo
Lavas bien las verduras
Para preparar un caldo
Poco antes regresaste
De comprar en cercanía
Notaste que la gente ya se resignó
A filas, a filas, a filas.

99
Credulidad

Hay quienes desconfían


De la existencia del virus
Lo vinculan al nuevo
Orden mundial
Y al sionismo internacional
Creen en Dios
Pero no tienen cura.

100
Virus

Horas en días
Días en meses
Temor en pánico
Paciencia en letargo
Ausencia en abandono
Quietud en pesadilla
Dolor en muerte.

101
Estado

Ahora lo quieren presente


Pendiente del desconsuelo
Lo quieren vigilante
Ante reclamos urgentes
No lo quieren achicar
Para agrandar la nación
Como propusieron siempre.

102
Ramona*

Hay sitios más vulnerables


Que cualquier corazón
Tienen nombres, números y apellidos
Azul, Itatí, 21, 11-14, Mujica y tantos
Son villas sin defensas
Sin la mano de Dios
A la suerte del todo ausente.

* Trabajadora social de la villa 31, fallecida por Covid19.

103
Científicos

En nombre de la ciencia
Que tan exacta no resulta
Dudan y vacilan diariamente
Los iluminan reflectores
De cámaras noticiarias
A las claras reflejan los agujeros
Más negros del desconcierto.

104
Médicos

Y están los que ponen


El cuerpo y la humanidad
Al servicio de un socorro
De vidas y almas en pena
Van al frente del combate
Con espadas de papel
Y penetran en la batalla.*

* Eduardo Mileo.

105
Vacuna

Miles de laboratorios
Bregan por un antídoto
El tiempo del milagro
Se demora en todo el mundo
La esperanza pierde fe
Ahí viene la plaga
Aúllan los presos del virus.

106
Aislado

Es inútil ahora
Nadie escuchará tu súplica
No vale la pena ahora
No es nada personal
Contra vos ni los tuyos
Se trata de una furia genérica
Que atenta en tanto impune.

107
Chance

Si mañana amaneces afiebrado


Con algo de tos, infectado
Hisopado y condenado
Protocolizado e internado
A la espera de un quizás
Tal vez te salves, tal vez no
Cara o ceca de Dios.

108
Sabores

Los sectores de la lengua


Detectan minuciosos
Influjos gustativos
Sensibles papilas
Reconocen dulce y salado
Agrio y amargo
El paladar de estos tiempos.

109
Anosmia

Alcohol y lavandina
Huelo a diario
En casa y en los comercios
Que frecuento en cercanía
Mi poderosa aromática
Aún no registra indicios
De síntomas iniciales.

110
Serología

Al parecer acerca presto


Mi mujer tras positivo
Y posterior hisopado
Entonces horas en vilo
Desde la cocina arriban aromas
Buen olfato y paladar
Paella, que augura salud.

111
Contagio

Sendos barbijos, camas separadas


Cero contacto estrecho
Recomienda el protocolo
Tras testeo positivo
Hay antídoto casero
Un contagio amoroso
Preserva de pestes peores.

112
Toquetear

Los enmascarados de Barracas


Hacen sus compras
A medio rostro
Como en todo el mundo
En las verdulerías
Ya nadie toca las frutas
Otra costumbre perdida.

113
Besar

No se besa y la confianza
En la boca se ha perdido
También en Barracas
Y en el planeta entero
No hay aliento próximo
Los labios apelan confinados
Tras un muro de tela.

114
Conversar

Distanciados en la Feria
Abrigados por el frío
Una fila de clientes
Aguarda con mutismo
Que pase el que sigue
Nadie conversa entre sí
Otra costumbre perdida.

115
Toser

Yo que no suelo toser


También toso cada tanto
Como todos tosen
Y la tos es una voz
Que la garganta profiere
Ahora que la tos es veneno
Aparta de mí esa voz.

116
Saludar

El cielo se puso gris


Hay poca gente en la calle
Vecinos que ni se reconocen
Tras máscaras y tapabocas
En tiempos de cuarentena
Escasean los saludos
Otra costumbre perdida.

117
Alojar

Te llevan a hoteles
Que jamás podrías pagar
Los caros, los del centro
De la ciudad infectada
Te aíslan gratuitamente
Menudo favor sanitario
Cinco estrellas que ensombrecen.

118
Viajar

En colectivos vacíos
Viajan los autorizados
Todos en asientos de a uno
No hay roces ni apoyaduras
Ni un pajero de pie
Sin apretujones los bondis
Otra costumbre perdida.

119
Salivar

Siempre estuvo vedado


Por ordenanza municipal
Salivar en ambientes públicos
Ahora más que nunca
Se prohíbe escupir
En cuarentena es preciso
Tragar, todo el tiempo tragar.

120
Matear

La ronda de amargos
No existe más
Cada cual con su porongo
Y la bombilla exclusiva
La infusión es personal
Nunca más de mano en mano
Otra costumbre perdida.

121
Caricia

Lejos, las manos lejos


Fuera del tacto próximo
Ni cerca del contacto
Estrecho ni hablar
Distancia, distancia
Con la mirada busco antiguas
Huellas de lo acariciado.

122
Terapia

El ruido, los tubos


Dispositivos mecánicos
Electrónica al servicio
Del rescate de una vida
En la hora señalada
Tecnología aplicada
A posponer lo póstumo.

123
Familiares

Quieren visitar a los suyos


Los detienen en la puerta
La seguridad es estricta
Dejan bolsas de comida
Y elementos de higiene
Los recogen vagabundos
Que merodean el hospital.

124
Pócimas

Ni siquiera hay brujas


Hechiceros, curanderas
Que atiendan la desventura
No hay fórmulas mágicas
Que dobleguen la pandemia
Contra el virus no hay remedio
Contra Dios no hay veneno.*

* Francisco Madariaga.

125
Guantes

Debajo del látex


Habría latencia
Tal vez un infecto
Índice contagioso
Quién lo sabe
O un pulgar ominoso
Otrora franco y saludable
En documento de identidad.

126
Ancianos

Vejez acechada
En fluir pandémico
Zona de riesgo los años
Adultos mayores sometidos
A puntería estratégica
De bicho mata viejos
Desterrados antes de tiempo.

127
Parte

El virus atravesó
Las tristes paredes
Del asilo de Banfield
Los síntomas le apuntan
Al anciano más querido
Tío Roberto es trasladado
En compañía de su radio.

128
Anochece

Llegó la ambulancia
A la casa del vecino
Encapuchados blancos
Se llevaron a la viejita
Una sirena sonó
Todo el tiempo en madrugada
El día amaneció negro.

129
Confinado

Excluido de contactos
Recluido en la angustia
De padecer un mal mayor
Aterrado por la peste
En procura de un alivio
Que no llegará temprano
Aguarda en soledad.

130
1150

Nadie la despidió
Ella tampoco lo hizo
La entubaron dormida
Y ni se dio cuenta
Sin decir hasta nunca
Dio vuelta su página
La recuerda una estadística.

131
Mamá

Llevé bizcochos caseros


Empanadas y panqueques
Se los extendí tras la reja
Ambos con barbijos y guantes
A distancia sanitaria
Sendos brazos estirados
Cuidate, vieja, cuidate.

132
Índice
Prólogo..............................................................................................................5

Eduardo Mileo
La peste.............................................................................................................7

Alberto Muñoz
La peste...........................................................................................................49

Javier Cófreces
La peste...........................................................................................................91